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Orígenes y evolución del mariachi

Este documento analiza el origen y evolución del mariachi como símbolo musical de México. Explora sus orígenes en el occidente de México como una expresión cultural mestiza que combina elementos indígenas, europeos y africanos. También describe su expansión nacional e internacional en el siglo XX a través de los medios de comunicación masiva.

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Orígenes y evolución del mariachi

Este documento analiza el origen y evolución del mariachi como símbolo musical de México. Explora sus orígenes en el occidente de México como una expresión cultural mestiza que combina elementos indígenas, europeos y africanos. También describe su expansión nacional e internacional en el siglo XX a través de los medios de comunicación masiva.

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EL MARIACHI.

SÍMBOLO MUSICAL DE MÉXICO


(UNA SÍNTESIS COMENTADA) Jesús Jáuregui

* De la fiesta pueblerina al universo mediático En octubre de 2008, durante la XVIII Feria


Internacional del Libro de Monterrey, un comentarista deportivo local me buscó para que
explicara a su público radioescucha y televidente por qué había tocado un mariachi de mujeres en
la inauguración de los XXIX Juegos Olímpicos de Pekín. De hecho, la delegación china había
desfilado con el cobijo musical de las interpretaciones del Mariachi Mujer 2000 de Los Ángeles,
California. Los locutores del duopolio televisivo mexicano —Televisa y TV Azteca—, sorprendidos
por el detalle e incapaces de interpretar su trascendencia, no habían ofrecido aclaraciones al
respecto durante la transmisión del evento. El más famoso director de cine chino, Zhang Yimou,
consideró que durante el desfile inaugural de los atletas en Beijing 2008, se debería escuchar la
música más representativa de los cuatro continentes. El director de música de la Ceremonia de
Apertura, Chen Qigang, escogió como característico de Europa a un conjunto de gaitas, de África
un grupo de tambores, de Asia la música tradicional china y, de América, a los mariachis. Los
funcionarios chinos no sabían que el mariachi era originario de México, tan sólo habían
investigado que se trataba de la música folclórica más gustada en el continente americano. Dada la
fuerza que el mariachi tiene en Estados Unidos, lanzaron una con- vocatoria en ese país para elegir
al mariachi adecuado. «Nunca pensamos en escoger el mariachi por ser mexicano, sino porque
nuestra intención era tener grupos de músicos y que cada uno tocara la música folclórica más
escuchada y popular en cada continente» (AGENCIA REFORMA, 2008). Esta indiferencia de los
organizadores chinos por la región de origen del mariachi, concuerda con el menosprecio de la
intelectualidad mexicana por esta tradición popular. La omisión del estudio del mariachi se
presenta como sintomática de la ceguera por ciertos temas nodales en la antropología mexicana.
Pareciera que los especialistas en analizar la cultura del México contemporáneo han puesto
particular empeño en omitirlo, quizás debido a su cuasi-omnipresencia y porque ha llegado a ser
como la tortilla en nuestra culinaria: un elemento cuyo sabor en las fiestas se da por entendido y
no se considera pertinente mencionarlo en el menú. El análisis del mariachi contribuye a la
fundación del estudio profundo del México mestizo, pues al examinar un fenómeno difundido en
el mundo contemporáneo globalizado, la antropología se ve obligada a trascender la fachada de la
“cultura nacional” mexicana para acceder a las comunidades y tradiciones regionales y locales que
no corresponden a la imagen que se ha difundido como típica (HOBSBAWM, 2002). El mariachi
remite a una expresión cultural vigente en una sociedad compleja, pluriclasista y multiétnica, que
se encuentra bifurcada en una tradición centenaria de cultura oral-gestual y en otra, más reciente,
vinculada orgánicamente a los medios de comunicación masiva. Se trata, por un lado, de una
institución fragmentada y dispersa a lo largo y ancho de una vasta región —el occidente mexicano
— y, por otro, manifiesta una expansión nacional e internacional. El mariachi tradicional, como
elemento de la cultura mestiza, permanece —con variaciones— en Nayarit, Zacatecas,
Aguascalientes, Jalisco, Colima, Michoacán, Guerrero y Oaxaca; como tradición indígena se
encuentra entre los coras, huicholes y mexicaneros así como entre los mayos y los yaquis, los
purépechas, los mixtecos y los nahuas. Junto a esta macro tradición festiva-musical-letrística-
danzaria común, el nombre mariachi/mariache se extiende desde Sonora hasta Guerrero, si bien
