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Maureen Child - 05 - Un Falso Novio

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Un falso novio

Maureen Child

Un Falso Novio (2000)


Título Original: Mom in waiting
Editorial: Harlequín Ibérica
Sello / Colección: Deseo 920
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Rick Bennet y Tracy Hall

Argumento:
Cuando Tracy Hall decidió aparecer como una mujer de éxito en la reunión
de antiguos alumnos de su instituto, pensó que lo único que necesitaba era
una nueva imagen, un anillo en el dedo y un novio…convenientemente
ausente. Sencillo, ¿verdad? Pues estaba equivocada.
Cuando se encontró con el hombre del que había estado enamorada en su
adolescencia, Rick Bennet, su sencillo plan se vino abajo. Porque después de
una inesperada noche de pasión con el guapísimo capitán de marines, Tracy
se encontró inconvenientemente embarazada. Rick no deseaba seguir siendo
un novio de mentira… sino un marido de conveniencia. Pero lo que Rick
estaba dispuesto a hacer por su sentido del deber, Tracy sólo podía hacerlo
por amor.
Maureen Child – Un falso novio

Capítulo Uno
—Odio las reuniones —murmuraba Tracy Hall sobre el auricular. Al principio
le había parecido una idea estupenda volver a Juneport, Oregón, para asistir a la
reunión de sus compañeros de instituto. Pero cuando llegó la hora de marcharse,
Tracy había empezado a reconsiderar seriamente el plan.
Aún murmurando, se sentó de golpe sobre la maleta. Había guardado en ella
suficiente ropa como para dar la vuelta al mundo. Y eso sin contar con el nuevo
porta-trajes lleno a rebosar o el neceser, con toneladas de cremas y cosméticos.
Cuando por fin pudo cerrar la maleta, lanzó un suspiro de triunfo.
Los nervios se le habían agarrado al estómago. ¿Y si aquello no funcionaba? ¿Y
si alguien se enteraba de lo que iba a hacer? Sólo imaginarse las carcajadas de sus
compañeros hacía que se le pusiera la carne de gallina.
—¿Por qué voy a hacer esto? —preguntó.
—Porque será muy divertido —le contestó una voz al otro lado del hilo.
—Ya. Me estoy muriendo de risa —dijo Tracy poco convencida. Las
preparaciones para aquel viaje al pasado la habían dejado agotada. Y eso sin contar
con el Plan. Incluso pensaba en él con letras mayúsculas.
—De verdad, Tracy —dijo su hermana Meg, con el tono que solía usar con los
niños—, al menos, podrías intentar parecer entusiasmada.
Un par de semanas atrás, cuando se le había ocurrido la idea, Tracy se había
sentido entusiasmada. Pero después, al verse enfrentada con la inminencia del viaje,
la idea había perdido todo el brillo.
Tracy se miró en el espejo que había frente a ella. La imagen estaba ligeramente
desenfocada y tuvo que cerrar un ojo. Meg la había llamado cuando se estaba
poniendo las lentillas y sólo había tenido tiempo de ponerse la derecha.
La imagen que le devolvía el espejo era la de una mujer elegante, profesional,
segura de sí misma. Pero detrás de aquella nueva imagen, estaba la misma Tracy
Hall de siempre.
La empollona de la clase. La rara. El patito feo, en comparación con su bellísima
hermana Meg.
Tracy nunca había sido guapa y se había acostumbrado a ello. Pero, se decía a sí
misma, incluso los patitos feos crecen y se convierten si no en cisnes, al menos en
patos atractivos.
—¿Tracy? —la llamó Meg—. ¿Estás ahí?
—Sí. ¿Qué ruidos son esos?
—Lo de siempre —contestó su hermana—. ¡Tony, no te tires de la escalera, te
vas a romper el cuello!
—¿Ha vuelto a vestirse de Superman?

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—¿De Superman? Te has quedado desfasada, Tracy. Ahora se viste de Power


Ranger o de Hércules —explicó Meg. Tracy sabía que era verdad. Estaba desfasada.
A los veintiocho años, no tenía más perspectivas de tener hijos de las que había
tenido a los quince. Lo único que había cambiado en su situación era que, por fin, se
había acostumbrado a la idea de que nunca tendría la familia con la que siempre
había soñado. Trabajando en su propia casa no era fácil conocer hombres solteros—.
Tengo que irme —suspiró su hermana, cansada—. Jenny se ha puesto el traje de Xena
y acaba de retar a Hércules a una pelea a muerte.
Tracy sonrió. Quizá nunca sería madre, pero le encantaba ser tía. Fuera o no a la
reunión, estaba deseando pasar unos días con sus sobrinos.
—¿Dónde están Becky y David?
—Vendiendo entradas para la pelea, probablemente —contestó Meg—. La
mitad del vecindario está haciendo cola a la puerta de mi casa.
El sonido de un claxon llamó la atención de Tracy en ese momento y se acercó a
la ventana sin soltar el teléfono. Frente a la puerta de su casa, acababa de aparcar un
todoterreno negro.
—Rick acaba de llegar —dijo, cerrando un ojo para intentar ver al conductor.
Una figura alta y oscura salía en aquel momento del coche.
—¿Qué tal está? —preguntó Meg.
—Borroso.
—Ponte las gafas —dijo su hermana, exasperada.
—¿Qué dijo «exactamente» cuando le pediste que me llevara en su coche, Meg?
—preguntó Tracy, sin abrir el ojo.
—Dijo «por supuesto».
Un error, pensaba Tracy. Quizá un terrible error.
—El mecánico me ha dicho que mi coche está reparado. Podría haber ido yo
sola.
—Ya. ¿Es el mismo mecánico que te «arregló» el coche la última vez?
—Pues sí —contestó Tracy, sin apartar el ojo de la borrosa figura—. Pero ha
aprendido mucho desde entonces.
—Eso espero.
—Todo el mundo tiene que aprender, Meg.
—También podrías tomar un avión —bromeó Meg.
—Eso sí que no —replicó Tracy—. Los aviones pesan más que el aire y se caen.
Pero podría tomar un tren y…
—Por favor, Tracy —dijo Meg, impaciente—. ¿Qué más te da? Rick pensaba
venir a la reunión de todas maneras.

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Era cierto. Y como estaba destinado en el campamento Pendleton, a unos


kilómetros de su casa, no habría sido un gran inconveniente para él.
El campamento Pendleton. Tracy se había sentido tentada un par de veces de ir
allí para ver a Rick… por los viejos tiempos. Pero siempre había desistido a última
hora.
—No sé —dijo Tracy, inclinándose hacia la ventana hasta que se chocó contra el
cristal—. Hace más de diez años que no nos vemos. ¿Qué pasa si no tenemos nada de
qué hablar? Hay un largo camino de aquí a Oregón.
—¿Desde cuándo tienes tú problemas para entablar conversación? —rió su
hermana.
Eso también era cierto. Su padre solía decir que hablaba hasta por los codos.
Pero, por supuesto, los hombres guapos tenían la habilidad de dejarla muda.
Además, se trataba de Rick Bennet. Y estaba a punto de volver a tener un ataque de
pánico, como cuando era una adolescente. Los recuerdos empezaban a agolparse y
tenía un nudo en el estómago.
—Seguro que se le ha olvidado tu manía de perseguirlo.
—¿Qué? —casi gritó Tracy—. Yo nunca he perseguido a Rick. Sólo lo observaba
desde una prudente distancia.
—Sí, claro —rió Meg—. Te escondías detrás de todos los árboles del barrio para
verlo pasar.
Recordar aquello hacía que, cada vez más, se sintiera como una adolescente
angustiada. Entonces estaba locamente enamorada de Rick Bennet. El novio de su
hermana.
Desde abajo escuchó unos golpes en la puerta y decidió ponerse en acción.
—Tengo que irme, Meg —dijo Tracy, ignorando las protestas de su hermana—.
Nos veremos dentro de unos días —añadió, antes de colgar y correr hacia el cuarto
de baño. No iba a enfrentarse con Rick Bennet con una sola lentilla. Si iba a seguir
adelante con su plan, tendría que empezar con buen pie.
Después de limpiar la segunda lentilla, echó la cabeza hacia atrás. Llevaba una
semana practicando y seguía sintiéndose incómoda cada vez que tenía que meterse
aquel objeto extraño en el ojo.
Pero se acostumbraría. Tendría que hacerlo. Las enormes gafas eran parte de la
antigua Tracy.
Y esa chica no iba a la reunión.
—Ya está —dijo, parpadeando furiosamente.
Pero la lentilla no se había colocado en su sitio y le rozaba el párpado. En ese
momento, Rick llamó al timbre—. ¡Ay, Dios mío! —murmuró para sí misma.
Después de diez años, iba a encontrarse con Rick Bennet con un ojo tapado como un
pirata. No tenía tiempo de volver a empezar con la lentilla. Tenía que bajar a abrir.

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Mientras bajaba la escalera a toda prisa, iba murmurando maldiciones sin


quitarse la mano del ojo, que le escocía y lloriqueaba.
El timbre volvió a sonar, impaciente, y el eco seguía resonando en su cabeza
cuando Tracy abrió la puerta y se encontró cara a cara con su pasado.
Rick Bennet seguía siendo una imagen borrosa, pero su estómago se encogió.
Igual que diez años atrás.
Aquel iba a ser un largo viaje.
—¿Tracy?
—Hola —dijo ella con voz estrangulada. De nuevo, volvía a ser la Tracy Hall
tímida y torpe que había sido. Pero ya no lo era. La tímida adolescente se había
convertido en un genio de los ordenadores con un negocio propio, se repetía a sí
misma—. Entra —consiguió decir por fin. Rick solo había aceptado llevar a Tracy a la
reunión para hacerle un favor a Meg, su antigua novia del instituto. Pero la Tracy
que recordaba no se parecía en absoluto a la mujer que había frente a él.
En sus recuerdos, era una adolescente que se comía las uñas, tímida, un poco
gordita y muy irritante. La hermana a la que tenía que soportar cada vez que iba a
casa de los Hall para ver a Meg. La chica que solía pasar por delante de su casa una
docena de veces al día. La que lo seguía como una sombra.
Obviamente, Tracy había cambiado.
Tanto, que su sola visión había provocado una repentina llamarada de deseo.
Hacía tiempo que no le ocurría aquello y lo sorprendió.
Se había cortado el pelo y los delicados rizos rubios parecían tan suaves que le
hubiera gustado alargar la mano para tocarlos. Tracy llevaba una sencilla blusa
amarilla, falda blanca y sandalias planas. Se había pintado las uñas de los pies de
color rosa y se quedó boquiabierto al ver que llevaba un moderno anillo de plata en
uno de los dedos.
Un ligero bronceado acentuaba el color rubio de su pelo y el azul de sus ojos.
Parecía un anuncio.
A Rick se le hacía la boca agua. Aunque a su cerebro le resultaba difícil creer
que aquella criatura tan deseable fuera Tracy Hall, su cuerpo no parecía hacerse
preguntas.
—Estás… guapísima —susurró, observando con sorpresa que ella no se había
quitado la mano del ojo.
—Sí. Y tuerta.
—¿Qué te pasa?
—Nada. Son estas malditas lentillas —contestó Tracy. Aquello explicaba que no
llevara sus horribles gafas de miope. Pero, ¿cuál era la explicación para el resto de la
transformación? Era como si un gusano se hubiera convertido en mariposa. Rick no
podía dejar de mirarla mientras cerraba la puerta—. ¿Por qué no me esperas en el
salón mientras yo subo a colocarme bien la lentilla? Me está destrozando el ojo.

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Antes de que él pudiera contestar, Tracy empezó a subir las escaleras de dos en
dos. Rick la observaba, admirando sus largas piernas y la suave curva de su trasero.
Y aquel pensamiento lo sorprendió. ¿El trasero de Tracy Hall?
—Por favor —musitó para sí mismo, pasándose la mano por el cuello mientras
se dirigía al salón.
Otra sorpresa.
No sabía por qué, pero no había imaginado que Tracy pudiera vivir en una casa
tan elegante.
Había dos sofás blancos uno frente al otro y, en medio, una mesa de madera
noble llena de revistas. Un par de sillones, mesitas de lectura y elegantes lámparas
decoraban la bien iluminada habitación. Las ventanas llegaban hasta el techo y desde
ellas podía verse el mar a lo lejos. Una de las paredes estaba cubierta de estanterías
con libros y en la otra había una elegante chimenea.
El suelo de madera pulida reflejaba la luz del sol.
Una sorpresa tras otra, pensaba. Cuando había aceptado llevar a Tracy a
Oregón, había esperado encontrarla en un pequeño apartamento apartado del
mundo. Pero había sido una estupidez pensar que Tracy no habría cambiado en diez
años.
Rick no podía dejar de preguntarse si su personalidad habría cambiado tanto
como su aspecto exterior.

Tracy subió a la carrera, se golpeó el muslo con la esquina de la cómoda y,


mordiéndose los labios, entró en el cuarto de baño murmurando una maldición. Otro
cardenal, pensaba. Se había hecho tantos que cualquiera podría pensar que era una
mujer maltratada.
Pero no era torpe. Simplemente, hacía las cosas muy deprisa. Siempre estaba
pensando en lo próximo que debía hacer.
En aquel momento, estaba pensando en los tres días que tendría que pasar en el
coche, y en algún motel, con Rick Bennet.
Apoyando las manos en el lavabo, se inclinó hacia adelante y respiró con
fuerza.
—¿Por qué tiene que seguir siendo tan guapo?—murmuró para sí misma—.
¿Por qué no le ha salido una joroba o se le han estropeado los dientes?
Sentía mariposas en el estómago. Una sola mirada y su corazón se había
acelerado de tal forma que no le habría sorprendido verlo salir volando de su pecho.
No quería ni imaginarse qué habría pasado si él se hubiera presentado con el
uniforme de marine.
¿Qué tenía Rick Bennet que la afectaba tanto?, se preguntaba. Incluso de niña,
Tracy sonaba con que rompía con su hermana Meg para salir con ella. Se acostaba

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cada noche besando la almohada como si fuera él. Había llenado docenas de diarios
detallando cada palabra que él le decía, lo cual no era nada difícil porque la mayoría
de sus conversaciones se limitaban a un «Hola, Rick». A lo que él contestaba con un
escueto «Hola, ¿dónde está tu hermana?».
No mucho, desde luego, pero lo suficiente como para calentar el corazón de una
quinceañera torpe y feúcha como ella.
Y diez años más tarde, él le había dicho un piropo. Obviamente, el dinero que
se había gastado en un cambio de imagen había valido la pena.
Tracy levantó la cara y se miró en el espejo.
—Desde luego, eres una belleza —se dijo a sí misma.
Abriendo mucho el ojo izquierdo, empezó a masajear el párpado hasta que por
fin consiguió colocar la lentilla en su sitio.
Mientras estudiaba su reflejo, Tracy se preguntaba si todo aquello merecería la
pena. No sólo las lentillas. Estaba empezando a dudar de si el Plan valía la pena.
Su Plan. Una mentira.
Tracy apagó la luz del cuarto de baño y volvió a su habitación. La luz del sol se
filtraba a través de las cortinas azules y se reflejaba sobre el edredón de rayas de su
cama. Como las barras de una prisión, excepto que las suyas eran horizontales en
lugar de verticales y, seguramente, en las prisiones no habría almohadas de plumas.
Además, no se iba a la cárcel por mentir, pensaba.
Pero su conciencia culpable la molestaba de nuevo.
—Perfecto —murmuró, dirigiéndose hacia la cama para tomar las maletas—.
Menos mal que no te has convertido en criminal. O en espía. No tienes estómago
para eso.
¿A quién estaba intentando engañar?, se preguntaba. No era la idea de mentir
en una reunión escolar lo que hacía que tuviera un nudo en el estómago. Era volver a
ver a Rick. Era volver a recordar los sentimientos que él había despertado. Era darse
cuenta de que algunas cosas, pasara el tiempo que pasara, no habían cambiado.
Con el porta-trajes colgado de un hombro, la pesada maleta en una mano y el
neceser en la otra, Tracy se dirigía hacia la escalera a trompicones.
Como alguien a quien han enviado a galeras.
—Tracy, por favor, cálmate —murmuró para sí misma. Si iba a pasarse las
próximas dos semanas sudando por cada pequeña mentira, perdón, «exageración»,
moriría de angustia. Y tenía que aprender a controlar el ataque de nervios que sentía
cada vez que estaba a un metro de distancia de Rick Bennet. Sólo le estaba haciendo
un favor por su hermana. Sólo estaba siendo amable.
No era su cita. Ni su amante. Aquel pensamiento envió un escalofrío por su
espina dorsal. Lenta, deliberadamente, Tracy tomó aire, esperando estabilizar su
debilitado sistema nervioso. Cuando le pareció que había recuperado el control,

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levantó la barbilla—. Puedes hacerlo, Tracy. Sólo serán unos días a solas con él y
después no volverás a verlo. No va a ser tan difícil.
Algo le decía que aquella frase aparecería en su diario como las famosas
«últimas palabras».

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Capítulo Dos
Los kilómetros parecían volar bajo las ruedas del todoterreno. En un par de
horas, habían salido del condado de Los Ángeles y conducían a toda velocidad por la
autopista, rodeada a ambos lados por acres y acres de naranjales y viñedos. El cielo
parecía más azul, el sol más cálido y el viento más fresco.
Tracy miraba por la ventanilla, observando los robles de California que crecían
sobre las onduladas colinas. De vez en cuando, alguna granja daba un toque de color
al paisaje. Cuanto más se alejaban de su casa y del trabajo que le esperaba a la vuelta,
más relajada se sentía.
Aquello no era tan malo, después de todo. Por el momento, estaba siendo un
viaje muy agradable. No se le había trabado la lengua en ningún momento y casi se
estaba acostumbrando a la proximidad de Rick.
Pero se sentiría mucho mejor si él no estuviera tan cerca.
Tracy miró de reojo en su dirección. Con las dos manos al volante, Rick
mantenía la mirada fija en la carretera. Pero, incluso de perfil, los atractivos rasgos
del hombre eran suficientes como para encender sus fantasías.
Su cabello castaño claro estaba cortado al estilo militar y sus ojos color verde
esmeralda estaban escondidos bajo unas gafas de sol con montura de metal. Medía
más de un metro ochenta y el polo azul oscuro se ajustaba a su musculoso torso,
prueba de que acudía regularmente al gimnasio.
Tracy bajó la mirada y observó los gastados pantalones vaqueros y los
mocasines. Guapísimo, pensaba disimulando un suspiro, mientras volvía la cara
hacia la ventanilla.
—¿Ha terminado la inspección? —sonrió Rick.
—¿Perdón?
—¿La he pasado?
Obviamente, él no se dejaba engañar por su aspecto inocente.
—¿Te has dado cuenta?
—La sutileza nunca ha sido tu punto fuerte, Tracy —sonrió él de nuevo.
—Y sigue sin serlo —admitió ella, moviéndose incómoda en el asiento—.
Aunque ya no me escondo detrás de los árboles —añadió. Él volvió a sonreír—. La
verdad es que estaba pensando que no has cambiado mucho en todos estos años.
—Pues tú sí —dijo él, mirándola—. Estás estupenda.
—Gracias. Supongo que eso era un piropo.
—Perdona, no quería decir que antes… —empezó a decir él.
—Sé lo que querías decir —lo interrumpió ella.

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En ese momento, un golpe de viento lanzó el pelo sobre sus ojos y Tracy lo
apartó con un gesto impaciente.
Pero debería alegrarse del comentario. ¿No estaba viendo él exactamente lo que
ella quería que viera? ¿Que había cambiado, que se había convertido en una mujer
guapísima? Entonces, ¿por qué la irritaba que Rick hubiera notado el cambio?
Quizá porque una parte de ella deseaba que Rick se sintiera atraído por la
«auténtica» Tracy.
—Bueno, cuéntame qué vas a hacer en Juneport —dijo él, bajando el volumen
de la radio.
—Lo mismo que tú, supongo —contestó ella—. Visitar a mi familia y
comprobar si el instituto sigue siendo tan horrible como yo lo recuerdo.
—¿Horrible? Yo creí que te encantaba.
—¿Por qué? ¿Por que sacaba buenas notas?
—Pues… sí —contestó él, encogiéndose de hombros.
En realidad, Tracy se había volcado en los libros porque era demasiado tímida y
se creía incapaz de hacer amigos. Las clases eran el único sitio en el que la gente se
fijaba en ella. Eso alegraba enormemente a sus padres, pero la había convertido en
una insoportable empollona para todos los demás. Cada vez que uno de los
profesores la señalaba como ejemplo, sus compañeros la miraban con resentimiento.
La única amiga de Tracy había sido su hermana Meg. Por eso, su adolescente
amor por Rick había sido aún más doloroso.
—Hablé con mi madre la semana pasada —estaba diciendo Rick— y me ha
dicho que Meg está embarazada otra vez.
—Sí —murmuró Tracy, con alegría y envidia a la vez.
—¿Cuántos tiene ya?
—Es el quinto —sonrió Tracy, imaginando al recién nacido. Sentir el peso de un
bebé en los brazos era la sensación más agradable del mundo para ella.
—¡Cinco hijos! —exclamó Rick.
—¿Qué pasa? —preguntó Tracy, a la defensiva.
—Nada, nada —contestó él, sorprendido—. Solo que me resulta difícil imaginar
a Meg y a John con cinco hijos.
—No es un crimen tener muchos hijos. ¿Quién ha dicho que la familia media
tiene que limitarse a 2,5 niños?
—Yo no, desde luego —sonrió él—. A mí no me atrae la idea de tener hijos,
pero cada uno hace lo que quiere con su vida.
—Me alegro, porque mi hermana piensa invitarte a comer para que los
conozcas a todos. Rick no pudo disimular una expresión de horror. Aparentemente,
la idea de estar rodeado de críos era suficiente como para que el marine se pusiera
pálido. Seguía siendo un solterón empedernido, pensaba Tracy. El hombre de sus

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sueños adolescentes no buscaba un hogar y una familia, como ella. Eran


incompatibles y siempre lo habían sido.
—Estás contenta de volver a ver a tus sobrinos. ¿Verdad?
—Sí.
—Se te ha iluminado la cara.
—Soy una tía estupenda.
—Seguro que es verdad —sonrió él.
Rick intuía que Tracy sería capaz de hacer bien cualquier cosa que se
propusiera. Diez años atrás era una mocosa irritante, pero también la más inteligente
de Juneport. Rick recordaba lo humillado que se había sentido al tener a una cría de
catorce años como tutora de geometría, pero tenía que reconocer que, sin su ayuda,
descifrar la pizarra en la clase de la señorita Molino habría sido como intentar
descifrar jeroglíficos egipcios.
En aquellos días, sus únicos intereses eran jugar al fútbol y pasar su tiempo
libre con Meg.
Ella había sido su primer amor y estaba convencido de que pasarían la vida
juntos.
Suspirando, Rick recordaba la noche en que aquel sueño se había esfumado.
Era la noche después de la graduación en el instituto y habían planeado
escaparse para contraer matrimonio en Reno, Nevada. Era una estupidez, pero a ellos
les parecía muy romántico.
Con la maleta en el asiento trasero del coche, Rick la había esperado en la
puerta del gimnasio durante horas, pero Meg no apareció.
Al amanecer había ido a su casa, convencido de que solo una enfermedad o
algo muy grave podrían haberla retenido.
Habían pasado diez años, pero aun podía oír su voz.
—Lo siento, Rick, pero no puedo hacerlo.
—¿Por qué? —había preguntado él, confuso.
—No puedo explicarlo —empezó a decir ella, intentando contener las
lágrimas—. Pero no está bien.
—¿Por qué no está bien, Meg? Nos queremos.
—No puedo casarme contigo, Rick. Así, no.
—Pero, ¿por qué? Lo teníamos todo planeado…
—Rick, por favor, tienes que entenderlo —lo había interrumpido ella,
angustiada—. No puedo…no puedo…
Un segundo después, Meg entraba en su casa y cerraba la puerta tras de sí.

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Rick se había quedado solo con el corazón roto y, reuniendo todo el orgullo que
le quedaba, había vuelto a su casa. Al día siguiente, tomaba un tren con destino a la
universidad.
Meg le había escrito varias cartas pidiéndole perdón, hasta que un día le
informó de que se había comprometido con John Bingham, su mejor amigo.
Para entonces Rick se había dado cuenta que Meg les había hecho un favor a los
dos echándose atrás. Las heridas del amor son profundas pero, cuando se es joven,
curan con facilidad.
Una vez terminada la universidad, Rick había entrado en los marines como
oficial. Le gustaba su trabajo y le gustaba su vida. Y, de vez en cuando, le daba las
gracias a Meg en su corazón por haber sido más inteligente que él.
Además, cinco niños… Daba igual lo que Tracy pensara, la idea de tener cinco
hijos le producía escalofríos.
Por deseo propio, Rick no había mantenido ninguna relación duradera después
de Meg. Sabía lo difícil que era la vida para la esposa de un militar y no pensaba
casarse porque no podría darle a su esposa la clase de atención que ella tendría
derecho a esperar.
Él era un marine sobre todas las cosas. Y pocas mujeres podrían entender eso.
—Bueno, ¿qué tal tus hermanos? —la voz de Tracy lo devolvió al presente—.
¿Te han hecho tío ya?
—No —rió el—. No hay mujer en el mundo que quiera cargar con ninguno de
los dos.
—Ah, qué bien —sonrió ella. ¿Siempre había tenido aquel hoyito en la mejilla?,
se preguntaba Rick—. Ellos también son marines, ¿verdad?
—Andy es teniente y Jeff es sargento. Nos encontraremos con ellos en la
reunión.
—¿Tienes ganas de verlos?
—Claro que sí. Hace mucho tiempo que no nos vemos.
—Ya me imagino. Siendo militares los tres…
—Los cuatro. Te recuerdo que mi padre era comandante del ejército antes de
retirarse.
—Es verdad —asintió Tracy, perdida en sus pensamientos—. Rick, ¿te acuerdas
el día que Andy dejó tu bicicleta en la playa y se la llevó la marea?
Los dos se echaron a reír y Rick se dio cuenta de que la risa de Tracy era
cristalina, suave… Y que lo ponía nervioso.
Tracy Hall lo ponía nervioso.
—¿Que si me acuerdo? Andy me sigue debiendo treinta y cinco dólares por esa
bicicleta. Estuve repartiendo periódicos durante meses para poder pagarla.

