LECCIÓN 1.
a LA ESPERANZA EN EL MAS ALLÁ
1. ¿Hacia dónde caminamos?
«Todos caminan hacia una misma meta: todos han salido del polvo y todos vuelven al polvo.»
«.¿Quién sabe si el aliento de vida de los humanos asciende hacia arriba y si el aliento de vida
de la bestia desciende hacia abajo, a la tierra?»
Estas citas no son de ningún pagano de la antigüedad, ni tampoco de algún materialista
contemporáneo. Forman parte del texto bíblico y corresponden a Eclesiastés 3:20, 21.1 El
«Eclesiastés» (hebreo: qohelet —literalmente; el predicador o persona que dirige la palabra al
pueblo congregado—) interpela con estas palabras a cuantos fundamentaban sobre sus
propias intuiciones, o sobre sus sistemas filosóficos y religiosos, su creencia en la inmortalidad
del _ alma. Ese «¿quién sabe...?» es la pregunta que lanza a las gentes imbuidas de
mentalidad helénica, es decir, de la moda intelectual prevaleciente en su época.
Las cuestiones que plantea el Ectesiastés ponen de manifiesto el realismo bíblico y son un
mentís rotundo a la falsa idea que muchas gentes tienen del cristianismo y de la Revelación
divina. Para estas personas, tener fe equivaldría a vivir de ilusiones. Como se pregunta A.
Marsillach en un libro ya famoso: «¿No será que el hombre no se atreve a afrontar su propia
realidad y se inventa maravillosos cuentos de hadas para consolarse?»2 El Evangelio seria uno
más de los cuentos de hadas; una «alienación» —para usar la terminología hodierna—; la
proyección de nuestros deseos.
Sin embargo, maravilla la sobriedad de los escritores bíblicos. Las Escrituras hebreocristianas
no presentan ningún sistema de cosmología definido, ni tampoco desarrollan teoría alguna
sobre la «inmortalidad del alma» a la manera griega. Y ello pese a que la tentación de plagiar
las cosmogonías caldeas y egipcias era incitante, así como lo era el influjo del platonismo en la
época de los últimos escritos canónicos.
2. La esperanza del individuo
La prudencia y la resistencia de los escritores sagrados a formular «sistemas» se insertan en el
talante mismo de la Revelación bíblica. Israel está a la escucha de la Palabra de Dios y no
quiere ir más allá de lo que le es revelado. Dios va adoctrinando gradualmente a su pueblo y
contesta cada pregunta en su momento y en la medida en que lo cree necesario. De ahí que
los autores bíblicos no formulen hipótesis; se hallan a la expectativa (cf. Sal. 123: 1, 2; Heb.
1:1; 1.ª Ped. 1:10. 11) para ver si hay «palabra de Yahveh».
Y la revelación sobre el más allá y la suerte eterna va desvelándose paulatinamente,
alcanzando, como es lógico, su culminación cuando también las culturas en general, y las de
los pueblos vecinos en particular, se interrogaban sobre la misma cuestión. Esto ocurre a partir
del siglo V antes de Cristo, y en el primer siglo de nuestra era.
Como ha escrito Robert MartínAchard, «en el Antiguo Testamento, la fe en el retorno de los
difuntos a la vida se apoya en ultima instancia sobre (o revelación de Yaveh a su pueblo;
gracias a que el Dios de Israel se manifestó como un Dios poderoso, equitativo y bondadoso...
afirmaron el retorno de los difuntos a la vida... El Antiguo Testamento fundamenta la certeza de
la resurrección en Dios y sólo en Dios; la única garantía del retorno de los difuntos a la luz, al
final de los tiempos, es el poder soberano y creador del Dios de Israel. Dios es el Dios vivo y no
puede ser el Dios de los muertos. Sólo a partir de la realidad de Dios se puede establecer la
realidad de la resurrección (J. Schniewínd)».3
La prudencia, la sobriedad y la discreción de los escritores bíblicos se explican por la
conciencia que siempre tuvo Israel de que su fe era don de Dios (no sólo en cuanto que la fe es
una actitud subjetiva, sino también en cuanto que se basa en un contenido objetivo), y asi
esperó, y no dijo más de lo que se le había dicho. En la Biblia tenemos únicamente la
respuesta de Dios, respuesta anhelada;esperada, pero siempre respetada. Y. así, la
Revelación bíblica es verdaderamente Palabra de Dios. No se trata de las palabras de unos
hombres que nos hablan de Dios, sino de la Revelación del Dios vivo, comunicada a los
hombres mediante la instrumentalidad (por supuesto, dinámica y personal) de otros hombres.
