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Novelas de la Revolución Mexicana

Este documento resume un ensayo que analiza varias novelas de la Revolución Mexicana de 1910 escritas por autores que participaron o fueron testigos de los eventos. Explica que estas novelas abordan temas similares a los libros de historia como héroes, ideas políticas, batallas y el fin de la revolución armada. También discute la relación entre la literatura y la realidad histórica, y cómo estas novelas capturan eventos de la revolución de una manera tanto factual como interpretativa desde la perspectiva de cada autor.
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Novelas de la Revolución Mexicana

Este documento resume un ensayo que analiza varias novelas de la Revolución Mexicana de 1910 escritas por autores que participaron o fueron testigos de los eventos. Explica que estas novelas abordan temas similares a los libros de historia como héroes, ideas políticas, batallas y el fin de la revolución armada. También discute la relación entre la literatura y la realidad histórica, y cómo estas novelas capturan eventos de la revolución de una manera tanto factual como interpretativa desde la perspectiva de cada autor.
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Contribuciones desde Coatepec

ISSN: 1870-0365
[email protected]
Universidad Autónoma del Estado de México
México

Montes de Oca Navas, Elvia


Un poco más sobre la Revolución Mexicana de 1910, narrada a través de las novelas
Contribuciones desde Coatepec, núm. 2, enero-junio, 2002, pp. 53-72
Universidad Autónoma del Estado de México
Toluca, México

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UN POCO MÁS SOBRE LA REVOLUCIÓN MEXICANA DE 1910, NARRADA A TRAVÉS DE LAS NOVELAS

Un poco más sobre la


Revolución Mexicana de
1910, narrada a través
de las novelas
ELVIA MONTES DE OCA NAVAS
El Colegio Mexiquense

En este ensayo analizo algunas novelas de la Revolución Mexicana de 1910, cuyos


autores participaron o fueron testigos de los hechos narrados.
Las novelas seleccionadas abordan temas semejantes a los que se tratan en los
libros históricos: tales como héroes y personajes, algunos de ellos anónimos, ideas
y programas de los participantes, desarrollo de batallas, ejércitos combatientes, fin
de la revolución armada y otros temas que hacen que la literatura, en este caso la
novela, aporte una versión más sobre la Revolución Mexicana.
Contra la crítica literaria tradicional que afirmaba que la obra artística era un
producto de la pura subjetividad, resultado del trabajo de un artista no comprome-
tido, hoy, casi de manera unánime, se sostiene que entre las condiciones históricas
concretas y la creación artística existe un nexo imposible de negar; no se trata de
una relación llana y sin bordes, es un juego dialéctico el que entre ellas se estable-
ce. Sin embargo, en esa riqueza de tonos y matices se encierra todo un mundo de
elementos que permiten comprender la complejidad de una sociedad como un todo.
Entre la cultura, comprendida en ella la literatura, y la realidad social existe
una relación recíproca que no significa una relación de causalidad necesaria. En la
obra literaria el artista encierra la realidad social que le tocó vivir y el ángulo social
desde el que la percibe, la interpreta y a la que, si así lo quiere, le impone el desen-
lace que decide.
En este juego complicado de relaciones entre objetividad-subjetividad, reali-
dad-ficción, verdad-fantasía, historia-relato imaginario, surge la novela como una
de las creaciones más frecuentadas para la narración de hechos, situaciones, mo-
mentos, que el artista deja plasmados en su obra, desafiando, de alguna manera, la
propia historicidad de lo que narra y la suya misma.
Aristóteles en su libro La poética defendió la superioridad de la literatura
sobre la historia. La poesía es superior a la historia, afirmó el estagirita, porque nos
cuenta las cosas como “ojalá hubieran pasado”, en cambio, la historia nos las narra

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ELVIA MONTES DE OCA NAVAS

“tal como pasaron”. Además, la poesía se ocupa de verdades universales y la histo-


ria tan sólo de hechos particulares. “Y por este motivo la poesía es más filosófica y
esforzada empresa que la historia, ya que la poesía trata sobre todo de lo universal,
y la historia, por el contrario, de lo singular”. Recordemos que en el mundo de los
griegos, la filosofía era un saber universal por su tema y radical por su método. El
tema de la literatura también es universal, de ahí su semejanza con la filosofía.
La novela en sus orígenes, según Lukács, muestra fundamentalmente a una
sociedad burguesa en ascenso, pero asimismo refleja su degradación con respecto a
los valores tradicionales considerados como fundamentales para el buen y sano
convivir entre los hombres. La novela refleja un mundo problemático, con héroes
que muchas veces ya no son los individuos aislados, como en los viejos romances
europeos, sino que ahora son también los pueblos, que no siempre se dirigen hacia
nobles ideales. Pueblos guiados muchas veces por líderes equivocados que luchan
tan sólo por intereses inmediatos en el tiempo como son el enriquecimiento fácil y
el poder o el “avance”, como se le llamó al saqueo y la rapiña en la Revolución
Mexicana.
En Sociología de la literatura, Lukács afirma que la tarea del artista consiste
en hacerse consciente y reproducir la realidad que se desarrolla de un modo parti-
dista. El contenido de la novela es la historia del alma que sale para conocer el
mundo exterior en busca de aventuras y, en esas aventuras, encontrar su propia
esencia. Se descubre un mundo externo caótico, “dejado de la mano de Dios”, falto
de sustancia, poseído por “héroes demoníacos”, y un mundo incomprensible que
parecía diáfano y transparente como el cristal, pero al que en el fondo no se le
encuentra camino de salvación.
En la novela mexicana de fines del siglo pasado, fue disminuyendo importan-
cia, pureza de estilos, formas y temas venidos del extranjero, especialmente de
Europa; lo propio adquirió valor, lo popular y autóctono dieron vida al nuevo arte,
el pueblo y sus anhelos se convirtieron en fuente inagotable para la producción
literaria.
Con el movimiento de 1910, escritores e intelectuales mexicanos se vieron
fuertemente sacudidos por su realidad, no por la de otros tiempos y lugares que no
eran los propios; quisieron dejar para la posteridad esa realidad reflejada en su
obra, se esforzaron en reproducirla “tal como fue”, con toda su vivacidad y drama-
tismo; surgió así una nueva literatura, que intentó captar el movimiento revolucio-
nario en sus diversas caras.
Los novelistas no se propusieron escribir historia, sino precisamente eso, no-
vela, por lo tanto que no se sintieron obligados con la veracidad ni con la objetivi-
dad, siempre relativas, a las que se debe el historiador. Los novelistas armaron los
hechos a su manera y le dieron su propia interpretación artística, no histórica.
En las novelas de la Revolución Mexicana aquí abordadas, quedó registrado,
a menudo con los márgenes de libertad o parcialidad que se permite el autor, el

