Valiosa para mí 2
Sophie Saint Rose
Índice
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Capítulo 1
Vienna puso el cuenco de puré de patata sobre la mesa
y Rose hizo una mueca porque estaba lleno de grumos. —
¿Qué?
—Nada, está muy bien —dijo como si nada cogiendo
el cuenco y sirviendo a Marc que mantenía el pico cerrado.
Gimió sentándose. —La cocina también se me da fatal.
—Venga, no todos podemos cocinar como Marmara —
dijo su hermano intentando animarla—. Por cierto, ¿ha
quedado algo de su lasaña? —Vienna le fulminó con la
mirada. —¿No? No pasa nada. Este puré con pollo tostadito
me vale.
Mosqueada miró el pollo calcinado y gruñó.
—No sé por qué te empeñas en amargarte la vida —
dijo su cuñada—. Tienes dinero de sobra para contratar a
alguien que haga todo lo que tú quieras.
—No sirvo para nada.
—No digas tonterías —dijo Marc asombrado—. Eres
única en tu especie, nadie tiene tu don y no me gusta que
pienses esas cosas.
Rose apoyó los codos sobre la mesa. —Lo que pasa es
que estás algo desubicada. Estás rodeada de familias y aunque
vives con nosotros te sientes sola. ¿Por qué no llamas a
Duncan y le pides una cita? —preguntó maliciosa.
—Muy graciosa.
—Es el único de los nuestros que está soltero —dijo
Marc sonriendo —. Y sé que le gustas.
Se sonrojó porque también se había dado cuenta, pero
ella nunca había sentido lo mismo por él. —Vaya —dijo Marc
antes de meterse el puré en la boca.
Vio como ponía buena cara, aunque bebió de su
cerveza a toda prisa. —Muy bueno.
—Está salado, ¿eh?
—Un poquito —dijo Rose comiendo como si nada
para asombro de los demás—. ¿Qué? Estoy preñada y me
comería una vaca.
La pequeña Rossie protestó desde su trona y alargó los
brazos hacia su padre. —Preciosa, estamos comiendo. —Marc
miró el reloj de la cocina—. Y tengo que darme prisa. Voy a ir
a ayudar a Gillean con el ganado.
—Parece que te gusta —dijo Vienna apartando uno de
sus mechones pelirrojos del hombro.
—Es un trabajo duro.
—Uy, mi rudo vaquero —dijo Rose comiéndoselo con
los ojos.
Marc sonrió. —Preciosa, esa siesta en la que estás
pensando tendremos que dejarla para otro día.
—Tú te lo pierdes.
Vienna viendo lo bien que estaba su hermano con Rose
sintió algo de envidia y su hermano la miró a los ojos
avergonzándola aún más, porque era evidente que había leído
sus pensamientos. —Es envidia sana.
Marc sonrió. —Lo sé.
—Chica, es normal. Tienes que salir más para ver si
encuentras un tipo que te guste. Aquí encerrada no vendrán a
buscarte, ¿sabes?
Exasperada la fulminó con sus ojos azules. —¿Y lo
dices tú que te has juntado con un hombre al que conoces de
toda la vida y con el que estuviste encerrada años bajo tierra?
Rose se sonrojó masticando. —¿Estás insinuando que
no tenía opciones?
—Pues no muchas.
Rose jadeó.
—Haya paz —dijo Marc divertido.
—Oye guapa, que cuando salí los tenía a puñados.
—¿De veras? —preguntó Marc mosqueado.
—Pero no me valía ninguno, cielo. Solo tú.
Vienna sonrió irónica. —Claro, porque te lo dijo Nigel.
—¡No fue solo por eso!
—Ya, claro.
—Oye maja, ¿buscas camorra?
—¿Me romperás algo? —preguntó con burla.
—Muy graciosa.
La niña chilló y su padre la miró antes de volver la
vista hacia la ventana que señalaba. —Viene alguien.
Las dos se levantaron y fueron hacia la ventana para
ver que un coche negro se acercaba. Ambas perdieron el color
de la cara en el acto y Rose asustada miró a Marc. —¿Cielo?
—Tranquilas… —dijo mirando fijamente el coche—.
Son del FBI. No piensan en nada de lo que nos ocurrió, no
tienen nada que ver.
Vienna suspiró del alivio. No podía evitar sentir miedo
pensando que en cualquier momento perderían la vida que
tenían ahora y ese miedo seguramente no se iría nunca.
Su hermano acarició su hombro. —Están buscando a
alguien muy peligroso y preguntan por los alrededores.
—¿Peligroso? —preguntó Rose relajándose mientras
frenaban frente a la casa—. ¿Qué ha hecho?
—Ha matado a su familia.
—Dios mío… —Rose inquieta fue a por la niña
cogiéndola en brazos y la besó en la sien. —¿Cómo alguien
puede hacer algo así?
Los gemelos seguían mirando por la ventana. —Mi
amor, sabes de sobra que el mundo está lleno de gente sin
corazón.
—O que están locos —dijo Vienna mientras las puertas
de ese coche se abrían mostrando a dos hombres. Sus ojos
fueron a parar al que salía del asiento del conductor que en
mangas de camisa se quitó las gafas de sol que llevaba
mirando la casa. Se tensó viendo como corría por un callejón
con el arma en la mano y llegaba hasta un hombre tirado en el
suelo. Le miró fríamente con sus ojos verdes apuntándole con
el arma y disparándole a la cabeza, lo que la sobresaltó.
Marc la miró a los ojos y su hermano que había leído
sus pensamientos cogió su mano. —Veamos qué es lo que nos
preguntan.
—No podemos mentir —susurró asustada.
—Tranquila, sabremos esquivar las preguntas que no
nos convienen.
Escucharon como subían los escalones del porche y
llamaban a la puerta. Marc soltó su mano y fue hasta el hall.
Rose la advirtió con la mirada siguiéndole con la niña. Respiró
hondo y se acercó a la puerta de la cocina para ver como su
hermano abría para mostrar a un hombre de unos cincuenta
años que enseñaba su identificación en una cartera. —Soy el
agente especial Marvin Potter y él es mi compañero Gregory
Finkel. Sentimos interrumpir, ¿pero podemos hacerles unas
preguntas?
—¿Ocurre algo?
—¿Podemos pasar?
—Sí, por supuesto —dijo Rose sonriendo—. Pasen al
salón, por favor.
Marc les dejó pasar y el agente Potter pasó a su lado.
—Gracias.
—¿Quieren beber algo? Hace calor, ¿no? ¿Una
cervecita?
El otro agente entró en la casa y miró hacia Vienna
antes de seguirles. Su corazón se aceleró mirando su cabello
negro pulcramente cortado antes de que sus ojos azules
recorrieran cada uno de los rasgos de su rostro. Sin aliento vio
como miraba el hall disimuladamente, entonces su mirada
regresó a ella y sus ojos se encontraron. Fue como si el suelo
temblara bajo sus pies y se alojó en su pecho un anhelo, una
necesidad, que jamás había sentido hasta ese momento.
Avergonzada agachó su rostro a toda prisa.
—Un poco de agua bastará, gracias —respondió él con
voz grave.
Vienna separó los labios de la impresión por cómo se
aceleró aún más su corazón.
—Ahora se la llevo —dijo su cuñada. Le puso a
Vienna la niña en brazos—. Deja de parecer culpable —
susurró por lo bajo antes de entrar en la cocina.
Cogió los vasos con una jarra de agua y lo puso todo
en una bandeja. Cuando llegó a su lado dijo entre dientes —
Mueve el culo.
Tomando aire caminó con su sobrina en brazos hasta el
salón donde Marc se sentaba en el sillón y preguntaba —¿Qué
podemos hacer por ustedes?
—¿Llevan mucho viviendo aquí? —preguntó ese
hombre tan inquietante sin dejar de observarla.
—Poco tiempo —dijo Rose—. Apenas seis meses.
—¿Se han trasladado por trabajo?
—Unos amigos viven aquí y nos pareció un lugar
magnífico para criar a nuestras hijas. —Rose se sentó en el
brazo del sillón de Marc y ella no tuvo más remedio que
sentarse en el otro sillón ante él, que la miró fijamente a los
ojos.
—Y ella es su hermana —dijo el agente Finkel sin
dejar de mirarla.
—Sí, vive con nosotros.
—¿Su nombre es?
—Vienna —contestó —. Vienna Müller.
Él asintió apuntando su nombre en la libreta mientras
su compañero preguntaba —¿Les importaría decirnos sus
nombres? Es para nuestras notas. Estamos hablando con
mucha gente y hay ciertos detalles que después de unos días se
pueden olvidar.
—Sí, por supuesto. Marc Müller y Rose Preston.
El moreno preguntó —¿No están casados?
Rose sonrió. —Nos casaremos después de dar a luz. Ya
queda poco, estoy de veintinueve semanas. Pero en cuanto se
me quite el bombo allá que vamos. Está hablado con el cura y
todo, que nos tiene unas ganas…
—¿Y por qué no se casaron antes?
Marc se tensó. —¿Y eso es importante por…?
El otro agente sonrió forzadamente. —No, realmente
no importa. Así que llevan poco viviendo aquí, ¿conocen a
mucha gente?
—Oh, sí que conocemos gente —dijo Rose afable—.
Nuestra amiga Marmara nos ha presentado a todo el pueblo.
Hicieron una barbacoa para presentarnos, ¿saben?
—¿Y se relacionan con ellos? —preguntó el agente
Finkel sin dejar de mirar a Vienna, lo que cada vez la ponía
más nerviosa.
—Bueno, cada uno tiene su vida, pero nos vemos los
domingos en misa y en la cafetería —dijo Marc—. Es como
nuestro lugar de encuentro, ¿sabe? —Rio. —En realidad es el
lugar de encuentro de todo el pueblo.
—Entiendo. ¿De dónde vienen?
—De Nueva York —contestó Marc confundido—.
Oiga, ¿qué ocurre? ¿Hemos hecho algo malo?
—No, claro que no —dijo su compañero—. Estamos
buscando a alguien.
—¿Y quién es? —preguntó Marc.
—Es Perry Holsen. ¿Le conocen? —El agente Potter
puso su foto sobre la mesa. En ella estaba rodeado de su
familia. Vienna la miró de reojo y al ver a la niñita de ricitos
rubios se tensó. Una gota de sangre cayó sobre la foto
manchando su rostro y escuchó gritos que la hicieron
palidecer.
—¿Le conoce?
Se sobresaltó mirando al agente Finkel a los ojos. —
No, no le conozco, lo siento.
—Nosotros tampoco le conocemos, ¿es del pueblo? —
preguntó su hermano—. No me suena la cara, ni la de ellas
tampoco.
—Vive a veinte kilómetros de aquí, en una granja. Ha
matado a toda su familia.
—Oh, Dios mío… —dijo Rose.
—Creemos que está por los alrededores.
—¿De veras? Cielo, hay que cerrar la puerta.
—Tranquila, preciosa. —Miró de reojo a su hermana y
al ver que miraba de nuevo la foto Marc la cogió de encima de
la mesa poniéndola boca abajo. —Por favor guarde esto, está
poniendo nerviosa a mi familia. No conocemos a este hombre
y no tenemos nada que ver con esto.
—Sentimos haberles molestado —dijo el agente Potter
cogiendo la foto.
Gregory se levantó y dejó una tarjeta sobre la mesa de
centro. —Vienna, si se entera de algo puede llamarme cuando
quiera. —Se le cortó el aliento elevando la vista hasta sus ojos.
—A cualquier hora.
—Gracias por su ayuda —dijo su compañero pasando
ante ella—. Greg…
—Que pase un buen día, Vienna.
Sin aliento vio cómo iba hacia la puerta y le daba la
mano a Marc que dijo a toda prisa —Que tengan suerte.
—La tendremos, siempre encuentro lo que busco por
mucho que intenten ocultarlo.
—No esperaba menos de las fuerzas del orden —dijo
su hermano afable.
Este asintió antes de salir de la casa. Sin moverse del
sitio observó como su hermano se despedía con la mano y
después de unos segundos cerró la puerta para mirarla a los
ojos. —Joder, Vienna…
Se apretó las manos nerviosa. —Lo siento.
—Piensa que ocultas algo.
—¿Y qué? —Rose se sentó en el sofá con la niña. —
La mitad de los americanos ocultan algo. ¡Y somos libres!
—No queremos que los de por aquí sepan cómo
somos. Si nos vinimos es para tener una vida normal.
Rose apretó los labios mirándola. —¿Qué ha pensado
ese tipo exactamente?
—Bueno, al principio pensó en que estaba muy buena.
—¿De veras? —preguntó sonrojándose de gusto.
—Uy, uy que a esta le gusta el poli.
—No es un poli, es del FBI.
—Es lo mismo —dijo como si fuera tonta.
Gruñó por dentro antes de volverse hacia su hermano.
—¿Qué más?
—Luego pensó que estabas muy callada, demasiado.
Creyó que eras tímida, pero cuando rehuiste su mirada
sospechó porque fue cuando sacaron la foto. Y mientras ponía
la tarjeta sobre la mesa pensó en que ojalá le llamaras porque
le daba que había mucho que rascar. Y por último cuando se
largaba pensó en investigarnos a todos a ver de dónde
sacábamos la pasta, que por la casa que teníamos era mucha.
—Mierda. —Rose la fulminó con la mirada. —¿Ves lo
que pasa por ir de tímida por la vida?
—¡Esto ya lo hemos hablado! ¡El dinero nos lo dio el
gobierno! ¡Eso es fácil de averiguar para él! ¡Si nos pregunta
es una indemnización, ya está!
—¿Una indemnización por qué?
—¡No tiene por qué saber eso, tenemos nuestros
derechos y forma parte de nuestra intimidad! ¡Nadie nos puede
interrogar al respecto, es dinero legal!
Rose tomó aire por la nariz. —Como se le vaya la
lengua, la gente del pueblo podría pensar mil cosas.
Marc se pasó la mano por su pelo pelirrojo. —Eso me
temo. Debemos hacer que se larguen lo antes posible. Voy a
llamar a Marmara.
—Ya estoy aquí —dijo saliendo de la cocina con una
manzana en la mano—. Cielo, ese pollo tiene muy mala pinta.
¿Necesitas otra lección?
—Necesito mil. ¿Te has enterado?
—Me ha llamado Robert. Se enteró por el sheriff de
Sunhill de lo que había pasado, pero hasta hace una hora no se
presentó un coche del FBI buscando al sospechoso. Aunque al
parecer había otro coche husmeando por ahí.
—Acaban de pasar y sospechan de nosotros.
Marmara apretó los labios antes de darle un buen
mordisco a la manzana y masticar pensativa. —Es evidente
que Marc tiene razón y debemos librarnos de ellos. ¿Vienna?
—El moreno tiene algo que ocultar, mató a un hombre
a sangre fría.
—Siempre tan útil, amiga. ¿Algo más?
—Ese tipo, el de la foto, está cerca, le he sentido.
—Bueno, debemos encontrarle lo más pronto posible.
—¿Te han enseñado la foto para que puedas
localizarle?
—Nosotros todavía no hemos recibido su visita, pero
seguro que ya sale su rostro en internet. Busquemos a ese
cerdo.
Capítulo 2
Minutos después Marmara miraba la foto de busca y
captura de ese cabrito en la pantalla del ordenador. —Bueno,
será un buen tanto para Robert en su nuevo puesto. —Miró a
Marc. —Llámale, que salga de la oficina del sheriff a patrullar.
Se lo llevaré al cruce del rancho.
—¿Estás segura? Es un asesino y estás embarazada.
—Uy, sí… Le prometí a mi hombre que iría siempre
armada. Marc busca algo, ¿quieres? De hierro y contundente,
no hay nada mejor que un golpe en la cabeza para que no se
pongan tontos.
—Entendido.
Marmara se volvió y miró a sus amigas con una
sonrisa. —¿Cómo va todo?
—Agárrate, a esta le gusta el moreno. El poli.
La miró asombrada mientras se ponía como un tomate.
—¿El asesino?
—Bueno, no sabemos muy bien lo que pasó con ese.
—Se lo cargó.
—Sí, pero igual era un mal hombre.
Su cuñada soltó una risita. —Uy, que ya lo está
decorando…
Fulminó a Rose con la mirada. —¡No le defiendo, pero
no lo sé todo!
—Mejor fíjate en Duncan que te irá mejor.
—¡Está en Nueva York y no me gusta!
Marmara se cruzó de brazos. —No sería mala esposa
para alguien que defienda la ley, podría ayudarle en su trabajo.
Rose entrecerró los ojos. —Sí… ¿Pero a los del FBI no
los trasladan de un lado a otro?
—¡Si ni sé si está casado! ¡Dejadme en paz!
Marc llegó con una barra de uñas en la mano.
—Uy, mi arma favorita. ¿Le has llamado?
—Va de camino.
—Seguimos hablando luego, chicas. Tengo curro y una
tarta en el horno.
Desapareció y Marc sonrió. —Solucionado.
—¿Eso crees? —preguntó Rose—. Me da que ese tipo
no es de los que se quedan con la duda. Va a husmear, te lo
digo yo, y más cuando Robert aparezca con ese tipo salido de
la nada.
—Ya se le ocurrirá algo. Como que se lo encontró
caminando por ahí y se puso tonto. Que tuvo que pegarle en la
cabeza. Bah, los del FBI tendrán otro caso en otro sitio y se
largarán.
Sin poder evitarlo se sintió decepcionada por no volver
a verle y su hermano la miró. —¿Quieres conocerle mejor?
—Ni hablar —dijo muerta de la vergüenza.
—Esta canta toda su vida en la primera cita.
—¿Quieres dejar de meterte conmigo?
La miró asombrada. —¡Aquí no hay otra cosa que
hacer!
—Pues búscate un hobby.
Miró a su prometido. —Sí, voy a tener que buscar algo
porque la vida de campo es demasiado tranquila para mí. —
Miró a su niña. —Esta es tan buena que casi no da trabajo.
—Preciosa, que viene otra.
De repente Garret, el hijo de Marmara, apareció en el
sofá con un cubo de plástico y chilló mirando a Rossie.
Marc puso los ojos en blanco. —Voy a llamar a Gillean
para decirle que está aquí. Estará como loco buscándole.
Vienna soltó una risita y se acercó a él. —¿Te aburrías?
—Menos mal que no ha ido a la cafetería —dijo Rose
—. Sería todo un show.
—En cuanto comprenda que no puede hacerlo a la
vista de todos no habrá problema
—¿Y eso cuándo será?
—No seas negativa. —Lo cogió y le sentó en la manta
de juegos de Rossie para entretenerle hasta que llegara su
padre.
Rose se la quedó mirando y cuando el niño rio dijo —
Serás una madre increíble.
Sorprendida miró sus ojos castaños. —¿Eso crees?
—Se te dan muy bien los niños.
—No, qué va.
—Seguro que si ha venido es por ti, porque siempre
juegas con él.
Miró la carita de Garret. —Es precioso, ¿no crees?
—Te mueres por tener uno solo para ti.
Sonrió. —Sí.
—Pues chica, tírate al poli y listo. Cuando se vaya
adiós muy buenas.
Se le cortó el aliento mirando a su cuñada. —No podría
hacer eso.
—Claro que sí, ¿no lo hice yo?
—Te he oído —dijo Marc mosqueado.
Rose se sonrojó. —Era una orden, cielo.
—Ya, claro.
Dejó a la niña en el suelo y esta caminó torpemente
hasta Garret sentándose a su lado. —Mira, si te gusta el poli
más que Duncan, que no lo entiendo, pues inténtalo. Y si no
funciona al menos tendrás un recuerdo para toda la vida.
—¿Y que meta la pata y nos exponga a todos?
—¡Somos libres! ¡Si se entera, el senador ya le cerrará
la boca! ¡Que a todo le poneis pegas, leche!
Marc entrecerró los ojos. —Sí, el senador nos echaría
una mano con él.
—Claro que sí. —Miró a Vienna. —No te vas a quedar
sola toda la vida y si con él no funciona, que seguramente no
funcionará porque somos un poco raritos con esto de las
parejas, tendrás que probar con otro.
Marmara apareció sonriendo. —Ya está. He sacado la
tarta del horno y… —Miró asombrada a su hijo. —¿Qué haces
tú aquí?
—Se ha pegado un viajecito —dijo Marc divertido por
su cara.
—Mierda.
—Tu marido ya viene de camino —dijo Vienna—.
¿Crees que puedo tener citas?
—¿Con el poli? —Vienna asintió. —No sé, dímelo tú.
¿Ves algo que nos pueda perjudicar?
—Si les hemos ayudado a encontrar a ese, es porque
les queremos lejos para que no haga preguntas sobre nosotros.
Porque sospecha, ¿se os ha olvidado? —dijo Marc asombrado.
—Está tan bueno que sí que se nos ha olvidado. —
Rose soltó una risita por como su hombre la miraba. —Es muy
celoso —les explicó a sus amigas—. Y me encanta.
Marmara se sentó en el sofá. —Es cierto que tener a
alguien haciendo preguntas sobre nosotros no nos beneficia,
pero si te gusta mucho…
Se puso como un tomate. —Yo no he dicho eso.
—¿Te gusta o no? —preguntó directamente mirándola
a los ojos.
Miró de reojo a su hermano que levantó las manos al
techo como si pidiera ayuda. —¡Estupendo!
—¿Vienna? No me has contestado, aunque por la cara
de tu hermano me lo imagino.
—Sí, creo que me gusta. Nunca me había pasado esto,
así que no sé…
—¿Qué has sentido?
—Al principio miedo porque estuvieran aquí. Después
cuando tuve la visión y vi lo del tiro a ese tipo me asusté más,
pero cuando me miró a los ojos… No sé, fue como si mi
corazón se alegrara. Se me aceleró.
Rose y Vienna sonrieron. —Te gusta, cielo.
—Sí, ¿verdad? —Se mordió su grueso labio inferior.
—Y le parezco guapa.
—¿De veras? —preguntó Marmara encantada.
—Yo le digo que le pida una cita —dijo Rose.
—¿Pero estamos locos o qué? —preguntó su hermano.
Se escuchó un frenazo—. Ahí está tu marido, a ver si os hace
entrar en razón.
Gillean entró en casa como una tromba y suspiró del
alivio al ver a su hijo jugando tranquilamente. —Gracias a
Dios.
—Cielo, ¿no tenías que entretenerlo? —preguntó su
esposa levantándose del sofá mosqueada.
—Nena, me llamó uno de los vaqueros y… —
Entrecerró los ojos. —¿No ibas a la cafetería?
Todos la miraron asombrados. —¿Qué? ¡Si se lo decía
se iba a preocupar!
Su marido dio un paso hacia ella. —Uy, uy… Que me
da que me has mentido y me estoy mosqueando.
Gimió. —Ha habido un problemilla que he tenido que
solucionar.
—¿Qué tipo de problemilla?
—Uno que ha matado a su familia y le estaban
buscando. ¡Pero ya le han cogido! Bueno, lo he cogido yo,
pero Robert…
—¿Tú? —gritó sobresaltándola. Él intentó controlarse
respirando hondo—. Nena, solo voy a hacerte una pregunta y
ni se te ocurra mentirme, ¿te has transportado para cazar a un
asesino?
—Sí.
—La madre que me… —Fulminó a los demás con la
mirada. —¡Está embarazada!
—Ya, pero ni se le nota —dijo Rose—. Además, es la
única de nosotros que puede moverse libremente y
solucionarlo en un minuto. Llamar a otro sería una tontería.
—Nena, súbete a la camioneta.
—Espera, que tenemos un dilema. —Él parpadeó
viendo cómo se sentaba de nuevo. —Aquí mi amiga se ha
colado por uno de los del FBI de los que nos intentábamos
librar para que no cotillearan por el pueblo. ¿Qué opinas?
¿Puede llamarle para pedirle una cita?
—¿Es que estamos locos o qué?
Marc suspiró. —Menos mal que has dicho eso porque
ellas están emperradas en que se la pida.
Miró pasmado a su esposa. —¡Ah, que tú la apoyas!
—Bueno, le gusta. Y ya sabes lo difícil que es que nos
guste alguien.
—No puede mentir —dijo entre dientes.
—Ya, pero sabe desviar el tema.
—¿Y qué va a decir cuando le pregunte qué hacía en
Nueva York?
Todos miraron hacia Vienna que entrecerró los ojos. Se
empezó a poner roja del esfuerzo y Rose parpadeó. —Cielo,
¿te estás cagando?
—¡No tiene gracia! —Gimió dejándose caer en el
suelo. —Leche, qué difícil es mentir.
—¿Ves? —Gillean dio un paso hacia su mujer. —No
podría y ese es agente de la ley.
—Ya, pero el senador nos echaría una mano si se le va
la lengua —dijo Rose.
—¿Y a quien se lo cuente? Bastante suerte tenemos
con que Claudia y los demás no abran la boca.
—Eso es cierto —dijo Marc preocupado—. Ya es un
logro que Sheldon no haya dicho nada sobre nuestros dones.
Marmara sabía que tenían razón, pero le daba pena que
para una vez que le gustaba uno… —¿Y si dice la verdad?
La miraron como si estuviera loca. —Vamos, tiene
visiones, no es para tanto. ¿Cuántas pitonisas hay por ahí?
Ella levantó la cabeza. —¡Qué no soy pitonisa!
—Pero tienes visiones. Si se lo dices pensará que eres
un poco rara, pero que no es para tanto. A no ser que se te
vaya la lengua con los demás, claro, entonces todo se iría al
traste, pero si hablas solo de ti…
Miró a los demás esperanzada. —Y si le digo que no
cuente nada, que no quiero ni tener mis visiones, igual cuela.
Gillean dio un paso hacia ella. —¿Y si te pregunta
sobre tu vida pasada?
—Diré que estaba en un centro.
—¿Un psiquiátrico? —preguntó Rose divertida.
—¡Un centro de aprendizaje!
—No, eso no puedes decirlo porque terminaría tirando
del hilo —dijo su hermano. Sus ojos brillaron—. Puedes decir
que trabajabas en un colegio de niños especiales. Al fin y al
cabo trabajaba en el búnker y había niños especiales, ¿no?
—Sí —dijo ilusionada.
—¿Y si profundiza sobre tu trabajo? —preguntó
Gillean mosqueado.
—Desarrollaba habilidades. No tengo que decir que
eran las mías.
—¿Dónde estudiaste?
—Mierda.
—¿Ves? ¡En una relación se cuentan cosas!
—Pero cuando se cuelgue por ella se lo puede decir —
dijo Marmara—. Tú lo aceptaste.
Él gruñó mirando al niño. —Sí nena, lo acepté.
—Oye, que lo has dicho como si te arrepintieras —dijo
indignada.
Sonrió divertido. —Eso no, preciosa. Doy gracias
todos los días por tenerte a mi lado.
Se sonrojó de gusto. —Ah, pensaba…
—Bueno, ¿le vas a llamar o no? —preguntó Rose.
Miró la tarjeta sobre la mesa. —¿Debería? ¿No debería
esperar a que me llamara él?
Las chicas se miraron. —Cielo, igual se va —dijo
Marmara—. Si quieres una cita tienes que ser rápida.
—Es cierto. —Se levantó y cogió la tarjeta. Cogió su
móvil de encima de la mesa y empezó a marcar, pero antes de
terminar el número gimió.
—Esta se raja —dijo Rose por lo bajo.
—Venga, no te cortes —dijo Marmara ansiosa.
—¡Eso lo dices tú que tuviste citas antes de Gillean!
¡Pero para mí es la primera vez! ¡Y para todos los demás fue
muy fácil, os conocíais!
—En eso tiene razón —dijo su cuñada.
Dejó el teléfono sobre la mesa. —Mejor espero que me
llame él, que no quiero parecer una descarada.
—Bueno, pues asunto solucionado de momento —dijo
Gillean sonriendo—. Nena, ¿nos vamos?
—Este piensa que no lo vas a hacer —dijo Rose
mosqueada—. Demuéstrale que puedes, tonta.
—¡Sí que puedo! —Se agachó para coger el teléfono
mientras Gillean fulminaba a Rose con la mirada y esta
sonreía con descaro. Vienna se puso el teléfono al oído. —
¿Agente Finkel? —Marmara dejó caer la mandíbula del
asombro. —Soy Vienna Müller. ¿Sabe si ese hombre…? Oh,
que ya le han cogido… Que bien, ¿no? —Gimió por dentro
porque no le salían las palabras. —Pues adiós.
—¿Qué has hecho? —gritaron las chicas a la vez.
—¡No lo sé, me he puesto nerviosa! —gritó de los
nervios. En ese momento sonó su móvil y todos retuvieron el
aliento—. Es él.
—¡Contesta!
—Mierda —dijo Gillean por lo bajo.
Fulminándole con la mirada pulsó el botón verde. —
¿Sí?
—Pon el manos libres —dijo Rose por lo bajo.
Con lo nerviosa que estaba ni supo cómo lo hizo. —
¿Qué ibas a decirme del detenido?
—Oh, me preguntaba… —Marmara le hizo un gesto
con la cabeza para que continuara. —Si tenía una camioneta
roja.
—No, ¿por qué?
Mierda. —Porque sí.
—¿Porque sí qué?
—¿Por qué no iba a tenerla?
—Porque no la tiene.
—Ah… —Suspiró del alivio. —Bueno, adiós.
Colgó a toda prisa y todos la miraron con los ojos
como platos. —Sí, esto es complicadísimo.
—¡Lo sabía! —exclamó Gillean.
—Mejor me dejo de líos que estoy sudando y todo.
El teléfono volvió a sonar. —Eso es que le interesas —
dijo Rose.
—¿Tú crees?
—Vamos, contesta.
Pulsó el botón. —¿Sí?
—Todavía no me ha quedado claro lo de la camioneta.
—¡Déjate de camionetas! ¿Quieres una cita o no? —
chilló de los nervios. Se tapó la boca cuando se dio cuenta de
lo que había dicho y al ver que él no contestaba retuvo el
aliento.
—¿Una cita? —Su tono de voz había cambiado y
parecía que sonreía. —Bueno, yo soy muy exigente con las
que salgo, ¿sabes?
Apartó la mano. ¿Y eso qué significaba? —¿A qué te
refieres?
Dejó de oírse ruido como si se hubiera metido en una
habitación. —Hablo de follar, preciosa. De besar, sudar, lamer
y hacer que te corras toda la noche. —Se quedó con la boca
abierta. —Soy de hacerlo tres o cuatro veces, luego no quiero
quejas.
Se puso como un tomate colgando a toda prisa y gritó
—¡Es un pervertido!
—¡No! —dijeron ellas.
Marc jadeó. —¡Cómo que no!
Rose le fulminó con la mirada. —¡A mí me ha puesto a
mil, y es lo que pretendía!
—¿Qué te ha puesto a mil?
—Ya verás cuando te pille en la siesta.
—Ya te he dicho que tengo que ir…
Le miró como si quisiera soltarle cuatro gritos. —Más
te vale que haya siesta.
—¿Cariño? —preguntó Marmara.
Él rio por lo bajo. —La está poniendo a prueba.
—¿Por?
—La ha visto muy tímida y quiere ver si es capaz de
soltarse un poco. No llamará, ahora esperará a que lo hagas tú.
A este tío le gustan liberales, abiertas sexualmente, para
divertirse aquí y allá. Es un tío al que no le gusta perder el
tiempo porque su trabajo le lleva de un lado a otro y no va a
tener citas eternas para luego no comerse una rosca. Estoy
seguro de que este sistema le va de miedo porque es atractivo,
supongo. —Rose y Vienna asintieron vehementes. —Por aquí
encontrará a unas cuantas que le dirán que sí sin dudar. Si lo
que quieres es eso, llámale, puede que captes su interés para
un tiempo si se queda por los alrededores. Pero si quieres algo
serio… No creo que sea un hombre que esté sin sexo más de
dos semanas.
Dejó caer los hombros decepcionada y Rose dijo —
Bueno, si quieres un hijo es perfecto.
Marc puso los ojos en blanco. —Mujer, no le metas
ideas en la cabeza. Mira Rachael, madre soltera y a veces se
tira de los pelos.
—Igual se enamora de ti —dijo Marmara—. ¿No ves
nada del futuro?
Negó con la cabeza. —No.
—Eso es porque aún no te has decidido.
—No te precipites, hermana. Si le gustas terminará
llamando él.
—Habló el experto —dijo Rose—. ¡Si tuve que
despelotarme para que te dieras cuenta de que quería sexo!
Marc se puso como un tomate. —Mujer esas cosas no
se cuentan.
—Estamos en familia.
Todos miraron a Vienna que negó con la cabeza. —No
estoy preparada para él. —Sus ojos se llenaron de lágrimas. —
Ni para él ni para nadie. —Echó a correr saliendo del salón y
escucharon como subía las escaleras sollozando. Se quedaron
sin aliento al escuchar el portazo.
—¿La he forzado demasiado? —preguntó Rose
preocupada.
—No, cielo. Le gusta.
Gillean apretó los labios. —Joder, si tuviera a Nigel
delante le estrangularía con mis propias manos. No es capaz de
relacionarse con normalidad.
—Sí, igual este que tiene las ideas tan claras es
demasiado para ella —dijo Marmara—. No abriría la boca en
toda la noche. Igual si se conocieran poco a poco…
—Se largará mañana como mucho —dijo su marido.
Marc miró hacia arriba. —Está hecha polvo. Al pedirle
la cita se hizo ilusiones.
Las chicas se levantaron. —Vamos a hablar con ella.
En ese momento el móvil se puso a sonar y todos
retuvieron el aliento.
—¿Es él? —gritó desde arriba antes de correr hacia la
escalera—. ¿Es él? —Entró en el salón como una exhalación y
corrió hacia el móvil. —Es él —dijo impresionada.
Gillean sonrió. —Eso es que le interesas.
—Sí, ¿verdad? —preguntó ilusionada.
—Pero ahora ponle tú las exigencias —dijo Rose a
toda prisa.
Descolgó. —¿Sí?
—¿Se ha cortado? Por aquí no hay muy buena
cobertura.
Sonrió por la excusa. —Yo tengo todas las rayitas.
—Seré yo. Bueno, ¿sí o no?
—¿Sí o no qué?
—¿Quieres una cita?
—Oh, ¿me pides una cita? —Las chicas sonrieron
elevando los pulgares. —No sé, yo soy muy exigente con mis
citas.
—¿De veras?
—Sí, quiero que me inviten a cenar a un lugar
romántico, que sean educados y me dejen en casa a las doce.
—Joder nena, ¿tenemos quince años?
—¡Tú eres un listo! —gritó dejándolas pasmadas—.
Así que quiero sexo porque me voy mañana y adiós muy
buenas, ¿no? ¡Pues conmigo no! —Colgó y sonrió de oreja a
oreja. —Qué bien me siento. Como viva, ¿sabéis?
Todas asintieron. —Ajá…
Los chicos se echaron a reír chocándose la mano. —
Muy bien, hermana. Que no piense que eres tonta.
—¿Lo he hecho bien?
—Perfecto —contestó Gillean—. Es la hora de la
verdad. Si llama es que le gustas mucho.
Cuando el teléfono sonó casi chilla de la alegría, pero
intentó ponerse seria para decir —¿Sí?
—Te recojo a las seis y media.
—Bien —dijo remilgada antes de colgar.
Las chicas chillaron de la alegría y la abrazaron. —
Muy bien, eres una campeona —dijo Rose admirada—. Me
has sorprendido.
—Tu primera cita —dijo Marmara emocionada—.
¿Qué te vas a poner?
—Pues no sé —respondió muy excitada—. ¿El vestido
rosa?
—No, decántate más por el rojo —dijo Rose—. Que
sufra.
Entrecerró los ojos. —Sí, tengo que captar su interés.
—Sonrió a su hermano. —Lo conseguí.
—Y me alegro mucho.
Loca de contenta soltó una risita. —Uy, me voy al
pueblo a comprarme ropa interior por si me mete mano.
—Vamos contigo.
Marc y Gillean las vieron correr hasta la puerta. —¿Por
si le mete mano? —preguntó su gemelo mosqueado.
Gillean carraspeó. —Bueno, algo de mano…
—¿Con mi hermana?
Los niños se pusieron a llorar y Gillean miró a su hijo.
—No… No se llora. Mamá viene ahora. —Garret entrecerró
los ojos con rebeldía. —Hablo en serio, no puedes ir con ella.
Tú a jugar con Rossie que…
El niño desapareció y bufó sacando su móvil. —
Joder…
Marc hizo una mueca. —Está con ellas, no pasa nada.
—¿Y cuando vaya al colegio qué hacemos? —Se puso
el teléfono al oído. —¿Está contigo? —Suspiró del alivio. —
Sí, nena… No ha funcionado ponerme serio. Hablaremos en
casa.
Marc cogió a su hija en brazos que ahora al quedarse
sola lloraba más fuerte.
—Bueno, me voy que tengo trabajo.
—¿Y yo? —preguntó Marc.
—Tú de niñera. Te veo luego para la cena.
—Ah, ¿que nos vemos en la cena?
Le miró como si fuera idiota. —¡Es el cumpleaños de
Marmara! ¡Se ha pasado dos días cocinando para esta noche!
—Joder, ni la he felicitado.
—Más te vale que el regalo sea bueno —dijo entre
dientes.
Capítulo 3
Mirándose al espejo respiró hondo. El vestido rojo que
las chicas le habían comprado le quedaba como un guante,
pero se pegaba tanto que igual no estaba muy cómoda.
Incómodos serían los zapatos. Se los miró. Nunca se había
puesto tacones. Bueno, tendría que acostumbrarse porque tenía
que ponerse en circulación y los tacones hacían sus piernas
más bonitas. Asintió mirándose al espejo. Rose la había
maquillado y parecía otra, la verdad. Un poco de rímel por
aquí un poco de colorete por allá y parecía mucho más
sofisticada. Sí, le gustaba el resultado, parecía una de esas
mujeres de Nueva York que había visto cuando había salido
del búnker. ¿Demasiado para Donwhill? No, que viera que era
una mujer de mundo. Se echó su perfume nuevo y la puerta se
abrió. Rose silbó. —Estás que lo rompes, chica.
—¿Seguro?
—Estás preciosa.
Su hermano apareció tras ella y la miró pasmado.
Desde sus rizos sueltos y alborotados hasta sus zapatos. —
Hostia.
—¿Estoy bien? —preguntó insegura.
—Cielo, vete yendo a casa de Marmara que yo te sigo.
Tengo que pegarle un repaso a ese don Juan.
Rose soltó una risita. —Eso es que sí.
—Venga, tenéis que iros, no quiero que lleguéis tarde.
—Se acercó al paquete que tenía preparado desde hacía dos
semanas. —Y le dais esto de mi parte.
—¿Seguro que no quieres que nos quedemos? —
preguntó Marc—. A Marmara no le importará sobre todo si le
contamos las novedades.
—Que no. Tengo que aprender a apañármelas.
—Eso —dijo Rose—. Tú no le pases ni una y hazte la
interesante.
Sonrió porque ya le estaba cogiendo el tranquillo al
juego de la seducción. —Eso pienso hacer. Pasadlo bien.
Marc gruñó como si no le gustara un pelo tener que
irse. —Vete, pesado —le dijo mentalmente.
—A las doce en casa.
—Que sí…
Rose le guiñó un ojo antes de cerrar la puerta. Yendo
por el pasillo les escuchó decir —¿Has puesto nuestro regalo
en el coche?
—Sí, cielo. Y la bolsa de la niña.
—Eres un amor.
—Preciosa, ¿recuerdas que me has dejado sin siesta?
Rose se echó a reír mientras bajaba las escaleras y
Vienna sonrió. Quería una relación así y la iba a conseguir. Si
no era con Gregory sería un buen entrenamiento para el
siguiente. Hizo una mueca. —Eso si encuentras al siguiente.
Escuchó como el coche de su hermano se alejaba y
nerviosa cogió su bolso para bajar al salón. Miró su reloj de
oro y vio que quedaban cinco minutos para la hora. Eso la
puso más nerviosa. —Tranquila, respira. No pasa nada. Las
chicas de tu edad tienen citas continuamente. —Cuando llegó
abajo se sentó en el sofá, pero estaba tan inquieta que empezó
a caminar por la habitación.
A las siete menos cuarto empezó a mosquearse.
Llegaba tarde. Molesta se sentó en el sofá cruzándose de
brazos. ¿Habría pasado algo? ¿La habría avisado y no había
oído el teléfono? A toda prisa abrió su bolso para sacar el
móvil, pero no, ni una llamada. Lo que sí tenía era un mensaje
de su cuñada con un gif de una pareja dándose el lote como
locos y debajo ponía: “A por él”. Puso los ojos en blanco
metiendo el móvil en el bolso y al hacerlo vio que una mano
sacaba del bolsillo de su chaqueta del traje una navaja. Se le
cortó el aliento mientras en la imagen esa mano se acercaba a
una chica con una coleta rubia que estaba de espaldas
tarareando una canción mientras movía el trasero de un lado a
otro. Vio como la agarraba del cabello y la apuñalaba por la
espalda varias veces soltándola para que cayera al suelo. Vio
su cuchillo ensangrentado y como una gota de sangre caía de
él. Angustiada gimió llevándose la mano al cuello. La imagen
se agachó como si lo hiciera él y la agarró por la coleta tirando
de ella para arrastrarla por el suelo dejando un reguero de
sangre a su paso. —Preciosa —susurró su asesino
estremeciéndola de miedo.
El golpe en la puerta la sobresaltó y pálida miró hacia
el hall.
—¿Vienna? —preguntó Gregory bien alto—. ¿Estás
ahí? Joder.
El teléfono empezó a sonar e intentando reponerse se
levantó del sofá. —Sí, ya voy.
Fue hasta el hall y forzó una sonrisa. Abrió la puerta y
allí estaba con la misma ropa que llevaba por la mañana, lo
que demostraba que no se había preparado mucho para la cita
porque ni se había afeitado. Él la miró de arriba abajo. —
Nena, no sé si habrá por aquí un restaurante a la altura de ese
modelito. —Sonrió robándole el aliento. —Estás para comerte.
Se puso como un tomate. —Gracias, ¿nos vamos?
Llegas tarde.
—Ah, eres de esas que recrimina si llego tarde.
—¿Sabes lo que es un mensaje de móvil? Sirven para
decir, voy a llegar tarde no es un plantón.
—Si repetimos lo tendré en cuenta.
Gruñó yendo hacia el salón para coger el bolso y eso le
hizo recordar la visión. Apretó los labios porque lo que menos
necesitaba en ese momento era pensar en esas cosas. Tenía que
divertirse, era su primera cita y sus visiones no lo iban a
fastidiar. Sonrió yendo hacia la puerta y para su sorpresa él ya
estaba en el coche mirando su móvil. En las telenovelas no
pasaba eso. El hombre iba con ella hasta el coche e incluso le
abría la puerta. Uy, con este. Cerró con llave y bajó los
escalones del porche tranquilamente. Se quedó al lado del
coche y distraído miró hacia ella antes de mirar su móvil de
nuevo. Se cruzó de brazos. —¡Greg! —Él la miró asombrado.
—La puerta…
—¿La puerta qué?
—Ábrela.
—Nena, está abierta.
Bufó exasperada tirando de la palanca para abrirla. —
Todo un caballero.
Él la miró como si hubiera dicho un disparate. —
Preciosa, estamos en el siglo veintiuno. No queréis
caballerosidad ni nada de eso.
—Eso es mentira, nos gustan esos detalles. —Le miró
fastidiada. —Ni flores, bombones, ¿algo aparte de ese retraso?
—Joder, que me ha tocado la exigente —dijo por lo
bajo.
—¿Qué has dicho?
—Acabo de salir de trabajar.
—¿Vas a hablarme de trabajo?
—¿Estás de mal humor?
—No, ¿por qué habría de estarlo cuando eres tan
detallista?
—¿Ironía? —La miró asombrado. —No te pega nada.
—Si no me conoces. Me viste y dijiste esta está buena
para echar un polvo. Y ni sabías mi nombre.
—Es evidente que eres intuitiva.
—No lo sabes bien. ¿A dónde vamos?
—He mirado en Google y hay un restaurante a unos
kilómetros que dicen que está bien. El ternero. ¿Lo conoces?
Le miró con horror. —El ternero.
Él asintió. —Dicen que ponen unas costillas de ternera
a la brasa de primera.
Pues hala, costillas. —Seguro que es un sitio
encantador. ¿Tiene manteles de cuadros rojos y blancos o te
ponen la bandeja sobre esos manteles de papel?
La miró de reojo. —Pues no lo sé.
—Seguro que será una experiencia inolvidable.
—Nena, aquí no hay mucha variedad.
—¡El otro día mi hermano llevó a su novia a San
Antonio a un restaurante de cuatro tenedores!
—Se nota que le sobra la pasta.
Encima roñica. Aquello no empezaba muy bien. Le
miró de soslayo y vio como estaba algo tenso. La verdad es
que se había hecho una idea de su primera cita y nada estaba
saliendo como ella pensaba, pero no era culpa de Greg que
tuviera pájaros en la cabeza. Se sintió mal por ser tan borde.
Además, eso no iba con ella. Nunca se comportaba así, ¿qué le
pasaba? —Lo siento —dijo arrepentida.
—Ya lo entiendo, estás en tus días.
Le miró sin comprender. —¿Qué es eso?
—Tienes la regla, te ha visitado tu tía la de Houston…
Dejó caer la mandíbula del asombro. —¡Eso es lo más
machista que me han dicho nunca!
—¿Sí? Tú sales poco, ¿no?
—¡No, no tengo la regla! —dijo roja de furia.
—Ah, es que como tienes esa mala leche y no querías
sexo…
Atónita vio como retenía la risa. —¿Te estás quedando
conmigo?
—¿Yo? Qué va.
—Sí, lo has dicho para fastidiarme.
—Estás muy susceptible.
—¿No serás tú que te ha parecido mal que te dijera lo
del restaurante de cuatro tenedores? —preguntó con burla—.
¿Qué pasa? ¿No te pagan bien en el FBI?
—Podrían pagar mejor.
—Vaya, seguro que estás deseando ascender para
cobrar más.
—No lo sabes bien —dijo entre dientes—. ¿Y tú en
qué trabajas?
—No trabajo.
—¿Te mantiene tu hermano? —preguntó irónico.
—No, tengo mi propio dinero.
Frunció el ceño. —Eso ha sonado a tener mucha pasta.
—Porque la tengo.
—¿Una herencia?
Mejor no entraba en detalles. —Algo parecido.
Sonrió como si le hubiera dado una alegría. —
Entonces invitas tú, ¿no?
Se quedó de piedra. —¿Qué has dicho?
—Eso de que pague el hombre quedó atrás hace
tiempo. Y como tienes pasta para qué voy a gastarla yo con lo
poco que me pagan. —Hala, eso le pasaba por bocazas. —Pero
tranquila, que a mí con el restaurante ese de las costillas me
vale. No soy un pijo que le vayan los restaurantes caros.
—Qué bien —dijo ella con ganas de pegar cuatro
gritos. Miró la carretera cruzándose de brazos y él reprimió
una sonrisa.
Bueno, tenía que hablar de algo. —Así que le habéis
cogido. Felicidades.
—No le hemos cogido nosotros —dijo molesto.
—Vaya, ¿y quién ha sido? —preguntó haciéndose la
tonta.
—El ayudante del sheriff.
—¿Robert o Phillip?
—Robert… —Entrecerró los ojos. —Ese tío tiene un
ojo…
Ella reprimió la risa. No lo sabía bien. —Sí, eso dicen.
El sheriff está muy contento con él.
—Lo encontró patrullando —dijo asombrado—. Algo
así a mí no me ha pasado nunca. Joder…
Preocupada le miró. —Te hubiera venido bien
detenerle a ti, ¿verdad?
—Todas las detenciones cuentan y este caso es muy
mediático.
—Menudo monstruo.
—Desgraciadamente hay muchos de esos por ahí.
Ella lo sabía bien. —¿Llevas mucho en esto?
—Desde que salí de la universidad. Criminología, ¿y
tú?
Mierda. —No he ido a la universidad. Yo he trabajado
siempre. —Se sonrojó. —Hasta ahora, claro.
Entrecerró los ojos. —¿Y en qué trabajabas?
—Era como un colegio de niños especiales y yo
desarrollaba habilidades.
—¿Como una educadora o algo así?
—Algo así.
—Se nota que te gustan los mocosos. Cuando te he
visto con tu sobrina me he dado cuenta de que estás muy a
gusto con ella.
Se sonrojó. —Sí, me gustan mucho.
