Calígula: Deseo y Soledad
Calígula: Deseo y Soledad
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William Howard
Calígula
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Título original: Gore Vidal’s Calígula
William Howard, 1979
Traducción: J. J. Álvarez Flores y Ángela Pérez
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detenerse en la creciente protuberancia de su virilidad. Con-
teniendo el aliento mientras los labios y la lengua de Drusila
se apoderaban de su pene, hundió sus dedos en el revuelto
pelo rubio de ella. Las lamidas y mordisqueos de Drusila ha-
cían que llamaradas de éxtasis inflamasen sus lomos… No,
aún no… ¡Ah, dioses! Era bue… no. ¡Aún no, aún no! Que-
ría prolongar aquel placer doloroso, aquella diminuta agonía.
Bajó las manos y apartó la cabeza de Drusila de su entre-
pierna, tirando de sus brazos desnudos hasta colocarla sobre
él y enterrar sus labios en los de ella.
Se besaron profunda y prolongadamente, hermano y
hermana, las lenguas trenzándose y abriéndose camino en las
bocas. El sabor de ella le mareaba; podía captar su propio
aroma en el aliento de ella, espeso con el olor mohoso de sus
genitales. Quería más, más de aquel sabor de mujer mez-
clado con sabor de hombre. Luego, se deslizó hacia abajo,
sobre las sábanas, invirtiendo al mismo tiempo la posición
de forma que ambos quedasen boca con genitales. Soltó un
gemido de placer y hundió la lengua profundamente en su
sexo, mientras la boca de ella rodeaba la base de su pene, su
rosada lengua le lamía los testículos sus dedos le exploraban
el ano. Oh, sí, pensó. Al fin en casa. No tenía ningún lugar
donde vivir en este mundo, salvo la cálida humedad de la
entrepierna de su hermana. Drusila, pensó. Mi único hogar.
Sólo en tus brazos puedo considerarme seguro. Drusila, tú
eres mis dioses del hogar, mis lares y penates. A ti ofrendo
yo sacrificios, por ti vierto yo la libación de mi semilla. Tú
eres la diosa… tú eres Vesta e Isis, Venus y Juno… Tú
eres… ah, ah… ¡dioses!… ah… ¡Ah!
Se abandonó, desplomándose de espaldas sobre las sá-
banas, agotado, la cabeza inerte en la almohada. Oyó un ge-
mido de protesta de Drusila; ella aún no había alcanzado el
orgasmo. Se incorporó en la cama hasta que sus pechos ro-
zaron la cara de Calígula. Eran unos senos grandes, firmes,
redondeados, blancos, con pezones del rosa más obscuro,
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duros ahora con un urgente anhelo. Calígula los tomó en la
boca, uno tras otro, chupando, utilizando lengua y dientes,
mientras sus dedos exploraban la húmeda gruta oscura que
había bajo el liso vientre de Drusila, localizando su clítoris y
frotándolo.
—Oooohhhhh… sí, Cayo. Síiiiiiiií —urgió Drusila,
respirando en roncos jadeos, como un animal enfebrecido.
Movía rítmicamente las caderas, al compás de los explorato-
rios y frotantes dedos de él. Calígula advirtió que tenía otra
erección, que su pene palpitaba seco y duro, sediento de
suave humedad. Con un grito, alzó el esbelto cuerpo de Dru-
sila y la penetró.
—¡Cayo! ¡Cayo! —gritó ella.
Balanceando frenéticamente las caderas, Drusila le sin-
tió todo dentro, sintió que la arrastraba a cimas de placer aún
más arrebatadas. Mientras la cabalgaba salvajemente, acari-
ciaba sus pechos, pellizcaba sus pezones. Aquel agudo dolor
aumentaba el éxtasis, y ambos alcanzaron unidos una explo-
sión mutua, mezclando los alientos en besos y suspiros de
alivio.
Ahora podía relajarse, quizá pudiese incluso dormir sin
el Sueño.
Siempre tenía el mismo Sueño, aquella maldita pesadi-
lla que le venía acosando desde la niñez y que le hacía temer
dormir casi tanto como temía comer. Qué mundo éste, pen-
saba amargamente Calígula, en el que hasta el esclavo más
vil puede comer sin miedo y dormir tranquilamente todos los
días, mientras que él, heredero teórico de todo el imperio ro-
mano… dueño potencial de unos dominios que abarcaban
desde el Rin al Tigris… él, Cayo Calígula, saltaba al menor
ruido, a la menor sombra, insomne y hambriento. Somno-
liento, miró fijamente hacia la oscuridad, hacia el paisaje
pintado en la pared del fondo de su dormitorio, paisaje que
veía confusamente gracias al brillo de la rojas ascuas del
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brasero. Había paz en aquellas pinturas, en aquellos pálidos
paisajes con sus árboles descoloridos, sus templos de suaves
matices y las pequeñas figuras humanas envueltas en sus ro-
pajes. Ay, si pudiese entrar en ese cuadro… Coger a mi her-
mana de la mano… Sólo nosotros dos… En la tierra de los
templos y de los álamos… Caminar como dos niños inocen-
tes, cogidos de la mano.
Calígula se durmió.
Lentamente, como la marcha inexorable del cortejo de
un funeral, el Sueño vino a él, envolviendo su cerebro en sus
pliegues de sudario, sofocándolo con lúgubres recuerdos.
Estaba solo, aunque no estaba solo, y era pequeño, muy pe-
queño y desvalido. Había otras personas a su alrededor, otros
a quienes él conocía… Una madre, hermanos, hermanas…
Sin embargo, estaba solo. Ni siquiera Drusila podía ayu-
darle. Era como si entre ellos hubiese un velo de hierro, que
le impidiese alcanzar la mano cálida y amorosa de ella.
Donde estaba hacía frío. Era un lugar oscuro y helado. Oía
el arrastrar de pies y el cántico, y su suave pelo de niño se
erizó en su cabeza por el miedo.
Tenía puesto su peto. Un niño de seis años vestido de
soldado. Ellos se divertían disfrazándole de soldado, inclui-
das las caligae, las pequeñas botas de campaña. Le llamaban
Calígula o «botitas», le tenían como su mascota y decían que
les daba suerte. Pero ahora no había soldados que le aclama-
sen, que le tocasen para que les diese Suerte, que tirasen de
su capa o besasen sus botitas. Ahora estaba solo, y tenía frío.
El Sueño no sucedía en Germania, aunque tuviese seis
años y a esa edad hubiese vivido entre los soldados, en Ger-
mania, cuando su padre mandaba las nobles legiones de hé-
roes romanos. No, sucedía en Roma… o, más bien, en los
alrededores de Roma, pues la tradición prohibía las crema-
ciones funerarias dentro de los muros de la ciudad. Sí, ahora
lo recordaba. Era un funeral. Se quemaría un cadáver. ¿El de
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quién? ¿Quién? El niño Calígula estaba allí de pie, envuelto
en su capa de lana de soldado, envuelto en miedo.
Oía que el cortejo se acercaba, podía ver ya las antor-
chas y las cerúleas máscaras funerarias. En su interior, muy
profundo, empezó a tomar cuerpo la certeza de que debería
mirar el cadáver antes de que lo quemaran, y soportar la vi-
sión de las llamas devorándolo. Pero no quería mirar. Las
máscaras se acercaron más, y pudo empezar a distinguir sus
rasgos. Le aterraban, pero no podía permitirse temblar, aun-
que fuese un niño. Sabía que, si mostraba el más mínimo
indicio de miedo, algo monstruoso y horripilante se apode-
raría también de él, arrastrándole a la pira funeraria.
Abría la comitiva Venus Genetrix. La que era madre de
los Julios y los Claudios, diosa-madre de la familia imperial.
Mirarla a la cara significaba muerte, y el pequeño Calígula
se tapó la cabeza con la capa para protegerse de su mirada.
Al aproximarse Venus el cántico se hizo más fuerte, y el so-
nido de cuernos, címbalos y flautas se mezcló extrañamente
con los gemidos, lamentos y alaridos de la procesión que iba
ascendiendo hacia el altar, con las antorchas crepitando.
No quiero mirar, no pueden obligarme a mirar. Yo soy
Calígula, y no pueden obligarme. Pateando en el suelo, el
niño empezó a saltar sobre un pie y sobre el otro. Era la
danza de Calígula, la que tanto les gustaba a los soldados de
su padre. Cerró los ojos y escuchó atentamente. Pudo oír en-
tonces los roncos gritos de los soldados y el pesado golpeteo
de sus armas en los escudos de cuero mientras le vitoreaban
y animaban. El sonido ahogó los gemidos de las plañideras
y las salmodias de los músicos.
Una larga hilera de hombres con gruesas capas pasaba
ahora, mostrando sombrías máscaras fúnebres. Los que ha-
bían tenido una muerte tranquila llevaban máscaras que re-
flejaban paz: eran los antiguos ancestros de aquella familia
imperial. Pero, a medida que la hilera crecía, las máscaras de
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los que se alienaban en ella empezaban a mostrar unos ras-
gos crispados y torturados, las expresiones de hombres y mu-
jeres que habían muerto de muerte violenta. Cada vez había
más y más, y el niño Calígula bailaba con mayor frenesí to-
davía, intentando bloquear los sonidos y la visión de aquello.
¿De quién era aquel funeral?
Miró desesperado en la penumbra a Drusila, la más alta
y mayor de sus hermanas. Intentó captar su mirada, pero ella
no quería o no podía dirigirle la vista. La cara de Drusila era
de un blanco fantasmal, y sus ojos, rodeados de un halo os-
curo, parecían huecos. ¿Dónde estaban sus hermanos?
¿Dónde estaba Druso César, dónde estaba Nerón César?
Sólo un momento antes los tenía a su lado; ahora, sus sitios
estaban vacíos. ¿De quién era aquel funeral?
Una súbita revelación hizo gritar de horror al niño Ca-
lígula. Era como si la niebla del Sueño se hubiese alzado un
instante, revelando cuerpos mutilados hasta el punto de re-
sultar irreconocibles, cuerpos que sólo eran ya acuchilladas
masas de carne hedionda, y sanguinolentos montones de
carne. Y él sabía que, si pudiera ver las cabezas, les recono-
cería de inmediato. Sus hermanos. No miraría. No podían
obligarle a mirar. Ni siquiera ellos.
Mientras las máscaras mortuorias pasaban ante él ca-
mino del altar, Calígula empezó a distinguir las palabras del
cántico, y le pareció de pronto que todos los ciudadanos de
Roma se habían reunido allí para presenciar el funeral. Sus
voces se elevaban alrededor de él, llegaban de muy arriba,
pues ellos eran hombres y él sólo era un niño de seis años.
—¡Germánico ha muerto!
Calígula se estremeció al oír entonar estas palabras.
—Estamos solos. ¡Ay de Roma! Roma ha muerto. ¡Ay
de Agripina, su viuda! ¡Ay de Antonia, su madre!
¡Germánico! ¡Padre! ¡Era el funeral de su padre!
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Muerto a los treinta y cuatro años, el más noble, bravo y me-
jor de los romanos. Muerto. Su rostro vacío cubierto de las
manchas de la fiebre, la saliva rodeando su boca crispada
salpicada de sangre. Muerto. Germánico, envenenado. Su
padre, asesinado.
No miraría, no podía mirar. No podía mirar a su padre.
Pero el niño Calígula conocía ahora aquel lugar. Era la pie-
dra miliar vigésima. Cuando Germánico volvió triunfante a
Roma, con los trofeos de guerra tras su carro victorioso, to-
dos los ciudadanos de Roma habían recorrido más de treinta
kilómetros para salir a recibirle. Dirigido por los senadores,
que protegían sus pies con cuero suave y ligero, el pueblo
llano, calzado con sandalias de burda madera, había reco-
rrido todo aquel camino, cansado y sediento, sólo por honrar
a Germánico. Y ahora estaba muerto, y en la piedra miliaria
era donde iban a quemar su cuerpo asesinado. Pero Calígula
no miraría.
—Agripina —cantaba la multitud—. Viuda… la más
noble de las mujeres… madre de príncipes…
Calígula atisbó entre la niebla del Sueño. De nuevo se
alzó ésta para mostrar los rasgos enérgicos y pálidos de su
madre, su madre con el rostro crispado de dolor. Luego, su
madre desapareció y también su lugar quedó vacío. ¡Madre!
¡Agripina! ¡Vuelve!
—Madre de Calígula… —atronaba la multitud en su
canto funerario—. El ángel, Calígula. El favorito del ejér-
cito…
Se vio a sí mismo, de nuevo en Germania con las le-
giones, idolatrado por todos, vistiendo su pequeño peto y sus
botitas. Oyó una vez más el rumor de sus armas golpeteando
alegres contra los escudos mientras él bailaba para ellos…
Era su principito, su pequeño soldado, un ser vivo que daba
buena suerte. Oyó relinchar a los caballos aterrados, sobre-
saltados por los gritos de los soldados y el golpeteo de las
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astas de las jabalinas contra el cuero curtido. Germánico se
unió entonces a los soldados, se agachó, cogió al niño Calí-
gula y lo alzó sobre sus hombros viriles, mostrándolo orgu-
lloso a sus hombres. Botitas. Hasta la abuela Antonia sonrió,
aunque era una matrona romana seria y estricta. Botitas. Y
era tan feliz; quería tanto a su padre, Germánico, tan guapo,
tan fuerte, tan noble…
Muerto. Germánico había muerto. ¿Qué mano había
vertido el veneno que arrebató la vida a su padre? ¿Qué
mano había degollado a sus hermanos, Druso y Nerón, mu-
tilándolos tanto que apenas si quedó nada que quemar de los
dos cuerpos?
La hilera se acercaba ya a su fin, y el niño Calígula po-
día distinguir rostros que reconocía… La máscara de su an-
cestro Julio César, crispada de angustia mientras los cuchi-
llos de sus amigos más queridos tajaban su pecho buscando
el corazón. Julio César abuelo de Germánico, que murió por-
que deseaba gobernar Roma él solo… Calígula se encogió
aterrado.
Apareció luego otro espectro, cuya máscara de cera era
la de un hombre cansado y viejo. Augusto, primer emperador
de Roma, abuelo adoptivo de Germánico. Su nombre de pila
era Octavio. Tras la muerte de Julio César luchó contra
Marco Antonio por la posesión de la República. Le comba-
tió, le persiguió y le agotó, a él y a su puta Cleopatra, aquella
pálida griega seductora que remaba sobre Egipto y sobre An-
tonio con mano firme. Tras lo cual, aquellos mismos roma-
nos que habían asesinado a Julio César por atreverse a pre-
tender el dominio de Roma, quisieron toda Roma en manos
de Octavio, llenándole de honores, de responsabilidad… Y
de títulos. Le llamaron príncipe, emperador, Augusto, y
Roma dejó de ser una república para entregarse al dominio
personal de un hombre y su mujer.
—¡Salve el abuelo de Augusto! —entonaba la
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multitud—. ¡Loor a César Augusto! Ya es un dios.
Cierto. Era cierto; ahora se adoraba a Augusto como a
un dios. Se habían construido templos en su honor, desde el
Danubio al Éufrates, y sobre los altares de Augusto ardía la
carne de los toros y de otros animales sacrificados. ¡Divini-
zado! ¡Cómo se habría reído Marco Aurelio!
Ahora iban a quemar el cadáver, pero Calígula no mi-
raría. No podían obligarle a mirar. Veía aquella tuna alta de
bronce preparada para recibir las cenizas de Germánico. Oía
y sentía elevarse el fuego, elevarse, elevarse, aquellas llamas
ávidas del cuerpo de Germánico, de todo lo que quedaba de
él, salvo sus huesos y su corazón. ¡Oh, sí, su corazón! El co-
razón del hombre que moría envenenado no se quemaba. Eso
todo el mundo lo sabía, hasta un niño de seis años. El cadáver
de Germánico yacía, envuelto en una toga, sobre unas andas
funerarias que llevaban ocho de sus oficiales más queridos,
la crema de las legiones romanas. Pero ahora ya no parecían
estar en la piedra miliar vigésima. Estaban en el mausoleo de
Augusto, en el Campo de Marte.
El niño miró a su alrededor desesperado. Drusila per-
manecía aparte, separada de sus hermanas, remota y pálida.
El lugar que antes ocuparan Agripina, Druso César y Nerón
César estaba vacío. ¿Qué mano los había arrebatado? ¿Y a
quién le tocaría la próxima vez? ¿Quién sería el próximo
miembro de la familia de Calígula que se vería privado de la
vida?
La multitud contuvo el aliento cuando apareció una fi-
gura alta, velada, envuelta en una capa negra. La figura
avanzó lentamente, vencida por la edad, y la multitud retro-
cedió, como si el contacto de aquel ser contaminase. El niño
Calígula sintió un escalofrío de pánico, sintió que el miedo
oprimía su corazón. Allí estaba, inmóvil, congelado, solo,
contemplando la figura aterradora cada vez más cerca, más
cerca. No podía moverse; tenía la boca seca y todo su
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cuerpecito temblaba como el de un gatito recién nacido. A
cada paso de la figura alta envuelta en ropa negra, el corazón
de Calígula batía con más fuerza, más de prisa, más, como
si intentase escapar de su pecho.
La figura alzó la mano y apartó el velo de su rostro. El
pequeño Calígula abrió unos ojos desorbitados de espanto.
Vio un rostro viejo moteado de llagas, unos dientes largos y
lobunos, unas cejas grises y tupidas sobre unos ojos que bri-
llaban ruines y malévolos.
—¡Salve el padre de Germánico! ¡Viva Tiberio César,
emperador de Roma! —gritó la multitud, pero no había calor
en aquel grito, sino sólo miedo. El miedo se multiplicaba por
mil con el latir angustiado del corazón del niño, quien vio
con creciente horror qué su abuelo tendía los brazos hacia él.
Se sintió alzado en el aire, sintió que se aproximaba más y
más a aquellos ojos lúgubres y brillantes… Más y más a
aquel rostro leproso…
Chilló.
Chilló y chilló; su delgado cuerpo se retorció en la
cama, y sus miembros se agitaron crispados por el miedo.
—¡Cayo! ¡Cayo!
Calígula abrió los ojos, pestañeó, sacudió la cabeza
para despejarla de las lúgubres nieblas del Sueño. Drusila
alzó el pabilo de la lámpara plateada y luego abrazó a Cayo,
calmando sus temblores.
Está empapado de sudor, pensó, apretándole más. Está
frío como la nieve y cubierto de sudor.
—Vamos, vamos —dijo, como si hablase a un niño—.
Sólo es un sueño…
—Me matará —murmuró Calígula, apretando la cara
contra los cálidos pechos de su hermana.
—No, no, estás seguro —dijo Drusila, acunándole en
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sus brazos—. No tienes por qué preocuparte. Estás conmigo.
Apartándose de su abrazo, Calígula alzó la vista hacia
ella.
—¿Qué te hace pensar que estoy seguro cuando estoy
contigo? —preguntó, con una amarga sonrisa.
Drusila sonrió entonces a su hermano pequeño, y sus
grandes ojos azules buscaron los de él a la luz de la lámpara.
Los dos tenían los mismos ojos, los ojos de Germánico, pero
mientras la mirada de Germánico había sido firme y audaz,
la de Calígula estaba llena de recelo.
—Como quieras: no estás seguro —admitió Drusila
con una risa alegre—. Yo sólo quería…
Se interrumpió al advertir el temblor de los delgados
hombros de Calígula. Enjugándole el sudor de mejillas y
frente con la sábana, Drusila preguntó con suavidad: —¿El
mismo sueño?
Calígula asintió con un gesto. No había palabras que
pudiesen describir el Sueño.
—¿El funeral de nuestro padre? —dijo ella con voz
muy suave.
Calígula lanzó un suspiro profundo y tembloroso, asin-
tiendo de nuevo.
Drusila estaba familiarizada con el Sueño, pero igno-
raba el horror tan profundo que encerraba.
—Y el emperador te cogió en brazos… —murmuró.
Su hermano se estremeció como hoja al viento. Recor-
daba los ojos resplandecientes, los bordes agudos de los
dientes amarillos, los dedos fuertes y viejos como garras de
buitre.
—Pero, dime, ¿luego qué pasó? —el Sueño nunca ter-
minaba, al menos eso era lo que recordaba Drusila. Y Cayo
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llevaba soñándolo la mayor parte de sus veintiséis años.
—Desperté —contestó ásperamente Calígula—. Antes
de que me matase, igual que mató…
Drusila silenció sus labios con un dedo amonestador.
Los espías de Tiberio estaban en todas partes; no le habría
sorprendido nada saber que espiaban el dormitorio del pro-
pio Cayo. Un agujerito en la pared, minúsculo, inapreciable,
era todo lo que necesitaba Tiberio para conseguir sus prue-
bas.
Aproximándose más a su hermana, Calígula se refugió
en ella, más como un hijo que como un amante. Murmurando
en su pelo dorado, le recordó: —Él mató a nuestro padre, a
nuestra madre, a nuestros hermanos.
—Chis… —murmuró Drusila. Eran palabras peligro-
sas. Tiberio había torturado y matado a cientos, quizá miles
de personas, y por ofensas mucho más insignificantes que
las palabras que Calígula acababa de murmurar.
—Yo no quiero morir —la voz de Calígula se ahogaba
contra la suave piel de los pechos de Drusila.
—No morirás —le dijo ella con firmeza—. No puedes.
Eres su heredero. No hay ningún otro.
—Está el chico —dijo Calígula frunciendo el ceño.
Se refería a Tiberio Gemelo, el verdadero nieto del em-
perador, con quien le unía un parentesco de sangre aunque
fuese bastardo. Maldito bastardo, pensó Cayo. Algún día le
mataré.
Drusila movió suavemente la cabeza.
—Es demasiado joven. Y Tiberio es demasiado viejo.
—Bajó sus sedosos labios hasta el oído de su hermano—.
¡Tú serás emperador… pronto! —prometió.
Calígula se relajó, apoyado en sus pechos de
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terciopelo. Drusila tenía, como siempre, la cualidad de ha-
cerle sentirse mejor.
—Te haré reina, esposa, consorte… —prometió ronca-
mente, deslizando la mano por la parte interior de uno de sus
muslos largos y suaves. Abrió la boca y su lengua aleteó ha-
cia el pezón derecho de ella.
Pero Drusila se apartó, como si no quisiera dar de ma-
mar a un niño llorón.
—Es imposible. Soy tu hermana.
Sacando las piernas de la cama, se estiró hasta el gran
baúl que había junto a ella y cogió su peine y su espejo. El
espejo era de gruesa plata pulimentada y tenía, por detrás, un
par de figuras desnudas. Era muy antiguo y valioso. De ori-
gen etrusco. Frunciendo el ceño ante su imagen, empezó a
pasar los dientes de marfil del peine por su pelo enmarañado.
Arrugó la nariz, incómoda al tirar de los nudos.
Calígula, divertido, se puso boca abajo para observarla.
¡Era tan hermosa, su Drusila, su otro yo! Devoró con la mi-
rada la desnudez de aquel cuerpo, el único del que nunca se
había cansado. Había fornicado tantas veces… con mujeres,
hombres… niños incluso. En algunas ocasiones se había re-
torcido, feliz, bajo el implacable castigo sexual de sus gigan-
tescos esclavos africanos. Pero sólo ella, su hermana, su Dru-
sila, poseía la magia que le arrastraba una vez, y otra, y otra,
a saciar su sed en la fuente que había entre sus sedosos mus-
los.
—Los faraones de Egipto siempre se casaban con sus
hermanas —le recordó.
—Bueno, nosotros no somos egipcios, y me complace
decirlo —contestó Drusila sacudiendo la cabeza—. Somos
romanos decentes.
Calígula soltó una carcajada.
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—No tan decentes —dijo, con una mueca lujuriosa—.
¿Cómo te va con tu marido? —preguntó maliciosamente.
—¿Cómo me va qué? —replicó Drusila, mirándole pí-
caramente por encima del hombro desnudo.
Calígula se lanzó sobre ella como una raposa sobre un
pollo y la sujetó de espaldas contra la cama. Luego se puso
encima suyo y, jadeando y bufando, balanceó el trasero en
una grotesca parodia del acto sexual.
—No seas tan infantil —dijo ella, medio enfadada me-
dio divertida. Intentó apartarle.
—Está terriblemente gordo —bromeó Calígula.
Sujetándole los hombros contra la cama con una mano,
utilizó la otra para hacerle cosquillas, enrollando con los de-
dos el vello de su pubis, apartando los labios, deslizándose
dentro…
—No está gordo —protestó su hermana—. Lo que pasa
es que es grande.
—Pero pequeño donde cuenta —susurró Calígula con
una voz impregnada de desdén.
Drusila había relajado levemente las piernas, lo sufi-
ciente para que la mano de él anduviese a su gusto, desli-
zando dos dedos más dentro de ella, haciéndola gemir con
súbita lujuria.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó, mirándole fijamente.
—Le vi en los baños —murmuró él.
Aquel montón de grasa llamado Marco Lépido, que
osaba abrazar a su hermana, a su propia hermanaba la her-
mana de Calígula, y se atrevía a utilizarla… También le ma-
taría algún día, pensó. Fundiré la grasa y dejaré sólo los hue-
sos de ese hijo del perro de una puta.
—Lo siento tanto por ti… —murmuró. Luego,
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introdujo su lengua en la oreja de Drusila, lamió, la hizo es-
tremecerse.
Tenía una nueva erección. El pene, largo y grueso, bro-
taba escandaloso de su estrecho torso. Era tan delgado que
el pene parecía grotescamente desproporcionado con res-
pecto al resto del cuerpo. Taimadamente, arrastró su órgano
por el vientre de su hermana, permitiéndole sentir su tamaño
y su fuerza, animándola a hacer comparaciones con la fofa
carne de su obeso cuñado.
Drusila jadeó al percibir que estaba erecto.
—Eres un pícaro… —suspiró de nuevo, y luego lanzó
una ronca risa.
La luz de la lámpara plateada jugueteaba sobre los
amantes como reflejos en el agua. Se miraron intensamente
mientras se acariciaban percibiendo cada pequeño indicio de
creciente pasión, impulsándose mutuamente con besos y
mordiscos.
Con lentitud, Calígula fue subiendo el pene erecto por
el cuerpo de su hermana, y unió sus grandes pechos para fa-
bricarle un túnel. Fascinada, Drusila seguía tendida sobre la
almohada, viendo cómo aquel grueso pene subía y bajaba
entre sus pechos, acercándose cada vez más a su rostro. Es-
tiró la mano, le sujetó con suavidad los testículos, los acari-
ció, acarició luego entre el escroto y el ano, mientras incli-
naba la cabeza y sacaba la lengua para rozarle la punta del
pene que él iba aproximándole a la cara, sin separarlo de en-
tre sus pechos, acariciando sus pezones duros como piedras.
—Cayo… Aaahhhh… Cayo —murmuró ella.
Tantos años. Llevaban tantos años haciendo el amor,
ella y su hermano pequeño. Desde que él fue lo bastante ma-
yor para tener erecciones. Le excitaba como ningún otro. Era
como si Calígula fuese Drusila misma. Conocía todas las ter-
minaciones nerviosas de su cuerpo, igual que ella conocía
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las de él… Se fundían uno en otro.
La hizo volverse sobre el vientre y ponerse de rodillas.
Se arrodilló tras ella, enterrando la cara en sus nalgas, y la-
mió y chupó ano y clítoris, mientras le rascaba los pechos.
Cuando sus gemidos y gritos jadeantes le indicaron que es-
taba a punto, la penetró lentamente, permitiéndole saborear
su dureza milímetro a milímetro.
—Tú eres más grande —jadeó Drusila.
Calígula empujó otra vez, y luego otra.
—¿Mejor? —exigió, moviendo las caderas a ritmo rá-
pido. El ronroneo de su garganta le indicaba que estaba a
punto de alcanzar el clímax, así que se apartó y se quedó
inmóvil—. ¿Mejor? —exigió otra vez.
—Ohhhhhhh… ¡Sí! ¡Sí! —suspiró ella, sus caderas
buscando el pene, procurando que la penetrara lo más pro-
fundamente posible—. No te pares, Gayo, en nombre de to-
dos los dioses… no te pares…
El súbito estallido de una trompeta rasgó el silencio.
Alarmada, Drusila cayó de bruces en la cama, dejando a Ca-
lígula de rodillas. Ambos se volvieron hacia la puerta, a tra-
vés de la cual les llegaba el repiqueteante sonido de hombres
armados desfilando. La trompeta volvió a sonar, un sonido
inconfundiblemente bélico.
—¿Qué es eso? —preguntó Drusila, aterrada.
Calígula le indicó con un gesto que se callara. Achicó
los ojos concentrándose en el sonido.
—El comandante de la Guardia —concluyó.
—¿Va a venir aquí? —echó las ropas de la cama a un
lado y, sacando las piernas hacia el suelo de mármol, buscó
su túnica de lino. Con rapidez y en silencio, recogió sus hor-
quillas doradas y sus sandalias y buscó un lugar para ocul-
tarse.
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Calígula le indicó la puerta y Drusila corrió a colocarse
junto a ella, de forma que la ocultase cuando la abrieran.
Calígula se había puesto una túnica de vaporosa seda
con ribetes de oro, y se había armado con una daga escita.
Cuando Drusila se ponía la última horquilla, ordenando su
revuelto pelo, con el aire recatado de una matrona romana,
sonó en la puerta una llamada suave.
—Príncipe Calígula —dijo la voz del esclavo—, ¿com-
placería a Su Alteza recibir a Macrón, el capitán de la Guar-
dia Imperial?
Lanzando una mirada de aviso a Drusila, Calígula se
irguió.
—Adelante —dijo, y abrió el pasador de hierro de la
puerta.
La pesada puerta de madera se abrió y Nevio Sartorio
Macrón entró, con el casco bajo el brazo en señal de respeto
al nieto adoptivo del emperador. Macrón era un hombre mo-
reno, no mucho más alto que el propio Calígula, en realidad
bajo para pertenecer a la guardia pretoriana, pero había tal
vigor en su pecho, en sus hombros y en su cuello, que uno
olvidaba la brevedad de sus piernas. Su peto pulido resplan-
decía y las grebas de cuero del mismo estaban perfectamente
aceitadas. Alzó el brazo derecho en el saludo romano, la
palma hacia abajo, y luego cerró el puño y se lo llevó al pe-
cho en señal de homenaje.
Calígula cabeceó y posó la daga escita. En la medida
en que era capaz de confiar en los hombres, confiaba en Ma-
crón. Además, tenía que demostrar aquella confianza: nece-
sitaba a Macrón.
El capitán de la Guardia miró alrededor curioso, pero
no vio a Drusila tras la sólida puerta. Aunque la cama estaba
deshecha, no había ninguna otra prueba de que Calígula tu-
viese compañía. Ninguna sandalia olvidada, ningún
21
movimiento tras un tapiz… La luz de la única lámpara arro-
jaba extrañas sombras en las pintadas paredes.
Macrón vaciló.
—¿Interrumpo algo?
Calígula se dio perfecta cuenta de que algún chismoso
(o peor, un espía) había informado a Macrón de que no es-
taba solo. Achicó los ojos y miró al capitán con una sonrisa
cordial, amplia e hipócrita.
—Sólo mis sueños —dijo, señalando la cama.
—¿Sueños felices? —preguntó Macrón cortésmente.
Calígula se encogió de hombros, sin contestar.
—¿Qué noticias hay de Capri? —dijo.
—Quiere verte —contestó el capitán—. Una nave te
espera en el Tíber. Partirás con la primera luz.
Calígula luchó por controlar sus temblores. En un ins-
tante había pasado de príncipe a niño de seis años. ¡«Él» que-
ría verle! ¡Tiberio! El emperador Tiberio le llamaba. Cuán-
tos hombres habían obedecido antes que él aquella orden
para encontrarse con la tortura y la muerte. ¿Qué querrá de
mí?, se preguntaba Calígula.
Sentía la boca seca.
—¿Qué… qué es lo que quiere? —tartamudeó.
Macrón hizo un gesto tranquilizador.
—No te preocupes, estás seguro —y se inclinó para
murmurar—: Estamos seguros.
Pero no era fácil calmar a Calígula.
—Nadie está seguro, Macrón —dijo.
Macrón se cuadró de nuevo y se puso el casco, ha-
ciendo temblar el penacho de crin de caballo.
22
—Tienes que ir a ver al emperador a la isla de Capri.
Luego le acompañarás a Roma.
Estaba transmitiendo las órdenes de Tiberio.
Calígula, francamente alarmado, no hizo ya esfuerzo
alguno por ocultar su miedo.
—¿A Roma? —su rostro se crispó consternado—. ¿Ti-
berio viene aquí?
¡Imposible! Tiberio llevaba diez largos años sin poner
los pies en Roma. Gobernaba desde su villa, comunicando
sus decisiones al Senado en largas y detalladas cartas de
orientación. O, más bien, cartas de destrucción, pues normal-
mente contenían órdenes de más ejecuciones.
Pero Macrón cabeceaba afirmativamente.
—Sí —dijo.
—Pero… pero… ¿por qué? —tartamudeó Calígula—.
Odia Roma y Capri le encanta.
Teme a Roma, pensó. Teme morir aquí, a manos de sus
enemigos. Si es que queda alguno vivo.
Macrón se encogió de hombros.
—Querrá echar una última ojeada, supongo —dijo, mi-
rando significativamente a Calígula—. Después de todo,
tiene ya setenta y siete…
—Ojalá viva siempre —contestó maquinalmente Calí-
gula, según la fórmula prescrita.
Luego, añadió, en un murmullo, deprimido:
—Y vivirá… vivirá.
—No —dijo con firmeza Macrón—. Pero cuidado con
Nerva. Es enemigo nuestro.
—Lo sé —dijo Calígula, cabeceando lúgubremente.
23
Marco Cocceius Nerva, aquel engreído viejo imbécil.
Era peligroso, aunque sólo fuese por ser incorruptible. Calí-
gula jamás entendería cómo había dejado Tiberio que un
hombre honrado como Nerva siguiera siendo amigo suyo.
No coincidía con el resto de la política interior.
—Ya nos ocuparemos de él. A su tiempo —prometió
Macrón; su voz se suavizó luego, cuando añadió—: Ennia…
Calígula forzó una nota de cordialidad en su voz:
—Ennia, sí, ¿cómo está?
—Enamorada —dijo suavemente Macrón, con una
sonrisa y enarcando una ceja.
—En el infierno, entonces, como dicen los poetas —
contestó Calígula con desenfado, pero por dentro soltó un
gruñido.
Ennia Nevia. ¡Aquella puta! De todas las cargas que
soportaba, que eran muchas y pesadas, la mujer de Macrón
era la más pesada de todas. Calígula sólo podía estar seguro
de la lealtad del capitán de la Guardia convirtiéndose a rega-
ñadientes en amante de su esposa. Pero, aun así tenía que
fingir que estaba loca y apasionadamente enamorado de ella;
tenía que prometer a aquella zorra que compartiría el imperio
y gobernaría a su lado. Todo esto porque necesitaba a Ma-
crón, y el precio que había que pagar por la lealtad de aquel
hombre era Ennia: un precio difícil de satisfacer.
—¿Debo decirle que venga aquí, a verte? —Macrón
miró significativamente la cama.
Calígula miró de reojo la puerta que tapaba a Drusila.
—No… no… no… Iré yo a buscarla. Iremos juntos.
Indicó con un gesto su indumentaria, su pelo revuelto,
los mechones dispersos.
—Tengo que vestirme.
24
—Sí, príncipe —Macrón se golpeó el pecho con el
puño en señal de saludo, dio la vuelta y salió de la estancia.
Calígula cerró la puerta con un suspiro de alivio, luego
echó el pasador. Él y Drusila se miraron, abatidos. Pudo leer
angustia en la cara de ella, espejo de la propia.
Quitándose la túnica de seda con nerviosos dedos, Ca-
lígula jugueteó con los pliegues de una vestidura más seria.
Pacientemente, Drusila le ayudó a ponérsela, alzándola por
encima del cinturón y sujetándola allí a modo de blusa.
—Tiberio va a matarme —gritó Calígula, mientras su
hermana le alisaba los pliegues de la túnica—. Va a matarme
y a nombrar heredero a ese chico, a Gemelo. ¡Lo sé! ¡Lo sé!
Tenía los nervios crispados de miedo, hablaba dema-
siado y demasiado de prisa.
—No lo hará —dijo Drusila, ordenando los mechones
del pelo, aplastándoselos, para que pareciesen más tupidos—
. No puede. No te preocupes.
Pero Calígula no estaba de humor para dejarse aplacar.
—¡Odiaba a nuestro padre! ¡Nos odia a nosotros! Por-
que el pueblo nos quiere y a él le odia…
Cogió una capa; en Roma las noches eran frescas y ha-
bía empezado a temblar.
Drusila guardó silencio. Calígula tenía cierta razón en
lo que decía, y ella lo sabía de sobra. Vio que intentaba fi-
jarse la capa con una fíbula de plata que tenía engastada una
esmeralda india. Pero se le escurrieron los dedos en el broche
y la punta de la aguda presilla se le hundió en la carne. Con
un gritito, se llevó el dedo a la boca, como un niño. Drusila
se sintió enternecida.
—Además tienes a Macrón… —dijo tanteando—. Y a
la Guardia. Todos están contigo.
25
—Eso dicen —indicó Calígula sombrío.
Se sentía inseguro. Furioso, dejó de nuevo la fíbula en
el cofre. Drusila se arrodilló para recogerla; se la pondría
ella. Algo llamó su atención entre los pliegues de una toga;
hurgó y sacó las caligae de su hermano.
—¡Tus botitas! ¡Las guardaste! —exclamó—. ¿Te dan
buena suerte?
Había una pregunta en sus ojos.
—¿Buena suerte? —dijo Calígula encogiéndose de
hombros—. Sí, supongo que sí. Al menos, le rezo a Isis…
—A Isis no —interrumpió Drusila—. Su culto está
prohibido.
Pasó las botas a su hermano, quien las metió en la bolsa
de cuero que colgaba de su cinturón.
—Corre ahora a los brazos de Ennia —ronroneó Dru-
sila—. La hermosa Ennia —añadió burlona, segura de su
propio atractivo.
—Vete al diablo —masculló Calígula, y salió a re-
unirse con Macrón.
Los corredores de la parte trasera del palacio eran de
piedra sin pulimentar; no había costosos mármoles como en
los vestíbulos y salones públicos, donde Augusto había de-
rrochado extravagancia para granjearse la admiración del
pueblo. Los bloques de piedra trasudaban una gélida hume-
dad, y Calígula se alegró de su gruesa capa de lana mientras
bajaba con Macrón por el oscuro corredor, con un grupo de
guardias detrás. Las escasas antorchas fijadas a uno y otro
lado de la pared a intervalos irregulares apenas iluminaban
el camino, creando profundos pozos de sombra a los que Ca-
lígula decidió no mirar. Le recordaban el Sueño, y le costó
trabajo dominar los temblores. Sólo le tranquilizaba en parte
la presencia de Macrón, pero, de todos modos, Calígula
26
pensaba que la lealtad de su capitán pendía del más fino de
los hilos: de una tenue tela de araña tejida por Ennia, es decir,
la araña, la viuda negra.
—No hay nada que temer —le dijo de nuevo Macrón.
Calígula cabeceó obstinado.
—Con Tiberio siempre hay algo que temer.
Pensaba en la mañana del día siguiente, en el barco que
saldría hacia Capri para llevarle ante el emperador.
Donde el corredor daba vuelta, había dos soldados im-
pasibles de guardia.
—¡Alto! —gritó uno de ellos—. ¿La consigna?
—Justicia —contestó Macrón.
—Adelante.
El guardia había reconocido al capitán y al príncipe,
pero sabía que en aquellos tiempos eran necesarias todas las
precauciones. Por eso se cambiaba todas las noches la con-
signa. Habría sido capaz de detener al mismísimo Tiberio.
—Mientras yo mande la Guardia, estás seguro —dijo
Macrón a Calígula, que le lanzó una mirada rápida y un tanto
recelosa; luego, posó ligeramente una mano en el hombro
fornido del capitán.
—Macrón, tu lealtad es… es…
Al no dar con la palabra perfecta, hizo un gesto expre-
sivo con la mano.
Estoy a tu servicio —insistió Macrón—. Igual que En-
nia, mi esposa.
Y miró luego fijamente al joven.
Calígula le ofrendó una encantadora sonrisa, todo ojos
y dientes.
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—Que se convertirá… si sobrevivo… en mi esposa.
—Y emperatriz de Roma —subrayó Macrón.
Calígula lanzó un prolongado suspiro.
—Y emperatriz de Roma —concedió.
Habían llegado a la puerta posterior de los aposentos
de Ennia.
Con una reverencia marcial, Macrón cedió el paso a
Calígula. Antes de irse, apostó a dos guardias en la puerta.
Así nadie molestaría a los amantes ni les cogería por sor-
presa… como él no lo había logrado media hora antes,
cuando Calígula estaba, Macrón lo sabía a ciencia cierta, con
la puta incestuosa de Drusila. Había intentado cazarles, (le
informaron bien, sin duda), pero ellos le habían burlado y
Drusila se había desvanecido en la oscuridad como por arte
de magia. Algún día les atraparía en la misma red, el her-
mano y la hermana, igual que Vulcano había atrapado a Ve-
nus y a Marte, y entonces dominaría a aquel débil príncipe.
Al entrar en la recámara de Ennia, Calígula reprimió
un gruñido de irritación. Ennia estaba ya en la cama, des-
nuda. Una nube de perfumado incienso ascendía hacia el pin-
tado techo, los pabilos de las lámparas eran muy cortos y de
un punto lejano llegaba el sonido de una lira que alguien to-
caba suavemente. La yegua está en celo y espera al garañón,
se dijo Calígula. El odio se le atragantó en la garganta mien-
tras se aproximaba al sedoso lecho, con una falsa sonrisa de
amor en el rostro.
Ennia era tan distinta de Drusila como Hécate de Afro-
dita. Drusila era cálida y deslumbrante, tenía caderas redon-
deadas y unos pechos plenos de rosados pezones. Ennia era
morena, flaca, y sus pequeños pechos estaban rematados por
unos pezones marrón oscuro. Entre las piernas debe tener
algo vivo, pensó Calígula, contemplando la espesa mata de
alambrino pelo negro. Era un animal que anhelaba su sangre,
28
que le devoraría vivo.
Pero Ennia le sonreía seductora, alzando hacia él una
mano perfumada, cuyos dedos aparecían adornados con ani-
llos de oro y piedras preciosas… El garañón tendría que ac-
tuar ahora. De modo extraño, el odio que sentía por aquella
mujer encendía su lujuria. Se quitó la túnica impaciente. Si
no podía estrangular a Ennia como deseaba, entonces, ¡por
todos los dioses que acabaría con ella cabalgándola! Se
arrojó sobre su cuerpo con un sordo gruñido, la atravesó, co-
locándose sobre los hombros los talones de ella para poder
penetrarla más profundamente. Gruñendo, estremecido por
un placer brutal, la alzó en la cama por las nalgas y comenzó
sus cortas pero firmes arremetidas.
A Ennia le encantaba aquello. Clavaba en él sus uñas
mientras le urgía a que se esforzase más.
—¡Venga! —gemía—. ¡Más duro! Así, carnero mío,
príncipe mío. Penétrame más, ¡que lo sienta todo! ¡Sí, sí, así!
Ohhh, así, amor mío. ¡Más! ¡Más! Ahora. Quiero sentir que
vienes… tú también… ven ¡ahhhhhh!
Sudando de lujuria, Calígula sacó de ella su pene tem-
bloroso y se lo metió en la boca.
—Toma —masculló—. ¡Chupa hasta que te ahogues!
Ennia se abalanzó ansiosa hacia él y empezó a mordis-
quear y a chupar. Lo hacía muy bien, muy bien. Mejor in-
cluso que aquel esclavillo griego de trece años que tenía Ca-
lígula. Luego tanteó el ano abierto de Calígula con los dedos,
deslizó dos dentro y frotó, frotó, frotó…
Calígula se vio inundado de oleadas de placer; sentía
cómo brotaba el semen de su pene. Con un gruñido, se apartó
de la boca de ella y eyaculó copiosamente, cubriéndole la
cara, el cuello y el oscuro pelo, tan meticulosamente peinado
a la última moda.
29
¡Toma! Eso debía contenerla. El garañón imperial ha-
bía cumplido su función.
Agotado, Calígula se desplomó de espaldas sobre los
almohadones. Se sentía sucio, utilizado. En realidad, se ha-
bían utilizado mutuamente, tanto en la cama como fuera de
ella. La deseaba a dos mil kilómetros de distancia, en Siria,
donde había muerto Germánico; él mismo deseaba estar a
gran distancia de allí, en brazos de Drusila. Pero por encima
de todo ansiaba un baño —frío, caliente o tibio, en ese or-
den— y un masaje con aceites perfumados. Luego, oh, luego
quería dormir. Dormir y no tener el Sueño. Se apartó de En-
nia.
—¿Qué pasa? —preguntó ella con falsa ternura.
Calígula recordó que debía ocultar su repugnancia. Lo-
gró sonreír.
—Nada, Ennia, amor mío.
La atrajo hacia sí enterrando la cara en su cuello para
no tener que ver el triunfo reflejado en aquellos ojos.
—Es sólo que… —continuó— tengo esos sueños.
—Yo también —ronroneó Ennia—. ¡Unos sueños ma-
ravillosos, maravillosos! De riquezas y glorias…
No podía evitar que la codicia inflamara su voz. Estaba
hambrienta de poder, del poder de Calígula.
—Eso no son sueños, sino una profecía. Si sobrevivo
—dijo Calígula significativamente.
Él había cumplido ya con su parte; ahora le tocaba a
ella.
—Sobrevivirás —dijo Ennia con absoluta confianza—
. Tú y yo sobreviviremos. Juntos.
Extendió los brazos y añadió:
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—Los dos. Los amos de Roma…
—¿Con Macrón? —dijo Calígula, sonriendo.
—¿Estás celoso acaso de mi marido, muchachito? —
preguntó Ennia, arqueando el cuello hacia él.
—¡No, no! —protestó acaloradamente Calígula, que
odiaba aquella farsa—. También le quiero a él… como a un
hermano.
Pero sus hermanos habían muerto, pensó. Habían
muerto y habían sido acuchillados sin piedad.
Ennia suspiró y se apretujó contra él.
—¡Vamos a ser tan felices! —gorjeó.
Calígula le permitió bajar la cabeza y besarle en la
boca. Ahora estaba lejos, lejos de ella. Estaba en un barco,
un birreme que iba camino de Capri. ¿Y qué le aguardaba en
la rocosa costa…?
Sólo los dioses lo sabían.
31
2
32
Pero la adopción era un vínculo similar a las relaciones
de sangre. ¿No había adoptado el propio Augusto a Tiberio,
hijo del primer matrimonio de Livia? No sólo le había adop-
tado, sino que le había hecho su heredero, legándole el sello
del Imperio, engastado en un gran anillo de hierro. Claro está
que había sido precisa una interminable serie de asesinatos,
principalmente envenenamientos, para que Tiberio pudiese
acercarse a la sede del poder; pero se habían puesto en juego
todos los medios necesarios para conseguirlo. Los romanos
de la alta nobleza habían muerto por centenares. Algunos ha-
bían preferido abrirse las venas para no arriesgarse a las
crueldades vengativas de Tiberio.
Y Tiberio había adoptado a Germánico, padre de Calí-
gula. ¡Germánico, el favorito del pueblo! ¡Cómo habían
aclamado su triunfo! Carro tras carro, todos cargados de cau-
tivos, armas y despojos de las campañas de Germania, se-
guían al carruaje triunfal de Germánico, y los ciudadanos
congregados a su paso gritaban su nombre. Quizá, pensaba
Calígula amargamente, si hubiesen gritado con menos entu-
siasmo aún estaría vivo su padre. Tiberio había oído aquellos
vítores: «¡Germánico! ¡Danos a Germánico!» Pero cuando
Germánico fue a Siria, ningún ciudadano romano pudo pro-
tegerle de la larga mano de un emperador enloquecido. Mu-
rió envenenado; una muerte de lenta agonía, una muerte que
se había prolongado durante días.
Y ahora el favorito del pueblo era Calígula. Las multi-
tudes le seguían para tocar sus botas, para coger su toga, para
gritar su nombre y dedicarle cariñosas palabras: «Cachorri-
llo», «El favorito del ejército», «Nuestro amorcito»… ¡Ay,
si pudiese callarse el maldito pueblo de Roma! ¿No tenía él
ya suficientes problemas sin necesidad de despertar la envi-
dia y el recelo de Tiberio? Tiberio no era el favorito de nadie;
no debía serlo, dada su condición de emperador. Tiberio te-
mía a Roma, pues esperaba morir allí y deseaba vivir eterna-
mente. La última década, no había puesto los pies en Roma
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ni una sola vez. Eso sí, había prometido volver en varias oca-
siones. Incluso había pedido (y recibido) una guardia perso-
nal de senadores de confianza para acompañarle. Pero siem-
pre se había vuelto atrás en el último momento con algún
pretexto: una enfermedad, o el que los augurios eran desfa-
vorables, o cualquier otro motivo parecido. Nada arrancaría
al viejo percebe de su rocosa isla, pensaba Calígula.
¡Si al menos le hubiesen dejado traer consigo a Drusila!
Macrón quizá fuese mejor guardaespaldas, pero era un pobre
sustituto en cuanto a lo de dar consuelo. De sus tres herma-
nas, Drusila era la única a la que amaba. ¡Oh, sí, dormía con
todas ellas! Con Julia Livilla, la gordinflona, cuyo sexo sabía
al vino de cebada al que tan aficionada era. Y con Agripini-
lla, morena y lúgubre como su madre, pero una tigresa entre
las sábanas. Sin embargo, lo único que le importaba en el
mundo a Calígula era él mismo y Drusila. En realidad, sólo
le importaba él mismo, porque Drusila era una prolongación
de él, su mitad femenina, la otra cara de su moneda. Ambos
tenían el pelo rubio (por desgracia a él se le caía mucho,
mientras que ella disfrutaba de una gloriosa abundancia ca-
pilar) y grandes ojos azules.
Ahora que los remos de la birreme se hundían en el Ti-
rreno, conduciéndoles hacia Capri, Calígula dejó que sus
pensamientos se sumergieran en el pasado, que volvieran a
sus hermanas.
Drusila había sido su primera amante, cuando contaba
él doce años. Por entonces, el fallecido Germánico ya había
sido olvidado por los vocingleros e inconstantes ciudadanos
de Roma. Agripina, su madre, que vivía en el exilio, moriría
pronto. ¿De hambre? ¿Por la espada? Nunca lo sabrían. Pero,
aunque hubiese sido un suicidio, la culpa era sin duda de Ti-
berio, quien la había impulsado a ello. Calígula y Drusila vi-
vían con Antonia, su abuela, madre de Germánico, y su débil
tío Claudio, el tonto, el tartamudo tullido. Drusila tenía
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quince años y era la virgen más bella que hubiese bañado el
sol de Roma. Pero los dos hermanos siempre estaban rodea-
dos por el miedo. El miedo y el olor a muerte. Ambos niños
sentían la oscura amenaza que pesaba sobre las vidas de sus
hermanos, Druso y Nerón, favoritos del pueblo. Eran dema-
siado populares y eso inquietaba a Tiberio.
Dormían en pequeños aposentos separados, en camas
estrechas. En aquella época Calígula ya tenía el Sueño, y
cuando lloraba de noche, sudoroso y temblando de miedo,
Drusila corría silenciosamente hasta su cama para abrazarle
y acunarle entre sus brazos hasta que aquel calor y aquel
amor hacían desvanecerse el Sueño. Así fue como empezó
todo.
Precisamente a los doce años, Calígula comenzó a te-
ner erecciones de cuando en cuando. Esto le incomodaba, y
agradecía que su ropa infantil fuese holgada, así como los
pliegues protectores que la misma formaba. Apenas sabía
nada de lo que hacían los hombres y las mujeres. Aunque los
esclavos se comportaran de modo tosco y grosero, cuando
estaban ante los niños de la familia imperial eran modelos de
decencia. Calígula sólo sabía que su pequeño pitito ya no era
tan pequeño. Había crecido, le había salido vello alrededor
de su base y en el vientre. (¿Era el único en el mundo con
pelo en aquel sitio? ¿Era acaso él un monstruo o un bicho
raro? No lo sabía.) Y cuando se tocaba el pene, cosa que
ahora hacía con frecuencia, le crecía, se le hacía más grueso,
y era agradable.
Una noche, el Sueño se apoderó de él con más fuerza
que nunca, y pasaron largos minutos de gemidos y temblores
antes de que percibiese siquiera que Drusila estaba con él,
abrazándole con fuerza. Era verano y Calígula dormía des-
nudo; Drusila sólo llevaba un camisón del más fino algodón
egipcio. Cuando se le secaron las lágrimas Calígula apretó
su cara con más fuerza sobre los pechos plenos de Drusila,
35
aspirando su peculiar fragancia, pues esto siempre le conso-
laba y confortaba, le hacía sentirse menos solo. De pronto,
percibió una calidez especial entre las piernas; «aquello»
crecía. Su primer impulso fue apartarse de su hermana antes
de que ella se diera cuenta, pero se encontró de pronto fro-
tando su vientre contra el de ella. Luego, de forma instintiva,
abrió los labios y los cerró sobre su pezón. Chupó ávida-
mente, como un bebé, recordando vagamente la leche de los
pechos de Agripina.
Drusila empujó con un gemido la cabeza de Calígula,
pero esto sólo sirvió para que Calígula chupase más fuerte.
Posó luego la otra mano en el otro pezón y empezó a acari-
ciarlo. Se quedó atónito al descubrir que el pezón se endure-
cía con el roce. ¡Igual que su pitito!
Drusila gemía suavemente, apretando con más fuerza
la cabeza de Calígula, trasladando sus labios de un pezón a
otro con avidez similar a la de él. La musgosa fragancia que
brotaba de entre las sábanas mareaba a Calígula y le excitaba
tanto que pensó que se desmayaría. ¡Tenía que investigar
aquel olor! Alzó el camisón de Drusila para descubrir su
vientre.
