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Análisis del Cuento "El Triple Salto"

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GUAYAQUIL, 13 DE OCTUBRE DEL 2023

LENGUA Y LITERATURA

Curso: 10mo
Actividades
[Link] en clase el siguiente cuento , luego averiguamos
sobre su autor.
2. Narro con mis propias palabras un resumen del cuento El triple salto
3. Escribo en mi cuaderno la razón implícita por la que Payayo, Payayón
encerró a Tania y no permitió que actuara en el concurso. ¿Qué pistas me
da el texto? Escribo también, por qué razón Payayo, Payayón no la dice de
manera explícita. ¿Es difícil expresar los sentimientos?

El triple salto
Mañana al atardecer la caravana llegará a la gran ciudad y tú, Tania, habrás
quedado irremediablemente segregada, presa en tu carromato al que yo
he zafado del convoy y he clausurado poterna y ventanucos para que al
despertarte no puedas salir. Verás que estás perdida, atrapada, indefensa.
Al comenzar la función de gala el Empresario reparará en tu ausencia, pero
será inútil. El concurso deberá empezar, y tú, Ángel del Trapecio, no podrás
descolgarte sobre ese abismo de invitados especiales, de embajadores, de
militares de alto rango, de filántropos, benefactores y prestamistas, de
jueces dispuestos a aplaudirte y premiarte. No te admires de esta
infidelidad de tu Payayo, Payayón; todo es parte de un complot para
castigar tu vanidad: el Pez Volador, el Braceador y yo somos los cómplices.
Hoy es contigo, pero luego ejerceremos justicia contra todos los del circo,
comenzando por el mantecoso empresario hasta el último de los
soplatuercas. Todos de alguna forma serán castigados. Solo los animales
se salvarán. Ellos serán nuestros aliados y un día de gran fiesta
quedaremos libres los tres payasos del trapecio y los cuarenta animales
de las jaulas. El pacto comenzó una tarde de invierno en aquella ciudad
gitana al otro lado de los Cárpatos. ¿Se llamaba Cluj? ¿Era Brashow quizás?
No lo recuerdo, pero era una ciudad con mucho cíngaro de por medio, esa
gente — decías de los gitanos— que no hace nada, pero puede todo, son
desposeídos y a la vez tienen el mundo al alcance de la mano, merecen la
premier del espectáculo. Ibas a saltar por primera vez el triple desde
veinte metros de altura sin red. Y así lo hiciste. Y fue tu apoteosis. En cada
ciudad te llovieron las flores, los fotógrafos, las invitaciones, las pieles y
las joyas. Pero nosotros no contamos para nada, es decir, yo que desde
hace ocho años te había entrenado, el Pez Volador que dañó su figura por
esos bárbaros ejercicios de estómago que permitirían darte el impulso de
tres metros que tú necesitabas para iniciar desde más arriba la pirueta, ni
contaron para tu fama la vista, los nervios, las muñecas y los portentosos
brazos del Braceador. Tú, hasta ese momento ángel de mis sueños, pasaste
a ser Ángel del Trapecio, Ángel del Abismo, Ángel del Infierno, Ángel de los
periódicos y las cenas y los autógrafos y los canastos de flores y las
esquelas. Tú, ángel de mis sueños, pasaste a ser tormento de mis
insomnios, porque ya no me esperabas en la carreta con el escalfador ni
el samovar [Link] a cenar (y quién sabe si esas cenas no
terminaron en desayunos) a los hoteles y dachasde grandes señores, de
esos que —después supimos— fueron ajusticiados por el populacho, por
gente como nosotros, payasos de la vida que vamos poniendo buena cara
al mal tiempo, pero como dice el dicho, huye del buey manso y de la cólera
del payaso. Ibas a esas comilonas interminables, pitanzas que resultaban
pornográficas por tanta hartura, mientras yo vaciaba la cazuela del león o
robaba las bananas de los monos.
¿En cuál ciudad fue eso? No importa acordarse, el circo no tiene tiempo ni
lugares porque es de siempre y ha estado en todas partes.
Fuiste a los banquetes mientras el pez agonizaba de hambre atragantado
con su propia espina y el Braceador seguía alimentándose con azufre y
aserrín para templar los músculos, los músculos que no eran para él,
entiende, los músculos que sostenían tus fotos y tus citas. Y vimos con
espanto cómo el resto de la gente del circo también te reverenciaba y te
hacía la corte: el traga espadas consiguió un sable descomunal solo para
halagarte, la mujer del domador dijo que lo que hizo la mujer de goma fue
un suicidio, un suicidio por celos, porque el domador ya no le miraba el
contorsionado cuerpo cuando se hacía bola y ocultaba
cabeza, brazos y piernas hasta quedar ante el público, pero sobre todo
ante el domador, hecha un solo y puro trasero. El anciano que vendía
flores a la entrada comenzó a ser tu amante eunuco y todo el dinero que
recaudaba de la venta en las tres funciones diarias empezó a gastarlo
religiosamente comprando flores para ti. Solo los animales, Tania, no
cayeron en el embobamiento ni en la pleitesía: los monos seguían
haciéndose la paja en tu delante, el león eructaba cuando te veía, el
elefante embodegaba grandes pedos para cuando tú pasaras y la Gran
Vaca Sagrada de la India se cagaba sobre el terciopelo azul que un día fue
