TEMA 1 – Política, Política Criminal y Derecho Penal
1. Introducción
2. Concepto de Política Criminal
La política, que hace referencia a la forma de gobierno del Estado, y que está relacionada con la
gestión, desde una determinada esfera de poder, de los asuntos públicos, se presenta a través de
muy diversas manifestaciones atendiendo a la parcela de la actividad objeto de su administración.
Una de esas formas de exteriorización de la política es la denominada política criminal. Desde
este entendimiento, la política criminal designa al planteamiento que desde el ámbito público,
desde el propio Estado, se establece para tratar y hacer frente al fenómeno criminal. La seguridad
ciudadana, los derechos de los sospechosos, procesados o condenados, el sistema de justicia o la
delincuencia juvenil, entre muchos otros, son algunos ámbitos de la vida social que necesitan una
respuesta por parte de los poderes públicos. La presentación de estas problemáticas, la
argumentación utilizada en las propuestas de solución, la base ideológica que explica las
respuestas que se aportan, constituyen un marco de decisión que se halla dentro de lo político. Y
así, desde este punto de vista político, la política criminal ha sido entendida como un sector de la
política que está relacionado con la forma de tratar la delincuencia. Es decir, se trata de un ámbito
de decisiones, de criterios, de argumentaciones que se postulan en el plano teórico o práctico para
dar respuesta al fenómeno de la criminalidad.
Atendiendo a este sentido político, por tanto, definimos la política criminal como aquel conjunto
de medidas y criterios de carácter jurídico, social, educativo, económico y de índole similar,
establecidos por los poderes públicos para prevenir y reaccionar frente al fenómeno criminal, con
el fin de mantener bajo límites tolerables los índices de criminalidad en una determinada sociedad.
En el siguiente apartado, cuando se estudie la política general en relación con la política criminal,
profundizaremos en este aspecto. Pero cuando se habla de Política Criminal con mayúsculas, se
está haciendo referencia a una disciplina, a una rama del saber, a un sector del conocimiento. Aquí
la Política Criminal estudia la orientación y los valores que sigue o protege, o que debiera seguir
o proteger, la legislación penal entendida de forma amplia (material y procesal). A título de
ejemplo, se analiza el respeto al principio de intervención mínima en el vigente Código penal de
1995, o la orientación preventivo-especial y educadora de la Ley de Responsabilidad Penal del
Menor 5/2000, de 12 de enero. Se plantean cuestiones como la eficacia de las penas cortas
privativas de libertad para los delitos de poca envergadura o las razones de la ampliación de la
suspensión de la ejecución de la condena a drogodependientes sancionados con hasta tres años de
privación de libertad. Se examina cómo ha resuelto el legislador el conflicto existente entre la
libertad de conciencia y el derecho a la vida en el delito de eutanasia o el criterio seguido en la
lucha contra el tráfico de drogas en la tipificación de los correspondientes ilícitos contra la salud
pública. Evidentemente, desde esta perspectiva, no interesa sólo el examen de las orientaciones
político-criminales seguidas por el legislador, sino también su adecuación a los valores y al
concreto modelo social y político que se defienda.
Entendida bajo esta dimensión, la Política Criminal constituye un conjunto de conocimientos, de
argumentos y de experiencias que se relacionan con el Derecho Penal desde una doble vertiente.
Por un lado, como se acaba de señalar, estudia las orientaciones políticas, sociológicas, éticas o
de cualquier otra índole que se encuentran en cada institución del vigente Derecho Penal. Y, por
otro lado, aporta criterios teóricos, de justicia, de eficacia o de utilidad que van dirigidos al
legislador para que lleve a cabo las correspondientes reformas de las leyes penales de forma
racional, satisfaciendo los objetivos de hacer frente al fenómeno criminal salvaguardando al
máximo las libertades y garantías de los ciudadanos. Desde este prisma, la Política Criminal se
contempla como una forma de concepción del Derecho Penal complementaria a la visión que de
éste proporciona la Dogmática Penal o la Criminología.
