Libro Aulagnier CAPÍTULO 1
Libro Aulagnier CAPÍTULO 1
Señalamos entonces maneras de entender estos momentos privilegiados de crisis y desorden, que desafían
a la estructura en cuanto a la simbolización de las transformaciones (en las dimensiones de lo intrapsíquico,
lo intersubjetivo y lo transubjetivo):
Momentos del desarrollo, que pueden convertirse en verdadero “acontecimiento” (Badieu, 1988)
introduciendo al sujeto en el trabajo de simbolizar, significar los cambios que el paso del tiempo le impone
a su cuerpo como escenario y a la vez como motor de las transformaciones.
Momentos en términos de corte, novedad, hiancia o crisis, que presentan discontinuidad: el sujeto halla
marcas que lo detienen, le interrogan y destotalizan los recursos construidos previamente. Desde la
complejidad de la escena psíquica, se plantea a la vez el registro de lo que cambia, su inscripción y su
procesamiento, y la posibilidad de significar - resignificar lo que permanece para dar continuidad al trabajo
del Yo.
Un sujeto producto y productor de determinaciones múltiples y recíprocas, que adviene y deviene por lo
vincular, que en cada encuentro significativo, no solamente en los primero años de vida, ni en función de la
presencia de un otro primordial, sino a lo largo de su devenir, irá construyendo su historia singular:
“historia-historizada-historizante” (Delucca, 2000) La actividad representacional nunca logra procesar toda
la información, traducir toda la excitación en sistemas de nexos asociativos: no todo lo vivido en relación a
lo real externo, a las experiencias vividas en los encuentros con los objetos primordiales y con el propio
cuerpo, podrán ser representados, elaborados, simbolizados y articulados, en esas líneas de
descomposición y recomposición propias de los procesos psíquicos del sujeto. Lo no articulado, no
“traducido”, seguirá “insistiendo, pulsando, re-peticionando su inscripción simbolizante, no siempre
posible” (Delucca, 2002).
El aparato psíquico como abierto a lo real (real libidinal) y en constante interacción con lo exterior a sí es el
psiquismo de estratificación sucesiva que Freud trataba en sus hipótesis a fines del siglo XIX, donde la
información a tramitar es constante, aunque no toda esta información estará en igualdad de condiciones a
la hora de movilizar una reorganización de la estructura conforme su metabolización. Parafraseando a
Foucault, no tendrá ni el mismo alcance, ni la misma amplitud cronológica, ni la misma capacidad de
producir efectos. Precisamente, la idea de neogénesis es solidaria a la concepción de “un aparato abierto a
lo real y sometido al traumatismo” (Bleichmar, 2001). Aparato psíquico que siempre recibirá elementos de
lo real libidinal, y en el marco del cual la neogénesis, en tanto proceso psíquico, posibilitará que algo que no
había existido antes, que no había tenido inscripción en ese aparato, se organice.
La psique, en su devenir, realiza una alianza entre permanencia y cambio, mediante la transformación del
azar en organización, el psiquismo engendra nuevas formas y desarrolla potencialidades por incremento de
su complejidad. Así, el azar interviene en la constitución subjetiva y el devenir histórico. En una estructura
totalmente determinada no hay lugar para la novedad, pero tampoco el puro azar permite organización e
imposibilitaría la historicidad. Las condiciones de partida pueden pensarse como indeterminadas y
abiertas, pero condicionada a un encuentro subjetivante. El psiquismo puede definirse como
autoorganizador porque ante la posibilidad de perturbaciones aleatorias el sistema puede reaccionar con
un aumento de complejidad: complejización es crear ligaduras, ya que la meta de Eros es producir unidades
cada vez más grande, y así conservarlas. Las inscripciones como huellas mnémicas son ya un modo de
organizar la excitación proveniente del cuerpo biológico, el cuerpo erógeno, el otro humanizante y la
realidad representacional transmitida por el lenguaje. Podemos decir entonces que la transformación de lo
azaroso, como ruido, en organización y complejidad es efecto de lo intersubjetivo, de un encuentro con lo
subjetivo del otro y su articulación con lo corporal (Hornstein, 2008). La subjetivación como proceso en el
devenir es efecto de relaciones de determinación múltiples y recíprocas con los otros. Pensar el psiquismo
como un sistema abierto, no sólo en su funcionamiento sino en su génesis, permite reflexionar acerca de la
trama relacional constituida por los otros primordiales y sus realidades psíquicas singulares, pero teniendo
