Principios propuestos para una
misión urbana
Kleber Gonçalves
Así como la diferencia entre misioneros transculturales y
la cultura destinada solo puede ser superada a través del
uso cuidadoso de la comunicación, si la iglesia urbana
desea tener éxito en comunicar el evangelio a los
posmodernos es esencial entender la perspectiva
posmoderna y algunos de los principios que pueden ser
usados para producir un diálogo.9 Esta última sección
recomienda principios seleccionados que deben
considerarse en una misión urbana sensible al
posmodernismo. Entre ellos están los principios
comunes, empíricos, antiguos para el futuro, de
integración y de narración.
Principio de la comunidad
Aproximadamente 15 años atrás, reflexionando sobre la
conferencia de 1989 de la Comisión de WCC para la
Misión Mundial y Evangelización, en San Antonio Texas,
el misiólogo David Bosch (1989, 137) observó el
surgimiento del tema de comunidad declarando que
“alcanzar a la comunidad pasará a ser uno de los
principales temas misiológicos” en los próximos años.
Con el surgimiento de la condición posmoderna en
mente, Bosch (1991, p. 472) reforzó su argumento en la
Transforming Mission, afirmando que “la comunidad es la
principal portadora de la misión”. Además, al final de su
libro publicado posteriormente en misiología para la
cultura occidental, Boch (1995, p. 60) escribió:
“La cuestión sobre la viabilidad de un
emprendimiento misionero para las personas
occidentales depende de la cuestión de la
naturaleza y de la vida de nuestras comunidades de
adoración locales en la medida en que facilitan un
discurso en el cual se incentiva la participación de
las personas con su cultura”.
Por otro lado, el reconocimiento del fracaso del culto
moderno individual también dio origen a la toma de
consciencia de la importancia de la comunidad. Los
estudiosos han reconocido la necesidad de comprender
mejor la relación entre los aspectos individuales y
sociales de la existencia humana (GRENZ, 1992, p. 20). En
lo que parece ser una contradicción, los posmodernos
quieren tener la libertad individual, pero en el contexto
de la comunidad. Leonard Sweet (1999, p. 34) presenta
una paradoja afirmando que “la búsqueda del
individualismo nos llevó a este lugar de hambre por
comunidad”. Van Gelder (2000b, p. 38) agrega:
“Las personas moldeas por la perspectiva
posmoderna tienden a estar en una caminata en
busca de una comunidad. La promesa del
Iluminismo de producir una libertad anticipada para
el reconocimiento propio llegó a ser para los
individuos racionales una jaula de hierro del
individualismo en el mundo posmoderno. Cualquier
sentido de identidad o significado personal entró en
colapso. El resultado para muchos ha sido un deseo
renovado de descubrir, encontrar y pertenecer a la
comunidad. Existe un puente natural para que el
evangelio sea proclamado por una comunidad
cristiana atractiva que sabe aceptar a las personas
donde están”.
En otras palabras, la generación posmoderna está más
abierta a relacionarse que antes, apartándose del
individualismo de la visión del mundo moderno en forma
de Iluminismo en una actitud común posmoderna. En
este contexto, y visto de una perspectiva de misión
urbana, la búsqueda posmoderna de relaciones es de
importancia fundamental. Como la urbanización y la
globalización tienen su efecto sobre la sociedad, la
mayoría de los habitantes de las ciudades viven en
diversos mundos culturales, con múltiples identidades y
participan de varias comunidades. Aun así, en la mayoría
de los casos su participación en tales comunidades
puede ser superficial o sin sentido.
La búsqueda de pertenencia
La condición posmoderna estuvo marcada por los
efectos de las circunstancias familiares disfuncionales,10
que, en gran parte, lleva a las generaciones
posmodernas más jóvenes a buscar una pertenencia en
lugares alternativos.11 En la mayoría de los casos esta es
una búsqueda de raíces, una búsqueda de familia y
amigos (CALLAHAN, 1990, p. 102).
En último análisis, los posmodernos esperan encontrar lo
que puede satisfacer su anhelo más profundo: un lugar
donde pueden pertenecer y ser aceptados. Además,
parece que el colapso de la visión del mundo moderno
realmente ha creado un deseo no solo por una
comunidad, sino de intimidad (LONG, 1997, p. 137) en un
contexto donde las personas pueden ser aceptadas y
valoradas como son. Por otro lado, los posmodernos
muchas veces entran en relaciones que les garantizan un
sentimiento de pertenencia, pero al final solo aumentan
el sentimiento de desesperación y alienación. Por
ejemplo, no es sorprendente que las personas más
jóvenes estén obsesionadas por sexo casual, siendo que
les proporciona la oportunidad de intimidad física y
emocional sin los riesgos de daño emocional que viene a
través del compromiso y la vulnerabilidad.12
La intimidad posmoderna está buscando extender una
dimensión horizontal en dirección a las relaciones
humanas y una dimensión vertical en dirección a lo
sagrado o lo espiritual (WUTHNOW, 1994, p. 51). Desde el
punto de vista de la misión cristiana, por lo tanto, la
búsqueda posmoderna de espiritualidad es en último
análisis la búsqueda de una relación con Dios, que a su
vez puede ser satisfecha por la experiencia de
pertenecer a una comunidad de seguidores de Dios, la
iglesia (GRENZ, 1999, p. 46).
La iglesia urbana como comunidad de pertenencia
La iglesia urbana es la comunidad cristiana designada
por Dios para llevar adelante su misión a los centros
urbanos del mundo. Como tal, desempeña un papel
crucial en el cumplimiento de la misión posmoderna.
Hunsberg (2002, p. 97) escribe: “Esperar que la iglesia sea
una comunidad es fundamental en el tiempo presente.
La nueva generación consecuente seguramente no
tolerará algo menos que eso”. Grenz (1992, p. 20), a su
vez, argumenta que “la transición a una era posmoderna
exige que repensemos la naturaleza de la iglesia, que
busquemos una renovación de nuestra visión de quiénes
somos como comunidad de Dios”. Para eso, es esencial
que la iglesia venga a comprender no solo su naturaleza
misionera intrínseca (ver BLAUW, 1962, p. 119-126), sino
también su identidad comunitaria.
Sin embargo, especialmente a causa de la creciente
indiferencia hacia la religión institucionalizada, los
posmodernos están a la búsqueda de una comunidad a
la cual pertenecer antes de encontrar un menaje para
creer. Richard Rice declara: “La pertenencia es el
elemento más importante en la vida cristiana. Prevalece
sobre el creer y el actuar. Las creencias y prácticas son
esenciales para la experiencia cristiana, claro, pero su
característica central, el elemento más importante y
amplio es la participación en la vida de la comunidad”
(RICE, 2002, p. 204).