Aquí hablamos de Política Criminal en este segundo sentido (pero empleando un concepto más
extenso), como disciplina académica, como sector del conocimiento cuyo objeto es el fenómeno
criminal y la legislación que lo contempla, si bien su estudio se plantea desde parámetros
diferentes al jurídico (Derecho Penal) o al empírico (Criminología). El método de análisis, por el
contrario, está más cercano a la Sociología, o, incluso, a las Ciencias Políticas. Por esta razón, no
se va a rechazar aquí, ni mucho menos, el enfoque propiamente político que pueda desprenderse
del tratamiento de los diferentes temas que van a ser planteados a lo largo del presente estudio.
Así pues, como disciplina, la Política Criminal puede definirse como aquel sector del
conocimiento que tiene como objeto el estudio del conjunto de medidas, criterios y argumentos
que emplean los poderes públicos para prevenir y reaccionar frente al fenómeno criminal. Aunque
en el último apartado de esta primera lección se profundizará sobre esta dimensión de la Política
Criminal, se estima ahora oportuno llevar a cabo unas breves precisiones en relación con este
concepto.
Así, en primer lugar, cabe señalar que el objeto de estudio de la Política Criminal viene integrado
no sólo por la legislación penal, sino también por otro tipo de instituciones que tengan como fin
inmediato, desde el ámbito político, la prevención o la reacción frente al hecho delictivo.
Ciertamente el Derecho Penal, sustantivo y adjetivo, va a ocupar un lugar preeminente porque
constituye la base de la definición de aquello que se considera delito frente a la conducta lícita.
Pero afortunadamente el Derecho Penal no es la única forma de prevenir y de hacer frente al
crimen. Medidas de carácter económico, educativo, social o incluso cultural, para ciertos sectores
de la criminalidad (violencia doméstica o criminalidad racista y xenófoba, por ejemplo) pueden
ser tan relevantes y eficaces como el mismo sistema legal. De ahí que también integre su objeto
estos mecanismos utilizados por el poder público en esa tarea de disminuir hasta lo tolerable la
estadística criminal.
En segundo lugar, se hace referencia al aspecto de la intervención de los poderes públicos, que
designan al Estado, a las Comunidades Autónomas, a la Provincia, al Municipio y a las Entidades
Locales menores. En las últimas décadas, sin embargo, los especialistas en esta disciplina ponen
el acento en la relevancia de los esquemas del control social que impone la comunidad fuera del
Estado como forma de prevención y represión del crimen. Sin que se rechace la importancia del
control social informal como mecanismo que explica la inhibición de la conducta desviada, no
podemos olvidar que la Política Criminal es ante todo política, y los criterios de decisión y de
orientación para cumplir determinados objetivos corresponden generalmente a los poderes
públicos, y de ahí que se insista en este aspecto.
En tercer lugar, la función de la Política Criminal ha variado sensiblemente desde sus inicios a
principios del Siglo XIX. Así Feuerbach la definía como “el conjunto de métodos represivos con
los que el Estado reacciona contra el crimen”, situando como objetivo fundamental ese aspecto
meramente reactivo en la lucha contra el crimen. En la actualidad, sin embargo, la Política
Criminal continúa manteniendo como fin último disminuir las cifras de criminalidad hasta un
nivel razonable, pero ello se puede conseguir no sólo reaccionando frente al hecho delictivo ya
perpetrado, sino, sobre todo, estableciendo mecanismos de prevención. Por eso Delmas-Marty,
siguiendo a M. Ancel, propone un cambio en el concepto de Política Criminal, atendiendo tanto
al sujeto como al fin, en el sentido de considerar a ésta como “conjunto de métodos con los que
el cuerpo social organiza las respuestas al fenómeno criminal”.
Y en cuarto lugar, aunque esta disciplina pretende aportar un conjunto de conocimientos que, de
forma racional, intentan mejorar la legislación penal y utilizar otros mecanismos para hacer frente
a determinados comportamientos socialmente indeseables (delitos), no se puede olvidar su
carácter histórico, coyuntural, impregnado de componentes ideológicos y políticos, incluso de
índole utilitario. Es ese aspecto político que nos cuesta recordar, especialmente a los penalistas.