—¡No, Cayo! —gimió la muchacha cuando los dedos
de él la exploraron, hasta descubrir una pegajosa humedad
que encantó a Calígula. Hundió los dedos en ella profunda-
mente y vio que se estremecía de placer. Luego, ella empezó
a moverse bajo su mano y pronto él se adaptó a aquel ritmo
y empezó a meter y sacar, meter y sacar los dedos, mientras
Drusila lanzaba suspiros de placer.
El dolor que Calígula sentía en la entrepierna era al
mismo tiempo delicioso e insoportable, y rozó su pene des-
nudo contra el muslo desnudo de ella. Entonces notó la mano
suave de Drusila que rodeaba su pene y lo movía, movía la
piel que lo cubría arriba y abajo. ¡Era un placer increíble! He
aquí la única felicidad que ofrece la naturaleza, pensó
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Calígula, aquí en esta cama, haciendo cosas que sólo noso-
tros hemos descubierto. ¿Existe alguien digno de esta gloria
además de nosotros?
Los dos respiraban ahora entrecortadamente, en un cre-
ciente éxtasis. Con el instinto de animales sin inteligencia,
hermano y hermana aceleraron el ritmo de sus manipulacio-
nes. Drusila utilizaba ahora ambas manos, acariciando y fro-
tándole los testículos además del pene. Los dedos de Calí-
gula, humedecidos con los jugos de ella, se movían rápidos
y audaces.
Calígula separó los labios de los pechos de Drusila y la
besó en la boca, buscando con su lengua la de ella. Mientras
se besaban, un gran espasmo se apoderó de su cuerpo de
doce años, y Calígula lanzó un gran chorro de esperma (su
primer orgasmo) en las manos de ella. Drusila lanzó un sus-
piro estremecido y se derrumbó sobre la almohada.
Estuvieron tendidos así largo rato, sin hablar. Lo único
que se oía en el pequeño aposento era su respiración entre-
cortada que lentamente iba volviendo al ritmo normal. Calí-
gula se sentía envuelto por una paz soñolienta, una relajación
total que experimentaba por primera vez.
—Cayo… —dijo Drusila suavemente, con una gran
tristeza en la voz—. Cayo, lo que acabamos de hacer estuvo
mal, muy mal. No debemos volver a hacerlo nunca. Los dio-
ses se enfadarían. Tiberio se pondría muy furioso.
Calígula volvió la cabeza en la oscuridad, intentando
captar la expresión de su hermana.
—¿Cómo puede ser malo si nos hace sentirnos tan fe-
lices? ¿Acaso no desean los dioses que seamos felices? —
preguntó quejumbrosamente.
—Los dioses no nos ayudarán si volvemos a hacerlo y
nuestra abuela Antonia nos descubre.
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Era una advertencia que Calígula entendió perfecta-
mente. Antonia, una matrona romana del tipo más rígido y
chapado a la antigua, gobernaba la casa con justicia, pero
con dureza. Su propio hijo, Claudio, tío de ellos, vivía ate-
rrado con ella. El único que no la había temido fue Germá-
nico, pero él era su hijo favorito y, además, había estado la
mayor parte de su vida fuera, en sus campañas guerreras.
Hasta Livia Augusta, honrada con el título de Madre de Su
Patria, esposa del primer emperador de Roma, respetaba a
Antonia. Calígula se estremeció pensando en la posibilidad
de que su abuela le sorprendiese con cualquier tipo de falta.
Calígula y Drusila se prometieron solemnemente no
volver a hacerlo nunca, jamás, no repetir «aquello»… fuese
lo que fuese «aquello» que tanto gozo les había proporcio-
nado.
Las dos noches siguientes, el Sueño dejó en paz a Ca-
lígula. Soñó, por el contrario, con Drusila, y en sus sueños
pudo oler la musgosa fragancia del cuerpo de su hermana y
oír sus jadeos de placer. Despertaba por las mañanas lán-
guido y relajado, fresco. Pero las sábanas de la cama apare-
cían pegajosas, lo mismo que sus muslos, y dio a un esclavo
unas monedas de cobre para que se llevase las sábanas y las
sustituyese por otras limpias. Hubo muchas risas bonacho-
nas entre los esclavos de la casa: ¡Botitas se había convertido
en hombre!
La tercera noche, justo cuando se sumergía en el más
dulce de los sueños, con la mano sujetando firmemente el
pene, oyó un ruido en la puerta, alzó pudorosamente los ojos
y vio a Drusila.
—Yo… me pareció oír que gritabas —tartamudeó—.
¿Era el Sueño, Cayo?
—Sí —mintió él, sabiendo que también ella mentía—.
¡Oh sí, Drusila, sí! ¡Tengo tanto miedo! ¡Abrázame, her-
mana, abrázame!
38
Drusila apartó la sábana y se deslizó en la estrecha
cama a su lado, manteniendo la vista cuidadosamente apar-
tada de la erección que se alzaba en el cuerpo infantil de su
hermano. Un cuerpo de niño, pero un pene de hombre, pensó
Drusila, ruborizándose incluso por saber la palabra.
Al cabo de cinco minutos, ambos gemían y jadeaban
con las bocas unidas y las lenguas entrelazadas. Todos los
instintos de Calígula le dijeron que no debía dejar ni un mi-
límetro de la lustrosa piel de Drusila sin besar y lamer;
cuando le metió la lengua en la oreja y percibió que ella se
apretaba más contra él, supo que había elegido bien. La
obligó a permanecer tumbada, muy quieta, mientras le lamía
el ombligo; deseaba sentir el sabor de su hermana en la boca.
Cuando empezó a maniobrar más abajo, lamiendo y chu-
pando en la maraña de pelo dorado, Drusila lanzó un grito.
Pretendió hacer que parara, pero él la sujetó con sorpren-
dente fuerza y hundió nariz y lengua profundamente en ella
por primera vez.
A Calígula aquello le parecía el paraíso. Ni siquiera el
néctar de los dioses tenía un sabor tan delicioso como su her-
mana Drusila. Lamió ávidamente sus jugos y vio que las ca-
deras de Drusila empezaban a moverse rítmicamente bajo él,
vio que su pubis se alzaba hacia la boca de él. La respiración
rápida y jadeante de Drusila le indicó que estaba alcanzando
el éxtasis, y entonces él redobló sus esfuerzos, utilizando de-
licadamente sus dientes sobre el botoncito de carne sensible
de ella. Los jadeos de Drusila se convirtieron en apagados
gritos y de pronto, tras arquear frenéticamente el cuerpo,
Drusila cayó hacia atrás inerte.
—Basta, Cayo —murmuró—. Basta. Por favor.
Pero Calígula no había hecho más que empezar. Aque-
lla cosa dura que sentía entre las piernas enviaba fuego im-
petuoso a través de su vientre. Sólo había un lugar para apla-
car el ardor de aquel fuego, un oasis de humedad y fragancia.
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Ignorando las protestas de Drusila, le apartó los muslos y
lentamente insertó el pene. Al instante cesó el ardor, que fue
sustituido por un placer indescriptible. Pero no podía entrar
del todo; algo bloqueaba el camino.
—¡No, Cayo, no! —Drusila intentaba apartarle, con la
cara crispada de dolor.
Observándola atentamente, Calígula sacó el pene casi
del todo para volver a introducirlo rozando sólo la obstruc-
ción. Lo sacó de nuevo y lo metió. Sacó y metió. El dolor
reflejado en el rostro de Drusila se transformó en un destello
de placer que le iluminaba los ojos.
Calígula se inclinó hacia delante, apoyándose en los
codos. Tomó uno de los pezones de Drusila entre los dientes
y chupó con fuerza. Entonces ella abrió las piernas del todo,
doblando las rodillas para rodearle el cuerpo.
—¡Sí! ¡Sí! —jadeó, y sintió las manos de su hermana
en las nalgas, urgiéndole a penetrar más en ella. Con una fu-
riosa arremetida, traspasó la barrera. Estaba dentro, todo él;
jamás había experimentado un éxtasis semejante.
Drusila lanzó un agudo grito de dolor y luego sólo hubo
gemidos de placer por parte de ambos, fundidos en un solo
ser. Ninguno de los dos podría decir cuánto tiempo duró.
¿Quién puede definir la eternidad? Pero volvieron a hacer el
amor aquella noche, por dos veces. A la mañana siguiente,
las sábanas estaban manchadas de sangre, y la propina que
Calígula hubo de dar a la sirvienta no fue en cobre, sino en
plata.
Después de aquella noche, no volvieron a separarse. En
cuanto los demás se dormían, ellos se dedicaban a enseñarse
mutuamente cosas… Se convirtieron en expertos, llegaron a
descubrir todos los medios de procurarse placer el uno al
otro. Experimentaron posiciones diversas, algunas tan impo-
sibles que se desmoronaban en el intento entre risas. Una
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noche, no mucho después de la primera, los labios, la boca y
la lengua de Drusila estuvieron a punto de volver loco a Ca-
lígula; a ella le gustó desde el principio el sabor salino de él,
y era insaciable. Otra noche, después de lamer y chupar el
ano de su hermana, consiguió incrustarse allí y encontrar un
nuevo goce. A ella le gustó mucho menos que a él.
Por fin, tal como había temido Drusila, su abuela An-
tonia les sorprendió juntos. La mujer no podía dormir por el
calor y salió al atrio buscando la brisa del jardín. Todos los
pequeños aposentos daban a aquel jardín exterior, y Antonia
oyó susurros en la habitación de Calígula, aunque no podía
captar las palabras. Se acercó silenciosamente y se quedó es-
cuchando en la puerta, que era simplemente una cortina,
como solía suceder en las casas antiguas de la nobleza.
Sus dos nietos estaban acostados allí (desnudos, cuchi-
cheando y riendo) cuando la sombra cayó sobre la cama. Al-
zaron la vista aterrados y se encontraron con la mirada im-
placable de Antonia. Lloraron, gritaron, suplicaron. ¡Sólo es-
taban hablando! ¡No hacían nada malo! ¡Se habían desnu-
dado sólo por el calor! ¡Escucha, por favor, abuela! ¡Por fa-
vor! Pero Antonia estaba hecha de piedra. Además, podía
oler perfectamente el aroma del sexo que aún impregnaba el
aire y sabía captar el sentimiento de culpabilidad cuando es-
taba escrito en las caras de los niños.
A partir de ese momento, Drusila y Calígula fueron se-
parados hasta que se llevó a efecto lo que Antonia dispuso:
que Drusila se casara con Lucio Casio.
Fue la primera vez que Cayo Calígula sintió deseos de
matar, al darse cuenta en la fiesta de bodas que el único amor
que había tenido era entregado a un presuntuoso viejo ro-
mano de pelo canoso. Pero el primer marido de Drusila re-
sultó ser impotente, con lo que nunca descubrió que su es-
posa no era virgen. En realidad, Drusila alcanzó mayor liber-
tad como matrona de la que había tenido de doncella.
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Calígula pudo pasar muchas, muchísimas tardes en sus apo-
sentos, eludiendo a sus tutores y aprendiendo de su hermana
todo lo que deseaba o necesitaba. Llegaron a sentirse más
unidos que nunca, con una importante diferencia…
Ahora, cuando llegaba el Sueño nocturno, no había na-
die que abrazase a Calígula, nadie que disipase la pesadilla.
A sus llamadas sólo respondía un esclavo; sólo había un es-
clavo para traerle una copa de vino mezclada con una pócima
somnífera —jugo de amapolas— que le dejaba tambaleante
y con los ojos nublados todo el día siguiente.
Pero, por otra parte, sus hermanas más pequeñas em-
pezaban ya a hacerse mayores, sobre todo Julia Livilla, cuyo
cuerpo rollizo de trece años maduró pronto, estallando en un
par de lustrosos pechos. Julia Livilla adoraba a Calígula, su
hermano mayor. Respondió a los primeros besos y abrazos
de éste encantada, sobre todo cuando Calígula los acompa-
ñaba de regalos de higos empapados en miel. Al principio,
estaba demasiado prieta y era aún demasiado pequeña, por
lo que Calígula debía contentarse con mordisquearla; pero
era un bocado fresco y delicioso, y nada le agradaba tanto
como que la lengua de dieciséis años de Calígula acariciase
su clítoris (a excepción de los higos con miel, que tal vez le
gustaban un poquitín más). Pero al cabo de unas semanas de
caricias, Julia Livilla se había excitado tanto, había perdido
tan por completo sus temores, que Calígula pudo penetrarla,
por lo menos, parcialmente.
Tardó varios días más en ensancharla lo suficiente para
poder introducirse en ella del todo. Calígula, que aún seguía
bajo el techo de su abuela Antonia y no deseaba que se repi-
tieran los castigos, llevaba a su hermanita a lo más recóndito
de los jardines que rodeaban la casa, a una gruta oculta tras
una catarata natural y junto a una Herma. La catarata apa-
gaba los gritos y jadeos de Julia, mientras que la Herma era
el perfecto testigo mudo: una estatua sagrada de la casa, tan
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vieja que era imposible determinar su antigüedad, dotada de
una erosionada cabeza de cabra y un enorme falo.
Un día, mientras penetraba a Julia Livilla, sintió en sus
testículos una sensación de lo más increíble. Alguien estaba
chupándoselos y lamiéndoselos desde detrás y por debajo.
Una lengua fina y larga penetraba en su ano. Bajó la vista
atónito.
Detrás de él, arrodillada, estaba Agripinilla, su her-
mana de once años.
Hasta entonces, Calígula no le había prestado la menor
atención. Agripinilla tenía el pecho liso como un muchacho
y aún no había llegado a la pubertad. Más tarde, le brotarían
unos pequeños pechos como capullos, pero siguió siendo
flaca y pequeña toda la vida. Sin embargo, parecía nacida
para hacer el amor, y desde el principio fue, incluso, más
audaz y amiga de experimentar que Drusila.
Calígula era ya huérfano. Agripina había muerto, posi-
blemente por su propia mano, empujada a la desesperación
por las persecuciones de Tiberio. Sus hermanos también ha-
bían muerto: Nerón César degollado y Druso César de ham-
bre, en una prisión. Los dos muchachos eran tan populares
entre los romanos que Tiberio ordenó descuartizar sus cuer-
pos hasta convertirlos en pequeños fragmentos irreconoci-
bles. La carne descuartizada no servía para una ceremonia
de cremación digna, que hubiera dado al populacho la posi-
bilidad de llorarles.
Lo único que le quedaban ya a Cayo Calígula eran sus
hermanas, y cada vez se sentía unido a ellas más intensa-
mente. Solía pasar las tardes en casa de Drusila; el dormito-
rio de ésta tenía una puerta que podía trancarse. Allí jugaban
los cuatro hermanos intrincados y maravillosos juegos de lu-
juria, e ideaban nuevos placeres.
Ahora, de pie en la cubierta de la birreme rumbo a un
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destino incierto, Calígula avivaba los fuegos del recuerdo.
Recordó aquel día que Agripinilla hundió por vez pri-
mera la cabeza entre los muslos de Drusila, con su larga len-
gua dispuesta. Drusila lanzó un grito de ofendida protesta,
pero Calígula la hizo callar. ¡Cómo le excitó a él el simple
hecho de observarlas! La lengua de la niña se hundía cada
vez más hondo, arrastrando a Drusila a cimas de éxtasis.
Calígula tuvo una erección inmensa y dolorosa. Hizo
una seña entonces a Julia Livilla, que bajó obediente la ca-
beza y le cogió el pene en la boca. Penetrando hasta su joven
garganta, Calígula contempló los placeres sáficos de sus her-
manas con una pasión similar a la de ellas. (Nunca perdería
su afición a observar a las mujeres hacer el amor.)
Incluso allí, en cubierta de la birreme, oteando junto a
Macrón la temida mota de tierra que iba agrandándose en el
horizonte, agradeció ahora Calígula los gruesos pliegues de
la capa que ocultaban su erección. Achicó sus ojos azules y
miró al capitán de la Guardia. Sí, aquellos tipos velludos y
musculosos le atraían. ¿Y si apartase la ropa, se dijo diver-
tido, y ordenase a Macrón ponerse de rodillas inmediata-
mente ante él y servirle? ¿Cumpliría la orden? ¿Obedecería
Macrón? Algún día, decidió, tendría que comprobarlo.
Cuando tuviese poder sobre todo el Imperio, incluido Ma-
crón. Pero todavía no.
A Calígula le divertía mucho Agripinilla. ¡Qué des-
treza la de aquellos labios! Esperaba que su marido, Marco
Domicio, supiese apreciarla, pero lo dudaba. Después de la
vida sexual que había tenido de niña, ¿qué satisfacción podía
obtener de aquel matrimonio con un viejo ridículo y puri-
tano? De todos modos, ella prodigaba demasiada atención a
aquel mocosuelo suyo, el gordo Nerón, al que había puesto
el nombre del hermano asesinado. ¿Qué clase de futuro es-
taba preparándole a aquel bastardete mimado? (Si Calígula
pudiese haber previsto el futuro, habría temblado de pánico.
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Con una tendencia innata al incesto ya en su diestra boca,
Agripinilla —«pequeña Agripina»— acabaría haciéndose
astuta, ruin y ambiciosa. Su segundo marido sería un empe-
rador, su propio tío, Claudio, a quien asesinaría. Y uno de
sus amantes sería aquel mocoso gordinflón, su detestable
hijo Nerón, que tras convertirse en emperador de Roma vol-
caría sus fantasías más profundas en su madre, pagando a un
asesino para que la degollase y cometiendo luego con su ca-
dáver indignidades indescriptibles.)
Calígula volvió a recordar las tardes que de niño pasó
en feliz sensualidad con sus hermanas. Las posibilidades se-
xuales que podían explorar cuatro personas eran infinita-
mente mayores que las que se podían permitir dos. Él y Julia
Livilla cogían un pecho de Drusila cada uno, y lamían y chu-
paban, mientras Agripinilla actuaba por debajo con la lengua
y con un gigantesco falo de marfil. O formaban un triángulo
de copulación oral mientras la cuarta persona iba de un
cuerpo al siguiente, mordisqueando testículos o insertando
la lengua.
En cierta ocasión, habían visto un esclavo en la plaza
del mercado y lo habían comprado. Era un nubio de más de
dos metros de altura, constitución proporcionada y piel tan
negra como blanca era la de Drusila. Pero su principal atrac-
tivo era que no podía hablar, pues le había cortado la lengua
el cuchillo cruel de un amo anterior.
Como era tan alto y musculoso, y como su pene de
ébano permanecía erecto durante horas, Calígula inventó un
nuevo juego. Se basaba en el Rapto de las Sabinas, tema fa-
vorito del arte y la poesía. Y este nuevo juego era ambas co-
sas.
Sus hermanas eran desnudadas, fingiendo luchar y
oponerse y llorar. Luego, el esclavo les ataba las muñecas
con cintas. Mientras Calígula permanecía sentado en un ta-
burete dorado, las manos ocupadas en el regazo desnudo, el
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esclavo ataba a las tres chicas, sujetando sus manos a la co-
lumna de mármol del aposento, y las violaba luego, una tras
otra, mientras ellas se agitaban y gemían. Al principio el
juego era emocionante, porque resultaba evidente que las
violaciones eran verdaderamente dolorosas. Pero las chicas
pronto se acostumbraron al tamaño y la consistencia del ne-
gro instrumento, y Calígula empezó a aburrirse. Luego, un
día, la inspiración le llevó a susurrar nuevas instrucciones al
esclavo, tras lo cual volvió a sentarse y gozó con los alaridos
de sus hermanas, mientras la inmensa verga negra las sodo-
mizaba. La sesión del día siguiente fue aún más placentera,
pues las chicas se vengaron. Esta vez fue Calígula el atra-
pado por sorpresa, desnudado y sodomizado, mientras sus
hermanas gritaban y se reían de su dolor. Fue una de las ve-
ladas mejores de Calígula.
Pero, pocos días después, Calígula visitó imprevista-
mente a Drusila y se sorprendió al encontrar al esclavo ten-
dido de espaldas en la cama de ella, muy sonriente, contem-
plando cómo su hermosa y rubia ama cabalgaba sobre su rí-
gido pene. Casi perezosamente, el esclavo se incorporaba
para acariciar sus balanceantes senos y estiraba la cabeza
para besarla en la boca. Drusila, semiinconsciente de placer,
hundía profundamente la lengua en la boca sin lengua del
esclavo manteniendo el ritmo de sus movimientos.
¡Hacían el amor a sus espaldas! Lo pagarían. ¡Y cómo!
Calígula pudo contener muy a duras penas el impulso de sa-
lir de su escondite y arrojarse sobre ellos, degollándolos allí
mismo. Pero siguió oculto, observando. Brotaba sudor de to-
dos sus poros. Le consumía una mortífera mezcla de celos y
lujuria. Aunque deseaba desesperadamente apartar la vista
de aquello, no podía desviar los ojos de los entrelazados
amantes. Hasta que no cayeron exhaustos, no se fue Calí-
gula, tan agotado como ellos.
Pensándolo más tarde, Calígula decidió fríamente que
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todo aquello se debía al juego de las Sabinas y que no había
modo de volver las cosas a su cauce. Por tanto, el esclavo se
había hecho inútil. Por tanto (y la lógica de su razonamiento
le hizo reír, sus tutores habían hecho bien su trabajo), podía
prescindirse del esclavo. Así que Calígula prescindió de él,
utilizando venenos secretos que se dedicaba a estudiar pen-
sando en el futuro. Mientras el alto nubio yacía tendido, ago-
nizante, la cara no ya negra sino de un gris verdoso, Calígula
tuvo un extraño pensamiento: Éste es el primer hombre que
he matado. Pero, en quizá no se pueda contar a los esclavos
como hombres. De cualquier modo, era una buena práctica,
y desde luego Drusila tardaría mucho tiempo en volver a in-
tentar una cosa así a sus espaldas.
Ya podía ver ante sí los promontorios rocosos de la isla
de Capri. Una de las principales razones de que Tiberio hu-
biese sentido aquella inclinación por la isla era su difícil ac-
ceso. Sólo había una pequeña playa de desembarco, fácil de
fortificar y defender. El resto de la costa de la isla eran acan-
tilados cortados a pico sobre aguas profundas. En Capri, Ti-
berio se sentía seguro. Sólo hacía falta un pequeño destaca-
mento de soldados para controlar la playa. Los otros podía
utilizarlos en la protección de su propia persona.
Cuando Tiberio abandonó Roma y se trasladó a Capri,
el Imperio ya había empezado a desintegrarse. España y Si-
ria llevaban años sin cónsules-gobernadores. Los armenios
habían invadido el reino de los partos, alentando con su
ejemplo a los germanos para que invadieran la Galia, cosa
que no habrían osado hacer en vida de Augusto. En efecto,
éste había fortalecido el ejército con caudillos como Germá-
nico y lanzado sus legiones por todas partes, para ampliar y
fortificar las fronteras de Roma. Pero Tiberio había acabado
con los mejores generales romanos uno a uno, por medio de
la intriga y del asesinato. No era extraño, pensaba Calígula,
que el Senado estuviese en absoluta decadencia: eran un pu-
ñado de ancianos seniles y temblorosos bajo el puño de
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Tiberio. Si él, Calígula, lograba hacerse con el poder impe-
rial, aquellos viejos decrépitos…
La vista de Capri le hizo sentir de nuevo la boca seca.
El miedo al Sueño se apoderaba otra vez de su espíritu.
¿Cómo le recibiría Tiberio? ¿Le trataría amablemente, como
su heredero elegido, o le esperaban el veneno o la espada?
¿Tal vez se conformase con retenerle prisionero como en el
último viaje?
Calígula había ido a Capri la primera vez por invitación
de Tiberio, a los diecinueve años. Demasiado crecido para
sus ropas infantiles, tenía que ponerse ya la toga virilis, afei-
tarse la barba y empezar a ser aceptado como hombre. Su
abuelo Tiberio debía ser su valedor en la ceremonia, así que
Calígula embarcó para Capri, muy en contra de sus propios
deseos; le habría gustado esconderse debajo de la cama, a ser
posible la de Drusila.
La ceremonia de acceso a la vida adulta fue breve, se-
gún recordaba Calígula. Dejando la toga infantil con su re-
mate color púrpura, la toga praetexta, había aceptado de ma-
nos de Tiberio la toga virilis, la vestidura de un blanco in-
maculado de la virilidad. Luego había ofrendado el primer
vello de su rostro en el altor de la diosa Venus, protectora y
madre divina de la familia Claudia. Y eso había sido todo.
Cuando sus hermanos Druso y Nerón alcanzaron la
edad correspondiente, hubo fiestas públicas, juegos en el
circo, discursos en el foro, y se distribuyeron panes y mone-
das entre los ciudadanos. Sin embargo, ni todas las fiestas
del mundo pudieron salvar sus vidas. ¡Brrrr! Calígula se es-
tremeció. Traía mala suerte hacer estas comparaciones, y era
muy mal augurio envidiar a los muertos sus glorias en la
vida. Calígula escupió tres veces en el mar, para ahuyentar
la mala suerte.
Aquella primera vez en Capri, Calígula había acabado
siendo más prisionero de Tiberio que invitado suyo. No
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había medio de salir de la isla. Además, vivía aterrado por
su abuelo, le seguía como su sombra y temía hablar por no
contradecirse. Era tan patente el respeto que sentía por Tibe-
rio que años después Roma diría de Calígula que nunca ha-
bía habido mejor esclavo y peor amo.
En cuanto a Tiberio, se mostraba bastante afable, cari-
ñoso incluso, con Calígula. Había llegado a buscarle esposa,
una nulidad de buena familia, Junia Claudilla, que tuvo el
buen sentido de morir de parto, junto con el recién nacido.
Calígula se encogió de hombros al enterarse, manifestó los
debidos signos externos de aflicción, y nunca volvió a pensar
en ella.
Él era, en principio, el heredero. Ahora que había
muerto el hijo de Tiberio, Druso, el emperador solía referirse
a Calígula como su sucesor. Pero Calígula tenía sus dudas.
Tiberio tenía un nieto propio, el pequeño Tiberio Gemelo,
hijo de Druso. ¿O no era hijo de Druso? Había corrido el
rumor de que no lo era, de que el pequeño Gemelo tenía por
padre al lujurioso y adúltero asesino Sejano, capitán de la
guardia pretoriana. Sejano y Livilla, la esposa de Druso (hi-
jastra de Tiberio y tía de Calígula), habían tenido durante
años una relación secreta.
Pero Tiberio, que solía atajar las murmuraciones con
malévola avidez, prefirió desoír ésta en concreto. No era
tanto que el emperador se preocupase mucho por su hijastra,
como el hecho de que por entonces Sejano no podía hacer
nada malo a ojos de Tiberio.
En aquellos tiempos, Sejano era quien mandaba en
Roma y su poder sólo cedía ante el del propio Tiberio, de
quien era cómplice en el crimen. Instándose uno a otro, so-
metieron los dos a Roma a un baño de sangre tan tiránico
que no hubo familia de la nobleza que quedase intacta.
Calígula vivía aterrado, aterrado durante el día y ase-
diado durante la noche por el Sueño. No podía contar con el
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afecto de Tiberio, que llegaba y desaparecía como la niebla,
y esperaba que cualquier día arrojasen su cuerpo mutilado
desde un acantilado al mar, uno de los pasatiempos favoritos
de Tiberio en Capri. A Calígula le habían prometido el Im-
perio, pero el viejo no mostraba indicio alguno de cederlo.
Tenía más de setenta años y estaba más fuerte y era más tor-
tuoso que nunca. Sin duda Calígula le caía simpático, pero
de todos modos mostraba poco afecto por el muchacho.
—Baila, botitas —le decía, derramando el vino de su
copa griega pintada—. Baila la danza de Calígula.
Y el joven, sintiéndose imbécil, todas las miradas fijas
en él, tenía que iniciar la danza que los soldados habían
aplaudido cuando era niño. Saltando primero sobre un pie y
luego sobre el otro, Calígula percibía las risas maliciosas y
los resplandecientes ojos del viejo, aquellos ojos rapaces del
Sueño, temblando de miedo.
Cómo echaba entonces de menos a Drusila, cómo an-
helaba su comprensión y su amor, además de los voluptuo-
sos encantos de su cuerpo… Aunque ciertamente había te-
nido más que suficiente en cuanto a cuerpos. Tiberio, al des-
cubrir en su nieto adoptivo una amplia veta de perversidad
que era como un eco de la suya, le inició en los «placeres»
de Villa Io. Calígula penetró en un torbellino de sensualidad
demencial, en que dolor y placer se mezclaban en partes tan
iguales que era imposible distinguirlos. En Villa Io aprendió
los goces de la tortura y el poder absoluto sobre los cuerpos
ajenos, aun los de aquellos que no eran esclavos. Despertó
en él un gusto por lo depravado, un ansia de placer sádico
que aún necesitaba satisfacer. Pero las cosas eran distintas
ya. No tenía diecinueve años, tenía veintiséis y Tiberio se-
tenta y siete. Sejano había muerto al fin. Tiberio había sabido
al fin la verdad, es decir, que Livilla y Sejano, los amantes
culpables, habían asesinado a Druso, único hijo de Tiberio.
Quizá no fuesen mal las cosas en Capri, después de todo.
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Quizá Tiberio, comprendiendo que Gemelo podría no ser su
legítimo nieto, declarase heredero suyo a Calígula y lo co-
municase así al Senado y al pueblo de Roma. Ellos no se
negarían a hacerle emperador. Era el favorito del pueblo: su
niño mimado, Botitas.
Por otra parte (y Calígula sintió que le daba un vuelco
el corazón al pensarlo), era igual de razonable que Tiberio le
hubiese hecho ir a Capri para matarle, muy probablemente
envenenándole, justo porque era el favorito del pueblo y el
único hijo que quedaba de otro favorito del pueblo. Quizá
Tiberio supiese que Roma no le perdonaría jamás que matase
a Calígula, pero allí, en Capri, podía organizarse un «acci-
dente» tan lamentable como oportuno. ¡Pobre Botitas, qué
tragedia, tan joven! Podría haber sido un excelente empera-
dor, si los dioses le hubiesen permitido sobrevivir.
Era un día espléndido, pero Calígula se arropó aún más
con la capa cubriendo su cuerpo tembloroso. La quilla de la
nave rozaba ya la arena. Habían llegado a Capri.
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emperador.
Calígula se volvió. Vio ante sí a un oficial apuesto,
aunque gastado por los años y canoso ya. Tenía el puño so-
bre el pecho en respetuoso saludo. La pluma que llevaba en
el casco y la insignia del peto indicaban que tenía el rango
de coronel. Había en él algo que a Calígula le resultaba fa-
miliar; estaba seguro de conocer aquel rostro.
—Gracias —contestó airosamente—. Vaya… ya sé…
no me lo digas… tú estuviste con mi padre…
Los ojos del coronel se iluminaron de satisfacción al
ver que el joven le reconocía. Después de todo, hacía mucho
tiempo ya; el príncipe era sólo un niño.
—Querea, príncipe. Casio Querea. Estuve con tu padre
en Germania. Solía llevarte a cabalgar conmigo… con aque-
llas botitas que tenías…
Pero Calígula ya no escuchaba. Su rostro se crispó
consternado y miró a su alrededor. Allí estaba la estatua de
Tiberio, un Tiberio más grande y mucho más joven que en
la realidad. Pero faltaba algo. Algo importante.
—¿Dónde… perdón que te interrumpa, pero dónde está
mi estatua?
La perplejidad contrajo la tostada frente del oficial Ca-
sio Querea.
—No lo sé, príncipe. Acaban de asignarme al servicio
de la casa imperial.
Furioso y un poco asustado, Calígula percibió que su
voz se volvía más aguda, que subía de tono: —Alguien la
retiró. ¿Quién?
Ya había empezado a agruparse alrededor de Calígula
una multitud de solicitantes, pues le habían reconocido por
la faja púrpura de la toga y la dorada corona de la cabeza.
Había solicitantes que esperaban encontrar a alguien cercano
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a Tiberio, alguien que les ayudase a resolver sus problemas
legales y financieros. De todas partes brotaban documentos
y pergaminos envueltos en tela; manos extendidas tiraban de
la capa de Calígula y le agarraban del brazo.
—Señor, lleva esto al emperador —gritó un hombre,
aproximando peligrosamente un grueso pergamino a la cara
de Calígula.
—Llevo meses esperando para ver a tu glorioso abuelo
—gimió un segundo.
—Bendice a Tiberio por mí, señor —masculló una
vieja arpía desdentada.
—¡Justicia para mi familia, señor…!
Calígula se abrió paso impaciente entre la chusma de
suplicantes, empujando a los más audaces para pasar. Sólo
tenía una cosa en el pensamiento. Su estatua. La ausencia de
la estatua cobraba un significado aterrador. Se le había eri-
zado el pelo de la nuca y tenía carne de gallina en los brazos.
Querea y dos de sus hombres trotaban tras Calígula,
abriéndose paso entre la multitud. Calígula estaba ya detrás
de la estatua de Tiberio y Querea vio que se detenía brusca-
mente; luego le oyó lanzar un grito de angustia. Allí, consi-
derablemente más pequeña y hecha de un mármol de calidad
inferior, estaba la estatua de Cayo Calígula, tirada en el
suelo.
—¿Quién hizo esto? —aulló Calígula, con la cara cris-
pada de pánico.
—No tengo ni idea, pero… —empezó balbuceando
Querea.
En aquel momento, un obrero que vestía el delantal de
cuero de los canteros, se acercó a ellos, limpiándose el polvo
de la cara con el dorso de la mano.
—Fuimos nosotros, señor —dijo a Calígula.
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La cólera crispó el rostro del joven.
—¿Por orden de quién?
El cantero movió la cabeza.
—De nadie, señor. Estábamos reparándola, nada más.
Calígula sintió un gran alivio, sus ojos azules se ilumi-
naron risueños. No era un mal augurio, en realidad. No tenía
ninguna significación, ninguna. Lo veía claramente. La esta-
tua tenía algunas zonas erosionadas. Estaban arreglándola.
Claro. Quedaría mejor que nunca. No corría peligro. De mo-
mento.
—Ah —suspiró feliz, contemplando su imagen tallada
en mármol.
Luego, Calígula miró maliciosamente a aquel oficial
romano de duros rasgos.
—¿Cuál es más bella, Querea? —dijo acariciando su
propia cara suavemente con los dedos—. ¿Ésta?
Luego, tocando la estatua con el pie, añadió:
—¿O ésta?
El coronel le miró perplejo.
—¿Bella? No sé, señor. En fin… Bueno, el parecido es
muy grande… pero…
Era evidente que no estaba preparado para un rasgo de
maliciosa vanidad como aquél por parte del príncipe. ¿Cómo
podía hacer aquello un hijo de Germánico? ¿Cómo podía de-
cir aquello aquel niño que, vestido con la indumentaria de
los soldados, había montado en el caballo de Querea igual
que un legionario romano adulto?
Pero Calígula se había vuelto, molesto.
—¿Está bien de salud mi amado abuelo? —preguntó
con un tono de fingido interés.
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Aquí Querea estaba en territorio seguro.
—Excelente, gracias al cielo —exclamó.
—Gracias al cielo —repitió Calígula, según la fórmula.
—Piensa ir de nuevo a Roma. A ver al Senado. A ver a
su pueblo…
—Ha sido mucho tiempo, ¿verdad?
Calígula sonrió vagamente y señaló a la multitud de so-
licitantes que, al ver que habían captado su atención, inten-
taron desbordar a los soldados, sin dejar de agitar sus perga-
minos y peticiones.
—Mírales. Llevan más de diez años sin ver a su empe-
rador. ¡Qué triste es eso para ellos!
—¿Estáis preparado, príncipe? —preguntó el coronel.
—¿Preparado?
—Para subir a la montaña, señor. El emperador te
aguarda. Ya están las mulas ensilladas a tu disposición.
Calígula tomó aliento y asintió. Estaba tan preparado,
suponía, como lo había estado siempre.
El viaje hasta la villa, por los acantilados, era lento,
pues sólo había un camino y era casi intransitable en varios
puntos. Pero Tiberio había elegido Capri años atrás por esa
misma razón: su inaccesibilidad. Ya antes de recluirse en Ca-
pri había procurado el emperador aislarse de las multitudes
a las que tanto despreciaba. Primero abandonó Roma para
trasladarse a Campania, donde tenía apostados guardias que
le protegían de la gente y hacían cumplir sus edictos prohi-
biendo que nadie perturbase su intimidad. Pero llegó a odiar
también la Campania, porque era tierra firme y de fácil ac-
ceso para Roma y los romanos.
Capri le pareció ideal. Era un lugar aislado: casi cinco
kilómetros de agua la separaban del extremo del
56
promontorio de Sorrento. Aparte de la pequeña faja de playa
donde había desembarcado Calígula, carecía de puertos, y
bastaban unos cuantos centinelas para guardarla. El clima
era suave en invierno y espléndido en verano. Por eso Tibe-
rio hizo construir Villa Io en Capri. La finca incluía en reali-
dad doce villas independientes, exquisitas todas ellas y real-
zando cada una el conjunto con su nombre. Los romanos,
que habían oído hablar de las increíbles licencias a las que
se entregaba Tiberio en su prostíbulo privado, no llamaban
al lugar Villa Io sino Villa de los Monstruos. El nombre ha-
bía cuajado y a Tiberio en realidad le divertía. Decidió dar a
los romanos motivo para sus murmuraciones. Con el tiempo
toda la isla de Capri pasó a llamarse en Roma «Caprineum»,
un nombre basado en la palabra latina «capra», cabra, apli-
cada a los hábitos licenciosos de Tiberio.
Fue como si, al refugiarse en Capri, se produjese en el
emperador una transformación mágica. Había sido siempre
tiránico y despótico, cruel y colérico. Pero, durante más de
sesenta años, se había comportado como un soldado romano.
Con la moral tosca pero honrada de un soldado. Cuando le
nombraron emperador pasó por una fase claramente puri-
tana, en la que decretó nuevas leyes, más estrictas, contra el
adulterio, expulsando de Roma a los spintriae, los prostitu-
tos vestidos con ropas femeninas. Pero al construir la villa y
apartarse de los ojos atentos y las lenguas ágiles de los ro-
manos, empezó a entregarse a perversiones y prácticas de-
pravadas a un ritmo que compensaba sobradamente toda una
existencia de conducta decente. Ahora, los mismos spintriae
que había expulsado de Roma figuraban entre sus acompa-
ñantes favoritos.
Calígula, cruzando el pedregoso paso montañoso que
llevaba hasta la villa, no veía los impresionantes panoramas
que se abrían a cada vuelta del camino. No tenía ojos aquel
día para la belleza, ni ánimos para contemplar el cielo, el mar
y los rayos de sol que brillaban sobre el agua profunda.
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Todos sus pensamientos se concentraban en su abuelo, en lo
que le esperaba. ¿Por qué le habría mandado llamar? ¿Por
qué le habría hecho ir allí, a Capri? ¿Cuánto tiempo pensaba
retenerle esta vez? ¡Que no sean años, por favor, Isis, proté-
geme! ¡No le permitas retenerme aquí otra vez durante años!
Pero, ¿cuántos años hacía que se había retirado allí Ti-
berio? Como un millar, se dijo lúgubremente Calígula. Des-
pués de todo, ¿por qué debía morir allí? El emperador dispo-
nía del mejor de todos los mundos posibles, asentado allí
arriba, seguro y cobijado en aquel reino íntimo, protegido
por media legión de los soldados más fuertes, entretenido por
diversiones tan licenciosas y depravadas que si Roma cono-
ciese toda la verdad su boca colectiva se abriría incrédula.
Jamás había existido lugar tan vil ni tan hermoso como aque-
lla Villa de los Monstruos, se dijo Calígula, y luego la última
vuelta del camino le brindó la primera visión del lugar.
La villa principal, que se divisaba desde la cima del ca-
mino, tenía la fachada de mármol blanco de Luna, de modo
que brillaba al sol y deslumbraba a los visitantes. Calígula
alzó un brazo para proteger los ojos de los reflejos del már-
mol y luego sonrió. El viejo zorro. Intentaba atraparte de to-
dos los modos posibles, impresionarte y hacerte sentir in-
quieto al mismo tiempo.
Habían cruzado ya la verja principal, habían pasado
ante el primer pelotón de soldados. Éstos saludaron respe-
tuosamente, pero Calígula tuvo la sensación de que rendían
pleitesía más al coronel que a él. Luego, vio a Nerva, que se
acercaba bajando el sendero de piedra a recibirle, y ajustó
sus vestiduras e hizo una tentativa ineficaz de alisarse el
pelo. Marco Cocceius Nerva, senador de Roma, producía es-
tos efectos en la gente.
En Roma decían que cuando Tiberio había abandonado
la ciudad se había llevado consigo parte de ella a Capri en la
persona de Nerva. Y, verdaderamente, formaban una extraña
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pareja, el emperador degenerado y su consejero, aquel patri-
cio chapado a la antigua, rígido, moralista, estricto. Cuando
Tiberio se deshizo por fin de su viejo compañero de críme-
nes, el malvado Sejano, intensificó aún más su relación con
Nerva, cuya nobleza contrastaba claramente con la degene-
ración del emperador. ¿Por qué no volcaba nunca Tiberio su
salvajismo en Nerva? Parecía existir en Tiberio una pro-
funda necesidad psicológica que le movía a seguir relacio-
nándose con las mejores cualidades de sí mismo, quizá no
del todo perdidas y personificadas en Nerva. En cuanto a
éste, parecía servir al imperium, el poder, más que a la per-
sona del emperador. Actuaba como guía y conciencia de Ti-
berio en los raros momentos en que éste atendía a la voz de
la cordura y la razón.
Nerva era la imagen ideal de la Roma senatorial. Su
arrugado rostro mostraba unos rasgos que reflejaban integri-
dad moral; con la cabeza permanentemente erguida sobre un
cuello flaco y larguirucho, de su cara brotaba, como la proa
de una nave, una nariz flaca y aguileña. Mantenía siempre el
cuerpo firmemente erguido. Hasta su cabeza calva parecía
hecha para sostener los laureles del honor y la victoria. Su
toga era impecable, de un blanco niveo, de la mejor lana de
cordero. Por aquel entonces, entre los senadores era moda
llevar en sus togas una faja mucho más ancha y púrpura de
lo que la ley indicaba. Pues bien, la faja púrpura de la toga
de Nerva tenía la anchura exacta que marcaban las antiguas
leyes, ni un milímetro más ni un milímetro menos. Y, según
advirtió Calígula, no era la púrpura romana barata, más gra-
nate que púrpura, sino la auténtica púrpura de Tiro, por la
cual habían dado sus vidas miles de pequeños moluscos. Una
faja como aquella debía costar tanto como una esmeralda.
La digna figura de Nerva hacía sentirse, como siempre,
incómodo a Calígula. Su indumentaria parecía un derroche
exagerado frente a la del senador. Calígula odiaba a Nerva.
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Mientras caminaban hacia la villa, Calígula advirtió
más hombres armados en posición de firmes en el pórtico.
Tiberio tenía allí un pequeño ejército; debía costarle a Roma
una fortuna alimentar a todos aquellos soldados.
Nerva no perdió tiempo e inició inmediatamente su
vieja letanía. Tiberio debía estar en Roma, no en Capri. El
poder debía volver a su sede.
—Diez años son mucho tiempo para que un emperador
esté oculto —dijo con gravedad.
—Pero, si es feliz aquí… —contestó Calígula, con bien
disimulado recelo.
—Yo me sentiré feliz cuando regrese a Roma —dijo
Nerva.
Ahora atravesaban la villa, una serie de edificios y jar-
dines enlazados con porches de columnas y patios, todos
guardados por hombres altos con armadura completa, aun-
que hacía mucho calor para principios de marzo.
—¿Y cómo está? —preguntó Calígula, con una mezcla
de ansiedad y preocupación en la voz.
—Viejo. Como yo —Nerva lanzó un leve suspiro.
Calígula se mordió los labios.
—Quiero decir, bueno… cómo está…
—¿De humor?
—Sí.
—Como el tiempo —dijo Nerva sonriendo.
Calígula miró al cielo. No se veía una nube.
—El tiempo es bueno… hoy —dijo.
—Pero aún estamos en invierno —comentó Nerva, sa-
biendo que el comentario inquietaría a Calígula.
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Nerva miró con dureza al flaco joven que caminaba a
su lado. Su vestimenta era un derroche impropio de un ro-
mano. El muchacho parecía un prostituto persa. Nerva ar-
queó los labios en un gesto despectivo. Bordes dorados en
sus vestiduras, hilos de oro en la túnica. Hasta las fíbulas que
abrochaban su capa eran de oro y tenían forma de cabeza de
león. Según las leyes suntuarias de Roma, el muchacho de-
bería ser castigado con la pena de muerte por andar ataviado
con aquel lujo excesivo. ¡En qué se estaba convirtiendo
Roma! Aquella engalanada muñeca, aquel títere vestido de
oro, sería muy probablemente el próximo emperador.
Pero Calígula acababa de llegar de Roma, y debía co-
nocer informaciones útiles. Nerva cogió del brazo al mucha-
cho.
—Tengo entendido que el mes pasado se condenó a
muerte, por traición, a siete de mis colegas del Senado —
dijo roncamente, esperando confirmación.
—En realidad fueron nueve —contestó tranquilamente
Calígula—. Y cinco de ellos burlaron al verdugo. Se ejecu-
taron ellos mismos. Una falta de consideración, ¿no te pa-
rece, Nerva?
Y una sonrisa jugueteó en sus labios mientras miraba
al anciano.
—Eran hombres buenos —musitó Nerva con tristeza.
La malicia brilló en los ojos azules de Calígula.
—Si eran hombres buenos —dijo muy despacio, pro-
nunciando cuidadosamente cada sílaba—, ¿por qué se les
consideró culpables de traición contra mi amado abuelo?
Nerva apartó sus pensamientos de Roma y contempló
al joven que se alzaba burlón ante él.
—Tienes el don de la lógica, príncipe —dijo seca-
mente, y luego guardó silencio durante el resto del camino.
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Una doble hilera de soldados guardaban la entrada de
la piscina descubierta de Tiberio, apostados ante el enrejado
cubierto de parras que aseguraba la intimidad del emperador.
La villa en sí tenía una casa de baños completa y dos
pequeñas piscinas interiores, pero Tiberio creía que las aguas
de aquella piscina exterior, alimentadas por la corriente de
un arroyo, poseían saludables propiedades minerales que le
mantenían joven. Y, en consecuencia, aquel se había conver-
tido en su lugar favorito. Siempre que hacía buen tiempo se
bañaba allí. Y como se sentía particularmente vulnerable
cuando estaba desnudo, el emperador insistía siempre en que
formaran la guardia por lo menos doce de sus legionarios
más valerosos.
Aquellos soldados eran altos para ser romanos. Sus pe-
tos lucían la insignia de la guardia escogida del emperador:
una serpiente que se mordía la cola. Calígula irguió instinti-
vamente los hombros y caminó más estirado, mirando a los
soldados como si fuese un oficial al mando.
Advirtió de pronto que uno de los guardias se tamba-
leaba ligeramente. Se acercó más. Sí, no había duda. Aquel
olor acre del aliento del soldado procedía del áspero vino que
trasegaban los soldados en todo el Imperio.
—¡Eh, tú! —aulló.
—¿Sí? —preguntó el centinela, con un gesto de temor.
—Da un paso al frente.
El soldado se adelantó inseguro.
—¡Borracho! —gritó Calígula.
—¡Oh, no, señor! —balbució el aterrado centinela.
Un oficial se acercaba ya precipitadamente a Calígula,
preocupado.
—¡Sustituye a este hombre! —ordenó Calígula con
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torva expresión.
—Sí, príncipe.
Un jardín lleno de granados y arbustos ornamentales
conducía hasta la piscina de Tiberio, situada al fondo de una
gruta. De detrás de los arbustos llegaban risas agudas; los
juguetes del emperador correteaban por el jardín como rato-
nes, esperando que éste terminase su baño.
La piscina propiamente dicha era ampliación de una
balsa natural. Tenía profundas paredes de áspera piedra, ero-
sionada por siglos de agua comente, y la alimentaban arro-
yos de aguas minerales que se mezclaban en el centro en un
remolino. Sobre los bordes de la piscina crecían flores sil-
vestres y musgo, plantados allí para subrayar la sensación de
que se trataba de un lugar absolutamente natural, poblado de
faunos, centauros, ninfas y el propio dios Pan.
Sí, Pan, no hay duda, pensó Calígula, mientras miraba
fijamente las aguas oscuras contemplando una figura que se
alzaba, se hundía y volvía a alzarse para sumergirse de
nuevo.
De pronto, dando un grito, el individuo afloró a la su-
perficie y se irguió, con los escasos mechones de pelo que
rodeaban sus orejas erizados como los cuernos de un luju-
rioso cabrito. El emperador Tiberio César, que llevaba sólo
una fina túnica empapada y pegada a su viejo pero aún fuerte
cuerpo, agitó un brazo alegremente saludando a su nieto.
—¡Calígula! —gritó.
Sintiendo una mezcla de respeto, miedo, repugnancia y
pavor, Calígula bajó hasta la piscina y se acuclilló en el
borde rocoso. Ávidamente, apretó la mano que Tiberio le
tendía, y la besó.
—Señor… mi querido abuelo… gran César… —mur-
muró.
63
Mirando a la piscina, vio las confusas figuras de lo que
parecían dos grandes peces nadando alrededor de las piernas
de Tiberio. Los «peces», retozando como delfines, chapotea-
ban y jugaban, buceando bajo la túnica del viejo.
—¡Dedícame tu baile, muchacho! —gritó Tiberio.
—¿Mi baile? —preguntó Calígula, sorprendido.
—Sí —dijo Tiberio con una carcajada.
Resultaba sobrecogedor contemplar aquel rostro, viejo,
enrojecido, con la piel tan arrugada y fofa que la prominente
nariz llena de venas rojizas sobresalía ostentosamente como
un grotesco apéndice. Además, aquel rostro estaba salpicado
de llagas abiertas y supurantes. Calígula sintió un nudo en la
garganta y tragó con firmeza para ahogar las náuseas. Tibe-
rio padecía desde hacía años la enfermedad de las prostitutas
que las legiones habían traído de las Galias, Egipto y Persia,
enfermedad que convertía normalmente a quienes la pade-
cían en pústulas ambulantes. Pero Tiberio aún se las arre-
glaba para funcionar normalmente, e incluso para transmitir
a otros la enfermedad.
—Sí, tu baile. El que tanto les gustaba a los legionarios
de tu padre. ¡Vamos, Botitas!
Luego, al ver que Calígula vacilaba, Tiberio ordenó:
—¡Baila!
Levantóse Calígula y empezó a moverse torpemente,
arrastrando los pies. Sus movimientos fueron convirtiéndose
lentamente en un zapateado. Manteniendo el ritmo mental-
mente, saltó sobre un pie y sobre el otro en su pequeña danza
militar. Se sentía como un niño de seis años, sobre todo por
estar allí Tiberio mirándole desde la piscina con malévolo
gozo, mientras Nerva observaba impasible.
Entonces, los dos «peces» salieron a la superficie con
un sonoro chapoteo. Eran un niño y una niña, de unos diez
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años. Los dos estaban desnudos.
Tiberio desvió su atención de Botitas y su danza.
—Vaya, pececillos míos —exclamó cordialmente—.
Muy bien. ¡Venid los demás! —llamó.
De detrás de los matorrales y del interior de la gruta
salieron una docena de risueños niños, más o menos, todos
ellos desnudos. Eran los niños y niñas cuyas risas había oído
Calígula al aproximarse. Se lanzaron a la piscina y empeza-
ron a nadar alrededor del emperador, cabrioleando entre las
piernas del viejo, lamiendo y mordisqueando sus muslos y
sus genitales. Tiberio se retorcía de risa. Aquellos niños eran
sus últimos juguetes, su entretenimiento más reciente.
—¡Banco de pececillos! —gorjeó—. ¡Oh, mis lindos
pececillos!
Calígula aflojó el ritmo de la danza mientras contem-
plaba a Tiberio y a los niños. Al parecer, eran ciertas las his-
torias que había oído en Roma, los rumores más recientes
sobre los excesos del emperador. Hasta parecía casi seguro
que fuese cierto el peor de tales rumores: que Tiberio había
cogido a un niño de pecho de los brazos de su madre y le
había dado a chupar su pene.
—Basta ya, muchacho. Tienes que dar clases de baile
—dijo Tiberio riéndose, y el baile de Botitas cesó.
Calígula se preguntaba con cierta angustia cuál sería el
siguiente movimiento de Tiberio.
En ese momento se adelantó Nerva, la encamación de
la noble dignidad.
—César, ¿puedo presentarte los documentos que has
de firmar? —preguntó, como si Tiberio estuviese en una
gran casa de baños de Roma, hablando del Imperio con sus
senadores, en lugar de hallarse jugando a lujuriosos juegos
sexuales con niños nadadores.
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—Claro, mi viejo y buen amigo, claro —contestó Ti-
berio con una cordial sonrisa—. Pero cuando vuelvas, quiero
que instruyas al príncipe… como me instruyes a mí.
Con una solemne inclinación, Nerva se fue a buscar sus
documentos.
—Dame la mano —ordenó Tiberio, y Calígula se apre-
suró a obedecer, inclinándose y sacando del agua al empera-
dor.
¡Por Isis, cuánto pesaba! Aunque delgado, Tiberio era
alto y huesudo, y además, ahora se añadía a su peso el del
agua que empapaba la túnica. Calígula se tambaleó y a punto
estuvo de caer, pero logró por fin subir a Tiberio al borde de
la piscina, donde el viejo se sentó con las piernas colgando
dentro del agua.
Hizo una seña a un chico y una chica, que salieron de
la piscina y se acurrucaron al alcance de sus marchitos bra-
zos.
—¡Bien, bien, pececillos! ¡Volved a vuestro acuario!
Obedientes, los otros niños salieron del agua y corrie-
ron hacia el interior de la gruta. Acariciando a los dos que
quedaban a su lado como gatitos, dijo: —Siéntate, Calígula.
