MIS RECUERDOS DEL P. ORLANDIS, S. J.
Por FRANCISCO CANALS VIDAL (*)
ACERCA DE SU TOMISMO
En conversaciones con «los de Scholav decia el Padre Orlandis que desde ha-
fa tiempo tres epftetos descalificadores resumfan las incomprensiones sobre sus
tareas de formacién espiritual y doctrinal: sommista, integrsta y milenarista.
En alguna ocasién me coments que de estos tes «sambenitos» el que més
influfa en la tendencia a considerar que su actividad carecia de futuro —des-
pués de su muerte no quedaré nada de lo que ha hecho, decian a veces algu-
nos— y lo que més dificultaba el reconocimiento de su obra, era el epltero de
tomista, precisamente el tinico que él aceptaba —segiin me recordaba un queti-
do amigo de los «antiguos» de Schola— puesto que se profesaba convencido se-
guidor de Santo Tomés en lo teolégico y en lo filoséfico.
He ido comprendiendo el sentido de aquella observacién del Padre Orlan-
dis: las convicciones u opiniones y las acticudes por las que tendfan a descai
car algunos al Padre Orlandis como «integristar 0 como «milenatistay estaban
en relacién directa con corrientes doctrinales y movimientos espirituales secu-
Jarmente vigentes en el seno de la Compafifa de Jestis, y que, en algunos aspec-
tos, podrian considerarse como sociolégicamente originados en ella.
‘No podrfa decirse lo mismo del tomismo, especialmente en el campo filosé-
fico. Ya durante el siglo xvit se fue debilitando la presencia del tomismo en la
antigua Compafifa. El suarismo y otras interpretaciones de la tradicién escolds-
tica, y posteriormente diversas lineas de eclecticismo antiquo-novum, contami-
nado en ocasiones de cartesianismo malebranchiano, predominaron en los
tiempos anteriores a la extincién de la Comparfita por Clemente XIV en 1773.
©) Universidad Central de Barcelona,
47Pero no eran aquellas corrientes eclécticas o semirracionalistas las que cau-
saban las dificultades ambientales al Padre Orlandis. En las provincias espafiolas
¢ hispanoamericanas de la Compafifa predominaba, como en otros palses
—Alemania, Austria, Polonia, Francia e Italia meridionales— Ia escoldstica sua-
retiana.
El romismo, después de su penetracién en la Compafifa de Jest a través de
la escuela que se expres6, a partir de 1853, en La Civiltd Cattolica, habla pasa-
do, bajo cl impulso de la autoridad del Papa Leén XIIL, a la Universidad Grego-
riana, y se habla extendido también en Italia del norte, Bélgica, el mundo an-
glosajén ¢ irlandés, y la Francia del norte, Canad.
El Padre Orlandis, que en su juventud, siendo todavia seglar, habfa estudia-
do las carreras de Derecho y Filosofia y Letras en la Universidad de Deusto, ha-
bia sido convencido y ferviente suarista. Evolucioné en Tortosa, donde estaban
entonces los estudios filoséficos y teolégicos de la Provincia, hacia la admisién
de la metafisica tomista, que habla de plasmarse pronto en las célebres veinti-
‘cuatro tesis en los diltimos tiempos del pontificado de San Pfo X, por influencia
de un estudiante jesuita irlandés.
El tema metafisico més caracteristico de los que dividfan a comistas y suaris-
tas era el de la distincién real encee la esencia y el scr en los entes cteados. La
afirmacién por un jesuita de la que era entonces Provincia de Aragén de esta te-
sis venfa a ser entonces una actitud excepeional y dificultosa.
El dominico Norberto del Prado afirmé aquella tesis como «la verdad funda-
mental de toda la filosofia cristiana», mientras el Prepdsito general de la Com-
pafifa, Luis Martin, a la ver. que reconocla, obedeciendo al Papa Leén XIII, la
Tibertad para seguirla y ensefiarla, ponia para ello como condicién que «no se
hhaga de ella el fundamento de toda la filosofia cristiana».
Pero, en definitiva, el sistema tomista, entendiendo por tal el que se traté de
delimitar y definir en las célebres veinticuatro tesis, era algo no sélo permitido
oficialmente en Ja Compafifa de Jestis, sino presente y extendido, como he di-
ccho ya, en muchas instituciones y pafses entre los jesuitas.
Pero el epitero de somista evoca también tensiones y polémicas que han per-
durado durante siglos, a partir de las cuestiones de axcilit, «sobre la predestina-
cién y la gracia y sobre el modo de conciliar la libertad humana con la omnipo-
tencia de Dios» (D.S. 2564), que durance los pontificados de Clemente VIII y
Paulo V habjan enfrentado a la Orden de Predicadores y a la Compafita de Je-
sis (1598-1607).
Efecto de aquel enfrentamiento fue que, para la mayorfa de los dominicos, y
de otros que han profesado lo que éstos habfan defendido frente a los jesuicas,
el tomismo tendiese a ser definido por las tesis entonces sostenidas frente a la
doctrina de Luis de Molina,
El romismo y el molinisme—dice Gredt—se oponen contradictoriamente.
El tomismo consiste esencialmente en la doctrina de la predeterminacién fisica,
1481 molinismo en su negacién, de la que se sigue como necesaria consecuencia la
afirmacién de una ciencia media». (loseph Gredt O.S.B. Elementa philasophiae
‘aristotelico-thomisticae, vol. U1, pars II, cap. IV, 877,2). Si se admitiese como vé-
lida esta cerminologla, habria que decir que el Padre Orlandis no era tomista
sino molinisea
Pero no todos admiten esta definicién de la esencia del tomismo, ni el plan-
tcamiento que obligarfa a optar, como entre opuestas contradictoriamente, en-
tre aquellos dos sistemas. El Doctor de la Iglesia San Alfonso Maria de Ligorio
y otfos autores negaron la predeterminacién fisica y la ciencia media. Como
puso de manifiesto Marin Sola, O.P, en sus documentados estudios, también
autores dominicos posteriores 2 Domingo Béfiez siguieron otros caminos que
los que habsa seguido éste en las cuestiones de auxilis
Pero la tensién polémica fue causa de que tendiesen a ser acusados como
‘molinistas los comistas que no afirmaban en todo la predeterminacién fisica,
mientras en el campo contratio se descalificaban como bafezianes a quienes
afirmaban una premocién divina «indiferente> en los actos libres de las acciones,
de las criaturas.
Considerando en perspectiva el magisterio del Padre Orlandis, me parece
advertir que todavia hoy sorprende a algunos su admisién de la existencia de la
«ciencia media» y su rechazo de la predeterminacién fisica y de los decretos pre~
determinantes.