Por esta razón, aunque conforma un sector del conocimiento, ese conocimiento no puede ser
calificado como “científico”. Evidentemente, una disciplina que no sea caracterizada como
“científica” no debe ser menospreciada por ello. Simplemente hay que ser consciente de que la
forma en que nos aporta su análisis de la realidad que examina es, sencillamente, diferente.
3. Política general y Política Criminal
En el apartado anterior se ha hecho referencia a la política criminal como una forma, como un
aspecto, de la política general. Y en efecto, cada forma de Estado, cada forma de gobierno,
contempla de modo distinto el tratamiento del problema de la criminalidad en el ámbito espacial,
temporal y personal en el que se desarrolla su actividad de gestión de los asuntos públicos. De
este modo, en un análisis global, podemos decir que el fenómeno criminal se aprecia de manera
distinta en los Estados totalitarios que en los democráticos.
Política Criminal en Estados totalitarios
El delito es concebido como un acto subversivo, como expresión de desobediencia a las directrices
incontestables del poder. El crimen representa una célula enferma que pone en peligro a todo el
cuerpo social por su facilidad de contagio, por su facilidad de transmisión de la infección, y con
ella, de la enfermedad. El hecho punible, por tanto, constituye la imagen más peyorativa de atentar
a la unidad y estabilidad del Estado, y en consecuencia, no cabe otra política que su exterminio,
que su extirpación, como si del peor de los tumores malignos se tratase. Por otro lado, en el Estado
totalitario el individuo no tiene sentido sino como ser que se integra en el tejido social. Sus
derechos y libertades se diluyen en el sometimiento al aparato del poder. El ciudadano es
contemplado como súbdito, como menor de edad, pues su destino no está en sus manos, sino que
depende del todopoderoso Führer, o del Duce, o del Ayatolah, del Comisario político, del
Caudillo, etc. Su proyecto de vida está dirigido a someterse y confiar en el buen hacer de los
superiores, en el progreso del propio Estado, dado que la existencia de aquél esta absolutamente
unida a la de éste. Por eso el delincuente es un traidor al Estado, y en la medida en que representa
la violación de las reglas, imperativos y directrices del poder, refleja la máxima expresión de
peligro de ruptura con el estado de cosas, con el orden interno, con la paz social (similar a la paz
de los cementerios) que persiguen los gobiernos de esta naturaleza.
La política criminal del Estado totalitario es clara. Su misión es erradicar hasta el último vestigio
del crimen, sin tener presente derechos y garantías individuales, pues constituirían un freno a la
labor de “limpieza” del entorno más indeseado de la comunidad. La política interior es una
política de seguridad nacional. Las fuerzas armadas y policiales tienen licencia, expresa o tácita,
para utilizar todos los medios, incluidos la tortura y otras formas de represión formalmente
ilegítimas, de combate contra el crimen. No existe división de poderes, no existe el juez natural,
ni el principio de presunción de inocencia, ni el derecho del sospechoso a un trato digno y
humano… Todo ello es considerado como un obstáculo que impide castigar a los ya declarados
culpables, aun sin sentencia que los condene. En la política criminal del Estado totalitario,
predomina la prevención general (se busca la intimidación de los subversivos), y la prevención
especial se alcanza mediante el escarmiento y la anulación de la voluntad rebelde. La
resocialización es entendida como absoluta sumisión a los valores e imperativos que proceden del
poder. Los crímenes de Estado, como la tortura, las desapariciones, la expropiación de
propiedades por razones políticas, ni son perseguidos ni castigados… Se consigue eliminar casi
toda huella de criminalidad, pero en el fondo, esa criminalidad no se destruye, sino que, como la
energía, se transforma. Aparece un sólo delincuente y una sola forma de criminalidad, la más
terrible, la más temida, pues el Estado es ahora el gran criminal, un gigantesco delincuente.
