D. D.
Gianni
Déjame SANAR TU CORAZÓN
La historia de Dafne y Alvar
Los hechos y/o personajes de la historia son ficticios,
cualquier similitud con la realidad es pura
coincidencia.
Capítulo 1
«Al amigo no lo busques perfecto. Búscalo amigo».
—José Narosky
Mi celular vibró sobre el vidrio de mi escritorio, estaba tan concentrada
en las planillas en las que estaba trabajando que di un brinco. Miré la hora y
me sorprendió que fueran las nueve y diez de la noche, pero era habitual
verme a esa hora trabajando en la oficina, aunque en realidad no me veía
nadie, porque a esa hora sólo estaba yo. Tomé el teléfono y vi la foto de
contacto de mi amiga Sarisha.
—Sari, ¿cómo estás?
—¿Qué cómo estoy? Antes de responderte te voy a hacer una pregunta
Dafne Davidsson, en tu complicada agenda tendrías anotado que hoy, viernes
a la noche, ¿tenías que encontrarte con tu gran amiga Sari? —preguntó, con
tono de reproche y bastante ofuscada.
Y sí, tenía que encontrarme con ella, pero lo había olvidado por
completo, y no era la primera vez que pasaba. Mi amiga tenía todo el
derecho a sentirse furiosa.
—Discúlpame, Sari. Sé que no tengo derecho a tu perdón y ni siquiera a
argumentar algo para defenderme. Dime dónde estás y ya salgo para allí.
—Ni siquiera recuerdas donde teníamos que encontrarnos, ¡esto ya es
demasiado!
—Lo recuerdo, lo recuerdo —dije inmediatamente, mientras abría la
agenda con rapidez y leía lo anotado para ese día—. Te veo en 15 minutos
en «The blue night». Ya estoy saliendo para allí.
—Ni un minuto más, si demoras más de 15 minutos, no me ves ni un pelo.
—De acuerdo, de acuerdo.
—No manejes a lo loco, sabes que te voy a estar esperando porque soy
demasiado blanda contigo.
—Te quiero.
—Lo sé. Y aunque no te lo merezcas, yo también te quiero —dijo, ya más
calmada.
—Nos vemos en unos minutos.
Apagué la computadora, agarré mi cartera y el celular, y salí raudamente
hacia el garaje del edificio de la empresa. Mi cargo era el de CEO de la
cadena hotelera «DT Hotels Group». La cadena contaba con varios hoteles
en distintos países, siendo los más importantes los ubicados en Nueva York y
Las Vegas. Yo trabajaba desde Uruguay, aunque viajaba con asiduidad a
varias partes del mundo para reuniones en el resto de las oficinas.
En una noche normal, hasta el restaurante en el que me esperaba Sari
podía llegar a poner diez minutos en mi coche, pero era viernes a la noche,
con lo cual me iba a tomar un poco más, sobre todo en encontrar un lugar
para estacionar.
Veinte minutos después de hablar con mi amiga estaba entrando en el
restaurante. Era un lugar que estaba de moda y se caracterizaba por tener la
mejor música y un variado menú.
La divisé mirándome y señalando su reloj, en claro llamado de atención
por haberme retrasado.
—Sariiiiii, ¡que hermosa estás! —exclamé, tratando de que cambiara su
ceño fruncido, aunque sabía que con eso estaba lejos de lograrlo. Le di un
beso y me senté frente a ella.
—No me vengas con zalamerías. Llegas tarde y estoy muerta de hambre.
Como castigo, ya hice el pedido para las dos, vas a comer lo que a mí me
apetece.
—Me parece bien y realmente discúlpame. Sabes que soy horrible
recordando reuniones, me enfrasco en el trabajo y no sé ni en qué día vivo.
Si no fuera por Mike ni siquiera recordaría las reuniones de trabajo.
—A ese Mike vas a tener que subirle el sueldo porque ser tu secretario,
sin duda alguna, es un trabajo perjudicial para la salud.
—El prefiere que lo llamen asistente personal, pero sí, es verdad que lo
vuelvo loco, aunque no se queja. Supongo que a partir de la semana próxima
estaré menos complicada porque llega la persona que Dom contrató para el
cargo de gerente.
—Bueno, dejemos tema trabajo, por favor. Hace varios días que no nos
veíamos, y necesitaba verte porque tengo algo para contarte.
—¿Estás bien? —pregunté preocupada, porque mi amiga cambio su
semblante serio por un gesto triste.
—Rompí con Chris.
—Lo siento, Sari. Dime por favor en que puedo ayudarte —supliqué,
extendiendo la mano sobre la mesa para tomar la de ella.