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—Andy me había llevado en tu bici aquel día. Yo estaba con él cuando salió
nadando.
—¡No lo dirás en serio! —exclamó él, mirándola.
—Claro que sí. Nos tiramos al agua para salvarla, pero Neptuno se la llevó.
Rick intentaba imaginarse a la joven y torpe Tracy nadando para recuperar la
bicicleta pero, mirando a la mujer que tenía al lado, le resultaba imposible.
—Él nunca me dijo nada de eso.
—Los delincuentes no se chivan unos de otros.
—Hasta ahora, ¿no?
—Yo creo que el delito ya ha prescrito.
—Eso es lo que tú crees, Pecas —dijo él, llamándola sin darse cuenta por el mote
que solía usar diez años atrás—. Me debes diecisiete dólares con cincuenta —añadió.
Tracy no decía nada—. ¿Qué pasa? ¿Te niegas a pagar?
Ella seguía sin decir nada y cuando Rick la miró, se dio cuenta de que tenía una
expresión extraña.
—Me has llamado Pecas.
—Sí —rió él. No sabía por qué lo había hecho. La llamaba así porque en verano
la cara de Tracy se llenaba de pecas pero, según creía recordar, a ella no le hacía
ninguna gracia el apelativo—. Perdona, me ha salido sin darme cuenta.
—No hace falta que te disculpes —dijo ella, poniendo la mano sobre su brazo.
El roce le producía una especie de descarga eléctrica incomprensible. Con la boca
seca, Rick se decía a sí mismo que era una reacción normal ante una mujer guapa.
Pero era más que eso y él lo sabía. Tracy apartó la mano enseguida, pero la sensación
continuaba. Rick bajó la ventanilla, esperando que el aire lo refrescara un poco—.
Hacía siglos que no me acordaba de ese mote.
—No sé por qué lo he dicho, perderla –murmuró Rick, moviéndose incómodo
en el asiento.
—Nunca te dije cuánto significaba ese mote para mí.
—¿Qué? —preguntó él, mirándola fugazmente para no perder de vista la
carretera. Sus ojos azules tenían un brillo especial. Demasiado especial—. Creo
recordar que no te hacía ninguna gracia.
—Lo que me molestaba era que me salieran pecas por todas partes.
—Aparentemente, eso ha cambiado —sonrió él.
—Bueno, al menos ya no me salen en la cara —suspiró ella. Sin darse cuenta,
Rick empezó a imaginarse a sí mismo descubriendo las ocultas pecas en el cuerpo de
Tracy. La sensación de tensión en la entrepierna lo sorprendió y tuvo que disimular
un gruñido de incomodidad. ¿Quién hubiera podido imaginar que la pequeña Tracy
podría hacer que sus hormonas se despertaran de aquella forma?
—Pero cuando me llamabas Pecas…

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—Yo era un crío —se defendió él.


—A mí me encantaba.
—¿En serio?
—Sí —contestó ella, echándose los rizos hacia atrás con los dedos. Sus
pendientes de plata brillaban a la luz del sol—. ¿Sabes por qué? Porque entonces te
fijabas en mí.
Rick estaba fijándose mucho en ella en aquel momento, pero Tracy parecía no
darse cuenta.
—Era difícil no fijarse en ti. Por si no lo recuerdas, paseabas a tu perro por
delante de mi casa cada media hora.
Tracy lo miró con una sonrisa en los labios.
Unos labios generosos, húmedos y muy deseables.
—Veo que tú también eres muy sutil —rió ella—. Cuando tu madre te dijo que
dejaras de llamarme Pecas, se me rompió el corazón. Necesité tres páginas de mi
diario para ahogar mis penas.
—Ojalá me lo hubieras dicho —sonrió él, incómodo—. Podrías haberme
ahorrado tres semanas sin paga.
—Yo era una cría —bromeó ella. Pero ya no lo era, pensaba Rick. Y él no se
había sentido de aquella forma desde que era un crío. Le sudaban las manos, su
corazón latía acelerado y tenía que preguntarse si sería una ironía del destino. Diez
años antes, él había sido el objeto de deseo de Tracy Hall. Y en aquel momento,
ocurría al contrario—. ¿Dónde vamos? —preguntó Tracy cuando él tomó una salida
de la autopista.
—Tengo que poner gasolina. Y podríamos comer algo de paso —contestó.
Lo que no dijo era que necesitaba salir del coche cuanto antes.
Sólo eran las siete de la tarde y podrían seguir viaje durante varias horas antes
de parar para dormir en alguna parte… Aquel pensamiento lo dejó turbado. Pasar la
noche en un motel. Con Tracy.
Estaba seguro de que alguien, en alguna parte, se estaría riendo a su costa.
—Muy bien —dijo ella—. Cómo es nuestra primera noche en la carretera, yo
invito a cenar.
—Pero la cena tiene que costar al menos diecisiete dólares con cincuenta —
sonrió Rick, intentando aparentar tranquilidad.
—Trato hecho.

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Maureen Child – Un falso novio

Capítulo Tres
El restaurante estaba lleno de gente y esa era buena señal. Aunque Tracy
esperaba que la comida fuera mejor que la decoración. Había plantas de plástico
colgando del techo y las lámparas eran ruedas de vagón con bombillas medio
fundidas, que mantenían el local casi a oscuras.
Pero la camarera era simpática y enseguida anotó su pedido: pez espada con
ensalada y patatas para él y pechuga de pollo para ella. Mientras la mujer iba a la
barra, Tracy aprovechó para observar detenidamente a Rick.
Incluso después de varias horas en su compañía, no había tenido oportunidad
de mirarlo de frente. La mandíbula cuadrada, la nariz recta, unos ojos verdes
penetrantes y una sonrisa que la derretía por dentro.
Asombroso. Tracy había creído que sus sentimientos por él estaban enterrados,
pero se daba cuenta de que no era así. La única diferencia era que, diez años después,
la atracción era más fuerte, más cruda. Después de todo, era una mujer adulta y tenía
más información, aunque fuera teórica, sobre determinadas cosas.
La camarera dejó dos vasos de té frío sobre la mesa antes de meterse en la
cocina. Tracy necesitaba tener algo en las manos y se agarró al vaso como si fuera un
salvavidas. El té helado serviría para calmar la fiebre que parecía haberse adueñado
de ella.
—Bueno… —empezó a decir.
—Bueno —repitió él.
Era raro. No habían tenido problemas de comunicación en el coche. ¿Por qué se
encontraban tan incómodos en el restaurante? Quizá porque aquella situación era
muy parecida a una cita, pensaba. Pero era absurdo. ¿Ella teniendo una cita con el
capitán Rick Bennet? Imposible.
—Has dicho que Andy y Jeff siguen solteros. ¿Y tú? —preguntó Tracy por fin.
—Yo también —contestó Rick. Sin darse cuenta, Tracy lanzó un suspiro de
alivio. Sabía que era absurdo, pero no le hubiera gustado oír que tenía novia o que
vivía con alguien—. Mi madre está empezando a ponerse pesada con lo de los nietos,
pero lo va a tener difícil. No me imagino a mis hermanos rodeados de niños.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿No quieres tener hijos? Bueno, ya sé que no es asunto mío —se disculpó
inmediatamente, sofocada. De repente, se había imaginado una versión diminuta de
la cara de Rick y se le había encogido el corazón.
—Se supone que tienes que estar casado para tener hijos. Y yo no tengo planes
de casarme —contestó él.

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Maureen Child – Un falso novio

Tracy tuvo que disimular un gesto de decepción. Pero, ¿por qué tendría que
sentirse decepcionada? ¿Qué le importaba a ella si Rick tenía hijos o no? No le
importaba, desde luego, simplemente sentía curiosidad.
—En fin, ya que estoy en plan curioso, ¿qué tienes contra el matrimonio? —
preguntó, sin pensar.
—No tengo nada contra el matrimonio en general —contestó él—. Pero yo no
pienso casarme.
—¿Por qué?
—Por muchas razones. Para empezar, ya soy demasiado viejo.
Para Tracy, Rick había envejecido como un buen vino. Se había convertido en
un hombre fuerte, muy masculino, muy… desarrollado.
Aquel pensamiento hizo que se ruborizara. La situación se le estaba escapando
de las manos.
Tenía que hablar de cosas normales, se decía.
Buscar un tema de conversación que no fuera tan personal.
—Tienes treinta y dos años, Rick. No eres Matusalén.
—Gracias —sonrió él.
—Entonces, ¿cuál es la verdadera razón? —preguntó. ¿Y a ella qué le
importaba?, se decía a sí misma, histérica.
Rick la estudió durante un momento, como intentando decidir si debía
contestar o no a la pregunta.
—Que ya he hecho un juramento. A los marines —contestó por fin.
Eso sí la sorprendió. ¿Qué tenía que ver estar en el ejército con estar casado?
—¿El ejército y el matrimonio no encajan?
—A veces, sí —contestó él, echándose hacia atrás en la silla—. Si encuentras a la
mujer adecuada, claro.
—¿Y qué clase de mujer es esa?
—Una mujer a la que no le importe cambiar de ciudad cada tres por cuatro. Una
mujer que pueda soportar estar sola la mitad del tiempo —contestó él—. A veces, nos
destinan a una base durante seis meses y no podemos llevarnos a la familia. Es una
vida muy dura, Tracy —añadió, tomando un sorbo de té—. No te puedes imaginar la
cantidad de divorcios que hay entre los militares.
—¿Y tú no quieres arriesgarte?
—Exacto —contestó él, mirando una de las plantas que colgaban del techo con
tanta intensidad como si quisiera derretir sus plásticas raíces—. He tenido que
escuchar demasiadas historias de matrimonios rotos. Y no sólo la vida de la pareja se
convierte en un infierno. La vida de sus hijos también. Y eso no es para mí —añadió,
mirándola a los ojos—. No pienso ser el primer miembro de mi familia que se

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Maureen Child – Un falso novio

divorcie. Yo desde luego, no pienso tener hijos para después pelearme con mi ex
mujer por su custodia.
—Vaya, sí que tienes una actitud positiva —dijo ella suavemente.
—He visto demasiadas cosas negativas.
—Pero muchos militares se casan.
—Sí. Yo tengo un par de amigos que llevan varios años de matrimonio. Pero sus
mujeres tienen que aguantar muchas cosas —suspiró el—. Nunca sabes si podrás
encontrar una casa en las bases militares y, si la encuentras, seguramente la
terminaron de construir antes de la segunda guerra mundial. O de la primera. Desde
luego, no son hogares confortables.
Quizá Tracy era un romántica, pero no podía dejar de preguntarse si donde
vivía uno era más importante que con quién.
—Bueno, tú creciste yendo de un lado a otro. ¿Tan duro fue para ti?
—No —admitió él, con una sonrisa—. La verdad es que era divertido. No
siempre era fácil hacer nuevos amigos, pero mis hermanos y yo estábamos muy
unidos. Cada cierto tiempo nos cambiábamos de ciudad, de colegio. No teníamos
tiempo de llevarnos mal con los profesores.
—Hasta que llegaste a Juneport.
—Sí. Cuando mi padre se retiró, nos costó trabajo acostumbrarnos —dijo él,
apoyando los codos sobre la mesa—. La verdad es que, al principio, nos resultaba
más difícil que ir de un lado para otro.
Habría sido difícil para él, pero el día que los Bennet se mudaron a la casa de al
lado, había sido el más importante en la vida adolescente de Tracy. Aunque no
pensaba decir aquello en voz alta. No quería recordarle a Rick la época en la que lo
perseguía como si fuera una sombra.
—Y en Juneport tuviste tiempo suficiente como para llevarte mal con los
profesores. La señorita Molino, por ejemplo.
—La profesora de geometría. Aún tengo pesadillas —sonrió él. Era curioso que
dos personas vieran la misma situación de forma tan diferente.
Ella siempre se había sentido feliz por darle a Rick clases de matemáticas.
Aquella tutoría a solas con él había sido un sueño—. Y ya está bien de hablar sobre
mí —añadió él entonces, mirándola a los ojos—. Meg me ha dicho que te has
convertido en un genio de los ordenadores.
¿Le había preguntado a su hermana por ella?, pensaba Tracy. Pero no podía ser.
A él no le interesaba en absoluto la pequeña de los Hall. Nunca le había interesado.
—Bueno, diseño programas de cálculo y juegos de ordenador —explicó ella,
modestamente.
—¿Eso es todo? No vas a escaparte tan fácilmente, Tracy. Yo te he contado mi
vida y ahora es tu turno. ¿Qué haces exactamente?

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Maureen Child – Un falso novio

Tracy le contó un poco por encima cual era su trabajo y, cuando él insistió en
saber más, amplió la información, siempre insegura del interés masculino.
Normalmente, no había nada sobre lo que le gustase hablar más que sobre el
intrincado mundo de los ordenadores. Pero cuando él empezó a mirarla fijamente,
Tracy se dio cuenta de que estaba volviendo a ocurrir.
En las pocas ocasiones en las que un hombre había querido salir con ella, la
conversación había derivado hacia los ordenadores y Tracy se había entusiasmado
tanto que el hombre había terminado bostezando. Nunca había tenido una segunda
cita.
Tracy creía ser una de las pocas vírgenes que quedaban en el mundo y, a la
madura edad de veintiocho años, aquello era un vergonzoso secreto.
—Vaya —susurró Rick, admirado, cuando ella terminó de hablar.
Tracy se enfadó consigo misma recordándose que, en aquel viaje, no era el
genio de los ordenadores, sino la nueva y atractiva Tracy Hall.
Pero no sabía cómo hacerlo.
—Lo siento —se disculpo ella—. A veces me pongo a hablar de mi trabajo y se
me va el santo al cielo.
—A mí me pasa lo mismo. Te sorprendería saber cómo aburro a las mujeres
hablándoles sobre mi trabajo —dijo Rick. Tracy sonrió. Él la comprendía. Rick
entendía lo que era amar el trabajo de tal modo que podría estar hablando sobre él
durante horas—. Bueno, admito que no he entendido la mitad de las cosas que has
dicho. Las matemáticas, la geometría y los ordenadores no son lo mío —añadió.
Tracy se sintió repentinamente avergonzada. Seguía siendo una empollona para él—.
Pero estoy impresionado.
—¿De verdad? —preguntó ella, sin poder evitarlo. Le hubiera gustado
descubrir si Rick lo decía de verdad o sólo estaba intentando ser amable.
Pero en los ojos del hombre había admiración y Tracy, que no estaba
acostumbrada, no sabía cómo reaccionar.
—¿Trabajas para alguna compañía?
—No —contestó ella. Le habían hecho muchas ofertas pero, como su madre
solía decir, a ella no se le daba bien jugar con otros niños. Nunca le había gustado
trabajar a horas determinadas o tener que someterse a las opiniones profesionales de
otros—. Tengo mi propio negocio.
—Siempre fuiste una chica muy inteligente, Tracy —sonrió él, impresionado—.
Entonces, ¿eres tu propio jefe?
—Sí —contestó ella, orgullosa—. Y me encanta. Trabajo en mi casa y no tengo
que ponerme un traje de chaqueta para ir a la oficina.
Rick la miró de arriba abajo con indisimulada admiración.

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Maureen Child – Un falso novio

—No necesitas ponerte un traje de chaqueta. Me encanta tu forma de vestir —


dijo él. Tracy había enrojecido a su pesar. Si Rick la hubiera visto como solía estar en
casa, en vaqueros y camiseta, probablemente cambiaría de opinión, se decía.
Pero durante aquella semana no pensaba ser la vieja Tracy Hall. Era la nueva y
renovada versión, la mujer que un profesional de la imagen había creado. Y a juzgar
por la mirada de Rick, el proceso había sido un éxito. Le hubiera gustado que él la
admirase por lo que era en realidad. Pero no quería torturarse a sí misma—. ¿Tienes
algún novio escondido por ahí? —preguntó Rick entonces.
—No —contestó ella, incómoda.
—¿No tienes novio? —volvió a preguntar él, sorprendido. Tracy negó
torpemente con la cabeza—. ¿Seguro que nadie va a darme un puñetazo por tenerte
para mí estos tres días?
—Seguro —intentó sonreír Tracy. Rick la miraba a los ojos, como si intentara
imaginarse por qué no estaba comprometida—. Nunca he tenido tiempo para eso —
añadió. Aunque sabía que no era cierto. La realidad era que nunca había tenido
hombres haciendo cola a la puerta de su casa.
—Me sorprende que ningún hombre haya podido convencerte —sonrió él.
Tracy estaba encantada con aquellos cumplidos, a los que no estaba acostumbrada—.
Entonces, los dos iremos solos a la reunión. ¿Te das cuenta de que vamos a tener que
aguantar a nuestros antiguos compañeros enseñándonos las fotografías de sus hijos?
—Sí —contestó ella. En realidad, ésa era la razón por la que había urdido su
Plan.
—Estaremos rodeados por álbumes familiares —insistió el, con un exagerado
escalofrío— y no tendremos munición para escapar. Deberíamos unir nuestras
fuerzas, Tracy —añadió, con una sonrisa.
Por un segundo, Tracy disfrutó de la idea. Le gustaba tener algo en común con
Rick y le habría encantado que fueran un equipo. Pero ella tenía su Plan. No quería
acudir a la reunión como «la pobre Tracy Hall, aún soltera después de tantos años».
Imaginar la cara de pena de sus compañeros de clase hacia que su resolución se
mantuviera firme.
—Perdona, Rick —dijo por fin, después de tomar aire—. Pero no puedo hacerlo.
—Gracias, compañera —dijo él. Tracy creía haber visto un brillo de desilusión
en los ojos del hombre mientras se inclinaba hacia atrás en la silla y cruzaba los
brazos sobre su impresionante torso—. ¿Qué ha sido de la camaradería?
—No tengo nada contra ti —dijo ella, intentando sonreír—. Pero es que tengo
mis propios planes.
Rick se incorporó abruptamente y la miró a los ojos. La planta que colgaba del
techo parecía extender sus plásticos tentáculos hacia él.
—Muy bien, doña Genio. Estoy intrigado. ¿Qué planes son ésos? —preguntó.
Tracy abrió la boca para confesar lo que probablemente a él le parecería una locura,
pero no tuvo oportunidad.

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Maureen Child – Un falso novio

—Perdonen que haya tardado tanto —anunció la camarera, colocando los


platos frente a ellos—. ¿Quieren un poco mas de té?
—Sí, gracias —sonrió Rick—. ¿Y tú, Tracy?
—Yo también. Gracias Bonnie.
—De nada —sonrió la mujer.
—¿La conoces? —preguntó Rick cuando la camarera volvió a la barra.
—No. Pero lleva una etiqueta con su nombre en el uniforme.
—Ah —murmuro él, sorprendido—. Bueno, volvamos a nuestra conversación.
¿Cuál es tu plan, Tracy?
Tracy miró la pechuga de pollo que había frente a ella y se dio cuenta de que no
podría probar bocado hasta que se lo hubiera contado todo. En realidad, era como
una prueba. La reacción de Rick le daría una idea de cómo podrían reaccionar sus
antiguos compañeros de clase.
Tracy asintió, respiró profundamente y metió la mano en su bolso. Se sentía
incómoda bajo la atenta mirada del hombre y tardó unos segundos en encontrar la
cajita de terciopelo negro. ¿Y si Rick se reía de ella?, se preguntaba. De repente, se
sentía ridícula. Pero había ido demasiado lejos como para echarse atrás.
Por debajo de la mesa, abrió la cajita y se puso el impresionante anillo que ella
misma había comprado. Un segundo después, armándose de valor, sacó la mano y se
la mostró a Rick.
Él tomó su mano y miró el diamante, sorprendido. Se había quedado sin
palabras.
—¡Dios mío! —oyeron la voz de Bonnie, que se acercaba a la mesa con los vasos
de té helado—. ¿No me digan que acaban de prometerse? ¿Puedo ver el anillo? —
dijo, entusiasmada. Sofocada, Tracy levantó la mano hacia la camarera. La mujer
miraba el diamante con los ojos tan abiertos como si estuviera viendo un
extraterrestre—. Es maravilloso. Se han prometido aquí mismo, en mi mesa. No me
había pasado nunca. Felicidades a los dos.
—Gracias, pero… —empezó a decir Tracy.
—Están invitados al postre —insistía Bonnie—. ¿Tarta de manzana o de
chocolate?
Tracy no sabía qué decir. No quería herir los sentimientos de la mujer, pero
tampoco quería mentir y miró a Rick, como esperando que él le diera una respuesta.
Él le devolvió la mirada y después se volvió hacia la sonriente camarera.
—Muchas gracias, Bonnie. Creo que mi prometida y yo tomaremos tarta de
manzana.

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Maureen Child – Un falso novio

Capítulo Cuatro
—Marchando —sonrió Bonnie, antes darse la vuelta.
—¿Por qué has hecho eso?
—No quería desilusionarla —contestó Rick—. Y ahora que estamos solos… creí
que habías dicho que no tenías novio.
—Y no lo tengo —dijo Tracy, mirando su plato.
—Ya —murmuró él. Alguien tenía que haberle dado aquel maldito anillo,
pensaba Rick. No sabía por qué, pero la brillante piedra había conseguido que su
estómago se cerrara. Aunque no tenía ni idea de por qué le importaba si Tracy Hall
estaba comprometida o no—. Entonces, ¿quién te ha dado el anillo? —preguntó,
después de aclararse la garganta.
Tracy levantó la mirada un momento y después volvió a mirar su plato.
—Aún no lo he decidido.
Rick cerró los ojos un segundo y contó hasta diez.
—Muy bien. ¿De qué demonios estás hablando, Tracy?
Con deliberada lentitud, ella dejó el tenedor sobre el plato y tomó un sorbo de
té.
—De lo que estábamos hablando hace cinco minutos —contestó por fin. Rick
intentaba buscar en su mente, pero no podía recordar que ninguno de los dos
hubiera mencionado un anillo de compromiso—. Tú mismo has dicho que
pasaremos la mitad del tiempo en Juneport mirando álbumes familiares.
—Sí —asintió él, inseguro.
—Pues yo he decidido que no voy a ser la rara de la reunión.
—Sigo perdido —dijo Rick, sin entender. La expresión de ella hacía que se
sintiera como hipnotizado.
—Es muy sencillo —dijo Tracy por fin, antes de tomar un trozo de pollo y
ponerse a masticar tranquilamente—. No pienso enfrentarme con mis antiguos
compañeros de clase sin un anillo en el dedo.
—Ya veo que eres una auténtica feminista —bromeó él.
—Esto no tiene nada que ver con el feminismo —replicó Tracy—. Es sobre mí.
Sobre mi vida. O la falta de ella.
—Tracy…
—No, tú querías oírlo y lo vas a oír.
—Muy bien —murmuró él. Se le había quitado el apetito y apartó el plato a un
lado.

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Maureen Child – Un falso novio

—Tú no sabes lo que era tener que oír todo el tiempo lo de «pobrecita Tracy» —
su voz era un susurro en el que Rick notaba una angustia de la que nunca antes se
había percatado—. «La pobre Tracy, que no podría atrapar a un hombre ni con lazo»
—añadió—. No pienso volver a escuchar cosas como ésa.
Rick sintió una punzada de remordimiento al recordar a la Tracy adolescente.
Nunca había pensado en sus sentimientos. Lo único que le interesaba entonces era
librarse de ella para estar a solas con Meg.
Lo cual mostraba claramente que había sido un tonto.
La cara de Tracy diez años atrás aparecía en su mente como en una neblina.
Gafas enormes que le caían sobre la nariz llena de pecas, un aparato en los dientes,
camisetas enormes, una coleta y zapatillas de tenis. Rick tuvo que sonreír al
recordarlo. Pero la imagen desapareció y fue reemplazada por la cara de la mujer que
tenía frente a él.
Tenía una piel perfecta y sus ojos azules brillaban, no sabía si de rabia o de
emoción.
—Créeme, Tracy, nadie va a sentir pena por ti.
—No estoy segura —murmuró ella—. Y además, está mi madre.
—¿Qué tiene que ver tu madre con todo esto? Tu madre es estupenda.
—Eso es verdad —sonrió Tracy—. Pero ya estoy cansada de tener que decirle:
«No, mamá. No he conocido a ningún chico».
Rick tuvo que disimular una sonrisa. Pero la entendía. Las conversaciones con
su propia madre habían ido por ese camino durante los últimos dos años. Patty
Bennet quería tener nietos antes de que, en sus propias palabras, «tuvieran que
llevarlos a empujones al asilo para verla».
Y si tenía que ser sincero, él mismo había pensado alguna vez que le gustaría
vivir una vida menos solitaria.

Pero, ¿por qué una chica tan atractiva como Tracy tenía que inventarse un
novio?, se preguntaba.
—O sea, que vas a contarle una mentira —dijo por fin.
Tracy se irguió como si la hubieran golpeado.
—No es exactamente una mentira —dijo ella—. Solo le enseñaré el anillo y ella
sacará sus propias conclusiones.
Desde luego, era una idea original, pensaba Rick. Y por alguna razón, le
gustaba saber que detrás de aquella ropa elegante y el moderno corte de pelo, la
auténtica y excéntrica Tracy seguía viva.
—¿No me digas? —sonrió él, irónico. Le parecía mentira que un genio de las
matemáticas como ella no se hubiera dado cuenta de que había demasiadas variables
en ese plan—. ¿Y qué le vas a decir a tu madre cuando te pregunte quién es el
afortunado? ¿Vas a inventarte un nombre?

