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El Profanador

Este documento narra la historia de un hombre que creció en la pobreza extrema con una madre soltera y muchos hermanos. Para ayudar a su familia, comenzó a robar huesos de cementerios para venderlos a facultades de medicina. Una noche, mientras profanaba tumbas en busca de huesos, encontró un ataúd con el cuerpo intacto de un hombre, a pesar de los años transcurridos, lo que lo sorprendió mucho.
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El Profanador

Este documento narra la historia de un hombre que creció en la pobreza extrema con una madre soltera y muchos hermanos. Para ayudar a su familia, comenzó a robar huesos de cementerios para venderlos a facultades de medicina. Una noche, mientras profanaba tumbas en busca de huesos, encontró un ataúd con el cuerpo intacto de un hombre, a pesar de los años transcurridos, lo que lo sorprendió mucho.
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EL PROFANADOR

Mi infancia transcurrió escapándome de los


distintos colegios hasta donde mi madre
constantemente me llevaba, con la esperanza lejana
de que recibiera mis luces. Siempre consideré que
eran puras simplezas, todo cuanto hablaban las
maestras en las escuelas; majaderías que de nada me
servirían en la vida, pensaba erróneamente. Por esa
razón, me pareció más interesante meterme de lleno
en el mundo de la diversión, jugando aunque fuese
solo. Nunca conocí a mi padre, mi madre tenía poco
contacto con sus hijos, ya que se la pasaba todo el día
metida de lleno en el lavandero, baldeando un
montón de ropa de medio mundo, corriendo
constantemente en todas direcciones tratando, en
vano; de contener a la muchachera que se había
encargado de parir. Las veces que comíamos lo
hacíamos verdaderamente para no morirnos de
hambre. Era horrible llevar esos trozos de
podredumbre a la boca. Significaba precaria una vida
rodeada de infortunios hasta donde se le mirara.
Cuando contaba doce años, ya éramos ocho los
muchachos que llevábamos la misma sangre de esa
mujer guerrera. Ella nunca nos hablaba de nuestro
padre, puesto que nos tuvo a todos con un hombre
diferente. Ella no hacía referencia alguna al respecto,
y nosotros ni pendiente de averiguarlo. Cada vez nos
iba peor, era más abundante la ropa cada día en el
lavandero frente a mi madre, y cada vez menos lo
que le pagaban. No podíamos comer todos al mismo
tiempo. Nunca había entendido por qué el solo
hecho de vivir resultaba tan apremiante. Pero luego,
al sentir la terrible racha de sinsabores que toda la
familia padecía, comprendí que sí era posible. Eso
me llamó a la reflexión. Quise sentirme útil, quise
dejar de ser una carga más. Por eso, me empeciné en
la constante búsqueda de hacer algo por algunas
monedas. Lavaba carros, hacía mandados, correteaba
cabras; cargada agua por muchísimas cuadras,
limpiaba montes, descargaba camiones en el
mercado; barría solares, en fin, hacía todo lo
necesario con tal de coadyuvar en el sostenimiento
de mi familia. Todo lo que ganaba, se lo llevaba a mi
madre para que pudiera alimentar a su tropa. Sólo
me quedaba con alguna moneda para un dulce que,
provocativo, me guiñaba un ojo desde la tienda de la
esquina.
Cuando tenía diecinueve años, ya éramos doce
los vástagos y era más lo que se tenía que hacer
diariamente para sobrevivir. Gracias a Dios que a mi
madre, un médico piadoso le hizo la caridad de
incapacitarla para la maternidad en el hospital donde
acostumbraba parir. Cabíamos en la casa a duras
penas. Nunca terminaba mi madre de trabajar, y la
noche la agarraba victima extremada del
agotamiento. Para que ella pudiera dormir en santa
paz, me quedaba con la muchachera, contándoles
ficciones inventadas por mí; ellos las escuchaban
atentos. Era ese nuestro día a día, nuestra rutina, y
como todo en la vida, ya estábamos acostumbrados a
ella. Pasaba indetenible el tiempo, parsimonioso
como siempre. Por esa época, la facultad de medicina
estaba en su apogeo, y aunque sé que suena macabro
y lo es, la demanda de partes óseas para el mejor
entendimiento de la anatomía humana, me hizo
escapar por las noches e invadir el cementerio
cercano a nuestra morada; para surtir esas oscuras
exigencias de los futuros galenos. Era buena la paga
que obtenía, y hasta pude comprar madera y latas
para hacer mi propia habitación a un lado de la casa.
