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Cancion de Navidad

Este documento es un resumen de 3 oraciones del capítulo 1 de la novela "Canción de Navidad" de Charles Dickens. Introduce al personaje Ebenezer Scrooge, un hombre avaro y solitario que odia la Navidad. También menciona que su socio comercial Marley ya ha fallecido. El capítulo describe a Scrooge trabajando en su oficina en víspera de Navidad y recibiendo la visita de su sobrino, a quien no le agrada la festividad.
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Cancion de Navidad

Este documento es un resumen de 3 oraciones del capítulo 1 de la novela "Canción de Navidad" de Charles Dickens. Introduce al personaje Ebenezer Scrooge, un hombre avaro y solitario que odia la Navidad. También menciona que su socio comercial Marley ya ha fallecido. El capítulo describe a Scrooge trabajando en su oficina en víspera de Navidad y recibiendo la visita de su sobrino, a quien no le agrada la festividad.
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CHARLES DICKENS

Canción
Ca de
Navidad
CANCIÓ N DE NAVIDAD
Charles Dickens

Canció n de
Navidad
Publicado por Ediciones del Sur. Có rdoba. Argentina.
Septiembre de 2004.

Distribució n gratuita.

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ÍNDICE

Prefacio.....................................................................................................6

I. El fantasma de Marley.......................................................7
II. El primero de los tres espíritus................................36
III. El segundo de los tres espíritus................................62
IV. El ultimo de los espíritus..............................................95
V. Desenlace final.................................................................116
PREFACIO

CON ESTE fantasmal librito he procurado despertar al


espíritu de una idea sin que provocara en mis lectores
malestar consigo mismos, con los otros, con la tempora-
da ni conmigo. Ojalá encante sus hogares y nadie sienta
deseos de verle desaparecer.

Su fiel amigo y servidor,

Diciembre de 1843

CHARLES DICKENS
I. EL FANTASMA DE MARLEY

MARLEY estaba muerto; eso para empezar. No cabe la


me- nor duda al respecto. El clérigo, el funcionario, el
propieta- rio de la funeraria y el que presidió el duelo
habían firma- do el acta de su enterramiento. También
Scrooge1 había firmado, y la firma de Scrooge, de
reconocida solvencia en el mundo mercantil, tenía valor
en cualquier papel donde apareciera. El viejo Marley
estaba tan muerto como el clavo de una puerta.
¡Atenció n! No pretendo decir que yo sepa lo que hay
de especialmente muerto en el clavo de una puerta. Yo,
má s bien, me había inclinado a considerar el clavo de un
ataú d2 como el más muerto de todos los artículos de fe-
rretería. Pero en el símil se contiene el buen juicio de

1
Este nombre recuerda en grafismo y pronunciació n al sustantivo
«scroops», que significa «chirrido» o «crujido» y al verbo «scrounge».,
«por- diosear» (en use coloquial indica la acció n de conseguir lo que se
desea por medio del engañ o o tomá ndolo sin permiso).
2
El autor juega aquí con la idea de muerte total, sugerida por la
expresió n «as dead as a coffin-nail» («Tan muerto como el clavo de un
ataú d») y muerte relativa de «as dead as a door-nail» («Tan muerto
como el clavo de una puerta», que no impide su apertura).
nuestros ancestros, y no serán mis manos impías las que
lo alteren. Por consiguiente, permítaseme repetir enfá -
ticamente que Marley estaba tan muerto como el clavo
de una puerta.
¿Sabía Scrooge que estaba muerto? Claro que sí.
¿Có mo no iba a saberlo? Scrooge y él habían sido socios
duran- te no sé cuá ntos añ os. Scrooge fue su ú nico
albacea tes- tamentario, su ú nico administrador, su
ú nico asignatario, su ú nico heredero residual, su ú nico
amigo y el ú nico que llevó luto por él. Y ni siquiera
Scrooge quedó terrible- mente afectado por el luctuoso
suceso; siguió siendo un excelente hombre de negocios
el mismísimo día del fu- neral, que fue solemnizado por
él a precio de ganga.
La menció n del funeral de Marley me hace retroce-
der al punto en que empecé. No cabe duda de que Mar-
ley estaba muerto. Es preciso comprenderlo con toda cla-
ridad, pues de otro modo no habría nada prodigioso en la
historia que voy a relatar. Si no estuviésemos completa-
mente convencidos de que el padre de Hamlet ya había
fallecido antes de levantarse el teló n, no habría nada no-
table en sus paseos nocturnos por las murallas de su pro-
piedad, con viento del Este, como para causar asombro
—en sentido literal— en la mente enfermiza de su hijo;
sería como si cualquier otro caballero de mediana edad
saliese irreflexivamente tras la caída de la noche a un
lugar oreado, por ejemplo, el camposanto de Saint Paul.
Scrooge nunca tachó el nombre del viejo Marley. Añ os
después, allí seguía sobre la entrada del almacén: «Scroo-
ge y Marley». La firma comercial era conocida por «Scroo-
ge y Marley». Algunas personas, nuevas en el negocio,
algunas veces llamaban a Scrooge, «Scrooge», y otras, «Mar-
ley», pero él atendía por los dos nombres; le daba lo mismo.
¡Ay, pero qué agarrado era aquel Scrooge! ¡Viejo pe-
cador avariento que extorsionaba, tergiversaba,

8
usurpa-

9
ba, rebañ aba, apresaba! Duro y agudo como un
pedernal al que ningú n eslabó n logró jamá s sacar una
chispa de generosidad; era secreto, reprimido y solitario
como una ostra. La frialdad que tenía dentro había
congelado sus viejas facciones y afilaba su nariz
puntiaguda, acartonaba sus mejillas, daba rigidez a su
porte; había enrojecido sus ojos, azulado sus finos
labios; esa frialdad se percibía cla- ramente en su voz
raspante. Había escarcha canosa en su cabeza, cejas y
tenso mentó n. Siempre llevaba consi- go su gélida
temperatura; él hacía que su despacho es- tuviese
helado en los días má s calurosos del verano, y en
Navidad no se deshelaba ni un grado.
Poco influían en Scrooge el frío y el calor externos.
Ninguna fuente de calor podría calentarle, ningú n frío
invernal escalofriarle. É l era má s cortante que cualquier
viento, má s pertinaz que cualquier nevada, má s insensi-
ble a las sú plicas que la lluvia torrencial. Las inclemen-
cias del tiempo no podían superarle. Las peores lluvias,
nevadas, granizadas y neviscas podrían presumir de sa-
carle ventaja en un aspecto: a menudo ellas «se
despren- dían» con generosidad, cosa que Scrooge
nunca hacía.
Jamá s le paraba nadie en la calle para decirle con
alegre semblante: «Mi querido Scrooge, ¿có mo está us-
ted? ¿Cuá ndo vendrá a visitarme?» Ningú n mendigo le
pedía limosna; ningú n niñ o le preguntaba la hora; nin-
gú n hombre o mujer le había preguntado por una direc-
ció n ni una sola vez en su vida. Hasta los perros de los
ciegos parecían conocerle; al verle acercarse, arrastra-
ban precipitadamente a sus dueñ os hasta los portales y
los patios, y después daban el rabo, como diciendo: «¡Es
mejor no tener ojo que tener el mal de ojo, amo ciego!»
Pero a Scrooge, ¿qué le importaba? Eso era precisa-
mente lo que le gustaba. Para él era una «gozada» abrir-

10
se camino entre los atestados senderos de la vida advir-

11
tiendo a todo sentimiento de simpatía humana que guar-
dase las distancias.
É rase una vez —concretamente en los días mejores
del añ o, la víspera de Navidad, el día de Nochebuena—
en que el viejo Scrooge estaba muy atareado sentado en
su despacho. El tiempo era frío, desapacible y cortante;
ademá s, con niebla. Se podía oír el ruido de la gente en
el patio de fuera, caminando de un lado a otro con jadeos,
palmeá ndose el pecho y pateando el suelo para entrar
en calor. Los relojes de la ciudad acababan de dar las tres,
pero ya casi había oscurecido; no había habido luz en todo
el día y las velas brillaban en las ventanas de las ofici-
nas cercanas como manchas rojizas en la espesa atmó s-
fera parda. Bajó la niebla y fluyó por todas las junturas,
resquicios, ojos de cerradura, y en el exterior era tan den-
sa que, aunque el patio era de los má s estrechos, las ca-
sas de enfrente no eran má s que sombras. Al ver có mo
caía desmayadamente la sucia nube oscureciendo todo,
se hubiera pensado que la Naturaleza vivía cerca y es-
taba elaborando cerveza en gran escala.
La puerta del despacho de Scrooge permanecía abier-
ta de modo que pudiera atisbar a su empleado que esta-
ba copiando cartas en una deprimente y pequeñ a celda,
una especie de cisterna. Scrooge tenía un fuego muy es-
caso, pero la lumbre del empleado era todavía mucho má s
pequeñ a: parecía un solo tizó n. Pero no podía recargar
la estufa porque Scrooge guardaba el carbó n en su pro-
pio cuarto, y seguro que si el empleado entraba con la
pala su jefe anticiparía que tenían que marcharse ya. Por
consiguiente, el empleado se arropó con su bufanda blan-
ca a intentó calentarse con la vela; no era hombre de gran
imaginació n y fracasaron sus esfuerzos.
«¡Feliz Navidad, tío; que Dios lo guarde!», exclamó
una alegre voz. Era la voz del sobrino de Scrooge, que

12
apareció ante él con tal rapidez que no tuvo tiempo a dar-
se cuenta de que venía.
«¡Bah!», dijo Scrooge. «¡Tonterías!»
El sobrino de Scrooge estaba todo acalorado por la
rápida caminata bajo la niebla y la helada; tenía un ros-
tro agraciado y sonrosado; sus ojos chispeaban y su alien-
to volvió a condensarse cuando dijo:
«¿Navidad una tontería, tío? Seguro que no lo dices
en serio».
«Sí que lo digo. ¡Feliz Navidad! ¿Qué derecho tienes
a ser feliz? ¿Qué motivos tienes para estar feliz? Eres
po- bre de sobra».
«Vamos, vamos», respondió el sobrino cordialmente.
«¿Qué derecho tienes a estar triste? ¿Qué motivos tie-
nes para sentirte desgraciado? Eres rico de sobra».
Scrooge no supo repentizar una respuesta mejor y dijo
otra vez: «¡Bah!», y siguió con: «¡Tonterías!»
«No te enfades, tío», dijo el sobrino.
«¿Có mo no me voy a enfadar», respondió el tío, «si
vivo en un mundo de locos como éste? ¡Felices Pascuas! ¡Y
dale con Felices Pascuas! ¿Qué son las Pascuas sino el mo-
mento de pagar cuentas atrasadas sin tener dinero; el
momento de darte cuenta de que eres un añ o má s viejo
y ni una hora má s rico; el momento de hacer el balance y
comprobar que cada una de las anotaciones de los libros
te resulta desfavorable a lo largo de los doce meses del
añ o? Si de mí dependiera —dijo Scrooge con indigna- ció n
—, a todos esos idiotas que van por ahí con el Feli- ces
Navidades en la boca habría que cocerlos en su pro- pio
pudding3 y enterrarlos con una estaca de acebo cla- vada
en el corazó n. Eso es lo que habría que hacer».
3
El «Christmas pudding» o budín de Navidad es un postre tan ca-
racterístico de la Navidad britá nica como el turró n lo es de la españ ola.
Cada familia lo elabora segú n su propia receta, no suele tener forma
redondeada y consistencia dura.

13
«¡Tío!», imploró el sobrino.
«¡Sobrino!», replicó el tío secamente, «celebra la Na-
vidad a tu modo, que yo la celebraré al mío».
«¡Celebraré!», repitió el sobrino de Scrooge. «Pero si
tú no celebras nada...»
«Entonces déjame en paz», dijo Scrooge. «¡Que te apro-
vechen! ¡Mucho te han aprovechado!»
«Puede que haya muchas cosas buenas de las que no
he sacado provecho», replicó el sobrino, «entre ellas la
Navidad. Pero estoy seguro de que al llegar la Navidad
—aparte de la veneració n debida a su sagrado nombre y
a su origen, si es que eso se puede apartar— siempre he
pensado que son unas fechas deliciosas, un tiempo de per-
dó n, de afecto, de caridad; el ú nico momento que conoz-
co en el largo calendario del añ o, en que hombres y mu-
jeres parecen haberse puesto de acuerdo para abrir li-
bremente sus cerrados corazones y para considerar a la
gente de abajo como compañ eros de viaje hacia la tumba
y no como seres de otra especie embarcados con otro des-
tino. Y por tanto, tío, aunque nunca ha puesto en mis bol-
sillos un gramo de oro ni de plata, creo que sí me ha apro-
vechado y me seguirá aprovechando; por eso digo: ¡ben-
dita sea!»
El escribiente de la cisterna aplaudió involuntaria-
mente; se dio cuenta en el acto de su inconveniencia, se
puso a hurgar en la lumbre y se apagó del todo el ú ltimo
rescoldo.
«Que oiga yo otro ruido de usted», dijo Scrooge, «y va
a celebrar la Navidad con la pérdida del empleo. Es us-
ted un orador convincente, señ or», agregó volviéndose
hacia su sobrino. «Me pregunto por qué no está en el Par-
lamento».
«No te enfades, tío. ¡Vamos! Cena con nosotros
mañ a- na».

14
Scrooge dijo que le acompañ aría —sí, de veras que
lo dijo—. Pero completó la frase diciendo que le acom-
pañ aría antes en la calamidad.
«Pero ¿por qué?», exclamó el sobrino de Scrooge.
«¿Por qué?»
«¿Por qué te casaste?», dijo Scrooge.
«Porque me enamoré».
«¡Porque te enamoraste!», gruñ ó Scrooge, como si fue-
se la ú nica cosa en el mundo má s ridícula que una feliz
Navidad. «¡Buenas tardes!»
«No, tío, tú nunca venías a verme antes de hacerlo.
¿Por qué lo pones como excusa para no venir ahora?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
«No quiero nada de ti; no te estoy pidiendo nada; ¿por
qué no podernos ser amigos?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
«Lamentó de todo corazó n verte tan inflexible. Tú y
yo no hemos tenido ninguna querella, al menos por mi
parte; pero he hecho esta prueba en honor a la Navidad
y mantendré el espíritu de la Navidad hasta el final. Así,
pues, ¡Felices Pascuas, tío?»
«Buenas tardes», dijo Scrooge.
A pesar de todo, el sobrino salió del cuarto sin una
palabra de enfado. Se detuvo para felicitar al escribien-
te, quien, frío como estaba, fue má s afable que Scrooge y
devolvió cordialmente la salutació n.
«Otro que tal baila», murmuró Scrooge que le había
oído. «Mi escribiente, con quince chelines semanales, es-
posa y familia, hablando de Felices Pascuas. Es para me-
terse en un manicomio».
Aquel luná tico, al acompañ ar al sobrino de Scrooge
hasta la puerta, dejó entrar a otras dos personas. Eran
unos caballeros corpulentos, de agradable presencia, y
ahora estaban de pie, descubiertos, en el despacho de

15
Scrooge. Llevaban en la mano libros y papeles, y le salu-
daron con una inclinació n de cabeza.
«De Scrooge y Marley, creo», dijo uno de los caballe-
ros comprobando su lista. «¿Tengo el placer de dirigirme
a Mr. Scrooge o a Mr. Marley?»
«Mr. Marley lleva muerto estos ú ltimos siete añ os»,
repuso Scrooge. «Murió hace siete añ os, esta misma no-
che».
«No nos cabe duda de que su generosidad está bien
representada por su socio supérstite», dijo el caballero
presentando sus credenciales.
Y era cierto porque ellos habían sido dos almas ge-
melas. Al oír la ominosa palabra «generosidad», Scrooge
frunció el ceñ o, negó con la cabeza y devolvió las creden-
ciales.
«En estas festividades, Mr. Scrooge», dijo el caballe-
ro tomando una pluma, «es má s deseable que nunca que
hagamos alguna ligera provisió n para los pobres y menes-
terosos, que sufren muchísimo en estos momentos. Mu-
chos miles carecen de lo má s indispensable y cientos de
miles necesitan una ayuda, señ or».
«¿Ya no hay cá rceles?», preguntó Scrooge.
«Está lleno de cá rceles», dijo el caballero volviendo a
posar la pluma.
«¿Y los asilos de la Unió n?»,4 inquirió Scrooge. «¿Si-
guen en activo?»
«Sí, todavía siguen», afirmó el caballero, «y desearía
poder decir que no».

4
En 1834 se había aprobado una modificació n de la Ley de Pobres
(Poor Law) dividié ndose el territorio de Inglaterra y Gales en 21 distri-
tos, agrupando cada uno de ellos varias parroquias que constituían una
«poor law union. («Unidad conforme a la ley de pobres») cuyo principal
propó sito era la habilitació n de asilos para menesterosos. El término
«unió n» pasó pronto a utilizarse como sinó nimo de «asilo» («workhouse»).

16
«Entonces, ¿está n en pleno vigor la Ley de Pobres y
el Treadmill?»,5 dijo Scrooge.
«Los dos muy atareados, señ or».
«¡Ah! Me temía, con lo que usted dijo al principio, que
hubiera ocurrido algo que les impidiera seguir su bene-
ficioso derrotero», dijo Scrooge. «Me alegro mucho de oír-
lo».
«Teniendo la impresió n de que esas instituciones pro-
bablemente no proporcionan a las masas alegría cristia-
na de mente ni de cuerpo», respondió el caballero, «unos
cuantos de nosotros estamos intentando reunir fondos
para comprar a los pobres algo de comida y bebida y me-
dios de calentarse. Hemos elegido estas fechas porque
es cuando la necesidad se sufre con mayor intensidad y
má s alegra la abundancia. ¿Con cuá nto le apunto?»
«¡Con nada!», replicó Scrooge.
«¿Desea usted mantener el anonimato?»
«Deseo que me dejen en paz», dijo Scrooge. «Ya que
me preguntan lo que deseo, caballeros, ésa es mi respues-
ta. Yo no celebro la Navidad, y no puedo permitirme el
lujo de que gente ociosa la celebre a mi costa. Colaboro
en el sostenimiento de los establecimientos que he men-
cionado; ya me cuestan bastante, y quienes está n en mala
situació n deben ir a ellos».
«Muchos no pueden ir; y muchos preferirían la muer-
te antes de ir».
«Si preferirían morirse, que lo hagan; es lo mejor. Así
descendería el exceso de població n.6 Ademá s, y ustedes
perdonen, a mí no me consta».

5
El molino accionado por esclavos encadenados a una gran rueda
es el antecedente de la noria de escalones, empleada como castigo en el
sistema penitenciario britá nico.
6
Scrooge se hace eco de la teoría malthusiana.

17
«Pero usted tiene que saberlo», observó el caballero.
«No es asunto mío», respondió Scrooge. «A un hom-
bre le basta con dedicarse a sus propios asuntos sin in-
terferir en los de los demá s. Los míos me tienen a mí
continuamente ocupado. ¡Buenas tardes, caballeros!»
Viendo claramente que sería inú til seguir insistien-
do, los caballeros se retiraron. Scrooge reanudó sus ocu-
paciones con una opinió n de sí mismo muy mejorada y
mejor humor del que en él era habitual.
Entretanto la niebla y la oscuridad se habían intensifi-
cado de tal modo que unas cuantas personas corrían de
un lado a otro con resplandecientes hachas de viento,
ofre- ciendo sus servicios para ir delante de los coches de
ca- ballos hasta su destino. Se hizo invisible la antigua
to- rre de una iglesia cuya vieja y ronca campana siempre
estaba espiando sigilosamente en direcció n a Scrooge por
un ventanal gó tico del muro, y daba las horas y los cuar-
tos en las nubes con trémulas vibraciones posteriores,
como si allí arriba le castañ easen los dientes en su ca-
beza helada. El frío se extremó . En la calle principal, ha-
cia la esquina del patio, unos obreros estaban reparando
la conducció n del gas y habían encendido una gran ho-
guera en un brasero; en torno al fuego se había reunido
un grupo de hombres y muchachos andrajosos que, en
éxta- sis, se calentaban las manos y guiñ aban los ojos ante
las llamaradas. La llave del agua había quedado abierta
y, al rebosar, se congelaba en rencoroso silencio hasta
con- vertirse en hielo misantró pico. La brillantez de los
esca- parates, donde al calor de las lá mparas crujían las
rami- tas y bayas de acebo, volvía rojizos los pá lidos
rostros al pasar. Los comercios de pollería y ultramarinos
ofrecían una espléndida escena; resultaba casi imposible
creer que allí pintasen algo unos principios tan tediosos
como

18
los de la compraventa. El lord mayor,7 en su baluarte de
la magnífica Mansion House, daba ó rdenes a sus
cincuen- ta mayordomos y cocineros para celebrar las
Navidades como correspondía a la casa de un lord
mayor; y hasta el sastrecillo, a quien él había multado
con cinco cheli- nes el lunes pasado por andar borracho
y pendenciero por las calles, estaba en su buhardilla
revolviendo la masa del pudding del día siguiente,
mientras su flaca esposa y el bebé habían salido a
comprar carne de ternera.
¡Todavía má s niebla y má s frío! Un frío punzante,
pene- trante, mordiente. Si el buen San Dunstan, 8 en vez de
uti- lizar sus armas habituales, hubiera pinzado la nariz
del Espíritu Maligno con solo un toque de semejante
clima, seguro que éste habría proferido los mejores
propó sitos. El poseedor de una joven y escasa nariz, roída
y mascu- llada por el hambriento frío como un hueso
roído por los perros, se encorvó ante el ojo de la cerradura
de Scrooge para deleitarle con un villancico. Pero a los
primeros sones de

«¡Dios bendiga al jubiloso caballero!


¡Que nada le traiga el desaliento!»

Scrooge agarró la vara con tal energía que el cantor huyó


despavorido, dejando el ojo de la cerradura para la nie-
bla y para la todavía má s amable escarcha.

7
El «Lord Mayors o «Alcalde. tenía bajo su jurisdicció n el
distrito administrativo de la «City», la zona má s antigua de Londres
donde radi- can los monumentos má s importantes y es principal
escenario de la ac- tividad econó mica y artística de la ciudad. Residía
oficialmente en Mansion House.
8
San Dunstan fue arzobispo de Canterbury en 960. Se cuenta
que, cuando no era má s que un herrero trabajando en la fragua, el
demonio quiso tentarle, pero él respondió a las diabó licas
proposiciones sujetan- do la nariz del Maligno con unas tenazas al
rojo.
19
¡Dios bendiga al jubiloso caballero!
Por fin llegó la hora de cerrar el despacho. Con muy
mala voluntad, Scrooge desmontó de su taburete y, tá ci-
tamente, admitió el hecho ante el expectante empleado
de la Cisterna, que sopló la vela al instante y se puso el
sombrero.
«Supongo que usted querrá libre todo el día de ma-
ñ ana», dijo Scrooge.
«Si le parece conveniente, señ or».
«No me parece conveniente», dijo Scrooge, «y no es
razonable. Si por ello le descontara media corona, usted
se sentiría maltratado, ¿me equivoco?»
El escribiente esbozó una tímida sonrisa.
«Y sin embargo», dijo Scrooge, «no cree usted que el
maltratado sea yo cuando pago un jornal sin que se tra-
baje».
El escribiente comentó que só lo se trataba de una
vez al añ o.
«Es una excusa muy pobre para saquear el bolsillo
de un hombre cada 25 de diciembre», dijo Scrooge aboto-
ná ndose el abrigo hasta la barbilla. «Pero supongo que
deberá tener el día completo. ¡A la mañ ana siguiente pre-
séntese aquí lo antes posible!»
El escribiente prometió que así lo haría y Scrooge sa-
lió gruñ endo. En un abrir y cerrar de ojos quedó clau-
surado el establecimiento; el escribiente, con los largos
extremos de la bufanda colgando por debajo de su cintu-
ra (no lucía abrigo) se lanzó veinte veces por un tobogá n
en Cornhill, a la cola de una fila de chicos, en honor de
la Nochebuena; luego corrió a su casa, en Camdem Town,
lo má s deprisa que pudo, para jugar a la «gallina ciega».
Scrooge tomó su triste cena en su habitual triste ta-
berna; leyó todos los perió dicos y se entretuvo el resto
de la velada con su libro de cuentas; después se marchó
a su casa para acostarse. Vivía en unas habitaciones que

1
habían pertenecido a su difunto socio. Era una ló brega
serie de cuartos en un desvencijado edificio aplastado
en el fondo de un patio, donde desentonaba tanto que uno
podía fá cilmente imaginar que había corrido hacia allí
cuando era una casa jovencita, jugando al escondite con
otras casas, y había olvidado el camino de salida. Ahora
ya era lo bastante vieja y lo bastante lú gubre para que
nadie viviese en ella, salvo Scrooge; todas las demá s habi-
taciones estaban alquiladas para oficinas. El patio esta-
ba tan oscuro que el mismo Scrooge, que conocía cada pie-
dra, no dudó en ir tanteando con las manos. La niebla y
la escarcha pendían sobre el negro y viejo portó n de la
casa; parecía que el Genio del Tiempo estaba sentado en
el umbral, en dolientes meditaciones.
Ahora bien, es una realidad que el aldabó n no tenía
nada especial excepto que era muy grande. También es
cierto que Scrooge lo había visto noche y día durante todo
el tiempo que llevaba residiendo en aquel lugar. Cierto
también que Scrooge tenía tan poco de eso que se llama
fantasía como cualquier hombre en la City de Londres, 9
incluyendo —que ya es decir— la corporació n municipal,
los concejales electos y los miembros de la Cá mara de
Gremios. Téngase también en cuenta que Scrooge no ha-
bía dedicado un solo pensamiento a Marley desde que
había mencionado aquella tarde el fallecimiento de su
socio siete añ os atrás. Y entonces que alguien me expli-
que, si es que puede, có mo ocurrió que al meter la llave
en la cerradura de la puerta, y sin que se diera un pro-
ceso intermedio de cambio, Scrooge no vio un aldabó n,
sino el rostro de Marley en el aldabó n.

