LECTURA 7.
DE SORDOS HABLANTES, SEMILINGUES Y
SEÑANTES.
Cultura y significación
Identidad social y lingüística son indisociables. El pensamiento y la
identidad humanas son intrínsecamente sociales, precisamente
porque se crean y recrean en el devenir de la interacción lingüística
de cada persona con sus congéneres (Erting 1994: 36)
la mayoría de las comunidades de sordos contemporáneas, la
Comunidad de Sordos Mexicana y su Lengua de Señas Mexicana
florece en contextos urbanos. Sus miembros y hablantes nativos (a
quienes en adelante nos referiremos como sordos señantes) se saben
poseedores de una lengua minorizada, aunque no en riesgo de
desaparición. Los sordos señantes probablemente van en aumento,
tanto como la tasa de crecimiento de la población nacional, y tienen
una concepción distintiva de su propia identidad, la cual contrasta
con la visión que de ella tiene la mayoría hispanohablante ([1]). Esta
última se ve a sí misma como normal, media nacional, y se debate
entre no saber nada sobre los sordos o reducirlos a un estereotipo de
personas con discapacidad([2]).
Fridman (2005) examina algunas expresiones lingüísticas que
activan los prototipos del estereotipo más común entre los
hispanohablantes mexicanos. Ninguno de ellos es particularmente
original, pues se asemejan a los que están ampliamente difundidos
por todo el mundo (véase, por ejemplo, Lane 2002).
Aquí se intentará elaborar y fundamentar la propuesta de
categorización de los sordos esbozada en la Iniciativa de Ley
Federal de la Cultura del Sordo (Martínez 2001), en Fridman (2005),
en CONAPRED (2006) y en Segura (2007) y, sobre todo,
socializada en la Comunidad de Sordos Mexicana. Que no quepa
duda sobre la falta de neutralidad de quien esto escribe. Si tuviera
que escoger entre la perspectiva del sordo señante y la del
hispanohablante siempre me inclinaría por la primera. Aún así, aquí
intentaré mejorar la perspectiva del sordo señante, con la intención
última de contribuir a una praxis liberadora más atinada, en
particular, por medio de la elaboración de una visión un poco más
fina y desmitificada de los distintos tipos de sordos existentes en
nuestras sociedades.
1. EL SER SORDO
En general se define al sordo negativamente, por poseer una
audición limitada o nula. Sin embargo, hay que señalar que la
disminución de la capacidad auditiva no es tan relevante para la
identidad social y lingüística del sujeto, como lo es el quedar
excluido de las redes sociales de las casi omnipresentes lenguas
orales en el entorno de cualquier sordo. De este entendimiento se
derivó la siguiente definición (Martínez 2001, Título Primero,
Disposiciones Generales): “Sordo” es aquella persona que no posee
el oído suficiente para sostener una comunicación y socialización
natural y fluida en lengua oral alguna. Partiendo de esta definición,
también negativa, es de esperarse que para el común de las personas
hispanohablantes resulte sencillo concluir que para ser sordo hay
que vivir una pérdida y que quien es sordo necesariamente es una
persona con discapacidad. Siguiendo tal razonamiento se suele
concluir que todos los sordos son personas con una discapacidad del
lenguaje y de la vida social. Esta conclusión es falsa, pues asume
una premisa etnocéntrica según la cual tanto la vida social como el
lenguaje de todo sujeto deben ser iguales a los del propio
hispanohablante mexicano o, cuando menos, muy parecidas a las de
un oyente y hablante de una lengua oral cualquiera. Sin embargo, no
se debe olvidar la proclividad biológica del ser humano para superar
los obstáculos de su entorno natural con base en la creación histórico
cultural. A ella se debe que todos los sordos compartan una
característica trascendental: Su interacción con el entorno se
estructura en culturas centradas en la vista([3]). Quienes quedan
sordos siendo adultos hablantes de una lengua oral acuden a todas
las formas de lenguaje visual que les son asequibles. Aunque sigan
soñando en su lengua oral nativa y con su música preferida, o sus
ruidos familiares, desarrollan una mirada más atenta a la expresión
corporal de las personas con que conviven, voltean en todas
direcciones para percatarse de lo que ocurre en su derredor, y
recurren a la escritura siempre que sea posible.
Por su parte, los sordos señantes y sus comunidades sueñan en
lenguas visuales y piensan con cosmovisiones centradas en la
mirada. Ésta es la única opción cultural que ofrece a cualquier sordo
la posibilidad de sostener comunicación y socialización naturales y
eficientes cara a cara. Por ende, sería deseable que la definición de
sordos se ampliara al siguiente tenor: “Sordo” es aquella persona
cuyas posibilidades de adscripción lingüística están condicionadas
por su limitada o nula audición, dificultando su adscripción en
comunidades de lenguas orales, facilitándola en comunidades de
lenguas de señas, o imposibilitándola cuando el sujeto no ha
accedido a lengua alguna, ni oral ni de señas.
Más allá de las definiciones, lo verdaderamente relevante es
entender que si no se desea pecar de etnocentrismo al definir lo que
significa ser sordo, entonces se debe evitar proclamar a las culturas y
lenguas de los mal llamados “normo-oyentes” como el único punto
de referencia obligado para la definición de los sordos y sus culturas.
Es necesario observar que, contradiciendo la suposición de las más
diversas teorías lingüístico-antropológicas según las cuales la
biología humana permite que cualquier sujeto hable cualquier
lengua, esto no es así en el caso del sujeto sordo, para quien
solamente el universo de las lenguas de señas es plenamente
accesible, como parte de una convivencia natural, cara a cara, que
reproduce las identidades históricas, sociales y culturales del
universo de las comunidades de sordos.
2. FLEXIBILIDAD COGNOSCITIVA, MOVILIDAD SOCIAL Y
ACTITUD LINGÜÍSTICA
Hay sordos hablantes (en México, mayoritariamente
hispanohablantes), los hay señantes (en el México urbano, usuarios
de la Lengua de Señas Mexicana), y los hay semilingües. Sin
embargo, no se trata de compartimentos estancos. La mayoría de los
sordos señantes fueron antes semiligües, algunos se hicieron
bilingües, otros tantos fueron hablantes. Por su parte, no todos los
sordos semilingües o hablantes se transforman en señantes, ni todos
los sordos señantes que antes fueron hablantes llegan a ser bilingües.
Esta fluidez merece ser caracterizada.
Para poder comprender las diversas identidades de los sordos, así
como su mutación a lo largo de la vida, resulta útil abstraer tres
factores: flexibilidad cognoscitiva, movilidad social y actitud
lingüística. Por flexibilidad cognoscitivo-lingüística (en adelante
flexibilidad cognoscitiva) se entenderá la capacidad cognoscitiva de
un sujeto dado, en un determinado período de su vida, para adquirir
y desarrollar nuevas estructuras lingüísticas, con su correspondiente
organización conceptual. En otras palabras, estamos hablando de la
capacidad de una persona para desarrollar su primera lengua, para
aprender una segunda lengua, o bien, para adquirir y enriquecerse
con nuevas variantes estructurales y dialectales de alguna lengua que
ya domina[4].