en cuenta que lo infantil no es el único origen del sujeto, sino que en cada vínculo significativo se genera
sujeto y éste suplementa al sujeto constituido en la infancia. Diríamos que hay múltiples puntos de partida
(Berenstein, 2001). Hornstein ([Link]) subraya que pensar al psiquismo como abierto estructuralmente es
solidario con poder pensarlo también como cerrado organizativamente: es decir, el intercambio de energía
con lo exterior es continuo, y sus interacciones lo someten a un trabajo incesante de representación, pero
la psique es autónoma y mantiene una forma estable que le permite sostener reglas y legalidades para
contar con mecanismos de funcionamiento específicos (la especificidad de los procesos psíquicos, la
diferenciación de yo y el otro, etc). El proceso identificatorio, el trabajo del duelo, la resignificación de la
estructura edípica y narcisista, dan cuenta de diferentes momentos de reorganización subjetiva. Será un
proceso de autoorganización realizado por el Yo. Concebir la constitución psíquica en un proceso
atravesado por la temporalidad y el devenir significa por lo tanto, reconocer los procesos psíquicos como
no estáticos, el psiquismo se encuentra en un estado permanente de organización y desorganización. La
identificación no es una experiencia cerrada, algo que ocurra de una vez y para siempre, se pone en juego
en todo encuentro significativo para el Yo. Sólo a posteriori se podrán reconocer momentos claves en dicho
trayecto. En el comienzo de la vida, cuando los trayectos están por hacerse, el Yo tiene la tendencia a ligar,
a vincularse y también a desligarse de aquello vivenciado como doloroso. Este trayecto pondrá en tensión
el sostenimiento de un punto de anclaje (los lazos con los otros primordiales, puntos de certeza, lo que
permanece), y aquello nuevo desconocido que se impone (la cualidad azarosa del encuentro). La
estructura psíquica se complejiza en la particular combinatoria de estos dos aspectos. El Yo está constituido
por un conjunto de identificaciones, dichos enunciados son formulados por los otros significativos. Sombra
hablada dirá Aulagnier aludiendo a la función de la madre como proveedora de los primeros enunciados
identificatorios en relación al infans dando lugar al primer contexto identificatorio del Yo. En su devenir, las
preguntas sobre quién es el Yo y qué deberá llegar a ser no serán respondidas por un único otro sino que
tendrán que responderse como único enunciante. Será desde esos puntos de certeza desde donde saldrá a
buscar. Todo lo que quede por fuera será objeto de incertidumbre. Pero el Yo requiere de nuevos espacios
y de nuevos destinatarios a los cuales demanda placer y reconocimiento, y la realidad como un magma de
significaciones imaginarias sociales es productora de esos circuitos (prescripciones, prohibiciones,
modalidades, sistemas de ideales, coherencia de sentidos, contradicciones de lógicas…) y a la vez producida
y sostenida en la reproducción y transmisión a la que la incesante metabolización subjetiva la somete.
Conclusiones
El enfoque particular que se plantea del aparato psíquico como un sistema abierto y complejo, en relación
constante con lo exterior a sí remite a una temporalidad que si bien contempla la sucesividad del desarrollo
(tiempo cronológico, irreversibilidad de lo biológico) supone el efecto de retroacción y del a posteriori para
posibilitar nuevos enlaces y transcripciones del material psíquico. Esta conceptualización permitirá la
articulación entre un eje diacrónico, como la historia, y lo sincrónico, haciendo alusión al concepto de
estructura disipativa donde el azar tiene efecto complejizante y creador. Avatares y matriz simbólica. Lo
que permanece y lo que cambia. Dando lugar a la idea de historia como construcción de un sujeto que
otorga un sentido. El devenir subjetivo es una trayectoria que como todo proceso psíquico, articula lo
sucesivo y lo simultáneo. Lo nuevo y las marcas ya constituidas. La construcción de la subjetividad en sus
vertientes intra, inter y transubjetiva será el resultado entonces de la particular metabolización que el Yo
realice en su trabajo de historización, re escritura de la propia historia como historia historizada.
Complejizando la estructura psíquica, generando nuevos enlaces y posibilidades simbólicas. Preguntarnos
por los modos y los avatares de ese devenir, los procesos psíquicos en juego en los momentos privilegiados
de autoorganización, será atender a un sujeto singular y parte de un entramado vincular atravesado por
significaciones de un conjunto, que hará de su tiempo de vida un proyecto subjetivo, del cual será
escribiente e historiador hasta su fin.
