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Relatos Criminales de Lorenzo Silva

El documento presenta una colección de relatos criminales escritos por Lorenzo Silva. Los relatos exploran crímenes, criminales y las fuerzas del mal en la sociedad española a través de historias sobrecogedoras contadas como ficción.

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Relatos Criminales de Lorenzo Silva

El documento presenta una colección de relatos criminales escritos por Lorenzo Silva. Los relatos exploran crímenes, criminales y las fuerzas del mal en la sociedad española a través de historias sobrecogedoras contadas como ficción.

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SELLO Ediciones Destino

COLECCIÓN Áncora y Delfín


FORMATO 13,3 x 23
Rústica con solapas

Lorenzo
SERVICIO xx
Otros títulos de la colección Cuando la vida se convierte en material literario,
Áncora y Delfín tenemos la oportunidad de leer historias increíbles

Silva Todo por amor

Lorenzo Silva Todo por amor y otros relatos criminales


y sobrecogedoras contadas como si fueran relatos
PRUEBA DIGITAL
El enigma Turing de ficción. Lo único que diferencia la vida de la VALIDA COMO PRUEBA DE COLOR
David Lagercrantz literatura es el modo en que se nos presenta. EXCEPTO TINTAS DIRECTAS, STAMPINGS, ETC.

El carbonero Los relatos reunidos en este libro son el reflejo de la y otros relatos
criminales
DISEÑO 27/9 sabrina
cara más oscura de nuestro mundo. Son historias
Carlos Soto Femenía
de crímenes y criminales, y de quienes los sufren y
EDICIÓN
los persiguen. Son historias por lo general
Los buenos amigos contundentes, a veces aleccionadoras, con
Use Lahoz frecuencia escalofriantes. Pero no son tan solo un
fresco azaroso del mal y del crimen, sino también Lorenzo Silva (Madrid, 1966) ha escrito
Una nueva felicidad del mundo y el lugar en que se manifiestan. las novelas La flaqueza del bolchevique
Curro Cañete Dominan los homicidios, pero no faltan los robos, (finalista del Premio Nadal 1997),
las estafas, las extorsiones, la corrupción de los Noviembre sin violetas, La sustancia
Las calculadoras de estrellas poderosos y la de quienes no lo son tanto. interior, El urinario, El ángel oculto, El
Miguel Ángel Delgado nombre de los nuestros, Carta blanca CARACTERÍSTICAS
Lorenzo Silva, con su afilada y siempre precisa (Premio Primavera 2004), Niños feroces,
El olimpo de los desdichados mirada, retrata la depauperación de la sociedad Música para feos y la Trilogía de Getafe, IMPRESIÓN 4/1
Yasmina Khadra española en estos comienzos del siglo XXI, a través compuesta por Algún día, cuando pueda cmyk + negro
de la vida de sus gentes; y las convulsiones que llevarte a Varsovia, El cazador del desierto y
sacuden el planeta, con fenómenos tan fuera de La lluvia de París. Es autor del libro de
Fray Junoy o la agonía de los sonidos
control como el narcotráfico, el yihadismo o el relatos El déspota adolescente, del libro de PAPEL estucado doble cara
Jaume Cabré
desplazamiento forzado y masivo de personas, viajes Del Rif al Yebala. Viaje al sueño y la
muchas de ellas objeto de trata criminal. pesadilla de Marruecos y de Sereno en el PLASTIFÍCADO brillo
Los usurpadores
peligro. La aventura histórica de la Guardia
Jorge Zepeda Patterson Civil (Premio Algaba de Ensayo). Suya es UVI -
también la serie policíaca protagonizada
Sangre en los estantes por los investigadores Bevilacqua y RELIEVE -
Paco Camarasa Chamorro de la que Donde los escorpiones
(2016) es la última entrega, tras El lejano BAJORRELIEVE -
país de los estanques (Premio Ojo Crítico
1998), El alquimista impaciente (Premio STAMPING -
Nadal 2000), La marca del meridiano
(Premio Planeta 2012) y Los cuerpos
FORRO TAPA -
extraños (2014), entre otras.
PVP 18,00 € 10168076
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http://twitter.com/EdDestino 1385 Diseño de la cubierta: Planeta Arte & Diseño
www.facebook.com/edicionesdestino Fotografía de la cubierta: © Karina Vegas / Arcangel
www.edestino.es Fotografía del autor: © Ana Portnoy GUARDAS -
www.planetadelibros.com Áncora y Delfín 9 788423 351664