Él salió de la carretera entrando en el aparcamiento y al
ver el ternero en el cartel del restaurante se dijo que aquello no
tenía ni manteles de papel. De repente él se echó a reír
provocándole un vuelco al corazón. —¿Qué?
—La cara que has puesto.
Miró el cartel. —Ya pueden estar buenas las costillas.
—Está lleno, eso es una buena señal, nena.
Sonriendo salió del coche y cuando se encontró con él
le puso la mano a la espalda. —Que bien hueles…
Se sonrojó de gusto. —Gracias.
Esa mano en su espalda bajó hasta su cadera. —
¿Sabes? Pasaría de la cena.
Ay, que se derretía. —Me muero por probar esas
costillas.
La mano se deslizó por su nalga. —¿Seguro?
Se le quedó mirando sin saber ni qué decir y él frunció
el ceño antes de carraspear. —Lo pillo.
—¿De veras? —preguntó casi sin voz.
Él gruñó abriéndole la puerta. —Pase señorita.
—Gracias.
Al entrar vieron todas las mesas llenas de gente
comiendo a dos carrillos mientras una vaca mecánica estaba en
el medio del local levantando el rabo. Pero aún estaba tan en
shock por cómo le había metido mano que casi ni la vio. Lo
que sí vio fue el toro mecánico que había en una esquina con
dos mesas de billar llenas de gente que bebía cerveza y comía
aritos de cebolla. —Allí hay una mesa —dijo él cogiendo su
mano y yendo hacia una en la que se acababan de levantar.
La sentó en la banqueta de madera y vio los restos de
la comida de los que se acababan de ir.
Una camarera se acercó con una bandeja enorme en
alto llevando un montón de cervezas. —Ahora les atiendo.
Se quedó de piedra siguiéndola con la mirada y viendo
la larga coleta rubia de la muchacha. Era ella. La chica de la
visión.
—¿Vienna? —Miró los ojos de Greg que frunció el
ceño. —¿Ocurre algo?
—¿Qué?
—¿Pasa algo?
No contestes, no contestes. —Tengo algo de sed —dijo
con la boca seca.
—Nena, estás pálida.
—¿Sí? —Se llevó las manos a las mejillas. Nunca
había visto de cerca a las víctimas que pasaban por su mente.
Siempre había habido una distancia entre ellas como si no
fueran reales, pero era muy real y estaba allí.
—¿Te encuentras bien? —Se levantó. —¿Quieres que
nos vayamos?
La chica volvía con una sonrisa y fue un shock. Vienna
puso los ojos en blanco cayendo al suelo y Greg gritó su
nombre arrodillándose a su lado mientras convulsionaba. Un
hombre llegó corriendo mientras la gente se apartaba
levantándose de las mesas de alrededor. —Que no se trague la
lengua —dijo el hombre arrodillándose antes de gritarle algo a
la camarera que salió corriendo.
—Joder, joder… ¿Nena? —Greg se llevó las manos a
la cabeza mientras el que la ayudaba le ponía una cuchara de
palo en la boca. De repente Vienna se quedó muy quieta y a
Greg se le cortó el aliento. —¿Nena?
—Déjela, estará agotada y desorientada después de
este ataque. —Miró a la chica. —¿Ha llamado a una
ambulancia?
Vienna escupió la cuchara. —No necesito una
ambulancia. —Para sorpresa de todos se levantó y cogió a
Greg de la mano. —Llévame a casa.
—¡Pero deberían hacerle pruebas!
Gregory estiró la otra mano cogiendo su bolso y como
parecía débil la agarró por la cintura. Se le doblaron las
piernas y él la sujetó. —Nos vamos al hospital.
—Estoy bien.
—Has tenido un ataque de epilepsia.
—Te digo que estoy bien. —Mejor no aclarar que
había tenido otra visión.
Él apretó los labios y la metió en el coche a toda prisa.
Nerviosa sacó el móvil y marcó el uno llamando a su hermano.
Se puso el teléfono al oído y Greg se sentó tras el volante. Su
otra mano tembló llevándosela a la frente. Marc descolgó casi
de inmediato. —¿Vienna? —Se escuchaba mucho ruido de
fondo y él se alejó. —¿Ocurre algo?
—He tenido una crisis.
—¿Dónde estás?
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Voy camino a casa.
—¿Estás bien? —Sollozó porque las visiones nunca la
dejarían tener una vida normal. —Cielo, no llores, nos vemos
en casa, pero dime si es grave.
—Sí.
—¿Necesito a Marmara?
Recordando la visión que acababa de tener del
asesinato, que había sido mucho más intensa que la que había
tenido apenas una hora antes se dijo que sí, aquello era muy
importante. No recordaba haber tenido una visión dos veces.
Aunque igual era por haber visto a la víctima, pero no pudo
evitar contestar —Sí.
—Llegará antes que tú no te preocupes.
Colgó el teléfono y se le cayó en el bolso. Greg
preocupado la miró de reojo. —¿Tienes en tu casa la medicina
que necesitas?
—Esto no se cura con medicinas.
Él apretó el volante volviendo la vista hacia la
carretera.
Avergonzada por el numerito susurró —Lo siento.
—Joder nena, no te disculpes, si estás enferma no es
culpa tuya.
Miró por la ventanilla mientras las lágrimas caían por
sus mejillas. —Eso dicen siempre, que si soy así no es por mi
culpa. Que tengo que aceptarlo y seguir adelante.
—Y quien te lo haya dicho tiene razón.
—¿Eso crees? —Sonrió con ironía. —A veces pienso
que es mejor que no hubiera nacido nunca.
—¡No vuelvas a decir eso! —Se quedó en silencio y él
la miró de reojo. —Vienna, mírame.
Ella no se movió y él frenó en seco aparcando en la
cuneta. —Mi hermana tiene veintiséis años y lleva cuatro en
una silla de ruedas por un accidente de moto. —Ella le miró a
los ojos. —¡Y lucha cada día por seguir adelante! Por vivir,
por disfrutar de todo lo que la vida puede ofrecernos, así que
no me vengas con rollos sobre que no puedes superar unos
ataques de epilepsia porque…
—¡Tengo visiones! —gritó poniéndose histérica.
La miró sin entender. —¿Durante los ataques? El
cerebro humano…
—¡Visiones! Las crisis me dan por las visiones cuando
estoy muy estresada, muy saturada de imágenes. Tengo
visiones de asesinatos, del día que hará mañana, de lo que se
pondrá mi cuñada dentro de una semana, de cuando dirá su
hija que tendrá novio, de lo que ocurrirá en el futuro o lo que
ha pasado, da igual.
Pasmado se enderezó. —Como estaba diciendo el
cerebro humano es un misterio todavía.
Rio sin ganas sin dejar de llorar. —¡A esa camarera la
van a matar!
—¿Qué coño dices?
—La apuñalarán por detrás con una navaja. ¡Lo he
visto! Como te he visto a ti en un callejón pegándole un tiro a
un tío que estaba en el suelo. —Él separó los labios de la
impresión. —¿Eso es pasado o es futuro?
—Pasado.
Asintió. —Eso es lo que no diferencio bien a no ser
que algo en la imagen me lo diga. Creía que lo de la chica era
pasado, pero no. Verla ha sido…—Sollozó. —Nunca les había
tenido delante.
—Joder. —La abrazó a él.
—Quiero que acaben.
—Por eso me mirabas así cuando nos conocimos. Viste
algo.
—Sí, cayó sangre sobre la fotografía.
—Por eso tu hermano la volvió. —La cogió por las
mejillas apartándola. —Nena, tus visiones pueden ser muy
útiles.
—No, ahora soy libre. —La miró sin comprender. —
No voy a dejar que me utilicen de nuevo.
Separó los labios al comprenderlo. —El colegio.
—¡Cállate! ¡Cállate no sabes nada! —Se apartó como
un animal asustado y él vio como se apretaba contra la puerta,
como si quisiera huir de esa situación.
—No pasa nada, nena. Te voy a llevar a casa, ¿vale?
—Sí, por favor—dijo angustiada.
—Enseguida estarás allí —dijo suavemente.
Estuvo llorando todo el camino y cuando él aparcó ante
la casa, la puerta principal se abrió mostrando a Marmara que
salió corriendo para ir a su encuentro. —Cielo…
Se echó a llorar abrazándose a ella. —Tranquila, estás
conmigo.
—Lo siento.
—No pasa nada.
Un coche entró en el camino a la casa y otro iba detrás.
—Están aquí. Tu hermano ya está aquí.
Marc frenó en seco y salió sin cerrar la puerta del
coche. —Vienna…
—Os he fallado, os he fallado a todos. —Salió
corriendo hacia la casa y Marc apretó los labios antes de mirar
hacia Greg que estaba muy tenso. —Joder, te lo ha dicho.
—Está muy nerviosa.
Marmara con su marido detrás mirándole muy tenso
preguntó —¿Qué te ha dicho exactamente?
—Después de que le diera un ataque de la hostia que
me los ha puesto por corbata, me ha dicho que tiene visiones.
Que la camarera iba a morir.
—Bueno, no se lo tomes en cuenta —dijo Gillean—.
Vienna a veces se imagina cosas.
Greg le miró con desconfianza. —Oye, ¿te crees que
soy gilipollas? ¡Me ha contado algo de mí que no sabe nadie!
Rose se tensó levantando una ceja. —¿Que eres un
asesino a sangre fría?
La fulminó con la mirada. —¡No sabes nada de mí, no
eres quien para juzgarme!
—Nosotros no juzgamos a nadie, pero la justicia sí —
dijo Marmara—. Es mejor que te subas a ese coche y te
largues de aquí para no volver nunca.
Miró a Robert que muy tenso cogió la mano de su
mujer. —¿Eres amigo suyo? —Los miró a todos uno por uno.
—Hostia, ¿qué está pasando aquí? Os comportáis de una
manera un poco extraña. ¡Jodidamente extraña para lo que ya
es muy raro!
—Como ha dicho mi amiga es mejor que te vayas.
—¡Yo no me voy a ningún sitio hasta que sepa que
Vienna está bien! —Todos dieron un paso hacia él como si
quisieran protegerla y se tensó con fuerza porque era evidente
que no le tenían ningún miedo. —Ya entiendo, ella tiene
visiones y vosotros la protegéis. —Miró a Robert. —Si cogiste
a ese cabrón fue porque ella te dijo dónde estaba, ¿no?
—Empiezas a imaginarte cosas muy peligrosas.
—Mi marido es muy eficiente en su trabajo.
—¡Claro que sí, con su ayuda!
Marc sonrió con ironía. —¿Eso es lo que quieres, que
te ayude a ti?
—¡No digas estupideces! ¡Aunque hay que reconocer
que sería de mucha ayuda!
—Deja a mi hermana en paz —dijo Marc fríamente.
—¿O sino qué?
Su gemelo furioso dio un paso hacia él. —Te juro que
como no la dejes en paz y te vayas, esa placa en tu cinturón va
a durar poco. ¡Largo de mi casa!
Apretó los puños de la impotencia y siseó —Muy bien,
me voy.
Entonces apareció el niño y Marmara gritó cogiéndolo
de milagro antes de que cayera al suelo.
Greg de la impresión dio un paso atrás cayendo sobre
el capó del coche. —¡Joder!
—Mierda —dijo Gillean.
—¿Qué coño ha sido eso? —gritó Greg asombrado
mirando al bebé.
Marmara hizo una mueca. —Mi amor, no tenías que
haber venido.
—De eso acabo de darme cuenta, cielo. —Tomó aire y
miró a Marc. —¿Qué hacemos?
—¿Matarle? —preguntó Robert como si nada.
Greg sacó su arma apuntando a Marmara que levantó
una ceja. —Me da que tú eres la jefa de todos estos. Y por lo
rápido que has llegado a la casa ese niño ha heredado lo que
tiene de ti.
—Eres muy listo. Demasiado —dijo Rose antes de
romperle los dedos de la mano.
Él gritó dejando caer el arma y Gillean se agachó
cogiéndosela. —Lárgate de aquí antes de que perdamos la
paciencia.
Les miró con odio sujetándose la muñeca antes de
mirar a la casa y ver a Vienna en la ventana llorando. —Esto
no se acaba aquí.
—No te creerá nadie —dijo Robert sonriendo con
maldad—. Vuelve a tu vida y no mires atrás.
Gillean rodeó el coche y tiró el arma en su interior
dejándole la puerta abierta. Greg impotente volvió a mirar a
Vienna que sollozando acarició el cristal. Viendo su mirada de
dolor se le removió el alma.
—¡Vete! —gritó Marc—. ¡Ella no te necesita!
Furioso fue hasta su coche entrando en él y Gillean
cerró la puerta. Le costaba arrancar con la izquierda, pero de
repente el coche se encendió y todos miraron a Elisabeth que
sonrió. —Hostia —dijo entre dientes tirando de la palanca
para dar marcha atrás—. Qué familia de chiflados. —Giró el
volante y salió de allí tan rápido como podía.
Marc miró a Marmara. —No se dará por vencido.
—Llamaré al senador para que le controle —dijo
mientras Rose corría hacia la casa—. Cielo, llévate al niño a
casa, pero de camino llama a Rachael para que no se preocupe
por lo que ha pasado.
—¿Nos quedamos? —preguntó Robert.
—Asegúrate de que se vaya del pueblo en cuanto el
doctor Fleming le escayole y nos avisas.
Asintió cogiendo la mano de su esposa. —Vamos cielo,
tenemos que recoger a la niña.
Elisabeth la miró a los ojos. —Si me necesitáis…
Marmara sonrió. —Lo sé.
Gillean la besó en los labios. —Te veo en el rancho —
dijo ella forzando una sonrisa.
—No te preocupes, el senador le parará los pies.
—Más nos vale porque si los de por aquí se enteran,
entonces ya no podríamos llevar esta vida que tenemos ahora y
eso sería una pena porque me encanta.
Él sonrió. —Igual os sorprenden.
—Sí, es un pueblo muy peculiar. Ya veremos.
Marc fue hasta la casa a toda prisa y Marmara
desapareció llegando a la habitación de Vienna, que estaba
sentada en la cama con Rose a su lado abrazándola porque no
dejaba de llorar. —Es culpa mía.
—Eh, no controlas tus crisis, no es culpa tuya.
—Se lo dije.
—Estabas nerviosa, nunca habías visto a tus víctimas,
es lógico que te alteraras.
—Cuéntanos lo que ha pasado —dijo Marmara.
Ella lo hizo entre lágrimas y cuando terminó lloraba
desgarrada por lo que decía que era el peor error de su vida. —
No tenía que haber salido con él. —Repetía una y otra vez.
—Shusss…
Rose acariciaba su espalda y miró preocupada a su
marido que se acuclilló ante ella. —Vienna mírame. —Ella
volvió su rostro mostrando sus preciosos ojos enrojecidos de
tanto llorar. —No es culpa tuya. No eres responsable de las
imágenes y de lo que sucede en ellas. Lo que ves a mí me
pondría los pelos de punta y me volvería loco. Eso demuestra
lo fuerte que eres. No estabas preparada para verla, eso es
todo. Lo que ha sucedido después no es culpa tuya.
—Os he puesto en peligro. He puesto en peligro la vida
que tenemos ahora.
—Bueno, el niño también ayudó y no me voy pegando
cabezazos contra la pared —dijo Marmara haciéndola sonreír
—. Eso es, a veces ocurren cosas que no podemos controlar,
no te fustigues por ello. —Le guiñó un ojo.
—¿Creéis que se irá?
—Claro que sí —dijo Marmara aunque no las tenía
todas consigo.
Miró a su hermano. —¿Crees que se irá?
Jadeó indignada. —¿Acaso no me crees?
Rose soltó una risita.
—Tú puedes mentir. —Cogió las manos de su gemelo.
—¿Lo crees?
—Creo que se preocupa por ti. No sé cuáles son sus
intenciones.
—Más le vale que nos deje en paz o se quedará sin
empleo —dijo Rose.
—Por mi culpa.
—Si no lo deja será culpa suya.
Miró las manos unidas a las de su hermano. No debería
haber salido con él, no debería pretender tener más de lo que
ya tenía que era muchísimo cuando hacía unos meses estaba
encerrada en una cámara de acero. Había sido egoísta.
—Eres la persona menos egoísta que conozco —dijo
su hermano emocionado—. Y mereces toda la felicidad del
mundo. Estoy seguro de que encontrarás a la persona
adecuada.
—¿Eso crees?
—Te lo juro —dijo Marmara—. Ahora duerme un
poco, que estás agotada. Mañana lo verás todo mucho más
claro.
—Esa chica…
—No te preocupes por ella.
Asintió y dejó que Rose la levantara para ayudarla a
quitarse el vestido mientras su hermano salía de la habitación
con Marmara. Bajaron al salón en silencio.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Marc.
—Vigilancia, no me queda otra. Por lo que ha dicho,
debía estar en el restaurante y cerraba ella. No debe cerrar
todos los días. Será fácil de averiguar.
—Pueden pasar meses.
—Si a esa chica le pasa algo, tu hermana no lo
superará. Ahora no es una imagen que tiene en su mente, se ha
hecho real y debemos salvarla.
Marc asintió. —Te ayudaré. Puedo hacer vigilancias
fuera del local.
—Bien.
Capítulo 4
Greg salió furioso del despacho de Jefford Harrison, el
sobrino del senador Stuart. Le había dejado muy claro que los
habitantes de Donwhill eran seguridad nacional y que nadie
debía importunar su vida en el pueblo. Mucho menos él si
quería mantener su puesto.
Recordó su sonrisa irónica. —¿Quiere acabar en un
psiquiátrico? Tengo el poder para conseguirlo. Le aconsejo
que lo olvide porque no pienso dejar que nadie les dañe de
ninguna manera, ¿me ha entendido?
Greg entrando en el ascensor pulsó el botón con la
mano sana. —Eso ha sonado a algo personal. Algo muy
personal. Y me pregunto la razón.
Se acercó a su hermana que estaba ante el ordenador.
—¿Tienes algo?
Ella miraba las cuatro pantallas que tenía delante
comiéndose un helado de chocolate. —He tenido acceso a la
agenda privada del ricachón y en los fines de semana nunca
tiene nada. ¿No es raro? Es como si esos días siempre los
reservara.
—¿No me digas? Un hombre tan importante como él
debería tener viajes de negocios, aunque coincidieran en fin de
semana.
Chrissy se pasó uno de sus rizos morenos tras la oreja.
—Pues ni una sola cita. Y se compró un jet privado hace solo
tres meses. Eso me mosqueó, era evidente que quería darse
prisa en llegar a donde fuera, así que husmeé un poco.
¿Adivina a dónde va?
—A Texas.
—Lo he verificado en el aeropuerto de San Antonio.
Se va todos los viernes a las seis y regresa los domingos por la
tarde. A veces incluso los lunes.
—Se encuentra con alguien en Donwhill los fines de
semana. ¿Su amante?
Sus ojos brillaron. —Esto te va a encantar. —Pulsó el
botón y un documento apareció en la pantalla. —Tiene un hijo
allí. Registrado en Washington misteriosamente varios meses
después de su nacimiento.
—¿Qué coño es esto? —Mirando la partida vio el
nombre de la madre. —Rachael Smithson.
—Y esta tía vive en Donwhill en la actualidad. —Soltó
una risita. —Agárrate, está embarazada de nuevo.
—¿Cómo has averiguado eso?
—Estás hablando con una profesional. Al mudarte a un
pueblo nuevo y teniendo un hijo lo lógico es que alguna vez
caigas por la consulta del médico. Un sarpullido en el culito y
cosas así.
—Entiendo.
—Tienen los historiales informatizados y solo hay un
médico allí, así que… Está embarazada. —Sus ojos color miel
brillaron de la alegría. —¿A que soy buena?
—La mejor. ¿Algo más? Tengo que irme a
Philadelphia.
—¿El nuevo caso se te pone difícil?
—No lo sabes bien. Es un asesino en serie y no
tenemos ni idea de quien es. Cuatro víctimas en tres meses.
Hablando de asesinatos, ¿has revisado las noticias de Donwhill
y sus alrededores?
—La camarera sigue viva. Lo sé por sus facturas de
móvil.
—Bien, esperemos que siga así. Seguro que sus amigos
la tienen controlada.
—Cuando me hablaste de eso me quedé flipada —dijo
divertida—. Todavía no me lo creo del todo, pero es evidente
que se han ido a vivir allí para estar tranquilos.
—¿Has encontrado algo de sus vidas pasadas?
—Aparte de las indemnizaciones millonarias que han
recibido nada. Pero puedes tirar de algo.
—¿Sí?
En la pantalla mostró una foto. —Jennifer Onely. Hija
de un exconvicto que se pasó tres años en la cárcel por matar a
un vecino del pueblo de al lado que era un pieza, aunque he
leído el caso y tiene toda la pinta de haber sido en defensa
propia. Ya le había robado varias veces, entró en su gasolinera
y antes de que sacara el arma recibió un tiro en el pecho que le
mató, pero como el chorizo no había sacado el arma le cayeron
cinco años por haberse anticipado a la amenaza y salió en tres
con la condicional. ¿No es para alucinar que le encerraran por
eso? Debió tener un abogado malísimo. Bueno, el hecho es
que ella recibió un millón de dólares en la misma época que
los demás.
—Por cerrar la boca.
—Eso creo yo.
—No hablará, es hija de alguien que ha estado en
prisión injustamente. Odia a la policía y a la justicia. ¿Y los
demás que recibieron pasta?
—Están limpios. Dos trabajan en la cafetería del
pueblo, uno es vaquero y el otro el cura.
—La cafetería…
Su hermana puso la foto de una mujer en la pantalla.
—Claudia Svenson. Soltera no tiene hijos… Su hermana
murió hace un par de años. Vive sola. Nada de nada.
—¿Y la otra persona?
—Sheldon Riders. Cocinero. Tampoco hay
antecedentes sobre él. Tiene un par de multas de aparcamiento,
pero nada más. También es soltero y vive solo.
—Joder… Dame algo, Chrissy. Tiene que haber algo.
Bufó mirando las pantallas y pensó en ello. —No sé…
¿El vaquero? Curtis Parsons.
—¿Qué sabes sobre él?
—Broncas en bares, una vez le acusaron de robo, pero
se retiraron los cargos… También está limpio, pero tiene un
hijo que es un auténtico cabrito.
Puso su foto en la pantalla de arriba y él leyó sonriendo
con ironía. —Cumple condena por robo a mano armada.
—Vivía con su madre en Houston y lleva entrando y
saliendo desde los dieciséis. Todo un bicho.
Greg la besó en la mejilla. —Gracias. Envíame su ficha
al móvil, ¿quieres?
—Eso está hecho.
—Y ya sabes que de esto…
—Ni una palabra a nadie.
—Eres la mejor.
—Lo sé —dijo remilgada haciéndole reír.
—No lo dejes —dijo yendo hacia la puerta.
—Ni de broma, es el mejor entretenimiento que he
tenido nunca.
Greg aparcó el coche ante la valla y vio como el
hombre tiraba de las riendas de su caballo. Cuando Curtis le
vio sonrió. —Buenos días.
—Buenos días, un ejemplar magnífico.
—Los he tenido mejores —dijo acercándose a él—.
¿Se ha perdido?
—No, venía a hablar con usted.
—¿Conmigo? —preguntó sorprendido—. ¿Poli?
—FBI.
—Oh, ¿viene por el que mató a su familia?
—Veo que está bien informado, pero no…
El tipo sonrió mostrando su dentadura nueva. —En la
cafetería me pongo al día.
Ese tipo le cayó bien de inmediato y sonrió. —Ya veo.
Un punto de encuentro.
—El mejor del pueblo. Y dígame, ¿de qué se trata?
—Se trata de que últimamente ha habido gente que se
ha mudado al pueblo.
Curtis perdió la sonrisa de golpe. —¿Y?
—Y que necesito información.
—De mí no va a sacar nada.
—Claro, ya ha sacado un millón por mantener la boca
cerrada.
Se tensó. —Yo no sé nada.
—¿No? Pues esa información me vendría de perlas y
que me la diera le vendría bien a usted.
—No sé de qué habla.
—Su hijo está en prisión, ¿no?
Levantó una de sus cejas canosas. —Como de
costumbre.
—Si me ayuda, puedo ayudarle.
Le miró con rencor. —Oiga, soy de la opinión que si lo
haces lo tienes que pagar. Que cumpla su condena como un
hombre a ver si esta vez escarmienta y endereza su vida.
Ahora si no le importa tengo trabajo.
Greg apretó los labios viendo cómo se alejaba. —Solo
quiero ayudarles.
Se echó a reír. —Nadie de por aquí necesita su ayuda.
Se metió en el establo y Greg juró por lo bajo
subiéndose al coche. —Mierda. —Ya que estaba allí probaría
con la hija del exconvicto.
Iba camino a la gasolinera cuando alguien se sentó a su
lado en el asiento del copiloto. Greg gritó del susto dando un
volantazo y cuando enderezó el coche miró hacia Marmara
que sonreía con ironía. —Otra vez aquí.
—Hostia, ¿quieres que me dé un infarto?
—¿Qué haces aquí, Greg?
—¡Quiero saber!
—¿Por qué? Cualquier otro se hubiera dado por
vencido. No somos delincuentes, lo único que queremos es
tener una vida tranquila.
—Te ha llamado el viejo, ¿no? Claro, como le
untasteis.
—Yo no he untado a nadie. Me he ganado su
confianza, nada más.
Greg apretó los labios. —¿Cómo está?
Se le cortó el aliento por el tono de su pregunta. —Te
has colado por ella, ¿no?
—¡No digas tonterías! —La miró con rencor. —¡La
tenéis como una presa, eso es lo que me molesta!
Se echó a reír. —Te has enamorado. Aunque no me
extraña porque es preciosa y dulce. —Entrecerró los ojos. —
Indefensa de gente que quiere aprovecharse de ella.
—Yo no quiero aprovecharme de ella, joder.
—¿No? Le dijiste que su don sería útil…
—No quería decir que me vendría bien a mí. Pero sí
que lo sería. —La miró de reojo. —Esa chica, la camarera…
—Ya está solucionado.
Suspiró del alivio. —Mis superiores no me hicieron ni
caso al decir que había visto alguien sospechoso ante el local.
—Me lo imaginaba. Nosotros tenemos otros recursos.
—Tu habilidad es muy útil.
—Lo sé.
Él miró al frente. —Desarrollar habilidades… —
Marmara levantó una ceja. —La tenían en algún sitio para que
desarrollara sus habilidades, ¿no?
—Ni te imaginas lo que ha sufrido, no te atrevas a
pensar siquiera en ello. —Un cuchillo apareció en su garganta
con ella en el asiento trasero. —Es mi amiga y pienso
protegerla de hombres como tú.
—No quiero hacerle daño.
—Eres el tipo de hombre a los que les importan una
mierda los sentimientos de las mujeres con las que se acuestan,
no me vengas con rollos. ¡Vete de aquí!
—¿No puedo verla?
La impresionó que insistiera de esa manera y dijo —
Entra en ese camino.
Él lo hizo sin dudar, lo que la dejó de piedra. O estaba
enamorado o era idiota, porque podría matarle en un visto y no
visto. —Sigue hasta esos matorrales y apaga el motor. —
Siguió sus instrucciones al pie de la letra y en cuanto apagó el
contacto le agarró por el cabello. —Ahora veremos si dices la
verdad.
Aparecieron en el jardín de atrás de la casa de Vienna.
—Esto es la hostia —dijo impresionado mirando a su
alrededor—. ¿Puedes ir muy lejos?
—Quédate aquí.
—¿No puedo entrar contigo?
Le fulminó con la mirada. —¿No me has oído?
—Aquí me quedo.
Marmara entró en la casa y Marc ante la puerta la
fulminó con la mirada. —¿Qué hace aquí?
—Curtis me ha llamado porque estaba husmeando.
—¿Ha hablado con alguien más?
—No que yo sepa, por eso te necesito. ¿Vienna sigue
en casa de Rachael? —Él asintió. —Vamos, tienes que leerle
la mente.
Salieron al jardín y Greg se tensó al ver a Marc. —
¿Los huesos me los rompiste tú?
—Cierra el pico, ¿qué haces aquí?
—Ah, que ahora viene el interrogatorio. Quiero verla.
—Y una mierda. Olvídate de mi hermana, ¿me has
oído?
—Te he oído, pero este es un país libre y hago lo que
me da la gana. —Miró hacia las ventanas. —¿Vienna? —gritó
con fuerza—. ¿Puedes bajar? ¡Me gustaría hablar contigo!
Rose sacó la cabeza por la ventana y jadeó. —Serás
idiota, ¿no has tenido bastante? Espera, que bajo.
—Ya sé quién me rompió los dedos —dijo entre
dientes.
Marc sonrió cruzándose de brazos. —Mi esposa tiene
menos paciencia que yo.
—Ya veo. ¿Y tú qué haces? ¿Mirar?
—Sí, solo necesito eso —dijo sin dejar de mirarle a los
ojos. Cuando Greg impaciente levantó la vista hacia las
ventanas otra vez, Marc se giró asombrado hacia Marmara—.
No jodas.
—Sí, eso pensé yo.
—No puede ser.
—Lo estás viendo tú mismo. —Soltó una risita. —Se
va a poner como loca cuando se entere.
—¿De qué habláis? —Preocupado dio un paso hacia
ellos. —¿No quiere verme? ¿Está avergonzada por lo que
pasó? No me importa.
Rose que acababa de llegar miró a los demás. —¿Qué
es lo que no le importa?
—Como es Vienna —contestó Marc bajando un
escalón—. Así que no te importa.
—Joder, cada uno tenemos nuestras cosas. —Frunció
el ceño. —No se fía de mí, ¿verdad? Por lo del tipo del
callejón. ¡Era un cabrón que había amenazado a mi familia y
sabía que si le dejaba ir les mataría! ¡No pensaba arriesgarme!
Marmara miró hacia Marc que asintió demostrando que
pensaba en ello y que lo que decía era cierto. —¿Qué buscas?
—preguntó Rose.
—¡Eso lo hablaré con Vienna, no con vosotros!
—¿Quieres utilizarla?
—¡No!
—Vienna lo ha pasado muy mal, peor que ninguno de
nosotros —dijo Marc—. Ni te imaginas la vida que ha tenido.
Greg apretó los puños como si eso le diera mucha rabia
y las chicas miraron a Marc que elevó una ceja como si
estuviera sorprendido. —Joder, está coladito.
—¿Ves? Por eso le he traído, ya me parecía que lo suyo
no era normal.
—La leche —dijo Rose mirándole como si no
estuviera bien de la cabeza—. ¡Qué te he roto la mano!
La miró con rencor. —¿Puedo verla?
—Eso lo decidirá ella cuando hablemos de esto.
—¡Le hablaréis mal de mí para que no acepte!
Marc susurró —Está asustado. No quiere perderla.
—Se ha enamorado muy rápido, ¿no? —preguntó su
mujer—. ¿Será un rarito de esos a los que les van las
excentricidades?
—¡Os estoy oyendo! ¡Solo quiero conocerla mejor!
Marmara suspiró. —¿Qué opinas?
—Que como le haga daño a mi hermana le arranco la
cabeza. —Le miró como si quisiera arrancársela en ese
momento. —Ven a verla hoy a las seis.
Greg suspiró del alivio y al ver que Marmara entraba
en la casa dijo asombrado —¿Me dejas aquí? ¡Ni sé dónde está
mi coche!
—¡No abuses, solo los viajes indispensables que
aunque no se me note estoy preñada! ¡Y después no hay quien
las pare! —dijo desde el interior de la casa.
—¡Al menos dime dónde está!
Le miró desde el otro lado de la mosquitera como si
fuera muy pesado. —En el camino de la granja Princeton.
—¿Y eso dónde está?
—¡Pregunta, leche!
—¡Eso es lo que estoy haciendo! —Rose le fulminó
con la mirada. —Vale, ya me voy.
—Y rapidito.
La rompehuesos le siguió mientras rodeaba la casa y él
la miró de reojo sin fiarse ni un pelo. Marc y Marmara le
observaban desde las ventanas de la cocina. —¿Crees que he
hecho lo correcto? —preguntó su amigo.
—Será ella la que decida.
—No es de los nuestros. No la entenderá.
Marmara sonrió con tristeza. —¿Gillean no es de los
nuestros?
—Él es distinto. Este tiene más cara. Se lo que ocurrió
desde que mi hermana empezó esa cita.
—¿De veras?
—Ha soñado con él. Varias veces. ¡Ni le abría la puerta
del coche! ¡Y quería que pagara ella! ¡Es un cara!
Rose entró en la casa y soltó una risita. —¿Creéis que
llegará para las seis?
—Más le vale, porque como la haga esperar de
nuevo…
—¿Cómo que ha vuelto? —preguntó Vienna sentada
en el sofá rodeada de los suyos.
—Al parecer quiere conocerte mejor y no le importa…
eso.
—¿De veras? —preguntó pasmada antes de sonreír
como una niña—. ¿Le gusto a pesar de las visiones?
Marc gruñó. —Sí, cielo. Al parecer le gustas mucho.
Va a venir a las seis para…
Vienna chilló corriendo escaleras arriba. —¡Tengo que
ducharme!
—Es evidente que está encantada —dijo Gillean
divertido.
—Demasiado, como le haga daño me lo cargo.
—Sí cielo, lo has dicho mil veces. —Rose dejó a la
niña con los demás que jugaban sentados en el suelo. —Pero
mejor me lo cargo yo, que no dejo huellas.
—Dolorosamente.
—Como quieras, cielo.
Marmara rio por lo bajo escuchando como Vienna
corría de un lado a otro. —¡Qué me pongo! ¡Qué me pongo!
—Cerró de un portazo el baño y la escucharon decir —¡No me
va a dar tiempo!
Robert sonrió estirando el cuello hacia la ventana. —
Ya está aquí.
—¿Ya? —preguntó Marmara acercándose—. Sí que
tiene prisa, son las cinco y media.
Marc gruñó. —¿Ves? No tiene educación.
Gillean sonrió. —Tranquilo amigo, que así le dejamos
las cosas muy claritas.
—Creo que Rose se las dejó claras desde el principio
—dijo Rachael. Miró su reloj—. Bueno, tengo que irme. —
Todos la miraron. —¿Qué? ¡Es viernes y mi chico vuelve a
casa!
—¿Cómo va lo tuyo? —preguntó Marmara.
Hizo una mueca. —A trompicones, pero no falla un fin
de semana. Para ver al niño, dice.
—Pues como sigáis así va a tener que venir a ver a un
montón —dijo Robert mirando su vientre casi inexistente.
—Calla, calla que menudo disgusto se llevó con el
segundo. Se lo dije hace un par de semanas, ¿sabes? Creía que
se rajaba, pero al fin de semana siguiente aquí le tenía.
—Un día voy a darle un buen repaso —dijo Marc.
Rachael le miró ilusionada. —¿Lo harás?
—Por supuesto. ¿Quedamos mañana para cenar?
—Hecho. En mi casa a las siete. —Cogió a su hijo. —
Vamos cielo, que viene papá.
—¿Se puede?
Marc gruñó volviéndose para ver a Greg hecho un
pincel con traje y todo, pero lo que le dejó helado fue las dos
docenas de rosas que llevaba en la mano. —Hostia, que nos lo
han cambiado.
Se echaron a reír y Greg gruñó. —Muy gracioso.
Vienna salió del baño corriendo con una toalla
rodeando su cuerpo y él miró hacia arriba provocando que se
detuviera en seco. Le dio un vuelco al corazón al ver las rosas.
—¿Son para mí?
Él asintiendo se la comió con los ojos. —Joder nena,
estás preciosa.
Se sonrojó de gusto antes de salir corriendo, pero
volvió a aparecer. —¿A dónde vamos?
—A San Antonio, a un buen restaurante.
Chilló de la alegría corriendo de nuevo y Greg sonrió.
Al mirar a los demás que no le quitaban ojo carraspeó. —Al
parecer se ha decidido.
—Puede que mañana cambie de opinión. ¿La
respetarías? —preguntó Marc.
—Por supuesto, es muy dueña de decidir por sí misma
—dijo con ironía—. Si la dejáis, claro.
—Como acabas de ver mi hermana toma sus propias
decisiones, porque si fuera por mí…
—Eso también me ha quedado claro. —Se acercó a él.
—No te tengo miedo.
—Pues deberías.
—Voy a salir con tu hermana, intenta aparentar que
todo va bien, ¿quieres?
—¿Ahora me das consejos?
—No, como ha quedado claro el de los consejos eres
tú.
—Mejor pongo estas rosas en agua —dijo Rose
forzando una sonrisa—. ¿Una cervecita?
—Por favor. —Miró a su alrededor y como si nada se
sentó en el sofá estirándose la corbata. —¿Qué? ¿Cómo
librasteis a la rubia?
—Tenía una relación con su jefe y quiso romper —dijo
Marmara sentándose ante él.
—Entiendo. Y él está…
—En el hospital con muchos huesos rotos por un
accidente de coche —dijo Robert cruzándose de brazos—.
¿Algún problema?
—Ninguno. Pero cuando salga…
—Cuando salga ella ya no estará —dijo Elisabeth—.
Tiene una beca para la universidad.
Se la quedó mirando. —Manipulas máquinas. —Volvió
la vista hacia su marido. —¿Y tú qué haces?
—Tengo una vista superdotada.
—¿De veras? ¿Y qué puedes hacer?
—Pegarte un tiro entre ojo y ojo a siete kilómetros de
distancia sin mira telescópica.
Hizo una mueca. —Eso me pasa por preguntar. —
Volvió la vista hacia Gillean. —Tú eres como yo, ¿verdad?
—No, como tú no, tengo mucha mala hostia
acumulada.
Sonrió. —No conoces la mía. —Su vista pasó por
Marmara. —Lo tuyo es impresionante.
—Gracias, pero has visto muy poco.
—¿Y la que acaba de irse y que tiene una relación con
ese ricachón?
—Te haría desaparecer en un suspiro —dijo Marc.
—Sois un grupo interesante. —Apoyó los codos en sus
rodillas sin quitarle ojo al hermano de su cita. —¿Y tú?
—Lee las mentes —dijo Vienna apareciendo como una
exhalación con un bonito vestido rosa y con el cabello aun
húmedo.
Se levantó en el acto. —Nena, no tenías que haberte
dado tanta prisa. —Ella se sonrojó. —Pero es un alivio porque
tu hermano estaba a punto de tirarse sobre mí. —Se acercó y
cogió su mano. —¿Nos vamos?
Le miró a los ojos. —¿Estás seguro de esto?
—Me muero de ganas por pasar la noche contigo.
Vienna sonrió sintiendo que su corazón volaba.
—Vamos a divertirnos.
Marc vio como salía encantada de la vida mirándole
fascinada. —Greg a las doce…
—En casa, lo sé. O enviarás a Marmara a buscarme.
—¡Eso! ¡Y que no se te olvide!
Vieron como le abría la puerta para que se subiera al
coche y Marmara suspiró. —Mírala que feliz está.
—Como le haga daño…
—Lo sabemos, Marc —dijeron todos a la vez.
Capítulo 5
Sentada a su lado le miró de reojo. —¿Tienes un caso
por aquí?
—No, nena. He venido solo por ti.
—¿De veras?
—Te aseguro que dejas huella.
—Sí, seguro que esa cita no la olvidarás nunca.
La miró de reojo. —¿Cómo te encuentras? ¿Estás
estresada?
Sonrió. —Me he pasado cuidando niños todo el día.
Las chicas estaban ocupadas comprando las cositas de los
bebés.
—¿Te hubiera gustado ir?
—Alguien tenía que quedarse con los niños y me
ofrecí. Son ellas las que están embarazadas.
—Así que te hubiera gustado ir.
Sonrió con tristeza. —Sí, me hubiera gustado
compartirlo con ellas, pero no podía ser.
—¿Ellos trabajan? Sé que Robert sí y es muy eficiente
en lo que hace.
—Mi hermano ayuda a Gillean, le gusta el rancho y se
han hecho muy buenos amigos.
—¿Y cuando no cuidas niños qué haces?
Tanta pregunta empezó a ponerla nerviosa y cuando se
quedó callada él la miró de reojo. —Joder nena, no es un
interrogatorio. Si queremos conocernos…
—Tú sabes mucho más de mí que yo de ti.
Él rio por lo bajo. —Será deformación profesional.
Pregunta tú.
—¿Por qué el FBI?
—Pensé en ser policía después de terminar el instituto.
Mi padre era poli. Y mi abuelo y su hermano…
—Una familia de polis.
—Sí, pero me concedían una beca y decidí esperar.
Cuando salí de estudiar criminología me fichó el FBI.
—Tu padre estaría orgulloso.
—Mucho. Nunca estuvo más orgulloso de mí que
cuando me licencié en la academia.
—¿Fue duro?
—Sí, sobre todo porque tenía un instructor que era un
tocapelotas conmigo. No me pasaba ni una.
Sonrió. —Seguro que después eras el alumno del que
más orgulloso estaba.
Se echó a reír. —Dijo que sería la deshonra del cuerpo.
—No fastidies.
—Yo intento llevarle la contraria.
—¿No te agobia estar de un lado a otro?
—De momento no. Visito sitios que jamás pensé que
vería y conozco a gente muy interesante. Aunque ninguno
como vosotros.
Preocupada vio como giraba el volante. —Tu mano…
—Está recuperada, nena. No te preocupes por eso. No
tenía que haber sacado el arma, fue culpa mía.
—¿Puedes disparar bien?
—Sí, ni he tenido que hacer rehabilitación. Está como
antes.
—Lo siento mucho. Has estado de baja, ¿no?
Él asintió adelantando a un camión. —Me he
incorporado hace unos días.
—¿Y qué has hecho este mes?
—Pues investigaros, básicamente. —Se le cortó el
aliento y él sonrió por la expresión de su rostro. —Quería
comprenderte.
—¿Por qué? No soy tonta, ¿sabes? Te burlabas de mí.
Él suspiró. —No me burlaba.
—Sí que lo hacías. Me llevaste a ese sitio para burlarte
porque no quería acostarme contigo.
—Bueno, he de reconocer que eso me exasperó un
poco.
—¡Tendrás cara! Soy muy exigente con mis citas —
dijo imitando su voz.
Él se echó a reír. —Normalmente funciona. Pero es
obvio que tú no eres como las demás.
—Así que nos has investigado. ¿Y qué has
descubierto?
—Poco, creí que a ese viejo vaquero podría sacarle
algo, pero se cerró en banda.
Sonrió. —Nos adora.
—Su hijo es un pieza de cuidado.
Perdió algo la sonrisa. —Sí, me enterado de que está
en prisión.
—Atraco a mano armada.
—Me da pena de Curtis, es un buen hombre. Al
parecer su hijo se crio con su madre, se lo llevó cuando se fue
del pueblo y casi no podía verle.
—Desgraciadamente ese tipo de historias abundan.
Vienna asintió y miró al frente. —He visto a tu
hermana. —Volvió la vista hacia ella de golpe. —No, así no.
—Joder nena, no me des esos sustos.
—No siempre son así, a veces son buenas, ¿sabes?
Greg asintió. —¿Y qué has visto de ella?
—Estaba comiéndose un donut delante de un montón
de pantallas y riendo de lo que le decías por teléfono.
—¿Cómo sabes que era yo?
—Ella decía, ¿cómo que apareció de repente? Y se
echó a reír. Me estás metiendo una trola.
Él carraspeó. —Es buenísima con la informática y ha
intentado ayudarme. Tenemos una relación muy estrecha y me
preguntó por mi mano, por mi cabreo… —La miró
preocupado. —No se lo dirá a nadie. Sabe que me echarían del
trabajo.
—Me ha parecido buena chica y por cómo te habla se
nota que te adora. ¿Trabaja con ordenadores?
—Tiene una empresa de seguridad informática. Se
encarga de superar cortafuegos y después pone solución.
—Sí, había oído que existía ese trabajo.
—Y ese trabajo es lo que la salvó de hundirse después
del accidente porque le hizo darse cuenta de que la vida
continúa.
—¿Juega al baloncesto?
Él se echó a reír. —¿Cómo te has enterado de eso?
—Había una foto encima del escritorio, era de ella en
la silla de ruedas con un balón. Y parecía una cancha.
Le miró impresionado. —Retienes muy bien los
detalles.
—Esos detalles son importantes. —Perdió algo la
sonrisa. —Me lo enseñaron bien.
—¿No quieres hablarme de eso?
—Quiero disfrutar de la noche.
—De acuerdo. ¿Piensas trabajar en algo o vas a
disfrutar de la vida?
—No sé hacer nada.
—Nena, algo sabrás hacer.
—Pues no.
—Todos tenemos habilidades. —Ella levantó una ceja.
—Habilidades normales.
—Ya, claro. ¿Cómo cuáles?
—Preciosa, ¿no hacías nada aparte de trabajar en lo
que fuera que hicieras?
Negó con la cabeza. —Veía la tele.
—¿No lees?
—No teníamos muchos libros.
—Joder… pero tendríais ordenadores.
—Cuando cumplí los quince empezaron a darnos
clases de informática, cosas básicas por si lo necesitábamos en
el futuro.
—¿Para una posible misión?
Se le cortó el aliento. —¿Cómo lo sabes?
—Vienna, tus amigos tienen unas habilidades que el
gobierno no desaprovecharía. Fue eso, ¿no?
—Sí.
—Y sois libres gracias al senador.
—Gracias a Marmara. —Relajada empezó a contar
como la había rescatado del búnker y él escuchó atentamente
durante todo el viaje a San Antonio. Cuando aparcó en un
aparcamiento subterráneo apagó el motor y la miró a los ojos.
Vienna sonrió con tristeza quitándose el cinturón. —Ahora ya
lo sabes.
—Seguro que no me has contado mil cosas, pero ya me
las contarás. ¿Y cómo es la vida fuera?
Forzó una sonrisa. —Muy diferente.
—Esperabas más. Habías idealizado tu salida y no ha
cumplido tus expectativas.
Se le cortó el aliento. —¿Tú también lees el
pensamiento?
Greg sonrió. —Eres transparente, nena.
—¿De veras?
—Tienes la mirada más pura que he visto nunca. —Se
acercó lentamente. —Y unos labios preciosos.
Sintió que le faltaba la respiración. —¿De veras?
—Y muy apetecibles. —Rozó sus labios y Vienna se
mareó porque la recorrió la sensación más maravillosa del
mundo. Greg besó su labio inferior tiernamente y la cogió por
la nuca atrayéndola a él. Se miraron a los ojos y susurró —Y
saben muy bien. ¿Quieres probar los míos?
¡Le iba a dar un infarto! Bajó la vista hasta sus labios y
gimió antes de acercarse y besarle suavemente. Algo en su
interior se calentó y atrapó su labio inferior para pasar su
lengua por él, lo que a Greg le hizo gruñir, pero la dejó hacer.
Ese sonido la excitó todavía más y se inclinó hacia él subiendo
las manos hasta sus hombros. Cuando él separó los labios,
Vienna dejándose llevar por su instinto sacó la lengua para
saborearle y al rozar sus lenguas aquello se descontroló
empezando a besarse como posesos. Mareada por lo que le
hacía, sintió la mano en su trasero y gimió en su boca
tirándose sobre él. Greg con la otra mano deslizó el asiento
ligeramente hacia atrás para separarlo del volante y la cogió
por la cintura para sentarla a horcajadas sobre sus piernas.
Sorprendida separó sus labios para mirarle a los ojos y el
respaldo del asiento cayó hacia atrás provocando que cayeran
con él. Impresionada susurró casi sin aliento —Tienes
práctica.
—La adolescencia fue dura, solo tenía el coche. —
Acarició sus nalgas mientras tiraba de su vestido hacia arriba
lentamente. Cuando sus dedos rozaron la suave piel de sus
nalgas Vienna cerró los ojos. —Joder, eres preciosa. —La besó
en el cuello y cuando esos dedos se metieron en el interior de
sus braguitas él retuvo el aliento por si le frenaba, pero para su
sorpresa Vienna se sentó sobre él enderezándose lo que pudo y
tiró de su vestido hacia arriba para quitárselo. —Hostia —dijo
al ver que no llevaba sujetador—. Nena, me da que no estás
muy acostumbrada a esto, pero eso es una clara invitación a…
Sintiendo que ardía se tiró sobre él para atrapar sus
labios y deseando sentirle acarició su torso por encima de la
camisa. Disfrutó de la dureza de sus pectorales, pero quería
tocarle y protestó en su boca tirando de la camisa hasta romper
varios botones. Greg perdiendo el control tiró de sus braguitas
rompiéndolas y acarició sus húmedos pliegues volviéndola
loca, así que apartó sus labios y bajó hasta su pecho para
besarlo. Pero él la agarró por los brazos poniéndola a su altura
y la hizo pasar de largo sobre su cabeza provocando que
gritara de la sorpresa y cuando Greg besó uno de sus pechos
gritó aún más. Vienna tuvo que sujetarse con las manos en el
respaldo de atrás y maravillada cerró los ojos mientras lamía y
mordisqueaba sus pezones sin darse cuenta de que una mano
llegaba a su sexo hasta que pasó sobre él haciéndola gritar de
placer. Y cuando metió un dedo en su interior Vienna movió
las caderas hacia atrás metiéndoselo entero. Notó que él se
tensaba bajo su cuerpo y le miró. —Nena, no eres virgen.