El yo no puede habitar un cuerpo desposeído de su historia. Una primera versión acoge a este cuerpo. Ese
‘yo anticipado’ al que se dirige el discurso materno inscribe al niño en un orden temporal y simbólico. LUIS
HORNSTEIN, PROYECTO TERAPEÚTICO
Introducción
Partimos de la idea de ajenidad como aspecto inherente a la intersubjetividad. Como señala Isidoro
Berenstein (2008), lo ajeno nos enfrenta con la dimensión del Otro en su presentación y, por otra parte, se
juega la representación del Otro. El proceso que revela la constitución del sujeto supone la representación
de aquellos aspectos de alteridad para hacerlos coincidir con un registro previo. Lo ajeno, en cambio, no es
pasible de representación, tampoco de identificación. Sin embargo, su carácter de ajenidad no mengua el
impacto de aquellos aspectos en el campo de las transformaciones subjetivas. El Otro se impone y a partir
de allí el encuentro con lo real del Otro transcurre en un registro diferente al de la identificación. Lo no
representable logra sus inscripciones en el campo de lo psíquico. Esto nos traslada a una perspectiva de la
subjetividad que, de manera ineludible, incluye la presencia del Otro en la constitución subjetiva, a lo largo
de todo el devenir del sujeto. ¿Cómo vincular esta idea de presentación del Otro con la constitución del
cuerpo? Si partimos de pensar –como sugiere Freud (1895)– que la experiencia de satisfacción anuda la
constitución psíquica con la emergencia del cuerpo erógeno; y tenemos en cuenta – como nos enseña la
perspectiva vincular– las dos posibilidades y registros con los que el sujeto cuenta frente al Otro, esto es: el
impacto de la presentación del Otro, por un lado, y la posibilidad de inscripción en el registro
representacional, por otro; surgen dos afluentes de materialidad psíquica que participan en la composición
del cuerpo. La presencia propiamente dicha del Otro que, como tal, no se conecta con ninguna inscripción
previa, impacta en términos de imposición. Como decurso posible de esta presencia que aquí interesa
señalar, tal imposición decanta en inscripciones inconscientes que constituyen aquello que Nasio ha
denominado cuerpo vivido (Nasio, 2008). En la misma línea Piera Aulagnier (1975) nos permite pensar
capturas de la presencia del Otro bajo el registro originario, modeladas psíquicamente mediante la
inscripción de la presencia del Otro en representaciones pictográficas. Estas inscripciones psíquicas del
cuerpo que escapan a la representación palabra (Freud, 1915) ubican una dimensión pulsional del cuerpo –
no consciente, aunque no por ello por fuera de los dominios de la psique– que alimenta la idea de cuerpo
erógeno cuya constitución cuenta con múltiples puntos de origen a lo largo, justamente, de todo el devenir
del sujeto. No sólo la instancia yoica se encuentra en continuo devenir mediante el proceso identificatorio
que sostiene su existencia (Aulagnier, 1991a), sino que la psique en sus territorios inconscientes es abierta,
en continua constitución. Entonces, el carácter abierto y complejo no sólo está garantizado por la
posibilidad de resignificar lo ya inscripto, sino por la cualidad de un espacio que se funda por la inscripción e
inauguración de nuevas marcas. La sistematización que ofrece David Nasio (2008) nos permite diferenciar
el cuerpo vivido del cuerpo visto. Este último se articula a partir de las representaciones e identificaciones
que inauguran y establecen los límites del Yo. El proceso identificatorio que imprime a esta instancia una
reformulación continua, cuyo juego se libra entre permanencia y cambio (Aulagnier, 1991a), enlaza al
sujeto a la presencia inexorable del Otro. Tal proceso requiere de modelos identificatorios: otros sujetos
que advienen como significativos en el interior de un vínculo. Si cuerpo e instancia yoica, al menos en el
plano de la identificación y de la representación del Otro, se constituyen en el mismo proceso, entonces lo
representable del Otro participa en las posibilidades que el Yo tiene de hacer inteligible el cuerpo bajo la
forma de una nueva inscripción psíquica inédita hasta el momento. La constitución psíquica nos enfrenta
con el advenimiento del cuerpo en ambos planos, sólo separables para su análisis. Piera Aulagnier (1975)
destaca el modo en que la sombra hablada participa en la constitución psíquica de dos modos: por un lado
como proyección de un conjunto de enunciados identificatorios sobre el cuerpo del infans, cuya
materialidad será metabolizada por las posibilidades representacionales de la psique de aquel. Aun así, nos
dice la autora, algo del proceso secundario de la madre se filtra constituyendo los primeros rudimentos del
espacio psíquico al que advendrá el Yo. Interesa destacar que el proceso secundario que participa en la
estructuración de la sombra hablada opera como parapeto de la sexualidad y del deseo. El sello de la
represión opera como tamiz que permite la implantación de la erogeneidad y de la pulsión librada de
excesos. Entonces, en la teorización de Piera Aulagnier (1975), el Otro expone su faz de presencia, por un
lado, y en sus aspectos representables, por otro lado. Ambas vertientes participan de manera conjunta en
la emergencia de lo psíquico y, por lo tanto, en la conformación del cuerpo –que como venimos señalando
adquiere existencia psíquica a partir del vínculo complejo entre su dimensión de inscripción
representacional y su dimensión erógena: dos caras de la misma moneda. En suma, la construcción del
cuerpo, en tanto inscripción psíquica, supone un proceso de metabolización de información que proviene
del Otro, tanto de su erogeneidad como de sus enunciados identificatorios. Cabe señalar que si el Otro ha
encarnado las operatorias necesarias para la constitución psíquica, su “huella (…), si han sido eficaces en
este nivel, quedará muda. Imposible de ser recordada, pero sí articulada en las representaciones
fantasmáticas del niño y sus elaboraciones simbólicas” (Delucca & Petriz, 1997:94).