Y éste, levantando la costosa túnica lo más posible para
no mojarla, se acomodó junto a Tiberio y dejó que sus pies
se sumergieran en el agua de la piscina. Se sentía como en el
pasado, cuando le llamaban la sombra de Tiberio, mitad ex-
pectante, mitad aterrado.
—¿Me quieres? —preguntó bruscamente Tiberio, su-
mergiendo a su nieto en la perplejidad.
—¿Qué…? Bueno… yo… Claro, señor. Bueno… tú
eres… —Calígula tartamudeaba torpemente.
—Debes quererme —interrumpió impaciente Tibe-
rio—. He respetado tu vida. En contra del consejo de todos,
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debes saberlo.
Miró fijamente a su nieto, enarcando las mojadas y tu-
pidas cejas. La venda que llevaba en el puente de la nariz se
arrugó.
—¿Por qué dices esas cosas tan horribles de mí? —
atronó de pronto.
Sobrecogido de terror, Calígula pensó que había lle-
gado su última hora.
—¡No es verdad, César! —logró balbucir; le castañe-
teaban los dientes—. ¡De veras!
—Me han dicho que rezas a menudo por mi muerte —
continuó implacable Tiberio.
¿Qué repugnante espía habría transmitido aquella in-
formación? El viejo tenía ojos y oídos por todas partes. Si
sobrevivía a aquello, juró Calígula, localizaría al chismoso y
le cortaría la lengua en pedacitos, arrancándole luego el co-
razón.
Empezó a protestar:
—Por el cielo, te juro…
Pero Tiberio ya no le escuchaba. Sujetando al niño so-
bre el regazo, le hacía cosquillas en los genitales, cogiéndole
las bolitas, manipulando su pequeño pene. El niño se estre-
mecía de placer y la niña reía contemplándolo.
—De todos modos, mis pececitos me quieren. ¿No es
cierto? —Tiberio dio un pellizquito al niño en el pene.
—Sí, buen tío…
—Me llaman tío —dijo Tiberio con una risilla go-
zosa—. Son una delicia, ¿verdad? Tan pequeñitos. Aún sin
corromper.
Luego, apartó al niño, cogió a la niña y tanteó su pubis
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sin vello, acariciando su pequeño clítoris con sus dedos de
viejo hasta que la niñita se estremeció gozosa.
—Hago todo lo posible por proteger su inocencia —
continuó el viejo hipócrita—. Es lo menos que puedo hacer
en este mundo loco.
Dio unos cuantos pellizquitos a la niña en los pezones,
y luego, bruscamente, echó a las dos criaturas al agua.
—¡Marchaos ya!
Los niños nadaron de prisa cruzando la piscina, salie-
ron de ella y entraron corriendo entre risas en la gruta mos-
trando sus pequeños traseros mojados y resplandecientes.
Por entonces, Calígula ya había recuperado el control
de sí mismo. El apresurado batir de su corazón se aplacaba,
y su sangre aterida corría de nuevo cálidamente por sus ve-
nas. Era evidente que su abuelo no estaba de humor para ase-
sinatos.
—Soy viejo —dijo Tiberio con tristeza.
—Pero eres fuerte, viril… y… —Calígula iniciaba el
ritual de las protestas de rigor.
Tiberio movió la cabeza con una expresión melancó-
lica en su rostro arrugado.
—De toda mi familia, sólo quedáis tú y el niño Tiberio
Gemelo. Todos los demás… desaparecieron. Por obra del
Destino. Es el Destino, Calígula, quien nos rige. No un dios
ni una diosa.
Sí, pensó Calígula, si puede llamarse Destino al ver-
dugo.
—Lo sé, César… —dijo.
—Ojalá lo supieras —interrumpió Tiberio con el
mismo tono pío—. Pero no es así. Tú adoras a Isis, cosa con-
traria a la ley, que se castiga con la muerte.
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Calígula creyó que iba a desmayarse víctima del
miedo. ¿Cómo podía saber aquel hombre todo lo que pasaba
en Roma, no sólo lo que se decía y se hacía, sino también lo
que se pensaba y sentía? Tenía espías por todas partes. No
se podía confiar en nadie. ¿Era éste el motivo de que le hu-
biesen llevado a Capri? ¿Tendría pensado ejecutarle? El
mundo empezó a ensombrecerse. Se le nublaba la vista, no
oía ya nada. El terror le vencía.
—No. No… yo no… Por favor… —balbucía, ahogado
por una semihisteria—. Créeme, abuelo… César… te juro…
—Soy indulgente —dijo Tiberio con un suspiro, go-
zando en realidad con la angustia de Botitas.
Calígula sudaba realmente: tenía el pelo ralo de la parte
superior de la cabeza empapado y pegado al cuero cabelludo.
—Eres joven. Y estúpido. Ayúdame a levantarme.
Calígula se levantó rápidamente y ayudó al anciano a
ponerse de pie. En seguida se adelantó una figura oscura del
enrejado cubierto de parras que había junto a la piscina. Era
una africana de unos quince años, el cuerpo ungido y res-
plandeciente. Iba descalza y desnuda, salvo por un taparra-
bos, y tenía unos pechos perfectos, unas esferas grandes de
ébano coronadas de negros pezones. Alrededor del cuello
llevaba alambres dorados, sus dedos estaban cubiertos por
anillos de oro y un arco de oro le atravesaba la aleta izquierda
de la nariz. Se puso rápidamente al lado de Tiberio, ofrécién-
dole una peluca negra con una corona de laurel de oro ma-
cizo. Tiberio se colocó la corona en la cabeza y cogió a la
chica, que tenía la estatura justa para que él pudiese apoyarse
cómodamente. Carecía de nombre. La llamaban «la muleta
de Tiberio».
Aun apoyado en su «muleta», Tiberio destacaba por
encima de Calígula. Era la vieja y decrépita cáscara de lo que
en otros tiempos había sido un romano de suma majestad y
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gallardía, un noble general, un conquistador de pueblos y na-
ciones. Y ahora era una decrépita masa supurante de huesos
y llagas sifilíticas.
—Botitas —dijo con falsa cordialidad—. Considera tu
situación.
—¿Sí, César? —preguntó Calígula esperanzado.
La realidad parecía asentarse en el rostro de Tiberio;
dándole de nuevo y por un instante el aspecto de un romano.
—Estoy criando una víbora en el seno de Roma —dijo
suavemente, más para sí que para su nieto.
Advertía en el muchacho las semillas de una naturaleza
degenerada, más viciosa y cruel que la suya propia. Calígula
—Tiberio estaba convencido de ello— podría acabar siendo
la cría más sedienta de sangre que hubiese engendrado nunca
la loba que amamantara a Roma.
—Estoy criando un Faetón que manejará con torpeza
el terrible carro del sol y hará arder el mundo —murmuró.
—Abuelo… —Calígula veía que los labios del viejo se
movían, pero no podía captar las palabras que murmuraba.
El emperador se limitó a mover la cabeza y a dejar la
piscina camino del pórtico de la guardia, apoyado en su «mu-
leta». Calígula trotaba a su lado como un perrillo.
Deseoso de elogios, deseoso de la aprobación de su
abuelo, que le permitiría sobrevivir, Calígula dijo cuando en-
traban en el pórtico: —Uno de los centinelas estaba borra-
cho… de guardia.
Se habían detenido junto a una mesita que flanqueaba
el asiento del emperador.
—¡Oh! —Tiberio enarcó las tupidas cejas con un gesto
de cólera.
—Ordené que le sustituyeran. Espero haber hecho lo
70
más correcto —informó Calígula adulatoriamente.
Tiberio se había erguido como Júpiter Tonante, la cara
crispada de cólera.
—¡Que me traigan a ese borracho! —aulló.
Hubo una pequeña confusión entre los guardias y, al
fin, dos de ellos trajeron al aterrado centinela.
El centinela, que a duras penas podía mantenerse en pie
(era difícil determinar si por el vino o por el miedo), hizo una
débil tentativa de adoptar la actitud digna de un militar.
Cuando le dejaron, se puso firmes, entre temblores y sin atre-
verse a mirar a los ojos al emperador.
—Borracho de guardia… —empezó Tiberio amenaza-
dor.
—No, César —murmuró el centinela con labios rese-
cos—. No lo estaba. De veras.
Tiberio adoptó una expresión más benigna.
—Pero tomaste una o dos copas de vino, ¿verdad?
—Bueno, sí, César —balbució el centinela—. Pero
nada más. Estaba celebrando…
—¿Qué? —masculló Tiberio, alzando paciente una
ceja.
—El nacimiento de mi primer hijo, César.
—¿Un chico o una chica?
—Un chico, César —contestó orgulloso el soldado—.
Mi primogénito.
—Bueno —rió Tiberio—. Eso es algo que debe cele-
brarse, desde luego.
Luego, dio una palmada y pidió:
—¡Vino!
71
Rápidamente, un esclavo trajo un jarro de plata lleno
de vino y dos doradas copas de dos asas.
Tiberio alzó la jarra y una de las copas, ofreciéndosela
él mismo al joven centinela.
—Bebe, hijo mío —dijo con una sonrisa paternal—.
Celébralo.
El rostro del joven reflejaba una desconfianza absoluta.
—Pero… así… de guardia…
—Tienes licencia nuestra —dijo Tiberio, instándole a
beber.
Con mano temblorosa, el centinela tomó la copa y be-
bió el vino. Sus ojos asombrados atisbaban por encima del
borde de la copa sin osar apartarse de la cara del emperador.
—Y ahora otra copa —dijo Tiberio con una sonrisa.
Su propia mano imperial volvió a llenar la copa y a pa-
sársela de nuevo al joven, que la vació, esta vez con más
confianza.
Pero Calígula sabía lo que vendría después. Años an-
tes, cuando había sido «invitado» de Tiberio en Capri, había
visto hacer aquello mismo al viejo. Calígula sabía también
lo que se esperaba de él, y empezó a sonreír.
Una vez vacía la copa de vino, el emperador se volvió
a su nieto y le dijo:
—Mira ahora que no se desperdicie nuestro buen vino.
—Sí, señor.
Calígula se volvió bruscamente al centinela.
—El cordoncillo. El de la bota. Rápido —ordenó.
Confuso, el borracho centinela se inclinó y sacó la
larga tirilla de cuero de una de sus botas militares. Se la en-
tregó al príncipe y luego se puso otra vez más o menos
72
firmes.
Calígula alzó la faldilla de la túnica del soldado y la
fijó en el cinturón de éste. Luego, casi amorosamente, hurgó
en la ropa del centinela y le extrajo el pene y los testículos,
sosteniéndolos en la mano. Lanzó el centinela un gemido,
pero no se atrevió a moverse. Siguió firmes, aunque cruzó su
rostro rojizo, oscurecido por el vino, una expresión de des-
concierto.
Calígula soltó el pene, de modo que quedó colgando
expuesto a la vista de todos. A continuación, diestramente,
hizo un nudo con el cordoncillo, lo estiró para comprobar su
consistencia, y por fin se dio por satisfecho. Volvió a coger
el pene para acariciarlo un momento, como si paladease su
longitud y grosor. Luego, suavemente, deslizó el nudo alre-
dedor del capullo del pene y lo corrió hasta su base. Por úl-
timo, mirando sonriente a los ojos al joven, dio un rápido
tirón, apretando el nudo al máximo posible.
Hendió el aire un grito de dolor; y luego otro. El joven
centinela se desplomó en la silla sin dejar de chillar. Al ver
que se llevaba las manos al torturado pene, los dos guardias
le apartaron los brazos y se los ataron a la espalda.
Tiberio, con una benevolente sonrisa, veía retorcerse al
centinela, contemplaba como empezaba a gotear de sus la-
bios mordidos saliva sanguinolenta. Miró a Calígula aproba-
toriamente, y éste respondió con una leve inclinación y una
sonrisa, similar a la del propio Tiberio.
—Dadle más de beber —ordenó Tiberio al oficial de la
guardia, y luego se volvió hacia la joven víctima—. Después
de todo, éste es un día que nunca olvidarás, ¿verdad, amigo?
El grito agónico que como respuesta lanzó el soldado
lo ahogaron los guardias al verter más vino en su boca.
Tiberio se apoyó de nuevo en su «muleta» de ébano y
dio la vuelta para irse. Calígula advirtió que la chica negra
73
tenía las piernas apretadas, que rozaba un muslo contra otro
y que se le habían erizado los pezones. Era evidente que la
tortura había avivado en ella sensaciones eróticas. Calígula
achicó los ojos contemplándola. Tenía unas nalgas largas y
firmes. Se apoderó de él un deseo súbito. Quizá más tarde,
pensó. Se volvió y siguió andando al lado de su abuelo cru-
zando los jardines de la Villa.
—¿Cómo me recibirán en Roma? —preguntó Tiberio
a su nieto mientras caminaban.
¡Hijo de puta! ¡Así que el viejo cabrón piensa volver!
—Con alegría —dijo Calígula con un tierno suspiro, y
con la más afectuosa de sus sonrisas.
—Deberían —replicó Tiberio—. He hecho todo lo po-
sible por mi pueblo. Lo juro.
Cuando entraban en los bosquecillos de la Villa, Tibe-
rio miró fijamente a Calígula, buscando indicios de animad-
versión. Pero Calígula hablaba muy complacido de la triun-
fal recepción que Roma brindaría, sin duda, a su emperador.
Toda Roma saldría a recibirle y aclamarle. Llegarían por lo
menos a la trigésima piedra miliaria o aún más allá. Todo
esto dijo Calígula, y Tiberio lo aceptaba como si hablase la
propia Vesta. El más noble de los senadores sería enviado a
Ostia, prometió Calígula, para que escoltase hasta Roma la
trirreme de Tiberio. Se colocarían estatuas suyas a lo largo
de la ribera del Tíber, coronadas todas con hojas de laurel
del oro más puro. Las coronas serían luego propiedad de Ti-
berio, por supuesto.
—Por supuesto —murmuró Tiberio.
No se había ahorrado ningún gasto para que el retiro de
Tiberio resultase lo más «rústico» y selvático posible. Bri-
llaban en él olivos azulplateados junto al tupido follaje de los
arces negros y de las acacias. Los sauces se contemplaban
como Narciso en ocultos estanques. Era un marco digno de
74
aquellas criaturas mitológicas llamadas faunos, ninfas y sá-
tiros.
No le sorprendió en absoluto a Calígula, por tanto, tro-
pezarse con un joven sátiro que estaba haciendo el amor con
dos ninfas en un claro bañado por el sol.
El muchacho, al que Calígula calculó unos dieciocho
años, tenía los cascos bien asentados en el suelo y el rabo
apoyado en un árbol. Inclinada ante él, ofreciendo a su pene
un redondeado trasero, estaba una de las criaturas más deli-
cadamente bellas que Calígula había visto en su vida. Lle-
vaba el pelo, de un palidísimo color dorado, recogido en un
moño coronado de flores silvestres. Su diáfano vestido, lo
tenía alzado hasta la cintura; parecía tejido por una ninfa ce-
lestial. La chica mantenía sus manos apoyadas delante de las
rodillas, para que las arremetidas del varal del sátiro no la
derribaran. Era un auténtico varal. Calígula lo contempló
con una punzada de envidia: veinticinco centímetros de
largo y un grosor proporcionado.
Había otra ninfa de pie junto al sátiro, con la espalda
apoyada en el mismo árbol, como si esperase turno. Sus ma-
nos cubrían los poderosos genitales del joven, acariciándolos
y frotándolos. Esta ninfa tenía un pelo negro azabache que
le colgaba hasta más abajo de la cintura. Su fina túnica estaba
suelta en un hombro y dejaba al descubierto un redondo pe-
cho que el sátiro chupaba con evidente gozo.
Cuando el trío vio al emperador Tiberio, la chica mo-
rena volvió su cuerpo de modo que quedase de frente, mi-
rando al emperador. Sin apartar el pecho de la boca del sá-
tiro, se alzó el vestido y se abrió los labios del sexo para que
él lo viese mejor. Luego, las tres criaturas quedaron inmovi-
lizadas, como el friso erótico de las paredes de un prostíbulo.
Tiberio se detuvo a contemplar el trío.
—Maravilloso, ¿verdad? —comentó.
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—Sí, César —aceptó Calígula sinceramente—. ¿Nue-
vos?
Tiberio paseó alrededor de los tres jóvenes como si fue-
sen estatuas. Acarició una curva aquí, un velludo apéndice
allá, introdujo un dedo, tironeó un bucle.
—El sátiro es de Iliria —informó a Calígula—. La
ninfa es de… de…
—Britania, señor —dijo suavemente la chica rubia, sin
alterar su posición. El sátiro aún seguía profundamente in-
sertado en ella.
—Estatuas parlantes —comentó Tiberio mirando muy
satisfecho a Calígula, como un niño con un juguete nuevo.
—De la mejor clase —concedió Calígula.
También él dio una vuelta alrededor de las «estatuas»,
admirando lo habilidosamente que estaban fijados los cuer-
nos, las pezuñas y el rabo del sátiro, y contemplando a las
ninfas. Casi le daba miedo tocarlas (eran propiedad de Tibe-
rio), pero soltó el broche de la túnica de la chica rubia, de-
jando al descubierto sus pequeños pechos puntiagudos, y
acarició un erecto pezón, que era como un capullo, y luego
el otro.
—¿Prefieres las ninfas a los sátiros? —preguntó Tibe-
rio, con curiosidad.
—Me gustan ambos —contestó Calígula.
Dio un tirón a las peludas bolas del sátiro y pasó los
dedos por la hendidura del culo del muchacho.
—Uno precisa ambas cosas para mantenerse sano —
aconsejó Tiberio.
Luego, dio un par de palmadas.
Las estatuas revivieron de inmediato, componiendo y
recomponiendo intrincadas combinaciones eróticas.
76
Mientras Calígula observaba, Tiberio metió la mano por de-
bajo del taparrabos de su «muleta», manipulándole el clíto-
ris.
Frente a él, sobre la yerba, la rubia y la morena se aca-
riciaban mientras el sátiro penetraba a la morena por el ano.
Al cabo de unos minutos, ésta tenía el sexo atravesado por el
miembro del sátiro y las piernas enlazadas alrededor de su
cintura, erecta, mientras la rubia se acuclillaba bajo ellos y
lamía a ambos.
—Nunca olvides, Calígula, que Roma es una república,
y que tú y yo somos simples ciudadanos normales —dijo
píamente Tiberio.
Luego, se inclinó para acariciar el trasero del joven sá-
tiro.
—Un poco más de entusiasmo, por favor.
El sátiro aceleró sus movimientos, penetrando tan pro-
fundamente que la chica morena gimió de dolor.
—Pero tú eres un dios, César —protestó Calígula.
—¡No! —repuso Tiberio—. Nada de eso. Ni siquiera
lo seré después de muerto.
Calígula entendía perfectamente lo que quería decir Ti-
berio con aquellas palabras, pero no podía comprender por
qué lo decía. ¡No querer ser un dios! No querer que le divi-
nizasen, que le elevasen por encima de su condición de mor-
tal hasta el panteón de los santos dioses inmortales… no po-
día entenderlo.
—Pero tu padre y tu abuelo, Julio César y Augusto, son
ya dioses.
—Eso decimos —contestó Tiberio—. Y eso es lo que
le gusta creer al pueblo. Pero no somos más que hombres,
Calígula. Y con vidas muy cortas.
77
Se había puesto serio, y su rostro casi se había dignifi-
cado, a pesar de las llagas.
Se encaminaban ahora hacia un bosquecillo umbrío y
retirado, donde los débiles rayos del sol apenas podían pene-
trar. Calígula distinguió confusamente tres cuerpos que se
debatían. Cuando ya estaban más cerca, Tiberio añadió: —
Por eso hemos de vivir plenamente.
Y luego señaló con una mano el bosquecillo, indicando
a Calígula que se dirigían allí.
Por fin pudo distinguir ya más claramente los tres cuer-
pos. Estaban los tres desnudos. Eran dos hombres negros,
muy altos, y una chica asombrosamente blanca, esbelta y con
la piel más delicada que Calígula había visto en su vida. Era
celta, por supuesto. Sólo la raza celta combinaba ojos tan
azules como aquéllos con un pelo tan negro y una piel tan
blanca.
Los hombres estaban tomando a la chica por la fuerza.
El más alto de los dos sujetaba el forcejeante cuerpo en el
aire, abrazándolo contra su pecho, mientras con sus grandes
manos le separaba las piernas. El otro hombre estaba colo-
cado entre las piernas separadas y la violaba brutalmente.
Calígula contempló la escena boquiabierto de lujuria,
pasándose lentamente la lengua por los labios resecos. La
chica se debatía y forcejeaba, pidiendo misericordia, pero el
violador siguió con sus arremetidas varios minutos, hasta
que salió, aún erecto y riendo de placer.
Los padecimientos de la hermosa muchacha sólo ha-
bían empezado. Inmediatamente, la tendieron en el suelo y
ella, gimiendo suavemente, se puso a gatas, con sus grandes
senos colgando. El que la había sujetado aprovechó su turno,
penetrándola cruelmente por detrás. El otro hombre se co-
locó delante y la penetró por la boca, obligándola a chupar.
Luego los dos hombres cambiaron de posición otra vez,
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utilizando a la llorosa muchacha como si fuese un cojín o
algún otro objeto inanimado. Uno de los hombres se tumbó
en la yerba, con el pene erecto apuntando hacia arriba. El
otro alzó a la chica en el aire e hizo descender su reacio
cuerpo directamente sobre el duro miembro deslizándose en-
tre las nalgas blancas y redondeadas de ella y penetrándola
profundamente por el ano. La chica lanzó un grito de dolor
y ambos hombres rompieron a reír.
Luego, el que la había azotado, se arrodilló entre las
piernas de su amigo y dirigió su pene, anormalmente grueso,
hacia la vulva de la muchacha, empujando con todas sus
fuerzas. La chica, tensa hasta el punto de la ruptura, pedía
clemencia. No podría soportar aquello; el pene era dema-
siado grande.
Calígula sentía su propio pene duro como granito bajo
la túnica, y ansiaba un desahogo. ¡Oh, dioses, cómo deseaba
que los gruesos labios de la «muleta» de Tiberio le aliviasen!
—Creo que es el mejor de mis garañones —comentó
Tiberio con juicio experto mientras observaban. Luego, se
volvió a Calígula y reanudó su conferencia política.
—Sirve bien al Estado, aunque el pueblo esté com-
puesto por bestias malignas.
—Te quieren, señor —graznó Calígula, con los ojos fi-
jos en el espectáculo que se desarrollaba ante él.
—No —dijo el emperador, encogiéndose de hom-
bros—. Pero al menos he logrado que me teman.
Luego, se volvió a la llorosa muchacha.
—Puedes soportarlo perfectamente —le dijo, con sua-
vidad—. Basta con que te relajes.
La chica obedeció de inmediato, tendiéndose sobre el
primer hombre y abriendo los muslos lo más posible. El otro
se introdujo en ella del todo, y los tres cuerpos empezaron a
79
balancearse rítmicamente.
Calígula miraba hipnotizado. No podía apartar los ojos
de los pálidos lomos de la chica, ocupada en ambos agujeros
por carne gruesa y palpitante. Gemía de nuevo, pero ahora
eran profundos gemidos de placer, mientras se agitaba y se
balanceaba entusiasmada. Luego, volviendo la cabeza,
buscó la boca del que tenía debajo y hundió en ella la lengua.
Calígula vio que los dedos oscuros de la «muleta» de
Tiberio estaban metidos bajo el taparrabos y se movían acti-
vamente en el húmedo centro de placer allí oculto.
Sólo Tiberio parecía indiferente a todo aquello. Se vol-
vió a Calígula, obligando al joven a apartar la vista del es-
pectáculo.
—No tenía elección —continuó el emperador.
—Pero César…
—En realidad quería restaurar la República. Nadie me
cree. Pero lo que yo quería era dejar el gobierno al Senado.
Y sigo pretendiendo lo mismo. Pero…
Tiberio volvió a encogerse de hombros, en un gesto
elocuente.
El trío de enlazados amantes había llegado al clímax.
Gimiendo y gruñendo, los tres cayeron en un sudoroso mon-
tón.
Tiberio contempló los cuerpos agotados. Agachándose
para acariciar a la chica, murmuró: —Bueno… ¿Viste cómo
no era tan difícil?
La agotada muchacha sólo pudo sonreír lánguidamente
y asentir.
—Los hombres quieren ser esclavos —añadió, diri-
giéndose a Calígula.
Mientras continuaba la instrucción política de su nieto,
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el emperador hizo una seña a los dos muchachos negros para
que se levantaran.
—Quieren un amo. Le odian, claro está…
Recorrió con sus envejecidas manos las espaldas de los
dos hombres; acarició sus traseros.
—Y el cielo sabe que es un trabajo ingrato. Para noso-
tros. Pero cuando morimos…
Sus manos sopesaron los dos pares de testículos, y
luego estiraron amorosamente los dos penes.
—O nos matan —continuó—, entonces van y eligen a
alguien exactamente igual que nosotros. A estos dos negros
los conseguí en Nubia. Diez talentos de oro por la pareja.
¿Qué te parecen? —preguntó a Calígula.
¡Diez talentos de oro! Era un rescate de emperador.
—Un buen trato, César —contestó Calígula suave-
mente—. Son… asombrosos.
Tiberio asintió muy emocionado.
—Ya puedo hacer muy pocas cosas a mi edad, pero soy
un excelente espectador…
E insaciable además, Calígula lo sabía muy bien. Des-
pués de haber contemplado aquellos dos espectáculos, por
no mencionar ya el «banco de pececillos» de Tiberio, an-
siaba un orgasmo rápido, un baño prolongado y una buena
cena. Pero Tiberio aún no estaba saciado.
En el siguiente bosquecillo había un tesoro especial, un
grupo de bailarines acrobáticos de Creta. Cuatro chicos y dos
chicas, todos ellos parecidos asombrosamente entre sí: eran
hermanos. Con relampagueante rapidez y precisión, inter-
pretaron para el emperador y su heredero un ballet sexual de
notable complejidad. Sus cuerpos eran tan ágiles, atléticos y
diestros, que podían mantener las posiciones más
81
inverosímiles sin la menor muestra de tensión. Calígula no
pudo por menos de admirar su destreza, y Tiberio resplande-
cía de orgullo.
Los muchachos formaron primero una guirnalda hu-
mana cerrada, penetrando cada uno de ellos al que tenía de-
lante. Entretanto, la menor de las hermanas se colocó cabeza
abajo, apoyada en las manos frente a la otra chica, y quedó
así en equilibrio, con lo que ambas podían ejecutar un se-
senta y nueve. Tiberio quedó tan conmovido por ello que les
brindó un cortés aplauso.
El número siguiente fue una pirámide. Los dos mucha-
chos más fuertes se abrazaron de costado, mientras una her-
mana se arrodillaba frente a ellos. Sobre los hombros de los
dos muchachos saltaron los otros dos con los penes apun-
tando a las bocas de sus hermanos. Los chicos que estaban
de pie auparon a la otra hermana, colocándola en la cima del
montón que formaban todos. Una vez situados así, la her-
mana arrodillada se puso a chupar los penes de los mucha-
chos que tenía delante. Los que estaban sobre los hombros
de éstos, les metieron su pene en la boca, e introducían por
turno la lengua en el sexo de la chica que culminaba la pirá-
mide, su hermana menor.
Calígula sintió que se le llenaba la boca de saliva. Tam-
bién él quería chupar algo: un pezón, un testículo, un pene,
¡algo! Dirigió una dolorida mirada a Tiberio, que cabeceó
tolerante, consintiendo.
Calígula corrió entonces hacia el grupo, quitándose la
túnica y mostrando su palpitante erección. Se situó tras el
más alto de los muchachos, hundiendo el pene profunda-
mente en su trasero.
¡Ahhhhhh, era tannn bueno! El orgasmo le alivió en
seguida.
Satisfecho, volvió junto a Tiberio y siguió
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contemplando las acrobacias sexuales, mientras el empera-
dor proseguía su conferencia política y el relato de la historia
de su vida.
—Nunca quise ser emperador. Lo único que quería era
tener una vida privada. Amaba a mi primera mujer.
Al menos esto era cierto; todo Roma lo sabía. Tiberio
miraba tan arrobado a Vipsania por la calle, incluso después
de que se viese obligado a divorciarse de ella, que su madre
Livia, esposa del emperador Augusto, envió a Vipsania fuera
de Roma y Tiberio no volvió a verla nunca.
—Pero Augusto me obligó a divorciarme de ella —
continuó—. Me obligó a casarme con su hija. Y yo odiaba a
aquella mujer.
También esto era verdad. Julia se había acostado casi
con todo el mundo en Roma, a espaldas de Tiberio, hasta que
su padre el emperador, irritado, la desterró para toda la vida.
—Pero tuve que casarme con ella —Tiberio ya casi es-
taba en su vena sentimental—, lo mismo que tuve que ser
emperador…
Calígula se atrevió a interrumpirle, con sincera curio-
sidad.
—¿Y por qué tuviste que ser emperador?
Los bailarines cretenses alcanzaban ya el clímax de su
representación, pero Calígula había perdido interés. Sólo Ti-
berio observaba atentamente cómo realizaban una serie de
cuadros animados de pervertida sexualidad. Uno a uno, fue-
ron creando diversos animales y dándoles vida. Cuando for-
maron entre todos un caballo, uniendo sus cuerpos en un en-
lace incestuoso, parecían tan convincentemente un caballo
que Tiberio aplaudió muy contento. Luego formaron un ca-
mello y una jirafa.
—Para salvar la vida —contestó, sin apartar los ojos de
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la jirafa—. Si hubiese triunfado cualquier otro, me habrían
ejecutado. Lo mismo que te ejecutarán a ti…
Calígula se puso tenso, petrificado.
—Te ejecutarían —se corrigió Tiberio—, si no fueses
mi heredero.
Nunca puedo relajarme, pensó Calígula. El viejo ca-
brón hijoputa no me deja descansar un instante. Es su forma
de torturarme.
Calígula estaba ya tan agotado por la tensión física y
emocional, que decidió prescindir de toda idea de baño y co-
mida, conformándose con un simple colchón de paja en una
habitación oscura. Pero Tiberio aún no estaba cansado, ni
mucho menos, y a Calígula todavía le quedaba mucho por
ver.
Así que siguieron el paseo, Tiberio apoyado aún en su
hermosa «muleta».
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Villa de los Monstruos. Pues el emperador, consumido y de-
bilitado por la vejez, se había hecho construir un «palacio
del placer» de varias plantas, y lo había poblado con curio-
sidades de sexualidad grotesca, traídas con increíbles gastos
de todos los rincones del Imperio. Aquella tarde, Tiberio
deseaba mostrar a Calígula los latidos más viles, escrofulo-
sos y sarnosos de un corazón depravado: su Villa de los
Monstruos.
Se aproximaban a la villa con el sol poniente tras sí, y
los últimos rayos hacían, brillar el edificio de mármol con
una radiación fosforescente. Grupos de esclavos sexuales de
Tiberio salían corriendo a saludar a su amo: enanos, joroba-
dos, tullidos de todos los tipos. A lo largo del camino había
gigantescas columnas, extrañas parodias de las cruces en las
que los romanos crucificaban a sus condenados. Aquellas
columnas tenían forma de falo y, encadenados a ellas en pos-
turas grotescas, había prisioneros desnudos, hombres y mu-
jeres, penetrados por detrás y por delante con inmensos con-
soladores.
Impulsado por su sentido del humor, Tiberio había
construido un templo con la forma de un prostíbulo; tres
plantas con cubículos independientes que albergaban depra-
vaciones independientes. Era una insula romana, una especie
de casa de vecinos, pero construida con tal lujo y derroche
que sólo con las obras de arte que la adornaban habrían po-
dido financiarse varias campañas contra los galos.
El suelo de mosaico del vestíbulo de la entrada princi-
pal, por ejemplo, mostraba los trabajos de Hércules, tema
nada insólito. Pero aquellos trabajos sí eran insólitos: en
realidad, todos eran sexuales. En vez de decapitar a la mul-
ticéfala hidra, el poderoso Hércules aparecía intentando co-
pular con una mujer de varios sexos. En otra parte del mo-
saico, aparecía limpiando las cuadras augenas, no con un río
sino con un gran chorro de amarilla orina. En la parte del
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mosaico que le mostraba apoderándose del cíngulo mágico
de la reina Hipólita, aparecía arrancándolo con los dientes,
pues tenía las manos y el resto de su cuerpo ocupado con el
de ella. En cuanto a las manzanas de oro del jardín de las
Hespérides, Hércules tenía a las ninfas que las guardaban
arrodilladas a sus pies, turnándose con su poderoso instru-
mento en la boca, mientras él iba arrancando tranquilamente
las manzanas del árbol.
Calígula hubo de dejar de contemplar el mosaico, pues,
aunque la obra era de gran mérito artístico, Tiberio le urgió
a seguir, sin dejar de adoctrinarle con ideas republicanas.
—Cuando Roma era sólo una ciudad y todos éramos
ciudadanos, y nos conocíamos unos a otros…, en fin, tenía-
mos que ser buenos, frugales, dignos. Pero luego tuvimos
que conquistar el mundo.
Llegaron al primer piso y el emperador apartó una cor-
tina que tapaba un cubículo.
Calígula se quedó boquiabierto. En una cama había una
criatura de la que había oído hablar, pero que siempre había
considerado un relato mitológico. La criatura era muy her-
mosa y tenía grandes pechos con rojos pezones, que un es-
clavo negro chupaba arrodillado. Entre sus largos muslos
blancos como leche brotaba un gran pene… ¡Por Isis, un her-
mafrodita! El nombre procedía de Hermes, el dios sexual
masculino, y Afrodita, la hembra.
Tiberio rió entre dientes al comprobar el asombro de
Calígula.
—¿Sorprendido, eh? —comentó—. Me costó una for-
tuna. Es chico —se agachó para coger el pene de la cria-
tura— y chica —acarició sus pechos—. Una criatura afortu-
nada.
Un joven alto entró furtivamente en el cubículo y se
sentó en la cama frente al hermafrodita. Acarició el pene de
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la criatura hasta provocarle una erección, luego se alzó la tú-
nica, puso el trasero al descubierto, se subió encima y se em-
paló. El esclavo negro seguía chupando los pezones del her-
mafrodita, mientras éste seguía unido con firmeza al mucha-
cho, balanceando las caderas.
Tiberio, que se aburría ya, cogió a Calígula del brazo y
le sacó de allí.
—Robamos para nosotros las riquezas del mundo. ¡Y
míranos! Los romanos a los que yo gobierno no son lo que
eran. No. Sólo anhelan dinero, placeres, y las mujeres de
otros. Sí. ¡Soy un auténtico moralista! Tan rígido como Ca-
tón. Pero, por desgracia, el Destino me eligió para gobernar
puercos. Me he convertido en un porquero a la vejez…
El emperador continuó con sus consideraciones y sen-
tencias, mientras mostraba a su nieto cubículo tras cubículo,
todos ellos llenos de seres grotescos.
En uno de los aposentos había una mujer gordísima
abrazando contra su cuerpo a tres delgados jóvenes a la vez,
como si intentase tragárselos a todos.
Luego vieron a una mujer tan vieja que podría ser
abuela del propio Tiberio, copulando con un muchacho de
quince años con la energía y la lujuria de una cuarentona. En
otra habitación, un alto esclavo negro permanecía atado a un
catre con cordones de cuero, las piernas abiertas, indefenso,
mientras bellas mujeres blancas, semidesnudas, cosquillea-
ban su palpitante cuerpo de ébano con abanicos de plumas
de avestruz. En otra habitación, una joven negra estaba en-
cadenada boca abajo a una rueda que giraba cruelmente
mientras un soldado muy alto la penetraba por detrás.
Por todas partes se veía una auténtica exposición de
arte erótico. Las lámparas de arcilla tenían formas de figuras
cómicas acuclilladas, con inmensos falos. De los agujeros de
las puntas de los falos brotaban aceitosas llamas que
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proyectaban largas sombras en los techos. En algunas de las
habitaciones había frescos en los que se pintaban las posi-
ciones del coito: unas eran heterosexuales, otras mostraban
hombres con hombres o mujeres con mujeres. Sobre altos
jarrones griegos colocados en pedestales, sátiros negros
transportaban blancas ninfas, sustentándolas sobre sus in-
mensos falos erectos. En otros jarrones, jóvenes hacían el
amor con otros jóvenes, o grupos de ancianos formaban una
guirnalda de cuerpos enlazados.
Había también hermas por todas partes, columnas de
piedra con la cabeza de la deidad cornuda en la cúspide y un
falo grueso y grande en el frente. En estas hermas, Calígula
vio esclavas de carne y hueso que se empalaban con evidente
gozo, hundiéndose en los falos erectos de piedra o mármol.
Y advirtió también que la piedra de la base de los penes de
piedra estaba salpicada de sangre seca.
En una habitación reservada a Tiberio, el mobiliario era
muy simple: una cama ancha y baja con cobertores de seda
y piel. Un gran brasero apoyado en zarpas de león. Un espejo
de plata pulida muy alto, en el que Tiberio podía ver lo que
pasaba en la cama; y un caballete con un cuadro. El cuadro
era de Parrasio y valía diez mil piezas de oro. Diestramente
pintado, mostraba a la bella Atalanta comportándose con
grotesca indecencia con su pretendiente Meleager.
Había tanto que ver, que Calígula empezaba a ma-
rearse, y Tiberio al fin se compadeció de él y decidió que
verían el resto al día siguiente.
Cuando salieron de la insula, Calígula aspiró dos pro-
fundas bocanadas de la fresca brisa del atardecer mientras
seguía a Tiberio y a su «muleta».
Varias antorchas iluminaban fuertemente el pórtico.
Nerva estaba esperándoles allí, acompañado de un esclavo
que sostenía una mesa cubierta de documentos que exigían
la firma del emperador. El centinela castigado por beber
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seguía maniatado a la silla, retorciéndose entre dolores agó-
nicos, mientras los guardias del emperador continuaban atra-
cándole de vino. Tenía el vientre muy hinchado, pues el cor-
doncillo atado firmemente alrededor de su pene le impedía
eliminar el líquido. El pene se le había amoratado y su
aliento no sólo apestaba a vino, sino también a orina. En el
rostro de Nerva se pintaba una expresión de profunda repug-
nancia.
Tiberio sonrió mirando al soldado y dijo:
—Bueno, creo que este muchacho ya ha festejado bas-
tante por un día. ¿Qué te parece? —preguntó volviéndose a
Calígula y mirándole significativamente.
—Me parece que sí, señor —dijo en seguida Calí-
gula—. ¿Aliviamos su pobre vejiga?
—Creo que sería lo más razonable —asintió Tiberio.
Inmediatamente, Calígula sacó su daga y la hundió en
el vientre del hinchado soldado. Hubo un solo grito agudo y
ahogado cuando el vientre estalló, y sangre, vino y orina bro-
taron como una catarata y se derramaron por las piernas del
centinela. Murió en seguida.
Tiberio contempló el cadáver sin piedad.
—Qué lleno estaba, ¿eh? —comentó.
—Qué lástima que usáramos vino tinto —comentó Ca-
lígula—. El blanco resulta mucho más bonito mezclado con
la sangre.
Tiberio se volvió a Nerva, que se acercaba a ellos en
silencio.
—¡Nerva, deja de mirarnos tan ceñudo! Venga, vamos
a trabajar.
Los esclavos llevaron la mesa adonde estaba el empe-
rador, y la sostuvieron a la altura de su pecho. Nerva alzó el
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primer documento.
—La lista revisada de candidatos a la orden ecuestre —
dijo.
Sin mirar siquiera la lista, Tiberio se sacó del índice
izquierdo el grueso sello imperial y lo apoyó en la cera tibia.
Pronunciando luego la fórmula imperial, «Yo, Tiberio Cé-
sar, ordeno en nombre del Senado y el pueblo de Roma…»,
estampó el sello en el documento, dándole valor oficial.
—La valoración de los impuestos —dijo Nerva, pa-
sando el siguiente grupo de documentos al emperador y co-
locándolos debajo de su nariz—. Para Asia, Britania y las
Galias.
Tiberio terminó en seguida con los documentos, fir-
mando, sellando y recitando la fórmula sagrada. Calígula ob-
servaba, fascinado por las tareas de gobierno y por los asun-
tos del Imperio.
Ahora Nerva parecía vacilar. Alzó un documento,
luego lo escondió un poco, como si no quisiese pasárselo al
emperador. Tiberio le miró suspicaz y Nerva le entregó la
lista.
—Senadores supuestamente culpables de traición —
dijo Nerva fríamente, casi sin mirar a Tiberio.
El emperador esbozó una risa sardónica y luego firmó
y selló la lista de nombres con evidente alivio.
—El Senado es el enemigo natural de todo César —
dijo—. Todos los senadores se consideran Césares. En con-
secuencia, todo senador es culpable de traición mentalmente,
si es que no en la práctica. ¿Me escuchas, Calígula?
—Sí te escucho, señor —dijo Calígula.
Pero no había escuchado. Tenía los ojos fijos en el sello
de la mano de Tiberio, y había estado preguntándose si ajus-
taría bien en su propio dedo meñique. ¡Ya haría él que
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ajustase, si alguna vez tenía ocasión!
La cena se celebró aquella noche en un pequeño come-
dor; en la villa de Tiberio había cuatro como aquél, así como
un gran salón de banquetes en el que se daban espléndidas
fiestas. Sólo había tres divanes en la estancia, todos ellos ba-
jos y anchos, con un travesaño en la parte frontal para que
los comensales apoyaran los codos. Tiberio, naturalmente,
ocupaba el sitio de honor, en el diván del centro, mientras
que Calígula ocupó el de la parte superior, el lugar del cón-
sul, como correspondía a un invitado, y Nerva el más bajo.
Había ante ellos una mesa de marquetería baja y ancha, llena
de platos y jarras de vino. En el sitio de Calígula y en el de
Nerva había altas jarras de agua con ibis egipcios en bajorre-
lieve sobre el dorado, pero Tiberio bebía su vino sin mezcla
de agua.
Calígula estaba tendido perezosamente, refrescado por
el baño y envuelto en frescas ropas de lino. Llevaba a la ca-
beza una corona de flores. Creían los romanos que el aroma
de las flores frescas impedía la borrachera, y por tal motivo
solían entregarse coronas de flores hacia el final de los ban-
quetes. Pero en la mesa de Tiberio estas coronas de flores se
distribuían a partir del primer plato, porque el vino nunca
dejaba de correr. Sólo Nerva bebía decorosamente en su
copa griega de cerámica.
Llegó la comida en una sucesión de platos que traían
esclavas desnudas. A Tiberio le gustaban sobre todo el pes-
cado y los mariscos, que abundaban en las aguas que rodea-
ban Capri, y junto a su litera el suelo estaba lleno de cáscaras
de camarones y espinas de salmonetes. Mascaba ahora hor-
telanos impregnados de miel, enteros, con huesos y pico in-
cluidos, mientras seguía adoctrinando a su nieto sobre la si-
tuación del Imperio y las limitaciones del Senado.
—¿Sabes? —preguntó eructando y limpiándose las
grasientas manos en su costosa túnica, sin prestar atención al
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agua perfumada del cuenco de plata destinado a este fin—.
El Senado aceptó aprobar cualquier ley que yo hiciese antes
de que la hiciese. ¡Imagina! Yo les dije: ¿Y si me vuelvo
loco? ¿Entonces qué?
Miró con una sonrisa bobalicona a Calígula, como para
indicar lo imposible que eso era.
—¿Entonces qué? —repitió—. No contestaron nada,
claro. Son esclavos natos, Calígula, nunca lo olvides. ¡Que-
rer convertirme en un dios estando aún vivo!
Calígula se incorporó un poco en su litera, para escu-
char más atentamente. Lo de la divinización era un tema que
le fascinaba.
—No, dije —continuó el emperador llenándose la boca
de alondras empapadas en miel—. Soy un hombre. Luego
me ofrecieron un título y otro. No, dije. Yo soy simplemente
el primero entre vosotros. Por supuesto, me habrían matado
si hubieran podido.
Calígula alzó los ojos hacia las paredes de mármol de
la estancia. Alrededor de la parte superior del mármol, a unos
sesenta centímetros del techo, un friso en bajorrelieve mos-
traba la imagen de Pan tocando la siringa mientras las ninfas
cabrioleaban entre sus piernas y unas entre las piernas de las
otras. Era una representación perfecta. Calígula apreció par-
ticularmente cómo sobresalía sobre el resto del relieve el
pene del sátiro. Un largo grito aterrador le distrajo de los di-
bujos eróticos.
Dos esclavos muy altos, prisioneros de guerra germa-
nos, entraron arrastrando un potro montado sobre grandes
ruedas de madera. Un carcelero vigilaba al prisionero que
agonizaba en el potro, un hombre de edad indeterminada que
parecía haber sido muy apuesto en otros tiempos. Ahora su
rostro estaba crispado de dolor y deformado. Le habían des-
coyuntado brazos y piernas, y sus articulaciones hinchadas
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tenían un color purpúreo.
Tiberio exclamó sorprendido:
—¿Se ha vuelto loco el cocinero? ¡Nosotros no somos
caníbales!
—Además debe estar demasiado correoso —añadió
Calígula críticamente.
—Me pediste tú que lo trajera —dijo el carcelero con
una respetuosa inclinación—. Dijiste que lo trajera durante
la cena.
—¿Eso dije?
Era evidente que Tiberio lo había olvidado por com-
pleto.
—Ah, sí… sí… —dijo.
No era conveniente que los otros creyeran que el em-
perador estaba perdiendo la memoria.
—¿Cómo te llamas? —preguntó al torturado.
—Carnalo —graznó el otro a través de sus hinchados
labios.
Tiberio, mientras intentaba recordar, se volvió a un co-
fre de madera egipcia con adornos de oro que había a su lado.
Lo abrió, buscó dentro y empezó a acariciar a su serpiente
pasando la mano con ligereza sobre la piel seca y escamosa.
Le ayudaba a pensar.
—Carnalo… —musitó Tiberio.
Tenía el recuerdo en la punta de la lengua.
—¡Oh, sí! Cómo he podido olvidarlo. He bebido de-
masiado vino… Tú… ejem… tú escribiste un poema… ala-
bando… alabando a…
Miró al que estaba en el potro instándole.
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—A Bruto. El tiranicida —masculló Carnalo, con toda
la voz de que fue capaz.
—Eso es traición —gritó Calígula, incorporándose en
su litera.
—Lo sé, lo sé —dijo Tiberio con un leve suspiro, indi-
cando con un gesto a Calígula que se sentara—. ¿Ves cómo
he de vivir?
Alzó los imperiales ojos al cielo, como suplicando a los
dioses que considerasen su triste condición.
—Me veo rodeado de rencores, haga lo que haga y por
muy bien que actúe. —Hizo una seña a uno de sus esclavos
y añadió—: Moscas para la serpiente.
—Entonces mátame —pidió Carnalo débilmente—.
¡Mátame ya!
—¿No estás satisfecho de la vida? —preguntó suave-
mente Tiberio.
El esclavo trajo una bandeja dorada en la que había gra-
badas criaturas mitológicas. Contenía seis o siete moscas
muertas, moscones azules, la comida preferida de la ser-
piente del emperador.
—Gracias —musitó Tiberio.
Luego, fue dando una a una las moscas a la serpiente.
—Tienes hambre, ¿eh, querida? —gorjeó.
—¿Cómo puede estar alguien satisfecho viviendo so-
metido a tu sangrienta tiranía? —musitó Carnalo.
—Señor —gritó con vehemencia Calígula, sacando la
daga—. ¡Déjame que le corte la lengua!
Pero Tiberio movió su imperial testa.
—No, no. He garantizado la libertad de expresión. He
dado mi palabra solemne…
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Lanzó unos cuantos besos a la serpiente.
—¡Mátame ya! —aulló Carnalo.
Tiberio enarcó las cejas, como sorprendido.
—¿Matarte, hijo mío? ¿Cómo iba a hacer yo eso, mi
querido Carnalo? ¿Es que tú y yo ya no somos amigos?
Sonrió e hizo una seña al carcelero, que ordenó a los
esclavos germanos que se llevaran al prisionero torturado.
—Recuerdo cuando Macrón lo detuvo —dijo Calígula,
deseoso de poner su granito de arena.
—Macrón es amigo, tuyo, ¿verdad? —preguntó dulce-
mente Tiberio.
Calígula iba a coger un salero de plata cuando Tiberio
dijo esto. Nervioso, derramó la sal con mano temblorosa.
¡Maldita sea, un mal augurio!
—Señor… —tartamudeó—. Te sirve… a ti, sólo a ti.
Tiberio miró al techo, donde ninfas pintadas vagaban
desnudas por las tierras de Arcadia, constantemente perse-
guidas y a veces capturadas por lujuriosos pastores.
—Todos son iguales —murmuró, acariciando su mar-
chito pecho—. Abandonan al sol que se pone por el sol que
sale. —Señaló al aterrado Calígula y, volviéndose a Nerva,
advirtió con férrea voz—: Hay que vigilar a Macrón cuando
yo muera.
—Sé que me odia —contestó tranquilamente Nerva.
—Porque eres sabio… porque eres bueno —dijo el em-
perador con un cabeceo—. Bueno, cuando yo muera… ¡cui-
dado!
—Ya he tomado precauciones, César —dijo secamente
Nerva, sin mirar siquiera a Calígula.
Tiberio bebió un buen trago de su copa, que una
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esclava desnuda se apresuró a llenar de nuevo, y alzó luego
la vista para mirar al tímido joven, vestido con una túnica de
niño, que acababa de entrar en la habitación con los ojos ba-
jos.
—¡Mi niño! —exclamó el emperador—. Tiberio Ge-
melo, carne de mi carne… Mi propio nieto. Mi último nieto.
¡Ven a darle un beso a tu viejo abuelo!
A Calígula se le erizaron los pelos de la nuca al ver al
adolescente, y achicó los ojos con odio.
—Yo también soy tu nieto —protestó Calígula medio
levantándose de su lecho.
—Sólo por adopción —replicó fríamente Tiberio—.
Porque así lo decretó el Destino.
Acercando hacia sí al esbelto muchacho, le besó con
afecto.
—Éste es el último de mi estirpe —dijo—. ¡Oh, niño
querido! ¿Qué va a ser de ti?
Me gustaría mostrarte ahora mismo lo que va a ser de
él, viejo cabrón, pensó Calígula loco de envidia. Sus dedos
acariciaban la empuñadura de la daga, y con el pensamiento
podía ver la sangre de aquel miserable mocoso bañando la
hermosa túnica blanca.
Aun así, Calígula logró sonreír.
—Es para mí como un hermano, señor —dijo suave-
mente.
Pero Tiberio no se dejaba engañar. Además, al viejo le
encantaba aquel juego. Le divertía enfrentar a sus dos nietos,
y se daba cuenta de que Gemelo temblaba entre sus brazos.
Tampoco al muchacho le engañaban las amables palabras de
Calígula. Sabía cuál era el destino que probablemente le es-
peraba.
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—¿Un hermano, dices? ¿Un hermano? Ya sabes lo que
significa eso en nuestra familia —advirtió Tiberio a Calí-
gula—. Asesinato. Hermano contra hermano. Padre contra
hijo. Uno a uno, el Destino los ha barrido a todos…
—No fue el Destino. Fuiste tú, Tiberio —dijo Nerva
con firmeza.
—¿Qué? —Tiberio, presa de súbita cólera, se incor-
poró.
Pero luego se recobró y se calmó.
—Sí, claro… Nerva. Viejo amigo.
Ya sólo en Nerva podía confiar el emperador; y era pri-
vilegio exclusivo de Nerva decir exactamente lo que pensaba
cuando lo consideraba oportuno. Nerva era la conciencia del
Imperio.
Dirigiéndose al senador, Tiberio explicó:
—Si tuve que apartar de este mundo a algunos miem-
bros de mi familia, fue porque se levantaron contra mí, y eso
es blasfemia, pues yo soy el instrumento elegido por el Des-
tino sobre la tierra. Enfrentarse a mí es como enfrentarse al
propio cielo.
—Tú no eres un dios, Tiberio —contestó Nerva con
firmeza.
Calígula inspiró profundamente. ¡Hablarle así a Tibe-
rio! ¡Nerva debía estar loco! Si él, Calígula, se atreviese a
decirle algo parecido al emperador, éste le zurraría hasta de-
jarle medio muerto y luego le haría despeñar por un acanti-
lado.
—Al menos, aún no —continuó Nerva, para luego aña-
dir secamente—: Además, tú, Tiberio, no crees en el cielo.
El emperador sonrió satisfecho.
—Tienes razón. No creo. Estaba exagerando para
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apoyar mi alegato. Un fallo, lo reconozco. Pero se me ha
dado poder absoluto de vida y muerte. Hasta que yo mismo
muera.
Acercando hacia sí a Tiberio Gemelo, empezó a acari-
ciarle el pelo.
—Pobre muchacho —murmuró, y empezaron a for-
marse lágrimas en sus ojos—. Cuando yo muera, Calígula te
asesinará.
—No, lo juro… —protestó Calígula, satisfechísimo del
miedo que se pintaba en la cara de Gemelo.
—Pero, luego —dijo Tiberio con una suave sonrisa—,
alguien matará a Calígula.
Calígula rechinó los dientes. No podía decir nada.
Apartó el plato de frutas confitadas. Había perdido el apetito.
Nerva estaba sumergido en el agua tibia, soñoliento,
totalmente relajado. Contemplando el lujoso cuarto de baño
en que se encontraba, sonrió para sí. Qué vulgaridad. Allá en
su hogar, en su casa de Roma, el baño era tal como debía ser
el baño de un noble romano: pequeño, modesto, limpio, con
bellos azulejos de dibujo sencillo, una bañera lo bastante
grande para contener sólo a un ser humano y agua suficiente
para que pudiera lavarse. Pero allí… el cuarto de baño era
tan grande como la antecámara del Senado. El suelo era de
un complicado mosaico, con un dibujo tan sexualmente
burdo que a Nerva le costaba trabajo bajar los ojos y mirarlo.