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UN POCO MÁS SOBRE LA REVOLUCIÓN MEXICANA DE 1910, NARRADA A TRAVÉS DE LAS NOVELAS

movimiento armado de 1910, y se mezclaron los elementos antagónicos pero com-


plementarios de lo que sucedió en la realidad de ese tiempo y de lo que el escritor
quiso que en su obra sucediera; sucesos en los que el autor fue a menudo actor del
episodio que le interesó aprehender en su creación, y que por tal intransferible
razón narra una historia viva y cercana de la Revolución. El creador conoce, ha sido
testigo o se ha mantenido muy cercano a las condiciones sociales concretas del
México de 1910, a las ideas que dominaban el pensamiento y guiaban las acciones
de los hombres de ese tiempo: ideología, constelación de valores diversos y en
ocasiones hasta contradictorios A través de esa corriente testimonial y mediante la
hechura artística, es posible conocer la ideología de la época y asimismo la del
escritor.
En la medida en que la Revolución Mexicana supuso una lucha de clases
sociales, unas en ascenso y otras en decadencia, la Novela de la Revolución inevi-
tablemente significa y expresa —así sea como subproducto de su elaboración artís-
tica— esa lucha de clases; una lucha en que la toma del poder político equivalía al
triunfo para algunas de ellas, en tanto que otras fuerzas luchaban porque se realiza-
ra, como producto de su acción, una profunda revolución económica y social.
Aunque los escritores no se lo hubieran propuesto, en las novelas se mezcló la
literatura y la historia; en ellas la imaginación y la realidad difícilmente marcaron
sus fronteras, lo anecdótico y lo trascendente se cruzaron; en fin, fueron obras en
donde el autor y el actor no solamente se mezclaron, sino que se unieron en uno solo.
La vieja cultura colonial poco a poco se disolvió en el tiempo. El triunfo del
mestizo y con él el nacimiento de una nación dominaron todos los ámbitos; empezó
a surgir una nueva cultura y una incipiente conciencia nacional, que se vieron sacu-
didas por un fuerte movimiento revolucionario.
La nueva literatura mexicana, la plasmada a través de las novelas de la Revo-
lución, es fundamentalmente histórica, política, popular. Penetró de diferentes ma-
neras en los poros de la nueva sociedad, animó a sus simpatizantes y reprimió a sus
adversarios, se extendió por diversos lados y se multiplicó de manera asombrosa.
Todo lo que había sido reprimido o disfrazado, encontró una fuente casi in-
agotable para salir a la luz a través de las novelas; por medio de ellas se hizo la
crítica que antes sólo se hacía a través de periódicos y caricaturas, y que era consi-
derada como subversiva y desleal; se trató de una literatura que denunció, a la
manera de cada uno de los escritores, la realidad que se vivía y, aunque no siempre
de manera explícita, dejó entrever la realidad social por la que según los escritores
se luchaba.
El escritor se vio impulsado a escribir y crear un nuevo tipo de literatura;
habían cambiado las condiciones sociales de la realidad mexicana, era necesario
crear una nueva literatura que acompañara estos cambios. Varios de los escritores
de las novelas de la Revolución carecieron de una preparación literaria propiamen-

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ELVIA MONTES DE OCA NAVAS

Los de abajo La sombra del caudillo Memorias de campaña

te dicha, tuvieron que crear un nuevo estilo, una nueva temática que les permitiera
lanzar un mensaje político a las clases sociales.
Las novelas de la Revolución no significan solamente una nueva temática y
estilo literarios, significan toda una producción política e ideológica que responde
y acompaña a los cambios económicos de la sociedad mexicana. El análisis de las
novelas de la Revolución permite conocer este movimiento, a través de los efectos
que provocó en el mundo de las ideas, manifiesto en la literatura.
Las primeras novelas de la Revolución Mexicana aparecen como obras testi-
moniales de escritores que, de una u otra manera, habían participado en ella. Desde
entonces hasta nuestros días la Revolución armada sigue siendo tema de inspira-
ción de muchas obras, aunque ya no se trate de obras testimoniales escritas por
participantes u observadores directos. Es difícil señalar el periodo que abarca la
llamada Novela de la Revolución Mexicana, pues si se considera como tal cual-
quiera que tenga a la Revolución como fondo, entonces este ciclo jamás será cerra-
do totalmente; lo mismo pasa con cualquier otro tipo de novela que se refiera a
algún hecho histórico.
Hay quienes inician este periodo con la obra Tomóchic (1893-1895) de
Heriberto Frías, o con la obra de Mariano Azuela Andrés Pérez Maderista (1911),
aunque hay quienes no la incluyen dentro de la Novela de la Revolución por consi-
derarla del género costumbrista que se cultivó durante el Porfiriato, y que única-
mente señalaría la psicología oportunista del protagonista que participa en el movi-
miento maderista, al darse cuenta que éste no provocaría ningún cambio social
peligroso; posición idéntica a la que tomaron muchos advenedizos y convencidos
que participaron de última hora en la Revolución. Algunos cierran este ciclo con las