El Padre Orlandis, segin me explicé reiteradamente, era convencido adver-
satio de la predecerminacién fisica y de los decretos predeterminantes. La «cien-
cia media» divina, como explicacién del conocimiento eterno de los actos libres
humanos fururibles, encerraba para él dificultades en todas sus diversas inter-
pretaciones —coincidiendo en esto con Kleutgen, Cornoldi, Regnon, Billo
pero afiadia que no ha de costar admitir que los misterios de la sabiduria y cien-
cia de Dios son para nosotros insondables.
Afiadia que las tesis que explican este conocimiento, y Ia eficacia infrustable
de las mociones divinas weficaces», por la predeterminacién y los decretos pre
determinantes, ponen en el mismo libre albedrfo de los hombres un problema
insoluble, que hace dificil el reconocimiento del propio libre albedrio, y la posi-
bilidad del mérito y de la culpabilidad de los actos humanos.
En este punto su actitud era semejante a la del gran comentarista de Santo
Tomés, Cayetano (1469-1534), que, al referitse a la cuestién «sobre si la divina
providencia impone necesidad a todo lo que prove» se plantea la duda acerca
del carécter inevitable que parece hemos de reconocer, dada la inmutablidad y
omnipotencia de Dios, a todo lo que ha sido eternamente previsto y dispucsto
por El. Escribe:
Sobre esta duda nada encontré escrito en Santo Tomds... Como dijo Gregorio,
siente de Dios menos de lo que a El convene, el que s6lo cree lo que puede medir
con su ingenio... es mejor tanto para la fe catblica como para la filosofia confesar
M49,nuestra ceguera antes que afirmar como evidentes cosas que no dan descanso a nues-
tro entendimiento..
«EI consejo bptimo y més saludable en esta cuestiin es comenzar por aguello que
saberos con certeza y lo experimentamos en nosotros, a saber que todo lo que cae
bajo nuestro libre albedrto es evitable por nosotros, por lo que somos dignos de pena
-y de premio. En cuanto al modo en que, salvado esto, se salve la divina providencia
'y predestinacién, creer lo que cree la Santa Madre Iglesia. Pues se ha escrito, no bus-
ques las cosas gue son mds altas que tt, pues son muchas las cosas reveladas que es-
tan por encima de la comprensiin de los hombres. ¥ esta es una de ellas» (Comen-
tario sobre la Summa Theologica; It [Link], art.° 4°).
El Padre Orlandis sostenfa con conviccién absoluta lo que ahora el Catecis-
mo de la Iglesia Catélica (asim. 308) presenta como «una verdad inseparable de
la fe en Dios creadors: la de que «Dios actiia en todos los actos de sus eriaturas.
Es Ia causa primera que obra en y por las causas segundas».
Le repugnaban profundamente las explicaciones que afirmaban un eoncurso
simultedneo cout la causa divina y las causas creadas, por el que «ninguna de es-
tas causas influye con prioridad a la otra, porque ninguna influye en la otra,
sino que una y otra inflayen en la accién o el efecto, y ninguna aplica a la otra
© la hace obrar en virtud de este concurso» (Surez, Opuse. I, De concurs,
L.1, cap. 15,27)
El rechazo de la predeterminacién y la afirmacién de la premocién divina si-
tuaban el tomismo del Padre Orlandis en una corriente a la que han perteneci-
do insignes autores jesuitas. Bs una corriente tomista.
Hay que recordar que Leén XIII, que, en sus Letras Apostélicas Gravissime
Nor de 30 de diciembre de 1892, habia confirmado que Santo Tomés de Aqui-
no, segiin lo establecido por San Ignacio, es el Doctor propio de la Compafia
de Jesis, mientras exigié que en ella hubiese libertad para ensefiat la tesis gomnis-
1a de la distincidn real entre la esencia y la existencia, no exigié de modo alguno
que la Compafia abandonase sus normas tradicionales que exclufan la afirma-
cién de la predeterminacién fisica y de los decretos predeterminantes.
En el émbito teolégico las actitudes del Padre Orlandis estaban en continui-
dad con las del insigne Doctor de la Iglesia el jesuita Cardenal Roberto Belar-
mino sobre la gratuidad y anterioridad a la previsién de los méritos humanos de
la Providencia salvifica de Dios y el cardeter intrinseco de la eficacia de la divina
rac
Pienso que el espiritu y la acticud del Padre Orlandis, apéstol de la gracia,
con primactfa sobre las poiémicas de escuela —la ordenacién de la teologfa a la
fe y 2 la piedad le daba un horizonte amplisimo, desde el comista Garrigou-La-
grange al molinista Doctor de la Iglesia san Francisco de Sales— coincide con la
ensefianza de santo Tomds comentando la epistola de san Pablo a los Romanos:
«La predestinacitn es eterna. Difiere conceptualmente de la presciencia en que
ta importa silo conocimienso de las cosas fusuras pero la predestinacién importa
150también causalidad respecto de las mismas. Y ast Dios tiene presciencia incluso de
os pecados, pero su predestinacin es de los bienes de la salvacién,
‘»Dicen algunos que la presciencia de las méritos es la razén de la predestinacién,
de modo que se entienda que Dias predestina a algunos porque preconoce que obra-
rrdn bien y creerdn en Cristo.
»Esio se dirla raconablemente si la predestinacitn mirase blo a la vida eterna,
‘que se da por los méritos; pero cae bajo la predestinacién todo beneficio saluffico
(proparado eternamente por Dios al hombre. Por lo que afirmar que algin mérito
‘por nuestra parte se presupone, cuya presciencia dé razin de la predestinacién, no es
‘otra cosa que afirmar que la gracia se da por nuestros méritos, y que el principio de
las buenas obras procede de nosotros» (Ad Rom., nism. 702 y 703).
La doctrina tomista del Padre Orlandis se movia en ei resultado auténtico de
las disputaciones de auxiliis. Paulo V se expresaba asf, en julio de 1611, sobre el
sentido del aplazamiento de la resolucién:
«Si una y otra parte convienen en [o sustancial con la verdad catélica, exto €s,
(gue Dios com la eficacia de su gracia nos hace obrar, y bace que les gue no querlan
quieran, y dobla y cambia las voluntades de las hombres... pero son sélo diserepantes
en el modo, porque los Dominices dicen que predetermina nuestra voluntad flsica-
mente, esto es, real y eficientemente, ¥ los Jesuitas sostienen que lo hace congrua y
moralmente...» (DS ad 1997).
Las circunstancias histéticas de la polémica de auxiliis causaron la superposi-
cién y confusién de los temas «sustanciales en la verdad catélica» con los instru-
mentos conceptuales metafisicos diversos por los que una y otra escuela trataba
de explicar la accién omnipotente de Dios sobre los actos libres del hombre y la
infalibilidad de la omnisciencia divina sobre los mismos.
En las décadas posteriores se fueron dejando de lado y se olvidaron préctica-
mente decretos como el de San Francisco de Borja en 1565: «no se da por parte
nuestra razén de la predestinacién divina»; o del Padre Claudio Aquaviva en
1613: «Dios hace que nosotros obremos y no sélo nos da una gracia por la que
podamos obrar.
