Unidad 5 Resumen
Unidad 5 Resumen
COMISION 5045
UNIDAD 5
Para explicar este fenómeno, Malinowski destaca que "Los filósofos y pensadores políticos,
teólogos y psicólogos, estudiosos de la historia y la moral, han usado esta palabra con un
alcance de sentidos harto amplio. Esto se debió en gran parte al hecho de que la palabra
libertad, por razones muy definidas, tiene una seducción sentimental y un peso retórico que
hace muy cómodo su uso en la arenga, en el sermón moral, en la exhortación poética y en el
debate metafísico".
La libertad, como expresión de la necesidad espiritual y física más elemental del ser humano,
trasciende el marco individual para proyectarse en la esencia de la organización política global
y constituir la razón de ser de un Estado de Derecho en el proceso del movimiento
constitucionalista.
Son innumerables las definiciones del concepto de libertad. Varían en función del enfoque que
adoptemos y de los valores que consideremos.
Alberdi escribía que "la libertad es el poder de que cada hombre está dotado por su naturaleza
para ejercer todas las facultades de su ser. Es la libertad social. Pero la condición de vida de la
libertad de cada hombre es la libertad de los demás". También sostenía que "la libertad es el
respeto del hombre al hombre. La libertad es poder, autoridad. Respetar la libertad de cada
hombre es respetar el poder, la autoridad de cada hombre. Respetar la autoridad unida o
colectiva de todos los hombres que forman una sociedad es respetar la libertad de cada uno. El
que no sabe obedecer no sabe ser libre".
A pesar de las dificultades que se presentan para definir el concepto de libertad, y a pesar de
los más variados significados que se le asignan a ese vocablo, le asiste la razón a Linares
Quintana cuando nos enseña que "libertad" es una palabra tan antigua como la historia del
hombre y que la propia historia de la humanidad puede ser sintetizada como la historia de la
lucha eterna del hombre por la libertad.
En efecto, si nos ceñimos a un enfoque empírico, no es cierto que la libertad exista tan sólo en
el mundo de los sueños. La libertad existe cuando se lucha para conseguirla, tal como lo
demuestra la historia de la humanidad.
También es cierto que una libertad duradera y acorde con el bien común requiere
responsabilidad. Cuanto mayor sea la responsabilidad, mayor será el grado de la libertad. El
hombre libre se sujeta a la responsabilidad para preservar aquélla. En cambio, el hombre
mediocre no es responsable porque carece de energía o talento para bregar por su libertad, o
porque ella no le interesa realmente. El individuo mediocre no es responsable porque otro
decide por él, y prefiere la sumisión a ser dueño de su propio destino y superar esa
mediocridad para ser libre. El hombre mediocre odia el trabajo; el hombre libre lo ama porque
sabe que le dará más libertad. Los pueblos cultos crean su destino porque están dirigidos por
una libertad responsable; en cambio, los pueblos incultos soportan lo que les impone el
destino porque no quieren o no saben ser libres con responsabilidad.
La idea primaria que representa el concepto de libertad se traduce en una oposición. En dos
polos antagónicos que son la libertad como energía o fuerza para alcanzar un objetivo y las
dificultades o trabas para su concreción.
2) En la sumisión o esclavitud del hombre frente a los impulsos externos o frente a su propia
ineptitud espiritual para superar las pasiones que anulan su libertad.
3) En la necesidad que conduce al hombre a abandonar las metas elevadas que se pudo haber
fijado en función de su dignidad natural.
1) La libertad como exención de la violencia o como energía que supera las trabas impuestas
por la violencia.
En cada una de estas tres hipótesis, la libertad, además de exteriorizarse en un acto voluntario,
se traduce en conductas impregnadas por el deseo del ser humano por alcanzar un objetivo
trascendente; de superar las barreras interiores o exteriores de la violencia, la sumisión o la
necesidad por él conocidas mediante el despliegue de una actividad física o intelectual que le
permite alcanzar los objetivos trascendentes que establece su naturaleza o su raciocinio.
Filosóficamente, la libertad es una idea representativa de las aspiraciones individuales del ser
humano, que se refleja en una presunta potestad para hacer o conseguir un resultado
determinado. Pero ese significado no es el concepto jurídico que tiene relevancia en el
derecho constitucional. La libertad jurídica no es simplemente esa concepción metafísica,
aunque con frecuencia ella es utilizada para caracterizar el concepto jurídico de la libertad.
