Maureen Child - 05 - Un Falso Novio
Maureen Child - 05 - Un Falso Novio
Maureen Child
Argumento:
Cuando Tracy Hall decidió aparecer como una mujer de éxito en la reunión
de antiguos alumnos de su instituto, pensó que lo único que necesitaba era
una nueva imagen, un anillo en el dedo y un novio…convenientemente
ausente. Sencillo, ¿verdad? Pues estaba equivocada.
Cuando se encontró con el hombre del que había estado enamorada en su
adolescencia, Rick Bennet, su sencillo plan se vino abajo. Porque después de
una inesperada noche de pasión con el guapísimo capitán de marines, Tracy
se encontró inconvenientemente embarazada. Rick no deseaba seguir siendo
un novio de mentira… sino un marido de conveniencia. Pero lo que Rick
estaba dispuesto a hacer por su sentido del deber, Tracy sólo podía hacerlo
por amor.
Maureen Child – Un falso novio
Capítulo Uno
—Odio las reuniones —murmuraba Tracy Hall sobre el auricular. Al principio
le había parecido una idea estupenda volver a Juneport, Oregón, para asistir a la
reunión de sus compañeros de instituto. Pero cuando llegó la hora de marcharse,
Tracy había empezado a reconsiderar seriamente el plan.
Aún murmurando, se sentó de golpe sobre la maleta. Había guardado en ella
suficiente ropa como para dar la vuelta al mundo. Y eso sin contar con el nuevo
porta-trajes lleno a rebosar o el neceser, con toneladas de cremas y cosméticos.
Cuando por fin pudo cerrar la maleta, lanzó un suspiro de triunfo.
Los nervios se le habían agarrado al estómago. ¿Y si aquello no funcionaba? ¿Y
si alguien se enteraba de lo que iba a hacer? Sólo imaginarse las carcajadas de sus
compañeros hacía que se le pusiera la carne de gallina.
—¿Por qué voy a hacer esto? —preguntó.
—Porque será muy divertido —le contestó una voz al otro lado del hilo.
—Ya. Me estoy muriendo de risa —dijo Tracy poco convencida. Las
preparaciones para aquel viaje al pasado la habían dejado agotada. Y eso sin contar
con el Plan. Incluso pensaba en él con letras mayúsculas.
—De verdad, Tracy —dijo su hermana Meg, con el tono que solía usar con los
niños—, al menos, podrías intentar parecer entusiasmada.
Un par de semanas atrás, cuando se le había ocurrido la idea, Tracy se había
sentido entusiasmada. Pero después, al verse enfrentada con la inminencia del viaje,
la idea había perdido todo el brillo.
Tracy se miró en el espejo que había frente a ella. La imagen estaba ligeramente
desenfocada y tuvo que cerrar un ojo. Meg la había llamado cuando se estaba
poniendo las lentillas y sólo había tenido tiempo de ponerse la derecha.
La imagen que le devolvía el espejo era la de una mujer elegante, profesional,
segura de sí misma. Pero detrás de aquella nueva imagen, estaba la misma Tracy
Hall de siempre.
La empollona de la clase. La rara. El patito feo, en comparación con su bellísima
hermana Meg.
Tracy nunca había sido guapa y se había acostumbrado a ello. Pero, se decía a sí
misma, incluso los patitos feos crecen y se convierten si no en cisnes, al menos en
patos atractivos.
—¿Tracy? —la llamó Meg—. ¿Estás ahí?
—Sí. ¿Qué ruidos son esos?
—Lo de siempre —contestó su hermana—. ¡Tony, no te tires de la escalera, te
vas a romper el cuello!
—¿Ha vuelto a vestirse de Superman?
Antes de que él pudiera contestar, Tracy empezó a subir las escaleras de dos en
dos. Rick la observaba, admirando sus largas piernas y la suave curva de su trasero.
Y aquel pensamiento lo sorprendió. ¿El trasero de Tracy Hall?
—Por favor —musitó para sí mismo, pasándose la mano por el cuello mientras
se dirigía al salón.
Otra sorpresa.
No sabía por qué, pero no había imaginado que Tracy pudiera vivir en una casa
tan elegante.
Había dos sofás blancos uno frente al otro y, en medio, una mesa de madera
noble llena de revistas. Un par de sillones, mesitas de lectura y elegantes lámparas
decoraban la bien iluminada habitación. Las ventanas llegaban hasta el techo y desde
ellas podía verse el mar a lo lejos. Una de las paredes estaba cubierta de estanterías
con libros y en la otra había una elegante chimenea.
El suelo de madera pulida reflejaba la luz del sol.
Una sorpresa tras otra, pensaba. Cuando había aceptado llevar a Tracy a
Oregón, había esperado encontrarla en un pequeño apartamento apartado del
mundo. Pero había sido una estupidez pensar que Tracy no habría cambiado en diez
años.
Rick no podía dejar de preguntarse si su personalidad habría cambiado tanto
como su aspecto exterior.
cada noche besando la almohada como si fuera él. Había llenado docenas de diarios
detallando cada palabra que él le decía, lo cual no era nada difícil porque la mayoría
de sus conversaciones se limitaban a un «Hola, Rick». A lo que él contestaba con un
escueto «Hola, ¿dónde está tu hermana?».
No mucho, desde luego, pero lo suficiente como para calentar el corazón de una
quinceañera torpe y feúcha como ella.
Y diez años más tarde, él le había dicho un piropo. Obviamente, el dinero que
se había gastado en un cambio de imagen había valido la pena.
Tracy levantó la cara y se miró en el espejo.
—Desde luego, eres una belleza —se dijo a sí misma.
Abriendo mucho el ojo izquierdo, empezó a masajear el párpado hasta que por
fin consiguió colocar la lentilla en su sitio.
Mientras estudiaba su reflejo, Tracy se preguntaba si todo aquello merecería la
pena. No sólo las lentillas. Estaba empezando a dudar de si el Plan valía la pena.
Su Plan. Una mentira.
Tracy apagó la luz del cuarto de baño y volvió a su habitación. La luz del sol se
filtraba a través de las cortinas azules y se reflejaba sobre el edredón de rayas de su
cama. Como las barras de una prisión, excepto que las suyas eran horizontales en
lugar de verticales y, seguramente, en las prisiones no habría almohadas de plumas.
Además, no se iba a la cárcel por mentir, pensaba.
Pero su conciencia culpable la molestaba de nuevo.
—Perfecto —murmuró, dirigiéndose hacia la cama para tomar las maletas—.
Menos mal que no te has convertido en criminal. O en espía. No tienes estómago
para eso.
¿A quién estaba intentando engañar?, se preguntaba. No era la idea de mentir
en una reunión escolar lo que hacía que tuviera un nudo en el estómago. Era volver a
ver a Rick. Era volver a recordar los sentimientos que él había despertado. Era darse
cuenta de que algunas cosas, pasara el tiempo que pasara, no habían cambiado.
Con el porta-trajes colgado de un hombro, la pesada maleta en una mano y el
neceser en la otra, Tracy se dirigía hacia la escalera a trompicones.
Como alguien a quien han enviado a galeras.
—Tracy, por favor, cálmate —murmuró para sí misma. Si iba a pasarse las
próximas dos semanas sudando por cada pequeña mentira, perdón, «exageración»,
moriría de angustia. Y tenía que aprender a controlar el ataque de nervios que sentía
cada vez que estaba a un metro de distancia de Rick Bennet. Sólo le estaba haciendo
un favor por su hermana. Sólo estaba siendo amable.
No era su cita. Ni su amante. Aquel pensamiento envió un escalofrío por su
espina dorsal. Lenta, deliberadamente, Tracy tomó aire, esperando estabilizar su
debilitado sistema nervioso. Cuando le pareció que había recuperado el control,
levantó la barbilla—. Puedes hacerlo, Tracy. Sólo serán unos días a solas con él y
después no volverás a verlo. No va a ser tan difícil.
Algo le decía que aquella frase aparecería en su diario como las famosas
«últimas palabras».
Capítulo Dos
Los kilómetros parecían volar bajo las ruedas del todoterreno. En un par de
horas, habían salido del condado de Los Ángeles y conducían a toda velocidad por la
autopista, rodeada a ambos lados por acres y acres de naranjales y viñedos. El cielo
parecía más azul, el sol más cálido y el viento más fresco.
Tracy miraba por la ventanilla, observando los robles de California que crecían
sobre las onduladas colinas. De vez en cuando, alguna granja daba un toque de color
al paisaje. Cuanto más se alejaban de su casa y del trabajo que le esperaba a la vuelta,
más relajada se sentía.
Aquello no era tan malo, después de todo. Por el momento, estaba siendo un
viaje muy agradable. No se le había trabado la lengua en ningún momento y casi se
estaba acostumbrando a la proximidad de Rick.
Pero se sentiría mucho mejor si él no estuviera tan cerca.
Tracy miró de reojo en su dirección. Con las dos manos al volante, Rick
mantenía la mirada fija en la carretera. Pero, incluso de perfil, los atractivos rasgos
del hombre eran suficientes como para encender sus fantasías.
Su cabello castaño claro estaba cortado al estilo militar y sus ojos color verde
esmeralda estaban escondidos bajo unas gafas de sol con montura de metal. Medía
más de un metro ochenta y el polo azul oscuro se ajustaba a su musculoso torso,
prueba de que acudía regularmente al gimnasio.
Tracy bajó la mirada y observó los gastados pantalones vaqueros y los
mocasines. Guapísimo, pensaba disimulando un suspiro, mientras volvía la cara
hacia la ventanilla.
—¿Ha terminado la inspección? —sonrió Rick.
—¿Perdón?
—¿La he pasado?
Obviamente, él no se dejaba engañar por su aspecto inocente.
—¿Te has dado cuenta?
—La sutileza nunca ha sido tu punto fuerte, Tracy —sonrió él de nuevo.
—Y sigue sin serlo —admitió ella, moviéndose incómoda en el asiento—.
Aunque ya no me escondo detrás de los árboles —añadió. Él volvió a sonreír—. La
verdad es que estaba pensando que no has cambiado mucho en todos estos años.
—Pues tú sí —dijo él, mirándola—. Estás estupenda.
—Gracias. Supongo que eso era un piropo.
—Perdona, no quería decir que antes… —empezó a decir él.
—Sé lo que querías decir —lo interrumpió ella.
En ese momento, un golpe de viento lanzó el pelo sobre sus ojos y Tracy lo
apartó con un gesto impaciente.
Pero debería alegrarse del comentario. ¿No estaba viendo él exactamente lo que
ella quería que viera? ¿Que había cambiado, que se había convertido en una mujer
guapísima? Entonces, ¿por qué la irritaba que Rick hubiera notado el cambio?
Quizá porque una parte de ella deseaba que Rick se sintiera atraído por la
«auténtica» Tracy.
—Bueno, cuéntame qué vas a hacer en Juneport —dijo él, bajando el volumen
de la radio.
—Lo mismo que tú, supongo —contestó ella—. Visitar a mi familia y
comprobar si el instituto sigue siendo tan horrible como yo lo recuerdo.
—¿Horrible? Yo creí que te encantaba.
—¿Por qué? ¿Por que sacaba buenas notas?
—Pues… sí —contestó él, encogiéndose de hombros.
En realidad, Tracy se había volcado en los libros porque era demasiado tímida y
se creía incapaz de hacer amigos. Las clases eran el único sitio en el que la gente se
fijaba en ella. Eso alegraba enormemente a sus padres, pero la había convertido en
una insoportable empollona para todos los demás. Cada vez que uno de los
profesores la señalaba como ejemplo, sus compañeros la miraban con resentimiento.
La única amiga de Tracy había sido su hermana Meg. Por eso, su adolescente
amor por Rick había sido aún más doloroso.
—Hablé con mi madre la semana pasada —estaba diciendo Rick— y me ha
dicho que Meg está embarazada otra vez.
—Sí —murmuró Tracy, con alegría y envidia a la vez.
—¿Cuántos tiene ya?
—Es el quinto —sonrió Tracy, imaginando al recién nacido. Sentir el peso de un
bebé en los brazos era la sensación más agradable del mundo para ella.
—¡Cinco hijos! —exclamó Rick.
—¿Qué pasa? —preguntó Tracy, a la defensiva.
—Nada, nada —contestó él, sorprendido—. Solo que me resulta difícil imaginar
a Meg y a John con cinco hijos.
—No es un crimen tener muchos hijos. ¿Quién ha dicho que la familia media
tiene que limitarse a 2,5 niños?
—Yo no, desde luego —sonrió él—. A mí no me atrae la idea de tener hijos,
pero cada uno hace lo que quiere con su vida.
—Me alegro, porque mi hermana piensa invitarte a comer para que los
conozcas a todos. Rick no pudo disimular una expresión de horror. Aparentemente,
la idea de estar rodeado de críos era suficiente como para que el marine se pusiera
pálido. Seguía siendo un solterón empedernido, pensaba Tracy. El hombre de sus
Rick se había quedado solo con el corazón roto y, reuniendo todo el orgullo que
le quedaba, había vuelto a su casa. Al día siguiente, tomaba un tren con destino a la
universidad.
Meg le había escrito varias cartas pidiéndole perdón, hasta que un día le
informó de que se había comprometido con John Bingham, su mejor amigo.
Para entonces Rick se había dado cuenta que Meg les había hecho un favor a los
dos echándose atrás. Las heridas del amor son profundas pero, cuando se es joven,
curan con facilidad.
Una vez terminada la universidad, Rick había entrado en los marines como
oficial. Le gustaba su trabajo y le gustaba su vida. Y, de vez en cuando, le daba las
gracias a Meg en su corazón por haber sido más inteligente que él.
Además, cinco niños… Daba igual lo que Tracy pensara, la idea de tener cinco
hijos le producía escalofríos.
Por deseo propio, Rick no había mantenido ninguna relación duradera después
de Meg. Sabía lo difícil que era la vida para la esposa de un militar y no pensaba
casarse porque no podría darle a su esposa la clase de atención que ella tendría
derecho a esperar.
Él era un marine sobre todas las cosas. Y pocas mujeres podrían entender eso.
—Bueno, ¿qué tal tus hermanos? —la voz de Tracy lo devolvió al presente—.
¿Te han hecho tío ya?
—No —rió el—. No hay mujer en el mundo que quiera cargar con ninguno de
los dos.
—Ah, qué bien —sonrió ella. ¿Siempre había tenido aquel hoyito en la mejilla?,
se preguntaba Rick—. Ellos también son marines, ¿verdad?
—Andy es teniente y Jeff es sargento. Nos encontraremos con ellos en la
reunión.
—¿Tienes ganas de verlos?
—Claro que sí. Hace mucho tiempo que no nos vemos.
