El Rostro de La Multitud
El Rostro de La Multitud
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12 horas, 29 minutos
El director de la sucursal bancaria levantó los ojos al entrar ella.
Los siguientes diez segundos dejaron de contar.
La chica era alta, bastante más de metro setenta, cabello negro y corto, ojos
rasgados, labios abultados, cuerpo de mujer. No tendría más que quince o
dieciséis años, pero qué quince o dieciséis años. Muchas adolescentes
reventaban en la plenitud a los doce o trece, y otras lo hacían más tardíamente.
La que acababa de entrar era uno de esos casos aparte, especiales. Muchas como
ella se asomaban a las páginas de las revistas, anunciando colonias, bikinis o
braguitas, generando adrenalinas fáciles en hombres mayores como él. Pero no
eran más que adolescentes. Puras niñas.
Deseo prohibido.
Laureano Gómez se sintió mal. Su hija menor tendría la misma edad. Pero
no dejó de observarla.
Era guapa. Muy guapa. Sensual. Sí, esa era la palabra: sensual.
La naturaleza podía ser muy generosa en ocasiones.
No supo qué hacer. Pepe Ponce atendía en ventanilla a una pensionista. Y
era de las pesadas. Sacaba su dinero con cuentagotas, quería que le actualizaran
la libreta cada semana, y que le explicaran el porqué de cada cosa con minucioso
detalle. Clara Sorribas, que era la que había pulsado el botón de apertura de la
doble puerta de acceso a la sucursal, seguía colgada del ordenador, tecleando
como una desesperada mientras sostenía el auricular del teléfono entre el
hombro y la oreja. Ninguno de los dos iba a atender a la chica.
Podía hacerlo él. Tendría que hacerlo él.
Se levantó de su silla, se acercó a la cristalera que separaba su despacho del
resto de la oficina, abrió la puerta.
Entonces volvió a sonar el timbre.
A través de la doble puerta que comunicaba con la calle vio a Ignacio
Planas, precisamente él. Uno de los clientes más importantes de la sucursal.
O tal vez el más importante. Aquella era una oficina pequeña, minúscula,
fruto de una de tantas fusiones bancarias. Había tres en un radio de cien metros,
con una competencia feroz para captar clientes aunque aquel fuese un buen
barrio. Un barrio de clase alta.
Laureano Gómez se alegró de no haber reaccionado antes con la chica.
Planas era Planas. Empresario, adinerado, activo. Casi nunca iba por allí, todo lo
hacían otros por él. Y siempre era bueno hablar con los clientes. El trato directo.
Miró por última vez a la adolescente. Vestía unos vaqueros anchos, muy
anchos, y una camiseta ceñida, muy ceñida. Dios —pensó—, tendría que estar
prohibido ir así por la calle. Se fijó en sus manos.
La chica dejaba una mochila justo en el extremo opuesto a la entrada de la
calle, sobre una tarima llena de propaganda. La sucursal era larga y estrecha. Un
prodigio. Imaginó que querría el "Carnet Joven". La muchacha se colocó de
espaldas. Parecía estar manipulando algo en la mochila, o buscando algo, o...
Se olvidó de ella.
—¡Señor Planas, esto sí que es una sorpresa!
Clara Sorribas colgaba el auricular, pero siguió entregada de lleno a lo que
estuviese haciendo en el ordenador. Pepe Ponce le explicaba a la pensionista que
no siempre les pasaban los recibos del agua, el gas, la electricidad y el teléfono
el mismo día. Ignacio Planas mantuvo el mismo tono adusto en su expresión. Se
estrecharon la mano con efusivo calor.
—¿Cómo va todo? —preguntó el director de la sucursal.
—Como siempre, ya ve —respondió el empresario sin ocultar la urgencia
de su gestión—. Tengo a Elisa de vacaciones y a la otra chica recién casada. De
locos, y aún no estamos en agosto.
—No, no, señora Verdaguer, el mes pasado no hubo recibo de la luz —
insistía Pepe Ponce.
—¿Entonces esto de qué es? —naufragaba en su ignorancia la anciana.
Nadie prestaba ya atención a la chica.
Nadie.
Hasta que se escuchó el disparo.
Y a continuación, su voz.
—¡Todo el mundo quieto! ¡Esto es un atraco!
El lugar era más que pequeño. Una docena de metros de largo por cinco de
ancho, con la única puerta de acceso a la calle en uno de los extremos. El disparo
rebotó por las paredes desnudas y los ventanales laterales, protegidos por las
persianas de tela, y adquirió color y forma en sus rostros, primero asustados,
después sorprendidos, finalmente incrédulos.
Ella acababa de inutilizar la cámara de vídeo interior, conectada con la
central. La exterior solo servía para que quien abriera la puerta examinara al que
quería entrar.
Tras el disparo, la voz completó el cuadro en su total dimensión.
Desde el fondo de la oficina, la belleza adolescente les encañonaba con una
pistola.
Laureano Gómez dejó de apretar la mano de Ignacio Planas. De repente
aquella maravilla humana ya no era guapa, ni sensual, ni especial. Solo estaba
loca.
Y era peligrosa.
Porque aquello iba en serio.
12 horas, 32 minutos
Clara Sorribas era la única que estaba sentada.
El director y el señor Planas se encontraban delante de ella, al otro lado de
su mesa, situada de lado frente a la puerta de entrada. Pepe Ponce ocupaba la
pecera, como llamaban a la cabina acristalada donde se hacían las operaciones,
los ingresos y los pagos, y la señora Verdaguer se apoyaba en la tarima, con el
oído pegado al cristal y su rostro arrugado todavía más arrugado para tratar de
entender lo que le explicaba su compañero.
Después del susto, la sorpresa y la incredulidad, sintió rabia.
Y odio.
Sabía que eso sucedería. Tarde o temprano. Lo sabía. Solía decir que
aquella sucursal era una invitación al atraco. Lo decía y lo repetía. Hasta la
saciedad. Pero nadie le hacía caso. Claro, los que iban a pasarlo mal serían ellos.
¿Al banco que más le daba que se llevasen unos millones? Gastos menores. Pero
si se disparaba aquella pistola...
Si la atracadora se ponía nerviosa...
Clara Sorribas la miró.
Era tan joven...
Y estaría drogada, seguro. No tenía otra explicación. Peor aún: con el
síndrome de abstinencia. Eso la convertía en mucho más peligrosa. Y desde
luego era una cría. Ser alta y guapa y tener aquel cuerpo no significaba nada.
Una cría siempre es una cría.
Le dolió el pecho.
—¿Tengo que repetirlo? —gritó la atracadora—. ¡A quien se mueva lo frío!
¡Tú, sal de detrás de la jaula! ¡Ya!, ¿a qué esperas? ¡Agrupaos ahí en medio,
vamos!
Clara Sorribas intentó levantarse, pero no pudo. Las piernas no la
obedecieron. Miró al director. Tenía un millón de gotitas de sudor recién
aparecidas en su frente. Miró a su compañero, que temblaba con una cara de
espanto total. Menudo equipo. Dos y el cabo. ¿Por qué seguía trabajando en
aquella caja de zapatos?
Odió a la chica.
La odió tanto que su pie, por instinto, se acercó a la alarma.
Tan cerca. Tan lejos. Un simple botón que sobresalía del suelo, al lado
mismo de su silla. Ni siquiera sonaría una sirena o algo parecido. Solo en la
comisaría más cercana. Y en un par de minutos...
¿Qué?
La vida entera podía cambiar en un segundo.
De haber tenido un arma, ella misma hubiera disparado a la ladrona.
Clara Sorribas movió el pie.
No era valiente, no era una heroína, no era nada.
Pero puso el pie sobre la alarma cuando el odio llenó por completo su
mente.
Y en alguna parte, una señal disparó la acción.
En aquel momento la atracadora la apuntó.
—¡Tú, muévete! ¿Crees que eres invisible o qué?
Clara Sorribas se orinó encima.
12 horas, 32 minutos
Sonia Costa contempló a su grupo de rehenes.
Casi eran perfectos. Solo hubiera faltado un niño o una niña. Eso sin duda
daba una punta de mayor crudeza al tema. Pero no podía quejarse. La anciana
valía su peso en oro. El recién llegado tenía pinta de hombre de negocios. Y los
tres empleados...
Estuvo a punto de sonreír.
—¿Tengo que repetir la orden? —gritó abanicándoles con su arma—. ¡A
quien se mueva lo frío! ¡Tú, sal de detrás de la jaula! ¡Ya!, ¿a qué esperas?
¡Agrupaos ahí en medio, vamos!
Estaba nerviosa. La hora de la verdad siempre era la hora de la verdad. El
corazón le latía a mil revoluciones por minuto. Tenía la adrenalina a tope, y más
después del disparo. Era la primera vez que apretaba el gatillo de un arma.
Aquello era lo más de lo más. Se preguntó quién habría dado la señal de alarma.
Desde luego tenía que haber sido el saco de huesos de la ventanilla o la
pava que estaba sentada frente a su ordenador. Uno de los dos.
O tal vez ninguno.
¿Y si realmente estaban muertos de miedo y no habían tenido valor?
—¿Nos están robando? —preguntó la anciana.
Nadie la contestó.
La mujer de la mesa seguía sentada, mirándola con cara de espanto.
—¡Tú, muévete! ¿Crees que eres invisible o qué?
La mujer no se levantó, al contrario, se hundió un poco más en su asiento y
se puso blanca. Sonia Costa dio un paso hacia ella.
—Oye, tía, ¿eres idiota o solo quieres enseñarme tu lado borde?
La mujer se levantó.
Las gotas de orina le resbalaron por las piernas, incrementando el charco ya
formado en la silla y en el suelo. Sonia Costa arqueó las cejas y elevó la
comisura de sus labios por el lado izquierdo. Una y otra se quedaron mirando
con fijeza.
En los ojos de la empleada flotaba una súplica que ella traicionó.
—¿Te has meado? —sonrió.
La mujer superó la palidez poniéndose roja.
—De acuerdo, a ese lado, ¡ya! —ordenó Sonia.
La pistola les abanicó a todos.
Mientras ellos se movían se acercó a los ventanales. Se aseguró de que las
cortinas en forma de persiana, hechas con tiras verticales de una especie de tela
endurecida, estuviesen bien cerradas y nadie pudiera verla desde la calle. La
puerta era ahora el único punto desde el cual se veía la calle, y desde dónde
podían intentar verles a ellos, algo nada sencillo si se colocaban fuera de su
alcance.
Controló la mochila. Tenía que apartarse siempre de su vertical, no
interponerse entre ella y los rehenes.
Tenía...
—Escucha, niña, en la caja no hay mucho... y...
Elevó la pistola y le apuntó a la cabeza. El director de la sucursal subió y
bajó la nuez de su garganta violentamente.
—¿A quién llamas tú niña, gilipollas? Cuando he entrado me has dado el
mejor de los repasos, ¿no? —avanzó despacio hacia el grupo, que reculó hacia
atrás por instinto—. ¿Y a ti quién te ha dicho que quiero tu calderilla? —dejó de
hablar para volver a gritar—: ¡Vamos, al suelo, sentaditos, todos juntos y que os
vea las manos!
—Hija, yo no puedo doblarme —se escuchó la voz de la anciana.
—Usted aquí, señora —señaló una silla—. Como una reina, ¿de acuerdo?
Nadie tiene por qué sufrir el menor daño, y menos usted —miró al director de la
sucursal al decir esto.
La escena se congeló ahora por espacio de muchos, muchísimos segundos.
12 horas, 34 minutos
Pepe Ponce no entendía nada.
O era idiota, o era la ladrona más lenta del mundo, o...
¿O qué?
Aquello no tenía el menor sentido.
La caja de seguridad estaba cerrada, y en el cajón de la ventanilla no habría
más allá de tres mil euros. Suficientes para darse unos cuantos chutes. ¿Por qué
no los cogía y se largaba a toda velocidad? ¿Por qué se lo tomaba todo con
aquella calma, como si no tuviera la menor prisa? Era su segundo atraco en
catorce años. El primero había sido visto y no visto. Uno apuntó a su compañero
Ramón y para cuando anunció con voz quebrada que los habían robado los tipos
ya estaban en la calle. O sea que ni se enteró. Pero ahora era distinto.
Casi se sintió tentado de decírselo.
—Coge el dinero y lárgate, corre, ¡corre!
Pero las palabras no llegaron a sus labios. Le tenía pánico a las armas. Ni
siquiera hizo el servicio militar. Y aquella pistola era de verdad. Ningún juguete
era tan real.
Y no parecía tener el síndrome de abstinencia. Sostenía el arma con pulso
firme, sus ojos eran limpios y rápidos, el cuerpo se movía con la definición de la
seguridad. Era fría.
Se dio cuenta de eso.
De su frialdad.
Tan hermosa, tan excitante, tan fascinante, pero con el corazón de hielo.
Se acabó de sentar junto a los otros tres. La señora Verdaguer lo hizo en la
silla. Mantenía su bolso agarrado con las dos manos y apretado contra el pecho.
Pepe Ponce deslizó una mirada de soslayo hacia Laureano Gómez. El director
solo tenía ojos para la chica y para el señor Planas, la chica y el señor Planas, la
chica y el señor Planas. Era un salto continuo y sincopado. Si por lo menos le
hubiese pegado un tiro... Se lo merecía, por lameculos. Miró a su compañera
Clara.
Tenía la cabeza baja, hundida entre las rodillas, y supo que era a causa de la
vergüenza. Estaba mojada. Pero no sintió pena por ella.
¿Habría dado la alarma?
Si lo había hecho, sería la heroína... suponiendo que salieran con vida. Él no
pudo. Simplemente no pudo. Estuvo a punto de susurrar su nombre para
preguntárselo, pero continuó mudo y quieto.
En un caso de rehenes, ¿cómo terminaban siempre las cosas?
Con muertos. Siempre caía alguien.
Entraban pegando tiros y... No, no, eso era en las películas americanas. En
España no. En España, si tenía suerte, aún acabarían entrevistándole en
televisión.
¿Por qué no cogía el dinero y se largaba?
¿Qué estaba haciendo?
Parecía hablarle... a la mochila.
¡Le hablaba a la mochila, en voz inaudible para ellos!
Pepe Ponce comprendió de pronto que la chica no iba a robar nada, que no
tenía prisa, que por la incomprensible razón que fuera, pensaba quedarse allí,
con ellos.
¿Esperando qué?
12 horas, 35 minutos
Ignacio Planas afianzó su espalda contra la pared. Su traje de ochocientos
euros iba a quedar hecho un desastre. A pesar del aire acondicionado de la
sucursal, estaba empapado. Se aflojó el nudo de la corbata y se desabrochó el
botón superior de la camisa. Tras la primera sorpresa, ahora se imponía la calma.
Mucha calma.
Las preguntas se agolpaban en su cabeza.
¿Qué estaba haciendo aquella condenada?
¿Realmente le estaba susurrando algo a la mochila situada sobre aquella
tarima, visible desde su posición desnuda y vulnerable?
¿No se suponía que aquello era un atraco?
¡Pues que robara y se fuera cuanto antes! ¡Al diablo el banco! ¡Todo podía
terminar en un minuto!
La reunión de la una era inaplazable.
Dios... ¡Dios! ¿Por qué había tenido que ir al banco? ¿Por qué?
Y todo por unos segundos. Mientras esperaba en el semáforo para cruzar la
calzada, había visto a la chica por la otra acera, y cómo se metía en el banco.
Era demasiado atractiva como para no verla. La única que caminaba al sol
en una acera vacía. Unos simples segundos. Si hubiera...
Un ramalazo de frío le sacudió la espina dorsal.
¡Era él!
¡No se trataba de un atraco, sino de un secuestro! ¡Iban a por él! ¡Así de
sencillo! ¡Él y solo él!
No se podía tener dinero sin llamar la atención. Ni tener empresas, éxito,
florecer de la nada sin que media docena de frustrados idiotas se fijaran. Y eso
que nunca había llamado la atención. Vida familiar, un coche discreto, ningún
lujo superfluo...
El sudor se hizo torrente. Las delgadas gotas se unían ya por el pecho y la
espalda formando ríos sobre su piel a la búsqueda de un cauce. El estómago se le
vacío de golpe y se sintió mareado.
—¿Se encuentra bien, señor Planas? —escuchó el débil, apenas audible
susurro del director de la sucursal.
El pánico avanzó. Un zulo. Semanas. Meses. No lo iba a soportar. Oh, no.
Estuvo a punto de levantarse y echar a correr hacia la doble puerta de cristal.
Pero no tenía ni idea de cómo se abrían los dos marcos de cristal y aluminio
salvo mediante el dispositivo que tenían en las mesas y en el que nunca se había
fijado. ¿Cómo iba a fijarse? Apenas entraba en el banco. Otros lo hacían por él.
Solo cuando negociaba créditos o alguna operación millonaria iba en persona.
¿Y por qué tenía el dinero y hacía operaciones en una sucursal de mierda
sin seguridad ni...?
Tal vez pudiera atravesar el cristal. ¿O sería a prueba de golpes y balas? Los
bancos solían protegerse contra robos con coche, esos que se empotraban contra
las cristaleras exteriores. Miró las dos puertas. Primero una. Luego el que
entraba o salía se quedaba en tierra de nadie, en una especie de cámara de
seguridad. Y hasta que no se cerraba la puerta que se acababa de trasponer, no se
podía abrir la otra. Un doble "clic" de seguridad.
¿Qué estaba diciendo?
Nunca, nunca se atrevería a levantarse, y menos aún trataría de escapar,
arriesgando...
Nunca.
La chica de la pistola le estaba sonriendo a su mochila.
12 horas, 36 minutos
Asunción Verdaguer estaba muy quieta.
De hecho, apenas respiraba. Lo justo para llevar aire a sus pulmones. Y
tenía ya los dedos agarrotados en torno al bolso, negro y deslucido, ajado,
hermoso en otro tiempo. No sabía dónde esconderlo, así que mejor mantenerlo
agarrado.
Siempre había dicho que tenía mala suerte, pero esta vez se llevaba la
palma.
Por un minuto el dinero hubiera seguido en el banco, en poder del cajero.
Por un solo minuto. Justo en el instante en que la chica había entrado por la
puerta, los 120 euros que acababa de sacar de su modesta pensión eran
depositados en su bolso. Así que si ahora ella se los quitaba, el banco no querría
saber nada. Dirían que ella ya había cogido el dinero. Mientras que si esos 120
euros todavía estuviesen en la bandeja de la ventanilla, por ejemplo, sin que los
tocara, seguro que aún pertenecían al banco.
Si, verdadera mala suerte.
Para ella, 120 euros era mucho dinero.
Tendría que llamar a Antonio, su hijo, y decirle que estaba en apuros. Y
Antonio pondría el grito en el cielo, le diría lo de siempre, que tenía muchos
gastos, que esto y aquello y lo de más allá. Antonio no era como el hijo de su
hermana Amparo, que la tenía un altar y la mimaba y procuraba que nada le
faltase.
Eso si todo acababa bien, porque aquella chica de la pistola... era tan joven,
y se la veía tan inexperta.
¿Qué les pasaba a los jóvenes de hoy? No lo entendía. No hacía ni diez días
que uno que iba en moto por encima de la acera casi la había tirado al suelo. Y
sin ir más lejos, el día anterior, un niño con un monopatín —esca-no-recordaba-
qué lo llamaba su nieto mayor—, había chocado con ella también en plena calle.
De no ser porque se sujetó a una máquina que vendía chucherías en la puerta de
un bar, ahora estaría en el hospital con la cadera rota.
—Yo es que tengo prisa, ¿sabe, hija?
Era ella la que acababa de hablar. Ni se había dado cuenta. A veces su
cabeza hacía una cosa y ella otra. A veces ella callaba y su cabeza tomaba
decisiones por su cuenta.
—¡Por favor, señora Verdaguer! —musitó entre dientes el director de la
sucursal—. ¡Cállese!
La atracadora no se movió de dónde estaba.
—Pórtese bien, abuela, y todo saldrá a pedir de boca.
Tendría la edad de Carlota. Unos dieciséis, aunque aparentaba más, uno o
dos más. Ahora no era como antes. Ahora se pintaban, fumaban, llevaban ropas
enseñándolo todo... La atracadora, por ejemplo, con aquella camiseta ceñida y
los bultos de los pezones sobresaliendo de... Era un descaro. Pantalones dos
tallas mayores y en cambio la camiseta apretada. Y Carlota iba por el mismo
camino, porque sus padres no le ponían el menor freno. "Es joven", decían. "Que
viva ahora", decían. "Está en la edad", decían.
¿Dónde estarían los padres de aquella muchacha?
Una familia desestructurada, seguro. Como la de su vecina, la señora
Teresa. El padre por un lado, ella por otra, y los hijos golfeando. Carne de
presidio.
Asunción Verdaguer suspiró.
Tenía los nudillos blanqueados de tanto apretar el bolso con las manos.
¡Y la mala suerte...!
12 horas, 37 minutos
Sonia Costa se tomó su primer respiro.
Todo estaba controlado.
Cinco rehenes, cinco. Sentados, quietos, muertos de miedo y expectantes.
Ella dominando la situación. Paz. Lo único problemático podía ser si un nuevo
cliente se plantaba en la puerta de la sucursal bancaria y llamaba para que le
abriesen. Nadie lo haría, por supuesto, pero vería a los rehenes sentados en el
suelo y, probablemente, a ella al fondo. Todo dependía de la luz y de los reflejos
en los dos cristales de las dos puertas.
¿Y qué más daba?
Echaría a correr y daría la voz de alarma.
Tal vez ninguno de los del banco se hubiera atrevido a tomar esa iniciativa,
aunque también pudiera ser que desde el exterior alguien escuchara el disparo.
Bueno, en la realidad eran distintos a los tiros de las películas. Más secos. Y
afuera, a pleno sol, no había casi nadie.
Inclinó la cabeza sobre la mochila, sin interponerse entre ella y la
perspectiva que tenía de toda la sucursal desde allí. El objetivo de la cámara y el
micrófono eran visibles en la parte superior, entre la cubierta de tela y la propia
mochila. Lo único esencial era estar pendiente de la hora para cambiar la batería
y mantenerla autónoma, aunque si sucedía algo bastaría con buscar una
conexión, una línea telefónica y pasar de baterías.
La posición, solo la posición importaba.
—Están muertos de miedo, ¿lo ves? —susurró sin ocultar su orgullo—. Es
una pasada.
No hubo ninguna respuesta. Después de todo, los medios eran limitados. Si
había problemas la comunicación se establecería de forma más directa. Se llevó
una mano al bolsillo trasero de los vaqueros y tanteó el móvil.
Faltaban unos minutos. Cinco, quizás diez.
Bueno, si alguno de aquellos idiotas había dado la alarma.
En aquel momento escuchó la sirena de la policía y se envaró.
—¿Crees que ya serán ellos, tan rápido y con las sirenas a toda mecha? —le
dijo al micrófono oculto en la mochila.
Sonia Costa sostuvo la pistola con las dos manos y apuntó hacia el techo,
como había visto hacer siempre a los agentes de la ley en las películas. Caminó
despacio hacia la puerta interior de la sucursal, con un ojo puesto en los cinco
prisioneros y otro en la calle.
Un exterior que vivía ajeno a la tragedia tan solo unos minutos antes de que
todo aquello se convirtiera en un manicomio.
Sonia Costa se colocó junto a la puerta, de cara a los rehenes para no
perderles de vista, y atisbó fuera la llegada del primer coche de la policía, que
hizo una entrada triunfal y nada discreta en la redonda plaza.
B) EL EXTERIOR
(De las 13,09 a las 13,49)
13 horas, 9 minutos
Los viernes eran los días más lentos del calendario. Amanecían con la
promesa del fin de semana, y se hacían de rogar. Cada minuto se movía perezoso
por la esfera del reloj, cada hora era un ruego a la prisa que parecía estar de
vacaciones. Cada intervalo se mecía en el sobresalto de que algo pudiera, a fin
de cuentas, dar con el traste de todos los planes.
Y es que para un periodista, cada jornada se componía de muchas pequeñas
cosas.
El teletipo hablando de un accidente aéreo. La CNN informando de un
movimiento de tropas en alguna frontera complicada mientras los marines —la
salvaguarda del mundo libre— se disponían a intervenir aunque nadie los
hubiese llamado. Un comunicado urgente hablando de un posible coche bomba
detectado frente al domicilio de un alcalde comprometido. El último culebrón
futbolístico del verano citando que fuentes —generalmente bien informadas por
interés— hablaban del posible fichaje del último crack brasileño por parte de un
club español dispuesto a tirar la casa por la ventana para hacerse con sus
servicios.
Eudaldo Cruz amaba aquello, pero no los viernes.
Y mucho menos ese viernes.
Esther esperaba.
Por una vez, el trabajo no era lo más importante. Por una vez, había algo
capaz de meterle la cabeza de lleno en otra parte. Bueno, en muchas partes,
porque Esther tenía un montón de partes que deseaba ver, conocer, explorar y
aprenderse de memoria. Esther sí valía la pena. Después de todo un mes de caza
y captura, el derribo se antojaba más que cercano. La cita estaba hecha.
Era un tipo de suerte.
Ni siquiera un maldito viernes podía estropearle esto.
Ni siquiera...
—¡Daldo, ya mismo!
Ni en las Olimpíadas salían tan rápido los velocistas que competían en la
prueba reina del atletismo, los cien metros libres. Para un periodista la capacidad
de respuesta estaba en proporción directa a la intensidad de la orden o el grito.
Cuanto más fuerza, o cuanto más alto fuera el rango del emisor, más celeridad de
despegue de la silla.
No se dio cuenta de nada, salvo de que se movía a buen ritmo en dirección
al despacho de Ventura, el jefe de redacción. Estaba sentado, pensando en Esther,
y de pronto...
"Eudaldo, ven" era una petición. "Eudaldo, ya mismo", era como decir:
"Eudaldo ya estás llevándote tu trasero a otra parte". Enmarcado con un grito
equivalía a decir adiós a su viernes y a un: "¿Todavía estás aquí?".
—No, ¡no! —rezongó para sí mismo con las mandíbulas apretadas.
Ventura le esperaba de nuevo dentro de su pecera. No se había sentado. Se
apoyaba en la esquina de la mesa de su despacho mientras hablaba con alguien
por teléfono. Era conciso.
—Sí. Ya. Bien. De acuerdo. Vale.
Eudaldo Cruz deseó estrangularlo.
Ventura colgó el auricular. Lo miró a los ojos. No estuvo en silencio más
allá de una fracción de segundo, pero fue suficiente. Para Eudaldo la sentencia
de muerte acababa de ser dictada. No hacía falta mucho más. Conocía aquella
mirada.
—Están atracando la sucursal del Banco del Centro de la plaza de San
Honorato.
—¿Y?
—¿Cómo que "Y"? ¡Pues que ya te estás largando para allí ahora mismo,
coño! —la cara de Ventura era de incredulidad.
—¿Yo?
—¡No, tu padre! —el jefe de redacción perdió los nervios—. ¡Pues claro
que tú, joder! ¿Qué pasa?
—Es que es viernes —dijo lleno de incertezas Eudaldo, sabiendo de
antemano la reacción de su superior.
—¿Viernes? ¡Cagüen la...! ¡Lo será cuando acabe el día, no te digo!
¿Estamos a media mañana y ya andamos así? ¡Ya te estás largando y cagando
leches, que esto puede ser el tema del día! ¡Tienen rehenes!, ¿vale? ¿Te gusta
más ahora?
—Me gusta menos. ¿Por qué no envías a otro?
Ventura dejó la punta de su despacho y se le plantó delante. Le puso la
mano abierta frente a los ojos, a menos de diez centímetros de ellos.
—Primero —y bajó un dedo—, porque es lo tuyo. Segundo —bajó otro—,
porque entre las vacaciones y otras historias, como siempre, estamos en cuadro.
Tercero —bajó un dedo más—, porque aquí mando yo. Cuarto —el penúltimo
—, porque me sale de la punta del morro. Y quinto —le sobraba uno, y ya no le
quedaban argumentos, así que dio por zanjada la discusión volviendo a gritar—:
¡Ya te estás largando, coño!
Eudaldo Cruz intentó mantener a Esther en su mente, pero la chica se le
escapaba, sonriendo. Desaparecía ya por la esquina de su cerebro.
Oportunidad perdida.
Aunque aún faltasen muchas horas para la noche, conocía el percal.
—¡Llama para decir cómo va todo cada hora! —le persiguió la voz del jefe
de redacción mientras regresaba a la puerta del despacho—. ¡Te enviaré a Carlos
para las fotos! ¡Y no dejes ángulo por cubrir! ¡Lúcete!
Cerró la puerta y se encontró en la redacción, con una docena de miradas
convergiendo en su persona. Noelia, una de las novatas, mostraba su envidia. Así
eran las cosas. Unos deseaban patear la calle y otros un viernes tranquilo con una
cita soñada.
—Mierda... —suspiró abatido.
Eso fue un segundo antes de que empezara a correr.
13 horas, 28 minutos
El comisario Pablo Ramírez contempló la puerta de la sucursal bancaria
desde el otro lado de la plaza circular.
Ya habían cortado el tráfico de las cinco calles que daban a la plaza. Había
situado barricadas policiales en cada una unos metros antes de llegar a ella, y en
la calle en cuyo lateral se encontraban los ventanales del banco, desde el
comienzo, treinta metros más abajo. La sinfonía de bocinas emergiendo de los
coches atrapados en aquella inmensa ratonera se escuchaba como una marea
creciente y llegaba hasta allí con malos presagios, mientras los de la urbana
intentaban imponerse y canalizar los desvíos.
Había muchas formas de estropear una cálida mañana estival, pero aquella
era la peor.
¿No decían que en verano, aunque aún no fuese agosto, no había casi nadie
en la ciudad?
—Mucha calma —dijo una voz a su lado.
Pablo Ramírez mantuvo los ojos fijos en la puerta del banco. A su lado,
Elías Curto lo hacía con binoculares. Los dos hombres guardaron un precavido
silencio. Todavía intentaban familiarizarse con el terreno, la situación global, la
sucursal, la cafetería en la que estaban ellos, las casas con gente asomada en las
ventanas y balcones, la ingravidez general del escenario en cuyo seno iba a
desarrollarse la gran tragedia.
El teatro.
El centro de la plaza lo ocupaba un jardín circular, vacío. En un pequeño
estanque nadaban media docena de patos. Todo era pequeño, el estanque, el
jardín, la rotonda que lo circundaba y la misma plaza. Un asco. Una ratonera.
Eso sí, una ratonera dorada. El mejor barrio, casas elegantes, vestíbulos de
mármol y conserjes uniformados con bata azul. Frente al banco había un Porsche
aparcado, con todo el morro, en mitad del paso cebra.
A lo mejor si había tiros uno le daba al deportivo. A lo mejor.
—¿Y Crespo?
—Al caer.
La cafetería era elegante. Las dos chicas de detrás del mostrador no sabían
muy bien qué hacer. Lo más probable era que si todos ellos pedían cosas, no
pagaran, así que ni se movían desde que el local había sido desalojado y tomado
como centro operativo. Todo estaba lleno de agentes de la ley, de uniforme y de
paisano, como ellos dos.
Hubo movimiento a su espalda. Un movimiento mayor del normal. Elías
Curto fue el primero en volver la cabeza.
—Crespo —informó a su superior.
Pablo Ramírez también le dio la espalda a la plaza dibujada al otro lado del
ventanal de la cafetería. Crespo era un hombre nervioso, de ojos saltones. Él era
uno de los de uniforme. No supo muy bien por dónde empezar, así que lo hizo el
comisario.
—¿Sabemos ya cuántos son y cuántos rehenes tienen?
—No, señor.
—¿La cámara interior?
—En la central del banco tienen que controlar tantas sucursales que no
tienen todas las cámaras activadas a la vez. Además, lo primero que han hecho
los ladrones ha sido cargársela. Solo si alguien hubiera estado pendiente antes
del disparo podría haber captado el número. En cuanto a la cámara exterior, ya
sabe que no sirve de nada, solo enfoca la puerta para ver quién entra y sale.
—¿Alguna forma de ver el interior?
—Parece que hay un grupo de personas a un lado, a la derecha, en el suelo,
pero la doble puerta de cristal y su propia pequeñez hace que todo sea bastante
incierto. Tenemos tiradores situados en puntos estratégicos pero ese banco es
como una caja de zapatos.
—Todos los bancos son cajas de zapatos, Crespo —dijo Pablo Ramírez—.
Ahora el espacio mayor es para las hamburgueserías y las bocadillerías. Los
bancos grandes pasaron a mejor vida con la informática.
—Sí, señor —dijo por decir algo Crespo.
—¿Hay algo que sepamos ahora? —remachó el "ahora" a peso.
—No mucho, señor —admitió el hombre de uniforme.