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UN POCO MÁS SOBRE LA REVOLUCIÓN MEXICANA DE 1910, NARRADA A TRAVÉS DE LAS NOVELAS

obras que se refieren a la caída de Carranza (1920); entonces quedarían fuera buena
parte de la obra de Martín Luis Guzmán que escribe sobre los tiempos posteriores a
Carranza, los de Obregón y Calles; otros cierran el ciclo con la revolución cristera.
Frente a las diversas opiniones que existen, yo elegí las novelas que narran el
periodo armado que va de 1910 a 1917, y otras más que abarcan hasta la época de
Obregón y Calles, como la Sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán, y que
fueron escritas por testigos del movimiento armado.
La mayoría de estas novelas se caracteriza por su condición de memorias; a
través de ellas cada autor dio a conocer su intervención en la Revolución. José Luis
Martínez dice en La novela de la Revolución: “El género adopta diferentes formas,
ya el relato episódico que sigue a la figura central de un caudillo, o bien la narra-
ción cuyo protagonista es el pueblo; otras veces se presenta la perspectiva
autobiográfica y, con menos frecuencia, los relatos objetivos o testimoniales”.
Los novelistas no escribieron desde la perspectiva de una auténtica clase so-
cial ya consolidada, lo hicieron desde una clase media en ascenso que, movida por
un sentimiento compasivo, se dolía de los oprimidos por la vieja élite. Clase media
más o menos ilustrada que veía con gran temor, y a la vez compasión, lo que estaba
sucediendo bajo el gobierno de Díaz y su grupo de científicos. Temor por lo que
podría suceder, y que finalmente sucedió, un gran movimiento social en donde los
implicados dieran rienda suelta a la violencia y la barbarie. Compasión por “los de
abajo”, cuya situación no podía ser prolongada más, y que era ya irresistible para
cualquier ser humano.
Los autores aquí incluidos son Mariano Azuela, Martín Luis Guzmán, José
Vasconcelos, José Rubén Romero y Agustín Vera, quienes cronológicamente pue-
den agruparse en un primer grupo. Los otros son Francisco L. Urquizo, José
Mancisidor, Nellie Campobello, Gregorio López y Fuentes, Rafael F. Muñoz,
Mauricio Magdaleno, Miguel N. Lira, Francisco Rojas González y Jorge Ferretis,
quienes integran un segundo grupo.
Los dos grupos representan una variedad de actores o testigos de la Revolu-
ción, que dejaron a la posteridad la narración dramática de una experiencia vivida;
en las narraciones las traiciones surgen por doquier, traiciones tanto a los persona-
jes históricos reales como a los personajes literarios ficticios; aparecen las madru-
gadas frías en pleno campo de batalla, los fusilamientos a granel y de a montón, la
actitud firme de “los Juanes” y sus soldaderas frente al peligro; la destrucción de
los pueblos y las haciendas; el adolescente y el hombre maduro que sin darse cuen-
ta se ven envueltos en el torbellino de la Revolución, el hombre anónimo que se ve
ascendido hasta general, para regresar después, si antes no lo matan, al anonimato
del que salió; las mujeres que ven asesinar a sus hombres sin que se mueva un solo
músculo de su cara, los niños que horrorizados se aferran a las faldas de su madre al
ver que los soldados se llevan a su padre.

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ELVIA MONTES DE OCA NAVAS

En la introducción que hace Antonio Castro Leal a su Antología de la novela


de la Revolución Mexicana, escribe:
[la novela presenta] el cuadro de la Revolución en toda su complejidad, al mis-
mo tiempo pintoresca, conmovedora y trágica: choques sangrientos de faccio-
nes enemigas, regocijos de la vida de campaña, formación de ejércitos improvi-
sados, ataques a las ciudades y atropellos a las poblaciones pacíficas, interven-
ción extranjera y complicaciones internacionales, asaltos y saqueos, héroes que
se sacrifican y vividores que medran, angustias de la población civil y holocaustos
de juventudes militares, cambios psicológicos y cambios sociales, hombres ge-
nerosos que querían salvar a los pobres y que —al enriquecerse— olvidan sus
convicciones; todo un pueblo que se levanta desde la servidumbre hasta el liber-
tinaje, desde la ilegalidad hasta la Constitución de 1917, reivindicaciones que se
extreman en venganzas, masas que forjan en la lucha los principios que las guían,
movimiento unánime y violento que —dueño ya de la situación— retarda el
triunfo y la organización final mientras que se despedazan los caudillos rivales
impulsados por la ambición de poder.

Este mosaico aparece en las novelas de la Revolución Mexicana. En cada una


de ellas el autor intenta encontrar el hilo conductor que le permita imponer orden al
caos de la realidad en la que vive.
Las ideas políticas y las actividades a las que se dedicaron los novelistas,
además de escribir, fueron diversas. Van desde médicos como Mariano Azuela,
abogados como José Vasconcelos y Martín Luis Guzmán, hasta autodidactas como
José Rubén Romero, pasando por militares como Francisco L. Urquizo y periodis-
tas como Gregorio López y Fuentes. Se revisaron escritores de filiación villista
como Azuela; carrancistas como Martín Luis Guzmán aunque después renegó del
mismo Carranza y quiso saldar su deuda de gratitud con Villa escribiendo Las me-
morias de Pancho Villa; zapatistas como Gregorio López y Fuentes; nacionalistas
convencidos como Vasconcelos; socialistas como José Mancisidor; todos con una
gran habilidad y fina sensibilidad para captar los hechos y los hombres y después
escribir acerca de ellos.
Las novelas seleccionadas presentan una posición intermedia entre la novela
auténtica y un informe de experiencias personales. Entre los escritores aparecen
diversos estilos y calidades, pero nadie superó a Mariano Azuela en su narrativa
sobre el México revolucionario; a pesar del pesimismo de Azuela al interpretar a su
pueblo y a su época, desarrolló admirablemente su capacidad de atención y la agu-
deza de su conciencia crítica. En una muy personal mezcla de realidad objetiva y
subjetiva, Azuela logró una creación intensa y rica.
Las novelas permiten darnos cuenta de una infinidad de temas; en este trabajo
daré sólo un breve “muestrario”. Por ejemplo, se narra la adhesión y admiración de

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UN POCO MÁS SOBRE LA REVOLUCIÓN MEXICANA DE 1910, NARRADA A TRAVÉS DE LAS NOVELAS

los hombres que lucharon en la Revolución hacia un jefe, un caudillo, un cabecilla


que los dirigía en la lucha y a quien habían prometido fidelidad y lealtad eternas.
No siempre se identifican con caudillos reales como Madero, Villa, Zapata, Carranza,
Orozco.
Sobre Madero se escribió poco, probablemente por el breve tiempo que estu-
vo en la Presidencia. José Vasconcelos lo describe así:

No era Madero un político de oficio ni un demagogo. Su ideología iba más


allá de sus planes. Lo sostenía la convicción de que es el ideal una fuerza que
acelera el proceso si encarna en hombres despejados, resueltos y honestos. No
era anticlerical ni jacobino y sí liberal tolerante con programa agrario. Creía en
el poder del espíritu sobre el complejo de las cosas y de los sucesos Era, en
suma, una de esas figuras llamadas a forjar la historia, en vez de seguir sus
vericuetos oscuros (José Vasconcelos: Ulises criollo).