—Ya me imagino. Siendo militares los tres…
—Los cuatro. Te recuerdo que mi padre era comandante del ejército antes de
retirarse.
—Es verdad —asintió Tracy, perdida en sus pensamientos—. Rick, ¿te acuerdas
el día que Andy dejó tu bicicleta en la playa y se la llevó la marea?
Los dos se echaron a reír y Rick se dio cuenta de que la risa de Tracy era
cristalina, suave… Y que lo ponía nervioso.
Tracy Hall lo ponía nervioso.
—¿Que si me acuerdo? Andy me sigue debiendo treinta y cinco dólares por esa
bicicleta. Estuve repartiendo periódicos durante meses para poder pagarla.
—Andy me había llevado en tu bici aquel día. Yo estaba con él cuando salió
nadando.
—¡No lo dirás en serio! —exclamó él, mirándola.
—Claro que sí. Nos tiramos al agua para salvarla, pero Neptuno se la llevó.
Rick intentaba imaginarse a la joven y torpe Tracy nadando para recuperar la
bicicleta pero, mirando a la mujer que tenía al lado, le resultaba imposible.
—Él nunca me dijo nada de eso.
—Los delincuentes no se chivan unos de otros.
—Hasta ahora, ¿no?
—Yo creo que el delito ya ha prescrito.
—Eso es lo que tú crees, Pecas —dijo él, llamándola sin darse cuenta por el mote
que solía usar diez años atrás—. Me debes diecisiete dólares con cincuenta —añadió.
Tracy no decía nada—. ¿Qué pasa? ¿Te niegas a pagar?
Ella seguía sin decir nada y cuando Rick la miró, se dio cuenta de que tenía una
expresión extraña.
—Me has llamado Pecas.
—Sí —rió él. No sabía por qué lo había hecho. La llamaba así porque en verano
la cara de Tracy se llenaba de pecas pero, según creía recordar, a ella no le hacía
ninguna gracia el apelativo—. Perdona, me ha salido sin darme cuenta.
—No hace falta que te disculpes —dijo ella, poniendo la mano sobre su brazo.
El roce le producía una especie de descarga eléctrica incomprensible. Con la boca
seca, Rick se decía a sí mismo que era una reacción normal ante una mujer guapa.
Pero era más que eso y él lo sabía. Tracy apartó la mano enseguida, pero la sensación
continuaba. Rick bajó la ventanilla, esperando que el aire lo refrescara un poco—.
Hacía siglos que no me acordaba de ese mote.
—No sé por qué lo he dicho, perderla –murmuró Rick, moviéndose incómodo
en el asiento.
—Nunca te dije cuánto significaba ese mote para mí.
—¿Qué? —preguntó él, mirándola fugazmente para no perder de vista la
carretera. Sus ojos azules tenían un brillo especial. Demasiado especial—. Creo
recordar que no te hacía ninguna gracia.
—Lo que me molestaba era que me salieran pecas por todas partes.
—Aparentemente, eso ha cambiado —sonrió él.
—Bueno, al menos ya no me salen en la cara —suspiró ella. Sin darse cuenta,
Rick empezó a imaginarse a sí mismo descubriendo las ocultas pecas en el cuerpo de
Tracy. La sensación de tensión en la entrepierna lo sorprendió y tuvo que disimular
un gruñido de incomodidad. ¿Quién hubiera podido imaginar que la pequeña Tracy
podría hacer que sus hormonas se despertaran de aquella forma?
—Pero cuando me llamabas Pecas…
Capítulo Tres
El restaurante estaba lleno de gente y esa era buena señal. Aunque Tracy
esperaba que la comida fuera mejor que la decoración. Había plantas de plástico
colgando del techo y las lámparas eran ruedas de vagón con bombillas medio
fundidas, que mantenían el local casi a oscuras.
Pero la camarera era simpática y enseguida anotó su pedido: pez espada con
ensalada y patatas para él y pechuga de pollo para ella. Mientras la mujer iba a la
barra, Tracy aprovechó para observar detenidamente a Rick.
Incluso después de varias horas en su compañía, no había tenido oportunidad
de mirarlo de frente. La mandíbula cuadrada, la nariz recta, unos ojos verdes
penetrantes y una sonrisa que la derretía por dentro.
Asombroso. Tracy había creído que sus sentimientos por él estaban enterrados,
pero se daba cuenta de que no era así. La única diferencia era que, diez años después,
la atracción era más fuerte, más cruda. Después de todo, era una mujer adulta y tenía
más información, aunque fuera teórica, sobre determinadas cosas.
La camarera dejó dos vasos de té frío sobre la mesa antes de meterse en la
cocina. Tracy necesitaba tener algo en las manos y se agarró al vaso como si fuera un
salvavidas. El té helado serviría para calmar la fiebre que parecía haberse adueñado
de ella.
—Bueno… —empezó a decir.
—Bueno —repitió él.
Era raro. No habían tenido problemas de comunicación en el coche. ¿Por qué se
encontraban tan incómodos en el restaurante? Quizá porque aquella situación era
muy parecida a una cita, pensaba. Pero era absurdo. ¿Ella teniendo una cita con el
capitán Rick Bennet? Imposible.
—Has dicho que Andy y Jeff siguen solteros. ¿Y tú? —preguntó Tracy por fin.
—Yo también —contestó Rick. Sin darse cuenta, Tracy lanzó un suspiro de
alivio. Sabía que era absurdo, pero no le hubiera gustado oír que tenía novia o que
vivía con alguien—. Mi madre está empezando a ponerse pesada con lo de los nietos,
pero lo va a tener difícil. No me imagino a mis hermanos rodeados de niños.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿No quieres tener hijos? Bueno, ya sé que no es asunto mío —se disculpó
inmediatamente, sofocada. De repente, se había imaginado una versión diminuta de
la cara de Rick y se le había encogido el corazón.
—Se supone que tienes que estar casado para tener hijos. Y yo no tengo planes
de casarme —contestó él.
Tracy tuvo que disimular un gesto de decepción. Pero, ¿por qué tendría que
sentirse decepcionada? ¿Qué le importaba a ella si Rick tenía hijos o no? No le
importaba, desde luego, simplemente sentía curiosidad.
—En fin, ya que estoy en plan curioso, ¿qué tienes contra el matrimonio? —
preguntó, sin pensar.
—No tengo nada contra el matrimonio en general —contestó él—. Pero yo no
pienso casarme.
—¿Por qué?
—Por muchas razones. Para empezar, ya soy demasiado viejo.
Para Tracy, Rick había envejecido como un buen vino. Se había convertido en
un hombre fuerte, muy masculino, muy… desarrollado.
Aquel pensamiento hizo que se ruborizara. La situación se le estaba escapando
de las manos.
Tenía que hablar de cosas normales, se decía.
Buscar un tema de conversación que no fuera tan personal.
—Tienes treinta y dos años, Rick. No eres Matusalén.
—Gracias —sonrió él.
—Entonces, ¿cuál es la verdadera razón? —preguntó. ¿Y a ella qué le
importaba?, se decía a sí misma, histérica.
Rick la estudió durante un momento, como intentando decidir si debía
contestar o no a la pregunta.
—Que ya he hecho un juramento. A los marines —contestó por fin.
Eso sí la sorprendió. ¿Qué tenía que ver estar en el ejército con estar casado?
—¿El ejército y el matrimonio no encajan?
—A veces, sí —contestó él, echándose hacia atrás en la silla—. Si encuentras a la
mujer adecuada, claro.
—¿Y qué clase de mujer es esa?
—Una mujer a la que no le importe cambiar de ciudad cada tres por cuatro. Una
mujer que pueda soportar estar sola la mitad del tiempo —contestó él—. A veces, nos
destinan a una base durante seis meses y no podemos llevarnos a la familia. Es una
vida muy dura, Tracy —añadió, tomando un sorbo de té—. No te puedes imaginar la
cantidad de divorcios que hay entre los militares.
—¿Y tú no quieres arriesgarte?
—Exacto —contestó él, mirando una de las plantas que colgaban del techo con
tanta intensidad como si quisiera derretir sus plásticas raíces—. He tenido que
escuchar demasiadas historias de matrimonios rotos. Y no sólo la vida de la pareja se
convierte en un infierno. La vida de sus hijos también. Y eso no es para mí —añadió,
mirándola a los ojos—. No pienso ser el primer miembro de mi familia que se
divorcie. Yo desde luego, no pienso tener hijos para después pelearme con mi ex
mujer por su custodia.
—Vaya, sí que tienes una actitud positiva —dijo ella suavemente.
—He visto demasiadas cosas negativas.
—Pero muchos militares se casan.
—Sí. Yo tengo un par de amigos que llevan varios años de matrimonio. Pero sus
mujeres tienen que aguantar muchas cosas —suspiró el—. Nunca sabes si podrás
encontrar una casa en las bases militares y, si la encuentras, seguramente la
terminaron de construir antes de la segunda guerra mundial. O de la primera. Desde
luego, no son hogares confortables.
Quizá Tracy era un romántica, pero no podía dejar de preguntarse si donde
vivía uno era más importante que con quién.
—Bueno, tú creciste yendo de un lado a otro. ¿Tan duro fue para ti?
—No —admitió él, con una sonrisa—. La verdad es que era divertido. No
siempre era fácil hacer nuevos amigos, pero mis hermanos y yo estábamos muy
unidos. Cada cierto tiempo nos cambiábamos de ciudad, de colegio. No teníamos
tiempo de llevarnos mal con los profesores.
—Hasta que llegaste a Juneport.
—Sí. Cuando mi padre se retiró, nos costó trabajo acostumbrarnos —dijo él,
apoyando los codos sobre la mesa—. La verdad es que, al principio, nos resultaba
más difícil que ir de un lado para otro.
Habría sido difícil para él, pero el día que los Bennet se mudaron a la casa de al
lado, había sido el más importante en la vida adolescente de Tracy. Aunque no
pensaba decir aquello en voz alta. No quería recordarle a Rick la época en la que lo
perseguía como si fuera una sombra.
—Y en Juneport tuviste tiempo suficiente como para llevarte mal con los
profesores. La señorita Molino, por ejemplo.
—La profesora de geometría. Aún tengo pesadillas —sonrió él. Era curioso que
dos personas vieran la misma situación de forma tan diferente.
Ella siempre se había sentido feliz por darle a Rick clases de matemáticas.
Aquella tutoría a solas con él había sido un sueño—. Y ya está bien de hablar sobre
mí —añadió él entonces, mirándola a los ojos—. Meg me ha dicho que te has
convertido en un genio de los ordenadores.
¿Le había preguntado a su hermana por ella?, pensaba Tracy. Pero no podía ser.
A él no le interesaba en absoluto la pequeña de los Hall. Nunca le había interesado.
—Bueno, diseño programas de cálculo y juegos de ordenador —explicó ella,
modestamente.
—¿Eso es todo? No vas a escaparte tan fácilmente, Tracy. Yo te he contado mi
vida y ahora es tu turno. ¿Qué haces exactamente?
Tracy le contó un poco por encima cual era su trabajo y, cuando él insistió en
saber más, amplió la información, siempre insegura del interés masculino.
Normalmente, no había nada sobre lo que le gustase hablar más que sobre el
intrincado mundo de los ordenadores. Pero cuando él empezó a mirarla fijamente,
Tracy se dio cuenta de que estaba volviendo a ocurrir.
En las pocas ocasiones en las que un hombre había querido salir con ella, la
conversación había derivado hacia los ordenadores y Tracy se había entusiasmado
tanto que el hombre había terminado bostezando. Nunca había tenido una segunda
cita.
Tracy creía ser una de las pocas vírgenes que quedaban en el mundo y, a la
madura edad de veintiocho años, aquello era un vergonzoso secreto.
—Vaya —susurró Rick, admirado, cuando ella terminó de hablar.
Tracy se enfadó consigo misma recordándose que, en aquel viaje, no era el
genio de los ordenadores, sino la nueva y atractiva Tracy Hall.
Pero no sabía cómo hacerlo.
—Lo siento —se disculpo ella—. A veces me pongo a hablar de mi trabajo y se
me va el santo al cielo.
—A mí me pasa lo mismo. Te sorprendería saber cómo aburro a las mujeres
hablándoles sobre mi trabajo —dijo Rick. Tracy sonrió. Él la comprendía. Rick
entendía lo que era amar el trabajo de tal modo que podría estar hablando sobre él
durante horas—. Bueno, admito que no he entendido la mitad de las cosas que has
dicho. Las matemáticas, la geometría y los ordenadores no son lo mío —añadió.
Tracy se sintió repentinamente avergonzada. Seguía siendo una empollona para él—.
Pero estoy impresionado.
—¿De verdad? —preguntó ella, sin poder evitarlo. Le hubiera gustado
descubrir si Rick lo decía de verdad o sólo estaba intentando ser amable.
Pero en los ojos del hombre había admiración y Tracy, que no estaba
acostumbrada, no sabía cómo reaccionar.
—¿Trabajas para alguna compañía?
—No —contestó ella. Le habían hecho muchas ofertas pero, como su madre
solía decir, a ella no se le daba bien jugar con otros niños. Nunca le había gustado
trabajar a horas determinadas o tener que someterse a las opiniones profesionales de
otros—. Tengo mi propio negocio.
—Siempre fuiste una chica muy inteligente, Tracy —sonrió él, impresionado—.
Entonces, ¿eres tu propio jefe?
—Sí —contestó ella, orgullosa—. Y me encanta. Trabajo en mi casa y no tengo
que ponerme un traje de chaqueta para ir a la oficina.
Rick la miró de arriba abajo con indisimulada admiración.
Capítulo Cuatro
—Marchando —sonrió Bonnie, antes darse la vuelta.
—¿Por qué has hecho eso?
—No quería desilusionarla —contestó Rick—. Y ahora que estamos solos… creí
que habías dicho que no tenías novio.
—Y no lo tengo —dijo Tracy, mirando su plato.
—Ya —murmuró él. Alguien tenía que haberle dado aquel maldito anillo,
pensaba Rick. No sabía por qué, pero la brillante piedra había conseguido que su
estómago se cerrara. Aunque no tenía ni idea de por qué le importaba si Tracy Hall
estaba comprometida o no—. Entonces, ¿quién te ha dado el anillo? —preguntó,
después de aclararse la garganta.
Tracy levantó la mirada un momento y después volvió a mirar su plato.
—Aún no lo he decidido.
Rick cerró los ojos un segundo y contó hasta diez.
—Muy bien. ¿De qué demonios estás hablando, Tracy?
Con deliberada lentitud, ella dejó el tenedor sobre el plato y tomó un sorbo de
té.
