1: Ojos Rojos.
Invierno, profundo entre mis huesos,
como un cálido amanecer entre ecos.
Y en mi sangre, los ríos corren,
bajo las estrellas, las aves cantan una última vez, en mi sien, los truenos tiemblan,
asustados. Extraños ojos que miran a través de un cristal, solo para encontrar un espejo, un
reflejo negro de sus sombras, un alimento para los perros
Un cuerpo encontrado bajo el río, como una luna nadando sobre el agua, quebrándose y
armándose, titubeante y dudosa muerte.
Inicios de Julio…
Café en mano, se recuesta nuevamente en el colchón en el que durmió, saca un cigarrillo, y
se pone sus audífonos. Bebe del café, fuma, bebe del café, fuma.
—Te levantaste temprano culiao.
—Si hermano, estaba muriendo. Quedé hecho mierda después de estos días.
—Hermano mejor recupérate, porque hoy en la noche toca de nuevo.
—Dale, si estoy bien, ¿no me vei desayunando? —dice mientras apunta al café y al cigarro
que carga en cada mano.
—Rico po, comparte.
Javier le alcanza el cigarro a su compañero y este fuma suavemente mientras mira a Javier
a los ojos.
—No me tires el humo —Dice Javier—. Yapo culiao —Ríe al momento en el que Manuel
le tira el humo del cigarrillo en la cara.
—Oye pero, ¿qué pasa si nos encontramos al weón de la gorra de nuevo? —Pregunta Jo, el
tercero de los amigos que se quedaban en la casa de Manu.
—No creo que aparezca, y en todo caso, no deberíamos tener miedo. Esta vez si lo vemos
lo hacemos cagar, lo de ayer fue para molestarlo nomás —Responde Manu, mientras exhala
el humo del cigarro que le dio Javier.
Este se pone su polera negra, la misma que usó ayer, y la misma que ha estado usando los
últimos cuatro días. Estas vacaciones de invierno han estado carreteando sin descansar, por
lo que su cuerpo le empieza a fallar. Taquicardias menores, mareos, vómitos; no parece
preocuparle mucho.
—Voy a salir, compro puchos y como algo en mi casa —Menciona Javier.
—Yaa, el culiao, cómo nos tienes botados.
—Ya pero hermano, le prometí a mi mamita que iba a almorzar hoy con la familia —
Responde este.
—Ok pero tienes que venir en la noche —Le impone Manu, apuntándolo con el dedo.
—Ahí me van a ver, ya nomás. Chau —Dice Javier alargando la u final.
Javier recoge sus cosas: una mochila negra con pocas cosas adentro, su cargador, su pipa y
su celular y se va de la casa de Manu.
Una vez al estar afuera, rellenó la pipa con marihuana y la fumó.
‘’Para hacer el viaje más placentero’’ Piensa él y se dispone a caminar hacia el paradero de
la Gran Avenida de San Miguel
…
Despierta unas horas después. Durmió en su casa tras comerse un pan y saludar a su madre.
Decide ir al bar a tomar unos tragos. Calentar para la noche le dice.
—Una piscola porfa —Pide Javier.
—¿Cuántos años tenis tú cabrito? —Le pregunta el dueño tras la caja, arqueando una ceja.
—Dieciocho.
—A ver tu carnet.
—Salí sin mi billetera —Replica Javier mientras mira al suelo con vergüenza.
—Entonces no puedo servirte amigo —Responde el señor barbudo y canoso, con cierta
pena asomándose entre sus ojos.
—Yapo, no veí que toy pa la caga. —Menciona con aún más pena. —Tuve la peor semana
de mi vida.
—Espérate media hora que justo andan unos pacos por aquí
—Dale, muchas gracias.
Javier esperó pacientemente en la plaza de afuera, en el entretanto, se pegó un par de pipazos
más, y se fumó sus dos cigarros.
Al volver, se tomó piscola tras piscola, había promo 2x1 y justamente curado se tuvo que
ir a juntarse con sus amigos tras caer la noche.
Javier llega a la rave, en plena plaza La Bandera, tras un plácido viaje en el último tren del
metro que salía ese día. Al llegar se acerca a la carpa desde donde se advierten atisbos de
fiesta y música.
Una vez allí, se deja llevar por el ruido, por los gritos y alaridos del parlante.