El friso que rodeaba el techo era de putti (pequeños cupidos)
que prestaban servicios íntimos a cortesanas desnudas. Un
pequeño Eros con el culo al aire empolvaba el vello del sexo
de su dama; otro, ponía colorete en sus pezones. Nerva lanzó
un suspiro. Siempre se sentía fuera de lugar en aquel cuarto
de baño que Tiberio le había asignado para su uso exclusivo.
Lo peor era aquella bañera de mármol rojo. Enorme, tan
grande que en ella podía desarrollarse una naumachia, un
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simulacro de batalla naval. Se necesitaba además muchísima
agua para llenarla, y todo ello para que pudiese bañarse sólo
un hombre. Qué derroche…
La paz empezaba a penetrar en el cuerpo de Nerva, una
paz amplia y restauradora. Sonrió suavemente, viendo cómo
el agua iba pasando lentamente del rosa al rojo, a medida que
fluía la sangre de sus venas abiertas.
Nerva estaba suicidándose al modo tradicional de los
patricios romanos: abriéndose las venas en un baño de agua
tibia.
Los dos esclavos que le atendían lloraban desespera-
dos.
—¡No nos dejes, amo, por favor! —suplicaba el más
viejo de los dos.
Nerva apoyó la cabeza en el borde de la bañera.
—Alegraos por mí. Cambio una cárcel por…
La figura alta e impresionante de Tiberio se recortó de
pronto en el quicio de la puerta. Tras él, venía su sombra,
Calígula, que atisbaba con ávidos ojos el interior de la habi-
tación.
—¡Nerva! ¿Cómo te atreves? —aulló el emperador—.
¡Vendadle las muñecas! —gritó a los esclavos, que se apre-
suraron a rasgar tiras de lino.
Nerva les contuvo con una firme orden:
—¡No!
—¿No? ¿Me dices eso a mí? —gritó Tiberio—. ¡De
prisa! —exigió a los esclavos, que se habían quedado para-
lizados entre las voluntades opuestas de aquellos dos hom-
bres poderosos.
—Si no me dejas morir ahora —dijo lúgubremente
Nerva—, hallaré el medio de morir mañana, o pasado.
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Tiberio se hundió en un asiento junto a la bañera. Unos
instantes después, se dirigió al senador en tono suplicante.
—No puedes abandonarme de este modo. Tú eres mi
amigo más viejo y más querido…
Nerva le miró inmutable.
—Sin embargo, te dejo. Porque soy tu amigo más viejo
y más querido.
—¿Pero por qué? —a Tiberio le temblaban los hom-
bros.
—Elegir la hora de la muerte es lo más que puede acer-
carse un hombre a burlar al Destino…
—¡Yo te burlaré a ti! —gritó Tiberio, levantándose—.
¡Yo impediré esto! ¡De prisa! —ordenó a los dos esclavos.
Los esclavos habrían obedecido, pero un gesto de
Nerva volvió a detenerles.
—Ya he vivido bastante, Tiberio —dijo Nerva con
cierta pasión—. ¡Odio esta vida!
—¿Por qué? —inquirió Tiberio en tono suplicante.
—¿Y tú me lo preguntas? He permanecido a tu lado,
viéndote asesinar a tu familia, a tus amigos, a los mejores
hombres de Roma.
Tiberio se volvió a los esclavos.
—¡Fuera!
Les vio salir del cuarto aterrados. Calígula seguía en la
puerta, contemplando fascinado a Nerva.
—Fuimos amigos, hace años —dijo Nerva.
—Lo somos. ¡Lo somos! —gritó el emperador.
Nerva movió la cabeza.
—Seamos lo que seamos… o lo que hayamos sido…
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morirás pronto…
—¿Cómo lo sabes? —gimió Tiberio.
—Y una vez muerto tú, Macrón me mataría —continuó
Nerva, ignorando el súbito arrebato de miedo del emperador.
—Le haré detener. ¡Ahora mismo! ¿Te darás por satis-
fecho con eso? Le haré ejecutar por traición…
Nerva movió otra vez la cabeza.
—No puedes controlarle —dijo severamente—. De to-
dos modos, aunque muriese Macrón, ¿cómo voy a vivir con
ése?
Alzó una mano del agua y señaló despectivamente a
Calígula. El corte de la muñeca se abría como una boca ham-
brienta, y el fluir de la sangre se aceleró con el movimiento.
Tiberio se volvió a Calígula, suplicante:
—Tú respetarías siempre a mi viejo amigo, ¿verdad?
—¡Sí, César! —contestó precipitadamente Calígula—.
Yo le respeto… y le honraré siempre.
Vamos, pensó. ¡Muere de una vez, carnero miserable!
—¿Oíste eso? —dijo Tiberio, volviéndose hacia
Nerva, con la esperanza de que cambiase de idea y permi-
tiese que le vendaran las muñecas.
—Adiós —se despidió suavemente Nerva.
Su voz sonaba remota. Ya no estaba al alcance de Ti-
berio y el emperador lo sabía.
—Tú… tú… —balbució Tiberio rompiendo a llorar,
antes de salir precipitadamente de la habitación.
Pero Calígula se quedó. En sus ojos azules que miraban
al viejo agonizante se mezclaban la frialdad y la crueldad.
—¿Cómo es? —preguntó en voz baja.
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Con una voz suave y soñolienta, Nerva contestó:
—Cálido, agradable.
Tenía los ojos cerrados y cabeceó levemente.
—No me refiero al baño —replicó Calígula.
Se acercó más a la bañera. El agua era ya de un rojo
intenso, casi tanto como el mármol de la bañera misma. Acu-
clillado, Calígula examinó detenidamente la cara de Nerva.
El viejo estaba muy pálido y Calígula contemplaba fasci-
nado su rostro, mientras las últimas gotas de su sangre ma-
naban de sus venas.
—No se siente dolor —murmuró Nerva—. Uno sim-
plemente se va… se va…
—¿Y eso es todo? —a Calígula le brillaban los ojos y
ardían en sus mejillas rojas manchas de intenso color.
—Ohhh…
—¿La ves ya? —preguntó Calígula con ansiedad.
Nerva entreabrió los labios.
—¿Que si la veo? ¿A quién?
—A ella —murmuró Calígula—. A la diosa Isis.
Una sonrisa burlona cruzó el rostro de Nerva.
—Así que tú eres uno de ésos —murmuró—. No, no
hay ninguna diosa. No hay nada.
—¿Estás seguro? —Calígula no ocultaba su ansiedad,
sabiendo que ya quedaba poco tiempo. La muerte alisaba las
arrugas y pliegues del rostro de Nerva. Calígula tocó la
frente del viejo.
—Te estás quedando frío. Ya estás casi muerto. —
Ohhh…
—¿Cómo es? Dime lo que pasa. ¡Dímelo!
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Calígula se agachó más y aproximó la cabeza a la de
Nerva.
—Nada… —era un levísimo susurro.
Una oleada de cólera enrojeció las mejillas del joven.
—¡Mientes! —gritó—. Estás viéndola, lo sé, sé que la
ves. ¡Así que dímelo! ¡Vamos, rápido! Antes de morir, dime
cómo es ella.
Pedía suplicante una visión de la diosa, como prueba
de la inmortalidad del alma.
—No hay nada… sólo… sueño… —Nerva estaba ya
casi inconsciente.
—¡Mentiroso!
Calígula se puso en pie de un salto, derribando en su
furia el taburete. Cogió la cabeza de Nerva con ambas manos
y la hundió malévolamente en el agua ensangrentada, hasta
el fondo. ¡Ahógate, vieja rata, ahógate y muere!
Pero Nerva ya estaba muerto.
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pero sus esbirros estaban ya allí, preparando las festividades
y honras que debían rendirse al emperador. Entretanto, Ti-
berio celebraba consejo en su nave, con veinte o más sena-
dores que reclamaban su atención, y con cortesanos que le
halagaban. También estaban presentes para adularle, los po-
cos parientes suyos a los que había permitido seguir vivos.
Figuraban entre ellos, claro está, Calígula y Gemelo, que ha-
bían embarcado con él en Capri, y también Claudio, el tío de
Calígula, que había subido a bordo en Ostia. Claudio era la
burla de la familia, un hombre de mediana edad, de aspecto
estrambótico, cojo, que parecía medio tonto, y con una des-
agradable tendencia a tartamudear y balbucir cuando se po-
nía nervioso o se asustaba, cosa que sucedía a menudo.
Había muchos asuntos imperiales que revisar. Tiberio
estaba sentado bajo un dosel de bordes dorados en la cubierta
delantera. Su asiento consular tenía una gran mesa portátil
tallada entre los brazos. Mientras el emperador firmaba y se-
llaba documentos, Calígula, aburrido, se movía inquieto por
cubierta, mirando hacia la lejana Roma, como si desde allí
pudiera ver a Drusila. Gemelo estaba tímidamente sentado
junto al emperador; aquel niño siempre parecía a punto de
agacharse, como si esperase un golpe, un puntapié o algo
peor. Bueno, pensó Calígula, si Isis me ayuda, un día procu-
raré que se cumpla lo que este cabroncete espera. Y Claudio
dormía apoyado en el palo mayor, con la boca abierta. ¡El
viejo imbécil! ¿Qué hace él aquí? No sirve para nada a nadie,
ni siquiera a sí mismo.
Tiberio repasaba rápidamente todos los documentos,
estampando en ellos el sello imperial, mientras murmuraba
una y otra vez la fórmula prescrita. El eficiente secretario
griego le pasaba los documentos uno a uno, explicándolos
en voz baja para que sólo el emperador los oyera.
—El aumento de impuestos a la Galia, César…
El emperador cogió ávidamente aquel documento
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concreto, lo revisó con rapidez, y sus viejos ojos azules ad-
virtieron un error en los cálculos, un error que no era favo-
rable a sus intereses.
—Mira… aquí… un error.
Con un toque de su pluma de caña hendida, Tiberio co-
rrigió el error. Luego se retrepó en su asiento, en apariencia
satisfecho (siempre disfrutaba cazando a alguien en un error)
y preguntó: —¿Es mediodía ya?
Un joven oficial, alto y apuesto, miró la clepsidra que
estaba instalada en la popa de la embarcación, un reloj de
agua, contrapesado para que siguiese funcionando pese a los
vaivenes del navío.
—Acaba de pasar mediodía, César.
—Traedme la serpiente. Es la hora de darle su comida.
El emperador volvió a incorporarse en su asiento y es-
tampó con su anillo el documento corregido, recitando: —
Yo, Tiberio, ordeno en nombre del Senado y el pueblo de
Roma.
Luego retiró el documento firmado.
El Secretario le pasó el siguiente.
—El oráculo de Cume, señor. Te envía un mensaje.
Tiberio cogió la carta plegada y rompió cuidadosa-
mente el linum, el hilo que la sujetaba. Luego leyó el men-
saje en voz alta: —«Cuídate del poder de la multitud».
Tiberio se echó a reír sombríamente.
—A estas alturas, ya no necesito ninguna advertencia.
—¿Quién es ése? —preguntó Calígula a Querea, refi-
riéndose al joven y apuesto oficial que acababa de pasar a su
lado en busca de la serpiente del emperador.
—Es Próculo. Un joven y magnífico oficial. Acaban de
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destinarle al servicio del emperador. Es muy admirado… por
las damas.
El coronel miró de soslayo a Calígula. ¿También él ad-
miraba al musculoso Próculo?
Pero Calígula miraba atentamente la tupida y rizada
mata de pelo negro de Próculo.
—Tiene mucho pelo, ¿verdad? —comentó, con amar-
gura—. A mí se me está cayendo.
—Prueba de que eres un César, príncipe —le aseguró
Querea—. Como tu abuelo, como tu tío Claudio…
Ante la mención, de Claudio, Calígula miró a aquel im-
bécil que estaba allí profundamente dormido, roncando, pese
a que la cubierta rebosaba con las idas y venidas de cortesa-
nos y senadores. A Calígula se le ocurrió una malévola idea
y se le iluminó la cara. Le encantaba hacer gracias a costa de
otros.
Claudio dormía con un pañuelo de finísimo lino apre-
tado en la mano. Junto a él, un marinero limpiaba el metal
de la nave con un trapo sucio y grasiento. Calígula extendió
la mano y el marinero, desconcertado, le dio el trapo. Enton-
ces, Calígula se acuclilló junto a su tío dormido. Cuidadosa-
mente, para no despertar a Claudio, le sacó con suavidad el
pañuelo de la mano, sustituyéndolo por el grasiento trapo.
Hecho esto, se agachó y lanzó un sonoro silbido en la oreja
de Claudio. El viejo se despertó con un estremecimiento con-
vulsivo.
—¡Por los dioses del cielo! Yo…, mmmmmm…
mmmmm. ¡Gran Augusto! ¿Qué… dónde… qué es…? —
balbució sorprendido y consternado.
Y se limpió la sudorosa cara con lo que suponía su pa-
ñuelo de lino, sin darse cuenta de que era un trapo sucio.
Calígula contuvo la risa. El viejo parecía muy ridículo
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todo untado de grasa.
Tiberio alzó la vista del documento que estaba fir-
mando, irritado por la distracción.
—Claudio, pero, ¿qué te has echado en la cara? —pre-
guntó.
—¿Cara… cara… mi cara, tío? —tartamudeó Claudio
totalmente desconcertado—. ¿Qué le pasa a mi cara? Yo…
Ahora Calígula se reía a carcajadas. Hasta los cortesa-
nos más serviles y aduladores se permitían sonrisas despec-
tivas. Tiberio suspiró, medio divertido, medio resignado.
—Claudio, vete abajo y lávate la cara.
Luego, movió la cabeza pensativo.
—Qué suerte que Príamo sobreviviese a toda su fami-
lia —murmuró.
Pero Calígula lo oyó. Era cierto, pues. En Roma le ha-
bían advertido que Tiberio había hecho más de una vez aquel
comentario. Pero a partir de aquel día, no volvería a hacerlo.
A partir de aquel día…
Un toque de trompetas señaló la llegada de una pe-
queña embarcación que se situó al lado de la trirreme. Echa-
ron una escala y en un momento Macrón subió a la cubierta
de popa. Después de saludar al coronel Querea y a Calígula,
pasó a rendir homenaje a Tiberio.
—Salve, César —saludó, con el brazo derecho exten-
dido.
Tiberio se levantó, apartando a un lado los documen-
tos.
—Macrón —dijo—. Salve. ¿Están listos?
—Sí, César. Los cónsules y el Senado te esperan en el
muelle Palatino.
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—Bien —dijo el emperador con un cabeceo.
—¿Puedo dar la orden de que el barco siga?
Entonces, el emperador pareció vacilar.
—No… no… todavía no.
Apartándose de los demás, Tiberio se situó en la borda
de la nave, mirando hacia Roma. La ciudad brillaba a lo lejos
bajo los reflejos del sol sobre el mármol de los mayores
triunfos de Augusto en el campo de la arquitectura. Diez
años… tanto tiempo lejos… una década… toda una vida. Tal
vez no debiera haberse apresurado a volver. Quizá…
Calígula, colocándose junto al emperador, interrumpió
sus pensamientos.
—Macrón dice que toda la ciudad ha salido a recibirte.
Miles y miles de personas esperan tu llegada…
—Quieren ver si existo… —musitó Tiberio— o si sólo
soy un sueño.
El viejo lanzó un suspiro y de pronto pareció tener mil
años. Las arrugas que cruzaban su rostro parecían talladas en
piedra; las llagas y lesiones de la enfermedad eran como los
cráteres que quedan en los campos de batalla.
El emperador volvió a suspirar.
—No soporto las sonrisas constantes. Y luego… el cu-
chillo en la oscuridad… el veneno en la copa… —se estre-
meció.
—Tú eres su padre, señor —dijo respetuosamente Ca-
lígula, procurando no sonreír.
Pero el viejo movía la, cabeza. Llevaba de nuevo la
gran peluca negra; el movimiento ladeó ligeramente la pe-
luca y la corona de oro.
—No. Sólo soy su… su remiso amo.
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Entonces, el joven y apuesto guardia Próculo se acercó
llevando consigo la caja egipcia que contenía la serpiente.
—La serpiente César.
—¿Trajiste moscas?
—Sí, César.
De un bolso de su túnica, el joven oficial sacó un trozo
de pergamino doblado. En él había varias moscas particular-
mente jugosas.
Tiberio empezó a sonreír abriendo la caja de la ser-
piente.
—¿Cómo está mi encantadora, mi queridísima…? —y
de pronto lanzó un angustiado grito.
Calígula atisbó en la caja y luego retrocedió. La ser-
piente estaba muerta. Su cuerpo enrollado estaba cubierto de
hormigas, que lo devoraban. En el lugar de los ojos ya sólo
quedaban las cuencas húmedas y vacías.
Con un ímpetu sorprendente en un anciano, Tiberio
lanzó la pesada caja por la borda.
—Cuídate del poder del populacho —graznó, reci-
tando el oráculo—. ¡Es un presagio!
La serpiente era él; las hormigas, los romanos: le devo-
rarían.
Macrón acudió presuroso.
—¡Dile al capitán que damos la vuelta! —ordenó Ti-
berio.
Macrón intercambió una rápida mirada con Calígula.
—Pero, César…
—¡Obedéceme! —bramó Tiberio, bordeando la histe-
ria.
111
Era evidente que estaba aterrado. Su pecho se movía
desordenadamente y el sudor le corría por las mejillas.
—Sí, Cesar —dijo Macrón, saludando.
—¡Nunca volveré a poner los pies en Roma! —pro-
clamó Tiberio, y se dirigió a su cámara para apartar de su
vista la odiada ciudad.
Macrón y Calígula le vieron alejarse consternados, y
luego se miraron.
—¿Hoy era el día? —preguntó suavemente Calígula.
Macrón asintió, sombrío. Todos sus planes, cuidadosa
y secretamente dispuestos… Y ahora nada. Aquel viejo im-
bécil, senil y supersticioso, burlaba a sus asesinos.
Al lado de la trirreme había barcas, preparadas para lle-
var a tierra a los visitantes; de ellas subían senadores y soli-
citantes. Claudio se acercó riendo entre dientes. Se había la-
vado la cara. Gracias a los dioses por estas pequeñas satis-
facciones, pensó Calígula.
—Me alegro de verte, sobrino… príncipe, quiero decir
—Claudio soltó un gritito de risa estúpida—. Una visita más
bien corta, ¿verdad? Pero es mejor que nada, desde luego.
Lo juro. Por Augusto, claro.
Sin dejar de reír entre dientes, se metió en una de las
barcas que regresaban.
Macrón se volvió a Próculo, que estaba firme a su lado.
—Todo el mundo debe desembarcar, salvo el séquito
imperial —ordenó.
—Sí, comandante.
—Dile al capitán que leve anclas.
Próculo saludó y se fue a cumplir las órdenes.
Macrón tuvo que irse también, puesto que era el
112
capitán de la Guardia en Roma y no estaba destinado a la
casa del emperador. Calígula le hizo una seña.
—Dile a Ennia que yo… estoy depuesto.
Macrón cabeceó, comprensivo.
—Así lo haré. Le destrozaré el corazón a la pobre.
Estrechó efusivamente la mano extendida de Calígula,
señal de que todo acabaría saliendo bien.
Pero Calígula no estaba tan seguro de ello. Lo único
que sabía era que tenía que tragarse la cólera y disfrazar su
furia ante los demás: Gemelo, Querea y, sobre todo, Tiberio.
No había ningún sitio en aquella maldita nave en que pudiese
estar solo y aullar y gritar su frustración. Nadie había en
quien pudiese volcar su cólera. Mientras la trirreme enfilaba
hacia alta mar, sólo podía rechinar los dientes y fingir son-
reír.
Aquella noche tuvo la suerte de dar con un joven mari-
nero que disfrutó dejando que le patease y le abofetease en
un jugueteo sexual. Calígula le hizo tales cardenales que el
muchacho no pudo cumplir con sus deberes en el barco du-
rante el resto de la travesía.
Fuese cual fuese el lugar al que iban, parecía que no era
Capri. Siguieron más allá del cabo de Sorrento, en dirección
norte, en vez de seguir hacia el este. Tiberio se había negado
a comunicar su punto de destino a nadie, salvo al capitán, y
el capitán sólo se lo decía al piloto. Nadie sabía, pues, cuáles
podían ser los planes del emperador, ni adónde se dirigían.
Tiberio parecía enfermo y descansaba en su camarote
la mayor parte del día, negándose a ver a nadie, incluido Ca-
lígula. Ni siquiera aceptaba ver a Gemelo… Al menos, eso
era cierto alivio. Durante todo un delicioso día, Calígula ju-
gueteó con la idea de que Gemelo «se cayese» por la borda.
Pero era demasiado arriesgado. Había demasiados testigos.
113
Llegó un momento en que se hizo evidente que su des-
tino era Miseno. Tiberio poseía allí una gran villa en la que
había pasado mucho tiempo antes de trasladar la casa impe-
rial a Capri. Tras pasar Pompeya y Nápoles, cruzando la
bahía y bordeando el promontorio, Calígula se dio cuenta de
que desembarcarían en Miseno y sintió un gran alivio. Al
menos, aquello era tierra firme, y en una marcha razonable-
mente fácil, las legiones de Macrón podrían llegar allí si era
necesario. Y desde Miseno se podía escribir, se podían man-
dar mensajes con instrucciones a Roma.
A Tiberio le llevaron a tierra en una litera. Calígula se
impresionó mucho al ver lo débil y pálido que estaba. A la
luz del día, parecía un queso rancio. Pero sus ojos aún brilla-
ban feroces, y no parecía tener problema alguno para expre-
sarse y para oír.
Aunque Miseno era un lugar provinciano y no podía
compararse con la gran Roma, la ciudad hizo todo cuanto
pudo para honrar al emperador visitante. Se congregó una
multitud para aclamarle, se colocaron precipitadamente es-
tatuas y se hicieron sacrificios a los dioses en pro de la buena
salud y la seguridad de Tiberio. Calígula recordó, contem-
plando los ritos, la vieja historia de Tiberio y los acólitos.
Cómo en una ocasión, con motivo de un sacrificio, se había
encaprichado con dos muchachos vírgenes jovencísimos que
ayudaron al sacerdote y los había perseguido tras la ceremo-
nia, violando a ambos, pese a que aún llevaban los vasos sa-
grados. Pero no parecía que Tiberio fuese ya a violar a nadie.
Aunque, la verdad, aquellos acólitos eran particularmente
poco atractivos. Uno de ellos era gordo y el otro tenía la cara
llena de acné.
En Miseno, Tiberio pareció recuperarse en seguida,
aunque hablaba continuamente de Capri y prometía que sal-
drían para allá «mañana». Pero no parecía probable que fuera
así. Algunos de los hombres más ricos de Miseno habían
114
patrocinado un día de juegos en el estadio, y Tiberio, al lan-
zar la primera jabalina que iniciaba los juegos, se retorció un
músculo del costado, lo cual le ocasionó gran dolor. Sólo an-
helaba descansar y, aunque no dejaba de hablar de Capri, pa-
saba todo el tiempo dormido o adormilado.
Macrón había enviado una legión desde Roma que sus-
tituyese a la guardia que había quedado en Capri. Tiberio no
se sentía nunca a gusto sin que le rodease un ejército… de
hombres fieles a él, claro. Como viejo soldado, estaba acos-
tumbrado a su forma de actuar. Y como viejo, le gustaba te-
ner a su mando a hombres jóvenes y fuertes.
De vez en cuando, Tiberio cobraba ánimos e insistía en
que la vida debía seguir como siempre. Había mandado que
trajeran bailarinas, enanos y otros seres grotescos, haciéndo-
les ejecutar obscenidades sexuales a ritmo de música. Pero
se dormía durante el espectáculo.
Y luego, quiso dar un banquete. Envió invitaciones a
los patricios de la ciudad, y la noche fijada subieron todos
hasta la villa en literas encortinadas, portando costosos rega-
los.
Calígula, ataviado con una túnica roja de borde dorado,
entró en el gigantesco salón del banquete, cuyas paredes eran
de mármol de varios colores y cuyas columnas rematadas
con hojas de acanto estaban cubiertas de una capa de oro au-
téntico. Fue a reunirse con Tiberio, que estaba de pie en el
centro del salón, recibiendo a sus invitados. Era evidente que
el emperador estaba agotado, pero decidido a ocultarlo.
En la puerta estaban Macrón y Caricles, el famoso mé-
dico, observando al emperador. Calígula había invitado par-
ticularmente al médico patricio a la fiesta.
—Tuvo una especie de ataque a bordo de la nave, poco
antes de que desembarcásemos aquí en Miseno —informó
Macrón, en voz baja.
115
Caricles cabeceó y dijo:
—Me he dado cuenta de que arrastra la pierna iz-
quierda al caminar.
Macrón miró alrededor para asegurarse de que nadie
podía oírles.
—Caricles, hemos de determinar la gravedad de su
mal, cuánto podrá vivir… Por el bien de Roma, por supuesto.
—Si pudiera examinarle…
Macrón movió la cabeza.
—Jamás deja que un médico se acerque a él.
—Quizá tenga razón —comentó maliciosamente Cari-
cles.
—Vamos —le instó Macrón—. Preséntate. Al menos,
le verás de más cerca.
Cabeceó el médico y cruzó despacio entre el público,
observando a Tiberio mientras se iba aproximando a él. El
emperador estaba encogido de cansancio y su piel tenía un
tono gris verdoso que parecía aún más repugnante por la ale-
gre guirnalda de flores que llevaba entretejida entre peluca y
corona. Caricles dio su nombre al chambelán y se incorporó
a la cola de recepción.
—César, el médico Caricles, —anunció el chambelán.
Tiberio tendió la mano para que se la besara, y el mé-
dico se inclinó y lo hizo. Al hacerlo, sus dedos se cerraron
sobre la muñeca del anciano, buscando el pulso.
Tiberio retiró la mano con la rapidez de una serpiente
que ataca.
—Sé exactamente lo que estás haciendo, Caricles —
dijo lisamente, y sus ojos de anciano calibraron los del mé-
dico.
116
—Señor, yo sólo… —protestó el médico.
Tiberio le volvió la espalda.
—No te acerques a mí…
Miró a su alrededor y vio que sus invitados le observa-
ban con curiosidad. Calígula tenía los ojos clavados en él, y
lo mismo Macrón, que estaba al otro lado del salón.
Tiberio decidió convertir el asunto en una simple
broma.
—Todo individuo de más de treinta —proclamó— que
se ponga en manos de un médico, merece un funeral prema-
turo.
Calígula rió el chiste protocolariamente, pero notaba en
su boca un gusto a ceniza.
Tiberio se volvió y se dirigió a su diván, haciendo una
seña para que empezase la fiesta. Calígula se situó cerca de
él, ocupando el segundo puesto de honor. Caricles esperó a
que Macrón hubiese llegado a su lado.
—¡Dime! —exigió Macrón.
Caricles era un «invitado» muy caro. Sus honorarios
por aquella consulta eran diez talentos de plata. Pero de su
opinión podía depender mucho más, mucho… el mundo en-
tero.
—Pulso débil e irregular —informó el médico—. Indi-
cios de deterioro en los ojos.
—¿Cuánto tiempo?
Macrón era un soldado, tenía los modales bruscos de
un soldado… No le interesaba el diagnóstico. Quería fechas.
—No mucho —dijo Caricles.
—¿Cuánto? —preguntó Calígula.
Caminaba con Macrón por un oscuro pasillo de la parte
117
posterior de la villa. Era muy tarde. Ya se habían ido todos
los invitados, la mayoría de ellos borrachos. En algún punto
de la villa, bien protegido por la guardia, roncaba Tiberio.
—Poco —contestó Macrón—. Eso dice Caricles.
—Ha de ser pronto —silbó tenso Calígula—. Está pla-
neando algo. Estoy seguro.
Verse tan cerca y aun así vivir aterrado día tras día,
preguntándose si moriría primero el emperador o el príncipe.
Calígula tenía a veces la sensación de que el miedo estaba
haciéndole perder el juicio. Le dolían las sienes y se las frotó
con los puños.
Se detuvieron ante una puerta de madera cerrada.
Fuera, las antorchas alumbraban en sus soportes.
—Él no puede hacer nada sin mí —le tranquilizó Ma-
crón.
—Eso pensaban otros —dijo Calígula con pesi-
mismo—. ¿Y dónde están ahora?
Señaló con un dedo hacia abajo, hacia el Hades.
—No te preocupes —replicó Macrón, dándole una pal-
mada en el hombro—. Te prometo que Tiberio no volverá a
ver Capri.
Calígula sujetó la mano del comandante.
—¿Lo juras?
—Lo juro.
Macrón abrió la puerta de madera, que no estaba tran-
cada. Dentro de la habitación había una gran cama… y En-
nia. Se levantó (pequeña, delgada) en una actitud amorosa,
con los brazos abiertos y mostrando los dientes en una mueca
de lujurias.
—Amor mío… —murmuró.
118
Calígula cerró los ojos.
—Buenas noches. Dulces sueños —dijo Macrón con
una risilla dando a Calígula una palmada cordial en la es-
palda.
Calígula casi esperaba que le hiciese un guiño y dijese:
«Adelante». Se encogió cuando Macrón cerró la puerta tras
sí y le dejó a solas con Ennia.
—Amor mío… —murmuró ella otra vez.
—Amor mío… —repitió él sin gran entusiasmo, mien-
tras tomaba entre sus brazos a la esposa de Macrón.
¡Y aquélla era la noche que había pensado pasar con
aquel bailarín que tiraba las dagas en el banquete!, masculló
para sí mientras empujaba a Ennia de espaldas sobre la cama
y le arrancaba el camisón. Ennia estaba caliente, jugosa y
dispuesta. Probablemente ante el pensamiento de tanto po-
der. Tan cerca… tan cerca estaba. Calígula la penetró ante la
idea de la muerte de Tiberio. Penetró en Ennia como un gato
mete la lengua en la crema. Estaba cumpliendo con su deber.
¡Ojalá Macrón cumpliese con el suyo!
Aunque el campo de entrenamiento de Villa Miseno no
podía compararse con el Campo de Marte de Roma, Tiberio
quería que sus oficiales se mantuviesen en forma. Todos los
días practicaban con el arco y la espada, saltaban, lanzaban
el disco, luchaban. El emperador había hecho construir una
piscina en un extremo del campo de instrucción; le gustaba
ver a sus apuestos soldados nadando desnudos y desarro-
llando el pecho y las piernas. Se trataba, en parte, de la acti-
tud de un viejo soldado, y en parte del deseo de un viejo lu-
jurioso.
Y así, a aquella hora de calor del día, Tiberio permane-
cía sentado a la sombra de un pórtico contemplando el
campo mientras firmaba y sellaba sin cesar, firmaba y se-
llaba el destino del Imperio en un montón de aburridos
119
documentos. Aunque su secretario era eficaz y honesto en
apariencia, el emperador echaba mucho de menos a Nerva,
pese a los acres comentarios de éste. Se sentía aquel día muy
enfermo y muy viejo, y no se fijaba en los documentos im-
periales, sino más bien en los soldados que corrían, saltaban
y lidiaban ante él en el campo. A Tiberio le interesaban sobre
todo las jabalinas. Eran unas lanzas largas y pesadas, con
punta de metal muy puntiaguda, y había que practicar mucho
para aprender a equilibrar el asta y fijar la trayectoria que
seguiría en su vuelo hacia el blanco.
En sus tiempos, Tiberio, con su estatura y sus hombros
vigorosos, había sido un magnífico lanzador de jabalina. Ha-
cía mucho de aquello, pero aún disfrutaba con la gracia y la
belleza del arma cuando la veía empuñar correctamente. A
Tiberio le parecía que el joven Próculo era el mejor de todos
los lanzadores de jabalina. También era bueno con el disco,
y muy ágil. Había en sus movimientos una gracia natural,
leve y ligera, que le distinguía entre todos los que estaban en
el campo. Era un atleta nato, con una belleza viril que qui-
nientos años atrás, en Atenas, habría sido adorada por todos,
pensaba Tiberio. Le habrían escrito poemas y pintado ánfo-
ras en su honor. Kalós kai agathós. El más bello y el más
valiente.
Calígula estaba sentado junto al emperador, aburrido e
irritado, nostálgico de Roma, de Drusila, pero sobre todo del
sello del poder que descansaba en el marchito dedo de Tibe-
rio. De momento, no parecía haber grandes posibilidades de
satisfacer sus anhelos. El viejo emperador, pese a estar débil,
parecía últimamente más raro que nunca. Desde su enferme-
dad y la muerte de su amada culebra, no había cesado de
pinchar y provocar a Calígula, insinuando un futuro incierto.
Bien es verdad que Calígula se sentaba siempre a su lado,
como correspondía a un príncipe; pero también Tiberio Ge-
melo permanecía siempre muy cerca de él a su otro lado.
Aquel gusanuelo estaba también allí, en el pórtico, sentado
120
en un taburete. Calígula miraba sombrío el campo de ejerci-
cios. Odiaba los juegos, considerándolos algo sucio, que ha-
cía sudar y que dejaba los músculos doloridos. Como noble
romano, los ejercicios marciales habían formado parte de su
educación, pero ya no le interesaban ni como espectador.
Prefería con mucho las competiciones que terminaban en
muerte.
—La lista revisada de los procónsules que… —el se-
cretario presentaba otro documento a la firma del emperador,
pero Tiberio lo apartó a un lado.
—Ya está bien —masculló.
Sin añadir más, el secretario recogió los papeles y se
dispuso a marcharse. Tiberio alzó una mano para detenerle.
—Por hoy nada más. Salvo que quiero ver la gaceta
oficial cuando llegue.
—Sí, César.
Tiberio volvió hacia Calígula su ceño.
—¿Y tú por qué no haces nunca ejercicio?
Calígula enarcó las cejas.
—Claro que lo hago, señor.
—Sólo en la cama —gruñó Tiberio—. ¿Cómo es ella?
—¿Cómo es quién, señor?
—Ennia, la esposa de Macrón, el comandante de mi
guardia.
Calígula logró ruborizarse.
—No sé… Bueno, yo… La veo… hablo con ella…
Nada más… —fue una representación maravillosa.
—Necesitas a Macrón, ¿verdad? Porque cuando yo
muera, él es el único hombre que puede encumbrarte o hun-
dirte. ¿Qué crees tú que hará? ¿Eh?
121
Calígula sintió que se le formaba un nudo en la gar-
ganta. No se atrevió a contestar. Y, en realidad, era una pre-
gunta que no podía contestar.
—Yo lo sé todo… Lo que se dice… lo que se hace…
lo que se piensa… —dijo Tiberio; luego sonrió y llamó a
Tiberio Gemelo—. Ven aquí, niño querido. Tú al menos eres
demasiado joven para conspirar.
Rodeó con un brazo la cintura de su nieto y le dio un
apretón afectuoso.
—Bueno, quizá no demasiado joven… —Se volvió a
Calígula—. Vamos, practica con los demás en el campo.
De muy mala gana, Calígula se levantó y se quitó la
capa. Ataviado sólo con la túnica, salió al campo de juegos.
Los esclavos se adelantaron a ofrecerle el repertorio de ar-
cos, flechas, espadas y jabalinas. Los soldados procuraban
fingir que Calígula no estaba allí y seguían con sus ejerci-
cios. Pero tenían los ojos fijos en él.
Consciente de ello, y de la mirada inquisitiva de Tibe-
rio, Calígula eligió cuidadosamente el arma, quedándose por
fin con una jabalina.
Había instalado al fondo del campo un muñeco de paja
de tamaño natural; la jabalina de Próculo le atravesó el cora-
zón, lo cual provocó vítores y aplausos.
Calígula se situó para tirar. Alzó la jabalina, pero su
longitud excedía en unos centímetros a lo que hubiese sido
correcto para la estatura del lanzador, y tembló en la mano
de éste. La lanzó con todas sus fuerzas, pero el impulso re-
sultó débil y la dirección desviada. La jabalina fue a clavarse
casi a un metro del objetivo, y hacia un lado. Oyó Calígula
un rumor apagado de risas a su espalda, pero cuando se vol-
vió furioso, todos le miraban serios y graves.
Próculo quería sinceramente ayudar, y dijo:
122
—Coges la jabalina demasiado alta, señor.
—Me daba el sol en los ojos —masculló Calígula.
Y ambos prefirieron ignorar el hecho de que el sol que-
daba a sus espaldas.
Los esclavos trajeron armas, y Calígula eligió el gla-
dius, o espada corta, indicando que Próculo debía tomar otra.
Calígula se había entrenado con la espada varios años, pero
la única arma que le gustaba era su daga. Con la espada, sin
embargo, tendría bastante ventaja contra el otro. ¿Quién se
atrevería a derrotar al príncipe? Nadie. Era, sin duda, una
contienda cuyo desenlace estaba ya decidido en favor de Ca-
lígula. Empezaron a luchar y pronto se hizo evidente para
todos, no sólo que Próculo era más alto y más fuerte que Ca-
lígula, sino que era muchísimo mejor espadachín. Aun así,
siguió cometiendo errores deliberados, tal como había su-
puesto Calígula que haría. Pero, de pronto, Próculo arrancó
con un golpe la espada de la mano de Calígula. Volvió a dár-
sela un esclavo. Pero la decepción y la cólera se pintaron en
el rostro de Calígula. ¡Aquel imbécil!
—Lo siento, señor —dijo Próculo, con embarazo.
La respuesta fue un grito:
—¡Hiciste trampa!
El soldado le miró sorprendido.
—¡No fue así, señor! —exclamó ingenuamente—.
Tengo el brazo algo más largo que el tuyo, y…
—¡Te saliste de la línea! —le reprochó Calígula, la
cara ensombrecida por la cólera—. ¡Hiciste trampa! Tú, tú…
La voz grave de Tiberio zanjó la discusión. Calígula
dejó caer la espada y corrió hacia el pórtico, donde el empe-
rador, de pie, tembloroso, sujetaba en la mano la gaceta ofi-
cial. Su rostro arrugado estaba perlado de sudor, y tenía un
oscuro tono púrpura. Casi no podía hablar de modo
123
coherente.
—La gaceta —balbució, pasándosela a Calígula—. In-
formes del Senado. ¡Es increíble! Les envío tres criminales,
tres magistrados a quienes deben juzgar…
Tiberio apenas podía balbucir las palabras, y parecía
que los ojos se le fueran a salir de las órbitas.
—¡Eran culpables de traición! Y el Senado… —arrojó
el documento en las manos de Calígula—. Mira, no puedo
creerlo… no puedo… ¡Han sobreseído las acusaciones…!
Dijeron que sólo… sólo… se basaban en las declaraciones
de un delator… un delator…
Tiberio se tambaleó y estuvo a punto de caer, pero dos
esclavos le sujetaron por los brazos.
—Yo… un delator…, un simple delator… cuando soy
em… cuando soy em…
El emperador logró erguirse de nuevo y en sus ojos
centelleó una antigua luz.
—¡Oh, esto es… increíble! Que se dé la orden ¡Zarpa-
mos para Capri!
Se tambaleó de nuevo y Calígula extendió un brazo
para ayudarle, pero el emperador lo retiró bruscamente.
—He… he sido… ¡Oh, he sido demasiado indulgente!
¡Demasiado indulgente!
Corrían por la cara de Tiberio arroyuelos de sudor que
se colaban en su cuello arrugado y en el dorado cuello de su
túnica.
—Bien… bien… Ahora verá el Senado. Juro por el
cielo que… que…
Tiberio cayó de pronto hacia adelante. Calígula los es-
clavos lograron sujetarle antes de que la testa imperial gol-
pease el suelo, pero la peluca cayó, con la corona de oro aún
124
engarzada entre sus negros bucles. Medio sustentando y me-
dio arrastrando al inconsciente emperador, lograron meterle
en la villa y acostarle en su lecho.
A una distancia discreta, les seguía Tiberio Gemelo,
pálido, como si estuviera leyendo su sentencia de muerte.
¿Viviría lo suficiente para estrenar su toga viril?
El médico Caricles apareció inmediatamente, recos-
tado en una litera que algunos esclavos jadeantes transporta-
ban a toda prisa por un último repecho de la ladera donde
estaba emplazada Villa Miseno.
Dos esclavos personales del emperador vigilaban el
dormitorio de éste. Macrón, Caricles y Calígula estaban
junto al lecho, pendientes de la respiración de Tiberio, del
más leve movimiento de sus párpados, del más insignificante
aleteo de vida. En un rincón, con los ojos desorbitados de
terror, Tiberio Gemelo procuraba hacerse invisible.
Y el emperador Tiberio Claudio Nerón César, señor del
mundo, desde las ciénagas del occidente de Bretaña hasta las
riberas del Éufrates, estaba allí tendido, muy quieto, sobre
las sedosas ropas de la cama, sin respirar apenas. Treinta y
tres años antes había legado Augusto su imperio a aquel
hombre, manifestando al mismo tiempo su pesar. Se decía
que Augusto había dicho: «Ay, pobre Roma, condenada a
ser masticada por esas lentas mandíbulas». Augusto, sin em-
bargo, había admirado la habilidad de Tiberio como militar.
El anciano había supuesto que su hijo adoptivo fortalecería
y ampliaría las fronteras imperiales de Roma.
Y en los primeros años pareció que Augusto había ele-
gido bien a su sucesor. Durante dos años, Tiberio no salió de
Roma, sus decisiones fueron razonables y sólidas, y sus sen-
timientos justos y republicanos. Había trabajado con firmeza
en la administración del Imperio, y la justicia era su piedra
de toque al juzgar todas las cuestiones que se le planteaban.
125
Pero luego se produjo un cambio en él; fue como si es-
tuviese envenenándose por dentro. Lentamente, volvióse pa-
ranoico, suspicaz con sus amigos, a quienes confundía con
sus enemigos. Se retiró de Roma, al campo primero y luego
a Capri, donde su vida se hizo más secreta y depravada. Ayu-
dado e incitado por Sejano, había desencadenado un baño de
sangre, asesinando a los mejores romanos, a los más nobles,
acusándoles de traición contra el Estado y ejecutándoles del
modo más cruel. Decían algunos que la enfermedad que ha-
bía contraído con sus prostitutas le había comido el cerebro.
Otros murmuraban que el poder corrompía siempre… pese
a que Augusto había tenido en sus manos el Imperio y no se
había corrompido en absoluto.
Fuese cual fuese la explicación, Roma vivió durante
veintitrés largos años aterrada por aquel hombre, que ahora
yacía en aquella cama como esculpido en cera, sin apenas
respirar.
Caricles se inclinó sobre él y le posó la mano en el pe-
cho. Luego, puso la oreja a la altura del corazón del anciano,
y estuvo escuchando un minuto largo. Cuando se irguió, tan-
teó el pulso en el cuello del emperador. Luego se volvió a
Calígula.
—¿Sí? —exigió ansioso el príncipe.
—Parecen habérsele paralizado todas las funciones or-
gánicas… —empezó el médico con su mejor estilo profesio-
nal.
—¿Está muerto? —interrumpió Calígula.
Caricles se encogió de hombros.
—Con un ataque de este tipo…
—¿Está muerto?
Caricles cabeceó.
—Sí, señor. A todos los efectos prácticos…
126
—¡El anillo!
Calígula extendió la mano y uno de los llorosos escla-
vos sacó lentamente el sello imperial de la mano izquierda
de Tiberio y se lo dio. Apretó el anillo en la mano, cerrando
los ojos como un gato para saborear mejor aquel momento.
Lenta, voluptuosamente, se puso el anillo.
¡El anillo! ¡El sello del Imperio! Lo examinó detenida-
mente. Como patricio romano, no le estaba permitido llevar
anillos de oro ni de plata; el sello imperial era de hierro. El
primero en ostentar aquel anillo fue Augusto. Entonces lle-
vaba un sello con la cara de Alejandro, que se decía había
pertenecido a aquel joven griego conquistador del mundo.
Según rumores, había sido robado de su tumba trescientos
años antes, y Augusto lo llevó hasta que se le apareció Ale-
jandro en un sueño, con una sombría expresión de cólera.
En opinión de los griegos, los sueños llegaban por dos
puertas: la puerta de cuerno o la puerta de marfil. Por la
puerta de marfil llegaban los sueños falsos y engañosos; por
la de cuerno los sueños verdaderos. Augusto, convencido de
que el espíritu de Alejandro le había visitado pasando por la
puerta de cuerno, se quitó aquel sello y no volvió a usarlo.
Fue entonces cuando llamó al artista Dioscórides para que
hiciese un retrato suyo en una piedra preciosa y lo engastase
en el gran sello del Imperio. Así pues, era la cara de Augusto
lo que ahora contemplaba Calígula. Una cara que él apenas
recordaba, pues sólo tenía tres años cuando murió el primer
emperador de los romanos.
Augusto creía en los sueños. Y Calígula veía ahora que
su sueño repetido había llegado a él por la puerta de marfil,
la puerta falsa. Tiberio había muerto y ya no tenía poder al-
guno para hacerle daño. Aquel rostro lobuno no volvería a
mirarle, a aterrarle en la noche. Tantas noches de tembloroso
miedo… y al fin resultaba que todo había sido un mal sueño.
Calígula sintió una inmensa explosión de libertad, de poder,
127
por todo su cuerpo. Miró fijamente la imagen de Augusto
engastada en su dedo. Espera y verás, Roma, ¡espera y verás!
Macrón se arrodilló a besar la mano del anillo.
—¡Salve, César! —dijo suavemente.
Después lo hizo Caricles; sus dedos secos rozaron el
dorso de la mano de Calígula.
—Salve, César.
—Comunica la noticia —dijo Calígula a Macrón, con
voz firme y satisfecha.
El soldado y el médico se fueron con una inclinación.
Sentados en el suelo, las cabezas dobladas en un dolor esti-
lizado, seguían los esclavos. Tiberio Gemelo, oculto en un
rincón, apenas si se atrevía a respirar. Le aterraba la idea de
que Calígula cayese en la cuenta de que estaba allí. Al salir
el soldado y el médico, aprovechó la oportunidad y se mar-
chó furtivamente.
Calígula se atusó la ropa muy tranquilo y, luego, cogió
un espejo de bronce del arcón que había junto a la cama de
Tiberio. Durante unos breves instantes, lo sostuvo, ante los
labios del anciano comprobando que no había en él hume-
dad, que estaba seco. Sin la menor duda, Tiberio estaba
muerto.
Entusiasmado, Calígula bailó por unos instantes la
danza de Botitas, para burlarse del espíritu de su abuelo. Se
inclinó luego otra vez sobre la cama y contempló al muerto,
el antiguo soberano del mundo.
—¿No es la muerte en realidad nada? —murmuró—.
¿O está ahí la diosa Isis, esperando a juzgarte?
Un rumor de gritos llamó su atención: eran los lamen-
tos de las plañideras y las aclamaciones de «¡Salve César!»,
del pueblo. Ya se había dado la noticia.
128
Calígula escuchaba extasiado. Era el momento que lle-
vaba esperando muchos, muchísimos años. Habían termi-
nado sus humillaciones; estaban a punto de empezar sus
triunfos. Tenía arrugados los pliegues de la toga y los alisó,
luego se atusó el pelo. No podía dar sensación de descuido y
dejadez. Contempló su imagen en la pared de espejos, muy
complacido.
Tras él, en la cama, Tiberio abrió los ojos.
Y, al incorporarse, se dio cuenta de que le faltaba el
anillo del dedo. Vio luego la sonrisa satisfecha de su nieto,
así como el anillo en el dedo del muchacho. Imaginó lo su-
cedido.
—Calígula… —llamó.
Calígula se volvió como quien oye a un espectro, con
la cara de un blanco ceniciento.
—¡Señor! —balbució.
Tiberio se había incorporado, apoyado en un codo, y le
miraba furioso.
—¡Dame el anillo!
El emperador tendió la mano.
Calígula, inmovilizado, tenía los ojos fijos en él. Luego
vio que los esclavos también miraban boquiabiertos. Hizo un
gesto brusco despidiéndoles y desaparecieron prestamente
tras los cortinajes.
—¡No! —dijo suavemente Calígula.
—Sí —la voz de Tiberio era firme. Su mano seguía es-
perando el anillo.
Calígula no podía ceder el precioso anillo. ¡Nada, nadie
se lo quitaría nunca! Medio enloquecido, alzó el pesado es-
pejo de bronce y se acercó con él a la cama.
129
El anciano no se inmutó. Crispó los labios despectiva-
mente.
—No te atreverás…
Con un gemido, Calígula alzó el espejo sobre la cabeza
del anciano, dispuesto a golpear.
—¡Guardias! —gritó Tiberio.
Macrón apareció inmediatamente y captó el signifi-
cado de la escena.
—¡Nada de sangre! —gritó a Calígula.
Calígula dejó caer el espejo, que resonó lúgubremente
en el suelo.
—Macrón… no está… no está… —tartamudeó, con
los ojos desorbitados por el terror.
—Aún soy emperador de Roma, Macrón —dijo fría-
mente Tiberio.
—Sí, señor, aún lo eres —contestó Macrón.
Y, aproximándose a la cama con la agilidad de un tigre,
arrancó un trozo de la negra cortina del dosel del lecho im-
perial y, con un rápido movimiento, envolvió la cabeza de
Tiberio en sus pliegues. El emperador, defendiendo su vida,
luchaba con vigor sorprendente en un anciano. Pero Macrón,
implacable, fue apretando cada vez más la tela alrededor del
cuello del anciano. Con sus fuertes brazos, aquella tela apre-
taba igual que una soga. Calígula observaba, medio aterrado
medio extasiado, mientras oía a la muerte roncar en la gar-
ganta de Tiberio.
Al fin, todo acabó. Macrón retiró la tela. Ya no había
posibilidad de error. Tiberio había muerto. Sus ojos en
blanco estaban fijos en el vacío. Tenía el cuello grotesca-
mente retorcido; la lengua brotaba de su boca desencajada.
Calígula le contempló aterrado. La cara de Tiberio no
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era ya la cara del Sueño.
—Calígula es emperador de Roma —anunció suave-
mente Macrón.
—¿Estás… estás seguro… de que ahora… de que
ahora…?
—Sí. Prepárate. Todos esperan en el salón —dijo Ma-
crón sonriendo.
Calígula se irguió, como correspondía a un emperador,
y dio una palmada en el hombro al capitán.
—Macrón, nunca olvidaré esto —dijo.
Macrón saludó silencioso y se fue.
Calígula se acercó más a Tiberio y contempló su rostro.
Muerto. Ya no tenía el poder de aterrarle. Luego, dio una
palmada llamando a los esclavos, que reaparecieron de de-
trás de la cortina.
—Que venga el embalsamador —ordenó tranquila-
mente—. Que preparen la mascarilla mortuoria.
—Sí, César —asintieron los esclavos a coro, con una
inclinación.
Restaurada su confianza, Calígula miró fijamente a la
puerta, anhelando aparecer ante la multitud vitoreante. Pero,
de pronto, se detuvo y dio la vuelta.
—Visteis lo que pasó, ¿verdad?
Los esclavos movieron aterrados la cabeza.
—¡No me mintáis!
—Señor, César… Nosotros no vimos nada… nada…
—Escuchad atentamente —dijo Calígula, achicando
los ojos—. No tenéis nada que temer… si recordáis exacta-
mente lo que visteis.
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Uno de los esclavos dio un paso al frente.
—Al comandante, señor. Macrón… Arrancó un trozo
de tela… y… —pero no pudo seguir. Rompió a llorar.
Calígula se dio por satisfecho.
—Está bien. ¿Sabes escribir?
El esclavo asintió.
—Bueno. Escribirás una declaración de lo ocurrido. La
firmaréis los dos. Y, de momento, no habléis con nadie de
todo esto.
—Sí, César —contestaron los dos esclavos a la vez.
—Hasta que yo os dé permiso —añadió Calígula, y sa-
lió de la habitación.
Qué útiles eran los esclavos… siempre estaban allí
cuando les necesitabas. Y podías prescindir de ellos muy fá-
cilmente cuando dejaban de ser útiles.
El gran salón de la villa estaba lleno de cortesanos, fun-
cionarios de la guardia, secretarios, solicitantes y visitantes.
Los murmullos nerviosos se habían elevado de tono y bor-
deaban la histeria. El único oasis de calma era el estrado del
emperador, donde estaba Macrón, frío e imperioso, junto al
asiento vacío del soberano. Alzó la mano pidiendo atención,
y los rumores se fueron apagando gradualmente.
—Nuestro amado padre murió pacíficamente —comu-
nicó el capitán de la Guardia—. Los dioses fueron miseri-
cordiosos. Fueron tan misericordiosos con él como lo son
ahora con Roma.
Vio que Calígula entraba en el gran salón y se detenía
entre las inmensas columnas de mármol de capiteles corin-
tios.
—¡Salve, César! —gritó Macrón, extendiendo el brazo
en un saludo.
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Todos se volvieron, muy nerviosos. Al ver a Calígula,
lanzaron un gran grito:
—¡Salve, César! ¡Salve, César! ¡Salve, César!
Aquello era música para los oídos de Calígula. Era la
canción que había esperado oír durante toda una eternidad.
Le costaba mucho trabajo mantener una expresión solemne
y grave, la expresión que correspondía a un joven emperador
que acababa de perder a su amado abuelo.
Pero sus ojos brillaban jubilosos. Había sobrevivido.
Ahora el emperador era él. Nadie podría impedirlo ya; nadie.
Lentamente, con gran dignidad, Cayo Julio César Ger-
mánico cruzó entre la enfebrecida multitud hacia el estrado
y el trono.
Se abrió ante él un camino como por arte de magia;
todos se arrodillaban a su paso. Algunos extendían la mano
para alcanzar el borde de su toga, para besarlo. Otros inten-
taban besar sus manos, sobre todo la del anillo. Entre los
arrodillados, vio Calígula a Ennia, que le miró radiante, con
una sonrisa de triunfo y conspiración. Pobre chica. No tiene
buen aspecto, pensó Calígula. No creo que le quede ya mu-
cho tiempo de vida.
Calígula subió al estrado con gran dignidad. Todos
aquellos años en los que se había visto obligado a ser la som-
bra de Tiberio, rendían ahora su fruto. Había aprendido a ac-
tuar, había aprendido a ocultar sus verdaderos sentimientos.
En aquel momento, aunque su yo secreto se entregaba
con feliz abandono a la danza infantil, su apariencia exterior
era afligida y majestuosa. Se irguió allí, en el estrado, reco-
rriendo con la mirada a la multitud, mientras se arrodillaba y
besaba el anillo. Luego, se acomodó lentamente en el trono.