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Maureen Child – Un falso novio

—No.
—Tendrás que mentirle a tu madre, a tu padre, a tu hermana y a todo el mundo
en Juneport, Tracy. No te engañes.
Tracy se puso pálida.
—Haces que parezca algo espantoso.
Rick sonrió. Tracy tenía una cara de pena que le resultaba irresistible.
—No. Sólo me parece un poco peligroso.
—¿Por qué?
—Porque alguien se enterará tarde o temprano. Tú no eres una experta en decir
mentiras —explicó él. Al menos, no lo era diez años atrás.
—Podría serlo —dijo ella entonces—. Con un poco de práctica. Sería una pena,
pensaba Rick. Él conocía a demasiadas mujeres que mentían más que un político.
Estaban tan ocupadas diciendo lo que creían que él quería oír, que nunca había
podido saber cómo eran en realidad.
Y se estaba dando cuenta de que Tracy era una mujer de la que le gustaría saber
muchas cosas.
—Además, ¿qué pasará cuando la esperada boda no llegue nunca?
En ese momento, Tracy sonrió. Y aquella sonrisa hizo que algo se le encendiera
por dentro.
—Eso es lo mejor —le confió ella—. Un par de meses después de la reunión,
llamaré a mi madre y le diré que he roto con mi novio.
Rick sacudió la cabeza. Realmente, lo había planeado todo con detenimiento.
—Pero, la gente empezará a decir de nuevo eso de la «pobrecita Tracy».
—No —sonrió ella de nuevo. Aquella vez, el calor que le producía su sonrisa no
lo pillo desprevenido—. Seré yo quien rompa el compromiso, de modo que nadie
podrá sentir pena por mí.
—Asombroso —murmuró él.
—¿Verdad?
Lo realmente asombroso del asunto era que Tracy hubiera tenido que
inventarse aquel plan.
¿Por qué no tenia media docena de hombres esperando en la puerta de su casa?,
se preguntaba.
¿Cómo una mujer tan guapa como ella podía seguir soltera? ¿Y por qué él no
podía apartar los ojos de su cara?
Rick había querido volver a Juneport para relajarse, para descansar. Pero no
podía dejar de pensar en las piernas de Tracy. En la sonrisa de Tracy. En los ojos de
Tracy.

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Maureen Child – Un falso novio

¿Eran realmente tan azules o se habría puesto lentillas?, se preguntó de repente.


Nadie podía tener unos ojos tan claros, tan brillantes. Tan inocentes.
—¿Y por qué me lo cuentas a mi?
—Pues… porque tenía que contárselo a alguien.
—Ya —murmuró él. Aunque fuera un compromiso de mentira, por alguna
razón, le molestaba aquel anillo.
—Pensé que podrías ayudarme a inventar un príncipe azul —explicó. Él la miró
sorprendido—. Por los viejos tiempos, Rick. Éramos amigos, ¿no?
No se habían visto en diez años y Rick se preguntaba si realmente habían sido
amigos alguna vez. Diez años después, su cuerpo reaccionaba ante aquella mujer
como no lo había hecho antes con ninguna otra. Ninguna sonrisa había hecho que se
encendiera como la sonrisa de Tracy.
¿Eran esas reacciones amistosas?
En ese momento, Bonnie se acercaba a la mesa acompañada de otras tres
camareras.
—Oh, no —murmuró él.
—Oh, no —murmuró Tracy, al ver a las tres mujeres. Sonriendo, Bonnie dejó el
pastel de manzana en la mesa. Sobre él había colocado una velita—. Bonnie…
—Ésta es una celebración —dijo la camarera.
Tracy miró a Rick. Rick miró a Tracy.
Las camareras empezaron entonces a tararear la marcha nupcial y, un segundo
más tarde, la mitad del restaurante se unía al coro.
El rubor de sus mejillas era dulce. El brillo de sus ojos, enternecedor. Y un
pequeño trozo de hielo en el corazón de Rick empezó a derretirse.
Los ojos de Rick y Tracy se encontraron de nuevo. Entre ellos parecía haberse
creado un lazo de unión.

Cuando llegaron al motel era muy tarde y Tracy estaba agotada. Subiendo la
escalera a trompicones, deslizó la llave hasta la cerradura con los ojos cerrados.
Cuando consiguió abrir, el olor a desinfectante de la habitación la obligó a hacer una
mueca de desagrado.
Rick la seguía, con su maleta en la mano.
—Al menos, sabemos que la habitación está limpia.
—Estoy tan cansada que me daría igual si fuera una tienda de campaña —
murmuró Tracy, dejándose caer sobre la cama.
Rick encendió la luz, sonriendo.
—¿Quieres que te suba el desayuno mañana?

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Maureen Child – Un falso novio

Haciendo un esfuerzo, ella levantó la cabeza de la almohada.


—¿A qué hora quieres que nos levantemos?
—Me gustaría salir temprano.
—¿Cómo de temprano? —preguntó ella, mirando su reloj. Sólo eran las once de
la noche, pero le parecían las tres de la mañana.
—Querría estar en la carretera a las siete.
—¿A las siete de la mañana?
Rick lanzó una carcajada. La risa del hombre era tan masculina que Tracy sintió
un escalofrío.
—Puedo subirte un café para que te despiertes.
—Un litro, por favor —murmuró ella, dejando caer la cabeza sobre la almohada
de nuevo—. Sólo y sin azúcar.
—Sí, señora —dijo él, volviéndose hacia la puerta—. Buenas noches, Tracy.
—Buenas noches.
—Cierra la puerta antes de que te quedes dormida.
—Sí, mi capitán.
Pensó que lo había oído reír de nuevo, pero no estaba segura. Un segundo
después, había salido de la habitación.
Tracy suspiró y se dio la vuelta en la cama. La calidez del colchón la envolvía y
empezaba a quedarse dormida, pero unos golpes en la puerta interrumpieron
groseramente su sueño.
—¡Vete!
—No hasta que cierres con llave —dijo él desde el pasillo. Rick era tan
obstinado como para quedarse allí toda la noche y, murmurando una maldición,
Tracy se levantó de la cama. Pero, como siempre, se golpeó el pie con la pata de la
mesilla y lanzó un gemido de dolor—. ¿Te pasa algo?
—No —gruñó ella, cerrando con llave—. ¿Ya estás contento?
—Feliz —contestó él. El ruido de sus pasos indicaba que se dirigía a su
habitación.
Tracy tardó un minuto en quitarse la ropa y poner el despertador a las seis de la
mañana.
Después, se arrastró hasta el cuarto de baño y se quitó las lentillas. Cuando
volvió a la habitación, cayó de bruces sobre la cama y se quedó dormida.

Las nubes, suaves y rosadas, se movían por el cielo iluminadas por los primeros
rayos del sol.

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Maureen Child – Un falso novio

Eran las seis y media y Rick estaba preparado para retomar el viaje. Había
pagado la cuenta del hotel, guardado las maletas en el coche y disfrutado de su
desayuno mientras daba tiempo a Tracy para despertarse.
A pesar de la cómoda habitación, no había dormido mucho aquella noche. La
cara de Tracy había aparecido en sus sueños. La cara y algo más. Tracy Hall no tenía
por qué aparecer en sus sueños, se decía. Era la hermana de Meg, una amiga, una
cría.
Sí, claro, pensaba. Una cría con piernas de modelo.
—Estupendo —murmuró, mientras subía a buscarla. No iba a ocurrir nada
entre ellos. Pasarían unos días juntos, irían a la reunión del instituto, visitarían a su
familia y después seguirían con sus vidas. Probablemente, no volverían a verse
nunca más.
Pero la idea de no volver a ver a Tracy Hall lo molestaba y no sabía por qué.
Con dos bollos envueltos en papel celofán y dos tazas de café en la mano, Rick
golpeó la puerta de la habitación con el pie.
Pero no hubo respuesta.
—¡Hora de levantarse! —llamó desde el pasillo.
—¡Voy! ¡No sigas dando golpes! —escuchó la soñolienta voz de Tracy un
segundos después.
Rick estaba sonriendo, pero la sonrisa se congeló en sus labios cuando ella abrió
la puerta. Se le había quedado la boca seca y estaba casi seguro de que su corazón se
había parado. Recortada en el umbral, Tracy sólo iba cubierta por una pequeña
toalla.
Allí estaba, en carne y hueso, como la había soñado la noche anterior. Rick la
miró de arriba abajo, observando las gotas de agua que caían por sus hombros
desnudos. Necesitaba ayuda. Y rápidamente.
—¿Rick? Espero que seas tú —dijo ella.
—¿Qué?
En ese momento, Rick se dio cuenta de que Tracy lo miraba guiñando los ojos.
Irritado, se dio la vuelta para comprobar si había alguien más disfrutando de aquella
visión. Afortunadamente, el pasillo estaba vacío.
—Gracias a Dios, eres tú —sonrió ella entonces—. No veo nada sin las
lentillas… Mi café. Gracias —añadió, alargando la mano.
Rick la observó inhalar el aroma del café y tomar un sorbo. Tenía que hacer un
esfuerzo para no apartar los ojos de su cara.
—De modo que no sabías si era yo —dijo, después de aclararse la garganta—.
¿Siempre abres la puerta sin preguntar? ¿Y cubierta con una toalla?
—No se me ve nada —replicó ella—. ¿No?
—No, pero…

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Maureen Child – Un falso novio

—Vamos, capitán —sonrió ella—. En la playa voy menos vestida.


—Eso es diferente —replico él bruscamente.
—¿Por qué? —preguntó Tracy. Porque una toalla podía ser apartada y tirada al
suelo con facilidad, pensaba Rick sintiendo que su cuerpo se tensaba—. Anda, entra.
Es demasiado temprano para discutir.
—Te esperaré abajo.
—No seas bobo. Hazme compañía mientras me visto —insistió ella, tomando
otro sorbo de café.
La forma en que sus labios se cerraban sobre el borde de la taza era suficiente
para que Rick empezara a sudar—. ¡Mmm, qué rico está! —murmuró, antes de darse
la vuelta.
Él era un marine, se recordaba Rick a sí mismo. Entrenado para soportar
cualquier situación.
—Está bien —murmuró, entrando en la habitación. Solo serían unos minutos. Y
sólo tendría que imaginar a Tracy con el aparato en los dientes y las pecas para
recuperar el control.
Pero cuando volvió a mirarla, vio que la diminuta toalla apenas cubría la curva
de su trasero y tuvo que tragarse un gemido. Cuando Tracy iba a entrar en el cuarto
de baño, se golpeó sin querer contra la cómoda—. ¿Te has hecho daño?
—¿Qué? Ah, no —contestó ella, inclinándose sobre el espejo.
Rick tuvo que apartar los ojos. Al inclinarse, mostraba gran parte de lo que no
quería ver.
—Sólo tardaré cinco minutos.
Rick volvió a mirarla entonces y vio que había pegado un papel sobre el espejo.
—¿Qué estás haciendo?
—Poniéndome guapa —contestó ella—. Es todo un número.
—¿En serio?
—Sí, mira —dijo ella, indicándole que entrara en el cuarto de baño. Rick tuvo
que meterse las manos en los bolsillos mientras se acercaba.
Tracy se puso unas gafas y estudio el papel durante unos segundos antes de
tomar un bote con polvos de color melocotón que empezó a ponerse en la cara con
una brocha—. Compré todo esto hace un par de semanas —susurró, leyendo el papel
de nuevo antes de tomar otro frasco de cosméticos—. Solo tengo que seguir el orden.
—Ya —susurró él, dando un paso atrás. Tenía que mantener la distancia de
seguridad.
Rick la estudiaba mientras ella se aplicaba el maquillaje y el colorete. No estaba
mal, pensaba.

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Maureen Child – Un falso novio

A pesar de las capas de pintura de guerra, seguía pareciendo natural. De modo


que, ¿para qué se pintaba?
En su opinión, no necesitaba todo aquello. Incluso recién salida de la ducha,
estaba preciosa. La suave piel bronceada brillaba bajo el fluorescente y, tras las gafas,
sus ojos azules eran brillantes y hermosos. Eso contestaba a una de sus preguntas del
día anterior. Los ojos azules eran de verdad. Era simplemente, Tracy.
Como su simpatía con la camarera o su inocencia sobre el absurdo compromiso.
Tracy era así. Y lo estaba volviendo loco.
Sin poder evitarlo, Rick dejó que sus ojos se deslizaran hacia el escote. La
sensual curva de sus pechos se marcaba bajo la delgada tela de algodón.
Tracy era así.
Un problema.

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Capítulo Cinco
Varias horas más tarde, a Tracy le dolía el trasero y las lentillas parecían dos
piedras. Incluso el paisaje había perdido parte de su encanto. Sin apenas tráfico,
habían llegado hasta la costa, pasando San Luis Obispo, Paso Robles y Salinas.
Un kilómetro se mezclaba con el siguiente y las ciudades pasaban una tras otra
sin que les prestara atención.
Tracy había dejado de intentar mantener una conversación con Rick. Por alguna
razón, él apenas había dicho una palabra desde que habían salido del motel.
Cuando lo miró de reojo, se dio cuenta de que tenía la mandíbula apretada.
¿Por qué estaba enfadado?, se preguntaba.
Ella no lo había pillado en su habitación, medio desnudo y con unas gafas
horribles.
En aquel momento no le había dado importancia, pero empezaba a dársela.
Tracy se daba cuenta de que el cambio en la actitud de Rick había empezado al
encontrarla medio desnuda en su habitación.
¿Podría haberlo puesto nervioso?, se preguntaba. No era posible. Con el pelo
mojado y aquellas gafas que la hacían parecer la hormiga atómica, seguramente le
habría quitado las ganas de estar con una mujer de por vida.
No era justo seguir sintiendo aquella atracción por Rick. Especialmente, cuando
sabía que no había nada que hacer. Se habían conocido más de diez años atrás, pero
no tenían nada en común.
Tracy tembló ligeramente cuando un golpe de viento acarició su cuello con
dedos helados y subió la ventanilla.
Vivir en California durante tanto tiempo la había convertido en una friolera.
Parecía que su cuerpo había olvidado lo diferente que era la temperatura al norte del
país. Incluso entonces, a mediados de junio, se alegraba de haberse puesto el jersey
color cereza. Los pantalones de color marfil no eran especialmente cálidos, pero
mientras la calefacción del todoterreno siguiera encendida, no podía quejarse.
Además, no era solo el tiempo lo que hacía que el ambiente dentro del coche
fuera tan frío.
Frunciendo el ceño, Tracy volvió la mirada hacia el hombre que tenía a su lado.
Sus ojos estaban escondidos tras las gafas de sol. No había vuelto a mirarla desde que
habían parado a poner gasolina una hora antes.
Aún les quedaban al menos dos días para llegar hasta Juneport y no pensaba
pasarlos con una esfinge. No tenían que caerse bien, pero al menos podrían charlar.
—¿Qué te pasa? —preguntó de repente, rompiendo el silencio.
—¿A mí? Nada —contestó él.

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—Entonces, ¿por qué estás tan alegre? —insistió ella, volviéndose para mirarlo
de frente—. Si sigues lanzando esas carcajadas, vamos a tener un accidente.
—Muy graciosa.
—Uno de los dos tiene que serlo.
—Mira, Tracy, no me apetece hablar, lo siento —dijo él, mirándola fugazmente.
Pero las gafas de sol le impedían ver la expresión de sus ojos. Tracy se preguntaba si
eso era precisamente lo que él quería—. No todo el mundo necesita llenar el silencio
continuamente.
—¿Continuamente? —repitió ella, asombrada—. No me has dicho una palabra
desde que paramos en la gasolinera, cuando, si no recuerdo mal, me dijiste muy
amablemente: «Haz el favor de colocar el maldito coche más cerca del tanque».
Tracy creyó haber visto un gesto en sus labios, pero no estaba segura.
—De acuerdo. No estoy siendo muy sociable.
—No, muy sociable, no.
—De acuerdo —sonrió él por fin—. No estoy siendo nada sociable.
No era una gran conversación, pero era una conversación al fin y al cabo,
pensaba Tracy.
—¿Por qué?
—No hay ninguna razón —contestó él. Sus facciones habían vuelto a ser
pétreas.
—Vaya por Dios. ¿Eres así de comunicativo con tus tropas? ¿Es que en los
marines os enseñan a leer el pensamiento?
—Cuando tenga algo que decir, lo diré.
—Entonces habrá que avisar a la prensa —murmuró ella. Debería haber tomado
el tren, pensaba. Pero, serio o no, Rick Bennet era mejor compañía que un montón de
extraños.
—Mira el mapa, por favor —dijo él, ignorando el comentario—. Llegaremos a la
ciudad dentro de poco y no quiero terminar en el puente de Oakland.
Bueno, al menos Tracy sabía que el capitán seguía siendo capaz de dar órdenes.
Si no hubiera estado en un coche, se habría puesto de pie para saludar.
Sin decir nada, Tracy tomo el mapa y empezó a buscar la autopista101 hasta la
salida de San Francisco. La maraña de líneas azules y rojas era casi imposible de
descifrar.
Siguiéndolas con el dedo, buscó las calles que tenían que tomar a través de San
Francisco para llegar al Golden Gate.
—Busca la vieja carretera de la costa. Está al otro lado del puente.
—Lo sé —dijo Tracy, sorprendida—. ¿No vamos a tomar la 101?
—No —contestó él, sin mirarla.

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—¿Por qué? La 101 es mucho más rápida. Probablemente, nos ahorraríamos un


día de viaje —dijo ella—. Además, era mucho más cómoda. La vieja carretera de la
costa estaba llena de curvas y bordeada por un acantilado.
Durante años, la vieja carretera había sido la única forma de ir al norte, hasta
que habían construido la autopista. Por supuesto, el paisaje era mucho más hermoso,
pero solo los estómagos fuertes podían resistir aquel viejo camino de dos carriles. Y
el estómago de Tracy no era precisamente fuerte.
Rick apretaba el volante con tal fuerza que sus nudillos se habían vuelto
blancos.
—Lo he pensado, pero la razón por la que he decidido ir en coche a Juneport es
precisamente para disfrutar del viaje. Y no tengo razones para cambiar mis planes,
¿no te parece?
Sin embargo, había pensado cambiarlos, se decía Tracy. Lo había admitido. ¿Por
qué? ¿Tan tentadora era la idea de librarse de ella un día antes de lo previsto? Desde
luego, Rick Bennet sabía cómo hacer que una mujer se sintiera especial.
Pero estaba sacando demasiadas conclusiones.
¿Quién había dicho que ella tuviera nada que ver con sus planes? Después de
todo, él le estaba haciendo un favor llevándola en coche a Juneport.
Pero a Tracy no le apetecía nada tomar una carretera llena de curvas.

San Francisco seguía siendo una ciudad tan abarrotada como Tracy la
recordaba. Algunas zonas de la ciudad eran encantadoras, pero en general era como
cualquier otra gran ciudad, con sus lugares buenos y malos.
Miles de coches llenaban las estrechas calles y tenían que parar en todos los
semáforos.
Rick murmuró algo sobre que no debería haber dejado de fumar y miró
fugazmente a Tracy.
A ella no parecía importarle el tráfico. Tenía la ventanilla bajada y la cabeza
fuera del coche.
Desde luego, disfrutaba de la brisa del mar y del ruido de gente a su alrededor.
Rick sonrió al verla. Era difícil sentirse frustrado al ver como Tracy disfrutaba
de todo. Podía ser un incordio para su autocontrol, pero era muy agradable de mirar.
Un coche paró a su lado en un semáforo.
—Hola, preciosa —dijo una voz masculina.
Rick se puso tenso y adelantó el coche unos centímetros, pero el hombre hizo lo
mismo.
—Hola —dijo Tracy.

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¿Por qué lo saludaba con tanta simpatía?, se preguntaba Rick, irritado.


—¿Vas a estar mucho tiempo en la ciudad?
—No. Sólo estoy de paso.
Pero, ¿en qué estaba pensando aquel tipo? ¿Es que no lo veía sentado a su lado?
Podría ser su marido y, él, flirteando como un loco.
Soltando el freno, Rick adelantó un poco más el coche, esperando alejar a Tracy
de aquel papanatas.
Pero no tuvo suerte.
—¿Te apetece tomar una taza de café?
Rick miró al hombre con cara de asesino, pero el tipo solo tenía ojos para ella.
—No creo que pueda. Pero gracias —sonrió Tracy.
Rick se inclinó hacia delante para ver al Romeo de pacotilla en su BMW
descapotable.
—«Muchas» gracias —repitió Rick sarcástico, mirándolo con tal furia que
debería haberlo asesinado allí mismo.
Aún así, el tipo tuvo la cara de ignorarlo y guiñar un ojo a Tracy.
—Disfruta del viaje, guapa —le dijo, antes de que Rick cambiara de carril.
—Estaba flirteando conmigo —dijo Tracy, riendo.
—Ya me he dado cuenta —dijo él. ¿Por qué parecía ella tan sorprendida? —se
preguntaba. ¿Es que no se había mirado al espejo?
—Qué bien.
—Sí, genial —replicó él, quitándose las gafas de un manotazo—. Oye, Tracy, ese
tío podría haber sido un psicópata.
—¿No eres un poquito paranoico? —rió ella. Al hacerlo, sus rizos se movían
como si estuvieran bailando alrededor de su cara—. Relájate, Rick.
Sólo estaba ligando. Conmigo.
—Sí. Pero yo estaba sentado a tu lado –gruñó él—. Ese tío era un imbécil.
Cansado de la conversación y preocupado por su propia reacción, Rick se
concentró en el coche que había delante.
¿Qué le importaba a él que un extraño quisiera flirtear con Tracy?, se
preguntaba. ¿Y por qué le molestaba tanto que ella le hubiera sonreído?
¿Y por qué estaba pensando en eso?
Tracy volvió a sacar la cabeza por la ventanilla cuando llegaron al Golden Gate.
Tracy se daba cuenta de que ella estaba feliz y un poco de la tensión desapareció. Le
gustaba verla feliz. No sabía por qué, pero le gustaba.
Poco después estaban sobre el puente y el océano Pacífico se extendía frente a
ellos. Los cables de acero se movían con la brisa y la ciudad brillaba bajo el sol.

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—¿No es precioso? —susurró ella, sin dejar de mirar por la ventanilla. Él siguió
su mirada y vio los barquitos que había sobre el agua, como joyas de colores que
alguien había lanzado al mar—.
Cuando éramos pequeños, mi padre solía contarnos a Meg y a mí que Godzilla
vivía aquí, en la bahía de San Francisco.
—¿Godzilla? —rió él.
—Sí —contestó ella, dándose la vuelta con una sonrisa que lo dejo sin aliento—.
Y lo más importante, a Godzilla le gustaba el color rojo y siempre estaba buscando
coches de ese color.
—Si no recuerdo mal, tus padres tenían un coche rojo.
—Sí —rió ella—. Mi padre nos ponía a vigilar a Meg y a mí por si vería Godzilla
y las dos nos quedábamos pegadas a la ventanilla mientras cruzábamos el puente.
—¿Os daba miedo?
—Un poco. Pero lo que de verdad queríamos era ver a Godzilla —rió ella,
apartándose el pelo de la cara—. Siempre era divertido viajar con mis padres y mi
hermana. Vacaciones familiares. La clase de viaje que él no volvería a experimentar.
Una punzada de dolor lo sorprendió.
—Probablemente, Meg le cuenta a sus hijos la misma historia —susurró él.
—Sí —dijo Tracy, con tristeza.
Rick la dejó a solas con sus pensamientos. Él tenía los suyos de los que
ocuparse. Como qué iba a hacer con sus fantasías sobre Tracy Hall.
Tenía que encontrar una forma de terminar con aquello. Tracy Hall no era una
mujer para una noche. Y él no era el tipo de hombre hecho para el matrimonio.
¿O no era así?

—¡Rick! —exclamó ella unas horas más tarde—. ¡Para el coche!


Rick se dio cuenta de que estaba muy pálida y paró en el arcén, asustado. Tracy
se bajó del coche de un salto y él la siguió.
Cuando llegó a su lado, estaba inclinada sobre una enorme piedra que parecía
haber estado allí desde el principio de los tiempos.
—¿Te encuentras bien? —preguntó, intentando tomarla del brazo, pero ella se
lo impidió con un gesto.
—Lo estaré dentro de poco —susurró ella, con más confianza de la que
garantizaba su expresión.
—¿Te sigues mareando en los coches? —preguntó él entonces, recordando que
le ocurría de pequeña.

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—Eso parece.
—¿Por qué no me lo has dicho?
—¿Para qué?
—¿Por qué has querido ir a Juneport en coche si te sigues mareando?
—Me dan miedo los aviones y no me gustan los trenes. ¿Qué le voy a hacer?
—¡Por Dios bendito, Tracy! Si me lo hubieras recordado, habría tomado la
autopista.
—¿No podríamos discutir más tarde? Ahora no me encuentro muy bien, Rick.
Rick se sentía como un auténtico imbécil.
Nada mejor que gritarle a alguien que está a punto de vomitar.
Bueno, aquél iba a ser un viaje divertido. Él, angustiado por una tensión sexual
que no podía evitar y ella con la cabeza fuera de la ventanilla.
Pararían en la próxima tienda para comprar Biodramina, se decía. Y por la
expresión de Tracy, cuatro o cinco cajas serían suficientes.
—Respira hondo. Toma aire por la nariz y expúlsalo por la boca.
—Sí, mi capitán —murmuró ella, inclinándose hacia adelante.
—No quería darte ordenes —se disculpó Rick.
—Supongo que estás acostumbrado a darlas.
—Es parte del trabajo —asintió él, poniendo la mano sobre su espalda—. Pero
intento no hacerlo con los amigos.
—Y yo te lo agradezco —dijo ella, incorporándose.
—¿Mejor? —preguntó Rick, estudiando su cara.
—Un poco, sí —contestó Tracy, respirando la brisa del mar que llegaba hasta la
carretera.
Rick la miró. Tenía los ojos cerrados y los labios y entreabiertos, como si
esperase un beso. El viento movía su pelo con abandono y tuvo que meterse las
manos en los bolsillos para no tocarlo.
Varios coches pasaron a su lado en la carretera, perdiéndose entre las curvas a
una velocidad aterradora. Pero Tracy no les prestaba la menor atención. Pasaron
varios segundos más antes de que abriera los ojos.
—Bueno, ya estoy preparada —sonrió.
—Pararemos para comprar Biodramina.
—Estupendo. Ayer me tomé las dos últimas.
—O podemos volver para tomar la autopista.
Tracy volvió la cabeza para admirar el agreste y hermoso paisaje. Las olas
chocaban contra el acantilado y el aire del mar les llevaba algunas gotas de agua, que

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brillaban como diamantes. Las gaviotas volaban sobre sus cabezas y las nubes apenas
escondían un cielo tan azul que era doloroso mirarlo.
—No —dijo ella por fin—. Prefiero ir por la carretera.
—¿Estás segura?
—Sí. Pero vamos a buscar la Biodramina.
—De acuerdo —sonrió él, tomando su mano para llevarla al coche. Cuando
estuvo dentro, cerró la puerta y se apoyó en ella—. Hasta entonces, mantendremos tu
mente ocupada para que no puedas pensar en tu estómago.
—¿Y cómo haremos eso?
—Aún no hemos decidido cómo será tu príncipe azul, ¿no?
La cara de Tracy se iluminó. Pero Rick estaba seguro de que la sonrisa iba
dedicada a su hombre imaginario.
—Tienes razón.
—Pregúntale a mis tropas —rió él, dando la vuelta al coche—. Ellos te dirán que
normalmente, la tengo.

