Teseo: Memorias de un Héroe Griego
Teseo: Memorias de un Héroe Griego
André Gide
Fue Hipólito, mi hijo, quien hizo nacer en mí el deseo de narrar mi vida para instruirlo;
él ya no está pero, aun así, la narraré. Por él no habría osado relatar, como me dispongo
a hacer, algunas aventuras galanas: se mostraba en extremo pudiente, tanto que yo no
osaba hablar de mis amores en su presencia. Sin embargo, si bien carecieron de
importancia superados los primeros años de mi vida, me enseñaron a conocerme a mí
mismo, y a los diferentes monstruos que amaestré. Pues "lo importante es saber, en
primer lugar, quiénes somos -le decía a Hipólito-; más tarde, convendrá ser conscientes
de nuestra herencia y asumirla. Lo quieras o no, eres, como yo, hijo de rey. Nada hay
que objetar: es un hecho; obliga". Pero a Hipólito apenas le preocupaba. Menos aún de
lo que a mí a su edad y, como yo antaño, se limitaba a saberlo. ¡Oh, primeros años
vividos en la inocencia! ¡Negligente formación! Yo era el viento, la ola. Yo era planta;
yo era ave. Ultrapasé mi persona, y todo contacto con el mundo exterior sólo me
mostraba sus límites tras haber despertado en mí la voluptuosidad. Acaricié los frutos, la
piel de los árboles jóvenes, los lisos guijarros de las riberas, el pelaje de los perros, de
los caballos, antes de acariciar a las mujeres. Todo aquello que Pan, Zeus o Tetis me
mostraban me exaltaba.
Un día mi padre me dijo que las cosas no podían continuar así. ¿Por qué? Porque,
por los dioses, yo era su hijo y debía mostrarme digno del trono que iba a heredar.
Cuando mejor me sentía, sentado en la hierba fresca o la arena ardiente... Con todo, no
se puede contrariar al padre. Acertaba al educarme en contra de mi propio raciocinio. Y
a él le debo todo lo que fui con posterioridad; una vida alejada del abandono, por
placentero que pueda ser dicho estado de libertinaje. Me enseñó que no se obtiene nada
importante, ni válido, ni siquiera perdurable, sin esfuerzo.
Y mi primer esfuerzo respondió a su invitación. Acaeció al levantar las rocas en busca
de las armas que, afirmaba, Poseidón había ocultado bajo una de ellas. Reía al ver
cómo, con el entrenamiento, aumentaba mi potencia. Y ese entrenamiento muscular se
imponía al de mi voluntad. Una vez desplazadas en aquella vana búsqueda las pesadas
rocas de los alrededores, cuando me disponía a afanarme con las losas del zaguán de
palacio, me detuvo:
-Las armas -me dijo- importan menos que el brazo que las sostiene; el brazo importa
menos que la inteligente voluntad que lo guía. Hete aquí las armas. He esperado a que
las merecieras para entregártelas. Ahora siento en ti la ambición de usarlas y el deseo de
gloria que no permitirá que las blandas sino en causas nobles y en beneficio de la
humanidad. El tiempo de tu infancia ha quedado atrás. Sé hombre. Muéstrales qué
puede ser y a qué aspira uno de sus semejantes. Hay grandes cosas por hacer.
Cúmplelas.
II
Egeo, mi padre, era un ser excepcional, un hombre como no ha habido otro. En verdad,
sospecho que no soy sino su hijo putativo. Así me lo han dicho, y que fui engendrado
por el gran Poseidón. Así, debo atribuir a ese dios mi humor cambiante. En cuestión de
mujeres, jamás supe sentar la cabeza. En ocasiones, por causa de Egeo. Pero le
agradezco su tutela y haber restaurado el culto a Afrodita en el Ática. Lamento que un
fatal olvido causara su muerte: no haber sustituido por velas blancas las negras velas del
barco que me devolvía a Creta, tal como habíamos acordado en caso de regresar
victorioso de mi arriesgada aventura. No se puede pensar en todo. Pero, a decir verdad y
si me lo planteo, algo que no suelo hacer, no podría asegurar que realmente se
debiera a un descuido. Egeo me cohibía, os lo repito, especialmente cuando, por medio
de los filtros de la maga, de Medea, que lo veía, como él a sí mismo, como un marido
algo viejo, pensó, lamentable ocurrencia, vivir una segunda juventud, obstruyendo así
mi carrera, olvidando que a todo el mundo le llega su hora. Y con todo, a la vista de las
velas negras... Supe, de regreso a Atenas, que se había lanzado al mar.
Un hecho: creo dejar en legado algunas obras notables; purgué la tierra de multitud de
tiranos, bandidos y monstruos; borré algunas pistas azarosas por las que incluso los
espíritus más temerarios se introducían temblorosos; clareé el cielo para mitigar la
sorpresa del hombre que alzara levemente la cabeza.
Es preciso reconocer que, por aquel entonces, el aspecto de la campiña no era ni
mucho menos tranquilizador. Grandes superficies sin cultivar surcadas de caminos poco
seguros se extendían entre las escasas aldeas. El bosque era espeso y en las montañas
abundaban los desfiladeros. Los parajes más peligrosos estaban infestados de bribones
que robaban y asesinaban al viajero cuando no lo secuestraban, y no existía ejército
alguno que llevara a cabo el menor control. El pillaje se mezclaba con la rapiña, el
salvajismo de las bestias de presa y la perfidia de otros elementos, de modo que era
imposible saber qué entidad malvada, divina o humana, había golpeado a la imprudente
víctima de un ataque, o adivinar el origen, divino o humano, de ciertos monstruos como
la Esfinge o la Gorgona, derrotados por Edipo y Belerofonte. Todo parecía divino, por
cuanto era inexplicable, y el terror alcanzó la religión hasta tal punto
que el heroísmo llegó a ser considerado impío. La primera victoria del hombre, y la
más importante, sería sobre los dioses.
