Serie: Jesús a través del Evangelio de Juan.
NUESTRO VERDADERO ALIMENTO
Juan 4:27-42
En la conversación del Señor Jesús con la mujer samaritana, Él nos habló sobre la verdadera
agua, aquella agua viva y espiritual que puede calmar la sed de nuestra alma. Quien bebía
el agua física de aquel pozo, volvería a tener sed y tenía que estar sacando agua una y otra
vez, pero quien bebe del agua espiritual que sólo Jesús puede dar, ya no vuelve a tener sed,
no sigue buscando pozos ni fuentes, ya que tendrá en él un manantial que salta para vida
eterna. Esa agua viva es la Salvación que el hombre puede obtener por la fe en Jesús. Una
vez que ha sido salvo, es llamado a adorar a Dios en Espíritu y en Verdad. Esta adoración
involucra todo nuestro ser, no es simplemente algo externo, no consiste en simples ritos y
ceremonias, sino que nace de un corazón que ha sido regenerado por la obra del Espíritu
Santo. Y es una adoración que se hace en verdad, que se hace en obediencia a la Palabra de
Dios.
Después que la mujer samaritana se convirtió en una verdadera adoradora, ella dejo su
cántaro junto al pozo y fue a la ciudad a contar lo que Cristo le había dicho, para dar
testimonio de Él. Luego vinieron sus discípulos y el Señor Jesús sostuvo un dialogo con sus
los discípulos, donde nos mostrará cual debe ser nuestro verdadero alimento y nos exhorta a
obedecer el llamado de ocuparnos en nuestro verdadero alimento.
A. ¿CUÁL ERA EL VERDADERO ALIMENTO DE JESUS?
1. Los discípulos habían traído alimento.
Juan 4:27,31, “27 En esto vinieron sus discípulos, y se maravillaron de que hablaba
con una mujer; sin embargo, ninguno dijo: ¿Qué preguntas? o, ¿Qué hablas con
ella? 31 Entre tanto, los discípulos le rogaban, diciendo: Rabí, come.”
Entonces fue algo natural la sugerencia de que Jesús comiera algo. Sin embargo, la
respuesta de Jesús los confundió; les dijo que ya había tenido un alimento del que
ellos no sabían. La respuesta se parece mucho a la forma en que él le había hablado
antes a la mujer acerca del agua viva. Jesús no hablaba de un alimento terrenal; lo
que quiso decir es que el hecho de llevar a la mujer samaritana a la fe salvadora
había alimentado su alma y había refrescado su espíritu.
2. Jesus les dijo que su verdadero alimento era hacer la voluntad de su Padre.
Juan 4:32-34, “32 Él les dijo: Yo tengo una comida que comer, que vosotros no
sabéis. 33 Entonces los discípulos decían unos a otros: ¿Le habrá traído alguien de
comer? 34 Jesús les dijo: Mi comida es que haga la voluntad del que me envió, y que
acabe su obra.”
Lo que alimentaba y satisfacía su alma tenía que ver con hacer la voluntad de su
Padre, para eso lo había enviado, para que llevara a cabo su obra. Juan 17:4-6, “4 Yo
te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. 6 He
manifestado tu nombre a los hombres que del mundo me diste; tuyos eran, y me los
diste, y han guardado tu palabra.” Eso fue lo que sació el hambre de Jesús. Él había
venido a este mundo para buscar y salvar a los que estaban perdidos. Lucas 19:10,
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.” Y al
guiar a la mujer a que creyera en él, estaba cumpliendo la voluntad de su Padre. Con
la misma intención y con el mismo propósito él iba a terminar la obra en la cruz a
favor de todos los pecadores.
B. ¿EN QUÉ CONSISTE NUESTRO VERDADERO ALIMENTO?
1. El “alimento” de Jesús se convertiría en alimento también para sus discípulos.
Juan 4:35ª, “¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega?
He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos
para la siega.”
Los discípulos de Cristo tenemos que alimentar nuestra alma con el mismo alimento,
el hacer la voluntad del Padre. Juan 17:18, “Como tú me enviaste al mundo, así yo
los he enviado al mundo.” Las personas más capacitadas para divulgar el Evangelio
en aquella ciudad eran los discípulos. Aquellos que diariamente tenían la compañía
de su Maestro, que ya habían presenciado eventos milagrosos, y probado del amor y
de la profunda compasión de Cristo. Sin embargo, fueron a la ciudad y regresaron
sólo con la comida que no sacia el alma (v. 30). Ellos no fueron capaces de testificar
a los samaritanos, muy probablemente por causa de sus prejuicios. Al ver a Jesus
testificando a la mujer samaritana estaban sorprendidos que Él estuviera hablando
con esta mujer (v. 27). Pero ninguno se atrevió a preguntarle al respecto; sólo
insistieron que comiese (v. 31).