—De lo que estábamos hablando hace cinco minutos —contestó por fin. Rick
intentaba buscar en su mente, pero no podía recordar que ninguno de los dos
hubiera mencionado un anillo de compromiso—. Tú mismo has dicho que
pasaremos la mitad del tiempo en Juneport mirando álbumes familiares.
—Sí —asintió él, inseguro.
—Pues yo he decidido que no voy a ser la rara de la reunión.
—Sigo perdido —dijo Rick, sin entender. La expresión de ella hacía que se
sintiera como hipnotizado.
—Es muy sencillo —dijo Tracy por fin, antes de tomar un trozo de pollo y
ponerse a masticar tranquilamente—. No pienso enfrentarme con mis antiguos
compañeros de clase sin un anillo en el dedo.
—Ya veo que eres una auténtica feminista —bromeó él.
—Esto no tiene nada que ver con el feminismo —replicó Tracy—. Es sobre mí.
Sobre mi vida. O la falta de ella.
—Tracy…
—No, tú querías oírlo y lo vas a oír.
—Muy bien —murmuró él. Se le había quitado el apetito y apartó el plato a un
lado.
—Tú no sabes lo que era tener que oír todo el tiempo lo de «pobrecita Tracy» —
su voz era un susurro en el que Rick notaba una angustia de la que nunca antes se
había percatado—. «La pobre Tracy, que no podría atrapar a un hombre ni con lazo»
—añadió—. No pienso volver a escuchar cosas como ésa.
Rick sintió una punzada de remordimiento al recordar a la Tracy adolescente.
Nunca había pensado en sus sentimientos. Lo único que le interesaba entonces era
librarse de ella para estar a solas con Meg.
Lo cual mostraba claramente que había sido un tonto.
La cara de Tracy diez años atrás aparecía en su mente como en una neblina.
Gafas enormes que le caían sobre la nariz llena de pecas, un aparato en los dientes,
camisetas enormes, una coleta y zapatillas de tenis. Rick tuvo que sonreír al
recordarlo. Pero la imagen desapareció y fue reemplazada por la cara de la mujer que
tenía frente a él.
Tenía una piel perfecta y sus ojos azules brillaban, no sabía si de rabia o de
emoción.
—Créeme, Tracy, nadie va a sentir pena por ti.
—No estoy segura —murmuró ella—. Y además, está mi madre.
—¿Qué tiene que ver tu madre con todo esto? Tu madre es estupenda.
—Eso es verdad —sonrió Tracy—. Pero ya estoy cansada de tener que decirle:
«No, mamá. No he conocido a ningún chico».
Rick tuvo que disimular una sonrisa. Pero la entendía. Las conversaciones con
su propia madre habían ido por ese camino durante los últimos dos años. Patty
Bennet quería tener nietos antes de que, en sus propias palabras, «tuvieran que
llevarlos a empujones al asilo para verla».
Y si tenía que ser sincero, él mismo había pensado alguna vez que le gustaría
vivir una vida menos solitaria.
Pero, ¿por qué una chica tan atractiva como Tracy tenía que inventarse un
novio?, se preguntaba.
—O sea, que vas a contarle una mentira —dijo por fin.
Tracy se irguió como si la hubieran golpeado.
—No es exactamente una mentira —dijo ella—. Solo le enseñaré el anillo y ella
sacará sus propias conclusiones.
Desde luego, era una idea original, pensaba Rick. Y por alguna razón, le
gustaba saber que detrás de aquella ropa elegante y el moderno corte de pelo, la
auténtica y excéntrica Tracy seguía viva.
—¿No me digas? —sonrió él, irónico. Le parecía mentira que un genio de las
matemáticas como ella no se hubiera dado cuenta de que había demasiadas variables
en ese plan—. ¿Y qué le vas a decir a tu madre cuando te pregunte quién es el
afortunado? ¿Vas a inventarte un nombre?
—No.
—Tendrás que mentirle a tu madre, a tu padre, a tu hermana y a todo el mundo
en Juneport, Tracy. No te engañes.
Tracy se puso pálida.
—Haces que parezca algo espantoso.
Rick sonrió. Tracy tenía una cara de pena que le resultaba irresistible.
—No. Sólo me parece un poco peligroso.
—¿Por qué?
—Porque alguien se enterará tarde o temprano. Tú no eres una experta en decir
mentiras —explicó él. Al menos, no lo era diez años atrás.
—Podría serlo —dijo ella entonces—. Con un poco de práctica. Sería una pena,
pensaba Rick. Él conocía a demasiadas mujeres que mentían más que un político.
Estaban tan ocupadas diciendo lo que creían que él quería oír, que nunca había
podido saber cómo eran en realidad.
Y se estaba dando cuenta de que Tracy era una mujer de la que le gustaría saber
muchas cosas.
—Además, ¿qué pasará cuando la esperada boda no llegue nunca?
En ese momento, Tracy sonrió. Y aquella sonrisa hizo que algo se le encendiera
por dentro.
—Eso es lo mejor —le confió ella—. Un par de meses después de la reunión,
llamaré a mi madre y le diré que he roto con mi novio.
Rick sacudió la cabeza. Realmente, lo había planeado todo con detenimiento.
—Pero, la gente empezará a decir de nuevo eso de la «pobrecita Tracy».
—No —sonrió ella de nuevo. Aquella vez, el calor que le producía su sonrisa no
lo pillo desprevenido—. Seré yo quien rompa el compromiso, de modo que nadie
podrá sentir pena por mí.
—Asombroso —murmuró él.
—¿Verdad?
Lo realmente asombroso del asunto era que Tracy hubiera tenido que
inventarse aquel plan.
¿Por qué no tenia media docena de hombres esperando en la puerta de su casa?,
se preguntaba.
¿Cómo una mujer tan guapa como ella podía seguir soltera? ¿Y por qué él no
podía apartar los ojos de su cara?
Rick había querido volver a Juneport para relajarse, para descansar. Pero no
podía dejar de pensar en las piernas de Tracy. En la sonrisa de Tracy. En los ojos de
Tracy.
Cuando llegaron al motel era muy tarde y Tracy estaba agotada. Subiendo la
escalera a trompicones, deslizó la llave hasta la cerradura con los ojos cerrados.
Cuando consiguió abrir, el olor a desinfectante de la habitación la obligó a hacer una
mueca de desagrado.
Rick la seguía, con su maleta en la mano.
—Al menos, sabemos que la habitación está limpia.
—Estoy tan cansada que me daría igual si fuera una tienda de campaña —
murmuró Tracy, dejándose caer sobre la cama.
Rick encendió la luz, sonriendo.
—¿Quieres que te suba el desayuno mañana?
Las nubes, suaves y rosadas, se movían por el cielo iluminadas por los primeros
rayos del sol.
Eran las seis y media y Rick estaba preparado para retomar el viaje. Había
pagado la cuenta del hotel, guardado las maletas en el coche y disfrutado de su
desayuno mientras daba tiempo a Tracy para despertarse.
A pesar de la cómoda habitación, no había dormido mucho aquella noche. La
cara de Tracy había aparecido en sus sueños. La cara y algo más. Tracy Hall no tenía
por qué aparecer en sus sueños, se decía. Era la hermana de Meg, una amiga, una
cría.
Sí, claro, pensaba. Una cría con piernas de modelo.
—Estupendo —murmuró, mientras subía a buscarla. No iba a ocurrir nada
entre ellos. Pasarían unos días juntos, irían a la reunión del instituto, visitarían a su
familia y después seguirían con sus vidas. Probablemente, no volverían a verse
nunca más.
Pero la idea de no volver a ver a Tracy Hall lo molestaba y no sabía por qué.
Con dos bollos envueltos en papel celofán y dos tazas de café en la mano, Rick
golpeó la puerta de la habitación con el pie.
Pero no hubo respuesta.
—¡Hora de levantarse! —llamó desde el pasillo.
—¡Voy! ¡No sigas dando golpes! —escuchó la soñolienta voz de Tracy un
segundos después.
Rick estaba sonriendo, pero la sonrisa se congeló en sus labios cuando ella abrió
la puerta. Se le había quedado la boca seca y estaba casi seguro de que su corazón se
había parado. Recortada en el umbral, Tracy sólo iba cubierta por una pequeña
toalla.
Allí estaba, en carne y hueso, como la había soñado la noche anterior. Rick la
miró de arriba abajo, observando las gotas de agua que caían por sus hombros
desnudos. Necesitaba ayuda. Y rápidamente.
—¿Rick? Espero que seas tú —dijo ella.
—¿Qué?
En ese momento, Rick se dio cuenta de que Tracy lo miraba guiñando los ojos.
Irritado, se dio la vuelta para comprobar si había alguien más disfrutando de aquella
visión. Afortunadamente, el pasillo estaba vacío.
—Gracias a Dios, eres tú —sonrió ella entonces—. No veo nada sin las
lentillas… Mi café. Gracias —añadió, alargando la mano.
Rick la observó inhalar el aroma del café y tomar un sorbo. Tenía que hacer un
esfuerzo para no apartar los ojos de su cara.
—De modo que no sabías si era yo —dijo, después de aclararse la garganta—.
¿Siempre abres la puerta sin preguntar? ¿Y cubierta con una toalla?
—No se me ve nada —replicó ella—. ¿No?
—No, pero…
Capítulo Cinco
Varias horas más tarde, a Tracy le dolía el trasero y las lentillas parecían dos
piedras. Incluso el paisaje había perdido parte de su encanto. Sin apenas tráfico,
habían llegado hasta la costa, pasando San Luis Obispo, Paso Robles y Salinas.
Un kilómetro se mezclaba con el siguiente y las ciudades pasaban una tras otra
sin que les prestara atención.
Tracy había dejado de intentar mantener una conversación con Rick. Por alguna
razón, él apenas había dicho una palabra desde que habían salido del motel.
Cuando lo miró de reojo, se dio cuenta de que tenía la mandíbula apretada.
¿Por qué estaba enfadado?, se preguntaba.
Ella no lo había pillado en su habitación, medio desnudo y con unas gafas
horribles.
En aquel momento no le había dado importancia, pero empezaba a dársela.
Tracy se daba cuenta de que el cambio en la actitud de Rick había empezado al
encontrarla medio desnuda en su habitación.
¿Podría haberlo puesto nervioso?, se preguntaba. No era posible. Con el pelo
mojado y aquellas gafas que la hacían parecer la hormiga atómica, seguramente le
habría quitado las ganas de estar con una mujer de por vida.
No era justo seguir sintiendo aquella atracción por Rick. Especialmente, cuando
sabía que no había nada que hacer. Se habían conocido más de diez años atrás, pero
no tenían nada en común.
Tracy tembló ligeramente cuando un golpe de viento acarició su cuello con
dedos helados y subió la ventanilla.
Vivir en California durante tanto tiempo la había convertido en una friolera.
Parecía que su cuerpo había olvidado lo diferente que era la temperatura al norte del
país. Incluso entonces, a mediados de junio, se alegraba de haberse puesto el jersey
color cereza. Los pantalones de color marfil no eran especialmente cálidos, pero
mientras la calefacción del todoterreno siguiera encendida, no podía quejarse.
Además, no era solo el tiempo lo que hacía que el ambiente dentro del coche
fuera tan frío.
Frunciendo el ceño, Tracy volvió la mirada hacia el hombre que tenía a su lado.
Sus ojos estaban escondidos tras las gafas de sol. No había vuelto a mirarla desde que
habían parado a poner gasolina una hora antes.
Aún les quedaban al menos dos días para llegar hasta Juneport y no pensaba
pasarlos con una esfinge. No tenían que caerse bien, pero al menos podrían charlar.
—¿Qué te pasa? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.
—¿A mí? Nada —contestó él.
—Entonces, ¿por qué estás tan alegre? —insistió ella, volviéndose para mirarlo
de frente—. Si sigues lanzando esas carcajadas, vamos a tener un accidente.
—Muy graciosa.
—Uno de los dos tiene que serlo.
—Mira, Tracy, no me apetece hablar, lo siento —dijo él, mirándola fugazmente.
Pero las gafas de sol le impedían ver la expresión de sus ojos. Tracy se preguntaba si
eso era precisamente lo que él quería—. No todo el mundo necesita llenar el silencio
continuamente.
—¿Continuamente? —repitió ella, asombrada—. No me has dicho una palabra
desde que paramos en la gasolinera, cuando, si no recuerdo mal, me dijiste muy
amablemente: «Haz el favor de colocar el maldito coche más cerca del tanque».
Tracy creyó haber visto un gesto en sus labios, pero no estaba segura.
—De acuerdo. No estoy siendo muy sociable.
—No, muy sociable, no.
—De acuerdo —sonrió él por fin—. No estoy siendo nada sociable.
No era una gran conversación, pero era una conversación al fin y al cabo,
pensaba Tracy.
—¿Por qué?
—No hay ninguna razón —contestó él. Sus facciones habían vuelto a ser
pétreas.
—Vaya por Dios. ¿Eres así de comunicativo con tus tropas? ¿Es que en los
marines os enseñan a leer el pensamiento?
—Cuando tenga algo que decir, lo diré.
—Entonces habrá que avisar a la prensa —murmuró ella. Debería haber tomado
el tren, pensaba. Pero, serio o no, Rick Bennet era mejor compañía que un montón de
extraños.
—Mira el mapa, por favor —dijo él, ignorando el comentario—. Llegaremos a la
ciudad dentro de poco y no quiero terminar en el puente de Oakland.
Bueno, al menos Tracy sabía que el capitán seguía siendo capaz de dar órdenes.
Si no hubiera estado en un coche, se habría puesto de pie para saludar.
Sin decir nada, Tracy tomo el mapa y empezó a buscar la autopista101 hasta la
salida de San Francisco. La maraña de líneas azules y rojas era casi imposible de
descifrar.
Siguiéndolas con el dedo, buscó las calles que tenían que tomar a través de San
Francisco para llegar al Golden Gate.
—Busca la vieja carretera de la costa. Está al otro lado del puente.
—Lo sé —dijo Tracy, sorprendida—. ¿No vamos a tomar la 101?
—No —contestó él, sin mirarla.
San Francisco seguía siendo una ciudad tan abarrotada como Tracy la
recordaba. Algunas zonas de la ciudad eran encantadoras, pero en general era como
cualquier otra gran ciudad, con sus lugares buenos y malos.
Miles de coches llenaban las estrechas calles y tenían que parar en todos los
semáforos.
Rick murmuró algo sobre que no debería haber dejado de fumar y miró
fugazmente a Tracy.
A ella no parecía importarle el tráfico. Tenía la ventanilla bajada y la cabeza
fuera del coche.
Desde luego, disfrutaba de la brisa del mar y del ruido de gente a su alrededor.
Rick sonrió al verla. Era difícil sentirse frustrado al ver como Tracy disfrutaba
de todo. Podía ser un incordio para su autocontrol, pero era muy agradable de mirar.