Sin embargo, igual que muchos contemporáneos de Madero, también en las


novelas se dudó de su poder político frente a la gran figura que durante más de
treinta años había significado Díaz:

El chaparrito Madero ha prometido el oro y el moro, y como no podrá


cumplirlo, lo descabezarán un día cualquiera... Ya verá usted. Ya verá usted.
Que dizque democracia..., que sufragio efectivo y no-reelección... ¡Mmm! ¡Si
don Porfirio, que tenía duro el colmillo —y no se tentaba el corazón, no pudo,
menos va a poder ese pedazo de cristiano que ahora está en la sillita! (Mauricio
Magdaleno: El resplandor).

La figura de Zapata ocupa en las novelas de la Revolución un lugar más mo-


desto que Villa; tal vez esto se explique por el hecho de que la mayoría de los
escritores fueron partícipes en ella en los ejércitos del norte, que era una región
revolucionaria más importante que la del sur, en donde Zapata y sus hombres libra-
ban importantes combates guerrilleros con los federales, pero no batallas decisivas
como las del norte.
Sobre Zapata escribe Francisco Rojas:

—A ese hombre lo siguen los probes como a un dios porque a su sombra


despierta el descontento de los de abajo y nace el miedo de los encumbrados. A
un grito de él, la rebelión ha nacido en el sur de México y hoy día no hay quien
la detenga: es ya un torrente que todo lo arrastra y destruye (Francisco Rojas
González: La negra Angustias).

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Francisco Villa Emiliano Zapata

A Francisco Villa, las novelas de la Revolución lo muestran enigmático y


feroz, justo y caprichoso, humanitario y vengativo, grande y admirable en su bruta-
lidad, poseedor de todos los atributos humanos. Mariano Azuela habló de Villa:
—¡Ah, Villa!... La palabra mágica. El gran hombre que se esboza, el guerrero
invicto que ejerce a distancia ya su gran fascinación de boa (Mariano Azuela: Los
de abajo).
A Villa se le llamó el Napoleón mexicano, el caballero azteca que cayó sobre
la cabeza de Huerta, el gran guerrero que puso en apuros a los ejércitos de Carranza
y Obregón. Hombre a quienes muchos no conocieron, pero cuyo nombre hacía
sentir a los hombres poseedores de esa energía y voluntad del Centauro del Norte.
Carranza es el personaje menos mencionado en las novelas. Martín Luis
Guzmán lo describe como un “hombre viejo y terco que no cambiaría jamás”, siempre
haría caso a las alabanzas y no a las acciones, al servilismo y no a la capacidad,
hombre que hasta la muerte sufriría, atraído por pequeñeces y ruindades como lo
era él mismo. “Su frialdad calculadora —a eso llaman los turiferarios dotes de gran
estadista— le servía para calcular lo chico, no lo magno, con lo que echaba a perder
sus mejores momentos (Martín Luis Guzmán: El águila y la serpiente).
Las novelas no presentan a la Revolución a través de obras monumentales, lo
hacen con cuadros y episodios vivenciales, unidos todos, el autor y los protagonis-

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UN POCO MÁS SOBRE LA REVOLUCIÓN MEXICANA DE 1910, NARRADA A TRAVÉS DE LAS NOVELAS

tas de su obra, en una causa común. La vida privada de los hombres desaparece
ante el hecho social que se desarrolla; no importan sus vidas, importan sus hechos
en el campo de batalla y los autores los narran a través de un lenguaje sencillo y
popular; aunque sean muy pocos los “letrados” que puedan leerlos. “¿Para qué los
nombres? No importa el nombre del general. No importa el nombre del soldado.
Somos la masa que no necesita nombres ni para la hora de la paga, ni para la hora de
la comida; vaya, que ni para la hora de la muerte”. (Gregorio López y Fuentes:
Campamento).
Otro asunto que se aborda en la Novela de la Revolución es la sensación que
tuvieron los hombres, al menos en los inicios del movimiento, de pertenecer a algo
más que a “la peonada”, de estar unidos por un lazo distinto que el de trabajar de sol
a sol para el mismo patrón. Se estableció entre ellos una solidaridad y ante un
caudillo una fidelidad que tan sólo fue rota por la traición. Entre los hombres creció
un sentimiento de destino compartido para luchar en favor de las masas populares,
principalmente los campesinos; para ello no se escatimó, según las novelas, el va-
lor y el sacrificio de los hombres y de sus líderes en el campo de batalla. “La revo-
lución, que en su primera sacudida mezcló nuestras capas sociales y despertó en los
de abajo la esperanza de una igualdad por tanto tiempo ambicionada”. (José Rubén
Romero: Desbandada).
En las novelas de la Revolución Mexicana no podía faltar la mujer. En las
novelas la mujer aparece como un ser sin nombre ni rostro, anónimo y secundario,
aunque siempre presente; la compañera inseparable del soldado con quien compar-
te su destino, un “artefacto masculino” que se toma y se abandona cuando ya no es
útil ni necesario. Un ser sin ubicación propia, no así en los corridos de la Revolu-
ción en los que la mujer ocupa un lugar importante y que generalmente lleva su
propio nombre como título. En las novelas se encuentran personajes femeninos
nobles y simpáticos, fieles la mayoría de las veces a sus hombres, pero nada más.
Una de las características propias de la Revolución Mexicana fue el que un
grueso número de mujeres se incorporó directamente a ella, compartiendo con los
hombres los momentos de batalla y los de descanso. Surge la figura de la soldadera
mexicana que junto a los hombres, y al igual que ellos, toma parte de los combates;
pero en las novelas aparece su figura como deslucida, atrás del hombre, perdida en
su sombra. “—¡Éstos cargan con todo lo que encuentran! —completó Flora. Hasta
pa peliar buscan primeramente naguas que carabinas”. (Jorge Ferretis: Tierra Ca-
liente).
Azuela presenta varias figuras femeninas entre las que sobresalen “la pinta-
da”, Camila y la mujer de Demetrio Macías, quien ni siquiera nombre tiene. Se
trata de figuras femeninas muy diferentes. “La pintada”, mujer alegre que se une a
quien le ofrezca mayor paga y cómoda vida, capaz de matar si alguien intenta quitarle

