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Mito del Self-Made Man en EE.UU.

Esta tesis examina la evolución del mito del self-made man en la cultura estadounidense desde su origen hasta la actualidad a través del análisis de obras literarias, biografías y figuras históricas clave. El autor explora si el ideal del self-made man es realista o engañoso, dependiendo de factores contextuales más allá del control individual. La tesis adopta un enfoque interdisciplinario de los estudios americanos para comprender cada época histórica y su influencia en la literatura.
Derechos de autor
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Mito del Self-Made Man en EE.UU.

Esta tesis examina la evolución del mito del self-made man en la cultura estadounidense desde su origen hasta la actualidad a través del análisis de obras literarias, biografías y figuras históricas clave. El autor explora si el ideal del self-made man es realista o engañoso, dependiendo de factores contextuales más allá del control individual. La tesis adopta un enfoque interdisciplinario de los estudios americanos para comprender cada época histórica y su influencia en la literatura.
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UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID

FACULTAD DE FILOLOGÍA

TESIS DOCTORAL

El mito del self-made man en la cultura estadounidense

The myth of the self-made man in US culture

MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR

PRESENTADA POR

Alejandro de la Cruz Tapiador

DIRECTORA

Carmen M. Méndez García

Madrid

© Alejandro de la Cruz Tapiador, 2019


UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID
FACULTAD DE FILOLOGÍA
DOCTORADO EN ESTUDIOS LITERARIOS

EL MITO DEL SELF-MADE MAN EN LA CULTURA


ESTADOUNIDENSE
THE MYTH OF THE SELF-MADE MAN IN US CULTURE

MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR


CON MENCION INTERNACIONAL
PRESENTADA POR
Alejandro de la Cruz Tapiador

DIRECTORA
Carmen M. Méndez García

Madrid, 2019
DECLARACIÓN DE AUTORÍA Y ORIGINALIDAD DE LA TESIS PRESENTADA
PARA OBTENER EL TÍTULO DE DOCTOR

D./Dña. Alejandro de la Cruz Tapiador, estudiante en el Programa de Doctorado en Estudios


Literarios, de la Facultad de Filología de la Universidad Complutense de Madrid, como autor/a
de la tesis presentada para la obtención del título de Doctor y titulada: EL MITO DEL SELF-
MADE MAN EN LA CULTURA ESTADOUNIDENSE y dirigida por Carmen M. Méndez
García,

DECLARO QUE:

La tesis es una obra original que no infringe los derechos de propiedad intelectual ni los derechos
de propiedad industrial u otros, de acuerdo con el ordenamiento jurídico vigente, en particular, la
Ley de Propiedad Intelectual (R.D. legislativo 1/1996, de 12 de abril, por el que se aprueba el
texto refundido de la Ley de Propiedad Intelectual, modificado por la Ley 2/2019, de 1 de marzo,
regularizando, aclarando y armonizando las disposiciones legales vigentes sobre la materia), en
particular, las disposiciones referidas al derecho de cita.

Del mismo modo, asumo frente a la Universidad cualquier responsabilidad que pudiera derivarse
de la autoría o falta de originalidad del contenido de la tesis presentada de conformidad con el
ordenamiento jurídico vigente.

En Madrid, a 10 de julio de 2019

Fdo.: Alejandro de la Cruz Tapiador


UNIVERSIDAD COMPLUTENSE DE MADRID
FACULTAD DE FILOLOGÍA
DOCTORADO EN ESTUDIOS LITERARIOS

EL MITO DEL SELF-MADE MAN EN LA CULTURA


ESTADOUNIDENSE
THE MYTH OF THE SELF-MADE MAN IN US CULTURE

MEMORIA PARA OPTAR AL GRADO DE DOCTOR


CON MENCION INTERNACIONAL
PRESENTADA POR
Alejandro de la Cruz Tapiador

DIRECTORA
Carmen M. Méndez García

Madrid, 2019
Nota sobre el formato

Esta tesis sigue las normas estilísticas para documentos de investigación en artes liberales
y humanidades publicados por la Modern Language Association of America (MLA) en la octava
edición de su MLA Handbook (2016). En dicha edición, los estándares de fuentes de
documentación son prioritarios a sus formatos individuales. Debido a ello, hay cambios menores
que se aplican fundamentalmente a la manera en que las fuentes bibliográficas son citadas: la
puntuación es más simple e intuitiva, los volúmenes y números de publicación son identificados
con claridad y la ciudad de publicación o el medio ya no son relevantes para la cita.
Agradecimientos

A la doctora Carmen M. Méndez García, por aceptar la dirección de esta tesis en primer
lugar, por una profesionalidad que rivaliza con su cercanía, por su apoyo, visión y paciencia todo
este tiempo. Ha sido una fuente de inspiración desde mucho antes del comienzo de este proyecto,
y haber contado con su orientación es para mí un privilegio y una fuente de orgullo.

A mi familia por darme no sólo una educación, también valores y convicción. La idea
central de esta tesis nació de su ejemplo, de su trabajo duro y honradez. A mi hermano, Antonio
Miguel, a mi padre, Isidoro, a mi tía, Esperanza y, especialmente, a Mercedes, mi madre, que
aunque ya no esté con nosotros nunca se irá del todo.

A Sandra, por una amistad de la que algún día espero ser digno. Por su apoyo
incondicional y por no cejar jamás en su empeño de hacerme ver el lado bueno de las cosas. Por
ser mi lugar seguro. A Ester, a Marta, a Jonathan, a Emily, porque no recuerdo la vida sin que
estén ahí, pero seguro que era infinitamente menos interesante. A Vicky porque, por suerte para
mí, sigue eligiendo ser parte de mi vida. A Manuela y a Pinar, por creer en mí cuando lo más
sensato era no hacerlo. A mis compañeros de trabajo, por todo lo que han enseñado y aún me
enseñan. A mis alumnos y alumnas, de quienes también aprendo y me enorgullezco.

Por último, quiero agradecer a la Universidad Complutense de Madrid todos los medios
que pone a disposición de los y las estudiantes, sin los cuales esta investigación difícilmente
hubiera sido posible. También agradezco al excelente cuerpo docente de esta universidad su labor
como tal, una labor que a mi entender es inestimable.
Índice

Resumen 1

Abstract 9

Introduction 17

Introducción 13

1. Self-Made Nation: El nacimiento de la mitología estadounidense 43

2. Benjamin Franklin, el mito hecho a sí mismo: Vida, obra y pensamiento del padre

fundador en la América pre-revolucionaria 53

3. Frederick Douglass, humano hecho a sí mismo: La reivindicación de la humanidad

frente al discurso frankliniano 77

4. Abraham Lincoln, el hombre construido a sí mismo: El Self-Made Man como

imagen 99

5. R. W. Emerson y el hombre hecho de sí mismo: Reconsideración y reelaboración del

mito 127

6. Mark Twain y la parodia del mito: La era dorada del Self-Made Man 149

7. Gatsby, Capone y Franklin: Reinterpretación del mito 171

8. Herbert C. Hoover: La Gran Depresión del mito 199

9. Trescientos años de Self-Made Men: Reescribiendo a Franklin desde el

postmodernismo 225

10. Self-Made Men del capitalismo tardío: Benjamin Franklin como artículo de

consumo 251

11. Conclusiones 275

12. Conclusions 289

13. Bibliografía 301


Resumen

Desde antes de que los Estados Unidos pudieran considerarse una nación independiente
y de pleno derecho, ha habido una constante sociocultural que ha trascendido mucho más allá de
las barreras del tiempo y que, como la nación en sí misma, ha evolucionado, se ha adaptado a
cada época. Hoy día, permanece en el imaginario colectivo con la misma vigencia—más, si tal
cosa es posible—que en el tiempo que presenció su nacimiento: el mito del Self-Made Man. El
propósito de esta tesis es el de averiguar, a través de una investigación en profundidad del
concepto desde su creación hasta la contemporaneidad, cuánto de mítico y cuánto de real hay en
las historias de aquellos que se han erigido como sus portavoces; aclarar, en tanto que sea histórica
y documentalmente verificable, si el ideal del Self-Made Man es una aspiración honesta para
cualquiera que esté dispuesto a trabajar por ella o si, por el contrario, es un engaño donde el
resultado de todo intento de seguir los pasos de Franklin está predeterminado por circunstancias
ajenas al control del individuo. En muchos casos, como se demostrará, la respuesta no está
claramente polarizada, sino que depende de un número nada desdeñable de contingencias
contextuales, ajenas todas ellas al control o la voluntad del sujeto. Aunque las máximas del mito
son útiles y positivas—trabajo duro, honestidad e incluso la búsqueda del bien de la comunidad—
pueden ser, muy frecuentemente, interpretadas de maneras un tanto laxas o incluso utilizadas
como instrumento de control de masas.

Para conseguir una visión completa sobre el mito del Self-Made Man, sobre su impacto
en la sociedad, es de importancia suma entender las circunstancias políticas e históricas que
rodearon a los autores, obras o figuras relevantes sometidas a análisis. En consecuencia, se le
prestará la debida atención a la producción literaria no como fenómeno aislado, sino como el
resultado de una relación obra-contexto, tomando en consideración las etapas históricas y
culturales de los Estados Unidos en cada texto, obra o personaje histórico comentado en esta tesis.
La investigación, por lo tanto, no sólo será estrictamente literaria, sino que se encuadrará en la
disciplina más amplia de los Estudios Americanos. Cuatro estudios exhaustivos de la historia
americana, su política, sociedad y economía han sido verdaderamente útiles a este efecto: The
American Political Tradition and the Men Who Made It (1962), de Richard Hofstadter; A People’s
History of the United States (1980), de Howard Zinn; The Pricing of Progress (2013), por Eli
Cook; y Depression to Cold War (2002), por Joseph M. Siracusa and David G. Coleman. Del
mismo modo, se ha observado con detenimiento lo ya dicho sobre el Self-Made Man por autores
como Irvin G. Wyllie en The Self-Made Man in America (1954); John G. Cawelti en Apostles of
the Self-Made Man (1965) o, más recientemente, Mark Lipton en Mean Men (2017). Es
precisamente en este último en el que se analiza una tendencia, en absoluto accidental, del mito

-1-
del Self-Made Man: su naturaleza excluyente. El propio nombre del mito, sus orígenes y sus
máximos representantes han tendido a obviar a la mujer en algo que se presenta como un sesgo
cultural claro. De la misma manera, esta mencionada naturaleza excluyente también ha obrado en
perjuicio de los grupos étnicos que, aunque cuentan con cierta presencia en esta tesis, es una
presencia que evidencia que las circunstancias materiales y sociales de la historia estadounidense
en relación con el mito del Self-Made Man han tendido a obstaculizar su progreso.

Cada capítulo se centrará en figuras culturalmente relevantes para el imaginario


norteamericano en relación al mito frankliniano a través del tiempo, desde el pasado hasta el
presente, desde lo literario hasta lo político e histórico: Benjamin Franklin, Frederick Douglass,
Mark Twain, Abraham Lincoln, Raph W. Emerson, Al Capone, etcétera. Se analizará hasta qué
punto estas y otra figuras han influido, perpetuado, o malinterpretado el antiguo ideal de “from
rags to riches” con los medios—o barreras—que hayan encontrado en su camino, en sus
contextos, en su tiempo, en sus Estados Unidos. Debido a la diversidad de figuras y el lapso de
tiempo a analizar, la presencia de las mencionadas fuentes principales será variable en función
del capítulo, y cada capítulo, a su vez, generará sus propias lecturas principales de las cuales
derivarán las secundarias.

Una de las conclusiones que se pueden sacar de este trabajo es que analizar el mito del
Self-Made Man desde su etapa embrionaria hasta su adultez es analizar la historia y la cultura de
la nación que lo alberga y viceversa, considerando que estas instancias coexisten de manera tan
íntimamente entrelazada que dibujar las fronteras entre ellas—si tal cosa fuera remotamente
posible incluso a nivel simbólico—sería una difícil tarea.

Antes de Benjamin Franklin, aquellas ideas del trabajo duro, la honestidad y la


prosperidad como la justa recompensa a semejantes virtudes ya flotaban en el imaginario
colectivo de una manera difusa, informe. Fue el propio Franklin quien las recolectó, les dio forma
y las transformó en su obra maestra: el mito del Self-Made Man, encarnado en su propia persona.
No obstante, cada pensamiento de Franklin, cada consideración, aunque en su momento eran—y
aún son—tenidas por universales, estaban dirigidas a una audiencia muy concreta: la llamada
“clase media”, entendiendo como tal a ese conjunto altamente heterogéneo que sirve como puente
entre los estratos sociales más económicamente pudientes y aquellos más empobrecidos. La
diferencia más fundamental entre esa clase media y la clase trabajadora, si es que se hubiera de
considerar distintas, no es verdaderamente significativa en la medida en que ambas dependen de
su trabajo para vivir; pero allí donde la clase trabajadora aspira a la mera supervivencia, la clase
media se sitúa en una posición ligeramente superior en términos económicos y sus aspiraciones
están más orientadas a la mejora de estatus. El propio Benjamin Franklin nació en el seno de esta

-2-
clase y a ello se debe que su discurso, ya desde el principio, esté fundamentalmente pensado para
la clase media, aunque se le considere universal.

Otra de las piedras angulares del pensamiento frankliniano es el individualismo. No en


un sentido pernicioso o siquiera negativo, el individualismo en Franklin se limitaba a animar a las
personas a mejorar, a alcanzar la mejor versión de sí mismas, a compartir esos valores con la
comunidad, a ser ejemplo. Las ideas fundacionales del Self-Made Man, como se verá, no estaban
únicamente enfocadas a lo pecuniario, sino al beneficio común. La meta de esta tesis no es, ni
pretende ser, menoscabar los ideales del mito, sino constatar una instrumentalización indebida de
éste o una, por así decirlo, mala praxis de dimensiones históricas.

Así, a medida que transcurren los años, las ideas se alteran, los tiempos definen a la
gente—y viceversa—y, a medida que la distancia aumenta, el punto de partida se empieza a ver
cada vez más borroso. El concepto del Self-Made Man, aunque perdurable, no estaba hecho para
conservar sus líneas fundamentales más allá de la vida de su creador.

Una demostración clara de que la magnitud de la prosperidad guarda una


proporcionalidad directa con el punto de partida se encuentra en la historia de Frederick Douglass.
Douglass, nacido en el criminal seno del esclavismo, al igual que tantos otros antes y después de
él, tuvo que hacerse a sí mismo en el más estricto de los sentidos, reclamando, para empezar, su
misma condición humana. El consentimiento—y el respaldo—al sistema esclavista por parte del
gobierno estadounidense de la época no sólo consideraba a seres humanos como poco más que
herramientas, sino que traicionaba toda noción de libertad e igualdad, nociones en las que la
nación encontró su razón de ser y los motivos para la Revolución. El esclavismo suponía
anteponer al relato de la meritocracia todo un sistema económico y político, con todo el rigor y la
crueldad de sus cuerpos represivos con el solo propósito de evitar que un más que considerable
porcentaje de la población no alcanzase ya no la prosperidad, sino el simple y llano
reconocimiento de su humanidad.

En este contexto de los Estados Unidos esclavistas, una personalidad destaca entre todas
las demás, cuya historia se sitúa como prácticamente el opuesto diametral a la de Frederick
Douglass: Abraham Lincoln, uno de los más reverenciados políticos en la cultura americana.
Como se analizará, la razón por la que la vida de Lincoln se puede situar en el polo opuesto de la
de Douglass no es su posición hacia el sistema esclavista, sino las circunstancias en las que se
desarrollaron ambas personalidades, sus posiciones dentro del sistema esclavista. Lincoln puede
considerarse un digno defensor de los ideales de Franklin en tanto que ambos fueron hombres
blancos de clase media en un tiempo en el que las oportunidades que se les brindaban eran
infinitamente más prometedoras que aquellas que tenía cualquier hombre nacido en la esclavitud.
Además, la vida de Lincoln y su trágico final contribuyó enormemente a la creación de una

-3-
leyenda en torno a una figura política que ya era memorable per se, una leyenda que también
encajaba en los términos del Self-Made Man.

El legado de Lincoln es indiscutible, algo que quizá no se puede decir del legado del
Self-Made Man frankliniano. Durante la etapa de la reconstrucción (1863–1877) el mito empezó
a ser seriamente cuestionado por autores como Francis Parkman o James Fenimore Cooper,
quienes consideraban el mito del Self-Made Man como una barrera para el verdadero progreso
cultural de una sociedad demasiado preocupada por satisfacer las más inmediatas y mundanas
necesidades como para prestarle la debida atención a las causas más elevadas, una sociedad cuya
deificación acrítica del hombre hecho a sí mismo acabaría abocándola a una mera plutocracia sin
más aspiración cultural que la veneración del dinero. Así, lo más recomendable según Parkman y
Cooper era promover una especie de clerecía intelectual dedicada únicamente a la generación,
diseminación y preservación del conocimiento, a expandir los estándares culturales de la joven
nación. En el “lado” opuesto—si un término así fuese apropiado, ya que no era un debate abierto
en sentido estricto, sino perspectivas que, como se ha demostrado, bien podían considerarse
complementarias—estaban autores como Ralph Waldo Emerson o Walt Whitman. De acuerdo
con su pensamiento, la manera de conseguir las metas propuestas por Parkman y Cooper no era
promover una clase intelectual, sino “intelectualizar” a la sociedad como conjunto, universalizar
el conocimiento, la cultura. Estas visiones de Emerson y Whitman se pueden considerar más en
sintonía con el legado de Franklin, ya que llamaban al desarrollo del potencial de cada individuo
en todos los aspectos, incluyendo el moral y el cultural. Esta base lógica dio lugar al nacimiento
del movimiento de la autocultura, y, en el caso de Emerson, a una profunda revisión de la
ideología del Self-Made Man. A través de su vasta obra, Emerson demostró un intenso
conocimiento de lo que debía ser el Self-Made Man: un conocimiento, quizás, mayor que el del
propio Benjamin Franklin. Desafortunadamente, y por motivos que en absoluto pueden ser
achacados a Emerson, su rica corriente de pensamiento, centrada en que el individuo viera y
comprendiera el mundo empezando por sí mismo como el primer paso en el camino hacia la
prosperidad, dio pie a toda una nueva “filosofía” basada en la reducción al absurdo y la
malinterpretación sistemática de universo conceptual emersoniano, conocida en primera instancia
como “New Thought”, madre del género de la autoayuda, que en la contemporaneidad goza de
cada vez mejor salud.

Una cosa en particular era cierta en las ideas de Emerson, Parkman, Whitman o Cooper,
entre otros: la persecución desmesurada de la riqueza por cualquier medio era negativa para el
progreso no sólo cultural, sino el social de la nación estadounidense. The Gilded Age: A Tale of
Today (1873), por Mark Twain y Charles Dudley Warner, ilustra este concepto de la búsqueda
maniaca de ganancia económica. Descriptivo del período histórico que debe su nombre a su título,
este libro también es ciertamente confesional por parte de Twain y de ciertos aspectos de su vida.

-4-
Situado en un período de moderado crecimiento económico en el marco de la Reconstrucción, y
con esos tonos satíricos tan característicos de Twain, por un lado, la novela narra de una manera
muy aguda el desarrollo industrial y territorial encabezado por el ferrocarril; por el otro, también
sirve como ejemplo de lo que supuso en su momento la malinterpretación de la escuela
emersoniana de pensamiento en relación al mito del Self-Made Man, encarnado en el personaje
de Beriah Sellars, un charlatán al estilo del Wilkins Micawber dickensiano. Esa Gilded Age,
nombre verdaderamente adecuado en tanto que se le aplica a aquello que sólo tiene una leve pátina
dorada, fue no sólo un periodo de cuestionable bonanza económica, sino que también conformaría
los cimientos de un sistema económico estadounidense extraordinariamente débil, volátil e
impredecible que colapsaría de manera casi total en 1929.

Estos frágiles cimientos económicos, junto con la mentalidad del hacerse rico de la
noche a la mañana y el individualismo exacerbado le dieron forma a la entrada de los Estados
Unidos en el siglo XX. En los tiempos de los robber barons, la Ley Seca y la era del jazz, dos
figuras, una literaria, la otra histórica, invitan a la reflexión sobre el estado de la ideología
frankliniana en el momento: Jay Gatsby y Al Capone. Ambos personajes comparten numerosos
factores considerando las bases dispuestas por Franklin y su ulterior elaboración por parte de la
escuela emersoniana: voluntad, iniciativa, compromiso, disciplina y visión. Ambos, de manera
paralela, recorren el camino que discurre “from rags to riches” de una manera que podría
considerarse el resultado de una interpretación simplista—y aun así comprensible—del
individualismo en su vertiente negativa con la riqueza como única meta válida. Esta interpretación
deriva de una lectura del mito que reduce las máximas franklinianas a mera autoayuda,
desvistiéndolas de todo lo que no pudiera ser económicamente productivo, beneficioso o
propagandístico de lo que más tarde se conocería como “The American Way”; deshaciéndose de
todo sentido del bien común, colaboración o asociacionismo. Gatsby y Capone, indudablemente,
tenían un profundo entendimiento del funcionamiento de su entorno sociopolítico y lo usaron en
su beneficio. Sus historias son altamente elocuentes de la narración de cómo los mejores y los
más adaptados son los que prevalecen; pero esa narración tendría más sentido en el escenario de
una igualdad real de oportunidades con unas normas bien establecidas. Así, sus historias, y
aquellas que vengan después, demostrarán que la movilidad social es teóricamente plausible, pero
prácticamente ilegal en tanto que los medios para lograrla, muy a menudo, implican quebrantar
las leyes.

Naturalmente, esta idea nunca ha sido reconocida o mínimamente sugerida por los
grandes creyentes en el mito del Self-Made Man, como Herbert C. Hoover, que albergaba una
ferviente devoción por la excepcionalidad del individualismo americano, el único que, a sus ojos,
garantizaba la igualdad de oportunidades y la victoria de la meritocracia en un entorno de libertad
y prosperidad con una observación suficiente de unas leyes que evitaban el abuso sin ser coactivas

-5-
o excesivamente estrictas. El colapso del sistema económico norteamericano en octubre de 1929
no tardaría en contradecirle, aunque Hoover, un Self-Made Man de pleno derecho, permanecía
inasequible al desaliento ante una realidad que le acosaba durante la Gran Depresión. Los “Dirty
Thirties”, sus rigores hacia el pueblo de los Estados Unidos, casi le asestaron al mito del Self-
Made Man su golpe mortal, dejando al ideal frankliniano herido de gravedad hasta su
tricentenario, relegándolo al perfil bajo hasta su gran renacimiento durante la segunda era dorada
de Wall Street en los años ochenta. Los denominados Long Sixties—esto es, el lapso de tiempo
que se extiende desde finales de los años cincuenta hasta mediados de los años setenta—fueron
un período de progreso, de una conquista de derechos civiles largamente pospuesta, un período
en el que las figuras y patrones sociales tradicionales casi quedaron arrinconados en el ostracismo.
El mito del Self-Made Man no fue una excepción, considerando que es, fundamentalmente, un
ideal de clase media, blanco y masculino. Pero en los ochenta, el giro conservador de la política
estadounidense durante la administración Reagan (1981–1989) le dio un nuevo impulso a una
nueva versión del Self-Made Man, preparándola para el siglo XXI.

Acabados los Long Sixties, esa nueva versión del Self-Made Man basada en
consideraciones a posteriori se puede considerar una mercancía lista para ser adquirida por esa
nueva clase de hombres franklinianos: los ejecutivos de Wall Street y los titanes empresariales.
Dos entidades, una literaria, real la otra, han sido analizadas para ilustrar este concepto: Eric
Packer, protagonista de la novela de Don DeLillo Cosmopolis (2003) y Jordan Belfort, más
conocido por su sobrenombre “The Wolf of Wall Street”, el título de su narrativa autobiográfica
de 2007. Ambas personalidades tienen una buena relación con los términos contemporáneos del
Self-Made Man en tanto que ambos lograron amasar una considerable fortuna con su trabajo y,
por lo tanto y a los ojos de la sociedad, se puede considerar que son personas trabajadoras y que
su riqueza es bien merecida. Ambos ilustran la dimensión resultadista en la que entró el mito del
Self-Made Man con el nuevo milenio: los medios no importan, sólo la consecución del objetivo.
Además son un extraordinario ejemplo de ese individualismo tan presente en los tiempos
modernos: son exitosos, pero han alcanzado—deben alcanzar, de hecho—la cima solos.

No es sorprendente, por tanto, que el mito del Self-Made Man, más de tres siglos después
de su nacimiento, no sólo sea promocionado, sino que goce de tan buena salud. La situación
socioeconómica actual necesita desesperadamente modelos de comportamiento que justifiquen
unas exigencias disfrazadas de valores. Como se ha demostrado, el mito del Self-Made Man,
aparte de su naturaleza mítica, es verdaderamente necesario para resolver las innumerables
contradicciones sistémicas presentes en la esfera socioeconómica actual con su brillante
simplicidad. Semejante esfera, semejante estado de las cosas, necesita disimular su absoluta
incapacidad de proporcionar una vida digna a aquellos que lo mantienen en funcionamiento
fomentando la iniciativa individual y el llamado ímpetu empresarial. Las historias sobre empezar

-6-
desde cero, sobre compañías multinacionales fundadas en garajes, y cualquier narrativa que
confirme la famosa máxima “from rags to riches” son de gran utilidad para demostrar que tales
hazañas son aún posibles aunque, como este estudio ha demostrado, el concepto del Self-Made
Man en la contemporaneidad ha sido reducido a una mercancía o a una impostura a posteriori.

-7-
-8-
Abstract

Since the very dawn of the United States as a nation, an event which could be dated even
before it was a full-fledged, independent country, there has been a sociocultural constant, one
especially, that has gone far beyond the barriers of time and, like the nation itself, has evolved,
being fashioned by every single era. Today, it remains in the collective imaginary with equal
validity—or greater, if possible—than in the time that witnessed its birth: the myth of the Self-
Made Man. The aim of this work is to find out, through an in-depth research of the concept from
its creation to contemporaneity, how much of the mythical there is in the stories of those who
have risen as its most faithful spokesmen; to elucidate, as far as possible and through the textually
and historically verifiable, if the Self-Made Man ideal is an honest aspiration reachable by anyone
with the will to work for it or if, on the contrary, it is a game played with marked cards where the
starting point is determined by circumstances beyond individual control. In many cases, as will
be proved, the answer is not clearly polarized but depending on a substantial number of contextual
contingencies, alien to the control or the will of the individual. Albeit the maxims of the myth are
positively virtuous—hard work, honesty, and even the search of collective welfare—they can,
very frequently, be interpreted in quite lax ways or even be used as an instrument for mass control.

In order to achieve as complete a vision as possible about the myth of the Self-Made Man,
its impact on society, it is exceedingly important understanding the historical and political
circumstances around authors, works, and relevant figures to be analyzed. Consequently, due
attention will be paid to literary production not as an isolated phenomenon, but as an outcome of
a close work-context relation, taking into consideration the world, the eras, the stages of History
and American culture of every single literary work and/or historical character analyzed in this
project. The research, hence, will not only be strictly literary, it will also be culture-oriented,
fitting into the discipline of American Studies. Four exhaustive studies of the American history,
its politics, society and economy, have been highly useful for this task: Richard Hofstadter’s The
American Political Tradition and the Men Who Made It (1962); Howard Zinn’s A People’s
History of the United States (1980); Eli Cook’s The Pricing of Progress (2013) and Depression
to Cold War (2002), by Joseph M. Siracusa and David G. Coleman. Likewise, due attention has
been paid to those things already said and written about the Self-Made Man by authors like Irvin
G. Wyllie in The Self-Made Man in America (1954); John G. Cawelti in Apostles of the Self-Made
Man (1965) or, more recently, Mark Lipton in Mean Men (2017). It is precisely in the latter that
a tendency—not an accident at all—in the myth of the Self-Made Man is thoroughly studied: its
excluding nature. The conceptual map—starting with the very name of the myth—of the Self-
Made Man is inclined to obviate nuances of gender, or include women, but this is more than a
mere tendency: it is an evident cultural bias. Apart from the obvious gender issue is the ethnic

-9-
question, which, although having certain presence in this work, is illustrative of the material and
social circumstances of American history regarding the myth of the Self-Made Man concerning
ethnic groups.

Every chapter will focus on a culturally relevant figure in the North-American imaginary
concerned with the myth of the Self-Made Man over time, from past to present, from the literary
to the politic and historic: Benjamin Franklin, Mark Twain, Frederick Douglass, Abraham
Lincoln, Ralph Waldo Emerson, Al Capone, etcetera. The analysis will clarify to what extent
these figures have followed, influenced, improved, perpetuated or misinterpreted the ideal of
starting from naught and achieving prosperity with the means—or barriers—they found along the
way, in their contexts, in their times, in their America. Due to the diversity of figures and the time
span included in the analysis, the presence of the aforementioned main sources will vary
depending on the chapter, and each chapter will, logically, have its own main readings from which
the secondary ones will be subsequent.

One of the conclusions to be made from this work is that analyzing the myth of the Self-
Made Man from its embryonic stage to its adulthood is to analyze the history and culture of the
nation that harbors it, and vice versa, since these entities coexist so intimately intertwined that
drawing dividing lines amongst them—if such a thing was remotely possible, even in a symbolic
level—entails an arduous task.

Before Benjamin Franklin, those ideas of hard work, honesty and prosperity as its
righteous reward were already suspended in the collective imaginary, diffuse, shapeless. It was
him who collected, cohered and made from it his opus magnum: the myth of the Self-Made Man,
incarnated in his very own public persona. Every single consideration of Franklin’s, deliberately
or not, and even though since the beginning these considerations were held as universal, they
had—have—a very precise target audience: the so-called “middle class”, understanding as such
a social aggregate highly heterogeneous which works as a bridge between the most affluent social
strata and those most impoverished. In Franklin’s time, small landowners, small merchants and
skilled craftsmen/workers belonged to this group. The difference of the so-called middle class
with the working one, it they happen to be mentioned as different instances, is not truly substantial
insofar both classes depend on their work to live; but while the working class has mere survival
as its ultimate goal, the aspirations of the middle class tend to aim in the direction of transcending,
of improving their status. Franklin himself emerged from this class. That is the main reason why
the discourse of the Self-Made Man, even from the beginning, is profoundly middle-class,
although thought of as universal.

Another cornerstone of the Franklinian discourse is individualism. Not an intrinsically


pernicious nor negative idea as thought by Franklin: individuals willing to improve, to reach the

- 10 -
best version of themselves, to amend the community, to be an example. The Self-Made Man
foundational ideas were not aimed solely to the worldliness of the pecuniary, but to the common
benefit.

But as years go by, ideas are altered, time defines people (and vice versa) and, as the
distance increases, the starting point becomes blurred by the day. The concept of the Self-Made
Man, although lasting, was not bound to preserve its essence beyond the life of its main architect.

A self-evident demonstration of prosperity, its magnitude, is correlated with the starting


point can be found in the chapter dedicated to Frederick Douglass who, like all of his fellowmen
born in criminal slave system, had to become Self-Made Men in the strictest of senses: they had
to start by claiming their very humanity. The government’s consent to slavery in the time not only
reduced human beings to beasts, but betrayed every ground of freedom, equality and the narrative
of meritocracy on which the United States were said to have their raison d’être, by posing an
entire economic and political system, with its cruelly rigorous repressive bodies, with the sole
purpose of preventing an important section of society from not only achieving the maxims of the
Self-Made Man, but from getting the mere recognition of their human condition.

In the context of these United (Slave-Holding) States of America, one personality stands
out high above every other and is practically the exact opposite to Frederick Douglass’ story:
Abraham Lincoln, one of the most revered politicians in American—an almost worldwide—
culture. As will be analyzed, the reason why Lincoln’s and Douglass’ lives can be placed as poles
apart is not their position towards slavery, but the circumstances in which one had developed
compared to the other, their positions within slavery. Lincoln may well be a worthy defender of
the Franklinian ideals inasmuch as both were white, middle-class men in the context of a time
when their opportunities were infinitely more promising than those of a man born in slavery. In
addition, Lincoln’s life, its tragic outcome, contributed enormously to the creation of a legend
around an already memorable political and historical figure; a legend, too, within the terms of the
Self-Made Men.

Lincoln’s legacy is undisputable, but it is not so in the case of Franklin’s and the Self-
Made Man. During the Reconstruction, the myth began to be seriously questioned by reputed
authors such as Francis Parkman or James Fenimore Cooper, who regarded the Franklinian ideal
as a barrier to true cultural progress in a society which was too busy satisfying its most immediate
and mundane needs to be able to focus properly on more elevated causes, a society whose
uncritical deification of the Self-Made Man would end up turning it into a mere and brute
plutocracy, with no more cultural criteria than the worship of money. Thus, the position in this
regard was, from Cooper and Parkman’s point of view, to promote an intellectual class devoted
to the generation, dissemination and preservation of knowledge, to expand the cultural standards

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of the young nation. On the opposite “side”—if such term were remotely appropriate, for it was
not an open debate but perspectives which, as will be shown, could certainly be complementary
in some respects—were authors as Ralph Waldo Emerson and Walt Whitman. According to them,
the way to achieve those goals proposed by Parkman and Cooper was not by means of an
intellectual “priesthood”, but through the universalization of knowledge, of culture. That vision
of Whitman’s and Emerson’s can be considered the ones most attuned to Franklin’s legacy as
they appealed to the development of individual potential in its strictest sense, including the
cultural and moral. Such rationale gave birth to the Self-Culture movement, and, in the case of
Emerson, a profound, top-down revision of the Self-Made Man ideology. Throughout is vast
work, Emerson demonstrated a deep understanding of what the Self-Made Man should be, even
greater, perhaps, than Franklin’s own. Regrettably, and for reasons which he could not the one to
blame, his rich current of thought, centered on the individual, his vision and his comprehension
of the world as the driving force on the pathway to prosperity, sparked a whole “philosophy”
based on the oversimplification and misinterpretation of the Emersonian conceptual universe,
known in its first stage as “New Thought”, and the germ of the whole genre of self-help
paraphernalia, which even today enjoys an increasingly better health.

One thing, particularly, was true in Emerson, Whitman, Parkman or Cooper, inter alia:
the excessive pursuit of wealth by any means was malicious for the cultural, and especially social,
progress of the American nation. The Gilded Age: A Tale of Today (1873), by Mark Twain and
Charles Dudley Warner, illustrates the concept of that maniacal chase after money, a book written
in a time that owes its name to the title, as well as some aspects of the life of Mark Twain himself,
under the perspective of the Self-Made Man. Set in a period of moderate economic growth
fostered by the Reconstruction, and with those satirical undertones so characteristic of Twain, the
book narrates in a very acute manner the industrial and territorial development led by the railroad,
and, on the other hand, a clear example of what the misinterpretation of the Emersonian school
of thought entails in concerning the myth of the Self-Made Man, incarnated in the character
Beriah Sellers, a Dickensian Wilkins Micawber-fashioned chatterbox. Such Golden Age, a truly
appropriate name insofar as it has only a slight patina of gold, was not only a period of
questionable economic bonanza, but also would conform the foundations of an extraordinarily
weak, volatile and unpredictable economic system in the United States which ultimately collapsed
in 1929.

These weak economic foundations, along with a rising get-rich-quick mentality and
exacerbated individualism shaped the entrance of the United States in the twentieth century. In
the times of the robber barons, the Prohibition, the Roaring Twenties and the Jazz Age, two
figures, one fictional, the other real, invite reflection on the state of the Franklinian ideology at
the time: Jay Gatsby and Al Capone. Both characters share several important factors considering

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the bases laid by Franklin and their further elaboration by the Emersonian school of thought:
volition, initiative, commitment, discipline and vision. Both, likewise, walk the road that goes
from rags to riches in a way that could be considered the result of a profit-seeking, simplistic
interpretation—and nonetheless understandable—of an exacerbated individualism with wealth as
the only valid goal. This interpretation derives from a reading of the myth which reduces the
Franklinian maxims to mere self-help, denuding them of all that could not be economically
productive, profitable or propagandistic of what would later be called “The American Way”;
getting rid of every sense of common good, collaboration, associationism. Gatsby and Capone,
undoubtedly, had a deep understanding about how their sociopolitical environment worked and
used it in their own private benefit. Their stories are highly eloquent of a so-called historical truth,
an ever-lasting narration about how the best and the fittest are the ones who prevail; but such a
thing would make more sense in a scenario of real equality of opportunity and well-established
rules. Thus, their stories, and those stories to come, will demonstrate that social mobility is
theoretically plausible but practically illegal inasmuch as the means to achieve that upward
mobility, very frequently, implies breaking the law.

Naturally, this idea has never been recognized or minimally implied by the great believers
in the Self-Made Man, such as Herbert C. Hoover, who harbored a fervent devotion for the
exceptionality of American individualism, the only one which, in his eyes, guaranteed the equality
of opportunity and triumph of meritocracy in an environment of freedom and prosperity with a
sufficient observation and guardianship of the rules to avoid abuse without being coercive or
excessively strict. The collapse of the American economic system in October 1929 would soon
prove him wrong, although Hoover, himself a true Self-Made Man in his own right, remained
unaffected by discouragement in the face of a reality that besieged him during the Great
Depression. The “Dirty Thirties”, and its rigors against the people of the United States almost
dealt the myth of the Self-Made Man its mortal blow, leaving the Franklinian ideal severely
wounded until its tercentenary, making fall to a relatively low profile until its great rebirth during
Wall Street’s second golden age in 1980s. Those so called Long Sixties—that is, the span
extending from the late 50s to mid-70s—were a period of progress, of a long-postponed conquest
of civil rights, a period in which traditional figures and patterns almost fell to ostracism. The myth
of the Self-Made Man being, as it is, a fundamentally middle-class, male, white ideal, became
outdated for a long while. But in the eighties, the conservative turn of American politics during
the Reagan administration (1981–1989) gave momentum to a new and ready for the twenty-first
century version of the Self-Made Man.

Long Sixties over, that new version of the Myth of the Self-Made Man, under a posteriori
considerations, can be considered a commodity prone to be purchased by the new class of
Franklinian men. Such new version, if thought a posteriori, can be considered a very logical one

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taking into account those features of its ideological corpus that, as this dissertation will study,
have been promoted throughout history to the detriment of others that could be less productive or
convenient: individualism, wealth as the ultimate goal and meritocracy only as a fait-accompli
story and only as long as it serves as a justification. All this is excellently reflected in Tom Wolfe’s
The Bonfire of the Vanities (1987), which shows that stratified, warring and stagnant New York
society of the eighties, with its social-class subtypes and their common interest: attaining wealth
by any means. Concerning the myth of the Self-Made Man, Wolfe’s novel portrays a socio-
economic system where commodity fetishism reigns supreme, where the personal virtues that
must necessarily accompany the Franklinian man have their space increasingly reduced, and
where the hard work to achieve the independence of the individual is beginning to be replaced by
the notion of productivity, where those very individuals—especially the working class—are
valued as commodities which are considered useful for the amount of economic output that can
be extracted from them. Personal fulfillment began to become a contingency external to the
individual and not identifiable in objective and absolute terms, but through the valuation of third
parties within the social contract of the acquisition of fetish-goods. However, in Wolfe’s novel
these circumstances are only suggested in a fictionalized and almost parodic manner, which does
not make them less certain, but more subtle and less premonitory. But Wolfe, in The Bonfire of
the Vanities, in an undoubtedly conscious way, was criticizing these values—or, perhaps the lack
of them—that were already dehumanizing society and therefore the Self-Made Man, which would
continue to evolve and reach their highest ground in the times of late capitalism

This strictly economic, individual-oriented focus entailed the emergency of a whole “new
race”—taking the concept from Crèvecœur—of potential Self-Made Men in the American scene:
Wall-Street executives and entrepreneurial juggernauts. Two instances, one literary, the other
real, have been analyzed to illustrate this concept: Eric Packer, protagonist of Don DeLillo’s
Cosmopolis (2003) and Jordan Belfort, better known by the nickname “The Wolf of Wall Street”,
the title of his 2007 autobiographical narrative. Both entities are in a good relationship with the
contemporary terms of the Self-Made Man as both achieved a considerable prosperity with their
work, and thus, in the eyes of society, it can be considered that they are hard workers and that
their wealth is well deserved. Both of them illustrate the result-oriented dimension in which the
myth of the Self-Made Man entered the new millennium: means do not matter as long as the
objective is achieved. Besides, Belfort and Packer stand as a remarkable example of that
individualism so present in modern times: they are successful, but they have reached—must reach,
indeed—the top alone.

It is not surprising, thus, that the myth of the Self-Made Man, more than three centuries
after its birth, is not only supported, but also enjoys extraordinary good health. The current
socioeconomic situation desperately needs models of behavior to justify its demands, disguising

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them as values. As will be demonstrated, the myth of the Self-Made Man, apart from its very
mythical nature, is utterly necessary to solve the innumerable systemic contradictions present in
today’s socioeconomic sphere with its brilliant simplicity. Such a sphere, such a state of things,
needs to conceal its absolute inability to provide a dignified life to those who keep it functioning
by appraising individual initiative and the so-called entrepreneurial impetus. Stories about starting
from nothing, companies founded in garages, and any narrative that confirms the famous maxim
“from rags to riches” are highly useful to show that such feats are still possible although, as this
study has shown, the concept of Self-Made Man in the contemporaneity has been reduced to a
commodity or an a posteriori imposture.