La libertad jurídica trasciende el marco subjetivo del individuo y está integrada por todo el
conjunto de atributos naturales o positivos que la ley le asigna al hombre en función de la idea
política dominante. La libertad es, así, el conjunto de atributos que la ley le confiere o
reconoce a una entidad que alcanza la jerarquía de persona, y que se hacen efectivos en las
relaciones sociales mediante su corporización en derechos.
Esto nos conduce a descartar aquellas definiciones de la libertad que la limitan a la idea de un
hacer o dejar de hacer. La libertad es un atributo que distingue a la persona y que se expresa
en su potestad de exigir un comportamiento determinado del Estado y demás particulares
mediante el ejercicio de los derechos subjetivos.
Si la libertad jurídica fuera absoluta, tal como puede ser concebida por algún pensamiento
filosófico, sería imposible concretar una vida social en libertad. Por tal razón, la libertad
constitucional está condicionada a la adecuación del individuo al orden jurídico de la sociedad
global. Sin esa subordinación al ordenamiento jurídico, no puede expresarse una sociedad
organizada y la libertad constitucional no será tal. En este caso no habrá libertad, sino
libertinaje.
La relación entre la libertad constitucional y sus limitaciones, impuestas por el orden social,
permite precisar sus contenidos. Se trata de una libertad jurídica y no extrajurídica. Es una
libertad relevante, en cuanto tiene previstos efectos jurídicos. Es una libertad lícita, en cuanto
no se concibe jurídicamente la presencia de una libertad ilícita y sí los efectos antijurídicos de
un comportamiento humano que es su causa eficiente.
Son varias las disposiciones constitucionales que, de manera explícita o implícita, permiten la
calificación jurídica del concepto de libertad. De ellas, el art. 19 de la Ley Fundamental es el
que le otorga su precisión básica. Dispone que nadie puede ser obligado a hacer lo que no
manda la ley, ni privado de lo que ella no prohíbe. Se trata de un principio general que está
acompañado por las hipótesis en las cuales se limita la libertad individual, y si bien ellas aluden
a las acciones privadas de las personas, un enfoque interpretativo sistemático permite su
aplicación extensiva a áreas extrañas a los llamados derechos personalísimos. Tales límites, al
margen de los legales, están conformados por el orden público, la moral pública y el deber de
no ocasionar daños innecesarios a terceros en resguardo de su dignidad.
La redacción de la Ley Fundamental revela que fueron debidamente aplicadas las técnicas más
modernas de formulación constitucional, en la búsqueda de la perdurabilidad de sus normas
que permitiera, dentro de su cauce, el nacimiento y desarrollo de instituciones sociales y
políticas que en ese momento concreto no era posible prever. Se consiguió forjar los
instrumentos para evitar la inestabilidad política y para que las normas constitucionales no
quedaran a la zaga del dinamismo social.
Para consolidar la unidad nacional que no se había podido concretar durante más de cuarenta
años, uno de los principales objetivos de los constituyentes fue el gobierno enérgico. Otro de
sus objetivos fue la instauración de un gobierno con poderes limitados, lo cual se tradujo en
una fórmula muy sencilla: el gobierno debía ser fuerte para consolidar la unidad nacional y la
democracia constitucional, pero esa fuerza jamás debía superar los límites establecidos por el
reconocimiento de la libertad del hombre.
Otro de los propósitos fue la creación de un gobierno representativo, ejercido por personas
idóneas, por personas capaces de superar los intereses sectoriales para recoger y plasmar en
soluciones concretas, basadas en el bien común, las inquietudes y demandas de la población.
Los constituyentes querían un gobierno fuerte, un gobierno que respetara la libertad y que
fuese ampliamente representativo de los ideales que forjaron el surgimiento de la Nación.
Todo ello en un marco racional y realista que posibilitara la subsistencia del sistema sin
necesidad de apartarse del texto constitucional.
Destacando este aspecto, Joaquín V. González señaló que "no debe olvidarse que es la
Constitución un legado de sacrificios y de glorias consagrado por nuestros mayores a nosotros
y a los siglos por venir; que ella dio cuerpo y espíritu a nuestra patria hasta entonces informe, y
que como se ama a la tierra nativa y al hogar de las virtudes tradicionales, debe amarse la
carta que nos engrandece y nos convierte en fortaleza inaccesible a la anarquía y el
despotismo", a lo que agregó que "la Constitución Nacional es uno de los instrumentos de
gobierno más completos, más orgánicos, más jurídicos, sin ser por eso estrecho ni inmóvil, que
hayan consumado los legisladores de cualquier país y época". En igual sentido, resaltando la
proyección y aplicabilidad de la Ley Fundamental, Linares Quintana expresa que "La
Constitución Argentina es una de las más sabias, humanas, prudentes y perfectas
constituciones del mundo".
