2.
EL CONTEXTO FAMILIAR DE LAS PERSONAS ADULTAS:
Un enfoque social sobre la adultez muestra que se asienta fundamental mente sobre tres roles
básicos: el matrimonio, la paternidad y el trabajo. Estos roles cubrirían las dos necesidades
psicosociales fundamentales del ser humano que han sido denominadas de distintas formas
por distintos autores; las más clásicas son: amor y pertenencia, como primera necesidad, y
éxito y estima en segundo lugar (Maslow, 1976) o, en otros términos, intimidad y
generatividad, como polos positivos de las dos crisis que Erikson plantea en la edad adulta:
intimidad frente a aislamiento y generatividad frente a estancamiento (Erikson, 1983). Los
dos contextos en que se desarrollan estos roles, el familiar y el laboral, son los más
importantes en la socialización de los adultos. El contexto laboral será tratado sólo de forma
marginal en este capítulo, dado que el objetivo de este manual es el estudio de la familia.
Toda persona forma parte de una familia desde su nacimiento, pero el paso de la familia de
orientación a la de procreación es el paso a la edad adulta; obviamente no todos los
individuos se casan, muchas parejas no tienen hijos, un número creciente de mujeres opta por
la maternidad sin pareja, hay parejas que se divorcian, los matrimonios de divorciados o
viudos son cada vez más frecuentes y las parejas homosexuales son una nueva forma de
familia emergente. Todas estas formas de vida adulta coexisten con la familia clásica
compuesta por un matrimonio con hijos que se mantiene unido a lo largo de su vida y que
sigue siendo la más abundante en nuestro país. La familia evoluciona a lo largo de los años
desde el matrimonio joven hasta la etapa postparental y, en ese trascurso, los adultos van
desarrollando nuevos roles y van modificando la forma de ejercer los ya conocidos. Durante
la primera parte de la edad adulta, las personas buscan pareja y se casan o inician una
convivencia estable; comienzan una actividad laboral tras haber terminado su formación; se
plantean la posibilidad de ser padres y, si deciden serlo, comienzan su vida como
madres/padres. Durante los años de crecimiento de los hijos, su forma de ser madre o padre
irá modificándose en función del desa - rrollo de éstos y de su propia maduración,
íntimamente interrelacionadas; adaptarán su relación de pareja a las nuevas exigencias
familiares; se esforzarán por progresar en el trabajo dedicando una parte importante de su
tiempo vital a ello, pues cada vez más ésta es una época de reciclaje profesional voluntario u
obligado por las características del mercado laboral. Para muchos adultos, fundamentalmente
mujeres, se inicia en este momento una etapa de mayor preocupación y dedicación a la
generación anterior.
Hacia el final de la vida adulta, los hijos se independizarán y comenzará una etapa en que
retomar la relación de pareja sin la constante interferencia de las preocupaciones y
responsabilidades parentales; quizá deberán afrontar la muerte del padre y el cuidado de una
madre dependiente; la relación con los hijos adultos será menos estresante que en épocas
anteriores, pero durante algunos años los padres seguirán siendo una fuente de ayuda
económica y afectiva para ellos. Más adelante, cuando ellos mismos pasen de la edad adulta a
la vejez, cesarán en las actividades laborales remuneradas; si su cónyuge vive, irán adaptando
su vida de pareja a la nueva situación de vuelta al hogar y, pasados unos años, asumirán el
papel de cuidador principal de un cónyuge enfermo y, quizá, enviudarán. En la relación con
los hijos irán poco a poco precisando más de su ayuda y, fundamentalmente, de su apoyo
afectivo; un nuevo rol familiar podrá comenzar en este momento: el de abuela/o, ampliando
el contexto familiar y permitiéndoles desarrollar nuevas relaciones afectivas. El contexto en
que ahora se van produciendo los cambios mencionados anteriormente no es equivalente al
que vivieron generaciones anteriores; ya se ha hecho referencia en el capítulo anterior a
algunos de los cambios más importantes, por lo que a continuación repasaremos algunos
datos sociodemográficos que están afectando a la dinámica familiar y a las expectativas
vitales de los adultos. Tradicionalmente se ha considerado que la época en que las personas
inician su vida adulta corresponde al tramo de edad comprendido entre los 22 años y los 40-
45; pero los individuos que ahora tienen estas edades en nuestro país pertenecen en su
mayoría a la generación del baby boom (los nacidos entre 1957 y 1977), una generación con
características muy distintas de las anteriores: están accediendo al mundo laboral más tarde y
más precariamente que sus padres y, por lo tanto, se independizan a edades más avanzadas
como muestran los datos del INE en 2001. En ese año, el 73 por ciento de los mayores de 25
años, el 50 por ciento de los jóvenes de 28 años y el 35 por ciento de los de 30 años seguían
solteros y viviendo con sus padres; evidentemente esto no es así porque los jóvenes prefieran
permanecer en la casa familiar (según datos del CIS, los jóvenes españoles consideran los 24
años la edad adecuada para dejar la casa paterna). El contexto familiar de las personas adultas
127. Estos datos presentan una realidad familiar distinta de otras anteriores para los adultos
actuales. Una mirada a otros datos puede resultar útil para entender mejor la situación:
• La edad media en el primer matrimonio ha pasado, desde 1975 hasta 2000, de 26,69 años a
30,17 para los hombres, y de 24,16 a 28,12 para las mujeres.
