Del Silencio A La Acción Colectiva: Voces de Mujeres Víctimas de Acoso Sexual en Las Instituciones de Educación Superior
Del Silencio A La Acción Colectiva: Voces de Mujeres Víctimas de Acoso Sexual en Las Instituciones de Educación Superior
https://doi.org/10.46743/2160-3715/2022.4977
Introducción
En las instituciones de educación superior las violencias contra las mujeres -estudiantes
o docentes- se expresan, producen y reproducen en la cotidianidad, en el aula de clase y en los
espacios comunes de los claustros universitarios. Estas prácticas violentas incluyen la
discriminación debido al género, los prejuicios, las brechas salariales, las violencias
epistémicas, e incluso, el acoso sexual. Las violencias contra las mujeres en el ámbito educativo
constituyen una violación a sus derechos humanos, a sus libertades fundamentales, que les
impiden gozar de condiciones dignas para el acceso y la permanencia en el sistema educativo.
Esta problemática ha motivado que movimientos de mujeres feministas, colectivos de
estudiantes, observatorios y comisiones de género generen estrategias para promover los
derechos de las mujeres, para que se preste más atención a la naturaleza, gravedad y magnitud
del problema, exigiendo acciones de prevención, atención y sanción del acoso sexual en sus
comunidades, dando lugar, por ejemplo, a la creación e implementación de los protocolos de
atención de estas violencias exigidos por el Ministerio de Educación en Colombia (2018).
En ese contexto, llevamos a cabo una investigación, que buscó proponer los
fundamentos psicosociales, pedagógicos y jurídicos para las políticas de prevención y atención
del acoso sexual en la Universidad San Buenaventura Medellín y la Universidad Autónoma
Latinoamericana Fue realizada en dos etapas, en la primera, la población objeto de estudio
fueron estudiantes y en la segunda, docentes. Realizamos un diagnóstico que permitió
identificar la prevalencia y características del acoso sexual que afecta a estos actores. Así
mismo, nos propusimos comprender las condiciones psicosociales subyacentes al acoso sexual,
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así como analizar cómo en él se evidencia la violencia patriarcal, que se produce a través del
mandato de la masculinidad hegemónica, el corporativismo masculino, la baja empatía, la
crueldad, la limitada vinculatoriedad, así como la experiencia histórica de las mujeres como
objetos del acoso sexual (Segato, 2018). Vale aclarar que el acoso es un delito establecido en
el Código Penal Colombiano:
denuncia pierde legitimidad cuando los estudiantes no obtienen la respuesta esperada por parte
de la institución, por ejemplo, cuando el agresor no recibe ningún tipo de sanción (Montesinos
Carrera & Carrillo Meráz, 2012) o cuando las quejas son silenciadas (Espitia Beltrán et al.,
2019).
Se ha encontrado que las mujeres que confrontan al acosador se ajustan más a la imagen
de “pareja ideal,” pero son percibidas con más frecuencia como “impertinentes” en
comparación con quienes no confrontan (Herrera et al., 2014). En consonancia, en el estudio
de Castaño et al. (2010), los estudiantes consideraron que la respuesta más adecuada de una
víctima es confrontar al agresor antes de tomar medidas más drásticas como la denuncia.
En los estudios más recientes, se ha empezado a visibilizar un tipo de reacción cada vez
más frecuente, la denuncia pública del acoso realizada por colectivos de estudiantes feministas.