Política Criminal en Estados democrácticos
En los Estados democráticos, el planteamiento es diametralmente opuesto. Entiendo por Estado
democrático aquél en el que prima el principio de soberanía popular, en el que rige efectivamente
el pluralismo político, en el que existen opciones reales de alternancia en el poder y en el que se
encuentran formal y materialmente vigentes los derechos fundamentales y las libertades públicas.
El punto de partida se enfrenta ante una hipótesis que no era aceptada en los sistemas autoritarios:
el delito nunca puede ser totalmente erradicado de la sociedad.
Ciertamente han existido autores, como E. Ferri, que, comulgando con una ideología de naturaleza
autoritaria (el fascismo), han reconocido que en toda sociedad, bajo ciertas condiciones, se
produce una cifra constante de hechos delictivos. Pero fue Durkheim quien ofreció argumentos
sólidos a favor de la necesaria consideración de la presencia del hecho criminal en toda comunidad
“sana”. Y en efecto, una sociedad que quiera desarrollarse, que quiera evolucionar, necesita poner
en tela de juicio sus normas y reglas fundamentales, para de esa forma provocar la reflexión y
alcanzar cierto consenso en la reforma y mejora de sus leyes. Así se iría renovando dinámicamente
el ordenamiento jurídico y el entramado de reglas, pautas y comportamientos individuales y
sociales. Se desarrollan los sistemas y subsistemas sociales acorde a sus nuevas necesidades y la
comunidad evoluciona progresivamente según los cánones de la moderna civilización. En este
proceso el delito cumple una función muy importante en la medida en que refleja la violación de
la norma y su puesta en tela de juicio. Por eso siempre existirá, y será necesario, un estándar de
conductas delictivas que jamás podrán desaparecer. Bajo este pensamiento, el crimen forma parte
de la propia estructura social y cumple en ella una función relevante. Ha sido el padre de la
moderna Política Criminal, Claus Roxin, quien ha demostrado que en todo Estado democrático,
aun cuando goce de inmejorables condiciones sociales y económicas (como fue el caso de la
República Federal de Alemania tras la Segunda Guerra Mundial), la presencia del crimen es
inevitable.
En una situación de libertad, de buenas condiciones económicas, de justicia social, disminuye la
criminalidad patrimonial tradicional, pero aumenta la denominada “delincuencia de cuello
blanco” (ilícitos perpetrados por los poderosos, como delitos societarios, contra la hacienda
pública, fraudes a gran escala, delitos monetarios, etc.). Aun en países muy ricos, con grandes
dosis de justicia social, el delito continúa representando un conflicto social (grave) emergente. En
el Estado democrático, por tanto, se parte del presupuesto de que el hecho criminal va a estar
siempre presente en todo momento. Es el precio que se tiene que pagar por mantener unas
mínimas condiciones de libertad y de respeto a los derechos humanos. En todo momento van a
aparecer personas y grupos que abusen de esa libertad, que quieran obtener determinadas
prebendas sin satisfacer los cauces legales oportunos. Siempre habrá, por tanto, ciudadanos que
delincan y eso debe asumirse como un coste estructural inherente a la condición humana.