“El yo es ante todo… la proyección de una superficie” (Freud, 1923:27). Bajo este enunciado Freud nos
permite pensar el carácter inextricable entre lo psíquico y aquel cuerpo que, como tal, es arrebatado del
campo de la naturaleza por el encuentro con el Otro. No se trata de una psique que habita un cuerpo que
opera de envase. Se trata de lazos complejos. El cuerpo es psique y la psique es cuerpo. La pubertad
constituye un escenario que atestigua este complejo ensamblaje. La pubertad es clave en tanto hito
ineludible de la constitución psíquica puesto que supone una reorganización de la sexualidad infantil:
entramado pulsional que produce la dilución de lo biológico en tanto conjunto absoluto de
determinaciones. Como ha señalado Freud (1905) el plano de la sexualidad instala una nueva dimensión
que hace del organismo un soporte infraestructural, aunque no determinante, de aquella compleja
construcción psíquica denominada cuerpo. Tomando las categorías de David Nasio (2008), consideramos a
la pubertad una ocasión para la transformación del cuerpo vivido. La irrupción de las transformaciones de
la morfología orgánica, junto a las nuevas demandas pulsionales, configuran un cuerpo-otro que se
presenta, justamente, más allá de la representación. Sin posibilidad de un enlace con marcas previas que
den sentido al carácter inédito, la novedad que desgarra la inscripción previa del cuerpo irrumpe
abruptamente desde la imagen reflejada en el espejo, lo vivenciado en la carne y las nuevas demandas
contenida en la mirada transformada de los otros. El cuerpo de la pubertad nos enfrenta, entonces, con un
nuevo trazado del mapa erógeno. Nuevos relieves se imponen y la segunda oleada de la sexualidad instala
nuevos canales de corrientes libidinales. La pubertad no debe ser entendida como una colección de
aspectos biológicos, sino como aquella presencia que se impone a pesar del sujeto. Lo ajeno brota en los
escenarios de lo más próximo y familiar, es decir: aquella superficie erógena que tomada como referente
identificatorio, como imagen, era sostén sólido y consistente del Yo. Repetimos el aporte de Freud, “El yo
es ante todo… la proyección de una superficie” (Freud, 1923:27). Tal cimbronazo exigirá un trabajo por
parte del Yo en crisis. Donde el nuevo mapa erógeno, aquel cuerpo de la pubertad, deberá ser capturado y
sostenido por la historia del sujeto. El cuerpo que se recompondrá como trabajo de elaboración simbólica,
depende de la puesta en marcha del proceso identificatorio (Aulagnier, 1991a). El cuerpo de la
adolescencia, por llamarlo de algún modo que refleje la inscripción del cuerpo producto del trabajo yoico
de elaboración simbólica, responde al entramado representacional donde el Yo se transforma en función
de la novedad. Esta diferenciación entre cuerpo de la pubertad y cuerpo de la adolescencia, correlativa a las
categorías de cuerpo vivido y cuerpo visto, así como a las categorías propuestas por la teoría vincular de
presentación y representación, son sólo válidas para la comprensión de la complejidad del fenómeno en
cuestión. Ambos registros del cuerpo se
1 El presente apartado se propone exponer las ideas fundamentales del presente capítulo en un momento
específico del devenir.
imbrican en aquella construcción compleja del cuerpo en tanto historia libidinal e identificatoria (Aulagnier,
1986). Si la constitución del psiquismo no puede ser pensada por fuera de un vínculo, entonces el Otro
humano participa, en su dimensión deseante, en la alteración pulsional del organismo biológico que da
origen al cuerpo. Las satisfacciones del cuerpo libidinal se experimentan apuntaladas sobre funciones
orgánicas que, en el ámbito de lo humano, permanecen con su legalidad como requerimiento para la
conservación de la vida, pero que, sin embargo, son capturadas por los circuitos pulsionales. Las
metamorfosis de la pubertad conllevan una transformación del cuerpo de la adolescencia cuando los
nuevos circuitos del placer se vuelven perceptibles al Yo infantil, impactan en la estructura y convocan
nuevos sentidos para significar la propia experiencia. ¿Cómo integrar la sexualidad reorganizada a una
imagen corporal en transformación debido al proceso de historización adolescente? Sin dudas se trata de
un complejo proceso cuyo despliegue debe ligar los montantes libidinales propios de lo puberal con nuevas
representaciones vinculadas a la construcción de una imagen que se vuelva soporte del Yo. Después de
todo –como no nos referimos a los órganos anatómicos sino al cuerpo erógeno, sexuado, capaz de goce– el
cuerpo al que nos referimos sólo se constituye en las redes de una historia (Aulagnier, 1991a; Hornstein,
2008).