Con la respiración agitada susurró —Ya te lo explicaré
después.
—Estoy impaciente por oírlo.
Se besaron de nuevo y al sentarse sobre él sintió su
sexo erecto. Fue tan increíble sentir su dureza que se deslizó
sobre su miembro y cuando rozó su clítoris todo su cuerpo se
tensó deseando mucho más. Apoyándose con las palmas de las
manos se elevó apartando sus labios y sintió como él colocaba
su miembro en su entrada mientras con la otra mano sujetaba
su cadera. Abrió los ojos mirándole y él presionó su cadera
indicándole que bajara. Lo hizo muy lentamente sintiendo la
resistencia de su canal por estar tan estrecha. Fascinada vio
como él juraba por lo bajo cerrando los ojos con fuerza como
si fuera una tortura y cuando se sentó sobre él llenándola por
completo movió las caderas intentando acomodarse. —
Joder… —dijo él tensándose.
—¿He hecho algo mal?
La miró asombrado. —Claro que no.
Sonrió. —¿De veras? —Movió la cadera dándoles
placer. —¿Así que si hago esto está bien?
—Está genial —dijo casi sin voz.
Se sintió tan bien por darle placer que apoyó sus manos
en su pecho para moverse de nuevo. —¿Y así?
—Sácatela un poco, nena.
Se elevó para dejarse caer sobre su miembro y Vienna
cerró los ojos por las increíbles sensaciones que la recorrieron.
Deseando más lo hizo de nuevo e impaciente aceleró sus
movimientos. El placer aumentaba cada vez que se llenaba de
él, pero al mismo tiempo su cuerpo deseaba más y más. Greg
se sentó atrapando sus labios y se abrazaron mientras ella no
dejaba de moverse sobre su sexo. Se miraron a los ojos con la
respiración agitada y agarrándola por las caderas la guió hasta
que el roce de su miembro en su interior la hizo temblar, pero
en esa ocasión cuando la llenó por completo, algo estalló
dentro de ella provocándole la visión más increíble de su vida
mientras él la abrazaba con fuerza derramándose en su interior.
Agotada y más feliz que en toda su vida apoyó la
mejilla en su hombro. Él no dejó de abrazarla y cuando
empezó a acariciar su espalda fue volviendo poco a poco a la
realidad. Se sonrojó con fuerza por lo que habían hecho, pero
en ningún momento se arrepintió, todo lo contrario. Se alejó
para mirar su rostro y él sonrió. —Tu hermano va a matarme.
—No le dejaré.
—Nena, si sigues mirándome así no saldremos del
coche.
—¿Y?
Cuando llegó a casa él detuvo el coche ante la puerta y
Vienna le miró. —Ha sido la cita más increíble de mi vida.
—Ha sido la única cita de tu vida.
—Por eso ha sido tan increíble.
—¿Incluso la hamburguesa después de perder la
reserva?
—Incluso eso. —Había llegado el momento de
despedirse y realmente no sabía qué decir.
—Hasta mañana, nena. —Se acercó y besó sus labios
suavemente.
Cuando se apartó sus ojos brillaron. —¿Te quedarás
mañana?
—Me quedaré hasta el domingo.
—¿Dónde estás destinado? No me lo has dicho.
—En San Antonio.
Le miró asombrada. —¿De veras?
—Nena, mi familia es de aquí y en cuanto pude pedí el
traslado a Texas. Tuve suerte y pude volver a casa.
—Por eso te enviaron a ti para lo de esa familia.
—Sí. A veces tengo que viajar fuera de Texas
siguiendo al sospechoso, pero mi casa está en San Antonio.
—¿Y por qué no hemos ido allí? —preguntó pasmada.
Él rio por lo bajo. —Porque están mi hermana y mi
madre.
—Vaya.
—Algún día las conocerás.
Se le cortó el aliento. —Te veo muy seguro de esto.
—Y tú tienes dudas.
—Casi no me conocías y…
—Te parece extraño.
—¿A ti no te lo parecería en mi situación?
Él tomó aire por la nariz mirando al frente. —Cuando
te vi por primera vez deseaba muchísimo que me llamaras. Si
me comporté así fue porque no quería que creyeras que me
gustabas tanto. —Se le cortó el aliento escuchándole y él
continuó —Después fue la cita y… Joder nena, ver tu
sufrimiento me alteró. No podía sacarte de mis pensamientos y
le pedí a mi hermana que me ayudara. —La miró a los ojos. —
Pareces sorprendida.
—Sí, estoy sorprendida porque parece que te olvidas
de que mi hermano lee los pensamientos.
Greg frunció el ceño. —¿Y eso qué quiere decir?
—Sospechabas de mí, de todos nosotros.
—Tu comportamiento era extraño y ahora sé la razón.
—Frunció el ceño. —Nena, ¿qué pasa? ¿No me crees?
—No, no te creo. —Gimió volviéndose para abrir la
puerta. —No vuelvas mañana.
Sorprendido la agarró del brazo. —¿Pero qué coño te
pasa?
—¡Me estás mintiendo!
—¿Qué has visto?
—No he visto nada, pero no soy tonta. Por Dios, me lo
he tragado todo. —Le miró furiosa. —¡Creías que estaba
buena y desde el principio pensaste en investigarnos porque
algo había que rascar! Jamás dejando esa tarjeta pensaste en
que te llamara para conocerme, sino porque querías saber más
de nosotros.
—¡Nena, creo que estás exagerando cuando te acabo
de decir casi lo mismo!
—¡No, no es lo mismo! ¡Nunca tuviste un interés real
en mí! ¿Qué buscas?
—¡Nada, no busco nada!
Entonces le vio metiendo dinero en una bolsa negra y
cerrándola de golpe antes de coger el pasaporte de encima de
la mesilla y salir de lo que parecía la habitación de un hotel. —
Dios mío… —Le miró horrorizada. —Buscas dinero. Por eso
pensaste que teníamos pasta el día en que nos conocimos. Por
eso querías rascar en nuestro pasado, para chantajearnos.
—¡Vienna estás diciendo disparates! ¡Han amenazado
con despedirme, con perder todo por lo que he luchado y aun
así estoy aquí!
La puerta del coche se abrió y Marc cogió su brazo
para sacarla del vehículo. —Lárgate de aquí.
—¡Está equivocada! ¡Jamás pensé en chantajearos! —
Greg salió del coche. —¿Qué has visto?
—Te largabas del país con una bolsa llena de dinero —
dijo con desprecio.
La miró incrédulo. —¿Y cómo sabes que ese dinero
provenía de vosotros?
—No hables más con él.
Vio a través de la ventana que Rose hablaba con
alguien por teléfono y juró por lo bajo mientras Marc y Vienna
iban hacia la casa rápidamente. —¡Nena, estás equivocada!
—¡A mí no me mientes más!
Marmara apareció ante él con Rachael de la mano y
ambas entrecerraron los ojos. —¡Joder, no me lo puedo creer!
—Se volvió hacia la casa y gritó —¡Ese dinero era para pagar
un rescate en México!
Ella se detuvo en seco ante la puerta y se volvió para
mirarle sorprendida. —¿Qué?
—Fue uno de mis primeros casos aquí. Un hombre
había secuestrado al hijo de su jefe y había pasado la frontera.
Allí no tenemos jurisdicción y me enviaron a mí para pagar el
rescate.
Sus ojos se llenaron de lágrimas viendo al niño
abrazando a su padre. —Le salvaste.
Apretó los labios y asintió. —Sí, él amenazó con matar
a mi familia y a la del niño. Fue el tipo del callejón. Sabía que
cumpliría su amenaza porque era un hombre muy peligroso y
te aseguro que el mundo es mucho más seguro sin él.
Dio un paso hacia él. —¿Y por qué pensaste en el
dinero el día que nos conociste?
—¡Porque creí que estabais metidos en algo de drogas!
¿Esa casa y sin trabajo? ¿Qué querías que pensara?
—¿Cómo sabías que no teníamos trabajo? —preguntó
Marc.
—Porque antes de venir aquí paramos en la gasolinera
y después de interrogar a Jennifer sobre si había visto al
sospechoso, le pregunté si estaríais en casa. ¡Me dijo que sí,
que no trabajabais y que solíais estar aquí o en el rancho de
Gillean porque erais muy buenos amigos!
—No ha pensado en mentir —dijo su hermano
mentalmente.
—¿En nada?
—En ninguna de sus frases, las ha dicho sin pensar
antes su respuesta. Sabes que eso evidencia la mentira, pero él
no lo ha hecho.
Gimió por dentro antes de forzar una sonrisa. ¿Y ahora
qué decía? Era evidente que había metido la pata hasta el
fondo. —¿Así que vienes a buscarme mañana?
—¿Qué? —preguntó pasmado.
—¿Te gusto?
—Sí, pero…
—Pues hasta mañana. Me lo he pasado muy bien.
Atónito vio como entraba en la casa a toda prisa y Greg
miró a Marmara. Esta carraspeó. —Se ha quedado buena
noche, ¿no?
Greg furioso entró en el coche cerrando de un portazo.
—Uy, que no se lo ha tomado muy bien —dijo Rachael.
—Hombres, tienen un ego algo frágil.
—Y que lo digas, amiga. El otro día Jeff después de
salir a correr me preguntó porque fruncía la nariz y le dije que
sus zapatillas de deporte olían. Se puso como loco y se pegó
tres duchas antes de tirarlas a la basura.
Marmara soltó una risita. —Lo que yo decía. Mejor te
llevo a casa, que al parecer hace unos minutos no le olía nada.
—Olia a gloria, amiga.
Después de hablar con su hermano se fue a la cama y
no dejaba de darle vueltas a lo que había ocurrido. Era
evidente que no se fiaba de él, ¿y si no era así debía seguir
viéndole? Estaba muy confusa. Su hermano le había dicho que
después de la vida que habían pasado era muy normal no
confiar en nadie, cuando los que se suponían que tenían que
haberles cuidado les habían utilizado de esa manera tan cruel,
robando la infancia a niños indefensos. Y sabía que tenía
razón. Pero ella no dudaba solo de Greg por su trauma, dudaba
porque le parecía imposible que alguien que la conociera bien
quisiera estar a su lado. Había que ser sincera y no era fácil
lidiar con su don. Mucha gente no soportaría saber parte del
futuro o aguantar sus crisis. Soportar su inseguridad, como
había ocurrido esa noche. Eso sin contar a su familia, que
también tenía tela. Que su hermano supiera sus pensamientos
más íntimos a cualquiera le echaría para atrás. Suspiró
mirando el techo. Y parecía que él quería continuar con ella.
¿Por qué? Si al menos tuviera una visión de ellos dos juntos en
el futuro… Eso le daría seguridad, pero no, las puñeteras
venían cuando les daba la gana. Recordando esa noche junto a
él sintió que sus ojos se llenaban de lágrimas. La mejor noche
de su vida. Había sido cariñoso, tierno, apasionado y cuando
esos ojos se posaban en ella se sentía viva. Y parecía que Greg
sentía lo mismo por ella. ¿Lo habría estropeado todo? Dios,
esperaba que no. Las lágrimas recorrieron sus mejillas y se las
limpió exasperada. Tienes que ser más fuerte, Vienna. Debes
tener valor para enfrentarte a un corazón roto si es que llega a
rompértelo algún día, ya sea mañana o en el futuro. ¿Por qué
eres tan negativa? Fíjate en Marmara, confió en él y se aman.
Gillean haría lo que fuera por ella. Entrecerró los ojos. Pero
claro, Gillean había arriesgado toda su vida por su mujer. De
hecho llegó a perderlo todo por estar a su lado. Claro, con
gestos de amor así se te van las dudas. Igual si a Greg… ¿Pero
qué estás pensando? ¿Estás loca? ¿Quieres que sufra? ¿Qué
clase de amor es el tuyo? Ha luchado muchísimo por su
trabajo y le encanta, ¿de veras quieres que se lo quiten? Eres
una egoísta. Ya le han amenazado y es suficiente. Está aquí,
¿no? Pues déjalo estar. Deja de ser tan idiota y disfruta del
momento. De repente sonrió cerrando los ojos. Anda que
como estuviera camino de San Antonio no iba a llorar ni nada
al día siguiente. Perdió la sonrisa de golpe. ¿Otra vez siendo
negativa? ¡Mañana vendrá!
Lloró todo el día a moco tendido y su familia ya no
sabía qué hacer con ella mientras no dejaba de repetir que le
había perdido por idiota. Rose a veces le daba la razón y otras
intentaba consolarla. Su hermano no dejaba de repetirle que no
la merecía y cuando llegó Marmara por la tarde le dijo que
dejara de llorar y que le llamara de una vez.
—¿Tú crees?
—Mejor arreglar las cosas y si está ofendido por lo de
ayer estará esperando tu llamada.
Sus ojos brillaron. —Claro, es eso. Espera una
disculpa.
Asombrada miró a Marc y a Rose. —¿No se os había
ocurrido eso?
—Pues no —dijo su gemelo viéndola correr hacia el
móvil que estaba en la cocina. Fue cogerlo de la mesa y
empezar a sonar.
—Es él —dijo atónita.
—Pues cógelo —dijo Rose como si fuera tonta.
Pulsó el botón verde y se lo puso al oído. —Nena, no
voy a ir —dijo él nada más descolgar.
—Entiendo —dijo decepcionada.
—Joder, lo siento pero me han llamado. Tengo un
asesinato en el condado de Gillespie y se cree que es mi
sospechoso. Ya voy de camino.
—¡Ah! —Sonrió radiante. —¿Es muy peligroso?
—Ha matado ya a cuatro chicas. Creían que una de
Philadelphia era obra suya pero no, solo opera en Texas.
—Si veo algo ya te lo digo.
—No quiero que pienses en eso.
—Ya, pero si lo veo yo te llamo. —Pasó el dedo por la
madera de la mesa. —Siento lo de ayer.
—Nena, creo que lo que está pasando nos ha
sorprendido a los dos.
—Sí, no te esperaba.
Él se echó a reír. —Ni yo a ti. —Sonrió sin poder
evitarlo. —Pero ha pasado y pienso continuar a ver qué ocurre.
Me pasaré unos días fuera para investigar esto, no quiero que
te preocupes si un día no te llamo, ¿vale? A veces hay algo
que hacer y se me olvida. Mi madre se pone histérica porque
piensa que me ha pasado algo.
—Vale, no me preocuparé.
—En cuanto vuelva voy a verte.
Se sonrojó de gusto. —Lo estoy deseando.
—Y yo, nena. Me jode un huevo que me hayan
llamado, pero este trabajo es así.
—Me acostumbraré.
—Que hayas dicho eso es bueno, es que piensas
intentarlo.
—Sí, vamos a intentarlo. Un beso, cielo.
—Un beso.
Miró a los suyos con una sonrisa de oreja a oreja. —
Tiene un caso y se ha tenido que ir.
—¿Y por qué no te ha llamado antes? —preguntó su
hermano ofendido.
Le miró molesta. —¡Está muy ocupado, se olvida de
estas cosas! ¡Me ha dicho que no me preocupe si no me llama,
que en cuanto pueda vendrá! ¡Y deja de criticarle!
Asombrado miró a Rose. —¿Le critico?
—Un poco, cielo.
—Lo vamos a intentar y va a salir bien.
Marmara sonrió. —Así se habla.
La vieron ir hacia las escaleras y correr hacia su
habitación. Marmara miró de reojo a Marc que estaba de lo
más molesto. —No te gusta.
—No sé qué pensar. No parece que mienta, ¿pero no os
parece muy raro? De repente es el hombre enamorado. Joder,
le rompimos una mano y le amenazaron con echarle del
trabajo, cualquiera hubiera salido corriendo en dirección
contraria después de saber cómo somos, pero él no. De hecho,
ha conseguido que se enamore perdidamente de sus huesos.
—¿Quieres que investigue un poco?
Marc suspiró. —Eres muy amable, pero es ella la que
tiene que darse cuenta. —Apretó los labios. —No quería
decírtelo delante de mi hermana, pero ayer se lo contó todo.
Marmara separó los labios de la impresión. —Cuando
hablas de todo…
—Hablo de que vivió en el búnker y que la sacaste de
allí. Que entre todos nos liberamos y que por eso estamos
viviendo aquí. No entró en detalles, pero le ha contado que el
búnker existía y que pasamos casi toda nuestra vida allí. Hasta
ese punto ha influido en mi hermana y solo con una cita.
Marmara se tensó. —Entiendo lo que quieres decir.
Déjamelo a mí. Nos comportaremos normalmente y tú estarás
atento a sus pensamientos mientras yo viajo un poco. Si no
notamos nada en tres o cuatro visitas nos relajamos.
Marc miró a su mujer que asintió. —Deja que vea lo
que hace cuando menos se lo espere, a ver si le pilla en algún
renuncio. Vienna no tiene por qué enterarse.
Capítulo 6
Dos días después salía de la tienda de la señora
Collings con dos bolsas de papel en la mano. —¿Vienna? —Se
volvió con una sonrisa para ver que Rachael se acercaba con el
carrito del niño. —¿Te vas a casa?
—Voy a probar a hacer lasaña.
—¿Has superado el pollo? —preguntó indignada—.
Me estás adelantando.
Soltó una risita bajando la puerta del portaequipajes de
la ranchera. —Este último me salió medio decente.
—Qué suerte. ¿Ya conduces? —preguntó sorprendida.
—¡Mira! —Sacó su licencia de conducir a toda prisa.
—¡Me lo han dado esta mañana!
—Felicidades. —Hizo una mueca. —Menos mal que
vivo cerca del pueblo porque yo con el niño todavía no he
podido examinarme.
—Te lo cuido cuando quieras. —Sonrió al niño. —Es
un amor.
—Sí, pues este que da tanto amor, ha hecho
desaparecer los pantalones esta mañana. Con pañal incluido.
Se echó a reír. —¿Tenía calor?
—Sí, y me lo ha hecho en la carnicería. El señor
Haggis me dijo que a los niños hay que vestirlos antes de salir
de casa —dijo mortificada—. Y después se meó y el chorrito
llegó hasta el mostrador. —Vienna se echó a reír a carcajadas.
—Sí, ríete, pero a mí no me hizo ninguna gracia. Como le dé
por quitarse la ropa en cualquier sitio menudo panorama. —
Abrió los ojos como platos. —¿Te imaginas que lo haga en la
guardería? Me muero.
—Al parecer habrá que esperar un poco para que se
relacione con los demás. Como con el niño de Marmara.
—Una guardería propia para nuestros niños, eso es lo
que necesitamos. ¿Quieres el puesto?
No quería comprometerse a algo así, era mucha
responsabilidad. —Ahora está Greg y…
Rachael sonrió sin tomárselo a mal. —Te entiendo.
Pues a ver a quien encontramos porque… —Al ver que Vienna
se la quedaba mirando como si no la viera Rachael se tensó
echando un vistazo a la calle que ahora estaba casi vacía.
Esperó a que tuviera su visión vigilando y de repente Vienna
parpadeó. —¿Has visto algo interesante?
—Un coche negro. Se bajan tres hombres. Van a asaltar
el pueblo.
—¿El pueblo?
—Van a repartirse entre la cafetería, la tienda y la
carnicería.
—¿Cuándo?
Miró el sol antes de mirar su ropa. —Hoy, estás en la
cafetería con esa blusa. Por la tarde antes de que Claudia
cierre.
—Tenemos tiempo. Llamaré a Robert.
Su amiga sacó el móvil a toda prisa y Vienna sintiendo
las piernas algo flojas se sentó en la puerta del portaequipajes.
Dos hombres que no conocía salieron de la ferretería y al ver
el tatuaje que llevaba uno en el brazo se tensó. El águila de su
visión. Llevaban una bolsa en la mano y se subieron a una
camioneta roja donde otro esperaba en el asiento del
conductor. Este las miraba fijamente y Vienna nerviosa se
levantó. —Rachael son esos.
Su amiga se volvió para mirarles y el tipo del volante
sonrió de medio lado antes de guiñarles un ojo. Dio marcha
atrás casi llevándose por delante el coche del sheriff que
llegaba en ese momento. Este puso las luces y de repente la
camioneta salió a toda velocidad. Para su sorpresa el sheriff no
les siguió y le vieron salir del coche soltando pestes. Se
acercaron a toda prisa y Vienna se quedó de piedra porque
tenía dos ruedas pinchadas. —¡Me cago en la leche!
—¿Sheriff? —preguntó Vienna—. ¿Está bien?
Este se agachó para coger algo del suelo y levantó un
pequeño clavo. Y en la calzada había varios. —¿Qué coño es
esto? —preguntó alterado antes de coger la radio que llevaba
al hombro—. Robert te quiero aquí, en la calle mayor. Hay
clavos.
—Voy para allá, jefe.
No tardó en salir de la oficina del sheriff y varios
vecinos se acercaron para protestar porque llevaban un par de
días sufriendo ese tipo de molestias.
—A mi Tim le han robado la bici, sheriff.
—Sí, lo sé, la estamos buscando.
—¡No hace falta que la busque más porque está en el
fondo del acantilado! ¡Una bici nueva!
—¡Y a mí me han tirado una piedra a la ventana de la
cocina! —dijo una anciana—. ¡Casi me da!
—Será algún gamberro que quiere tocarme las narices.
Le pillaré.
—Estas cosas antes no pasaban —dijo el señor
Radcliff mirándolas de reojo—. ¡Este siempre fue un pueblo
tranquilo!
Ambas se miraron antes de mirar a Robert que apretó
los labios, lo que significaba que ya había escuchado antes ese
tipo de comentarios.
Curtis se acercó. —¿Qué ocurre? —Al ver los clavos
que estaba recogiendo Robert se agachó a por uno. —Qué
raro. Lo siento sheriff, esto ha debido ser cosa mía. Antes
saqué una caja de la camioneta y se debió abrir.
El sheriff levantó una ceja sin creerse una palabra. —
¿Estás seguro, Curtis?
—Pagaré el arreglo de las ruedas.
—Eso no es necesario, ha sido un accidente.
Los vecinos se fueron murmurando y se quedaron los
cinco. —¿Qué está pasando? —preguntó Rachael.
—Algún cabrito que no debe estar de acuerdo con que
estemos aquí y toca las narices para que nos echen la culpa —
dijo Robert.
—Eso me temo —dijo el sheriff—. Además, algunos
tienen envidia por lo de las indemnizaciones y protestan por
tonterías más de lo habitual. Estoy seguro de que lo de la
piedra fue su nieto, que siempre está jugando a tirarse piedras
con su hermano. Una vez hasta le abrió la cabeza. Y lo de la
bici lo ha hecho su vecina porque el niño llegaba tocando la
puñetera bocina y ya me había protestado la mujer varias
veces. Pero ha habido otros casos que no sé… Ayer quemaron
un contenedor de basura a las afueras del pueblo. Y esto…
Vienna asintió. —Entiendo.
—Tienen que acostumbrarse a tener más gente en el
pueblo, no pasa nada —dijo Curtis.
—¿Y no serán distracciones? —preguntó Rachael
llamando la atención—. Lo de la piedra y la bici no, claro,
digo lo del contenedor y esto. Si tiene el coche en el taller es
un coche del sheriff menos para seguir a nadie.
Robert entrecerró los ojos. —Y ayer para apagar el
contenedor acudieron dos coches.
El sheriff les miró fijamente. —¿Hay algo que deba
saber?
Rachael sonrió. —¿Seguro que quiere saberlo o lo
arreglamos nosotros sin tiroteos?
—Uff, yo ya estoy viejo para esto. —Miró a Robert. —
¿Te encargas?
—Por supuesto, jefe.
Marmara se comía un helado sentada en el banco de
delante de la cafetería. Por allí no iban a pasar. Miró a un lado
para ver que Rachael de pie ante la tienda de regalos se miraba
las uñas y fruncía el ceño antes de meterse el pulgar en la
boca. Robert con un fusil estaba en la azotea de la cafetería
vigilando la calle. Elizabeth se sentó a su lado con otro helado.
—¿Un antojo?
La miró pasmada. —No.
—Chica solo era una pregunta. —Se echó a reír por su
cara. —No, Vienna no me ha dicho nada.
—Menos mal. Con la niña voy a tope.
—¿Te ha vuelto a desintonizar los canales de la tele?
—Enciende la lavadora todas las noches a las tres de la
mañana.
—Que útil.
—Muy graciosa. Me desvelo al apagarla y se pone a
llorar. Y no para hasta que me levanto.
—Sabe que has apagado la lavadora y que estás
despierta. —Rio por lo bajo. —Y fiesta, ¿no?
—Pues sí. No se duerme hasta por la mañana.
—Prueba a desenchufar la lavadora.
La miró asombrada porque era evidente que no se le
había ocurrido y Marmara se echó a reír a carcajadas. —
Pringada.
Gruñó antes de chupar su helado y miró hacia arriba
donde Robert le guiñó un ojo. —¿Reviento el motor aquí o
allí?
—Da igual no van a salir del pueblo.
—¿Crees que alguien se ha quedado en casa?
—¿Con la fiesta que ha organizado el cura? Tranquila,
nadie nos verá. Si todos han cerrado antes de tiempo porque
sabían que no habría un alma.
Rose salió de la cafetería con otro helado, pero este era
triple. —¿Qué? Estoy a punto de parir, no me miréis así.
El silbido de Robert las hizo mirar hacia la carretera.
—Empieza el espectáculo. —dijo Elisabeth antes de pasar la
lengua por su cucurucho.
El coche negro enfiló la calle y Vienna desde el piso
superior de la cafetería volvió a ver el tatuaje. El hombre
llevaba un mono azul con las mangas remangadas y Curtis se
sentó ante él. —¿Otra vez en la cárcel, hijo?
—¿Y a ti qué coño te importa?
—Me importa, no hay nada en esta maldita vida que
me importe más que tú.
El hombre le miró con rencor antes de levantarse y
largarse de allí. Curtis suspiró. —Esto ya no tiene arreglo, no
sé para qué te esfuerzas.
A Vienna se le cortó el aliento y levantó la ventana
para gritar —¡Es el hijo de Curtis! ¡Tiene un águila en el
brazo!
Marmara se tensó levantándose y dijo —No les matéis.
Rachael asintió desde su puesto y Marmara miró a
Robert que levantó el pulgar. —Dejad que se acerquen —dijo
ella—. Rose, céntrate en las manos.
—Entendido, jefa.
—Dejad que se vayan.
Rose sonrió divertida. —Eso si pueden conducir con
las manos rotas.
—Rómpeles la del arma, nada más. No quiero que
nadie se entere de que el hijo de Curtis ha hecho algo así.
El coche se detuvo y los tres salieron a toda prisa
encapuchados y con las armas en la mano dejando el motor
encendido y las puertas abiertas. De repente gritaron de dolor
dejando caer las pistolas al suelo y estas desaparecieron. —
¡Vámonos! —gritó uno espantado mirando al suelo y en ese
momento Curtis salió de la cafetería.
Dos entraron en el coche y cuando el otro iba a entrar
el vehículo salió disparado dejándole atrás. Su capucha
desapareció y sin aliento miró hacia Curtis que apretó los
labios antes de decir —¿Te duele la mano?
—¿Qué coño pasa aquí? —preguntó incrédulo
llevándose la mano al pecho.
—¿Querías hacerme daño? ¿Por eso has venido hasta
aquí en cuanto te han soltado?
Este se tensó furioso. —¡Quieres a este pueblo más que
a tu hijo!
—No, Curt. Eso nunca ha sido así. Tú siempre has sido
lo más importante.
—¡Eso está claro cuando te quedaste a vivir en este
vertedero!
Curtis suspiró. —No hubiera conseguido trabajo donde
vivíais, soy vaquero.
—Claro, esa siempre ha sido tu excusa. ¡Y dejaste que
me criara con ella!
Marmara miró impresionada a ese hombretón. —¿Pero
a ti qué coño te pasa?
—Niña no.
—¿Cómo que niña no? —preguntó indignada haciendo
que Curt se volviera—. ¡Tienes a un padre que te quiere y que
haría lo que fuera por ti! ¡Si has echado tu vida por la borda no
ha sido culpa suya, algo harías tú, majo! ¡Él no te envió a la
cárcel ni te ha hecho elegir este camino! ¡Has sido tú! ¿Has
tenido una mala infancia? ¡No tienes ni idea de lo que es tener
una infancia jodida! ¡Yo sí y no me da por ir asaltando
cafeterías!
—¡El sermón de siempre!
—¡Será que no te entra en la mollera! ¡Si de algo es
culpable tu padre es de tener un hijo idiota!
—¿Qué has dicho? —dio un paso hacia ella
amenazante.
—¡Qué eres idiota! —gritó más alto sin intimidarse.
Curtis se echó a reír por su cara de pasmo. —La niña
tiene carácter. Le pasa desde que está con Gillean, hijo. Le ha
pegado su mala leche.
—Eso ya lo veo —dijo entre dientes.
Vienna bajó los escalones y Curt la miró.
Sorprendiéndoles a todos Vienna se acercó y sonrió. —
Bienvenido a Donwhill.
La miró como si le hubieran salido cuernos antes de
mirar a su padre. —Hijo, ya es hora de que pares. Te
conseguiré trabajo y podrás llevar una vida normal. ¿No
quieres intentarlo? ¿Vivir fuera para variar?
Vienna sonrió. —Te aseguro que te irá bien.
—¿De veras? —preguntó como si no se creyera una
palabra.
—Te lo garantizo.
Vagueando en el porche miró su móvil exasperada. —
¿No te llama? —preguntó Rose dándole un vaso de limonada.
—Ocho días, me tiene harta.
—Ya, harta… —Rose se sentó a su lado. —Sí que debe
estar ocupado.
La miró mosqueada. —Suéltalo de una vez, no te vayas
por las ramas.
—Tu hermano me llamaba todos los días después de
que nos acostáramos, hasta que le di puerta.
—¿De veras? Nunca me lo ha dicho.
—Bueno… Era algo delicado, se suponía que lo
nuestro no tenía que saberlo nadie.
—Sí, incluida yo.
—Exacto. Éramos discretos.
Nunca habían hablado de eso. —¿Le amabas entonces?
—Al principio me sentía rara. Luego me di cuenta de
que era el hombre de mi vida y después sufrí muchísimo por
tener que darle la patada. —Miró al vacío. —Lo que ocurrió
con la niña hizo que me aislara aún más y no quise decirle
nada. Para qué decírselo y que sufriera por lo que podía haber
sido. —La miró y sonrió. —Pero al final todo salió bien y sí le
amo más que a nada. Doy gracias todos los días por tenerle a
mi lado.
—Me alegro mucho por vosotros.
—Lo sé. Pero no me has entendido, ¿verdad?
La miró demostrando que no sabía por dónde iba.
—Lo que quería decirte es que los principios pueden
ser duros, pero si hay amor todo se soluciona.
—Bueno, si hay amor y si Marmara hace viajecitos.
Se echó a reír asintiendo. —Sí, eso también.
Iba a beber del vaso cuando este cayó de su mano. —
Eh, que la que rompo cosas soy yo… —Al ver sus ojos se
tensó y más aún cuando Marc salió al porche a toda prisa. —
¿Lees algo?
—No, sabes que las visiones solo las ve ella y a no ser
que me las narre mientras las ve… —Negó con la cabeza. —
Esta es fuerte, está muy concentrada. Su mente está en blanco
mientras ve las imágenes.
En ese momento Vienna se sobresaltó y se levantó en
el acto cogiendo el teléfono. —Cielo, ¿qué ocurre?
—Tengo que localizar a Greg.
—¿Le ocurre algo?
Se puso el teléfono al oído. —Es su hermana.
—Nena, ahora no puedo hablar. Te llamo en cuanto…
—¡Greg! ¡Es Chrissy!
—¿Qué pasa?
—La he visto. Le da un dolor en el pecho y cae de la
silla. ¡He visto el entierro!
—No me jodas Vienna, ¿qué me estás contando? —
gritó alterado.
—El futuro se puede cambiar en el presente. ¿Dónde
está?
—No lo sé —dijo asustado.
Se llevó la mano a la frente intentando pensar
rápidamente. —¿Tienes una foto suya en tu móvil?
¡Envíamela, Marmara la encontrará!
—Vienna…
—Date prisa. Le ocurre hoy. ¡Estaba viendo un
programa que he visto anunciar para hoy!
—Sí, Marmara te necesito aquí —dijo Marc al
teléfono.
Apareció ante él con su hijo en brazos. —¿Qué pasa?
—Marmara ya está aquí, cielo. No te preocupes.
—¡Joder nena, estoy tan nervioso que no encuentro
ninguna!
—Greg concéntrate.
—¡Aquí! Te la estoy enviando.
Escuchó el pitido. —Te llamo ahora.
Colgó abriendo la foto inmediatamente y se la mostró a
Marmara. —Tenemos que encontrarla. Tenemos que salvarle
la vida.
Marmara entregó el niño a Rose. —De acuerdo. —
Alargó la mano. —Supongo que vienes conmigo.
—Sí.
Cogió su mano y su hermano dijo —Suerte.
Desaparecieron y se hicieron presentes en una
habitación. La chica estaba mirando las pantallas del
ordenador y Vienna se quedó de piedra por toda la
información que había sobre ellos. Había encontrado sus
expedientes del búnker. Marmara al ver su rostro con catorce
años dijo —¿Qué coño es esto?
Chrissy se sobresaltó volviendo la cabeza hacia atrás y
las miró con los ojos como platos. —Leche…
—¿De dónde has sacado esto?
—Del ordenador del senador Stuart.
La miró fríamente. —¿Qué buscáis de nosotros?
—¿Qué?
Vienna pálida vio una foto suya cogida de la mano de
su hermano en una de las salas. Era un video. —¿Por qué ves
esto?
—¿Curiosidad? —preguntó asustada—. Tú eres
Vienna, ¿verdad?
—¡Eso es clasificado! —gritó Marmara —. ¿Sabes lo
que he tenido que hacer para que esto no lo supiera nadie?
—No se lo voy a decir a nadie, lo juro.
—¡Claro, porque te hemos pillado!
—¿Greg sabe esto? —preguntó viendo una foto
impresa de la cámara de acero donde estuvo encerrada dos
años de su vida.
—No, hace días que no le veo y…
Marmara se acercó a ella y agarró la silla de ruedas por
los reposabrazos. —Escúchame bien como me entere de que le
cuentas esto a alguien…
—No se lo voy a decir a nadie —dijo incrédula—.
¿Creéis que soy una suicida? ¡Es evidente que el gobierno
quiere ocultar esto!
—¿Entonces para qué lo ves?
—Curiosidad morbosa —dijo Vienna descompuesta.
—Lo siento. Mi hermano me dijo que husmeara un
poco y… Lo siento.
—Bórralo todo —le ordenó Marmara—. Y júrame que
nunca le dirás nada a nadie.
—Lo borraré, ¿vale?
—Da igual que lo borre Marmara, puede conseguirlo
de nuevo.
Su amiga juró por lo bajo enderezándose y llevándose
las manos a la cabeza.
—Hablaré con el senador para que mejore su
seguridad, ¿de acuerdo?
La miraron pasmada y esta cogió un donut
metiéndoselo en la boca. —Sus defensas son de risa.
Cualquiera con un poco de interés puede verlo todo.
Vienna le quitó el donut de la boca y está la miró
asombrada. —¿Quieres uno?
—¡Nos vamos al hospital!
—¿Al hospital para qué? —Sonó el teléfono de
Chrissy y esta lo cogió sonriendo. —¡Es Greg! —Se lo puso al
oído. —Hola, ¿todavía estás en ese pueblo de mala muerte?
¿Cómo sabía ella donde estaba? ¿La había llamado?
Eso sí que la cabreó y le arrebató el teléfono. —¡Eh!
Se lo puso al oído. —¿Greg? Ya estamos aquí. Nos la
llevamos al hospital no te preocupes. Te llamo en cuanto sepa
algo.
—¿Pero qué te pasa? —preguntó Chrissy pasmada—.
¿No te encuentras bien?
Marmara se cruzó de brazos. —Eres tú la que no estás
bien.
—¿Yo?
—¡Por eso estamos aquí!
Chrissy palideció. —¿Me pasa algo?
—Al parecer te pasará. Así que nos vamos.
Asintió volviendo la silla. —Si Vienna lo dice.
—¿Dónde está tu madre?
—En clase de pilates y después tenía la reunión de los
jueves con las amigas.
—Mejor no decirle nada hasta saber algo —dijo
Marmara—. ¿O ella sabe algo de Vienna?
—Que es la novia de Greg, pero nada más.
—¡Sí, soy una novia a la que no llama!
—Anda esta, si nunca lo hace. Si no le llamo yo… Se
mete tanto en los casos que pasa de todo.
—Ah, estupendo. Soy novia después del trabajo.
—Vete acostumbrándote.
—Eso ya lo hablaremos. ¿Marmara?
—No sé dónde está el hospital.
—Estupendo. Busca una foto en internet, ¿quieres? —
le dijo a Chrissy—. Si no conoce el sitio o la cara no sirve de
mucho.
Marmara la miró asombrada. —Oye, ¿a que te dejo
sola?
—¡Lo siento, es que estoy muy nerviosa!
—A ver si esto es por no poner las inyecciones —dijo
Chrissy escribiendo en el teclado antes de que la foto de un
edificio saliera en la pantalla central.
—¿Qué inyecciones? —preguntó Vienna asombrada.
—La heparina. —Las dos la miraron sin entender. —Vi
en un video que no debía ponérmela y dejé de inyectarla. Yo
no notaba nada y…
—¡Ay madre, no será eso que impide los coágulos! —
gritó Marmara.
Chrissy se sonrojó. —El video decía que era mala y…
La agarró del brazo antes de agarrar a Vienna y
aparecieron en el aparcamiento del hospital. Chrissy la
fulminó con la mirada sentada en el suelo. —Oye maja, ¿y mi
silla?
—Encima con exigencias. Vienna cárgala.
—¿Yo? ¿Con los donuts que se come?
—Oye bonita, que estoy preñada.
—¿Me estás llamando gorda? —preguntó Chrissy
indignada—. ¡Estoy muy en forma!
Sin hacerle caso sonrió a uno que aparcaba. —Este me
la lleva.
Se bajó de inmediato. —¿Necesitan ayuda?
—No puedo con ella. No camina y se encuentra fatal.
Chrissy miró al macizo y gimió. —Muy mal. —Él la
cogió en brazos. —Qué fuerte estás. ¿Eres médico? Tienes
pinta de médico, de médico que va al gimnasio y machaca
mucho.
Dejaron caer las mandíbulas del asombro por su
descaro mientras él reía por lo bajo. —Sí, soy médico.
—¿Y qué especialidad tienes, guapo?
—Soy traumatólogo.
—Pues esta no se pone la heparina —dijo Vienna a
toda prisa.
Él elevó una ceja y su cuñada dijo —Un olvido de
nada.
—¿De cuántos días?
—Unos cuantos. Diez o por ahí. —Entonces frunció el
ceño. —Me empieza a doler algo el pecho.
—Joder… —Salió casi corriendo y Vienna asustada
corrió tras él. Como le pasara algo Greg no se lo perdonaría
nunca. Discutiendo habían perdido un tiempo precioso. Al
entrar en el hospital una enfermera la interceptó impidiéndole
pasar. Una mujer pasó ante ella con una bata blanca. La
acompañaban otros médicos y uno de ellos preguntó —¿Te vas
mañana?
—Espero que sí. He venido al simposium y veré a este
paciente como favor al director del hospital, pero si todo va
bien mañana vuelvo a Los Ángeles. —Entonces tuvo una
visión de ella dándole la mano a Greg. —La operación ha
salido muy bien, todo un éxito y la veremos caminar antes de
lo que se imagina.
—¡Doctora!
Esta se volvió sorprendida y Vienna se acercó. —Por
favor, por favor, tiene que ver a mi cuñada.
—Seguro que estará bien atendida.
—No me entiende, sé que solo usted puede curarla.
—Por favor, no moleste a la doctora Milton.
—Tuvo un accidente de moto y no puede caminar. Pero
usted la curará. Tiene que ser usted.
—Tengo una agenda muy ocupada, si me disculpa…
Intentó pensar y la vio jugando con una niña pequeña,
pero si le decía algo sobre ella la asustaría. —Por favor… —
Le rogó con la mirada. —Le juro que si me ayuda le devolveré
el favor.
Esta entrecerró los ojos. —No tiene que devolverme
nada. ¿El nombre de la paciente es?
—Chrissy Finkel. Acaba de entrar porque no se pone la
heparina.
La doctora apretó los labios. —Algunos lo hacen,
¿sabe? Para acabar con todo.
Se le cortó el aliento. —Eso no puede ser.
—Desgraciadamente es así. La evaluaré.
—Gracias, gracias.
Marmara llegó hasta ella. —¿Qué pasa?
Se volvió sonriendo. —Su futuro ya ha cambiado y se
va a recuperar.
—Menos mal. Bueno, me voy que tengo plancha.
—¿Me dejas aquí sola?
—Llama a tu hombre, así estás entretenida. —Entró en
la zona de baños y Vienna bufó volviéndose. Al ver la
máquina de café gimió. Ni dinero tenía. Se puso el móvil al
oído, pero su teléfono comunicaba. —Estupendo.
Capítulo 7
Pasada una hora se presentó una mujer de pelo castaño
de unos sesenta años preguntando angustiada por Chrissy.
Nerviosa se levantó y fue hasta ella. —¿Señora Finkel?
Esta se volvió.
—Yo he traído a su hija al hospital.
—¿Qué le pasa? Mi hijo no ha sabido decirme.
—No se encontraba bien y la traje de inmediato.
Tenemos que esperar a que la revisen, pero hablaba
normalmente no se preocupe.
Suspiró del alivio. —¿Y tú quién eres?
—Vienna.
La miró asombrada. —Mi hija dice que eres la novia
de mi Gregory.
Se puso como un tomate. —Bueno, nos estamos
conociendo, señora Finkel.
Esta sonrió. —Llámame Molly. Encantada de
conocerte.
—¿Nos sentamos? Seguramente tardarán un rato en
reconocerla.
—Sí, por supuesto. Y cuéntame de dónde eres, no
tienes acento de Texas.
Habló con su suegra intentando distraerla, pero a veces
hacía preguntas de lo más incómodas que tenía que desviar
continuamente, lo que hacía que ella la mirara como con
desconfianza. Aquel era un interrogatorio en toda regla. Ni su
hijo lo haría mejor. Hasta tenía la boca seca por sus preguntas.
Cortándole una pregunta a la mitad dijo —¿Tendrá dinero para
sacar un refresco?
—¿Y tu bolso?
—Me lo he dejado con las prisas.
—Oh, sí claro. —Sacó diez dólares. —Sácame a mí
otro.
Se entretuvo en la máquina y al volverse casi grita del
alivio al ver entrar a Greg en mangas de camisa. Su madre se
levantó para abrazarle con fuerza. —¿Se sabe algo?
—Todavía no.
—Gracias, nena.
—No ha sido nada.
—Mamá siéntate, estás algo pálida.
—Cielo, tengo que decirte algo —dijo su madre por lo
bajo.
Al parecer querían intimidad y forzó una sonrisa. —
Voy al baño.
Él le dio las gracias con la mirada y sentó a su madre
agachándose ante ella. Vienna se entretuvo en el baño todo lo
que pudo, pero cuando dos que estaban esperando la miraron
fijamente no le quedó otra que salir. Greg estaba sentado al
lado de su madre con el refresco en la mano y Vienna se sentó
junto a él. —¿Se sabe ya algo?
—No, nena.
Cogió el refresco y cuando lo abrió bebió sedienta.
Tragando su madre dijo —Esta chica oculta algo.
Se atragantó y Greg le palmeó la espalda con suavidad.
—¿Ves? Eso es una muestra clara de que tengo razón.
Le ha sorprendido mi perspicacia.
—Sí, madre. O que ha bebido muy rápido.
Vienna dijo por lo bajo —Tenemos que hablar.
—Ahora quiere comerte la cabeza. Hijo no te dejes liar.
—Lo intentaré, madre.
—Aunque es muy guapa. Claro, eso es lo que te llamó
la atención de ella.
—Me han llamado la atención muchas cosas más, te lo
aseguro —dijo intentando no reírse.
—Cielo… —Se levantó para ir al lado de la máquina.
Este advirtió a su madre con la mirada antes de
seguirla. —Nena, no se lo tomes en cuenta, está muy nerviosa.
—Sobre lo que tiene Chrissy no te preocupes.
Él suspiró del alivio. —¿Has visto que se pone bien?
Sonrió radiante. —Del todo. Esto no te lo vas a creer.
—Últimamente me creo muchas cosas.
—Muy gracioso. Pues he hablado con una doctora que
la va a operar.
—¿Operar?
—No me interrumpas, que tu madre intenta poner la
oreja. —Ambos miraron hacia ella que estaba tan inclinada en
su silla que a punto estuvo de caerse. Esta se sonrojó
enderezándose y Greg se volvió hacia ella. —Pues he visto
como salía de la operación. Y adivina, ha dicho que caminará.
Greg la miró incrédulo. —Nena, tienes que estar
equivocada. Si todavía no nos han dicho lo que tiene.
—Que sí, dijo eso. Te dije que el futuro podía cambiar
y lo ha hecho.
—¡Pero si hace cuatro horas dijiste que se moría!
—Uy, ¿ya han pasado cuatro horas? Tardan un poco,
¿no?
—¡Pues sí!
—Hijo, ¿qué pasa? —Se volvieron hacia Molly que
pálida se llevó la mano al pecho. —Le ocurre algo malo a mi
hija, ¿no? Me lo estáis ocultando.
—No, mamá. Sé lo mismo que tú. —Se alejó dejándola
con la palabra en la boca y Vienna jadeó cuando se sentó al
lado de su madre. Al parecer lo que tuviera que decirle no le
importaba. Frunció el ceño. ¿O no la creía? Claro, era eso, no
la creía. Y todo por lo de la visión del dinero y la bronca de
después. Uy, uy… Encima que le salvaba la vida a su
hermana… Pero al parecer debía pasárselo por alto como el
hecho de que ni le había dado un beso al llegar. Vienna sé
comprensiva. ¿Sé comprensiva? Y una leche, que no te ha
llamado en días y con su hermana sí que había hablado. Uy,
que me estoy calentando… Controla Vienna, que está pasando
una crisis familiar.
Mordiéndose la lengua se sentó a su lado. Ahora te vas
a enterar de quien soy, hermoso. Se cruzó de brazos y él la
miró de reojo. —¿Pasa algo?
—¿Tú crees que pasa algo?
—¿Aparte de que mi hermana está ahí dentro? Creo
que te estás cabreando.
—Claro, como soy trasparente…
—Mejor lo dejamos.
—Sí, será lo mejor.
Casi ni le dirigió la palabra en la siguiente hora
mientras hablaba con su madre. Ahora sí que estaba cabreada,
pero afortunadamente al fin salió el médico del aparcamiento y
efectivamente Chrissy tenía un trombo en la pierna que si no
hubieran detenido seguramente hubiera llegado al pulmón. El
médico la felicitó por la prisa que se había dado y Molly la
abrazó echándose a llorar. —Gracias, gracias.
—De nada —dijo forzando una sonrisa.
—Por cierto, la doctora Milton ya le está haciendo a
Chrissy las pruebas que considera necesarias y en cuanto
realice el diagnóstico les mandará pasar para hablar con ella.
Felicidades es la mejor en su campo y por lo que ha visto ha
encontrado su caso muy interesante.
—¿Qué? —preguntó Molly sin entender.
—Ahora os lo explico —dijo ella—. Gracias doctor.
Él asintió antes de alejarse y Greg carraspeó. —Al
parecer…
—No me interrumpas —dijo muy seria—. A Chrissy la
va a operar esa doctora que como habéis oído es muy buena.
