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Cristo nuestro motivo de agradecimiento
Filipenses 2:5-8
En los versículos 5–8, les pone delante el ejemplo de Cristo con su humillación sin par.
Y deseo esta mañana poder convencerte por medio de las Escrituras y de estos versículos a
que consideres a Jesús como toda la fuente de tu gozo, de tu satisfacción, de tu gratitud.
Que no hay nada que puede satisfacer la vida de una persona en este mundo, no existe nada
creado que traiga el gozo pleno y la satisfacción plena. El único que nos muestra el
verdadero tesoro que un hombre debe considerar: Salvación, perdón, gozo, paz, la gloria, el
honor y la majestad. Se llama Cristo Jesús.
Por medio de un incentivo Pablo ha exhortado encarecidamente a los filipenses a obedecer
una triple orientación, es decir, a comportarse unos con otros con unidad, humildad y
solicitud (Fil. 2:1–4). Para subrayar esta exhortación e indicar la fuente de donde mana el
vigor necesario para conformar la vida a estos principios, el apóstol señala al ejemplo de
Cristo, el cual, para salvar a otros, renunció a sí mismo, y así alcanzó la gloria.
Juan Calvino compendió de forma excelente este párrafo y lo dividió apropiadamente en
dos partes o “miembros” (a. versículos 5–8; b. versículos 9–11), indicando la razón de
ambos y cada uno de ellos. Él dice: “La humildad a la cual él los ha exhortado ya con
palabras, es encomendada ahora por el ejemplo de Cristo. Hay, sin embargo, dos
miembros, en el primero de los cuales nos invita a imitar a Cristo, porque ésta es la regla
de vida; y en el segundo, nos atrae hacia ella porque éste es el camino por el que
alcanzaremos verdadera gloria”.
II. El ejemplo de Cristo quien, para salvar a otros, renunció a sí mismo
2:5–8
A. Invitación a imitar a Cristo porque ésta es la regla de vida
VS. 5. Dice Pablo: Tened continuamente en vuestro ser interior la forma de pensar que
también tuvo Cristo Jesús. El apóstol desea que los filipenses anhelen ardientemente la
disposición que se describe en los versículos 1–4, disposición que caracteriza a Cristo
Jesús. Esta admonición concuerda con otras muchas normas parecidas que nos instan a
imitar el ejemplo del que es el Ungido Salvador. En verdad, hay cierto aspecto en el que
Cristo no puede ser nuestro ejemplo. No podemos copiar su obra redentora, ni sufrir y
morir vicariamente. Fue obra suya, fue El solo quien satisfizo a la justicia divina y trajo su
pueblo a la gloria. Pero, con la ayuda de Dios, podemos y debemos imitar el espíritu que
fue el móvil de estos actos. La negación de uno mismo en favor de los demás debe estar
presente y crecer en la vida de cada discípulo. Esa es obviamente el asunto aquí (véase v.
1–4). La concordia (unidad), la humildad, y la solicitud se manifestaron en nuestro
Salvador (Jn. 10:30; Mt. 11:29; 20:28), y ésta ha de ser también la característica de sus
discípulos.
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Otros pasajes que nos presentan a Jesús como ejemplo son, entre otros, los siguientes: Mt.
11:29; Jn. 13:12–17; 13:34; 21:19; 1 Co. 11:1; 1 Ts. 1:6; 1 P. 2:21–23; 1 Jn. 2:6. Es
precisamente porque El es nuestro Señor que también puede ser nuestro Ejemplo; y si no lo
es, nuestra fe es estéril y nuestra ortodoxia está muerta.
Vs. 6, 7. Por todo lo cual, el apóstol continúa: quien, aunque existiendo en la forma de
Dios… Pero, ¿qué quiere decir existiendo en la forma de Dios? En el párrafo que estamos
considerando, ocurren dos palabras—morfe (μορυή), o sea, forma, y schema (σχήμα), es
decir, condición—en estrecha relación: “existiendo en la forma de Dios… y reconocido en
su condición como un ser humano. Lo que Pablo dice, pues, aquí en Fil. 2:6, es que Cristo
Jesús ha sido siempre (y siempre continúa siendo) Dios por naturaleza, la imagen expresa
de la deidad. El carácter específico de la deidad, según se manifiesta en cada uno de los
atributos divinos, fue y es suyo eternamente. Cf. Col. 1:15, 17 (también Jn. 1:1; 8:58;
17:24).
