como el español, ha sido el fermento de la vida social española.
Lo supo acaso
mejor que nadie Quevedo; lo supo fray Luis de León. Acaso la soberbia de
Felipe II no fue más que envidia. «La envidia nació en Cataluña», me decía
una vez Cambó en la plaza Mayor de Salamanca. ¿Por qué no en España?
Toda esa apestosa enemiga de los neutros, de los hombres de sus casas, contra
los políticos, ¿qué es sino envidia? ¿De dónde nació la vieja Inquisición, hoy
rediviva?
Y al fin la envidia que yo traté de mostrar en el alma de mi Joaquín Monegro
es una envidia trágica, una envidia que se defiende, una envidia que podría
llamarse angélica; pero, ¿y esa otra envidia hipócrita, solapada, abyecta, que
está devorando a lo más indefenso del alma de nuestro pueblo?, ¿esa envidia
colectiva?, ¿la envidia del auditorio que va al teatro a aplaudir las burlas a lo
que es más exquisito o más profundo?
En estos años que separan las dos ediciones de esta mi historia de una pasión
trágica -la más trágica acaso-, he sentido enconarse la lepra nacional y en estos
cerca de cinco años que he tenido que vivir fuera de mi España he sentido
cómo la vieja envidia tradicional -y tradicionalista- española, la castiza, la que
agrió las gracias de Quevedo y las de Larra, ha llegado a constituir una especie
de partidillo político, aunque, como todo lo vergonzante e hipócrita,
desmedrado; he visto a la envidia constituir juntas defensivas, la he visto
revolverse contra toda natural superioridad. Y ahora, al releer, por primera vez,
mi Abel Sánchez para corregir las pruebas de esta su segunda -y espero que no
última- edición, he sentido la grandeza de la pasión de mi Joaquín Monegro y
cuán superior es, moralmente, a todos los Abeles. No es Caín lo malo; lo malo
son los cainitas y los abelitas.
Mas como no quiero hurgar en viejas tristezas, en tristezas de viejo régimen -
no más tristes que las del llamado nuevo- termino este prólogo escrito en el
destierro, pero a la vista de mi España, diciendo con mi pobre Joaquín
Monegro: «¡Pero... traed al niño!»
MIGUEL DE UNAMUNO.
En Hendaya el 14 de julio de 1928.
No recordaban Abel Sánchez y Joaquín Monegro desde cuándo se conocían.
Eran conocidos desde antes de la niñez, desde su primera infancia, pues sus
dos sendas nodrizas se juntaban y los juntaban cuando aún ellos no sabían
hablar. Aprendió cada uno de ellos a conocerse conociendo al otro. Y así
vivieron y se hicieron juntos amigos desde nacimiento, casi más bien
hermanos de crianza. En sus paseos, en sus juegos, en sus otras amistades
comunes, parecía dominar e iniciarlo todo Joaquín, el más voluntarioso; pero
era Abel quien, pareciendo ceder, hacía la suya siempre. Yes que le importaba
más no obedecer que mandar. Casi nunca reñían. «¡Por mí como tú
quieras...!», le decía Abel a Joaquín, y este se exasperaba a las veces porque
con aquel «¡como tú quieras... !» esquivaba las disputas.
-¡Nunca me dices que no! -exclamaba Joaquín.
-¿ Y para qué? -respondía el otro. -
-Bueno, este no quiere que vayamos al Pinar -dijo una vez aquel, cuando
varios compañeros se disponían a un paseo.
-¿Yo? ¡Pues no he de quererlo...! -exclamó Abel-. Sí, hombre, sí; como tú
quieras. ¡Vamos allá!
-¡No, como yo quiera, no! ¡Ya te he dicho otras veces que no! ¡Como yo
quiera no! ¡Tú no quieres ir!
-Que sí, hombre...
-Pues entonces no lo quiero yo...
-Ni yo tampoco...
-Eso no vale -gritó ya Joaquín-. ¡O con él o conmigo!
Y todos se fueron con Abel, dejándole a Joaquín solo. Al comentar este en sus
Confesiones tal suceso de la infancia, escribía: «Ya desde entonces era él
simpático, no sabía por qué, y antipático yo, sin que se me alcanzara mejor la
causa de ello, y me dejaban solo. Desde niño me aislaron mis amigos.»
Durante los estudios del bachillerato, que siguieron juntos, Joaquín era el
empollón, el que iba a la caza de los premios, el primero en las aulas y el
primero Abel fuera de ellas, en el patio del Instituto, en la calle, en el campo,
en los novillos, entre los compañeros. Abel era el que hacía reír con sus
gracias y, sobre todo, obtenía triunfos de aplauso por las caricaturas que de los
catedráticos hacía. «Joaquín es mucho más aplicado, pero Abel es más listo...
si se pusiera a estudiar...» Y este juicio común de los compañeros, sabido por
Joaquín, no hacía sino envenenarle el corazón. Llegó a sentir la tentación de
descuidar el estudio y tratar de vencer al otro en el otro campo, pero
diciéndose: «¡bah!, qué saben ellos...», siguió fiel a su propio natural. Además,
por más que procuraba aventajar al otro en ingenio y donosura no lo
conseguía. Sus chistes no eran reídos y pasaba por ser fundamentalmente
serio. «Tú eres fúnebre -solía decirle Federico Cuadrado-, tus chistes son
chistes de duelo.»
Concluyeron ambos el bachillerato. Abel se dedicó a ser artista siguiendo el
estudio de la pintura y Joaquín se matriculó en la Facultad de Medicina.
Veíanse con frecuencia y hablaba cada uno al otro de los progresos que en sus
respectivos estudios hacían, empeñándose Joaquín en probarle a Abel que la
Medicina era también un arte, y hasta una arte bella, en que cabía inspiración
poética. Otras veces, en cambio, daba en menospreciar las bellas artes,
enervadoras del espíritu, exaltando la ciencia, que es la que eleva, fortifica y
ensancha el espíritu con la verdad.
-Pero es que la Medicina tampoco es ciencia -le decía Abel-. No es sino una
arte, una práctica derivada de ciencias.
-Es que yo no he de dedicarme al oficio de curar enfermos -replicaba Joaquín.
-Oficio muy honrado y muy útil... -añadía el otro.
-Sí, pero no para mí. Será todo lo honrado y todo lo útil que quieras, pero
detesto esa honradez y esa utilidad. Para otros el hacer dinero tomando el
pulso, mirando la lengua y recetando cualquier cosa. Yo aspiro a más.
-¿A más?
-Sí, yo aspiro a abrir nuevos caminos. Pienso dedicarme a la investigación
científica. La gloria médica es de los que descubrieron el secreto de alguna
enfermedad y no de los que aplicaron el descubrimiento con mayor o menor
fortuna.
-Me gusta verte así, tan idealista.
-Pues qué, ¿crees que sólo vosotros, los artistas, los pintores, soñáis con la
gloria?
-Hombre, nadie te ha dicho que yo sueñe con tal cosa...
-¿Que no?, ¿pues por qué, sino, te has dedicado a pintar?
-Porque si se acierta es oficio que promete...
-¿Que promete?
-Vamos, sí, que da dinero.
-A otro perro con ese hueso, Abel. Te conozco desde que nacimos casi. A mí
no me la das. Te conozco.
-¿Y he pretendido nunca engañarte?
-No, pero tú engañas sin pretenderlo. Con ese aire de no importarte nada, de
tomar la vida en juego, de dársete un comino de todo, eres un terrible
ambicioso... -¿Ambicioso yo?
-Sí, ambicioso de gloria, de fama, de renombre... Lo fuiste siempre, de
nacimiento. Sólo que solapadamente.
-Pero ven acá, Joaquín, y dime: ¿te disputé nunca tus premios?, ¿no fuiste tú
siempre el primero en clase?, ¿el chico que promete?
-Sí, pero el gallito, el niño mimado de los compañeros, tú...
-¿Y qué iba yo a hacerle... ?
-¿Me querrás hacer creer que no buscabas esa especie de popularidad...?
-Haberla buscado tú...
-¿Yo?, ¿yo? ¡Desprecio a la masa!
-Bueno, bueno, déjame de esas tonterías y cúrate de ellas. Mejor será que me
hables otra vez de tu novia.
-¿Novia?
-Bueno, de esa tu primita que quieres que lo sea.
Porque Joaquín estaba queriendo forzar el corazón de su prima Helena y había
puesto en su empeño amoroso todo el ahínco de su ánimo reconcentrado y
suspicaz. Y sus desahogos, los inevitables y saludables desahogos de
enamorado en lucha, eran con su amigo Abel.
¡Y lo que Helena le hacía sufrir!
-Cada vez la entiendo menos -solía decirle a Abel-. Esa muchacha es para mí
una esfinge...
-Ya sabes lo que decía Oscar Wilde, o quien fuese: que toda mujer es una
esfinge sin secreto;
-Pues Helena parece tenerlo. Debe de querer a otro, aunque este no lo sepa:
Estoy seguro de que quiere a otro.
-¿ Y por qué?
-De otro modo no me explico su actitud conmigo...
-Es decir, que porque no quiere quererte a ti... quererte para novio, que como
primo sí te querrá.
-¡No te burles!
-Bueno, pues porque no quiere quererte para novio, o más claro, para marido,
¿tiene que estar enamorada de otro? ¡Bonita lógica!
-¡Yo me entiendo!
-Sí, y también yo te entiendo.
-¿Tú?
-¿No pretendes ser quien mejor me conoce? ¿Qué mucho, pues, que yo
pretenda conocerte? Nos conocimos a un tiempo.
-Te digo que esa mujer me trae loco y me hará perder la paciencia. Está
jugando conmigo. Si me hubiera dicho desde un principio que no, bien estaba,
pero tenerme así, diciendo que lo verá, que lo pensará... ¡Esas cosas no se
piensan... coqueta.
-Es que te está estudiando.
-¿Estudiándome a mí? ¿Ella? ¿Qué tengo yo que estudiar? ¿Qué puede ella
estudiar?
-¡Joaquín, Joaquín, te estás rebajando y la estás rebajando...! ¿O crees que no
más verte y oírte y saber que la quieres y ya debía rendírsete?
-Sí, siempre he sido antipático...
-Vamos, hombre, no te pongas así...
-¡Es que esa mujer está jugando conmigo! Es que no es noble jugar así con un
hombre, como yo, franco, leal, abierto... ¡Pero si vieras qué hermosa está! ¡Y
cuánto más fría y más desdeñosa se pone más hermosa! ¡Hay veces que no sé
si la quiero o la aborrezco más...! ¿Quieres que te presente a ella... ?
-Hombre, si tú...
-Bueno, os presentaré.
-Y si ella quiere...
-¿Qué?
-Le haré un retrato.
-¡Hombre, sí!
Mas aquella noche durmió Joaquín mal rumiando lo del retrato, pensando en
que Abel Sánchez, el simpático sin proponérselo, el mimado del favor ajeno,
iba a retratarle a Helena .
¿Qué saldría de allí? ¿Encontraría también Helena , como sus compañeros de
ellos, más simpático a Abel? Pensó negarse a la presentación, mas como ya se
la había prometido...
II
-¿Qué tal te pareció mi prima? -le preguntaba Joaquín a Abel al día siguiente
de habérsela presentado y propuesto a ella, a Helena , lo del retrato, que
acogió alborozada de satisfacción.
-Hombre, ¿quieres la verdad?
-La verdad siempre, Abel; si nos dijéramos siempre la verdad, toda la verdad,
esto sería el paraíso.
-Sí, y si se la dijera cada cual a sí mismo...
-¡Bueno, pues la verdad!
-La verdad es que tu prima y futura novia, acaso esposa, Helena , me parece
una pava real... es decir, un pavo real hembra... Ya me entiendes...
-Sí, te entiendo.
- Como no sé expresarme bien más que con el pincel...
-Y vas a pintar la pava real, o el pavo real hembra, haciendo la rueda acaso,
con su cola llena de ojos, su cabecita...
-¡Para modelo, excelente! ¡Excelente, chico ! ¡Qué ojos! ¡Qué boca! Esa boca
carnosa ya la vez fruncida..., esos ojos que no miran... ¡Qué cuello! ¡Y sobre
todo qué color de tez! Si no te incomodas...
-¿Incomodarme yo?
-Te diré que tiene un color como de india brava, o mejor, de fiera indómita.
Hay algo, en el mejor sentido, de pantera en ella. Y todo ello fríamente.
-¡Y tan fríamente!
-Nada, chico , que espero hacerte un retrato estupendo.
-¿A mí? ¿Será a ella?
-No, el retrato será para ti, aunque de ella.
-¡No, eso no, el retrato será para ella!
-Bien, para los dos. Quién sabe... Acaso con él os una.
-Vamos, sí, que de retratista pasas a...
-A lo que quieras, Joaquín, a celestino, con tal de que dejes de sufrir así. Me
duele verte de esa manera.
Empezaron las sesiones de pintura, reuniéndose los tres. Helena se posaba en
su asiento solemne y fría, henchida de desdén, como una diosa llevada por el
destino. «¿Puedo hablar?», preguntó el primer día, y Abel le contestó: «Sí,
puede usted hablar y moverse; para mí es mejor que hable y se mueva, porque
así vive la fisonomía... Esto no es fotografía, y además no la quiero hecha
estatua...» Y ella hablaba, hablaba, pero moviéndose poco y estudiando la
postura. ¿Qué hablaba? Ellos no lo sabían. Porque uno y otro no hacían sino
devorarla con los ojos; la veían, no la oían hablar.
Y ella hablaba, hablaba, por creer de buena educación no estarse callada, y
hablaba zahiriendo a Joaquín cuanto podía.
-¿Qué tal vas de clientela, primito? -le preguntaba.
-¿Tanto te importa eso?
-¡Pues no ha de importarme, hombre, pues no ha de importarme...! Figurate...
-No, no me figuro.
-lnteresándote tú tanto como por mí te interesas, no cumplo con menos que
con interesarme yo por ti. Y, además, quién sabe...
-¿Quién sabe, qué
-Bueno, dejen eso -interrumpió Abel-; no hacen sino regañar.
-Es lo natural -decía Helena- entre parientes... Y además, dicen que así se
empieza.
-¿Se empieza, qué? -preguntó Joaquín.
-Eso tú lo sabrás, primo, que tú has empezado.
-¡Lo que vaya hacer es acabar!
-Hay varios modos de acabar, primo.
-Y varios de empezar.
-Sin duda. ¿Qué, me descompongo con este floreteo, Abel?
-No, no, todo lo contrario. Este floreteo, como le llama, le da más expresión a
la mirada y al gesto. Pero...
A los dos días tuteábanse ya Abel y Helena; lo había querido así Joaquín, que
al tercer día faltó a una sesión.
-A ver, a ver cómo va eso -dijo Helena levantándose para ir a ver el retrato.
-¿Qué te parece?
-Yo no entiendo, y además no soy quien mejor puede saber si se me parece o
no.
-¿Qué? ¿No tienes espejo? ¿No te has mirado a él?
-Sí, pero...
-¿Pero qué...?
-Qué sé yo...
-¿No te encuentras bastante guapa en este espejo?
-No seas adulón.
-Bien, se lo preguntaremos a Joaquín.
-No me hables de él, por favor. ¡Qué pelma! -
-Pues de él he de hablarte.
~Entonces me marcho...
-No, y oye. Está muy mal lo que estás haciendo con ese chico .
-¡Ah! ¿Pero ahora vienes a abogar por él? ¿Es esto del retrato un achaque?
-Mira, Helena, no está bien que estés así, jugando con tu primo. Él es algo,
vamos, algo...
-¡Sí, insoportable!
-No, él es reconcentrado, altivo por dentro, terco, lleno de sí mismo, pero es
bueno, honrado a carta cabal, inteligente, le espera un brillante porvenir en su
carrera, te quiere con delirio...
-¿Y si a pesar de todo eso no le quiero yo?
-Pues debes entonces desengañarle.
-¡Y poco que le he desengañado! Estoy harta de decirle que me parece un buen
chico , pero que por eso, porque me parece un buen chico , un excelente primo
-y no quiero hacer un chiste-, por eso no le quiero para novio con lo que luego
viene.
-Pues él dice...
-Si él te ha dicho otra cosa, no te ha dicho la verdad, Abel. ¿Es que voy a
despedirle y prohibirle que me hable siendo como es mi primo? ¡Primo! qué
gracia!
-No te burles así.
-Si es que no puedo...
-Y él sospecha más, y es que se empeña en creer que puesto que no quieres
quererle a él, estás en secreto enamorada de otro...
-¿Eso te ha dicho?
-Sí, eso me ha dicho.
Helena se mordió los labios, se ruborizó y calló un momento.
-Sí, eso me ha dicho -repitió Abel, descansando la diestra sobre el tiento que
apoyaba en el lienzo, y mirando fijamente a Helena , como queriendo adivinar
el sentido de algún rasgo de su cara. -Pues si se empeña... -¿Qué...?
-Que acabará por conseguir que me enamore de algún otro... Aquella tarde no
pintó ya más Abel. Y salieron novios.
III
El éxito del retrato de Helena por Abel fue clamoroso. Siempre había alguien
contemplándolo frente al escaparate en que fue expuesto. «Ya tenemos un gran
pintor más», decían. Y ella, Helena, procuraba pasar junto al lugar en que su
retrato se exponía para oír los comentarios y paseábase por las calles de la
ciudad como un inmortal retrato viviente, como una obra de arte haciendo la
rueda. ¿No había acaso nacido para eso?
Joaquín apenas dormía.
-Está peor que nunca -le dijo a Abel-. Ahora es cuando juega conmigo. ¡Me va
a matar!
-¡Naturalmente! Se siente ya belleza profesional... .
-¡Sí, la has inmortalizado! ¡Otra Joconda!
-Pero tú, como médico, puedes alargarle la vida...
-O acortársela.
-No te pongas así, trágico.
-¿Y qué voy a hacer, Abel, qué voy a hacer....?
-Tener paciencia...
-Además, me ha dicho cosas de donde he sacado que le has contado lo de que
la creo enamorada de otro...
-Fue por hacer tu causa...
-Por hacer mi causa... Abel, Abel, tú estás de acuerdo con ella..., vosotros me
engañáis...
-¿Engañarte? ¿En qué? ¿Te ha prometido algo?
-¿Y a ti?
-¿Es tu novia acaso?
-¿Y es ya la tuya?
Calló se Abel, mudándosele la color.
-¿Lo ves? -exclamó Joaquín, balbuciente y tembloroso-. ¿Lo ves?
-¿El qué?
-¿Y lo negarás ahora? ¿Tendrás cara para negármelo?
-Pues bien, Joaquín, somos amigos de antes de conocernos, casi hermanos...
-Y al hermano, puñalada trapera, ¿no es eso?
-No te sulfures así; ten paciencia...
-¿Paciencia? ¿Y qué es mi vida sino continua paciencia, continuo padecer?..
Tú el simpático, tú el festejado, tú el vencedor, tú el artista... Y yo...
Lágrimas que le reventaron en los ojos cortáronle la palabra.
-¿Y qué iba a hacer, Joaquín, qué querías que hiciese....?
-¡No haberla solicitado, pues que la quería yo...!
-Pero si ha sido ella, Joaquín, si ha sido ella...
-Claro, a ti, al artista, al afortunado, al favorito de la fortuna, a ti son ellas las
que te solicitan. Ya la tienes pues...
-Me tiene ella, te digo.
-Sí, ya te tiene la pava real, la belleza profesional, la Joconda... Serás su
pintor... La pintarás en todas posturas y en todas formas, a todas las luces,
vestida y sin vestir....
-¡Joaquín!
-Y así la inmortalizarás. Vivirá tanto como tus cuadros vivan. Es decir; ¡vivirá,
no! Porque Helena no vive; durará. Durará como el mármol, de que es. Porque
es de piedra, fría y dura, fría y dura como tú. ¡Montón de carne... !
-No te sulfures, te he dicho.
-¡Pues no he de sulfurarme, hombre, pues no he de sulfurarme! ¡Esto es una
infamia, una canallada!
Sintióse abatido y calló, como si le faltaran palabras para la violencia de su
pasión.
-Pero ven acá, hombre -le dijo Abel con su voz más dulce, que era la más
terrible-y reflexiona. ¿Iba yo a hacer que te quisiese si ella no quiere quererte?
Para novio no le eres...
-Sí, no soy simpático a nadie; nací condenado. -Te juro, Joaquín...
-¡No jures!
-Te juro que si en mí solo consistiese, Helena sería tu novia, y mañana tu
mujer. Si pudiese cedértela...
-Me la venderías por un plato de lentejas, ¿no es eso?
-¡No, vendértela, no! Te la cedería gratis y gozaría en veros felices, pero...
-Sí, que ella no me quiere y te quiere a ti, ¿no es eso?
-¡Eso es!
-Que me rechaza a mí, que la buscaba, y te busca a ti, que la rechazabas.
-¡Eso! Aunque no lo creas; soy un seducido.
-¡Qué manera de darte postín! ¡Me das asco!
-¿Postín?
-Sí, ser así, seducido, es más que ser seductor. ¡Pobre víctima! Se pelean por ti
las mujeres...
-No me saques de quicio, Joaquín...
-¿A ti? ¿Sacarte a ti de quicio? Te digo que esto es una canallada, una infamia,
un crimen... ¡Hemos acabado para siempre!
Y luego, cambiando de tono, con lágrimas insondables en la voz:
-Ten compasión de mí, Abel, ten compasión. Ve que todos me miran de reojo,
ve que todos son obstáculos para mí... Tu eres joven, afortunado, mimado; te
sobran las mujeres... Dejame a Helena, mira que no sabré dirigirme a otra...
Déjame a Helena...
-Pero si ya te la dejo...
-Haz que me oiga; haz que me conozca; haz que sepa que muero por ella, que
sin ella no viviré...
-No la conoces...
-¡Sí, os conozco! Pero, por Dios, júrame que no has de casarte con ella...
-¿Y quién ha hablado de casamiento?
-¿Ah, entonces es por darme celos nada más? Si ella no es más que una
coqueta... peor que una coqueta, una...
-¡Cállate! -rugió Abel y fue tal el rugido, que Joaquín se quedó callado,
mirándole.
-Es imposible, Joaquín; ¡contigo no se puede! ¡Eres imposible!
Y Abel marchóse.
«Pasé una noche horrible -dejó escrito en su Confesión Joaquín- volviéndome
a un lado y otro de la cama, mordiendo a ratos la almohada, levantándome a
beber agua del jarro del lavabo. Tuve fiebre. A ratos me amodorraba en sueños
acerbos. Pensaba matarles y urdía mentalmente, como si se tratase de un
drama o de una novela que iba componiendo, los detalles de mi sangrienta
venganza, y tramaba diálogos con ellos. Parecíame que Helena había querido
afrentarme y nada más, que había enamorado a Abel por menosprecio a mí,
pero que no podía, montón de carne al espejo, querer a nadie. Y la deseaba
más que nunca y con más furia que nunca. En alguna de las interminables
modorras de aquella noche me soñé poseyéndola y junto al cuerpo frío e inerte
de Abel. Fue una tempestad de malos deseos, de cóleras, de apetitos sucios, de
rabia. Con el día y el cansancio de tanto sufrir volvióme la reflexión,
comprendí que no tenía derecho alguno a Helena, pero empecé a odiar a Abel
con toda mi alma y a proponerme a la vez ocultar ese odio, abonarlo, criarlo,
cuidarlo en lo recóndito de las entrañas de mi alma. ¿Odio? Aún no quería
darle su nombre, ni quería reconocer que nací, predestinado, con su masa y
con su semilla. Aquella noche nací al infierno de mi vida.»
