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La reproducción asistida desde la perspectiva de la
igualdad de género1
Yanira Zúñiga A.
En nuestras sociedades contemporáneas las técnicas de repro-
ducción asistida (TRA) se han desarrollado vertiginosamente
volviéndose, de más en más, variadas y accesibles. Lejos de
disminuir las controversias éticas, jurídicas y socio-antropoló-
gicas a su alrededor, se han incrementado, multiplicándose las
discusiones y preocupaciones sobre sus implicancias bioéticas
y sus impactos sobre la autonomía y la dignidad individual.
En contraste, los vínculos entre las TRA y la igualdad y, en
particular, la igualdad de género, son, a menudo, omitidos o
marginalizados tanto en las investigaciones académicas como
en el diseño de sus regulaciones.
Este trabajo propone examinar algunas de las discusiones
y preguntas jurídicas que suscitan las TRA considerando las
estructuras de poder en las que estas se inscriben, a fin de ob-
servar como las prácticas y regulaciones que ellas engendran
vehiculan y alimentan significaciones individuales y culturales
de género relacionadas con lo reproductivo y lo familiar. Así,
defenderé que las TRA se asientan en una zona neurálgica del
sistema sexo-género, de suerte que las decisiones regulativas
sobre estas tecnologías, sea que se expresen de manera oficial
1 Este artículo es el resultado del Proyecto Fondecyt Regular N° 1210585, titulado El rol de la
familia en el sistema sexo-género ¿estabilización o transformación, del cual la autora es inves-
tigadora responsable.
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o por vía oficiosa (en las prácticas), están radical, inescindible y
pendularmente conectadas con la (des)igualdad de género, de
suerte que tienen siempre impacto de género, pudiendo pro-
mover el empoderamiento femenino en el ámbito procreativo
o, en su defecto, reforzar los roles de género mediante la prio-
rización del modelo de familia tradicional o de otros imagina-
rios y estructuras patriarcales.
1. (Des)igualdad y TRA
La relación entre TRA e igualdad es tan inescindible como
compleja. Mary Crossley2 sugiere distinguir tres tipos de
discusiones sobre las TRA que impactan o se vinculan con la
igualdad. Un primer grupo de discusiones están referidas al
acceso a las TRA y, por extensión, a la configuración de las
relaciones parentales. Un segundo grupo se encuentran rela-
cionadas con las disputas que surgen con motivo de la apli-
cación de estas técnicas entre las parejas que acceden a ellas
debido al desarrollo de las técnicas de criopreservación. Y, un
tercer y último grupo, se refiere a las preocupaciones bioéticas
y jurídicas derivadas del avance del diagnóstico genético y a la
posibilidad que este abre a padres/madres para seleccionar los
rasgos particulares de su prole.3
2 Crossley, Mary (2005): Dimensions of Equality in Regulating Assisted Reproductive Te-
chnologies, 9 J. Gender Race & Just. 273. Disponible en: [Link]
fac_articles/291
3 En la actualidad, estas técnicas (entre las que se cuentan la detección genética prenatal, el
diagnóstico genético preimplantacional y la clasificación de espermatozoides), permiten
decidir, una vez que se ha identificado un rasgo particular de un feto o embrión, si conti-
nuar o terminar el proceso reproductivo con respecto a ese feto o embrión, y elegir el sexo
de la descendencia.
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Como demostraré aquí, estas tres clases de discusiones tie-
nen implicancias de género, que se distribuyen a lo largo de
los distintos elementos que las componen. Así, por ejemplo,
las discusiones sobre el acceso a las TRA –las cuales intuiti-
vamente aparecen como más cercanas a las preocupaciones
sobre la igualdad– remiten a diversos factores tales como, la
configuración del sistema de provisión de estas prestaciones
(es decir, si se trata de sistemas de provisión pública, privada o
mixta), las regulaciones legales o administrativas de estas, las
prácticas de los proveedores y los criterios que determinan el
acceso. Las prácticas de los proveedores, como veremos, han
adquirido protagonismo debido a que, en general, la legisla-
ción ha tendido a retraerse en estas materias o no se ha actua-
lizado dejando un gran espacio para la autoregulación. Esto
genera amplias parcelas de discrecionalidad para la adopción
de decisiones regulativas por parte de prestadores privados y
equipos de salud que terminan constituyendo, en los hechos,
decisiones regulativas oficiosas.