Este pensamiento está en completa armonía con lo que el apóstol enseña en otros pasajes: 2
Co. 4:4; Col. 1:15; 2:9 (y cf. He. 1:3).
Una pregunta estrechamente relacionada, a saber, “¿Habla Pablo aquí en Fil. 2:5–8 sobre el
Cristo preencarnado o sobre el Cristo ya hecho carne?”, tiene fácil respuesta. Estas dos
interrogantes nunca deben ser separadas. El que en su estado preencarnado es igual a Dios,
es la misma Persona divina que en su encarnación obedece hasta la muerte, y muerte de
cruz. Naturalmente, para mostrar la grandeza del sacrificio de nuestro Señor, el punto de
partida del apóstol es el Cristo en su estado preencarnado, siguiendo a continuación y Una referencia
necesariamente, el Cristo hecho carne. Esto le recuerda a uno en gran manera 2 Co. [Link] a la encarnación
“Que por amor a vosotros, aunque siendo rico se hizo pobre”. Podría compararse esta
transición a la que encontramos en el Evangelio de Juan, Capítulo 1: “En el principio era el
Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. El mismo estaba en el principio cara a
cara con Dios … Y aquel Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros como en una tienda
y vimos su gloria”.
Así pues, aunque existiendo en la forma de Dios, no consideró su existencia en un forma
igual a Dios como algo a que aferrarse sino que se vació a sí mismo.
El no estimó el ser igual a Dios como una cosa a que aferrarse. Por el contrario, él … (y
aquí siguen las palabras que han provocado mucha discusión y disputa) se vació a sí
mismo.
La cuestión es: ¿De qué se vació a sí mismo Cristo Jesús? Ciertamente no de su existencia
“en la forma de Dios”. Jamás dejó de ser el poseedor de la naturaleza divina. “Él no podía
prescindir de su deidad en su humillación … Aun en su muerte tuvo que ser el poderoso
Dios, para que con su muerte venciera a la muerte” (R. C. H. Lenski).
El texto reza como sigue:
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“Cristo Jesús … aunque existiendo en la forma de Dios, no consideró su existencia en una
manera igual a Dios como algo a que aferrarse, sino que se vació a sí mismo”. (Vs.6)
Tomando como base las Escrituras, podemos particularizar de la siguiente manera y por
que debes considerar a Jesús como el “más hermoso de los hijos de los hombres” :
(1) El renunció a su relación favorable con respecto a la ley divina
Mientras estaba en el cielo ninguna carga de culpabilidad pesaba sobre sus hombros. Pero
en su encarnación la tomó sobre sí para quitarla del mundo (Jn. 1:29). Y así él, el Justo
inmaculado, que nunca cometió pecado, “por nosotros fue hecho pecado, para que
nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” (2 Co. 5:21). Esta es la base de todo lo
demás.
(2) El renunció a sus riquezas
“… porque por amor a vosotros se hizo pobre, aunque era rico, para que vosotros por
medio de su pobreza fueseis enriquecidos” (2 Co. 8:9).
El renunció a todo, incluso a sí mismo, a su propia vida (Mt. 20:28; Mr. 10:45; Jn. 10:11).
Tan pobre fue, que siempre anduvo pidiendo prestado: un sitio para nacer (¡y qué sitio!),
una casa donde posar, una barca para predicar, un animal en el cual cabalgar, un aposento
en el cual instituir la Cena del Señor, y finalmente una tumba donde ser enterrado. Además,
cargó sobre sí mismo una deuda muy pesada, la más pesada que jamás nadie pudiera
soportar (Is. 53:6). Una persona de tal manera endeudada ¡tuvo que ser pobre!
(3) El renunció a su gloria celestial
¡Cuán profundamente lo sintió! Y fue por ello que, precisamente en la noche anterior a su
crucifixión, tuvo que clamar desde lo más hondo de su corazón: “Ahora, pues, Padre,
glorifícame en tu presencia, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo
existiera: (Jn. 17:4).