Los procesos, profundamente implicados, de representación del cuerpo, por un lado, y la constitución del
cuerpo como superficie erótica, por otro, suponen una localización que, en el plano de lo intrapsíquico,
compromete varios territorios de la tópica. Sin embargo el Otro, erogenizante y referente identificatorio
que opera a modo de prótesis psíquica, hace del cuerpo un espacio que hunde sus raíces en el encuentro
con el cuerpo del otro2. El cuerpo encuentra su afluente, en última instancia, en el espacio de lo vincular.
Philippe Gutton (1993) plantea el concepto de seducción generalizada para dar cuenta de los lazos
libidinales recíprocos entre Otro e infans. A partir de las elaboraciones de Piera Aulagnier (1975), el autor
introduce en aquella dimensión erógena las consecuencias identificatorias en el advenimiento del Yo del
infans. Tanto los enunciados identificatorios como los dones libidinales que provienen del Otro constituyen
el complejo basamento que sostiene la inscripción psíquica del cuerpo y la vida psíquica misma. Piera
Aulagnier (1975) enfatiza la vinculación indisoluble entre afecto y representación, y así subraya el modo en
que la actividad de representación permanece ligada al afecto y a la posibilidad de investidura; pero
también a la presencia del Otro, quien, según Aulagnier, cobra existencia psíquica por su poder de
modificar la respuesta sensorial y, de este modo, generar experiencia psíquica. El cuerpo, en el
pensamiento de Piera Aulagnier, adquiere relevancia por su carácter de mediador (Aulagnier, 1991b). El
cuerpo pone en contacto dos psiques3, por un lado, y la psique y el mundo, por otro. Como fuere, es
preciso destacar, una vez más, la presencia constitutiva del Otro en la escena psíquica. Si el Yo adviene
mediante la imposición de un fragmento de discurso que proviene del Yo del Otro, y si entendemos que tal
fragmento de discurso no es otra cosa que un conjunto de enunciados identificatorios, entonces el Yo se
enlaza a múltiples otros a lo largo de su devenir como requerimiento para su reformulación continua. El
plano erógeno nos muestra lo mismo. El infans experimenta placer en su cuerpo aún indiferenciado –en
términos de una representación unificante que instituya los límites del yo– del cuerpo del Otro; sin
embargo el autoerotismo, señala Gutton (1993), contiene el signo del objeto que otorgó ese placer. En esta
línea la perspectiva de Jessica Benjamin (1997) permite pensar cómo la pulsión cobra cabal existencia en el
espacio intersubjetivo. En suma, es posible pensar la marca de la presencia del Otro, aún tras aquellos
modos de funcionamiento más acéfalos de la sexualidad humana: la pulsión. El nuevo acto psíquico (Freud,
1915) que captura al autoerotismo e inaugura al narcisismo, también corresponde a la función libidinal del
Yo parental. Es este entrecruzamiento de miradas con el Otro –verse mirado por el Otro–, lo que garantiza
el reconocerse en la imagen especular con la posibilidad de desviar la mirada de la propia imagen (Lacan,
1936) para dirigirla hacia los objetos del mundo circundante, con la concomitante emergencia del Yo. Lo
paradojal es que el cuerpo, soporte y referente identificatorio para la constitución del Yo, se eleva, a la vez,
al rango de primer objeto investido por el Yo, al mismo tiempo que tal instancia emerge con tal investidura.
Por tanto no es posible ordenar al Yo y al cuerpo, en tanto imagen unificante, bajo una secuencia causal,
ambos se articulan en el mismo proceso. El Yo busca señales durante la mirada de su propio cuerpo que le
aseguren qué lugar ocupa para el Otro, y así aparece una doble vía de investidura del cuerpo por parte del
Yo emergente: por un lado, la del placer en la experiencia del cuerpo-a-cuerpo con el Yo parental, por otro,
la del discurso que el Yo parental mantiene sobre el cuerpo del infans; de allí que las inscripciones
corporales erógenas del infans se ligan al encuentro sensorial con la imagen del cuerpo sostenido por la
mirada del Otro. Así el cuerpo como objeto erótico, vinculado al cuerpo como imagen unificante, no es
ajeno al vínculo que instituye tal proceso. Insistimos en la diferencia entre organismo biológico y cuerpo
erógeno. Este último alude a un más allá de la naturaleza, cuerpo investido, sentido y visto. Las
inscripciones de las experiencias erógenas sostienen una vivencia corporal. Luego del advenimiento del Yo,
la identificación con la imagen especular reorganiza aquellas experiencias, aunque jamás devengan
conscientes –después de todo, aquellas inscripciones producto del cuerpo vivido, conforman la imagen
inconsciente del cuerpo. Señala Françoise Dolto (2005):
La imagen del cuerpo (...) es propia de cada uno: está ligada al sujeto y a su historia. (…) La imagen del
cuerpo es eminentemente inconsciente. La imagen [inconsciente] del cuerpo es la síntesis viva de nuestras
experiencias emocionales: interhumanas, repetitivamente vividas a través de las sensaciones erógenas
electivas, arcaicas o actuales. Se la puede considerar como la encarnación simbólica inconsciente del sujeto
deseante y ello, antes inclusive de que el individuo en cuestión sea capaz de designarse por el pronombre
personal Yo (…). La imagen [inconsciente] del cuerpo es a cada momento memoria inconsciente de toda la
vivencia relacional, y al mismo tiempo es actual, viva, se halla en situación dinámica, a la vez narcisística e
interrelacional … (Dolto, 2005:21).