El llamado congruismo belarmino-suareziano fue siendo desplazado por el lla-
mado molinismo puro, bastantes de cuyas tesis teol6gicas habfan sido consideradas
por Belarmino como dignas de ser prohibidas en la ensefianza de la Compafila.
‘Notaba Billuart un siglo mds tarde que el tema de la eficacia de la gracia no
coincide con la cuestién metafisica del modo de la mocién divina sobre la vo-
luncad humana libre; que la tesis de los comistas seguidores de Bafier. sobre la
predeterminacién fisica no la profesaban otras escuelas, pero que todas ensefia~
‘ban como intimamente ligada con la fe la tesis de la eficacia intrinseca de la
gracia, salvo la escuela molinista.
Bsta evolucién doctrinal habfa sido ya prevista y lamentada por el propio
Belarmino que, ya al inicio de las Disputaciones, habia defendido ast su propia
posicién doctrinal:
151«Siguiendo esta opinién estaremos conformes con los dominicos, franciscanos y
agustines, cosa muy de desear, de otro modo estaremos en guerra con todas las Orde-
Pienso que tal vez podrfa encontrarse en esto una rafz remota de la singulari-
dad sociolégica y ambiental del Padre Orlandis. Hablando con él del contraste
entre los escritos del Padre Ignasi Casanovas, S.L., en especial en su estudio so-
bre Santa Teresita del Nifto Jests, y los de autores como el jesuita Ruiz Amado,
me comenté: «el Padre Casanovas no era tenido como jesuitico por el clero de la
digcesis y de las otras Srdenes religiosas. A mf me ocurte algo parecido».
En su adhesin a Santo Tomds, muy originaria y abierta, ejercia un legitimo
acto de libertad intelectual: me refirié que, hablando con el balmesiano Padre
Flori, S.L, le dijo: «yo soy mds balmesiano que ustedes, no porque siga las doc-
trinas de Balmes, sino porque le imito en su libertad en el pensamienco. Por
esto he podido ser tomista».
Estoy convencido de que el Padre Orlandis se movié en el camino recto ex-
presado en las reglas «para el sentido verdadero que en la Iglesia militante debe-
‘mos tener», contenidas en el libro de los Bjercicios:
«No sea que, mientras atribuimos mucho a la predestinacién y a la gracia,
frinjamos las fuerzas y el conato del libre albedrto; 0 que, mientras exaltamos excesi-
vamente las fuerzas del libre albedrio, deroguemos la gracia de Jesucritto» (N.°
366).
Camino recto, fiel a lo que advierte San Agustin: edesviasse hacia la derecha
lo hace el que se asigna a s{ mismo, y no a Dios, las buenas obras que pertene-
cen a los caminos de la derecha que el Seftor conoce. No os desvieis ni hacia la
derecha ni hacia la iequierda, esto es, no defenddis la libertad de modo que le
atribuydis las buenas obras sin la gracia de Dios; ni defenddis la gracia de modo
‘que, como si estuvierais seguros de ella, améis las malas obras» (Carta a Valen-
tin, 427).
En cuanto a las «veinticuatro tesisr, decfa que eran ciertamente «principios y
enunciados mayores» pero no Jos principios y enunciados mayores de Santo ‘To-
més, Estudios recientes han probado que se originaron en el deseo de algunos
insignes jesuitas tomistas de que se reconociese la autenticidad de su contenido
como doctrina del Doctor Angélico.
Pero, pot lo mismo, y dado su sentido monografico de diferenciacién de la
metafisica de Santo Tomés, respecto, especialmente, de la de Sudrez, el Padre
Oslandis encontraba a faltar en ella capitales principios de la que él lamaba con
‘entusiasmo la shnteris tomista,
El insistfa en el cardcter difusivo del bien divino; en el motivo de la creacién
‘como comunicacién efusiva y amorosa del bien, ya que, como aficmé San Agus-
«in, «Dios no busca su gloria para sf sino por causa de nosotros, pues no es a él
a quien aprovecha que le conozcamos sino a nosotros»; en el «modo, especie, y
orden» como dimensiones del bien finito; en el ejemplarismo divino y en los
152sgrados de perfeccién en la sescala de los seres»; en la dignidad eminente del
ente personals en la naturaleza manifestativa y locutiva del acto intelectual; en
la necesaria pertenencia del amor al acto constitutive de la felicidad...
El carscter originario de su estudio de Santo ‘Toms explica que no aceprase
como fieles al Angélico las sistematizaciones que, como efecto de las polémicas
sucesivas, no atendian a la presencia, en su sintesis, de la hezencia patristica, en
‘especial de San Agustin, y del neoplatonismo de los Padres griegos, recibido de
su maestro Alberto Magno en la obra del Pseudodionisio. Y olvidaban también
sus inspiradas exposiciones sobre algunos libros de la Sagrada Escrieura,
Su estudio y su magisterio evitaron siempre aquel peligro aludido en la enci-
clica Humani generis, de Pio XII: «la especulacién que descuida el ulterior estu-
dio del depésito sagrado permanece estéril, como hemos visto por experiencia
Su profiundo conocimiento de Santo Toms hizo posible que redescubriese y
fundamentase la coherencia y unidad arménica encre la teologia espiritual del
Doctor Angélico y la que se implica o presupone en el libro de los Ejercicios Es-
pirituales de San Ignacio de Loyola. Mostré en sus trabajos que San Ignacio re-
conocia la actuacién de los dones del Espiritu Sanco, segin las ensefianzas de
Santo Tomés de Aquino.
En teologla moral, no recuerdo haberle ofdo juicios peyorativos sobre nin-
guno de los «sistemas morales», pero afirmaba que su estudio se harfa con mds
fruto si se contrase en el dinamismo de la Vida cristiana, en las virtudes infusas
sobrenaturales y los dones del Espiritu Santo.
Estaba profundamente convencido de que en el futuro se harla cada ven. més
patente la fecundidad orientadora de la sintesis teoldgico-filoséfica de Santo
Tomds de Aquino, y se evidenciarfa su necesidad. «Los jesuitas que vendrén
—decfa al Padre Murall— 0 serdn comistas, 0 en otro caso serdn “existencialis-
tas” o “cualquier cosa"; pero no serin ya suasistas
Le of comentar, en torno a un influyente representante de la «teologia nue-
va», la utilizacién de un sedicente tomismo, con acticud hostil a lo postrident
no, que le hacfa prever la desintegracién de la escoléstica y aun de la ortodoxi
Discernfa ya una corriente vantimolinistay que no tendfa a cortegir las posibles
deficiencias «hacia la derecha» de aquella tradicién, sino a dar paso a un difun-
dido sizquierdismo» teolégico y politico-social.