IV
-Helena -le decía Abel-, ¡eso de Joaquín me quita el sueño...,
-¿El qué?
-Cuando le diga que vamos a casamos no sé lo que va a ser. Y eso que parece
ya tranquilo y como si se resignase a nuestras relaciones...
-¡Sí, bonito es él para resignarse!
-La verdad es que esto no estuvo del todo bien.
-¿Qué? ¿También tú? ¿Es que vamos a ser las mujeres como bestias, que se
dan y prestan y alquilan y venden?
-No, pero...
-¿Pero qué?
-Que fue él quien me presentó a ti, para que te hiciera el retrato, y me
aproveché...
-¡Y bien aprovechado! ¿Estaba yo acaso comprometida con él? ¡Y aunque lo
hubiese estado! Cada cual va a lo suyo. -Sí, pero...
-¿Qué? ¿Te pesa? Pues por mí... Aunque si aún me dejases ahora, ahora que
estoy comprometida y todas saben que eres mi novio oficial y que me vas a
pedir un día de estos, no por eso buscaría a Joaquín, ¡no! ¡Menos que nunca!
Me sobrarían pretendientes, así, como los dedos de las manos -y levantaba sus
dos largas manos, de abusados dedos, aquellas manos que con tanto amor
pintara Abel, y sacudía los dedos, como si revolotearan.
Abel le cogió las dos manos en las recias suyas, se las llevó a la boca y las
besó alargadamente. Y luego en la boca...
-¡Estáte quieto, Abel!
-Tienes razón, Helena, no vamos a turbar nuestra felicidad pensando en lo que
sienta y sufra por ella el pobre Joaquín...
-¿Pobre? ¡No es más que un envidioso!
-Pero hay envidias, Helena...
-¡Que se fastidie!
-Y después de una pausa llena de un negro silencio:
-Por supuesto, le convidaremos a la boda...
-¡Helena!
-¿Y qué mal hay en ello? Es mi primo, tu primer amigo, a él debemos el
habernos conocido. Y si no le convidas tú, le convidaré yo. ¿Que no va?
¡Mejor! ¿Qué va? ¡Mejor que mejor!
Al anunciar Abel a Joaquín su casamiento, este dijo: -Así tenía que ser. Tal
para cual.
-Pero bien comprendes...
-Sí, lo comprendo, no me creas un demente o un furioso; lo comprendo, está
bien, que seáis felices... Yo no lo podré ser ya...
-Pero, Joaquín, por Dios, por lo que más quieras...
-Basta y no hablemos más de ello. Haz feliz a Helena y que ella te haga feliz...
Os he perdonado ya...
-¿De veras?
-Sí, de veras. Quiero perdonaros. Me buscaré mi vida.
-Entonces me atrevo a convidarte a la boda, en mi nombre...
-Y en el de ella, ¿eh?
-Sí, en el de ella también.
-Lo comprendo. Iré a realzar vuestra dicha. Iré.
Como regalo de boda mandó Joaquín a Abel un par de magníficas pistolas
damasquinadas, como para un artista.
-Son para que te pegues un tiro cuando te canses de mí -le dijo Helena a su
futuro marido.
-¡Qué cosas tienes, mujer!
-Quién sabe sus intenciones... Se pasa la vida tramándolas...
«En los días que siguieron a aquel en que me dijo que se casaban -escribió en
su Confesión Joaquín- sentí como si el alma toda se me helase. Y el hielo me
apretaba el corazón. Eran como llamas de hielo. Me costaba respirar. El odio a
Helena, y sobre todo, a Abel, porque era odio, odio frío cuyas raíces me
llenaban el ánimo, se me había empedernido. No era una mala planta, era un
témpano que se me había clavado en el alma; era, más bien, mi alma toda
congelada en aquel odio. Y un hielo tan cristalino, que lo veía todo a su través
con una claridad perfecta. Me daba acabada cuenta de que razón, lo que se
llama razón, eran ellos los que la tenían; que yo no podía alegar derecho
alguno sobre ella; que no se debe ni se puede forzar el afecto de una mujer;
que, pues se querían, debían unirse. Pero sentía también confusamente que fui
yo quien les llevó no sólo a conocerse, sino a quererse, que fue por desprecio a
mí por lo que se entendieron, que en la resolución de Helena entraba por
mucho el hacerme rabiar y sufrir, el darme dentera, el rebajarme a Abel, y en
la de este el soberano egoísmo que nunca le dejó sentir el sufrimiento ajeno.
Ingenuamente, sencillamente no se daba cuenta de que existieran otros. Los
demás éramos para él, a lo sumo, modelos para sus cuadros. No sabía ni odiar;
tan lleno de sí vivía.
»Fui a la boda con el alma escarchada de odio, el corazón garapiñado en hielo
agrio pero sobrecogido de un mortal terror, temiendo que al oír el sí de ellos,
el hielo se me resquebrajara y hendido el corazón quedase allí muerto o
imbécil. Fui a ella como quien va a la muerte. Y lo que me ocurrió fue más
mortal que la muerte misma; fue peor, mucho peor que morirse. Ojalá me
hubiese entonces muerto allí. »Ella estaba hermosísima. Cuando me saludó
sentí que una espada de hielo, de hielo dentro del hielo de mi corazón, junto a
la cual aún era tibio el mío, me lo atravesaba; era la sonrisa insolente de su
compasión. ¡Gracias!, me dijo, y entendí: ¡Pobre Joaquín! Él, Abel, él ni sé si
me vio. "Comprendo tu sacrificio" -me dijo, por no callarse-. "No, no hay tal -
le repliqué-; te dije que vendría y vengo; ya ves que soy razonable; no podía
faltar a mi amigo de siempre, a mi hermano. “Debió de parecerle interesante
mi actitud, aunque poco pictórica. Yo era allí el convidado de piedra.
»Al acercarse el momento fatal yo contaba los segundos. "¡Dentro de poco -
me decía- ha terminado para mí todo!" Creo que se me paró el corazón. Oí
claros y distintos los dos sis, el de él y el de ella. Ella me miró al pronunciarlo.
Y quedé más frío que antes, sin un sobresalto, sin una palpitación, como si
nada que me tocase hubiese oído. Y ello me llenó de infernal terror a mí
mismo. Me sentí peor que un monstruo, me sentí como si no existiera, como si
no fuese nada más que un pedazo de hielo, y esto para siempre. Llegué a
palparme la carne, a pellizcármela, a tomarme el pulso. "¿Pero estoy vivo? ¿Y
soy yo?" -me dije.
»No quiero recordar todo lo que sucedió aquel día. Se despidieron de mí y
fuéronse a su viaje de luna de miel. Yo me hundí en mis libros, en mi estudio,
en mi clientela, que empezaba ya a tenerla. El despejo mental que me dio
aquel golpe de lo ya irreparable, el descubrimiento de mí mismo de que no hay
alma, moviéronme a buscar en el estudio, no ya consuelo -consuelo, ni lo
necesitaba ni lo quería-, sino apoyo para una ambición inmensa. Tenía que
aplastar con la fama de mi nombre la fama, ya incipiente, de Abel; mis
descubrimientos científicos, obra de arte, de verdadera poesía, tenían que
hacer sombra a sus cuadros. Tenía que llegar a comprender un día Helena que
era yo, el médico, el antipático, quien habría de darle aureola de gloria, y no
él, no el pintor. Me hundí en el estudio. ¡Hasta llegué a creer que los olvidaría!
¡Quise hacer de la ciencia un narcótico y a la vez un estimulante!»
VI
Al poco de haber vuelto los novios de su viaje de luna de miel, cayó Abel
enfermo de alguna gravedad y llamaron a Joaquín a que le viese y le asistiese.
-Estoy muy intranquila, Joaquín -le dijo Helena-; anoche no ha hecho sino
delirar, y en el delirio no hacía sino llamarte.
Examinó Joaquín con todo cuidado y minucia a su amigo, y luego, mirando
ojos a ojos a su prima, le dijo:
-La cosa es grave, pero creo que le salvaré. Yo soy quien no tiene salvación
ya.
-Sí, sálvamelo -exclamó ella-. Y ya sabes...
-¡Sí, lo sé todo! -y se salió.
Helena se fue al lecho de su marido, le puso una mano sobre la frente, que le
ardía, y se puso a temblar. « ¡Joaquín, Joaquín -deliraba Abel-, perdónanos,
perdóname!»
-¡Calla -le dijo casi al oído Helena-, calla!; ha venido a verte y dice que te
curará, que te sanará... Dice que te calles...
-¿Que me curará...? -añadió maquinalmente el enfermo.
Joaquín llegó a su casa también febril, pero con una especie de fiebre de hielo.
« ¡Y si se muriera...!», pensaba. Echóse vestido sobre la cama y se puso a
imaginar escenas de lo que acaecería si Abel se muriese: el luto de Helena, sus
entrevistas con la viuda, el remordimiento de esta, el descubrimiento por parte
de ella de quién era él, Joaquín, y de cómo, con qué violencia necesitaba el
desquite y la necesitaba a ella, y cómo caía al fin ella en sus brazos y
reconocía que lo otro, la traición, no había sido sino una pesadilla, un mal
sueño de coqueta; que siempre le había querido a él, a Joaquín y no a otro. «
¡Pero no se morirá!», se dijo luego. « ¡No dejaré yo que se muera, no debo
dejarlo, está comprometido mi honor, y luego... necesito que viva!»
Y al decir este: « ¡necesito que viva!», temblábale toda el alma, como tiembla
el follaje de una encina a la sacudida del huracán.
«Fueron unos días atroces aquellos de la enfermedad de Abel -escribía en su
Confesión el otro-, unos días de tortura increíble. Estaba en mi mano dejarle
morir, aún más, hacerle morir sin que nadie lo sospechase, sin que de ello
quedase rastro alguno. He conocido en mi práctica profesional casos de
extrañas muertes misteriosas que he podido ver luego iluminadas al trágico
fulgor de sucesos posteriores, una nueva boda de la viuda y otros así. Luché
entonces como no he luchado nunca conmigo mismo, con ese hediondo
dragón que me ha envenenado y entenebrecido la vida. Estaba allí
comprometido mi honor de médico, mi honor de hombre, y estaba
comprometida mi salud mental, mi razón. Comprendí que me agitaba bajo las
garras de la locura; vi el espectro de la demencia haciendo sombra en mi
corazón. Y vencí. Salvé a Abel de la muerte. Nunca he estado más feliz, más
acertado. El exceso de mi infelicidad me hizo estar felicísimo de acierto.»
-Ya está fuera de todo cuidado tu... marido -le dijo un día Joaquín a Helena.
-Gracias, Joaquín, gracias -y le cogió la mano, que él se la dejó entre las
suyas-; no sabes cuánto te debemos...
-Ni vosotros sabéis cuánto os debo...
-Por Dios, no seas así... ahora que tanto te debemos, no volvamos a eso...
-No, si no vuelvo a nada. Os debo mucho. Esta enfermedad de Abel me ha
enseñado mucho, pero mucho...
-¿Ah, le tomas como a un caso?
-¡No, Helena, no; el caso soy yo!
-Pues no te entiendo.
-Ni yo del todo. Y te digo que estos días luchando por salvar a tu marido...
-¡Di a Abel!
-Bien, sea; luchando por salvarle he estudiado con su enfermedad la mía y
vuestra felicidad y he decidido... ¡casarme!
-¿Ah, pero tienes novia?
-No, no la tengo aún, pero la buscaré. Necesito un hogar. Buscaré mujer. ¿O
crees tú, Helena, que no encontraré una mujer que me quiera?
-¡Pues no la has de encontrar, hombre, pues no la has de encontrar...!
-Una mujer que me quiera, digo.
-¡Sí, te he entendido, una mujer que te quiera, sí!
-Porque como partido...
-Sí, sin duda eres un buen partido... joven, no pobre, con una buena carrera,
empezando a tener fama, bueno...
-Bueno... sí, y antipático, ¿no es eso?
-¡No, hombre, no; tú no eres antipático!
-¡Ay, Helena, Helena!, ¿dónde encontraré una mujer? ...
-¿Que te quiera?
-No, sino que no me engañe, que me diga la verdad, que no se burle de mí,
Helena, ¡que no se burle de mí...! Que se case conmigo por desesperación,
porque yo la mantenga, pero que me lo diga...
-Bien has dicho que estás enfermo, Joaquín. ¡Cásate!
-¿Y crees, Helena, que hay alguien, hombre o mujer, que pueda quererme?
-No hay nadie que no pueda encontrar quien le quiera.
-¿Y querré yo a mi mujer? ¿Podré quererla?, ¿dime?
-Hombre, pues no faltaba más...
-Porque mira, Helena, no es lo peor no ser querido, no poder ser querido; lo
peor es no poder querer.
-Eso dice don Mateo, el párroco, del demonio, que no puede querer.
-Y el demonio anda por la tierra, Helena.
-Cállate y no me digas esas cosas.
-Es peor que me las diga a mí mismo.
-¡Pues cállate!
VII
Dedicóse Joaquín, para salvarse, requiriendo amparo a su pasión, a buscar
mujer, los brazos maternales de una esposa en que defenderse de aquel odio
que sentía, un regazo en que esconder la cabeza, como un niño que siente
terror al coco, para no ver los ojos infernales del dragón de hielo.
¡Aquella pobre Antonia!
Antonia había nacido para madre; era todo ternura, todo compasión. Adivinó
en Joaquín, con divino instinto, un enfermo, un inválido del alma, un poseso, y
sin saber de qué, enamoróse de su desgracia. Sentía un misterioso atractivo en
las palabras frías y cortantes de aquel médico que no creía en la virtud ajena.
Antonia era la hija única de una viuda a que asistía Joaquín.
-¿Cree usted que saldrá de esta? -le preguntaba a él.
-Lo veo difícil, muy difícil. Está la pobre muy trabajada, muy acabada; ha
debido de sufrir mucho... Su corazón está muy débil...
-¡Sálvemela usted, don Joaquín, sálvemela usted, por Dios! ¡Si pudiera daría
mi vida por la suya!
-No, eso no se puede. Y, además, ¿quién sabe? La vida de usted, Antonia, ha
de hacer más falta que la suya...
-¿La mía? ¿Para qué? ¿Para quién?
- ¡Quién sabe...!
Llegó la muerte de la pobre viuda.
-No ha podido ser, Antonia -dijo Joaquín-. ¡La ciencia es impotente!
-¡Sí, Dios lo ha querido!
-¿Dios?
-Ah -y los ojos bañados en lágrimas de Antonia clavaron su mirada en los de
Joaquín, enjutos y acerados-. ¿Pero usted no cree en Dios?
-¿Yo ...? ¡No lo sé...!
A la pobre huérfana la compunción de piedad que entonces sintió por el
médico aquel le hizo olvidar por un momento la muerte de su madre.
-Y si yo no creyera en Él, ¿qué haría ahora?
-La vida todo lo puede, Antonia.
-¡Puede más la muerte! Y ahora... tan sola... sin nadie...
-Eso sí, la soledad es terrible. Pero usted tiene el recuerdo de su santa madre,
el vivir para encomendarla a Dios... ¡Hay otra soledad mucho más terrible!
-¿Cuál?
-La de aquel a quien todos menosprecian, de quien todos se burlan... La del
que no encuentra quien le diga la verdad...
-¿Y qué verdad quiere usted que se le diga?
-¿Me la dirá usted, ahora, aquí, sobre el cuerpo aún tibio de su madre? ¿Jura
usted decírmela?
-Sí, se la diré.
-Bien, yo soy un antipático, ¿no es así?
- ¡No, no es así!
-La verdad, Antonia...
- ¡No, no es así!
-Pues ¿qué soy...?
-¿Usted? Usted es un desgraciado, un hombre que sufre...
Derritiósele a Joaquín el hielo y asomáronsele unas lagrimas a los ojos. Y
volvió a temblar hasta las raíces del alma.
Poco después Joaquín y la huérfana formalizaban sus relaciones, dispuestos a
casarse luego que pasase el año de luto de ella.
«Pobre mi mujercita -escribía, años después, Joaquin en su Confesión-
empeñada en quererme y en curarme, en vencer la repugnancia que sin duda
yo debía de inspirarle. Nunca me lo dijo, nunca me lo dio a entender, pero
¿podía no inspirarle yo repugnancia, sobre todo cuando descubrí la lepra de mi
alma, la gangrena de mis odio? Se casó conmigo como se habría casado con
un leproso, no me cabe duda de ello, por divina piedad, por espíritu de
abnegación y de sacrificio cristianos, para salvar mi alma y así salvar la suya,
por heroísmo de santidad. ¡Fue una santa! ¡Pero no me curó de Helena; no me
curo de Abel! Su santidad fue para mí un remordimiento más.
»Su mansedumbre me irritaba. Había veces en que ¡Dios me perdone!, la
habría querido mala, colérica, despreciativa.»
VIII
En tanto la gloria artística de Abel seguía creciendo y confirmándose. Era ya
uno de los pintores de más nombradía de la nación toda, y su renombre
empezaba a traspasar las fronteras. Y esa fama creciente era como una
granizada desoladora en el alma de Joaquín. «Sí, es un pintor muy científico;
domina la técnica; sabe mucho, mucho; es habilísimo» -decía de su amigo, con
palabras que silbaban. Era un modo de fingir exaltarle deprimiéndole:
Porque él, Joaquín, presumía ser un artista, un verdadero poeta en su
profesión, un clínico genial, creador, intuitivo, y seguía soñando con dejar su
clientela para dedicarse a la ciencia pura, a la patología teórica, a la
investigación. ¡Pero ganaba tanto...!
«No era, sin embargo, la ganancia -dice en su Confesión póstuma- lo que más
me impedía dedicarme a la investigación científica. Tirábame a esta por un
lado el deseo de adquirir fama y renombre, de hacerme una gran reputación
científica y asombrar con ella la artística de Abel, de castigar así a Helena, de
vengarme de ellos, de ellos y de todos los demás, y aquí encadenaba los más
locos de mis ensueños, mas por otra parte, esa misma pasión fangosa, el
exceso de mi despecho y mi odio me quitaban serenidad de espíritu. No, no
tenía el ánimo para el estudio, que lo requiere limpio y tranquilo. La clientela
me distraía.
»La clientela me distraía, pero a veces temblaba pensando que el estado de
distracción en que mi pasión me tenía preso me impidiera prestar el debido
cuidado a dolencias de mis pobres enfermos.
»Ocurrióme un caso que me sacudió las entrañas. Asistía a una pobre señora,
enferma de algún riesgo, pero caso desesperado, a la que él había hecho un
retrato, retrato magnífico, uno de sus mejores retratos, de los que han quedado
como definitivos de entre los que ha pintado, y aquel retrato era lo primero
que se me venía a los ojos y al odio así que entraba en la casa de la enferma.
Estaba viva en el retrato, más viva que en el lecho de carne y hueso sufrientes.
Y el retrato parecía decirme "¡Mira, él me ha dado vida para siempre!, a ver si
tú me alargas esta otra de aquí abajo." Y junto a la pobre enferma,
auscultándola, tomándole el pulso, no veía sino la otra, a la retratada. Estuve
torpe, torpísimo, y la pobre enferma se me murió; la dejé morir más bien, por
mi torpeza, por mi criminal distracción. Sentí horror de mismo, de mi miseria.
»A los pocos días de muerta la señora aquella, tuve que ir a su casa, a ver allí
otro enfermo, y entré dispuesto a mirar el retrato. Pero era inútil, porque era él,
el retrato que me miraba aunque yo no le mirase y me atraía la mirada. Al
despedirme me acompañó hasta la puerta viudo. Nos detuvimos al pie del
retrato, y yo, como empujado por una fuerza irresistible y fatal, exclamé:
»-¡Magnífico retrato! ¡Es de lo mejor que ha hecho Abel!
»-Sí -me contestó el viudo-, es el mayor consuelo que me queda. Me paso
largas horas contemplándola. Parece como que me habla.
»-¡ Sí, sí -añadí- este Abel es un artista estupendo! »Y al salir me decía: "¡Yo
la dejé morir y él la resucita!"»
Sufría Joaquín mucho cada vez que se le moría alguno de sus enfermos, sobre
todo los niños, pero la muerte de otros le tenía sin grave cuidado. «¿Para qué
querrá vivir...? -decíase de algunos-. Hasta le haría un favor dejándole
morir...»
Sus facultades de observador psicólogo habíansele aguzado con su pasión de
ánimo y adivinaba al punto las más ocultas lacerías morales. Percatábase en
seguida, bajo el embuste de las convenciones, de qué maridos preveían sin
pena, cuando no deseaban, la muerte de sus mujeres y qué mujeres ansiaban
verse libres de sus maridos, acaso para tomar otros de antemano escogidos ya.
Cuando al año de la muerte de su cliente Álvarez, la viuda se casó con
Menéndez, amigo íntimo del difunto, Joaquín se dijo: «Sí que fue rara aquella
muerte... Ahora me la explico... ¡La humanidad es lo más cochino que hay, y
la tal señora, dama caritativa, una de las señoras de lo más honrado...!»
-Doctor -le decía una vez uno de sus enfermos-, máteme usted, por Dios,
máteme usted sin decirme nada, que ya no puedo más... Déme algo que me
haga dormir para siempre...
«¿Y por qué no había de hacer lo que este hombre quiere -se decía Joaquín- si
no vive más que para sufrir? ¡Me da pena! ¡Cochino mundo!»
Y eran sus enfermos para él no pocas veces espejos. Un día le llegó una pobre
mujer de la vecindad, gastada por los años y los trabajos, cuyo marido, en los
veinticinco años de matrimonio se había enredado con una pobre aventurera.
Iba a contarle sus cuitas la mujer desdeñada.
-¡Ay, don Joaquín! -le decía-, usted, que dicen que sabe tanto, a ver si me da
un remedio para que le cure a mi pobre marido del bebedizo que le ha dado
esa pelona.
-¿Pero qué bebedizo, mujer de Dios?
-Se va a ir a vivir con ella, dejándome a mí, al cabo de veinticinco años...
-Más extraño es que la hubiese dejado de recién casados, cuando usted era
joven y acaso...
-¡Ah, no, señor, no! Es que le ha dado un bebedizo trastornándole el seso,
porque si no, no podría ser... No podría ser...
-Bebedizo... bebedizo... -murmuró Joaquín.
-Sí, don Joaquín, sí, un bebedizo... Y usted, que sabe tanto, deme un remedio
para él.
-¡Ay, buena mujer!, ya los antiguos trabajaron en balde para encontrar un agua
que los rejuveneciese...