—Sabes que últimamente no nos estábamos entendiendo, discutíamos
demasiado. No sé, Dafne, creo que el amor se fue apagando.
—¿Estás segura? Porque yo creo que se siguen amando. ¿Por qué tomaron
la decisión ahora? ¿Hay algo que no me hayas contado?
Tenía claro que mi amiga amaba a su novio y él a ella, hacía más de un
año que estaban juntos y, si bien también estaba al tanto de que últimamente
no estaban pasando por su mejor momento, pensaba que podían llegar a
solucionarlo.
—No estoy segura de que nos sigamos amando. Chris ha cambiado,
incluso llegué a sospechar que podría estar saliendo con otra —dijo,
afligida.
—¿Y ya no lo sospechas? —pregunté, porque aún parecía tener dudas.
—El insiste en que no, que sólo está estresado con el trabajo y eso lo
tiene fundido y de mal humor. Se puso muy mal cuando le plantee lo de la
separación, no quería saber de nada, pero yo no podía seguir así, necesito un
respiro. Tú más que nadie puedes entenderme.
Sabía porque lo decía. Yo era la única del grupo de amigas que jamás se
había comprometido con nadie, y no pensaba hacerlo nunca. Estaba muy bien
sola. Y esa decisión no era un simple capricho, mi comportamiento tenía sus
fundamentos, y se originaban en una tragedia.
Mi padre había fallecido cuando yo tenía 4 años, mi madre lo amaba
mucho y había quedado devastada. Varios años más tarde, cuando ya se
había adaptado a la viudez y la soledad, conoció a un hombre que la
conquistó y logró que volviera a apostar por el amor. Un año más tarde se
casaron. De vivir con mi madre, pasé a tener en casa a un padrastro y un
hermanastro. Para ese entonces yo tenía 8 años y mi madre 30. Con
Francisco, o Fran como lo llamábamos a mi hermanastro, me llevaba bien, él
tenía 14 años y, aunque era más grande, me enseñaba a jugar en la Play y me
cuidaba como a su hermana pequeña. Víctor, su padre, era otro tema. Los
primeros años de casados fueron tranquilos, no puedo decir que felices, pero
éramos algo parecido a una familia. Con el pasar de los años, Víctor
comenzó a beber muchísimo y a llegar a casa ebrio. En ese estado se volvía
violento y alguno de nosotros tres, o los tres a la vez, éramos el blanco de su
ira. Las palizas eran grandes. A mi madre la amenazaba para asegurarse su
silencio. Si ella lo denunciaba o lo dejaba, yo y Fran pagaríamos las
consecuencias. Lo odiaba con todo mi ser, ver en el estado en que quedaban
mi madre y mi hermano, porque a Fran lo quería como si fuera mi hermano
de sangre, me hacía sentir una enorme impotencia y furia. Y cada día que
pasaba lo odiaba más.
Una tarde llegó a casa con una borrachera demencial, comenzó a gritar y a
romper todo lo que estaba en su camino. Mi madre intentó calmarlo, pero la
empujó y cayó al piso, lastimándose la frente con la punta de una mesa. Al
verla herida, arremetí contra él con todas mis fuerzas, pero, aunque estaba
borracho no había perdido la firmeza y comenzó a golpearme y patearme. La
sangre corría por mi cara y no me permitía ver con claridad, pero yo estaba
enceguecida y, como podía, seguía defendiendo a mi madre. En ese entonces,
tenía 12 años.
—¡Te advertí que no te metieras con mis hijos! —gritó mi madre con
desesperación, mientras se agachaba para ayudarme.
—El cobarde de Fran no es tu hijo, aunque lo parece, porque es tan
imbécil como tú y esta idiota —dijo, señalándome. Luego se acercó me
agarró del cuello y gritó—: ¡O me das más dinero o tu hija paga las
consecuencias!
No sé de dónde la sacó, pero cuando miré a mi madre, estaba apuntando a
Víctor con un arma. El tipo me soltó, estrellándome contra el piso y comenzó
a forcejear con ella. Escuché un estruendo y el corazón se me paralizó. Veía
como mi madre se escurría de los brazos de Víctor y caía al suelo con su
pecho ensangrentado. Grité y me arrastré hasta ella para abrazarla fuerte
mientras le pedía desesperadamente que despertara. Pero ya no despertaría.
Víctor me agarró de los pelos para separarme de ella, mi miraba con
furia. Ya no me importaba, sólo quería agarrar el arma y matarlo para luego
seguir abrazando a mi mamá.
—Mira lo que ha hecho la imbécil de tu madre. ¡Ahora voy a tener que
solucionarlo! —gritó —. Vas a pagar las consecuencias de la burrada que
hizo. Voy a preparar todo para que crean que entraron a robar y las mataron.
