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Mujeres rompiendo el silencio en sectas

Este documento habla sobre la experiencia de la autora al crecer en la secta religiosa La Luz del Mundo y los abusos sistemáticos que vivió como mujer dentro de la secta. Describe cómo las mujeres dentro de la secta son silenciadas y manipuladas para no denunciar los abusos, y cómo el podcast que la autora realiza junto a su hermana busca empoderar a más mujeres para que rompan el silencio sobre los abusos que han sufrido.

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Mujeres rompiendo el silencio en sectas

Este documento habla sobre la experiencia de la autora al crecer en la secta religiosa La Luz del Mundo y los abusos sistemáticos que vivió como mujer dentro de la secta. Describe cómo las mujeres dentro de la secta son silenciadas y manipuladas para no denunciar los abusos, y cómo el podcast que la autora realiza junto a su hermana busca empoderar a más mujeres para que rompan el silencio sobre los abusos que han sufrido.

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Salí de una secta: mujeres que rompen el silencio una historia a la vez

Desde que dejé la secta en la que nací, La luz del mundo, y empecé junto con mi
hermana a hablar de nuestras experiencias y de los abusos sistemáticos que
como mujeres allí vivimos, he leído a muchas hermanas que siguen dentro decir:
“Nosotras somos libres, nadie nos obliga a estar aquí”. Estos discursos me
recuerdan la época en que yo repetí las mismas palabras vacías, ensayadas y
dictadas por un hombre en un púlpito que decía ser apóstol de Jesucristo, que
decía amarnos. Esas palabras suyas que ignoraban nuestras historias, las de
mujeres con las que crecí y las de otras miles que nunca vi pero que hoy, por el
trabajo que hacemos en el podcast Salí de una secta, hemos tenido la
oportunidad de conocer y compartir.

Este discurso es un intento de callarnos a todas las que hoy nos atrevemos a
contar lo que vivimos dentro de La luz del mundo en manos de agresores que se
saben intocables, que se ocultan en el silencio cómplice de los ministros y
pastores que encubren sus actos violentos en contra de sus esposas, sus hijas y
sus hermanas en cristo. Agresores que, usando la culpa y el amor que se inculca
al líder, al hombre más importante del universo, manipulan a las hermanas
diciéndoles: “Si denuncias será una tristeza para el apóstol, mejor pídele a Dios
que te ayude” y así, una vez más, les hacen creer a estas niñas y mujeres que ese
silencio que encubre los golpes, violaciones, matrimonios forzados, explotación
laboral, económica y mucho más, es el precio que tienen que pagar por la
felicidad invaluable del ungido de Dios y su propia salvación.

La luz del mundo fue fundada en Guadalajara, Jalisco (México) en 1926 por
Eusebio Joaquín, el primer “apóstol” que luego se cambiaría el nombre a Aarón,
proclamando que Dios fue el que le dijo una noche mientras descansaba: “Tu
nombre será Aarón, lo haré notorio por todo el mundo y será de bendición”. Este
“llamado” del cielo lo llevó a predicar a este Dios, y su doctrina, que ponía en el
centro “la elección” de los apóstoles y les daba una cualidad divina,
incuestionable y santa. Esa doctrina se convertiría en el arma de estos hombres
poderosos para abusar de miles de miembros alrededor del mundo, entre esos
mi familia.

Quien introdujo la secta a nuestras vidas fue mi tatarabuela, contaba que ella
estaba lavando en un río y le llamaron la atención un par de señoras que
mientras platicaban se decían “hermana”. Una era morena y la otra muy blanca.
Mi abuela les preguntó: “¿Son hermanas? Es que no se parecen nada”. Ellas le
respondieron que eran hermanas “en Cristo”, que pertenecían a una iglesia, y la
invitaron. Mi tatarabuela decidió ir. Era un cuartito con bancas hechas de trozos
de madera y baldes que los sostenían. En ese lugar ella sintió que podía
refugiarse y encontrar propósito, quizá encontrar a Dios. No se imaginó que ese
sería el comienzo de lo que serían 5 generaciones (y contando) de hijos, nietos y
bisnietos nacidos en la secta y que, hasta el día de hoy, en su mayoría, siguen
dentro.

Cuando naces en un grupo de alto control, es difícil que logres reconocer las
violencias que has vivido. Nosotras tuvimos experiencias de abuso que tardamos
muchísimo tiempo en poder nombrar. Desde el hombre de 22 años que me hizo
grooming cuando acababa de cumplir 15 para que fuera su novia y me empezó a
tratar mal cuando no lo dejé tocarme. Nunca lo conté porque todos dijeron que
“yo era la que lo provocaba”. Me daba terror lo que dirían si les confesaba que lo
dejé besarme. La culpa que ponen sobre ti desde que eres una niña afecta la
manera en la que vives tus experiencias con hombres durante tu vida. Recuerdo
esa frase que mi papá nos decía: “El hombre llega hasta donde la mujer quiere”.
Su voz me dio vueltas en la cabeza durante años porque yo dejé que él pensara
que yo quería eso, que yo quería que me tocara… No era su culpa, era mía, y Dios
lo sabía.