De las infinitas moradas de eterna delicia en la presencia de su Padre, bajó voluntariamente
a este reino de miseria para habitar por un tiempo con el hombre pecador. El, ante quien los
serafines cubrían sus rostros (Is. 6:1–3; Jn. 12:41), el objeto de la más solemne adoración,
descendió voluntariamente a este mundo donde fue “despreciado y desechado entre los
hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto” (Is. 53:3).
(4) Renunció a la autonomía de su autoridad
En efecto, se convirtió en siervo, el siervo, y “aunque era Hijo, por lo que padeció
aprendió la obediencia” (He. 5:8). El dijo: “Porque no busco mi voluntad, sino la voluntad
del que me envió” (Jn. 5:30; cf. 5:19; 14:24).
Impacientemente expresamos la siguiente objeción: “Pero si Cristo Jesús renunció
realmente su favorable relación con respecto a la ley divina, si renunció a sus riquezas,
gloria, y la autonomía de su autoridad, ¿cómo es posible que continuara siendo Dios?”
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La respuesta está en que él, que fue y es y siempre será el Hijo de Dios, desechó todas estas
cosas, no con referencia a su naturaleza divina, sino a la humana, la cual asumió
voluntariamente y en la cual padeció todas aquellas afrentas.
En su comentario sobre este pasaje, Calvino razona de esta manera: Fue el Hijo mismo de
Dios quien se vació a sí mismo, aunque solamente con referencia a su naturaleza humana.
Este gran reformador usa la siguiente ilustración: “El hombre es mortal”. Aquí la palabra
“hombre” se refiere al hombre como ser humano, considerándolo como un todo, bien que la
mortalidad se atribuye solamente al cuerpo, nunca al alma.
No podemos ir más allá de esto. Nos encontramos ante un adorable misterio, un
misterio de poder, sabiduría, ¡y amor!
7b. Queda claro, pues, que la cláusula “se vació a sí mismo” deriva su significado no sólo
de las palabras antecedentes inmediatas (o sea: “no consideró su existencia en una forma
igual a Dios como algo a que aferrarse”), sino también de las que siguen: al tomar la
forma de siervo. En efecto, esta cláusula, “se vació a sí mismo” “abarca todos los detalles
que entraña la humillación y está definida por éstos” (Vincent). La semejanza con los
hombres, la forma de siervo que tomó en su condición y apariencia humana, la humillación
consciente y voluntaria, y la obediencia que lo llevó hasta la muerte, sí, la muerte de cruz,
—todo esto queda incluido en la frase ‘se vació a sí mismo”. Cuando él hizo a un lado su
existencia en una forma igual a Dios, en aquel hecho él asumió todo lo que era contrario a
ella (o sea, la naturaleza humana).
Así pues, El se vació a sí mismo al tomar la forma de siervo. “El se vació a sí mismo desde
el momento en que cargó algo sobre si” (Müller). Además, cuando adoptó la forma de
siervo, no lo hizo como un actor que representa un papel, sino que, por el contrario, en su
naturaleza íntima (en su naturaleza humana, claro está) se hizo realmente un siervo, pues
leemos: “El tomó la forma de siervo”. (Léase lo que ya se ha dicho sobre el significado de
la palabra forma a diferencia de condición). He aquí, verdaderamente, una grande y
asombrosa noticia: El Señor soberano de todo cuanto existe se convierte en siervo de todos,
y que a pesar de eso continúa siendo Dueño y Señor. El texto no dice, como algunos
arguyen frecuentemente, que “El cambió la forma de Dios por la forma de un siervo”. ¡El
tomó la forma de siervo pero sin perder la forma de Dios! Y esto es precisamente lo que
hace posible y perfecta nuestra salvación.
Hemos de decir también que él tomó la forma de un siervo, no la de un esclavo. Desde el
mismo principio de su encarnación fue el siervo consagrado, sabio y obediente que describe
Isaías (42:1–9; 49:1–9a; 50:4–11; y 52:13–53:12), el siervo voluntario que resueltamente
cumple su misión, acerca de quien dijo Jehová: “He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi
escogido en quien mi alma tiene contentamiento”.