Y cuando la pobre mujer se fue desolada, Joaquín se decía: «Pero ¿no se
mirará al espejo esta desdichada? ¿No verá el estrago de los años de rudo
trabajo? Estas gentes del pueblo todo lo atribuyen a bebedizos o a envidias...
¿Que no encuentran trabajo...? Envidias... ¿Que les sale algo mal? Envidias. El
que todos sus fracasos los atribuye a ajenas envidias es un envidioso. ¿Y no lo
seremos todos? ¿No me habrán dado un bebedizo?»
Durante unos días apenas pensó más que en el bebedizo. Y acabó diciéndose:
«¡Es el pecado original!»
IX
Casóse Joaquín con Antonia buscando en ella un amparo, y la pobre adivinó
desde luego su menester, el oficio que hacía en el corazón de su marido y
cómo le era un escudo y un posible consuelo. Tomaba por marido a un en-
fermo, acaso a un inválido incurable, del alma; su misión era la de una
enfermera. Y le aceptó llena de compasión, llena de amor a la desgracia de
quien así unía su vida a la de ella.
Sentía Antonia que entre ella y su Joaquín había como un muro invisible, una
cristalina y transparente muralla de hielo. Aquel hombre no podía ser de su
mujer, porque no era de sí mismo, dueño de sí, sino a la vez un enajenado y un
poseído. En los más íntimos trasportes de trato conyugal, una invisible sombra
fatídica se interponía entre ellos. Los besos de su marido parecíanle besos
robados, cuando no de rabia.
Joaquín evitaba hablar de su prima Helena delante de su mujer, y esta, que se
percató de ello al punto, no hacía sino sacarla a colación a cada paso en sus
conversaciones.
Esto en un principio, que más adelante evitó mentarla.
Llamáronle un día a Joaquín a casa de Abel, como a médico, y se enteró de
que Helena llevaba ya en sus entrañas fruto de su marido, mientras que su
mujer, Antonia, no ofrecía aún muestra alguna de ello. Y al pobre asaltó una
tentación vergonzosa, de que se sentía abochornado, y era la de un diablo que
le decía: «¿Ves? ¡Hasta es más hombre que tú! Él, el que con su arte resucita e
inmortaliza a los que tú dejas morir por tu torpeza, él tendrá pronto un hijo,
traerá un nuevo viviente, obra suya de carne y sangre y hueso al mundo,
mientras tú... Tú acaso no seas capaz de ello... ¡Es más hombre que tú!»
Entró mustio y sombrío en el puerto de su hogar.
-Vienes de casa de Abel, ¿no? -le preguntó mujer.
-Sí. ¿En qué lo has conocido?
-En tu cara. Esa casa es tu tormento. No debías ir a ella...
-¿Y qué voy a hacer?
-¡Excusarte! Lo primero es tu salud y tu tranquilidad...
-Aprensiones tuyas...
-No, Joaquín, no quieras ocultármelo... -y no puedo continuar, porque las
lágrimas le ahogaron la voz.
Sentóse la pobre Antonia. Los sollozos se le arrancaban de cuajo.
-Pero ¿qué te pasa, mujer, qué es eso...?
-Dime tú lo que a ti te pasa, Joaquín, confíamelo todo, confiésate conmigo...
-No tengo nada de que acusarme...
-Vamos, ¿me dirás la verdad, Joaquín, la verdad? El hombre vaciló un
momento, pareciendo luchar un enemigo invisible, con el diablo de su guarda,
y con arrancada de una resolución súbita, desesperada, gritó casi:
-¡Sí, te diré la verdad, toda la verdad!
-Tú quieres a Helena; tú estás enamorado todavía de Helena.
-¡No, no lo estoy! ¡No lo estoy! ¡Lo estuve; pero no lo estoy ya, no!
-¿Pues entonces?...
-¿Entonces, qué?
-¿A qué esa tortura en que vives? Porque esa casa, la casa de Helena, es la
fuente de tu malhumor, esa casa es la que no te deja vivir en paz, es Helena...
-¡Helena no! ¡Es Abel!
-¿Tienes celos de Abel?
-Sí, tengo celos de Abel; le odio, le odio, le odio -y cerraba la boca y los puños
al decirlo, pronunciándolo entre dientes.
-Tienes celos de Abel... Luego quieres a Helena.
-No, no quiero a Helena. Si fuese de otro no tendría celos de ese otro. No, no
quiero a Helena, la desprecio, desprecio a la pava real esa, a la belleza
profesional, a la modelo del pintor de moda, a la querida de Abel...
-¡Por Dios, Joaquín, por Dios...!
-Sí, a su querida... legítima. ¿O es que crees que la bendición de un cura
cambia un arrimo en matrimonio?
-Mira, Joaquín, que estamos casados como ellos...
-¡Como ellos, no, Antonia, como ellos, no! Ellos se casaron por rebajarme, por
humillarme, por denigrarme; ellos se casaron para burlarse de mí; ellos se
casaron contra mí.
Y el pobre hombre rompió en unos sollozos que le ahogaban el pecho,
cortándole el respiro. Se creía morir.
-Antonia... Antonia... -suspiró con un hilito de voz apagada. -¡Pobre hijo mío!
-exclamó ella abrazándole.
Y le tomó en su regazo como a un niño enfermo, acariciándole. Y le decía:
-Cálmate, mi Joaquín, cálmate... Estoy aquí yo, tu mujer, toda tuya y sólo tuya.
Y ahora que sé del todo tu secreto, soy más tuya que antes y te quiero más que
nunca... Olvídalos... desprécialos... Habría sido peor que una mujer así te
hubiese querido...
-Sí, pero él, Antonia, él...
-¡Olvídale!
-No puedo olvidarle... me persigue... su fama, su gloria me sigue a todas
partes...
-Trabaja tú y tendrás fama y gloria, porque no vales menos que él. Deja la
clientela, que no la necesitamos, vámonos de aquí a Renada, a la casa que fue
de mis padres, y allí dedícate a lo que más te guste, a la ciencia, a hacer
descubrimientos de esos y que se hable de ti... Yo te ayudaré en lo que pueda...
Yo haré que no te distraigan... y serás más que él...
-No puedo, Antonia, no puedo; sus éxitos me quitan el sueño y no me dejarían
trabajar en paz... la visión de sus cuadros maravillosos se pondría entre mis
ojos y el microscopio y no me dejaría ver lo que otros no han visto aún por
él... No puedo... no puedo...
Y bajando la voz como un niño, casi balbuciendo como atontado por la caída
en la sima de su abyección, sollozó diciendo:
-Y van a tener un hijo, Antonia...
-También nosotros le tendremos -le suspiró ella al oído, envolviéndolo en un
beso-, no me lo negará la Santísima Virgen, a quien se lo pido todos los días...
Y el agua bendita de Lourdes...
-¿También tú crees en bebedizos, Antonia?
-¡Creo en Dios!
-«Creo en Dios» -se repitió Joaquín el verse solo; solo con el otro-; «¿y qué es
creer en Dios? ¿Dónde está Dios? ¡Tendré que buscarle!»
«Cuando Abel tuvo su hijo -escribía en su Confesión Joaquín- sentí que el
odio se me enconaba. Me había invitado a asistir a Helena al parto, pero me
excusé con que yo no asistía a partos, lo que era cierto, y con que no sabría
conservar toda la sangre fría, mi sangre arrecida más bien, ante mi prima si se
viera en peligro. Pero mi diablo me insinuó la feroz tentación de ir a asistirla y
de ahogar a hurtadillas al niño. Vencí a la asquerosa idea.
»Aquel nuevo triunfo de Abel, del hombre, no ya del artista -el niño era una
hermosura, una obra maestra de salud y de vigor, "un angelito", decían-, me
apretó aún más a mi Antonia, de quien esperaba el mío. Quería, necesitaba que
la pobre víctima de mi ciego odio -pues la víctima era mi mujer más que yo-
fuese madre de hijos míos, de carne de mi carne, de entrañas de mis entrañas
torturadas por el demonio. Sería la madre de mis hijos y por ello superior a las
madres de los hijos de otros. Ella, la pobre, me había preferido a mí, al
antipático, al despreciado, al afrentado; ella había tomado lo que otra desechó
con desdén y burla. ¡Y hasta me hablaba bien de ellos!
»El hijo de Abel, Abelín, pues le pusieron el mismo nombre de su padre y
como para que continuara su linaje y la gloria de él, el hijo de Abel, que habría
de ser andando el tiempo, instrumento de mi desquite, era una maravilla de
niño. Y yo necesitaba tener uno así, más hermoso aún que él.»
XI
-¿Y qué preparas ahora? -le preguntó a Abel Joaquín un día en que, habiendo
ido a ver al niño, se encontraron en el cuarto de estudio de aquél.
-Pues ahora voy a pintar un cuadro de Historia, o mejor, del Antiguo
Testamento, y me estoy documentando...
-¿Cómo? ¿Buscando modelos de aquella época? -No, leyendo la Biblia y
comentarios a ella.
-Bien digo yo que tú eres un pintor científico...
-Y tú un médico artista, ¿no es eso?
-¡Peor que un pintor científico... literato! ¡Cuida de no hacer con el pincel
literatura!
-Gracias por el consejo.
-¿Y cuál va a ser el asunto de tu cuadro?
-La muerte de Abel por Caín, el primer fratricidio.
Joaquín palideció aún más, y mirando fijamente a su primer amigo, le
preguntó a media voz:
-¿Y cómo se te ha ocurrido eso?
-Muy sencillo -contestó Abel sin haberse percatado del ánimo de su amigo-; es
la sugestión del nombre. Como me llamo Abel... Dos estudios de desnudo...
-Sí, desnudo del cuerpo...
-Y aun del alma...
-¿Pero piensas pintar sus almas?
-¡Claro está! El alma de Caín, de la envidia, y el alma de Abel...
-¿El alma de qué?
-En eso estoy ahora. No acierto a dar con la expresión, con el alma de Abel.
Porque quiero pintarle antes de morir, derribado en tierra y herido de muerte
por su hermano. Aquí tengo el Génesis y el Caín de lord Byron; ¿lo conoces?
-No, no conozco el Caín de lord Byron. ¿Y qué has sacado de la Biblia?
-Poca cosa... Verás -y tomando un libro, leyó: «y conoció Adán a su mujer
Eva, la cual concibió y parió a Caín y dijo: He adquirido varón por Jehová. Y
después parió a su hermano Abel y fue Abel pastor de ovejas, y Caín fue
labrador de la tierra. Y aconteció, andando el tiempo, que Caín trajo del fruto
de la tierra una ofrenda a Jehová y Abel trajo de los primogénitos de sus
ovejas y de su grosura. Y miró Jehová con agrado a Abel y a su ofrenda, mas
no miró propicio a Caín y a la ofrenda suya...»
-Y eso, ¿por qué?... -interrumpió Joaquín-. ¿Por qué miró Dios con agrado la
ofrenda de Abel y con desdén la de Caín?
-No lo explica aquí...
-¿Y no te lo has preguntado tú antes de ponerte a pintar tu cuadro?
-Aún no... Acaso porque Dios veía ya en Caín el futuro matador de su
hermano... al envidioso...
-Entonces es que le había hecho envidioso, es que le había dado un bebedizo.
Sigue leyendo.
-«Y ensañóse Caín en gran manera y decayó su semblante. Y entonces Jehová
dijo a Caín: ¿Por qué te has ensañado?, ¿y por qué se ha demudado tu rostro?
Si bien hicieres, ¿no serás ensalzado?, y si no hicieres bien el pecado está a tu
puerta. Ahí está que te desea, pero tú le dominarás...»
-Y le venció el pecado -interrumpió Joaquín-, porque Dios le había dejado de
su mano. ¡Sigue!
-«Y habló Caín a su hermano Abel, y aconteció que estando ellos en el campo,
Caín se levantó contra su hermano Abel y le mató. Y Jehová dijo a Caín...»
-¡Basta! No leas más. No me interesa lo que Jehová dijo a Caín luego que la
cosa no tenía ya remedio.
Apoyó Joaquín los codos en la mesa, la cara entre las palmas de la mano, y
clavando una mirada helada y punzante en la mirada de Abel, sin saber de qué
alarmado, le dijo:
-¿No has oído nunca una especie de broma que gastan con los niños que
aprenden de memoria la Historia Sagrada cuando les preguntan: «¿Quién mató
a Caín?»
-¡No!
-Pues sí, les preguntan eso y los niños, confundiéndose, suelen decir: «Su
hermano Abel.»
-No sabía eso.
-Pues ahora lo sabes. Y dime tú, que vas a pintar esa escena bíblica... ¡y tan
bíblica!, ¿no se te ha ocurrido pensar que si Caín no mata a Abel habría sido
este el que habría acabado matando a su hermano?
-¿Y cómo se te puede ocurrir eso?
-Las ovejas de Abel eran adeptas a Dios, y Abel, el pastor, hallaba gracia a los
ojos del Señor, pero los frutos de la tierra de Caín, del labrador, no gustaban a
Dios ni tenía para Él gracia Caín. El agraciado, el favorito de Dios era Abel...
el desgraciado, Caín... -¿Y qué culpa tenía Abel de eso?
-¡Ah!, pero ¿tú crees que los afortunados, los agraciados, los favoritos, no
tienen culpa de ello? La tienen de no ocultar y ocultar como una vergüenza,
que lo es, todo favor gratuito, todo privilegio no ganado por propios méritos,
de no ocultar esa gracia en vez de hacer ostentación de ella. Porque no me
cabe duda de que Abel restregaría a los hocicos de Caín su gracia, le azuzaría
con el humo de sus ovejas sacrificadas a Dios. Los que se creen justos suelen
ser unos arrogantes que van a deprimir a los otros con la ostentación de su
justicia. Ya dijo quien lo dijera que no hay canalla mayor que las personas
honradas...
-¿Y tú sabes -le preguntó Abel sobrecogido por la gravedad de la
conversación- que Abel se jactara de su gracia?
-No me cabe duda, ni de que no tuvo respeto a su hermano mayor, ni pidió al
Señor gracia también para él. Y sé más, y es que los abelitas han inventado el
infierno para los cainitas porque si no su gloria les resultaría insípida. Su goce
está en ver, libres de padecimiento, padecer a los otros...
-¡Ay, Joaquín, Joaquín, qué malo estás!
-Sí, nadie es médico de sí mismo. Y ahora dame ese Caín de lord Byron, que
quiero leerlo.
- ¡Tómalo!
-Y dime, ¿no te inspira tu mujer algo para ese cuadro?, ¿no te da alguna idea?
-¿Mi mujer? En esta tragedia no hubo mujer.
-En toda tragedia la hay, Abel.
-Sería acaso Eva...
-Acaso... La que les dio la misma leche; el bebedizo...
XII
Leyó Joaquín el Caín de lord Byron. Y en su Confesión escribía más tarde:
«Fue terrible el efecto que la lectura de aquel libro me hizo. Sentí la necesidad
de desahogarme y tomé unas notas que aún conservo y las tengo ahora aquí,
presentes. Pero ¿fue sólo por desahogarme? No; fue con el propósito de
aprovecharlas algún día pensando que podrían servirme de materiales para una
obra genial. La vanidad nos consume. Hacemos espectáculo de nuestras más
íntimas y asquerosas dolencias. Me figuro que habrá quien desee tener un
tumor pestífero como no le ha tenido antes ninguno para hombrearse con él.
¿Esta misma Confesión no es algo más que un desahogo?
»He pensado alguna vez romperla para librarme de ella. Pero ¿me libraría?
¡No! Vale más darse un espectáculo que consumirse. Y al fin y al cabo no es
más que espectáculo la vida.
»La lectura del Caín de lord Byron me entró hasta lo más íntimo. ¡Con qué
razón culpaba Caín a sus padres de que hubieran cogido de los frutos del árbol
de la ciencia en vez de coger de los del árbol de la vida! A mí, por lo menos, la
ciencia no ha hecho más que exacerbarme la herida.
»¡Ojalá nunca hubiera vivido! -digo con aquel Caín-. ¿Por qué me hicieron?
¿Por qué he de vivir? Y lo que no me explico es cómo Caín no se decidió por
el suicidio. Habría sido el más noble comienzo de la historia humana. Pero
¿por qué no se suicidaron Adán y Eva después de la caída y antes de haber
dado hijos? ¡Ah, es que entonces Jehová habría hecho otros iguales y otro
Caín y otro Abel! ¿No se repetirá esta misma tragedia en otros mundos, allá
por las estrellas? Acaso la tragedia tiene otras representaciones, sin que baste
el estreno de la tierra. Pero ¿fue estreno?
»Cuando leí cómo Luzbel le declaraba a Caín cómo era este, Caín, inmortal, es
cuando empecé con terror a pensar si yo también seré inmortal y si será
inmortal en mí mi odio. "¿Tendré alma -me dije entonces-, será este mi odio
alma?", y llegué a pensar que no podría ser de otro modo, que no puede ser
función de un cuerpo un odio así. Lo que no había encontrado con el escalpelo
en otros lo encontré en mí. Un organismo corruptible no podía odiar como yo
odiaba. Luzbel aspiraba a ser Dios, yo, desde muy niño, ¿no aspiré a anular a
los demás? ¿Y cómo podía ser yo tan desgraciado si no me hizo tal el creador
de la desgracia?
»Nada le costaba a Abel criar sus ovejas, como nada le costaba, a él, al otro,
hacer sus cuadros; pero ¿a mí?, a mí me costaba mucho diagnosticar las
dolencias de mis enfermos.
»Quejábase Caín de que Adah, su propia querida Adah su mujer y hermana,
no comprendiera el espíritu que a él le abrumaba. Pero sí, sí, mi Adah, mi
pobre Adah comprendía mi espíritu. Es que era cristiana. Mas tampoco yo
encontré algo que conmigo simpatizara.
»Hasta que leí y releí el Caín byroniano, yo, que tanto hombres había visto
agonizar y morir, no pensé en la muerte, no la descubrí. Y entonces pensé si al
morir me moriría con mi odio, si se moriría conmigo o si me sobreviviría;
pensé si el odio sobrevive a los odiadores, si es algo sustancial y que se
transmite, si es el alma, la esencia misma del alma. Y empecé a creer en el
infierno y que la muerte es un ser, es el Demonio, es el Odio hecho persona, es
el Dios del alma. Todo lo que mi ciencia no me enseñó me enseñaba el terrible
poema de aquel gran odiador que fue lord Byron.
»Mi Adah también me echaba dulcemente en cara cuando yo no trabajaba,
cuando no podía trabajar. Y Luzbel estaba entre mi Adah y yo. "¡No vayas con
ese Espíritu!" -me gritaba mi Adah-. ¡Pobre Antonia! Y me pedía también que
le salvara de aquel Espíritu. Mi pobre Adah no llegó a odiarlos como los
odiaba yo. ¿Pero llegué yo a querer de veras a mi Antonia? Ah, si hubiera sido
capaz de quererla me habría salvado. Era para mí otro instrumento de
venganza. Queríala para madre de un hijo o de una hija que me vengaran.
Aunque pensé, necio de mí, que una vez padre se me curaría aquello. ¿Mas
acaso no me casé sino para hacer odiosos como yo, para transmitir mi odio,
para inmortalizarlo?
»Se me quedó grabada en el alma como con fuego aquella escena de Caín y
Luzbel en el abismo del espacio. Vi mi ciencia a través de mi pecado y la
miseria de dar vida para propagar la muerte. Y vi que aquel odio inmortal era
mi alma. Ese odio pensé que debió de haber precedido a mi nacimiento y que
sobreviviría a mi muerte. Y me sobrecogí de espanto al pensar en vivir
siempre para aborrecer siempre. Era el Infierno. ¡Y yo que tanto me había
reído de la creencia en él! ¡Era el Infierno!
»Cuando leí cómo Adah habló a Caín de su hijo, de Enoc, pensé en el hijo, o
en la hija que habría de tener; pensé en ti, hija mía; mi redención y mi
consuelo; pensé en que tú vendrías a salvarme un día. Y al leer lo que aquel
Caín decía a su hijo dormido e inocente, que no sabía que estaba desnudo,
pensé si no había sido en mí un crimen engendrarte, ¡pobre hija mía! ¿Me
perdonarás haberte hecho? Y al leer lo que Adah decía a su Caín, recordé mis
años de paraíso, cuando aún no iba a cazar premios, cuando no soñaba en
superar a todos los demás. No, hija mía, no; no ofrecí mis estudios a Dios con
corazón puro, no busqué la verdad y el saber, sino que busqué los premios y la
fama y ser más que él.
»Él, Abel, amaba su arte y lo cultivaba con pureza de intención y no trató de
imponérseme. No, no fue él quien me la quitó, ¡no! ¡Y yo llegué a pensar en
derribar el altar de Abel, loco de mí! Y es que no había pensado más que en
mí.
»El relato de la muerte de Abel, tal y como aquel terrible poeta del demonio
nos lo expone, me cegó. Al leerlo sentí que se me iban las cosas y hasta creo
que sufrí un mareo. Y desde aquel día, gracias al impío Byron, empecé a
creer.»
XIII
Le dio Antonia a Joaquín una hija. «Una hija -se dijo- ¡y él un hijo!» Mas
pronto se repuso de esta nueva treta de su demonio. Y empezó a querer a su
hija con toda la fuerza de su pasión y por ella a la madre. «Será mi
vengadora», se dijo primero, sin saber de qué habría de vengarle, y luego:
«Será mi purificadora.»
«Empecé a escribir esto -dejó escrito en su Confesión- más tarde para mi hija,
para que ella, después de yo muerto, pudiese conocer a su pobre padre y
compadecerle y quererle. Mirándola dormir en la cuna, soñando su inocencia,
pensaba que para criarla y educarla pura tenía yo que purificarme de mi
pasión, limpiarme de la lepra de mi alma. Y decidí hacerle que amase a todos
y sobre todo a ellos. Y allí, sobre la inocencia de su sueño, juré libertarme de
mi infernal cadena. Tenía que ser yo el mayor heraldo de la gloria de Abel.»
Y sucedió que habiendo Abel Sánchez acabado su cuadro, lo llevó a una
Exposición, donde obtuvo un aplauso general y fue admirado como estupenda
obra maestra, y se le dio la medalla de honor.
Joaquín iba a la sala de la Exposición a contemplar el cuadro y a mirar en él,
como si mirase en un espejo, al Caín de la pintura y a espiar en los ojos de las
gentes si le miraban a él después de haber mirado al otro.
«Torturábame la sospecha -escribió en su Confesión- de que Abel hubiese
pensado en mí al pintar su Caín, de que hubiese descubierto todas las
insondables negruras de la conversación que con él mantuve en su casa cuando
me anunció su propósito de pintarlo y cuando me leyó los pasajes del Génesis,
y yo me olvidé tanto de él y pensé tanto en mí mismo, que puse al desnudo mi
alma enferma. ¡Pero no! No había en el Caín de Abel el menor parecido
conmigo, no pensó en mí al pintarlo, es decir, no me despreció, no lo pintó
desdeñándome, ni Helena debió de decirle nada de mí. Les bastaba con
saborear el futuro triunfo, el que esperaban. ¡Ni siquiera pensaban en mí!