En la comunidad, por lo tanto, los posmodernos pueden
experimentar creencias a las que están expuestos.
Entonces, pueden decidir afirmar públicamente esas
creencias y seguir a Cristo intencionalmente. Mientras
tanto, están a la búsqueda de una aceptación y de un
lugar seguro para expandir su propia identidad en el
contexto de la comunidad (RICHARDSON, 2000, p. 99-
100). Con el concepto de comunidad cristiana en mente,
la misión de la iglesia hacia los individuos urbanos
posmodernos debe tener una metodología y un foco
diferente. La iglesia urbana necesita emplear un enfoque
mucho más relacional, un enfoque que, de acuerdo con
Kimball (2003, p. 81), “reconstruirá la confianza y señalará
a Jesús como el único que puede ser siempre confiable”.
Comentando sobre la importancia de un enfoque
adecuado en el desarrollo de una verdadera comunidad
cristiana, Rice sostiene:
“Sí, la pertenencia es fundamental para nuestra
comprensión del cristianismo, sin embargo, el
propósito de evangelismo no es convencer a las
personas a cambiar sus ideas o sus acciones. Su
meta es incorporarlas a la comunidad cristiana para
compartir con ellos las ricas bendiciones de la
comunión cristiana. Una vez que estamos
conscientes de que pertenecer es nuestro objetivo
principal, podemos mostrar que eso incluye creer y
actuar, pero no vamos a hacer cambios en la
creencia y en el comportamiento como un objetivo
en sí mismo” (RICE, 2002, p. 121).
Por lo tanto, si se toma en serio, el desarrollo de una
auténtica comunidad cristiana a través de la iglesia local
será la fundación relacional básica para la misión urbana
y el cuadro básico para el ministerio en un ambiente
posmoderno.
Principio experiencial
Como ya fue mencionado en el capítulo cuatro del
presente estudio, la búsqueda de experiencia espiritual
es una de las tendencias características en el mundo
occidental en el inicio del siglo 21 (ver SWEET, 1992, p.
33). Los posmodernos, afirma Sweet (2000, p. 49), “están
hambrientos por experiencias [espirituales]”. Sin
embargo, este aparente interés en cuestiones
espirituales tiene más relación con el sentimiento
personal que con el interés en verdades espirituales. Los
posmodernos pueden estar interesados en desvendar
los problemas que lastiman el corazón, pero pueden no
estar interesados en desarrollar creencias para su mente.
La iglesia urbana, por lo tanto, debe considerar el
desarrollo de experiencias espirituales que sean
tangibles y reales. Compartir nuestra experiencia con
Dios puede ser más eficaz que intentar convencer a las
personas que ellas deben creer en Jesús o en la Biblia.
Así, como Richardson (2000, p. 51) señala, para la mente
posmoderna “la experiencia viene antes de la explicación”.
Sin embargo, es importante enfatizar que la experiencia
no sustituye la explicación, sino debe ser experimentada
antes. Un abordaje sensible al posmodernismo para la
misión urbana no debe transformarse en anti intelectual
y renunciar a todo lo que fue alcanzado por la visión del
mundo moderno basado en el iluminismo. Grenz (1996, p.
169) afirma:
“Ninguna experiencia ocurre en el vacío; ninguna
transformación nos llega más allá de una
interpretación facilitada por el concepto, la “trama
de creencias”, nosotros hacemos eso. Por el
contrario, la experiencia y los conceptos
interpretativos son recíprocamente relacionados.
Nuestros conceptos facilitan nuestra comprensión
de las experiencias que tenemos en la vida y
nuestras experiencias modelan los conceptos
interpretativos que empleamos para hablar sobre
nuestras vidas.13
En este nuevo contexto para la misión, la iglesia urbana
local debe disponer un ambiente en el que compartir
una experiencia personal con Dios puede discernirse de
manera tangible. Para este fin, en una sociedad
occidental orientada cada vez más por imagen, una
experiencia multisensorial con Dios puede ser de
profunda relevancia para la mente posmoderna.
La búsqueda de una experiencia visual
La ascensión de formas visuales, simbólicas e
interactivas de comunicación es de gran importancia
para la misión de la iglesia en la condición posmoderna
emergente (ver WEBBER, 1999, p. 133). Mientras en el
mundo moderno se afirma el proceso de comunicación
basada en palabras, en la condición posmoderna se
orientan por imágenes (ver SWEET, 2000, p. 860). Como
un gurú de negocios Peter Drucker (1989, p. 264) resalta,
“Trecientos años atrás, Descartes dijo: ‘Pienso, luego
existo’. Ahora vamos a tener que decir también: ‘Veo,
luego existo’. Desde Descartes, el énfasis ha estado en lo
conceptual. Cada vez más vamos a equilibrar lo
conceptual y lo perceptual”.
Así, en un contexto urbano posmoderno, la estética se
tornó el nuevo “lenguaje del poder” (SWEET, 2000, p. 93;
ver MILLER, 2004, p. 55). Rodney Clapp (2000, p. 102)
afirma que los posmodernos “cada vez se apartan más
de la palabra escrita y de los libros y se vuelven al poder
de la imagen fotografiada, televisada y digitalizada”.
Mitchell Stephens (1998, p. xii), a su vez, cree que la
imagen “tiene el poder de llevarnos a nuevos horizontes
y lugares filosóficos nuevos, así como la escritura lo hizo
una vez, la impresión lo hace nuevamente”. Escribiendo
sobre el poder de las imágenes de video, Stephens
(1998, p. xii) agrega:
“En el siglo XVI, el escritor francés Rabelais exclamó:
‘La impresión […] está ahora en uso, tan elegante y
correcta que no puede quedar mejor’. Ya pasó casi
medio milenio. Mi argumento, solo como indicación,
es que finalmente estamos listos para imaginar
mejor y que una vez más producimos una forma de
comunicación suficientemente poderosa que nos
ayuda a desarrollarnos en las formas de
conocimientos mucho más avanzados”.
Iglesia relevante
Jim Wilson (2002, p. 24) resalta que, en este nuevo
contexto cultural, los posmodernos que buscan una
experiencia espiritual no son creyentes en “palabra”, sino
en personas que están buscando razones para creer o
principios a seguir, o sea, son guiadas por la ‘imagen’ que
por mucho tiempo tratan de sincronizar su alma con Dios
a través de la belleza, ritmo e intuición. Prefieren la
“imagen” a “mil palabras”. En la cultura posmoderna
emergente, por lo tanto, el uso de metáforas y la
búsqueda de conceptos visuales son elementos
primordiales en el proceso de la comunicación y los
mismos principios y proposiciones cognitivas llegaron a
la ‘era moderna’. Sweet (1999, p. 34) concuerda, “las
preposiciones se pierden en oídos posmodernos; pero
escuchan las metáforas y ven y entienden las imágenes”
(ver SWEET et al., 2003, p. 155).
