“Querida maestra:
Dame la mano. Me gusta tu voz dulce y tus ojos que me hablan de ternura, tus abrazos cálidos
y tus sonrisas. Dame la mano y enséñame, yo soy todavía pequeñito, pero tengo un tesoro en
mi mente y un cofre de amor latente. Maestra, cuéntame historias, pues cuando escucho tu
voz las palabras aprendo, y aprendo tan rápido que puedo yo mismo imaginarlas y contarlas.
Aprendo el alfabeto y palabras deletreo y aunque no te diga todos los sonidos, te digo el
primero y lo acierto. Si me das colores los sabré decir rápido y sin pausa, letras y números y
objetos que conozco, que me cuentan que un día yo sabré leer las poesías, cuentos de
dragones y textos que me hablan de todos los animales y estrellas del horizonte. Si presto
atención aprenderé las palabras que hay a mi alrededor, que viajarán a mi mente, para poder
contar las historias a la gente. Me gusta aprender nuevas palabras, cuyos dibujos me invitan a
pronunciarlas. Leer historias debe ser muy divertido, porque viajas a lugares inimaginables,
con diferentes paisajes y diferentes personajes. Dicen que en cada cuento hay una puerta
secreta, yo quiero esa llave que abra cada una de ellas. Dicen que esa llave es tan importante
que con ella se abren puertas secretas en un instante, para poder viajar por siempre a donde
te lleve tu mente. Querida maestra, me gusta estar con mis amigos, pues me siento querido y
descubro que juntos nos enseñamos y aprendemos mejor y, un día, sin darme cuenta, leeré y
aprenderé a aprender por mi cuenta. Maestra, mis tesoros saben de la vida y enriquecen a
quien escucha, déjame que te los regale cuando me animas a reflexionar sobre lo que me
interesa en la vida, yo aprendo mucho más si me preguntas qué inquietudes guardo en una
cajita. Con esas inquietudes un día aprenderé a leer bien y sin prisa, tal y como lo hacen papá y
mamá, al final del día, pues tendré la llave que me guía y me abrirá las puertas a la sabiduría”