Por su parte, la movilidad socio-lingüística (en adelante movilidad
social) se define como un tipo de movilidad social caracterizada por
la capacidad del sujeto para socializar en comunidades lingüísticas
diversas. Por lo general, esta capacidad está condicionada por
circunstancias históricas y sociales externas al propio sujeto, tales
como las que lo llevan a migrar, o como la diversidad lingüística de
la región en que habita. Estas circunstancias determinan las
posibilidades del sujeto de apropiarse de diversas identidades
sociolingüísticas, independientemente de su voluntad o de sus
deseos.
Por lo que se refiere a actitud lingüística, se le entiende como
aquella que se asume hacia una nueva lengua o variante dialectal, la
cual un sujeto clasifica como algo que oscila entre agradable y
desagradable, entre atractivo y repugnante; que involucra una
correspondiente predisposición emocional hacia quienes practican
tal lengua; y que puede alentar o desalentar al sujeto para apropiarse
de ella. Se trata de un factor que puede ser tan poderoso como la
flexibilidad cognoscitiva y la movilidad social ([5]).
En términos generales, la investigación científica ha encontrado que
la flexibilidad cognoscitiva varía significativamente con la edad
(Birdsong 1999 y Harley y Wang 1997). También se sabe que la
movilidad social y la actitud lingüística tienden a oscilar con la edad
o la posición social, condicionando de modo importante la propia
flexibilidad cognoscitiva. Lo que aquí nos proponemos es combinar
estos parámetros para caracterizar cuatro etapas de potencial para el
cambio de identidad lingüística del sordo: infancia, niñez,
adolescencia y adultez
3. LA INFANCIA
La vida del infante transcurre del nacimiento hasta los 5 años de
edad, aproximadamente. Al terminar este período generalmente
domina las estructuras básicas de su primera lengua, de modo tal que
puede entablar diálogos naturales con otros hablantes o señantes de
su lengua (Birdsong 1999 y Harley y Wang 1997). En general,
durante este período se da una flexibilidad cognoscitiva creciente.
Esto se asume, entre otras razones, porque el infante constantemente
confronta y exitosamente aprende usos lingüísticos novedosos, sin
haber conocido antes ninguna otra lengua.
Durante su infancia cualquier persona sorda con vista puede adquirir
cualquier lengua de señas, y cualquier persona con oído puede
adquirir cualquier lengua oral. Se trata de un período crítico de
adquisición del lenguaje, en tanto que si el menor no es estimulado
por la interacción en una lengua que le sea naturalmente accesible,
entonces se puede atrofiar su flexibilidad cognoscitiva, dificultando
cualquier esfuerzo ulterior de desarrollo cognoscitivo general, así
como de adquisición de un lenguaje natural (Birdsong 1999 y Harley
y Wang 1997).
En cuanto a su actitud lingüística, por una parte se espera que sea
óptima, pues a pesar de que el bebé arranca con una identidad
sociolingüística indefinida, se sabe que está completamente abierto a
la de los adultos de quienes depende, sin ofrecer resistencia alguna a
las identidades lingüísticas con que ellos lo envuelven, aún cuando
se trate de más de una.
Por lo que se refiere a su movilidad social, los adultos que cuidan
del infante son quienes determinan que pueda o no convivir con
comunidades diversas, y específicamente que tanto con cada cual.
En términos generales, la movilidad social del infante está en
proporción directa a la movilidad de los adultos que lo cuidan, así
como a la actitud lingüística que estos últimos guarden para con sus
lenguas circunvecinas.
4. LA NIÑEZ
La siguiente etapa transcurre aproximadamente desde los 6 años,
hasta alrededor de los 11. Durante ella niñas y niños consolidan y
enriquecen las estructuras lingüísticas a su disposición. Se espera
que al concluir este período, por ejemplo, ya puedan producir y
comprender oraciones complejas, con marcadores de aspecto y
modo sutiles y relativamente infrecuentes.
Asimismo, si se les expone suficientemente a nuevos idiomas se
espera que los asuman como segundas lenguas, generalmente con
relativa facilidad. En tal sentido, su flexibilidad cognoscitiva sigue
siendo muy elevada y puede ser referida como flexibilidad
cognoscitiva óptima. Ahora bien, si el sujeto no adquirió una
primera lengua durante su infancia, entonces no habrá certeza de que
lo pueda hacer sin dificultades ni limitaciones durante su niñez o, lo
que es lo mismo, no se puede descartar la posibilidad de que la
flexibilidad cognoscitiva del niño haya empezado a menguar
(Birdsong 1999 y Harley y Wang 1997).
En principio, la actitud lingüística es muy positiva durante la niñez,
pues niños y niñas suelen tener una actitud favorable para adaptarse
a un medio social nuevo, adquiriendo con gran rapidez y naturalidad
nuevas lenguas y variantes dialectales. Sin embargo, niñas y niños
ya se han apropiado de una determinada identidad, y con ella se
habrán adquirido actitudes positivas o negativas hacia otras
identidades lingüísticas, mientras que estas otras identidades se
pueden apersonar ante ellos y ellas de manera hostil o amigable. Por
lo tanto, la actitud lingüística del niño oscilará según como él
perciba otras identidades, y según como los otros perciban la suya.
Dado que generalmente los adultos que cuidan al niño son quienes
acotan los ámbitos en que éste puede socializar, la movilidad social
de la niñez será semejante a la que tales adultos ejercen para sí. En
resumen, la niñez se caracteriza por una actitud lingüística en
principio favorable, aunque variable, una movilidad social
condicionada por la de los adultos que lo cuidan, y una flexibilidad
cognoscitiva óptima que tiende a dejar de crecer, e incluso puede
decrecer si fue antecedida por una infancia lingüísticamente
precaria.
5. LA ADOLESCENCIA
La adolescencia, como aquí se le entenderá, es una etapa en que el
sujeto posee una movilidad social potencialmente mucho mayor,
suele ejercerla, y la incidencia del adulto sobre ella se ve reducida
significativamente. A diferencia de la infancia y la niñez, ahora el
sujeto parte de una identidad sociocultural preestablecida y,
generalmente, domina plenamente al menos una lengua.
Sin embargo, al menos en el México urbano contemporáneo, el
adolescente tiende a ampliar sus redes sociales y a explorar nuevos
esquemas identitarios, poniendo en juego su movilidad social y, por
ende, su actitud lingüística favorece a las lenguas de los entornos
sociales que desee explorar, tan diversas como él lo decida o sus
circunstancias se lo permitan. En la misma medida en que los
adultos que hasta entonces han cuidado de él ya no pueden delimitar
los espacios sociales por los que el adolescente se desplaza, tampoco
pueden restringir las redes lingüísticas en las que el adolescente se
inserta.
Por su parte, la flexibilidad cognoscitiva del adolescente tiende a
declinar, pues ya no todos ellos y ellas pueden adquirir una segunda
lengua con la misma facilidad que lo hubieran hecho durante su
infancia o su niñez. En adolescente se las habrá de arreglar con una
flexibilidad cognoscitiva remanente. Aún los adolescentes que lo
logran no siempre llegan a ser percibidos como hablantes nativos
por el resto de su segunda comunidad lingüística (Saville-Troke
2006, Hamers y Blanc 2000 y Gass y Selinker 2001).
En resumen, aunque la actitud lingüística y la movilidad social del
adolescente están a la alza, su flexibilidad cognoscitiva remanente
tienda a estabilizarse o reducirse más rápidamente que durante su
niñez, lo que no quita que muchos de ellos aún la conserven en
grado sumo.