El pasaje que estamos considerando tiene su punto de partida en el mismo momento en que
comienza la carrera de este siervo, en el mismo instante en que Cristo tomó la forma de
siervo. Pero ello implica, naturalmente, que continuó teniéndola hasta el final de su misión
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terrenal, sobre la que puede decirse con justicia: “La única persona en este mundo que tenía
razón para hacer valer sus derechos, los abandonó” (Wuest). Fue Cristo el que dijo: “Mas
yo estoy entre vosotros como el que sirve” (Lc. 22:27). En el mismo hecho de ser siervo
de los hombres (Mt. 20:28; Mr. 10:45), cumplía su misión como siervo de Jehová.
Podemos ver a Jesús, el Señor de la gloria, ceñido con una toalla, echando agua en un
lebrillo, lavando los pies a sus discípulos, y diciéndoles: “¿Sabéis lo que os he hecho?
Vosotros me llamáis Maestro y Señor y decís (esto) correctamente, porque (eso es lo que)
soy. Si, por tanto, yo, vuestro Señor y Maestro he lavado vuestros pies, vosotros también
debéis lavaros los pies los unos a los otros. Porque un ejemplo os he dado, para que tal
como yo os he hecho, vosotros también hagáis” (Jn. 13:12–15).
Y es esto exactamente lo que Pablo indica. Él les dice a los filipenses y a nosotros:
“Seguid el ejemplo de vuestro Señor” (versículo 5).
Jamás hubo siervo que sirviera con más inmutable lealtad, abnegada devoción, e
irreprochable obediencia que éste.
Pablo continúa: y hacerse semejante a los hombres. Cuando Cristo tomó la forma de siervo,
él, que desde la eternidad y hasta la eternidad tenía y tendrá la naturaleza divina, tomó
sobre sí la naturaleza humana. En consecuencia, la persona divina de Cristo tiene ahora dos
naturalezas: la divina y la humana (Jn. 1:1, 14; Gá. 4:4; 1 Ti. 3:16). Pero asumió la
naturaleza humana, no en la condición de Adán antes de la caída, ni en la condición de la
que el mismo Cristo goza ahora en el cielo, ni tampoco en la que se manifestará en el día de
su gloriosa venida, sino en la condición caída, debilitada, cargada con los resultados del
pecado (Is. 53:2).
Ciertamente, aquella naturaleza humana era real, tan real como la de cualquier otro ser
humano (He. 2:17). Pero aunque era real, ella se distinguió en dos aspectos de la del resto
de los hombres:
(1) Su naturaleza humana, y solamente la suya, desde el momento de su concepción fue
puesta en una unión personal con la naturaleza divina (Jn. 1:1, 14); y
(2) Aunque fue cargada con los resultados del pecado (por tanto, sujeta a la muerte), no era
pecaminosa en sí misma. Así pues, el pasaje “hacerse semejante a los hombres”, y aquel
pasaje que se le parece mucho, “Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de
pecado” (Ro. 8:3), deben ser leídos a la luz de He. [Link] “Uno que fue tentado en todo
como nosotros lo somos, pero sin pecado”. Había semejanza, similitud; pero no había
absoluta y completa identidad.
Vs. 8. Pablo continúa: Así, reconocido en su condición como un ser humano.
Cuando Jesús apareció en la carne, ¿cómo lo consideraron los hombres?, ¿cómo lo
catalogaron? Simplemente como un ser humano, exactamente igual que ellos en muchos
aspectos:
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¿Vinieron ellos al mundo por el proceso natural del nacimiento? El también (Lc. 2:7). (El
misterio del nacimiento virginal no lo comprendieron).
¿Fueron ellos envueltos en pañales (cf. Ez. 16:4)? El también (Lc. 2:7).
¿Crecían ellos? El también (Lc 1:80).
¿Tuvieron ellos hermanos y hermanas? El también (Mt. 13:56).
¿Aprendieron ellos un oficio? El también (Mr. 6:3).
¿Sufrieron ellos a veces, hambre, sed, cansancio, sueño? El también (Mt. 4:2; Jn. 4:6, 7;
Mr. 4:38).
¿Se entristecieron y se enojaron ellos? El también (Mr. 3:5).
¿Lloraron ellos a veces? El también (Jn. 11:35).
¿Se regocijaban ellos con motivo, por ejemplo, de una boda? El también asistió a una boda
(Jn. 2:1, 2).
¿Estaban ellos destinados a morir? El también, aunque en su caso la muerte fue física,
eterna, voluntaria y vicaria (Jn. 10:11), algo que ellos no comprendieron.