Un coche paró a su lado en un semáforo.
—Hola, preciosa —dijo una voz masculina.
Rick se puso tenso y adelantó el coche unos centímetros, pero el hombre hizo lo
mismo.
—Hola —dijo Tracy.
—¿No es precioso? —susurró ella, sin dejar de mirar por la ventanilla. Él siguió
su mirada y vio los barquitos que había sobre el agua, como joyas de colores que
alguien había lanzado al mar—.
Cuando éramos pequeños, mi padre solía contarnos a Meg y a mí que Godzilla
vivía aquí, en la bahía de San Francisco.
—¿Godzilla? —rió él.
—Sí —contestó ella, dándose la vuelta con una sonrisa que lo dejo sin aliento—.
Y lo más importante, a Godzilla le gustaba el color rojo y siempre estaba buscando
coches de ese color.
—Si no recuerdo mal, tus padres tenían un coche rojo.
—Sí —rió ella—. Mi padre nos ponía a vigilar a Meg y a mí por si vería Godzilla
y las dos nos quedábamos pegadas a la ventanilla mientras cruzábamos el puente.
—¿Os daba miedo?
—Un poco. Pero lo que de verdad queríamos era ver a Godzilla —rió ella,
apartándose el pelo de la cara—. Siempre era divertido viajar con mis padres y mi
hermana. Vacaciones familiares. La clase de viaje que él no volvería a experimentar.
Una punzada de dolor lo sorprendió.
—Probablemente, Meg le cuenta a sus hijos la misma historia —susurró él.
—Sí —dijo Tracy, con tristeza.
Rick la dejó a solas con sus pensamientos. Él tenía los suyos de los que
ocuparse. Como qué iba a hacer con sus fantasías sobre Tracy Hall.
Tenía que encontrar una forma de terminar con aquello. Tracy Hall no era una
mujer para una noche. Y él no era el tipo de hombre hecho para el matrimonio.
¿O no era así?
—Eso parece.
—¿Por qué no me lo has dicho?
—¿Para qué?
—¿Por qué has querido ir a Juneport en coche si te sigues mareando?
—Me dan miedo los aviones y no me gustan los trenes. ¿Qué le voy a hacer?
—¡Por Dios bendito, Tracy! Si me lo hubieras recordado, habría tomado la
autopista.
—¿No podríamos discutir más tarde? Ahora no me encuentro muy bien, Rick.
Rick se sentía como un auténtico imbécil.
Nada mejor que gritarle a alguien que está a punto de vomitar.
Bueno, aquél iba a ser un viaje divertido. Él, angustiado por una tensión sexual
que no podía evitar y ella con la cabeza fuera de la ventanilla.
Pararían en la próxima tienda para comprar Biodramina, se decía. Y por la
expresión de Tracy, cuatro o cinco cajas serían suficientes.
—Respira hondo. Toma aire por la nariz y expúlsalo por la boca.
—Sí, mi capitán —murmuró ella, inclinándose hacia adelante.
—No quería darte ordenes —se disculpó Rick.
—Supongo que estás acostumbrado a darlas.
—Es parte del trabajo —asintió él, poniendo la mano sobre su espalda—. Pero
intento no hacerlo con los amigos.
—Y yo te lo agradezco —dijo ella, incorporándose.
—¿Mejor? —preguntó Rick, estudiando su cara.
—Un poco, sí —contestó Tracy, respirando la brisa del mar que llegaba hasta la
carretera.
Rick la miró. Tenía los ojos cerrados y los labios y entreabiertos, como si
esperase un beso. El viento movía su pelo con abandono y tuvo que meterse las
manos en los bolsillos para no tocarlo.
Varios coches pasaron a su lado en la carretera, perdiéndose entre las curvas a
una velocidad aterradora. Pero Tracy no les prestaba la menor atención. Pasaron
varios segundos más antes de que abriera los ojos.
—Bueno, ya estoy preparada —sonrió.
—Pararemos para comprar Biodramina.
—Estupendo. Ayer me tomé las dos últimas.
—O podemos volver para tomar la autopista.
Tracy volvió la cabeza para admirar el agreste y hermoso paisaje. Las olas
chocaban contra el acantilado y el aire del mar les llevaba algunas gotas de agua, que
brillaban como diamantes. Las gaviotas volaban sobre sus cabezas y las nubes apenas
escondían un cielo tan azul que era doloroso mirarlo.
—No —dijo ella por fin—. Prefiero ir por la carretera.
—¿Estás segura?
—Sí. Pero vamos a buscar la Biodramina.
—De acuerdo —sonrió él, tomando su mano para llevarla al coche. Cuando
estuvo dentro, cerró la puerta y se apoyó en ella—. Hasta entonces, mantendremos tu
mente ocupada para que no puedas pensar en tu estómago.
—¿Y cómo haremos eso?
—Aún no hemos decidido cómo será tu príncipe azul, ¿no?
La cara de Tracy se iluminó. Pero Rick estaba seguro de que la sonrisa iba
dedicada a su hombre imaginario.
—Tienes razón.
—Pregúntale a mis tropas —rió él, dando la vuelta al coche—. Ellos te dirán que
normalmente, la tengo.
Capítulo Seis
El resto del día transcurrió en un tenso y no enteramente amistoso silencio.
Tracy sabía que Rick estaba decepcionado, pero ella no necesitaba aprobación de
nadie para llevar a cabo su plan. Además, tenía otras preocupaciones, como hacer
todo lo posible para que su estómago no se rebelara.
Pero ni siquiera observando el espectacular paisaje se sentía mejor.
Habían parado para comprar Biodramina y cuando Rick sugirió comer algo,
Tracy tuvo que ahogar una náusea.
Cuando por fin llegaron al motel, en lo único que pensaba era en quitarse las
lentillas y meterse en la cama.
El viejo motel, un edificio de una sola planta construido en los años cincuenta,
formaba una especie de U. En el patio central, un viejo roble actuaba como centinela,
con las arrugadas ramas extendiendo su sombra sobre las habitaciones.
Tracy no estaba de humor para admirar el paisaje y, una vez dentro de la
habitación, se quitó las lentillas, sacó un libro del bolso y se tumbó en la cama. Pero,
antes de que pudiera ponerse las gafas, se había quedado dormida. Cuando, horas
más tarde, la despertaron unos golpes en la puerta, la habitación estaba
completamente a oscuras.
—Vete —murmuró, adormilada.
—¿Tracy? —oyó la voz de Rick. Tracy se levantó de la cama y trastabilló hasta
la puerta de la habitación. Pero cuando abrió, en el pasillo no había nadie. Asomó la
cabeza y miró a ambos lados, pero estaba vacío. Entonces volvió a oír los golpes—.
¿Tracy? ¿Estás viva?
Guiñando los ojos, Tracy descubrió que había otra puerta en la habitación,
además de la del cuarto de baño. Cuando la abrió, la luz de una lámpara enmarcaba
la silueta de Rick en el umbral.
—Creí que estabas en el pasillo —murmuró ella.
Rick llevaba algo en las manos y, observando atentamente con sus ojos miopes,
se dio cuenta de que era una bandeja. El olor que salía de ella no la ponía enferma y
ésa era muy buena señal.
—Nuestras habitaciones se comunican —dijo él, dejando la bandeja sobre la
mesa y encendiendo una lamparita—. Antes te encontrabas tan mal que… —No
había terminado la frase, pero Tracy sabía lo que quería decir. Había pedido aquellas
habitaciones por si volvía a ponerse enferma durante la noche. No había terminado
la frase porque le daba vergüenza reconocer que estaba preocupado por ella. Y eso le
gustaba. Era la primera vez que un hombre que no fuera su padre la cuidaba. Y era
sorprendente como un pequeño detalle como aquél podía afectarla tanto—. Te he
traído sopa.
—Huele muy bien —murmuró Tracy, intentando disimular su emoción.
—Pensé que deberías comer algo —seguía diciendo él—. También te he traído
una tónica. Mi madre dice que es lo mejor para un estómago revuelto.
La suya, también. Por eso, años después, Tracy no podía tomarse una tónica sin
que le supiera a medicina. Pero eso no pensaba decírselo.
—Gracias, Rick —dijo, mirando la borrosa figura.
—De nada —sonrió el—. Perdona si antes no he estado muy simpático.
—No pasa nada —se encogió ella de hombros, sentándose a la mesa. Con la
cuchara, sacó un hielo de la tónica y lo echó en la humeante sopa.
—Sí pasa —insistió él, sentándose frente a ella—. No es asunto mío si quieres ir
adelante con ese plan tuyo… ¿qué estás haciendo? —preguntó cuando la vio echar
otro hielo.
—Es que está muy caliente.
—Ah —susurró él—. Bueno, lo que quiero decir es que si tú quieres un novio
piloto, yo no tengo nada que decir.
—Yo no he dicho que quiera un novio piloto. Lo que he dicho es que quiero
impresionar a mis compañeros y eso les impresionaría —explicó ella, tomando una
cucharada de sopa—. Pero estoy dispuesta a claudicar un poco. ¿Qué te parece un
novio marine, sin más?
—Bien —sonrió él.
—Chupi —rió ella, alargando la mano para tomar la tónica. Estuvo a punto de
tirarla pero Rick, demostrando grandes reflejos, se levantó a tiempo y sujetó el vaso.
—¿Por qué no llevas las lentillas?
—Porque estaba dormida.
—¿Dónde tienes las gafas?
—En el bolso.
—¿Quieres que las saque?
—No, gracias —contestó ella.
—¿Por qué? ¿No prefieres ver lo que estás comiendo?
—Soy un poco cegata, pero sé dónde tengo la boca.
Él suspiró pesadamente. Tracy creyó haber visto que sacudía la cabeza, pero era
difícil de precisar. Un borrón en movimiento no era más fácil de ver que un borrón
parado.
Cuando terminó la sopa, se apoyó en el respaldo de la silla, sintiéndose mejor
de lo que se había sentido en todo el día.
—¿Mejor?
—Sí. Es posible que sobreviva.
—Me alegro de oírlo.
Después de eso, hubo un silencio. Tracy casi se alegraba de no ver la cara del
hombre. ¿Qué vería él cuando la miraba?, se preguntaba. ¿A la hermana de Meg?
¿Una empollona medio cegata con el estómago revuelto? ¿Una mujer independiente?
¿Una mujer deseable?
Aquel pensamiento hizo que se sintiera acalorada. Era como si su sistema
nervioso se hubiera alterado de repente. Y el fresco de la noche no hacía nada para
calmar el calor que sentía por dentro.
—¿Tracy? —la voz del hombre encontraba eco en su espina dorsal.
—¿Sí? —en su imaginación, él la miraba con aquellos ojos verdes brillantes de
pasión y sus labios se entreabrieron sin que se diera cuenta.
—Nada —Rick tardó varios segundos en contestar. Después, se levantó de la
silla. Guiñando los ojos, Tracy lo observó acercarse a la puerta que comunicaba con
su habitación—. Duerme un poco —dijo él, en el umbral—. Si necesitas, bueno, si
quieres algo, llámame.
Después, cerró la puerta suavemente. Si necesitaba… ¿qué?
Tracy se preguntaba qué diría si lo llamara en aquel momento. Si le dijera
exactamente lo que necesitaba de él. Que la abrazase. Que la besara. Que le hiciera el
amor.
—Por Dios —susurró, apoyando los codos sobre la mesa. Cuando tiró el vaso
de tónica y el frío líquido le cayó sobre las piernas, Tracy lo tomó como un signo.
Incluso el destino le estaba diciendo que tenía que tranquilizarse.
Siguieron el camino en silencio hasta que, después de una curva, Tracy vio algo
que apartó sus pensamientos de Rick.
—Mira —dijo, señalando frente a ella.
Había un coche parado en el lateral. Dos niños jugaban en el asiento trasero
mientras su madre, de pie al lado del coche, miraba la carretera como esperando
ayuda.
Antes de que Tracy tuviera oportunidad de decirle que parase, Rick había
puesto el intermitente y reducido la velocidad para colocarse detrás del coche.
—Espera aquí.
—De eso nada —replicó ella, quitándose el cinturón—. Se sentirá más segura si
bajo contigo.
—Tienes razón. Vamos.
—Hola —dijo Tracy, acercándose—. ¿Necesita ayuda?
—Pues sí —sonrió la mujer—. Se me ha pinchado una rueda. He llamado a mi
marido, pero no puedo localizarlo —añadió, señalando su teléfono móvil.
—Si tiene un gato y una rueda de repuesto, yo mismo puedo cambiarla.
—Es un marine —explicó Tracy—. Le encanta aparecer como a la caballería en
las películas del Oeste.
La mujer sonrió, agradecida.
—Los marines somos mejores que la caballería —bromeó Rick—. Nosotros no
necesitamos caballos.
—La rueda está en el maletero —dijo la mujer, dándole las llaves del coche—.
Muchísimas gracias.
—De nada.
La mujer, que se presento como Annie Taylor, sacó a los dos niños del coche y
los cuatro se apartaron de la carretera mientras Rick se disponía a cambiar la rueda.
—No sé donde puede haberse metido mi marido.
Tracy observaba a los niños tirando piedrecitas al mar y sonreía.
—Los hombres nunca están cuando se los necesita. Es muy típico.
—Al menos, su marido estaba cuando lo he necesitado —rió Annie.
—Verá… —Tracy iba a corregirla.
—Marine, ¿eh? —comentó la mujer, mirando a Rick—. Seguro que está
guapísimo con el uniforme.
Seguro que sí, pensaba Tracy, dejando que su mirada resbalara por el marine en
cuestión. Observando los músculos de su espalda bajo la estrecha camiseta mientras
se inclinaba a cambiar la rueda, sintió que algo se encendía en su interior.
Los movimientos del hombre eran precisos, seguros. Sus enormes manos
movían el gato de forma experta y no pudo evitar preguntarse qué sentiría si
aquellas manos resbalaran por su cuerpo.
Un escalofrío recorrió su espalda y tuvo que respirar hondo el aire del mar para
tranquilizarse.
—Jimmy —llamó la mujer cuando uno de los niños se acercaba a Rick—. Aléjate
de la carretera.
—Quiero mirar —protestó el crío.
—No se preocupe —dijo Rick.
—¿Qué está haciendo, señor? –preguntó Jimmy.
Y con aquel beso a plena luz del día, con el sonido del mar debajo de ellos,
Tracy se enteró de qué era lo que se estaba perdiendo en la vida. Cuando Rick la
soltó, le temblaban las rodillas y se hubiera caído si él no la hubiera tomado por la
cintura para llevarla al coche. Ninguno de los dos decía nada.