Los obstáculos económicos y sociales para acceder a las TRA
pueden relacionarse con las coberturas de los distintos seguros
de salud, con las decisiones de los proveedores sobre las con-
diciones para la prestación de esos servicios y con las normas
jurídicas que delimitan el abanico de tecnologías disponibles,
por una parte, y las personas que pueden acceder a ellas, por la
otra. Esta compleja red de relaciones explica que no haya una
relación simple, ni directamente proporcional entre el desarro-
llo y masificación de estas técnicas y el mejoramiento de su ac-
ceso por pate de la población. Pese a la indudable globalización
de estas tecnologías ocurrida en las últimas décadas, persisten
importantes desigualdades para acceder a ellas entre las dife-
rentes poblaciones mundiales, relacionadas con factores tales
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como los altos costos involucrados, la ausencia de reembol-
sos por parte de aseguradoras de salud, la diferente dotación
de centros y profesionales especializados y la densidad de las
políticas de educación en salud reproductiva. Mientras en los
países pobres escasea sistemáticamente el acceso a las TRA, en
los países industrializados occidentales puede haber, incluso,
sobretratamiento4:
¿Qué rol le cabe al sistema jurídico en lo referente a las bre-
chas de acceso de acceso a las TRA? El afianzamiento de los de-
rechos procreativos ha permitido reconocer y ampliar la esfera
de autonomía procreativa, que históricamente ha estado bajo
control social. También ha contribuido a que las limitaciones
biológicas a la capacidad reproductiva (esterilidad e infertili-
dad) hayan dejado de ser consideradas deficiencias individua-
les respecto de las cuales solo cabe resignarse, para devenir un
obstáculo a remover por parte de los Estados. Este tránsito ha
sido favorecido por el carácter híbrido de estos derechos, enfo-
cados tanto en proteger la autonomía en la toma de decisiones
procreativas como de garantizar el acceso a los mecanismos
técnicos que permiten ejercitar dichas decisiones. Dicho carác-
ter dual, estructurado por prohibiciones de injerencia arbitra-
ria y por obligaciones estatales de carácter prestacional, se ha
aplicado a un set de herramientas técnicas en constante expan-
sión, las cuales han terminado por englobar a las TRA. En tér-
minos concretos, entonces, estos derechos protegen al día de
hoy una variada gama de opciones individuales sobre medios
técnicos que incluye el uso de métodos de barrera básicos, la
contracepción de emergencia, los tratamientos de interrupción
4 Céspedes, Pablo y Correa, Eduardo (2021): “Reproducción asistida en Chile: una mirada
global para el desafío de ofrecer un acceso oportuno, Revista Médica Clínica Las Condes,
32- 2, pp. 189-195.
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de embarazo (de acuerdo con la orientación, más o menos per-
misiva, de las legislaciones sobre aborto); y tecnologías de gran
complejidad, las cuales posibilitan que las personas estériles
o infértiles puedan concretar el deseo de tener descendencia.
Dentro del discurso de los derechos procreativos, la preocu-
pación por el acceso a las herramientas técnicas que auxilian
la ejecución de decisiones procreativas se ha caracterizado por
no restringirse únicamente a las barreras económicas, alcan-
zando barreras de otra naturaleza. La esterilidad/infertilidad
ha terminado por ser concebida como una discapacidad, lo
que en el lenguaje contemporáneo de los derechos humanos
equivale a un tipo de barrera social. En la sentencia de la Corte
Interamericana de Derechos Humanos (Corte IDH) dictada en
el caso Artavia Murillo y otros (Fecundación in vitro) vs. Costa
Rica, en 20125, se observa nítidamente esta concepción. Ahí
la Corte IDH asumió que no son las características biológicas
las que per se impiden a algunas personas procrear sino las
barreras externas que se combinan con aquellas para produ-
cir diversas formas de exclusión. La Corte IDH sostuvo que la
infertilidad es una condición biológica limitativa que genera
una discapacidad, la cual, al interactuar con ciertas barreras
externas –económicas, sociales y normativas– dificulta o im-
pide a las personas afectadas el ejercicio de sus derechos y li-
bertades procreativas. Argumentó que “del derecho de acceso
al más alto y efectivo progreso científico para el ejercicio de la
autonomía reproductiva y la posibilidad de formar una familia
se deriva el derecho a acceder a los mejores servicios de salud
en técnicas de asistencia reproductiva, y, en consecuencia, la
5 Sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, Artavia Murillo y otros (Fe-
cundación in vitro) vs. Costa Rica, Serie C N°257, de 28 de noviembre de 2012.
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prohibición de restricciones desproporcionadas e innecesarias
de iure o de facto para ejercer las decisiones reproductivas.” (p.
142), debiendo, en consecuencia, los Estados adoptar medidas
para asegurar la “igualdad de condiciones, oportunidades y
participación en todas las esferas de la sociedad, con el fin de
garantizar que las limitaciones anteriormente descritas sean
desmanteladas” (p. 292).
En síntesis, en el discurso contemporáneo de los derechos
procreativos, la infertilidad y la esterilidad no constituyen una
limitación fáctica irremontable, sino una condición habili-
tante para que, mediante la asistencia médica apropiada, las
personas concernidas puedan engendrar y criar hijos, sin in-
terferencias externas. Está a la vista, sin embargo, que en las
legislaciones nacionales el acceso a las TRA regularmente no
se acomoda a estos parámetros. El suministro de estas tecno-
logías no siempre está garantizado por el Estado, es someti-
do frecuentemente a reglas de mercado, y el ejercicio de las
decisiones procreativas de quienes acceden a ellas a menudo
está supeditado a las exigencias puestas por los proveedores
de estos servicios. Incluso cuando se les regula como derechos
sociales, es decir, se garantiza la cobertura estatal a estas pres-
taciones eso no supone acceso universal. La cobertura estatal
de las TRA se enfoca en la remoción de barreras económicas
dejando a salvo otras barreras sociales, especialmente aquellas
vinculadas a la ordenación social de género.