Se trata de acciones de protestas mediáticas, cibernéticas o locales (marchas, pintas, tenderos)
que denuncian comportamientos sexuales que se están empezando a considerar inaceptables
(Moreno & Mingo, 2019). Estas reacciones, que incluyen los denominados “escraches” y las
denuncias por redes sociales, están rodeadas de polémica. Sin embargo, se han reportado
efectos positivos para las víctimas, que incluyen la creación de redes y colectivos, sororidad de
parte otras estudiantes, sensación de alivio y de que se hizo algún tipo de justicia, además, la
institucionalidad se ve obligada a actuar (Barreto, 2017; Rodríguez Peñaranda, 2019). Estos
efectos positivos se logran cuando hay grupos organizados y solidarios dispuestos a articular
la lucha social y se alcanza una visibilidad mediática a los casos. En algunos casos estas
acciones pueden resultar siendo revictimizantes, porque la persona que sufre el acoso quedar
expuesta y puede ser objeto del repudio social. No obstante, la proliferación de denuncias
públicas de situaciones de acoso en universidades ha logrado visibilizar la ausencia de
protocolos e instancias especializadas para atender la violencia de género en estas instituciones
(Barreto, 2017). Es importante recalcar que las colectivas que denuncian no están constituidas
únicamente por víctimas, cosa que destaca la solidaridad y la conformación de una identidad
feminista que cuestiona las relaciones de poder en la universidad (Cerna, 2020). En algunas
universidades la movilización de los colectivos feministas ha sido la razón de que se creen
protocolos para la atención de casos de acoso, e incluso han participado en su construcción;
estos protocolos, a su vez, han estimulado la denuncia (Quintero Ramírez, 2019). Pero no sólo
se han movilizado las estudiantes, las docentes también se han organizado en “Red de
profesoras” para promover iniciativas, encuentros y discusiones sobre la violencia de género
en la universidad (Rodríguez Peñaranda, 2019). Este tipo de acciones se articulan con los
movimientos estudiantiles feministas que demandan una “educación no sexista.” Por lo demás,
en las denuncias públicas adquiere relevancia el performance lingüístico y corporal con el que
se llama la atención sobre las violencias que las mujeres sufren en las universidades (Alfaro
Álvarez & De Armas Pedraza, 2019). Sin embargo, estas acciones, de alto impacto, a veces
son boicoteadas por la institución (Martínez Lozano, 2019), además, las mujeres tienen que
hacer un esfuerzo constante por validarse en sus intervenciones públicas (Acevedo Tarazona,
et al., 2019).
En nuestra investigación asumimos la clasificación de reacciones ante el acoso
postulada por Lenhart (2004), que distingue entre evitación, confrontación directa, búsqueda
de apoyo y la utilización de medios legales. Como categorías emergentes de este estudio
postulamos otras dos reacciones: “ceder” y “acción colectiva feminista.” Cabe señalar que,
indagar por las reacciones de víctimas de acoso resulta importante para conocer su posición
subjetiva, los mecanismos de afrontamiento, las razones tras el silencio y las huidas, así como
la configuración de las acciones colectivas feminista. Todo ello, con el fin de generar acciones
afirmativas, entre ellas, el diseño de estrategias preventivas y programas de psicoeducación
para que las mujeres logren enfrentar a sus agresores, alcancen la reparación del daño y
consigan justicia feminista.
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Metodología
Resultados
Tabla 1
Prevalencia de Nueve Formas de Acoso Sexual en la Universidad y Reacciones de Estudiantes Frente
a Cada una Forma de Acoso
Reacciones N (%)
Denunciando
Buscando
Evitando Manifestando ante
Prevalencia Restándole a la
incomodidad apoyo en
instancias de
N (%) importancia directamente familiares
persona la
a la persona o amigos universidad
Piropos, chistes,
comentarios
obscenos o 164 (36,9) 93 (56,7) 94 (57,3) 33 (20,1) 11 (6,7) 3 (1,8)
preguntas con
contenido sexual
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Ser objeto de
110
miradas o gestos 173 (38,9) 104 (60,1) 13 (7) 11 (6,4) 4 (2,3)
(63,6)
morbosos
Recibir llamadas
telefónicas,
mensajes,
fotografías,
49 (11) 22 (44,9) 29 (59,2) 14 (28,6) 5 (10,2) 1 (2)
ilustraciones o
vídeos con
contenido sexual,
sin consentimiento
Recibir ofertas de
recompensas
económicas,
académicas,
laborales 17 (3,8) 9 (52,9) 12 (70,6) 3 (17,6) 1 (5,9) 1 (5,9)
o de otro tipo a
cambio de
actividades sexuales
no deseadas
Ser forzada(o) a
38 (8,5) 10 (26,3) 25 (65,8) 20 (52,6) 3 (7,9) 1 (2,6)
tener cualquier
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forma de contacto
sexual no deseado
(como abrazos,
caricias, besos,
tocamientos, otros)
Estos resultados indican que las respuestas más frecuentes frente a todos los tipos acoso sexual
(verbal, gestual, físico, chantaje, etc.), tienen un carácter evitativo. En menor medida los
estudiantes reaccionan confrontando al acosador o buscando la ayuda de otros. La denuncia es
el tipo de reacción menos frecuente. Estos resultados coinciden con los hallazgos de la
indagación cualitativa que se presentan y discuten a continuación.