9
Aunque el sustantivo «city» significa ciudad grande, importante o
població n con derechos especiales de autogobierno, «The City» es
intradu- cible; solamente hace referencia al distrito central de
Londres.

2
El rostro de Marley. No era una sombra impenetra-
ble como los demá s objetos del patio, sino que tenía una
luz mortecina a su alrededor, como una langosta podrida
en una despensa oscura. No mostraba enfado ni feroci-
dad, pero miraba a Scrooge como Marley solía hacerlo:
con fantasmagó ricos lentes colocados hacia arriba, sobre
su frente fantasmal. Sus cabellos se movían de una ma-
nera extrañ a, como si alguien los soplara o les aplicara
un chorro de aire caliente; y aunque tenía los ojos muy
abiertos, mantenían una inmovilidad perfecta. Esto y su
coloració n lívida le hacían horripilante; pero a pesar del
rostro y de su control, el horror parecía ser algo má s que
una parte de su propia expresió n.
Cuando Scrooge miraba fijamente este fenó meno, vol-
vió nuevamente a ser un aldabó n.
No sería cierto afirmar que no estaba sobresaltado, o
que sus venas no notaban una sensació n terrible que no
había vuelto a experimentar desde su infancia. Pero puso
la mano en la llave que había soltado, la hizo girar con
energía, entró y encendió la vela.
Con una indecisió n momentá nea, antes de cerrar la
puerta hizo una pausa y miró cautelosamente hacia atrá s,
como si esperase el susto de ver la coleta de Marley aso-
mando por el lado del recibidor. Pero en el otro lado de
la puerta no había má s que los tornillos y las tuercas que
sujetaban el aldabó n, de manera que dijo: «¡Bah, bah!», y
la cerró de un portazo.
El ruido retumbó por toda la casa como un trueno.
Todas las habitaciones de arriba y todos los barriles de
la bodega del vinatero, abajo, parecían tener una escala
propia y distinta de ecos. Scrooge no era hombre que se
asustara con los ecos. Aseguró el cierre de la puerta, atra-
vesó el recibidor y comenzó a subir las escaleras, pero len-
tamente y despabilando la vela.

2
Se podría hablar por hablar sobre la manera de con-
ducir una diligencia de seis caballos por un buen tramo
de viejas escaleras o a través de una mala y reciente Ley
del Parlamento, pero sí digo de veras que se podría su-
bir por aquellas escaleras con una carroza fú nebre y
po- nerla a lo ancho, con el balancín hacia la pared y la
puer- ta hacia la balaustrada; y se podría hacer con
facilidad. Había anchura suficiente y aun sobraría sitio;
tal vez por esta razó n, Scrooge pensó que veía moverse
delante de él, en la penumbra, un coche de pompas
fú nebres. Media docena de lá mparas de gas del
alumbrado pú blico no hu- bieran sido excesivas para
iluminar la entrada de la casa, de manera que se puede
imaginar la oscuridad que ha- bía con la vela de sebo
de Scrooge.
Siguió subiendo sin importarle un comino: la oscuri-
dad es barata y a Scrooge le gustaba. Pero antes de ce-
rrar su pesada puerta recorrió las habitaciones para ver
si todo estaba en orden; deseaba hacerlo porque seguía
recordando el rostro.
Cuarto de estar, dormitorio, trastero. Todo como de-
bía estar. Nadie bajo la mesa, nadie bajo el sofá ; una pe-
queñ a lumbre en la parrilla de la chimenea; cuchara y
bol preparados; y sobre la repisa de la chimenea el caci-
llo de las gachas (Scrooge estaba resfriado). Nadie bajo
la cama; nadie dentro del armario; nadie metido en su
bata, que colgaba contra la pared en actitud
sospechosa. El trastero, como de costumbre; el viejo
guardafuegos, zapatos viejos, dos cestas de pesca, un
palanganero de tres patas y un atizador.
Bastante satisfecho, cerró su puerta y se atrancó por
dentro echando un doble cierre, cosa que no solía
hacer. Así, a salvo de sorpresas, se quitó la corbata, se
puso la bata y las zapatillas, el gorro de dormir y se
sentó junto al fuego para tomarse las gachas.

2
Era una lumbre muy débil para una noche tan cruda.
No tuvo má s remedio que arrimarse a ella como si estu-
viera incubando, para sacar de aquel puñ adito de com-
bustible la mínima sensació n de calor. La chimenea era
antigua, construida hacía mucho tiempo por algú n co-
merciante holandés, y todo su contorno estaba alicatado
con pintorescos azulejos holandeses que ilustraban las
Sagradas Escrituras. Había Caínes y Abeles, hijas del
Faraó n, reinas de Saba, mensajeros angélicos descendien-
do por el aire sobre nubes como colchones de plumas,
Abrahanes, Baltasares, Apó stoles zarpando en barcos de
mantequilla, cientos de imá genes para distraer sus pen-
samientos; sin embargo, aquel rostro de Marley, muerto
siete añ os antes, venía como el antiguo cayado del Pro-
feta10 y se lo tragaba todo. Si cada uno de los lisos azule-
jos hubiese estado en blanco y Scrooge hubiese tenido la
facultad de representar en su superficie alguna figura
extraída de los dispersos fragmentos de su pensamien-
to, en cada uno de ellos habría aparecido una copia de la
cabeza del viejo Marley.
«¡Tonterías!», dijo Scrooge, y empezó a caminar por
la habitació n. Dio varias vueltas y volvió a sentarse. Al
apoyar la cabeza en el respaldo de la butaca, su mirada
fue a posarse sobre una campanilla, una campanilla fue-
ra de uso que colgaba en el cuarto y, con algú n propó si-
to ahora olvidado, comunicaba con un aposento situado
en el piso má s alto del edificio. Con gran sorpresa y con
un miedo extrañ o, inexplicable, cuando la estaba miran-
do vio que la campanilla comenzaba a oscilar. Al princi-
pio se balanceaba tan poco que apenas hacía ruido,
pero

10
En el capitulo VII del Libro del fíxodo se describe có mo los ma-
gos del Faraó n convirtieron sus cayados en serpientes, pero tambié n
Aaró n hizo salir de su cayado a una serpiente que devoró a las otras.

2
pronto repicó fuerte, y también lo hicieron todas las de-
má s campanillas de la casa.
La cosa debió durar medio minuto, tal vez un minu-
to, pero pareció una hora. Las campanillas enmudecie-
ron igual que habían sonado: a la vez. Luego siguió un
ruido estridente que venía de muy abajo, como si una per-
sona estuviese arrastrando una pesada cadena sobre
los barriles de la bodega del vinatero. Entonces Scrooge
re- cordó hacer oído que en las casas embrujadas los
fantas- mas arrastraban cadenas.
La puerta de la bodega se abrió de repente con un es-
truendo, y Scrooge oyó aquel ruido con má s claridad en
los pisos de abajo; luego, subiendo por las escaleras y,
seguidamente, aproximándose directamente hacia su
puerta.
«¡Siguen siendo tonterías!», dijo Scrooge. «¡No me lo
puedo creer!»
No obstante, se le demudó el color cuando, sin pau-
sa, aquello atravesó la pesada puerta y se quedó en la
habitació n ante sus ojos. Cuando estaba entrando, las
mor- tecinas llamas saltaron como si exclamasen: «¡Le
cono- cemos! ¡Es el fantasma de Marley!», y volvieron a
decaer. El mismo rostro, el mismísimo. Marley como
siem- pre, con su coleta, chaleco, calzas y botas; las
borlas de las botas tiesas y erectas, al igual que la coleta,
los faldones de la levita y los caballos. La cadena que
arrastraba la ceñ ía por medio cuerpo; era larga y se le
enroscaba como una cola; estaba hecha (Scrooge la
observó atentamente) con arquillas para dinero, llaves,
candados, libros de con- tabilidad, escrituras de
compraventa y pesadas talegas de acero. Su cuerpo
era tan transparente que al obser- varlo y mirar a
través de su chaleco, Scrooge podía ver
los dos botones de la espalda de la levita.

2
¡Le conocemos! ¡Es el fantasma de Marley!
Scrooge había oído decir frecuentemente que Marley
no tenía entrañ as, pero nunca se lo había creído hasta
ahora.
No, ni siquiera ahora se lo creía. Aunque miraba al
fantasma de arriba abajo y la veía de pie ante él; aunque
percibía el escalofriante influjo de sus ojos,
mortalmente fríos; aunque observó incluso la textura
del pañ o dobla- do que le enmarcaba la cara, desde la
barbilla hasta la cabeza, envoltura que no había notado
antes..., aú n se- guía incrédulo y luchaba contra sus
propios sentidos.
«¿Qué significa esto?», dijo Scrooge, cá ustico y frío
como nunca. «¿Qué se lo ha perdido aquí?»
«¡Mucho!» Era la voz de Marley, sin la menor duda.
«¿Quién eres tú ?»
«Pregú ntame quién fui».
«Pues ¿quién fuiste?», dijo Scrooge alzando la voz.
«Eres puntilloso... como sombra». Iba a decir «para ser
una som- bra», pero le pareció má s apropiado lo otro.
«En vida yo fui tu socio: Jacob Marley».
«¿Puedes... puedes sentarte?», preguntó Scrooge,
mirán- dole dubitativamente.
«Sí puedo».
«Entonces, hazlo».
Scrooge había formulado la pregunta porque no sa-
bía si un fantasma tan transparente podía estar en con-
diciones de tomar asiento; presentía que, en caso de que
le resultara imposible, tal vez se haría necesaria una ex-
plicació n embarazosa. Pero el fantasma se sentó al otro
lado de la chimenea como si estuviera acostumbrado.
«Tú no crees en mí», observó el fantasma.
«No, yo no», dijo Scrooge.
«¿Qué otra demostració n quieres de mi existencia,
ademá s de la de tus sentidos?»
«No lo sé», dijo Scrooge.

26
El fantasma de Marley.
(John Leech)
«¿Por qué dudas de tus sentidos?»
«Porque», dijo Scrooge, «cualquier cosa les afecta.
Un ligero desarreglo intestinal les hace tramposos.
Puede que tú seas un trocito de carne indigestada, o un
chorri- to de mostaza, una migaja de queso, un
fragmento de pa- tata medio cruda. ¡Hay en ti má s salsa
de carne que car- ne de tumba, seas quien seas!»11
Scrooge no tenía mucha costumbre de hacer chistes
y en modo alguno se sentía gracioso entonces. La verdad
es que intentaba estar ingenioso para distraerse y domi-
nar el terror que le invadía; la voz del espectro le remo-
vía hasta la médula de los huesos.
Scrooge presentía que iba a desmoronarse si seguía
sentado en silencio, sin apartar la mirada de aquellos
ojos inmó viles, vítreos. También había algo muy
espantoso en el halo infernal que envolvía al espectro.
Scrooge no podía verlo, pero se notaba claramente,
pues aunque el fantasma estaba sentado en perfecta
inmovilidad, su ca- bello, faldones y borlas seguían
agitá ndose como por el vapor caliente de un horno.
«¿Ves este palillo de dientes?», dijo Scrooge volvien-
do con rapidez a la carga por el motivo ya señ alado y
de- seando apartar de sí, aunque fuera tan só lo un
segundo, la petrificada mirada de la aparició n.
«Lo veo», replicó el fantasma.
«No lo está s mirando», dijo Scrooge.
«Pero lo veo», dijo el fantasma, «de todos modos».
«¡Bueno!», prosiguió Scrooge. «Só lo tengo que tragá r-
melo y el resto de mis días me veré perseguido por una
legió n de diablos, todos de mi propia creació n. ¡Tonte-
rías! Eso es lo que te digo, ¡tonterías!»

11
Juego de palabras con «gravy» (salsa) y «grave» (tumba): There’s
more of gravy than of grave about you.»

2
En ese momento el espíritu lanzó un espeluznante
quejido y sacudió la cadena con un ruido tan lú gubre y
aterrador que Scrooge tuvo que agarrarse a los brazos
del silló n para no caer desvanecido. Pero el espanto fue
todavía mayor cuando al quitar el fantasma la venda
que enmarcaba su rostro, como si dentro de la casa le
sofoca- ra el calor, ¡se le desmoronó la mandíbula
inferior sobre el pecho!
Scrooge cayó de rodillas y, con manos entrelazadas,
imploró ante él:
«¡Piedad!», exclamó . «Horrenda aparició n, ¿por qué
me atormentas?»
«¡Materialista!», replicó el fantasma. «¿Crees o no
crees en mí?»
«Sí, sí», dijo Scrooge. «Por fuerza. Pero ¿por qué los
espíritus deambulan por la tierra y por qué tienen que
aparecerse a mí?»
«Está ordenado para cada uno de los hombres que el
espíritu que habita en él se acerque a sus congéneres hu-
manos y se mueva con ellos a lo largo y a lo ancho; y si
ese espíritu no lo hace en vida, será condenado a hacer-
lo tras la muerte. Quedará sentenciado a vagar por el
mundo —¡ay de mí! y ser testigo de situaciones en las
que ahora no puede participar, aunque en vida debió ha-
berlo hecho para procurar felicidad».
El espectro volvió a lanzar otro alarido, sacudió la ca-
dena y se retorció con desesperació n sus manos espectra-
les.
«Está s encadenado», dijo Scrooge tembloroso. «Cuén-
tame por qué».
«Arrastro la cadena que en vida me forjé», repuso el
fantasma. «Yo la hice, eslabó n a eslabó n, yarda a yarda;12
12
Una yarda equivale a 0,9144 metros, o tres pies; un pie a 0,3048
m. La braza es una medida ná utica equivalente a dos yardas.

2
por mi propia voluntad me la ceñ í y por mi propia vo-
luntad la llevo. ¿Te resulta extrañ o el modelo?»
Scrooge cada vez temblaba má s.
«¿O ya conoces», prosiguió el fantasma, «el peso y la
longitud de la apretada espiral que tú mismo arrastras?
Hace siete Navidades ya era tan pesada y tan larga como
ésta. Desde entonces, has trabajado en ella aú n má s. ¡Tie-
nes una cadena impresionante!»
Scrooge miró de reojo a su alrededor como si espe-
rase encontrarse rodeado por cincuenta o sesenta brazas
de cadenas, pero no vio nada.
«Jacob», dijo implorante. «Querido Jacob Marley, cuén-
tame má s. Dime algo tranquilizador, Jacob».
«No puedo», contestó el fantasma. «Eso tiene que venir
de otras regiones, Ebenezer Scrooge, y son otros minis-
tros quienes lo aplican a otra clase de personas. Tampo-
co puedo decirte todo lo que quisiera; só lo un poquito
má s me está permitido. Yo no tengo reposo, no puedo
quedarme en ninguna parte, no puedo demorarme. Mi
espíritu nunca salió de nuestra contaduría —¡ó yeme bien!
—, en vida mi espíritu jamás se aventuró má s allá de
los mezquinos límites de nuestro tugurio de cambis- tas.
¡Y ahora me esperan jornadas agotadoras!»
Siempre que se ponía meditabundo, Scrooge tenía la
costumbre de meter las manos en los bolsillos de los pan-
talones. Así lo hizo ahora, pero sin alzar la mirada y sin
ponerse en pie, mientras ponderaba las palabras del fan-
tasma.
«Has debido estar un poco torpe, Jacob», comentó
Scroo- ge con tono de negociante profesional, aunque con
humil- dad y deferencia.
«¡Torpe!», repitió el fantasma.
«Siete añ os muerto», musitó Scrooge, «¿y viajando
todo el tiempo?»

3
«Todo el tiempo», dijo el fantasma. «Sin descanso, sin
paz, con la incesante tortura de los remordimientos»
«¿Viajabas rápido?», dijo Scrooge.
«En las alas del viento», contestó el fantasma.
«Has debido pasar por encima de muchos terrenos
en siete añ os», dijo Scrooge.
Al oír esto el fantasma dio otro alarido y restalló la
cadena en el silencio de muerte de la noche, con tal es-
trépito que la Patrulla Nocturna habría tenido toda la
razó n si le hubiera denunciado por escá ndalo pú blico.
«¡Oh! cautivo, preso, aherrojado», gimió el fantasma,
«¡sin saber que son necesarios añ os y añ os de incesante
labor de criaturas inmortales para que esta tierra entre
en la eternidad después de haber hecho en ella todo el
bien que sea posible. Sin saber que todo espíritu cristia-
no, actuando caritativamente en su pequeñ a esfera, sea
la que sea, se encontrará con que su vida mortal es de-
masiado breve para sus grandes posibilidades de servi-
cio. Sin saber que ninguna clase de arrepentimiento po-
drá enmendar la oportunidad perdida en vida! ¡Y ése fui
yo! ¡Ay, eso me sucedió !»
«Pero tú siempre fuiste un buen hombre de negocios,
Jacob», balbuceó Scrooge, que ahora empezaba a aplicarse
el cuento.
«¡Negocios!», exclamó el fantasma entrelazando otra
vez las manos. «El género humano era asunto mío. El bien-
estar general era negocio mío; la caridad, compasió n, pa-
ciencia y benevolencia eran todas de mi incumbencia. Mis
relaciones comerciales no eran má s que una gota de agua
en el anchuroso océano de mis asuntos».
Levantó la cadena con el brazo extendida, como si ella
fuera la causa de su irreparable dolor, y la tiró con vio-
lencia contra el suelo.

3
«En esta época del añ o es cuando sufro má s», dijo el
espectro. «¿Por qué habré andado entre la multitud de
mis semejantes con la mirada baja, sin alzar nunca mis
ojos hacia esa bendita Estrella que guió a los Santos Re-
yes hasta el humilde portal? ¡Como si no existieran ho-
gares a los que me hubiera podido conducir su luz!»
Al oír al espectro expresarse en aquellos términos,
Scrooge se sentía sumamente acongojado y empezó a tem-
blar como una hoja.
«¡Escú chame!», exclamó el fantasma. «Mi tiempo se
acaba».
«Lo haré», dijo Scrooge, «¡pero no seas cruel! ¡No te
pongas poético, Jacob! ¡Te lo suplico!»
«No podría decirte có mo me aparezco ante ti de ma-
nera visible, pero he estado sentado a tu lado, invisible,
durante días y días».
No era una idea muy agradable. Scrooge se estreme-
ció y enjugó el sudor de su frente.
«Y no es una parte ligera de mi penitencia», prosi-
guió el fantasma. «Esta noche estoy aquí para advertirte
que aú n te queda una oportunidad para escapar a un des-
tino como el mío. Una oportunidad, una esperanza que
yo te he conseguido, Ebenezer».
«Siempre fuiste un buen amigo», dijo Scrooge. «¡Gra-
cias!»
«Vas a ser hechizado por Tres Espíritus», continuó
el fantasma.
El semblante de Scrooge se quedó casi tan desenca-
jado, como el del fantasma.
«¿Era eso la oportunidad y la esperanza que mencio-
naste, Jacob?», preguntó con voz quebrada.
«Lo es».
«Yo..., yo casi estoy pensando que mejor no», dijo
Scrooge.

3
«Sin esas visitas», dijo el fantasma, «no tendrá s
espe- ranza de evitar un destino como el mío. El
primero ven- drá mañ ana, cuando las campanas den la
una».
«¿No podrían venir los tres y acabar de una vez, Ja-
cob?», insinuó Scrooge.
«Espera al segundo a la noche siguiente a la misma
hora. El tercero, a la siguiente noche, cuando se extinga
la vibració n de la ú ltima campanada de las doce. No vol-
verá s a verme y, por la cuenta que te sigue, ¡recuerda
todo lo que ha sucedido entre nosotros!»
Tras pronunciar estas palabras, el espectro recogió
el pañ uelo de encima de la mesa y se lo volvió a enrollar
bajo la mandíbula, tal como lo tenía antes. Scrooge supo
que así lo había hecho por el sonido de los dientes al
cho- car cuando el vendaje volvió a juntar las
mandíbulas. Se atrevió a levantar la mirada otra vez y
se encontró con el visitante sobrenatural encará ndole
en actitud ergui- da, con la cadena enroscada al brazo.
La aparició n se alejó retrocediendo y a cada paso que
daba la ventana se iba abriendo poco a poco, de manera
que al llegar el espectro estaba abierta de par en par. Le
hizo señ as a Scrooge para que se aproximase y éste así
lo hizo. Cuando estaba a dos pasos de distancia, el fan-
tasma de Marley levantó la mano para advertirle que no
siguiera acercá ndose. Scrooge se detuvo. Se detuvo má s
por miedo y sorpresa que por obediencia: nada más le-
vantar la mano comenzaron a oírse extrañ os ruidos; so-
nidos incoherentes de lamentació n y pesar; quejidos de
indecible arrepentimiento y compunció n. El espectro,
tras escuchar por un momento, se unió al macabro gori-
gori y salió flotando hacia la negra y siniestra noche.
Scrooge continuó hasta la ventana con desesperada
curiosidad. Se asomó . Por el aire se movían sin descan-
so, de un lado a otro, numerosísimos fantasmas que ge-

3
mían al pasar. Todos llevaban cadenas como las del fan-
tasma de Marley; unos cuantos (tal vez gobiernos culpa-
bles) iban encadenados en grupo; ninguno estaba libre
de cadenas.
Scrooge había conocido en vida a muchos de ellos. Ha-
bía tenido bastante relació n con un viejo fantasma que
llevaba un chaleco blanco y una monstruosa caja de cau-
dales atada al tobillo, que lloraba compungido porque le
era imposible auxiliar a una desdichada mujer con un
hijito, a la que estaba viendo allá abajo apoyada en el qui-
cio de la puerta. Claramente se percibía que el tormento
de todos ellos consistía en que deseaban intervenir, para
bien, en situaciones humanas, pero habían perdido para
siempre la capacidad de hacerlo.
Scrooge no sabría decir si aquellas criaturas se di-
solvieron en la niebla o si la niebla les ocultó , pero ellos
y sus voces espectrales desaparecieron a la vez. La no-
che volvió a ser como cuando él llegó a su casa.
Cerró la ventana y examinó la puerta que había cru-
zado el fantasma. Seguía con el doble cierre que había
echado con sus propias manos y los cerrojos estaban in-
tactos. Intentó decir «¡Tonterías!», pero se quedó en la
primera sílaba. Estaba extenuado y, ya sea por las emo-
ciones vividas, las fatigas del día, los atisbos del Mundo
Invisible, la sombría conversació n con el fantasma o lo
tardío de la hora, se fue directamente a la cama, sin des-
vestirse, y se quedó dormido al instante.