Hombre o dios, únicamente tras blandir su arma para volverla contra él, como hiciera
con la maza de Perifete, el taciturno gigante de Epidauro, podemos considerar la
victoria un hecho.
Y llegará el día en que el relámpago de Zeus, os lo digo, será entregado a los hombres,
como hiciera Prometeo con el fuego. Sí. Son estas victorias definitivas. Pero con las
mujeres, mi fortaleza y mi debilidad, siempre he tenido que volver a empezar. No bien
escapaba de una, volvía a caer ante los encantos de otra, y no conquistaba a ninguna sin
haberlo sido yo anteriormente. Pirito tenía razón cuando afirmaba (¡ah, qué bien me
entendía con él!) que lo importante era no dejarse amedrentar por ninguna, como
Hércules en brazos de Onfalo. Y como quiera que no he querido, ni he podido, privarme
de las mujeres, me repetía tras cada huida amorosa:
-No te detengas; a por la siguiente. Aquella que, so pretexto de salvaguarda, quiso
atarme, unirme a ella por medio de un hilo, cierto es que tenso aunque inextensible, fue
justamente quien... Pero aún no ha llegado el momento de referirnos a ella.
De todas, Antíope fue quien más cerca estuvo de cazarme. Reina de las amazonas,
carecía, al igual que sus súbditas, de un pecho, si bien dicha falta no la deslucía en
absoluto. Entrenada en la carrera y la lucha, sus músculos eran firmes, tanto como los de
nuestros atletas. Luché contra ella. En mis brazos se debatía como una peonza.
Desarmada, se servía de uñas y dientes, furiosa por mis carcajadas, pues yo también me
ha-
llaba desarmado, y por no poder evitar amarme. Jamás poseí nada tan virginal. Y
apenas me importó, más tarde, que no amamantara a mi Hipólito, su hijo, más que con
un pecho. Casto, salvaje, de él quería hacer mi heredero. No tardaré en hablar del dolor
que inundó mi vida, pues no basta con ser y haber sido: debemos legar y hacerlo de
modo que ese ser no se acabe en uno mismo, me decía una y otra vez mi abuelo. Piteas
y Egeo eran mucho más inteligentes que yo; como también lo es Pirito. Pero me
reconocen cierto sentido común; el resto llega por añadidura, junto con el deseo, que
jamás me ha traicionado, de actuar correctamente. También mora en mi interior el
coraje que me lleva a lanzarme a audaces empresas. Era, asimismo, ambicioso: las
hazañas de mi primo Hércules que llegaban a mis oídos impacientaban mi juventud y
cuando, desde Trecen, donde me había criado, tuve que viajar a Atenas para unirme a
mi padre putativo, desoí los consejos, por sabios que eran, de embarcarme, siendo la
ruta de la mar mucho más segura. Lo sabía pero, por esos mismos peligros, la ruta
terrestre y el inmenso rodeo que debía dar me tentaban: se me presentaba, por fin, la
ocasión de demostrar mi valor. Todo tipo de bribones comenzaban a infestar el país y se
entregaban a sus fechorías desde que Hércules se había afeminado a los pies de Onfalo.
Tenía dieciséis años. Todo estaba de mi lado. Era mi hora. Me dejaba llevar por un
corazón que latía con fuerza. ¡Para qué quiero una ruta segura!, proclamaba. ¡Yo seré
quien limpie el camino! Despreciaba el reposo sin gloria y la comodidad, y la pereza.
Camino de Atenas, a través del istmo del Peloponeso, me puse a prueba y cobré
conciencia de la fuerza de mis brazos y mi corazón al acabar con algunos egregios
bandidos: Sinnis, Perifete, Procustes, Gerión (no, éste cayó ante Hércules, quería decir
Cerción). Cometí entonces un pequeño error en la persona de Escirón, un hombre digno,
de buena voluntad y hospitalario con los caminantes; pero me avisaron demasiado tarde
y, como ya le había dado muerte, decidí que debía de ser un asaltante.
Camino de Atenas, asimismo, en un campo de espárragos me sonrió mi primera
conquista amorosa. Perigone era grande y ágil. Yo acababa de matar a su padre y la
recompensé con un precioso hijo: Menalipos. Perdí de vista a uno y a otro cuando posé
mi vista en otra, pues no quería detenerme. Así, nunca estaba ocupado, ni me retenía el
pasado, tanto menos cuanto que tampoco me requería lo que aún me restaba por ha
cer; lo más importante parecía estar siempre por llegar.
No voy a perder el tiempo con las pequeñeces de un pasado en que no me comprometí
salvo lo justo. Pero heme aquí frente a una aventura admirable y sin parangón con las de
Hércules. Y debo extenderme en su relato.
III
Una historia demasiado complicada. Empezaré por decir que la isla de Creta era
poderosa. Su rey era Minos. Culpaba a Ática de la muerte de su hijo Androgeo y, a
modo de represalia, nos exigía un tributo anual: siete muchachos y siete muchachas
debían serle entregados para satisfacer, se decía, los apetitos del Minotauro, el
monstruoso hijo
que Pasifae, la esposa de Minos, concibió por obra de sus relaciones con un toro. El
azar designaba a las víctimas.
Aquel año yo acababa de llegar a Grecia. Aunque la suerte no me señaló, pues nunca
designa a los príncipes, exigí formar parte del grupo, no obstante la resistencia del rey,
mi padre. No sé valerme de mis privilegios, ni deseo distinguirme de mis semejantes
sino por mi gallardía. Deseaba vencer al Minotauro y liberar, al tiempo, a Grecia de
aquel abominable impuesto. Sentía, además, curiosidad por Creta, de donde sin cesar
nos llegaban objetos preciosos, ricos y peculiares. Así, partí junto a los trece restantes,
entre quienes se hallaba mi amigo Pirito.
Arribamos una mañana de marzo a Amnisos, una pequeña aldea que le sirve de puerto
a la cercana Cnossos, capital de la isla, donde Minos ordenó levantar su palacio y reside.