Si la imagen del cuerpo conforma el Yo, instancia que enuncia tener un cuerpo; la erogeneidad propia del
cuerpo vivido otorga la sensación vitalizada de ser. Por su parte, Piera Aulagnier permite deslindar el modo
en que, una vez advenido, el Yo se encontrará con el cuerpo-placer y con el cuerpo-sufrimiento como su
propiedad. Incluso, y más importante aún, devendrán experiencias del cuerpo vivido que instituyen la
matriz inconsciente que sostiene la vida psíquica misma. Aunque permanecen inconscientes, aquellas
marcas se reorganizan en función de la representación del cuerpo unificado correlativa al advenimiento del
Yo. Como no puede ser de otro modo, el cuerpo resulta ser primera posesión del Yo, pues tomado como
objeto investido constituye un referente identificatorio y narcisista inicial abierto al juego de la
reformulación continua. Los aportes del psicoanálisis demuestran que la representación del cuerpo
responde a una construcción cuya complejidad queda eclipsada por el reconocimiento que el Yo es capaz
de realizar, pues su captura consciente elide –no puede ser de otro modo– parte del proceso de su
constitución. Aun así somos capaces de iluminar teóricamente el proceso y deslindar cómo tal
representación resulta del compuesto de dos imágenes indisociables: aquella que proviene de las
experiencias corporales y la imagen especular. Sentir/vivir los ritmos del cuerpo y verlo/verse mover
descentrado del lugar del Otro.
2 Aprovechamos la confusión del enunciado respecto a una clara localización del cuerpo del Otro y el
cuerpo del Infans para dar cuenta de la construcción vincular tanto del cuerpo del Otro como del cuerpo
del Infans.
3 En este punto vale la pena hacer mención a lo que podríamos denominar efectos recíprocos del cuerpo
como presencia. Enfatizando el polo de vínculo menos tematizado a la hora de pensar la constitución
subjetiva como efecto de la presencia del otro, hacemos alusión a que antes de devenir el yo, ya el infans
propone al investimento de la madre su cuerpo, prestándose a ser conformado por sus enunciados
identificatorios. Su realidad corporal (anatómica, fisiológica y morfológica) marcan un límite a la
omnipotencia materna y la hacen dudar acerca de su convicción de conocer las necesidades del infans, de
adivinar las respuestas que él espera. Convicción que habrá sido esa ilusión necesaria, sin embargo, para
que ella pueda anticipar al yo que habitará ese cuerpo (Hornstein, 2008:37).
¿Cómo participa el conjunto social en la construcción del cuerpo como inscripción psíquica? Piera Aulagnier
(1975) señala que el sujeto se constituye al interior de un microambiente, espacio en el cual el Yo puede
advenir. Para la constitución subjetiva no sólo cuenta la propia actividad de representación inaugurada por
el encuentro con la historia libidinal e identificatoria de la pareja parental (dimensiones intra e
intersubjetivas), sino también lo que transcurre en el ámbito social y cultural. El discurso parental debe
tomar en cuenta la ley a la cual ellos mismos están sujetos. Al participar en la constitución subjetiva el
registro socio cultural adquiere una función metapsicológica. Para dar densidad teórica a esta idea, Piera
Aulagnier refiere al concepto de contrato narcisista. Nos dice:
El contrato narcisista tiene como signatarios al niño y al grupo. La catectización del niño por parte del grupo
anticipa la del grupo por parte del niño. En efecto, hemos visto que, desde su llegada al mundo, el grupo
catectiza al infans como voz futura a la que solicitará que repita los enunciados de una voz muerta y que
garantice así la permanencia cualitativa y cuantitativa de un cuerpo que se autorregenerará en forma
continua. En cuanto al niño, y como contrapartida de su catectización del grupo y de sus modelos,
demandará que se le asegure el derecho a ocupar un lugar independiente del exclusivo veredicto parental,
que se le ofrezca un modelo ideal que los otros no pueden rechazar sin rechazar al mismo tiempo las leyes
del conjunto, que se le permita conservar la ilusión de una persistencia atemporal proyectada sobre el
conjunto y, en primer lugar, en un proyecto del conjunto que, según se supone, sus sucesores retomarán y
preservarán (Aulagnier, 1975:164).