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ELVIA MONTES DE OCA NAVAS

a “su hombre”, como lo hizo con Camila, campesina ingenua y noble que al ser
engañada por Cervantes es entregada a Macías, para después poco a poco irle “co-
brando voluntá”, tanta que hasta se negó después a abandonarlo.
Aparece también la figura de la mujer bella, elegante, refinada y romántica,
alrededor de quien se teje una historia que sucede al margen de la Revolución. O la
que evoca recuerdos al escritor, como la Adriana de José Vasconcelos. O la mujer
prohibida que es capaz de dominar al general Felipe Rojano, como sucede con
Gabriela en La escondida. O la madre cariñosa y tierna dispuesta a prodigar siem-
pre sus caricias y cuidados, como lo hace la madre de Nellie Campobello en Las
manos de mamá.
Nellie Campobello así describe a su madre:

Esbelta como las flores de la sierra cuando danzan mecidas por el viento.
Su perfume se aspira junto a los madronios vírgenes.
Su forma se percibe a la caída del sol en la falda de la montaña.
Era como las flores del maíz no cortadas y en el mismo instante en que las
besa el sol.
Un himno, un amanecer, toda Ella era. Los trigales se reflejaban en sus
ojos cuando sus manos, en el trabajo, se apretaban sobre las espigas doradas y
formaban ramilletes que se volvían tortillas húmedas de lágrimas (Nellie
Campobello: Las manos de mamá).

La negra Angustias es una magnífica excepción, pues la protagonista es una


mujer que defiende la causa noble por la que lucha,
y además defiende a las de su género. Brava mujer
que siempre defendió a las mujeres, hasta a las pros-
titutas a quienes los hombres de su regimiento no
querían pagar sus servicios:

—¡Págale, Güitlacoche!
—Pero mi coronela —respondió el capitán—,
parece mentira que usté se cargue mejor del lado de
las güilas...
—Págale y cállate el hocico —dijo la mula-
ta—. Las güilas merecen más respeto que todas las
otras... Éstas se revuelven con los machos por dine-
ro, aquí no hay amor ni brama... Hay hambre, no
ganas. Ellas cobran por soportar la peste y la bruta-
lidad; lo otro no les importa... ¡Págale Güitlacoche!
En un rincón suspira el Bicicleto:

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UN POCO MÁS SOBRE LA REVOLUCIÓN MEXICANA DE 1910, NARRADA A TRAVÉS DE LAS NOVELAS

—Lástima que el más hombre de todos sea mujer (Francisco Rojas


González: La negra Angustias).

La ausencia de firmes convicciones por las que se luchaba y al lado de quién


se hacía, parece ser un fenómeno presente en los hombres, tanto los que integraban
los diversos ejércitos revolucionarios como los “pelones” federales.
Tal parece que la gigantesca ola que fue la Revolución, especialmente en la
zona norte del país, arrastró a los hombres sin darles tiempo ni oportunidad de
decidir su destino. Ya en la revuelta ellos mismos se preguntarán por qué están ahí,
al lado de quién luchan. Entre ellos mismos se reprochan la falta de convicciones
políticas, carencia que los hace “cambiar de chaqueta” en el momento necesario,
sin importar el bando. De lo que se trataba era de aprovechar la oportunidad para
obtener el mayor provecho propio.

—Tengo la franqueza de sacar la cara por los federales que se han rendido,
Naturalmente, la cabra busca al monte...
—¿Lo dices porque fui rural? No es una vergüenza. Nos tocó en suerte
haber quedado de la otra orilla, pero rectificamos a tiempo nuestra conducta y
creo que hemos peleado al menos como ustedes.
—Pues yo, en la primera oportunidad, zafo el hombro.
—¿Y qué hará la revolución sin usted, capitán de dedo?
—¡Lo que hacía sin usted, chaquetero! ¡Triunfar! (Gregorio López y Fuen-
tes: Campamento).

Sin embargo los hombres, cualquiera que fuera el bando en el que estaban, en
momentos de calma tenían la suficiente capacidad de reflexión sobre su situación y
sobre lo que estaban haciendo, y entonces aparecía el remordimiento y la pena por
lo que hacían al matar al “otro”, al que ni siquiera conocían y de quien no habían
recibido ningún agravio, Pero entonces ¿quién era el responsable de ese caos?

—...hemos matao muchos prójimos..., nos dijeron que íbamos a peliar con-
tra los ricos...; pero pos... lo que yo miro es que nos matamos casi puros probes...
—Yo no sé, de verdá, ni pa qué peliamos..., pero pa' algo ha de ser...,
alguien ha de tener la culpa... (Jorge Ferretis: Tierra Caliente).

La ausencia de “intelectuales orgánicos” —en palabras de Gramsci— tanto


en los ejércitos revolucionarios como en los federales, está presente en las novelas.
Y los que llegaron a las diversas facciones sólo despertaron desconfianza y absolu-
ta incomprensión, pues hablaban en un lenguaje que probablemente ni ellos mis-
mos entendían.
Así les hablaba un tal Pérez Gómez a los hombres de la coronela Angustias:

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ELVIA MONTES DE OCA NAVAS

[...] comprender a fondo las doctrinas emancipadoras de Rousseau, Juan Jacobo;


la tóxica satírica de Voltaire, Francisco María Arouet; las sutilezas malvadamente
sabias de Maquiavelo, Nicolás; las atrevidas y enmarañadas ideas de los intér-
pretes del pensamiento actual: Comte, Augusto; Weber, Max; Simmel, George...,
y hasta las pintorescas y utópicas de ese judío que se llama Carlos Marx (Fran-
cisco Rojas González: La negra Angustias).