En el ambiente actual orientado por la imagen, sin
embargo, la iglesia de un modo general no comenzó a
abordar esta tendencia de comunicación de forma
adecuada (ver DOWSETT, 2000, p. 458). Por desgracia, la
misión de la iglesia para las culturas posmodernas
enfrentó serios problemas por su incapacidad de adaptar
sus métodos a esta nueva tendencia. En la mayoría de
los casos, las iglesias urbanas todavía están abordando a
los posmodernos de la manera tradicional, insistiendo
solo en la utilización de palabras. Leonard Sweet y Brian
McLaren (2003, p. 154-155) admiten:
“La iglesia tiene un problema de imagen. En una
imagen donde todo es cultura, las imágenes han
sustituido las palabras como un vernáculo cultural.
La iglesia está fuertemente “logocéntrica” (o sea,
basada en palabras), nerviosa en torno de las
imágenes y alienada en su propia imagen rica en
pedigree. Esto contrasta con el hecho de que hasta
los niños de hoy están de manera sorprendente
aprendiendo dentro de una tradición visual”.
Dado que la condición posmoderna emergente produce
una generación que aprende visualmente a través de la
televisión, las películas e Internet, la iglesia debe ser
tridimensional en sus métodos de enseñanza
incorporando elementos visuales no como un sustituto
para las palabras, sino en apoyo a ellas (KIMBALL, 2004,
p. 188). Estas formas nuevas de comunicación, afirma
Stephens (1998, p. xii), “deben ser reivindicad[as] como un
método visual distinto para compartir el evangelio”. Así,
la lección para la iglesia es sencilla: las imágenes crean
emociones y las generaciones posmodernas van a
responder a la experiencia que ellas crearon (SWEET,
2000, p. 86). Anderson (1992), p. 21) señala: “El viejo
paradigma enseñó que si usted tiene la enseñanza
correcta, podrá experimentar a Dios. El nuevo paradigma
dice que si usted experimenta a Dios tendrá la
enseñanza correcta”. En la condición posmoderna, por lo
tanto, la verdad también se expresa en imágenes
(GUDER, 1998, p.37).14
Aun así, la visión es el único elemento que debe ofrecer
la iglesia sensible al posmodernismo para un encuentro
experimental con Dios. Las iglesias urbanas han
empleado cada vez más lo que se llama experiencia
“total” o “multisensorial” en sus reuniones de adoración a
fin de atraer a los posmodernos para el mensaje del
evangelio.
La iglesia urbana como experiencia multisensorial
Los seres humanos fueron creados por Dios con la
capacidad de experimentar el mundo que nos rodea a
través de nuestros cinco sentidos. En el contexto de
culto y adoración, Kimball (2003, p. 128) alega: “Dios nos
creó como criaturas multisensoriales y eligió revelarse a
nosotros a través de todos nuestros sentidos. Por lo
tanto, es natural que adoremos usando todos nuestros
sentidos”. Ese hecho es todavía más significativo en la
condición posmoderna.
Los posmodernos están buscando por una integración
espiritual que va más allá del mero entretenimiento
(CELEK; ZANDER, 1996, p. 67). Ellos están a la búsqueda
de una experiencia espiritual que involucre todos los
sentidos (ver KITCHENS, 2003, p. 51). Por esta razón, las
experiencias de adoración multisensoriales son
extremamente atractivas para la mente posmoderna. Las
generaciones posmodernas, afirma Kitchens (2003, p. 50-
51), “no están interesadas en un contacto ‘mental’ […] de
adoración que puede haber apelado a los cristianos
modernos. Ellos simplemente quieren experimentar y
sentir la presencia de Dios en la adoración”. Hudson
(2004, p. 66) afirma: “La adoración en la era moderna está
totalmente enfocada en el aprendizaje sobre Dios. En la
era posmoderna la adoración se enfocó en experimentar
a Dios. Los posmodernos ven la adoración como una
cuestión del corazón y no de la cabeza”.
En toda la Escritura, Dios usó eventos multisensoriales
para mejorar la enseñanza verbal (KIMBALL, 2003, p. 188).
La experiencia bíblica de adoración, como está
representada tanto en el santuario del AT como en el
templo de Jerusalén, era mucho más que solo oír las
palabras de un mensaje que está siendo presentado.
Estas experiencias de adoración retratan con
representaciones gráficas de color, sabor, aroma,
espacio y acción en la adoración (por ejemplo: Éxo. 25-
28; Núm. 16; Luc. 1:9, 10). En Apocalipsis 4, por ejemplo,
“el lenguaje utilizado invoca emoción y humor por su
descripción estética del trono de Dios en el cielo”
(KIMBALL, 2004, p. 81). En términos prácticos, la
adoración multisensorial incluye ver, oír, probar, oler,
tocar y experimentar. En la búsqueda de proporcionar un
ambiente en el cual una experiencia
experiencial/multisensorial de Dios es posible, las
iglesias sensibles al posmodernismo emergente deben
incluir reflexión, silencio, canto, predicación, y el uso de
las artes en sus celebraciones de adoración.15
El concepto de futuro antiguo
Otra tendencia significativa que surgió entre las iglesias
sensibles al posmodernismo es una reincorporación del
pensamiento antiguo y prácticas cristianas en
expresiones religiosas contemporáneas. En Inglaterra,
este enfoque se llama “ortodoxia radical”; en Nueva
Zelandia y Australia se describe como “culto alternativo”;
en América del Norte se identifica como “futura antigua
fe” (SWEET, 2000, p. 46). De acuerdo con Robert Webber,
uno de los principales defensores del “principio futuro
antiguo”, la proposición principal por detrás de esa nueva
tendencia reside en el hecho de que “el camino al futuro
atraviesa el pasado” (WEBBER, 1999, p. 7).16 En otras
palabras, es un intento de reintroducir el cristianismo
clásico en el contexto de la condición posmoderna
emergente.
La iniciativa de reafirmar el cristianismo primitivo, a fin de
reavivar la presencia de la iglesia en las culturas
contemporáneas, no es un desarrollo nuevo. Lo mismo
sucedió durante la Reforma Protestante del siglo XVI
(WEBBER, 1999, p. 25). Sin embargo, la reforma testificó
una reacción masiva contra el suntuoso simbolismo de la
iglesia católica, y como consecuencia directa “el bebé
fue echado fuera con el agua del baño; el simbolismo de
la adoración sensorial fue totalmente rechazado en vez
de ser reinventado”. (STETZER, 2003, p. 147). Stetzer
(2003, p. 147) señala que, “en muchos aspectos, el deseo
posmoderno es imitar la acción de la Reforma, pero no
su esencia. La recuperación de la fe experiencial del
pasado con sus símbolos sagrados y doxología
compartida une a personas de una forma que no es
familiar para una sociedad individualista”.