No cesan y lo envuelven cálidamente mientras el oleaje de sonido se hace más fuerte
mientras más se acerca y más siente el bumbum en su cuerpo. Retumbando. Latiendo al ritmo
de su corazón.
Desconcertado, da vueltas por el amplio espacio de la plaza, buscando, no poniendo
atención a los golpes mentales que el techno le provoca. Se detiene un poco, observa a su
alrededor, saca un cigarro, lo fuma, y baila. Cierra los ojos y se queda callado, su cuerpo se
comienza a mover, arriba y abajo, dando saltitos sin salir del suelo. Usa el cigarrito como
farol, lo mueve de un lado al otro, siguiendo el ritmo de su baile, extendiendo su cuerpo,
hasta que el pequeño pucho forma parte de su brazo. Hombros, rodillas, brazos, cabeza, todo
su cuerpo se mueve, sin dejar espacio alguno para pensamientos.
Sabe que tiene que buscar a sus amigos, pero no puede evitar pasar un pequeño momento,
por más ínfimo que fuese, para bailar él solo, acompañado únicamente por la música. Arriba
y abajo, lado a lado, el baile primitivo pero efectivo no termina.
Hasta que observa a una muchacha de pelo rapado, llena de tatuajes y una gran chaqueta
negra bailando endemoniadamente. Se mueve indefinidamente, sin predicciones, con
movimientos muy parecidos a los de él, pero con mucho más estilo. Como si se estuviera
retorciendo de dolor, sus movimientos lo hipnotizan, le hacen desconcentrarse de su pequeño
pero íntimo baile, por lo que únicamente continúa con su seguidilla de movimientos, cadera
arriba, cadera abajo.
La continúa mirando, nota que está rodeada de gente, de espalda a ella la mayoría de negro
también; parecen guardaespaldas. Nunca había visto una imagen así. Nunca se había sentido
tan atraído por una persona que no fuese su polola, pero también siente el peligro. Tiene
miedo. Tiene ganas de salir corriendo, no sabe si hacia lo que le aterra o lo más lejos posible.
Se siente atraído como una polilla al fuego, sabiendo el peligro que acecha. Por más valiente
que fuese, se decanta por irse de ahí, ya fue suficiente de bailar, piensa.
Cambia su mirada hacia otro lado, pero no puede sacársela de la cabeza.
Intenta buscar a sus amigos, que supuestamente estarían allí. Divisa a un par de jóvenes
arriba de un conducto de aire, besándose ocasionalmente, conversando y fumando. Tira su
colilla al suelo, la pisa, y se dirige hacia ellos. Decide no contarles nada de lo que había visto.
—¡Aquí están po! Los andaba buscando.
—¡Wena po! ¿Hace cuánto llegaste? —Pregunta Jo.
—Hace poquito nomás.
—Dale, vamos a bailar.
—Ya, pero, cáchense lo que traje, para el ritual. —Dice Javier al momento que saca una
pequeña bolsita de ketamina.
—Ooh, buena, dale. Vamos para allá, no quiero jalar frente a todo el mundo. —Le responde
Manuel, un poco sorprendido ante la situación.
Los tres se alejan de la multitud y proceden a realizar “el ritual”: La línea pequeña de
ketamina que trajo Javier, y dos palazos de falopa para cada uno. Además de coronarlo con
un pito. Es el ritual de inicio de los carretes del grupo. Tras terminar, se van a bailar.
…
—¡Oe’ qué weá hermano! —Un sujeto con los ojos tatuados en rojo y las pupilas muy
dilatadas le grita a Javier, tras este empujarlo por accidente, lo que le hizo derramar su
cerveza.
Se horrorizan al instante.
El sujeto empujó con sus fuertes brazos a Javier, y este casi cae en el cúmulo de mochilas
que estaba al centro del círculo de baile del grupo.
—Disculpa hermano, no te vi —Le responde Javier.
—No si na que no te vi hermano, me hai estado mirando todo el rato —Era verdad. —Sabi
que me teni chato hermano, cagaste culiao —Le continúa gritando el sujeto.
E fornido hombre de los ojos rojos golpea a Javier en la cara y este. Jo y Manuel toman a
su caído compañero entre los dos y se disponen a irse. Al salir del cúmulo de gente que había
en la fiesta y tras recuperarse Javier, miran hacia atrás, y ven a aquel enorme sujeto
empujando gente para salir, mirando furioso en dirección al grupo.