Capítulo Siete
Un grupo de niños pasó corriendo a su lado, riendo y gritando. Una pareja de
ancianos paseaba de la mano al borde del agua, en silencio. Y un chaval adolescente
escribía laboriosamente el nombre de su amada en la arena.
Pero ellos no veían a nadie.
El viento pegaba el jersey amarillo al cuerpo de Tracy y convertía su cabello
rubio en una especie de halo. Estaba temblando. Rick se quitó la cazadora y se la
puso sobre los hombros.
—Gracias —murmuró ella.
—De nada.
Habían caminado al menos dos kilómetros por la playa y ésas habían sido sus
primeras palabras. Si él había esperado romper la barrera que el beso había
levantado entre los dos, se había equivocado.
Rick se tragó una maldición, recordando el momento en que todo había
cambiado entre ellos. Cuando Tracy había acercado su boca a la suya, su cerebro
había dejado de funcionar. Un beso fugaz y amistoso era todo lo que ella pretendía. Y
él lo sabía. Pero no había sido suficiente con el roce de sus labios. Necesitaba más.
Necesitaba saborear, explorar su boca, llenarse de ella.
Y por un momento, se había dejado llevar por el deseo.
El hecho de que ella hubiera roto el beso rápidamente no cambiaba nada.
El viento seguía soplando y las nubes en el horizonte se oscurecían cada vez
más, ocultando el sol. Uno a uno, los surfistas abandonaban la playa y pronto
estuvieron solos, observando los guiños de un faro en la distancia.
—Es precioso —susurró Tracy. Rick tuvo que inclinar la cabeza para escuchar
sus palabras por encima del ruido del mar—. Creo que he estado lejos demasiado
tiempo.
—Sí —asintió él, mirando el mar—. Yo también.
—Es raro, ¿verdad? Es el mismo océano, pero en el sur de California es
demasiado… tímido. Aquí es furioso, bestial —seguía diciendo Tracy, intentando
buscar palabras para definir lo que sentía—. Es tan cambiante, tan poderoso.
Rick se acercó a ella sin darse cuenta. Ambos tenían la mirada perdida en el
horizonte. Tenía razón, pensaba. En el norte de California, los árboles eran más
grandes, el viento más frío y el océano Pacífico, una presencia viva y salvaje.
Pero eso no era todo lo que había cambiado.
Aquella tarde, él había observado a Tracy con los niños. La había oído reír.
Había visto como los críos respondían a sus bromas. Y le había gustado.
—¿Por qué será? —preguntó Tracy.
Rick estaba corriendo las cortinas. El rugir del océano quedaba reducido a un
sonido ahogado que reverberaba como el latido de un corazón.
Después, se dio la vuelta y tomó a Tracy en sus brazos.
—Aún puedes cambiar de opinión —susurró, rezando para que no lo hiciera.
—No voy a hacerlo —dijo ella, tomando su cara entre las manos.
Sus labios se encontraron en un beso que le llegaba al alma y Rick supo que no
había vuelta atrás. Ocurriera lo que ocurriera al día siguiente, tendrían aquella noche.
Aquella noche para la que parecían destinados desde que la había visto en la puerta
de su casa.
Deseoso de tocarla, de explorar el cuerpo que había atormentado sus sueños,
sus manos se deslizaron por debajo del jersey.
—Eres… tan suave —susurró.
Ella tragó aire y entreabrió los labios, buscando otro beso. Él obedeció su mudo
deseo y después, con un rápido movimiento, le quitó el jersey por encima de la
cabeza, exponiendo su piel bronceada y un diminuto sujetador de encaje.
Tracy se ruborizó. Sus ojos brillaban y respiraba con dificultad. Rick sostuvo su
mirada mientras desabrochaba la prenda interior para admirar sus pechos. Ella se
humedeció los labios y la visión de su lengua encendió nuevos fuegos en su interior.
—Tracy… —los latidos de su corazón se desbocaron cuando ella sonrió
mientras se quitaba la prenda de encaje, dejando que se deslizara por sus brazos
hasta caer al suelo. No tenía marcas, pensaba él tontamente. La imagen mental de
Tracy tomando el sol desnuda hacía que la fuerza de su deseo creciera hasta niveles
peligrosos—. Perfecta —susurró, mientras acariciaba sus rosados pezones con los
pulgares que, instantáneamente, se endurecieron.
—Rick —suspiró ella—. Se me están doblando las rodillas.
Él sonrió para sí mismo. Sus propias rodillas no parecían capaces de sujetarlo.
Suavemente, la tumbó en la cama e, inclinándose, empezó a jugar con sus pezones,
tomándose su tiempo para gozar de la suave piel femenina.
Tracy arqueaba la espalda, ofreciéndose en silencio. Y él la aceptaba con
avaricia, torturándola deliberadamente con los labios, con la lengua, con los dientes.
Su propio cuerpo se despertaba con cada gemido, amenazando con hacerle perder el
control.
Nunca había deseado a una mujer como deseaba a Tracy.
Un segundo después, se apartó.
—¿Por qué te paras? —suspiró ella.
—Cielo, acabamos de empezar —susurró él, intentando mostrarse calmado.
Pero su corazón se había lanzado a una carrera desenfrenada. Rápidamente se
desnudó, dejando caer la ropa al suelo en su prisa por volver a ella. Después, se
inclinó sobre Tracy de nuevo—. Voy a quitarte los pantalones, Tracy —susurró—.
Quiero sentirte toda.
Ella no podía hablar. Intentó desabrochar su cinturón, pero sus dedos eran
torpes y Rick, demasiado impaciente. Apartando sus manos, él mismo desabrochó el
cinturón y le bajó el pantalón hasta los tobillos.
habérselo dicho. Rick no sabía si eso hubiera cambiado algo. Pero tenía derecho a
saberlo. Él no estaba acostumbrado a desflorar vírgenes.
Tracy abandonó su pose relajada y se sentó sobre la cama.
—¿Cómo lo has sabido? ¿Es que he hecho algo mal?
¿Mal?, pensaba Rick. En absoluto. Él nunca había tenido relaciones sexuales. él
nunca había hecho el amor de aquella forma. Nunca había sentido cada caricia de
aquella manera. Cada suspiro… Ninguna de sus experiencias podía compararse con
lo que había vivido aquella noche.
Porque en ninguna de aquellas experiencias se había involucrado su corazón.
Pero no pensaba decírselo a ella.
—Lo sabía, sencillamente. Pero deberías habérmelo dicho tú —dijo Rick,
mirándola a los ojos. Ella se encogió de hombros—. ¿Cómo es posible que una chica
de veintiocho años siga siendo virgen? —exclamó. ¿Cómo una mujer tan guapa y tan
inteligente podía seguir siendo tan pura como la nieve?, se preguntaba. ¿qué les
pasaba a los hombres? ¿Es que eran ciegos?
—Perdona —dijo ella, sarcástica, saltando de la cama—. Si hubiera sabido que
ibas a ponerte así, me habría pasado un par de días practicando con otro.
—¡No es eso lo que quería decir, maldita sea!
—Entonces, ¿qué has querido decir? —preguntó, con las manos en las caderas.
Ni siquiera Rick sabía la respuesta. Lo único que sabía era que tenía que apartar la
mirada para no ver el tentador cuerpo desnudo de aquella mujer—. ¿Es que te dan
miedo las vírgenes? ¿Es eso? Pues cálmate porque, gracias a ti, yo ya no pertenezco a
ese grupo.
—Las vírgenes no me dan miedo, señorita —gruñó él, en un tono que sus
subordinados habían aprendido a respetar—. Pero tú sí.
—Supongo que eso ha sido un piropo.
—Deberías habérmelo dicho, Tracy.
—Si te lo hubiera dicho, no habrías seguido adelante. Y yo quería que siguieras
—dijo ella, con una sonrisa en los labios—. No sé por qué estás tan enfadado. Si
alguien tiene derecho a estar enfadada, soy yo.
—Lo sé.
—Tú has hecho que una experiencia maravillosa se convierta en una pelea.
Rick levantó las manos y se las pasó por el pelo, más para apartarlas de ella que
para otra cosa. Tracy tenía razón. Lo que habían compartido le había tocado más
profundamente de lo que hubiera imaginado. Pero sabía bien que ella no había
considerado las posibles repercusiones.
Él sí lo había hecho. A toro pasado, pero lo había hecho, ¿Cómo podía haber
sido tan estúpido, tan poco cuidadoso? Él no era un adolescente con más hormonas
que cerebro. Él era un marine. Si entrase en combate como había entrado en la cama
de Tracy, habría muerto en el acto.
Capítulo Ocho
—¡Bingo! —dijo Rick suavemente.
—¿Y no has usado…? —empezó a decir Tracy.
—No —contestó él, paseando por la habitación.
Tracy lo miraba guiñando los ojos, pero sin lentillas no podía ver nada
interesante. Aquel pensamiento hizo que se ruborizara—. Ha sido culpa mía. Soy un
idiota —estaba diciendo el—. No quería pensar, no podía pensar. No tengo excusa,
maldita sea…
—Así no ayudas nada —lo interrumpió Tracy. Como recompensa, Rick se
colocó directamente frente a ella—. Esto es tan culpa tuya como mía —insistió,
intentando pensar con claridad. Aunque era casi imposible después de las
sensaciones explosivas que acababa de experimentar. Su cuerpo le seguía pareciendo
el cuerpo de otra mujer—. Ni siquiera se me había ocurrido pensar…
—Lo sé —murmuró él, sentándose a su lado.
¿Lo que habían compartido le habría afectado a él tanto como a ella?, se
preguntaba Tracy. Le hubiera gustado, pero estaba segura de que no era así. Él no era
virgen y aquélla no era la primera vez que sus fantasías se hacían realidad.
Entonces, ¿por qué estaba tan alterado por no haber usado protección?
—Por curiosidad, ¿no llevas preservativos?
—Aunque tú creas lo contrario, yo no soy un semental en busca de conquistas
—contestó Rick.
Por el tono de su voz, Tracy adivinó que la pregunta no le había hecho ninguna
gracia—. No llevo preservativos en la cartera desde que tenía dieciocho años.
No sabía por qué, pero aquello hizo que Tracy se sintiera mejor. Al menos
sabía… ¿que? ¿Qué Rick no había pensado que los necesitaría estando con ella?
Aquello sí que era un cumplido.
—Yo creí que los marines siempre iban preparados.
—Esos son los boy scouts.
—Ah.
El incómodo silencio que siguió parecía una eternidad, pero no fueron más que
unos segundos. En aquel breve espacio de tiempo, Tracy consideró la posibilidad de
haber quedado embarazada.
Además de la lógica preocupación y ansiedad por comportarse de forma tan
estúpida, no podía evitar sentirse emocionada.
Hacía tiempo que había abandonado la idea de tener hijos. Después de todo,
tenía veintiocho años y no era exactamente una rompecorazones.
Y, aunque la idea de ser madre soltera era en cierto modo descorazonadora, su
instinto maternal la hacía desear ponerse a dar gritos de alegría.
De repente, sintió un nudo en el estómago y se levanto para ponerse las gafas.
Pero, cuando vio a Rick sentado en la cama, desnudo, como una estatua griega,
pensó que debería haber permanecido ciega durante aquella conversación.
Aquel bronceado cuerpo masculino lleno de músculos la hacía perder el
equilibrio.
Tenía que admitir que estaba enamorada de Rick Bennet. Absurda, locamente
enamorada.
Siempre lo había estado.
—No vale de nada que nos preocupemos por algo que ya no podemos evitar —
dijo Tracy, después de aclararse la garganta.
—¿Qué hacemos entonces? ¿Olvidarnos del asunto?
No podían hacer eso y ella lo sabía. Y sabía que aquella noche iba a quedar
grabada en su corazón con letras mayúsculas. Incluso aunque, como imaginaba, no
hubiera quedado embarazada.
Pero no pensaba pasar por la humillación de contarle a Rick su secreto.
Intentando sonreír, se cruzó de brazos, pensando en lo ridículo que era
mantener aquella conversación estando completamente desnudos. Por supuesto, si
no hubieran estado completamente desnudos, la conversación no habría sido
necesaria.
—Lo único que digo es que no va a pasar nada —sonrió ella, intentando
mostrarse segura de sí misma—. Es muy poco probable quedar embarazada la
primera vez.
Rick se levantó de la cama y tomó su ropa del suelo.
—Me pregunto cuántas parejas a lo largo de la historia han querido consolarse
con esas mismas palabras —dijo mientras se ponía los vaqueros.
Le había dado miles de vueltas, intentando descifrar qué había ocurrido entre
los dos, pero no encontraba la respuesta. Si alguien le hubiera dicho unos días antes
que iba a encontrarse en aquella situación, se habría echado a reír.
¿Rick Bennet? ¿El maestro en el juego del amor, atrapado por una rubia medio
cegata?
Siempre había pensado que él era del tipo de hombre que nunca se casaba. Que
la vida militar era demasiado dura para una esposa. Y que ésas eran las razones por
las que había permanecido soltero durante tantos años. Pero empezaba a preguntarse
si la verdadera razón era que, hasta entonces, no había encontrado a la mujer
adecuada. Una mujer por la que estaba dispuesto a arriesgarlo todo. Una mujer que
le hacía pensar en cosas como un hogar… hijos.
¿Hijos?
Por Dios bendito. ¿Qué harían si Tracy quedaba embarazada?
No debía pensar en eso, se decía. Quizá ella tenía razón. Quizá no ocurriría
nada y podrían despedirse como si aquel viaje nunca hubiera tenido lugar.
Era raro, pero aquella idea no lo animaba en absoluto. Todo lo contrario.
Los recuerdos del día anterior daban vueltas y vueltas en su torturada mente.
La manera en la que el viento jugaba con su pelo, su forma de mirarlo cuando no
llevaba puestas las lentillas, su risa cristalina, sus gemidos. Ella le había tocado el
corazón.
¿Y qué demonios iba a hacer él al respecto?
Lo mejor sería meterla en el coche y llegar a Oregón lo antes posible, pensaba,
suspirando pesadamente.
La puerta de su habitación estaba abierta y la vio de espaldas frente al
acantilado, mirando el océano. Sus rizos rubios bailaban suavemente mecidos por el
viento. El jersey azul de cuello vuelto sobre pantalones del mismo color le sentaba a
la perfección. Cuando ella se dio la vuelta al oír sus pasos, Rick pensó que sus ojos
aquella mañana eran de un azul imposible.
La deseaba de nuevo, de una forma imperiosa y tuvo que echar mano de todo
su autocontrol para no envolverla en sus brazos y poseerla allí mismo. Empujando a
un lado su deseo, avanzó hacia ella como lo haría en un desfile militar.
—Buenos días —dijo Tracy.
—¿Buenos? —replicó él, malhumorado.