La política criminal del Estado democrático va dirigida a disminuir hasta niveles tolerables las
cifras de criminalidad, pero no pretende borrar toda huella de la presencia del delito. Pues su
objetivo no es trascendental como en el Estado totalitario (crear un imperio, mantener la pureza
de la raza, acabar con todo vestigio de la burguesía, alcanzar los fines del Corán, etc.), que
justificaba, desde distintas ópticas, la necesidad de aplastar al sujeto delincuente. En el Estado
democrático se persigue que todos los ciudadanos (en la medida de lo posible) convivan
pacíficamente y en libertad, cubriendo sus necesidades materiales y culturales para que toda
persona pueda gozar de su propia dignidad humana. La lucha contra el crimen no puede
emprenderse a costa del sacrificio de las libertades y garantías del ciudadano, pues el respeto a
los derechos fundamentales constituye uno de sus principios de carácter irrenunciable. Por eso su
política criminal es más difícil de llevar a cabo, pues tiene que guiarse por un cuidadoso equilibrio
entre el necesario mantenimiento de unos mínimos en materia de seguridad ciudadana y el pulcro
respeto a los derechos humanos de todos los individuos, incluidos los delincuentes. Luego, dentro
del Estado democrático, cada tendencia ideológica refleja su posición en su particular
entendimiento de la dirección que ha de tomar su política criminal. Por regla general, los
gobiernos de carácter conservador emplean mayor energía en el aspecto represivo en su visión
del tratamiento de la criminalidad (mayor gasto presupuestario en la dotación de las fuerzas de
seguridad del Estado, aumento del número de centros penitenciarios, etc.). En cambio, las
opciones de carácter progresista suelen incidir más en la prevención del crimen a través de
políticas sociales y son más reacias a limitar las garantías de los ciudadanos, aunque se resienta
con ello la seguridad ciudadana. Sin embargo, con la moderna tendencia a la homogeneización
de las ideologías que es propia de los tiempos de la globalización, estas diferencias quedan muy
difuminadas.
4. Derecho Penal: Dogmática y Política Criminal
A partir de la regulación que surge con el Código penal de 1995, se puede aceptar la definición
(que aquí se defiende) de Derecho Penal (en sentido objetivo) como conjunto de normas jurídicas
establecidas por el Estado que se caracterizan porque atribuyen al delito o a la peligrosidad
criminal derivada de la perpetración de un hecho antijurídico, entendidos como presupuesto, la
pena y/o la medida de seguridad, entendidas como consecuencia jurídica. Los vocablos “Derecho
Penal”, ambos con mayúsculas, hacen referencia a la disciplina que tiene como objeto el estudio
sistemático de las normas, principios e instituciones penales. Y en la medida en que durante más
de un siglo ha existido consenso sobre el método de análisis de esta disciplina, fuertemente
anclado en el formalismo jurídico y en las escuelas de tendencia valorativa, de tal forma que la
norma jurídica era analizada como dogma incontestable, este sector del conocimiento suele ser
denominado como Dogmática penal o Dogmática jurídico-penal. En palabras de Roxin, la
Dogmática es definida como “la disciplina que se ocupa de la interpretación, sistematización y
desarrollo de los preceptos legales y de las opiniones científicas en el ámbito del Derecho Penal”.
Respetando sustancialmente el concepto proporcionado por el maestro alemán, se estima
oportuno realizar las siguientes precisiones.
a) El objeto inmediato de estudio de la Dogmática es el derecho positivo.
b) La forma en que desenvuelve su metodología es mediante tres tipos de investigación que se
desarrollan a través de la interpretación de los preceptos, la sistematización de los conceptos y
principios, y la crítica.
c) La función de la Dogmática penal es muy diversa. Hace posible una mejor explicación del
Derecho Penal en las universidades. Coadyuva a una mayor racionalidad en la aplicación del
derecho positivo en el campo jurisdiccional. Y por último, aporta al legislador criterios y
programas de gran importancia que le guían en la reforma de la ley penal en su tarea de facilitar
al máximo la convivencia humana a través de un medido equilibrio entre seguridad jurídica de la
colectividad y respeto a los derechos humanos.
Precisamente en este último punto es en el que existe una íntima vinculación entre Dogmática
penal y Política Criminal, aunque en muchas ocasiones esta vinculación pasa inadvertida. En
efecto, desde que se elabora una teoría racional del estudio del Derecho Penal, a mediados del
Siglo XIX, la disciplina jurídica se va desarrollando a través de una doble vertiente. Por un lado,
se van creando y asentando principios sobre los que se edifica la construcción teórica del Derecho
Penal que tienden a tutelar ciertas garantías del ciudadano frente al poder punitivo del Estado
(principio de legalidad, principio de culpabilidad, principio de humanidad de las penas, etc.). Y
por otro lado, se van elaborando conceptos, instituciones y teorías con una gran precisión técnico-
jurídica (sobre todo, en la teoría jurídica del delito), que poco a poco van perfeccionando el
modelo de explicación del derecho positivo. Estas dos vertientes del desarrollo del Derecho Penal
(carácter garantista y elaboración sistemática del modelo teórico), han llevado a dos formas de
entender las relaciones entre Dogmática penal y Política Criminal en dos periodos históricos muy
diferentes.