en algunas zonas no es utilizado y al grupo musical se le denomina simplemente como “músicos” o
“la música” y, de manera alternativa, Chirrines (en el norte de Sinaloa), Tamborazo (en el sur de
Zacatecas), La Tambora (en el norte y los Altos de Jalisco), Conjunto de Arpa Grande (en la zona
planeca [de Apatzingán] y en la zona calentana del río Tepalcatepec), Conjunto de Tamborita (en la
zona calentana de la vertiente del río Balsas) y fandango de Varita (entre los mixtecos de la costa
de Oaxaca); en cada caso se enfatiza la preponderancia melódica o rítmica del instrumento
correspondiente. Hay subtradiciones que rechazan con firmeza la denominación de mariachi, ya
que ésta se ha difundido por los medios de comunicación masiva, a lo largo del siglo XX, como un
aspecto inseparable de la imagen del mariachi moderno, con traje de charro, trompeta y
ejecutante de composiciones citadinas “con color campirano”. Por otra parte, con frecuencia los
conjuntos locales desconocen la existencia de otras subtradiciones auténticas con dotación
instrumental cordófona semejante y repertorio parecido, en las que sí se ha aplicado
tradicionalmente el nombre de mariachi. Lo importante para el análisis es que cada una de las
variaciones microrregionales es transformación de las restantes y viceversa, de tal manera que sus
particularidades sólo se pueden comprender al ponerlas en relación comparativa con el resto del
conjunto del que forman parte. Hoy en día el mariachi “antiguo” perdura en algunas rancherías,
poblaciones alejadas y barrios populares de las ciudades… todavía se le puede escuchar en ciertos
mercados de Tepic y Guadalajara. En términos generales, su deterioro es nulo en las expresiones
del ámbito religioso y vertiginoso en las correspondientes al medio secular. La permanencia de los
mariachis tradicionales no sólo se debe al cariño y orgullo con que viven su herencia musical, sino
también a la lealtad de su público. Todos ellos son, con su práctica, verdaderos baluartes contra la
dominación modernizante. Los últimos encuentros nacionales de mariachis tradicionales en
Guadalajara han manifestado una participación en franco aumento, tanto en el número de los
grupos como en las regiones de donde provienen. En 2007, 2008 y 2009 asistieron alrededor de 40
grupos. A los estados reconocidos como de tradición mariachera (Jalisco, Nayarit, Colima,
Michoacán, Guerrero, Oaxaca, Zacatecas y Aguascalientes), se han incorporado grupos
provenientes de Durango, Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, el Estado de México, el
Distrito Federal y Morelos. Algunos conjuntos son “mariachis de intelectuales”, citadinos, que
reproducen música con la intención genuina de que corresponda a la vertiente tradicional del
mariachi. * * * El mariachi moderno se ha expandido prácticamente por todo México y por Norte,
Centro y Sudamérica, Europa y Asia; se trata de uno de los pocos géneros musicales que difunde
canciones en castellano en ámbitos tanto sajones como asiáticos. En El mariachi: símbolo musical
de México, de 2007, proporciono una primera síntesis general sobre el mariachi, estudiado con
una perspectiva antropológica. Desde el oficio de la etnología, forjado en el estudio sincrónico de
sociedades lejanas y diferentes, he procedido al estudio diacrónico de un tema de nuestra propia
sociedad, próximo no sólo en el espacio y el tiempo, sino en gran medida compartido, pues forma
parte de nuestra conciencia colectiva e identitaria. A partir de la disciplina etnológica he buscado
la lejanía aun en la proximidad. Me ha sido posible reconstruir, así, el proceso de conformación
histórica de un discurso mítico complejo: verbal, sonoro, visual, gestual y rítmico. Aunque, tal
como lo propone Lévi-Strauss (1976), al discutir los mitos de la propia sociedad, solo se logra
transformarlos.

El origen En la búsqueda de los orígenes de cualquier institución humana, cada elemento de su


composición manifiesta un tiempo de desarrollo particular. En este caso, se debe tomar en cuenta
la dinámica de gestación del grupo musical cordófono, los géneros que llegó a ejecutar (y a
desechar) y su eventual conjunción con el nombre que a la postre le llegó a ser peculiar: mariachi.
Intentar precisar la fecha y el lugar del nacimiento de una institución popular es un falso
problema. El documento más antiguo en turno no es prueba de que el lugar y la fecha que en él se
mencionan constituyan el “entonces y el allí” del origen del mariachi. Las referencias escritas
aluden a una situación posterior a la conformación y difusión del “hecho social”.