¡Parecía hecho a su medida!
Por fin, los ojos azules de Calígula encontraron el
133
rostro que andaban buscando. Al fondo de la estancia, los
ojos enrojecidos por el llanto, moqueando como un bebé, es-
taba Tiberio Gemelo. Calígula le hizo una amable seña, y el
muchacho avanzó con pasos vacilantes, inseguro de su des-
tino.
Calígula le hizo subir hasta el estrado y le abrazó tier-
namente.
—Oh, Gemelo, ahora debemos querernos. El abuelo
murió, y sólo nos tenemos el uno al otro —dijo, en voz lo
suficientemente alta para que se oyese en toda la estancia.
Los presentes murmuraron aprobatoriamente.
Bueno, pensó Calígula, eso será hasta que se lea el tes-
tamento de Tiberio y el Senado me confirme como empera-
dor. Cosa que hará, sin duda alguna. Mientras tanto, en fin,
el muchacho no tenía buen aspecto y habría que estar muy
pendiente de él. Después de todo, ¿no eran hermanos… más
o menos?
Miró de nuevo a la multitud y alzó la barbilla como
solía hacer Tiberio.
—Tomo la pesada carga del Estado profundamente
afligido —empezó.
134
6
135
sesenta mil prisioneros a los dioses, en acción de gracias.
Seiscientos era una cifra mucho más próxima a la verdad, y
la mayoría eran viejos y débiles que, de todos modos, ha-
brían muerto pronto. Lo cierto fue que Tiberio tuvo un es-
pléndido funeral, digno de un emperador, y que su oración
fúnebre fue pronunciada por el propio Calígula, quien de-
rramó abundantes lágrimas e invocó a los dioses como testi-
gos de la grandeza del emperador desaparecido.
Tiberio había dicho muchas veces que no deseaba con-
vertirse en un dios, que no quería que ningún hombre le ado-
rase. Así pues, de acuerdo con sus deseos no hubo apoteosis,
ni se erigió ningún templo en honor suyo.
Una de las primeras decisiones oficiales que tomó Ca-
lígula fue la de restaurar el culto de Isis, que Tiberio había
prohibido. Dedicó una suma inmensa, que se pagó del tesoro
de Tiberio, a la construcción de un templo dedicado a la
diosa. Tiberio había legislado contra todos los cultos orien-
tales, incluyendo no sólo el de Isis, sino también las prácticas
exóticas de los judíos, que habían logrado introducir en
Roma la religión de uno de sus profetas crucificado en tiem-
pos de Herodes, unos años antes, siendo Pilatos gobernador
de Judea. Este profeta había predicado la resurrección y la
vida eterna, y había muerto por ello.
La promesa de vida eterna, tal como la ofrecía Isis la
Inmortal, esposa y hermana del resurrecto Osiris, atraía pro-
fundamente a Calígula. Pero le interesaban muy poco los ju-
díos, y, en consecuencia, sus prácticas y creencias siguieron
prohibidas en Roma.
Calígula se presentó con sus hermanas en el Senado al
día siguiente de que se leyese el testamento de Tiberio. Iban
todos vestidos de luto y las tres mujeres con velos, pero las
ropas negras de Calígula llevaban amplios bordes púrpura.
Sus delgados brazos aparecían adornados con gruesos bra-
zaletes de oro, y en la mano izquierda llevaba el sello del
136
Imperio.
De pie bajo la estatua de Nike en el ábside del Senado,
para que pareciese que la propia diosa de la victoria le coro-
naba, Calígula habló solemnemente al numeroso público.
—Tiberio, de feliz memoria, siempre fue para mí un
guía, un padre y un soberano digno de emulación.
Hizo una pausa y miró a su alrededor con secreto gozo.
Los senadores se mostraban tan solemnes como él, pero per-
cibía claramente su alegría por la muerte de Tiberio. Drusila
sonreía detrás del velo, con una amplia sonrisa. Macrón, que
estaba al lado de Calígula con todas sus armas, y Querea, que
se había apostado junto a la puerta del Senado, parecían muy
satisfechos; incluso Ennia, al fondo de la estancia de paredes
de mármol con las otras damas patricias, aprobaba con de-
leite el curso de los acontecimientos. ¡Qué gran hipocresía!,
pensaba Calígula. ¡Qué farsa! Calígula gozaba realmente
con aquel espectáculo.
—Tiberio —dijo— fue nuestro padre veintitrés años.
Nosotros, todos nosotros, fuimos sus hijos.
Asomaron lágrimas a sus ojos; estaba logrando incluso
convencerse a sí mismo. Qué gran actor soy, pensaba. Debe-
rían construir un teatro en mi honor. Luego continuó: —En
su lecho de muerte me suplicó que continuase su tarea…
—¡Al Tíber con Tiberio! ¡Al río con él! —gritó una
voz fuera del recinto. El populacho había conseguido abrirse
paso hasta allí. El odio a Tiberio se había desatado.
Hubo un murmullo en el Senado, y Calígula reprimió
una sonrisa. El pueblo estaba con él.
—Yo haré cuanto pueda dentro de mis limitadas posi-
bilidades —continuó solemnemente—. Y, ejerciendo esos
poderes que tan bondadosamente habéis delegado en mí, or-
deno la liberación de todos los que estén encarcelados, sea
137
cual fuere su delito.
Se elevaron vítores entre las filas de senadores, y Calí-
gula alzó una mano para silenciarlos.
—Llamo además a todos los que están exiliados de
Roma. Les concedo amnistía y…
Se elevaron de nuevo los vítores, más fuertes esta vez,
ahogando su voz. Calígula miró satisfecho a su alrededor.
Iba a ser más fácil de lo que había pensado.
Quedaron abolidos gran número de decretos que recor-
daban sutilmente al Senado y al pueblo de Roma lo malvado
que había sido Tiberio. Calígula recuperó los restos mortales
de su madre Agripina y su hermano Nerón e hizo traerlos a
Roma con honores tales que todos se vieron forzados a re-
cordar cómo había desterrado Tiberio a Agripina, cómo la
había asediado tan cruelmente que decidió quitarse la vida
antes de que Tiberio se la arrebatara. Y exigió que no sólo le
jurase el Senado fidelidad, a él, a Calígula, sino también a
sus hermanas Julia Livilla, Agripinilla y, sobre todo, a Dru-
sila.
En esos primeros días, sólo había tenido un momento
realmente desagradable, y fue durante el funeral de Tiberio.
Tan parecido al Sueño había sido, que Calígula se vio de
nuevo con seis años, temblando de pavor mientras la larga
procesión de deudos afligidos y plañideras desfilaba, con sus
máscaras ancestrales, ante la silenciosa muchedumbre para
entrar en el mausoleo de Augusto. La diferencia era que Dru-
sila no estaba ya separada de él, sino junto a él, y ése era su
único consuelo.
Mientras los enmascarados pasaban lentamente ante él,
Calígula inició inconscientemente su danza, saltando de un
pie a otro.
—No. No te inquietes —le había murmurado Drusila,
cogiéndole del brazo.
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Calígula se contuvo y permaneció inmóvil, como co-
rrespondía a un emperador.
—Es como el Sueño —murmuró.
En aquel instante apareció el portador de la máscara
mortuoria de Tiberio. Era una máscara odiosa, crispada,
como en el momento de la estrangulación del viejo. Calígula
dio un paso atrás. Empezaron a temblarle los labios. Se sen-
tía totalmente desorientado. ¿Era entonces un hombre o un
niño? ¿Era aquello sólo una máscara o era Tiberio mismo,
que volvía de la tumba con objeto de acusarle de asesinato?
—Isis… diosa… sálvame —murmuró.
—No es más que una máscara —dijo Drusila, apretán-
dole con fuerza la mano.
—¿Acaso estoy soñando? —dijo suplicante Calígula.
—No no es el Sueño. Él está muerto. Y tú vivo.
Había en la voz de Drusila un tono de entusiasmo exal-
tado que calentó la sangre de Calígula.
—Y tú eres el César —añadió Drusila.
—¿Soy ya el César?
Apenas se atrevía a creerlo.
—Eres el señor del mundo —le aseguró Drusila.
—El señor del mundo —replicó Calígula asombrado;
sonrió lentamente—. Me gusta este sueño. Aunque no fuese
real, seguiría gustándome.
—Es real —insistió Drusila—. Eres emperador de
Roma.
Calígula miró su anillo. Allí estaba el sello imperial.
Luego oyó a la multitud que cantaba su nombre Ca-lí-gu-
la… Ca-lí-gu-la… todas las sílabas claramente diferencia-
das. Los gritos fueron haciéndose cada vez más fuertes,
139
¡¡CA-LÍ-GU-LA, CA-LÍ-GU-LA!! Sonrió, convencido al
fin. No era un sueño… O, más bien, era un buen sueño que
se había cumplido.
Se trasladó con sus hermanas al palacio imperial del
Palatino. Augusto había vivido allí la última parte de su
reinado, y Tiberio la primera del suyo. Era una mezcolanza,
una colección de edificios agrupados sin orden, enlazados
mediante logias y pórticos, atrios y jardines. Calígula dio ór-
denes inmediatas de que se ampliase el palacio y dictó tam-
bién normas sobre su organización. Llamó a arquitectos y
constructores obreros y artesanos de todos los ramos, y les
ordenó construir una residencia digna de un emperador. Pi-
dió también ingenieros hidráulicos. Debían construir un
acueducto que llevase agua a Roma.
Donde quiera que fuese, el pueblo le aclamaba. Le que-
rían como hijo de Germánico y como antítesis de Tiberio.
Calígula era joven y sano. Parecía prometer un reinado justo
y parecía amar al pueblo; les echaba monedas, les daba trigo,
bajó el precio del pan, y organizó suntuosos juegos para su
entretenimiento. El pueblo se mostraba siempre ansioso de
aclamarle, y él ansioso también de su adoración.
Concedía audiencia a diario en la basílica palatina, re-
cibiendo a senadores, oficiales del ejército, miembros de la
casa imperial y solicitantes. Esplendorosamente vestido, con
una corona de hojas de laurel de oro en la cabeza, se sentaba
en el trono sobre el estrado imperial y, desde allí, dictaba
justicia y firmaba documentos con un solemne movimiento
del sello imperial.
Aquél era un día muy especial. Iba a aceptar el consu-
lado, el más alto cargo no imperial que podía otorgar el Se-
nado. Era una prueba de fe absoluta en Calígula, pues los
cónsules (se elegían dos al año) eran los sumos magistrados
de Roma, presidentes del Senado y portavoces más impor-
tantes de la ley romana.
140
Con una amplia sonrisa, Calígula hizo una señal a su
chambelán para que ordenase silencio.
El chambelán, golpeando el suelo de mármol con su
báculo, dijo:
—¡Silencio! ¡El gran César desea hablar!
Se elevó un murmullo en la atestada basílica.
—Señores —empezó cordialmente Calígula—, inicia-
mos una nueva era. Hay que olvidar los viejos pleitos. He-
mos de olvidar los antiguos temores.
Se elevó entre el público un murmullo aprobatorio, en-
tre aquel público formado por los ciudadanos más importan-
tes e influyentes de Roma, así como por los comandantes de
la Guardia y de las legiones.
—Ante la insistencia del Senado y del pueblo de Roma,
acepto el más alto cargo de la república, el Consulado.
Estallaron aplausos y Calígula hizo una inclinación.
—El Senado y el pueblo de Roma han elegido también
como cónsul a mi sabio y querido tío Claudio…
Calígula permaneció serio y grave, pese al murmullo
de asombro que siguió a estas palabras. Pero nadie estaba
más asombrado que el propio Claudio, boquiabierto y des-
concertado entre la multitud.
—Claudio —dijo dulcemente Calígula—, ven a ocupar
tu puesto a mi lado.
El asombrado Claudio se acercó cojeando, y estuvo a
punto de caerse al tropezar con el propio estrado, para colo-
carse junto a Calígula, que gozaba muchísimo con el espec-
táculo de su tío medio tonto. Extendió una mano para que
Claudio se la besara y luego, con un elegante gesto, le indicó
que se sentase. Pero no había ningún asiento, y la confusión
de Claudio resultó aún más cómica por cuanto se puso a
141
buscar en vano un sitio donde sentarse.
—Cumpliendo la voluntad de mi amado predecesor,
adopto desde ahora por hijo y heredero a Tiberio Gemelo —
proclamó Calígula.
Gemelo, que estaba entre la multitud, muy nervioso
además, intentó sonreír.
Los esclavos se aproximaron con una mesa sobre la que
había el documento de adopción, que Calígula firmó y selló.
Luego, los esclavos se llevaron la mesa y Calígula se le-
vantó, con una alegre sonrisa.
—Ven acá… hijo mío…
Gemelo se acercó dubitativo al estrado y fue abrazado
brevemente ante la aprobación del público. Luego, Calígula
le situó a su derecha, quitándolo del medio, y continuó su
parlamento.
—Legalizo desde ahora el culto de la diosa Isis —dijo
con alivio, ignorando los murmullos de sorpresa que se alza-
ron entre el público—. Acepto también los siguientes títulos
que me han ofrecido, con gran generosidad, el Senado y el
pueblo de Roma. Se me llamará «Piadoso» y «Padre de la
patria» y, por supuesto, «César». Y todos los juramentos ofi-
ciales contendrán esta frase: «No valoraré mi vida ni la de
mis hijos más de lo que valoro la seguridad del emperador y
de sus hermanas…»
—Deberías haber visto qué caras ponían cuando les
dije que debían jurar no sólo por mí sino por ti… y por nues-
tras estúpidas hermanas —dijo Calígula, riéndose, mientras
se desabrochaba el cinturón de la espada.
Vestida con todas sus galas y tumbada en la cama de
Calígula, Drusila evocó divertida las expresiones de asom-
bro de aquellos viejos.
—Debieron quedarse atónitos —dijo, con una risilla.
142
—Eso espero —contestó Calígula, que estaba de exce-
lente humor—. Ser emperador es más divertido de lo que
había supuesto.
Le emocionaba lo de tenerlo todo y controlar a todos,
el que Roma entera le perteneciese. Aquel dormitorio, por
ejemplo… ¡Había tanta diferencia entre aquello y su antiguo
aposento del palacio! Este de ahora era inmenso y estaba
suntuosamente amueblado. En un rincón se había erigido un
pequeño altar, un altar para el propio Botitas, para el niño
Calígula. Allí estaba su pequeño uniforme del ejército, in-
cluidas las caligae. Las paredes tenían majestuosos frescos
de escenas campestres que creaban una atmósfera de jardín.
Los soportes de la pared, la mesa que había junto a su lecho
y las lamparillas eran de plata.
—¿Crees que es prudente inquietar de ese modo al pue-
blo? —preguntó Drusila—. ¿No crees que…?
Calígula se echó en la cama y besó a Drusila, poniendo
punto final a sus preguntas. Estaba tan bella, más hermosa
incluso que en el recuerdo. Su encuentro, la noche del fune-
ral de Tiberio, había sido todo cuanto él había deseado; todo
cuanto había soñado. Ella se mostró tan ardiente, tan apasio-
nada, que Calígula estuvo seguro de no poder hallar en nin-
guna otra parte la plenitud gozosa que obtenía entre los bra-
zos de Drusila.
—Amor, puedo hacer… —la besó de nuevo, abrién-
dole los labios— cualquier cosa… —otro beso— que
desee… —Calígula bajó los labios hasta el cuello de Dru-
sila— a quien quiera.
Drusila sintió un escalofrío al darse cuenta de la verdad
que encerraban aquellas palabras.
—Bueno, pero no empieces por mí… —dijo malicio-
samente.
Calígula se apartó de ella.
143
—De acuerdo, no lo haré.
—No me refería a eso. Puedes empezar cuando quie-
ras…
Y, dicho esto, metió la mano bajo la túnica del empe-
rador y descubrió que estaba duro y palpitante. Lamió luego
sus labios en una promesa sensual.
Sonó una discreta llamada en la puerta.
—¿Qué es? —dijo irritado Calígula. ¡Vaya momento
de interrumpir!
Era su primer secretario, Longinos.
—César —su voz llegó apagada a través de la puerta—
. Pediste que los guardias se reuniesen en el estadio del pa-
lacio.
Calígula se apartó de mala gana de los torturantes de-
dos de su hermana.
—¿Te das cuenta de que nunca volveré a estar solo ni
un minuto durante toda mi vida? —exclamó exasperado.
—Tampoco lo estabas antes —le recordó Drusila con
una sonrisa—. La diferencia es que ahora tú eres el carcelero
y no el prisionero. Vamos, levántate ya.
Tras lo cual, ella se levantó grácilmente de la cama y
ajustó los pliegues de su túnica. Luego, cogiendo la gruesa
capa de lana de Calígula, púrpura con bordados en oro y
plata, le ayudó a abrocharse la gran fíbula de cabeza de león.
—¿Qué vas a hacer respecto a Ennia? —le preguntó,
enarcando una ceja—. Se ha dedicado a contarle a todo el
mundo que piensas casarte con ella.
Calígula no contestó, pero frunció el ceño. Se le aca-
baba de ocurrírsele una idea. Garrapateó un breve mensaje,
lo guardó en su cinturón con una malévola sonrisa, acarició
levemente la punta de la nariz de Drusila, y salió a reunirse
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con Longinos.
Camino del estadio para pasar revista a la guardia, Ca-
lígula y Longinos atajaron por un pasillo trasero de palacio,
un sector del edificio que había sido en tiempos residencia
de Tiberio. Al oír que salía una risilla de una de las habita-
ciones, Calígula abrió la puerta. Se desplegó ante sus ojos un
espectáculo fantástico: la habitación estaba llena de chicos y
chicas desnudos, algunos de los cuales recordaba de Capri.
Empezaron a acariciarse, a adoptar posturas provocativas,
riendo mientras ofrendaban a su nuevo señor los dones de
sus cuerpos núbiles. Longinos condujo al asombrado Calí-
gula a una habitación adjunta, donde unos enanos hacían una
grotesca parodia del acto del amor. Aquella habitación daba
a otra, donde dos esclavos nubios, varón y hembra, se flage-
laban por turno al tiempo que utilizaban sobre sí mismos gi-
gantescos consoladores de marfil.
—¿Qué hacen aquí, Longinos? —preguntó Calígula.
—Mandamos a por ellos, César. Al emperador Tiberio
le gustaba tenerlos siempre con él, dondequiera que fuese.
—Que los maten —dijo tranquilamente Calígula—. A
todos.
Y volvió al pasillo, ignorando las quejumbrosas súpli-
cas de los niños condenados.
—Que mueran ahogados —puntualizó por encima del
hombro, mientras Longinos se apresuraba a seguirle los pa-
sos.
Recordaba el «banco de pececillos» de Tiberio.
—¡Pero César! Son esclavos valiosos, parte de tu he-
rencia —protestó el secretario.
Calígula cerró de un golpe la puerta del pasillo, ta-
piando así los gritos.
—Que los maten. O que los vendan. Me da igual. Pero
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quiero librarme de ellos.
Su voz era firme; sus palabras, definitivas. Luego mur-
muró entre dientes: —Viejo cabrón sucio y lujurioso.
No quería saber nada con nadie ni con nada, por muy
hermoso y atractivo que fuese, que hubiesen tocado los de-
dos viejos y enfermos de Tiberio.
—¡Salve, César! —dijo un coro de voces desde la
arena, al entrar Calígula en el palco del estadio Palatino
donde le esperaban Macrón, Querea y otros dos oficiales de
elevado rango. Abajo se alineaba la guardia pretoriana para
la inspección. Rasgó el aire el sonoro estruendo de las espa-
das en los escudos cuando saludaron.
Calígula contempló sonriente su guardia personal, lo
mejor de las legiones romanas. Con voz potente de soldado,
les dijo: —Os daré a cada uno… para celebrar… nuestra ele-
vación al trono… y el inicio de nuestro remado… diez piezas
de oro.
Brotó un estruendo atronador de gritos felices entre los
soldados.
Calígula sonrió, girándose.
—Esto les mantendrá satisfechos un tiempo —co-
mentó.
—Eres muy generoso, César —dijo Macrón con una
mueca—. Hacía años que Tiberio no les daba nada.
A Calígula le centellearon los ojos.
—¿Criticas acaso a mi amado abuelo? —gritó irritado.
Una súbita sensación de peligro hizo dar un paso atrás
a Macrón. Le invadió el desconcierto.
—Oh… sí… ¡No! César.
Calígula dejó el palco y bajó hasta la arena para
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inspeccionar a sus hombres. Macrón, sumiso, caminaba a su
lado. Querea, que iba delante, se situó al final de la forma-
ción.
—¿Cómo está Ennia? —preguntó Calígula en voz baja,
fingiendo examinar detenidamente los detalles del uniforme
de un soldado.
A Macrón se le iluminó de pronto la cara.
—Te espera, César.
—Y yo a ella —dijo amablemente Calígula.
Llegaron al final de la primera fila de soldados. Un ofi-
cial, joven y alto, saludó marcialmente y Calígula se le quedó
mirando.
—Te conozco…
—Soy Próculo, César.
Era el oficial que le había vencido en el duelo a espada
en Miseno, aquel oficial alto y apuesto, de espeso y rizado
pelo negro.
—Creo recordar que eres un gran atleta —dijo Calígula
con una sonrisa.
—Sea lo que sea, estoy al servicio del César —contestó
Próculo.
—Sí —aceptó Calígula. Así era, exactamente, como
debía ser.
—César —intervino Querea—. Próculo se casa este
mes. Con Livia Orestilla.
Era una joven de una familia honorable, famosa ade-
más por su virtud y modestia.
Calígula pensó en esto un momento.
—Te felicito —dijo, y sonrió al apuesto oficial, la-
deando la cabeza como para verle mejor—. Quizá vaya a la
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boda.
Próculo se ruborizó:
—Sería demasiado honor…
—Yo seré quien juzgue eso —replicó serenamente Ca-
lígula.
Macrón encabezó la comitiva hacia la salida del esta-
dio, y Calígula se situó junto a Querea. Sin decir una palabra,
sacó la nota del cinturón y la puso en la mano de Querea.
Éste cerró los dedos sobre ella de inmediato, pero no se al-
teró la expresión de su rostro, ni se alteró su paso. Calígula
lanzó una fugaz mirada a su alrededor. Nadie se había dado
cuenta.
Las puertas del dormitorio de Calígula estaban cerradas
y la luz de las lámparas iluminaba el rico tapizado que cubría
la mayor parte de las intrincadas tallas. Las puertas se divi-
dían en paneles, el de la hoja de la derecha tenía grabadas
escenas de la Ilíada, entre las que figuraban la muerte de
Aquiles y el rapto de Briseida, mientras que en el de la iz-
quierda había escenas de la Eneida de Virgilio, entre ellas
una de Eneas, el antepasado de Rómulo y Remo, huyendo de
Troya con Anquises a la espalda. A ambos lados de las puer-
tas se alzaban gruesas columnas de mármol donde había gra-
bados animales mitológicos: la esfinge y la quimera. El qui-
cio era de mosaico, un mosaico que tenía grabados intrinca-
dos dibujos geométricos.
Calígula permanecía tendido en la cama contemplando
la puerta. A su lado estaba Ennia, que contemplaba a Calí-
gula. El cielo del atardecer era rosa y oro; estaban corridas
las cortinas de la ventana que daba al peristilo, y tras, sus
columnas podían verse los marmóreos perfiles del templo de
Júpiter Capitalino.
Calígula, sombrío, bebió otro trago de vino. Había be-
bido bastante. Por Isis, cuánto deseaba que terminase de una
148
vez aquella farsa de Ennia. Sería pronto… muy pronto…
—El divorcio sólo llevará unos días —dijo Ennia, ra-
diante de felicidad.
—¿Cómo voy a poder vivir tanto tiempo sin ti? —sus-
piró Calígula con teatral exageración, pero Ennia lo inter-
pretó literalmente.
—Hemos de ser fuertes —aconsejó—. Y luego,
luego… toda la vida juntos. Y después, toda la eternidad.
—¡Oh, qué alegría, qué alegría! —murmuró Calígula,
sin mirarla.
Estaba nervioso. Y Ennia se daba cuenta. Ansioso de
que se resolviese lo del divorcio para poder convertirla en
emperatriz. Por eso había sido tan frío su intercambio amo-
roso aquella noche, pensaba Ennia. Calígula no había des-
plegado aquel ardor suyo de siempre, pues tenía ahora otras
cosas que le ocupaban el pensamiento: asuntos de Estado,
graves cuestiones de gran importancia para Roma. Ella ten-
dría que aprender a ser paciente. Aquella noche había tenido
su primera lección. Se había arrodillado entre las piernas de
él y le había chupado durante treinta minutos para conseguir
una erección. Esperaba que aquello no se convirtiese en un
problema crónico. Pero, en fin, aunque así fuese, daba igual.
Una emperatriz tenía tantas opciones, tantas opciones bellas
y hermosas que elegir. Una mujer apasionada, una mujer
como Ennia, nunca podía sentirse satisfecha con un solo
hombre, aunque ese hombre fuese un emperador.
—Me he hecho sacerdotisa de Isis —dijo Ennia.
—¡Mi sueño se convierte en realidad! —dijo Calígula,
alzando sus grandes ojos al cielo.
—Viviremos aquí, ¿verdad? En Roma… —preguntó
Ennia anhelante.
—Donde tú quieras, Ennia amada —contestó Calígula
149
con aire ausente.
—¡Para mí no hay nada como Roma! Pero, estando
contigo, me da igual donde vayamos. Siempre que no sea a
un retiro campestre… o a una isla como Capri. Capri me re-
sulta odioso.
Calígula se volvió hacia ella.
—Ennia —dijo sinceramente—, te juro por… por mí,
por el César, que nunca, nunca jamás, volverás a Capri.
Reprimió una sonrisa pensando en el doble significado
de sus palabras.
Ennia apartó las sábanas, descubriendo su cuerpo,
tenso como un alambre de lujuria. Sus pequeños pezones se
alzaban erectos.
—Te quiero —murmuró, disponiéndose a abrazarle—
. Te adoro…
Calígula la apartó.
—Ya casi se ha puesto el sol —comentó.
—¿Pero qué pasa? —preguntó ella.
—Nada.
Nervioso de pronto, se tapó con las sábanas, como si
quisiera proteger sus genitales de las manos de Ennia.
—Esperaba un mensaje… ¿Qué te parece Alejandría?
—preguntó, cambiando de tema.
—¿Alejandría? ¿Egipto? —Ennia le miró desconcer-
tada.
Calígula asintió.
—Me pareció que quizá no estuviese mal ir a vivir allí
—dijo.
—Pero el Senado… Bueno… En fin, esto… es Roma.
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—No, Ennia —dijo Calígula muy serio—. Roma soy
yo. Y donde yo esté, allí están el Senado y el pueblo de
Roma.
Ennia rió entre dientes, divertida por la bravata.
—Me haces reír.
Se oyó una llamada en la puerta, un solo golpe sonoro.
La puerta se abrió de inmediato y entraron Longinos y Que-
rea.
—Perdónanos, César —dijo Longinos.
Calígula, desnudo, se había puesto en pie rápidamente.
Ennia tapó su cuerpo con la sábana y desvió la cara pudi-
bunda.
—¿Ya está? —preguntó Calígula.
Querea asintió, mirando a Ennia.
—Ha sido detenido y acusado de asesinato.
—Bueno —dijo complacido el emperador—. Longi-
nos, el nombramiento.
Cogió entonces el pergamino de la mano de su secreta-
rio y se lo entregó a Querea.
—Tú, Querea, eres desde ahora comandante de la
Guardia Imperial.
—¿Qué? —balbució Ennia—. ¿Dónde está Macrón?
¿Dónde está mi marido?
Había una crispación histérica en su voz.
—Ha sido detenido por traición —le dijo Querea.
Olvidando ya su desnudez, Ennia saltó de la cama y
agarró a Calígula por un brazo.
—Eso no es posible. Macrón es absolutamente leal. Te
adora, Calígula.
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Calígula la miró grave y solemne.
—Lo sé —dijo con suavidad—. Créeme, yo… estoy
más desolado que tú.
Ennia no podía entenderlo.
—Pero si él te es leal, y tú sabes que lo es. ¿Qué es lo
que ha hecho?
La voz de Calígula se volvió más grave al enumerar las
acusaciones oficiales.
—Tu marido Macrón, en la ciudad de Miseno, el 16 de
marzo, asesinó a mi amado abuelo, Tiberio César, empera-
dor de Roma.
Ennia lanzó un grito.
El juicio fue lo más breve que podía permitir la ley ro-
mana. Calígula, como cónsul y magistrado, estuvo presente
en función de su cargo, interviniendo además como testigo.
Como cónsul, vio a Macrón encadenado, el cuerpo torturado
convertido en una masa sanguinolenta, escuchar las declara-
ciones de los esclavos de Tiberio, la lúgubre historia del
paño negro. Como testigo, Calígula prestó también declara-
ción.
—El asesinato fue presenciado por dos sirvientes, quie-
nes han declarado como testigos oculares. Yo me enteré de
la tragedia después.
Como emperador, Calígula oyó pronunciar la sentencia
al juez del tribunal.
—Te consideramos, Macrón, culpable del asesinato de
nuestro gran soberano Tiberio César, y por este crimen te
condenamos a muerte.
De los bancos de los espectadores se alzó un grito. En-
nia se había desmayado.
Reclinado en el diván plata de su logia, Calígula leyó
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el documento cuidadosamente y se lo devolvió a Longinos.
—No nos sentimos inclinados a la misericordia —dijo,
rechazando la ardorosa apelación de Macrón—. Que sea eje-
cutado.
—¿Y Ennia, su esposa? —preguntó el secretario.
Calígula intercambió miradas con Drusila, que estaba
sentada a su lado.
—En principio, el destierro. Pero hemos de ser clemen-
tes. Después de todo, sólo es una mujer. Llevadla a la isla
de… —pensó un momento—. Estrómboli.
Sonrió a Drusila, pensando en Estrómboli, aquella roca
volcánica y estéril.
—Ennia siente verdadera pasión por las islas —mur-
muró.
Longinos hizo una inclinación y se fue.
—Bueno, señor comandante de la Guardia, ¿he hecho
lo que tenía que hacer? —preguntó Calígula maliciosamente
a Querea.
Luego, cogió un espejo de bronce que tenía un marco
de oro bellamente cincelado e hizo ante él muecas horribles,
como un niño. Estaba muy satisfecho de sí mismo aquel día.
Le encantaba resolver problemas.
—Odiaban a Macrón, César —dijo Querea.
—Bueno. Siempre me gustó hacer justicia —dijo pía-
mente el emperador, haciendo seña a Querea de que se reti-
rase—. Es terrible lo de ser odiado.
En cuanto Querea desapareció, Calígula y Drusila se
echaron a reír como niños. Calígula se estiró como un gato,
aparatosa y alegremente.
—Ahora estamos seguros.
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—Los emperadores nunca están seguros —le advirtió
su hermana.
—Ven aquí.
Drusila se echó en el diván junto a él. Su hermano le
metió la mano por debajo de la fina túnica de algodón y em-
pezó a juguetear con sus pechos, excitando sus pezones, en-
cantado de la sensación que su endurecimiento le producía
en los dedos. Luego, le alzó la túnica y bajó la cabeza para
lamer su humedad. Drusila le empujó de las nalgas, acercán-
dole más, de modo que los muslos de él rodearan su cabeza.
Durante largos minutos, estuvieron así, totalmente absortos
en procurarse placer con sus ágiles lenguas. Por fin se ten-
dieron, respirando entrecortadamente, satisfechos.
—Quiero casarme contigo —dijo Calígula.
Drusila se bajó la túnica.
—No puedes. No somos egipcios.
Cogiendo de nuevo el espejo de mano, Calígula hizo
una mueca.
—Admito que somos mucho más guapos.
—¡Y Roma no es Egipto! Pero deja de contemplarte
tanto —añadió ceñuda.
Calígula dejó el espejo.
—Entonces, vayamos a Egipto —dijo con vehemencia;
llevaba algún tiempo pensando en ello—. Después de todo,
allí es donde vivió… vive, Isis…
—Eres tonto —le interrumpió Drusila echándose a reír.
Calígula la miró con una horrible mueca.
—¡El César no puede ser tonto!
—El César hace lo que puede —replicó Drusila—. Bo-
titas, te arrojarán al Tíber si tratas de trasladar el gobierno.
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Se había dado cuenta de que Calígula pensaba en serio
lo de irse a Egipto.
—Yo puedo hacer lo que me dé la gana —dijo Calí-
gula.
Drusila se levantó riendo del diván.
—Voy a buscarte una esposa —le espetó, cambiando
de tema.
—Tú vas a ser…
—No te casarás con tu hermana —dijo en tono tajante
Drusila—. Te casarás con una respetable dama romana de la
clase senatorial. Luego, tendrás un heredero…
—Que me matará en cuanto crezca —interrumpió som-
brío Calígula—. Lo cual me recuerda que he de ocuparme
del joven Tiberio Gemelo.
—Deja en paz al muchacho. Él no es ninguna amenaza.
Calígula cogió de nuevo el espejo y sacó la lengua, exa-
minándola detenidamente. Luego, inspeccionó los dientes.
—Es mi heredero. Eso es ya una amenaza.
De pronto, se le ocurrió una idea.
—¡Oh, tenías que haber visto al tío Claudio en el Se-
nado! —se le escapó la risa—. Cuando le llegó el turno de
hacer su discurso como cónsul, se le escapó un pedo. Le pasó
por dos veces.
Calígula imitó el sonido con los labios, tapando la na-
riz.
Pero Drusila no escuchaba aquella chiquillada. Aún se-
guía con sus pensamientos.
—Escucha, las sacerdotisas de la Gran Diosa Isis se
reúnen esta noche en el nuevo templo. La mayoría están sol-
teras.
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Calígula alzó la vista, interesado.
—¿Vírgenes de impecable reputación? —preguntó.
—Sí. Y de buena familia.
—¿Y quieres que me case con una de ellas?
—Sí.
—No.
Pero Drusila sabía cómo captar su interés.
—Vendrás disfrazado de mujer —le sugirió en voz
baja.
Calígula se entusiasmó. Le encantaba disfrazarse, y la
veta femenina que había en él adoraba las prendas y afeites
de las mujeres. Las joyas, la peluca, el colorete y la pintura
de ojos…
—Mmmmm —dijo, considerándolo—. ¿Hacen las sa-
cerdotisas realmente orgías allí?
Drusila le miró muy seria.
—Claro que no. Somos muy serias. Y muy religiosas.
—Mierda —dijo Calígula—. En fin, supongo que de
todas formas iré. ¿Me prestarás la ropa tú?
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las mejillas levemente empolvados, y perfilados con alcohol,
los grandes ojos azules. El vestirse de mujer le excitaba, y se
arregló la túnica por delante para ocultar su erección. An-
daba rozándose los muslos; las mujeres hacían aquello, al
parecer, para excitarse más. ¿No había sido convertido Tire-
sias, el vidente griego de la antigua leyenda, en mujer du-
rante varios años por una diosa airada? Sí. ¿Y no había sido
cegado por profanar los misterios con su desvergonzado
«voyeurismo» masculino? Calígula se estremeció. Pero allí
no parecía haber misterios; todo era ordenado y tranquilo.
¿Dónde estaban aquellas orgías de que tanto se hablaba?
—Quiero que se quiten la ropa —insistió—. Soy un
hombre práctico. ¿Cómo voy a casarme con una mujer,
cuando ni siquiera…?
Pero se interrumpió, atraído por el rostro y la forma en-
cantadores de una mujer. Era una chica muy joven, de aire
virginal. Caminaba despacio, con los ojos bajos, y parecía
meditar.
—Me gusta ésa —dijo Calígula, indicando a la chica.
—Ésa es Livia —le explicó Drusila—. Está compro-
metida. Va a casarse con uno de tus oficiales, Próculo.
Calígula recordó entonces.
—Ése que le llaman el hermoso querubín. Bueno, le
mandaré a la Galia o a Hispania.
Pero Drusila cabeceó con gravedad.
—Es una virgen y muy sosa, además. No es de tu estilo.
Paseaban silenciosamente alrededor de la rotonda.
—No pasa nada —murmuró Calígula—. ¿Por qué no
pasa nada? No me imaginaba que fuese así el culto de la
diosa. Estoy cansado ya. Me voy.
—Espera, Cayo —dijo Drusila, poniéndole una mano
158
vacilante en el brazo, con expresión de angustia—. Hay…
hay algo más. Pero está oculto. Es muy sagrado. Mucho. Un
gran secreto. Ningún hombre ha visto nunca estos ritos… —
y se mordió los labios, furiosa consigo misma por haber ha-
blado.
Calígula pensó por un instante en el ciego Tiresias.
Luego, rechazó tal pensamiento. Cogió anhelante la mano de
Drusila.
—¡Enséñamelo! —exigió, rojo de excitación—.
¡Quiero verlo! He de ver esos misterios. ¡He de verlos!
—Yo… yo… no podemos atrevemos a hacer una cosa
así.
—¡Yo me atrevo a todo!
A Calígula le chispeaban los ojos de ansiedad, y apre-
taba cruel la muñeca de su hermana.
—Llévame —insistió—. Yo, el César, te lo ordeno.
Drusila se rindió.
—Está bien. Pero debes guardar silencio. No digas
nada. Ni nunca. Al que revela el misterio, la diosa le castiga.
Calla y sígueme.
Al fondo de la rotonda, tras el altar de la diosa, había
una pequeña puerta de piedra por la que, de vez en cuando,
desaparecía una mujer. Drusila condujo a Calígula hasta la
puerta y la abrió, accionando un muelle secreto. Se adentra-
ron en la oscuridad. Había una escalera de piedra de escalo-
nes muy bajos que descendía por un hueco profundo hasta
los cimientos del templo. Siguieron los escalones y fueron a
dar a otro pasillo oscuro. Calígula pudo ver al fondo de éste
una luz y oyó música. Sintió que el corazón le latía más
aprisa mientras seguía los pasos de Drusila.
Llegaron a la luz y Drusila miró al boquiabierto Calí-
gula.
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Allí estaba la piscina de Isis, la gran piscina recubierta
de magníficos mosaicos, llena de agua caliente y perfumada.
La rodeaba una columnata circular y había muchachas núbi-
les que vestían túnicas de algodón transparente, tocando liras
y flautas, cantando himnos a la diosa Isis. En el centro de la
piscina colgaba una monumental imagen de Isis, desnuda,
brazos y piernas abiertos, de modo que los dedos de las ma-
nos y de los pies tocaban los bordes de mosaico. Formaban
una plataforma, un altar, para sus ritos más misteriosos.
Calígula no podía creer lo que sus ojos veían. En la pis-
cina había unas dos docenas de hermosas mujeres desnudas
haciendo el amor entre sí, el pelo largo flotando atrás, los
miembros balanceándose en el agua perfumada. El cuerpo
de la diosa las sostenía en el agua mientras enterraban sus
rostros delicados entre los muslos de sus sacerdotisas herma-
nas, o se chupaban codiciosamente unas a otras los hermosos
senos. Alrededor de la piscina, junto al borde, había por lo
menos otras veinte jóvenes de pie, vistiendo ropas tan diáfa-
nas que subrayaban su desnudez en vez de velarla. Estas mu-
jeres contemplaban a sus hermanas haciendo el amor, espe-
rando turno, excitadas por la deliciosa visión que ante sí te-
nían. Algunas se frotaban el monte de Venus para excitarse
más. De cuando en cuando, un delgado brazo hacía una seña
desde la piscina y una nueva chica se quitaba la túnica y se
arrojaba a las cálidas aguas y a los brazos de alguna ávida
amante.
Calígula jamás se había sentido tan excitado. Bajo su
túnica de sacerdotisa, el pene se alzaba duro como hierro,
listo para estallar. Lo sentía cálido y palpitante. ¿Dónde mi-
rar primero? ¡Allí! Una chica de no más de catorce años es-
taba sumida en un éxtasis sáfico mientras la lengua de una
mujer mayor entraba profundamente en ella. ¡No, allí! Una
muchacha rubia permanecía tendida, temblorosa, con la ca-
beza entre los muslos de su amante, mientras otra la lamía y
chupaba entre los muslos.
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¡No, allí! El corazón le dio un vuelco. Había una mujer
tendida de espaldas en completo abandono, una mujer de
treinta y tantos, de cuerpo esbelto y sensual, de elegantes
piernas y pechos grandes y firmes. Tenía las piernas encogi-
das para dejar sitio a una amante mientras otras dos chupa-
ban sus orgullosos pezones y manipulaba al mismo tiempo a
dos chicas, una con cada mano. ¡Había cinco mujeres procu-
rándose placer con ella! Calígula deseó de pronto a aquella
mujer. ¡Nunca había deseado algo tanto en toda su vida,
salvo el trono!
—Ésa será mi esposa —susurró a Drusila, indicándo-
sela.
Su hermana le sacó alarmada del recinto de la piscina,
arrastrándole de nuevo en dirección al pasillo oscuro.
—¡Oh no! ¡No puedes hacer eso! ¡Ésa es Cesonia!
Calígula estalló, furioso:
—¡Eres imposible! Me dices que venga a buscar una
esposa. La primera que me gusta, dices que es demasiado
sosa… Y la segunda que es… bueno… ¿Qué es, aparte de
una iniciada en los ritos de Isis?
—La mujer más promiscua de Roma —replicó lisa-
mente Drusila.
Calígula se echó a reír.
—Vamos. Cuéntame todo lo que se dice de ella. He es-
tado tanto tiempo en Capri…
—Cesonia está divorciada. Tiene tres hijas. Gasta di-
nero a manos llenas. Siempre está endeudada. Duerme con
cualquiera. Cualquiera.
Drusila iba enumerando con los dedos la lista de los
defectos de aquella mujer.
—La quiero —insistió Calígula.
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—¿Para esposa? —Drusila no podía creerlo.
—¡Mándamela! ¡Ahora! ¡Inmediatamente! A palacio.
Drusila seguía moviendo la cabeza, aterrada.
—Ahora no… más tarde.
—¡Ahora!
—Pero…
—Ésa es la voluntad del Senado y del pueblo de Roma,
hermana —dijo Calígula, burlón.
Derrotada, Drusila inclinó la cabeza ante el emperador.
Calígula estaba tumbado en la cama, esperando a Ce-
sonia. Llevaba aún el vestido, la peluca y los pendientes, e
incluso el maquillaje. Le excitaba ser una mujer que espe-
raba a una mujer que hacía el amor con mujeres. No era ca-
paz de recordar excitación como aquélla, desde la primera
noche de amor con Drusila, hacía ya tantos años.
—Eres muy convincente como sacerdotisa, César —
dijo Cesonia, deslizándose en el dormitorio con la gracia de
una pantera.
—Tú también.
Extendió la mano hacia ella, y ella, se acercó ágilmente
a la cama. Su mano estaba fría y seca, y los dedos eran largos
y extrañamente impersonales. Calígula la arrastró hacia la
cama.
—Me resultas muy excitante como mujer, César —
murmuró Cesonia.
—¿Como hombre no?
—Eso hemos de verlo.
Los labios de Cesonia se unieron a los de Calígula en
un beso largo y profundo. Sus bocas se abrieron.
162
Cuando maniobraba para sacar el pene, ella le detuvo.
Luego, apartó los pliegues de su túnica y empezó a chuparle
ferozmente las tetillas, como si él fuese una mujer. Nadie le
había hecho aquello, y Calígula sintió que corría fuego por
sus venas. Deseó tomarla.
—Espera.
Cesonia se levantó y encendió una lámpara, alzando el
pábilo para iluminar el dormitorio, luego aproximó a la cama
un espejo alto, colocándolo de modo que les reflejase ha-
ciendo el amor. La excitación de Calígula se multiplicó. Le
palpitaban las venas de las sienes.
—Ahora —dijo.
Y volvió a la cama, desnudó sus pechos y frotó sus pe-
zones contra los de él. Calígula contempló la pulida superfi-
cie del espejo y sonrió al ver sus pezones tan erectos como
los de ella.
—Poco a poco —advirtió ella, apretando el vientre
contra el de él.
Calígula sintió su blandura a través de las capas de ropa
que separaban los cuerpos. Lanzó un gruñido en la lenta ago-
nía del placer.
Entonces ella se lanzó a sus brazos y él sintió cómo
aquellos dedos apretaban, se movían, buscaban. La contem-
pló fascinado en el espejo. Sus movimientos (de la mano la
lengua, el torso) reflejaban gran destreza, y Calígula quedó
atrapado en sus ritmos, arrastrado por sus artes amatorias.
Ninguna mujer le había arrebatado nunca el mando hasta en-
tonces, y se abandonó al nuevo gozo de ser tomado en vez
de tomar. El espejo se lo revelaba todo, mientras Cesonia se
arrancaba la ropa y luego le arrancaba la suya, devorándole
con la boca, como si fuese a tragarle entero.
—No me importa —dijo Calígula—. La quiero.
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—Ya la tienes —dijo fríamente Drusila.
Y volvió la atención hacia los juegos. Estaban sentados
en el palco imperial del Circo Máximo, y los gladiadores de-
rramaban su sangre abajo en la arena. Tanto Calígula como
su hermana vestían túnicas doradas, como dioses gemelos:
Apolo y Diana. Tras ellos había esclavos que sostenían gran-
des abanicos de plumas de avestruz para protegerles del sol
y de las moscas… Los agonizantes atraían también a las
moscas. Junto a sus tronos, atentos como siempre, estaban
Querea y Longinos.
Era la segunda jornada de circo, y la primera en que
combatían gladiadores. El día anterior se habían celebrado
las luchas entre animales que tanto gustaban al pueblo. Un
rinoceronte furioso se había enfrentado a un tigre y lo había
hecho pedazos. Un león enloquecido, hambriento hasta la
extenuación, había degollado a un inmenso toro y le había
arrancado las entrañas. Un oso domesticado había luchado
con un búfalo furioso y había perdido la vida. La multitud
gritaba, aplaudía y aclamaba a Calígula agradecida: él siem-
pre les daba lo que querían.
Aquel día les daba hombres adiestrados que luchaban
a muerte. Gladiadores.
—Le he dicho que me casaría con ella —pronunció Ca-
lígula.
—¡No! —gritó Drusila.
—Pero primero ha de darme un hijo —dijo el empera-
dor, satisfecho de su propia astucia.
—¿Cómo demonios vas a saber que es tuyo? —pre-
guntó su hermana, con fingida ingenuidad.
—La tendré bien guardada —dijo Calígula con una
sonrisa burlona.
—Y el padre será uno de los guardianes —replicó
164
Drusila.
—No seas desagradable —dijo Calígula.
Un grito de la multitud desvió su atención hacia la
arena, donde un alto esclavo nubio, armado con pica y maza,
acababa de poner fin a la vida de un hombre que luchaba con
red y tridente, abriéndole la cabeza como si fuera una sandía.
Los sesos ensangrentados se esparcieron por la arena. Calí-
gula arrugó la nariz con fingido disgusto.
—Cómo odio estos juegos sangrientos —suspiró hipó-
crita.
Pero la multitud devoraba el espectáculo, pidiendo más
sangre, al tiempo que devoraba embutidos que apestaban a
ajo. Hasta los senadores y otros patricios, que se sentaban en
los selectos bancos de mármol de las primeras filas, gritaban
a los desgraciados que se descuartizaban entre sí.
—La semana que viene introduciré la danza troyana —
dijo Calígula.
Ahora le tocaba a Drusila arrugar la nariz.
—¡La danza troyana! ¡Qué cosa más aburrida! Quieres
hacer sufrir a la gente, ¿verdad? —contestó ella, con una car-
cajada.
—Bestias —escupió Calígula despectivamente—. Eso
es lo que son.
Paseó la vista por la multitud. Luego, se irguió, al lo-
calizar un rostro familiar entre un grupo de soldados, abajo:
el apuesto oficial Próculo. Evidentemente, aquel día no tenía
servicio, pues llevaba toga y no uniforme. Calígula hizo una
seña a Longinos, le susurró algo al oído y señaló a Próculo.
El secretario asintió y salió del palco.
Sonriendo, Calígula se apoyó en la baranda a observar.
Vio que dos guardias imperiales se acercaban a Próculo y
alzaban al asombrado joven del asiento. Luego le
165
columpiaron sobre la barrera y le lanzaron a la arena, donde
cayó de pie, mirando a su alrededor, asombrado. Uno de los
guardias le arrojó una espada y Próculo la cogió, maquinal-
mente, aunque aún no sabía lo que pasaba.
Pero el público sí, y sonó un estruendo de aprobación.
¡Les regalaban un número especial! Un gladiador experto, y
además patricio, a juzgar por su aspecto. ¡Carne fresca! ¡El
buen Calígula sabía lo que les gustaba! ¡Tres vítores para el
emperador!
Para entonces, Próculo había comprendido ya lo que se
esperaba de él. Cuatro gladiadores avanzaban en su direc-
ción. Luchadores diestros, que intuían el deseo del empera-
dor de que aquel apuesto joven muriese, lo cual podría sig-
nificar una apreciable recompensa para quien le matara.
Próculo se puso en guardia, deseando que los dioses le
proporcionasen su escudo. ¿Era aquél el día en que había de
morir? ¿Y por qué? Hacia él avanzaban un galo con su afi-
lada espada, un hombre con red, tridente y un yelmo en
forma de cuenco, otro armado como él con la gladius o es-
pada corta, y un bretón sumamente corpulento esgrimiendo
una daga corta. Cuatro contra uno. Pocas posibilidades, de
cualquier modo.
Pensando como un soldado, Próculo estructuró mental-
mente una serie de defensas. Lo primero que debía procurar
era librarse de la red y la lanza, pues ambas eran armas de
largo alcance. Luego podría ocuparse del de la espada corta
y del de la daga. Pero, ¿cómo mantener a los cuatro a distan-
cia al mismo tiempo? Vio descorazonado que intentaban ro-
dearle. Necesitaba algo atrás que le protegiese. Corrió hacia
la barrera y se apoyó en ella, protegiendo la espalda mientras
los espectadores que había tras él se apartaban para mayor
seguridad. Luego volvió la atención al hombre de la lanza,
que enarbolaba su arma, disponiéndose a arrojarla. Era el pi-
lum, una lanza corta, pesada y mortífera, cuando la arrojaba
166
una mano experta. Y aquel hombre debía ser diestro en su
manejo, ya que había sobrevivido en el circo.
La lanza silbó en el aire; Próculo oyó el silbido. Dio un
salto, el arma rozó su hombro y su punta estremeció la ba-
rrera de mármol tras él. El asta se partió en dos, y Próculo se
agachó ágilmente para coger la mitad más próxima. Ahora
tenía un bastón, además de una espada.
Pero el hombre de la red la enarbolaba ya, dándole
vueltas por encima de su cabeza. Si lograba atrapar en ella a
Próculo, éste podía despedirse de la vida. Podrían descuarti-
zarle a placer. ¡Prensa pues, Próculo, piensa!
Acuclillándose, se adelantó corriendo, atrapó al de la
red por las rodillas y le lanzó al suelo, arrancándole con el
bastón improvisado el yelmo y golpeándole secamente en la
sien. ¡Uno menos!
Un súbito dolor en el hombro indicó a Próculo que le
atacaban, y rodó apartándose justo a tiempo de ver brillar de
nuevo la daga, empapada en su sangre. ¡No te preocupes
ahora de eso! ¡Limítate a atacar! ¡Lánzate a por él con la es-
pada! ¡Húndesela en el vientre! ¡Dos menos!
Tenía ahora ante sí a un furioso lancero sin lanza, pero
que había cogido la daga del muerto, y a un hombre tan alto
como él, armado con una espada. Al menos había reducido
los riesgos.
La multitud aullaba, emocionada ante el valor del joven
patricio. La masa todo lo sabe, y aquel público había apren-
dido ya su nombre. Lo repetían felices, al unísono: ¡PRÓ-
CU-LO! ¡PRÓ-CU-LO!
Se cruzaban apuestas, muy cuantiosas y casi todas con-
tra él, por supuesto. Calígula estaba ceñudo. La lucha no se
desarrollaba según sus predicciones.
Próculo decidió reservar al espadachín para el final, si
167
podía. De momento, iría a por el galo de la daga. Quizás el
gladiador no fuese tan diestro con ella, por no ser su arma
habitual. Pero el propio Próculo sentía ya que le flaqueaban
las fuerzas. La fatiga y el dolor entorpecían sus movimien-
tos. Inmediatamente el galo se arrojó sobre él, hiriéndole con
la daga. Rodaron por la arena, enlazados como amantes, in-
tentando ambos librarse y acuchillar al contrario. El galo era
fuerte como un toro, y Próculo sentía rechinar sus costillas.
Desesperado, alzó con fuerza la rodilla y percibió que había
dado en el blanco. Con un aullido estrangulado, el galo se
encogió, protegiéndose la entrepierna. Próculo hundió la
daga hasta la empuñadura en el cuello desprotegido del gla-
diador. ¡Tres menos!
Calígula observaba la lucha atentamente, sin apartar
los ojos un instante del joven soldado. Sentía que algo se
agitaba en su interior. Odio, celos y… algo más. Algo que
no podía nombrar exactamente.
Próculo se levantó despacio y se volvió hacia el espa-
dachín. El alto bretón sonreía. Bien podía sonreír. Él estaba
fresco e ileso; listo para el combate. Próculo, exhausto y he-
rido, cojeaba a consecuencia de la caída. La sangre y el sudor
habían teñido de rojo su blanca túnica. Y Próculo no dispo-
nía más que de la espada, mientras que el otro tenía espada,
escudo y peto.
El bretón avanzó muy seguro hacia el joven oficial ro-
mano, esgrimiendo la espada con el brazo extendido. Pró-
culo vio descorazonadamente que el brazo del bretón era va-
rios centímetros más largo que el suyo. Nunca podría llegar
a alcanzarle, jamás le derrotaría frente a frente. Espada, es-
cudo, peto… Las posibilidades de superar tantas defensas
eran prácticamente nulas. Próculo sentía, además, que las
fuerzas que le quedaban se esfumaban rápidamente. No ha-
bía duda de que aquel era el día de su muerte. ¡Marte, su-
plicó, Marte, dios de la guerra, ven en mi ayuda!