Debíamos llegar la noche anterior, pero una violenta tempestad nos retuvo. No bien
hubimos desembarcado, unos guardias armados nos rodearon, se apoderaron de mi
espada y de la de Pirito y, tras asegurarse de que no llevábamos más armas encima, nos
condujeron a presencia del rey, que se había desplazado desde Cnossos con su corte
para acudir a nuestro encuentro. Las gentes del pueblo, venidas en masa, se
apelotonaban alrededor de nosotros para contemplarnos. Los torsos de los hombres
estaban desnudos. Tan sólo Minos, sentado bajo su palio, lucía un vestido de una sola
pieza, cortado de una tela rojo oscuro que le caía por los hombros, formando pliegues
majestuosos, hasta llegar a los tobillos. En su pecho, semejante al del propio Zeus, se
disponían tres filas de collares. Aunque muchos cretenses gustan de adornarse con
semejante pedrería, su origen es vulgar; los de Minos, no obstante, estaban engastados
de gemas y piezas de oro cincelado a modo de flores de lis. La doble hacha presidía su
trono y con la mano derecha sostenía, por delante del cuerpo, un cetro de oro, de su
misma altura; con la otra, una flor trilobulada, cual la de los collares y, aunque mayor,
también de oro. Por encima de la corona de oro se erigía un penacho de plumas de pavo
real, avestruz y alción. Nos observó largamente, después de habernos dado la
bienvenida a su isla con una sonrisa que podía ser irónica, pues ya habíamos viajado
como reos. Junto a él, de pie, se encontraban la reina y las dos princesas, sus hijas. Al
instante tuve la sensación de que la mayor se fijaba en mí. Como la guardia se
dispusiera a llevársenos, la vi inclinarse hacia su padre y decirle en griego, pues aunque
lo hizo en voz baja, mi
oído es agudo: "Te lo suplico, no a éste", al tiempo que me señalaba con el dedo.
Minos sonrió de nuevo y ordenó a los guardias que me separaran de mis compañeros.
No bien estuve solo frente a él, comenzó a interrogarme.
Aun cuando me prometiera actuar con prudencia extrema y no desvelar en nada mi
noble abolengo, y mucho menos mi temeraria empresa, de súbito me pareció que más
valía jugar limpio, por cuanto había llamado la atención de la princesa y que nada la
uniría más a mí, ni me sería más útil para granjearme el favor del rey que declarar
abiertamente que era el nieto de Piteo. Aseguré incluso a media voz que, según se decía
en el Ática, era hijo del gran Poseidón. A lo que Minos objetó, grave, que para
esclarecer las cosas me sometería poco después a la prueba de la marea. Respondí, con
suficiencia, que no temía reto alguno, convencido como estaba de salir triunfante. Las
damas de la corte, e incluso el mismo Minos, se mostraron emocionadas ante mi
aplomo.
-Ahora -dijo Minos-, id a comer. Vuestros compañeros ya están en la mesa y os
aguardan. Después de una noche tempestuosa no cabe duda de que tendréis, como
decimos aquí, necesidad de tomar. Descansad. Cuento con que asistiréis, al final de la
jornada, a los juegos solemnes que celebramos con motivo de vuestra llegada. Más tarde
os conduciremos, príncipe Teseo, a Cnossos. Dormiréis en una alcoba de palacio y
mañana participaréis en el ágape vespertino, una cena sencilla, familiar, donde os
sentiréis a gusto y durante la cual las damas estarán dichosas por oír el relato de vuestras
primeras hazañas. Dispongámonos ahora a asistir a la fiesta. Ahí nos reuniremos y vos y
vuestros compañeros ocuparéis los asientos que se encuentran bajo la tribuna real,
habida cuenta de vuestro título de príncipe que, por extensión, glorificará a vuestros
compañeros de quienes, con todo, no quiero distinguiros públicamente.
Los fastos tuvieron lugar en un majestuoso hemiciclo abierto al mar. Acudió un gran
número de espectadores, tanto hombres como mujeres, procedentes de Cnossos, de
Litos, e incluso de Gortina, a pesar de los, me dijeron, doscientos estadios de distancia,
así como de otras ciudades y poblaciones vecinas y del campo que, según parece, está
densamente habitado. Todo me sorprendió y me es imposible asegurar hasta qué punto
me resultaron extraños los cretenses. Como les fuera imposible encontrar plazas en las
gradas del anfiteatro, caminaban a empellones por los pasillos y los escalones. Las
mujeres, tan numerosas como los hombres, mostraban en su mayoría la espalda
desnuda; algunas, apenas unas pocas, lucían un cuerpo escotado en exceso, según una
costumbre que me pareció, debo confesarlo, impúdica pues dejaba al descubierto los
senos. Ellos y ellas, ceñidos hasta el absurdo por corpiños bajos y cinturones, se
asemejaban a relojes de arena. Los hombres, de uniforme piel morena, mostraban en las
manos, muñecas y cuello casi tantos anillos, brazaletes y collares como las mujeres, de
piel blanca. Los semblantes eran lampiños, con la sola excepción del rey, de
Radamante, su hermano, y de su amigo Dédalo. El vestuario de las damas de la corte,
aposentadas en el estrado situado por encima del que nos habían asignado, con una
posición privilegiada sobre la arena, desplegaba un lujo prodigioso, al igual que en los
ornamentos.
Todas vestían faldas con volantes, que se henchían a la altura de las caderas y caían
hasta los pies, calzados con botines de cuero blanco, formando arrequives bordados;
entre todas, la reina, en el centro del estrado, destacaba por su boato. Mostraba al
descubierto los brazos y el inicio del pecho. Sobre sus senos generosos se repartían
perlas, esmeraldas y pedrería. Era mujer de labios carnosos, nariz respingona y enormes
ojos vacíos, de mirada, se diría, bovina. Una suerte de diadema de oro la tocaba, aunque
no culminaba su cabellera sino un ridículo sombrero de tela que, atravesado por la
diadema, acababa en una punta inclinada, como un cuerno frontal. El corpiño, que
descubría su busto hasta la cintura, ascendía por la espalda para acabar en un inmenso
cuello de boca. La falda, alrededor de su talle, dejaba admirar sobre un fondo crema,
escalonados en tres filas, iris púrpuras, azafranes y, a los pies, hojas de violeta bordadas.