En su condición total, por tanto, fue reconocido como hombre. Su porte y aspecto eran
como los de los demás. Su forma de vestir, sus costumbres y maneras, se asemejaran a las
de sus contemporáneos.
Hasta cierto punto, tenían mucha razón al considerarlo así.
¿No es de suponer que un niño normal llore a veces, pero que en el caso de Jesús este
llanto, como todo lo demás, fue “sin pecado”?
Pero aunque los hombres tenían razón al reconocer su humanidad, estaban equivocados en
dos aspectos: Ellos rechazaban
a.—su humanidad impecable y
b.—su deidad.
Y aunque toda su vida, particularmente sus palabras y hechos, publicaban “la divinidad
velada en carne”, sin embargo los hombres rechazaron por completo sus demandas y lo
odiaron aún más a causa de ellas (Jn. 1:11; 5:18; 12:37). Acumularon escarnio sobre él, de
forma que “fue desechado y despreciado entre los hombres” (Is. 53:3).
Lo más maravilloso es, sin embargo, que “cuando lo maldecían, no respondía con
maldición” (1 P. 2:23), sino que se humilló a sí mismo. Desde el primer momento de su
encarnación se sometió a sí mismo bajo el yugo; esto implica que se hizo obediente, a
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saber, a Dios Padre, como indica claramente el versículo 9 (nótese la expresión “Por lo
cual Dios”, etc.). Además, su obediencia no conoció límites: aun hasta la muerte. En esa
muerte, él, obrando al mismo tiempo como sacerdote y víctima, se ofreció a sí mismo en
sacrificio expiatorio por el pecado (Is. 53:10). Por lo cual, no fue una muerte común y
corriente, sino como dice Pablo: sí, y muerte en la cruz.
Muerte dolorosísima.
Bien se ha dicho que el que moría en ella “moría mil muertes”.
Muerte también afrentosa.
Obligar al condenado a llevar su cruz, hacerle salir de la ciudad a algún lugar “fuera de la
puerta”, y allí ejecutarle por medio de una muerte que, según sabemos por Cicerón, era
considerada como la de un esclavo, era ciertamente vergonzoso. Véase Jn. 19:31; 1 Co.
1:23. “Que aun el solo nombre de la cruz sea alejado, no sólo del cuerpo de un ciudadano
romano, sino también de sus pensamientos, vista y oído” (Cicerón). Por tanto, al ser Pablo
un ciudadano romano, como lo era, aunque hubiese sido condenado a muerte, es casi
seguro que no hubiese sido ejecutado en forma tan afrentosa. ¿Tenía en su pensamiento
esto cuando, refiriéndose a la muerte de su Maestro, escribió: “sí, y muerte en la cruz”?
Era una muerte maldita.
“Maldito por Dios es el colgado” (Dt. 21:23). Y si esto era así con respecto a un cadáver,
¡cuánto más con una persona viva! Cristo Jesús se humilló a sí mismo y se hizo obediente
hasta una muerte en la que vicariamente soportó la maldición de Dios (Gá. 3:13).
Y así, cuando pendía del madero, Satanás y todas sus huestes le asaltaban desde abajo; los
hombres lo escarnecían a su alrededor; Dios lo cubrió desde arriba con el manto de las
tinieblas, símbolo de maldición; y desde adentro rompía su pecho aquel amargo grito:
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. A este infierno, el infierno del
Calvario, descendió Cristo.
El pensamiento subyacente de los versículos 5–8 es este: En verdad, si Cristo Jesús se
humilló a sí mismo en forma tan profunda, vosotros, filipenses, nosotros hoy como
cristianos, deberíais estar siempre dispuestos a humillaros en vuestra pequeña
medida. Si él obedeció hasta la muerte, sí, y muerte en la cruz, vosotros deberíais ser
más y más obedientes a la dirección divina, y esforzaros por perfeccionar en vuestras
vidas el espíritu de vuestro Maestro, el espíritu de unidad, humildad y solicitud, que
agrada a Dios. Y llenar nuestro corazón de gratitud a Dios por que Jesús nos da
suficientes motivos, solamente con lo que hizo por nosotros, para estar agradecidos
toda la eternidad. ¿Qué más necesitas para estar feliz? ¿Qué más puede hacer Jesús?