René descartes
René Descartes se educó en el colegio jesuita de La Flèche (1604-1612), por entonces uno de los
más prestigiosos de Europa, donde gozó de un cierto trato de favor en atención a su delicada
salud. Los estudios que en tal centro llevó a cabo tuvieron una importancia decisiva en su
formación intelectual; conocida la turbulenta juventud de Descartes, sin duda en La Flèche debió
cimentarse la base de su cultura. Las huellas de tal educación se manifiestan objetiva y
acusadamente en toda la ideología filosófica del sabio.
Según relataría el propio Descartes en el Discurso del Método, durante el crudo invierno de ese
año se halló bloqueado en una localidad del Alto Danubio, posiblemente cerca de Ulm; allí
permaneció encerrado al lado de una estufa y lejos de cualquier relación social, sin más compañía
que la de sus pensamientos. En tal lugar, y tras una fuerte crisis de escepticismo, se le revelaron
las bases sobre las cuales edificaría su sistema filosófico: el método matemático y el principio del
cogito, ergo sum. Víctima de una febril excitación, durante la noche del 10 de noviembre de 1619
tuvo tres sueños, en cuyo transcurso intuyó su método y conoció su profunda vocación de
consagrar su vida a la ciencia.
Tras renunciar a la vida militar, Descartes viajó por Alemania y los Países Bajos y regresó a Francia
en 1622, para vender sus posesiones y asegurarse así una vida independiente; pasó una
temporada en Italia (1623-1625) y se afincó luego en París, donde se relacionó con la mayoría de
científicos de la época.
En 1628 decidió instalarse en Holanda, país en el que las investigaciones científicas gozaban de
gran consideración y, además, se veían favorecidas por una relativa libertad de pensamiento.
Descartes consideró que era el lugar más favorable para cumplir los objetivos filosóficos y
científicos que se había fijado, y residió allí hasta 1649.
Los cinco primeros años los dedicó principalmente a elaborar su propio sistema del mundo y su
concepción del hombre y del cuerpo humano. En 1633 debía de tener ya muy avanzada la
redacción de un amplio texto de metafísica y física titulado Tratado sobre la luz; sin embargo, la
noticia de la condena de Galileo le asustó, puesto que también Descartes defendía en aquella obra
el heliocentrismo de Copérnico, opinión que no creía censurable desde el punto de vista teológico.
Como temía que tal texto pudiera contener teorías condenables, renunció a su publicación, que
tendría lugar póstumamente.
En 1637 apareció su famoso Discurso del método, presentado como prólogo a tres ensayos
científicos. Por la audacia y novedad de los conceptos, la genialidad de los descubrimientos y el
ímpetu de las ideas, el libro bastó para dar a su autor una inmediata y merecida fama, pero
también por ello mismo provocó un diluvio de polémicas, que en adelante harían fatigosa y aun
peligrosa su vida.
Descartes proponía en el Discurso una duda metódica, que sometiese a juicio todos los
conocimientos de la época, aunque, a diferencia de los escépticos, la suya era una duda orientada
a la búsqueda de principios últimos sobre los cuales cimentar sólidamente el saber. Este principio
lo halló en la existencia de la propia conciencia que duda, en su famosa formulación «pienso,
luego existo». Sobre la base de esta primera evidencia pudo desandar en parte el camino de su
escepticismo, hallando en Dios el garante último de la verdad de las evidencias de la razón, que se
manifiestan como ideas «claras y distintas».
El método cartesiano, que Descartes propuso para todas las ciencias y disciplinas, consiste en
descomponer los problemas complejos en partes progresivamente más sencillas hasta hallar sus
elementos básicos, las ideas simples, que se presentan a la razón de un modo evidente, y proceder
a partir de ellas, por síntesis, a reconstruir todo el complejo, exigiendo a cada nueva relación
establecida entre ideas simples la misma evidencia de éstas. Los ensayos científicos que seguían al
Discurso ofrecían un compendio de sus teorías físicas, entre las que destaca su formulación de la
ley de inercia y una especificación de su método para las matemáticas.
Los fundamentos de su física mecanicista, que hacía de la extensión la principal propiedad de los
cuerpos materiales, fueron expuestos por Descartes en las Meditaciones metafísicas (1641), donde
desarrolló su demostración de la existencia y la perfección de Dios y de la inmortalidad del alma,
ya apuntada en la cuarta parte del Discurso del método. El mecanicismo radical de las teorías
físicas de Descartes, sin embargo, determinó que fuesen superadas más adelante.
Conforme crecía su fama y la divulgación de su filosofía, arreciaron las críticas y las amenazas de
persecución religiosa por parte de algunas autoridades académicas y eclesiásticas, tanto en los
Países Bajos como en Francia. Nacidas en medio de discusiones, las Meditaciones metafísicas
habían de valerle diversas acusaciones promovidas por los teólogos; algo por el estilo aconteció
durante la redacción y al publicar otras obras suyas, como Los principios de la filosofía (1644) y Las
pasiones del alma (1649).
Cansado de estas luchas, en 1649 Descartes aceptó la invitación de la reina Cristina de Suecia, que
le exhortaba a trasladarse a Estocolmo como preceptor suyo de filosofía. Previamente habían
mantenido una intensa correspondencia, y, a pesar de las satisfacciones intelectuales que le
proporcionaba Cristina, Descartes no fue feliz en "el país de los osos, donde los pensamientos de
los hombres parecen, como el agua, metamorfosearse en hielo". Estaba acostumbrado a las
comodidades y no le era fácil levantarse cada día a las cuatro de la mañana, en plena oscuridad y
con el frío invernal royéndole los huesos, para adoctrinar a una reina que no disponía de más
tiempo libre debido a sus obligaciones. Los espartanos madrugones y el frío pudieron más que el
filósofo, que murió de una pulmonía a principios de 1650, cinco meses después de su llegada.
