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La Vida Buena Desde Un Enfoque Ecosocial

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La vida buena desde un enfoque ecosocial

La sección A FONDO del número 161 de la revista «Papeles de relaciones


ecosociales y cambio global» recoge un interesante texto firmado por el
equipo de FUHEM Ecosocial sobre calidad de vida y los obstáculos a su
dignidad y justicia

El artículo parte de plantear la pregunta de qué se puede entender por bienestar, calidad
de vida o vida buena en el contexto de crisis ecosocial en el que nos encontramos. Así, tras
analizar los conceptos de felicidad, bienestar y nivel de vida se detiene a examinar la noción
de calidad de vida, que corrige el reduccionismo de visiones anteriores, y la sitúa en el
actual contexto de crisis ecosocial para identificar un modo de vida productivista y
consumista –el capitalista– que impide el avance en la calidad de vida de forma justa y
generalizada tanto de los sistemas naturales como sociales. De aquí se deriva el desarrollo
de un enfoque ecosocial de la calidad de vida.
El siglo XX ha sido el siglo de la expansión de la civilización industrial capitalista. En el
trascurso de este periodo, particularmente a partir de su segunda mitad, se han acelerado
los ritmos de extracción de recursos y de emisión de residuos asociados a la actividad
económica, dotando a las sociedades humanas de una elevada complejidad y una
destructividad nunca vista. Estas circunstancias nos han conducido, ya en el siglo XXI, a
un escenario inédito de extralimitación y desigualdades. Un escenario en el que converge
la creación de escasez relativa que genera el capitalismo con la escasez absoluta
sobrevenida de recursos estratégicos, pérdida irreversible de biodiversidad y
desestabilización abrupta del clima.
La magnitud que ha alcanzado la actividad económica en relación con la biosfera y el tipo
de metabolismo socioeconómico que la civilización industrial capitalista ha extendido
por todo el planeta proyectan sobre la humanidad una amenaza existencial. En este
escenario, con las restricciones que impone, debemos cuestionar el modo de vida que
nos ha conducido hasta él y preguntarnos: ¿qué cabe entender por bienestar, calidad de
vida o vida buena en el contexto de crisis ecosocial en el que estamos?
A pesar de haber recibido juicios variables a lo largo de la historia, la idea amplia
de bienestar (de bien y estar) es algo que ha preocupado al ser humano durante toda su
existencia.1 Se podría decir que tener acceso a una vida buena es, al fin y al cabo, el mayor
objetivo de los seres humanos.2,[3 Forma parte de nuestra naturaleza querer vivir bien;
querer tener una vida buena, una vida de calidad, una vida con bienestar. Es algo que, en
el fondo, y como sostenía Aristóteles, deseamos siempre por encima de cualquier otra
cosa: es el fin último de la actividad humana, el bien perfecto por excelencia.4
Sin haber estado nunca sujeto a un enclave epistemológico determinado, la cuestión de
la vida buena ha sido abordada a lo largo de la historia desde diferentes esferas del
conocimiento, siendo mayoritariamente tratada desde el ámbito de la ética y la moral.
Tratar de comprender qué es lo que nos lleva a tener una vida buena y de calidad ha sido
una de las principales preocupaciones de la filosofía durante la mayor parte de la historia
humana.5
¿Qué cabe entender por bienestar, calidad de vida o vida buena en el
contexto de crisis ecosocial en el que estamos?
En los últimos tiempos, sin embargo, este tema ha despertado un creciente interés en
ámbitos como el científico, el social o el político. Con ello, cada vez más instituciones
internacionales, gobiernos nacionales y entidades locales han venido sugiriendo el
empleo de diversas estimaciones de bienestar y calidad de vida para evaluar el progreso
social de sus países y regiones y mejorar con ello sus políticas públicas[6
Con el propósito de delimitar y clarificar las diferentes aproximaciones existentes en
torno a la cuestión de la vida buena, en las líneas que siguen se realizará una breve
revisión conceptual y terminológica concerniente a las principales expresiones existentes
al respecto.