Tracy intentaba no pensar en las curvas o en el acantilado que había al otro


lado.
—Muy bien —dijo por fin, observando cómo Rick volvía a entrar en la carretera
con la destreza de un piloto profesional—. Tendremos que empezar por su nombre.
He decidido que se llamará Brad. ¿Qué te parece?
—¿Brad?
—Es un nombre bonito. Además, todo el mundo pensara en Brad Pitt.
—Es un nombre ridículo —dijo él.
—No lo es. Y Brad Pitt no es ridículo en absoluto.
—Muy bien. Es tu novio. Si a ti te gusta…
—Exactamente —dijo ella, sujetándose al asiento mientras Rick tomaba una
curva difícil—. El siguiente problema es qué hace mi novio para ganarse la vida.
—¿No es millonario? —preguntó Rick, con cierto sarcasmo.
—No —contestó ella—. Aunque no me gusta admitir esto, a la mayoría de las
mujeres le gustan los hombres con uniforme. Y como quiero que mis compañeros se
mueran de envidia, he decidido que Brad es marine —dijo ella. Una sonrisa de
triunfo iluminó la cara de Rick—. Y además, piloto —añadió. La sonrisa se borró de
la cara del hombre.
—Los pilotos son unos presumidos, Tracy.
—De eso nada. ¿Es que no has visto Top Gun?

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—Rick hizo un gesto irónico—. Los Ángeles Azules… —empezó a recordar


Tracy. El verano anterior había asistido a un espectáculo aéreo y se había quedado
boquiabierta con las proezas de los pilotos.
—Unos presumidos —insistía él, encogiendo sus anchísimos hombros.
—¿Detecto una nota de envidia en tu voz?
—En absoluto —replicó él, tomando una curva a demasiada velocidad.
—Ay… —musitó Tracy, poniéndose la mano en la boca.
—Perdona.
—No te preocupes —dijo ella, intentando olvidar sus náuseas—. Háblame.
Dijiste que me ayudarías a no marearme.
—De acuerdo —asintió Rick, apretando el volante—. Te ayudaré. Pero un
piloto…
—¿Por qué no? —preguntó ella—. A las mujeres les encantan los pilotos y todos
los hombres quieren serlo. Es perfecto. Recuerda que quiero que mis compañeros
vean a una nueva Tracy. Y un piloto es lo mejor para dejarlos helados.
—Por favor, Tracy —dijo él, claramente disgustado—. ¿No me digas que te
crees esas fantasías sobre los pilotos? Cualquier marine es mejor que uno de esos
imbéciles.
—Por supuesto, tú eres completamente imparcial en el asunto.
—Pues sí. Es la verdad —insistió él, mirándola—. Es fácil ver las cosas desde
treinta mil pies de altura. Lo que es difícil es estar frente a frente con el enemigo —
añadió. El brillo en los ojos verdes de Rick hacía que Tracy sintiera un escalofrío en la
espalda. Mirando aquella mandíbula cuadrada y los músculos de su antebrazo, Tracy
estaba decidida a aceptar la derrota. No había ningún piloto que pudiera compararse
con Rick Bennet—. ¿Por qué te importa tanto lo que piense una gente a la que no has
visto en diez años?
—Tú no lo entenderías —contestó ella. Nadie que no hubiera sido un bicho raro
entendería aquello. Y menos que nadie, Rick. «Mister Popularidad».
—Inténtalo.
—He vivido toda mi vida sintiendo que no era suficientemente buena en nada
—explicó ella por fin—. En el colegio, en el instituto, en la universidad. No parecía
pegar en ningún sitio. Cuando no me ignoraban, les daba pena.
—Por favor, Tracy, no sigas. Eso fue hace años —murmuró él, incómodo—.
Ahora eres una mujer diferente. Has crecido, tienes éxito, eres guapísima. ¿Qué
importa el pasado?
—El pasado importa porque es lo que da forma al futuro —replicó ella—. Yo no
puedo cambiar el pasado, aunque me gustaría, pero puedo cambiar la percepción
que la gente tiene de mí.
—¿Y necesitas inventarte un hombre para eso?

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—¡Sí, maldita sea!


Aunque fuera por una vez en su vida, quería ser la chica de la que todo el
mundo hablara. Quería ser el centro de atención y el objeto de envidia de todo el
mundo. Sólo por una vez, Tracy quería sentirse importante en Juneport. Y Brad iba a
ayudarla a conseguirlo.

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Capítulo Seis
El resto del día transcurrió en un tenso y no enteramente amistoso silencio.
Tracy sabía que Rick estaba decepcionado, pero ella no necesitaba aprobación de
nadie para llevar a cabo su plan. Además, tenía otras preocupaciones, como hacer
todo lo posible para que su estómago no se rebelara.
Pero ni siquiera observando el espectacular paisaje se sentía mejor.
Habían parado para comprar Biodramina y cuando Rick sugirió comer algo,
Tracy tuvo que ahogar una náusea.
Cuando por fin llegaron al motel, en lo único que pensaba era en quitarse las
lentillas y meterse en la cama.
El viejo motel, un edificio de una sola planta construido en los años cincuenta,
formaba una especie de U. En el patio central, un viejo roble actuaba como centinela,
con las arrugadas ramas extendiendo su sombra sobre las habitaciones.
Tracy no estaba de humor para admirar el paisaje y, una vez dentro de la
habitación, se quitó las lentillas, sacó un libro del bolso y se tumbó en la cama. Pero,
antes de que pudiera ponerse las gafas, se había quedado dormida. Cuando, horas
más tarde, la despertaron unos golpes en la puerta, la habitación estaba
completamente a oscuras.
—Vete —murmuró, adormilada.
—¿Tracy? —oyó la voz de Rick. Tracy se levantó de la cama y trastabilló hasta
la puerta de la habitación. Pero cuando abrió, en el pasillo no había nadie. Asomó la
cabeza y miró a ambos lados, pero estaba vacío. Entonces volvió a oír los golpes—.
¿Tracy? ¿Estás viva?
Guiñando los ojos, Tracy descubrió que había otra puerta en la habitación,
además de la del cuarto de baño. Cuando la abrió, la luz de una lámpara enmarcaba
la silueta de Rick en el umbral.
—Creí que estabas en el pasillo —murmuró ella.
Rick llevaba algo en las manos y, observando atentamente con sus ojos miopes,
se dio cuenta de que era una bandeja. El olor que salía de ella no la ponía enferma y
ésa era muy buena señal.
—Nuestras habitaciones se comunican —dijo él, dejando la bandeja sobre la
mesa y encendiendo una lamparita—. Antes te encontrabas tan mal que… —No
había terminado la frase, pero Tracy sabía lo que quería decir. Había pedido aquellas
habitaciones por si volvía a ponerse enferma durante la noche. No había terminado
la frase porque le daba vergüenza reconocer que estaba preocupado por ella. Y eso le
gustaba. Era la primera vez que un hombre que no fuera su padre la cuidaba. Y era
sorprendente como un pequeño detalle como aquél podía afectarla tanto—. Te he
traído sopa.
—Huele muy bien —murmuró Tracy, intentando disimular su emoción.

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—Pensé que deberías comer algo —seguía diciendo él—. También te he traído
una tónica. Mi madre dice que es lo mejor para un estómago revuelto.
La suya, también. Por eso, años después, Tracy no podía tomarse una tónica sin
que le supiera a medicina. Pero eso no pensaba decírselo.
—Gracias, Rick —dijo, mirando la borrosa figura.
—De nada —sonrió el—. Perdona si antes no he estado muy simpático.
—No pasa nada —se encogió ella de hombros, sentándose a la mesa. Con la
cuchara, sacó un hielo de la tónica y lo echó en la humeante sopa.
—Sí pasa —insistió él, sentándose frente a ella—. No es asunto mío si quieres ir
adelante con ese plan tuyo… ¿qué estás haciendo? —preguntó cuando la vio echar
otro hielo.
—Es que está muy caliente.
—Ah —susurró él—. Bueno, lo que quiero decir es que si tú quieres un novio
piloto, yo no tengo nada que decir.
—Yo no he dicho que quiera un novio piloto. Lo que he dicho es que quiero
impresionar a mis compañeros y eso les impresionaría —explicó ella, tomando una
cucharada de sopa—. Pero estoy dispuesta a claudicar un poco. ¿Qué te parece un
novio marine, sin más?
—Bien —sonrió él.
—Chupi —rió ella, alargando la mano para tomar la tónica. Estuvo a punto de
tirarla pero Rick, demostrando grandes reflejos, se levantó a tiempo y sujetó el vaso.
—¿Por qué no llevas las lentillas?
—Porque estaba dormida.
—¿Dónde tienes las gafas?
—En el bolso.
—¿Quieres que las saque?
—No, gracias —contestó ella.
—¿Por qué? ¿No prefieres ver lo que estás comiendo?
—Soy un poco cegata, pero sé dónde tengo la boca.
Él suspiró pesadamente. Tracy creyó haber visto que sacudía la cabeza, pero era
difícil de precisar. Un borrón en movimiento no era más fácil de ver que un borrón
parado.
Cuando terminó la sopa, se apoyó en el respaldo de la silla, sintiéndose mejor
de lo que se había sentido en todo el día.
—¿Mejor?
—Sí. Es posible que sobreviva.
—Me alegro de oírlo.

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Maureen Child – Un falso novio

Después de eso, hubo un silencio. Tracy casi se alegraba de no ver la cara del
hombre. ¿Qué vería él cuando la miraba?, se preguntaba. ¿A la hermana de Meg?
¿Una empollona medio cegata con el estómago revuelto? ¿Una mujer independiente?
¿Una mujer deseable?
Aquel pensamiento hizo que se sintiera acalorada. Era como si su sistema
nervioso se hubiera alterado de repente. Y el fresco de la noche no hacía nada para
calmar el calor que sentía por dentro.
—¿Tracy? —la voz del hombre encontraba eco en su espina dorsal.
—¿Sí? —en su imaginación, él la miraba con aquellos ojos verdes brillantes de
pasión y sus labios se entreabrieron sin que se diera cuenta.
—Nada —Rick tardó varios segundos en contestar. Después, se levantó de la
silla. Guiñando los ojos, Tracy lo observó acercarse a la puerta que comunicaba con
su habitación—. Duerme un poco —dijo él, en el umbral—. Si necesitas, bueno, si
quieres algo, llámame.
Después, cerró la puerta suavemente. Si necesitaba… ¿qué?
Tracy se preguntaba qué diría si lo llamara en aquel momento. Si le dijera
exactamente lo que necesitaba de él. Que la abrazase. Que la besara. Que le hiciera el
amor.
—Por Dios —susurró, apoyando los codos sobre la mesa. Cuando tiró el vaso
de tónica y el frío líquido le cayó sobre las piernas, Tracy lo tomó como un signo.
Incluso el destino le estaba diciendo que tenía que tranquilizarse.

—¿Cuántos años tiene ese Brad?


—Treinta, creo —contestó Tracy, mirándolo—. Es un número difícil de olvidar.
—No creo que pueda olvidarme nunca de ese Brad —murmuró él. Llevaban
horas hablando del novio imaginario. Probablemente, era imposible odiar a un
hombre que no existía, pero Rick estaba a punto de conseguirlo. Juntos planearon el
romance ficticio de Tracy con aquel bastardo y, aunque no tenía sentido en absoluto,
se sentía celoso. Cada vez que pronunciaba su nombre, la irritación crecía hasta
hacerse insoportable.
Mirando a Tracy de reojo, Rick tuvo que sonreír. Estaba monísima con aquellas
gafas que tanto odiaba. Demasiado guapa para ese Brad.
Y demasiado inocente para él.
—¿Qué pasa? —preguntó ella, al ver que él la estaba mirando.
Un millón de cosas, le hubiera gustado contestar. Cosas que no deberían pasar.
La conocía desde que eran pequeños. Sus padres lo consideraban casi de la familia. Y
Tracy no era el tipo de mujer con el que podía tener un breve y tórrido romance.
Ella quería casarse y tener hijos.

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Maureen Child – Un falso novio

—Nada. Estás muy mona con esas gafas.


Tracy lanzó una carcajada.
—No es verdad. Pero me hacen daño las lentillas y hasta que lleguemos a casa,
tendrás que aguantarme con ellas.
Exasperado, Rick volvió a mirar la carretera. ¿Es que no sabía lo atractiva que
era?, se preguntaba. ¿Es que no se daba cuenta de cómo lo afectaba?
—Tracy, nunca discutas con un hombre si te dice que estás guapa.
—Mona —corrigió ella.
—Mona, guapa, es lo mismo.
—No lo es —insistió ella, cruzándose de brazos—. Un cachorro es mono.
Desprotegido, vulnerable, como yo. O eso parece pensar todo el mundo.
—¿Todo eso porque te he dicho que estás «mona»? —preguntó él,
sorprendido—. ¿De qué estás hablando?
—No es culpa tuya. Todo el mundo lo hace. Es como si creyeran que necesito
protección. Él no era ningún caballero andante, pensaba Rick. Todo lo contrario;
alguien debería entrar en la película para rescatar a Tracy de sus garras… Rick tuvo
que lanzar una carcajada. Él no quería rescatarla de nada. Quería besarla. Abrazarla.
Sentir la suavidad de su piel…
¿Por qué no lo admitía de una vez? Lo que realmente quería era hacerle el
amor, tan completa, tan fieramente, que los dos quedaran jadeantes y extenuados.
Rick apartó una mano del volante para frotarse el cuello. Estaba excitado. Una
excitación fuerte, exigente. Respiraba con dificultad y tenía que hacer un esfuerzo
para controlarse. Pero cada día era más difícil.
Nunca se había impuesto a una mujer y no lo haría jamás. El único peligro era
que podía explotar en cualquier momento.
—No le veo la gracia —dijo ella.
—Créeme, Tracy —replicó él, burlón— en este momento, yo tampoco.

Siguieron el camino en silencio hasta que, después de una curva, Tracy vio algo
que apartó sus pensamientos de Rick.
—Mira —dijo, señalando frente a ella.
Había un coche parado en el lateral. Dos niños jugaban en el asiento trasero
mientras su madre, de pie al lado del coche, miraba la carretera como esperando
ayuda.
Antes de que Tracy tuviera oportunidad de decirle que parase, Rick había
puesto el intermitente y reducido la velocidad para colocarse detrás del coche.
—Espera aquí.

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Maureen Child – Un falso novio

—De eso nada —replicó ella, quitándose el cinturón—. Se sentirá más segura si
bajo contigo.
—Tienes razón. Vamos.
—Hola —dijo Tracy, acercándose—. ¿Necesita ayuda?
—Pues sí —sonrió la mujer—. Se me ha pinchado una rueda. He llamado a mi
marido, pero no puedo localizarlo —añadió, señalando su teléfono móvil.
—Si tiene un gato y una rueda de repuesto, yo mismo puedo cambiarla.
—Es un marine —explicó Tracy—. Le encanta aparecer como a la caballería en
las películas del Oeste.
La mujer sonrió, agradecida.
—Los marines somos mejores que la caballería —bromeó Rick—. Nosotros no
necesitamos caballos.
—La rueda está en el maletero —dijo la mujer, dándole las llaves del coche—.
Muchísimas gracias.
—De nada.
La mujer, que se presento como Annie Taylor, sacó a los dos niños del coche y
los cuatro se apartaron de la carretera mientras Rick se disponía a cambiar la rueda.
—No sé donde puede haberse metido mi marido.
Tracy observaba a los niños tirando piedrecitas al mar y sonreía.
—Los hombres nunca están cuando se los necesita. Es muy típico.
—Al menos, su marido estaba cuando lo he necesitado —rió Annie.
—Verá… —Tracy iba a corregirla.
—Marine, ¿eh? —comentó la mujer, mirando a Rick—. Seguro que está
guapísimo con el uniforme.
Seguro que sí, pensaba Tracy, dejando que su mirada resbalara por el marine en
cuestión. Observando los músculos de su espalda bajo la estrecha camiseta mientras
se inclinaba a cambiar la rueda, sintió que algo se encendía en su interior.
Los movimientos del hombre eran precisos, seguros. Sus enormes manos
movían el gato de forma experta y no pudo evitar preguntarse qué sentiría si
aquellas manos resbalaran por su cuerpo.
Un escalofrío recorrió su espalda y tuvo que respirar hondo el aire del mar para
tranquilizarse.
—Jimmy —llamó la mujer cuando uno de los niños se acercaba a Rick—. Aléjate
de la carretera.
—Quiero mirar —protestó el crío.
—No se preocupe —dijo Rick.
—¿Qué está haciendo, señor? –preguntó Jimmy.

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Maureen Child – Un falso novio

—Estoy quitando la rueda —contestó Rick.


—¿Por qué?
—Porque está pinchada.
—¿Y por qué está pinchada?
—No lo sé.
—¿Va a inflarla?
—No.
—¿Puedo inflarla yo?
—No, pero puedes ayudarme a colocar la nueva.
—¿Puedo ponerla yo también? —preguntó el otro niño.
—Claro —sonrió Rick.
Tracy no podía apartar sus ojos del hombre y, como si supiera que estaba
siendo observado, Rick levantó la cara y sus miradas se encontraron. Sólo fue un
segundo, pero el calor de aquellos ojos le llegó hasta los huesos.
Cuando terminó de cambiar la rueda, Rick guardó el gato y la rueda pinchada
en el maletero y llevó a los niños con su madre.
—La rueda de repuesto no tiene mucho aire, pero podrá llegar a su casa sin
problemas —dijo, limpiándose las manos en los vaqueros.
—Muchísimas gracias —dijo la mujer, metiendo a los niños en el coche—. Por
cierto, tenía usted razón.
—¿Sobre qué?
—Los marines son mucho mejor que la caballería.
—Recuérdelo la próxima vez que vea una película del Oeste —sonrió él.
Annie arrancó el coche mientras los niños les decían adiós con la manita desde
el asiento trasero.
Tracy miraba a Rick con una sonrisa en los labios, sin decir nada.
—¿Qué? ¿Me he manchado la cara de grasa?
Ella negó con la cabeza. ¿Cómo podía explicarle lo que sentía?
—Mi héroe —dijo, sonriendo. Se había puesto de puntillas para darle un
amistoso y fugaz beso en los labios, pero cuando sus bocas se rozaron, ocurrió algo.
Era como una descarga eléctrica, una sensación de vértigo que la había dejado
temblando.
Los ojos verdes del hombre se habían oscurecido, tan misteriosos como un
bosque a medianoche. Rick la había atraído hacia él con fuerza y había cubierto su
boca con la suya. Sus labios habían explorado y acariciado los suyos mientras la
sujetaba fuertemente, como si intentara enterrarla en su cuerpo.

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Maureen Child – Un falso novio

Y con aquel beso a plena luz del día, con el sonido del mar debajo de ellos,
Tracy se enteró de qué era lo que se estaba perdiendo en la vida. Cuando Rick la
soltó, le temblaban las rodillas y se hubiera caído si él no la hubiera tomado por la
cintura para llevarla al coche. Ninguno de los dos decía nada.

El motel era un edificio de madera construido al borde del acantilado que


parecía mezclarse con el agreste paisaje.
Cuando Tracy abrió la puerta de su habitación, se quedó boquiabierta.
—¿Qué ocurre? —preguntó Rick.
—Mira.
A través de los cristales de una puerta corredera, veían el mar que se extendía
ante ellos. La vista era impresionante. Un diminuto jardín de hierba separaba la
habitación del acantilado.
Las nubes grises en el horizonte amenazaban con lluvia y al este, una torre de
rocas parecía la ruina de un olvidado castillo.
Tracy abrió la puerta y salió al jardín. El viento movía su pelo y el sonido del
mar era como el rugido de una fiera enjaulada.
—Es precioso —susurró Rick, observando las piedras que marcaban el límite
entre el acantilado y el jardín, como si Dios mismo hubiera puesto aquella frontera
entre el mundo del hombre y el de Neptuno.
Había bajado la marea y Tracy observaba la interminable playa a sus pies. Sobre
su cabeza, las gaviotas parecían bailar con el viento.
La tensión que había habido entre ellos durante las últimas horas se evaporó en
medio de la increíble belleza de aquel paisaje y Tracy respiró profundamente.
—Voy a dar un paseo por la playa.
—Si me esperas un minuto, iré contigo —dijo Rick.
Ella se volvió para mirarlo. El viento enredaba su pelo y él la miraba con la
misma intensidad que un segundo antes de darle el beso de su vida.
El recuerdo de aquel beso hacía que su corazón se acelerase.
Probablemente, era un error decir que sí. Si era tan inteligente como todo el
mundo decía que era, pondría una prudente distancia entre Rick y ella.
Especialmente en aquel momento, cuando no podía controlar sus emociones. Pero
por primera vez en su vida, Tracy no quería ser inteligente. Quería sentir.
Una vez tomada la decisión, lo miró directamente a los ojos.
—Te esperaré.

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Capítulo Siete
Un grupo de niños pasó corriendo a su lado, riendo y gritando. Una pareja de
ancianos paseaba de la mano al borde del agua, en silencio. Y un chaval adolescente
escribía laboriosamente el nombre de su amada en la arena.
Pero ellos no veían a nadie.
El viento pegaba el jersey amarillo al cuerpo de Tracy y convertía su cabello
rubio en una especie de halo. Estaba temblando. Rick se quitó la cazadora y se la
puso sobre los hombros.
—Gracias —murmuró ella.
—De nada.
Habían caminado al menos dos kilómetros por la playa y ésas habían sido sus
primeras palabras. Si él había esperado romper la barrera que el beso había
levantado entre los dos, se había equivocado.
Rick se tragó una maldición, recordando el momento en que todo había
cambiado entre ellos. Cuando Tracy había acercado su boca a la suya, su cerebro
había dejado de funcionar. Un beso fugaz y amistoso era todo lo que ella pretendía. Y
él lo sabía. Pero no había sido suficiente con el roce de sus labios. Necesitaba más.
Necesitaba saborear, explorar su boca, llenarse de ella.
Y por un momento, se había dejado llevar por el deseo.
El hecho de que ella hubiera roto el beso rápidamente no cambiaba nada.
El viento seguía soplando y las nubes en el horizonte se oscurecían cada vez
más, ocultando el sol. Uno a uno, los surfistas abandonaban la playa y pronto
estuvieron solos, observando los guiños de un faro en la distancia.
—Es precioso —susurró Tracy. Rick tuvo que inclinar la cabeza para escuchar
sus palabras por encima del ruido del mar—. Creo que he estado lejos demasiado
tiempo.
—Sí —asintió él, mirando el mar—. Yo también.
—Es raro, ¿verdad? Es el mismo océano, pero en el sur de California es
demasiado… tímido. Aquí es furioso, bestial —seguía diciendo Tracy, intentando
buscar palabras para definir lo que sentía—. Es tan cambiante, tan poderoso.
Rick se acercó a ella sin darse cuenta. Ambos tenían la mirada perdida en el
horizonte. Tenía razón, pensaba. En el norte de California, los árboles eran más
grandes, el viento más frío y el océano Pacífico, una presencia viva y salvaje.
Pero eso no era todo lo que había cambiado.
Aquella tarde, él había observado a Tracy con los niños. La había oído reír.
Había visto como los críos respondían a sus bromas. Y le había gustado.
—¿Por qué será? —preguntó Tracy.

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Maureen Child – Un falso novio

—No lo sé —contestó el—. Quizá… —Rick volvió la cabeza para mirarla—.


Quizá es que lo vemos con otros ojos. Quizá nos estamos dando cuenta de que todo
tiene más caras de las que estamos acostumbrados a ver.
Tracy levantó la mirada para encontrarse con la del hombre y Rick se quedó sin
aliento frente a sus ojos azules. Aquel viaje, aquel tiempo que estaban pasando juntos
le había mostrado a una Tracy diferente de la que conocía. De la que esperaba.
Levantando una mano, Rick apartó el pelo de su cara y el roce hizo que los ojos de
ella se oscurecieran. Tracy sentía lo mismo que él.
Había algo entre ellos, una corriente eléctrica, cada vez que se tocaban.
¿Por qué aquella urgencia de estar con ella?, se preguntaba. ¿Cómo era posible
que un par de días en compañía de aquella mujer le hubieran hecho empezar a
replantearse su vida?
—Tracy…
Ella le puso un dedo sobre los labios, en una muda petición de silencio.
Después, se dejó caer sobre su pecho y él la envolvió en sus brazos, apretándola
contra sí. Con el corazón acelerado, Rick dejó de pensar y se dejó llevar por los
sentimientos que Tracy despertaba.
Cuando ella levantó la cara y le ofreció sus labios entreabiertos, Rick emitió un
gemido ronco y la apretó con más fuerza, acercándola a él tanto como era posible.
Abriendo los labios femeninos con la lengua, se entregó al calor con el que llevaba
días soñando. Ella gimió ante la dulce invasión y rodeó el cuello del hombre con sus
brazos.
Sus lenguas se mezclaban en un baile de frenético deseo. Respiraban el mismo
aire y el pecho de ella se aplastaba contra el torso del hombre. Cuando ella empezó a
mover las caderas hacia él, instintivamente, Rick separó sus labios para tomar aire.
—Rick —murmuró ella. Pero su voz se perdía con el viento.
—Te necesito, Tracy —susurró él, mirándose en aquellos ojos azules que
brillaban con la misma pasión que los suyos. La necesitaba más de lo que había
necesitado nunca a una mujer.
—Sí —susurró ella roncamente—. Por favor.
El ruido de un trueno cruzó el aire. Los envolvía un viento helado y el mar se
acercaba cada vez más a sus pies.
La marea había subido.

Rick estaba corriendo las cortinas. El rugir del océano quedaba reducido a un
sonido ahogado que reverberaba como el latido de un corazón.
Después, se dio la vuelta y tomó a Tracy en sus brazos.
—Aún puedes cambiar de opinión —susurró, rezando para que no lo hiciera.