Al volverme, pues quedaba a sus pies, me maravillaba tanto la belleza de la elección de
los colores y del diseño como la finura y perfección del trabajo.
Ariadna, la hija mayor, a la derecha de su madre, presidía la corrida, menos
suntuosamente ataviada que la reina y con colores diferentes. Su falda, como la de su
hermana, no constaba más que de dos hileras de bordados: en el superior, perros y
ciervas; en el inferior, perros y perdices. En Fedra, algo más joven y a la izquierda de
Pasifae, la superior mostraba unos niños corriendo; la inferior, unos chiquillos
agachados, jugando a las canicas. Sentía un placer casi infantil ante semejante
espectáculo. Apenas la observaba, atónito por tanta novedad; con todo, no dejaba de
deslumbrarme la agilidad, la presteza y la flexibilidad de los acróbatas que salieron a la
arena una vez los corifeos, las bailarinas y los luchadores les hubieron cedido el
escenario. Yo, que en breve debía enfrentarme al Minotauro, me aleccionaba
observando sus piruetas y sus pasos, cuyo objeto no era sino cansar y aturdir al toro.
IV
Cuando Ariadna hubo hecho entrega del último premio al último ganador, Minos,
levantada la sesión y escoltado por los miembros de la corte, me ordenó presentarme
ante él en solitario.
-Ahora deseo conduciros, príncipe Teseo -me dijo-, a un lugar a orillas del mar para
someteros a la prueba que nos demostrará si realmente sois hijo del dios Poseidón, tal
como asegurabais hace un momento. Así, me guió a un saliente rocoso a cuya base iban
a morir las olas del mar.
-Lanzaré al piélago mi corona -prosiguió el rey-, y confío en que os zambulliréis para
devolvérmela.
Nos acompañaban la reina y las princesas, deseosas de presenciar la hazaña, de modo
que, enardecido por su presencia, objeté:
-¿Soy acaso un perro para llevarle un objeto, aun tratándose de una corona, a su amo?
Dejad que me sumerja sin cebos. De mi inmersión os traeré algún objeto que probará mi
linaje.
Pero no me detuve ahí. Un viento fuerte que se acababa de levantar arrebató el chal de
los hombros a Ariadna. El soplo de aire lo condujo hacia mí. Lo sostuve, sonriendo,
como si la princesa o algún dios me lo hubieran ofrecido. De inmediato, despojándome
del jubón que me envaraba, me ceñí el chal en torno de los riñones, lo pasé por la
entrepierna y lo até por la parte delantera. Si bien parecía más un acto de pudor antes
que el deseo de no exponer mi virilidad ante aquellas mujeres, lo cierto es que me sirvió
para disimular el cinturón de cuero que aún conservaba y del que colgaba una escarcela.
Su interior no contenía piezas de metal sino piedras preciosas procedentes de Grecia,
pues sabía que la pedrería conserva su valor en todo el mundo.
Así pues, tras inspirar profundamente, me zambullí.
Me dejé arrastrar hasta las profundidades y no emergí hasta haber sacado de la
escarcela un ónice y dos crisoprasas. De nuevo en la orilla, ofrecí, desplegando toda mi
galantería, el ónice a la reina y, a cada una de las princesas, las crisoprasas, fingiendo
haberlas recogido del fondo o, mejor aún, pues no era verosímil que semejantes piedras,
tan escasas en nuestro suelo, se encontraran con facilidad en las profundidades, ni que
yo hubiera tenido tiempo de recogerlas, afectando que el mismísimo Poseidón me las
había ofrecido para poder obsequiarlas a las damas, demostración suprema de mi origen
divino y de la protección que me brindaban los dioses.
Al instante, Minos me devolvió mi espada.
Poco después llegaron unos carros que nos llevaron a Cnossos.
VI
VII
VIII
Vi entrar a un joven, más o menos de mi edad, que, en la penumbra, era de una belleza
extraordinaria. Su melena rubia le caía, rizada, sobre los hombros. La mirada fija
parecía no detenerse en los objetos. Desnudo hasta la cintura, un corpiño metálico ceñía
su talle. Un taparrabos de tela oscura y cuero, tal como creí advertirlo, le llegaba hasta
la parte superior de la ingle y quedaba fijado por un extraño nudo ancho y hueco. Unos
botines de cuero blanco, como indicando que se disponía a salir, llamaron mi atención;
pero sólo su espíritu se movía. No parecía vernos. Al tiempo que, sin duda, proseguía
con su caminar espiritual, decía:
-Así, ¿quién empezó? ¿El hombre o la mujer? ¿Es acaso femenino lo Eterno? ¿Del
vientre de qué Abuela provenís, formas múltiples? ¿Qué progenitor os ha fecundado?
Dualidad inadmisible. En ese caso, el dios es el niño. Mi mente se niega a dividir a
Dios. No admito la división más que con el ánimo de combatirla. Con dios, hay guerra.
No existen los dioses, sino un Dios. El reino de Dios es la paz. Todo se reabsorbe y se
reconcilia en el único.
Se interrumpió un instante antes de proseguir:
-Para dar sentido a lo divino, el hombre debe localizarlo y reducirlo. Dios es confuso.
Los dioses son múltiples. Él es inmenso; ellos, locales.
Volvió a guardar silencio y al poco prosiguió con voz temblorosa, angustiada: -¿Qué
razón hay en todo eso, Dios límpido? Tantas penas, tantos esfuerzos... ¿Y para qué? ¿La
razón de ser? ¿Y de buscar razones en todo? ¿Hacia dónde decantarse, sino hacia Dios?