Todavia convendrfa recordar una vez més que la intencién diltima del magis-
tetio filoséfico y teolégico del Padre Orlandis no se orientaba hacia la forma-
cién de un grupo de intelectuales, porque el fin de su tarea era «formar celado-
res del Apostolado de la Oraciéns. «Si vienes aqui para hacerte sabio, decla, no
hace falta que vuelvass. Me decfa muchas veces: «mina noi, no conviertas Schola
Cordis Tesu en una escuela tomista; lo nuestro es la devocién al Sagrado Cora-
26n, Hemos de poder colaborar con suaristas devotos del Corazén de Jesise
De hecho, algunos de los que con su accién hicieron posible la continuidad
de Schola fueron fervientes devotos del reinado del Sagrado Corazén, cuya for-
153macién teoldgica y filoséfica les situaba indiscutiblemente en la tradicién sua-
tista a la que habia pertenccido también el Padre Ramiére, el gran apéstol del
Corazén de Jestis y del Reinado de Cristo.
Lo que después se ha venido en llamar «Escuela tomisca de Barcelona» pue~
de ser reconocide como uno de los frutos més patentes del apostolado del Padre
‘Orlandis en el campo doctrinal, pero no debe set confundido con la que era la
obra esencial de su vida: la seccién del Apostolado de la Oracién que tiene el
nombre de Schola Cordis lest.
Consideraba nuclear en Schola el mensaje de infancia espiritual y oftenda al
amor misericordioso de Dios, que Santa Teresita del Nitto Jess tuvo la misién
de difundis. Se parecia al Padre Ignasi Casanovas, S.1., en la misteriosa unidad
{que uno y otro descubrieron entre los carismas doctorales expresadios en los Ejer-
cicios Espirituales de San Ignacio de Loyola y en los escritos de la sanca carme
ta de Lisieux,
El magisterio tomista del Padre Orlandis fue en verdad el de un apéstol del
reinado del Sagrado Corazén de Jesiis. Fruto de esto habrd sido sin duda que en
la maduracién de Schola Cordis Iesu y en el origen y continuidad de la revista
Cristiandad, han podido contribuit eficazmente, las tareas académicas y las in-
vestigaciones filoséficas de quienes han sido, mediata o inmediatamente, disci-
pulos del Padre Orlandis en el estudio de Santo Tomds de Aquino.
CERCA DE SU «INTEGRISMO»
Acabo de recordar que el Padre Orlandis comentaba a veces que se aludia a
41y a sus tareas con los epiteros descalificadores de tomina, inegrista y milena-
rista. He comentado también su aceptacién del primer ealificativo, y la autenti-
cidad del tomismo del Padre Orlandis, asf como la especial relacién, de legi
midad oficial y de tensién ambiental o sociolégica, entre el tomismo y las acti
tudes predominantes entre los jesuitas espafioles de entonces.
Paso a referirme al segundo de los epitetos descalificadores: ef integrismo.
Calificativo més complejo y equivoco que el de fomismo, que, como ya dij, ol
Padre Orlandis no admita simplemente, aunque aceptase asumielo y ain ucili-
zarlo a veces, supuesto el contexto que ya entonces rodeaba una palabra que,
‘como ahora, se aplicaba a los que mantenian integra lo que el Concilio Vaticano
1 calificé como la tradicional doctrina catdlica.
El cérmino integrismo se ha utilizado con dos significaciones, no inconexas
centre sf. En un sentido restringido a lo politico, por integrismo se entendia un
sector del rradicionalismo que se centraba principalmente en el tema de los de-
beres religiosos de la sociedad politica
Pero en un sentido més amplio se referta al sector wlinamontano intransigente
del movimiento catélico: un conjunto muy diverso de actividades orientadas a
154conseguir de nuevo la presencia y accién de la fe catélica en unas sociedades en
las que, por efecto de la Revolucién francesa, se habla descruido, como afirmé
Pio XII, ela bienhechora influencia de la estrecha unién de la Iglesia y el Esta-
do, que creaba como una atmésfera de espfritu cristiano» (14 de octubre de
1951),
El «partido catélico» en Francia y en otros paises fue la dimensién politica
del movimiento catélico. Al crearse la tensién entre los intransigentes y los e2-
tlico-liberales, éstos calificaron a aquéllos de uliramontanos intransigentes. Es-
cos, desde la revista romana La Civilta Cattolica y el diatio de Paris L'Univers,
apoyaron la accién de Pio IX que culminarfa en el Syllabus de 8 de diciembre
de 1864, y en la definicién de la infalibilidad pontificia por el Concilio Vatiea-
nol.
Epitetos parecidos, como el de catholiques intégraux —como ahora el de con-
servadores 0 fundamentalistas—, se dio a quienes apoyaron y se adhitieron a la
tremenda huicha en defensa de la fe que se desarrollé durante el pontificado de
San Pio X frente al modernismo teolégico y sacial, que con nombres y bajo for-
mas distintas tantas veces ha resurgido con los devastadores efectos que experi-
En su origen y educacién familiar, el Padre Orlandis tenfa con el tradiciona-
lismo polftico integrista una conexién muy clara: sus antepasados habfan sido
siempre carlistas y habian evolucionado hacia el integrismo por influencia de
los jesuitas.
En 1883 la Congregacién General de la Compania de Jestis habia decretado
que debja mantenerse la fidelidad a las ensefianzas del Syllabus de 1864. Signifi-
cados suaristas como Urraburu apoyaban explicitamente a Ramén Nocedal, ast
como cl propio Prepésito general, el Padre Anderledy.
Después de la evolucién politica de los primeros afios de este siglo, que levé
a los jesuitas espafioles, en nombre de la doctrina del mal menor, a apoyar a la
dinastla teinante y a la politica conservadora de Maura, decia un hermano del
Padre Orlandis hablando con un jesuita: «Nosotros habfamas sido siempre carlis-
tas, Usted comprenderd que después de habernas hecho integristas por ustedes, no
nos vamos a hacer abora mauristas por ustedes».
El Padre Orlandis, respondiendo en Tortosa a un cacique conservador que le
invitaba a votarle en nombre del mal menor, le dijo: «Que otros digan de usted
que es un taal menor se comprenderta. Pero, que usted mismo se me presente como
sum mal, aunque sea menor, es incomprensible>.
(Recordaré aqui lo que me explicaba el Padre Francisco Segura, S.L., cuando
oyé a algin superior, en tiempo de la Repiblica, recomendar aun partido por-
que habla sido fundado y apoyado por dirigentes catdlicos. El se dirigié a aquel
155superior y Ie dijo: «Durante arias he ofdo recomendar a estos dirigentes porque no
hactan polttica. Ahora se elogia a un partide porque ellos lo han fundado. Vengo a
pedirle permiso para subscribirme a El Siglo Futuro». Este diario era ya entonces,
cde nuevo unido al tradicionalismo integrista y el catlismo, el érgano de la Co-
munién Tradicionalista).