También mi propia hamaca tenía.
Esa noche, como tantas otras ya, esperé hasta
que el último de mis hermanos se quedara dormido,
y me escabullí sin que nadie lo notara. Busqué en mi
“cuarto” los enseres de “trabajar”, y con ellos a
cuesta, me encaminé rumbo a la necrópolis. El
portón tenía muchos años inservible, lo que facilitaba
mi acceso. Esa noche, la luna lo alumbraba todo.
Varias parejas de gatos emparejándose, dejaban
escapar sus quejidos como verdaderos llantos de
niños. Se oían por doquier, eso le daba un toque de
misterio al ambiente. Aquel tropel de felinos
producía esa desagradable estela de sonidos, los
cuales helaban la sangre y le ponía los pelos de punta
al más valeroso. Caminé mucho esa noche. El viejo
cementerio ya estaba en desuso, y carecía de
custodio o algo que se le pareciera. El “cementerio
viejo”, como le decía toda la gente. Las tumbas
cercanas ya habían sido mancilladas debido a la
fiebre ósea, por lo que tuve que caminar mucho entre
tantas cruces y monumentos arcaicos, para lograr
cumplir el último encargo, un cráneo; lo más difícil y
también, lo más dispendioso. Si lograba coronar
aunque fuesen dos de esas partes humanas, me
sentiría dichoso, me daría por servido. Pero en el
fondo, sabía que ello no sería una fácil tarea. Por lo
tanto, no sentía cansancio alguno a la hora de
recorrer enormes extensiones.
Serían a lo sumo las diez de la noche, y ya
estaba yo frente a lo que sería mi objetivo ansiado. Se
presentaba ante mí, ese grupo de tumbas cercanas a
la pared limítrofe de aquel viejo camposanto. Un
árbol indeterminado, bañado por la luz intensa de la
luna, reflejaba figuras chuscas. Las estampas
parecían ser seres fantasmales, los cuales se
desvivían por vagar en esos parajes, aterrando a
quienes pudiesen verlas. Pero ya yo estaba
acostumbrado a establecerme en esos terribles
predios abandonados, y eso que miraba no me
quitaba la quietud. Aunque debo aclarar que los
benditos sonidos gatunos, sí que me ponían
sumamente nervioso. Saqué el pico y la pala e inicié
mi faena. Defraudado, comprobé lo débil del terreno,
lo cual traduje en que alguien se había adelantado
ya. No se podía determinar cuánto tiempo había
transcurrido de ello, pero era verídico el hecho. Aun
así, no amainé en mi cometido y proseguí en
búsqueda de una rendidora profanación. Cuando
toqué con la pala un objeto, el cual supuse que era un
ataúd, me acerqué a retirar el resto de tierra del
mismo y comprobé lo que temí desde un principio.
Ya había sido abierto con anterioridad y dejado mal
cerrado. Levanté la tapa y la soledad reinante en su
interior me deslumbró. Solo habían dejado unas
cuantas costillas y una clavícula, además de varios
huesecillos esparcidos.
Desilusionado me incorporé, no puedo negar
que me sentí colérico por lo infructuoso de mi
esfuerzo. Me iba a regresar a casa, pero el hecho de
saber que en la misma había demasiada necesidad, y
de que sería bien compensado si lograba la parte
superior de un esqueleto humano; me hizo desistir
de la idea y reanudé mi búsqueda. Era pues
necesario, continuar caminando entre aquellas
ruinas. Me dirigí al siguiente montículo, el cual ni
siquiera una cruz tenía y hurgué para después de
tanto arrojo, encontrar la escandalosa sorpresa de
que ni el ataúd existía. Esa vez lloré de excesivo
enfado. Decidido a marcharme a casa en espera de
otro momento de mejor suerte, miré a mi derecha y
en pleno rincón divisé, gracias al resplandor lunar;
una tumba si se quiere algo rara, distinta a las demás.
No tenía ningún trabajo específico, solo era una gran
lámina de madera la que cubría a aquel destino final
de algún hijo de Dios que allí descansaba, o tal vez,
había descansado en santa paz. Para comprobar eso,
definitivamente tendría que descubrirlo con mis
propios ojos. En ese preciso sitio, extraño por demás,
tenía puesta mis esperanzas de encontrar mi
“tesoro”. Esa esperanza me dio el valor suficiente.