Rick estudiaba sus rasgos, buscando los signos de una noche en vela, pero no
los encontró. Aparentemente, Tracy había dormido de un tirón.
—Yo creo que sí —contestó ella, volviéndose para mirar el océano.
—Tracy…
—No hace falta que te disculpes otra vez —lo interrumpió ella, sin volverse—.
Además, te recuerdo que no estoy de buen humor por las mañanas.
Una hora más tarde, Rick paraba el coche frente a la casa de los padres de
Tracy.
—¿Estás preparada?
Tracy apartó la mirada del elegante edificio de dos plantas y lo miró. Rick había
adoptado su actitud de marine. La mandíbula firme, los ojos fríos, los labios
apretados.
Capítulo Nueve
—No puedo creer que sois novios y no me lo habéis dicho —estaba diciendo
Meg—. Y tú que me hiciste creer que la traías a Juneport solo para hacerme un favor
—añadió, mirando a Rick. A Tracy le daba vueltas la cabeza. O quizá era el mundo el
que estaba dando vueltas. Miro a Rick y éste le puso un brazo sobre los hombros—.
¿Desde cuándo sois novios?
La voz de su hermana parecía llegar desde muy, muy lejos. De hecho, Tracy
tenía problemas para entender algo en medio del barullo de voces.
Todo era tan raro. Mirando las caras familiares a su alrededor, Tracy intentaba
descubrir si estaban bromeando. Pero los ojos azules de su madre seguían húmedos
y Patty Bennet seguía mirando a su hijo como si acabara de ganar el Premio Nobel o
algo parecido. Sus padres, de pie en medio del salón, los miraban orgullosos y su
hermana no parecía capaz de estarse quieta.
—Espera que se lo cuente a mi marido —sonreía, apretando su mano.
—Lo sabíamos —dijo la madre de Rick—. Sabíamos que si pasabais un poco de
tiempo juntos, os daríais cuenta de lo que nosotros siempre hemos sabido.
—Que sois perfectos el uno para el otro —terminó la frase Nancy Hall,
limpiándose una lágrima.
¿La empollona y el guapo del instituto, perfectos el uno para el otro?
Rick la apretó contra él y Tracy agradeció el apoyo porque podría caerse
redonda en cualquier momento.
—Esto es maravilloso —decía su hermana, mirándolos como si ella fuera el
hada madrina—. ¿Cuándo es la boda?
Todo el mundo se calló en ese momento. Un perro ladró en alguna parte y
oyeron el sonido de una bicicleta.
Tracy miraba los cinco pares de ojos clavados en Rick y ella. Su familia. Las
personas a las que más quería en el mundo. ¿Cómo podía mentirles? ¿Cómo podía
haber imaginado por un momento que podría mentirles?
Tracy se apoyó en el pecho de Rick, mirando los ojos llorosos de su madre. La
verdad estaba a punto de salir de sus labios.
—Aún no lo hemos decidido —dijo Rick entonces.
El hechizo parecía haberse roto y todo el mundo empezó a hablar a la vez.
—En otoño —decía Patty Bennet.
—O en invierno —murmuraba Nancy Hall, con la mano en la mejilla,
pensativa.
—Yo creo que en primavera sería perfecto —apuntó Meg, tomando a su madre
y a Patty por el brazo para volver a la casa—. Para entonces habrá nacido mi hijo y
podré comprarme un vestido que no sea una tienda de campaña.
La pequeña mentira estaba creciendo hasta tomar proporciones gigantescas.
Tracy hubiera deseado confesar en aquel mismo instante. Terminar con aquella
mentira antes de que fuera más adelante. Ni siquiera tenía que quedarse a aquella
estúpida reunión. Podía tomarse un par de Biodraminas, tomar el primer tren que
saliera de Juneport y volver a su casa para meterse en la cama y olvidar todo aquel
embarazoso episodio.
No tardaría más de diez o veinte años.
Tracy dio un paso para ir con ellas, pero Rick la mantenía firmemente sujeta a
su lado.
Con un último golpecito en la espalda, su padre y el de Rick se dirigieron al
garaje, probablemente para no tener que aguantar una larguísima discusión sobre los
detalles de la boda.
—No me lo puedo creer —murmuró Tracy cuando estuvieron solos.
—Es muy raro —asintió Rick.
Él no había apartado el brazo de su hombro y Tracy podía sentir la sólida y
firme presencia del hombre a su lado. Por un segundo, se dejó a sí misma disfrutar
del contacto, pero la magnitud de lo que acababa de ocurrir hizo que pronto volviera
a la realidad.
—Tenemos que hablar con ellos. Dentro de una hora, habrán hablado con el
párroco y estarán preparando los detalles de la ceremonia.
Rick miraba a las mujeres que entraban en la casa en aquel momento, como si él
tampoco diera crédito.
—Quizá lo mejor sería no decir nada —murmuró, mirándola.
—No podemos hacer eso —replicó ella, intentando no perderse en el verde de
sus ojos—. Habíamos acordado decirles la verdad.
—Lo sé —dijo Rick. Después, apartó la mano de su hombro y la tomó por la
cintura con toda la cara del mundo—. Pero míralo de esta forma. Ahora todo el
mundo en Juneport se enterará de que somos novios.
—Es verdad.
Eso era lo que ella quería, ¿o no? Volver a Juneport como una mujer nueva,
elegante, independiente, hermosa y con un novio enamorado.
Tracy sentía las manos de Rick en su espalda, apretándola contra sí. Su
respiración se agito cuando él la apretó contra su pecho. La luz del sol se filtraba a
través de las hojas de un roble sobre ellos. Sus ojos verdes brillaban. Sus brazos se
apretaban alrededor de su cuerpo hasta que Tracy creyó que se le iban a romper las
costillas.
Pero si seguía apretándola, no le importaba nada.
—No sabes cuánto me alegro de que hayas decidido quedarte en casa —decía
su madre, mientras la ayudaba a subir el equipaje a su habitación.
—¿Y dónde iba a ir? —sonrió Tracy.
Nancy Hall se pasó la mano por el pelo y estudió a su hija durante unos
segundos.
—A un hotel. Con Rick.
—Ah —murmuró Tracy, ruborizándose.
—Quiero decir… bueno, no es lo que yo lo apruebe, pero después de todo estáis
prometidos. Hubiera entendido que…
—No, mamá —la interrumpió ella, quizá con demasiada prisa a juzgar por la
expresión sorprendida de su madre—. Rick y yo hemos decidido que queríamos
pasar estos días con nuestras familias.
Nancy Hall sonrió.
—Me alegro mucho, hija. Además, vive aquí al lado y podréis veros a todas
horas. Cuando Rick salía con Meg estaba todo el día… —pero no terminó la frase.
—No te preocupes, mamá —sonrió Tracy—. Yo también vivía aquí, ¿recuerdas?
—Claro —dijo su madre—. Ha pasado tanto tiempo, ¿verdad, hija?
Tracy vio que los ojos de su madre se llenaban de lágrimas y se acercó para
abrazarla.
—No llores, tonta.
Su madre se limpió las lágrimas y le dio un golpecito en la cara.
—Soy una sentimental —dijo, acercándose a la puerta—. Es que me hace tanta
ilusión que se case mi niña pequeña… —sonrió. Tracy sintió como si un cuchillo se
clavara en su corazón—. Estoy muy contenta por ti, Tracy. Tienes todo lo que
siempre habías deseado, un buen trabajo, una casa preciosa y ahora, a Rick.
—Sí —murmuró Tracy—. Todo lo que siempre había deseado.
—¿Te pasa algo?
—No —contestó ella rápidamente—. Es que estoy un poco cansada. Ha sido un
viaje muy largo.
—Descansa un poco antes de cenar —dijo su madre—. Estás muy guapa, Tracy.
El amor te sienta muy bien.
Después de decir eso, salió de la habitación.
El amor le sentaba bien.
Tracy no podía evitar preguntarse qué aspecto tendría cuando volviera a estar
sola. ¿La ropa nueva, los cosméticos y el moderno corte de pelo seguirían haciéndola
parecer guapa? ¿O se convertiría en calabaza al terminar la reunión en el instituto?
La noche era fresca y húmeda. Las nubes cubrían el cielo iluminado apenas por
la luna y una neblina que llegaba del mar parecía cubrirlo todo con dedos
fantasmales.
Subiéndose el cuello de la cazadora, tomó la dirección contraria a la casa en la
que Tracy, con toda seguridad, estaría durmiendo a pierna suelta.
Los recuerdos lo asaltaban y su mente estaba inundada de imágenes. Todas
ellas de los tres últimos días.
Rick se paró en medio de la acera y se volvió para mirar la casa de los Hall, un
borrón casi escondido por la niebla. De alguna forma, en tres días, Tracy había
conseguido meterse en su piel.
No podía respirar sin pensar en ella. No podía dormir sin soñar con ella.
Antes de que se diera cuenta, se dirigía hacia su casa. Cuando entró en el jardín,
recordó las veces que había ido allí de noche para ver a Meg, pero no recordaba
haber sentido la misma urgencia que sentía en aquel momento.
Simplemente, tenía que ver a Tracy.
Inclinándose, tomó unas piedrecillas del suelo y empezó a tirarlas hacia la
ventana del segundo piso que sabía era su habitación.
El sonido de las piedras contra el cristal de la ventana le parecía una explosión,
pero no había respuesta. Tiró algunas más y, un poco más tarde, vio una luz a través
de las cortinas. Rick no podía apartar los ojos de la ventana y cuando vio a Tracy
asomarse, respiró tranquilamente por primera vez en toda la noche.
—¿Rick? —llamó ella en voz baja, colocándose las gafas sobre la nariz—. ¿Qué
estás haciendo? Rick sonrió. Tracy llevaba un camisón blanco de algodón y llevaba el
pelo sujeto con una coleta. Estaba guapísima y adorable. El deseo crecía en sus
entrañas, dejándolo sin aire en los pulmones. Y algo más profundo, más rico,
apretaba su corazón.
—Baja —susurró él.
—¿Ahora?
—Sí, ahora —rió él.
—Espera un momento —dijo Tracy, cerrando la ventana.
Rick se acercó a la puerta, recordando la última vez que había ido allí por la
noche. Meg y él iban a escaparse, pero ella se había echado atrás.
Años más tarde estaba de vuelta en aquella casa y esperar a la hermana de Meg
lo llenaba de una ansiedad que no había conocido antes.
Rick subió los escalones de dos saltos y estaba esperándola cuando Tracy salió
al porche.
—¿Pasa algo? —preguntó. Rick la tomo del brazo para llevarla a la parte más
oscura del porche.
una campaña militar, Rick respondía con todas sus fuerzas. Sus manos se movían
sobre el cuerpo de ella, que se apretaba contra él, restregándose contra su dolorido y
excitado sexo.
Rick lanzó un gemido ahogado y colocó la cabeza de Tracy sobre su brazo. Ella
no apartó los brazos de su cuello mientras apretaba sus pechos contra el torso
masculino, gimiendo suavemente.
Rick quería mas, necesitaba más.
Nunca había conocido un ansia tan incontrolable. Nunca había sentido un
deseo tan desesperado de conectar con una mujer. De poseerla, en cuerpo y alma. Su
corazón latía apresurado, su mente daba vueltas y su cuerpo pedía más.
Aun explorando su boca, deslizó la mano por su muslo, buscando los secretos
de su escondida caverna. Ella gimió dulcemente, apretándose contra el musculoso
cuerpo del hombre mientras sus lenguas bailaban un antiguo baile de seducción.
La oscuridad los protegía. La niebla envolvía sus cuerpos. Rick ahogaba sus
gemidos, protegiendo su privacidad mientras la exploraba con los dedos. Con la
respiración agitada, sintiendo los latidos del corazón de Tracy contra su corazón, él la
excitaba cada vez más. Sus caderas se movían bajo sus manos. Ella apoyó los pies en
el balancín y levantó un poco las caderas para que la acariciara más profundamente.
—Esto es una locura —susurró un poco después, con el aliento entrecortado.
Lo era y Rick lo sabía. De hecho, los tres últimos días habían sido
maravillosamente locos.
—¿Quieres que pare? —sonrió él.
—No —contestó Tracy—. No pares. No pares nunca.
—Nunca —susurró él, introduciendo primero un dedo y después otro dentro
de ella. Entrando y saliendo de su cueva, él la llevaba donde quería, urgiéndola a
buscar la satisfacción que él mismo deseaba—. Tómalo, cariño —dijo con un hilo de
voz.
Tracy jadeaba, sujetándose a sus hombros.
—Rick —musitó contra su pecho, mientras movía las caderas contra la mano
del hombre.
—Déjate ir, cariño —susurró él, mientras con el pulgar rozaba la parte más
sensible de su ser.
Tracy lanzó un grito ahogado. Sus músculos interiores se contrajeron y él sintió
la primera ola de placer. Su cuerpo temblaba. Rick la sujetó más fuerte mientras ella
enterraba la cara en su pecho para ahogar sus gemidos.
Y cuando había terminado y estaba muy quieta entre sus brazos, Rick le bajó el
camisón y la apretó contra sí. Una sensación de paz lo cubría mientras la abrazaba.
De alguna forma, su propio deseo se había saciado al saciar el de ella.
—No me puedo creer que hayamos hecho esto —susurró Tracy, unos minutos
más tarde.
Capítulo Diez
Tracy observaba a Rick hablando con su cuñado a través de la ventana.
Necesitaba tiempo para poner su mente en orden. Tiempo para pensar como podía
mirarlo sin ponerse colorada como una cría.
Pero Rick había aparecido en el porche de su casa por la mañana, preparado
para llevarla a la granja de Meg y John. Era un viaje corto y ella había ido diciendo
incoherencias durante todo el camino, sin darle oportunidad para hablar de lo que
había ocurrido entre ellos la noche anterior.
Una ola de calor subió a sus mejillas en ese momento. Era increíble pensar que
prácticamente habían hecho el amor en el porche de la casa de sus padres.
Tracy tembló al recordarlo, luchando para apagar la hoguera que parecía
encenderse en su cuerpo. ¿Qué le estaba pasando? Había pasado de ser virginal a ser
insaciable en menos de una semana.
—Oye, ¿puedes dejar de mirarlo por un segundo? —preguntó Meg, detrás de
ella. Tracy apartó la cara para mirar a su hermana. Meg Elevaba en la mano una
bandeja con dos tazas de café y dos trozos de pastel de chocolate—. Venga,
cuéntame. Tienes toda la vida para mirar a Rick.
Al menos tenía un par de días, pensaba Tracy, pero se sentó en el sofá al lado de
su hermana, intentando disimular.
Mientras Meg hablaba, ella miraba a su alrededor. El salón estaba muy limpio,
pero lleno de cosas. Había juguetes, muñecas, libros, zapatos y calcetines por el suelo
de madera.