En los talleres, identificamos tres casos en los que las estudiantes cedieron ante las
solicitudes del acosador. En dos de ellos, se trató de un profesor que presionó a las estudiantes
para aceptar invitaciones (a salidas o cenas) a cambio de “no hacerles perder el curso.” Las
estudiantes manifiestan haber aceptado estas invitaciones al sentirse “obligadas” “muy
presionadas” o “en deuda”:
En estos casos, las estudiantes ceden porque sienten que no tiene alternativa. Las consecuencias
de no ceder ante el acoso (perder un curso o ser objeto de exhibición sexual pública) son
inaceptables en la valoración subjetiva que las víctimas hacen de la situación. A esto se suma
la desestimación de otras alternativas de acción, por ejemplo, denunciar al acosador.
2. Respuestas de Evitación
Las respuestas evitativas frente al acoso sexual se caracterizan por ser individuales e
indirectas; la persona acosada enfoca sus esfuerzos en el manejo de sus propias cogniciones y
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Algunas víctimas de acoso ven afectada su vida académica al tener que cancelar cursos
o evitar matricular ciertos seminarios. Incluso, hay quienes se retiran de la universidad como
una manera de evadir conductas sexuales indeseadas y repetitivas.
En estas situaciones las estudiantes ven limitadas sus posibilidades de formación académica, y
cuando siguen asistiendo a las clases, lo hacen con desagrado, inseguridad y desmotivación.
Estábamos en una integración (...) El asunto es que el profesor estaba tan ebrio
que le dijo a mi compañera que quería salir con ella, para su casa, a tener sexo,
que se tenía que dejar hacer todo lo que él quería y le dijo “quiero chuparte la
vagina,” le dijo así. Ella me miró, yo la miré...total que ella no supo qué
hacer…y ella le seguía la corriente, pero era nada más como para que se fuera
del lugar y todo quedara en paz. (T.25)
Con su manejo del evento, la estudiante pretende evitar conflictos, que el problema no se
agrave, con la desventaja, para ella, de tener que aguantar la incomodidad que le produce la
situación.
760 The Qualitative Report 2022
Estas chicas por no ser groseras y hacer sentir su rechazo afrontan estos
momentos sin saber cómo salir de él... Pues si me pongo apática o ignoró a la
persona es porque lo estoy rechazando, no comprendo porque no entiende. (T.1)
(...) pude observar como el profesor envió mano casi hasta la entrepierna de la
amiga de mi novia, con la excusa de tomar la calculadora de ella que estaba
ubicada allí. Siempre aprovechaba también para coger su mano y acariciarla
(…) se lo aguantaba por eso, porque no quería acabar con su estudio, trataba de
no darle importancia, pero sí era muy incómodo para ella y para uno también
sentir la impotencia de no poder hacer nada, por el miedo a perder una materia.
(T.23)
Además del miedo a las represalias académicas, hay otra clase de temores que inhiben a las
víctimas para denunciar el caso, entre ellos, el miedo a que las culpen por lo ocurrido o a que
las consideren “mentirosas.”
sentía vergüenza con los compañeros del salón, “de pronto ella le está
mandando indicios,” entonces ella no decía nada. (T.23)
Las estudiantes manifestaron que las conductas de acoso las tomaron por sorpresa y las
“dejaron en shock,” pues no estaban preparadas para recibir insinuaciones sexualmente
explícitas por parte de un docente. Se trata de comportamientos que producen sorpresa,
confusión, rabia y miedo, por eso se quedaron paralizadas, huyeron en medio del llanto o
inventaron alguna excusa para abandonar el lugar: En una clase le tocó quedarse de último para
entregar un taller y en el momento de entregarlo al docente, este le levantó la blusa, ella de la
impresión solo decidió huir de la situación (T.58).
El acoso sexual es un evento inesperado porque rompe con los códigos de
comportamiento propios del contexto académico y de la relación entre docentes y estudiantes.
Este es un rasgo común a muchas situaciones de acoso identificadas en el estudio: los gestos,
comentarios, insinuaciones, y tocamientos que ocurren de manera inesperada y son percibidas
como intrusivas por parte del receptor. Aclaramos que estos avances sexuales abruptos, fuera
de contexto y extralimitados, también son realizados por los pares, por otros estudiantes, que
muchas veces inician una interacción sexual sin tener autorización por parte de sus compañeras
y sin tener indicios de reciprocidad frente a su interés sexual.