Hay una abierta disonancia entre el ideal regulativo de los
derechos procreativos y la realidad de suministro y acceso a
estas nuevas tecnologías, lo que transforma el campo de la re-
gulación, oficial y oficiosa, de las TRA en un terreno especial-
mente propicio para encontrar discriminaciones de distinto
tipo. Más que la anticoncepción y que, incluso, la interrupción
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voluntaria del embarazo (ahí donde se regula como un dere-
cho), estas nuevas tecnologías reflejan una tensión perma-
nente entre el horizonte normativo de la universalización de
los derechos humanos y sus restricciones materiales. En este
sentido, es importante observar que las barreras de acceso las
TRA comprenden, además de las desigualdades económicas,
todo el espectro de representaciones relativas a los vínculos
(regularmente, estereotipados) entre los atributos asignados
socialmente a ciertos grupos y las habilidades parentales. Di-
chas representaciones sociales tienen un gran peso a la hora de
determinar el acceso a dichas tecnologías en todos los países.
De hecho, en las sociedades industrializadas donde las pobla-
ciones gozan, regularmente, de mayores ingresos, las barre-
ras sociales son la gran causa de exclusión. Miradas desde esta
perspectiva más amplia, las regulaciones de acceso a las TRA
se presentan como un entramado de regímenes restrictivos,
compuestos por variadas y superpuestas exclusiones que tien-
den a impactar más gravosamente sobre grupos tradicional-
mente discriminados, quienes son simbolizados como menos
aptos para ejercer la paternidad/maternidad.
2. Género, familia y parentalidad
La mayor parte de las legislaciones vigentes y la generalidad de
las prácticas informales o no regladas aplicadas por los provee-
dores privados de las TRA a lo largo del mundo tienden a supe-
ditar su acceso a la satisfacción del modelo de familiar nuclear
tradicional, excluyendo, directa o indirectamente, a las muje-
res solteras y diversidades sexuales (o LGBTIQ). Sin ir más
lejos, en el caso chileno, la cobertura pública del Programa de
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Fertilización Asistida del MINSAL-FONASA está asociada a
las parejas heterosexuales, matrimoniales y no matrimoniales;
exigiéndose en el caso de estas últimas, que el vínculo de con-
vivencia se haya extendido por un plazo de, al menos, dos años.
Si bien el set de prestaciones disponibles objeto de cobertura
estatal es relativamente variado, aquel exceptúa explícitamente
las tecnologías que son habitualmente más demandadas por
personas solteras o por parejas homosexuales (donantes de
bancos de espermios, ovodonación, embriodonación ni útero
subrogado).
Un simple repaso comparativo de estas regulaciones per-
mite observar, como ya adelantaba, que los criterios de dife-
renciación sobre los que se asientan estas inclusiones/exclu-
siones y sus impactos están atravesados por las estructuras e
imaginarios de género. En primer lugar, salta a la vista que
quienes pueden concebir un hijo de manera “natural” (es de-
cir, no sufren de esterilidad o infertilidad), hayan contraído o
no un vínculo matrimonial, no están sujetas, en general, a es-
crutinio jurídico alguno con respecto a su aptitud, biológica o
social, para ser padres o madres. Es decir, pueden ejercer los
derechos parentales, en general, con gran libertad. En cambio,
las parejas infértiles o estériles sí son sujetas a escrutinio en
el ejercicio de la decisión de procrear, con mayor o menor al-
cance. Las parejas matrimoniales (por definición, heterosexua-
les según la ley chilena) afectadas por infertilidad o esterilidad
de alguno de sus miembros pueden acceder, en general, a las
TRA, a condición de satisfacer evaluaciones relacionadas con
la viabilidad del embarazo o la ausencia de riesgo de compli-
caciones de este. Las parejas no matrimoniales son sometidas,
adicionalmente, a otras exigencias encaminadas a determi-
nad su idoneidad “social” para ser padres o madres, debiendo
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acreditar, además, la estabilidad de su vínculo de convivencia.