Con dicha cláusula adquieren jerarquía constitucional todas las especies de la libertad natural
del hombre y todas aquellas que conforman la esencia de un sistema gubernamental
republicano, estén o no enunciadas explícitamente en el texto constitucional o en sus normas
reglamentarias. Tanto las libertades ya existentes, como las libertades en embrión que nacerán
como consecuencia del dinamismo social.
Es bueno recordar, para disipar dudas y extravíos, cómo fue concebida la importancia de la
libertad constitucional en una de las sentencias más célebres de la Corte Suprema de Justicia.
Resolviendo el caso "Sojo"(1) , en 1887, destacó que "por grande que sea el interés general,
cuando un derecho de libertad se ha puesto en conflicto con atribuciones de una rama del
poder público, más grande y más respetable es el que se rodee ese derecho individual de la
formalidad establ ecida para su defensa (...). El palladium de la libertad no es una ley
suspendible en sus efectos, revocable según las conveniencias públicas del momento; el
palladium de la libertad es la Constitución; ésa es el arca sagrada de todas las libertades, de
todas las garantías individuales cuya observancia inviolable, cuya guarda severamente
escrupulosa debe ser el objeto primordial de las leyes, la condición esencial de los fallos de la
justicia federal (...). Es de la esencia del sistema constitucional que nos rige, la limitación de los
poderes públicos a sus atribuciones y facultades demarcadas como derivadas de la soberanía
del pueblo, por su expreso consenso".
Además, por aplicación del principio de igualdad, las limitaciones a la libertad deben ser
iguales para todos los hombres en igualdad de circunstancias.
Las limitaciones a la libertad que, en rigor y jurídicamente, son limitaciones a los derechos del
hombre, jamás pueden desembocar en la negación de la esencia de aquélla.
La Constitución prevé una libertad limitada y condiciona la validez de esos límites a la igualdad,
razonabilidad y al debido procedimiento legal. Las regulaciones a la libertad tampoco son
absolutas, sino razonables en función del bien común. Ellas emanan de la ley en forma
negativa o positiva.
Toda libertad, traducida en un derecho, tiene su obligación correlativa. Para que la libertad sea
efectiva a través del ejercicio de los derechos, es necesario que jurídicamente se prevean los
deberes frente a ella. Esos deberes son los que permiten una convivencia armónica en libertad
y la concreción de los grandes fines que motivan la creación de la organización política global.
En efecto, si alguien es titular de un derecho, habrá otra persona que tiene el deber de
respetar ese derecho y viceversa. Pero, al margen de ese deber, el derecho tiene un límite en
su ejercicio. En cierto modo, todo ejercicio de un derecho debe ser responsable y esa
responsabilidad en una convivencia social armónica debe provenir, en primer lugar, del propio
titular del derecho. Se impone una suerte de autorregulación para evitar el ejercicio de un
derecho en forma abusiva. La titularidad de un derecho es legal y legítima, pero esa legalidad y
legitimidad quedan desarticuladas por su ejercicio abusivo, que será ilegal e ilegítimo.
A su vez, la cláusula del art. 14, al admitir las limitaciones por vía de la reglamentación, está
sujeta a la previsión del art. 28, que establece que los principios, garantías y derechos
reconocidos por la Constitución no pueden ser alterados por las leyes que reglamenten su
ejercicio. Esto significa que la reglamentación no puede tener un alcance tal que en la práctica
se traduzca en el aniquilamiento de la libertad o en su desnaturalización. También significa que
la reglamentación debe ser razonable, con respeto de la esencia del art. 19 de la Ley
Fundamental, y que no puede ser fuente de desigualdades que, como tales, siempre serán
arbitrarias.
La libertad constitucional no es la libertad tal como es concebida por las diversas corrientes del
pensamiento filosófico, sino aquella que es reconocida y garantizada por la ley constitucional.
La Constitución enuncia y reconoce las libertades, establece los derechos para garantizarlas y
fija los límites para su desenvolvimiento en las relaciones sociales.
Esto significa que no podemos vincular al poder de policía con el Estado de Policía, como figura
opuesta al Estado de Derecho, porque precisamente toda manifestación del poder de policía
debe ajustarse a la Constitución. De manera que el poder de policía del Estado no es concebido
como una imposición arbitraria, sino razonable y derivada de las necesidades que genera la
convivencia social.