—¿Para cuándo los planos de esa sucursal? —intervino Elías Curto.
—Los estamos localizando.
Pablo Ramírez soltó una bocanada de aire.
—Tenemos un par de horas, tal vez menos, antes de que lleguen los Geos y
lo pongan todo patas arriba —suspiró—. ¿Y los buitres?
—Ya ha llegado una cadena de televisión —informó Crespo.
—¿Ya? —al comisario le cambió la cara—. ¡Joder, es increíble! —movió la
cabeza horizontalmente y miró sus zapatos por un segundo—. ¡Pues
manténganlos alejados de aquí!, ¿de acuerdo? Y si uno va de héroe o quiere
hacer méritos...
No acabó la frase, y en ese intervalo se coló otra voz. Procedía del fondo de
la cafetería, del puesto provisional de comunicaciones de la operación.
—Siguen sin coger el teléfono, señor comisario.
—Esto es malo —expresó su pesimismo Elías Curto.
—Están acorralados —Pablo Ramírez volvió a mirar al otro lado de la plaza
— Si son drogatas con síndrome... lo tenemos mal, aunque por lo menos, si es
así, la cosa será rápida, porque no aguantarán mucho la presión ni estar ahí
dentro. Lo duro será que se trate de profesionales.
—¿Seguimos llamando, comisario? —quiso saber la voz del fondo.
—¡Pues claro que seguimos llamando, por Dios! —se enfureció por un
momento—. ¡No dejéis de hacerlo hasta que alguien descuelgue el teléfono!
¡Machacadles con ese timbre!
13 horas, 35 minutos
Magda Encinas abrió la puerta de la Unidad Móvil y contempló la marea
humana formada delante de la barrera policial. Dos agentes observaban con
rostro aburrido a las personas congregadas, que estiraban el cuello tratando de
vislumbrar algo en la ahora desértica plaza. Los comentarios volaban en voz baja
como aguijones a la búsqueda de un oído en el que recalar. Y cada cual tenía su
propia opinión desde luego.
—No sé dónde iremos a parar.
—Esto acabará a tiros, seguro.
—Yo he pasado por delante esta mañana.
Magda Encinas estudió el terreno, las posibilidades, las alternativas, los
edificios, las azoteas. Volvió la cabeza para ver como Tasio acababa de montar
su cámara.
—No hay mucha visibilidad —dijo.
—Habrá que entrar dentro —se encogió de hombros él.
—No parecen muy dispuestos a colaborar —se refirió a la policía—. Están
muy bordes después de lo que pasó la semana pasada.
—Tú dejame a mí —aseguró con suficiencia Tasio.
—Voy a dar una vuelta a ver qué pillo —Magda bajó de la Unidad móvil—.
Mantened el contacto con la cadena por si tenemos que entrar en directo. Si hay
tiros, quiero prioridad.
—Tú cortale el programa a la bruja para dar en vivo una masacre y verás —
sonrió Tasio.
La bruja era la famosa del tres al cuatro que ocupaba toda la franja matinal
de la emisora en verano. Cuatro horas de presunto magazine familiar, hasta las
dos.
—Hasta ahora.
Se apartó de la Unidad móvil. Algunas mujeres la observaron comentando
en voz baja quién era. Llegó hasta la barrera policial con su credencial bien
visible colgada de la solapa de la informal cazadora. Hacía calor, pero siempre
era mejor llevar algo encima. Por si había de echarse al suelo, por ejemplo. Uno
de los agentes, joven, se la quedó mirando embelesado, y hasta cinceló una
sonrisa estúpida en su cara al reconocerla. Otro, gato viejo, le dirigió una simple
mirada de desprecio que no ocultó. Para ellos era una metomentodo, una
periodista de primera línea, un peligro. La ausencia de una cámara cerca, sin
embargo, le hizo relajarse. Le dio la espalda.
Magda Encinas quedó frente a unas mujeres.
—Señora, ¿es usted clienta de ese banco? —le preguntó a la que tenía más
cerca.
—No, yo no —lamentó la escogida.
—Yo sí lo soy —la alertó otra mujer, a un par de metros. Y se plantó ante
ella mediante el buen uso de su cuerpo y un par de codazos a las que tenía
delante.
—¿Cómo es? —Magda hizo un gesto en dirección a la sucursal.
—No me extraña que lo roben, ¿sabe? —la mujer adquirió protagonismo,
así que pasó de responder a la pregunta. Quería dar su opinión, y que la
escucharan. Habló en voz alta—: Lo había pensado muchas veces estando
dentro. Me decía: "Un día verás tú qué disgusto". ¡Si es que no hay nada, tres
personas, y con lo pequeño que es...!
—Los bancos solo saben ganar dinero, pero a la hora de gastarlo... —
intervino la primera mujer, que no quería quedar al margen—. Fíjese, fíjese, aquí
en esta calle hay cinco. ¡Cinco! ¿Qué le parece?
—Usted es la de la tele, ¿verdad? —preguntó una tercera, menuda y con
cara de buena persona.
Magda le dijo que sí con una sonrisa amable.
—¿Cómo es por dentro? —repitió la pregunta a la que había dicho que era
clienta de la sucursal.
—Una caja de cerillas —fue terminante.
—¿Saldremos en la tele? —preguntó otra mujer.
—Después, señora —siguió sonriendo amable, por si acaso—. ¿Podría
hacerme un dibujo?
—Sí, claro —la enterada se mostró presuntuosa. Hinchó el pecho. Todas las
demás la miraron con envidia preguntándose por qué no habían abierto una
cuenta en aquel banco que, de pronto, se volvía tan importante como para que lo
robaran.
13 horas, 38 minutos
Eudaldo Cruz estaba haciendo un croquis de la zona. La plaza, las cinco
calles, los cruces de cada una... También señaló qué tipo de comercios había en
los cuatro tramos cóncavos. Por último indicó la altura de los edificios
circundantes, el número de ventanas, y si arriba de cada uno existía ático o
terrado. Los tiradores de élite y los GEO's, cuando llegaran, tendrían que
desparramarse por las alturas.
Sabía de qué iba todo aquello, aunque siempre había cosas nuevas, detalles
diferenciales. Ningún atracador era igual a otro. Su mente era la clave.
Vio llegar otra Unidad Móvil de televisión y sonrió. Se movían rápido. Un
hecho como aquel en pleno julio era una bendición. Llenaba horas con material
de primera y máxima audiencia. El día menos pensado pagarían a alguien para
que cometiera un atraco y así poderlo filmar. Cuando la CNN dio en directo la
Guerra del Golfo, se convirtió en una leyenda de la información. Todo el mundo
la miraba para ver caer los misiles contra Saddam Hussein en vivo y en directo a
la hora de cenar. Luego, los índices bajaron tanto que llegaron a aceptar que, o
había otra guerra, o tendrían problemas. Antes las contiendas las provocaban los
servicios de inteligencia, si había petróleo allí o diamantes allá, si había que
cambiar un régimen o poner a un dictador afín. Ahora eran las grandes
corporaciones televisivas.
El circo ya había abierto sus puertas. Pero los verdaderos protagonistas, los
payasos, los atracadores, serían los últimos en aparecer.
Sacó su móvil del bolsillo y marcó el número del periódico.
—Blanca, soy Daldo. Dame el número de la sucursal del Banco del Centro
de la plaza San Honorato.
Blanca era eficiente. No hacía preguntas. Iba a lo suyo. Y siempre tenía una
sonrisa de buenos días o buenas noches a punto. También era un misterio. Todos
los que la habían sondeado se habían dado con un canto en los dientes.
—Apunta —reapareció al momento.
Tomó nota, le dio las gracias y cortó. Marcó el nuevo número.
Al otro lado, la señal sonó media docena de veces antes de que desistiera de
perder el tiempo. De momento.
Eudaldo Cruz enfiló la barrera policial que tenía más cercana. Sabía que era
inútil y que ni aquello era una guerra en la que actuar de corresponsal, ni Estados
Unidos, donde la prensa campaba a sus anchas por todas partes, pero tenía que
intentarlo, por si pillaba a un novato desprevenido.
No era un novato.
—Lo siento, señor. No puede pasar —le dijo con aire marcial y aspecto
rudo.
Aun así, tuvo suerte. Por detrás de la barrera vio a Jaime Marqués, uno de
sus amigos dentro de las fuerzas del orden. Solían intercambiarse favores y les
iba bien.
—¡Jaime! —gritó sorprendiendo al policía de la barrera—. ¡Aquí!
El inspector, de paisano, miró en su dirección. Su rostro se mantuvo neutro,
pero cambió el rumbo de sus pasos y fue hacia él. Antes de llegar a la barrera por
la parte de la plaza, el policía ya se había apartado.
—Déjelo entrar —le ordenó el inspector.
El policía obedeció, aunque no de muy buen grado. Sus ojos expresaron
algo así como "Tú espera y verás". El periodista lo ignoró. Tampoco es que
avanzara mucho.
La conversación se llevó a cabo a tres metros de la barrera, en la misma
esquina de la plaza. El banco robado quedaba en frente y algo a la izquierda. Por
detrás de Jaime Marqués vio el despliegue en la cafetería.
No hubo prolegómenos estúpidos.
—¿Qué tenemos? —preguntó él.
—Ni idea —fue sincero el inspector—. No dan señales de vida.
—Lo sé. Acabo de llamar.
—Esto pinta mal —Jaime Marqués fue categórico, y no era un tipo
alarmista—. No sabemos cuántos son ni a cuántos rehenes tienen, y encima es
una sucursal tan pequeña que...
—No podéis entrar a tiros.
—No, claro.
—¿Negociaréis?
—Cuando haya una conexión y sepamos lo que quieren... tal vez. No sé. El
psicólogo está preparado.
Eudaldo estuvo a punto de sonreír. Los negociadores de las películas
americanas eran otra cosa. Recordó a Eddie Murphy, que había encarnado a uno,
y a Kevin Spacey y Samuel L. Jackson, muy en su papel en otra. Lo más
probable es que el psicólogo de la policía fuese un tipo bajito, calvo y retorcido.
Había vidas en peligro.
—¿Estaremos en contacto? —propuso el periodista dejando mil
posibilidades abiertas en el aire.
—Claro —aceptó el inspector.
Se dieron sendos golpes en la parte superior del antebrazo y se separaron.
Antes, Jaime Marqués le dijo al policía de la barrera:
—Si vuelve, llámenme.
Eso era una puerta abierta, así que Eudaldo le guiñó un ojo al agente de la
ley al pasar por su lado.
13 horas, 49 minutos
El comisario Pablo Ramírez examinaba no solo el plano de la sucursal
bancaria, sino también el conjunto de la plaza, tiendas, accesos, entradas, salidas,
distancias.
Faltaban los planos del subsuelo, aunque era una temeridad absurda tratar
de llegar al banco a través de él, lo mismo que desde el inmueble contiguo o el
piso superior. Para eso, mejor lanzar a una docena de GEO's contra las vidrieras
laterales y abrir la caja de los truenos.
Ese era el único punto débil del banco, a pesar de las cortinas que impedían
ver el interior.
—Dios —rezongó—. Antes he dicho que era una caja de zapatos, pero es
que es peor que eso, mucho peor. No me extraña que solo haya tres empleados.
El día que entran más de diez personas a la vez, ¿qué hacen?
Su amargura no halló eco entre los que le rodeaban.
—Antes había un bar cada cuatro pasos, ahora son sucursales bancarias.
¿Eso es el progreso? Hemos pasado de ser un país de borrachos a ser un país de
falsos capitalistas y pseudoahorradores. Casi es una provocación.
Un hombre de uniforme se cuadró por detrás y esperó a que le dieran la
venia. Lo hizo Elías Curto.
—¿Sí, Oller?
—Quincoces está listo, señor.
—De acuerdo, vamos allá —tomó la iniciativa el comisario abandonando la
mesa en la que los planos estaban abiertos a la espera de la sugerencia salvadora.
Caminaron de regreso a la vidriera de la cafetería que daba a la plaza. En la
acera vieron a Senén Quincoces. No tenía aspecto de psicólogo. Se trataba de un
hombre alto, treinta y pocos, atractivo. Los psicólogos tenían que ser calvos,
mayores y mostrar un aspecto inofensivo.
Le estaban acabando de asegurar las hebillas del chaleco antibalas.
—Allá vamos —susurró Elías Curto.
Todo estaba dispuesto. El psicólogo o negociador, levantó las dos manos
igual que si le estuviesen dando el alto. En la derecha sostenía un pañuelo
blanco, visible. Para hacerlo notar aún más, lo hizo ondear moviendo el brazo de
un lado a otro. Se trataba justamente de llamar la atención, no fueran a pensar los
de dentro que era una operación policial. El hombre del altavoz se quedó en la
acera.
El psicólogo emprendió el camino.
A veces quince o veinte metros podían ser una maratón.
Cuando Senén Quincoces bajó la acera y avanzó por la calzada, el del
altavoz dio el primer aviso.
—Atención. Atención —su voz rebotó por el silencio del ambiente. Ya no
se oían bocinas de las calles laterales una vez superado el tapón inicial—.
Atención los del banco.
—¡Joder, "los del banco"! —exclamó el comisario de policía.
Senén Quincoces dio media docena más de pasos. Con lo mucho que
agitaba el pañuelo parecía que fuera a rendirse.
—Atención los del banco. Queremos hablar. Solo hablar. Por favor.
Necesitamos saber el estado de los rehenes y su número. Esto es solo un
contacto. El mediador va desarmado, repito, desarmado.
Había llegado a media plaza.
—Señor... —llamó la atención de su superior Elías Curto.
No era necesario. Todos habían visto cómo la puerta exterior del banco se
entreabrió unos centímetros. Nada más. En la calle, el psicólogo se detuvo.
Hizo algo más: agacharse, por instinto, cuando por el hueco asomó una
mano armada.
—¡Prepárense! —ordenó Pablo Ramírez.
No fue necesario. Ni siquiera les dio tiempo de hacer nada, o reaccionar.
Todo fue más que rápido.
La mano armada hizo que el cañón de la pistola apuntara al cielo.
Y disparó.
C) LAS PRIMERAS VIBRACIONES
(De las 13,52 a las 16,36)
13 horas, 52 minutos
El disparo sonó como un trueno en la mañana.
Sonia Costa vio cómo el hombre del pañuelo blanco se pegaba al suelo. Y
al instante, en cuanto ella cerró de nuevo la puerta de la calle, lo vio levantarse y
echar a correr, inclinado, de regreso a su punto de partida. Sonrió tanto para
liberar los nervios que acababan de soltársele por todo el cuerpo como para
mostrarse segura y orgullosa.
No había sido tan difícil.
Nunca había disparado en la vida.
Y acababa de ganar el primer asalto, el primer pulso a la policía.
Miró de reojo a los cinco rehenes, pero no se habían movido. Seguían
quietos, ahora con los ojos muy abiertos y asustados, porque ellos no sabían
contra qué había disparado ni si le había dado o no. Tras asegurarse de que las
cosas volvían a la calma, regresó al interior de la sucursal apartando la silla con
la que había trabado la segunda puerta.
Recogió el móvil, todavía abierto.
—¿Sigues ahí? —murmuró en voz baja para que no la escucharan los
rehenes.
—Sí.
—Perfecto, gracias.
—Sigo controlándolo todo, no te preocupes.
—¿Lo has visto?
—Claro.
—Seguro que lo he hecho cagarse encima.
Al otro lado de la línea se escuchó una risa breve.
—¿Cómo está el patio? —preguntó Sonia.
—A rebosar. Hay gente amontonada detrás de las barreras. ¿Ves las
ventanas y balcones?
—Sí.
—Hay un ejército de polis, y aún no han llegado los GEO's.
—Recuerda: avísame cuando aparezca. Esos no se andan con gaitas.
—Tranquila.
—¿Televisión?
—Dos unidades móviles. TV-1 y TV-3 —la voz masculina paró un instante
—. Espera, llega Tele 5.
—Entonces ya va siendo hora de responder a sus llamadas. El teléfono no
ha dejado de sonar. Es mejor no ponerles nerviosos del todo, no vayan a hacer
una tontería.
—¿Tan pronto? No, no creo.
—Por si acaso —la chica miró a la anciana, con el bolso abrazado sobre su
pecho—. Tenemos todas las ventajas pero nunca se sabe.
—Sonia.
—¿Qué?
—¿Podrías mover un poco la videocámara a la derecha? Solo un poco.
—Claro, ¿por qué no me lo decías antes?
—Porque no es nada, mujer —le quitó importancia su interlocutor—. Si
hubiera sido grave lo habría hecho, pero es mejor dejar la línea abierta por si
pasa algo más urgente.
Sonia ya estaba junto a la mochila. Hizo lo que le decía la voz.
—¿Así?
—Perfecto. Había un ángulo muerto.
—Recuerda que si tienes que llamar por el teléfono del banco, marcas,
dejas que suene tres veces, cuelgas y vuelves a llamar inmediatamente.
—Que sí, que ya lo sé —protestó la voz del otro lado—. Yo aquí lo tengo
todo controlado, y no estoy nada nervioso.
—Yo ahora un poco —reconoció ella.
—¿Por lo del tiro?
—Sí.
—¿Cuántos rehenes tienes?
—Cinco.
—¿Los manejas bien?
—Ningún problema. Están bastante cagados de miedo. Ha sido más fácil de
lo que imaginamos.
—Ánimo.
—Gracias, Juancho.
Los dos dejaron de hablar al mismo tiempo. Sonia Costa cortó la
comunicación y se guardó el móvil en uno de los bolsillos de los pantalones.
Miró a los rehenes. Seguían impresionados por lo del disparo, con los ojos muy
abiertos y la boca seca.
—Todavía no he matado a nadie, tranquilos —les dijo con una sonrisa
segura por encima de la agitación que aún la envolvía.
14 horas, 1 minuto
Eudaldo Cruz marcó una vez más el número de teléfono del banco desde su
móvil.
Era una simple inercia. Tarde o temprano alguien lo descolgaría al otro
lado. Todo era cuestión de momentos.
Casi se quedó sin habla cuando la línea quedó establecida.
Se apartó de las personas que tenía cerca, aunque ahora reinaba un enorme
silencio a raíz del disparo al aire. Esperó uno, dos, tres segundos. A través de las
ranuras auditivas del pequeño aparato no se oía nada.
—¿Oiga?
—Sea breve —le dijo una voz femenina—. ¿He matado a alguna paloma?
—¿Quién es?
—No, ¿quién es usted? —le cortó la voz femenina—. ¿Es el jefe de todo el
tinglado que han montado ahí afuera?
—No.
—¿No?
Iba a colgar. La atracadora creía que la llamada era de la policía. Así que
iba a colgar y adiós a su suerte.
—¡Espere!
—¿Qué pasa?
Si le decía que era periodista, tal vez cortara igualmente. Pero si no se lo
decía...
—Me llamo Eudaldo Cruz, soy periodista.
—Oh.
Fue tan lacónica que no supo qué más decir o hacer.
—¿Quién es usted? —preguntó por fin Eudaldo.
—La que maneja esta movida.
—¿Podemos hablar unos segundos?
—Lo estamos haciendo.
—¿Qué ha sucedido?
—Nada.
—¿Nada?
—Bueno, aquí hay unas personas y yo tengo una pistola. No hay más. Oye
—ella le tuteó—. ¿Está la pasma ahí contigo?
—No, estoy solo.
—Genial —la voz femenina emitió un suspiro—. Entonces tendremos que
dejar de hablar porque necesito ponerme en contacto con ellos. He descolgado el
teléfono porque creía que la llamada era suya.
—¿Va a entregarse?
—No, ¿por qué?
—Escuche...
—Se te acabó el turno, Eudaldo.
—¿Puede decirme al menos su nombre?
Ella pareció pensárselo.
—Sonia.
—Algo es algo —dijo él.
—Es un premio por caerme bien.
—¿Le caigo bien?
—Me gusta lo que escribes, me gusta tu imagen, y ahora me gusta tu voz.
Sueles ser justo. ¿Qué edad tienes?
—Veintisiete.
—La foto que sacan en tu columna te hace mayor.
Estuvo a punto de sonreír. No se lo permitió. El tono era casi agradable, y
destilaba un algo juvenil, liviano y familiar. Pero aquella mujer tenía a un grupo
de personas retenidas a punta de pistola, y acababa de disparar al aire poniendo
la angustia en toda la zona, aunque nadie se había movido de su posición tras las
barreras policiales o en las ventanas desde las cuales se podía ver la plaza.
—¿Cuántos son?
—Ah, ah, por ahí no vas bien.
—¿Rehenes?
—Veintinueve.
—En esa cueva no caben veintinueve personas.
—Escucha, Eudaldo, no puedo estar aquí de palique todo el rato —el tono
se había vuelto agrio—. Llámame dentro de un poco. Ahora tengo cosas que
hacer.
—¡Sonia, no!
Su interlocutora había colgado.
14 horas, 10 minutos
Asunción Verdaguer observaba a la chica de la pistola.
Cada vez más, en lugar de verla a ella, veía a Carlota.
¿Sería capaz su nieta de algo parecido?
No, ella no.
Aunque fuese una rebelde, por culpa de su madre, sin duda. Si Antonio le
hubiese hecho caso, pero no, se casó con aquella menguada, aquella prepotente,
aquella insumisa. Atrapó a su hijo con todas las malas artes de una lagarta. Y
ahora Carlota era igual. Un desafío constante. Suerte que Gabriel era como
Antonio.
Llevaba muchos minutos inmóvil, aferrada al bolso y a los 120 euros. Si no
se los había quitado ya, si no había robado la caja del banco, era porque ya no
iba a hacerlo, ¿verdad? ¿O sí? No, la policía había frustrado el robo. Y ahora a
esperar.
¿Cuánto?
Por lo menos estaba sentada, en una silla. Los demás en el suelo pero ella
no. En eso la chica había tenido un detalle. ¿Qué le dijo? Ah, sí, "Usted sentada
como una reina". Bueno, si tenía consideración con una pobre vieja enferma, tal
vez no fuese tan mala persona. Solo una chica con problemas, rebelde, rabiosa.
Como Carlota.
La policía la mataría.
La miró más fijamente. Sí, iban a matarla. Tan joven y la vida perdida por
una locura. Qué absurdo. Antes las cosas eran más sencillas, pero ahora...
La matarían sin duda.
Se lo merecía, por secuestrar a gente inocente. Ella se lo había buscado.
Pobre Carlota...
No, no se trataba de Carlota, sino de la atracadora.
Asunción Verdaguer suspiró. Se sentía muy cansada por la rigidez, el
miedo, aquella tensa espera. Y nadie la echaría en falta. Nadie. Aunque Antonio
la telefonease a mediodía, pensaría que no estaba en casa y ya está. Ni la menor
preocupación. Un día se caería al suelo estando sola en casa, se rompería una
cadera, y su hijo no iría a ver si le había sucedido algo hasta dos o tres días
después, cuando se extrañase realmente de que no cogiera el teléfono. Para
entonces ya estaría muerta. Eso si no iba su nuera y la remataba.
Y tenía que haberse tomado la medicina hacía rato.
No tendría que caerse para morirse. Se moriría allí mismo.
Gabriel la lloraría. Por lo menos él sí.
14 horas, 15 minutos
Ignacio Planas empezaba a sentirse aliviado con relación a lo suyo.
La chica de la pistola no parecía ir a por él.
Simplemente estaba en el lugar equivocado en el momento más inoportuno.
Así eran las cosas.
Ella no tenía ni idea de quién era.
Quería quitarse la americana, pero no se atrevía a moverse. Cuanto menos
destacase, mejor. Eran cinco. Si a la muchacha se le ocurría una temeridad, como
por ejemplo anunciar que mataría a uno cada hora si no la dejaban salir, no
quería ser el primero. No, el primero tenía que ser el director de la sucursal. ¿No
representaba al banco? Pues eso.
Aunque siendo cinco, tres hombres y dos mujeres...
Mal asunto. Todo aquello era un jodido mal asunto. Nunca más volvería a
pisar un banco. Nunca más. La reunión perdida, el mal trago, la posibilidad de
que le diera un infarto, porque su corazón ya llevaba tiempo dándole avisos y los
análisis de sangre probaban que no andaba fino en casi nada... ¿Pero qué iba a
hacer? ¿Dejarlo? ¿Tomárselo todo con más calma?
Tal vez si salía de esta sí, se iría una semana al Caribe. Iba a necesitarlo.
Aquello iba para largo. Horas.
Ignacio Planas dejó de mirar a la chica por espacio de unos segundos. De
hecho no apartaba los ojos de ella, la veía ir a la mochila del fondo, inclinarse,
murmurar algo, y después hablar por teléfono, el del banco y el móvil que
llevaba encima. Una atracadora con móvil. Demasiado. ¿Con quién debía
hablar? ¿Con su madre? "Mamá, mira que me he metido en un lío y no vendré a
comer". Se hubiera reído de haber tenido ganas. A lo peor con el novio. "Cariño,
no vamos a poder casarnos porque no he conseguido el dinero. El banco no ha
querido hacerme el préstamo".
No tenía que estar pendiente de ella. Tenía que estar pendiente de la puerta
y de los ventanales ocultos tras la muralla de cortinas sólidas. Ellos atacarían por
ahí. Los GEO's. Y cuando sonase el primer tiro, o saltase por el aire el primer
cristal, tenía que echarse al suelo y no moverse. Esa era la clave. Si moría un
rehén, no sería él.
La anciana sentada sí. La pobre era el blanco perfecto.
¿Qué hacía una chica como aquella robando un banco, sola?
Dios, y el caso es que era preciosa, verdaderamente guapa. Podía tener lo
que quisiera. Podía...
¿Cuánto tardaría en desmoronarse?
14 horas, 20 minutos
Pepe Ponce maldijo sus problemas de contención.
Se disponía a ir al baño cuando había entrado la señora Verdaguer. Sabía
que era una pesada, y aun así se levantó para atenderla primero y entró en el
habitáculo de la caja. Ponerse en pie le había aliviado, pero ahora, tras el susto
inicial y el olvido momentáneo, el deseo de orinar volvía, y con más fuerza, a
pesar de lo comprometido de la situación.
Hizo un esfuerzo.
Pero el tormento aumentó, pasó de sus partes pudendas al cerebro, y allí se
volvió ansiedad. La ansiedad acrecentó las ganas, bajó de nuevo hacia abajo y
amenazó con hacerle estallar la vejiga.
Cerró los ojos, apretó las mandíbulas...
Nada.
Iba a quedar como un estúpido. Encima.
—Señorita, por favor.
Llamar "señorita" a una cría adolescente, por estupenda que estuviese. Se
sintió servil.
Maldita falta de contención.
—¿Qué quieres?
—Necesito ir al lavabo.
—¿Ah, sí? —la chica soltó un bufido—. No me digas.
—Es... ahí —Pepe Ponce señaló una puertecita—. No hay ninguna salida,
solo un ventanuco.
—¿Has visto a tu compañera? —movió la pistola de él a Clara—. Si ella se
lo ha hecho encima, ¿por qué tú has de ser diferente?
—Es que... —se quedó sin apenas voz.
—Oye, pringado —la atracadora le apuntó con la pistola—. ¿Quieres tener
un agujero extra por donde evacuar?
Las ganas de orinar desaparecieron como por arte de magia al ver el cañón
de la pistola recto hacia el espacio abierto entre sus dos ojos.
Clara, a pesar de habérselo hecho encima, había dado la alarma. Y a él solo
se le ocurría pedirle a la ladrona que le dejara ir al baño, hablándole con un
servil respeto. Su carrera en el banco, si es que alguna vez la tuvo, quedaba
arruinada por completo.
Y pensar que pudo haber tomado las vacaciones en julio.
14 horas, 22 minutos
Laureano Gómez asistió impertérrito a la derrota de Pepe.
La pesadilla se hacía más y más oscura.
Volvió la aprensión, el peso en el pecho, el vacío en el cerebro, el dolor en
el alma. Todo había quedado un poco en suspenso en los últimos minutos, pero
ahora acababa de reaparecer, en bloque. El señor Planas, a su lado, sudaba pese
al aire acondicionado. Clara tenía la cabeza hundida entre las piernas. Pepe
estaba pálido. Y la pensionista se mantenía tan quieta que a lo peor resultaba que
había muerto y nadie lo notaba. De los cinco, el único responsable seguía siendo
él.
¿No anheló siempre ser director de una sucursal, por pequeña que fuese?
Recordó la película Titanic. El capitán del barco moría con su nave. Para
algo era el capitán. ¿Tendría que morir él con la suya, como cabeza visible de
aquel diminuto barco? Sí sucedía algo así, no le harían una película, desde luego.
Y además, no quería morir.
¿Quién pensaba en morir?
Mejor ser un cobarde vivo que un valiente muerto.
Su deber era pensar en su mujer y sus tres hijos. Le necesitaban. Esa sí era
una verdad absoluta.
¿De qué hablaba por teléfono? ¿Y con quién? ¿Era con la policía? ¿Habría
hecho ya sus peticiones? ¿Si necesitaba a un interlocutor, lo escogería a él?
Laureano Gómez se estremeció. Tendría que asomarse a la puerta, con la pistola
de la chica apuntándole a la cabeza, y en casa, a su familia, les daría un pasmo.
A su mujer desde luego, con lo miedosa y asustadiza que era, pensando siempre
lo peor. Pero si escogía a otro rehén...
Recordó sus pensamientos libidinosos al entrar ella.
Aquella camiseta ajustada, aquella belleza expansiva, aquella fuerza
sensual.
Su hija menor tenía más o menos la misma edad. Otra bomba en potencia.
¿Cuántas veces había dicho que tenía que controlarla un poco más, con quién
salía, qué hacía, por qué regresaba tan tarde los fines de semana? Carne en el
mercado.
Carne a la espera de los depredadores.
Aun cuando ellas mismas fueran depredadoras.
Laureano Gómez tuvo ganas de vomitar.
Tuvo que contener la arcada, como Pepe su vejiga.
La diferencia entre vivir y morir era, a veces, muy delgada.
14 horas, 30 minutos
Clara Sorribas la odiaba cada vez más.
Y no solo a ella, sino también a todas las que eran como ella.
Porque la ladrona era un símbolo.
Tan joven, tan guapa, tan sexy, tan valiente, tan loca...
La humedad se había helado en su pubis y en sus piernas. Se sentía mal,
incómoda, sucia, pero sobre todo amargada. No era la primera vez que se hacía
pipí encima. Y jamás pensó que pudiera repetir la experiencia. Entonces tenía
dieciocho años. Parecía haber transcurrido un siglo en lugar de catorce años. Se
había enamorado locamente de un chico, Eduardo, y estaba segura de que él
también sentía algo por ella. Hablaban mucho, con entusiasmo, con vehemencia.
Creía que era el hombre ideal. Se habría entregado a él con los ojos cerrados, en
cuerpo y alma. Él sin embargo la respetaba. Día a día. Hasta que le pidió una cita
especial, una tarde, cuando creía que se le declararía, él le dijo que estaba
enamorado de su mejor amiga y si ella creía que tenía posibilidades.
Entonces se orinó encima.
Se hundió.
Pudieron ser los nervios, el golpe, la vergüenza... muchas cosas. Ya no
importaba. Se orinó encima y ni tan solo pudo levantarse y echar a correr, o
abofetearle, para mostrarle cuánto le odiaba de pronto. Tuvo que quedarse en la
mesa, hablando, fingiendo, hasta que él se marchó.
Así que ahora, Clara Sorribas no sabía muy bien si estaba en el banco, en
manos de una atracadora juvenil, o en aquel bar, viendo su vida hundida una vez
más.
Como siempre.
Si ella hubiese sido la mitad, la cuarta parte de guapa que aquella idiota de
la pistola, no estaría sola, tendría a alguien, no viviría la amargura de su soledad
tan intensamente, no se sentiría baja, estúpida, fea y gorda. Si ella hubiese tenido
un poco de suerte, solo un poco.
Clara Sorribas le pidió a un Dios que nunca la había escuchado antes que la
mataran, que una bala destrozara aquella carita de ángel, aquel cuerpo perfecto,
aquella sensualidad latente. Una bala para la ladrona, y para todas las que eran
como ella. Lo tenían todo, los hombres las deseaban, no pasaban indiferentes por
ningún lado, su belleza era un desafío, su absoluto poder.
Y encima robaban bancos.
Apretó las mandíbulas, los puños. El odio subió y subió, apoderándose de
su cerebro igual que una niebla espesa. Quería gritarle: "¡Yo di la alarma! ¡Yo!
¡Me he meado porque estaba llamando a la policía! ¡Yo he hecho que estén aquí,
y van a matarte! ¡Oh, sí, lo harán! ¡Sufre, llora!".
Aunque no parecía sufrir. Hablaba por teléfono, sonreía, iba de un lado a
otro, nerviosa, campando a sus anchas por la sucursal, sabiendo que ninguno de
ellos haría nada, porque eran unos cobardes, Pepe y el director los primeros.