Las mujeres solteras, las parejas homosexuales y las personas
trans con capacidad de gestar no tienen garantizado el acce-
so a los procedimientos que demandan con mayor frecuencia
puesto que estos carecen de cobertura estatal y no siempre son
suministrados por proveedores privados a estas poblaciones.6
La triada sexualidad, procreación y parentalidad ha sido un
terreno históricamente en disputa en donde ha reinado el con-
flicto, el poder y las resistencias; de suerte que la determinación
de quiénes son incluidos y excluidos de estas tecnologías –que
no es neutra desde el punto de vista del género– implica la
priorización de los derechos de parentalidad de ciertas catego-
rías de personas en detrimento de otras. De hecho, por un lado,
la prevalencia de la familia matrimonial por sobre la familia
extramatrimonial y dentro de estas últimas de las uniones he-
terosexuales sobre las uniones homosexuales son indicadores
elocuentes de la centralidad de la familia tradicional (nuclear
y heterosexual) como locus por excelencia de la procreación;
eje creador y administrador de los vínculos de filiación. Por
otro lado, no parece ser casual que las exclusiones de cobertura
de las TRA remitan, directa o indirectamente, a ciertos rasgos
que, desde el punto de vista de la legislación antidiscriminato-
ria, coinciden con el espectro de categorías sospechosas vincu-
ladas al género (sexo, orientación sexual, identidad y aparien-
cia de género). Antes bien, esto sugiere que, incluso cuando
6 Esto último ocurre, por ejemplo, con la llamada maternidad subrogada, la que, en gene-
ral, aunque no se encuentra formalmente prohibida no se encuentra disponible en Chile
debido a su rechazo social. Independientemente de la controversia que suscita dicho pro-
cedimiento, es evidente que esta situación gravita negativamente sobre la posibilidad de
que las parejas de hombres gays tengan hijos vinculados con ellos biológicamente, a dife-
rencia de lo que ocurre con las parejas lesbianas que sí pueden acceder a la inseminación
artificial.
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las restricciones de acceso a las TRA se aplican teóricamente
a todas las personas por igual (como ocurre con las reglas que
determinan cuáles tratamientos gozan de cobertura estatal y
cuáles no) aquellas impactan de manera más gravosa sobre
mujeres solteras o parejas homosexuales. Jurídicamente ha-
blando, en el campo de las regulaciones y prácticas que rodean
a las TRA pueden encontrarse tanto casos de discriminaciones
directas como de discriminaciones indirectas (o por impacto)
que afectan prevalentemente a grupos desaventajados y que se
mantienen de manera relativamente normalizada.
Todo lo anterior pone una gran sombra de duda sobre hasta
qué punto las regulaciones de las TRA –sin importar si las
adopta el legislador, los prestadores de estos servicios o los
equipos médicos– descansan sobre criterios objetivos, “tera-
péuticos” o técnicos y hasta qué punto, responden a otras in-
fluencias como los intereses comerciales, un arraigado pater-
nalismo o derechamente ideologías conservadoras o religiosas,
todos los cuales, pueden portar, en mayor o menor medidas,
lógicas generizadas.
De entrada, es importante subrayar que las TRA se locali-
zan en un terreno per se “generizado” dado su nexo con el cuer-
po femenino y con las estructuras familiares. Así, por un lado,
aunque es innegable que dichas tecnologías han desplazado las
fronteras de la reproducción humana de una forma que pocos
podían imaginar hace solo unas décadas atrás, es igualmente
evidente que las TRA no pueden prescindir completamente
de la capacidad reproductiva de los cuerpos femeninos. Por
el otro, ellas se inscriben e interpelan de manera más profun-
da que otras prácticas y herramientas reproductivas, una zona
neurálgica de las relaciones de género: las normas sociales que
gobiernan la filiación. Según la célebre antropóloga francesa,
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Françoise Héritier, en todas las sociedades los sistemas de fi-
liación desbordan el engendramiento biológico, articulándose
con reglas sobre la parentalidad y modalidades de alianza ma-
trimonial y familiar. La transmisión de la herencia a través de
la sangre –sobre todo masculina– no ha sido la única forma
de producir la pertenencia de un individuo a un grupo o estir-
pe, esa pertenencia también se ha definido por la voluntad, el
nombre o el reconocimiento público, es decir, a través de “la
parole”. Los sistemas de filiación, en consecuencia, tienen un
efecto constitutivo respecto de los individuos no solo porque
determinan, simbólica y materialmente, el lugar de niños/ni-
ñas en la familia y, por extensión, en el mundo, sino porque
configuran, el valor social de la parentalidad. La paternidad y la
maternidad han definido el estatus de hombres y de mujeres,
respectivamente, señalando la madurez, autonomía y prestigio
social de los primeros, y la responsabilidad de gestar y cuidar
de las segundas7.
En suma, además del vínculo de parentesco basado en la
sangre y en “la parole”, los sistemas de filiación han reposa-
do sobre la diferencia sexual y su simbolización social, crean-
do una especie de continuo entre lo biológico y lo social, que
se entreteje con una red de significados sobre lo femenino y
lo familiar. Debido a la función estructurante de estas reglas
resulta prácticamente imposible determinar si la decisión de
procrear es consecuencia de un deseo individual (¿biológico?)