3
Los fantasmas de los usureros difuntos.
(John Leech)
II. EL PRIMERO DE LOS TRES ESPÍRITUS

CUANDO Scrooge se despertó , la oscuridad era tan inten-


sa que al mirar desde la cama apenas podía diferenciar
la trasparencia de la ventana de las paredes opacas de
su aposento. Cuando estaba intentando traspasar la os-
curidad con sus ojos de gavilá n, las campanas de una
igle- sia cercana dieron los cuatro cuartos; él permaneció
aten- to a la hora.
Para su gran sorpresa, la campana mayor pasó de las
seis a las siete, de las siete a las ocho, y así sucesivamen-
te hasta las doce; luego dejó de sonar. ¡Las doce! Cuan-
do se acostó eran mas de las dos. El reloj no funcionaba
bien. Tal vez se le había incrustado un cará mbano en la
maquinaria. ¡Las doce!
Apretó el resorte de su reloj repetidor para compro-
bar el error del otro reloj enloquecido, pero su pequeñ a
pulsació n acelerada latió doce veces y se detuvo.
«Pero, ¿qué está pasando? ¡Es imposible!», dijo Scroo-
ge. «No es posible que haya estado durmiendo un día com-
pleto hasta la noche siguiente ¡Y es imposible que le haya
sucedido algo al sol y sean las doce del mediodía!»
La idea no dejaba de ser alarmante; saltó de la cama
y se fue acercando a tientas hasta la ventana. Para po-
der ver algo tuvo que frotar la escarcha con la manga de
la bata; aun así, logró ver muy poco. Só lo consiguió com-
probar que continuaba una niebla y un frío muy inten-
sos y que no se oía ruido de actividad de gente alarma-
da, como se habría escuchado ineludiblemente si la No-
che hubiese derrotado al claro Día, tomando posesió n
del mundo. Era un gran alivio porque sino hubiera días
que contar lo de «a tres días de esta primera de cambio,
pagaré al señ or Ebenezer Scrooge o a su orden... etc.» se
habría convertido en papel mojado, como los pagarés de
los Estados Unidos.13
Scrooge se volvió a la cama, pensó y repensó pero no
se le ocurría ninguna explicació n. Cuando má s pensaba,
má s perplejo estaba, y cuanto má s procuraba no pensar,
má s pensaba en ello. El fantasma de Marley le había tras-
tornado profundamente. Cada vez que, tras madura re-
flexió n, llegaba a la conclusió n de que todo era un sueñ o,
sus pensamientos, al igual que un fuerte muelle tensa-
do, volvían a la posició n inicial y replanteaban el mismo
problema: «¿era o no era un sueñ o?».
Scrooge permaneció en tal estado hasta que las cam-
panas dieron otros tres cuartos de hora y entonces, sú -
bitamente, recordó que el fantasma le había anunciado
una aparició n cuando la campana diera la una. Decidió
permanecer alerta hasta que pasase ese tiempo. Y con-
siderando que tenía tanta posibilidad de dormirse como

13
Tras el enunciado parcial de una fó rmula de letra de cambio, alu-
de el autor a las obligaciones emitidas por diversos gobiernos de algu-
nos estados de U.S.A., en la década de 1830, con el propó sito de atraer
capital extranjero para financiar obras ferroviarias y otras obras pú -
blicas. La crisis norteamericana de 1837 obligó a muchos de esos esta-
dos a negarse a reconocer la deuda contraída.

3
de ir al cielo, tal vez aquella fuese la resolució n má s pru-
dente que podía haber adoptado.
El cuarto de hora se le hizo tan largo que en má s de
una ocasió n tuvo la impresió n de haberse adormecido sin
oír el reloj. Al fin, un repique llegó a sus oídos atentos.
«Ding, dong»
«Y cuarto», dijo Scrooge, contando.
«¡Ding, dong!»
«¡Y media!», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«Menos cuarto», dijo Scrooge.
«¡Ding, dong! »
«La hora», dijo Scrooge triunfalmente, «¡y nada de
nada!»
Había hablado antes de que sonase la campana de
las horas, que lo hizo a continuació n con una profunda,
tris- te, cavernosa y melancó lica U N A . Al instante, la
habi- tació n quedó inundada de luz y se corrieron los
cortina- jes de su cama.
Las cortinas de la cama fueron descorridas —lo ase-
guro— por una mano. No las coronas de la cabecera ni
de los pies, sino las del lado hacia el que miraba. Las cor-
tinas de la cama fueron descorridas; Scrooge se incorpo-
ró precipitadamente y, en postura semi-recostada, se en-
contró cara a cara con el visitante ultraterrenal que las
había descorrido. Estaba tan cerca de él como yo lo es-
toy de ti, lector, y en espíritu estoy a tu lado.
Era un extrañ o personaje, como un niñ o, y sin embar-
go parecía un anciano visto a través de una cierta á urea
sobrenatural que le daba el aspecto de haber ido retro-
cediendo del campo visual hasta quedar reducido a las
proporciones de un niñ o. El cabello le caía hasta los hom-
bros y era blanco; como el de un anciano, sin embargo,
no había arrugas en su rostro sino la má s aterciopelada

3
lozanía. Tenía unos brazos muy largos y musculosos,
igual que las manos, dando una impresió n de fuerza
excepcio- nal. Sus piernas y pies, al igual que los
miembros supe- riores, estaban desnudos y
maravillosamente conforma- dos. Vestía una tú nica
inmaculadamente blanca y ceñ ía su cintura un lustroso
cinturó n con hermoso brillo. En la mano llevaba una
rama verde de acebo y, en extrañ a contradicció n con tal
invernal emblema, su ropaje esta- ba salpicado de flores
estivales. Pero lo más sorprendente era el chorro de luz
fulgente que le brotaba de la coronilla y hacía visibles
todas estas cosas. También tenía un go- rro con forma
de gran matacandelas, que ahora llevaba bajo el brazo,
pero sin duda utilizaría en los momentos de
apagamiento.
Con todo, no era esto lo má s extraordinario. Cuando
Scrooge le miró con creciente atenció n vio que el cintu-
ró n destellaba y titilaba ora en un punto, ora en otro, y
donde en un instante había luz, en otro momento
estaba apagado, de manera que fluctuaba la propia
imagen del personaje: ahora era una cosa con un brazo,
ahora con una pierna, después con veinte piernas, o un
par de pier- nas sin cabeza, o una cabeza sin cuerpo. Las
partes que se disolvían estaban fundidas con las
densas tinieblas de modo que nada de ellas se podía
vislumbrar. Y lo ma- ravilloso es que reaparecía
nuevamente con má s clari- dad y nitidez que antes.
«¿Es usted, señ or, el espíritu cuya llegada se me anun-
ció ?», preguntó Scrooge.
«Yo soy».
La voz era suave y afable, curiosamente apagada, como
si en vez de estar tan cerca, hablase desde lejos.
«¿Quién y qué es usted!», preguntó Scrooge.
«Soy el fantasma de la Navidad del Pasado».

3
«¿Pasado lejano?», inquirió Scrooge mientras obser-
vaba su estatura minú scula. .
«No. Tu pasado».
Si alguien le hubiera preguntado, Scrooge tal vez no
habría sabido explicar la razó n, pero sentía un deseo
es- pecial de ver al espíritu con el gorro puesto y le rogó
que se cubriera.
«¡Qué dices!», exclamó el fantasma, «¿ya quieres apa-
gar, con tus manos mundanas, la luz que te doy? ¿No te
basta con ser uno de esos cuyas pasiones hicieron este
gorro y me han obligado a llevarlo encasquetado hasta
las cejas durante añ os y añ os?»
Con la mayor reverencia, Scrooge negó cualquier in-
tenció n de ofender y todo conocimiento de haber «enca-
potado» voluntariamente al espíritu en ningú n momen-
to de su vida.
Luego le preguntó abiertamente qué asuntos le ha-
bían llevado allí.
«¡Tu propio bien!», dijo el fantasma.
Scrooge expresó sus agradecimientos, pero sin dejar
de pensar que para alcanzar esa finalidad hubiera sido
preferible dejarle descansar toda la noche, sin sobresal-
tos. El espíritu debió de leer su pensamiento porque
dijo de inmediato:
«¡Y todavía te quejas! ¡Ten cuidado!»
Y al decir esto, extendió su poderosa mano y le aga-
rró por brazo con suavidad.
«¡Levá ntate y ven conmigo!»
De nada habría servido que Scrooge arguyera que ni
el clima ni la hora resultaban los má s adecuados para sus
propó sitos peatonales, ni que la cama estaba caliente y el
termó metro muy por debajo del punto de congelació n; ni
que iba muy ligero de ropa, en zapatillas, bata y gorro de
dormir, o que estaba sufriendo un resfriado. El apretó n,

4
aunque suave como el de una mano femenina, era
inelu- dible. Scrooge se levantó , pero al ver que el
espíritu se dirigía a la ventana se colgó de su tú nica y
suplicó :
«Yo soy hombre mortal y podría caerme».
«Basta un simple toque de mi mano ahí», dijo el espí-
ritu posá ndola sobre su corazó n, «y quedará s salvo para
esto y má s aú n».
Tras pronunciar estas palabras, atravesaron la pared
y fueron a dar a una carretera en plena campiñ a, con
cam- pos de labor a ambos lados. La ciudad se había
desvaneci- do por completo, hasta el ú ltimo vestigio. La
oscuridad y la bruma habían desaparecido con la ciudad,
dando paso a un día invernal, claro y con nieve
cubriendo el suelo.
«¡Cielo Santo!», dijo Scrooge enlazando sus manos y
observando el entorno. «¡Yo nací en este lugar! ¡Aquí pasé
mi infancia!»
El espíritu le miró de soslayo con indulgencia. El sua-
ve toquecito, aunque ligero y breve, parecía seguir afec-
tando a las sensaciones del anciano, percibía mil olores
flotando en el aire, cada cual relacionado con mil recuer-
dos, ilusiones y preocupaciones, olvidados largo, largo
tiempo atrás.
«Te tiemblan los labios», dijo el fantasma. «Y ¿qué tie-
nes en la mejilla?»
Scrooge musitó , con inusual vacilació n en la voz,
que era un grano, y rogó al fantasma que le llevara a
donde tuviera que llevarle.
«¿Recuerdas el camino?», interrogó el espíritu.
«¡Que si lo recuerdo!», exclamó Scrooge con fervor.
«Podría reconocerlo a ciegas».
«Es raro que te hayas olvidado durante tantos añ os»,
observó el fantasma. «Vá monos».
Echaron a andar por la carretera. Scrooge iba
recono- ciendo cada portilla, cada poste, cada á rbol, hasta
4
que apa-

4
reció en la lejanía un pueblecito con su puente, iglesia y
serpenteante río. Ahora veían trotar, en direcció n a ellos,
unos cuantos caballitos peludos, montados por chicos que
llamaban a otros chicos subidos en carretas y carros
condu- cidos por granjeros. Todos manifestaban gran
animació n y el ancho campo terminó llená ndose de una
mú sica tan ale- gre que hasta el aire fresco se reía al
escucharla.
«Solamente son las sombras de lo que ha sido», dijo
el fantasma. «No son conscientes de nuestra presencia».
La bulliciosa comitiva se iba acercando; Scrooge sa-
bía los nombres de todos. ¡Có mo disfrutó al verlos! ¡Qué
brillo tenían sus fríos ojos y qué palpitaciones en su cora-
zó n mientras pasaban! Se sintió inundado de gozo cuando
les oyó felicitarse por la Navidad, al despedirse en los
cruces de los caminos para ir cada cual a su hogar ¿Qué
era para Scrooge la feliz Navidad? ¡Y dale con feliz Na-
vidad! ¿Qué bien le había proporcionado a él?
«La escuela no está vacía del todo», dijo el fantasma.
«Aú n queda allí un niñ o solitario, abandonado por sus
compañ eros».
Scrooge dijo que ya lo sabía. Y sollozó .
Dejaron la carretera principal para continuar por un
sendero, bien recordado y enseguida llegaron a una man-
sió n de ladrillo rojo deslucido, con una cú pula en el
teja- do coronada por una veleta de gallo y una
campana. Era una gran casa, pero venida a menos. Las
espaciosas de- pendencias se utilizaban muy poco y las
paredes estaban hú medas y enmohecidas, las ventanas
rotas, las puer- tas vencidas. Por los establos se
contoneaban y cacarea- ban las aves de corral. La
hierba invadía cocheras y co- bertizos. El interior de la
casa no había conservado me- jor su antiguo esplendor;
cuando penetraron en el sombrío vestíbulo y dieron un
vistazo por las puertas abiertas de numerosas
habitaciones, las encontraron pobremente
4
amuebladas, frías y destartaladas. Había algo en el aire,
en la desolada desnudez del lugar, que de alguna ma-
nera se asociaba al hecho de madrugar demasiado y co-
mer muy poco.
El fantasma y Scrooge atravesaron el vestíbulo hasta
llegar a una puerta en la parte trasera de la casa. Se abrió
y dio paso a un cuarto largo, melancó lico y desnudo, des-
nudez aú n má s acentuada por las sencillas alineaciones
de bancos y pupitres. En uno de ellos, un muchacho so-
litario leía cerca de un fuego exiguo. Scrooge se sentó en
un banco y se le cayeron las lá grimas al ver su pobre y
olvidada persona tal y como había sido.
El eco latía en la casa, chilliditos y carreras de rato-
nes tras el entarimado, un goteo de la fuente semiconge-
lada del deslucido patio trasero, un susurro entre las
ramas sin hojas de un álamo desesperado, el inú til ba-
lanceo de una puerta de despensa vacía, el chisporroteo
del fuego, llegaron al corazó n de Scrooge con su influjo
enternecedor y dieron rienda suelta a sus lá grimas.
El espíritu le tocó en el brazo y señ aló hacia su joven
persona, absorta en la lectura. De pronto, apareció tras
la ventana un hombre maravillosamente real y visible,
exó ticamente ataviado, con una segur en su cinturó n y
llevando de la brida un asno cargado de leñ a.
«¡Es Alí Babá !», exclamó Scrooge extasiado. «¡Es mi
querido y honrado Alí Babá ! ¡Sí, sí, yo lo sé! Una
Navidad, cuando aquel niñ o solitario tuvo que quedarse
aquí com- pletamente solo, él vino, por primera vez,
igual que aho- ra. ¡Pobre muchacho! ¡Y Valentine y su
hermano salvaje Orson,14 ahí van! ¡Y ese otro, ¿có mo se
llama?, al que pu-

14
La historia de dos hermanos educados en ambientes dispares
(uno en estado salvaje, otro en la opulenta aristocracia), tiene diversas
variantes en las literaturas europeas. Orson es llevado a los bosques
por un oso mientras Valentine se educará en la corte.

4
Un muchacho solitario leía cerca de un fuego exiguo.
sieron en calzoncillos, dormido, en la puerta de Damas-
co. ¿No lo ves! ¡Y el caballerizo del Sultá n colocado por
los Genios boca abajo, ahí está de cabeza! ¡Se lo merecía;
me alegro, ¿quién le mete a casarse con la princesa?!15
Los hombres de negocios que conocían a Scrooge se
habrían llevado una sorpresa mayú scula si le hubiesen
visto gastar toda su energía en tales asuntos, con un tono
de voz de lo má s singular, a medio camino entre la risa
y el llanto, y si hubiesen observado su rostro excitado y
acalorado.
«¡Ahí está el Loro!», exclamó Scrooge. «El cuerpo ver-
de y la cola amarilla, con algo parecido a una lechuga
sa- liéndole de lo alto de la cabeza. ¡Ahí está ! Pobre
Robin Crusoe, le dijo cuando volvió a casa tras navegar
alre- dedor de la isla. “Pobre Robin Crusoe, ¿dó nde has
esta- do Robin Crusoe?” El hombre pensó que soñ aba,
pero no. Era el loro, ¿verdad? ¡Allá va Viernes,
corriendo hacia la pequeñ a ensenada para salvarse!
¡Vamos! ¡Corre!»
Después, con una repentina transició n, muy lejana a
su habitual cará cter, dijo compadeciéndose de su pasa-
do: «¡Pobre muchacho!», y volvió a llorar.
«Desearía...», murmuró metiendo la mano en el bol-
sillo y mirando alrededor, tras secar los ojos con la
man- ga, «pero ahora ya es demasiado tarde».
«¿De qué se trata», preguntó el espíritu.
«Nada», contestó Scrooge, «nada. Anoche, un chico es-
tuvo cantando un villancico en mi puerta. Desearía ha-
berle dado algo; eso es todo».
El fantasma sonrió pensativamente a hizo un ade-
má n con la mano mientras decía: «¡Veamos otra Navidad!»
Con estas palabras, la persona del Scrooge juvenil se
hizo mayor y la estancia se volvió un poco má s oscura y

15
Personajes y episodios de «Las Mil y Una Noches».

4
má s sucia. Los paneles encogidos, las ventanas rotas; frag-
mentos de yeso se habían desprendido del techo dejan-
do a la vista las rasillas. Pero Scrooge no sabía có mo se
habían producido estos cambios; no sabía má s que tú , lec-
tor. Lo ú nico que sabía es que era cierto, así había suce-
dido; y sabía que él estaba allí, otra vez solo, cuando to-
dos los demás chicos se habían ido a casa a pasar las fes-
tivas vacaciones.
Ahora no estaba leyendo sino dando pasos arriba y
abajo, desesperado. Scrooge miró al fantasma y con un
dolorido movimiento de negació n con la cabeza, dirigió
una mirada llena de ansiedad hacia la puerta. La puerta
se abrió y una niñ ita, de edad mucho menor que el mu-
chacho, entró como una exhalació n, le echó los brazos al
cuello y le besaba repetidamente llamá ndole «Querido,
querido hermano».
«¡He venido para llevarte a casa, querido hermano!»,
decía la niñ a palmoteando con sus manos pequeñ as y
encogida por las risas. «¡Para llevarte a casa, a casa, a
casa!»
«¿A casa, mi pequeñ a Fan?», contestó el muchacho.
«¡Sí!», dijo la niñ a desbordante de felicidad. «A casa,
a casa para siempre. Ahora padre está mucho má s ama-
ble, nuestra casa parece el cielo. Una bendita noche,
cuan- do me iba a la cama, me habló tan cariñ oso que
me atre- ví a preguntarle una vez má s si tú podrías
volver; y dijo que sí, que era lo mejor, y me mandó en
un coche a bus- carte. ¡Ya vas a ser un hombre», dijo la
niñ a, abriendo los ojos, «y nunca vas a volver aquí;
estaremos juntos toda la Navidad y será lo má s
maravilloso del mundo!»
«¡Eres toda una mujer, Fan!», exclamó el chico.
Ella palmoteaba, reía a intentó llegarle a la cabeza,
pero era demasiado pequeñ a y reía otra vez, y se puso
de puntillas para abrazarle. Luego empezó a
arrastrarle,
4
con infantil impaciencia, hacia la puerta, y él de muy
buen grado la acompañ ó .
Una voz terrible gritó en el vestíbulo «¡Bajad el baú l
del Sr. Scrooge, aquí!» Y en el vestíbulo apareció el di-
rector de la escuela en persona, observó al Sr. Scrooge
con feroz condescendencia y le estrechó las manos, su-
miéndole en un estado de terrible confusió n. A continua-
ció n condujo a Scrooge y su hermana hasta la sala de vi-
sitas má s estremecedora que se haya visto, donde los ma-
pas en la pared y los globos terrá queos y celestes en las
ventanas estaban cerú leos por el frío. Allí sacó una lico-
rera de vino sospechosamente claro, y un bloque de pas-
tel sospechosamente denso, y administró a los jó venes
«entregas» de tales exquisiteces. Al mismo tiempo, envió
fuera a un enflaquecido sirviente para que ofreciese un
vaso de «algo» al chico de la posta, quien respondió que
daba las gracias al caballero, pero si lo que le iban a dar
salía del mismo barril que ya había probado anteriormen-
te, prefería no tomarlo. El baú l del señ or Scrooge ya es-
taba amarrado en el carruaje; los niñ os se despidieron
gustosos del director de la escuela, se acomodaron en él
y rodaron alegremente hacia la curva del parque, las ve-
loces ruedas pulverizaban y rociaban de escarcha y de
nieve las oscuras hojas perennes de los arbustos.
«Fue siempre una criatura tan delicada que podía
caer- se con un soplo. ¡Pero qué gran corazó n tenía!», dijo
el fan- tasma.
«¡Sí que lo tenía!», lloró Scrooge. «Tienes razó n. No
seré yo quien lo niegue, espíritu. ¡Dios me libre!»
«Murió cuando ya era una mujer», dijo el espíritu, «y
tenía, creo, hijos».
«Un hijo», puntualizó el fantasma. «¡Tu sobrino!»
Scrooge sintió malestar y contestó solamente «sí».

4
Aunque só lo hacía un momento que había dejado atrá s
la escuela, ahora se encontraban en la bulliciosa arteria
de una ciudad, donde sombras de transeú ntes pasaban y
volvían a pasar, donde sombras de carruajes y coches lu-
chaban por abrirse paso, y donde se producía todo el tu-
multo y estrépito de una ciudad real. Por el adorno de
las tiendas se notaba claramente que también allí era el
tiempo de la Navidad. Pero era una tarde y las calles ya
estaban alumbradas.
El fantasma se detuvo en la puerta de cierto alma-
cén y preguntó a Scrooge si lo conocía.
«¡Conocerlo!», dijo, «¿Acaso no me pusieron de apren-
diz aquí?»
Ante la visió n de un viejo caballero con peluca gale-
sa, sentado tras un pupitre tan alto que si él hubiese sido
dos pulgadas má s alto su cabeza habría chocado contra
el techo, Scrooge exclamó con gran excitació n:
«¡Pero si es el viejo Fezziwig!, ¡Dios mio, es Fezziwig
vivo otra vez!»
El viejo Fezziwig posó la pluma y miró el reloj de la
pared, que señ alaba las siete. Se frotó las manos, se ajus-
tó el amplio chaleco, se rió con toda su persona, desde
la punta del zapato hasta el ó rgano de la benevolencia16
y gritó con una voz consoladora, profunda, rica, sonora
y jovial:
«¡Eh, vosotros! ¡Ebenezer! ¡Dick!»
El Scrooge del pasado, ahora ya un hombre joven, apa-
reció con prontitud acompañ ado por su compañ ero
apren- diz.
16
El médico alemá n Franz Josef Gall (1758-1829) fue el iniciador
de la escuela frenoló gica, que pretendió estudiar las funciones intelec-
tuales y el cará cter del hombre segú n la configuració n del crá neo. Cada
una de las facultades mentales y morales se asentaba en una de las
cuarenta secciones u ó rganos en que los frenó logos dividieron el
crá neo. La benevolencia se localizaba en la zona superior de la frente.