Caminé entre la tanta maleza hasta llegar al pie
de la misma, y en la lápida hecha también con
madera, intenté localizar un nombre y una fecha, en
vano. El tiempo y la intemperie se habían encargado
de borrar ese vestigio. Levanté con extrema facilidad
la madera protectora, y dentro de la tumba había un
ataúd de madera tan oscura como el ébano. Era
amplísimo el espacio dentro del cual estaba este
colocado, lo que me resultó en extremo extraño.
Toqué la madera y comprobé lo suave que era. Me
santigüé esperanzado. Con ello, pedía que se obrase
el milagro de que en el interior, hubiese algo más
apetecible al comercio que lo que había encontrado
en mis anteriores intentos. La tapa del sarcófago no
opuso resistencia alguna, y livianamente la levanté
para quedar aterrado ante lo que a mis ojos llegaba.
La menuda figura de un hombre colocado en
posición fetal, estaba a mi entera vista y disposición.
Esperé encontrarme con un esqueleto o por lo menos
con algo de él. Nunca pensé que iba a divisar algo
como lo que estaba observando; una figura humana
completa. Comprobé ayudándome con mi candil,
que ese ser que yacía en esa caja estaba íntegro a
pesar de los muchos años que se suponía tenían
aquellos difuntos que habían sido trasladados a esa
última morada.
Era prácticamente un esqueleto forrado con
una piel diáfana y de escuálidas carnes. Una barba
inmensa se internaba en su rostro, lo cual me
imposibilitaba determinarlo por completo. Su
haraposo vestido no exteriorizaba un color definido.
Ambas manos adentradas eran en sus entrepiernas.
Unas babuchas sumamente deterioradas le cubrían
ambos pies; pero lo que más me llamó la atención,
fue una boina que se detectaba azul y que cubría una
larga cabellera sumamente blanca. Era un ser
hondamente extraño el que divisé dentro de aquel
ataúd misterioso y arcaico, de negra y dura madera
trabajado con sobrado empeño. Pero más que
extraño, me resultó imposible creer que aún
estuviera íntegro. La naturaleza había olvidado hacer
su trabajo. O resultaba que posiblemente aquel
cuerpo que había encontrado, habría sido sometido a
una rigurosa faena de embalsamado. Fuese lo uno o
fuese lo otro, resultaba una realidad y como tal, la
iba a enfrentar; no había otra alternativa.
No imaginé jamás que un muerto no se
descompusiera en el paso de tanto tiempo. Cada vez
me sorprendían más las cosas con las cuales me
enfrentaba en ese viejo camposanto. La menuda
figura casi se tocaba las rodillas con el rostro, de lo
acurrucada que estaba. Sentí mucha pena, y me
invadió mi curiosidad congénita, quise saber de
inmediato quien podía ser esa persona. La examiné
visualmente palmo a palmo, y cada vez me
sorprendía más. Parecía que estaba vivo. Era tan real.
En infinidades de ocasiones había inventado muchos
cuentos de momias para mis hermanos; pero nunca
pensé estar frente a una verdadera. Una momia
autentica. ¿Quién lo iba a decir? Sonaba harto
ridículo, pero era la verdad.
Se parecía a las momias de mis historias, las
que hacían exasperar de miedo a mis hermanitos. No
pude controlar el impulso de tocarlo, de verificar lo
real de lo que se presentaba ante mis incrédulos ojos.
Lo hice, y al contacto con mi mano el menudo
hombrecillo tembló extensamente. Di un salto
instantáneo, y corrí velozmente sin percatarme de
que había muchos obstáculos con los cuales tropezar.
Lo hice y el contacto directo de mi cuerpo con una
inmensa cruz de gruesa y dura madera, me hizo caer
estrepitosamente. Sentí de inmediato un tibio líquido
que bajaba por mi rostro desde mi arco supraciliar.
Era mi sangre que salía apresurada por la brecha que
me hice, al tratar de escapar de aquel tenebroso sitio
en el cual me había enfrentado cara a cara con algo
que aún no sabía qué cosa era.