• La edad de primera maternidad se ha desplazado, en el mismo lapso, de los 28,8 a los 30,73
años.
• El número de hijos por familia está en 1,24, y el 80 por ciento de las parejas jóvenes que no
tienen hijos afirman que esto es así por razones económicas.
Para esta generación, la entrada en la adultez se ha desplazado hacia los 30 años, con lo que
todo el sistema familiar se ve afectado, pero fundamentalmente afecta a la generación
intermedia formada por los adultos de mediana edad cuyas expectativas al independizarse y
formar una familia eran claramente distintas. Los adultos actualmente, sobre todo los de
mediana edad, son esposos y, muy probablemente, padres, en el contexto de una familia de
procreación que ellos mismos han formado; hijos, hermanos y quizá nietos, en el contexto de
una familia de pertenencia de la que forman parte. Son las generaciones que ahora están entre
los 30 y los 60 años las que se enfrentan a este contexto familiar caracterizado por pocos
hijos, pero con una larga permanencia en el hogar y padres longevos que fácilmente
sobrepasan los 80 años de vida. El aumento de la esperanza de vida junto con el descenso de
la natalidad han supuesto la verticalización de las familias (Knipscheer, 1988) y la aparición
de lo que se ha denominado familias en racimo, es decir, familias de tres o más generaciones,
pero con pocos individuos en cada generación. La convivencia y cuidado de los hijos
escolares y/o adolescentes coincide en el tiempo con la necesidad de atender a padres
envejecidos y quizá dependientes, lo que supone que se produzcan simultáneamente dos de
las situaciones familiares más estresantes. Situaciones familiares propias de la edad adulta
como el nido vacío ya no son universales y, para muchas parejas, se ha desplazado hasta la
década de los 50 o 60 años; cada vez son más las parejas que desean la salida de los hijos del
hogar familiar y el cese de las responsabilidades parentales. Frente a la creencia clásica de
que es una vivencia crítica para las madres, en la actualidad las mujeres, lejos de temer esta
situación, la están deseando. Los diferentes logros y cambios en la condición social de la
mujer que se conquistaron a lo largo de la segunda mitad del siglo XX han supuesto, entre
otras cosas, su masiva incorporación al mundo laboral, con lo que ha ganado independencia
económica, pero también ha multiplicado sus responsabilidades. Muchas mujeres de mediana
edad hacen frente a una triple jornada laboral: son profesionales que trabajan fuera de casa,
esposas y madres que trabajan en casa e hijas cuidadoras de padres mayores.