La eudaimonía griega
Durante la antigua Grecia, los debates ético−políticos solían transcurrir en torno a un
término esencial: la eudaimonía (de “eu” y “daimon”, que vendría a significar “buen
espíritu”). A pesar de que hoy en día este término suele traducirse como “felicidad” sin
más, el término “florecimiento humano” ha sido sugerido como una traducción más
exacta.7 En esta línea, filósofos como Jorge Riechmann sugieren contemplar a
la eudaimonía como vida lograda, cumplida o en plenitud.8
La eudaimonía no era por tanto entendida por la filosofía de la época como un estado
subjetivo y pasajero relacionado con el disfrute o el placer, sino más bien como un
proceso vital: una forma de vivir que mereciese la pena ser vivida. En esta línea, el
pensamiento grecorromano resaltó enfáticamente la importancia que sobre
la eudaimonía tenía la philía (o amistad),9 de tal modo que sin unos vínculos sociales
satisfactorios era difícil alcanzar una vida plena. De esta forma, la esencia misma de
la eudaimonía no era algo estrictamente individual, sino un fundamento que encajaba en
un modelo de vivir en interrelación con los demás: un bien social que florece de la
convivencia entre iguales.10
De entre todos los términos existentes relacionados con la idea de una vida buena, son
tres los que han acaparado hasta ahora el grueso de la atención académica: felicidad,
bienestar y calidad de vida. A continuación repasaremos, uno por uno, el significado de
estos tres términos frecuentemente intercambiables. Comenzaremos por la felicidad.
La felicidad
Según sostiene Francis Heylighen, profesor de la Universidad Libre de Bruselas, existen
dos formas de entender la felicidad: una pasajera y una duradera.11 La primera se
aproximaría a la noción de alegría (sentimiento grato), mientras que la segunda lo haría
a las nociones de bienestar. Esta segunda concepción ha sido tradicionalmente abordada
desde el mundo académico para indicar el disfrute subjetivo de la vida en sentido
general,12 siendo con ello un concepto análogo al de bienestar subjetivo13 y pudiendo ser
evaluado a través de encuestas que valoran el nivel de satisfacción que las personas
tienen con la forma en que su vida transcurre (indicadores de satisfacción con la vida, con
el tiempo disponible, con las relaciones personales, con el trabajo, etc.). Con todo, y tal y
como sostiene Ruut Veenhoven, valdría entender la felicidad (o bienestar subjetivo) como
la percepción personal a través de la cual un individuo juzga la calidad global de su vida
de forma favorable; esto es, lo que a uno le gusta la vida que uno lleva, comparando la
vida que tiene con la que le gustaría tener.14
Los estudios sobre la felicidad han permitido obtener información relevante al comparar
resultados por nivel socioeconómico dentro de un país, entre países según su nivel de
ingresos per capita o por periodos de tiempo para cada uno de los países. De esas
comparaciones se detectó una paradoja en relación con la satisfacción con la vida y el
nivel de ingresos: cuando las personas se hacen más prósperas en relación con otras,
aumenta la satisfacción con su propia vida; pero cuando son las sociedades en su
conjunto las que se hacen más ricas, no se vuelven por ello más felices. Efectivamente, si
preguntamos a personas con diferentes niveles de renta sobre su felicidad se comprueba
que aquellas que disponen de mayores ingresos suelen autoproclamarse más felices que
las relativamente más pobres. Hasta aquí nada nuevo: «El dinero no da la felicidad, pero
procura una sensación tan parecida, que se necesita un auténtico especialista para
verificar la diferencia», se podría concluir siguiendo la broma de Woody Allen. Ahora bien,
las cosas cambian cuando se establecen comparaciones a lo largo del tiempo y entre
países.