Al igual que en el acoso callejero, la reacción femenina suele ser poco confrontativa,
las estudiantes aguantan la atención sexual no deseada y su cosificación sexual en los espacios
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“públicos” de la universidad como patios, cafeterías, pasillos, piscina, etc. Las respuestas
pasivas son la regla ante este tipo de situaciones. En algunos de estos casos, las estudiantes no
sólo se enfrentan al poder masculino, sino también al poder de la “manada,” pues estas
conductas son realizadas por grupos de estudiantes que “se apropian” de ciertos espacios de la
universidad. El mandato de la masculinidad se ejerce en los pasillos, en los patios, en las
cafeterías, en el ingreso de los ascensores, los estudiantes actúan en un pacto corporativo, la
risa y las exclamaciones de aprobación del acto entre los hombres demuestran que obedecen a
unas reglas intergénero que enseñan a las mujeres que esos espacios no les pertenecen, y buscan
su retirada a través del miedo (Segato, 2018).
(…) Tras la ida de todos los estudiantes quedó una estudiante, a la cual le faltaba
su examen. El maestro, “al encontrar” el examen extraviado, le solicitó a la
estudiante acercarse a su escritorio por la calificación. Él le propuso a ella que
su nota sería aprobatoria a cambio de relaciones sexuales, y seguido de esto, le
tomó por sorpresa su nalga. Ella rechazó con desagrado y huyó (…). (T.26)
Esta manifestación de rechazo de estudiante a profesor se detectó una vez en los talleres.
Según narra la participante al taller 24: “El profesor citó a una estudiante a las canchas de un
edificio para revisarle un trabajo de grado. Cuando la estudiante sube a la cancha, se le manda
a darle un beso y morbosearla, la estudiante lo agrede y sale corriendo.” Similar reacción tuvo
una participante del taller 17 con respecto a otro estudiante que la acosó de forma insistente, y
“luego de que el diálogo no sirviera de nada,” tal como lo relata la víctima, procedió a agredirlo.
Coinciden las víctimas, en la persistencia de acoso por parte del perpetrador; lo que
refleja un poder masculino que no se limita frente a confrontaciones directas e individuales
(Lenhart, 2004) como las descritas, ni a respuestas indirectas como ocurrió en el caso de unas
participantes del taller 3, que se sintieron acosadas por un estudiante, a través de tocamientos
no consentidos, mensajes y miradas “extrañas no deseadas,” y pese a su negativa, no paró de
acosarlas, incluso, según manifiesta una de las participantes, la esperaba a la salida de
universidad.
La intensidad de respuesta se compagina con la escalada en la conducta del acosador:
primero se aguantan la situación, y frente a la insistencia, confían en que el estudiante
comprenda la apatía y la indiferencia como señales de rechazo no verbal, pero al ver que el
otro no se detiene, lo rechazan de forma directa, y pese a ello, el acosador insiste en su actuar.
3.3.1. Rechazo al “Buitreo.” Una participante fue víctima del Buitreo, su foto se
publicó con esta descripción: “para darle como a cajón que no cierra,” la víctima fue etiquetada,
se pidió identificación, redes sociales y número telefónico. La estudiante comenzó a recibir
insinuaciones sexuales y manifestó sentirse: “(…) observada, juzgada, vulnerada, (…) no
quería asistir a la U” (T.1).
Frente a la publicación, su reacción fue solicitar al administrador de la página que
eliminara la foto, pero este no lo hizo, lo cual, intensificó el comportamiento discriminatorio,
al exponer su vulnerabilidad en un entorno poco solidario como el de las redes sociales (Rowe,
1981, p. 43), que no permite una confrontación presencial con el presunto acosador, pues, por
regla general, para el perpetrador, prima el anonimato.
Las amenazas al perpetrador como manera de confrontación directa se dan cuando hay
insistencia de aquel, pese a la explicitud del rechazo, o cuando el acoso se hace gradual,
entonces la víctima amenaza con denunciar. Los casos que se evidencian en el trabajo de
campo, y que implican amenaza, se dan entre pares, no entre profesor – estudiante, y así los
narran los participantes:
Tuve conocimiento de una chica de acá muy hermosa que quería estudiar
derecho, y la chica conoce a varios hombres, y hubo un grupo de amigos que le
vieron unos videos en internet, y eran porno porque la chica era actriz porno, o
es; lo que pasa es que la chica quiere cambiar de oficio y quiere estudiar
derecho. Resultó que los chicos cuando vieron los videos comenzaron a
chantajearla, a extorsionarla, y a decirle que “se tenía que acostar con todos o
sino hacían circular los videos por la universidad (...) Entonces la chica dijo
que, cómo iba a seguir, tenía vergüenza y demás, pensó mucho en renunciar, yo
lo supe por medio de una profesora amiga mía, que incluso le estaba intentando
brindar ayuda psicológica, porque la chica estaba mal psicológicamente por la
presión, al final ella decidió confrontarlos, y les dijo que los iba a denunciar,
que no le importaba que le echaran la vida a la basura. (T.34)
Este tipo de acoso se llama sextorsión (Villanueva & Serrana, 2019), y aunque son
pares, se establece una relación de poder mediada por el chantaje, pues los estudiantes, que
actuaron en “manada,” poseían vídeos sexuales que podrían dañar la imagen de la estudiante,
y con los cuales presionarla para lograr realizar las propuestas sexuales que le hicieron. La
estudiante amenaza con denunciar, pero no lo hace.