La verticalización de la familia junto con la aceleración de los cambios sociales están
suponiendo la convivencia familiar de varias generaciones con actitudes, valores y
concepciones de las funciones de la familia muy diferentes. Siguiendo las caracterizaciones
que Gil Calvo (2003) propone para las distintas generaciones españolas y las proyecciones
que el Eurostat realiza para nuestro país, se aprecia este fenómeno con claridad. En la España
del 2005 habrá un 15 por ciento de menores de 14 años, un 20 por ciento tendrá entre 15 y 29
años, un 24 por ciento entre 30 y 44 años, un 19 por ciento entre 45 y 59 años, un 14 por
ciento entre 60 y 74 años y un 8 por ciento de 75 años y más. Esto significa que, teniendo en
cuenta la edad media de emancipación actual (alrededor de los 30 años), el 35 por ciento de la
población, la generación de la transición estará en el 2005 dependiendo de sus padres y
conviviendo con ellos. Los padres de ese 35 por ciento corresponderán en una pequeña parte
(la edad de la maternidad ha ido retrasándose hasta situarse en los 30 años en 1995) al 24 por
ciento de adultos jóvenes (30-44 años) que pertenecen a la generación del baby boom y, en
una mayor proporción, al 19 por ciento de los adultos maduros (45-59 años) o generación del
desarrollo. Los abuelos de los menores de 30 años serán el 14 por ciento de mayores jóvenes
(60-74 años) pertenecientes a la generación de la posguerra y el 8 por ciento de los mayores
maduros (75 y más años) pertenecientes a las generaciones de la República y la guerra civil.
Es evidente que, para las generaciones intermedias, la armonización familiar supone un
esfuerzo importante dadas las diferencias en los referentes socioculturales de las distintas
generaciones y que, en muchas ocasiones, los modelos parentales y de abuelidad vividos en la
infancia y la juventud no resultan adecuados.
3. RELACIONES INTRASUBSISTEMA: LA RELACIÓN DE PAREJA EN LA
ADULTEZ Y VEJEZ :
El matrimonio ha sido considerado comúnmente como uno de los ritos de paso a la edad
adulta, la acción de más decisivas consecuencias durante este momento del ciclo vital. La
relación entre los cónyuges será la que mayor influencia tenga en la vida adulta y la fuente
principal de demandas socializadoras.
Estas demandas, en general, se pueden resumir de la siguiente forma: establecimiento de
relaciones íntimas institucionalizadas fuera del acos tumbrado círculo familiar, puesta en
práctica de conductas adecuadas y asociadas a los roles sexuales, cumplimiento de
expectativas mutuas y necesidad de tomar decisiones importantes con respecto a problemas
personales (abordaje de la sexualidad y de las relaciones in terpersonales), a la familia
(número de hijos y estilo de educación) y temas de la vida cotidiana. En opinión de Huyck y
Hoyer (1982), el matrimonio concebido en términos de compañía, intimidad y amistad se
evalúa en razón de su capacidad para ayudar al crecimiento personal y para mantener la
estabilidad de una pareja. Esta concepción del matrimonio se aleja bas tante de ese
matrimonio orientado a la tarea, con una división radical de roles sexuales, centrado en torno
a la figura del varón como única fuente de sustento familiar, re vestido de la única y máxima
autoridad y con un indiscutible poder sobre el resto de los miembros de la familia. Es decir,
intercambio de hijos, satisfacción sexual, obediencia y respeto a cambio de sustento y cobijo
con unas claras relaciones de poder-sumisión entre la pareja, concepción del matrimonio que
subsiste actualmente entre las parejas de más de 70 años, que aceptan para sus hijos y nietos
otra forma de entender la relación, pero siguen valorando algunos aspectos de la familia de
orientación más tradicional. El cambio en la concepción del matrimonio ha afectado a las
características que se consideran importantes a la hora de elegir pareja: amor mutuo,
atracción, alto nivel educativo, inteligencia y similitud en educación son las que, hoy en día,
resultan más importantes. Dicho de otro modo, se valoran más aquellos aspectos que pueden
ser predictores de similitud de ideas, valores y actitudes. Las parejas que deciden casarse lo
hacen más atendiendo a las posibilidades de felicidad conyugal que al deseo de formar un
hogar y tener hijos, y esperan del matrimonio apoyo emocional, intimidad, consulta y ne
gociación en la planificación familiar y ayuda mutua en la educación de los hijos en caso de
tenerlos. Las razones de este cambio son conocidas y muy numerosas; se citarán sólo algunas
de ellas: aumento de la expectativa de vida; participación de las mujeres en el mercado labo
ral, con lo que esto supone de independencia económica, de logros y conquistas so ciales y
legales; los avances científicos que dieron al traste con creencias e ideologías obsoletas; la
consiguiente flexibilización de algunos principios legales y la posibilidad de actuar fuera y al
margen de cualquier imperativo religioso.
