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Coraje

El documento cuenta la historia de un niño que vivió en la calle luego de que sus padres fueran asesinados durante la dictadura militar en Argentina, y cómo fue acogido por una familia adinerada que lo adoptó.

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Coraje

El documento cuenta la historia de un niño que vivió en la calle luego de que sus padres fueran asesinados durante la dictadura militar en Argentina, y cómo fue acogido por una familia adinerada que lo adoptó.

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CORAJE

Era un día como cualquier otro, paseábamos entre la multitud en busca de que se
cayera algo que pudiésemos comer. Revolver los tachos de basura, a veces no era
suficiente y la panza seguía haciéndote ruido. Solíamos caminar afuera de lugares donde
vendían comida, tal vez teníamos algo de suerte y podíamos llevarle algo al abuelo también.

Como siempre, no pudimos conseguir mucho, pero no había otra cosa. Llegábamos y
nos poníamos a repartir.

Mi rutina desde que tenía memoria, siempre había sido así; nos dormíamos a última
hora y despertábamos con el ruido de las personas transitando la calle.

Pero de pronto, las cosas comenzaron a cambiar un poco; de día había gente por todos
lados y de madrugada, no se veía pasar a nadie.

Al caer la noche, todos comenzaban a esconderse donde podían; jugaban a la mancha,


pensaba yo. Mi abuelo y mi mamá, siempre se aseguraban de que nadie me fuese a
encontrar. Se preocupaban más por mí, que por ellos.

Al llegar la medianoche, el ambiente se volvía escalofriante.

Señores armados por todos lados, revisando cualquier hueco que encontrasen. Mamá
garantizaba que yo estuviera dormido para ese entonces; algunas noches era así, pero
otras no.

Como esa noche.

Esa maldita noche.

Estoy seguro, que el reloj no pasaba la 01:00 am, el frio no dejaba dormir. Vi que mamá
estaba despierta, quise ir a hablar con ella cuando de repente, unos hombres la arrancaron
de su lugar.

- ¡Encontramos a una! – gritaron y rieron por lo bajo.

En el medio de la oscuridad veía como ella se retorcía y gritaba a más no poder.

El abuelo despertó. Al escuchar todo el desorden, miro a los costados para ver que
estuviéramos todos. Al ver que faltaba mamá, me dijo:

- Pase lo que pase, no salgas de aquí mi niño. Te amo.

Y esa fue la última vez que oí su voz.

A mamá, la acribillaron dentro de un pasillo por “montonera”.

Al abuelo, por correr detrás de ella. Gatillo fácil.

Esa noche, lloré.

Lloré como si el alma se me fuese a desgarrar.


Como si fuese a ser el último día de mi vida.

Era chico de edad, pero ese día me sentí muy grande. Se supone que te toca
despedirte de tus familiares estando acompañado, de una forma mejor. No tapado con una
manta, en el medio de la oscuridad, rogando que no te encuentren también.

Me quede dormido, ahogado en mi propio llanto.

Si creía que ese día había sido el peor de todos, me equivocaba. Los días posteriores
a sus asesinatos, fueron mucho más inaguantables. Cada que creía que estaba mejorando
un poco, volvía a caer en sus recuerdos.

Y así, pasaron los días, los meses y hasta los años.

Sobrevivir en la calle, solo y encima, huyendo del gobierno militar que presenciábamos
en ese momento, no había sido nada fácil.

No tenía noción de cuento tiempo había pasado, mamá era la que solía llevar esas
cuentas.

Pero un día, buscando algo de comida, una familia muy adinerada paso por mi lado,
esto se podía ver a simple vista; lucían relucientes y olían muy bien.

A la señora, se le cayó su billetera. Instantáneamente, la recogí y corrí detrás de ella


para poder alcanzársela. Pude llegar a donde estaba y luego de devolvérsela dijo:

- Oh, muchas gracias por devolver mi cartera, jovencito. No mucha gente es así de
honesta.

