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Políticas de la zona en Saer y provincianos

Este documento discute cómo la literatura latinoamericana contemporánea ha sido abordada principalmente desde perspectivas externas centradas en la novela. Se argumenta que estos análisis se basan en un corpus limitado que circula en el Norte global pero no necesariamente representa la diversidad de la literatura producida en América Latina, especialmente fuera de los centros. Se propone explorar otros corpus y autores menos visibles.
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Políticas de la zona en Saer y provincianos

Este documento discute cómo la literatura latinoamericana contemporánea ha sido abordada principalmente desde perspectivas externas centradas en la novela. Se argumenta que estos análisis se basan en un corpus limitado que circula en el Norte global pero no necesariamente representa la diversidad de la literatura producida en América Latina, especialmente fuera de los centros. Se propone explorar otros corpus y autores menos visibles.
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CECIL

Cahiers d'études des cultures ibériques et latino-


américaines
9 | 2023
Tensiones locales y globales en el siglo XXI: América
Latina (re)definida por sus escritores

Políticas de la zona. A propósito de Juan José Saer y


otros «provincianos»
Politiques de la « zone ». À propos de Juan José Saer et d’autres « provinciaux »
Politics of the «zone». About Juan José Saer and other «provincials»

Jorge J. Locane

Edición electrónica
URL: https://journals.openedition.org/cecil/3971
DOI: 10.4000/cecil.3971
ISSN: 2428-7245

Editor
Université Paul Valéry Montpellier 3

Referencia electrónica
Jorge J. Locane, «Políticas de la zona. A propósito de Juan José Saer y otros «provincianos»», CECIL
[En línea], 9 | 2023, Publicado el 01 enero 2023, consultado el 26 abril 2023. URL: http://
journals.openedition.org/cecil/3971 ; DOI: https://doi.org/10.4000/cecil.3971

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Políticas de la zona. A propósito de Juan José Saer y otros «provincianos» 1

Políticas de la zona. A propósito de


Juan José Saer y otros
«provincianos»
Politiques de la « zone ». À propos de Juan José Saer et d’autres « provinciaux »
Politics of the «zone». About Juan José Saer and other «provincials»

Jorge J. Locane

«Saer, excepto en Santa Fe y Rosario, era nadie»


(Sarlo 2016, 11)
«Un escritor, cuando construye su obra, ocupa el
centro del universo» (Saer, en Piglia y Saer 1995,
65)

1.
1 En un ensayo hoy muy divulgado donde proponía un mapeo de la narrativa
latinoamericana contemporánea, Jorge Fornet escribía:
[…] me inclinaría a decir –parafraseando a Jameson– que ambas tendencias, la de
McOndo y la del Crack, encarnan la lógica cultural del neoliberalismo
latinoamericano. Pero desde luego, lo demás no es silencio. Fuera de esos dos focos
de atención se halla casi toda la literatura actual, cuyos autores […] no renuncian a
moverse en un espectro amplio1.
2 A más de quince años de tal observación, los síntomas de que la crítica metropolitana
con vocación latinoamericanista se haya hecho eco de ella son todavía escasos. Desde
mediados de los 90, el debate más visible, por regla general anclado a los centros
occidentales de producción de saberes y capitalizado económicamente por los grandes
grupos editoriales, ha girado en torno a los desmarques identitarios que –se sostiene–,
al pulso de la actual fase de la globalización, vienen minando los límites de lo que había
sido construido como «literatura latinoamericana» en un proceso que va del arielismo a
las políticas culturales de Casa de las Américas. Al tratarse de apreciaciones extraídas

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Políticas de la zona. A propósito de Juan José Saer y otros «provincianos» 2

de un corpus, en realidad, muy específico y funcional, lo que ha logrado la operación de


sobrevisibilización de esas «tendencias» es, antes que cualquier otra cosa, un
empobrecimiento del discurso crítico que muchas veces se resuelve en datos de
superficie como el lugar donde tiene lugar la diégesis o el carácter inestable de la
residencia de un personaje. Dentro de este horizonte de análisis –que bien puede ser
evaluado como un efecto de mercado–, apenas se ha dicho algo sobre la forma; muy
poco –aunque se defienden hipótesis generales sobre «la literatura»– sobre
configuraciones textuales que no se presentan como novela.
3 Las palabras clave para esta operación crítica han sido diáspora, nomadismo,
desterritorialización, desarraigo, posnacional, transnacional, posidentitario, itinerante,
no-lugar, etc. Ejemplar en este sentido, es un libro de 2001 que sí hizo escuela: Literatur
in Bewegung, de Ottmar Ette. En 2008 salió una versión en castellano de donde extraigo
el siguiente pasaje:
[…] no sólo a causa de los continuos flujos migratorios, que hace tiempo se han
convertido en un fenómeno planetario, las literaturas del siglo XXI serán en su
mayoría literaturas sin residencia fija, literaturas que tratarán de sustraerse a los
intentos de una terminante (re-) territorialización2.
4 Postulados de este tipo –como voy a mostrar más adelante– han comenzado a ser
relativizados y, por lo tanto, hoy se revelan como prematuros, impetuosos o
voluntaristas, pero, para mayor exactitud, habría que señalar el carácter sesgado,
situado y tendencioso que define la operación. Sesgado, en la medida que las
conclusiones se extraen de un corpus preseleccionado en función de la hipótesis.
Situado, en tanto se trata de una perspectiva analítica anclada a un lugar de residencia
fija: un lugar concreto en Alemania o, vale decir, el Norte global. Tendencioso, puesto
que sirve para avalar una ideología de inspiración liberal donde el tránsito o los flujos
constituyen, a priori, valores universales e inalienables.
5 Además de insistir en los términos anotados arriba, varios de los abordajes
panorámicos3 que han intentado dar cuenta del estado de la cuestión de la literatura
latinoamericana en el siglo XXI tienden a coincidir en ciertos patrones estructurales: 1.
Los argumentos y mapeos suelen estar centrados en la novela aunque las conclusiones
adquieran un alcance genérico siempre más amplio; 2. Se trata, normalmente, de
estudios publicados en editoriales europeas o estadounidenses; 3. Las autoras o autores,
ya sea de monográficos o contribuciones a un volumen colectivo, residen y trabajan en
Europa o Estados Unidos. A modo de ejemplo, el volumen editado por Rike Bolte y
Susanne Klengel lleva como título Sondierungen: Lateinamerikanische Literaturen im 21.
Jahrhundert [Sondeos: literaturas latinoamericanas en el siglo XXI] y, sin embargo, solo
contiene capítulos dedicados a novelas. Prácticamente, todos los investigadores e
investigadoras que colaboraron en el volumen son alemanes y, en el caso que rompe la
regla, también se trata de alguien residente en Alemania, es decir, sujeto a las mismas
condiciones materiales de producción que los demás investigadores.
6 Por supuesto, que ponga de relieve estos datos objetivos no supone que los estudios en
cuestión puedan o deban ser descalificados. Al recabar esta información trivial, lo que
me interesa señalar, por lo pronto, es que la «literatura latinoamericana» actual, acaso
más que en el contexto del modernismo o de la Revolución Cubana, es un artefacto que
se construye y aborda desde una perspectiva en mayor o menor medida exógena.
¿Cuántos son, si no, los abordajes panorámicos redactados y publicados en América
Latina? El contexto de enunciación crítica de lo latinoamericano, formulado en