La satisfacción matrimonial evoluciona a lo largo de los años de convivencia componiendo
una curva en forma de U (Glenn, 1990), con un descenso muy acusado durante los años de
crianza y una trayectoria ascendente a partir de la salida de los hijos del hogar familiar hasta
alcanzar, en la vejez, niveles de satisfacción similares a los de la pareja recién casada. La
razón parece estar en el hecho de tener hijos, que afecta de forma negativa a la relación de
pareja. Las exigencias propias de la maternidad/paternidad suponen Relaciones
intrasubsistema: la relación de pareja en la adultez y vejez 129 pérdida de libertad para la
pareja, aumento de los gastos, una asunción más tradicional de los roles de género y aumento
de la conflictividad entre la pareja. Las parejas con hijos suelen discutir y enfrentarse por dos
tipos de cuestiones principalmente: la equidad en el reparto de trabajo doméstico y los
desacuerdos respecto a los hijos. El elemento fundamental respecto al reparto de trabajo no
parece ser la cantidad de horas que uno y otro cónyuge dedican a las tareas domésticas, sino
el sentimiento de justicia que cada uno tiene respecto del reparto de tareas dentro y fuera del
hogar. En este particular, hombres y mujeres difieren en la percepción de lo que es equitativo,
de tal forma que, para los maridos, la satisfacción matrimonial aumenta cuando se comparte
de forma equitativa el trabajo remunerado, mientras que para las esposas es más importante
percibir equidad en el reparto de tareas domésticas (Warner y Willis, 2003). El abandono del
nido por parte de los hijos elimina tensiones en la relación conyugal y permite a las parejas
reencontrarse y recuperar su relación sin las presiones de la crianza de los hijos, con lo que no
sólo desaparecen muchos de los motivos de insatisfacción conyugal, sino que se inicia una
etapa de mayor ocio compartido y de dedicación mutua. No se puede achacar sólo al hecho
de estar sin hijos la mejora en la satisfacción conyugal; en realidad, para los padres mayores,
el que sus hijos sean adultos autónomos y con una vida exitosa es fuente de satisfacción y
autoestima. Las parejas de larga duración se relacionan mejor, se pelean menos y se
comunican de forma más positiva y cariñosa (Carstensen, 1995), y experimentan más placer
por estar juntos que las parejas más jóvenes (Leveson, Carstensen y Gottman, 1993). De
hecho, la mayoría de las parejas casadas de edad avanzada creen que su matrimonio ha
mejorado con los años (Erikson, Erikson y Kivnick, 1986; Glenn, 1991). Quizá el conflicto
conyugal sea más raro en la vejez por la razón que apunta Carstensen (1995) en su teoría de
la selectividad emocional: las parejas mayores se pelean menos porque ya no pretenden
moldear al otro para el futuro.
En las parejas jóvenes, intentar modificar aquellos aspectos del cónyuge que resultan
desagradables puede ser importante para una mejor convivencia futura; pero las parejas
mayores se interesan menos por el futuro que por una buena relación presente. Además, al
cabo de los años, los cónyuges saben que es inútil seguir intentándolo y han desarrollado
estrategias para sortear aquellas características de su pareja que no les gustan. Por otro lado,
acumular experiencias compartidas a lo largo de la vida conduce a que los matrimonios sean
más compatibles. Es decir, todos los factores contextuales que han compartido —vivir en la
misma comunidad, educar a los mismos hijos y hacer frente a las mismas circunstancias
económicas y personales— suelen cambiar a ambos cónyuges de forma similar, de manera
que la personalidad, las perspecti vas y los valores de las parejas de larga duración son más
parecidos (Caspi, Herbener y Ozer, 1992). En rea lidad, se observa en muchos aspectos de la
vida en común, desde compartir las tareas del hogar hasta decidir el lugar de vacaciones, que
cuanto más tiempo lleva casada una pareja, más probabi lidades existen de que am bos crean
que su relación es justa e igualitaria (Keith y Schafer, 1991; Suitor, 1991). Además, la
solidaridad entre las parejas casadas durante largo tiempo se manifiesta de forma especial
cuando uno de los dos precisa atención y cuidados, lo cual acaba ocurriendo en casi la mitad
de los matrimonios que duran cuarenta años o más. De hecho, el 56,8 por ciento de los
mayores de 65 años que cuidan a una persona necesitada de ayuda, en nuestro país, lo hacen
en calidad de cónyuge (Pérez Ortiz, 2002). En general, los cónyuges de edad avanzada
aceptan sus respectivas deficiencias de salud y atienden a las necesidades físicas y
fisiológicas del otro del mejor modo posible, considerándolo tanto un deber contraído como
un acto de amor (Bazo y Maiztegui, 1999). Unido al cambio de concepción de la relación
matrimonial se ha ido produciendo un progresivo aumento del número de divorcios, aunque
actualmente parece haberse estabilizado. En España se divorciaban en 1995 algo menos de 1
de cada 5 matrimonios y, en el año 2000, 1 de cada 7. No es una tasa muy alta, sobre todo si
tenemos en cuenta que en Estados Unidos se divorcia 1 de cada 2. El periodo de edad en que
se producen más divorcios es el que va de los 35 a los 44 años (Vega y Bueno, 1995). En
general, la mayor incidencia actual de divorcio está asociada a la independencia económica
de las mujeres, a que los obstáculos legales se han re ducido, a una menor oposición religiosa
y a un menor estigma social sobre las personas divorciadas.