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Maureen Child – Un falso novio

—No voy a hacerlo —dijo ella, tomando su cara entre las manos.
Sus labios se encontraron en un beso que le llegaba al alma y Rick supo que no
había vuelta atrás. Ocurriera lo que ocurriera al día siguiente, tendrían aquella noche.
Aquella noche para la que parecían destinados desde que la había visto en la puerta
de su casa.
Deseoso de tocarla, de explorar el cuerpo que había atormentado sus sueños,
sus manos se deslizaron por debajo del jersey.
—Eres… tan suave —susurró.
Ella tragó aire y entreabrió los labios, buscando otro beso. Él obedeció su mudo
deseo y después, con un rápido movimiento, le quitó el jersey por encima de la
cabeza, exponiendo su piel bronceada y un diminuto sujetador de encaje.
Tracy se ruborizó. Sus ojos brillaban y respiraba con dificultad. Rick sostuvo su
mirada mientras desabrochaba la prenda interior para admirar sus pechos. Ella se
humedeció los labios y la visión de su lengua encendió nuevos fuegos en su interior.
—Tracy… —los latidos de su corazón se desbocaron cuando ella sonrió
mientras se quitaba la prenda de encaje, dejando que se deslizara por sus brazos
hasta caer al suelo. No tenía marcas, pensaba él tontamente. La imagen mental de
Tracy tomando el sol desnuda hacía que la fuerza de su deseo creciera hasta niveles
peligrosos—. Perfecta —susurró, mientras acariciaba sus rosados pezones con los
pulgares que, instantáneamente, se endurecieron.
—Rick —suspiró ella—. Se me están doblando las rodillas.
Él sonrió para sí mismo. Sus propias rodillas no parecían capaces de sujetarlo.
Suavemente, la tumbó en la cama e, inclinándose, empezó a jugar con sus pezones,
tomándose su tiempo para gozar de la suave piel femenina.
Tracy arqueaba la espalda, ofreciéndose en silencio. Y él la aceptaba con
avaricia, torturándola deliberadamente con los labios, con la lengua, con los dientes.
Su propio cuerpo se despertaba con cada gemido, amenazando con hacerle perder el
control.
Nunca había deseado a una mujer como deseaba a Tracy.
Un segundo después, se apartó.
—¿Por qué te paras? —suspiró ella.
—Cielo, acabamos de empezar —susurró él, intentando mostrarse calmado.
Pero su corazón se había lanzado a una carrera desenfrenada. Rápidamente se
desnudó, dejando caer la ropa al suelo en su prisa por volver a ella. Después, se
inclinó sobre Tracy de nuevo—. Voy a quitarte los pantalones, Tracy —susurró—.
Quiero sentirte toda.
Ella no podía hablar. Intentó desabrochar su cinturón, pero sus dedos eran
torpes y Rick, demasiado impaciente. Apartando sus manos, él mismo desabrochó el
cinturón y le bajó el pantalón hasta los tobillos.

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Maureen Child – Un falso novio

La piel de color melocotón brillaba a la luz de la lámpara. Pero cuando los


pantalones cayeron al suelo, Rick se fijó en unos cardenales que estropeaban la
belleza de sus muslos.
—¿Qué te ha pasado? Estás llena de cardenales.
—Nada —sonrió ella—. Es que me choco con los muebles.
Rick sonrió, recordando el día que la había visto golpearse con la cómoda.
Inclinando la cabeza, paso la lengua por uno de los cardenales.
—Ay —musitó ella.
—Eso digo yo —dijo él con voz ronca, bajándole las braguitas.
El edredón sobre el que estaban tendidos era resbaladizo y Rick pensó en
apartarlo y tumbarla sobre las sábanas, pero no quería perder más tiempo. Lo que
quería, lo que necesitaba, era hundirse dentro de Tracy. Sentir la caricia húmeda y
caliente de su cuerpo.
Lentamente, empezó a acariciar sus muslos, sus caderas, su vientre… y después
deslizó la punta de los dedos hasta el triángulo de rizos rubios que terminaba entre
sus muslos. El cuerpo de Tracy parecía nacer a la vida bajo sus manos.
—Rick —susurró ella, acercándose más—. Necesito…
—Lo sé, cariño —susurró él, deslizando los dedos hasta su húmeda cueva—. Lo
sé. Los dos necesitamos…
Ella tembló violentamente al sentir el roce de los dedos masculinos. Rick inclinó
la cabeza para tomar su boca y saborear sus gemidos mientras hundía uno de sus
dedos dentro de ella. Tracy temblaba, apretándose contra él, clavándole las uñas en
la espalda.
Instintivamente, abrió las piernas para darle acceso y él se aprovechó. Una y
otra vez violaba su secreto, gozando inmensamente del roce de terciopelo húmedo.
Cuando él reclamó uno de sus pezones, Tracy se sujetó a su espalda como si
estuviera al borde de un precipicio y lo único que pudiera salvarla fueran los brazos
de Rick.
Pero cuando él empezó a chupar, aquella tenue sujeción se disipó. Tracy creía
estar volviéndose loca. Electrificada, se movía debajo del hombre. Sus manos
exploraban la musculosa espalda y se deslizaban hacia su pecho para acariciar el
vello oscuro que lo cubría.
Él la tocaba íntima, profundamente y ella levantó las caderas en un gesto
instintivo. Los dedos del hombre se movían, expertos, llevándola cada vez más alto,
hasta que no podía respirar.
Era como si hubiera esperado aquella noche durante toda su vida. Y el destino
parecía haber planeado que fuera Rick el hombre que la introdujera en aquel secreto.
Las sensaciones empezaban a hacerla perder el control. No podía pensar, pero le
daba igual. No necesitaba el cerebro para procesar lo que sentía.

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Maureen Child – Un falso novio

El pulgar de él rozó una zona increíblemente sensible y Tracy lanzó un gemido


ronco. Sentía escalofríos de anticipación.
—Rick, no puedo soportarlo más —susurró, aunque sabía que si él paraba en
aquel momento, se moriría—. Haz algo. Ahora.
—Sí, señora —sonrió él, colocándose sobre sus piernas abiertas.
El cuerpo del hombre presionaba contra su entrada y Tracy contuvo el aliento.
Cuando la penetró, dejo escapar un gemido y sintió que su interior se ensanchaba
para recibirlo.
Echando la cabeza hacia atrás, Tracy tuvo que sujetarse a la cama. Él estaba
dentro de ella. Llenándola. Era como si se hubieran convertido en una sola persona.
Dos cuerpos en uno solo.
La frente del hombre estaba perlada de sudor.
Rick la miraba con fiebre en los ojos, sin moverse, con los dientes apretados.
Entonces, ella empezó a mover las caderas sin saber lo que hacía, por instinto. El
cuerpo del hombre parecía estar tocando su alma.
Rick estaba apoyado sobre las manos y sus músculos estaban en tensión.
Lentamente, empezó a moverse sin dejar de mirarla a los ojos. El ritmo crecía. Las
embestidas eran cada vez más fuertes y Tracy gemía, entregándose.
El sonido del océano hacía eco en la habitación. Ella intentaba llevar aire a sus
pulmones hasta que sintió que iba a romperse como un cristal contra las rocas.
Aquello era mucho más glorioso de lo que prometían los libros. Todas las
novelas de amor que había leído pasaban por su mente en aquel momento. Las
descripciones de fuegos artificiales y explosiones internas, todo parecía pequeño en
comparación con lo que estaba sintiendo.
El deseo adolescente que había sentido por aquel hombre era como la llama de
una cerilla en medio de un vendaval, comparado con lo que Tracy estaba sintiendo
en aquel instante.
¿Cómo había ocurrido aquello? ¿Cómo un deseo adolescente se había
convertido en amor en tres días? Era imposible, se decía.
Tracy abrió los ojos y lo miró, perdiéndose en aquellos ojos verdes.
Estaba a punto de ocurrir. Lo sabía. Enredó sus piernas sobre la cintura del
hombre, atrayéndolo hacia ella con fuerza, mientras se preparaba para el clímax.
Entonces, él deslizó una mano entre sus cuerpos y cuando sus dedos rozaron su
parte más sensible, el cuerpo de Tracy explotó. Gritó el nombre de Rick y se sujetó a
él con desesperación mientras se dejaba mecer por ola tras ola de placer.
Sólo cuando ella dejo de gemir, Rick lanzó un grito ronco y se abandonó al
placer.

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Maureen Child – Un falso novio

—¿Tracy? —la llamó. Ella se movió y murmuró algo incoherente—. Vamos,


Tracy. Despierta. Tenemos que hablar.
—Tengo sueño —susurró ella, sin levantar la cara de su pecho—. Luego
hablamos.
Era tentador, pensaba Rick. En aquel momento, lo que más le hubiera gustado
era cerrar los ojos, abrazarla y dormir por primera vez en tres días.
Ella se apretó mas fuerte contra él, pasándole una pierna por encima. El deseo
volvía a despertarse en el hombre. ¿A quién intentaba engañar?, se preguntaba.
Mientras aquella mujer estuviera tumbada a su lado, ninguno de los dos podría
dormir. Apretando los dientes, hizo un esfuerzo para apartarse. Tenían que hablar.
—Tracy, despierta —insistió, con el tono que solía usar con sus tropas. Y,
asombrosamente, funcionó.
Aquellos ojos enormes y no tan inocentes después de aquella noche, se
abrieron.
—Hola —sonrió ella, acariciando su cara.
—Hola —dijo él, intentando ignorar el deseo que la caricia despertaba.
—¿Qué te pasa?
—Nada. ¿Cómo estás?
Tracy sonrió, estirándose perezosamente. El lánguido y excitante movimiento
era demasiado para él.
—Me siento… maravillosamente bien —suspiró ella.
—Me alegro —dijo Rick, saltando de la cama. Si quería hablar, tenía que
apartarse de Tracy—. Ella se siente «maravillosamente bien». Estupendo.
Desnudo, empezó a pasearse por la habitación. Después, se volvió para mirarla.
Inclinada sobre las almohadas, Tracy parecía una amazona esperando un
sacrifico de sus leales servidores. Sus bronceadas y largas piernas estaban cruzadas y
se había puesto los brazos detrás de la cabeza. Sus pechos erguidos parecían mirarlo,
orgullosos. Rick no entendía cómo podía aparentar tal tranquilidad desnuda y en
aquella posición.
Era culpa suya. Debería haber cuidado de ella, no hacerle el amor, se decía.
Debería haberse parado a pensar.
Pero, ¿cómo podría haberse imaginado que era virgen?
—¿Qué te ocurre, Rick?
—Nada. Solo que se te ha olvidado decirme que eras virgen.
—¿Te has dado cuenta? —preguntó Tracy, abriendo mucho los ojos.
—Pues claro que sí —contestó él. De hecho, al darse cuenta había estado a
punto de apartarse. Pero no había podido hacerlo. El asunto era que ella debería

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Maureen Child – Un falso novio

habérselo dicho. Rick no sabía si eso hubiera cambiado algo. Pero tenía derecho a
saberlo. Él no estaba acostumbrado a desflorar vírgenes.
Tracy abandonó su pose relajada y se sentó sobre la cama.
—¿Cómo lo has sabido? ¿Es que he hecho algo mal?
¿Mal?, pensaba Rick. En absoluto. Él nunca había tenido relaciones sexuales. él
nunca había hecho el amor de aquella forma. Nunca había sentido cada caricia de
aquella manera. Cada suspiro… Ninguna de sus experiencias podía compararse con
lo que había vivido aquella noche.
Porque en ninguna de aquellas experiencias se había involucrado su corazón.
Pero no pensaba decírselo a ella.
—Lo sabía, sencillamente. Pero deberías habérmelo dicho tú —dijo Rick,
mirándola a los ojos. Ella se encogió de hombros—. ¿Cómo es posible que una chica
de veintiocho años siga siendo virgen? —exclamó. ¿Cómo una mujer tan guapa y tan
inteligente podía seguir siendo tan pura como la nieve?, se preguntaba. ¿qué les
pasaba a los hombres? ¿Es que eran ciegos?
—Perdona —dijo ella, sarcástica, saltando de la cama—. Si hubiera sabido que
ibas a ponerte así, me habría pasado un par de días practicando con otro.
—¡No es eso lo que quería decir, maldita sea!
—Entonces, ¿qué has querido decir? —preguntó, con las manos en las caderas.
Ni siquiera Rick sabía la respuesta. Lo único que sabía era que tenía que apartar la
mirada para no ver el tentador cuerpo desnudo de aquella mujer—. ¿Es que te dan
miedo las vírgenes? ¿Es eso? Pues cálmate porque, gracias a ti, yo ya no pertenezco a
ese grupo.
—Las vírgenes no me dan miedo, señorita —gruñó él, en un tono que sus
subordinados habían aprendido a respetar—. Pero tú sí.
—Supongo que eso ha sido un piropo.
—Deberías habérmelo dicho, Tracy.
—Si te lo hubiera dicho, no habrías seguido adelante. Y yo quería que siguieras
—dijo ella, con una sonrisa en los labios—. No sé por qué estás tan enfadado. Si
alguien tiene derecho a estar enfadada, soy yo.
—Lo sé.
—Tú has hecho que una experiencia maravillosa se convierta en una pelea.
Rick levantó las manos y se las pasó por el pelo, más para apartarlas de ella que
para otra cosa. Tracy tenía razón. Lo que habían compartido le había tocado más
profundamente de lo que hubiera imaginado. Pero sabía bien que ella no había
considerado las posibles repercusiones.
Él sí lo había hecho. A toro pasado, pero lo había hecho, ¿Cómo podía haber
sido tan estúpido, tan poco cuidadoso? Él no era un adolescente con más hormonas
que cerebro. Él era un marine. Si entrase en combate como había entrado en la cama
de Tracy, habría muerto en el acto.

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Maureen Child – Un falso novio

—Muy bien, «señorita encantada de la vida»…tengo una pregunta para ti.


¿Estás tomando pastillas anticonceptivas?
—Como tú mismo has comprobado, yo era virgen… ¿para qué iba a tomar
pastillas?
Una sensación abismal se concentró en su estómago, como un agujero negro
que se lo tragaba todo. Tracy lo miraba sin darse cuenta de nada. Pero acabaría
haciéndolo. Y no tardaría mucho. De modo, que esperaría a que ella pusiera los pies
sobre la tierra.
Un momento más tarde, su paciencia se vio recompensada.
Los ojos de Tracy se abrieron como platos y se sentó sobre la cama, en silencio.
—¿Te sigues sintiendo «maravillosamente bien»? —pregunto Rick.

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Maureen Child – Un falso novio

Capítulo Ocho
—¡Bingo! —dijo Rick suavemente.
—¿Y no has usado…? —empezó a decir Tracy.
—No —contestó él, paseando por la habitación.
Tracy lo miraba guiñando los ojos, pero sin lentillas no podía ver nada
interesante. Aquel pensamiento hizo que se ruborizara—. Ha sido culpa mía. Soy un
idiota —estaba diciendo el—. No quería pensar, no podía pensar. No tengo excusa,
maldita sea…
—Así no ayudas nada —lo interrumpió Tracy. Como recompensa, Rick se
colocó directamente frente a ella—. Esto es tan culpa tuya como mía —insistió,
intentando pensar con claridad. Aunque era casi imposible después de las
sensaciones explosivas que acababa de experimentar. Su cuerpo le seguía pareciendo
el cuerpo de otra mujer—. Ni siquiera se me había ocurrido pensar…
—Lo sé —murmuró él, sentándose a su lado.
¿Lo que habían compartido le habría afectado a él tanto como a ella?, se
preguntaba Tracy. Le hubiera gustado, pero estaba segura de que no era así. Él no era
virgen y aquélla no era la primera vez que sus fantasías se hacían realidad.
Entonces, ¿por qué estaba tan alterado por no haber usado protección?
—Por curiosidad, ¿no llevas preservativos?
—Aunque tú creas lo contrario, yo no soy un semental en busca de conquistas
—contestó Rick.
Por el tono de su voz, Tracy adivinó que la pregunta no le había hecho ninguna
gracia—. No llevo preservativos en la cartera desde que tenía dieciocho años.
No sabía por qué, pero aquello hizo que Tracy se sintiera mejor. Al menos
sabía… ¿que? ¿Qué Rick no había pensado que los necesitaría estando con ella?
Aquello sí que era un cumplido.
—Yo creí que los marines siempre iban preparados.
—Esos son los boy scouts.
—Ah.
El incómodo silencio que siguió parecía una eternidad, pero no fueron más que
unos segundos. En aquel breve espacio de tiempo, Tracy consideró la posibilidad de
haber quedado embarazada.
Además de la lógica preocupación y ansiedad por comportarse de forma tan
estúpida, no podía evitar sentirse emocionada.

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Maureen Child – Un falso novio

Hacía tiempo que había abandonado la idea de tener hijos. Después de todo,
tenía veintiocho años y no era exactamente una rompecorazones.
Y, aunque la idea de ser madre soltera era en cierto modo descorazonadora, su
instinto maternal la hacía desear ponerse a dar gritos de alegría.
De repente, sintió un nudo en el estómago y se levanto para ponerse las gafas.
Pero, cuando vio a Rick sentado en la cama, desnudo, como una estatua griega,
pensó que debería haber permanecido ciega durante aquella conversación.
Aquel bronceado cuerpo masculino lleno de músculos la hacía perder el
equilibrio.
Tenía que admitir que estaba enamorada de Rick Bennet. Absurda, locamente
enamorada.
Siempre lo había estado.
—No vale de nada que nos preocupemos por algo que ya no podemos evitar —
dijo Tracy, después de aclararse la garganta.
—¿Qué hacemos entonces? ¿Olvidarnos del asunto?
No podían hacer eso y ella lo sabía. Y sabía que aquella noche iba a quedar
grabada en su corazón con letras mayúsculas. Incluso aunque, como imaginaba, no
hubiera quedado embarazada.
Pero no pensaba pasar por la humillación de contarle a Rick su secreto.
Intentando sonreír, se cruzó de brazos, pensando en lo ridículo que era
mantener aquella conversación estando completamente desnudos. Por supuesto, si
no hubieran estado completamente desnudos, la conversación no habría sido
necesaria.
—Lo único que digo es que no va a pasar nada —sonrió ella, intentando
mostrarse segura de sí misma—. Es muy poco probable quedar embarazada la
primera vez.
Rick se levantó de la cama y tomó su ropa del suelo.
—Me pregunto cuántas parejas a lo largo de la historia han querido consolarse
con esas mismas palabras —dijo mientras se ponía los vaqueros.

A la mañana siguiente, Rick se dirigía a la habitación de Tracy después de haber


tomado un café. Aunque no necesitaba cafeína para despertarse, porque no había
podido pegar ojo en toda la noche. ¿Cómo podía dormir después de cometer una
estupidez como la que había cometido?
Había estado despierto durante horas, recordando cada momento de aquella
noche con Tracy. Sus caricias, sus gemidos. Nunca se había sentido tan cerca de una
mujer. Aquella noche hacía que todo lo demás en su vida pareciera carente de
importancia.

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Maureen Child – Un falso novio

Le había dado miles de vueltas, intentando descifrar qué había ocurrido entre
los dos, pero no encontraba la respuesta. Si alguien le hubiera dicho unos días antes
que iba a encontrarse en aquella situación, se habría echado a reír.
¿Rick Bennet? ¿El maestro en el juego del amor, atrapado por una rubia medio
cegata?
Siempre había pensado que él era del tipo de hombre que nunca se casaba. Que
la vida militar era demasiado dura para una esposa. Y que ésas eran las razones por
las que había permanecido soltero durante tantos años. Pero empezaba a preguntarse
si la verdadera razón era que, hasta entonces, no había encontrado a la mujer
adecuada. Una mujer por la que estaba dispuesto a arriesgarlo todo. Una mujer que
le hacía pensar en cosas como un hogar… hijos.
¿Hijos?
Por Dios bendito. ¿Qué harían si Tracy quedaba embarazada?
No debía pensar en eso, se decía. Quizá ella tenía razón. Quizá no ocurriría
nada y podrían despedirse como si aquel viaje nunca hubiera tenido lugar.
Era raro, pero aquella idea no lo animaba en absoluto. Todo lo contrario.
Los recuerdos del día anterior daban vueltas y vueltas en su torturada mente.
La manera en la que el viento jugaba con su pelo, su forma de mirarlo cuando no
llevaba puestas las lentillas, su risa cristalina, sus gemidos. Ella le había tocado el
corazón.
¿Y qué demonios iba a hacer él al respecto?
Lo mejor sería meterla en el coche y llegar a Oregón lo antes posible, pensaba,
suspirando pesadamente.
La puerta de su habitación estaba abierta y la vio de espaldas frente al
acantilado, mirando el océano. Sus rizos rubios bailaban suavemente mecidos por el
viento. El jersey azul de cuello vuelto sobre pantalones del mismo color le sentaba a
la perfección. Cuando ella se dio la vuelta al oír sus pasos, Rick pensó que sus ojos
aquella mañana eran de un azul imposible.
La deseaba de nuevo, de una forma imperiosa y tuvo que echar mano de todo
su autocontrol para no envolverla en sus brazos y poseerla allí mismo. Empujando a
un lado su deseo, avanzó hacia ella como lo haría en un desfile militar.
—Buenos días —dijo Tracy.
—¿Buenos? —replicó él, malhumorado.
Rick estudiaba sus rasgos, buscando los signos de una noche en vela, pero no
los encontró. Aparentemente, Tracy había dormido de un tirón.
—Yo creo que sí —contestó ella, volviéndose para mirar el océano.
—Tracy…
—No hace falta que te disculpes otra vez —lo interrumpió ella, sin volverse—.
Además, te recuerdo que no estoy de buen humor por las mañanas.

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Maureen Child – Un falso novio

—Maldita sea, Tracy, ¿qué quieres que diga?


—¿Por qué tienes que decir nada? Somos dos adultos que han disfrutado de
una noche juntos.
—Eso es todo —replicó ella, mirándolo por fin. ¿Eso era todo? ¿Esa era la
espectacular noche que habían compartido?
No, Rick se decía a sí mismo. Era mucho más. Mucho mas y lo dos lo sabían.
—No pongas esa cara —dijo ella—. No voy a contárselo a tu madre ni nada por
el estilo.
—Estás muy simpática por las mañanas —murmuró Rick para sí mismo. Él
había estado despierto toda la noche y ella, no sólo había dormido como una niña,
sino que estaba bromeando sobre algo que a él lo había dejado convulso.
¿Era aquella una especie de justicia cósmica? ¿Estaba el destino pagándole por
todas las veces que se había tomado una relación como algo sin importancia?
—Además —dijo Tracy, interrumpiendo sus pensamientos—. Yo debería darte
las gracias.
—¿Qué?
—Sí —sonrió ella, apartándose el pelo de la cara—. Ahora que… ya tengo
experiencia, digamos, podré hacer que mi relación con Brad parezca más real.
—¿Brad? —repitió Rick. No sabía cómo había podido pronunciar aquel nombre.
En ese momento vio que ella se había puesto el anillo de diamantes y sintió un feroz
deseo de quitárselo y tirarlo al mar.
—Mi prometido, ¿recuerdas? Cuando hable de él ahora, podré convencer a todo
el mundo de que es real.
Rick no estaba seguro de si debía sentirse halagado o insultado. ¿Tracy iba a
usar su noche juntos para mentir sobre su novio imaginario?
Rick había sentido que la tierra se movía aquella noche y ella estaba usándolo
para su ridícula novela de amor.
El destino era muy juguetón.

Cuando llegaron al estado de Oregón, Tracy empezó a sentir mariposas en el


estómago. Miró a Rick para decir algo, pero él seguía con la misma expresión hosca
que había mantenido durante toda la mañana y prefirió no hablar.
Un inmenso bosque recorría el borde de la carretera pero, por primera vez en su
vida, Tracy no se sentía emocionada por el paisaje. Ni siquiera las viejas secuoyas
eran una distracción.
Pronto llegarían a casa. A Juneport. Y estarían rodeados de familiares y amigos.
Y aquel… interludio se habría terminado.

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Maureen Child – Un falso novio

La desilusión y la desesperanza empezaban a atenazar su corazón.


Iba a echar de menos a Rick. Echaría de menos estar a solas con él. Bromear y
reír con él.
Hacer el amor con él…
No podía dejar de pensar en ello. No podía dejar de vivir de nuevo cada roce,
cada susurro.
De repente, el bueno de Brad le parecía un petardo. ¿Cómo podría su marine
imaginario compararse con el auténtico? ¿Y cómo podía aparentar que amaba a ese
tal Brad, cuando el hombre al que amaba de verdad estaba a unos centímetros de
ella? No podía hacerlo. Era imposible.
—¿Sabes una cosa? —dijo, abruptamente—. He estado pensando.
—¿Sobre qué?
—Sobre Brad —contestó Tracy. Las facciones de Rick se tensaron—. He
decidido que no es marine. Es contable.
—¿Estabas pensando en él?
—Pues sí —contestó ella. Era mejor pensar en su novio de ficción que en uno
que parecía estar a punto de darle un puñetazo al parabrisas—. Prefiero que sea
contable.
—A mi no me parece buena idea —gruñó él.
—No te estoy pidiendo tu opinión —dijo Tracy—. Simplemente, creí que era
mejor decirte lo que había pensado para que lo supieras.
—No funcionará —dijo él, con los dientes apretados.
—¿Ah, no? ¿Y por qué no?
—¿Quién se va a quedar impresionado por una birria de contable?
—Bueno, no es una birria…
—Pero no es un marine.
—Es un contable muy importante —replicó ella.
—Un contable es un contable, por muy importante que sea.
—Mira, la verdad es que esto no es asunto tuyo.
—Pues debería serlo.
Tracy lo miró, confusa. Era una conversación rara, pero al menos era una
conversación.
—¿Qué quieres decir?
—Yo seré Brad —dijo Rick entonces.
Tracy lo miró durante unos segundos, como si estuviera viendo un
extraterrestre.

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Maureen Child – Un falso novio

—Tú no puedes ser Brad. ¡En Juneport te conoce todo el mundo!