La hará caminar, así que si se resiste en operarse no dejéis que
lo haga. Ella vive en los Ángeles y se irá, solo tiene esta
oportunidad y espero que la aproveche. —Miró a Greg a los
ojos. —El futuro puede cambiar en el presente.
—Entiendo.
—¿De veras? —Alargó la mano. —¿Me dejas las
llaves de tu coche?
—Nena, ¿qué tal si hablamos?
—¿Mi hija se va a operar?
—Mejor habla con tu madre. —Alargó la mano. —Las
llaves.
Él carraspeó. —¿Pero sabes conducir?
—Pues sí.
—Mierda —dijo por lo bajo—. ¿Qué tal si te llevo yo
luego?
—¿Quieres que llame a mi hermano para que venga a
buscarme?
—No vamos a molestarle —dijo de manera exagerada
—. Seguro que tiene mucho que hacer en el rancho.
—¿Tu hermano tiene un rancho?
—No señora, no tiene un rancho.
—No es clara al contestar.
—Las llaves.
—Nena, que es un camino largo y si te acabas de sacar
la licencia…
—Nada, que encima de salvar la vida a tu hermana voy
a tener que molestar a mi hermano que te está cogiendo una
tirria…
—Uy, ¿y eso por qué? Mi chico es todo un partido —
dijo su madre indignada.
—Nada, que no se calla.
—¿Ha dicho que me calle?
—Mamá déjanos solos.
—Lo que me faltaba por oír. —Fue hasta su sitio y se
sentó enfurruñada.
Greg se pasó la mano por la nuca. —Estupendo, nena.
Ahora está enfadada.
—Pues habla con ella —dijo con burla.
—No entendía lo que me querías decir, ¿vale?
Dio un paso hacia él. —Cuando yo tengo una visión
todos, y cuando digo todos es todo el mundo me escucha,
¿entiendes? ¿Y sabes por qué?
—Porque nunca fallas.
—Exacto. Ahora dame las puñeteras llaves.
Suspiró metiendo la mano en el bolsillo del pantalón.
—Necesito el coche.
—Haré que te lo traiga alguien.
—Joder, no te vayas así, hace días que no te veo.
—Pues haberme llamado.
Se alejó hacia la puerta sin despedirse siquiera y él se
volvió para mirar a su madre que le puso cara de buena. —
¿Qué? Tampoco he sido tan pesada. Es lógico que tenga
curiosidad.
—Mamá que te conozco.
—Estaba nerviosa, ¿qué pasa? —De repente sonrió. —
¿Crees que tiene razón y que Chrissy se pondrá bien?
Él sonrió. —Sí, mamá. Si ella lo dice es que es verdad.
Midió la harina y pasó el cuchillo por encima de la
cazuelita para quitar el sobrante. Ese bizcocho le iba a salir
bien como se llamaba Vienna. Estaba echando la harina en el
bol cuando escuchó el motor de un coche y estiró el cuello
para ver por la ventana que era Greg. —Vaya… —dijo con
ironía—. Solo ha tardado dieciséis días de nada. Y sin llamar
—dijo con rencor—. Está claro que no le gusta el teléfono.
Escuchó como subía los escalones del porche. —¿Se
puede?
No contestó mirando la receta. Cuatro huevos. Fue
hasta la nevera y la abrió para cogerlos mientras se escuchaban
pasos en el hall. Cerró la puerta con la cadera llevando los
huevos en la mano y al verle con un ramo de margaritas no
movió el gesto acercándose al bol. Él apretó los labios. —La
operación ha sido un éxito. La doctora Milton dice que con la
rehabilitación todo irá estupendamente.
—¿De veras? —preguntó irónica.
—Nena, ¿no te había dicho que la ironía no iba
contigo?
—Y yo te dije que no me conocías. —Rompió un
huevo y cayó al bol con media cáscara, pero ella no le dio
importancia cogiendo otro. —Pero claro, es que no me
conoces.
—Vale estás cabreada, pero es que primero había que
asegurarse de que lo de la heparina estaba arreglado y la
doctora Milton tuvo que irse unos días para otra operación que
le salió de urgencia… —dijo concentrado en el bol—. Vienna,
hay que quitar la cáscara.
—¿Qué pasa? ¿Vas de sabiondo por la vida?
Él carraspeó viendo como partía el otro tirando un
pedazo de cáscara. —Seguro que te sale buenísimo.
—¡Pues no! —gritó sorprendiéndole—. ¡Porque nunca
me sale nada bien! Marmara sigue una receta y le sale de
maravilla, pero yo no soy capaz de romper ni un huevo, como
no soy capaz de hacer nada de nada! ¡Y para algo que hago
bien lo ignoras y me miras como si estuviera loca! ¡Y encima
tu madre no hacía más que interrogarme! ¡Y sabes que no
puedo mentir! ¡Claro, cómo no va a pensar que oculto algo si
estuve dando rodeos horas! —Le señaló con el dedo. —¿Y te
has enterado de lo de tu hermana? ¡Los míos están de los
nervios con que se le vaya la lengua! ¡Y claro, yo en medio!
—Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¡Y hay cosas que ella no
tenía que haber visto! ¡Hay cosas que pertenecen a mi vida que
yo no quiero que sepa nadie!
Preocupado dio un paso hacia ella. —Me ha contado
que tenía información del senador y que os habéis enfadado.
Me ha dicho que te pida perdón y que lo borrará cuando llegue
a casa e intentará solucionar los problemas informáticos del
senador sin que se dé cuenta, ¿de acuerdo? Te pide perdón, yo
te pido perdón porque si no hubiera sido por mí ella no habría
sabido nada. Lo arreglaremos ¿de acuerdo?
Sorbió por la nariz intentando contener las lágrimas. —
¿Tú lo has visto?
—No, nena. Solo pasé por casa una vez para coger
ropa porque prefería quedarme en un hotel que hay al lado del
hospital por si ella me necesitaba. No sabía nada de esto hasta
que me lo dijo después de que la operaron. Y en cuanto he
salido del hospital he venido directamente.
—Ah… Júrame que no lo verás.
—Te lo juro. —La cogió por la mano para pegarla a él
y abrazarla. —Todo está bien. No se enterará nadie.
—¿Ni tu madre?
—Ni mi madre. Os odiaréis como cualquier suegra y
nuera, te lo prometo.
Sonrió sobre su pecho. —No quiero que lo sepáis, no
quiero que lo sepa nadie.
—De acuerdo, pues así será. Chrissy no dirá nada.
—¿No me mientes?
—Nunca, nena. Nunca te mentiré.
Sintiéndose más tranquila porque él lo arreglaría
suspiró del alivio y Greg apretó los labios acariciando su
espalda. —¿No me das un beso? —Levantó la cabeza hacia él
y este sonrió. —Al parecer soy tu novia y tienes que darme un
beso al llegar.
—Y el otro día no lo hice. Estaba algo sobrepasado.
—Vale, te perdono. —Estiró los labios haciéndole reír.
—Estoy esperando.
—Gracias, por todo.
Sonrió. —No ha sido nada.
Él besó sus labios suavemente y de repente Marc entró
en casa como una tromba con la niña en brazos. —¡Ha roto
aguas!
—¿Qué? —Chilló de la alegría corriendo hacia su
hermano y abrazándole. —¡Qué alegría! —Le dio un beso en
la mejilla y corrió hacia las escaleras. —¡Voy a por la bolsa!
Marc miró hacia la cocina y gruñó. —Greg…
—Felicidades.
—Dámelas cuando traiga a mis mujeres a casa.
—No sé si estaré aquí, mi caso…
—No me cuentes tu vida. —Se acercó y le puso a la
niña en brazos. —Cuídala.
—¿Qué?
—¡Todos van a venir al hospital! ¿Te tomas en serio tu
relación con mi hermana o no?
—Sí, me la tomo muy en serio —dijo algo acojonado
porque como a esa niña le pasara algo no le iba a quedar un
hueso vivo.
Vienna llegó con la bolsa y una sonrisa de oreja a
oreja. —¿Nos vamos? ¿Rose está en el coche?
—Sí. —Le señaló con el dedo. —Cuídala.
—Oh cariño, ¿te has ofrecido? Que amable. —Se
acercó y le dio un beso en los labios. —Es muy buena, ya
verás.
—Sí, seguro que lo es, pero…
Ella levantó una ceja.
—La cuidaré con mi vida.
—Más te vale —dijo ella por lo bajo.
—Hermana, nos vamos.
—Oh, sí. —Corrió hacia la puerta. —Llámame si me
necesitas y yo te explico.
—De acuerdo.
Salieron prácticamente corriendo y Greg miró a
Rossie. —Viene una hermanita, ¿qué te parece?
Se puso a llorar y él gimió. —Mal, ¿eh? Ser hijo único
es la leche, pero ya verás como al final te gusta. —Parpadeó
mirándole a los ojos y la niña soltó una risita. —Uy, uy, que tú
también tienes mucha tela que cortar. Vamos a jugar un poco.
Capítulo 8
Era de noche cuando Gillean aparcó ante la casa.
—La niña es preciosa, ¿verdad? —dijo Vienna.
—Como su tía, igualita —dijo Marmara mirando hacia
atrás.
Soltó una risita. —Y le han puesto mi nombre —dijo
emocionada.
—No podía llevar otro. —Miró hacia la casa y las
luces de abajo estaban encendidas. —Al parecer tu hombre
todavía no está dormido.
—Estará de los nervios por si a Rossie le pasa algo —
dijo su marido.
—Pobrecito… —Vienna soltó una risita. —A ver
cómo se las ha arreglado.
—Fatal te lo digo yo. La primera vez que Gillean
cambió un pañal fue un desastre.
—Menos mal que ahora ya tengo práctica que vienen
dos.
—Os cuento mañana. Os quiero.
Salió del coche corriendo y subió los escalones. Al
entrar en casa miró hacia el salón y dejó caer la mandíbula del
asombro porque parecía que había pasado un tornado. Todo
estaba lleno de pañales, toallitas, un plato con algo que parecía
puré, toallas y mil cosas más de la niña sin contar todos los
juguetes repartidos por el suelo del salón. Al mirar hacia Greg
sonrió porque se había quedado dormido con la niña en sus
brazos. Rossie miró hacia ella y sonrió. —Uy pillina, le has
dejado hecho polvo —susurró. Se acercó hasta ella y la cogió
en brazos. Greg se sobresaltó abriendo los ojos y Vienna dijo
suavemente —Cielo, vete a la cama. Ya estoy aquí.
Suspiró del alivio. —Menos mal, nena. —Se levantó
medio adormilado y le dio un beso en los labios. —Nosotros
esperaremos a tener uno, necesito hacerme a la idea para
entonces.
Se le cortó el aliento viéndole ir hacia el hall para
llegar hasta las escaleras. —La primera a la izquierda, ¿no?
—Sí, cielo.
Empezó a subir las escaleras. —Joder, es como los
vampiros, te roba la energía. Y encima tienen otra, no lo
entiendo.
Hizo una mueca mirando a su sobrina. —¿Qué has
hecho? —Esta soltó una risita tapándose la boca con sus dos
manitas. —Te lo has pasado pipa, ¿no? —Asintió vehemente y
no pudo menos que sonreír. —Bueno, así sabe de qué va esto.
Después de acostar a la niña, recogerlo todo y dejar la
cocina impecable fue a darse una ducha. Se desnudó y recogió
su cabello en lo alto de la cabeza para no dormir con él
mojado. El agua sobre su piel la hizo suspirar de gusto y al
volverse para que cayera por su espalda le vio en la puerta
totalmente desnudo observándola. Y por la posición de su
miembro estaba de lo más alerta. Sonrió maliciosa. —¿Se te
ha quitado el sueño?
—Del todo —dijo con voz ronca alterándole la sangre
—. Nena, esa ducha es un poco estrecha para los dos, ¿vas a
tardar mucho?
—Si acabo de empezar. —Le guiñó un ojo con picardía
y él gruñó al ver como cogía el bote de gel y se echaba el
denso líquido por los pechos. Este resbaló por su húmeda piel
y Vienna echó un poco más. Dejó el bote y se masajeó con sus
propias manos haciendo espuma. Le miró de reojo para ver
que se había tensado. —Cielo, ¿qué pasa?
—Nena ten cuidado que estás demasiado lejos del
agua.
—¿Qué? —Dio un paso hacia el chorro, su pie resbaló
por el gel sobrante cayendo hacia atrás y Greg intentó cogerla
del brazo, pero se le resbaló. La leche fue de aúpa y al mirar
hacia arriba vio que Greg estaba pálido. —No ha sido nada.
—¡Nena, llevas segundos inconsciente! ¡Te has
golpeado en la cabeza!
—¿De veras?
Él cogió la alcachofa portátil y la roció bien para
quitarle el jabón. —Tenemos que ir al médico.
—Pero si estoy bien. —Se apoyó en el suelo mientras
él cerraba el agua y cogía una densa toalla a toda prisa. —Greg
no te preocupes, me duele un poco el culo, pero…
El sonido del teléfono de la casa la hizo mirar hacia el
pasillo. —¿Quién será a estas horas? Vete a cogerlo a la
habitación de Marc, ¿quieres?
Juró por lo bajo saliendo del baño a toda prisa y ahora
que ya no estaba presente pudo gemir a gusto intentando
levantarse. Leche, qué hostia se había pegado. Le dolía todo.
Al llevar la mano a la cabeza se dio cuenta de que la pinza del
pelo se había roto, pero una parte seguía enganchada en su
coronilla en lugar de caer por su espalda. Se pasó las manos
por el cabello y se quedó de piedra al notar algo de metal.
Apartó el cabello lo que pudo y se dio cuenta de que eso de
metal le salía de la cabeza. Era como si tuviera una alfiler
clavada. Miró hacia abajo para ver el resto de la pinza y se le
cortó el aliento cuando una pieza que debía tener enganchada
en el pelo cayó sobre el plato de ducha. Era como un muelle al
que le faltaba un extremo. La pieza que hacía que la pinza se
cerrara por la presión. Dios mío. —¿Greg?
Él entró en el baño con el teléfono en la mano. —Sí,
está bien, no te preocupes. ¿Así que lo has sentido? Claro, sois
gemelos y notaste que algo no iba bien, pero… —Cuando ella
se volvió mostrándole el alambre que tenía clavado en la
cabeza dejó caer el teléfono de la impresión. —Hostia, ¿qué
coño es eso?
—Debe ser de la pinza del pelo. Antes no lo tenía ahí.
—¡Joder, joder! —Se llevó las manos a la cabeza antes
de salir corriendo.
Ella chasqueó la lengua. —¡Pero sácamelo!
—¡Nena, eso tiene que sacártelo un médico! Tú no te
muevas. —Llegó corriendo con los pantalones en la mano y se
puso una pernera gritando —¡Siéntate, no vaya a ser que te
marees!
Marmara apareció ante él bostezando y en camisón. Al
verle medio en pelotas levantó una ceja. —¿Qué pasa ahora?
—Menos mal que estás aquí. ¡Tienes que llevártela al
hospital!
Volvió la vista hacia ella. —¿Te has cortado o algo?
Rose me ha dicho que te has caído.
Se giró para que viera su cabeza y le mostró el fino
alambre. Se acercó a ella entrecerrando los ojos. —¿Qué es
eso?
—Debe ser de la pinza del pelo que se rompió cuando
caí.
—¡Y ha estado inconsciente! ¿Qué haces que no te la
llevas?
—Marmara, ¿me lo sacas? ¡Este está de los nervios!
¡Vas a despertar a la niña!
—¡Tienes clavado eso en la cabeza, no creo que sea
bueno sacarlo sin supervisión médica!
—Greg tiene razón —dijo su amiga mirando el otro
pedazo—. Ese extremo es algo largo y se te ha metido como la
mitad.
Ella bufó y lo quiso coger, pero Marmara la agarró de
la muñeca deteniéndola. —Hablo en serio.
Preocupada por su mirada asintió. Su amiga a toda
prisa cogió el albornoz que había tras la puerta. —Ponte esto.
—Greg ya se había puesto los pantalones. —Estoy en
camisón, os dejaré ante la puerta del hospital y regresaré con
la niña. Me la llevaré a casa.
—Muy bien, como digas. —Greg corrió hacia la
habitación y regresó con el móvil en la mano y la camisa que
se puso a toda prisa sin llegar a abrocharla. —Estoy listo.
Cogió a ambos de la muñeca y aparecieron en el
aparcamiento tras una ambulancia. —Llamadme con lo que
sea —dijo antes de desaparecer.
Greg la cogió en brazos y corrió con ella hacia la
puerta de urgencias. —Cielo no te preocupes, no es nada.
—Eso lo dirá el médico. —Al llegar a la puerta allí
estaba Marc muy preocupado.
—Estoy bien… Estáis exagerando.
Un médico se acercó de inmediato —¿Qué ocurre?
—Me he clavado algo en la cabeza. —Greg la volvió
para que lo viera, pero sus rizos lo cubrían. —Déjame en el
suelo, cielo. No pasa nada.
Este lo hizo a regañadientes y consiguió elevar los
brazos para mostrárselo.
El médico gritó —¡Una silla de ruedas, rápido!
Por la manera en que lo ordenó empezó a preocuparse.
—No es nada, ¿verdad? Tiran de él y listo.
—Hay que hacer unas pruebas para comprobar lo
profundo que ha llegado.
—Pero si estoy bien —dijo empezando a asustarse.
Marc la agarró de los brazos para que le mirara a los
ojos y mentalmente le dijo —Cielo, deja que te atiendan.
Cuando le miró como esperando que le dijera algo
Marc palideció repitiéndolo en alto.
—Sí, claro. Lo que digáis.
Se sentó en la silla y el celador tiró de ella mientras el
médico les indicaba con la mano la sala de espera. —No se
preocupen se pondrá bien, pero vamos a asegurarnos de que no
ha tocado nada importante, ¿de acuerdo?
—Sí, gracias.
Ambos fueron hacia la sala y Greg le miró de reojo. —
¿Qué pasa?
—No me ha escuchado, cuando he hablado con ella
con la mente no me ha escuchado.
—¿Podéis hacer eso?
Asintió. —Desde hace unos años. Ocurrió al
desarrollar nuestras habilidades, seguramente. De pequeños no
lo hacíamos. Al mirarnos nos comprendíamos con la mirada,
pero eso no sucedió hasta más tarde. De hecho donde
estábamos no tenían ni idea de que podíamos comunicarnos
así y por supuesto nunca lo dijimos.
—Mierda. —Se sentaron en las sillas y Greg
preocupado apoyó los codos sobre las rodillas. —¿Crees que
lo ha perdido?
—Esto no me gusta nada.
—Hoy mismo me ha dicho que eso es lo único que se
le da bien.
—Puede que piense eso, aunque no sé… Igual es una
bendición para ella.
—Tendría una vida normal. —Los ojos de Greg
brillaron. —No volvería a ver la maldad humana.
Marc asintió. —Habrá que esperar. —Vio que estaba
agotado. —¿Hace cuánto que no duermes en condiciones?
—He tenido unos días algo movidos.
—¿Te damos demasiados sobresaltos?
—Habéis sido una bendición —dijo cortándole el
aliento porque hablaba sinceramente—. Sin vosotros mi
hermana hubiera muerto, no podría caminar en el futuro… Os
debo mucho.
—Se lo debes a Vienna. —Marc se quedó mirando al
vacío.
—No quieres que lo pierda.
—Su don es algo que nos protege a todos. Sé que es
egoísta, pero sería una pérdida terrible para el equipo.
—Estaríais a ciegas. —Al ver que asentía dijo —
Temes por tu familia.
—¿Acaso tú no temerías? Mi hija Rossie lee los
pensamientos como yo, supongo que ya lo sabes.
—Sí, me he dado cuenta jugando con ella.
Sonrió. —Es muy lista. ¿Quién la protegerá a ella si
nosotros faltamos? Vienna veía esas cosas. Nos alerta.
Siempre dice que si conseguimos huir de esa situación fue por
Marmara, pero ella también hizo mucho. Nos dio pistas que
nos llevaron a la verdad sobre nuestros hijos. —Marc le miró
sin comprender. —Es largo de contar, pero lo resumiré
diciendo que sin ella no hubiéramos conseguido nada.
—Te comprendo, ¿sabes? Pero yo viviría mucho más
tranquilo sabiendo que mi mujer no ve asesinatos, que no tiene
crisis y que puede llevar una vida totalmente normal.
—Eso lo dices ahora cuando tu hermana va a
recuperarse, pero si hubiera pasado antes ahora estarías
llorando su muerte. ¿Y el día de mañana? ¿Cuando tengáis
vuestros propios hijos? Los nuestros han demostrado que han
heredado alguno de nuestros dones, ¿cómo va a proteger a los
suyos cuando ella está indefensa? ¿Cuando está a ciegas? —
Marc se mantuvo en silencio. —Además si lo perdiera tú te
largarías.
Le fulminó con la mirada. —Eso es mentira.
—Vamos, eso fue lo que te llamó la atención de mi
hermana. Fue lo que te hizo fijarte en ella. Lo que da vida a
vuestra relación.
—Vienna es mucho más que unas visiones —dijo entre
dientes.
—Si lo perdiera, sería una mujer normal y corriente.
Perdería encanto para ti.
—No me conoces.
Le miró fijamente. —Sí que te conozco. He estado en
tu mente y Marmara te ha hecho algunas visitas estos días.
Marc palideció. —¿Qué coño dices?
—Esta relación me ha mosqueado desde el principio.
Tu pronto interés por ella, tu empeño… Sospechoso como
poco después de haberte amenazado.
—Me gusta.
—Ya, y también te gusta el ascenso que se dará en
unos meses. Más pasta, dirigir a tu equipo…
—Cualquiera querría ese puesto, joder. He trabajado
como un cabrón por él.
—Si detuvieras a ese psicópata te vendría de perlas.
—Entonces querría que recuperara su don y no quiero.
Puedo hacerlo solo —dijo orgulloso.
Marc le miró sorprendido. —Joder, hablas en serio.
—Hablo muy en serio. Vienna se ha convertido en una
parte importante de mi vida y cuando salga de aquí le diré que
nos vamos a San Antonio.
—¿Para que se pase sola toda la semana mientras estás
fuera?
Se le quedó mirando. —Está mi hermana, mi madre…
—No me jodas, no puedes separarla de todos los que
conoce, con los que se siente a gusto.
—¡Trabajo allí!
—Estás a una hora como mucho. Coge el coche.
—¿Todos los días?
—¿No la quieres tanto?
—Lo que pasa es que no quieres que se separe de ti.
Eres un egoísta.
—Lo que no quiero es que se sienta sola. ¿Allí estará
con tu madre? No me jodas.
—Sé que se terminarán llevando bien.
—Nunca se sentirá a gusto con ella. No puede mentir.
—Se lo contaremos a mi madre, no dirá nada. Como te
he dicho antes le debemos mucho.
—Y entonces será gratitud. Vienna no es tonta. Cuando
llegó a casa después de ayudar a tu hermana, dijo que a tu
madre no le había gustado. Si ahora le cuentas la verdad y
cambia de opinión, ¿qué crees que pensará mi hermana?
—Que lo hace por interés.
—Exacto.
—Joder, buscas problemas en todo.
—No digas estupideces. Esta es nuestra vida. Nunca
nadie ha querido nada de nosotros sino era por interés. Solo
los pocos amigos de verdad que tenemos en Donwhill nos
apoyaron sin pedir nada a cambio y lo hicieron más por
Gillean y Marmara que por nosotros porque ni siquiera nos
conocían. ¿Sabes lo que es que nadie esté dispuesto a echarte
una mano? ¿Saber que estás solo y que solo tu don interesa?
Muchas veces nos dijeron que si no fuera por ese don nuestra
vida no valía nada.
—Eran unos hijos de puta, pero yo no soy así. Deja de
compararme, joder.
Marc carraspeó mirando a una mujer que no le quitaba
ojo. —Esa está poniendo la oreja.
—¿Usted qué mira? —preguntó Greg molesto.
Esta agachó la mirada antes de que nerviosa se
cambiara de sitio. —A ver si os espabiláis, joder. —Marc le
miró sin entender. —Os escondéis como si tuvierais algo malo
cuando sois mucho mejor que la mayoría de la gente que
conozco.
—No nos escondemos.
—Sí que lo hacéis y os entiendo porque la gente es
mala por naturaleza y querrán haceros daño, pero si tenéis esa
actitud apocada ante los demás, intentarán pisaros. No le has
dicho nada a esa mujer por no crear un conflicto y no podéis
dejar que el mundo exterior os intimide. ¿Crees que no me he
enterado de que en el pueblo unos cuantos quieren tocaros las
narices? Lo vi el día que hablé con Jennifer en la gasolinera.
Uno que estaba allí dijo con desprecio que daríais problemas y
que eso iría a más. Por envidia o por aburrimiento, pero si les
dais pie se harán más fuertes. Un par de contestaciones a
tiempo y se acabó.
—Jennifer nos defendió, ¿no es cierto?
Rio por lo bajo. —Le metió cuatro gritos y ese imbécil
se subió a la camioneta a toda prisa. Y eso que le sacaba la
cabeza. Ese no pone gasolina más allí.
Marc sonrió. —Es estupenda. El dinero que ganó por
ayudarnos lo metió en el banco para el futuro y sigue
trabajando con su padre. Le adora.
—Un hombre con mala suerte. —Miró a su alrededor.
—Pero muchos tienen mala suerte.
Eso les hizo pensar en Vienna y Greg apretó los puños.
—Se pondrá bien.
—¡La madre que le trajo! —gritó alguien antes de que
se abrieran las puertas. Atónitos la vieron salir con una bata
del hospital y gritar —¿Qué me han hecho? ¡No puedo hablar
con mi hermano!
—Mierda.
Marc se levantó a toda prisa, pero fue Greg el primero
en llegar cogiéndola por los brazos. —Nena, cálmate.
Angustiada miró a Marc, pero él no escuchó nada y
ella sollozó. —¿Lo he perdido?
—Cielo, ¿te han quitado el alambre?
—No.
—Igual es una interferencia —dijo Greg intentando
animarla.
—Eso es —dijo el médico forzando una sonrisa—. Es
una interferencia. —Miró a Greg. —¿Tienen por ahí su
medicación?
—Mi novia no toma medicación —dijo entre dientes.
—Ah, ahora lo entiendo. Pues voy a darte un sedante
que…
—¡No estoy loca!
—No, claro que no, estás pasando una pequeña crisis.
—¡Qué sabrá usted de crisis!
—¿No pueden quitárselo ya? —preguntó Greg
alterado.
—Ha fisurado el hueso del cráneo y…
Se quedaron de piedra. —¿Qué dice? ¿Que esa cosa le
ha llegado al cerebro?
—No, no digo eso. Ni creo que haya traspasado todo el
hueso, pero sí que está algo incrustado en él, por eso está tan
tieso.
—¿Eso es grave?
—No, se lo pensaba quitar cuando…
Greg tiró de él y todos lo miraron. Apenas tenía sangre
en la punta y ansiosa miró a su hermano intentando
comunicarse. Este negó con la cabeza y ella se echó a llorar.
—No te preocupes, nena. Igual es por el golpe. —Miró al
doctor. —¿Seguro que no tiene algo en el cerebro?
Parecía pasmado. —Pues no, como le he dicho el
alambre no ha llegado allí. Todo está perfecto.
—Sacarme de aquí.
—Os acompaño hasta mi coche —dijo Marc
preocupado.
—No puede irse así.
No le hicieron ni caso y Greg la cogió en brazos.
Vienna se abrazó a su cuello sin dejar de llorar. —Nena, todo
irá bien. No te angusties, igual es por el golpe y ese idiota no
lo ve.
—No lo entiendo.
—¡Oiga! —El médico se acercó con un papel en la
mano. —¡Los resultados de los análisis!
—¿Pero no dijo que estaba bien?
—Hablaba de las placas. Los análisis me los acaban de
dar, ni los había visto.
Impacientes le observaron mientras los miraba. Este
frunció el ceño.
Greg perdió la paciencia. —¿Qué pasa?
—Deben estar equivocados.
—¿Por qué lo dice?
—Por favor vuelvan a meterla, tengo que hacerle más
pruebas.
Marc palideció y miró a Greg que se giró para meterla
de nuevo en urgencias. Ella no dejaba de llorar y la besó en la
sien. —No pasa nada, preciosa. Te harán unas pruebas y te
llevaré a casa. ¿Sabes que hace mucho que no me tomo
vacaciones? Me las tomaré ahora y lo pasaremos
estupendamente.
—¿De veras? ¿Y tu caso?
—Que se encarguen los demás.
El doctor ordenó una camilla y en cuanto llegó la
tumbó sobre ella con cuidado. Vienna sonrió cogiendo su
mano. —¿De veras podemos tomarnos unas vacaciones?
—Iremos a la playa.
Ella sonrió y empujaron la camilla. Tuvo que soltar su
mano y sintió miedo porque era evidente que estaban
preocupados. Miró a los ojos de Marc y este apartó la mirada.
Y por primera vez sintió verdadero terror. Terror a perder no
solo su don sino todo lo que conocía.
En cuanto desapareció por las puertas abatibles Greg
dijo —Joder, ¿en qué pensaba el médico?
—Pensó en que los análisis indicaban cáncer.
Se llevó las manos a la cabeza. —¿Qué coño me estás
contando? ¡Si no está enferma!
—Te digo lo que ha pensado. —Se volvió sacando su
móvil y gimió de dolor. —No sé a quién llamar.
—Si tiene lo que piensa el médico solo ella puede
luchar.
Cuatro horas después la trasladaron a una habitación.
Le habían hecho todo tipo de pruebas y se empezó a preocupar
porque a esas horas de la noche no era normal que le hicieran
tantas pruebas. Debían considerar que era grave. Greg entró
sorprendiéndola y sonrió. Alargó la mano y él se la cogió de
inmediato. —¿Dónde está mi hermano?
—Ha ido a ver a Rose. Tenía que darle de mamar a la
niña.
Apretó su mano. —¿Qué han dicho los médicos?
—Nena, todavía faltan algunas pruebas.
—Algo os habrán dicho para haberme encerrado aquí.
Apretó los labios y se sentó en la cama acariciando su
mano. —Tienes síntomas de infección.
—No tengo fiebre. Lo notaría.
—Sí que tienes, nena. —Le miró sorprendida. —
Apenas unas décimas, pero tienes. Además, tienes altos los
glóbulos blancos. Eso con lo que les parece una anemia les
tiene confundidos, hay varias cosas que no les cuadran. Están
estudiando tus pruebas.
—Creen que es cáncer, ¿verdad?
Él apretó los labios. —Según tu hermano el médico al
ver los análisis lo creyó.
Respiró hondo y miró al techo. —Y pierdo mi don
justo en este momento. Precisamente ahora estoy a ciegas.
Greg entrecerró los ojos. —Igual es por eso, nena. Para
que no sepas lo que ocurre.
Le miró sorprendida. —¿Crees que es por eso?
—El cerebro es muy sabio. Igual tu don ha
desconectado para que no veas algo que puedas malinterpretar,
como un tratamiento o algo así.
—¿Cómo mi muerte?
Greg apretó los labios. —Joder, no pienses en eso. Ni
se te ocurra pensar en eso.
—Deberías irte.
—¿Crees que ahora me voy a ir? Que se te quite de la
cabeza —dijo entre dientes.
—Casi no nos conocemos, no quiero que te impliques
en esto.
—Joder nena, estoy empezando a cansarme de que
siempre pienses lo peor de mí.
Le miró sorprendida. —No pienso lo peor de ti.
—Ah, ¿no? Que si soy un asesino, un interesado que
busca algo de vosotros, que quiero sacaros la pasta, que si no
te llamo es porque no me importas…
Se sonrojó. —¿Ahora? ¿Ahora vas a sacarme eso?
—Es que si no te lo saco ahora me echas.
—¡Pues quédate!
—¡Eso pensaba hacer!
—Serás cabezota. —Se miraron a los ojos. —Si es
cáncer…
—Todavía no lo sabemos, nena.
—He oído que hay mujeres que luego no pueden tener
hijos.
—Seguro que hay alternativas como la congelación de
óvulos.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Quiero tener un
hijo.
Cogió su mano. —Y lo tendremos.
—Tú no quieres tener hijos.
—Si te digo la verdad la primera vez que me lo he
planteado ha sido con Rossie. Pero tener un hijo contigo cada
vez me apetece más.
Se le calentó el corazón mirando sus ojos. —¿Aunque
te agote?
Él se apoyó a ambos lados de su cuerpo para acercarse
a su rostro. —Aunque me vuelva loco.
—Si saliera como yo…
—Pues será como quien tiene un hijo de ojos azules.
Es así y hay que quererle como es.
Soltó una risita mientras las lágrimas caían por sus
mejillas. —¿Cómo se nota que no has tenido ninguno como
nosotros?
—¿Erais muy revoltosos tu hermano y tú?
—¿Gemelos y con mi hermano leyendo mi mente? Si
yo quería un juguete lo cogía antes que yo, así que imagínate.
Le tiraba del pelo y teníamos unas peleas…
Él rio por lo bajo. —¿Y eso cuando cambió?
—Cuando murieron mis padres.
—Debió ser terrible perderles a los dos a la vez.
—Sentí tanto miedo… Marc siempre estuvo a mi lado
y mi abuela hizo lo que pudo. —Sonrió con tristeza. —La
pobre no se lo esperaba cuando le dije que el vecino le iba a
pedir una cita y después de tener varias visiones empezó a
darse cuenta de que pasaba algo.
—¿Y cómo acabasteis allí?
—Mi profesora iba a tener un accidente de coche.
—Como tus padres.
—Me puse histérica y cuando la profesora tuvo el
accidente la psicóloga del colegio se lo comentó a una cita que
tuvo. Al día siguiente allí estaban para hacerme unas
preguntas. Era una niña y respondí sinceramente muy
asustada. Esa misma noche se nos llevaron de la casa. Si antes
estábamos unidos, eso nos hizo inseparables.
—¿Cuándo empezasteis a comunicaros mentalmente?
Apretó los labios. —Una noche él salió de su
habitación al escucharme llorar en la habitación de al lado.
Una de las educadoras le sorprendió y le castigaron sin salir de
su cuarto toda una semana. Al tercer día yo estaba desesperada
y ocurrió. Desde entonces podía hablar con él a través del
tabique sin que nos oyera nadie.
—¿Ves, nena? Tu mente se desarrolla en las
adversidades. Seguro que esto es para protegerte de una visión
que pueda hacerte daño.
—Eso no pinta bien.
—No pienses en ello. Ocurra lo que ocurra estaremos
juntos. —Acercó sus labios a los suyos y la besó suavemente.
La puerta se abrió lentamente y Marc al ver que estaba
despierta sonrió. —¿Se sabe algo? —preguntó ansiosa.
—Acabo de encontrarme con el doctor y le he
preguntado. —Carraspeó mirando a Greg que se tensó. —Me
ha dicho que todavía están estudiando las pruebas.
—¿Y qué pensaba? —preguntaron los dos a la vez.
Reprimió la risa. —Bueno…
—Marc suéltalo ya.
—Lo que pensaba era que cómo iba a decirte que
tienes una leve infección de orina.
Dejó caer la mandíbula del asombro. —¿Qué?
Greg suspiró del alivio. —Joder, menos mal.
—Sí, estaba barajando si decírtelo antes de que estás
embarazada o después. Porque una infección de orina es una
infección y al fin y al cabo puede afectar al bebé. Así que en el
fondo es una buena noticia que te haya ingresado. Se iba
dándose a sí mismo palmaditas en la espalda por lo buen
médico que era.
Ambos parpadearon como si no se lo creyeran y fue
Vienna la primera en reaccionar —¿Que estoy qué?
De repente Greg se echó a reír a carcajadas y la besó
en los labios sorprendiéndola antes de seguir riendo. —Nena,
contigo no dejo de llevarme sorpresas.
—¿No te preocupa?
—¿Después de pensar que te ibas a morir? Leche, esto
es la hostia de bueno. —Se levantó abrazando a Marc. —Vas a
ser tío.
Marc rio. —Sí.
Se volvió encantado de la vida para ver su cara de
susto. —Nena, ¿no es lo que querías?
—Sí, ¿pero ya?
—¿Sabes? Creo que voy a ir buscando una casa en
Donwhill. Una bien grande con algo de terreno. ¿Te molesta
que mi madre y mi hermana se muden con nosotros? —Abrió
la boca asombrada. —Mejor lo vamos hablando.
—Cielo, ¿estás bien?
—No he estado mejor en mi vida. —Se acercó
cogiéndola por las mejillas para besarla de nuevo. —Es tanto
el alivio de que estés bien, que cualquier otra cosa me parece
la leche. —Frunció el ceño. —Igual debería dejar el trabajo.
Puedo hacerme granjero. Voy a ver dónde está ese médico, que
dormirás más a gusto en casa.
Salió tan rápidamente que no le dio tiempo a decir ni
pío y volvió la vista hacia su hermano que retenía la risa. —
¿Esto está pasando de verdad?
—Sí, de no querer mudarse, de pensar en no tener
hijos, ha cambiado de vida por completo por ti y por tu
bienestar.
Se sonrojó de gusto. —¿Crees que me quiere?
—¿Acaso no lo está demostrando? Creo que todo está
pasando tan rápido que ni él se da cuenta realmente de lo que
ocurre. Solo se deja llevar. Cuando le dije que el médico había
pensado en el cáncer, lo único que pensaba es que no podía
perderte. Lo valiosa que eres para él y que te necesitaba. —Se
llevó la mano al pecho de la impresión y su hermano sonrió.
—Se alegra de que hayas perdido las visiones porque eso
significa que no sufrirás más.
Emocionada susurró —Y le juzgamos mal.
—Sobre todo yo.
Una imagen en su cabeza le hizo hacer una mueca.
Marc se echó a reír. —Hermana, ¿qué acabas de pensar? ¿Han
vuelto?
—Creo que no tener visiones y no hablar contigo tenía
una razón.
—Que pensaras que tenías cáncer.
—Sí. Si yo dudaba, él estaría más seguro de ello y…
—No se tomaría a mal lo del bebé.
—¿Crees que si se lo digo se enfadará?
—Mejor espera un poco a decir que has visto algo.
—Sí, cuando sea realmente importante.
Capítulo 9
Greg llegó a casa. Después de acercarse para darle un
beso silbó al ver la cantidad de cajas que le habían llevado los
de la mudanza. —No pensaba que tenía tantas cosas —dijo
acercándose a una de las cajas abiertas donde había un montón
de libros.
Ella que estaba colocando una de las sillas del comedor
sonrió. —No son todas tuyas. Tu hermana también ha enviado
sus cosas. Está arriba enchufando los ordenadores.
La miró sorprendido. —¿Y mi madre?
—Oh, ella dice que no piensa mudarse a un pueblo y
perder a sus amigas.
Apretó los labios porque era evidente que eso no le
gustaba nada. —Tranquilo cielo, cuando se dé cuenta de que
su nieto va a crecer sin ella vendrá corriendo.
La miró sorprendido. —¿Has visto algo?
—Me lo imagino.
—Ah. —Se acercó a ella y acarició su pequeño vientre
de cuatro meses. —¿Y cómo está mi pequeño?
—Me apetece dulce continuamente. Nos ha salido
goloso.
Escucharon un chillido y él se apartó de Vienna para
correr escaleras arriba. Chrissy salió de la habitación que le
habían designado y cerró la puerta de golpe con cara de susto.
—Necesitamos un fumigador de esos.
—¿Qué?
—¡Hay un ratón!
—¡Chrissy estamos en el campo!
—Entonces necesitamos un gato, veré donde puedo
adoptar uno.
—Nada de gatos —dijo Greg muy serio—. Al menos
de momento porque no es bueno para las embarazadas.
—¿Las águilas comen ratones?
—¡Deja de decir tonterías! —Al ver que Vienna pasaba
hacia la cocina con una caja gritó —¿Qué haces, mujer? ¡No
puedes cargar pesos!
—Uy, qué pesado va a estar lo que queda de
embarazo…—dijo ella por lo bajo.
—¡Te he oído! —gritó siguiéndola a la cocina.
—Cielo, vete a ducharte que vamos a cenar a casa de
Marc.
—¡Nena, llevo de la ceca a la meca cuatro días!
—Ya, pero es que es el cumpleaños de Rose y le hemos
organizado esta sorpresa. Marmara ha hecho una tarta
impresionante y no me lo quiero perder. Llevo cuatro meses
buscando casas, tratando con obreros, con decoradores y hoy
voy a salir. ¿Vienes o te quedas? Tú decides.
Chrissy pasó ante él que tenía cara de pasmo. —Uy,
que pulsito…
—No te metas —siseó antes de mirar a su mujer—.
¡Nena, tengo que irme mañana!
Vienna puso los brazos en jarras. —¿Cómo que
mañana?
—Tengo que volver, la investigación está en un punto
caliente. Hemos encontrado una huella…
Bufó. —No será suya como siempre.
—Tú sí que eres positiva.
—¿Quieres que los míos te ayuden?
—¡No!
—Eso no es muy generoso con tus víctimas —dijo
Chrissy alucinada—. Pueden morir más chicas.
Juró por lo bajo. —¿Ahora soy egoísta?
Su cuñada la miró. —¿Puedes encontrarle?
—Bueno, si la huella fuera suya Marmara podría dar
con él mirando la huella.
—Leche.
—¿Y eso de qué nos serviría? Tendría que pillarle
infraganti.
—Tranquilo, que algo encontraría.
—¿Tú sigues sin ver nada? —preguntó Chrissy.
Mierda. Se encogió de hombros y su hombre la miró
con los ojos entrecerrados. —Nena, ¿qué pasa?
—¿Qué pasa?
—No has contestado la pregunta.
Desvió la mirada. —¿Por qué no te duchas de una vez?
Vamos a llegar tarde.
Pasmado dio un paso atrás. —¿Tienes visiones?
—Qué pesado estás.
—Uy, que eso es que sí —dijo su hermana ilusionada.
—Yo no he dicho eso.
—¡Vienna, no me vaciles! ¿Tienes visiones o no?
Se sonrojó ligeramente. —Bueno, he visto algunas
cosillas.
—¿Y por qué no me lo has dicho? —preguntó
pasmado.
—No eran muy importantes.
Él se tensó. —Hermana, ¿puedes dejarnos solos?
Esta bufó como si fuera un pesado y salió de la cocina
diciendo por lo bajo —Si me voy a enterar igual.
Se miraron y poniéndose nerviosa porque ponía la
mirada de interrogatorios se acarició el vientre. —¿Por qué,
nena?
—Creo que mi mente me jugó una mala pasada.
Preocupado se acercó. —¿Cuándo?
—En el hospital. Por favor, no te enfades. —
Angustiada le abrazó.
—Nena, no te entiendo.
Se apartó para mirarle a la cara. —He pensado mucho
en ello y creo que mi mente se bloqueó porque en realidad
sabía el futuro.
—¿Sí?
—Y si pensabas que estaba muy enferma…
Dejó caer la mandíbula del asombro. —¡No me
tomaría a mal el embarazo!
—Que listo eres —dijo aliviada—. Creía que me iba a
costar más explicártelo.
—¡Has desconfiado de mí! —gritó pasmado—. ¡Otra
vez!
—Desconfiar no, cielo, recuerda que yo no sabía que
estaba embarazada.
—¡Pero tu cuerpo sí que lo sabía!
—Bueno, mi cuerpo también sabía que tenía una
infección de orina y no me dijo nada.
—¡No te fías de mí!
—Te aseguro que ahora me fío mucho más. ¿Te duchas
o seguimos discutiendo?
—¡Me has mentido cuatro meses!
—¡Yo no puedo mentir!
—¡Me lo has ocultado a propósito, que es lo mismo!
—¡En las parejas se ocultan cosas por el bien de la
relación! ¡El otro día Rose no le dijo a Marc que se había
tirado un pedo en la cama! Hay cosas que no se dicen como
que odio que no cierres la puerta del baño, y no hablo del
momento en que te duchas precisamente. ¡Y me revienta que
tires los calcetines por ahí y que siempre dejes las luces
encendidas! ¿Pero digo algo? No, por el bien de nuestro amor.
—¡Pues a mí me pone de los nervios que nunca
apagues el televisor!
—¡Pues menos mal que lo tengo con todo el tiempo
que paso sola en casa!
—Ya salió lo del trabajo.
—¡Será porque no te veo el pelo!
—¡Me dijiste que no lo dejara!
—¿Para que luego me lo eches en cara con lo que te
gusta?
La fulminó con la mirada antes de ir hacia la escalera y
gritar —¿Y tú qué haces ahí?
—Cotillear.
Vienna suspiró apoyando las manos sobre la encimera.
Su cuñada vio que estaba disgustada. —Por la cara que pones
me da que no es la primera vez que discutís.
Tenía razón. Desde hacía unas semanas no dejaban de
discutir cada vez que se veían y no lo entendía porque al
principio había sido perfecto. Se habían ido de vacaciones a
Hawái y lo habían pasado estupendamente. Noches románticas
y días de deportes acuáticos… También habían hablado
muchísimo, se conocían mucho mejor que antes y cuando
habían vuelto ilusionados habían buscado la casa de sus
sueños. Ahí empezaron los problemas porque el viaje lo había
pagado él y también pretendía comprar la casa. Pero cuando
encontraron la casa, una maravilla que hasta tenía invernadero
no le dieron la hipoteca porque era muy cara. Y eso que las
casas en la zona estaban tiradas de precio. Ella insistió en
pagarla, que para qué se iban a hipotecar cuando tenían dinero
de sobra. Le sentó como una patada en el estómago, así que
queriendo quitarle preocupaciones la compró sin que supiera
nada en uno de sus viajes. La cara que puso cuando vio las
escrituras. Se puso como una furia robándole toda la ilusión.
Pero intentó ignorarlo y como ella no entendía de esas cosas
fue él quien habló con un constructor que les recomendó
Curtis. Tuvo que irse de nuevo y ella tuvo que encargarse de
prácticamente todo y eso le hizo ver que estaría sola gran parte
del tiempo. Fue una locura y por supuesto su hermano le echó
una mano. Apretó los labios recordando un día que llegó y la
cocina ya estaba puesta. No le gustaba el color blanco y buscó
una pelea, lo que fastidió el fin de semana. Y todo fue a peor.
Ella intentó convencer a su familia para que se mudaran, pero
al principio no querían. Chrissy estaba en rehabilitación
todavía y tenía a sus amigos en la ciudad, pero al final cedió
porque echaba de menos a su hermano. Y eso era porque si
dormía alguna vez en la ciudad llegaba muy tarde y se iba muy
temprano por lo que Chrissy no le veía el pelo. Pero ni esa
sorpresa había cambiado las cosas porque su madre no se
había mudado. Y es que a la bruja le sentaba mal todo lo que
hacía. Pero claro, ninguno de sus hijos ponía mucho de su
parte para que las cosas fueran mejor. Y ahora que se había
quedado embarazada de su adorado cachorro y que le había
quitado a su hija, la odiaba con todas sus fuerzas.
Chrissy la observaba preocupada. —Seguro que a
partir de ahora las cosas irán mejor.
Esperanzada la miró. —¿Eso crees?
—Está muy estresado con el caso, pero seguro que lo
resuelven pronto.
Dejó caer los hombros decepcionada. —Ya van siete
mujeres y no tienen ninguna pista. Esa huella no servirá de
nada.
—Vaya. —Se acercó a ella. —¿Es cierto lo que dice?
¿No te fías de él?
—No —dijo asombrada—. Claro que me fío de él.
—Lo ha dicho como si…
—Al principio tanto empeño me parecía raro. ¿No te lo
hubiera parecido a ti en mi situación? —Chrissy asintió. —
Pero me ha demostrado que solo me quiere a mí. —Se pasó la
mano por la frente. —Si le he ocultado las visiones es porque
no quería que creyera que le había manipulado a propósito.
—Eso significa que no confiabas en él.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —Ya no sé qué hacer.
Forzó una sonrisa. —Deberíais relajaros un poco los
dos. Iremos a ese cumpleaños y lo pasaremos genial. Venga,
deja eso y vete a ponerte guapa.
Se miró los vaqueros cortos y la camiseta rosa que
llevaba. —Pensaba ir así.
—Ponte mona, leche —dijo entre dientes.
—Vale, que carácter tenéis los Finkel.
De la que subía las escaleras se limpió las lágrimas y
respiró hondo. Cuando llegó a la habitación le escuchó hablar
—No, no he podido hablar con ella. Joder, ¿cómo voy a
decirle algo así? Está embarazada, Tiffany. —Se quedó sin
aliento deteniéndose en seco. —Dame algo de tiempo, ¿vale?