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Introduction

Since the dawn of the United States as a nation, a birth that would not be too audacious
to date even before the very United States could be called a full-fledged, independent country,
there has been a sociocultural constant, a very specific one, that has transcended the barriers of
time and, like the nation itself, has evolved, taking shape according to every epoch. Today, this
constant remains in the collective imaginary with equal validity—even greater, if such a thing
was possible—than in the time that witnessed its creation: the myth of the Self-Made Man. The
purpose of this work is to find out, by tracing the concept from its birth to contemporaneity, how
much of the mythical or how much of the real there is in those who have risen as its faithful
spokesmen; to elucidate, as far as possible and through the textually and historically verifiable, if
the Self-Made Man ideal is an honest aspiration, reachable by anyone with the will to work for it
or, on the contrary, it is a game played with marked cards where the starting point is determined
by circumstances beyond individual control. In many cases, as will be further proved, the answer
is not clearly polarized into a yes or a no, but depending on a substantial number of contextual
contingencies, beyond the control or the will of the individual. Albeit the maxims of the myth are
positively virtuous—hard work, honesty, and even the search of collective welfare—they can,
very frequently, be interpreted in quite lax terms or even be used as an instrument for mass control.
In order to achieve as complete a vision as possible of the myth of the Self-Made Man,
and its impact on society, it is exceedingly important to understand the historical and political
circumstances around authors, works, and relevant figures to be analyzed. Consequently, due
attention will be paid to literary production not as an isolated phenomenon, but as an outcome of
a close work-context relation, taking into consideration the world, the eras, the stages of History
and American culture of every single literary work and/or historical character analyzed in this
project. The research, hence, will not be strictly literary: it will also be culture-oriented, fitting
into the discipline of American Studies. Four exhaustive studies of American history, its politics,
society and economy, have been highly useful for this task: Richard Hofstadter’s The American
Political Tradition and the Men Who Made It (1962); Howard Zinn’s A People’s History of the
United States (1980); Eli Cook’s The Pricing of Progress (2013) and Depression to Cold War
(2002), by Joseph M. Siracusa and David G. Coleman. Likewise, due attention has been paid to
what was already said and written about the Self-Made Man by authors like Irvin G. Wyllie in
The Self-Made Man in America (1954); John G. Cawelti in Apostles of the Self-Made Man (1965)
or, more recently, Mark Lipton in Mean Men (2017). It is precisely in the latter that a tendency—
not an accident at all—in the myth of the Self-Made Man is thoroughly studied: its excluding
nature. The conceptual map—starting with the very name of the myth—of the Self-Made Man is
inclined to obviate nuances of gender, or include women, but this is more than a mere tendency:
it is an evident cultural bias. On the grounds of diverse nature studies, statistical, sociological,

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psychological and even epidemiological—on the incidence of antisocial behaviors, substance
abuse, anxiety disorders, etcetera—Lipton concludes that, socially speaking, the “assessment” of
certain situations or behavioral patterns is directly gender-connected. The externalization of a
given feeling, anger for instance, tends to be considered as a result of the direct influence of
external, objective circumstances, naturally instantiated, if the one who manifests this feeling
happens to be a man. In case the very same rage is expressed by a woman, continuing with
Lipton’s argumentation, the tendency is to consider such emotion as personality-triggered,
without any need of an external instigation. Thereby, the same behavioral traits which are often
considered “leadership skills” or “initiative” in the male gender are perceived—and labelled—in
much more negative ways in the female gender. It is not complicated, especially in modern times,
to find examples of economically successful and/or famous men whose difficulty—or inability—
to manage certain temperamental outbursts is not only minimally questioned, but considered
acceptable and even rewarded. Therefore, it does make sense to assert that the story of the Self-
Made Woman possesses in itself sufficient material to conduct further research. An investigation
on the Self-Made Man from the perspective of Masculinity Studies would also be extremely
pertinent, considering that many of the behavioral traits which, especially nowadays, a number of
archetypical Franklinian men show are traditionally attributed to the “man” as a social construct.

Apart from the obvious gender issue is the ethnic question, which, although having certain
presence in this work, is illustrative of the material and social circumstances of American history
regarding the myth of the Self-Made Man concerning ethnic groups. A study of the Self-Made
Man with an ethnic focus would also be of utmost importance since, as will be elaborated on in
this work, the ethos of the myth is fundamentally oriented towards white people for a matter of
mere convenience and survival of the myth itself: going after Franklin’s legacy, following his
steps, fulfilling this part of the American Dream, is not something available for everyone, not
even the majority. Those basic elements which were considered to indicate starting from scratch
in such relevant personalities as Benjamin Franklin or Abraham Lincoln were, as it will be
demonstrated in chapter three, the great goal to meet for people like Frederick Douglass.
Nonetheless, that pursuit of the maxim “from rags to riches” and/or the everlasting American
Dream has been, and still is, a key factor in most migratory movements with the United States as
destination.

A study of the Self-Made Man using Myth-Criticism would also be interesting, since the
present research does not focus on the archetypal level of the myth or the symbolic organization
of the imaginary as proposed by Gilbert Durand in Les structures anthropologiques de
l’immaginaire (1960). Likewise, this research could not be framed within the discipline of
Cultural Myth Criticism as proposed by José Manuel Losada in Mito y Mundo Contemporáneo
(2010) since, although certainly multidisciplinary in nature, this research is not standard myth

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criticism inasmuch as it does not analyze the myth separately from any notion of ideology, but as
an instrument historically ascribed to it. The most plausible Myth-Criticism approach for this
research would be as proposed by Max Horkheimer and Theodor W. Adorno in Dialektik der
Aufklärung (1944), for whom the myth in modernity is a negative concept, only suitable for
propaganda, political demagogy and manipulation, and thus something illusory, false or fictitious.
The myth of the Self-Made Man has surely had an evolution from its start to contemporaneity
which has put it very close to those concepts proposed by Adorno and Horkheimer, but neither
its birth nor its fundamental ideals were intrinsically negative; on the contrary, they represented
an ideal whose fruition would bring positive repercussions for the community as a whole.

Each of the main works used in this research provide valuable information in more ways
than one. For instance, Richard Hofstadter offers pertinent historical and political analyses of the
most notable American presidents with exhaustive documentation and a sufficient critical
distance so as not to fall neither into acritical celebration nor into systematic, pointless criticism.
Howard Zinn’s A People’s History of the United States is already a classic approach to American
history oriented to its social aspects and those facts which, too often, tend to fall into oblivion.
Undoubtedly, there is a certain ideological bias in Zinn that permeates his work to some extent,
but since the text has been chosen as a work of reference for verifiable historical facts, this precise
authorial bias does not acquire great relevance beyond the purely narratological. The
aforementioned research by Eli Cook provides a historical study oriented to the North American
economic and cultural spheres, with utterly interesting points of view regarding the transition
from a slave economy to a wage-labor-based economy, an ineluctably relevant question, bearing
in mind the strong connections between the myth of the Self-Made Man and work as a means to
achieve prosperity.

Each chapter will focus on a culturally relevant figure of the American imaginary in
relation to the myth of the Self-Made Man over time, from its birth to the present, from the literary
to the political and historical: Benjamin Franklin, Mark Twain, Frederick Douglass, Abraham
Lincoln, Ralph W. Emerson, Al Capone… The analysis will clarify to what extent these figures
have followed, influenced, improved, perpetuated or misinterpreted the ideal of starting from
naught and achieving prosperity with the means—or barriers—that they were provided by the
contexts of each era. Due to the diversity of figures and the time span embraced by the analysis,
the use of the main sources above will vary depending on the chapter, and each chapter will,
logically, have its own main readings from which the secondary ones will derive.

The history of the United States began to be written in November, 1620, when those
religious separatists known as the Pilgrims, disembarked from the Mayflower in the place that
would later become the city of Plymouth and its homonym colony. The intentions of these first

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colonists were far from breaking relations with England or forming a nation. In fact, theirs was a
voyage in search of religious freedom, in search of a place to profess their religiosity away from
pressure or prosecution of official Anglicanism and, at the same time, remain English, both the
Pilgrims themselves and their descendants. The British colonies in America represented the ideal
place for this purpose. The feat of the Pilgrims, their morality, their idealism and their utopian
vision based on the theological belief of being the chosen people were, unintentionally, part of
the very seed of American exceptionalism, the set of sociopolitical beliefs that would mark the
development of the country ever since and forever: freedom, egalitarianism, a sense of community
and individualism, the notion that the American nation has a unique history or, more modestly,
some highly distinctive historical and cultural characteristics in comparison with the rest of
Western countries. This mixture of boldness, determination and religious self-denial will produce
what authors like John Hector St. John de Crèvecœur or Alexis de Tocqueville will consider a
new—in Crèvecœur’s own words—“race” of man and, in the short and medium term, will settle
the most elementary lines in the sketch of the Self-Made Man ideal, as will be developed in depth
in the first chapter, “Self-Made Nation,” of the present work.

However, the sublimity of the image of the American farmer as the man—the
individual—who dominates ungodly nature with the sole strength of his determination, his
perseverance and his work, would soon begin to blur. Apart from propaganda and other written
idealizations, colonial intra-history showed a very different narrative, a narrative of indentured
servitude, forced recruitment and importation of slaves as key elements in the consolidation,
growth and prosperity of colonial America until the very dawn of the Revolution. Authors such
as Heike Paul in The Myths That Made America (2013), Richard Hofstadter in America at 1750:
A Social Portrait (1973) and Kenneth A. Lockridge in A New England Town (1985) offer in-depth
analyses of colonial society in its broadest spectrum and provide an interesting vision that,
although critical, is complementary to those descriptions more prone to the apologetic or that
avoid the less favorable details of pre-revolutionary America.

The ideological substratum of colonial America, composed of that mixture of religiosity,


promises of social justice and prosperity, was the primary element in the construction of the myth
of the Self-Made Man, and Benjamin Franklin was its principal architect. His life and his legacy
will be the subject matter of the second chapter, “The Self-Made Myth.” From the very beginning,
the myth was a powerful tool in an America in which this new race of men described by
Crèvecœur, the farmers who carved out a decent life based on hard work, were becoming a
minority compared to the enormous numbers of people who came to the “New” World under
indentured servitude or in slavery. The latter are hardly present in the writings of Benjamin
Franklin and his considerations towards work and the path to prosperity, because Franklin came
from a moderately wealthy middle-class family which he considered to be the greater part of

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colonial population, and the ones with the bigger will to work. In a parallel manner to the analysis
of Franklin’s canonical works such as his Autobiography (1793) or Poor Richard’s Almanack
(1732), among others, the history of his life will be studied, from the arrival of his family to the
colonies until his death in 1788. The profound account of his life by Walter Isaacson in Benjamin
Franklin: An American Life (2003) provides sufficient evidence of how much is true and how
much is to be questioned in the celebrated quote “from rags to riches” by Franklin, the very
founding father of the myth of the Self-Made Man, a myth bigger than Franklin himself and even
more lasting than his words: an ideal that encouraged men to pursue the best version of themselves
through work, perseverance and honesty, to achieve a well-deserved prosperity that not only
benefited them, but the entire community. The basic problem lies, on the one hand, in that the
individualism of Franklinian thought could be—and has been, as will be proved in the following
pages—interpreted in less positive ways and, on the other hand, in a result-oriented conception
of wealth: prosperity as a self-justified value and the story of the Self-Made Man as an a posteriori
consideration.

The notion of the Self-Made Man story as a retrospective consideration does not make it
necessarily questionable or false. An example of this can be found in Frederick Douglass, whose
story in relation to the myth will be studied in the chapter “Frederick Douglass, Self-Made
Human.” Born in slavery, he fought not only for his freedom, but for being recognized as a human
being, a status systematically denied to African slaves. The story of Frederick Douglass is relevant
in itself because it serves as an example of hundreds of thousands of people like him, who were
born and died under the yoke of slavery, a story that took place in the prelude to an armed conflict
that would divide the American nation before, during and long after the first battle broke out: the
Civil War. Slavery had been one of the fundamental cornerstones of American economy since the
colonial era, especially in the southern states and, although the importation of slaves had been
forbidden by Thomas Jefferson in 1807, the number of people subjected to this humanly
unjustifiable condition kept increasing. Apart from the writings of Frederick Douglass, Roll,
Jordan, Roll: The World the Slaves Made (1976) by Eugene D. Genovese and Slavery and the
Numbers Game (1975) by Herbert G. Gutman, have been taken as fundamental readings for this;
or Nation Within a Nation (2011) by John Ernest, inter alia, to place Douglass’ story in the context
of the situation of African American population under slavery. The story of Douglass has also
been complemented by that of others who shared their experiences, such as David Walker in
Walker’s Appeal (1829). The ineluctable conclusion in the investigation of the story of Frederick
Douglass is that he is a Self-Made Man in the broadest sense, although the discourse of the Self-
Made Man does not tend to be too frequent in ethnic minorities: it is not only that he made himself
within the terms established by Benjamin Franklin, but he also made his own humanity starting
from a state of absolute deprivation of it. Cases like Frederick Douglass’ show that, in addition to

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effort and hard work, there is a series of material circumstances that are independent to the will
of the individual and that condition him in a more substantial manner. The Franklinian maxims
are important indeed, but they are not the only criteria that must be considered when talking about
Self-Made Men.

After Frederick Douglass and in a way that could be understood as his counterpoint, in
the chapter titled “Abraham Lincoln, or, the Self-Constructed Man,” the figure of the sixteenth
president of the United States will be analyzed. Lincoln stands as one of the undoubtedly most
esteemed personalities in American imaginary in both political and human scene, and holds, in
addition, a high position in the altars of the myth of the Self-Made Man. His legend challenges
any comparison to any precedent or successor in political mythology. The story of Abraham
Lincoln symbolizes a drama about greatness and quasi-religious individual achievement, about a
man beleaguered by the torment and moral burden of a fratricidal war, a man who will be entrusted
with reconciling something that seemed irreconcilable in an arduous task that will end claiming
his very life. Central readings for this chapter orbit around the already mentioned The American
Political Tradition by Richard Hofstadter, the extensive research of Lincoln’s life by Sidney
Blumenthal in A Self-Made Man: The Political Life of Abraham Lincoln (2016) and William H.
Herndon’s Herndon’s Lincoln: The True Story of a Great Life (1920), as well as speeches,
correspondence and other documents written by Lincoln himself, and also others, compiled by
different authors. Eli Cook, in The Pricing of Progress, provides valuable socioeconomic
commentary on the state of affairs in the US economy during and after the abolition of slavery.
All things considered after the contribution made by the selected bibliography about Lincoln’s
person—and persona—there is an apparently trivial but actually noteworthy detail that,
considering the almost deified image of the sixteenth president that has transcended over the
centuries, continues being relevant: Abraham Lincoln was a person. A human being. The figure
of the great liberator of the oppressed, the man who fought against a whole system using only his
solid conviction and won is not so or, at least, not totally, inasmuch as that image is more a
construct, an interested transformation of Lincoln into a consumer good, as will be seen in the
following pages.

One of the goals in this analysis of the American foundational myth of the Self-Made
Man, as it has been pointed out, is to study not only its maximum exponents, but also those who
have in some way contributed, influenced or updated the narrative in such a way so as to allow
its indelible presence through the different historical stages which this work will visit. The fifth
chapter, “R. W. Emerson and the Man Made of Himself” has the aim of analyzing how, at the end
of the nineteenth century, a revision of the concept of the Self-Made Man was undertaken by
some of the most important thinkers of the time, such as Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman,
James Fenimore Cooper, etcetera. At that time the ideological structure of the myth was going

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through hard times, and was an object for criticism by such authors as historian Francis Parkman
or the aforementioned Cooper, who advocated for the figure of the gentleman, of a cultural elite
parallel to the economic one to serve as a model for the masses. Their vision of a sort of “cultural
priesthood,” however, was weighed down by its own snobbery. Walt Whitman would stand on
the opposite side: he did not criticize the concept of the Self-Made Man, only some of its maxims,
such as the pursuit of wealth as the only goal of life. On the other hand, Whitman was in tune
with Franklin in the aspect of believing that the good of society as a whole was the true and most
noble goal. Emerson believed—broadly speaking—that each individual contained in himself the
most transcendent potential, and that the key to developing it resided in self-sufficiency, in
independence and in the harmony with the laws of nature. The true Self-Made Man, according to
Emersonian thought, should be the living representation of these values. Although this may seem
awkwardly idealistic, Emerson, as will be elaborated, had an utter sense of pragmatism—though
not as much as Whitman did. Both visions do not differ to the point of opposition; rather in the
right proportions to be considered complementary. Unfortunately, Emersonian thought, its
philosophy about independence, self-reliance and the individual will as crucial factors ended up
laying a path wide open to a whole series of superficial or flawed interpretations that distorted
Emersonian individualism into a noxious distillation, known as New Thought (a founding genre
of self-help), in which the search for success, power over other people, and material prosperity
are the highest goals to aspire to. Such an interpretation of the myth was totally at odds with the
proposals of Emerson, Whitman and other architects of the Self-Culture movement, as will be
demonstrated through the analysis of William Ellery Channing’s Self-Culture (1839), Democratic
Vistas (1871) by Walt Whitman, an intensive study of the most important essays and speeches by
Emerson himself, with the support of those things said and written about by John G. Cawelti in
Apostles of the Self-Made Man (1965).

In the sixth chapter, “Mark Twain and the Parody of the Myth,” the study focuses on how
the utterly necessary updating of the Franklinian myth did not exempt it, however, from an equally
necessary criticism. An example of this, in addition to the critical voices mentioned above, is The
Gilded Age, A Tale of Today, a novel written by Mark Twain and Charles Dudley Warner in 1873.
The story takes place during the homonymous era—which took its name, precisely, from this very
book—between Reconstruction (1863–1877) and the end of the nineteenth century. At this time
the American economy experienced a moderate growth, a growth that served to mask a troubled
social context of political corruption and poverty derived from the ravages of the Civil War. The
novel is relevant to the Self-Made Man issue, mainly, because of Beriah Sellers, a character that
seems to be fashioned after Dickens’s Wilkings Micawber, with those characteristic satirical traits
of Twain’s and that stands as a parody of Benjamin Franklin. The central theme of the novel is
the savage speculation that took hold of the American economy of the time, in which everyone

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wanted to get rich overnight, at the expense of government contracts, land sales for prices far
beyond their real value, unjustified infrastructural development, etcetera. In this context of
institutionalized embezzlement, Beriah Sellers stands as the supreme king of the nonsensical. The
character appears, in a quite deliberate manner, as a man of multidisciplinary interests: he does
not only stick to speculation, but extends his sights to the invention of all sorts of mechanical
devices—like a stove, for example—or to miraculous medicine and pseudoscientific discourse.
The Gilded Age, as will be demonstrated, is presented as a roman à clef on the Self-Made Man
and on the supposed opportunities to rise socially that the United States offer to anyone who is
willing to strive and take advantage from them. Apart from that, it is revealed as a novelized
manifestation of Mark Twain’s own mixed feelings towards the world of American finance and
towards the Franklinian man—a concept he often criticized. Likewise, The Gilded Age advances
one of the conclusions of the present work: the discourse of the Self-Made Man as a story of
accomplished facts, a golden varnish for stories incapable of shining by themselves.

The excesses of the Gilded Age were soon reflected upon the US economy, leading to a
concatenation of banking panics and economic recessions. Already in the very same year of the
publication of Twain and Warner’s novel that gives its name to the era, 1873, one of the most
serious panics took place after the fall of the Jay Cooke & Company bank. Unfortunately, it would
neither be the last nor the most important recession in American history in the late nineteenth and
early twentieth centuries. More banking panics, of greater or lesser severity and always, time after
time, accompanied by their concordant recessions, would happen after the 1873 one in 1893, 1917
and 1919. The American government, fundamentally during Woodrow Wilson’s administration
(1913–1921) and during a period that came to be known as the Progressive Era, was adopting
measures appropriate enough to solve the succeeding crisis en passant, but prudent enough not to
unduly bother the financial community and the business elite. So, more than full-fledged
solutions, the governmental measures did not much more than to prop up a ruinous construction
and to postpone the disaster. World War I (1914–1918) also brought some extra momentum to
the American economy. In the eighth chapter, “Gatsby, Capone and Franklin: Reinterpretation of
the Myth,” the historical and political context of this time is especially relevant to the figure of
the Self-Made Man because of the reflection the era had on it, considering the subject matter, that
is, two characters—one fictitious, one real—who achieved prosperity in circumstances directly
due to the ethos of their time: Jay Gatsby and Al Capone. Both figures traversed the road from
rags to riches interpreting the Franklinian maxims in a quite concordant manner to the years they
were living in: in a strictly individual and result-oriented way, where the highest purpose was
wealth, and achieving it would justify any method used for the purpose, such as, for example—
but not only—basing their economic success in breaking the law and going against Prohibition,
one of the most (in)famous amendments to the constitution of the United States. Regarding

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contextual analysis, the previously mentioned works by Howard Zinn and Richard Hofstadter will
be used along with others written in the same period, such as Walter Lippmann’s Drift and
Mastery (1914), as well as chronicles written by and about Woodrow Wilson to understand the
economic and political situation of the period. In addition to The Great Gatsby (1925) by Francis
Scott Fitzgerald, The Jazz Age (1931) will be used as a bridge between the historical and the
literary, where the author relates, from his personal experience, the shadows shed by the lights of
the Roaring Twenties. Concerning the figure of Alphonse Gabriel Capone, the narrative
biography written by Fred D. Pasley in 1930 with the eloquent title of Al Capone: The Biography
of a Self-Made Man will be especially useful, along with the story of the gangster told by his niece
Deirdre Marie: Uncle Al Capone (2011).

The aforementioned Roaring Twenties were a period of unparalleled prosperity and


economic growth but, as the ninth chapter, “Herbert C. Hoover and the Great Depression of the
Myth” will demonstrate, that prosperity and growth were relative and offered a powerful contrast
to the Great Depression that hit the country during the fateful 1930s. The figure of the thirty-first
president of the United States (in office from 1929 to 1933) will be observed from two different
perspectives: one, that of his being one of the most famous ambassadors of the Self-Made Man
ideal of his time; the other, to prove to what extent of disbelief the Franklinian ideal fell during
the Great Depression. The chapter will analyze how Hoover’s story, his training, his election as
the President, implied, firstly, his source of pride and, ultimately, his downfall. Hoover was
characteristic for being blinded by a cognitive bias that made him think that, if he had been able
to get where he got starting from a typical, middle-class family, his story, his values, his beliefs,
were suitable to everyone, in every case. Thus, his strong belief in individualism led him to travel
along the roads of the easy answer, the empty self-help discourse that emanated from a simplistic
interpretation of the Emersonian postulates previously commented on. Due to this, Hoover clung
strongly to his vision that, in the United States, prosperity was regulated by meritocracy. However
insistently the real world challenged his beliefs, Hoover continued to see in the American system
the best of all possible worlds, a system in which healthy competition was fostered, individualism
was watched over, and business developed in a law-and-ethics-abiding manner and in the
framework of a properly supervised laissez-faire, with no unnecessary interference. Obviously,
the prosperity of the 1920s had fueled his theories and had made him a philosopher of prosperity
and that system called by him “American Individualism” in his 1922 homonymous book. But the
events that took place in October 1929, the crash of Wall Street Stock Exchange that marked the
beginning of the Great Depression and the subsequent Dust Bowl, overshadowed the hitherto
brilliant and proud Self-Made President. Dedicating due attention to both Herbert C. Hoover and
the series of circumstances in which the American Nation got immersed, as well as the relation
of all this with the Self-Made Man will require a fairly broad corpus including history, economy

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and politics. Eli Cook’s The Pricing of Progress along with The Great Crash 1929 (1954) by
John Kenneth Galbraith will be used to explain the economic details that led to the crash. The
thesis will take into account a representative part of Hoover’s works: the aforementioned
American Individualism (1922), Addresses on the American Road (1938), The Challenge to
Liberty (1934), as well as The Memoirs of Herbert Hoover (1952) and The Hoover
Administration, A Documented Narrative (1936) by William S. Myers and Walter H. Newton,
where some unofficial statements are produced along with commentary by the authors. In
addition, the series of articles published by John Steinbeck under the title of “The Harvest
Gypsies” (1936) and the more recent work by Elizabeth D. Esch The Color Line and the Assembly
Line (2018) will provide further relation of the consequences of the Great Depression and the
Dust Bowl for the working class.

The light amongst the darkness of dust storms and the slum settlements resulting from
internal migration began to be glimpsed during the long F. D. Roosevelt administration (1933–
1945), which was characterized mainly by those economic measures to mitigate the ravages of
the Great Depression known as the New Deal. Apart from Roosevelt’s economic measures, there
was another factor that had a more than moderate effect, that really brought the necessary impetus
to the US economy. It was, once again, a global conflict: World War II. In a series of policies that
those most conservative in the political sphere considered “socialist”—though, as it will be
explained, it was simple Keynesianism—the industrial and agricultural production during the
Roosevelt administration and the continuation of these policies after his death in 1945 reached
unparalleled numbers, and placed the United States in a privileged position in the global economy,
starting an unprecedented period of prosperity that would extend until the mid-70s, or—speaking
from a literary or cultural point of view—well into the period of postmodernism. The gradual
changes in the paradigm of the Self-Made Man up to the time of its tercentenary lead to something
that could already be glimpsed at the end of the nineteenth century and became evident with Jay
Gatsby and Al Capone: honesty, the will to associate, collaborate and procure benefit for the
community, had all blurred into the background, or had even been thrown down the road as if
they were ballast. In postmodern times, the only important thing is money, reaching it, treasuring
it and spending it on commodities which denote the status of the possessor. Due to this, in the
tenth chapter, “Three Hundred Years of Self-Made Men,” the 1960s and 70s, which are highly
relevant for American culture and society, are slightly bypassed, for reasons to be given in the
chapter, to enter directly into the epicenter of the creation of the New Self-Made Men: Wall Street
and its second golden age. In the context of a pandemonium of atomized social classes, and in the
chaotic New York City of the eighties, Tom Wolfe’s The Bonfire of the Vanities (1987) narrates
the story of a sample element—either de facto or aspirational—of each of these classes. In this
chapter the study centers on how the myth of the Self-Made Man has reached its three hundred

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years of age; on how much remains of the true Franklinian spirit, if at all; and on how to interpret
those things that do remain and what it means to represent a modern Self-Made Man through the
stories of Peter Fallow, Larry Kramer and Sherman McCoy, three of the main characters in
Wolfe’s novel, who present a remarkable obsession over the demonstration of status, over being
seen as successful and prosperous men. Wolfe’s novel will be analyzed with the support of studies
like “Race and the Infernal City” (1999), by Joshua Masters; “Urban Decline and (Post)National
Mythologies in Bonfire of the Vanities” (1997) by Liam Kennedy (among others); and the
sociological aspects of the context in which it takes place will be elaborated thanks to the works
of James Oliver The Selfish Capitalist (2008) and Frederic Jameson Postmodernism, Or the
Cultural Logic of Late Capitalism (1991).

Finally, the rise of multinational capitalism will be pervasive in all aspects of politics,
economy—obviously—and society, including, of course, the myth of the Self-Made Man. If, at
its very beginning, it was already a hard-to-reach goal if the starting point was not adequate, in
the context of the twenty-first century the Franklinian ideal has been reduced to a consumer good,
adapted and used at will by very specific individuals and/or very particular interests. In the chapter
about Wolfe’s The Bonfire of the Vanities the fact that being a Self-Made Man is increasingly
becoming more restricted to a certain socioeconomic environment starts to be hinted at. In the era
of the so-called late capitalism, what was glimpsed in Wolfe is already an overwhelming reality.
Due to this, and in a similar manner to the chapter on Al Capone and Jay Gatsby, in “Self-Made
Men of Late Capitalism,” the tenth and last chapter of this research work, two figures will be
studied and held as representative of the new Franklinian men: one belonging to the literary realm,
Eric Packer, the protagonist of Don DeLillo’s Cosmopolis (2003), another belonging to the sphere
of the real, Jordan Belfort, with his autobiographical story The Wolf of Wall Street (2007). The
study of both characters will take Black Monday (October 19, 1987) as its starting point and will
cover up to the present, analyzing the evolution of the globalized economy and its impact on
society and the individual. Certain reference works are suitable for such a purpose, like Business
Cycles and Depressions: An Encyclopedia (2013) by David Glasner, and studies like the
aforementioned James Oliver’s The Selfish Capitalist; or Capitalist Realism (2009) by Mark
Fisher and Zombie Capitalism (2010) by Chris Harman. For a better understanding not only of
the main work of this chapter and their main characters, but also of their motivations, the cultural
framework that encourages and validates them, and their great relevance in relation to the Self-
Made Man, the fields of psychology and sociology of these new “Self-Made Men of Late
Capitalism” will be explored by means of Mark Lipton’s Mean Men (2017), as well as studies
and articles ad-hoc for each of the instances.

As will be demonstrated through the diachronic analysis of the chosen subject matter, of
its evolution up to present times, of its nature, often mythical and unreachable for most, the myth

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of the Self-Made Man, in many cases throughout its history, has tended to serve more as an
instrument of mass control than as an inspiring ideal. Such an instrument abstracts the individual
from his material circumstances in order to place upon him all the responsibility for his future and
works as a factor of exclusion, as a made-up story to disguise the truth of those who have claimed
the title of having made themselves and, ultimately, as a mere commodity.

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Introducción

Desde el amanecer de los Estados Unidos como nación, hecho que no sería osado datar
incluso antes de que pudiera ser denominado un país independiente de facto, ha habido una
constante sociocultural, una especialmente, que ha trascendido a las barreras del tiempo y que, al
igual que la propia nación, ha ido evolucionando, adaptándose a sus épocas. Hoy día permanece
en el imaginario colectivo con igual vigencia—o mayor, si cabe—que en los tiempos que la vieron
nacer: el mito del Self-Made Man, el hombre hecho a sí mismo. El propósito del presente trabajo
es el de averiguar, a través de un seguimiento del concepto desde su nacimiento hasta la
contemporaneidad, cuánto hay de mítico y cuánto de real en aquellos que se han erigido como sus
fieles representantes; dilucidar, en medida de lo posible y a la luz de aquello que sea textual e
históricamente comprobable, si el ideal del Self-Made Man es una aspiración honrada al alcance
de cualquiera que esté dispuesto a trabajar por ella o si es un juego trucado en el que la casilla de
salida está determinada por circunstancias ajenas al individuo. En muchos casos, como se verá,
la respuesta no está claramente polarizada, sino que depende de una muy considerable cantidad
de circunstancias contextuales y ajenas a la voluntad o al control del individuo, y aunque las
máximas del mito sean virtudes en términos objetivos e incontestables—trabajo duro, honradez e
incluso búsqueda del bienestar colectivo—muchas veces pueden ser interpretadas de maneras más
laxas o incluso ser utilizadas como instrumento de control.

En aras de conseguir una visión lo más completa posible sobre no sólo el mito del Self-
Made Man, sino también su impacto sobre la sociedad, comprender las circunstancias históricas
y políticas de los autores, obras o figuras analizadas es importante en grado sumo. Debido a ello,
en este trabajo se tomará en debida consideración la producción literaria no como fenómeno
aislado, sino como el resultado de una relación obra-contexto, atendiendo al mundo, a las épocas,
a las etapas de la historia y la cultura estadounidenses, que presenciaron el nacimiento de cada
una de las obras literarias y/o personajes históricos diversos analizados en este trabajo. La
investigación, por lo tanto, no será únicamente literaria, también será cultural, encuadrándose en
la disciplina de los Estudios Americanos. Cuatro estudios de la historia estadounidense, de su
política, sociedad y economía, han sido de gran ayuda a tal efecto: The American Political
Tradition and the Men Who Made It (1962); de Richard Hofstadter; A People’s History of the
United States (1980), de Howard Zinn; The Pricing of Progress (2013), de Eli Cook y Depression
to Cold War (2002), de Joseph M. Siracusa y David G. Coleman. Asimismo, se ha tenido en
debida consideración aquello ya escrito con anterioridad a propósito del Self-Made Man por
autores como Irvin G. Wyllie en The Self-Made Man in America (1954), John G. Cawelti en
Apostles of the Self-Made Man (1965) o, más recientemente, Mark Lipton en Mean Men (2017).
Es en esta última obra en la que se analiza en más profundidad una tendencia que no es en absoluto
accidental en el mito del Self-Made Man: su naturaleza excluyente. El plano conceptual del

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hombre hecho a sí mismo tiende a obviar a la mujer ya en la misma denominación del ideal, pero
es algo más que una simple tendencia: es un sesgo cultural evidente. Respaldándose en estudios
de diversa índole, estadísticos, sociológicos, psicológicos e incluso epidemiológicos—sobre
incidencia de conductas antisociales, abuso de sustancias, trastornos ansiodepresivos, etcétera—
Lipton concluye que, socialmente hablando, la “evaluación” de determinadas situaciones o
comportamientos está directamente vinculada al género. La externalización de un sentimiento
dado, de rabia por ejemplo, se tiende a considerar el resultado de la influencia directa de
circunstancias externas y objetivas, algo natural, si aquel que la manifiesta es un hombre. En el
caso de que la misma rabia la exprese una mujer, siguiendo con Lipton, la tendencia es considerar
que dicha emoción proviene de la personalidad, y no tiene por qué estar externamente instigada.
De este modo, los mismos rasgos conductuales que se suelen considerar “dotes de liderazgo” o
“iniciativa” en el género masculino son percibidos—y denominados—de maneras mucho más
negativas en el género femenino. No es complicado, especialmente en los tiempos modernos,
encontrar ejemplos de hombres económicamente exitosos y/o célebres cuya dificultad—o
incapacidad—para gestionar ciertos arrebatos temperamentales no sólo no es mínimamente
cuestionada, sino que es considerada aceptable e incluso recompensada. Aparte de la obvia
cuestión de género está la cuestión étnica, que si bien tiene cierta presencia en este trabajo, es
ilustrativa de las propias circunstancias materiales y sociales de la historia estadounidense
respecto al Self-Made Man. Por lo tanto, no es en absoluto atrevido asegurar que la historia sobre
la Self-Made Woman posee en sí misma material suficiente para la elaboración de un trabajo de
investigación adicional al presente. No menos relevante sería una investigación sobre el Self-
Made Man desde los estudios de construcción de la masculinidad, considerando que muchos de
los rasgos de comportamiento que muestran, especialmente hoy en día, algunos de los prototipos
de hombre frankliniano, son características comúnmente atribuidas al “hombre” como
construcción social.

Un estudio del Self-Made Man con un enfoque étnico sería también de importancia suma
puesto que, como se verá en este trabajo, el ideario del mito está fundamentalmente orientado
hacia el hombre blanco por una cuestión de mera conveniencia y supervivencia del propio mito:
recorrer el camino de Franklin, seguir sus pasos, cumplir esa parte del sueño americano, es algo
que no está al alcance de todo el mundo, ni siquiera de la mayoría. Lo que en personas del calado
de Benjamin Franklin o Abraham Lincoln suponía empezar desde cero era, como se verá en el
capítulo dedicado a Frederick Douglass, prácticamente el objetivo a conseguir, no el punto de
partida. A pesar de ello, esa persecución del “from rags to riches” y/o en pos del sueño americano
ha sido, y es en la actualidad, la razón determinante de la mayoría de movimientos migratorios
con los Estados Unidos como destino.

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Una aproximación al Self-Made Man desde la perspectiva de la mitocrítica sería también
interesante, ya que esta investigación no incide con el suficiente denuedo en el nivel arquetípico
del mito ni en la organización simbólica del imaginario, como propondría Gilbert Durand en Les
structures anthropologiques de l’immaginaire (1960). Tampoco podría ser encuadrado dentro de
la mitocrítica cultural propuesta por José Manuel Losada en Mito y Mundo Contemporáneo (2010)
puesto que, aunque este estudio es, ciertamente, de naturaleza interdisciplinar, no es auténtica
mitocrítica en tanto que no se analiza el mito al margen de toda noción de ideología, sino como
un instrumento históricamente adscrito a ésta. La aproximación a la mitocrítica más plausible para
este trabajo sería aquella propuesta por Max Horkheimer y Theodor W. Adorno en Dialektik der
Aufklärung (1944), para quienes el mito en la modernidad es un concepto negativo utilizado para
la propaganda, la demagogia política y la manipulación en general, considerándolo algo ilusorio,
falso o ficticio. Ciertamente el mito del Self-Made Man ha tenido una evolución hasta la
contemporaneidad que lo ha convertido en algo muy cercano a los conceptos propuestos por
Horkheimer y Adorno, pero ni su nacimiento ni sus ideales fundamentales fueron intrínsecamente
negativos, sino al contrario: representaban un ideal cuya realización tendría repercusiones
positivas para la comunidad casi al completo.

Cada una de las obras destacadas aporta información valiosa en más de un sentido. Por
ejemplo, Richard Hofstadter ofrece pertinentes análisis históricos y políticos de los más notables
presidentes estadounidenses con una documentación exhaustiva y una distancia crítica suficiente
como para no caer en la celebración propagandística o en el ataque sistemático. Howard Zinn,
con A People’s History of the United States, es ya una aproximación clásica a la historia
estadounidense con un enfoque orientado al aspecto social de ésta y a aquellos hechos que tienden
a caer en olvidos interesados. Es indudable que hay cierto sesgo ideológico en Zinn que propende
a permear en su obra, pero dado que el texto ha sido elegido como obra de referencia para hechos
históricos verificables, el sesgo autorial no adquiere gran relevancia más allá de lo puramente
narratológico. El trabajo mencionado de Eli Cook proporciona un estudio histórico orientado al
ámbito económico y cultural norteamericano, con interesantes puntos de vista respecto a la
transición de la economía esclavista a la economía del trabajo asalariado, una cuestión de
ineluctable pertinencia, teniendo presentes las férreas uniones entre el mito del Self-Made Man y
el trabajo como medio para alcanzar la prosperidad.

Cada capítulo se centrará en una figura culturalmente relevante para el imaginario


estadounidense en relación con el mito del Self-Made Man a través del tiempo, desde su
nacimiento hasta la actualidad, desde lo literario hasta lo político e histórico: Benjamin Franklin,
Mark Twain, Frederick Douglass, Abraham Lincoln, Ralph W. Emerson, Al Capone… Se
analizará en qué medida esas figuras han seguido, influido, mejorado, perpetuado o
malinterpretado el ideal de empezar desde cero y alcanzar la prosperidad con los medios—o

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impedimentos—que les proporcionaban los contextos de cada una de sus épocas. Debido a la
diversidad de figuras y al lapso de tiempo comprendido en el análisis, la presencia de las fuentes
principales anteriormente mencionadas variará en función del capítulo, y cada capítulo tendrá,
lógicamente, sus propias lecturas principales de las cuales derivarán las secundarias.

La historia de los Estados Unidos comenzó a escribirse en el mes de noviembre de 1620,


cuando los separatistas religiosos, conocidos como peregrinos, que iban a bordo del Mayflower
desembarcaron en lo que más tarde se convertiría en la ciudad de Plymouth y en la colonia
homónima. La intención de estos primeros colonos no era la de romper relaciones con Inglaterra,
y mucho menos la de formar una nación. De hecho, el suyo fue un viaje en pos de la libertad de
credo, en busca de un lugar en el que poder profesar su religiosidad sin presiones del anglicanismo
oficial y, a la vez, seguir siendo ingleses, tanto los propios peregrinos como sus descendientes.
Las colonias inglesas en América representaban el lugar idóneo a tales efectos. La gesta de los
peregrinos, su moralidad, su idealismo y su utópica visión basada en la teología de ser el pueblo
elegido para la salvación, sin ser conscientes de ello, supusieron en parte el germen del
excepcionalismo americano, el conjunto de creencias sociopolíticas que marcarían el desarrollo
del país desde entonces y para siempre: la libertad, el igualitarismo, el sentido comunitario y el
individualismo, la noción de que la nación estadounidense tiene una historia única y un destino
único o, más modestamente, unas características históricas y culturales altamente distintivas en
comparación con el resto de países occidentales. No cabe duda de que la historia de los Estados
Unidos desde el período colonial hasta la época post-revolucionaria no tuvo parangón en su
tiempo, y ningún observador quedó, ni queda, indiferente al escenario, entorno y recursos
naturales de los que dispuso Estados Unidos en la época. No obstante, también es de destacar que
gran parte de la población de las colonias se componía, en un principio, de agricultores y artesanos
que tuvieron una considerable capacidad de conquistar a una naturaleza adversa con éxito. Esa
mezcla de arrojo, denuedo y abnegación religiosa supondrá lo que autores como John Hector St.
John de Crèvecœur o Alexis de Tocqueville considerarán un nuevo hombre, una nueva raza y, en
el corto y medio plazo, asentarán las líneas más elementales en el boceto del ideal del Self-Made
Man, como se desarrollará en el capítulo primero, “Self-Made Nation”, del presente trabajo.

