¿Qué es el sentido del tacto?
Se conoce como tacto o sentido del tacto a uno de los cinco sentidos
mediante los cuales el ser humano (y muchos otros animales)
puede percibir la realidad circundante, específicamente en términos
de presión, temperatura, dureza y textura.
De todos los sentidos, es quizá uno de los más complicados de estudiar,
dado que no posee un órgano específico que maneje la información
recogida del entorno, sino que las terminales nerviosas encargados de ello
se encuentran distribuidos a lo largo y ancho de nuestra piel, que se
extiende por todo el cuerpo, y también en el interior de nuestro cuerpo.
El tacto es un sentido pasivo y constante, cuya influencia es difícil de
aislar del resto de los sentidos y casi imposible de eliminar en un momento
determinado. Estamos constantemente percibiendo nuestro entorno a través
del tacto, incluso si no lo notamos, y de esa manera nos encontramos en
constante alerta ante cualquier agresión física, química o térmica que
podamos sufrir: un sistema de alarma que indica cuando corremos peligro.
Pero al mismo tiempo, el tacto puede ser fuente de estímulos placenteros, y
por eso juega un rol importante en la socialización. Tanto en un beso y
un abrazo, como en un apretón de manos o en las relaciones sexuales, el
tacto está siendo intermediario entre nuestro cuerpo y el de
otra persona con la que hemos desarrollado un vínculo social y afectivo, lo
cual forma parte vital del imponente aparato de la sociedad y la cultura.
En resumen, el tacto es un sentido clave para la existencia biológica, que
nos revela nuestra propia tridimensionalidad, o sea, nos mantiene
continuamente al tanto del espacio que ocupamos y de los objetos con los
que interactuamos.
Puede servirte: Sistemas del cuerpo humano
¿Cómo funciona el sentido del tacto?
El tacto es el producto de un complejo entramado de terminaciones
nerviosas que recorren nuestra piel y nuestro cuerpo, recopilando
información sensorial respecto a nuestro entorno exterior, pero también al
interior de nuestro cuerpo.
Gracias a ello podemos sentir el impacto de las fuerzas externas en nuestro
cuerpo, pero también las sensaciones de dolor, movimiento o incomodidad
a lo interno, a través de las cuales el cuerpo se percibe a sí mismo.
Dicha red de nervios está presente entre la epidermis y la dermis, y se
compone de un inmenso ejército de receptores diferentes, cada uno
especializado en un cierto tipo de estímulos y percepciones. De ese
modo, la sensibilidad táctil abarca tres tipos de percepciones
diferentes, que llegan al cerebro a través de vías nerviosas diferentes:
Sensibilidad protopática. Se trata de la forma más primitiva y difusa del
tacto, que establece poca o ninguna diferencia entre sus estímulos, pero
al mismo tiempo es la más rápida en ser percibida. Normalmente se
ocupa de estímulos burdos o poco delicados, como el calor o frío
extremo, el dolor y el tacto brusco, que el sujeto no puede ubicar con
exactitud en su cuerpo, pero a los que reacciona de inmediato.
Sensibilidad epicrítica. Se trata de una forma mucho más refinada del
tacto, localizada, exacta y con alto nivel de diferenciación entre
estímulos, como la capacidad de reconocer formas y tamaños.
Normalmente para manifestarse debe inhibir la sensibilidad protopática
hasta cierto punto.
Sensibilidad termoalgésica. Se trata del sentido táctil vinculado con la
temperatura (sensibilidad térmica) y el dolor (sensibilidad algésica).
En los tres casos, los estímulos nerviosos son recogidos por sus respectivas
terminaciones nerviosas y transmitidas por distintas vías (conductos
nerviosos) al encéfalo, en donde son procesadas y se genera una reacción.
En ello, la médula espinal cumple un rol vital centralizando los distintos
estímulos sensoriales.
Anatomía del tacto
Cada capa de la piel cumple un rol específico en la percepción táctil.
La piel está compuesta por varias capas de tejido de distinta naturaleza, y
que cumplen roles distintos en la percepción táctil. Dichas capas son:
La epidemis. Se trata de la capa más externa de la piel, esa que
solemos percibir a simple vista, y que funciona como una envoltura
protectora, resistente al agua, del resto de las capas del cuerpo humano.