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términos orgánicos, tiende, pues y, desde luego, con excepciones, a estar desplazado
hacia el Norte. Destaco este aspecto, en realidad, por razones aún más materiales: el
corpus en el que se fundan los argumentos de estos trabajos sería –si la hipótesis es
correcta– uno de circulación en el Norte, no siempre ni necesariamente en el Sur.
Mucho se ha dicho de la balcanización de la literatura latinoamericana y, por lo tanto,
de su escasa circulación entre los países del subcontinente. De corroborarse este
planteo, ¿por qué habremos de suponer que la «literatura latinoamericana» de mayor
circulación en el Norte global se corresponde miméticamente con la que circula no solo
en los países latinoamericanos sino de manera más puntual en las localidades
periféricas4?
7 Una idea que sería oportuno explorar críticamente es, por consiguiente, que las
hipótesis que producimos las investigadoras e investigadores con base en el Norte
global se extraen, muchas veces, de un corpus sesgado, no solo constituido,
fundamentalmente, por textos que reproducen el patrón novela, sino de manera más
específica por aquellos que –vía industria editorial (concentrada)– logran insertarse
con mayor o menor éxito en las economías simbólicas y materiales del Norte.
8 Este corpus «latinoamericano del Norte», en lo que va del siglo XXI, estuvo por buen
tiempo organizado alrededor de Roberto Bolaño (de su narrativa, no de su poesía) y de
los escritores reunidos en las varias antologías –como Palabra de América (2004)–
compuestas bajo el signo de la operación editorial McOndo/el Crack. Mi planteo sería
que ese corpus solo constituye un corpus, uno que excluye –como apunta Fornet– «casi
toda la literatura actual». Aunque ciertas vertientes críticas que no pudieron
despegarse de las maniobras de mercado con epicentro en la gran industria editorial no
lo supieron advertir, ese corpus no equivale a la literatura latinoamericana 5. Esta última,
si el término conserva cierta vigencia, en todo caso lo contiene. En tanto sesgado,
parcial y tendencioso a ese corpus se lo puede asediar con otros corpus y algunas
preguntas incisivas. ¿Por qué varios de los estudios panorámicos han organizado la
literatura latinoamericana contemporánea alrededor del nomadismo de Bolaño y no del
sedentarismo anclado a Envigado de Fernando Vallejo o del correspondiente situado en
el barrio de Flores de César Aira? ¿En qué medida el proyecto de Bolaño es más
relevante o «representativo» de una época que el de Vallejo o el de Aira? ¿No son acaso
María Moreno y Diamela Eltit escritoras que «marcan» la transición del siglo XX al XXI
hasta nuestros días? Esto último planteado en términos estrictamente literarios, pero
¿qué ocurre si se pone en el centro de esta coyuntura que conocemos como siglo XXI y
estas coordenadas que llamamos América Latina las disidencias sexogenéricas y los
activismos feministas y queer? ¿Cuál sería el lugar de los escritores que fueron
canonizados por el mercado y cierta academia del Norte en estos escenarios?
Ciertamente, periféricos. ¿Anacrónicos? ¿Perimidos? ¿Ilegítimos? Noto, al paso, que, de
los doce escritores reunidos en Palabra de América, una sola –Cristina Rivera Garza– era
mujer.
9 Pocos tópicos –incluso más allá de lo que refiere a la gesticulación histriónica de fines
de los años 90– han sido tan recurrentes en las últimas décadas como la condición
expatriada o nómade de las escritoras y los escritores latinoamericanos. Esas listas no
dicen –otra vez– nada o muy poco sobre la literatura en sí misma. Pero al margen de ese
detalle, también pueden ser revisadas con datos otros en la mano. Una lista –porque a
veces solo se trata de eso– relativa al modernismo estaría encabezada por José Martí,
quien menos tiempo pasó en el país al que dedicó su vida que en el extranjero. Esta lista

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seguiría con Rubén Darío –cuyo volumen Viajes de un cosmopolita extremo (2013), al
cuidado de Graciela Montaldo, contiene un prólogo introducido por el subtítulo «El
escritor en tránsito»– e incluiría a otros «nómades empedernidos» como Rufino Blanco
Fombona y Enrique Gómez Carrillo. El relevamiento de datos podría extenderse hacia
las vanguardias o generaciones posteriores y el resultado sería el mismo: Pedro
Henríquez Ureña recorre Estados Unidos, Cuba, México, España, Argentina; su relación
con su nativa República Dominicana es menos material que nominal. Xul Solar estuvo
doce años entre Francia, Inglaterra y Alemania. Jorge Luis Borges aprendió alemán en
Suiza. En 1923 César Vallejo abandona Perú para no retornar jamás. Después de pasar
cinco años entre Estados Unidos y Europa, Vicente Huidobro sí volvió a Chile. Julio
Cortázar fijó su residencia definitiva en París en 1951 (había nacido en Bélgica en 1914).
Alejandra Pizarnik, en cambio, volvió a Buenos Aires desde la misma ciudad después de
cuatro años. Llevados por la convicción política, Bernardo Kordon y Pablo de Rokha
pasaron largas temporadas en la China de Mao, donde tiempo más tarde también
recalaría Oswaldo Reynoso. Los tres, al igual que Mercedes Valdivieso, escribieron
textos inspirados en sus viajes o residencias en dicho país. Igor Barreto estudió en
Rumania. Eduardo Milán se exilió en la ciudad de México a fines de los años 70. En esa
misma ciudad sigue establecido al día de hoy. Para no abundar, ¿distingue, entonces, el
afán itinerante a las generaciones más recientes de escritoras y escritores
latinoamericanos? ¿Sería realmente acertado sostener que el tan mentado desarraigo es
un rasgo característico de la literatura del siglo XXI? Porque, a propósito, si de
escrituras o poéticas se trata, ¿qué decir de un poema cuyo verso inicial es «Pasos de un
peregrino son errante»? Luis de Góngora, desde luego, no escribió Las soledades en el
siglo XXI. Tampoco Jules Verne es un escritor contemporáneo. Y ¿Marx, acaso, no es un
intelectual que transita entre diferentes lugares de residencia y lenguas? Roberto Arlt
estuvo en África en 1935, y Periplo, de Juan Filloy, apareció en 1930. ¿Su título es
contemporáneo o nuestros planteos críticos sobre la itinerancia, anacrónicos? La Biblia
–que no es invento de nuestra globalización o del siglo XXI– es en algún punto un libro
sobre migraciones forzadas, desplazados o refugiados. Ni Marco Polo ni las crónicas de
indias son fenómenos de nuestra época.
10 Todas las listas son triviales. A todas –como siempre son sesgadas– se las puede rebatir
con otras listas. Una de escritores sedentarios estaría encabezada por José Lezama
Lima, incluiría, tal vez, a José María Arguedas y a Jorge Leónidas Escudero, llegaría, sin
mayores obstáculos, hasta el siglo XXI, donde, entre otros, figurarían escritores como
Carlos Rehermann, Yaxkin Melchy, Matías Celedón, Wingston González, Cecilia Pavón,
Gustavo Ferreyra, Pablo Katchadjian, Daniel Link, Mauro Libertella, Tomás González,
Denise Phé-Funchal , Fernanda Laguna, Matilde Sánchez, Fabián Casas, Óscar Barrientos
Bradasic, Sergio Chejfec, Fogwill, Juan Diego Incardona, Manuel Tzoc, I Acevedo,
Eduardo Rabasa, Julián Herbert y María Moreno, sin excluir a Mario Levrero o César
Aira. Todos escritores que han optado por configurar biografías, redes afectivas,
poéticas o imaginarios más o menos localizados y que, si bien pueden proveer evidencia
de que han recibido diferentes tipos de validación por parte de los mecanismos de
reconocimiento de América Latina, por regla general, quedan relegados en los
recuentos que, desde el Norte, pretenden retratar el estado de la cuestión en América
Latina6. Esto sucede, tal vez –este sería un argumento–, porque la circulación
internacional de sus publicaciones no es equiparable a la de los escritores considerados
«itinerantes»7. Tal vez, también, porque incluirlos en los mapeos obligaría a revisar
axiomas cristalizados y funcionales a un régimen material y simbólico de signo liberal.