No obstante, la sublimidad de la imagen del granjero americano como el hombre—el


individuo—que domina a una naturaleza impía con la fuerza de su determinación, su constancia
y su trabajo no tardaría en empezar a desdibujarse. Escritos propagandísticos e idealizaciones
aparte, la intrahistoria colonial presentaba un relato bien distinto, un relato sobre servidumbre por
contrato, reclutamiento forzoso e importación de esclavos como elementos clave en la
consolidación, el crecimiento y la prosperidad de la América colonial hasta los albores de la
Revolución. Autores como Heike Paul con The Myths That Made America (2013), Richard
Hofstadter con America at 1750: A Social Portrait (1973) y Kenneth A. Lockridge con A New

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England Town (1985) ofrecen análisis exhaustivos y profundos sobre la sociedad colonial en el
más amplio espectro y aportan una interesante visión que, aunque crítica, es complementaria a
aquellas descripciones más tendentes a lo apologético o que soslayan los detalles menos
favorables de la América prerrevolucionaria.

El sustrato ideológico de la América colonial, compuesto por esa mezcla de religiosidad,


promesas de justicia social y prosperidad fue el elemento primario en la construcción del mito del
Self-Made Man, y Benjamin Franklin su principal arquitecto. De su vida y de su legado se hablará
en el capítulo segundo, “El mito hecho a sí mismo”. Ya desde sus inicios, el mito fue una poderosa
herramienta propagandística en una América en la que esa—en palabras de Crèvecœur—nueva
raza de hombres que describía Crèvecœur, los granjeros que se labraban una vida digna a base de
trabajo duro, eran cada vez más minoría frente a las ingentes cantidades de personas que llegaban
al “Nuevo” Mundo bajo contratos de servidumbre o en condiciones de esclavitud. Abbott E. Smith
y Kenneth A. Lockridge ofrecen, en Colonists in Bondage (2014) y A New England Town (1970)
respectivamente, amplias visiones respecto a la situación de gran parte de la población de las
colonias en la época anterior a la Revolución que apenas tienen presencia en los escritos de
Benjamin Franklin y en sus consideraciones hacia el trabajo y el camino hacia la prosperidad,
debido a que Benjamin Franklin provenía de una clase media moderadamente adinerada a la que
él consideraba el sector mayoritario de la población y con mejor disposición para el trabajo. De
manera paralela al análisis de obras canónicas de Franklin como su Autobiography (1793) o Poor
Richard’s Almanack (1732), entre otras, se analizará la historia de su vida, desde la llegada de su
familia a las colonias hasta su fallecimiento en 1788 gracias al profundo estudio de ésta realizado
por Walter Isaacson en Benjamin Franklin: An American Life (2003) para aportar evidencia
suficiente de cuánto hay de cierto y cuánto de matizable en ese recorrido comúnmente aceptado
que es el célebre “from rags to riches” en Benjamin Franklin, padre fundador del mito del Self-
Made Man. Los años en los que Franklin empezó a adquirir cierto renombre en el contexto
americano también fueron convulsos en algunos aspectos, de una manera que se antoja acorde a
la situación en la que se encontraba una parte considerable de la población de las colonias,
aquellos que intentaban ganarse la vida con su trabajo, pero cuya realidad distaba mucho de esa
idealización del granjero americano. Richard Morris da debida cuenta del estado del mundo
laboral en Government and Labor in Early America (1946) y de cómo existía entre las élites
económicas coloniales un temor, más o menos fundado, de una rebelión conjunta de trabajadores,
siervos y esclavos. El discurso frankliniano, a pesar de que acabaría convirtiéndose en una
herramienta útil y apta para personas de toda condición, en sus inicios estaba fundamentalmente
orientado a los oídos y ojos de la llamada—valga el anacronismo—clase media, es decir, un
agregado social heterogéneo con una capacidad económica suficiente para contar con lo necesario
y cuya voluntad reivindicativa no suele exceder la seguridad económica individual o la mejora en

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el estatus. Para Franklin este sector de la población era el verdaderamente representativo en tanto
que se trataba de gente con trabajos medianamente cualificados que vivía honradamente de ellos,
con lo suficiente para llevar dicha vida honrada y con expectativas de mejorar de cara al futuro.
No obstante, esa franja poblacional estaba lejos de ser mayoritaria ya en tiempos de Franklin, y
el paso de los años sólo contribuiría a acentuar esas desigualdades que ya estaban enquistadas en
Europa y habían empezado a arraigar en un Nuevo Mundo que reproducía los errores del antiguo.
Pero Benjamin Franklin puso la primera piedra de algo más grande que él y aún más perdurable
que sus palabras, el mito del Self-Made Man, un ideal que animaba al hombre a perseguir la mejor
versión de sí mismo a través del trabajo, la perseverancia y la honradez, a lograr una merecida
prosperidad que no sólo le beneficiase a él, sino que le fuera de provecho a su comunidad. El
problema de base radica, por un lado, en que el individualismo del pensamiento frankliniano podía
ser—y ha sido, como se demostrará en las siguientes páginas—interpretado de maneras menos
positivas y, por otro lado, en una concepción resultadista de la riqueza material: la prosperidad
como valor autojustificado y el relato del Self-Made Man como consideración subjetiva y a
posteriori.

El hecho de que el relato del Self-Made Man sea una consideración a posteriori no lo hace
necesariamente cuestionable o falso. Ejemplo de ello es Frederick Douglass, cuya historia con
relación al mito del Self-Made Man se estudiará en el capítulo tres, “Frederick Douglass, humano
hecho a sí mismo”. Nacido en esclavitud, luchó ya no sólo por su libertad, sino por ser reconocido
como ser humano, estatus que se le negaba a los esclavos africanos de manera sistemática. La
historia de Frederick Douglass es relevante en sí misma porque sirve como ejemplo de otros
cientos de miles de personas como él, que nacían y morían bajo el yugo de la esclavitud, y tuvo
lugar en la antesala de un conflicto armado que dividiría a la nación estadounidense antes, durante
y mucho después de que estallase la primera batalla: la Guerra de Secesión. El sistema esclavista
llevaba siendo uno de los pilares fundamentales de la economía estadounidense desde la época
colonial, especialmente en los estados del sur, y, a pesar de que la importación de esclavos había
sido prohibida por Thomas Jefferson en 1807, el número de personas sometidas a estas
condiciones de vida humanamente injustificables seguía en aumento. Aparte de los escritos de
Frederick Douglass, se han tomado como lecturas fundamentales Roll, Jordan, Roll: The World
the Slaves Made (1976) de Eugene D. Genovese y Slavery and the Numbers Game (1975) de
Herbert G. Gutman, o A Nation Within a Nation (2011) de John Ernest, entre otras, para situar en
el debido contexto la historia de Douglass dentro del marco de la situación de la población
afroamericana en el sistema esclavista. También se ha complementado la historia de Frederick
Douglass con la de otros que compartieron sus vivencias, como David Walker en Walker’s Appeal
(1829). Lo que sin duda se concluye con la investigación de la historia de Frederick Douglass es
que es un Self-Made Man en el más amplio de los sentidos aunque el discurso del Self-Made Man

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no suela ser demasiado frecuente en minorías étnicas: no sólo se hizo a sí mismo dentro de los
términos asentados por Benjamin Franklin, sino que hizo su propia humanidad empezando desde
un estado de absoluta privación de ésta. El Self-Made Man propuesto por Benjamin Franklin tiene
su punto de partida en un “cero” relativo: el de ser un hombre con cierta libertad de elección y
movimiento. En cambio, Frederick Douglass, David Walker y otros tantos como ellos tuvieron
que arriesgar seriamente sus vidas en primer lugar para poder alcanzar ese cero que en muchos
casos se da por sentado. Aun así, su etnia siguió suponiendo un obstáculo prácticamente
insalvable durante el resto de sus vidas, y de muchas otras vidas después de las suyas,
considerando la brecha racial existente en los Estados Unidos que aún hoy es perceptible ya que,
como la historia ha demostrado, la emancipación afroamericana no se debió al resultado de la
Guerra de Secesión. Casos como el de Frederick Douglass ponen de manifiesto que, además del
esfuerzo y el trabajo duro, hay una serie de circunstancias materiales que son independientes de
la voluntad del individuo y que lo condicionan de un modo más que sustancial. Las máximas
franklinianas son importantes, pero no son los únicos criterios a los que hay que atenerse para
hablar del Self-Made Man. Obviamente el individuo tiene cierta responsabilidad sobre su lugar
en el mundo, pero las circunstancias materiales pueden ampliar o disminuir el abanico de
elecciones disponibles, máxime en el mundo en el que vivió Douglass, uno en el que ciertos
aspectos que podrían considerarse derechos fundamentales e inalienables (vivienda y trabajo
dignos, libertad de movimientos, igualdad ante la ley y un largo etcétera) casi eran privilegios.

Tras Frederick Douglass y de una manera que bien podría entenderse como la otra cara
de una moneda, se analizará en el capítulo cuatro, “Abraham Lincoln o el hombre construido a sí
mismo” la figura de una de las personalidades sin duda más estimadas del imaginario
estadounidense tanto en el panorama político como en el humano, y que ostenta, además, una
posición elevada en los altares del mito del Self-Made Man. Su leyenda desafía toda comparación
con cualquier precedente o sucesor en mitología política. La historia de Abraham Lincoln
simboliza un drama de grandeza y superación cuasirreligioso, sobre un hombre atribulado por el
tormento y la carga moral de un pueblo en guerra contra sí mismo, al que se le encomendará
reconciliar lo que parecía irreconciliable en una dura tarea que acabará reclamando su vida. La
bibliografía para este capítulo ha orbitado alrededor del ya mencionado The American Political
Tradition de Richard Hofstadter, la amplia investigación sobre la vida de Lincoln realizada por
Sidney Blumenthal en A Self-Made Man: The Political Life of Abraham Lincoln (2016) y por
William H. Herndon en Herndon’s Lincoln: The True Story of a Great Life (1920), así como los
discursos, correspondencia y demás documentos elaborados por el propio Lincoln y recopilados
por diferentes autores. Eli Cook, en The Pricing of Progress, aporta valiosos comentarios de
carácter socioeconómico sobre el estado de las cosas en la economía estadounidense durante y
después de la abolición de la esclavitud. A la luz de lo aportado por el corpus bibliográfico

- 35 -
principal y secundario acerca de la persona de Lincoln, cabe destacar un detalle en apariencia
trivial pero que, considerando la imagen—casi deificada—del decimosexto presidente que ha
trascendido a través de los siglos, sigue siendo pertinente: Abraham Lincoln era una persona. Un
ser humano. La figura del gran liberador de los esclavos, la del hombre que luchó contra todo un
sistema valiéndose únicamente de sus férreas convicciones y venció es, cuanto menos y como se
verá con el debido detalle en las próximas páginas, matizable, en tanto que esa imagen es más una
elaboración a posteriori, la creación interesada de una especie de Lincoln como bien de consumo.
Abraham Lincoln fue una de las figuras políticas más—merecidamente—importantes en la
historia de los Estados Unidos, afirmación que no será contrariada en este trabajo. También fue
un Self-Made Man, y será ese aspecto sobre el que se aplicarán matices. Abraham Lincoln tenía
elevadas aspiraciones, inteligencia para saber qué hacer y voluntad para hacerlo; sin embargo, no
es menos cierto que nació, creció, fue educado y medró en un sistema en el que todo estaba
dispuesto para favorecer a un hombre blanco con formación académica y pretensiones políticas.
Esta realidad no ha de ser considerada un demérito para su figura, sino el producto de un contexto
concreto y de unas circunstancias personales y materiales concretas. Más aún, Lincoln fue fiel,
como pocos lo han sido, a la máxima frankliniana de no sólo alcanzar la prosperidad, sino emplear
dicha posición para procurar el bien de la comunidad.

Uno de los propósitos del análisis del mito fundacional estadounidense del Self-Made
Man, como se ha apuntado, es el de estudiar no sólo a sus máximos exponentes, sino a aquellos
que de alguna manera contribuyeron, influyeron o actualizaron el relato de tal manera que
propiciase su indeleble presencia a través de las diferentes etapas históricas por las que este trabajo
discurre. El capítulo siguiente al de la historia de Lincoln, “R.W. Emerson y el hombre hecho de
sí mismo” se dedica a analizar cómo, a finales del siglo XIX, comenzó una revisión del concepto
del Self-Made Man por parte de algunos de los más relevantes pensadores de la época, como
Ralph Waldo Emerson, Walt Whitman, James Fenimore Cooper, etcétera. En aquel momento la
estructura ideológica del mito no atravesaba su mejor momento, y era objeto de críticas por
algunos autores como el historiador Francis Parkman o el mencionado Cooper, que abogaban más
por la figura del gentleman, de una élite cultural paralela a aquella económica que sirviera de
modelo para las masas. Sus visiones de una suerte de “sacerdocio cultural”, no obstante, se veían
lastradas por el peso de su propio esnobismo. Walt Whitman podría situarse en el extremo
contrario: no criticaba directamente el concepto de Self-Made Man, sólo algunas de sus máximas,
como la de la persecución de la riqueza como meta de la vida. En cambio, Whitman sí estaba en
buena sintonía con Franklin en tanto que él también creía que el beneficio de la sociedad como
conjunto era la verdadera y más noble meta. Enmarcado en este debate de ideas nació el
movimiento de la autocultura (o “Self-Culture”) y las llamadas Franklin Lectures, cuyo propósito
era el de ofrecer instrucción y educación a cualquier persona de toda condición que quisiera asistir

- 36 -
a ellas y el de favorecer la movilidad social a través de la formación. Entre todos los defensores
del movimiento de la autocultura, uno de ellos destacó por encima de todos, uno que
verdaderamente tenía fe en el potencial de todas las personas independientemente de sus
circunstancias o procedencia: Ralph Waldo Emerson. Emerson creía—a grandes rasgos—que
cada individuo encerraba en sí mismo el más trascendente potencial, y que la clave para
desarrollarlo residía en la autosuficiencia, en la independencia y en la existencia en armonía con
las leyes de la naturaleza. Y el Self-Made Man verdadero, según el pensamiento emersoniano,
debía ser la representación viviente de estos valores. Aunque su pensamiento pueda parecer
bastante idealista, Emerson, como se elaborará, era bastante pragmático, si bien no tanto como
Whitman. Las visiones de ambos no difieren hasta la contraposición, sino en la justa medida para
ser consideradas complementarias. Lamentablemente, el pensamiento emersoniano, su filosofía
sobre la independencia, la confianza en uno mismo y la voluntad individual como factor
determinante acabó abriendo la puerta a toda una serie de interpretaciones superficiales o viciadas
que distorsionarán el individualismo emersionano para transformarlo en un nocivo destilado,
conocido como New Thought (género fundacional de la autoayuda), en el que la búsqueda del
éxito, el poder sobre otras personas y la prosperidad material son las más elevadas metas a las que
aspirar. Semejante interpretación se encontraba en las antípodas de las propuestas de Emerson,
Whitman y demás artífices del movimiento de la autocultura, como se demostrará a través del
análisis de Self-Culture (1839) de William Ellery Channing, Democratic Vistas (1871) de Walt
Whitman, un intensivo estudio de los más relevantes ensayos y discursos del propio Emerson, y
el respaldo de lo dicho al respecto de todo ello por John G. Cawelti en Apostles of the Self-Made
Man (1965).

En el sexto capítulo, “Mark Twain y la parodia del mito”, se estudia cómo la necesaria
actualización del relato del Self-Made Man no lo eximió, sin embargo, de una igualmente
necesaria crítica. Ejemplo de ello, además de las voces críticas anteriormente mencionadas, es
The Gilded Age, novela escrita por Mark Twain y Charles D. Warner en 1873. El argumento
transcurre durante la época homónima—que tomó el nombre, precisamente, de este libro—entre
la Reconstrucción (1863–1877) y finales del siglo XIX. En esta época la economía estadounidense
experimentó un crecimiento moderado, crecimiento que sirvió para enmascarar un contexto social
problemático de corrupción política y pobreza por los estragos de la Guerra de Secesión. La
novela es relevante para la cuestión del Self-Made Man, principalmente, gracias a Beriah Sellers,
personaje tipo al más puro estilo del Wilkins Micawber dickensiano con los característicos tintes
satíricos de Twain y que se erige como una parodia del mismísimo Benjamin Franklin. La
temática central de la novela es la especulación salvaje que se apoderó de la economía
estadounidense de la época, en la que todo el mundo quería enriquecerse de la noche a la mañana
a costa de concesiones de contratos gubernamentales, venta de terrenos por importes muy

- 37 -
superiores a su valor real, desarrollo injustificado de infraestructuras, y un largo etcétera. En este
contexto de malversación institucionalizada, Beriah Sellers se erige como el rey de los
despropósitos. El personaje, no sin intención por parte de los autores, se presenta como un hombre
de actividades multidisciplinares: no se ciñe a la especulación, sino que extiende sus miras a la
invención de toda suerte de artilugios mecánicos—como una estufa, por ejemplo—o a la medicina
milagrosa y el discurso pseudocientífico. The Gilded Age, como se demostrará, se presenta como
una roman à clef sobre el Self-Made Man y sobre las supuestas oportunidades de ascender
socialmente que se brindan en los Estados Unidos a todo aquel que esté dispuesto a esforzarse
para aprovecharlas y no sólo eso, sino que se revela como una manifestación novelada de los
sentimientos encontrados del propio Mark Twain hacia el mundo de las finanzas estadounidenses
y hacia el propio hombre frankliniano—concepto con el que siempre fue crítico. Además, si se
contrastan ciertos aspectos biográficos de Twain con el argumento de The Gilded Age, se pueden
encontrar, de una manera velada, cierto reconocimiento de culpa y propósito de enmienda en uno
de los personajes principales, Washington Hawkins. Asimismo, The Gilded Age adelanta una de
las conclusiones del presente trabajo: el discurso del Self-Made Man como relato a hechos
consumados, como barniz dorado para historias incapaces de brillar por sí mismas.

Los excesos de la Gilded Age no tardaron en tener su reflejo en la economía


estadounidense, dando lugar a una concatenación de pánicos bancarios y recesiones económicas.
Ya en el mismo año de la publicación de la novela de Twain y Warner que le da nombre a la
época, 1873, tuvo lugar una de los más graves tras la caída de la entidad bancaria Jay Cooke &
Company. Por desgracia, no sería la última ni la más importante recesión en la historia
estadounidense de finales del XIX y principios del XX. Más pánicos bancarios, de mayor o menor
gravedad y siempre acompañados de sus consabidas recesiones, sucederían al de 1873 en 1893,
1907 y 1919. El gobierno estadounidense, fundamentalmente bajo la administración de Woodrow
Wilson y durante un período que pasó a ser conocido como Progressive Era, iba adoptando
medidas lo bastante apropiadas para ir solucionando las crisis en passant, pero lo bastante
prudentes como para no incomodar excesivamente a la comunidad financiera y a la élite
empresarial. De esta manera, más que soluciones propiamente dichas, las medidas
gubernamentales no hacían más que apuntalar una construcción ruinosa y aplazar el desastre. La
Primera Guerra Mundial (1914–1918) también aportó cierto impulso extra a la economía
norteamericana. En el séptimo capítulo, “Gatsby, Capone y Franklin: reinterpretación del mito”,
el contexto histórico y político de esta etapa es especialmente relevante para la figura del Self-
Made Man por el reflejo que tuvo en ésta, considerando los sujetos de análisis del capítulo: dos
personajes—uno literario, otro real—que alcanzaron la prosperidad en unas circunstancias
directamente debidas a la época: Jay Gatsby y Al Capone. Ambas figuras recorrieron el camino
“from rags to riches” interpretando las máximas franklinianas de una manera muy en consonancia

- 38 -
con lo que los años iban dejando de ellas: de una manera estrictamente individual y resultadista,
donde el más elevado propósito era la riqueza, y lograrla justificaría cualquier método empleado
a tal fin, como, por ejemplo pero no únicamente, fundamentar su medra económica en quebrantar
la Ley Seca, una de las más famosas enmiendas a la Constitución de los Estados Unidos. En lo
concerniente al análisis contextual se emplearán las anteriormente mencionadas obras de Howard
Zinn y Richard Hofstadter junto con otras escritas en la propia época, como Drift and Mastery
(1914) de Walter Lippmann, amén de crónicas escritas por y acerca de Woodrow Wilson para
entender en la máxima medida posible la situación económica y política del período. De Francis
Scott Fitzgerald, además de la necesaria The Great Gatsby (1925), se utilizará, a modo de puente
entre lo histórico y lo literario, The Jazz Age (1931), donde el autor relata, en primera persona, las
sombras que arrojaban las luces de los “felices” años veinte. Para estudiar la persona de Alphonse
Gabriel Capone se utilizará la biografía novelada escrita por Fred D. Pasley en 1930 y de
elocuente título: Al Capone: The Biography of a Self-Made Man, junto con la historia del gánster
contada por su sobrina Deirdre Marie: Uncle Al Capone (2011).

Los mencionados años 20, o Roaring Twenties según se les denomina en Estados Unidos,
fueron un período de prosperidad y crecimiento económico sin precedentes pero, como se
demostrará en el octavo capítulo, “Herbert C. Hoover y la Gran Depresión del mito”, esa
prosperidad y crecimiento serían muy relativos y supondrían un poderoso contraste con la Gran
Depresión que azotó el país en la aciaga década de 1930. La figura del trigésimo primer presidente
de los Estados Unidos (1874–1964) se observará desde dos perspectivas distintas: una, la de ser
uno de los más célebres embajadores del mito del Self-Made Man de su tiempo; otra, la de
constatar el grado de descreimiento que llegó a alcanzar el ideal frankliniano durante la Depresión.
La ascensión de Hoover, su obra escrita, su mandato, su tipo de discurso y su posterior caída en
desgracia guardan sorprendente simetría con el sistema de creencias que es sujeto de este estudio,
y que durante la Gran Depresión se vería prácticamente herido de muerte. Se analizará cómo la
historia de Hoover, su formación, su ascenso hasta la presidencia, fueron, en primera instancia,
su fuente de orgullo y, en última, su perdición. Hoover se caracterizó por estar cegado por un
sesgo cognitivo que le inducía a pensar que, si él había podido llegar donde llegó proviniendo de
una familia normal, su historia, sus valores, sus creencias, eran aplicables a todas las personas en
todo momento. Así, su férrea creencia en el individualismo le llevó a discurrir por los caminos de
la respuesta fácil, del discurso de autoayuda vacuo que emanaba de una interpretación simplista
de los postulados emersonianos anteriormente comentados. Debido a ello, Hoover se aferraba con
fuerza a su visión de que, en los Estados Unidos, la prosperidad era regulada por la meritocracia.
Por mucho que el mundo real insistiera en desafiar sus creencias, Hoover seguía viendo en el
sistema estadounidense el mejor de los mundos posibles, un sistema en el que se fomentaba la
sana competencia, se velaba por el individualismo, y los negocios se desarrollaban de acuerdo

- 39 -
con las leyes y la ética en el marco de un laissez-faire debidamente vigilado, pero sin excesiva
intromisión. Obviamente, la prosperidad de los años veinte le había dado alas a sus teorías y le
había convertido en todo un filósofo de la prosperidad y lo que él mismo llamaba American
Individualism en su libro homónimo de 1922. Pero los sucesos acaecidos en octubre de 1929, la
caída de Wall Street que marcó el comienzo de la Gran Depresión, opacaron al hasta entonces
brillante y orgulloso Self-Made President. Aunque el siempre optimista Hoover rechazó buscar
las causas del desastre en la economía estadounidense e infravaloró la magnitud de dicho desastre,
lo peor de la crisis aún no había llegado. Al desempleo masivo y la consiguiente depauperación
de la clase trabajadora en la industria y el comercio pronto se sumaría el Dust Bowl, que generaría
una crisis humanitaria de terribles proporciones. Dedicarle la debida atención tanto a Herbert C.
Hoover como a la serie de circunstancias en las que se vio inmersa la nación estadounidense en
la difícil década de 1930 y la relación de todo ello con el Self-Made Man requerirá un corpus
bastante amplio que abarque historia, economía y política. El trabajo de Eli Cook The Pricing of
Progress (2013) volverá a tener presencia junto con The Great Crash 1929 de John Kenneth
Galbraith (1954) para explicar las circunstancias económicas que condujeron al crack del 29.
Sobre Herbert C. Hoover se recabará una parte más que representativa de su obra y declaraciones
públicas: el ya mencionado libro American Individualism (1922), Addresses upon the American
Road (1938), The Challenge to Liberty (1934), así como The Memoirs of Herbert Hoover (1952)
y The Hoover Administration, A Documented Narrative (1936) de William S. Myers y Walter H.
Newton, donde se recopilan, incluso, algunas declaraciones extraoficiales junto con comentario
de los autores. Además, se dará cuenta de las consecuencias de la Gran Depresión y el Dust Bowl
para la clase trabajadora a través de la serie de artículos publicados por John Steinbeck bajo el
título de “The Harvest Gypsies” (1936) y el reciente trabajo de Elizabeth D. Esch The Color Line
and the Assembly Line (2018) sobre las condiciones laborales en los complejos industriales de la
Ford Motor Company.

La luz entre la oscuridad de las tormentas de polvo y los asentamientos chabolistas fruto
de la migración interior empezó a vislumbrarse mínimamente durante la larga administración de
Franklin Delano Roosevelt, que tuvo lugar entre 1933 y 1945 y se caracterizó principalmente por
el paquete de medidas económicas para paliar los estragos de la Gran Depresión conocido como
el New Deal. Sin quitarle mérito a sus medidas económicas, que tuvieron un efecto más que
moderado, lo que verdaderamente le aportó el impulso necesario a la economía estadounidense
fue, una vez más, un conflicto bélico: la Segunda Guerra Mundial. En una serie de políticas que
los sectores más conservadores de la política consideraron de corte socialista—aunque, como se
explicará, fue simple keynesianismo—la producción industrial y agrícola durante el mandato de
Roosevelt y por la continuación de sus políticas tras su fallecimiento en 1945 alcanzaron números
que no tenían parangón, y situó a los Estados Unidos en una posición privilegiada en la economía

- 40 -
global, dando lugar a un inusitado período de prosperidad que se extendería hasta mediados de
los años setenta. Los paulatinos cambios en el paradigma del Self-Made Man desde su nacimiento
en la figura de Benjamin Franklin hasta la época de su tricentenario dieron lugar a algo que ya se
vislumbraba a finales del siglo XIX y que se hizo evidente con Jay Gatsby y Al Capone: la
honradez, el asociacionismo, la colaboración y el beneficio para la comunidad han pasado a un
segundo plano e, incluso, han sido arrojados por el camino como si de lastre se tratara. En los
tiempos postmodernos, la única cuestión es el dinero, alcanzarlo, atesorarlo y gastarlo en
mercancías que denoten el estatus del poseedor. Debido a ello, en el décimo capítulo, “Trescientos
años de Self-Made Men”, se soslayan ligeramente las décadas de los 60 y los 70, relevantes en
grado sumo para la cultura y la sociedad estadounidenses, para entrar directamente al epicentro
de la creación de los nuevos Self-Made Men: Wall Street y su segunda edad de oro. En el contexto
de un maremágnum de clases sociales atomizadas, que Elizabeth C. Hirschman describe en
“Secular Immortality and the American Ideology of Affluence” (1990) desde upper-upper hasta
lower pasando por conceptos como lower-upper y upper-middle, y en la caótica ciudad de Nueva
York de los años ochenta, se narra la historia de un elemento de muestra de cada una de esas
clases—de facto o aspiracionales—en la novela de Tom Wolfe The Bonfire of the Vanities (1987).
En este capítulo se estudiará cómo ha alcanzado el mito del Self-Made Man los trescientos años
de edad, cuánto queda de las máximas franklinianas, cómo se interpreta lo que queda y en qué
puede consistir ser un Self-Made Man moderno a través de las historias de Peter Fallow, Larry
Kramer y Sherman McCoy, tres de los personajes principales de la novela de Wolfe que presentan
una destacable obsesión con la demostración de estatus, con hacer ver que han alcanzado la
prosperidad sirviéndose únicamente de su perseverancia y trabajo duro. La novela de Wolfe será
analizada con el apoyo de estudios sobre ésta como “Race and the Infernal City” de Joshua
Masters (1999), “Urban Decline and (Post)national Mythologies in Bonfire of the Vanities”
(1997) de Liam Kennedy (inter alia); y los aspectos sociológicos del contexto en el que transcurre
se elaborarán gracias a los trabajos de James Oliver The Selfish Capitalist (2008) y Frederic
Jameson Postmodernism, Or the Cultural Logic of Late Capitalism (1991).

Finalmente, el auge del capitalismo multinacional invadirá todos los aspectos de la


política, la economía—obviamente—y la sociedad, incluido, por supuesto, el mito del Self-Made
Man. Si en sus inicios ya era una meta difícilmente alcanzable si no se contaba con ciertos
mínimos, en el contexto del siglo XXI el ideal frankliniano ha quedado reducido a bien de
consumo, adaptado y utilizado a la discreción de individuos muy concretos y/o de intereses muy
particulares. En el capítulo sobre The Bonfire of the Vanities ya se empieza a vislumbrar que el
calificativo de ser un hombre hecho a sí mismo está cada vez más restringido al ámbito económico
y empresarial. En la era del llamado capitalismo tardío, lo que se dejaba entrever en Wolfe es ya
una abrumadora realidad. Debido a ello, y de un modo análogo al capítulo sobre Al Capone y Jay

- 41 -
Gatsby, en “Self-Made Men del Capitalismo Tardío”, último capítulo de este trabajo de
investigación, se estudiarán dos figuras: una perteneciente al ámbito de lo literario, Eric Packer,
protagonista de la novela de Don DeLillo Cosmopolis (2003), y otra perteneciente al ámbito de
lo real, Jordan Belfort, con su relato autobiográfico The Wolf of Wall Street (2007). El estudio de
ambos personajes se encuadrará en torno al Black Monday (19 de octubre de 1987) y abarcará
hasta el tiempo presente, analizando la evolución de la economía globalizada y su impacto en la
sociedad y el individuo. A tal propósito sirven obras de referencia como Business Cycles and
Depressions: An Enciclopedia (2013) de David Glasner y estudios como el anteriormente
mencionado de James Oliver, Capitalist Realism (2009) de Mark Fisher o Zombie Capitalism
(2010) de Chris Harman. Para una mejor comprensión de no sólo las obras principales de este
capítulo y sus personajes principales, sino también sus motivaciones, el marco cultural que las
fomenta y valida, y su gran relevancia en lo relativo al Self-Made Man, además de estudios y
artículos ad-hoc para cada una de las instancias, se ahondará en el ámbito de la psicología de estos
nuevos “Self-Made Men del capitalismo tardío” gracias al trabajo de Mark Lipton Mean Men
(2017).

A través del análisis diacrónico del tema elegido para este estudio, de su evolución hasta
la época presente, se demostrará la naturaleza, en muchas ocasiones mítica e irrealizable para la
mayoría, del ideal del Self-Made Man y cómo, en muchas ocasiones a lo largo de su historia, el
mito frankliniano ha servido más como instrumento de control de masas que abstrae al individuo
de las circunstancias materiales para depositar sobre él toda la responsabilidad sobre su devenir;
como factor de exclusión, como relato elaborado a posteriori para maquillar las verdaderas
historias de quienes se han arrogado el título de haberse hecho a sí mismos y, en última instancia,
como bien de consumo.

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1. Self-Made Nation: El nacimiento de la mitología estadounidense

What do we mean by the Revolution? The war? That was no part of the Revolution; it
was a consequence of it. The Revolution was in the minds of the people. (McCullough
15)

De la misma manera que George III (1761–1820) puede ser un símbolo útil en el propósito
de sobresimplificar—esto es, identificar como única causa—la Revolución Americana, la
intolerancia de James I (1603–1625) puede servir entender la historia de los peregrinos como la
huida hacia la libertad política y religiosa de un pueblo oprimido por un terrible gobierno. En
ambos casos, no obstante, la verdad es bastante más compleja, y los símbolos, aunque enseñen
una parte de ésta, pueden oscurecer otras. Así ocurre también con el mito del Self-Made Man:
constituye un poderoso símbolo del imaginario norteamericano en términos históricos, tan
revelador por lo que cuenta como elocuente por lo que oculta; y aunque está revestido de unos
ideales de esfuerzo, trabajo duro, perseverancia, frugalidad y propósito, tanto individual como
colectivo, también puede ser empleado para justificar el ansia irrefrenable de riqueza, la
concepción del dinero como fin en sí mismo, el individualismo exacerbado y la codicia.

A finales de julio de 1620, un grupo de separatistas religiosos que, siguiendo la reforma


calvinista renunciaron tanto a la iglesia católica como a la anglicana, los mencionados peregrinos1,
zarparon de Inglaterra en el famoso navío Mayflower, con destino a Jamestown. Sin embargo,
una serie de eventos climatológicos adversos arrastraron el navío unos ochocientos kilómetros al
norte, hasta Cape Cod, adonde llegaron el 9 de noviembre de 1620. Allí se fundó la ciudad (y la
colonia) de Plymouth, que existió de manera autónoma hasta 1691, año en que pasó a formar parte
de la colonia de Massachusetts Bay. Los peregrinos que iban a bordo del Mayflower no huyeron
de Inglaterra para no volver, más bien al contrario: sus sentimientos de lealtad al Imperio
Británico sobrevivieron a su huida a Holanda, y determinaron en gran medida su decisión de
zarpar a América. Durante sus primeros años de existencia, el parentesco inglés fue una parte
significativa de la política interna de la colonia de Plymouth, su posición imperial fue de gran
relevancia y una continua fuente de orgullo. No obstante, debido a una falta de concreción o
definición clara de su estatus político y administrativo, también fue una fuente de preocupación.

Es importante tener presente que, según señala Thomas W. Perry en “New Plymouth and
Old England” (1961), los peregrinos en Inglaterra sufrieron acoso y persecución por parte de sus
conciudadanos anglicanos ortodoxos, sin duda, pero no de la propia Iglesia Anglicana a nivel

1
Heike Paul señala que, en aras de la precisión histórica, “peregrinos” y “puritanos” no han de considerarse
términos sinónimos: “The Pilgrims were religious separatists who reached America in 1620 on board of the
Mayflower with William Bradford (1590–1657); … the Puritans—originally having been a derogatory
term, they did not refer to themselves as such—arrived in 1630 in board of the Arbella and several other
ships under the guidance of John Winthrop (1588–1643)” (138).

- 43 -
oficial e institucional, o del gobierno (1). Por supuesto, el establishment fue un factor importante
en la decisión de los peregrinos de huir, pero quizá no tanto porque ejerciese una opresión activa
hacia ellos2, sino porque, simplemente, existía, en un flagrante—y peligroso, a sus ojos—desafío
a los mandatos divinos. Pero, antes de que sus pies hollaran tierras americanas, los viajeros del
Mayflower elaboraron el “Mayflower Compact”, el primer documento de gobierno para la colonia
de Plymouth, en el cual los peregrinos prometen de manera abierta su lealtad al rey de Inglaterra:

In the name of God, amen. We, whose names are underwritten, the loyal subjects of our
dread sovereign lord, King James, by the grace of God, of Great Britain, France and
Ireland, King, Defender of the Faith, etc., having undertaken, for the glory of God, and
advancement of our king and country, a voyage to plant the colony in the northern parts
of Virginia, do by these presents, solemnly and mutually, in the presence of God and of
one another, covenant and combine ourselves together into a civil body politic, for our
better ordering and preservation, and furtherance of the ends aforesaid. (Bradford et al. 1)

Los peregrinos tuvieron buenas razones para abandonar Inglaterra en su momento, como
los tuvieron después para abandonar Holanda y la creciente inestabilidad política europea, pero
uno de los motivos que no ha de ser pasado por alto fue su fuerte sentimiento nacional y el miedo
a que sus descendientes perdieran su fe o no siguieran con sus traciciones. Como explica Thomas
W. Perry en “New Plymouth and Old England: A Suggestion” (1961):

The fear that in time the little group would be absorbed and lose its national identity. As
Secretary Nathaniel Norton put it, “that their posterity would in few generations become
Dutch, and so lose their interest in the English Nation; they being desirous rather to
enlarge his Majesty’s dominions, and to live under their natural Prince.” (Perry 3)

Teniendo esto en debida consideración, es posible ver la naturaleza de la épica travesía


de los peregrinos hasta América. Eran, se sentían, ingleses y no querían vivir como exiliados en
tierras extranjeras. No podían ejercer el “verdadero” cristianismo en Inglaterra, ni tampoco podían
ser verdaderamente ingleses en tierras holandesas, pero podían tenerlo todo en las lejanas tierras
del Nuevo Mundo. De este modo, los peregrinos en realidad estaban regresando a Inglaterra
cuando se embarcaron en el Mayflower, a una nueva Inglaterra en la que podrían ser, al mismo
tiempo, buenos cristianos y buenos ingleses. Sin embargo, a la hora de hacerse a la mar, reclutaron

2
William Bradford, en Of Plymouth Plantation, habla de que Inglaterra “persecuted ye poore servants of
God … even so farr as to charge (very unjustly, & ungodly, yet prelatelike) some of their cheefe opposers,
with rebellion & hightreason against ye Emperour, & other such crimes” (Bradford 7); si bien es cierto que
la situación se alivió “under gracious queene Elizabeth” (Bradford 7), y se les permitió mantener parte de
sus ceremonias de culto en los ámbitos más privados. Este detalle mejoraba, sin duda, la situación de los
peregrinos en Inglaterra, pero la levedad con la que se les obligaba a profesar su fe, según Bradford, haría
que los peregrinos “become slaves to them & their popish trash, which have no ground in y e word of God
(Bradford 8) hizo temer a los peregrinos que su fe, su forma de vida, se diluyeran en Inglaterra, lo que
motivó su emigración a Leiden, donde sus prácticas religiosas gozaban de mayor aceptación.