—Diremos que yo soy tu prometido —suspiró Rick, quitándose las gafas de
sol—. Y Brad desaparece de la historia.
Tracy sintió un escalofrío. Un fin de semana con Rick, pensaba. Un fin de
semana de besos y abrazos, un fin de semana para vivir aquella fantasía loca en la
que Rick Bennet la amaba. Sólo un fin de semana, que valdría toda una vida.
Los ojos de Tracy se llenaron de lágrimas y tuvo que apartar la mirada. No
podía ser, se decía. Si vivía aquella fantasía con Rick, la vuelta a la realidad sin él
sería insoportable.
—No —dijo por fin.
—¿Por qué no? —preguntó él—. Tú misma has dicho que todo el mundo en
Juneport me conoce. Y un prometido de carne y hueso es mucho mejor que uno
ausente.
—Es una locura —murmuró Tracy. Una parte de ella deseaba decir que sí.
Deseaba decirle a todo el mundo que Rick le había dado el anillo y que le había
prometido un futuro lleno de amor. Pero la racional Tracy cruzó los brazos sobre el
pecho, obstinada—. Es absurdo.
—¿Y un novio imaginario no lo es?
—Ayer te parecía buena idea —replicó ella—. ¿Por qué ahora no te gusta? No
me has dicho una palabra en toda la mañana y ahora, de repente, te ofreces a ser mi
prometido. ¿Por qué?
—Un capitán de marines al que todo el mundo conoce es mejor que un contable
imaginario, ¿no te parece?
—Supongo que sí —murmuró ella.
—Vaya, gracias —sonrió él, por fin—. Pero ésa no es la única razón.
—¿Cuál es?
—Piensa en ello, Tracy —la sonrisa de Rick se había evaporado—. No puedes
ignorar la posibilidad de que puedes estar embarazada.
—No lo estoy.
—No lo sabes —insistió Rick, obligándose a sí mismo a mirar la carretera.
Había estado pensando en ello durante toda la mañana y por fin se le había ocurrido
aquella idea. Era la única solución—. Piénsalo un poco. Si estás embarazada, ¿qué le
vas a decir a tus padres? ¿que el padre del niño es ese Brad? —Tracy hizo una mueca
de angustia—. Tu hijo no puede tener un padre de mentira. Aunque sigas adelante
con tu plan de «romper» con tu prometido dentro de un mes, tus padres querrán
conocer a ese Brad en algún momento. Al fin y al cabo, será el padre del niño.
—Oh…
Y Rick iría al infierno antes que dejar que nadie pensara que su hijo era hijo del
imaginario contable.

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Maureen Child – Un falso novio

—Le diremos a todo el mundo que vamos a casarnos y después, aunque no


estés embarazada, puedes romper conmigo.
—¿Y si lo estoy?
Si lo estaba, no podrían romper. Rick se encargaría de ello. Pero sabía que no
era el momento de decírselo.
—Nos preocuparemos de eso cuando llegue el momento —contestó él,
aparentando tranquilidad.
—No sé… —empezó a decir ella, confusa.
—Es lo mejor, Tracy.
Al menos, pensaba Rick, no tendría que escucharla hablar de aquel Brad
durante toda la semana. Realmente, odiaba a aquel tipo.
Y además, no tendría ningún problema para convencer a todo el mundo de que
Tracy y él estaban prometidos. La atracción que sentían el uno por el otro era
evidente.
—¿Y qué le decimos a nuestras familias? —preguntó Tracy entonces. Aquella
pregunta era como un jarro de agua fría. Rick no había pensado en ello—. ¿No
deberíamos decirles la verdad?
—Esto cada vez se complica más —murmuró él.
Ir a pasar unos días a Juneport le había parecido una buena idea. Unos días
para pensar, para relajarse. Pero, en aquel momento, estaba más angustiado y
confundido que nunca.
—Dímelo a mí.
—Muy bien —dijo Rick por fin—. Les diremos la verdad. De todas maneras, no
iban a tragárselo.
—Vaya, muchas gracias —replicó Tracy.
Rick se mordió la lengua. Lo que había querido decir era que sus padres sabían
que era un solterón empedernido. Pero, a juzgar por la expresión de Tracy, ella lo
había tomado como un insulto.
Empezaban a tener los mismos problemas de comunicación que cualquier
pareja, pensó de repente.

Una hora más tarde, Rick paraba el coche frente a la casa de los padres de
Tracy.
—¿Estás preparada?
Tracy apartó la mirada del elegante edificio de dos plantas y lo miró. Rick había
adoptado su actitud de marine. La mandíbula firme, los ojos fríos, los labios
apretados.

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Maureen Child – Un falso novio

Desde luego, la viva imagen de un novio feliz.


Aunque, seguramente, ella no tenía mejor aspecto.
¿Cómo se habían complicado tanto las cosas en un periodo tan corto de
tiempo?, se preguntaba.
—Supongo que sí…
—¡Tracy!
Tracy se dio la vuelta y vio a Meg corriendo alegremente hacia el coche. Detrás
de ella iban sus padres y los padres de Rick. Aparentemente, las dos familias se
habían juntado para celebrar su llegada.
Tracy saltó del coche para abrazar a su hermana, pero se tropezó con un
aspersor escondido en la hierba y habría caído al suelo si Meg no la hubiera sujetado.
—Estás más guapa que la ultima vez —rió su hermana—, pero no has cambiado
mucho, ¿verdad, Tracy? Sigues tropezándote por todas partes.
—Es verdad —rió ella, mirando el aspersor—. ¿Cuándo ha instalado papá…?
—¡Dios mío! —exclamó Meg de repente, mirando el anillo de pedida en la
mano de su hermana pequeña—. ¡Estás prometida y no me habías dicho nada!
¿Quién es él? —Tracy tomó aire. Tenía que pensar algo rápidamente. Rick llegó a su
lado en aquel momento y Tracy le lanzó una mirada de socorro—. ¡No puede ser! –
exclamó Meg, a quien aquella mirada no había pasado desapercibida—. ¡No os lo
vais a creer! —gritó a sus padres y los padres de Rick, que acababan de llegar a su
lado—. ¡Rick y Tracy están prometidos!
Tracy miró a su hermana, después a su madre y después a la madre de Rick. La
cara de las tres mujeres irradiaba felicidad. Era horrible.
—Meg… —empezó a decir Tracy. Pero sus padres los habían rodeado y todo el
mundo se puso a hablar a la vez.
—Ya era hora —decía Dave Hall, abrazando a Rick.
—Papa… —intentó hablar Tracy.
—Desde luego que sí —decía Bill Bennet, dándole a su hijo un golpe en la
espalda.
—Mira, papá… —empezó a decir Rick.
Nadie estaba escuchando.
—Creí que nunca se iban a dar cuenta de que son perfectos el uno para el otro
—decía Patty Bennet, abrazando a su hijo.
Nancy Hall le dio a su hija un sonoro beso y Tracy miró a Rick, desesperada.
—Soy tan feliz, Tracy —decía su madre, con lágrimas en los ojos.

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Maureen Child – Un falso novio

Capítulo Nueve
—No puedo creer que sois novios y no me lo habéis dicho —estaba diciendo
Meg—. Y tú que me hiciste creer que la traías a Juneport solo para hacerme un favor
—añadió, mirando a Rick. A Tracy le daba vueltas la cabeza. O quizá era el mundo el
que estaba dando vueltas. Miro a Rick y éste le puso un brazo sobre los hombros—.
¿Desde cuándo sois novios?
La voz de su hermana parecía llegar desde muy, muy lejos. De hecho, Tracy
tenía problemas para entender algo en medio del barullo de voces.
Todo era tan raro. Mirando las caras familiares a su alrededor, Tracy intentaba
descubrir si estaban bromeando. Pero los ojos azules de su madre seguían húmedos
y Patty Bennet seguía mirando a su hijo como si acabara de ganar el Premio Nobel o
algo parecido. Sus padres, de pie en medio del salón, los miraban orgullosos y su
hermana no parecía capaz de estarse quieta.
—Espera que se lo cuente a mi marido —sonreía, apretando su mano.
—Lo sabíamos —dijo la madre de Rick—. Sabíamos que si pasabais un poco de
tiempo juntos, os daríais cuenta de lo que nosotros siempre hemos sabido.
—Que sois perfectos el uno para el otro —terminó la frase Nancy Hall,
limpiándose una lágrima.
¿La empollona y el guapo del instituto, perfectos el uno para el otro?
Rick la apretó contra él y Tracy agradeció el apoyo porque podría caerse
redonda en cualquier momento.
—Esto es maravilloso —decía su hermana, mirándolos como si ella fuera el
hada madrina—. ¿Cuándo es la boda?
Todo el mundo se calló en ese momento. Un perro ladró en alguna parte y
oyeron el sonido de una bicicleta.
Tracy miraba los cinco pares de ojos clavados en Rick y ella. Su familia. Las
personas a las que más quería en el mundo. ¿Cómo podía mentirles? ¿Cómo podía
haber imaginado por un momento que podría mentirles?
Tracy se apoyó en el pecho de Rick, mirando los ojos llorosos de su madre. La
verdad estaba a punto de salir de sus labios.
—Aún no lo hemos decidido —dijo Rick entonces.
El hechizo parecía haberse roto y todo el mundo empezó a hablar a la vez.
—En otoño —decía Patty Bennet.
—O en invierno —murmuraba Nancy Hall, con la mano en la mejilla,
pensativa.

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Maureen Child – Un falso novio

—Yo creo que en primavera sería perfecto —apuntó Meg, tomando a su madre
y a Patty por el brazo para volver a la casa—. Para entonces habrá nacido mi hijo y
podré comprarme un vestido que no sea una tienda de campaña.
La pequeña mentira estaba creciendo hasta tomar proporciones gigantescas.
Tracy hubiera deseado confesar en aquel mismo instante. Terminar con aquella
mentira antes de que fuera más adelante. Ni siquiera tenía que quedarse a aquella
estúpida reunión. Podía tomarse un par de Biodraminas, tomar el primer tren que
saliera de Juneport y volver a su casa para meterse en la cama y olvidar todo aquel
embarazoso episodio.
No tardaría más de diez o veinte años.
Tracy dio un paso para ir con ellas, pero Rick la mantenía firmemente sujeta a
su lado.
Con un último golpecito en la espalda, su padre y el de Rick se dirigieron al
garaje, probablemente para no tener que aguantar una larguísima discusión sobre los
detalles de la boda.
—No me lo puedo creer —murmuró Tracy cuando estuvieron solos.
—Es muy raro —asintió Rick.
Él no había apartado el brazo de su hombro y Tracy podía sentir la sólida y
firme presencia del hombre a su lado. Por un segundo, se dejó a sí misma disfrutar
del contacto, pero la magnitud de lo que acababa de ocurrir hizo que pronto volviera
a la realidad.
—Tenemos que hablar con ellos. Dentro de una hora, habrán hablado con el
párroco y estarán preparando los detalles de la ceremonia.
Rick miraba a las mujeres que entraban en la casa en aquel momento, como si él
tampoco diera crédito.
—Quizá lo mejor sería no decir nada —murmuró, mirándola.
—No podemos hacer eso —replicó ella, intentando no perderse en el verde de
sus ojos—. Habíamos acordado decirles la verdad.
—Lo sé —dijo Rick. Después, apartó la mano de su hombro y la tomó por la
cintura con toda la cara del mundo—. Pero míralo de esta forma. Ahora todo el
mundo en Juneport se enterará de que somos novios.
—Es verdad.
Eso era lo que ella quería, ¿o no? Volver a Juneport como una mujer nueva,
elegante, independiente, hermosa y con un novio enamorado.
Tracy sentía las manos de Rick en su espalda, apretándola contra sí. Su
respiración se agito cuando él la apretó contra su pecho. La luz del sol se filtraba a
través de las hojas de un roble sobre ellos. Sus ojos verdes brillaban. Sus brazos se
apretaban alrededor de su cuerpo hasta que Tracy creyó que se le iban a romper las
costillas.
Pero si seguía apretándola, no le importaba nada.

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Maureen Child – Un falso novio

—Rick —susurró ella.


—¿Sí? —susurró el también, inclinando la cara hacia ella.
—Los vecinos pueden estar mirando… –dijo ella, entreabriendo los labios.
Con una mano, Rick tomó su cabeza y enredó los dedos en su pelo.
—Que miren. Estamos prometidos, ¿verdad? —susurró, antes de tomar su boca.
Aquélla era la última oportunidad de Tracy. Podría apartarse, entrar en su casa y
decirle a sus padres que todo había sido una broma. O… podía estar prometida.
Durante un largo fin de semana, podría vivir la fantasía de ser la mujer a la que Rick
Bennet amaba—. ¿Verdad? —volvió a preguntar Rick a un centímetro de su boca.
—Sí —la voz de ella era un suspiro. Tracy dejó que el beso del hombre
interrumpiera sus pensamientos.

Rick entró en su dormitorio y lo encontró casi igual que cuando se había


marchado.
Tiró la bolsa de viaje sobre la cama, dio una vuelta por la habitación y se quedó
mirando los recuerdos de su juventud. En la pared seguía habiendo un banderín de
su última victoria como capitán del equipo de fútbol del instituto, al lado de un
poster de reclutamiento de los marines. Sobre un baúl que seguramente contenía los
libros y cuadernos del instituto, dos viejas pelotas de fútbol y una de baloncesto. Su
madre nunca tiraba nada.
Sonriendo, se acercó al espejo. Las fotografías que había colocadas en el marco
lo devolvían al pasado. Él y sus hermanos al lado del cacharro que Andy se había
comprado. Meg, el día de la graduación del instituto. Meg, Tracy y sus hermanos en
la playa.
Mirando la sonrisa de Meg, Rick intentaba recordar el amor que había sentido
por ella y que había creído que nunca terminaría. Pero no podía hacerlo. Sin darse
cuenta, sus ojos se habían deslizado hacia el retrato de Tracy.
Tracy. Descalza, con pantalones cortos y camiseta, el pelo sujeto en una coleta,
sonriendo. Con aquel aparato en los dientes.
Su corazón empezó a latir con fuerza.
Rick tomó aire y se acercó más a la fotografía.
Había crecido, desde luego. Diez años más tarde, era delgada, sofisticada,
elegante, pero la sonrisa era la misma. Y tenía tanta fuerza como para dejarlo sin aire
en los pulmones.
—¡Por Dios bendito! —murmuró, pasándose la mano por el pelo.

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Maureen Child – Un falso novio

—No sabes cuánto me alegro de que hayas decidido quedarte en casa —decía
su madre, mientras la ayudaba a subir el equipaje a su habitación.
—¿Y dónde iba a ir? —sonrió Tracy.
Nancy Hall se pasó la mano por el pelo y estudió a su hija durante unos
segundos.
—A un hotel. Con Rick.
—Ah —murmuró Tracy, ruborizándose.
—Quiero decir… bueno, no es lo que yo lo apruebe, pero después de todo estáis
prometidos. Hubiera entendido que…
—No, mamá —la interrumpió ella, quizá con demasiada prisa a juzgar por la
expresión sorprendida de su madre—. Rick y yo hemos decidido que queríamos
pasar estos días con nuestras familias.
Nancy Hall sonrió.
—Me alegro mucho, hija. Además, vive aquí al lado y podréis veros a todas
horas. Cuando Rick salía con Meg estaba todo el día… —pero no terminó la frase.
—No te preocupes, mamá —sonrió Tracy—. Yo también vivía aquí, ¿recuerdas?
—Claro —dijo su madre—. Ha pasado tanto tiempo, ¿verdad, hija?
Tracy vio que los ojos de su madre se llenaban de lágrimas y se acercó para
abrazarla.
—No llores, tonta.
Su madre se limpió las lágrimas y le dio un golpecito en la cara.
—Soy una sentimental —dijo, acercándose a la puerta—. Es que me hace tanta
ilusión que se case mi niña pequeña… —sonrió. Tracy sintió como si un cuchillo se
clavara en su corazón—. Estoy muy contenta por ti, Tracy. Tienes todo lo que
siempre habías deseado, un buen trabajo, una casa preciosa y ahora, a Rick.
—Sí —murmuró Tracy—. Todo lo que siempre había deseado.
—¿Te pasa algo?
—No —contestó ella rápidamente—. Es que estoy un poco cansada. Ha sido un
viaje muy largo.
—Descansa un poco antes de cenar —dijo su madre—. Estás muy guapa, Tracy.
El amor te sienta muy bien.
Después de decir eso, salió de la habitación.
El amor le sentaba bien.
Tracy no podía evitar preguntarse qué aspecto tendría cuando volviera a estar
sola. ¿La ropa nueva, los cosméticos y el moderno corte de pelo seguirían haciéndola
parecer guapa? ¿O se convertiría en calabaza al terminar la reunión en el instituto?

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Maureen Child – Un falso novio

Tracy se dio la vuelta para sentarse en el alféizar de la ventana, en el que había


pasado tantas horas soñando despierta durante su adolescencia. Fuera, las primeras
estrellas empezaban a iluminar el cielo.
Apoyándose en el cristal, miraba las casas y los árboles que habían formado
parte de su vida, pero no veía nada. Lo único que podía ver era la cara de Rick
Bennet. Intentaba decirse a sí misma que un fin de semana con él sería suficiente para
llenar los largos y solitarios años que la esperaban.

Era medianoche y Rick no podía dormir.


Quizá extrañaba aquella habitación, llena de recuerdos del pasado. O quizá era
recordar cómo había pasado la noche anterior, envuelto en los brazos de Tracy,
enterrado dentro de ella.
Estaba empezando a excitarse y tuvo que saltar de la cama para ponerse los
vaqueros. Necesitaba dar un paseo. Moverse. Sentir el aire fresco en la cara.
No debería haber ido a aquella reunión. Debería haberse quedado en la base, se
decía. En el campamento Pendleton, donde todo era tan sencillo. Blanco o negro.
Tenía sus deberes y los realizaba a la perfección.
A Rick le gustaban las cosas ordenadas. Prefería las líneas rectas. Tenía un
mapa de su vida y seguía el camino que se había trazado. Entonces, ¿qué significaba
aquel fin de semana?, se preguntaba.
¿Era una vuelta en el camino? ¿O algo más serio… más duradero?
Mientras se abrochaba los vaqueros, consideraba aquella última pregunta, pero
decidió pensar en otra cosa. Intentaba que su mente se concentrara en otros
pensamientos, pero la imagen e Tracy seguía apareciendo en su cabeza.
Ella lo había hecho recordar que su familia había vivido en bases militares y el
matrimonio de sus padres no se había resentido, todo lo contrario. Entonces empezó
a pensar en las parejas que vivían en Pendleton. Y por primera vez, tuvo que admitir
que a veces sentía celos cuando sus amigos volvían a casa con sus esposas… y él se
iba a la suya… a ver la televisión.
Un agujero se abrió en su interior cuando se dio cuenta de lo poco que, en
realidad, tenía en la vida. Una carrera satisfactoria y buenos amigos, desde luego.
Pero no tenía una mujer que lo esperase en casa.
Confuso, se puso una camiseta y la cazadora antes de salir a toda prisa de su
habitación. Mirando fugazmente hacia la habitación de sus padres, bajó la escalera
sin hacer ruido.
Los Bennet habían aprendido tiempo atrás cuales eran los escalones que crujían.
Con destreza, los evitó y salió de la casa en silencio.
Y el silencio lo recibió en la calle.

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Maureen Child – Un falso novio

La noche era fresca y húmeda. Las nubes cubrían el cielo iluminado apenas por
la luna y una neblina que llegaba del mar parecía cubrirlo todo con dedos
fantasmales.
Subiéndose el cuello de la cazadora, tomó la dirección contraria a la casa en la
que Tracy, con toda seguridad, estaría durmiendo a pierna suelta.
Los recuerdos lo asaltaban y su mente estaba inundada de imágenes. Todas
ellas de los tres últimos días.
Rick se paró en medio de la acera y se volvió para mirar la casa de los Hall, un
borrón casi escondido por la niebla. De alguna forma, en tres días, Tracy había
conseguido meterse en su piel.
No podía respirar sin pensar en ella. No podía dormir sin soñar con ella.
Antes de que se diera cuenta, se dirigía hacia su casa. Cuando entró en el jardín,
recordó las veces que había ido allí de noche para ver a Meg, pero no recordaba
haber sentido la misma urgencia que sentía en aquel momento.
Simplemente, tenía que ver a Tracy.
Inclinándose, tomó unas piedrecillas del suelo y empezó a tirarlas hacia la
ventana del segundo piso que sabía era su habitación.
El sonido de las piedras contra el cristal de la ventana le parecía una explosión,
pero no había respuesta. Tiró algunas más y, un poco más tarde, vio una luz a través
de las cortinas. Rick no podía apartar los ojos de la ventana y cuando vio a Tracy
asomarse, respiró tranquilamente por primera vez en toda la noche.
—¿Rick? —llamó ella en voz baja, colocándose las gafas sobre la nariz—. ¿Qué
estás haciendo? Rick sonrió. Tracy llevaba un camisón blanco de algodón y llevaba el
pelo sujeto con una coleta. Estaba guapísima y adorable. El deseo crecía en sus
entrañas, dejándolo sin aire en los pulmones. Y algo más profundo, más rico,
apretaba su corazón.
—Baja —susurró él.
—¿Ahora?
—Sí, ahora —rió él.
—Espera un momento —dijo Tracy, cerrando la ventana.
Rick se acercó a la puerta, recordando la última vez que había ido allí por la
noche. Meg y él iban a escaparse, pero ella se había echado atrás.
Años más tarde estaba de vuelta en aquella casa y esperar a la hermana de Meg
lo llenaba de una ansiedad que no había conocido antes.
Rick subió los escalones de dos saltos y estaba esperándola cuando Tracy salió
al porche.
—¿Pasa algo? —preguntó. Rick la tomo del brazo para llevarla a la parte más
oscura del porche.

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Maureen Child – Un falso novio

—Nada —contestó él, sentándola en el balancín de madera, a su lado. Estaba


temblando y la envolvió en sus brazos.
—¿Qué estás haciendo aquí a medianoche? —preguntó Tracy en voz baja.
—Pues… —empezó a decir él. Pues ¿qué? ¿No podía dormir pensando en ella?
No. Ni siquiera él mismo podía admitirlo y no pensaba decírselo a Tracy—. Hago
esto para darle realidad a nuestro compromiso. Seguro que nuestros padres esperan
que busquemos un lugar oscuro por las noches.
—Ah —susurró ella, acercándose un poco al hombre.
—¿Tienes frío?
—Un poco —sonrió Tracy—. Debería haberme puesto la bata.
Rick se alegraba de que no lo hubiera hecho.
El sencillo camisón de algodón era la cosa menos erótica que había visto nunca.
Y, sin embargo, en Tracy era más sexy que cualquier prenda de encaje negro.
Rick volvió a sentir que su pasión se despertaba. Por eso había ido allí aquella
noche. Quería revivir la noche anterior para saber si había sido real o solo una
reacción a la magia del momento.
Pero no era solo el deseo. Era un sentimiento nuevo y embriagador que lo
asustaba… y lo fascinaba a la vez.
—Bésame, Tracy —murmuró, con el pulso acelerado, deslizando una mano
hasta su cuello.
—Rick…
La niebla los cubría, envolviéndoles en una especie de manta blanca. Estaban
solos en medio de la oscuridad, en un mundo que sólo les pertenecía a ellos.
Ella volvió a temblar, pero aquella vez, Rick estaba seguro que no era de frío. Si
estaba sintiendo lo que él sentía, estaría quemándose por dentro. Él se estaba
consumiendo por un fuego que parecía crecer más fuerte cada segundo.
Cuando Rick inclinó la cabeza para tomar sus labios entreabiertos, sintió la
extraña impresión de que estaba en su casa. Al primer roce de la boca femenina en la
suya, su interior se tensó como un muelle. Ella se apretaba contra él, suspirando,
enredando los brazos alrededor de su cuello mientras él la colocaba sobre sus
rodillas.
Levantando la cabeza, la miró a los ojos. Allí tenía la respuesta que buscaba, se
decía a sí mismo mientras le quitaba suavemente las gafas y las dejaba en el suelo.
Era real. Los sentimientos que lo envolvían cada vez que se besaban eran reales
y abrumadores. Tracy le hacía pensar en un hogar. Le hacía desear cosas tan
absurdas como matar un dragón por ella. Le hacía desear ser todo lo que ella había
sonado.
Rick inclinó la cabeza para tomar con ansia su boca, su lengua, sus labios. No
podía saciarse de ella. El deseo, la pasión, lo tomaban al asalto como una invasión de
los marines. Pero también había ternura, dulzura, amor. Como lo habría hecho en

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Maureen Child – Un falso novio

una campaña militar, Rick respondía con todas sus fuerzas. Sus manos se movían
sobre el cuerpo de ella, que se apretaba contra él, restregándose contra su dolorido y
excitado sexo.
Rick lanzó un gemido ahogado y colocó la cabeza de Tracy sobre su brazo. Ella
no apartó los brazos de su cuello mientras apretaba sus pechos contra el torso
masculino, gimiendo suavemente.
Rick quería mas, necesitaba más.
Nunca había conocido un ansia tan incontrolable. Nunca había sentido un
deseo tan desesperado de conectar con una mujer. De poseerla, en cuerpo y alma. Su
corazón latía apresurado, su mente daba vueltas y su cuerpo pedía más.
Aun explorando su boca, deslizó la mano por su muslo, buscando los secretos
de su escondida caverna. Ella gimió dulcemente, apretándose contra el musculoso
cuerpo del hombre mientras sus lenguas bailaban un antiguo baile de seducción.
La oscuridad los protegía. La niebla envolvía sus cuerpos. Rick ahogaba sus
gemidos, protegiendo su privacidad mientras la exploraba con los dedos. Con la
respiración agitada, sintiendo los latidos del corazón de Tracy contra su corazón, él la
excitaba cada vez más. Sus caderas se movían bajo sus manos. Ella apoyó los pies en
el balancín y levantó un poco las caderas para que la acariciara más profundamente.
—Esto es una locura —susurró un poco después, con el aliento entrecortado.
Lo era y Rick lo sabía. De hecho, los tres últimos días habían sido
maravillosamente locos.
—¿Quieres que pare? —sonrió él.
—No —contestó Tracy—. No pares. No pares nunca.
—Nunca —susurró él, introduciendo primero un dedo y después otro dentro
de ella. Entrando y saliendo de su cueva, él la llevaba donde quería, urgiéndola a
buscar la satisfacción que él mismo deseaba—. Tómalo, cariño —dijo con un hilo de
voz.
Tracy jadeaba, sujetándose a sus hombros.
—Rick —musitó contra su pecho, mientras movía las caderas contra la mano
del hombre.
—Déjate ir, cariño —susurró él, mientras con el pulgar rozaba la parte más
sensible de su ser.
Tracy lanzó un grito ahogado. Sus músculos interiores se contrajeron y él sintió
la primera ola de placer. Su cuerpo temblaba. Rick la sujetó más fuerte mientras ella
enterraba la cara en su pecho para ahogar sus gemidos.
Y cuando había terminado y estaba muy quieta entre sus brazos, Rick le bajó el
camisón y la apretó contra sí. Una sensación de paz lo cubría mientras la abrazaba.
De alguna forma, su propio deseo se había saciado al saciar el de ella.
—No me puedo creer que hayamos hecho esto —susurró Tracy, unos minutos
más tarde.