4. Afrontamiento Social
Podríamos pensar que esta maniobra fue evitativa, pero según Lenhart (2004), fue la
manera en la que la víctima minimizó el contacto con el perpetrador, y ello da cuenta de que lo
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5. Medios Legales
Lenhart (2004) señala que una de las formas de afrontamiento indirecto de las víctimas
es la utilización de los medios legales, que consiste en reportar el comportamiento a un
superior, presentar una queja formal y/o demandar.
Son superiores en las IES los docentes y administrativos con capacidad disciplinable,
sean miembros de órganos colectivos o que puedan actuar de forma independiente, pero que,
en todo caso, puedan interponer sanciones: administrativas, disciplinarias, laborales o
académicas. De los casos que analizamos, solo una participante denunció al perpetrador ante
las directivas de la facultad a la que pertenecía, pues este ingresó a un baño de la universidad
al que ella entró, para observarla, violando su intimidad. La estudiante no recibió
acompañamiento institucional frente a la denuncia.
Reportados los casos de acoso, las denunciantes manifestaron no saber si se dio inicio
o no al trámite de manera formal, lo que genera un proceso de revictimización donde la mujer
entiende que se está protegiendo a un par del superior frente al cual la institución no está
actuando de manera diligente.
Al indagar por los procedimientos institucionales, encontramos que no hay claridad por
parte de las víctimas sobre cuál es el procedimiento seguido en las IES. Señalan como vía
formal la disciplinaria, entendida esta como un proceso que implica el sometimiento del caso
al rigor de las normas procesales reguladas en cada institución, pero que no llega a nada.
Tampoco existe claridad, sobre si la recepción del caso se realizó de manera escrita o verbal, y
cuáles fueron los canales preestablecidos para tramitar tal queja, la ausencia de medios
expeditos frente al proceso hace que a las denunciantes se les margine de él, lo vean como
agotador y revictimizarte, protector de los agresores y carente de sanciones efectivas.
Las estudiantes en los ocho casos reportados en esta tipología de reacción se acercaron
a la institución con el objetivo de que se diera apertura formal a la investigación de la situación,
pero no encontramos datos de cómo se surtió la queja y si la denuncia verbal fue formalizada
por escrito, no hay referencia alguna del compromiso institucional por proteger los derechos
de las personas acusadas, así como los del demandante (esto incluye protección contra
represalias).
Nos resulta fundamental señalar que, dentro de los casos analizados algunos daban
lugar a que en las instituciones se diera apertura a procesos disciplinarios o que las víctimas
recurrieran a instancias externas para promover la apertura de procesos penales, de cara a la
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investigación y judicialización del acoso sexual como delito. No obstante, ninguna de las
víctimas adelantó gestión alguna.
En el mismo sentido, si bien existe la alternativa de demandar por fuera de la institución
educativa por cuanto existen conductas de acoso sexual que son delictivas y dan la posibilidad
de acudir a la jurisdicción penal, se evidencia que solo un caso hizo uso de dicha posibilidad.
En este caso, se conoció que la estudiante fue denunciada por el docente por el delito
de injuria y calumnia, siendo la propia víctima quien debió enfrentar el proceso penal.
Identificamos entonces, diversas formas de revictimización opresoras sobre una víctima: la
estudiante denunció ante las autoridades disciplinarias de la universidad la conducta del
docente y una vez notificado el docente de la queja, procedió a denunciar penalmente a la
estudiante; el proceso interno en la institución fue moroso y negligente, así que, paralelamente,
la estudiante debió enfrentar sola la denuncia penal en su contra, y citada a una conciliación en
la Fiscalía General de la Nación, debió enfrentar al presunto agresor, además fue intimidada
con una demanda por perjuicios morales. Y después de dos años, no ha obtenido una decisión
de la universidad sobre el caso.