También se ha comprobado que las tasas de divorcio son más altas en épocas de prosperidad
económica (Rice, 1994). Los cónyuges esperan que sus compañeros enriquezcan su vida, les
ayuden a desarrollar sus potencialidades y sean compañeros amorosos y sexualmente
apasionados. Cuando no se alcanzan estos objetivos, la mayor parte considera razonable el
divorcio. En estos momentos es menos probable de lo que fue en otras épocas que los
matrimonios infelices acepten su si tuación, que reconozcan que la situación puede mejorar, y
es muy probable que piensen que la situación de conflicto va a afectar negativamente a los
esposos y a los hijos. A pesar de estos cambios, la vivencia del divorcio no ha dejado de ser
traumática. Un divorcio siempre supone en los cónyuges sentimientos de fracaso, culpa,
hostilidad y autorrecriminación. Las tasas de divorcio entre los 45 y los 65 años son menores
que entre los más jóvenes y son aún más bajas para los mayores de 65 años (0,69 por ciento
entre 65 y 74 años y 0,39 por ciento en los mayores de 75 años). No obstante, es un fenómeno
que puede ir en aumento en el futuro dado que, muy probablemente, es más un efecto
generacional que de estabilidad matrimonial. Los cambios que se producen durante la
mediana edad en la estructura familiar (salida de los hijos del hogar, cuidado de los padres,
jubilación, etc.) pueden precipitar una crisis conyugal que, en algunos casos, se asocia con
una vivencia crítica individual de reevaluación de la propia vida y adecuación de
expectativas, que puede desembocar en un sentimiento de inadecuación que implique la
necesidad de cambiar la estructura vital (ahora o nunca) y suponga la ruptura del vínculo
conyugal. No obstante, las razones del divorcio no cambian; las parejas mayores se separan
por las mismas razones que las jóvenes: frustración de sus expectativas sobre el matrimonio y
la creciente necesidad de terminar con una relación insatisfactoria. El divorcio suele suponer
mayor pérdida de autoestima en la mediana edad que en la edad adulta temprana. Las
personas de más de 50 años, particularmente las mujeres, tienden a padecer más angustia
cuando pasan por un divorcio que la gente joven (Vega y Bueno, 1995); la ruptura de una
relación que ha durado muchos años puede afectar más a la identidad personal y a la
autoestima que la ruptura de un vínculo de corta duración. Por otra parte, la reorganización de
la vida en solitario y, en muchos casos, la necesidad de buscar un trabajo y conseguir ingresos
suficientes es muy problemática para las mujeres de estas edades. Sin embargo, el divorcio se
produce cuando el estrés de estar juntos supera al Relaciones intrasubsistema: la relación de
pareja en la adultez y vejez 131 que puede ocasionar la propia separación.
Los divorciados, y separados mayores expresan una satisfacción vital mucho menor que los
casados, los viudos o los solteros. Esto es así fundamentalmente para los hombres mayores
divorciados que se sienten menos satisfechos con los amigos y sus actividades extralaborales.