¿Cómo dirigirse a Él? ¿Dónde detenerse? ¿Cuándo podremos decir: así sea, no va más?
¿Cómo llegaremos a Dios desde el hombre? Si parto de Dios, ¿alcanzaré mi ser? No
obstante, ¿no es acaso Dios una creación del hombre tanto como nosotros lo somos de
Él? En la encrucijada de los caminos, en el corazón mismo de dicha cruz, ahí desea
permanecer mi espíritu.
Mientras así hablaba, las venas de la frente se le marcaban y el sudor le chorreaba por
las sienes. O eso creí ver, pues no podía distinguirlo con claridad en la penumbra; pero
oía su respiración, como quien hace un esfuerzo sobrehumano.
Hizo otra pausa y volvió a comenzar:
-No sé dónde empieza Dios, y menos aún dónde termina. Sería más claro si dijera que
nunca deja de empezar. ¡Ah! ¡Cómo me embriagan los pues, los ya que, los como!
Razonar, deducir... El silogismo más hermoso no me devuelve sino aquello con que lo
había formado. Si uso a Dios, lo obtengo. No se me aparece más que planteándolo. He
recorrido todos los caminos de la lógica. Estoy cansado de vagabundear
horizontalmente. Trepo y deseo tomar impulso. ¡Abandonar las sombras, los despojos,
rechazar el peso del pasado! El azur me llama, ¡oh, poesía! Siento cómo las alturas me
sustraen. Espíritu humano, allá donde asciendas, te seguiré. Mi padre, experto en
mecánica, sabrá brindarme los medios. Iré solo. Soy audaz. Encabezaré la marcha. No
hay más victoria posible. Hermosa inteligencia, demasiado tiempo atrapada en la
resolución de los problemas, te dispones a explorar un camino no trazado. Desconozco
el atractivo que me llama; pero sé que la meta es única: Dios.
Entonces, se apartó de nosotros retrocediendo hasta alcanzar la colgadura, la levantó y
la dejó caer sobre su persona.
-Pobre hijo amado -dijo Dédalo-. Como creyera que no lograría escapar del laberinto y
desconocedor de que se hallaba en su interior, atendí a su petición y le construí unas
alas que le permitirían huir volando. No creía que hubiera más salida que el cielo,
cerrados como estaban los senderos terrestres. Sabía de su predisposición mística y no
me sorprendió su deseo. Un deseo no sublimado, como habrás podido percibir al
escucharlo. A pesar de mis advertencias, quiso subir demasiado y se jactó de sus
fuerzas. Cayó al mar. Murió.
-¡Es imposible! -exclamé-. Acabo de verlo vivo hace un instante.
-Sí -continuó-, acabas de ver a alguien que te ha parecido vivo. Pero está muerto.
Teseo, temo que tu mente, a pesar de ser griego, es decir sutil y abierto a todas las
verdades, no. pueda seguirme pues yo mismo, debo reconocerlo, he tardado mucho en
comprenderlo y admitirlo: cada uno de nosotros, cuya alma, el día que sea valorada por
la balanza suprema, no será juzgada a la ligera, no vive únicamente su vida. Con el
tiempo, el humano se desarrolla, cumple con su destino y muere. Pero el tiempo mismo
existe en otro plano, el verdadero, el eterno, donde cada gesto se inscribe según su
significado particular. Ícaro era, antes de nacer y lo sigue siendo tras su muerte, la
imagen de la inquietud humana, de la búsqueda, del impulso poético, y lo encarnó
durante su corta vida. Actuó como él mismo; pero con él no se acaba su persona. Así
sucede con los héroes. Sus gestos perduran y, retomados por la poesía, por las artes, se
erigen en símbolos continuos. Y de ahí que Orión, el cazador, persiga aún, por los
campos elíseos asfódelos, a todas las bestias que cazó en vida; y en el cielo se eterniza
con el tahalí su representación estrellada. Y de ahí que Tántalo esté eternamente
sediento, y que Sísifo empuje sin cesar, hacia una cima inalcanzable, la pesada roca que
arrastra una y otra vez las preocupaciones que lo atormentaban en los tiempos en que
reinaba en Corinto. Debes saber que, en los Infiernos, no hay peor castigo que trazar
eternamente el gesto inacabado en vida.
"Así como, en toda la fauna, cada animal puede morir sin que la especie a la que
pertenece se vea empobrecida, porque no hay individuos entre las bestias, mientras que,
por el contrario, entre los hombres no cuenta sino el individuo; así Minos vive en
Cnossos preparando su carrera de juez de los Infiernos; y así Pasifae y Ariadna se dejan
mecer ejemplarmente por su destino; y tú mismo, ¡oh Teseo!, por ajeno que parezcas y
creas serlo, no escaparás, como tampoco escaparon Hércules, o Jasón, o Perseo, a la
fatalidad que os ha dado la vida.
"Sepas, pues mi mirada aprendió el arte de discernir, en el presente, el futuro, sepas
que te restan por hacer grandes cosas, y en un entorno totalmente opuesto al de tus
proezas pasadas, cosas que convertirán esas proezas, en el futuro, en juegos de niños.
Aún debes fundar Atenas, donde entronizarás el saber.
"Así, no te afanes en el laberinto, ni en los brazos de Ariadna, una vez consumado el
terrible combate del que saldrás triunfante. Sigue adelante. Considera la pereza como
una traición. No busques reposo, una vez cumplido tu destino, sino en la muerte.
Solamente así, superada la apariencia de la muerte, el reconocimiento de los hombres te
concederá la vida eterna. Sigue adelante, no te detengas, continúa tu camino, valiente
fundador de ciudades.