A partir de lo encontrado, logramos evidenciar obstáculos y barreras que limitan la
denuncia tales como: la ausencia de procedimientos sancionatorios eficaces, el
desconocimiento de los derechos de las víctimas regulados en la ley 1257 de 2008 la cual
prohíbe entre otras, la confrontación entre víctima y victimario, la conciliación de este tipo de
conductas, la notoria ausencia de voluntad política, falta de interés o recursos para atenderlas
las denuncias (Hernández, et al. 2015). Como consecuencia de lo anterior, la denuncia se
desestimula, las consecuencias negativas y la revictimización recaen sobre las estudiantes
quienes ni siquiera evalúan la posibilidad de formular denuncia formal o activar las rutas
internas o externas.
Al respecto, según Segato (2010), la negligencia en la prevención, atención y sanción
de las conductas de las violencias basadas en género específicamente el acoso sexual en las
instituciones de educación superior continúa sustentando la violencia patriarcal que perpetua
la discriminación y violencia sobre las mujeres.
Las estudiantes han configurado estrategias colectivas para afrontar las distintas
situaciones de acoso sexual, han dejado de ser receptoras pasivas de la ayuda destinada a
mejorar su bienestar y han tomado el papel de “agentes activas de cambio: promotoras
dinámicas de transformaciones sociales que pueden alterar tanto la vida de las mujeres como
la de los hombres.” En estos grupos, se construye su agencia, las mujeres asumen la
responsabilidad de actuar o no actuar por la defensa de sus derechos, lo que significa que ya no
solo conocen sus derechos, sino que se apropian de su defensa activa, o de las consecuencias
de no actuar.
Así, los grupos feministas de las universidades refuerzan la voz individual de las
mujeres y aumentan su poder, haciendo sus reclamaciones más visibles, se configuran en
distintos espacios: grupos de estudio, círculos de la palabra, semilleros, observatorios,
comisiones cuyo objetivo es el estudio de la categoría género y de las teorías feministas,
buscando la equidad de género inicialmente desde reflexiones académicas, estrategias
investigativas, administrativas y de proyección social para la consolidación de un espacio
universitario igualitario, incluyente y no sexista.
En el Observatorio de Género de la Universidad Autónoma Latinoamericana, las
estudiantes, señalaron que:
Los problemas a los que nos enfrentamos como mujeres, jóvenes, son muchos,
nos señalan y excluyen de los espacios de la Universidad, en el aula de clase,
somos objeto de algunos profesores y estudiantes, por ejemplo, nos han dicho:
El profesor: (1) Uno no puede decir nada porque es acoso sexual, tocara dar
clase mirando para la pared, (2) El Observatorio de Género adoctrina a las
mujeres, (3) En un grupo una estudiante dijo: ¿profe, el feminicidio es
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populismo punitivo? El profesor respondió: “si, si mija como usted diga, usted
es del Observatorio y después me meto en problemas’’ (4) Los compañeros nos
han dicho locas exageradas. (5) Yo no voy a regalar mi clase para esa pérdida
de tiempo (cuando pedimos 1 hora para hacer talleres de formación sobre acoso
sexual).” 6. Respeten el buen nombre del profesor. -cuando iniciamos las
denuncias de acoso sexual-(...)” Hemos sido objeto de risas burlonas y
comentarios fuera de lugar, hasta falta de apoyo institucional (...) (Estudiantes
del Observatorio de Género).
Como lo evidencian los testimonios, las estudiantes han tenido que enfrentar la
resistencia patriarcal ante su organización, el patriarcado se configura en formas rutinarias. El
aula de clase y la universidad son tempero-espacialmente un lugar del ejercicio del poder, con
el objetivo de la disciplina miento y del establecimiento de la jerarquía del profesor-hombre-
detentador del conocimiento sobre la alumna-mujer-subordinada por la ignorancia. Las
mujeres que intentan desplazar su posición subordinada son castigadas: se subestima sus
posiciones, se disminuye la nota de calificación, se deslegitiman los argumentos etc. A pesar
de ello, han existido logros desde estos espacios se han construido mecanismos que permiten
la incorporación de acciones curriculares y extracurriculares dirigidas a la formación en
derechos de las mujeres, equidad de género, que identifican problemáticas comunes en el
ámbito universitario, que afectan a las mujeres, estudiantes jóvenes. En dichos espacios, no
solo se informan sobre sus derechos, sino que las cualifican para sus reclamaciones,
aprendiendo los mecanismos que garantizan y permiten la exigibilidad de los mismos:
personal, logrando respuestas colectivas, las estudiantes dieron cuenta de que violencias como
el acoso sexual son una constante histórica, y sostenida por el silencio de muchas, que temían
al poder del docente e incluso a la complicidad institucional. Esa experiencia histórica de las
mujeres lleva a pensar otras formas de actuar que encuentran fuerza en lo colectivo: una
politicidad en clave femenina (Segato, 2010).