Instintivamente cubrí mi herida con mi mano
derecha, presionándola fuertemente para tratar de
contener la sangre. Me incorporé de inmediato para
continuar mi carrera, mi huida pavorosa. No había
alcanzado más de veinte metros, cuando me detuve
en seco, mirando tras de mis pasos. Renacía mi
curiosidad vasta, por lo que regresé lentamente como
no queriendo pisar. Y como quien no quiere la cosa,
me acerqué nuevamente a la cuna de mi curiosidad
reciente. Sin darme cuenta siquiera, mojé mi ropa
cuando mi esfínter vesical cedió al contemplar lo que
tenía frente a mis propias narices. Gracias a Dios que
había defecado antes de salir. En este momento no
quiero ni imaginar la tonelada de excrementos en mi
ropa interior, embadurnando hasta mi pantalón, de
no haberlo hecho.
El menudo hombrecillo estaba en una posición
diferente a como lo había descubierto minutos antes.
Esa vez lucía decúbito dorsal, extendido cuan largo
era. Se veía mucho más menudo que lo que pudo
presenciarse en la primera vista que tuve de él. Dios
mío, ¿qué era lo que estaba pasando? ¿Acaso me
jugaba una pesada broma la noche aquella?, pensé.
Con la finalidad suprema de verificar sus facciones,
acerqué tanto la luz de la linterna que aún poseía en
mi siniestra, al rostro de aquel lánguido ser, y de
repente sus ojos se abrieron tanto; como si quisieran
salir de sus órbitas. Aun hoy no sé qué fuerza mayor
me hizo conservar la serenidad. Me quedé estático
mientras esos enormes ojos me escrutaban ansiosos.
Eran cuatro ojos observándose mutuamente.
Ningún movimiento emergía de nosotros. Era solo
una mirada álgida la que protagonizó uno de los
momentos más enigmáticos de mi vida. Poco a poco
aquel miramiento que ya parecía inmutable, se
deshizo y sin poder creerlo, cuando bajé mi mirada,
comprobé el vaivén de un tórax denunciando el acto
respiratorio que denotaba la vida. Mis manos
decidieron tocar. La adrenalina había forzado un
coágulo en mi herida, lo cual imposibilitó que
siguiera sangrando. Al contacto de mi piel con la
suya, una voz tosca y grave emergió de ese silencio
sepulcral. Al hablar, recibí un hálito desagradable al
olfato. Imaginé que tenía mucho tiempo sin abrir la
boca, ya que era magna aquella hediondez que brotó
de la misma.
—¡Qué no me vea el tirano, señor! Escóndame.
No entendí lo que querían decir esas palabras,
pero eran dichas por aquel noble anciano sepultado,
como una súplica. El muerto me pedía que lo
escondiera. Mi aturdida razón casi me enloqueció.
Supe reponerme a toda esa maraña de confusiones, y
me acerqué aún mucho más a él. Momento
aprovechado para que sus manos rodearan mi
humanidad en un abrazo forzado. Un hedor más
supremo aun, hizo que exteriorizara mis vísceras en
un arrojo extenso. El anciano lloró aferrado a mí, y
no hubo manera de separarme de él.
Verdaderamente tuve que verme algo singular
abrazado de esa manera tan rara a un muerto, el cual
se resistía a la descomposición de sus carnes, y se
aferraba de manera extraña a ellas. Parecían cosas de
locos. En medio de un camposanto en desuso, casi a
la media noche, socavando un sepulcro misterioso;
estaba yo medio muerto de miedo, abrazado con un
difunto que apestaba como él solo. Nadie que se
extasiara de estar en su sano juicio, creería eso. Pero
era real, y yo lo estaba viviendo.
—Escóndame, se…señor, escóndame. No quiero que
el General me lleve a la Rotunda otra vez
El muerto me abrazaba con su leve fuerza, y se
aferraba a mí como su única esperanza. En ese gran
momento de confusión extrema, me pedía una
protección que yo no entendía. Estaba adentrada la
madrugada y ya él permanecía sentado en su lecho
de eterna muerte, y yo aún abrazado a sus dominios.
Continuaba sin entender el porqué de mi actitud.
Pude fácilmente desprenderme de ese abrazo
paupérrimo, pero persistente con solo una pequeña
sacudida y largarme de esa pesadilla; pero no lo hice.
Todo lo contrario, adaptado un poco mi olfato al
hedor, sentí aquella innata necesidad de proteger, de
protegerlo. Pero no sabía de qué general hablaba.
Nunca imaginé que iría a parar a los predios de una
historia terrible.