Así, a finales del Siglo XIX, uno de los penalistas más relevantes en la historia de esta disciplina,
Franz Von Liszt, concibió el Derecho Penal fundamentalmente como conjunto de principios que
garantizaban una esfera de libertad del ciudadano frente a la potestad sancionadora de los poderes
públicos. Y la Política Criminal era entendida como un conjunto de estrategias del Estado ideadas
para hacer frente a la criminalidad. Se comprende así que el autor formulase dos frases que han
pasado a formar parte de todos los manuales de la disciplina jurídico-penal. El Derecho Penal es
la Carta Magna del delincuente. Con ello se expresaba que la elaboración de las teorías penales
pasaba por el reconocimiento de una serie de principios que en definitiva constituían un catálogo
de derechos del ciudadano sospechoso, acusado o reo de algún delito. El Derecho Penal constituye
la barrera infranqueable de toda política criminal. De esta forma se quería expresar los límites con
los que se encontraba todo Estado a la hora de establecer y poner en práctica su estrategia en la
lucha contra el delito. Pues el poder público tiene el deber de intentar erradicar o disminuir las
cifras de criminalidad empleando todos los medios a su alcance. Pero ese deber dirigido a
proporcionar la máxima seguridad ciudadana contaba con los límites propios del Derecho Penal,
tanto material como procesal. Y de ahí que la actividad política de lucha contra el crimen debería
respetar principios estructurales del Derecho Penal como el de legalidad, culpabilidad, presunción
de inocencia, prohibición de exceso, etc. El Derecho Penal y la Política Criminal tendrían, por
tanto, que ser concebidos como dos parcelas del conocimiento humano en relación con el
fenómeno criminal de forma autónoma y complementaria. El Derecho Penal como disciplina
encargada de la interpretación y sistematización de los preceptos penales y de los conceptos y
principios derivados; y la Política Criminal como conjunto de técnicas y estrategias elaboradas y
destinadas por los poderes públicos para hacer frente al fenómeno criminal. Ésta utilizaría todos
los medios que estuviesen a su alcance para combatir la criminalidad, pero encontraría su límite
en el conjunto de garantías del ciudadano que postularía el Derecho Penal. De esta forma, la
Dogmática se presenta como muro de contención, como barrera infranqueable frente a la
tendencia al abuso del poder (y en el ámbito sancionador esto no constituye ninguna excepción)
del Estado.
Junto a la vertiente garantista de la Dogmática penal, encontramos esta otra, muy característica,
que ha profundizado en la construcción del sistema, que se ha preocupado de la elaboración de
un modelo teórico que toma como piedra angular la norma jurídica (su dogma fundamental). A
partir de ahí se desarrolla un complejo entramado de conceptos y principios ordenados
sistemáticamente que guardan entre sí una coherencia guiada por una lógica casi matemática. Un
reflejo de esta capacidad de elaboración de un sistema conceptual desde parámetros casi
exclusivamente técnico-jurídicos viene representado por la evolución de la teoría jurídica del
delito. Ésta ha llegado a tales niveles de precisión, que en ocasiones se asemeja a un complejo
mecanismo integrado por un conjunto de piezas conceptuales en el que cada una de ellas encaja
perfectamente y de forma sincronizada en el correspondiente esquema explicativo.