La tenaz memoria familiar de las dinastias campesinas explica que el Padre
Orlandis hubiese ofdo decir a su padre: enosotros no habiamos sido nunca boti-
fers», Relacionaba, pues, su carlismo con el austriacismo antiborbénico de la
guerra de 1705-1714. He pensado algunas veces que esta raigambre secular de
sentimientos heredados a través de las generaciones podria tener que ver con su
actitud: se definfa a veces a st mismo como supercatalanista, y descalificaba eel
veneno del catalanismo» por su liberalismo y su olvido de la auténtica tradicién
catalana. La politica de la Lliga —decia— cha castrado a Cataluiia».
Sentia indignacién por lo expresado por Prat de la Riba, para quien «una
Casaluha nacionale serta catalana, tanto si fuese catélica como librepensadora.
‘Tenfa la concepcién de Tozras i Bages sobre el sentido de la Trudicié catalana.
Le disgustaban las afectaciones culturales del noucentisme, y admicaba con fer-
vor a Verdaguer, Costa i Llobera, Marfa Antonia Salvd..
El Padre Orlandis utilizaba coloquialmente el término integriimo a veces en
sentido de algo valioso y deseable, aunque otras veces con cierta ironfa y como
en tono despectivo. Recordaré dos anécdotas concretas.
En 1948 le explicaba yo mi sorpresa ante una reaccién del Padre Hellin, el
conocido jesuita suarista, a quien cuve la suerte de conocer en el congreso que
aquel afo se celebraba en la Balmesiana sobre los centenarios de Balmes y Sud-
rez. Ante mis objeciones tomistas sobre su interpretacién del concepto de po-
rencia me pregunt6: «guién le ba ensefiado a usted’», y al decitle yo «el Padre
Orlandise, me dijo muy cordial y efusivamente: «continte, hijo, por ahi, que te-
ne usted muy buen maestro». Bl Padre Orlandis, al referirle yo esta sorprendente
y simpética acticud, me dijo: «No te extraie; al Padre Hellin le intereta mucho
mds el inxegrismo que el suatismos.
Me recordaba, por otra parte, que, siendo él novicio jesuita, el Padre Macs-
‘to no daba permiso a los que querfan comulgar con mayor frecuencia, y les de-
cla: alos sacramentos comunican la gracia por st mismes (ex opere operato);y lo pro-
‘pio de nuestra espiritualidad es adquirir las virtudes por nuestro bien obrar (es ope-
re operantis). El Padre Orlandis afiadié, como todo comentario a tan
desorientada acticud: «{Ob!, y era muy integrista». Pienso ahora en el juicio de
San Agustin; se desvfa a la derecha el que atribuye al libre albedrio humano el
bien obrar y no atiende al don de la gracia divina.
ras que, al referitse al Padre Hellin, el Padre Orlandis hablaba del inte-
156grismo como fervor por la verdad filoséfica y teolégica, al recordar el de su
maestro de novicios apuntaba hacia algunas caracteristicas del tradicionalismo
politico espafiol in‘luido hegeménicamente por los jesuitas.
‘Comentaba yo, hablando con el Padre Orlandis, unas palabras en que el do-
minico carlista Corbaté polemizaba contra los integristas en 1894 —en su libro
Leén XIII, los carlseas y la monarguta liberal— y notaba que «sus maesiros mds
respetables enseian lo que César Canti lama el liberalismo tealigico, y en moral
shan enseiado y sostenido las mayores laxitudes y relajaciones».
‘Ante esta objecién hecha por un catlista con argumentacién tfpicamente tomis-
ta y dominicana —denunciando el «jesuitismo» molinista y probabilisca de los in-
tegristas— recuerdo que el Padre Orlandis comenté: «No tiene nazén el Padre Cor
bats, porque en Eipafa el verdadero integrismo era el del Padre Alvaradow
No daba valor a argumentaciones «accidentales», aunque se basasen en cone-
xiones histéricas: no podia identificarse la tradici6n antiliberal con el «jesuitis-
mo», y no podia olvidarse Ia larga tradicién integrista de los dominicos espafio-
les, que va desde el Padre Alvarado a Santiago Ramirez y Victorino Rodriguez,
pasando por los catalanes Francisco Xarrié y Narciso Puig, y por el Padre Fonse-
ca, el que polemizé desde El Siglo Futuro con Menéndez y Pelayo.
Con el recuerdo del genial polemista contrarrevolucionario que se firmaba
como El Filésofo rancio, el Padre Orlandis se sicuaba en la perspectiva que le cra
mds propia: entendia toda la serie de alzamientos populares contrarrevoluciona-
rios, hasta la que llamaba explicitamente la Cruzada de 1936-1939, com la de-
fensa de la tradicién catdlica de Espafia. Insistfa en que era mds temible la ex-
tincién de esta tradicién que una dominacién comunista.
Descalificaba los «posibilismoss y «malminorismos» que ventan esforzandose
en excinguir la intransigencia de aquella tradicién, y los situaba en el «segundo
binario» de los Ejercicios ignacianos: el de los que quieren convencerse de que
Dios no les pide mds que lo que a ellos les resulta cmodo y que no les exige sa-
ctificio ni herofsmo.
Recuerdo que un destacado carlista me dijo que habia sido el Padre Orlandis
{quien le habia hecho comprender el significado de defensa de la Cristiandad, de
lucha de cruzada de la cradicién carlista espaftola. Si alguien dijese que daba
‘mayor importancia al cradicionalismo integrista que al legitimismo catlista, creo
que acertaria en su juicio.
Del Padre Orlandis como maestro y alentador de pensamientos y actitudes
politicas se podria decir lo que ha escrito Alfredo Séenz, S.1., sobre un gran
pensador ruso:
«Hay que insistir en que la hostilidad de Dostoieuski por la revolucién no et la
de un burguds 0 un hombre satisfecho interesado en conservar costumbres de otros
157tiempos» (Bl fin de los tiempos y seis autores modernos; pag. 116). Decia fre-
cuentemente: «por mds sueltas que le den... la futura sociedad eristiana serd de-
mocriticar. Pero de la democracia moderna sabfa que era la aplicaci6n a la polt-
tica de una concepcién del mundo naturalista, antitefstica y ancicristiana.
Denunciaba una conexién esencial, que muchos no querfan ver, entre los
errores del liberalismo, de la democracia y del modernismo teoldgico.
El hubiese querido alentar aquella «movilizacién general del pueblo cristia-
no» en que veia el significado auréntico de la Accién Catdlica entendida desde
las consignas del Papa Pio XI sobre el reinado de Cristo como tinica idea-fuerza
en orden a llevar ef mundo a la Paz de Cristo en el Reino de Cristo.
Hombre de Iglesia, sentia como «la necesidad mds urgente de nuestro tiempo,
la de sobrenaturalizarlo todo incluso el Romano Pontifice» (asim. 39 de Cristian-
dad; 11-1945).