—¡Suéltame asesino! La mataste, mataste a mi mamá —grité, mientras
Víctor me sujetaba del cuello intentando asfixiarme y yo lloraba
desconsoladamente.
En ese momento volví a sentir el mismo estruendo, pero esa vez sabía que
era un disparo. Segundos más tarde, Víctor caía al piso y me arrastraba en la
caída. Como pude me levanté y cuando subí la vista vi a Fran parado detrás
nuestro con el arma en la mano y apuntando a su padre. Sus manos temblaban
y las lágrimas caían por su rostro.
—Fran, ¿Estás herido? ¡Víctor mató a mamá, la mató!
Fran tiró el arma al piso y me abrazó fuerte, llorábamos
desconsoladamente mientras nuestros padres yacían muertos a nuestros pies.
—Dafne, ¿me estás escuchando? —Sarisha me hablaba y movía las
manos delante de mi rostro para sacarme de mis pensamientos y volverme a
la realidad.
—Sí, claro.
—¿Y qué te decía?
—Que yo, más que nadie, te podía entender.
—Eso fue hace una eternidad. No me estás prestando atención, creo que
tú también estás colgada con otra cosa. ¿Estás saliendo con alguien? —
preguntó, extrañada.
—Yo no salgo con nadie, sólo tengo sexo con quien yo quiera y nada más.
Sabes lo que pienso respecto a las relaciones estables.
—Sí, lo sé, pero también tengo claro que algún día vas a cambiar de
opinión. No puedes pensar que todos los hombres son como era tu padrastro.
—No pienso así. Como ejemplo tengo a mi hermano, es el mejor hombre
que conozco y sin embargo lleva la sangre de un asesino golpeador, pero él
es un persona honorable y buena. Lo que no quiero es compartir la vida con
nadie y mucho menos enamorarme, al amor lo quiero bien lejos de mi
corazón.
—Ojalá tengas suerte, porque estoy segura de que por más que huyas,
algún día te va a encontrar.
—A mí no me va a encontrar nunca, así tenga que irme al mismísimo
infierno. Pero, paremos de hablar de mí. Hoy eres tú la que necesita
desahogarse y para eso estoy aquí.
Mi amiga pasó a detallarme todo lo que la había llevado a querer tomarse
un tiempo. Parecía tranquila y segura, pero la conocía muy bien y sabía que
estaba sufriendo. No quería que se fuera sola, así que la invité a irse
conmigo a mi apartamento, a quedarse a dormir allí y tener una noche de
chicas. Mi apartamento estaba en un décimo piso, era amplio y cómodo,
además de elegante y moderno. Agarramos unas cervezas de la heladera y
nos sentamos en el living a conversar.
—¿Últimamente has salido con alguien? —preguntó Sari, pero cuando me
miró y notó mi gesto de reproche, aclaró—: ya sé, ya sé, no sales con nadie.
Cambio la pregunta. ¿Últimamente te has acostado con alguien?
—Sí, el fin de semana pasado conocí a Henry y la pasamos genial. Lo
bueno es que está en la misma onda que yo, nada de compromiso.
—Me imagino lo difícil que debe ser conocer un tipo que solo quiera
sexo sin compromiso con una mujer despampanante como tú —comentó,
irónicamente. Yo puse los ojos en blanco y ella prosiguió como si nada—:
Sabes que eres la mujer de los sueños de cualquier tipo, mírate, eres
hermosa, una bomba sexy, eres educada, tienes más plata que Creso, etc. etc.
etc. ¿Quién en su sano juicio rechazaría a una mujer así? Pero insistes en este
tipo de vida que, si bien ahora no puedo decir que no sea placentera, más
adelante…
—Sari, yo estoy bien así. Tengo a mi hermano, a ti, al grupo de amigas, y
más adelante, gracias a ti y a las otras chicas, voy a tener a mis sobrinitos
para malcriar.
—Cierto que tu hermano piensa igual que tú y no quiere pareja estable.
Una lástima, porque Fran está para comérselo. Aunque lo malo de él es que
te apoya en esta forma de vivir.
—¿Sigues con el amor platónico por mi hermano? —pregunté, entre
azorada y divertida.
—Es que es un bombón, además de caballero y ¡el hermano de mi mejor
amiga! Podría haber sido mi pareja ideal. En fin…. él se lo pierde.
—No lo dudo, pero la realidad es que Fran está tan roto como yo. Somos
incapaces de sentir amor, no va a suceder. Ojalá, mi hermano conociera a
alguien y se enamorara, me haría muy feliz, pero dudo de que eso pase.