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11 Más allá de las listas y cualquier dato banal, el argumento de fondo es que la selección
de textos y el lugar prominente que se les otorgó en el tránsito del siglo XX al XXI a
escritores que defendían una no pertenencia cultural fue una operación mimética de la
crítica del Norte que, en realidad, seguía tendencias de mercado articuladas con el
Zeitgeist neoliberal de la época. Se trata de un curioso alineamiento, donde crítica,
literatura y mercado parecían haber encontrado una fórmula de consenso. Si varios de
los críticos o investigadores que armaban esas listas, selecciones y argumentos eran
ellas y ellos mismos expatriados, ¿por qué no habrían de verse reflejados en esa
condición y sentirse interpelados por escrituras susceptibles de ser inscriptas en una
«tendencia» y destacadas como tal? Quiero decir: así como esa producción crítica del
Norte global se mostró particularmente atraída por las escrituras y los escritores
nómades y remarcó la existencia de un corpus que circulaba principalmente en el Norte
bajo ínfulas de desterritorialización y cosmopolitismo, ¿no puede ocurrir que se hayan
estado produciendo otras escrituras en el Sur que esa crítica ha desatendido o preferido
ignorar? Ejemplar, en el sentido de mis planteos, es el libro de Adam Kirsch sobre la
novela global. Un crítico del Norte hace un relevamiento de escrituras –novelas– del
«mundo» que, curiosamente, solo comprende a escritoras y escritores radicados en
Estados Unidos y Europa y tienen una buena recepción de mercado en la misma región.
Esos escritores, en ese libro, escrito en Nueva York, son todos apátridas, son todos
«cosmopolitas»; son todos, además, firmas rentables, así como ampliamente accesibles
en inglés y en el Norte, aunque no tanto en el Sur. Son también –se deduce– los libros
que tenía a mano Kirsch alrededor de 2010.
12 Pero existen abordajes críticos más actuales, incluso entre los producidos en el Norte,
que presentan sensibles diferencias en relación con la euforia desterritorializante de
hace veinte años. Algunas investigaciones y publicaciones recientes 8 observan un
«retorno» a lo local que da por tierra con las premoniciones de Ette. Pero quizás más
preciso sería decir que, en el contexto que inaugura la Caída del Muro de Berlín, así
como existe una tendencia que mina el Estado nación desde arriba y lo proyecta hacia
diferentes inflexiones de lo trans –la cual ha concentrado la atención de cierta crítica
metropolitana–; también se puede identificar un movimiento opuesto tendiente a
compartimentar las totalidades o generalizaciones, ya sea el Estado nación, la región o
el mundo. Esta última –de ser correcta mi hipótesis– habría sido competencia
prioritaria de los estudios culturales en el Sur, es decir, con lugar material de
enunciación en coordenadas del Sur global, donde los libros que circulan y reciben
atención –lo mismo que la perspectiva crítica y también los salarios que (no) se cobran–
son otros.
13 En esta línea de pensamiento, ya Ricardo Gutiérrez Mouat señalaba que:
Las mismas fuerzas globales que atraviesan la comunidad nacional proyectan a esa
comunidad hacia fuera del territorio nacional pero también efectúan un repliegue
interno sobre sus componentes locales y regionales, no porque éstos contengan una
esencia nacional corrompida por la globalización sino porque al debilitarse el
entramado nacional que las contenía quedan en primer plano para actuar a favor y
en contra de los procesos de globalización9.
14 Esta observación, que desdobla el escenario de los artefactos culturales en dos, supone
una perspectiva más balanceada, atenta a los flujos y reflujos, a las contorsiones en
diferentes escalas y a las experiencias situadas. Menos parcial, se trata de un enfoque
que, recientemente, ha comenzado a infiltrarse en producciones críticas que, incluso
desde el Norte, como es el caso de Gutiérrez Mouat, se muestran más sensibles al