Entender todo esto era lo único que le faltaba a las tropas de la mulata Angus-
tias, y tal vez a todos las demás facciones, para que su lucha fuera un auténtico
movimiento revolucionario. A este recién convertido y “nuevecito” revolucionario,
advenedizo como hubo tantos que “desinteresadamente” se unieron a la defensa de
los “nobles ideales” de la Revolución, Concho, un hombre de la mulata Angustias,
menos erudito que Pérez Gómez pero más sabio que él, le respondió: “—Pos ora sí,
patroncito, que cada quien tiene su modo de matar pulgas” (Francisco Rojas
González: La negra Angustias).
Sin embargo, la Revolución era algo más, algo que animaba a los hombres a
la lucha y que, a pesar de sus errores, pasiones, locuras, odios y deseos de sangre, a
pesar de los propios hombres significaba algo más que la venganza. Así se lo dice el
general orozquista Marcos a Álvaro, el recién ingresado al ejército de “los colorados”:

—Pero no estamos peleando por venganza, Alvarito. La Revolución es


algo más, algo tan grande que nos exhibe a los hombres en toda nuestra insigni-
ficancia: es la inconformidad del pueblo con su miseria. Cuatrocientos años
trabajando para recibir en pago el hambre que lo enerva, que lo debilita, que lo
agota, El hambre, esa punta de hierro hundida en el vientre. Las generaciones
nacen y mueren con hambre, sin haberse sentido hartas nunca. Hasta que se
arranquen del vientre aquel hierro que en sus manos se convierte en arma para
luchar contra su enemigo. Eso es la Revolución (Rafael F. Muñoz: Se llevaron el
cañón para Bachimba).

En las novelas surge la antinomia de una sucesión fatalista de la historia y una


posibilidad, aunque débil en un principio, de intervenir conscientemente en ella;
esto se deduce de la descripción que se hace de las circunstancias que rodean a los
acontecimientos, el carácter dramático de la acción de los protagonistas, el diálogo
que la acompaña.
Ese fatalismo y ausencia de voluntad se lee claramente en Azuela, a través de
un breve diálogo que Demetrio Macías tiene con su esposa:

—¿Por qué pelean ya Demetrio?

64 Contribuciones desde Coatepec


UN POCO MÁS SOBRE LA REVOLUCIÓN MEXICANA DE 1910, NARRADA A TRAVÉS DE LAS NOVELAS

Demetrio, las cejas muy juntas, toma distraído una piedrecita y la arroja al
fondo del cañón. Se mantiene pensativo viendo el desfiladero, y dice:
—Mira esa piedra cómo ya no se para... (Mariano Azuela: Los de abajo).

¿Y qué se lee en las novelas sobre el indio? Vasconcelos y su ideal del hombre
criollo y mestizo, manifiesta en sus obras un cierto recelo hacia las masas popula-
res, hacia los indios y su “aztequismo”. Vasconcelos asegura que mientras los in-
dios no sean educados:

[...] subsistirá el sistema de sacrificios humanos, así se llame Victoriano Huerta


o Plutarco Elías Calles el Moctezuma en turno. Todo esto sentía latir Madero
bajo la costra de la democracia que
implantaba (José Vasconcelos: Ulises
criollo).

Los yugos de la ignorancia y la su-


perstición eran las únicas propiedades
que se les reconocían a los indios. La
ignorancia fomentada por las autorida-
des civiles y la superstición por las ecle-
siásticas. Los mismos escritores recono-
cen en los indios esas condiciones, criti-
can al cura y al cacique pero también
los critican a ellos. Las injusticias que
los “de razón” cometían con los indios,
despertaban en los escritores sentimien-
tos de vergüenza y rebeldía, pero nada
más.
Cena de cortesanos más que de re-
José Vasconcelos beldes, cristales de Baccará, lozas de
China, mantelerías de Bruselas, flores
sobre la mesa desmayándose con languideces de mujer, y nosotros, remendados y
tristes, vendiendo como Esaú, nuestros principios por un plato de lentejas.

Allí fraternizábamos con los ricos ante el halago de una mesa opípara,
olvidando nuestras ideas igualitarias, mientras nuestros compañeros de lucha se
agrupaban friolentos y humildes en los corredores de la casa, después de haber
tomado por todo banquete su porción de tortillas y de frijoles, como cuando
eran siervos pacíficos de la Dictadura (José Rubén Romero: Apuntes de un lu-
gareño).

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ELVIA MONTES DE OCA NAVAS

Otras novelas critican duramente las maneras como se hizo política en el pe-
riodo posterior a la revolución violenta, especialmente en los años de Carranza, de
Obregón y de Calles; obras en las que se criticó el ejercicio que se hizo de la polí-
tica dentro de un sistema social corrupto, corruptos tanto las instituciones como los
hombres, todo en manos de unos cuantos también corruptos.

...si no le madruga usted a su contrario, su contrario le madruga a usted, ¿qué


pasa cuando los buenos tiradores andan acechándose pistola en mano? El que
primero dispara, primero mata. Pues bien: la política en México, política de
pistola, sólo conjuga un verbo: “madrugar” (Martin Luis Guzmán: La sombra
del caudillo).

Al triunfo de la Revolución ya no eran necesarios ni los Villa ni los Zapata.


Ahora se necesitaban los Carranza y los Obregón, “hombres de ideas” que harían
realidad los proyectos revolucionarios a través de sus gobiernos y sus acciones,
como lo fue la Constitución de 1917.
Pareciera que con la Constitución de 1917 la lucha armada llegaba a su fin.
¿Significaría esto el verdadero triunfo de la Revolución?

La revolución contaba con un código agrario y toda una legislación del


trabajo. Tierras y una vida humanizada quedaban prescritas para siempre, Los
millones de muertos que en la guerra habían caído los habían convertido en ley.
Esta era su victoria... {José Mancisidor: En la rosa de los vientos).

Ahora se pensaría en la paz, en la seguridad del porvenir, en la posesión y


trabajo de las tierras y la seguridad en el trabajo. Pero pasaron meses y nadie de los
que podían hacerlo pensaban en cumplir lo ofrecido. Las leyes son las leyes pero
no siempre se cumplen y también pueden ser violadas:

¿Que existía una ley agraria que hablaba del retorno de la tierra a sus
dueños verdaderos? ¡Bien! No se negaba..., pero tampoco se cumplía. Las leyes
son a veces un cebo para pescar incautos o un compromiso impuesto por las
circunstancias... (José Mancisidor: En la rosa de los vientos).