LA ADULTEZ
Por último, el adulto se caracteriza por la disminución de su
flexibilidad identitaria, en todas sus modalidades. Así, si bien es
cierto que algunos conservan una gran flexibilidad cognoscitiva,
también lo es que se trata de una minoría y que otros muchos poseen
una flexibilidad cognoscitiva decreciente, pues difícilmente
adquieren una segunda lengua (Saville-Troke 2006, Hamers y Blanc
2000 y Gass y Selinker 2001).
Por lo que se refiere a su movilidad social y actitud lingüística,
generalmente los adultos permanecen enraizados en una red social,
insertados en un determinado ámbito sociocultural y lingüístico. Por
ejemplo, tienden a mantener el mismo trabajo, la misma pareja, las
mismas amistades, las mismas costumbres y los mismos idiomas. En
general, los adultos son menos propensos a asumir una nueva
identidad sociocultural y, paralelamente es menos probable que su
actitud hacia una lengua novedosa sea favorable.
Es cierto que en determinadas circunstancias los adultos viven la
necesidad de cambiar y, consecuentemente, su movilidad social se
incrementa. Así, por ejemplo, la guerra o la precariedad económica
obligan a muchos adultos a migrar y aprender nuevas lenguas en
contextos sociales desconocidos. En tales circunstancias, infantes,
niños y adolescentes hacen gala de una actitud lingüística
notablemente favorable. En contraste, algunos adultos se adaptan
con gran dificultad, mientras que otros tantos se resignan a vivir en
relativo aislamiento y soledad. En general, la adultez se caracteriza
por una tendencia a la reducción de la movilidad social y de la
flexibilidad cognoscitiva, así como por una actitud lingüística
desfavorable.
Es necesario observar que aquí no se pretende que estas etapas del
devenir cognoscitivo y sociolingüístico de la persona sean
universales. Aquí solamente se les propone para analizar a los
sordos que se desenvuelven en contextos urbanos contemporáneos,
en los que una lengua de señas, como la Lengua de Señas Mexicana,
es tratada como lengua minorizada, y en que sus señantes son
minoría oprimida. Por último, si bien entendemos que la selección
de las etiquetas flexibilidad cognoscitiva, movilidad social, actitud
lingüística, infancia, niñez, adolescencia y adultez tienen muchas
denotaciones y connotaciones, en lo sucesivo se les utilizará
ateniéndonos a los significados aquí esbozados.:
EL SORDO HABLANTE
La definición de la sordera como soledad es la que caracteriza a
quienes anhelan o pretenden pertenecer a una comunidad que se
estructura en torno del habla de una lengua oral, la que generalmente
es mayoritaria en su entorno inmediato y en la que frecuentemente
han vivido una parte significativa de su vida, hasta antes de haber
quedado sordos. Los lectores oyentes de este texto pueden
imaginarse sordos y comprender tal circunstancia. Tal es el sentido
de la definición que se plasmó en la Iniciativa de ley federal de la
cultura del sordo, sin que sea relevante qué particulares
circunstancias hayan ocasionado que un hablante quede sordo
(Martínez 2001. Título Primero. Disposiciones Generales):
“Sordo hablante” es toda aquella persona que creció hablando una
lengua oral pero que en algún momento quedó sorda. Puede seguir
hablando y, sin embargo, ya no puede comunicarse
satisfactoriamente de esta manera.
Ahora bien, esta definición se puede mejorar resaltando que la
naturaleza de estos sordos reside en su identidad lingüística y social,
según se explicita a continuación:
“Sordo hablante” es toda aquella persona que asume una lengua
oral como su primera lengua, sin importar ni cómo ni cuándo fue
que quedó sorda. Aunque debido a su nula o limitada audición no
puede sostener un diálogo natural en dicha lengua, puede seguir
hablándola, y se esmera por hacerlo para mantener su vida e
identidad sociocultural dentro de lo que considera su comunidad
originaria.
EL SORDO INFANTE QUE VOCALIZA
El sordo adulto que perdió el oído poco después de haber empezado
a vocalizar frecuentemente recuerda la experiencia entonces vivida.
Por algún tiempo, los adultos que lo cuidaron como infante
continuaron conversando con él como si no hubiese quedado sordo,
sintiendo una profunda empatía con los indicios de hispanohablante
que conserva. Mientras más haya transcurrido su infancia con una
audición lingüísticamente funcional, más habrá avanzado en la
producción de vocablos semejantes a los de sus padres o sus
cuidadores hispanohablantes. Por lo mismo, este infante sordo habrá
incrementado la complejidad y el repertorio de sus vocalizaciones en
proporción directa a la edad en que haya quedado sordo.
Desgraciadamente, la mayor capacidad de vocalizar del infante
tiende a retrasar la aceptación de su condición de sordo por parte de
sus padres o tutores. Después de todo, si él les puede hablar, ellos
deben responderle, lo que les resulta muy natural y les permite
preservar la ilusión de que se desarrollará según sus expectativas,
hasta ser un hispanohablante como ellos mismos lo son. Sin
embargo, sobreestimar la consolidación de la identidad lingüística y
sociocultural del infante sordo puede ser tan perjudicial como
subestimarla.
Por definición, ninguna persona que transcurra por la infancia ha
llegado a dominar la gramática básica de la lengua de su entorno.
Sin duda habrá desarrollado esquemas lingüísticos que determinan
los usos del lenguaje que produce y puede comprender. Sin
embargo, no se debe esperar que estos esquemas le permitan un
diálogo equiparable en precisión y profundidad al que establecerían
entre sí, por ejemplo, dos niños de 8 años([6]).
Aunque se trate al infante que vocaliza como si fuera un
hispanohablante consolidado, el desarrollo léxico y gramatical de su
lengua oral se desacelerará, pudiendo incluso deteriorarse, pues la
socialización dialógica que lo alimentaba naturalmente habrá
desaparecido. Asimismo, la movilidad social del infante hacia
cualquier comunidad lingüística oral se verá drásticamente reducida,
aún cuando el menor mantenga hacia ella una actitud lingüística
favorable.
Generalmente, la ignorancia del adulto sobre las necesidades
lingüísticas y culturales del infante sordo, así como la ausencia de
políticas públicas apropiadas en la materia, ambas circunstancias
restringen la movilidad social del infante (y su familia) hacia los
sordos señantes y su lengua, siendo estos últimos los únicos que
pueden ofrecerle una identidad sociocultural y una lengua que le
sean naturalmente accesibles.
Por una parte, durante su infancia el sordo posee una flexibilidad
cognoscitiva creciente, a la par de la plasticidad cerebral que la
sustenta. Por otra parte, la movilidad social del menor está bajo el
control de los adultos que lo cuidan. Son ellos quienes determinan el
contexto en el que el infante se ve obligado a crecer, pues éste
solamente podrá cambiar de ámbito sociocultural cuando y como sus
cuidadores lo juzguen deseable o necesario. Siendo esto así también
para los infantes sordos que pueden vocalizar, y habiéndolos privado
la naturaleza de toda movilidad social hacia el español oral, son el
Estado, la sociedad y la familia hispanohablantes quienes debieran
asumir la responsabilidad de que el infante sordo que vocaliza
acceda a las lenguas de señas, favoreciendo en él una actitud
lingüística apropiada para que se convierta en sordo señante y
despliegue así toda su flexibilidad lingüística([7]).