La regulación práctica de la libertad y sus limitaciones son establecidas por el llamado poder de
policía que, a tales fines, ejercen los órganos gubernamentales. Los poderes legislativo,
ejecutivo y judicial, dentro del marco de sus funciones constitucionales, ejercen el poder de
policía para la protección de los individuos, grupos sociales y del propio Estado. Su objetivo es
reglamentar las libertades individuales y sociales en función del bien común.
El poder de policía es una potestad y una función del gobierno, expresada en reglas jurídicas
que reglamentan las libertades y establecen un orden de convivencia al cual deben adecuarse
los comportamientos de los hombres.
Así concebido, el poder de policía tiene por finalidad asegurar la libertad de todos, la armonía
social, la seguridad pública, el orden público, la moralidad, la salud y el bienestar general,
mediante normas jurídicas acordes con la Constitución que establecen limitaciones razonables
a las libertades individuales que, de todos modos, no pueden alterar ni desconocer.
El poder de policía es flexible en el sentido de que debe ser adecuado permanentemente a las
cambiantes condiciones sociales, económicas y políticas de una sociedad, que hacen variar los
alcances de la idea sobre el bien común en su relación directa con una situación específica y
concreta. Las necesidades del bien común varían en función de los cambios que se operan en
la idea política dominante, así como también por los hechos que se presentan en cada
momento. Los requerimientos del bien común difieren según nos encontremos en un período
de paz o de guerra, en una situación de crisis o estabilidad social, en una época de emergencia
económica o de prosperidad.
Esto no significa que, en algunos casos específicos, el gobierno no pueda delegar transitoria y
parcialmente el ejercicio del poder de policía. Ello será posible siempre que la delegación esté
avalada por la ley que definirá su objeto y alcances para el caso concreto.
Bajo tales condiciones, es factible la delegación del poder de policía en los municipios, juntas
vecinales, comisiones y particulares para concretar su eficiente ejercicio. Pero, de todas
maneras, lo que se podrá delegar es el ejercicio del poder y no su titularidad.
Además, quien lo ejerza bajo tales circunstancias, lo hará en su calidad de agente del gobierno,
sujeto al control de éste y con cargo de ajustarse estrictamente a las directivas
gubernamentales.
165. Sistemas del poder de policía
Teniendo en cuenta la amplitud de los fines a que responde el ejercicio del poder de policía, se
suelen distinguir dos sistemas: el europeo y el norteamericano.
En el sistema norteamericano, los fines del poder de policía se amplían considerablemente, sin
quedar reducidos al concepto de orden público. El poder de policía no se limita a proteger el
orden público, sino que se extiende a las medidas necesarias para promover el bienestar
general y regular la vida social y económica en función del bien común de la sociedad. Esto, en
modo alguno significa que pragmáticamente la intensidad y la extensión del poder de policía
sean mayores en el sistema norteamericano que en el europeo en desmedro de la libertad
individual.
Esto es así, por cuanto en el sistema norteamericano se ha entendido que el titular de una
libertad, por más amplia que ella sea, sólo puede ejercerla bajo la condición de que su uso no
sea perjudicial para el disfrute de la misma libertad que tienen los demás individuos, ni
perjudicial para el bienestar general y el bien común de la sociedad. Pero ello en modo alguno
puede desembocar en la negación de las libertades individuales o en la imposición a ellas de
limitaciones carentes de razonabilidad.
Así, en su Preámbulo se destaca que la Constitución fue dictada con el objeto de constituir la
unión nacional, afianzar la justicia, consolidar la paz interior, proveer a la defensa común,
promover el bienestar general y asegurar los beneficios de la libertad.
El art. 14 dispone que el uso de las libertades constitucionales debe ser conforme a las leyes
que reglamenten su ejercicio. El art. 19 declara exentas de la autoridad de los magistrados a
las acciones privadas de los hombres que de ningún modo ofendan el orden y la moral pública
ni perjudiquen a un tercero. El art. 75, inc. 18, asigna al Congreso la función de proveer lo
conducente a la prosperidad del país, al adelanto y bienestar de todas las provincias y al
progreso de la ilustración, debiendo a tal efecto promover la industria, la inmigración, la
construcción de ferrocarriles y canales navegables, la colonización de tierras de propiedad
nacional, la introducción y establecimiento de nuevas industrias, la importación de capitales
extranjeros y la exploración de los ríos interiores; todo ello mediante la sanción de leyes
protectoras de tales fines y por concesiones temporales de privilegios y recompensas de
estímulo. El art. 75, inc. 32, también atribuye al Congreso la función de hacer todas las leyes y
reglamentos que sean convenientes para poner en ejercicio los poderes concedidos por la
Constitución al gobierno. Asimismo, y con relación a las provincias, el art. 125 establece que
promoverán su industria, la inmigración, la construcción de ferrocarriles y canales navegables,
la colonización de tierras de propiedad provincial, la introducción y establecimiento de nuevas
industrias, la importación de capitales extranjeros y la exploración de sus ríos, mediante leyes
protectoras de tales fines y con sus recursos propios.