4
«¡Dick Wilkins, claro está !», dijo Scrooge al fantasma.
«Sí. Es él. Me quería mucho, Dick, ¡Pobre Dick! ¡Señ or,
señ or!» «¡Hala, chicos!», dijo Fezziwig, «se acabó el traba-
jo por hoy. ¡Nochebuena, Dick! ¡Navidad, Ebenezer! ¡A
echar el cierre!», exclamó Fezziwig con una sonora pal-
mada,¡sin esperar un momento!»
¡No se podría creer la rapidez con que los chicos se
pusieron manos a la obra! Cargaron a la calle con los cie-
rres —uno, dos, tres—, los colocaron en su sitio —cua-
tro, cinco, seis—, echaron las barras y los pasadores —
siete, ocho, nueve— y volvieron antes de poder contar
doce, trotando como caballos de carreras.
«¡Vamos allá !», exclamó Fezziwig resbalando desde
el alto pupitre con pasmosa agilidad. «¡Despejad todo,
muchachos, aquí hay que hacer mucho sitio! ¡Venga
Dick!
¡Muévete, Ebenezer!»
¡Despejad! No había nada que no quisiesen o pudie-
sen despejar bajo la mirada del viejo Fezziwig. Quedó lis-
to en un minuto. Se apartaron todos los muebles como
si se desechasen de la vida pú blica para siempre. El sue-
lo se barrió y fregó . Se adornaron las lá mparas y se amon-
tonó combustible junto al hogar, y el almacén se convir-
tió en un saló n de baile tan acogedor, caliente, seco y
brillante como uno desearía ver en una noche de invierno.
Llegó un violinista con un libro de partituras y se en-
caramó al excelso pupitre convirtiéndolo en escenario, y
al afinar sonaba como un dolor de estó mago. Entró la se-
ñ ora Fezziwig, só lida y consistente, toda sonrisas. En-
traron las tres señ oritas Fezziwig, radiantes y adorables.
Entraron los seis jó venes pretendientes cuyos corazo-
nes ellas habían roto. Entraron todos los hombres y mu-
jeres jó venes empleados en el negocio. Entró la criada,
con su primo el panadero. Entró la cocinera con el ami-
go de su hermano, el lechero. Entró el chico de enfren-

4
te, del cual se sospechaba que su patró n no le daba co-
mida suficiente; entró disimuladamente tras la chica de
la puerta siguiente a la de al lado, de la que se había
com- probado que su señ ora le daba tirones de orejas.
Todos entraron, uno tras otro. Algunos tímidamente,
otros des- caradamente; unos con gracia, otros
desmañ ados; unos tirando, otros empujando. De una a
otra forma, entraron todos. Y allí estaban veinte parejas
a la vez, de las manos media vuelta y de espalda para
atrá s; juntos en el medio y otra vez adelante; gira y gira
en diversas figuras de afec- tuosa agrupació n; la vieja
pareja de cabeza, girando siem- pre hacia el lado
equivocado; la nueva pareja de cabeza a empezar otra vez
cuando les tocaba el tumo; todos pare- jas de cabeza y
ninguna de cola. Cuando se vio el resul- tado, el viejo
Fezziwig, dando palmadas para detener la danza, gritó :
¡Muy bien!, y el violinista hundió su rostro acalorado en
un gran tanque de cerveza, especial para la ocasió n.
Sin querer má s descanso, volvió a empezar al instante,
aunque todavía no tenía bailarines, como si al violinista
anterior lo hubiesen tenido que llevar a su casa
agotado. Ahora parecía un hombre nuevo, dispuesto a
vencer o morir.
Hubo má s danzas; luego, juego de prensas y má s dan-
zas; había tarta, sangría caliente, un gran pedazo de asa-
do frío y un gran pedazo de hervido frío, pastelillos de
carne y abundante cerveza. Pero el gran efecto de la ve-
lada se produjo tras el asado y el hervido, cuando el vio-
linista (un perro viejo; la clase de persona que sabía lo
que hacía mejor que nadie) atacó los acordes de «Sir
Roger de Coverley». El viejo Fezziwig sacó a bailar a la
señ ora Fezziwig, encabezando la danza otra vez frente a
unas parejas que no se achicaban fá cilmente, gente capaz
de danzar aunque no tuviesen noció n de andar.

5
El viejo Fezziwig sacó a bailar a la señora Fezziwig.
El baile del señor Fezziwig.
(John Leech)
Pero aunque hubiesen sido muchas má s parejas, el
viejo Fezziwig habría podido medir fuerzas con todos, y
lo mismo la señ ora Fezziwig. Por lo que a ella respecta,
merecía emparejarse con él en todos los sentidos de la
palabra, y si ésta no es alabanza suficiente, dígaseme
otra y la utilizaré. Ellas brillaban como lunas en todas
las fases de la danza. No se podía predecir qué harían al
momento siguiente. Y cuando el viejo Fezziwig y señ ora
realizaron todas las figuras de la danza —avance y reti-
rada, sujetando a la pareja de las manos, inclinació n y
reverencia; movimiento en espiral; «enebra la aguja y
vuel- ve a tu sitio»—, Fezziwig «cortó »; cortó tan
gallardamente que pareció parpadear con las piernas en
el aire antes de caer de pie sin una vacilació n.
Este baile doméstico se dio por terminado cuando sona-
ron las once. El señ or y señ ora Fezziwig tomaron posi-
ciones a ambos lados de la puerta y fueron dando la mano
a todos, uno por uno, a medida que salían, y al mismo
tiem- po les desearon Felices Navidades. Lo mismo
hicieron con los dos aprendices; se fueron apagando las
voces ale- gres y los dos chicos se dirigieron a sus camas,
situadas bajo un mostrador de la trastienda.
Durante todo este tiempo Scrooge actuó como un
hom- bre fuera de sus cabales. Su corazó n y su alma
estaban puestos en la escena con su antiguo ser. Lo
corroboraba todo, recordaba todo, disfrutaba con todo,
y era presa de la má s extrañ a agitació n. Hasta que los
iluminados ros- tros de Dick y su yo anterior quedaron
fuera de la vista, no se había acordado del fantasma, y
ahora fue conscien- te de que éste le miraba
intensamente mientras la luz de su cabeza iluminaba
con brillante claridad.
«Con qué poca cosa», dijo el fantasma, «se sienten lle-
nos de gratitud esos dos tontos».
«¡Poca cosa!», repitió Scrooge.

5
El espíritu le hizo señ a de que escuchase a los dos
aprendices, que se deshacían en alabanzas de Fezziwig.
Después dijo:
«¡Pero si es cierto! No ha hecho más que gastarse unas
pocas libras de tu dinero mortal, tal vez tres o cuatro.
¿Merece por eso tal gratitud?»
«No es así», dijo Scrooge irritado con la observació n y
hablando sin querer como su yo pasado y no como el ac-
tual.
«No se trata de eso, espíritu. Tenía la facultad de ha-
cernos felices o desgraciados, de hacer nuestro trabajo
agradable o pesado, un placer o un tormento. Su facul-
tad estaba en las palabras y en las miradas, en cosas tan
insignificantes y sutiles que resulta imposible valorar-
las. La felicidad que proporciona vale má s que una for-
tuna».
Percibió la mirada del espíritu y se calló .
«¿Qué sucede?», preguntó el espíritu.
«Nada de particular», dijo Scrooge.
«Yo pienso que sí», insistió el fantasma.
«No», dijo Scrooge, «No. Me gustaría tener la oportuni-
dad de decirle un par de cosas a mi escribiente ahora mis-
mo. Eso es todo».
Mientras formulaba este deseo, su ser del pasado
apa- gaba las lá mparas. Scrooge y el fantasma volvieron
a que- dar al aire libre.
«Me queda poco tiempo, observó el espíritu. «¡Rá pi-
do!»
No se dirigía a Scrooge ni a nadie visible, pero pro-
dujo un efecto inmediato. Scrooge volvió a contemplarse
otra vez. Ahora tenía má s edad, un hombre en plenitud
de vigor. Su rostro no presentaba los agrios y rígidos ras-
gos de añ os posteriores, pero empezaba a mostrar sig-
nos de preocupació n y avaricia. Sus ojos tenían una movi-

5
lidad ansiosa, codiciosa, incesante, que indicaba la pasió n
que en él se había enraizado y seguiría creciendo.
No estaba solo. Una joven rubia y vestida de luto
esta- ba sentada junto a él; en sus ojos había lá grimas
que bri- llaban a la luz del fantasma de la Navidad del
pasado.
«¿Qué ídolo te ha desplazado?», replicó él.
«Uno de oro».
«¡Pero si es la actividad má s imparcial del mundo!»,
dijo él. «Nada hay peor que la pobreza y no hay por qué
condenar con tal severidad la bú squeda de la riqueza».
«Tienes demasiado miedo al mundo», dijo ella dulce-
mente. «Todas las demá s ilusiones las has sepultado con
la ilusió n de quedar fuera del alcance de los só rdidos re-
proches del mundo. Has visto sucumbir, una tras otra,
aun má s nobles aspiraciones hasta quedar devorado por
la pasió n principal, el Lucro. ¿No es cierto?»
«¿Y qué?», replicó él. «¡Y qué si ahora soy mucho má s
listo? Contigo nada ha cambiado».
Ella negó con la cabeza.
«¿En qué he cambiado?’, preguntó él.
«Nuestro compromiso fue hace tiempo. Se hizo cuan-
do ambos éramos pobres y conformes con serlo hasta que,
con mejores tiempos, pudiéramos mejorar de fortuna con
paciente labor. Tú eres lo que ha cambiado. Cuando nos
comprometimos eras otro hombre».
«Era un muchacho», dijo él con impaciencia.
«Tu propio sentido lo dice que no eres el mismo», re-
plicó ella. «Yo sí. Aquella que prometió felicidad cuando
no éramos má s que un solo corazó n, está abrumada por
el dolor ahora que somos dos. No sabes cuá n a menudo y
con qué profundidad lo he pensado. Me basta con haberlo
tenido que pensar para que te libere de tu compromiso».
«¿Acaso te lo he pedido?»
«Con palabras, no. Nunca».

5
«Entonces, ¿có mo?»
«Con una naturaleza cambiada, con un espíritu alte-
rado, otra atmó sfera vital, otra Ilusió n como gran meta.
Con todo aquello que había hecho mi amor valioso a tus
ojos. Si entre nosotros no hubiera existido esto», dijo la
joven mirá ndole dulcemente pero con fijeza, «contésta-
me, ¿me habrías buscado y habrías intentado conquistar-
me? ¡Ah, no!»
É l, sin poderlo evitar, pareció rendirse a la justicia
de sus suposiciones. Pero hizo un esfuerzo para decir:
«No pienses así».
«Con mucho gusto pensaría de otro modo si pudiera»,
respondió , «¡bien lo sabe Dios! Tras haber constatado una
verdad como ésta, sé lo fuerte a irresistible que debe ser.
Pero si hoy, mañ ana, ayer, estuvieses libre de compro-
misos, ¿podría yo creerme que ibas a elegir a una chica
sin dote, tú , que todo lo mides por el rasero del Lucro?
O si la eligieses, traicionando tus propios principios, sé
que pronto te arrepentirías y lo lamentarías. Por eso te
devuelvo tu libertad. De todo corazó n, por el amor de
aquel que fuiste un día».
É l estaba a punto de decir algo, pero ella prosiguió
apartando su mirada:
«Es posible que te duela, casi lo deseo en memoria de
nuestro pasado. Transcurriría un tiempo muy, muy cor-
to y lo olvidará s todo, gustosamente, como si te desper-
tases a tiempo de un sueñ o improductivo. ¡Que seas fe-
liz con la vida que has elegido!»
Ella le dejó y se separaron.
«¡Espíritu, no quiero ver má s!», dijo Scrooge. Lléva-
me a casa. ¿Por qué te complaces torturándome?»
«¡Só lo una imagen má s!», exclamó el fantasma.
«¡Ni una má s!», gritó Scrooge. «¡Basta! ¡No quiero ver-
lo! ¡No me muestres má s!»

5
Pero el implacable fantasma le aprisionó entre sus
brazos y le obligó a observar lo que sucedió a continua-
ció n.
Era otra escena y otro lugar: una habitació n no muy
grande ni elegante, pero llena de confort. Junto a la chi-
menea invernal se hallaba sentada una bella joven tan
parecida a la anterior que Scrooge creyó que era la mis-
ma hasta que la vio a ella, ahora matrona atractiva, sen-
tada frente a su hija. En aquella estancia el ruido era
completo tumulto pues había más niñ os allí de los que
Scrooge, con su agitado estado mental, podía contar. Y,
al contrario que en el celebrado rebañ o del poema,17 no
se trataba de cuarenta niñ os comportándose como uno
solo, sino que cada uno de los niñ os se comportaba como
cuarenta. Las consecuencias eran tumultuosas hasta ex-
tremos increíbles, pero no parecía importarle a nadie;
por el contrario, la madre y la hija se reían con todas las
ganas y lo disfrutaban. La hija pronto se incorporó a los
juegos y fue asaltada por los jó venes bribones de la ma-
nera má s despiadada. ¡Lo que yo habría dado por ser uno
de ellos! ¡Claro que yo nunca habría sido tan bruto, no,
no! Por nada del mundo habría despachurrado aquel ca-
bello trenzado ni le habría arrancado de un tiró n el pre-
cioso zapatito. ¡De ninguna manera! Lo que sí habría he-
cho, como hizo aquella intrépida y joven nidada, es tan-
tear su cintura jugando; me habría gustado que, como cas-
tigo, mi brazo hubiera crecido en torno a su cintura y nun-
ca pudiera volver a enderezarse. Y también me habrá en-

17
William Wordsworth, poeta inglés (1770-1850), junto con
Samuel Taylor Coleridge (1772-1834), escribió en 1798 Baladas líricas,
que son un auténtico manifiesto del romanticismo. En Escrito en
Marzo dice:
Pastan los ganados
Sin levantar cabeza
¡Comen cuarenta como uno tan solo!

5
cantado tocar sus labios y haberle hecho preguntas para
que los abriese; haber mirado las pestañ as de sus ojos
bajos sin provocar un rubor; haber soltado las ondas de
su pelo y conservar un mechó n como recuerdo de valor
incalculable; en suma: me habría gustado, lo confieso, ha-
berme tomado las libertades de un niñ o siendo un hom-
bre capaz de conocer su valor.
Pero ahora se escuchó una llamada en la puerta, inme-
diatamente seguida de tales carreras que ella, con un ros-
tro risueñ o y el vestido arrebatado, fue arrastrada hacia
el centro de un acalorado y turbulento grupo justo a tiem-
po para saludar al padre que llegaba al hogar, auxiliado
por un hombre cargado de juguetes navideñ os y regalos.
Luego todo fue vocear, luchar y asaltar violentamente al
indefenso porteador. Le escalaron con sillas, bucearon
en sus bolsillos, le expoliaron los paquetes envueltos en
papel marró n, le sujetaron por la corbata, se le colgaron
del cuello, aporrearon su espalda, y le dieron patadas
en las piernas con un amor irreprimible. ¡Las exclama-
ciones de admiració n y contento que siguieron a cada
apertura de paquete! ¡La terrible noticia de que habían
sorprendido al bebé en el momento de llevarse a la boca
una sartén de juguete, y se sospechaba con mucho fun-
damento que se había tragado un pavo pegado a una plan-
chita de madera! ¡El alivio inmenso al descubrir que era
una falsa alarma! ¡El gozo, la gratitud, el éxtasis! No es
posible describirlos. Baste decir que, por orden de gra-
dació n, los niñ os y sus emociones salieron del saló n y,
de uno en uno, se fueron por una escalera a la parte má s
alta de la casa; allí se metieron en la cama y, por consi-
guiente, se apaciguaron.
Y ahora Scrooge miró con mayor atenció n que nun-
ca, cuando el señ or de la casa, con su hija cariñ osamente
apoyada en él, se sentó con ella y con la madre en su si-

5
tio junto al fuego. A Scrooge se le nubló la vista cuando
pensó que una criatura tan grá cil y llena de promesas
como aquella podría haberle llamado «padre» y ser una
primavera en el macilento invierno de su vida.
«Belle», dijo el marido volviéndose sonriente hacia su
mujer, «esta tarde he visto a un viejo amigo tuyo».
«¿Quién era?»
«No sé... ¡Ya lo sé!», añ adió de un tiró n, riendo sin pa-
rar. «El señ or Scrooge».
«Era el señ or Scrooge. Pasé por delante de su despa-
cho y como tenía encendida la luz, casi no pude evitar el
verle. He oído decir que su socio se está muriendo y allí
estaba él solo, sentado. Solo en la vida, creo yo».
«¡Espíritu!», dijo Scrooge con la voz quebrada, «sá ca-
me de aquí».
«Te he dicho que éstas eran sombras de las cosas que
han sido», dijo el fantasma. «Son lo que son ¡No me eches
la culpa!»
«¡Sá came!», exclamó Scrooge. «¡No lo resisto!»
Se giró hacia el fantasma y viendo que le contempla-
ba con un rostro en el que, de cierto modo extrañ o, ha-
bía fragmentos de todos los rostros que le había mostra-
do, forcejeó con él.
«¡Déjame! ¡Llévame de vuelta! ¡No sigas hechizá ndo-
me!»
En el forcejeo, si se puede llamar forcejeo aunque el
fantasma, sin resistencia notaria por su parte, no pare-
cía afectado por los esfuerzos de su adversario, Scrooge
observó que su luz era intensa y brillante; vagamente aso-
ció este hecho con el influjo que sobre él ejercía, y agarró
el gorro-apagador y, con un movimiento repentino, se le
incrustó en la cabeza.
El espíritu cayó debajo, de manera que el apagador
le cubrió totalmente. Pero aunque Scrooge lo presiona-

5
ba con todas sus fuerzas, no pudo apagar la luz, que salía
por debajo en chorro uniforme sobre el suelo.
Se sentía agotado y vencido por un irresistible
sopor; también se dio cuenta de que estaba en su
propio dormi- torio. Dio un ú ltimo empujó n al gorro y
su mano se rela- jó ; apenas tuvo tiempo de llegar
tambaleante a la cama antes de hundirse en un sueñ o
profundo.

6
Scrooge apaga al primero de los tres espíritus.
(John Leech)
III. EL SEGUNDO DE LOS TRES ESPÍRITUS

CUANDO se despertó en medio de un prodigioso ronquido


y se sentó en la cama para aclarar sus ideas, nadie podía
haber avisado a Scrooge de que estaba a punto de dar la
una. Supo que había recobrado la conciencia justo a tiem-
po para mantener una entrevista con el segundo mensa-
jero, que se le enviaba por mediació n de Jacob Marley.
Pero sintió un frío desagradable cuando empezó a pre-
guntarse qué cortina descorrería el nuevo espectro; por
eso las recogió todas él mismo, se tumbó de nuevo y diri-
gió una cortante ojeada en torno a su cama. Quería plan-
tar cara al espíritu cuando apareciera y no deseaba que
le cogiera desprevenido porque se pondría nervioso.
Los caballeros del tipo poco ceremonioso, que se jac-
tan de conocer bien la aguja de marcar a cualquier hora
del día o de la noche, expresan su amplia capacidad
para la aventura diciendo que son buenos para
cualquier cosa, desde jugar a «cara o cruz» hasta
cometer un asesinato; entre estas dos actividades
extremas, qué duda cabe, hay toda una amplia gama.
Sin atreverme a decir otro tanto de Scrooge, no es
equivocado pensar que estaba prepa-
rado para recibir una gran variedad de extrañ as apari-
ciones y que nada, desde un bebé hasta un rinoceronte,
le habría cogido muy de sorpresa.
Ahora bien, al estar preparado para casi todo, en modo
alguno estaba preparado para nada. Por consiguiente,
cuando la campana dio la una y no apareció ninguna
for- ma, Scrooge fue presa de violentos temblores.
Cinco mi- nutos, diez, un cuarto de hora, una hora... y
nada. Todo ese tiempo permaneció tendido encima de
la cama, que se había convertido en origen y centro
del resplandor de luz rojiza que había fluido sobre ella
cuando el reloj proclamó la hora; al no ser má s que
luz resultaba má s alarmante que una docena de
fantasmas porque él era incapaz de adivinar su
significació n y su propó sito. En algunos momentos,
Scrooge temió hallarse en el momen- to culminante de
un interesante caso de combustió n es- pontá nea,18 sin
tener el consuelo de saberlo. Sin embar- go, al final
acabó pensando —como usted o yo hubiéra- mos
pensado desde el principio, pues la persona que no está
metida en el problema es quien mejor sabe lo que se
debe hacer—, al final, como decía, acabó pensando que
tal vez encontraría la fuente y el secreto de esta luz fan-
tasmal en la habitació n de al lado, donde parecía
resplan- decer. Cuando esta idea acaparó toda su
mente, se levan- tó sin ruido y se deslizó en sus
zapatillas hasta la puerta. En el momento de asir la
manilla de la puerta, una voz le llamó por su nombre
y le ordenó entrar. Scrooge
obedeció .
Era su propio saló n, sin duda alguna, pero había su-
frido una transformació n sorprendente. El techo y las
paredes estaban tan cubiertos de vegetació n que pare-

Dickens compartió con amplios sectores de població n la creencia


18

en una muerte repentina ocasionada por un sú bdito «incendio» de los


elementos químicos del cuerpo humano enfermo.
6
cía un bosquecillo donde brillaban por todos lados bayas
chispeantes. Las frescas y tersas hojas de acebo, muér-
dago y yedra reflejaban la luz como si se hubiesen espar-
cido allí y allá numerosos espejitos, y en la chimenea ru-
gían tales llamaradas como nunca había conocido aquel
triste hogar petrificado en vida de Scrooge, de Marley,
ni en muchos, muchísimos inviernos atrás. En el suelo,
amontonados en forma de trono, había pavos, ocas, caza,
pollería, adobo, grandes perniles, lechones, largas ristras
de salchichas, pastelillos de carne, tartas de ciruela, cajas
de ostras, castañ as de color rojo intenso, manzanas de
rojo encendido, naranjas jugosas, deliciosas peras, in-
mensos pasteles de Reyes19 y burbujeantes boles de pon-
che que empañ aban la estancia con sus efluvios delicio-
sos. Có modamente instalado sobre todo ello, estaba sen-
tado un Gigante festivo, de esplendoroso aspecto, que
sostenía una antorcha encendida, parecida a un cuerno
de la Abundancia; la sostenía muy alta para que la luz
cayera sobre Scrooge cuando cruzó la puerta y miró de
hito en hito.
«¡Entra!», exclamó el fantasma. «¡Entra y me recono-
cerá s mejor!»
Scrooge avanzó tímidamente a inclinó la cabeza
ante el espíritu. Ya no era el obstinado Scrooge de
antes, y aunque los ojos del espíritu eran francos y
amables, no le gustó encontrarse con aquella mirada.
«Soy el fantasma de la Navidad del Presente», dijo el
espíritu. «¡Mírame!»
Scrooge lo hizo reverentemente. Estaba vestido con
una simple tú nica, o manto, de color verde oscuro, ribe-
teado con piel blanca. Esta prenda le quedaba muy hol-
gada, dejando al descubierto su ancho pecho como si des-
19
«Twelfth-Cakes». «Twelfíh-night» es la víspera de la fiesta de
Epi- fanía.