»Y esta idea de que ni siquiera pensasen en mí, de que no me odiaran,
torturábame aún más que lo otro. Ser odiado por él con un odio como el que
yo le tenía, era algo y podía haber sido mi salvación.»
Y fue más allá, o entró más dentro de sí Joaquín, y fue que lanzó la idea de dar
un banquete a Abel para celebrar su triunfo y que él, su amigo de siempre, su
amigo de antes de conocerse, le ofrecería el banquete.
Joaquín gozaba de cierta fama de orador. En la Academia de Medicina y
Ciencias era el que dominaba a los demás con su palabra cortante y fría,
precisa y sarcástica de ordinario. Sus discursos solían ser chorros de agua fría
sobre los entusiasmos de los principiantes, acres lecciones de escepticismo
pesimista. Su tesis ordinaria, que nada se sabía de cierto en Medicina, que todo
era hipótesis y un continuo tejer y destejer, que lo más seguro era la
desconfianza. Por esto, al saberse que era él, Joaquín, quien ofrecería el
banquete, echáronse los más a esperar alborozados un discurso de doble filo,
una disección despiadada, bajo apariencias de elogio, de la pintura científica y
documentada, o bien un encomio sarcástico de ella. Y un regocijo malévolo
corría por los corazones de todos los que habían oído alguna vez hablar a
Joaquín del arte de Abel. Apercibiéronle a este del peligro.
-Os equivocáis -les dijo Abel-. Conozco a Joaquín y no le creo capaz de eso.
Sé algo de lo que le pasa, pero tiene un profundo sentido artístico y dirá cosas
que valga la pena de oírlas. Y ahora quiero hacerle un retrato.
-¿Un retrato?
-Sí, vosotros no le conocéis como yo. Es un alma de fuego tormentosa.
-Hombre más frío...
-Por fuera. Y en todo caso dicen que el frío quema. Es una figura que ni
aposta...
Y este juicio de Abel llegó a oídos del juzgado, de Joaquín, y le sumió más en
sus cavilaciones. «¿Qué pensará en realidad de mí?, se decía. ¿Será cierto que
me tiene así, por un alma de fuego, tormentosa? ¿Será cierto que me reconoce
víctima del capricho de la suerte?»
Llegó en esto a algo de que tuvo que avergonzarse hondamente, y fue que,
recibida en su casa una criada que había servido en la de Abel, la requirió de
ambiguas familiaridades mas sin comprometerse, no más que para inquirir de
ella lo que en la otra casa hubiera oído decir de él.
-Pero, vamos, dime, ¿es que no les oíste nunca nada de mí?
-Nada, señorito, nada.
-¿Pero no hablaban alguna vez de mí?
-Como hablar, sí, creo que sí, pero no decían nada.
-¿Nada, nunca nada?
-Yo no les oía hablar. En la mesa, mientras yo les servía, hablaban poco y
cosas de esas que se hablan en la mesa. De los cuadros de él...
-Lo comprendo. ¿Pero nada, nunca nada de mí?
-No me acuerdo.
Y al separarse la criada sintió Joaquín entrañada aversión a sí mismo. «Me
estoy idiotizando -se dijo-. ¡Qué pensará de mí esta muchacha!» Y tanto le
acongojó esto que hizo que con un pretexto cualquiera se le despachase a
aquella criada. «¿Y si ahora va -se dijo luego- y vuelve a servir a Abel y le
cuenta esto?» Por lo que es tuvo a punto de pedir a su mujer que volviera a
llamarla. Mas no se atrevió. E iba siempre temblando de encontrarla por la
calle.
XIV
Llegó el día del banquete. Joaquín no durmió la noche de la víspera.
-Voy a la batalla, Antonia -le dijo a su mujer al salir de casa.
-Que Dios te ilumine y te guíe, Joaquín.
-Quiero ver a la niña, a la pobre Joaquinita...
-Sí, ven, mírala... está dormida...
-¡Pobrecilla! ¡No sabe lo que es el demonio! Pero yo te juro, Antonia, que
sabré arrancármelo. Me lo arrancaré, lo estrangularé y lo echaré a los pies de
Abel. Le daría un beso si no fuese que temo despertarla...
- ¡No, no! ¡Bésala!
Inclinóse el padre y besó a la niña dormida, que sonrió al sentirse besada en
sueños.
-Ves, Joaquín, también ella te bendice.
-¡Adiós, mujer! -y le dio un beso largo, muy largo. Ella se fue a rezar ante la
imagen de la Virgen.
Corría una maliciosa expectación por debajo de las conversaciones mantenidas
durante el banquete. Joaquín, sentado a la derecha de Abel, e intensamente
pálido, apenas comía ni hablaba. Abel mismo empezó a temer algo.
A los postres se oyeron siseos, empezó a cuajar el silencio, y alguien dijo:
«¡Que hable!» Levantóse Joaquín. Su voz empezó temblona y sorda, pero
pronto se aclaró y vibraba con un acento nuevo. No se oía más que su voz, que
llenaba el silencio. El asombro era general. Jamás se había pronunciado un
elogio más férvido, más encendido, más lleno de admiración y cariño a la obra
y a su autor. Sintieron muchos asomárseles las lágrimas cuando Joaquín evocó
aquellos días de su común infancia con Abel, cuando ni uno ni otro soñaban lo
que habrían de ser.
«Nadie le ha conocido más adentro que yo -decía-: creo conocerte mejor que
me conozco a mí mismo, más puramente, porque de nosotros mismos no
vemos en nuestras entrañas sino el fango de que hemos sido hechos. Es en
otros donde vemos lo mejor de nosotros y lo amamos, y eso es la admiración.
Él ha hecho en su arte lo que yo habría querido hacer en el mío, y por eso es
uno de mis modelos; su gloria es un acicate para mi trabajo y es un consuelo
de la gloria que no he podido adquirir. Él es nuestro, de todos, él es mío sobre
todo, y yo, gozando su obra, la hago tan mía como él la hizo suya creándola. Y
me consuelo de verme sujeto a mi medianía...»
Su voz lloraba a las veces. El público estaba subyugado, vislumbrando
oscuramente la lucha gigantesca de aquel alma con su demonio.
«Y ved la figura de Caín -decía Joaquín dejando gotear las ardientes palabras-,
del trágico Caín, del labrador errante, del primero que fundó ciudades, del
padre de la industria, de la envidia y de la vida civil, ¡vedla! Ved con qué
cariño, con qué compasión, con qué amor al desgraciado está pintada. ¡Pobre
Caín! Nuestro Abel Sánchez admira a Caín como Milton admiraba a Satán,
está enamorado de su Caín como Milton lo estuvo de su Satán, porque admirar
es amar y amar es compadecer. Nuestro Abel ha sentido toda la miseria, toda
la desgracia inmerecida del que mató al primer Abel, del que trajo, según la
leyenda bíblica, la muerte al mundo. Nuestro Abel nos hace comprender la
culpa de Caín, porque hubo culpa, y compadecerle y amarle... ¡Este cuadro es
un acto de amor!»
Cuando acabó Joaquín de hablar medió un silencio espeso, hasta que estalló
una salva de aplausos. Levantóse entonces Abel y, pálido, convulso,
tartamudeante, con lágrimas en los ojos, le dijo a su amigo:
-Joaquín, lo que acabas de decir vale más, mucho más que mi cuadro, más que
todos los cuadros que he pintado, más que todos los que pintaré... Eso, eso es
una obra de arte y de corazón. Yo no sabía lo que he hecho hasta que te he
oído. ¡Tú y no yo has hecho mi cuadro, tú!
Y abrazáronse llorando los dos amigos de siempre entre los clamorosos
aplausos y vivas de la concurrencia puesta en pie. Y al abrazarse le dijo a
Joaquín su demonio: «¡Si pudieras ahora ahogarle en tus brazos...!»
-¡Estupendo!... -decían-. ¡Qué orador! ¡Qué discurso! ¿Quién podía haber
esperado esto? ¡Lástima que no haya traído taquígrafos! -Esto es prodigioso -
decía uno-. No espero volver a oír cosa igual. -A mí -añadía otro- me corrían
escalofríos al oírlo. -¡Pero mírale, mírale qué pálido está!
Y así era. Joaquín, sintiéndose, después de su victoria, vencido, sentía
hundirse en una sima de tristeza. No, su demonio no estaba muerto. Aquel
discurso fue un éxito como no lo había tenido, como no volvería a tenerlo, y le
hizo concebir la idea de dedicarse a la oratoria para adquirir en ella gloria con
que oscurecer la de su amigo en la pintura.
-¿Has visto cómo lloraba Abel! -decía uno al salir. -Es que este discurso de
Joaquín vale por todos los cuadros del otro. El discurso ha hecho el cuadro.
Habrá que llamarle el cuadro del discurso. Quita el discurso y ¿qué queda del
cuadro? ¡Nada! A pesar del primer premio.
Cuando Joaquín llegó a su casa, Antonia salió a abrirle la puerta y abrazarle:
-Ya lo sé, ya me lo han dicho. ¡Así, así! Vales más que él, mucho más que él;
que sepa que si su cuadro vale será por tu discurso.
-Es verdad, Antonia, es verdad, pero...
-¿Pero qué? Todavía...
-Todavía, sí. No quiero decirte las cosas que el demonio, mi demonio, me
decía mientras nos abrazábamos... -¡No, no me las digas, cállate! -Pues tápame
la boca.
Y ella le tapó la boca con un beso largo, cálido, húmedo, mientras se le
nublaban de lágrimas los ojos.
-A ver si así me sacas el demonio, Antonia, a ver si me lo sorbes. -Sí, para
quedarme con él, ¿no es eso? -y procuraba reírse la pobre. -Sí, sórbemelo, que
a ti no puede hacerte daño, que en ti se morirá, se ahogará en tu sangre como
en agua bendita...
Y cuando Abel se encontró en su casa, a solas con su Helena, esta le dijo:
-Ya han venido a contarme lo del discurso de Joaquín. ¡Ha tenido que tragar tu
triunfo... ha tenido que tragarte... !
-No hables así, mujer, que no le has oído.
-Como si le hubiese oído.
-Le salía del corazón. Me ha conmovido. Te digo que ni yo sé lo que he
pintado hasta que no le he oído a él explicárnoslo.
-No te fíes... no te fíes de él... Cuando tanto te ha elogiado, por algo será...
-¿Y no puede haber dicho lo que sentía?
-Tú sabes que está muerto de envidida de ti.
-Cállate.
-Muerto, sí, muertecito de envidia de ti...
-¡Cállate, cállate, mujer; cállate!
-No, no son celos porque él ya no me quiere, si es que me quiso... es envidia...
envidia...
-¡Cállate! ¡Cállate! -rugió Abel.
-Bueno, me callo, pero tú verás...
-Ya he visto y he oído y me basta. ¡Cállate, digo!
XV
¡Pero no, no! Aquel acto heroico no le curó al pobre Joaquín.
«Empecé a sentir remordimiento -escribió en su Confesión- de haber dicho lo
que dije, de no haber dejado estallar mi mala pasión para así librarme de ella,
de no haber acabado con él artísticamente, denunciando los engaños y falsos
efectismos de su arte, sus imitaciones, su técnica fría y calculada, su falta de
emoción; de no haber matado su gloria. Y así me habría librado de lo otro,
diciendo la verdad, reduciendo su prestigio a su verdadera tasa. Acaso Caín, el
bíblico, el que mató al otro Abel, empezó a querer a este luego que lo vio
muerto. Y entonces fue cuando empecé a creer; de los efectos de aquel
discurso provino mi conversión.»
Lo que Joaquín llamaba así en su Confesión fue que Antonia, su mujer, que le
vio no curado, que le temió acaso incurable, fue induciéndole a que buscase
armas en la religión de sus padres, en la de ella, en la que había de ser de su
hija, en la oración.
-Tú lo que debes hacer es ir a confesarte...
-Pero, mujer, si hace años que no voy a la iglesia...
-Por lo mismo.
-Pero si no creo en esas cosas...
-Eso creerás tú, pero a mí me ha explicado el padre cómo vosotros, los
hombres de ciencia, creéis no creer, pero creéis. Yo sé que las cosas que te
enseñó tu madre, las que yo enseñaré a nuestra hija...
-¡Bueno, bueno, déjame!
-No, no te dejaré. Vete a confesarte, te lo ruego. -¿Y qué dirán los que conocen
mis ideas?
-¡Ah!, ¿es eso? ¿Son respetos humanos?
Mas la cosa empezó a hacer mella en el corazón de Joaquín, y se preguntó si
realmente no creía y aun sin creer quiso probar si la Iglesia podría curarle. Y
empezó a frecuentar el templo, algo demasiado a las claras, como en son de
desafío a los que conocían sus ideas irreligiosas, y acabó yendo a un confesor.
Y una vez en el confesonario se le desató el alma.
-Le odio, padre, le odio con toda mi alma, y a no creer como creo, a no querer
creer como quiero creer, le mataría...
-Pero eso, hijo mío, eso no es odio; eso es más bien envidia.
-Todo odio es envidia, padre, todo odio es envidia.
-Pero debe cambiarlo en noble emulación, en deseo de hacer en su profesión y
sirviendo a Dios, lo mejor que pueda...
-No puedo, no puedo, no puedo trabajar. Su gloria no me deja.
-Hay que hacer un esfuerzo..., para eso el hombre es libre. -No creo en el libre
albedrío, padre. Soy médico.
-Pero...
-¿Qué hice yo para que Dios me hiciese así, rencoroso, envidioso, malo? ¿Qué
mala sangre me legó mi padre?
-Hijo mío..., hijo mío...
-No, no creo en la libertad humana, y el que no cree en la libertad no es libre.
¡No, no lo soy! ¡Ser libre es creer serlo!
-Es usted malo porque desconfía de Dios. -¿El desconfiar de Dios es maldad,
padre?
-No quiero decir eso, sino que la mala pasión de usted proviene de que
desconfía de Dios...
-¿El desconfiar de Dios es maldad? Vuelvo a preguntárselo.
-Sí, es maldad.
-Luego desconfío de Dios porque me hizo malo, como a Caín le hizo malo.
Dios me hizo desconfiado... -Le hizo libre.
-Sí, libre de ser malo.
-¡Y de ser bueno!
-¿Por qué nací, padre?
-Pregunte más bien que para qué nació...
XVI
Abel había pintado una Virgen con el niño en brazos que no era sino un retrato
de Helena, su mujer, con el hijo, Abelito. El cuadro tuvo éxito, fue
reproducido, y ante una espléndida fotografía de él rezaba Joaquín a la Virgen
Santísima, diciéndole: «¡Protégeme! ¡Sálvame!»
Pero mientras así rezaba, susurrándose en voz baja y como para oírse, quería
acallar otra voz más honda, que brotándole de las entrañas le decía: «¡Así se
muera! ¡Así te la deje libre!»
-¿Conque te has hecho ahora reaccionario? -le dijo un día Abel a Joaquín.
-¿Yo?
-Sí, me han dicho que te has dado a la Iglesia y que oyes misa diaria, y como
nunca has creído ni en Dios ni en el diablo, y no es cosa de convertirse así, sin
más ni menos, ¡pues te has hecho reaccionario!
-¿Y a ti qué?
-No, si no te pido cuentas; pero... ¿crees de veras?
-Necesito creer.
-Eso es otra cosa. ¿Pero crees?
-Ya te he dicho que necesito creer, y no me preguntes más.
-Pues a mí con el arte me basta; el arte es mi religión.
-Pues has pintado Vírgenes...
-Sí, a Helena.
-Que no lo es, precisamente.
-Para mí como si lo fuese. Es la madre de mi hijo...
-¿Nada más?
-Y toda madre es virgen en cuanto es madre.
-¡Ya estás haciendo teología!
-No sé, pero aborrezco el reaccionarismo y la gazmoñería. Todo eso me parece
que no nace sino de la envidia, y me extraña en ti, que te creo muy capaz de
distinguirte del vulgo, de los mediocres, me extraña que te pongas ese
uniforme.
-¡A ver, a ver, Abel, explícate!
-Es muy claro. Los espíritus vulgares, ramplones, no consiguen distinguirse, y
como no pueden sufrir que otros se distingan, les quieren imponer el uniforme
del dogma, que es un traje de munición, para que no se distingan. El origen de
toda ortodoxia, lo mismo en religión que en arte, es la envidia, no te quepa
duda. Si a todos se nos deja vestirnos como se nos antoje, a uno se le ocurre un
atavío que llame la atención y pone de realce su natural elegancia, y si es
hombre hace que las mujeres le admiren, y se enamoren de él mientras otro,
naturalmente ramplón y vulgar, no logra sino ponerse en ridículo buscando
vestirse a su modo, y por eso los vulgares, los ramplones, que son los
envidiosos, han ideado una especie de uniforme, un modo de vestirse como
muñecos, que pueda ser moda, porque la moda es otra ortodoxia. Desengáñate,
Joaquín: eso que llaman ideas peligrosas, atrevidas, impías, no son sino las
que no se les ocurren a los pobres de ingenio rutinario, a los que no tienen ni
pizca de sentido propio ni originalidad y sí sólo sentido común y vulgaridad.
Lo que más odian es la imaginación y porque no la tienen. -Y aunque así sea -
exclamó Joaquín-, es que esos que llaman los vulgares, los ramplones, los
mediocres, ¿no tienen derecho a defenderse?
-Otra vez defendiste en mi casa, ¿te acuerdas?, a Caín, al envidioso, y luego,
en aquel inolvidable discurso que me moriré repitiéndotelo, en aquel discurso
al que debo lo más de mi reputación, nos enseñaste, me enseñaste a mí al
menos, el alma de Caín. Pero Caín no era ningún vulgar, ningún ramplón,
ningún mediocre...
-Pero fue el padre de los envidiosos.
-Sí, pero de otra envidia, no de la de esa gente... La envidia de Caín era algo
grande; la del fanático inquisidor es lo más pequeño que hay. Y me choca
verte entre ellos...
«Pero este hombre -se decía Joaquín al separarse de Abel- ¿es que lee en mí?
Aunque no, parece no darse cuenta de lo que me pasa. Habla y piensa como
pinta, sin saber lo que dice y lo que pinta. Es un inconsciente, aunque yo me
empeñe en ver en él un técnico reflexivo...»
XVII
Enteróse Joaquín de que Abel andaba enredado con una antigua modelo, y
esto le corroboró en su aprensión de que no se había casado con Helena por
amor. «Se Basaron -decíase- por humillarme.» Y luego se añadía: «Ni ella, ni
Helena le quiere, ni puede quererle... ella no quiere a nadie, es incapaz de
cariño, no es más que un hermoso estuche de vanidad... Por vanidad, y por
desdén a mí, se casó, y por vanidad o por capricho es capaz de faltar a su
marido... Y hasta con el mismo a quien no quiso para marido...» Surgíale a la
vez de entre pavesas una brasa que creía apagada al hielo de su odio, y era su
antiguo amor a Helena. Seguía, sí, a pesar de todo, enamorado de la pava real,
de la coqueta, de la modelo de su marido. Antonia le era muy superior, sin
duda, pero la otra era la otra. Y luego, la venganza... ¡es tan dulce la venganza!
¡Tan tibia para un corazón helado!
A los pocos días fue a casa de Abel, acechando la hora en que este se hallara
fuera de ella. Encontró a Helena sola con el niño, a aquella Helena, a cuya
imagen divinizada había en vano pedido protección y salvación.
-Ya me ha dicho Abel -le dijo su prima- que ahora te ha dado por la iglesia.
¿Es que Antonia te ha llevado a ella, o es que vas huyendo de Antonia?
-¿Pues?
-Porque los hombres soléis haceros beatos o a rastras de la mujer o escapando
de ella...
-Hay quien escapa de la mujer, y no para ir a la iglesia precisamente.
-Sí, ¿eh?
-Sí, pero tu marido, que te ha venido con el cuento ese, no sabe algo más, y es
que no sólo rezo en la iglesia...
-¡Es claro! Todo hombre devoto debe hacer sus oraciones en casa.
-Y las hago. Y la principal es pedir a la Virgen que me proteja y me salve.
-Me parece muy bien.
-¿Y sabes ante qué imagen pido eso? -Si tú no me lo dices...
-Ante la que pintó tu marido...
Helena volvió la cara de pronto, enrojecida, al niño que dormía en un rincón
del gabinete. La brusca violencia del ataque la desconcertó. Mas reponiéndose
dijo:
-Eso me parece una impiedad de tu parte y prueba, Joaquín, que tu nueva
devoción no es más que una farsa y algo peor...
-Te juro, Helena...
-El segundo: no jurar su santo nombre en vano.
-Pues te juro, Helena, que mi conversión fue verdadera, es decir, que he
querido creer, que he querido defenderme con la fe de una pasión que me
devora...
-Sí, conozco tu pasión.
-¡No, no la conoces!
-La conozco. No puedes sufrir a Abel.
-Pero ¿por qué no puedo sufrirle?
-Eso tú lo sabrás. No has podido sufrirle nunca, ni aun antes de que me lo
presentases.
-¡Falso!... ¡Falso!
-¡Verdad! ¡Verdad! -¿Y por qué no he de poder sufrirle?
-Pues porque adquiere fama, porque tiene renombre... ¿No tienes tú clientela?
¿No ganas con ella?
-Pues mira, Helena, voy a decirte la verdad, toda la verdad. ¡No me basta con
eso! Yo querría haberme hecho famoso, haber hallado algo nuevo en mi
ciencia, haber unido mi nombre a algún descubrimiento científico... -Pues
ponte a ello, que talento no te falta.
-Ponerme a ello... ponerme a ello... Habríame puesto a ello, sí, Helena, si
hubiese podido haber puesto esa gloria a tus pies...
-¿Y por qué no a los de Antonia? -¡No hablemos de ella!
-¡Ah, pero has venido a esto! ¿Has espiado el que mi Abel -y recalcó el mi-
estuviese fuera para venir a esto?
-Tu Abel... tu Abel...; ¡valiente caso hace de ti tu Abel!
-¿Qué? ¿También delator, acusique, soplón?
-Tu Abel tiene otras modelos que tú.
-¿Y qué? -exclamó Helena, irguiéndose-. ¿Y qué, si las tiene? ¡Señal de que
sabe ganarlas! ¿O es que también de eso le tienes envidia? ¿Es que no tienes
más remedio que contentarte con... tu Antonia? ¡Ah!, ¿y porque él ha sabido
buscarse otras vienes tú aquí hoy a buscarte otra también? ¿Y vienes así, con
chismes de estos? ¿No te da vergüenza, Joaquín? Quítate, quítate de ahí, que
me da bascas sólo el verte.
-¡Por Dios, Helena, que me estás matando..., que me estás matando!
-Anda, vete, vete a la iglesia, hipócrita, envidioso; vete a que tu mujer te cure,
que estás muy malo.
-¡Helena, Helena, que tú sola puedes curarme! ¡Por cuanto más quieras,
Helena, mira que pierdes para siempre a un hombre!
-Ah, ¿y quieres que por salvarte a ti pierda a otro, al mío?
-A ese no le pierdes; le tienes ya perdido. Nada le importa de ti. Es incapaz de
quererte. Yo, yo soy el que te quiero, con toda mi alma, con un cariño como no
puedes soñar.