—Sé que siempre dices que estás bien, pero mereces sentirte más que
bien, mereces la felicidad de un amor incondicional, de una pasión absoluta,
que no es lo mismo que una noche con un buen revolcón.
—Me conformo con el buen revolcón, porque no lo paso para nada mal
—dije, haciéndole un guiño para intentar bajar la intensidad de la
conversación—. ¿Podemos volver a hablar de ti?
Sari suspiró y se dio por vencida conmigo, por lo menos por esa noche,
porque sabía que era un tema en el que insistiría siempre.
Capítulo 2
«La vida es como un espejo: te sonríe si las miras sonriendo».
—Mahatma Gandhi
El lunes llegó y aún tenía a mi amiga en mi apartamento, había decidido
quedarse conmigo todo el fin de semana, así que pasamos por su casa a
buscar sus cosas y convivimos sábado y domingo, cosa que hacíamos cuando
teníamos muchas ganas de vernos o temas en los que ponernos al día, pero
que desde que ella vivía con su novio habíamos espaciado bastante.
Pasamos un lindo fin de semana, fuimos al cine, de compras, comimos fuera
de casa, charlamos, nos reímos y seguimos charlando. En fin, el lunes estaba
agotada. La dejé en el edificio donde trabajaba, Sari era escribana, y
continué el viaje hace mi oficina. Tenía varios temas pendientes que resolver
y en la mañana una reunión que había fijado Dom.
Dominic Thompson, a quien algunos teníamos el privilegio de llamarlo
Dom, era el dueño de la empresa en la que trabajaba. Un hombre de 65 años,
al que le tenía gran confianza y respeto. Inteligente como pocas personas que
conociera y con unas ganas fieras de trabajar, aunque hacía algún tiempo que
ya iba poco por la oficina y me delegaba mucho más que antes.
—Buen día, Mike. ¿Cómo estuvo tu fin de semana? —pregunté, a mi
asistente.
—Estuvo bien. ¿Cómo pasaste el tuyo? —también preguntó, mientras
daba un sorbo a su café.
—También estuvo bien. ¿Puedes venir a mi oficina en diez minutos para
organizar la jornada?
—En diez estoy allí. Tienes una reunión con el Sr. Thompson a la diez y
media. Por otro lado, te comento que hoy comienza a trabajar la chica que
contrataste como secretaria para el nuevo gerente. No sé cuándo comienza el
gerente, ¿tienes algún dato más?
—No. Supongo que la reunión con Dominic es por ese tema. Cuando
llegue la Srta. Lambert, dile que quiero hablar con ella y búscame un ratito
libre para poder hacer esa reunión y avísanos a ella y a mí de la hora. Ten en
cuenta que la reunión con ella tiene que ser luego de que me reúna con
Dominic —solicité, mientras me dirigía a mi oficina, ese día me esperaba
una larga jornada laboral.
—¿La Srta. Lambert es la nueva secretaria? —preguntó Mike, frunciendo
el ceño.
—¿Por qué frunces el ceño?
—Cuando dices «Srta. Lambert» me recuerda a una de mis antiguas
maestras. ¿Qué edad tiene? ¡¡¿No será mi maestra, verdad?! —exclamó, con
horror.
—¡Ay, por Dios!, deja la payasada y ponte a trabajar —ordené,
sonriendo.
—¡A la orden, jefa! —respondió, y largó una carcajada.
Mike Vicent, mi asistente desde hacía dos años. Un chico de mi edad,
ambos teníamos 26 años. Pelo castaño claro, ojos celestes y buen mozo.
Medía alrededor de 1,75 metros y estaba en buena forma física. Nuestra
relación era meramente profesional, pero en la oficina habíamos logrado
tener una relación de mucha confianza, mi agenda dependía totalmente de él
y hacia su trabajo con responsabilidad y eficiencia.
A las diez y media de la mañana, se abrió la puerta de mi oficina y Dom
se asomó con una gran sonrisa. Por más que hablábamos a diario, hacía
varios días que no iba por allí. Vestía siempre impecable con trajes de
marcas reconocidas y su presencia infundía un gran respeto, incluso llegaba
hasta intimidar. Por supuesto que a mí no, lo conocía desde hacía varios años
y nos teníamos mucho cariño.
—¿Puedo pasar? —preguntó, sonriente.
—Por supuesto, adelante.
—¿Cómo está todo? —preguntó, mientras se acercaba a saludarme con un
beso en la mejilla, para luego desprenderse el botón del saco y sentarse en
uno de los sillones destinados a las visitas ubicados frente a mi escritorio.