“Teabajaba con empefio en que no se olvidasen, con el pretexto de silencios ©
de gestos abusivamence interpretados por pretendidos expertos en sociologia
, todo lo que los Papas han ensefiado como definitive tenendum, y se
as( integra la tradicional doctrina catblica.
No se podrfa olvidar su devocién y encusiasmo por San Pfo X y por el Vene-
rable Pio IX —que el Papa Juan XXIII deseé que fuese elevado al honor de los
altares durante el Concilio Vaticano II. ¥ es claro que en el contexto de las
modas y prejuicios que saturan el ambiente, bastarfa esto para que el Padre Or-
landis fuese por muchos descalificado como integrista
Pero nadie podrfa encontrar el més leve pretexto para atribuirle las deficien-
cias que contaminaron, en algunos patses y momentos, el «ultramontanismo in-
transigentes. Ningéin recelo hacia lo estético o lo culeural; ninguna hostilidad a
los estudios clisicos; ninguna beaterfa fidelsta antifiloséfica © antiescoléstica.
Definia la beaterfa como ela inconsciencia de lo sobrenatural»,
EI mismo sinterizaba as{ la actitud del Padre Enrique Ramiére, el fundador
del Apostolado de la Oracién, el gran Apéstol del Corazén de Jestis y de la Rea-
leza de Cristo, de cuya obra se sentia continuador en Schola Cordis lesu:
«Tenemos el ejemplo del Padre Ramitre, cuya férmula podemos decir que era: el
Cristianismo no ha venido a suprimir nada de lo propio a la naturaleza bumana
sino a jerarquizarlo todo en un orden de valores conducentes al fin sobrenaturals
(Conferencia dada el 7 de febrero de 1943).
Se me ocurre decir que el Padre Orlandis, si acaso, podria ser Hamado un su-
perintegrista. «La quiero todo», dijo en su lecho de muerte a uno de sus discipu-
los y amigos. Lo queria todo para winstaurarlo todo en Cristo». Su antiliberalis-
‘mo se centraba en la proclamacién de la Realeza de Cristo; su ancinaturalismo,
en el culto al Coraz6n de Jestis, que sentia expresado por la vidente de Paray-le-
Monial, por el Padre Ramigre y por Santa Teresita del Nifio Jesis, entonces «la
estrella del Pontificado» de Plo XI y ahora declarada Doctor de la Iglesia.
Al servicio de esta sobrenaturalizacién de todo estaban su profundo conoci-
158miento de los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola, y su magiscerio
de la sintesis metaflsica y teolégica de Santo Tomés de Aquino. En su conjunto
unitario el catisma del Padre Orlandis coincida, en lo profundo y esencial, con
las lineas centrales del programa pastoral del Papa Pfo XI.
Su actividad formativa se extendié a lo largo de muchos afios, desde el prin-
cipio de los afios veinte hasta su muerte en 1958, y tuvo como sus frutos visi-
bles Schola Cordis lerw, y también la revista, Cristiandad, que los de Schola fun-
daron en 1944.
En diversas etapas, sti magisterio y orientacién influyé en numerosos dise{-
pulos y oyentes. Cuando, el 24 de febrero de 1970, una asamblea de socios de
Schola Cordis Iesu clevé al Arzobispo de Barcelona un proyecto de nuevos esta-
tutos de esta seccién del Apostolado de la Oracién, firmaron Ia instancia los so-
cios que se enumeran a continuacién:
Domingo Sanmartf Font, Manuel de Arquer Cladellas, Xavier Sanmartf, Marfa
Asuncién Lépez Sufé, José Manucl Zubicoa Bayén, Carlos Mas de Xaxars Gass6,
José Marla Petit Sulld, José Luis Gonzdlez Aullén, José Marla Alsina Roca, José
M.* Mundet Gifre, Pedro Ochoa Rodrigo, Luis Creus Vidal, Martirién Llosas y
Scrrat-Calvé, Manuel Domenech Izquierdo, Ramén Vall-llosera, Juan Casafias
Balcells, José M.* Font Rius, José Javier Echave-Sustaeca del Villar, José M.t Arto
Ja, José Parellada Carreté, Antonio M.* Canals Vidal, Miguel Subirachs Torné, Pe-
dro Basil Sanmact, José M.* Martincz-Marl Odena, Fernando Serrano Misas, Ge-
rardo Manresa Presas, Ramén Gelpi Sabater, Eduardo Conde Gartiga, Enrique
Freixa Pedrals, Santiago Arellano, Antonio Pérez-Mosso Nenninger, Ignacio M.*
Serra Goday, Francisco Canals Vidal, Luis Comas Zabala, Francisco de Gomis Ca-
sas, Juan Bofill Bofill, José Antonio Oliver Massana, José M.* Rocabert Modolell,
José M.t Fondevila Refars, José M.t Minoves Fusté, Tomés Lamarca Abellé, Flo-
rencio Arman Lombarte, Luis Luna Gil, Mauricio de Sivatte de Bobadilla, José Bo-
fill Bofill, Pablo Lépez Castellote, Antonio Torroja Miret.
Una lista que incluyese a todos los que fueron influidos por el Padre Orlan-
dis y que secundaron las tareas que él inspiré serfa evidentemente mas amplia, y
tendria que incluir también a los que habfan ya muerto en la fecha de la men-
cionada inscancia. No obstante, es en s{ misma un homenaje a la amplitud de
su accién y a la permanencia y fecundidad de su siembra,
CERCA DE SU «MILENARISMO»
‘Al comenzar a escribir sobre mis recuerdos acerca del somismo, integrismo
smilenarismo del Padre Orlandis he afirmado que, 2 diferencia de lo que ocurria
159con el tomismo, durante siglos ausente en la tradicién predominante en las es-
cuelas de la Compatiia, «las convicciones u opiniones y las actitudes por las que
tendian a descalificar algunos al Padre Orlandis como “integrista” 0 como “milena
rista” estaban en intima relacién con corrientes doctrinales y movimientos espiritua-
des secularmente vigentes en la Compatiia de Jesis, y que podrian considerarse como
providencialmente originados en ella».
No podsla decirse que la afirmacién doctrinal y prictica de la integridad de
Ja doctrina tradicional catélica, o que la conviecién esperanzada del designio di-
vino del Reinado universal de Cristo por su Coraz6n, hayan sido siempre pre-
dominances en el pensamiento y en las tareas de la Compafifa de Jestis, la orden
que, como me recordaba el Padre Francisco de Paula Sola, $.1., fue fundada por
inspiracién divina por San Ignacio de Loyola al servicio del Reino de Cristo por
su Iglesia. Pero si que hay que reconocer una conexién intrinseca entre el caris-
‘ma apostélico del Padre Orlandis y el wencargo suavisimor del Sagrado Corazén
ala Compafifa de Jesis.