El abuso del poder y la explotación de los campesinos, continuaron de mane-


ra tal que no hubo diferencia con las condiciones en las que vivían bajo el gobierno
de don Porfirio Díaz. Entre las novelas que denunciaron esta situación, podemos
citar La sombra del caudillo de Martín Luis Guzmán y especialmente Resplandor
de Mauricio Magdaleno, novelas en las que se observa que el problema principal

66 Contribuciones desde Coatepec


UN POCO MÁS SOBRE LA REVOLUCIÓN MEXICANA DE 1910, NARRADA A TRAVÉS DE LAS NOVELAS

del campesino, por el que él mismo luchó en los ejércitos revolucionarios, proble-
ma que todos le prometieron resolver, quedaba sin solución: la devolución de la
tierra; todo se guardaba en documentos y resoluciones presidenciales, que se “per-
dían y olvidaban” entre querellas de políticos. El problema de la devolución de la
tierra que era lo que había motivado a los campesinos para unirse a la lucha, nadie
lo había resuelto de manera efectiva como lo establecía la Constitución de 1917.
Igual que en tiempos de don Porfirio, el peón seguía aún tímidamente pregun-
tándose cómo era que él no tenía tierra
ni derechos iguales ante la ley; ahora
había que utilizar nueva táctica, ya no la
leva o la masacre como lo hacía el pre-
sidente Díaz: convencer al campesino
que la devolución de su tierra se haría
después, una vez que la Revolución se
hubiera logrado cabalmente, pues toda-
vía seguía en marcha ascendente.

—Lo bueno hubiera sido no de-


jar que el patrón regresara a la hacien-
da o que se le hubiera puesto la condi-
ción de darnos tierra y libertad para
trabajarla,
—Eso no podía ser. La propie-
dad es sagrada. El que tiene chiche,
mama, y el que no, se cría sanchito...
Martín Luis Guzmán —Mire, compa; yo he oído algo
de eso de las tierras, que fueron de no-
sotros y que nos las han quitado los abogados. Tengo la idea, pero no sé discur-
sear, ¡Qué desgracia la de no conocer las letras! (Gregorio López y Fuentes:
Tierra).

Se aprecia en los escritores una inconformidad y una desconfianza hacia los


nuevos derroteros que toma el país. Muestran desilusión y desprecio por un movi-
miento que no los reconoció como a los más capaces, como aquéllos que debían
guiar los destinos del pueblo, que los hizo a un lado para dar paso al general en
turno.
En algunas novelas se manifiesta una clara defensa por la patria y el pueblo
mexicanos frente a la intromisión de otros pueblos, especialmente los Estados Uni-
dos de Norteamérica; pueblo éste cuyo imperialismo fue resentido por muchos
mexicanos.

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ELVIA MONTES DE OCA NAVAS

Varios de los escritores, por ejemplo Martín Luis Guzmán, estuvieron refu-
giados en algunas poblaciones de los Estados Unidos, donde el magnetismo de los
comercios atraía a los mexicanos de manera dominante; donde el orden, la limpieza
y el derroche contrastaban con los pueblos mexicanos empobrecidos y asolados por
la guerra. Sin embargo, la crítica no se hace esperar: los comerciantes del otro lado
se ofrecían inmediatamente a proveer a los ejércitos sin importar el bando, lo que
importaba era el gran negocio de la guerra.

Los de Nogales nos equipaban para la vida y para la muerte; igual nos
daban el vino que se consumía en las fiestas oficiales de la Primera Jefatura que
los tiros con bala de acero o bala expansiva para nuestras pistolas, lo uno y lo
otro a cambio de los papelitos impresos que nosotros les entregábamos a guisa
de moneda, y que luego les servían a ellos para llevarse los restos de la riqueza
que la Revolución malbarataba por razones imperativas y porque era “riqueza
de los científicos” (Martín Luis Guzmán: El águila y la serpiente).

Asimismo, el nacionalismo se manifiesta frecuentemente en las novelas, don-


de el sentido de patria se coloca más allá de toda ideología y partido político revo-
lucionario, como se lee en Frontera junto al mar, donde Mancisidor narra cómo se
unieron federales y revolucionarios en un propósito común: expulsar al soldado
yanqui de nuestro país cuando éste invadió las costas veracruzanas en 1914, duran-
te el gobierno de Victoriano Huerta.
Aquí se unen todos, los aliados de Huerta y sus opositores para defender al
puerto y expulsar al invasor extranjero. Hasta “Chespiar”, el anarquista convenci-
do, olvida sus ideas de rechazo a todo tipo de gobierno y su negación del concepto
de pueblo limitado por fronteras convencionales, y lucha junto a una voluntad úni-
ca: salvar a la patria y al pueblo:

—No —denegó Chespiar con gesto enérgico—. Ahora no me equivoco.


Pude creer que me daría lo mismo que los gringos o los Huerta ganaran la parti-
da, porque no supe descubrir que por encima de Huerta y los mezquinos móviles
que a aquéllos impulsan está el pueblo... ¡El pueblo! Esa cosa indefinible a ve-
ces, intangible en otras, pero existente... ¡El pueblo!... (José Mancisidor: Fron-
tera junto al mar).

Pero esa patria y ese pueblo fueron traicionados y abandonados al triunfo de


la Revolución. A la Patria, a la Revolución, al Pueblo se les cantan himnos y loas y
se les hacen homenajes todos los años, pero no se hace nada por ellas ni por él.
La Patria, más triste que sus hijos, encomendó a Juan un mensaje para los
mexicanos posrevolucionarios: “—Camina Juan... diles que me canten menos... y
que me miren... más...” (Jorge Ferretis: El sur quema).

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UN POCO MÁS SOBRE LA REVOLUCIÓN MEXICANA DE 1910, NARRADA A TRAVÉS DE LAS NOVELAS

La Patria se siente traicionada, utilizada como excusa para medrar y traicio-


nar; ¿dónde quedaron los nobles anhelos por los que se había luchado en la Revolu-
ción? La injusticia era lo que reinaba por todas partes:

Cerca de la estación [Morelia], al pasar frente a la estatua de la Justicia,


pude por fin tomar un coche. Cuando me acomodé en el asiento y solté la maleta
me pareció que la Justicia quería arrancarse la venda de los ojos, tirar en malhora
las balanzas y emprender también el camino, sin rumbo, con el anhelo imposi-
ble de encontrar un país donde no se le venda o no se le burle (José Rubén
Romero: Apuntes de un lugareño).