EL SORDO HABLANTE DE LA NIÑEZ
Quien queda sordo durante su niñez ya suele ser hablante del
español (o alguna otra lengua oral), en tanto que ya domina su
gramática básica. Además habrá sofisticado tal dominio,
dependiendo de qué tanto haya transcurrido su niñez, y habrá
asumido de modo más pleno una determinada identidad
sociocultural, bajo el influjo de los adultos que lo circundan. La
primera reacción de esta niñez al ensordecer es aferrarse a la
identidad sociocultural que ahora teme perder. Por ende,
inmediatamente después de la pérdida de la audición puede darse
una actitud lingüística negativa hacia cualquier otra lengua,
incluidas las de señas, sobre todo si nunca ha sabido nada de ellas, o
si lo poco que le transmiten los adultos que lo cuidan son
valoraciones negativas.
Hemos definido la niñez como un período que va de los 6 a los 11
años, durante el cual la persona empieza con la posesión de una
gramática básica de su lengua, pero concluye con el dominio de
estructuras más complejas.
Este proceso de enriquecimiento de la lengua oral demuestra que la
niña o el niño poseen una flexibilidad cognoscitiva óptima. A ella se
debe que la mayoría de la niñez sordo-hablante puede aprehender
nuevas lenguas, particularmente si le son sensorialmente accesibles,
como lo son las lenguas de señas.
Ahora bien, cuando el ensordecimiento corta sus posibilidades de
diálogo con interlocutores hispanohablantes, entonces la niña o niño
se convierte en sordo-hablante: se interrumpe o dificulta
significativamente su apropiación de la lengua y la identidad de su
otrora círculo social inmediato. Para dar continuidad a su movilidad
social primigenia, en adelante estos niños dependerán
sustancialmente de las representaciones visuales del español: la
escritura en todas sus modalidades y la lectura labial([8]).
Dada su circunstancia, a todos los niños sordo-hablantes se les
debería ofrecer la suficiente movilidad social para que accedan a una
lengua e identidad sociocultural que les sean naturalmente
accesibles, como lo son la Lengua de Señas Mexicana y la cultura de
la Comunidad de Sordos Mexicana, ambas estructuradas en torno de
la vista([9]). Ahora bien, la movilidad social de la niñez sordo-
hablante depende tanto de sus respectivos padres o tutores
hispanohablantes, como de las instituciones educativas a las que
asistan. En consecuencia, la probabilidad de que un niño o niña
sordo-hablantes accedan a los sordos señantes está en proporción
directa con la disposición de adultos e instituciones
hispanohablantes de propiciarla.
Desgraciadamente, bajo el influjo predominantemente de un
discurso etnocéntrico, frecuentemente recubierto de justificaciones
endebles (véase Segura 2007 y Fridman 1998, 1999 y 2005), la
abrumadora mayoría de los padres de familia e instituciones
escolares que en el México contemporáneo atienden a la niñez
sordo-hablante se inclinan por restringir su movilidad social,
eliminando tanto como sea posible su contacto con la Lengua de
Señas Mexicana y la Comunidad de Sordos Mexicana. Para
constatar esta restricción de la movilidad social de los niños sordo-
hablantes mexicanos basta observar que, partiendo de que pueden
vocalizar el español de modo inteligible (o que simplemente así lo
considere el funcionario que los canaliza), se les inscribe
indubitablemente en escuelas regulares de población
hispanohablante (véase Fridman 2009 y Segura 2007).
El efecto directo de esta política del lenguaje es que la niñez sordo-
hablante se ve privada de la posibilidad de convertirse en sordo-
señante y bilingüe (en español y Lengua de Señas Mexicana), al
menos hasta la adolescencia o la temprana adultez. Dicha
posposición acarrea un proceso innecesariamente prolongado de
incomunicación y alienación de estos niños con sus familias y con
su entorno escolar.
EL SORDO HABLANTE DE LA ADOLESCENCIA
Algunos adolescentes sordo-hablantes lo son porque ya lo eran
durante la niñez y porque no han gozado de la movilidad social
necesaria para convertirse en sordos señantes. En estos casos es
probable que su español haya sufrido algún grado de atraso o
deterioro, en particular si se les compara con los hispanohablantes
no sordos de edad similar. El grado en el que esto haya ocurrido
dependerá de en qué etapa de su niñez quedaron sordos, así como de
qué tanto se compensó su aislamiento sociolingüístico,
fundamentalmente con una exposición enriquecedora al español
escrito
Otros tantos hispanohablantes quedan sordos durante la
adolescencia, y dado el grado de consolidación que han alcanzado
tanto su primera lengua oral, como su identidad sociocultural, se
convierten en sordos hablantes: en adelante deberán escoger entre
resignarse a una vida social comunicativamente cercenada, o bien
integrarse a la Comunidad de Sordos Mexicana y apropiarse de su
Lengua de Señas Mexicana .Qué es lo que hagan dependerá en
buena medida de su actitud lingüística. Algunos se aferran a su red
social y lengua originarias. La mayoría desarrollan una actitud
favorable hacia la Lengua de Señas Mexicana, aparentemente tanto
porque en ella pueden rehacer su vida social, de modo natural, como
porque los sordos señantes los aceptan inmediatamente y estimulan
en ellos una actitud lingüística favorable.
Aunque la flexibilidad cognoscitiva remanente durante la
adolescencia tienda a reducirse (tema que aún merece investigación),
esta disminución no impacta significativamente en el número de
adolescentes sordo-hablantes que se convierten en sordo-señantes:
del universo de quienes quedan sordos antes de los 19 años (muchos
de ellos adolescentes sordo-hablantes), el 90% se hacen sordo-
señantes, mientras que entre el restante 10% quedan quienes pasan a
la adultez como sordos hablantes, así como una pequeña fracción de
sordos que se perpetúan como semilingües desde la infancia.
EL SORDO HABLANTE DE LA ADULTEZ
Dada su menguada movilidad social, el sordo hablante adulto rara
vez opta por un cambio de identidad sociolingüística. Otro probable
obstáculo para tal cambio será una negativa actitud lingüística hacia
una lengua sin prestigio, como lo es la Lengua de Señas Mexicana y,
en general, como lo son las lenguas de señas en el grueso de
nuestros contextos urbanos.
En otros casos la causa de la reducida flexibilidad identitaria puede
ser una flexibilidad cognoscitiva decreciente. Pongámonos en el
lugar de un sordo hablante adulto que desea hacer nuevos amigos y
romper la soledad que vive entre quienes siempre tiene que
esforzarse por escuchar, ver o entender lo que no puede oír. Si no
posee la flexibilidad cognoscitiva requerida para la adquisición de
una segunda lengua, como la Lengua de Señas Mexicana,
probablemente se frustrará y se dará por vencido.
Lo más probable es que los sordos hablantes adultos de México
subsistan como un grupo con necesidades culturales propias, al
margen de las comunidades de sordos señantes. Por lo tanto, se les
debe dar su lugar con políticas públicas y modificaciones en el
comportamiento del común de los hablantes de su lengua oral, de
modo tal que se les facilite todo tipo de comunicación visual, en
particular por medio de la escritura, en todas las modalidades
tecnológicamente posibles.