INSTRUCCIONES ESPECIALES
-
Todo por amor
y otros relatos
criminales
Lorenzo
Silva

Ediciones Destino
Colección Áncora y Delfín
Volumen 1274

Todo por amor-FIN.indd 5 10/10/16 13:52


© Lorenzo Silva, 2016
www.lorenzo-silva.com

© Editorial Planeta, S. A. (2016)


Ediciones Destino es un sello de Editorial Planeta, S.A.
Diagonal, 662-664. 08034 Barcelona
www.edestino.es
www.planetadelibros.com

Primera edición: noviembre de 2016

ISBN: 978-84-233-5166-4
Depósito legal: B.20.741-2016
Impreso por Black Print
Impreso en España-Printed in Spain

El papel utilizado para la impresión de este libro es cien por cien


libre de cloro y está calificado como papel ecológico.

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1. Si yo fuera juez

La desgana con que Samuel había estado mirando la


tele, desde que se sentara frente a ella con la bandeja
de la cena, se trocó en vivo interés cuando la locutora
pasó a dar cuenta de aquella noticia. Era, desde luego,
una de esas que llaman la atención de cualquiera, del
tipo hombre muerde a perro:
—El juez decano de Barcelona, acusado de un de-
lito de violencia doméstica por presuntos malos tratos
a su mujer.
Samuel subió el volumen del aparato. Según la in-
formación, el juez y su esposa, de profesión notaria, se
habían enzarzado en una agria discusión en el domicilio
conyugal, apenas cinco meses después de la boda y con
motivo de una supuesta infidelidad del marido. La dis-
puta había llegado a las manos y ambos se habían agre-
dido y causado lesiones recíprocas, por lo que cada uno
había presentado denuncia contra el otro. Según había
trascendido, el fiscal pedía nueve meses de prisión para
él y siete para ella, y que se denegaran las órdenes de ale-
jamiento que cada uno había solicitado respecto del otro.
Nada se sabía sobre quién se vería obligado a abandonar
la vivienda común.
Los labios de Samuel dibujaron una sonrisa amar-
ga. Qué cosas, se dijo, su señoría y la señora notaria,

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enfrentándose a los mismos problemas que tienen los
pobres mortales. En ese momento, en el televisor apa-
recieron las imágenes del juez acudiendo a los juzga-
dos para prestar declaración. Venía con quien debía de
ser su abogado, un comprensible gesto de pocos ami-
gos y menos ganas de ser captado por las cámaras. So-
bre su mejilla eran claramente perceptibles los araña-
zos. Pero a Samuel le llamó más la atención otro
detalle: el juez llegaba sin más compañía que su letra-
do defensor. Libre como un pájaro.
Para Samuel, tres meses atrás, la cosa había sido
bien distinta. A él lo condujeron al juzgado dos guar-
dias civiles, esposado, y a su abogado de oficio lo cono-
ció allí, en un pasillo. También él tenía la cara arañada
y había denunciado a su agresora. Pero a Samuel, en
lugar de dejarle ir, le dijeron que conforme al protoco-
lo de seguridad, y como su novia lo había denunciado
también, se quedaría detenido hasta su entrega a la
autoridad judicial, mientras ella regresaba sola al piso
de ambos.
En vano protestó Samuel, en vano insistió en que
comprobaran que las únicas lesiones que ella tenía, al-
gunas magulladuras, eran compatibles con una reac-
ción de defensa por su parte. En vano, en fin, se había
contenido durante la bronca, mientras ella le gritaba,
arañaba y golpeaba con todo lo que pudo encontrar. Era
presunto maltratador y ella, la presunta víctima, hasta
que él no demostrara lo contrario. Así lo disponía la ley.
Esa noche, en el calabozo, Samuel pensó que en
España la única manera de no acabar detenido si a tu
novia le daba un ataque de ira era dejarse sacar los
ojos. Pero había otra.
Ser juez.