168
Y entonces se le ocurrió una idea. ¿Sería una respuesta
a su oración? Era una posibilidad remota, quizá ni siquiera
eso, pero si podía actuar con rapidez pese a su cojera, resul-
taría. Era mejor que tenderse a morir en la arena ensangren-
tada.
Avanzó hacia el bretón empuñando la espada con el
brazo extendido y ocultando su cojera a costa de grandes do-
lores. El joven oficial romano estaba ya tan cerca de su
enemigo que pudo ver que tenía los ojos verdes como el mar.
\Ahora\ ¡Mi única oportunidad!
Próculo se agachó y se lanzó por debajo del brazo al-
zado del bretón, situándose tras él. Lanzó la espada hacia
arriba. La espada chocó con una súbita resistencia y un so-
noro grito de agonía le indicó que su treta había resultado.
Su rápido golpe había atravesado el cuerpo del bretón por
debajo de la túnica, y la espada le había entrado por atrás
para hundirse profundamente en sus entrañas. Con un aullido
agónico, el alto bretón cayó hacia delante y quedó tendido
en el suelo agitado por los estertores.
—¡Mátale! —aullaba el público, sediento de más san-
gre.
Próculo sólo quería poner fin a los dolores de aquella
pobre criatura. Miró hacia el emperador, que extendió el
puño con el pulgar hacia abajo: el signo de muerte.
Rápidamente, Próculo se arrodilló y desabrochó el peto
del desgraciado. Los ojos verdes del gladiador le miraban
suplicantes. Con un solo golpe de su espada, el romano atra-
vesó el corazón del bretón.
La multitud gritaba enloquecida el nombre de Próculo.
Estaban entusiasmados; no recordaban haber visto jamás una
cosa así en el circo. Todos los ojos permanecían fijos en Pró-
culo, que cruzó la arena cojeando hasta el palco imperial.
Plantándose bajo él, cubierto de sudor y polvo, empapado en
169
su propia sangre y en la de otros tres hombres, Próculo sa-
ludó a su emperador. Parecía desconcertado. Aún no estaba
seguro de lo que había pasado… o por qué.
Calígula le miró ceñudo un instante. Pero, en seguida,
su rostro se iluminó con una amplia sonrisa para que el pú-
blico la viera. Luego se levantó y gritó a los espectadores:
—¡Para Próculo! ¡La corona de la victoria!
Calígula dio con su propia mano la corona de laurel a
los esclavos, que la llevaron a la arena y la colocaron en la
polvorienta cabeza de Próculo. Luego, envolvieron al joven
en una fina túnica y éste salió por el arco de la victoria, si-
tuado al fondo de la arena, con las aclamaciones de los ro-
manos resonando en sus oídos.
Calígula se hundió en su asiento, ceñudo.
—Creí que le matarían —le dijo a Drusila.
—¿Pero por qué? Siendo tan hermoso…
—Porque, querida hermana, en tal caso podía haber te-
nido para mí a Livia, su prometida.
—¿Y casarte con ella?
—No, palomita. Voy a casarme con Cesonia, ¿recuer-
das? No, sólo quería jugar con ella. Ver lo que tardaba en
aburrirme.
170
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para romper la monotonía, mientras firmaba y sellaba sin
leer, como una máquina.
De pronto, captó su atención un nombre en el docu-
mento que tenía ante sí. Dejó la pluma a un lado y leyó aten-
tamente la petición.
—¿Al Senado le gustaría convertir a Tiberio en
dios…?
—Sí, César.
Calígula desechó la petición.
—No —dijo con firmeza—. Eso no es posible. No. A
él no le habría gustado eso.
Y era cierto. Tiberio había dicho varias veces en vida
que no le agradaba la apoteosis, que era un hombre y no un
dios. Sin embargo, una vez muerto… ¿no estaría acaso en
algún lugar del Hades, deseando salir y unirse a Augusto y a
Julio César en el Olimpo? ¿No habría cambiado quizás de
actitud con la experiencia de la muerte? Calígula esbozó una
malévola sonrisa. Le gustaba pensar que Tiberio estaba llo-
rando en algún sitio, deseoso de que le hiciesen dios, y que
él, Calígula, se lo negaba.
Se retrepó en la silla, jugueteando con la pluma, tam-
borileando impaciente en la mesa con los dedos. Todos los
funcionarios imperiales, incluido Longinos, llevaban senci-
llas túnicas de lana sin teñir. Calígula, con sus brillantes ves-
tiduras de remates dorados, parecía ser una exótica mariposa
atrapada entre polillas.
—Las cosas van demasiado bien —dijo malhumorado.
—¿En qué sentido, César? —preguntó protocolaria-
mente Longinos.
Calígula golpeó con una mano enjoyada la pila de do-
cumentos. Estaba violando las leyes romanas al cubrir sus
dedos de anillos valiosos, pero, ¿a quién le importaba? Un
172
emperador debía tener apariencia de emperador, no de fun-
cionario.
—No hay guerras, no hay catástrofes —masculló—.
Hace siglos que no tenemos un terremoto como dios manda.
Longinos, ¿te das cuenta de que la historia me olvidará por-
que mientras fui emperador no pasó nada? Al menos, en
tiempos de Tiberio hubo en el estadio un derrumbamiento en
el que murieron cincuenta mil personas. Fue un hecho me-
morable.
—Fueron veinte mil, señor. Siempre se exageran las
cifras. Pero César, un emperador tan popular y glorioso
como tú no será olvidado jamás.
Calígula soltó un bufido de hastiada irritación.
—No estoy tan seguro de eso —luego se volvió a su
amante y añadió—: Cesonia, ¿te gustaría que conquistase
algo?
—Ya lo has hecho. Mi corazón —y sonrió provocati-
vamente, lanzándole un beso.
—Algo aparte de… ese precioso órgano —contestó se-
camente Calígula.
Hizo una especie de torre con los dedos y los colocó
bajo la barbilla.
—Quizá debiese conquistar Persia como Alejandro el
Grande…
¿Por qué no? A Alejandro se le adoraba en todo el
mundo civilizado como a un dios. ¿Y acaso no era también
él, Calígula, un…?
—No, por favor —suplicó Cesonia—. Llevaría dema-
siado tiempo. Meses, por lo menos.
—O Britania —sugirió Calígula.
—Demasiado frío —replicó Cesonia, con un
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escalofrío.
Calígula, aburrido, miró fijamente un documento, el
primero de la pila que tenía ante sí. Empezó a leer en voz
alta.
—Entre los que se casarán mañana figuran… Próculo
y Livia… ¡Vaya! ¿Debemos ir a la boda, Cesonia? Tienes
que recordarle… Aquel apuesto oficial de la guardia…
Cesonia le recordaba perfectamente.
—Sería un gran honor para ellos.
—Por supuesto, no estamos invitados, pero supongo
que les alegraría mucho vemos.
Cruzó su rostro una sonrisa. No había visto a Próculo
desde aquella tarde del circo. Se preguntaba si se habría cu-
rado ya de las heridas. Ojalá no le hayan quedado cicatrices,
pensó. Era demasiado hermoso.
El día de la boda, cuidadosamente elegido por ser de
excelentes augurios, amaneció un tiempo espléndido. Aún
había estrellas en el cielo cuando la madre de Livia Orestilla
empezó a vestirla para la ceremonia. La chica había ofrecido
el día antes un sacrificio ritual a los dioses domésticos de sus
juguetes infantiles, de sus vestidos de doncella y del meda-
llón sagrado de su doncellez.
Ahora permanecía muda y más bien asustada, mientras
le metían por la cabeza la larga recta, una túnica lisa tejida
de una pieza, sin costuras. Su madre, que sonreía feliz, se
arrodilló para ajustar la bastilla de modo que la túnica col-
gase por igual, y luego colocó en la cintura de su hija un
largo cíngulo de lana tejida fijado con un «nudo de Hércu-
les». Un mido tan complicado que sólo el novio sería capaz
de deshacerlo. Era Hércules, según se decía, el guardián de
la vida matrimonial.
Livia se sentó reposadamente mientras le arreglaban el
174
pelo, de color castaño claro.
El peinado era un proceso largo, complicado y, a veces,
doloroso. Se dividía el pelo en seis partes con la punta de una
lanza (recuerdo de los tiempos en que se conquistaba a las
novias, en vez de pedirlas) y se hacían seis trenzas, que se
unían luego en una corona en la parte superior de la cabeza
de la chica. Finalmente, se añadía el remate de una corona
de flores recién cortadas. Mientras le preparaban el peinado,
la madre de Livia murmuraba en los oídos de su hija los con-
sejos típicos del caso, y algunas indicaciones sobre la noche
de bodas. Sus palabras hacían ruborizar a Livia. Los hom-
bres la aterraban. Próculo incluido. Rezaba a Juno para que
fuese amable con ella aquella noche.
Luego se levantó, disponiéndose a recibir el velo, que
era la parte más importante del ritual de vestir a la novia. Le
colocaron sobre la recta una capa color azafrán y un velo del
color de la llama, el nubes, que le cubría la cara y la cabeza
y descendía hasta la capa. Livia estaba dispuesta.
Había llegado el novio, coronado con las mismas flores
que la novia. Le acompañaban todos sus amigos y parientes,
así como los músicos y cantores que le habían seguido hasta
la casa de la novia, donde iba a celebrarse la ceremonia. La
consumación del matrimonio tendría lugar en el dormitorio
del novio después de la fiesta. Todo el cortejo recorrería las
calles hasta la casa del novio cantando los himnos nupciales,
para ver a éste coger a la novia en sus brazos y cruzar con
ella el umbral. Se consideraba de muy mala suerte el que la
novia tropezase al entrar por primera vez en casa de su es-
poso, por lo que esta primera vez jamás entraba por su propio
pie. Ya en su casa, Próculo entregaría a Livia una antorcha
encendida y una vasija ceremonial llena de agua, como sím-
bolo de su vida doméstica juntos. En cuanto Livia encen-
diese su primer fuego en el hogar de la casa y tirase la antor-
cha a sus ayudantes, que lucharían para cogerla porque daba
175
buena suerte, podrían cerrar las puertas y quedar solos, ma-
rido y mujer.
Pese a los cambios que se habían producido en las cos-
tumbres, ambas familias habían elegido la forma más anti-
gua y tradicional de matrimonio patricio: la confarreatio, en
la que la persona y los bienes de la esposa se entregaban sin
reserva al esposo. No era de su agrado la forma más liberal
de la coemptio, en la que el novio «compraba» a la novia, o
el usus, que era poco más que un matrimonio civil sin la me-
nor ceremonia.
La casa de la novia estaba tan suntuosa como podían
conseguir el buen gusto y el trabajo firme. Los esclavos lle-
vaban días ocupados, en adornarla con las guirnaldas de flo-
res tradicionales, ramas de árbol entretejidas con lana y her-
mosos tapices. Habían limpiado todas las vasijas de plata y
el mármol brillaba resplandeciente.
Livia permanecía en su habitación mientras se hacían
los augurios, con un nudo en la garganta, aunque su madre
le aseguraba una y otra vez que jamás las entrañas del animal
sacrificadlo habían mostrado nada desfavorable en un día de
boda de buenos augurios. Y, desde luego, las entrañas de
aquella oveja parecían limpias y sanas, sin la menor mancha
en el hígado; el matrimonio ya podía realizarse oficialmente.
Esposo y esposa se encontraron cara a cara en el atrio,
y unieron las manos ante todos los testigos. Livia alzó tími-
damente los ojos hacia el apuesto novio. Con voz fina y
clara, hizo su voto matrimonial: «Quando tu Gaius, ego
Gaia», las palabras que les ligarían para siempre.
—¿Llego demasiado tarde? ¿Ha terminado ya todo?
¿Qué me he perdido? —dijo una alegre voz.
En la puerta estaba Calígula, y llevaba de la mano a
Cesonia. Su atuendo, de una tela que parecía tejida de oro
líquido, eclipsaba al sol. Al cuello llevaba sartas de perlas, y
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adornaba su cabeza una alta tiara de oro y gemas, rodeada
por la corona dorada del Imperio. Estaba tan resplande-
ciente, como sencillos y decorosos los demás asistentes.
Los invitados se quedaron atónitos al reconocer al em-
perador y a su amante. Livia tembló, se tambaleó y se habría
desmayado si Próculo no la hubiese sujetado con firmeza. El
mismo novio enrojeció de cólera, el orgullo teñido de estu-
por.
—Bienvenido, César.
El padre de la novia tuvo presencia de ánimo suficiente
para adelantarse, hacer una inclinación y besar el anillo del
emperador; todos los presentes se apresuraron a seguir su
ejemplo. Se dispuso para el César y para Cesonia un largo
banco, lleno de cojines de plumas, y se les acomodó conve-
nientemente. Luego, se reanudó la ceremonia; pero todos,
incluidos los sacerdotes, estaban ya tan nerviosos que el ri-
tual se hizo confuso; para eludir la mala suerte tenían que
parar y volver atrás, empezando todo de nuevo. Calígula, que
estaba pasándolo estupendamente, sonreía muy contento a
todos los que se atrevían a lanzarle una mirada furtiva.
Próculo y Livia permanecían juntos, sentados sobre la
piel de la oveja sacrificada por la mañana para los augurios.
Mientras escuchaban al sacerdote entonar las oraciones a Jú-
piter y Juno, Calígula les devoraba con los ojos. ¡Qué pareja
tan magnífica hacían! Y en su cerebro empezó a tomar forma
un mal pensamiento.
Por fin terminó la ceremonia, y el novio y la novia re-
cibieron las felicitaciones de los invitados. Estaban cogidos
de la mano en el centro de la habitación, irradiando felicidad
y cierto nerviosismo. Bajo el velo de boda, Livia tenía las
mejillas coloradas y le brillaban los ojos. Estaba bellísima.
Empezó, pues, la fiesta nupcial, una fiesta muy senci-
lla. En los últimos cincuenta años, las bodas habían llegado
177
a resultar tan caras, complicadas y vulgares, que Augusto,
normalmente partidario de los viejos usos, había dictado le-
yes limitando los gastos de los casorios.
Sacaron a la mesa los bollos de cebada y mijo, fruta y
vino, carnes, pescado y volatería. Todo era de la mejor cali-
dad y estaba exquisitamente preparado y servido. El pastel
de boda era el tradicional, hecho de harina de cebada empa-
pada en vino y horneado sobre un lecho de hojas de laurel.
Se colocaba en el centro de la mesa y, una vez terminada la
fiesta, se ofrecería a probar a todos los invitados. Daba buena
suerte. Calígula y Cesonia se acomodaron en los lugares de
honor, pero nadie se atrevió a acercarse a ellos ni a hablarles.
Calígula advertía que su presencia incomodaba a todos, pero
eso no hacía más que divertirle. No tenía intención alguna de
irse tan pronto. Tenía los ojos fijos en la novia. Seguía con
la vista su esbelta figura en sus desplazamientos para saludar
y atender a los invitados.
—Es perfecta, ¿verdad? —dijo en voz baja.
—¿La quieres? —una de las cejas de Cesonia se
enarcó.
Calígula miraba ahora a Próculo. El joven desposado
no podía apartar los ojos de su encantadora esposa. Su ex-
presión de orgullo irritaba a Calígula. Y había algo más mez-
clado con la irritación… otro sentimiento…
—Mmmmmm —replicó pensativo, achicando los ojos.
—Creí que no te gustaban las vírgenes —dijo Cesonia.
—Creo que no he conocido a ninguna —y se volvió
hacia ella, con ojos centelleantes—. En fin, ¿crees que debo?
Centellearon también los ojos de Cesonia. Estaba casi
tan excitada como Calígula por la idea de éste.
—¿Por qué no? Tú eres el César.
Calígula asintió y se levantó para acercarse a la pareja
178
de recién casados.
—Ahora, la procesión a la cámara nupcial y al sagrado
lecho del matrimonio —proclamó, tomando a Livia de la
mano.
Entre los invitados se alzó un asombrado cuchicheo.
No era así como debían ser las cosas. La tradición exigía que
se festejase hasta caer la noche y que todos los asistentes
acompañasen a la pareja, con música y una lluvia de pétalos
de flores, hasta la casa del novio. Pero quien hablaba era el
emperador, y todos se levantaron obedientes.
Calígula alzó la mano.
—No habrá más acompañante que yo mismo. Yo
mismo, el César, seré su cortejo. Cantaré el epitalamium, el
himno nupcial, y, quién sabe, quizá componga incluso algu-
nos fescennini.
Eran éstos los cantos obscenos que acompañaban a to-
das las procesiones nupciales. Traían buena suerte y fertili-
dad a los recién casados.
Los familiares de los novios estaban atónitos. ¡Aquello
era algo insólito! Pero si el César lo deseaba…
Calígula miraba a todos con una amplia sonrisa. Tenía
cogida a Livia con una mano y a Próculo con la otra. Suave-
mente, empezó a conducirles hacia la parte posterior de la
casa. La pareja nupcial siguió a su emperador de mala gana.
Calígula se había propuesto acompañarles hasta la casa
de Próculo para la noche de bodas, como exigía la tradición,
pero tan excitado estaba ya, que no podía esperar. Arras-
trando a la pareja tras sí por la casa de la novia, abrió una
puerta. Entraron en una inmensa cocina. Los criados lleva-
ban días trabajando para preparar el festín, y ahora estaban
sentados descansando, gozando de un respiro. Al ver a Calí-
gula, se pusieron de pie de un salto, atónitos y aterrados.
179
—¡Fuera! —ordenó Calígula—. ¡Y cerrad la puerta!
En un instante, los sirvientes desaparecieron y queda-
ron solos allí Calígula y la pareja nupcial. Livia estaba des-
concertada, Próculo, tan embarazado y nervioso que no sabía
adónde mirar. Pero Calígula era todo afables sonrisas, todo
alegría y bondad.
—Jamás he visto una pareja tan hermosa —les dijo.
Livia bajó los ojos; aún no había sido capaz de mirar a
su emperador directamente a la cara. A Calígula, aquella mo-
destia le resultaba tan encantadora como insólita. Ni al novio
ni a la novia se les ocurría ningún comentario.
—Ahora mi regalo de bodas —dijo Calígula con una
sonrisa resplandeciente—. Quítate esa ropa, muchacha que-
rida.
Livia no estaba segura de haber oído bien. Pero un ge-
mido horrorizado de Próculo le indicó que sí. Miró aterrada
a su esposo.
—Pero… no…
—¿No? —exclamó Calígula, desvaneciendo todo fin-
gimiento de sonrisa.
Ahora les miraba con dureza, los labios crispados en
una mueca.
Próculo había sido formado desde niño como un sol-
dado: le habían educado para obedecer a todos los miembros
del escalafón de mando. Y en la cima del mismo se hallaba
el comandante en jefe, el César. Todos los músculos de su
joven cuerpo estaban tensos por la furia, pero cuando Livia
buscó sus ojos, suplicando silenciosamente con la mirada, él
sólo pudo asentir.
Temblorosa, sudando, Livia empezó a desvestirse, qui-
tándose el velo y la capa. Su corona de flores quedó torcida.
Su expresión de desvalimiento multiplicaba la excitación de
180
Calígula. Sus dedos luchaban ya con el nudo de Hércules que
sujetaba su cíngulo. Intentaban deshacerlo torpemente, sin
lograrlo. Era tarea del esposo, pero Próculo sólo podía seguir
allí, junto a ella, con los puños cerrados. Sonriendo, Calígula
sacó la daga y cortó el nudo de un solo golpe. Lo mismo que
había hecho Alejandro con el nudo gordiano. Rió entre dien-
tes. Livia era el nuevo mundo que él iba a conquistar.
La chica alzó la recta sobre la cabeza y la dejó caer.
Totalmente desnuda ya, colocó pudorosamente las manos
sobre el sexo y bajó la cabeza avergonzada. Calígula no po-
día apartar los ávidos ojos de ella. Tenía los pechos pequeños
y perfectos. Era muy joven. Sin duda con el tiempo le crece-
rían y se harían más plenos. Dio una vuelta alrededor de la
muchacha, admirándola desde todos los ángulos. Ella per-
manecía tan inmóvil como una estatua, sin atreverse a alzar
la cabeza.
—Muy bien. Te felicito, Próculo. Quizás un poco
gruesa de caderas. Pero…
Dio un tiento a la muchacha en las nalgas, apretando
fuerte. Livia se apartó con un grito.
—No te muevas —masculló Calígula—, hasta que yo
te dé permiso.
Y se volvió sonriente a Próculo, cuyos ojos llameaban
de cólera.
—¿Ésta es la primera vez que ves a tu bella esposa tal
como es? —gorjeó Calígula.
—Sí, César —masculló Próculo, rechinando los dien-
tes.
—¿Y tú eres realmente virgen? —preguntó el empera-
dor a la chica.
—Sí, César.
Su voz era sólo un susurro.
181
—Asombroso. Suponiendo que sea cierto. ¡Tiéndete!
Livia miró aterrada a su alrededor. ¡En la cocina! Pero
Calígula señalaba una gran mesa de madera que estaba re-
cién fregada. Mordiéndose los labios, Livia se tendió sobre
la áspera madera y cerró los ojos.
Calígula manoseó su túnica de tela de oro como si
fuese un harapo sin valor y la alzó. Livia tenía los ojos ce-
rrados con fuerza, pero Próculo pudo ver la inmensa erección
que palpitaba en el vientre de Calígula. Involuntariamente,
dio un paso adelante.
—¿Qué sucede, Próculo? —preguntó suavemente Ca-
lígula.
En un calvario de lealtades contradictoras, incapaz de
protestar, Próculo gimió:
—Nada, César… ¿Qué…?
No pudo acabar la frase.
—¿Qué voy a hacer?
Calígula adoptó una actitud imperial, con una mano so-
bre su erección, e hizo una irónica proclamación con su me-
jor estilo oratorio:
—Yo, Calígula, en nombre del Senado y el pueblo de
Roma, declaro que a partir de ahora habrá un impuesto sobre
todas las vírgenes del Imperio a pagar directamente, a peti-
ción suya, al emperador, en la forma de un himen por virgen.
Muy razonable, ¿no crees? En realidad, más de uno sería téc-
nicamente imposible, y muy agotador para el César.
Y, dicho esto, agarró a Livia por los tobillos y la arras-
tró hasta qué sus nalgas quedaron al borde de la mesa. De
pie ante ella, empezó a acariciar su cuerpo desnudo con in-
diferencia, como si inspeccionase un trozo de carne. La chica
no abría los ojos. Tenía la espalda arañada por la madera sin
desbastar de la mesa, pero, aunque sangraba, no sentía dolor.
182
Lo único que percibía eran las manos de Calígula acari-
ciando sus pezones, tanteando sus muslos, su monte de Ve-
nus… Temblaba de miedo.
—¡Abre los ojos! —ordenó Calígula.
Y tras decir esto, se inclinó y la obligó a hacerlo. Livia
le miró entonces, aterrada. Nunca había visto una expresión
tal de locura en el rostro de nadie; los ojos de Calígula irra-
diaban locura. Livia se estremeció e intentó eludir sus ma-
nos, pero él apretó con más firmeza aún la carne de su vien-
tre. Luego, obligó a Livia a abrir más las piernas. Próculo
lanzó un gemido al ver que el dedo de Calígula desaparecía
dentro de ella.
—¡Qué suerte tienes! —dijo Calígula a la petrificada
muchacha con una carcajada—. Perder así la virginidad. Ten
en cuenta que soy descendiente directo de la diosa Venus.
¡Cómo te envidio!
Sujetándola por los tobillos, Calígula alzó las piernas
de Libia hasta los hombros, forzando, a la vagina a abrirse,
e introdujo sin contemplaciones la punta de su pene. Oyó tras
él un gemido de Próculo.
—Abre los ojos, Próculo —dijo, por encima del hom-
bro—, si quieres conservarlos.
Con un gruñido, se introdujo más aún en Livia, que
lanzó un sonoro grito de dolor.
Cesonia estaba sentada en el atrio, charlando con los
padres de la novia. De pronto, el grito de Livia en la parte
posterior de la casa interrumpió la protocolaria conversa-
ción. Todos los invitados lo oyeron claramente.
—¡Oíd! —Cesonia alzó un dedo pidiendo silencio—.
El César está dando a los jóvenes su bendición especial.
¡Qué emocionada debe estar vuestra hija!
—Sí… sí… por supuesto, Cesonia —tartamudeó el
183
padre de la novia.
Llegó de la cocina otro grito dolorido y agudo.
—El César siempre se ha interesado por el joven Pró-
culo. Es un muchacho muy apuesto —continuó Cesonia, y
luego alzó la copa para que se la llenasen de nuevo.
—Sí, un joven excelente —dijo el padre de la novia,
con los oídos pendientes de la cocina.
—En realidad —dijo Cesonia con una sonrisa—, el Cé-
sar decidió venir a la boda inesperadamente, sobre la mar-
cha.
—Nos sentimos muy honrados.
—Me gustaría que te convirtieses en sacerdotisa de Isis
—dijo Cesonia a la madre de Livia.
—Bueno, sí, claro. Por supuesto.
En la cara de la madre de Livia empezaba a percibirse
la tensión. Estaba muy pálida y respiraba laboriosamente,
como esperando el próximo grito de su amada hija.
—Necesitamos matronas romanas como tú. Mujeres
respetables y virtuosas…
Otro grito estrangulado hizo estremecerse a ambos pa-
dres.
—Nosotros hemos adorado siempre a Isis —dijo ner-
vioso el padre—. Salvo cuando era ilegal, claro está.
—César quiere convertir el culto de la diosa Isis en re-
ligión del Estado —continuó serenamente Cesonia—. El pa-
dre Júpiter será sustituido por la madre Isis. El varón por la
hembra. La edad de hierro por la edad de oro.
Los ojos oscuros de Cesonia relampaguearon y bebió
un largo trago de vino.
Mientras tanto, en la cocina, los gritos agónicos de
184
Livia habían dejado paso a los gemidos. Estaba allí tumbada,
casi inconsciente, mientras Calígula arremetía con su pene
una y otra vez en su ardiente vagina. Dentro. Fuera. Dentro.
Fuera. Jamás acabaría. Livia no entendía nada… ¿Sería
aquello lo que hacían los hombres y las mujeres? Tenía ga-
nas de morir. Por favor, Juno, déjame morir… Pero Calígula
no paraba. El dolor era insoportable; la destrozaría. Le oía
gruñir sobre ella, sentía las gotas del sudor de él que iban
cayendo sobre sus pechos y su cuello. Percibió el olor del
sexo, y sintió náuseas.
De pronto, todo terminó. Livia se dio cuenta de que Ca-
lígula se apartaba de ella. Instintivamente, se colocó en po-
sición fetal, las rodillas apretadas contra los pechos y las ma-
nos unidas sobre la cabeza. Los pétalos de flores de la des-
truida corona estaban pegados a sus trenzas sudorosas.
Calígula contempló con satisfacción los riachuelos de
sangre que descendían por los muslos de Livia.
—Nunca en mi vida había trabajado tanto —dijo, ja-
deando muy contento—: Yo no sabía qué las vírgenes fuesen
tan… tan… duras.
Y luego se acarició tiernamente el pene.
—Estoy en carne viva.
Se volvió hacia Próculo con una cordial sonrisa.
—De todos modos, tenías razón. La chica era virgen.
¿Lo eres tú?
—¿Yo, César? —balbució el joven oficial.
—Sí. ¿Eres virgen tú también?
El rubor coloreó las mejillas de Próculo.
—Bueno, no…, César.
Calígula adoptó un tono reprobatorio.
185
—Eso no le gustará a Isis. Una ley para los hombres y
otra para las mujeres. No es justo —movió la cabeza—. Eso
hay que arreglarlo. ¡Vamos!
—¿Vamos? —repitió Próculo con tono desvalido.
—Desnúdate. El espíritu de la diosa Isis, así como el
de Venus, se han posesionado de mí. Estás de suerte.
El joven guardia miró atónito al emperador. Hasta Li-
via se volvió en la mesa para mirar a su marido.
Rojo por la humillación, Próculo se quitó lentamente la
toga nupcial y la dejó a un lado, mientras los músculos de su
mandíbula palpitaban de cólera.
Calígula dio una vuelta tranquilamente alrededor del
joven, igual que había hecho con Livia, examinando su mag-
nífica musculatura. Próculo parecía una estatua de Praxíte-
les, en todo salvo en los genitales. El sentido griego de la
moderación en todas las cosas, se extendía a la escultura de
la partes íntimas, que siempre se hacían más pequeñas. Pero
las de Próculo no lo eran. Tenía unos testículos redondos,
plenos, y el pene largo y grueso. Calígula soltó una risilla
mientras pellizcaba el escroto de Próculo. ¡El muchacho era
un verdadero Príapo!
Próculo lanzó un gemido, pero siguió firme, como el
obediente soldado que era. Calígula sintió que su propio
pene respondía. Erecto de nuevo, empezó a endurecerse a
medida que examinaba las nalgas musculosas y apretadas
del joven, palmeándolas como si se tratase del flanco de un
caballo.
—Bueno, Livia, levántate —indicó.
La novia se levantó torpemente de la mesa de la cocina.
Tenía la espalda cubierta de rasguños y rozaduras.
—Vamos, siéntate allá —ordenó Calígula, señalando
un taburete bajo.
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Recogiendo su ropa y tapando su desnudez, Livia obe-
deció.
—¡Eres una chica de suerte! Me hubiese gustado ser
tú… y hacerlo conmigo. Bueno, Próculo. A la mesa.
—¿A la mesa? —dijo Próculo mirándole con ojos
desorbitados.
—No repitas mis palabras. Obedécelas —masculló Ca-
lígula.
El aterrado Próculo se subió a regañadientes al borde
de la mesa, pero Calígula le indicó que se tumbase de espal-
das. Luego abrió con aspereza las piernas del pobre soldado
y alzó de nuevo su propia túnica, mostrando su palpitante
erección. Oyó a Livia gemir aterrada desde el banco, y se
volvió a mirarla. La chica les contemplaba, con repugnancia
y fascinación a un tiempo.
Calígula decidió darle un buen espectáculo.
Dirigió la punta del pene hacia el culo de Próculo y
frotó suavemente el agujero, para excitarse más.
—César… no…, por favor —suplicó Próculo, pálido y
sudoroso.
—¿Acaso no me quieres, Próculo? —dijo Calígula con
una risilla.
—Sí, César, pero…
—Estoy haciendo todo lo posible para que tu boda sea
un hecho memorable…, sagrado. Piensa simplemente que yo
soy la diosa Venus, que ha nacido de nuevo. Con algunas
diferencias, claro.
Y, dicho esto, cogió el pene de Próculo y empezó a ma-
nipularlo diestramente. Pero el pene permanecía fláccido e
inerte.
Ceñudo Calígula alzó las piernas de Próculo de modo
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que una de ellas colgase por encima de uno de sus hombros
y la otra por el otro. El ano del joven oficial quedó así ex-
puesto y Calígula situó su pene en la pequeña entrada.
—Es casi tan hermoso como tú —dijo a la horrorizada
Livia—. Me gusta sobre todo este pelo tan hermoso y tan
tupido.
Y tiró de él malévolamente… del pelo de la cabeza de
Próculo, del vello espeso que rodeaba los testículos. El sol-
dado lanzó un grito agudo.
Calígula echó hacia delante las caderas, y unos cuantos
centímetros de su erección desaparecieron en el interior de
Próculo.
—Estás muy prieto —dijo con una malévola sonrisa—
. Me mentiste. También tú eres virgen.
—Sí lo soy, César. Por ahí sí —gruñó Próculo, mor-
diéndose los labios mientras el pene hinchado del emperador
le penetraba más aún.
—Estás mucho más duro que ella —gruñó Calígula,
pugnando por introducir hasta la empuñadura.
—¡No! —aulló Próculo, sintiendo que le ardían las en-
trañas.
—¡Qué! —rugió Calígula, arremetiendo de nuevo—.
¿Qué le has dicho a tu emperador?
—Yo… yo… Bueno, sí, claro… haz lo que gustes —
gimió desesperado el joven oficial.
—Está bien, lo haré —gorjeó Calígula—. Sólo por
complacerte. Pero está doliéndome a mí mucho más que a ti.
Había conseguido introducirse ya del todo, y entraba y
salía de él, mirándole y sonriendo mientras le penetraba sal-
vajemente. Entonces empezó a suceder algo extraño. Lenta-
mente, el pene de Próculo se puso erecto y endureció, su
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cuerpo empezó a responder a las arremetidas con leves mo-
vimientos de las caderas.
¡Vaya, le gusta!, pensó Calígula. Pero no quiero darle
ningún placer, sólo dolor, dolor y más dolor. De pronto, en
un relampagueo, comprendió por qué odiaba tanto a aquel
oficial. Era algo más profundo que la envidia. No sentía ce-
los de Próculo. ¡Deseaba ser Próculo! Quería ser alto, ve-
lludo, musculoso, viril, valiente, diestro en el combate. Que-
ría ser un verdadero hombre, en vez de mitad hombre mitad
mujer. Con un gruñido de cólera, rechazó la idea y salió de
Próculo.
—Di que me amas, Próculo —exigió.
—Te amo… César.
—Calígula —gorjeó el emperador—. Trátame con más
confianza.
—Calígula —repitió Próculo.
—¡Pues bien, yo no te amo, perro! —masculló Calí-
gula—. Estoy harto de ti.
Le arrojó su túnica despectivamente, y el joven oficial
la utilizó para cubrir su desnudez.
Livia aún estaba atónita y desconcertada por la escena
de pesadilla que había presenciado. Se acercó a su esposo
estremecida por escalofríos e incapaz de apartar de su me-
moria las repugnantes imágenes que le hacían desear parali-
zar todo pensamiento. Se dio cuenta de que Próculo la
rehuía, y compartió la vergüenza de él ante la profanación de
su virilidad. Las mujeres habían sido las víctimas tradiciona-
les de la lujuria brutal… ¡pero un hombre! ¡Un soldado ro-
mano! ¿Cómo podría borrar nunca aquella mancha? ¿Cómo
iba a poder ella compartir el lecho de Próculo, o el de cual-
quier otro hombre? Deseó estar muerta, que se hubiese hun-
dido en ella la daga de Calígula en el mismo instante en que
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éste la había sacado para cortar el nudo de Hércules.
Calígula sonreía a los dos cordialmente, abriendo los
brazos como para estrecharlos.
—Hijos queridos, he hecho todo lo posible para que
vuestra boda sea un hecho memorable. —Adoptó luego un
tono paternal para añadir—: Mi querida Livia, aunque has
tenido la mala suerte de casarte con un sodomita practicante,
si le montas a intervalos regulares, como yo hice, utilizando
algún objeto cilíndrico, lograrás al menos hacerle relativa-
mente feliz. Mil bendiciones para ambos.
Y les volvió la espalda, saliendo de la cocina. La novia
y el novio violados se estremecieron cuando se cerró la
puerta. En otras circunstancias, se habrían abrazado para
darse calor y ánimos, pero en aquéllas… ninguno de los dos
podía soportar la idea de tocar la carne ultrajada del otro.
—¡Una soberbia pareja! —proclamó alegremente Ca-
lígula, al entrar de nuevo donde estaban los invitados—. Pre-
sencié su unión. Y predigo —añadió maliciosamente— que
en nueve meses… ¡tendrán un hijo!
Aceptando los vítores y aplausos, Calígula se abrió
paso entre los invitados, con Cesonia a su lado. Se inclinó a
besarla y le hizo un guiño secreto y una mueca significativa.
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hijo.
—¿Y cómo sabrás que es tuyo? —replicó Drusila.
—Está guardada por eunucos las veinticuatro horas del
día —dijo Calígula con una sonrisa maliciosa—. Está fu-
riosa, claro.
—El pueblo se quedará atónito si te casas con Cesonia
—le advirtió su hermana.
Calígula se levantó furioso del asiento y se puso una
túnica fina.
—¡A la mierda el pueblo! ¡Todos ellos! —abrazó a su
hermana, acercando su cuerpo al suyo—. Sería maravilloso
que no hubiese en el mundo más que tú y yo —murmuró.
—Entonces no podrías hacer jueguecitos —dijo Dru-
sila—. Como el que hiciste con aquella joven pareja el día
de su boda…
Calígula rió entre dientes, recordándolo.
—No pude evitarlo. Soy como mis antepasados.
—¿Cuáles?
—Venus, ¿quién si no? Salvo que fui más parecido a
Júpiter. Los tomé a los dos, al chico y a la chica. Aún estoy
en carne viva.
Y palmeó sus genitales, muy satisfecho de sí mismo.
Drusila eligió cuidadosamente las siguientes palabras:
—La gente empieza a decir que no es a los dioses a
quienes te pareces, sino a Tiberio…
—Vamos, no me inquietes —replicó Calígula ce-
ñudo—. Ya es bastante mala la vida que llevo… enjaulado
en este palacio… rodeado de… —achicó los ojos receloso—
. ¿Sabes que Tiberio Gemelo conspira contra mí?
—No lo creo —dijo ardorosamente Drusila.
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—Longinos tiene pruebas de ello.
—¿Qué pruebas?
—Por una parte, el chico cree que intento envenenarle.
—¿Y es verdad?
—¡Claro que no! —dijo, riendo entre dientes—, ¿quién
te crees que soy yo?
—No preguntes —dijo Drusila, sonriendo cordial-
mente.
—Quiero que dejes esta costumbre de criticarme con-
tinuamente. Mira. Vuelve al espejo. Tengo que enseñarte
algo nuevo. Si te arrodillas así… y yo me pongo aquí de-
trás…
—¿Debo coronarme rey de Roma? —preguntó des-
preocupadamente Calígula, cogiendo un trozo de pato sazo-
nado.
Claudio, que estaba tendido en el diván contiguo al
suyo, tragó saliva. «Rey» era una palabra impopular en
Roma desde hacía siglos, desde que los romanos habían de-
rrocado a los Tarquinos.
—¿Rey? —masculló—. ¡Oh, querido! Bueno, esto
es… una república, ¿no? Es decir…
—Ya eres más que rey, César —terció Longinos astu-
tamente.
Calígula apartó con brusquedad la fuente del pato y
miró lo que estaban sirviendo para después.
No había en aquella sala de banquetes más de veinte
personas, sin contar los esclavos, y aquella noche todos los
divanes estaban llenos. Los esclavos entraban y salían con
inmensos recipientes de plata, cuencos para lavarse las ma-
nos y grandes fuentes con alimentos exóticos: mermelada
apiciana, pollo con trufas, melocotones y yerbas, natillas con
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nueces y miel, que era uno de los platos favoritos de Calí-
gula, un jabalí entero asado y relleno con castañas y manza-
nas…
Se acercaba ahora un esclavo con una gran fuente de
pescado surtido: croquetas de langosta, calamares rellenos,
albóndigas de pescado en salsa de vino, os tras y mejillones,
lampreas. El emperador indicó ávidamente lo que quería, y
el esclavo le sirvió un plato bien colmado.
—Lo sé —dijo a Longinos, con un suspiro—. Pero aun
así, me siento tan… poco distinguido.
—Para nosotros eres como un dios —dijo, adulatoria-
mente.
Calígula le respondió con una amable sonrisa.
—Soy un dios, realmente. Al menos, eso creo. O, de
cualquier modo, lo seré cuando muera.
Esta segunda idea no era nada agradable. Dos divanes
más allá estaba Tiberio Gemelo, que apenas comía.
—Prueba estas lampreas —dijo Calígula—. Son de mi
propio plato.
Gemelo alzó la vista nervioso cuando el esclavo le
llevó la comida. Calígula observaba atentamente al mucha-
cho, que comía lo menos posible. Luego, se levantó, se
acercó a Tiberio Gemelo y se sentó al borde de su diván.
—Cuando estabas en Capri te gustaban muchísimo las
lampreas.
Luego cogió varias lampreas en la punta del cuchillo y
empezó a dárselas a Gemelo como si fuese un niño. De
pronto, apartó el cuchillo y se inclinó, olisqueando con re-
celo.
—¿A qué huele? —preguntó.
—¿El qué, César? —balbució Gemelo.
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Calígula se inclinó hacia el muchacho olisqueando con
más detenimiento.
—Es tu aliento. ¿Qué has estado tomando?
Gemelo se tapó la boca con la mano.
—Una… medicina… —tartamudeó—. Para… prote-
germe de la… fiebre…
Calígula interrumpió el balbuceo histérico del mucha-
cho.
—No, Tiberio Gemelo —dijo ceñudo—. Tú has Ve-
nido a la mesa del César después de tomarte un antídoto con-
tra venenos.
Gemelo se puso pálido. Los demás se quedaron petri-
ficados.
—¡No, César! —protestó el aterrado muchacho—.
Puedes hablar con mi médico, con Caricles. Él te lo expli-
cará…
Calígula se había vuelto a mirar a Caricles.
—¿Le diste tú esa medicina?
El médico se puso pálido de miedo.
—Bueno, César… señor… yo…
—¿Se la diste o no? —exigió Calígula, furioso.
Caricles cerró los ojos y decidió arriesgarse.
—Bueno… yo no… —mintió, sabiendo que era lo que
Calígula quería que dijese. Había fiebre en la ciudad de
Roma, una fiebre sumamente contagiosa y mortífera.
Calígula se volvió entonces triunfal hacia el muchacho.
—Tiberio Gemelo —dijo con aterradora suavidad—,
acusar a tu soberano de ser un envenenador es un crimen de
lesa majestad que se castiga con la muerte.
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Gemelo sintió que unos dedos helados le atenazaban el
corazón. El momento que había estado temiendo tantos años,
llegaba.
—Pero, César, eso no es cierto —suplicó, con la cara
llena de lágrimas—. Yo…
—¡Calígula! —protestó con firmeza Drusila.
Calígula la ignoró.
—Es mi obligación hacer que se cumplan las leyes,
que, aunque antiguas, son necesarias. ¡Guardias! —rápida-
mente, se adelantaron dos guardias—. ¡Detened a Tiberio
Gemelo! Por traición.
Los guardias arrancaron al lloroso muchacho de su di-
ván y se lo llevaron a rastras. Sus histéricos alaridos resona-
ron en los pasillos durante mucho rato.
—Como si pudiese haber en realidad un antídoto con-
tra el César —dijo sonriente Calígula.
Drusila cruzó la estancia hasta el diván de su hermano,
con los puños cerrados y el ceño fruncido de cólera. En voz
baja, de modo que sólo pudiese oírla Calígula, masculló: —
¡Maldito imbécil!
Instantáneamente, Calígula se incorporó y la golpeó
con fuerza en la cara, derribándola. Todos guardaron silen-
cio, mientras la hermana del emperador se levantaba y salía
sin decir palabra. Sólo Cesonia sonreía.
Calígula lanzó un profundo suspiro y volvió a acomo-
darse en su diván. Cogió una lamprea del plato, se la metió
en la boca y se puso a masticar con evidente satisfacción.
—Y ni siquiera estaban envenenadas —exclamó.
Todos se echaron a reír, animados al ver que el empe-
rador había recuperado su buen humor.
Calígula indicó a Cesonia que ocupase el sitio de
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Tiberio Gemelo. Esto la acercaba más al del emperador, y
era indicio de favor.
—Bien hecho —le dijo ella.
—Gracias —dijo Calígula, pensando que se refería a
Gemelo.
—¿Qué le harás a ella?
—¿A ella?
—A tu hermana, a Drusila. Lo que te dijo es traición.
Calígula la miró, frío como el hielo.
—Lo que es traición lo decido yo, no tú. Y ahora baila,
Cesonia.
—¿Qué danza?
—La asiática.
Ella se levantó inmediatamente, y Calígula dio un par
de palmadas para que todos se callaran.
—Cesonia bailará para nosotros —dijo.
Tras hablar con los músicos, Cesonia ocupó su puesto
en el espacio que quedaba entre los divanes. Se arrodilló, se
colocó campanillas en los tobillos y pequeños címbalos en
los dedos, luego se irguió y, pausadamente, se quitó la ropa.
Una exclamación de asombro. Se había quedado desnuda,
salvo por un pequeño taparrabos, sujeto con un fino hilo de
plata que le rodeaba la cintura. Rápidamente, se quitó los al-
fileres del pelo y una cascada de bucles negros le cayó sobre
la espalda. Los músicos iniciaron la melodía y Cesonia em-
pezó a bailar.
Bailaba lenta, sensualmente, moviendo las caderas al
ritmo de la música, y agitando sus grandes pechos. Hacía re-
sonar al mismo tiempo los címbalos de los dedos y las cam-
panillas de los tobillos. El ritmo de la música se aceleró y
197
Cesonia empezó a bailar más de prisa. El pelo giraba alrede-
dor de su cara y se le endurecieron visiblemente los pezones
con el bamboleo de los pechos. Luego, echando la cabeza
hacia atrás, cerró los ojos y fue doblándose por la cintura
hasta que su larga cabellera tocó el suelo. Vientre y caderas
empezaron a balancearse más de prisa, como si algún pode-
roso dios la arrastrase al orgasmo. Todas las miradas, las de
los hombres y las de las mujeres, estaban fijas en ella, y hasta
Calígula dejó de masticar para mirar.
La música fue adquiriendo un ritmo frenético, y Ceso-
nia movía los pies tan de prisa que pasaron a ser como un
borrón indefinido en movimiento. Los pechos parecieron ad-
quirir vida propia. A Cesonia le encantaba exhibir su cuerpo.
Con los ojos cerrados en un arrebato de placer, sacó la lengua
y se lamió los labios.
—¿Viste alguna vez pechos como ésos, Claudio? —
preguntó Calígula.
El viejo empezó tartamudear y balbucir, haciendo tor-
pes gestos con las manos para indicar lo mucho que apre-
ciaba a Cesonia.
La música alcanzaba ya su apogeo, y también la danza
de Cesonia. Ésta sacudía furiosamente las caderas hacia los
lados y adelante y atrás, en un ritmo orgásmico. De pronto,
se llevó las manos a la cinta de plata del pequeño taparrabos
que cubría su sexo y la rompió. Lanzó el taparrabos a Calí-
gula y se quedó totalmente desnuda, con las piernas muy
abiertas, como si estuviese copulando con el mismísimo Jú-
piter. Pero, aunque Calígula fue el primero en aplaudir furio-
samente, había en su rostro una expresión fría e impasible.
Calígula no estaba bien. Los dolores de cabeza eran
cada vez peores. Había adelgazado y se le caía el pelo de
modo tan alarmante que consintió al fin en utilizar una pe-
luca para sus apariciones públicas. Se le habían hundido las
mejillas y eso hacía que sus grandes ojos pareciesen
198
enormes. Daba una sensación de ausencia y de torpeza, alte-
rada sólo por maníacos arrebatos de petulancia infantil. Él y
Drusila apenas se hablaban, y Cesonia, embarazada al fin,
contemplaba el ascenso de su propia estrella.
Calígula rezaba mucho a Isis, hermana, esposa y resu-
citadora de Osiris, cuyo cuerpo descuartizado había conse-
guido reunir y recomponer de nuevo. «Yo soy lo que es, ha
sido y será», decía la inscripción de su estatua. «Nadie ha
alzado mi velo. El fruto que llevé en mis entrañas era el sol
del día». Isis representaba para Calígula la inmortalidad, la
promesa de vida eterna. Se aferraba a esa promesa como si
se hubiese hecho sólo para él.
Las jaquecas empeoraron y se hicieron más prolonga-
das e intensas. Una noche se convirtieron en fiebre. Deli-
rando, ardiendo, Calígula saltó de la cama y se puso a gritar
ante la aparición de Tiberio que llegaba a buscarle con una
sonrisa lobuna. Sólo Drusila podía salvarle.
—¡Drusila! ¡Ayúdame! ¡No le dejes acercarse a mí! —
balbucía en su delirio.
Caricles temía por la vida del emperador. Cesonia en-
vió de muy mala gana a buscar a Drusila; Calígula sólo la
quería a ella.
—Aquí estoy, Botitas —dijo suavemente Drusila, sen-
tándose al borde de la cama.
Calígula apretó su mano con una mano seca y febril.
—Me muero —murmuró, los ojos desorbitados de te-
rror.
—No es cierto. Es sólo fiebre —le aseguró ella, tran-
quilamente.
—Quiero hacer testamento —balbució él.
—No hables. Duerme.
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Drusila acarició la frente febril de Calígula.
—Longinos. ¿Dónde está?
—Estoy aquí, César.
Calígula se incorporó en la cama.
—He de hacer testamento.
Longinos hizo una seña a un esclavo, que trajo recado
de escribir.
—Dejo a mi amada hermana Drusila todas mis propie-
dades —dijo Calígula—. Le dejo también a ella el Imperio
Romano, con el título de Augusta y…
Calígula empezaba a divagar.
—y… le dejo… el uniforme… que yo llevé en Germa-
nia de niño… y las… botitas.
De pronto, se hundió en la cama, exhausto, y cerró los
ojos. Drusila le acarició de nuevo la frente. Estaba empapada
de un sudor febril. Longinos garrapateó las últimas sílabas
del testamento. Cesonia permanecía de pie al fondo de la ha-
bitación, tensa de rabia y celos. ¡Dejárselo todo a aquella zo-
rra incestuosa! ¡El Imperio, todo! Mientras ella, Cesonia,
que llevaba en su vientre un hijo de aquel monstruo, se que-
daba sin nada. ¡Era intolerable! No, Calígula tenía que so-
brevivir. Y si sobrevivía, ella sabía muy bien lo que tendría
que hacer con Drusila.
—Está dormido —murmuró Drusila.
—No, no lo estoy —dijo Calígula, y abrió los ojos.
Con un gran esfuerzo, arrebató el documento a Longi-
nos, escribió su nombre en él y estampó su sello. Luego, vol-
vió a hundirse en el lecho.
—¡No me dejes morir! —le dijo a Drusila en un susu-
rro.
200
Drusila apretó el cuerpo flaco y febril de su hermano
pequeño contra su pecho, y le acunó como si fuese un lac-
tante.
—Duerme, niño, duerme… —murmuró—. Drusila
está aquí. No tienes por qué preocuparte…
Y Calígula se durmió.
Al día siguiente, la fiebre remitió. El pueblo rezó ora-
ciones de acción de gracias y dedicó estatuas a Calígula,
adornándolas con guirnaldas de flores. ¡El emperador vivía!
¡Larga vida al emperador!
Calígula había prometido casarse con Cesonia si ésta le
daba un heredero, y el día del parto, en cuanto empezaron
los primeros síntomas, la trasladaron en una litera al salón
principal de palacio. Desde detrás de la cortina donde estaba
tendida, la gran asamblea de cortesanos oía sus gritos. Ves-
tido y engalanado con una guirnalda como una novia, Calí-
gula esperaba el nacimiento, dispuesto a proclamar pública-
mente su promesa.
Pese a que atendían a Cesonia una comadrona y Cari-
cles, el parto fue largo y doloroso, y los gritos incesantes.
Pero eran música para los oídos de Calígula. Significaba que
al fin se convertiría en padre. Todo iba bien, le aseguró la
partera.
—¿Estás absolutamente seguro de que es tuyo? —pre-
guntó por centésima vez Drusila.
—Quiero que la ames —ordenó Calígula con un sus-
piro.
—Me gustaría que ella… te quisiese a ti —Drusila casi
tenía miedo a decirlo.
—Lo que importa es lo que yo siento por ella, no lo que
ella siente por mí —subrayó Calígula.
—Ésta es la voz del César —dijo Drusila con una
201
sonrisa.
—Exactamente —Calígula no sonrió—. De cualquier
modo, ha estado guardada día y noche durante nueve meses.
—Pero quizás el dios Júpiter se le haya aparecido en
un sueño y le haya dejado un hijo —dijo burlona Drusila.
—Creo que eso es de muy mal gusto. Creo que es una
blasfemia.
De detrás de la cortina salió de pronto Caricles. Los
gritos de Cesonia no eran ya más que un largo aullido.
—Acaba de aparecer la cabeza del niño —comunicó el
médico.
Calígula se lanzó hacia la cortina y la vio. Vio entonces
la cabeza del niño entre las temblorosas piernas de Cesonia.
—¿Está vivo? —preguntó.
—Sí, César.
Calígula se volvió hacia la multitud allí reunida.
—Señores —dijo—. Voy a casarme con Cesonia, ma-
dre de mi hijo y heredero.
Era ya una promesa oficial. El anuncio del matrimonio
hacía legal la unión, y legítimo al hijo.
Por fin nació el niño, que lloraba ardorosamente. Satis-
fecho y orgulloso, Calígula fue a echar un vistazo a su hijo.
—Bien, bien —fue todo lo que dijo.
La alegría se había esfumado de su rostro. El hijo era
hija. Empezó a lamentar su precipitación al anunciar su ma-
trimonio con Cesonia.
—Al menos parece mía —masculló, intentando sacar
el máximo fruto de aquel desenlace inesperado—. Está calva
por delante.
202
—Si se parece a ti tiene que ser hermosa —dijo Ceso-
nia sonriéndole, mientras la comadrona le limpiaba el sudor
y la sangre. En sus ojos se pintaba el triunfo. Por fin era em-
peratriz.
—La próxima vez… un hijo. ¿Me oyes? —dijo Calí-
gula.
—Sí, señor.
Luego se volvió a los demás.
—Brindemos por mi hija. ¡Por Julia Drusila! —alzó la
copa.
—¡Por Julia Drusila! —aulló la multitud.
—¡Por Julia Drusila! —aulló el populacho agradecido,
que esperaba afuera.
Para celebrar su matrimonio y el nacimiento de su hija,
Calígula dio una moneda de oro a todo ciudadano romano, y
organizó esplendidos juegos circenses durante varios meses.
Pero a los diez meses, los cofres imperiales estaban
casi vacíos; había llegado el momento de pagar la factura.
Calígula estaba arruinado. Había derrochado la herencia de
Tiberio en juegos circenses y lujos, y no parecía que los in-
gresos aumentasen. Longinos y sus funcionarios trabajaban
frenéticamente elaborando un presupuesto, y al secretario se
le hizo un nudo en la garganta el día que tuvo que entregar a
Calígula el largo documento.