La búsqueda del significado y la importancia de la vida
en medio de la característica fragmentada y aislada de
las sociedades urbanas occidentales abrió la puerta a un
redescubrimiento del cristianismo clásico. Como
resultado, Webber (1999, p. 27) afirma que “el tipo de
cristianismo que atrae a la nueva generación de
cristianos y habla de forma eficaz para un mundo
posmoderno es aquel que enfatiza verdades primarias y
auténtica personificación”, como se ha experimentado en
las antiguas tradiciones de la iglesia primitiva.
La búsqueda de significado
En una sociedad urbana cada vez más pluralista y
dinámica, un sentimiento de desraizar y de ansiedad ha
contribuido a la búsqueda de un sentido de significado,
especialmente entre las generaciones más jóvenes
(GIBBS, 2000, p. 163)17. Como resultado directo, esa
búsqueda de significado ha atraído a los posmodernos a
prácticas litúrgicas antiguas de espiritualidad; como un
retorno a la “tradición”, no al “tradicionalismo” (GIBBS,
2000, p. 163). El rechazo posmoderno de la religión
institucionalizada claramente se opone al formalismo y el
lenguaje incomprensible del tradicionalismo de la iglesia;
sin embargo, al mismo tiempo, los posmodernos tratan
de redescubrir los elementos espirituales de la antigua
tradición cristiana. Gibbs (2000, p. 161) destaca: “Esta
atracción está destacada por el deseo de los jóvenes de
afirmar raíces que compensen la transitoriedad y la
fragmentación del mundo en que crecieron”.
La asociación con el valor establecido y la riqueza de la
tradición cristiana, especialmente cuando es reforzado
en experiencias multisensoriales, conduce a los
posmodernos a un punto de poder involucrarse en la
jornada de conocer a Cristo y experimentar las
alegaciones del cristianismo, así como buscar el
significado y la verdad para sus propias vidas (STETZER,
2003, p. 147). La atracción que tienen las disciplinas
espirituales antiguas y los símbolos sobre la mente
posmoderna puede ser un elemento eficaz en la
comunicación relevante del mensaje del evangelio,
especialmente entre las generaciones más jóvenes
(JONES, 2003, p. 4-7).
La iglesia urbana como comunidad “futuro-antigua”
En muchos aspectos semejantes a la condición
posmoderna contemporánea, el cristianismo clásico fue
modelado en una sociedad pluralista, pagana, y
relativista. Dentro de contexto occidental urbano actual,
la iglesia moderna falló al responder a muchas preguntas
de los posmodernos. El interés contemporáneo en la
tradición y el simbolismo, sin embargo, es una de las
marcas del cambio posmoderno a la espiritualidad y a
una perspectiva más tradicional de la iglesia (ver BAKER,
2004, p. 27-28; KIMBALL, 2003, p. 26). Kimball (2004, p. 91)
escribe:
“El mundo posmoderno es un rico contexto cultural
para la recuperación de una visión clásica de la
iglesia. El cambio de filosofía de la razón al misterio
provee una apertura a la discusión de una visión
sobrenatural de la iglesia conectada a la obra de
Cristo. El cambio del individualismo al significado de
la iglesia como reflejo de la comunidad eterna de
Dios expresada en la Trinidad; el énfasis en la teoría
de la comunicación, del lenguaje de imágenes y
metáforas, nos permite recuperar las imágenes
bíblicas y las marcas históricas de la iglesia”.
Para las generaciones posmodernas emergentes, los
símbolos son nuevos y significativos (GIBBS, 2000, p. 129),
y debido a su énfasis visual las formas simbólicas de
comunicación se volvieron un aspecto esencial para la
forma posmoderna de pensar (WEBBER, 1999, p. 35),
Webber 1999, p. 107) agrega:
“El papel del simbolismo en un mundo posmoderno
no es el de recrear el simbolismo ceremonial de la
era medieval, sino el de comprender y aplicar el
simbolismo de la atmósfera como el sentimiento de
temor y reverencia. Así como para recuperar la
belleza del espacio, y acciones simbólicas de la
adoración y restaurar los sonidos de la música y la
tracción de las artes. Esas formas simbólicas de la
presencia y verdad de Dios son mediadas para
nosotros. En esas acciones simbólicas, llevamos lo
conocido y relevante a lo desconocido, para que
sea desarrollado para nosotros como el misterio de
lo trascendente”.
Para este fin, las iglesias urbanas con la sensibilidad del
posmodernismo pueden emplear la práctica de formas
de adoración antiguas y relevantes, así como el
renacimiento de la comprensión y enseñanza sobre
raíces judías de la fe cristiana. Por ejemplo, algunas de
estas iglesias han incluido la Pascua como parte de su
calendario de adoración, aprovechando esta oportunidad
para enseñar algunos aspectos de las prácticas del AT
para las generaciones posmodernas emergentes
(KIMBALL, 204, p. 93).
El principio de integración
La era moderna divide cada aspecto de la vida humana
en áreas especializadas, lo que resulta en una sociedad
fragmentada y desconectada. Esta división es todavía
más visible en una sociedad urbanizada y posmoderna.
Los habitantes urbanos perdieron el sentido de todo,
como todo se relaciona con todo el resto. Por otro lado,
los seres humanos fueron creados como personas
enteras, con dimensiones físicas, mentales y espirituales.
Por esta razón, los posmodernos otorgan gran
importancia a considerar la vida humana como un todo,
mientras buscan incluir a todas las dimensiones de la
vida humana en su experiencia personal. Poe afirma que
“la posmodernidad rechazó el conocimiento y la
segmentación de la experiencia. Integración y
pensamiento holístico se convirtieron en características
de la mente posmoderna emergente” (POE, 2001, p. 28).
Los posmodernos anhelan ese tipo de integración. La
verdad como una mera noción filosófica y conceptual,
sentida a través de sentimiento y acción, no tiene sentido
para ellos (RICHARDSON, 2000, p. 46). Como resultado
directo, especialmente por causa de la conexión
intrínseca entre las dimensiones de la vida humana, no
abordar la integración de todas las dimensiones
humanas trae serias consecuencias a los esfuerzos de la
misión urbana en la condición posmoderna. Claerbaut
afirma:
“La privación en cualquiera de esas dimensiones
tiene un efecto de amortecimiento sobre los demás,
siendo que todas las partes están interrelacionadas
e integradas. Sufrir físicamente hace difícil el buen
funcionamiento psicológico. Deficiencias
emocionales graves son a veces vistas como
deficiencias físicas. Una vida espiritualmente estéril
siempre se revela en la depresión y en el bajo nivel
de energía. Así como en la Teología, no podemos
dividir a las personas en partes, también en el
ministerio no debemos disecar, sino servir a
personas enteras. El alma sin el cuerpo es un
fantasma; el cuerpo sin el alma es un cadáver. En
verdad, solo un abordaje holístico para el ministerio
puede satisfacer las indicaciones bíblicas y las
necesidades de la ciudad” (CLAERBAUT, 1983, p. 17).