En ella es donde se acumula la melanina, pigmento que nos protege de
la radiación UV y que da color a nuestra piel, y también es donde se
encuentran los primeros receptores táctiles.
La dermis. Se trata de la capa más profunda de la piel, que subyace a la
epidermis, y en ella abundan los vasos sanguíneos, las glándulas
sebáceas y sudoríparas, y el grueso de los receptores táctiles y sus
respectivas terminaciones nerviosas. Además, es la capa encargada de
reemplazar las células muertas de la epidermis.
El tejido subcutáneo. Todavía más profundo en nuestro cuerpo se
hallan los tejidos que van por debajo de la piel, compuestos por grasas
(que actúan como aislantes y como cojinetes para proteger los tejidos
internos) y también tejidos conectivos que mantienen todos los demás
tejidos y órganos unidos entre sí. A este nivel se encuentran los
receptores táctiles más profundos, muchos de los cuales se encargan de
la percepción interna del cuerpo.
Receptores nerviosos
Los receptores nerviosos se clasifican según la información táctil a la que son sensibles.
Los receptores nerviosos de la piel pueden ser de tres tipos, dependiendo
de la información táctil a la que son sensibles y que transmiten al sistema
nervioso central. Así, podemos hablar de:
Termorreceptores, encargados de percibir las variaciones de la
temperatura externa, así como el contacto con superficies frías o cálidas.
Nociceptores, encargados de producir el dolor, es decir, de captar los
estímulos desagradables o potencialmente dañinos, y transmitir una alarma
al sistema nervioso.
Mecanorreceptores, encargados de percibir el movimiento, la presión y
otras formas y fuerzas en contacto con la piel. Pueden ser, a su vez, de
cinco tipos diferentes:
Corpúsculos de Pacini, responsables de percibir las vibraciones
rápidas y la presión mecánica profunda, poseen varios milímetros de
longitud y se activan sólo al inicio y al final del estímulo mecánico. Son
especialmente numerosos en las manos, los pies y los órganos sexuales,
pero también en el tejido conectivo y muchas membranas.
Corpúsculos de Ruffini, responsables de percibir e identificar las
sensaciones de calor y la deformación continua o profunda de la piel,
siendo especialmente sensibles a las variaciones en dichos estímulos.
Son pequeños y abundantes, y se encuentran en la dermis profunda y
los tejidos conectivos, excepto en la superficie de la piel de la cara dorsal
de las manos.
Corpúsculos de Krause, más pequeños y simples que los corpúsculos
de Pacini, se encuentran en la dermis profunda de la piel, pero también
en los tejidos submucosos de la nariz, ojos, boca, genitales, y otras
regiones parecidas. Antiguamente se pensaba que se ocupaban de
percibir el frío, pero hoy en día se desconoce con exactitud qué tipo de
estímulos registran.
Corpúsculos de Meissner, responsables de la percepción del tacto
suave, es decir, de las vibraciones menores a 50 Hz, son receptores de
actividad muy rápida y enorme sensibilidad, ubicados en la región
superficial de la dermis. Una vez activados, muestran un margen de
tolerancia o disminución de actividad ante la estimulación continua, razón
por la cual al rato dejamos de percibir la ropa que llevamos puesta, por
ejemplo.
Discos de Merkel, también llamados domos táctiles, son un conjunto de
mecanorreceptores que se encuentran entre la mucosa y la piel,
dedicados a la percepción de la presión y las texturas. Se trata de
algunos de los receptores más agudos y sensibles de la piel, capaces de
obtener información muy detallada de sus estímulos respectivos.
Cuidados del sentido del tacto
Para cuidar el sentido del tacto hace falta, precisamente, cuidar la salud de
la piel y de las mucosas del cuerpo. Ello se lleva a cabo mediante
consideraciones como las siguientes:
Mantener una higiene regular de la piel y de los tejidos sensibles, a
través del baño y secado, pero evitando el uso de productos químicos
invasivos, irritantes o excesivos.
Proteger la piel de la deshidratación mediante la aplicación de cremas
hidratantes o mediante el consumo abundante de agua, y protegerla de
la radiación ultravioleta mediante bloqueadores solares o simplemente
controlando la exposición al sol.
No exponer la piel a productos químicos, irritantes, combustibles u
otras reacciones que puedan destruir o debilitar la epidermis.
Consumir alimentos ricos en vitaminas A y D.