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a cierta cantidad de colonos que no compartían su religiosidad, lo que, según se apunta en Perry,
fue un serio error y un motivo de crisis a bordo:

Serious scholars no longer talk about the Compact as a Declaration of Independence and
a constitution rolled into one. Indeed, it is difficult to see how anyone could have ever
done so, since the Compact begins with an avowal of loyalty to “our dread soveraigne
[sic] Lord, King James, by the Grace of God, of Great Britaine, Franc and Ireland King,
defender of the faith” and ends with an elaborate regnal date. What the Compact was,
rather, was a temporary political expedient, intended by the Pilgrim leaders to silence the
mutinous “strangers” who had so embarrassingly called attention to their lack of
authority. (Perry 5)

El empleo de ciertas formas discursivas en el “Mayflower Compact” tenía precisamente


ese propósito, reafirmar la autoridad de las leyes inglesas, no la de enmascarar una declaración de
independencia, sino poner de manifiesto la solemnidad del documento y la ocasión y, más
específicamente, hacer creer a los amotinados potenciales que, de algún modo, la soberanía y el
poder del mismísimo rey de Inglaterra respaldaban la autoridad de los peregrinos. Como resultado
de ello y en los años siguientes, los problemas que ya había a bordo del Mayflower, una mezcla
falta de autoridad real por parte de los peregrinos—más allá de aquella fáctica—y una desafección
hacia ésta por parte de quienes no compartían su credo, los llamados “extraños”, persistieron en
Plymouth “in a chronic rather than acute form” (Perry 7). La esperanza de los peregrinos radicaba
en que los procedimientos administrativos llevados a cabo con la aparente sanción real
impondrían el debido respeto y temor, y servirían como una especie de barrera psicológica que,
con suerte, impediría a los descontentos caer en la cuenta de cuán frágiles eran los cimientos en
los que se asentaba el constructo político de la colonia de Plymouth antes de su incorporación a
la de Massachusetts Bay. Los peregrinos siempre fueron conscientes de su delicada posición,
como se apunta en Perry:

They themselves never possessed by patent or otherwise any political authority which
was not seriously open to question, and they therefore from the first deemed it wiser not
to have the question raised, or, if it were, it should not be pushed by them into an open
issue or trial of strength. (Perry 11)

Finalmente, la independencia de Plymouth o, más concretamente, su autonomía como


entidad sociopolítica individual, concluyó en 1691. No supuso un cambio cualitativamente
significativo, pero tuvo el “sabor” de una independencia negada: aquellos colonos, se sugiere en
Perry, sentían cierto orgullo en tratar directamente con el gobierno inglés y, en los primeros años,
en ser la punta de lanza, los participantes de primera línea en la misión de ampliar los dominios
territoriales de Su Majestad. Este deseo de los peregrinos de erigirse como un órgano

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administrativo de facto—aunque dependiente de/sujeto a la corona—puede interpretarse como el
primer conato de “voluntad estadounidense”. En un sentido estricto, y como se ha apuntado
anteriormente, nada parece apuntar que su intención real fuera la de independizarse de Inglaterra
y fundar una nueva nación, pero, considerando su intención constante de permanecer como un
organismo autónomo, tampoco son de extrañar ciertas interpretaciones de dicha intención. Al
final, todo ello se perdió, y el desenlace fue menos heroico y dramático que el inicio:

But in the early years of migration and settlement the tie with England was both stronger
and more important than writers on Plymouth have generally recognized. The Pilgrim
story is an American one only in retrospect; and he who would truly understand it must
remember that the Pilgrims, full as much as the gentlemen of Jamestown, were
Englishmen, and thought of themselves as such. (Perry 15)

En cualquier caso, los peregrinos que se asentaron en las colonias de Inglaterra en aquella
primera mitad del siglo XVII, sólo un poco más tarde que los colonos de Jamestown, consiguieron
trascender conceptualmente, convirtiéndose en todo un mito fundacional que ha sobrevivido a
través de los siglos como la historia del germen de la nación estadounidense. Como se ha señalado
anteriormente, en algunos casos se ha considerado a los peregrinos como los primeros
“estadounidenses” en su espíritu de lo que más tarde se transformaría en toda la noción del
excepcionalismo norteamericano, caracterizado por su religiosidad, idealismo, sacrificio y su
utópica visión de la sociedad derivada de la teología. No es difícil encontrar en los criterios
fundacionales del mito del Self-Made Man, muy cercano a la historia de los peregrinos en
términos cronológicos, este poso de abnegación, sacrificio y frugalidad. Otro detalle muy
interesante que señala Heike Paul en The Myths That Made America (2013) es la comparación
que se hacía de los peregrinos con los colonos de Jamestown:

Often, they have been contrasted favorably to the settlers in Virginia, who were seen as
“adventurers” supposedly interested in material gain only, … whereas the Pilgrims and
Puritans, it was claimed, came for spiritual reasons and considered themselves religious
refugees. (Paul 138)

Si se unen estas dos maneras de ver a los primeros habitantes de las colonias de Inglaterra
en América, la que aludía, por un lado, a las razones espirituales y la que refería, por el otro, a los
motivos más mundanos, se puede vislumbrar un pequeño esbozo de los valores más elementales
del mito del Self-Made Man: el ser una persona ciertamente intrépida y centrada en la ganancia
material, pero al mismo tiempo, y como se desarrollará con profundidad en el próximo capítulo,
tener unos valores determinados que orienten las metas del individuo no sólo hacia lo
pecuniario—aunque sí principalmente—sino también hacia aquello que resulte útil y beneficioso
al prójimo. Esta disensión de consideraciones entre los peregrinos de Plymouth y los colonos de

- 46 -
Jamestown no es en absoluto moderna: se remonta a los primeros años de existencia de los
Estados Unidos como nación de pleno derecho. Sirva como ejemplo Democracy in America
(1835), de Alexis de Tocqueville, uno de los primeros y más intensivos estudios de la cultura
estadounidense. Los fundadores de Plymouth, a ojos de Tocqueville,

Emigrants, or, as they deservedly styled themselves, the pilgrims, belonged to that
English sect, the austerity of whose principles had acquired for them the name of puritans.
Puritanism was not merely a religious doctrine, but it corresponded in many points with
the most absolute democratic and republican theories. … A democracy, more perfect than
any which antiquity had dreamed of, started in full size and panoply from the midst of an
ancient feudal society. (Tocqueville 40)

Sin embargo, en lo concerniente a los colonos virginianos, que es adonde los peregrinos
se dirigían en primera instancia, el jurista galo manifiesta más mesura en sus halagos:

The men sent to Virginia were seekers of gold, adventurers without resources and without
character, whose turbulent and restless spirits endangered the infant colony. The artisans
and agriculturists arrived afterward; and although they were a more moral and orderly
race of men, they were in nowise above the level of the inferior classes in England.
(Tocqueville 35)

No obstante, en los fragmentos citados, Tocqueville proporciona un valioso material


sobre la percepción de la nación estadounidense desde su historia más temprana: en primer lugar,
esa tierra prometida—la que los peregrinos habían cruzado el océano para encontrar—en la que
la democracia fluía en su más perfecto destilado; por otra parte, un lugar en el que tanto
buscadores de oro como gente trabajadora, de moralidad y orden, podían vivir y prosperar. La
narrativa regional de la Nueva Inglaterra de los peregrinos, la tierra de las oportunidades, tornó
así en mito nacional y fundacional, tan profundamente arraigado que se convertiría en la razón de
ser de movimientos migratorios en los años—y siglos—venideros. Tampoco ha de pasar
inadvertida su elección de palabras en “a more moral and orderly race of men”. Alexis de
Tocqueville, al escribir Democracy in America en el siglo XIX, no fue el primero en hablar del
ciudadano estadounidense como una suerte de nueva “raza” en el sentido más metafórico del
término. En 1782, Michel Guillaume Jean de Crèvecœur—más conocido por el nombre que
adoptó tras su naturalización en los Estados Unidos, John Hector St. John de Crèvecœur—publicó
Letters from an American Farmer, uno de los más fieles retratos sobre qué significa convertirse
en estadounidense. Crèvecœur retrató los Estados Unidos como un lugar idílico libre de esas
creencias enquistadas, tradiciones, política y costumbres que malograban al continente europeo y
su sociedad. En los Estados Unidos, según Crèvecœur, había emergido una nueva raza:

- 47 -
What then is the American, this new man? He is neither an European, or the descendant
of an European, hence this strange mixture of blood, which you will find in no other
country. … He is an American, who leaving behind him all his ancient prejudices and
manners, receives new ones from the new mode of life he has embraced, the new
government he obeys, and the new rank he holds. He becomes an American by being
received in the broad lap of our great Alma Mater. Here individuals of all nations are
melted into a new race of men, whose labours and posterity will one day cause great
changes in the world. (Crèvecœur 44)

Las palabras de Crèvecœur sobre los individuos de toda nación siendo forjados en una
“nueva raza de hombres” quedaron grabadas a fuego en el imaginario estadounidense desde
entonces. Como explica Norman S. Grabo en “Crèvecœur’s American” (1991), Crèvecœur nació
en el seno de una familia de la baja nobleza en Francia. Tras veinte años de viajes por las colonias,
desde las Carolinas hasta Maine y desde Nueva Escocia hasta los Grandes Lagos, Crèvecœur
adquirió una granja en Nueva York donde se familiarizó con “the pleasures of property” (Grabo
3). Semejantes placeres no fueron ganados sin coste. Vivir de lo que daba la tierra en su época—
en este caso, pero no únicamente—solía estar abocado a la precariedad. El granjero americano
necesitaba trabajar duro para luchar contra el rigor de la naturaleza: las cercas para el ganado
habían de ser construidas, el forraje dispuesto y almacenado para el invierno, la comida
conservada, la leña tenía que estar seca y a buen recaudo y las prendas de abrigo preparadas. Aun
así, el granjero americano siempre podía apoyarse en sus vecinos cuando la naturaleza se volviera
inclemente, o, en palabras de Grabo: “against the dangers of Nature and isolation the American
farmer who is prudent, observant, tolerant, sagacious, diligent, and industrious can, with a little
help from his friends, prevail” (Grabo 4). Debido a esto, lo que para Crèvecœur hacía única en el
mundo a la sociedad americana era aquello en lo que ya hacía hincapié Benjamin Franklin, esto
es, la posibilidad real de alcanzar la prosperidad mediante el trabajo: “A great prosperity is not
the lot of every man, but there are various gradations; if they all do not attain riches, they attain
an easy subsistence” (Crèvecœur 126); algo que, ya en aquella época, era verdaderamente difícil
lograr en Europa, según afirma el propio autor tan solo unas pocas líneas después:

After all, is it not better … to live free and independent under the mildest governments,
in a healthy climate, in a land of charity and benevolence; than to be wretched as so many
are in Europe, possessing nothing but their industry; tossed from one rough wave to
another; engaged in the most servile labours for the smallest pittance, or fettered with the
links of the most irksome dependence, even without the hopes of rising? (Crèvecœur 126)

Esta, y similares celebraciones de la sociedad norteamericana como lugar de justicia,


como un mundo nuevo donde todo lo que un hombre necesitaba para prosperar era buena

- 48 -
disposición para el trabajo duro y perseverancia, donde no importaban los apellidos o la posición
que les hubiera otorgado—o impuesto—la sociedad europea, donde las ciudades no tenían
memoria y la frontera la marcaba la propia naturaleza inexplorada, ejerció una poderosa influencia
al otro lado del océano. En 1751 Benjamin Franklin escribió un pequeño tratado sobre el
crecimiento de las colonias al que, cuando salió de la imprenta cuatro años más tarde, tituló
“Observations Concerning the Increase of Mankind, Peopling of Countries, &c.”. En este tratado,
y con unos cálculos un tanto rudimentarios, aseguró que la población de las colonias “must at
least be doubled every twenty years” (Franklin 4). Con esa progresión en mente, Franklin llegó a
asegurar que la población de las colonias americanas “will in another century be more than the
people of England, and the greatest Number of Englishmen will be on this side of the water” (9).
Pese a tan generosos cálculos, Franklin se acercó sorprendentemente a la cifra real. Entre el
desarrollo natural de la población ya asentada en las colonias y aquella que llegaba desde todos
los lugares del mundo conocido en busca de ese sueño de oportunidad y prosperidad, el número
de habitantes de las tierras americanas crecía drásticamente cada año. Según apunta Richard
Hofstadter en America at 1750 (1971):

During the years from 1730 to 1750, the colonial population had grown from 629,000 to
1,170,000, and in the next twenty years would grow to 2,148,000. … Pennsylvania,
showed by far the most impressive growth of all the colonies: it had leaped from 51,000
in 1730 when Franklin was still establishing himself as a young printer to 119,000 the
year he wrote this pamphlet [Observations Concerning the Increase of Mankind, Peopling
of Countries, &c.], and in another twenty years would rise to 240,000. (Hofstadter,
America at 1750 5)

Como estas cifras ponen de manifiesto, la propaganda y las promesas del Nuevo Mundo
como tierra de igualdad, justicia, derechos y oportunidades ya estaba teniendo efecto antes del
inicio de la Revolución. No obstante, los grandes ideales de la vida en las colonias siempre estaban
precedidos por una siniestra certeza: el largo y peligroso viaje a través del océano, al cual muchos
podían no sobrevivir. Mucha gente no lo haría motu proprio a no ser que fueran atraídos por estas
grandes expectativas, por un profundo resentimiento o desesperación, algún irresistible ideal, o
bien por la fuerza. La migración a las colonias no siempre era voluntaria o libre: el tráfico de seres
humanos, la servidumbre por contrato o la trata de esclavos, circunstancias que se desarrollarán
en más profundidad en el próximo capítulo, también eran prácticas habituales. La clase de
personas que cruzaba el océano para desembarcar en el Nuevo Mundo—mundo que se empeñaba
denodadamente en reproducir los vicios del antiguo—era una heterogénea mezcla de blancos y
negros, libres, semi-libres y esclavizados. Si se observan detenidamente los varios pueblos—
escoceses, irlandeses, holandeses, suecos, finlandeses, suizos, judíos—que llegaban a las colonias
inglesas, el pluralismo de la América blanca de finales del siglo XVII resulta impresionante. Pero,

- 49 -
If one counts people rather than varieties and gives due weight to numbers, the basically
English character of the colonies as they entered upon the eighteenth century emerges.
Except for the Dutch in New York, who made the only sizable dent in the English culture
of the colonies, and a mixed area around Philadelphia, the homogeneous Englishness of
the white colonials stands out. (Hofstadter, America at 1750 16)

Teniendo esta visible—aunque no real—diversidad, no es difícil entender por qué, a ojos


de los propios colonos y, especialmente, de los propagandistas de la excepcionalidad americana,
las colonias fueran un verdadero Nuevo Mundo, una nueva Arcadia donde personas de toda
condición y procedencia convivían en paz y armonía, donde las relaciones de poder que aquejaban
a una Europa en permanente riesgo de guerra no tenían un sentido real. No obstante, cabe recordar
que esa supuesta diversidad e integración sólo funcionaba en el caso de que los pobladores
tuvieran procedencia europea. La ya plenamente operativa importación de esclavos negros
contradecía esa idílica visión de las personas de toda procedencia viviendo en igualdad.

Por otro lado, las ideas de la Ilustración, aunque son el sustento ideológico y el tono
general de las ideas liberales de la época, no eran las creencias que verdaderamente conformaban
el imaginario de la población de las colonias americanas en la misma medida que sí lo hacían en
Europa. Bernard Bailyn elabora un argumento verdaderamente interesante en “Central Themes
of the American Revolution”:

We know that the abstruse points of constitutional law that so engaged the mind of John
Adams and the other high-level polemicists did not determine the outcome one way or
another; they did not in themselves compel allegiance to the American cause or lead
people rebel against the constituted authorities. In the foreground of people’s minds was
a whole world of more immediate, more commonplace, and more compelling ideas… .
These ideas … were a part of an elaborate map of social reality, part of a pattern that
made life comprehensible. (Kurtz y Hutson 7)

Los habitantes de las colonias, si bien estaban preocupados por los aspectos políticos de
la administración de los territorios de ultramar, no lo estaban de la misma manera que los
principales ideólogos revolucionarios. Con los rescoldos de la Guerra de los Siete Años3 aún

3
La Guerra de los Siete Años fue un conflicto global acaecido entre 1756 y 1763 por el control de la región
de Silesia (territorio que actualmente forma parte principalmente de Polonia y, en menor medida, de
República Checa y Alemania), así como por el control colonial de América del Norte y la India. Los bandos
beligerantes fueron, por un lado, Prusia, Gran Bretaña, Portugal, Hanover, el Principado de Brunswick-
Wolfenbüttel, el Landgraviato de Hesse-Kassel, la Confederación Iroquesa y el Imperio Ruso; por el otro
lado, Francia, Austria, España, Suecia, Sajonia, Nápoles, Piamonte-Cerdeña y el Imperio Mogol. En el
territorio de las colonias británicas en América la Guerra de los Siete Años fue el contexto en el que tuvo
lugar el conflicto Franco-Indio (1754–1763), con Gran Bretaña y la Confederación Iroquesa enfrentadas a
Francia y España.

- 50 -
humeantes, los principales mandatarios británicos se vieron en la obligación de tomar una serie
de decisiones acerca de las colonias que habían estado posponiendo largo tiempo, y que podrían
en marcha una serie de acontecimientos que acabarían fragmentando un imperio cuyo dominio
del mundo rivalizaba con el romano. No obstante, la estructura política y administrativa de este
imperio no respondía a las necesidades que debiera, dado su tamaño. Como se explica The
American Revolution: A History (2002) de Gordon Wood,

Royal officials had been interested in reforming the ramshackle imperial structure and in
expanding royal authority over the American colonists. But most of their schemes had
been blocked by English ministries more concerned with the patronage of English politics
than with colonial reform. … The relationship that had developed reflected the irrational
and inefficient nature of the imperial system—the variety of offices, the diffusion of
power, and the looseness of organization. Even in trade regulation, which was the
empire’s main business, inefficiency, loopholes, and numerous opportunities for
corruption prevented the imperial authorities from interfering substantively with the
colonists’ pursuit of their own economic and social interests. (Wood 5)

De este modo, los colonos americanos se vieron en una situación ciertamente


incomprensible: a pesar de las distintas formas de delegaciones gubernamentales que pudiera
haber en las colonias, estas no eran más que un símbolo de poder vicario, una representación, y
la fuente de ese poder estaba a un océano de distancia—a meses de viaje en la época—en forma
de organismo sin cara, invisible, inmaterial, caprichoso. En los albores de la Revolución, los
habitantes de las colonias ya no se estaban enfrentando a las amenazas locales e inherentemente
inestables de los gobernadores designados por el gobierno inglés, sino a una bestia panatlántica4
que, manejada por autócratas del más alto nivel en Inglaterra, se alimentaba de la forma de vida
y de la libertad que tanto habían trabajado para lograr. Estas ideas fueron excelentemente
articuladas y contextualizadas por ideólogos continentales y panfletistas (Thomas Paine,
Ebenezer Baldwin, James Otis, etcétera), que transformaron descontento general e informe en
resistencia, y esa resistencia, en Revolución. Las nobles ideas de la Ilustración estaban,
ciertamente, muy presentes en el imaginario colectivo, pero no constituían su totalidad ni explican
la imagen completa. Detrás de los ideales ilustrados había una nación, incipiente en términos
políticos pero plenamente desarrollada de facto, que llevaba más de un siglo progresando de
manera autónoma, una nación hecha a sí misma. Lester H. Cohen indica en “The American
Revolution and Natural Law Theory” (1978) que los firmantes de la Declaración de
Independencia no tenían la intención de comunicar un “fait accompli”, sino de justificar una
separación de Inglaterra como algo históricamente necesario:

4
Debo este concepto a Bernard Bailyn, utilizado en Kurtz y Hutson (10).

- 51 -
[The Declaration of Independence] stated that a revolution is justified only when the
course of human events makes it “necessary”; only when conditions become
“intolerable”; only “when a long train of abuses and usurpations, pursuing invariably the
same object, evinces a design to reduce them under absolute despotism.” Under such
conditions, a people has not merely the right but the obligation to revolt, and therefore,
its revolution is justified. (Cohen 2)

De acuerdo con las máximas de la teoría política del siglo XVIII, el gobierno es, en sí
mismo, una mera contingencia, y se asienta sobre los cimientos de la ley positiva, la ley creada
por los hombres (la elección de la palabra es deliberada, considerando por quiénes estaban hechas
las leyes y que la mujer solía ser obviada en la mayoría de los aspectos de éstas) para la
administración del Estado. Un gobierno correctamente constituido deriva su autoridad del
consenso popular y, en teoría, su objetivo es asegurar la felicidad de las personas y sus derechos
inalienables, derechos que están arraigados en las leyes de la naturaleza y cuyo principio motor
es la deidad. Un gobierno debidamente constituido, por ende, convierte las leyes de los hombres
en una extensión de las leyes divinas. De esta manera, la Revolución Americana y la subsecuente
Declaración de Independencia de los Estados Unidos se revelan al mismo tiempo como principio
y como fin: las políticas de Inglaterra para con las colonias habían subvertido los valores de su
propia constitución, convirtiéndose así en un despotismo absoluto y convirtiendo la Revolución
en una consecuencia lógica y en una conclusión ineluctable, en una necesidad moral, histórica y
autojustificada.

En 1607, dos pequeñas ciudades, Jamestown y Popham, se convirtieron en la colonia de


Virginia, primer asentamiento permanente de Inglaterra en el Nuevo Mundo. A pesar de las pocas
perspectivas de futuro, el asentamiento consiguió resistir, incluso prosperar. A aquellos pequeños
asentamientos se sumaron otros. Las aldeas se convirtieron en pueblos, los pueblos en ciudades,
las ciudades en colonias. Cientosetentaiséis años después, aquellas colonias obtuvieron su libertad
arrancándola de las manos del Imperio Británico porque consideraban que la independencia era
un derecho irrevocable, el legítimo fruto del trabajo de todo un pueblo. Visto en perspectiva, la
historia de los Estados Unidos es la historia del Self-Made Man, del empezar desde cero y andar
el camino from rags to riches, de los pequeños asentamientos que apenas lograban sobrevivir al
invierno hasta el país que venció a un imperio. Asimismo, y de manera análoga al mito del hombre
hecho a sí mismo, las luces de la historia estadounidense arrojan no pocas sombras que muchas
veces se prefiere omitir, bien por interés, bien por omisión o bien por licencia narrativa, dando
lugar a silencios de gran elocuencia. El propósito de los próximos capítulos es el de analizar cómo
el mito del Self-Made Man, con sus luces y con sus sombras, ha discurrido paralelo al devenir
histórico de la nación estadounidense, evolucionando, adaptándose e incluso ejerciendo influencia
sobre éste.

- 52 -
Benjamin Franklin, el mito hecho a sí mismo: Vida, obra y pensamiento
del padre fundador en la américa pre-revolucionaria

¿Qué es el éxito? La respuesta a esta pregunta siempre varía en función de a quién se le


formule. En la política, generalmente, el éxito se identifica con el poder, sea éste ejercido para el
beneficio colectivo o para su perjuicio. El éxito es la fama, dirían otros. Profesores, filósofos o
moralistas equipararían el éxito a la medida en la que hayan sido capaces de influir en la vida de
otras personas, a cuánto hayan podido contribuir a la gran responsabilidad de configurar el devenir
futuro del prójimo. Hay quien vincula el éxito con la realización personal, con la búsqueda y el
hallazgo de la felicidad. Aquellos comprometidos con el servicio o con la justicia verán el éxito
en la alteración del orden social, en el avance hacia la abolición de la desigualdad impuesta. Para
las personas de fe el éxito es la salvación, suya y de quienes les rodean. Cada una de estas
consideraciones encierra ideales que, de entrada, son válidos y valiosos, buenos. Y cada una de
estas maneras de ver el mundo tiene a sus ídolos, a sus referentes. Pero ninguna de ellas goza de
una aceptación tan generalizada en los Estados Unidos5—por ejemplo, pero no únicamente—
como la que equipara el éxito a la prosperidad. Y ninguna de ellas es tan cálidamente acogida en
el imaginario cultural como la del Self-Made Man, el hombre que logra amasar fortuna empezando
desde cero y apoyándose únicamente en su iniciativa individual, su esfuerzo y su honrada
perseverancia. “No man is more pleasing unto God than the morally upright millionaire”, asegura
Irving G. Wyllie en The Self-Made Man in America (1954). Aunque a fecha de hoy la aprobación
o desaprobación divina sigue siendo incognoscible, no le falta razón en su pensamiento de que la
riqueza suele obrar grandes beneficios en la imagen de quien la ostenta, y no sólo materiales.
Como se tratará de demostrar en este capítulo, en este trabajo, se trata de una mentalidad tan
estadounidense que se remonta hasta antes de la existencia del propio país como tal, hasta uno de
los mismísimos Padres Fundadores: Benjamin Franklin, el Self-Made Man original6.

En los siglos XVII y XVIII, ya fuera por exilio, por promesas de todo tipo, falsas o
verdaderas, por secuestro o, simplemente, por la urgente necesidad de huir de las condiciones de
vida de sus distintos países de origen, la voluntad de viajar a las colonias británicas en América
por parte de personas con escasas posibilidades económicas se convirtió en un activo económico

5
Aunque el mito del Self-Made Man esté tan profundamente unido al sueño americano y sea connatural a
la existencia de la nación estadounidense, también está dotado de presencia en la literatura inglesa. Marta
Miquel Baldellou ofrece una interesante visión al respecto en su artículo “From Boys to Men in Edward
Bulwer-Lytton’s Pelham and Horatio Alger’s Struggling Upward: The Dandy and the Self-Made Man
Coming of Age”. E. H. Filología, Nº 30, 2008, pp. 401–412.
6
Contrariamente a lo que pueda sugerir este capítulo, el análisis no va a estar centrado exclusivamente en
la autobiografía de Benjamin Franklin, sino en su vida y sus escritos más allá de dicha autobiografía, puesto
que es una manera muy adecuada de lograr una mejor comprensión no sólo de sus memorias, sino de todo
lo que las rodeó e influyó en ese pensamiento que acabaría forjando el mito del Self-Made Man. Esta idea
no es nueva, autores como Gregorio Gallego ya acometieron la vida de Franklin más allá de su autobiografía
en Benjamín Franklin (1972).

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altamente lucrativo para comerciantes, traficantes, capitanes de embarcaciones y, en última
instancia, para quienes serían los dueños de esas personas que emigraban al llamado “Nuevo
Mundo”. Abbott E. Smith, en su intensivo estudio sobre la servidumbre por contrato, Colonists
in Bondage (1947), asegura:

From the complex pattern of forces producing emigration to the American colonies one
stands out clearly as most powerful in causing the movement of servants. This was the
pecuniary profit to be made by shipping them. Labor was one of the few European
importations which even the earliest colonists would sacrifice much to procure, and the
system of indentured servitude was the most convenient system next to slavery by which
labor became a commodity to be bought and sold. (Smith 4)

Como se explica en Smith, tras la firma de un contrato—cuya vigencia podía extenderse


años—por el cual los emigrantes se comprometían a pagar el coste de su pasaje trabajando para
un dueño, muy habitualmente eran encarcelados de inmediato por los titulares de los contratos
para asegurarse de que no huían (85). En 1619, la Virginia House of Burgesses, nacida aquel
mismo año como la primera asamblea de representantes en las colonias americanas (también fue
1619 el año en que dio comienzo la importación de esclavos africanos), comenzó a tomar
constancia formal y documental de los contratos y a vigilar el cumplimiento bilateral de éstos.
Como ocurre en cualquier contrato entre fuerzas desiguales, las partes aparecían como iguales en
el documento pero, lógicamente, hacer cumplir los términos del convenio era mucho más fácil
para el dueño que para el siervo. Según explica Paul R. Wonning en Colonial America History
Stories (2017), el viaje a América podía durar entre ocho y doce semanas, y los siervos eran
hacinados en los barcos con el mismo fanático celo hacia el beneficio económico que imperaba
en cualquier embarcación de transporte de esclavos. Ejemplo de ello puede ser la corbeta
Seaflower, cuyo trayecto hacia Boston, debido a dificultades imprevistas, se prolongó en su
duración más de lo necesario, perdiendo casi a la mitad de pasajeros y abocando a los
supervivientes al canibalismo:

The Seaflower departed Belfast, Ireland in July 10, 1741. The greater part of the 106
passengers on board was indentured servants bound for Boston. These passengers had
contracts for periods that ranged for five to seven years. … The ship developed problems
after the departure, which delayed its passage. … The passengers ran out of food and fresh
water. Starvation set in and the passengers began to die. After consuming everything else,
like tallow candles, the desperate passengers turned to the bodies of the dead. Forty-six
passengers died. The starving survivors consumed six of the dead. (Wonning 287)

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En el trayecto del navío holandés Osgood, 32 niños murieron de hambre y fueron arrojados
al mar. Gottlieb Mittelberger, músico que viajó desde Alemania hasta América a bordo de la
mencionada embarcación en torno a 1750, escribió sobre su viaje:

The ship is full of pitiful signs of distress—smells, fumes, horrors, vomiting, various kinds
of sea sickness, fever, dysentery, headaches, heat, constipation, boils, scurvy, cancer,
mouth-rot, and similar afflictions, all of them caused by the age and the highly salted state
of the food, especially of the meat, as well as the very bad and filthy water, which brings
about the miserable destruction and death of many. Add to all that shortage of food, hunger,
thirst, frost, vexation, and lamentation as well as other problems. Thus, for example, there
are so many lice, especially on the sick people, that they have to be scrapped off the bodies.
All this misery reached its climax when in addition to everything else one must suffer
through one or three days and nights of storm, with everyone else convinced that the ship
with all aboard is bound to sink. In such misery all the people on board pray and cry pitifully
together. (Hofstadter, America at 1750 39)

Naturalmente, la migración a las colonias británicas en América no era siempre en las


condiciones descritas ni bajo los términos de la servidumbre o el esclavismo. Había cierta franja
de población en la que se podría denominar la “clase media” de la época—esto es, dueños de
negocios o comerciantes moderadamente adinerados—que tenía capacidad para pagar su pasaje
al “Nuevo” Mundo sin necesidad de recurrir a préstamos o contratos. A pesar de las ya descritas
condiciones de vida de muchos colonos, las historias de esa franja de población económicamente
autosuficiente para costear su viaje a las colonias servirán para ilustrar la propaganda sobre la
vida en las colonias y serán las que sirvan de ejemplo para el mito del Self-Made Man. Ejemplo
de ello fue la llegada de la familia Franklin a Boston. No puede decirse que el viaje fuera en
condiciones de lujo, pero el precio que Josiah Franklin (padre de Benjamin) pagó para hacerlo
posible estaba, ciertamente, fuera del alcance de la mayoría. Como se describe en Benjamin
Franklin: An American Life (2003) de Walter Isaacson:

Josiah Franklin was 25 years old when, in August 1683, he set sail for America with his
wife, two toddlers, and a baby girl only a few months old. The voyage, in a squat frigate
crammed with a hundred passengers, took more than nine weeks, and it cost the family
close to £15, which was about six months’ earnings for a tradesman such as Josiah. It was,
however, a sensible investment. Wages in the New World were two or three times higher,
and the cost of living was lower. (Isaacson 10)

Al llegar a Boston, sin embargo, Josiah se encontró con que la moralidad puritana respecto
a la indumentaria no le permitiría seguir siendo un empresario textil, de modo que adoptó el oficio
de cerero, es decir, convertir el sebo de animales en velas y jabón. Seis meses de ganancias por

- 55 -
un pasaje a las colonias para toda la familia en esas condiciones no sólo era un desembolso más
que considerable, sino que además suponía un riesgo para la integridad física de los miembros
más vulnerables de la familia. Sin embargo, desde el momento en que sus pies hollaron tierras
americanas, tanto Josiah Franklin como su familia—la que ya tenía y la que estaba por venir—
eran personas libres. Los siervos por contrato, por el contrario, eran comprados y vendidos como
esclavos. Un anuncio en el Virginia Gazette del 28 de marzo de 1771 declaraba: “Just arrived at
Leedstown, the ship Justitia with about one hundred healthy servants, men women & boys … The
sale will commence on Tuesday the 2nd of April (Zinn 44). Contra los adornados testimonios de
la próspera forma de vida en las colonias americanas hay que tener en cuenta muchos otros, como
la carta enviada por un inmigrante desde las colonias: “Whoever is well off in Europe must remain
there. Here is misery, distress, same as everywhere, and for certain persons and conditions
incomparably more than in Europe” (Zinn 44), una visión bastante lejana de esa América
idealizada a la que muchas personas viajaban en busca de su oportunidad. El trato a las personas
sujetas a servidumbre por contrato no era muy distinto de aquél al que eran sometidos los
esclavos—si bien no hay que olvidar que era más probable obtener la libertad para un siervo/a
que para un esclavo/a: los latigazos y demás correctivos físicos no eran infrecuentes. En 1671, el
gobernador Berkeley de Virginia informó que cuatro de cada cinco sirvientes fallecieron de
enfermedades diversas el año anterior. Muchos eran niños pobres, reunidos por centenares de
entre las calles de las ciudades inglesas y enviados a las colonias. En el caso de las mujeres, los
dueños de las sirvientas intentaban controlar todos y cada uno de los aspectos de su existencia,
incluida la vida sexual. Evitar que contrajeran matrimonio o quedasen embarazadas obraba en el
beneficio económico del dueño, ya que el embarazo podía interferir en su labor. No en vano, el
mismo Benjamin Franklin aconsejaba en Poor Richard’s Almanack (1732): “Let thy maid-servant
be faithful, strong and homely” (39). Las sirvientas no podían contraer matrimonio sin el permiso
del titular del contrato, podían ser separadas de sus familias y podían ser azotadas por todo tipo
de ofensas. La ley de Pensilvania en el siglo XVII decía que el matrimonio de sirvientes “without
consent of the Masters … shall be proceeded against as for Adultery, or fornication, and children
to be reputed as Bastards” (Zinn 44). A pesar de que existían leyes coloniales para evitar que se
cometieran excesos contra sirvientes, no solían aplicarse con toda la eficacia deseable. Se sabe a
través del exhaustivo estudio de Richard Morris Government and Labor in Early America (1946)
que los sirvientes, en caso de celebrarse juicios concernientes a la situación de la servidumbre, no
podían formar parte de jurados, al contrario que los dueños. Al no disponer de propiedades,
tampoco tenían derecho al sufragio. En 1666, un jurado de Nueva Inglaterra absolvió a una pareja
acusada de la muerte de un sirviente después de que la dueña le amputara los dedos de los pies:

From the earliest settlement of the New England colonies the courts were concerned with
curbing excessive punishments that were sometimes so severe as to cause the death of a

- 56 -
servant. Nicholas Weekes of Kittery and his wife Judith were indicted by a coroner’s
inquest in 1666 on suspicion of causing the death of a servant whose toes the mistress
confessed she had cut off. Nevertheless, the jury cleared them. The flagrant disregard of
simple justice caused the Assembly to have the trial proceedings reexamined. The court on
review found that the acquittal jury “were noe [sic] grand Jury, but a particular Jury of
paress [sic].” (Morris 472)

En 1668, dos años más tarde, Henry Smith fue encausado por un tribunal de Virginia. Una
de sus sirvientes le denunció alegando estar “hard worked ill dieted and bad Cloathed [sic]”
(Morris 491), y ser “most Cruelly beaten without any cause given him but Only his angry and
discontented humors of wch [sic] she made severall proofes” (Morris 492). A pesar de que las
acusaciones contra Smith fueron probadas, el tribunal no determinó que fuera apartado de sus
sirvientes, y Smith no enmendó su comportamiento. Entre 1668 y 1670 se presentaron contra él
más cargos, algunos menores, otros considerablemente más graves: por un lado, dos de sus
sirvientes obtuvieron una orden judicial para poder disponer de los sábados por la tarde como más
les pluguiese, orden que Smith se negó a acatar (Morris 493); por otro lado, el desacato de la
orden sobre el tiempo libre de sus sirvientes no fue el peor de sus crímenes: “More serious,
however, were the accusations against Smith of raping two maidservants, Mary Hewes and Mary
Jones; and of causing the death of a manservant, ‘Ould John’ by name, by administering a cruel
beating” (Morris 494). Asimismo, fue condenado por maltratar a su mujer e hijos, los tribunales
le obligaron a compensar a su familia con “three thousand pounds of tobacco … for their relief
and for the purchase of a bed to lie upon” (494), pero Smith en aquel momento trasladó todos sus
negocios a Maryland, eludiendo la compensación impuesta. A pesar de todo, fue exculpado de
los cargos de violación.

Ante tales flagrantes injusticias, los sirvientes organizaban rebeliones, pero no llegaban a
tener gran relevancia, ya que escapar siendo un sirviente blanco era más fácil y menos arriesgado
que la rebelión: “Numerous instances of mass desertions planned by white servants took place in
the Southern colonies” (Morris 177). Según se apunta en Zinn, más de la mitad de aquellos que
llegaron a las costas norteamericanas en el período colonial lo hicieron como sirvientes, la
mayoría ingleses en el siglo XVII, o irlandeses y alemanes en el XVIII. Paulatinamente los esclavos
irían reemplazándolos, ya que aquellos sirvientes que no se fugaban concluían su contrato,
obteniendo automáticamente su libertad. Sin embargo, en 1755, siguiendo con Zinn, los sirvientes
blancos aún constituían el 10 % de la población de Maryland. Y, ¿qué ocurría con los sirvientes
cuando quedaban liberados? El relato tradicional estadounidense sugiere que una vez finalizaban
sus obligaciones contractuales, nada habría de impedirles abrirse camino hasta la prosperidad a
base de esfuerzo, trabajo duro, frugalidad, y llegar a convertirse en grandes terratenientes o

- 57 -
importantes empresarios. Pero Abbott Smith sugiere en Colonists in Bondage que la realidad no
podía estar más alejada de semejante relato:

Concerning the servants themselves, as individuals in the New World, we do not read
much. Colonial society was not democratic and certainly not equalitarian; it was dominated
by men who had enough money to make others work for them. Few of these men were
descendent from indentured servants, and practically none had themselves been of that
class. (Smith 7)

A la luz estas consideraciones de Smith, cuya veracidad, como se verá en siguientes


capítulos, es demostrable en términos históricos, cabe preguntarse cómo es posible que el relato
imperante, ese de las colonias inglesas en América como lugar donde prosperar a base de trabajo
duro y honrado, afirme justamente lo contrario. El propio fragmento sugiere la explicación más
lógica: no se sabe mucho de la gran mayoría de aquellos que trabajaban para ganarse la vida. Son
una masa informe, una amalgama sin nombre ni rostro, una mayoría que, paradójicamente, es
víctima de su propia superioridad numérica. Son los cimientos de una construcción: ocultos a la
vista, pero indispensables para sostener cualquier estructura superior. El hecho de que no se sepa
mucho sobre esta gran mayoría es un factor fundamental para entender por qué los escritos de
Franklin, sus ideales del Self-Made Man, fueran dirigidos a la clase media: por un lado, era la
clase que él conocía de primera mano, nació en ella, creció en ella y se relacionó con ella la mayor
parte de su vida, y, para él, era una clase intrínsecamente virtuosa por su voluntad de mejorar, de
trabajar honradamente y por disponer de los medios para ello. Las clases más bajas, individuos
que se desdibujaban entre su aplastante multitud, no puede decirse que tuvieran menos disposición
para el trabajo ni que careciesen de esa virtud que Franklin atribuía a las clases medias, pero no
tenían su consideración idealizada del trabajo como un medio para mejorar, sino como su único
medio de sobrevivir.

En este presunto Nuevo Mundo que, pese a sus promesas de romper con las maldades que
aquejaban al antiguo, hacía denodados esfuerzos por repetirlas nació, en 1706, el que se
convertiría en una de las figuras más relevantes de su historia: Benjamin Franklin. Franklin nació
en una ciudad de Boston que entonces ya tenía setentaiséis años de edad y ya distaba mucho de
aquel pequeño asentamiento puritano que cuyas costumbres forzaron el cambio de profesión de
Josiah Franklin. Pero prosperó, y la infancia de Franklin fue muy distinta de aquella que tenían
los niños que eran vendidos como esclavos. Según se explica en Isaacson, la infancia de Franklin
transcurrió plácida, lejos de los contratos de servidumbre o las plantaciones, “playing along the
Charles River” (16). Incluso, cuando Franklin contaba seis años de edad, la situación económica
de la familia pudo permitir la mudanza a una casa más grande en el centro de Boston.