Transcurridos eran los momentos, y ya iba yo
salteando tumbas y cruces con el muerto en mis
brazos, mientras él aferrado aún con los suyos, me
decía que lo escondiera del tirano. Llegué
directamente a mi pequeña habitación y lo deposité
tiernamente en mi hamaca. Él se separó de mí
ayudándome con esa finalidad. La luz que se colaba
por la puerta desde el exterior, me hizo verificar una
tonelada de arrugas en esa piel arcaica, que forraba
su esqueleto de punta a punta. Era muy viejo e
insuperablemente enjuto. A ciencia cierta no pude
calcular qué edad podría tener. Me empecinaba en
llamarlo muerto; pero realmente aún no sabía de qué
se trataba. No era un fantasma por supuesto. Nunca
creí en ellos, además que de haberlo sido, no hubiese
sentido su tacto como en efecto lo hice. Me
tranquilicé entonces, y supuse que él mismo me iba a
decir quién era.
Quise vivir mi experiencia a cabalidad con ese
ser, y ayudarlo en un trance que sé que era poco
conocido por alguien. Retiré sus pantuflas las cuales
en sus tiempos mejores, tal vez fueron rojas.
Comprobé que en sus menudos tobillos anidaban
unas terribles cicatrices de lesiones hechas quien sabe
con qué, porqué y por quién o quiénes. Mientras se
movía en la hamaca que atrapaba su frágil cuerpo
cual nido, sus raídas ropas se desintegraban y
revelaban un cuerpo que daba mucha lástima y una
honda pena. Por primera vez desde ese encuentro,
exterioricé mi voz. Inicié entonces, una plática con el
más allá. Quién lo iba a creer. Evidentemente que ese
encuentro sería mi más grande secreto. De lo
contrario, si alguien se llegara a enterar, de seguro
que iría a parar con todo y mis huesos, directamente
al manicomio.
—Señor muerto, ¿quién es usted?
Apesadumbrado por mi pregunta, el “muerto” se
sentó en la hamaca, y me gritó con su voz opaca y
áspera.
—¡No soy ningún muerto!
Reí tímidamente sin que el muerto lo percatara
para no herir susceptibilidades, y le riposté tratando
de calmarlo.
—Está bien. Está bien. No es usted ningún
muerto.
Decía mientras me dirigía a encender una fuente
luminosa, con la finalidad de comprobar que era real
lo que veía; que podía interactuar con un verdadero
muerto. Sacaría miles de historias de esa vivencia
para ser contadas (de seguro). El muerto ayudado
por mí (me lo pidió con un gesto de desespero), se
apeó del chinchorro que momentos antes lo
contuviera, y completamente desnudo (solo
mantenía su boina azul pegada al cuero cabelludo
como si fuera parte de su propia humanidad)
permitió que lo viese detenida y asombrosamente.
Marcas macabras como de látigos se quedaron para
siempre en su dorso. En la frente se avizoraba,
ayudada por la luz, una cruenta cicatriz que
denunciaba el sufrimiento que debieron ocasionarle
en su momento. Supe luego, que en esa época una
manera de torturar a los presos políticos era
amarrarles un cordel alrededor de la cara,
específicamente en la región frontal y apretar de él
con la mayor intensidad posible hasta dejar al
desgraciado sin sentido. Eso justificaba aquellas
horrendas marcas. Igualmente poseía estampas de
posibles quemaduras por toda su piel.
Pero lo que retornó mis náuseas, fue el hecho de
que no existía miembro viril alguno con sus
respectivos testículos. En lugar de ellos, solo se
dejaba ver una gran inflamación y un inmenso vacío,
del cual brotaban estrepitosamente, montones de
gusanos que se desintegraban antes de tocar el suelo.
Eran constantes. Salían y salían a borbotones, pero de
igual manera como se presentaban; desparecían de
inmediato en la nada. A esa altura de la escena, lo
miraba yo de soslayo, ataviado de una sorpresa
máxima e irrepetible, la cual nunca olvidaré durante
los años que tenga que vivir según el designio del
Todopoderoso. Me dejé caer pesadamente sobre el
piso de tierra de mi rudimentaria habitación, y el
muerto se sentó desnudo como había quedado en mi
hamaca, y sin dejar que moviera músculo alguno, me
embistió de una manera singular. Sin “anestesia”
alguna. En un rato cantaría el gallito de colores que
había comprado meses antes, dado a lo que amaba a
estas bellas aves, y esto significaba que faltaban más
o menos dos horas y media para que despuntara el
día. Me preparé para enfrentarme a sus preguntas
deseando poder tener las respuestas a las mismas.