o el resultado de un mandato social cuyo incumplimiento se
paga caro. En el caso de las mujeres, ese mandato es especial-
mente potente dado que las distintas sociedades han tendido
7 Héritier Françoise (1985) “La Cuisse de Jupiter” en: L’Homme, tomo 25 n°94. pp. 5-22.
DOI : [Link]
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a equiparar maternidad con feminidad al punto de que la con-
dición de ser mujer ha quedado regularmente subordinada al
hecho de ser madre; en consecuencia, las mujeres no reciben
el trato de tales ni gozan de reconocimiento social hasta (si)
que tienen hijos. Esto explica también que, pese a que la es-
terilidad es un estigma que alcanza a toda la familia, este se
cierne más sobre las mujeres que sobre los hombres dado que
en casi todas las sociedades ellas han sido responsabilizadas
directamente por la ocurrencia de mal.8
Vistas desde este ángulo, no cabe duda de que las TRA se
asientan en un complejo y movedizo terreno en el que se fa-
brica la familia, entendida esta como un dispositivo de orga-
nización socioeconómica y reconocimiento social en donde
se vertebran los imaginarios basales de género y se enraíza la
subordinación femenina. Por tanto, sería miope asumir que
las implicancias y efectos de las TRA pueden ser analizados
únicamente desde una perspectiva bioética o de derechos hu-
manos, prescindiendo de un lente de género.
3. Hacia un enfoque de género: más allá de la bioética y de los
derechos
En contra de la creencia de que la bioética no está contaminada
por patrones de dominación y que sus efectos son, por consi-
guiente, neutros, Sherwin9 recuerda que la filosofía, la teología,
la medicina y el derecho –disciplinas de las cuales la bioética
ha tomado buena parte de sus orientaciones y prácticas– han
8 Héritier Françoise (1985) “La Cuisse de Jupiter” en: L’Homme, tomo 25 n°94. pp. 5-22.
DOI : [Link]
9 Sherwin, Susan (2014) Feminismo y bioética, en Debate feminista, ISSN 0188-9478, Vol.
49, 2014 (Ejemplar dedicado a: Ética feminista), págs. 45-69
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resultado estar infectadas de raíz con valores y suposiciones pa-
triarcales. De ahí que varias críticas feministas recientes advier-
tan que ciertas aproximaciones de la bioética pueden impulsar
el statu quo de género bajo una apariencia impoluta generando
alianzas, particularmente en América Latina, con doctrinas re-
ligiosas opresivas10 Al interior de los estudios bioéticos también
han aparecido voces críticas las cuales denuncian el inmovilis-
mo y la falta de pluralismo que ha dominado el desarrollo de la
disciplina desde sus inicios en la década de los 70. Estas voces
han puesto de relieve la dificultad de la práctica de la bioética
para descentrarse de sus temas tradicionales11 y una cierta re-
nuencia a abandonar su énfasis individualista y principialista,
todo lo cual ha inhibido la integración de otras miradas, más
contextuales y sensibles a la diversidad cultural, así como la
apertura a nuevas temáticas urgentes tales como los problemas
globales de supervivencia.12
Con la excepción del desarrollo de los derechos procreativos,
las regulaciones y prácticas jurídicas interpretativas tampoco se
ha caracterizado por abordar estas nuevas tecnologías poniendo
de relieve su dimensión generizada. La jurisprudencia compara-
da ha tenido notables dificultades para abordar de una manera
no casuística, las complejidades generadas por la multiplicación
de la TRA. Con el advenimiento de las nuevas tecnologías los
tribunales en todo el mundo, incluyendo tribunales internacio-
nales, han debido afrontar numerosos problemas interpretativos
que nunca habían enfrentado en el contexto de la reproducción
10 Güezmes, Ana (2005). Las tecnologías de reproducción asistida: una aproximación desde
la ética y las fugas feministas. SeriAs para el debate, v. 4, p. 24-51.
11 Actis, Andrea y Outomuro, Delia: (2014). Bioética consolidada: abordaje histórico a más
de 40 años de surgimiento, Revista de Biotética y Derecho 30, 77-91.
12 Pose, Carlos (2020) “La bioética 50 años más tarde. EIDON, N° 54, pp. 54:11-23, DOI:
10.13184/eidon.54.2020.11-23
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no medicalizada. Sin embargo, lo han hecho, sin innovar dema-
siado sus enfoques conceptuales, recurriendo a la bioética solo
de manera marginal y aferrándose a marcos constitucionales an-
clados en categorías jurídicas tradicionales, tales como los dere-
chos de libertad, la privacidad, la dignidad humana, o la filiación;
y solo marginalmente apoyándose en los desarrollos más recien-
tes de los derechos procreativos o en lógicas comprometidas con
la igualdad de género.13
Al interior de la teoría feminista, el acercamiento a las TRA
se ha caracterizado por la permanente ambivalencia y la tirantez.