—Por donde quieres que empiece, Nueva York, Las Vegas, Paris…
—Por ninguno. Hoy no me aburras con el trabajo, tengo claro que todo
marcha estupendamente y es en gran medida gracias a ti. Mi pregunta está
dirigida a tu vida. ¿Cómo te encuentras? —preguntó, interrumpiéndome.
—Me encuentro bien, nada destacable que comentar —respondí,
subiendo los hombros.
—Y ¿qué has sabido de tu hermano? Ese pillo hace un montón que no me
llama.
Mi hermano era economista como yo, y también estaba en el negocio de
los hoteles, era el dueño de un hotel en Las Vegas y, por eso, yo me había
inclinado por mi actual trabajo, dado que Fran me había enseñado
muchísimo. En varias ocasiones en las que estuvo visitándome habíamos
salido a almorzar con Dom y su esposa. Por un lado, el sobreprotector de mi
hermano quería conocer a mi jefe, y por otro, a ambos les daba curiosidad su
adversario en los negocios. En realidad, más que competidores, terminaron
siendo amigos y, aunque la diferencia de edad era mucha se llevaban de
maravillas. Ambos sentían un gran respeto por el otro y también cariño.
Sabía que Fran le había contado a Dom nuestra tragedia familiar, y también
tenía claro que, por ese motivo, Dom me cuidaba muchísimo. No intervenía
en mi vida privada, pero se preocupaba por mí.
—Ese pillo, como bien lo llamas, sigue sin querer sentar cabeza. Cuando
vaya a visitarlo el próximo mes, voy a tener una seria charla con él.
—Mira quien habla —comentó, sonriendo.
—No empieces, Dom. A parte, es distinto porque Fran es mayor que yo.
—¿Me crees tan poco inteligente para responderme de esa manera? Pero
no importa, sigue haciéndote la tonta, yo igual estoy convencido de que
pronto vas a cambiar de idea.
—¿Cuál idea, exactamente? Porque tengo muchas —respondí con una
sonrisa de triunfo, aunque sabía que a Dom no le ganaba nunca, él siempre
tenía la última palabra.
—Ya veo que hoy estás con ganas de bromear. Pero, bueno, como dice el
dicho, «el que ríe último, ríe mejor» —y con una sonrisa enigmática terminó
su sermón, porque en ese momento sonaba el intercomunicador y Mike nos
avisaba que el nuevo gerente estaba esperando para que lo recibiéramos.
—¿Hoy? —pregunté, mirándolo sorprendida.
—Venía a comentártelo, pero se me adelantó. Se van a llevar muy bien —
dijo sonriendo, con esa sonrisa que me hacía sospechar que se guardaba
algo, pero no tenía idea de que era.
El nuevo gerente había sido una contratación sorpresa por parte de Dom,
pero muy bienvenida, porque estaba claro que necesitaba un poco de ayuda.
Lo único que sabía era que, la persona contratada, era el hijo de un conocido
de él, y que tenía mucha experiencia en la gerencia financiera. Recordaba
que me había dicho que venía desde alguno de los países nórdicos, pero no
recordaba de cual.
La puerta se abrió, primero entró Mike y luego lo hizo pasar. Dom y yo
nos levantamos inmediatamente para saludarlo.
Capítulo 3
«Se acercó y me dio la mano. De todas aquellas manos, la suya era la
única que trasmitía la vida».
—Mario Benedetti
Quedé paralizada…. El hombre que tenía frente a mí me miraba con los
ojos más maravillosos que había visto en mi vida, de un celeste claro como
el cielo en un día soleado. Su pelo rubio cortado prolijamente y a la moda,
era el marco de un rostro angelical pero fuertemente masculino. No tenía
idea de cuánto podía medir, pero seguro que pasaba el metro noventa,
porque yo me consideraba una mujer alta midiendo mi metro setenta y dos, y
tuve que mirar hacia arriba para llegar a sus ojos. El físico era un tema
aparte, ese hombre tenía que haber sido modelo de ropa interior, que
espalda, que piernas, ¡por Dios!, o mejor dicho ¡por Lucifer!, porque ese
hombre estaba hecho para el pecado. El traje azul oscuro que lucía le
quedaba espectacular. Encima sonrió, y casi me desmayo, fue la sonrisa más
dulce y sexy que había visto en mi vida.
El Dios vikingo estiró la mano para saludarme y tuve que obligar a mi
brazo a moverse, porque parecía que todo mi cuerpo, incluido mi cerebro,
estaban en trance.
—Alvar Hills, un gusto en conocerte. Debes ser Dafne Davidsson, Dom
me habló de ti —saludó, exhibiendo esa sonrisa hechicera.