En 1934 la Corte Suprema declaró constitucional la legislación que había impuesto una
moratoria hipotecaria(4) . En su disidencia, el juez Roberto Repetto manifestó que "La
emergencia no crea el poder ni tampoco aumenta o disminuye la extensión acordada a una
facultad; sólo da causa al ejercicio de los que expresa o implícitamente se hallen acordados en
el instrumento constitucional".
La Corte Suprema avaló la prohibición del expendio de bebidas alcohólicas en los días
domingo; la reducción de los alquileres y la prórroga de los contratos de locación; la
paralización de los lanzamientos en los juicios de desalojo; la obligación de incluir espectáculos
artísticos en las salas de programación cinematográfica; así como el aumento de los sueldos
dispuesto por el gobierno.
También son sumamente amplias las restricciones a las libertades durante los procesos de
"emergencia económica". Emergencias, generalmente provocadas por la ineptitud de nuestros
gobernantes y que muchas veces fueron acentuados por la inexistencia de ideas democráticas
para remediarlas. No cabe duda de que resulta más fácil gobernar de modo autoritario que
respetar los principios democráticos de la Constitución. Es que para alcanzar soluciones
eficaces para remediar una crisis en el sistema constitucional se requiere una cuota de talento,
inteligencia y respeto que, frecuentemente, está ausente en los gobernantes por su
desconocimiento —cuando no desprecio— por los valores liberales de la Ley Fundamental,
tanto en el ámbito político, como en económico y social.
Así como las libertades constitucionales no son absolutas, el poder de policía tampocoes
absoluto ni ilimitado.
El poder de policía representa una limitación al interés individual o social establecida por
razones serias y ciertas de convivencia y de bienestar general. El interés general que
necesariamente debe presuponer el poder de policía justifica que el Estado imponga límites a
las libertades individuales. Pero las restricciones a esas libertades individuales no pueden ser
arbitrarias, o responder a una concepción social y política absolutista, porque ello importaría
desconocer la esencia personalista de la Constitución.
Es cierto que el poder de policía está limitado por la razonabilidad de la convivencia social y del
bienestar general, que son los mismos presupuestos que avalan la limitación constitucional de
las libertades individuales, pero también es cierto que la invocación de tales valores puede
conducir al absurdo del desconocimiento o desnaturalización de la libertad individual. En tal
caso, nos enfrentaremos con otro de los límites impuestos al poder de policía, que surge del
art. 28 de la Constitución Nacional.
Corresponde a los órganos políticos del gobierno determinar la existencia de las condiciones
que avalan el ejercicio del poder de policía y los medios para alcanzar los fines generales que
éste presupone. Pero, si bien la determinación de la necesidad de acudir a la regulación de
policía es facultad privativa de los órganos políticos, corresponde al órgano judicial verificar, en
cada caso concreto, la razonabilidad de las medidas adoptadas y si ellas no superan los límites
contenidos en los arts. 19 y 28 de la Constitución. Ese control de constitucionalidad sobre el
poder de policía permite preservar el equilibrio entre los intereses generales y los intereses
individuales en una relación armónica.
El requisito de la razonabilidad excluye todas aquellas restricciones que cabe calificar como
arbitrarias o caprichosas, así como también todas aquellas que son manifiestamente ineficaces
o innecesarias para alcanzar los fines de interés general, o todas aquellas que se traduzcan en
el hostigamiento u opresión de un individuo o grupo social determinado. Es, en definitiva, la
regulación necesaria, indispensable y adecuada para satisfacer el bien común al momento de
ser aplicada la norma de policía.
En el marco de una organización política global, basada sobre una idea dominante que
determina el comportamiento de sus integrantes, el valor asignado a la vida no tiene la misma
trascendencia en un sistema democrático constitucional que en uno autoritario o autocrático.