Discusión y Conclusiones
En el presente estudio, así como en otros (Alfaro Álvarez & de Armas Pedraza, 2019;
Carvajal & Delvó, 2010; Fernández et al., 2006; Hinojosa et al. 2013; Igareda & Bodelón,
2014; Lizama y Hurtado, 2019; Moreno Realphe, et al., 2015; Rozo & Torres, 2016), se
identificó que las respuestas evitativas son el tipo de respuesta más frecuente ante al acoso
sexual, aun cuando son poco efectivas para detenerlo (Alfaro Álvarez & de Armas Pedraza,
2019).
A partir de nuestra investigación, encontramos que una proporción importante de las
estudiantes que sufren acoso, callan, aguantan, se quedan paralizadas; reaccionan así porque
temen las represalias, la marginación o la pérdida de oportunidades que podría sobrevenir como
consecuencia de otro tipo de respuestas, también porque pretenden evitar conflictos y no
quieren parecer groseras, exageradas o problemáticas. Las respuestas evitativas son, por tanto,
una expresión del tipo de subjetividades femeninas sumisas, silentes, serviles y dúctiles que
han sido constituidas en un marco de relaciones patriarcales y que reproducen el lugar de
sometimiento de las mujeres en la cultura. Sin embargo, no son la exteriorización de una
esencia femenina inmutable. Como nos quedó evidenciado en los resultados del estudio, se
trata de respuestas fomentadas por los ejercicios de poder que despliegan los acosadores.
Además, son reforzadas por las prácticas culturales de naturalización, normalización y
tolerancia del acoso sexual hacia las mujeres.
Las respuestas de evitación se presentan con mayor frecuencia cuando el acoso
proviene de figuras de autoridad como docentes. Precisamente, en el estudio identificamos el
control que los profesores ejercen en el escenario formativo, y en específico, sobre los recursos
pedagógicos, para presionar una respuesta afirmativa de las víctimas frente a sus pretensiones
de interacción erótica o sexual, so pena de ver afectada su calificación o trayectoria académica.
Lo anterior, da cuenta de la relación de poder que privilegia al profesor frente a la mujer
estudiante, y lo eficaz que resulta el capital simbólico que este representa como ostentador del
conocimiento (Mignolo, 2013), convirtiéndose en un obstáculo para que la víctima lo confronte
o lo señale públicamente.
Es así como, en el contexto pedagógico, los acosadores realizan estrategias conscientes
y premeditadas, para reducir respuestas de confrontación, lo cual se facilita por la
naturalización de estas prácticas al interior de las IES, y su perpetuidad a través del currículo
oculto y de las representaciones sociales de los miembros de la comunidad académica.
Entiéndase por currículo oculto el conjunto de aprendizajes tácitos de los estudiantes en la
escuela (Jackson, 1991), que se genera a partir de la transmisión de normas, valores y relaciones
sociales subyacentes en la cotidianidad escolar y que pueden determinar la construcción de sus
identidades, la configuración de convicciones y la perpetuidad de ideologías que devienen de
las representaciones sociales de sus pares o de sus docentes. En este sentido, en el escenario
educativo, a los estudiantes no solo se les transmite conocimientos, sino también patrones de
comportamiento de arraigada práctica social y cultural (Devís et al. 2005).
Desde esta perspectiva, Martínez Lozano (2019) identifica varios factores que limitan
en las estudiantes reacciones de confrontación directa, y promueven las evitativas, como son
el respeto que se le prodiga al profesor, y las consideraciones que se sugieren por su trayectoria
intelectual, fama o experiencia académica. Por ello, en ocasiones, se trivializa o justifica el
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acto. En el estudio de la autora en comento, se identifica que son las mismas estudiantes las
que exhortan a sus pares víctimas de acoso a declinar de la denuncia porque les “pueden traer
más problemas,” ya que, finalmente, “al profesor no le va a pasar nada” y ellas serán “las más
afectadas” (p. 128).
Ahora, en la relación entre estudiantes también se identificaron casos de acoso sexual,
en estas no se evidencian los extremos de subordinación descritos, pero sí, la reproducción del
mandato de masculinidad que, según Segato (2015), tiene una configuración eminentemente
patriarcal. Los estudiantes varones actúan siguiendo la línea del sistema en el que se desarrolló
su crianza, aunque ellos mismos sean las primeras víctimas del mandato de masculinidad que
los lleva a “doblegarse a las conminaciones para demostrar potencia y desarrollar prácticas
violentas como una forma de construirse a sí mismos y ante los demás hombres” (Segato, 2010,
p. 36).