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Él tampoco podía creerlo. Un marine haciéndole el amor a una mujer en el


porche de la casa de sus padres, donde cualquier podría haberlos visto… u oído.
Pero lo único que sentía era que se hubiera terminado.
—Yo no lo siento —susurró él, mirándola a los ojos.
—Yo tampoco —sonrió ella.
En respuesta, Rick la besó en la frente. El sonido de sus respiraciones era lo
único que escuchaban.
Él había querido saber si era real y tenía su respuesta, aunque no estaba seguro
de qué iba a hacer con ella.
Aparentemente, aquel compromiso de mentira estaba empezando a tener una
vida propia.

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Capítulo Diez
Tracy observaba a Rick hablando con su cuñado a través de la ventana.
Necesitaba tiempo para poner su mente en orden. Tiempo para pensar como podía
mirarlo sin ponerse colorada como una cría.
Pero Rick había aparecido en el porche de su casa por la mañana, preparado
para llevarla a la granja de Meg y John. Era un viaje corto y ella había ido diciendo
incoherencias durante todo el camino, sin darle oportunidad para hablar de lo que
había ocurrido entre ellos la noche anterior.
Una ola de calor subió a sus mejillas en ese momento. Era increíble pensar que
prácticamente habían hecho el amor en el porche de la casa de sus padres.
Tracy tembló al recordarlo, luchando para apagar la hoguera que parecía
encenderse en su cuerpo. ¿Qué le estaba pasando? Había pasado de ser virginal a ser
insaciable en menos de una semana.
—Oye, ¿puedes dejar de mirarlo por un segundo? —preguntó Meg, detrás de
ella. Tracy apartó la cara para mirar a su hermana. Meg Elevaba en la mano una
bandeja con dos tazas de café y dos trozos de pastel de chocolate—. Venga,
cuéntame. Tienes toda la vida para mirar a Rick.
Al menos tenía un par de días, pensaba Tracy, pero se sentó en el sofá al lado de
su hermana, intentando disimular.
Mientras Meg hablaba, ella miraba a su alrededor. El salón estaba muy limpio,
pero lleno de cosas. Había juguetes, muñecas, libros, zapatos y calcetines por el suelo
de madera.
Era la imagen de un hogar.
Si las paredes pudieran hablar, aquellas podrían contar secretos de besos,
abrazos infantiles y muchas risas.
En ese momento, Tracy recordó su dúplex: limpio, estéril, vacío. De repente,
sintió un nudo en la garganta y tuvo que parpadear para que las lágrimas no
asomaran a sus ojos.
Después de aquel viaje, le parecería aún más vacío.
—¿Te encuentras bien? —preguntó su hermana.
Tracy asintió y sonrió tímidamente.
—Claro. ¿Dónde están los niños?
—Los he mandado a casa de la madre de John —rió Meg—. Quería hablar
contigo un rato —añadió, apartando la larga melena rubia de su cara—. Con los
cuatro fantásticos alrededor, no hay tranquilidad posible.
Una punzada de envidia cruzó el corazón de Tracy. Su hermana tenía un
marido que la adoraba, una familia y un hogar encantador. Ella, por otra parte, tenía

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un dúplex de dos habitaciones, una larga lista de socios y tenía que inventarse un
novio para que la gente no sintiera compasión por ella.
Era curioso como dos mujeres criadas de la misma forma podían tener vidas tan
diferentes.
Tracy no podía evitar preguntarse cómo habría sido su vida si hubiera tenido la
seguridad que tenía su hermana cuando era adolescente.
—Los cinco magníficos, dentro de poco —dijo, acariciando el abultado vientre
de Meg. En ese momento recordó que ella misma podría estar embarazada. Y aunque
una parte de ella lo deseaba con todas sus fuerzas, tenía que admitir que había pocas
posibilidades.
—Sí —sonrió su hermana—. Es increíble, ¿verdad? Otro hijo. Supongo que
pensarás que estoy loca, pero es que me encantan los niños.
—No estás loca. Eres una madre maravillosa.
—Eso espero —susurró Meg, poniéndose la mano sobre el vientre.
¿Dudas? ¿Su hermana tenía dudas?
Meg miró la ventana tras la cual estaba su marido.
—A John y a mí nos encantan los niños y tendremos todos los que Dios nos
mande. Pero es que…
—¿Qué? —preguntó Tracy, olvidándose de su problema.
—Es una bobada —confesó Meg, dejando su tasa sobre la bandeja—. Si alguna
vez se lo cuentas a alguien, lo negaré y después contrataré a un matón para que te
quite de en medio.
—Te juro que no se lo diré a nadie —rió Tracy.
—Nunca te lo he dicho, pero siempre he tenido envidia de ti.
—¿Qué? —Tracy no había podido evitar una carcajada, porque lo que acababa
de decir su hermana era simplemente absurdo. Meg tenía todo lo que ella siempre
había deseado. Era imposible que la envidiase.
—No me malinterpretes. No cambiaría nada de mi vida. Estoy loca por John y
no me puedo imaginar la vida sin él… o sin los niños.
—¿Entonces?
—Pues… —empezó a decir Meg, colocando las piernas sobre el sofá— que de
vez en cuando, cuando los niños me vuelven loca, pienso en ti… sola en tu casa. Con
tu propio negocio. Clientes que te admiran —Meg se echo a reír—. Capaz de ir al
cuarto de baño y quedarte en él todo el tiempo que quieras.
—Pero tú tienes tantas cosas…
—Ya lo sé. Y estoy muy agradecida a la vida por ello. Pero, ¿sabes una cosa,
Tracy? —suspiró su hermana—. Tú tienes algo que yo siempre he querido —suspiró.
¿Qué podría ser?, se preguntaba Tracy, sorprendida—. Yo nunca fui buena en los

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estudios. Y tú eres tan inteligente. Sé que nunca te lo he dicho, pero siempre he


estado tan orgullosa de ti como papá y mamá. Y lo sigo estando.
Tracy miró a los ojos de Meg y vio allí una verdad que no había visto hasta
entonces. Las lágrimas amenazaban con aparecer de nuevo y parpadeó furiosamente
para evitarlo. Tenía el corazón encogido y se le había hecho un nudo en la garganta.
Se sentía orgullosa de sí misma y, por primera vez, miró a su hermana mayor y
se sintió como una igual. Quizá los viejos clichés se convertían en clichés porque eran
ciertos: «La hierba siempre parece más verde al otro lado de la valla».
Después de un largo y cálido abrazo, Meg se apoyó en el respaldo del sofá y
tomo su trozo de pastel.
—Bueno, háblame de ti y de Rick —dijo con la boca llena—. ¿Desde cuándo sois
novios y por qué no me lo habías dicho? —Tracy se quedó muda ante el repentino
cambio de conversación. Allí estaba su hermana, desnudando su alma ante ella,
invitando a las confidencias y ella tenía que mentir—. Y otra cosa. ¿Es tan bueno en la
cama como yo siempre había creído que sería? —preguntó, bajando la voz. Tracy se
puso colorada hasta la raíz del cabello al recordar la escena de la noche anterior. Y
junto a aquellas imágenes, llegaba un pensamiento muy alentador. Rick y su
hermana nunca… Tracy tuvo que sonreír—. Ah, ya veo que sí —rió su hermana,
acercándose mas—. Quiero detalles.

Rick le dio a John una llave inglesa y se apoyó en el capó mientras el otro
hombre se metía debajo del coche.
—Y Tracy y tú —estaba diciendo su amigo—. ¿Quién lo hubiera imaginado?
—Ya —murmuró Rick, incómodo, mirando la casa como si quisiera ver a Tracy
a través de la pared.
Sabía que ella había tratado de evitarlo durante toda la mañana. Por eso había
ido a buscarla muy temprano y la había esperado sentado en el balancín del porche.
Pero, claro, sentarse en aquel balancín nunca volvería a ser lo mismo.
No después de la noche anterior.
Rick tuvo que apretar los puños para controlar su respiración. No había podido
dejar de recordar lo que había ocurrido por la noche. No podía dejar de recordar el
momento en que ella se había derretido en sus brazos. Cuando el clímax la había
obligado a enterrar la cara en su pecho para disimular sus gemidos.
Rick deseaba aquello de nuevo. Quería sentir su corazón latiendo para él.
Quería sus sonrisas. Sus lágrimas. Su amor.
Rick esperó el familiar escalofrío que sentía cada vez que pensaba en aquella
palabra, pero cuando no llego estuvo a punto de sonreír. ¿Podía la vida de un
hombre cambiar de la noche a la mañana?

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Pero, ¿sería Tracy feliz con la vida nómada de un soldado profesional? ¿Podría
sobrevivir lo que sentían el uno por el otro?
—¿Podrá funcionar? —dijo en voz alta, sin darse cuenta.
—Claro que funcionará —dijo John, claramente insultado—. Este coche tiene un
par de problemillas, pero yo siempre consigo arreglarlo.
Rick sacudió la cabeza y miró a su amigo, que salía de debajo del coche.
—Siempre se te han dado bien los coches.
—¡Desde luego! —rió John, apartándose el pelo de la cara—.¿Recuerdas que
siempre arreglaba el tuyo, que era un trasto?
—Ese trasto mío te llevaba por todas partes, por si no te acuerdas –replicó Rick,
haciéndose el insultado.
—A mí y a tus hermanos –rió John. Después dejó de sonreír y se quedó
mirando al horizonte, como perdido en sus pensamientos—. Eran buenos tiempos,
¿verdad?
—Los mejores – asintió Rick aunque, en realidad, los mejores días con Tracy le
habían aportado más recuerdos que la mayoría de sus años en Juneport.
El sonido de un claxon interrumpió sus pensamientos y los dos hombres se
dieron la vuelta para mirar hacia la carretera.
—Vaya, ya están todos aquí –dijo John.
—Eso parece –sonrió Rick, acercándose a los dos hombres que habían saltado
del coche—.¿Qué demonios estáis haciendo aquí?
Andy Bennet miró a su hermano Jeff con cara de orgullo herido.
—¿Has oído eso? Nuestro hermano mayor no tiene ganas de vernos.
—Vaya, hombre. Es igual de orgulloso que todos los oficiales –rió Jeff.
—Sí. ¡Un momento! ¡Yo también soy oficial! –exclamó Andy.
—¿Le habéis quitado el coche a mamá? –preguntó Rick, abrazando a sus
hermanos.
—Sí. La hemos dejado atada en la despensa.
—Sí, claro –sonrió Rick.
—No ha hecho falta –explicó Andy, burlón—. Estaba en casa de los Hall,
planeando una boda de la que no nos habíamos enterado.
La boda. Rick frunció el ceño, pero entonces recordó que debía dar la imagen de
un novio feliz y volvió a sonreír.
—Yo no os cuento todo lo que hago.
—No me lo podía creer cuando me lo contó papá —dijo Jeff—. Tracy Hall era el
terror de tu adolescencia.
—Imagínate casarse con una chica que se llama Pecas —añadió Andy.

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—Yo he crecido —dijo Rick, dispuesto a defender a Tracy incluso de sus


propios hermanos—. Al contrario que vosotros.
—Yo paso. Mi segunda adolescencia es muy divertida —rió Jeff.
De repente, Andy miró por encima del hombro de su hermano y lanzó un
silbido. Allí, en el porche, estaban Tracy y Meg, mirando a los hombres.
—Parece que Tracy también ha crecido. Y mucho.
Rick empezó a pensar seriamente en matar a sus hermanos.

Los antiguos alumnos del instituto habían llegado a Juneport y la pequeña


ciudad costera parecía encantada. Los hoteles estaban llenos y las tiendas del puerto
hacían el negocio del año.
Rick compró comida para focas en el muelle y le dio una bolsa a cada uno de los
sobrinos de Tracy.
Los mayores salieron corriendo para ver a los graciosos animales y Jenny, la de
cuatro años, le dio la mano.
—¿Lamenta haberse ofrecido voluntario para esta misión, capitán? —bromeó
Tracy. La brisa fresca del mar movía su pelo y le daba un glorioso color a sus
mejillas. Estaba sonriendo y sus ojos brillaban de alegría. Era tan guapa que casi le
dolía mirarla. ¿Que si lamentaba estar con ella?, se preguntaba. En absoluto. Lo que
le dolería seria dejarla después de aquel viaje—. Es una aventura peligrosa —añadió,
señalando a su sobrino David, que se inclinaba peligrosamente sobre la barandilla
del muelle para darle de comer a las focas.
—Te recuerdo que soy un marine. El riesgo es mi profesión —bromeo él.
Aunque, tres horas más tarde, prefería enfrentarse al enemigo antes que volver
a llevar de paseo a los cuatro niños.
—Agotadores, ¿verdad? —reía ella mientras se sentaban en el muelle.
Rick miró a los cuatro críos, en aquel momento muy concentrados en comer
algodón de azúcar.
—No sé cómo lo hacen Meg y John.
—Supongo que le echan valor —dijo Tracy, limpiándole la cara a Jenny.
—Se te dan bien los niños —dijo él. Aunque aquello era decir poco. Tracy no
había tenido que enfadarse ni una sola vez en toda la mañana.
No había perdido el sentido del humor y no había gritado por horrible que
fueran las trastadas.
—Es fácil. Solo se necesita amor.
Ella lo hacía parecer muy fácil, pensaba Rick con admiración. Habían paseado
por el muelle, dado de comer a las focas, visitado cada uno de los servicios en un

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radio de tres manzanas, habían atrapado a David antes de que cayera sobre un bote,
comprado una camiseta para Becky después de que su hermano manchara la suya de
limonada. Y habían tenido que volver sobre sus pasos porque Jenny había perdido su
muñeca. Y sin embargo, Tracy no parecía cansada. Estaba tan radiante como lo
estaba a primera hora.
El amor, se repetía Rick a sí mismo. Tracy brillaba de amor. El amor le salía por
los ojos cada vez que miraba a aquellos niños y ellos respondían de la misma manera.
Los niños, pensaba Rick, eran más inteligentes que los adultos. Ellos aceptaban el
amor llegara de quien llegara, sin hacerse preguntas. Sin dudar.
¿Era él demasiado viejo como para aprender de un niño?
—¿En qué estás pensando? —preguntó ella.
—Estaba pensando en lo guapa que eres —contestó el—. Y en cuanto me
gustaría volver a sentarme contigo en un balancín.
Tracy se había ruborizado y tuvo que tragar saliva, incómoda.
Rick se dio cuenta de su incomodidad y la suya propia creció hasta
proporciones monumentales. La deseaba de nuevo y no podía hacer nada para
evitarlo.
—Rick…
Fuera lo que fuera lo que iba a decir, se perdió cuando su sobrino David
empezó a darse sonoros besos en la mano.
—Están hablando como en las películas —rió el niño.
Rick sonrió. Eran agotadores, pero tenían gracia.
—¿Yo no soy guapa? —preguntó la pequeña Jenny, tirando de su manga.
Sonriendo al ver la carita sucia de la niña, Rick la tomó en brazos y la sentó
sobre sus rodillas.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Tú eres incluso más guapa que tu tía Tracy.
La niña empezó a reírse, encantada y le dio un abrazo. El espontáneo regalo le
llego directamente al corazón. La inesperada dulzura de la cría lo había dejado sin
defensas.
Nunca en toda su vida había considerado la posibilidad de casarse y tener hijos.
Y, sin embargo, cuando miro a Tracy, no pudo evitar deslizar la mirada hasta su
vientre. En aquel momento, su hijo podría estar dentro de ella. Una diminuta y
milagrosa combinación de sus genes y los de Tracy.
Aquel pensamiento hacía que se sintiera humilde y aterrorizado a la vez. Y sin
embargo, lo llenaba de alegría.
Cuando volvió a mirarla a los ojos, se dio cuenta de que Tracy sabía en qué
estaba pensando. Ella lo miraba con una angustia en sus ojos azules y él deseaba

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reconfortarla. Le hubiera gustado hablar con ella sobre su vida, sobre sus sueños, sus
deseos, sus miedos, pero aquél no era el sitio ni el momento adecuado.
Se decía a sí mismo que debía ser paciente.
Tania tiempo. Mientras pasaba la mano por el pelo de Jenny, se preguntaba si
su hijo sería tan dulce como aquella cría.
Rick no la había visto sacarle la lengua a su hermano.
Estaba perdido en el mundo de los sueños.

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Capítulo Once
El viejo gimnasio no había aguantado bien el paso del tiempo.
El instituto era uno de los edificios más antiguos de la ciudad y sus paredes de
piedra parecían viejas y grises a la luz de la tarde. Viejas paredes cubiertas de posters
de colores chillones que anunciaban la reunión de antiguos alumnos, como una
anciana que llevara demasiado maquillaje.
Pero las voces de los miembros del comité llenaban el gimnasio de recuerdos.
Recuerdos de los tiempos en los que el instituto y los chicos que iban a él eran
adolescentes.
Tracy estaba subida sobre una escalera, intentando colgar una tira de papel de
celofán en el techo.
—Casi llego —decía, haciendo un esfuerzo—. Me falta un centímetro.
—¿Estás loca? —preguntó una voz desde abajo.
Tracy dio un respingo y soltó el papel que estaba intentando colgar, antes de
sujetarse con las dos manos a la escalera. Sólo cuando consiguió que su corazón
volviera a latir a velocidad normal, bajó los ojos para ver a Rick.
—Me has dado un susto de muerte —se quejó ella.
—Y tú a mí —replico él, haciéndole una seña para que bajara.
Rick había vuelto a poner cara de marine, pensaba Tracy. Y, por eso, decidió no
hacerle caso. Ella no era uno de sus subordinados. Aunque estuviera enamorada de
él, no pensaba dejarse mandar de aquella forma.
—Dame la tira de papel —pidió, alargando la mano.
—Baja de ahí. Yo lo haré.
Irritada, Tracy miró a la gente que pululaba por el gimnasio. No necesitaba más
cotilleos sobre ellos de los que había tenido que soportar.
Afortunadamente, nadie parecía haberse dado cuenta del incidente. Por el
momento.
—Casi he terminado.
—Desde luego que sí —dijo él—. No deberías estar subida a una escalera.
—¿Y por qué no? —preguntó ella, bajando la voz.
Rick se pasó la mano por el cuello, exasperado.
—Porque eres propensa a tener accidentes, ¿recuerdas?
—Eso no es verdad —contestó Tracy, a pesar de que aún le dolía la mano
derecha, que aquella misma mañana se había pillado con el cajón de la mesilla.

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Rick subió dos escalones y la escalera empezó a temblar bajo su peso.


—Bájate. Me voy a caer.
—No puedes pensar solo en ti, Tracy —susurró él, ignorando la orden—. ¿Qué
pasa si estás…?—Rick no terminó la frase.
Pero no tenía que hacerlo porque ella sabía perfectamente de qué estaba
hablando. A Tracy ni siquiera se le había ocurrido pensar en ello al subirse a la
escalera. Y para ser sincera, creía que no había necesidad de preocuparse. No podía
estar embarazada. Era imposible quedarse embarazada la primera vez… ¿O no?
—Vale. Ya bajo —murmuró. Cualquier cosa mejor que seguir con aquella
conversación en medio del gimnasio.
Rick se bajó de la escalera y la tomó por la cintura. Tracy tuvo que disimular la
ola de calor que le producía el contacto del hombre.
—¿Por qué no me habías dicho que ibas a venir al gimnasio? —preguntó él, sin
soltarla—. Te hubiera traído yo.
—Creí que te ibas de pesca con tus hermanos.
Rick sonrió. Meterse en un bote con sus hermanos le había parecido una idea
poco atractiva, comparada con pasar tiempo con Tracy. Por supuesto, cuando había
entrado en el gimnasio y la había visto subida a una vieja escalera que se vencía con
su peso, se había dado un susto de muerte. ¿No había tenido él oportunidad de ver y
contar cada uno de sus cardenales? Le gustaba su independencia. Le gustaba que
decidiera por su cuenta y que se involucrara de corazón en las cosas que hacía. Pero
le hubiera gustado que tuviera un poquito más de cuidado.
En aquel momento, mirando sus ojos azules, se preguntaba cómo iba a poder
vivir el resto de su vida sin ella. Él no estaría para cuidar de que no le pasara nada.
No estaría para curar sus heridas, no estaría para oírla reír. No estaría para abrazarla
por las noches o para despertar con ella por las mañanas.
Muy pronto estarían de vuelta en sus vidas de siempre, en sus vidas separadas
y el tiempo que habían pasado juntos no sería más que un recuerdo. Rick levantó una
mano y apartó un rizo de su frente. ¿Podría vivir sólo con su recuerdo?
¿Era eso lo que quería?
Pero, ¿qué otra cosa podía hacer? Tracy había aceptado aquel falso compromiso
con él a regañadientes. ¿Por qué iba a aceptar un compromiso de verdad?
De repente, su futuro le parecía negro y yermo.
—Rick, ¿me has oído?
—¿Pescar? ¿Cuando podía estar aquí colgando banderines de colores? —
bromeó él—. Dámelo, yo lo colgaré.
Tracy tomó la tira de papel dorado y le dio un extremo. Una vez que estuvo
colgada en la pared, Rick miró hacia abajo. Tracy estaba sonriendo.
—Se te dan muy bien las decoraciones.

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—Sí —sonrió el—. En la base, soy el rey de los banquetes de bodas.


Las últimas palabras parecieron quedarse en el aire durante mucho tiempo.
—Bueno, capitán —dijo Tracy por fin—, no se quede ahí parado. La reunión es
mañana y aun hay mucho trabajo. No podemos perder tiempo.
Pero eso era exactamente lo que estaban haciendo, pensaba Rick. Perder un
tiempo precioso. Estaban jugando a no ver sus sentimientos, cuando lo que deberían
hacer era aceptarlos y darle gracias a Dios por haberles abierto los ojos.
—Si, señora —dijo, sin embargo, saludándola militarmente.
Tracy soltó una carcajada y él grabó aquel sonido en su memoria.
Al día siguiente, la reunión, y después, los recuerdos sería lo único que tendría.

Al principio, había parecido una buena idea.


Dieciséis antiguos compañeros yendo al cine la noche anterior a la reunión.
Dieciséis adultos actuando como niños, tirándose palomitas de maíz, riendo y
hablando en susurros.
Rick frunció el ceño, deseando que Tracy y él estuvieran en otra parte… donde
fuera. Quería estar a solas con ella. Quería, bueno, quería muchas cosas.
En lugar de eso, pensaba disgustado, tenía que compartirla con la mitad de
Juneport. En la oscuridad, las imágenes de la pantalla hacían extrañas sombras sobre
las caras de sus antiguos compañeros. Rick no tenía ni idea de qué película estaban
proyectando.
Tracy estaba sentada a su lado y Rick vio que dejaba caer una lágrima. Era una
mujer con las emociones a flor de piel. Era… maravillosa.
Tracy se limpió la lágrima con la mano y, cuando él le pasó un brazo por el
hombro, dejó caer la cabeza sobre su pecho. Era tan sencillo. Tan natural.
Y, de repente, era como si estuvieran solos.
Sólo con Tracy. En el cine.
Un segundo después, su mano se había deslizado hasta la suave curva de su
pecho.
Tracy se apretó mas contra él, dándole permiso en silencio para continuar su
exploración.
En el oscuro cine, Rick deslizó la mano por debajo de su blusa blanca. Estaba
rozando el sujetador de encaje con la punta de los dedos y la sintió temblar. Como si
fueran dos adolescentes.
Rick temblaba también.
Cuando atravesó la delgada barrera que lo separaba de su piel, su dedo
encontró el suave pezón erecto. Rick tuvo que tragarse un gemido mientras el

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protagonista de la película mataba a unos cuantos. Tracy se movió en el asiento,


apretándose más contra él, a pesar de que se estaba clavando en el costado el brazo
del asiento.
Rick acariciaba el pezón con extremo cuidado. Tracy suspiraba suavemente y su
aliento rozaba el cuello del hombre. Él bajó un poco más la mano. Su piel era tan
suave, tan tentadora.
Aquello era una tortura para los dos… y su dolorido y erecto sexo empezaba a
amenazar con hacer estallar el pantalón.
Tragando saliva, Rick ignoró la película completamente y, con la mano libre,
empezó a acariciar sus labios. Tracy volvió la cara e, instintivamente, empezó a
chupar sus dedos.
El cine se oscurecía cada vez más porque, afortunadamente, era de noche en la
película.
El deseo era como una fiebre. Duro, caliente, exigente. Tenía que poseerla. Tenía
que enterrar su cuerpo en ella.
En aquel mismo instante.
—Vámonos —susurró, mirándola a los ojos. En medio de la oscuridad, podía
ver la misma fiebre en los ojos de ella.
—Sí —murmuró Tracy, levantándose.
Sus compañeros empezaron a gritar cuando Rick y Tracy salían por el pasillo
del cine. A toda prisa, cruzaron el vestíbulo y salieron a la calle para entrar en el
todoterreno.
Una vez dentro del coche se volvieron el uno hacia el otro y empezaron a
besarse, frenéticos. Se tocaban, se besaban, se mordían hasta que, jadeando, se
separaron y se quedaron mirando el uno al otro.
—¿Dónde podemos ir? —susurró Tracy.
—No lo sé —contestó él. Sabía que todos los hoteles de la ciudad estaban
ocupados y tenía que encontrar un sitio. Estaba desesperado—. Espera un momento,
ya sé.
Rick arrancó el motor con dedos nerviosos. Las luces de las farolas eran como
manchas amarillas en medio de una niebla que lo cubría todo.
—¿Dónde? —preguntó Tracy, aunque no le importaba. No había soltado la
mano de Rick, que conducía con una sola. Que fuera cerca, rezaba. Lo más cerca
posible.
Su corazón latía con fuerza y su pulso se había acelerado hasta dejarla mareada.
Nunca había sentido aquella necesidad, aquel deseo. Quizá había estado creciendo
desde la noche en el porche de la casa de sus padres. No lo sabía. Lo único que sabía
era que tenía que estar con Rick.
Tenía que sentir que era parte de él de nuevo. Lo necesitaba como necesitaba
respirar.