Richard Easterlin, en 1974, fue el primer economista en cuestionar la relación de
proporcionalidad existente entre los ingresos y el bienestar subjetivo. Tras comparar
varios países entre sí, Easterlin propuso la existencia de una zona de saturación
monetaria del bienestar humano subjetivo a partir de la cual el aumento de los ingresos
medios de una sociedad ya no se relacionaba con el aumento de su satisfacción con la
vida.15 De este modo, la relación entre los ingresos y el bienestar subjetivo se revelaría
proporcional únicamente para el caso de las sociedades menos adineradas, en las cuales
la mayor parte de las rentas familiares son destinadas a cubrir las necesidades materiales
más apremiantes. A partir de un determinado umbral de renta el aumento de los ingresos
apenas contribuía ya a incrementar significativamente el bienestar subjetivo de las
personas.
Este fenómeno, popularizado como la «paradoja de la felicidad», también fue años
después explorado en algunos países concretos a lo largo del tiempo. Así, tal y como
mostraron los trabajos de David G. Myers, a pesar de que en EEUU el salario medio
prácticamente se triplicó entre mediados de los años cincuenta y 2010, la felicidad
declarada por sus ciudadanos durante esos años permaneció prácticamente
constante.16 Por tanto, cuando se compara el grado de felicidad que las personas dicen
disfrutar a lo largo de un periodo amplio de varias décadas, en las sociedades opulentas
nos encontramos con que el porcentaje de personas que declaran sentirse felices no ha
aumentado (incluso ha descendido en algunos casos) a pesar de que los ingresos se
hayan incrementado considerablemente en ese mismo período. De todo ello se puede
atisbar que en la felicidad (o bienestar subjetivo) de las personas llega un momento en el
que influyen más otros aspectos (relacionales, culturales y ambientales) que el nivel de
renta absoluto que obtengamos.
El bienestar
El bienestar es un concepto amplio que tiene muchas definiciones diferentes. Según la
Real Academia Española (RAE), el bienestar tiene que ver con el conjunto de cosas
necesarias para vivir una vida buena, tranquila, estimulante y saludable.17
Huppert, Baylis y Keverne definieron el bienestar como el estado positivo y sostenible que
permite a los individuos, a los grupos sociales o a las naciones prosperar y florecer.18 Así
pues, cabe distinguir entre el análisis del «bienestar actual» y el análisis de su
«sostenibilidad», es decir, si el bienestar puede mantenerse en el tiempo.19
Un trabajo de 2014 basado en la integración de varios enfoques sobre la noción de
bienestar, como los propuestos por Sen,20 Doyal y Gough,21 y McGregor y
colaboradores,22 sugirió que este tiene que ver básicamente con tres aspectos: i) las
condiciones físicas, sociales y mentales de las personas, ii) la satisfacción de sus
necesidades y capacidades básicas, y iii) las oportunidades y recursos a los que se tiene
acceso.23
Sea como fuere, la literatura existente sugiere que el bienestar debe ser tratado como un
asunto multidimensional que captura una mezcla de circunstancias de la vida de las
personas, incluyendo cómo se sienten y cómo funcionan.24 Así, la noción de bienestar
comprende, a fin de cuentas, todos los componentes y factores tanto objetivos como
subjetivos que son inherentes al florecimiento positivo de una persona.25
El bienestar reducido a la prosperidad material y al nivel de vida
A pesar de que la idea de bienestar ha evolucionado en los últimos años, incorporando
en su análisis condiciones económicas, sociales y políticas, lo cierto es que la noción
dominante de bienestar sigue estando ligada a día de hoy al convencimiento de que los
ingresos y las propiedades materiales son la base de una vida buena. Sobre esta
presunción se construyó un paradigma que vinculaba progreso con incremento
cuantitativo, esquivando consideraciones sobre su contenido cualitativo. La noción
dominante de bienestar ha quedado así reducida a la prosperidad material, al aumento
de la capacidad de compra y, en consecuencia, al aumento del consumo.