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La imagen de la familia Franklin mudándose no era en absoluto inusual. Las dificultades
de la vida en las ciudades de las colonias no eran óbice para que siguiera aumentando su
población. No es de extrañar, puesto que la vida en Europa no era más fácil, y la promesa de un
nuevo continente con gran parte de su territorio por descubrir y su plenitud de recursos era
inevitablemente atractiva. Con el crecimiento de ciudades como Boston, Nueva York, Filadelfia,
las clases adineradas consolidaban sus beneficios económicos y comenzaban a monopolizar el
poder político, ya que el crecimiento demográfico en núcleos urbanos conllevaba el ineluctable
crecimiento de la pobreza, pero la carencia de propiedades también suponía no tener derecho a
voto. Kenneth Lockridge, en su estudio sobre la sociedad de la Nueva Inglaterra colonial A New
England Town (1985), encontró que los vagabundos en los núcleos urbanos iban siempre en
aumento y que “the wandering poor” eran un factor distintivo de las colonias a mediados del siglo
XVIII. Las colonias, al parecer y a la luz de estudios como el de Lockridge, eran sociedades de
clases con intereses en conflicto permanente. Apunta Jack P. Greene en “The Social Origins of
the American Revolution”,

Colonial society by the middle decades of the eighteenth century was everywhere fraught
with severe class conflict arising out of an even greater concentration of wealth in the hands
of the privileged few and an ever more rigid social structure, an increasingly aristocratic
social system, and severe resentment among the masses who were being more and more
being deprived of any opportunity to realize their own economic and political ambitions.
(Greene 3)

Teniendo en debida consideración estos conflictos de clase derivados del advenimiento de


una nueva aristocracia colonial, de una estructura social más rígida incluso que la que había en
Inglaterra, no sería errado asumir que la Revolución Americana trascendiese de ser un simple
movimiento independentista de las diferentes colonias del Imperio Británico para convertirse en
una guerra contra la “nueva” aristocracia colonial; un razonamiento también presente en Greene:
“the American Revolution thus came to be thought of as the product not merely of a quarrel
between Britain and the colonies, but also of deep fissures within colonial societies and as a social
upheaval equal to the French, if not the Russian, Revolution” (Greene 3). Resulta innegable que
la Revolución Americana alteró profundamente algunos aspectos de la esfera socioeconómica
colonial y representó un avance significativo—que no una realización auténtica—hacia una
democracia más equilibrada. No obstante, teniendo en cuenta el estado de las cosas en el recién
creado país de la época posbélica y los cambios sociales experimentados se puede ver que, lejos
de ser comparable a la Revolución Francesa, la estadounidense fue una revolución eminentemente
“americana” en el sentido de que no fue un solevantamiento colectivo auténtico, no se
experimentaron cambios reales en la estructura social prerrevolucionaria dentro del continente.
De este modo, la Revolución Americana ha de ser interpretada y valorada en la medida de sí

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misma, como un acontecimiento principalmente político con poco contenido social específico.
No fue un evento derivado de la voluntad unánime de ciudadanos de toda condición en pos de la
libertad, sino de la voluntad de una nueva aristocracia aspiracional de terratenientes de obtener
más control político y económico sobre la tierra y las personas en el Nuevo Mundo por un lado;
y de un intento de mejorar sus condiciones de vida y de tener cierta voz en la esfera política por
parte de las clases trabajadoras por el otro. Esas clases trabajadoras eran en gran parte hombres
blancos y “libres”, en tanto que no estaban atados a contratos de servidumbre, y aunque vivían
mejor que los sirvientes o los esclavos, sufrían condiciones de trabajo deplorables por parte de
sus empleadores. Ya en el siglo XVII empezaron a tener lugar las primeras huelgas de trabajadores
en las colonias americanas:

The first lock out in American labor history took place in Gloucester yards, when a group
of obstreperous shipwrights were forbidden by the authorities “to worke a stroke of worke
more” upon a certain ship without further orders of the Governor. In 1741 the Boston
caulkers, one of the earliest well-knit occupational groups and traditionally radical in
sympathy, entered into an agreement to refuse to accept notes from their “Employer of
Employers” on shops for goods or money in payment of their labor, specifying penalties
for breach thereof. The newspaper, in its account of the agreement, expressed the opinion
that “this good and commendable Example will soon be follow’d by Numbers of other
Artificers and Tradesmen,” desirous of protecting themselves against paper money
inflation. (Morris 196)

En este período Inglaterra se encontraba luchando una serie de guerras (Queen Anne’s War,
1702–1713; King George’s War, 1744–1748, etc.) que supusieron que algunos grandes
comerciantes amasaran ingentes cantidades de dinero; pero para el pueblo llano estas guerras
suponían prácticamente lo contrario: más impuestos, reclutamiento forzoso y embargo de
caballos, navíos, alimentos, etcétera para ponerlos a disposición del ejército en tiempos de guerra.
El descontento hacia esta clase de medidas se manifestó en forma de movimientos ciudadanos de
naturaleza tumultuaria en la ciudad de Boston en 1747:

In 1746 Captain Forrest of the “Wager” began a press in which two sailors were killed.
Riots were now inevitable whenever a press was threatened in the harbor. When, the
following year, Commander Knowles undertook the wholesale impressment of “sailors,
ship carpenters and laboring land-men” in the port of Boston, three days of rioting followed.
A barge thought to belong to the royal squadron was burned, Governor Shirley was forced
to quit Boston for his own safety, and had to call upon the militia of neighboring counties
when the Boston militia were slow in responding. (Morris 276)

- 60 -
Con el paso de los años, a medida que la Guerra de la Independencia se acercaba, la élite
adinerada que controlaba las colonias en el continente ya contaba con más de un siglo de
experiencia sobre cómo gobernar. Había varios factores de carácter contingente que podían
considerarse poco deseables (rebeliones, tumultos…), pero también habían aprendido y
desarrollado tácticas para lidiar con aquello que temían. Los nativos americanos que habían
encontrado eran demasiado indomables como para mantenerlos como fuerza de trabajo. Los
esclavos africanos, secuestrados en su tierra de origen y llevados a lugares que desconocían eran
más fáciles de controlar, y además no suponían un obstáculo para la expansión de las colonias,
cosa que sí suponían los territorios de los nativos. Los esclavos pronto empezaron a ser rentables
para las plantaciones del sur, de tal manera que su importación sistemática pronto los convirtió
en mayoría en algunas colonias. Pero no eran tan sumisos como sus dueños esperaban y, a medida
que su número aumentaba, la perspectiva de una rebelión de esclavos iba tomando cuerpo. Al
problema de la hostilidad tribal y el peligro de la rebelión de esclavos pronto se sumó una nueva
preocupación, el odio de clase: la servidumbre blanca depauperada, la población que no podía
pagar un recurso habitacional digno, los desposeídos, los trabajadores, soldados y marinos
afectados por las requisiciones, pagadores de impuestos todos ellos por igual. A medida que las
colonias cumplían su primer siglo de existencia y llegaba el ecuador del siglo XVII, a medida que
el abismo entre la élite adinerada se hacía cada vez más evidente y la violencia o la amenaza de
ésta aumentaba, el problema del control se agravó. ¿Y si estos grupos de descontentos pudieran
combinarse? Hasta entonces semejantes problemas habían sido abordados de manera individual
y compartimentada, pero el riesgo de una fuerza conjunta era inasumible. En términos
económicos, nativos americanos, esclavos, sirvientes y trabajadores no eran nada, pero en
términos numéricos lo eran todo. Incluso antes del drástico crecimiento de la población
afroamericana en el siglo XVII había, en palabras de Smith, “always a vague fear that servants
might join with Negroes in a servile rising” (264). Sin embargo, ese miedo planteaba un escenario
improbable debido a que “the indentured servants and redemptioners, who certainly formed a
distinct social class in all the colonial communities, were practically never ‘class conscious’ to
the point of seriously threatening the order of society, either by rebellions of their own or by
joining the forces of an invader” (Smith 264). La necesidad de un discurso que dirigiera el
descontento hacia fuerzas exteriores a las colonias empezaba a ser evidente. Asimismo y de
manera complementaria, hacían falta más discursos de naturaleza no tan política como social que
recordasen a los habitantes de las colonias que su malestar no sólo se debía a ese gobierno inglés
que desatendía las necesidades del pueblo, sino que otra América, una donde cada persona pudiera
vivir y prosperar a base de trabajo sin ser expoliada por la voraz maquinaria imperialista, era
posible y necesaria. Las cuestiones políticas en muchas ocasiones podían ser complicadas para la
mayoría de la población, pero discursos sobre el trabajo, la libertad y la prosperidad como el de
Benjamin Franklin (inter alia) eran de vital importancia para que la Revolución arraigara, para

- 61 -
convertirla en una causa transversal, en un objetivo compartido entre todas las personas de toda
condición.

Había escasas posibilidades de que blancos y nativos se unieran en el norte de América


como lo estaban haciendo en el sur y en el centro, donde la escasez de población daba lugar al
contacto diario entre distintos grupos étnicos en las plantaciones. En las colonias, los nativos
americanos eran apartados, por norma general, a los lugares más lejanos posibles, aunque un
hecho resultaba harto incómodo—y aun así innegable: había casos de ciudadanos blancos que
huían de la sociedad “civilizada” para unirse a los nativos, o que eran capturados en combate y,
ante la opción de regresar a su antigua vida o permanecer en las tribus, elegían lo segundo. Hector
St. John de Crèvecœur contó en Letters from an American Farmer (1782) cómo los niños
capturados durante la Guerra de los Siete Años que crecieron con las tribus de nativos rechazaban
abandonarlas si se daba el caso de que sus padres los volviesen a encontrar:

By what power does it come to pass, that children who have been adopted when young
among these people, can never be prevailed to re-adopt European manners? … Those
whose more advanced ages permitted them to recollect their fathers and mothers, absolutely
refused to follow them. … The Indians, their old masters, gave them their choice, and
without giving any consideration, told them, that they had been long as free as themselves.
They chose to remain. (Crèvecœur 202)

Pero las afirmaciones de Crèvecœur tal vez sean un tanto exageradas. Por norma general
los nativos solían mantener las distancias, salvo en eventualidades como conflictos bélicos o
territoriales. Y la administración colonial, por su parte, había encontrado una manera de aliviar el
peligro monopolizando la tierra en la cornisa atlántica y forzando, por tanto, a los colonos sin
tierras a expandirse hacia el oeste, hacia la frontera, entrando en territorios tribales y sirviendo de
muro de contención para los grandes terratenientes del este frente a los mencionados conflictos
territoriales. De esta manera, el racismo se convirtió en una útil herramienta de control: según
Edmund Morgan en American Slavery, American Freedom (1975), el racismo no es algo natural
nacido de las diferencias físicas obvias, sino algo derivado del desdén clasista, un auténtico
mecanismo de vigilancia: “If freemen with disappointed hopes should make common cause, …
the answer to this problem, obvious if unspoken and only gradually recognized, was racism, to
separate dangerous free whites from dangerous slave blacks by a screen of racial contempt”
(Morgan 328). Con el crecimiento y la consolidación de las ciudades y su población aumentaba
el número de trabajadores cualificados, y los gobiernos cultivaban el apoyo de éstos
protegiéndolos de la competición con afroamericanos, ya fueran esclavos o personas libres. Las
clases altas, para mantener su control político, necesitaban hacer concesiones a las clases medias
sin dañar su propia economía, y tal cosa se conseguía a expensas de esclavos, nativos o blancos

- 62 -
pobres. Esto les granjeaba la lealtad de pequeños empresarios, no tan numerosos como la
población menos acomodada, pero con una influencia socioeconómica nada desdeñable. Y unir
esa lealtad a algo más poderoso incluso que la propia ventaja económica, sería todavía más útil y
perdurable. Así, la clase dominante encontró en las décadas de 1760 y 1770 el lenguaje de la
libertad y la igualdad, lo bastante poderosos para unir a ciudadanos blancos y libres de toda
condición para luchar en una revolución contra Inglaterra, pero no lo suficiente como para acabar
con la esclavitud u otras lacerantes desigualdades.

Alrededor de 1776, ciertas personas notables de las colonias inglesas hicieron un


descubrimiento que demostraría ser enormemente útil ya no sólo en los en los años venideros,
sino en los siglos que estaban por llegar: averiguaron que creando una nación, un símbolo, una
unidad legal llamada “Estados Unidos” podían tomar el control de tierras, economía, personas y
poder político, arrebatándolo al Imperio Británico en primera instancia y negándoselo a gran parte
de la población en última. En el proceso, podían contener y sofocar cualquier rebelión potencial
y crear un consenso de apoyo popular a la autoridad de una nueva élite privilegiada. Si se mira la
Revolución Americana desde este ángulo, se la puede considerar una verdadera obra maestra que
hace merecedores a los Padres Fundadores del impresionante tributo que se les ha brindado a
través de los siglos: crearon el más eficaz sistema de control imaginable en los tiempos modernos,
y le mostraron a las generaciones futuras de líderes políticos la gran ventaja de combinar el orden,
la autoridad—y hasta la violencia, si tal cosa se hace necesaria—con el paternalismo. En aquel
momento ya había emergido, según asegura Jack Greene en el ensayo “An Uneasy Connection”
(1973), recogido en Essays on the American Revolution por Kurtz y Hutson, una élite
“americana”, es decir, un grupo de hombres económicamente pudientes y sociopolíticamente
relevantes en el ámbito colonial que eran contrarios a Inglaterra y su administración:

The first of these conditions was the emergence of stable, coherent, effective, and
acknowledged local political and social elites. We do not know nearly enough about the
nature, structure, and functioning of these elites. But it is certainly clear from what we
already know that their size, cohesion, self-confidence, sense of group identity, openness,
and authority over the public varied considerably from one colony to another according to
their antiquity, experience and effectiveness and according to the political and socio-
structural characteristics of their particular society. (Kurtz y Hutson 35)

En estas élites locales se encontraba, entre otros notables, Benjamin Franklin. En un


principio, la actitud de Franklin hacia Inglaterra era muy propia de cualquiera que no incurriera
en el fanatismo. Abogaba por que las colonias tuvieran más independencia, no por la
independencia:

- 63 -
Short of representation in Parliament, Franklin wrote: “the next best thing” would be the
traditional method of requesting funds to be appropriated by each of the colonial
legislatures. In the notes he wrote for his conversation with ministers, he suggested a third
alternative that would be a step toward independence for the colonies: “empowering them
to send delegates from each assembly to a common council.” In other words, the American
colonies would form their own federal legislature rather than be subject to the laws of
Parliament. The only thing that would then unite the two parts of the British Empire would
be loyalty to the king. (Isaacson 229)

Ciertamente Franklin, como puede verse, aún en 1776 creía en una vía federalista, es decir,
una administración autónoma de las colonias dentro de la soberanía británica, como solución a la
cuestión del estatus político de las éstas, no en la emancipación total y en la declaración unilateral
de independencia del Imperio Británico. Esta actitud, sin embargo, no era óbice para que señalara
vehementemente aquellas acciones de Inglaterra para con las colonias que le parecieran
inadecuadas o injustas:

The Americans, Franklin countered, had defended themselves, and by doing so had
defended the interests of the British as well. “The colonies raised, clothed and paid, during
the last war, near 25,000 men and spent many millions,” he explained, adding that only a
small portion had been reimbursed. The larger issue, Franklin stressed, was how to promote
harmony within the British Empire. Before the Stamp Act7 was imposed, asked a supporter
named Grey Cooper, “What was the temper of America towards Great Britain?”
Franklin: The best in the world. They submitted willingly to the government of the Crown,
and paid, in all their courts, obedience to the acts of Parliament … They cost you nothing
in forts, citadels, garrisons or armies to keep them in subjection. They were governed by
this country at the expense of only a little pen, ink and paper. They were led by a thread.
They had not only a respect but an affection for Great Britain; for its laws, its customs and
manners, and even a fondness for its fashions, which greatly increased the commerce.
Cooper: and what is their temper now?
Franklin: Oh, very much altered. (Isaacson 230)

Que Franklin no erraba en su análisis del “pulso” de las colonias fue algo que secundaron
la gran mayoría de sus contemporáneos y que, según Greene, “has been the considered judgement

7
La impopular Stamp Act o Ley del Timbre de 1765 imponía un impuesto exclusivo a las colonias sobre
todo tipo de documento legal emitido en éstas. Según se explica en The American Revolution: A History
(2002) de Gordon Wood: “Greenville’s ministry, convinced that the customs reforms could not bring the
necessary revenue, was determined to try a decidedly different method of extracting American wealth. In
March 1765, Parliament by an overwhelming majority passed the Stamp Act, which levied a tax on legal
documents, almanacs, newspapers, and nearly every form of paper used in the colonies. Like all duties,
the tax was to be paid in British sterling, not in colonial paper money” (192).

- 64 -
of the most sophisticated students of the problem over the past quarter of a century” (Kurtz y
Hutson 33). De este modo resulta confuso, si se tiene el análisis de Franklin como acertado,
explicar cómo, en menos de doce años, las colonias pasaron a sentirse tan alejadas de Inglaterra
como para levantarse en armas y, poco más de un año después, declarar la independencia, a no
ser que esa asunción de que las afirmaciones de Franklin y el consenso en torno a ellas no sea tan
acertada. Si la relación entre Inglaterra y las colonias era tan satisfactoria antes de 1763, y si el
sistema imperial existente funcionaba tan bien para Inglaterra como Franklin aseguraba, ¿por qué
iba el gobierno británico a adoptar medidas que, en cualquier caso, viciarían una relación tan
sumamente fructuosa?

Como se ha apuntado anteriormente, en las colonias se había estado gestando una élite
política que derivaba directamente de la económica. Complementariamente al nacimiento de esta
élite político-económica colonial se creaban centros e instituciones locales cuya autoridad
funcional era reconocida de manera conmensurada a su tamaño, es decir, centros e instituciones
en los cuales se concentraba la influencia política y desde ellos se dispersaba hacia el exterior a
través de un entramado bien establecido de delegaciones más pequeñas hasta los perímetros más
exteriores de la sociedad colonial. Ya fueran meras sedes administrativas en núcleos urbanos de
pequeño tamaño como Williamsburg o Annapolis, o delegaciones más grandes en puntos
comerciales clave como Filadelfia, Boston, Nueva York o Charleston, las capitales coloniales
proporcionaban a los colonos puntos concretos dentro de las propias colonias en los que buscar
liderazgo político y modelos de funcionamiento como sociedad. Más importante que esto, quizá,
sea el nacimiento de un conjunto de instituciones de gobernación viables tanto a nivel local en
asentamientos, pueblos y condados como, y esto es de una sustancial significancia, a nivel
colonial con la forma de cámaras bajas electas. Más que cualquier otra institución política de las
colonias, estas cámaras bajas de asamblea estaban dotadas de la más, por así decirlo, carismática
autoridad porque, como representantes de los colonos, se confiaba en ellos como grandes
fiduciarios de todos los derechos, libertades y privilegios del pueblo, y también debido a que se
les otorgaba una presunción de equivalencia—imagen que ellos mismos fomentaban y cultivaban
de manera activa—con el Parlamento británico, ese emporio de la libertad de los ingleses y la
representación institucional de todo lo más sagrado para cualquier buen británico. Como
instituciones poderosas e influyentes—en la mayoría de las colonias eran los principales vehículos
a través de los cuales las élites locales ejercían su liderazgo y socializaban sus aspiraciones—con
una fuerte tradición de oponerse a cualquier intento de las autoridades “externas” de invadir sus
derechos, y con la confianza general de la población, las cámaras bajas eran unos mecanismos de
una extraordinaria eficacia potencial para que las quejas o el malestar contra Gran Bretaña
cristalizasen y fueran expresadas. Junto con esas élites que hablaban a través de ellas, los centros
y delegaciones locales, particularmente las casas bajas, proporcionaban de este modo símbolos

- 65 -
de autoridad para las colonias, erigiéndose así como una alternativa local a la autoridad del
Imperio preexistente ya al mismo nacimiento de la Revolución.

Mientras tanto, y a medida que se aproximaba el verano de 1771, Franklin decidió apartarse
de los asuntos públicos por un tiempo indefinido, ya que sus misiones políticas habían llegado a
un impasse, como se apunta en Isaacson. Pero aún no se planteaba volver a casa:

So, instead, he escaped the pressures of politics on the manner he loved best, by taking an
extended series of trips that lasted until the end of the year: to England’s industrial midland
and north in May, to a friend’s estate in southern England in June and again in August, and
then to Ireland and Scotland in the fall. (Isaacson 222)

A finales de julio, cuando se dirigía a Twyford a pasar una temporada con unas amistades,
el temperamento de Franklin parecía más reflexivo de lo que era habitual en él: su carrera política
se encontraba estancada y él se sentía lejos de casa. Estas circunstancias movieron a Franklin a
comenzar la elaboración de la que se convertiría en su más perdurable obra: The Autobiography
of Benjamin Franklin. Para cuando abandonó Twyford a mediados de agosto ya había escrito la
primera de las cuatro entregas (la última quedaría inacabada) que compondría lo que el propio
Franklin inicialmente pretendía que fueran sus memorias. Esta primera entrega transcurre a través
de su infancia y sus años como joven impresor, y acaba con la fundación de la Library Company
of Philadelphia8 en 1731. Sólo en las últimas líneas de esta primera entrega se vislumbra cierto
contenido de comentario político:

And now I set on foot my first project of a public nature, that for a subscription library. I
drew upon the proposals, got them put into form by our great scrivener, Brockden, and, by
the help of my friends in the Junto, procured fifty subscribers of forty shillings each to
begin with, and ten shillings a year for fifty years, the term our company was to continue.
We afterwards obtain’d a charter, the company being increased to one hundred. This was
the mother of all the North-American subscription libraries, now so numerous. It is become
a great thing itself, and continually increasing. These libraries have improved the general
conversation of the Americans, made the common tradesmen and farmers as intelligent as
most gentlemen from other countries, and perhaps have contributed in some degree to the

8
La Library Company of Philadelphia o LCP es una organización sin ánimo de lucro fundada en 1731 por
Benjamin Franklin. La LCP ha acumulado a través de los años una de las más significativas colecciones en
los Estados Unidos de manuscritos y material impreso con valor histórico. La colección actual consta de
alrededor de 500.000 libros y 70.000 artículos de toda índole, incluyendo el “Mayflower Compact”, unos
2150 objetos pertenecientes al propio Benjamin Franklin, compendios de documentos y panfletos de la era
revolucionaria y primeras ediciones de clásicos de la literatura como Moby-Dick de Herman Melville o
Leaves of Grass de Walt Whitman, según explica Edwin Wolf en “At the Instance of Benjamin Franklin:
A Brief History of the Library Company of Philadelphia” (1976).

- 66 -
stand so generally made throughout the colonies in defence of their privileges. (Franklin,
Autobiography 74)

La autobiografía de Franklin se ha considerado tradicionalmente uno de los más


importantes e influyentes libros estadounidenses, debiéndose esto, quizá, más a la mano del autor
que la firma que a su contenido formal. Se ha tendido a aceptar al mítico Franklin que parece
alzarse de entre sus páginas. Pero, si se estudia el texto con detenimiento, su discontinuo proceso
de composición y su historial de publicación revelan un libro significativamente diferente y un
Franklin algo distinto de la leyenda en que se convirtió. Como se puede leer en “Reinterpreting
Benjamin Franklin’s Autobiography, de William Shurr,

To begin with, the critical literature on the book has not yet taken into full account the fact
that no version of the Autobiography, anything like what we now read was published until
the 1840s—fifty years after Franklin’s death. The publishing history shows that some of
the early editions were only partial and that some actually contained portions of Franklin’s
manuscript that had been translated into French and then translated back into English by
yet another hand. … In fact, there exists no version of the Autobiography approved by
Franklin himself. (Shurr 1)

A pesar de las insinuaciones de Shurr, sus conclusiones apuntan a que The Autobiography
of Benjamin Franklin fue muy probablemente escrita con los impulsos que se escriben gran parte
de los trabajos confesionales: puntuales e irregulares, y de ahí los lapsos de tiempo de separación
entre cada una de las partes y la disparidad de tonos y formas de la escritura, así como la selección
de acontecimientos e incidentes que el autor eligió plasmar. Considerar esa selección de
acontecimientos como algo digno de análisis per se, afirma Shurr, “brings readers closer to the
inner life of Franklin, whom all critics and biographers have found to be a remarkably distant
figure” (Shurr 16).

Como se ha apuntado con anterioridad, las influyentes élites económicas fueron artífices
de su propia trascendencia a ser también referentes sociales, contribuyendo al sentimiento de
identidad nacional desde el sentimiento de excepcionalidad cultural, entre otros. A través de los
años y en este preciso sentido de lo político y lo comunitario, Franklin desarrolló un punto de
vista social que, en su mezcla de ideas liberales, populistas y conservadoras, se convertiría en el
arquetipo de la filosofía de y para la clase media. Exaltaba el trabajo duro, la iniciativa individual
y la frugalidad. Pero al mismo tiempo también promovía la cooperación cívica, la compasión y
los planes voluntarios que pudiesen obrar en beneficio de toda la comunidad. Albergaba la misma
desconfianza hacia la élite que hacia el vulgo—aunque siempre estuvo más cerca de los primeros
que de los segundos—e igual de poco dispuesto a entregar el poder a un colectivo de aristócratas
con apellidos de pretendido prestigio que a una revoltosa multitud. Creía fervientemente en la

- 67 -
movilidad social en tanto que él mismo creía haberla experimentado, cosa que ciertamente hizo,
aunque quizá sobrevaloraba el recorrido de su ascenso en la pirámide social.

With his shopkeeper’s values, he cringed at class warfare. Bred into his bones was a belief
in social mobility and the bootstrap values of rising through hard work. His innate
conservatism about government intervention and welfare was evident in the series of
questions he had posed … in 1753. Back then, he had asked whether laws “which compel
the rich to maintain the poor have not given the latter a dependence” and “provide
encouragement of laziness.” (Isaacson 267)

Frases como esta ponen de manifiesto, al mismo tiempo, cómo veía Franklin a aquellos
económicamente menos favorecidos que él y cuán selectiva era su memoria respecto a la llegada
de los Franklin a las colonias—el suyo no fue exactamente un comienzo desde cero—y por qué
un discurso tan rayano en la aporofobia tuvo tanto calado entonces y lo tendría en los siglos
venideros. Considerando lo anteriormente dicho sobre los orígenes de Franklin, sobre cómo sus
padres, a pesar del esfuerzo económico que les supuso emprender el viaje a las colonias desde
Inglaterra, cabe recordar que no tuvieron que cumplir un contrato de servidumbre para pagar su
importe, como otros tantos, sino que fueron libres desde el momento de su llegada al Nuevo
Mundo. Además, no hay que obviar el hecho de que en aquel momento el liderazgo político—y
el discurso hegemónico por ende—lo tenían las élites económicas coloniales, contrapuestas a las
británicas sólo en algunos aspectos como la administración de los territorios y la economía. Muy
probablemente sea cierto que Franklin desconfiaba de un modo “bilateral”, tanto de la aristocracia
como del pueblo llano; pero no es descabellado aventurar que su estatus lo acercaba más a la
aristocracia colonial que pasaría a la historia con el sobrenombre de “Padres Fundadores”, hasta
un punto tal que él mismo acabó convirtiéndose en uno de ellos. Su conservadurismo fue
reafirmándose a medida que publicaba sus escritos. En Isaacson se hace referencia a una pieza
publicada en el Gentleman’s Magazine de 1768, titulada “On the Labouring Poor” y firmada bajo
el pseudónimo de MEDIUS. En este ensayo, atacaba a los escritores que agitaban a los pobres
diciéndoles que estaban siendo oprimidos por los ricos:

I have met with much invective in the papers for these two years past, against the hard-
heartedness of the rich, and much complaint of the great oppressions suffered in this
country by the labouring poor. Will you admit a word or two on the other side of the
question? I do not propose to be an advocate for oppression or oppressors. But … in justice
then to this country, give me leave to remark that the condition of the poor here is by far
the best in Europe, for that, except in England and her American colonies, there is not in
any country of the known world, not even in Scotland or Ireland, a provision by law to
support the poor. Everywhere else necessity reduces to beggary. This law was not made by

- 68 -
the poor. The legislators were men of fortune. By that act they voluntarily subjected their
own estates, and the estates of all others, to the payment of a tax for the maintenance of the
poor.” (Franklin, “Labouring Poor” 156)

Estas leyes para garantizar unos mínimos de supervivencia a los más desfavorecidos, a
simple vista, podían parecer solidarias y compasivas, son muy evocadoras del concepto de esa
gente que ha alcanzado la prosperidad y se solidariza con quienes no han tenido la misma suerte.
Visto desde otro ángulo, dar unas condiciones mínimas de subsistencia a las masas trabajadoras
es útil en tanto que sirve de mecanismo de control por parte de la propia clase hacia aquellos
inferiores en lo económico pero muy superiores en lo numérico. Sin embargo, Franklin no tenía
semejante punto de vista:

But I fear that the giving mankind a dependence on any thing [sic] for support in age or
sickness, besides industry and frugality during youth and health tends to flatter our natural
indolence, to encourage idleness and prodigality, and thereby to promote and increase
poverty, the very evil it was intended to cure. (Franklin, “Labouring Poor” 156)

Franklin no sólo advertía sobre el riesgo de dependencia del auxilio social, sino que además
tenía una particular visión del funcionamiento de la economía que aún hoy puede resultar
aceptable en ciertos marcos teóricos: según Franklin, cuanto más dinero ganasen los ricos, más
posibilidades había de que los pobres percibiesen parte de ese dinero:

Much malignant censure have some writers bestowed upon the rich for their luxury and
expensive living, while the poor are starving &c. not considering that what the rich expend,
the labouring poor receive for their labour. It may seem a paradox if I should assert, that
our labouring poor do in every year receive the whole revenue of the nation; I mean not
only the public revenue, but also the revenue, or clear income, of all private estates, or a
sum equivalent to the whole. In support for this position I reason thus. The rich do not work
for one another. Their habitations, furniture, cloathing, carriages, food, ornaments and
everything in short that they, or their families use and consume, is the work or produce of
the labouring poor, who are, and must be, continually paid for their labour in producing the
same. (Franklin, “Labouring Poor” 157)

En apariencia, las afirmaciones de Franklin pueden tener cierto sustento teórico, pero la
tendencia pragmática contradice sus ideas. Ciertamente, el consumo y compraventa de
mercancías se traduce en la percepción de un salario por parte de los mencionados “labouring
poor”. Esto es una parte fundamental en la dinámica empleado-empleador porque si el trabajador
no percibe un sueldo por su labor, no sigue acudiendo a trabajar, al menos dentro del marco
conceptual del trabajo asalariado y esclavismo aparte, obviamente. Pero también una regla crucial
del trabajo asalariado es que el trabajador nunca va a recibir el valor total de su trabajo, del

- 69 -
producto que es fruto de su labor. La fracción de beneficio que genere el precio final de venta del
producto, descontándole salario del trabajador, coste de los materiales, etcétera, acaba en el haber
del empleador, que se servirá del trabajo del empleado en tanto que éste tenga la capacidad de
seguir proporcionando un valor adecuado a las expectativas del empleador. De manera que las
afirmaciones de Franklin en el fragmento anteriormente citado sólo serían ciertas de manera
parcial o limitada a unas circunstancias muy concretas, por ejemplo, que el trabajador obtenga la
totalidad del beneficio generado por la venta del producto, lo que requeriría que la propia mano
de obra fuera dueña de los medios de producción de su mercancía, dejando fuera de la ecuación,
por lo tanto, al empleador. Que aquellas personas más económicamente pudientes obtengan más
ingresos no ha de traducirse necesariamente en que el resto de la población los obtenga, puesto
que dentro del marco productivo del trabajo asalariado estas personas deciden qué porcentaje de
beneficios es aceptable embolsarse y qué porcentaje es adecuado pagar al trabajador, teniendo en
mente variables como la demanda de producto o los precios de la competencia, de haberla. Así, y
de manera simplificada, una parte sustancial de los ingresos de esa fracción poblacional adinerada
es en realidad un reembolso de su inversión con intereses y no se sigue necesariamente del
“derrame”9, por así decirlo, de ese dinero a los estratos inferiores. Y esto es cierto también a la
luz de otra afirmación del propio Franklin dentro del mismo texto para The Gentleman’s
Magazine:

Should they [the labouring poor] get higher wages, would that make them less poor, if in
consequence they worked fewer days of the week proportionably [sic]? I have said a law
might be made to raise their wages; but I doubt much whether it could be executed to any
purpose, unless another law, now indeed almost obsolete, could at the same time be revived
and enforced; a law, I mean, that many often have heard and repeated, but few have ever
duly considered. SIX days shalt thou labour. (Franklin, “Labouring Poor” 157)

Al parecer, el mejor argumento al que Franklin podía recurrir a la hora de desaconsejar las
subidas salariales era una cita bíblica (Éxodo 20: 9–11, concretamente). Según su razonamiento,
los salarios más altos sólo conseguirían que la gente trabajase menos porque, al parecer y según
lo que sugiere Franklin, alcanzado cierto mínimo de ingresos que permita afrontar únicamente los
gastos cotidianos sin imprevistos, el ciudadano medio dejaría de trabajar, ya que no todo el mundo
está dotado de las excepcionales virtudes que son “industry and frugality” (Franklin,
Autobiography 86) y que sirven de piedra angular de todo el pensamiento frankliniano. Según
Franklin, y como queda plasmado en su Autobiography, la totalidad del día había de ser

9
Como se comentará en su momento, esa noción del “derrame” o trickle-down economics acabaría
convirtiéndose en una de las principales medidas económicas de la administración Reagan (1981–1989),
conocidas como Reaganomics, aunque no estaba orientada a los salarios, sino a recortar cargas tributarias
a los grandes capitales.

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planificada minuciosamente para no incurrir en el ocio vacuo, a sus ojos uno de los principales
vicios humanos y gran obstáculo a superar en el camino hacia la prosperidad:

The precept of Order requiring that every part of my business should have its allowed time,
one page in my little book contained the following scheme of employment for the twenty-
four hours of a natural day:

THE MORNING. Question—What good shall I do this day?


{5, 6, 7} Rise, wash and address Powerful Goodness! Contrive day’s business, and take the
resolution of the day; prosecute the present study and breakfast.
{8, 9, 10, 11} Work.

NOON.
{12, 1} Read, or overlook my accounts, and dine.
{2, 3, 4, 5} Work.

EVENING. Question—What good have I done to-day?


{6, 7, 8, 9} Put things in their places. Supper or diversion, or conversation. Examination of
the day.

NIGHT.
{10, 11, 12, 1, 2, 3, 4} Sleep. (Franklin, Autobiography 94)

Es, sin duda, un horario completo y bien pensado en el que hay un momento para todo,
incluido el ocio y el entretenimiento. Seguirlo, como bien apunta Franklin, requiere orden, rectitud
y voluntad en iguales proporciones; y no es de extrañar que su seguimiento se vea recompensado
con resultados útiles y espléndidos. Pero también hay una conditio sine qua non para el
cumplimiento de este estricto horario que queda soslayada por el autor de las memorias: ser dueño
del tiempo propio, privilegio que no todo el mundo ostenta, más aún si su modo de ganarse la
vida es trabajando para un tercero. Algo que, al parecer, Franklin no tuvo en cuenta, es cuán
escarpado se vuelve el camino del Self-Made Man hacia la prosperidad si ni tan siquiera tiene
capacidad de decisión sobre sí mismo. Esta mentalidad resulta un tanto conflictiva con su firme
creencia en la movilidad social y en la capacidad de superación connatural a la condición humana
y es reveladora, al mismo tiempo, de una creencia más profundamente arraigada y subyacente a
la de la movilidad social: ha de existir una franja de población cuya condición permanente sea la
de pertenecer a la clase baja, a los trabajadores asalariados, no a la clase media de la que él
provenía, y mucho menos a la clase (muy) adinerada a la que Franklin pertenecía en 1768, año en
el que escribió “The Labouring Poor” para The Gentleman’s Magazine, llevando ya, como apunta
J. Weinberger en “Benjamin Franklin: Philosopher of Progress”, veinte años retirado de la vida
laboral: “Benjamin Franklin was by the age of forty-two, when he retired, a very rich man. He

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made money in lots of different ways, but much of it was as a writer and publisher” (2). ¿Cabe la
posibilidad de que el mito del Self-Made Man ya se supiera difícilmente realizable desde su mismo
principio? Quizá no de un modo consciente ni malintencionado, pero, a la luz de las palabras del
propio Franklin se puede inferir que, a su modo de ver, el buen funcionamiento de la economía
ha de estar basado en una masa trabajadora con un nivel económico lo más limitado posible para
la subsistencia:

If it be said that their wages are too low, and that they ought to be better paid for their
labour, I heartily wish any means could be fallen up on to do it, consistent with their interest
and happiness; but as the cheapness of other things is owed to the plenty of those things,
so the cheapness of labour is, in most cases, owing to the multitude of labourers, and to
their underworking one another in order to obtain employment. How is this to be remedied?
A law might be made to raise their wages; but if our manufactures are too dear, they will
not vend abroad. (Franklin, “Labouring Poor” 157)

Resulta obvio que con unos ingresos de subsistencia es complicado cumplir máximas
franklinianas como “For Age and Want save while you may; No morning Sun lasts a whole Day”,
e históricamente hablando los datos confirman que el mito del Self-Made Man y de la movilidad
social era—es—irrealizable en la mayoría de los escenarios o, como asegura Hofstadter, “it will
surprise no one to learn that the chance of emergence from indentured servitude to a position of
wealth or renown was statistically negligible” (62). Y esos casos, los que demuestran el mito, de
tan escasa incidencia cuantitativa que resultan estadísticamente marginales, son atesorados por
historiadores y narradores y revisitados tantas veces como sea necesario para demostrar que, en
efecto, la voluntad unida al esfuerzo puede obrar milagros en los Estados Unidos. Pero muchos
de esos relatos de superación, siguiendo con Hofstadter, “deal with Northern servants who came
with education or skills” (62). Franklin, conscientemente o no, gozó de una vida acomodada desde
su misma infancia, máxime si se la compara con la de la mayoría de sus contemporáneos de las
colonias; no obstante, su discurso era de una conveniencia política, social y económica tal que la
historia de su ascenso “from rags to riches” suele atenerse a la que él mismo contaba. En aquel
momento de consolidación de las élites económicas coloniales y de su transubstanciación en élites
políticas era de vital importancia un símbolo de complicidad de éstas para con el pueblo, un
hombre supuestamente cercano a las clases menos económicamente acomodadas que aparentase
hablar en su nombre y velar por ellas. Esta afirmación no ha de ser interpretada como una
acusación de intención dolosa por parte de Franklin, sino, simplemente, como una sugerencia de
que la visión del merecidamente célebre bostoniano de su propia trayectoria vital estaba un tanto
sesgada hacia la hipérbole. Es innegable que el conservadurismo político en Franklin estaba
equilibrado por un profundamente arraigado sentimiento de búsqueda del beneficio para la
comunidad, “by his fundamental belief that actions should be judged by how much they benefit

- 72 -
the common good” (Isaacson 268). Para James Campbell, en Recovering Benjamin Franklin
(1999),

His ideal was of a prosperous middle class whose members lived simple lives of democratic
equality. Those who met with greater economic success in life were responsible to help
those in genuine need; but those who from a lack of virtue failed to pull their own weight
could expect no help from society. With democracy, the citizens of this new country would
be free to direct the choices of the society toward the common good.” (Campbell 236)

Desgraciadamente, la lógica de esta clase de razonamientos siempre acaba abocada a la


profecía autocumplida. En la interpretación de este pensamiento frankliniano el dinero (casi)
siempre equivalía a la virtud, porque quien lo tuviera en abundancia era porque sabía ganarlo,
invertirlo o gastarlo con prudencia y mesura. O, en palabras del propio Franklin, “At the working
man’s house hunger looks in, but dares not enter” (Almanack 3). Así, quedaba a ojos de aquellos
que gozasen de prosperidad el juicio de si el pobre merecía serlo. Probablemente esta fuera una
interpretación simplista de la línea de pensamiento de Franklin, máxime considerando lo afirmado
por Campbell respecto a la cuestión de juzgar a los menos favorecidos:

A further mitigation of the apparent harshness of Franklin’s discussion of the poor is his
larger theme of the public ownership of wealth, a kind of partial and sketchy socialism that
sounds little like the individualism of many of Poor Richard’s familiar aphorisms. …
Franklin criticized those who pursue wealth without end and who believe there is
importance in amassing, … a great “dying worth.” He asserts, on the contrary, the
superiority of claims of human need to claims of property ownership, writing that “what
we have above what we can use, is not properly ours, tho’ we possess it.” (Campbell 234)

Ya se ha dicho en líneas anteriores que Franklin siempre orientaba su pensamiento y


voluntad a maximizar el bien de la mayoría, pero hay acierto en las palabras de Campbell sobre
el individualismo imperante en Poor Richard’s Almanack, quizá el libro que más impacto
editorial de Franklin—del que vendió en su momento más de un cuarto de millón de copias según
se apunta en Weinberger (1). Si una obra de semejante difusión tiene un poso de individualismo
y materialismo tan obvio, no es de extrañar que tales cualidades le sean atribuidas al pensamiento
del autor y gozasen de tanta aceptación. Esto también puede ser debido a que a su maremágnum
filosófico de libertad conservadora Franklin fue añadiendo una creciente y fervorosa defensa de
los valores ingleses—y subsecuentemente estadounidenses—de (algunos) derechos y libertades
individuales. Tardaría muchos años en abordar la gran cuestión de la esclavitud, al menos en
términos humanos y morales. Según recoge Isaacson, en 1770 publicó anónimamente
“Conversation on Slavery”, en el cual un ciudadano norteamericano era acusado por uno inglés
de hipocresía respecto a la trata de esclavos:

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The American participant tries to defend himself against charges of hypocrisy. Only “one
family in a hundred” in America has slaves, and of those, “many treat their slaves with
great humanity.” He also argued that the condition of the “working poor” in England
“seems something a little like slavery”. At one point, the speaker’s argument even lapses
into racism: “Perhaps you imagine the Negroes to be a mild tempered, tractable kind of
people. Some of them are indeed so. But the majority are of a plotting disposition, dark,
sullen, malicious, revengeful and cruel in the highest degree.” (Isaacson 268)

En su desesperado deseo de vender una imagen idealizada de América, Franklin incurrió


en uno de los peores argumentos jamás escritos para defender el indefendible sistema esclavista.
Además, en Isaacson también se señala que incluso los hechos son incorrectos: la proporción de
tenencia de esclavos en América no era “one family in a hundred”, sino más bien una de cada
nueve: 47.664 familias de un total 410.636 tenían esclavos en 1790 (Isaacson 269). Además de
sus argumentos, los hechos tampoco hablaban bien de la postura de Franklin, ya que su familia
estaba entre aquellas que tenían esclavos. Afortunadamente, su postura y su visión del aberrante
sistema esclavista también evolucionaron satisfactoriamente en los veinte años que le restaban
por vivir en aquel momento.

A medida que transcurrían los años la salud de Franklin se iba deteriorando. Ya en la firma
de la Constitución de los Estados Unidos en 1787 se vio a un anciano deteriorado y frágil, y esta
fue una de sus últimas apariciones públicas de mencionable notoriedad. Además de un problema
de gota que llevaba años acompañándole debido a su sobrepeso, Franklin también sufría
problemas pulmonares, concretamente una pleuritis derivada de una neumonía complicada.
Lamentablemente esta condición no le proporcionaría una muerte plácida: “for ten days he was
confined to bed with a heavy cough and labored breathing” (Isaacson 469). Sólo durante un breve
período en aquellos tormentosos diez días tuvo ocasión de levantarse de la cama, hecho que los
presentes interpretaron como signo de mejora, de que a Franklin aún le quedaban algunos años
de vida por delante: “‘I hope not’, he calmly replied”. “He asked that his bed be made up so that
he could ‘die in a decent manner’” (Isaacson 469). Entonces un absceso de sus maltrechos
pulmones se abrió, impidiéndole prácticamente la respiración. Finalmente, a las once de la noche
del 17 de abril de 1790, Benjamin Franklin murió a los ochentaicuatro años de edad. Su funeral
congregó a más asistentes que ningún otro acontecimiento anterior en la historia de Filadelfia.