Helena se levantó, fue al niño, y despertándolo, cogiólo en brazos, y volviendo
a Joaquín, le dijo: «¡Vete! Es este, el hijo de Abel, quien te echa de su casa;
¡vete!»
XVIII
Joaquín empeoró. La ira al conocer que se había desnudado el alma ante
Helena, y el despecho por la manera como esta le rechazó, en que vio claro
que le despreciaba, acabó de enconarle el ánimo. Mas se dominó buscando en
su mujer y en su hija consuelo y remedio. Ensombreciósele aún más su vida de
hogar; se le agrió el humor.
Tenía entonces en casa una criada muy devota, que procuraba oír misa diaria y
se pasaba las horas que el servicio le dejaba libre encerrada en su cuarto
haciendo sus devociones. Andaba con los ojos bajos, fijos en el suelo, y
respondía a todo con la mayor mansedumbre y en voz algo gangosa. Joaquín
no podía resistirla y la regañaba con cualquier pretexto. «Tiene razón el
señor», solía decirle ella.
-¿Cómo que tengo razón? -exclamó una vez, ya perdida la paciencia, él, el
amo-. ¡No, ahora no tengo razón!
-Bueno, señor, no se enfade, no la tendrá.
-¿Y nada más?
-No le entiendo, señor.
-¿Cómo que no me entiendes, gazmoña, hipócrita? ¿Por qué no te defiendes?
¿Por qué no me replicas? ¿Por qué no te rebelas?
-¿Rebelarme yo? Dios y la Santísima Virgen me defiendan de ello, señor.
-Pero ¿quieres más -intervino Antonia- sino que reconozca sus faltas?
-No, no las reconoce. ¡Está llena de soberbia!
-¿De soberbia yo, señor?
-¿Lo ves? es la hipócrita soberbia de no reconocerla. Es que está haciendo
conmigo, a mi costa, ejercicios de humildad y de paciencia; es que toma mis
accesos de mal humor como cilicios para ejercitarse en la virtud de la
paciencia. ¡Y a mi costa, no! ¡No, no y no! ¡A mi costa, no! A mí no se me
toma de instrumento para hacer méritos para el cielo. ¡Eso es hipocresía!
La criadita lloraba, rezando entre dientes.
-Pero y si es verdad, Joaquín -dijo Antonia- que realmente es humilde... ¿Por
qué va a rebelarse? Si se hubiese rebelado te habrías irritado aún más.
-¡No! Es una canallada tomar las flaquezas del prójimo como medio para
ejercitarnos en la virtud. Que me replique, que se insolente, que sea persona...
y no criada...
-Entonces, Joaquín, te irritaría más.
-No, lo que más me irrita son esas pretensiones a mayor perfección.
-Se equivoca usted, señor -dijo la criada, sin levantar los ojos del suelo-; yo no
me creo mejor que nadie. -No, ¿eh? ¡Pues yo sí! Y el que no se crea mejor que
otro, es un mentecato. Tú te creerás la más pecadora de las mujeres, ¿es eso?
¡Anda, responde!
-Esas cosas no se preguntan, señor.
-Anda, responde, que también san Luis Gonzaga dicen que se creía el más
pecador de los hombres; responde: ¿te crees, sí o no, la más pecadora de las
mujeres?
-Los pecados de las otras no van a mi cuenta, señor.
-Idiota, más que idiota. ¡Vete de ahí!
-Dios le perdone, como yo le perdono, señor.
-¿De qué? Ven y dímelo, ¿de qué? ¿De qué me tiene que perdonar Dios?
Anda, dilo.
-Bueno, señora, lo siento por usted, pero me voy de esta casa.
-Por ahí debiste empezar -concluyó Joaquín. Y luego a solas con su mujer, le
decía:
-¿Y no irá diciendo esta gatita muerta que estoy loco? ¿No lo estoy, acaso,
Antonia? Dime, ¿estoy loco, sí o no? -Por Dios, Joaquín, no te pongas así...
-Sí, sí creo estar loco... Enciérrame. Esto va a acabar conmigo.
-Acaba tú con ello.
XIX
Concentró entonces todo su ahínco en su hija, en criarla y educarla, en
mantenerla libre de las inmundicias morales del mundo.
-Mira -solía decirle a su mujer-, es una suerte que sea sola, que no hayamos
tenido más.
-¿No te habría gustado un hijo?
-No, no, es mejor hija, es más fácil aislarla del mundo indecente. Además, si
hubiésemos tenido dos, habrían nacido envidias entre ellos...
-¡Oh, no!
-¡Oh, sí! No se puede repartir el cariño igualmente entre varios: lo que se le da
al uno se le quita al otro. Cada uno pide todo para él y sólo para él. No, no, no
quisiera verme en el caso de Dios...
-¿Y cuál es ese caso?
-El de tener tantos hijos. ¿No dicen que somos todos hijos de Dios?
-No digas esas cosas, Joaquín...
-Unos están sanos para que otros estén enfermos... Hay que ver el reparto de
las enfermedades...
No quería que su hija tratase con nadie. La llevó una maestra particular a casa,
y él mismo, en ratos de ocio, le enseñaba algo.
La pobre Joaquina adivinó en su padre a un paciente mientras recibía de él una
concepción tétrica del mundo y de la vida.
-Te digo -le decía Joaquín a su mujer- que es mejor, mucho mejor que
tengamos una hija sola, que no tengamos que repartir el cariño...
-Dicen que cuanto más se reparte crece más...
-No creas así. ¿Te acuerdas de aquel pobre Ramírez, el procurador? Su padre
tenía dos hijos y dos hijas y pocos recursos. En su casa no se comía sino sota,
caballo y rey, cocido, pero no principio; sólo el padre, Ramírez padre, tomaba
principio, del cual daba alguna vez a uno de los hijos y a una de las hijas, pero
nunca a los otros. Cuando repicaban gordo, en días señalados, había dos
principios para todos y otro además para él, el amo de la casa, que en algo
había de distinguirse. Hay que conservar la jerarquía. Y a la noche, al
recogerse a dormir Ramírez padre daba siempre un beso a uno de sus hijos y a
una de las hijas, pero no a los otros dos.
-¡Qué horror! ¿Y por qué?
-Qué sé yo... Le parecerían más guapos los preferidos...
-Es como lo de Carvajal, que no puede ver a su hija menor...
-Es que le ha llegado la última, seis años después de la anterior y cuando
andaba mal de recursos. Es una nueva carga, e inesperada. Por eso le llaman la
intrusa.
-¡Qué horrores, Dios mío!
-Así es la vida, Antonia, un semillero de horrores. Y bendigamos a Dios el no
tener que repartir nuestro cariño.
-¡Cállate!
-¡Cállome!
Y le hizo callar.
XX El hijo de Abel estudiaba Medicina, y su padre solía dar a Joaquín noticias
de la marcha de sus estudios. Habló Joaquín algunas veces con el muchacho
mismo y le cobró algún afecto; tan insignificante le pareció.
-¿Y cómo le dedicas a médico y no a pintor? -le preguntó a su amigo.
-No le dedico yo, se dedica él. No siente vocación alguna por el arte...
-Claro, y para estudiar Medicina no hace falta vocación...
-No he dicho eso. Tú siempre tan mal pensado. Y no sólo no siente vocación
por la pintura, pero ni curiosidad. Apenas si se detiene a ver lo que pinto, ni se
informa de ello.
-Es mejor así acaso...
-¿Por qué?
-Porque si se hubiera dedicado a la pintura, o lo hacía mejor que tú, o peor. Si
peor, eso de ser Abel Sánchez, hijo, al que llamarían Abel Sánchez el Malo o
Sánchez el Malo o Abel el Malo, no está bien ni él lo sufriría...
-¿Y si fuera mejor que yo?
-Entonces serías tú quien no lo sufriría.
-Piensa el ladrón que todos son de su condición.
-Sí, venme ahora a mí, a mí, con esas pamemas. Un artista no soporta la gloria
de otro, y menos si es su propio hijo o su hermano. Antes la de un extraño. Eso
de que uno de su sangre le supere..., ¡eso no! ¿Cómo explicarlo? Haces bien en
dedicarle a la Medicina.
-Además, así ganará más.
-Pero ¿quieres hacerme creer que no ganas mucho con la pintura?
-Bah, algo.
-Y además, gloria.
-¿Gloria? Para lo que dura...
-Menos dura el dinero.
-Pero es más sólido.
-No seas farsante, Abel, no finjas despreciar la gloria.
-Te aseguro que lo que hoy me preocupa es dejar una fortuna a mi hijo.
-Le dejarás un nombre.
-Los nombres no se cotizan.
-¡El tuyo sí!
-¡Mi firma, pero es... Sánchez! ¡Y menos mal si no le da por firmar Abel S.
Puig! -que le hagan marqués de Casa Sánchez. Y luego el Abel quita la
malicia al Sánchez. Abel Sánchez suena bien.
XXI
Huyendo de sí mismo, y para ahogar con la constante presencia del otro, de
Abel, en su espíritu, la triste conciencia enferma que se le presentaba, empezó
a frecuentar una peña del Casino. Aquella conversación ligera le serviría como
narcótico, o más bien se embriagaría con ella. ¿No hay quien se entrega a la
bebida para ahogar en ella una pasión devastadora, para derretir en vino un
amor frustrado? Pues él se entregaría a la conversación casinera, a oírla más
que a tomar parte muy activa en ella, para ahogar también su pasión. Sólo que
el remedio fue peor que la enfermedad.
Iba siempre decidido a contenerse, a reír y bromear, a murmurar como por
juego, a presentarse a modo de desinteresado espectador de la vida, bondadoso
como un escéptico de profesión, atento a lo de que comprender es perdonar, y
sin dejar traslucir el cáncer que le devoraba la voluntad. Pero el mal le salía
por la boca, en las palabras, cuando menos lo esperaba, y percibían todos en
ellas el hedor del mal. Y volvía a casa irritado contra sí mismo, reprochándose
su cobardía y el poco dominio sobre sí y decidido a no volver más a la peña
del Casino. «¡No -se decía-, no vuelvo, no debo volver; esto me empeora; me
agrava; aquel ámbito es deletéreo; no se respira allí más que malas pasiones
retenidas; no, no vuelvo; lo que yo necesito es soledad, soledad. Santa
soledad!»
Y volvía.
Volvía por no poder sufrir la soledad. Pues en la soledad, jamás lograba estar
solo, sino que siempre allí, el otro. ¡El otro! Llegó a sorprenderse en diálogo
con él, tramando lo que el otro le decía. Y el otro, en estos diálogos solitaros,
en estos monólogos dialogados, le decía cosas indiferentes o gratas, no le
mostraba ningún rencor. «¡Por qué no me odia, Dios mío! -llegó a decirse-.
¿Por qué no me odia?»
Y se sorprendió un día a sí mismo a punto de pedir a Dios, en infame oración
diabólica, que infiltrase en el alma de Abel odio a él, a Joaquín. Y otra vez:
«¡Ah, si me envidiase... si me envidiase...!» Y a esta idea, que como fulgor
lívido cruzó por las tinieblas de su espíritu de amargura, sintió un gozo como
de derretimiento, un gozo que le hizo temblar hasta los tuétanos del alma,
escalofriados. ¡Ser envidiado...! ¡Ser envidiado...!
«Mas ¿no es eso -se dijo luego- que me odio, que me envidio a mí mismo? ...»
Fuese a la puerta, la cerró con llave, miró a todos lados, y al verse solo
arrodillóse murmurando con lágrimas de las que escaldan en la voz: «Señor,
Señor. ¡Tú me dijiste: ama a tu prójimo como a ti mismo! Y yo no amo al
prójimo, no puedo amarle, porque no me amo, no sé amarme, no puedo
amarme a mí mismo. ¿Qué has hecho de mí, Señor?»
Fue luego a coger la Biblia y la abrió por donde dice: «Y Jehová dijo a Caín:
¿dónde está Abel tu hermano?» Cerró lentamente el libro, murmurando: «¿Y
dónde estoy yo?» Oyó entonces ruido fuera y se apresuró a abrir la puerta.
«¡Papá, papaíto!», exclamó su hija al entrar. Aquella voz fresca pareció
volverle a la luz. Besó a la muchacha y rozándole el oído con la boca le dijo
bajo, muy bajito, para que no le oyera nadie: «¡Reza por tu padre, hija mía!»
-¡Padre! ¡Padre! -gimió la muchacha, echándole los brazos al cuello.
Ocultó la cabeza en el hombro de la hija y rompió a llorar.
-¿Qué te pasa, papá, estás enfermo?
-Sí, estoy enfermo. Pero no quieras saber más.
XXII
Y volvió al Casino. Era inútil resistirlo. Cada día se inventaba a sí mismo un
pretexto para ir allá. Y el molino de la peña seguía moliendo.
Allí estaba Federico Cuadrado, implacable, que en cuanto oía que uno
elogiaba a otro preguntaba: «¿Contra quién va ese elogio?»
-Porque a mí -decía con su vocecita fría y cortante- no me la dan con queso;
cuando se elogia mucho a uno, se tiene presente a otro al que se trata de
rebajar con ese elogio, a un rival del elogiado. Eso cuando no se le elogia con
mala intención, por ensañarse en él... Nadie elogia con buena intención.
-Hombre -le replicaba León Gómez, que se gozaba en dar cuerda al cínico
Cuadrado-, ahí tienes a don Leovigildo, al cual nadie le ha oído todavía hablar
mal de otro...
-Bueno -intercalaba un diputado provincial-, es que don Leovigildo es un
político y los políticos deben estar a bien con todo el mundo. ¿Qué dices,
Federico?
-Digo que don Leovigildo se morirá sin haber hablado mal ni pensado bien de
nadie... Él no dará acaso ni el más ligero empujoncito para que otro caiga, ni
aunque no se lo vean, porque no sólo teme al código penal, sino también al
infierno; pero si el otro se cae y se rompe la crisma, se alegrará hasta los
tuétanos. Y para gozarse en la rotura de la crisma del otro, será el primero que
irá a condolerse de su desgracia y darle el pésame.
-Yo no sé cómo se puede vivir sintiendo así -dijo Joaquín.
-¿Sintiendo cómo? -le arguyó al punto Federico-. ¿Cómo siente don
Leovigildo, cómo siento yo y cómo sientes tú?
-¡De mí nadie ha hablado! -y esto lo dijo con acre displicencia.
-Pero hablo yo, hijo mío, porque aquí todos nos conocemos...
Joaquín se sintió palidecer. Le llegaba como un puñal de hielo hasta las
entrañas de la voluntad aquel ¡hijo mío! que prodigaba Federico, su demonio
de la guarda, cuando echaba la garra sobre alguien.
-No sé por qué le tienes esa tirria a don Leovigildo -añadió Joaquín,
arrepintiéndose de haberlo dicho apenas lo dijera, pues sintió que estaba
atizando la mala lumbre.
-¿Tirria? ¿Tirria yo? ¿Y a don Leovigildo?
-Sí, no sé qué mal te ha hecho...
-En primer lugar, hijo mío, no hace falta que le hayan hecho a uno mal alguno
para tenerle tirria. Cuando se le tiene a uno tirria, es fácil inventar ese mal, es
decir, figurarse uno que se lo han hecho... Y yo no le tengo a don Leovigildo
más tirria que a otro cualquiera. Es un hombre y basta. ¡Y un hombre honrado!
-Como tú eres un misántropo profesional... -empezó el diputado provincial.
-El hombre es el bicho más podrido y más indecente, ya os lo he dicho cien
veces. Y el hombre honrado es el peor de los hombres.
-¡Anda, anda!, ¿qué dices a eso tú, que hablabas el otro día del político
honrado refiriéndote a don Leovigildo? -le dijo León Gómez al diputado.
-¡Político honrado! -saltó Federico-. ¡Eso sí que no!
-¿Y por qué? -preguntaron tres a coro.
-¿Que por qué? Porque lo ha dicho él mismo. Porque tuvo en un discurso la
avilantez de llamarse a sí mismo honrado. No es honrado declararse tal. Dice
el Evangelio que Cristo Nuestro Señor...
-¡No mientes a Cristo, te lo suplico! -le interrumpió Joaquín.
-¿Qué, te duele también Cristo, hijo mío? Hubo un breve silencio, oscuro y
frío.
-Dijo Cristo Nuestro Señor-recalcó Federico- que no le llamaran bueno, que
bueno era sólo Dios. Y hay cochinos cristianos que se atreven a llamarse a sí
mismos honrados.
-Es que honrado no es precisamente bueno, intercaló don Vicente, el
magistrado.
-Ahora lo ha dicho usted, don Vicente. ¡Y gracias a Dios que le oigo a un
magistrado alguna sentencia razonable y justa!
-De modo -dijo Joaquín- que uno no debe confesarse honrado. ¿Y pillo?
-No hace falta.
-Lo que quiere el señor Cuadrado -dijo don Vicente, el magistrado- es que los
hombres se confiesen bellacos y sigan siéndolo, ¿no es eso?
-¡Bravo! -exclamó el diputado provincial.
-Le diré a usted, hijo mío -contestó Federico, pensando la respuesta-. Usted
debe saber cuál es la excelencia del sacramento de la confesión en nuestra
sapientísima Madre Iglesia...
-Alguna otra barbaridad -interrumpió el magistrado.
-Barbaridad, no, sino muy sabia institución. La confesión sirve para pecar más
tranquilamente, pues ya sabe uno que le ha de ser perdonado su pecado. ¿No
es así, Joaquín?
-Hombre, si uno no se arrepiente...
-Sí, hijo mío, sí. Si uno se arrepiente, pero vuelve a pecar y vuelve a
arrepentirse y sabe cuando peca que se arrepentirá y sabe cuando se arrepiente
que volverá a pecar, y acaba por pecar y arrepentirse a la vez; ¿no es así?
-El hombre es un misterio -dijo León Gómez.
-¡Hombre, no digas sandeces! -le replicó Federico.
-¿Sandez, por qué?
-Toda sentencia filosófica, así, todo axioma, toda proposición general y
solemne, enunciada aforísticamente, es una sandez.
-¿Y la filosofía, entonces?
-No hay más filosofía que esta, la que hacemos aquí...
-Sí, desollar al prójimo.
-Exacto. Nunca está mejor que desollado.
Al levantarse la tertulia, Federico se acercó a Joaquín a preguntarle si se iba a
su casa, pues gustaría de acompañarle un rato, y al decirle éste que no, que iba
a hacer una visita allí, al lado, aquél le dijo:
-Sí, te comprendo; eso de la visita es un achaque. Lo que tú quieres es verte
solo. Lo comprendo.
-¿Y por qué lo comprendes?
-Nunca se está mejor que solo. Pero cuando te pese la soledad, acude a mí.
Nadie te distraerá mejor de tus penas.
-¿Y las tuyas? -le espetó Joaquín. -¡Bah! ¡Quién piensa en eso...!
Y se separaron.
XXIII
Andaba por la ciudad un pobre hombre necesitado, aragonés, padre de cinco
hijos y que se ganaba la vida como podía, de escribiente y a lo que saliera. El
pobre acudía con frecuencia a conocidos y amigos, si es que un hombre así los
tiene, pidiéndoles con mil pretextos que le anticiparan dos o tres duros. Y lo
que era más triste, mandaba a alguno de sus hijos, y alguna vez a su mujer, a
las casas de los conocidos con cartitas de petición. Joaquín le había socorrido
algunas veces, sobre todo cuando le llamaba a que viese, como médico, a
personas de su familia. Y hallaba un singular alivio en socorrer a aquel pobre
hombre. Adivinaba en él una víctima de la maldad humana.
Preguntóle una vez por él a Abel.
-Sí, le conozco -le dijo este-, y hasta le tuve algún tiempo empleado. Pero es
un haragán, un vago. Con el pretexto de que tiene que ahogar sus penas, no
deja de ir ningún día al café, aunque en su casa no se encienda la cocina. Y no
le faltará su cajetilla de cigarros. Tiene que convertir sus pesares en humo.
-Eso no es decir nada, Abel. Habría que ver el caso por dentro...
-Mira, déjate de garambainas. Y por lo que no paso es por la mentira esa de
pedirme prestado y lo de «se lo devolveré en cuanto pueda...» Que pida
limosna y al avío. Es más claro y más noble. La última vez me pidió tres duros
adelantados y le di tres pesetas, pero diciéndole: «¡Y sin devolución!» ¡Es un
haragán!
-¡Y qué culpa tiene él!...
-Vamos, sí, ya salió aquello, qué culpa tiene...
-¡Pues claro! ¿De quién son las culpas?
-Bueno, mira, dejémonos de esas cosas. Y si quieres socorrerle, socórrele, que
yo no me opongo. Y yo mismo estoy seguro de que si me vuelve a pedir, le
daré.
-Eso ya lo sabía yo, porque en el fondo, tú...
-No nos metamos al fondo. Soy pintor y no pinto los fondos de las personas.
Es más, estoy convencido de que todo hombre lleva fuera todo lo que tiene
dentro.
-Vamos, sí, que para ti un hombre no es más que un modelo...
-¿Te parece poco? Y para ti un enfermo. Porque tú eres el que les andas
mirando y auscultando a los hombres por dentro...
-Mediano oficio...
-¿Por qué?
-Porque acostumbrado uno a mirar a los demás por dentro, da en ponerse a
mirarse a sí mismo, a auscultarse.
-Ve ahí una ventaja. Yo con mirarme al espejo tengo bastante...
-¿Y te has mirado de veras alguna vez?
-¡Naturalmente! ¿Pues no sabes que me he hecho un autorretrato?
-Que será una obra maestra...
-Hombre, no está del todo mal... ¿Y tú, te has registrado por dentro bien?
Al día siguiente de esta conversación Joaquín salió del Casino con Federico
para preguntarle si conocía a aquel pobre hombre que andaba así pidiendo de
manera vergonzante: «Y dime la verdad, eh, que estamos solos; nada de tus
ferocidades.»
-Pues mira, ese es un pobre diablo que debía estar en la cárcel, donde por lo
menos comería mejor que come y viviría más tranquilo.
-¿Pues qué ha hecho?
-No, no ha hecho nada; debió hacer, y por eso digo que debería estar en la
cárcel.
-¿Y qué es lo que debió haber hecho? -Matar a su hermano.
-¡Ya empiezas!
-Te lo explicaré. Ese pobre hombre es, como sabes, aragonés, y allá en su
tierra aún subsiste la absoluta libertad de estar. Tuvo la desgracia de nacer el
primero a su padre, de ser el mayorazgo, y luego tuvo la desgracia de
enamorarse de una muchacha pobre, guapa y honrada, según parecía. El padre
se opuso con todas sus fuerzas a esas relaciones amenazándole con
desheredarle si llegaba a casarse con ella. Y él, ciego de amor, comprometió
primero gravemente a la muchacha, pensando convencer así al padre, y acaso
por casarse con ella y por salir de casa. Y siguió en el pueblo, trabajando como
podía en casa de sus suegros, y esperando convencer y ablandar a su padre. Y
este, buen aragonés, tesa que tesa. Y murió desheredándole al pobre diablo y
dejando su hacienda al hijo segundo; una hacienda regular. Y muertos poco
después los suegros del hoy aquí sablista, acudió este a su hermano pidiéndole
amparo y trabajo, y su hermano se los negó, y por no matarle, que es lo que le
pedía el coraje, se ha venido acá a vivir de limosna y del sable. Esta es la
historia, como ves, muy edificante.