Sin embargo, el bienestar es un concepto más amplio que el de «nivel de vida», pues
incluye todos aquellos factores que influyen en lo que valoramos en nuestra existencia
más allá de los aspectos adquisitivos. Reducirlo al nivel de vida es incorrecto por varias
razones. Primera, porque los recursos económicos –bien sea el ingreso o el nivel y la
estructura del consumo mercantil– son medios que se transforman en bienestar de
formas diferentes según las personas; así, individuos que poseen mayor capacidad para
disfrutar o más habilidades para el éxito en ámbitos valiosos de la vida pueden estar
mejor incluso si manejan menos recursos económicos.26 En segundo lugar, porque
muchos recursos que contribuyen al bienestar no proceden del mercado, sino de otros
ámbitos no mercantiles ni monetarizados. Y finalmente, porque la mayor parte de los
determinantes del bienestar son circunstancias que no pueden ser reducidas a la
tenencia o posesión de rentas o mercancías, sino que tienen que ver con actividades y
relaciones sociales.
Además, las medidas convencionales de esta visión reduccionista del bienestar suelen
ignorar los trabajos domésticos y de cuidados, individuales o colectivos, que
proporcionan una destacada contribución al bienestar de las comunidades y a la calidad
de vida de las personas. Tampoco logran reflejar las disparidades de riqueza e ingresos
dentro de una sociedad (un aspecto que está negativamente correlacionado con la salud
de esa sociedad)27 ni capturan ni pueden capturar en modo alguno los muchos efectos
negativos de las actividades económicas, como la contaminación y otros costes sociales
y ambientales.28
La calidad de vida
La expresión calidad de vida pretende corregir esa deriva reduccionista en la que incurrió
la visión convencional y economicista del bienestar. Y lo hace recuperando y abrazando
el concepto multidimensional de bienestar anteriormente mencionado, que depende
tanto de factores personales y sociales como de elementos objetivos y subjetivos.
Además, la expresión calidad de vida incorpora dos consideraciones de especial interés.
La primera tiene que ver con los logros o resultados obtenidos; la segunda con la
importancia del entorno natural como condición prioritaria para el desarrollo de la vida
humana.
Trasladar la atención hacia los logros es relevante porque una vida buena es, al fin y al
cabo, una vida lograda o realizada. Atender, por ejemplo, a los logros en materia de salud
y autonomía permite evaluar un modo de vida en función de los resultados cosechados.
Un modo de vida que impida o amenace la salud y autonomía de las personas no podrá
considerarse en ningún caso una vida buena.
El término de calidad de vida comenzó a generalizarse en la década de los setenta en el
campo de la medicina y la salud para transmitir la idea de que hay algo más que la mera
cantidad de años de supervivencia: así, además del tiempo de vida, también es
importante atender a la calidad de la misma.29 En esta línea se han propuesto indicadores
ligados al desarrollo biológico que proporcionan una información significativa sobre la
evolución de la calidad de vida de una población. La estatura media o la esperanza de
vida saludable, por ejemplo, constituyen indicadores fiables y complejos del desempeño
de la vida en una sociedad al reflejar los factores ambientales sobre el máximo potencial
de crecimiento genético.30
La expresión calidad de vida pretende corregir esa deriva reduccionista
en la que incurrió la visión convencional y economicista del bienestar
Por otro lado, la relevancia de los factores ambientales (físicos, epidemiológicos y
socioeconómicos) exige incorporar la dimensión ecológica del bienestar –o la ecología en
la que se desarrollan nuestras vidas–. La pandemia ha mostrado cómo la salud de las
personas se encuentra profundamente intrincada con la salud de los ecosistemas y que
una vida sana en un planeta enfermo o en un entorno social tóxico es una contradicción
en sus términos.