Puesto que no trato de presentar aqui un estudio documentado, ni una in-
formacién bibliogréfica, sino que intento s6lo evocat mis recuerdos, me bastard
relacionar con un estudio publicado en 1929 por el jesuita mejicano Francisco
Javier Quintana sobre el munus suavissimum, y con un espléndido libro publica-
do en Roma por el Mensajero del Sagrado Corazén italiano sobre La Festa di
Gest Cristo Re, el contenido del optisculo Actualidad de la idea de Cristo Rey que
edité en 1951 Publicaciones Cristiandad.
En aquel librito pequefio en su formato pero grandioso por su doctrina se
contenian trabajos de Jos¢-Oriol Cuffi Canadell, Jaime Bofill, Pedro Basil y del
propio Padre Orlandis, expresivos de lo més nuclear del espfritu de Cristiandad,
nacida de la formacién recibida en Schola Cordis lesu por quienes la fundaron.
en 1944,
Toda la razén de ser de la revista Cristiandad es la afirmacién del Reinado de
Cristo en el mundo, tal como se formuld sobre codo en los documentos de
Leén XIII y de Pio XI sobre la consagracién del linaje humano al Sagrado Cora~
zn y la institucién de la festividad de Cristo Rey.
El Padre Orlandis tenfa la conviccién, asintiendo a reiteradas ensefiancas
pontificias, de que el Reinado de Cristo es el camino tinico para la justicia y la
paz en la sociedad humana. Tenfa asimismo la certeza de la esperanza en el
cumplimiento de la que Pfo XI Ilamaba «consoladora y cierta profecta del divi-
no Corazéno: ela instauracién de todas las cosas en Cristo», la consumacién en
la plenicud de los tiempos del designio divino del advenimiento del Reino que
pedimos en el Padrenuestro (véase Catecismo de la Iglesia Catélica, 2818) y
con él la «testauracién universal de que Dios hablé por boca de los profetase
(ibidem, 674),
Que «la esperanza de una realizacién del Reinado de Cristo sobre la tierra
con una perfeccién mayor que la que ha alcanzado hasta ahora» (1 de abril
1601947, p. 146) fuese frecuentemente descalificada como «milenarista» es algo
s6lo explicable por un gravisimo malentendido.
Este malentendido, que ha durado siglos, pudo darse porque la entrada de
los «gentiles» en la Iglesia de Cristo no s6lo no fue contempordnea del recono-
cimiento de Jess como el esperado Mesfas por el pueblo de Israel, sino que, en
los designios providenciales la ceguera de los judfos vino a ser ocasién del lla-
mamiento de los gentiles, como afirmé San Pablo ditigiéndose a los romanos
(Rom. 1111-12).
Ya San Justino, filésofo y mércir, reconocfa en el siglo II que muchos de los
ctistianos no esperaban un tiempo futuro en que, restaurada Jerusalén, judfos y
gentiles participaran en el cumplimiento de las profecias y promesas a los des-
cendientes de los Patriarcas.
Incluso en San Jerénimo hallamos una confusién de planos entre las inver-
pretaciones y ensefianzas de los u muchos varones eclesidsticos y mértires que di-
jeron estas cosase, por lo que no se atreve a condenarlas (Sobre Jeremias, cap.
24), con las esperanzas terrenas y carnales de «los judios y nuestros judaizantes,
© por mejor decir, no nuestros, porque judaizantes», «los judios y los herederos
del error judfo, los ebionitasy.
Todavia San Agustin afirma que la calificacién de chiliastico 0 milcnario se
daba sédlo a los «catnales» por los «espiritualese. No obstante, en los textos alu-
didos de San Jerénimo, y en los siglos posteriores, el término milenarismo ad-
quirié una ambigiiedad y equivocidad en que se confundfan doctrinas total-
mente ajenas a la fe cristiana, con otras plenamente ortodoxas, fieles a la verdad
de los ordculos proféticos y del Apocalipsis de San Juan.
Recordaba el Padre Orlandis que la declaracién Balfour sobre el «Hogar Nacio-
nal Judio» fue vista como anunciando algo que sélo podria ocurrir al fin del mun-
do: la rcunién del pueblo judio en su tierra. Ya entonces tuvo ocasién de discutie
contra los prejuicios subyacentes en una comprensién que sélo pensaba en la con-
versidn de Iscael como algo que se datfa eal fin de los tiempos», en el sjuicio final».
En otras ocasiones he escrito en las paginas de la revista Cristiandad sobre la
escatologla intrahistérica del Padre Orlandis. Para el objetivo de estos «tecuer-
dos», sera més conducente concentrar la atencién en algunos puntos significati-
vos que delimitaban bien su actitud
Primero: supuesta la conviccién cierta, que vela ensefiada por ¢l Magistetio
pontificio, de la consumacién del Reino de Cristo en el mundo, advertia contra
la confusién de quienes, confundiendo e invirtiendo los ideales y principios
ctistianos, confunden con el advenimiento del Reino el sedicente progreso hu-
‘mano anticristiano.
161Desde el primer niimero de Cristiandad, se incluyeron los textos pontificios
que hablan de nuestra época como la de la «apostasfa», la eclosién del «misterio
de iniquidad» que culminarfa en «el hombre de! pecado que se levanta contra
todo lo que se llame Dios 0 reciba cultos, el Anticristo, anunciado en el Apoca-
lipsis y en la Ep(scola de San Pablo a los Tesalonicenses (2,4).
Segundo: apoyéndose en una tradicién muy firme y autorizada, juzgaba que
la desaparicién de «aquello que detienes el misterio de iniquidad, de que habla
San Pablo en Ia citada episcola, se habia realizado en Ia desaparicién del tfculo
imperial romano, en 1806, por obra del emperador revolucionario Napoleén
Bonaparte.
En la ruina de aquella institucién, heredera del cuarto de los reinos profeti-
zados en el libro de Daniel, se concretaba la quiebra del orden juridico y del
principio de autoridad en la antigua Cristiandad occidental, y con ello el des-
bordamiento de la anomfa, 0 anormalidad en el mundo contemporineo y en
todas las dimensiones de la vida.
Tercero: su visién teoldgica de la historia, al servicio de la esperanza de lo
que llamaria més tarde Karol Wojtyla la wescatologia de la Iglesia y del mundo»,
insistfa en el designio providencial. Esta chora de la rentacién que habia de so-
bbrevenir sobre todos los habitantes de la tierzay, esta «prueba final de la Iglesia»,
se ordena al cumplimiento de la sinstauracién de todas las cosas en Cristo»
Cuarto: la conversién de Israel «que la Iglesia espera con los proferas y el
‘Apéstol» (Con. Vaticano Il, Nostra actate) no se dard sino después del derribo
del imperio del Anticristo, Porque el pueblo de Israel como pueblo recibiré
aquel imperio anticristiano y antiteistico como sien él se realizasen sus esperan-
zas mesidnicas, las que no habfan queride reconacer en Cristo, Tal era fa inter-
pretacién tradicional de las palabras de Jesiis en el Evangelio de San Juan: «Yo
hie venido en nombre de mi Padre y no me habéis recibido. Ouro vended en su
propio nombre y a éste le recibiréis» (loann 5,43)
Quinto: la consumacién del Reino, que supone la vuelta de Israel a su Dios,
tendré lugar junto con el cumplimiento de la promesa divina de que se formaré
aun solo rebatio y un solo pastors.