Por lo tanto, un enfoque integrador en la misión se
convierte en un elemento primordial en la respuesta a
los anhelos de los habitantes urbanos que han sido cada
vez más afectados por conceptos posmodernos. Este
enfoque, sin embargo, no puede ser disociado de la
presencia genuina de la iglesia urbana en la
preocupación de la comunidad. Solo cuando la iglesia
sea real y presente, una característica básica que los
posmodernos están buscando, será revelada de manera
auténtica.
La búsqueda de la autenticidad
La autenticidad es indispensable para los posmodernos
emergentes, y eso se hace realidad solo cuando la
iglesia es real y presente. Esta “presencia” es a lo que se
refieren los misiólogos como ministerio encarnador, lo
que significa que la iglesia debe ser parte de la
comunidad que busca alcanzar.18 La iglesia debe ser
sensible a los posmodernos y estar dispuesta a
conocerlos en su propio territorio lista para comunicar el
evangelio de una forma que ellos puedan comprenderlo”
(KIMBALL, 2003, p. 8). Stetzer (2003, p. 141) escribe:
“Tenemos que ir hasta los posmodernos a fin de
alcanzarlos. Debemos vivir en sus barrios, comer en sus
restaurantes y hacer compras en sus tiendas. Vivir en
Cristo debe ser una realidad diaria”. En el contexto de la
condición posmoderna, sin embargo, la presencia real
difícilmente se alcanza sin una relación de confianza
dentro de la iglesia urbana.
Debido a su escepticismo con relación a la autoridad y
las estructuras de autoridad, los posmodernos deben ver
las alegaciones del cristianismo a través de individuos
que pueden ganar gradualmente su confianza y respeto
(GIBBS, 2000, p. 69). Bevan Herangi (2002, p. 7), un joven
moldeado por la cultura posmoderna alega:
“Aunque signifique una experiencia dolorosa,
debemos saber la verdad. Al contrario de otras
generaciones que barrieron una gran cantidad de
problemas bajo la alfombra, nosotros queremos
enfrentar los hechos. Nosotros simplemente no
creemos en lo que dicen las personas, esperaremos
para ver lo que ellas viven”.
En una vena similar, Smith (2001, p. 196) afirma que los
posmodernos “simplemente quieren ver lo real, como un
honesto y buen cristiano, alguien que crea
verdaderamente en los misericordiosos, compasivos,
ejemplos de Jesucristo”. Ellos están en busca de
individuos y comunidades que sean genuinas y
auténticas. Tabb (2004, p. 110) confirma:
“El método principal por el cual podemos cumplir
nuestra misión de hacer conocer a Cristo en el
mundo posmoderno, es volviéndonos
dolorosamente auténticos. Tenemos que ser reales
antes que nuestras palabras signifiquen algo. Aun
así, el mensaje de nuestra vida debe ser mucho más
fuerte que las palabras que salen de nuestras
bocas”.
Alcanzar a los posmodernos comienza por tomarse sus
preguntas y reservas de forma seria (HENDERSON, 1998,
p. 209). La cuestión principal en su mente ya no es “¿Es
verdad?”, sino “¿Esto es real?” (STETZER, 2003, p. 140).
Como Jim Wilson (2002, p. 113-114) alega, los
posmodernos se esfuerzan por una “comunidad
auténtica y por el incentivo para que las personas sean
leales con ellas mismas, con Dios y con los demás”. Para
ellos, la iglesia no necesita ser perfecta; solo debe ser
auténtica.
La iglesia urbana, por lo tanto, debe concentrarse mucho
más en la presencia y en las relaciones que producen
confianza, en vez de la divulgación agresiva en la
búsqueda de decisiones inmediatas. El mensaje
comunicado por la vida y la presencia de la iglesia
urbana se vuelve más importante para los posmodernos
que el mensaje entregado solo por palabras. Para este
fin, una oportunidad de servir a su comunidad y su
mundo es un poderoso instrumento para atraer a los
posmodernos a Cristo.
La iglesia urbana en el servicio al prójimo
Las generaciones posmodernas emergentes están
buscando oportunidades que sean útiles a su comunidad
y a su mundo. Andrew Black (apud WEBBER, 2002, p. 49)
afirma que “esta generación [está] buscando nuevas
maneras de servir al prójimo […]. Hay un creciente deseo
de trabajar en conjunto para resolver problemas en un
nivel más administrable”. Los posmodernos, señala
Kitchens (2003, p. 71), están “interesados en encontrar un
lugar para comprometer sus vidas y hacer la diferencia
en el mundo”. Aun a través del lenguaje no religioso, los
posmodernos expresan sus necesidades religiosas, tales
como la necesidad de sentido y propósito en la vida, la
necesidad de significado, la necesidad de hacer una
contribución y la necesidad de ser necesario. Así, uno de
los elementos clave en el compromiso de la mente
posmoderna es el servicio (STETZER, 2003, p. 141).
Visto que las generaciones posmodernas emergentes
comienzan a interactuar e involucrarse con la misión de
la iglesia, parecen estar particularmente preocupadas
con la situación de los pobres en los centros urbanos
(WEBBER, 2002, p. 49). Kitchens (2003 p. 72) afirma,
“Para ellos no es suficiente enviar dinero para
apoyar la misión de la denominación o ayudar a
financiar alimentos o refugio. Los posmodernos
desean enviarse a sí mismos, no solo sus dólares
para la misión. Ellos están buscando maneras de
participar directamente en trabajar por justicia,
proporcionando actos de hospitalidad y servicio y
ofreciendo cura para los que la necesitan”.
Las misiones de corto plazo también son una poderosa
forma de involucrar a los posmodernos en el servicio. A
los posmodernos le gusta viajar; en consecuencia, estar
en otro ambiente cultural y ver que Dios los usa es una
experiencia impactante en la mente posmoderna.
Además, cuando los posmodernos colocan sus manos
en un proyecto, su mente y corazón se vuelven
completamente unidos al servicio. Así, la experiencia
personal que proporcionan las misiones a corto plazo no
es rápida o fácilmente olvidada en la mente posmoderna
(CELEK; ZANDER, 1996, p. 140).