El contrato narcisista, entonces, tiene como signatarios al infans y al grupo. El niño demandará que se le
asegure el derecho a ocupar un lugar por fuera de las redes del exclusivo veredicto parental. La relación de
las instancias parentales con el infans encuentra los ecos de la relación de la pareja parental con el medio
social al que pertenecen. Si la sombra hablada refiere al discurso de la pareja parental que anticipa y
precatectiza, incluso antes del nacimiento del infans, la propuesta identificatoria que participará en la
constitución del Yo, dichas identificaciones conforman enunciados que, teniendo en cuenta el doble
sentido de porta voz de quien los enuncia, producen un anudamiento constitutivo entre infans y el
conjunto social (Aulagnier, 1975). El discurso parental también anticipa, entonces, el sitio que el infans
ocupará en el discurso social. Los enunciados identificatorios ofrecidos al infans entrañan ideales sociales
que suponen, implícitamente, la esperanza de que el infans reproduzca el modelo socio cultural vigente. El
infans requiere para su constitución subjetiva hallar en el discurso social aquellas referencias
identificatorias que le permitan proyectarse a futuro, para que al alejarse del soporte que le proporciona la
pareja parental no pierda el soporte identificatorio del discurso social requerido. La lógica del conjunto
opera como un marco referencial más amplio que el microambiente del discurso parental. Esta dimensión
permite pensar al nuevo ser como un eslabón más en una cadena generacional. Esta prehistoria marca su
llegada a un lugar preexistente al interior de la estructura del parentesco. La articulación subjetiva y el
despliegue identificatorio que entreteje su historia transcurre en un espacio que anuda un orden simbólico,
cuya legalidad excede al sujeto, y la historia que cada sujeto construye, cuya trama revela la apropiación
singular, el propio sello, cuyos márgenes de movilidad deben permanecer dentro del espectro habilitado
por la legalidad y la lógica del conjunto.
Por grupo social Piera Aulagnier entiende al conjunto de las voces presentes. Sin embargo, en la línea de
Castoriadis (1997), la autora no entiende que se trate de una sumatoria de sujetos, de un cara a cara
indefinido. Se trata de un conjunto integrado por enunciados (místicos, sagrados o científicos) que
dependen de cada cultura, cuya contenido debe dar cuenta de los fundamentos del grupo social, esto es: la
realidad del mundo, la razón de ser del grupo social y el origen de sus modelos. Los enunciados del
fundamento transmitidos y recibidos operan en la constitución del sujeto como palabras de certeza. Esto
produce anudamientos constitutivos entre campo social y espacio psíquico, y así el modelo social es
catectizado mediante los ideales que cada uno de sus miembros asume para poder proyectar su devenir
identificatorio a futuro. El contrato narcisista, entonces, constituye un pacto de intercambio entre el sujeto
y el grupo social. El grupo espera y exige que el sujeto repita aquello que enunciaba la voz de sus
predecesores para asegurar la permanencia y la inmutabilidad del conjunto. El grupo garantiza al sujeto
reconocimiento y pertenencia. Si el sujeto asume el compromiso de repetir el discurso social es porque allí
reside el soporte para su libido narcisista que el conjunto le ofrece. El propio funcionamiento psíquico
necesita de tal soporte, pues el despliegue de un proceso identificatorio que abrace la posibilidad de
autonomía de pensamiento requiere la investidura de ideales enmarcados en el discurso del conjunto.
Diremos, entonces, que aquello que Piera Aulagnier (1975) denomina sombra hablada no pertenece, en
todos sus sentidos, a la construcción de un sujeto singular. Y es así que, su valor estructurante respecto a la
psique del infans radica en su inclusión en las leyes del conjunto. El conjunto social participa, de este modo,
en la regulación de la libidinización que circula en aquellos primeros vínculos constitutivos. La represión
que organiza el discurso del Otro, y que opera como tamiz para evitar excesos en la implantación de la
pulsión en el organismo, instala los precursores de la diferenciación respecto a un Otro. El lugar de
terceridad propio de la Ley simbólica que regula al conjunto social, instala, en la escena psíquica, los límites
del cuerpo con respecto al cuerpo del Otro, como representación diferenciada, cuyas raíces se encuentran
en la regulación de la sexualidad. El cuerpo emerge por la regulación propia de la ley de prohibición del
incesto El cuerpo aparece, entonces, como representación diferenciada con un inevitable malestar que
genera la cultura (Freud, 1930). El conjunto social participa en la construcción del cuerpo en las dos
vertientes o registros ya señalados. Por un lado, la ley que organiza lo prohibido y lo permitido en el campo
simbólico regula la circulación de la sexualidad en la erogeneización que se produce en el contacto libidinal
con el Otro. Es decir, el modo en que la inscripción de la ley simbólica se entrama de manera compleja en el
amparo y sostén que brinda el Otro permite pensar la presencia de lo cultural y su relación simbólica en el
