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El jefe Seattle
La voz de un pueblo desterrado
Liu Si-yuan
Montserrat Fulla
Ilustraciones de Robert Ingpen
DA a(e oie vensEl jefe Seattle
La voz de un pueblo desterradoColeccion dirigida por
Francisco Anton
Primera edicién, 2003
Reimpresiones, 2004, 2006
2006, 2007, 2010
Sexta reimpresién, 2011
Depésito Legal: B. 8.631-2011
ISBN: 978-84-316-7171.6
Nam. de Orden V.V.: DF95
© LIU SLYUAN
Sobre el texto de «El jefe Seattle»
© MONTSERRAT FULLA
Sobre los textos «El jefe Seattle» y «Los indios de Norteamérica»
© JAVIER VICO
Sobre la traduccién del texto original de Liu Si-Yuan
© VICENS VIVES PRIMARIA, S.A.
Sobre la presente edicién segtin el art. 8 del Real Decreto Legislative 1/1996.
La edicién espafiola ha sido publicada
en colaboracién con GRIMM PRESS LTD., TAIWAN.
Obra protegida por el RDL 1/1996, de 12 de abril, por el que se aprueba el Texto
Refundico de la Ley de Propiedad Intelectual y por la LEY 23/2006, de 7 de julio. Los
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Editor el derecho de préstamo piblico, alquiler o cualquier otra forma
de cesi6n de uso de este ejemplar.
IMPRESO EN ESPANA
PRINTED IN SPAIN
Editorial VICENS VIVES. Avda. de Sarvi, 130. E-08017 Barcelona.
Impreso por Graficas INSTAR, S.A.Liu Si-yuan
Montserrat Fulla
El jefe Seattle
La voz de un pueblo desterrado
uA
Vicens VivesHace miles de aftos un grupo de cazadores némadas procedente
del norte de Asia cruzé el helado mar de Bering y legé al conti-
nente americano. Aquellos esforzados hombres y mujeres encontra-
ron a su paso extensas llanuras, rios rebosantes de pesca, hermosos
bosques y caza en abundancia, de manera que decidieron estable-
cerse en aquellas tierras. Eran gentes de espeso cabello negro y piel
cobriza a los que, siglos més tarde, los europeos dieron el nombre
de indios.
Los indios prosperaron en aquella nueva tierra y, con el paso del
tiempo, lleg6 a haber mas de quinientas tribus diseminadas por to-
do el continente. Pero la llegada del hombre blanco cambi6 por
completo sus vidas.El jefe Seattle ©
La voz de un pueblo desterradoNiiios, hoy os he traido a
esta colina para que contempléis la
tierra que hasta hace dos siglos fue nuestra.
Observad la hermosa tonalidad azul de las aguas de
la bahia. Sentid en vuestras plantas la agradable suavidad
del suelo que pisdis. Oled el frescor del rocio impregnado del per-
fume de los abetos. Mirad y retened lo que veis en lo mas profun-
do de vuestro corazon, pues este era nuestro hogar, donde vivieron
nuestros antepasados.
Hace muchos, muchos afios, los padres de nuestros padres se
establecieron en esta tierra. Cuando Iegaba la primavera surcaban
con sus canoas los rios repletos de plateados salmones y recorrian
las montafias a la caza de ciervos y cabras, Luego salaban, ahuma-
ban o secaban una parte de sus capturas para que les ayudaran
a pasar los largos y crudos inviernos. Talaban también robustos
8arboles de
los bosques para
construir sus casas y
canoas. Las mujeres tejian
mantas y cestos. Pero uno de los
momentos mas felices del dia era
cuando, al caer la tarde, se reunian para
bailar y cantar 0 para escuchar a los ancianos
c6mo relataban una y otra vez las historias y
leyendas de nuestros antepasados.
Uno de ellos, el jefe Seattle, fue un hombre sabio y
prudente que intenté en vano conservar la tierra y el modo
de vida de su pueblo. Y es tanto lo que tenemos que aprender
de él que hoy vamos a rememorar las palabras que un dia dirigié
a los suyos cuando se encontraban recluidos ya en una reserva:
9Nuestro pueblo vivia en una hermosa regién poblada de bosques y
baiiada por caudalosos rios de agua cristalina. Yo vine al mundo en
una aldea situada junto a una tranquila bahia de la costa noroeste
de Estados Unidos. Mi padre, el jefe de la tribu suquamish, me en-
sefi6 a ser un valeroso guerrero, pero procuré también que apren-
diera las artes de la caza y la pesca, que eran la base de nuestro
sustento. La naturaleza nos ofrecia sus dones a manos llenas en las
ricas tierras que habitabamos, pero nosotros no cazaébamos ni pes-
cabamos mas de lo necesario.
Un dia, cuando yo apenas contaba seis afios, entro en nuestra
bahia un barco que semejaba un gran pajaro de alas blancas. A
bordo viajaban unos hombres de aspecto extrafio. Eran de piel
blanca y de ojos azules 0 marrones, y muchos de ellos lucian espe-
sas barbas. Algunos tenian cabellos tan dorados como el sol; el pe-lo de otros, en cambio, era castafio como la crin de un caballo.
Aquellos hombres desembarcaron muchos objetos raros y empeza-
ron a observarlo todo y a tomar notas.