Pese a que la dimensión socioambiental ha estado presente en muchos índices de
bienestar, desde los años setenta en adelante diversos enfoques asociados a la idea de
los ecosistemas como límites biogeofísicos de la acción social vienen planteando con
mayor énfasis la preocupación por los conceptos de bienestar y calidad de vida desde el
ámbito de las ciencias de la sostenibilidad, vinculándose así su noción con el estado de
conservación de los ecosistemas.31 Este enfoque parte del reconocimiento de que el buen
funcionamiento de la biosfera está en la base del bienestar y de la subsistencia humana,
de modo que no podremos tener vidas de calidad si nuestros modos de vivir promocionan
hábitos insostenibles que alteran la biodiversidad y los procesos ecológicos. Al fin y al
cabo, este marco abraza los principios de la economía ecológica, situando la esfera
económica al servicio de la sociedad en un panorama de armonía con la naturaleza, en
vez de subordinar −como se ha venido haciendo− tanto la naturaleza como la sociedad a
los avatares de la globalización económica capitalista.32
Calidad de vida en el contexto de la crisis ecosocial
Bajo esta perspectiva se vuelve primordial reconocer que la crisis ecosocial que atraviesa
el planeta –y que amenaza con comprometer la vida de millones de personas, así como
cualquier horizonte de vida buena– es, en el fondo, un hecho social arraigado al modo de
vida hoy imperante. Si pretendemos alcanzar una vida buena y de calidad para toda la
humanidad en un planeta que es finito tendremos que ser capaces de acomodar nuestra
noción de bienestar a los límites ecológicos del planeta.33 Pasar de la noción
socioeconómica del bienestar que actualmente domina el imaginario colectivo –basado
en prismas mercantilistas y cortoplacistas– a una noción sostenible y armónica de la vida
exige cuidar la salud de los entornos sociales y naturales.
La consideración de la crisis ecosocial en todas sus dimensiones y manifestaciones exige,
en este punto de la historia en que nos encontramos, definir la vida buena como aquella
capaz de desenvolverse en un equilibrio dinámico con la naturaleza. A este respecto se ha
hecho popular en los últimos años una imagen con la que representar la posibilidad de
congeniar el bienestar social y la sostenibilidad ecológica: la conocida como economía de
la rosquilla. Reconociendo un “suelo social” que deberíamos garantizar y un “techo
ambiental” que tendríamos que respetar, estaríamos en condiciones de precisar el
espacio intermedio de seguridad en el que resulta posible prosperar conforme a los
medios de nuestro planeta.34
Pasar a una noción del bienestar sostenible y armónica de la vida exige
cuidar la salud de los entornos sociales y naturales
La claridad que transmite la imagen de la rosquilla ha hecho que este marco conceptual
esté siendo utilizado con cada vez más asiduidad para evaluar y comparar el desempeño
socioecológico de muchos países y ciudades del mundo. Eso sí, en el caso concreto de los
países se ha comprobado que ningún país hasta la fecha ha logrado situarse en
ese espacio seguro que permite tener prosperidad social sin trasgredir los límites
biofísicos.35 Mientras que algunos países deben mejorar significativamente en ámbitos
sociales (aquí encontramos, sobre todo, a países del Sur global), otros deben hacer
enormes esfuerzos ambientales para dejar de sobrepasar los límites planetarios
(fundamentalmente los países más desarrollados del Norte global).36
La cosmovisión del Buen Vivir y las prácticas de los Buenos
Convivires
En muchas culturas, la idea del florecimiento humano en armonía dinámica con la
naturaleza aún está presente. Las propuestas andinas del buen vivir (el sumak kawsay de
las culturas kichwa o el suma quamaña de las aymaras) valoran la plenitud en relación
con la comunidad y la naturaleza. Existen nociones similares en otras culturas: el ñande
reko guaraní, el tarimiat pujústin shuar, el shiir waras ashuar, el kyme mogen mapuche, o
el balu wala de los pueblos kunas de Panamá, así como muchas otras presentes en
pueblos de Asia, África y Oceanía. Se trata de concepciones holísticas y armoniosas
(consigo mismo, con la comunidad y con la naturaleza) que expresan la misma idea de
prosperidad humana en un floreciente entramado de vida.