Te juro que lo solucionaré. —Por la rendija de la puerta vio
como aún estaba vestido con la ropa que había llevado de San
Antonio, lo que indicaba que esa llamada no acababa de
empezar. Él suspiró pasándose la mano por la nuca. —Te
entiendo, te juro que sí. Llevamos así meses y estás harta.
Acabaré con esto hoy mismo. —Vio como sonreía y sintió que
se le rompía el corazón. —Yo también. Te llamo esta noche.
Colgó el teléfono y diciéndose que tenía que confiar en
él vio como tiraba el móvil sobre la cama antes de empezar a
quitarse la camisa del traje. Se volvió y sus ojos se
encontraron provocando que él se tensara. —¿Ahora me
espías?
Empujó la puerta. —No cielo, no te espío. Venía a
cambiarme, pero me he enterado de que tienes que decirme
algo, así que te escucho. —Él tiró la camisa sobre la cama
mirándola fijamente. —Venga, me lo ibas a decir hoy, así que
no pierdas el tiempo que esa Tiffany está harta de esta
situación.
—No es lo que piensas.
—La frase fatídica. Estoy esperando, Greg.
Él se sentó en la cama. —Me han ofrecido un puesto
en Philadelphia. Jefe de equipo.
Se le cortó el aliento porque eso no se lo esperaba. —
El ascenso que querías.
—No exactamente, yo lo quería aquí. Como se me
acababa el tiempo he ido a hablar con mi jefe sobre el puesto
aquí. Me miraba como si no pudiera creérselo. No te he
tomado en cuenta porque creí que te ibas. Ese imbécil ha
pasado de mí y se lo va a dar a mi compañero que es un vago
de primera —dijo furioso.
—Oh, cielo… Lo siento.
—Así que tengo que decidirme y decirlo el lunes. No
me dan más plazo.
—¿Quieres mudarte?
—No, joder, no quiero. Hemos hecho nuestra vida
aquí, aquí nacerá el niño. Y me gusta vivir en el pueblo. —
Hizo una mueca. —El poco tiempo que estoy, claro.
Se acercó y se arrodilló ante él. —¿Qué quieres hacer?
—No pienso mudarme para que estés sola el tiempo en
que yo estoy trabajando. Lo rechazaré.
Entonces se le ocurrió una idea. —¿Si cogieras a ese
asesino crees que te darían el ascenso aquí?
—Nena, ya está decidido. Mi jefe me ha dicho que se
lo comunicarán a mi compañero el lunes.
—Ya, pero es un caso mediático, se habla de él en
todas las televisiones. ¿Si le encontráramos antes del lunes
crees que tu jefe te dejaría escapar?
Entrecerró los ojos. —Claro que no, sería un tanto para
el departamento tenerme de jefe de equipo.
—Vamos a hablar con los chicos. Solo tenemos dos
días.
Capítulo 10
La tarta era impresionante. Era la casa de Rose con ella
en el porche con un cartel que ponía “Hoy cumplo veintisiete”.
Y ella todavía sin saber hacer bien el bizcocho. La fiesta fue
muy divertida, estaban todos los de confianza del pueblo y
pudieron relajarse y disfrutar con ellos. Para los niños Rose
hizo explotar sobre ellos unos globos llenos de chucherías y se
lo pasaron pipa en la piscina infantil. Rachael se infló a pastel
y chucherías para terminar echando hasta la primera papilla y
su hombre cuando vio que cogía otro pedazo de tarta dijo que
se la llevaba a casa inmediatamente porque al parecer no
controlaba lo que se metía en la boca. Todos se echaron a reír
mientras ella se ponía como un tomate, pero no debía
encontrarse muy bien porque unos minutos después se iban
con su hijo llorando porque no quería salir de la piscina. Su
hermano sonriendo se acercó a ella mientras observaban como
los niños chapoteaban. —Estoy pensando en hacer una de
verdad, ¿qué opinas?
—Que me has leído el pensamiento.
Este se echó a reír asintiendo y Greg la miró pasmado.
—¿Ya la has encargado?
—Empiezan el lunes. Era una sorpresa, pero este me la
ha fastidiado.
—Nena…
—Tranquilo, que nos quedaremos.
—Te veo muy segura.
Marc entrecerró los ojos leyendo los pensamientos de
su hermana. —Ya veo. Casi no tenemos tiempo. —Miró hacia
Greg. —No estás de acuerdo.
—Joder, es que pediros ayuda para ascender después
de que hayan muerto siete chicas me parece casi indecente.
—Cielo… —dijo preocupada—. Yo no he visto nada,
si no te lo hubiera dicho. No pondría la vida de nadie en
riesgo.
—Lo sé, nena. ¿Y eso no te indica que igual no vas a
ver nada en estos dos días?
Se sonrojó. —Bueno, es que no he visto las fotos.
—¿Qué?
—Mi hermana puede ver mejor si se concentra y tiene
algo que la meta en la escena.
—Hostia, ¿y por qué no me lo has dicho antes?
Marmara les miró y Vienna dijo —No querías que
viera asesinatos.
Gruñó antes de beber de su cerveza. —¿Por qué será
que todo siempre es culpa mía?
Marc rio por lo bajo. —Vete acostumbrándote, se les
da fatal reconocer que ellas pueden tener algo de culpa.
—Qué mentira.
—¿Qué pasa? —preguntó Marmara tras ella.
Se volvió hacia ella y al ver su bombo de casi siete
meses hizo una mueca. —¿Hace cuánto que no viajas?
—Tres días, me quedé sin pañales, pero no se lo digas
a Gillean. ¿Tengo que hacerme un viajecito?
—Joder… —dijo Greg—. Como Gillean se entere de
esto me capa.
—¿Me entere de qué?
—Mierda. —Se volvió sonriendo. —Amigo, ¿cómo te
va?
Con desconfianza dijo —Hasta hace un segundo muy
bien, pero creo que me la vais a liar.
—No quiero mudarme.
—¿De qué coño hablas si te acabas de mudar?
Hizo una mueca. —Me han ofrecido el ascenso en
Philadelphia.
—Hostia. —Miró hacia Vienna. —Y tú no te quieres ir,
¿no?
—Y él tampoco, así que le vamos a echar una mano en
ese caso tan importante que tiene entre manos. ¿Quién me
apoya?
—Uy, algo interesante —dijo Rose acercándose con la
niña en brazos.
—Preciosa, ¿te aburres?
—Necesito algo de acción.
La prima de Gillean soltó una risita. —Creo que no
deberíamos escuchar esto.
—Alisa, sé que no dirás nada.
Jennifer se acercó cogiendo a Rossie en brazos. —
¿Podemos echar una mano?
Chrissy se puso a su lado. —Puedo sacar la
información del FBI, ¿me dejáis un ordenador?
—En el despacho —dijo Marc.
—Gracias. —Greg le dio una palmada en la espalda.
—Tío, con tal de que no se rompa la familia lo que sea.
Rose se acercó a él y le dio un beso en los labios. —Te
amo.
—Lo sé, preciosa.
Apenas una hora después estaban viendo las imágenes
de los asesinatos y mientras los niños dormían en las
habitaciones de arriba Rose iba pegando imágenes a la pared
del salón. Era terrorífico como las habían encontrado. A todas
las apuñalaba, las sentaba en una silla, después les cortaba el
pelo al cero y les cosía la boca, no por ese orden.
—Pone los pelos de punta —susurró Marmara—.
Menudo chiflado.
—Si no podéis con esto lo entiendo —dijo Greg antes
de mirar a su mujer que sentada en el sofá miraba las imágenes
muy concentrada. Este chasqueó la lengua antes de volverse y
ver que su cuñado reía por lo bajo—. No la veo muy asustada.
—Esto no es nada para ella. Una vez vio como uno
destripaba a su esposa.
—Joder, no me digas eso. Pensar que lo ve como una
película me pone malo.
Chrissy se levantó. —Bien, estas son las ubicaciones.
Todas en Texas. —Puso el mapa que había sacado de internet
con las señales de donde las habían encontrado.
Curtis frunció el ceño. —¿Por todo el estado?
—Y no sale de él —dijo Greg—. No ha habido casos
iguales en ningún otro sitio. Si nos encargamos nosotros y se
considera un caso interestatal es porque… —Señaló la foto de
una chica rubia. —Ella es de Illinois, estaba aquí de
vacaciones en casa de una prima. Salió una noche con ella y
desapareció en la discoteca. Fue encontrada diez días después
en un descampado.
—¿Y la silla estaba allí? —preguntó Marmara
asombrada.
—Sí, había algunos enseres, era más un vertedero que
otra cosa. La silla tenía signos de haber estado a la intemperie
mucho tiempo.
—¿Y el pelo?
—Se lo lleva. Todas son rubias, veintipocos, casi todas
estudiantes. Suele sorprenderlas en los aparcamientos de
centros comerciales o cuando salen por la noche. La prima de
esta dijo que iba muy bebida, que iba al baño y no volvió. —
Todos asintieron. —No hay huellas ni ADN. Hemos
encontrado en dos de ellas drogas que seguramente las dejaron
inconscientes. Hemos investigado a cada víctima, sus redes
sociales, no tenían nada que ver unas con las otras, no se
conocían. Habían estudiado en puntos distintos… —Señaló
dos fotos. —Estas dos, aunque son de la misma ciudad,
tampoco tenían ninguna relación.
—¿Esas son de Houston? —preguntó Jennifer leyendo
la parte de abajo de la foto.
—Sí.
—Una ciudad demasiado grande para que tuvieran algo
que ver.
Vienna se levantó y se acercó a la pared pasando ante
ellas.
—¿Has visto algo, cielo?
Apretó los labios y pálida se volvió hacia sus amigos.
—Que nos equivocamos.
—¿Qué quieres decir?
—La camarera.
Greg negó con la cabeza. —Dijisteis que su jefe…
—Le pegó cuatro tortazos delante de mí —dijo
Marmara—. Lo vi y debí sacar conclusiones precipitadas.
—¿Y ese tipo está vivo? —preguntó Curtis divertido.
—Pues sí, aunque creo que cojea un poco. Rose fue
implacable.
Todos miraron hacia ella. —No me da ninguna pena.
—Bien dicho, preciosa —dijo su hombre haciéndola
sonreír.
Greg volvió a mirarla. —Así que crees que esa chica
iba a ser una víctima.
—Se fue del pueblo después de eso. Cambiamos su
futuro.
—¿Aquí? —preguntó Claudia dejando una bandeja de
cervezas sobre la mesa—. ¿Ese cabrón se atreve a hacerlo en
nuestro terreno? A por él.
—Tiene que ser alguien de paso —dijo Curtis—.
Alguien con un trabajo que le haga moverse.
—No estoy tan seguro —dijo Greg—. Siempre actúa
los fines de semana. Los sábados.
—El perfil dice… —dijo Chrissy leyendo una hoja—.
Hombre de veinte a cuarenta años, con trabajo estable y que ha
sufrido algún trauma en su infancia. Lleva una vida
aparentemente normal, pero no es capaz de relacionarse con
los demás. Sobre todo con las mujeres. Es inteligente,
premedita sus actos y es meticuloso. —Les miró. —Y está
claro que le van las rubias.
—Su madre debe ser rubia, o lo fue —dijo Greg—. En
este tipo de casos los sospechosos suelen tener algún tipo de
fijación con un familiar o una vecina con las que se
obsesionan. Les corta el pelo y se lo lleva como trofeo, lo que
indica el aprecio que le tiene. Y les cierra la boca. La que le
obsesiona o tenía la lengua demasiado larga o no dijo algo que
debía y por lo que sufrió algún daño.
—Se está vengando de ella a través de estas chicas —
dijo Marc.
—Oye, ¿no tenéis un equipo especial que se encarga de
estos casos? —preguntó Jennifer.
—Sí, pero mi jefe ha puesto trabas a que nos echaran
una mano. Aunque si la orden llega de arriba no podrá hacer
mucho y nos quitarán el caso en breve.
—Lo descubriremos antes —dijo Marmara—. La
camarera debe conocerle. Si se ha fijado en ella es por algo.
Pasaría por el restaurante en algún momento.
—¿El restaurante tendrá cámaras? —preguntó Jennifer
—. Yo tengo en la gasolinera.
—Sería como buscar una aguja en un pajar —dijo Greg
—. Además, si las hubiera en su momento ya las habrán
borrado, han pasado meses. Necesitamos encontrar algo
irrefutable para pillarlo. Y como ha demostrado Rose con el de
las tortas, le queremos vivo para que se le juzgue.
—Eh, que parecía muy claro.
—Pero no era él.
—¡Pero se lo merecía!
—No he dicho que no, pero en este caso debemos dejar
claro que fue él. —Miró a Vienna. —¿Tienes algo?
Gillean levantó una ceja. —Paciencia, amigo. Le
vienen cuando le vienen.
—Uy, hombre de poca fe —dijo ella mirando las
fotografías una por una.
Rio por lo bajo. —Creo en ti, pero a tu tiempo.
—Exacto. —Tocó una fotografía y le vino un flash de
ella bailando en la discoteca totalmente borracha. Él la miraba
desde la barra. Vio como bebía de un vaso algo de color
ambarino sin quitarle ojo a través del cristal. La chica habló
con una morena y esta pegada a un tipo lleno de tatuajes
asintió. Tambaleándose salió de la pista y la imagen la siguió.
Veía lo que veía su asesino. Entró en un pasillo mal iluminado
y lleno de gente. Los esquivó para ir hacia la puerta con el
dibujo de una mujer bailando. Abrió y él esperó. Un chico que
estaba besando a otro en la boca le miró de reojo y Vienna
separó los labios acercándose a sus pupilas. El rostro del
hombre se hizo más claro, mucho más nítido, hasta que el
cabello rubio y la sonrisa de él la hicieron chillar del susto
sobresaltándoles a todos.
Vienna miró a su hermano asustada y él negó con la
cabeza. —No hermana, no puede ser.
—¡Te digo que sí!
—¡Qué pasa! —gritó Greg asustado por su palidez.
—Le ha visto la cara.
—¿Puedes identificarle? Chrissy, abre el programa de
reconocimiento facial.
—No hace falta, sabemos quién es —dijo Marc
mirando a Robert que se tensó—. Es Duncan.
Marmara dejó caer la mandíbula del asombro mientras
Rose negaba con la cabeza. —No puede ser Duncan. Si es
muy majo.
Greg cogió a Vienna de las manos y la sentó en una de
las sillas. —¿Estás bien?
—Me ha impresionado, eso es todo. Le he visto a
través de los ojos de uno de los de la discoteca. Es él, estoy
segura.
—Dios mío… —dijo Marmara.
—Pues si os digo la verdad no me extraña —dijo
Robert haciendo que todos le miraran—. ¿Recordáis que
durante una temporada en el búnker estuvimos muy unidos? A
veces me decía cosas que ponían los pelos de punta sobre su
madre. Que era una zorra que no merecía vivir por meterle allí
y cosas así.
—Bingo —dijo Curtis levantándose—. Bueno, yo me
voy que habéis resuelto el caso y aquí no pinto nada.
Los demás del pueblo asintieron y Jennifer sonrió. —
Un cumpleaños estupendo, el mejor al que he asistido nunca.
Oye, cuando hagáis otro sarao avisarme.
—Eso está hecho —dijo Gillean que era el único que
no estaba en shock.
—Niña, no te olvides de mi tarta de limón.
Marmara sonrió con cariño. —Eso no lo dudes.
Yendo hacia la puerta Curtis dijo —Ahora mi niña le
meterá caña.
—Claro que sí —dijo Claudia—. Ese no se va de
rositas.
Cuando se quedaron solos Greg puso los brazos en
jarras. —Al parecer el caso ha dado un giro de ciento ochenta
grados.
—Duncan lee lo que tenga delante incluso aunque este
metido en una caja fuerte, es un don de segunda —dijo Robert
haciéndole suspirar del alivio—. Pero es peligroso, su
complexión es tremenda. Era el que más utilizaba el gimnasio
y como habréis supuesto no tiene un pelo de tonto.
—Si hay archivos del caso, él ya sabe que no tenéis
nada —dijo Marmara—. Cuando fui a llevarle la
indemnización vi en que trabajaba. Estaba ante un ordenador
mirando fichas técnicas de una aseguradora. Aparecí tras él y
las imágenes se sucedían solas.
—Así que puede pasar archivos con la mente —dijo
Chrissy—. Tiene conocimientos informáticos.
—Yo eso no lo sabía, me enteré después por las chicas
que me dijeron que les habían dado clases básicas del tema
después de que me fuera del búnker, pero es evidente que ha
evolucionado como su don.
—Su don no tiene ningún peligro —dijo Greg—.
Decirme donde vive e iré a verle. Mañana es sábado, le haré
un seguimiento y le pillaré infraganti.
—Yo tengo su dirección —dijo Chrissy.
Todos se quedaron en silencio y Greg frunció el ceño.
—¿Qué ocurre?
—No podemos dejarle vivo, cielo —dijo Vienna—.
Nos pondrá a todos en peligro por intentar salvarse.
—Como nosotros no puede mentir —dijo Robert—. Si
los tuyos rascan sobre su pasado, para todos seremos
monstruos como lo es él.
—Eso si no pide que Marmara le saque de esta para
evitar ir a la cárcel —dijo Gillean.
—Que es lo más probable. Puede contar cosas sobre su
infancia para defenderse y eso nos descubrirá a todos —dijo
Marmara—. Debemos cortar esto por lo sano. —Miró a Greg a
los ojos. —Y si quieres ese ascenso deberás hacerlo con tu
arma cuando esté a punto de matar a otra mujer.
Greg levantó una ceja. —¡Soy la ley!
—Cariño, que por proteger a tu familia ya lo has hecho
antes…
—No he dicho que no vaya a hacerlo, pero coño, tengo
que estar seguro.
—¡Ah, que no estás seguro de mí!
—Nena, que ya tuviste otra visión que…
—¡Que no fue culpa mía!
Marmara se levantó. —Imagino que vas armado.
Él asintió.
—Te llevaré hasta él, le echas un ojo y nos vamos. Será
muy rápido, apenas medio segundo. Después pararemos en los
alrededores… —Se quedó de piedra mirando a Marc. —
¿Cuándo se ha mudado Duncan?
—Que yo sepa nunca. —Entonces comprendió. —¿Por
qué actúa aquí si vive en Nueva York?
—¿Que vive dónde? Nena, te has equivocado.
—Un momento —dijo Robert—. Hace meses que no le
vemos y por los demás que yo sepa ellos tampoco le han visto.
Puede haberse mudado.
—¿A Texas? ¿Por qué? —preguntó Rose incrédula.
Marc apretó los labios. —Por Vienna.
Greg le miró mosqueado—¿Qué has dicho?
—En el búnker estaba loco por ella. Se lo leí en la
mente mil veces. No le gustó nada tener que irse de allí y
cuando yo le visitaba me preguntaba mucho por ella. La
echaba de menos. —Vienna se sonrojó mientras él continuaba.
—La quiere, haría lo que fuera por ella.
—¿Tú sabías esto? —preguntó pasmado.
—A mí no me gustaba de esa manera, éramos amigos.
—Cuando nos encontramos después de tanto tiempo
sin verla pensaba que estaba preciosa. Recuerdo que pensó que
no tenía pareja porque era suya, que estaba destinada para él.
—¡Hostia, joder! —dijo furioso sobresaltándola.
—Si te digo la verdad yo también pensaba lo mismo —
dijo Rose—. Uff, de la que te has librado, cuñada.
—Y que lo digas.
Greg la fulminó con la mirada. —Desde que llegaste a
mi vida no ha habido otro, cielo.
—Más te vale —dijo cabreadísimo—. Bien, ahora sí
que me lo cargo.
—¿Y si le decimos que Vienna le necesita, le traemos
aquí y liquidamos el asunto? —preguntó Gillean—. Creo que
debemos acabar con esto cuanto antes.
—No, las familias de esas víctimas necesitan saber
quien… —Greg al darse cuenta de lo que iba a decir se detuvo
en seco. —Mierda.
—Exacto, si le cogéis y le matáis por esos asesinatos,
la prensa meterá la nariz y puede que demasiado. ¿Queremos
eso? Creo que no.
—Su vida anterior está totalmente blindada —dijo
Chrissy—. Me he encargado de ello. Nadie descubrirá que fue
de su vida. Rascarán un poco como es lógico, pero al no
encontrar nada aparte de su vida actual lo dejarán por la
siguiente noticia.
—Además está el ascenso de Greg, tiene que
conseguirlo —dijo Marmara—. Solo debemos evitar que
Duncan hable y el tema se cortará en unos días.
—Necesitamos pruebas. —Vienna entrecerró los ojos.
—Debemos montar el caso, hacerlo tan real que no haya dudas
de que ha sido él.
Marmara miró las fotografías donde las víctimas aún
tenían pelo y se le cortó el aliento. —Puedo encontrar esas
pruebas. Solo tengo que ir hasta el pelo.
—¡Ni de broma vas a ir sola hasta su casa! —dijo su
marido espantado.
—Cielo, no me verá.
—Sí puede verte porque te pondrás a rebuscar para
sacar el pelo, ¿o crees que lo va a tener a la vista? Tendrás que
registrar algo y…
—Yo iré con ella —dijo Rose.
—No, iré yo —dijo Vienna—. Si nos sorprende se
calmará con mi visita. Diremos que queríamos verle o algo así.
—Ni de coña —dijo Greg—. ¡Iré yo y si nos sorprende
le pegaré un tiro y diré que la víctima huyó asustada!
Tendremos las pruebas allí y su cadáver. Caso cerrado.
—¿Y cómo le encontraste? —preguntó Vienna
exasperada.
—¡Oí gritos cuando pasaba por la calle! ¡Nena, no me
fastidies no vas a ir! Estás embarazada y ese psicópata igual no
se toma bien que estés esperando un… —Entrecerró los ojos.
—Hostia, ya lo sabe.
—¿El qué?
Se volvió hacia el mapa y miró los puntos rojos. —
¡Vive en San Antonio! Todas las víctimas fueron encontradas
en ciudades a dos horas como mucho de San Antonio excepto
las de Houston.
—Porque tuvo que ir a hacer algo allí —dijo Gillean.
—¡Exacto! ¡Y por eso viste que la vida de la camarera
estaba amenazada, porque estuvo aquí! ¡Te vigila! ¡Quiso
aproximarse, pero algo se lo impidió!
—Tú, nuestra primera cita —dijo Vienna sin aliento.
—Ya me habías conocido. Seguro que nos siguió, entró
en el restaurante y la furia se exacerbó cuando vio a la
camarera.
—Y tuviste la visión —dijo Marc.
Greg asintió. —E insististe en irte a casa enseguida.
—Sabía que tú habías visto algo —dijo Marmara
impresionada—. Y se esfumó. Cambiaste el futuro de esa
chica esa misma noche.
Greg señaló una de las víctimas. —Pasaron unas
semanas hasta que actuó de nuevo. Estuvo esperándoos.
—Pero como no ocurrió nada volvió a las andadas —
dijo Robert.
—Exactamente.
Vienna palideció. —¿Estaba allí? ¿Me vigila?
—Cielo, no te preocupes que no va a vivir mucho. —
Sacó su arma y comprobó el cargador antes de mirar a
Marmara. —¿Me llevas? Ni necesito que te quedes. Tú déjame
allí…
—Un momento —dijo Gillean—. Te aseguro que si mi
mujer estuviera en esa situación yo tampoco dudaría en
pegarle cuatro tiros, pero debemos pensar en esto fríamente. Si
le matas y no hay suficientes pruebas, si no puedes justificar tu
presencia allí te quedarás sin trabajo y puede que incluso
vayas a la cárcel. —Greg apretó los labios. —¡Así que un poco
de cordura, joder! ¡Tenemos que armar el caso como se ha
dicho y después le pegas cuatro tiros, incluso si quieres te
ayudo con tal de que ese chiflado no se acerque jamás a los
míos, pero todo tiene que estar muy bien atado!
—Gillean tiene razón, Greg —dijo Marc—. Debemos
ser fríos ante este asunto. A Vienna no le hará nada. Ha estado
sola en vuestra casa muchas veces y no la ha molestado. Debes
tranquilizarte y resolvamos esto con cordura.
—Iré a ver si encuentro el pelo —dijo Marmara.
Greg miró a Vienna y esta forzó una sonrisa. —Todo
va bien, estamos seguros.
—Eso pensaba yo hasta que me he enterado de esto. —
Miró a Marmara. —Voy contigo para ver lo que encuentras.
Iré al coche por unos guantes de látex, no debemos dejar
huellas.
Marmara asintió y le vieron salir de la casa a toda
prisa. Vienna se levantó. —Si me ha vigilado…
—Tranquila, todavía no se te nota mucho —dijo su
hermano—. No puede saber a ciencia cierta que estás
embarazada.
Robert frunció el ceño. —Yo temería más por Greg.
Todavía tendrá en su mente enferma que puede conseguirte. —
Juró por lo bajo acercándose a la ventana y apartó la cortina.
—No veo porque el coche de Gillean está delante. —Sacó el
arma de su cartuchera. —Quedaos aquí.
Marmara desapareció y Gillean juró por lo bajo. —La
voy a matar.
Vienna asustada fue hasta el hall. —¿Greg?
Robert desde el porche con el arma en la mano le llamó
por su nombre y cuando no contestó ella perdió todo el color
de la cara. Rose pasó a su lado para salir al porche para
proteger a su amigo.
—¿Qué pasa? —Sorprendida se volvió para verle salir
del baño de abajo. —Quería ir al baño por si el registro se
alarga.
Suspiró del alivio. —Creíamos que…
—Está aquí —dijo Marc muy tenso—. Está escondido,
pero leo sus pensamientos. Se pregunta qué está haciendo
Robert, le está poniendo alerta.
Robert desde el porche gritó —¿Quién está ahí? ¡Como
seas Billy Preston y vuelvas a destrozar el jardín te voy a dejar
el trasero como un tomate!
—¡Se lo voy a decir a tu madre! —gritó Rose
siguiéndole el rollo.
Greg sacó su arma y le hizo un gesto a Marc hacia la
puerta de atrás. Vienna le cogió por el brazo y asustada negó
con la cabeza.
Robert se volvió. —¿No escucharías un gato?
—Sí, igual era eso. No veo su bici.
Entraron en la casa y Robert cerró la puerta. Marc
susurró —Quitad las fotos de la pared. Se va a acercar a la
ventana.
Chrissy y Elisabeth empezaron a arrancarlas. —
¿Jugamos a las películas? —preguntó la hermana de Greg.
—Que buena idea. —Rose corrió para ayudarlas. —
¡Equipos por parejas! ¡Los que más acierten ganan!
—Tú no has jugado nunca, ¿no? Se hacen dos equipos.
—Vale.
Marmara apareció con una botella de champán. —
¿Nos tomamos una copita?
—Que buena idea —dijo Elisabeth exageradamente—.
Vamos cariño, que no estás de servicio, olvídate de ese niñato.
Los hombres se acercaron y se sentaron al lado de sus
mujeres repartidos por todo el salón mientras las chicas
disimuladamente metían los papeles tras el almohadón del
sillón. Vienna sonrió. —Empezar a escribir películas en los
papeles mientras voy a por unas copas.
—Te ayudo —dijo Marc. Fueron hasta la cocina y él
leyó su pensamiento—. Joder, ¿va armado? —susurró.
—Lleva una pistola en la cinturilla del pantalón.
Greg incómodo miró hacia atrás viéndoles salir de la
cocina con las copas y Vienna dejándolas sobre la mesa
susurró —Disimula.
Él sonrió. —La madre que le parió, que tenga que
hacer esto cuando podría solucionarlo con un tiro y un hoyo en
un descampado…
Marc se sentó a su lado en el sofá. —Debemos matar
varios pájaros de un tiro. Mente fría.
—Vamos allá —dijo Chrissy como si estuviera muy
ilusionada —. ¿Empiezo yo? —Cogió un papelito de encima
de la mesa y bufó. —¿Esto es una película?
Elisabeth del equipo contrario se acercó. —Sí, lo es.
—Mierda.
—Muy bien, puedo hacerlo. —Mostró seis dedos.
—Jo, que larga —dijo Marmara.
Chrissy elevó dos dedos. —Segunda palabra —dijo
Gillean. Ella hizo un gesto desde las caderas hasta las rodillas.
—Con faldas y a lo loco —dijo él haciéndola chillar de la
alegría.
Marmara le miró asombrada. —Eres bueno.
—Nena, es un clásico.
—Os toca.
Marc dijo en susurros —Se aleja. Ha decidido ir a la
casa de Greg.
—¿Qué coño dices? —preguntó Greg levantándose.
—Tranquilízate —dijo Vienna.
—¿Va a nuestra casa? —preguntó Chrissy asustada.
Marc juró por lo bajo. —¡Dijiste que lo borrarías todo!
—Y lo hice, pero si lee en el ordenador igual puede
descubrirlo. ¡Cubrí el sistema del senador, jamás pensé en el
mío!
—¿Tienes algo de este caso?
—Sí, de hecho esta noche he entrado desde aquí a mi
ordenador para sacar el material más rápido.
Greg maldijo pasándose las manos por el cabello
intentando pensar. —Marmara vete a nuestra casa y arranca el
cable de alimentación de la CPU.
—Hice un curso de secretariado, pero si me recuerdas
que era eso…
—Llévame contigo —dijo Chrissy.
Marmara se levantó y la cogió por la muñeca antes de
desaparecer. Greg miró a Marc. —¿Tienes guantes de fregar?
—Sí, creo que hay un par bajo el fregadero.
Corrió hacia la cocina y abrió los armarios de abajo
cogiendo el par que estaba a la vista. Se los puso a toda prisa y
regresó al salón. Marmara apareció con Chrissy que llevaba la
CPU del ordenador a cuestas. —Ya está —dijo con alivio.
—Bien… —Greg se acercó a Marmara. —Vamos a
buscar ese pelo. Ahora hay vía libre.
Robert se levantó. —Voy con vosotros.
—Nena, ¿estás bien? —preguntó Gillean.
—Sí, perfecta. —Le guiñó un ojo y desaparecieron.
Vienna se apretó las manos antes de mirar a su
hermano. —¿Qué va a hacer en nuestra casa?
—Mejor que no lo sepas.
Elisabeth dejó caer la mandíbula del asombro. —Se ha
excitado al verla, ¿verdad? —Su silencio le dio la razón. —
Maldito enfermo —dijo horrorizada.
Los ojos de Vienna se llenaron de lágrimas. —Dios
mío, qué asco.
—No se lo digas a Greg, eso le volvería loco.
—¿Y que le mate antes de tiempo?
—Joder hace eso en mi casa y le descuartizo —dijo
Gillean muy tenso—. Igual Greg tiene razón y deberíamos
acabar con esto en el hoyo.
—¿Y que sus familias no sepan quien las mató? —
preguntó afectadísima.
—Lo que quieres es que no os trasladen.
—¡Pues ya que lo dices tampoco quiero que nos
trasladen! Me he deslomado para tener la casa de mis sueños.
¡Quiero vivir aquí con vosotros y haré lo que sea para que mi
hombre tenga el puesto que se merece!
—Bien dicho —dijo Chrissy haciendo que todos la
miraran—. ¿Qué? La casa mola y vosotros también.
—Además un error y Greg lo pagaría, tú lo dijiste —
dijo Elizabeth—. Estamos haciendo lo correcto. No perdáis los
nervios y todo acabará como debe.
—Bien dicho, amiga —dijo Rose.
Se quedaron en silencio y Gillean suspiró levantándose
para ir hacia la ventana. —¿Seguro que se ha ido?
—No le oigo, si no se ha largado está muy lejos. No te
asomes por si acaso.
Inquieto caminó por la habitación mientras los demás
se mantenían en silencio. Los minutos pasaban y hasta
Elizabeth empezó a ponerse de los nervios. —No puede haber
pasado nada, él está por aquí.
Marmara apareció sobresaltándoles y le dio un móvil a
Chrissy. —Descarga las fotos —dijo antes de desaparecer.
Chrissy a toda prisa fue hasta el ordenador portátil que
había trasladado allí y enchufó el teléfono de su hermano.
Todos se acercaron para ver lo que parecía una habitación
llena de fotos, de fotos de todos los que habían vivido con él
en el búnker.
—Dios mío, ¿qué es eso? —dijo Rose impresionada
antes de señalar una foto suya—. Ese abrigo lo tiré hace unos
dos años porque lo manché de tinta en la oficina.
—Nos seguía a todos. A todos menos a Marmara. Sus
fotos son de aquí, del pueblo —dijo Marc.
—Es un mural —dijo Chrissy haciendo que todos la
miraran—. Yo tenía uno de adolescente. Pero con fotos de mis
amigas y mi familia en celebraciones y cosas así. —Pasó a la
siguiente foto y vieron un armario abierto. Greg mostraba una
bolsa de plástico trasparente con algo que parecía pelo en su
interior. —Le tiene.
—Sí, pero tenemos un problema —dijo Marc.
Rose asintió. —Las fotos de todos nosotros. Y las que
debe tener por ahí.
—Las tendrá en su ordenador —dijo Chrissy—. Pero
eso lo puedo arreglar yo si tengo acceso a él.
—Habrá que hacer una limpieza total antes de mostrar
esa habitación a los de criminalística —dijo Gillean.
En ese momento aparecieron los suyos en el centro del
salón y Greg se acercó quitándose los guantes. —Ese cabrón
tiene trece cabelleras.
Vienna le miró asombrada. —¿Cómo que trece?
—Al parecer empezó antes.
—En Nueva York —dijo Marc.
—Una ciudad perfecta para un psicópata como él.
Aunque no creo que tuviera el mismo modus operandi. Pasa
las fotos, vete a la última. —Su hermana lo hizo y al llegar a la
última vieron a una mujer sentada en una silla. No tenía pelo,
seguramente por un tratamiento de quimioterapia.
—¿Es su madre? —preguntó Rose impresionada—. Es
mayor.
—Esa foto es actual —dijo Chrissy ampliando la foto
para ver la fecha—. Tiene dos meses.
—¿Sigue viva? —Vienna no salía de su asombro.
—¿Por qué no la mató a ella primero si tanto daño le
había hecho su abandono? —dijo Rose.
—Porque ella está sufriendo con su enfermedad y eso
le da satisfacción a su mente enferma. —Greg se enderezó
asintiendo. —Sí, es su madre, hay fotos suyas de cuando era
niño con ella y era rubia como él. Bueno, tenemos las pruebas,
ahora tenemos que pillarle infraganti. Nena, quédate aquí que
vamos a ir a casa. Le pillaremos y Robert simulará que me
impide detenerle. Le provocaré para enfurecerle, querrá
desahogarse.
—Y mañana volverá a matar —dijo Vienna.
—Entonces acabará todo. Diré que le había seguido
porque me pareció extraño que merodeara por mi casa, Robert
me apoyará. A veces los asesinos se obsesionan con los
detectives que llevan sus casos, llegan a llamarles o enviarles
cartas.
—Aprovecharás eso, bien visto. —Gillean miró a
Robert—. También puedo ir de testigo, de hecho quiero
acompañaros.
—Perfecto. Vamos.
—Un momento —dijo Marc—. Está armado.
—Tranquilo, le veré antes de que me vea a mí —dijo
Robert.
Los hombres fueron hacia la puerta y Gillean le dijo a
Marmara —No te preocupes y quédate aquí con el niño.
Asintió. —No te preocupes por mí.
—Hablo en serio, nena, nada de viajecitos. —Se alejó
y cogió su cazadora vaquera del perchero. —Vayamos campo
a través, llegaremos antes.
Marmara dio un paso hacia ellos. —Llevaros mi cuatro
por cuatro, tiene las llaves puestas.
Vienna desde la ventana vio cómo se subían al coche y
Gillean al volante rodeó la casa a toda velocidad para atravesar
la valla de madera e ir campo a través.
Rose hizo una mueca. —Era nueva.
—Lo siento. Te la pagaré.
—Sabes que no hace falta. —La miró de reojo. —Son
tres y dos van armados no te preocupes.
Marmara se acercó a ella y la abrazó por los hombros.
—Todo saldrá bien.
Puso los ojos en blanco antes de caer al suelo y
Marmara hizo una mueca porque se había metido un buen
porrazo. Marc a toda prisa apartó una mesa que estaba al lado
de la pared y cuando empezó a convulsionar se agachó para
cogerla de los brazos. —Vamos hermana… Pasará enseguida,
no te preocupes.
Ella no le escuchó. Se vio a sí misma a través de un
espejo y Greg estaba tras ella mirándola con desprecio antes
de echarse a reír. —¿De veras creías que te amaba? Solo lo
hice para averiguar quién había matado a mi padre. Te juro
que se me revolvían las tripas al tener que acostarme con
alguien como tú. —Rio de nuevo mientras ella intentaba
retener el dolor y él se agachó para susurrarle al oído —Me
repugnáis.
Sus ojos llenos de lágrimas ya no pudieron contenerlas
y estas se deslizaron por sus mejillas. —¿Te repugno? Bien
que te has beneficiado de mis habilidades, de las de todos los
míos.
—Uno de los tuyos me quitó a una de las personas que
más he querido en la vida, ¿crees que lo iba a olvidar? En
cuanto los tuyos te defendieron con tanta vehemencia, cuando
vi esas habilidades de las que hablas, supe que lo que había
visto mi hermana esa tarde era real, que no había sido
producto de su imaginación.
—Antes que nosotros hubo otros.
Él la miró sorprendido. —Mientes para salvar al
culpable.
—Te juro que no.
—Mi hermana no encontró nada de eso en la base de
datos del senador.
—Porque fue hace años. El búnker se cerró en los
setenta y volvió a abrirse cuando llegamos nosotros. Hay más,
lo sé, porque tuve una visión en mi antigua habitación, otro
hombre que había dormido allí. Podía cegarte con una luz
intensa.
Él dio un paso atrás sorprendido. —Fue lo que vio mi
hermana. ¡Pero ella vio una mujer joven!
—Será su hija o su nieta. —Intentó retener el dolor de
su corazón roto para volverse y mirar sus ojos. —Como bien
sabes pasa de padres a hijos. —Se levantó lentamente
mostrando su voluminoso vientre. —Ahora vete, no quiero
verte más en la vida.
La agarró por los brazos de manera violenta y gritó en
su cara —¡Dime quién es!
—Tendrás que averiguarlo tú, a mí ya me has utilizado
bastante.
La soltó mirándola con desprecio. —No, preciosa. No
saldrás de esta casa hasta que veas en esa mente tuya lo que
quiero saber.
Entonces su visión le mostró la habitación. No estaba
en casa. Sus ojos se abrieron y en cuanto vio los ojos de su
hermano sintió que su mente se cerraba para que no leyera lo
que había visto.
Marc frunció su frente. —¿Qué ocurre Vienna? ¿Qué
has visto?
Pálida y temblorosa susurró —No tenía nada que ver
con esto.
Se le cortó el aliento. —No puedo leerte y tengo la
sensación de que esta vez lo has hecho a propósito. ¿Has visto
algo malo de nosotros?
—No —dijo sorprendiéndose a sí misma porque podía
mentir por primera vez en muchos años—. No tiene nada que
ver con nosotros. Ha habido un accidente de tren.
—Joder… —dijo Chrissy—. No te envidio nada.
—Deja que te ayude a levantarte —dijo Marc mirando
a Rose que entrecerró los ojos como si algo no le gustara un
pelo, pero Vienna simuló que no se daba cuenta porque no
podía contar lo que acababa de ver. Ya había malinterpretado
una de sus visiones, había desconfiado de él muchas veces y el
futuro podía cambiarse en el presente. Puede que estuviera
enfadado por la muerte de su padre, pero la manera en que le
hacía el amor… No, la quería. Tenía que quererla. Intentando
no llorar se dijo que todo igual formaba parte de un sueño que
ella había tenido. Sí, eso era. Seguro que después él la
despertaba dándole besos como hacía cada mañana que estaba
a su lado.
Con ayuda de su hermano consiguió llegar al sofá y
suspiró cerrando los ojos. —Un poco de agua —pidió él
preocupado sentándose ante ella en la mesa de centro. —
Hermana, ¿qué ocurre? —preguntó mentalmente.
—Nada, no te preocupes.
—¿Es Greg? ¿Por eso no quieres contármelo?
Le miró a los ojos. —Es un tema de pareja que
resolveré yo.
Él apretó los labios antes de asentir. —Como quieras,
pero si me necesitas…
—Sé que siempre estarás ahí.
—Eso no lo dudes nunca.
—Aquí tienes —dijo Rose.
Forzó una sonrisa y todos vieron como temblaba su
mano al coger el vaso. Bebió sedienta sintiéndose observada
por todos y cuando terminó dijo —Por favor, dejar de
mirarme.
Marmara suspiró antes de coger la botella de champán
sin abrir e ir hacia la cocina para meterla en el frigorífico
donde la había encontrado. Rose la siguió y susurró —Ocurre
algo. Vienna nos está ocultando su visión.
—¿Tú también te has dado cuenta? Pero si no quiere
contarla será por algo, no te preocupes.
Asintió empezando a recoger la cocina, que con todo lo
de la fiesta era un desastre. Marmara la ayudó a llenar el
lavavajillas e iba a meter un plato cuando se dio cuenta de
algo. —Puede mentir.
Rose se volvió sorprendida. —Es cierto. Dijo lo del
accidente de tren y…
En ese momento entró Marc y ambas le miraron. —No
pasa nada, es algo suyo con Greg.
—Algo malo por la expresión de su rostro —dijo su
amiga.
—No quiere decir más y debemos respetarlo. Callad,
está Chrissy y se lo contará a su hermano.
Ambas asintieron y siguieron trabajando. La aludida
entró en ese momento con los vasos que había en el salón. —
¿Os ayudo?
—Gracias —dijo Rose.
—¿Y cuándo creéis que será ese accidente de tren? —
preguntó sorprendiéndoles—. Habrá que avisar, ¿no?
Marc sonrió porque era evidente que quería ayudar. —
A veces no ve nada que nos ayude a dar con ellos.
—Vaya. Qué mal tener esas visiones para nada —dijo
antes de salir de la cocina.
—Vienna ha mentido —dijo él por lo bajo.
—Yo pude hacerlo cuando sentí a Gillean en peligro,
igual a ella le ha pasado lo mismo. Esta situación es estresante
para todos, pero sobre todo para ella. En cuanto acabemos con
Duncan el futuro cambiará.
Marc asintió pensando en ello. —Por supuesto, todavía
no hay un futuro claro.
—Porque sigue libre.
Más tranquilos siguieron trabajando. Y cuando pasó
media hora Marc salió de la cocina para ver a su hermana
sentada en el sofá sumida en sus pensamientos. Pensamientos
que seguían cerrados para él. Se sentó a su lado. —Todo irá
bien. En cuanto nos encarguemos de Duncan todo el futuro
cambiará.
Ella forzó una sonrisa. —Claro que sí.
—Uy, mira —dijo Chrissy señalando una foto de la
pared donde todos los que habían crecido en el búnker
sonreían a la cámara—. Aquí estáis todos. —Les miró
confundida. —¿Todos tienen hijos? De eso no se habla en la
documentación del senador.
—Algunos ya están esperando el segundo —dijo Rose
como si nada—. Pero nosotros fuimos los primeros en repetir,
¿verdad cielo?
—Tardan mucho en llamar, ¿no? —preguntó Vienna a
toda prisa para cambiar de tema.
—Le estarán intimidando. —Marmara también
nerviosa se sentó ante ella. —En cuanto puedan llamarán. Mi
Gillean sabe que estoy inquieta.
Sí, no como Greg que cuando no estaba en casa la
llamaba de pascuas a ramos. Qué tonta había sido, una
auténtica estúpida. Y lo peor es que estaba poniendo a los
suyos en peligro porque hasta que pasara lo de la visión
quedaban meses. ¿Y si él en ese tiempo hacía alguna tontería?
No, lo habrían hablado en esa discusión. Ella se lo hubiera
echado en cara en la visión. Piensa Vienna… Quería saber
quién había matado a su padre y tenía que averiguar cómo
había muerto. Miró a Chrissy y vio que cojeaba un poco. —
Cuñada siéntate, te duele la espalda.
—Un poco sí. —Suspiró sentándose en el sofá. —Esto
tarda en curar.
—Acabas de operarte como quien dice y ha sido una
operación delicada —dijo Rose—. Te lesionaste en un
accidente, ¿verdad?
—Sí. —Sus ojos se entristecieron. —Iba con mi padre,
me había recogido de la universidad. Era motero, ¿sabéis? —
Sonrió con tristeza. —Le encantaban las motos.
—¿Él falleció así? ¿En el accidente? —preguntó
Vienna.
—¿No lo sabías? —preguntó sorprendida.
—Greg me habló de él en pasado, pero al ver lo que le
afectaba no pregunté más porque me imaginé que había
muerto. Me lo dijo en nuestra primera cita y no quería
fastidiarla con un tema que le entristeciera.
—Oh, claro. Sí, murió en el acto. Chocamos con otro
coche y salimos despedidos estrellándonos contra un muro. Yo
tuve suerte.
—Y que lo digas —dijo Elizabeth—. La gente va
como loca. Seguro que se os cruzó alguien.
Chrissy forzó una sonrisa. —Algo así. Fue muy rápido,
casi ni me acuerdo.
Marc apretó las mandíbulas leyendo sus pensamientos.
Vienna lo sintió y le preguntó mentalmente —¿Qué has visto?
—Joder… Que tenías razón, que hay más como
nosotros.
—Te lo dije. Cuéntame que les pasó.
—Una mujer salió a la carretera corriendo, al ver la
moto se detuvo y desprendió una luz de su mano que cegó al
padre y este giró el manillar en un acto reflejo. Se estrellaron
contra el costado del coche que venía de frente y como ha
dicho salieron despedidos. Él murió en el acto, pero ella vio
como la mujer se acercaba y la miraba sin ningún
remordimiento antes de salir corriendo. En ese momento
Chrissy perdió el sentido.
—Es una pena que solo puedas leer su mente y no veas
imágenes.
Él hizo una mueca. —No serviría de nada que la viera,
debería verla Marmara para que la siguiera y que le diéramos
su merecido.
En eso tenía razón. Seguramente no encontrarían a esa
mujer jamás y no servía de nada darle vueltas. Además, no era
su venganza era la de Greg, pero que estuviera utilizándoles
para intentar llegar a ella dolía, dolía muchísimo. Me
repugnáis. Esa frase no salía de su mente. No, tenía que ser un
sueño. Él la amaba, la había amado desde el principio, por eso
su insistencia. Por Dios, si iban a tener un hijo y vivían juntos.
Pero no te ha pedido matrimonio, nunca te ha dicho que te
ama… Y lo que más debe preocuparte, es capaz de ocultar sus
pensamientos a Marc, porque es evidente que ha sabido
esquivar que averiguara sus verdaderas intenciones desde el
principio. Se le cortó el aliento. Como Nigel. ¿Se había
preparado para ello? ¿Cómo sino sabía el don que tenía Marc
antes de conocerle? ¿Era un don natural? Puede que sí. ¿Por
qué no iba a tenerlo si ella tenía el suyo y había nacido de
gente normal? Había personas que desarrollaban más sus
habilidades que otras a lo largo de su vida y él era agente del
FBI, seguro que en interrogatorios había tenido que disimular
lo que sentía. Era una manera de ejercicio, como los que ellos
habían hecho desde pequeños. Igual eso había hecho que se
metiera tanto en el papel de novio entregado que hasta sus
pensamientos difuminaran sus verdaderas intenciones y Marc
no fuera capaz de leer la verdad en él. Casi se alegraba porque
si su hermano supiera lo que tenía en mente le mataría. Y no
podía perderle, no estaba dispuesta a ello. Haría lo que fuera
porque lo que tenían, porque lo que sentía a su lado fuera real.
Aún tenía tiempo para hacer que la amara. Y pensaba
conseguirlo.
Capítulo 11
Pensando en que sus enfados de los últimos meses eran
un signo de su frustración por no conseguir de ellos lo que
buscaba, la sobresaltó el timbre del teléfono de Marmara.
Alerta se adelantó para ver cómo se ponía el teléfono al oído.
—¿Sí? —Su amiga suspiró dejándose caer en el
respaldo del sofá y sonrió. —Ha funcionado. —Sintió tal
alivio porque estuviera bien que creyó que se desmayaba, pero
respiró hondo mientras los demás estaban locos de contentos.
—Se ha largado. Robert le ha echado del pueblo siguiéndole
con el cuatro por cuatro hasta la interestatal. Ya vienen para
acá.