2. Ya había llegado el tiempo de la cosecha espiritual.
Juan 4:35b, “¿No decís vosotros: Aún faltan cuatro meses para que llegue la siega?
He aquí os digo: Alzad vuestros ojos y mirad los campos, porque ya están blancos
para la siega.”
Entonces, Jesus hace uso de la metáfora de la cosecha para explicar a sus discípulos
sobre la misión de ellos. Jesús se presenta a sí mismo como el sembrador y dijo que
iban a ver muchos frutos de la conversación que tuviera con la mujer samaritana.
Los discípulos, por lo tanto, deberían coger los frutos (vv. 35-38) “Alzad vuestros
ojos y mirad los campos”, dijo Jesús, al ver que ya se acercaba la gente de Sicar,
“porque ya están blancos para la siega.” La cosecha espiritual ya estaba en camino,
y los samaritanos, entre todos los pueblos, eran parte de ella. Ya disfrutaban del fruto
de la vida eterna por medio de la fe en Cristo debido a la semilla que la mujer había
sembrado en el pueblo, y Jesús estaba recogiendo la cosecha. Jesús nos enseña una
valiosa lección acerca de la cosecha espiritual. Cuando plantamos una semilla en la
tierra, puede tomar hasta cuatro meses para que llegue la cosecha. Pero cuando
guiamos a una persona a Cristo, si levantamos los ojos y permanecemos alerta,
podremos ver que esta única persona está conectada con muchas otras que abrirán su
vida al Salvador. Mucho antes de llegar a Samaria, Jesús estaba pensando acerca de
esta mujer y de las personas vinculadas con ella.
3. Hay regocijo para el que siembra y para el que cosecha por el fruto de vida
eterna.
Juan 4:36-38, “36 Y el que siega recibe salario, y recoge fruto para vida eterna,
para que el que siembra goce juntamente con el que siega. 37 Porque en esto es
verdadero el dicho: Uno es el que siembra, y otro es el que siega. 38 Yo os he
enviado a segar lo que vosotros no labrasteis; otros labraron, y vosotros habéis
entrado en sus labores.”
Hay gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente. Lucas 15:7, “Os digo que así
habrá más gozo en el cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y
nueve justos que no necesitan de arrepentimiento.” Sin embargo, antes de que esto
suceda, alguien se tiene que encargar de sembrar la palabra de Dios. Salmo 126:5-6,
“5 Los que sembraron con lágrimas, con regocijo segarán. 6 Irá andando y llorando
el que lleva la preciosa semilla; Mas volverá a venir con regocijo, trayendo sus
gavillas.” El sembrador hace el trabajo más difícil y no siempre ve la cosecha. Jesús
plantó las semillas, y los discípulos tuvieron la oportunidad de cosechar. En el
contexto inmediato, Jesús había sembrado en la mujer samaritana y la gran cosecha
vendría luego. Hay recompensas en el reino de los cielos. 1 Corintios 15.58, “Así
que, hermanos míos amados, estad firmes y constantes, creciendo en la obra del
Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es en vano.”
4. El proceso continúa hoy en día por medio de la iglesia.
Continuamos sembrando y cosechando: algunas veces sembramos y otras veces
cosechamos. Adoniram Judson, el famoso misionero a Birmania. Él trabajó en ese
país, cerca de seis años, antes de obtener su primer convertido al cristianismo. Hoy,
hay un verdadero avivamiento en ese país. Nosotros estamos segando la cosecha que
otros misioneros sembraron, a través de los años. El hecho de llevar a cabo este
trabajo de sembrar el evangelio refresca el alma, porque el Señor quiere que lo
hagamos, y nosotros queremos lo que él quiere. Cuando él nos permite ver la cosecha
(la gente que confiesa a Cristo para la vida eterna), nos regocijamos.
C. ¿CUÁL ES EL RESULTADO DE ALIMENTARNOS DEL VERDADERO
ALIMENTO?