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lenguaje de las periferias10. Habría, por lo tanto, tres frentes críticos donde la
experiencia situada ha comenzado a ganar relevancia o nunca la ha perdido. Uno sería
el de los abordajes que identifican un giro o retorno a los contextos locales. Otro, los
recuentos más actuales y atentos a realidades materiales de América Latina: nótese, al
respecto, que el volumen editado por Ana Gallego Cuiñas sí incluye abordajes
producidos por autores residentes en América Latina, y que el de Gustavo Guerrero fue
publicado en Argentina. Por último, habría que consignar los escasos pero existentes
balances generales compuestos directamente en América Latina.
15 Entre estos últimos, cuenta el ya mencionado de Jorge Fornet, quien diseña su
panorama –el dato, aunque parezca, no es superfluo– desde Cuba 11 y como director del
Centro de Investigaciones Literarias de la Casa de las Américas y también, desde 2010,
de la correspondiente revista. En tanto perspectiva crítica, su lugar de enunciación
difiere de los desplazados hacia el Norte y, en contraste con estos, se muestra
consciente del carácter estratégico y funcional, aunque a un proyecto
contrahegemónico, de su armado crítico:
Hablar, por cierto, de literatura latinoamericana, me delata y pone en evidencia, sin
necesidad de añadir más, desde dónde escribo. En un entorno en el que es frecuente
escuchar que la literatura latinoamericana no existe […], asumirla no solo como
realmente existente –y considerar que eso es pertinente para poder entenderla–,
implica una toma de posición12.
16 En estos planteos la literatura latinoamericana es un objeto verificable, pero no se
define a partir de premisas esencialistas, sino que brota de una intervención crítica
que, en la medida que revela su carácter performativo, pretende eludir cualquier
hipocresía. Lo que me interesa destacar, sin embargo, es que, desde ese lugar de
enunciación material, con mayor anclaje en el Sur, el mapeo va a adquirir otra
fisionomía, diferente a la que ganó fuerza a través de golpes de mercado impulsados
por la industria editorial concentrada. Así, la línea argumentativa de Fornet que
presenté al comienzo de este trabajo se completa con la siguiente reflexión:
Si uno llegara a creer que la renovación de nuestra literatura vino de la mano de
McOndo o del Crack; si pensara que esos gestos pretendidamente parricidas, más
cercanos al ímpetu neoliberal de mediados de la década de los noventa que a
propuestas de transformación profundas, significaron un verdadero punto de
inflexión, se engañaría13.
17 Se podría observar que la categoría «renovación» siempre es cuestionable y no
necesariamente susceptible de ser asimilada a la de «valor»; también que, con todo lo
problemáticas que pueden haber sido en términos políticos esas irrupciones colectivas
en el campo/mercado, lo cierto es que, en efecto, fueron «representativas» de un
espíritu de época que tendía a inclinarse hacia el consenso. El punto, no obstante, es
que el abordaje crítico que propone Fornet se desmarca sensiblemente de evaluaciones
contemporáneas que, por regla general, desde el Norte, ubicaban esas intervenciones y
sus ínfulas en el centro de la escena.
18 También con arraigo en el Sur, escribe Carlos Cortés, quien con frecuencia aparece
asociado a la gesticulación parricida que comenta Fornet. Sus apreciaciones sobre la
literatura latinoamericana del siglo XXI, no obstante, presentan algunos matices en
relación con los que tuvieron mayor resonancia. Desde su ángulo de análisis, lo que
aparece acentuado es el segundo fenómeno en los planteos de Gutiérrez Mouat, esto es,
el «repliegue interno sobre componentes locales y regionales» que produce tanto el

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Políticas de la zona. A propósito de Juan José Saer y otros «provincianos» 7

desmantelamiento de la matriz subjetivadora que representaban los Estados nación


como el agotamiento del imaginario latinoamericanista poscolonial:
Ahora [frente a la fuerza integradora que supone el boom] vivimos la tendencia
contraria y el reflujo del péndulo. Con excepción de los autores del boom y de
ciertos autores contemporáneos aparentemente incuestionables, se ha vuelto a
fortalecer notablemente la dimensión nacional, local o regional de la literatura
latinoamericana14.
19 Si para Cortés la literatura latinoamericana no existe, no es porque se imponga una
pertenencia universal, sino porque las escalas que van de lo nacional hacia
configuraciones más específicas traccionan hacia abajo y terminan tornando en
inviable cualquier generalización mayor. Ocurre, otra vez, que, desde esta perspectiva
situada, para el caso, en Costa Rica, ganan peso las singularidades, ya sean estas
imaginadas o empíricamente constatables. La zona, vale decir, cuando se piensa desde el
subcontinente, parece adquirir una dimensión que a la distancia se diluye.

2.
20 Es el año 1968 y Juan José Saer va a recibir una beca de la Alianza Francesa para
estudiar en París. Un viaje del que –ahora es posible verificarlo– no va a haber retorno.
Un viaje también que lo lleva de Serodino, un pequeño pueblo a 40 kilómetros de
Rosario, a la capital por excelencia de la modernidad occidental. En esta ciudad, Saer va
a coincidir por un lapso de dieciséis años con Julio Cortázar. Una coincidencia, no
obstante, no mucho más que nominal o anecdótica, pues difícil es imaginar dos
proyectos escriturarios más distantes entre sí que los de Cortázar y Saer.
21 Para el campo intelectual latinoamericano, son aquellos años agitados. A la Revolución
Cubana y la singular reagrupación de la ciudad letrada en La Habana, van a seguirles el
asesinato de Ernesto «che» Guevara, la aparición de Cien años de soledad (1967) y el
despegue del boom, el Mayo Francés y la masacre de Tlatelolco. Los escritores se
politizan, debaten públicamente y se posicionan. David Viñas hace crítica ad hominem y
cuestiona el exilio escapista de Cortázar, mientras que este último y José María
Arguedas entablan una intensa polémica, no carente de exabruptos, en torno a la
tensión entre regionalismo y cosmopolitismo. El mundo andino, la tierra, América
Latina van a aparecer, así, como un sistema de referencias irreconciliable con el de la
ciudad, París y la tradición occidental. Resulta fácil ubicar a los dos contendientes en
sus respectivas veredas, pero, dado el caso, ¿qué hacer con Saer? ¿Se lo podría
encolumnar bajo una de las dos categorías? ¿Y qué hacer con escrituras actuales que, de
algún u otro modo, orbitan en torno a su legado? ¿Dónde colocar, por ejemplo, la
escritura de Hernán Ronsino, Francisco Bitar o Selva Almada dentro de un mapeo
abarcador del siglo XXI?
22 Antes de aventurar alguna respuesta, propongo volver por un momento a la legendaria
polémica entre Arguedas y Cortázar. En 1967 Cortázar le escribe a Roberto Fernández
Retamar:
El telurismo como lo entiende entre ustedes un Samuel Feijóo, por ejemplo, me es
profundamente ajeno por estrecho, parroquial y hasta diría aldeano; puedo
comprenderlo y admirarlo en quienes no alcanzan, por razones múltiples, una
visión totalizadora de la cultura y de la historia, y concentran todo su talento en
una labor de zona, pero me parece un preámbulo a los peores avances del
nacionalismo negativo cuando se convierte en el credo de escritores que, casi