La humedad le escocía.
La ladrona volvía a tener el móvil en las manos, marcaba un número.
14 horas, 35 minutos
Jacobo Aguilar contemplaba el diploma que presidía su despacho.
Abogado.
No era mucho, pero era todo lo que tenía, y en momentos como aquel se
preguntaba si algunas cosas valían la pena. Tantos años, tantos sueños, tanto
esfuerzo. El diploma estaba allí, en la pared, presidiendo el despacho, y él abajo,
en la silla, a años luz de la verdad. La distancia que los separaba era mucho más
que física. Era una distancia anímica.
El televisor, encendido, quedaba ahora a su izquierda.
La imagen estática de la sucursal del Banco del Centro de la plaza San
Honorato se enmarcaba en la pantalla. Había un Porsche aparcado delante, en el
paso cebra. Pensó en su dueño sin saber por qué. Una voz en off hablaba por
hablar, para rellenar el hueco del silencio. Y no es que hubiera mucho que decir.
—...en esta espera tensa en la que todavía hay muchos interrogantes y
ninguna certeza...
Jacobo Aguilar se adentró por la huella de su memoria.
Estudiaba, estudiaba, estudiaba. Sería abogado, como su padre, como su
abuelo. La gran diferencia residía en que ellos habían sido ilustres, los primeros
de sus promociones, mientras que él... él era del montón. Aun así, no dejaba de
repetirse que siempre defendería causas justas.
Demasiado poco carácter para según qué causas justas.
Su padre le quería en criminología.
—Maldito cabronazo —le dijo al diploma mientras pensaba en él.
Si su padre le hubiese dado una oportunidad, solo una, incorporándolo al
gabinete... Pero no se la dio. Muerto su abuelo, todo estaba en manos del gran
Isidoro Aguilar. Le hubiera bastado esa oportunidad. ¿Era pedir demasiado? Con
ella, todo habría sido distinto. Con ella no tendría que...
El timbre del teléfono le arrebató los pensamientos.
Tuvo un sobresalto.
Sabía que era la llamada que esperaba, no podía ser otra. Aun así tardó en
responder. Dejó que el zumbido sonara cuatro veces. Sus ojos fueron del
diploma al televisor, y del televisor al aparato. Cuando alargó la mano para
tomar el auricular comprendió que en cuanto lo hiciera, la suerte estaría echada.
No la detuvo.
—¿Sí?
—Soy yo —dijo una voz femenina.
—¿Cómo va todo?
—Según lo planeado.
—¿Algún problema?
—No, ninguno. Lo tengo controlado y el grupo se porta como debe.
—¿No llamarás desde el teléfono del banco? —se envaró.
—¿En qué quedamos? ¿Me tomas por una pardilla? —la voz femenina
rezongó cada una de sus palabras—. Tengo el móvil.
El teléfono del banco ya estaría pinchado y controlado. No es que hablar
desde un móvil fuese seguro, con los equipos de rastreo que existían ya en la
actualidad, pero siempre permitía un mayor margen, sobre todo al comienzo.
Todo había sido bastante rápido así que quizás no estuviesen aún preparados ni
se imaginasen que ella llevaba un móvil.
—¿Cuántos tienes? —suspiró tranquilizándose.
—Cinco —dijo la voz femenina—. Tres más dos.
—¿Seguro que no te causarán problemas?
—Tendrías que verlos —la oyó sonreír.
—¿Qué tal son los dos?
—Una anciana y un tipo mayor.
—¿Has cacheado al tipo? No vaya a ser un poli.
—Suda como un cerdo pese al aire acondicionado. No es de la pasma.
—De todas formas no te fíes.
—Solo serán unas horas, tranquilo.
—Sales por la tele.
—Ya lo sé. Me lo ha dicho Juancho.
—En directo. Ahora.
—Oh, vaya.
—Lo del disparo...
—Se acercaba uno. Ha sido al aire.
—Ya saben que estás armada, así que no te confíes. Si pueden y les das un
blanco, te dispararán.
—No les daré ese blanco.
—Sonia... —Jacobo Aguilar vaciló un instante—, procura que esto no se te
vaya de las manos, ¿de acuerdo? A la menor señal de peligro o al menor vestigio
de problemas...
—Oye —le detuvo—. Cada minuto que pase aquí dentro es dinero,
¿recuerdas? Dinero y reclamo, exclusivas y fama. No voy a salir antes de que
toda España sepa quién soy. Así que no habrá problemas. ¿Estás nervioso?
—Por ti.
—Yo estoy bien, y a ti te pareció una locura genial cuando te lo conté.
—De acuerdo, perdona.
—Esto no ha hecho más que empezar —la voz de Sonia era hermética—.
No me falles ahora. Te advierto que no tengo más que levantar el auricular y me
salen cincuenta abogados.
—Vale, vale. Tú haz lo tuyo. Déjame a mí lo mío —Jacobo Aguilar atrapó
el mando a distancia del televisor y le quitó la voz a la emisión. Aquel
murmullo, a modo de letanía religiosa, se le estaba haciendo insoportable—. ¿La
policía se ha puesto en contacto contigo?
—Voy a llamarles ahora, antes de que se pongan nerviosos.
—Adelante —recordó algo de pronto y preguntó—: ¿Y Juancho?
—En su sitio —respondió Sonia.
No había mucho más que decir.
Al menos de momento.
—Suerte —se despidió Jacobo Aguilar.
—Cuando llegue la hora, exprímelos —hizo lo propio ella.
14 horas, 50 minutos
El comisario Pablo Ramírez se quedó mirando a Elías Curto con rostro de
incredulidad.
—¿Que quieren... qué? —masticó todas y cada una de sus palabras.
Su subordinado se lo repitió:
—Una limusina blindada, un helicóptero en el lugar más cercano al banco
dónde pueda aterrizar, un millón de euros y vía libre para ir a Hollywood.
—¿Ha dicho... Hollywood?
—Ha dicho Hollywood.
—Están de guasa, ¿no?
—La mujer que ha hablado parecía bastante centrada.
—¿Síndrome?
—No. Voz y tono firmes. Lo están analizando ahora en el espectrógrafo.
—¿Primera impresión?
—Mujer joven, de aquí mismo. Ningún acento.
—¿Cómo de joven?
—Joven —Elías Curto hizo un gesto ambiguo—. Menos de veinticinco,
aunque aún es pronto para...
—¿Han dicho cuántos son?
—No.
—¿Los rehenes?
—Según ella, están bien, pero tampoco ha revelado el número. Crespo ha
dicho que parecía... muy aplomada.
—¿Profesional?
—Tal vez.
—Joder —suspiró el comisario de policía—. ¿Ha dicho algo de matar a los
rehenes si no satisfacíamos sus peticiones?
—No.
—¿Ruidos de fondo, lágrimas, indicios, cualquier cosa?
—Nada, señor.
—¿Desde dónde ha llamado?
—Desde el teléfono del banco.
Pablo Ramírez dirigió su mirada al otro lado de la plaza. Se tomó unos
segundos para meditar.
—Ese cabrón que ha aparcado el Porsche en el paso de cebra se va a enterar
—murmuró.
—¿Señor? —a Elías Curto, en primera instancia, se le escapó el
comentario.
Luego lo captó de lleno.
Su superior volvió a rezongar envuelto en otro suspiro:
—¿Hollywood?
15 horas, 3 minutos
Magda Encinas esperó la indicación del controlador de la Unidad Móvil. El
hombre seguía atentamente desde su posición la imagen que le llegaba del
monitor y el audio que fluía a través de los cascos que llevaba casi pegados a las
orejas. A veces Magda no recordaba si tenía pabellones auditivos.
—Preparada.
Se colocó en posición, frente a la cámara, micrófono a la altura del pecho,
sin taparse el rostro, el logotipo de la cadena visible al frente. Ya la habían
retocado así que no se movió para no alterar en lo más mínimo su imagen.
Primero sonrió. Después recordó que se trataba de la retransmisión en vivo de un
drama urbano, y cambió la sonrisa por una expresión adusta y profesional. A
pesar de ello, ninguna arruga traicionó su semblante. Tampoco era la primera vez
que se colocaba al frente del directo en una tragedia. Cuando llegó la primera al
lugar del accidente ferroviario de tres meses antes, había sido testigo de cómo
retiraban cadáveres y heridos. La liberación de una mujer aplastada fue su mayor
logro. Supo darle emotividad a cada palabra, acompañando unas escenas que
luego dieron la vuelta a España.
Aunque no faltó quién lo tachó todo de oportunista, sensacionalista y de
pésimo gusto.
Había opiniones para todo.
—Tres, dos, uno... —la alertó el controlador—. ¡Dentro!
Ella también contó hasta tres después de la orden. Sabía que necesitaba ese
colchón para no precipitarse y permitir que imagen y voz entraran de forma
debida. Primero una, después otra.
—Aquí en la plaza de San Honorato todo sigue igual desde el momento en
que los atracadores de la sucursal del Banco del Centro han sido sorprendidos
por la rápida aparición de la policía y se han atrincherado en el interior con un
número indeterminado de rehenes.
Hasta el momento, la mayor preocupación sigue siendo precisamente este
punto: se desconoce la cantidad de personas que los secuestradores puedan tener
en su poder.
Sí se sabe en cambio que los empleados de la sucursal bancaria eran en el
instante del asalto tres, el director y dos subalternos. La tensión, la preocupación,
el miedo, están presentes aquí en los aledaños de la plaza...
La cámara dejó de enfocarla a ella, tal y como estaba previsto al llegar a
este punto, para hacer un barrido por la plaza, al otro lado de la barrera policial.
No se detuvo hasta quedar fija, una vez más, en la puerta de la sucursal bancaria.
Magda Encinas habló del barrio, de su tranquilidad, de la pequeña sucursal,
de la hora de la alarma, del fuerte cordón de seguridad policial impuesto, de lo
divino y lo humano, en uno de los habituales alardes periodísticos cotidianos de
hablar sin decir nada e informar sin nada de que informar. Fueron más de tres
minutos de tiempo televisivo.
Hasta que el controlador la avisó de que cortara en treinta segundos.
Y lo hizo.
—De momento, esto es todo en la plaza de San Honorato, donde hoy
vivimos uno de los hechos más dramáticos de este verano. Seguiremos
informándoles puntualmente aquí, en vivo y en directo, caso de producirse
alguna novedad. Magda Encinas...
El controlador volvió a contar, aunque ahora en silencio, con las manos.
Dedo pulgar, dedo índice, dedo medio y final.
—¡Fuera! —anunció.
Magda Encinas movió el cuello para quitarse presión. Le pasó el micrófono
a un ayudante y caminó hacia la Unidad Móvil sin hacer caso a la gente que la
contemplaba y la admiraba. El controlador le dijo lo que quería sin necesidad de
preguntárselo.
—Has estado perfecta —asintió.
Vieron por una de las pantallas cómo la presentadora del avance
informativo ponía el punto final a la retransmisión, indicando que si sucedía
algo, cortarían el programa que estuviesen dando para retransmitir de nuevo en
directo los acontecimientos.
Gajes de ser la cadena de la Comunidad.
—Han dicho que no nos movamos de aquí —habló el realizador de la
Unidad Móvil—. Una cámara enfocando sin parar a la puerta del banco. Y tú
quieta —apuntó con un dedo a Magda.
Sabía que tenía que quedarse allí, al pie del cañón, no hacía falta que se lo
recordaran.
Cuando llegasen los tiros, tendría que retransmitir el partido.
Y eso tanto podía ser en unos minutos como en unas horas, aunque ella
apostaba por lo último.
D) CONTACTOS
15 horas, 14 minutos
Sonia marcó el número en el móvil.
Al otro lado, el zumbido no llegó a sonar ni siquiera una vez.
—¿Sonia?
—Hola.
—¿Todo bien?
—Como una seda. Más tranquilo de lo que me creía. Mientras no sepan a
qué atenerse, cuántos rehenes hay y cuántos atracadores nos hemos atrincherado
aquí dentro...
—Por aquí fuera tampoco hay gran cosa.
—Aguilar dice que estoy en todas las cadenas.
—Acabo de ver en directo una. La tal Magda Encinas. Ha estado bien —la
informó él.
—Es buena tía. Me gusta cómo lo hace.
—¿No es mejor TV-1?
—No, confía en mí. Ya sabes que me he preparado a conciencia. Sé quién
es quién en cada sitio, qué hacen y cómo lo hacen. Y también sé quién puede
darme ahora una mejor imagen. Es necesario controlar a los medios.
—Claro.
—Juancho, acabo de hacer las peticiones —proclamó Sonia cambiando el
tono de su voz.
—¿Qué tal?
—Un poco fuerte. Les he dicho que quiero vía libre para ir a Hollywood.
Logró hacerle reír.
—Estás loca.
—Puestos a pedir...
—¿Qué han dicho?
—Oh, se han limitado a anotarlo. Al menos eso parecía hacer el lila con el
que he hablado. Muy profesional, ya sabes. No le he dejado meter baza, ni que
me soltara ningún rollo —Sonia miró la mochila y sacó la lengua—. ¿Me ves?
—Claro que te veo.
Le sacó la lengua un poco más.
—Va, no te descuides, payasa.
—Es para liberar tensión, hombre. Lo peor es el paso del tiempo, y esta
espera.
—Aquí también estoy nervioso —le recordó Juancho—. Me siento solo.
—Todo saldrá bien.
—Sí —le oyó suspirar por el altavoz del móvil.
El teléfono de la sucursal bancaria hizo sonar su timbre. Eso la sobresaltó.
—¿Qué pasa? —preguntó Juancho.
—Me llaman. Tengo que cortar —se despidió ella—. Te quiero.
15 horas, 16 minutos
Eudaldo Cruz estaba parapetado en el umbral de un edificio noble, con
mármoles en el vestíbulo, plantas colgando en las galerías, coches de lujo en las
rampas de acceso al aparcamiento y un conserje que le miraba con ojo crítico
mientras alargaba el cuello para no perderse nada de lo que sucedía unos metros
más allá, al otro lado del tumulto y la barrera policial. El sol caía a plomo desde
la vertical del cielo y cualquier sombra se agradecía, aunque al cada vez más
numeroso público no pareciera importarle recibirlo de lleno.
—Vamos, cógelo —le dijo al móvil.
El zumbido sonó una vez, y dos, y tres al otro lado.
También él miró en dirección a la plaza, poniéndose de puntillas, como si
pudiera vislumbrar desde allí a la tal Sonia y pedirle que atendiera a su llamada.
Al cuarto latido, la línea se abrió.
—¿Oiga? —habló al encontrarse con el silencio.
—¿Quién eres?
—Eudaldo Cruz.
—Oh, el chico bueno.
—¿Aún le caigo bien?
—¿Desde dónde me llamas? —preguntó la voz femenina pasando de
responder a su pregunta trivial.
—¿Cómo que desde dónde...?
—¿Móvil o fijo?
—Móvil.
—Pues dame tu número.
—¿Por qué?
—Dámelo o corto y no volvemos a hablar. ¿Eres ingenuo o lo haces ver?
No, no era ingenuo. Ni ella tampoco. Lo que menos parecía era
precisamente eso. Tampoco daba impresión de ser una atracadora asustada por lo
complicado que se le había puesto todo. Hablaba con voz firme, segura.
Destilaba tan solo un deje de nerviosismo. Solo eso.
Bueno, no es que tuviera mucha experiencia con atracadores.
El teléfono del banco ya debía estar intervenido. Si le pedía el móvil era
porque ella también tenía uno y quería hablarle sin escuchas.
Curioso.
—Apunte —le dijo manteniendo el tratamiento de usted.
—Ya.
Le cantó las nueve cifras. No pudo ni repetírselas.
—Cuelga, Eudaldo —le ordenó la tal Sonia—. Te llamo yo.
15 horas, 17 minutos
El comisario de policía Pablo Ramírez levantó la cabeza cuando la
grabación enmudeció.
—¿Quién coño es ese? —preguntó.
—Un periodista, ¿recuerda? —le respondió Senén Quincoces.
—¡Ya sé que es un periodista! ¡Antes me lo han dicho! —estalló el
comisario—. ¡Lo que quiero es saber por qué demonios habla con él!
Todos los que le rodeaban se lo quedaron mirando en silencio.
—¿De qué escribe ese... cómo se llama?
—Eudaldo Cruz —le ayudó Elías Curto.
—Es columnista —se oyó una voz fuera del círculo principal.
Miraron hacia allí. Jaime Marqués se acercó a ellos.
—¿Lo conoce? —preguntó el comisario.
—Sí —no agregó nada parecido a "somos amigos". Un policía amigo de un
periodista se prestaba a equívocos—. Es un buen tipo, honesto, idealista, joven,
pluma ágil. Ya sabe, esa clase especial de plumíferos.
—Tocacojones —afirmó terminante Pablo Ramírez.
—Es un incordio cuando persigue algo, pero es de fiar —se creyó en la
obligación de defenderlo—. Lo que escribe tiene sentido.
—¿Y le ha dado el número de su móvil a los atracadores? ¿Eso tiene
sentido?
Jaime Marqués ya no dijo nada.
—Ella también tiene un móvil —dedujo uno de los policías de paisano—.
Tal vez de alguno de los de dentro.
—Pues hay que cazar su frecuencia cuanto antes —comentó otro.
—Marquen ese número —ordenó el comisario—. Y que venga una unidad
de "orejas".
—¿Hablo con él? —inquirió Elías Curto.
—No, lo haré yo —dijo su superior.
Senén Quincoces, el negociador, fue quien pulsó los nueve dígitos. Le pasó
el auricular inmediatamente al jefe del operativo montado en torno al banco. La
línea quedó abierta casi antes de que se escuchara el menor sonido.
—¿Sonia?
—¡Maldita sea, señor Cruz! ¿Por qué no nos deja trabajar en paz?
El silencio fue breve, y nada tranquilizador.
—Podría decirle lo mismo sea quien sea.
—¿Quiere que le detenga?
—¿Por qué?
—Obstrucción a la justicia.
—¿Quién es usted?
—Comisario Pablo Ramírez.
—Ya.
—¿Cómo que ya? —tapó el auricular, miró a los demás, que oían el diálogo
por el altavoz, y les comentó—: ¡Estos cabrones ya no se asustan de nada, panda
de...! —volvió a su conversación con Eudaldo—. Mire, señor Cruz, lo que
tenemos entre las manos es una bomba de relojería de las que, si estallan, hacen
daño, no sé si me entiende. No creo que una exclusiva valga la pena cuando hay
vidas en juego.
—No busco ninguna exclusiva, solo hacer mi trabajo, y será mejor que
cuelgue. Si llama Sonia y me oye comunicar puede pensar que estoy hablando
con la policía, así que perderemos el contacto, usted y yo.
—¿Va a colaborar con nosotros?
—Cuelgue y lo sabrá.
—¡Oiga! —volvió a mirar a sus subalternos y anunció con cara de estupor
—: ¡Ha colgado!
15 horas, 18 minutos
Asunción Verdaguer ya no pensaba en sus 120 euros.
Pensaba en ella, en su medicina, y en que era una tontería morir allí, en el
banco donde siempre se daba cuenta de lo poco que tenía, lo mucho que pagaba
por todo, y lo mal que la trataban por ser tan solo una simple pensionista, aunque
fingieran ser amables.
Nunca le daban nada, ni un regalo, ni... Nada.
Y en cambio a su vecina le habían regalado un reloj por Navidad, y a la
panadera, que ya tenía de todo, una cafetera.
Por segunda vez el mundo empezó a desvanecerse dentro de sí misma.
La chica de la pistola iba a llamar de nuevo con su teléfono móvil. Levantó
una mano. La sintió pesada, de plomo. Habló con voz quebradiza.
—Oiga... yo...
La muchacha dejó de presionar los dígitos del teléfono y se acercó a ella
con la pistola bien sujeta en su mano derecha y el móvil en la izquierda.
—¿Qué sucede? —frunció el ceño al darse cuenta de la palidez de la
anciana.
—No... me encuentro... bien —dijo Asunción Verdaguer—. Por favor...
—Tranquila, señora. No va a pasarle nada.
Se guardó el móvil y le pasó la mano por la cabeza, con cariño.
—Es que... tenía que haberme... tomado... una medicina hace... un rato,
¿sabe? —siguió hablándole de usted aunque le parecía una tontería hablarle de
usted a una niña que tenía la misma edad de su nieta Carlota.
La atracadora apuntó a Clara Sorribas con el arma.
—Tú, traele un vaso de agua.
La empleada del banco no se movió.
—No tengo aquí... la medicina... —le aclaró Asunción Verdaguer—.
Quiero... irme... a mi casa... por favor.
—Lo siento, señora, pero aún no puedo dejarla marchar —repitió su gesto
de ternura, acariciándole la cabeza. También la sonrió con dulzura—. Aún no.
Pero será la primera en hacerlo, ¿de acuerdo? Espere un rato.
—¿Cuánto?
—No lo sé. Unas horas.
—Escuche —la voz de Laureano Gómez surgió desde detrás de la silla en la
que estaba sentada la anciana—, si algo le sucede usted será...
—Eh, eh —la chica le apuntó a la cabeza y él se calló, pálido—. Usted es el
director, así que tiene todos los números si algo sale mal, ¿me entiende?
No hubo respuesta. El hombre bizqueó al mirar el agujero del arma.
—¿Me entiende? —repitió ella.
—Sí —musitó.
—Hija... —Asunción Verdaguer le rozó el brazo con su mano—, ¿por qué
hace... esto?
—Cállese, abuela.
—Aquí tengo... el dinero —le ofreció el bolso—. Por favor...
—Abuela, no lo estropee —se lo dijo con cariño una vez más, pero también
con firmeza, dando un paso atrás al darse cuenta de la proximidad—. Un par o
tres de horas, ¿de acuerdo?
15 horas, 22 minutos
Eudaldo Cruz estaba empezando a pensar que no habría ninguna llamada.
Y todo por culpa de la interferencia policial.
—¡Mierda! —protestó con el móvil en la mano.
El conserje del edificio en el cual se guarecía del sol le lanzó una mirada de
apremio.
Sonó la señal.
Le pilló de improviso, caminando unos pasos y con la guardia bajada, así
que contempló el aparato como si fuera una puerta conectada con el Más Allá
antes de abrir la línea y responder. Lo que más lamentó fue que el modelo
resultase anticuado. Había unos, la mayoría de los modernos, en los que aparecía
en la pantallita verde el número del que llamaba. Habría tenido un acceso más
directo con la mujer del otro lado.
—¿Sí? —ésta vez no dijo el nombre, por si era la policía de nuevo.
—¿Eudaldo?
—Soy yo, Sonia. Diga.
—Oye, ¿vas a seguir llamándome de usted?
Se lo pensó. Ni siquiera sabía...
—¿Quieres que te tutee? —cuanto más hablase con ella, más podría
relajarla, percibir algo, ganarse su confianza. La voz seguía siendo amable,
serena, joven.
—Será mejor.
—De acuerdo.
—¿Qué quieres saber?
—¿Qué puedes contarme?
—Me llamo Sonia Costa.
—¿Puedo hacerte una entrevista?
—No.
—Entonces...
—Tú pregunta y yo te contestaré lo que pueda dadas las circunstancias.
Era más de lo que cabía esperar.
—¿Cuántos sois?
—Ah, ah.
—¿Los rehenes están bien?
—Hay una anciana algo achacosa, pero sí.
—¿Tenéis problemas?
—¿A qué clase de problemas te refieres?
—Drogas.
—No.
—¿Así que el móvil para asaltar el banco...?
—¿Tú nunca has querido meterle mano a la caja de un banco, Eudaldo?
No solo mostraba aplomo, seguridad, sino que era... Bueno, había algo en
ella, mitad divertido, mitad curioso. No es que él tuviese demasiada experiencia
en hablar con delincuentes que atracaban bancos a mano armada, pero tampoco
era tonto.
Eudaldo Cruz tuvo un presentimiento.
—¿Qué edad tienes, Sonia?
El silencio le hizo ver que había dado en el blanco.
—¿Sonia?
—Cumplo dieciséis dentro de una semana.
El periodista cerró los ojos.
Una ráfaga de aire primero frío pero después muy caliente le atravesó el
cerebro de lado a lado y le bajó por la espina dorsal.
—¿Te ha sorprendido, súper periodista? —oyó que sonreía ella.
—Sí —reconoció.
—Bien —no lo dijo en tono festivo, pero sonó como si lo fuera.
—¿Por qué haces esto, Sonia?
—Despacio. El día es joven.
—No entiendo...
Eudaldo escuchó algo cerca de dónde ella hablaba. El timbre del teléfono
del banco. Un zumbido. Dos. Tres. Luego de vuelta a la normalidad. Sin
embargo se encontró con lo inesperado.
—Debo colgar —le dijo Sonia—. Adiós.
—No, ¡no, espera!
—Te llamaré.
Justo un segundo antes de que ella cortara la comunicación, el teléfono del
banco volvió a sonar.
15 horas, 26 minutos
Sonia Costa se guardó el móvil en un bolsillo de los vaqueros y siempre con
la pistola en la derecha descolgó el auricular del teléfono del banco con la
izquierda. La contraseña de Juancho la había alarmado.
—Repite —fue su único comentario.
Colgó y esperó a que hiciera la llamada a través del móvil. No pasaron ni
cinco segundos.
—¿Sí?
—Llegan los GEO's —le dijo él.
—¿Ya?
—Ya.
Se mordió el labio inferior.
La cosa iba cada vez más en serio.
—¿Qué hacen?
—De momento desplegarse, hablar con la policía, no sé. Hay mucho
movimiento.
—Cuando estén en posición, dime más o menos por dónde paran, qué
azoteas, terrazas, ventanas o balcones utilizan.
—Bien.
—Ten cuidado.
—Lo tendré, descuida.
—¿Con quién hablabas?
—Con un periodista.
—Esto va rápido.
—Mucho, pero era lo esperado, ¿no?
—Te dejo, o me perderé la fiesta.
—Hasta luego.
Cortó la comunicación hecha con el móvil, se lo guardó y descolgó el
teléfono del banco.
El número que la policía le había facilitado en su primer contacto estaba
anotado al lado. Lo marcó y esperó. Tardaron en cogerlo y sonrió. ¿Cuántos
cabezas huecas debía haber al otro lado de la calle, grabándola y haciéndose
preguntas?
—¿Sí? —dijo una voz seca, profesional.
Sonia tomó una bocanada de aire.
—Escuche, porque solo se lo diré una vez, ¿de acuerdo? —comenzó a
hablar.
15 horas, 30 minutos
Magda Encinas se encontraba a unos diez metros de la Unidad Móvil,
apartada de la gente que cada vez más se condensaba en torno a las barreras
policiales. No quería que la molestaran, que le pidieran autógrafos, que la
importunaran con comentarios triviales. "Es muy guapa", "La admiro mucho",
"Siempre que sale por la tele la seguimos".
Odiaba los rostros anónimos que le hablaban.
Todos parecían ser la misma persona.
La llamada del jefe de la Unidad Móvil la hizo reaccionar.
—¡Magda!
Se acercó. Otra intervención. Más palabrería vacía e inútil, porque todo
seguía igual salvo por la aparición de los GEO's, muy comentada en la calle.
Algunas voces aseguraban que todo iba a terminar pronto, porque ellos lo
solucionarían en cinco minutos. Otras decían que pronto habría tiros. Los más se
limitaban a esperar absorbiéndolo todo como si fueran esponjas. La diferencia
era que aquello sucedía en la calle, con calor, y que ellos estaban de pie, no en
sus butacas, cómodamente sentados, en camiseta, calzoncillos o bragas y con un
refresco en la mano.
—¿Qué sucede? —metió la cabeza por la puerta abierta de la Unidad
Móvil.
—Es el jefe-jefe.
Se puso los auriculares. El director de informativos no solía llamarla en
persona. Había una cadena de mandos. O el caso entraba en una fase decisiva y
él sabía algo o aquello trascendía a la simple labor informativa.
—¿Sí?
—Los de dentro quieren entrevistarse contigo —le soltó de buenas a
primeras.
No le preguntó si quería hacerlo. No le habló de peligros. Eso no contaba.
Estaban en los servicios informativos. Es más, si la herían en vivo, la audiencia
subiría diez puntos. Y no digamos si la mataban.
—De acuerdo —asintió Magda sintiendo una punzada en el estómago.
—Dentro de una hora, en directo.
—¿En directo?
—Sí.
—Avisaré a Tasio para preparar...
—Te quieren a ti sola —la cortó él desde la emisora de TV.
—¿Por qué?
—No son tontos. Hace poco en un caso parecido el cámara era policía y
hubo una ensalada de tiros. Yendo tú con la cámara saben que el riesgo es
mínimo.
—¿Han llamado ellos?
—Sí, directamente. Una mujer. Acabo de notificárselo a la policía y están
de acuerdo. Por lo menos así sabrán cuantos son los atracadores y cómo están los
rehenes. Solo han arrugado la cara cuando han oído lo de que eras mujer.
—Machistas.
—Te pondrán un chaleco antibalas.
—Ni hablar.
—¿Por qué?
—Engorda.
—¿Hablas en serio?
—¿Me has oído hablar en broma alguna vez tratándose de trabajo?El
director de informativos no perdió demasiado en disquisiciones.
—¿Podrás con la cámara y las preguntas y...?
—Claro, hombre.
—Oye —la voz del hombre vaciló por primera vez.
—¿Qué?
—Esto es gordo.
—Ya lo sé. ¿Por qué te crees que me gusta?
Hubo un sarcasmo contenido, una especie de resoplido ambiguo. Ignacio
era un buen profesional, lo mismo que ella. Todo estaba dicho.
—Prepárate. El comisario que está al mando del tinglado te espera para
darte instrucciones.
—Voy a ir como periodista, no como ojo policial, que conste.
—Por supuesto, pero no se lo digas a ellos. Algo más: que Tasio te filme a
ti en todo el proceso, camino de ida, entrada en el banco y vuelta. No hay que
perder ninguna opción.
—Descuida.
—Suerte —le deseó su superior.
Nunca la había necesitado, pero no estaría de más tenerla en un momento
como el que se le avecinaba.
15 horas, 35 minutos
Eudaldo Cruz tenía una campanita repicando en su cabeza.
Algo que le gritaba desde su interior, que tenía cerca, que le había
sorprendido, y que sin embargo se le había escapado. Como arena entre las
manos.
Memorizó el último diálogo con la chica.
—Vamos, vamos... —se forzó a sí mismo.
Su dichoso instinto. Su maldito sexto sentido. Su esto y aquello. A veces la
presión era tan subterránea que se convertía en un abismo. Y él estaba en la
superficie, tratando de sacarlo afuera.
¿Qué había dicho ella?
¿Por qué la campanita no hacía más que repicar?
Miró la gente que se agolpaba cada vez de forma más homogénea en la
calle, frente a la barrera policial. Miró las ventanas, los balcones, las terrazas.
Una densa y abigarrada marea humana dominaba la calzada y las aceras. Un
overbooking pleno rebosaba los espacios altos.
El rostro de la multitud.
El rostro impasible de los asistentes a la Gran Comedia en el mejor Teatro
de la Vida.
La realidad.
—Id a vuestras casas, estaréis mejor —les dijo en voz baja.
El rostro de la multitud era compacto, homogéneo, uniforme. Ojos quietos,
palabras fáciles, ansiedad latente. Vampiros inmóviles a la espera de la sangre
que los alimentara.
Todos tan iguales.
La idea apareció de pronto, revoloteando igual que una mariposa plácida y
nerviosa.
No hizo acallar la campanita, siguió sonando, pero comprendió que era una
magnifica base para iniciar la verdadera investigación. Un punto de partida
distinto.
Sacó el móvil y marcó el número del periódico.
—Ponme con Tadeo —le pidió a la telefonista.
Contó hasta tres.
—¿Daldo?
—Toma nota. Cogeos el listín telefónico y llamad a todos los Costa que
aparezcan en él. Dad con alguien que sea familia o conozca a una chica llamada
Sonia Costa que dentro de una semana cumple dieciséis años.
—¿Estás de guasa? —rezongó Tadeo.
—No, y será mejor que os pongáis todos los que podáis. Lo del banco es el
tema del día y la portada de mañana.
—Joder, tú —suspiró Tadeo.
Eudaldo pensó en Esther. Todos perdían. Pero si no querían emociones,
¿qué demonios hacían ejerciendo como periodistas?
—Tadeo, ya.
—Vete a la mierda —se despidió su compañero.
Era como decir "me pongo en ello ahora mismo", así que sonrió.
Y cuando volvió a guardarse el móvil trató de buscar, una vez más, el
origen de la dichosa campanita repicando en su mente.
15 horas, 59 minutos
Nicolás Bermejo contuvo la respiración cuando la sombra reapareció en el
visor de su rifle de alta precisión.
Fugaz, rápida. Solo un cuerpo en movimiento.