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2. Abuelita, dime tú

El inspector observó detenidamente a la mujer. Según


su documentación, contaba setenta y tres años. Los
aparentaba, e incluso alguno más, aunque quizá fuera
por el efecto de la sorpresa y el mal trago del encierro,
que la habían mermado un poco. Su ropa, de distin-
guida marca y esmerado corte, se veía arrugada y sin
prestancia, como si no estuviera demasiado acostum-
brada a lucirla como el género merecía. El trabajo de
peluquería que había dado forma y color a sus cabellos
aparecía también algo arruinado. Rosario D. P. no se
hallaba precisamente en el momento estelar en cuanto
a su capacidad de seducción.
Pero tampoco puede decirse que intentara seducir,
ni a él ni al resto de los que había pretendido influir
con su aspecto. Sólo se trataba de distraer y desorien-
tar, y ahora que el pastel que ocultaba había quedado
al descubierto, ya no tenía sentido esforzarse. Por eso
estaba así, desvencijada sobre la silla, con la mirada
gacha y ausente, y en el semblante un gesto que oscila-
ba de la indiferencia a la abulia, no exentas de cierta
aprensión. El inspector había revisado su historial de-
lictivo. Estaba completamente limpia, nunca antes se
había visto en una como aquélla. Por tanto, algo debía
de haber en ella de la angustia del neófito, ese temblor

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frente a la novedad que ya han perdido quienes cono-
cen de otras veces el ritual de la jaula. Con todo, Rosa-
rio mantenía el aplomo que a veces brota de la deses-
peración.
¿Era por eso, porque ya no esperaba nada de la
vida, por lo que aquella mujer había aceptado aquel
encargo? Con su disfraz de turista acaudalada, alojada
en un camarote de primera, había cargado en su equi-
paje con la mercancía que ahora la sentaba en aquella
silla y la ponía bajo la autoridad del inspector. Un pu-
ñado de kilos de cocaína de la buena, directamente
recibida de Brasil, el nuevo y boyante centro distribui-
dor intercontinental, para ser repartida por los puertos
donde tocaba el crucero que la llevaba a recorrer el
Mediterráneo. Mala pata para ella que el eslabón ante-
rior de la cadena estuviera vigilado.
El inspector le hizo la pregunta:
—Dígame. ¿No tiene usted nietos?
—Sí, ¿por? —la voz de la mujer sonaba extraña-
mente fría.
—Ese polvo era para fundirles el cerebro a chicos
como ellos, que también tienen abuelos. ¿No se lo
planteó nunca?
Rosario pensó entonces en sus nietos. Ese puñado
de egoístas malcriados, dignos herederos de los dos
haraganes que continuaban sangrándola, aunque ya
sólo podía repartir una escasa pensión de viudedad.
Recordó cómo Jessi, la pequeña, se había limpiado
de la cara el último beso que le había dado, después de
apoderarse sin gratitud del huevo Kinder que le lle-
vaba.
—Con mayor motivo —dijo, para desconcierto del
inspector.

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La esperaban ocho años de cárcel. Deseó que a nin-
gún tontaina compasivo le diera por soltarla por su
edad. Allí la pensión iba a cundirle más que en la calle.
Y sería toda para ella.

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3. Un momento de integridad

Joaquín se echó hacia atrás en la silla y exhaló un largo


suspiro. Llevaba tres horas revisando aquel informe, o
mejor dicho revisándole el formato, la tipografía y de-
más aspectos accesorios del texto para darle una pre-
sentación más aparente. Porque en lo que se refería al
contenido, bien poco podía aportar, y tampoco se espe-
raba que lo hiciera. El encargo que había recibido era
bien claro: juntar doscientas páginas sobre el asunto en
cuestión, con la única ayuda de un becario que era aun
más ignorante que él en la materia objeto del estudio,
y al que había puesto a cazar en Internet todo lo que
pudiera servir para engrosar el tocho que debían en-
tregar al día siguiente. Eso era lo verdaderamente im-
portante. Su jefe se lo había explicado así:
—Doscientas páginas, encuadernadas en bonito,
bien impresas, quince copias. Para el viernes sin falta.
Y que todo suene muy técnico, muy documentado,
con muchas estadísticas y cosas de ese estilo. Por lo de-
más, no te preocupes. Las conclusiones son las que ya
te he pasado, y no hace falta que tengan nada que ver
con lo que cuentes en el mamotreto. No se lo va a leer
nadie, sólo es para poderlo archivar y hacer el paripé.
El paripé, como lo llamaba su jefe, tenía precio. Y un
buen precio, además. Nada menos que 165.000 euros,