Benjamin Franklin dejó tras de sí un legado científico, político y filosófico difícilmente


cuantificable. En lo concerniente a este capítulo, a este trabajo, aún cabe formular una última
pregunta, la gran pregunta en realidad: ¿fue Benjamin Franklin un verdadero Self-Made Man? La
respuesta es sí. No lo fue en el sentido más comúnmente aceptado, en el lugar común del “from
rags to riches” porque, como se ha demostrado, ese “empezar desde cero” en Franklin no era tal

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cero en realidad. Pero desde muy joven Franklin no quiso conformarse con la vida que ya tenía
asegurada como hijo de un empresario textil, sino que decidió adentrarse en las tierras salvajes de
la ciencia, la invención, la política. Abjuró del rol y las formas de gentleman, era más conocido
por los suyos como “Ben” que como “Mr. Franklin” y personificó a la clase media norteamericana
en el amanecer de la nación de tal modo que ni siquiera esperaba que su hijo William ascendiese
de ella:

Benjamin Franklin, planning for his son William at sixteen, envisaged for him a way of life
rooted not in those topmost colonial strata to which Franklin had access but in the middle
ranks from which he had come. “I don’t want him to be what is commonly called a
gentleman,” Franklin wrote a friend. “I want to put him to some business by which he may,
with care and industry, get a temperate and reasonable living” (Hofstadter, America at 1750
139)

Para Franklin la clase media equivalía a la virtud que se le atribuye al término medio, es decir,
gente que se gana la vida de manera generalmente honrada, con lo suficiente para vivir mejor que
muchos pero aún con un sentido de la humildad que les aleja de creerse superiores a sus vecinos.
Esa era su visión, al menos. Es notorio, sin embargo, que no esperaba la vida de un Self-Made
Man para su hijo, al menos a priori. A pesar del ya mencionado individualismo de su obra, el
autor consideraba el bien de la mayoría un objetivo importante en grado sumo. El motor que
impulsaba sus investigaciones, inventos, la mayoría de sus escritos, era el de mejorar la vida de
la comunidad, con mayor o menor acierto. Sin embargo, ese incesante apremio a sus lectores
sobre amasar fortuna y su predilección por la iniciativa individual abrieron la puerta a una manera
de interpretar su pensamiento que, por desgracia, ha sido la que ha perdurado a través de los
siglos, en detrimento del sentimiento de pertenencia a una comunidad y de buscar el beneficio y
la felicidad de ésta, en detrimento de la colaboración y la solidaridad. Con esta selección
interesada del pensamiento de Franklin, habrá no pocos ejemplos de hombres, a lo largo de la
historia de los Estados Unidos, que no tendrán reparo en arrogarse el hábito del Self-Made Man,
ejemplos que en algunos casos serán opinables, en otros más que dudosos, y en ocasiones hasta
verdaderos Self-Made Man silenciados por las circunstancias en las que tuvieron que vivir.

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3. Frederick Douglass, humano hecho a sí mismo: La reivindicación
de la humanidad frente al discurso frankliniano

Una parte importante de la historia de los Estados Unidos bien podría abordarse a través
de las guerras y del grado de implicación del país en las mismas. Cierto es que cualquier análisis
basado únicamente en conflictos armados sería superficial y sesgado, de modo que se impone la
conveniencia de ir paso a paso, de avanzar desde lo general hasta lo específico o en el sentido
opuesto, desde lo específico hasta lo general. La historia temprana de los Estados Unidos se vio
marcada por varias conflagraciones10, dos de ellas especialmente notorias: la Guerra de la
Independencia, en la que se luchó contra un adversario externo; y la Guerra de Secesión, en la
que el país se dividió para luchar contra sí mismo. Sobre todas las cuestiones subyacentes al
segundo conflicto, ya sean sociales, económicas, territoriales o políticas, una palabra clave
destaca sobre cualquier otra: “esclavitud”, una de las causas—una entre muchas—de aquella
guerra que dividiría a la nación estadounidense durante mucho más tiempo del que duró la
contienda. La esclavitud como sistema de producción llevaba siendo parte connatural a la
economía de los Estados Unidos desde su misma fundación como país, de modo que su abolición
no iba a ser fácil ni pacífica. Muchas grandes riquezas se basaban en el esclavismo o dependían
de él a distintos niveles.

Muchas personas nacían, vivían y morían en plantaciones, a merced de quienes


empuñaban el látigo. Un número inabarcable de historias empezaban en el trabajo esclavo, en la
humanidad negada, en la vida como medio de producción. Muchas eran las personas que
intentaban romper sus cadenas en rebeliones o en fugas, y muchas hallaban la muerte en el intento.
Pero también había quien lo lograba, quien se sacudía el yugo que le era impuesto al nacer y
lograba empezar de nuevo en libertad. Empezar de nuevo, romper con ese estatus de posesión que
se le daba al esclavo y construir una identidad, una nueva condición, esta vez una de ser humano.
Muchas historias de Self-Made Men empezaron con una huida de la esclavitud, y esta es la historia
de uno de ellos: Frederick Douglass.

Frederick Douglass, nacido en esclavitud en 1818, pasó a la historia como orador, escritor
y abolicionista. Su infancia y parte de su juventud transcurrieron en ese estado de humanidad
enajenada que sufría el pueblo afroamericano en la época. Su existencia no valía más que el
beneficio que sus dueños pudieran sacar de su trabajo. Sin ese trabajo, él no valía nada. Tomó la

10
Desde la Guerra de la Independencia (1775–1783) hasta la Guerra de Secesión (1861–1865) tuvieron
lugar numerosos conflictos armados con distintos grados de implicación de los Estados Unidos, como las
Guerras Seminolas (1816–1858), la Guerra Estados Unidos-México (1846–1848), o las diversas guerras
contra los nativos americanos, por ejemplo la Guerra Chickamunga contra los Cherokee (1776–1795), las
Guerras Apache (1851–1900), la Guerra Cayuse (1847–1855), las Guerras Navajo (1858–1866) y un largo
etcétera.

- 77 -
determinación de arriesgar su integridad física, su vida, y empezar desde cero: de hacerse a sí
mismo. Su historia, representativa de muchas otras, merece por lo tanto ser analizada en detalle,
recorriendo ese camino de ida y vuelta que discurre desde lo político hasta lo personal. Se tomarán
en consideración las diversas circunstancias históricas que rodearon a la figura de Douglass, ese
tiempo y ese país que permitían la esclavitud, ya fuera por omisión o por comisión.

El apoyo del gobierno de los Estados Unidos a la esclavitud, ya fuera directo o indirecto,
estaba sustentado en una practicidad y un rendimiento económico abrumadores. En 1790 se
producían en el sur alrededor de mil toneladas de algodón; para 1860, se producían más de un
millón de toneladas. En este mismo período, la población de esclavos creció de alrededor de
medio millón a más de tres millones según el censo de 1860 (Zinn, 171). Un sistema que, no
obstante, se veía acosado por constantes rebeliones y conspiraciones cuyo número crecía en
directa proporcionalidad al número de aquellos que se veían sometidos a la vida en esclavitud. En
consecuencia, se desarrollaron una serie de controles y “cortafuegos” en los estados sureños que
serían respaldados por leyes, tribunales, fuerzas armadas y, en última instancia, por los prejuicios
raciales tan profundamente arraigados en los dirigentes ya no de los estados del sur, sino en los
dirigentes de la misma nación norteamericana11.

Acabar con semejante sistema requeriría bien una rebelión a gran escala entre la población
esclava o bien un conflicto armado, también a gran escala, entre esclavistas y abolicionistas. El
problema de una rebelión es la volatilidad de su naturaleza: se corría el riesgo de que escapase
rápidamente a todo control y no se detuviese tras acabar con el sistema esclavista, sino que
siguiese adelante, boicoteando el sistema de enriquecimiento capitalista más eficiente que el
mundo había conocido hasta la fecha. En el caso de una guerra, las consecuencias de ésta podían
ser, en efecto, más dañinas para la población civil; pero las partes beligerantes que dictasen los
términos del conflicto también tendrían la capacidad de controlar sus límites. De este modo, fue
Abraham Lincoln quien “liberó” a los esclavos en 1865, y no John Brown.

En 1859, John Brown fue ahorcado, con el visto bueno del Gobierno Federal, por
conspirar para desencadenar actos violentos de bajo impacto en reivindicación de aquello que
Lincoln consiguió tras cuatro años de “actos violentos” (Guerra de Secesión) de más alto impacto:
acabar con la esclavitud. Con la abolición de la esclavitud por mandato del Gobierno Federal y
no mediante una revuelta popular o una revolución, los límites de la emancipación de la población
afroamericana podían ser controlados por los propios artífices de la supuesta liberación. De este

11
El Acta de Esclavos Fugitivos (Fugitive Slave Act), como se verá en las sucesivas páginas, había sido
aprobada nueve años antes, bajo el mandato del presidente Millard Fillmore (en el cargo desde 1850 hasta
1853). Su sucesor, Franklin Pierce (1853–1857), no sólo mantuvo esta ley en vigor, sino que consideraba
el abolicionismo como una amenaza a la unidad de la nación. James Buchanan, presidente en el cargo el
año de la ejecución de John Brown, era considerado por sus contemporáneos un hombre del norte con
mentalidad sureña.

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modo, una liberación que venga dada desde las altas esferas gubernamentales va a llegar tan lejos
como los intereses de los grupos y clases dominantes le permitan llegar. Por tanto, cuando el
conflicto armado llegó a su fin y comenzó esa Reconstrucción supuestamente basada en la
reciente abolición de la esclavitud, no fue una reconstrucción radical y profunda desde un punto
de vista político y económico—ni qué decir tiene que desde un punto de vista social tampoco;
sino una reconstrucción segura, quizá la mejor que se pudieron permitir dadas las circunstancias.
Pero también fue una reconstrucción económicamente provechosa.

El sistema de plantaciones se basaba fundamentalmente en el cultivo de tabaco y arroz en


Virginia, Carolina del Norte, Carolina del Sur y Kentucky, y más tarde se expandiría a Alabama,
Georgia, Misisipi, etc. en forma de plantaciones para el cultivo de algodón. La extensión del
método de producción aumentó por ende la demanda de más mano de obra esclava. No obstante,
en 1807 ya se había promulgado An Act to prohibit the importation of slaves into any port or
place within the jurisdiction of the United States, from and after the first day of January, in the
year of our Lord, One Thousand Eight Hundred and Eight: aprobada el 2 de marzo de 1807, esta
ley propuesta por Thomas Jefferson prohibía la importación de esclavos tras su entrada en vigor
el 1 de enero de 1808. La idea era que cortando el suministro de esclavos el sistema esclavista
acabase colapsando por sí solo. Sin embargo, la ley jamás llegó a ser ejecutada de un modo
tangible, ni siquiera en el periodo inmediatamente posterior a su entrada en vigor. John Hope
Franklin da cuenta del fenómeno en From Slavery to Freedom (1947): “The long, unprotected
coast, the certain markets, and the prospects of huge profits were too much for the American
merchants and they yielded to the temptation” (J. H. Franklin 120). Según estimaciones, más de
250.000 esclavos fueron introducidos en el país ilegalmente desde la prohibición en 1808 hasta
el comienzo de la Guerra Civil en 1861, momento en el que la población negra de Estados Unidos
ascendía a más de cuatro millones de personas (Genovese 5).

¿Cómo describir la esclavitud en territorio norteamericano? Quizá la manera más fiable


de aproximarse a la idea pase por conocer los testimonios de aquellos que la sufrieron, como John
Little o Frederick Douglass. Algunas suposiciones populares llegaron considerar la esclavitud una
especie de transición necesaria hacia la civilización por parte del esclavo. Se puede encontrar una
muy buena explicación de esta idea en Roll, Jordan, Roll (1976) de Eugene Genovese, donde se
desarrolla la idea de las relaciones de paternalismo dueño-esclavo (interpretadas de modos
radicalmente distintos por cada uno de los extremos en dicha relación). Este vínculo daba cuenta
de una contradicción elemental: por un lado, el esclavo era tratado como una cosa; por el otro, esa
insistencia en las obligaciones mutuas del dueño para con los esclavos y de éstos para con el
dueño—deberes, responsabilidades, protección, etcétera—reconocía de manera implícita cierto
grado de humanidad en el esclavo (Genovese 5). De este modo, algunos economistas intentaban
“evaluar” el sistema esclavista en función del dinero gastado por el dueño en alimentación y

- 79 -
cuidado médico de la mano de obra. Pero es muy dudoso que tales números y estadísticas puedan
describir qué significaba para un ser humano vivir y morir en condiciones de esclavitud; que casi
ningún aspecto de su existencia no fuera enajenado para servir a los intereses de su dueño. John
Little, antiguo esclavo, escribió:

They say slaves are happy, because they laugh and are merry. I myself or four others,
have received two hundred lashes in the day, and had our feet in fetters; yet, at night, we
would sing and dance, and make others laugh at the rattling of our chains. Happy men we
must have been! We did it to keep down trouble, and to keep our hearts from being
completely broken: that is true as gospel! (Drew 210)

¿Pueden las estadísticas dar debida cuenta de lo que significaba para una familia que un
negrero, por beneficio económico o por pura y simple arbitrariedad, vendiese a un marido, a una
esposa, a un hijo, a una madre? Time on the Cross: The Economics of American Negro Slavery,
vol. 1 (1974), un libro de habitual referencia en lo relativo a la economía de la esclavitud escrito
por Robert W. Fogel y Stanley L. Engerman, habla de la plantación Barrow en Luisiana, que tenía
en su haber alrededor de 200 esclavos. En la mayoría de las plantaciones se llevaban registros
sobre cualquier dato que pudiera resultar relevante, incluidos castigos físicos u otros tipos de
medidas disciplinarias. En la plantación citada se llevaba un recuento de los castigos
administrados en forma de latigazos a lo largo de un año. Los resultados en términos relativos
arrojan promedios leves—sólo en apariencia: cada esclavo recibía latigazos una media de 0,7
veces al año (Gutman 31). Visto así puede parecer que la frecuencia no era tan alta, ya que siendo
un número inferior a uno se puede extraer la conclusión de que había esclavos que no eran
azotados en todo el año. Considerando el mismo dato desde otro ángulo se puede deducir también
que más de la mitad de los esclavos eran azotados, y que cada pocos días alguno era sometido a
castigo. Tampoco hay que olvidar, además, que los recién nacidos no eran azotados, obviamente,
lo que ayudaba a “suavizar” las cifras; por no hablar de aquellos castigos que no quedaban
registrados, que podrían considerarse extraoficiales y que sucederían con una frecuencia
desconocida. Barrow no era, al parecer, un dueño de plantación especialmente cruel. Según sus
datos biográficos, incluso gastaba dinero en vestimentas, concedía celebraciones de días festivos
e incluso llegó a construir un salón de baile para sus esclavos (Zinn 173). No obstante también
construyó una cárcel, y estaba “constantemente diseñando castigos ingeniosos, ya que cayó en la
cuenta de que la incertidumbre era una poderosa herramienta para mantener a sus esclavos bien a
raya” (Gutman 33).

Los latigazos o los castigos físicos, sea cual fuere su naturaleza, eran disciplinas laborales
y en teoría servían para mantener sumisa a la mano de obra. Sin embargo, Herbert G. Gutman
(Slavery and the Numbers Game) encuentra, tras analizar las estadísticas, que “over all, four in

- 80 -
five cotton pickers engaged in one or more disorderly acts in 1840–1841. … As a group, a slightly
higher percentage of women than men committed seven or more disorderly acts” (Gutman 28).
Eso sin contar, naturalmente, aquellas y aquellos que se vieron involucrados en conatos de
rebelión y/o que llevaron a cabo acciones no detectadas o indetectables12. De este modo, Gutman
argumenta la crítica a la tesis que sostienen Fogel y Engerman en Time on the Cross de que, al
combinar la disciplina física con el incentivo, los esclavos de la plantación Barrow—por ejemplo,
pero no únicamente—se convertían en “devoted, hard-working, responsable slaves who identified
their fortunes with the fortunes of their masters” (Gutman 40): la propia condición de esclavitud
era per se lo bastante ofensiva desde un punto de vista moral y humano como para contentarse
con pequeños incentivos que intentasen equilibrar la imposición de severos castigos físicos y las
lamentables condiciones habitacionales en que tenían que sobrevivir.

Según E. D. Genovese, las revueltas de esclavos en EE. UU. no eran tan frecuentes ni a
tan gran escala como aquellas en las islas del Caribe o Sudamérica. Probablemente la revuelta
más multitudinaria de esclavos en EE. UU. tuviese lugar en Luisiana en 1811, en una plantación
cerca de Nueva Orleans. Poco se sabe de ella, sin embargo, aunque ostente la privilegiada posición
de ser una de las más grandes de la historia del país norteamericano. Entre 300 y 500 esclavos
armados con machetes, hachas y palos (pero pocas armas de fuego) llegaron a marchar sobre
Nueva Orleans. Y es este hecho precisamente el que le otorga el mencionado privilegio a la
rebelión: organizar y llevar a cabo semejante ofensiva con tan escaso armamento y contra todo
un sistema socioeconómico requería no poco valor. Aquellos implicados eran conscientes de que
la revuelta reclamaría su vida, y aun así siguieron adelante. Según Genovese, los esclavos
liberados normalmente daban apoyo al régimen esclavista y ayudaban a sofocar las revueltas, en
parte por agradecimiento y en parte por cierto sentimiento de superioridad derivado de su estatus
de hombres libres; pero se sabe que al menos uno de los líderes rebeldes era Charles Delondes,
nativo de Saint-Domingue (Haití) y esclavo liberado. Los rebeldes se organizaron razonablemente
bien, dividiéndose en compañías comandadas por oficiales, pero rápidamente sucumbieron a las
milicias bien provistas de armamento de Luisiana y a las tropas regulares a las órdenes de Wade
Hampton. Sesentaiséis esclavos fueron apresados y posteriormente ejecutados, y dieciséis más
murieron en los enfrentamientos (Genovese 592).

Tres revueltas más durante el siglo XIX, dos de ellas frustradas, recibieron la notoriedad
que aquella de 1811 no recibió a pesar de su alcance. Quizá esto se deba a que Luisiana acababa
de anexionarse a EE. UU. (la firma del tratado fue en abril de 1803), y lo que allí pasaba todavía
se percibía por la opinión pública como una especie de incidente propio de una región salvaje y

12
Considérense acciones no detectadas, por ejemplo, actos de sabotaje sin autoría conocida; e indetectables
aquellas acciones de incitación a la rebelión. Sin un rastro documental o sin delación por parte de sujetos
implicados, la autoría intelectual y/o la incitación son casi imposibles de demostrar.

- 81 -
fronteriza en la periferia de la nación estadounidense. Las otras revueltas, que ocurrieron en las
más antiguas y estables regiones esclavistas de los EE. UU. tuvieron un mayor impacto en el
imaginario de todo el sur. En Southampton, Virginia, Nat Turner sólo consiguió reclutar a unos
setenta hombres, pero adquirió fama gracias a un número sin precedentes de bajas de blancos a
manos de esclavos rebeldes. Supuestamente inspirado por visiones religiosas, Turner y sus aliados
marcharon de plantación en plantación creciendo en número; pero acabarían siendo capturados al
quedarse sin munición. Turner y diecinueve de sus cómplices fueron colgados.

Ya que las anteriores conspiraciones y revueltas habían fracasado en sus intentos de hacer
correr la sangre de esclavistas blancos, el éxito de Turner destacó sobre todos los demás intentos.
Otro conato de revuelta a tener en consideración fue aquél encabezado por Denmark Vesey en
1822. Vesey era un esclavo que compró su libertad tras trabajar como marinero (Genovese 593).
Su plan era quemar Charleston (Carolina del Sur), que entonces era la sexta ciudad más grande
de los EE. UU., e iniciar una revuelta masiva de esclavos en la zona. Según algunos testimonios
había miles de esclavos implicados a distintos niveles13. Habían fabricado unas 250 puntas de
lanza, bayonetas y unos 300 cuchillos según recuentos. Pero el plan fue frustrado, y 35 de los
implicados fueron capturados y colgados, Vesey incluido. Los registros del juicio fueron
destruidos por temor a la posibilidad de que sirvieran de inspiración para posibles revueltas
futuras (Zinn 174).

¿Podría decirse que estas rebeliones hicieron retroceder la causa abolicionista? Una
posible respuesta vino de la mano de James Hammond, rico esclavista y notable rostro de la
política de Carolina del Sur:

But if your course was wholly different—if you distilled nectar from your lips and
discoursed the sweetest music, could you reasonably indulge the hope of accomplishing
your object by such means? Nay, supposing that we were all convinced, and thought of
Slavery precisely as you do, at what era of “moral suasion” do you imagine you could
prevail on us to give up a thousand million of dollars in the value of our slaves, and
thousand millions of dollars more in the depreciation of our lands, in consequence of the
want of laborers to cultivate them? (Aptheker 33)

Como puede deducirse de la cita anterior, las rebeliones de esclavos, tanto exitosas como
abortadas, eran poco más que una excusa frente a una razón subyacente e inapelable: la economía.
Pero la razón económica no es un argumento novedoso: podría decirse que desde el feudalismo,
pasando por la abolición del trabajo infantil, la creación de sindicatos, la jornada de ocho horas y
un largo etcétera, cualquier intento de progreso en materia laboral siempre ha contado con la

13
En el libro American Negro Slave Revolts (1936) Herbert Aptheker estudia de manera más amplia la
cuestión de las rebeliones de esclavos.

- 82 -
misma oposición: el hacer las cosas de un modo distinto supondría el colapso económico. A pesar
de ello, los terratenientes esclavistas no hicieron oídos sordos a las rebeliones de esclavos, por
muy infrecuentes que éstas puedan considerarse: en muchos casos, estas insurrecciones se
interpretaron como el preludio de algo a mayor escala. En algunos Estados, como Virginia, se
prepararon concienzudamente para esta posibilidad. Henry Tragle, en The Southampton Slave
Revolt of 1831 (1973), relata:

In 1831, Virginia was an armed and garrisoned state (…). With a total population of
1,211,405, the state of Virginia was able to field a militia force of 101,488 men, including
cavalry, artillery, grenadiers and light infantry! It is true that this was a “paper army” in
some ways, in that the country regiments were not fully armed and equipped, but it is still
an astonishing commentary on the state of the public mind at the time. During a period,
when neither the state nor the nation faced any sort of exterior threat, we find that Virginia
felt the need to maintain a security force of roughly 10 percent of the total number of its
inhabitants: black and white, male and female, slave and free!

De este modo, la situación de las rebeliones de esclavos cae en una especie de


razonamiento circular: las rebeliones empezaron a decrecer en número por la certeza del fracaso
ante una fuerza militar y paramilitar pensada para que las rebeliones fracasasen y acabasen
decreciendo en número. Por otro lado, las rebeliones, aunque escasas, no dejaron de ser una
preocupación constante entre los propietarios de esclavos.

En su amplio estudio del sistema esclavista, Genovese toma constancia de una especie de
situación contradictoria en la que la “acomodación y resistencia a la esclavitud” (Genovese 597)
coexistían en un mismo plano temporal. La resistencia suponía acciones de bajo impacto como
robo de la propiedad, sabotaje o lentitud deliberada en el desarrollo de la labor; y otras acciones
más directas como matar a dueños o capataces o huidas. En la “acomodación” también se percibía
de manera generalizada un marcado espíritu crítico o acciones subversivas más encubiertas que
en la resistencia. La mayor parte de la resistencia, según Genovese, carecía de una insurrección
organizada, pero gozaba de una gran significancia tanto entre esclavos como entre esclavistas:
entre los esclavos, la insurrección siempre estaba presente en forma de esperanza o en forma de
meta, era una idea que bien podía servir de amuleto; entre los dueños de las plantaciones, la
insurrección siempre estaba presente como amenaza, como una contingencia para la que habría
que estar preparado convenientemente. En un contexto así, huir era una iniciativa mucho más
realista que la insurrección armada. Durante la década de 1850 escapaban al norte, Canadá o
México unos mil esclavos al año. Miles escapaban por cortos periodos de tiempo, y todo esto pese
a los horrores a los que se enfrentaban en la huida. Los perros usados para rastrear fugitivos

- 83 -
“mordían, rajaban, mutilaban, y, si no eran detenidos a tiempo, mataban a su presa”, asegura
Genovese14.

Harriet Tubman, nacida en esclavitud bajo el nombre de Araminta Ross, se abrió camino
hacia la libertad por su propio pie, cuando no tenía más que quince años, convirtiéndose en la más
célebre conductora del Underground Railroad. Llevó a cabo diecinueve peligrosos viajes de ida
y vuelta, a menudo disfrazada, escoltando a cientos de esclavos hasta la libertad. Siempre portaba
un revolver, y prometía a sus fugitivos la libertad o la muerte, justo lo que esperaba para ella
misma:

“For,” said she, “I had reasoned dis out in my mind; there was one of two things I had a
right to, liberty, or death; if I could not have one, I would have de oder; for no man should
take me alive; I should fight for my liberty as long as my strength lasted, and when de
time came for me to go, de Lord would let dem take me” (Bradford 29)

En la mayoría de los casos, los esclavos que decidiesen rebelarse o emprender la peligrosa
huida al norte no contaban con más apoyo que el de sus semejantes, y a veces ni siquiera eso. No
obstante, hay constancia de ciertas ocasiones en las que blancos pobres colaboraban con esclavos
en sus actos de desobediencia. Dichas ocasiones no eran ni remotamente frecuentes, pero sí
ocurrían lo bastante a menudo como para que surgiese la necesidad de enfrentar a los esclavos
con ese sector social de población blanca y económicamente desfavorecida. Siguiendo con
Genovese:

The slaveholders had other worries. Many suspected that non-slaveholders would
encourage slave disobedience and even rebellion, not so much out of sympathy for the
blacks as out of hatred for the rich planters and resentment of their own poverty. White
men sometimes were linked to slave insurrectionary plots, and each such incident
rekindled fears. (Genovese 23)

Pese a que, como se ha apuntado antes, estas alianzas entre blancos pobres y esclavos
rebeldes ocurrían con una frecuencia anecdótica, era necesario tomar medidas para atajarlas. Por
un lado, se consideraba que aquellos blancos de clases bajas que se aliasen con negros eran de
naturaleza “degradada”, lo que justificaba las duras medidas policiales contra dichos blancos y
además evitaba ahondar en la reflexión sobre si podía llegar a existir camaradería entre blancos y
negros. Por otro lado, esta necesidad de controlar a los esclavos y a la vez de evitar que se aliasen
con los blancos llevó a un “ingenioso” recurso: contratar a blancos pobres para ser capataces de

14
“The dogs more than the men struck terror into the slaves. They bit, tore, mutilated and if not pulled off
in time, killed their prey” (Genovese 651).

- 84 -
plantación, convirtiéndose así en personajes infames y odiados para los esclavos, y no en aliados
potenciales15.

La religión también jugó su papel como herramienta de control de masas. Un libro


consultado habitualmente por muchos dueños de plantación era el Cotton Plantation Record and
Account Book, escrito alrededor de 1848 por Thomas Affleck. Era una suerte de manual de
administración para una plantación, con sugerencias de contabilidad y métodos de registro. Al
final del volumen se encuentra un ensayo del autor, “The Duties of an Overseer”, con las
siguientes observaciones:

You will find that an hour devoted every Sabbath morning to their moral and religious
instruction, would prove a great aid to you bringing about a better state of things amongst
the negroes. It has been thoroughly tried, and with the most satisfactory results, in many
parts of the south. As a mere matter of interest, it has proved to be advisable16.

Aunque fuese una práctica recomendable, predicar la religión entre los esclavos no era
una cuestión que los dueños de la plantación pudieran tomar a la ligera. Los predicadores más
eficaces por cuestión de cercanía y calado del mensaje eran los afroamericanos, obviamente. Pero
tenían que tener cuidado con su discurso y usar un lenguaje lo bastante desafiante como para
inflamar el ánimo del rebaño, pero no tan incendiario como para llevarles a iniciar batallas que
no podían ganar, ni tan ominoso como para despertar la ira de aquellos que ostentaban el poder
(Genovese 266). El pragmatismo fue decisivo en esta cuestión: las comunidades de esclavos,
inmersas como estaban entre blancos que quizá no eran numéricamente superiores pero eran
claramente más potentes militarmente, aconsejaban jugar la baza de la paciencia, de la aceptación
de una vida que no podía ser evitada, del esfuerzo obstinado para mantener viva y sana a la
comunidad negra; una estrategia de supervivencia en la que primaba la permanencia en el mundo
sobre todas las demás cosas.

Mientras los esclavos en el sur esperaban y resistían en la medida que les fuese posible,
los hombres y mujeres liberados de la esclavitud del norte (alrededor de 200.000 en 1850) se
agitaban por la abolición de la esclavitud en todo el territorio norteamericano (Zinn 179). David
Walker, hijo de esclavo y mujer libre y nacido en 1785, mostró un odio innato al sistema
esclavista. Siendo apenas un adolescente declaró que el sur esclavista no era el lugar para él:

15
El caso de John Brown, anteriormente mencionado, da cuenta de que las alianzas entre blancos y negros
eran infrecuentes, pero no imposibles. John Brown, escrito por W.E.B. Du Bois (1909) analiza en
profundidad no sólo la vida del abolicionista, sino la idea de obreros blancos colaborando en insurrecciones
de esclavos.
16
Información obtenida en la colección electrónica de University of Texas (www.cah.utexas.edu).
Identificador NTC_0075d.

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If I remain in this bloody land, I will not live long. As true as God reigns, I will be avenged
for the sorrow which my people have suffered. This is not the place for me—no, no. I
must leave this part of the country. It will be a great trial for me to live on the same soil
where so many men are in slavery; certainly I cannot remain where I must hear their
chains continually, and where I must encounter the insults of their hypocritical enslaver.
Go, I must. (Walker 11)

Walker emprendió un viaje sólo de ida hacia el norte, hasta Boston, donde estableció su
residencia permanente. Fue allí donde aprendió a leer y escribir, y al cabo del tiempo consiguió
abrir un negocio textil en la calle Brattle. No escapó de la pobreza debido a su desmedida
hospitalidad, porque nunca tuvo problema en comprometer sus bienes o escasos ahorros si con
ello podía ayudar o contribuir de algún modo en su causa (Walker 12), pero al menos escapó de
la esclavitud y logró una vida decente basada en el trabajo. El panfleto que publicó en 1829,
“Walker’s Appeal”, ganó gran fama y reconocimiento. Tal fama no fue sólo entre abolicionistas,
sino también entre dueños de esclavos, a quienes enfureció especialmente. Georgia ofreció una
recompensa de 1.000 dólares por la cabeza de David Walker, 10.000 dólares si era entregado vivo
(Walker 12).

No ha habido, históricamente hablando, peor esclavitud que aquella que sufrieron los
negros en los Estados Unidos, ni siquiera la del pueblo de Israel en Egipto, decía Walker:

But to prove farther that the condition of the Israelites was better under the Egyptians
than ours is under the whites, I call upon the professing Christians, I call upon the
philanthropist, I call upon the very tyrant himself, to show me a page of history, either
sacred or profane, on which a verse can be found, which maintains, that the Egyptians
heaped the insupportable insult upon the children of Israel by telling them that they were
not of the human family. Can the whites deny this charge? (Walker 24)

Walker también reservaba palabras notablemente duras para aquellos afroamericanos que
fuesen partidarios de la “asimilación”, es decir, de los matrimonios con blancos o blancas: “I
would not give a pinch of snuff to be married to any white person I ever saw in all the days of my
life” (Walker 22). En un día de verano de 1830, apenas un año después de la publicación de
“Walker’s Appeal”, David Walker, de cuarentaicinco años de edad, fue hallado muerto cerca de
su tienda debido a la tuberculosis que sufría. Vivió y murió como un hombre libre, muy a pesar
de los tiempos que tuvo que presenciar.

Algunos esclavos, sin embargo, podían realizar el sueño de aquellos muchos millones que
no podían, y de los muchos miles que lo intentaban infructuosamente. Frederick Douglass, nacido
en esclavitud, enviado a Baltimore a trabajar como sirviente en una casa y más tarde a un astillero,
aprendió a leer y escribir casi de manera autodidacta; y a los veiniún años, en 1838, emprendió

- 86 -
su camino al norte, donde consiguió romper las cadenas de la condición de esclavo que le venía
impuesta de nacimiento y convertirse en uno de los hombres negros más famosos de su tiempo,
cambiando la servidumbre por el oficio de escritor, conferenciante y editor de un pequeño
periódico. En su autobiografía, Narrative of the Life of Frederick Douglass (1845), da cuenta de
los primeros recuerdos de su vida en esclavitud:

My mother and I were separated when I was but an infant—before I knew her as my
mother. It is a common custom, in the part of Maryland from which I ran away, to part
children from their mothers at a very early age. Frequently, before the child has reached
its twelfth month, its mother is taken from it, and hired out on some farm a considerable
distance off, and the child is placed under the care of an old woman, too old for field
labor. For what this separation is done, I do not know, unless it be to hinder the
development of the child’s affection towards its mother, and to blunt and destroy the
natural affection of the mother for the child. This is the inevitable result. (Douglass 16)

La suposición de Douglass sobre esta práctica sistematizada de “arrancar” a los recién


nacidos de los brazos de sus madres no es en absoluto errada. La idea era disolver todo concepto
de familia para evitar apegos innecesarios, dificultando así una confraternización excesiva entre
los esclavos. La idea, quizá, fuese que sin relaciones sociales no hay asociación; y sin asociación
no hay rebelión. Como indica Douglass, a las mujeres demasiado ancianas para labores en los
campos se les encomendaba el cuidado de aquellos que aún eran demasiado jóvenes para servir
en los cultivos. Sin embargo, en el intento de disolver la familia—al menos en el sentido
convencional del concepto—este sistema de desapego forzado entre madres e hijos acabó
cambiando la unidad familiar nuclear (padre, madre e hijos) por la familia comunal. George P.
Rawick da cuenta de este fenómeno en From Sundown to Sunup (1972): se podía observar que la
comunidad esclava empezó a funcionar acorde a una especie de sistema de parentesco
generalizado en el que todos los adultos cuidaban de todos los niños, difuminando las barreras
entre “mis hijos, de los cuales yo soy responsable” y “tus hijos, de los cuales tú eres responsable”
(Rawick 93). Esta especie de relación familiar comunal—siguiendo con Rawick—era más
funcionalmente integrativa y servía mejor para solucionar los problemas concretos de los esclavos
que el patrón de familias nucleares convencionales, compuestas de miembros altamente
individualizados. De hecho, este modelo de “familia” hizo mucho más que limitarse a evitar la
destrucción de la personalidad (desarraigo, sentimiento de no pertenencia y de abandono,
etcétera), y cubrir los huecos fruto de la separación parental forzosa: fue parte fundamental del
proceso social del cual surgen, ya a mediados del siglo XX, el black pride, la identidad negra, su
cultura y comunidad y, en última instancia, la rebelión del colectivo afroamericano en EE. UU..
Fue dentro de este sistema de “familia colectiva” en el que creció Frederick Douglass en su vida
como esclavo. Aunque nunca llegó a estar seguro de quién era su verdadero padre, todo apuntaba

- 87 -
a que era el dueño de la plantación en la que nació. Lo fuese o no, poco importaba, porque las
leyes estipulaban que cualquier hijo de madre esclava soportaría la misma vida que ésta,
independientemente de quién fuera su padre:

The whisper that my father was my master, may or may not be true; and, true or false, it
is of but little consequence to my purpose whilst the face remains, in all its glaring
odiousness, that slaveholders have ordained, and by law established, that the children of
slave women shall in all cases follow the condition of their mothers; and this is done too
obviously to administer to their own lusts, and make gratification of their wicked desires
profitable as well as pleasurable; for by this cunning arrangement, the slaveholder, in
cases not a few, sustains to his slaves the double relation of master and father. (Douglass
17)

Como apunta Douglass, aquellas mujeres que tuviesen hijos fruto de las violaciones de
los negreros no sólo les hacía ahondar en los niveles del concepto de esclavitud, además
contribuían a aumentar el capital de mano de obra del dueño que las explotaba. Por su parte,
aquellos hijos e hijas de dueños de esclavos no sólo no disfrutaban de mejores condiciones de
vida, sino que tenían aún peores expectativas que los demás esclavos: su mera existencia, apunta
Douglass, era una ofensa para la esposa del negrero, ya que le recordaban las execrables
debilidades de su marido, y jamás estarían contentas salvo cuando estos esclavos se hallaban bajo
el látigo. De este modo, se convertían no sólo en cómplices, sino en parte activa a la hora de
agravar las nefastas condiciones de la vida en esclavitud.

Huir de una plantación, emprender el camino marcado por la estrella polar y conseguir
alcanzar el norte a salvo tampoco garantizaba deshacerse de la condición de esclavo de por vida.
En 1850 se aprobó en el Congreso el Fugitive Slave Act, que supuso una importante concesión a
los estados del Sur, quizá en compensación por admitir como estados no esclavistas de la Unión
a aquellos territorios obtenidos tras la guerra México-Americana17. El acta nació para facilitar a
los dueños de esclavos “recuperar” a ex-esclavos fugados o, simplemente, atrapar a ciudadanos
de color asegurando que eran esclavos fugados18. Los ciudadanos negros del norte organizaron la
resistencia a la nueva ley, a Millard Fillmore (décimo tercer presidente de los Estados Unidos)
por ser el firmante de dicha ley y al senador Daniel Webster por apoyarla. Al año siguiente, en
1851, en Syracuse (New York), un esclavo fugado fue capturado y llevado a juicio. Una

17
La Guerra México-Americana se desarrolló entre 1846 y 1848. La firma del Tratado de Guadalupe
Hidalgo puso fin al conflicto, y supuso la anexión a los EE. UU. de los territorios—hoy estados—de Texas,
Luisiana, Oklahoma, Nuevo México, Arizona, California, Nevada, Utah y parte de los estados de Colorado
y Wyoming. Semejante cesión de territorio supuso para México una pérdida de más de la mitad de su
extensión.
18
El relato Twelve Years a Slave, de Solomon Northup (1853), ofrece otro interesante testimonio sobre la
huida de la esclavitud y sus peligros, y de cómo podía apresarse a un hombre libre bajo la suposición de
que era un esclavo fugado.

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muchedumbre irrumpió en el juzgado, redujo a los Marshals a punta de pistola y liberó al acusado
(Zinn 181). A la luz de semejantes acontecimientos, se puede afirmar que Frederick Douglass
sabía que la vergüenza de la esclavitud no pertenecía únicamente al sur, sino a toda la nación por
ser cómplice de ella. En su discurso del Día de la Independencia de 1852, Douglass proclamó:

Fellow citizens, pardon me, and allow me to ask, why am I called upon to speak here
today? What have I or those I represent to do with your national independence? Are the
great principles of political freedom and of natural justice, embodied in that Declaration
of Independence, extended to us? And am I, therefore, called upon to bring our humble
offering to the national altar, and to confess the benefits, and express devout gratitude for
the blessings resulting from your independence to us? … There is not a nation of the earth
guilty of practices more shocking and bloody than are the people of these United States
at this very hour.