En este último, el ser humano, con todos sus atributos, es simplemente un instrumento o
medio puesto al servicio de un objetivo considerado superior. La vida carece de relevancia
teleológica y está subordinada axiológicamente a las metas transpersonalistas del sistema.
En la nota correspondiente al art. 63 del Código Civil, el codificador destacó que "las personas
por nacer no son personas futuras, pues ya existen en el vientre de la madre", y cita en
respaldo de su opinión las disposiciones legales vigentes en Austria, Luisiana y Prusia. Para
darle carácter legal a semejante afirmación, dispuso categóricamente en el art. 70 que la
existencia de las personas comienza desde la concepción en el seno materno. En ese momento
comienza la libertad de vivir y la consecuente protección estatal.
Tal conclusión reviste jerarquía constitucional. Así, el art. 4º, inc. 1º, de la Convención
Americana sobre Derechos Humanos establece que el derecho a la vida está protegido a partir
del momento de la concepción.
Otro tanto resulta implícitamente del art. 75, inc. 23, de la Constitución que establece un
régimen de seguridad social completo y específico para la protección de la niñez en situación
de desamparo que se proyecta desde el embarazo. La referencia constitucional al embarazo
significa el reconocimiento del derecho a la vida antes del nacimiento de las personas, así
como también de su derecho a la salud.
Estas conclusiones no se contradicen con la Convención sobre los Derechos del Niño aprobada
por la ley 23.849 e incorporada al art. 75, inc. 22, de la Constitución. Esa Convención, que
reconoce a todo niño el derecho intrínseco a la vida (art. 6.1), no determina expresamente el
momento en que comienza esta última.
Sin embargo, y por imposición de la ley 23.849, se aclaró que, al ratificarse la Convención, se
debía formular la siguiente reserva: "Con relación al art. 1 de la Convención sobre Derechos del
Niño, la República Argentina declara que el mismo debe interpretarse en el sentido que se
entiende por niño todo ser humano desde el momento de su concepción y hasta los 18 años
de edad". La reserva obedeció a que el art. 1 de la Convención establece que se entiende por
niño a "todo ser humano menor de 18 años de edad", sin precisar el momento en que
comienza su existencia.
La existencia de la vida humana a partir de la unión de los gametos femenino y masculino que
origina el embrión importa desechar toda concepción que sólo admite la manifestación de la
vida a partir del nacimiento o desde que el embrión dispone de un desarrollo de su sistema
nervioso que le permite expresar ciertos sentimientos, como el dolor. Otro tanto respecto de
aquellas ideas que reconocen el derecho a la vida con posterioridad al nacimiento y a partir del
momento en que la persona manifiesta cierta capacidad racional.
El menor puede ser titular de derechos, con la salvedad que establezca el Código Civil.
Conforme al art. 70 del Código Civil, tales derechos, con excepción de los consumidos por el
niño, quedan revocados si nace sin vida. Pero, desde un punto de vista estrictamente jurídico,
no habría reparos en derogar esa norma para consolidar una adquisición definitiva antes del
nacimiento.
Tal situación fue considerada por la Corte Suprema de Justicia al resolver el caso "Sánchez". La
madre de una mujer embarazada que fue víctima de homicidio por las fuerzas de seguridad, y
por añadidura del niño por nacer, demandó el pago de una indemnización por su nieta en los
términos de la ley 24.411. El art. 2º de esa ley reconoce a los causahabientes de una persona
fallecida como consecuencia "del accionar de las fuerzas armadas, de seguridad o de cualquier
grupo paramilitar con anterioridad al 10 de diciembre de 1983" la percepción de una
indemnización, que se percibe por derecho propio y no por vía hereditaria. La Corte decidió
que, por tratarsedel fallecimiento de una persona "por nacer", vale decir de una de las
especies jurídicas del género persona conforme a la ley civil, no existía reparo alguno para qu e
procediera la acción de la demandante. Se trata del reconocimiento del derecho resarcitorio
generado por la muerte de una persona, sin que se modifique tal circunstancia por el hecho de
que se trate de una "persona por nacer"(2).
Como derecho subjetivo, integraba e integra la categoría de los derechos residuales del art. 33
de la Ley Fundamental, entre otros, los derechos a la vida y la salud, que pueden ser
lesionados en el marco de un ambiente nocivo para ellos. Como obligación del Estado, a cuyo
cargo está el deber de ofrecer seguridad a los individuos y grupos sociales, estaba prevista en
el anterior art. 67, inc. 16, de la Constitución que subsiste en el texto actual (art. 75, inc. 18):
proveer lo conducente a la prosperidad, al adelanto y bienestar del país.