Considerándome como era, un completo ignorante
que apenas sabía leer, dudé que pudiera responder
tan solo una de sus indagaciones. He allí su
embestida contenida en una voz recia y sumamente
varonil:
—Me llamo Hermenegildo. Mis allegados me
mientan Merejo. Nací en una noche fría de 1.904. Mi
país estaba atormentado por los puños destrozadores
del malévolo dictador que nos gobernaba.
Al escuchar eso reí para mis adentros,
pensando que además de muerto, estaba loco. Pero
no dije nada, continué escuchando el parlamento que
desde ese momento ni con el pensamiento
interrumpí. El hombrecito (fue de ese modo como
comencé a referirme a él, ya que le molestó que lo
llamara muerto).
—Ese diablo envainó a su compadre y se quedó
con el coroto. Malhaya sea. Se apoderó del país como
si fuera suyo, de él. Ese malnacido que llegó con
engaños y traiciones al poder. Traicionó en mala
hora a su compadre enfermo. Que vainas caray. Yo
quería estudiar y ser alguien en la vida, pero así no
se puede. No, no, no…. ¡Debe venir por ahí! (gritaba
el muerto que ahora yo comprobaba que estaba más
vivo que nunca. No sabía el porqué, ya que de una
tumba provenía). Escóndame por favor. (Se escudaba
en un silencio que quería ser eterno). Fueron muchas
vejaciones, muchas pelas, bastante odio y mal vivir.
Por eso me enfurecí en el año 1.928 y me tercié esta
boina azul junto a varios compañeros de ese
infortunio.
Hacia un breve silencio para traer consigo, algo
que detectaba en el aire de su pasado cual lengua
bífida de serpiente, y de inmediato descubrió para
mí, la historia terrible que le tocó vivir a mi amado
país a principios del siglo XX, de manos de quien
hizo honor a las primeras letras de su nombre: J.V.G.
(Juro Vivir Gobernando). Hasta ahora, ha sido la
dictadura más larga de la historia de mi patria. Ese
tipejo nació y murió, según dice una torcida historia,
curiosamente en la misma fecha que el libertador,
pero en distinto año, claro está.
—Ese demonio cerró mi casa de estudios.
Imposible de creer. Cerrada la Universidad Central
y nosotros queriendo prosperar. No, no, no.
¡Escóndame del tirano! De ese desgraciado que nos
hizo tanto daño para siempre ¡No sé cómo, pero lo
hizo! Me olfatearon sus demonios y encontraron mi
cuerpo. Me arrastraron a esa pecaminosa cárcel que
construyeron entre Soublette y Monagas. La maldita
“Rotunda”. ¡No, no, la “Rotunda” no! Ahí me
metieron y me maltrataron para siempre. Me
engrillaron hasta hacerme caer gusanos en los
tobillos.
Me embarcaron en el cepo muchos días
seguidos, para que delatara a mis amigos de lucha.
No quise decir nada, ni lo haré en mis más de 100
años que llevo de vida. Me colgaban casi todos los
días y me arrancaron toda mi hombría. Perdí hasta
mis testículos por culpa de esos malnacidos. Como
no decía nada, me tumbaban largo a largo en un
terrible lodazal muy hediondo, que me maltrataba
hasta en mis más íntimas fibras. Cuando pensaba
que moriría, me paraban a fuerza de golpes de palos
y me metían corriente en las tetillas. ¡Maldito seas
por siempre depravado!
Yo estaba atónito escuchando lo que el viejito
decía. Le pregunté algo tímido:
—¿Tú estás muerto?
A lo que él mirándome fija y lánguidamente
con ojos de otra vida me dijo:
—Qué voy a estar muerto nada. Estoy es
horrorizado por lo que un ser enfermo de poder es
capaz de hacer con sus semejantes. Estoy
apesadumbrado de comprobar que lo que dijo el
Libertador en Angostura le entró por un oído y le
salió por el otro. Como se llevaba en los cachos un
diablo a quienes lo adversaran. Y lo que me hicieron,
lo practicaron con miles a diario. Mataron, torturaron
diabólicamente. Me echaban pelas a diario. Sus
secuaces doblaban sus machetes hasta donde no
daba más y me pegaban por las costillas hasta que se
cansaban. Me perforaba las sienes con su cuerda de
mierda. Cuando se cansaron de torturarme me
dejaron, sin huevo, sin bolas, comido a peinillas,
magullada mi cabeza y podridos mis tobillos; en una
pedregosa y jodida carretera que se iniciaba, para
sacar de mí lo último que me quedaba, ya que me
resistía a morir como una ofrenda hacia mi patria.