-¡Y tan edificante!
-Si le hubiera matado a su hermano, a esa especie de Jacob, mal, muy mal, y
no habiéndole matado, mal, muy mal también...
-Acaso peor.
-No digas eso, Federico.
-Sí, porque no sólo vive miserable y vergonzosamente, del sable, sino que vive
odiando a su hermano.
-¿Y si le hubiese matado?
-Entonces se le habría curado el odio, y hoy, arrepentido de su crimen, querría
su memoria. La acción libra del mal sentimiento, y es el mal sentimiento el
que envenena el alma. Creémelo, Joaquín, que lo sé muy bien.
Miróle Joaquín a la mirada fijamente y le espetó un:
-¿Y tú?
-¿Yo? No quieras saber, hijo mío, lo que no te importa. Bástete saber que todo
mi cinismo es defensivo. Yo no soy hijo del que todos vosotros tenéis por mi
padre; yo soy hijo adulterino y a nadie odio en este mundo más que a mi
propio padre, al natural, que ha sido el verdugo del otro, del que por vileza y
cobardía me dio su nombre, este indecente nombre que llevo.
-Pero padre no es el que engendra; es el que cría... -Es que ese, el que creéis
que me ha criado, no me ha criado, sino que me destetó con el veneno del odio
que guarda al otro, al que me hizo y le obligó a casarse con mi madre.
XXIV
Concluyó la carrera el hijo de Abel, Abelín, y acudió su padre a su amigo por
si quería tomarle de ayudante para que a su lado practicase. Lo aceptó Joaquín.
«Le admití -escribía más tarde en su Confesión, dedicada a su hija- por una
extraña mezcla de curiosidad, de aborrecimiento a su padre, de afecto al
muchacho, que me parecía entonces una medianía, y por un deseo de
libertarme así de mi mala pasión a la vez que, por más debajo de mi alma, mi
demonio me decía que con el fracaso del hijo me vengaría del
encumbramiento del padre. Quería por un lado, con el cariño al hijo,
redimirme del odio al padre, y por otro lado me regodeaba esperando que si
Abel Sánchez triunfó en la pintura, otro Abel Sánchez de su sangre marraría
en la Medicina. Nunca pude figurarme entonces cuán hondo cariño cobraría
luego al hijo del que me amargaba y entenebrecía la vida del corazón.»
Y así fue que Joaquín y el hijo de Abel sintiéronse atraídos el uno al otro. Era
Abelín rápido de comprensión y se interesaba por las enseñanzas de Joaquín, a
quien empezó llamando maestro. Este su maestro se propuso hacer de él un
buen médico y confiarle el tesoro de su experiencia clínica. «Le guiaré -se
decía- a descubrir las cosas que esta maldita inquietud de mi ánimo me ha
impedido descubrir a mí.»
-Maestro -le preguntó un día Abelín-, ¿por qué no recoge usted todas esas
observaciones dispersas, todas esas notas y apuntes que me ha enseñado y
escribe un libro? Sería interesantísimo y de mucha enseñanza. Hay cosas hasta
geniales, de una extraordinaria sagacidad científica.
-Pues mira, hijo (que así solía llamarle) -le respondió-, yo no puedo, no
puedo... No tengo humor para ello, me faltan ganas, coraje, serenidad, no sé
qué...
-Todo sería ponerse a ello...
-Sí, hijo, todo sería ponerse a ello, pero cuantas veces lo he pensado no he
llegado a decidirme. ¡Ponerme a escribir un libro..., y en España... y sobre
Medicina...! No vale la pena. Caería en el vacío...
-No, el de usted no, maestro, se lo respondo.
-Lo que yo debía haber hecho es lo que tú has de hacer: dejar esta insoportable
clientela y dedicarte a la investigación pura, a la verdadera ciencia, a la
fisiología, a la histología, a la patología y no a los enfermos de pago. Tú que
tienes alguna fortuna, pues los cuadros de tu padre han debido dártela,
dedícate a eso.
-Acaso tenga usted razón, maestro; pero ello no quita para que usted deba
publicar sus memorias de clínico.
-Mira, si quieres, hagamos una cosa. Yo te doy mis notas todas, te las amplío
de palabra, te digo cuanto me preguntes y publica tú el libro. ¿Te parece?
-De perlas, maestro. Yo vengo apuntando desde que le ayudo todo lo que le
oigo y todo lo que a su lado aprendo.
-¡Muy bien, hijo, muy bien! -y le abrazó conmovido.
Y luego se decía Joaquín: «¡Este, este será mi obra! Mío y no de su padre.
Acabará venerándome y comprendiendo que yo valgo mucho más que su
padre y que hay en mi práctica de la Medicina mucha más arte que en la
pintura de su padre. Y al cabo se lo quitaré, si, ¡se lo quitaré! Él me quitó a
Helena, yo les quitaré el hijo. Que será mío, y ¿quién sabe?..., acaso concluya
renegando de su padre cuando le conozca y sepa lo que me hizo.»
XXV
-Pero dime -le preguntó un día Joaquín a su discípulo-, ¿cómo se te ocurrió
estudiar Medicina?
-No lo sé...
-Porque lo natural es que hubieses sentido inclinación a la pintura. Los
muchachos se sienten llamados a la profesión de sus padres; es el espíritu de
imitación..., el ambiente...
-Nunca me ha interesado la pintura, maestro.
-Lo sé, lo sé por tu padre, hijo.
-Y la de mi padre menos.
-Hombre, hombre, ¿y cómo así?
-No la siento y no sé si la siente él...
-Eso es más grande. A ver, explícate.
-Estamos solos; nadie nos oye; usted, maestro, es como si fuera mi segundo
padre..., segundo... Bueno. Además usted es el más antiguo amigo suyo, le he
oído decir que de siempre, de toda la vida, de antes de tener uso de razón, que
son como hermanos...
-Sí, sí, así es; Abel y yo somos como hermanos... Sigue.
-Pues bien, quiero abrirle hoy mi corazón, maestro.
-Ábremelo. Lo que me digas caerá en él como en el vacío, ¡nadie lo sabrá!
-Pues sí, dudo que mi padre sienta la pintura ni nada. Pinta como una máquina,
es un don natural, ¿pero sentir?
-Siempre he creído eso.
-Pues fue usted, maestro, quien, según dicen, hizo la mayor fama de mi padre
con aquel famoso discurso de que aún se habla.
-¿Y qué iba yo a decir?
-Algo así me pasa. Pero mi padre no siente ni la pintura ni nada. Es de corcho,
maestro, de corcho.
-No tanto, hijo.
-Sí, de corcho. No vive más que para su gloria. Todo eso de que la desprecia
es farsa, farsa, farsa. No busca más que el aplauso. Y es un egoísta, un
perfecto egoísta. No quiere a nadie.
-Hombre, a nadie...
-¡A nadie, maestro, a nadie! Ni sé cómo se casó con mi madre. Dudo que fuera
por amor.
Joaquín palideció.
-Sé -prosiguió el hijo- que ha tenido enredos y líos con algunas modelos; pero
eso no es más que capricho y algo de jactancia. No quiere a nadie.
-Pero me parece que eres tú quien debieras...
-A mí nunca me ha hecho caso. A mí me ha mantenido, ha pagado mi
educación y mis estudios, no me ha escatimado ni me escatima su dinero, pero
yo apenas si existo para él. Cuando alguna vez le he preguntado algo, de
historia, de arte, de técnica, de la pintura o de sus viajes o de otra cosa, me ha
dicho: «Déjame, déjame en paz», y una vez llegó a decirme: «¡apréndelo,
como lo he aprendido yo!; ahí tienes los libros». ¡Qué diferencia con usted,
maestro!
-Sería que no lo sabía, hijo. Porque mira, los padres quedan a las veces mal
con sus hijos por no confesarse más ignorantes o más torpes que ellos.
-No era eso. Y hay algo peor.
-¿Peor? ¡A ver!
-Peor, sí. Jamás me ha reprendido, haya hecho yo lo que hiciera. No soy, no he
sido nunca un calavera, un disoluto, pero todos los jóvenes tenemos nuestras
caídas, nuestros tropiezos. Pues bien, jamás los ha inquirido, y si por acaso los
sabía nada me ha dicho.
-Eso es respeto a tu personalidad, confianza en ti... Es acaso la manera más
generosa y noble de educar a un hijo, es fiarse...
-No, no es nada de eso, maestro. Es sencillamente indiferencia.
-No, no, no exageres, no es eso... ¿Qué te iba a decir que tú no te lo dijeras?
Un padre no puede ser un juez...
-Pero sí un compañero, un consejero, un amigo o un maestro como usted.
-Pero hay cosas que el pudor impide se traten entre padres e hijos.
-Es natural que usted, su mayor y más antiguo amigo, su casi hermano, lo
defienda, aunque...
-¿Aunque qué? -¿Puedo decirlo todo? -¡Sí, dilo todo!
-Pues bien, de usted no le he oído nunca hablar sino muy bien, demasiado
bien, pero...
-¿Pero qué?
-Que habla demasiado bien de usted. -¿Qué es eso de demasiado?
-Que antes de conocerle yo a usted, maestro, le creía otro.
-Explícate.
-Para mi padre es usted una especie de personaje trágico, de ánimo torturado
de hondas pasiones. «¡Si se pudiera pintar el alma de Joaquín!», suele decir.
Habla de un modo como si mediase entre usted y él algún secreto...
-Aprensiones tuyas...
-No, no lo son...
-¿Y tu madre?
-Mi madre...
XXVI
-Mira, Joaquín -le dijo un día Antonia a su marido-, me parece que el mejor
día nuestra hija se nos va o nos la llevan... -¿Joaquina? ¿Y dónde? -¡Al
convento!
-¡Imposible!
-No, sino muy posible. Tú distraído con tus cosas y ahora con ese hijo de Abel
al que pareces haber prohijado... Cualquiera diría que le quieres más que a tu
hija...
-Es que trato de salvarle, de redimirle de los suyos...
-No; de lo que tratas es de vengarte. ¡Qué vengativo eres! ¡Ni olvidas ni
perdonas! Temo que Dios te va a castigar, va a castigarnos...
-Ah, ¿y es por eso por lo que Joaquina se quiere ir al convento?
-Yo no he dicho eso.
-Pero lo digo yo y es lo mismo. ¿Se va acaso por celos de Abelín? ¿Es que
teme que le llegue a querer más que a ella? Pues si es por eso...
-Por eso no.
-¿Entonces?
-¡Qué sé yo!... Dice que tiene vocación, que es adonde Dios la llama...
-Dios... Dios... ¡Será su confesor! ¿Quién es?
-El padre Echevarría.
-¡El que me confesaba a mí!
-¡El mismo!
Quedóse Joaquín mustio y cabizbajo, y al día siguiente, llamando a solas a su
mujer, le dijo:
-Creo haber penetrado en los motivos que empujan a Joaquina al claustro, o
mejor, en los motivos porque le induce el padre Echevarría a que entre en él.
¿Tú recuerdas cómo busqué refugio y socorro en la Iglesia contra esta maldita
obsesión que me embarga el ánimo todo, contra este despecho que con los
años se hace más viejo, es decir, más duro y más terco, y cómo, después de los
mayores esfuerzos, no pude lograrlo? No, no me dio remedio el padre
Echevarría, no pudo dármelo. Para este mal no hay más que un remedio, uno
solo.
Callóse un momento como esperando una pregunta de su mujer, y como ella
callara, prosiguió diciéndole:
-Para ese mal no hay más remedio que la muerte. Quién sabe... Acaso nací con
él y con él moriré. Pues bien, ese padrecito que no pudo remediarme ni redu-
cirme, empuja ahora, sin duda, a mi hija, a tu hija, a nuestra hija, al convento,
para que en él ruegue por mí, para que se sacrifique salvándome...
-Pero si no es sacrificio..., si dice que es su vocación...
-Mentira, Antonia; te digo que eso es mentira. Las más de las que van monjas,
o van a trabajar poco, a pasar una vida pobre, pero descansada, a sestear
místicamente o van huyendo de casa, y nuestra hija huye de casa, huye de
nosotros.
-Será de ti...
-¡Sí, huye de mí! ¡Me ha adivinado!
-Y ahora que le has cobrado ese apego a ese...
-¿Quieres decirme que huye de él?
-No sino de tu nuevo capricho...
-¿Capricho?, ¿capricho?, ¿capricho dices? Yo seré todo menos caprichoso,
Antonia. Yo tomo todo en serio, todo, ¿lo entiendes?
-Sí, demasiado en serio -agregó la mujer llorando.
-Vamos, no llores así, Antonia, mi santa, mi ángel bueno, y perdóname si he
dicho algo...
-No es peor lo que dices, sino lo que callas.
-¡Pero, por Dios, Antonia, por Dios, haz que nuestra hija no nos deje; que si se
va al convento, me mata, sí, me mata, porque me mata! Que se quede, que yo
haré lo que ella quiera... que si quiere que le despache a Abelín, le
despacharé,..
-Me acuerdo cuando decías que te alegrabas de que no tuviéramos más que
una hija, porque así no teníamos que repartir el cariño...
-¡Pero si no lo reparto!
-Algo peor entonces...
-Sí, Antonia, esa hija quiere sacrificarse por mí, y no sabe que si va al
convento me deja desesperado. ¡Su convento es esta casa!
XXVII
Dos días después encerrábase en el gabinete Joaquín con su mujer y su hija.
-¡Papá, Dios lo quiere! -exclamó resueltamente y mirándole cara a cara su hija
Joaquina. -¡Pues no! No es Dios quien lo quiere, sino el padrecito ese -replicó
él-. ¿Qué sabes tú, mocosuela, lo que quiere Dios? ¿Cuándo te has
comunicado con Él?
-Comulgo cada semana, papá.
-Y se te antojan revelaciones de Dios los desvanecimientos que te suben del
estómago en ayunas.
-Peores son los del corazón en ayunas.
-¡No, no, eso no puede ser; eso no lo quiere Dios, no puede quererlo, te digo
que no lo puede querer!
-Yo no sé lo que Dios quiere, y tú, padre, sabes lo que no puede querer, ¿eh?
De cosas del cuerpo sabrás mucho, pero de cosas de Dios, del alma...
-Del alma, ¿eh? ¿Conque tú crees que no sé del alma?
-Acaso lo que mejor te sería no saber.
-¿Me acusas?
-No; eres tú, papá, quien se acusa a sí mismo.
-¿Lo ves, Antonia, lo ves, no te lo decía?
-¿Y qué te decía, mamá?
-Nada, hija mía, nada; aprensiones, cavilaciones de tu padre...
-Pues bueno -exclamó Joaquín como quien se decide-, tú vas al convento para
salvarme, ¿no es eso?
-Acaso no andes lejos de la verdad.
-¿Y salvarme de qué?
-No lo sé bien.
-¡Lo sabré yo ...! ¿De qué?, ¿de quién?
-¿De quién, padre, de quién? Pues del demonio o de ti mismo.
-¿Y tú qué sabes?
-Por Dios, Joaquín, por Dios -suplicó la madre con lágrimas en la voz, llena de
miedo ante la mirada y el tono de su marido.
-Déjanos, mujer, déjanos, déjanos, a ella y a mí. ¡Esto no te toca!
-¿Pues no ha de tocarme? Pero si es mi hija...
-¡La mía! Déjanos, ella es una Monegro, yo soy un Monegro; déjanos. Tú no
entiendes, tú no puedes entender estas cosas...
-Padre, si trata así a mi madre delante mío, me voy. No llores, mamá.
-¿Pero tú crees, hija mía...?
-Lo que yo creo y sé es que soy tan hija suya como tuya.
-¿Tanto?
-Acaso más.
-No digáis esas cosas, por Dios -exclamó la madre llorando-, si no me voy.
-Sería lo mejor -añadió la hija-. A solas nos veríamos mejor las caras, digo, las
almas, nosotros, los Monegro.
La madre besó a la hija y se salió.
-Y bueno -dijo fríamente el padre, así que se vio a solas con su hija-, ¿para
salvarme de qué o de quién te vas al convento?
-Pues bien, padre, no sé de quién, no sé de qué, pero hay que salvarte. Yo no
sé lo que anda por dentro de esta casa, entre tú y mi madre, no sé lo que anda
dentro de ti, pero es algo malo...
-¿Eso te lo ha dicho el padrecito ese?
-No, no me lo ha dicho el padrecito; no ha tenido que decírmelo; no me lo ha
dicho nadie, sino que lo he respirado desde que nací. ¡Aquí, en esta casa, se
vive como en tinieblas espirituales!
-Bah, esas son cosas que has leído en tus libros...
-Como tú has leído otras en los tuyos. ¿O es que crees que sólo los libros que
hablan de lo que hay dentro del cuerpo, esos libros tuyos con esas láminas
feas, son los que enseñan la verdad?
-Y bien, esas tinieblas espirituales que dices, ¿qué son?
-Tú lo sabrás mejor que yo, papá; pero no me niegues que aquí pasa algo, que
aquí hay, como si fuese una niebla oscura, una tristeza que se mete por todas
partes, que tú no estás contento nunca, que sufres, que es como si llevases a
cuestas una culpa grande.,..
-¡Sí, el pecado original! -dijo Joaquín con sorna.
-¡Ese, ese! -exclamó la hija-. ¡Ese, del que no te has sanado!
-¡Pues me bautizaron...!
-No importa.
-Y como remedio para esto vas a meterte monja, ¿no es eso? Pues lo primero
era averiguar qué es ello, a qué se debe todo esto...
-Dios me libre, papá, de tal cosa. Nada de querer juzgarnos. -Pero de
condenarme, sí, ¿no es eso?
-¿Condenarte?
-Sí, condenarme; eso de irte así es condenarme...
-¿Y si me fuese con un marido? ¿Si te dejara por un hombre...?
-Según el hombre.
Hubo un breve silencio.
-Pues sí, hija mía -reanudó Joaquín-, yo no estoy bien, yo sufro, sufro casi toda
mi vida; hay mucho de verdad en lo que has adivinado; pero con tu resolución
de meterte monja me acabas de matar, exacerbas y enconas mis males. Ten
compasión de tu padre, de tu pobre padre...
-Es por compasión...
-No, es por egoísmo. Tú huyes; me ves sufrir y huyes. Es el egoísmo, es el
despego, es el desamor lo que te lleva al claustro. Figúrate que yo tuviese una
enfermedad pegajosa y larga, una lepra; ¿me dejarías yendo al convento a
rogar por Dios que me sanara? Vamos, contesta, ¿me dejarías?
-No, no te dejaría, pues soy tu única hija.
-Pues haz cuenta de que soy un leproso. Quédate a curarme. Me pondré bajo tu
cuidado, haré lo que me mandes.
-Si es así...
Levantóse el padre, y mirando a su hija a través de lagrimas, abrazóla, y
teniéndola así, en sus brazos, con voz de susurro, le dijo al oído:
-¿Quieres curarme, hija mía?
-Sí, papá.
-Pues cásate con Abelín.
-¿Eh? -exclamó Joaquina separándose de su padre y mirándole cara a cara.
-¿Qué? ¿Qué te sorprende? -balbuceó el padre, sorprendido a la vez.
-¿Casarme? ¿Yo? ¿Con Abelín? ¿Con el hijo de tu enemigo?
-¿Quién te ha dicho eso?
-Tu silencio de años.
-Pues por eso, por ser el hijo del que llamas mi enemigo.
-Yo no sé lo que hay entre vosotros, no quiero saberlo, pero al verte
últimamente cómo te aficionabas a su hijo me dio miedo... temí..., no sé lo que
temí. Ese tu cariño a Abelín me parecía monstruoso, algo infernal...
-¡Pues no, hija, no! Buscaba en él redención. Y créeme, si logras traerle a mi
casa, si le haces mi hijo, será como si sale al fin el sol en mi alma...
-Pero ¿pretendes tú, tú, mi padre, que yo le solicite, le busque?
-No digas eso.
-¿Pues entonces?
-Y si él...
-¿Ah, pero no lo teníais ya tramado entre los dos, y sin contar conmigo?
-No, no, lo tenía pensado yo, yo, tu padre, tu pobre padre, yo...
-Me das pena, padre.
-También yo me doy pena. Y ahora todo corre de mi cuenta. ¿No pensabas
sacrificarte por mí?
-Pues bien, sí, me sacrificaré por ti. ¡Dispón de mí! Fue el padre a besarla, y
ella, desasiéndosele, exclamó:
-¡No, ahora no! Cuando lo merezcas. ¿O es que quieres que también yo te
haga callar con besos?
-¿Dónde has aprendido eso, hija?
-Las paredes oyen, papá.
-¡Y acusan!
XXVIII
-¡Quién fuera usted, don Joaquín! -decíale un día a este aquel pobre
desheredado aragonés, el padre de los cinco hijos, luego que le hubo sacado
algún dinero.
-¡Querer ser yo! ¡No lo comprendo!
-Pues sí, lo daría todo por poder ser usted, don Joaquín.
-¿Y qué es ese todo que daría usted?
-Todo lo que puedo dar, todo lo que tengo.
-¿Y qué es ello?
-¡La vida!
-¡La vida por ser yo! -y a sí mismo se añadió Joaquín: «¡Pues yo la daría para
poder ser otro!»
-Sí, la vida por ser usted.
-He aquí una cosa que no comprendo bien, amigo mío; no comprendo que
nadie se disponga a dar la vida por poder ser otro, ni siquiera comprendo que
nadie quiera ser otro. Ser otro es dejar de ser uno, de ser el que se es.
-Sin duda.
-Y eso es dejar de existir.
-Sin duda.
-Pero no para ser otro...
-Sin duda.
-Entonces...
-Quiero decir, don Joaquín, que de buena gana dejaría de ser, o dicho más
claro, me pegaría un tiro o me echaría al río si supiera que los míos, los que
me atan a esta vida perra, los que no me dejan suicidarme, habrían de
encontrar un padre en usted. ¿No comprende usted ahora?
-Sí que lo comprendo. De modo que...
-Que maldito el apego que tengo a la vida, y que de buena gana me separaría
de mí mismo y mataría para siempre mis recuerdos si no fuese por los míos.
Aunque también me retiene otra cosa.
-¿Qué?
-El temor de que mis recuerdos, de que mi historia me acompañen más allá de
la muerte. ¡Quién fuera usted, don Joaquín!
-¿Y si a mí me retuvieran en la vida, amigo mío, motivos como los de usted?
-¡Bah!, usted es rico.
-Rico..., rico...
-Y un rico nunca tiene motivo de queja. A usted no le falta nada. Mujer, hija,
una buena clientela, reputación..., ¿qué más quiere usted? A usted no le
desheredó su padre; a usted no le echó de su casa su hermano a pedir... ¡A
usted no le han obligado a hacerse un mendigo! ¡Quién fuera usted, don
Joaquín!
Y al quedarse, luego, este solo se decía: «¡Quién fuera yo! ¡Ese hombre me
envidia!, ¡me envidia! Y yo ¿quién quiero ser?»