Por años dejé que ese pensamiento me consumiera, que me hiciera sentir sucia y
me quitara el sueño, porque entre el dolor del rechazo, que cualquier
adolescente experimenta, estaba también la confusión: Si esto fue mi culpa, ¿por
qué se siente tan injusto? ¿Por qué me siento usada? Hoy que tengo 29 años y sé
cómo operan las relaciones de poder entre un adulto y una niña, entiendo cómo
funciona el grooming, comprendo que mi experiencia fue posible, al igual que
muchas otras, por esta cultura de la pedofilia que está tan arraigada en la secta y
que no se cuestiona ni se platica. Esta que permite que hombres adultos cortejen
niñas de 12-14 años y aún así lleguen a ser directores del coro, obreros o hasta
ministros respetados, incuestionables y sin mancha en su récord cristiano.

Cada relación romántica que tienes dentro de la secta te deja una marca (si eres
mujer). Una marca que permite la existencia de una duda entre los miembros,
esa cualidad que pueden comentar cuando les plazca: la de tu pureza. Tu valor
es cuestionable, todo depende de lo que otros se inventaron o escucharon.
Quizá te vieron caminando con un muchacho en la plaza y dijeron: “¡Se dieron
un abrazo! Tómales una foto, dile al encargado, esta niña anda de fácil y debemos
reportarlo”. Te marcan con una letra escarlata y te tachan de “impura”. Te
castigan con habladurías, chismes e historias llenas de mentiras. Todo para
poder juzgarte libremente, humillarte y esperar el momento exacto en el que
pueden usar tus “errores” como armas para castigarte, y ese castigo viene
cuando decides casarte, ahí empieza el juicio y cuestionamientos sobre tu
virginidad: si te tocó, si fue el único, si te mereces el vestido blanco y la honra de
casarte en el templo o si fallaste en algo y toca que oren por ti en una sala o en la
cochera de tu casa. Si tus hijos serán “simiente santa” o “simiente de pecado”, si
se merecen el cielo o un pase directo al infierno.

Este tipo de discursos misóginos llevan a las mujeres a sufrir incontables abusos,
no solamente esos que los ministros ejercen sobre ellas cuando las acusan de no
ser puras o suficientemente fieles, sino también esas opresiones que viven
dentro de su matrimonio. La culpa es la herramienta perfecta para que un
abusador pueda manipularte y que “lo permitas” sin chistar ni cuestionarlo
porque, al final, es tu normalidad. No importa cuántas veces pidas ayuda o alces
la voz, siempre va a ser tu culpa. Es tu culpa si te golpean o te engañan, si te
gritan o si te violan, si tocan a tus hijos o a tus hijas, siempre es tu culpa. Porque
no importa cuántas veces llores frente a un ministro, desesperada porque no
soportas más vivir de esa manera, no importa cuántas lágrimas derrames en el
piso de mármol de la iglesia, o cuántas obras tengas, no hay respuesta. No hay
manera de liberarte si el que tiene el poder sobre ti, sobre tus hijos y sobre tu
alma, no te suelta. El matrimonio es para siempre: lo que une Dios no lo separa
el hombre, no lo separa la violencia, no lo separa el abuso, no lo separa el dolor. Y
si por fin lo dejas, si te vas, estás mal delante de los ojos del creador, estás
condenándote a ti y a tus hijos a una vida de vergüenza y a una eternidad de
sufrimiento. Muchas se quedan porque, tristemente, el miedo a desobedecer es
más fuerte que el deseo de libertad.

Romper ese código de silencio no fue fácil. Fui educada entre mujeres a las que
les decían: “mira y calla” o “ciega, sorda y muda”. Frases que por generaciones
repitieron en mi familia y que dejan una enseñanza no sólo de sumisión y
secretismo, sino de complicidad ante las injusticias que se presencian pero jamás
se nombran. Me tomó mucho tiempo darme cuenta que mi realidad estaba
creada para que en nuestro silencio se siguieran perpetuando violencias y se
repitieran patrones que nos lastimaban a todas. Las experiencias que contamos,
tanto las nuestras como las de otras mujeres, son las que están cambiando el
rumbo de nuestra historia. Esa historia en la que nosotras éramos lo menos, lo
pecaminoso, lo sucio. Esa historia que buscaba cubrirnos de pies a cabeza, que
nos quiere en silencio, que nos quiere con miedo y con culpa. Esa historia que
nos dice “eres libre” pero al mismo tiempo nos quita y limita, esa historia que
hoy ya no permitimos siga siendo escrita.

Con este artículo y nuestro podcast buscamos impulsar a más mujeres que
salieron con valentía de la secta a que cuenten sus experiencias, a que vuelvan a
escribir sus historias y que en conjunto podamos ayudar a muchas más a romper
el silencio, deteniendo los abusos que nos mantienen aisladas. No estamos solas,
somos muchas las que hemos encontrado nuestra voz y no volveremos a ser
silenciadas.

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