Era la imagen de un hogar.
Si las paredes pudieran hablar, aquellas podrían contar secretos de besos,
abrazos infantiles y muchas risas.
En ese momento, Tracy recordó su dúplex: limpio, estéril, vacío. De repente,
sintió un nudo en la garganta y tuvo que parpadear para que las lágrimas no
asomaran a sus ojos.
Después de aquel viaje, le parecería aún más vacío.
—¿Te encuentras bien? —preguntó su hermana.
Tracy asintió y sonrió tímidamente.
—Claro. ¿Dónde están los niños?
—Los he mandado a casa de la madre de John —rió Meg—. Quería hablar
contigo un rato —añadió, apartando la larga melena rubia de su cara—. Con los
cuatro fantásticos alrededor, no hay tranquilidad posible.
Una punzada de envidia cruzó el corazón de Tracy. Su hermana tenía un
marido que la adoraba, una familia y un hogar encantador. Ella, por otra parte, tenía
un dúplex de dos habitaciones, una larga lista de socios y tenía que inventarse un
novio para que la gente no sintiera compasión por ella.
Era curioso como dos mujeres criadas de la misma forma podían tener vidas tan
diferentes.
Tracy no podía evitar preguntarse cómo habría sido su vida si hubiera tenido la
seguridad que tenía su hermana cuando era adolescente.
—Los cinco magníficos, dentro de poco —dijo, acariciando el abultado vientre
de Meg. En ese momento recordó que ella misma podría estar embarazada. Y aunque
una parte de ella lo deseaba con todas sus fuerzas, tenía que admitir que había pocas
posibilidades.
—Sí —sonrió su hermana—. Es increíble, ¿verdad? Otro hijo. Supongo que
pensarás que estoy loca, pero es que me encantan los niños.
—No estás loca. Eres una madre maravillosa.
—Eso espero —susurró Meg, poniéndose la mano sobre el vientre.
¿Dudas? ¿Su hermana tenía dudas?
Meg miró la ventana tras la cual estaba su marido.
—A John y a mí nos encantan los niños y tendremos todos los que Dios nos
mande. Pero es que…
—¿Qué? —preguntó Tracy, olvidándose de su problema.
—Es una bobada —confesó Meg, dejando su tasa sobre la bandeja—. Si alguna
vez se lo cuentas a alguien, lo negaré y después contrataré a un matón para que te
quite de en medio.
—Te juro que no se lo diré a nadie —rió Tracy.
—Nunca te lo he dicho, pero siempre he tenido envidia de ti.
—¿Qué? —Tracy no había podido evitar una carcajada, porque lo que acababa
de decir su hermana era simplemente absurdo. Meg tenía todo lo que ella siempre
había deseado. Era imposible que la envidiase.
—No me malinterpretes. No cambiaría nada de mi vida. Estoy loca por John y
no me puedo imaginar la vida sin él… o sin los niños.
—¿Entonces?
—Pues… —empezó a decir Meg, colocando las piernas sobre el sofá— que de
vez en cuando, cuando los niños me vuelven loca, pienso en ti… sola en tu casa. Con
tu propio negocio. Clientes que te admiran —Meg se echo a reír—. Capaz de ir al
cuarto de baño y quedarte en él todo el tiempo que quieras.
—Pero tú tienes tantas cosas…
—Ya lo sé. Y estoy muy agradecida a la vida por ello. Pero, ¿sabes una cosa,
Tracy? —suspiró su hermana—. Tú tienes algo que yo siempre he querido —suspiró.
¿Qué podría ser?, se preguntaba Tracy, sorprendida—. Yo nunca fui buena en los
Rick le dio a John una llave inglesa y se apoyó en el capó mientras el otro
hombre se metía debajo del coche.
—Y Tracy y tú —estaba diciendo su amigo—. ¿Quién lo hubiera imaginado?
—Ya —murmuró Rick, incómodo, mirando la casa como si quisiera ver a Tracy
a través de la pared.
Sabía que ella había tratado de evitarlo durante toda la mañana. Por eso había
ido a buscarla muy temprano y la había esperado sentado en el balancín del porche.
Pero, claro, sentarse en aquel balancín nunca volvería a ser lo mismo.
No después de la noche anterior.
Rick tuvo que apretar los puños para controlar su respiración. No había podido
dejar de recordar lo que había ocurrido por la noche. No podía dejar de recordar el
momento en que ella se había derretido en sus brazos. Cuando el clímax la había
obligado a enterrar la cara en su pecho para disimular sus gemidos.
Rick deseaba aquello de nuevo. Quería sentir su corazón latiendo para él.
Quería sus sonrisas. Sus lágrimas. Su amor.
Rick esperó el familiar escalofrío que sentía cada vez que pensaba en aquella
palabra, pero cuando no llego estuvo a punto de sonreír. ¿Podía la vida de un
hombre cambiar de la noche a la mañana?
Pero, ¿sería Tracy feliz con la vida nómada de un soldado profesional? ¿Podría
sobrevivir lo que sentían el uno por el otro?
—¿Podrá funcionar? —dijo en voz alta, sin darse cuenta.
—Claro que funcionará —dijo John, claramente insultado—. Este coche tiene un
par de problemillas, pero yo siempre consigo arreglarlo.
Rick sacudió la cabeza y miró a su amigo, que salía de debajo del coche.
—Siempre se te han dado bien los coches.
—¡Desde luego! —rió John, apartándose el pelo de la cara—.¿Recuerdas que
siempre arreglaba el tuyo, que era un trasto?
—Ese trasto mío te llevaba por todas partes, por si no te acuerdas –replicó Rick,
haciéndose el insultado.
—A mí y a tus hermanos –rió John. Después dejó de sonreír y se quedó
mirando al horizonte, como perdido en sus pensamientos—. Eran buenos tiempos,
¿verdad?
—Los mejores – asintió Rick aunque, en realidad, los mejores días con Tracy le
habían aportado más recuerdos que la mayoría de sus años en Juneport.
El sonido de un claxon interrumpió sus pensamientos y los dos hombres se
dieron la vuelta para mirar hacia la carretera.
—Vaya, ya están todos aquí –dijo John.
—Eso parece –sonrió Rick, acercándose a los dos hombres que habían saltado
del coche—.¿Qué demonios estáis haciendo aquí?
Andy Bennet miró a su hermano Jeff con cara de orgullo herido.
—¿Has oído eso? Nuestro hermano mayor no tiene ganas de vernos.
—Vaya, hombre. Es igual de orgulloso que todos los oficiales –rió Jeff.
—Sí. ¡Un momento! ¡Yo también soy oficial! –exclamó Andy.
—¿Le habéis quitado el coche a mamá? –preguntó Rick, abrazando a sus
hermanos.
—Sí. La hemos dejado atada en la despensa.
—Sí, claro –sonrió Rick.
—No ha hecho falta –explicó Andy, burlón—. Estaba en casa de los Hall,
planeando una boda de la que no nos habíamos enterado.
La boda. Rick frunció el ceño, pero entonces recordó que debía dar la imagen de
un novio feliz y volvió a sonreír.
—Yo no os cuento todo lo que hago.
—No me lo podía creer cuando me lo contó papá —dijo Jeff—. Tracy Hall era el
terror de tu adolescencia.
—Imagínate casarse con una chica que se llama Pecas —añadió Andy.
radio de tres manzanas, habían atrapado a David antes de que cayera sobre un bote,
comprado una camiseta para Becky después de que su hermano manchara la suya de
limonada. Y habían tenido que volver sobre sus pasos porque Jenny había perdido su
muñeca. Y sin embargo, Tracy no parecía cansada. Estaba tan radiante como lo
estaba a primera hora.
El amor, se repetía Rick a sí mismo. Tracy brillaba de amor. El amor le salía por
los ojos cada vez que miraba a aquellos niños y ellos respondían de la misma manera.
Los niños, pensaba Rick, eran más inteligentes que los adultos. Ellos aceptaban el
amor llegara de quien llegara, sin hacerse preguntas. Sin dudar.
¿Era él demasiado viejo como para aprender de un niño?
—¿En qué estás pensando? —preguntó ella.
—Estaba pensando en lo guapa que eres —contestó el—. Y en cuanto me
gustaría volver a sentarme contigo en un balancín.
Tracy se había ruborizado y tuvo que tragar saliva, incómoda.
Rick se dio cuenta de su incomodidad y la suya propia creció hasta
proporciones monumentales. La deseaba de nuevo y no podía hacer nada para
evitarlo.
—Rick…
Fuera lo que fuera lo que iba a decir, se perdió cuando su sobrino David
empezó a darse sonoros besos en la mano.
—Están hablando como en las películas —rió el niño.
Rick sonrió. Eran agotadores, pero tenían gracia.
—¿Yo no soy guapa? —preguntó la pequeña Jenny, tirando de su manga.
Sonriendo al ver la carita sucia de la niña, Rick la tomó en brazos y la sentó
sobre sus rodillas.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Tú eres incluso más guapa que tu tía Tracy.
La niña empezó a reírse, encantada y le dio un abrazo. El espontáneo regalo le
llego directamente al corazón. La inesperada dulzura de la cría lo había dejado sin
defensas.
Nunca en toda su vida había considerado la posibilidad de casarse y tener hijos.
Y, sin embargo, cuando miro a Tracy, no pudo evitar deslizar la mirada hasta su
vientre. En aquel momento, su hijo podría estar dentro de ella. Una diminuta y
milagrosa combinación de sus genes y los de Tracy.
Aquel pensamiento hacía que se sintiera humilde y aterrorizado a la vez. Y sin
embargo, lo llenaba de alegría.
Cuando volvió a mirarla a los ojos, se dio cuenta de que Tracy sabía en qué
estaba pensando. Ella lo miraba con una angustia en sus ojos azules y él deseaba
reconfortarla. Le hubiera gustado hablar con ella sobre su vida, sobre sus sueños, sus
deseos, sus miedos, pero aquél no era el sitio ni el momento adecuado.
Se decía a sí mismo que debía ser paciente.
Tania tiempo. Mientras pasaba la mano por el pelo de Jenny, se preguntaba si
su hijo sería tan dulce como aquella cría.
Rick no la había visto sacarle la lengua a su hermano.
Estaba perdido en el mundo de los sueños.
Capítulo Once
El viejo gimnasio no había aguantado bien el paso del tiempo.
El instituto era uno de los edificios más antiguos de la ciudad y sus paredes de
piedra parecían viejas y grises a la luz de la tarde. Viejas paredes cubiertas de posters
de colores chillones que anunciaban la reunión de antiguos alumnos, como una
anciana que llevara demasiado maquillaje.
Pero las voces de los miembros del comité llenaban el gimnasio de recuerdos.
Recuerdos de los tiempos en los que el instituto y los chicos que iban a él eran
adolescentes.
Tracy estaba subida sobre una escalera, intentando colgar una tira de papel de
celofán en el techo.
—Casi llego —decía, haciendo un esfuerzo—. Me falta un centímetro.
—¿Estás loca? —preguntó una voz desde abajo.
Tracy dio un respingo y soltó el papel que estaba intentando colgar, antes de
sujetarse con las dos manos a la escalera. Sólo cuando consiguió que su corazón
volviera a latir a velocidad normal, bajó los ojos para ver a Rick.
—Me has dado un susto de muerte —se quejó ella.
—Y tú a mí —replico él, haciéndole una seña para que bajara.
Rick había vuelto a poner cara de marine, pensaba Tracy. Y, por eso, decidió no
hacerle caso. Ella no era uno de sus subordinados. Aunque estuviera enamorada de
él, no pensaba dejarse mandar de aquella forma.
—Dame la tira de papel —pidió, alargando la mano.
—Baja de ahí. Yo lo haré.
Irritada, Tracy miró a la gente que pululaba por el gimnasio. No necesitaba más
cotilleos sobre ellos de los que había tenido que soportar.
Afortunadamente, nadie parecía haberse dado cuenta del incidente. Por el
momento.
—Casi he terminado.
—Desde luego que sí —dijo él—. No deberías estar subida a una escalera.
—¿Y por qué no? —preguntó ella, bajando la voz.
Rick se pasó la mano por el cuello, exasperado.
—Porque eres propensa a tener accidentes, ¿recuerdas?
—Eso no es verdad —contestó Tracy, a pesar de que aún le dolía la mano
derecha, que aquella misma mañana se había pillado con el cajón de la mesilla.
Deseaba otro recuerdo de él, porque unos días mas tarde, habría desaparecido
de su vida.
Rick conducía a través de las familiares calles como un poseso. No había escape
para ninguno de los dos y ambos lo sabían.
De repente, soltó su mano y empezó a acariciarle la pierna. Levantando su
falda, deslizaba la mano por el bronceado muslo hasta llegar a la braguita de encaje.
Rick lanzó un gemido ronco al tocarla.
—Dios mío —susurró ella, levantando las caderas todo lo que el cinturón de
seguridad le permitía. Cerrando los ojos, dejó que aquellas increíbles sensaciones
bañaran su cuerpo.
—Tracy… —murmuró él, acariciándola entre las piernas—. Necesito tocarte.
—Yo también —consiguió decir ella con un hilo de voz—. Date prisa, Rick, date
prisa —añadió, echando la cabeza hacia atrás.
—Ya casi hemos llegado —dijo él, sin dejar de jugar entre sus piernas. Y
entonces metió la mano por debajo de la frágil barrera de encaje y empezó a
acariciarla con dedos sabios que aumentaban su hambre hasta casi hacerla estallar.
Tracy abrió los ojos cuando él dio un volantazo para entrar en el parque. La
oscuridad los rodeaba. Los árboles parecían gigantescas estatuas negras recortadas
contra la silueta del faro.
Y Tracy se dio cuenta de donde estaban… en la zona del parque que solían
llamar «el camino de los amantes». Él la había llevado a la zona más oscura donde
solo podía oírse el ruido de las olas que chocaban contra las rocas.
Después de desabrocharse los cinturones de seguridad a toda prisa, Rick la
ayudo a colocarse sobre sus piernas, de frente a él.
—Tracy —murmuró su nombre una y otra vez mientras tomaba su boca como
un hombre necesitado de aliento. Un segundo después, le quitaba la blusa con dedos
nerviosos y desabrochaba el sujetador para acariciar sus pechos. Ella arqueaba la
espalda, moviendo las caderas hacia él—. No puedo esperar, Tracy —murmuró,
chupando un pezón y después el otro—. Te necesito ahora.
—Yo también te necesito —dijo ella, levantando la cara del hombre con las
manos para mirarlo a los ojos—. Te necesito dentro de mí.