6
deñ ara protegerse u ocultarse con cualquier artificio. Sus
pies, visibles bajo los amplios pliegues del manto, tam-
bién estaban desnudos, y en la cabeza no llevaba má s co-
bertura que una guirnalda de acebo salpicada de brillan-
tes cará mbanos. Sus bucles, de color castañ o oscuro, eran
largos y caían libremente, libres como su rostro cordial;
su chispeante mirada, su mano generosa, su animada voz,
sus ademanes espontá neos y su aire festivo. Ceñ ía su cin-
tura una antigua vaina, pero sin espada, y la antigua fun-
da estaba herrumbrosa.
«¡Nunca habías visto nada como yo!», exclamó el es-
píritu.
«Jamás», logró responder Scrooge.
«¿Nunca has salido con los miembros más jó venes de
mi familia; quiero decir —porque yo soy muy joven— mis
hermanos mayores, nacidos en estos ú ltimos añ os?», pro-
siguió el fantasma.
«Creo que no», dijo Scrooge. «Me temo que no. ¿Tie-
nes muchos hermanos, espíritu?»
«Má s de mil ochocientos», dijo el fantasma.
«¡Familia tremenda de mantener!», murmuró Scrooge.
El fantasma de la Navidad del Presente se levantó .
«Espíritu», dijo Scrooge sumisamente, «condú ceme a
donde desees. Anoche me llevaron a la fuerza y aprendí
una lecció n que ahora estoy aprovechando. Este noche,
si tienes algo que enseñ arme, lo aprenderé con prove-
cho».
«¡Toca mi manto!»
Scrooge hizo lo que se le indicó con mano firme.
Acebo, muérdago, bayas rojas, yedra, pavos, ocas, caza,
pollos, adobo, ternera, lechones, salchichas, ostras, pasteli-
llos, tartas; fruta y ponche desaparecieron instantá nea-
mente. También desapareció la habitació n, el fuego, el
rojizo resplandor, la hora de la noche, y ellos estaban en

6
El tercer visitante de Scrooge.
(John Leech)
las calles de la ciudad en la mañ ana del día de Navidad.
El tiempo era crudo y la gente hacía una especie de
mú si- ca chocante, pero viva y nada desagradable, al
quitar la nieve de la acera de sus casas y de los tejados;
para los chicos era una delicia total ver có mo caía la
nieve explo- tando en la calle y salpicando con
pequeñ os aludes arti- ficiales.
En contraste con la blanca y lisa capa de nieve de los
tejados y con la nieve má s sucia del suelo, las fachadas
de las casas parecían negras y las ventanas todavía má s
negras. En la calle, las pesadas ruedas de coches y ca-
rros habían arado con profundas rodadas la ú ltima nie-
ve caída, y esos surcos se cruzaban y entrecruzaban
cien- tos de veces en las intersecciones de las grandes
arte- rias y formaban intrincados canales, difíciles de
rastrear, en el espeso lodo amarillo y agua helada. El
cielo estaba oscuro y las calles má s cortas taponadas
por una neblina negruzca, medio derretida, medio
helada, cuyas partí- culas má s pesadas caían cual ducha
de á tomos de hollín; parecía que todas las chimeneas de
Gran Bretañ a se ha- bían puesto de acuerdo para
encenderse a la vez y estu- viesen disparando a
discreció n para satisfacció n de sus queridos fogones.
En el clima de la ciudad no había nada alegre; no
obstante, flotaba en el aire un jú bilo muy supe- rior al
que podría producir el sol má s brillante y el aire má s
límpido del verano.
La gente que paleaba la nieve en los tejados estaba
llena de jovialidad y cordialidad; se llamaban unos a
otros desde los parapetos y, de vez en cuando,
intercambiaban bolazos de nieve —proyectil bastante
má s inofensivo que muchos comentarios jocosos—,
riendo con todas las ga- nas si daba en el blanco y con no
menos ganas si fallaba. Las tiendas de los polleros
todavía estaban medio abier- tas y las de los fruteros
irradiaban sus glorias. Allí ha-
6
bía grandes cestos de castañ as redondos, panzudos como
viejos y alegres caballeros, recostados en las puertas y
desbordando hacia la calle en su apoplética opulencia.
Había rojizas cebollas de Españ a, de rostro moreno y
am- plio contorno, de gordura reluciente como frailes
espa- ñ oles que, desde los estantes, guiñ aban el ojo con
irres- ponsable malicia a las chicas que pasaban y luego
eleva- ban la mirada serena al muérdago colgado. Había
peras y manzanas, apiladas en espléndidas pirá mides.
Había racimos de uvas colgando de ganchos conspicuos
por la buena intenció n de los tenderos, para que a la
gente se le hiciera la boca agua, gratis, al pasar; también
había pilas de avellanas, marrones, aterciopeladas, con
una fragancia que evocaba los paseos por los bosques y el
agra- dable caminar hundido hasta los tobillos entre las
hojas secas; había manzanas de Norfolk, regordetas y
atezadas, resaltando entre el amarillo de naranjas y
limones y, con la gran densidad de sus cuerpos jugosos,
pidiendo a gri- tos que se las llevasen a casa en bolsas
de papel para co- merlas después de la cena. Hasta los
peces dorados y plateados, desde una pecera expuesta
entre los exquisi- tos frutos, y a pesar de pertenecer a
una especie sosa y aburrida, parecían saber que algo
estaba sucediendo y daban vueltas y má s vueltas en su
pequeñ o mundo con la excitació n lenta y
desapasionada propia de los peces.
¡Y en las tiendas de ultramarinos! ¡Ah, los ultramarinos!
A punto de cerrar, con uno o dos cierres ya echados, pero
¡qué visiones por los huecos! Los platillos de las balan-
zas golpeaban el mostrador con alegre sonido; el rollo de
bramante desaparecía con rapidez; los enlatados tabletea-
ban arriba y abajo como en manos de un malabarista; los
mezclados aromas del té y el café eran una delicia para
el olfato; estaba lleno de pasas extrañ as, almendras blan-
quísimas, largos y derechos palos de canela y otras es-

6
pecias delicadas, y los frutos confitados, bien cocidos y
escarchados con azú car, hacían sentir desvanecimien-
tos, y después una sensació n biliosa, incluso a los espec-
tadores má s fríos. Los higos estaban hú medos y pulposos,
las ciruelas francesas se ruborizaban con modesta acri-
monia desde sus cajas tan ornamentadas. Todos los co-
mestibles eran magníficos y bien presentados para la
Navidad. Pero eso no era todo. Los clientes estaban tan
apresurados y agitados con la esperanzadora promesa
del día que tropezaban unos con otros en la puerta, entre-
chocaban sus cestos, olvidaban la compra en el mostra-
dor y volvían corriendo a recogerla, cometiendo cientos
de equivocaciones de esa clase con el mejor humor. El
especiero y sus dependientes eran tan campechanos y
bien dispuestos que los pulidos corazones con que ata-
ban sus mandilones por detrás podrían haber sido sus
propios corazones, llevados por fuera para inspecció n ge-
neral y para ser picoteados por cuervos navideñ os si así
lo prefiriesen.20
Pero pronto los campanarios llamaron a la oració n
en iglesias y capillas, y allá se fue la buena gente en
mul- titud por las calles, con sus mejores galas y su má s
jubilosa expresió n. Y al mismo tiempo, desde muchas
callejue- las, pasadizos y bocacalles sin nombre,
emergieron in- numerables personas que llevaban su
cena a asar en las panaderías. El espíritu parecía estar
muy interesado por estos pobres festejadores, pues se
detuvo con Scrooge junto a la entrada de una panadería
para levantar las cubiertas de las cenas que
transportaban y las rociaba de incienso con su
antorcha. La antorcha era de una cla- se muy poco
corriente, pues en una o dos ocasiones en que algunos
de los que acarreaban las cenas tropezaron

20
Alude a la primera escena del primer acto de Otelo (Shakespeare).

6
con otros y hubo palabras mayores, el espíritu los roció
con unas gotas de agua de la antorcha, y de inmediato
recuperaron el buen humor; decían que era una vergü en-
za disputar en el día de Navidad. ¡Y era muy cierto!
Las campanas dejaron de sonar y se cerraron las pana-
derías, pero permaneció una confortante y vaga repre-
sentació n de todas esas cenas en el derretido manchó n
de humedad sobre cada horno de panadero, donde el sue-
lo todavía humeaba como si se estuvieran cociendo las
losas.
«¿Tiene algú n sabor especial eso que salpicas con la
antorcha?», preguntó Scrooge.
«Sí lo tiene. Mi propio sabor».
«¿Serviría para cualquier cena de hoy?», preguntó
Scrooge.
«Para cualquiera que se celebre con afecto. Pero má s
para una cena pobre».
«¿Por qué má s para una pobre?», preguntó Scrooge.
«Porque lo necesita má s».
«Espíritu», dijo Scrooge tras un momento de vacila-
ció n, «de todos los seres que hay en los muchos mundos
que nos rodean, me asombra que seas tú el que má s de-
sea restringir las oportunidades de esa gente para dis-
frutar inocentemente».
«¡Yo!», exclamó el espíritu.
«Les quitarías sus medios para poder cenar cada
sép- timo día, a menudo el ú nico día en que se puede
decir que cenan», dijo Scrooge, «¿verdad?»
«¡Yo!», exclamó el espíritu.
«¿No quieres que se cierren estos locales los días del
Señ or?», dijo Scrooge. «Pues llegas al mismo resultado».
« ¡Que yo quiero!», exclamó el fantasma.
«Perdó name si me equivoco. Se ha hecho en tu nom-
bre o, al menos, en el de tu familia», dijo Scrooge.

7
«En esta tierra tuya hay algunos», replicó el espíritu;
«que pretenden conocernos y que cometen sus actos de
pasió n, orgullo, mala voluntad, odio, envidia, beatería y
egoísmo en nuestro nombre; pero son tan ajenos a noso-
tros y nuestro género como si nunca hubieran vivido. Re-
cuerda esto y échales la culpa a ellos, no a nosotros».21
Scrooge prometió que así lo haría y se marcharon,
invisibles igual que antes, hacia los suburbios de la ciu-
dad. Una notable cualidad del fantasma (Scrooge la ha-
bía observado en la panadería) consistía en que, pese a
su talla gigantesca, podía acoplarse a cualquier sitio fá -
cilmente, y mantenía su gracia de criatura sobrenatural
tanto si el techo era muy bajo como si se encontraba en
un grandioso vestíbulo.
Y tal vez por el placer que el buen espíritu encontra-
ba en demostrar esa facultad, o bien por su propia na-
turaleza generosa, afable, cordial, y su simpatía por los
pobres, condujo a Scrooge asido a su manto directamen-
te a casa de su escribiente. En el umbral, el espíritu son-
rió y se detuvo para bendecir el hogar de Bob Cratchit
con las aspersiones de su antorcha. ¡Imagínate! Bob só lo
ganaba quince «pavos»22 a la semana; los sá bados no se
em- bolsaba má s que quince copias de su propio nombre,
¡y a pesar de todo el fantasma de la Navidad del Presente
bendijo su casa de cuatro habitaciones!
21
En el pró logo (no disponible en esta edició n) hemos aludido a la
batalla librada por Dickens contra Sir Andrew Agnew, que había in-
tentado varias veces que la Cá mara de los Comunes aprobase —en
nom- bre de principios cristianos— una Ley de Observancia
Dominical; tal norma obligaría al cierre de las panaderías, cuyos
hornos eran el ú nico medio de las familias pobres para asar la carne
y las patatas que cons- tituían la comida principal de la semana.
22
Bob had but fifteen «Bob» a-week...» Ademá s de apelativo de Ro-
bert también significa «chelín» o «chelines». Con anterioridad a la
intro- ducció n del sistema decimal, la libra esterlina se subdividía en
veinte chelines y cada chelín en doce peniques; la moneda de media
corona valía dos chelines y seis peniques.

7
La señ ora Cratchit, esposa de Bob Cratchit, engala-
nada pobremente con un vestido al que ya le había dado
la vuelta dos veces, pero esplendoroso en cintas (baratas
y muy lucidas por cuatro perras), se levantó y puso el
mantel ayudada por Belinda Cratchit, la segunda de sus
hijas, igualmente aderezada con lazos. Mientras tanto,
el señ orito23 Peter Cratchit hundía un tenedor en la ca-
zuela de las patatas y se metía en la boca los picos de su
monstruoso cuello de camisa (propiedad privada de Bob,
transferida a su hijo y heredero en honor a la festividad
del día), encantado de encontrarse tan elegantemente
ataviado y ansioso por exhibirse en los parques y paseos
de moda. Y ahora dos pequeñ os Cratchit, niñ o y niñ a, lle-
garon corriendo precipitadamente y gritando que habían
olido la oca fuera de la panadería y que sabían que era
la suya; entre placenteros pensamientos de cebolla y sal-
via, estos jó venes Cratchit bailaban en torno a la mesa y
ensalzaban al señ orito Peter Cratchit mientras él (sin
orgullo, aunque el cuello casi le estrangulaba) atizaba el
fuego hasta que el lento hervor de las patatas sonó fuer-
te al chocar con la tapadera y quedaron listas para sa-
car y pelar.
«¿Qué estará haciendo vuestro dichoso padre?», de-
cía la señ ora Cratchit. «Y vuestro hermano, Tiny Tim; ¡y
Martha ya había llegado hace media hora, el añ o pasa-
do!»
«¡Aquí está Martha, madre! », dijo una chica apare-
ciendo por la puerta.
«¡Aquí está Martha, madre!», gritaron los dos
Cratchit pequeñ os. «¡Hurra! ¡Martha, hay una oca...!»

23
Los criados a otros subordinados daban a los niñ os y adolescen-
tes varones el tratamiento de «master».

7
«¡Ay, mi niñ a querida, qué tarde vienes!», dijo la se-
ñ ora Cratchit besándola una y otra vez, y quitá ndole el
chal y el sombrerito con celo oficioso.
«Anoche tuvimos que terminar un montó n de traba-
jo», respondió la chica, «y esta mañ ana despacharlo, ma-
dre». «¡Bueno! Ahora ya está s aquí y eso es lo que impor-
ta», dijo la señ ora Cratchit. «Siéntate junto al fuego para
entrar en calor, cariñ o».
«¡No, no! ¡Ya viene padre!», gritaron los dos jó venes
Cratchit que estaban en todo. «¡Escó ndete, Martha, es-
có ndete!»
Martha así lo hizo antes de que entrase Bob, el pa-
dre, con tres pies de bufanda,24 cuando menos, por todo
abrigo, colgá ndole por delante, y su gastada indumenta-
ria bien remendada y cepillada para guardar una apa-
riencia adecuada, y en sus hombros Tiny Tim. ¡Ay, Tiny
Tim!: llevaba una pequeñ a muleta y sus piernas
enfunda- das en armazones de hierro.
«¿Dó nde está Martha?», exclamó Bob Cratchit miran-
do alrededor.
«No va a venir», dijo la señ ora Cratchit.
«¡Que no va a venir!», dijo Bob con sú bito desánimo,
pues había traído a Tim a caballo todo el trayecto desde
la iglesia y había llegado a casa desenfrenado. «¡No ve-
nir el día de Navidad?»
Martha no quería verle disgustado, ni siquiera por
broma, de manera que salió antes de tiempo de su
escon- dite tras la puerta del armario y corrió a sus
brazos, mien- tras los dos pequeñ os Cratchit se
apoderaron de Tiny Tim y le arrastraron hasta el
lavadero para que pudiera es- cuchar el sonido del
pudding de Navidad metido en el barreñ o.

24
Véase nota 12.

7
Había traído a Tim a caballo todo el trayecto desde la iglesia.
«¿Y qué tal se portó Tiny Tim?», preguntó la señ ora
Cratchit cuando Bob ya se había recuperado del susto y,
muy contento, había estrechado a su hija entre sus bra-
zos.
«Tan bueno como un santo o más», dijo Bob. «Al estar
sentado solo tanto tiempo, se vuelve pensativo y piensa
las cosas má s extrañ as que se puedan imaginar. Cuando
volvíamos a casa me dijo que esperaba que la gente se
fijase en él en la iglesia porque está tullido, y para ellos
sería agradable recordar en el día de Navidad a quien
hizo andar a los mendigos cojos y ver a los ciegos».
La voz de Bob era trémula al contarlo, y todavía tem-
bló má s cuando dijo que Tiny Tim estaba creciendo fuer-
te y sano.
Antes de que se hablase otra palabra, se oyeron los
golpes de la activa muletita contra el suelo y Tiny Tim
regresó escoltado por su hermano y su hermana hasta su
taburete junto a la chimenea; mientras tanto, Bob, reco-
giendo las mangas —como si, ¡pobre hombre!, pudieran
quedar todavía má s raídas— preparó un brebaje calien-
te de ginebra y limones en una jarra, lo revolvió a con-
ciencia y lo puso a calentar en la chapa de la cocina. El
señ orito Peter y los dos ubicuos Cratchit pequeñ os se
fueron a recoger la oca y con ella regresaron pronto en
animada procesió n.
Sobrevino una excitació n tal que cualquiera hubiera
creído que una oca era la má s rara de las aves, un fenó -
meno plumoso, a cuyo lado un cisne negro resultaría de
lo má s vulgar; y en realidad, en aquella casa era algo
así. La señ ora Cratchit puso la salsa (preparada de
antema- no en una pequeñ a salsera) casi hirviente; el
señ orito Peter hizo puré las patatas con increíble
energía; la se- ñ orita Belinda endulzó la salsa de
manzana; Martha limpió las fuentes; Bob puso a su lado
a Tiny Tim en una

7
esquina de la mesa; los dos jó venes Cratchit colocaron
sillas para todo el mundo, sin olvidarse de sí mismos, y
montando guardia en sus puestos mantenían la cuchara
en la boca para no chillar pidiendo oca antes de que les
llegara el turno de servirse. Por fin se trajeron las fuen-
tes y se bendijo la mesa. Luego siguió una pausa en la
que no se les oía ni respirar, mientras la señ ora Crat-
chit, mirando lentamente a lo largo del trinchante, se
preparaba para hincarlo en la pechuga; pero en cuanto
lo hizo, cuando brotó el esperado borbotó n del relleno,
se alzó un clamor de delectació n por toda la mesa, a in-
cluso Tiny Tim, excitado por los dos Cratchit pequeñ os,
golpeó el tablero con el mango del cuchillo y gritó débil-
mente: «¡Hurra!»
Nunca hubo una oca como aquella. Bob decía que no
podía creer que se hubiera cocinado jamá s una oca como
aquella. Su sabor, ternura, tamañ o y bajo precio fueron
temas de universal admiració n. Acompañ ada por la sal-
sa de manzana y el puré de patata, fue cena suficiente
para toda la familia; y má s aú n, como dijo muy contenta
la señ ora Cratchit supervisando una pequeñ a partícula
de hueso en una fuente, ¡no se la habían acabado! El he-
cho es que cada cual tomó lo suficiente, y en especial los
pequeñ os Cratchit se habían atiborrado de cebolla y sal-
via25 hasta las cejas. Pero ahora la señ orita Belinda cam-
bió los platos mientras la señ ora Cratchit salía del cuar-
to sola —demasiado nerviosa para soportar testigos—
para sacar el pudding y traerlo a la mesa.
¡Supongamos que no esté bien cocido! ¡Supongamos
que se rompa al sacarlo! ¡Supongamos que alguien haya
saltado la pared del patio y lo haya robado mientras fes-
tejá bamos la oca! —suposició n que puso lívidos a los dos

25
Relleno tradicional de las aves en la cocina inglesa.

7
jó venes Cratchit—. Toda clase de horrores fueron su-
puestos.
¡Vaya! ¡Mucho vapor! El pudding se sacó del barre-
ñ o. ¡Un olor como el de los días de hacer colada! Era el
pañ o. Un olor como el de un restaurante situado al lado
de una confitería y una lavandería. Era el pudding. La
señ ora Cratchit volvió en medio minuto, acalorada pero
sonriendo con orgullo, con un pudding como una bala
de cañ ó n moteada, denso y firme, flambeado con la
mitad de medio cuartillo de brandy y ornado de acebo en
la par- te superior.
Bob Cratchit dijo que era un pudding maravilloso y
que lo consideraba lo mejor que la señ ora Cratchit había
hecho desde que se habían casado. La señ ora Cratchit
dijo que, ahora que ya se le había quitado el peso de enci-
ma, confesaría que había tenido sus dudas sobre la canti-
dad de la harina. Todos tenían algo que decir sobre el
pudding, pero nadie dijo, ni pensó , que era pequeñ o para
una familia tan grande; hacerlo hubiera sido como una
blasfemia. Todos ellos habrían enrojecido ante una insi-
nuació n semejante.
Al terminar la cena se despejó el mantel, se barrió la
zona de la chimenea y se recompuso el fuego. Se probó
la mezcla de la jarra y se consideró perfecta, se trajeron
a la mesa manzanas y naranjas y se metió al fuego una
paletada de castañ as. Luego toda la familia Cratchit se
agrupó en tomo a la chimenea, en lo que Bob Cratchit
llamaba «círculo» queriendo indicar medio círculo; y al
lado de Bob Cratchit se desplegaba la cristalería de la
familia: dos vasos y un recipiente para natillas, sin man-
go, que sirvieron para el líquido caliente de la jarra tan
bien como si hubieran sido copas de oro. Bob lo escanció
con expresió n radiante, mientras las castañ as en el fue-

7
La señora Cratchit entrando con el pudding.
go chascaban y se resquebrajaban ruidosamente. Luego
Bob brindó :
«Felices Pascuas a todos nosotros, queridos. ¡Que Dios
nos bendiga!»
Toda la familia lo repitió .
«¡Dios bendiga a cada uno de nosotros!», dijo Tiny Tim
en ú ltimo lugar. Estaba sentado muy cerca de su padre,
en su pequeñ o escabel. Bob sostenía en su mano la ma-
nita marchita del niñ o, como si le amase, como si
quisie- ra tenerle muy cerca de sí y temiera que se lo
arrebata- sen.
«Espíritu», dijo Scrooge con un interés que nunca
an- tes había sentido, «dime si Tiny Tim vivirá ».
«Veo un sitio vacante», contestó el fantasma, «en ese
pobre rincó n de la chimenea, y una muleta sin dueñ o amo-
rosamente conservada. Si esas sombras permanecen sin
cambios en el futuro, el niñ o morirá ».
«No, no», dijo Scrooge. «¡Oh, no, amable espíritu! Dime
que se salvará».
«Si esas sombras permanecen inalteradas por el fu-
turo, ningú n otro de mi especie», replicó el fantasma, «le
encontrara aquí. ¿Y qué má s da? Si se tiene que morir,
lo mejor es que así lo haga y disminuya el exceso de po-
blació n».
Scrooge hundió su cabeza al oír al espíritu citar sus
propias palabras, y se sintió abrumado por el arrepenti-
miento y la pena.
«Hombre», dijo el fantasma, «si tienes corazó n huma-
no, no de piedra dura, olvida esa malvada jerga hasta que
hayas descubierto qué es el exceso y dó nde está el exce-
so. ¿Quién eres tú para decidir qué hombres deben mo-
rir y qué hombres deben vivir? Es posible que a los ojos
del cielo tú seas menos valioso y menos merecedor de
vivir que millones, como el hijo de ese pobre hombre. ¡Oh

7
Dios!, ¡tener que escuchar al insecto en la hoja disertan-
do sobre lo demasiado que viven sus hambrientos her-
manos en el suelo!»
Scrooge se encogió ante la reprobació n del fantasma
y, tembloroso, hincó la mirada en el suelo, pero la
levan- tó rá pidamente al escuchar su nombre.
«¡El señ or Scrooge!», dijo Bob; «brindo por el señ or
Scrooge, Fundador de la Fiesta».
«¡El Hundidor de la Fiesta en verdad!», exclamó la
señ ora Cratchit enrojeciendo. «Me gustaría tenerle
aquí. Para festejarlo le diría cuatro cosas y espero que
tenga buenas tragaderas».
«Querida mía», dijo Bob; «los niñ os: es Navidad».
«Tiene que ser Navidad, estoy segura, dijo ella, «para
beber a la salud de un hombre tan odioso, tacañ o, duro a
insensible como el señ or Scrooge. ¡Sabes que es cierto,
Robert! ¡Nadie lo sabe mejor que tú , pobre mío!»
«Querida, es Navidad», fue la tranquila respuesta de
Bob.
«Bebo a su salud porque tú me lo pides y por el día
que es», dijo la señ ora Cratchit, «no por él. ¡Por muchos
añ os! ¡Alegre Navidad y feliz Añ o Nuevo! É l va a sentirse
muy alegre y muy feliz, ¡no me cabe la menor duda!»
Los niñ os bebieron detrás de ella. Era la primera de
sus acciones que no tenía sinceridad. Tiny Tim bebió el
ú ltimo, pero le importaba un comino. Scrooge era el ogro
de la familia. La sola menció n de su nombre arrojó so-
bre la reunió n una negra sombra que no se disipó hasta
cinco minutos má s tarde. Pasada la sombra, estaban diez
veces má s contentos que antes por el mero alivio de ha-
ber acabado con el Malvado Scrooge. Bob Cratchit les
habló de la situació n que tenía en perspectiva para el
señ orito Peter, que, si se conseguía, supondría unos in-
gresos semanales de cinco chelines y medio. Los dos jó -

8
venes Cratchit se desternillaban de risa ante la idea de
Peter convertido en hombre de negocios; el propio Pe-
ter miraba pensativamente al fuego entre sus cuellos
como si meditara sobre las especiales inversiones que
debería decidir cuando entrase en posesió n de un
ingreso tan apabullante. Martha, que era una pobre
aprendiza en un taller de sombrerera, les contó la clase
de trabajo que tenía que realizar, las muchas horas
seguidas que debía trabajar y có mo estaba deseando
tomarse un largo des- canso en cama a la mañ ana
siguiente, pues el día siguien- te era festivo y lo pasaba
en casa. También les contó que había visto a una
condesa y a un lord unos días antes, y que el lord «era
de alto como Peter», ante lo cual Peter se subió los
cuellos tanto que no se le podía ver la cabe- za. Todo
este rato, las castañ as y la jarra hacían ronda, y después
escucharon una canció n sobre un niñ o perdido en la
nieve; la cantaba Tiny Tim con una vocecita quejum-
brosa, y la cantó realmente muy bien.
No había nada de alta categoría en lo que hacían. No
eran una familia distinguida; no iban bien vestidos; sus
zapatos estaban lejos de ser impermeables; sus ropas eran
escasas, y Peter podría haber conocido, y es muy proba-
ble que así fuera, el interior de una casa de empeñ os. Pero
estaban felices, agradecidos y satisfechos unos de otros,
y contentos con el presente. Cuando empezaron a per-
derse de vista, todavía parecían má s felices, con el bri-
llante chisporroteo de la antorcha del espíritu que se mar-
chaba, y hasta el ú ltimo instante Scrooge no apartó de
ellos sus ojos, sobre todo de Tiny Tim.
En aquellos momentos comenzaba a oscurecer y ne-
vaba intensamente. Scrooge y el espíritu se fueron por
las calles; era maravilloso el resplandor de los fuegos
rugientes en las cocinas, salones y toda clase de habi-
taciones. Aquí, el revoloteo de las llamas dejaba ver los