El método utilizado por la disciplina del Derecho Penal, método dogmático, que se ha impuesto
en los últimos ciento cincuenta años, ha determinado un hermetismo que ha conducido a que la
Dogmática se contemple a sí misma. Sin embargo, a principios de la década de los setenta, fue
Claus Roxin quien, en una famosa conferencia que con posterioridad fue publicada con gran éxito,
Kriminalpolitik und Strafrechtssystem (Política Criminal y sistema de Derecho Penal), daría un
giro de más de ciento ochenta grados a la forma de concebir las relaciones entre Dogmática penal
y Política Criminal. Aquí el prestigioso jurista alemán criticó el ensimismamiento que había
alcanzado la Dogmática penal al construirse, elaborarse y desarrollarse bajo exclusivos
parámetros jurídicos sin tener presente en la teorización de sus categorías la realidad social y las
necesidades político-criminales de las instituciones penales. Sin embargo, considera que la
disciplina jurídico-penal aporta criterios y soluciones teóricas argumentadas que permiten tratar
a todos los ciudadanos bajo los parámetros del principio de igualdad. Para evitar el alejamiento
de la realidad al que conduce una “dogmática fuerte”, y con el fin de obviar la inseguridad jurídica
a la que conduce el tratamiento coyuntural, tópico, puntualmente argumentativo de los supuestos
de aplicación de la ley penal, Roxin expuso una propuesta que ha tenido bastante éxito entre los
penalistas de todo el mundo.
Dicha propuesta consiste en construir el modelo teórico tomando en consideración a la hora de
elaborar cada categoría, cada principio, cada institución del Derecho Penal, las consecuencias
político-criminales y las repercusiones en el ámbito de la realidad social en las que podría incidir.
Más específicamente, la interpretación y sistematización de los preceptos penales, y de sus
correspondientes categorías, estará vinculada por los fundamentos político-criminales de la teoría
de los fines de la pena. De esta forma, Dogmática penal y Política Criminal se encuentran
íntimamente relacionadas, pues ésta orienta toda la capacidad de elaboración y construcción
teórica de aquélla.
En nuestra concepción personal, Dogmática penal y Política Criminal se complementan y, sin
embargo, siguen manteniendo su autonomía. Si la Dogmática pretende entre sus objetivos auxiliar
a resolver racionalmente los conflictos individuales y sociales, su planteamiento tiene que
acercarse a la realidad social, descubrir la corriente de pensamiento que inspira la institución y
elaborar sistemáticamente la materia penal de acuerdo con estas premisas valorativas e
ideológicas. La Política Criminal de esta forma acerca a la Dogmática a la vida de la calle y al
tiempo en que desarrolla su función. De hecho, y así se ha expuesto recientemente, cada
concepción sistemática del Derecho Penal (teoría finalista de la acción, sistema neokantiano,
funcionalismo o concepción significativa de la acción, entre muchas otras) en realidad también
representa su propia visión político-criminal del tiempo y del espacio en el que se desenvuelve
teóricamente. La Política Criminal, se ha visto, tiene como función principal establecer los
modelos de prevención y de lucha contra el crimen. La Política Criminal, en un Estado de
Derecho, se limita a sí misma en esa tarea de combatir la delincuencia, respetando los derechos y
libertades de los ciudadanos. Pero que duda cabe que entre las medidas más relevantes para
combatir el crimen, se encuentra la propia legislación penal. El correcto entendimiento de la
misma para llevar a cabo las funciones político-criminales concretas, vendrá otorgado por la
Dogmática penal.
En conclusión, tanto la Dogmática penal como la Política Criminal son disciplinas que gozan de
cierta autonomía, aun cuando hoy en día ninguna de ellas tenga razón de ser sin el complemento
de la otra. La Dogmática penal, si no quiere elaborar teorías que representen castillos en el aire,
necesita conocer las tendencias político-criminales para cumplir su función primordial de otorgar
respuestas lógicas y racionales a los conflictos humanos que pretende resolver. La Política
Criminal debe orientar racionalmente su misión de prevención y tratamiento del fenómeno
criminal en el ámbito de la reforma de la legislación penal considerando los principios e
instituciones que durante décadas ha ido elaborando la Dogmática penal. Es así como se puede
alcanzar un fin común perseguido por estos dos sectores del conocimiento: lograr la convivencia
pacífica de los individuos y de los grupos que estos integran en la moderna sociedad.