El Buen Vivir tiene una potente dimensión cultural y espiritual –no necesariamente
religiosa– que la diferencia de otras concepciones del bienestar al situar al ser humano
como parte de una realidad vital mayor.37 También tiene una dimensión
económico−productiva a partir de los principios de suficiencia y sustentabilidad.
El enfoque del Buen Vivir no propugna una forma de desarrollo alternativo, sino una
alternativa a la propia idea de desarrollo –y de progreso– emanada de la modernidad
capitalista occidental que conlleva la descolonización de las metodologías y la
descolonización del saber.38 En este sentido, este enfoque demanda una clara
diferenciación entre sabidurías y conocimientos y, como consecuencia, un indispensable
diálogo de saberes y aproximaciones transdisciplinarias. Y de ese diálogo se deriva que
no solo hay un único modo de entender la vida buena, sino una pluralidad de “buenos
convivires” que no son propuestas acabadas sino procesos en construcción permanente
a partir de vivencias, experiencias y prácticas que se trenzan desde abajo.39
El Buen Vivir, como alternativa a un desarrollo que en realidad es “maldesarrollo”, se
presenta como una propuesta civilizatoria para orientar la salida del capitalismo. No
significa en ningún caso una apuesta por volver al pasado, sino más bien, como señala
Michael Lövy, del romanticismo revolucionario, una «vuelta por el pasado en dirección a
un futuro emancipador»40 para redescubrir la sabiduría aún presente en la mayoría de las
tradiciones culturales y cosmovisiones de los pueblos oprimidos por las potencias
coloniales o poscoloniales. «Tampoco reniega de la tecnología ni del saber moderno. De
lo que sí reniega es de la civilización del capital».41 Es, en suma, la búsqueda de un nuevo
modo de vida alternativo al modo de vida imperante.
El modo de vida que se encuentra en el origen de la crisis
ecosocial
Indagar en la calidad de vida en el contexto de la crisis ecosocial exige identificar en
nuestra forma de vivir un modo de producción y consumo –un modo de vida– que
combina, como caras de una misma moneda, la opulencia de las mercancías con la
explotación de la fuerza laboral, el saqueo de los recursos de la naturaleza y la imposición
de cargas indeseadas sobre las mujeres. El capitalismo es un sistema económico que vive
de la explotación de sus colonias y que genera un modo de vida imperial.42 Como señalan
María Mies y Vandana Shiva, esas colonias son las mujeres, la naturaleza y los países del
Sur global.43 Su desarrollo histórico ha conducido a la crisis ecosocial en la que nos
encontramos. La dinámica expansiva capitalista, impulsada por el ánimo de lucro y el
individualismo competitivo, choca con los límites ecológicos del planeta y desbarata los
vínculos sociales, afectando de esa manera a las condiciones materiales que permiten la
reproducción de la vida y de la existencia social.
En el contexto de la actual crisis ecosocial, la definición de la calidad de vida no es una
cuestión meramente técnica, sino que requiere la adopción de un enfoque normativo
capaz de establecer prioridades, visualizar conflictos y relaciones de poder, e integrar
relaciones sociales y valores de igualdad y justicia.44 Debe permitir evaluar el modo de
vida de la civilización industrial capitalista y hacer aflorar con claridad cómo las
sociedades capitalistas albergan una contradicción sociorreproductiva profundamente
asentada en la crisis ecosocial, entendida como una crisis ecológica y de cuidados.45
Un enfoque ecosocial de la calidad de vida
Los debates actuales sobre la vida buena comparten las críticas radicales a las ideas de
desarrollo y progreso orientadas únicamente a incrementar el nivel de ingresos y la
riqueza monetaria. Estos debates advierten de la necesidad de incorporar las
dimensiones personales, sociales y ambientales. La importancia decisiva en la vida de la
gente de los elementos relacionales, culturales, políticos y ecológicos abre la perspectiva
hacia otras formas de organización social ajustadas a las particularidades históricas y
culturales alternativas a la que ofrece en nuestros días el capitalismo, depredador de la
naturaleza, apisonador de las culturas de los pueblos y empobrecedor de las relaciones
sociales.
