LA LUCHA ETERNA
Por: Zenobio Calizaya Velásquez
Inicialmente, puedo señalar que con la finalidad de conmemorar el centenario de
la Batalla de Pichincha en 1922, que marca la Libertad de Ecuador, la comunidad
de residentes de este país en Francia, encargaron al discípulo del célebre
escultor Rodín, Emile Peynot, la elaboración de una escultura metálica que
reflejara la lucha entre el Bien y el Mal, aludiendo al proceso colonizador de
España en América. Dicha escultura, que se considera una de las más
hermosas, fue ubicada en el Parque El Ejido de la ciudad de Quito donde al
presente se encuentra, y acontece que el autor habría efectuado una réplica de
otra escultura similar la cual fue elaborada en 1888, denominada “La Proie” o “La
Presa”, que se encuentra expuesta en el Palais des Beaux- Arts de Lille, de
Francia.
La escultura de Quito- Ecuador- que es de bronce fundido en un molde cera
hueca, tiene un alto de 2.30 metros y un ancho de 2.60 metros, y muestra a dos
hombres musculosos que representan el bien y el mal, enfrascados en una lucha
tenaz y eterna, viéndose a los mismos entrelazados de manos y piernas con el
afán de someterse entre sí. Bajo ellos, y de espaldas, aparece la representación
de un dragón, el que con sus patas y cabezas levantadas, interviene en la lid.
Ahora bien, este enfoque artístico tan singular, puede interpretarse de diversas
maneras en correlato asimismo con nuestra Orden y lo que significa la lucha
eterna.
Por una parte, el espíritu patriota inspira a los creadores e impulsores de la
escultura, a recrear la confrontación no solo de dos civilizaciones distintas, sino,
sobre todo, la representación mental que se tuvo de los colonizadores y de
España en particular de que significaban el Mal, lo oprobioso y maléfico,
sustentada sin duda en la materialización histórica de su afán de enriquecimiento
y depredación que lamentablemente caracterizó a sus gentes venidas a estas
tierras; en tanto que el Bien o lado opuesto de aquella imaginería, representó las
civilizaciones de América en cuya tradición y cultura sustancial no existía
propiamente la representación del Mal en la manera como la Colonia y la Biblia o
el cristianismo se afanó de figurar.
La intervención de un tercer elemento, como es la figura del dragón, tiene otras
connotaciones muy especiales. En la cultura oriental, de chinos y japoneses, por
ejemplo, el dragón simboliza el poder espiritual supremo, el poder terrenal y el
poder celestial, el conocimiento y la fuerza, por lo tanto es una figura benévola,
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asignándoseles además la virtud de proporcionar salud y buena suerte, siendo
seres vinculados con el elemento agua porque viven en ella.
El término dragón proviene del latín drago, y éste del griego drakón que significa
serpiente. Es un ser mitológico que aparece de diversas formas en varias culturas
de todo el mundo, con diferentes simbolismos asociados.
En las tradiciones populares europeas, sobre todo en España, por mencionar un
caso, el dragón está asociado con el Mal. De hecho, en la tradición cristiana, por
ejemplo en el Apocalipsis, se refiere a Satanás, y se lo nombra como el gran
dragón o la serpiente antigua, representante del mal y de la destrucción total.
En este simbolismo de desambiguación, es decir, entre figurar al dragón como
benéfico y maligno, en la cultura europea aparece también como un singular
protector de algo sagrado, de manera que representa la lucha a la que debe
enfrentarse todo aquel que quiere aparecer como héroe, tal como aparece en
diversas leyendas. Justamente, porque son guardianes de algo sagrado,
simbolizan el puente a otro mundo o la prueba de todo héroe, como la imagen de
San Jorge y el dragón, cuando el héroe acude en rescate de una doncella, pues
era tradición que en esta figuración de guardián y protector, al dragón se le
ofrecía como alimento a doncellas vírgenes. O el ejemplo del arcángel San Miguel
luchando contra un dragón, significando en esta traición cristiana, que es un
animal peligroso al que hay que eliminar.
En torno a Los Andes, la representación del dragón es más evidente en las
culturas del Norte, como México, donde aparece como una enorme serpiente
emplumada. En todo caso, el dragón se asimila con las serpientes, algunas de
cuyas especies reciben el nombre de Amaru, que también correspondió a
nombres naturales de individuos de élite. Esas criaturas eran de grandes
proporciones y se creía que ejercían un poder de relacionar el abismo marítimo
con las montañas esplendorosas. Asimismo, estas criaturas estaban
relacionadas con el Origen de la Humanidad y del Mundo. En los diversos restos
materiales que aún pueden apreciarse en gran parte del altiplano andino, como la
región occidental de Oruro, sobre todo, la serpiente no es un ser maligno, sino
más bien una criatura asociada con las aguas, el sol, la unidad, el conocimiento y
lo sagrado. Muchos Kerus o vasos ceremoniales de estas viejas culturas, como
otros tipos de recipientes y diversas formas de expresión humana, tienen en sus
bordes y otras partes de su manifestación, representaciones serpentinas o figuras
circulares en las que pareciera que la cabeza de la serpiente se come la cola.