LOS SORDOS SEMILINGÜES
Desde su socialización primigenia, cada ser humano concreto
depende de las capacidades biológicas que conforman su identidad
corpórea, incluso de las sensoriales, así como del contexto social y
natural en que le haya tocado nacer. En ciertos contextos, los adultos
que socializan con el infante y entre sí lo hacen en una lengua oral.
Si él puede oírlos adquirirá su lengua oral, sea ciego o no. En otros
contextos, los adultos que socializan con el infante y entre sí lo
hacen en una lengua de señas. Si él puede verlos adquirirá su lengua
de señas, sea sordo o no.
Sin embargo, cierta combinación de identidad biológica y de
contexto social resultan desafortunados para determinados sordos,
pues les arrebatan toda oportunidad de apropiarse de lengua alguna,
sea oral o de señas. En la Iniciativa de Ley Federal de la Cultura del
Sordo se les caracterizó como sigue (Martínez 2001: Título Primero.
Disposiciones Generales):
“Sordo semilingüe” es toda aquella persona que no ha desarrollado a
plenitud ninguna lengua, debido a que quedó sordo antes de
desarrollar una primera lengua oral y a que tampoco tuvo acceso a
una lengua de señas.
Los sordos semilingües siempre son sordos desde la infancia,
habiendo perdido la audición durante los primeros 5 años de vida o
habiendo nacido sin ella. En este período es en el que ocurre la
socialización lingüística primigenia y constitutiva de la naturaleza
humana. Y es precisamente esta socialización la que no está al
alcance del infante sordo-semilingüe, lo que mutila su identidad
sociocultural y configura su presencia como ser asocial,
mecánicamente inserto en la colectividad que lo circunda.
En el caso de la tardía infancia o en el de la temprana niñez sordas,
no se debe asumir con certeza que la adquisición de la primera
lengua se encuentre consolidada. Después de todo, un infante que
vocaliza, o una niña o niño que hablan (entre los 5 y los 7 años
aproximadamente), al quedar sordos pudieran entrar en un proceso
de deterioro o pérdida de su lengua oral. Luego entonces, la
generalización de que la niñez sordo-hablante no es ni se puede
transformar en semilingüe es una presuposición que debe tomarse
con cautela. En el mismo sentido, en la definición de esta clase de
sordos sería pertinente sustituir “desarrollar” (de la definición
inmediatamente anterior) por “consolidar”:
“Sordo semilingüe” es toda aquella persona que no ha desarrollado a
plenitud ninguna lengua, debido a que quedó sordo antes de
consolidar una primera lengua oral y a que tampoco ha tenido
acceso a una lengua de señas.
EL SORDO SEMILINGÜE DE LA INFANCIA
A los infantes que nacen sordos antes de haber vocalizado palabra
alguna, los especialistas en lenguaje y audición los llaman
prelingüísticos y les reservan la peor de las prognosis en su
desarrollo lingüístico. Sin embargo, tal prognosis es una profecía
que genera las condiciones de su propia realización: en la medida en
que las instituciones de salud y educación, así como la propia
familia hispanohablante, niegan a los infantes sordos el acceso a una
lengua de señas, ellas mismas lo transforman en sordo
semilingüe([10]).
En México, la actitud lingüística desfavorable de los
hispanohablantes adultos hacia la Comunidad de Sordos Mexicana
es predominante, y se transfiere a los infantes sordos como
reducción de su movilidad social hacia los sordos señantes, quienes
son los transmisores de su potencial primera lengua. A ello se debe
que la abrumadora mayoría de los infantes sordos de México viven
una infancia enteramente semilingüe, alejados de la comunidad de
sordos señantes, con padres que apuestan todo a la llamada
“oralización” (conversión clínica del semilingüe en hablante), con
terapias del lenguaje, auxiliares auditivos e implantes cocleares,
acompañados por la prescripción de evitar todo contacto con sordos
señantes.
Al no ser capaces de vocalizar, algunos infantes sordos semilingües
resultan paradójica e involuntariamente beneficiados, pues se les
segrega en Centros de Atención Múltiple (“Múltiple” porque en
ellos se segregan a menores de edad con discapacidades diversas),
esto es, en escuelas/clínicas de educación especial donde algunos de
ellos se encuentran con niños sordo-señantes. Para quienes esto
ocurre el semilingüismo queda atrás, aunque para entonces hayan
perdido un tiempo invaluable en la adquisición de una primera
lengua([11]), y hayan carecido de modelos adultos para tal
adquisición, así como para su desarrollo general y el de su
autoestima.
En última instancia, el objetivo de estas terapias es que el infante sea
lingüística y culturalmente castellanizado, que se comporte lo más
posible como si fuera hispanohablante, o bien que se convierta en un
sordo hablante que acepta su relativa soledad como algo natural e
inevitable, resignándose a vivir como persona con discapacidad del
lenguaje y la vida social. Resulta patente que, aunque estas terapias
se presenten como una política de salud dirigida a prevenir y
rehabilitar una discapacidad, en realidad operan como una política
de lenguaje que margina sistemáticamente a una lengua de señas
minorizada, bajo la presuposición de que solamente una lengua oral
puede ser verdadero lenguaje humano y de que los sordos señantes
son semilingües.
La actitud lingüística que los infantes sordo-semilingües desarrollan
respecto de las lenguas que los circundan no ha sido investigada. El
solo hecho de que sean semilingües indica que no han convivido
significativamente con una lengua de señas, y el hecho de que hayan
llegado a vocalizar o no probablemente sea irrelevante para la
formación de una actitud particular respecto de tales lenguas. Es de
suponerse que muchas de las acciones y reacciones lingüísticas de
los adultos hispanohablantes ante estos infantes semilingües sean
emocionalmente intensas y contradictorias, se manifiesten corporal y
visiblemente, pudiendo inducir al propio infante a sentir rechazo o
afecto respecto del lenguaje oral que observa. Probablemente el
infante semilingüe habrá de desarrollar actitudes tan ambivalentes y
contradictorias respecto del español y los hispanohablantes, como
las que estos últimos manifiesten ante él.
Ahora bien, existe argumentación científica sobre la importancia de
que una primera lengua sea adquirida plenamente durante los
primeros años de vida, por todo ser humano. Se habla de un período
crítico para esta adquisición y se ha concluido que quien no vive este
período cabal y oportunamente (durante lo que aquí hemos
denominado como infancia) corre el riesgo de no poder adquirir un
lenguaje propiamente humano durante el resto de su vida([12]). Esta
argumentación no debería ser ignorada por quienes dicen querer
prevenir la discapacidad del lenguaje en los sordos, pues de ella se
desprende directamente que la mejor política de prevención del
semilingüismo es una que fortalezca la movilidad social del infante
sordo mexicano hacia la Lengua de Señas Mexicana: solamente una
lengua de señas le es naturalmente accesible y puede garantizar su
pleno desenvolvimiento lingüístico, social y general, con base en su
creciente flexibilidad cognoscitiva.
Por último, no se debe olvidar que algunos sordos viven su infancia
en zonas rurales, en la mayoría de las cuales la Comunidad de
Sordos Mexicana no tiene presencia alguna. Por su parte, los adultos
de estas regiones que hablan el español o alguna otra lengua oral
indígena generalmente no saben que existen tal Comunidad, ni su
correspondiente lengua de señas. Por ende, estos infantes sordos
permanecen condenados al semilingüismo mientras no salgan del
ámbito geográfico y social de dichas zonas rurales.