tu manto. Así que ya sabes, Tania, el Payayo, Payayón que nunca te
protestaba hoy te castiga dejándote en el desierto para que no llegues al
Concurso Mundial de Salto Triple que todo el mundo sabe fue organizado
por el mantecoso empresario para que el título te lo llevaras tú. Pero aquí
te quedas, Tania, Tania, que no eres Tania, porque tú y yo sabemos que de
rusa no tienes nada. Los dos sabemos que te llamas Clara Inés a secas,
colombianita huérfana que pedías limosna entre una veintena de
gamines, que te ocultaste entre la carpa remendada y huiste con el circo,
y yo que era panameño, o sea como decir colombiano, te hablé en la
lengua que nos unía, porque el circo, Tania, ahora también es negocio de
gringos, tú lo sabes más que nadie, tú que has aprendido no a hablar, pero
sí a entenderte con cualquier gringo, sea de donde sea. Entonces eras una
mocosa pelada y yo ya volaba en el trapecio, pero mientras tú fuiste
creciendo para la vida yo fui creciendo para la muerte. Y me sentí viejo
aquella vez que entraste desnuda en mi pulguiento catre a decirme que te
morías de frío. Y yo, turbado ante tanto pellejo, te dije que cómo no ibas
a sentir frío si andabas así desnuda. Pero más viejo me sentí cuando
resbalé por primera vez del trapecio y desde entonces nunca más volé de
cabeza porque mis tobillos habían envejecido y ya no me sostenían. Y ese
tiempo que pasa, que uno lo mide en el espejo, es también un tiempo de
trapecio, un péndulo, aunque para el público siga en movimiento. Y pensé
en Dios y me dije que ese señor era el dueño de todas las carpas, que
nomás tenía que olvidarse un minuto de nosotros y sonábamos. El olvido
de Dios, Tania, es algo así como quedarse sin público. Entonces de esas
vueltas y revueltas en el corazón salió mi decisión de hacerme payaso,
payaso volador, Payayo, Payayón que suba al trapecio no para oír el
silencio de la angustia sino para oír carcajadas.Y entre volada y volada se
fue acumulando este odio por ti. Hasta hoy que he decidido llevar a cabo
mi pequeña gran venganza. Y he tenido que ser fuerte, Clara Inés, para no
caer en tus celadas, para hacerme oídos sordos a eso que dijiste ayer
de madrugada: «Payayito, voy a volar con tu jubóny tu máscara porque el
concurso es anónimo. Ése será mi gesto de agradecimiento para ti que me
enseñaste todo». Pero, Clara Inés, ya está decidido. No llegarás al concurso
ni al homenaje que esperas darme, porque bien sabes que es para ti el
homenaje que buscas recibir y si hay algo de gesto en tus palabras,
también te enseñaré a consumar un gesto. Sin que nadie sepa ni se dé
cuenta, subiré al trapecio en tu reemplazo
Mi jubón y mi máscara, que iban a ser tu disfraz, sabrán de los aplausos
para ti y sentirán dentro de la tela y el maquillaje un calor
desacostumbrado, un corazón y una mueca ya no solo mía. Será como
volar los dos en un abrazo. Y después del vuelo, al tiempo del enganche,
caeré. Caeré desde los veinte metros soñados por ti y se romperá mi forma
al chocar contra la vida. Y sentiré el grito de horror como una eternidad. Y
cuando algún niño de la platea, sin tanto horror a la muerte, se acerque a
preguntar qué me pasó, encontrará en el enorme bolsillo donde guardaba
los interminables pañuelos, una carta escrita para ti, caliente como una
paloma antes de morirse. Y del horror la gente pasará al contentamiento
y dirá ¡qué alegría, no ha sido Tania el Ángel del Trapecio, ha sido un
payaso solamente! Y vendrán el Pez Volador y el Braceador y me
sorprenderán ante tanta muerte junta, porque ellos, Tania, yo les escuché,
iban a matarte en éste que iba a ser tu mejor día, el de tu consagración y
triunfo. Yo les escuché el plan macabro: al tercer vuelo, al momento del
impulso para el enganche, el Pez te daría menos viada, la justa, la
necesaria como para que el Braceador haga visible su esfuerzo por
sujetarte inútilmente y caigas y mueras y muera contigo la duda que les
atormentaba a todos desde hace mucho tiempo, desde que comenzaron
a dormir los dos payasos juntos, desde que se celaban mutuamente
viendo en tu belleza la rivalidad ante el mundo que los rechazaba. Y ese
amor ya un poco carcomido por el vilipendio, quiso afirmarse en algo más
fuerte que el amor mismo: la complicidad en tu muerte. Con la carta
sellada para ti, todos creerán que se ha tratado de un suicidio, y tú, Tania,
con el orgullo y la soberbia que te cargas, dolida por la andanada de
pretextos y odios que tuve que inventar para lograr morirme en tu corazón
la víspera de morir en el aserrín, con tu soberbia, digo, no abrirás la carta,
citarás una rueda de prensa y entre el magnesio de las cámaras romperás
la carta de la verdad que habla de nuestro amor y que te copia versos que
escuchamos juntos aquella vez que un pastor se lamentaba haber perdido
su pequeña mioritza. Y el Empresario con un martini en la mano dirá: No,
no es suicidio ni crimen. Es la responsabilidad frente al trabajo. Tania
enfermó y no pudo venir, entonces el Payayo, Payayón tenía que salvar el
espectáculo, porque ustedes saben, el público, ante todo.

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