Bajo el rifle y lo apoyó en el alfeizar de la ventana. Se pasó una mano por
los ojos y los abrió y cerró varias veces, para quitarse de ellos la pátina de la
inmovilidad. Con el equipo al completo, el calor se hacía insoportable. Y en la
casa que ocupaba no había siquiera aire acondicionado, aunque con la ventana
abierta tanto daba que lo hubiese.
—¿Quiere tomar algo? —le preguntó la mujer al ver que dejaba su arma, ya
más tranquila con su presencia, aunque todavía observando con recelo su
aguerrido aspecto.
El tirador desconectó el micrófono que llevaba sujeto al oído y a la
comisura del labio y mediante el cual estaba permanentemente conectado con la
base operativa.
Iba a decir que no, que estaba de servicio. Se lo pensó mejor.
—Un vaso de agua, por favor. O cualquier tipo de refresco mientras esté
frío.
—Oh, sí, muy bien, al momento.
La señora desapareció del dormitorio. Lo había preferido al balcón de la
terraza principal. Desde allí quedaba más discreto.
Estaba en un primer piso y tenía la puerta del banco ligeramente de lado, a
su izquierda. Era una buena posición, mejor que la frontal, más alejada y con
reflejos directos sobre los cristales. Desde allí veía el ordenador de la primera
mesa, justo haciendo un ángulo que le permitía ver aquel reflejo. La sombra.
Abrió de nuevo el canal microfónico.
—Bermejo, puesto uno —anunció—. Veo algo.
—¿Qué es? —escuchó la voz de su superior.
—Desde mi posición veo un ordenador a través de la doble puerta de
cristal. Está situado de forma que la pantalla hace de espejo. Uno de los
secuestradores se mueve bastante, no hace más que pasar entre la pantalla y los
ventanales laterales. Lleva algo blanco en la parte superior, así que lo tengo
identificado.
—¿Está diciendo que podría darle si fuera necesario, Bermejo?
—Sí, señor —lo confirmó—. No es como darle a un blanco directo pero...
Puedo saber dónde está por ese reflejo. Al menos si permanece quieto un par de
segundos, porque primero tendría que mirar la pantalla y después apuntar al
ventanal detrás del cual se supone que está parado. Encaje de bolillos.
—De acuerdo, Bermejo. Siga con ello.
—A la orden, señor.
La mujer de la casa estaba en la puerta de la habitación, con un vaso de
agua helada y una lata de limonada en una bandeja. No faltaban servilletas de
papel y unos cacahuetes. Tuvo ganas de reír. Buen servicio. Se notaba que estaba
en una casa bien de un barrio noble. Radicalmente distinto del acuartelamiento
de donde venía.
Ahora ella mostraba de nuevo su semblante pálido tras escucharle.
—¿Se va a poner a dar tiros desde aquí? —tembló asustada.
—Espero que no, señora —le mintió.
—No sé si podría volver a dormir tranquila, entienda.
Alargó la mano y tomó el vaso de agua. Lo agradeció.
—Deje aquí la bandeja y váyase, por favor —le pidió de forma amable.
Ella le obedeció respetuosa. Seguramente tendría mucho que contar cuando
llamara por teléfono a su familia o a sus amistades.
16 horas, 9 minutos
Ignacio Planas empezaba a sentir la dureza de la tensión.
Por un lado, la postura, en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Por
el otro, las cervicales, rígidas, ahora mirando la puerta, ahora observándola a
ella, ahora con la atención prendida de los ventanales.
En cualquier momento...
O no. Tal vez aquello fuera para largo, muy largo. La policía tendría más
opciones por la noche, o al amanecer, cuando ella estuviese rendida y vencida
por el sueño.
La idea de pasar todo el día allí se le antojó abrumadora. Y si a ello se le
unía la noche...
¿Habrían llegado ya los GEO's? Su base estaba en Guadalajara. Bueno, no
estaba seguro de ese punto. Pero en una hora podían trasladarse a cualquier lugar
de España donde se les requiriera. Para eso estaban preparados.
Y eran buenos.
No acostumbraban a fallar.
El empresario miró la hora y se sintió mal.
Trató de dominar el acceso de pánico y no lo consiguió.
—Señorita —se oyó decir a sí mismo.
La atracadora miró hacia él.
—¿Podríamos hablar a solas? —le pidió.
Ignacio Planas sintió las miradas de los otros cuatro rehenes. Incluso la de
la mujer mayor, que volvió la cabeza desde su cómoda posición en la silla. No le
importó. Al diablo con ellos.
—¿Qué quiere? —la muchacha se detuvo a un par de metros de ellos.
—Ya se lo he dicho. Hablar.
—¿De qué?
—Es privado.
Hizo ademán de levantarse y ella tensó el brazo y la mano que sostenían la
pistola.
—Ni se le ocurra, ¿vale, listillo?
—Es que es muy importante.
—¿Para quién es importante? —la atracadora hizo un rictus con los labios.
—Para usted.
Lo consideró. Por lo menos empleó en ello cinco segundos, mientras
observaba de hito en hito al hombre.
—Escríbalo.
—¿Qué?
—Escríbalo —repitió ella—. Y punto.
—No tengo...
Vio como la chica cogía un bolígrafo de encima del mostrador y se lo
arrojaba. Después hizo lo mismo con una hoja de papel que voló como un avión
silencioso hasta casi sus pies. Ignacio Planas tomó primero uno y después la
otra. Se puso de lado, tanto para apoyar el papel en el suelo como para impedir
que nadie pudiera leer lo que iba a escribir. Fue bastante rápido.
Al terminar le tendió la hoja a su secuestradora.
—Tire el bolígrafo —le ordenó ella.
La obedeció.
—Ahora empuje el papel con el pie.
Lo dejó en el suelo y lo arrastró con el zapato. Ella no se agachó para
recogerlo. También le puso el pie encima, lo apartó del radio de influencia de los
cinco rehenes y ya controlando la situación se inclinó a por él sin dejar de
apuntarles. Antes de leerlo se alejó un poco más.
En letra clara, mayúsculas todas, leyó:
"DEJEME SALIR. NO SE ARREPENTIRÁ. PUEDO EXTENDERLE UN
CHEQUE AQUÍ MISMO Y HACER QUE SE LO ABONEN. TODO LEGAL.
POR FAVOR".
Ignacio Planas esperaba con la respiración contenida.
La muchacha lo miró.
Después arrugó la hoja de papel con la mano que lo sostenía y arrojó la bola
al suelo sin más.
16 horas, 18 minutos
Laureano Gómez se sentía más tranquilo.
A pesar, incluso, de la amenaza de la chica cuando habló por última vez, al
defender a la señora Verdaguer.
La atracadora no se había llevado nada. La integridad de la sucursal se
mantenía. Con un poco de suerte todo podía terminar bien. Y si era así, en la
dirección se lo tendrían en cuenta. Muy en cuenta. Lo único que necesitaba
ahora era mantenerse en su puesto. Apenas había hablado, y a veces se
encontraba con las miradas reprobadoras de Clara y Pepe.
Necesitaba recordarles que era quién mandaba, y recordárselo a sí mismo.
No era muy difícil. La chica parecía tranquila. La nota escrita por el señor Planas
ni la había alterado. Incluso se mostraba amable con la pobre señora Verdaguer.
Amable.
Un ángel como aquel podía tener lo que quisiera, y en cambio se dedicaba a
robar un banco. Cualquiera babearía por tenerla. Cualquiera.
Cada vez que la miraba se sentía más extraño.
Tan hermosa...
Tan juvenil y exuberantemente hermosa...
La anciana se inclinó hacia adelante. Parecía a punto de sufrir un desmayo.
Todavía faltaba un poco para la entrevista por televisión. Habían oído a la chica
proponerla a alguien y ese era pues el nuevo eslabón de la cadena de
acontecimientos. Pero la señora Verdaguer vivía ya ajena a horas y esperas. Sus
fuerzas se debilitaban. Su resistencia se apagaba.
—¿Se encuentra bien? —le preguntó el director de la sucursal.
—No... —musitó sin apenas voz la anciana.
Y de sus ojos empequeñecidos por la edad y la vejez cayeron dos lágrimas.
—¿Cómo se llama la medicina que toma?
—Naseriol.
—¡Cállense! —les ordenó la muchacha de la pistola—. ¿A que vienen esos
cuchicheos?
—No va a resistirlo mucho más —logró decirle Laureano Gómez sin
tartamudear—. ¿Por qué no la deja marchar?
—Cuando llegue el momento.
Se acercó a la anciana, aunque esta vez mantuvo una prudente distancia.
—Necesita su medicina —dijo el director de la sucursal—. Se llama
Naseriol.
—¿Y?
—Podría traérsela la de la televisión cuando venga.
Todos vieron cómo la atracadora lo consideraba. Primero plegó los labios.
Después se mordió el inferior. La imagen de la enferma se hacía más y más
patética.
—De acuerdo —accedió ella. Y le preguntó para estar segura—: ¿Naseriol?
16 horas, 25 minutos
El comisario de policía Pablo Ramírez estudió el rostro abierto y limpio de
Magda Encinas. La había visto por televisión, y le gustaba. Le gustaba mucho.
Claro que eso era como hombre. Aquello era otra cosa. Harina de otro costal.
—Señorita Encinas —adoptó su aire más profesional—, ¿hace esto por su
propia voluntad?
—Sí, claro —ella le devolvió la mirada con un deje de sorna.
—Entienda la excepcionalidad de las circunstancias.
—La entiendo, la entiendo —la sorna se hizo mayor.
—¿Sabe por qué he accedido a esta entrevista, no es cierto?
—Necesita saber qué está pasando allí dentro.
—Así es —asintió él—. Usted será nuestro ojo.
—Oiga —Magda Encinas se le cruzó de brazos, desafiante—, voy a hacer
mi trabajo de la mejor forma que pueda y sepa. Si ello les ayuda a ustedes,
mejor. Pero no voy a arriesgar mi vida, ni la de los rehenes, convirtiéndome en
su mensajera. Si esa gente es medianamente inteligente se darán cuenta de qué
va la cosa a la que yo me mueva un ápice del guion establecido.
—No quiero que sea una heroína, por supuesto —se envaró el comisario.
—Entonces veamos qué pasa cuando esté allí. Es todo lo que puedo
prometerle.
—¿Se da cuenta de lo importante que es conocer el número de atracadores,
de rehenes, de qué armas disponen y cuál es su estado anímico?
—Me doy cuenta de que usted es policía y tiene ahí delante un marrón de
mucho cuidado —fue sincera ella—. Espero que, en consecuencia, se dé también
cuenta de cuál es mi posición en toda esta historia.
—Tenga —Elías Curto le tendió el chaleco antibalas y eso detuvo el conato
de refriega verbal.
—No voy a ponerme eso —negó con la cabeza la presentadora de
televisión.
—No voy a dejarla ir sin... —comenzó a decir Pablo Ramírez antes de
encontrarse con sus ojos.
La mano que sostenía el chaleco retrocedió.
El nuevo silencio fue roto ahora por la aparición de Senén Quincoces.
—Comisario, han llamado —le informó—. Piden que ella lleve un
medicamento llamado... —se llevó un papel a los ojos—. Naseriol.
—Eso significa que uno de los rehenes tiene problemas —manifestó Elías
Curto.
—O uno de los secuestradores —dijo sin mucho convencimiento otro de los
agentes de paisano.
—Traigan esa cosa, rápido —ordenó el comisario.
Magda Encinas se apartó de ellos. Se quedó a un lado observándoles
curiosa.
—¿Dispuesta? —le preguntó en un tono casi íntimo el ayudante de Pablo
Ramírez.
—Lo estaré cuando ellos decidan que me ponga en marcha —le aseguró la
mujer de la televisión.
16 horas, 36 minutos
Tenía el bocadillo en una mano, la cerveza en el suelo y hablaba por el
móvil con la derecha, apartado del bullicio pero no tan lejos como para no poder
echar a correr si sucedía algo fuera de lo normal dadas las circunstancias.
Lo que más le molestaba era que Esther no pareciera muy afectada por el
posible cambio de planes en su cita nocturna.
—Lo más probable es que todo haya terminado ya para la noche, tranquila
—decía Eudaldo Cruz.
—Oye, que es tu trabajo, tranquilo tú. Yo saldré igualmente.
—Lo dices como si no te importara que...
—Hombre, me importa, pero ya sé de qué va eso. Mi cuñado es bombero y
mi hermana, la pobre, nunca sabe a qué atenerse, ni si vendrá chamuscado a casa
y oliendo a pollo quemado.
La comparación con su cuñado bombero le hirió aún más.
—Bueno, te llamaré después, ¿vale?
—Vale.
—¿Estarás en casa?
—No sé, tú llama.
O se hacía la dura, o pasaba, o ambas cosas a la vez. Pero de entusiasmo
nada. Tuvo deseos de hacer algo más que colgar y dejarlo todo para más tarde,
para la esperada cita de la noche, su puente con las estrellas.
Esther era una primera división.
—Hasta luego, cariño.
—Adiós.
Lo de "cariño" quedó flotando en tierra de nadie, como si ella no hubiera
recogido la palabra para guardarla en su ánimo.
Eudaldo cortó la comunicación y le propinó un buen mordisco al bocadillo.
Iba a guardarse el teléfono móvil para recoger la cerveza cuando el aparato
volvió a cobrar vida. Masticó a toda prisa lo que tenía en la boca mientras abría
la línea.
—¿Sí? —farfulló.
—Suerte, cabronazo —escuchó la voz de Tadeo.
—¿Lo tienes? —tragó de golpe la masa a medio masticar, hecho que casi le
atragantó.
—¿Sabes cuántos Costa hay en el listín?
—La tira, imagino.
—Pues ya ves. Nos hemos puesto Isabel, Eladia y yo, y Eladia acaba de
hacer bingo.
—Cuenta.
—Una mujer ha dicho que es prima de su padre, Ricardo Costa. No ha
soltado mucho más, porque ha empezado a preguntar qué queríamos y si pasaba
algo. Le he dado largas y se ha mosqueado. Viven en la calle del Sol número 7.
—¿Seguro que es la misma Sonia Costa?
—¿Cuántas Sonias Costa debe haber que cumplan años dentro de una
semana?
—Sí, claro —Eudaldo lanzó un grito interior, silencioso, por el éxito de su
corazonada—. Genial, tú.
—Para que luego te lleves la gloria, so mamón.
—Venga, hombre, que somos un equipo.
—Ya.
—Dile a Eladia que cuando se separe la invitaré a cenar, y a Isabel que
cuando deje al impresentable de su novio también.
—¿Y a mí?
—A ti que te den por el saco —sonrió—. Tengo que largarme.
—Oye, ¿qué le digo al jefe si pregunta? —le detuvo Tadeo.
—Dile que me he ido al Caribe, que sufra un poco.
—Pues bueno —fue el último comentario indiferente de su compañero de
redacción.
Cortó, guardó el móvil, recogió la cerveza y se largó a toda velocidad a
donde había aparcado la moto.
La campanita seguía repicando en su cerebro.
E) INVESTIGACIONES
(De las 16,48 a las 17,13)
16 horas, 48 minutos
Sonia Costa acabó de devorar el bocadillo que había sacado de la mochila
después de cambiar la batería del equipo. Creía que, debido a la tensión, no
tendría hambre, pero la tenía, así que incluso se sintió mejor con el estómago
lleno, mientras los cinco rehenes la miraban asombrados, incrédulos ante el
hecho de que llevara comida en la mochila.
Apuró un largo sorbo de agua del bidoncito que había dejado al lado, para
no andar moviendo la videocámara, y pasó de comerse uno de los paquetes de
galletas. Mejor reservar y guardar.
Comprobó la hora, extrajo el móvil y marcó el número de Juancho.
—Dime —escuchó su voz.
—Prepárate —le dijo—, voy a hacer que venga la de la tele.
—¿Estás decidida a que solo sea una cadena?
—Juancho, ya lo hablamos —manifestó ella—. ¿Quieres que esto sea un
circo? A una sola, y más si es tía, la puedo controlar. Cuando vaya a salir ya diré
que primero voy a dar una rueda de prensa con todas las cadenas y después me
entregaré. Será la guinda. Pero ahora... Si alguien aún no sabe de qué va esto, se
enterará, seguro. Basta con que hable con una. Confía en mí. Hasta ahora todo
está saliendo como lo planeé, ¿no?
—Sí.
—¿Entonces?
—Es que una cosa es planearlo y otra muy distinta estar metido en el lío —
la voz de Juancho tenía cenizas—. Toda esta pasma, y los GEO's... Esto parece
una guerra.
—¿Estás preocupado?
—Bueno, un poco. Cualquiera puede volverse loco.
—Todo saldrá bien, confía en mí.
—Siempre he confiado en ti —dijo él.
—Estamos lanzados, ¿vale?
—Sí, Sonia.
—Venga, valiente. Tú sigue con los ojos abiertos. ¿Dónde quieres que
ponga a la de la tele?
—En la entrada estará bien. Tú ni te asomes. Abre desde el sistema de
apertura interior.
—¿No habrá un contraluz muy fuerte?
—Tampoco estoy haciendo una superproducción de Hollywood.
—¿Ah, no? —bromeó ella para distender la situación—. ¿Y yo dónde me
tengo que colocar, Spielberg?
—Tú colócate de cara a ella, con los rehenes a un lado para que puedas
tenerlos a raya. El sitio ideal es junto a la primera mesa después de la ventanilla.
—Los rehenes no estarán aquí, recuerda.
—Oh, claro —se oyó un lamento ahogado.
Sonia avanzó hacia el lugar indicado por Juancho.
—¿Aquí?
—Un poco más adelante.... sí, aquí, y no te muevas. De esta forma la
videocámara os pilla a las dos perfectamente. Mantente siempre de cara a la de
la tele. Ella será la que te sacará en primer plano que es lo que cuenta.
—Bien.
—Entonces adelante.
—Voy a llamarles para que me la envíen. Si ves algo sospechoso fuera
mientras ella esté aquí, por pequeño que sea, llama, ¿vale? No creo que vayan a
aprovecharse habiendo otra persona más pero...
—Vale, Sonia.
—¿Has comido?
—No tengo hambre.
—Deberías hacerlo. Te sentirías mejor con el estómago lleno —fue su
despedida.
16 horas, 51 minutos
Elías Curto fue el que dio la noticia.
—¡Preparados todos! ¡Esto se pone en marcha!
El comisario Pablo Ramírez levantó la cabeza para ver cómo se acercaba su
subordinado de confianza.
El puesto de mando del operativo había pasado de la calma incómoda y
crispada a la agitación despertada por sus palabras. Todos preferían la acción.
Aunque fuera a base de disparos.
—Quieren que Magda Encina avance sola, despacio, con la cámara en alto,
y que se detenga en la puerta. Una vez en ella, la abrirán desde dentro y entrará.
La entrevista se iniciará inmediatamente.
—Bien, vamos allá —suspiró el comisario de policía.
Salieron a la puerta de la cafetería. Un camión aparcado a la derecha servía
de parapeto para los que se movían en torno a la zona del puesto de mando. El
psicólogo, Senén Quincoces, estaba dándole a la presentadora de televisión las
últimas consignas acerca de cómo actuar, cómo tratar a los atracadores, qué
hacer en caso de problemas. Magda Encinas seguía negándose a llevar chaleco
antibalas.
—Al natural es más guapa, pero menos alta —comentó Elías Curto.
—La televisión siempre engaña.
—¿Por qué la habrán escogido a ella?
—Ante todo porque es mujer y se fiarán más. Después porque es popular.
Conozco a más de uno que mira el informativo de la cadena solo para verla a
ella. Hay morbosos para todo.
—¿Se da cuenta? —Elías Curto soltó un bufido de sarcasmo—. Está
tranquila del carajo, como si se fuera de picnic.
—Yo creo que incluso es más —aseguró Pablo Ramírez—. Está disfrutando
con todo esto y su inesperado protagonismo. Esa gente del mundo del
espectáculo lo lleva en la sangre.
Siguieron mirando a Magda Encinas, que asentía sin cesar a los
comentarios de Senén Quincoces. Acabaron acercándose a ellos para dar a su
vez las últimas instrucciones a la candidata a heroína.
—Si no fuera porque necesitamos ver qué pasa ahí dentro, a buenas horas
permitía yo este circo —exclamó en voz baja el comisario.
—Al final, dentro de unos meses, seguro que no da para más de treinta
segundos en uno de esos programas de escenas impactantes que pasan por
televisión en verano —comentó Elías Curto. Y agregó—: Especial asalto a
bancos.
Pablo Ramírez le dirigió una mirada de soslayo.
Tenía razón. Esa era la cosa.
16 horas, 55 minutos
Sonia Costa se plantó delante de los cinco rehenes y les apuntó, una vez
más, con su pistola.
—Vamos, en pie, ¡ya! —los conminó.
Ninguno de los cinco se movió. Todos miraron el arma hipnotizados.
—¿No me habéis oído? ¡Levantaos!
Hizo un gesto con la pistola y eso fue una especie de catapulta. La que
primero se incorporó, pese a su estado de total desfallecimiento, fue la anciana.
Después lo hicieron el cliente del banco, el director, el cajero y la otra mujer, por
este orden.
—Caminando, al lavabo —les indicó ella.
—¿Cómo... dice? —vaciló el director.
—He dicho que os metáis ahí dentro, y como tenga que repetirlo todo
vamos a tener un disgusto, ¿estamos? Tú, sostén a la abuela.
El cajero cogió a la pensionista y la ayudó a caminar.
—Carlota... ¿por qué haces esto? —farfulló la anciana sin que nadie supiera
de qué hablaba.
—Ahí dentro no vamos a caber todos —dijo la empleada del banco.
—Apretados sí, y no será mucho rato —justificó Sonia—. ¿No queríais
mear? Pues ahora podréis hacerlo, por turnos. Sois mayorcitos así que no creo
que os de vergüenza. Luego bajáis la tapa y dejáis que la abuela siga
descansando.
El director de la sucursal abrió la puerta. El lugar era aún más angosto de lo
que Sonia había imaginado. Retrete, lavamanos y un ventanuco. Realmente era
difícil que los cinco cupieran allí. Y además, en la taza no había tapa.
—Mierda —rezongó ella.
—Por favor, no nos meta aquí dentro... —gimió la mujer que se había
orinado encima al comienzo.
—Háganlo.
—Por favor... —comenzó a sollozar—. Tengo... claustrofobia...
—¡Adentro, joder!
El grito los empujó, como antes lo hizo el gesto de la pistola. Entraron
buscando un acomodo casi imposible. El empleado se subió al retrete, con un pie
en cada lado. La puerta se abría hacia afuera y eso por lo menos facilitaba su
cierre con ellos en el interior. La anciana se sentó en la punta, agotada, muy
pálida.
—Tranquila, señora, que ahora mismo le traen su medicina —le dijo Sonia.
—Tu padre se va a enfadar, Carlota —murmuró ella sin fuerzas.
El cliente era el último. Sonia lo miró antes de cerrar la puerta en sus
narices.
—¿Lo de la nota es verdad? —le preguntó.
—Sí —al hombre le brillaron los ojos, como si a través de ellos viera un
rayo de esperanza.
—¿Es usted alguien importante?
Ahora se quedó casi más blanco que la anciana.
—No, importante... no. Solo...
—Oiga —le detuvo Sonia—, me da igual que sea rico, pero me hubiera
gustado que fuese importante —le lanzó una sonrisa retadora y agregó—:
Métase su dinero por dónde le quepa, cabrón.
Cerró la puerta.
Al otro lado se oyeron gemidos y voces mezcladas.
—¡No serán más de diez minutos, tranquilos! —les gritó—. ¡Pero si alguno
sale, le aseguro que será lo último que haga en la vida!
Colocó una silla atrancando el pomo y por primera vez en aquellas horas,
mientras aguardaba la llegada de Magda Encinas y su cámara abierta al mundo,
se sentó dispuesta a dar otra vuelta de tuerca a su plan.
17 horas
Eudaldo Cruz detuvo la moto delante del mismo número 7 de la calle del
Sol. Era un edificio grande pero viejo, deteriorado, oscuro, que necesitaba de
mejoras urgentes antes de que uno de los balcones desconchados se desprendiera
y matara a alguien abajo. Sin embargo el barrio no era humilde ni sencillo,
aunque las aceras mostraban estrecheces aún no resueltas. Introdujo la moto en
el hueco habilitado entre dos automóviles de aparcamiento holgado. Cuando
entró en el portal perdió cinco segundos en mirar los buzones. Acababa de dar
con el piso de los Costa cuando apareció la portera, como surgida de la nada,
porque se materializó delante sin que se diera cuenta de ello. No se sorprendió
en absoluto. Las porteras y los conserjes eran inevitables, sobre todo las primeras
en las casas antiguas y los segundos en los edificios nobles de la parte alta.
Debían fabricarlas con ellos incluidos.
Algún día le preguntaría a Roque, el experto en ciudad, usos y costumbres,
porque a ellas se las llamaba porteras y a ellos conserjes.
—¿Busca a alguien? —se le ofreció la mujer con amabilidad una vez
comprobado que no estaba echando publicidad en los buzones.
—A los Costa.
—No hay nadie arriba ahora mismo.
—¿Dónde podría encontrar al señor o a la señora Costa?
—El señor está de viaje. Por Marruecos, creo. La señora... bueno, ya no
vive aquí —vaciló mirándolo de pronto con aire conspicuo—. Si trae un sobre o
quiere que les dé un recado a los chicos...
—¿Chicos?
—Sonia y Juancho —se dio cuenta de la completa ignorancia de su
visitante con relación a los vecinos a los que iba a ver, y preguntó de forma
directa y sin ambages—: ¿Quién es usted?
—Me llamo Eudaldo Cruz y soy periodista —le mostró la credencial.
Ella la leyó atentamente. Volvió a mirarle con el ceño fruncido.
—Me gustaría ver a Sonia o a Juancho —proclamó revestido de inocencias
—. ¿Sabe dónde podría encontrarles?
—Pues no sabría decirle —hizo un gesto vago—. No han dormido aquí esta
noche. O al menos yo no los he visto salir esta mañana, pero teniendo en cuenta
que yo a las siete ya estoy en pie y ellos no son lo que se dice madrugadores... A
veces duermen en casa de su madre. Oiga —se revistió de una mal disimulada
inquietud—, ¿ha hecho algo malo la niña?
—¿Por qué lo pregunta?
—Es que con sus fantasías... Hace ir a todo el mundo de cabeza, ¿sabe?
—¿Qué clase de fantasías?
La portera adoptó una actitud de defensa. Se echó para atrás y se cruzó de
brazos. Era una mujer menuda pero firme, brazos recios, fortaleza, carácter.
—Mire, yo no sé nada, y soy la menos indicada para hablar... Pregúntele a
ella. Son amigas.
Acababa de entrar una chica por la puerta de la calle. Era alta y espigada,
extraplana y asténica sin llegar a la anorexia. Llevaba el pelo corto y pintado de
violeta, media docena de aros en ambas orejas y dos piercings, uno en la aleta
derecha de la nariz y otro en el ombligo, al desnudo gracias a la generosidad del
top que apenas sobrepasaba unos centímetros el nivel de los pechos por la parte
de abajo. Calzaba unos zapatones de enorme suela.
Se detuvo al ver que la portera y Eudaldo la miraban.
—¿Qué pasa, señora Charo? —le preguntó masticando chicle mientras
sonreía al miembro masculino del dúo.
—Pregunta por Sonia —dijo la mujer—. Es periodista.
Los ojos de la recién llegada se agrandaron e iluminaron igual que si le
hubiesen dicho que su actor favorito la esperaba arriba.
—¿Ah, sí? —exclamó—. ¡Qué bien!
17 horas, 2 minutos
Magda Encinas sostuvo la cámara con la que tenía que emitir en directo la
entrevista. Conocía su funcionamiento así que ese era su problema menor. Lo
crucial sería hacerlo sin ninguna indicación de control, sin la menor referencia.
El jefe de informativos le había dicho que no se preocupara, que Tasio la filmaría
a ella, y cuando ella iniciara la entrevista desde el interior del banco, su señal
pasaría directamente a antena.
Curioso. Unos años antes, que unos atracadores pidieran salir por la tele en
vivo y en directo, hubiera sido considerado un imposible. Se les habría dicho que
no y adiós. ¿Y si pretendían lanzar consignas terroristas? ¿Y si perpetraban algo
peor? ¿Quién se habría atrevido a llevar la violencia de forma tan directa a los
hogares de media España?
Ahora todo era distinto. Ahora las cadenas se peleaban por una exclusiva,
por el rabioso directo, por algo como aquello. ¿Querían hablar? ¡Que hablaran!
La audiencia se dispararía. En los siguientes diez o quince minutos estaba segura
de que nadie vería las otras emisoras de televisión.
Estaría en el ojo del huracán.
Su gran oportunidad mediática.
—Ánimo, Magda —se dijo—. ¿No querías emociones fuertes?
Comenzó a caminar. Pensó en su madre, en su hermana casada y en su
hermano. Si la estaban viendo, les iba a dar un pasmo. Su padre en cambio
sonreiría satisfecho y orgulloso. Siempre le decía que era indestructible, que
tuviera agallas.
—Eres una Encinas, hija, Eso es una garantía —le repetía.
¿Por qué pensaba en su padre, su madre, su hermana, su hermano?
Comenzó a caminar.
Bajó de la acera y comenzó la lenta travesía la calzada de la plaza
bordeando la isla central, con la cámara en alto, directa a la puerta de la entidad
bancaria.
Creía que su corazón no latía hasta que se dio cuenta de que lo hacía tan
alto y tan rápido que ese sonido continuo oscurecía todo lo demás.
17 horas, 2 minutos
El móvil rompió el silencio de la sucursal del Banco del Centro. Aunque lo
esperaba, Sonia se sobresaltó.
—¿Sí? —le dijo a su hermano.
—La de la tele se ha puesto en marcha.
Se acercó un poco a la puerta, solo un poco. Alargó el cuello lo justo para
ver como Magda Encinas, tal y como había ordenado ella, avanzaba paso a paso,
despacio y con todo a la vista. No sería necesario cachearla, aunque le pediría
que se diera una vuelta por si apreciaba bultos raros en su ropa. Se le antojaba
imposible que la reportera de televisión fuera portadora de un arma. Magda
Encinas no. Mientras tuviese las manos a la vista, no habría problemas.
—La veo —le dijo a Juancho—. Voy a mi posición.
—Sonia.
—¿Sí?
—¿Crees que ya habrán interceptado la frecuencia de tu móvil?
—No lo sé.
—Aun no estoy seguro de que no puedan llegar a mí. ¿Por qué no utilizas
ya el segundo?
—De acuerdo, la próxima vez llámame al otro. Y tranquilo. Solo un poco
más y ya estará.
—Claro.
—Abre bien los ojos en cuanto ella entre aquí.
—Descuida.
—Y no pierdas detalle —Sonia sonrió—. Esta va a ser mi primera gran
audiencia.
17 horas, 5 minutos
La chica del pelo violeta, los piercings y las alzas abrió la puerta de su piso
y le franqueó el paso. Luego le precedió hasta una sala comedor bastante
espaciosa y decorada con gusto informal. Había fotografías de un matrimonio
joven y de ella encima de una mesita ratona ubicada entre dos butacas de tela
gastada. El hombre sostenía una guitarra de color rojo en una de ellas. La mujer
era como su hija solo que mayor. Tenía aspecto de groupie.
—Siéntate —ella señaló las butacas—. Mis padres trabajan y no vienen a
comer —ocupó una de las dos, se descalzó y subió ambos pies para quedarse en
cuclillas—. Oye, me tienes intrigada. ¿Qué pasa?
—¿Cómo te llamas?
—Nati.
—Yo soy Eudaldo.
—Vale —se quedó tal cual.
Esperaba algo.
—¿Eres muy amiga de Sonia?
—Regular —se encogió de hombros—. Hemos salido algunas veces juntas,
pero últimamente no frecuentamos los mismos círculos —sonrió y luego
continuó masticando el chicle con la misma ferocidad—. Ella tiene su rollo y yo
el mío.
—¿Cómo es?
—Eh, eh —arrugó su cara de porcelana de suave coloración rosapálido—.
¿Es que van a darle un papel o algo así? ¿Es eso? Porque si ya lo ha conseguido
pienso que podría habérmelo dicho antes. No voy a largar sin que... ¿Por qué me
miras así?
A Eudaldo le zumbaban los oídos.
No tuvo más remedio que soltarlo de una vez.
—Sonia y alguien más, tal vez su hermano Juancho, se han metido en un
banco, armados, y tienen a varios rehenes.
Contempló el efecto que la noticia y la sorpresa producían en la vecina de
Sonia Costa. Nati tendría unos dieciséis, quizás más, quizás menos. Se dio
cuenta de que sus manos no eran bonitas, puntas romas, uñas mordidas
—¿Qué?