Asentí con la cabeza y retiré mi mano de la suya porque la mía debía
estar húmeda por el sudor. ¿Por qué me sudaban las manos? ¿Qué me
sucedía? Ni que nunca hubiera estado delante de un hombre sexy y
atractivo.
—Querido Alvar, ¿cómo estás? ¡Que gusto tenerte en nuestro equipo! —
dijo Dom, mientras le palmeaba la espalda. Luego me miró con extrañeza, y
como no dije nada, prosiguió—: Estamos orgullosos de tenerte con nosotros.
—Por supuesto. Un gusto conocerte y trabajar contigo. Bienvenido —al
fin mi cerebro hacía conexión con mi boca y coordinaban una frase, al
menos, coherente.
—El gusto es mío, y agradezco la oportunidad de sumarme a este gran
equipo.
—Nada que agradecer, muchacho. Ven, vamos a sentarnos a conversar y
luego te presentamos al resto del equipo y te mostramos la empresa.
Pedimos que nos trajeran café y nos sentamos en los sillones de mi
oficina. Entre Dom y yo comenzamos a informarle resumidamente los
negocios, aunque me di cuenta de que ya estaba muy familiarizados con
ellos. Era evidente que Dom había hablado bastante con él.
Dom sugirió que le mostrara su oficina, que estaba junto a la mía y se
comunicaba con una puerta interior, y luego el resto de la empresa. Ya
pasada la sorpresa al conocerlo, me sentí más cómoda y comencé a charlar
con fluidez. Él parecía un tipo amable, que fue saludando a todos los que le
presentaba con educación y simpatía. Notaba que las mujeres se babeaban
con él y, aunque las entendía porque me había pasado igual, no me gustaba
presenciar como intentaban llamar su atención. Pero, para ser sincera, lo que
más me molestaba era mi comportamiento, desde cuando me importaba lo
que pensaran o hicieran las mujeres del hombre que estaba conmigo.
Para, para, para, Dafne, él no está contigo, simplemente es un
compañero más de trabajo.
¡Que quede claro que mi conciencia tenía las cosas claras!
Al nuevo compañero se sumó Lavinia Lambert, la chica que ocuparía el
puesto de secretaria de Alvar. Era una chica de 30 años, de pelo castaño y
abundante, y ojos celestes redondos y enormes. Ya la había entrevistado y
me había caído muy bien. Alvar y ella se entendieron enseguida y decidí
dejarlos solos para que se familiarizaran con el trabajo y se conocieran
mejor.
Me senté frente a mi computadora con la idea de seguir con lo que estaba
antes de que llegara Dom, pero nuevamente fue interrumpida por este.
—¿Puedo pasar? —preguntó, por segunda vez en la mañana.
—Dom, ¿vas a pasar todo el día haciéndome esa pregunta?
—¿Que te ha parecido Alvar? —preguntó, sin responder a mi comentario
y volviendo a tomar asiento en el sillón que había ocupado un rato antes.
—Me pareció encantador. Creo que les cayó bien a todos.
—Es muy inteligente y responsable, seguro que se van a llevar de
maravilla.
—Supongo que sí. La chica que contraté para secretaria de él también
parece ser muy responsable, espero se lleven bien.
—Me dio la impresión de que ya habían congeniado y que se entendían
perfectamente, vengo de la oficina de Alvar y estaban trabajando juntos. Se
les veía cómodos y muy alegres.
—Mejor así —dije, intentando no demostrar la sensación rara en el
estómago que me había producido su comentario. Después de todo, ¡a mí que
me importaba si estaban a las risas o tirándose algo por la cabeza!
—También te venía a avisar que al mediodía me gustaría salir a almorzar
contigo y con Alvar, ¿puedes?
—Tengo que preguntarle a Mike si tengo algún horario libre, pero creo
que estoy bastante ocupada
—Llámalo y pregúntale, así ya nos hace la reserva en el restaurante
italiano que queda a una cuadra de aquí.
—Quizás sea mejor que salgan ustedes así pueden charlar tranquilos de
sus respectivas familias.
—No hay nada que no podamos hablar frente a ti —dijo, mientras me
miraba entornando los ojos.
—Tengo bastante trabajo pendiente —ya no sabía que decirle, pero la
verdad era que, por ese día, pretendía poner un poco de distancia entre el
Dios vikingo y yo. No sabía las razones por las que quería hacerlo, pero me
parecía que era lo mejor para mí.
—Perfecto, si es por eso te vienes con nosotros, porque yo sigo siendo tu
jefe y te lo ordeno. No sé por qué hoy estás tan quisquillosa —dijo, y se
levantó moviendo las manos como si lo estuviera haciendo perder la
paciencia y se dirigió hacia la puerta de salida de mi oficina.