1. La mujer samaritana enseguida testificó acerca de Jesús.
Juan 4:28-30, “28 Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los
hombres: 29 Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No
será este el Cristo? 30 Entonces salieron de la ciudad, y vinieron a él.”
La mujer samaritana compartió las buenas nuevas acerca de Jesús con los que
conocía. Dejando atrás su cántaro, ella regreso apresuradamente a su aldea para
hablarles de la buena noticia a las personas en el pueblo de Sicar (Juan 4:29). El
efecto del ministerio de Jesús en esta mujer fue que ella vino a ser una evangelista
apasionada. Vemos aquí, un testimonio indiscutible de la gracia de Dios. Una vez
que su vida fue cambiada por el Señor, esta mujer, quien era una rechazada social,
vino a ser testigo apasionada y persuasivo para la gente de su propio pueblo. Cuando
sembramos el evangelio en una persona, tal persona seguirá sembrado porque está
conectada con muchas personas. Cuando Andrés descubrió a Jesús, él pronto llevó a
su hermano Simón (Pedro) a Cristo (Juan 1:41). Y cuando Felipe se encontró con
Jesús, él fue y se lo contó a Natanael, su amigo (Juan 1:45). Las personas están
conectadas. Cuando ellos encuentran a Jesús, frecuentemente llevan a los miembros
de su familia, amigos y vecinos a Jesús.
2. Muchos más llegaron a creer en Jesús por el testimonio de la mujer samaritana.
Juan 4:39-42, “39 Y muchos de los samaritanos de aquella ciudad creyeron en él por
la palabra de la mujer, que daba testimonio diciendo: Me dijo todo lo que he
hecho. 40 Entonces vinieron los samaritanos a él y le rogaron que se quedase con
ellos; y se quedó allí dos días. 41 Y creyeron muchos más por la palabra de él, 42 y
decían a la mujer: Ya no creemos solamente por tu dicho, porque nosotros mismos
hemos oído, y sabemos que verdaderamente este es el Salvador del mundo, el
Cristo.”
Pronto a través del testimonio de aquella mujer, muchos de los samaritanos la
escucharon y le creyeron debido a su testimonio (Juan 4:39). Cuando el pueblo fue a
ver a Jesús, “creyeron muchos más” por las palabras de Jesús (Jn 4:41). Por su
novedoso testimonio se produjo un despertar espiritual, causando que muchos en la
ciudad aceptaran a Jesús como “el Salvador del mundo” (Jn 4:42).
Debido a todas las cosas maravillosas que la mujer les dijo acerca de Jesús, muchos
samaritanos creyeron en él. Pero era necesario que su nueva fe creciera; necesitaba
reafirmación y fortalecimiento. Necesitaban saber más acerca del Mesías. Por esto le
pidieron a Jesús que se quedara con ellos, y él se quedó dos días. Su palabra era la
que los animaba y la que hacía que su fe se fortaleciera. Jesús, que era el Verbo que
estaba con Dios en el principio, le dio a esta gente la palabra de salvación en él. La fe
de esas personas avanzó y creció más allá de la chispa que había encendido las
palabras de la mujer.
Se avivó en una llama resplandeciente y pudieron confesar: “Nosotros mismos
hemos oído y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el
Cristo.” Jesús no dejó ninguna duda en ellos. Él había venido para salvar a todas las
personas, y estos samaritanos a quienes la mayor parte de los judíos consideraba
paganos, estuvieron entre los primeros en creer y en vivir.
CONCLUSIÓN
Donde usted vive, ¿quién es un puente para alcanzar a un grupo de personas perdidas?
¿Cómo puede usted llegar a este puente? Jesús no tuvo que enviar a esta mujer para difundir
la noticia. Él no ofreció clases de “técnicas de evangelismo”. Él plantó en ella una semilla
de la verdad eterna, por lo que se vio impulsada, naturalmente, a compartir las buenas
noticias. La mujer samaritana inmediatamente compartió su experiencia de salvación con
otras personas. A pesar de su reputación, muchos aceptaron la invitación y fueron al
encuentro con Jesús. Tal vez haya pecados en tu pasado de los cuales tienes vergüenza.
Pero Cristo nos restaura y nos transforma en una nueva persona. A medida que la gente ve
los cambios en nosotros, sienten curiosidad. Use estas oportunidades para llevarlos a Cristo.
Sea un instrumento de Dios para manifestar la salvación en Cristo para todos los que le
rodean.