Tanto en hombres como en mujeres, la tasa de enfermedad y muerte es más alta; quizá, como
comenta Bazo (1990), por la asociación que se establece, en las personas mayores, entre
salud y soledad. De hecho, el tener recursos económicos suficientes, nivel educativo medio o
alto y unas redes sociales intensas con familiares y amigos parece estar asociado al ajuste
correcto después del divorcio. Por último, cabe exponer algunos comentarios sobre los
matrimonios en la vejez. En el año 2001, se casaron en España 3.218 personas mayores de 60
años, de las cuales el 37,51 por ciento eran viudas y el 35,77 por ciento divorciadas o
separadas (datos del INE). En estas edades se casan muchos más hombres que mujeres; las
razones de que esto sea así son varias: en general, los hombres tienden a casarse con mujeres
más jóvenes que ellos, mientras que para las mujeres se da menos este tipo de parejas en las
que ella es el individuo de más edad. Las mujeres tienen mayor expectativa de vida que los
hombres, lo cual supone que hay más mujeres mayores viudas que hombres mayores viudos.
Los hombres, en general, tienen más probabilidades de volverse a casar cuando enviudan,
mientras que las mujeres tienden a optar por vivir solas y relacionarse preferentemente con
amigas en su misma situación (Papalia y Wendkos, 1992). Por otra parte, para las mujeres,
sobre todo para aquellas que han cuidado de un marido enfermo hasta su muerte, la idea de
volverse a casar y tener que enfrentarse de nuevo con esa situación, pero con un marido con
el que no han compartido tantas cosas, puede resultar poco atractiva, por lo que prefieren
mantener la relación de pareja sin casarse o vivir juntos. Los hijos también pueden ser un
problema para los segundos matrimonios de padres mayores. La mayor parte de los hijos
adultos considera que sus padres deberían consultar con la familia su intención de volverse a
casar; los mayores, incluso, opinan que deben pedir permiso y, en general, no suelen
comprender la necesidad que su padre/madre tiene de compañía o de intimidad sexual. Muy
frecuentemente los hijos consideran que un nuevo matrimonio altera de forma importante las
relaciones y la intimidad familiares. Lo que las personas mayores esperan de un nuevo
matrimonio es fundamentalmente compañía, alguien con quien compartir la vida, un
compañero para quien ser fundamental y que les necesite.
La necesidad de gustar a otro, ser querido y ser la persona más importante para aquel a quien
queremos no desaparece con los años (Warner y Willis, 2003) ni se satisface a través de las
relaciones que se tienen con hijos y nietos, por muy cariñosas y satisfactorias que éstas sean.
4. RELACIONES INTERSUBSISTEMAS: ENTRE PADRES MAYORES E HIJOS
ADULTOS:
Existe en el imaginario social la creencia de que en algún momento de la historia del mundo
desarrollado, en cualquier caso antes de la revolución industrial, grandes familias extensas de
tres y cuatro generaciones convivían bajo el mismo techo. En aquella época, las familias eran
entornos seguros en los que los niños eran cuidados y atendidos cariñosamente por sus
madres y mantenidos y educados por sus padres. Los ancianos eran respetados por todos los
miembros del clan familiar. Los varones ejercían su autoridad moral sobre la familia
aconsejando y resolviendo los posibles conflictos gracias al bagaje de su larga experiencia
vital. Las mujeres mayores cumplían el papel de orientadoras en las labores de crianza de los
niños y cuidado del grupo familiar. Cuando los mayores enfermaban o perdían sus
capacidades a consecuencia de su avanzada edad, eran cuidados y protegidos por la familia
hasta su muerte, sin que, durante ese tiempo, disminuyeran el cariño y el respeto con el que
eran tratados. Esta familia ideal o mítica no se corresponde con ninguno de los modelos de
familia que se conocen a través de la historia; si acaso tiene ciertos elementos que la acercan
a la familia patriarcal en la que esposa e hijos se sometían a la dictadura del pater familias,
que mantenía en exclusiva la propiedad de los bienes familiares (tierra, ganado, etc.) y
detentaba un poder absoluto sobre todos y cada uno de los miembros de la misma: decidía
sobre el presente y futuro de sus miembros, acordaba casamientos, distribuía o no, la
herencia, etc. No obstante, esta creencia en la existencia de una remota familia ideal ha ido
convirtiéndose en una suerte de paraíso familiar perdido adornado de felicidad y bondad. El
otro mito que acompaña al del paraíso familiar perdido es el de que las familias actuales son
familias nucleares aisladas e insolida.