Rick lanzo un gemido, apartándola lo suficiente como para liberarse de los
apretados vaqueros y bajarle las braguitas. Después, buscó dentro del bolsillo del
pantalón, sacó un paquetito de aluminio y lo rompió con los dientes.
Tracy miró el preservativo y después a Rick.
—Creí que no llevabas preservativos —sonrió.
—Ahora sí —admitió él, mientras se lo ponía.
—Me gusta verte haciéndolo. Es muy sexy —susurró Tracy.
—Me alegro de que te guste —sonrió él.
Las ventanillas del coche estaban llenas de vaho y les permitían tener al menos
la impresión de que estaban solos en el mundo. Y mientras su cuerpo duro y exigente
entraba en ella, Rick se dio cuenta de que no necesitaba a nadie en el mundo si tenía
a Tracy.
Ella era todo lo que deseaba. Todo lo que siempre desearía. Ella era,
sencillamente, todo.
No podía dejarla escapar. No podía volver a su frío y vacío mundo. Con riesgo
o sin él, necesitaba a Tracy. Quería tener la clase de matrimonio que sus padres
habían tenido. Quería hijos. Quería que el amor fuera el centro del universo. Y para
eso, necesitaba tener a Tracy.
Ella se movía arriba y abajo, con la cabeza hacia atrás, tomándolo cada vez más
profundamente. Él la empujaba cada vez más rápido, más fuerte, con más urgencia.
Tracy susurró su nombre cuando los primeros temblores empezaron a llegar y, unos
segundos más tarde, un clímax tremendo, abrumador los dejaba sin aliento.
—Te quiero —murmuró él, diciendo por primera vez en voz alta lo que nunca
se hubiera creído capaz de decir.
Ella se quedó muy quieta durante un segundo y después echó la cabeza hacia
atrás.
—No tienes que decir eso —murmuró.
—Ya sé que no tengo que hacerlo. Pero quiero hacerlo, Tracy. Te quiero.
Lentamente, Tracy se apartó y volvió a sentarse en su asiento.
—¿No crees que estás llevando esto un poco lejos? —preguntó mientras ambos
volvían a vestirse.
—Es verdad, Tracy, no es una broma —dijo él, tomando su mano—. Llevo
pensando en esto varios días. De hecho, no puedo dejar de pensar en ello. No quiero
perderte. Quiero que te cases conmigo, de verdad.
Durante un glorioso segundo, Tracy se permitió a sí misma creer aquello.
Después, la realidad volvió a aparecer ante ella.
—No me quieres, Rick —dijo, odiando aquellas palabras—. Tú amas a la Tracy
con la que has pasado unos días.
—Sí. Tú.
—Esa no es la Tracy real —dijo ella—. Yo no soy una mujer elegante y
sofisticada. Tú no querrías a la auténtica, la mujer que nunca se pone otra cosa que
no sean pantalones vaqueros. La que prefiere quedarse en casa leyendo un libro que
salir a tomar una copa.
—Yo sé lo que siento —insistía él. Un golpe en la ventanilla los interrumpió—.
Maldita sea —murmuró Rick, bajando la ventanilla—. Hola, Mike.
Un policía se inclinó sobre la ventanilla, sonriendo.
—¿No sois un poquito mayores para esto, Rick?
Capítulo Doce
Los globos y las tiras de colores en el gimnasio animaban a sentirse de nuevo
adolescentes. Una increíble recopilación de música de los años sesenta y setenta
sonaba por los altavoces y había largas mesas llenas de comida y bebida para todo el
mundo.
La gente bailaba en la zona reservada para pista de baile, hablaban sobre los
viejos tiempos y reían recordando anécdotas.
Era una fiesta estupenda.
Entonces, se preguntaba Tracy, ¿por qué no lo estaba pasando bien?
Porque, se contestaba a sí misma, Rick no había llegado.
Quizá no iba a ir, se decía. Quizá después de la noche anterior, lo que quería era
alejarse de ella.
Y quizá, le decía una vocecita por dentro, eso sería lo mejor. Aunque estaba
deseando volver a verlo, ¿no sería más fácil para los dos si se separasen aquel mismo
día?
La angustia que le producía aquel pensamiento hacía que, de repente, su plan y
aquella reunión le parecieran algo terriblemente infantil.
Ni siquiera le importaba su precioso vestido de seda azul. Lo había comprado
para impresionar a gente a la que apenas recordaba. Había querido causar impresión,
romper el capullo y ser la mariposa que siempre había querido ser.
Pero la mariposa estaba atrapada en una red.
Tracy miró alrededor. Las caras no eran más que un borrón, las risas y las
conversaciones carecían de importancia para ella. Le dolían los pies, aprisionados en
unas sandalias de tacón imposible y su sonrisa era tan poco real como el anillo de
diamantes que llevaba en el dedo.
Podría haber sido real, se decía a sí misma, recordando lo que Rick le había
dicho la noche anterior. Tracy tomó aire, recordando la momentánea explosión de
alegría que había sentido antes de que la realidad se abriera paso.
Tracy podía ser nueva en las lides de amor, pero sabía lo que era una
proposición inducida por la pasión. En otras circunstancias, Rick no le habría pedido
que se casara con él.
Alguien la empujó por detrás y, cuando se volvió, se encontró con una cara que
le resultaba familiar. Cuando miró la etiqueta que llevaba pegada al traje, como todo
el mundo en la fiesta, vio que su nombre era Dennis Thorn.
Mientras ella se quedaba pensando, él leyó su nombre y de repente volvió a
mirarla, sorprendido.
—¿Tracy Hall?
—Sí —contestó ella—. Dennis, de la clase de biología —dijo entonces,
recordando. Además de ser el capitán del equipo de baloncesto y el rompecorazones
del instituto.
—Estás guapísima —dijo, levantando la voz, para que pudiera oírlo por encima
de la música—. No te habría reconocido sin la etiqueta.
—Gracias —dijo Tracy, haciendo una mueca.
—Perdona, no quería decir…
—Ya. Entiendo —sonrió ella, haciéndole un gesto de despedida. Sabía
exactamente a qué se refería. A lo mismo que todo el mundo.
Debería estar contenta, se decía. Aquella era la reacción que había esperado. Y,
sin embargo, no le importaba nada. De nuevo, la gente la juzgaba por su apariencia.
Nadie veía a la «auténtica» Tracy, nadie veía a la mujer que había dentro.
Tracy decidió tomar un refresco y se abrió paso entre un montón de gente.
—Ha muerto, no sé si lo sabes —estaba diciendo un hombre.
—Sí. Danny también.
—¡No!
Tracy se apartó de allí en cuanto pudo.
—Está horrible, ¿verdad? —comentaban unas mujeres.
—¿Qué esperabas? ¡Creo que se ha hecho la cirugía usando cupones de
descuento!
Tracy hizo una mueca y siguió andando hasta colocarse detrás de unas chicas
de su edad.
—¿Dónde está su prometido? Eso es lo que me gustaría saber.
—¿No deberían haber venido juntos?
Tracy se mordió los labios. Estaban hablando de ella. Deberían haber ido juntos
a la reunión, pero ella había llegado demasiado pronto. Y se había pasado todo el
tiempo buscándolo. No era solo una cobarde, sino una cobarde con poca lógica.
—Sabía que era mentira —estaba diciendo la mujer—. Rick Bennet no podía
casarse con una hortera como Tracy Hall. Me da igual que ahora esté guapa.
Tracy sintió que le fallaban las piernas, pero aun así se quedó escuchando lo
que aquellas cotillas tenían que decir.
—Él es un oficial de los marines, por favor. Necesita una mujer que sepa hacer
algo más que manejar un ordenador.
—Pero… —empezó a protestar su amiga.
—Después de todo, una empollona siempre es una empollona.
Una risa chillona siguió a aquel comentario y Tracy se apartó, con el corazón en
la garganta.
Tenía que salir de allí. Lo que esa mujer había dicho era lo que ella misma
pensaba.
Murmurando disculpas entre la multitud, Tracy intentaba buscar la puerta del
gimnasio, pero antes de que pudiera escapar, alguien la tomó del brazo.
—¿Tracy Hall? ¿Eres tú? —dijo una voz. Imaginando que tendría que escuchar
algún otro cumplido sobre que no parecía la misma persona, Tracy se volvió y se
encontró frente a Janelle Taylor, la chica más guapa del instituto—. Meg me había
dicho que estabas cambiadísima, pero esto es increíble.
—Gracias, Janelle —murmuró ella—. Tú también estás muy bien.
La mujer soltó una carcajada y se dio un golpecito en las caderas.
—Gracias, pero tres hijos han terminado con mis días como reina de la belleza.
—¿Tres? Enhorabuena —dijo Tracy, con la primera sonrisa auténtica de la
noche.
—No me animes —la advirtió Janelle—. Puedo empezar a sacar fotografías a la
mínima provocación —advirtió. Dos o tres chicas se acercaron a ellas mientras
hablaban—. Meg me ha contado que tienes tu propio negocio. Ordenadores,
¿verdad?
—Sí —contestó Tracy, mirando incómoda al inesperado público.
—Eso es estupendo —dijo una de las chicas—. A mí me encantaría tener mi
propio negocio.
—¿Qué haces, diseñas programas?
Sorprendida, Tracy miró de una a otra y se dio cuenta de que estaban
genuinamente interesadas en ella. No en su compromiso con Rick, ni en su nuevo
aspecto. «En ella».
Por fin, se relajó un poco y les habló de su último programa.
—¿Lo has hecho tú? ¡Ese programa le ahorró a la empresa de mi marido miles
de dólares! —dijo una de ellas, boquiabierta—. Tengo que decirle quién eres —
añadió, buscando a su marido con la mirada.
—No sabrá mi nombre. Hay mucha gente que diseña programas.
—Sí —bromeó la mujer—. Bill Gates, por ejemplo. Y no le va nada mal.
Tracy sonrió. Era cierto. Diseñar programas de ordenador era algo que no todo
el mundo podía hacer.
—Fíjate, es guapísima, tiene una carrera profesional y va a casarse con Rick
Bennet. La vida no puede ser más perfecta —dijo otra de las chicas.
Una sonrisa triste cruzó sus labios. Su vida no era perfecta. No lo era la vida de
nadie. Pero nunca antes se había dado cuenta de que su vida era interesante.
Importante. Para ella y para los demás.
he cambiado en absoluto. Bajo este precioso vestido y debajo del maquillaje, sigue
estando Tracy, la empollona —añadió, tomando aire para darse fuerzas—. Sois
vosotros los que habéis cambiado. Todos vosotros. Supongo que es normal. Nos
hemos hecho mayores. Hemos dejado de clasificar a la gente y empezamos a
mirarnos unos a otros solo como seres humanos —los murmullos arreciaban, pero
Tracy no se dejó amedrentar—. Yo… quería volver a está reunión siendo diferente.
La nueva Tracy Hall. Pero al final me he dado cuenta de que la antigua Tracy es
suficientemente buena para mí —siguió. En ese momento, sus compañeros
empezaron a aplaudir y ella sonrió, nerviosa. Después, miro hacia Rick para terminar
la confesión—. Y ya que estoy siendo sincera, tenéis que saber algo más. No estoy
prometida con Rick Bennet. Quería impresionaros a todos, así que me inventé un
novio —aquella última confesión había dejado a todo el gimnasio en silencio—. Rick
se ofreció voluntario y… bueno, las cosas se me escaparon de las manos —terminó.
El trofeo se le clavaba en las palmas de las manos. Tracy empezó a bajar los escalones
del escenario. Nadie hablaba. La confesión era buena para su alma, pero terrible para
su corazón.
Y entonces, alguien empezó a aplaudir. Un aplauso único que cada vez era más
fuerte. Era Rick.
La gente se apartaba para dejarle paso y Tracy se quedó parada un momento,
sin saber qué hacer.
—Cásate conmigo, Tracy —dijo, cuando estuvo a su lado.
—Rick… —empezó a decir ella. De reojo, podía ver las caras de alegría y
sorpresa de sus compañeros.
—Cásate conmigo —repitió él, más alto—. Estoy enamorado de ti.
—Ni siquiera me conoces, Rick —dijo ella, resignada a mantener aquella
conversación con publico—. No puedes estar enamorado de mí.
—Estás equivocada —sonrió él—. Te conozco. Y me encanta que sepas el
nombre de las camareras y que les hables como si fueran amigas. Me encanta que
seas tan dulce con los niños. Me encanta que me enseñes a ver la belleza del mar. Tu
risa calienta mi corazón y tus lágrimas me lo rompen —seguía diciendo él, como si
estuvieran solos. Tracy sintió un escalofrío—. Me encanta que pongas hielos en tu
sopa para enfriarla. Me encanta que te pongas las gafas porque te hacen daño las
lentillas. Y me encanta que tu idea de un buen libro sea un manual sobre microchips.
Aquella última frase pareció despertar a los invitados de una especie de trance.
Hubo risas y aplausos. Incluso Tracy rió. Algo cálido y maravilloso se había instalado
en su corazón.
Rick no sólo había visto su apariencia de mujer atractiva y elegante. La había
visto a ella. La amaba a ella.
—Me conoces —murmuró Tracy, con la voz rota.
—Yo creo que sí —dijo él, mirándola a los ojos con ternura—, Me gusta quien
soy cuando estoy contigo. Me encanta lo que somos cuando estamos juntos. Te
quiero, Tracy. Y tú me quieres a mí —añadió, tomando su mano para quitarle el
anillo que llevaba y ponerle el que él mismo había comprado. Una banda de oro
blanco con un zafiro rodeado de diamantes—. El zafiro me recuerda tus ojos.
—Oh, Rick… —todo el mundo estaba expectante, pero Tracy no se daba cuenta
porque sólo podía ver a Rick. Había encontrado su futuro escrito en los ojos del
hombre y, en silencio, le daba gracias al destino que la había llevado hasta aquel
momento mágico—. Yo también te quiero. Y quiero casarme contigo.
—Recuerda esa frase —advirtió el, con una sonrisa.
La audiencia del intercambio romántico pareció suspirar al unísono.
Tracy asintió. En menos de una semana había encontrado al amor de su vida.
Lo que había empezado como un plan ridículo se había convertido en un futuro
nuevo. Uno que estaba deseando empezar.
—¿Quién necesita a Brad? —rió Tracy.
Rick la tomó en sus brazos para ayudarla a bajar del escenario y los dos se
fundieron en un beso que dejó a la mitad de los congregados suspirando de envidia.
Un aplauso sincero retumbo en el gimnasio.
—.¿Y quién es ese Brad? —creyó escuchar Tracy mientras enredaba los brazos
alrededor del cuello de Rick y se abandonaba a la magia que había nacido entre ellos.
Epílogo
Campamento Pendleton, hospital de la base.
Ocho meses y tres semanas después.
Fin