La creciente preocupación por evitar las alteraciones del medio ambiente que pudieran
repercutir nocivamente sobre la vida humana fue una constante en el curso de la segunda
mitad del siglo XX. Numerosas normas legislativas y municipales se han dictado con el
propósito de tutelar el medio ambiente, aunque muchas de ellas no fueron debidamente
aplicadas, ya sea por su ambigüedad, por su escaso realismo o por la desidia de los
gobernantes encargados de ejecutarlas. La ausencia de una cultura ambiental debidamente
consolidada también contribuyó a tal resultado. Muchas veces el progreso tecnológico y
económico, en la medida que acarreaba un incremento en el nivel material de vida, justificaba
la alteración del medio ambiente que estaba avalada por el consenso social.
Semejante situación, a nivel mundial, determinó que se alzaran voces de alerta sobre la
degradación del ecosistema en cuyo marco se desenvuelve la vida humana.
Sin embargo, no es mucho lo realizado sobre el particular porque el éxito de las medidas que
se adoptan está condicionado a la existencia de una idea dominante en la sociedad destinada a
defender, no solamente el macroambiente, sino también el microambiente que rodea a cada
individuo, y esa idea dominante todavía no integra los hábitos sociales.
En esta materia, como en tantas otras, las normas jurídicas son ineficaces si no están
precedidas por un real estado de conciencia social, y de una intensa y eficiente educación
ambiental.
Los convencionales de 1994 se enrolaron en aquella tendencia que observa, con preocupación,
la evolución que se opera en el medio ambiente y regularon detalladamente su tipificación y
los medios formales para encauzarla de manera favorable al ser humano. Consecuencia de esa
postura es el art. 41 de la Constitución, cuya fuente inmediata son los arts. 45 y 46 de la
Constitución española de 1978, y la fuente mediata el art. 24 de la Constitución griega de 1975
y el art. 66 de la Constitución de Portugal de 1976.
El ambiente puede ser objeto de una definición restrictiva o amplia. Para la primera está
integrado por el conjunto de elementos físicos que rodean y entre los cuales se desenvuelve la
existencia de las personas. La tierra, el aire, el agua, la flora, la fauna y todos aquellos objetos
materiales que son obra del hombre conforman el ambiente, tanto los objetos materiales de
carácter natural como los artificiales.
En su concepción amplia, el ambiente abarca también las circunstancias y condiciones físicas,
sociales, culturales y económicas bajo las cuales se desenvuelve la vida humana.
Es esta segunda acepción la que adopta el texto constitucional. El art. 41 menciona algunas de
las cualidades que debe presentar el ambiente: sano, equilibrado, apto para el desarrollo
humano y para que las actividades productivas satisfagan las necesidades presentes sin
comprometer las de las generaciones futuras.
En rigor, no es que el ambiente deba ser sano, sino que debe presentar los elementos que
permitan a las personas disfrutar, en su ámbito, de su buena salud natural. De igual modo, en
una definición negativa significa que el ambiente no debe presentar elementos que perturben
la salud natural de las personas.
El equilibrio del ambiente significa que, en la medida posible, corresponde preservar una
relación armónica entre sus elementos de la manera más cercana posible a su estado natural.
Procede evitar toda alteración de ese estado o, al menos, atenuar sus efectos.
En el marco de ese desarrollo humano, la Ley Fundamental le asigna prioridad a las actividades
productivas destinadas a satisfacer las innumerables necesidades del hombre. Pero, al
satisfacer las necesidades del presente, cabe evitar todo tipo de acción que redunde en
perjuicio de la calidad de vida para las generaciones futuras. La aplicación del principio del
desarrollo sustentable significa que toda actividad humana del presente no puede prescindir
de ponderar los efectos que ella pueda acarrear para las generaciones futuras.
El art. 43 de la Ley Fundamental, con referencia a la acción de amparo, dispone que ella podrá
ser ejercida, en lo relativo a los derechos que protegen al ambiente, por tres categorías de
sujetos: los particulares afectados, el defensor del Pueblo y las asociaciones constituidas para
la defensa de aquellos derechos, siempre que su organización y registro se adecuen a la
legislación reglamentaria.
Si bien esta disposición se refiere solamente a una especie de acción procesal, que es el
amparo, corresponde extender su aplicabilidad a toda acción judicial que tenga por objeto
concretar la defensa de los derechos enunciados por el art. 41 de la Constitución.