Las feministas han estado tradicionalmente divididas entre la
simpatía que despierta la solución que las TRA ofrecen a quienes
buscan tener hijos estando impedidos de hacerlo de otra forma,
y las aprehensiones que dichas tecnologías suscitan al reactivar
el imaginario de la maternidad como “destino biológico”. Así,
en los escritos y prácticas feministas sobre las TRA coexisten el
entusiasmo y el recelo, el apoyo y rechazo. Hay quienes ven en
ellas un horizonte de emancipación femenina en el que el es-
pectro de posibilidades de las mujeres para elegir cuándo y en
qué condiciones ser madre se amplía, la dimensión electiva de la
parentalidad se refuerza y las estructuras familiares tradicionales
se erosionan. Otras voces alertan, en cambio, sobre los peligros
de las TRA, las cuales, en lugar de deconstruir el mandato social
de la maternidad lo consolidarían sometiendo a las mujeres a
nuevas angustias, riesgos de salud y dilemas morales. Hay posi-
ciones feministas que incluso alertan sobre la posibilidad de que
las TRA abran la puerta a nuevas formas de control masculino,
nuevas modalidades de reificación y de explotación del cuerpo
13 Sándor, Judit (2012) “Bioethics and Basic Rights: Persons, Humans, and Boundaries
of Life”, The Oxford Handbook of Comparative Constitutional Law, DOI:10.1093/oxford-
hb/9780199578610.013.005
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femenino (por ejemplo, el “arriendo de úteros” podría crear las
bases para la creación de una “clase reproductora” de mujeres
pobres cuya capacidad reproductiva estaría puesta al servicio de
parejas adineradas); y fomenten políticas eugenésicas, racistas y
sexistas. Entre las posiciones más matizadas, hay quienes des-
tacan la complejidad y variedad de relaciones que tienen lugar a
propósito del recurso a las TRA y apelan a la necesidad de explo-
rar acercamientos más dúctiles y sensibles a las características
concretas de estos contextos y de las distintas mujeres involucra-
das.14
Cualquiera sea la posición adoptada en relación con las TRA
una de las contribuciones conceptuales más relevantes del fe-
minismo a la elucidación de los vínculos entre TRA e igualdad
de género consiste en poner de relieve que acceso no equivale a
igualdad de género. En efecto, las mujeres, a diferencia de otros
colectivos, no están categorialmente excluidas del acceso a estas
tecnologías, antes bien sus cuerpos son una condición sine qua
non para la ejecución de cualquier modalidad de procreación mé-
dicamente asistida. De ahí que, aunque muchas mujeres se so-
meten voluntariamente a estas tecnologías, hay siempre latente
un riesgo de que ellas profundicen fenómenos de desigualdad
de género o desencadenen retrocesos en las agendas de género.
Revisemos algunos ejemplos.
14 Para una revisión de estas críticas puede verse Courduriès, Jérôme y Herbrand, Cathy
(2016): “Genre, parenté et techniques de reproduction assistée : bilan et perspectives
après 30 ans de recherche”, en Enfances Familles Générations [en línea], DOI: [Link]
org/10.7202/1025956aradresse copiéeune erreur s’est produite; y Puigpelat Martí, Fran-
cesca (2004), “Feminismo y las técnicas de reproducción asistida”, en Aldaba: Revista
del Centro Asociado a la UNED de Melilla, N° 32, ISSN 0213-7925 (Ejemplar dedicado a:
Bioética, Filosofía y Derecho), págs. 63-80
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3.1. Las teorías sobre la personalidad
Mientras en los debates sobre el aborto las teorías sobre la per-
sonalidad del embrión/feto se encuentran en franca retirada
hace varias décadas, dichas teorías han sido reintroducidas
abierta o subrepticiamente en las discusiones y prácticas que
se despliegan alrededor de las TRA. De hecho, los mismos Es-
tados que permiten la interrupción del embarazo durante el
primer trimestre en base a la solicitud de la mujer embaraza-
da pueden llegar a una conclusión completamente diferente
cuando una mujer expresa sola su deseo de que le implanten
un embrión in vitro o una pareja requiere acceder a técnicas de
selección eugenésica.
Tal inconsistencia ha sido subrayada por la Corte Europea
de Derechos Humanos en su decisión en el caso Costa y Pavan
vs Italia, resuelto en el 201215. En este caso una pareja portado-
ra de fibrosis quística –Rosetta Costa y Walter Pavan– impug-
nó ante el mencionado tribunal la razonabilidad de las leyes
italianas que reservaban el uso del diagnóstico genético pre-
implantacional solo a parejas infértiles o estériles. Habiendo
procreado previamente una niña con fibrosis quística y aborta-
do un feto afectado por la misma patología, los demandantes
buscaban acceder al diagnóstico genético preimplantacional
con el fin de evitar que su próximo hijo naciera con la referi-
da enfermedad, lo que les fue denegado. En su sentencia, la
Corte Europea de Derechos Humanos sostuvo que la limita-
ción de acceso establecida en la legislación italiana constituía
una injerencia arbitraria y desproporcionada al derecho a una
15 Corte Europea de Derechos Humanos, asunto Costa y Pavan vs. Italia, de 28 de agosto de
2012.