—Lo que oyes.
—Bah, no me tomes el pelo.
—En absoluto.
—Te estás quedando conmigo.
Eudaldo ya no dijo nada. Su silencio y su rostro grave fueron la mejor de
las aportaciones a su sinceridad. La cara de Nati fue transfigurándose poco a
poco.
—¿Estás hablando... en serio? —balbuceó tras haber perdido la última
coloración rosada de sus mejillas.
—¿Por qué crees que lo ha hecho? ¿Por dinero?
—¡Y yo qué sé! ¿Te crees que...? ¡Sonia no es una ladrona! ¡Y ni siquiera
está tan loca! —reaccionaba más rápido ahora—. Además, ¿con Juancho? No,
qué va. Es un cerebrito, y la adora, haría cualquier cosa por ella, pero atracar a
punta de pistola... —se llevó las manos a la cabeza y descargó toda la tensión
nerviosa que acababa de acumulársele encima—. ¡Pero qué alucine! ¿Estás
seguro de eso?
—He hablado con ella por teléfono. ¿Y sus padres?
—Separados. Él está ahora de viaje y ella no tengo ni idea. Ya te digo que
somos amigas porque compartimos edificio, pero que no hablamos mucho, y en
cuanto a lo íntimo... es una ostra.
—¿Cómo es Juancho? ¿Por qué has dicho que era un cerebrito?
—Porque es el rey de los aparatos. Ya sabes, ordenadores, cámaras, internet
y todo ese rollo.
—¿Qué edad tiene?
—Hizo quince el mes pasado. Ella y Juancho se llevan once meses —
volvió a estremecerse y a luchar contra el pasmo que la noticia le producía—.
Mira, oye, no es que no te crea pero...
—¿Tienes alguna fotografía de Sonia por casualidad?
—Sí, aguarda.
Saltó de la butaca, descalza, y echó a correr. No tardó ni diez segundos en
regresar. Llevaba una fotografía vulgar y corriente en la que se la veía abrazada
y con cara de ganso sacándole la lengua a la cámara. Eudaldo Cruz saludó
mentalmente a su compañera.
—Es muy guapa —reconoció.
—¿A que sí? —Nati mostró entusiasmo—. Yo no sé cómo tiene tan mala
suerte.
—¿A qué te refieres?
—Lleva años intentando que le den algo, un papel en una película, en la
tele, hace castings, se presenta a todas las pruebas, estudia, y no hay forma. No
lo entiendo. No solo es guapa, tiene carácter, es una pasada, tope buena. Pero
siempre la dejan de lado. Aunque ella no se rinde. Dice que por mucho que le
cueste, lo conseguirá, y que será rica y famosa y conocerá a DiCaprio y a Brad
Pitt y Ethan Hawke, sobre todo a Ethan Hawke. Sueña con irse a Hollywood.
—Puede que haya tomado la vía directa: conseguir dinero para el viaje —
calculó Eudaldo.
—Oye, en serio —volvió a cerrarse en la incredulidad—, esto es una broma
suya, ¿no? ¡Bah!, ¿eres su novio y estáis colgados?
—¿Puedo poner la tele? —dijo él.
La misma Nati atrapó el mando a distancia, que estaba en la mesita ratona,
y conectó el televisor.
—Haz zapping —le pidió Eudaldo al ver que salía un documental
típicamente veraniego de una indómita y casi extinguida tribu africana.
Nati solo pulsó un nuevo canal.
Una mujer, de espaldas y con una cámara en alto, estaba parada frente a la
puerta de un banco mientras una voz en off susurraba cargada de densidad:
—Nuestra reportera Magda Encinas espera en estos momentos que los
asaltantes le abran la puerta y...
17 horas, 7 minutos
Magda Encinas tuvo un primer atisbo de miedo.
Llegó, se apoderó de ella, lo dominó, lo venció y finalmente lo expulsó de
sí misma.
Todo en apenas tres segundos.
Se escuchó un chasquido. Tuvo que bajar la cámara, sujetarla con la otra
mano, y tirar de la puerta acristalada, ya que se abría hacia afuera. Entró en la
tierra de nadie ubicada entre las dos puertas de seguridad. Cuando la exterior se
cerró no tuvo más que empujar la interior.
Entonces la vio.
Una muchacha, mitad adolescente mitad mujer, alta, muy guapa, casi
salvaje por su exuberancia natural, fresca como si no llevase allí varias horas
encerrada.
Y sola.
Aunque la compañía de la pistola que ahora la apuntaba a la cabeza era
suficiente como para prescindir de todo lo demás.
—Baja esto, por favor —le pidió Magda tuteándola directamente al tiempo
que parpadeaba por mero reflejo.
—Deja la cámara en el suelo —le ordenó la chica sin hacerle caso.
La obedeció.
—Date la vuelta, poco a poco.
Se dio la vuelta. Trescientos sesenta grados.
—Otra vez, pero ahora cacheate tú misma.
Volvió a hacer lo que le pedía la ladrona. Presionó su ropa para mostrarle
que no llevaba nada susceptible de ser tomado como una amenaza, salvo el
emisor conectado a la propia cámara por cable, para tener funcionamiento
autónomo, y la medicina pedida, que dejó sobre la mesa más cercana. Cuando
acabó, ella hizo descender despacio su mano armada, aunque se mantuvo en
guardia. La distancia que las separaba era de unos cinco metros.
—Coge la cámara.
—Recuperó su insólito instrumento de trabajo, aunque no era la primera
vez que filmaba algo.
—¿Vamos a empezar? —ordenó la única ocupante de la sucursal bancaria.
Magda estuvo a punto de preguntar dónde estaban los demás. Se abstuvo.
Obviamente eran listos. No querían dar indicios ni pistas. Se dio cuenta de que
había una silla apoyada contra el pomo de una puerta.
Y mucho silencio.
—Cuando quieras —se ofreció.
—¿Esto es en directo, seguro?
—Sí.
—No me engañes porque si no lo es lo sabré en seguida, y entonces puede
que te quedes aquí, con los demás.
—No te engaño —se preguntó cómo podía saberlo ella, salvo que uno de
los otros tuviera un televisor portátil o...—. Es en vivo riguroso.
—Vale, enfócame. Y corta cuando te lo diga.
La vio estirarse la ceñida camiseta, realzar los senos, agitar la cabeza para
liberar un poco más el volumen de su corto cabello tan negro como el azabache,
pasarse la lengua por los gruesos labios para darse brillo. Ni siquiera sudaba.
Parecía recién salida de una ducha. Era aplomada, de mirada directa y, pese a
todo, cálida. Solo la pistola le confería aquel aire de turbulencia inquietante.
Armada y peligrosa.
—Cuenta hasta diez y empieza —dijo Magda.
Puso la cámara en funcionamiento.
La imagen de su objetivo penetró por las ondas y llegó inmediatamente a
las pantallas de los televisores.
17 horas, 9 minutos
Sonia sonrío.
Tenía el control, la audiencia, era el momento.
Su momento.
Sus ojos desafiaron a la cámara, chispearon, se hicieron profundos. Había
ensayado escenas y poses delante del espejo de su habitación, una y mil veces.
Conocía su mejor ángulo, la forma de ladear la cabeza, la manera de mover
el cuerpo, de qué modo hacer que su sonrisa resultase enorme sin necesidad de
abrir la boca o curvar en exceso los labios, cómo parpadear, con qué leve caída
de mentón el cabello adquiría una equilibrio distinto. Solo tenía que dejarse
querer por la cámara. Nada más.
¿Diez? Contó hasta veinte.
Directo, directo, directo.
La estaban viendo todos.
Y más la verían después, cuando el eco perdurase, que perduraría.
¿Cuántas adolescentes hermosas y descaradas robaban bancos en España?
Magda Encinas aguardaba.
—Me llamo Sonia —comenzó a hablar—, y tengo dieciséis años. Bueno...
me quedan unos días por cumplirlos, así que aún soy menor de edad.
La cámara dejó de enfocarla de medio cuerpo, para resaltar la presencia de
la pistola, ahora caída a un lado, y el zoom se aproximó a su cara. Fue un
generoso primer plano.
—Esto va por todos aquellos que me han cerrado sus puertas en las narices,
por todos los que me han negado una oportunidad, por todos los que han querido
aprovecharse, por todos los que no han confiado en mí. Va por todos ellos —
continuó Sonia, hablando despacio, sin apartar sus ojos del objetivo—. Les dije
que se arrepentirían, y van a hacerlo —sonrió con intención—. Ya deben estar
haciéndolo.
Mantuvo de nuevo la mirada, la intención, por espacio de otros diez
segundos.
Hasta que volvió a levantar la mano armada.
—Vale, corta —le dijo a la presentadora de televisión.
—¿Qué?
—Corta —la conminó.
Magda Encinas lo hizo.
—¿Pero qué...? —su rostro reflejó toda la incomprensión que la invadía.
—Es suficiente. Las dos tenemos lo que queríamos —dijo Sonia.
—Déjame que te haga unas preguntas, si no, ¿qué sentido ha tenido esto?
—Todo el sentido del mundo. Ahora ya saben quién soy.
—No entiendo.
—Oye, te escogí porque eres popular, tienes credibilidad, caes bien. Y
también porque tienes audiencia. Dentro de unas horas, antes de entregarme,
dejaré que me entrevistes, ¿de acuerdo?
—¿Vas a entregarte?
—Sí.
—¿Por qué no ahora?
Sonia no respondió, solo acentuó aquella sonrisa enigmática, como si les
llevase una considerable ventaja a todos. Magda Encinas tropezó con aquella
barrera invisible. El abismo oculto detrás de la belleza.
—¿Quieres que me vaya?
—Sí.
Sostuvo la cámara a peso y lanzó una última mirada a la sucursal bancaria.
Sonia pasó la mano por debajo de la mesa en la que estaba el conmutador del
sistema de apertura de las puertas. Lo accionó mientras la reportera tiraba de la
primera.
—Un día seremos amigas, ya verás —le dijo Sonia.
17 horas, 11 minutos
Nati aún no conseguía reaccionar.
La imagen de Sonia Costa, su vecina y amiga, hacía unos segundos que ya
no estaba en pantalla, pero la conmoción apenas la dejaba hablar. Por el televisor
se veía ahora, de nuevo, la puerta del banco. La voz en off comentaba lo insólito
de aquellas declaraciones, y se preguntaba por qué tardaba tanto la periodista de
la cadena en volver a salir.
—¡Lo ha hecho! —logró articular la adolescente del cabello violeta—. ¡Lo
ha hecho!
—¿Qué es lo que ha hecho?
—Pues... eso —apuntó a su televisor.
—¿Quería robar un banco para tener dinero?
—¡Quería ser famosa! ¿Es que no lo entiendes? —Nati me atravesó con sus
ojos—. ¡Y lo ha conseguido!
Eudaldo sintió el frío en sus huesos.
Magda Encinas salía del banco, despacio, a salvo de todo mal.
—¿Me estás diciendo que ha hecho todo eso para llamar la atención?
—¡Claro! ¿Es que no la has oído?
La había oído, pero necesitaba que una voz ajena se lo confirmase, porque
aún le resultaba asombroso.
—Nati, ¿por qué no me cuentas despacio lo que...?
—¿Qué quieres que te cuente? —abrió las manos en un gesto elocuente—.
Somos vecinas, y amigas, pero no íntimas ni nada de eso. Hacía casi un mes
que no hablaba con ella. Antes salíamos, pero... bueno, tenemos poco en común,
la verdad, y se ha vuelto muy elitista, muy selecta. ¿Por qué no hablas con Mac?
—¿Quién es Mac?
—El novio de Sonia. O al menos lo era, ahora no sé.
—¿Se llama así, Mac?
—No, se llama Martín Martínez, pero como todos le decían Martín al
cuadrado, se quedó con las iniciales, M.A.C. Martín Al Cuadrado.
—¿Dónde le encuentro?
—Trabaja de discjockey en el Zuphra, pero a esta hora le encontrarás en su
casa, seguro. Vive aquí cerca.
Martín Martínez, alias Mac. Buen nombre. Memorizó la dirección y
mantuvo el clímax. Nati parecía alelada. De pronto, más que una chica con
piercings, parecía un robot desconectado y con los tornillos por fuera. Eudaldo
se preguntó con morbosa sordidez dónde más podía llevar piercings la vecina de
Sonia Costa.
—¿Con quién puede estar metida Sonia en esto además de con su hermano
Juancho? ¿Tal vez con Mac?
—Con él no creo, no sería capaz. En cuanto a otros... no lo sé. No conozco
a sus amigos. Pero con Juancho seguro. Es su perrillo faldero, le sigue a todas
partes. La adora. Haría lo que ella le pidiese. Sonia siempre dice que él será su
mánager, y el director de sus clips y el de alguna de sus películas cuando pueda
—miró a Eudaldo con una sombra de tristeza recién albergada en su rostro—.
¿No va a poder salir de ahí, verdad?
—No, seguro. Acabo de estar en esa plaza y no tiene escape.
—¿Qué le harán?
—Meterla en un correccional porque es menor.
—Y tirarán la llave —dijo fúnebremente Nati.
—No —a Eudaldo le dio por sonreír—, esa es la cosa: que no pueden. Es
menor. No entiendo de leyes pero creo que podrá salir en poco tiempo, uno o dos
años a lo sumo. Un precio barato para conseguir lo que tanto se quiere.
—¿En serio? —exclamó ella con asombro.
Eudaldo se levantó.
—Debo irme —dijo—. Te estoy muy agradecido por tu información.
Nati le acompañó a la puerta.
—No es mala, ¿sabes? —fue como si lo meditara en voz alta—. Puede que
esté loca, o rabiosa, como si el mundo le debiera algo o como si por ser guapa
tuvieran que abrírsele todas las puertas, pero no es mala. Es lista y siempre ha
ido por delante de todos. A los doce o trece años ya salía con chicos mayores.
Todos decían que si era tan guapa, tan sexy, tan formada para su edad, tan
esto y tan lo otro... Pero luego, o le faltaba un centímetro para ser modelo o la
rechazaban por esta o aquella chorrada o había cincuenta chicas más guapas en
el casting de turno. Aunque ella no se rendía nunca, nunca.
Se detuvieron en la puerta. Eudaldo admiró la vulgar normalidad de su
interlocutora. Una buena chica. Como otras miles más. Se inclinó para darle un
beso en la mejilla y despedirse.
—Me has sido de gran ayuda, Nati.
—No ha sido nada. Pobre Sonia.
Y por primera vez, el periodista pensó que de "pobre", nada.
17 horas, 11 minutos
Jacobo Aguilar apagó el sistema de grabación del vídeo con el mando a
distancia, y a continuación pulsó el dígito de rebobinado. La cinta regresó a su
punto de partida en menos de un minuto. Con el mando a distancia del televisor
conectó el canal para visionar el vídeo y de nuevo con el otro el de inicio de
reproducción.
En la pantalla apareció la reportera de la cadena televisión avanzando hacia
el banco. Apretó el "avance rápido" y la mujer se movió a toda velocidad, hasta
entrar dentro. Unos segundos más, y por fin apareció la imagen de Sonia Costa.
Entonces puso de nuevo la velocidad normal.
El abogado esbozó una sonrisa.
—Lo has hecho —dijo en voz baja—. No lo dudaba pero... —la sonrisa,
cansina pero admirada, se acentuó—. Brindo por ello. Tú sí tienes lo que hay
que tener, amiguita —y lo dijo acentuando cada sílaba con rotundidad—:
Ovarios.
La imagen del día. Allí estaba. Un rostro anónimo que daba el salto. El gran
salto. Miles de personas la acababan de ver en directo. Miles más la verían desde
ahora y en las horas siguientes. Y millones la verían por la noche, y por la
mañana, y... Millones.
Pulsó la pausa.
La imagen de Sonia se congeló.
Y Jacobo Aguilar admiró cada rasgo, sus ojos más y más rasgados, la nariz
perfecta, los gruesos labios a lo Angelina Jolie, la negrura de aquel cabello y la
rotundidad de aquel cuerpo. Una bomba. Nadie lo había visto antes, pero lo
verían ahora. Antes era una más entre las bellas, ahora no. Todo aquello de lo
que carecía, se lo descubrirían de pronto. El gran milagro. Y podía mejorarse.
Tal vez un retoque en los pómulos. Tal vez quitarle los últimos dientes de
cada lado para cambiar el óvalo facial y hacerla más fascinante. Los rostros
chupados y lánguidos tenían mayor densidad erótica.
El mundo en la palma de la mano.
Y por un pequeño precio.
—Cualquier precio es pequeño si la meta se convierte en una obsesión
gigante, ¿verdad? —le dijo a la Sonia del televisor.
Se quedó allí, sin apartar los ojos de la pantalla, recordando la primera vez
que la había visto, el impacto que le causó, no tanto por ella misma como por sus
palabras y su decisión. No tenía más que cerrar los ojos y evocar su aroma.
Todavía flotaba en el despacho. Lo llenaba todo. Un aroma limpio y puro, a
bebé, a niña.
Solo que no era un bebé, ni una niña.
Jacobo Aguilar pensó en su padre. Lo apartó de su mente con odio.
—Jodida zorrita —suspiró invadido por sus contradicciones.
17 horas, 13 minutos
Sonia Costa abrió la puerta del lavabo.
Fue como abrir una lata de sardinas, sudor incluido.
Dio un paso atrás y les apuntó con la pistola. Se encontró con cuatro
miradas de odio y miedo. La quinta, la de la anciana, ya no existía. Tenía los ojos
cerrados y respiraba con mucha fatiga.
—Salgan —les ordenó.
Primero lo hizo el hombre importante, después el cajero. El director de la
sucursal y la mujer ayudaron a la anciana. Abrió los ojos al notar que la movían
y se encontró con los de Sonia. Volvió a pronunciar aquel nombre.
—Carlota...
—No soy Carlota, señora —le dijo—. Me llamo Sonia.
—Claro... claro... —la pensionista asintió con la cabeza.
—Tengo aquí su medicina. ¿La toma con agua?
—Sí.
El empresario y el cajero ya estaban sentados en el suelo. El director se
quedó con su clienta un momento solo mientras la otra empleada retrocedía al
lavabo para buscar el vaso de agua. No lo consultó, simplemente lo hizo. La
anciana se dejó caer pesadamente sobre la misma silla que había ocupado antes.
Sonia no los perdía de vista, especialmente a la mujer del lavabo. El
director abrió la cajita con la medicina, extrajo un tubo.
—¿Cuántas, señora Verdaguer?
—Una... no, dos.
—No tome más solo porque se sienta mal —dijo Sonia.
El director movió la cabeza de lado a lado, de forma leve.
—Si tanto te preocupa, ¿por qué no la dejas ir? —la tuteó.
Sonia no le respondió.
Por primera vez, tenía miedo.
No había contado con una contingencia como aquella. No había pensado
que pudiera haber siquiera heridos. Pero si aquella anciana se moría, sería igual
que si le hubiese pegado un tiro ella misma. Eso lo cambiaría todo.
La mujer que se había orinado regresó con el vaso de agua. La llamada
señora Verdaguer ingirió las dos pastillas y lo apuró de tres largos sorbos.
—La dejaré marchar, se lo juro. Pero necesito más tiempo, ¿entiende?
—¿Por qué no... ahora?
—No puedo, se lo juro —dijo Sonia seria—. Y créame si le digo que siento
lo que le está pasando, señora.
La anciana la observó fijamente.
—Eres tan... guapa —musitó.
Sonia le agradeció el cumplido. No le importó la proximidad. Puso la mano
libre en su brazo y se lo presionó.
—Un poco más, ¿de acuerdo? Un poco más.
F) CONCLUSIONES
(De las 17,20 a las 17,59)
17 horas, 20 minutos
Magda Encinas apuró el resto del vaso de agua que se había bebido en dos
largos sorbos. Tenía la garganta seca y algo más: justamente ahora que todo
había pasado, temblaba como una hoja.
Y no por nervios.
Era simple tensión, descarga de adrenalina.
—Se lo repito —miró al comisario de policía como si llevase diez horas
interrogándola—: estaba sola, no había nadie más, ni rehenes ni compinches.
Debían estar en el lavabo, por lo de esa silla apoyada en el tirador de la puerta.
—Según el plano del local, eso no llega ni a despensa, es minúsculo —
insistió Pablo Ramírez.
—¿Y qué quiere que le diga? Bastante trabajo tenía yo con la cámara y
controlando la situación.
—¿Podían estar en el suelo, boca abajo, detrás de la ventanilla de pagos?
—No creo.
—Pero no está segura.
—Oiga, ¿qué más da dónde pudieran estar? Yo no los he visto y punto.
—¿Restos de sangre, violencia...?
—Santo Dios —la reportera se llevó una mano a los ojos. Hizo presión en
ambos.
—¿Qué impresión le dio? —tomó el relevo Elías Curto.
—¿Qué quiere decir?
—Usted ha estado cerca de esa chica.
—Ya lo han visto por televisión, ¿no? —hizo un gesto explícito—. Le
aseguro que no hay más. Es guapa, parecía segura, y daba la impresión de que lo
único que quería en realidad era salir por televisión.
—Pero eso es ridículo —argumentó Pablo Ramírez.
—Pues muy bien —Magda sostuvo su mirada.
—Háblenos del antes y el después —continuó Elías Curto, impasible.
—No ha sido muy distinto del durante —dijo ella—. Relajada, muy
controlada, nada gratuita... Quiero decir que ni me ha puesto la pistola en la
cabeza ni nada de eso. Cuando ha visto que no llevaba nada ha bajado la mano y
eso ha sido todo. ¿Quiere saber mi impresión? —se la dijo igualmente sin
esperar a que la invitasen—: Es la reina de la fiesta. Ha dicho que un día
seremos amigas.
—¿Ha dicho eso? —el tono del comisario era de perplejidad.
—Sí.
—¿Con estas palabras?
—"Un día seremos amigas, ya verás". Han sido sus palabras textuales.
—¿Qué sentido le da?
—Es una cría —Magda fue contundente—. Una cría guapa, segura y
sobrada, que lleva una pistola y ha montado un Cristo de mil demonios. Pero cría
o no, lleva esto como una profesional, si me permite que se lo diga. No
improvisa, créame.
—No estará diciendo que todo esto estaba planeado.
Magda Encinas sostuvo la mirada inquisidora del comisario.
—Desde luego, acorralada, no parece —dijo la periodista, despacio—. Más
bien es como si los acorralados fuésemos nosotros.
—¿Y si está sola? —habló Elías Curto.
—Es una teoría interesante —reconoció Pablo Ramírez.
—Ha dicho algo más —Magda se había reservado para el final lo más
importante, como si quisiera mantener un cierto clímax. Ahora ya lograba
atemperar su adrenalina y era el momento—. Dice que se entregará dentro de
unas horas, no ha dicho cuántas, puede que antes de que anochezca, después de
que yo vuelva a entrevistarla con mayor generosidad.
17 horas, 25 minutos
Clara Sorribas contuvo una arcada.
El calor interior, el frío exterior debido al aire acondicionado, la estancia en
aquel lavabo odioso en el que nunca, nunca, iba a volver a entrar, el asco y la
repugnancia, el miedo.
Pero sobre todo el odio.
Más y más fuerte cada vez. Más y más denso cada vez. Más y más
auténtico, desnudo y puro cada vez.
Sería capaz de matarla ella misma.
¿Sonia? ¿Había dicho que se llamaba Sonia? La muy hija de puta. Sonia era
como su amiga, como su mejor amiga a los dieciocho años. Y Eduardo era como
todos los hombres del mundo, adolescentes o jóvenes, maduros o listos para la
ITV final. Todos los Eduardos se enamoraban de las Sonias, las depredadoras
totales. Para las Claras quedaban los restos, o la soledad si la dignidad se
imponía. Cuando aquello acabase, ella se marcharía a casa, y se encerraría en su
habitación masticando muy despacio aquella amargura.
Sola, sola, sola.
Tenía treinta y dos años y ni en toda su vida la mirarían tanto como a la tal
Sonia en un simple día.
La arcada volvió.
Pero no quiso vomitar. No quiso que la vieran hundida, hecha un guiñapo.
Bastante había sido lo del pipí. Suficiente.
Deseaba tanto hacerle daño a Sonia.
Tanto.
17 horas, 29 minutos
Pepe Ponce no perdía detalle de los movimientos de Sonia.
Le gustaba el nombre, siempre le había gustado.
Clara había dado la alarma, el director empezaba a hablar más con ella, solo
quedaba él.
No había hecho nada.
El señor Planas y la señora Verdaguer no contaban.
Cuando Sonia les había metido en el lavabo, pensó en saltar sobre ella. Con
suerte solo recibiría un tiro en un brazo. Pero no dependía de la suerte. Además,
¿cuándo tuvo él suerte? Nunca. Después, al salir del lavabo, donde había sufrido
la humillación de tener que orinar como pudo y con cuatro testigos, tuvo el
mismo impulso. Sonia hablaba con la señora Verdaguer, parecía distraída aunque
sostenía la pistola con mano firme. Un salto y...
¿Y qué?
Tampoco se atrevió a hacerlo.
¿Cuánto dolía un disparo en el brazo?
¿Y uno en el pecho, o en el estómago?
Unas vacaciones pagadas, un héroe para el banco... ¿Suficiente para un
ascenso y un aumento, o se limitarían a darle una palmada en el hombro y
felicitarle por haber salvado su dinero y su dignidad?
¿Dejaba secuelas una herida como aquella?
Miró a Sonia. A veces parecía distraída. Las horas se acumulaban y no tenía
la misma tensión. ¿O sí? En el caso de que volviera a acercarse a la señora
Verdaguer lo suficiente, como un rato antes, cuando le puso la mano en el
brazo...
Ella acabaría agotada.
Aunque llevaba comida y agua en la mochila. Increíble. ¿Quién llevaba
comida y agua para robar un banco? Por lo menos al aproximarse la noche la
vencería el sueño. Bueno, era de esperar, porque los jóvenes de hoy aguantaban
como cosacos. Quizás se tomase alguna pastilla para no dormirse.
Si esperaba el momento...
Le daría una lección a Laureano Gómez. A lo mejor lo trasladaban a otra
sucursal y le hacían director. A lo mejor, incluso, el señor Planas se lo agradecía.
A lo mejor.
Pepe Ponce continuó mirando a Sonia fijamente.
Ella no se había descuidado en ningún momento, pero bastaría una
oportunidad, solo una.
¿Por qué no podía tener suerte una vez en la vida?
17 horas, 30 minutos
Laureano Gómez volvía a ser el director de la sucursal.
Lo había olvidado en algunos momentos. Lo tenía enterrado, olvidado,
prisionero de las circunstancias. Pero la responsabilidad del cargo volvía a él. No
estaba al mando de aquella sucursal por su cara bonita, sino porque era eficiente.
Un buen barrio como aquel, con buenos clientes como el señor Planas, merecería
una persona capaz, responsable. Cuando le nombraron, ¿qué le dijo su superior?
"Gómez, ahí hay futuro. No piense que es una sucursal pequeña, y que hay
competencia cerca. Piense que está solo. Los demás bancos no existen. Estamos
nosotros. Convierta esa sucursal en la casa de todos, en el parque donde el dinero
va a tomar el sol y a incrementarse. Servicio, Gómez, servicio. Ese es el espíritu.
Sea un padre, pero actúe como un banquero. Hay mucho dinero en ese barrio
buscando el calor que necesita".
Aquello sería una mancha en su historial, aunque acabase bien.
La chica, ¿Sonia había dicho que se llamaba?, no tenía escape. La cogerían.
Tal vez la matasen. Los GEO's debían estarse preparando. Y afuera, en la calle,
debían estar todas las cadenas de televisión. Si le filmaban llorando, o escapando
a rastras en medio de una nube de humo, o convertido en un guiñapo humano,
todo habría terminado para él. Carpetazo a su historia. Si no sabía defender el
dinero ni la casa donde vivía, ¿qué futuro le quedaba en el sistema?
Pero tener el valor para enfrentarse a ella, desafiar su pistola, un posible
arrebato, eso era otra cosa.
Así que estaba en una encrucijada, en tierra de nadie.
Miró a Clara, miró a Pepe, miró al señor Planas.
Ella tenía las mandíbulas apretadas y ojos de odio. Él una falsa calma pero
casi los mismos ojos preñados de animadversión que su compañera. El
empresario en cambio tenía la vista hundida en el suelo, y se hallaba envuelto en
pensamientos muy distantes. Tanto como su dinero, que parecía volar en busca
de un nuevo banco más seguro.
¿Qué diría el señor Planas si él le salvase?
Laureano Gómez admiró a Sonia.
Le dolió que la palabra fuese justamente esa: admirar.
Una cría de mierda, guapa hasta los forros, y les tenía en jaque a todos.
La señora Verdaguer emitió un gemido.
17 horas, 31 minutos
Martín Martínez, alías Mac, le abrió la puerta con restos de sueño pegados a
sus ojos, aunque no daba la impresión de acabar de ser despertado bruscamente
por su llamada. Sostenía un vaso de zumo de naranja y medio cigarrillo
consumido entre los labios. El humo que desprendía le obligaba a entrecerrar el
ojo derecho. Su única ropa consistía en unos llamativos calzoncillos de diseño
con el nombre de Calvin Klein visible en la parte superior. Una locura.
Eudaldo pasó de llamarle Mac.
—¿Martín?
—Ajá —le miró con pocas simpatías.
—Me llamo Eudaldo Cruz, soy periodista —para evitar más disquisiciones
al respecto le puso el carnet delante de la cara. Casi fue más un gesto policial
que no una mera labor informativa.
Dormido o impresionado, Martín Martínez se apartó para dejarle entrar.
—No te molestaré mucho —dijo Eudaldo.
—¿Vas a entrevistarme?
—No, ¿por qué?
—¿No vienes por mi trabajo en la disco?
—Vengo por Sonia.
El televisor estaba apagado. Martín apartó el cigarrillo de la boca con la
mano libre y arqueó las cejas. Su mirada estuvo ahora revestida de burlona
incomprensión.
—¿Por Sonia?
—Sí.
—¡Joder! —sonó escéptico—. ¿Qué pasa con ella?
—¿Sabes cómo le va?
—No —se encogió de hombros.
—¿Te ha llamado?
—No desde hace una semana.
—¿No sois novios?
—No desde hace una semana —repitió en un alarde de oratoria—, ¿por
qué?
—Va a dar que hablar.
—Ya —soltó un bufido de sarcasmo y dejó el cigarrillo en un cenicero
atestado de colillas. El lugar olía a tigre ahumado. Tigre por el sudor y ahumado
por la peste a tabaco—. ¿Sabes? Eso mismo me dijo ella en la última ocasión
que la vi: que iba a dar que hablar, que la próxima vez que la viese sería en la
tele —otro bufido—. ¡No te jode!
—¿Así que habéis roto?
—Por Dios, sí, se acabó. Está pirada. Buenísima pero pirada. No la aguanto
más, tío. Paso. Es una comida de coco total y constante —Martín Martínez, alias
Mac, se despachó a gusto de una tirada. Luego reaccionó. Estaba en su casa y un
extraño le asaeteaba a preguntas—. Oye, ¿tú de qué vas? ¿Te interesa ella o qué?
¿De qué mierda va esto?
Y Eudaldo se lo soltó.
—Tu ex ha entrado esta mañana en un banco a punta de pistola, y se ha
hecho fuerte dentro con algunos rehenes. De esto va esta mierda.
17 horas, 32 minutos
Sonia marcó el número de su hermano. Utilizaba ya el segundo móvil, otra
marca, otro modelo, otra compañía. Debía bastar.
Aunque no tenía ni idea de los medios con que debía contar la policía.
Se suponía que ellos eran los buenos.
Pero en las películas, los malos tenían siempre mejores y más sofisticados
artilugios.
—¿Qué pasa?
El tono de Juancho sonó preñado de alarmas.
—Nada, ¿por qué?
—Me he... sobresaltado.
—¿No te habrás quedado adormilado?
—¡No! —se sintió herido por el comentario y ella lo captó.
—Es broma —intentó minimizarlo.
—Hay mucha calma por aquí afuera. No sé si es bueno o es malo.
—Tendría que ser bueno.
—Puede que estén preparando algo.
—Para eso eres mi hada madrina, ¿no? —se lo dijo con cariño.
—Hado madrino en todo caso.
La pausa fue breve. La distancia que los separaba era en ese momento
enorme. No anímica, sino física.
—¿Qué querías?
—Voy a tener que soltar a la vieja.
—¿En serio?
—No creo que aguante.
—Mierda —suspiró Juancho.
—No contábamos con eso, ¿verdad?
—Dirá que estás sola.
—Esa es la putada —Sonia chasqueó la lengua—. Y si lo chiva, las cosas
van a ir necesariamente más rápidas.
—Puede que sea mejor. El efecto a fin de cuentas ya está...