"Escucha ahora, ¡oh Teseo!, y recuerda mis instrucciones. Vencerás sin esfuerzo al
Minotauro pues, bien manejado, no es tan fiero como lo pintan. Dicen que se alimenta
de carnaza, pero ¿cuándo han devorado los toros únicamente pasto? Entrar en el
laberinto es fácil. Nada hay más penoso que salir de él. No encontrarás a nadie que no
se haya perdido antes. Y para volver sobre tus pasos, pues éstos no dejan huella, debes
unirte a Ariadna con un hilo. Te he preparado algunos carretes que llevarás y
desenrollarás conforme avances, atando el extremo. del rollo consumido al inicio del
siguiente, de modo que no se interrumpa. Y rebobinarás el hilo a tu retorno, hasta llegar
al extremo que sostendrá Ariadna. No sé a qué tanta insistencia; es tan sencillo como
decir "buenos días". Será arduo, no obstante, conservar hasta el final del carrete la
inquebrantable resolución de retornar, resolución que los perfumes y el olvido que
instilan, que tu propia curiosidad, que todo, tratará de consumir. Te lo he dicho y no me
queda nada más que añadir. Aquí tienes los carretes. Adiós.
Dejé a Dédalo y fui al encuentro de Ariadna.
IX
Aquellos carretes fueron la causa de la primera disputa entre Ariadna y yo. Quería que
se los entregara y pretendía conservar en su regazo los carretes que me había confiado
Dédalo, aduciendo que era tarea propia de mujeres enrollarlos y desenrollarlos, algo en
lo que se reconocía especialmente ducha, impidiendo así que me ocupara yo de ellos; en
verdad, sin embargo, deseaba ser dueña de mi destino, algo que yo no consentí de
ningún modo. Temía asimismo que, al desenrollarlos a regañadientes para permitirme
que me alejara de ella y al retener el hilo o al tirar de él, me impediría avanzar según mi
voluntad. Resistí, a pesar de sus lágrimas, supremo argumento de las mujeres, sabedor
de que cuando uno da el primer paso no hay vuelta atrás.
El hilo no era ni de lino ni de lana, sino que lo había fabricado Dédalo con un material
desconocido, contra el que ni siquiera mi espada, como lo comprobé, podía hacer nada.
Dejé la espada en manos de Ariadna, resuelto como estaba, después del discurso de
Dédalo sobre la superioridad que confieren al hombre los instrumentos sin los que me
habría sido imposible derrotar a los monstruos, resuelto, decía, a enfrentarme al
Minotauro sin más fuerza que la de mis brazos. En la entrada del laberinto, un porche
adornado con la doble hacha que figuraba por toda Creta, le rogué a Ariadna que no se
alejara. Quiso atarme a la muñeca el extremo del hilo mediante un nudo que se
pretendía conyugal; posteriormente me besó en los labios durante un instante que me
pareció interminable. Estaba ansioso por ponerme en marcha.
Me habían precedido mis trece compañeros y compañeras, y entre ellos Pirito; y me
tropecé con ellos, ya en la primera sala, totalmente alelados por los perfumes. He
olvidado decir que, con el hilo, Dédalo me había entregado un retal de tela impregnad
con un poderoso antídoto contra los vapores, instándome a que lo usara a modo de
mordaza. Ariadna, en el porche, había querido apoderarse de él. Gracias a la tela, aun
cuando me costara respirar, pude mantenerme lúcido mientras navegaba por aquel mar
embriagador y dominar mi voluntad. No obstante, de vez en cuando me quedaba sin
aliento, pues, ya lo he mencionado, no me siento a gusto más que al aire libre, y me
sentía oprimido por la atmósfera ficticia de aquel lugar.
Mientras desenrollaba el hilo, penetré en una segunda sala, más oscura que la primera;
llegué a otra más oscura aún; y a otra, que sólo pude recorrer a tientas. Mi mano,
apoyada contra el muro, tropezó con el pomo de una puerta que abrí para dejar paso a
un haz de luz. Había llegado a un jardín. Ante mí, en un parterre donde florecían
ranúnculos, adonis, tulipanes, junquillos y claveles, vi al Minotauro, tendido. Por
fortuna dormía; habría debido apresurarme y aprovechar aquel sueño, pero algo me
retuvo y detuvo mi brazo: el monstruo era bello. Tal como sucede con los centauros,
cierta armonía aunaba en él a la bestia y al hombre. Era, asimismo, joven y su juventud
añadía un extraño encanto a aquella belleza; me enfrentaba a unas armas más fuertes
que la fuerza y ante las que debería reunir todo mi coraje. No hay mejor modo de luchar
que con la ayuda del odio, pero me resultaba imposible odiarlo. Lo contemplé unos
instantes. Pero abrió un ojo. Y en ese momento vi que era estúpido y comprendí que
debía actuar...
Lo que hice a continuación, lo que sucedió, apenas puedo recordarlo con exactitud.
Aunque conservaba el paño, los vapores de la primera sala habían adormecido mi
mente; afectaban mi memoria y, aunque derroté al Minotauro, no guardo más que un
recuerdo confuso, voluptuoso. Suficiente, pues me niego a librarme a la fantasía.
Recuerdo, como en un sueño, el encanto del jardín, tan embriagador que me era
imposible alejar de él mis pensamientos. Y a regañadientes, por culpa del Minotauro,
regresé, rebobinando el carrete, a la primera sala, donde me uní a mis compañeros.
Estaban sentados ante un festín de manjares, desconozco quién y cómo los había
llevado hasta ahí, y engullían, bebían, se manoseaban y reían a carcajadas, como locos o
idiotas. Cuando quise llevármelos, protestaron afirmando que se encontraban a gusto y
que no tenían intención de partir. Insistí, les respondí que estaba ahí para salvarlos.
-¿Para salvarnos de qué? -exclamaron y, coaligados de súbito en mi contra, me
injuriaron.
Me entristecí enormemente por causa de Pirito. Apenas me reconocía, renegaba de la
virtud, se burlaba de su propio valor y proclamaba sin vergüenza que no estaba
dispuesto a abandonar aquel presente bienestar por toda la gloria del mundo. Con todo,
no podía enfadarme con él, pues sabía que, de no haber sido advertido por Dédalo, yo
me habría sumido en semejante estado, habría repetido sus palabras, las palabras de
todos ellos. Tuve que golpearlos, propinarles puñetazos, patadas, para obligarles a
seguirme. Tanta era su ebriedad que fueron incapaces de oponer resistencia.