—¡Bien! —dijo Chrissy emocionada—. ¡Mi hermano
es la leche! —Todos la miraron. —¿Qué? Vale, vosotros
habéis ayudado, pero él ha dado con la clave de lo de la
camarera esa.
—Pues tienes razón —dijo Marc levantándose—.
Menudo cabreo debe tener Duncan. Voy a ver a los niños.
Las chicas se miraron y Elizabeth dijo —Si está
cabreado ahora…
—¿Por qué esperar hasta mañana? —preguntó Rose.
—Estaba pensando lo mismo. —Marmara asintió.
—¿La camarera? —preguntó Vienna.
—Ya se le escapó una vez. Irá al restaurante para
pillarla al salir —dijo Rose.
Elizabeth negó con la cabeza. —Pero no estará.
—Irá a por otra —dijo Vienna—. Tiene que
satisfacerse de alguna manera.
—Voy a echar un vistacito mientras llegan los chicos.
—Marmara desapareció antes de que nadie pudiera decir ni
pío.
—Joder, sois la leche —dijo Chrissy admirada—.
¡Podríais ser lo que quisierais, podríais hasta robar bancos! —
Elizabeth soltó una risita. —Y sin embargo vivís aquí al
margen de todo. Os admiro. No os habéis dejado llevar por las
malas acciones que podríais hacer.
—Solo queremos vivir tranquilos —dijo Vienna con
segundas.
—Lo entiendo. Con la infancia que habéis llevado lo
entiendo. Y habéis elegido genial, el pueblo es tranquilo, hay
gente maja como Alisa y Jennifer… Un sitio seguro para criar
a los niños. Leche, hasta estoy pensando en casarme aquí, le
he echado el ojo a un vaquero…
La miraron asombradas. —Si acabas de llegar —dijo
Rose—. Anda con la niña.
—No soy una niña que tengo tu edad.
—¿De veras?
—¡Qué pasa, soy bajita!
—¿Y quién es? ¡Si has llegado hoy! —preguntó
Vienna pasmada.
—Bueno, saqué gasolina y me comí un helado antes de
llegar a casa. Para echar un ojo al pueblo por si necesitaba salir
corriendo.
—Muy graciosa. Venga suéltalo, ¿quién es?
—Se llama Troy. Así le llamó Claudia. —Suspiró. —
Tiene los ojos azules y es rubio. Está de bueno…
Las chicas se miraron. —¿Le conocéis? —preguntó
Elizabeth.
Vienna negó con la cabeza. —¿Seguro que es del
pueblo?
Les miró decepcionada. —Ah, que no lo es.
—Puede ser de los alrededores porque en la iglesia
nosotras no lo hemos visto.
—Ah, pues si está cerca me vale. —Se sentó de golpe
encantada de la vida. —Ya interrogaré a Claudia.
—Sí, lo haremos —dijo Rose. Marc bajó los escalones
riendo por lo bajo—. ¿Le conoces? —preguntó su mujer.
—Preciosa ese que ha mencionado vive en Sunhill.
—Está aquí al lado. Cuéntanos, ¿sabes algo más?
Chrissy se adelantó ilusionada. —Bueno, sabéis la
fama que tiene…
Marmara apareció de golpe. —Está aparcando ante el
restaurante.
—¡Marc continúa! —exclamó Chrissy.
—Eh, ¿qué pasa? ¿Que eso que tiene que contar es más
importante que esto?
—Pues sí.
—Chrissy ya hablaremos.
—Mierda. —Miró fastidiada a Marmara que no salía
de su asombro. —Continúa, por favor.
—Gracias. En el aparcamiento hay al menos veinte
coches, así que seguro que tiene oportunidades de sobra. Salió
del coche apenas dos minutos después de llegar, estoy segura
de que va a echar un ojo al terreno.
—Buscándola seguramente —dijo Elizabeth.
—Seguramente, cuando no la vea buscará a otra rubia.
—Llama a los chicos —dijo Marc.
Sacó su móvil, pero en ese momento escucharon el
sonido del motor del cuatro por cuatro y se acercaron a la
ventana. Greg salió con la camisa rota y Vienna jadeó
corriendo hasta el porche. —¿Qué te ha pasado?
—He tenido que zarandearle un poco para que fuera
creíble —dijo sonriendo—. Estoy bien.
—Sí, y se le ha ido la mano —dijo Robert furioso—.
Le ha pegado dos puñetazos, mañana tendrá morados y le será
más difícil cazar.
—Ya se ha ido de caza.
Gillean cerró de un portazo. —¿Has viajado, nena?
—Mierda —dijo por lo bajo antes de forzar una sonrisa
—. Es que como supusimos que estaba cabreado…
Greg entrecerró los ojos. —Ha ido a por la camarera.
—Sí, está en el restaurante.
Él juró por lo bajo corriendo hacia su coche.
—¿Cielo?
—Nena, esto tengo que hacerlo yo.
Dio un paso hacia él y Marc la cogió por el brazo
deteniéndola. —Es un profesional, sabe manejárselas.
—Y tanto —dijo Robert divertido—. Menudas hostias
que le metió cuando vio que se metía en vuestra habitación. Ni
Jackie Chang.
Asombrada miró a Chrissy que dijo —Sabe
taekwondo, empezó de pequeñito porque decía que cuando
fuera policía le serviría de mucho. —Sonrió radiante. —Y sí
que le sirve sí.
Eso le hizo darse cuenta de lo poco que lo conocía, lo
que la inquietó aún más si eso era posible.
—Por cierto, se os han roto un par de muebles de la
habitación —dijo Gillean intentando no reír.
—¿Te lo has pasado bien? —preguntó Marmara.
—Le ha dejado hecho un guiñapo. —Rio por lo bajo.
—Ha tenido que irse hasta el coche casi a rastras y sin arma,
así que tranquila que no tiene ninguna posibilidad.
Vienna asintió viendo como entraban en la casa. Rose
se acercó a ella. —¿Por qué no te acuestas un rato?
—No sería capaz de dormir.
—Estás embarazada, tantas emociones no son buenas
para el bebé. Aunque no duermas tu cuerpo se relajará un
poco.
Negó con la cabeza entrando en la casa y vio como
Gillean y Marmara subían los escalones. —Cielo, estoy bien.
—Si te necesitamos, te llamaremos de inmediato.
—¿Me lo prometes? Si Vienna ve algo…
—No te preocupes por eso —dijo ella desde abajo—.
Te avisaremos.
Marmara sonrió y se dejó llevar por su marido.
Observándoles mientras se alejaban hacia la habitación de
invitados no pudo evitar comparar su relación. Gillean se
había entregado a ella en cuerpo y alma, la quería por encima
de todo y aunque habían tenido una pequeña crisis al principio
de su relación ahora eran uno. Miró hacia el salón donde Marc
hablaba con Rose. Una pareja consolidada a pesar de las dudas
que ella tenía al principio por el carácter de su cuñada, pero se
complementaban estupendamente y sabía que su hermano la
quería por encima de sí mismo. Sus ojos fueron a parar a
Robert y Elizabeth que estaban sentados en el sofá. Él pasaba
el brazo por encima de sus hombros como si quisiera
protegerla de cualquier cosa que pudiera hacerle daño. Nunca
se sentiría sola, siempre tendría su apoyo porque se conocían
muy bien pues habían crecido juntos. Eso la hizo pensar en su
relación, en la que aparte de unas maravillosas vacaciones y
una increíble conexión sexual, no había mucho más. Casi no
había comunicación. No conocía a la persona que iba a ser el
padre de su hijo y esa noche era prueba de ello.
—¿Estás bien? —preguntó Chrissy con un pedazo de
tarta en la mano.
Forzó una sonrisa. —Algo preocupada.
—Claro, es que eres novata en ser mujer de poli, pero
esto está a la orden del día, chica. Ya te acostumbrarás.
—¿Siempre estás al tanto de sus casos?
—Oh, sí. Cuando me quedé en la silla me motivó para
que investigara por mi cuenta, de ahí la empresa. Me di cuenta
de que había muchas que tenían problemas informáticos. Me
saco una pasta, ¿sabes?
—Me lo imagino.
—Mi hermano es genial, me ha apoyado en todo, hasta
me dio la pasta para la empresa. No sé de dónde la sacó
porque con lo que le pagan y manteniéndonos a las dos… La
pensión de mi madre es una mierda, ¿sabes?
Se le cortó el aliento recordando la bolsa negra de
dinero. —¿No me digas?
—Pues sí. Si mi padre hubiera muerto en acto de
servicio le hubieran dado una indemnización decente, pero…
—Se encogió de hombros. —Greg tuvo que hacerse cargo de
todo, hasta de la hipoteca de la casa.
Pálida susurró —Tengo que sentarme.
—Oh… —La ayudó a llegar al sofá y Marc se acercó a
ella de inmediato. —Está bien, son cosas de preñadas. Sobre lo
que me decías de mi chico…
—Tu chico está prometido. —Miró a su hermana a los
ojos y vio en ellos su sufrimiento. —Dímelo —dijo
mentalmente.
—Déjalo estar.
Él impotente se levantó. —Recuéstate un poco.
—Cuando hablas de prometido…
—Que se va a casar —dijo Rose.
—Ya, ¿pero cuándo? ¿Tengo tiempo para hacerle
cambiar de opinión? —La miraron como si tuviera dos
cabezas. —Vale, cómo os poneis. Cómo se nota que protegéis
lo vuestro.
Eran las cinco de la mañana cuando Gillean no pudo
más y le llamó por teléfono. Estaba esperando que llegara su
equipo y el forense. El asunto estaba zanjado. Su amigo estaba
algo molesto porque no había llamado primero y se lo dijo —
Tienes a tu mujer muy preocupada, joder. —Gillean escuchó
lo que le respondió al teléfono y colgó. —Dice que no quería
llamarte para que no quedara reflejado en el registro de
llamadas. Que primero tenía que llamar a todos los demás.
Que nos contará cuando pueda dar carpetazo al caso,
seguramente tendrá que irse a San Antonio para los registros y
esas cosas.
No se creyó una palabra. No había llamado porque eso
sería como reconocer que le había pillado gracias a ellos.
—Un poco desconsiderado, ¿no? —preguntó Rose—.
Sabía que estábamos esperando.
—Lo importante es que este asunto está zanjado —dijo
Marc intentando apaciguar sus ánimos pues estaba a punto de
soltar cuatro cosas.
—Mi hermano a veces se olvida de llamar. Díselo
Vienna. Se mete tanto en el caso que se le va…
—Se le van a ir otras cosas como no se espabile —dijo
Rose cabreada.
—Voy a despertar a Marmara y…
—Quedaos a dormir, no la despiertes ahora —dijo
Marc—. Sabes que estás en tu casa.
—Gracias, pero entonces yo me voy, tengo trabajo en
el rancho que no puedo dejar para después.
Vienna sonrió. —Gracias por tu ayuda.
Este le guiñó un ojo. —Cuando se despierte mi mujer
que me llame.
—Lo hará.
Robert cogió la mano de Elizabeth. —Nosotros nos
vamos.
—¿No os quedáis? —preguntó Rose.
—Entro en mi turno en dos horas. Y por lo visto va a
haber movimiento. —Miró a Vienna. —Te aconsejo que te
quedes aquí. Seguro que la prensa irá a tu casa en cuanto se
enteren de que él estuvo allí y que por eso Greg le siguió.
—De acuerdo.
Fue hasta la puerta mientras su mujer iba a buscar a la
niña. —Tranquila, les mantendremos a raya mientras estén en
el pueblo.
Emocionada les miró. —¿Qué haría sin vosotros?
—Nunca tendrás que averiguarlo —dijo su hermano—.
Cielo, vete a acostarte, estás agotada.
Chrissy se había quedado dormida como un tronco en
uno de los sillones y se acercó para tocarle en el hombro. Esta
se despertó sobresaltada. —¡Sí, quiero! —Se echaron a reír y
ella les miró pasmada. —¿Qué?
—Ya ha acabado todo —dijo Vienna suavemente.
—Mi hermano es un hacha. ¿Nos vamos a casa?
—Primera puerta a la izquierda, por favor.
—Vale. —Se levantó y ambas fueron hacia la escalera.
—Qué bien, ¿no?
—Sí —dijo en apenas un susurro.
Chrissy la miró sobre su hombro. —¿Toda va bien?
—Perfecto. Ahora le darán el ascenso que quería.
—Que queríamos.
—Sí. —Ante su puerta sonrió. —Nuestra vida será
perfecta.
Seis días después todavía no había vuelto. La noche
anterior le había dicho que debía tener en cuenta que habían
tenido que hacer los registros, las tomas de huellas que se
hicieron hasta en su casa y que al día siguiente era la rueda de
prensa. Que tuviera paciencia. Eso lo había dicho en un tono
molesto como si le importunara, lo que la entristeció
muchísimo. Estaba embarazada y sola, pero a él eso no le
importaba.
Ante el televisor al día siguiente le vio asumir todos los
méritos al lado de su jefe. Por supuesto en ese mismo
momento se anunció su ascenso a jefe de equipo. Su familia se
alegró muchísimo y se dio cuenta de lo buenas personas que
eran cuando prácticamente lo habían hecho todo ellos.
Mirando su imagen en la pantalla sonriendo mientras daba la
mano a su jefe empezó a sentir algo que no creía que sentiría
nunca contra la persona que amaba. Rencor. Un rencor que se
le metió en las tripas y que la hizo levantarse de golpe para ir a
vomitar al baño. Rose preocupada la siguió y cuando vio que
abría el grifo del lavabo para enjuagarse la boca preguntó —
¿Todo va bien?
—Claro que sí, se lo han dado.
—No habías vomitado durante el embarazo hasta
ahora.
—Algo me habrá sentado mal. —Cogió una toalla y se
secó la boca. —Es genial, ¿no?
—Si algo va mal…
—Todo va como habíamos planeado. No te preocupes.
—Tengo la sensación de que no estás bien.
—Por supuesto que sí. Seguro que regresa esta noche y
podré achucharle.
Rose sonrió. —Eso es lo que necesitas.
—No sabes cómo. Y él también me necesita. Me ha
dicho que en cuanto me coja no me va a soltar en una semana.
—Qué suerte —dijo antes de alejarse.
Perdió la sonrisa poco a poco y al mirarse al espejo le
vio tras ella diciendo —Te juro que se me revolvían las tripas
al tener que acostarme con alguien como tú.
—Ha sido un sueño —dijo para sí mirando sus ojos
azules cargados de dolor—. No puede ser real. Te quiere —
dijo sin convicción cerrando la puerta de golpe e intentando
retener las lágrimas—. Tiene que quererte y te lo demostrará.
Capítulo 12
Llegó esa misma noche y deseando verle en cuanto
aparcó el coche bajó los escalones corriendo para abrazarle. Él
rio por el recibimiento. —Cuanto entusiasmo. ¿Me has echado
de menos?
—Muchísimo. —Se pegó a él deseando que le dijera
algo que calmara sus temores, pero solo la abrazó. —¿Y tú a
mí? —preguntó insegura.
—Claro que sí, nena. —Se apartó para mirar su rostro.
—¿Estás bien?
Sonrió. —Sí, me han tratado como a una reina.
—Como debe ser.
—Dichosos los ojos —dijo Rose desde el porche
tensándole.
—¿Cómo te va?
—Aquí, ocupándome de que a tu familia no le falte de
nada.
—Joder, que mala baba tiene —dijo por lo bajo
haciéndola soltar una risita. Se apartó y él dijo bien alto
cogiéndola por la cintura —Pues aquí estoy.
—Eso ya lo veo —dijo como si fuera poca cosa lo que
veía.
Ignorándola la miró a los ojos. —¿Lista para volver a
casa?
—Sí, sí —dijo Chrissy con su CPU en las manos.
Su hermano la miró pasmado. —¿Eso es un vestido?
Pasó a su lado. —Rose me ha obligado a ponérmelo.
Vamos, vamos que hasta llevo tanga.
Greg se echó a reír y Vienna dijo —Estás muy guapa,
¿sabes que tu hermana se ha enamorado?
Eso le hizo perder la sonrisa de golpe. —¿De veras?
—Oye, que esas cosas no se cuentan, son cosas de
chicas —dijo molesta abriendo la puerta de atrás.
—¿Y quién es?
—Agárrate, uno que está comprometido. —Greg la
miró como si eso le importara un pito. —¡Eso no está bien!
—Todavía no está casado. Para ser de Nueva York te
veo con una mente un poco cerrada, nena.
Jadeó. —Tendréis cara. Estar comprometido es como
estar casados.
—Qué va —dijeron a la vez.
Marc rio desde el porche. —Casi.
—El casi es lo que importa. —Chrissy sonrió a su
hermano. —¿A que sí?
—Claro que sí. Tú a uno casado no le des ni la hora,
pero lo demás es para la más lista.
Chocaron las manos dejándoles de piedra y Vienna se
cruzó de brazos. —Así que tú eres para la más lista.
Greg carraspeó. —Ah, no. Yo no.
—¡Lo acabas de decir!
—Vaya jardín en el que te has metido, hermano.
—Sube al coche —dijo entre dientes antes de sonreír
—. Yo estoy muy pillado.
—¿De veras? ¡Porque no veo un anillo en mi dedo!
—Eso, cuñada. ¡Déjale las cosas bien claritas! —Rose
alargó la mano mostrando su pedrusco de compromiso. —
Mira, mira. Uno como este.
—No amiga, que uno como ese a él no le vale. ¡Puedo
ser del más listo que pase por aquí!
—Nena, que estás preñada.
—¿Y eso qué tiene que ver?
—Pues eso.
Atónita miró a los suyos que se encogieron de
hombros. —¿Insinúas que porque estoy embarazada no me
puede querer otro hombre?
Desde el coche Chrissy susurró —Sal del jardín, idiota.
Carraspeó mirando a Marc. —Esta noche en mi casa y
os cuento los detalles a todos.
—Hecho.
—Greg estamos hablando.
Le plantó un beso tan erótico, tan apasionado, que se le
olvidó hasta lo que había preguntado y cuando se apartó
maravillada se dijo que era imposible que ese hombre no la
quisiera. Atontada le vio sonreír. —Cualquier hombre se
dejaría la piel por conseguirte, nena. Pero eres mía.
—Ajá…
Le dio un azote en el trasero. —Hala, a casa.
—Cielo…
Él que estaba abriendo la puerta del coche la miró. —
Las maletas.
—Ah, que tenéis maletas.
—Claro, ¿o crees que tu hermana ha llevado las
mismas bragas seis días seguidos?
Gruñó bajándose del coche a toda pastilla.
—¿Tienes prisa?
—Rose me mira como si quisiera romperme la mitad
de los huesos. Quiero alejarme todo lo posible.
Se echó a reír viéndole ir hacia el porche. Su hermano
se las acercó y le dio las gracias con la mirada. —Tú sí que
eres un amigo.
—Ah, ¿sí? —preguntó Rose poniéndose chula—. No
me provoques, no me provoques…
—Qué mala leche tienes.
—La que debería tener Vienna, que tú estás muy suelto
con eso del trabajo. Tú necesitas un marcaje más a fondo.
Puso los ojos en blanco volviéndose y cuando llegó al
coche casi tiró las maletas en el portaequipajes. —Vamos
nena, que ahora no me puedo coger la baja.
Sin dejar de reír rodeó el coche para subirse y él
arrancó el motor impaciente mientras ella se ponía el cinturón.
Dio marcha atrás sin quitarle ojo a Rose. —¿Por qué está tan
mosqueada?
—Será por lo que llamas —dijo Chrissy tras ellos.
Gruñó. —Siempre lo mismo.
—Cielo, hay días que ni llamas, ¿qué esperabas? Estoy
embarazada. No lo entienden y si te digo la verdad yo
tampoco.
Él apretó el volante mirándola de reojo. —¿Estás
enfadada?
—No.
—Está disgustada, lo ha estado todos estos días —dijo
Chrissy.
Apretó los labios porque le estaban complicando las
cosas cuando ella quería aparentar normalidad. Si seguían así
terminarían discutiendo.
—Joder nena…
—¿Dejamos el tema? Cuéntame algo de la
investigación. Casi no nos has contado nada.
—¿Otro reproche? —preguntó molesto.
—No es un reproche, solo quiero saber —dijo
suavemente.
Él apretó los labios. —Todo ha ido como teníamos
previsto. Me escondí detrás de un cartel que había en el
aparcamiento y le vi salir del local para meterse en su coche.
Le grabé con el móvil y fueron saliendo los clientes. Se
apagaron parte de las luces y supe que estaba esperando a una
de las empleadas. No me equivoqué, cuando salió una chica
fue hasta su coche y él salió del suyo. Le preguntó algo lo que
la hizo sonreír yendo hacia él. Era listo el cabrón, se había
quedado en penumbra para que no le vieran si salía otra
persona. Cuando se acercó le pegó un puñetazo que la dejó
inconsciente.
—Y ahí actuaste —dijo su hermana.
—Esperé a que la metiera en el maletero del coche.
Ahí fue cuando salí apuntándole con la pistola y él intentó
meterse en el vehículo. Todavía no se había sentado cuando
disparé a través de la ventanilla y cayó al suelo.
—¿Pero eso no te dio problemas? Él no iba armado.
—No, porque dije que había intentado coger algo del
coche cuando ya le había dado el alto.
—Como si fuera a coger un arma —dijo Vienna.
—Sí. Arma que tenía yo porque se la había quitado en
nuestra casa y que dejé en el coche en el asiento del copiloto.
Por supuesto me creyeron, más aún cuando se ha demostrado
quien es. Las huellas en nuestra casa dejaron claro que estuvo
allí y el registro de su casa fue determinante. Caso cerrado. —
La miró. —¿La prensa os ha molestado mucho?
—Fueron a casa, pero Robert y el sheriff la
custodiaron. Se fueron después del registro.
—Bien. Temía que alguien comentara algo sobre
vosotros y vuestra relación con él. Me di cuenta después de
matarle que no sabía si había estado por aquí y si alguien del
pueblo podía relacionaros.
—Solo estuvo una vez aquí con nosotros y apenas le
vio nadie.
—Entonces el caso está cerrado.
—¿Y cómo es tu nuevo despacho? —preguntó su
hermana.
—Pues no tiene ventana y la mesa es de cristal… Y esa
mesa tiene un montón de expedientes pendientes.
—¿Has puesto nuestras fotos?
—Por supuesto.
Eso le hizo perder la sonrisa porque recordaba que en
el viaje casi no había querido sacarse fotos. Todas se las había
sacado ella y la única que tenían juntos los dos estaban en
bañador porque el camarero de la piscina había insistido, así
que dudaba que la tuviera en su despacho. Era evidente que las
fotos que tenía eran de su familia. Su verdadera familia. Se
pasó la mano por su pequeño vientre volviendo la vista para
intentar disimular su dolor mientras su hermana seguía
preguntando. —¿Te dejan decorarlo?
Él rio. —Es el FBI, todos los despachos son iguales.
—Qué aburrimiento. No me extraña que no rindáis. Un
ambiente relajado invita a la creatividad.
—No creo que piensen en que seamos creativos —dijo
divertido—. ¿Y qué es eso de que no rendimos?
Se empezaron a meter el uno con el otro riéndose y
Vienna se dio cuenta de que si hubiera sido ella la que hubiera
hecho ese comentario se lo hubiera tomado fatal. Eso
demostraba lo lejos que estaban el uno del otro y era
sorprendente lo engañada que había estado hasta ahora.
Cuando entraron en su finca Greg detuvo el coche en
seco al ver parte de la excavadora que estaba trabajando en la
parte de atrás de la casa. —Joder, la piscina.
—¿A que es genial? —dijo su hermana entusiasmada.
—Pretendía dormir una siesta.
—Les diré que se vayan y que no vuelvan hasta el
lunes. —Forzó una sonrisa. —No te preocupes.
—Joder nena, eres la mejor.
Sonrió arrancando y llevó el coche hasta el garaje.
Vienna bajó del vehículo e iba a salir del garaje para ir a hablar
con los obreros cuando vio un papel en el limpiaparabrisas de
su coche. Confundida lo cogió caminando hacia la puerta
lateral.
—Nena, saco el equipaje —dijo él—. Voy a darme una
ducha.
—Vale.
Salió del garaje y abrió el papel. Se le cortó el aliento
porque reconoció la letra de inmediato, aunque no estaba
firmada: “Te está utilizando. Los que te queremos no podemos
permitirlo. Mira en el desván dentro del caballito de madera.”
Escondió el papel en su mano y fue a hablar con los
obreros que por supuesto no pusieron pegas a que les pagaran
las horas y se largaran de allí. Fue hasta la casa y escuchó la
música en la habitación de Chrissy y al acercarse a la
habitación vio por la rendija de la puerta como Greg se metía
en el baño.
Miró hacia arriba y fue hasta la escalera que daba al
desván. Subió los escalones muy despacio intentando que la
madera no crujiera y cuando abrió la puerta se escuchó un
chirrido que la detuvo en seco. Pero entonces escuchó el ruido
del agua y entró a toda prisa caminando de puntillas hasta el
pequeño caballo balancín que había guardado para su hijo
como otros juguetes de madera antiguos que había en la casa.
Se agachó ante el balancín y buscó por donde podía estar
hueco, pero en el cuerpo no encontraba donde podía haber un
escondite. Lo giró mostrando la cabeza y la sujetó con ambas
manos moviéndola de un lado a otro. Esta empezó a salir y tiró
de ella para ver que caían unos papeles. Era su informe. Su
vida en el búnker. Se le cortó el aliento mirando la cabeza y
vio otra nota. La cogió a toda prisa y leyó: “Esto lo encontré
en su casa de San Antonio, en su antigua habitación en un
sobre bajo el escritorio. Mira la última hoja.”
Buscó la última hoja a toda prisa y no encontró nada.
Frenética la volvió para ver la letra de Greg. “Insegura, débil,
pero la más valiosa.”
Entonces recordó lo que le dijo su hermano cuando
estaba en el hospital. “Cuando le dije que el médico había
pensado en el cáncer lo único que pensaba es que no podía
perderte. Lo valiosa que eres para él y que te necesitaba.”
Su labio inferior tembló cogiendo los papeles y vio su
foto siendo una niña de seis años. Su mirada asustada porque
la habían separado de su hermano. Pero ya no era esa niña. No,
no lo era y no podía dejar que aquello continuara. No podría
conseguir su amor y así solo sufriría ella. Y ya había sufrido
mucho en la vida.
Con los papeles en la mano bajó los escalones y
atravesó el pasillo para llegar a su habitación. Se sentó en la
cama poniendo los papeles a un lado y esperó. Greg saliendo
del baño con una toalla en las caderas sonrió. —Nena, ¿por
qué no te has unido a mí? Esta ducha es mucho más grande
que la de la casa de tu hermano.
Sonrió irónica. —¿Te gusta el sexo conmigo?
La miró sin entender. —¿A qué viene esa pregunta?
—Porque al menos en esta relación de mierda te habrás
llevado algo.
Greg se tensó. —¿Relación de mierda?
—Vamos, ¿te crees que soy idiota? —Tiró los papeles
ante él. —Así que soy débil, pero valiosa. —Él se agachó y al
ver lo que era apretó las mandíbulas. —¿Cuándo leíste el
expediente? Chrissy me juró que no te lo enseñaría.
—Cuando estuvo ingresada mi madre entró en su
habitación. Estos papeles se habían caído al suelo y al ver tu
cara me llamó.
—Estupendo, lo sabe tu madre, esto es increíble. Y
encima me pone verde después de salvarle la vida a tu
hermana —dijo asqueada—. ¿Te divertiste leyendo la triste
vida que tuve ahí dentro?
—Nena, cómo se nota que no has visto mundo. Te
aseguro que hay gente que vive peor que tú.
—Eres un cabrón.
—¡No pierdas los nervios ni me pierdas el respeto!
—¡Tú nunca me lo has tenido! ¡Si has estado conmigo
ha sido por tu padre!
La miró a los ojos entrecerrando los suyos. —Has
tenido una visión.
—Que estúpida he sido.
—¿La has visto?
—¿A quién? Es que soy estúpida, ¿no te lo acabo de
decir?
—Nena, no juegues conmigo.
—Que te den.
Chrissy apareció en la habitación con una pistola en la
mano y se le cortó el aliento.
—Vas a decirnos quien es.
—¿Estás loca? ¡Guarda eso! —ordenó su hermano.
Vienna sonrió irónica. —No la utilizarás hasta que
sepas su nombre y no lo sé.
—Pero nos lo vas a decir.
—¡Este no era el plan!
—El plan ha cambiado, ¿o no lo ves? ¡Llevas
esperando meses a que vuelva a tener una visión y te las ha
ocultado!
Greg impotente apretó los puños. —Vigílala. —Fue
hasta su móvil y después de marcar se lo puso al oído. —
¿Marc? Oye, que mejor voy yo a vuestra casa y os lo cuento
todo. Es que Vienna está cansada como para tener invitados.
¿Que si está bien? Sí, se va a echar una siesta. ¿Que esta
mañana vomitó? Si mañana no se encuentra bien la llevaré al
médico, pero ya sabes lo que son las mujeres embarazadas,
tienen días en que están más cansadas que otros. —Escuchó lo
que Marc tenía que decirle y la miró tensándose por el rencor
en su mirada. —Es que se acaba de acostar y está medio
dormida, no quiero molestarla. Os veo esta noche, Chrissy se
quedará con ella. Sí, hasta luego. —Colgó el teléfono. —No
has gritado.
—¿Y poner en peligro a mi hijo por esta psicópata?
—Oye maja, que no soy ninguna psicópata, pero
conoces a quien lo hizo y quiero saber quién es. El senador no
tenía todos los expedientes.
—Sí que los tenía.
—Mientes. ¿Crees que soy tonta? ¡Has aprendido a
mentir! ¡Me di cuenta en la casa de Rose cuando dijiste lo del
tren, porque no se estrelló ningún tren ese día, lo comprobé en
internet!
Sonrió maliciosa. —Cada vez me parezco más a
vosotros. Los dos habéis aprendido a esquivar a Marc.
—Una ventaja de la que me di cuenta casi desde el
principio —dijo Greg—. Dinos quien es.
—No es de los nuestros, es lo único que sé —dijo
sintiendo que se le rompía el corazón por como la miraba
como si fuera su enemiga.
—¡Vuelves a mentir! —gritó Chrissy.
—No fuimos los primeros que vivieron en el búnker.
Hubo otros hace años.
Greg entrecerró los ojos. —¿Qué coño dices?
—¿Te crees que somos elegidos o algo así? ¡Siempre
ha habido gente como nosotros!
—Miente —dijo Chrissy—. No te la creas, está
encubriendo a esa mujer. ¿Por qué? —La apuntó con la
pistola.
—¡Joder, baja eso! —Se acercó y se la quitó de la
mano, pero esta se disparó sobresaltándoles.
Asombrada miró hacia abajo para ver el agujero en su
pantorrilla. Greg palideció agachándose ante ella. —No, no…
—¡Esta loca me ha disparado!
—Nena, ha sido un accidente.
El tortazo fue tan fuerte que le volvió la cara. —No me
toques.
—¡Hay que taponar la herida!
Le empujó de los hombros haciendo que se apartara.
—¡Cómo si te importara que me muriera!
Él se incorporó. —Sí que me importa.
—Claro, que idiota, por supuesto que te importa. Te
importa por ella. ¡No sé su nombre y aunque lo supiera no os
lo diría! ¡Sois peores que esa mujer!
—¡Nos destrozó la vida! —gritó Chrissy desgarrada—.
¡Me robó a mi padre y cuatro años de mi vida!
—¡Y tú y tu hermano me habéis arrebatado mis
ilusiones, mi corazón y mi alma! —gritó sin poder disimular el
dolor que le habían provocado—. No habéis tenido piedad.
Sois mucho peores que quien me mantuvo encerrada. —
Sollozó mirando a Greg. —Te lo di todo y tú odiabas cada
minuto que pasabas conmigo.
—Eso no es cierto, nena.
—Menuda faena que me quedara embarazada, ¿no?
Cuando tú solo querías un nombre. ¡Te repugnaba tocarme!
—¡No!
Negó con la cabeza sin darse cuenta de que lloraba. —
Tú no lo sabes, pero ya me lo has dicho —dijo haciéndole
palidecer—. Y me has dicho también como odiabas meterte en
la cama conmigo. —Rio sin ganas. —Pero claro, es que para
esas palabras faltan unos meses y tenías que llevarme lejos con
intención de secuestrarme. Perdiste la paciencia. Es evidente
que la vida de casado no va contigo y querías forzar una
visión. ¿Sabes? Yo antes tenía paciencia porque no había
esperanza y eso hace que te resignes. ¡Pero eso ha cambiado!
¡Ya no tengo los arrestos para esperar esos meses fingiendo
que todo está bien hasta que a ti se te ocurra ese plan absurdo
y al fin muestres tus verdaderas intenciones, así que fuera de
mi casa!
—Antes nos dirás el nombre —dijo Chrissy.
—¡Y una mierda! —Se acercó a Greg y le empujó por
el pecho. —¡Fuera de mi casa!
—¡Nena, la pierna te sangra mucho!
—¡Vete! Vete o… —El puñetazo ni lo vio venir, su
visión se nubló y puso los ojos en blanco antes de caer al
suelo.
Capítulo 13
El dolor latente de la pierna la hizo gemir y abrió los
ojos para verse tumbada en la cama. Chrissy se levantó
dejando el portátil sobre la mesilla. —¿Te duele? Tengo
analgésicos. ¿Quieres uno?
Sintiendo las manos atadas tiró de las ligaduras y se
asustó al ver que las habían atado al cabecero de la cama. —
Siento lo del puñetazo, pero estabas histérica —dijo Chrissy
—. ¿Te duele la cara? —Hizo una mueca. —Se te ha hinchado
un poco.
La miró con odio. —Suéltame, tengo que ir al baño.
—Ni de broma hasta que vuelva mi hermano. —Se
volvió cogiendo una ensaladera de plástico. —Esto valdrá.
—Estás mal de la cabeza.
—Sí, pero se me pasaría si soltaras el nombre de esa
zorra, así que si me haces el favor…
Escucharon que el motor de un coche se acercaba. —
Ya ha llegado —dijo dejando la ensaladera en la cama.
La miró asombrada. —¿Crees que así puedo?
—Ahora te llevará él.
—¡Cuánto llevo inconsciente!
—Unas horitas. Hija, te tomas tu tiempo por un golpe
de nada.
Pasmada gritó —¿Y no se os ocurre llevarme al
médico?
—Es que teníamos que justificar el tiro y lo vi muy
negro.
Greg apareció en la puerta vestido con vaqueros y una
camiseta. Parecía aliviado de verla, pero ella ya no se creía una
palabra
—Has llegado pronto —dijo su hermana.
—No me he quedado a cenar. He dicho que quería
estar a solas con Vienna el fin de semana y que incluso puede,
si ella quería, que me la llevara a San Antonio conmigo. Que
habíamos hablado y que necesitamos un tiempo juntos.
—¿Y qué te han dicho?
—Que muy bien. Todos estaban encantados.
—Serás cerdo —dijo ella furiosa.
—Nena, ¿te duele la pierna? —Se metió la mano en el
bolsillo del vaquero acercándose a toda prisa. —He ido a ver
al doctor Fleming y le he dicho que me dolía la cabeza. Le he
preguntado si valía también para ti porque a veces te duele y
me ha dicho que es apto para embarazadas, pero que si te
duele mucho vayas a verle no vaya a ser un problema de
tensión.
—Tú sí que eres un psicópata.
Se sentó a su lado y cogió dos pastillas. —Vamos,
tómatelas.
Ella cerró la boca y Chrissy se acercó apretando la
herida de la pierna lo que la hizo gritar. Greg se las metió en la
boca poniéndole un vaso cerca de los labios. —¿Agua?
Tragó a pelo y gritó —¡Tu hermana está loca! ¡Los dos
estáis locos! Cuando los míos se enteren de esto ya podéis
prepararos. ¿Creéis que Marmara no os encontrará?
—Nena, no te alteres que no es bueno para el bebé —
dijo como si nada—. ¿Has visto algo?
—¡Gilipollas!
—¿De dónde has sacado los informes que había en mi
casa?
—¡De alguien que sí que me quería!
Él levantó una ceja. —Has hablado en pasado.
¿Duncan? Vaya, al parecer ese mamón estaba enamorado de
veras.
—Púdrete.
La cogió por las mejillas con una mano. —Pero que no
se te olvide que eres mía, nena.
—Tú sí que sueñas. Ya puedes correr.
Besó sus labios sorprendiéndola y furiosa intentó
revolverse. Él sonrió apartándose. —Preciosa, te vas a hacer
daño.
—He estado pensando —Chrissy cogió el portátil—. Y
he vuelto a descargar sus expedientes.
—No sé para qué los borraste —dijo ella con
desprecio.
—Por si recibía otra visita de Marmara —le soltó con
ironía.
—Zorra desagradecida.
—¿Lo dices porque gracias a ti estoy viva y camino?
—Pues sí.
—Si no hubiera sido por esa zorra que deslumbró a mi
padre nunca hubiera acabado en una silla de ruedas. —Sonrió
divertida. —En parte todo esto es culpa tuya, ¿sabes? Yo ya
me había dado por vencida. Mi hermano había vuelto con una
mano rota y con la fantástica noticia de que había encontrado
gente como la asesina de mi padre. Después de leer vuestros
expedientes y de saber que no estaba entre vosotros estaba
convencida de que no nos ayudaríais, así que dejé de
pincharme la heparina. Pero fuiste a salvarme y todo cambió.
El dolor que debía sentir para querer hacer algo así.
Ella lo sabía bien porque lo había intentado tres veces en el
búnker, pero aun así dijo —No pienso sentir pena por ti.
—No espero que la sientas, solo que me digas un
nombre.
—Chrissy déjanos solos.
—Pero tengo una idea…
—Déjanos solos.
Esta apretó los labios antes de salir de la habitación.
—Nena mírame.
Ella no le hizo ni caso y la cogió por las mejillas para
que le mirara. —Quiero ese nombre. Tienes que dármelo.
—¿Para que la mates? ¿Y después me matarás a mí
para que los míos no se enteren de lo que has hecho?
—Joder, jamás te haría daño.
—Puto mentiroso.
—No te miento. —Apretó sus mejillas. —Como sabes
muy bien me estoy jugando mi vida y la de mi hermana. Me
van a matar, nena. —Vienna palideció. —Veo que lo has
entendido. Depende de ti que sea así o no. Dame el nombre y
nos separamos como una pareja civilizada. No tienen por qué
saber nada, es algo entre tú y yo. ¿Crees que podrás hacerlo?
—Nunca te he importado —susurró intentando retener
el dolor.
—Eso no es cierto.
—Vete de mi vida y no diré nada.
—No pienso irme sin el nombre y cuanto más tardes en
dármelo, mi vida más riesgo corre, así que es decisión tuya.
Era muy listo, estaba aprovechando lo que sentía por él
para presionarla. Sabía que no podría verle morir y eso era una
ventaja para él. —Piénsalo, preciosa. Soy el padre de tu hijo,
¿podrías vivir con eso sobre tu conciencia? Marmara y Robert
no tendrán piedad, lo sabes. Eres como una hermana para ellos
y me matarán. Depende de ti. —Se acercó y besó sus labios
provocando que cerrara los ojos intentando no sentir. —Y no
fue una tortura compartir tu cama, si te dije eso debía estar
furioso y te mentí. Jamás he sentido con ninguna otra lo que
tengo contigo, preciosa. Pero ahora ya es tarde. Ahora ya no
podría ser. Sé que lo que te he hecho es difícil de perdonar y
yo tengo que conseguir ese nombre. Necesito ese nombre,
necesito una visión. No me defraudes nena, mi vida depende
de ello.
Tumbada en la cama sentía que los hombros le dolían,
pero no era nada comparado con lo que sentía en su alma, así
que ni protestó. Además, el dolor de la pierna no cesaba ni con
las dos píldoras que le había dado. Ya no sabía si reír, si llorar,
pero lo que sí sabía es que tenía que luchar y por su bebé
lucharía. Lucharía con uñas y dientes si era necesario. ¿Si
forzaba sus visiones como había hecho en el búnker por
órdenes de Nigel y conseguía el nombre la dejarían vivir? Lo
dudaba mucho. Podían montar un escenario que justificara su
muerte como habían hecho con Duncan. Él era agente, sabía
hacerlo. Y si no llegaban a matarla y no les decía nada a los
suyos sobre lo que había ocurrido, ¿quién le decía a ella que
no volvería pidiendo más o reclamando a su hijo? ¿Quién le
decía que no volvería para conseguir fama o dinero? Y eso no
podía consentirlo. Si les ayudaba tenían que desaparecer de
sus vidas para siempre y con el pico cerrado sobre quienes
eran. ¿Pero cómo forzarles a que aceptaran el trato?
¿Amenazándoles con sus vidas? Podía hacerlo, pero puede que
no la creyeran, si ahora claudicaba significaba que no quería
que murieran. ¿Por qué en el futuro iba a ser distinto? Como
decía Greg lo tendría sobre su conciencia y la conocía muy
bien, eso no podría superarlo. Una lágrima cayó por su sien.
Débil, eso había puesto en ese informe. Y lo era. Había dejado
que sus ansias por formar una familia la cegaran y esas eran
las consecuencias.
—¿Qué te ha dicho? —preguntó Chrissy suavemente.
Vienna se mantuvo en silencio. Esta suspiró levantándose. —
Siento todo esto.
—No sientes una mierda.
—Eso no es cierto. Cuando te conocí me di cuenta de
que eras buena persona, me salvaste la vida, pero… No lo
entiendes, no has tenido un padre, no sabes lo que es perder a
lo que más quieres. No te ha llevado a tu baile de graduación,
no sientes su abrazo cada noche.
—Yo tuve padres.
—Y los perdiste muy joven. Mis vivencias con él son
mil veces más dolorosas que las tuyas porque conviví con él
de adulta. ¿Si perdieras a tu hermano ahora no te desgarraría el
alma?
No podría soportarlo y Chrissy vio la verdad en su
rostro. —Te aterra, ¿verdad? Eso es lo que sentí al perderle.
Miedo, un miedo atroz. Un dolor constante que me recordaba
lo que ya no tendría. Y me lo quitó ella, no fue un accidente
fortuito. Tendrías que haber visto su mirada, fría como el
hielo, no sintió ningún remordimiento. Me había destrozado la
vida y no sintió nada. Esa mujer no merece vivir y lo sabes tan
bien como yo. —Se acercó a la cama. —Te juro que si nos
dices quien es no sabrás más de nosotros.
—¿Me juras? Tu palabra no vale nada. Sois dos
egoístas a los que no les importa manipular, mentir, herir si es
necesario para conseguir vuestros propósitos. Si os dijera ese
nombre, en unos meses, en unos años querréis más. —Sonrió
con desprecio. —Ya sea dinero, o más visiones. La gente
como vosotros nunca tiene fin.
—¿Dinero? ¿Para qué quiero tu dinero?
Rio divertida. —¿De dónde crees que sacó el dinero tu
hermano para pagar vuestra manutención? ¿Para pagar esa
hipoteca de la que me hablabas? Robó ese dinero.
—Mientes. ¡Estás mintiendo!
—¡Tuvo que ir a rescatar a un niño a México y se
quedó con el rescate!
—¡Eso no es cierto! ¿Pero estás loca?
—¡Y mató al secuestrador para que no hubiera
testigos!
Dio un paso atrás impresionada. —¿Por qué dices esas
cosas?
—Porque es cierto —dijo Greg desde la puerta con una
bandeja en la mano.
Pálida miró a su hermano. —¿Qué has dicho?
Él caminó hasta la mesilla de noche y dejó la bandeja.
—Lo necesitábamos. Él era un cabrón que ya había matado a
tres niños y aproveché las circunstancias. No me da ninguna
pena. Y sus padres tampoco. El niño estaba atendido por
niñeras todo el día y les sobraba el dinero. ¿Lo perdieron?
Pues pagaron por recuperarlo.
—¿Así te justificas? —preguntó Vienna antes de
echarse a reír—. Menuda cara tienes. Por eso no te ayudaré
porque eres como una sanguijuela. Siempre querrás más.
—Si tanto me desprecias, ¿por qué me amas, nena?
Se quedó sin aliento y él sonrió. —Algo habrás visto
en mí. Le maté sí, y no me arrepiento porque como te dije el
mundo es mucho más seguro sin él. Cogí el dinero, sí, pero lo
hice por el bien de los míos. ¿Acaso mi vida cambió en algo?
Sigo buscando criminales, esa es mi profesión y lo que me
gusta. Y a veces tengo que hacer cosas que no son agradables.
Como presionar o intimidar a los testigos. Y tú eres un testigo.
Cuando te conocí, de veras pensé que estabais relacionados
con las drogas, eso no era mentira, pero tuve la suerte de
encontrar un hilo del que tirar y pienso seguir tirando de él
hasta dar con lo que busco. Si me dices el nombre
desapareceré de tu vida para siempre. Ahora vas a cenar y a
tomar el antibiótico que he encontrado de cuando tuviste la
infección de orina. Nena los tratamientos hay que terminarlos.
—¡Me dieron pastillas de más! ¡El médico me dijo que
si se repetían los síntomas empezara a tomarlo de nuevo! ¡Pero
claro, no lo sabes porque nunca estabas en casa! ¡Menuda
manera de camelarte al testigo, lo haces fatal!
Él apretó los labios. —Como te he dicho antes algo
habré hecho bien para que me ames.
—Amo a la mentira que hay en ti, tú eres escoria.
Encajó el golpe y asintió. —Entonces no te importará
que me maten.
—¿Greg? —preguntó su hermana asustada.
Él levantó la mano para acallarla mientras sonreía
irónico. —¿Te importa, nena?
La impotencia y la rabia la recorrieron. Todos sus años
de encierro, todos esos años de sufrimiento se expresaron en
su rostro y recorrieron su cuerpo de arriba abajo haciéndola
gritar de dolor. Greg pálido gritó su nombre, pero ella ni le
escuchó. Entonces Vienna puso los ojos en blanco y empezó a
estremecerse. Asustado porque era mucho más fuerte que las
crisis anteriores se sentó a su lado agarrándola, pero hasta la
cama temblaba. Chrissy se llevó la mano a la boca
impresionada por como convulsionaba. Entonces las imágenes
salieron de ella y sin poder creérselo Greg miró hacia el techo
donde vio a una niña de abundantes rizos rojos que gritaba
llorando mientras intentaba agarrarse a su abuela. Vio como la
cogían por la cintura de malas maneras arrebatándosela a la
mujer que lloraba. Después la vio llorando en la esquina de
una habitación siendo algo más mayor. Se abrazaba las piernas
y alguien deslizó una bandeja de comida por debajo de una
puerta diciendo —¡El castigo no acabará hasta dentro de tres
días, deja de llorar! —La siguiente imagen fue como un
hombre la agarraba del pelo y Chrissy se llevó la mano al
cuello cuando le pegó un tortazo y la puso ante unos papeles.
—Céntrate en esto, ¿me oyes? ¡Esto es lo que nos interesa!
¡Estás siendo muy mala! —La siguiente imagen era de ella
con unos doce años y caminaba como una autómata con otros
vestidos igual que ella. Cuando se sentaron en una sala sin
ventanas una mujer sonrió. —Hoy os instruiremos sobre cómo
ser útiles a nuestro maravilloso gobierno. —Su hermano
sentado a su lado la miró y le preguntó sin separar los labios.
—¿Te duele?
—Concéntrate.
—No defiendas a nadie. Ni a mí, ¿me oyes?
Greg se levantó impresionado viéndola correr y la
Marmara de unos catorce años apareció ante ella. —¡A la
derecha!
Desesperada corrió por un pasillo con su hermano
detrás. La puerta se abrió, pero en cuanto la traspasaron cuatro
guardias les apuntaron con sus armas. Un hombre pasó ante
ellos y con rabia la cogió por la muñeca. —Me has
decepcionado, niña. Pero te has dejado guiar por malas
influencias, ¿no es cierto? Esperamos mucho de ti. Ahora
tendrás que pagar. ¡A aislamiento un mes! ¡Y no comerán en
tres días!
—Dios mío… —dijo Chrissy sin poder creérselo.
La siguiente imagen fue de ella en una habitación de
acero y la vieron sentada ante la cama al estilo indio con lo
que parecía el enganche de una percha en la mano. Lo raspaba
contra el hierro lateral de la cama mientras hacía que estaba
concentrada. Miró sobre su hombro hacia la cámara del techo
y siguió con su tarea apenas moviendo los brazos. Cuando
tuvo punta miró el interior de su muslo y lo palpó.