—El nuevo presupuesto que ha de someterse al Senado
—murmuró.
Calígula cogió el pergamino y estudió detenidamente
las cifras. Luego miró ceñudo a su chambelán.
—Estamos en déficit. ¿Por qué?
Longinos vaciló… No era prudente comunicar malas
noticias al emperador. Lanzó un profundo suspiro.
203
—Tú… Bueno, los diversos juegos circenses y espec-
táculos que has estado pagando, son caros y…
—Y andamos escasos de dinero —concluyó Calígula
ceñudo—. Bien, ¿qué vamos a hacer ahora?
Longinos colocó ante él unos documentos.
—Elevaremos el impuesto de las subastas un medio
por ciento. Luego, el impuesto del vino…
—¡No! Nada de impuestos —dijo Calígula con fir-
meza—. El pueblo me quiere… por ahora. Pero no me que-
rrán si pongo más impuestos por el vino.
—¿Y cómo vamos a recaudar dinero entonces? —pre-
guntó Longinos con un gesto de desesperación—. ¿Cómo
vamos a enjugar este déficit, César?
Calígula se golpeteó los dientes con la empuñadura de
su daga, pensando.
—¡Una guerra! —exclamó de pronto—. ¡Ésa es la so-
lución! ¡Nuevas provincias, nuevos ingresos!
Dio un puñetazo en la mesa y miró a su secretario con
ojos centelleantes.
—Conquistaré Britania —exclamó, ignorando la ex-
presión angustiada de Longinos—. Inmediatamente después
de año nuevo. Donde fracasó Julio César, triunfaré yo. Ade-
más, si no hago algo, me olvidarán en seguida.
Y, dicho esto, clavó la punta de la daga en la mesa.
—Calígula el Inútil. Ya lo veo escrito en los libros de
historia.
Entonces entró en la estancia corriendo, sin aliento, un
esclavo de pelo canoso.
—César, Drusila se ha puesto enferma —gritó, ha-
ciendo una precipitada reverencia.
204
—¿Cómo? —Calígula se asustó mucho—. ¿De qué se
trata?
—La fiebre, señor.
¡La fiebre! La fiebre había azotado Roma unas sema-
nas antes, matando a muchos, pero dejando ilesos a la ma-
yoría de los patricios. La fiebre no había afectado en palacio
más que a un puñado de esclavos, y los cadáveres habían
sido incinerados rápidamente. ¿Cómo podía haberse conta-
giado Drusila? Calígula corrió al dormitorio de su hermana.
Drusila estaba en la cama, tan inmóvil y pálida que pa-
recía que ni siquiera respiraba. Caricles la examinaba ner-
vioso, ayudado por dos esclavos. Era evidente que estaba
agonizando.
—¡Hay que hacer algo, maldita sea! —gritó Calígula.
—Hago todo lo que puedo, César, lo juro —protestó el
médico.
Calígula se inclinó sobre la cama, indiferente al riesgo
de contagio. Acercó tanto la cara a Drusila que sus labios
casi se rozaron.
—Soy Botitas. ¿Me oyes? —susurró con ansiedad.
Pero Drusila ya no oía ni veía; había entrado en ese
reino en que cada individuo ha de viajar solo. Desesperado,
Calígula la cogió entre sus brazos, acunándola como tantas
veces le había acunado ella a él.
—No me dejes, por favor —suplicó—. Todavía no…
Con los ojos llenos de lágrimas, la dejó suavemente
otra vez sobre la cama y se quedó a su lado inmóvil. Al otro
lado de la habitación estaba el altar personal de Isis que tenía
Drusila: una estatuilla de la diosa, coronada con cuernos de
vaca y el disco solar. Ardía una lámpara ante ella.
Calígula, llorando, invocó a la imagen:
205
—¡Isis santa! ¡Sálvala! Te lo suplica el César, oh ma-
dre omnipotente.
Luego, arrojó una pizca de incienso ritual al brasero.
—Sálvala y te construiré un templo mayor que el de
Júpiter —añadió, y, postrándose de hinojos, se puso a mur-
murar oraciones sagradas.
—César… —había un temblor aterrado en la voz de
Caricles.
Calígula se volvió, mirando por encima del médico ha-
cia la cama en que yacía Drusila. La cara de ésta era una
máscara de serenidad. Las dos esclavas lloraban queda-
mente. Aún de rodillas, Calígula movió cabeza desesperado.
No… no… no… no… no.
—Ha muerto —dijo suavemente Caricles.
Calígula se quedó arrodillado durante un instante,
guardando silencio, atónito. Luego, aulló como un animal
atormentado, aulló y aulló hasta que aullando le brotó por la
boca el alma misma.
Cesonia entró silenciosa en la estancia, parpadeando
ante los gritos sobrehumanos que lanzaba su marido. Se
acercó a él y le abrazó.
Pero él se levantó ciegamente y la apartó de sí con brus-
quedad. Corrió luego a la cama y abrazó el cadáver de su
hermana.
—Estoy solo… me dejaste… —gimió—. Me dejaste
así… solo… en este lugar… Enemigos… puñales…
Su balbuceo fue haciéndose cada vez más incoherente.
—Puñales… venenos… por todas partes, rodeán-
dome… ¿Por qué lo hiciste? ¿Por qué?
Y, furioso, arrojó el cuerpo de Drusila de nuevo a la
cama. ¡Inútil! ¡Ya no le valía de nada!
206
Enloquecido por el dolor, pasó ante su mujer y ante el
médico y corrió al altar. Alzó la estatua de Isis y la tiró al
suelo, donde se fragmentó en mil pedazos.
—¡Te supliqué! —decía furioso—. ¡Te lo supliqué!
Repitió esto una y otra vez, maldijo a la diosa, mientras
Caricles y Cesonia le miraban horrorizados.
207
10
208
con su hija Julia Drusila, en los brazos.
—Senadores —empezó Calígula con voz hueca—. Es
el momento más terrible de la larga historia de Roma.
Calígula ofrecía un aspecto espectral. Su rostro tenía la
blancura de la tiza, que contrastaba vivamente con el negro
intenso de su capa. Había en sus ojos un brillo mortecino. Se
palpó las sienes varias veces, como si le doliese la cabeza
insoportablemente.
—Durante el mes de luto público por mi amada her-
mana Drusila, todo el que dé un banquete o cene con sus
padres o hijos, todo el que se bañe, todo el que se ría, será
condenado a muerte.
Los senadores se miraban horrorizados, pero nadie se
atrevió a hablar.
—Me veo también obligado —continuó Calígula— a
elevar los impuestos, pues, además de la carga de la sobera-
nía, debo ahora soportar la carga de la paternidad.
Entregó entonces un pergamino a Claudio.
—Mi compañero de consulado someterá a vuestra con-
sideración estos impuestos, señores, para que podáis… in-
formaros.
Miró a su alrededor para ver si alguien protestaba, pero
nadie se movió.
—Mi tío, el cónsul Claudio, me ha pedido permiso para
hablaros —dijo Calígula, e hizo una seña al tartamudo para
que empezase.
Aquél no fue precisamente el mejor día de Claudio.
Aunque había ensayado el discurso varias veces con Calí-
gula, estaba tan aterrado por el emperador y por el hecho de
hablar en público, que apenas era capaz de hacerlo.
Primero se le cayó la lista de impuestos. Al intentar
209
recogerla, se le cayeron las notas del discurso, desparramán-
dose por el suelo. Cuando lo tenía todo recogido y en orden,
sudaba copiosamente y su tartamudeo se había convertido en
incoherencia. Por fin, dio un paso al frente y se dirigió, no al
Senado, sino al propio Calígula.
—Gran… ejem… divino… César… Emperador…
cónsul… amado Calígula… ejem… nosotros… el asunto
es… que… ejem, toda Roma es como un… como un…
Se detuvo, absolutamente confuso, sin saber qué decir
a continuación.
—Es como un solo ser en su deseo apasionado… —
murmuró Calígula, animando con ello a su tío a seguir ha-
blando.
—Sí… eso iba a decir… deseo apasionado de que,
como tu abuelo Augusto y como tu bisabuelo Julio César…
Claudio había conseguido coordinar ya, y estaba recu-
perando la memoria.
—Te conviertas en un dios… pero ahora… es decir, en
vida… quiero decir, mientras estás aún con nosotros.
Se alzó entre los senadores un sordo rumor. ¿Calígula
un dios? ¿Ahora? ¿Qué clase de locuras estaba diciendo
Claudio?
—Ellos tuvieron que esperar, claro está… hasta des-
pués de muertos. Pero tú vives, gran César, y para nosotros
eres un dios… igual a… a Júpiter y a… ejem, bueno… Isis…
y…
Calígula le hizo callar con un gesto. El pobre imbécil
había sido torpe e incoherente, pero había dicho lo suficiente
para que el Senado se enterara. En su interior, el emperador
hervía de cólera. ¿Es que aquellos imbéciles no veían con
sus propios ojos su dignidad? ¿Era necesario decírselo? Con
una fría sonrisa, se dirigió al Senado en tono altivo.
210
—Aunque ningún grupo de mortales, por muy distin-
guidos que sean, pueden crear un dios (existiendo como exis-
timos desde el principio y por toda la eternidad), deseo ahora
quitarme la máscara mortal para que podáis verme, al fin, y
rezarme; para que podáis conocer a uno que está entre voso-
tros y es divino entre vosotros y capaz de responder a vues-
tras oraciones con justicia perfecta y amor y misericordia.
Calígula se levantó, esperando que la adoración co-
menzase. Pero Claudio, el imbécil tartamudo, había olvidado
lo que tenía que hacer. Calígula le miró furioso.
Claudio pestañeó y se recuperó.
—¡Oh…! Señores… ¡Adoremos a Calígula él Dios! —
dijo torpemente.
Sorprendidos por el giro de los acontecimientos, los se-
nadores no podían entender aquello. Prisioneros de la mega-
lomanía y la locura de un hombre, atrapados en la red de su
poder, no podían, de todos modos, más que obedecer.
—¡Salve, Calígula el Dios! —dijeron, al principio sólo
unos pocos. Y luego todos juntos—: ¡Viva Calígula el Dios!
El grito repiqueteó en las paredes de mármol del in-
menso salón, con un eco ensordecedor. Pero Calígula seguía
allí erguido, inconmovible. ¡Había llegado el momento!
La locura del emperador continuó sin oposición. Exi-
gió tributos en oro a todos los ciudadanos romanos, obli-
gando a los más ricos a vaciar sus casas de ornamentos pre-
ciosos para llenar las arcas de su tesoro. Y ante su tesoro se
sentaba Calígula como un niño, contando el oro una y otra
vez, palpándolo, acariciando las piedras preciosas, las copas
y los cuencos de plata. Ni siquiera el mobiliario del propio
palacio estaba seguro. Calígula cogía todos los objetos sin
valor que podía encontrar (escabeles, braseros, incluso arco-
nes viejos) y los ofrecía en subasta en el Circo Máximo. Y
el senador que quisiese ver la luz del día siguiente, no sólo
211
se veía obligado a asistir a la subasta, sino también a pujar
en ella.
Presidía las subastas el propio Calígula. Era un papel
con el que disfrutaba inmensamente, allí, en la tribuna impe-
rial, vistiendo una túnica púrpura adornada con medallones
de oro macizo y una corona digna de un monarca asiático.
—¿Cuánto ofrecéis —aullaba— por este hermoso ar-
cón, propiedad de Julio César? —No había sido propiedad
de Julio César, sino de un escriba—. Procede directamente
de palacio… Todo lo que hay aquí procede directamente de
palacio. Necesitamos dinero, ¿sabéis? Somos muy pobres.
¿Qué ofrecéis, pues?
—Diez piezas de oro —ofreció una voz al fondo.
—¡Quince!
—¡Veinte!
—¡Cincuenta!
—¿Por el arcón personal de Julio César? —gritó Calí-
gula incrédulo—. ¿Sólo cincuenta? ¡Imposible! ¿He oído se-
senta?
—Sesenta, César —dijo un senador que esperaba un
favor.
—Setenta, setenta —instó Calígula—. El senador Apo-
nio acaba de hacer un gesto.
Y señaló a un vejestorio profundamente dormido.
La multitud reía. El viejo senador seguía roncando en
sus sueños.
El lote siguiente era un grupo de gladiadores. A Calí-
gula le daban lo mismo muebles que esclavos.
—Trece de los mejores gladiadores del Imperio. Se ini-
cia la puja con cincuenta mil piezas de oro.
212
—Cincuenta.
—Cincuenta y cinco.
—Sesenta.
—¡Setenta!
—¡Ochenta!
—¡Ochenta y cinco!
Calígula miró con una mueca burlona desde la tribuna
imperial hacia abajo.
—¿Quién dará noventa?
Miró al senador Aponio, que cabeceaba aún profunda-
mente dormido.
—¡Vendido! —aulló el emperador—. Vendido al se-
nador Aponio. Trece gladiadores por noventa mil piezas de
oro.
Y aunque le costaba todo cuanto tenía, cuando el viejo
senador despertó, fue obligado a pagar. Una siesta cara.
El coste de la vida subió notablemente en Roma. Lite-
ralmente, quienes querían seguir viviendo debían pagar
grandes sumas de oro para engrosar los cofres de Calígula.
Y. aun así, Calígula procuraba ahorrar dinero.
—Hemos de economizar —dijo Calígula, moviendo la
cabeza.
—Hemos hecho todo lo posible, divino César —dijo el
encargado del estadio—. Hemos vendido seis leones y redu-
cido a la mitad las raciones de los restantes, aun así… Bueno,
sólo pueden comer carne y el precio de la carne… —el en-
cargado del estadio se encogió de hombros en un gesto elo-
cuente.
—Es alto, lo sé, es un problema.
Estaban en la parte baja del estadio, donde se
213
guardaban en enormes jaulas los animales para los espec-
táculos sangrientos. Los grandes felinos (panteras, leones y
tigres) paseaban gruñendo, hambrientos.
—Podríamos vender los animales, claro —sugirió el
encargado.
Calígula movió la cabeza.
—No. No. Al pueblo no le gustaría. Disfrutan viendo
luchar a los hombres con los animales. A mí, personalmente,
me resulta odioso. Pero claro, yo sólo soy un dios.
Lanzó un suspiro y achicó los ojos pensativo, mientras
contemplaba la larga hilera de hombres harapientos, quizás
unos cincuenta, que esperaban su inspección.
—Esos esclavos —dijo, golpeteándose los dientes con
la daga—, no valen gran cosa, ¿verdad?
—No todos son esclavos —explicó el encargado del
estadio—. Algunos proceden de la cárcel. Hacen aquí traba-
jos serviles, trabajos de limpieza… atienden a los anima-
les…
—Ya tengo la solución —dijo súbitamente Calígula.
Señaló con la daga a un hombre calvo de la fila.
—Mataremos a todos los comprendidos entre ese calvo
y —señaló al fondo de la fila— aquél de allá.
Inmediatamente, los veinte hombres condenados a
muerte se postraron en el suelo, suplicando piedad. Pero Ca-
lígula les ignoró, muy satisfecho de su eficacia.
—¿Verdad que es una idea muy inteligente? —dijo,
sonriendo—. De esta forma tendrás carne suficiente para ali-
mentar a los animales por lo menos un mes.
—Sí, claro, divino César —aceptó el encargado del es-
tadio, a quien se le atragantaban las palabras—. Una solu-
ción inteligente, inteligente.
214
¿Y qué hacía Calígula con todo aquel dinero?
Por una parte, compró una manta: una manta para Inci-
tatus, su noble caballo blanco. La manta fue tejida en Grecia,
con el lino blanco más puro mezclado con una lana tupidí-
sima. Luego, fue enviada por mar a Fenicia, a la mismísima
Tiro, donde la tiñeron de púrpura con múrices. Un púrpura
intenso, oscuro, auténtico, como correspondía al portador de
un dios. Luego, la manta llegó a Roma en manos de un men-
sajero y los esclavos se pasaron tres noches bordándola con
hilos de oro, trabajo que les dejó los dedos hinchados y san-
grantes. La manta costó diez mil talentos de oro. ¡Una pe-
queña suma para pagar la comodidad del trasero de un dios!
Calígula envió a Grecia a por una estatua de Zeus, y no
se atrevieron a negársela. Ni se atrevieron a negarle la son-
riente kouros, la antigua y sagrada estatua de Apolo, ni nin-
guna otra estatua de los antiguos dioses. Hizo que las trajeran
en barco, Tíber arriba, y las colocó en su pórtico; todas las
antiguas imágenes del panteón, los dioses más adorados en
todos los mundos civilizados. Estaban bellamente esculpidas
y brillaba en sus rostros la sonrisa de la divina serenidad.
Pero lo que a Calígula le interesaba no eran los cuerpos de
las estatuas, sino sus cabezas. Con sus propias manos divi-
nas, empuñó un martillo y las destrozó todas. Luego, los me-
jores escultores del Imperio añadieron la cabeza de Calígula,
en mármol, a todos los cuerpos.
¡Ahora sí había un panteón digno de culto!
La locura continuó. Locura divina…
El César ostentaba el rango de sacerdote, como lo ha-
bían ostentado antes que él Tiberio y Augusto. Tenía el pri-
vilegio de asistir a los sacrificios.
El César sacrificaba.
Un toro inmaculado estaba listo para la ofrenda a Júpi-
ter Capitolino. Se había erigido el altar, se habían encendido
215
los fuegos, se entonaron las oraciones. Estaban presentes,
entre los testigos y los adoradores, varios senadores, Clau-
dio, Longinos, Querea. A Calígula se le había explicado
todo. El toro debía morir sin darse cuenta, sin ninguna lucha.
En caso contrario, sería un mal augurio. Entregaron a Calí-
gula el mazo ritual. A una señal, debía golpear al toro en la
cabeza, para atontarlo; luego el sacerdote lo degollaría, de
modo que pudiese ir al dios sin oponerse a su destino. Pare-
ció que Calígula lo comprendía todo. Asintió. Se dio la señal.
Y Calígula alzó el mazo en el aire, y lo dejó caer; se oyó un
ruido seco, pero el mazo no cayó en la cabeza del toro, sino
en la cabeza del sacerdote. El sacerdote se tambaleó y cayó;
murió en el acto.
—Gran Júpiter —gritó Calígula. No era una oración—
. Padre celestial… con el que me uniré… cuando el propio
Júpiter me eleve a los cielos. Espero que estés escuchando,
Júpiter, porque si me desobedeces… ¡me veré obligado a se-
pultarte en los infiernos!
Contempló al sacerdote muerto y sonrió serenamente.
Era un buen augurio. El sacerdote había muerto sin lucha…
y por lo tanto constituía un sacrificio perfecto para el dios
Calígula.
Al desaparecer gran parte de los muebles del palacio
con las subastas, muchas de las habitaciones quedaron va-
cías. Entonces, Calígula, el divino César, tuvo otra de sus
grandes ideas: llenaría las habitaciones con camas. Después
de todo, ¿había algo más rentable que un prostíbulo? En
tiempos de prosperidad, los prostíbulos se llenaban. En los
malos tiempos, la gente pobre acudía a ellos en masa para
olvidar los problemas. Era imposible perder. Y el Palatino
era un lugar tan adecuado, quedaba tan en el centro de todo.
Parecía una lástima desperdiciar sus posibilidades utilizán-
dolo sólo como palacio.
Calígula pensó con desprecio en el viejo Tiberio. ¡Qué
216
modo de derrochar dinero! Si Tiberio hubiese abierto un
prostíbulo (y lo había hecho, en realidad, en Capri) habría
hecho que le buscasen por todo el mundo las más extrañas
criaturas para llenarlo con ellas. El viejo Tiberio habría gas-
tado miles de millones. ¡Qué despilfarro! ¿Por qué gastar di-
nero cuando Roma estaba llena de objetos utilizables para
fornicar, y además gratuitos?
Por ejemplo, las mujeres de los patricios. ¿Cuándo te-
nía la oportunidad un ciudadano normal, un zapatero o un
ebanista, de acostarse con una dama de la nobleza? Pagarían
bien por aquel privilegio. ¿Y las hijas de los patricios roma-
nos? Tendrían así oportunidad de servir a un dios, simple-
mente abriendo las piernas. Y también los muchachos. A
todo el mundo le gustaban los muchachos guapos de duros
traseros, y en Roma había centenares de buenos traseros pa-
tricios. Y hombres, hombres velludos de largas piernas, fuer-
tes músculos y grandes penes. Había siempre demanda de
ellos. Era tan simple, tan económico.
Se envió recado a todos los senadores y a todas las fa-
milias nobles de que el César divino, Calígula el dios, espe-
raba que todos los hombres hábiles, así como las mujeres y
los niños de Roma, cumpliesen con su deber y sirviesen por
lo menos una semana en el prostíbulo imperial. Esto incluía
a las matronas, novias, vírgenes e incluso a las viejas des-
dentadas. Sí, había tipos raros a los que les gustaban las vie-
jas; lo había oído en algún sitio. Los patricios no podrían co-
ger a sus mujeres y a sus hijas y sacarlas al campo y ocultar-
las en una de sus fincas. ¡De ninguna manera! El dios Calí-
gula se enfadaría muchísimo, y se sentiría muy ofendido, y
el castigo sería una muerte terrible, acompañada de la con-
fiscación de todos los bienes de la familia, incluso los de los
primos lejanos. No, ¡el prostíbulo de Calígula se declaró
inaugurado, y todo el mundo debía estar presente y contri-
buir!
217
Al principio, los romanos de la nobleza no se lo creían;
luego, varias familias intentaron huir. Pero Calígula cumplía
su palabra, y cuando aparecieron los cadáveres mutilados de
hombres, mujeres y niños para dar ejemplo, las otras familias
se apresuraron a obedecer las órdenes. Llorosas esposas y
gimientes hijas fueron transportadas al Palatino en literas
con velos, cruzaron las puertas de palacio y ocuparon su
puesto de trabajo inmediatamente. Hasta algunos de los se-
nadores más apuestos se vieron obligados a aquel servicio
sexual.
Las únicas familias que eludieron la humillación fue-
ron las pocas que se abrieron las venas y murieron con dig-
nidad romana. Pero Calígula se sintió muy satisfecho con la
posibilidad de confiscar sus bienes.
El populacho estaba encantado con el burdel y no se
cansaba de él. Acostumbrados a las míseras carnes de muje-
res subalimentadas, acostumbrados a que les tratasen como
si no existieran, los plebeyos estaban entusiasmados con la
idea de vengarse en los tiernos cuerpos patricios. Acudían a
cientos al burdel, apestando a ajo, cebolla y embutidos, con
las manos sucias y el aliento pestilente por los dientes podri-
dos y las encías enfermas. Les gustaba, sobre todo, tumbarse
allí tranquilamente y ver sudar desnudas entre sus piernas a
las grandes damas de Roma.
Calígula era un experto director de burdel; cobraba por
adelantado cinco piezas de oro a cada cliente, sabiendo que
había observadores además de actores. Ordenó que se hicie-
ran agujeros en las paredes de madera de varias habitaciones,
de modo que los ocupantes de una pudiesen observar las ac-
tividades que se desarrollaban en la contigua. Por estas ha-
bitaciones cobraba doble. Hizo construir una especial para
un propósito especial. En ella, los agujeros eran lo bastante
grandes para que un hombre pudiese meter el pene en ellos.
Al otro lado de la pared había… a veces una boca, a veces
218
una vagina, con mayor frecuencia un ano. El hombre que
metía el pene en aquella pared, no tenía ni idea de qué recep-
táculo estaría esperándole, sólo que sería suave, húmedo, cá-
lido. Era una de las atracciones más populares del burdel, y,
ante la sorpresa de Calígula, los dos lados de la pared eran
igual de rentables.
Así pues, el burdel se convirtió en un negocio flore-
ciente y, en consecuencia, se construyó al lado del palacio
de Calígula otro minipalacio para Incitatus, su caballo. En el
Palatino se construyó un establo de mármol, decorado con
frisos de yeguas montadas por sementales. En un extremo
del establo se colocó el pesebre, de marfil macizo, con un
conducto de oro a través del cual caían la avena y el mijo de
Incitatus. A Calígula se le ocurrió la idea de mezclar oro con
el pienso del caballo, pero el médico del animal le convenció
de que no lo hiciese; no había ninguna garantía de que Inci-
tatus cagase oro, le dijo. Lo más probable sería que muriese
de una indigestión. Calígula se conformó entonces con de-
corar majestuosamente el establo, utilizando para ello los
mejores divanes y mesas de las casas de la nobleza romana.
Con lo cual, Incitatus podría recibir a sus visitantes como un
emperador. ¿Quién era el Bucéfalo de Alejandro, quién era
Pegaso, comparados con Incitatus? Asnos y mulas, no autén-
ticos caballos divinos.
Sorprendentemente, las vírgenes romanas daban me-
nos ingresos al prostíbulo que los muchachos, y Calígula,
magnánimo, permitió a sus padres que las rescataran. Esto
resultó mucho más provechoso. Además del dinero, lo que
más gozo daba a Calígula era la humillación y la degradación
del Senado; quizás el viejo Tiberio no se hubiese equivo-
cado, después de todo.
Mientras tanto, la administración del Imperio romano
continuaba. Los documentos seguían apilándose en la mesa
de Longinos, esperando la firma de Calígula.
219
—Longinos, soy un esclavo de tu rutina —dijo una ma-
ñana que entró en la oficina acompañado de Querea.
—Oh, no es así, divino César —contestó Longinos, in-
clinándose a besar la mano del emperador—. Éstos son los
planes de organización del ejército para tu invasión de Bri-
tania.
Calígula apartó los documentos.
—Necesitamos también una orden personal tuya para
construir los navíos para la invasión y…
—Más tarde. ¿Dónde están las listas de ejecuciones?
Debo revisar mis cuentas.
Calígula cogió ávidamente los documentos. Todos los
romanos ejecutados por traición perdían sus propiedades,
que pasaban al emperador; la lista de nombres era muy larga.
—En esta página, sólo hay senadores. Mala ralea, ¿ver-
dad?
—Sí, César divino —contestó Longinos, incómodo.
—Pero son ricos.
Y empezó a firmar y sellar alegremente, entonando la
nueva fórmula:
—Yo, el dios Calígula, ordeno en nombre del Senado
y el pueblo de Roma…
Querea dio nervioso un paso adelante y carraspeó.
—César divino, una súplica…
Calígula alzó la vista de las listas de ejecución.
—¿Qué pasa?
—Te pido que liberes al joven Próculo. Es un buen ofi-
cial, le necesitamos en esta guerra. Y…
—Y estás enamorado de él —interrumpió
220
groseramente Calígula—. ¡Qué bonito! ¡Qué romántico! ¡Y
a tu edad!
Enarcó las cejas malévolamente y miró con fijeza a su
jefe de la Guardia.
—¡No! ¡No, divino César! Es sólo que…
—Quieres que te tome en sus brazos otra vez —dijo
Calígula, con un guiño—. Quieres que arroje el poderoso
emblema de su joven virilidad en tus viejos flancos marchi-
tos.
—¡No! ¡No! ¡No! —Querea estaba horrorizado.
—¡Sí, sí, sí! —remedó Calígula—. Va a morir. Soy in-
flexible. Lo sabes muy bien.
Próculo. ¡Sabrosa idea! Había olvidado a aquel mucha-
cho. En fin, ahora tendría que remediarlo. ¿No? Sería diver-
tido.
Por la barba de Próculo, era evidente que llevaba algún
tiempo encadenado al muro de la celda. Estaba desnudo,
salvo por un taparrabos, y se le veía muy flaco. Le sobresa-
lían las costillas y tenía el vientre hundido, pero continuaba
siendo un magnífico espécimen, de piernas y brazos largos,
musculosos, y anchos hombros. Colgaba sujeto de las muñe-
cas y los tobillos como un cuarto de res.
—¡Ah, Próculo!
Calígula entró alegremente en la celda. Tras el empe-
rador iba su verdugo privado, con un afiladísimo cuchillo en
la mano.
—Mi querido muchacho, debe ser horriblemente incó-
modo estar encadenado así…
—Sí, divino César.
Próculo hablaba con torpeza, tenía los labios hincha-
dos.
221
—Me han dicho que tu bella esposa está encinta —pro-
siguió el emperador, en el mismo tono coloquial—. Ahora,
claro, nunca sabremos seguro quién fue el padre. Si tú… o…
—se dio una palmada en el pecho— o Dios.
Próculo forcejeó con los grilletes que le sujetaban a la
pared.
—Divino César, por favor… te lo suplico… ¿por qué?
¿Por qué?
—¿Por qué, qué?
—¿Por qué estoy aquí?
—Por traición. ¿Es que no te lo han dicho? —contestó
Calígula mirándole con absoluta candidez.
—Pero siempre te he sido leal, divino César —protestó
Próculo.
—Te explicaré.
Calígula se puso de puntillas, intentando cuchichear en
el oído de Próculo. Pero no era lo suficientemente alto para
llegar. El verdugo trajo entonces un pequeño escabel, y Ca-
lígula se subió en él. Miró fijamente a Próculo a los ojos; su
cara era un espejo de lujuria mezclada con loca crueldad.
Luego, susurró:
—Por tu pelo.
—¿Mi pelo? —Póculo estaba absolutamente descon-
certado.
Calígula asintió, con un dedo en los labios: debía ser su
secreto. Luego, bruscamente, agarró un bucle del frondoso y
rizado pelo del joven y estiró con fuerza. Se quedó con él en
la mano. Próculo lanzó un gemido.
Con el pelo en la mano como un trofeo de guerra, Ca-
lígula hizo una seña al verdugo. Éste se acercó con el
222
cuchillo en la mano, relampagueante.
—¡No… no! ¡Por favor, divino César! —gritó Próculo.
Calígula seguía en el escabel, observando atentamente
al verdugo mientras éste practicaba la primera incisión en el
pecho de Próculo. De los labios del joven brotó un alarido
envuelto en sangre, pero Calígula lo cortó con un prolongado
beso.
El verdugo era un maestro del arte, y Calígula le pa-
gaba bien su destreza. Sabía cómo producir intenso dolor y
cómo mutilar, cómo situarse al borde de la muerte y entrar
lentamente en ella; nadie como él para una muerte lenta. Ta-
jaba diestramente el colgado cuerpo de Próculo, provocando
en el preso alarido tras alarido.
Como siempre, la visión de la muerte fascinaba a Calí-
gula. Miraba fijamente los ojos nublados del joven y estu-
diaba su crispado rostro.
—¿Qué es lo que sientes? —preguntó anhelante.
—¡No puedo soportarlo! ¡Déjame morir!
Calígula saboreaba cada corte, cada estremecimiento,
cada convulsión del joven cuerpo. Nunca se sentía tan di-
vino, tan omnipotente, como cuando ordenaba tortura y
muerte y podía ver cómo ejecutaban su orden.
—Hazle sentir que está muriendo —ordenó.
—Sí, divino César.
Brotó de la boca de Próculo un grito demencial cuando
el cuchillo penetró profundamente en sus órganos vitales.
—¿Y ahora qué pasa? —preguntó jadeante Calígula.
Rozaba los muslos mientras observaba la cara del prisionero.
—Déjame morir… —suplicaba Próculo desde las pro-
fundidades de su agonía.
223
Calígula alzó un pliegue de su lujosa túnica y enjugó el
sudor de la frente de Próculo. Era una experiencia de los dos;
¡estaban compartiéndola! ¡Qué suerte tenía Próculo, morir
con un dios a su lado!
—¿Aún no has empezado a morir? —preguntó dulce-
mente.
—Es como fuego… —gimió Próculo.
—¡Eso debe ser el infierno! —exclamó, Calígula—.
Sabía que Tiberio estaba equivocado. Hay otra vida…
De pronto, con un horrible gorgoteo, Próculo quedó
inerte. Había muerto.
Calígula saltó furioso del escabel y miró al aterrado
verdugo.
—¡Maldito seas! ¿No te dije que fuese lento?
El verdugo balbució abyectamente, temiendo por su
vida.
—¡Perdóname, divino César! Se retorcía tanto. Le to-
qué el corazón… por error… Yo no quería…
—Cállate —dijo Calígula, enojado.
Miró el sangrante cadáver de Próculo, la abierta cavi-
dad pectoral, las costillas, los músculos, los pulmones, todo
al aire y ya todo muerto.
—¿Qué más propio de un dios que esto? —preguntó
suavemente al cadáver—. Hace un momento, eras un hom-
bre vivo, con un hermoso pelo. Y ahora, gracias a mí, eres
carne de carnicero. En fin, ya puedes darme las gracias. Te
he dado mucho.
Arrancó taparrabos al cadáver, dejando al descubierto
los voluminosos genitales. Los sopesó amorosamente en la
mano un instante, luego se volvió al verdugo.
224
—Córtalos y mándaselos a Querea. Dile que Próculo
quería que se los entregaras. Como recuerdo de su gran
amor.
Y, riéndose a carcajadas, salió de la celda.
Calígula estaba en la cama, despierto.
Esta noche hay luna llena. La luna… la diosa luna
Diana… siempre me pone un poco loco. Por eso les llaman
lunáticos, sabes… No puedo dormir… ¿Por qué no puedo
dormir nunca? Sólo puedo tumbarme aquí y ver el ojo do-
rado de la luna llena brillando sobre el Capitolio. Hasta el
mendigo lisiado más pobre y mísero de Roma puede dormir
esta noche, pero no un dios. Diana me mira. ¡Ven a mí, Diana
santa, diosa de la luna! Ven a mi lecho… hermana… her-
mana… A ti extiendo mis brazos… Soy tu hermano, luna.
Ven y ámame como amaste a Endimión. Como Drusila me
amó a mí. Diana… ¡Sí, viene! ¡Es ella!
Cesonia entró silenciosamente en el dormitorio. Lle-
vaba un arco y una flecha y vestía una túnica corta de caza
que le dejaba al aire un hombro. Tenía el pelo recogido con
un prendedor de plata en el que había una luna creciente. Era
Diana.
—Ah, hermana… Diana… Diana… diosa… —dijo
Calígula.
Cesonia se tendió a su lado y le permitió saciarse de
claridad lunar; primero la de sus pechos, luego la del pro-
fundo pozo que había entre sus muslos. Más tarde, tendidos
ambos hombro con hombro, dejaron que la luz de la luna les
bañase en su misterio.
—No puedo dormir —dijo Calígula.
—Yo tengo una droga.
—No.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Cesonia.
225
—En lo solitario que es ser un dios.
—¿Eres de verdad un dios?
—Puedo poner fin a una vida cuando, quiera. Por tanto,
soy el Destino. Por tanto, soy Dios.
—Cualquier César puede hacer lo mismo —murmuró
Cesonia—. Pero, ¿estás seguro de ser un dios?
—Dime, ¿estás despierta ahora? ¿O bien estás dur-
miendo?
—Despierta.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó Calígula—. ¿Estás se-
gura?
—Lo sé. Yo creo…
—No sabes. Sólo crees saber. Así que si esto es un
sueño, yo soy un dios porque te lo digo y, cuando desperte-
mos…
Trazó una raya como con un cuchillo en el hermoso
cuello de Cesonia.
—No hay que olvidarlo. Puedo hacer que corten esa
hermosa garganta cuando quiera.
—Si eso te hace feliz, si te permite dormir, hazlo —
dijo suavemente Cesonia.
Calígula se incorporó y miró a su esposa con verdadero
interés, contemplando sus rasgos a la luz delicada que arro-
jaba la luna. Cesonia era sincera.
—No puedo entender por qué me amas. ¿Debo ponerte
en el potro? ¿Debo forzarte a que me lo digas?
Sólo a medias bromeaba.
—Ya lo sabes —contestó serenamente Cesonia.
—¿Qué dirá de mí la historia? —suspiró Calígula.
226
—Que fuiste el más grande de los Césares.
—Tonterías. No he hecho nada. Sólo librar al mundo
de unos cuantos necios. Traje a la diosa Isis de nuevo a
Roma, aunque ahora no nos llevemos bien.
Se tendió de nuevo de espaldas, apoyando la cabeza en
los brazos.
—Sabes, cuando me duermo tengo unos sueños tan es-
pantosos. El mar… el mar me habla. Las olas me injurian. Y
luego empiezo a ahogarme.
Se levantó de la cama y comenzó a pasear por el apo-
sento. Cesonia se puso a pasear a su lado.
—Esto es lo que hago ahora todas las noches, mientras
espero que amanezca —dijo Calígula.
Condujo a su esposa afuera y luego pasillo adelante.
Había guardias de servicio por todas partes.
—Paseo arriba y abajo… de un extremo a otro del pa-
lacio. Soy un dios, pero no puedo hacer que el sol salga
cuando lo deseo.
—Sin embargo, la luna es también maravillosa —mur-
muró Cesonia.
—Lo mejor de todo es la oscuridad.
—¿Para dormir?
—No. Dormir es entrar en los sueños. Y yo tengo muy
malos sueños. La verdadera oscuridad es la muerte… la
dulce muerte…
—Pero Isis promete vida perdurable.
—Ojalá fuese cierto —dijo Calígula, con un suspiro—
. Pero cuando contemplo los ojos de un agonizante, no veo
nada, nada en absoluto. Tenía razón Tiberio. En la vida no
hay más que el Destino, y en la muerte nada en absoluto.
227
—Pero vivimos —murmuró Cesonia.
—Vivo, sí —admitió Calígula—. Pero no puedo dor-
mir. No me atrevo a soñar.
228
11
229
claramente enojado.
—No, divino César. Hubo una confusión y…
—Así que ahora estamos paralizados aquí, como imbé-
ciles, en esta playa —la voz de Calígula se elevó de tono
peligrosamente.
—Hemos de acampar, gran César —dijo otro general
pausadamente—. Luego, en unas semanas…
—¿Semanas? ¡Oh no! ¡Roma no puede estar sin César
otro mes!
—Pero las tropas…
—Los soldados deben ponerse a trabajar.
Querea asintió.
—Diré que inicien los trabajos de construcción del
campamento. Que construyan barracones…
—No —interrumpió Calígula—. Que recojan conchas
y caracolas.
Señaló la playa.
—¿Qué, divino César?
Tenía que haber oído mal, no podía ser, pensaba Que-
rea. Estoy haciéndome viejo.
—Ya me has oído, caracolas. ¡Conchas! —chilló Calí-
gula furioso—. Que las recojan los soldados. Hemos de con-
seguir algo que pruebe tu habilidad estratégica.
Hicieron falta dos días y dos legiones para reunir todas
las conchas que Calígula juzgó necesarias. Luego, comple-
tada así la campaña de Britania, el ejército pasó a conquistar
Germania.
La conquista de Germania no se pareció en nada a las
campañas de Germánico. Éstas habían durado años, pues los
germanos eran muy belicosos. Sólo en una matanza habían
230
conseguido liquidar a cuatro legiones de Varón, siendo ne-
cesarias muchas otras batallas para que Germánico pudiese
volver a Roma con las águilas robadas.
La campaña de Calígula contra los germanos fue muy
distinta, y sólo duró poco más de media semana. Consistió
en reunir a los galos más altos y más dóciles del ejército ro-
mano y teñirles el pelo de rojo claro para que se pareciesen
a los salvajes caudillos germanos de la antigüedad. Enseña-
ron a estos galos unas cuantas palabras de germano, con ob-
jeto de que resultasen convincentes cuando entraran en
Roma prisioneros y demostrasen el triunfo de Calígula. A
uno de estos galos, que era más alto y más guapo que los
otros, le puso bajo su protección personal…, lo cual signifi-
caba que había de pasar la noche con él en su tienda.
Calígula estaba decidido a lograr un triunfo como
nunca había visto Roma, un triunfo que eclipsara por com-
pleto a los conseguidos por Augusto, Tiberio, Germánico y,
sí, incluso por Julio César. Y para esto necesitaba capturar
esclavos (los galos pelirrojos) y botín arrebatado a un pueblo
sometido (las conchas y caracolas). Calígula lo tenía todo
planeado; lo veía con el pensamiento: el dios emperador en
un carro, coronado por la propia Victoria, cruzando el recién
construido arco del dios Calígula, y delante de él una larga
procesión de esclavos. En su tienda del Rin, le explicaba a
su galo por las noches aquella visión, mientras el velludo
cuerpo de éste cabalgaba triunfalmente el flaco cuerpo del
emperador. También la derrota tenía sus ventajas, no sólo la
victoria, pensaba Calígula, con la cara hundida en el colchón.
—Has venido aquí a espiarme —dijo fríamente Calí-
gula a su tío Claudio.
El pobre imbécil venía como jefe de una delegación de
senadores que habían ido hasta el campamento del empera-
dor en la ribera del Rin.
—No, di… di… divino César —tartamudeó Claudio—
231
. Venimos en nombre del Senado para decirte que se ha des-
cubierto una conjura contra ti.
—Los senadores Lépido y Gétulo —dijo Calígula—.
Sí, ya lo sé.
—¿Lo sabes? —se asombró Claudio—. En fin, divino
César, ellos… quiero decir… ordenamos su ejecución. Por
traición…
—Privándome así de ese placer.
—Bueno… parecía… si no lo hacíamos, la situación…
podía ser peligrosa… —explicó Claudio.
En realidad, los dos se habían abierto las venas, pero
era más prudente no decírselo al César.
—¿Y qué hay del homenaje que se me debe por mi
triunfo? —exigió acaloradamente Calígula—. ¿Por qué me
lo negó el Senado?
Claudio y los otros miembros de la delegación se mi-
raron desconcertados.
—Pero… pero tú dijiste que no lo querías. Diste al Se-
nado instrucciones expresas de prohibirlo.
—¡Claudio, no me mientas! —se irritó Calígula, rechi-
nando los dientes.
¡Aquellos vejestorios imbéciles! ¿Es que no sabían, no
se daban cuenta de que tenían que insistir en la proposición?
¿No sabían que debían obligar a Calígula a aceptarla? ¿Es
que jamás iban a permitirle demostrar al mundo su humil-
dad? Un dios, y, sin embargo, humilde… ¿Era aquél un
modo de adorarle?
—Bueno… sí… no… quiero decir… tendrás una re-
cepción triunfal… por supuesto… de acuerdo… sí. Natural-
mente. Quiero decir, un homenaje… —balbució Claudio,
bordeando la incoherencia.
232
—¿Por mi conquista de Germania y Britania?
—Sí, divino César —dijeron a coro los senadores.
—He oído, sin embargo, rumores de que el Senado no
se ha creído que yo haya estado en Britania —acusó Calígula
con voz de acero.
—Oh, no, señor… —protestó Claudio.
—¿Acaso me llamas mentiroso? —Calígula estaba in-
dignado.
—¡Divino César! ¡Eso nunca!
—¡Estás haciéndolo! Pues bien, yo conquisté Britania.
¡Y tengo cien mil conchas y caracolas que así lo demues-
tran!
Los delegados estaban absolutamente confusos. Y lo
único que se les ocurrió fue inclinarse reverentes.
—Ah… las conchas… sí… muy útiles —murmuró
Claudio.
Pero Calígula no había terminado.
—He sometido también a las tribus germanas. Como
hizo mi padre antes que yo. Llevaré a Roma mil prisioneros
germanos.
Claudio alzó las manos admirado.
—¡Oh, qué gran victoria, César! ¡Sí! ¡Sí!
—¡Sí! ¡Sí! —repitieron los senadores.
—Y todos mis prisioneros germanos tienen el pelo casi
rojo —dijo Calígula, pronunciando claramente para que no
hubiese error alguno en su mensaje cuando aquellos imbéci-
les volviesen al Senado—. Pero aun así dudáis de mí.
Claudio elevó los ojos al cielo.
—No, divino César.
233
—Además, siempre me habéis odiado —se lamentó
Calígula, girando su cuerpo divino ante los senadores para
no deslumbrarles con su majestad—. El Senado siempre ha
sido mi enemigo. A mí sólo me quiere el pueblo, y, por su-
puesto, mis colegas, los otros dioses. Pero claro, ellos no vi-
ven en Roma. Hacen muy bien, desde luego. Y no sé por qué
vivo yo, allí, la verdad.
Claudio y los senadores le miraban fijamente. Jamás le
habían visto tan… inconexo. No entendían nada de todo
aquello. ¿Conchas y caracolas? ¿Prisioneros de pelo rojo?
Era evidente que el ejército no había combatido. Lo era
igualmente que Calígula deseaba que le coronasen como
triunfador y que sería mejor hacerlo.
—¿Qué estaba diciendo? —preguntó Calígula irritado.
Había perdido el hilo de su pensamiento, y le dolía la
cabeza. Después de la fiebre, se había vuelto tan desmemo-
riado…
—Era… del día de tu recepción triunfal en Roma, se-
ñor… El Senado quiere hacer los preparativos —dijo Clau-
dio con suavidad.
Calígula frunció el ceño.
—Basta que digáis al Senado que voy. Y —golpeó la
empuñadura de su espada— ésta va también.
Se volvió a sus guardias y les dijo:
—¿Tenéis la bondad, por favor, de tirar a mi tío Clau-
dio al río?
—Por favor, querido —suplicó Claudio.
¡Cómo le reventaba aquello! Pero a Calígula le encan-
taba humillarle. Así que farfulló y forcejeó y estuvo a punto
de ahogarse en el Rin.
El emperador no les había dado tiempo suficiente para
234
proyectar y construir el arco del dios Calígula en homenaje
a su triunfo, pero los romanos montaron el mejor escenario
que pudieron. Se recogieron estatuas de Calígula de todas las
partes de la ciudad, e incluso de las poblaciones vecinas.
Fuera de su pedestal, las estatuas de mármol, de tamaño su-
perior al natural, fueron trasladadas con carros de bueyes a
la Vía Apia, donde se instalaron y engalanaron con ropas
nuevas, y coronas de laurel para indicar la victoria. Así pues,
cuando el carro de Calígula enfiló la Vía Apia, pasó entre
largas hileras de reproducciones de sí mismo, que le compla-
cieron inmensamente.
El pueblo de Roma acudió en masa, hombres, mujeres
y niños. Por nada se perderían un desfile, sobre todo teniendo
en cuenta que Calígula les ofrecía tan pocos. Nacieron a los
bordes del camino muchos niños y algunos, más crecidos, se
perdieron y fueron devorados por los perros salvajes. En el
foro le esperaban los senadores, y allí acababa el desfile
triunfal, pero enviaron, de todos modos, una delegación por
delante, para que saludase a Calígula cuando entrase en la
ciudad.
Todo salió exactamente según lo previsto, constitu-
yendo un gran éxito. La música se oía en el camino veinte
minutos antes de qué se viese el cortejo, y así la gente empe-
zaba con los vítores y aplausos. Pese a todo, Calígula era
muy amado por el pueblo, pues le proporcionaba lo que más
le gustaba: pan y circo.
Pronto apareció el cortejo, avanzando con solemne ma-
jestad hacia la ciudad. Iban primero los portaestandartes, con
el SPQR, las enseñas del Senado y del pueblo de Roma: Se-
natus Populusque Romanum. Luego apareció una enorme li-
tera, que portaban cuarenta esclavos, de entre los más fuertes
del Imperio. Allí iba la estatua de oro macizo, tamaño natu-
ral, de Calígula, tomada para la ocasión del templo que éste
se había hecho construir en el Palatino. Era tan pesada la
235
litera que a los porteadores les fallaban las piernas. Y tras
ellos iban otros cuarenta esclavos de «repuesto». A la estatua
seguía el botín de guerra, las conchas y caracolas. El Senado,
prudentemente, había dispuesto grandes arcones con rema-
ches de hierro, herméticamente cerrados, donde iban las con-
chas, y el pueblo, creyendo que los arcones iban llenos como
siempre de oro y joyas, lanzaba grandes vítores a su paso.
Con el «botín» iban también algunos raros y costosos objetos
que en realidad pertenecían al tesoro de Calígula. El Senado
había calculado correctamente que el pueblo no diferencia-
ríamos trípodes de bronce y unas urnas de plata de otros.
Seguía un grupo de flautistas, que tocaban melodías
marciales para marcar el paso de los que desfilaban. Los
flautistas iban vestidos de muchachos griegos, con una cinta
en la cabeza y calzados con sandalias ligeras. Temblaban en
sus delgadas túnicas, pero fueron muy admirados.
Tras los flautistas iban los toros para el sacrificio, una
docena, todos perfectos, conducidos por una pareja de sacer-
dotes que parecían muy nerviosos (no lograban olvidar el
mazo de Calígula).
A los toros seguía un grupo de andrajosos «cautivos»
con sus guardianes. No eran los galos pelirrojos, que estaban
reservados para después. Éstos eran reclutas romanos, lo
más bajo del ejército. Había ganado cada uno una pieza de
plata extra (o más bien la promesa de ella) por marchar en-
cadenado en el desfile del emperador. Los guardias tenían
orden de utilizar liberalmente él látigo, pero unos cuantos
exageraron y dos «cautivos» estaban realmente muertos
cuando el cortejo triunfal llegó al Foro. El público saboreaba
entusiasmado el espectáculo.
Detrás de los prisioneros iban músicos que tocaban el
cuerno y los tambores, altos africanos vestidos con pieles de
león. Eran un número muy popular en todos los desfiles
triunfales de los generales romanos, y el pueblo se habría
236
sentido defraudado si no hubiesen aparecido aquel día. Era
raro ver a un negro en Roma. Los reservaban para la arena,
para los cuadros selectos del ejército… y, según algunos,
para los dormitorios de los ricos, tanto varones como hem-
bras.
Una vez que pasaron los nubios, atronando con sus
tambores y sus cuernos, apareció un carro de bueyes con los
«caudillos cautivos». Tres galos pelirrojos, disfrazados de
germanos, atisbaban desde el carro cubierto, mirando con
hostilidad a la multitud. No lo sabían, pero su ejecución es-
taba prevista para más tarde.
Los demás galos, encadenados y desnudos, seguían al
carro y al palanquín donde iban sus armas como trofeos de
guerra. Eran armas precipitadamente reunidas de entre las
del ejército, que siempre guardaba cierto número de armas
de los cautivos como recuerdo. Estaban colocadas cuidado-
samente encima de un montón de jabalinas y arcos romanos,
para que parecieran muchas más.
Detrás de los galos, iban dos docenas de lictores, guar-
dianes de la paz, con sus fasces, símbolos de la fuerza en la
unidad. Y tras los lictores iba el carro de Calígula, y en él el
propio Calígula.
No había conseguido decidir, en un principio, si se pre-
sentaría como general, como emperador, o como dios. Optó,
sabiamente por presentarse como las tres cosas. Estaba ma-
jestuoso, y la multitud no se cansaba de vitorearle. Arrastra-
ban su carro cuatro caballos blancos perfectamente conjun-
tados, enjaezados en oro. En la parte de atrás del carro iba la
propia Nike, o la aproximación viva más cercana a la diosa
Victoria que había podido encontrar Calígula. Era una mu-
chacha de unos dieciséis años, vestida con una larga túnica
como la de la diosa, con alas sujetas a la tela. En su mano
extendida sostenía una corona de laurel sobre la cabeza de
Calígula. Le dolía horriblemente el brazo, pero Calígula la
237
había amenazado con una muerte dolorosa y lenta si permitía
que el brazo descendiera aunque sólo fuese unos centíme-
tros.
Calígula llevaba uniforme completo de general, pero el
peto era dorado y la capa roja y oro, una capa de emperador.
Iba coronado como un emperador, aunque enjoyado como
un dios. Llevaba al cuello gruesos collares de oro macizo, y
en las muñecas brazaletes de perlas asiáticas y de marfil in-
dio. Los dedos aparecían llenos de anillos, y la cara leve-
mente empolvada en un tono rojizo para que sus ojos cente-
lleasen.
Y centelleaban. Aquél era su triunfo, un gran triunfo.
El pueblo le amaba, ¡bastaba oírles gritar su nombre! En las
dos horas que la procesión tardaba en pasar por un punto,
jamás abandonaba la sonrisa la cara de Calígula, y los vítores
seguían resonando en sus oídos, junto con las flautas y los
cuernos.
Cuando el cortejo llegó al Foro, Calígula alzó el brazo
para saludar al Senado. No le habían visto de tan buen humor
desde su subida al poder, y tanto entusiasmo les alarmó. Ha-
bía en él una veta de loco que a los senadores les parecía
peligrosa. ¿No había sufrido el gran Julio aquella enferme-
dad de las convulsiones, la epilepsia, como la llamaban los
griegos? Desde que Calígula se había recuperado de la fie-
bre, se habían hecho cada vez más frecuentes los arrebatos
demenciales, seguidos por semanas de recelos y angustias.
—¿Víste… oíste… a aquellas multitudes? —preguntó
alegremente Calígula a Cesonia.
Ella estaba tendida a su lado en el diván. A su alrededor
comía y bebía, celebrando el triunfo de César, la nobleza de
Roma.
—Te quieren, Calígula —dijo Cesonia dándole un ca-
riñoso apretón en él brazo.
238
—¡Nunca hubo triunfo igual! Soy más grande que Julio
César. ¿No crees?
—Sí, César… Mucho más… Desde luego, divino Cé-
sar —fue la respuesta que llegó de los divanes próximos.
Calígula alzó la voz para que todos pudieran oírle:
—Mientras todos vosotros, los senadores, vivíais aquí
en Roma seguros y tranquilos, ¡vuestro emperador arries-
gaba la vida por mantener y ensanchar el Imperio!
Y, dicho esto, vació la copa de vino; estaba bebiendo
en exceso.
Ni siquiera las bailarinas le distraían, aunque eran dos
gemelas idénticas, de unos quince años, y expertas y amantes
sáficas, además. Se sentía una falta de respeto a su alrededor;
nunca le tomaban lo suficientemente en serio. ¡Malditos se-
nadores! ¡Vejestorios miserables!
—No estamos seguros aquí —murmuró a Cesonia.
—Pues claro que lo estamos. Tenemos tu guardia ger-
mánica especial. Y…
—Mientras siga con vida un solo miembro de la clase
senatorial, no estoy seguro en esta ciudad.
Hasta Cesonia se alarmó. Calígula nunca había ido tan
lejos, salvo, quizás, en sus pensamientos.
—¡Pero si te adoran como a un dios! —exclamó Ceso-
nia.