LOS SORDOS SEMILINGÜES DE LA NIÑEZ
Aún con la mejor de las familias, con los padres mejor
intencionados, la escuela y compañeros escolares más
comprensivos, la soledad acompaña al niño semilingüe. Sea que
vocalice algo de español o no, queda sordo de nacimiento, desde la
infancia o desde el inicio de su niñez. Desde ese momento, a pesar
de estar físicamente rodeado por hispanohablantes todos los días de
su vida consciente, esta niña o niño sordo-semilingüe permanece
social y lingüísticamente distante de todos ellos y, por ende, carece
de toda movilidad social hacia y entre ellos.
Por lo general, la escolarización de los infantes sordosemilingües
que se perpetúan como niños semilingües sigue dos caminos. En uno
acaban segregados y desatendidos dentro de un Centro de Atención
Múltiple. En el otro permanecen insertados dentro de una escuela de
niños hispanohablantes (no sordos), viviendo una triple condición de
semilingüismo prolongado, desventaja académica perenne y remedo
de socialización. Todos estos niños semilingües están condenados a
engrosar la estadística de los alumnos/pacientes fracasados de las
políticas públicas de castellanización del sordo.
Es necesario destacar que el sordo semilingüe seguramente se
percata de que se ha perdido de algo, pero no sabe ni puede expresar
en pensamientos articulados qué es eso que anhela, o que pudiera
rechazar con justificado rencor. Sin duda el sordo semilingüe piensa
y siente su identidad, hasta la comparte con códigos elementales. Sin
embargo, lo ha de hacer con procesos cognoscitivos que no puede
compartir de modo histórica y socialmente enriquecido.
Lamentablemente, para algunos de estos niños sordo-semilingües la
exposición ulterior a la Lengua de Señas Mexicana ya no revertirá ni
la atrofia lingüística y cognoscitiva, ni el aislamiento vivido, ni sus
secuelas. Serán semilingües toda su vida.
LOS SORDOS SEMILINGÜES EN LA ADOLESCENCIA
En comparación con su propia infancia y niñez, los adolescentes
ejercen una mayor libertad para explorar y escoger nuevos círculos
sociales. Los adolescentes sordo-semilingües no son una excepción,
pero en su caso sucede que tal movilidad se manifiesta
marcadamente como cambio de identidad lingüística, pues pasan de
una vida social constreñida dentro de una comunidad lingüística
hispanohablante (u otra oral de México), a convivir tan intensiva y
extensivamente como pueden con sordos señantes, en la Comunidad
de Sordos Mexicana (véase Segura 2007). Resulta llamativo que
esto ocurre a pesar de que los sordos semilingües provienen de un
medio familiar, escolar y clínico en el que la Comunidad de Sordos
Mexicana y su lengua son sistemáticamente estigmatizadas.
Los adolescentes sordo-semilingües constituyen el principal origen
de la población que demográficamente reproduce a la Comunidad de
Sordos Mexicana. La importancia del proceso de conversión de los
sordos semilingües en sordos señantes es tal que la Comunidad de
Sordos Mexicana reconoce una relación de parentesco no
consanguíneo, por la cual un sordo señante se convierte en padrino o
madrina de señas del sordo semilingüe que es introducido a la
Comunidad. Siempre se recuerda a este introductor inicial, como
quien salvó de su ignorancia al sordo semilingüe.
Respecto del sordo semilingüe que continúa siéndolo durante toda
su adolescencia, no hay mucho más que decir, salvo reiterar que
cada día que pasa aumentan sus probabilidades de quedar
semilingüe por el resto de su vida. La principal responsabilidad de lo
que le acontece recae sobre quienes restringen su movilidad social
hacia los sordos señantes, sobre todo el Estado mexicano, pues con
la excepción de regiones muy inaccesibles, sus políticas del lenguaje
llegan a todos los rincones del país, mediante sus extensas
instituciones de educación y de salud: la socialización entre sordos
señantes en las escuelas está prohibida (Fridman 2009), y la
proscripción de las señas sigue siendo parte indisociable de las
prescripciones clínicas dirigidas a los sordos menores de edad.
LOS SORDOS SEMILINGÜES EN LA ADULTEZ
Por triste que parezca, ciertos sordos realmente son personas con
una discapacidad del lenguaje y la vida social. Se trata de sordos que
siendo semilingües desde la infancia no han tenido oportunidad de
dejar de serlo y ahora solamente tiene a su alcance una flexibilidad
cognoscitiva decreciente.
No han gozado de la movilidad social que les hubiera permitido
convertirse en sordos señantes y, por infrahumano que nos pueda
parecer, después de muchos años de haber peleado un acomodo a su
diario quehacer, este adulto sordo-semilingüe estará habituado a lo
que haya obtenido a cambio. Por ende, no debería sorprendernos que
aún la vaga idea de renacer en una nueva identidad lingüística y
cultural como la del sordo señante le parezca extraña, que tenga una
actitud lingüística desfavorable hacia cualquier lengua, incluso una
de señas, y que por ende se prive a sí mismo de toda movilidad
social, pues todas le parecen amenazantes.
En México, esta clase de adultos sordo-semilingües se encuentran
sobre todo en zonas rurales, donde han sido privados de todo
contacto con una lengua de señas, cuando menos hasta su
adolescencia. En su vida diaria reciben el trato de personas con
discapacidad intelectual y, hasta cierto punto, lo han llegado a ser y
se les debe tratar como tales.
LOS SORDOS SEÑANTES
Los señantes de la Comunidad de Sordos Mexicana se definen por
su etnicidad, cuyo rasgo más distintivo es la propia Lengua de Señas
Mexicana.
Sin embargo, la presencia de una lengua tan distinta del español no
satisface a todos, pues se suele argumentar que para demostrar que
la Comunidad es un grupo étnico habría que describirla con
pormenor y demostrar que posee etnicidad y cultura diferentes de las
de los hispanohablantes mexicanos, en general. Aquí no se
acometerá tal tarea, que en sí misma requeriría de una extensa labor
etnográfica (a la que, por cierto, solamente han sido sometidos muy
pocos grupos formalmente reconocidos como etnias de México). Sin
embargo, es relevante señalar que una argumentación similar se ha
asumido para diversas comunidades de sordos, en distintos países, y
que Lane (2005) la ha aplicado para caracterizar sintética y
jurídicamente a la comunidad de sordos norteamericana como grupo
étnico.
Aquí se parte de la premisa de que el sordo señante tiene una
cosmovisión propia, y de que tal cosmovisión comparte algunos
rasgos, y otros no, con la de la mayoría hispanohablante mexicana
que lo circunda. Este entendimiento de la identidad colectiva del
sordo señante no es nuevo. Ya son muchos los investigadores que lo
suscriben a nivel internacional. Se le conoce como el enfoque socio-
antropológico de la sordera (véase, por ejemplo, Veinberg 2000) y
sirvió de cimiento para la siguiente definición legislativa (Martínez
2001: Título Primero. Disposiciones Generales):
“Sordo señante” es toda aquella persona cuya forma prioritaria de
comunicación e identidad social se define en torno de la cultura de
una comunidad de sordos y su lengua de señas.