Los ancianos de la tribu dijeron que eran “rostros palidos’,
Jamés habiamos visto hombres como aquellos, pero otras tribus ya
nos habjan hablado de ellos. Se decia que eran muy maiiosos, pero
también muy fieros. Algunos portaban un palo largo que escupia
fuego y al que llamaban “fusil”. Sonaba mas fuerte que el trueno y
era capaz de atravesar el pecho del guerrero mas robusto.
AI principio nos mantuvimos alejados de ellos, pero al cabo per-
dimos el miedo al ver que se comportaban amistosamente y nos
oftecian objetos a cambio de pescado, carne y otros alimentos. Los
nifios empezamos a seguirlos y a hablarles haciendo sefias. Dos
manos abiertas con los dedos extendidos situadas sobre la cabeza
significaba que querian carne de venado.
Los mayores nos dijeron que los hombres blancos estaban ha-
ciendo un mapa de la costa y que, cuando estuviese acabado, sus
barcos podrian navegar y fondear sin peligro. Todos nos pregunta-
bamos cudntos barcos mas vendrian y qué nuevas cosas traerian.Los hombres blancos no tardaron en zarpar, y nosotro!
mos viviendo como siempre, entregados a la caza y la pe:
saron los afios y yo creci hasta convertirme en un joven fuerte. No
habia guerrero capaz de disparar una flecha con tanta punteria co-
mo yo ni de galopar mas velozmente, asi que con el tiempo me
converti en jefe de nuestra tribu y de otras cinco mas
Durante aquellos afios no cesaron de llegar hombres blancos en
carro, a caballo o en barco. Construyeron casas en nuestra tierra
y levantaron cercados para guardar a sus animales. Y
empezaron a hablar de «sus propiedades». A noso-
aquello nos pareciveia a un rostro palido recordaba a los amables visitantes que lle-
garon cuando yo era nifio, asi que les tendi mi mano en senal de
bienvenida y amistad.
Los hombres blancos nos compraban pescado y madera, que
cambiébamos por herramientas y utensilios metélicos. Pero un
buen dia decidieron fundar una poblacién. Yo les sugeri que levan-
taran una factoria en la margen oriental de la bahia que ofreciese
servicio postal y alojamiento a los viajeros y comerciantes. En agra-
decimiento por haberles prestado mi apoyo, a la poblacion le pu-
sieron mi nombre, Seattle. Yo creia que nuestra amistad seria eter-
na. Lo que no podia imaginar era la rapidez con que creceria y
prosperaria la poblacion y lo poco que tardariaren devorarnos.A medida que los
hombres blancos se iban
adentrando en nuestras tierras,
los problemas fueron en aumento.
Nos contagiaron sus enfermedades,
cazaron hasta casi exterminar los
animales, tan abundantes en otro
tiempo, y nosotros empezamos a tener
dificultades para vivir de la caza. Lego
talarian los bosques para cultivar la tierra
© para que pudiera pasar el ferrocarril y,
lo que es peor, se apoderaron de nuestro
territorio, arrasaron la madre naturaleza que
nos alimentaba y destruyeron las tumbas de
nuestros antepasados.
El hambre y la rabia dieron paso al odio. Los
indios se pintaron el rostro con sus pinturas de
guerra, cogieron sus hachas y lanzas e intentaron
expulsar a los hombres blancos; pero estos se ®
negaron a abandonar las tierras conquistadas y se
defendieron con armas de fuego. Y asi fue como las
que en otros tiempos fueron pacificas llanuras se
tifieron de sangre.Con la rapidez que la noche
sigue al dia, todos aquellos conflictos
acabaron afectandonos. Los jefes
blancos vinieron a vernos, y,
cortésmente pero con firmeza, nos
manifestaron su intencién de
comprar las tierras en las que
habiamos vivido durante cientos y
cientos de afios. A cambio prometieron
reservarnos un territorio donde poder
vivir con holgura.
Mientras las palabras brotaban de
la boca del hombre blanco, vi cémo los
ojos de nuestros jévenes ardfan de rabia.
Yo, algo mas bregado por la vida, las
escuché con mas tristeza que enojo.
La rabiay el odio solo acarrean dolor.
Basta preguntar a cualquier madre
que haya perdido un hijo en la
guerra, o a cualquier hijo que
se haya quedado sin padre.
Ademas, ellos nos superaban
en nimero, asi que nunca
conseguiriamos derrotarlos.
Al igual que una cierva
herida, no podiamos sino
escuchar los pasos del
cazador que se acerca.
Cuando sus jefes nos
presionaron para que les
diéramos una respuesta,
me puse en pie lentamente
y, sefialando al cielo, les dije:
17El cielo que durante siglos ha vertido
lagrimas de compasién sobre nuestros padres
y que, a nuestros ojos, parece inmutable y eterno,
puede cambiar. Hoy luce espléndido con el sol;
majiana puede estar cubierto de nubes.
Mis palabras, en cambio,
son como las estrellas, que nunca se apagan.
Asi que los jefes blancos pueden confiar
en las palabras de Seattle con la misma certeza
con que nuestros hermanos los rostros palidos
confian en el retorno de las estaciones.
El Gran Jefe Blanco de Washington
nos ha enviado un mensaje para decirnos
que quiere comprar nuestra tierra.
Pero yo me pregunto:
écémo se puede comprar o vender el aire
que respiramos o la tierra por la que caminamos?
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