—Es natural. Soy un dios —dijo Calígula, ceñudo e in-
quieto—. ¿Pero soy uno de esos dioses de sacrificio? Ésa es
la cuestión. Quizá sólo fuese mi suerte.
Miró sombrío alrededor. Luego rió entre dientes.
—¿De qué te ríes? —preguntó Cesonia.
—¿Ves aquellos dos cónsules de allí?
239
—Sí, claro.
—Después de mí, ostentan los cargos más encumbra-
dos del Imperio, ¿no?
—Desde luego, César. ¿Y…?
—Y se me acaba de ocurrir que no tengo más que hacer
una señal y les cortarán a los dos la garganta aquí mismo, en
pleno banquete.
«Por primera vez, desde que envenené a Drusila, la
echo de menos», pensó Cesonia. Drusila, sólo ella, era capaz
de hacer razonar a Calígula. Al menos a veces.
—Lo único que consigues así es hacerte odioso —le
dijo suavemente.
—Que me odien, mientras me teman. Una cita.
Cesonia reconoció la cita: había sido una de las frases
favoritas del emperador Tiberio. Pero hasta aquel viejo loco
asesino había tenido sus momentos racionales. Nunca había
amenazado… ni siquiera jugado con la idea de acabar con
todo el Senado, incluidos los cónsules. ¡Era imposible!
—¡Estoy aburrido, aburrido, aburrido! —murmuró Ca-
lígula, hundiendo la daga en el plato de avestruz hervido y
derramando las lentejas por toda la mesa. Ahora que se apro-
ximaba el final del día de su triunfo, a la exaltación seguía
una depresión sombría y profunda. Tamborileó en la mesa
con los dedos, impaciente, ignorando a Cesonia. Luego una
idea se apoderó de él, y pareció resplandecer.
—¿Cuándo queda vacante el próximo consulado?
¿Cuándo, Longinos?
—Dentro de dos meses, divino César.
Calígula dijo entonces en voz alta, para que todos le
oyeran:
—Nombraré para el más alto y venerable cargo del
240
Estado al noble y acaudalado Incitatus, mi caballo.
Y luego soltó una carcajada.
Reía solo.
El Senado había soportado mucho bajo Calígula: ex-
torsiones, asesinatos, violación de sus esposas e hijas… Pero
una afrenta al consulado era una grave ofensa que iba contra
los fundamentos mismos de la propia Roma, era un ultraje a
Rómulo, Júpiter, Vesta, a todos los dioses de la ciudad y a
todos los dioses domésticos. Era un sacrilegio. La nobleza
de Roma estaba horrorizada… Todos guardaron silencio,
atónitos y furiosos, muy furiosos.
La locura del emperador aumentaba, e iba adquiriendo
formas cada vez más extrañas. Tras proclamar a Incitatus
nuevo cónsul delegado de Roma, y tras una «libación» en el
Senado, Calígula, volvió su atención al análisis de su divini-
dad. Aún furioso con Isis, pasó a centrarse en su antepasada,
Venus. No estaba satisfecho ya con ser sólo el dios Calígula.
Quería ser también diosa. ¿Y quién mejor que Venus, a la
que rezaban todos los hombres y mujeres? Así pues, Calígula
declaró que era la encarnación viva de Venus. Para demos-
trarlo, decidió aparecer en público vestido como la diosa.
—Estás muy bello —dijo Cesonia, contemplándole
mientras se pintaba los labios. Calígula era sorprendente-
mente hermoso. Pequeño y esbelto, el trasero redondeado,
tenía algo de femenino en su apariencia, incluso con su toga.
Y así, con aquella majestuosa peluca rubia en la cabeza, co-
ronada por una tiara, el cuerpo envuelto en una túnica ajus-
tada, la cara muy maquillada y pendientes en las orejas, re-
sultaba una mujer sumamente atractiva.
—La peluca ayuda mucho —admitió.
—¿Cuánto tiempo piensas ser la diosa Venus?
Calígula se examinó críticamente en el espejo.
241
—Un día o dos. Tengo la nariz demasiado grande.
—La diosa Venus es perfecta. En consecuencia, tú eres
perfecto —le aseguró Cesonia.
Entonces, entró corriendo en la habitación Julia Dru-
sila, con una muñeca.
—¿Dónde está mi padre? —preguntó.
—Aquí, amor mío —dijo Calígula, satisfecho de que
no le huyese reconocido.
Se inclinó torpemente, por ser la túnica muy ceñida, y
cogió en brazos a su hija.
—Besa a la diosa Venus.
La niña apartó la cabeza.
—Estás muy raro. Pareces una muñeca —replicó, al-
zando su pequeña muñeca de madera y riñéndola—: ¡Mala!
¡Muñeca mala!
Calígula la dejó de nuevo en el suelo, riéndose.
—No hay duda alguna respecto a su paternidad —le
dijo a Cesonia.
—Ninguna en absoluto —admitió ella, y mandó mar-
charse a la niña.
Luego se volvió a Calígula y dijo con voz quebrada:
—¿Dices en serio lo de dejar Roma?
—Yo siempre soy serio. Salvo cuando no lo soy.
Se miró de nuevo al espejo, retocando la pintura de los
labios.
—¿Crees que están demasiado pintados?
—No. Pero déjalos ya. ¿Te lo permitirían?
—¿Quiénes?
242
—El Senado.
Calígula dejó el espejo y se volvió a su mujer. Calígula
se parecía asombrosamente a Drusila, y por un momento, el
miedo atenazó el corazón de Cesonia; miedo a que Drusila
se hubiese levantado de su tumba para acusarla.
—Llevo dos libros —dijo Calígula muy despacio y
muy claro—. De enemigos. Uno se llama La espada. El otro
La daga. Esos libros son cada día más cortos. Llegará un día
en que ya no haya libros… ni Senado.
—¿Cómo puedes gobernar si los matas a todos?
—Si los matase a todos —dijo pausadamente Calí-
gula—, ya no tendría nadie a quien gobernar. Y eso sería
ideal.
—¡No te burles! —gritó la angustiada Cesonia.
—Yo nunca me burlo… —dijo Calígula sonriendo.
—Salvo cuando lo haces.
—Creo que quizá necesite una nueva esposa. Una que
no conozca todos mis chistes.
Parecía muy irritado.
—O quizá necesites nuevos chistes.
—Éste es uno —dijo Calígula con una carcajada.
Y abrió los brazos, dejando flotar las largas mangas de
la túnica y echando atrás la cabeza con un gesto de coquete-
ría… Una hermosa mujer.
—Ven. Rézame. A Venus, diosa del amor, de la luz, de
la belleza…
—He venido a vosotros desde lo más alto del Olimpo
—dijo Calígula a la multitud—. A bendeciros, a recibir vues-
tras ofrendas.
Estaba sobre el pedestal del templo de Venus. La
243
estatua de la diosa, normalmente situada allí, había sido re-
tirada y almacenada; él había ocupado su lugar. Grupos de
romanos (senadores, sacerdotes, ciudadanos, trabajadores)
se apiñaban alrededor del pedestal de mármol, desconcerta-
dos y perplejos, aunque ninguno se atrevía a sonreír ni hacer
comentarios.
Calígula estaba sobre el pedestal en una postura típica
de la diosa. A sus pies había una gran canasta: repiqueteaban
constantemente en ella «ofrendas» y monedas de oro. Los
ojos de Calígula, perfilados con gruesas rayas azules de pin-
tura, vigilaban constantemente para ver quién daba y cuánto.
Un joven alto y apuesto se adelantó y arrojó en la ca-
nasta dos monedas de oro. Se movía con gracia, como una
bailarina; tenía muslos largos y proporcionados. Luego, el
joven rindió homenaje a la «diosa» con una inclinación, y
alzó audazmente los ojos hacia los de «Venus».
Calígula sintió que su sangre se agitaba. Aquel hombre
tenía los ojos de un gris verdoso. Llevaba el pelo, de un bello
tono castaño, más largo que el estilo romano, y sujeto con
una delgada banda de cuero trenzado. ¿Sería aquel joven el
Endimión de su Venus?
Calígula no se sorprendió al encontrar luego al joven
esperando en el pórtico del templo. Sólo cruzaron unas pala-
bras y quedaron de acuerdo; el joven debía ir a palacio en
cuanto la guardia anunciara la medianoche.
Calígula, con el corazón palpitante, instó a sus porta-
dores a que se diesen prisa. Cuando llegó a palacio, ordenó
que trajesen varias cosas, que nadie le molestase y, sobre
todo, que no apareciese por allí Cesonia.
Pronto llevaron vinos refrescados con nieve al dormi-
torio del emperador. Frascos de perfume liberaron sus aro-
mas en la lujosa estancia. En una mesa baja, junto a la cama,
se colocaron copas de vino persas de plata grabada y una
244
jarra de vino de oro. También había cuencos de flores en la
mesa, flores blancas y rojas, raras en aquella época del año,
reservadas sólo para ocasiones especiales. Los esclavos ha-
bían recortado los pabilos de las lámparas para que ardieran
sin soltar humo, y para que diesen una luz tenue agradable a
«Venus». Con aquella luz suave, el techo pintado de la habi-
tación se esfumaba en la tiniebla.
Calígula se miraba al espejo. Aún estaba ataviado
como Venus, aún llevaba la peluca y las joyas, aún parecía
una espléndida mujer. Pero necesitaba repasar el maquillaje,
y ya era casi medianoche. Con dedos temblorosos, limpió el
colorete rancio de las mejillas, la pintura de los labios, la de
los ojos, y se pintó de nuevo. ¡Así! Los ojos parecían mayo-
res, la nariz más pequeña y los labios fresas de Campania.
¡Cuánta belleza, cuánta! ¿Qué mortal podía resistirse a la
diosa?
A medianoche, sonó un golpe suave en la puerta.
—Adelante —dijo «Venus».
Se abrió la puerta y entró el apuesto joven. Su esbelto
cuerpo llevaba ahora prendas ajustadas, como la estatua de
Apolo Auriga; destacaban sus nalgas, prominentes, redon-
deadas, invitadoras. El espeso yelmo de hermoso pelo cas-
taño, brillaba recién peinado.
Calígula temblaba de deseo mientras el extraño se
aproximaba. Poniéndose de hinojos junto al lecho, el joven
humilló la frente hasta el suelo.
—Divina Venus —susurró, y luego tomó la mano de
Calígula y la cubrió de besos.
—Seas bienvenido, extranjero —dijo Calígula con un
suspiro—. Bienvenido al templo de Venus. Ven y adora.
—Gracias, diosa. Tu roce confiere la inmortalidad a mi
alma.
245
Cerrando los ojos, Calígula ronroneaba casi como un
gato. ¡Qué románticas eran las palabras de aquel muchacho!
Siempre había soñado con un hombre como aquél, un hom-
bre que pudiese ver, por debajo de la superficie divina, el
espíritu leve, la frágil mariposa del sensible yo interno de
Calígula.
—Toma un poco de vino —murmuró.
El joven se incorporó y, en silencio, se soltó las ropas.
Las arrojó luego despreocupadamente en un rincón, que-
dando desnudo y permitiendo a Calígula recrear su vista. Era
hermoso, tenía la gracia de uno de aquellos antiguos kouroi,
las estatuas griegas de los tiempos homéricos. Sus piernas
era largas y sus muslos, musculosos, poseían la esbeltez y la
belleza de los de una mujer. Tenía los hombros anchos y la
cintura estrecha, el vientre liso y las caderas redondeadas. El
cuerpo era casi lampiño, salvo donde una mancha oscura de
vello rodeaba un pene largo y grueso. Calígula contuvo el
aliento.
—¿Vino? —ofreció de nuevo.
El joven asintió. Se acercó a la mesa baja de ébano pu-
limentado y llenó dos copas de vino. Ofreció a «Venus» la
primera con una profunda inclinación. Luego, se aposentó
tranquilamente en la cama, mirando al César. Lenta, delibe-
radamente, vertió el vino sobre sus genitales haciendo un
charco en el cuenco que formaban sus muslos y su vientre.
—Bebe, Venus —dijo dulcemente—. Este vino se
vierte como libación en honor a tu divinidad. Vamos, bebe.
E indicó su inmenso pene erecto.
A Calígula le daba vueltas la cabeza. La lujuria le aho-
gaba.
—Bebe tu vino, Venus.
Calígula no había tomado un pene en la boca desde que
246
era emperador. De algún modo, era humillante para un em-
perador el hacerlo. Se lo habían hecho a él infinidad de ve-
ces, había tomado y había sido tomado a su vez, pero dejó
de chupar por considerarlo práctica indigna de un emperador
y un dios. Sin embargo, jamás había sentido tales deseos de
hacerlo.
El joven le sonreía con la insolencia del que sabe. Era
demasiado.
Con un sordo gruñido, olvidando su dignidad imperial,
Calígula se arrojó sobre aquel vientre empapado de vino y
buscó el pene palpitante con labios y lengua. El vino estaba
delicioso. Lamió, sediento, llenándose la boca, manchán-
dose las mejillas. Lamió y chupó y chupó. Hasta que las ca-
deras del joven se movieron y el pene palpitó en su boca, no
abandonó su ávido chupar. Se separaron y Calígula gimió,
no saciado aún. Pero entonces el joven mostró su talento para
el amor. Apartando las ropas de «Venus», deslizó los dedos
entre los muslos de Calígula, mientras su lengua lavaba los
testículos del emperador. Lamiendo y mordisqueando, fue
moviendo los dedos hasta que Calígula creyó volverse loco.
Y, aunque llegó al punto culminante entre gritos, no quedó
satisfecho.
El joven humedeció los dedos con el semen de Calígula
y ungió su propio miembro, erecto de nuevo. Luego,
echando de espaldas a «Venus», le separó las piernas y entró
profundamente en él. Calígula lanzó un prolongado grito de
éxtasis y se aupó para recibir el placer.
El joven no sólo tenía la apostura de un dios, sino que
sabía copular como los dioses. Inundaron a Calígula oleadas
de gloriosas sensaciones, y cruzó sus piernas alrededor del
muchacho, con más fuerza. Sus alientos se mezclaron, se
convirtieron en una espiración única de pasión.
De pronto, el muchacho estiró un brazo y cogió un pu-
ñado de rosas, aplastando los fragantes capullos. Puso luego
247
los musgosos pétalos bajo la nariz de Calígula, y la combi-
nación de su éxtasis con el aroma de las flores hizo desfalle-
cer momentáneamente al emperador.
¡Aquello sí que era sexo! Aquello era lo que él había
soñado toda la vida, sin lograrlo hasta aquel momento. Calí-
gula lanzó un profundo suspiro, plenamente satisfecho al fin.
—¿Y tú quién eres? —jadeó, mirando fijamente aque-
llos hermosos ojos color gris verdoso que brillaban sobre él.
—Mnester, divino César.
—Venus —corrigió Calígula.
—Venus, diosa. Soy un actor.
—¿Griego?
Por supuesto: Tenía que serlo. Un héroe como Aquiles,
Agamenón o Ayax…
—Sí, diosa.
Calígula se incorporó en la cama.
—Tenemos que ir juntos a Grecia —musitó—. Si me
amas.
—¿Quién no ama a la diosa del amor?
—Maravilloso… —aprobó Calígula.
Luego frunció el ceño, recordando la realidad, y dijo:
—Desgraciadamente, muchas personas… Déjame,
¿quieres?
Mnester pasó rápidamente al otro lado de la cama. Vio
a Calígula colocarse la peluca y ajustarse de nuevo el collar
de oro y perlas.
—Son muchos los que se han vuelto contra mí —sus-
piró el emperador.
—El pueblo… el verdadero pueblo de Roma… te ama.
248
Sí… ¿César divino? —Mnester no sabía muy bien a qué ate-
nerse respecto al nombre.
Pero Calígula se había levantado y se había acercado al
tocador. Estaba quitándose la peluca y el maquillaje con una
toalla de lino.
—Sí, ahora soy el César.
—Déjame que te explique —pidió Mnester.
—Explicarme, ¿qué? —preguntó Calígula.
Se echó a reír al oír el plan de Mnester. Era una locura.
Quizá fuese incluso peligroso, pero le pareció adorable. En-
cendía la sangre en sus venas, y le proporcionaría anécdotas
para contar en los banquetes durante los próximos meses. El
divino César, soberano y dios, paseando disfrazado entre el
pueblo, presentándose a él no como una divinidad, sino
como un hombre común… o más bien un muchacho común.
¡Oiría con sus propios oídos lo que realmente pensaba de él
su pueblo!
Encantado con el plan, Calígula dio inmediatamente su
consentimiento y sólo tardó unos minutos en prepararse. Se
vistió con sencillez, con un tosco ropaje que le prestó uno de
los esclavos de palacio. Se cubrió la cabeza con una gruesa
peluca de pelo negro y ocultó el cuerpo, así como la parte
inferior de la cara, con una capa gruesa de lana.
Salieron furtivamente por la parte trasera de palacio,
sin que nadie les viera. Abandonaron la colina del Palatino y
bajaron por las calles desiertas hacia los barrios bajos, un
sector de pequeñas casas de madera toscamente construidas
con tejados de paja. Una trampa mortal en caso de incendio,
pensó Calígula. Algún día, todo aquel sector de la ciudad ar-
dería como una bala de paja.
Entraron en una taberna, un lugar oscuro de techo bajo
que olía a vino agrio, con mesas y bancos de toscas tablas.
249
Velas hechas de trapos empapados en sebo, ardían en tarros
de arcilla, dando más humo que luz. La mayoría de los clien-
tes parecían ser soldados libres de servicio que habían dejado
el trabajo; las mujeres, sin duda, eran prostitutas.
Cuando se le acostumbraron los ojos al humo y a la
penumbra, Calígula intentó descifrar las conversaciones de
los que le rodeaban, deseando oír hablar de sí mismo. Pero
la algarabía era enorme.
—No soy capaz de oír nada. Nadie me ha mencionado
hasta el momento.
—Lo harán —le aseguró Mnester.
La taberna se llenó de más y más bebedores. La alegría
aumentaba; las risas se hicieron más sonoras y frecuentes.
En una mesa próxima, se levantó un hombre alto y cor-
pulento, que se puso la copa de arcilla en la cabeza, entornó
los ojos y dijo, con tono afeminado: —¡Yo soy la diosa Ve-
nus! —mientras agitaba la muñeca en una burda parodia de
Calígula. Todos estallaron en carcajadas.
Calígula medio se incorporó, crispado de furia.
—Traición, blasfemia —murmuró, echando mano a la
daga.
Mnester le contuvo, con un gesto.
—Espera.
En la mesa del hombre corpulento, se elevó una voz de
mujer.
—Le vi. Tan divertido como siempre. Me encantó
como se reía de aquellos senadores.
—Así es como les trata —exclamó otro, cogiendo un
cuchillo de su mesa y fingiendo hundirlo en una gorda ba-
rriga senatorial.
250
Todos los clientes se reían, saboreando una alegría des-
preocupada y vulgar.
—¿Qué te parece? —preguntó Mnester, enarcando las
cejas.
Calígula sonrió.
—Comprendo lo que quieres decir. Son un poco tos-
cos, pero…
—Pero aprecian lo que estás haciendo.
Sin embargo, también tenían motivos de queja. El
hombre corpulento elevó la voz quejumbrosamente.
—¡Esos nuevos impuestos! ¿Cómo va a poder vivir un
hombre, decidme?
—¡No hay que pagarlos! —aulló otro hombre, desde el
otro lado del local.
—Bueno —dijo una mujer de canoso pelo rojizo—. El
pobre muchacho gasta mucho, sabéis. Organizando todos
esos juegos circenses, los espectáculos del teatro…
Sus ojos se detuvieron de pronto en Mnester.
—¡Eh, mirad! Ahí está, cómo se llama… mi favorito,
el actor. Ese griego… cómo es… ¡Mnester!
Le lanzó varios besos beodos, y el joven actor hizo una
inclinación dando las gracias.
—¡Ven acá! —aulló el hombre corpulento—. No te
asustes. Y trae contigo a tu chico.
Mnester, nervioso, movió la cabeza, pero a Calígula le
divertía todo aquello. Le encantaba lo de «tu chico». Y que-
ría unirse a aquella gente sencilla para ver si podía seguir
riéndose de ellos y enterarse de lo que realmente pensaban
de la administración imperial. Así que tiró a Mnester de la
manga y se sentaron en la mesa de la mujer pelirroja y el
251
hombre corpulento. Les ofrecieron vino áspero.
—¿Qué impuestos son los que más os desagradan? —
preguntó Calígula.
—Todos —contestó el hombre, dando un buen mor-
disco a una cebolla—. Oye, Mnester, ¿dónde encontraste a
este chico? —dijo con una mueca burlona.
—Es un… un actor. Acaba de llegar de Grecia —min-
tió tranquilamente Mnester.
—Pues es muy guapo —dijo la mujer pelirroja, que
pestañeó coqueta en dirección a Calígula. Estaba muy borra-
cha.
—¿Por qué lleva peluca? —gritó el hombre corpulento.
Y, de pronto, estiró una mano sucia y peluda y arrancó
la peluca de la cabeza de Calígula. El emperador se incor-
poró, rojo de cólera, pero recordó dónde estaba y se controló.
—Vaya, el pobre muchacho se está quedando calvo —
dijo la mujer, acariciando la cabeza de Calígula—. Pero, de
todos modos, es muy guapo.
Calígula se levantó.
—Hemos de irnos —ordenó.
Mnester contestó maquinalmente, olvidando dónde es-
taban:
—Sí, divino César.
—¡César! —atronó el hombre grande, riéndose tanto
que los aromas de la cebolla se extendieron sobre la mesa y
llegaron hasta la nariz de Calígula—. ¡Vaya chiste!
La pelirroja apoyó su voluminoso busto en la mesa y
dijo confidencialmente a su compañero: —¡Ay, los acto-
res… siempre interpretando papeles distintos! Gente loca…
Y al decir esto señaló con un dedo su propia cabeza
252
trazando un circulito en el aire.
Calígula, furioso, perdió el control.
—Yo soy Calígula —gritó.
Hubo un instante de silencio y luego un coro de carca-
jadas que surgían de todos los rincones de la taberna. ¡Era el
mejor chiste que habían oído en toda la velada!
—¡Toma otro trago, muchacho, y creerás ser la diosa
Venus! —dijo el hombre corpulento, levantándose y ponién-
dose la copa de vino de nuevo en la cabeza, bromeando.
Mnester agarró a Calígula de una mano y le sacó de la
taberna, a la calle oscura. Había sido una experiencia ilumi-
nadora.
Tomándose a pecho la oposición del pueblo a los im-
puestos, Calígula los redujo todos en un cincuenta por
ciento. Esto, claro está, hizo que los plebeyos le admiraran
todavía más, pero el Senado estaba atónito. ¿De dónde iba a
sacarse el dinero?
—Para compensar esta pérdida de ingresos del tesoro
—dijo Calígula a los silenciosos senadores—, confiscare-
mos todos los bienes de aquellos que resulten culpables de
traición, bien al Estado o bien al dios Calígula, ya que ambos
son una misma cosa. Se leerá ahora la lista de los acusados
de traición.
Entonces, Longinos dio un paso al frente con un grueso
pergamino en la mano y empezó a leer, ceñudo.
—Se ha iniciado proceso por traición contra los si-
guientes senadores…
Un murmullo aterrado llenó el Senado. El miedo se
pintaba en todos los rostros, pues nadie sabía si su nombre
figuraba o no en aquella larga lista, ni por qué razón.
—Senador Aponio —leyó Longinos—. Senador
253
Pisón… Senador Antonio… Senador Galba…
Un grito de sorpresa se alzó hasta el techo de mármol.
¡Aquéllos eran los hombres más nobles y leales del Imperio!
Calígula, con los ojos semicerrados y una sonrisa satis-
fecha, observaba allí sentado como el lobo hambriento que
contempla un rebaño de ovejas.
—¡Despierta! —gritó Calígula, irrumpiendo en el dor-
mitorio de Cesonia. Le centelleaban los ojos de excitación.
Cesonia, que estaba durmiendo una siesta, se sobre-
saltó.
—Estoy despierta —protestó—. Ven aquí, amor…
Y tendió una mano hacia su marido.
Calígula se sentía demasiado animado y triunfal para
pensar en hacer el amor.
—Mientras tú dormías —le informó—, yo hice algu-
nos negocios excelentes.
Cesonia se retiró el pelo de la cara.
—¿De qué se trata?
—Cuarenta senadores culpables de traición.
—¡Oh, Dios mío! —balbució ella.
Pleno de entusiasmo, Calígula ignoró la alarma de Ce-
sonia.
—Calculo que, sumados, los bienes de todos ellos
(¡que heredaré yo!) darán más que suficiente para compensar
la reducción de los impuestos.
Sonó una llamada en la puerta.
—¿Quién es? —dijo Calígula.
Entró Mnester en la estancia, vestido con una túnica de
bordes dorados, regalo de Calígula.
254
—¿Me mandaste llamar, señor?
—Sí —el emperador tendió la mano al actor—. Ven
con nosotros. Muéstrale a Cesonia tu hermoso cuerpo.
Rutinariamente, con expresión neutra, Mnester se des-
vistió. Una vez desnudo, fue haciendo posturas para Ceso-
nia.
—¿Qué te parece? —preguntó Calígula.
—Hermoso —admitió Cesonia, apretando los dientes.
—Es mi marido —anunció Calígula.
—¿Y cuándo fue la boda? —preguntó suavemente Ce-
sonia, decidida a envenenar a aquel marica griego a la pri-
mera oportunidad.
—La boda es ahora.
Calígula despojó de su fina túnica a Cesonia y, luego,
también él se desvistió. Miraba a Cesonia y a Mnester, en-
cantado.
—¿Qué mejor prueba de que soy un dios? —dijo, aca-
riciando el firme trasero del muchacho—. Puedo ser varón y
hembra al mismo tiempo.
Y puso la mano sobre el pubis de Cesonia.
Cayeron sobre la cama en un montón, Cesonia debajo.
Ésta abrió las piernas para acomodar al César, que se deslizó
entre ellas de inmediato e introdujo el pene profundamente.
Mnester se arrodilló detrás de Calígula, lamiéndole primero
el ano para humedecerlo, y metiendo acto seguido su propio
pene en él. Los tres cuerpos se balanceaban y jadeaban al
unísono.
Calígula, marido y mujer, consumó sus sacrílegas
uniones una y otra vez a lo largo de la noche, en todas las
diversas posturas del amor.
255
Por la mañana, inerte y exhausto, bajó hasta las oficinas
de su nuevo canciller Longinos, a firmar más aburridos do-
cumentos de aquellos que siempre estaban esperando su se-
llo.
—… En nombre del Senado y el pueblo de Roma —
murmuraba, garrapateando su nombre por quizá quincuagé-
sima vez, cuando súbitamente alzó los ojos hacia Longinos
y preguntó con petulancia—: ¿Por qué no nos deshacemos
del Senado? ¿No sería mejor decir sólo «en nombre del pue-
blo de Roma»?
—Es la costumbre, César —dijo suavemente su asesor.
—Las costumbres pueden cambiarse. En realidad, an-
tes que yo, ningún emperador fue dios en vida, tuvieron que
serlo después de muertos. Yo me liberé de esa hipocresía.
Longinos hizo una reverencia, pues sabía que no era
prudente discutir.
—Como quieras, divino César…
—Por otra parte… —Calígula se mordió un dedo, pen-
sando—. Podría ser más fácil eliminar simplemente a los se-
nadores, uno a uno.
Longinos se quedó petrificado. Aquella actitud era
cada vez más frecuente en Calígula. Volvía continuamente
al mismo tema, a la idea de acabar con el Senado, matando
a todos los senadores.
En aquel momento, entró Querea, acompañado por su
lugarteniente, Sabino.
—Divino César —saludó el comandante de la Guardia.
Calígula tendió una lánguida mano. Cuando Querea se
inclinó para besársela, el emperador extendió sólo el dedo
medio, que movió soezmente, burlándose del viejo soldado.
—Lámelo, Querea.
256
Querea, ceñudo, lamió el dedo.
—Te gusta eso, ¿verdad? —preguntó Calígula—. Te
recuerda a Próculo.
Y se echó a reír, al ver que su comandante se rubori-
zaba y se ponía nervioso. Luego, introdujo brutalmente el
dedo en la boca de Querrea y lo movió dentro de ella.
—Por cierto, ¿qué hiciste con los genitales de Próculo?
No me diste las gracias por enviártelos.
Querea soltó un gruñido estrangulado, y Calígula sacó
el dedo.
—Basta ya —dijo fríamente—. Me agotas.
Sus ojos se detuvieron entonces en el joven Sabino, que
estaba allí firme, las mejillas rojas.
—Pero vaya, veo que tienes un nuevo Próculo. Viejo
sucio. ¿La tiene tan grande, Querea?
Y el emperador alzó tranquilamente la faldilla de la tú-
nica militar de Sabino, para comprobarlo por sí mismo.
Luego la dejó caer con una mueca.
—No, me temo que Sabino es de los que la tienen pe-
queña. Pero en fin, lo que los dioses no le dieron, ningún dios
puede quitárselo. Así que por ahora está seguro. Veamos,
¿qué podemos hacer por ti?
—Es sobre los juegos de mañana —dijo secamente
Querea—. ¿A qué hora empezarán y a qué hora terminarán?
—Para celebrar la ejecución de los cuarenta senadores
y la obtención de tantos tesoros, los juegos empezarán al me-
diodía y se prolongarán hasta medianoche, hora en que habrá
una ceremonia religiosa especial en la que participaré yo.
—Gracias, divino César —dijo Querea, saludando.
Sabino hizo otro tanto, e inmediatamente ambos se
257
retiraron.
Calígula les vio irse mordiéndose un dedo y jugando
con la empuñadura de su daga.
Parecía abstraído.
—No puedo confiar en nadie, Longinos.
Longinos enarcó las cejas. ¿Se referiría el César al co-
mandante de la Guardia?
—Desde luego, César.
—Pero, en fin, tampoco nadie puede confiar en mí —
dijo con una mueca sardónica—. Soy como el tiempo. Pero
cuando lluevo yo, cae sangre.
Calígula no podía dormir. Aun cuando la luna no ilu-
minaba directamente su aposento, no podía dormir, ni si-
quiera descansar. Asediado por una obsesión implacable,
cualquier rumor le inquietaba, incluso el vuelo de un mur-
ciélago que pasase ante su ventana. Se levantó para pasear
de nuevo, para recorrer los pasillos del palacio como un
ánima en pena. A la sutil claridad de la luna estaba pálido;
tenía arrugas en la frente y profundas ojeras.
Alzando los brazos a la luna, lamentó quejumbroso sus
desdichas.
—¡Luna… hermana! ¿Dónde está Drusila? ¿Está ahí,
luna? ¿Está contigo? Si está ahí, déjame tenerla otra vez con-
migo. Si me dejas, te construiré un templo mayor que…
que…
Pero dejó caer los brazos, desesperado.
—Tú nunca me contestas. Tiberio tenía razón. Sólo
existe el Destino. El azar, la estúpida casualidad. Uno vive,
luego muere… eso es todo.
Cesonia apareció, como otro espectro, surgiendo de las
sombras y sorprendiéndole.
258
—Odio la noche —dijo Calígula—. ¿Dónde está ese
hermano bastardo mío, el sol? ¡Álzate, maldito!
Y agitó un puño hacia el cielo.
—Ven —Cesonia tomó a su marido del brazo—. Ven
a mi habitación. Tengo drogas.
Calígula la apartó.
—No. Necesito tener la cabeza despejada para mañana.
¿Conoces tu papel?
Cesonia asintió.
—Yo soy la diosa Isis.
—Y yo soy Osiris. Y mañana por la noche cambiare-
mos la religión de Roma.
Calígula alzó de nuevo los ojos al cielo.
—Es tu final, Júpiter —clamó—. ¡De ahora en ade-
lante, será la Madre quien rija en el cielo y en Roma!
Cesonia miró a su alrededor recelosa.
—¿Crees que es prudente?…
—Todo lo que yo hago es sabio y prudente —interrum-
pió Calígula.
Estaba cansado, estaba tan infinitamente cansado…
¡Ay, si pudiese dormir! Había un ronroneo continuo en su
cabeza.
—Tengo que irme. Debo aclarar mis pensamientos —
dijo malhumorado, como un niño.
—¿A Alejandría?
—Sí.
—¿Pero cómo puede ser Alejandría la capital de
Roma? —preguntó Cesonia por milésima vez.
259
—Porque donde yo esté, allí está Roma —contestó Ca-
lígula por milésima vez.
Luego, lanzó un suspiro de agotamiento.
—Está bien, Cesonia. Dame tus drogas. He de dormir.
Cesonia le llevó a su aposento, le sirvió una copa de
vino puro sazonado con jugo de amapolas y revolvió la mez-
cla ella misma. Sólo de manos de Cesonia habría aceptado
Calígula una poción. Después de bebería, se tendió en la
cama. Ella se tendió a su lado y esperaron a que el opiáceo
hiciera efecto. Pronto sintió Calígula los párpados pesados y
torpeza al hablar, pero aún le resultaba difícil, obsesionado
como estaba, entregarse al sueño.
—He de eliminar al Senado. A todos —murmuró—.
También a sus familias. Tiberio siempre decía que eran los
enemigos de los césares…
Los largos dedos de Cesonia fueron subiendo por el
muslo de Calígula, por debajo de la túnica, pero Calígula le
apartó la mano.
—No puedo. Otra vez soy impotente. No sé por qué.
—Tengo un remedio —dijo ella maliciosamente.
—¡No! —Calígula se incorporó, sobresaltado—. ¡El
último afrodisíaco que me diste estuvo a punto de matarme!
Luego la miró lánguidamente, adormilado otra vez.
—¿Por qué me quieres?
Siempre le preguntaba eso.
—Eres un dios —contestó ella, dando su respuesta ha-
bitual.
—No seas tonta —dijo laboriosamente Calígula—. No
hay dioses. Sólo el que yo invento… aquí arriba —y se tocó
la frente.
260
Cesonia se encogió de hombros.
—Así que te inventaste a ti mismo. De cualquier modo,
tú eres el César.
Él se dejó caer de nuevo en la cama.
—Sí, supongo que eso debe provocar amor. A las mu-
jeres les gusta el poder, ¿no?
—Sí. Casi tanto como a los hombres.
El sueño se filtraba ya por sus miembros, sorbiendo su
fuerza.
—Sabes… —dijo soñoliento—, suelo ver morir a los
hombres. Pero nunca oigo nada, nunca veo nada. Sólo se
van…
Cesonia conocía aquel tema. Era terreno peligroso. Eli-
giendo cuidadosamente las palabras, le aseguró: —La diosa
Isis recuperará tu cuerpo cuando mueras, recomponiéndolo
y restaurándolo para la vida eterna.
Cesonia prometía esto continuamente a Calígula.
Como encamación de Isis, Cesonia sabía que era el único
medio de seguir al lado del César… con vida.
—¿Crees que lo hará? —preguntó quejumbrosamente
Calígula—. ¿O yo también me limitaré a irme… y a ser ol-
vidado?
Hablaba en el tono de un niño enfermo que pide segu-
ridades de que pronto estará bien.
—¿Te preocupa el futuro? —preguntó Cesonia.
—No… Sí.
La droga había alcanzado ya el cerebro de Calígula,
embotándolo.
—Yo creo… —dijo— que quizá… sea un dios, des-
pués de todo. Y que cuando muera… me convertiré en
261
estrella… en el cielo… Vigilando allí… al lado de Drusila…
El emperador cerró al fin los ojos, y las arrugas de su
frente se suavizaron. Se había quedado dormido.
262
12
263
mismo tiempo. Aquella noche desvelaría los misterios, para
que todos pudiesen ver el poder y la belleza, la majestad y la
divinidad de la diosa Isis. Cesonia representaría el papel de
Isis, claro está. Y sobre su cuerpo él, Calígula, y Mnester, el
segundo acólito, ejecutarían los ritos más secretos de los
misterios. Copularían los tres ante toda Roma, para demos-
trar su inmortalidad. Luego, mientras el pueblo estuviese
aclamando a la trinidad, los sicarios de Calígula acabarían
con todos los miembros del Senado.
Y así, al día siguiente, sólo Calígula, el dios Calígula,
consorte de la diosa Isis, regiría el mayor imperio de la his-
toria del género humano.
Pero primero estaban aquellos malditos juegos circen-
ses, a los que debería asistir desde la tribuna con su mal di-
simulado fastidio. Además, había apostado una cuantiosa
suma por su caballo, el cónsul Incitatus.
El estadio estaba lleno hasta los topes, con decenas de
miles de romanos aclamando a los carros.
Uno de los seis carros había perdido ya una rueda al
doblar una curva, siendo lanzado fuera del mismo su con-
ductor y quedando sus restos destrozados a un lado de la
pista. Quedaban tres huevos en la barrera, junto al centro de
la pista, y tres delfines con las cabezas hacia arriba, lo cual
significaba que faltaban tres vueltas. Cuando se completaba
una vuelta, uno de los empleados del circo retiraba un huevo
de madera de la barrera y giraba hacia el suelo la cabeza de
uno de los delfines de bronce, de cuya boca manaba entonces
agua. Corrían aquel día tres equipos, los verdes, los azules y
los rojos. Calígula era partidario de los azules, y todos lo sa-
bían.
Pero el emperador, que aún estaba afectado por la po-
ción somnífera de la noche, yacía casi inerte en su diván del
palco imperial, y no se molestaba siquiera en contemplar los
juegos, pese a que todavía seguía en la carrera el propio
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Incitatus, que llevaba cintas azules.
Junto al emperador había una mesa con refrescos y
manjares: grandes racimos de uvas, melocotones de Nápo-
les… Calígula ignoraba estos manjares: sentía palpitaciones
en la cabeza. Hizo lánguidamente una seña a los esclavos de
los abanicos, y éstos empezaron a mover con más vigor sus
instrumentos de plumas de avestruz, para crear una brisa que
acariciase la frente del divino César.
A la izquierda de Calígula se sentaba Longinos, atento
al desarrollo de la carrera. A su derecha estaban Mnester y
Cesonia, que habían rivalizado por el lugar más próximo a
Calígula. El triunfo final lo consiguió Mnester, cuando la pe-
queña Julia Drusila llamó llorando a su madre. Tras ellos, en
formación, se encontraba la guardia palatina, responsable de
la seguridad del César.
Calígula, soñoliento, terminó de contar su sueño.
—Y entonces soñé que estaba de pie ante la puerta del
trono de Júpiter. ¡Y de pronto él me dio una patada!
—¡Cómo pudo atreverse! —dijo Cesonia.
—En fin, el caso es que lo hizo. Yo caí por las escale-
ras… y desperté. A pesar de tu droga —añadió amarga-
mente.
—Por lo menos dormiste —dijo suavemente Ceso-
nia—. Después de esta noche, Júpiter ya no podrá dar pata-
das a nadie.
Había desaparecido el último huevo y había sido girada
la cabeza del último delfín. Ya sólo quedaban dos carros que
iban a la par por la recta final. De pronto un gran clamor
captó la atención del emperador. La carrera había terminado.
Miró hacia el estadio y gruñó furioso. El equipo gana-
dor salía de la arena para que el conductor pudiese recibir la
corona de laurel. Las cintas rojas se agitaban en crines y
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colas de los caballos, así como en el brazo derecho del con-
ductor, brillando a la luz del sol. ¡Cintas rojas!
—¡Perdió Incitatus! ¡Perdió mi caballo!
Calígula se puso en pie de un salto, atónito. Aquel día
precisamente, aquel día que, según todas las señales, iba a
ser de tan buenos augurios. ¿Dónde estaba la suerte de Calí-
gula si podía perder el divino Incitatus?
Los espectadores vitoreaban al vencedor, ignorando al
emperador. Calígula se puso a dar gritos, pero su cólera se
perdió en la algarabía de vítores y aplausos. Fuera de sí de
rabia, no se daba cuenta de que había iniciado un baile con
sus botas de cuero dorado, saltando sobre un pie y luego so-
bre el otro, como la danza de Botitas.
—¡Estúpidos! ¡Monstruos! —gritaba—. Sois… sois…
¡Oh, cómo me gustaría que todos los romanos tuviesen una
sola cabeza, para poder cortarla con un solo tajo de mi es-
pada!
Cesonia intentó, alarmada, que se sentase de nuevo.
Nunca le había visto así. Tenía los ojos desorbitados y las
comisuras de los labios llenas de espuma.
—Sólo es una carrera —dijo suavemente.
—¿Sólo una carrera? —gruñó él—. ¡Están aplau-
diendo mi derrota!
Y, una vez más, blandió los puños hacia la multitud.
¡Cómo les odiaba!
Al fondo del pasaje cubierto hablaban Querea y Sabino
en voz baja. Oían los gritos del emperador, pero no podían
distinguir sus palabras. Sabían, sin embargo, que era algo re-
lacionado con los frenéticos vítores de los espectadores. El
caballo de Calígula debía haber perdido la carrera.
La tribuna imperial daba, por la parte trasera, a una sa-
lida especial del estadio que, por un largo pasaje, custodiado
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por guardias en sus dos extremos, llevaba directamente a pa-
lacio. Calígula podía llegar a su tribuna y volver al palacio
sin aparecer siquiera donde la multitud pudiese verle. Aquel
día estaban de servicio en el pasaje los dos principales jefes
de la Guardia Imperial: Querea y Sabino. Así lo había dis-
puesto el propio Querea.
Cuando Calígula mandó asesinar al gobernador de
Asia, Querea respiró satisfecho. En aquella ocasión el
oráculo advirtió: «Guárdate de Casio». Pero, por suerte para
Querea, Calígula cometió después un tremendo error. El em-
perador olvidó que, sólo tres años atrás, había encontrado a
un antiguo soldado de la guardia de Tiberio y le había pre-
guntado su nombre.
Querea, príncipe. Casio Querea. Estuve con tu padre
en Germania.
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guardia a la entrada de la tribuna imperial.
—¿Y esos guardias? ¿Están con nosotros?
Querea asintió hoscamente.
—Pero, ¿qué pasará cuando los guardias germánicos lo
descubran?
Querea movió la cabeza cubierta por el casco.
—Será demasiado tarde.
Longinos se hizo cargo del mensaje oficial que trajo un
esclavo, lo leyó y se volvió al emperador.
—Divino César, la embajada de los partos está espe-
rándote.
Calígula le rechazó con un gesto.
—Más tarde.
El emperador se había sumido en sus ensueños. Todo
estaba dispuesto para la representación a tres que iban a in-
terpretar aquella noche. Los carpinteros habían trabajado va-
rias semanas construyendo el trono de marfil y oro de Isis,
cuya imagen, tallada y envuelta en ricas ropas de lino tacho-
nadas de gemas, sería alzada en el momento culminante de
la representación. Cesonia había ensayado su papel con Ca-
lígula; éste, por su parte, había estado «trabajando» con
Mnester. Todo sería perfecto, Calígula estaba seguro de ello.
Roma jamás olvidaría espectáculo tan singular.
—No tengo ganas de comer. ¿Y tú? —preguntó a Ce-
sonia, quien negó con un gesto, atenta a los juegos.
El emperador se levantó, aunque aún indeciso.
—Si… no… —dijo a Longinos—. Pero sería mejor
que nos fuésemos. Mnester tiene que dirigir un ensayo para
la representación de esta noche.
—Sí, divino César —asintió Longinos, inclinándose y
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saliendo para transmitir el mensaje a los embajadores par-
tos…
En el pasaje, Querea dio una palmada en el hombro a
Sabino. Era la señal de «preparado». Sabino hizo un gesto
nervioso y acarició la espada y la daga. Le sudaban las ma-
nos.
En aquel momento, una docena de muchachos de finí-
simas túnicas pasaron corriendo ante los dos oficiales, ca-
mino del estadio. Tras ellos corría un hombre mayor, inten-
tando mantener su paso.
—¿Quiénes son? —preguntó Querea, sorprendido.
—Bailarines. De Troya —contestó Sabino—. ¿Qué ha-
cemos ahora?
—Esperar. Paciencia, Sabino. Tiene que pasar por
aquí. Y si va sin protección…
Los bailarines entraron en la tribuna imperial justo
cuando Calígula, Cesonia, Mnester y la pequeña Julia Dru-
sila se disponían a salir. Entraron saltando graciosamente, y
el jadeante maestro de baile se inclinó para besar la mano del
emperador.
El César enarcó quisquilloso una ceja.
—Divino César —balbució el maestro de danza—. Los
bailarines troyanos que pediste…
—¡Oh, sí! —exclamó Calígula, intentando recordar.
No recordaba… pero daba igual. Eran muy bellos, so-
bre todo el tercero de la izquierda, el de las pestañas largas.
Serían un suplemento excelente de las festividades del día.
¿Y quizás de la noche?
—Es cierto. Muy… hermosos. ¿Están listos para ac-
tuar?
Atento en el pasaje, Quered contuvo la respiración.
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Cualquier retraso prolongado podría ser ahora fatal para su
plan.
—Todos salvo el bailarín principal —puntualizó que-
jumbroso el maestro de baile—. Ha tenido unas fiebres. Pero
cuando llegue la noche estará ya mejor.
Por el tono, era evidente que el bailarín principal actua-
ría aquella noche, sin fiebre o con ella.
—Entonces les veremos esta noche —dijo el César, y
Querea suspiró con alivio.
Calígula, encabezando la comitiva, entró en el pasaje
seguido de Cesonia, con la pequeña Julia, y de Mnester.
Sabino se plantó inmediatamente delante de ellos, blo-
queando el camino al emperador, mientras Querea se situaba
sin oposición tras él.
—La consigna —exigió Sabino.
—¿Qué? —aunque las leyes romanas lo exigiesen, a
Calígula nunca se le pedía que cumpliese tal formalidad—.
¡Por Júpiter!
—¡Sea por él! —gritó Querea, sacando la espada y
enarbolándola. Luego la bajó con fuerza haciendo un arco,
con el propósito de cortar de un solo tajo la cabeza de Calí-
gula.
Pero Calígula, alarmado por el grito, se había vuelto.
La espada le alcanzó en la mandíbula y brotó un gran chorro
de sangre.
Cesonia, con un grito desgarrado, cogió a su hija en
brazos. Mnester se abrió paso entre ellos, corrió por el largo
pasaje y huyó por el laberinto del palacio.
Al oír el grito, los guardias que estaban de servicio en
la tribuna imperial se lanzaron al pasaje. Dos de ellos cogie-
ron a Cesonia. Otro le arrancó a la llorosa niña de los brazos.
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Soltando sangre a raudales, Calígula corrió por el pa-
sadizo hacia el palacio. Medio atontado por el golpe, aún no
entendía lo que pasaba. ¿Acaso no era él el emperador? ¿No
era, además, un dios? ¿Quién podía atreverse a atacar a un
dios?
Sabino le alcanzó fácilmente y le atravesó el pecho con
la daga. El golpe hizo volverse a Calígula y le lanzó contra
la pared del pasaje. Vio confusamente a Querea y a los otros
guardias correr hacia él con las espadas desenvainadas.
Luego, de pronto, entre los vagos recuerdos de su mente, oyó
una voz que venía del pasado, de muy atrás, de muy lejos…
Querea, príncipe. Casio Querea. Estuve con tu padre en
Germania.
¡El oráculo! ¡Guárdate de Casio! ¡Pero aún no han con-
seguido matarme!, pensó.
La tela oro claro de su túnica y capa estaba teñida con
su propia sangre, formando una mancha que se extendía y
oscurecía. Como un lobo acosado, apoyó la espalda en la pa-
red, gruñendo. Y luego sonrió con una mueca a sus atacan-
tes.
—¡Vivo!
Sabino corrió hacia él y volvió a herirle, en el pecho.
Curiosamente, Calígula no sintió ningún dolor, pero aun así,
la fuerza del golpe le hizo caer de rodillas, y otro chorro de
sangre tiñó todo su pecho de rojo claro. Sin ningún miedo,
corrió a rastras hacia el palacio. ¡Aquello era una prueba de
su divinidad! La madre Isis había querido probarle para ca-
librar su fuerza y asegurar su inmortalidad. Y él pasaría la
prueba.
—¡Aún vivo! —gritó.
Querea se plantó sobre él, con la espada desenvainada
aún. El emperador era un terrible espectáculo; tenía todo el
cuerpo empapado en sangre y la cara de un blanco espectral.
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Sin embargo, aún conseguía arrastrarse por el suelo mientras
sus labios ensangrentados se plegaban en una sonrisa desa-
fiante. ¿Sería sobrehumano, después de todo?, se preguntó
Querea. ¿Era posible que Calígula fuese de verdad un dios?
¡No! ¡No podía ser!
Calígula, la cabeza convertida en un torbellino, intentó
ponerse de rodillas. Vagamente, oyó chillar y chillar a Ceso-
nia, y entonces el miedo empezó a apoderarse de él. ¡No era
Isis quien había enviado aquello sobre él! ¡Era Tiberio! Vio
la cabeza del viejo envuelta en el velo negro. Vio su horrible
rostro crispado por la agonía. Oyó el estertor de sus pulmo-
nes que trataban de respirar. En algún lugar estaba Tiberio,
riéndose, esperando a que Calígula se reuniese con él en el
Hades. ¡No!
Tenía de nuevo seis años, estaba solo y sentía frío. Lle-
vaba su uniforme de soldadito, y sus pies infantiles, con las
botitas, se movían en la danza de Calígula. ¿Dónde estaba su
madre? Muerta. ¿Dónde estaban sus hermanos? Muertos
también. ¿Dónde estaba Germánico, el Favorito, el amado
del pueblo? ¿Dónde estaba su padre? Mira, Calígula, allí está
tu padre… aquellas cenizas de la urna. Éste es el funeral, sa-
bes. ¡Drusila! ¿Dónde está Drusila? Está separada de ti, al
otro lado de la niebla, del negro velo de la niebla. ¿Quiénes
son esas gentes de horribles máscaras? Ésos son tus ances-
tros, Botitas, y todos ellos tuvieron muertes prematuras y es-
pantosas. ¿Y quién es éste, este viejo marchito con expresión
de loco, de ojos centelleantes y sonrisa lobuna, este hombre
que se agacha hacia mí y me alza en sus brazos leprosos…
acercándome más y más a sus terribles dientes?… ¡Ahhhh,
no! ¡Es el Sueño! ¡El Sueño se hace realidad!
Goteaba sangre de la punta de la espada de Querea. Ca-
lígula estaba casi de pie otra vez, y Querea volvió a ensar-
tarle. La hoja penetró profundamente por la entrepierna del
emperador, y Querea la revolvió cruelmente en sus genitales.
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Calígula sintió un dolor insoportable y aulló al cielo.
Tan grande era su angustia que, cuando Sabino le ensartó de
nuevo, apenas lo sintió. Miró a sus asesinos, jadeando.
—Pero… aún… —se tambaleó y cayó— vivo…
Luego lanzó un estertor estrangulado y se quedó ten-
dido e inmóvil.
Cesonia lanzó un grito de protesta cuando los guardias
corrieron a ensañarse en el cuerpo de Calígula. Luego, dos
de ellos hundieron sus dagas en los suaves pechos de la em-
peratriz y ésta no gritó más. Un guardia alto cogió a Julia
Drusila por los tobillos y le destrozó la cabeza contra la pa-
red del pasaje.
Para entonces había sido alertada ya la Guardia Germá-
nica de Calígula, que entraba en el pasaje con las armas lis-
tas. Lucharon con los hombres de Querea, matando a éste.
En el palacio, los guardias romanos corrían por todas partes,
las espadas sedientas de sangre. Buscaban a Mnester, el ju-
guete griego del emperador. A Longinos, que compartía los
secretos de Calígula, y a todos los que hubiesen gozado del
favor del tirano asesinado.
Encontraron al tío Claudio.
Estaba escondido en un dormitorio de palacio, tras una
gruesa cortina de purpúrea lana con orlas de oro. Uno de los
guardias corrió la cortina y el viejo Claudio cayó de rodillas,
tartamudeando de terror y abrazando suplicante las piernas
del soldado.
La caza había terminado ya. Los soldados habían en-
contrado lo que andaban buscando: un emperador propio.
Alguien a quien pudiesen proclamar ellos. Una proclama-
ción que colocaría a la guardia pretoriana por encima de to-
dos, por encima del Senado, por encima del pueblo de Roma.
Y así, alzaron entre risas sobre sus hombros al aterrado y
lloroso anciano y le sacaron de allí.
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También habían encontrado a Longinos, pero no le ha-
bían matado; podía ser útil. Allí estaba, en la tribuna impe-
rial, de pie junto al nervioso y tambaleante Claudio. Sabino,
comandante de la guardia ahora, se adelantó y alzó la mano,
ordenando silencio a la multitud.
—¡Calígula ha muerto! —proclamó Longinos.
Un gran grito se elevó de la multitud, seguido de un
terrible silencio.
—¡Salve, Claudio! —gritó Longinos—. ¡Salve, Clau-
dio César!
El silencio se hizo aún más profundo. Los romanos,
aturdidos, se miraban entre sí y a aquel viejo tembloroso ves-
tido con una sencilla toga blanca.
—¡Salve, Claudio César! —gritó de nuevo Longinos.
Sabino se adelantó entonces y desenvainó la espada. La
alzó saludando, y los ciudadanos del estadio se estremecie-
ron al ver la sangre de la hoja.
—¡Salve, Claudio César! —gritó hoscamente Sabino
en el silencio.
Y entonces, la multitud habló como con una sola voz.
—¡Salve, Claudio!
Los gritos se hicieron más fuertes, llenaron el gran es-
tadio: era la voz del pueblo.
—¡Salve, Claudio! ¡Salve, Claudio! ¡Salve, César!
Todo había terminado.
Sólo quedaba una tarea oficial: disponer una pira fune-
raria para los cadáveres de Calígula, Cesonia y Julia Drusila.
Más tarde se celebraría el funeral oficial, en el que se rendi-
rían hipócritas honores a los muertos. Pero aquel día había
que deshacerse de la basura, y los cadáveres se amontonaban
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uno sobre otro, retorcidos, ardiendo. Uno de los guardias re-
cordó el pequeño uniforme del altar del dormitorio de Calí-
gula. Fue a buscarlo y lo arrojó a la pira.
Lo último en arder fueron aquellas botitas.
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