Esta definición se elaboró con la intención inicial de contrarrestar
prácticas y discursos etnocéntricos que marginan al sordo señante
dentro del universo de la anormalidad, como objetos de estudio y
tratamiento de la patología institucionalizada. De 1998 a 2005, los
representantes de la Comunidad de Sordos Mexicana reiteraron que
el componente cultural o étnico fuera incluido en el reconocimiento
formal de los derechos de todos los sordos, para que la ley plasmara
con claridad los derechos culturales de sordos señantes, hablantes y
semilingües por igual. Sin embargo, la mayoría de los diputados y
senadores con quienes se trató el tema se negaron a tal
reconocimiento, sin mayor argumentación, salvo por su manifiesto
extrañamiento a considerar que los sordos señantes pudieran tener
una identidad cultural o étnica propia.
Finalmente, ante la evidencia de que los sordos señantes tienen su
propia lengua los legisladores aceptaron reconocerla jurídicamente,
mas no sin excluir todo reconocimiento explícito de su
correspondiente identidad cultural.
LOS SORDOS QUE SEÑAN EN LA INFANCIA
Alrededor del 5 por ciento de los sordos son hijos de padres sordos y
nacen en familias donde la lengua materna es la Lengua de Señas
Mexicana, literalmente. Estos son sordos señantes nativos, no
solamente porque la Lengua de Señas Mexicana sea su primera
lengua, sino porque la han adquirido en el seno de su familia, desde
que eran bebés. Simplemente ejercieron una flexibilidad
cognoscitiva creciente para apropiarse del idioma que estuvo a su
alcance desde que nacieron. La particular identidad sociocultural y
los usos de la lengua que les tocó vivir se enraizan en ellos durante
su vivencia cotidiana. Aunque son excepcionales, cabe señalar que
también ha habido padres hispanohablantes y oyentes que, al
percatarse de tener un infante sordo, le dan acceso a la Lengua de
Señas Mexicana y asumen como suya la necesidad de aprender tal
lengua para convivir en familia. En estos casos, la experiencia del
infante sordo-señante se asemejara mucho a la del que tenga padres
sordo-señantes.
En México, los infantes sordo-señantes se confrontan con opciones
de escolarización desoladoras. Por una parte, si se inscriben en una
institución donde puedan encontrarse con otros niños como ellos,
entonces deberán asistir a un Centro de Atención Múltiple, donde
serán recibidos y tratados como discapacitados del lenguaje y del
intelecto y, por ende, no tendrán acceso a un proceso educativo de
calidad. Por otra parte, si se inscriben en una escuela donde se les
“incluya” o “integre” entre niños oyentes e hispanohablantes,
entonces deberán resignarse a que los docentes los tratarán como
discapacitados del lenguaje, a que no podrán socializar con pares
señantes, y a que tampoco tendrán acceso a las actividades
educativas por la falta de una lengua compartida.
EL SORDO SEÑANTE DE LA NIÑEZ
El niño sordo de padres sordo-señantes tiene una vida social y
familiar bastante natural, en tanto que sus padres la enmarcan dentro
de su propio grupo étnico, la Comunidad de Sordos Mexicana, y que
esta lengua y cultura le son naturalmente accesibles. Por ende, su
desarrollo social, emocional y cognoscitivo, su desarrollo identitario
en general no se ve enfrentado a obstáculos derivados de su sordera,
no en cuanto tal: los límites impuestos a su socialización serán los
mismos que vive el grupo étnico al que está adscrito, lo que resulta
natural para cualquier niño que pertenezca a una etnia particular.
La vida del niño sordo-señante por fuera de su familia y su etnia
padece de los mismos dilemas que el infante sordo-señante: asistir a
una escuela de educación especial (Centro de Atención Múltiple) en
donde la socialización con pares sordos puede ser prometedora,
cálida, pero donde ni los docentes, ni la propia institución les
proporcionan acceso a los contenidos curriculares regulares; o bien,
asistir a una escuela regular rodeado de hispanohablantes oyentes, en
donde sí se imparten los contenidos curriculares regulares pero el
niño sordo-señante no accede a ellos, no en su propia lengua,
además de que no puede socializar naturalmente con la comunidad
hispanohablante. En ambos contextos será tratado como una persona
con discapacidad del lenguaje y del intelecto, aunque no tenga
ninguna de las dos.
Según se explicó en secciones anteriores, algunos niños semilingües
y hablantes tendrán la relativa fortuna de ser segregados en una
escuela de educación especial, y de que en tal Centro de Atención
Múltiple también se encuentren un niño sordoseñante. En estos
contextos, generalmente a espaldas o con la displicente tolerancia de
los terapeutas o profesores hispanohablantes, el niño sordo-señante
será el centro de la socialización entre los niños sordos.
Dado que en muchos casos esta movilidad social no es prevista por
la institución o la familia, los padres de los niños semilingües o
hablantes se verán sorprendidos por la transformación de sus hijas e
hijos y reaccionarán de diversas maneras, oscilando desde la
aceptación o la tolerancia, hasta el rechazo violento de los cambios,
seguido por la súbita transferencia del menor a otra escuela.
Conforme las instituciones han empezado a tolerar y aceptar de
mejor manera la presencia de la Lengua de Señas Mexicana en su
interior, este último tipo de reacción se hace menos frecuente. Sin
embargo, no deja de ser cierto que la ausencia de los adultos sordo-
señantes en las instituciones educativas es notoria, y la educación
formal en el aula no se realiza en la Lengua de Señas Mexicana.
EL SORDO SEÑANTE DE LA ADOLESCENCIA
Si no lo eran con anterioridad, los sordos adolescentes se hacen
señantes bajo el influjo de cuando menos tres circunstancias. En
primer lugar, los adolescentes sordos viven una etapa en la que
exploran su entorno social para enfilarse hacia la que será su
identidad adulta. Este ejercicio requiere que los adultos relajen su
control sobre los adolescentes, o que los propios adolescentes se
resistan activamente al control de los adultos. Es precisamente
cuando esto ocurre que, para poder ir al encuentro con la Comunidad
de Sordos Mexicana[13], los adolescentes sordo-semilingües y
sordo-hablantes suelen confrontarse con los padres o tutores
hispanohablantes que restringieron su movilidad social.
Esta aproximación requiere de lugares de encuentro, precisamente
los negados o marginados por la mayoría hispanohablante. Por una
parte, sin duda muchos encuentros se dan de manera aleatoria, en los
espacios públicos de la ciudad. Por otra parte, muchos lugares de
encuentro subsisten gracias a las políticas persecutorias dirigidas a
los sordos señantes. Por una parte se aboga por la eliminación de los
espacios de congregación de sordos señantes a su mínima expresión,
pugnando por “integrar” o “fusionar” individualmente a todos los
sordos menores de edad, dispersándolos en escuelas regulares de
hispanohablantes oyentes (véase Fridman 2009). Por otra parte, se
les clasifica como anormales o enfermos y se crean espacios ad hoc
para su segregación social: escuelas o grupos escolares de educación
especial y clínicas especializadas.
En términos generales, los hispanohablantes oyentes tienden a negar
la existencia colectiva y cultural de los sordos, pero como ésta no
desaparece se ven en la necesidad de segregarla. Paradójicamente, la
existencia segregada impuesta a los sordos es la misma que suele
facilitar su encuentro. Los sordos menores de edad suelen asistir a
espacios clínicos o escolares especializados y es ahí donde suelen
cobrar conciencia de que existen otros sordos como ellos. Aunque
estos encuentros sean efímeros antes de la adolescencia, parecen
sembrar la actitud lingüística favorable requerida para que el
adolescente salga a la búsqueda de la comunión sordo-señante.