Pierre de Fermat
Interesado por las matemáticas, consagró a ellas su tiempo de ocio, y hacia 1637 figuraba entre los
principales cultivadores europeos de esta ciencia. Hizo amistad con el matemático Carcavi, quien
le relacionó con el padre Marin Mersenne, amigo de todos los doctos franceses de la época. El
padre Mersenne le puso en contacto con Roberval y con el gran René Descartes (1637).
El trato con el difícil e inquieto genio de Descartes no resultaba fácil para nadie, ni tampoco lo fue
para Pierre de Fermat, a pesar de su discreción: ambos discutieron sobre cuestiones científicas (la
infracción de la luz y el método de los máximos y mínimos). Fueron necesarias la mediación de
Roberval y toda la prudencia de Fermat para mantener por lo menos fríamente correctas las
relaciones personales entre los dos sabios. Muy viva, en cambio, fue la amistad entre Fermat y
otro gran matemático de la época, Blaise Pascal; ambos se conocieron también gracias a Carcavi.
De talante modesto, Pierre de Fermat sólo llego a dar a la imprenta su monografía Dissertatio
geometrica de linearum curvarum comparatione, e hizo públicos algunos de sus mayores
descubrimientos sólo por medio de breves comunicaciones verbales y epistolares. Ello bastó para
darlo a conocer como uno de los grandes matemáticos del momento, pero sus deberes
profesionales y su particular forma de trabajar redujeron en gran medida el impacto de su obra,
extremadamente prolífica. Tenía por ejemplo la costumbre de anotar, en los márgenes de los
libros que leía, sus ideas y sus descubrimientos, desgraciadamente sin sus demostraciones, por
falta de espacio. Superando no pocas dificultades, sus escritos fueron publicados póstumamente
por su hijo Samuel en 1679, en un volumen titulado Varia opera matemática D. Petri de Fermat:
Senatoris Tolosani.
Euler
Basilea, Suiza, 1707 - San Petersburgo, 1783) Matemático suizo. Las facultades que desde
temprana edad demostró para las matemáticas pronto le ganaron la estima del patriarca de los
Bernoulli, Johann, uno de los más eminentes matemáticos de su tiempo y profesor de Euler en la
Universidad de Basilea.
Tras graduarse en dicha institución en 1723, cuatro años más tarde fue invitado personalmente
por Catalina I para convertirse en asociado de la Academia de Ciencias de San Petersburgo, donde
coincidió con otro miembro de la familia Bernoulli, Daniel, a quien en 1733 relevó en la cátedra de
matemáticas. A causa de su extrema dedicación al trabajo, dos años más tarde perdió la visión del
ojo derecho, hecho que no afectó ni a la calidad ni al número de sus hallazgos.
Hasta 1741, año en que por invitación de Federico II el Grande se trasladó a la Academia de Berlín,
refinó los métodos y las formas del cálculo integral (no sólo gracias a resultados novedosos, sino
también a un cambio en los habituales métodos de demostración geométricos, que sustituyó por
métodos algebraicos), que convirtió en una herramienta de fácil aplicación a problemas de física.
Con ello configuró en buena parte las matemáticas aplicadas de la centuria siguiente (a las que
contribuiría luego con otros resultados destacados en el campo de la teoría de las ecuaciones
diferenciales lineales), además de desarrollar la teoría de las funciones trigonométricas y
logarítmicas (introduciendo de paso la notación e para definir la base de los logaritmos naturales).
En 1748 publicó la obra Introductio in analysim infinitorum, en la que expuso el concepto de
función en el marco del análisis matemático, campo en el que así mismo contribuyó de forma
decisiva con resultados como el teorema sobre las funciones homogéneas y la teoría de la
convergencia. En el ámbito de la geometría desarrolló conceptos básicos como los del ortocentro,
el circuncentro y el baricentro de un triángulo, y revolucionó el tratamiento de las funciones
trigonométricas al adoptar ratios numéricos y relacionarlos con los números complejos mediante
la denominada identidad de Euler; a él se debe la moderna tendencia a representar cuestiones
matemáticas y físicas en términos aritméticos.
En el terreno del álgebra obtuvo así mismo resultados destacados, como el de la reducción de una
ecuación cúbica a una bicuadrada y el de la determinación de la constante que lleva su nombre. A
lo largo de sus innumerables obras, tratados y publicaciones introdujo gran número de nuevas
técnicas y contribuyó sustancialmente a la moderna notación matemática de conceptos como
función, suma de los divisores de un número y expresión del número imaginario raíz de menos
uno. También se ocupó de la teoría de números, campo en el cual su mayor aportación fue la ley
de la reciprocidad cuadrática, enunciada en 1783.
De sus trabajos sobre mecánica destacan, entre los dedicados a la mecánica de fluidos, la
formulación de las ecuaciones que rigen su movimiento y su estudio sobre la presión de una
corriente líquida, y, en relación a la mecánica celeste, el desarrollo de una solución parcial al
problema de los tres cuerpos -resultado de su interés por perfeccionar la teoría del movimiento
lunar-, así como la determinación precisa del centro de las órbitas elípticas planetarias, que
identificó con el centro de la masa solar. Tras su muerte, se inició un ambicioso proyecto para
publicar la totalidad de su obra científica, compuesta por más de ochocientos tratados, lo cual lo
convierte en el matemático más prolífico de la historia.