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siempre por falencias culturales, se obstinan en exaltar los valores del terruño
contra los valores a secas, el país contra el mundo, la raza (porque en eso se acaba)
contra las demás razas15. [El subrayado es mío]
23 De acá se sigue que la óptica panorámica de la cultura cosmopolita, para Cortázar,
pareciera ser un estadio «superior» al provincianismo atribuible a la óptica
regionalista: la visión totalizadora, el horizonte transcultural, solo la alcanzan algunos
iluminados, mientras que los más, los escritores que Cortázar considera mediocres o
con falencias, «concentran su talento en una labor de zona».
24 Siete años antes, en 1960, había aparecido el primer libro de Saer, titulado,
precisamente, En la zona. Un volumen que, como han estudiado María Teresa Gramuglio
(1986 [2004]) y Jorgelina Corbatta (1991), vale por un convencido acto fundacional no
solo porque es el primer libro del escritor sino también, y fundamentalmente, porque
en él están contenidos premisas y elementos que van a encontrar posterior desarrollo
en futuras publicaciones. Ahora, ¿es esta zona de Saer una configuración estrecha,
celosa de sus especificidades y opuesta a una comprensión ampliada de lo humano,
como Cortázar juzga la literatura telúrica?
25 En su clásico análisis de la categoría saereana, Gramuglio afirma:
que ese título no remite a ningún regionalismo y que se vincula […] con aspectos de
un proyecto que se irá realizando, y al que aluden, de modo explícito, [otros] dos
textos […]: «Algo se aproxima» y «Discusión sobre el término zona» 16.
26 Esa zona, por lo tanto, constituye, antes, una delimitación para un proyecto literario.
Posee, ciertamente, un anclaje territorial concreto ubicado, en principio, en las
periferias de la periferia: la ciudad de Santa Fe y sus alrededores, pero ese espacio
funciona como la base de operaciones donde se va a montar un universo literario
unificado tanto por ese territorio como por los personajes que lo habitan y las premisas
estéticas y culturales que lo dominan. Esa zona conforma, así, un sistema autónomo,
autosustentable e indiferente a demandas externas. Es el lugar –se podría argumentar–
de la autonomía adorniana, un micromundo imaginado donde la literatura (todavía)
actúa como utopía contrahegemónica al mostrarse resistente a los rituales de
cooptación, a las institucionalizaciones y a la mercantilización de la experiencia
estética. La zona es, por esto, mucho antes que una reserva folclórica o un
conglomerado toponímico, también el lugar de una política radical, refractaria a las
concesiones.
27 Y si, para Saer, «Lo central, en literatura, es la praxis incierta del escritor que no se
concede nada ni concede nada tampoco a sus lectores: ni opiniones coincidentes, ni
claridad expositiva, ni buena voluntad, ni pedagogía maquillada. No quiere ni seducir ni
convencer. Escribe lo que se le canta17,» entonces, ese lugar de excepción, anclado a un
lugar geográfico periférico, puede convertirse en un polo disidente y alternativo; en
relación de oposición con los centros oficiales de gestión cultural como, precisamente y
por antonomasia, lo representa París. En el texto citado arriba, Saer se pregunta «¿El
centro está ubicado en la cultura oficial, los diarios y semanarios, en la televisión y en la
radio, en los libros vendidos a gran tirada?». Y a continuación responde:
Yo diría que no, por una razón simple: los lenguajes de esos medios, excesivamente
codificados, son en realidad lenguajes marginales en la medida en que proponen
sistemas de representación que están en una fase de decadencia. Si el criterio es
cuantitativo, Morris West es sin duda más importante que Ezra Pound, o García
Márquez que César Vallejo. Pero el criterio cuantitativo es de orden industrial, no
estético. El criterio cuantitativo mismo es, entre las categorías estéticas, de orden

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marginal. Es una interpolación sociológica o económica que debería investigarse a


posteriori y que, en nuestro sistema ultramercantilista, usurpa un papel
determinante18.
28 Si el criterio cuantitativo domina las dinámicas culturales a escala internacional, la
zona, entonces, sería el centro de un universo imaginario donde una experiencia
estética que se pretende autárquica, comprometida ante todo consigo misma, es
posible.
29 ¿Significa esto que la zona es un mundo folclórico cerrado sobre sí mismo? De ninguna
manera. La zona es un recorte del mundo que, sin embargo, contiene al mundo 19. Solo
que lo hace desde sus premisas y bajo sus condiciones, puesto que en la zona la lógica
mercantilista queda desde el vamos abolida, y el principio de rentabilidad suspendido.
En la zona todo transcurre lentamente como ahora sucede en las películas de Lisandro
Alonso. Una novela narra una caminata, un asado. Las descripciones son minuciosas e
«innecesarias». En «Algo se aproxima», uno de los relatos contenidos en En la zona, no
sucede «nada», no hay dramatismo, intriga o siquiera historia. El escenario: una casa de
pueblo sin mayor importancia. Cuatro personajes preparan y comparten un asado. Y,
como en un banquete platónico acriollado, conversan. Conversan y la cultura literaria
occidental más asentada es convocada. Los personajes se la reapropian, la discuten y la
resignifican: aparecen Dostoievski, Cervantes, Novalis, Shelley, D.H. Lawrence y
Nietzsche. Y la música: Stravinsky, Brahms y Beethoven. Es el mundo –la biblioteca
occidental, al menos– visto desde una óptica localizada. No lo habitual: la trama local
periférica narrada desde o para el mundo en clave de exotismo; sino, precisamente, al
revés: el mundo contenido en una mesa simple en una periferia económica. Pero una
periferia económica que gracias a la operación de escritura puede transformarse en un
centro cultural alternativo y afirmativo de su insobornabilidad. Así, El limonero real
(1974), un texto central en la serie saereana, reinventa el Ulises, de Joyce, mediante un
procedimiento de relocalización radical: de Dublín a una isla del Delta del Paraná
argentino. Vamos a asistir a un día en la vida de Wenceslao, un personaje sin
importancia más allá del mundo saereano. Pero, cabe preguntar, ¿qué hace a Leopold
Bloom más trascendente que Wenceslao? La consigna de fondo podría ser esta: en la
literatura todos son procedimientos. Si un texto «triunfa» –al menos en el ciclo largo–,
lo hace solo por sus pretensiones y aciertos formales. Tanto da, al final, que el escenario
sea París, Dublín o Serodino. Tanto da que el faro sea un Mallarmé o un Juan L. Ortiz.
Para una escritura que se resiste al consenso, un mundo localizado puede ser tan
abundante en información, universal en sus preguntas fundamentales y efectivo en
experiencias y respuestas estéticas como cualquier otro20.
30 Y si el sentido común se invierte y el universo queda inscripto en la localidad, esta
asimilación no es mimética: el universo está contenido ahí como recreación y ajustado a
las necesidades específicas. Saer discute el célebre texto de Borges «El escritor
argentino y la tradición» (1953) que, a pesar del mismo Borges, tanto ha servido para
vindicar cosmopolitismos reductivistas y serviles. Anota lo siguiente:
La conclusión de Borges es correcta, pero incompleta; para él, la tradición argentina
es la tradición de Occidente. (Por cierto que esta afirmación es válida no
únicamente para la Argentina, sino para cada parcela del continente americano,
desde Alaska hasta Tierra del Fuego, donde el elemento europeo haya penetrado).
Pero es incompleta porque parece ignorar las transformaciones que el elemento
propiamente local les impone a las influencias que recibe. La propia literatura de
Borges es un producto de esa interacción21.