De salida del laberinto, con graves esfuerzos recuperaron el sentido y el temple, algo
que no estuvo exento de tristeza. Tenían la impresión, me confesaron posteriormente, de
haber abandonado una cumbre de beatitud para adentrarse en un angosto y oscuro valle,
regresando cada uno a su prisión interior, de donde les sería ya imposible escapar. Con
todo, Pirito seguía confuso al recordar aquella pasajera depravación y prometió
redimirse con exceso de celo. Poco después se le presentaría la ocasión de mostrarme su
devoción.
XI
XII
Confiaba en Fedra ciegamente. Había visto, cada mes, crecer su gracia. Rezumaba
virtud. Comoquiera que la arrebatara tan joven de la perniciosa influencia de su familia,
temía que en su interior no permanecieran todas las simientes. Evidentemente, tenía
algo de su madre y cuando posteriormente trató de excusarse asegurando ser
irresponsable y estar predestinada, era menester reconocer que no carecía de cierto
fundamento. Pero eso no era todo: creo, asimismo, que desdeñaba demasiado a
Afrodita. Los dioses se vengaron y en vano, algún tiempo después, trató de apaciguar a
la diosa con un exceso de ofrendas e imploraciones. Pues Fedra era pía, pese a todo.
Todos los miembros de su familia eran píos. Aunque, sin duda, era molesto que cada
uno de ellos dirigiera sus votos a un dios diferente. Pasifae, a Zeus; Ariadna, a Dionisos;
yo veneraba, especialmente, a Palas Atenea y Poseidón, con quien me unía un
compromiso secreto y que, para mi infortunio, me respondía de tal modo que no debía
suplicar en vano. Mi hijo, el que tuve con la amazona y al que amaba por encima de
todo, adoraba a Artemisa, la cazadora. Su comportamiento, como el de ella, era casto,
tanto como el mío disoluto a su edad. Recorría las breñas, los bosques, desnudo bajo la
luna; rehuía la corte, las asambleas, las sociedades de mujeres, y no se encontraba a
gusto más que entre sus perros, persiguiendo hasta la cima de los montes o por los
caminos de los valles la huida de los animales salvajes. Solía criar caballos, los
conducía hasta la arena de las playas para cabalgar por la orilla del mar. ¡Cómo lo
amaba! Hermoso, orgulloso, insumiso; no era a mí, ciertamente, a quien veneraba, ni a
las leyes, sino a las convenciones que restringen las afirmaciones y fatigan el valor del
hombre. A él deseaba como heredero. Podría dormir tranquilo, una vez confiadas las
riendas del Estado a sus manos puras, pues lo sabía inaccesible tanto a las amenazas
como a las adulaciones.
Que Fedra se enamoró de él no lo supe hasta más tarde. Habría debido sospecharlo,
semejante como era a mí; semejante, quiero decir, a lo que yo era a su edad. Pero me
hacía viejo y Fedra continuaba extraordinariamente joven. Tal vez aún me amara, pero
como se ama a un padre. No es saludable, lo supe a mi pesar, que exista tal diferencia de
edad entre los esposos. Pero no puedo perdonarle no tanto aquella pasión, tan natural
como a medias incestuosa, como, sabedora de que no podría saciarla, el haber acusado
calumniosamente a mi Hipólito, imputándole la impura llama que la consumía. Padre
ciego, marido en exceso confiado, creí sus palabras. ¡Por una vez que me doblegaba a
las protestas de una mujer! Sobre mi hijo invoqué la venganza del dios. Y mi plegaria
fue atendida. Los hombres, cuando se dirigen a los dioses, no saben que, a menudo, los
dioses los satisfacen para su desdicha. Por una voluntad súbita, irracional, apasionada,
me vi asesino de mi hijo. Y aún no he hallado consuelo. Que Fedra, poco después,
consciente de su fechoría, se inmolara, fue lo correcto. Pero hoy, privado incluso de la
amistad de Pirito, me siento solo; y soy viejo.
Edipo, cuando ingresó en Colon, expulsado de Tebas su patria, sin ojos, desgraciado,
por miserable que fuera, tenía junto a él, cuando menos, a sus dos hijas, cuya ternura
constante aplacaba sus males. Su empresa había naufragado totalmente. Yo salí
victorioso. Incluso la duradera bendición que aportan sus restos al país en que reposan
no recaerán sobre la ingrata Tebas, sino sobre Atenas.
Que de aquel encuentro de nuestros destinos en Colon, aquella suprema confrontación
en la encrucijada de ambas carreras, se haya hablado tan poco me sorprende. La
considero la cúspide, la coronación de mi gloria. Hasta aquel día lo había sometido
todo, todos se habían sometido a mi persona, a excepción de Dédalo, aunque éste era
mucho mayor que yo; e incluso él se me sometió. En nadie más salvo en Edipo
reconocía una nobleza igual a la mía; sus males no hacían sino magnificarlo a mis ojos.
Sin duda, yo había triunfado siempre y en todo lugar; aunque, comparado con Edipo,
mis triunfos me parecieron humanos e incluso inferiores. Él había hecho frente a la
Esfinge; había enfrentado al Hombre al enigma y había osado oponerlo a los dioses.
¿Cómo?
¿Por qué Edipo había aceptado su derrota? Al arrancarse los ojos, ¿acaso no había
contribuido a ello? Había, en aquel espantoso atentado contra sí mismo, algo que no
acertaba a comprender. Le expuse mi asombro. Su explicación, debo confesarlo, no me
satisfizo en absoluto. O tal vez no la comprendiera bien.