Los posmodernos ven que la fe auténtica produce un
servicio verdadero y el valor de la fe cristiana se
confirma, así la experiencia particular de servir a otros
puede llevarlos más lejos en su jornada con Cristo. La
iglesia urbana, por lo tanto, debe ofrecer oportunidades
para desafiar a los posmodernos a involucrarse en el
servicio de sus comunidades locales y globales.
Los principios para contar historias
En las sociedades antiguas, el uso de la narración fue
uno de los elementos vitales para organizar la vida.19 De
la misma forma, durante cientos de años la cultura
occidental estuvo basada en la tradición bíblica y guiada
por la amplia narración de las acciones de Dios en la
historia humana. Durante el desarrollo del Iluminismo
basado en la visión del mundo moderno, sin embargo, la
secularización de las narraciones históricas redujo
drásticamente la importancia de las historias para dar
sentido a la vida de las personas (CELEK; ZANDER, 1996,
p. 140). Hahn y Verhaager (1998, p. 24) comentan sobre
eso.
“¿Quién necesita de historias o mitos para dar
sentido al mundo cuando nosotros tenemos las
ciencias exactas? Historia y mito se vuelven
términos peyorativos para describir cuentos que
pueden haber sido útiles para los premodernos y las
audiencias tecnológicas poco sofisticada, pero no
para las personas modernas”.
En un artículo pionero, Robert Jenson (1993, p. 19)
argumenta que el mundo posmoderno es el único “que
perdió su historia”. Para la mente posmoderna, no hay
ninguna historia amplia que explique todos los aspectos
de la vida humana. Por el contrario, “ahora hay una
infinidad de historias contradictorias, ninguna más válida
que cualquier otra” (HAHN; VERHAAGEN, 1996, p. 103).
Van Gelder (2000b, p. 38) concuerda:
“Las personas moldeadas por la cultura
posmoderna han crecido escépticas de principios,
reglas y leyes que son separadas de verdades que
deben ser obedecidas o seguidas […] El sentido
posmoderno de inserción del conocimiento humano
y el carácter perspectivo de todo conocimiento
significa que la comprensión está enraizada dentro
de una narración, una historia […]. El desafío es el
hecho de que estamos a la deriva en un mar de
historias posmodernas en competencia, las que se
perciben como socialmente construidas y relativas”.
En último análisis, el dilema para la misión se centraliza
en la posición cristiana acerca de la universalidad de la
historia de Dios, lo que se percibe como inválido por el
ethos posmoderno. Las narraciones todavía son válidas
en la concepción posmoderna, pero se las ve solo por su
utilidad local en vez de universal. Así, los posmodernos
fueron afectados por el empobrecimiento y la pérdida de
sentido de identidad en la vida sin una conexión mayor o
amplia de la historia. Además, esta crisis de identidad
potencial creada en la condición posmoderna puede
llevar al punto en que la experiencia humana pierde su
finalidad.20 En la búsqueda de identidad, la iglesia urbana
puede ser un maestro contador de historias.
La búsqueda por identidad
Debido al hecho de que los seres humanos fueron
creados con curiosidad, complejidad y una profunda
necesidad de significados, el deseo posmoderno en
comprender las cuestiones mayores de la vida abrió el
camino para el uso de la narración como un instrumento
eficaz para alcanzar a los posmodernos. Esto ocurre
porque la vida para ellos es en sí un drama o una
narración. Una de las principales preocupaciones en la
mentalidad posmoderna gira en torno del desarrollo de
historias que pueden definir la identidad personal y dar
propósito y forma a la existencia social dentro de una
determinada comunidad (ANDERSON, 1990, p. 107-108).
Escribiendo sobre la importancia y el poder de las
historias en encontrar la propia identidad, Annette
Simmons (2002, xvii) afirma: “Todo el mundo tiene un
corazón. Todo el mundo, en el fondo, quiere sentir
orgullo de su vida y sentir cuán importante es, esta es la
vena de poder e influencia [de] contar historias”.21 Graham
Johnston, a su vez, afirma que “las historias nos colocan
en contacto con las personas en un nivel de humanidad
compartida. Contar historias puede encender la
imaginación del oyente y ayudar a las personas a
identificarse con una idea, de manera que desencadene
importancia y significado (JOHNSTON, 2002, p. 155).
Contar historias también tiene el poder de tocar el
corazón humano en su nivel más personal, como señala
Miller:
“Mientras se ven los hechos a partir del lente de un
microscopio, las historias se ven a partir del lente
del alma. Las historias nos dirigen en cada nivel.
Hablan a la mente, el cuerpo, las emociones, el
espíritu y la voluntad. En una historia una persona
puede identificarse con situaciones que él o ella
nunca vivieron. La imaginación del individuo está
libre para soñar, lo que antes era inimaginable”
(MILLER, 2004, p. 33).
Además, la cognición humana está basada en contar
historias y es reconocida como uno de los instrumentos
fundamentales del pensamiento humano (SWEET, 2000,
p. 124). En su estudio pionero sobre la influencia de
contar historias, Anderson y Foley afirman que las
historias tienen el poder de atraer nuestras mentes,
especialmente porque nuestra propia existencia está
organizada en forma de narración. La experiencia
humana está estructurada en el tiempo y en la narración.
Nosotros comprendemos nuestras vidas no como
acciones desconectadas o de eventos aislados, sino
como términos de una narración. Nosotros idealizamos
nuestra vida como una trama de historias, una novela
histórica o una miniserie en el aire. Pensamos en
historias, a fin de tejer juntos una coherente e
interminable sucesión de personas, fechas y hechos que
llenan nuestras vidas. El modo narrativo, más que
cualquier otra forma de auto relato sirve para fomentar el
sentido de movimiento y proceso de la vida individual y
humanitaria. En ese sentido, la estructura narrativa es una
necesidad humana. Las historias nos unen y también nos
mantienen separados. Contamos historias a fin de vivir
(ANDERSON, FOLEY, 1998, p. 4).
Además, contar historias es un instrumento importante
para establecer significado e integrar el propio pasado y
futuro con lo que se observa en el presente. En otras
palabras, contar historias es una forma primaria de
expresión humana de quienes somos, de dónde vinimos
y lo que anticipamos en nuestras vidas (MCADAMS, 1997,
p. 27; ver ANDERSON; FOLEY, 1998, p.5). Por lo tanto, la
búsqueda humana por identidad requiere
inequívocamente, en mayor o menor grado, el
despliegue de nuestros orígenes. Esta es una de las
razones básicas para la importancia de conocer las
historias relacionadas con nuestro nacimiento. Anderson
y Foley (1998, p. 59) además afirman que:
“Las historias de nuestro nacimiento son poderosas.