—Juancho, el plan era aguantar el máximo de tiempo posible.
—¿Y qué quieres hacer? Si esa señora se muere... o aunque le dé un ataque
de lo que sea y acabe en un hospital. ¿Quieres arriesgarte? Hasta ahora no ha
pasado nada. Aguilar se las arreglará para sacarte, seguro.
—¡Mierda! —rezongó Sonia.
—¿Cuándo lo harás?
—¿Qué, soltarla? No sé, cuando vea que está realmente mal. Puede ser en
cinco minutos o en una hora, pero no resistirá más.
—Lo tenemos controlado, no te preocupes. Incluso verán un signo de buena
voluntad teniendo en cuenta que no has querido hablar con ellos de ninguna
negociación posible. Por cierto, de lo que has pedido...
—Nada. Ni siquiera sé si se lo han tomado en serio. Lo de Hollywood ha
sido un toque de malicia.
Juancho se tomó unos segundos antes de volver a hablar.
—¿Cuál es el plan? —quiso saber.
—Demoraré lo que pueda la liberación de la vieja. Después de soltarla será
el momento de llamar otra vez a Magda Encinas, la de la tele, y montar la gran
fanfarria final: despedida y cierre. He pensado que saldré con ella. Será un gran
colofón —se sintió extraña al decir esto último y regresó a la realidad del
momento—. De todas formas, aunque no soltara a esa señora mayor, no podría
pasar la noche aquí.
—Te digo que ya hemos armado suficiente ruido. Estás en todas las cadenas
y las emisoras de radio. Mañana serás portada en los periódicos. Ya son tuyos,
hermanita. No fuerces las cosas.
—Supongo que tienes razón —suspiró Sonia—, como siempre.
—Ya.
—Llegan las horas decisivas, hado madrino. A por ellos.
—A por ellos —se despidió Juancho.
17 horas, 33 minutos
El comisario Pablo Ramírez comprobó la hora.
El tiempo se consumía rápido, casi de forma voraz, y aquel era el caso más
chapucero, al menos por su parte, con el que jamás se había encontrado. Claro
que no cada día unos atracadores se encerraban en un banco con rehenes.
Afortunadamente.
Seguían a oscuras.
Ellos no negociaban, colgaban el teléfono del banco en cuanto oían la
palabra "policía", no hacían caso de las conminaciones pronunciadas por el
altavoz, se negaban a tener una conversación con el psicólogo, el negociador que
debía hallar una vía de escape, una solución para todos, aunque la única solución
real y posible era la liberación de los rehenes y la captura de los ladrones. Y así,
el tiempo ya empezaba a echárseles encima.
Los GEO's tendrían que actuar.
Asaltar la sucursal bancaria.
—¿Nada con los teléfonos? —preguntó.
—Si tienen un móvil, no lo emplean —dijo Elías Curto—. Por lo menos
desde que estamos barriendo la zona, aunque el equipo...
—¿Y si tienen más de uno?
—¿Para qué querrían hablar por teléfono, para decir en casa que no han
podido ir a comer?
—Sabríamos cuántos son y cómo se llaman —repuso Pablo Ramírez.
Elías Curto asintió con la cabeza y apretó las mandíbulas por lo estúpido de
su comentario.
—Ella le ha dicho esta mañana al periodista que le llamaría, así que, o no lo
ha hecho, o tiene un móvil —insistió el comisario—. ¡Tenemos una mierda de
equipos!, ¿lo sabe?
Su subordinado no respondió.
Jaime Marqués, el amigo de Eudaldo Cruz, se aproximó a ellos con cierta
premura.
—Hemos confirmado el nombre de uno de los rehenes —informó. Y sin
esperar Pablo Ramírez siguió hablando—: Ignacio Planas, cincuenta y siete
años, empresario. En su empresa se extrañaban de que no regresara, porque tenía
una reunión a la una, pero ninguno ha sabido lo del banco hasta hace un rato.
Entonces han dado la voz de alarma. Alguien ha confirmado que tenía una
gestión personal que hacer.
—¿Quién es ese tal Planas?
—Prefabricados Planas.
—Coño —exclamó el comisario aunque sin enfatizar la expresión.
—Eso mismo —asintió Jaime Marqués—. No es un repartidor de butano,
con permiso de los repartidores de butano.
El comisario miró a sus dos hombres.
—¿Podían ir a por él?
—No, sería una tontería intentar secuestrarle en un banco pudiendo hacerlo
en cualquier otra parte. Ese tipo estaba en el lugar equivocado en el momento
inoportuno.
—O sea, que si entramos ahí a tiros y nos cargamos al tal señor Planas,
encima la liamos aún más.
Elías Curto y Jaime Marqués intercambiaron una mirada de inteligencia en
silencio. Los dos pensaron en los otros rehenes. Luego, también al unísono, los
dos miraron por el ventanal, hacia el otro lado de la plaza de San Honorato.
17 horas, 37 minutos
Martín Martínez, alias Mac, el ex de Sonia Costa, había puesto en marcha
un ventilador. Más que renovar el aire o empujar la contaminación atmosférica
hacia afuera, lo que hacía el trasto era cambiar el pestazo a humo de un lugar a
otro, como si la nicotina pegada a todas partes se negase a abandonar aquel
palacio placentero en el que vivía con holgura y se movía a sus anchas. El
mismo Mac tenía otro cigarrillo en las manos.
En aquel momento, superado el primer impacto producido por la noticia de
las nuevas aventuras de su ex, hablaba de ella y de su familia.
—Su madre fue la que rompió la bajara y les complicó la vida —decía—.
Era una pájara.
—¿Qué pasó? —preguntó Eudaldo.
—¿Qué quieres que te diga? —se encogió de hombros—. Es una historia de
lo más clásica: Mujer de bandera, guapa, con la cabeza llena de ideas locas, de
esas que siempre quiere más, que piensa que puede tener algo mejor, que está
segura de que en la siguiente esquina encontrará el puchero del Arco Iris, o sea,
el hombre de sus sueños... Sonia me contó que una mañana se hizo la gran
pregunta: "¿Quiero pasar el resto de mi vida viendo a mi marido cada mañana al
despertar?". Y la respuesta fue que no.
—Así que se marchó.
—Sí, pero con otro. Que no era lista ni nada la tía.
—¿Alguien con dinero?
—Por un tubo. Bueno, al menos visto cómo vivía ella y contando con lo
que tenía ella. Sonia dice que perdió la cabeza, que se enamoró, que fue... En fin,
Sonia también es bastante peliculera y romántica, soñadora y culo inquieto como
su madre, con ganas de comerse el mundo, y rápido.
—¿Sonia y Juancho no se fueron con su madre?
—No, la tía no quería lazos ni ataduras con el pasado. El nuevo pavo que se
agenció no habría soportado vivir con los hijos del otro. Te enamoras de una tía
buena y te pones a cien, como una moto. Entonces aparece en tu casa con dos
críos de la mano. Ahí se acaba la fiesta, te lo aseguro.
Hablaba como un experto, lleno de seguridad desde sus veinte o veintiún
años. Pero hablaba, y con ganas. Era todo lo que le importaba a Eudaldo.
—¿Qué edad tenían ellos?
—Eso fue hace ocho años, así que ella tendría ocho y él siete.
—¿Su padre lo hizo bien?
—No, ¿qué podía hacer con dos críos pequeños y currando? Los dejó con
su abuela paterna hasta que ella enfermó y murió. Entonces sí, tuvo que hacerse
cargo de los dos y se los llevó a casa, con su nueva pareja. Como era de esperar,
Sonia y ella se tiraron los trastos a la cabeza a los dos días. De todas formas el
padre y la nueva también se separaron y ahora él viaja mucho y no tiene a nadie.
Ellos pasan mucho tiempo solos, aunque no les falta de nada. No van sobrados
pero tienen dinero para vivir.
—¿Y la madre?
—Eso es lo bueno: reapareció en su vida hace unos meses. Vivía fuera, pero
regresó. ¿Y qué hizo? Pues llamar a sus hijos. ¿Y qué hacen ellos? Pues en el
fondo alegrarse de recuperarla. Nada de malos rollos ni "eres una cerda porque
nos abandonaste". Se ven a menudo. Sonia admira a su madre, dice que es la
mujer con los ovarios mejor puestos que conoce.
—¿Dónde vive?
—Ni idea.
—¿Cuál es su nombre?
—Eulalia Iriarte.
—Háblame de Juancho.
—No hay mucho que contar, yo no lo veía apenas nada, aunque es un buen
chaval. Son uña y carne, porque cuando la madre se largó, Sonia se convirtió
más en madre de su hermano que en su hermana mayor. Él la tiene en un
pedestal pero la que manda es ella.
—Juancho estará en el banco —no fue una pregunta, sino una afirmación.
—Seguro —dijo Mac.
—En cuanto a ti... —intentó no ser demasiado directo—, ¿quién rompió
con quién?
—Nos peleamos —hizo un gesto de fastidio—. Yo ya estaba hasta el gorro
de tanta idiotez, pero... joder, la verdad es que me priva. Pensaba que... En fin —
apuró el cigarrillo y miró el paquete, como si estudiara la posibilidad de
encender otro ya mismo—. Yo le decía que dejara de soñar, ¿sabes?, que se
viniera aquí a vivir conmigo y ya está. La hubiera metido en la disco, en la barra.
Pero ella insistía en que sería famosa, que necesitaba ser libre, que a ver qué
hacíamos cuando fuera una estrella... Estaba obsesionada con eso.
—¿Por qué no la apoyabas?
—Trabajo de disc-jockey —le miró con fijeza—. Sonia tiene algo, vale,
¿pero sabes la de tías buenas que hay por ahí? En la discoteca cada noche
aparecen dos docenas, te lo juro. Yo quería protegerla, eso es todo.
—¿Despierta instinto de protección?
—No lo sé —volvió a encogerse de hombros—. Es dulce cuando ha de ser
dulce y agresiva cuando ha de ser agresiva. Te pone a cien, pero a veces
desearías ahogarla. Tiene tanta energía dentro que...
La quería para él. Eudaldo supo entenderlo. Sin compartir con nada ni con
nadie. No sabía si llamarlo machismo, o devoción o... Algunos colocaban a la
persona amada en un pedestal, en una urna, como quien cuelga el cuadro más
bello de una pared y se extasía en su contemplación.
Así que Mac tenía también su lado sensible y romántico.
En el tiempo del "aquí te pillo, aquí te mato", del fast food incluso en el
amor, de la depredación, del cambio, del no comprometerse, del inconformismo,
del "hoy es hoy porque no hay mañana", en el fondo siempre quedaba una
esperanza.
—¿Crees que tenía pensado esto cuando se despidió de ti y te dijo que la
próxima vez que la vieras sería en la tele?
—Es probable. No es de las que improvisa. Llevaba dos semanas buscando
un equipo de vídeo y no sé qué más.
—¿Para grabar el show que ha montado por la tele?
—No era un equipo de esos —negó Mac—. Quería una cámara de esas
chiquitajas con las que se puede hablar y salir en el ordenador de otro. No sé
cómo se llaman porque no entiendo de informática.
—¿Hablas de una videocámara para ordenador personal? —se envaró
Eudaldo.
—Supongo, no sé. Hay tantos artilugios nuevos que salen cada día.
—¿Sabes si la consiguió?
—Creo que sí. Yo mismo le di una dirección, aquí cerca.
—¿Te dijo para qué la quería?
—No. Yo imaginé que sería para hacerse una prueba... no sé. Yo ya estaba
muy quemado. Cada día me salía con alguna chorrada nueva, cada día iba a un
casting o a una agencia o a una productora. Y por la noche, como si tal cosa.
Decía que "mañana". Siempre "mañana".
Sonia Costa se había cansado de esperar el mañana.
Había ido a por él.
17 horas, 50 minutos
Sonia miró su reloj de pulsera.
No tenía que haberlo llevado encima. ¿Cómo no pensó en ello? Cuando
todo acabara se lo quitarían, tal vez lo rompieran o lo perdiera. Y sería una
lástima. Lo adoraba. El primer regalo de su madre después del retorno. Un buen
reloj. Caro y bonito.
La hora de las decisiones.
La anciana no podía aguantar mucho más. Si perdía el conocimiento o le
daba un ataque de algo, sería el fin. No podría controlar la situación, y no quería
hacer daño a nadie. A nadie.
En cuanto la dejara libre todo se precipitaría.
De pronto sentía angustia.
Los rehenes estaban quietos, llevaban rato sin moverse y sin hablar.
Juancho no llamaba, señal de que en el exterior todo iba bien. Y eso sí era
asombroso. Pensaba que la policía intentaría algo más, convencerla, forzar
negociaciones, pactar, proponerle que dejara rehenes a cambio de otras cosas.
Era extraño. O sería que los únicos asaltos a bancos con retención de rehenes
que había visto eran los de las películas americanas.
En América, y más en las películas, todo era distinto.
La realidad cambiaba, o simplemente se hacía verdad.
Paseó sus ojos por el banco, la calle apenas vislumbrada al otro lado de la
doble puerta acristalada, las cortinas que la separaban del exterior por el lateral,
la cámara desde la cual todo lo que estaba sucediendo llegaba a Juancho y a su
equipo de grabación. Luego pensó en aquel periodista, Eudaldo Cruz. Le
gustaba. Llevaba dos meses leyendo todos los periódicos, escuchando todas las
emisoras de radio, viendo todos los informativos de las cadenas de televisión.
Dos meses desde que concibió el plan en secreto, para saber quién era
quién, aprenderse sus nombres, sus caras. Quería dominar a los medios de
información, para después escoger. Cada cual tenía su importancia.
Magda Encinas era ideal. Eudaldo Cruz podía llegar a serlo. Era un tipo
honesto. Y había otros.
Jacobo Aguilar ya debía estar ultimando los detalles finales.
Tuvo un estremecimiento, un ramalazo de frío interior mientras caminaba
sin rumbo de un lado a otro del banco. Le pesaban los párpados, y le dolía la
parte posterior de la cabeza. Quizás fuera el aire acondicionado, al que no estaba
acostumbrada. Quizás la simple tensión de aquella larga espera. Ahora ya no
cabía sino mover las piezas finales. La parte más difícil.
Lo más duro.
Se preguntó cómo sería de largo un día en el correccional de menores, o en
el reformatorio, o donde demonios la enviaran. Se preguntó cómo sería un día
sin libertad. Un solo día, para ella, que siempre había sido libre. Más aún: que
siempre se había sentido libre, porque no es igual ser libre que sentirse libre. Y
se preguntó cómo serían dos días, y tres, y una semana, y un mes...
El precio a pagar.
Antes estaba dispuesta a pagarlo, totalmente decidida. Ahora, cuando sabía
que la noche pasada había sido su última noche en casa, tal vez en mucho
tiempo, sentía inquietud.
En el fondo, podían suceder tantas cosas en un día, una semana, un mes...
Dos años.
Jacobo Aguilar le había jurado que estaría fuera en un abrir y cerrar de ojos.
Dos años si iban muy, muy mal dadas.
—Dios... —susurró.
La noche pasada se lo planteó. Volver atrás. Y había decidido que no. Fin
del trayecto. Entraría en la gloria por la vía directa. Era su destino.
Siempre había creído en el destino.
Ya era famosa.
Sonrió.
Ya era muy famosa.
17 horas, 53 minutos
Nicolás Bermejo siguió el rastro, la sombra reflejada en la pantalla de aquel
ordenador. Ya tenía tomadas las medidas, se había hecho un cuadro mental de la
situación en el interior de la sucursal bancaria, y más con el plano que le habían
facilitado los mandos. Cada vez que el secuestrador o la secuestradora se
reflejaba en la pantalla, significaba que pasaba justo por en medio del ventanal
central. No tenía más que esperar, controlar, mover el fusil menos de un grado,
desde la puerta a través de la cual veía el ordenador hasta el ventanal, apuntar
allí y disparar. Lo único que no tendría era precisión, es decir, que tanto podía
reventarle la cabeza como darle en un brazo. Ese era su riesgo.
Había hecho el movimiento dos docenas de veces.
Sombra, reflejo, desplazamiento del fusil, apuntar al centro del ventanal y
disparar. Mentalmente.
—¡Push!
Había algo más. El reflejo era siempre de la misma persona. Una que
llevaba pantalones oscuros y algo blanco en la parte superior del cuerpo. O los
demás estaban quietos, o allí dentro solo había un atracador.
Dudaba en notificarlo al mando.
Que solo hubiese un ladrón era bastante absurdo.
Todo resultaría entonces tan sencillo...
—¡Push!
No, que estupidez.
Tenía que estar seguro. En la anterior misión no lo estuvo y casi provocó el
caos. Era el mejor tirador. Estaba allí para eso. Que los jefes cavilaran el resto.
No habría más errores, y menos por temas de apreciación.
Otra vez, la sombra, el reflejo.
—Estás nervioso, amigo —musitó para sí mismo.
Bajó el fusil y lo apoyó en el alfeizar de la ventana. Contempló los ojos de
las casas que le rodeaban. La gente seguía asomada a ellos. Esperaban. Hora tras
hora permanecían todos allí. Tal vez intuyeran el acto final, el drama, el olor de
la sangre.
El GEO cerró los ojos.
Pero siguió viendo en su mente la doble puerta de cristal, el ordenador, el
reflejo del atracador, la sombra.
—¡Push!
17 horas, 57 minutos
Jacobo Aguilar contó los últimos diez segundos mientras seguía el
movimiento de la segundera en la esfera de su reloj de pulsera. Cuando esta
llegó a la parte superior alargó la mano, descolgó el auricular y marcó el número
de teléfono.
El primer número de la lista que tenía al lado del aparato.
La voz de una telefonista le anunció el nombre de la cadena de televisión y
le preguntó qué deseaba. Tenía una bonita entonación.
—Carmelo Muñoz, por favor. —pidió él.
—¿De parte de quién?
—Jacobo Aguilar, abogado.
La espera fue breve. Una segunda voz femenina relevó a la primera.
—¿Señor Aguilar? —dijo la posible secretaria del hombre por el que pedía
—. El señor Muñoz tiene en estos momentos una reunión muy importante. Si
fuera tan amable de decirme el motivo de su llamada para que pueda decírselo en
cuanto termine.
La palabra "abogado" siempre ejercía una poderosa influencia en las
personas. La gente actuaba con tacto al escucharla.
—Dígale al señor Muñoz solo una cosa, que es sobre el caso de la
atracadora del banco —lo dejó ir con suave cadencia—. Dígaselo, señorita. Y
dígale también que esta es la primera cadena a la que llamo.
—Un momento, por favor.
La espera no fue larga, al contrario. O Carmelo Muñoz había dejado su
reunión o, tal y como esperaba, no tenía ninguna. Aquel era un mundo ingrato,
de oportunidades al vuelo, de sonrisas hoy y olvidos mañana. A la palabra
"abogado" acababa de unirle el reclamo del gran tema del día: "el atraco
frustrado al banco". La imagen de Sonia ya flotaba en la mente de todos los que
no podían ignorar su existencia.
—¿Sí?
—Mi nombre es Jacobo Aguilar, señor Muñoz. Represento a Sonia Costa.
No tuvo que decirle nada más.
—Adelante.
—¿La ha visto? —hizo la pregunta obligada.
—Sí.
—¿Qué le parece?
Tampoco tuvo que ampliarle el sentido de su interrogación.
—Guapa, interesante, loca.
—O sea, una bomba mediática, ¿está de acuerdo?
—Hay cincuenta, cien como ella.
—Pero solo ella está en ese banco y es noticia.
—¿Qué es lo que tiene usted que pueda interesarme, señor Aguilar? —fue
al grano el hombre de la televisión.
—La grabación de todo el proceso del asalto al banco, la retención de los
rehenes, y lo que suceda a partir de ahora hasta el epílogo del caso.
—Eso también lo tenemos nosotros —mostró un primer atisbo de aplomo
Carmelo Muñoz—. Llegamos allí esta mañana muy poco después de que
comenzara todo.
—Yo me refiero a la grabación... desde dentro. No se me ocurriría llamarle
para hacerle perder el tiempo, se lo aseguro.
La pausa fue necesaria. Hubo que digerir su contenido.
—¿Ella lo ha filmado... todo?
—Sí.
—¿Quién más está implicado?
—Sonia Costa actúa sola. No hay nadie más. Ella es la protagonista única.
Se produjo el último breve silencio. Los parámetros quedaban fijados.
—¿Hablamos de una exclusiva?
—Total en lo referente a televisión, es decir, para emisión inmediata.
Medios escritos a partir de mañana aparte.
—¿Entrevista con ella?
—Por supuesto. La primera que conceda cuando pueda hacerlo dadas las
posibles complicaciones.
—Por lo que sé, esa chica sigue ahí dentro.
—Se entregará en cuanto yo ultime los detalles de nuestra operación.
—Entiendo —el hombre de la televisión debía estar pensando, o llamando a
alguien con el brazo libre, o escribiéndolo en una hoja de papel para que alguien
lo leyera—. ¿Puedo preguntarle si nos ha llamado a nosotros los primeros?
—Así ha sido. Son mi primera opción, y sabe que no le miento.
Todo se sabía. Podría comprobarlo.
—¿Y por qué nosotros?
—Pagaron cien mil euros por el caso Paz.
—Señor Aguilar, esto no vale cien mil euros.
—¿Está usted seguro?
La pausa fue un poco más larga.
—Es mucho dinero por una adolescente ladrona.
—Hay más que eso, piénselo. Usted la ha visto ya en esa fugaz aparición
televisiva de antes. Es pura dinamita. Ríase de los programas con gente haciendo
el ganso delante de las cámaras en casas, autobuses o islas y todas las secuelas
actuales. Este es el primer paso de una carrera estelar. Créame. De momento
tendrán la exclusiva en sus informativos, después pueden montar un programa
especial de una hora el fin de semana. Esa película valdrá más dentro de unos
meses, y mucho más dentro de unos años. Podríamos hablar incluso de un
contrato en televisión con ella para cuando salga del reformatorio.
—Entonces todo esto... ¿ha sido un montaje?
No iba a afirmarlo por teléfono. A lo peor Conrado Muñoz lo estaba
grabando. Jacobo Aguilar dejó que el silencio le diera la respuesta.
—Sigue siendo mucho dinero —suspiró el hombre del teléfono.
—En su concurso "Gane o pierda" dan veinte o treinta mil euros todas las
semanas. Dígale a la presentadora que ajuste un poco, que durante los próximos
días nadie gane demasiado. Lo recuperará rápido —dejó de hablar despacio,
lleno de cadencias, para mostrar un poco de impaciencia—. Escuche, no estoy
negociando. Le ofrezco un producto que es una bomba, y tiene un precio. Usted
solo diga sí o no. Hay más cadenas. Solo pensaba que ustedes estarían al loro.
—¿Puede llamar en media hora, señor Aguilar?
Lo meditó.
—En media hora pueden pasar muchas cosas, incluso que el precio suba
porque pase algo en ese banco, ¿entiende? —fue inflexible—. Le doy quince. Ni
uno más.
—De acuerdo —sonó a rendición—. Quince.
Jacobo Aguilar dejó el auricular en el receptáculo despacio, como si
acariciara ambas partes.
Después le dio la vuelta a la hoja de papel y visualizó la segunda lista de
números telefónicos. Correspondía a las revistas de mayor tirada. Marcó el
primero.
La vida de Sonia en capítulos semanales iba a dar poco de sí, pero seguro
que encontrarían la forma de alargarla. El álbum familiar, declaraciones de su
entorno...
O quizás...
—¿Dígame?
17 horas, 59 minutos
La tienda se llamaba Hard & Soft, muy americano. El chico que atendía
detrás del mostrador, ahogado literalmente en aparatos de la más variada índole,
también parecía extraído de una película de serie B americana. Espigado,
pelirrojo, pecoso, gafoso y con una estridente camisa roja, chillona. No habría
pasado desapercibido en ningún lado. Cuando le vio entrar sacó a tomar el sol a
todos sus dientes, que no eran pocos. Ninguno daba la impresión de tener un
lugar fijo en aquel espacio bucal. El pelirrojo había llegado tarde al reparto de
caras en el cielo, pero desde luego debía haber sido el primero en el de dientes.
—Hola, ¿qué hay? —saludó a Eudaldo.
—Hola, ¿eres Paco?
—Sí, yo mismo —la sonrisa, por inverosímil que sonase, se acentuó aún
más.
—¿Conoces a Sonia Costa?
—Claro.
—Vino aquí a por un equipo... —no supo precisar y se quedó a medias. Fue
suficiente para Paco.
—Sí, anteayer mismo. Se lo alquilé para que lo probara.
Paco El Informático no había visto la televisión.
Debía ser de los pocos.
—¿Qué clase de equipo era?
—De primera. ¿Te interesa uno? —se animó—. Tenemos cosas
absolutamente revolucionarias. Es una pasada. Si estás metido fliparás, y si no lo
estás, alucinarás igual. ¿Para qué lo quieres?
—Como el de Sonia —tanteó.
Fue demasiado vago. A Paco se le ensombreció la cara por primera vez con
una sombra de duda.
—Oye, ¿no se lo habrá cargado? —preguntó de pronto.
—No, no.
—Es que vale una pasta, ¿sabes? Y menos mal que su hermano sabía de qué
iba la cosa, porque si no... Cualquiera le dice que no a esa chica, ¡uf! —hizo un
gesto con la mano y puso cara de rendida admiración—. Me juró que me lo
devolvería mañana.
Eudaldo pensó en lo rápido que la policía podía devolver algo como
aquello.
Y también en cómo le habría sacado Sonia el equipo a Paco.
—Explicame cómo funciona todo lo que se llevó —pidió Eudaldo.
—Bueno... —Paco ya no sonreía, su rostro estaba revestido por una capa de
escepticismo—. Mira, se llevó una videocámara como esta, baterías autónomas,
un receptor como este y un ordenador del que ahora no tengo ninguno más pero
era parecido a ese de ahí. También un programa para grabar CD's y conectores...
Ella lo quería para filmar algo en unas determinadas condiciones.
—Pero esto es una videocámara para adosar a un ordenador personal, ¿no?
Tú eres visto y oído y al otro lado también alguien es visto y oído. Como una
conversación telefónica con imagen.
—Sí y no —Paco se puso profesional—. Sonia quería ser vista y oída, pero
no necesitaba ver ni oír a nadie. Así que lo que se llevó no tenía por qué ir
conectado vía teléfono. De ahí que te dijera que ahora mismo hay algunas cosas
increíbles, aunque parte de lo que ella tiene es diseño mío. Mira, se llevó un
sistema operativo que envía una señal codificada capaz de ser recibida por este
receptor. Con este grabador de CD's adosado puedes grabar imagen y audio.
—¿Todo con una señal?
—Codificada, sí.
—Espera, espera —Eudaldo intentó no confundirse—. ¿A qué distancia
puede enviarse y recibirse esa señal?
—Hombre, esto está pensado para profesionales, y es novísimo. Pero
hablamos de un radio máximo de cien metros.
Eudaldo se quedó sin habla.
La última pieza del puzle acababa de encajar.
—Has sido muy amable —le palmeó el brazo por la parte superior a Paco y
emprendió la retirada—. Volveré.
—¡Eh, espera! —el informático quiso retenerle sin éxito—. ¿Adónde vas?
¡Si no has visto nada!
Eudaldo salió por la puerta dispuesto a echar a correr.
—¡Oye!, ¿está bien Sonia? —oyó gritar a Paco—. ¡Tú!, ¿de qué va esto,
tío?
G) LA CARRERA FINAL
(De las 18,00 a las 18,54)
18 horas
Sonia mantuvo la pistola rígida, apuntando al resto, mientras ayudaba a
levantar a la señora Verdaguer.
La posibilidad de salir de allí, hizo que la anciana se sintiera mejor y sacara
fuerzas de flaqueza. Se incorporó sosteniéndose en el mostrador más cercano.
Temblaba y se agitaba como si estuviera dispuesta a echar a correr.
—¿No lleva bastón? —preguntó Sonia.
—No, no.
—Debería.
La mujer enderezó la espalda. Tal vez la hubiera ofendido. Muchas ancianas
se resistían a la vejez, a renunciar a su coquetería, y retardaban lo que podían el
momento de la verdad. El día que llegaba la primera caída, todo cambiaba.
—¿Podría ir sola?
—No lo sé.
—Tiene que hacerlo, señora, o se queda aquí. No puedo acompañarla, ni
permitir que lo haga ninguno de los otros. Les necesito, ¿entiende?
—De acuerdo —asintió mirándola por primera vez desde que Sonia le
había dicho que se marchaba.
—¿Por qué me ha llamado antes Carlota?
Sus ojillos diminutos se entrecerraron.
—¿Carlota?
—Sí, un par de veces.
—Carlota es mi nieta, no sé...
—No importa. Vamos —los cuatro rehenes sentados merecían más su
atención, aunque seguían inmóviles. La empujó suavemente hacia la puerta—.
Iré con usted hasta la mitad. Despacio.
Los primeros pasos.
Sonia continuaba atenta a los que se quedaban. Miraban a la señora
Verdaguer con una mezcla de envidia y cansancio.
Se preguntó qué habría sucedido si a lo largo de aquellas horas, uno hubiera
intentado algo, o si lo intentase ahora, o después. No podía dispararle a nadie.
No quería dispararle a nadie.
El filo de la navaja.
Había estado caminando por el filo de la navaja, ciega, sorda y muda. Casi
cabía decir que estaba teniendo suerte, mucha suerte. Era la primera vez que se
daba cuenta.
Los rehenes no lo sabían, pero ella sí.
Detuvo a la anciana en el punto tras el cual su presencia era peligrosa para
su integridad física. Los cuatro rehenes sentados en el suelo ya no la escuchaban.
—Señora, quiero decirle algo. Míreme.
La mujer hizo lo que le pedía.
—Si les dice que estoy sola, que aquí no hay nadie más que yo, uno de ellos
puede morir —señaló a los rehenes con la mano armada—. ¿Me ha entendido?
—No —confesó la señora Verdaguer.
—Escuche —se revistió de paciencia—. La policía le hará preguntas.
Muchas preguntas. Usted tiene que decirles que se encuentra mal, que quiere ir a
casa, llamar a su familia, lo que sea. Todo menos hablar con ellos. Yo he sido
buena, la estoy dejando marchar porque es mayor y está delicada. También le he
pedido su medicina, y ni siquiera la he robado. ¿He sido buena o no?
—Sí —asintió con el rostro ingrávido.
—Pues no diga nada a la policía. Esto acabará muy pronto, pero necesito
unos minutos más —insistió Sonia—. Si les dice que estoy sola, que me he
metido aquí dentro sin más, y hay tiros, la culpa será suya, ¿entiende eso?
¿Quiere usted que alguien muera o salga herido?
—No, no —movió la cabeza vehemente.
—¿Les contará algo?
—No —repitió—. Yo no diré nada, hija, nada. No quiero... —desvió su
mirada hacia la puerta, tan cercana, con la libertad al otro lado—. No me
encuentro muy bien, ¿sabes?
—Confío en usted —insistió Sonia por última vez.
—No diré nada —la anciana dio su primer paso sola—. Nada, de verdad.
Nada.
—Voy a abrirle —dijo ella rodeando la mesa de la empleada del banco para
pulsar el sistema de apertura de la doble puerta.
18 horas, 2 minutos
El grito en el puesto de mando del operativo policial les llegó del exterior.
En aquel momento nadie de los de dentro miraba hacia el Banco del Centro, así
que el efecto fue el de una descarga eléctrica de alto voltaje.
—¡Está saliendo alguien! ¡Está saliendo alguien!
Se desató la locura.
—¡Todos a sus puestos!
—¡Atención!
—¡Los tiradores, que informen!
—¡Que nadie se mueva ni haga nada sin una orden directa!
—¡Preparaos!
La puerta del banco permaneció abierta un par de segundos, empujada por
una mano tras la cual no se veía nada de momento, al menos desde su posición.
Pablo Ramírez contuvo la respiración y apretó los dientes. Sus binoculares sin
embargo revelaron mucho antes de que su mente lo comprendiera la realidad de
aquella presencia.
La mano era pequeña, delgada, fina, arrugada.
Un pie buscó el escaloncito exterior, apenas de unos centímetros de alto,
para no tropezar y caer.
Un pie calzado con un zapato negro, de tacón bajo y muy grueso.
Después, una mujer mayor, anciana, salió a la calle.
No hacía falta decirlo, pero alguien lo hizo de todas formas.
—¡Es un rehén!
La puerta se cerró detrás de la mujer, que vaciló un instante, como si no
supiera a donde ir, desorientada.
—Ha soltado a uno —dijo Elías Curto más para sí mismo que para su
superior.
La anciana echó a andar en dirección al paso cebra ocupado por el Porsche.
De pronto parecía tener prisa.