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vida privada y familiar de los peticionarios; aclaró que el régi-
men de protección de los derechos del niño no era aplicable
al embrión preimplantacional y argumentó que los intereses
invocados por el Estado italiano para denegar el acceso al diag-
nóstico genético preimplantacional (los derechos de las muje-
res y evitar la selección eugenésica) no eran consistentes con
la posibilidad, disponible para los peticionarios, de demandar
un aborto legal. En particular, la Corte resaltó que en el caso de
una interrupción voluntaria del embarazo, el feto está mucho
más desarrollado que un embrión preimplantacional y que la
intervención en el cuerpo de la mujer es mayor que la que ocu-
rre al utilizar estás técnicas (párr. 55).
A propósito de la criopreservación de embriones, Zegers,
Crosby y Salas16 han puesto de relieve que la ausencia de un
ente regulador en Chile ha posibilitado que algunos provee-
dores locales (por ejemplo, la Clínica Las Condes) impongan
por vía contractual a las parejas que se someten a una fecunda-
ción in vitro (FIV) la obligación de donar los embriones no im-
plantados. Tal exigencia limita tanto la eliminación de dichos
embriones como su criopreservación indefinida. Si bien, como
observan los mismos autores, el alto riesgo de multigestación
desaconseja implantar más de dos embriones en el cuerpo
de una mujer, la exigencia antes referida no descansa en cri-
terios médicos puesto que existen otras soluciones alternati-
vas, tales como una transferencia posterior a su progenitora
si esta lo solicita o la búsqueda futura de una receptora ligada
a su progenitor. Cláusulas como las referidas interfieren con
las decisiones procreativas de estas parejas. Más que intentar
16 Zegers-Hochschild, Fernando, Crosby, Javier A. y Salas, Sofía: (2014) “Fundamentos bio-
médicos y éticos de la criopreservación de embriones” en Rev Med Chile, 142, pp. 896-
902.
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precaver un litigio eventual sobre el destino de los embriones
criopreservados y la incertidumbre de los criterios legales o ju-
risprudenciales aplicables en estos casos dado el vacío en la le-
gislación chilena, parecen tener por finalidad resucitar formas
tradicionales de control social de la reproducción basadas en
concepciones religiosas y en imaginarios de género, que son
incompatibles con los estándares interamericanos de derechos
humanos en la materia. Conviene recordar a estos efectos que
la Corte IDH en el caso Artavia Murillo, antes citado, declaró
la compatibilidad de la pérdida embrionaria en la FIV con la
protección que el art. 4.1. de la Convención Americana de De-
rechos Humanos dispensa al derecho a la vida. En la misma
sentencia precisó, a propósito de los derechos procreativos es-
tán protegidos bajo el régimen de la Convención Americana y
se oponen a la existencia de injerencias arbitrarias, estatales y
privadas, sobre la autonomía procreativa individual.
3.2. Las disputas entre los donantes de gametos
Asumir, como aquí se ha hecho, que cláusulas fijadas por los
proveedores de las TRA pueden interferir con las decisiones
de las parejas al imponerles decisiones sobre el destino de
los embriones criopreservados basadas presumiblemente en
teorías sobre la personalidad de dichos embriones no implica
desconocer que las disputas entre los futuros padres (donan-
tes de gametos) sobre la realización o no de una transferencia
embrionaria se han multiplicado a medida que las técnicas de
criopreservación se han masificado. Dado lo anterior, las so-
luciones contractuales, es decir, instrumentos en los que las
parejas solicitantes de estas técnicas prevén de común acuerdo
199
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el destino de estos embriones congelados si se producen rup-
turas han ido desarrollándose profusamente en países como
EE. UU., con miras a reducir las controversias, los costos de
litigación y la incertidumbre normativa. Ello no ha evitado,
sin embargo, que los tribunales deban intervenir en esta clase
de disputas cuando las partes discuten la aplicabilidad de di-
chos acuerdos, fundamentalmente porque han cambiado de
opinión. Sea que los tribunales estadounidenses se apeguen
estrictamente a estos acuerdos o los modifiquen han tendido
a apoyarse en la doctrina de la equivalencia de intereses de
ambos donantes de gametos para resolver estas controversias.