Go search where you will, roam through all the monarchies and despotisms of the Old
World, travel through South America, search out every abuse and when you have found
the last, lay your facts by the side of the everyday practices of this nation, and you will
say with me that, for revolting barbarity and shameless hypocrisy, America reigns without
a rival.” (Douglass, “Independence Day Address” 4)

Este discurso fue pronunciado en 1852, casi diez años después de la publicación de
Narrative of the Life of Frederick Douglass, An American Slave. En un sentido muy general se
puede decir que el tono del discurso para el Día de la Independencia es algo más afilado que el
tono de la autobiografía, si bien es cierto que habría que evitar hacer una lectura de ambos textos
con idénticos criterios. En la autobiografía, como puede extraerse del propio título, el cometido
del texto es narrar una vida en esclavitud y la huida de esta vida, narrar los horrores del sistema
esclavista de un modo puramente descriptivo. Pero los años que transcurrieron entre su huida y
su discurso en el Día de la Independencia no sólo no trajeron mejoras cualitativas para la
población afroamericana, sino que ocurrió más bien al contrario, a tenor de la promulgación del
Fugitive Slave Act de 1850 mencionada anteriormente. Se puede entender, de este modo, la
apreciable evolución del discurso de Douglass entre 1845 y 1852, la evolución entre la voluntad
de narrar y conmover, y la voluntad de agitar e inflamar. Su autobiografía tuvo la utilidad de
enfrentar a la opinión pública con el mundo en el que vivían, con aquello que no salía de las
plantaciones, con aquello que ocurría a su alrededor y que muchos no querían creer. Frederick
Douglass no sólo se rehízo a sí mismo cuando huyó de aquella condena de vida esclava impuesta
desde su nacimiento, sino que también contribuyó a reconfigurar la percepción de una realidad
que muchos blancos preferían ignorar, como reconoce el abogado y abolicionista Wendell Phillips
en una carta dirigida al propio Douglass:

- 89 -
After all, I shall read your book with trembling for you. Some years ago, when you were
beginning to tell me your real name and birthplace, you may remember I stopped you,
and preferred to remain ignorant of all. With the exception of a vague description, so I
continued, till the other day, when you read me your memoirs. I hardly knew, at the time,
whether to thank you or not for the sight of them. … In all the broad lands which the
Constitution of the United States overshadows, there is no single spot—however narrow
or desolate—where a fugitive slave can plant himself and say, “I am safe.” The whole
armory of Northern Law has no shield for you. (Douglass 13)

La sola militancia abolicionista en el norte no servía de mucho si todo el aparataje


legislativo, judicial y ejecutivo seguía consintiendo—cuando no fomentando—el sistema
esclavista. Este detalle, en apariencia trivial, acabó llevando a conflictos tácticos en el seno del
propio movimiento abolicionista, incluso entre Frederick Douglass y William Lloyd Garrison,
periodista, amigo personal de Douglass y autor mismo del prólogo de su Narrative. La aparente
trivialidad de la cuestión reside en la obviedad de que la esclavitud no terminaría si no terminaba
la colaboración gubernamental con el sistema esclavista. Pero, mientras un sector de la militancia
abolicionista podía permitirse esperar a la llegada de reformas graduales, había otro sector de la
militancia que no tenía tanto tiempo: los esclavos fugados, aquellos que tenían a todo el
mencionado aparataje legislativo, judicial y ejecutivo en su contra. Douglass expresó las
diferencias tácticas entre abolicionistas blancos y negros en un discurso de 1857:

Let me give you a Word of the philosophy of reform. The whole history of the progress
of human liberty shows that all concessions yet made to her august claims have been born
of struggle. The conflict has been exciting, agitating, all-absorbing, and for the time being,
putting all other tumults to silence. It must do this or it does nothing. If there is no struggle
there is no progress. Those who profess to favor freedom and yet depreciate agitation, are
men who want crops without plowing out the ground, they want rain without thunder and
lightning. They want the ocean without the awful roar of its many waters.
This struggle may be a moral one, or it may be a physical one, and it may be both moral
and physical, but it must be a struggle. Power concedes nothing without demand. It never
did and it never will. (Douglass “Two Speeches” 21)

Los abolicionistas blancos se preciaban de su rectitud moral, creían en el cambio a través


de los mecanismos políticos existentes, a través del diálogo, porque sabían que la razón estaba de
su parte y se impondría tarde o temprano. Si bien es cierto que muchos abolicionistas blancos
ponían su libertad y su integridad física en juego por la causa, no es menos cierto que, a pesar de
todo, ellos no eran más que actores secundarios en el escenario de la esclavitud en los Estados
Unidos. La comunidad afroamericana, que soportaba los rigores del sistema en toda su intensidad,

- 90 -
entendía de otro modo la selección de herramientas para luchar contra el esclavismo. Tanto en el
norte como en el sur, los esclavos y esclavos liberados se mostraban más dispuestos a la acción
directa, a involucrarse en revueltas o insurrecciones armadas. No renegaban de los mecanismos
tradicionales, también abogaban por el uso de las leyes, las urnas, la Constitución… cualquier
herramienta que les granjease avances efectivos y reales era bienvenida. Los abolicionistas
blancos hicieron una labor valiente, pionera y necesaria desde púlpitos, atriles, imprentas,
editoriales y publicaciones, con su colaboración activa en el Underground Railroad19. Los
abolicionistas negros, aunque menos publicitados, eran la columna vertebral del movimiento
contra la esclavitud. Antes de que W. L. Garrison empezase a imprimir en 1831 el Liberator en
Boston, que sería la publicación de referencia del movimiento abolicionista, la primera
convención nacional de afroamericanos ya se había celebrado en Filadelfia, en septiembre del año
anterior (Ernest 59); David Walker ya había escrito su “Appeal” (1829) y otra publicación
abolicionista editada por ciudadanos afroamericanos, el Freedom’s Journal20 ya estaba en
circulación. Los abolicionistas blancos, aunque en muchos casos acabaron siendo las figuras más
visibles a ojos de la historia, no hicieron sino sumarse a un movimiento que ya estaba en marcha.

Por otro lado, y a pesar de que la aportación de los blancos al movimiento abolicionista
fue considerable e innegable, los negros se vieron obligados a librar una batalla paralela y casi
constante contra el racismo inconsciente—aunque profundamente arraigado—entre sus
compañeros de movimiento. Esta realidad tampoco pasó desapercibida para Douglass, compañero
de Garrison en su Liberator hasta que en 1847 fundó su propia publicación en Rochester, el North
Star, lo que le llevó a fuertes desavenencias con el que fuera el autor del prólogo en su Narrative.
En 1854, durante una conferencia de ciudadanos afroamericanos, Frederick Douglass declaró:

Our people must assume the rank of a first-rate power in the battle against caste and
Slavery; it is emphatically our battle; no one else can fight it for us, and with God’s help
we must fight it ourselves. Our relations to the Anti-Slavery movement must be and are
changed. Instead of depending upon it we must lead it. (Duberman 155)

A pesar de semejante toma de conciencia por parte del sector afroamericano del
movimiento abolicionista, había otro sector dentro de éste obstaculizado por triplicado: las
mujeres. Eran abolicionistas en un país esclavista, eran negras en un mundo de blancos, y eran

19
En la obra de ficción Underground Railroad de Colson Whitehead (2016) y en la biografía escrita por
Catherine Clinton Harriet Tubman: The Road to Freedom (2004) se desarrolla de manera más extensiva el
fenómeno del Underground Railroad. Es digno de mención el hecho de que Whitehead se recrea en lo
ficcional de su narración y convierte el Underground Railroad en una red de túneles subterráneos.
20
El Liberator se imprimió y distribuyó entre 1831 y 1865, y el Freedom’s Journal entre 1827 y 1829. El
primero, además de ser una publicación abolicionista, también abogaba por los derechos de la mujer. El
segundo ostenta el honor de ser la primera publicación fundada y editada por ciudadanos afroamericanos
en los Estados Unidos. Se puede encontrar más información sobre ambas publicaciones en Ripley, C. Peter:
The Black Abolitionist Papers o en Rhodes, Jane: “The Visibility of Race and Media History”.

- 91 -
mujeres en un movimiento liderado por hombres. A pesar de la notable labor de mujeres como
Harriet Tubman o Sojourner Truth, el hecho de que las mujeres afroamericanas ocupasen una
posición secundaria (en el mejor de los casos) no es difícil de creer, habida cuenta de que la
desigualdad entre géneros sigue siendo un pesado lastre aún hoy en día. Soujurner Truth fue una
abolicionista nacida en esclavitud con el nombre de Isabella Baumfree, que consiguió huir al norte
con su hija. En 1853, durante una convención por los derechos de la mujer, Truth habló ante una
muchedumbre dividida entre quienes habían asistido a prestar apoyo y quienes habían ido a
boicotearlo:

I know that it feels a kind o’ hissin’ and ticklin’ like to see a colored woman get up and
tell you about things, and Woman’s Rights. We have all been thrown down so low that
nobody thought we’d ever get up again; but we have been long enough trodden now; we
will come up again, and now I am here. … I do not want any man to be killed, but I am
sorry to see them so short-minded. But we’ll have our rights; see if we don’t; and you
can’t stop us from them; see if you can. You may hiss as much as you like, but it is comin’.
Women don’t get half as much rights as they ought to; we want more, and we will have
it. (Pullon Fitch y Mandziuk 112)

Frederick Douglass estaba presente en aquel discurso como defensor del derecho a voto
para las mujeres; también estaba W. L. Garrison. A pesar de sus diferencias de método, ambos
coincidían en que la lucha por la emancipación de los esclavos debía incluir a las mujeres. Este
hecho es destacable si se considera que en la mayoría de las historias de Self-Made Men impera
el individualismo, no es frecuente que el personaje en cuestión se concentre en nada más allá que
su propio éxito y su prosperidad.

Viendo en retrospectiva la vida de Frederick Douglass, se puede llegar fácilmente a la


conclusión de que nos encontramos ante un ejemplo de auténtico Self-Made Man. En su Narrative
of the Life of Frederick Douglass podemos aprender cómo consiguió escapar de la vida que le fue
impuesta por nacimiento, cómo se rebeló ante el determinismo de su condición, cómo se negó a
ser el hombre que el sistema económico de su época quería obligarle a ser. Y fue precisamente
ese propio sistema el que contribuyó al nacimiento de la idea de escapar de él, casi por casualidad,
al cambiar el lugar de explotación, al llevarle a la ciudad. El propio Douglass cuenta cómo fue a
parar a la casa de una mujer, Sophia Auld, que no había tratado antes con esclavos y que antes de
contraer matrimonio dependía únicamente de su oficio de tejedora para ganarse la vida, lo que sin
duda había contribuido a mantenerla lejos de los “destructivos y deshumanizantes efectos de la
esclavitud” (Douglass 38). Esta primera visión de una mujer independiente y trabajadora,
ganándose la vida tan dignamente como la época permitía, y que no se servía de mano de obra
esclava para aumentar sus ganancias, encaja bastante bien en la posterior posición de Douglass

- 92 -
respecto al sufragio femenino. Volviendo a la cuestión anterior, la llegada de Douglass a la ciudad
como catalizador de su idea de huir al norte, el autor nos cuenta que existían diferencias
sustanciales entre la vida de un esclavo de ciudad y la vida de un esclavo de plantación:

A city slave is almost a freeman, compared with a slave on the plantation. He is much
better fed and clothed, and enjoys privileges altogether unknown to the slave on the
plantation. There is a vestige of decency, a sense of shame, that does much to curb and
check those outbreaks of atrocious cruelty so commonly enacted upon the plantation. …
Every city slaveholder is anxious to have it known of him, that he feeds his slaves well;
and it is due to them to say, that most of them do give their slaves enough to eat. (Douglass
40)

Fue a través del contacto con la esclavitud que el alma bondadosa de Sophia Auld se
pervirtió, en esa ebriedad de “irresponsable poder” (Douglass 38) que supone saberse superior y
con control absoluto sobre la vida de otro ser humano, privado de su humanidad misma y
degradado a mera propiedad. No obstante, antes de ser corrompida por ese desmedido poder sobre
el otro que otorgaba el tener la propiedad de un esclavo, Sophia Auld enseñó a Douglass algunos
fundamentos de lectura. Naturalmente estas enseñanzas fueron fruto de una inusitada
convergencia de buenas intenciones en la dueña, puesto que no era frecuente ni aconsejable
enseñar a un esclavo a leer. En el momento que Thomas Auld supo que su esposa estaba
enseñando a leer a un esclavo, puso fin a tales enseñanzas. Enseñar a leer a esclavos, como apunta
Douglass, no sólo era peligroso, sino que era ilegal:

Mr. Auld found out what was going on, and at once forbade Mrs. Auld to instruct me
further, telling her, among other things that it was unlawful, as well as unsafe, to teach a
slave to read. To use his own words, further, he said, “If you give a nigger an inch, he
will take an ell. A nigger should know nothing but to obey his master—to do as he is told
to do. Learning would spoil the best nigger in the world. Now,” said he, “if you teach a
nigger (speaking of myself) how to read, there would be no keeping him. It would at once
become unmanageable, and of no value to his master. As to himself, it could do him no
good, but a great deal of harm. It would make him discontented and unhappy”. (Douglass
39)

En ese momento, Douglass estaba en la ciudad de Baltimore, Maryland. No hay


constancia de que el estado de Maryland en concreto prohibiese expresamente enseñar a leer a los
esclavos, aunque sí es cierto que tras la rebelión de Nat Turner en 1831 muchos estados perseguían
oficial u oficiosamente instruir a los esclavos en las letras. Eugene Genovese señala que el pánico
post-insurreccional influyó directamente en la legislación de estados del sur como Alabama, pero
que tuvo reflejos constatables hasta en estados más septentrionales. En Arkansas, Tennessee o

- 93 -
incluso Maryland los códigos penales se resistieron a reprimir explícitamente la enseñanza a
esclavos, pero la opinión pública estaba muy lejos de apoyar tal actividad (Genovese 562). No
obstante, aquellos esclavos, pocos, que aprendían a leer solían difundir sus conocimientos entre
los demás esclavos. Y las ciudades solían ser entornos especialmente propicios para este efecto:

The estimate by W.E.B. Du Bois that, despite prohibitions and negative public opinion,
about 5 percent of the slaves had learned to read by 1860 is entirely plausible and may
even be too low. Undoubtedly, most of the literate slaves lived in the towns and cities or
had worked in them for some time. Towns and cities provided a friendlier climate, not so
much because of a more liberal white public opinion as because of the favorable
opportunities that local conditions opened up to black initiatives. Free Negroes and
literate slaves had some space to teach others, even at the risk of punishment. Black efforts
appear to have been more important than white in this respect, although some whites
either out of a sense of duty or for pecuniary gain, conducted illegal schools. (Genovese
563)

En este fragmento se puede ver el fundamento general de la negación rotunda de Thomas


Auld a que su esposa Sophia enseñase a leer a Douglass: semejante conocimiento en poder de un
esclavo le sitúa en un lugar de cierta igualdad intelectual ante su dueño. Esa “igualdad”, esa
constatación de que la lectura no es un arte inalcanzable para el esclavo, invita al desafío. El
desafío, de no ser atajado a tiempo, invita a la insurrección: primero, una insurrección de bajo
impacto como es enseñar a otros esclavos a leer, saltándose la ley o el contrato social (hubiese o
no leyes que lo prohibiesen, enseñar a leer a los esclavos no estaba bien visto en ningún caso);
después, insurrecciones de más recorrido, como la de Nat Turner o similares. Además, la lectura
en un esclavo ponía en peligro las relaciones de poder no sólo por esa sensación de igualdad
anteriormente mencionada, sino también porque la habilidad para leer le abría la puerta al
contenido de toda la propaganda abolicionista que había en circulación. Definitivamente, no era
seguro enseñar a un esclavo a leer. El otro motivo por el que Thomas Auld no quería que Douglass
aprendiera a leer porque eso le volvería un infeliz tampoco es tan descabellado como pueda
parecer en un principio. Josiah Henson, esclavo fugado a Canadá desde Maryland, reflexionó
sobre lo que supuso para él aprender a leer:

It was, and has been ever since, a great comfort to me to have made this acquisition;
though it has made me comprehend better the terrible abyss of ignorance in which I had
been plunged all my previous life. It made me also feel more deeply and bitterly the
oppression under which I had toiled and groaned. (Genovese 562)

El autoritarismo de Thomas Auld al no permitir que Douglass fuera instruido en la lectura


no era desacertado desde el punto de vista de la perpetuación del esclavismo. Tales medidas no

- 94 -
eran veleidosas y ocultaban el miedo a una amenaza real al statu quo del dueño respecto al del
esclavo. Sin embargo, la prohibición que Auld pronunció delante de Douglass, como cabe
suponer, no hizo sino suscitar más su interés: lo único que consiguió fue despertar en el esclavo
el irrefrenable deseo de seguir aprendiendo a leer, fuera cual fuere el coste. Más aún, entendió
que el hecho de ostentar esa habilidad era una parte fundamental en el camino hacia la libertad:

I now understood what had been to me a most perplexing difficulty—to wit, the white
man’s power to enslave the black man. It was a grand achievement, and I prized it highly.
From that moment, I understood the pathway from slavery to freedom. … Though
conscious of the difficulty of learning without a teacher, I set out with high hope, and a
fixed purpose, at whatever cost of trouble, to learn how to read. (Douglass 39)

Aquí radica uno de los motivos por los que se puede considerar a Douglass uno de los
pocos Self-Made Men originales. El concepto de Self-Made Man, como se pretende demostrar en
esta investigación, está rodeado de no poco ornamento y teatralidad. Muchos de aquellos que se
arrogan esta especie de título lo hacen olvidando privilegios o ayudas con las que contaban ya en
el punto de partida. Frederick Douglass, en cambio, no sólo no ostentaba privilegio alguno, sino
que tenía en su contra todo un aparataje económico y social dispuesto para que él mismo, todos
aquellos que le precedieron en similares circunstancias y todos aquellos que le imitarían no
lograsen alcanzar sus metas. Se tiene en muy alta estima la máxima de “empezar desde cero”, y
no sin razón; muchos lo han hecho, pero no tantos han llegado verdaderamente lejos. La vida de
Douglass no ha de considerarse un comienzo desde cero, sino un comienzo desde más atrás. En
un discurso titulado “Self-Made Men”, pronunciado en 1859, Frederick Douglass da su propia
visión a este respecto:

I have said “Give the Negro fair play and let him alone.” I meant all that I said and a good
deal more than some understand by fair play. It is not fair play to start the Negro out in
life, from nothing and with nothing, while others start with the advantage of a thousand
years behind them. He should be measured, not by the heights others have obtained, but
from the depths from which he has come. For any adjustment of the seals of comparison,
fair play demands that to the barbarism from which the Negro started shall be added two
hundred years heavy with human bondage. Should the American people put a school
house in every valley of the South and a church on every hill side and supply the one with
teachers and the other with preachers, for a hundred years to come, they would not then
have given fair play to the Negro. (Douglass, Speeches 577)

Que el Self-Made Man afroamericano no empezaba desde cero es una de las ideas
centrales de este capítulo y que el propio autor corrobora. Ni siquiera empezar con las mismas
oportunidades—educación, trabajo asalariado, etcétera—que un hombre blanco en el año en que

- 95 -
fue pronunciado este discurso significaba una igualdad real de oportunidades, a tenor de los siglos
de opresión a la población afroamericana que los Estados Unidos tenían en su haber. El sistema
socioeconómico estaba opuesto en su totalidad a que esta población disfrutase de una igualdad
auténtica, mientras que la población blanca contaba con justamente lo opuesto: un sistema hecho
por y para hombres blancos. El Frederick Douglass que pasó a la posteridad, el escritor de libros,
orador, abolicionista, director de un periódico, etc. no es el Frederick Augustus Washington
Bailey nacido en febrero de 1818 en Maryland. Ese hombre no era considerado una persona, era
una propiedad. Como ocurre con las propiedades, con las herramientas y con las mercancías, su
existencia misma se limitaba a su “vida útil”, a tanto tiempo como fuese capaz de generar
ganancias para su propietario. Ese hombre tenía una vida determinada, un futuro determinado.
Frederick Bailey murió en 1838, cuando renunció a la vida de esclavo y obtuvo su libertad tras
superar innumerables peligros. Así nació el hombre nuevo, en aquella época en la que los “recién
nacidos” de más de veinte años de edad eran frecuentes, por suerte, y también por desgracia. Y
como se hace aquellos que acaban de venir al mundo, recibió un nuevo nombre:

The name given me by my mother was, “Frederick Augustus Washington Bailey.” I,


however, had dispensed with the two middle names long before I left Maryland so that I
was generally known by the name of “Stanley”. When I got to New York, I again changed
my name to “Frederick Johnson,” and thought that would be the last change. But when I
got to New Bedford, I found it necessary again to change my name. … I gave Mr. Johnson
the privilege of choosing me a name, but told him he must not take from me the name of
“Frederick.” I must hold on to that, to preserve a sense of my identity. Mr. Johnson had
just been reading the “Lady of the Lake21”, and at once suggested that my name be
“Douglass.” From that time until now I have been called “Frederick Douglass;” and as I
am more widely known by that name than by either of the others, I shall continue to use
it as my own. (Douglass, 96)

Al Frederick Douglass que nació en libertad en 1838 aún le quedaban muchas cosas por
ver y por hacer: ensayos, publicaciones, conferencias, lucha… El país en el que ahora vivía como
hombre libre seguía tolerando lo intolerable, seguía consintiendo la ignominia de la esclavitud y
seguía haciendo de su libertad y de la libertad de aquellos ciudadanos afroamericanos que
compartían su camino algo puramente circunstancial y contingente, algo que podía serles
arrancado en cualquier momento para devolverles a la vida de la que habían conseguido escapar.

Douglass tomó conciencia de la libertad que había conseguido, y en qué términos la había
conseguido. Para Benjamin Franklin el auténtico Self-Made Man habría de gozar de una libertad

21
“The Lady of the Lake” es un poema narrativo de Walter Scott, publicado por primera vez en 1810. Dos
de sus protagonistas son James y Ellen Douglas, por lo que el apellido aparece muy frecuentemente.

- 96 -
de actos y movimiento que en un hombre blanco como el propio Franklin, en el contexto
estadounidense, se daba por sentada hasta tal punto que ni siquiera es algo en lo que se ahonde en
sus obras. La realización última del Self-Made Man consistiría en lograr la independencia
económica, siendo esta independencia la que garantizaría de facto cualquier otra libertad o
independencia necesarias para el pleno desarrollo del individuo. En un discurso pronunciado en
1865, al concluir la Guerra de Secesión, “What the Black Man Wants”, Frederick Douglass
demuestra que la liberación de los esclavos y la obtención de la libertad no eran circunstancias
sinónimas, que ni siquiera estaban unidas por la causalidad. La guerra había acabado, y aquellos
a quienes antes se privaba hasta de su misma humanidad pasaron a ser ciudadanos
estadounidenses. No obstante, como la historia ha demostrado, la emancipación afroamericana en
los Estados Unidos no la trajo el fin de la Guerra de Secesión. El fin de la guerra supuso
únicamente el comienzo de una nueva etapa. Ahora disfrutaban de libertad pero, ¿era realmente
así, o sólo era una consideración formal? Opinó Douglass en su discurso:

I hold that policy is our chief danger at the present moment; that it practically enslaves
the Negro, and makes the Proclamation of 186322 a mockery and delusion. What is
freedom? It is the right to choose one’s own employment. Certainly it means that, if it
means anything; and when any individual or combination of individuals undertakes to
decide for any man when he shall work, where he shall work, at what he shall work, and
for what he shall work, he or they practically reduce him to slavery. He is a slave.
(Douglass, “What the Black Man Wants” 1)

Teniendo presente el fragmento citado, podría decirse que pocos o ninguno de aquellos
que alcanzaron la libertad antes, durante o tras la Guerra de Secesión fueron verdaderamente
libres, dueños de su vida e independientes. Ni siquiera el propio Frederick Douglass, que, de algún
modo, acabó siendo esclavo de su libertad: el relato de sus hazañas, el patrocinio de abolicionistas
blancos como Garrison, su relación con la prensa escrita, su posterior empleo como reclutador…
No cabe duda de que Douglass disfrutó de una cierta independencia económica, máxime si es
comparado con la situación media del ciudadano afroamericano en la posguerra. Douglass pudo
formar una familia y vivir con dignidad. Pero, ¿se puede decir que Douglass llevó una vida de
acuerdo con las máximas de Franklin? Probablemente no. Su independencia económica lo era en
tanto que podía sustentar a una familia mediante sus ingresos, pero cabe plantear la duda
razonable respecto a si podría haber logrado lo mismo sin el patrocinio inicial. Entiéndase esta
consideración no como un demérito de lo que logró Douglass, sino como una necesaria revisión

22
Aquí Douglass se refiere a la Proclamación de Emancipación de 1863, según la cual todo esclavo que se
encontrase en cualquiera de los Estados declarados en rebelión contra la Unión quedaba automáticamente
liberado. Sobre esta Proclamación se hablará con más detenimiento en el capítulo dedicado a la figura de
Abraham Lincoln.

- 97 -
a las máximas franklinianas. El pensamiento hegemónico en la cultura y economía
estadounidenses—y prácticamente en todo el ámbito occidental—se precia de haber conseguido
un sistema basado en el esfuerzo personal y la meritocracia. En este pensamiento, cualquiera
puede abrirse camino hasta la cima del éxito material y la relevancia social aunque parta desde
cero, siempre y cuando su camino sea el del trabajo duro, el esfuerzo, la honradez y la austeridad.
Estas creencias actúan en base a una mentalidad retributiva propia de una religión: quien llegue a
la cima se da por sentado que ha seguido el buen camino; quien no, lo ha intentado, pero en algún
momento, a lo largo de su camino a la cima, ha cometido un error, ha sido negligente o
descuidado, ha plantado la semilla de lo que a la postre se convertiría en su fracaso. Pero la
responsabilidad siempre recae sobre el sujeto, no sobre las circunstancias en que se haya
desenvuelto. Aplicando estas consideraciones al caso específico de Frederick Douglass, puede
concluirse que en efecto fue, y ha de ser considerado, un Self-Made Man. Haciendo balance de su
historia, es cierto que sin esas pequeñas ayudas de las que disfrutó no habría alcanzado la
relevancia necesaria para que su nombre pasase a la historia. Pero teniendo presente todo aquello
que tuvo que superar en su camino, esos apoyos que recibió posteriormente no bastan para restar
valor lo conseguido.

Hasta el 20 de febrero de 1895, el día de su fallecimiento, Frederick Douglass vería cómo la


crispación se iba apoderando del panorama político estadounidense hasta alcanzar el punto de no
retorno aquel 12 de abril de 1861 en Fort Sumter; vería al país consumirse en los fuegos de la
guerra sin que esto quebrantase su compromiso con su causa, que era la de tantos otros como él,
convirtiéndose en agente de reclutamiento para el 54º Regimiento de Infantería de Massachusetts
en 1863, en el que también sirvieron dos de sus hijos, Charles Remond y Lewis Henry (Douglass,
XXXIII). Vio al país intentar volver a levantarse en una reconstrucción fallida que se cimentó en
falsas promesas de igualdad y reconciliación. Vio que, a pesar de todo, había alguna esperanza en
las palabras de uno de los hombres con más eco en el imaginario estadounidense a lo largo del
tiempo: Abraham Lincoln, la promesa de un futuro de “malicia hacia nadie y caridad para
todos23”.

23
Palabras de Abraham Lincoln en su segundo discurso de investidura, pronunciado el 4 de marzo de
1865.

- 98 -
4. Abraham Lincoln, el hombre construido a sí mismo: El Self-Made
Man como imagen

I, John Brown, am quite certain that the crimes of this guilty land will never be purged
away, but with blood. I had, as I now think vainly, flattered myself that without very much
bloodshed it might be done. (Du Bois 365)

Numerosos abolicionistas fueron ajusticiados en el sur ya no con el mero conocimiento


del Gobierno Federal, sino con su beneplácito y amparo legal. John Brown, abolicionista
ejecutado en 1859, es un ejemplo de ello. También fue el Gobierno Federal el que, por un lado,
aplicaba con debilidad las leyes que supuestamente acabarían con el comercio de esclavos y, por
otro lado, aplicaba con mano firme e implacable aquellas leyes que garantizasen la recuperación
de los esclavos fugados por parte de sus dueños. Fue el Gobierno Federal quien, durante la
administración de Andrew Jackson (séptimo presidente de los EE. UU., en el cargo desde 1829
hasta 1837), colaboró con los gobiernos del sur para mantener la propaganda abolicionista fuera
de los Estados sureños. Fue la Corte Suprema de los EE. UU. quien declaró en 1857 que el esclavo
Dred Scott no se encontraba en disposición de exigir legalmente su libertad porque no era una
persona, sino una propiedad24.

Semejante gobierno de la nación jamás aceptaría el final de la institución esclavista


mediante una insurrección armada, como fue el caso de John Brown o Denmark Vessey,
mencionados en el capítulo centrado en Frederick Douglass de esta tesis. La única posibilidad de
acabar con un pilar económico de semejante calibre en la nación habría de ser en condiciones
controladas por el gobierno y/o las élites económicas. La naturaleza volátil de las insurrecciones
las hace poco deseables para los poderes fácticos en tanto que ni las condiciones, ni el resultado,
ni el fin del conflicto están bajo su control en ningún momento. De manera que el planteamiento
de poner punto final al sistema esclavista se consideraría seriamente sólo cuando las élites
políticas y económicas, las del norte en particular, así lo requirieran. Llegado el momento, se
necesitaría una figura política lo bastante versátil como para poder disfrazar los motivos
económicos de motivos humanitarios o éticos de manera convincente. Fue Abraham Lincoln
quien dio con la fórmula perfecta para combinar la necesidad de negocio, las ambiciones políticas
del recién creado Partido Republicano25 y la retórica necesaria del humanitarismo y los Derechos

24
Dred Scott fue el primer esclavo de los Estados Unidos en presentar una demanda reclamando su libertad
y la de su familia ante los tribunales, en el caso Dred Scott contra Sandford de 1847. En algunas obras
citadas, como Zinn o Du Bois, se refieren a este evento como Dred Scott Decision.
25
El fundamento ideológico del Partido Republicano, en el momento de su fundación en la década de 1850
como respuesta a la abolición del compromiso de Misuri, se basaba en el liberalismo clásico y la búsqueda
de la prevalencia de las libertades individuales bajo el imperio de la ley. Tras la elección de Lincoln en
1860, el partido ganó los apoyos de las grandes corporaciones, pequeños empresarios, profesionales
cualificados y ciudadanía afroamericana. La diferencia fundamental con el Partido Republicano actual

- 99 -
Civiles. Lincoln fue capaz de mantener la idea de la abolición de la esclavitud no como la primera
de sus prioridades, pero lo bastante cerca de serlo, de forma que pudiera ponerla en primera
posición temporalmente por las presiones de los abolicionistas o, simplemente, por puro
pragmatismo político. Lincoln tuvo la gran habilidad de saber mezclar o hacer coincidir los
intereses de los muy ricos con los intereses de la comunidad afroamericana en un momento
concreto de la historia en el que sendos intereses discurrían paralelos en ciertos aspectos; y, al
mismo tiempo, podía usar como aglutinante a un sector creciente en la sociedad norteamericana
de la época: la clase media blanca, económicamente ambiciosa y prometedora, así como
políticamente activa. Es por esto que Abraham Lincoln es merecedor de un apartado propio en
este estudio: es uno de los más fieles representantes del ideal frankliniano del Self-Made Man en
tanto que no obtuvo su posición por herencia o de nacimiento, sino que supo abrirse camino hasta
la cima a base de esfuerzo y constancia. No obstante, como Mark Twain apuntaría muy
acertadamente en su momento, semejantes cualidades por sí solas no van a hacer un Benjamin
Franklin de cualquiera que las posea26. Hay otras muchas variables en juego, como por ejemplo
ese tópico tan recurrente en el imaginario popular del “lugar apropiado y el momento oportuno”
o algo tan aleatorio como la suerte, por muy macabro que pueda resultar atribuirle esta virtud al
personaje que ocupa este capítulo. Como se expondrá a continuación, Abraham Lincoln nunca
destacó por ser una persona de grandes dotes físicas y dada al trabajo duro, al menos en el
mencionado aspecto físico. Pero pasó merecidamente a la historia como pensador político, orador
y defensor de los derechos de la mayoría, disciplinas en las que el trabajo físico queda supeditado
a planos más secundarios. Además de sus ya sobradamente conocidas virtudes en el terreno de la
política, Lincoln poseía una no menos meritoria capacidad de cálculo, anticipación y oportunidad.
Tenía una sobresaliente destreza para adaptar su discurso al público al que se dirigiese, aunque
eso supusiera, como se verá en este capítulo, incurrir en contradicciones ya fueran superficiales o
bien severas. Dado que gran parte del mito construido alrededor de la figura de Abraham Lincoln
proviene de todos los sucesos que rodearon a la cuestión de la esclavitud y la Guerra de Secesión,
este capítulo se centrara prioritariamente en estas circunstancias. Considerando además el estudio
previo a este capítulo sobre la vida de Frederick Douglass, el estudio de Lincoln con relación a la
mitología del Self-Made Man ofrecerá puntos de vista desde el lado opuesto al caso de Douglass:
el del hombre blanco proveniente de una clase media emergente en el contexto de la época con
posibilidades bastante más prometedoras que las de un hombre nacido en esclavitud.

viene dada por una alternancia de periodos más progresistas (Lincoln, T. Roosevelt, Eisenhower…)
seguidos de períodos mucho más conservadores y regresivos. Tal alternancia se debe a la profunda tensión
entre dos de las creencias fundamentales en los EE. UU.: la igualdad de oportunidades y la protección de
la propiedad privada, según apunta la autora Heather Cox Richardson en To Make Men Free: A History of
the Republican Party (2014).
26
“It is time these gentlemen were finding out that these execrable eccentricities of instinct and conduct are
only the evidences of genius, not the creators of it (Twain, Sketches 198).

- 100 -
La leyenda de Lincoln ha llegado a tener un calado en el imaginario norteamericano que
desafía cualquier posible comparación con cualquier posible precedente en mitología política. Su
persona encarna un drama de grandeza y superación, la historia de un hombre que soporta sobre
sus hombros el tormento y las cargas morales de un pueblo torpe y pecaminoso, que sufre por ese
pueblo y lo redime a través de esos valores tan cristianos de la “malicia hacia nadie y caridad para
todos”27. El sacrificio último llegaría cuando, en la cima de su éxito, esa empresa de volver a unir
a una nación rota reclamara su vida. John Hay, que conoció a Lincoln tanto como éste permitía
dejarse conocer, dijo de él en una carta a William Herndon en 1866:

I consider Lincoln Republicanism incarnate, with all its faults and all its virtues. As, in
spite of some evidences, Republicanism is the sole hope of a sick world, so Lincoln, with
all his foibles, is the greatest character since Christ. (Hertz 308)

Semejante comparación no se puede imaginar en cualquier otra figura política de los


tiempos modernos, y es muy elocuente de todo el constructo ideológico—casi religioso—que ya
se estaba empezando a formar en torno a la figura del gobernante. Lo que se puede considerar
como “saber popular” acerca de Lincoln refleja el contenido de textos como el citado—por
ejemplo, pero no únicamente—y simbología conmemorativa. Este imaginario colectivo interpreta
estos textos y revitaliza los símbolos a lo largo del tiempo mediante estudios históricos, escultura,
arquitectura en forma de monumentos, pintura, etc., creando la llamada “empresa de la
reputación” (Schuman 187): representaciones tan repetitivas y sistemáticas que acaban formando
la columna vertebral del imaginario colectivo. En el caso de Abraham Lincoln, sería acertado
analizar también este conjunto de creencias arraigado en el imaginario colectivo, ya no en lugar
de, sino también además de los vehículos historiográficos considerados objetivos. De este modo,
la imagen que ha trascendido del decimosexto presidente, su eco a lo largo de la historia en el
imaginario norteamericano puede considerarse una herramienta más en el análisis de la figura.

That man who thinks Lincoln calmly sat down and gathered his robes about him, waiting
for the people to call him, has a very erroneous knowledge of Lincoln. He was always
calculating, and always planning ahead. His ambition was a little engine that knew no
rest. The vicissitudes of a political campaign brought into play all his tact and
management add developed to its fullest extent his latent industry. (Herndon 376)

27
Referencia al segundo y último discurso de investidura de Abraham Lincoln, pronunciado el 4 de marzo
de 1865. Quedaban treintaiséis días para la rendición del bando confederado en Appomattox (9 de abril), y
todos los ojos estaban puestos en aquella declamación, la cual se esperaba fuera un anticipo de la política
de postguerra. El discurso mantuvo un tono conciliador, y sus líneas finales servirían de referencia a éste
en la posteridad: “With malice toward none, with charity for all, with firmness in the right as God gives us
to see the right, let us strive on to finish the work we are in, to bind up the nation’s wounds, to care for him
who shall have borne the battle and for his widow and his orphan, to do all which may achieve and cherish
a just and lasting peace among ourselves and with all nations” (Van Doren 178).

- 101 -
Aunque su fuerte no fueran los negocios28 sino la política, Lincoln siempre ha sido un
ejemplo preeminente de esfuerzo personal, cualidad tan admirada en el ideario norteamericano.
Obviamente, no fue el primer político estadounidense en poner en valor sus orígenes humildes
para sacar partido de ellos en forma de rédito político o electoral; pero no es menos cierto que
pocos han sido capaces de lograr semejante ascenso desde el relativo anonimato a la eminencia
en tan poco tiempo. Tampoco son muchos los que puedan decir que durante un ascenso tan
meteórico hayan sido capaces de mantener intacta esa imagen de sencillez—casi simplicidad.
Ninguno ha dado con la manera de combinar la consecución del éxito y el poder con una
consciencia de la humanidad y la responsabilidad moral tan intensa. Fue precisamente en sus
logros como hombre común que Lincoln tomó conciencia de su excepcionalidad, y fue bajo ese
“foco” que Lincoln interpretó su papel de cara al mundo. Plenamente consciente de ser un ejemplo
viviente del ideal del Self-Made Man, desarrolló esta faceta con una inamovible consistencia, tan
inamovible que casi elevó su actuación a la categoría de arte. El primer actor, el primer
dramaturgo de la leyenda de Abraham Lincoln, y también el más apasionado, fue el propio
Abraham Lincoln. Como ya se ha mencionado, William Henry Herndon, compañero de Lincoln
en la abogacía y futuro biógrafo, dijo de él que “su ambición era un pequeño motor que no conocía
descanso”: Lincoln tuvo su objetivo y los medios para llegar hasta él muy presentes desde el
principio de su carrera política y supo ejecutar su plan.

El hecho de que Lincoln usase su sencillez como, por así decirlo, “imagen de marca”, no
implica que no fuera real o, al menos, estaba cuidadosamente elaborada para parecerlo. Llamaba
“madre” a su esposa, y, si recibía a invitados en su domicilio, lo hacía en mangas de camisa,
independientemente de la distinción de éstos. Pero, por paradójico que pueda resultar, su aparente
sencillez ocultaba un carácter más complejo, en palabras de Richard Hofstadter, “lo bastante
complejo como para ser consciente del valor de su propia sencillez” (93). Es por esto que hay
motivos para pensar que Lincoln se las ingenió para hacer de su sencillez un telón de fondo y no
una pátina o una impostura puntual, como suele ser el estilo habitual de las personalidades
políticas de cierto renombre. Se podría decir que Lincoln desarrolló su propia “personalidad
política” intensificando o destacando ciertas cualidades que ya poseía per se en distintos grados.
Incluso durante sus primeras andanzas en política, cuando sus discursos estaban llenos de esa
típica rimbombancia de atril en campaña electoral, Lincoln ya empezó a jugar la carta de sus
orígenes humildes:

28
A pesar de no ser un gran hombre de negocios, Lincoln ostenta el honor de ser el único presidente de los
Estados Unidos con una patente a su nombre. La patente Nº 6.469, registrada el 22 de mayo de 1849,
presenta un mecanismo para ayudar a las embarcaciones a superar bajíos en caso de encallar. Nunca llegó
a fabricarse (Blumenthal 422).

- 102 -
Every man is said to have his peculiar ambition. Whether it be true or not, I can say for
one that I have no other so great as that of being truly esteemed of my fellow men, by
rendering myself worthy of their esteem. How far I shall succeed in gratifying this
ambition, is yet to be developed. I am young and unknown to many of you. I was born
and have ever remained in the most humble walks of life. I have no wealthy or popular
relations to recommend me. My case is thrown exclusively upon the independent voters
of this county, and if elected they will have conferred a favor upon me, for which I shall
be unremitting in my labors to compensate. But if the good people in their wisdom shall
see fit to keep me in the background, I have been too familiar with disappointments to be
very much chagrined. (Van Doren 224)29

Es bien sabido que la humildad es uno de los valores cristianos más importantes, junto
con la piedad. Pero también hay que tener presente que las virtudes cristianas son poco
compatibles—cuando no directamente antagónicas—con el éxito económico o la notoriedad. Sin
embargo, no ha de subestimarse el poso ideológico que dejó el Puritanismo en el pensamiento
estadounidense respecto a la cuestión del éxito y la notoriedad. Entre los puritanos, semejantes
dones eran señal evidente de que habían sido elegidos por Dios. No obstante, mantener una actitud
humilde en semejantes circunstancias era obligatorio. Aunque muchas veces esa humildad
degenerase en la soberbia de alguien que se sabe elegido por Dios, la modestia, el recogimiento,
la moderación, eran las piedras angulares sobre las que descansaba el constructo social y religioso
en las comunidades puritanas:

Humility is one of the major Puritan virtues, but the virulence with which the Puritans
berated, scorned, and reviled themselves goes far beyond and ordinary concept of
humility. Self-hatred was endemic among the Puritans, and were it not the fact that suicide
was a sin, one might well have expected much higher suicide rates than actually appear.
(Murphey 147)

La figura mítica del Self-Made Man nace y se desenvuelve en la sociedad estadounidense,


una sociedad en la que, en términos generales, puede decirse que se valora positivamente la
ambición y la acumulación; una sociedad en la que surge la igualmente mitificada máxima del
from rags to riches, y en la que hay un poso bastante notable de darwinismo social en la noción
ideológica del Destino Manifiesto, concepto derivado del “excepcionalismo” estadounidense. Esa
idea del excepcionalismo nació antes incluso que la propia nación, cuando John Winthrop se

29
Extracto del primer discurso de campaña de Lincoln, pronunciado en New Salem, Illinois, el 9 de marzo
de 1832. En aquel momento, Lincoln contaba veintitrés años de edad y presentaba su candidatura para la
Cámara de los representantes del estado de Illinois. Competía contra otros doce candidatos para cuatro
escaños en la Cámara. Acabó octavo, a 150 votos de poder optar a escaño, lo cual es bastante meritorio,
porque Lincoln en aquel momento no llevaba ni siquiera un año viviendo en el distrito.

- 103 -
refería a los primeros asentamientos coloniales como “a city upon a hill”. Semejante sociedad
puede aceptar esas llamadas “virtudes cristianas”, incluso puede dar un paso más allá e
instrumentalizarlas para cimentar determinados constructos ideológicos—como el ya mencionado
Destino Manifiesto; pero esa aceptación nunca excederá los límites de lo teórico. De hacerlo, esas
virtudes religiosas pasarían de ser un apoyo ideológico a ser un obstáculo. El auténtico principio
motor del éxito y la riqueza material es la ambición, que fácilmente puede tornar avaricia o
soberbia dependiendo del ángulo de observación. Y, siguiendo con la retórica religiosa, la avaricia
y la soberbia no son virtudes precisamente, son pecados capitales. En un mundo movido por el
interés privado y el esfuerzo individual—nunca colectivo—en que casi podría decirse que se
premia la depredación, la piedad y la humildad no pasan de ser meras imposturas, artilugios de
control para inculcar el conformismo en las masas.