EI Padre Orlandis citaba a Knabenbauer—aque segufa a Cornelio a Lapide en
este punto—:; «derribado el imperio del Anticristo, la Iglesia reinard en todas
partes, y se hard tanto de los judios como de los gentiles un solo rebafio y un
solo pastor.
Sexto: supuesto que la ruina del imperio del Anticristo no se obratia sino por
la wepifanta del Advenimiento del Sefior» (II Tessal 2,8) y supuesto también que
no se dardn tres advenimientos, este advenimiento segundo por el que cesa el
imperio del Anticristo en el mundo es aquel por el que Jesuctisto viene de nuc-
vo con gloria para juzgar, es decir para reinar en el mundo,
De l habla asf San Luis Marfa Grignion de Montfort: «sf como por Marla
vino Dios al reundo la vez primera en humildad y anonadamiento, zno podria tam-
162bién decirse que por Marta vendrd /a segunda vee, como toda la Iglesia le espera, para
reinar en todas partes y jusgar a los vivos y a los muertos? ;Cémo y cudndo, quién lo
sabe? Pero, yo bien s& que Dias, cuyos pensamientos se apartan de los nuestros mds que
cl cielo de la tierra, vendrd en el tiempo y mado menos esperado de los hombres, ain
de las més sabios y entendidos en la Escritura, que estd en este punto muy oscuara»
«Al fin de los tiempos, y tal vez mds pronto de lo que se piensa.. esta Divina So-
benana hard grandes maravillas en la tierra para destruir en ella el pecado y estable-
cer el reinado de Jesucristo, su hijo, sobre el corrompido mundo» («El secreto de
Marfa», nim. 57).
Séptimo: Fl Catecismo nos dice ahora que eel Reino de Cristo, presente ya
en su Iglesia, no ha llegado todavia a su culminacién, por el advenimiento del
Rey a la tierrax (Catecismo, mim. 671).
El Padre Orlandis no confundia el cumplimiento de lo anunciado en el
Apocalipsis «el reino de este mundo se ha hecho del Sefior nuestro y de su Cris-
0, que reinaré por los siglos de los siglos» (Apoc. 1 1,15), con un instanténeo
sjuicio finals con el que cesasen el tiempo y la historia,
Entendia estas cosas segiin la adverrencia de San Agustin, que afirmaba que eel
dia del tiltimo juicio» significa «el iempo thtimo» cuya duracién nos es desconoci-
dda, en que Cristo juzgard en el mundo con més plenitud, aunque ya ahora y desde
smpre es juez y Sefior del mundo (cf. De civitate Dei, XX, cap. 1, nsim., 2).
Oczavo: el Padre Orlandis entendta que el milenarismo prohibido, incluso
en su forma mitigada por el decreto del Santo Oficio de 21 de julio de 1944,
hhubiera podido ser condenado formalmente como herético. Porque el milena-
tismo propiamente dicho entendia la segunda venida y el Reino de Cristo en la
tierra en la perspectiva de la wisibilidad» del Rey, es decir, interpretando la se-
gunda venida como una vuelta triunfante del Sefior a estar visiblemente presen-
te en el mundo: no en cuerpo glorioso, como consta por las Sagradas Escrituras
aque escuvo en los dias desde la resurreccién a la ascensién a los cielos, sino con
una corporcidad visible empiticamente, del mismo tipo que la que quiso tener
desde su nacimiento a su muerte en la cruz.
Noveno: Con esta evisibilidad» del Rey estaba conexa en el pensamiento de
los antiguos milenariscas —xherederos del error judfo» segiin San Jerénimo, y
«que rechazaban el vino celeste y no querfan ser sino agua secular», segiin San
Irenco—, una comprensién del Reino en el horizonte terreno y mundano que
levé a los dirigentes del pueblo judio al desconocimiento de la salvacién que
trafa a este mundo el Hijo de Dios encarnado.
El Padre Orlandis habia dicho en 25 de octubre 1942, en una serie de con-
ferencias orientadoras de la tarea de los socios de Schola Cordis Iesu, que esta-
ban formando el propésivo de fundar la revista Cristiandad:
163««Tenemos por cierto que Jerucristo centra en la devocién al Sagrado Corazin el
remedio social del mundo actual y que como consecuencia del triunfo de esta devo-
cién ha de venir la época profetizada de pax y prosperidad en la Iglesia, coincidente
con el reinado social de Jesucristo».
En la misma revista, en un articulo publicado en 1 de abril de 1947 escribia:
«A quienquiera que haya letdo con atencién siquiera mediana los niimeros de
Gristiandad publicades hasta abora le habré debido de entrar por los ojos la expre-
sién insisente de una idea, la reiteracién incesante de una esperanca: la idea de la
Realeza de Cristo, la esperanza de una realizacion del Reinado de Cristo sobre la
tierra con una perfecciém mayor que la que ha aleanzado hasta ahora».
‘A esta conviccién cierta llamaba el Padre Orlandis el optimismo nuclear, del
que sostenia que ehabrtan de participar todos los cristianos» (ibtdem). De él dis-
tingufa el sistema desertollado por el Padre Enrique Ramitre, y su propio pen-
samiento en el campo de la Teologia de la Historia, al que aludfa como «mi sis-
temav.
En cuanto a la «escatologéa intrahistérica», el sistema del Padre Orlandis di-
feria del del Padre Ramitre, y mds bien coincidfa con el del gran escriturista, su
sobrino el Padre Rovira y Orlandis, expuesto en la obra inédita De consumma-
tione Regni Messianici in Terris, seu de Regno Christi in Terris consummato.
Hab/a animado al Padre Rovira a realizar aquel estudio, a la vez que, como
me comenté reiteradamente, le recomendaba que evitase el equivoco término
de milenarismo, y tratase de dejar plenamente en claro que la presencia subsi-
guiente a la evenida del Rey a la tierra» (véase Catecismo, nim. 671), es, 0 bien
tuna «presencia moral», o también, segiin las disposiciones divinas, una «presen-
cia fisica gloriosay.
Para afirmar que aquel «optimismo nuclear» deberia ser participado por to-
dos los fieles se apoyaba en el Magisterio pontificio. E incluso en las llamadas
aevelaciones privadas», de tan indiscutible influencia en el propio Magisterio y
en [a liturgia. Advertia que no se da en estos temas ningtin texto «definitorion.
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