De otro lado, cabe señalar que, si bien las reacciones evitativas frente a los actos de
acoso expresan el estereotipo de la mujer sumisa y abnegada, propio de la ideología sexista,
también en nuestra cultura está presente una tendencia a pensar que las mujeres deberían
reaccionar de manera confrontativa ante dichos actos. Por ejemplo, Herrera, Herrera, y
Expósito (2014) encontraron que las mujeres que enfrentan a un acosador se ajustan más a la
imagen de “pareja ideal.” En el estudio de Castaño et al. (2010), los estudiantes manifestaron
que la respuesta más adecuada de una víctima es confrontar al agresor, y Lenhart (2004), a
partir de la revisión de diversos estudios, señala que la mayoría del público, de las personas
victimizadas, de los empleadores y de los agentes del sistema legal, comparten la percepción
de que la persona victimizada debe actuar con asertividad. Tal vez, por esa razón, las
estudiantes que en este estudio reaccionaron de manera evitativa, incluso las que cedieron ante
el acoso, sintieron la necesidad de justificar su conducta.
A este respecto podríamos decir que, en el momento de cambio cultural en que nos
encontramos (Moreno & Mingo, 2019), no es extraño que las mujeres tengan que enfrentar
demandas contradictorias, por un lado, el mandato patriarcal de aguantar el acoso masculino
(Pérez, 2016), por otro lado, la exhortación del movimiento feminista, y en general de la
cosmovisión liberal, a enfrentar estas situaciones a través medios legales e incluso mediante
estrategias poco convencionales como el eschache. En este marco, nos cabe decir que, si bien
las respuestas evitativas no son las ideales desde el punto de vista de las reivindicaciones
feministas, que buscan la transformación del orden patriarcal, a veces pueden ser respuestas
efectivas desde el punto de vista de las víctimas, quienes las perciben como menos arriesgadas
y con menos impactos negativos a nivel emocional, laboral o académico en comparación con
otro tipo de respuestas (Lenhart, 2004).
En efecto, los hallazgos de este y otros estudios señalan, por un lado, que no siempre
las respuestas consideradas más asertivas (como la confrontación directa al acosador o la
denuncia) son efectivas para detener o sancionar la conducta. Frecuentemente, cuando las
estudiantes confrontan a quien las acosan son objeto de represalias o, sencillamente, el acosador
persiste en su conducta (Montesinos Carrera & Carrillo Meráz, 2012). Por otro lado, son muy
pocas las víctimas que denuncian las situaciones de acoso (Carvajal & Delvó, 2009; Castaño
et al., 2010; Lizama & Hurtado, 2019; Moreno Realph et al., 2015) y quienes lo hacen se
enfrentan a respuestas negligentes o de doble victimización por parte de las instituciones que
debería protegerlas, las denuncias son desestimadas y los procesos “no llegan a nada” (Espitia
Beltrán et al., 2019; Montesinos Carrera & Carrillo Meráz, 2012; Quintero, 2019).
Segato (2016) hace referencia a la dueñidad como la razón por la cual el perpetrador no
declina en su pretensión de acoso frente al rechazo, pues territorializa el cuerpo de la mujer y
es esta la forma en la que se expresa el mandato de masculinidad. La dueñidad se representa
entonces, en la imposición de esa voluntad masculina, que, a pesar de la negación femenina a
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acciones feministas de base deben estar acompañadas por los esfuerzos de las IES para cumplir
con sus obligaciones en materia de derechos humanos de las mujeres. Para ello, deben generar
políticas claras en contra de las violencias de género, crear protocolos y rutas de atención
efectivas y accesibles, así como desarrollar programas de prevención que configuren normas
sociales en contra de toda forma de violencia o discriminación hacia las mujeres. Además, es
necesario que, desde las colectivas feministas y las instituciones, se generen acciones que
contribuyan a transformar la subjetividad de las mujeres y las empoderen, aprovechando las
redes de sororidad y de acción colectiva feminista que hoy se están gestando en las
universidades. Acciones orientadas a romper el silencio, confrontar y denunciar las situaciones
de acoso sexual, avanzando así en la reivindicación histórica de los derechos de las mujeres,
incluso, a sabiendas de las múltiples barreras que suelen oponer las instituciones educativas,
todavía profundamente patriarcales.
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Nota de author