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31 La zona, así, también hay que entenderla como una matriz localizada donde el mundo,
percibido sin complejos de inferioridad, aparece inscripto como transformación.
Mecanismo que, a su vez, resuelve –y supera– la dialéctica de la dependencia entre los
centros y las periferias que –como en su momento anotó Antonio Cándido (1972)– solo
podía dar lugar a fórmulas regionalistas o cosmopolitas, es decir, a Arguedas o a
Cortázar.

3.
32 Junto con César Aira y Fogwill, Saer es uno de los escritores más influyentes, al menos,
en la escritura argentina del siglo XXI22. Se pueden encontrar rastros de su poética en
escritoras y escritores como Federico Falco, Selva Almada, Carlos Busqued, Luciano
Lamberti, Hernán Ronsino, Francisco Bitar o Damián Ríos. Se trata, en cualquier caso,
de nombres que, en diferente medida, solo ingresan circunstancialmente en los retratos
críticos de la literatura latinoamericana del siglo XXI.
33 En Ronsino, al margen de la atmósfera claramente saereana, toma forma el trazado de
una zona en torno al pueblo de nacimiento del escritor, Chivilcoy, en la Provincia de
Buenos Aires. Esa zona, como en Saer, remite a un lugar geográfico periférico
susceptible de ser recuperado en la realidad empírica, y le concede «unidad de lugar» al
proyecto narrativo de Ronsino. Los personajes, del mismo modo que en Saer,
comparten asados que al mismo tiempo son foros de reflexión política y cultural, una
plataforma «criolla» para la activación de derivas discursivas. Los personajes, en tanto
habitantes naturales de ese universo imaginario, también van a aparecer y reaparecer
en diferentes textos para dar cuenta de la organicidad tanto de la zona como del
proyecto narrativo que les da vida. Bicho Sousa, por ejemplo, va a estar presente en las
tres novelas de Ronsino que conforman un continuo: La descomposición (2007), Glaxo
(2009) y Lumbre (2013). Un detalle de la segunda permite deducir que este mundo
elaborado por la ficción de Ronsino es también territorio de una cierta autonomía
literaria, el lugar donde, como reclama Saer, el escritor poco predispuesto a las
concesiones «escribe lo que se le canta»: el overo rosado que le pertenece a Folcada.
Este tipo de caballo ganó fama en el Río de la Plata por su aparición en el Fausto criollo
(1866), de Estanislao del Campo. Esta irrupción en la poesía gauchesca generó polémica
entre intelectuales de la época por la escenificación inverosímil que hizo del Campo en
su poema. Fue Borges quien, tiempo más tarde, abogó en favor de Estanislao del Campo
con el argumento de que, para la literatura, las eventuales evidencias de la realidad
empírica no son datos de relevancia. Ronsino, por su parte, no solo recupera ese hilo
discursivo y, así, inscribe su novela en la tradición literaria vernácula, sino que
contribuye a acentuar la inflación de referencias inverosímiles al atribuirle a Yugurta,
el militar romano, la posesión de un overo rosado23. Anoto también que, como sucede
con Saer, la zona de Ronsino, lejos de cualquier inocente reserva de nativismo, es ante
todo un punto de vista desde donde se puede observar el mundo. En una entrevista
concedida en el 2007, el escritor comenta que «Narrar en Buenos Aires sería abdicar, en
un sentido, de mi experiencia de pueblo, resignar esa experiencia que supone una
mirada del país y del mundo»24 [el subrayado es mío].
34 Aunque de manera acaso menos palpable, también en Francisco Bitar Saer está
presente, y también en su trabajo cobra forma una zona que es tanto un territorio de
disidencia cultural –en relación de tensión con formas jerarquizadas del mundo y el

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orden nacional centrado en Buenos Aires– así como una matriz narrativa. La zona de
Bitar, al igual que la de Saer, se expande desde la ciudad de Santa Fe hasta algo más allá
de sus alrededores. Tambor de arranque (2012), su primera novela, recupera no solo una
atmósfera saereana sino también un escenario: una casa simple en Concepción del
Uruguay en Entre Ríos. En Historia oral de la cerveza (2015), Bitar construye un retrato
etnográfico de la ciudad de Santa Fe fundado en la historia y presencia de la bebida.
Escrito a partir de grabaciones y de fuentes documentales, el libro va delineando el
perfil cultural y la idiosincrasia que operan como atributos distintivos de la zona y en
particular de la ciudad de Santa Fe. En ese mundo, también vía Saer, las referencias
culturales se configuran mediante una negociación entre el dominio local y el mundial.
Juan L. Ortiz, el poeta de referencia de Saer, también lo es para Bitar. De él, Francisco
Bitar publicó como editor, una edición comentada de El junco y la corriente (2013), un
libro que reúne poemas inspirados en el viaje que Ortiz hizo a China junto con otros
altamente enraizados en su experiencia más local como los titulados «Entre Ríos» o
«Villaguay». Entre ellos, también se cuenta el poema que lleva el nombre «A Juan José
Saer» quien, a pesar de haber vivido en Francia más años que en Santa Fe, hoy en día
funciona como un referente insoslayable de y para la zona.
35 Así, Juan L. Ortiz, Saer y el río, como elemento genérico, son referencias que demarcan
esta zona donde no solo se inscribe Bitar, sino también Selva Almada y Damián Ríos. De
Bitar es el volumen de cuentos Acá había un río (2015); de Almada, la novela No es un río
(2021) y de Ríos, Entrerrianos (2010). Dentro del escenario fluvial del litoral, este último
«simulacro de novela» circunscribe los hechos a un ámbito más local ubicado en
Concepción del Uruguay, provincia de Entre Ríos. Recuerdos y anécdotas sin mayor
relevancia se suceden; se reconstruye, así, una memoria colectiva marginal. «El tipo» –
informa en un pasaje el narrador– «nos contaba cómo había sido el barrio treinta años
atrás, es decir el mundo»25. Ese archivo que es a la vez afectivo, cultural y geográfico
adquiere, así, un estatus soberano: puede, otra vez, ocupar el lugar del mundo porque,
para el narrador y para la literatura, la experiencia ontológica puede estar contenida en
él. Pero, ¿se trata en este caso de un mundo artificioso cerrado sobre sí mismo? No, este
supuesto no es verificable. Como en Saer, también en Entrerrianos las referencias
literarias están, sin falsa erudición, presentes: si al comienzo del libro el narrador hace
la invocación de rigor a Juanele y Saer, hacia el final, los nombres que aparecen son los
de Gustave Flaubert y Fernando Pessoa. Se trata, pues, también acá de que un lugar
delimitado –paradoja borgeana mediante– contiene al mundo.
36 Sobre el proyecto de Selva Almada, Beatriz Sarlo escribió que «son narraciones que
llegan de otro espacio, poco transitado, más local. Si le buscara un parentesco en el
pasado, pensaría en Saer»26, pero su procedimiento es, no obstante, singular. También
en No es un río, la trama local con su repertorio de saberes puede recortarse como un
mundo: «De la familia sólo quedan ellos dos. Cuando ellos se mueran, no quedará un
solo Aguirre sobre la isla. Que es como decir: sobre el mundo» 27. Ese fragmento de tierra
rodeado de agua constituye un todo autárquico y también un lugar suficiente para la
literatura, por lo que «Salir de la isla es siempre un acontecimiento» 28. Almada, sin
embargo, introduce una perspectiva feminista en la zona. Le interesa indagar la
constitución de masculinidades que tienen lugar en ese territorio y sus codificaciones.
Es, por lo tanto, una escritura que, permeada por la coyuntura, es decir, bajo un signo
de época de alcance universal, narra sin exaltación alguna la experiencia local.