Aunque cada individuo sea un agente en su
narración, desde el inicio y aunque sea posible
reformular la historia de nuestros orígenes, las
historias sobre nuestro nacimiento moldean
nuestras expectativas propias y del mundo”
(ANDERSON; FOLEY, 1998, p. 59).
Sin embargo, la búsqueda humana final por la identidad
solo puede encontrarse en Dios, la fuente original de la
vida humana (Sal. 139:13, 14). Henderson afirma “La
identidad está tejida en nosotros como seres creados. La
cuestión no es hacer nuestra identidad, sino descubrirla.
De la misma forma que un artista valora una obra de arte,
Dios tiene el placer de valorizarnos. La identidad no
puede encontrarse fuera de quien nos creó”
(HEMDERSON, 1998, p. 215). En este contexto, existe un
puente natural a la proclamación del evangelio para la
mente posmoderna por medio de una historia narrada.
En la historia de Dios sobre la vida y su significado, los
posmodernos finalmente pueden llegar a comprenderse
a sí mismos y al mundo que los rodea en su búsqueda
por la identidad personal y colectiva. (GELDER, 2000b, p.
38).
La iglesia urbana como maestra contadora de historias
Para comunicarse de forma eficaz con la condición
posmoderna, la iglesia urbana debe tener la capacidad
de pensar de manera creativa y de adaptarse
sabiamente. Para este fin, una confianza creciente en
contar historias puede ser una manera eficaz para alentar
decisiones para Cristo entre los posmodernos.
A pesar de su rechazo a las narraciones como meta, los
posmodernos dan gran valor al poder de la historia,
historias especialmente reales (ANDERSON; FOLEY,
1998, p. 3=19). Mercer (1995, p. 336) afirma que la mente
posmoderna reconoce que la identidad personal “se
experimenta en la historia de vida desplegándose de
momento en momento y cruzando la vida de otros con el
cambio de imágenes y creencias”. Contar historias
produce experiencias, y esas experiencias abordan las
preocupaciones de la vida humana de manera más
eficaz, invitando a los que comparten esas experiencias a
una participación real y activa en la historia contada. Así,
la experiencia y el contar historias caminan lado a lado
en el desarrollo de confianza en los posmodernos, que
en la mayoría de los casos no será simplemente
realizada a través del enfoque más tradicional de
comunicación. Simmons (2002, p. 3) reflexiona:
“Las personas no quieren más informaciones. Están
hartas de informaciones. Quieren fe […]. Y la historia
es su camino para el desarrollo de la fe. Contar una
historia significativa significa inspirar a sus oyentes a
que lleguen a las mismas conclusiones que usted
logró tomar por sí mismo, que crean lo que usted
dice y hagan lo que usted quiere que hagan. Las
personas valoran sus propias conclusiones más que
las suyas. Solo tendrán fe en una historia que
realmente les haya sucedido a ellos. Una vez que
las personas hacen su historia, su historia, usted ha
aprovechado la poderosa fuerza de la fe”.
Las iglesias urbanas sensibles al posmodernismo, por lo
tanto, deben proporcionar oportunidades en las que las
historias individuales puedan ser comparadas y
transformadas por la historia de Dios, o sea, la narración
de las Escrituras. Eso puede suceder cuando la iglesia
ayuda a los posmodernos a entender el panorama de las
acciones de Dios en la historia y como se interrelaciona a
su propia historia” (HAHN; VERHAAGEN, 1988, p. 31; ver
WEBBER, 2002, 50). Hahn y Verhaagen (1998, p. 28)
agregan:
“Un discípulo es alguien cuya trayectoria muestra
que está siendo atrapado en una historia mayor que
la suya y también cómo su carácter está siendo
moldeado y transformado para reflejar el carácter
del narrador […] Un discípulo está convencido en su
corazón de que su vida no es una serie de eventos
desconectados, aleatorios, sino que es un jugador
en el mayor drama de todos los tiempos, el drama
de un Dios que ama, pero es rechazado por su
amada. Este es un Dios que entra en el espacio y en
el tiempo en una misión de rescate cósmico para
capturar corazones y vidas para el día cuando haga
nuevas todas las cosas”.
Cuando la historia de Dios comienza a desafiar las
historias personales y locales de los posmodernos, sus
mentes serán tocadas en un lugar donde los hechos y las
informaciones cognitivas rechazadas anteriormente
podrán ahora ser recibidas, y una transformación podrá
ocurrir eventualmente. En este punto, cuando los
posmodernos identifiquen al gran narrador (ver Mat.
13:34) y encaminen su propia historia con sus propósitos,
solo entonces, la iglesia debe desafiar las
presuposiciones de los posmodernos de que las
narraciones como meta son valederas. Smith (2001, p.
189) argumenta:
“La iglesia debe desalentar a las personas, dentro y
fuera, a tratar la historia de Dios como cualquier otra
historia. La historia de Dios, según la creencia
cristiana, es la gran narración en un momento en
que ninguna historia es considerada superior y
ninguna gran narración debería existir, y es así como
debe ser presentada”.
Además, como Charles Taber (2002, p. 189) observa:
“El evangelio del Reino de Dios es la única narración
con meta universal válida, la única que no es
brutalmente homogenizada y totalitaria porque es la
única basada en el amor sacrificial en vez del poder
mundano. La única ofrecida por un rey en la cruz, la
única ofrecida por un león conquistador que acaba
de abatir una oveja. Esta es la garantía de que no es
totalitaria. El Pentecostés, si se lo entiende
correctamente, también es la garantía de que no es
homogenizada”.
Finalmente, al contar la historia de Dios, la iglesia urbana
permitirá a los posmodernos experimentar” su utilidad y
verdad, encontrada en la historia que trasciende y se
refiere a todas las otras historias” (SMITH, 2002, p. 190).
Sin embargo, la iglesia urbana encontrará poco éxito si
ella contesta el rechazo posmoderno de las narraciones
anteriores como una meta, de la experiencia que la
historia de Dios puede crear en la mente posmoderna.
Por eso es más apropiado dejar que la historia de Dios
gane credibilidad por sí misma, como el Espíritu Santo
trabaja para traer al corazón posmoderno las reflexiones
serias sobre la fe cristiana. Miller (2004, p. 41) pregunta:
“¿Podemos confiar en nuestro pueblo [los candidatos a
posmodernos] y el Espíritu Santo, lo suficiente para
permitir que piensen por sí mismos? ¿Podemos dejar
algo al descubierto sabiendo que la conclusión puede no
venir hasta el fin de la tarde de ese día, semana, mes o
año?”. Estas son cuestiones serias que las iglesias
urbanas deben ser capaces de responder si el foco de su
misión es, en efecto, alcanzar la mente posmoderna para
Cristo.