—¡Mierda! —exclamó el comisario. Y a continuación gritó—. ¡Vayan a por
ella sin acercarse mucho al banco, y desarmados, no la liemos ahora que por fin
tenemos algo!
18 horas, 14 minutos
Jacobo Aguilar sonreía cuando marcó por segunda vez el número de la
cadena de televisión. Sostenía el auricular con la izquierda, así que con la
derecha enmarcó la cifra anotada en el papel situado bajo su mano. Una hermosa
cifra. El bolígrafo describió varios círculos en torno a ella, como si así la
protegiera evitando que escapara, aprisionándola con avariciosa voracidad.
La primera revista había regateado. Adiós. La segunda no.
La segunda revista, obviamente, trataba de desbancar del número uno en
ventas a la primera. Trato cerrado.
Isabel, una de sus ayudantes, ya estaba en camino con el contrato.
Tendrían mucho trabajo.
Quedaban más opciones.
—Carmelo Muñoz, por favor —le dijo a la telefonista—. Soy Jacobo
Aguilar.
La secretaria ya no hizo de filtro, solo de pantalla.
—Le paso, señor Aguilar.
La voz del hombre de la televisión tomó el relevo antes de que contara
hasta tres. Eso denotaba urgencias. El abogado sonrió aún más.
De hecho ya no necesitaba una respuesta porque la conocía.
—¿Señor Aguilar?
—Sí.
—Trato hecho —se rindió Carmelo Muñoz—. ¿Cómo sé que...?
—Tendrá ahí antes de diez minutos a una de mis colaboradoras. Se llama
Ernestina. Ella le llevará los contratos.
—Conforme, aunque no habrán dinero, ni siquiera un anticipo, hasta que
estemos seguros de que todo vaya a salir como usted dice.
—Me parece bien —convino el abogado.
Su seguridad dejó un halo de soberbia en la línea.
—Tengo un par de preguntas que hacerle, señor Aguilar —dijo Conrado
Muñoz—. Ha dicho antes que en cuanto usted ultime los detalles de la exclusiva,
ella se entregará.
—Sí.
—¿Cómo sacarán esa filmación de ahí dentro sin que la policía la requise?
Jacobo Aguilar aumentó su sonrisa hasta llevarla de oreja a oreja.
—La película está fuera, señor Muñoz —dijo con orgullo—. Nunca ha
estado ahí dentro.
18 horas, 15 minutos
Eudaldo detuvo la moto en el semáforo sin poder detener el tropel de
sensaciones que campaba a sus anchas por su cabeza. Algunas ya estaban
quietas, pero la mayoría aún se movían en un incesante ir y venir, buscando el
encaje definitivo en el puzle.
Y la campanita de su mente seguía repicando, más que antes.
Cerca, cerca, cerca.
Sonia estaba sola. No había nadie más con ella. Se había metido en aquel
banco para cumplir un sueño, arriesgando al máximo. Era una valiente, pero
estaba loca. A los dieciséis años aún no sabía lo más esencial: que el precio a
pagar por lo que se anhela nunca puede ser mayor que aquello que se anhele.
Y si ella estaba sola dentro, Juancho estaba solo fuera.
En alguna parte, viéndolo todo.
Sintió frío.
Cerca, cerca, cerca.
Miró el semáforo. Estaba en rojo. A través del paso de peatones, caminaban
despacio algunas personas, cruzándose de lado a lado. Una mujer empujando un
carrito con un niño que dormitaba al sol de la tarde. Una pareja flotaba en su
arrullo perenne sin mayor espacio en sus vidas que el siguiente beso que debía
acercarles o la caricia que les prometía su propia eternidad sentimental. Un
hombre con los ojos fijos en el suelo y cara de preocupación económica. Dos
mujeres hablando con animada soltura. Una adolescente lánguida con una
protectora carpeta apretada contra sus senos.
El ámbar parpadeó.
Una, dos, tres veces.
Y entonces la campanita que repicaba en la mente del periodista se detuvo.
Un, dos, tres.
Cuando hablaba con Sonia Costa a través de su teléfono móvil, el teléfono
del banco había sonado una, dos, tres veces, y después enmudeció unos
segundos antes de volver a sonar. Entonces Sonia se había despedido de él de
forma precipitada.
Una contraseña.
La más vieja de las contraseñas telefónicas del mundo.
Marcar, dejar sonar tres veces, colgar y volver a llamar. Tanto como decirle
a la persona con la que se quería contactar: "¡Eh, soy yo, cógelo!".
El semáforo se puso en verde, pero no arrancó la moto. Continuó pegado al
asfalto. La sorpresa le tenía agarrotado. Tuvo que reaccionar cuando el
conductor del coche que quedaba tras él lo despertó con un bocinazo histérico y
un grito:
—¡Tú, pasmado, dale ya!
Eudaldo dio un poco de gas, pero solo un poco. No continuó por la calle.
Desvió la moto hacia la derecha y la detuvo en un hueco. Paró el motor y extrajo
su móvil. El teléfono del banco estaba registrado en la relación de "últimas
llamadas" efectuadas. Pulsó la tecla de recuperación y marcaje y esperó.
Un zumbido. Un segundo zumbido. Un tercer zumbido.
Cortó la comunicación y volvió a efectuar la operación.
En esta oportunidad el timbre apenas sonó al otro lado.
—¿Sí, Juancho, qué pasa? —escuchó la voz de Sonia Costa.
Juancho estaba fuera. Ella misma acababa de confirmárselo, por si aún tenía
alguna duda.
Cerró los ojos buscando la forma de no perderla.
—Soy Eudaldo Cruz, Sonia.
—¿Qué?
—Es un viejo truco, ¿no te parece?
—¡Serás hijo de puta!
—Sonia, sé de qué va esto.
Consiguió que ella no le colgara de inmediato. Casi podía escuchar su
respiración agitada a través del espacio telefónico. Lo hizo después de unos
largos segundos de espera.
Pero sabía que le llamaría de inmediato, así que mantuvo el móvil en la
mano aguardándola.
18 horas, 16 minutos
Sonia vaciló antes de pulsar el último botoncito de su móvil para hacer
aquella llamada.
¿Lo sabía?
¿Sabía realmente él de qué iba aquello?
De acuerdo, aunque fuera así, ¿y qué?
Estuvo a punto de no establecer la llamada. Pero justo cuando su mente le
decía que lo olvidase, que pasara, su mano actuó por su cuenta. O quizás fuese al
revés, no importaba.
—¿Sí, Sonia? —escuchó la voz de Eudaldo Cruz.
—¿Dónde estás? —le espetó con sequedad.
—En una calle, no lejos. Y solo.
—¿Puedo creerte?
—Dijiste que te gustaba mi cara.
—Eso fue hace un millón de años —desgranó ella—. ¿De qué vas ahora?
—No, escucha —la voz del periodista sonó acerada—, ¿de qué vas tú? ¿Te
das cuenta de que esto que has puesto en marcha es una bola de nieve que
cuando llegue abajo se habrá convertido en un alud?
—¿De qué me hablas?
—Sabes de qué te hablo. La policía no se chupará el dedo, ni te dejará ir de
rositas.
—Estás dando palos de ciego.
—He visto a Nati, a Mac, a Paco. Sé que Juancho está fuera y que tú estás
sola. Sé por qué haces esto. ¿Quieres que siga?
Sonia sintió deseos de hacer algo en lo que no había pensado: llorar.
No supo entender el motivo.
Se mordió el labio inferior y comprendió que el ¡bum!, ¡bum! que
escuchaba y que la ensordecía de pronto eran los latidos de su corazón. Miró la
puerta del banco, como si toda la policía estuviese a punto de entrar a la carga.
Miró a los rehenes, pacíficos y quietos en su sitio. Miró la mochila que ocultaba
la cámara a través de la cual la veía Juancho.
Y se preguntó qué había hecho mal.
—Sonia, dime algo —le pidió Eudaldo Cruz.
—Tú te lo dices todo.
—Estás sola, lo has controlado hasta ahora, pero esto va a estallarte en las
manos. Sal de ahí ahora que aún estás a tiempo.
—Creía que eras un tipo legal —le acusó.
—Y soy un tipo legal. Estoy aquí, en medio de una calle, hablando contigo
sin ir a la policía y decirles lo que sé.
—Estás trabajando. Si no vas a la policía es porque te intereso más dónde
estoy.
—Eso no es cierto, y deberías haberlo comprendido. Cuando la policía sepa
de qué va esta película y cuáles son tus motivos, sabrán también que no vas a
hacer daño a nadie, que nunca dispararás esa pistola, y entonces irán a por ti, con
todo —se tomó un respiro en su vehemencia, y agregó en un tono más apacible
—: Sal ahora. Ya lo has conseguido.
—Todavía no —dijo ella.
—¡Sonia, la fama no es eso!
—¿Y qué es? —lo dijo con una fatiga nacida de todos sus fracasos.
—No lo sé, no tengo ni idea, no poseo todas las respuestas. Pero hacerte
famosa así no resulta. No puede resultar.
—¡Todo es válido! —apretó la mano en torno al arma—. Yo no he
inventado las reglas. ¡Todo el mundo utiliza todo lo que tiene a su alcance para
conseguirlo! ¡Yo solo quiero una oportunidad, el resto es cosa mía!
—Escucha, por favor...
—¡No, escucha tú! —le detuvo crispada—. ¡No te conozco, ni tú a mí! Así
que dime, ¿vas a joderme? ¡Di! ¿Vas a joderme como todos? ¿Es eso?
—¡No quiero hacerte daño, ni que te lo hagas tú misma! —también gritó el
periodista al otro lado de la línea—. ¿Importa mucho que no te conozca?
¡Podemos incluso ser amigos! ¡Lo que has demostrado haciendo todo lo que has
hecho es importante! ¡Y debería serlo para ti misma! ¡Lo habrías conseguido
igual, tal vez no ahora, pero sí dentro de un tiempo!
—¡Quiero el mundo, y lo quiero ahora!
—Eso lo dijo Jim Morrison en los 60. ¿Sabes quién era Jim Morrison?
—Ni idea.
—Cantaba en un grupo, The Doors. Ellos sí cambiaron el mundo, el de la
música de su tiempo en Estados Unidos, pero él lo pagó con la vida. Tenía 27
años cuando murió.
—Me estás liando —se pasó el dorso de la mano que sostenía la pistola por
encima de los ojos—. Necesito solo otro par de horas, ¿entiendes? Dos horas y
me abro.
—Sonia, sal ahora. Te ayudaré.
—¿Y tú quién eres? —soltó un bufido de sarcasmo—. Esto ya es la Primera
División, ¿vale? Se acabó la Sonia Costa de ayer. Esta mañana ha comenzado el
futuro cuando he entrado en este banco. Mañana estaré en todos los periódicos,
todas las radios, todas las teles. Eso es lo que cuenta. Lo único que cuenta.
—Serás noticia mañana, pero pasado se habrán olvidado de ti.
—Eso no es cierto —fue categórica—. Yo seguiré, no soy idiota. Dentro de
unas semanas les importará poco lo que hice. Me adorarán. Ellos siempre te
acaban adorando.
—¿Sabes quiénes son "ellos"? —preguntó Eudaldo Cruz—. El rostro de la
multitud.
—¿Qué quieres decir?
—No sabes de qué te hablo, ¿verdad?
—Eudaldo —se sentía más y más fatigada—. El tinglado lleva años
montado. Unos pocos viven de puta madre a cuenta del resto. Y no quiero
formar parte del resto. Quiero ser de los pocos que viven de puta madre —su
introspección la hizo seguir hablando como si de pronto se confesara—. Una
pava es hija de alguien. Nació con esa suerte. Ni siquiera tiene mayores méritos.
Pero ya crece entre flashes, recibe dinero por la primera comunión, por el primer
noviete con el que la fotografían, por el primer escándalo y la primera tontería. Y
la pasta va en aumento al crecer. Primer marido, luna de miel, embarazo, aborto,
segundo embarazo, hijo, primeras fotos con el hijo, primer lío con otro hombre,
desmentidos, más lío, divorcio, primer amante, fotos pillados in fraganti en una
playa, ruptura, segundo amante, más vacaciones románticas en el Caribe y todo
pagado por la revista que hace las fotos, falso embarazo, noticias de bodas...
¿Sigo, Eudaldo? Así toda la vida. La gran rueda. Y pasta por un tubo. Hay que
llenar cada semana cien páginas de cada revista y media hora diaria de cada
programa de televisión. Y si encima la pava es lista, puede hacer una serie de la
tele, o presentar un programa, pasarse al cine... ¿Más, Eudaldo? Dime, ¿quieres
que renuncie a eso pudiendo tenerlo? Toda la vida me han dicho lo guapa que
era, lo lista que era, lo tal y lo cual. ¿Qué quieres, Eudaldo, que me conforme
con una mierda? ¿Me olvido de todo? ¿Me caso con el panadero del barrio, le
doy tres hijos y envejezco sin más? Vamos, dime, ¿quién no aprovecha su
oportunidad? —la voz se le hizo más débil, más distante, más interior y oscura.
Ahora era como un murmullo apenas vivo—. Yo solo quiero un poco del pastel,
¿sabes? Un poco. yo...
—Tú eres mejor que ellas.
—Soy mejor que todas ellas juntas, sí, y voy a demostrarlo.
—Sonia...
—Tranquilo —llenó los pulmones de aire y reaccionó parpadeando,
saliendo de su postración—. Ya falta poco, tranquilo.
—Dame la oportunidad de ayudarte.
—¿Vendrás a verme al reformatorio, Eudaldo?
—Si no me das otra alternativa tendré que...
—Shhh... —sonrió Sonia.
—No, escu...
Cortó la comunicación y miró largamente a Juancho a través de la cámara
de la mochila.
18 horas, 22 minutos
Pablo Ramírez apretó los dos puños y cerró los ojos. Hubiera descargado un
golpe sobre cualquier cosa de haber tenido al alcance de la mano una mesa o una
pared. Pero lo más próximo era la propia Asunción Verdaguer, el motivo de su
ira. La anciana estaba tumbada en una camilla mientras un médico le tomaba la
tensión y otro le pasaba un estetoscopio por el pecho, por encima de una blusa
que ella, pudorosamente, no había dejado que nadie le desabrochara ante la
cantidad de gente que la rodeaba.
—Señora, por favor —trató de ser más condescendiente Elías Curto.
—No me encuentro bien —suspiró la mujer—. Quiero... irme a mi casa.
—Se irá en seguida, se lo prometo —fue exquisitamente amable—. Solo
necesitamos que nos responda a dos preguntas. Nada más. Llamaremos a sus
familiares y en unos minutos esta pesadilla habrá terminado para usted.
Ayúdenos, señora.
—Vivo sola, ¿sabe usted? Aunque mi hijo...
—¡Por Dios, díganos cuantos atracadores hay ahí dentro y cuantos rehenes
quedan! —gritó el comisario de policía.
Asunción Verdaguer dio un respingo. Los dos médicos que la trataban
dirigieron sendas miradas de reprobación hacia él.
—Ha sufrido un fuerte impacto emocional —le recordó el que le tomaba la
tensión.
—¡Al diablo con eso! —volvió a gritar Pablo Ramírez—. ¡Vamos a ir a por
ellos y necesitamos respuestas! ¡Ahora!
—¿Está ida? —preguntó Elías Curto.
El médico que le tomaba la tensión frunció el ceño. Las constantes no eran
alarmantes. El pulso funcionaba con una regularidad espartana. Intercambió una
mirada con el del estetoscopio. Este hizo un signo de normalidad apenas
perceptible.
—Está bien dentro de las circunstancias —confirmó el primer médico—.
Creo que... hay algo más.
Elías Curto fue el primero en entender lo que le estaban diciendo.
—Señora, ¿le han prohibido hablar? —
Asunción Verdaguer hizo titilar una luz mortecina en sus pupilas.
—¿Es eso, señora? —se abalanzó sobre ella Pablo Ramírez—. Ahora está a
salvo, no tiene nada que temer. Ya no pueden hacerle ningún daño.
—¿Han amenazado con hacerles daño a los de dentro? —dijo despacio
Elías Curto.
La luz titiló aún más. La anciana tragó saliva con dificultad.
—Ellos... —balbuceó.
—¡Los sacaremos, le doy mi palabra de honor! —manifestó el comisario.
—No... Esa chica...
—¿Es la jefa? ¿Hay alguien más, verdad? ¿Quién se esconde tras ella? Por
favor, señora Verdaguer...
Jaime Marqués entró en la improvisada dependencia médica. No lo hizo
despacio ni tratando de pasar inadvertido. Más bien fue como una ola detenida
justo antes de estallar contra las rocas. Tampoco esperó a que el comisario de
policía le pidiera que hablara.
—Acaba de llamarme Eudaldo Cruz, señor. El periodista que...
—Lo recuerdo, ¿qué pasa, Marqués?
—Dice que esa chica, Sonia, está sola, y que es inofensiva, que lo único
para lo que ha hecho esto es para hacerse famosa.
Todos se lo quedaron mirando.
—¿Y él cómo sabe eso? —dudó Pablo Ramírez incrédulo.
—No ha podido decírmelo. Estaba muy nervioso. Viene para acá, pero
quería que no tratásemos de sacarla por la fuerza.
—¿Que quería...? —la cara del comisario se puso roja—. ¡Maldito cabrón!
¿Que él quería...?
Sonaron dos voces más mientras el rostro del comisario se ponía más y más
cárdeno.
—Yo no he dicho nada, ¿verdad? —exclamó atemorizada en primer lugar
Asunción Verdaguer.
—Ha llamado un tal Antonio Desclot que dice que es el hijo de esta señora
—se escuchó en segundo lugar la de uno de los policías de paisano—. La ha
visto por la tele, saliendo del banco, y se ha quedado de una pieza. Viene para
hacerse cargo.
18 horas, 24 minutos
Jacobo Aguilar tachó el último nombre de la lista de prioridades y observó
la seria de cifras anotadas en la hoja depositada al lado del teléfono. De hecho,
casi no podía creerlo.
Ni en sus previsiones más optimistas...
—Cariño, vas lanzada —le dijo al televisor.
En aquel momento ninguna cadena hablaba del incidente del banco, pero
era como si Sonia estuviese allí, metida en alguna parte, a punto para salir de
nuevo al primer plano.
Alargó la mano y capturó otra lista, más larga, más completa, igualmente
importante pero no hasta el punto de ser más urgente que las primeras.
Televisión y prensa estaban cubiertas. Las posibilidades sin embargo eran mucho
mayores.
—Segunda fase —cantó con una entonación alegre mientras con su dedo
pulgar pulsaba los nueve números de rigor.
De pronto se sentía feliz, seguro. Movía los hilos. Era el abogado que
siempre había deseado ser. Y al diablo su padre. El veinticinco por ciento de
todas aquellas cantidades de dinero le permitía un optimismo jamás imaginado.
Una cría de quince años, once meses y tres semanas, le había cambiado la
vida.
—Dios... —tuvo ganas de reír.
—¿Nabuco Producciones Cinematográficas, dígame?
Inició el ritual.
—El señor Javier Hermosilla.
—¿De parte?
—Soy el abogado de Sonia Costa, Jacobo Aguilar.
—¿De quién ha dicho que es el abogado, señor Aguilar?
—Sonia Costa. Si el señor Hermosilla no ha estado viendo la televisión hoy,
olvídelo.
—Un momento, por favor —no lo dijo muy convencida.
La voz de su superior sí lo estaba.
—¿Señor Aguilar?
—Sí.
—Habla de la misma Sonia Costa que tiene...
—La misma.
—Oh.
Fue un laconismo de cautela. Justo y preciso.
—¿Ha visto usted algo del incidente del banco, señor Hermosilla?
—Lo suficiente.
—¿Y a Sonia?
—Sí.
—No es solo guapa, ¿no le parece? Sabe moverse delante de una cámara.
—No entiendo —dijo el hombre de la productora cinematográfica.
—Le conocí hace tres meses firmando un contrato, señor Hermosilla. Tal
vez me recuerde. El caso Cardona —continuó sin esperar una respuesta por parte
de su interlocutor—. Estuvimos hablando de oportunidades, y usted me dijo que
hay actrices y actores que nacen y se hacen, trabajan y llegan, pero también me
dijo que hay otros que nacen y se forman a través de un hecho puntual, y que hay
que aprovechar ese hecho como premisa básica, porque el resto es menos
importante. ¿Lo recuerda?
—Sí.
—¿Le interesaría un pre-contrato para cuando Sonia Costa salga en libertad
dentro de unas semanas, unos meses a lo sumo? Le aseguro que para entonces su
fama seguirá intacta. Es más, puedo asegurarle que habrá ido en aumento.
Jacobo Aguilar escribió en el papel de las cantidades la cifra que pensaba
pedir a Nabuco Producciones Cinematográficas. Lo enmarcó en un círculo y
volvió a sonreír con plena confianza y seguridad.
18 horas, 28 minutos
Ignacio Planas se sentía ridículo cada vez que miraba a la atracadora, o cada
vez que ella le miraba a él. ¿Por qué había tenido que hacer aquella estupidez?
¿Por qué había tenido que intentar comprarla, si estaba claro que allí había algo
más que el factor dinero? No era más que una cría, tan absurda como todas las
de su edad, y la única pregunta que quedaba por hacer era si sería capaz de
disparar a alguien de verdad, en serio.
Aunque no estuviese dispuesto a comprobarlo.
Si cuando la detuviesen se conocían los detalles de lo sucedido en el
interior de la sucursal bancaria a lo largo de aquellas horas...
Ojalá la mataran.
¿Qué hacia la policía? ¿Por qué no entraban de una vez? ¿Por qué no
intentaban negociar? ¿Por qué no hacían algo? Todo estaba quieto, silencioso.
No pasaba nada, ¡nada!
Ignacio Planas experimentaba la peor de las rabias, la de la impotencia.
Se estaba haciendo tarde, muy tarde.
Pensó en su mujer y sus hijos.
Tenía que seguir concentrado en la puerta, y las cortinas detrás de las cuales
se abrían los ventanales. Ellos entrarían por ahí. Tenía que estar atento para
echarse al suelo y protegerse.
Sí, se estaba haciendo tarde.
18 horas, 30 minutos
—Se está haciendo tarde, vamos a entrar —dijo Pablo Ramírez.
Elías Curto le dirigió una mirada preocupada.
—¿No cree que se entregue como ha prometido?
—No lo sé —reconoció el comisario—. Puede que quieran ganar tiempo,
puede que tengan un as en la manga.
—No hay salida posible. No puede haber ningún as —aseguró el ayudante
del comisario.
—Entonces atengámonos a la realidad: ahí dentro hay rehenes, y personas
armadas. No van a ser los primeros que me jodan. A mí no.
Uno hablaba en singular. Otro en plural. Los dos se dieron cuenta del
detalle al mismo tiempo.
—Usted cree eso de que es una cría solitaria, ¿verdad? —preguntó Pablo
Ramírez.
—Sí, sí señor —asintió Elías Curto.
—¿Por qué?
—Tiene sentido. Su aparición en la televisión... Además concuerda con los
informes que nos ha pasado ese tirador de los GEO. Solo ve un blanco móvil.
—Haya una persona o haya más, siempre suelen estar desesperados. Al
final, la presión les puede. Eso los hace potencialmente peligrosos en grado
superlativo, y usted lo sabe.
—Pero si ese periodista tiene razón... No se trata más que de una chica en
busca de protagonismo.
—Elías —el comisario le puso una mano en el hombro—, ya conoce mi
historial antes de ser trasladado aquí. Me da igual lo que digan, que si soy duro,
que si no doy oportunidades, que si esto y aquello. Están ellos —movió la
cabeza hacia el banco, al otro lado de la plaza—, y estamos nosotros. No hay
término medio. Nosotros somos los buenos, ellos los malos, así de simple. Quien
esté ahí dentro ha quebrado la paz y quebrantado la ley, ha organizado toda esta
movida, y ha puesto en peligro la vida de unas personas. ¿Una cría en busca de
protagonismo? De acuerdo, a lo mejor dentro de unos días les cae simpática y se
hace famosa, no podré evitarlo aunque me duela, pero hoy, ahora, es una
delincuente armada y por lo tanto peligrosa. Y le diré algo: si es como asegura
ese periodista, tenemos más motivos para entrar y atraparla que no antes, porque
si esa cría sale como si tal cosa, de rositas, con una sonrisa en los labios y los
medios de comunicación filmándola y convirtiéndola en una heroína popular y
mediática, mañana todas las adolescentes locas de la ciudad la imitarán. Ese es el
punto.
Elías Curto sintió el peso de aquella mano en su hombro.
—Quiero hablar con el francotirador —dijo Pablo Ramírez retirándola.
18 horas, 33 minutos
Nicolás Bermejo escuchó la voz a través del audífono insertado en su oído.
Era la primera vez que la oía así que no la reconoció.
—¿Bermejo?
—Sí.
—Soy el comisario Ramírez, al mando de esto —no dijo nada así que la
voz continuó—. Según usted, hay un blanco posible ahí dentro, ¿no es así?
—Sí, señor. Es comprometido, pero tengo un blanco.
—¿Cuánto de comprometido?
—No sabré dónde va a dar la bala —confesó—. En primer lugar, habrá una
fracción de segundo entre el momento en que yo la vea reflejada en la pantalla
de ese ordenador y el movimiento de mi fusil hasta el punto de la ventana tras el
cual deberá estar. Todo dependerá de cómo se mueva y de a qué velocidad lo
haga. Sé que no fallaré, puedo darle a una mosca a un kilómetro —anunció con
orgullo—, pero esto es distinto. La bala, además, ha de atravesar el cristal, el
cortinaje... y yo estoy de lado. Tal vez ella reciba el impacto en un brazo, pero
también puede que lo reciba en la cabeza o en pleno corazón. No sé si me
explico, señor.
—Perfectamente. ¿Cómo sabe que no es un rehén?
—No creo que un rehén se mueva, señor. Además, concuerda con lo visto
antes en televisión. Me han dicho que esa lleva pantalones oscuros y una
camiseta blanca. Así que es ella.
—¿No ha visto a nadie que no sea esa chica moviéndose?
—No, señor. Y si quiere mi opinión, parece nerviosa. Cada vez más. Ahora
es que ya no para de ir de un lado para otro.
—Si apunta más bajo, ¿podría darle en las piernas?
—Hay que impedir que dispare, señor. Darle en una pierna le dejaría los
brazos libres. Usted sabe que en estos casos un disparo a la altura del pecho es
más... eficaz.
Nicolás Bermejo escuchó la respiración del policía por el audífono.
—Escuche —reapareció de nuevo—. Siga los movimientos de la
atracadora, ¿de acuerdo? No la pierda de vista, aunque se le caiga el ojo dentro
del teleobjetivo. Vamos a atacar, y el punto de partida será su disparo. Usted dará
la orden. Usted nos dirá cuándo. Vamos a tomar posiciones en los próximos
cinco minutos. Después le avisaremos y en el momento en que tenga ese blanco,
dispare.
—Sí, señor —asintió el tirador.
—Esto va a terminarse ya —fue la despedida del comisario de policía.
18 horas, 42 minutos
Eudaldo aparcó la moto lo más cerca que pudo de la plaza y echó a correr
para cubrir la distancia final. Se sorprendió del gentío, más y más denso que un
rato antes. Media ciudad parecía estar allí, como si en aquella perezosa tarde de
julio no quisieran estar en sus casas y prefirieran la tensa espera y la enormidad
del gran espectáculo al aire libre. El rostro de la multitud esperaba quieto, ávido,
con la misma careta colocada encima de todas las caras expectantes y uniformes.
Ningún listo se había puesto a vender palomitas de maíz. Todavía.
—Mierda, Sonia —exclamó para sí mismo.
Allí estaba la España del esperpento y la pandereta, de los diez millones de
telespectadores por cualquier estupidez descerebrada. Sonia tenía razón en algo:
unos pocos imbéciles listos vivían de fábula gracias a todos los demás idiotas
tontos y a su curiosidad malsana, la curiosidad con la que enmascaraban sus
vidas grises. Incluso tomaban partido. Patético. Los famosos constituían los
sueños frustrados de la mayoría, el objeto de una avidez mórbida difícil de
explicar y aún más de calificar. Recordó sin pretenderlo al tipo que había robado
un furgón blindado, el Dioni. Después de pegarse la gran vida, su estancia en la
cárcel había sido mínima, y después se había paseado por todas las televisiones.
El Dioni y su ojo desviado.
Sonia era una pequeña gran diosa a su lado.
A medida que se acercaba a la barrera policial tuvo que emplearse más a
fondo. No le dejaban avanzar, le miraban con gesto adusto y ojo crítico. "¿A
dónde va?", "¡No ve que no se puede!". "¡Oiga, que yo llevo aquí tres horas!".
Sacó su carnet de prensa y lo anunció un par de veces, pero no por ello encontró
cooperación alguna. Más protestas, más apreturas humanas, más físicos que se
convertían en máscaras insolidarias. A unos cinco metros de la barrera alzó la
mano. El policía de la mañana le reconoció. Creía que pasaría de él, pero se
equivocó. Cuando el hombre de uniforme pidió que se apartaran actuó de Moisés
frente a las aguas del Mar Rojo. Por imposible que pareciera, la masa humana se
escindió, habilitando un pasadizo por el que Eudaldo llegó hasta la barrera.
—Gracias —le dijo al agente—. Tengo que ver al inspector Jaime Marqués,
es urgente.
—Llegue hasta la esquina y aguarde allí —le indicó el hombre.
Le obedeció. Por detrás, el policía llamó a través de la radio que llevaba
adosada al hombro derecho.
Eudaldo desembocó en la plaza de San Honorato. Al otro lado vio el banco.
El puesto de mando del operativo policial quedaba a su izquierda. Levantó la
cabeza y comenzó a estudiar las ventanas y los balcones.
Todas las ventanas y los balcones en los que no había nadie, que eran los
menos.
Llegó hasta el extremo de la acera para otear los que tenía casi encima.
Catorce en total.
Catorce ventanas o balcones vacíos.
Tenía que estar de frente, era lo lógico, para verlo todo sin dificultad.
Dejó de buscar a Juancho al darse cuenta de que Jaime Marqués se le
acercaba corriendo.
—¿Qué quieres? —le apremió—. Ahora no puedo quedarme contigo.
—¿Por qué?
—No puedo decírtelo —se excusó el inspector.
Eudaldo sintió una punzada en la nuca.
—Vais a hacerlo, ¿verdad?
Jaime Marqués no le contestó.
—No es más que una cría, armada, sí, pero sigue siendo una cría —objetó
con dolor el periodista—. Será un crimen.
—Eudaldo, por favor —se negó a discutirlo el policía.
—Déjame ver al que está al mando.
—No.
—¿Cuándo iréis a por ella, cuando anochezca, antes, después?
Volvió el hermetismo, el silencio. Jaime Marqués hizo ademán de dar media
vuelta para retirarse.
—¿Tienes unos binoculares? —le pidió Eudaldo.
Estuvo a punto de contárselo, de hacerle partícipe de lo que sabía, pero se
abstuvo. ¿Qué lograría con ello? Antes de que la policía se desplegara por las
casas que daban a la plaza, como una marea negra en busca de animales
inocentes, Juancho los detectaría. Y probablemente Jaime no querría tomar la
iniciativa por su cuenta, secundándole y apoyándole. Los dos solos. No era de
los que se jugaba su carrera.
Disponía de unos minutos.
Tenía que dar con Juancho.
Si daba con él y llamaban a Sonia, todo sería más fácil. Ya no tendría
sentido seguir. Ella saldría.
Su única oportunidad.
—¿Para qué quieres unos binoculares?
—Confía en mí.
Jaime Marqués levantó una mano. Un policía que estaba al quite corrió en
su dirección. Le pidió los binoculares sin dejar que llegara hasta ellos.
—Eudaldo, que te la juegas —le advirtió.
—Tu jefe se la juega —dijo el periodista—. Si se carga a esa chica será un
asesinato en primer grado.
Jaime Marqués se apartó de él. Dio tres pasos y se detuvo.
—¿Cómo sabes que está sola? —le preguntó.
—Soy periodista, ¿recuerdas? Sé quién es, qué hace, por qué lo hace, qué
espera conseguir... Todo. ¿Y sabes algo? No es más que otro producto de nuestra
sociedad. Una de nuestras propias hijas. Nosotros las creamos. Fabricamos
monstruos para ellos —señaló a la gente tras la barrera.
El policía no dijo nada. Bajó la cabeza a plomo sobre su pecho, miró el
suelo y reemprendió el camino de regreso al puesto de mando. El agente con los
binoculares se cruzó con él. Jaime Marqués apuntó a Eudaldo y el hombre volvió
a correr.
18 horas, 44 minutos
Clara Sorribas se sentía mal.
Peor que mal.
Se sentía frustrada, desgraciada, inútil, vacía, impotente...
La peor de las mierdas.