Pero no todo estaba perdido. A los hombres siempre les queda la esperanza de
que se puede vivir en un mundo mejor, si no uno mismo entonces nuestros hijos
que vienen después, siempre y cuando los hombres encuentren sus destinos y “de-
jen de andar como locos”.

Él [Ponciano] tendría tiempo para enseñar muchas cosas al suyo [su hijo].
Le diría que el mundo está loco; que los hombres ya no pueden con la civiliza-
ción. Que no saben qué quieren. O más bien, que los pobres ya no son capaces
de querer nada, porque se les ha desteñido la intención y se les ha enmugrado la
esperanza (Jorge Ferretis: El sur quema).

A pesar de que la esperanza estaba “enmugrada”, manchada, todavía quedaba


la posibilidad de encontrar otro camino que no fuera nuevamente la violencia y el
matarse hermanos contra hermanos, como había sucedido en la Revolución de 1910.
Pero al lado de la esperanza está también la amenaza de que si nosotros los hom-
bres, tanto “los de arriba” como “los de abajo”, no encontramos qué es lo que
queremos y hacia dónde vamos, la manera en que solucionaremos este problema
será otra vez a través de la violencia. Recordemos el final de Los de abajo: “Demetrio
Macías, con los ojos fijos para siempre, sigue apuntando con el cañón de su fusil...”
(Mariano Azuela: Los de abajo).
Concluyo este ensayo con una serie de reflexiones sobre la Revolución, la
historia y la novela. La Revolución sigue y seguirá siendo objeto de estudio y de
análisis de muchos mexicanos y no mexicanos interesados en el tema. Ojalá que el
interés y la curiosidad que la Revolución despierta en nosotros, se acompañe del
propósito de entender el pasado, corregir errores, y evitar nuevos sufrimientos al
pueblo mexicano. Sin esto, de poco servirá la historia.
En repetidas ocasiones la lectura de las novelas de la Revolución produce
sensaciones de perplejidad. Alfonso Reyes al referirse a la Revolución de 1910, y
compararla con la de Reforma del siglo pasado, dice: “Nació casi ciega y, como los

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ELVIA MONTES DE OCA NAVAS

niños, después fue despegando los párpados. La inteligencia la acompaña, no la


produce; a veces tan sólo la padece, mientras llegue el día en que la ilumine...”
En las novelas se criticó la conducta de “los revolucionarios”, no a la Revolu-
ción que fue traicionada por los hombres. Estos escritores no fueron contrarre-
volucionarios, intentaron rescatar los fundamentos liberales de la Revolución que
se levantó en contra del sistema porfirista. Los novelistas intentaron encontrar el
justo medio entre los extremos, fueron conservadores, se presentan como gente
preparada con gran fuerza moral y decencia, que puede llegar hasta el sacrificio y la
renuncia, pero que no se apasiona ni se entrega desenfrenadamente y sin razón. El
novelista es un “héroe” correcto pero no heroico, en él predominan los prejuicios
conservadores, es el que entiende lo que se halla diseminado y sin control, por ello
se sienten con derecho de ocupar la cabeza. En cambio, los líderes populares son
apasionados, tienen el propósito de aniquilar al contrario, vivir el presente ante la
incertidumbre del porvenir, hacer hoy lo que siempre les fue prohibido, tomar lo
que siempre les estuvo vedado.
Los ideales de los escritores, en donde el hombre y sus derechos, eje principal
alrededor del cual debe girar toda la sociedad, se ven negados por los nuevos líde-
res de la Revolución Mexicana. Una nueva casta de privilegiados militares y civiles
ocupa el lugar de los científicos, un nuevo jefe supremo de la Revolución ocupa el
lugar de don Porfirio, todo sigue igual que antes de la Revolución. Lo único que
cambió fueron los gobernantes, pero nuevamente un grupo de hombres astutos y
ambiciosos, no los “intelectuales más capaces”, ocupan el poder político para bene-
ficio propio y de unos cuantos que los rodean.
Las novelas de la Revolución en su lucha contra el Porfiriato, pudieron haber
desempeñado un papel muy importante en la conciencia de los lectores, pero no
alcanzaron esa significación, porque muy pocos sabían leer y escribir en México en
las primeras décadas de este siglo. A pesar de ello su lectura permite entender que
los tratados de historia no transmiten, conocer de cerca a los hombres que formaron
los ejércitos revolucionarios, comprender el pensamiento y los proyectos de quie-
nes encabezaron la lucha: Madero, Zapata, Villa, Carranza, Obregón; participar de
cerca en la lucha de los hombres, escuchar sus problemas, anhelos y esperanzas,
sus desconciertos y decisiones rápidas y no pensadas, en fin, comprender mejor lo
que significó la “gran rebelión”, la Revolución Mexicana de 1910.
Por otro lado, la mayoría de estas obras se escribieron durante la lucha; sin
embargo no se publicaron entonces sino años después, cuando ya la violencia revo-
lucionaria había cesado bajo la dirección del constitucionalismo, se leyeron con
distancia.
La lectura de estas primeras novelas puede provocar desconcierto en el lector.
Si ese remolino violento y devastador fue la Revolución Mexicana, ¿dónde queda

70 Contribuciones desde Coatepec


UN POCO MÁS SOBRE LA REVOLUCIÓN MEXICANA DE 1910, NARRADA A TRAVÉS DE LAS NOVELAS

todo lo que la historia oficial ha dicho y escrito de ella como movimiento creador y
reivindicatorio del pueblo mexicano?
Sin embargo, se entienden mejor estas novelas si se leen como protesta por-
que la Revolución Mexicana en su desarrollo y triunfo no siguió las ideas políticas
y sociales de los escritores; decepcionados se alejaron casi todos de la política mexi-
cana. Si no confundimos la novela con la realidad misma que en ella se narra, si
entre líneas encontramos la ideología del autor y del texto mismo, las contradiccio-
nes del autor y su propio pensamiento, entonces las novelas de la Revolución se
convierten en la historia más rica y profunda de ese gran movimiento social de 1910.

BIBLIOGRAFÍA
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