No existen inconvenientes para que la acción sea ejercida simultáneamente por una
asociación, el defensor del pueblo y el particular afectado. Tampoco para que se presenten en
la causa los amicus curiae o "amigos del tribunal" , aunque no tendrán legitimación activa (44).
Así como el art. 41 de la Ley Fundamental, mediante una cláusula esencialmente programática,
pretende tutelar el medio ambiente, el art. 42 se ocupa de la defensa de los consumidores y
usuarios para proteger su salud, seguridad e intereses económicos; disfrutar de una
información adecuada y veraz y gozar de la libertad de elección y de condiciones de trato
digno y equitativo.
Pero las facultades que se les otorga a los consumidores y usuarios, ya sea a título individual o
a las organizaciones que los congreguen, en modo alguno significan una participación de ellas
ni un control sobre el proceso productivo de los bienes o generador de los servicios, sino sobre
su resultado y la forma en que son ofrecidos al público consumidor.
Al margen de las acciones que puedan desarrollar los particulares y las asociaciones que los
agrupen, el Estado tiene el deber de protegerlos mediante la provisión de las siguientes
medidas:
Con relación a este aspecto final, cabe destacar que en el curso de los últimos años se han
constituido varias agrupaciones destinadas a defender a los consumidores y usuarios. Han
cumplido y cumplen su misión con sugestiva eficiencia sin que fuera necesaria intervención o
colaboración alguna del Estado y menos aun una regulación de tales entidades. Esta realidad
deberá ser debidamente valorada por el legislador para evitar que la inserción del Estado en
emprendimientos privados conduzca, como acontece con sugestiva frecuencia, a la
desnaturalización de los objetivos constitucionales y a la creación de gravosos e ineficientes
monopolios burocráticos.
En los convenios que celebren los consumidores o usuarios no tendrán validez las cláusulas
que desnaturalicen o limiten la responsabilidad por daños de los proveedores, las que
importen renuncia o restricción de los derechos del consumidor y las que impongan la
inversión de la carga de la prueba en perjuicio del consumidor. Todas las cláusulas
contractuales, así como también las disposiciones de la ley, deberán ser interpretadas en el
sentido más favorable para el consumidor. Se integran al régimen legal las normas de la ley
25.156 de Defensa de la Competencia y la ley 22.802 de Lealtad Comercial.
La ley determina las condiciones que debe presentar la oferta dirigida a los consumidores
indeterminados, la publicidad y el estado de las cosas ofrecidas, así como también el contenido
del documento de venta.
Establece que los daños al consumidor resultantes del vicio o riesgo de la cosa o de la
prestación del servicio determinan la responsabilidad solidaria del productor, fabricante,
importador, distribuidor, proveedor, vendedor, quien haya puesto su marca en la cosa y
servicio y del transportista si el daño obedeció a la prestación de este último servicio.
La ley faculta al consumidor o usuario a iniciar acciones judiciales si sus intereses son afectados
o amenazados. También podrán ejercer las acciones las asociaciones de consumidores o
usuarios debidamente autorizadas, la autoridad de aplicación nacional o local, el defensor del
Pueblo y el Ministerio Público Fiscal que, cuando no intervenga en el proceso como parte,
deberá actuar como fiscal. Si en las causas judiciales se defienden intereses de incidencia
colectiva, las asociaciones de consumidores y usuarios están habilitadas para intervenir como
litisconsortes de cualquiera de los legitimados para accionar. Asimismo si tales asociaciones
llegaran a desistir o abandonar la acción, la titularidad activa será asumida por el Ministerio
Público Fiscal.
La Cámara Nacional en lo Penal Económico, sala A, tiene resuelto que se viola la lealtad
comercial, y por ende los derechos del consumidor cuando en la publicidad de sus productos
una empresa denuncia sus precios con anteposición de la preposición "desde" y omite indicar
el precio total de contado que debe abonar el consumidor.
Poco después, la sala B de ese tribunal consideró que se violaban los derechos del consumidor
y se incurría en una práctica desleal, si al ofrecer un servicio de internet se consigna el precio y
el impuesto al valor agregado sin especificar el monto de este último. Expresó: "en la
publicidad cuestionada no se consignó el precio al contado en dinero efectivo, por lo cual el
consumidor final debería realizar un cálculo para determinarla" que es, precisamente, lo que
quiere evitar la normativa que tutela al consumidor (46).