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Sida

Este documento trata sobre el virus del VIH/sida, incluyendo su descubrimiento, transmisión y tratamientos. Explica que el VIH infecta y destruye células del sistema inmunológico, lo que deja al cuerpo vulnerable a otras enfermedades. Aunque los tratamientos antirretrovirales han mejorado la esperanza de vida, todavía no existe una cura ni vacuna, por lo que la prevención sigue siendo crucial.

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Este documento trata sobre el virus del VIH/sida, incluyendo su descubrimiento, transmisión y tratamientos. Explica que el VIH infecta y destruye células del sistema inmunológico, lo que deja al cuerpo vulnerable a otras enfermedades. Aunque los tratamientos antirretrovirales han mejorado la esperanza de vida, todavía no existe una cura ni vacuna, por lo que la prevención sigue siendo crucial.

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Lección Vll Sida: el riesgo es real

Martín Bonfil Olivera

En temas que conciernen a la salud,


como ocurre con el sida, prestar oídos a
teorías seudocientíficas, por razonables
que parezcan, puede poner en riesgo la
vida de miles de personas.

A todos nos ha pasado. Hay cosas de las


que estamos completamente seguros, pero
de pronto surge algo que nos hace dudar. A
veces se trata de asuntos personales, como
el amor (¿de veras me quiere?, ¿cómo
puedo saberlo con certeza?). El síndrome
de inmunodeficiencia adquirida (sida) es
uno de esos temas delicados. Ver a una
persona querida enfermar de sida,
deteriorarse y morir es una experiencia muy
dolorosa. Tristemente, muchos la hemos
vivido a partir de la década de los 80,
cuando comenzó la actual epidemia mundial
—pandemia— de sida. Y casi todos hemos
sufrido la pérdida de alguien cercano debido
al sida, o conocemos a alguien que la haya
sufrido.

Por desgracia, todavía no existe una cura ni una vacuna contra este mal. Se calcula que para
el año 2000 ya habían muerto de sida casi 22 millones de personas en todo el mundo; más de
cuatro millones eran niños. Hoy la cifra global se ha elevado a más de 25 millones (como
comparación, la población actual de México es de poco más de 100 millones). Los únicos
recursos que tenemos para combatir este mal son la prevención, a fin de evitar nuevos
contagios, y para quienes ya están infectados, el uso de terapias con medicamentos
específicos.

En busca de un asesino El sida es una enfermedad cruel. Carcome al sistema


inmunitario, cuya función es defender a nuestro cuerpo de las infecciones por bacterias, virus
y parásitos, y también de las células cancerosas que de vez en cuando aparecen en él.
Debido a esto, las personas que desarrollan el síndrome quedan vulnerables a padecer
frecuentes y múltiples infecciones —entre ellas la neumonía causada por hongo Pneumocystis
jirovecii, y desarrollan tipos de cáncer poco comunes, como el sarcoma de Kaposi. Si no
reciben tratamiento, mueren después de un tiempo variable, que puede ir de meses a años.

Lo que hoy conocemos como sida fue identificado por primera vez en los Estados Unidos, en
marzo de 1981, cuando en Nueva York y California comenzaron a aparecer pacientes
—principalmente varones homosexuales jóvenes— que presentaban la serie de infecciones y
cánceres poco frecuentes que hoy asociamos con el síndrome. Se descubrió que estos
pacientes invariablemente presentaban también un número anormalmente bajo de cierto tipo
de células sanguíneas del sistema inmunitario: los linfocitos T (una variedad de glóbulos
blancos) de tipo “CD4 positivos” o CD4+, llamados así por presentar en su superficie la
proteína de ese nombre.
Aunque al inicio se pensó que la enfermedad se presentaba únicamente en varones que
tenían relaciones sexuales con otros varones (llegó a ser llamada “el cáncer rosa”), o entre
otros grupos minoritarios en EUA como haitianos y hemofílicos, pronto se descubrió que podía
también transmitirse mediante las relaciones heterosexuales, y que no estaba limitada a
ningún grupo en especial. En 1982 se adoptó el nombre “sida”, y se propusieron diversas
teorías para explicar qué lo causaba, incluyendo el uso de drogas, común entre la población
homosexual estadounidense.

Al tiempo que la epidemia avanzaba y se comenzaban a detectar casos en otros países, fue
quedando claro que se trataba de un mal contagioso, probablemente causado por algún tipo
de microorganismo. Se averiguó que se transmitía por el contacto con fluidos corporales,
principalmente sangre y semen, a través de las relaciones sexuales, las transfusiones y
trasplantes, el uso compartido de jeringas (común entre adictos a las drogas intravenosas) y
de madre a hijo durante el nacimiento.

Descubrimiento del En mayo de 1983 el investigador francés Luc Montagnier, del Instituto
Pasteur, en París, reportó en la revista Science el aislamiento de un nuevo virus, al que llamó
LAV (Virus Asociado a Linfoadenopatías) que infectaba a los linfocitos y que se hallaba
presente en pacientes que presentaban las primeras etapas del sida. El virus fue descubierto
por el francés; en 1986 se cambió el nombre a VIH (Virus de la Inmunodeficiencia Humana).