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Con esta explicación, las esculturas de la lucha eterna tanto en Francia como
Ecuador, en las que aparece el dragón, puede simbolizar como un tercer
elemento de intercesión entre ambos colosales combatientes, sin asumir una
postura precisa, sino, de alguna forma, expresar el simbolismo ambiguo de ambos
factores que están siempre en la Humanidad: El Bien y el Mal, la claridad y las
sombras, el conocimiento y la ignorancia, el Sol y la Luna. El autor de tan famosa
escultura, a lo mejor convino en representar la caracterización de confrontación
de dos mundos distintos y distantes, la lucha entre la libertad y el sometimiento, y
en su ínterin el dragón, siempre con su apariencia ambigua, que no se inclina
hacia ninguno de los rivales.
Ahora bien, si traslapamos esta imagen simbólica a otras parecidas, podemos
encontrar multiplicidad de elementos convertidos en símbolos y hasta en signos.
Así, tomando en cuenta que la palabra dragón proviene del griego y significa
serpiente, y a su vez dicho término deriva de otro verbo que quiere decir “mirar
fijamente”, lo cual se aplica a una cualidad singular de esta criatura que posee el
poder fascinante e hipnótico de su mirada, además de poseer propiedades como
su enorme tamaño, su capacidad de arrojar fuego por la boca o rayos como
también agua, tales atributos también, según la mitología o representaciones
que aparecen en cuentos, leyendas y mitos, suele aplicarse igualmente a las
águilas, la Gorgona y los caballos.
A este propósito tenemos las imágenes de los cuatro jinetes del Apocalipsis,
según la narración de Juan, que tienen de grandiosidad en un contexto celestial,
la anunciación o la revelación del fin de los tiempos y hacia la eternidad.
En este sentido, siguiendo la teoría del psicoanalista Carl Gustav Jung, los
caballos simbolizan la civilización o la fuerza expansiva de la luz y el resplandor
de los instintos. Los caballos arrojan fuego y exterminan todo lo que encuentran a
su camino. Tan singular es esta figura que en lo que hace a los tiempos de
Conquista en América, el caballo sostiene un jinete, el cual generalmente blande
una espada o un rayo, simbolismos característico del llamado “Tata Santiago”,
cuya veneración está tan arraigada en América y en nuestro medio en particular.
En este sentido, esta imagen simbolizaría la civilización, el nuevo tiempo, el
conocimiento y la luz, que intenta culminar su periplo en un proceso de
evangelización cristiana sobre gentes incultas, ignorantes y hasta adoradoras de
la serpiente, símbolo del mal, desterrando la verdadera alegoría que esta imagen
tenía y aún tiene en América como se ha dicho.
Este arquetipo, independientemente del “choque” de culturas, creencias o
simbolismos culturales, nos permite apreciar que aquello de la lucha eterna en
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realidad se refiere a la misma condición humana, al Hombre como creación
divina o producto evolutivo si fuera el caso, en quien empero mora ambas
condiciones o fuerzas.
Si bien en nuestras culturas Mesoamericanas, la figura del mal no estuvo tan
caracterizada como algo negativo, infernal u oprobioso como aparece en Europa;
sin embargo, dicho concepto se arraigó digamos desde la Conquista Española, de
suerte que muchas veces resulta una misión imposible desbrozar el real
significado anterior al impuesto, dado que este último hasta lo hemos adoptado en
nuestras manifestaciones populares actuales y lo tenemos como propio.
No obstante, precisamente dicha propiedad nos deja comprender que los
conceptos del Bien y del Mal, acaso diría más bien de lo positivo y negativo, de lo
que nos atrasa o envilece con lo que nos permitiera obrar de mejor manera,
siempre están presentes en nuestro cotidiano vivir. Con frecuencia podemos
permitir que lo negativo fluya con más evidencia que su par opuesto, que se
impongan en nosotros, sentimientos nefastos, oscuros, retrógrados envilecientes,
que la actitud positiva, luminosa, próspera que puede verse disminuida o nula.
He aquí entonces, que si asumiríamos la figura del dragón desde su simbología
luminosa y benéfica que representaría nuestra CONSCIENCIA, podríamos ser
capaces de derrotar dicho mal, de encarcelarlo por siempre o eternamente en el
fondo más oscuro de nuestros pensamientos y sentimientos, porque nada bueno
nos trae ni ofrece.
El hombre es el arquitecto de su propio destino, como se dice, y en
consecuencia, paralogizando la escultura que ha inspirado este trabajo, diremos
que el titán que vencerá la lucha eterna, debe ser la figura del bien y que hacia
ella se incline finalmente el dragón. De nosotros depende todo.