Esta doctrina postula que, a diferencia de las decisiones sobre
interrupción de embarazo donde se prioriza la decisión de la
mujer gestante, en las decisiones procreativas instrumentadas
por medio de las TRA debe resguardarse un “equilibrio” estric-
to de las posiciones entre los donantes. Esta doctrina se funda
en la igual autonomía reproductiva de ambos progenitores, es
decir, en su derecho equivalente a determinar el uso de los
embriones preimplantacionales, es decir, mientras aquellos
se mantengan fuera del cuerpo femenino. Sin embargo, como
destaca Ruth Colker, esta solución es discutible desde el punto
de vista de la igualdad de género. Ella no tiene en vista que,
aunque la disputa se produzca antes de la implantación de los
embriones la posición de los donantes no es, en realidad, equi-
valente en esta etapa. Hay dos diferencias significativas. Por
un lado, la recuperación de óvulos es un proceso más invasivo
y que produce más estrés que la donación de esperma; por
el otro, las mujeres, a diferencia de los hombres, tienen un
suministro limitado de óvulos de suerte que su fertilidad dis-
minuye drásticamente con el tiempo. En consecuencia, puede
sostenerse que los embriones son más valiosos para la mujer
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porque les cuesta a ellas más obtenerlos y más esenciales para
su capacidad de convertirse en madre. De ahí que, según la
autora, esté justificado privilegiar la decisión de la mujer en
estas controversias cuando esta desea convertirse en madre17
3.3. Infertilidad y edad: entre el obstáculo y la conveniencia
Una última cuestión problemática interpela las dicotomías
fertilidad/infertilidad, discapacidad/conveniencia, sobre las
que se asientan la mayor parte de las regulaciones y prácti-
cas sobre las TRA y que incluso está presente en el lenguaje
de los derechos procreativos18. Estas distinciones, que parecen
sencilla y neutras, se tornan difusas si consideramos que la
infertilidad femenina está eminentemente vinculada a la edad
y que la postergación del embarazo se ha vuelto una situación
cada vez más frecuente en las sociedades industrializadas de
occidente. No obstante, en muchos países el acceso a las TRA
sigue supeditado a la acreditación de una infertilidad involun-
taria, es decir, no producida por una decisión de conveniencia,
como sería la postergación de la maternidad.
La prohibición de la donación de ovocitos –vigente en
muchos países– es especialmente llamativa porque tiende a
naturalizar la edad como límite procreativo en las mujeres
en circunstancias de que se trata de un obstáculo removible
técnicamente. Vista desde esta perspectiva, dicha limitación
17 Ruth Colker (1996): “Pregnant Men Revisited or Sperm Is Cheap, Eggs are Not”, 47 Has-
tings L.J., 1063. Disponible en: [Link]
vol47/iss4/6
18 Así en el caso de la OMS (BCN) se usa esta distinción como en la sentencia de la Corte
IDH en el caso Artavia Murillo, antes citada.
201
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normativa es paradójica: entra en conflicto con el objetivo
primordial de las TRA, que no es otro que torcer la mano a
la naturaleza, manipularla. La prohibición de la donación de
ovocitos está también a contracorriente de los ostensibles cam-
bios sociodemográficos que reflejan una clara tendencia a pos-
tergar maternidades y paternidades para satisfacer exigencias
productivas y/o elecciones personales; y el aumento significa-
tivo de la esperanza de vida en buena parte del mundo.
Examinando el caso suizo, en donde sí se permiten esta téc-
nica, Nolwenn Bühler señala que los avances en la criopreser-
vación y en la donación de ovocitos ha estimulado, entre otros
factores, la postergación de la decisión de procrear entre las
mujeres. Esto ha contribuido a desestabilizar aun más el nexo
entre maternidad y juventud, propiciando un visible cambio
en las significaciones sociales sobre la edad límite para ser ma-
dre. Así, los embarazos tardíos, aunque todavía son vividos por
las mujeres concernidas como verdaderos milagros, cada vez
se vuelven más frecuentes en número19.
Con todo, la posibilidad de extender la decisión procreativa
más allá de los designios del “reloj biológico” no está exen-
ta de problemas. Para quienes acceden a estas tecnologías, se
acrecientan las angustias al prolongarse en el tiempo la expec-
tativa/mandato de la maternidad. Por consiguiente, los pro-
cesos de fertilización asistida tienden a eternizarse. Para las
otras mujeres –que son la mayoría– se corrobora el peso de
otras formas de exclusión ligadas a los medios económicos o a
la etnia. Como destaca Bühler, incluso cuando la donación de
ovocitos está autorizada por las leyes locales, como ocurre en
19 Bühler, Nolwenn (2014): “Ovules vieillissants, mères sans âge? Infertilité féminine et re-
cours au don d’ovocytes en Suisse.” Enfances, Familles, Générations, number 21, pp. 24–
47. Disponible en [Link]
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Suiza, quienes acceden a ella son fundamentalmente mujeres
blancas, en pareja, heterosexuales, con los suficientes medios
económicos para pagar los tratamientos en sus propios países
o fuera de ellos20.
A manera de conclusión
Las implicancias e impactos de género de las TRA ponen de re-
lieve la necesidad de incorporar enfoques de género que com-
plementen o, inclusive, corrijan los sesgos de otros enfoques
(bioéticos o jurídicos). En todo caso, dado el terreno movedizo
en que se insertan las TRA, la complejidad de sus implican-
cias e impactos de género, dichos enfoques requieren ser dúc-
tiles, multidimensionales y transversales. Es decir, requieren
ser sensibles a las interacciones dinámicas entre dichas tec-
nologías y las estructuras de género, de manera de identificar
sus efectos en las opciones de las mujeres y de otros grupos
“generizados”, como el colectivo LGBTIQ. De ahí que sea im-
portante, además, incorporar componentes de intersecciona-
lidad en el análisis, que permitan calibrar de mejor manera
los impactos diferenciados de estas tecnologías en las diversas
poblaciones de mujeres.
20 ídem
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