8
preparativos para una agradable cena, con platos calen-
tá ndose junto a la lumbre y cortinas de color rojo oscuro
a punto de ser corridas para aislar del frío y la oscuri-
dad. Allá , todos los niñ os de la casa salían corriendo en
la nieve para recibir a sus hermanas casadas, hermanos,
primos, tíos, tías... , y ser el primero en felicitarles. Aquí
se reflejaban en las celosías las sombras de los invitados
reuniéndose, y allá un grupo de chicas guapas, todas con
capucha y botas de piel y parloteando a la vez, se diri-
gían a paso rápido hacia la casa de algú n vecino donde,
¡ay del soltero que las viera entrar arreboladas —bien lo
sabían ellas— astutas hechiceras!
Pero a juzgar por el nú mero de personas que se enca-
minaban a reuniones amistosas, cualquiera diría que en
las casas no habría nadie para dar la bienvenida; sin em-
bargo, en todas se esperaba compañ ía y se avivaban las
lumbres hasta la altura de media chimenea. ¡Có mo exul-
taba el fantasma! ¡Có mo henchía su desnudo pecho la res-
piració n! ¡Có mo abría la palma de su mano libre y rega-
ba a chorros generosos todo lo que quedaba a su alcan-
ce con inofensivo regocijo! El mismo farolero, que corría
antes de puntear con motas de luz la calle lú gubre, iba
arreglado para pasar la noche en alguna parte y, sin má s
compañ ía que la Navidad, se rió sonoramente cuando
pasó el espíritu.
Y ahora, sin una sola palabra de advertencia del fan-
tasma, se detuvieron en un hostil y desierto pá ramo, con
monstruosas masas pétreas diseminadas como si fuera
un cementerio de gigantes. El agua corría por todas par-
tes —al menos así lo habría hecho si la helada no tuvie-
ra prisionera—, y só lo crecían musgos, tojos y densas ma-
tas de burda hierba. Hacia el Oeste, el sol poniente ha-
bía dejado una banda de rojo ardiente que iluminó la de-
solació n durante unos instantes, como un ojo rencoroso,

8
y se fue cerrando, cerrando cada vez má s, hasta perder-
se en las espesas tinieblas de la noche má s negra.
«¿Qué sitio es éste?», preguntó Scrooge.
«Un lugar donde viven los mineros, que trabajan en
las entrañ as de la tierra», contestó el espíritu. «Pero me
conocen. ¡Mira!»
Se encendió una luz en una cabañ a y ellos se aproxi-
maron rápidamente. Atravesaron la pared de piedra y
barro y encontraron una animada reunió n en torno a una
cá lida lumbre. Un hombre muy viejo y una mujer, con sus
hijos y los hijos de sus hijos, y otra generació n posterior,
todos engalanados con sus ropas de fiesta. El viejo, con
una voz que apenas sobrepasaba el ulular del viento en
la yerma extensió n, les cantaba un villancico que ya era
muy antiguo cuando él había sido niñ o, y de vez en cuan-
do todos le acompañ aban a coro. Cuando los demás unían
sus voces, la del viejo se volvía má s alegre y potente, y
cuando se callaban, él bajaba el tono.
El espíritu no se demoró allí; indicó a Scrooge que
se sujetase al manto y, pasando sobre el pá ramo, se
dirigió rá pidamente... ¿adó nde? ¡No al mar? Sí, al mar.
Para es- panto de Scrooge, al mirar hacia atrá s vio al
final de la tierra firme una temible alineació n de rocas;
sus oídos quedaron ensordecidos por el retumbar del
agua que se desmoronaba rugiendo y se estrellaba con
furia contra las siniestras cavernas que había ido
socavando, y con fiereza intentaba perforar la tierra.
A una legua aproximadamente de la costa se alzaba
un faro solitario construido sobre un siniestro arrecife
de hundidas rocas, azotadas y arañ adas por el oleaje. En
la base colgaban grandes aglomeraciones de algas y las
aves marinas —se diría que nacían del viento, como las
algas del agua— se elevaban y caían a su alrededor como
las olas que peinaban.

8
Pero incluso aquí los dos hombres que atendían las
señ ales habían encendido una lumbre que, a través del
portillo abierto en los gruesos muros de piedra, arrojaba
un rayo de luz sobre el mar tenebroso. Estrechando sus
encallecidas manos por encima de la mesa basta donde
estaban sentados, se desearon una Feliz Navidad con sus
jarras de grog.26 Uno de ellos, el má s viejo, con un rostro
marcado por la inclemencia del tiempo como el masca-
ró n de proa de un viejo navío, entonó una canció n tan
vigorosa como una tempestad.
Una vez má s, el fantasma se fue apresuradamente
so- bre el negro y agitado mar lejos, muy lejos; tan lejos
de cualquier costa, como le dijo a Scrooge, que
descendie- ron sobre un barco. Permanecieron al lado
del timonel, del vigía de proa, de los oficiales de
guardia, fantasmales y oscuras sombras en sus puestos,
pero todos ellos tara- reaban mú sica navideñ a o tenían
el pensamiento puesto en la Navidad, o hablaban a sus
compañ eros de alguna Navidad pasada con añ oranza
del hogar. Y todo hombre a bordo, despierto o dormido,
bueno o malo, había teni- do una palabra má s amable
para los demá s en ese día que en cualquier otro día del
añ o; y había compartido en al- guna medida el festejo; y
había recordado a los seres que- ridos, y había sabido
que ellos se acordaban de él.
Mientras escuchaba el aullido del viento y pensaba
qué cosa tan grande es moverse a través de solitarias ti-
nieblas sobre un abismo desconocido, cuyos secretos son
tan profundos como la muerte, para Scrooge constituyó
una gran sorpresa oír una sonora carcajada. Y la sorpre-
sa todavía fue mayor cuando reconoció que la había pro-
ferido su propio sobrino, y se encontró en una estancia
cá lida y resplandeciente, con el espíritu sonriendo a su
lado y mirando al sobrino con aprobadora afabilidad.
26
El grog es una bebida compuesta de ron y agua.

8
«¿Ja, ja!», reía el sobrino de Scrooge. «¿Ja, ja, ja!»
Si por una improbable casualidad el lector conociera
a un hombre con una risa má s feliz que la del sobrino de
Scrooge, todo lo que puedo decir es que también a mí me
gustaría conocerle. Preséntemelo y yo cultivaré su amis-
tad.
Es una ley de la compensació n justa, equitativa y
salu- dable, que así como hay contagio en la
enfermedad y las penas, nada en el mundo resulta má s
contagioso que la risa y el buen humor. Cuando el
sobrino de Scrooge se reía sujetá ndose los costados,
girando la cabeza y arru- gando el rostro con las má s
extravagantes contorsiones, la sobrina de Scrooge —
por matrimonio— reía con tan- tas ganas como él. Y el
grupo de sus amigos no se queda- ba atrá s y todos se
desternillaban.
«¿Ja, ja! ¿Ja, ja, ja, ja!»
«¡Dijo que las Navidades eran tonterías, os lo juro!»,
exclamó el sobrino de Scrooge. «¡Y ademá s se lo creía!»
«Má s vergü enza le debería dar, Fred», dijo indigna-
da la sobrina de Scrooge. Esas benditas mujeres nunca
hacen nada a medias. Se lo toman todo muy en serio.
Era muy atractiva, sumamente atractiva. Tenía un
rostro encantador, con hoyuelos en las mejillas y expre-
sió n de sorpresa; una boquita roja y suave que parecía
estar hecha para ser besada —lo era, sin duda—; todo
tipo de pequitas junto a su barbilla, que se mezclaban
unas con otras al reírse; y el par de ojos má s luminosos
que se haya visto. Al mismo tiempo, era del tipo que se
podría describir como provocativa, ya me entienden, pero
de una manera adecuada. ¡Ah, sí, perfectamente adecua-
da!
«Es un viejo tipo có mico», dijo el sobrino de Scrooge,
«es la verdad; y no tan agradable como podría ser. Sin

8
embargo, en su pecado lleva la propia penitencia, y no
quiero decir nada contra él».
«Estoy segura de que es muy rico, Fred», apuntó la
sobrina. «Al menos eso es lo que siempre me has dicho».
«¡Y eso que importa, querida!», dijo el sobrino. «La ri-
queza no le sirve de nada. No hace con ella nada bueno.
No la utiliza para su bienestar. Ni siquiera tiene la satis-
facció n de pensar, ja, ja, ja, que algú n día nosotros la dis-
frutaremos».
«Acaba con mi paciencia», observó la sobrina de
Scroo- ge. Las hermanas de la sobrina y todas las
demá s señ o- ras expresaron igual opinió n.
«Yo sí tengo paciencia», dijo el sobrino. «Me da lá sti-
ma; no puedo enfadarme con él. El que sufre por sus ma-
nías es siempre él mismo. Le da por rechazarnos y no que-
rer venir a cenar con nosotros. ¿Cuá l es la consecuen-
cia? No tiene mucho que perder con una cena».
«Yo pienso que se pierde una cena muy buena»,
inte- rrumpió la sobrina. Todos asistieron, y eran jueces
com- petentes puesto que acababan de cenar y, con el
postre sobre la mesa, estaban apiñ ados junto al fuego, a
la luz de la lá mpara.
«¡Bueno! Me alegra mucho escucharos», dijo el sobri-
no de Scrooge, «porque no tengo mucha fe en estas jó ve-
nes amas de casa. ¿Tú qué dices, Topper?»
Estaba claro que Topper le había echado el ojo a una
de las hermanas de la sobrina, pues respondió que un
soltero no era má s que un pobre proscrito sin derecho
a expresar una opinió n sobre la materia. Ante lo cual la
hermana de la sobrina —la rellenita con la pañ oleta de
encaje, no la de las rosas— se ruborizó .
«Vamos, Fred, continú a», dijo la sobrina de Scrooge
palmoteando. «¡Nunca termina lo que empieza a contar!
¡Qué hombre má s absurdo!»

8
Al sobrino de Scrooge le dio otro ataque de risa y como
era imposible evitar el contagio, aunque la hermana re-
llenita lo intentó de veras con vinagre aromá tico,27 su
ejemplo fue seguido por unanimidad.
«Iba a decir», dijo el sobrino de Scrooge, «que la con-
secuencia de su displicencia hacia nosotros, y el no que-
rer celebrar nada con nosotros es, pienso yo, que se pier-
de buenos ratos que no le harían ningú n dañ o. Estoy se-
guro de que se pierde compañ ías má s agradables que las
que pueda encontrar en sus pensamientos, metido en esa
oficina enmohecida o en su polvorienta vivienda. Todos
los añ os quiero darle la oportunidad, tanto si le gusta
como si no, porque me da lá stima. Puede que reniegue
de la Navidad hasta que se muera, pero siempre tendrá
mejor opinió n si ve que voy de buen humor, añ o tras añ o,
para decirle ¿có mo está s, tío Scrooge? Aunque só lo sir-
viera para que se acordara de dejarle cincuenta libras a
ese pobre escribiente suyo, ya habría merecido la pena;
y pienso que ayer le conmoví».
Ahora les tocaba reírse a los demá s con la menció n
de haber conmovido a Scrooge. Pero el sobrino tenía muy
buen cará cter, no le importaba que se rieran —se iban a
reír de cualquier modo— y les fomentó la diversió n pa-
sando la botella alegremente.
Tras el té, disfrutaron con un poco de mú sica. Era
una familia aficionada a la mú sica, y puedo asegurar
que sa- bían lo que se traían entre manos cuando
cantaban un solo, o a varias voces; sobre todo Topper,
que podía gru- ñ ir como un auténtico bajo sin que se le
hincharan las venas de la frente ni ponerse colorado. La
sobrina de Scroo- ge tocaba bien el arpa y, entre otras
piezas, tocó una li- gera tonada (insignificante,
cualquiera podría aprender
27
Para combatir los desvanecimientos, las damas del siglo XIX utili-
zaron «frascos de sales» que contenían diversas sustancias aromá ticas.

8
a silbarla en dos minutos) que había sido muy familiar
para la niñ a que había recogido Scrooge en el internado,
como le había hecho recordar el Fantasma de la Navi-
dad del Pasado. Al sonar esa musiquilla, le volvieron a la
mente todas las cosas que le había mostrado el fantas-
ma; se fue enterneciendo cada vez má s, y pienso que si
añ os atrás hubiera escuchado esa mú sica a menudo, tal
vez habría cultivado con sus propias manos las cosas bue-
nas de la vida para su propia felicidad, sin recurrir a la
pala de enterrador que sepultó a Jacob Marley.
No se dedicaron a la mú sica toda la velada. Después
de un rato jugaron a las prendas. Es buena cosa volver-
se niñ os algunas veces, y nunca mejor que en Navidad,
cuando se hizo Niñ o el Fundador todopoderoso. ¡Un mo-
mento! Anteriormente hubo un juego a la gallina ciega.
Por supuesto que lo hubo. Y yo no me creo que Topper
estuviese realmente a ciegas ni que tuviera ojos en las
botas. Mi opinió n es que todo lo habían tramado él y el
sobrino de Scrooge, y el Fantasma de la Navidad del
Pre- sente lo sabía. Su manera de perseguir a aquella
hermana rellenita, de la toca de encaje, era un ultraje a
la credu- lidad del género humano. Daba topetazos a los
hierros de la chimenea, derribaba sillas, se estrellaba
contra el piano, se asfixiaba entre los cortinajes, pero a
donde iba ella, él iba detrá s. Siempre sabía dó nde
estaba la her- mana rellenita. No quería agarrar a nadie
má s. Si alguien tropezaba contra él, como algunos
hicieron, y se quedaba quieto, fingía que fallaba al
procurar atraparle, de ma- nera afrentosa para el
humano entendimiento, y acto se- guido se deslizaba en
direcció n a la hermana rellenita. Ella gritó varias veces
que era trampa, y con razó n. Pero cuando al fin la
atrapó , cuando pese a los sedosos roza- mientos y
rápidas ondulaciones de ella logró arrinconar- la en una
esquina sin escapatoria, entonces su conducta

8
fue de lo má s execrable. Simulaba no saber que era ella;
simulaba que era necesario tocar su peinado, y para cer-
ciorarse bien de su identidad tanteó una determinada
sortija en sus dedos y una determinada cadena en su cue-
llo; ¡fue vil, monstruoso! Sin duda ella le hizo saber su
opinió n cuando otro hacía de gallina ciega y ellos esta-
ban juntos, muy confidenciales, detrás de los cortinajes.
La sobrina de Scrooge no estaba jugando, sino senta-
da có modamente en un gran butacó n, con los pies sobre
un escabel, en un atopadizo rincó n, y el fantasma y Scroo-
ge estaban detrá s de ella. Pero se incorporó al juego de
prendas y obtuvo resultados admirables con todas las le-
tras del alfabeto. También lo hizo muy bien en el juego
«Có mo, cuá ndo y dó nde», y para secreto regocijo del so-
brino de Scrooge, sacó mucha ventaja a sus hermanas,
que también eran chicas sagaces, como Topper podría
confirmar. Allí habría unas veinte personas, jó venes y
viejos, pero todos estaban jugando, y también jugaba
Scroo- ge; olvidando por completo los motivos por los que
esta- ba allí y que los demá s no podía oírle, algunas veces
daba las respuestas en voz alta y casi siempre acertaba,
pues la aguja má s aguda, la mejor Whitechapel,28 y con el
ojo bien abierto, no superaba en agudeza a Scrooge,
aunque él se empeñ aba en ser terco.
Al fantasma le agradó mucho verle con aquella acti-
tud y le miró con tal benevolencia que Scrooge le
suplicó como un niñ o que le permitiera quedarse hasta
que los invitados se despidieran. El espíritu le dijo que
no era posible.

28
Whitechapel («Cepilla Blanca») era uno de los barrios má s po-
bres de Londres, con una població n judía muy numerosa. Su denomina-
ció n deriva de una capilla allí existente, desde la que se medían las
dis- tancias a otros lugares (como sucede con la Puerta del Sol de
Madrid).

8
«Van a empezar otro juego», dijo Scrooge. «¡Só lo me-
dia hora, espíritu; só lo media!»
Era el juego llamado del «Sí y no»; el sobrino de Scroo-
ge tenía que pensar en una cosa y los demá s descubrir
lo que era haciéndole preguntas que ú nicamente podía
responder con un «sí» o un «no». Del continuo bombar-
deo de preguntas a que fue sometido se deducía que había
pensado en un animal, un animal vivo, un animal bas-
tante desagradable, un animal salvaje, un animal que a
veces rugía y gruñ ía, y otras veces hablaba, y vivía en
Londres, y andaba por la calle, y no se le exhibía al pú -
blico, y nadie le llevaba atado, y no vivía en un zooló gi-
co, y nunca le mataron en un mercado, y no era un
caba- llo, asno, vaca, toro, tigre, perro, cerdo, gato no
oso. Cada nueva pregunta provocaba en el sobrino un
ataque de risa tan irrefrenable que le obligaba a
levantarse del sofá y dar patadas al suelo. Finalmente,
la hermana rellenita, que había caído en un ataque
similar, exclamó : «¡Ya lo tengo! ¡Ya sé lo que es, Fred!
¡Ya sé lo que es!»
«¿Qué es?», gritó Fred.
«¡Es tu tío Scro-o-o-o-oge!»
Así era, ciertamente. Hubo un sentimiento general
de admiració n, aunque algunos objetaron que la respues-
ta a «¿Es un oso?» debió haber sido «Sí», puesto que la res-
puesta contraria era suficiente para desviar el pensa-
miento del señ or Scrooge, suponiendo que alguna vez
se les hubiera ocurrido pensar en él.
«Gracias a él hemos tenido un buen rato», dijo Fred,
«y sería ingratitud no beber a su salud. Aquí tenemos pre-
paradas copas de vino caliente y brindo por tío Scrooge».
«¡Bueno! ¡Por tío Scrooge!», repitieron todos.
«¡Feliz Navidad y pró spero Añ o Nuevo para el viejo,
sea lo que sea!», dijo el sobrino. «É l no me lo aceptaría,
pero da lo mismo. ¡Por tío Scrooge!

9
Tío Scrooge se había ido poniendo imperceptiblemen-
te tan contento y animado que habría correspondido be-
biendo a la salud de la inconsciente reunió n, y les habría
dado las gracias con palabras inaudibles si el fantasma
le hubiera dado tiempo. Pero toda la escena se esfumó
con el hálito de las ú ltimas palabras del sobrino, y él y
el espíritu emprendieron nuevos viajes.
Vieron mucho, fueron muy lejos, visitaron muchos
hogares, pero siempre con un desenlace feliz. El
espíritu permaneció junto al lecho de los enfermos y
ellos se ani- maban; junto a los que estaban en tierra
extrañ a y se sen- tían má s cerca de la patria; junto a los
hombres que lu- chaban, y les daba paciencia para
alcanzar su mayor as- piració n; junto a la pobreza y la
convertía en riqueza. En hospicios, hospitales, cá rceles,
en todos los refugios de la miseria donde la pequeñ a y
vana autoridad del hombre no había hecho cerrar las
puertas para dejar al espíritu fuera, les dejó su
bendició n y a Scrooge el ejemplo.
Era una noche muy larga, si es que era solamente una
noche, cosa que Scrooge dudaba puesto que las fiestas
navideñ as parecían haberse condensado en el período
de tiempo que pasaron juntos. También era extrañ o que
mientras la forma externa de Scrooge no se había alte-
rado, el fantasma había envejecido, había envejecido a
ojos vista. Scrooge observó el cambio pero no habló de
ello hasta que salieron de un festejo infantil de víspera
de Reyes y al mirar al espíritu cuando salieron al exte-
rior observó que se le había encanecido el cabello.
«¿Es tan breve la vida de los espíritus?», preguntó .
«Mi vida en este globo es muy corta», respondió el fan-
tasma. «Se termina esta noche».
«¡Esta noche!», exclamó Scrooge.
«A medianoche. ¡Escucha! Se acerca la hora».

9
En aquel momento las campanas del reloj daban las
doce menos cuarto.
«Perdó name si me equivoco», dijo Scrooge mirando
con inquietud el manto del espíritu, «pero estoy viendo
algo raro que te asoma por el ropaje. ¡Es un pie o una ga-
rra!»
«Por la carne que tiene encima, podría ser una
garra», fue la respuesta, cargada de tristeza, del
espíritu. «Mira esto».
De los pliegues del manto salieron dos niñ os; unos
niñ os harapientos, abyectos, temibles, espantosos, mi-
serables. Se arrodillaron a sus plantas y se colgaron del
manto.
«¡Hombre! ¡Mira esto! ¡Mira, mira bien!», exclamó el
fantasma.
Eran un niñ o y una niñ a. Amarillos, flacos,
mugrientos, malencarados, lobunos, pero también
prosternados en su humildad. Donde la gracia de la
juventud debió ha- berles perfilado los rasgos y
retocado con sus má s fres- cas tintas, una mano
marchita y seca, como la de la ve- jez, les había
atormentado, retorcido y hecho trizas. Don- de podrían
haberse entronizado los á ngeles, acechaban los
demonios echando fuego por sus ojos amenazadores.
Monstruos tan horribles y temibles como aquellos no se
han dado en ningú n cambio, degradació n o perversió n de
la humanidad a lo largo de toda la historia de la maravi-
llosa Creació n.
Aterrado, Scrooge se echó atrás. Intentó decir que eran
unos niñ os agradables, pero su lengua se negó a
pronun- ciar una mentira de tal magnitud.
«¿Son tuyos, espíritu?», fue todo lo que pudo decir.
«Son del hombre», dijo el espíritu mirá ndolos. «Y se
agarran a mí apelando contra sus progenitores. Este chi-
co es la Ignorancia. Esta chica es la Necesidad. Guá rda-

9
La Ignorancia y la Necesidad.
(John Leech)
te de los dos y de todos los de su género, pero guá rdate
sobre todo de este chico porque en la frente lleva
escrita la Condenació n, a menos que se borre lo que
lleva escri- to. ¡Niégalo!», exclamó el espíritu señ alando
con la mano hacia la ciudad. «¡Difama a quienes te lo
dicen! Admítelo para tus propó sitos tendenciosos y
empeó ralo todavía má s. ¡Y aguarda el final!»
«¿No tienen refugio ni salvació n?», gimió Scrooge.
«¿No está n las cá rceles?», dijo el espíritu devolvién-
dole por ú ltima vez sus propias palabras. «¿No hay casas
de misericordia?»
La campana dio las doce.
Scrooge miró a su alrededor y ya no vio al fantasma.
Al cesar la vibració n de la ú ltima campanada recordó la
predicció n del viejo Jacob Marley y, elevando la mirada,
vio có mo se acercaba hacia él un fantasma solemne, en-
vuelto en ropas y encapuchado, deslizá ndose como la nie-
bla sobre el suelo.