En nuestro mundo convive la ostentación más despilfarradora con la necesidad más
apremiante. Mientras esto ocurre, el planeta Tierra se encamina a velocidad de vértigo
hacia una degradación de magnitudes incalculables. El ritmo de deterioro ecológico y
social que estamos padeciendo a escala planetaria exige que nos preguntemos con
urgencia qué entendemos por vida buena, pues no parece que podamos asumir como
bueno el modo de vida imperial que niega a la mayoría un presente y a la humanidad su
futuro. Preguntarse acerca de la vida buena significa, en la práctica, discernir entre los
determinantes que amenazan el mantenimiento de la vida y aquellos otros que propician
su florecimiento y calidad.
Bajo la noción de calidad de vida laten distintas dimensiones. Una de ellas se refiere
indudablemente al acceso a una determinada cesta de bienes y servicios que garanticen
la cobertura de las más elementales necesidades materiales. Pero la calidad de vida es
algo más que eso, incluye otros factores que van más allá de este aspecto material y que
influyen en lo que valoramos de la vida. A nadie le extraña que en las respuestas a la
pregunta acerca de una vida de calidad la gente incorpore habitualmente alusiones a la
salud, al disfrute del tiempo libre o a la compañía de sus seres queridos.46 Así pues, y como
ya hemos mencionado, la calidad de vida es un concepto multidimensional que incorpora
tanto lo que tenemos (dotación de recursos) como lo que hacemos (actividades), sin
olvidar dónde y con quién estamos (las circunstancias en las que nos
movemos). Tener, hacer y estar son dimensiones siempre presentes en la evaluación de
la calidad de vida.47
Preguntarse acerca de la vida buena significa, en la práctica, discernir
entre los determinantes que amenazan el mantenimiento de la vida y
aquellos otros que propician su florecimiento
Cada una de estas dimensiones entraña, a su vez, aspectos objetivos y subjetivos. Los
aspectos objetivos se refieren a las oportunidades que se nos abren en relación con los
recursos a los que podemos acceder, las actividades que podemos desarrollar o las
circunstancias –sociales y ambientales– en las que nos toca vivir. Los aspectos subjetivos
tienen que ver con las valoraciones cognitivas y los sentimientos (positivos y negativos)
que suscita todo lo anterior. Una vez resaltadas las dimensiones que abarca la calidad de
vida, cabe preguntarse por los aspectos que necesitaríamos cultivar para favorecerla y
los obstáculos que deberíamos remover para no entorpecerla. Tal vez pueda ayudar en
la respuesta a estos interrogantes la mención de tres aspectos que se encuentran
presentes en todas las cosas que logramos hacer y que representan elementos
constitutivos del estado de una persona, ya sea estar bien alimentado, gozar de buena
salud, evitar enfermedades o participar con autonomía en la vida comunitaria. Esos
elementos son los siguientes: los recursos, el tiempo y las relaciones.
Recursos, tiempos y relaciones para lograr unos resultados en salud y autonomía sin
menoscabo de las condiciones sociales y ecológicas en que se desenvuelve la vida. Solo
así estaremos ante una vida digna de ser vivida. Solo así se posibilita el despliegue de las
capacidades y libertades en las personas sin imponer servidumbres y sacrificios sobre
otros seres humanos y especies, preservando la trama de la vida de la que formamos
parte.

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