Como todas las grandes manifestaciones culturales, el mariachi es una tradición macrorregional,
cuya conformación no corresponde a las circunscripciones dictadas por los avatares políticos. Sin
embargo, el surgimiento del mariachi se debe plantear, más que al nivel independiente y separado
de muchas localidades, en el contexto de la interrelación macrorregional. Las escasas referencias
escritas sobre el mariachi, anteriores a la década de 1920, constituyen una documentación
ocasional, fragmentaria y dispersa. Se trata de testimonios de viajeros asombrados ante lo
extraño, expedientes de litigios eclesiásticos, actas parroquiales, crónicas de fiestas, notas
periodísticas, programas de ferias, compilaciones musicales de “aires nacionales” y regionales,
diccionarios, censos, “recuerdos de juventud” … quejas sobre los inconvenientes que provocaba el
mariachi a los ojos de las élites y, por último, leyes que intentaban impedir su misma existencia.
Los datos historiográficos permiten plantear que la tradición del mariachi se conformó en un
proceso prolongado en la región noroccidental de la Nueva España, mediante la combinación de
dos principales troncos culturales —el mediterráneo y el aborigen—, aunque la mezcla
característica también incluyó patrones rítmicos africanos llegados con los esclavos y, en menor
grado, elementos asiáticos arribados por medio de la nao de China, de tal manera que se logró un
entramado cultural genuinamente mestizo. Los músicos de la tradición mariachera son, en lo
fundamental, ejecutantes de variaciones del complejo de arpa-violín-vihuela novohispano,
vinculado con la música barroca; sus danzantes, de adaptaciones del zapateado asociado al
fandango, y sus cantantes, de la copla peninsular. La perspectiva general que se puede deducir del
material encontrado, en definitiva, es consistente: la región del mariachi tradicional se extiende,
por la amplia franja costera del océano Pacífico, desde la Alta California hispano-mexicana hasta
Oaxaca y su período comprende desde el siglo XVIII hasta el inicio del siglo XXI, si bien en algunas
subregiones desapareció a mediados del siglo XIX o a lo largo del XX. Durante el siglo XIX, en el
occidente de México, se terminó de conformar un conjunto de variantes estilísticas del fandango
popular —en lo referente a música, letras y baile—, a la que en ciertas zonas se le llegó a
denominar mariachi. Esta macrotradición multiétnica (de criollos, mestizos, indígenas y
afromestizos) consiste en una amplia secuencia progresiva de traducciones y adaptaciones —
melódicas, rítmicas, sonoras, letrísticas y danzarias— sin “texto” original. La primera descripción
coreográfica de un baile —parecido al que en la actualidad consideramos como jarabe tapatío— se
refiere a una fiesta de 1829 en el puerto de San Diego, en la Alta California mexicana. La
documentación más antigua en que se hace referencia a la palabra mariachi corresponde a la
parroquia de Santiago Ixcuintla; se trata de 128 actas, de los años 1832 hasta 1844, en que se
asientan nacimientos, fallecimientos y matrimonios de personas nacidas o residentes en el rancho
Mariachi. La famosa carta de Rosamorada de 1852, incluye el testimonio de que en la región
costanera del actual Nayarit se denominaba a los fandangos —bailes populares al aire libre con
borrachera— con el término mariachis. La primera vez que el grupo musical aparece vinculado con
el término mariache se encuentra en un testimonio de 1859, referente al pueblo de Tlalchapa, en
el estado de Guerrero. En una crónica periodística de 1874 sobre Coalcomán, Michoacán, se
designa por primera vez como mariachi a la música que ejecutan los grupos cordófonos del
occidente mexicano. En 1892, otra vez en Santiago Ixcuintla, se denomina mariache a la tarima —
el tambor de pie— sobre la que se zapatean sones y jarabes. No obstante ser extensa e
intensamente disfrutado por el pueblo, durante el siglo XIX, el mariachi era combatido por un cura
en la costa tepiqueña, despreciado por la élite tapatía y prohibido por el Ayuntamiento de
Mazatlán y el gobierno de Michoacán. Pero, como los grupos hegemónicos requieren símbolos de
raigambre popular, llegó el momento a principios del siglo XX, en que se presumiera al mariachi
como una costumbre pintoresca. La primera apropiación simbólica de esta macrotradición, por
parte de un poder regional, tuvo lugar en 1907. En la fiesta más importante —de carácter político
— que había tenido lugar durante el porfiriato, ofrecida en honor del secretario de Estado
norteamericano en Chapultepec, el estado de Jalisco envió una orquesta mariachi en calidad de
“orquesta típica”. Para ello, se mezclaron músicos de varias tradiciones mariacheras y el grupo se
amplió a ocho integrantes; por supuesto que se les vistió para la ocasión con traje de fiesta.

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