Resumen
El cambio de paradigma de moderno a posmoderno trae
un momento de inseguridad y al mismo tiempo repleto
de desafíos y oportunidades para la misión urbana.
Debido a las fuerzas motrices de la urbanización y de la
globalización, la condición posmoderna nos convoca
especialmente a una reevaluación de la estrategia y de
los métodos de la misión urbana que fueron previamente
desarrollados para alcanzar a los individuos orientados
por la visión del mundo moderno.
La transición de un mundo moderno a otro posmoderno
revela un cambio a partir de una cultura basada en la
razón de una cultura basada en la experiencia; a partir de
una cultura basada en la producción a una cultura
basada en el consumo; a partir de una cultura basada en
la confianza en el futuro a una cultura basada en el
pesimismo del presente (e ignorancia del pasado); a
partir de una cultura basada en palabras a una cultura
basada en bytes; a partir de una cultura basada en lo
local o global a una cultura basada en lo glocal.
Seguramente todos los desplazamientos de arriba tienen
implicaciones profundas para la misión de la iglesia
urbana.
Por otro lado, la misión urbana para la condición
posmoderna puede estar basada en ciertos principios
aplicables en las sociedades urbanas occidentales. En la
búsqueda posmoderna de pertenencia, la iglesia urbana
debería ser la comunidad donde pertenecer. En la
búsqueda posmoderna de imágenes, la iglesia urbana
debería ser un lugar de experiencias multisensoriales. En
la búsqueda posmoderna de significado, la iglesia urbana
debería ser un lugar en el que las raíces de la fe cristiana
son presentadas y comprendidas. En la búsqueda
posmoderna de autenticidad, la iglesia urbana debería
ser un lugar de verdadero servicio a otros. En la
búsqueda posmoderna de identidad, la iglesia urbana
debe narrar la gran historia que terminará por
transformar la mente posmoderna.
+ recursos
C L ICK AQUÍ
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9
Van Gelder, 2000b, p. 37) afirma: “Están disponibles posibles puentes para
los que quieren ser misioneros para las personas que viven dentro de la
visión del mundo del posmodernismo. Buscar tales puentes es un sonido de
principio misiológico y la historia de las misiones está llena de ejemplos de
como ha funcionado eso a lo largo de los siglos”.
Celek y Zander (1998, p. 15-21) señalan el hecho de que la disolución de los
10
valores llevó a la generación posmoderna emergente a sentirse sola,
abandonada y alienada (ver HAHN; VERHAAGEN, 1998, p. 15-21; 1996. P. 35-
43).
11
De acuerdo con Myers (2003, p. 25), la pertenencia se da cuando los
individuos “se identifican [sic] con otra entidad a una persona u organización
o tal vez una especie, cultura o grupo étnico”. Por ejemplo, la popularidad
del [Link] Friends como uno de los cinco programas de TV más vistos de
todos los tiempos, demuestra claramente cómo la búsqueda de
pertenencia es una cuestión importante en la condición posmoderna.
Comentando sobre el éxito de este programa de TV, Grenz (1999, p. 48)
afirma: “Entre bien y mal esos amigos se ríen juntos, se lastiman uno al otro y
también se apoyan. Pero por encima de todo, la amistad que comparten da
sentido a sus vidas. El mensaje central de la serie está en la canción lema
del programa “I’ll Be There for You’, que expresa abiertamente la experiencia
[posmoderna], o sea, que la realidad de la vida está muy lejos de nuestras
expectativas […] El coro, sin embargo, expresa el antídoto para la soledad, el
sufrimiento y la fragilidad de la vida. Cada miembro del pequeño círculo de
amigos promete estar “ahí” para el otro, porque, citando la última línea del
canto, “tú estás ahí para mí también”.
En Prolzac Nation, una autobiografía, Elizabeth Wurtzel (1995, p. 59) relata
12
su promiscuidad sexual en la adolescencia como una forma de huir de la
soledad y el rechazo. Por ejemplo, en un párrafo revelador ella admite que
agradeció a Dios por el don increíble de ser capaz de dar y recibir placer
sexual.
Van Gelder (2002, p. 499) concuerda que ese “encuentro experimental
13
necesita ser equilibrado en la comprensión inteligible de la fe”.
14
Probablemente ese sea uno de los principales objetivos por detrás de la
salida de la MTV y de la industria del cine en un intento de proveer
“respuestas” a las preguntas que los posmodernos están haciendo por
medio de la experiencia (ver DRANE, 2000, p. 154; SWEET, 1999, p. 34).
Para obtener informaciones adicionales sobre los aspectos prácticos de la
15
planificación y de la creación de una experiencia de adoración
multisensorial ver Kimball (2003, p. 155-178; 2004, p. 99-113), Kim Miller (1999,
p. 13-34), Michael Slaughter (1998, p. 13-29) y Len Wilson (1999. P.18-36).
16
Doug Pagitt (2003, p. 28) concuerda con Webber afirmando que “nuestra
visión actual y futura para la iglesia no puede estar formada sin un sentido
de visión del pasado. A través de nuestra comunidad histórica somos
recordados, guiados, enseñados y llevados a los caminos de Dios. Estamos
obligados a entrar en el contexto de los que han servido, amado y creído
antes que nosotros. Por lo tanto, debemos afirmarnos siempre en la historia
y en las tradiciones de la comunidad cristiana vividas anteriormente”.
17
Contrastando “tradición” con “tradicionalismo”, el historiador Jaroslav
Pelikan (1984, p. 12) señala que “la tradición es fe viva de los muertos [y] el
tradicionalismo es la fe muerta de los vivos”.
Para un breve comentario sobre el elemento de encarnación de la misión
18
urbana, consulte la sección titulada “Misión urbana encarnadora” en el
capítulo cuatro de este libro (ver HIEBERT; MENESES, 1995, p. 325-362;
POWELL, 1997, p. 7-18).
19
Las historias míticas son pruebas claras de que las sociedades antiguas
usaban narraciones para registrar los hechos de sus orígenes y los asuntos
de sus dioses. En el principio, estas historias míticas tuvieron una
interpretación cíclica del tiempo, como es evidente en las historias
religiosas, por ejemplo, de Egipto y de Grecia, como también las narraciones
sagradas de otras sociedades antiguas del Oriente Medio (ver GRENZ, 1999,
p. 87).
20
Van Gelder (1996b, p. 137) afirma: “Eso es crítico para la presentación del
evangelio en el contexto posmoderno, para reafirmar el elemento
teleológico inherente a la condición humana. Dios es un Dios de la historia
humana, lo que significa que hay un propósito para la existencia humana
para más allá del ahora, un propósito enraizado en nuestro pasado y la
definición de nuestro futuro”.