—Si me lo pides así… —ironicé.
—Me alegra que hayas recuperado el habla y tu sentido del humor, me
pareció que hace un rato habías perdido ambos —y con esa frase y una
amplia sonrisa, salió de mi oficina dejándome con la boca abierta y sin
poder rebatir.
Unas horas más tarde me encontraba en una mesa del restaurante
Cantucci, almorzando con Dom y Alvar.
En la primera hora la conversación se centró en temas de la oficina y en
sus respectivas familias, parecía que Dom apreciaba mucho al padre de
Alvar y lo conocía desde hace unos cuantos años. Alvar tenía 33 años, era
soltero, y el segundo de tres hermanos. Cuando llegó el momento del postre,
supongo que Dom decidió que la conversación debería centrarse en mí,
porque no paró de elogiarme y resaltar lo buena que era en el negocio y
como otras empresas habían querido tentarme para que dejara la empresa y
me fuera con ellos, pero jamás había dudado en quedarme. Nunca me gustaba
que comenzara con esos temas, pero delante de Alvar me molestaba más, él
me miraba con ¿admiración?, y eso me hacía sentir nerviosa y avergonzada.
Estaba comenzando a experimentar una sensación rara estando con ese
hombre, y me inquietaba. Por otro lado, su atractivo y su sensual voz no
hacían más que aumentar la alteración que ya sentía. Y lo peor era que,
mirando hacia el futuro y sabiéndome trabajando día a día con él, me hacía
concluir que estaba en un gran problema. Tenía que calmarme y centrarme.
La cuestión era, ¿cómo? Porque con esos ojos hechiceros mirándome, ni
siquiera podía pensar claramente. Sí, ¡estaba en problemas!
—Me dijo Dom que tu hermano también está en la industria hotelera y que
es dueño de un hotel en Las Vegas —afirmó.
—Así es, tiene un precioso hotel y le va muy bien. Después que terminé
mi carrera estuve un tiempo con él en su hotel y allí me enseñó mucho de lo
que sé, por eso me incliné a trabajar en este negocio —comenté con orgullo,
estaba tremendamente orgullosa de mi hermano.
—Por suerte Dafne decidió trabajar en Uruguay, contratarla fue una de
mis mejores jugadas en los negocios. Ella es mi mano derecha —dijo Dom,
y me hizo un guiño.
—Así que para ti soy simplemente «una jugada laboral» —afirmé,
haciéndome la ofendida.
—Dije, «mi mejor jugada» —puntualizó riendo, y agregó—: sabes que
eres más que eso, Dafne es como de mi familia. Esta muchachita aguerrida
para los negocios sabe ganarse tu corazón. Ten cuidado Alvar, no se vaya a
robar el tuyo —dijo como si nada, y yo casi me escondo bajo la mesa.
Miré a Dom que no podía disimular la risa, seguramente por verme
avergonzada, y casi lo fulmino con la mirada, lo que hizo que su sonrisa se
ampliara más. A Alvar no quería ni mirarlo, pero escuché su voz:
—Lo tendré en cuenta —bromeó—. Aunque imagino que Dafne tiene a
alguien custodiando muy bien su corazón.
—Ahhh, si te refieres a un novio, no lo tiene. Esta chica no quiere saber
nada de compromisos —aclaró Dom, y yo le hubiera dado una buena patada
por debajo de la mesa. Lo único que me detuvo fue el miedo a poder herirlo
porque lo hubiera hecho con todas mis fuerzas.
—Dom, estoy aquí, hablas de mí como si yo no pudiera responder.
—Es que no lo estás haciendo —manifestó, mientras Alvar nos miraba
sin participar.
—Quizás sea porque no me permites hacerlo. Alvar, te respondo —dije,
mirándolo e ignorando completamente a Dom que seguía divirtiéndose a mi
costa, no entendía a donde quería llegar porque nunca se había comportado
así—: No tengo tiempo para novios, estoy completamente dedicada al
trabajo y a disfrutar de mis amistades—. Miré a Dom quien se llevaba la
mano a su boca y hacia un gesto como de cerrarla con un cierre. Era evidente
que hubiera acotado algo, pero en ese momento sabía que era preferible
mantenerse callado.
—Te entiendo, yo tampoco tengo un compromiso y se lo debo a la falta de
tiempo. Además, dejé a mi grupo de amigos al venir y ya los estoy
extrañando.
Así que era soltero. ¡Céntrate, Dafne!
—Dafne puede presentarte a sus amistades —sugirió Dom, que seguía
metiéndose donde no lo llamaban.
—Por supuesto —acoté, aunque no estaba segura de querer presentarle a
mis amigas.