XXIX
Pocos días después Abelín y Joaquina estaban en relaciones de noviazgo. Y en
su Confesión, dedicada a su hija, escribía algo después Joaquín:
«No es posible, hija mía, que te explique cómo llevé a Abel, tu marido de hoy,
a que te solicitase por novia pidiéndote relaciones. Tuve que darle a entender
que tú estabas enamorada de él o que por lo menos te gustaría que de ti se
enamorase sin descubrir lo más mínimo de aquella nuestra conversación a
solas, luego que tu madre me hizo saber cómo querías entrar por mi causa en
un convento. Veía en ello mi salvación. Sólo uniendo tu suerte a la suerte del
hijo único de quien me ha envenenado la fuente de la vida, sólo mezclando así
nuestras sangres esperaba poder salvarme.
»Pensaba que acaso un día tus hijos, mis nietos, los hijos de su hijo, sus nietos,
al heredar nuestras sangres, se encontraran con la guerra dentro, con el odio en
sí mismos. Pero ¿no es acaso el odio a sí mismo, a la propia sangre, el único
remedio contra el odio a los demás? La Escritura dice que en el seno de
Rebeca se peleaban ya Esaú y Jacob. ¡Quién sabe si un día no concebirás tú
dos mellizos, el uno con mi sangre y el otro con la suya, y se pelearán y se
odiarán ya desde tu seno y antes de salir al aire y a la conciencia! Porque esta
es la tragedia humana, y todo hombre es, como Job, hijo de contradicción.
»Y he temblado al pensar que acaso os junté, no para unir, sino para separar
aún más vuestras sangres, para perpetuar un odio. ¡Perdóname! Deliro.
»Pero no son sólo nuestras sangres, la de él y la mía; es también la de ella, la
de Helena. ¡La sangre de Helena! Esto es lo que más me turba; esa sangre que
le florece en las mejillas, en la frente, en los labios, que le hace marco a la
mirada, esa sangre que me cegó desde su carne.
»Y queda otra, la sangre de Antonia, de la pobre Antonia, de tu santa madre.
Esta sangre es agua de bautismo. Esta sangre es de redentora. Sólo la sangre
de tu madre, Joaquina, puede salvar a tus hijos, a nuestros nietos. Esa es la
sangre sin mancha que puede redimirlos.
»Y que no vea nunca ella, Antonia, esta Confesión; que no b vea. Que se vaya
de este mundo, si me sobrevive, sin haber más que vislumbrado nuestro
misterio de iniquidad.»
Los novios comprendiéronse muy pronto y se cobraron cariño. En íntimas
conversaciones conociéronse sendas víctimas de sus hogares, de dos ámbitos
tristes, de frívola impasibilidad el uno, de la helada pasión oculta el otro.
Buscaron el apoyo en Antonia, en la madre de ella. Tenían que encender un
hogar, un verdadero hogar, un nido de amor sereno que vive en sí mismo, que
no espía los otros amores, un castillo de soledad amorosa, y unir en él a las dos
desgraciadas familias. Le harían ver a Abel, al pintor, que la vida íntima del
hogar es la sustancia imperecedera de que no es sino resplandor, cuando no
sombra, el arte; a Helena, que la juventud perpetua está en el alma que sabe
hundirse en la corriente viva del linaje, en el alma de la familia; a Joaquín, que
nuestro nombre se pierde con nuestra sangre, pero para recobrarse en los
nombres y en las sangres de los que las mezclan a los nuestros; a Antonia no
tenían que hacerle ver nada, porque era una mujer nacida para vivir y revivir
en la dulzura de la costumbre.
Joaquín sentía renacerse. Hablaba con emoción de cariño de su antiguo amigo,
de Abel, y llegó a confesar que fue una fortuna que le quitase toda esperanza
respecto a Helena.
-Pues bien -le decía una vez a solas a su hija-; ahora que todo parece tomar
otro cauce, te lo diré. Yo quería a Helena, o por lo menos creía quererla, y la
solicité sin conseguir nada de ella. Porque, eso sí, la verdad, jamás me dio la
menor esperanza. Y entonces la presenté a Abel, al que será tu suegro..., tu
otro padre, y al punto se entendieron. Lo que tomé yo por menosprecio, una
ofensa... ¿Qué derecho tenía yo a ella?
-Es verdad eso, pero así sois los hombres.
-Tienes razón, hija mía, tienes razón. He vivido como loco, rumiando esa que
estimaba una ofensa, una traición...
-¿Nada más, papá? -¿Cómo nada más? -¿No había nada más que eso, nada
más? -¡Que yo sepa... no!
Y al decirlo, el pobre hombre se cerraba los ojos hacia adentro y no lograba
contener al corazón.
-Ahora os casaréis -continuó- y viviréis conmigo, sí, viviréis conmigo, y haré
de tu marido, de mi nuevo hijo, un gran médico, un artista de la Medicina,
todo un artista que pueda igualar siquiera la gloria de su padre. -Y él escribirá,
papá, tu obra, pues así me lo ha dicho. -Sí, la que yo no he podido escribir...
-Me ha dicho que en tu carrera, en la práctica de la Medicina, tienes cosas
geniales y que has hecho descubrimientos...
-Aduladores...
-No, así me ha dicho. Y que como no se te conoce, y al no conocerte no se te
estima en todo lo que vales, que quiere escribir ese libro para darte a conocer.
-A buena hora...
-Nunca es tarde si la dicha es buena.
-¡Ay, hija mía, si en vez de haberme somormujado en esto de la clientela, en
esta maldita práctica de la profesión que ni deja respirar libre ni aprender... si
en vez de eso me hubiese dedicado a la ciencia pura, a la investigación...! Eso
que ha descubierto el doctor Álvarez y García, y por lo que tanto le bombean,
lo habría descubierto antes yo, yo, tu padre, y lo habría descubierto porque
estuve a punto de ello. Pero esto de ponerse a trabajar para ganarse la vida... -
Sin embargo, no necesitábamos de ello.
-Sí, pero... Y, además, qué sé yo... Mas todo eso ha pasado y ahora comienza
vida nueva. Ahora voy a dejar la clientela.
-¿De veras?
-Sí, voy a dejársela al que va a ser tu marido, bajo mi alta inspección, por
supuesto. ¡Lo guiaré, y yo a mis cosas! Y viviremos todos juntos, y será otra
vida..., otra vida... Empezaré a vivir; seré otro..., otro..., otro...
-¡Ay, papá, qué gusto! ¡Cómo me alegra oírte hablar así! ¡Al cabo!
-¿Que te alegra oírme decir que seré otro?
La hija le miró a los ojos al oír el tono de lo que había debajo de su voz.
-¿Te alegra oírme decir que seré otro? -volvió a preguntar el padre.
-¡Sí, papá, me alegra!
-¿Es decir que el otro, que el otro, el que soy, te parece mal?
-¿Y a ti, papá? -le preguntó a su vez, resueltamente, la hija.
-Tápame la boca -gimió él.
Y se la tapó con un beso.
XXX
-Ya te figurarás a lo que vengo -le dijo Abel a Joaquín apenas se encontraron a
solas en el despacho de este. -Sí, lo sé. Tu hijo me ha anunciado tu visita.
-Mi hijo y pronto tuyo, de los dos. ¡Y no sabes bien cuánto me alegro! Es
como debía acabar nuestra amistad. Y mi hijo es ya casi tuyo; te quiere ya
como a padre, no sólo como a maestro. Estoy por decir que te quiere más que
a mí... -Hombre..., no..., no..., no digas así.
-¿Y qué? ¿Crees que tengo celos? No, no soy celoso. Y mira, Joaquín, si entre
nosotros había algo...
-No sigas por ahí, Abel, te lo ruego, no sigas...
-Es preciso. Ahora que van a unirse nuestras sangres, ahora que mi hijo va a
serlo tuyo y mía tu hija, tenemos que hablar de esa vieja cuenta, tenemos que
ser absolutamente sinceros.
-¡No, no, de ningún modo, y si hablas de ella, me voy!
-¡Bien, sea! Pero no creas que olvido, no lo olvidaré nunca, tu discurso aquel
cuando lo del cuadro.
-Tampoco quiero que hables de eso.
-¿Pues de qué?
-¡Nada de lo pasado, nada! Hablemos sólo del porvenir...
-Bueno, si tú y yo, a nuestra edad, no hablamos del pasado, ¿de qué vamos a
hablar? ¡Si nosotros no tenemos ya más que pasado!
-¡No digas eso! -casi gritó Joaquín.
-¡Nosotros ya no podemos vivir más que de recuerdos!
-¡Cállate, Abel; cállate!
-Y si te he de decir la verdad, vale más vivir de recuerdos que de esperanzas.
Al fin, ellos fueron y de estas no se sabe si serán.
-¡No, no; recuerdos, no!
-En todo caso, hablemos de nuestros hijos, que son nuestras esperanzas.
-¡Eso sí!
-De ellos y no de nosotros, de ellos, de nuestros hijos...
-Él tendrá en ti un maestro y un padre...
-Sí, pienso dejarle mi clientela, es decir, la que quiera tomarlo, que ya la he
preparado para eso. Le ayudaré en los casos graves.
-Gracias, gracias.
-Eso, además de la dote que doy a Joaquina. Pero vivirán conmigo.
-Eso me había dicho mi hijo. Yo, sin embargo, creo que deben poner casa; el
casado, casa quiere.
-No, no puedo separarme de mi hija.
-Y nosotros de nuestro hijo sí, ¿eh?
-Más separados que estáis de él... Un hombre apenas vive en casa; una mujer
apenas sale de ella. Necesito a mi hija.
-Sea. Ya ves si estoy complaciente.
-Y más que esta casa será la vuestra, la tuya, la de Helena...
-Gracias por la hospitalidad. Eso se entiende.
Después de una larga entrevista, en que convinieron todo lo atañedero al
establecimiento de sus hijos, al ir a separarse, Abel, mirándole a Joaquín a los
ojos, con mirada franca, le tendió la mano, y sacando la voz de las entrañas de
su común infancia, le dijo: «¡Joaquín!» Asomáronsele a este las lágrimas a los
ojos al coger aquella mano.
-No te había visto llorar desde que fuimos niños, Joaquín.
-No volveremos a serlo, Abel.
-Sí, y es lo peor.
Se separaron.
XXXI
Con el casamiento de su hija pareció entrar el sol, un sol de ocaso de otoño, en
el hogar antes frío de Joaquín, y este empezar a vivir de veras. Fue dejándole
al yerno su clientela, aunque acudiendo, como en consulta, a los casos graves
y repitiendo que era bajo su dirección como aquel ejercía.
Abelín, con las notas de su suegro, a quien llamaba su padre, tuteándole ya, y
con sus ampliaciones y explicaciones verbales, iba componiendo la obra en
que se recogía la ciencia médica del doctor Joaquín Monegro, y con un acento
de veneración admirativa que el mismo Joaquín no habría podido darle. «Era
mejor, sí -pensaba este-, era mucho mejor que escribiese otro aquella obra,
como fue Platón quien expuso la doctrina socrática.» No era él mismo quien
podía, con toda libertad de ánimo y sin que ello pareciese, no ya presuntuoso,
más un esfuerzo para violentar el aplauso de la posteridad, que se estimaba no
conseguible; no era él quien podía exaltar su saber y su pericia. Reservaba su
actividad literaria para otros empeños.
Fue entonces, en efecto, cuando empezó a escribir su Confesión, que así la
llamaba, dedicada a su hija y para que esta la abriese luego que él hubiera
muerto, y que era el relato de su lucha íntima con la pasión que fue su vida,
con aquel demonio con quien peleó casi desde el albor de su mente, dueña de
sí hasta entonces, hasta cuando lo escribía. Esta confesión se decía dirigida a
su hija, pero tan penetrado estaba él del profundo valor trágico de su vida de
pasión y de la pasión de su vida, que acariciaba la esperanza de que un día su
hija o sus nietos la dieran al mundo, para que este se sobrecogiera de
admiración y de espanto ante aquel héroe de la angustia tenebrosa que pasó sin
que le conocieran en todo su fondo los que con él convivieron. Porque Joaquín
se creía un espíritu de excepción, y como tal torturado y más capaz de dolor
que los otros, un alma señalada al nacer por Dios con la señal de los grandes
predestinados.
«Mi vida, hija mía -escribía en la Confesión-, ha sido un arder continuo, pero
no la habría cambiado por la de otro. He odiado como nadie, como ningún otro
ha sabido odiar, pero es que he sentido más que los otros la suprema injusticia
de los cariños del mundo y de los favores de la fortuna. No, no, aquello que
hicieron conmigo los padres de tu marido no fue humano ni noble; fue infame,
pero fue peor, mucho peor, lo que me hicieron todos, todos los que encontré
desde que, niño aún y lleno de confianza, busqué el apoyo y el amor de mis
semejantes. ¿Por qué me rechazaban? ¿Por qué me acogían fríamente y como
obligados a ello? ¿Por qué preferían al ligero, al inconstante, al egoísta?
Todos, todos me amargaron la vida. Y comprendí que el mundo es
naturalmente injusto y que yo no había nacido entre los míos. Esta fue mi
desgracia, no haber nacido entre los míos. La baja mezquindad, la vil
ramplonería de los que me rodeaban, me perdió.»
Y a la vez que escribía esta Confesión, preparaba, por si esta marrase, otra
obra que sería la puerta de entrada de su nombre en el panteón de los ingenios
inmortales de su pueblo y casta. Titularíase Memorias de un médico viejo y
sería la mies del saber del mundo, mies de pasiones, de vida, de tristeza y
alegrías, hasta de crímenes ocultos, que había cosechado de la práctica de su
profesión de médico. Un espejo de la vida, pero de las entrañas, y de las más
negras, de esta; una bajada a las simas de la vileza humana; un libro de alta
literatura y de filosofía acibarada a la vez. Allí pondría toda su alma sin hablar
de sí mismo; allí, para desnudar las almas de los otros, desnudaría la suya; allí
se vengaría del mundo vil en que había tenido que vivir. Y las gentes, al verse
así, al desnudo, admirarían primero y quedarían agradecidas después al que las
desnudó. Y allí, cambiando los nombres a guisa de ficción, haría el retrato que
para siempre habría de quedar de Abel y de Helena. Y su retrato valdría por
todos los que Abel pintara. Y se regodeaba a solas pensando que si él acertaba
aquel retrato literario de Abel Sánchez, le habría de inmortalizar a este más
que todos sus propios cuadros, cuando los comentaristas y eruditos del
porvenir llegasen a descubrir bajo el débil velo de la ficción, al personaje
histórico. «Sí, Abel, sí -se decía Joaquín a sí mismo-, la mayor coyuntura que
tienes de lograr eso por lo que tanto has luchado, por lo único que has luchado,
por lo único que te preocupas, por lo que me despreciaste siempre o, aún peor,
no hiciste caso de mí, la mayor coyuntura que tienes de perpetuarte en la
memoria de los venideros, no son tus cuadros, ¡no!, sino es que yo acierte a
pintarte con mi pluma tal y como eres. Y acertaré, acertaré porque te conozco,
porque te he sufrido, porque has pesado toda mi vida sobre mí. Te pondré para
siempre en el rollo, y no serás Abel Sánchez, no, sino el nombre que yo te dé.
Y cuando se hable de ti como pintor de tus cuadros dirán las gentes: "¡Ah, sí,
el de Joaquín Monegro!" Porque serás de este modo mío, mío, y vivirás lo que
mi obra viva, y tú nombre irá por los suelos, por el fango, a rastras del mío,
como van arrastrados por el Dante los que colocó en el Infierno. Y serás la
cifra del envidioso.»
¡Del envidioso! Pues Joaquín dio en creer que toda la pasión que bajo su
aparente impasibilidad de egoísta animaba a Abel, era la envidia, la envidia de
él, a Joaquín, que por envidia le arrebatara de mozo el afecto de sus
compañeros, que por envidia le quitó a Helena. ¿Y cómo, entonces, se dejó
quitar el hijo? «Ah -se decía Joaquín-, es que él no se cuida de su hijo, sino de
su nombre, de su fama; no cree que vivirá en las vidas de sus descendientes de
carne, sino en las de los que admiren sus cuadros, y me deja su hijo para mejor
quedarse con su gloria. ¡Pero yo le desnudaré!»
Inquietábale la edad a que emprendía la composición de esas Memorias,
entrado ya en los cincuenta y cinco años, ¿pero, no había acaso empezado
Cervantes su Quijote a los cincuenta y siete de su edad? Y se dio a averiguar
qué obras maestras escribieron sus autores después de haber pasado la edad
suya. Y a la par se sentía fuerte, dueño de su mente toda, rico de experiencia,
maduro de juicio y con su pasión, fermentada en tantos años, contenida, pero
bullente.
Ahora, para cumplir su obra, se contendría. ¡Pobre Abel! ¡La que le
esperaba!... Y empezó a sentir desprecio y compasión hacia él. Mirábale como
a un modelo y como a una víctima, y le observaba y le estudiaba. No mucho,
pues Abel iba poco, muy poco, a casa de su hijo.
-Debe de andar muy ocupado tu padre -decía Joaquín a su yerno-; apenas
aparece por aquí. ¿Tendrá alguna queja? ¿Le habremos ofendido yo, Antonia o
mi hija en algo? Lo sentiría...
-No, no, papá -así le llamaba ya Abelín-, no es nada de eso. En casa tampoco
paraba. ¿No te dije que no le importa nada más que sus cosas? Y sus cosas son
las de su arte y qué sé yo...
-No, hijo, no, exageras..., algo más habrá...
-No, no hay más.
Y Joaquín insistía para oír la misma versión.
-¿Y Abel, cómo no viene?... -le preguntaba a Helena. -¡Bah, él es así con
todos!... -respondía esta. Ella, Helena, si solía ir a casa de su nuera.
XXXII
-Pero dime -le decía un día Joaquín a su yerno-, ¿cómo no se le ocurrió a tu
padre nunca inclinarte a la pintura?
-No me ha gustado nunca.
-No importa; parecía lo natural que él quisiera iniciarte en su arte...
-Pues no, sino que antes más bien le molestaba que yo me interesase en él.
Jamás me animó a que cuando niño hiciera lo que es natural en niños, figuras
y dibujos.
-Es raro..., es raro... -murmuraba Joaquín-. Pero... Abel sentía desasosiego al
ver la expresión del rostro de su suegro, el lívido fulgor de sus ojos. Sentíase
que algo le escarabajeaba dentro, algo doloroso y que deseaba echar fuera;
algún veneno, sin duda. Siguióse a esas últimas palabras un silencio cargado
de acre amargura. Y lo rompió Joaquín diciendo:
-No me explico que no quisiese dedicarte a pintor...
-No, no quería que fuese lo que él...
Siguió otro silencio, que volvió a romper, como con pesar, Joaquín,
exclamando como quien se decide a una confesión:
-¡Pues sí, lo comprendo!
Abel tembló, sin saber a punto cierto por qué, al oír el tono y timbre con que
su suegro pronunció esas palabras.
-¿Pues?... -interrogó el yerno.
-No..., nada... -y el otro pareció recogerse en sí.
-¡Dímelo! -suplicó el yerno, que por ruego de Joaquín ya le tuteaba como a
padre amigo -¡amigo y cómplice!-, aunque temblaba de oír lo que pedía se le
dijese.
-No, no, no quiero que digas luego...
-Pues eso es peor, padre, que decírmelo, sea lo que fuere. Además, que creo
adivinarlo...
-¿Qué? -preguntó el suegro, atravesándole los ojos con la mirada.
-Que acaso temiese que yo con el tiempo eclipsara su gloria...
-Sí -añadió con reconcentrada voz Joaquín- ¡sí eso! ¡Abel Sánchez hijo, o
Abel Sánchez el Joven! Y que luego se le recordase a él como tu padre y no a
ti como a su hijo. Es tragedia que se ha visto más de una vez dentro de las
familias... Eso de que un hijo haga sombra a su padre...
-Pero eso es... -dijo el yerno, por decir algo.
-Eso es envidia, hijo, nada más que envidia.
-¡Envidia de un hijo...! ¡Y un padre!
-Sí, y la más natural. La envidia no puede ser entre personas que no se
conocen apenas. No se envidia al de otras tierras ni al de otros tiempos. No se
envidia al forastero, sino los del mismo pueblo entre sí; no al de más edad, al
de otra generación, sino al contemporáneo, al camarada. Y la mayor envidia
entre hermanos. Por algo es la leyenda de Caín y Abel... Los celos más
terribles, tenlo por seguro, han de ser los de uno que cree que su hermano pone
ojos en su mujer, en la cuñada... Y entre padres e hijos...
-Pero ¿y la diferencia de edad en este caso?
-¡No importa! eso de que nos llegue a oscurecer aquel a quien hicimos...
-¿Y del maestro al discípulo? -preguntó Abel. Joaquín se calló, clavó un
momento su vista en el suelo, bajo el que adivinaba la tierra, y luego añadió,
como hablando con ella, con la tierra:
-Decididamente, la envidia es una forma de parentesco.
Y luego: -Pero hablemos de otra cosa, y todo esto, hijo, como si no lo hubiese
dicho. ¿Lo has oído? -¡No!
-¿Cómo que no?...
-Que no he oído lo que antes dijiste. -¡Ojalá no lo hubiese oído yo tampoco! -y
la voz le lloraba.
XXXIII
Solía ir Helena a casa de su nuera, de sus hijos, para introducir un poco de
gusto más fino, de mayor elegancia, en aquel hogar de burgueses sin
distinción, para corregir -así lo creía ella- los defectos de la educación de la
pobre Joaquina, criada por aquel padre lleno de una soberbia sin fundamento y
por aquella pobre madre que había tenido que cargar con el hombre que otra
desdeñó. Y cada día dictaba alguna lección de buen tono y de escogidas
maneras.
-¡Bien, como quieras! -solía decir Antonia.
Y Joaquina, aunque recomiéndose, resignábase. Pero dispuesta a rebelarse un
día. Y si no lo hizo fue por los ruegos de su marido.
-Como usted quiera, señora -le dijo una vez, y recalcando el usted, que no
habían logrado lo dejase al hablarle-; yo no entiendo de esas cosas ni me
importa. En todo eso se hará su gusto...
-Pero si no es mi gusto, hija, si es...
-¡Lo mismo da! Yo me he criado en la casa de un médico, que es esta, y
cuando se trate de higiene, de salubridad, y luego que nos llegue el hijo, de
criarle, sé lo que he de hacer; pero ahora, en estas cosas que llama usted de
gusto, de distinción, me someto a quien se ha formado en casa de un artista.
-Pero no te pongas así, chicuela...
-No, si no me pongo. Es que siempre nos está usted echando en cara que si
esto no se hace así, que si se hace asá. Después de todo, no vamos a dar saraos
ni tés danzantes.
-No sé de dónde te ha venido, hija, ese fingido desprecio, fingido, sí, fingido,
lo repito, fingido...
-Pero si yo no he dicho nada, señora...
-Ese fingido desprecio a las buenas formas, a las conveniencias sociales.
¡Aviados estaríamos sin ellas...! ¡No se podría vivir!