Como ha observado Segura Malpica (e.g. 2007: 98), muchos de
estos adolescentes recién convertidos en sordos señantes asumen una
actitud lingüística negativa hacia los hispanohablantes y su mundo.
Este rechazo es previsible, además de indispensable para una futura
reconciliación. Por su parte, los adolescentes sordo-señantes que lo
han sido desde la infancia o la niñez, lo seguirán siendo. Asimismo,
en la medida en que hayan consolidado su identidad sociocultural,
así como su dominio de la Lengua de Señas Mexicana, habrán de
gozar de una mejor autoestima y sufrirán menos resentimiento
contra los hispanohablantes. Por lo tanto, generalmente su actitud
hacia el español (en particular hacia el escrito) y hacia la cultura
mayoritaria circundante será positiva.
En México, la adolescencia sigue siendo la principal puerta de
acceso a la Comunidad de Sordos Mexicana para aquellos sordos
que aún no son señantes. Por su parte, los adolescentes sordo-
señantes suelen apadrinar a los recién avecindados, pues gozan de la
movilidad y flexibilidad sociales requeridas, y los bienvenidos
suelen convertirse en amigos, novios o novias, e incluso esposas o
esposos.
EL SORDO SEÑANTE DE LA ADULTEZ
De manera relativamente independientemente a como se
constituyeron en sordos señantes, los adultos gozan de una identidad
sociocultural relativamente estable. Tienen un círculo de amistades
sordo-señantes con las que se reúnen regularmente, cuando menos
todos los fines de semana. Se afilian a clubes o asociaciones, de
carácter social o deportivo, formal o informalmente constituidas,
algunas gremiales (como las de vendedores ambulantes), otras
políticas (para la defensa de sus derechos ante el Estado), e incluso
criminales.
A pesar de lo distinta que pueda ser la naturaleza de estas
agrupaciones, ninguna es vivida como compromiso banal. Todas
asumen los tintes de un clan, al que se debe dedicar tiempo y lealtad.
En cierto sentido, los clubes y las asociaciones de sordos adultos son
el territorio de la Comunidad de Sordos Mexicana, y los sordos
señantes defienden su relativa autonomía, por usos y costumbres.
Por lo que se refiere a las relaciones de parentesco, los adultos
sordo-señantes son endogámicos, pues el 80% de ellos tienen pareja
sordo-señante. En contraparte, sus relaciones por consanguinidad
son en un 90% con hispanohablantes oyentes: padres, hermanos e
hijos del sordo señante son abrumadoramente hispanohablantes. Esta
parentela consanguínea es clasificada como oyente/extranjera por la
Comunidad de Sordos Mexicana. Los parientes oyentes son
bienvenidos en los espacios del adulto sordo-señante pero, por usos
y costumbres, no se les otorgan los mismos derechos y obligaciones
comunitarias.
A MANERA DE CONCLUSIÓN: SOBRE LA NEGACIÓN DE LA
OTREDAD
Si bien las transformaciones de identidad lingüística que el sordo
vive pueden implicar cambios cualitativos, ello no obsta para
considerar que tanto la flexibilidad cognoscitiva, como la movilidad
social y la actitud lingüística varían cuantitativamente, de un sujeto a
otro, así como durante la vida de una misma persona. Por ende, estas
tres categorías se pueden poner a prueba en investigaciones
científicas por venir, con instrumentos apropiados para su
observación y cuantificación. Esto permitirá validar o ajustar las
caracterizaciones aquí propuestas y, por ende, aportar elementos más
certeros para la toma de decisiones, desde el ámbito de las políticas
públicas relevantes, hasta la intimidad de las opciones de
socialización y escolarización que atañen al menor de edad sordo, de
manera individual.
Para todos los sordos, así como para quienes los rodeamos, es de
vital importancia distinguir al hablante del semilingüe, al semilingüe
del señante, y al señante del hablante. Valga un ejemplo tomado del
discurso jurídico. En los códigos civiles y penales de México, así
como en su correspondiente legislación procesal, se confunde
sistemáticamente al sordo semilingüe con el señante.
Es comprensible que al sordo semilingüe se le trate como un
“incapaz natural y legal” del uso de razón, por lo que de
conformidad con el derecho civil deberá estar sujeto a interdicción:
en su nombre, su tutor emitirá su testamento, recibirá sus herencias,
ejercerá su patria potestad sobre menores, etc. También es
comprensible que al sordo semilingüe se le trate como un “incapaz
de comprender el significado del hecho” delictivo por el que se le
juzga, por lo que de conformidad con el derecho penal deberá ser
internado, puesto bajo tratamiento, o bajo custodia de su tutor, hasta
en tanto el psiquiatra o especialista designado lo declaré sano.
En México y probablemente en muchos otros países, el problema es
que se mide al sordo señante con la misma vara que al semilingüe.
También se le denomina sordomudo, o sordo, o mudo y se ignora
que ejerce la razón en su lengua y de acuerdo con sus usos y
costumbres. En el mismo tenor, cuando la legislación acepta que el
sordo que participa en algún proceso judicial requiere de auxilio
comunicativo, no es raro que se dote de intérprete de lengua de
señas a un sordo semilingüe, o de estenógrafo a un sordo señante.
Ahora bien, entre los sordos el bilingüismo no es ni raro, ni de
naturaleza uniforme. Sin embargo, hasta ahora ha habido un pobre
entendimiento de los modos distintos en que los diferentes sordos se
aproximan a, y viven el bilingüismo. El semilingüe no puede
acceder al bilingüismo, no sin antes convertirse en monolingüe
señante. El sordo señante llega al español como segunda lengua,
pero en primera instancia por medio de la escritura, mientras que la
oralidad le resulta un tanto contingente. El sordo hablante se
aproxima al bilingüismo por medio de la lengua de señas y, si bien
para él o ella la escritura se hace mucho más relevante que la
oralidad, está última pervive como un componente indisociable de
su ser.Por último, debemos reconocer que el etnocentrismo tiene dos
caras. Estando en desventaja, los sordos señantes se niegan a
reconocer la presencia invasiva del hispanohablante que les es más
próxima, la del sordo hablante. Estando en posición de fuerza, los
hispanohablantes se niegan a reconocer la existencia del sordo que
les es más ajena, la del sordo señante[14].
A nivel internacional, los intelectuales que hacen suya la perspectiva
identitaria del sordo señante, también parecen asumir su
etnocentrismo, a saber, suelen negar por omisión la especificidad del
sordo hablante. Así, mientras que en muchos textos teóricos y
jurídicos de Latinoamérica se habla sobre la identidad lingüística y
cultural del sordo señante y su comunidad, en todos ellos también se
omite profundizar en la naturaleza del sordo hablante o del infante
que vocaliza, como si tratase de un tema tabú[15].
En los linderos de estas etnias, oyentes hispanohablantes y sordos
señantes compiten por la filiación de los sordos hablantes y la de los
semilingües, en particular por la filiación étnica de la infancia y la
niñez sorda. Se trata de una competencia desigual y, sin embargo,
aún si en el futuro próximo los sordos señantes se librasen del trato
opresivo que les imponen las instituciones clínicas y de educación
especial, aún entonces deberán luchar contra su propio
etnocentrismo.