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que era por lo que les había adjudicado el concurso la
Consejería. En cuanto a lo que había detrás de esa de-
cisión de transferirle a un particular semejante suma
de dinero público, a cambio de algo que no tenía la
menor entidad real, Joaquín albergaba alguna vaga
sospecha, aunque no pensaba arriesgarse a hacer nin-
guna hipótesis. Su jefe tenía el carné del partido, y el
proyecto que iban a respaldar suponía una operación
de muchos millones de euros. Alguien estaba a punto
de obtener una financiación buena, bonita y barata
para algo, que en tiempos de crisis era como maná caí-
do de cielo. Tan sólo hacía falta adjuntar un informe.
Pero a él le tocaba hacerlo, y firmarlo, y de pronto
tuvo un prurito. Aquello era demasiado descarado. En
el borrador que le había pasado el becario había saltos
escandalosos. Para mejorar la ligazón entre dos bloques
redactó a toda prisa unos párrafos. Le faltaban un par
de datos, y le puso al becario un comentario en el archi-
vo del documento para que los completara. El comen-
tario, que habría de recordar toda su vida, decía así:

Pablo, he metido aquí esto para que no cante tanto que todo
esto es un recorta y pega de Internet. Rellena lo que falta.

Pablo cumplió el encargo. Lo que se le olvidó fue


limpiar del archivo el comentario. Con tan mala fortu-
na, que meses después el asesor del partido de la oposi-
ción que revisó aquel informe, para rebatirlo, lo en-
contró y lo pasó a todos los periódicos.
Así fue como Joaquín se incorporó a las listas del
paro. Y todo, según el resumen que hizo su jefe mien-
tras le daba la carta de despido, por un inoportuno
momento de integridad.

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4. Al ladrón

Sara ya nunca iba a olvidarse de aquel examen. Y no


porque lo llevara mal preparado, porque sacara una
nota muy alta o muy baja, o porque fuera crucial en su
carrera como estudiante. De hecho, lo hizo sin apuros,
sacó un notable y todavía le quedaban muchos otros an-
tes de enfrentarse a la vida adulta. Pero fue mientras
estudiaba para aquel examen cuando vio por vez prime-
ra (y deseó que última) cómo mataban a un hombre.
La atrajeron a la ventana los gritos. Voces masculi-
nas, que no entendía, pero que sonaban lo bastante ai-
radas como para llamar la atención. Cuando se asomó,
divisó a un hombre que llegaba a la carrera junto a un
coche, le pareció que con intención de introducirse en
él. Sin embargo, en lugar de hacerlo, se volvió y esgri-
mió dos cuchillos. Justo entonces llegaron otros hom-
bres, los que lo perseguían. Al ver las armas en sus ma-
nos, retrocedieron, pero apenas unos segundos después
algo impactó con contundencia en la cabeza del fugiti-
vo y éste cayó a tierra, doblando las rodillas y soltando
los cuchillos en el mismo acto. Con ademán inseguro
quiso comprobar el daño causado por el proyectil. No
pudo. Inmediatamente lo alcanzaron otros y entonces
Sara pudo distinguir que lo que le estaban arrojando
eran adoquines de la obra cercana. El hombre apenas

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resistió un par de impactos más, antes de caer incons-
ciente. A partir de ahí, se desató sobre su cuerpo inerte
una lluvia de patadas, mientras la sangre que manaba
de su cabeza empezaba a regar el pavimento. Sara lla-
mó a sus padres, para que avisaran a la policía. Su ma-
dre la apartó de la ventana, y en ese momento Sara
sintió algo bastante contradictorio: el espectáculo era
horrendo, iban a matar a aquel hombre, pero le costa-
ba dejar de mirarlo.
Y en efecto, lo mataron. La policía llegó cuando ya
no había nada que hacer. Detuvieron a los homicidas, o
a algunos de ellos. Sara leyó que el protagonismo del
linchamiento se atribuía a dos magrebíes; los que grita-
ban en aquel idioma que no entendía, dedujo. El hom-
bre muerto había intentado dar un atraco en unos salo-
nes recreativos de los que ellos, y alguna otra gente con
mal pronto, eran clientes habituales. Una mala idea, un
mal sitio, un mal momento. Los periódicos decían que
el difunto era un parado con dos hijos, una hipoteca y
sin antecedentes.
Tampoco Juan podría nunca olvidar ese día. La
imagen de aquel hombre, con un cuchillo en la mano,
buscando nervioso a quien debía ocupar el mostrador
de los dineros, es decir, a él, que en ese momento no
estaba en su puesto porque había ido al servicio. No
podría nunca borrar el instante en que, al percatarse
de lo que el otro intentaba, había dado en gritar instin-
tivamente aquellas dos palabras, desatando sobre el
infeliz, que no había sabido conformarse a las penali-
dades del purgatorio, todos los rigores del infierno.
Aquellas dos breves, fatídicas palabras, que Juan pro-
nunció ese día por primera y última vez:
—Al ladrón.

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