—¿Qué hace? —preguntó Chrissy.
—Buscarse la femoral.
Se lo clavó desgarrándose la carne y vieron como
cerraba los ojos. —Dios, sácame de aquí —dijo haciendo que
los ojos de Chrissy se llenaran de lágrimas mientras Greg se
llevaba las manos a la cabeza viendo como su torso caía hacia
atrás desmayada.
La siguiente imagen fue de ella escribiendo algo en la
pared de acero como si estuviera desquiciada. —La estaban
volviendo loca —dijo él casi sin voz.
Entonces se sucedieron imágenes de su hermano
hablando con ella mentalmente —¿Estás segura?
—Marmara volverá para vengarse.
—Debes tener fuerzas hasta ese momento.
Sus ojos se llenaron de lágrimas. —¿Y sabes que más
he visto? Que éramos felices. Sé que el futuro puede cambiar
en el presente, pero si tenemos esa oportunidad si podemos
llevar una vida normal…
—Claro que sí —dijo muy asustado por su demacrado
estado—. Prométeme que comerás.
Con la mirada perdida dijo —He visto niños. —
Sollozó. —Tenía hijos y me querían.
Su hermano la miró torturado, sin esperanzas. —Y
seguro que serás una madre maravillosa. Eso te dará fuerzas
para continuar. No vuelvas a hacer lo de ayer, prométemelo.
—Me he preguntado quien será mi marido.
—Un hombre que te querrá por encima de todo.
Alguien que te protegerá de todo lo malo que te rodea.
A Greg se le cortó el aliento viéndose a sí mismo
entrando en la casa de Marc. Sus miradas se cruzaron y se
escuchó el latido de su corazón acelerado. Entonces Vienna
gritó arqueándose con fuerza y su cuerpo cayó sobre la cama
desmadejado. Asustado se acercó. —¿Nena?
—Dios mío, ¿qué hemos hecho?
—¡Vienna!
Frenético puso el oído en su pecho y suspiró del alivio
al escuchar el sonido de su corazón muy acelerado.
—Greg…
Él miró hacia arriba y se vio a sí mismo con un traje
negro y con el niño en brazos. La imagen se alejó y vio como
todos los habitantes de Donwhill estaban en el cementerio.
Marmara lloraba abrazada por su marido y Marc cogía la
mano de su esposa intentando retener las lágrimas. Él
fríamente miraba hacia el suelo para ver como el féretro
descendía mientras el cura decía las palabras de rigor. Al
levantar la vista vio la foto en un atril de Vienna sonriendo a la
cámara.
Robert se acercó a él. —Lo siento muchísimo. —Greg
asintió. —Las personas como nosotros nunca nos
recuperaremos de lo que ocurrió y no supo manejar su nueva
vida. Parecía feliz a tu lado, pero llevamos mucho dentro. No
te tortures por ello. Nadie lo vio venir.
Marc pasó ante él y siseó —Nunca la has amado. Y
ella merecía tu amor. —Sus labios temblaron. —Dejarás al
niño aquí y no quiero volver a verte en la vida por el pueblo o
te juro por Dios que te quitaré del medio —dijo antes de
alejarse de la mano de su esposa que le miró con odio.
Se vio a sí mismo sentado en su despacho con la
mirada perdida. Le sorprendió su aspecto desaliñado. El
sonido de un teléfono le hizo volver a la realidad y abrió un
cajón donde vio la foto de ellos dos en la piscina del hotel.
Sacó la desgastada foto y debajo había otra de su hijo el día de
su graduación, feliz rodeado de su gente de Donwhill. Al ver a
la hija de Marc a su lado sonrió con tristeza porque era la viva
imagen de Vienna.
La puerta se abrió en ese momento y un hombre
armado le pegó un tiro en el pecho haciéndole caer hacia atrás,
pero en lugar de coger su arma estiró la mano para coger la
foto de Vienna. Limpió la sangre de su rostro y sonrió antes de
morir. Chrissy sollozó viendo de nuevo a Vienna en la cámara
de acero esta vez rascando la pared y se alejó para mirar su
obra. “Sácame de aquí.”
La imagen desapareció y ambos se miraron. —La
amas.
—Cállate.
—Todavía estamos a tiempo de arreglarlo.
Torturado gritó —¡Cállate!
—Por eso no la llamabas, porque te dolía mentirle.
—¡He dicho que te calles!
—¿Greg?
Él se acercó a Vienna a toda prisa. —Sí, estoy aquí.
—¿Me he desmayado? No ha sido una visión no he
visto nada. ¿Me he desmayado?
Se le cortó el aliento porque ella no hubiera visto lo
mismo que ellos. —Sí, nena. Ha sido demasiada tensión. —A
toda prisa desató sus manos y ella gimió de dolor al bajarlos.
—Lo siento, lo siento.
Le miró sorprendida antes de que sus ojos mostraran
frialdad. —¿Puedo ir al baño?
—Sí, nena —dijo como si estuviera agotado—. Puedes
ir al baño.
Se levantó y él intentó cogerla del brazo, pero lo apartó
a toda prisa. Al dar un paso se tambaleó.
—¿Te ayudo? —preguntó Chrissy.
—No me toques —dijo entre dientes, pero al ver sus
ojos preguntó —¿Has llorado? ¿Creías que me moría? —dijo
con ironía—. Antes veré como mueres tú —siseó con odio
antes de caminar insegura apoyando solo los dedos de los pies
por la pierna herida.
Preocupado por si se caía dio un paso hacia el baño.
—Tranquilo, no cerraré la puerta.
Apretó los puños de la impotencia y Vienna entró
sujetándose en el marco. Greg miró a su hermana. —Recoge
tus cosas.
Chrissy salió de la habitación a toda prisa y Vienna
sentada en el wáter frunció el ceño porque lo había oído. ¿Se
iban? Qué tontería, si se iban de allí Marmara les encontraría.
Se levantó y se vistió lo más rápido que pudo. Cogió
las tijeras que había en el cajón sin hacer ruido y se las metió
en el bolsillo trasero del pantalón antes de salir del baño. Greg
estaba sentado en la cama con los codos apoyados en las
rodillas mirándose las manos. Parecía hundido. —¿Recuerdas
nuestra primera cita de verdad, nena? —Ella no contestó y él
sonrió con tristeza. —Yo estaba dispuesto a mentir, a
enamorarte y a utilizarte, pero fue la mejor cita de mi vida —
dijo cortándole el aliento—. Jamás me sentí tan bien con nadie
y supe que estaba cometiendo un error. Lo he sabido desde el
principio. —Levantó la vista hasta sus ojos. —Sé el daño que
te he hecho y que he cruzado límites que son imperdonables.
Confiaste en mí, hice que lo hicieras. Me entregaste tu corazón
y sé que te lo he roto, que he roto tus esperanzas y los sueños
que habías creado a nuestro alrededor. —Los ojos de Vienna
se llenaron de lágrimas. —Y no sabes cómo lo siento. He sido
cruel y reconozco que he provocado discusiones para no
sentirme tan cerca de ti porque siempre he sabido que esto no
tenía futuro. Una relación no puede cimentarse en una mentira
y sabía que me descubrirías tarde o temprano, aunque tenía la
esperanza de que me hablaras de esa mujer antes de que lo
descubrieras todo.
—O sino acabaríamos así, ¿no? Por eso quisiste
ganarte a todos, para que confiaran en ti en el caso de que
llegáramos a esto.
—Sí. Pensé en ello muchas veces, lo reconozco. Solo
tenía que decir que te llevaba a San Antonio para que
estuviéramos solos. Pero eso no será necesario. —Se levantó y
ella le miró sin entender. —No me extraña que no entiendas
nada, nena. —Caminó hacia ella mirándola a los ojos y cogió
un mechón de su cabello, pero ella se lo arrancó de la mano.
—Estás muy estresada y esto no es bueno para el bebé. Nos
vamos. Al decir que había más gente en el búnker nos has
dado otra pista y Chrissy encontrará algo.
—Felicidades —dijo con ironía.
Él asintió yendo hacia la puerta mientras su corazón se
retorcía de dolor. Pero él se detuvo antes de salir y sin mirarla
dijo —Puede que pienses que la vida te ha decepcionado,
nena. Pero no es así, te han decepcionado personas que no te
merecían y hay mucha gente que te quiere, que daría lo que
fuera por ti. Sé que crees que yo no soy uno de ellos, pero si
algún día me necesitas, si algún día crees que no hay una
salida júrame que me llamarás.
Las lágrimas recorrieron sus mejillas. —Serías al
último que llamaría.
Él asintió antes de salir de la habitación. Escuchó como
se subían a sus coches y cuando encendieron los motores
Vienna sintiéndose vacía fue hasta la ventana para ver como su
coche salía del garaje. —Adiós Greg.
Capítulo 14
Seis meses después.
Con su bebé en brazos canturreaba intentando dormirle
y se sobresaltó porque Marmara apareció ante ella con las
niñas en su carrito y el niño en brazos. —No hagas eso,
¿quieres que me dé algo?
Marc se echó a llorar y gimió. —Te mato.
—Ha sido culpa tuya, si no hubieras protestado…
Se puso a su hijo al hombro. —¿Qué haces aquí?
—Como no llamas, visita exprés.
—Estoy muy liada.
Viendo el desastre que era el salón levantó una ceja. —
Eso ya lo veo.
—Es que no deja de llorar. —Miró a los suyos que
estaban tan tranquilitos. —¿Cómo lo haces tú?
—Cielo, si no tienen pis ni caca y han comido, paso de
cogerles que son tres —dijo dejando a su hijo en el sofá con un
juguete en la mano. La miró poniendo los brazos en jarras—.
¿Lo pillas? —Chasqueó la lengua. —Es que eres novata y te
está cogiendo la delantera.
—¿De veras? —preguntó pasmada.
—¿Ves? Cuando te paras suelta un berrido. Te ha
salido listo, este es de los que si no bailas no está a gusto.
Apuesto que cuando está en su cuna y quiere fiesta se pone a
llorar y hasta que le coges en brazos no para.
—Pues sí.
—Mal, muy mal. Ahora llorará cada vez que quiere
cuello.
—Es que me vuelve loca. —Sus ojos se llenaron de
lágrimas. —Soy una madre horrible.
—Eres una madre soltera que comete los errores que
cometemos todas porque adoramos a nuestros hijos. Y esta
fase la he pasado, me la conozco muy bien. Tú tienes
remordimientos por dejarle llorar en la cuna y esos
remordimientos pueden contigo haciendo que le cojas. Lo pasé
con el niño. Pero aprendí la lección y tú todavía estás a
tiempo. Con las gemelas hice eso de dejarlas llorar toda la
noche y que diferencia, duermen casi de un tirón entre
biberones.
—¿De veras?
—De veras. Mi hombre ni se lo cree. Y eso que son
dos y sería el doble de trabajo, pero que va, mucho menos que
con el peque.
—Así que la culpa es mía.
Hizo una mueca. —Pues sí, pero tampoco hay que
flagelarse. Esta noche cuando llore no le sacas de la cuna, a no
ser que quiera teta, claro. Si llora comprobación de pañal y si
ha mamado, no tiene fiebre y todo está bien… Hala, a la cama.
Ya se callará cuando se canse, garantizado.
—No sé si seré capaz de hacerlo —dijo angustiada
acariciando el pelito castaño de su niño. Dejó de balancearse y
Marc empezó a llorar de nuevo. Gruñó.
—Te está haciendo su esclava. Tienes que poner
límites, eso también forma parte de su educación.
—Entendido.
Su amiga se puso a recoger y se sintió fatal. —No
hagas eso, lo recogeré cuando se duerma.
—No me importa.
Eso la hizo sentirse aún peor si eso era posible. Parecía
una inútil, no sabía cocinar ni cuidar a su hijo. Sus amigas se
turnaban para ayudarla cuando ninguna de ellas necesitó ayuda
en su momento. Sus casas siempre estaban inmaculadas, los
niños perfectos y ya todas sabían cocinar. Ella estaba agotada,
tenía un aspecto horrible y ni había podido ducharse ese día.
Pero claro, como le acababa de decir era culpa suya porque no
sabía cuidar a su hijo.
Al ver que cogía unos pañales gritó —¡Deja eso!
Marmara apretó los labios soltándolos. —Ya me
parecía a mí que tardabas mucho en explotar.
—Lo siento, lo siento.
Preocupada por la angustia de su rostro se acercó. —
Eh, no tienes que disculparte. Lo estás pasando mal y es muy
lógico. Has perdido al amor de tu vida y tienes que enfrentarte
por primera vez a ser madre, tienes una mala racha.
—Ya me dura seis meses. No, rectifico, ya me dura
más de veinte años.
Marmara soltó una risita. —Sí, la verdad es que… —
Vienna sonrió. —Así me gusta, que te rías. Ríete de ti misma.
Yo lo hago mucho, ¿sabes?
—¿De veras?
—Lo dices como si fuera perfecta.
—Mucho más perfecta que yo.
—Qué mentira. ¿Lo dices por la cocina? No es para
tanto que te salga regular. Sheldon lleva toda la vida cocinando
y todavía no sabe hacerlo. ¡Y le pagan por ello!
Se echó a reír porque era cierto, sus platos eran
horribles.
—¿Quieres venir unos días a casa? Así te distraerás.
En esta casa tú sola con los recuerdos que tienes de Greg…
—No fueron tantos, para lo que estuvo aquí.
Marmara se mantuvo callada y ella la miró. —¿Qué?
—Me pidió que te cuidara, ¿sabes?
Su corazón dio un vuelco. —¿Cómo?
—Cuando se fue pasó por mi casa y me pidió que te
echara un ojo. Sobre todo después de dar a luz. Dijo que
presentía que algo no iría bien. Me pidió que si te veía distinta,
que si nos rehuías o parecías deprimida le llamara. Me lo rogó.
—¿No irás a hacerlo? —preguntó pasmada.
—Pues me lo estoy pensando.
—¡Marmara!
—¡Es el padre, tiene la obligación de echar una mano!
¡Al menos podrás ducharte!
—Puedo hacerlo sola —dijo entre dientes.
—No te pongas cabezona.
—No te pongas tú.
—No quieres nuestra ayuda ni la suya y esto va a peor.
Marc me ha dicho que cierras tus pensamientos para que
cuando le ves no se entere de nada de lo que os ocurrió. Y tuvo
que ser algo muy gordo para que ni asistiera al parto. Te
cierras hasta con tu hermano y…
—¡Mis pensamientos son míos y ahora que puedo
cerrarme a él lo haré a menudo! ¡Y no es asunto vuestro lo que
ocurrió entre nosotros! ¡Solo es cosa nuestra!
—Leche, Vienna. Me has atado las manos. Que sea
Greg el que lidie contigo.
Jadeó indignada. —Gracias, amiga.
—Me importa un pito si te enfadas conmigo.
—Como se te ocurra llamarle…
—¿Qué? —preguntó chula.
—¡No te hablo más! —Su amiga parpadeó antes de
sacar su móvil del bolsillo trasero del pantalón. —No serás
capaz.
—Tú espera ahí sentadita.
Se puso el teléfono al oído. —¡Marmara, hablo en
serio!
Intentó evitar que llamara pensando en algo
rápidamente, pero no se le ocurría con qué chantajearla. —¡Le
diré a Gillean que te besaste con Robert!
Chasqueó la lengua. —Ya lo sabe, pringada. Y tenía
doce años, ¿crees que a mi hombre le afectan esas cosas? —
Soltó una risita. —Pues sí, porque ahora le mira como si
quisiera romperle las piernas.
—Le mentiré, ahora puedo mentir. Puedo decirle algo
muy gordo.
—Greg, soy Marmara.
—¡Cuelga ese teléfono!
—Alerta roja —dijo antes de colgar dejándola pasmada
—. Hala, ya está. Me voy que tengo toneladas de plancha. —
La besó en la mejilla. —Míralo que guapo, ya está dormidito.
Le va la marcha. Tenlo en cuenta. Igual con algo de música a
todo volumen… —Cogió a su niño del sofá y al mirar el
carrito le faltaba una gemela. —¿Qué coño…? —Miró a su
alrededor. —¡Miriam! ¡Eso no se le hace a mamá!
El teléfono sonó y suspiró del alivio al ver que era su
marido. —¿Está contigo? Sí cielo, ya voy.
Desapareció dejándola sola y alucinada miró al frente.
Entrecerró los ojos. No, no se le ocurriría aparecer por allí.
Porque como se le ocurriera… ¿Dónde tenía la escopeta que
había en la casa cuando la compró?
Cuatro horas después había limpiado la casa con el
niño encima, había recogido la cocina con el niño encima y se
había duchado con el niño encima. Así ahorraba el baño de la
noche. Uy, el pequeñajo parecía que se lo había pasado bien.
Pensaba tomar nota. La cosa es que la meó cuando salía, pero
también era agua, qué más daba. Cuando pasaron cinco horas
ya empezó a mosquearse. ¡Mucha prisa no se daba! Y cuando
pasaron seis horas se quedó dormida del agotamiento en el
sofá.
El sonido del motor de un coche la sobresaltó y vio que
su bebé estaba dormidito en el cuquito que tenía en el salón.
Confundida miró a su alrededor y escuchó pasos en el porche.
Se volvió para mirar por la ventana y al ver su perfil jadeó.
¡Pues sí que se había atrevido, sí! Cogió la escopeta y la
levantó mientras escuchaba que se abría la puerta. Como la
llamara nena se lo cargaba. Guiñó un ojo y apuntó al hall. No
pasaba nada, era allanamiento de morada. —¿Nena?
¡Bueno, lo que le faltaba por oír! Apareció en el hall
mirando hacia la cocina. No, por la espalda no, que la mirara
de frente. Al volverse él levantó las cejas. —Nena, baja eso. Si
no funciona.
—Sí que funciona.
—Pues ten cuidado no vaya a ser que salga el cartucho
por el otro lado y te quedes sin cara. Hace mucho que no se
limpia.
—La he limpiado con lejía.
—¡Nena, baja eso que vamos a tener un disgusto! ¡Ese
chisme debe tener más de cien años!
La apartó para disparar al suelo a sus pies y él vio
asombrado el agujero en la madera. —¿Pero estás loca?
—Sí que funciona. ¡Ahora largo de mi propiedad!
¡Eres agente de la ley y sabes que puedo ventilarte sin ningún
remordimiento! ¡Tú me pegaste un tiro!
—¡Fue mi hermana!
—Sí, ahora justifícalo.
Muy nervioso se pasó la mano por el cabello antes de
mirar al niño que como si nada seguía durmiendo. —Parece
muy tranquilito. A ver si le creas un trauma…
—Tiene tapones, no se despertará.
—¿Le has puesto tapones al niño?
—¿Con lo que me ha costado dormirle? Como si tengo
que pegarle las orejas. Ahora largo de mi casa.
Él sonrió. —Se parece a mí.
—Sobre todo cuando da por culo.
—¡Vienna!
—¿Se puede? Ahí fuera hace un calor de mil
demonios.
Pasmada le miró a los ojos. —¿Te has traído a la bruja
de tu madre?
Él carraspeó. —Nena, tengo trabajo. Y se muere por
conocerle.
—¡Se lo hemos contado todo! —gritó Chrissy desde
fuera.
—¡Y la acompaña la psicópata de tu hermana! —No
salía de su asombro.
—Esto no empieza muy bien.
—¡Pero va a terminar con fuegos artificiales! —
Apuntó a su lado. —Diles que pasen.
—¡Quedaos ahí! —Se volvió para mirar sus ojos. —
Nena, que mi madre no tiene culpa de nada. Leyó tu
expediente sí, pero no sabía nada del resto del plan.
—¡Por eso no me tragaba!
Hizo una mueca. —Bueno, antes de leer tu expediente
tampoco le caías demasiado bien. Es que tiene olfato, es nieta
de poli.
Le miró como si quisiera soltar cuatro gritos. —¡Si yo
no hice nada!
—Ya, todo fue culpa mía. Le metí ideas en la cabeza a
mi hermana y no te defendí ante mi madre.
—Está bien que lo reconozcas. Ahora largo de mi casa.
—¿No podemos verle? —preguntó su suegra—. Yo no
me voy de aquí sin ver a mi nieto.
—¡Encima con exigencias! —Con mala leche le
apuntó y él salió corriendo antes de que el disparo impactara
en la isla de la cocina.
—Correr, correr que ya os pillaré. —Le siguió con la
escopeta en la mano y la abrió para sacar los cartuchos. De
repente la escopeta desapareció de sus manos y le miró
asombrada mientras la cogía por el brazo y la llevaba hasta el
sofá sentándola de nuevo. —Imbécil.
—Ahora vamos a hablar como personas civilizadas y
esto queda requisado.
—Requisa esto. —Le pegó un corte de manga que le
hizo poner los ojos en blanco antes de recibir una patada en la
espinilla. Ella salió corriendo cogiendo el móvil y llamó a
Robert poniéndose el teléfono al oído. Cuando él entrecerró
los ojos y la siguió, rodeó la mesa de comedor.
—Nena…
—¡Robert! ¡Hay un intruso en mi casa!
—¡Soy yo, Robert!
El teléfono se cortó y asombrada miró el móvil. —Me
ha colgado.
—Es que está de mi parte, como todos.
—¡Porque no saben la verdad, me escondí en casa una
semana hasta que se me quitó lo del puñetazo de tu hermana!
—Y te doy las gracias.
—Rose te va a aniquilar —dijo sanguinaria.
—Nena, deja el móvil que te veo venir.
En ese momento apareció su suegra y chilló de la
alegría mirando al niño—¡Qué bonito, qué bonito! Que guapos
haces los niños, hijo.
—Es que todo lo hace bien, señora —dijo con
segundas.
La miró esperanzada. —¿Puedo cogerlo?
—¡No! ¡Ahora largo!
—Solo un momentito. —Se acercó al cuquito y le
quitó el arnés de protección. —Qué cosa más preciosa. —Lo
cogió en brazos y ella jadeó indignada. ¿Es que nadie iba a
hacerle caso?
Greg le rogó con la mirada. —Solo unos minutos. Por
favor…
Chrissy apareció en el salón y chilló —¡Qué guapo,
mamá!
—Parece un muñeco —dijo su suegra encantada
acariciando su espaldita—. Y huele tan bien…
Se acercó a cogerle la manita. —Mira que deditos.
—Tiene las manos de tu hermano. Es igualito a él
cuando nació.
—Mamá, déjame cogerlo.
—Espera tu turno.
Ese era el recibimiento que su hijo debería haber tenido
por parte de la familia de su padre cuando nació y sin poder
evitarlo se emocionó. Odiando que la vieran llorar corrió fuera
del salón y subió las escaleras. Greg suspiró. —¿Podéis
cuidarle un momento?
—Sí hijo, no te preocupes —dijo Molly preocupada—.
Pobrecita.
Él apretó los labios antes de ir tras ella. El piso de
arriba estaba muy distinto al piso de abajo. Allí hacía tiempo
que no se limpiaba y al llegar a la habitación supuso como
estaría. Era evidente que hacía lo que podía para mostrar que
no necesitaba a nadie. La puerta de la habitación estaba
cerrada. —Nena, ¿podemos hablar?
Cuando no contestó empezó a ponerse nervioso. —
Vienna, abre la puerta por favor.
—¡Quiero que os vayáis!
—Antes deberíamos hablar. Necesitas que te echen una
mano.
—¿Tu madre? —preguntó espantada.
—Lo haremos entre todos.
—¡No os quiero en mi casa! ¿Qué pasa? ¿Necesitas
todavía el nombre?
—Ya la hemos encontrado, nena.
A Vienna se le cortó el aliento y abrió la puerta para
mirarle. —¿De veras?
—Estuvimos en el búnker. Mi hermana rascando un
poco se enteró de que los archivos de los que habitaban allí en
los sesenta estaban en el almacén del Pentágono. Bajo llave.
Hablé con Jeff de ello. Él se lo contó a su tío que se alarmó de
que uno de ellos fuera un asesino protegido por el gobierno y
me dio permiso para registrar los expedientes. Es la hija de
uno de los que vivían allí. Se llamaba Caroline y descubrimos
por sus huellas que se dedicaba a robar en viviendas y si era
sorprendida los deslumbraba para escapar. A varios que no
sabían lo que había ocurrido les dejó ciegos. Como hizo aquel
día con mi padre. Robert se encargó de ella hace dos meses.
Pálida dio un paso atrás. —¿Y no me dijo nada?
—No quería que supieras que estábamos en contacto
porque cada vez que oías mi nombre te ponías a llorar.
—Eso es mentira —dijo levantando la barbilla.
—Nena, Robert no puede mentir.
—Habrá aprendido.
Él reprimió una sonrisa. —Ya, claro. ¿No me has
echado de menos?
Levantó una ceja. —¡Si nunca estabas en casa! ¿Qué
iba a echar de menos?
—Eso te pasa por preguntar —dijo por lo bajo—. Pues
ahora estoy aquí.
—Y quiero que te largues —dijo como si fuera idiota.
—Bueno, esta también es mi casa.
Le miró pasmada. —¡La pagué yo!
—Sí, pero en las escrituras también la pusiste a mi
nombre.
—¡Greg no vayas por ahí que la vamos a tener y muy
gorda! —Entonces entrecerró los ojos. —Ah… ya entiendo.
Quieres pasta.
—Joder no, no quiero pasta.
—A mí no me la cuelas. Sabía que este momento
llegaría.
—La madre que me parió —dijo entre dientes.
—¡Está abajo y quiero que se largue!
—Niña, ¿hago la cena? —gritó su suegra desde abajo.
—¡No!
—Voy a ver que hay en la nevera.
—No me hace ni caso. —Entrecerró los ojos. —Tienes
dos minutos para irte de mi casa o llamo a Rose que te tiene
ganas.
—Me lo imagino. —Entró en la habitación y cerró la
puerta. —¿Te importa que se queden hoy?
—¡Sí!
—Vamos nena, ¿qué más te da? La casa es enorme. Es
que tengo que ir a interrogar a unos a Goldhill y me viene fatal
llevármelas.
Aquello era lo más surrealista que había oído nunca y
mira que había vivido situaciones raras en su vida. —¿Quieres
dejarme aquí a dos mujeres que no soporto porque tienes que
interrogar a un testigo?
—Algo así. ¿Qué me dices? ¿Hacemos un trato?
—¿Qué trato?
—Si te las quedas hoy, mañana me quedo con el niño
todo el día para que salgas con tus amigas. Podéis iros de
compras, ir a que te den un masaje… Manicura, pedicura,
peluquería…
Nunca había hecho esas cosas. Desde que había salido
siempre había querido ir a un spa, pero entre una cosa y otra
nunca lo había hecho y con sus amigas menos. Debía ser
divertido, en los culebrones siempre se lo pasaban muy bien.
—¿Solo esta noche?
—Solo esta noche. Te vendrá bien desconectar un poco
con ellas. Has estado muy pendiente del niño este mes, me lo
ha dicho Marmara. Un día de chicas.
Sus ojos brillaron de la ilusión. —Hecho.
Él suspiró del alivio. —Gracias nena, me salvas la
vida. —La besó en la mejilla dejándola pasmada y se largó.
Mientras bajaba las escaleras gritó —¡Os quedáis esta noche!
Estas chillaron de la alegría y no pudo evitar sonreír.
Fue tras él para bajar las escaleras y cuando llegó abajo le
escuchó decir en la cocina —Y ayudarme un poco, leche. No
me la cabreéis.
—Descuida —dijo su madre.
—Joder, es precioso.
Vienna se acercó a la puerta y vio como le cogía en
brazos. Su madre se emocionó y Greg cerró los ojos rozando
su mejilla con su cabecita. —Que bien lo haces, hermano.
—Es perfecto, ¿verdad?
—Sí, es una pena que no lleve tu apellido —dijo su
suegra con mala leche—. Ni tu nombre.
—Madre…
—Vale, vale, me callo.
Greg debió darse cuenta de que estaba allí y se giró
para mirarla. —Es precioso, nena.
—Lo sé. —Pasó ante él con la cabeza bien alta y al ver
que Molly había sacado mil cosas de la nevera gruñó. Abrió la
nevera y sacó un refresco. El refresco le cayó de la mano
salpicándolo todo y se quedó inmóvil.
—¿Vienna? —preguntó Molly asustada.
—Madre déjala —dijo él dándole el niño a su hermana.
Se acercó a ella—. Está teniendo una visión.
—¿Y si tiene el niño en brazos cuando le pase esto? —
dijo asombrada.
Él miró a su hermana que se mordió el labio
preocupada. Vienna volvió en sí y miró hacia abajo. —Vaya…
—Nena, ¿era importante?
—¿Crees que puedes ir a Bangladesh a evitar una
riada?
Él hizo una mueca. Molly dio un paso hacia ella. —
¿Alguna vez me has visto a mí?
—Mejor no te lo digo.
—¡Marc, que la casco!
—Mamá se está quedando contigo.
—No.
—Sí.
Ambos miraron hacia ella que cogió la lata del suelo.
—Te vas a tatuar el nombre de tu novio en la muñeca —dijo
maliciosa—. Se llama Curtis.
—Si no tengo novio.
—Uy, pero lo tendrás.
Chrissy se echó a reír a carcajadas —¿Curtis? Si es un
vejestorio, ¿qué iba a hacer mi madre con él?
—Nena, no tiene gracia.
—Es muy buen hombre —dijo indignada—. Y muy
trabajador.
—¿De veras?
—Mamá que es muy feo y no se arregla.
—Tu madre le deja como un pincel. Hay boda y todo.
Pasado mañana es día de misa, no digo más.
—¿Así que nos quedamos hasta pasado mañana?
Se sonrojó. —No, claro que no. Vosotros a un hotel si
queréis conocerle. El futuro puede cambiar en el presente.
—Pero si voy a ser feliz…
—Mamá que se está quedando contigo. ¿Cuándo has
tenido esa visión? —preguntó Greg mosqueado.
—Hace tiempo. No conocía a tu madre.
—¿Y no dijiste nada? Nena, que no puedes callarte
algo así.
—Con la vida que me dabas ni me acordaba. ¡Estaba
muy entretenida esperando tus llamadas!
—Hala, pullita —dijo Chrissy divertida.
Greg la fulminó con la mirada, pero su hermana pasó
de él. —Oye, sobre lo mío… ¿Se ha casado?
—Pues no, lo han dejado —dijo divertida—. Es gay.
—Hala nena, ahí te has pasado.
—¡No tiene nada de malo!
—¡Ya, díselo a Troy, como alguien se entere de ese
rumor tendrá que irse del pueblo!
Se puso como un tomate y siseó —Vale no es gay, pero
sí que lo ha dejado.
—¿De veras?
—¡No! ¡Se casan muy pronto!
—No sé qué creerme, la verdad. Tendré que darme un
garbeo por el pueblo de al lado.
—Yo voy en esa dirección, ¿vienes?
—Uy, genial. —Le puso a Vienna el niño en brazos. —
Chaito.
—Cielo, aquí para la cena que voy a hacer lasaña —
dijo Molly.
Greg asintió. —Sí mamá, llegaremos para la cena.
—Ah, ¿sí? —preguntó Vienna pasmada.
—Pues sí.
—Tú no te quedas.
—¿Perdón?
—Se quedan ellas, ese era el trato.
—¡Nena, que tengo aquí mi ropa!
—¿Qué ropa?
La miró con los ojos como platos. —Pues la mía, no
me la enviaste.
—Porque la quemé.
—¿Quemaste mi ropa?
—Pensaba que no la querías —dijo con chulería.
—Nena…
—¿O es que pensabas volver?
La miró con ganas de soltar cuatro gritos antes de
volverse. Cuando se fueron Molly soltó una risita. —Bien
hecho, niña.
—Ah, ¿sí? —preguntó sin poder disimular su asombro.
—Que no se te ponga tonto, que con todo lo que ha
metido la pata tiene que besarte los pies para que vuelvas.
—No voy a volver —dijo convencida.
—De momento.
—Definitivamente.
—Ya, claro. Atenta, que te voy a enseñar a hacer
lasaña. Me han dicho que la cocina no se te da muy bien.
—¿De veras me vas a enseñar? —preguntó ilusionada.
—Claro que sí, mi chico tiene que comer. Verás, todo
se basa en las medidas, niña. Si dominas las medidas todo lo
demás saldrá perfecto.
Capítulo 15
Greg vio el control en el cruce de entrada del pueblo y
frenó el coche ante el de un vecino que hablaba con Robert.
Este le miró y le dijo algo para que circulara antes de acercarse
a él rápidamente. —¿Qué pasa, Robert?
—Un cabrón que ha salido de la cárcel y ha venido a
saldar cuentas con Curt. Le ha pegado una puñalada en el
costado, pero salió huyendo.
Entrecerró los ojos. —¿Qué vehículo llevaba?
—Agárrate, Curt casi le pilla y no le dejaba subir al
coche, así que cogió la vieja bici de Curtis.
—Entonces no estará lejos. ¿Necesitas ayuda?
—Están buscando su foto en la base de datos. En
cuanto la tengamos Marmara se encargará. Estoy controlando
la salida por si roba un coche.
—Voy a llevar a mi hermana a casa y salgo a ayudaros.
—Gracias tío.
Aceleró y se dio cuenta de que Chrissy miraba a su
alrededor preocupada. —Tranquila, le cogeremos. —Cogió el
desvió hacia su casa.
—Vienna no lo ha visto.
—La riada de Bangladés la habrá distraído —dijo
acelerando—. Joder, se va a cabrear.
—Lo entenderá. Es por el bien del pueblo.
—Es la primera vez que la veo en meses y me largo a
trabajar.
—No esperabas la llamada de Marmara y… —Él
apagó los faros del coche frenando poco a poco. —¿Qué
haces?
—Casi todas las luces están encendidas. —Miró hacia
atrás escondiendo el coche tras un árbol.
—¿Y?
—Es una maniática con ese tema. Siempre iba detrás
de mí apagando luces.
—Por la cámara de acero, como vimos no tenía
interruptor.
Él apretó los labios apagando el motor y le dio el
móvil. —Llama a Marmara.
Salió del coche sacando su arma y se alejó agachado.
—Mierda —dijo Chrissy buscando a Marmara en los
contactos.
Vienna sentada en el sofá al lado de su suegra que
estaba pálida, veía como ese tipo evidentemente nervioso
miraba por la ventana mientras Marc no dejaba de llorar en su
cuna, pero él no le permitía cogerlo. Vio como apartaba la
cortina con la mano que tenía un cuchillo que estaba
manchado de sangre. Se le heló la sangre pensando a quien
habría herido. Tenía que hacer que se fuera. —¿Por qué no
coges mi coche y te vas?
—¡Porque hay controles de carreteras, joder! ¡Y ahora
cierra la boca!
Molly cogió su mano asustada. —¡Pues mi hijo está a
punto de llegar y es agente del FBI!
La miró con burla. —¿Te crees que soy gilipollas? ¿Un
agente del FBI en este pueblo de mala muerte? ¡No cuela y
ahora cerrar la boca sino queréis que os la cierre yo! —Volvió
a mirar por la ventana y Vienna sintió una brisa rozando su
mejilla. Suspiró del alivio apretando la mano de Molly que la
miró.
De repente Marmara apareció con Greg a su lado que
levantó el arma. —¡Levanta las manos!
Sorprendido se volvió y el cuchillo se le cayó de las
manos. —¡Aléjate de la ventana y date la vuelta! ¡Las manos
contra la pared! —Él no se movió y Greg disparó a sus pies.
—¡Ahora!
—Hostia, ¿estás loco? —El hombre se tiró contra la
pared.
Greg se acercó a él y le puso el cañón en la cabeza. —
Debería pegarte un tiro por asustar a mi familia, cabrón.
—¿Cielo? —dijo Vienna—. Vas a tener que matarle.
—Sí hijo, que tiene una pinta de delincuente que no
puede con ella.
—¿Pero qué dicen esas locas? —gritó el tipo
espantado.
Marmara suspiró. —Esto no me gusta. ¿Y si vuelve?
—No, no, le juro que no.
Robert entró en la casa y gruñó al ver que le estaba
esposando. —Buen trabajo.
Le agarró de la camiseta volviéndole. —Nena, ¿crees
que es un peligro?
—Pues me acaba de venir que ha violado a varias
chicas y que no le han pillado.
—Dios mío, podría habernos violado —dijo Molly
horrorizada.
—No señora, tengo mejor gusto.
Greg tiró de su pelo hacia atrás. —La violación es un
acto de control, de odio, una manera de mostrar tu poder frente
a alguien más débil.
—¡Yo no he violado a nadie!
Todos miraron hacia Vienna que asintió. —He contado
siete.
—Joder… —Greg miró a Robert. —¿Has informado?
—¿Sabiendo que venía Marmara? No. Antes quería
hablar contigo. —Sacó un papel y lo desdobló para
mostrárselo. —Menuda joya. ¿Cómo conseguiste que te
soltaran antes de tiempo después de ser acusado de asesinato?
—¿Qué pasa? ¿Esto es un juicio?
—Pues sí —dijo Marmara —. Y nosotros dictamos
sentencia.
Perdió todo el color de la cara. —Me he escapado.
—Leche, un fugado. Tío eso es una medallita por lo
menos —le dijo a Greg—. ¿No quieres marcarte un tanto?
—Paso de medallitas. Solo quiero que mi familia esté
segura y de este no me fío un pelo.
—Además, ha herido a uno de los nuestros —dijo
Robert—. Curt se ha portado desde que ha vuelto al pueblo,
quiere rehacer su vida y hay que apoyarle.
—Claro que sí, Curtis le adora. Si quiere alejarse de
estos no sé por qué tienen que venir a molestar —dijo
Marmara indignada.
—¿Cómo nos deshacemos de él? Así será un aviso
para los demás —dijo Robert—. ¿Me encargo yo? —preguntó
sacando su arma.
—Ay, madre. —Sus pantalones se mancharon mojando
el suelo y Vienna jadeó levantándose.
—No me lo puedo creer —dijo Marmara pasmada.
—Qué asco. —Greg dio un paso atrás para no mojarse
las suelas de los zapatos.
El tipo se lanzó por la ventana haciéndola añicos y
Greg sacó la cabeza haciendo una mueca. —Se ha desnucado
al caer boca abajo con las manos a la espalda.
—Mierda… —dijo Robert enfundando su arma—.
¿Me ayudas a meterlo en el coche? Lo tiraré en la carretera
con la bici al lado como si hubiera tenido un accidente.
—Claro.
Se acercó a él y Robert le palmeó el hombro. —¿Cómo
te va?
—Encantado.
—Me gusta tenerte de vuelta.
Vienna puso los ojos en blanco y Marmara soltó una
risita.
—Voy a por algo para limpiar eso —dijo Molly
dejándolas solas.
—¿Qué? ¿Qué tal? —susurró su amiga.
—A ti te lo voy a decir, traidora.
Marmara soltó una risita levantando los pulgares y
desapareció. Chrissy entró corriendo. —¿Qué? ¿Qué ha
pasado?
—Que hay un violador menos por ahí.
—Perfecto.
—¿Y a ti cómo te ha ido? —preguntó con burla.
—Serás cabrita. Su novia está preñada. Lo comenta
todo el pueblo porque es un escándalo antes de la boda.
—Es que por aquí proliferan los niños. Hay pocas
diversiones.
Gruñó yendo hacia la escalera. —Mierda.
—Pero… —Chrissy regresó mirándola expectante. —
¿Quieres saber un secreto?
—Sí, sí.
—Si te lo digo me deberás una muy gorda.
—Lo que quieras.
—Ese bebé…
—¿Qué? —preguntó impaciente.
—No es suyo.
Dejó caer la mandíbula del asombro. —Y se lo intenta
colar.
—¿Qué piensas hacer, cuñada?
—¡Intenta quedarse con mi hombre!
—Quiere pescarle bien. Hay mujeres que no tienen
escrúpulos.
—Pero esa lagarta no sabe que lo sé y se lo voy a
contar.
—¿Estás segura? Mira que será un escándalo.
—Las tiritas hay que quitarlas cuanto antes. —Salió
corriendo. —¡Me llevo tu coche!
Soltó una risita. —Se la va a comer viva.
—Nena, lo he oído todo. —Greg se asomó por la
ventana. —Y está ilusionada.
—¡Se lo merece, me pegó un tiro!
—¿No te lo había pegado yo?
Se acercó a la ventana. —¿Qué haces?
—Quiero asegurarme de que ese no se ha dejado nada
que pueda incriminarnos.
—Oh… —Cogió la lámpara del aparador y la encendió
sacándola por la ventana.
—Gracias. Ten cuidado no te cortes. Sobre Chrissy…
—dijo agachándose.
—¿Sobre Chrissy qué?
Levantó la vista. —Nena, no fue culpa suya. Fue mía.
Apretó los labios. —¿Acabas o no?
Suspiró levantándose con las esposas en la mano. —
¿Has llamado a las chicas?
Vienna sonrió. —Sí, hemos quedado mañana a las diez.
—He pensado que ya que te vas a poner tan guapa…
—Carraspeó. —Igual querrías salir por la noche a bailar.
¿Pero qué decía? —¿Me estás pidiendo una cita?
—¿Yo? Yo soy muy selectivo con mis citas.
—¡No te tiro la lámpara a la cabeza porque me
encanta! —Se metió en casa y él hizo una mueca. Pero ella
salió de nuevo sorprendiéndole. —¡Date con un canto en los
dientes porque no os hecho a patadas! ¡Ahora a cenar!
Cuando desapareció de nuevo sonrió.
Durante la cena le lanzó puñales de todos los tipos.
Verbales y visuales, pero el muy cabrito se hacía el loco.
Cuando terminaron la deliciosa tarta de manzana de la abuela
esta se puso a limpiar. —De eso nada, tú has cocinado.
—Si lo has hecho tú todo.
—Vete a la cama o a ver la tele o lo que quieras, pero
fuera de la cocina.
Esta sonrió. —Voy a ver al niño.
Greg aún sentado en la mesa bebiéndose una cerveza la
observó recoger. Le miraba de reojo de cuando en cuando y él
dijo —Estás más delgada, ¿no?
—¿Y a ti qué te importa? —preguntó agresiva.
—Aunque tienes más pecho —dijo como si no la
hubiera oído.
Uy, que este quería cabrearla de verdad. —Greg…
—Dime, nena.
—Lárgate de mi casa.
—Si no he buscado hotel —dijo pasmado.
—¡Pues duerme en el coche!
—¿Encima que te rescato me echas?
—¡También rescatabas a tu madre y a tu hijo! —Le
quitó la cerveza de la mano. —¡Aire!
—Se te ha puesto una mala leche… ¿Será por la
maternidad?
—Será porque tienes mucha cara.
Él sonrió cortándole el aliento. —Y eso a ti te
encantaba sino no me hubieras dado esa segunda cita. ¿La
recuerdas, nena? Podemos repetirla.
—En tus sueños.
—¿Has soñado conmigo?
Se sonrojó. —Sí, he soñado contigo.
—¿De veras?
—Cuando estaba pariendo y sentía esos dolores que
atravesaban mi vientre de parte a parte soñé con que te
descuartizaba.
Él hizo una mueca. —Nena, eso no ha sido muy
amable. Tú me echaste de tu vida.
Dejó caer la mandíbula del asombro. —¿Qué has
dicho?
—Fuiste tú la que me dijiste que me fuera. Me echaste
tú.
—¡Bueno, esto es el colmo! ¡Largo!
—¿No quieres hablar de ello? Así te desahogas.
Le agarró por el cabello tirando de él y Greg la cogió
por la muñeca volviéndola y sentándola en sus rodillas.
Rodeándola con sus brazos impidió que se levantara. —
¡Suéltame!
—Has empezado tú —susurró a su oído—. Preciosa,
no empieces una pelea que no puedas ganar. —La besó en el
cuello y su corazón dio un vuelco en su pecho. Al sentir la
excitación bajo su trasero reaccionó y le pegó un cabezazo que
hizo que le soltara de golpe. —Hostia. —Se llevó la mano a la
nariz para ver la sangre y ella sonrió. —Nena, esto ha sido…
—Tranquilo, no está rota. ¿Sabes cielo? Puede que
parezca débil —dijo con segundas —, pero he recibido unas
clases muy prácticas como todos mis compañeros. ¡La
próxima vez te la corto, pervertido!
Asombrado vio que iba hacia la puerta. —Preciosa,
¿cuándo vas a perdonarme?
Se detuvo en seco y apretó los puños. —Nunca, ya no
confío en ti —dijo antes de desaparecer.
Su madre sacó la cabeza del salón para verla girar en el
pasillo hacia su habitación y cuando no podía verla corrió
hasta la cocina haciendo una mueca. —Hijo, no tienes
paciencia.
—Joder… —Cogió la servilleta y fue hasta el
fregadero para lavarse.
—Sé que la quieres y quieres estar con ella. Pero la has
engañado, utilizado y hasta ha parido sola. ¿Te das cuenta de
lo que has hecho?
—No quería hacerle más daño.
—Y no hubieras vuelto si no te hubiera asustado tanto
lo que viste en su visión, ¿no es cierto?
Vienna pegada a la rejilla del baño de su habitación
frunció el ceño. —Lo vi. Me había burlado de ella, había leído
el informe y le dije que no era para tanto, pero lo vi, vi su
sufrimiento en ese jodido sitio. —Palideció al escucharle. —
Como lloraba, como la mantenían encerrada o la pegaban para
que pensara en las cosas que tenía que ver. Vi como a una niña
que quería luchar por su libertad la sometían hasta convertirla
en un fantasma. Vi su desesperación y como se daba por
vencida, madre. No merezco estar a su lado. Yo le he fallado
más que nadie.
—No te culpes por como ha crecido, de eso no eres
responsable.
—Sí que lo soy porque después la traté como ellos. Y
si no estuviera aterrado porque en su visión se quitaba la vida
después del nacimiento del niño, seguramente no hubiera
vuelto jamás. Ni por él. Merece ser feliz. —Los ojos de
Vienna se llenaron de lágrimas. —Pero ha sido verla… Me
odia.
—No te odia, está enfadada. Dale tiempo. En unas
semanas no se te resistirá o no eres mi hijo.
Vienna jadeó sentándose en el suelo de la habitación.
—Uy, ha debido ser el niño. Voy a ver. Me llevo este
chisme para que la niña duerma, que lo necesita. Duerme en el
sofá para que no vea que la presionas. Dale su tiempo. Y si la
ves receptiva no ataques o dará un paso atrás. Tú como si nada
hasta que te diga que te quiere y que te perdona. Pero que vea
que estás aquí para ella y que puede contar contigo. Tiene que
volver a confiar en ti.
—¿Crees que así…?
—Soy mujer, sabemos de estas cosas.
Alucinada se levantó del suelo para ir hasta la cama y
sentarse en ella. ¿Se quitaba la vida? ¿Que había visto su
visión? ¿Pero qué rayos estaba pasando allí? Entonces recordó
cuando se desmayó en aquella cama durante su secuestro.
Estaba agotada como si hubiera tenido una crisis, pero no
había visto nada. Se llevó una mano al pecho. ¿Qué había
pasado? Entrecerró los ojos. Tenía que hablar con Chrissy, ella
estaba presente. De repente sonrió, así que había sido verla y
no había podido evitarlo. Menudos consejos daba su madre.
Así que cuando la viera receptiva no debía hacer nada hasta
ganarse su confianza… Sonrió maliciosa.
El sonido de las maletas cayendo por la escalera le
sobresaltaron en el sofá. Greg se sentó de golpe para ver como
caía una de sus zapatillas de deporte sobre una de las maletas y
después la otra. Se levantó en gayumbos para verla desde el
piso de arriba tirando sus trajes abajo. —Nena, ¿no habías
quemado mi ropa?
—Necesito sitio en el vestidor. —Sus ojos brillaron. —
Pienso comprar mucho. Así que llévatelo, que aquí no pinta
nada.
Molly salió de su habitación con los rulos puestos
mirándola con los ojos como platos. —Buenos días, suegra.
—Buenos días, niña. Te has levantado con energía.
—Hoy me voy de fiesta.
Chrissy abrió la puerta. —¿Puedo ir?
—¡No!
Chrissy puso cara de pena. —¡Pues me la debes
después del ridículo que hice ayer! ¡Ya no me creo nada de lo
que me digas!
Pasó ante ella con unas cazadoras. —¡Eso te pasa por
querer liarte con un hombre comprometido!
—Me echó de su casa con una escopeta. ¡Casi la casco!