-Cedí a un momento de furia-me confesó-, es cierto, que no podía volver más que
contra mi persona. ¿Con quién si no podía haberme ensañado? Ante la inmensidad del
horror acusador que acababa de descubrirse en mí, sentí la imperiosa necesidad de
protestar. No quería acabar tanto con mis ojos como con el velo, con el decorado contra
el que me debatía, con la mentira en que había dejado de creer, y llegar así a la realidad.
"¡Pero no! No pensaba precisamente en nada. Actué por instinto. Me arranqué los ojos
para castigarlos por no haber sabido ver una evidencia que, como se ha dicho, habría
tenido que cegarme. Pero, a decir verdad, no sé cómo explicártelo... Nadie comprendió
el grito que lancé en aquel momento: "¡Oh, oscuridad, mi luz!" Y tú tampoco lo
entiendes, lo noto. Lo interpretaron como un lamento; era una constatación. El grito
significaba que la oscuridad se me iluminaba de súbito con un resplandor sobrenatural,
arrojando luz sobre el mundo de las almas. Significaba, el grito: ¡Oscuridad! ¡Tú, a
partir de ahora, serás mi luz! Y al tiempo que el firmamento azulado se me cubría de
tinieblas, las estrellas poblaban mi cielo interior.
Se calló y, por unos instantes, quedó sumido en una meditación profunda antes de
continuar:
-Desde los días de mi juventud pasé por clarividente. Lo era a mis propios ojos.
¿Acaso no había sido el primero, el único, en saber la respuesta al enigma de la Esfinge?
Con todo, desde que mis ojos carnales, por mis propias manos, se han sustraído a las
apariencias he empezado, creo, a ver de veras. Sí; al tiempo que el mundo exterior se
nublaba para siempre jamás a los ojos del cuerpo, una suerte de nueva mirada se abría
en mí, mostrándome las perspectivas infinitas de un mundo interior que el mundo
aparente, el único existente para mí hasta aquel momento, me había hecho
menospreciar. Y ese mundo insensible, entiéndeme, inasible a los sentidos, es, por fin lo
sé, el único cierto. El resto es una ilusión que nos engaña y ofusca nuestra
contemplación de lo Divino. "Debemos dejar de ver el mundo para ver a Dios", me dijo
un día el sabio ciego Tiresias. En aquel momento no lo comprendí, como tú, ¡oh Teseo!,
siento que tampoco me comprendes.
-No voy a negar -le respondí- la importancia de ese mundo intemporal que, gracias a tu
ceguera, has descubierto. Pero lo que me resisto a comprender es por qué lo opones al
mundo exterior en el que vivimos y actuamos.
-Porque por vez primera -contestó-, gracias al ojo interior que percibe aquello que
jamás se me había aparecido, he cobrado conciencia repentina de esto: que había basado
mi soberanía humana en un crimen y que todo lo que siguió estaba, por consiguiente,
mancillado. No sólo mis decisiones personales, sino las de los dos hijos en que
abandoné la corona. Pues renuncié inmediatamente a la peligrosa realeza que mi crimen
me había otorgado. Y ya conoces las fechorías a que se han entregado mis vástagos y la
ignominia que pesa sobre todo aquello que pueda engendrar la humanidad pecadora,
uno de cuyos ilustres ejemplos son mis tristes hijos. Pues, en tanto que fruto de un
incesto, sin duda ellos están particularmente maculados. Mas pienso que existe una tara
original que alcanza a toda la humanidad, de modo que incluso los mejores están
tocados por ella, tienden al mal, a la perdición, y que el hombre no sabrá renunciar a ella
sin el divino auxilio que le lave aquella mancha primera y lo indulte.
Volvió a guardar silencio por unos instantes, como deseoso de sumirse de nuevo en las
tinieblas, pero continuó:
-Te sorprende que me haya arrancado los ojos, y yo también me sorprendo. Mas, ese
gesto, desconsiderado, cruel, tal vez oculte algo más, una secreta necesidad de acabar
con mi fortuna, de revivir mi dolor y cumplir con un heroico destino. Tal vez presintiera
vagamente lo que hay de magnánimo y redentor en el sufrimiento, tanto que al héroe le
repugna librarse a él. Creo que ahí se afirma su grandeza y que su valor no se realiza
totalmente hasta haber sucumbido, forzando así el reconocimiento de las estrellas y
desarmando la venganza de los dioses. Sea como fuere, y por deplorables que puedan
haber sido mis errores, el estado de felicidad suprasensible que he alcanzado
recompensa ampliamente hoy todos los males que he debido sufrir y sin los cuales, no
me cabe duda, no habría podido llegar.
-Estimado Edipo -le dije cuando comprendí que había acabado de hablar-, no puedo
sino alabarte por esta suerte de sabiduría sobrehumana que profesas. Mas mi
pensamiento, en esta senda, no sabría acompañar al tuyo. Soy hijo de esta tierra y creo
que el hombre, cualesquiera sean sus orígenes o sus defectos originales, debe jugar las
bazas de que dispone. Sin duda supiste valerte de tu infortunio para alcanzar un contacto
más íntimo con lo que llamas divino. Asimismo, no dudo que una especie de bendición
ha caído sobre tu persona y que se extenderá, tal como dicen los oráculos, a la tierra en
que reposes por siempre jamás.
No añadí que lo que deseaba era que aquella tierra fuera la del Ática y me congratulé
de que los dioses hubieran sabido llevar Tebas hasta mi persona.
Si comparo mi destino con el de Edipo, puedo sentirme satisfecho. No ha quedado
nada por hacer. Atrás queda la ciudad de Atenas. La he amado, más aún que a mi mujer
y a mi hijo. Hice de ella mi ciudad. Mi pensamiento, a mi muerte, sabrá habitarla
inmortalmente. Y me acerco, por mi propio pie, a la muerte solitaria. He saboreado los
bienes de la tierra. Me resulta reconfortante pensar que después de mí, gracias a mí, los
hombres se reconocerán más afortunados, mejores y más libres. Mi obra no tiene más
sentido que el bien de la humanidad futura. He vivido.
FIN