—¡Cagaron culiaos, ustedes saben quiénes somos, los vamos a pillar y los vamos a hacer
cagar!
Corren en dirección a la calle, a las casas de la comuna, mientras eran perseguidos por el
hombre de ojos rojos.
—Hermano, qué hacemos —Pregunta Manu.
—No sé weón, sigamos corriendo y pensemos algo, si este culiao viene rajado corriendo a
buscarnos.
—Andamos con la navaja pero ese culiao es macizo y está mucho más jalado que nosotros,
no creo que le hagan mucho unos tajos —Dice Javier, ya recuperado del fuerte golpe. La
nariz le sangra, quizás por el puñetazo, quizás por las drogas.
Mientras corrían Javier se limpia la nariz y tras ver su mano ensangrentada sus ojos se
iluminan. Agarra su navaja y se abre un tajo en la palma de su mano izquierda, pone la sangre
fresca en el dorso de su mano derecha, en su tatuaje de la luna, dejando una mancha de sangre.
—Hermano tengo un plan, doblemos acá a la derecha y esperemos al culiao este y lo
agarramos entre todos, confíen en mí nomás.
Al cruzar la esquina, Javier muy rápidamente saca su bolsita de falopa, y con la punta del
dedo aspira un poco de cocaína. Para los nervios, piensa, y la guarda.
El sujeto, que debía medir unos dos metros, se queda parado a mitad de la calle, con navaja
en mano, y mira en todas las direcciones buscando a sus víctimas. Cuando encuentra a Javier
jadeante, solo, parado junto a una reja, corre hacia él y lo embiste, pero al momento de tocarlo
Javier lanza un grito y Manuel y Jo salen de su escondite detrás del cerco y agarran al hombre
de ojos rojos por la cintura y los brazos mientras lo golpean en las costillas, además de
apuñalarlo en el estómago, herida que Javier, con el hombre encima suyo, manosea.
La puñalada lo perfora de todas formas.
Con mucho dolor pasa su mano por detrás de la cabeza del gran hombre, justo en el dorsal
de su cuello.
Pater, diffunde iram tuam et lucem in hunc filium atri angeli
Una uña ensangrentada de su mano derecha se hunde en la carne del gigante.
Cae fuertemente al suelo, como si se hubiera desmayado.
—¡Ya weón vámonos, no tenemos mucho tiempo! —grita Javier a sus amigos.
Todos corren de vuelta en dirección al parque y cruzan la calle para tomar la micro hacia la
casa del Jo.
La micro convenientemente estaba a solo seis minutos del paradero, fueron los minutos más
eternos de sus vidas, el temor por que vuelva el de los ojos rojos, la angustia del momento,
el dolor de Javier, las drogas que habían consumido, todo se sumó, haciendo del momento
uno eterno y angustioso. Nadie habló durante todo el rato que estuvieron esperando la micro,
hasta que llegó y subieron.
—Oye, ¿qué le hiciste exactamente?
—Lo dormí solamente, se cagó solo al apuñalarme; dejó expuesta su sangre y al accionar
esto. —Levantó su mano derecha, enseñándoles el tatuaje de la luna. —Con sangre, se activa,
y pasa lo que pasó.
—Chuta culiao, no se me había ocurrido, pero está bien. En todo caso, imagino que ese
bastardo no vino por nosotros por lo de la chela: quería nuestra sangre, la necesitan para sus
weás.
—Sí, a mí me venía mirando todo el rato en la rave, en volá porque cachó mis tatuajes. —
Respondió Javier
—Sí weón, una vez escuché de una secta de gente con ojos tatuados de colores: es por
rangos. Y son satánicos los culiaos, así que, de la que nos salvamos porque ese weón era
fuerte. —Replicó Manuel, cabizbajo.
—Bueno, yo no creo que pase a lo de la posta, no quiero problemas por las weás que me
encuentren, y además no es tan grave, no me perforó nada importante, o estaría pa la cagá.
¿En tu casa tienes alcohol o algo pa la herida? —Dijo Javier mientras se tocaba la venda
improvisada con tela de su polera en su estómago.
—Sí, tengo un remedio para heridas fuertes, así que tranqui nomás.
—Estoy tan drogado que ni siento dolor.
—Te entiendo. Acá nos bajamos, hay que tomar la otra micro.