Como a Joaquina le habían recomendado su padre y su marido que se pasease,
que airease y solease la sangre que iba dando al hijo que vendría, y como ellos
no podían siempre acompañarla, y Antonia no gustaba de salir de casa,
escoltábala Helena, su suegra. Y se complacía en ello, en llevarla al lado como
a una hermana menor, pues por tal la tomaban los que no las conocían, en
hacerle sombra con su espléndida hermosura casi intacta por los años. A su
lado su nuera se borraba a los ojos precipitados de los transeúntes. El encanto
de Joaquina era para paladeado lentamente por los ojos, mientras que Helena
se ataviaba para barrer las miradas de los distraídos: «¡Me quedo con la
madre!», oyó que una vez decía un mocetón, a modo de chicoleo, cuando al
pasar ella le oyó que llamaba hija a Joaquina, y respiró más fuerte,
humedeciéndose con la punta de la lengua los labios.
-Mira, hija -solía decirle a Joaquina-, haz lo más por disimular tu estado, es
muy feo eso de que se conozca que una muchacha está encinta..., es así como
una petulancia...
-Lo que yo hago, madre, es andar cómoda y no cuidarme de lo que crean o no
crean... Aunque estoy en lo que los cursis llaman estado interesante, no me
hago la tal como otras se habrán hecho y se hacen. No me preocupo de esas
cosas.
-Pues hay que preocuparse; se vive en el mundo.
-¿Y qué más da que lo conozcan...? ¿O es que no le gusta a usted, madre, que
sepan que va para abuela? -añadió con sorna.
Helena se escocía al oír la palabra odiosa: abuela, pero se contuvo.
-Pues mira, lo que es por edad... -dijo picada.
-Sí, por edad podía usted ser madre de nuevo -repuso la nuera, hiriéndola en lo
vivo.
-Claro, claro -dijo Helena, sofocada y sorprendida, inerme por el brusco
ataque-. Pero eso de que se te queden mirando...
-No, esté tranquila, pues a usted es más bien a la que miran. Se acuerdan de
aquel magnífico retrato, de aquella obra de arte...
-Pues yo en tu caso... -empezó la suegra.
-Usted en mi caso, madre, y si pudiese acompañarme en mi estado mismo,
¿entonces? -Mira, niña, si sigues así nos volvemos en seguida y no vuelvo a
salir contigo ni a pisar tu casa..., es decir, la de tu padre.
-¡La mía, señora, la mía, y la de mi marido y la de usted!...
-¿Pero de dónde has sacado ese geniecillo, niña?
-¿Geniecillo? ¡Ah, sí, el genio es de otros!
-Miren, miren la mosquita muerta..., la que se iba a ir monja antes de que su
padre le pescase a mi hijo...
-Le he dicho a usted ya, señora, que no vuelva a mentarme eso. Yo sé lo que
me hice.
-Y mi hijo también.
-Sí, sabe también lo que se hizo, y no hablemos más de ello.
XXXIV
Y vino al mundo el hijo de Abel y de Joaquina, en quien se mezclaron las
sangres de Abel Sánchez y de Joaquín Monegro.
La primer batalla fue la del nombre que había de ponérsele; su madre quería
que Joaquín; Helena, que Abel, y Abel su hijo, Abelín y Antonia remitieron la
decisión a Joaquín, que sería quien le diese nombre. Y fue un combate en el
alma de Monegro. Un acto tan sencillo como es dar nombre a un hombre
nuevo, tomaba para él tamaño de algo agorero, de un sortilegio fatídico. Era
como si se decidiera el porvenir del nuevo espíritu.
«Joaquín -se decía este-, Joaquín, sí, como yo, y luego será Joaquín S.
Monegro y hasta borrará la ese, la ese a que se le reducirá ese odioso Sánchez,
y desaparecerá su nombre, el de su hijo, y su linaje quedará anegado en el
mío... Pero ¿no es mejor que sea Abel Monegro, Abel S. Monegro, y se redima
así el Abel? Abel es su abuelo, pero Abel es también su padre, mi yerno, mi
hijo, que ya es mío, un Abel mío, que he hecho yo. ¿Y qué más da que se
llame Abel si él, el otro, su otro abuelo, no será Abel ni nadie le conocerá por
tal, sino será como yo le llame en las Memorias, con el nombre con que yo le
marque en la frente con fuego? Pero no.»
Y, mientras así dudaba, fue Abel Sánchez, el pintor, quien decidió la cuestión,
diciendo:
-Que se llame Joaquín. Abel el abuelo, Abel el padre, Abel el hijo, tres
Abeles..., ¡son muchos! Además, no me gusta, es nombre de víctima...
-Pues bien dejaste ponérselo a tu hijo -objetó Helena.
-Sí, fue un empeño tuyo, y por no oponerme... Pero figúrate que en vez de
haberse dedicado a médico se dedica a pintor, pues... Abel Sánchez el Viejo y
Abel Sánchez el Joven...
-Y Abel Sánchez no puede ser más que uno -añadió Joaquín sotorriéndose.
-Por mí que haya ciento -replicó aquel-. Yo siempre he de ser yo.
-¿Y quién lo duda? -dijo su amigo.
-¡Nada, nada, que se llame Joaquín, decidido!
-Y que no se dedique a la pintura, ¿eh?
-Ni a la medicina -concluyó Abel, fingiendo seguir la fingida broma.
Y Joaquín se llamó el niño.
XXXV
Tomaba al niño su abuela Antonia, que era quien le cuidaba, y apechugándolo
como para ampararlo y cual si presintiese alguna desgracia, le decía:
«Duerme, hijo mío, duerme, que cuanto más duermas mejor. Así crecerás sano
y fuerte. Y luego también, mejor dormido que despierto, sobre todo en esta
casa. ¿Qué va a ser de ti? ¡Dios quiera que no riñan en ti dos sangres!» Y
dormido el niño, ella, teniéndole en brazos, rezaba y rezaba.
Y el niño crecía a la par que la Confesión y las Memorias de su abuelo de
madre y que la fama de pintor de su abuelo de padre. Pues nunca fue más
grande la reputación de Abel que en este tiempo. El cual, por su parte, parecía
preocuparse muy poco de toda otra cosa que no fuese su reputación.
Una vez se fijó más intensamente en el nietecillo, y fue al verle una mañana
dormido, exclamó: «¡Qué precioso apunte!» Y tomando un álbum se puso a
hacer un bosquejo a lápiz del niño dormido.
-¡Qué lástima! -exclamó- no tener aquí mi paleta y mis colores! Ese juego de
la luz en la mejilla, que parece como de melocotón, es encantador. ¡Y el color
del pelo! ¡Si parecen rayos de sol los rizos!
-Y luego -le dijo Joaquín-, ¿cómo llamarías al cuadro? ¿Inocencia? -Eso de
poner títulos a los cuadros se queda para los literatos, como para los médicos
el poner nombres a las enfermedades, aunque no se curen.
-¿Y quién te ha dicho, Abel, que sea lo propio de la medicina curar las
enfermedades?
-Entonces, ¿qué es?
-Conocerlas. El fin de la ciencia es conocer.
-Yo creí que conocer para curar. ¿De qué nos serviría haber probado del fruto
de la ciencia del bien y del mal si no era para librarnos de este?
-Y el fin del arte, ¿cuál es? ¿Cuál es el fin de ese dibujo de nuestro nieto que
acabas de hacer?
-Eso tiene su fin en sí. Es una cosa bonita y basta.
-¿Qué es lo bonito? ¿Tu dibujo o nuestro nieto?
-¡Los dos!
-¿Acaso crees que tu dibujo es más hermoso que él, que Joaquinito?
-¡Ya estás en las tuyas! ¡Joaquín, Joaquín!
Y vino Antonia, la abuela, y cogió al niño de la cuna y se lo llevó como para
defenderle de uno y de otro abuelo. Y le decía: «¡Ay, hijo, hijito, hijo mío,
corderito de Dios, sol de la casa, angelito sin culpa, que no te retraten, que no
te curen! ¡No seas modelo de pintor, no seas enfermo de médico!... ¡Déjales,
déjales con su arte y con su ciencia y vente con tu abuelita, tú, vida mía, vida,
vidita, vidita mía! Tú eres mi vida; tú eres nuestra vida; tú eres el sol de esta
casa. Yo te enseñaré a rezar por tus abuelos y Dios te oirá. ¡Vente conmigo,
vidita, vida, corderito sin mancha, corderito de Dios!» Y no quiso Antonia ver
el apunte de Abel.
XXXVI
Joaquín seguía con su enfermiza ansiedad el crecimiento en cuerpo y en
espíritu de su nieto Joaquinito. ¿A quién salía? ¿A quién se parecía? ¿De qué
sangre era? Sobre todo cuando empezó a balbucir.
Desasosegábale al abuelo que el otro abuelo, Abel, desde que tuvo el nieto,
frecuentaba la casa de su hijo y hacía que le llevasen a la suya el pequeñuelo.
Aquel grandísimo egoísta -por tal le tenían su hijo y su consuegro- parecía
ablandarse de corazón y aun aniñarse ante el niño. Solía ir a hacerle dibujos, lo
que encantaba a la criatura. «¡Abelito, santos!», le pedía. Y Abel no se cansaba
de dibujarle perros, gatos, caballos, toros, figuras humanas. Ya le pedía un
jinete, ya dos chicos haciendo cachetina, ya un niño corriendo de un perro que
le sigue, y que las escenas se repitiesen.
-En mi vida he trabajado con más gusto -decía Abel-; ¡esto, esto es arte puro y
lo demás... chanfaina!
-Puedes hacer un álbum de dibujos para los niños -le dijo Joaquín.
-¡No, así no tiene gracia; para los niños... no! Eso no sería arte, sino...
-Pedagogía -dijo Joaquín.
-Eso sí, sea lo que fuere, pero arte, no. Esto es arte, esto; estos dibujos que
dentro de media hora romperá nuestro nieto.
-¿Y si yo los guardase? -preguntó Joaquín.
-¿Guardarlos? ¿Para qué?
-Para tu gloria. He oído de no sé qué pintor de fama que se han publicado los
dibujos que les hacía, para divertirlos, a sus hijos, y que son lo mejor de él.
-Yo no los hago para que los publiquen luego, ¿entiendes? Y en cuanto a eso
de la gloria, que es una de tus reticencias, Joaquín, sábete que no se me da un
comino de ella.
-¡Hipócrita! Si es lo único que de veras te preocupa...
-¿Lo único? Parece mentira que me lo digas ahora. Hoy lo que me preocupa es
este niño. ¡Y será un gran artista! -Que herede tu genio, ¿no?
-¡Y el tuyo!
El niño miraba sin comprender el duelo entre sus dos abuelos, pero adivinando
algo en sus actitudes.
-¿Qué le pasa a mi padre -preguntaba a Joaquín su yerno-, que está chocho con
el nieto, él que apenas nunca me hizo caso? Ni recuerdo que siendo yo niño
me hiciese esos dibujos...
-Es que vamos para viejos, hijo -le respondió Joaquín- y la vejez enseña
mucho.
-Y hasta el otro día, a no sé qué pregunta del niño, le vi llorar. Es decir, le
salieron las lágrimas. Las primeras que le he visto.
-¡Bah! ¡Eso es cardiaco!
-¿Cómo?
-Que tu padre está ya gastado por los años y el trabajo y por el esfuerzo de la
inspiración artística y por las emociones, que tiene muy mermadas las reservas
del corazón y que el mejor día...
-¿Qué?
-Os da, es decir, nos da un susto. Y me alegro que haya llegado ocasión de
decírtelo, aunque ya pensaba en ello. Adviérteselo a Helena, a tu madre.
-Sí, él se queja de fatiga, de disnea, ¿será...?
-Eso es. Me ha hecho que le reconozca sin saberlo tú, y le he reconocido.
Necesita cuidado.
Y así era que en cuanto se encrudecía el tiempo Abel se quedaba en casa y
hacía que le llevasen a ella el nieto, lo que amargaba para todo el día al otro
abuelo. «Me lo está mimando -decía Joaquín-, quiere arrebatarme su cariño;
quiere ser el primero; quiere vengarse de lo de su hijo. Sí, sí, es por venganza,
nada más que por venganza. Quiere quitarme este último consuelo. Vuelve a
ser él, él, él, que me quitaba los amigos cuando éramos mozos.»
Y en tanto Abel le repetía al nietecito que quisiera mucho al abuelito Joaquín.
-Te quiero más a ti -le dijo una vez el nieto.
-¡Pues no! No debes quererme a mí más; hay que querer a todos igual. Primero
a papá y a mamá y luego a los abuelos y a todos lo mismo. El abuelito Joaquín
es muy bueno, te quiere mucho, te compra juguetes...
-También tú me los compras...
-Te cuenta cuentos...
-Me gustan más los dibujos que tú me haces... ¡Anda, píntame un toro y un
picador a caballo!
XXXVII
-Mira, Abel -le dijo solemnemente Joaquín así que se encontraron solos-;
vengo a hablarte de una cosa grave, muy grave, de una cuestión de vida o
muerte.
-¿De mi enfermedad?
-No; pero si quieres de la mía.
-¿De la tuya?
-De la mía, ¡sí! Vengo a hablarte de nuestro nieto. Y para no andar con rodeos
es menester que te vayas, que te alejes, que nos pierdas de vista; te lo ruego, te
lo suplico...
-¿Yo? ¿Pero estás loco, Joaquín? ¿Y por qué?
-El niño te quiere a ti más que a mí. Esto es claro. Yo no sé lo que haces con
él..., no quiero saberlo...
-Lo aojaré o le daré algún bebedizo, sin duda...
-No lo sé. Le haces esos dibujos, esos malditos dibujos, le entretienes con las
artes perversas de tu maldito arte...
-Ah, ¿pero eso también es malo? Tú no estás bueno, Joaquín.
-Puede ser que no esté bueno, pero eso no importa ya. No estoy en edad de
curarme. Y si estoy malo debes respetarme. Mira, Abel, que me amargaste la
juventud, que me has perseguido la vida toda...
-¿Yo?
-Sí, tú, tú.
-Pues lo ignoraba.
-No finjas. Me has despreciado siempre.
-Mira, si sigues así me voy, porque me pones malo de verdad. Ya sabes mejor
que nadie que no estoy para oír locuras de ese jaez. Vete a un manicomio a que
te curen o te cuiden y déjanos en paz.
-Mira, Abel, que me quitaste, por humillarme, por rebajarme, a Helena...
-¿Y no has tenido a Antonia...?
-¡No, no es por ella, no! Fue el desprecio, la afrenta, la burla.
-Tú no estás bueno; te lo repito, Joaquín, no estás bueno...
-Peor estás tú.
-De salud del cuerpo, desde luego. Sé que no estoy para vivir mucho.
-Demasiado...
-¿Ah, pero me deseas la muerte?
-No, Abel, no, no digo eso -y tomó Joaquín tono de quejumbrosa súplica,
diciéndole-: Vete, vete de aquí, vete a vivir a otra parte, déjame con él..., no
me lo quites... por lo que te queda...
-Pues por lo que me queda, déjame con él.
-No, que me le envenenas con tus mañas, que le desapegas de mí, que le
enseñas a despreciarme...
-¡Mentira, mentira y mentira! Jamás me ha oído ni me oirá nada en
desprestigio tuyo.
-Sí, pero basta con lo que le engatusas.
-¿Y crees tú que por irme yo, por quitarme yo de en medio había de quererte?
Si a ti, Joaquín, aunque uno se proponga no puede quererte... Si rechazas a la
gente...
-Lo ves, lo ves...
-Y si el niño no te quiere como tú quieres ser querido, con exclusión de los
demás o más que a ellos, es que presiente el peligro, es que teme...
-¿Y qué teme? -preguntó Joaquín, palideciendo.
-El contagio de tu mala sangre.
Levantóse entonces Joaquín, lívido, se fue a Abel y le puso las dos manos,
como dos garras, en el cuello; diciendo: -¡Bandido!
Mas al punto las soltó. Abel dio un grito, llevándose las manos al pecho,
suspitó un «¡Me muero!» y dio el último respiro. Joaquín se dijo: «¡El ataque
de angina; ya no hay remedio; se acabó!»
En aquel momento oyó la voz del nieto que llamaba: «¡Abuelito! ¡Abuelito!»
Joaquín se volvió:
-¿A quién llamas? ¿A qué abuelo llamas? ¿A mí? -y como el niño callara lleno
de estupor ante el misterio que veía-: Vamos, di, ¿a qué abuelo? ¿A mí?
-No, al abuelito Abel.
-¿A Abel? Ahí lo tienes..., muerto. ¿Sabes lo que es eso? Muerto.
Después de haber sostenido en la butaca en que murió el cuerpo de Abel, se
volvió Joaquín al nieto y con voz de otro mundo le dijo:
-¡Muerto, sí! Y le he matado yo, yo, ha matado a Abel Caín, tu abuelo Caín.
Mátame ahora si quieres. Me quería robarte; quería quitarme tu cariño. Y me
lo ha quitado. Pero él tuvo la culpa, él.
Y rompiendo a llorar, añadió:
-¡Me quería robarte a ti, a ti, al único consuelo que le quedaba al pobre Caín!
¿No le dejarán a Caín nada? Ven acá, abrázame.
El niño huyó sin comprender nada de aquello, como se huye de un loco. Huyó
llamando a Helena: -¡Abuela, abuela!
-Le he matado, sí -continuó Joaquín solo-; pero él me estaba matando; hace
más de cuarenta años que me estaba matando. Me envenenó los caminos de la
vida con su alegría y con sus triunfos. Quería robarme el nieto...
Al oír pasos precipitados, volviendo Joaquín en sí, volvióse. Era Helena, que
entraba.
-¿Qué pasa..., qué sucede..., qué dice el niño...?
-Que la enfermedad de tu marido ha tenido un fatal desenlace -dijo Joaquín
heladamente.
-¿Y tú?
-Yo no he podido hacer nada. En esto se llega siempre tarde.
Helena le miró fijamente y le dijo:
-¡Tú..., tú has sido!
Luego se fue, pálida y convulsa, pero sin perder su compostura, al cuerpo de
su marido.
XXXVIII
Pasó un año en que Joaquín cayó en una honda melancolía. Abandonó sus
Memorias, evitaba ver a todo el mundo, incluso a sus hijos. La muerte de Abel
había parecido el natural desenlace de su dolencia, conocida por su hija, pero
un espeso bochorno misterioso pesaba sobre la casa. Helena encontró que el
traje de luto la favorecía mucho y empezó a vender los cuadros que de su
marido le quedaban. Parecía tener cierta aversión al nieto. Al cual le había
nacido ya una hermanita.
Postróle, al fin, a Joaquín una oscura enfermedad en el lecho. Y sintiéndose
morir, llamó un día a sus hijos, a su mujer, a Helena.
-Os dijo la verdad el niño -empezó diciendo-, yo le maté.
-No digas esas cosas, padre -suplicó Abel, su yerno. -No es hora de
interrupciones ni de embustes. Yo le maté. O como si yo le hubiera matado,
pues murió en mis manos...
-Eso es otra cosa.
-Se me murió teniéndole yo en mis manos, cogido del cuello. Aquello fue
como un sueño. Toda mi vida ha sido un sueño. Por eso ha sido como una de
esas pesadillas dolorosas que nos caen encima poco antes de despertar, al alba,
entre el sueño y la vela. No he vivido ni dormido..., ¡ojalá!, ni despierto. No
me acuerdo ya de mis padres, no quiero acordarme de ellos y confío en que ya
muertos me hayan olvidado. ¿Me olvidará también Dios? Sería lo mejor,
acaso, el eterno olvido. ¡Olvidadme, hijos míos!
-¡Nunca! -exclamó Abel, yendo a besarle la mano.
-¡Déjala! Estuvo en el cuello de tu padre al morir este. ¡Déjala! Pero no me
dejéis. Rogad por mí.
-¡Padre, padre! -suplicó la hija.
-¿Por qué he sido tan envidioso, tan malo? ¿Qué hice para ser así? ¿Qué leche
mamé? ¿Era un bebedizo de odio? ¿Ha sido un bebedizo de sangre? ¿Por qué
nací en tierra de odios? En tierra en que el precepto parece ser: «Odia a tu
prójimo como a ti mismo.» Porque he vivido odiándome; porque aquí todos
vivimos odiándonos. Pero... traed al niño.
-¡Padre!
-¡Traed al niño! Y cuando el niño llegó le hizo acercarse.
-¿Me perdonas? -le preguntó.
-No hay de qué -dijo Abel.
-Di que sí, arrímate al abuelo -le dijo su madre.
-¡Sí! -susurró el niño.
-Di claro, hijo mío, di si me perdonas.
-Sí.
-Así, sólo de ti, sólo de ti, que no tienes todavía uso de razón, de ti, que eres
inocente, necesito perdón. Y no olvides a tu abuelo Abel, al que te hacía los
dibujos. ¿Le olvidarás?
-¡No!
-No, no le olvides, hijo mío, no le olvides. Y tú, Helena...
Helena, la vista en el suelo, callaba.
-Y tú, Helena...
-Yo, Joaquín, te tengo hace tiempo perdonado.
-No te pedía eso. Sólo quiero verte junto a Antonia. Antonia...
La pobre mujer, henchidos de lágrimas los ojos, se echó sobre la cabeza de su
marido, y como queriendo protegerla.
-Tú has sido aquí la víctima. No pudiste curarme, no pudiste hacerme bueno...
-Pero si lo has sido, Joaquín... ¡Has sufrido tanto!...
-Sí, la tisis del alma. Y no pudiste hacerme bueno porque no te he querido.
-¡No digas eso!
-Sí lo digo, lo tengo que decir, y lo digo aquí, delante de todos. No te he
querido. Si te hubiera querido me habría curado. No te he querido. Y ahora me
duele no haberte querido. Si pudiéramos volver a empezar...
-¡Joaquín! ¡Joaquín! -clamaba desde el destrozado corazón la pobre mujer-.
No digas esas cosas. Ten piedad de mí, ten piedad de tus hijos, de tu nieto que
te oye, y que, aunque parece no entenderte, acaso mañana...
-Por eso lo digo, por piedad. No, no te he querido; no he querido quererte. ¡Si
volviésemos a empezar! Ahora, ahora es cuando,..
No le dejó acabar su mujer, tapándole la moribunda boca con su boca y como
si quisiera recoger en el propio su último aliento.
-Esto te salva, Joaquín.
-¿Salvarme? ¿Y a qué llamas salvarse?
-Aún puedes vivir unos años, si lo quieres.
-¿Para qué? ¿Para llegar a viejo? ¿A la verdadera vejez? ¡No, a la vejez, no!
La vejez egoísta no es más que una infancia en que hay conciencia de la
muerte. El viejo es un niño que sabe que ha de morir. No, no quiero llegar a
viejo. Reñiría con los nietos por celos, les odiaría... ¡No, no..., basta de odio!
Pude quererte, debí quererte, que habría sido mi salvación, y no te quise.
Calló. No quiso o no pudo proseguir. Besó a los suyos. Horas después rendía
su último cansado suspiro.
¡QUEDA ESCRITO!
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