Por cierto, te ha metido un tiro en el coche.
—¿En mi coche? —preguntó enfadada—. ¡Es nuevo!
—Ya, pero era el que llevaba. —Entrecerró los ojos. —
Está muy seguro de esa… Son las peores, van de mosquitas
muertas y luego zas… Unos cuernos que te salen por el techo
del coche.
La miró asombrada porque seguía en sus trece. —¡Me
lo inventé!
—Ya, pero creo que tienes instinto. Yo por si acaso
pongo la oreja a ver si lo dejan antes de la boda.
Puso los ojos en blanco y empezó a bajar las escaleras.
—Preciosa, ¿has dormido bien? —preguntó Greg
divertido.
—Pues no porque el grifo del baño gotea y cuando
cogía el sueño tenía que levantarme para darle de mamar a tu
hijo.
—Lo miraré hoy mismo.
Por su cara era evidente que no se creía que supiera
arreglarlo. —Ya llamaré a alguien.
—Mi hijo es un manitas —dijo Molly antes de entrar
en la habitación del niño y chillar.
Greg a toda prisa subió los escalones para ver dentro
de la cuna al lado del niño a otro bebé. —¡Hostia, nena! ¡Qué
tenemos dos!
Ella llegó en ese momento y suspiró del alivio. —
Llama a Gillean y dile que Miriam está aquí, ¿quieres?
—No jodas.
—Ya lo hacía su hermano, no sé por qué te sorprende
tanto. —Su suegra estaba con los ojos como platos. —Es una
de las gemelas de Marmara. La de ayer.
Asintió. —Eso es un peligro.
—Díselo a sus padres. Menos mal que solo puede
trasladarse con los que conoce. Y procuran que conozcan a
pocos porque si no es un lío.
Greg ya había salido de la habitación porque sus padres
estarían histéricos. —Esta familia es la leche —dijo Chrissy
encantada.
—Vale, puedes venir.
Chilló de la alegría y salió corriendo antes de regresar.
—¿Viene Rose?
—Por supuesto.
—Entonces vestido y tanga.
—Eso.
—Voy a desayunar y me visto.
Greg se acercó con el móvil en la mano. —Nena, que
no pueden venir a buscarla ahora. Marmara se está duchando.
Cogió el teléfono. —¿Gillean? No te preocupes. Ya
volverá ella cuando se despierte y no os vea.
Su suegra pasmada la vio salir de la habitación
hablando con él y Greg hizo una mueca. —Son especiales, ya
lo sabes.
—Pero esto… —De repente apareció la otra al otro
lado de Marc y Molly se sobresaltó.
—Al parecer le tienen cariño.
—Fíjate, se han puesto rodeándole como si quisieran
protegerle.
—¡Nena, la otra acaba de llegar!
—Lissi también ha llegado. Sí, no puede estar sin su
hermana. Oye, eso es una ventaja, no seas negativo. Donde
esté una estará la otra. ¿Cómo que si Garret también está aquí?
—¡Está en la cocina! —gritó Chrissy desde abajo—.
¡Se está comiendo lo que ha sobrado de la tarta de manzana de
mamá!
—Está desayunando. Si tenía hambre no entiendo
cómo ha venido aquí con lo mal que cocino. Tranquilo, que si
desaparecen te llamo. —Volvió a la habitación y le dio el
móvil a Greg.
—¿Si desaparece le llamas? —preguntó Molly
pasmada.
—Así damos la alerta entre los conocidos.
—Madre mía, menuda papeleta tienen esos padres.
—Ya. El nuestro será más tranquilito. Al menos será de
quedarse en el sitio.
Greg carraspeó. —Nena, ¿crees que él…?
—¿Ha salido a ti?
—Sí —dijo aliviado porque no se lo tomara a mal.
—Eso espero, la verdad. Todavía no lo sé. Los hijos de
Marmara han desaparecido desde pequeñitos y los de Marc
hablan mentalmente con su padre. La de Robert es un hacha
matando moscas con una pelotita… Igual hay suerte —dijo
antes de irse.
—¿Matando moscas con una pelotita? —preguntó
Molly a su hijo sin salir de su asombro.
—Él tiene una vista sobrehumana.
—Ah…
—Mamá déjalo, es mucha información de golpe.
—Sí, hijo. Mejor me voy a hacer el desayuno.
En ese momento el teléfono de la casa sonó y Vienna
lo cogió desde la cocina. —Casa Finkel —dijo sin pensar
haciendo sonreír a su cuñada que daba un cuenco de fruta a
Garret—. No fastidies.
Greg llegó en ese momento poniéndose unos
pantalones del chándal que encontró en el hall y levantó una
ceja. —¿Les ha quemado el ático? —Hizo una mueca. —Así
que se mudan. Claro, no es muy práctico vivir en un piso con
ese panorama. —Distraída con la conversación ni se daba
cuenta de que miraba sus abdominales. —Ya. Pues nada
buscaremos casa fuera del pueblo. Es genial que vengan. Sí, lo
hablamos luego.
Greg sonrió apoyándose en la pared a su lado. —
Déjame adivinar. Ese que hace fuego tiene un hijo que le ha
quemado el piso en Nueva York y se muda.
Asombrada le miró a los ojos. —Pues sí.
—Hala, otro más —dijo Chrissy divertida—. Este
pueblo es la leche.
—Pues es peligroso —dijo Molly sacando una sartén
—. ¿Hace fuego? ¿Y si quema a alguien? Los niños no son
conscientes de lo que hacen. ¿Y si quema a nuestro Marc?
Apretó los labios porque eso es lo que pensarían todos
los del pueblo de ellos si se enteraban. —Mamá seguro que
sus padres sabrán controlarlo —dijo Greg al ver que había
perdido la ilusión por su llegada—. De momento solo
necesitan un montón de extintores en su casa.
—No sé, no me gusta —dijo Molly.
La verdad es que el poder del hijo de Jay era un
peligro. Lo hablaría con sus amigas durante el día.
—Nena, no te preocupes. Jay aprendió a controlarlo y
su hijo hará igual.
Forzó una sonrisa. —Sí, claro. Pero si los del pueblo se
enteran…
Greg asintió. —Nena, se pueden enterar de muchas
maneras. Con los niños de Marmara, por ejemplo. Crees que si
montan ese numerito que acabamos de presenciar, en el
colegio, por ejemplo, ¿no se enterará nadie?
—Muchos pensarán como tu madre.
—Cuando llegue el momento nos enfrentaremos a eso.
De momento no te preocupes y disfruta porque tu amigo va a
venir a vivir aquí.
—¿Y si le hace daño al niño como ha dicho tu madre?
—¿Jay te hizo daño a ti?
Separó los labios de la impresión. —No, nunca.
—¿Y le tuviste miedo?
—No, siempre fue un buen chico.
—Y así educará a su hijo. —La besó en la frente. —
Vamos nena, no te preocupes y desayuna que os vais
enseguida.
Más tranquila asintió pensando que tenía razón y al ver
que se alejaba Greg sonrió. Su madre le guiñó un ojo antes de
ver como Vienna acariciaba la cabeza de Garret y le daba un
beso. Este chilló de la alegría antes de recibir un montón de
besos por toda la cara. Greg sonrió. —Ahora entiendo porque
vienen aquí. —Gruñó volviéndose. —Qué suerte tienen
algunos.
Capítulo 16
Entraron en casa cargadísimas de bolsas y locas de
contentas. —Ya estamos aquí —dijo Chrissy.
—Shusss —chistó alguien desde el salón. Asomaron la
cabeza para ver a Greg con cara de desesperación —Se acaba
de dormir.
Vienna miró a un lado y a otro. —¿Y tu madre?
Entrecerró los ojos. —Ha salido con Curtis.
Dejó caer la mandíbula del asombro. —¿Qué?
—El viejo ha pasado por aquí y se la ha camelado —
siseó—. La ha invitado a un helado y ha corrido escaleras
arriba para cambiarse. Tenías que ver la pinta que me llevaba,
parecía que se iba de boda.
Se echó a reír a carcajadas.
—Nena, no tiene gracia. Mi madre se lo ha creído.
—¿Pues sabes qué? Que mejor.
—Ya sabía yo que tú tenías ojo —dijo Chrissy antes de
mostrarle las bolsas—. Mira todo lo que me ha comprado.
—Nena, no tenías que hacerlo. Gana mucha pasta. Más
que yo.
—Bah, era un regalo. Al parecer me perdí su
cumpleaños por culpa de alguien. —Se acercó y miró al niño.
—Buen trabajo.
—Lo que llora…
Soltó una risita. —Sí. —Pasó el dedo por su mejilla
mostrando su manicura en rojo fuego.
Él carraspeó. —Nena, estás preciosa. —Frunció el
ceño. —¿Te has cortado el pelo?
—Las puntas.
Gruñó como si eso no le gustara nada.
—Y se ha comprado un vestido… Esta quiere guerra,
hermano.
Él frunció el ceño. —¿Qué?
—Bueno, estoy soltera y hoy tengo una cita.
—¿Qué? —gritaron los dos sobresaltándola.
—Si le has visto —le dijo a Chrissy.
—Hermano nos está metiendo una trola, yo te juro que
no he visto a nadie.
—Sí, el camarero de la comida. Cuando fui al baño me
pidió una cita.
—Mira que listo —dijo Greg entre dientes—. Pues no
puedes salir.
—Sí que puedo. Te quedas todo el día con el niño,
¿recuerdas? —Sonrió maliciosa. —Te lo vas a pasar genial.
—Ya no queda leche de esa.
—Ahora me saco más. Tengo los pechos a reventar.
Su mirada fue a parar allí, pero ella se hizo la loca
aunque se le revolucionó la sangre. —Me voy a cambiar que
he quedado con él allí.
—¡Ah, que este no te viene a buscar, te abre la puerta y
todas esas cosas!
—Soy una chica moderna, he tenido un niño de soltera.
—Cogió sus bolsas y subió los escalones. —¿Y qué hace aquí
toda esta ropa?
—¡No sé dónde meterla!
—¡En tu casa en San Antonio!
—Más quisieras, nena —dijo por lo bajo antes de
fulminar a su hermana con la mirada—. ¡A ver si ayudas un
poco!
—Bueno… Mejor escurro el bulto que yo también he
quedado.
—¿Con quién? —preguntó pasmado.
—¡Con Jennifer! —gritó corriendo escaleras arriba.
Gruñó. —Estupendo. —Miró a su niño. —Nos
quedamos solos.
Se estiró en la cama del hotel y suspiró de gusto
mirando la pantalla de la televisión. Cogió el helado y estaba
hundiendo la cuchara pensando en el día tan estupendo que
estaba teniendo cuando llamaron a la puerta. Bufó
levantándose y cogió el albornoz cuando llamaron de nuevo.
—¿Quién es? —preguntó molesta.
—¡El padre de tu hijo!
Se quedó de piedra mirando la puerta. —¿Quién?
—¡Vienna abre de una vez!
Uy, estaba cabreado, aunque eso ya lo sabía porque al
salir de casa casi le suelta cuatro gritos. A toda prisa se quitó
el albornoz mostrando la combinación rosa que se había
puesto debajo del minivestido de guerra que había utilizado
para salir de casa y se alborotó los rizos antes de pellizcarse
las mejillas. Se pasó los dientes varias veces por el labio
inferior y entrecerró los ojos antes de abrir la puerta con mala
leche. —¿Qué quieres?
—Pasar. —Empujó la puerta mosqueadísimo y entró
en la habitación ignorando su protesta. El baño era un cristal
transparente que mostraba todo lo que había en su interior, así
que casi no le llevó tiempo revisarlo.
Cuando miró debajo de la cama ella puso los brazos en
jarras. —¿Qué haces?
—¿Qué hago? —Furioso fue hasta el armario y lo
abrió para ver cuatro perchas. Al volverse vio el culebrón en la
tele y el helado sobre la mesilla. —Eh…
—¿Eh?
Entonces gruñó. —¿Me has mentido?
—¿Yo?
—Nena, te estás aficionando y no creo que eso sea
bueno. ¡Me has mentido! Dónde está el camarero, ¿eh?
—Ah, ¿es que quieres verle?
—No, claro que no, pero no está aquí.
—Porque le he dejado plantado —dijo con descaro—.
Al venir hacia aquí me lo pensé mejor y no quería perderme el
capítulo de la telenovela. ¡Y me lo estoy perdiendo! —Se
subió a la cama y caminó por ella hasta su sitio dejándose caer
antes de coger el helado. —¡Y deja de seguirme! —Entonces
se dio cuenta de una cosa. —¿Cómo me has seguido? Cuando
me fui de casa estabas allí.
Él mirando sus piernas al descubierto casi hasta las
caderas carraspeó. —Por el GPS del coche, nena.
—Ah… ¿Y quién se ha quedado con el niño?
—Mi madre, ¿quién se iba a quedar?
—¡Pues ya te estás largando, que es cosa tuya!
Él carraspeó y fue hasta la puerta para cerrarla. Se
sentó en la cama para ver que volvía y pasmada preguntó —
¿Qué haces?
—Creo que es un buen momento para que hablemos.
—¿Ahora? ¿Durante el culebrón? —preguntó como si
eso fuera impensable.
—¡Creo que esto es más importante!
Puso los ojos en blanco y dijo por lo bajo —La noche
estaba siendo demasiado perfecta.
—Nena, te he oído.
Se metió la cuchara en la boca y cuando Greg vio
cómo se relamía el helado de su labio inferior, gruñó
acercándose y se sentó en el otro extremo de la cama como si
no quisiera asustarla. Mirándole con desconfianza dijo —
Acaba de una vez que están en anuncios.
—¿Por qué ves esas cosas?
—¡Porque siempre acaban bien!
Greg carraspeó por el corte. —¿Y quisieras que lo
nuestro acabara bien?
—Lo nuestro ya ha acabado.
—Ya, claro. Y no ves posibilidades de que acabe bien.
Le miró como si fuera tonto. —Cuando algo ya ha
acabado, ya ha acabado.
—¡Pero puede volver a empezar!
—Uy, las segundas temporadas son un rollo. Es más de
lo mismo. —Entonces le miró como si tuviera cuernos. —
¿Quieres volver? ¡Pero si no me querías!
Parecía que quería soltarle cuatro gritos. —¿Cuándo he
dicho yo eso?
—Cuando decías que te repugnaba.
—Nena, nunca dije eso.
—Pero si hubiera tenido paciencia lo hubieras dicho.
—¡Pero no lo dije!
—Sí que lo dijiste —dijo como si quisiera clavarle la
cuchara en el ojo.
—Vale… Vale, lo dije en un futuro pasado que no
sucedió nunca. ¿Estaría cabreado? Puede, porque no sabemos
las circunstancias.
—¡Las circunstancias fueron que me secuestraste como
hiciste!
—Nena, eso nunca llegó a pasar, así que intentemos
olvidarlo.
—Vale, olvidaré que te asqueaba acostarte conmigo.
Mirando sus piernas dijo con voz ronca —Te aseguro
que nunca me asqueó acostarme contigo.
Uy, que este quería tema y le estaba alterando la
sangre. —¿Qué miras? —preguntó con mala leche.
Él carraspeó. —Nena, ¿ese lunar siempre ha estado
ahí?
Levantó la pierna girándose para mostrar su nalga
sabiendo de sobra del lunar que hablaba. Se lo acarició
pasando la mano por su muslo. —Sí, lo tengo desde siempre.
—Él gruñó mientras bajaba la pierna. —Bueno, vete al grano
que va a empezar enseguida. Si quieres volver la respuesta es
no.
—Ya me había dado cuenta.
—Pues buen viaje. —Se metió la cuchara en la boca y
mirando la tele le escuchó suspirar.
—¿No quieres volver conmigo a casa?
—Sino no me hubiera cogido un hotel.
—¿Tan insoportable se te hace esta situación?
—¡Si hasta hace cinco minutos estaba encantada! ¡Es
el primer día que he podido hacer lo que me ha dado la gana y
tienes que venir a fastidiármelo!
Esa frase le dolió, lo vio en su rostro mientras se
levantaba, pero él le había hecho mucho más daño y no
pensaba disculparse. Igual es que ya no le quería. Igual ya no
le necesitaba. —Mira, tenemos un hijo juntos y si quieres
formar parte de su vida, estupendo. Ven los fines de semana y
nos iremos amoldando, pero no me vengas con que quieres
volver conmigo cuando hasta me has dejado parir sola.
—No quería hacerte más daño. Me hubiera gustado
más que nada estar en ese momento contigo y ver nacer a
nuestro hijo —dijo cortándole el aliento—. Me hubiera
gustado borrar lo que hice para que nunca me hubieras mirado
así, nena. Pero pasó, y no puedo cambiarlo. Fui un cabrón
contigo, te utilicé y te hice daño. Puedo pedirte perdón mil
veces y sé que nunca lo olvidarás, como no olvidarás lo que
pasó en el búnker. Por eso no volví.
—Pues no sé qué haces aquí.
—Creí que me necesitabas y he vuelto porque siempre
podrás contar conmigo. Que eso nunca se te olvide. Y
también…
Se sentó en la cama. —¿Y también?
Apretó los labios. —No puedo olvidarte, cielo —dijo
haciendo que su corazón diera un vuelco—. Y sé que nunca lo
haré.
Él fue hasta la puerta y Vienna emocionada susurró —
Vale.
Se detuvo en seco volviéndose. —¿Vale?
—Te perdono.
Parecía que le había dado la alegría de su vida. —¿De
veras?
—No te emociones tanto. Perdono lo que hiciste y por
qué lo hiciste que fue por tu padre y tu hermana, pero hasta
ahí.
—¿Hasta ahí? —preguntó sin entender.
—Hasta ahí.
—Eso significa que…
—¡Hasta ahí!
—Vale, vale… Joder nena, que mala hostia se te está
poniendo.
—¿Qué has dicho?
—Que me encanta, me pone mucho.
Se puso como un tomate. —¿Qué?
—De hecho en este momento te comería entera untada
de ese helado para quitarte la mala leche. —Levantó una ceja.
—¿Quieres que lo haga?
—Pues…
A Greg se le cortó el aliento. —Vienna, ¿estás
dudando?
—No, claro que no.
—Pues lo ha parecido. —Impresionado dio un paso
hacia ella. —¿Me sigues queriendo?
—No digas tonterías —dijo incómoda.
Separó los labios de la impresión. —Has mentido.
—¿Te vas o no?
—¿Pues qué quieres que te diga? No. Te noto
receptiva.
—Tú sueñas. Una cosa es que te perdone y otra es que
quiera acostarme contigo. No te pases, Finkel. —Él se quitó la
camiseta robándole el aliento. —¿Qué haces?
—Desnudarme. Ya que me has perdonado podemos
compartir ese helado y si no sientes nada por mí no pasará
nada, así que en cuanto lo terminemos me iré.
—¿Qué?
Se la comió con los ojos. —Pero no lo vamos a acabar.
—Dejó caer los pantalones mostrando que estaba excitadísimo
y a Vienna se le cayó la cuchara de la impresión. ¡Se suponía
que si la veía receptiva él tenía que dar un paso atrás! —¿Ves,
nena? Esto es por ti y no se puede disimular. Cualquier cosa
que te dijera en esa visión era mentira. —Se subió a la cama y
se sentó a su lado. Ella miró hacia su sexo. —Ignóralo. A no
ser que no quieras ignorarlo, claro.
Atontada levantó la vista hasta su rostro. —¿Qué? —
Vio en sus ojos la necesidad, el anhelo y sin pensar tiró el
helado a un lado para atrapar sus labios. Se besaron como
posesos desesperados el uno por el otro y Vienna se sentó a
horcajadas sobre sus piernas. Greg tiró del tirante de su
combinación con tal fuerza que la rasgó mostrando uno de sus
pechos. Lo amasó con ansias y ella gritó en su boca
apartándose.
—¿Demasiado?
—Los tengo sensibles.
—¿Pero sensibles para bien o…? —Miró sus pechos.
—Hostia nena, ¿cómo han crecido tanto tus pezones?
—El niño.
Acarició su pecho haciéndola suspirar de placer y la
miró malicioso. —Me parece que es para bien.
—Greg que…
Él se agachó pasando la lengua por su pezón y chilló
de gusto arqueándose hacia atrás. Greg tiró de la tela que
cubría el otro y lo devoró. Vienna jamás se había sentido así y
cuando chupó con ganas se estremeció de arriba abajo.
Sorprendido se incorporó. —¿Te has corrido?
Sonrió como una tonta cayendo hacia atrás entre sus
piernas y Greg rio por lo bajo. —Nena, creo que esta noche no
la vas a olvidar. —Cogió una de sus piernas abriéndola más y
antes de darse cuenta la había cogido por las caderas
elevándola hasta llegar a su rostro. Cuando su lengua recorrió
su sexo humedecido Vienna gritó de la sorpresa apoyando los
pies en la pared. Su lengua la recorrió entera e intentó
aferrarse a algo, así que agarró las sábanas con los puños. Era
tal la intensidad que la recorría que sintió miedo y sin darse
cuenta empujó con las piernas arrastrándose por la cama
mientras él la seguía sin dejar de torturarla. Se retorció y
cuando sus piernas cayeron sobre las almohadas Greg la dejó
caer sobre él y sujetándola por la cintura la sentó sobre sus
muslos como una muñeca. Vienna se sujetó en sus hombros y
Greg con la respiración agitada acarició su sexo con la mano
mirándola a los ojos. —Te he echado de menos, nena. —Entró
en su ser de un solo empellón y Vienna clavó las uñas en sus
hombros creyendo que todo su cuerpo se quebraría por la
dicha que la recorrió. La elevó por los glúteos para dejarla caer
y loca de necesidad se abrazó a él apoyando sus talones en el
colchón y siguiendo el ritmo que le marcaba. Era tan
maravilloso tenerle dentro que quiso más y Greg apoyando las
manos sobre el colchón se inclinó hacia atrás llevándosela con
él para mover las caderas más rápido. Sintió que le faltaba el
aire y se miraron a los ojos. —¿Cómo no voy a amarte, nena?
Si estás hecha para mí. —Entró en ella con tal contundencia
que Vienna sintió que su ser explotaba y se aferraron el uno al
otro mientras el placer les traspasaba.
El sonido de la televisión la despertó. Gimió cerrando
los ojos porque las persianas estaban abiertas y el sol la
deslumbró. Sintió que le dolía todo y al volverse su cuerpo
chocó con el de Greg que alargó el brazo para pegarla a su
torso. Suspiró de gusto y entonces se dio cuenta de lo que
habían hecho. Leche, ¿y ahora qué? Elevó la cabeza para ver
que estaba despierto. —Nena, ¿pido el desayuno? —Greg vio
en sus ojos su miedo. —Eh, preciosa…
Vienna se levantó de la cama. —Tengo que irme.
—Hablemos de esto —dijo viéndola coger el vestido
de la butaca.
—No tenemos nada de que hablar y Marc necesita
leche. —Se bajó el vestido a toda prisa y se puso los zapatos.
—Te he dicho que te amo, ¿no tienes nada que decir a
eso?
—¡Qué quieres que te responda! —gritó perdiendo los
nervios.
—Que me amas y que me perdonas.
Los ojos de Vienna se llenaron de lágrimas y él se
levantó a toda prisa de la cama. —No, no llores. —La abrazó a
él. —Por favor, no llores. Joder nena, no quiero hacerte daño.
Si quieres me voy, ¿pero vas a renunciar a esto? Sé que te
asusta que vuelva a herirte, pero pondré todo de mi parte para
que funcione, te lo juro. Haré lo que sea para que seas feliz
como te mereces.
—Lo siento, pero no puedo… —Se alejó y corrió hacia
la puerta desesperada por escapar de esa situación.
—¡Vienna!
Cuando Greg llegó a casa apagó el motor y Chrissy
salió al porche mirándole preocupada. Bajó del coche a toda
prisa y preguntó —¿Qué pasa? ¿Está mal?
—¿Quién?
—Vienna.
—No ha llegado.
Se quedó de piedra. —¿Cómo que no ha llegado? Salió
de San Antonio antes que yo.
—La he llamado al móvil porque el niño no tiene leche
y no ha contestado.
Palideció sacando su móvil a toda prisa. —¿Marmara?
Tienes que encontrar a Vienna —dijo desesperado—. ¡No hay
tiempo para explicaciones!
Marmara en pijama caminó sobre la hierba para ver a
su amiga sentada al borde del acantilado. Vienna miró hacia
ella y sonrió con tristeza. —¿Te han llamado? Lo siento.
—No pasa nada. —Se sentó a su lado y miró el valle.
Las reses de su marido estaban pastando. —Este sitio es
precioso, nunca había subido aquí. —Miró a su amiga y se dio
cuenta de la tristeza que reflejaban sus ojos. —¿Qué ocurre?
—Dice que me ama.
Asintió. —Entiendo, y no le crees.
Miró hacia el valle. —No tengo fuerzas para empezar
de nuevo.
—No tienes por qué empezar nada. No tienes por qué
forzarte a nada. Tómate tu tiempo y puede que en seis meses o
en un año te encuentres mejor para tomar una decisión.
—Me atosigará.
—Hablaré con él, no te preocupes por eso. Está tan
asustado por ti que hará lo que sea.
—Cree que me voy a suicidar.
La miró a los ojos. —¿Lo has pensado?
—¡No! Bueno, desde que salí del búnker no. —Apretó
los labios. —Pero dice que vio una de mis visiones. —La miró
asombrada. —Sí, no sé cómo ha pasado, pero Chrissy también
la vio. Al parecer la proyecté en el techo y vieron mi vida y mi
muerte o más bien mi funeral.
—Algo que seguro que ha cambiado porque te veo
muy entera. —Hizo una mueca. —Por su voz estaba aterrado.
Igual deberíais hablar largo y tendido sobre el tema para que
se quede tranquilo.
Asintió. —Si ha venido es por eso, ¿sabes?
—Lo que te hace dudar.
—Se siente culpable.
—Y no crees que te ame.
—Ayer me lo dijo por primera vez. No quiero que se
sienta atado a mí porque piense que voy a quitarme la vida.
—Yo creo que quiere ligarse a ti para vivir esa vida
contigo. —Cogió su mano. —¿Recuerdas cuando me decías
que Gillean me quería? Pues estoy segura de que él te quiere a
ti porque me ha llamado todos los días desde que se fue la
primera vez.
Se le cortó el aliento. —¿Para qué?
Sonrió. —¿Para qué iba a ser? Para saber de ti, de las
revisiones del bebé, de si salías, entrabas o veías a alguien…
Estaba desesperado por saber de ti, amiga.
—¿Y por qué no me lo dijiste?
—Porque estabas destrozada y necesitabas tiempo. No
sé lo que os ocurrió, pero lo que sí sé es que necesitabas
curarte. Y si todavía no estás preparada, si necesitas tiempo,
pues muy bien. Tu vida es tuya para decidir cuando estás
preparada. —Se la quedó mirando. —¿Todavía le amas?
Cerró los ojos. —Tanto que duele.
—Así que te duele no estar con él y tienes miedo de
darle otra oportunidad. —Sonrió con tristeza. —Cuando mi
marido me dejó, me pregunté si iba a darme por vencida o
debía enfrentarme a su enfado, a su decepción y lo hice como
está haciendo Greg porque sabía que la recompensa merecía la
pena. Te aseguro que no es fácil, que tienes miedo. Te expones
al rechazo y a sufrir. Y pensé que no me perdonaría, pero me
quedé. Sufrí muchísimo y llegué a pensar que su amor no era
tan fuerte como el mío. Que no merecía la pena, pero míranos
ahora. Te aseguro que merece la pena y ahora nada podría con
nuestra relación. ¿Y sabes qué? Creo que ese periodo fue
necesario para demostrarnos que nos queremos más que a
nada. Por eso no debes apresurarte, ocurrirá cuando tenga que
ser.
Entró en la casa y dejó las llaves del coche en el
mueble de la entrada. Greg salió de la cocina con el niño en
brazos y Vienna vio el alivio en sus ojos. —¿Podemos hablar?
—Claro que sí, nena.
Molly se acercó para coger al niño y fueron al salón.
La emocionó ver que nervioso se sentaba en el sofá y que la
miraba ansioso. Vienna se apretó las manos. —No voy a
suicidarme si es lo que temes. —La sorpresa de su rostro le
hizo decir —La rejilla de nuestro cuarto de baño a veces filtra
el sonido de la cocina si no hay mucho ruido en la casa.
—Entiendo. Pero si me lo dices para que me quede
tranquilo…
—Te lo digo porque nada en este mundo me separaría
de mi niño. No sé lo que me llevó a tomar esa decisión en esa
visión, pero no va a ocurrir. Igual en otro futuro hubiera
pasado, pero ya no es así.
—Me alegro mucho, nena. No sabes cómo me alegro.
—Si me amas es normal que te alegres —susurró.
—Has dicho si, lo que demuestra que no me crees y lo
entiendo.
—He estado hablando con Marmara de esto sin entrar
en detalles de nuestra separación.
Él apretó los labios. —Que en realidad es el verdadero
problema.
—Te he perdonado, te juro que sí…
—¿De veras? Pero…
—Pero no confío en ti ni en mí. Lo que sí sé es que no
puedo volver a pasar por eso. Si me hubieras pedido que te
ayudara desde el principio…
—No confiabas en mí, ninguno lo hacíais —dijo como
si estuviera derrotado.
Se le cortó el aliento. —Por eso me lo echabas siempre
en cara.
—No es que no confíes en mí ahora, es que no lo has
hecho nunca.
—Eso no es cierto.
—Vamos nena, siempre has pensado que tenía un
motivo oculto.
—¡Y lo tenías!
—¡Pero tú no lo sabías! ¡Estabas esperando que te lo
dijera para echármelo en cara! ¡Nunca he podido sincerarme
contigo! Puede que al principio quisiera utilizarte, pero
después no sabía qué camino tomar aun sabiendo que en
cualquier momento podrías descubrirme con una de tus
visiones, nena. ¡Cuando todo salió a la luz solo me quedaba
una opción porque era evidente que no me perdonarías!
Se le cortó el aliento. —¿Entonces qué haces aquí?
—Intentarlo nena, porque me he dado cuenta de que no
puedo perderte.
—¿Quieres intentarlo? Pues tendrás que esperar.
Él la miró sorprendido. —Al menos no me has dicho
que no. —Se levantó sonriendo y le plantó un beso en los
labios. —Es un avance.
Se sonrojó. —Ya te has llevado muchos avances este
fin de semana.
—Prepárate para el que viene, nena.
—Oye, eso de tendrás que esperar, te ha entrado por un
oído y te ha salido por el otro, ¿no?
—Esperaré lo que haga falta.
El viernes se puso muy nerviosa cuando llegó la hora
de que hiciera acto de presencia. Para su sorpresa había
llamado todas las noches y hablaban de lo que habían hecho
durante el día. Se empezaba a sentir cómoda con él de nuevo y
se notaba. Molly le había dicho esa mañana que estaba
radiante y era por él, porque algo en su interior se estaba
abriendo a la posibilidad de tener algo más. Estaba mirando
por la ventana por enésima vez cuando el sonido de su
teléfono la sobresaltó. Lo sacó del bolsillo trasero del vaquero
y sonrió porque era él. Descolgó poniéndoselo al oído. —
¿Estás de camino?
—Nena, tengo un operativo.
—¿Un qué?
—Vamos a detener a un sospechoso. Llegaré tarde. —
Dejó caer los hombros decepcionada. —Lo siento, preciosa…
—No pasa nada, es tu trabajo.
—Joder, no hagas eso, me recuerda al pasado y como
te callabas cuando en realidad estabas mosqueada.
—Pues estoy mosqueada, ¿contento?
Él rio por lo bajo. —No, no estoy nada contento, pero
te quiero y en cuanto te vea mi humor mejorará.
Se sonrojó de gusto. —Vale, eso ha mejorado mi
humor un poco.
—Te despierto cuando llegue, no te preocupes.
Jadeó haciéndole reír y él colgó el teléfono. Sonrió
ilusionada y miró hacia la ventana. Bueno, por unas horas no
pasaba nada.
Greg llegó a casa a las tres de la mañana y cuando
apagó el motor de su coche suspiró llevándose la mano al
costado. Sería hijo de puta. Si no le fuera a caer la perpetua se
lo cargaba. Salió del coche agotado y fue hasta la casa
entrando sin hacer ruido porque como despertara al peque se
despertaría toda la casa con lo que lloraba. Subió los escalones
lentamente y al llegar arriba sonrió porque la luz de la
lamparilla de su habitación estaba encendida. Caminó hacia
allí y al ver a Vienna durmiendo boca abajo con su melena
desparramada sobre la almohada, sonrió apoyándose en el
marco de la puerta. Estaba preciosa. Sacó su móvil para
sacarle una foto y cuando iba a pulsar un botón algo en el
techo le hizo elevar la vista. Ella estaba riendo y a toda prisa
pulsó el botón del video grabando la imagen. Extendió las
manos y él no tardó en aparecer besándola en los labios.
Entonces se abrió la imagen y la vio preciosa vestida de novia.
Todos sus amigos les rodearon para felicitarles. La siguiente
imagen fue de ellos dos bailando y él la besaba en la frente.
Los ojos de Vienna estaban radiantes de felicidad y él susurró
—Para siempre, mi vida.
—Te amo.
Greg emocionado dio un paso al frente para verse en la
cocina de la casa lleno de harina y ella rio cogiendo un puñado
y tirándoselo a la cara mostrando un embarazo de unos ocho
meses. En la siguiente imagen eran más mayores y estaban
abrazados en el columpio del porche mientras él leía unos
papeles. Riendo se los quitó y salió corriendo provocando que
en el presente sonriera. Se le cortó el aliento al verse de
ancianos trabajando en el jardín. Él se apoyó en sus talones y
la miró. Vienna al darse cuenta se detuvo en seco. —¿Qué?
—Te amo, nena. Eres lo mejor que he tenido en la
vida.
Emocionada susurró —¿A pesar de todo?
—No cambiaría nada. Como sabes el presente cambia
el futuro y nuestro pasado ha sido perfecto. Nos ha llevado a
este momento y no lo cambiaría por nada.
Vienna le abrazó. —Te amo tanto…
Cuando la imagen desapareció él cerró los ojos y dio
gracias a Dios por esa oportunidad. Su futuro había cambiado
y pensaba hacer lo necesario para que fuera feliz.
—¿Greg? —Miró hacia la cama y sonrió. —¿Ya has
llegado?
Se acercó a ella sentándose a su lado y besó
suavemente sus labios. —¿Has tenido un buen sueño,
preciosa? ¿Lo recuerdas?
Sonrió mirándole enamorada. —Sí, y no podía ser
mejor.
Epílogo
Dos meses después entró en la cafetería empujando el
carrito. —Buenos días, niña —dijo Curtis que sentado a la
mesa se tomaba un café.
—Buenos días, suegro.
Este soltó una risita. —Todavía no, pero si puedo…
Ella le guiñó un ojo y miró a Claudia tras la barra. —
¿Te has enterado?
—Ahora mismo se acaba de ir la señora Pulman.
Estaba en la consulta del médico cuando Marmara se puso a
pegar gritos diciendo que esos análisis tenían que estar mal,
que iba a demandar a la compañía de anticonceptivos y al
doctor Fleming por inútil.
Vienna hizo una mueca. —Pobrecita.
—Gillean que estaba en el coche con los niños entró en
la consulta al oír los gritos y cuando se enteró de lo que
ocurría se echó a reír y la sacó de allí en brazos haciendo
suspirar a todas las presentes mientras ella seguía soltando
pestes. Con lo tímida que era —dijo pasmada.
—Ya se ha soltado un poco.
Curtis rio por lo bajo y el cura se levantó. —Los niños
son una bendición.
—Sí padre, pero lo son cuando sabes dónde están.
Todos se echaron a reír. —¿Tú no habías visto nada?
—Claro que sí, pero como para decírselo. Me hubiera
dejado calva. En el siguiente tampoco pienso abrir la boca.
—Ah, que va a haber más —dijo Curtis antes de reírse
a carcajadas.
—Yo he contado seis hasta que Gillean… —Con los
dedos hizo que cortaba y los hombres gimieron. —Era eso o la
castración total.
Rieron y en ese momento sonó la campanilla. Marmara
entró enfurruñada con una tarta en las manos.
—Vamos, no te pongas así.
—Necesito niñera.
—Pues lo vas a tener difícil como no vuele como Mary
Poppings.
—Muy graciosa.
Jennifer entró tras ella a toda prisa, le cogió la tarta de
las manos y salió pitando. —¡Es el cumple de mi padre! —
gritó corriendo hacia la camioneta.
Puso los ojos en blanco y de repente salió corriendo. —
¿Quieres ser mi niñera?
—¡Ni de coña!
—¡Oye, que son un cielo!
—Ya, ya…
Chrissy pasaba por la acera y gritó —¿Salimos esta
noche?
—¡Vale, te llamo luego!
Marmara sonrió. —Chrissy maja, tú tienes mucho
tiempo libre, ¿no?
—Bonita, que ya me encasquetan bastante a mi
sobrino. Soy joven, déjame de niños que ya llegarán. —Entró
en la cafetería y miró a Claudia. —¿Se sabe algo?
—La boda sigue adelante.
—Mierda. —Miró a Curtis y le guiñó un ojo.
Este sonrió satisfecho. —Las tengo en el bote.
Marmara suspiró. —Bueno aún tengo tiempo, me
quedan unos meses para organizarlo todo. Además, las
pulseras de seguimiento son muy útiles. Está chupado.
—Eso amiga, tú no te desanimes.
—¿Será niña o niño?
—Niño.
—Genial así Gillean no estará en tanta desventaja.
—Hablando de bodas… —Todos miraron a Vienna con
una sonrisa en los labios. —Quiero invitaros a la mía.
Chillaron de la alegría y Marmara la abrazó. —
Felicidades. ¿Eres feliz?
—Como nunca en la vida.
—Me alegro muchísimo.
—Lo sé.
Curtis la abrazó. —¿Y cuándo será, niña?
—Este fin de semana.
La miraron sorprendidos y Vienna se echó a reír. —
Llevamos una semana decidiendo cosas y hemos estado de
acuerdo en que para que todo el mundo esté a gusto será como
la tuya, Marmara, algo íntimo en el rancho. Solo quienes han
demostrado ser amigos y la familia, por supuesto. ¿Me hará el
favor, padre?
—Nada me gustaría más. Por supuesto que la oficiaré.
—Gracias.
Greg entró en ese momento. —¿Ya se lo has dicho?
—Sí, cielo.
—Bueno, pues ahora que es oficial y estamos rodeados
de amigos, quiero… —Greg arrodilló una pierna
sorprendiéndola y sacó un anillo con un diamante en forma de
corazón. Emocionada le miró a los ojos. —Este anillo no te lo
doy porque vaya a casarme contigo, nena.
—Ah, ¿no?
—Pues no porque ya me has dicho que sí.
Todos se echaron a reír y Greg la miró a los ojos. —Te
lo doy porque representa todo lo que amo de ti y todo ese
futuro que nos queda por delante, que seguro será muy
dichoso. Y si algún día algo llegara a ir mal, espero que lo
mires y te des cuenta de que lucharé para estar a tu lado y por
hacerte feliz. Pase lo que pase, preciosa, ahora y siempre
estaré a tu lado.
Emocionada susurró —Sé que lo harás.
Él le puso el anillo en el dedo y se incorporó para
besarla. —Te amo —susurraron a la vez.
La puerta se abrió de golpe mostrando a Jennifer. —
¿Tenéis cincuenta y seis velas?
FIN
Sophie Saint Rose es una prolífica escritora que lleva
varios años publicando en Amazon. Todos sus libros han sido
Best Sellers en su categoría y tiene entre sus éxitos:
1- Vilox (Fantasía)
2- Brujas Valerie (Fantasía)
3- Brujas Tessa (Fantasía)
4- Elizabeth Bilford (Serie época)
5- Planes de Boda (Serie oficina)
6- Que gane el mejor (Serie Australia)
7- La consentida de la reina (Serie época)
8- Inseguro amor (Serie oficina)
9- Hasta mi último aliento
10- Demándame si puedes
11- Condenada por tu amor (Serie época)
12- El amor no se compra
13- Peligroso amor
14- Una bala al corazón
15- Haz que te ame (Fantasía escocesa) Viaje
en el tiempo.
16- Te casarás conmigo
17- Huir del amor (Serie oficina)
18- Insufrible amor
19- A tu lado puedo ser feliz
20- No puede ser para mí. (Serie oficina)
21- No me amas como quiero (Serie época)
22- Amor por destino (Serie Texas)
23- Para siempre, mi amor.
24- No me hagas daño, amor (Serie oficina)
25- Mi mariposa (Fantasía)
26- Esa no soy yo
27- Confía en el amor
28- Te odiaré toda la vida
29- Juramento de amor (Serie época)
30- Otra vida contigo
31- Dejaré de esconderme
32- La culpa es tuya
33- Mi torturador (Serie oficina)
34- Me faltabas tú
35- Negociemos (Serie oficina)
36- El heredero (Serie época)
37- Un amor que sorprende
38- La caza (Fantasía)
39- A tres pasos de ti (Serie Vecinos)
40- No busco marido
41- Diseña mi amor
42- Tú eres mi estrella
43- No te dejaría escapar
44- No puedo alejarme de ti (Serie época)
45- ¿Nunca? Jamás
46- Busca la felicidad
47- Cuéntame más (Serie Australia)
48- La joya del Yukón
49- Confía en mí (Serie época)
50- Mi matrioska
51- Nadie nos separará jamás
52- Mi princesa vikinga (Serie Vikingos)
53- Mi acosadora
54- La portavoz
55- Mi refugio
56- Todo por la familia
57- Te avergüenzas de mí
58- Te necesito en mi vida (Serie época)
59- ¿Qué haría sin ti?
60- Sólo mía
61- Madre de mentira
62- Entrega certificada
63- Tú me haces feliz (Serie época)
64- Lo nuestro es único
65- La ayudante perfecta (Serie oficina)
66- Dueña de tu sangre (Fantasía)
67- Por una mentira
68- Vuelve
69- La Reina de mi corazón
70- No soy de nadie (Serie escocesa)
71- Estaré ahí
72- Dime que me perdonas
73- Me das la felicidad
74- Firma aquí
75- Vilox II (Fantasía)
76- Una moneda por tu corazón (Serie época)
77- Una noticia estupenda.
78- Lucharé por los dos.
79- Lady Johanna. (Serie Época)
80- Podrías hacerlo mejor.
81- Un lugar al que escapar (Serie Australia)
82- Todo por ti.
83- Soy lo que necesita. (Serie oficina)
84- Sin mentiras
85- No más secretos (Serie fantasía)
86- El hombre perfecto
87- Mi sombra (Serie medieval)
88- Vuelves loco mi corazón
89- Me lo has dado todo
90- Por encima de todo
91- Lady Corianne (Serie época)
92- Déjame compartir tu vida (Series vecinos)
93- Róbame el corazón
94- Lo sé, mi amor
95- Barreras del pasado
96- Cada día más
97- Miedo a perderte
98- No te merezco (Serie época)
99- Protégeme (Serie oficina)
100- No puedo fiarme de ti.
101- Las pruebas del amor
102- Vilox III (Fantasía)
103- Vilox (Recopilatorio) (Fantasía)
104- Retráctate (Serie Texas)
105- Por orgullo
106- Lady Emily (Serie época)
107- A sus órdenes
108- Un buen negocio (Serie oficina)
109- Mi alfa (Serie Fantasía)
110- Lecciones del amor (Serie Texas)
111- Yo lo quiero todo
112- La elegida (Fantasía medieval)
113- Dudo si te quiero (Serie oficina)
114- Con solo una mirada (Serie época)
115- La aventura de mi vida
116- Tú eres mi sueño
117- Has cambiado mi vida (Serie Australia)
118- Hija de la luna (Serie Brujas Medieval)
119- Sólo con estar a mi lado
120- Tienes que entenderlo
121- No puedo pedir más (Serie oficina)
122- Desterrada (Serie vikingos)
123- Tu corazón te lo dirá
124- Brujas III (Mara) (Fantasía)
125- Tenías que ser tú (Serie Montana)
126- Dragón Dorado (Serie época)
127- No cambies por mí, amor
128- Ódiame mañana
129- Demuéstrame que me quieres (Serie
oficina)
130- Demuéstrame que me quieres 2 (Serie
oficina)
131- No quiero amarte (Serie época)
132- El juego del amor.
133- Yo también tengo mi orgullo (Serie Texas)
134- Una segunda oportunidad a tu lado (Serie
Montana)
135- Deja de huir, mi amor (Serie época)
136- Por nuestro bien.
137- Eres parte de mí (Serie oficina)
138- Fue una suerte encontrarte (Serie escocesa)
139- Renunciaré a ti.
140- Nunca creí ser tan feliz (Serie Texas)
141- Eres lo mejor que me ha regalado la vida.
142- Era el destino, jefe (Serie oficina)
143- Lady Elyse (Serie época)
144- Nada me importa más que tú.
145- Jamás me olvidarás (Serie oficina)
146- Me entregarás tu corazón (Serie Texas)
147- Lo que tú desees de mí (Serie Vikingos)
148- ¿Cómo te atreves a volver?
149- Prometido indeseado. Hermanas Laurens 1
(Serie época)
150- Prometido deseado. Hermanas Laurens 2
(Serie época)
151- Me has enseñado lo que es el amor (Serie
Montana)
152- Tú no eres para mí
153- Lo supe en cuanto le vi
154- Sígueme, amor (Serie escocesa)
155- Hasta que entres en razón (Serie Texas)
156- Hasta que entres en razón 2 (Serie Texas)
157- Me has dado la vida
158- Por una casualidad del destino (Serie Las
Vegas)
159- Amor por destino 2 (Serie Texas)
160- Más de lo que me esperaba (Serie oficina)
161- Lo que fuera por ti (Serie Vecinos)
162- Dulces sueños, milady (Serie Época)
163- La vida que siempre he soñado
164- Aprenderás, mi amor
165- No vuelvas a herirme (Serie Vikingos)
166- Mi mayor descubrimiento (Serie Texas)
167- Brujas IV (Cristine) (Fantasía)
168- Sólo he sido feliz a tu lado
169- Mi protector
170- No cambies nunca, preciosa (Serie Texas)
171- Algún día me amarás (Serie época)
172- Sé que será para siempre
173- Hambrienta de amor
174- No me apartes de ti (Serie oficina)
175- Mi alma te esperaba (Serie Vikingos)
176- Nada está bien si no estamos juntos
177- Siempre tuyo (Serie Australia)
178- El acuerdo (Serie oficina)
179- El acuerdo 2 (Serie oficina)
180- No quiero olvidarte
181- Es una pena que me odies
182- Si estás a mi lado (Serie época)
183- Novia Bansley I (Serie Texas)
184- Novia Bansley II (Serie Texas)
185- Novia Bansley III (Serie Texas)
186- Por un abrazo tuyo (Fantasía)
187- La fortuna de tu amor (Serie Oficina)
188- Me enfadas como ninguna (Serie Vikingos)
189- Lo que fuera por ti 2
190- ¿Te he fallado alguna vez?
191- Él llena mi corazón
192- Contigo llegó la felicidad (Serie época)
193- No puedes ser real (Serie Texas)
194- Cómplices (Serie oficina)
195- Cómplices 2
196- Sólo pido una oportunidad
197- Vivo para ti (Serie Vikingos)
198- Esto no se acaba aquí (Serie Australia)
199- Un baile especial
200- Un baile especial 2
201- Tu vida acaba de empezar (Serie Texas)
202- Lo siento, preciosa (Serie época)
203- Tus ojos no mienten
204- Estoy aquí, mi amor (Serie oficina)
205- Sueño con un beso
206- Valiosa para mí (Serie Fantasía)
207- Valiosa para mí 2 (Serie Fantasía)
Novelas Eli Jane Foster
1. Gold and Diamonds 1
2. Gold and Diamonds 2
3. Gold and Diamonds 3
4. Gold and Diamonds 4
5. No cambiaría nunca
6. Lo que me haces sentir
Orden de serie época de los amigos de los Stradford,
aunque se pueden leer de manera independiente
1. Elizabeth Bilford
2. Lady Johanna
3. Con solo una mirada
4. Dragón Dorado
5. No te merezco
6. Deja de huir, mi amor
7. La consentida de la Reina
8. Lady Emily
9. Condenada por tu amor
10. Juramento de amor
11. Una moneda por tu corazón
12. Lady Corianne
13. No quiero amarte
14. Lady Elyse
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