Para 1985 se había desarrollado una prueba comercial para detectar anticuerpos contra el
virus en la sangre, los cuales indican que hay infección. Cuando un paciente da resultado
positivo en la prueba, se dice que es “seropositivo”, es decir, que su suero sanguíneo ya
contiene anticuerpos contra el VIH. Esto indica que está infectado, pero no quiere decir que ya
tenga el sida, pues es frecuente que el síndrome tarde entre cinco y 10 años (o más, si se
trata adecuadamente) en presentarse

La prueba, conocida como “Elisa”, permitió además analizar las muestras de sangre para
transfusiones y eliminar así el contagio por esa vía. También se atacó la transmisión por
jeringas mediante campañas de información y programas de distribución de jeringas
desechables. El contagio por vía sexual se ha combatido desde entonces fomentando la
abstinencia, la fidelidad y, de manera más realista, las prácticas de sexo protegido,
principalmente el uso del condón.

Simultáneamente, se iniciaron las primeras campañas para combatir la discriminación que


surgió contra pacientes con sida y seropositivos, y por extensión contra los homosexuales y
otros grupos minoritarios relacionados con la pandemia, pues hubo numerosos casos de
trabajadores despedidos de sus empleos, y hasta de niños expulsados de las escuelas.
Todavía hoy, la lucha contra la estigmatización de quienes viven con una infección por VIH
continúa, y está lejos de ganarse.

Un virus devastador Dejando de lado el problema de si un virus es un ser vivo, es


probable que el VIH sea el organismo mejor estudiado de todos los tiempos. Para 1984 se
conocía su estructura molecular detallada, y la información completa de su genoma fue
descifrada unos años después.

Hoy sabemos que el VIH pertenece a la familia de los retrovirus, que entre otras
características cuentan con un genoma que, en vez de estar formado por ácido
desoxirribonucleico (ADN), como en casi todos los demás organismos existentes, está hecho
de ácido ribonucleico (ARN). Como todos los virus, el VIH necesita introducirse a una célula
para tomar el control de la maquinaria reproductiva de ésta y fabricar copias de sí mismo. El
VIH logra penetrar en las células a las que infecta y mata, principalmente linfocitos CD4+,
usando una proteína presente en su superficie llamada gp120, que se une a la proteína CD4
de la célula y le sirve como “llave” para traspasar su membrana.

Para reproducirse dentro de las células que infectan, los retrovirus necesitan primero “traducir”
su genoma de ARN a ADN, lo cual logran mediante la enzima transcriptasa inversa, contenida
en la partícula viral. Precisamente es esta enzima, que tiene una baja fidelidad de copiado, la
causante de las constantes mutaciones que sufre el VIH, uno de los principales obstáculos
para desarrollar vacunas y tratamientos contra él.

Existen dos especies de VIH, llamadas 1 y 2. Se sabe que ambas surgieron en África, a partir
de virus que infectaban, respectivamente, a los chimpancés y a los monos conocidos
como mangabeyes, y que accidentalmente pasaron a los humanos. La mayor parte de los
casos de sida en el mundo son causados por el VIH-1.

Para finales de los 90 se habían desarrollado y probado varios nuevos medicamentos, y


actualmente los tratamientos más efectivos, conocidos como terapias antirretrovirales
altamente activas, combinan al menos tres de ellos simultáneamente (con frecuencia
incluyendo el AZT). Resultan mucho más efectivas y con efectos más duraderos que las
antiguas terapias con un solo fármaco, pues es mucho menos probable que el virus sufra
mutaciones que lo vuelvan resistente a tres medicamentos distintos.

El resultado es que la esperanza de vida para quienes viven con el VIH se ha incrementado
enormemente: incluso, hay quien considera que el sida ya no es una enfermedad mortal, sino
crónica. A pesar de los efectos secundarios, a veces severos, que tienen los medicamentos
(entre ellos diarreas, náuseas o problemas de erección), el nivel de vida que ofrecen las
nuevas terapias es mucho más alto que cualquier otra alternativa. ¡Aunque, por supuesto, la
mejor opción sigue siendo evitar la infección, en primer lugar! Mientras no haya una
cura o una vacuna disponibles, el condón seguirá siendo imprescindible.

Negar la realidad

Tomando en cuenta todo lo que sabemos actualmente sobre el virus del sida, sus riesgos, la
forma de prevenir la infección y el éxito de los modernos tratamientos, ¿cómo es posible que
haya quien niegue el peligro real que representa el VIH, y la necesidad de impedir que infecte
a más personas?

Mientras tanto, y hasta que no se descubra una vacuna contra el VIH, el único
comportamiento razonable sigue siendo prevenir el contagio utilizando condón y, para
quien ya esté infectados, cuidar su salud mediante los tratamientos médicamente
aprobados. El sida, aunque no nos guste aceptarlo, es muy real. Está en nosotros la
decisión de evitar que cause mayores daños

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