94
IV. EL ULTIMO DE LOS ESPÍRITUS

EL FANTASMA se aproximó despacio, solemne y silenciosa-


mente. Cuando estuvo cerca, Scrooge cayó de rodillas
porque hasta del mismo aire en que el espíritu se movía
parecía emanar desolació n y misterio.
Iba envuelto en un ropaje de profunda negrura que
le ocultaba la cabeza, el rostro, las formas, y só lo dejaba
a la vista una mano extendida, de no ser por ella, habría
sido difícil vislumbrar su figura en la noche y diferen-
ciarle de la oscuridad que le rodeaba.
Scrooge notó que era alto y majestuoso y que su pre-
sencia misteriosa le llenaba de grave temor. Nada má s
podía discernir pues el espíritu ni hablaba ni se movía.
«¿Me hallo en presencia del Fantasma de la Navidad
del Futuro?» dijo.
El espíritu no respondió , pero señ aló hacia delante
con la mano.
«Has venido para mostrarme las imágenes de cosas
que no han sucedido pero sucederá n má s adelante», pro-
siguió Scrooge. «¿Es así, espíritu?»
Los pliegues de la parte superior del ropaje se con-
trajeron por un instante, como si el espíritu hubiera in-
clinado la cabeza. É sa fue la ú nica respuesta.
Aunque por entonces ya estaba muy habituado a la
compañ ía espectral, Scrooge tenía tanto miedo a la si-
lenciosa figura que sus piernas le temblaban y se dio cuen-
ta de que apenas lograba mantenerse en pie cuando se
dispuso a seguirle. El espíritu hizo una pausa, como si
hubiera observado su condició n y le concediera tiempo
para recuperarse.
Para Scrooge fue peor. Un vago horror le hizo estre-
mecerse al saber que unos ojos fantasmales estaban fi-
jamente clavados en él mientras sus propios ojos, forza-
dos al má ximo, no podían ver má s que una mano espec-
tral y un bulto negro.
«¡Fantasma del Futuro!», exclamó , «te tengo má s mie-
do a ti que a cualquiera de los espectros que he visto. Pero
sé que tu intenció n es hacerme el bien y como tengo la
esperanza de vivir para convertirme en una persona muy
distinta de la que fui, estoy dispuesto para soportar tu
compañ ía y hacerlo con el corazó n agradecido. ¿No vas a
hablarme?»
No hubo contestació n. La mano señ alaba hacia delante.
«¡Dirígeme! », dijo Scrooge. «¡Dirígeme! Cae la noche
y yo sé que el tiempo apremia. ¡Condú ceme, espíritu!»
El fantasma se movió igual que se le había acercado.
Scrooge le siguió a la sombra de su ropaje, que le soste-
nía —pensó — y le llevaba en volandas.
Casi no parecía que hubiesen entrado en la city, sino
que la city parecía haber brotado por su cuenta para cir-
cundarles. Y allí estaban, en el mismo corazó n de la city,
en la Bolsa, entre los hombres de negocios que se apre-
suraban de aquí para allá , hacían tintinear las monedas
en sus bolsillos, conversaban en grupos, miraban sus re-

96
lojes, jugueteaban con sus grandes sellos de oro, tal
como Scrooge les había visto hacer con mucha
frecuencia.
El espíritu se detuvo al lado de un grupito de nego-
ciantes. Al observar que les estaba señ alando con la mano,
Scrooge avanzó para oír su conversació n.
«No», decía un hombre muy gordo con una papada
monstruosa, «no estoy muy enterado. Lo ú nico que sé es
que está muerto».
«¿Cuá ndo murió ?» preguntó otro.
«Anoche, creo».
«¿De qué?, ¿que le pasaba?» preguntó un tercero mien-
tras sacaba una gran cantidad de rapé de una caja enor-
me. «Pensé que no se iba a morir nunca.»
«Sabe Dios», dijo el primero dando un bostezo.
«¿Qué ha hecho con el dinero?» preguntó un caballe-
ro de rostro enrojecido y con una pendulante excrescencia
en la punta de la nariz que temblequeaba como el moco
de un pavo.
«No he oído nada», dijo el hombre de la gran papada
bostezando de nuevo. «Tal vez lo ha dejado a su Compa-
ñ ía. A mí no me lo ha dejado. Es todo lo que sé».
Esta gracia fue recibida con una carcajada general.
«Seguramente tendrá un funeral muy barato», dijo el
mismo, «porque os aseguro que no conozco a nadie que
vaya a ir. ¿Y si organizá semos una partida de volunta-
rios?»
«No me importa ir si va a haber un almuerzo», obser-
vó el caballero de la excrescencia en la nariz. «Pero si voy,
hay que darme de comer».
Má s carcajadas.
«Bueno, después de todo, yo soy el má s desinteresa-
do», dijo el primer interlocutor, «pues nunca llevo guan-
tes negros y nunca almuerzo. Pero yo me ofrezco a ir si
va alguien má s. Cuando me pongo a pensarlo, no estoy

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seguro de que no fuese yo su amigo má s íntimo pues so-
líamos detenernos a charlar cuando nos encontrá bamos.
¡Adió s!»
Todos se dispersaron y se mezclaron con otros gru-
pos. Scrooge los conocía y miró al espíritu pidiendo una
explicació n.
El fantasma se deslizó hasta una calle. Señ aló con
los dedos a dos personas que se encontraban. Scrooge
vol- vió a prestar atenció n pensando que allí podría
estar la explicació n.
También conocía a esos dos hombres perfectamente.
Eran hombres de negocios muy ricos e importantes. Siem-
pre había considerado esencial que le tuvieran en su esti-
ma desde un punto de vista mercantil, claro está , exclu-
sivamente desde el punto de vista de los negocios.
«¿Có mo está usted?» dijo uno.
«¿Qué tal está usted?» respondió el otro.
«¡Bien!» dijo el primero. «Por fin le ha llegado la hora
al viejo diablo, ¿eh?»
«Eso me han dicho», contestó el segundo. «Hace frío
¿verdad?»
«Normal para Navidad. ¿Querrá usted venir a pati-
nar?»
«No, no. Tengo cosas que hacer. Buenos días».
Ni otra palabra má s. É se fue el encuentro, la conver-
sació n y la despedida.
Al principio Scrooge estaba má s bien sorprendido de
que el espíritu concediera importancia a conversaciones
tan triviales, en apariencia. Pero tenía la seguridad de
que en ellas se ocultaba algú n propó sito y se puso a con-
siderar cuá l sería. Difícilmente podrían tener alguna re-
lació n con la muerte de Jacob, su antiguo socio, pues se
había producido en el pasado y el campo de acció n de
este fantasma era el futuro. Tampoco lograba relacio-

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narlas con alguien muy vinculado a él mismo. Pero no le
cabía duda de que, quienquiera que fuese el objeto de las
conversaciones, éstas contenían una moraleja para su
provecho; por eso resolvió atesorar cada palabra que es-
cuchase y cada cosa que viese, y muy especialmente su
propia imagen cuando apareciese. Tenía la esperanza de
que encontraría en su conducta del futuro la clave que le
faltaba para resolver fá cilmente los acertijos.
Miró a su alrededor buscando su propia imagen
pero en su esquina habitual estaba otro hombre, y
aunque el reloj señ alaba la hora en que él solía estar
allí, no vio ras- tro de su persona entre las multitudes
que cruzaban el porche. Sin embargo, no se sorprendió
demasiado pues había tomado la resolució n de cambiar
de vida y pensa- ba y deseaba que esa resolució n ya se
empezaba a llevar a la prá ctica.
A su lado, silencioso y oscurecido, estaba el fantas-
ma con la mano extendida. Cuando cesó la pensativa
bú s- queda, Scrooge creyó adivinar, por el giro de la
mano y su posició n en relació n a él, que los ojos
invisibles le esta- ban mirando inquisitivamente. Esto le
hizo estremecer- se y notar intenso frío.
Salieron del ajetreado escenario para llegar a una
te- nebrosa zona de la ciudad, donde nunca antes había
pe- netrado Scrooge, aunque reconoció la localizació n y
su mala reputació n. Los caminos eran tortuosos y
angostos, la tiendas y las casas miserables, la gente
medio desnu- da, borracha, desaseada, repugnante.
Callejones y arca- das, como otros tantos pozos negros,
vertían sus ofensi- vos olores, suciedad y vida sobre las
calles desparrama- das, y el barrio entero apestaba a
crimen, a inmundicia y a miseria.
Muy en el interior de este antro de citas infames ha-
bía un tenducho que sobresalía bajo el tejado de un co-

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bertizo y allí se compraba metal, trapos viejos, botellas,
huesos y grasientos despojos de carne. En el suelo del
interior se apilaban llaves herrumbrosas, clavos, cade-
nas, bisagras, limas, bá sculas, pesos y chatarra de toda
clase. En aquellas montañ as de trapos inmundos, mon-
tones de grasa putrefacta y sepulcros de huesos, se man-
tenían y ocultaban secretos que pocas personas habrían
querido desvelar. Un bribó n canoso, de unos setenta añ os,
estaba sentado en medio de sus mercaderías junto a una
estufa de carbó n hecha de ladrillos viejos, se protegía
del aire frío del exterior con una miscelá nea de guiñ apos
sucios colgados de una cuerda a modo de cortina, y esta-
ba fumando su pipa con todo el bienestar de un tranqui-
lo retiro.
Scrooge y el fantasma llegaron junto al hombre en el
momento en que se introducía subrepticiamente en la
tienda una mujer con un pesado fardo. Apenas acababa
de entrar cuando otra mujer, igualmente cargada, tam-
bién se metió . Un hombre, vestido de negro descolorido,
las siguió muy pronto y, al verlas; se sobresaltó tanto
como ellas se habían sobresaltado al reconocerse. Tras
una corta pausa de turbada consternació n, en la cual se
ha- bía acercado a ellos el viejo de la pipa, los tres
estalla- ron en una carcajada.
«¡Qué sea la asistenta la primera!» exclamó la que ha-
bía entrado en primer lugar. «La segunda, la lavandera,
y el empleado de la funeraria el tercero. ¡Viejo Joe, mira
que es casualidad encontrarnos aquí los tres sin querer!»
«No hay mejor sitio para que os reuná is», dijo el viejo
Joe sacando la pipa de la boca. «Vamos al saló n. Tú hace
ya mucho tiempo que entras, ya lo sabes; y las otras dos
no son extrañ as. Esperad a que cierre la puerta de la tien-
da. ¡Ah, có mo rechina! Creo que en este sitio no hay un
metal má s herrumbroso que esas bisagras; y estoy segu-

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ro de que no hay aquí huesos má s viejos que los míos. ¿Ja,
ja! Todos llevamos muy bien el oficio, nos entendemos
bien. Vamos a la sala. Pasad a la sala».
La sala consistía en el espacio que quedaba tras la
cortina de trapos. El viejo atizó el fuego con una vieja vari-
lla de alfombra de escalera, despabiló la humeante lámpa-
ra (ya era de noche) con la boquilla de su pipa y la volvió
a meter en la boca. Mientras lo hacía, la mujer que había
hablado antes arrojó su fardo al suelo y se sentó en un
taburete con ostensible complacencia cruzando los co-
dos en sus rodillas y mirando con abierto desafío a los
otros dos.
«¿Qué pasa, a ver? ¿qué pasa, señ ora Dilber?» dijo la
mujer. «Todo el mundo tiene derecho a cuidar de lo suyo.
¡É l siempre lo hizo!»
«¡É sa es una gran verdad!» dijo la lavandera. «El
má s que nadie».
«Bueno, pues entonces no se quede ahí mirando como
si tuviera miedo, mujer; ¿quién es el más precavido? Su-
pongo que no vamos a andamos con miramientos».
«¡Claro que no!» dijeron a la vez la señ ora Dilber y el
hombre. «Esperemos que no.»
«Entonces, ¡muy bien!» exclamó la mujer. «Ya bastó .
¿A quién se perjudica con estas cuatro cosas? Supongo
que al muerto no».
«Claro que no», dijo la señ ora Dilber riendo.
«Si quería quedarse con las cosas después de muerto,
el viejo malvado y tacañ o», prosiguió la mujer, «¿por qué
no fue una persona normal y corriente en vida? Si lo hu-
biera sido, alguien se habría ocupado de él cuando esta-
ba tocado de muerte en vez de estar ahí tirado, solo, dan-
do las ú ltimas boqueadas».
«É sa es la mayor verdad que se haya dicho nunca»,
dijo la señ ora Dilber. «Fue un castigo de Dios».

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«Lástima qué no haya sido un castigo un poco más
abun- dante», replicó la mujer, «y os aseguro que lo
hubiera sido si yo hubiera podido echar el guante a
otras cosas. Abra el fardo, viejo Joe, y dígame cuá nto
vale. Hable claro. No me importa ser la primera ni que
éstos lo vean. Antes de encontrarnos aquí ya sabíamos
de sobra que nos es- tá bamos socorriendo a nosotros
mismos, creo yo. No es ningú n pecado. Abra el fardo,
Joe».
Pero la cortesía de sus amigos no lo iba a permitir y
el hombre de negro desteñ ido abrió la brecha el prime-
ro y exhibió su botín. No era muy copioso. Un par de se-
llos, una caja de lapiceros, unos gemelos de camisa y un
alfiler de corbata sin gran valor. Eso era todo. El viejo
Joe examinó y valoró los objetos cuidadosamente y fue
anotando con tiza en la pared las cantidades que estaba
dispuesto a dar por cada uno; cuando vio que no había
má s, hizo la suma total.
«É sta es la cuenta», dijo Joe, «y no doy un céntimo
má s aunque me aspen. ¿Quién es el siguiente?»
La siguiente fue la señ ora Dilber. Sá banas y toallas,
unas pocas prendas de vestir, dos viejas cucharillas de
plata, un par de pinzas para el azú car y unas cuantas
botas. Su cuenta quedó expresada en la pared igual que
la anterior.
«Siempre pago demasiado a las señ oras. Es una debi-
lidad que tengo y así es como me arruino», dijo el viejo
Joe. «É sta es la cuenta, y si me discute por un penique
má s, me arrepentiré de ser tan generoso y rebajar me-
dia corona».
«Y ahora abra mí fardo, Joe», dijo la primera mujer.
Joe se puso de rodillas para abrirlo con má s comodi-
dad, y tras deshacer muchísimos nudos, arrastró un ro-
llo grande y pesado de una cosa oscura.

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«¿Qué diréis que es esto?» dijo Joe. «¡Cortinas de ca-
ma!»
¡«Ay!» exclamó la mujer riendo y echándose hacia
delan- te sobre sus brazos cruzados. «¡Cortinajes de
cama!»
«No me irá a decir que las descolgó con anillas y todo
mientras él estaba allí acostado», dijo Joe.
«Sí, lo hice», replicó la mujer. «¿Por qué no iba a hacer-
lo?»
«Usted ha nacido para hacer fortuna», dijo Joe, «y se-
guro que la hará ».
«Lo que sí es seguro, Joe, es que cuando alargo la mano
a algo no lo voy a soltar por un hombre como era él, le
doy mi palabra», respondió la mujer fríamente. «¡Cuida-
do!, que no se caiga el aceite en las mantas».
«¿Eran de él?» preguntó Joe.
«¿De quién piensa usted, si no?» replicó la mujer.
«Me atrevo a decir que no va a coger frío sin ellas».
«Supongo que no habrá muerto de algo contagioso,
¿verdad?» dijo el viejo Joe interrumpiendo el trabajo y
mirando interrogativamente.
«No tema», respondió la mujer. «Yo no le tenía tanto
apego como para andar merodeando a su alrededor para
quedarme con esas cosas si lo de él hubiera sido conta-
gioso. ¡Ah!, puede sacarse los ojos mirando la camisa que
no encontrará ni un agujero ni un hilo gastado. Es la me-
jor que él tenía y ademá s es muy buena. De no ser por
mí, la habrían desperdiciado».
«¿A qué llama desperdiciar?» preguntó el viejo Joe.
«A ponérsela para enterrarlo, claro está », replicó la
mujer con una risotada. «Alguien fue tonto como para
ha- cerlo, pero yo se la volví a quitar. Si el percal no
sirve para eso, no sirve para nada y al cadá ver le sienta
igual de bien; no podía estar má s feo que con la otra».

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Scrooge escuchaba este diá logo horrorizado. Se ha-
bían sentado agrupados en torno al botín a la escasa luz
de la lá mpara del viejo, y Scrooge les contemplaba con
un aborrecimiento y una repugnancia tales que no ha-
brían sido mayores aunque hubiera tratado de demonios
obscenos comerciando con el mismísimo cadá ver.
«Ja, ja», rió la misma mujer cuando el viejo Joe sacó
una bolsa de franela con dinero y distribuyó en el suelo
las diversas ganancias de cada uno. «¡Así se acaba, ya
ven! É l espantaba a todos cuando estaba vivo para que
nos aprovechá semos nosotros cuando estuviera
muerto. ¡Ja, ja, ja!»
«¡Espíritu!» dijo Scrooge temblando de pies a cabeza.
«Ya lo veo, ya me doy cuenta. El caso de este desgracia-
do podría haber sido mi caso. Mi vida lleva ese camino
hasta ahora. ¡Cielo santo! ¡¿Qué es eso?!»
Retrocedió aterrado pues la escena había cambiado
y ahora casi tocaba una cama, una cama desnuda, sin
corti- nas, y en ella, bajo una sá bana andrajosa yacía
algo tapa- do que, aunque mudo, se anunciaba con
espantoso len- guaje.
La habitació n estaba muy oscura, demasiado oscura
para ver con detalle aunque Scrooge, obedeciendo a un
impulso secreto, miraba ansioso de saber qué clase de
habitació n era. Del exterior venía una pá lida luz que caía
directamente sobre el lecho, y en éste yacía el cadá ver
de aquel hombre, despojado, desposeído, sin que le vela-
ran, sin que le lloraran, sin que le atendieran.
Scrooge echó una ojeada al fantasma. Su mano inva-
riable apuntaba a la cabeza. La cobertura estaba coloca-
da con tal descuido que la má s ligera elevació n, el movi-
miento de un dedo de Scrooge, habría bastado para de-
jar el rostro al descubierto. El lo pensó , sabía cuá n fácil
sería y estaba deseando hacerlo, pero para retirar el velo

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no tenía má s capacidad que para alejar al espectro de su
lado.
¡Oh muerte fría, fría, rígida y atroz, eleva aquí tu al-
tar y vístelo con esos pavores que só lo a ti obedecen por-
que éste es tu reino! Pero en tus terribles propó sitos no
podrá s volver odioso un solo rasgo ni tocar un solo cabe-
llo de los rostros amados, honrados y reverenciados. Y
no es porque la mano sea pesada y se desplome al sol-
tarla, ni porque se hayan parado los pulsos y el corazó n,
sino porque era una mano abierta, generosa; fiel; porque
era un corazó n valiente, cá lido y tierno; porque el pulso
era un pulso de un hombre de verdad. ¡Golpea, sombra,
golpea y verá s có mo manan de la herida sus buenas obras
para sembrar en el mundo vida inmortal!
Ninguna voz pronunció esas palabras al oído de Scroo-
ge y sin embargo las escuchó cuando estaba mirando el
lecho. Si este hombre se pudiera levantar ahora, pensó ,
¿cuá les serían sus sentimientos? ¿La avaricia, el trato
despiadado, la intenció n de acaparar? ¡A buen fin le ha-
bían llevado, en verdad!
Allí yacía el cadá ver, en la oscura casa vacía, sin un
hombre, mujer o niñ o que le dijera que había sido
atento con él en esto o aquello, y que en memoria de
una pala- bra amable sería amable con él. Un gato
arañ aba la puer- ta y se escuchaba un sonido de ratas
royendo bajo la chi- menea. Scrooge no se atrevió a
pensar qué buscaban en la habitació n del muerto ni por
qué estaban tan agita- dos a impacientes.
«¡Espíritu», dijo él, «este lugar es horrible. Después
de salir de aquí no olvidaré la lecció n, créeme. ¡Vá mo-
nos!»
Pero el fantasma siguió apuntando con un dedo in-
mó vil a la cabeza.

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«Te comprendo», dijo Scrooge, «y lo haría si fuera ca-
paz. Pero no tengo fuerzas, espíritu, no tengo valor».
Otra vez pareció que le miraba.
«Si hay en la ciudad alguna persona que sienta emo-
ció n por la muerte de este hombre», dijo Scrooge dolido,
«muéstramela, espíritu, te lo suplico».
El fantasma desplegó su oscuro manto durante unos
instantes, como si fuera un ala, y al recogerlo dejó ver
una estancia iluminada por la luz del día, donde estaba
una madre con sus hijos.
Ella esperaba a alguien con ansiedad, pues iba de un
lado a otro de la habitació n, se asomaba a la ventana,
mi- raba el reloj, intentaba —en vano— hacer labor con
la aguja y apenas podía soportar las voces de los niñ os
que jugaban.
Al fin, se escuchó la llamada tanto tiempo esperada.
Ella se precipitó a abrir la puerta para recibir a su mari-
do, un hombre cuyo rostro reflejaba preocupació n y triste-
za, aunque era joven. Ahora tenía una expresió n extra-
ñ a, una especie de intenso regocijo que le hacía sentirse
avergonzado y que procuraba reprimir.
Se sentó a cenar lo que ella había reservado
cuidado- samente para él junto al fuego y, tras un largo
silencio, ella le preguntó tímidamente qué noticias
había; él pa- reció incó modo al buscar una respuesta.
«¿Son buenas o malas?» dijo ella para ayudarle.
«Malas», respondió él. «No, Caroline. Todavía hay
es- peranza».
«¡Só lo la hay si él se conmueve!», dijo ella espantada.
«Si ha ocurrido tal milagro aú n nos queda una
esperanza».
«Ha hecho algo má s que conmoverse», dijo el marido.
«Se ha muerto».
Si la cara es el espejo del alma, ella era criatura dul-
ce y apacible pero al oírlo se sintió agradecida en lo má s

10
profundo de su corazó n y así lo expresó con las manos
entrelazadas. Al instante, pidió perdó n y lo lamentó , pero
el primero fue el sentimiento que le salió del alma.
«Resultó bastante cierto lo que me dijo aquella mu-
jer medio borracha, que te conté anoche, cuando intenté
verle para conseguir un aplazamiento de una semana; yo
pensé que era una excusa para no recibirme, pero en-
tonces él no só lo estaba muy enfermo sino que se estaba
muriendo».
«¿A quién se traspasará nuestra deuda?»
«No sé, pero antes de que eso ocurra ya tendremos
el dinero, y aunque no lo tuviéramos sería muy mala
suer- te dar con un acreedor tan implacable. ¡Esta
noche po- dremos dormir sin congoja, Caroline!»
Sí. Se les había quitado un peso de encima. A los ni-
ñ os, enmudecidos y apiñ ados alrededor para oír algo que
apenas comprendían, se les había iluminado la cara, y
el hogar era má s feliz gracias a la muerte de aquel hom-
bre. La ú nica emoció n que el fantasma pudo mostrar a
Scrooge fue una emoció n placentera.
«Permíteme ver algo de cariñ o por un muerto», dijo
Scrooge, «o jamás podré librarme, espíritu, de la sinies-
tra cá mara que acabamos de dejar».
El fantasma le llevó por varias calles que ya conocía
y mientras avanzaban Scrooge miraba de un lado a otro
buscá ndose, pero no se le veía. Entraron en la casa del
pobre Bob Cratchit, el hogar que había visitado anterior-
mente, y encontraron a la madre y a los hijos sentados
cerca del fuego.
Silenciosos. Muy silenciosos. Los ruidosos pequeñ os
Cratchit estaban quietos como estatuas en un rincó n,
sen- tados mirando a Peter que tenía un libro. La madre
y las hijas estaban ocupadas en la costura, pero muy en
silen- cio.

10
«Y él puso a un niñ o en medio de ellos».29
¡Dó nde había escuchado Scrooge aquellas palabras?
No las había soñ ado. Tal vez las había leído el
muchacho en voz alta cuando él y el espíritu cruzaban
el umbral.
¿Por qué no prosiguió ?
La madre dejó la labor sobre la mesa y se llevó la mano
al rostro.
«Me duelen los ojos de colorear», dijo.
¿De colorear? ¡Ay, pobre Tiny Tim!»
«Ahora ya está n mejor», dijo la esposa de Cratchit.
«Me lloran con la luz de la vela y no quiero, por nada del
mundo, que vuestro padre los vea así cuando vuelva a
casa. Ya debe ser casi la hora».
«Má s bien pasa», respondió Peter cerrando el libro.
«Pero creo que estas ú ltimas tardes viene andando má s
despacio que de costumbre, madre».
Se quedaron otra vez muy silenciosos. Finalmente,
con una voz firme, animada, que só lo se quebró una vez,
ella dijo:
«Le recuerdo andando con... le recuerdo andando con
Tiny Tim en sus hombros muy deprisa».
«Y yo también», exclamó Peter. «Con frecuencia».
«¡Y yo también!» dijo otro. Todos se acordaban.
«Pero él pesaba tan poco», prosiguió ella, atenta a la
labor, «y su padre le amaba tanto que no era una moles-
tia, ninguna molestia. ¡Y ahí está vuestro padre en la
puer- ta!»
Se precipitó a su encuentro y el pobre Bob, con su bu-
fanda de lana30 —la necesitaba el buen hombre— entró
29
El Evangelio de San Mateo, cap. 18, ver. 2 y 3 dice: «Y llamando
Jesú s a un niñ o, lo puso en medio de ellos y dijo: en verdad os digo que
si no os volviereis a hiciereis como niñ os, no entraréis en el reino de los
cielos».
30
«Comforter» significa «bufanda» y también «persona que confor-
ta», lo cual explica el sentido de la frase siguiente.