proceso mismo de constitución del cuerpo, en tanto vivencia librada de exceso. Después de todo Como
efecto de la acción protésica de la madre que ofrece su pecho al infans, de los encuentros y desencuentros,
de las experiencias de placer y sufrimiento, se inscribirán esas primeras marcas fundantes (BEHAJUNG) que
ya suponen la incidencia de lo simbólico en un doble sentido: porque el universo simbólico, significante,
precede a este sujeto que llegará a ser, y porque aquello que se inscribe es desde el comienzo efecto de
una ausencia, de lo que no encontró en la satisfacción de la necesidad, de lo inasimilable de la “cosa
madre”. De allí en más se irán diferenciando sus circuitos específicos: el del cuerpo-organismo y el del
cuerpo pulsional (Delucca & Petriz, 1997:90-91)
Por otro lado, las representaciones y las identificaciones que las instancias parentales ofrecen en los
primeros tiempos de la vida psíquica, no sólo participan en la conformación del Yo/cuerpo sino que, en
tanto enunciados identificatorios, pertenecen al discurso del conjunto, es decir circulan dentro del espectro
de las significaciones imaginarias sociales. El concepto de contrato narcisista permite pensar los
componentes libidinales que vinculan al sujeto con el entorno social. El mismo Freud (1914) menciona que
la libido se deposita sobre partes del cuerpo, y ese mismo movimiento de investidura da origen psíquico a
la parte corporal catectizada. Al mismo tiempo, como ya se ha enfatizado, Freud (1923) entiende el
surgimiento del Yo como la proyección de una superficie, de modo que el cuerpo mismo representa la
superficie del Yo. Por otra parte, Lacan (1949) propone una concepción del cuerpo en relación con la
idealización e identificación con la imagen especular como totalidad. Los enunciados identificatorios, en
tanto pertenecientes al discurso del conjunto, preceden al Yo. Entonces la imagen externalizada que
confiere y produce los contornos corporales adquiere significación sólo cuando es sostenida por
significaciones imaginarias sociales, pues sólo así adquiere carácter ideal y se torna referente
identificatorio. Después de todo, la mirada del Otro significa la percepción del infans frente al espejo,
representa una mirada que contiene la lógica del conjunto. Si lo social es constitutivo de la subjetividad, la
mirada del Otro, incluso la propia mirada, da cuenta de la lógica del conjunto. Es preciso recordar que,
posteriormente a su propuesta inicial del Estadío del Espejo, Lacan reformula sus ideas al respecto para
agregar una variable no menor. El Yo no está solo en el espejo. El recorrido identificatorio se dirige a la
imagen como referente debido a que se encuentra presente la mirada y el reconocimiento de Otro. La
mirada y el deseo del Otro adquieren el poder para confirmar la identificación fundante del Yo. El carácter
social de la subjetividad, y la participación de su mirada en el circuito identificatorio que participa en la
instauración del Yo/cuerpo del infans, anuda el funcionamiento de la identificación con el campo social, en
donde la mirada del Otro también opera como un espejo –aunque esta vez en el registro simbólico– en el
que el sujeto busca el espectro provisto de reconocimiento en donde dirigir sus identificaciones. La imagen
especular que ve el infans es una representación imaginaria que confiere integridad y coherencia a su
propio cuerpo. El espejo no refleja un Yo preexistente, sino que suministra el marco, la frontera,
delineación espacial para que pueda elaborarse proyectivamente el Yo. Tal marco, frontera y delineación
espacial no son tales por fuera de las significaciones imaginarias del conjunto social.
Reflexiones finales
A modo de reflexión final, nos interesa realizar algunas consideraciones. El cuerpo como inscripción
psíquica –y no como puro organismo biológico– implica una construcción: complejo proceso que involucra
mecanismos, modos de funcionamiento, actividad representacional en diferentes registros, aspectos
dinámicos, económicos y conflicto psíquico. También involucra al Otro humano, no como objeto de la
fantasmática interna, sino como sujeto igual, como centro autónomo de experiencia (Benjamin, 1997), cuya
presentación despliega una imposición de sentidos –afluente de nuevas inscripciones– que sólo encuentran
su lugar en el espacio de lo vincular. Asimismo cualquier inscripción del cuerpo no puede pensarse por
fuera de la legalidad simbólica de la cultura y del discurso que instituye lo social como marco de
subjetivación. Debemos realizar un intento de abordar la categoría de cuerpo en un espacio en donde se
entrecrucen la posibilidad de pensarlo como un contenido psíquico en continua transformación, también
como un espacio que nos diferencia del Otro y, al mismo, tiempo tiende puentes hacia otros sujetos
instalando un nosotros –más allá del uno+uno–, en tanto dimensión que resulta constitutiva de los sujetos
que lo integran, y en tanto sustrato que cobra inteligibilidad a partir de arreglos sociales y hace de cada
sujeto un decantado de la cultura bajo el sello de la singularidad.
Bibliografía