En las noches, cuando mi cara tocaba la
frialdad del suelo, siendo invadido yo de una fiebre
sin conciencia, pedía a Dios que me aliviara con la
muerte. Hijo, lo que pedía a gritos suplicantes, llegó
una mañana de febrero. Me volví invisible, o se
cansaron de joderme, y corrí sin parar en la medida
que mis pocas fuerzas me ayudaron. Escapé
ayudado por el horror, por el miedo, pero por sobre
todo; por tratar de huir de las torturas de la Rotunda.
Me escondí en una tumba preparada para un rico
que nunca enterraron en ella. Me alimenté de ese
horror, acuclillándome cada vez más dentro de ese
espacio donde me encontraste.
—¿Hijo, a cuánto estamos? ¿A dónde he llegado
de la mano del horror de esta maldita dictadura
evitando que me atrapara la gente del diabólico
dictador?
Le respondí.
—Señor, estamos en el año 2023. Ese tipo
desgraciado murió hace mucho tiempo.
Lo que me dijo me dejó atónito.
—Si, en 1.935 para ser más exacto. Dios mío…
¡Escóndame señor se lo suplico!... No deje que ese
desalmado me meta nuevamente en La Rotunda. No
permita que me quiebre los tobillos con esas cadenas
que abrazan mis carnes con una fuerza suprema, que
deje escapar sobre mí, peinillazos cada vez que
alguien le provoque, que me cuelguen. Todo eso lo
soporté con estoicismo. Pero el motivo por el que me
escondí 86 años no lo hice por mí, al fin y al cabo ya
estaba cansado de vivir de esa forma, sufriendo y
huyendo. Todo eso lo soporté, lo viví, lo hice y lo
volvería a hacer por mi patria mil veces más. Lo hice
por la patria del mañana. Para que no caiga en las
podridas manos de la tiranía.”
El sublime anciano debido a su supremo
esfuerzo, desfalleció y se dejó caer en su tibio (mi
tibio) regazo. En ese preciso instante llegó la mañana
ante ese escenario inverosímil que hasta mí llegaba.
¿Dios mío, eso vivió mi paísalguna vez? No podía
creerlo. Nunca podría hacerlo. En vista que del
cansancio, de los fuertes dolores que yacían en su
haber, de lo molesto que debieron significar para
Merejo la producción constantes de gusanos los
cuales emergían de sí; me atreví a dejarlo solo para
que descansara, y así lavar mi sueño un instante con
agua depositada que se hacía fría a la fuerza.
Aproveché de tomar del café que ya se delataba
en el fogón, y obviamente le llevaría una buena taza
a mi amigo del alma. Como quién acababa de
despertar, me colé a sabiendas de que mi madre
nunca creyó ni creerá mis amanecidas dudosas. Aun
así, callado, le di un beso y puse no una, sino dos
tazas para recibir ese néctar de los dioses. Ella las
colmó, sintiéndose satisfecha por el macho que había
parido. Caminé excesivamente despacio, con la
finalidad de evitar que el líquido se derramase y
pudiera quemarme con él. Ya en mi pieza, coloqué la
taza de café al lado de mi protegido para proceder a
llamarlo. Nuevamente la sorpresa se apoderó de mí.
No pude creerlo. No era una mala jugada de la vida,
era real, estaba frente a mí. Dios, en mi hamaca no
estaba él. Estaba un esqueleto diáfano, vestido solo
con una boina azul. Estaba un pequeño esqueleto
completo. Entonces ¿con quién había estado
hablando tanto tiempo? ¿Quién era ese hombrecito
que emergió de su tumba para hacerme vivir el
momento más misterioso de mi vida, y darme a
conocer unos de los peores momentos vividos en mi
país de manos de una cruenta dictadura? Se trató de
un pobre esqueleto. El mismo que la noche anterior
había llevado como un invitado de lujo, a dormir en
mi hamaca nueva.

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