En semejante entorno, ¿puede un hombre satisfacer sus aspiraciones y aun así permanecer
moralmente íntegro? La respuesta, como tantas otras cosas, dependerá del punto de vista, y es
difícilmente expresable en términos absolutos. Pocos Self-Made Men reconocerán, una vez
alcanzada la cima de su éxito, que se han servido de herramientas moralmente censurables para
dicho fin. Obviamente eso desmerecería la épica de su relato y pondría en evidencia una retórica
del éxito en torno a la cual se ha construido buena parte de todo el sistema sociocultural y
económico de los Estados Unidos.

La clave para entender gran parte de aquello fundamental en el pensamiento y el carácter


de Lincoln reside en el hecho de que, por elección propia y por preparación, él era político. Sería
difícil pensar en cualquier hombre de estatura comparable cuya vida se viera tan completamente
absorbida por su entidad pública. Lincoln se sumergió en la política de manera prácticamente
inmediata al comienzo de su vida adulta y nunca se ocupó en ninguna otra carrera profesional,
salvo ese breve período en el que un desfavorable giro en la situación política le devolvió casi
forzosamente a la práctica de la abogacía. Su vida se reduce en su mayoría a juntas políticas y
convenciones, congresos del Partido Republicano y discursos, proyectos de ley,
recomendaciones, estratagemas, ardides y ambiciones. El 29 de diciembre de 1885, pocos meses
después de su muerte, Herndon escribió sobre Lincoln en una carta: “It was in the world of politics
that he lived. Politics were his life, newspapers his food, and his great ambition his motive power”
(Hertz 116). Otra observación, también de Herndon:

In common with other politicians, he never overlooked a newspaper man who had it in
his power to say a good or bad thing of him. The press of that day was not so powerful an
institution as now, but ambitious politicians courted the favor of a newspaper man with
as much zeal as the same class of men have done in later days. I remember a letter Lincoln
once wrote to the editor of an obscure little country newspaper in southern Illinois in

- 104 -
which he warms up into him the following style. “Friend Harding: I have been reading
your paper for three or four years and have paid you nothing for it.” He then encloses ten
dollars and admonishes the editor with innocent complacency: “Put it into your pocket,
saying nothing further about it.” Very soon thereafter, he prepared an article on political
matters and sent it to the rural journalist, requesting its publication in the editorial columns
of his “valued paper”. (Herndon 376)

Como si de una estudiada partida de ajedrez se tratase, Lincoln rara vez hacía algo de
manera ociosa o sin un propósito, en su cabeza ya tenía planeados todos los movimientos posibles.
Al igual que su padre, era perezoso para el trabajo físico (Herndon 325). Pero, al contrario que su
progenitor, él gozaba de una mente activa y analítica. El fragmento citado de Herndon da buena
cuenta de ello. A los quince años de edad ya se entretenía ensayando discursos políticos hasta que
su padre le devolvía a sus tareas. Le interesaba escuchar alegatos de abogados y ocupar su mente
con ellos (Hofstadter 95). Sólo leía si la lectura tenía un fin particular y concreto, y consideraba
inútil todo aquello que no fuera a tener una utilidad práctica inmediata (Hertz 95). Durante años,
Herndon mantuvo en su despacho el Westminster Review, el Edimburgh Review y otras
publicaciones periódicas inglesas; las obras de Darwin, Spencer y otros escritores británicos. Pero
su éxito a la hora de despertar el interés de Lincoln fue más que discreto. Cuando leía, prefería
hacerlo en voz alta. Herndon se interesó por esa particular costumbre, a lo que él respondió: “I
catch the idea by two senses, for when I read aloud I hear what is read and I see it; and hence two
senses get it and I remember it better, if I do not understand it better” (Hertz 95)30. Estos son los
hábitos de lectura de alguien ya no pragmático, sino de alguien que se entrena para el atril.

Para un joven con estas costumbres y sin mucho talento para los negocios, las mejores
oportunidades en las praderas de Illinois pasaban por el ministerio de la fe, el derecho o la política.
Pero sus inquietudes discurrían muy lejanas al sacerdocio:

Lincoln’s religious skepticism at New Salem, which some of his latter-day admirers have
found hard to accept, rests on a broader foundation than his attraction to Burns31. There
is strong evidence of his familiarity in New Salem with the two authors whose names at
that time were synonymous with religious skepticism, Thomas Payne and Constantin de
Volney. (Wilson 77)

No obstante, siendo Lincoln un hombre de fuertes convicciones religiosas—si bien muy


poco ortodoxas—como se dice de él que era en su vida privada, cabe la posibilidad de que la
personalidad política en la que habría de convertirse en los años que estaban por llegar aunase

30
Extracto de una carta de Herndon escrita el 21 de octubre de 1885.
31
El autor se refiere a Robert Burns (1759–1796), uno de los más célebres poetas escoceses. En el libro de
Ferenc Morton Szasz Abraham Lincoln and Robert Burns: Connected Lives and Legends (SIU Press, 2008)
se estudia en más profundidad la relación entre ambas personalidades históricas.

- 105 -
cierta parte de jurista, otra de político y otra de reverendo. Y puede que esa fuera en cierta medida
una de las claves de su éxito político. A los veintitrés años, sólo siete meses después de haber
llegado a la pequeña comunidad de New Salem, Lincoln ya era candidato a la Cámara del estado
de Illinois. Previamente a ello había tenido dispares oficios, como barquero, topógrafo,
administrador de correos, leñador o peón de labranza (Hofstadter 95). Y de pronto, sin más
preparación que los mencionados oficios, pretendía ostentar un cargo electo estatal. No ganó, pero
dos años más tarde, en 1834, el condado de Sangamon le enviaría a la Cámara Baja. No fue hasta
que su primer mandato prácticamente había acabado que Lincoln estuvo lo bastante cualificado
como abogado para ser admitido en el Colegio de Abogados de Illinois. Desde este momento y
hasta el final de sus días—salvo el período entre 1849 y 1854, lapso de tiempo en el que sus
perspectivas políticas se volvieron poco alentadoras—Lincoln siempre estuvo ocupado en la
política, ya fuera como cargo electo o como aspirante. Pero esta vida previa a ella, la historia del
leñador que se abrió camino hasta la presidencia de los Estados Unidos, es la que permanece en
el imaginario colectivo y añade a la historia de Lincoln, un hombre tan destacable como
destacado, la retórica casi épica del Self-Made Man.

Como político, no se puede decir que Lincoln fuera ningún disidente. En la cuestión
bancaria, en las mejoras internas de los Estados Unidos como país, en la Guerra México-
Estadounidense (incluso a perjuicio de su imagen política32), en los aranceles, precios e impuestos,
siempre fue un firme y ortodoxo miembro del partido Whig33. Tras la disolución del partido,
Lincoln no tardaría en convertirse en un icono dentro del Partido Republicano, fundado en 1854.
Fue durante este periodo, sus primeros años en el partido, que Lincoln aprendió ese deliberado y
responsable oportunismo que más tarde sería tan característico en su manera de entender la
política. En 1848, mientras todavía seguía en el Congreso con el partido Whig, Lincoln se unió al
sector más conservador del partido al apoyar la candidatura a la presidencia del poco
experimentado—pero disponible—Zachary Taylor en lugar del estadista más experimentado del
partido, Henry Clay34. Lincoln defendió los errores de Taylor diciendo que, lejos de carecer de
principios, Taylor se atenía al más elevado de todos ellos: permitir que la gente haga lo que quiera

32
Lincoln fue un firme opositor a la Guerra México-Estadounidense, hasta el punto de llegar a ser
denominado por sus rivales del Partido Demócrata “ranchero”, que era como se conocía a los guerrilleros
mexicanos; traidor, “miserable man” (Blumenthal, 362), y demás apelativos acabaron haciendo mella en
su imagen. Herndon llegó a intentar persuadirle para que adoptara un perfil más bajo en la cuestión, pero
fue en vano: “his sense of justice and his courage made him speak, utter his thoughts, as to the war with
Mexico” (Hertz 172).
33
El partido Whig, o los Whigs, en el contexto estadounidense, fue el partido en el que Lincoln comenzó
su carrera política. Toma su nombre de los Whigs británicos, caracterizados por su oposición al pleno poder
de la corona. El partido Whig se disolvió en 1856 para dar paso al Partido Republicano, activo en el
presente.
34
En lo tocante a la cuestión de la esclavitud, Henry Clay se postulaba como equidistante. No se declaraba
“amigo de la esclavitud”, pero prefería “la paz de la supremacía blanca” (Blumenthal 194).

- 106 -
con sus propios asuntos35. En aquel momento Lincoln estaba sujeto a un pacto de rotación de
candidaturas, por lo que no estaba postulándose para el cargo en el Congreso. De haber sido así,
la derrota habría sido casi segura, ya que se oponía abiertamente a la guerra México-
Estadounidense. Durante un tiempo pareció que sus andanzas en política habían llegado a su fin,
de modo que volvió a su carrera en la abogacía en 1848, preso de una melancolía y depresión
considerables. En palabras de Albert Beveridge, “a sadness so profound that the depths of it
cannot be sounded or estimated by normal minds” (2: 228). Sus ambiciones apuntaban hacia la
vida pública, no tenía aspiraciones de cara a la abogacía, por muy lucrativa que esta práctica
pudiera ser. Algunos años más tarde, mientras William Herndon y Jesse Weik (también abogado)
estaban preparando su estudio sobre la figura de Lincoln, Herndon se opuso a la voluntad de Weik
de resaltar la faceta de Lincoln como eminencia de la abogacía: “how are you going to make a
‘great lawyer’ out of Lincoln? His soul was afire with its own ambition, and that was not law”
(Hofstadter 97).

La derogación del Compromiso de Misuri36 en 1854 supuso la disolución de los dos


grandes partidos (Demócrata y Whig) y dio lugar a una situación política más fluida—o convulsa,
según se quiera entender. En el caso de Lincoln, esto significó una oportunidad de volver a la
política. Durante algún tiempo, la cuestión de la extensión de la esclavitud reavivó al Whig Party,
y Lincoln, a pesar de no ocupar ya ningún cargo en éste, se resistía a abandonarlo. Mientras tanto,
el Partido Republicano empezó a formar organizaciones locales y estatales en el noroeste a las
que Lincoln no quiso unirse, aunque apoyase a John C. Frémont, su candidato (Hofstadter 97).
Durante un tiempo jugó sus cartas de tal manera que sus movimientos no molestasen al núcleo
duro de los Whigs pero tampoco comprometiesen su posible carrera futura en el Partido
Republicano. El objetivo era ser propuesto como candidato a senador en 1855. No obstante, tuvo
que afrontar otro fracaso. Con toda su silenciosa pasión, Lincoln anhelaba progresar, llegar a lo
más alto, trascender su propia existencia y figurar en—o ser parte fundamental de—la Historia.
Fue este impulso tan típicamente americano el que le dominaba en el largo transcurso de su
carrera, mucho antes de interesarse siquiera en la cuestión de la esclavitud. Entender las
implicaciones de tener semejante impulso como guía es clave para entender gran parte de su
ideario político.

35
Cita original: “And to us it appears like principle, and the best sort of principle at that—the principle of
allowing the people to do as they please with their own business” (Basler 1: 504).
36
El Compromiso de Misuri, también denominado el Compromiso de 1820, fue un acuerdo entre
representantes de estados de economía esclavista y estados de economía industrial con relación a la
regulación de la esclavitud en los territorios occidentales que en un futuro habrían de convertirse en estados,
para mantener la mayoría, o igualdad al menos, entre el número de estados contrarios a la esclavitud y los
esclavistas. Para un análisis más detallado sobre las implicaciones del Compromiso, ver The Missouri
Compromise and Its Aftermath: Slavery and the Meaning of America, de Robert Pierce Forbes (2007).

- 107 -
Si se juzgan las épocas históricas por las oportunidades que ofrecen a las personas con
talento para destacar y ascender a posiciones de riqueza, poder y prestigio, la época que vio crecer
a Lincoln se puede considerar una de las más propicias en este sentido—siempre que se fuera un
hombre blanco, obviamente. Mientras que muchas historias sobre las dificultades que Lincoln
atravesó durante su juventud son ciertas, no es menos cierto, e igualmente digno de señalar, que
el éxito le llegó de una manera bastante repentina y a una edad bastante temprana. A los
veinticuatro años de edad, Abraham Lincoln era un personaje moderadamente anónimo. A los
veintiocho ya era líder de su partido en la cámara baja del estado de Illinois, gozaba de cierto
renombre por haber traído la capital a Springfield, era extremadamente popular en el condado de
Sangamon así como en la propia capital y compañero de uno de los más hábiles abogados del
estado. Sobre sus primeros años en Springfield, Herndon escribió:

No man ever had an easier time of it in his early days, in boyish, in his young, struggles
than Lincoln; he had always had influential and financial friends to help him; they almost
fought each other for the privilege of assisting Lincoln; he was most certainly entitled to
this respect. I have watched men and women closely in this matter. Lincoln was a pet, a
faithful and an honest pet in this city; he deserved it. Lincoln was a poor man and must
work his way up, he was ambitious, fired by it; it eclipsed his better nature, and when he
used a man and sucked all the uses out of him, he would throw away the thing as an old
orange peeling. (Hertz 135)

Teniendo presente que Herndon idolatraba a Lincoln, se puede considerar que el


fragmento citado no constituye una crítica hostil per se. Sin embargo, también da cuenta de que
esa naturaleza apacible y bondadosa que se le atribuye a Lincoln no era una constante, también
gozaba de un sentido del pragmatismo rayano en la depredación. En lo tocante a esas “amistades
influyentes” en lo social y financiero que menciona Herndon tampoco hay ningún escándalo. La
política estadounidense—por ejemplo, pero no únicamente—y las élites económicas siempre han
disfrutado de una muy cordial y publica amistad, de ahí la naturalidad con la que Herndon habla
de ellas. El caso de Lincoln no es una excepción, y su historia de orígenes humildes y trabajo duro
no era sino un motivo más por el que tenerle como amigo servía de propaganda. Como se viene
exponiendo, el mito del Self-Made Man es muy fuerte en la cultura americana, y tiene una amplia
influencia porque satisface un igualmente amplio espectro de necesidades. En política, como es
el caso, el mito sirve para hacer patentes unos ideales de progreso democrático e individualismo.
A nivel económico, como también es el caso considerando la estrecha relación que mantiene con
la esfera política, el mito sirve para enmascarar la perturbadora presencia del poder corporativo
sobre el devenir de toda una nación. El mito proporciona, también, la idea de crear una identidad
individual que satisfaga las necesidades de la sociedad para lograr la posición de prestigio y/o
riqueza. Dicho de otra manera, el mito del Self-Made Man es un libreto teatral que anima al actor

- 108 -
a protagonizar la obra; pero aun siendo protagonista el actor ha de ceñirse al libreto. El mito del
Self-Made Man invita a destacar sin destacar, a alcanzar una posición sobresaliente siempre y
cuando dicha posición se ciña a unos valores sociales y económicos muy concretos. Lincoln sabía
interpretar este papel como pocos.

En una carta de 1858 en la que hablaba del crecimiento del Partido Republicano, Lincoln
observó: “much of the plain old democracy is with us, while nearly all the old exclusive silk-
stocking Whiggery is against us. I do not mean nearly all the old Whig party; but nearly all of the
nice exclusive sort” (Basler 3: 340). Este agudo sentido de no-pertenencia a esa “buena y
exclusiva clase” era un valor político de doble sentido, del que podría sacar partido o que podría
perjudicarle. La clave fundamental se reduce a saber qué decir en función de la audiencia presente.
A lo largo de su carrera política, especialmente al comienzo, este sentido de desapego permitía
Lincoln hablar con cierta propiedad, y hasta sinceridad, de principios jeffersonianos mientras
apoyaba medidas hamiltonianas37. Por razones públicas y privadas, a Lincoln no le gustaba ser
relacionado con la aristocracia por sus afiliaciones políticas, y llegó a quejarse de ser considerado
el candidato preferido de la oligarquía (Hofstadter 99). Aun así es cierto que, al menos en su etapa
política más temprana, nunca llegó a ser abierta y francamente demócrata. En el clima social de
Illinois subió posiciones siendo considerado un conservador moderado, y el Partido Demócrata,
en la época de Lincoln, era fundamentalmente conservador. Al igual que el Partido Republicano
fue tomando giros conservadores a lo largo de su historia, el Partido Demócrata recorrió el mismo
camino, pero en sentido contrario: a lo largo de su trayectoria ha ido adoptando políticas de corte
más socialmente progresista, si bien en lo económico nunca se han apartado demasiado del
liberalismo, al igual que el Partido Republicano. En la campaña de su reelección para la legislatura
de 1836, Lincoln envió al periódico Sangamo Journal una declaración con sus ideas en la que se
incluía lo siguiente:

I go for all sharing the privileges of the government who assist in bearing its burdens.
Consequently I go for admitting all whites to the right of suffrage who pay taxes or bear
arms (by no means excluding females). (Beveridge 1: 152)

En la sección primera del artículo VII de la Constitución de 1818 del estado de Illinois ya
se otorgaba el sufragio a todo varón blanco que excediese los veintiún años de edad, sin más

37
En la tradición política estadounidense siempre se ha hablado de la dicotomía Hamiltonian-Jeffersonian.
De manera muy resumida, se puede decir que los principios hamiltonianos sostienen que el ser humano es
irracional y corrupto por naturaleza y, en consecuencia, el gobierno ha de ser fuerte, muy centralizado e
indiferente a la voluntad popular. En el lado contrario, la política de corte jeffersoniano sostiene que el ser
humano es racional y con voluntad de superación personal; de modo que el gobierno ideal ha de responder
a esta naturaleza protegiendo el derecho a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, y siendo un
gobierno de poder limitado, sensible a la voluntad del pueblo. En la colección de ensayos compilada por
Joseph Dorfman y R. G. Tugwell Early American Policy: Six Columbia Contributors (1960) se ofrecen
visiones más detalladas sobre el contraste entre políticas hamiltonianas y jeffersonianas.

- 109 -
requisitos; de modo que la proposición de Lincoln aparentaba ser progresista en tanto que se
mostraba favorable al sufragio femenino, pero globalmente suponía un paso atrás al pedir también
una acreditación económica. Sin embargo, la inclusión parentética de la mujer, asumiendo que
fuera en serio, ya era lo bastante atrevida. La democracia de Lincoln aún no era lo bastante amplia
como para trascender la barrera del color de la piel, pero a pesar de ello seguía teniendo más
amplitud que la democracia profesada por muchos de sus vecinos, compañeros y contemporáneos.
Había, no obstante, un extraño contraste en su personalidad en aquello tocante a la esclavitud. Su
práctica política era, como poco, prudente, casi temerosa; pero su discurso desarticulaba con
facilidad toda posible—y supuesta—lógica del argumentario pro-esclavitud. Sus agudos ataques
contra el sistema esclavista delatan las preocupaciones de un hombre más comprometido con la
causa de lo que sus acciones políticas serían capaces de revelar. Un compromiso discursivo sin
acción política real para respaldarlo puede ser indicativo de varias circunstancias: bien puede
deberse a una hoja de ruta oportunista que vio un nicho electoral creciente del que podría sacar
partido; o bien puede deberse a unas fuertes convicciones morales que quedan estériles a la hora
de traer un cambio tangible, aun ostentando una posición política prominente. En cualquier caso,
ninguno de los dos escenarios dice mucho en favor del sistema político estadounidense de la
época, subordinado a los intereses económicos y que se opone a una realidad flagrantemente
inhumana sólo de palabra.

No sería hasta 1854, siete años antes del estallido de la Guerra de Secesión, que Lincoln
llevase la cuestión de la esclavitud a la primera línea de su discurso público. En esta ocasión fue
particularmente agudo al señalar que la lógica de los defensores de la esclavitud era
profundamente antidemocrática. No sólo en el escenario sureño, sino en las relaciones humanas
en general. La esencia de esta posición era que el principio de exclusión no tiene un sentido más
profundo que la mera exclusión, que impedir, denostar o agraviar arbitrariamente a una minoría
podía sentar un precedente y una suerte de aprobación moral que justifique impedir o excluir a
cualquier otra minoría en el futuro con la misma arbitrariedad, y que semejantes antecedentes
crean un estado mental colectivo en el que nadie puede esperar justicia o seguridad. En agosto de
1855, Lincoln escribió en una carta a Joshua F. Speed38:

I am not a Know-Nothing. That is certain. How could I be? How can any one who abhors
the oppression of negroes, be in favor of degrading classes of white people? Our progress

38
Joshua Fry Speed era un viejo amigo de Abraham Lincoln, a quien conoció en Spingfield. Speed era un
inversor inmobiliario que acabaría siendo cargo electo durante una legislatura en Kentucky. La relación
entre Lincoln y Speed ha sido objeto de numerosas especulaciones sobre la orientación sexual del
decimosexto presidente de los EE. UU. En una biografía de tres tomos publicada en 1926, Carl Sandburg
habla de la relación entre Lincoln y Speed como “a streak of lavender, and spots soft as May violets”
(Sandburg 128). En el momento en que semejante biografía fue publicada, el concepto de lavender tenía
ciertas connotaciones relativas a la homosexualidad. De hecho, en posteriores ediciones de la misma
biografía, esta palabra sería eliminada.

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in degeneracy appears to me very rapid. As a nation, we began by declaring that “all men
are created equal.” We now practically read it “all men are created equal, except
negroes.” When the Know-Nothings get control, it will read “all men are created equal,
except negroes, and foreigners, and Catholics.” When it comes to this I should prefer
emigrating to some country where they make no pretense of loving liberty—to Russia,
for instance, where despotism can be taken pure, and without the base alloy of hypocrisy.
(Basler 2: 324)

A los ojos de Lincoln la Declaración de Independencia vuelve, de este modo, a ser lo que
fue para Jefferson: no sólo una teoría formal de derechos, sino un instrumento democrático. Era
Jefferson hacia quien miraba Lincoln como fuente de inspiración política, de quien decía que “era,
es y quizá continuará siendo el más distinguido político de nuestra historia” (Beveridge 3: 245).
“Los principios de Jefferson son las definiciones y los axiomas de la sociedad libre”, declaró en
1859 en un discurso en Springfield. La Declaración de Independencia no era únicamente un texto
de cabecera en el credo de Lincoln, también constituía su más formidable fuente de munición
política. No obstante, la Declaración nunca fue mucho más que eso, un texto de referencia, y
nunca formó parte consistente de su programa. La Declaración era un texto revolucionario—en
el sentido histórico del término—y esto Lincoln lo sabía y lo tenía aceptado. En una de sus
primeras declaraciones públicas, asegura:

Any people anywhere being inclined and having the power have the right to rise up and
shake off the existing government, and form a new one that suits them better. This is a
most valuable, a most sacred right—a right which we hope and believe is to liberate the
world. Nor is this right confined to cases in which the whole people of an existing
government may choose to exercise it. Any portion of such people that can may
revolutionize and make their own of so much of the territory as they inhabit.
More than this, a majority of any portion of such people may revolutionize, putting down
a minority, intermingled with or near about them, who may oppose this movement. Such
minority was precisely the case of the Tories of our own revolution. It is a quality of
revolutions not to go by old lines or old laws; but to break up both, and make new ones.
(Beveridge 2: 129)

Así habló Lincoln, el teórico de la revolución. Había otro Lincoln, el abogado, el que daba
prioridad a las reglas establecidas y reverenciaba la sanción constitucional. Este otro Lincoln
siempre condenaba públicamente a los abolicionistas que luchaban contra la esclavitud por
medios extraconstitucionales. Este Lincoln, antes incluso de cumplir los treinta años de edad,
advertía a los jóvenes de Springfield que el no respetar las observaciones legales acabaría por
destruir las “instituciones libres” en los Estados Unidos, y les animaba a conseguir que la

- 111 -
reverencia por las leyes “se convirtiera en la religión política de la nación” (Beveridge 1: 229).
Uno de estos dos Lincolns suprimió la secesión y rechazó reconocer ese derecho a la revolución
que, como tan atrevidamente aseguró, obraba en poder del pueblo. Uno de estos dos Lincolns
pospuso todo lo posible tomar medidas contra la secesión como—por así decirlo—“medio
revolucionario”. ¿A qué puede deberse este conflicto ideológico? ¿Gozaba Lincoln, como Self-
Made Man, de la total autonomía de un hombre que sabe que no se debe a nadie más que a sí
mismo?

Como pensador económico, Lincoln era un apasionado de la clase media, la gran y


abrumadora mayoría. Hablaba para esos millones de estadounidenses que habían empezado sus
andanzas como mano de obra asalariada y habían prosperado hasta las esferas de los pequeños
empresarios, de los abogados de renombre, de los terratenientes o los propietarios. Hizo suyas las
grandes máximas de la ética frankliniana: trabajo duro, frugalidad, perseverancia… estas virtudes,
conjugadas con algo de talento y habilidad durante el tiempo suficiente, habrían de poder elevar
a cualquier hombre de entre las masas a la clase de los grandes profesionales y le brindarían
independencia y respeto, si no riqueza y prestigio. Lincoln era uno de tantos feligreses en la
parroquia del Self-Made Man. El análisis de esta faceta del pensamiento de Lincoln difiere entre
autores. En palabras de Hofstadter, esta percepción del mundo y sus posibilidades de prosperar
no era tan errónea en tiempos de Lincoln como pudiera parecer ahora:

This conception of the competitive world was by no means so inaccurate in Lincoln’s day
as it has long since become, neither was so conservative as time has made it. It was the
legitimate inheritance of Jacksonian39 democracy. It was the belief not only of those who
had arrived but also of those who were pushing their way to the top. If it was intensely
and at times inhumanly individualistic, it also defied aristocracy and class distinction.
(Hofstadter 103)

Por otro lado, Eli Cook, en un exhaustivo estudio sobre la socioeconomía estadounidense,
apunta:

39
Jacksonian democracy refiere a una filosofía política decimonónica de los EE. UU. iniciada en el
mandato de Andrew Jackson. En términos generales, este período se caracterizó por un espíritu democrático
construido sobre unos supuestos principios de igualdad política en lugar de los que Jackson denominaba un
“monopolio” del gobierno por las élites. Aunque al comienzo del mandato de Jackson el sufragio ya se
había extendido a una mayoría de ciudadanos adultos, varones y blancos, se buscaba reforzar la
participación del público en el gobierno, en la elección de jueces y en la reescritura de varias constituciones
estatales. En otras cuestiones, los jacksonianos apoyaban el concepto del Destino Manifiesto y a menudo
coincidían con el partido Whig en que las disputas sobre la cuestión de la esclavitud era mejor evitarlas. En
la obra American Political Thought, de Alan P. Grimes (1960), se elaboran con más detalle los pormenores
de la democracia jacksoniana y la relación de ésta con la cuestión de la esclavitud.

- 112 -
Wage-laborers had no chance at becoming their own employers because wages were far
too low and therefore they could not accumulate any savings. Like Abraham Lincoln and
most other Americans of era, the (statistical) bureau chiefs conceded that if the laborer
could earn enough to accumulate his own capital, the wage-system could be legitimized
as a stepping-stone to republican, proprietary independence. Their statistical inquiries,
however, illustrated that if the current status quo remained, few workers would have the
opportunity to attain self-employment, leaving the wealthy few with a monopoly on credit
and capital. (Cook 260)

Quizá el fallo de concepto en Hofstadter resida en la suposición de que en la América de


Lincoln el ascenso a la cima se daba en igualdad de condiciones para todo aquel que quisiera
intentarlo. Como se ha visto en capítulos anteriores, suponer igualdad real de condiciones es,
como poco, suponer demasiado. No todos los hombres empezaban desde cero, al menos no en un
“cero” equiparable en términos absolutos, aplicable a todos los individuos en todos los escenarios.
El “cero” de Lincoln fue un mundo de clase media blanca estadounidense. El “cero” en muchos
otros casos era la esclavitud, como fue el caso de Frederick Douglass, o la inmigración. De este
modo, lo que para Lincoln significaba el principio del camino, para otros podía suponer el
resultado de toda una vida de lucha. La idea de que esta visión del mundo “desafiaba a la
aristocracia y a la distinción entre clases” (Hofstadter 103), como se demuestra con Cook, quizá
sea también un tanto exagerada. Ciertamente, la historia de los Estados Unidos como nación
comienza con una revolución contra la corona británica, de modo que en este preciso contexto
quizá no sea aplicable la noción tradicional de “aristocracia” de las monarquías europeas de la
época, es decir, el derecho a ejercer el poder u ostentar una posición de prestigio por pertenecer a
determinado linaje en el que la hipóstasis de su nobleza es Dios. Pero, una vez obtenida la
independencia, Estados Unidos cambió la aristocracia de título nobiliario por una aristocracia
nueva, la de los títulos de propiedad. Los grandes terratenientes al principio, después los grandes
industriales, se convertirían en la nueva aristocracia. Esto, sumado a la mentalidad retributiva tan
característica en sociedades fundamentadas en sentimientos religiosos, confiere a la nueva
aristocracia las mismas implicaciones que ya tenía la antigua: Dios como garante de su posición
de prestigio. En este sentido, la Guerra de Secesión puede entenderse en parte como la abdicación
simbólica de la aristocracia latifundista en favor de la aristocracia industrial.

Pero la vida de Lincoln era una conveniente dramatización del ideal del Self-Made Man,
ideal que validaba la supuesta capacidad de cualquier individuo de entrar en esa aristocracia
estadounidense mencionada. O, al menos, tenía material suficiente como para construir un relato
ideológico convincente a su alrededor. La propia—y bastante convencional, dicho sea de paso—

- 113 -
visión de esta ideología del esfuerzo personal queda reflejada en una carta que Lincoln escribió a
John D. Johnston40 en enero de 1851:

Your request for eighty dollars I do not think it best to comply with now. At the various
times I have helped you a little you have said: ‘We can get along very well now,’ but in
a short time I find you in the same difficulty again. Now this can only happen through
some defect on you. What that defect is I think I know. You are not lazy, and still you are
an idler. I doubt whether since I saw you you have done a good, whole day’s work in any
one day. You do not very much dislike to work, and still you do not work much, merely
because it does not seem to you that you could get much for it. This habit of uselessly
wasting time is the whole difficulty. It is vastly important to you, and still more to your
children, that you break the habit. (Nicolay y Hay 3: 39)

Este fragmento, en el que Lincoln critica la holgazanería de su hermanastro, podría


perfectamente haber sido escrito por el mismo Benjamin Franklin. También refleja ese pilar
maestro en la religión del Self-Made Man que es el trabajo duro y la consiguiente demonización
del ocio. Más adelante en la misma carta, Lincoln aconseja a su hermanastro dejar la granja en
manos de su familia y conseguir un trabajo por cuenta ajena de la siguiente manera:

You are now in need of some money, and what I propose is that you shall go to work,
“tooth and nail,” for somebody who will give you money for it. … I promise you that for
every dollar you will get for your labor between this and the 1st of May, either in money
or in your indebtedness, I will then give you one other dollar. … If you will do this you
will soon be out of debt, and, what is better, you will have acquired a habit which will
keep you from getting in debt again. (Nicolay y Hay 3: 40)

Para Lincoln, darles la oportunidad de hacerse valer a los frugales, a los industriosos y a
los capaces, significaría que la sociedad jamás se volviera a ver dividida en compartimentos
estancos. No habría gente atrapada a perpetuidad en la base que sostiene la pirámide social, sino
que esos “cimientos” estarían en renovación constante, como lo estaría también la cima de dicha
pirámide. Dijo a este respecto en 1859:

There is no permanent class of hired laborers amongst us. Twenty-five years ago, I was a
hired laborer. The hired laborer of yesterday, labors on his own account to-day; and will
hire others to labor for him to-morrow. Advancement—improvement in condition—is the
order of things in a society of equals. (Basler 3: 462)

40
John D. Johnston era el hermanastro de Abraham Lincoln. Cuando su madre, Sarah Bush Johnston quedó
viuda, contrajo matrimonio con Tom Lincoln, con quien tenía relación de amistad desde la infancia.

- 114 -
Para Lincoln, el examen fundamental de una democracia era el económico, su capacidad
para proporcionar oportunidades de ascenso social a aquellos nacidos en sus niveles más bajos.
Esta firme creencia en el conjunto de ideas que más tarde conformarían los cimientos del mito del
Self-Made Man es una de las claves para comprender la práctica totalidad de su carácter político.
Explica su popularidad, y en teoría, constituye el núcleo de sus críticas al sistema esclavista. En
cierto modo, hay una gran apología del trabajo en la mayoría de los discursos de Lincoln. Una de
sus declaraciones más imponentes a este respecto, y quizá una de las más acertadas, fue escrita
en 1847:

Inasmuch as most good things are produced by labor, it follows that all such things of
right belong to those whose labor has produced them. But it has so happened, in all ages
of the world, that some have labored and others have without labor enjoyed a large
proportion of the fruits. This is wrong and should not continue. To secure to each laborer
the whole product of his labor, or as nearly as possible, is a worthy object of any good
government. (Van Doren 296)

El fragmento citado puede parecer, como señala Hofstadter, un pasaje de un manifiesto


socialista, pero nunca es adecuado considerar una cita textual sin tener en cuenta las circunstancias
en que fue escrita. Esta declaración no es el prefacio de un ataque sobre la acumulación privada
de capital ni un argumento a favor de la distribución de la riqueza; es parte de un alegato en
defensa de aranceles. Como acertadamente se apunta en Van Doren, el trabajo parece ser el factor
económico en el que Lincoln, sin ser economista, estaba realmente interesado, debido al hecho de
que, al haber conocido él mismo de primera mano lo que era, estaba muy sensibilizado respecto
a su valor (296). En la época de Lincoln, especialmente en las comunidades más reducidas de sus
años de juventud, el trabajador aún no había sido capaz de desprenderse, semánticamente
hablando, de ser considerado un todo junto con sus herramientas y medios. Los derechos laborales
todavía se asociaban a conceptos al estilo de Locke y Jefferson, es decir, el derecho del trabajador
a conservar o disponer de su propio producto, del resultado de su trabajo; cuando se hablaba de
la sacralidad de la labor, se hablaba, de forma más o menos velada, del derecho a poseer. Estas
ideas, que pertenecían más a una edad de trabajadores artesanos, Lincoln las trasladó a un
escenario moderno, al mundo industrializado. El resultado es una pintoresca equivocación sobre
la que vale la pena detenerse, porque muestra el esquema mental de un hombre dividido entre una
economía y otra, que además desea traer justicia para todos los habitantes de la nación y responder
a todos y cada uno de sus intereses. Mientras que Lincoln proclamaba la sacralidad del trabajo, la
clase obrera en los estados del norte experimentaba una pauperización gradual que, siendo ya
notable en etapas antebellum, no haría sino agravarse en la América de la posguerra. En 1860, un
año antes del estallido del conflicto, Lincoln recorría el país pronunciando discursos para su
campaña electoral. El 6 de marzo fue a parar a New Haven (Connecticut), donde el gremio de

- 115 -
zapateros se encontraba en huelga. Los demócratas atribuían a los republicanos el haber instigado
las revueltas con fines políticos. Lincoln se encontró con los huelguistas y pronunció un discurso
que se convertiría en su declaración oficial de apoyo al derecho de huelga:

I am glad to see that a system of labor prevails in New England under which laborers can
strike when they want to, where they are not obliged to work under all circumstances, and
are not tied down and obliged to labor whether you pay or not! I like the system which
lets a man quit when he wants to, and wish it might prevail everywhere. One of the reasons
why I am opposed to slavery is just here. What is the true condition of the laborer? I take
it that it is best for all to leave each man free to acquire property as fast as he can. Some
will get wealthy. I don’t believe in a law to prevent a man from getting rich; it would do
more harm than good. So while we do not propose any war upon capital, we do wish to
allow the humblest man an equal chance to get rich with everybody else. When one starts
poor, as most do in the race of life, free society is such that he knows he can better his
condition; he knows that there is no fixed condition of labor for his whole life. … That is
the true system. (Van Doren 592)

Si este discurso tuviera, como de hecho tiene, alguna afirmación discutible, Lincoln nunca
hubiera llegado a verla. De haber vivido hasta los setenta años o, simplemente, de no estar cegado
por un discurso en el que convenía creer, habría visto cómo esa generación criada con las máximas
del esfuerzo personal y el “hacerse a uno mismo” crecería para ver cómo corporaciones
empresariales opresivas cerraban la puerta a todas esas supuestas oportunidades que atesoraban
los “hombres pequeños”. También habría llegado a ver cómo su partido se revelaría como un
chacal económico que pondría el dólar muy por delante del ser humano41. De un modo muy
retorcido, podría decirse que su prematura muerte le salvó de ver adónde conducían sus
políticas—las políticas del partido que presidía, y lo que supondrían en la fallida etapa de la
Reconstrucción, la era que sancionó los honestos compromisos del mandato de Lincoln. A pesar
de la supuesta devoción de éste por aquellos industriosos, por su oficio, por su labor, por la idea
de que cada hombre se abriese camino hasta una vida más decente con honradez y trabajo duro,
la América que legó Lincoln apenas dejaba lugar a la realización del Self-Made Man, idea cada
vez más cercana al mito. Cuatro años después del fin de la Guerra de Secesión y de la muerte del
presidente, el 8 de junio de 1871, el semanal The Nation publicaba lo siguiente:

The proofs are numerous and unmistakable to the almost incredible fact that the condition
of the working-classes throughout Massachusetts is a declining one, that the contrast

41
En una carta escrita en 1859, Lincoln critica al Partido Demócrata con una frase que parece pensada para
ser recordada: “The Democracy of today holds the liberty of one man to be absolutely nothing, when in
conflict with another man’s right of property; Republicans, on the contrary, are for both the man and the
dollar, but in case of conflict the man before the dollar” (Van Doren 539).

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between the relative positions of employer and employed is steadily becoming greater,
that the number of men who emerge from the condition of workingmen is extremely
small, and that the relations between employers and employed are becoming more and
more hostile and defiant. … When we read such things as these, we are introduced to a
condition of affairs of which is far from generally known. (Cook 263)

Lejos de ser una consideración a posteriori, la certeza de Lincoln de que no existe una
clase permanente de trabajadores asalariados apenas tardó diez años en ser desacreditada por la
realidad material. Ese consenso colectivo en torno a la igualdad de oportunidades, la creencia en
que el trabajo por cuenta ajena sólo era una parada temporal de la clase media blanca en su camino
hacia los negocios en propiedad, hacia la independencia económica, ya se había convertido en un
mito antes de acabar el siglo. En lo tocante a la cuestión de la esclavitud, no se necesitó ni siquiera
una década para constatar que la emancipación de los ciudadanos afroamericanos estaba lejos de
ser una realidad. Llegado este punto es cabal preguntarse cuánto había realmente de abolicionista
en la persona de Lincoln, siendo esta una de las facetas, junto con su brillante oratoria y su historia
de esfuerzo y sacrificio, la que le haría pasar a la historia. Cabe preguntarse si Lincoln tuvo, desde
el principio, la abolición de la esclavitud como entre sus objetivos prioritarios. Cabe preguntarse
si Lincoln fue un abolicionista concienciado, hecho a sí mismo o si, por el contrario y como se ha
señalado anteriormente, fue un nicho electoral del que pudo sacar partido en un momento dado.
Y, de ser así, cuáles fueron sus motivaciones para este proceder.

Lincoln podía argumentar con lucidez y pasión contra la esclavitud en términos morales
mientras que actuaba con una conveniente cautela en la práctica política. Creía que “the institution
of slavery is founded on both injustice and bad policy”, pero que “the promulgation of Abolition
doctrines tends rather to increase than abate its evils” (Van Doren 605). Lincoln leyó la
Constitución con el enfoque más riguroso y ajustado posible—como haría cualquier abogado que
respete su oficio—para acabar asegurando que la Décima Enmienda42 no permitía abolir la
esclavitud sin contar con las administraciones de cada estado, ya que aquellos poderes que no se
hubieran otorgado explícitamente al gobierno federal pasaban automáticamente a depender de los
gobiernos estatales. Cuando, en 1837, se propuso abolir la esclavitud en el Distrito de Columbia,
que no tenía los derechos de un estado, sino que estaba sujeto directamente a la jurisdicción del
Congreso, Lincoln votó en contra. Arguyó que, siendo constitucional esta propuesta, no podría
llevarse a cabo en tanto que no fuera reclamada por la población del propio Distrito sin incurrir
en “una violación manifiesta de la buena fe”:

42
Décima Enmienda a la Constitución de los EE. UU.: “The powers not delegated to the United States by
the Constitution, nor prohibited by it to the States, are reserved to the States respectively, or to the people”
(Norton, 226).

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In 1837, as a member of the Illinois Legislature, Mr. LINCOLN, with only four others,
voted against the following resolution:
“Resolved, that the Government cannot abolish slavery in the District of Coumbia against
the consent of the citizens of said District without a manifest breach of good faith.”
(Bas