La fe bíblica es, pues, básicamente Revelación, es decir, mucho más que Religión, máxime
cuando ésta se entiende como reflexiones humanas en torno al problema de Dios, y del
hombre en su relación con la Divinidad.
De ahí que el Eclesiastés formule sus preguntas inquietantes, con vistas a despertar la
humildad intelectual de sus oyentes: «¿Quién sabe...?»
La cuestión que planteó el Eclesiastés a sus contemporáneos sigue siendo relevante para
nosotros hoy, en este último cuarto del siglo xx. Hoy, como entonces, ¿quién se considerará un
entendido ante tan pavoroso misterio?
3. La afirmación cristiana
Las respuestas bíblicas siempre tienen que ver con hechos. Afrontando incluso el riesgo de
parecer pesados, debemos insistir: el mensaje de las Escrituras hebreocrístianas no está
compuesto de reflexiones de unos hombres que hubieran hallado a Dios. Se trata
fundamentalmente de una Revelación. Dios ha hablado. Y es a partir de aqui, de esta Palabra
divina, como nos sentimos interpelados por Dios. La Biblia no es, pues, el resultado de los
«descubrimientos» que sobre Dios pudieran haber hecho algunas almas excepcionalmente
piadosas y dotadas para el misticismo, sino el relato de un proceso de autorrevelación que Dios
ha querido hacer llegar hasta nosotros para nuestra iluminación y nuestra salvación. De ahí que
la Biblia se ocupe más de hechos y de personas que de escuelas o sistemas.
Hemos aludido, con énfasis, a los hechos en que se basa nuestra afirmación cristiana. ¿Qué
nos dice la Escritura acerca de ellos?
Por lo menos son cuatro las realidades que hemos de considerar; en especial, si lo hacemos a
la luz de la Revelación bíblica:
A) El hecho necrológico: la muerte. ¿Hay algo que sobrevive a la misma?
B) El hecho antropológico: el hombre que muere. ¿Quién es ese hombre? ¿Qué sobrevive de
él, si es que sobrevive algo?
C) El hecho escatológico: ¿Cuál es la esperanza cristiana, la inmortalidad del alma o la
resurrección de loa muertos? ¿O ambas cosas?...
D) El hecho pneumático (o espiritual): El Espíritu Santo, como «primicias» y «arras» de nuestra
herencia; poder vivificante que transformará nuestros cuerpos en soma pneumatikon (cuerpo
espiritual), según la expresión original de I.ª Cor. 15:44.
CUESTIONARIO;
1. El «¿quién sabe...?» de Eclesiastés 3:21 ¿es la pregunta de un escéptico? — 2. ¿Qué ponen
de manifiesto las preguntas que plantea el Eclesiastés? — 3. ¿Qué era para Israel lo primero y
fundamental, hablar de Dios o escuchar a Dios? — 4. ¿En qué se apoya la fe de Israel acerca
del retorno de los difuntos a la vida? — 5. ¿En qué se diferencia la Revelación bíblica de una
Religión cualquiera? — 6. ¿De qué se ocupa con preferencia la Biblia, de hechos o de
sistemas? 7. ¿Cuáles son los hechos en que se basa nuestra afirmación cristiana acerca del
más allá?
Notas:
1. La cita es de la Biblia de Jerusalem. Véase 12:7, donde leemos: vuelve el polvo a la
tierra, a lo que era. y el espíritu vuelve a Dios, que es quien lo dio» (V. también 9:10
acerca del sheol, y 3:17; 11:9; 12:14, sobre e! juicio divino en otro lugar distinto de esta
tierra (debajo del soh). Eclesiastés 3:21 no ¿ice que sel aliento de vida* perezca, sino
que nadie puede saber por si mismo qué es lo que ocurre con él. después de la
separación del cuerpo.
2. En 100 españoles y Dios. de J. M. Gironella (Barcelona. Ed. Nauta, 1969), p. 383.
3. R. Martin-Achard. De la muerte a la resurrección, pp. 235-236.