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4.
37 Escribe Marta Waldegaray que «la literatura de Almada opta por las travesías subjetivas
de lo que se da en llamar «literatura de provincia», cuyos temas y anécdotas se
localizan en el interior del país»29. Estas escrituras que, de algún modo u otro,
encuentran inspiración en el legado de Saer trabajan, sin costumbrismo o
chauvinismos, con mundos referencialmente circunscriptos. Creo que es inexacto, no
obstante, decir que se trata de «literatura de provincia» porque, finalmente, todas las
literaturas tienen un anclaje. La de Buenos Aires, ¿no es, en este sentido, también
literatura de provincia? ¿Y las de París o Nueva York –aunque solo sea porque no están
redactas en esperanto– no dan cuenta de una ubicación específica en el mundo y, con
ello, de perspectivas particulares? ¿Cuál es más provinciana, la costa del Río Misisipi
que narró Mark Twain o la del Río Uruguay? ¿Cuál menos universalista, un texto que
pone en escena a un personaje comiendo una magdalena o uno que lo presenta
comiendo un asado? En esta línea de pensamiento, en el marco de su polémica con
Cortázar, José María Arguedas ya argumentaba:
Así somos los escritores de provincias, estos que de haber sido comidos por los
piojos, llegamos a entender a Shakespeare, a Rimbaud, a Poe, a Quevedo, pero no el
Ulises. ¿Cómo? Dispénsenme. En esto de escribir del modo como lo hago ahora
¿somos distintos los que fuimos pasto de los piojos en San Juan de Lucanas y el
Sexto, distintos de Lezama Lima o Vargas Llosa? No somos diferentes en lo que
estaba pensando al hablar de «provincianos». Todos somos provincianos, don Julio
Cortázar. Provincianos de las naciones y provincianos de lo supranacional que es
también, una esfera, un estrato bien cerrado30.
38 Se trataría, pues, de que solo algunos anclajes y sus sistemas de referencias son
prestigiosos y, por lo tanto, de valor universal. Los periféricos, por el contrario,
parecieran tener únicamente valor local o en la medida que pueden fungir como
proveedores de exotismos para los centros. La poética de Saer y, con ella, la de las
nuevas generaciones de «provincianos», problematiza –para quien la quiera
considerar– estas tensiones y dicotomías y también los mapeos que, en varios casos,
desde el Norte han hecho evaluaciones parciales y apresuradas de la literatura
latinoamericana del siglo XXI.
39 Si se le da crédito a Carlos Cortés, lo que fue construido como «literatura
latinoamericana» ahora se encuentra atomizado, y, posiblemente, cualquiera de los
escritores comentados arriba se resistiría a un etiquetado semejante. Los abordajes
panorámicos que pretenden dar cuenta del estado de la cuestión en América Latina, no
obstante, existen y van a seguir existiendo. Es cierto que, tras el fracaso de las
operaciones de mercado que marcaron la transición entre el siglo XX y el XXI, los
panoramas críticos han comenzado a ser más inclusivos, menos tendenciosos. Creo, no
obstante, que todavía hay trecho que recorrer y que aventurarse en las diferentes zonas
de América Latina, antes que en la oferta editorial con epicentro en España, sería un
buen principio metodológico para cualquier ejercicio crítico abarcador que pretenda
cierta objetividad.

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NOTAS
1. Fornet 2005, p. 14. Fornet reescribió y dio a conocer este trabajo en diferentes ocasiones. En
2016 lo publicó ampliado como libro bajo el título Salvar el fuego. Notas sobre la nueva narrativa
latinoamericana.
2. Ette 2008, p. 19.
3. Entre los más comentados y además del ya referido, se pueden mencionar Aínsa 2012; Benson y
Cruz Suárez 2021; Bolte y Klengel 2013; Brescia y Estrada 2018; Corral 2019; Esteban y Montoya

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Juárez 2008; Esteban, Montoya, Noguerol y Pérez López 2010; Gallego Cuiñas 2021a; Guerrero
2018; Quesada Gómez 2014; Robbins y González 2014.
4. En esta línea de reflexión, Eduardo Becerra nota que «McOndo aparece en Barcelona y su
prólogo comienza con un relato de origen ubicado en la academia USA; el manifiesto del Crack
adquiere repercusión más allá de México» (Becerra 2018, p. 59).
5. Sarah Brouillette argumenta que, en el contexto de nuestra globalización, la literatura que
sirve como aval simbólico para un imaginario neoliberal de superación de fronteras nacionales se
ha visto favorecida por la industria editorial: «In effect, in a double movement, contemporary writers
are successfully marketed through their inscription in a lengthy cosmopolitan tradition, and, meanwhile,
this constructed tradition, in supporting the image of an inevitably networked globalized world, is
inseparable from the power of global capital» (Brouillette 2016, p. 94) (para el caso latinoamericano,
ver Palaversich 2005).
6. Hay, desde luego, casos que perturban la regla. Entre ellos, aunque centrado en Argentina,
cuenta Epplin 2014.
7. Ver, al respecto, Locane 2019.
8. Capote Díaz 2021; Rodríguez 2019; Sánchez Martínez 2019.
9. Gutiérrez Mouat 2010, p. 125.
10. En la «Introducción» a Novísimas, Ana Gallego Cuiñas, por ejemplo, anota que «el siglo XXI
arranca a fines del XX dándole la bienvenida a la denominada metamodernidad […], que convive
con la posmodernidad e incluso con los restos de la modernidad. En el cambio de siglo germina el
retorno al romanticismo, a lo político y utópico que se acentuará más tarde, en la segunda década
del nuevo milenio (véase Oliveras 2019). El desastre climático, las crisis financieras, el drama de
los refugiados, el aumento de la pobreza y la desigualdad, la explotación animal y vegetal, la
última amenaza pandémica y el horizonte de la Agenda 2030 han ido dejando atrás el cinismo, la
relatividad y la suspicacia posmodernas en aras del (micro)activismo político» (Gallego Cuiñas
2021b, pp. 15-16). También Gustavo Guerrero da cuenta de esta creciente sospecha ante la euforia
globalizante y de un interés por la experiencia situada y singular: «Los incontables discursos
teóricos y críticos sobre la posnacionalidad y/o la transnacionalidad en la cultura de los noventa,
con o sin acentos polémicos, no siempre dan justa cuenta de esta acuciante necesidad de
imaginar territorios alternativos –de volver a asociar identidades y espacios– que recorre
fenómenos tan distintos del fin de siglo como los estudios subalternos, la construcción de las
posturas de generaciones emergentes y los horizontes de circulación y recepción de los
productos culturales» (Guerrero 2018, p. 162). Véase también Mora 2021, p. 19 y Locane 2016.
11. Sensible al fenómeno de las circulaciones segmentadas y con atención a la región del Caribe,
Rita de Maeseneer advierte que «Hasta lo que he podido averiguar, tampoco se desataron
discusiones sobre McOndo o el Crack en el ámbito cultural de las tres islas en los noventa»
(Maeseneer 2018, p. 124).
12. Fornet 2016, p. 9.
13. Ibid., p. 35.
14. Cortés 2015, p. 29.
15. Cortázar 1994 [1967], p. 35.
16. Gramuglio 2004 [1986], p. 334.
17. Gramuglio y Saer 2010 [1984], p. 318.
18. Ibid., p. 317-318.
19. El acuerdo acerca del carácter no costumbrista del eventual regionalismo de Saer es unánime.
Beatriz Sarlo, en su estudio monográfico sobre el escritor, anota que su literatura «está apoyada
en un suelo original: el de la Región, Santa Fe y los pueblos cercanos sobre la costa del río Paraná.
Desde el principio, Saer tiene una increíble claridad sobre esta elección o destino. Escribirá sobre
su región, pero no será un regionalista. Saer hace regionalismo sin pintoresquismo ni populismo;
escribe paisajes y costumbres sin folklore regional. Una operación mayor en el campo literario