Quedase lo que quedase de aquella pesadilla atroz, no podía quedar mucho.
Con o sin disparos, o ella se rendiría o la policía entraría. Y a partir de aquí... La
atracadora se haría famosa. Su historia saldría en los periódicos y en todas las
televisiones. A nadie le importaría el miedo que habían pasado ellos en el banco.
Y si se sabía que se había orinado encima... dejaría de ser Clara Sorribas. Sería
"la rehén que se hizo pipí en el asalto al Banco del Centro".
En cuanto acabase aquello, la devoraría el anonimato, la oscuridad.
En cambio la sociedad se volcaría en la chica de la pistola.
Unos cuantos sociólogos pontificarían, otros cuantos psicólogos hablarían
de la presión a la que está sometida la juventud actual, y unos jueces benignos
hablarían de una nueva oportunidad, de reinserción, de tolerancia.
Quería irse a casa.
Ya no podía más.
Tenía hambre, quería darse una ducha, necesitaba gritar.
Gritar alto y fuerte.
Clara Sorribas percibió el muñón de nervios que se movía a impulsos en su
estómago, lo mismo que un cable de alta tensión echando chispas, incontrolado.
Estaba a punto de sufrir un ataque de histeria.
Respiró, cerró los ojos, buscó la forma de aplacarlo, apretó los puños, se
mordió el labio inferior, presionó sus antebrazos con las manos engarfiadas.
Contó hasta diez.
Y entonces, de forma silenciosa y apacible, rompió a llorar.
18 horas, 45 minutos
Pablo Ramírez y los demás hombres rodeaban el plano de la plaza de San
Honorato. El comisario era el único que hablaba, y lo hacía con su más firme
voz de mando, sin concesiones, sin pautas de inflexión.
Era un general en guerra.
—El grupo A se apostará aquí, al lado de la puerta del banco. El grupo B lo
hará al final de los ventanales. La operación debe de ser coordinada, es obvio.
Pero nadie se moverá hasta que se produzca el disparo de nuestro hombre, ¿de
acuerdo? Si él dispara, significará que la atracadora está herida. El grupo A
romperá la doble puerta y habrá que entrar por ella. El grupo B arrojará primero
el gas lacrimógeno por el hueco hecho por la bala que habrá atravesado el
ventanal lateral. ¿Alguna pregunta?
No había ninguna. Todos sabían lo que tenían que hacer. No era muy
distinto de los simulacros llevados a cabo en la academia. La única diferencia
residía en que esto sí era real.
—Si esa mujer —empleó el término con rotundidad—, tiene todavía la
pistola en la mano cuando entren, no esperen: disparen.
—Es menor de edad.
Algunos miraron en dirección a Jaime Marqués.
Él solo miró a Pablo Ramírez.
—Disparen —repitió el comisario—. Como puedan y dónde sea. Lo
importante son los rehenes. Disparen o mañana no habrá bastantes bancos en la
ciudad para todas las locas que busquen su oportunidad.
La reunión llegaba a su fin.
—¡Quiero esto terminado en diez minutos! —aumentó un poco más su tono
Pablo Ramírez.
El primero de los hombres se retiró. Tras él llegó la desbandada, cada cual
en busca de su puesto.
—Usted quédese aquí, Marqués. Quiero hablar con usted —dijo el
comisario.
18 horas, 47 minutos
Eudaldo concluyó su examen de las catorce ventanas o balcones en los que
no había nadie asomado. Ningún indicio. Nada. Maldijo su suerte por lo bajo y
buscó otras opciones más ilógicas, como por ejemplo que, pese a todo, Juancho
estuviese en la calle, o en una azotea, muy oculto, o en una calle lateral desde la
cual pudiera verse también la entrada del banco.
—No, no, ¡no! —se dijo—. Tienes que estar aquí, tienes que verlo todo
bien, sin dificultades. Vamos, Juancho, vamos... Un indicio, vamos.
Recorrió por segunda vez las fachadas de los edificios, piso a piso, ventana
a ventana, balcón a balcón. Pasaba de aquellas y aquellos en los que veía
público. Juancho tenía que estar solo. Era lo lógico. Tan solo como el tirador de
los GEO con el que se tropezó en su examen. Su rifle, con mira óptica, apuntaba
directamente al banco.
Volvió a sentir aquel frío polar en su espina dorsal. Una ventana cerrada,
gente de vacaciones. Un balcón hermético, lo mismo. Una ventana abierta y una
cortina echada.
Una ventana abierta y una cortina echada.
En aquel momento una ráfaga de viento agitó la cortina, la hizo oscilar,
ondear con placida lasitud.
Contuvo la respiración.
¿Otro miembro de los GEO?
¿O aquello que había vislumbrado era el objetivo de una cámara junto a un
rostro casi inapreciado entre las sombras furtivas que le servían de escudo
protector?
Se quedó quieto, a la espera de otra ráfaga de viento.
Nada durante unos segundos, un minuto, dos.
Eudaldo ya no respiraba.
La cortina tardó casi tres minutos en volver a oscilar.
Entonces vio a Juancho.
Porque desde luego no podía ser otro más que él.
18 horas, 48 minutos
Laureano Gómez logró levantar su mano derecha.
Era curioso. Llevaba tanto rato inmóvil que casi se acababa de sentir
petrificado. Al echarse a llorar Clara quiso consolarla, pasarle una mano por la
cabeza, y no pudo. Sus músculos no le respondieron. Tuvo que serenarse, buscar
un poco de paz, hasta coordinar de nuevo su cuerpo, sus movimientos, lograr la
conexión entre su cabeza y las extremidades.
La atracadora miró hacia él.
No paraba de moverse, iba de un lado a otro como una fiera enjaulada,
miraba la mochila continuamente, y el reloj, y también a ellos. La pistola se
agitaba en el extremo de su mano. Formaba ya parte de ella.
Sus ojos desprendían chispas.
Y estaba más hermosa que nunca.
Se sintió mal. Se sintió idiota. Se sintió vencido. ¿Cómo se le ocurría pensar
en algo así en un momento como aquel? ¿Qué extraña desincronía vivía su ser en
las horas más funestas de su vida? Aquello era el fin. Por encima y por debajo de
la quietud y el silencio, crecía en espiral el vértigo del instante decisivo. Podía
captarlo, tocarlo.
Estaba ahí.
Clara ya no lloraba. El señor Planas no hacía más que mirar la puerta
obsesionado. Pepe también la seguía a ella con los ojos.
"Eres el director", se dijo por enésima vez.
El director. El director. El director.
De una simple sucursal de un banco con cientos de sucursales.
—Escuche, por favor... —rompió el silencio—. Puedo hacer que no pase
nada, hablarles, pedirles que sean...
Una vez más, la chica se detuvo y le apuntó con su arma.
—No juegue ahora a hacerse el héroe —le pidió Sonia—. Por lo que falta,
no vale la pena.
18 horas, 51 minutos
La entrada del edificio no era por la plaza, sino por la calle lateral, la misma
calle en la que su policía "amigo" montaba guardia tras la barrera. Cuando pasó
por su lado, corriendo a la desesperada, le tiró los binoculares.
—¡Devuélvaselos al inspector Marqués!
No pudo volver la cabeza para ver si los había cazado al vuelo, pero no
escuchó ningún estropicio de cristales rotos así que dedujo que la intercepción
había sido buena. La gente se apartó ésta vez sin necesidad de que nadie se lo
ordenara, en primer lugar porque el aparecido venía del foco de los hechos, y en
segundo lugar porque lo que quería era salir y estaban dispuestos a permitírselo.
De todas formas, Eudaldo cargó contra ellos como un jugador de primera
línea en un partido de rugby. Los que no se apartaron a tiempo fueron
impactados por su envite. Un par de comentarios revolotearon como insectos en
torno a su cabeza sin que les prestara la menor atención.
Era el momento de arañar los segundos.
Encontró al consabido conserje atrincherado en la puerta del edificio,
cuidando de que, aprovechando el caos, algún indeseable no se colara en su
sacrosanto templo de bienestar. Se le plantó delante, con su mono azul como
bandera, impidiendo que accediera siquiera a respirar el aire del vestíbulo.
Eudaldo se alegró de encontrarlo. Eso le evitaba problemas.
Y más tiempo.
—Escuche, soy periodista —le plantó su credencial en medio de los ojos—.
¿Cuántos pisos hay por rellano?
—Cuatro... —vaciló el hombre—, ¿por qué...?
—¿Cuántos dan a la parte delantera, a la plaza?
—Dos, las primeras y cuartas puertas —el conserje ya no ofrecía
resistencia, solo trataba de no perderle de vista.
—¿Quién vive en cada uno de esos pisos en la tercera planta? ¿Están los
propietarios ahora?
Eran dos preguntas, así que las ordenó en su mente y las respondió de una
en una.
—En el tercero primera viven los señores Javierre. El señor acaba de llegar
hace menos de diez minutos. En el tercero cuarta vive la señora Iriarte, pero ella
no está estos días en...
Eudaldo sintió la descarga final.
El cierre del último círculo.
—¿Eulalia Iriarte? —preguntó alucinado.
—Sí, creo que el chico está ahora mismo arri... Oiga, ¡oiga!
Eudaldo había empezado a subir la escalera a pie saltando los peldaños de
tres en tres.
18 horas, 51 minutos
Magda Encinas sostuvo el micrófono con decisión a la espera de que le
dieran luz verde desde la Unidad Móvil. Contó despacio los segundos que la
separaban de su entrada en antena, en directo, mientras con el rabillo del ojo veía
el movimiento de las fuerzas del orden, el despliegue inusitado de los medios,
los pertrechos casi de guerra con los que se tocaban.
Los segundos se prolongaron.
—¿Les has dicho que esto va a saltar por los aires? —gritó aún a riesgo de
que en ese momento acabase de aparecer en vivo.
—Sí, ¿qué quieres que le haga? Como no le apaguen el micro a la hortera
de la Pechugas...
La Pechugas era la presentadora del programa que emitían a aquella hora.
Un mote dado por la prominencia de sus pectorales. No le gustaba nada que le
cortaran la emisión.
—¡Atención, preparada, te está dando paso! —la alertó el controlador.
Magda recuperó su posición. Los GEO´s se estaban desplegando por su
izquierda, al amparo de los edificios de la plaza.
—¡Cuenta y ya!
Contó, tomó aire, y con el rostro grave y sereno debido a la importancia de
los hechos inició su intensa alocución desde el corazón de la noticia.
—Buenas tardes de nuevo desde la plaza de San Honorato donde en estos
momentos hay movimiento a nuestras espaldas. Todo hace presumir que en unos
minutos la policía podría iniciar el asalto de...
18 horas, 53 minutos
Eudaldo aterrizó en el tercer piso con la misma intensidad con que había
iniciado la ascensión. A su izquierda tenía la puerta señalizada con el número
uno. En el sentido de las agujas del reloj seguían el dos, el tres y el cuatro.
Juancho estaba solo, así que si llamaba al timbre o no le abriría o podía desatar
una tormenta de imprevisibles consecuencias.
Tenía que sorprenderle.
Llamó al timbre de la primera puerta.
Se escuchó un ruido al otro lado, y una voz gritando:
—¡Será la señora Pascual que viene a verlo desde aquí otra vez!
Una muchacha de unos veinte años, bonita aunque excesivamente baja, le
miró incierta desde su metro cincuenta y pocos centímetros de estatura. Eudaldo
ya llevaba su credencial en la mano.
—¿Los señores Javierre? Me llamo Eudaldo Cruz y soy periodista. He de
entrar en su piso, si no le importa.
No esperó una invitación. Pasó por delante de la chica, que se quedó
bastante atemorizada por su irrupción.
—¡Eh, oiga! —le siguió por un pasillo largo y oscuro.
Eudaldo llegó a una sala comedor. Al otro lado de una vidriera vio el
balcón, con cinco personas en ese instante asomadas a él.
—¡Mamá! ¡Papá! —gritó la muchacha.
Se encontró con ellos de cara, asustados, justo cuando iba a salir al balcón.
La mujer abrió los ojos, otras dos chicas, más pequeñas, le observaron curiosas,
y una anciana simplemente se quedó tal cual. El cabeza de familia fue el que
frunció el ceño y le detuvo.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Eudaldo Cruz —le puso el carnet en las manos—. Escuche,
esto es importante. Llame inmediatamente al inspector Jaime Marqués. Está ahí
abajo, en el puesto de mando. Dígale que estoy en el tercero cuarta, ¿de acuerdo?
Y por Dios... no hagan ruido desde ahora.
—Pero...
Eudaldo ya no estaba allí, había salido al balcón.
18 horas, 54 minutos
Jacobo Aguilar lanzó el último de sus suspiros de satisfacción.
Todas las llamadas, todos los acuerdos o preacuerdos, todas las alternativas
cubiertas, todos los caminos del éxito y la fama.
Mucho dinero.
Sonia Costa era lo que le dijo que sería: una mina de oro.
Ahora ya solo faltaba echar el cierre al negocio, bajar el telón.
El mundo estaba loco, loco, loco, como decía aquella genial película de
Stanley Kramer. Todos perseguían eternamente aquellas dos maletas llenas de
dinero. Siempre era la misma historia. Nadie era ajeno a la posibilidad de
hacerse rico o a la idea de hacerse popular.
Tenía que prepararse. En cuanto Sonia se entregara, entraría en acción como
abogado de la sensación del momento. También él recogería un poco de esa
fama, al menos como letrado. Una fama colateral pero importante, al margen del
dinero que entraría por la puerta de atrás.
Si eran listos, los dos, aquella naranja podría ser exprimida durante mucho,
muchísimo tiempo.
Le dio la espalda al teléfono y se enfrentó a la televisión. Cogió el mando a
distancia y empezó a recorrer los canales. No fue mucho más allá del tercero. La
periodista que había entrevistado fugazmente a Sonia estaba allí, de nuevo en
directo, con el rostro surcado de gravedad.
—Las fuerzas que en estos instantes se están deplegando...
18 horas, 54 minutos
Eudaldo no tuvo problemas en pasar de un balcón a otro, aunque la
distancia que los separaba era de algo más de un metro. Juancho se encontraba
en la ventana situada al otro lado del balcón del piso de su madre, dentro y
oculto, así que era imposible que le viera. Justo antes de saltar el periodista
volvió la cabeza. Los Javierre en pleno estaban allí, mirándole absortos.
Les hizo una seña para que se ocultaran, y se llevó la mano derecha con el
pulgar y el meñique extendidos a la altura de su mejilla. Luego se olvidó de ellos
y saltó.
La vidriera del balcón no estaba cerrada.
Eudaldo se metió dentro de la sala, sin hacer ruido, y cubrió los últimos
pasos hacia la puerta que la comunicaba con la zona de la habitación en la que
estaba el hermano pequeño de Sonia Costa.
H) ÚLTIMO ACTO
(De las 18,55 a las 19,03)
18 horas, 55 minutos
Nicolás Bermejo contaba mentalmente los intervalos en los que el reflejo
del ordenador aparecía y desaparecía.
Casi eran simétricos, estables. Cinco segundos entre paso y paso. Lo
preocupante era que la velocidad de los movimientos de la atracadora había
aumentado. Más nervios, más rapidez. El disparo hecho sobre el ventanal, en el
punto en que se suponía que debía estar ella, sería el más impreciso de su vida.
Tal vez bastase.
Aunque no le diese, o aunque solo la hiriese levemente, el susto la haría
perder concentración. El ataque sincronizado de los dos grupos de asalto haría el
resto.
Un, dos, tres, cuatro, cinco segundos más.
Y vuelta.
Un, dos, tres, cuatro, cinco segundos de nuevo.
—¿Bermejo?
—A punto, señor.
—Vamos a situarnos a ambos lados del banco.
—De acuerdo. Les avisaré.
La voz ya no regresó a su audífono.
Un, dos, tres, cuatro, cinco segundos.
Ahí estaba el reflejo.
—Ya te tengo, amiguita —musitó el tirador.
Un, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete...
—Eh, vamos, sigue, ¿por qué te paras? ¿Qué estás haciendo?
18 horas, 55 minutos
Sonia se sobresaltó al escuchar el zumbido de su móvil.
Lo extrajo con la mano izquierda, de cara a los rehenes que en ese instante
se encontraban a menos de dos metros de ella. Seguía concentrada.
Pero se olvidó de esa concentración al escuchar el grito de su hermano:
—¡Sonia! ¡Oh, mierda...! ¡Están ahí, se acercan por los dos lados! ¡Y son
tropas de asalto! ¡Van a entrar!... ¡Solo he ido al lavabo un momento y ellos...!
¡Sal ya, Sonia! ¡Sal ya, por Dios!
18 horas, 55 minutos
Eudaldo se detuvo en la puerta de la habitación al escuchar los gritos de
Juancho.
—¡Sonia! ¡Oh, mierda...! ¡Están ahí, se acercan por los dos lados! ¡Y son
tropas de asalto! ¡Van a entrar!... ¡Solo he ido al lavabo un momento y ellos...!
¡Sal ya, Sonia! ¡Sal ya, por Dios!
Su propio corazón se aceleró.
Entró en la habitación.
Sobre la cama había algunos aparatos, dos monitores, los correspondientes
equipos de grabación. En uno vio la puerta del banco, en otro vio su interior, a
Sonia en medio con el móvil en su oído y la pistola en la mano derecha.
En ese instante Juancho volvió la cabeza.
—¿Quién es... usted? —se quedó paralizado.
—Un amigo —dijo Eudaldo—. Tranquilo, chico.
—¿Juancho? —la voz de Sonia se hizo más tensa y preocupada—.
¿Juancho con quien hablas?
Eudaldo ya estaba junto a él. Juancho era menudo, mucho menos formado
en todos los sentidos que su hermana mayor, aunque él fuese un cerebrito como
se decía. Tenía cara de crío. Y era un crío. No hizo nada cuando él le arrebató el
teléfono de la mano.
—Sonia, soy Eudaldo Cruz.
—¿Qué coño estás haciendo tú...?
—Abre la puerta y haz salir a los rehenes, es tu única salvación. Hazlo, por
favor.
El periodista miró el monitor del interior del banco. Sonia le miraba a él a
través de la mochila.
18 horas, 55 minutos
Pepe Ponce lo supo.
Su oportunidad.
Su única oportunidad.
Ella se había puesto de espaldas primero, pero ahora estaba de lado mirando
al fondo. Hablaba por teléfono con alguien y gritaba. No les prestaba la menor
atención.
Ahora o nunca.
Se levantó de un salto.
Y por el móvil, como un eco lejano, pudo escuchar aquellas dos palabras
mientras daba el salto:
—¡Sonia, cuidado!
18 horas, 56 minutos
Ahí estaba.
Y además, quieta.
El reflejo en la pantalla del ordenador. La ladrona se colocaba por fin donde
debía colocarse.
—¡La tengo, señor! —gritó Nicolás Bermejo.
18 horas, 56 minutos
Sonia se dio cuenta demasiado tarde.
Dio un paso atrás al apercibirse de la acción del empleado del banco, pero
no logró evitar que éste mantuviera su ventaja sobre ella. Soltó el móvil, y aún
antes de que el aparato llegase al suelo, su mano armada se levantó para hacer
frente al intruso.
Un gesto baldío.
El hombre le cayó encima como una montaña, a peso.
18 horas, 56 minutos
Eudaldo y Juancho contemplaron la escena. Primero la súbita puesta en pie
de aquel rehén, después la pérdida de concentración final de Sonia, y finalmente
el salto.
—¡Dios...! —gimió el hermano pequeño de la chica.
Eudaldo no pudo hablar.
Seguía con el móvil en la mano, impotente, comprendiendo que, después de
todo, no solo había llegado tarde, sino que había sido parte final y fatal en el
desenlace de los acontecimientos.
Sonia y el rehén estaban de pie, abrazados, forcejeando por el arma que ella
aún sostenía en su mano derecha.
18 horas, 56 minutos
Nicolás Bermejo apuntaba a la ventana.
Por el rabillo del ojo le pareció ver que en la pantalla del ordenador ahora
había algo más, pero no le prestó la menor atención. Ya no.
Su blanco estaba allí.
Y apretó el gatillo.
18 horas, 56 minutos
Pepe Ponce sintió el picotazo en su hombro una fracción de segundo antes
de que el ventanal estallase y las cortinas se agitasen por el impacto de los
cristales.
Era como si todo se desarrollase a cámara lenta, como en las películas de
Sam Peckimpah o del tipo de Hong Kong, el tal Woo.
Porque entonces, mientras forcejeaba con ella, apareció el dolor.
Agudo, intenso.
Miró la cara de la chica. Ya no era hermosa. Ni siquiera era un rostro
violento o peligroso. Ahora era la viva máscara del miedo.
El dolor llegó al cerebro y se lo mordió.
Aun así, pese a que sus fuerzas le abandonaron de pronto, siguió aferrado a
ella, y a su mano armada.
La explosión y el humo llegaron juntos, en ese instante.
18 horas, 56 minutos
El primer grupo de asalto reaccionó casi de inmediato al disparo del
francotirador. La primera puerta del banco, la exterior, saltó por los aires apenas
un suspiro después de que el disparo fuese hecho. Los dos primeros hombres
saltaron dentro para derribar la segunda.
El segundo grupo de asalto ya había arrojado el gas lacrimógeno por el
hueco de la ventana destrozada.
Desde el puesto de mando, Pablo Ramírez seguía con la tensión del
momento la operación.
—A por ella, vamos, a por ella —susurró para sí mismo.
18 horas, 57 minutos
Magda Encinas mantenía el tipo, solo su voz había aumentado de tono. De
todas formas era consciente de que la cámara no la enfocaba a ella, sino al centro
de aquel inesperado infierno.
—¡Ha habido un disparo y una explosión...!
La segunda puerta del banco quedó hecha añicos.
—¡La policía está entrando! ¡La policía está entrando! ¡Oh, Dios, estamos
retransmitiendo en directo el fin de esta pesadilla...! ¡En medio de esta
confusión...!
18 horas, 57 minutos
Sonia quería volver atrás.
Hacer que el tiempo se detuviera, igual que en la pausa de un vídeo, y
después rebobinar.
Ya no era miedo lo que sentía, era pánico.
Un pánico atroz.
No quería pasar ni un día privada de libertad, ni quería morir.
Deseaba decirle a aquel hombre que se rendía, que la dejase en paz, que ya
no había de qué preocuparse. Pero solo era el empleado del banco. De repente el
mundo entero parecía estar saltando por los aires. Era una guerra. Y estaba en
medio.
—¡Suélteme...! —comenzó a llorar.
No la obedeció, siguió luchando, haciéndole daño.
No sentía el arma en su mano. Así que no supo si había sido ella, o él, o un
acto reflejo, o qué.
Pero sí escuchó el disparo, el trueno diabólico, y sintió el retroceso como lo
había sentido por la mañana al disparar al aire.
Después, la pistola resbaló por entre sus dedos y cayó al suelo.
18 horas, 57 minutos
Ignacio Planas se había echado al suelo en el mismo instante en que el
ventanal pareció reventar.
Ahí estaban.
Lo sabía, ¡lo sabía!
Ahora tenía que estarse quieto, muy quieto.
Vio aparecer el rostro de Laureano Gómez casi junto al suyo, a ras de suelo.
Estaba aterrado, constreñido por una mueca esperpéntica de pánico, una angustia
situada más allá de la razón. Después, con cada ruido, cada explosión, se
estremecía más y más. Se puso a llorar.
El último disparo fue nítido.
Había ruido en la puerta, gritos al otro lado del ventanal abierto, pero el
disparo sonó tan próximo, tan suyo, tan directo.
Algo les cayó encima a los dos.
A peso.
Se dieron cuenta de que era Clara Sorribas.
La empleada se quedó inmóvil, extrañamente quieta.
Laureano Gómez no supo que estaba muerta hasta que la sangre resbaló por
encima suyo bañándole el rostro. Ignacio Planas lo comprendió cuando movió
los ojos hacia arriba y le vio el agujero en la frente, por encima del deformado
ojo derecho.
18 horas, 58 minutos
—Sonia...
Juancho se echó a llorar.
Eudaldo era una estatua de hielo.
El humo de los gases lacrimógenos se iba espesando, pero no lo
suficientemente rápido como para que dejara de ver las imágenes en la pantalla
del monitor, los protagonistas del último acto del drama, la lucha entre aquel
hombre y Sonia Costa, la caída nada fortuita de la mujer que había intentado
levantarse presa del pánico justo en el momento del disparo.
La mujer que ahora se había quedado mortalmente inmóvil.
El humo, ahora sí, se hizo presencia.
Por la puerta entraban en tropel los GEO's. El hombre que luchaba con
Sonia también caía al suelo, llevándose una mano al hombro en un gesto de
dolor. La muchacha ya no tenía la pistola en su poder.
Antes de que la neblina lo convirtiera todo en una gris vacuidad, Eudaldo
vio cómo los asaltantes se echaban sobre Sonia, y como ella desaparecía tragada
por aquella docena de uniformes.
Devorada y aplastada.
18 horas, 58 minutos
Sonia ya no podía respirar.
Por el gas lacrimógeno, por el peso de aquellos hombres, por los tres golpes
que acababa de recibir, uno en el pecho, el otro en el flanco, el tercero en la
cabeza.
Mantuvo la consciencia por puro reflejo.
—¡Papá! ¡Mamá! ¡Juancho! —llamó.
—¡Cállate, puta!
Una mano le aplastó la cara contra el suelo. Algo se quebró en algún lugar
de su rostro, pero ni siquiera supo si era un diente, o la nariz, o...
Ya no importaba.
—Yo solo quería... —gimió sin voz.
Todo era confusión, gritos, le dolía el cuerpo, pero más el alma, y se estaba
ahogando.
Solo entonces se dio cuenta de que estaba llorando.
18 horas, 58 minutos
Jacobo Aguilar permanecía hipnotizado frente al televisor.
El teléfono, las listas con los números de los medios de comunicación, el
papel con las cifras anotadas y enmarcadas, estaban ahora a un millón de años
luz. La única realidad era lo que veía a través de la pequeña pantalla.
Y lo que oía.
La voz en off de Magda Encinas.
—Todo ha terminado... El humo que sale del interior de la sucursal bancaria
es espeso pero... Están llegando nuevos policías mientras... ¡Un momento, un
momento! ¡Vemos salir a un grupo de civiles... exactamente una, dos... sí, tres
personas, tres hombres, y uno de ellos... uno de ellos parece herido...! En
efecto... —sobrevino una pausa dramática, mientras la cámara empleaba el zoom
a fondo para acercar un primer plano de los aparecidos. El caos y la confusión se
hacían evidentes por el clamor de fondo que se colaba a través del micrófono—.
Se están pidiendo ambulancias... ¿Podemos confirmar...? Sí, alguien reclama
presencia médica, aunque no sabemos si en el interior del banco hay...
Jacobo Aguilar dejó caer la cabeza sobre los hombros.
Después de todo, iba a tener trabajo, mucho trabajo.
Comenzando por el que tendría para ayudar a Sonia Costa.
Tal vez no fueran unas semanas, ni unos meses, ni dos años.
Un precio demasiado elevado por el éxito y la fama.
La voz de la reportera seguía llegando con tintes cada vez más dramáticos
hasta él.
—...una víctima mortal... Trataremos de confirmar este lamentable punto en
cuanto nos sea posible... Podría ser una rehén, podría ser la propia atracadora
con la que hace unos horas hemos hablado...
Jacobo Aguilar se levantó.
De pronto recordaba que, por encima de todo, era abogado.
19 horas
Juancho seguía llorando.
Eudaldo extendió una mano hacia él y le agarró. El chico se dejó arrastrar.
Cuando el periodista lo sepultó en su abrazo de afecto se deshizo como una
gelatina al límite de su resistencia.
—Lo siento —desgranó arrancando cada letra de un pozo sin fin.
Juancho se estremeció entre los espasmos de su llanto.
Por la cámara que seguía filmando el exterior del banco desde la ventana de
la habitación en que estaban, y cuyas imágenes recogía el segundo monitor,
Eudaldo vio la salida de los rehenes arropados por las fuerzas del orden, uno de
ellos herido en el hombro y sostenido por dos agentes. Se ahogaban, así que no
fueron muy lejos. Cayeron al suelo, sobre la acera, y les ventilaron de la mejor
forma posible.
Después apareció Sonia.
Desvanecida, rota, en brazos de dos GEO's más, tan fornidos que ella
apenas si era una gota inanimada entre sus presencias gigantescas.
La mujer muerta fue la última.
La dejaron a un lado, bajo una sábana.
Al otro lado de la ventana abierta el clamor decreció y fue sustituido por un
silencio tan denso como estremecedor.
Una ambulancia, médicos, más y más efectivos policiales y hombres de
paisano...
Pero era como si todo sucediera en un espacio carente de sonido.
—Hay que irse, Juancho —susurró Eudaldo.
19 horas, 3 minutos
Se miraron los dos a los ojos, sin decir nada, cuando Juancho finalmente se
levantó.
—¿Estás bien? —fue el primero en hablar Eudaldo.
Era la clásica pregunta idiota, así que el hermano de Sonia Costa se abstuvo
de darle una respuesta trivial. El muchacho miró los dos monitores con el rostro
atravesado por el miedo y el dolor.
Pero lo que hizo, lo hizo despacio, y muy tranquilo.
Primero apagó los equipos, todos los sistemas, desconectó la cámara con la
que filmaba desde la ventana, y lo dejó todo en orden y con cuidado sobre la
cama. Después extrajo las últimas dos cintas con las grabaciones efectuadas
desde dentro y fuera del banco. El resto estaba sobre una cómoda, en pulcra fila
y numeradas. Unas llevaban un código alfabético y otras el decimal.
Juancho se agachó para coger un maletín metálico depositado a un lado de
la cómoda. Lo abrió y colocó en él las cintas. Solo entonces volvió a mirar a
Eudaldo y habló.
—Ella lo hizo por esto —dijo—. Y es suyo.
Eudaldo contempló el maletín.
No sabía si era justo o no, pero Juancho tenía razón. Era suyo.
—Supongo que sí —asintió.
El muchacho salió de la habitación. Eudaldo hacía lo propio cuando le vio
regresar pasillo abajo con las manos vacías, sin el maletín.
—Ella estará bien, ¿verdad? —quiso saber.
—Claro —se lo confirmó Eudaldo.
—Sí, claro —el chico se miró las puntas de las zapatillas—. Ella siempre
está bien. Es como los gatos. Nunca se rinde —levantó la cabeza y por primera
vez lo vio sonreír, suave, quedamente—. Nunca.
Llegaron a la puerta del piso, salieron y bajaron los tres tramos de escaleras.
En la calle el gentío se había compactado aún más. El conserje no estaba en su
lugar, sino con ellos. Una abigarrada marea humana quieta, inmóvil. Las voces
subían en espiral, azotadas por cada energía emergente de la garganta que
acababa de emitirlas, pero lo más significativo seguían siendo las caras, los
rostros.
Porque todos eran uno.
Una sola cara, un solo rostro.
La multitud que permanecía atrapada, hipnotizada, prisionera de su propio
horror hechizado, formando parte en vivo y en directo de la última gran película
real de lo cotidiano.
Todos sabían que mañana habría más, en alguna otra parte.
Créditos
Gracias a Cipriano Hernández por sus informes acerca de la operatividad de
las fuerzas policiales en un supuesto como el que presenta la novela, y a Josep
Franquesa por sus datos en torno a los sistemas de seguridad bancarios.
Jordi Sierra i Fabra nació en Barcelona en
1947. Publicó su primer libro en 1972, ha
escrito más de quinientas obras, ha ganado casi
40 premios literarios a ambos lados del
Atlántico y ha sido traducido a 30 lenguas. Ha
sido dos veces candidato por España al Nobel
de literatura juvenil, el premio Andersen, y
otras dos al Astrid Lindgren, en 2007 recibió el
Premio Nacional de Literatura del Ministerio
de Cultura y en 2013 el Iberoamericano por el
conjunto de su obra. Las ventas de sus libros
superon los doce millones de ejemplares en
2017.
En 2004 creó la Fundació Jordi Sierra i
Fabra, en Barcelona, y la Fundación Taller de
Letras Jordi Sierra i Fabra, en Medellín, Colombia, como culminación de toda
una carrera y de su compromiso ético y social. Desde entonces se concede el
premio que lleva su nombre a un joven escritor menor de dieciocho años. En
2010, sus fundaciones recibieron el Premio IBBY—Asahi de Promoción de la
Lectura. En 2012 se inauguró la revista literaria on line, gratuita,
www.lapaginaescrita.com y en 2013 el Centro Cultural de la Fundación en
Barcelona, Medalla de Honor de la ciudad en 2015, Medalla de Oro al Mérito en
las Bellas Artes 2017, Creu de Sant Jordi en 2018 .
Más información en la web oficial del autor, www.sierraifabra.com.
Otros libros del autor en www.editorialsif.com.