Ella era muy dulce, me recordó a mamá. Un nudo se formó en mi garganta, e impidió
que me pudiera despedir de ella.

- Se me hace un poco tarde. Cuídate por favor, la calle es muy peligrosa- dijo un poco
rápido.

Y quedé ahí, solo. Pensando en todo lo que había pasado nuevamente. De repente,
se me había ido el hambre por completo, entonces volví al lugar donde dormía.

Los días pasaron de esa forma; me levantaba, iba al restaurante y siempre volvía a
cruzarme a esa familia. La señora siempre se acercaba a saludarme y a darme algo de
comer.

Hasta que una mañana, ya no regresé. La helada de la noche anterior, había sido
demasiado fuerte. No tenía fuerzas para levantarme, estaba muy enfermo. Mi cuerpo
brotaba de calor, cuando nos encontrábamos en los días más fríos del año.

Lograba dormirme de a ratos, pero en un momento, alguien me despertó. Era Griselda,


la señora fina a la que yo veía con mucha ilusión.

- ¡Estás volando en fiebre! Vamos, te llevaré al hospital. – dijo en tono preocupada.


- No, por favor. No quiero. – le contesté a duras penas. Un dolor muy grande en el
pecho se apoderó de mí y empezaba a sentir que no podía respirar.

Al fijar bien la mirada, pude notar a un señor a su lado. Ambos con la misma cara de
susto.

- Tranquilo, niño. Te llevaremos a un lugar seguro, se terminó la calle para ti. – dijo el
señor, alto y de bigote, con su voz un poco calma. Me recogió del piso ya que mi cuerpo
estaba muy frágil.

Intenté ir la gran parte del camino despierto, jamás había subido a un carro. Llegamos
a una casa, lujosa y muy brillante. Sus colores resaltaban tanto en esas altas paredes. Era
la casa más hermosa que había visto nunca. Que afortunados son algunos, pensé. Los
señores me llevaron a una habitación y me ensañaron como tenía que regular el agua para
bañarme. Jamás me había sentido tan aliviado como ese día. No había que huir, ni
esconderse de nadie. Al menos, esa noche, iba a poder dormir en paz.

Unos días después, ya estaba recuperado por completo. El sol indicaba la media tarde,
y el señor Oscar y su esposa, la señorita Griselda, dijeron que querían hablar algo conmigo.

- Puedes quedarte aquí, tener siempre un plato de comida y una cama calentita en
cual dormir. –aseguró ella, lagrimeando un poco.
- No quiero molestar, sus niños son pequeños. No deben de juntarse con personas
como yo.
- ¡Tú también eres un niño, no debes pasar los 11 años! - dijo, rompiendo en llanto-
déjanos que cuidemos de ti, te daremos educación, pero sobre todo queremos que tengas
mucho amor. Nos encantaría ser… ser tu familia.

Mi corazón se estrujó. Todo estaba dando un hueco en mi vida que no estaba logrando
asimilar. Pero acepté quedarme con ellos porque sus palabras parecían sinceras.

Y así fue. Ellos cumplieron, y me dieron la mejor vida posible.

Tengo 53 años y fui víctima de la última dictadura militar Argentina.

Siempre que puedo dar entrevistas, las doy. Cuento mi historia, mi versión.

Y aunque no es fácil recordar el pasado, lo hago por mi yo de 6 años. Por ese niño
lleno de miedo, a quien les arrebataron a las dos únicas personas que conocía.

Incluso, por ese casi adolescente de 11, a quien le tocó confiar desde cero.
Encariñándose con los hijos menores de la pareja, como si los conociera de toda la vida.

Y también, por ese adulto de 20 años, quien decidió estudiar una carrera universitaria.

Pero, sobre todo, lo hago por el pueblo. Por quienes fueron secuestrados y su gente
nunca los volvió a ver.

Por todos esos niños que fueron separados de sus familias.

Por una Argentina democrática, pero, sobre todo, sin miedo.

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