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Deseaba otro recuerdo de él, porque unos días mas tarde, habría desaparecido
de su vida.
Rick conducía a través de las familiares calles como un poseso. No había escape
para ninguno de los dos y ambos lo sabían.
De repente, soltó su mano y empezó a acariciarle la pierna. Levantando su
falda, deslizaba la mano por el bronceado muslo hasta llegar a la braguita de encaje.
Rick lanzó un gemido ronco al tocarla.
—Dios mío —susurró ella, levantando las caderas todo lo que el cinturón de
seguridad le permitía. Cerrando los ojos, dejó que aquellas increíbles sensaciones
bañaran su cuerpo.
—Tracy… —murmuró él, acariciándola entre las piernas—. Necesito tocarte.
—Yo también —consiguió decir ella con un hilo de voz—. Date prisa, Rick, date
prisa —añadió, echando la cabeza hacia atrás.
—Ya casi hemos llegado —dijo él, sin dejar de jugar entre sus piernas. Y
entonces metió la mano por debajo de la frágil barrera de encaje y empezó a
acariciarla con dedos sabios que aumentaban su hambre hasta casi hacerla estallar.
Tracy abrió los ojos cuando él dio un volantazo para entrar en el parque. La
oscuridad los rodeaba. Los árboles parecían gigantescas estatuas negras recortadas
contra la silueta del faro.
Y Tracy se dio cuenta de donde estaban… en la zona del parque que solían
llamar «el camino de los amantes». Él la había llevado a la zona más oscura donde
solo podía oírse el ruido de las olas que chocaban contra las rocas.
Después de desabrocharse los cinturones de seguridad a toda prisa, Rick la
ayudo a colocarse sobre sus piernas, de frente a él.
—Tracy —murmuró su nombre una y otra vez mientras tomaba su boca como
un hombre necesitado de aliento. Un segundo después, le quitaba la blusa con dedos
nerviosos y desabrochaba el sujetador para acariciar sus pechos. Ella arqueaba la
espalda, moviendo las caderas hacia él—. No puedo esperar, Tracy —murmuró,
chupando un pezón y después el otro—. Te necesito ahora.
—Yo también te necesito —dijo ella, levantando la cara del hombre con las
manos para mirarlo a los ojos—. Te necesito dentro de mí.
Rick lanzo un gemido, apartándola lo suficiente como para liberarse de los
apretados vaqueros y bajarle las braguitas. Después, buscó dentro del bolsillo del
pantalón, sacó un paquetito de aluminio y lo rompió con los dientes.
Tracy miró el preservativo y después a Rick.
—Creí que no llevabas preservativos —sonrió.
—Ahora sí —admitió él, mientras se lo ponía.
—Me gusta verte haciéndolo. Es muy sexy —susurró Tracy.
—Me alegro de que te guste —sonrió él.

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Maureen Child – Un falso novio

Las ventanillas del coche estaban llenas de vaho y les permitían tener al menos
la impresión de que estaban solos en el mundo. Y mientras su cuerpo duro y exigente
entraba en ella, Rick se dio cuenta de que no necesitaba a nadie en el mundo si tenía
a Tracy.
Ella era todo lo que deseaba. Todo lo que siempre desearía. Ella era,
sencillamente, todo.
No podía dejarla escapar. No podía volver a su frío y vacío mundo. Con riesgo
o sin él, necesitaba a Tracy. Quería tener la clase de matrimonio que sus padres
habían tenido. Quería hijos. Quería que el amor fuera el centro del universo. Y para
eso, necesitaba tener a Tracy.
Ella se movía arriba y abajo, con la cabeza hacia atrás, tomándolo cada vez más
profundamente. Él la empujaba cada vez más rápido, más fuerte, con más urgencia.
Tracy susurró su nombre cuando los primeros temblores empezaron a llegar y, unos
segundos más tarde, un clímax tremendo, abrumador los dejaba sin aliento.
—Te quiero —murmuró él, diciendo por primera vez en voz alta lo que nunca
se hubiera creído capaz de decir.
Ella se quedó muy quieta durante un segundo y después echó la cabeza hacia
atrás.
—No tienes que decir eso —murmuró.
—Ya sé que no tengo que hacerlo. Pero quiero hacerlo, Tracy. Te quiero.
Lentamente, Tracy se apartó y volvió a sentarse en su asiento.
—¿No crees que estás llevando esto un poco lejos? —preguntó mientras ambos
volvían a vestirse.
—Es verdad, Tracy, no es una broma —dijo él, tomando su mano—. Llevo
pensando en esto varios días. De hecho, no puedo dejar de pensar en ello. No quiero
perderte. Quiero que te cases conmigo, de verdad.
Durante un glorioso segundo, Tracy se permitió a sí misma creer aquello.
Después, la realidad volvió a aparecer ante ella.
—No me quieres, Rick —dijo, odiando aquellas palabras—. Tú amas a la Tracy
con la que has pasado unos días.
—Sí. Tú.
—Esa no es la Tracy real —dijo ella—. Yo no soy una mujer elegante y
sofisticada. Tú no querrías a la auténtica, la mujer que nunca se pone otra cosa que
no sean pantalones vaqueros. La que prefiere quedarse en casa leyendo un libro que
salir a tomar una copa.
—Yo sé lo que siento —insistía él. Un golpe en la ventanilla los interrumpió—.
Maldita sea —murmuró Rick, bajando la ventanilla—. Hola, Mike.
Un policía se inclinó sobre la ventanilla, sonriendo.
—¿No sois un poquito mayores para esto, Rick?

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Maureen Child – Un falso novio

Rick miró a Tracy antes de volver a mirar a su amigo del instituto.


—Y cada vez somos más viejos —sonrió.
—Un consejo: id a un hotel —dijo Mike. Tracy se tapó la cara con las manos y
Rick puso el coche en marcha—. Nos vemos en la reunión.
—No me lo puedo creer —murmuró Tracy.
—Mira el lado bueno. Podría haber llegado hace cinco minutos.
—Mañana lo sabrá todo el mundo.
—Me alegro —dijo Rick—. Quiero que todo el mundo sepa lo que siento por ti.
Quizá entonces me creas.

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Maureen Child – Un falso novio

Capítulo Doce
Los globos y las tiras de colores en el gimnasio animaban a sentirse de nuevo
adolescentes. Una increíble recopilación de música de los años sesenta y setenta
sonaba por los altavoces y había largas mesas llenas de comida y bebida para todo el
mundo.
La gente bailaba en la zona reservada para pista de baile, hablaban sobre los
viejos tiempos y reían recordando anécdotas.
Era una fiesta estupenda.
Entonces, se preguntaba Tracy, ¿por qué no lo estaba pasando bien?
Porque, se contestaba a sí misma, Rick no había llegado.
Quizá no iba a ir, se decía. Quizá después de la noche anterior, lo que quería era
alejarse de ella.
Y quizá, le decía una vocecita por dentro, eso sería lo mejor. Aunque estaba
deseando volver a verlo, ¿no sería más fácil para los dos si se separasen aquel mismo
día?
La angustia que le producía aquel pensamiento hacía que, de repente, su plan y
aquella reunión le parecieran algo terriblemente infantil.
Ni siquiera le importaba su precioso vestido de seda azul. Lo había comprado
para impresionar a gente a la que apenas recordaba. Había querido causar impresión,
romper el capullo y ser la mariposa que siempre había querido ser.
Pero la mariposa estaba atrapada en una red.
Tracy miró alrededor. Las caras no eran más que un borrón, las risas y las
conversaciones carecían de importancia para ella. Le dolían los pies, aprisionados en
unas sandalias de tacón imposible y su sonrisa era tan poco real como el anillo de
diamantes que llevaba en el dedo.
Podría haber sido real, se decía a sí misma, recordando lo que Rick le había
dicho la noche anterior. Tracy tomó aire, recordando la momentánea explosión de
alegría que había sentido antes de que la realidad se abriera paso.
Tracy podía ser nueva en las lides de amor, pero sabía lo que era una
proposición inducida por la pasión. En otras circunstancias, Rick no le habría pedido
que se casara con él.
Alguien la empujó por detrás y, cuando se volvió, se encontró con una cara que
le resultaba familiar. Cuando miró la etiqueta que llevaba pegada al traje, como todo
el mundo en la fiesta, vio que su nombre era Dennis Thorn.
Mientras ella se quedaba pensando, él leyó su nombre y de repente volvió a
mirarla, sorprendido.

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Maureen Child – Un falso novio

—¿Tracy Hall?
—Sí —contestó ella—. Dennis, de la clase de biología —dijo entonces,
recordando. Además de ser el capitán del equipo de baloncesto y el rompecorazones
del instituto.
—Estás guapísima —dijo, levantando la voz, para que pudiera oírlo por encima
de la música—. No te habría reconocido sin la etiqueta.
—Gracias —dijo Tracy, haciendo una mueca.
—Perdona, no quería decir…
—Ya. Entiendo —sonrió ella, haciéndole un gesto de despedida. Sabía
exactamente a qué se refería. A lo mismo que todo el mundo.
Debería estar contenta, se decía. Aquella era la reacción que había esperado. Y,
sin embargo, no le importaba nada. De nuevo, la gente la juzgaba por su apariencia.
Nadie veía a la «auténtica» Tracy, nadie veía a la mujer que había dentro.
Tracy decidió tomar un refresco y se abrió paso entre un montón de gente.
—Ha muerto, no sé si lo sabes —estaba diciendo un hombre.
—Sí. Danny también.
—¡No!
Tracy se apartó de allí en cuanto pudo.
—Está horrible, ¿verdad? —comentaban unas mujeres.
—¿Qué esperabas? ¡Creo que se ha hecho la cirugía usando cupones de
descuento!
Tracy hizo una mueca y siguió andando hasta colocarse detrás de unas chicas
de su edad.
—¿Dónde está su prometido? Eso es lo que me gustaría saber.
—¿No deberían haber venido juntos?
Tracy se mordió los labios. Estaban hablando de ella. Deberían haber ido juntos
a la reunión, pero ella había llegado demasiado pronto. Y se había pasado todo el
tiempo buscándolo. No era solo una cobarde, sino una cobarde con poca lógica.
—Sabía que era mentira —estaba diciendo la mujer—. Rick Bennet no podía
casarse con una hortera como Tracy Hall. Me da igual que ahora esté guapa.
Tracy sintió que le fallaban las piernas, pero aun así se quedó escuchando lo
que aquellas cotillas tenían que decir.
—Él es un oficial de los marines, por favor. Necesita una mujer que sepa hacer
algo más que manejar un ordenador.
—Pero… —empezó a protestar su amiga.
—Después de todo, una empollona siempre es una empollona.

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Maureen Child – Un falso novio

Una risa chillona siguió a aquel comentario y Tracy se apartó, con el corazón en
la garganta.
Tenía que salir de allí. Lo que esa mujer había dicho era lo que ella misma
pensaba.
Murmurando disculpas entre la multitud, Tracy intentaba buscar la puerta del
gimnasio, pero antes de que pudiera escapar, alguien la tomó del brazo.
—¿Tracy Hall? ¿Eres tú? —dijo una voz. Imaginando que tendría que escuchar
algún otro cumplido sobre que no parecía la misma persona, Tracy se volvió y se
encontró frente a Janelle Taylor, la chica más guapa del instituto—. Meg me había
dicho que estabas cambiadísima, pero esto es increíble.
—Gracias, Janelle —murmuró ella—. Tú también estás muy bien.
La mujer soltó una carcajada y se dio un golpecito en las caderas.
—Gracias, pero tres hijos han terminado con mis días como reina de la belleza.
—¿Tres? Enhorabuena —dijo Tracy, con la primera sonrisa auténtica de la
noche.
—No me animes —la advirtió Janelle—. Puedo empezar a sacar fotografías a la
mínima provocación —advirtió. Dos o tres chicas se acercaron a ellas mientras
hablaban—. Meg me ha contado que tienes tu propio negocio. Ordenadores,
¿verdad?
—Sí —contestó Tracy, mirando incómoda al inesperado público.
—Eso es estupendo —dijo una de las chicas—. A mí me encantaría tener mi
propio negocio.
—¿Qué haces, diseñas programas?
Sorprendida, Tracy miró de una a otra y se dio cuenta de que estaban
genuinamente interesadas en ella. No en su compromiso con Rick, ni en su nuevo
aspecto. «En ella».
Por fin, se relajó un poco y les habló de su último programa.
—¿Lo has hecho tú? ¡Ese programa le ahorró a la empresa de mi marido miles
de dólares! —dijo una de ellas, boquiabierta—. Tengo que decirle quién eres —
añadió, buscando a su marido con la mirada.
—No sabrá mi nombre. Hay mucha gente que diseña programas.
—Sí —bromeó la mujer—. Bill Gates, por ejemplo. Y no le va nada mal.
Tracy sonrió. Era cierto. Diseñar programas de ordenador era algo que no todo
el mundo podía hacer.
—Fíjate, es guapísima, tiene una carrera profesional y va a casarse con Rick
Bennet. La vida no puede ser más perfecta —dijo otra de las chicas.
Una sonrisa triste cruzó sus labios. Su vida no era perfecta. No lo era la vida de
nadie. Pero nunca antes se había dado cuenta de que su vida era interesante.
Importante. Para ella y para los demás.

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Maureen Child – Un falso novio

Brad, su novio imaginario, le parecía una tontería en aquel momento. No


necesitaba ningún hombre para sentirse bien. Ella había levantado su propio negocio
desde cero. Tenía una bonita casa, buenos amigos, una familia que la adoraba.
¿Qué más podía pedir?
Rick, le contestó una vocecita por dentro.
Pero incluso sin Rick, se decía a sí misma, su vida era interesante. Un poco
solitaria, desde luego, pero una vida de la que podía sentirse orgullosa.
Rick apareció tras ella a tiempo para oír el final de la conversación. Llevaba
media hora intentando llegar hasta Tracy, pero le habían parado todos sus
compañeros de clase. Un hombre vestido de uniforme siempre llama la atención.
—Tracy —sonrió Janelle, mirando a Rick—. Me parece que este chico quiere
sacarte a bailar.
Cuando Tracy se dio la vuelta, el resto del mundo desapareció para Rick. El
azul del vestido se reflejaba en sus ojos, aquellos ojos imposiblemente hermosos. Ella
lo había estado evitando desde la noche anterior y, al verla de nuevo, se había
quedado sin habla.
—Baila conmigo, Tracy —dijo él, cuando pudo encontrar su voz. Ella asintió y
Rick la tomo de la mano para llevarla a la pista de baile. Una balada de los sesenta
sonaba por los altavoces—. Teníamos que haber venido juntos, ¿recuerdas? ¿Por qué
has venido sola?
—Me pareció lo mejor —contestó ella, sin mirarlo.
—¿Para ti?
—Para los dos.
—Estás guapísima —susurró él.
—Gracias.
—Te quiero.
Ella levantó la cabeza para mirarlo. Había dolor en sus ojos.
—No, Rick, por favor.
—Quiero casarme contigo.
A su alrededor, multitud de parejas bailaban, perdidos en su propio mundo,
ajenos a lo que ocurría a su alrededor.
—No hace falta —musitó Tracy—, Ya te he dicho que las posibilidades de que
yo esté… bueno, ya sabes, son muy pequeñas.
—Eso no tiene nada que ver —replicó él. Si Tracy estaba embarazada, desde
luego asumía su responsabilidad. Pero era más que eso, quería formar parte de la
vida de Tracy. No había esperado enamorarse como lo había hecho, pero era así y
ella tenía que creerlo.

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Maureen Child – Un falso novio

Tracy intentó apartarse, pero él la apretaba con fuerza, asustado de que si la


dejaba ir en aquel momento, la perdería para siempre. Y durante los últimos días,
había descubierto que su vida estaba vacía sin ella.
De que tenía que arriesgarse.
Si pudiera convencerla de que arriesgara su corazón con él, pensaba.
—Te quiero, Tracy —repitió.
Ella negó con la cabeza y Rick creyó haber visto la sombra de una lágrima en
sus ojos.
—No. No es verdad.
Obstinada. Testaruda. Rick la apretó más fuerte contra sí.
En ese momento, la música paró abruptamente y un hombre subió al escenario.
De nuevo, Tracy intentó escapar, pero Rick no se lo permitió. No se lo permitiría ni
en aquel momento, ni nunca.
—Buenas noches a todos —anunció el hombre por el micrófono—. Es hora de
hacer las presentaciones. Todo el mundo ha votado y ahora hay que decir el nombre
de los ganadores. Los congregados empezaron a aplaudir, acercándose alegres al
escenario. Tracy se había colocado delante de Rick y él la tomó por la cintura.
No pensaba abandonar. El futuro de los dos estaba en juego.
Cuando la ceremonia terminara, la llevaría fuera para hablar. Tenía que
encontrar la forma de convencerla de su amor. Tenía que hacerla creer.
Los siguientes minutos pasaron rápidamente, mientras en el escenario se
entregaban los galardones al graduado más antiguo, al más joven, al que mas viajes
había realizado y otros más.
—Ahora, el trofeo para el graduado que más ha cambiado —anunció el hombre
entonces, haciendo una pausa para crear expectación—. ¡Tracy Hall!
Tracy se irguió, sorprendida y miró alrededor.
Todo el mundo estaba dándole la enhorabuena.
La gente aplaudía, haciéndole sitio para que subiera al escenario y Rick tuvo
que soltarla, a su pesar. Lentamente, subió los escalones para recibir su galardón.
Todo el mundo la estaba mirando. Tracy tomó el pequeño trofeo con manos
temblorosas y se colocó frente al micrófono para dar las gracias.
Veía caras familiares, a sus padres, a su hermana, a la familia de Rick. Y por fin,
a Rick. Estaba guapísimo con el uniforme. Alto, orgulloso y tan atractivo que se le
rompía el corazón.
Cuando él sonrió, Tracy supo lo que tenía que decir.
Se aclaró la garganta, rezando para que la voz le respondiera.
—Gracias. Pero creo que no me merezco este premio —empezó a decir. Podía
escuchar murmullos de incredulidad entre sus compañeros—. La verdad es que no

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Maureen Child – Un falso novio

he cambiado en absoluto. Bajo este precioso vestido y debajo del maquillaje, sigue
estando Tracy, la empollona —añadió, tomando aire para darse fuerzas—. Sois
vosotros los que habéis cambiado. Todos vosotros. Supongo que es normal. Nos
hemos hecho mayores. Hemos dejado de clasificar a la gente y empezamos a
mirarnos unos a otros solo como seres humanos —los murmullos arreciaban, pero
Tracy no se dejó amedrentar—. Yo… quería volver a está reunión siendo diferente.
La nueva Tracy Hall. Pero al final me he dado cuenta de que la antigua Tracy es
suficientemente buena para mí —siguió. En ese momento, sus compañeros
empezaron a aplaudir y ella sonrió, nerviosa. Después, miro hacia Rick para terminar
la confesión—. Y ya que estoy siendo sincera, tenéis que saber algo más. No estoy
prometida con Rick Bennet. Quería impresionaros a todos, así que me inventé un
novio —aquella última confesión había dejado a todo el gimnasio en silencio—. Rick
se ofreció voluntario y… bueno, las cosas se me escaparon de las manos —terminó.
El trofeo se le clavaba en las palmas de las manos. Tracy empezó a bajar los escalones
del escenario. Nadie hablaba. La confesión era buena para su alma, pero terrible para
su corazón.
Y entonces, alguien empezó a aplaudir. Un aplauso único que cada vez era más
fuerte. Era Rick.
La gente se apartaba para dejarle paso y Tracy se quedó parada un momento,
sin saber qué hacer.
—Cásate conmigo, Tracy —dijo, cuando estuvo a su lado.
—Rick… —empezó a decir ella. De reojo, podía ver las caras de alegría y
sorpresa de sus compañeros.
—Cásate conmigo —repitió él, más alto—. Estoy enamorado de ti.
—Ni siquiera me conoces, Rick —dijo ella, resignada a mantener aquella
conversación con publico—. No puedes estar enamorado de mí.
—Estás equivocada —sonrió él—. Te conozco. Y me encanta que sepas el
nombre de las camareras y que les hables como si fueran amigas. Me encanta que
seas tan dulce con los niños. Me encanta que me enseñes a ver la belleza del mar. Tu
risa calienta mi corazón y tus lágrimas me lo rompen —seguía diciendo él, como si
estuvieran solos. Tracy sintió un escalofrío—. Me encanta que pongas hielos en tu
sopa para enfriarla. Me encanta que te pongas las gafas porque te hacen daño las
lentillas. Y me encanta que tu idea de un buen libro sea un manual sobre microchips.
Aquella última frase pareció despertar a los invitados de una especie de trance.
Hubo risas y aplausos. Incluso Tracy rió. Algo cálido y maravilloso se había instalado
en su corazón.
Rick no sólo había visto su apariencia de mujer atractiva y elegante. La había
visto a ella. La amaba a ella.
—Me conoces —murmuró Tracy, con la voz rota.
—Yo creo que sí —dijo él, mirándola a los ojos con ternura—, Me gusta quien
soy cuando estoy contigo. Me encanta lo que somos cuando estamos juntos. Te
quiero, Tracy. Y tú me quieres a mí —añadió, tomando su mano para quitarle el

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Maureen Child – Un falso novio

anillo que llevaba y ponerle el que él mismo había comprado. Una banda de oro
blanco con un zafiro rodeado de diamantes—. El zafiro me recuerda tus ojos.
—Oh, Rick… —todo el mundo estaba expectante, pero Tracy no se daba cuenta
porque sólo podía ver a Rick. Había encontrado su futuro escrito en los ojos del
hombre y, en silencio, le daba gracias al destino que la había llevado hasta aquel
momento mágico—. Yo también te quiero. Y quiero casarme contigo.
—Recuerda esa frase —advirtió el, con una sonrisa.
La audiencia del intercambio romántico pareció suspirar al unísono.
Tracy asintió. En menos de una semana había encontrado al amor de su vida.
Lo que había empezado como un plan ridículo se había convertido en un futuro
nuevo. Uno que estaba deseando empezar.
—¿Quién necesita a Brad? —rió Tracy.
Rick la tomó en sus brazos para ayudarla a bajar del escenario y los dos se
fundieron en un beso que dejó a la mitad de los congregados suspirando de envidia.
Un aplauso sincero retumbo en el gimnasio.
—.¿Y quién es ese Brad? —creyó escuchar Tracy mientras enredaba los brazos
alrededor del cuello de Rick y se abandonaba a la magia que había nacido entre ellos.

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Maureen Child – Un falso novio

Epílogo
Campamento Pendleton, hospital de la base.
Ocho meses y tres semanas después.

—Vamos, Tracy —la animaba el médico—, un empujón mas.


—No puedo —gemía ella, exhausta, apoyándose en los brazos de su marido—.
Estoy muy cansada.
—Puedes hacerlo, Tracy —murmuró Rick, apartándole el pelo de la cara—.
Tienes que hacerlo.
—No, no puedo —insistió ella—. Me rindo.
—No puedes rendirte, cariño. El niño está a punto de nacer.
Nadie sabía aquello mejor que Tracy. La siguiente contracción estaba
empezando y ella la esperaba con agonía.
Tracy tomó aire y alargó la mano para acariciar la mejilla de Rick…
Llévame a casa.
Él besó la mano y la miró con ternura.
—No puedo, mi amor. No hasta que termines.
—He cambiado de opinión —dijo ella, mirando al ginecólogo—. Quiero una
epidural. O una cesárea. O un golpe en la cabeza.
—Demasiado tarde —explicó el doctor—. Tu niño está a punto de nacer, Tracy.
—¿Lo ves? —sonrió su marido, besándola en la frente—. Un empujón más y
tendremos a nuestro niño.
—Estoy agotada —se quejó ella. Después de largas horas de parto, lo único que
deseaba era dormir.
—Puedes hacerlo, Tracy —insistió Rick.
El dolor empezaba de nuevo, extendiendo sus tentáculos por todo su cuerpo.
Tracy lanzo un gemido, sabiendo bien lo que la esperaba.
—No puedo.
—Puedes —Rick veía el cansancio en sus ojos y lo compartía. Después de ver a
la mujer que amaba sufrir toda la noche, lo único que deseaba era sacarla de aquella
cama y llevársela a su casa. Protegerla. Cuidar de ella. Pero aquél no era momento
para simpatías. Como marine, sabía que a veces lo que sus soldados necesitaban era
una buena patada. Metafóricamente hablando, se entiende—. ¿Te acuerdas aquella
noche en el motel cuando te dije que estabas embarazada? —preguntó, bajando la
voz. Ella asintió—. Yo tenía razón, ¿verdad?

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Maureen Child – Un falso novio

—Nunca vas a dejar que me olvide de eso —sonrió ella débilmente.


Y tenía razón, Un marido tenía que aprovechar cualquier ventaja.
—Pues ahora también tengo razón, cariño. Vamos, otro empujón y podremos
irnos a casa.
—¿Me lo prometes?
—Te lo prometo —contestó Rick, después de mirar al doctor.
—Vale —dijo ella, haciendo una mueca de dolor.
Rick la sujetó entre sus brazos.
Tomando aire, Tracy cerró los ojos y empujó con todas sus fuerzas.
—Muy bien, Tracy —la animó el doctor—. Un poco más… ¡Ya está!
La indignada cara de un bebé apareció entonces y las enfermeras empezaron a
reír, encantadas.
Rick miraba la roja carita del recién nacido, incapaz de creerlo. Cuando vio la
emoción en los ojos de su mujer, dejó que las lágrimas rodaran libremente por su
rostro.
—Es preciosa —dijo Tracy, cuando el médico le puso a su hija en los brazos.
Rick se inclinó sobre su familia y rozó la cara de su hija con un dedo.
—No es sólo preciosa —dijo, con firmeza—. Es el próximo marine de la familia
Bennet.
—Te quiero, capitán.
—Yo también te quiero, Pecas.

Fin

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