Policraticus – Juan de Salisbury (1120-1180)
Trad. Miguel Ángel Ladero, Matías García y Tomás Zamarriego
Libro 1, Cap. 5: Del juego; su uso y abuso.
Atención. Mientras se aleja el tumulto de los cazadores, otras frivolidades, aunque
menos ruidosas, dejan oír sus sones. Bien conocido es el proverbio: «Quien liebres
persigue, palabras come.»
Pues si te fijas con cuidado en los demás, encontrarás quienes devoran sus vidas
gastándolas en necedades, enfrentamientos y delitos. ¿No te parece necio el jugador que
perece —más que vive— por obra y gracia de los dados y constituye cada tirada en
árbitro de su destino? ¿Se puede llamar conforme a razón aquello que, cuanto más
fuerza se pone en ello, más débil deja?
Si hemos de creer a los historiadores paganos, Atalo Asiático descubrió el libertinaje del
juego cambiando ligeramente la materia objeto de las matemáticas. Mientras los
antiguos aprobaron las matemáticas, tan sólo porque eran provechosas para la
investigación de la verdad y las artes liberales y porque ayudaban a vivir rectamente,
Atalo intentó aminorar la dificultad de esa antigua ciencia con un invento sutil, aunque
infructuoso, pues, aunque la insustancializó, siguen vigentes muchas de las primitivas
dificultades.
Pues los griegos no han dejado todavía el ábaco, ni las reglas del cálculo, ni el juego en
que la victoria completa consiste en lograr una perfecta y máxima armonía con los
dados marcados por el adversario. Cuando en el resultado se llega a una proporción
aritmética o geométrica de tres términos, sólo se consigue media victoria. Cualesquiera
otros logros, aunque no alcancen el honor de la victoria, ponen en evidencia la
satisfacción y habilidad del jugador. Es interesante y provechoso conocer los juegos
matemáticos, quiénes son presa fácil y quiénes y por qué medios otros son más fuertes
en sus posiciones, con despreocupación de cualquier peligro que no sea, a veces, el de
resultar envuelto y dominado por el adversario. Tolomeo, Alejandro, César, Catón y el
mismo Pitágoras, según leemos, aliviaron —con el entretenimiento de estos
certámenes— ocupaciones más arduas y procuraron con el juego hacerse más aptos para
los problemas filosóficos.
El juego de azar, en sus diversas clases, llegó a los griegos al desaparecer el reino de
Asia1, junto con el botín de la ciudad conquistada. De aquí vienen los dados (tessera),
las damas (calculus), el tablero (tabula), el urio o lucha troyana, el tricolus, el senio, el
monarchus, los orbiculi, el taliorchus, la zorra (vulpes)2, etcétera, de cuyo uso es mejor
ser ignorante que entendido. Porque ¿quién no se avergonzará de deber su destino a los
dados y no a su esfuerzo? ¿A quién no le pesaría que se antepusiera un cubilete de
1
Se refiere a la derrota de Darío en la batalla de Isos.
2
De algunos nombres de juegos no hemos encontrado la correspondiente palabra castellana. No es
tampoco fácil conocer su exacta naturaleza.
dados a su propia prudencia? ¿No queda desacreditada cualquier ocupación en la que el
más docto es más vil? Todo esto se aplica al jugador. Pues ciertamente el juego de azar
encierra mentiras y perjurios, su pasión busca lo ajeno, y, sin ningún respeto por el
propio patrimonio, cuando lo ha dilapidado, desemboca paulatinamente en robos y
rapiñas.
Algunos tienen estima de aquel juego que, según se lee, ejercitó Ulises, porque parece
que, por el mucho esfuerzo mental que exige, agudiza el ingenio. Pero, por eso mismo,
a mí me parece más ruinoso, pues no hay mayor desgracia que poner mucho trabajo en
donde nada sacas. Como es inútil la importunidad del que suplica, si es inútil lo que se
consigue, ni tiene sentido la búsqueda diligente, si lo que se ha de encontrar carece de
provecho, todo el esfuerzo anímico y mental que en esto se malgasta podría aplicarse a
cosas mejores y más nobles.
El juego de azar queda desterrado de las buenas costumbres por la autoridad de aquel3
que, adoctrinando al mundo en la persona de su hijo, lo denuncia a todos como
aborrecible. Por el juego llegan los hombres a enfrentarse con armas, se enemistan entre
sí y se hunden en una pobreza miserable, aunque no digna de conmiseración. Si buscas
al autor de este aserto, reconoce en él a aquel que
creyó haber nacido para provecho del mundo
y no para el propio4
Se dan, sin embargo, casos en que, desde ciertos puntos de vista, se puede admitir el
juego de azar. Como cuando, lejos del vicio y sin dispendio de la virtud, alivia el peso
de las grandes preocupaciones y las interrumpe con alegre entretenimiento. Pues toda
libertad se encauza con la ayuda de la moderación, como toda virtud sólida se deforma
con la intemperancia. Moderadora de la libertad es la previa consideración del lugar,
tiempo, modo, condición de la persona y razón del hecho, ya que esa consideración
previa es la que hace recomendable, por su honorabilidad, el carácter de cualquier
asunto o lo condena por su fealdad moral. Hay, por tanto, muchos aspectos que
considerar en cada caso, pues según sean la naturaleza, la condición o la fortuna, ponen
cada una su impronta en el individuo, y tocará a éste deducir personalmente de ese
conjunto lo que es conveniente para él. Esa y no otra es su fuente.
Quilón de Lacedemonia, enviado a Corinto para negociar un tratado, encontró a los
jueces y ancianos del pueblo practicando juegos de azar. También el rey de los partos
dio al rey Demetrio unos dados de oro para reprocharle su infantil ligereza. Con este
regalo quedó desautorizada aquella adolescencia senil que ni en la majestad de la
realeza temía cometer frivolidades.
Ahora, por el contrario, se considera que los nobles son cultos, si conocen el arte de la
caza, si han sido instruidos —lo que todavía es más nocivo— en los juegos de azar, si
3
Catón, el Censor.
4
Lucano, o. c. II 383.
debilitan el vigor de la propia Naturaleza con cadencias de voz afeminada y si,
renunciando a su virilidad con cantos e instrumentos músicos, olvidan la alcurnia de su
nacimiento. Esta desgracia se propaga de padres a hijos. Porque ¿qué va a hacer un hijo
sino lo que ve hacer a su padre?
Si el nocivo juego atrae al anciano,
también jugará su heredero con título,
y con el cubilete de los dados
ejercerá el mismo oficio5
La edad no madura tenía que haber sido preservada con más esfuerzo de los placeres
libidinosos, padres de los vicios, y haberse tomado más diligentes medidas para que los
adultos no hiciesen nada licencioso en su presencia, pues, como afirma el mismo autor
satírico,
más deprisa y con más fuerza
nos corrompen los ejemplos viciosos del hogar,
pues penetran en las almas
con poderosos incitadores6.
Cuando Eleazar fue incitado, para salvar su vida, a transgredir la ley del Señor, se
resistió de forma admirable, aduciendo el peligro que suponía su ejemplo: «¿Quién soy
yo, Eleazar, con mis noventa años, para adoptar la vida de los extranjeros y engañar a la
juventud religiosa?»7. Por eso nacen hoy de los adultos herederos degenerados que
deshonran su virilidad con afeminados vicios.
5
Juvenal, o. c. XIV 4-5.
6
Ib. 31-33
7
2 Mac 6, 24-25.