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que, hasta el momento, había realizado Di Benedetto y algunos poetas» (Sarlo 2016, p. 10). Ver
también Cañón 2003, p. 121 y Prieto 1999, p. 347.
20. «Por último» –dice Saer al respecto– «pienso que muchas regiones del mundo tienen su
literatura. Paris tiene su literatura, el sur de los Estados Unidos tiene su literatura. Entonces, ¿por
qué el litoral argentino no puede tener una literatura? Me da lo mismo quiero decir. Yo no creo
que Paris sea mejor que Santa Fe, no porque Santa Fe sea como Paris sino porque Paris no es
tanto como lo pintan. Yo siempre digo que la realidad es democrática: los grandes problemas que
a uno le interesan se reproducen en todos lados donde hay un ser humano, o dos seres humanos
que entran en relación» (Piglia y Saer 1995, p. 67).
21. Saer 2006 [2002], pp. 65-66.
22. Ver al respecto la nota de Edgardo Dobry (2012), donde escribe que «la literatura rioplatense
post-Borges es incomprensible sin Juan José Saer».
23. Para más detalles al respecto, ver Aprile 2019.
24. Friera 2007.
25. Ríos 2010, p. 82.
26. Sarlo 2012, p. 200.
27. Almada 2021, p. 78.
28. Ibid., p. 94.
29. Waldegaray 2018, p. 19. La denominación sigue observaciones de Sarlo, quien ya había escrito
que, la de Almada, «Es literatura de provincia, como la de Carson McCullers, por ejemplo.
Regional frente a las culturas globales, pero no costumbrista» (Sarlo 2012, p. 201).
30. Arguedas 2006 [1971], p. 34.

RESÚMENES
El concepto de «zona», acuñado por el escritor argentino Juan José Saer en su primera
publicación de 1960, define un lugar de enunciación y también un registro formal en tensión con
las escrituras del contemporáneo boom –en particular con la de Julio Cortázar con quien coincidió
en París por un lapso de dieciséis años–. Este trabajo se centra en la obra de Saer y en poéticas
emparentadas que, como la de Selva Almada, Carlos Busqued, Hernán Ronsino o Francisco Bitar,
fueron ganando cuerpo en los últimos años. Se examinan estas escrituras a la luz de algunos
planteos de Saer relativos a la «zona» para contrastarlas críticamente con proyectos narrativos y
postulados teóricos que han dominado los debates sobre la literatura latinoamericana del siglo
XXI en el Norte global.

Le concept de « zone » forgé par l’écrivain argentin Juan José Saer dans sa première publication
de 1960, définit un lieu d’énonciation et également un registre formel en tension avec les
écritures du boom contemporain, en particulier avec celle de Julio Cortázar qu’il a côtoyé à Paris
pendant seize ans. Ce travail est centré sur l’œuvre de Saer et sur des poétiques qui s’en
approchent comme celle de Selva Almada, Carlos Busqued, Hernán Ronsino o Francisco Bitar qui
ont pris de l’importance ces dernières années. Ces écritures seront examinées à la lumière de
propositions de Saer relatives à la « zone » pour les confronter sur le plan critique avec d’autres
projets narratifs et postulats théoriques qui ont dominé les débats sur la littérature latino-
américaine du XXIe siècle dans le Nord globalisé.

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The concept of «zone», coined by the Argentine writer Juan José Saer in his first publication from
1960, defines a place of enunciation as well as a formal register in tension with the writings of the
contemporary Boom—in particular with that of Julio Cortázar, with whom he coincided in Paris
for a period of sixteen years. This paper focuses on Saer’s work and on related poetics, such as
those of Selva Almada, Carlos Busqued, Hernán Ronsino, and Francisco Bitar, which have been
gaining ground in recent years. These writings are examined in the light of some of Saer’s
statements on the «zone» in order to critically contrast them with narrative projects and
theoretical postulates that have dominated the debates on the 21 st-century Latin American
literature in the global North.

ÍNDICE
Keywords: Latin American literature, 21st century, Argentina, Saer (Juan José), zone, market,
criticism, panorama
Mots-clés: littérature latino-américaine, XXIe siècle, Argentine, Saer (Juan José), zone, marché,
critique, panorama
Palabras claves: literatura latinoamericana, siglo XXI, Argentina, Saer (Juan José), zona,
mercado, crítica, panorama

AUTOR
JORGE J. LOCANE
Universidad de Oslo
Licenciado en letras por la Universidad de Buenos Aires y doctor por la Universidad Libre de
Berlín. Publicó las monografías Miradas locales en tiempos globales (Iberoamericana/Vervuert, 2016)
y De la literatura latinoamericana a la literatura (latinoamericana) mundial (De Gruyter, 2019).
Actualmente, es profesor asociado de literaturas y culturas del mundo de habla hispana en la
Universidad de Oslo.
j.j.locane[at]ilos.uio.no

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