10
en la casa. Ya tenía el té preparado en la chapa de la co-
cina y todos procuraron anticiparse a los demá s para
ser- virle. Después, los dos jó venes Cratchit se sentaron
en sus rodillas y apoyaron en su rostro una pequeñ a
mejilla como diciendo: «No te preocupes, padre. No
estés tris- te».
Bob estuvo muy animado con ellos y muy agradable
con toda la familia. Contempló la labor que estaba sobre
la mesa y alabó la habilidad y rapidez de la señ ora Crat-
chit y las chicas. Quedaría terminada mucho antes del
domingo, les dijo.
«¡Domingo! Entonces, ¿fuiste hoy, Robert?» dijo su es-
posa.
«Sí, querida», respondió Bob. «Me habría gustado que
hubieras podido ir. Te habría tranquilizado ver lo verde
que es ese sitio. Pero ya lo verá s con frecuencia. Le pro-
metí que iría andando un domingo. ¡Mi hijito, mi niñ o
pequeñ o!» lloró Bob. «¡Mi niñ ito!»
Se desmoronó de una vez. No podía evitarlo. Tal vez
hubiera podido si él y su hijo no hubiesen estado
unidos tan estrechamente.
Salió de la habitació n y subió al cuarto de arriba, que
estaba alegremente iluminado y decorado con adornos
navideñ os. Cerca del niñ o, había una silla y se notaba que
alguien había estado allí poco antes. El pobre Bob se sen-
tó , y después de meditar un momento se recuperó y besó
aquella carita. Se sintió resignado con lo sucedido y vol-
vió a bajar bastante animado.
Se agruparon junto al fuego y charlaron; las chicas y
la madre continuaron trabajando. Bob les habló de la
ex- tra-ordinaria amabilidad del sobrino del señ or
Scrooge, al que apenas había visto una sola vez y sin
embargo, al encontrá rselo aquel día en la calle, se había
dado cuenta de que Bob parecía un poco —«só lo un poco
apagado, ¿ver-

10
dad?»— y le preguntó qué le sucedía. «Se lo conté», dijo
Bob, «porque es el caballero má s amable que os podá is
imaginar. «Lo lamento de todo corazó n, señ or Cratchit»,
dijo, «y lo lamento de todo corazó n por su buena esposa.
Por cierto, no se có mo podía saberlo».
«¿Saber qué, cariñ o?»
«Pues eso, que tú eras una buena esposa», respondió
Bob.
«¡Todo el mundo lo sabe!», dijo Peter.
«¡Muy bien dicho, hijo mio!» exclamó Bob. —Eso es-
pero—. «Lo lamento de todo corazó n» —dijo él—, «por su
buena esposa. Si de algo les puedo servir» —dijo él dá n-
dome su tarjeta—, «ahí es donde vivo. Le ruego que ven-
ga a verme, pero no se trata de lo que hubiera podido ha-
cer por nosotros; era consolador por la manera tan afa-
ble de decirlo. Realmente parecía como si hubiese cono-
cido a nuestro Tiny Tim y sintiera nuestro dolor».
«Tengo la seguridad de que es un alma bondadosa»,
dijo la señ ora Cratchit.
«Estarías má s segura, querida, si le hubieras visto y
hablado con él. No me sorprendería, escucha bien lo que
te digo, si él consiguiera para Peter una colocació n me-
jor».
«¿Has oído, Peter?» dijo la señ ora Cratchit.
«Y entonces», dijo una de las chicas, «Peter se asocia-
rá con otro y se establecerá por su cuenta».
«¡Cá llate ya!», replicó Peter gesticulando.
«Es probable que ocurra un día de éstos», dijo Bob,
«aunque para eso hay tiempo de sobra. Pero aunque nos
separemos unos de otros, sea cuando sea, estoy seguro
de que ninguno se olvidará de Tiny Tim, ¿verdad?, la pri-
mera separació n de uno de nosotros».
«¡Jamás, padre!» exclamaron todos.

11
«Y ahora yo sé, queridos míos», dijo Bob, «yo sé que
cuando recordemos lo paciente y tranquilo que era, aun-
que era muy pequeñ o, un niñ o chiquitín, no reñ iremos
por naderías, olvidá ndonos así del pobre Tiny Tim».
«¡No, jamás, padre!» gritaron ellos otra vez.
«¡Estoy muy contento!» dijo Bob. «¡Estoy muy conten-
to!»
La Sra. Cratchit le besó , sus hijas le besaron, los dos
jó venes Cratchit le besaron, y Peter y él se estrecharon
las manos. ¡Espíritu de Tiny Tim, tu infantil esencia pro-
cedía de Dios!
«Espectro», dijo Scrooge, «presiento que ha llegado el
momento de separarnos. No se có mo, pero lo sé. Dime
quién era el hombre muerto que vimos».
El Fantasma de la Navidad del Futuro, igual que en
anterior ocasió n, le trasladó —aunque pensó que eran
otros tiempos pues no parecía existir un orden en las
ú ltimas visiones, si bien todas se desarrollaban en el fu-
turo— a los lugares frecuentados por los hombres de ne-
gocios, pero a él no se le veía por ninguna parte. Ademá s,
el espíritu no se detenía sino que seguía directamente,
como si se encaminara a una meta ahora deseada, hasta
que Scrooge le rogó que se detuviera unos instantes.
«En este patios, dijo Scrooge, «que estamos atrave-
sando rá pidamente es donde tengo mi despacho y ahí he
trabajado durante largo tiempo. Estoy viendo la casa. Dé-
jame contemplar có mo estaré en el futuro».
El espíritu se detuvo pero la mano señ alaba a otra
parte.
«La casa está por allá», exclamó Scrooge. «¿Por qué
señ alas a otro lado?»
El dedo inexorable no cambió .
Scrooge se precipitó hacia la ventana de su oficina y
miró el interior. Seguía siendo una oficina, pero no la suya.

11
Los muebles no eran los mismos y el personaje sentado
no era él. El fantasma seguía señ alando la misma direcció n.
Scrooge se volvió a unir a él y, deseando saber por qué
razó n y a dó nde iban, le acompañ ó hasta una verja. An-
tes de entrar se detuvo un momento para mirar a su al-
rededor.
Un cementerio parroquial. Así pues, aquí yacía bajo
tierra el desdichado hombre cuyo nombre iba a conocer
ahora. ¡El sitio merecía la pena! Emparedado entre edi-
ficios, cubierto de yerbajos —vegetació n de la muerte,
no de la vida—, demasiado atiborrado de enterramientos,
inflado de voracidad satisfecha. ¡Bonito lugar!
El espíritu se detuvo entre las rumbas y señ aló una.
Scrooge avanzó hacia ella temblando. El fantasma esta-
ba exactamente igual que antes, pero Scrooge tenía
mie- do de ver una nueva significació n en su solemne
forma.
«Antes de que siga acercá ndome a esa losa que señ a-
las», dijo Scrooge, «respó ndeme a una pregunta. ¿Son las
imá genes de cosas que van a suceder o solamente imá -
genes de cosas que podrían suceder?»
Pero el fantasma señ alaba, con el dedo hacia abajo, t
que tenía delante.
«El rumbo de la vida de un hombre presagia cierto
final que se producirá si el hombre persevera», dijo Scroo-
ge. «Pero si se modifica el rumbo, el final cambiará . ¡Dime
que eso es lo que me está s enseñ ando!»
El espíritu permaneció tan inconmovible como siem-
pre.
Tembloroso, Scrooge se arrastró hacia él y, siguien-
do la indicació n del dedo, leyó en la losa de la abando-
nada tumba su propio nombre, EBENEZER SCROOGE.
«¿Soy yo el hombre que yace en la cama?» gritó
arro- dillado.
El dedo le señ aló a él y otra vez a la tumba.

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El último de los espíritus.
(John Leech)
«¡No, espíritu! ¡No, no, no!»
Allí continuaba el dedo.
«¡Espíritu!» gritó agarrá ndose con fuerza al manto,
«¡escú chame! Ya no soy como antes. Gracias a este
encuen- tro ya no seré el mismo que antes. ¿Por qué me
muestras todo esto si ya no hay esperanza para mí?»
Por vez primera la mano pareció vacilar.
«¡Espíritu bueno!» continuó diciendo postrado en el
suelo. «Tu benevolencia intercede en mi favor y me com-
padece. ¡Dime que todavía puedo modificar las imá ge-
nes que me has mostrado si cambio de vida!»
La mano benéfica temblaba.
«Haré honor a la Navidad en mi corazó n y procuraré
mantener su espíritu a lo largo de todo el añ o. Viviré en
el Pasado, el Presente y el Futuro; los espíritus de los
tres me dará n fuerza interior y no olvidaré sus enseñ an-
zas. ¡Ay! ¡Dime que podré borrar la inscripció n de esta
losa!»
En su agonía, se agarró a la mano espectral. La mano
trató de soltarse pero Scrooge la retuvo con fuerza im-
plorante. El espíritu, aú n con mayor fuerza, le rechazó .
Alzando sus manos en una postrer sú plica para cam-
biar su destino, Scrooge vio una alteració n en la capu-
cha y tú nica del fantasma, que se encogió , se
desmoronó
y se convirtió en la columna de una cama.

114
Haré honor a la Navidad en mi corazón.
V. DESENLACE FINAL

¡SÍ!, Y LA columna era suya, de su propia cama, y suya era


la habitació n. ¡Pero lo mejor de todo es que el tiempo
que le quedaba por delante era su propio tiempo y
podía en- mendarse!
Mientras gateaba para salir de la cama, Scrooge re-
petía «Viviré en el Pasado, el Presente y el Futuro. Los
tres espíritus del tiempo me ayudará n. ¡Oh, Jacob Mar-
ley! El Cielo y las Navidades sean loados! ¡Lo digo de ro-
dillas, viejo Jacob, de rodillas!»
Estaba tan alterado y tan acalorado con sus buenos
propó sitos que su quebrada voz apenas le salía. Duran-
te un conflicto con el espíritu había sollozado violenta-
mente y su rostro aú n seguía humedecido por las lá gri-
mas.
«¡No las han arrancado!» exclamó Scrooge acunando
en los brazos una de las coronas de su cama, «¡no las
han arrancado con anillas y todo. Está n aquí; yo estoy
aquí y se disipará n las sombras de las cosas que
podrían haber sucedido. Sí, se desvanecerá n, lo sé!»
Todo este tiempo tenía las manos ocupadas en hur-
gar sus ropas, volviéndolas al revés, poniendo lo de
arri- ba para abajo, arrancá ndolas, poniéndoselas mal y
ha- ciendo con ellas toda clase de extravagancias.
«¡No sé qué hacer!» decía Scrooge llorando y riendo
al mismo tiempo, y haciendo con sus calzas una perfecta
representació n de Laoconte. «Me siento tan ligero como
una pluma, tan feliz como un á ngel, tan contento como
un colegial. Estoy tan embriagado como un borracho. ¡Fe-
liz Navidad a todos, feliz Añ o Nuevo para el mundo en-
tero! ¡Hola eh! ¡Yuppy! ¡Hola!»
Entró en el saló n brincando y allí se quedó de pie,
com- pletamente enredado.
«¡Ahí está el bol de las gachas!», exclamó
empezando nuevamente a brincar junto a la chimenea.
«¡La puerta por dó nde entró el fantasma de Jacob
Marley! ¡La esqui- na donde se sentó el fantasma de la
Navidad del presen- te! ¡La ventana donde vi a los
espíritus errantes! ¡Todo es verdad, todo ha sucedido
de verdad. Ja, ja, ja!»
Para un hombre que llevaba sin practicar durante
lar- gos añ os, era realmente una risa espléndida, una
risa de lo má s insigne. ¡La madre de una larga, larga
descenden- cia de radiantes carcajadas!
«¡No sé en qué fecha estamos!» dijo. «No sé cuanto
tiem- po he estado con los espíritus. No sé nada. Estoy
como un niñ o. Qué má s da. No me importa. Es mejor ser
como un niñ o. ¡Hola! ¡Yuppy! ¡Hola eh!»
Su paroxismo fue moderado por los repiques de cam-
panas de iglesia má s fragorosos que había escuchado en
toda su vida. ¡Tilín, talá n, ding, dong, tilín, toló n! ¡Ah,
glorioso, glorioso!
Corrió a la ventana, la abrió y asomó la cabeza. Ni
bruma, ni niebla; claro, despejado, alegre, estimulante,
frío; frío como el sonido de una gaita que invita a la san-

11
gre a bailar. Sol dorado, cielo azul, dulce aire fresco, ale-
gres campanadas. ¡Ah, glorioso, glorioso!
«¿Qué día es hoy?», gritó Scrooge a un chico que
esta- ba abajo muy endomingado y que tal vez
deambulaba por allí para fisgarle.
«¿Qué?», respondió el chico con el mayor asombro.
«Qué día es hoy, amiguito?», preguntó Scrooge.
«¡Hoy!», respondió el muchacho. «Bueno, NAVIDAD».
«¡Es el día de Navidad!», dijo Scrooge hablando con-
sigo mismo. «No me lo he perdido. Los espíritus lo hicie-
ron todo en una sola noche. Pueden hacer lo que quie-
ran. Naturalmente. Claro que pueden. ¡Hola, amiguito!»
«Hola», replicó el chico.
«¿Conoces la pollería que está a dos calles, en la esqui-
na?», inquirió Scrooge.
«Desearía haberla conocido», replicó el chaval.
«¡Qué chico mas inteligente!», dijo Scrooge. «¡Un
mucha- cho notable! ¿Sabes si han vendido el pavo caro
que te- nían allí colgado? No digo el barato sino el pavo
grande».
«¡Cuá l?, ¿uno que es tan grande como yo?», dijo el mu-
chacho.
«¡Qué encanto de chico!», dijo Scrooge. «¡Da gusto ha-
blar con él. Sí, caballerete!»
«Allí está colgado ahora», respondió el chico.
«¿De veras?», dijo Scrooge. «Vete a comprarlo».
«¡Amos anda!», exclamó el muchacho.
«No, no», dijo Scrooge, «hablo en serio. Vete y có m-
pralo y diles que lo traigan aquí, que yo les daré la direc-
ció n a la que deben llevarlo. Vuelve con el mozo y te daré
un chelín. ¡Si vuelves con él en menos de cinco minutos
te daré media corona!»
El chico salió disparado, como si hubiera tenido una
mano firme apretando un gatillo.

11
«¡Se lo enviaré a la familia de Bob Cratchit!», musitó
Scrooge, frotá ndose las manos y desternillá ndose de risa.
«No sabrá quién se lo manda. Es de un tamañ o doble
que Tiny Tim. ¿Joe Miller31 nunca gastó una broma tan
gra- ciosa!»
No estaba firme la mano con que escribió la direcció n,
pero la escribió como pudo y bajó para abrir la puerta de
la calle antes de que llegara el hombre de la pollería. Cuan-
do estaba esperando, la aldaba llamó su atenció n.
«¡La amaré mientras viva!», exclamó dá ndole
palma- ditas. «Apenas me había fijado en ella
anteriormente.
¡Qué expresió n tan honrada tiene en el rostro! ¡Es una
aldaba maravillosa! ¡Aquí está el pavo! ¡Hola! ¡Yuppy!
¿Có mo está usted? ¡Felices fiestas!»
¡Aquello era un pavo! Aquel ave no podría haberse
sostenido sobre sus patas; las habría reventado en un mo-
mento como si fuesen palillos de lacre.
«Oiga, es imposible cargar con esto hasta Camdem
Town», dijo Scrooge. «Tendrá que ir en coche».
La risa ahogada con que dijo eso, y la risa ahogada
con que pagó el pavo, y la risa ahogada con que pagó el
coche, y la risa ahogada con que recompensó al mucha-
cho, solamente fue superada por la risa ahogada con
que se sentó , sin aliento, otra vez en su butaca, y continuó
rién- dose ahogadamente hasta que lloró .
Afeitarse no era una tarea fá cil porque su mano se-
guía muy temblorosa y para afeitarse es necesario pres-
tar atenció n, incluso aunque no se esté bailando mien-
tras uno se afeita. Pero aunque se hubiera cortado la
pun- ta de la nariz, se habría puesto un esparadrapo y
segui- ría tan satisfecho.

31
Joe Miller es un personaje gracioso del autor dieciochesco John
Mottley.

11
Se vistió , «con sus mejores galas» y, por fin, salió a la
calle, llena de gente a aquellas horas, tal como él había
visto con el Fantasma del Presente. Caminando con las
manos a la espalda, Scrooge miraba a todos con sonrisa
embelesada. Ofrecía un aspecto tan entrañ able que tres
o cuatro personas simpá ticas le dijeron «¡Buenos días,
señ or! ¡Que tenga feliz Navidad!» Y Scrooge solía decir
después que ésos habían sido los sonidos má s alegres que
jamá s había escuchado.
No había llegado lejos cuando vio venir hacia él el
caba- llero solemne que, el día anterior, había entrado en
su despacho diciendo: «De Scrooge y Marley, creo». El co-
razó n le latió con violencia al pensar có mo le miraría
aquel viejo caballero cuando se cruzasen; pero también
sabía cuá l era el paso a dar, y lo dio.
«Estimado señ or», dijo Scrooge acelerando el paso y
asiendo al viejo caballero por ambas manos. «¿Có mo está
usted? Espero que haya tenido éxito ayer. Fue muy ama-
ble por su parte. ¡Feliz Navidad, señ or!»
«¿El señ or Scrooge?»
«Sí», dijo Scrooge. «Ese es mi nombre y me temo
que no le resulte grato. Permítame pedirle perdó n. Y
tenga usted la bondad de...» Scrooge le murmuró algo
al oído.
«¡Dios mío!», exclamó el caballero como si se le hu-
biera cortado la respiració n. «Mi estimado señ or Scroo-
ge, ¿lo dice en serio?»
«Se lo ruego», dijo Scrooge. «Ni un ochavo menos. Le
aseguro que van incluidos muchos atrasos. ¿Me hará us-
ted este favor?»
«Mi estimado señ or», dijo el otro estrechá ndole las
manos. «¡No sé qué decir ante tal munifi...»
«No diga nada, por favor, atajó Scrooge. «Venga a ver-
me. ¿Vendrá a visitarme?»

12
«¡Lo haré!», exclamó el caballero, y estaba claro que
esa era su intenció n.
«Gracias», dijo Scrooge. «Muy agradecido. Un milló n
de gracias. ¡Adió s!»
Estuvo en la iglesia, deambuló por las calles, contem-
pló a la gente apresurá ndose de un lado para otro, dio
palmaditas en la cabeza de los niñ os, se interesó por los
mendigos, miró las cocinas de las casas, abajo, y las venta-
nas de arriba, y descubrió que todo le resultaba un placer.
Nunca había imaginado que un paseo le pudiera repor-
tar tanta felicidad. Por la tarde, encaminó sus pasos hacia
la casa de su sobrino.
Pasó por delante de la puerta una docena de veces
antes de acumular el valor suficiente para subir y lla-
mar. Peto tuvo el atranque y lo hizo.
«¿Está el señ or en casa, guapa?», dijo Scrooge a la
chi- ca. «¡Guapa chica, en verdad!»
«Sí, señ or»
«¿Dó nde está , cariñ o? », dijo Scrooge.
«Está en el comedor, señ or, con la señ ora. Le acom-
pañ aré arriba, por favor».
«Gracias. Ya me conoce», dijo Scrooge con la mano
pues- ta en la manilla del comedor. «Voy a entrar,
guapa».
Abrió la puerta suavemente y asomó la cara. Ellos
estaban revisando la mesa (magníficamente puesta),
pues estas parejas jó venes siempre se ponen nerviosos
con cosas así y les gusta que todo esté como es debido.
«¡Fred!», dijo Scrooge.
¡Ay, Señ or, qué susto se llevó la sobrina política! Scroo-
ge había olvidado que estaba sentada en el rincó n, con
el escabel, si no, por nada del mundo lo habría hecho.
«¡Vá lgame Dios! ¿Quién es?», exclamó Fred.
«Soy yo. Tu tío Scrooge. He venido a cenar. ¿Puedo
quedarme, Fred?»

12
Nunca había imaginado que un
paseo le pudiera reportar tanta
felicidad.
¡Que si podía! Fue una suerte que no se le cayera el
brazo con las sacudidas. En cinco minutos se sentía como
en su casa. Nada podía ser má s entrañ able. La sobrina
era igual que la había visto. Y Topper, cuando llegó . Y la
hermana rellenita, y todos los demá s. ¡Maravillosa re-
unió n, maravillosos juegos, maravillosa concordia, ma- ra-
vi-llo-sa felicidad!
Pero a la mañ ana siguiente llegó temprano a la ofici-
na. ¡Si pudiera ser el primero y sorprender a Bob Crat-
chit llegando con retraso! En ello había puesto todo su
empeñ o.
¡Y lo consiguió ; sí, lo consiguió ! En el reloj dieron las
nueve. Bob sin aparecer. Dieron las nueve y cuarto. Bob
sin aparecer. Llegó con dieciocho minutos y medio de
retraso. Scrooge se sentó con la puerta abierta para ver-
le entrar en la Cisterna.
Antes de abrir la puerta ya se había quitado el som-
brero y también la bufanda; en un santiamén ya estaba
en su taburete, trabajando intensamente con el lapicero
como si intentara dar marcha atrá s al tiempo.
«¡Hola!», gruñ ó Scrooge, fingiendo lo mejor que supo
su voz habitual. «¿Qué significa esto de llegar a estas ho-
ras?»
«Lo siento mucho, señ or», dijo Bob. «Me he retrasa-
do».
«¿Se ha retrasado?», repitió Scrooge. «Sí. Eso creo.
Haga el favor de venir».
«Es la ú nica vez en todo el añ o, señ or», se excusó Bob
saliendo de la Cisterna. «No se volverá a repetir. Ayer
tuvimos un poco de fiesta, señ or».
«Pues le diré una cosa, amigo mío», dijo Scrooge, «no
voy a continuar consintiendo cosas como ésta. Y por con-
siguiente», prosiguió , saltando de su asiento y aplicando
a Bob tal empujó n en el chaleco que le hizo retroceder

12
tambaleá ndose hasta la Cisterna otra vez, «y por consi-
guiente ¡estoy a punto de subirle el sueldo!»
Bob temblaba y se acercó un poco má s a la vara de
medir. Por un instante, tuvo la idea de pegar a Scrooge
con ella, sujetarle y pedir ayuda a la gente del patio y
ponerle una camisa de fuera.
«¡Feliz Navidad, Bob!» dijo Scrooge con inconfundi-
ble acento de sinceridad, al tiempo que le daba palma-
das en la espalda. «¡La má s Feliz Navidad, Bob, mi buen
compañ ero, que yo le haya deseado en muchos añ os! Le
aumento el sueldo y me propongo auxiliar a su necesi-
tada familia; ¡trataremos sus asuntos esta misma tarde
ante un bol navideñ o de «obispo» humeante,32 Bob! ¡Ati-
ce las estufas y compre otro cubo de carbó n antes de
po- nerse a escribir ni el punto de una «i», Bob
Cratchit!»
Scrooge cumplió má s de lo prometido. Lo hizo todo
y muchísimo má s; fue un segundo padre para Tiny Tim,
que no murió . Se convirtió en el amigo, amo y hombre
má s bueno que se conoció en la vieja y buena ciudad o en
cualquier otra buena ciudad, pueblo o parroquia del bue-
no y viejo mundo. Algunas personas se reían al ver el cam-
bio, pero él las dejaba reírse sin prestarles atenció n pues
era lo bastante sabio para darse cuenta de que nada bue-
no sucede en este globo sin que determinadas personas
se harten de reír al principio; sabía que tales personas
siempre estarían ciegas y consideraba el malicioso bri-
llo y arrugas de sus ojos como una enfermedad cualquie-
ra, con manifestaciones menos atractivas. Su propio co-
razó n reía y con eso le bastaba.
No volvió a tener trato con aparecidos, pero en ade-
lante vivió bajo el Principio de Abstinencia Total y siem-
32
«Bishop» (obispo) es una bebida caliente hecha con vino tinto,
na- ranjas amargas, azú car y especies. Su color recuerda el de las
vestidu- ras episcopales.

12
pre se dijo de él que sabía mantener el espíritu de la Na-
vidad como nadie. ¡Ojalá se pueda decir lo mismo de no-
sotros, de todos nosotros! Y así, como dijo Tiny Tim, ¡que
Dios nos bendiga a todos, a cada uno de nosotros!

12

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