—Te agradezco mucho. Por ahora voy a tratar de acostumbrarme a la
ciudad y al trabajo.
Chico sensato.
Para mi suerte, el tema tomó otro sendero y se enfocó en la fiesta que se
organizaba el siguiente viernes para festejar los 50 años de la empresa en
Uruguay. Era una fiesta de gala que se llevaría a cabo en un salón de uno de
los lujosos hoteles ubicados en la ciudad. En ella participarían todos los
empleados que estaban en Uruguay y alguno de los clientes y proveedores
más importantes.
Cuando regresamos a la oficina, Mike me estaba esperando con varios
recados y el aviso de un par de reuniones virtuales. Le pedí que le informara
de las mismas a la secretaria de Alvar para que él también participara,
porque tenía que comenzar a interiorizarse en esos temas y, de paso,
comenzaba a presentarlo.
Dom se fue de la oficina apenas llegamos y a Alvar lo volví a ver cuándo
nos encontramos en la sala de reuniones para conectarnos con el resto de los
participantes. En esa oportunidad también nos acompañaban Lavinia y Mike.
Para mi grata sorpresa participó bastante, no sólo consultando, sino también
dando su punto de vista, y lo noté muy cómodo.
Ya hacía un rato que Mike había pasado por mi oficina a despedirse
cuando comencé a sentir el cansancio sobre mis hombros, me dolía el cuello
y mi espalda necesitaba estirarse. Levanté los brazos y los estiré todo lo que
mi cuerpo me permitía. Miré la hora en la computadora, las 21:22,
nuevamente me había pasado el día en la oficina, bueno en realidad ese día
había salido a almorzar con Dom y Alvar. ¿Se habría ido? En ese momento
golpearon la puerta que comunicaba mi oficina con la de él. Me sobresalté y
bajé los brazos inmediatamente.
—Adelante. —La puerta se abrió y el que ocupaba mi pensamiento en ese
momento se materializó frente a mí.
—Pasé a despedirme. Pensé que ya te habías ido, pero vi la luz por
debajo de la puerta —comentó, mientras me observaba. Parecía cansado,
pero con ese pelo revuelto estaba arrebatador. Su perfume llegaba hasta mí y
comenzaba a alterarme. ¡Céntrate, Dafne!
—Es habitual verme por aquí a esta hora o incluso más tarde, por más
que he intentado irme antes, siempre me enfrasco con algo y termino
yéndome tardísimo. Te aconsejo que no me copies este hábito. ¿Qué haces tú
a esta hora?
—También me sumergí en varias cosas y no me di cuenta de la hora.
Estoy tratando de ponerme al día con todo, aunque sé que me va a llevar un
tiempo.
—No te estreses. Cuentas conmigo para todo lo que necesites, avísame
cuando necesites que te explique algo o requieras ayuda.
—Gracias, pero no quiero molestarte, al contrario, estoy acá para
colaborar contigo. Hoy dijiste que el trabajo te requería de mucho tiempo, y
ya veo que es así. Espero poder ser de ayuda y que, por lo menos, puedas
empezar a irte más temprano.
El Dios vikingo se estaba esforzando por aprender para que yo no tuviera
tanto trabajo. ¡¿Se podía ser más dulce?!
—Gracias, Alvar. De verdad te agradezco el esfuerzo y tus palabras, pero
no quiero que termines agotado, me gustaría que disfrutaras el trabajo y te
sintieras a gusto. Además, estoy segura de que vamos a ser un gran equipo, y
para mí es un placer compartir el trabajo contigo y apoyarte en todo lo que
necesites.
—Te lo agradezco —dijo, luego ambos quedamos callados mirándonos
por unos segundos, era imposible cortar el contacto visual con esos
hermosos ojos. ¡Céntrate, Dafne! Él reaccionó primero y preguntó—: ¿Vas a
quedarte mucho más? ¿Puedo ayudarte en algo?
—Sabes, ya que logré desconectarme, voy a aprovechar para irme.
¿Tienes locomoción? —pregunté, mientras comenzaba a apagar la
computadora y juntar mis cosas.
—Sí, para estos primeros días tengo un auto de alquiler, pero Dom me
explicó que en estos días me van a dar un auto de la empresa.
—Sí, así es. Mañana mismo averiguo en que está eso y tratamos de que
sea lo antes posible.
Esperó a que terminara con todo lo mío y salimos juntos. El ascensor se
me hizo pequeño con su imponente presencia. ¿Por qué me alteraba tanto?
No lo comprendía. Sí, era súper atractivo, mortalmente sexy y elegante, pero
no era el primer hombre así con el que me cruzaba y no recordaba que nadie
me hubiera perturbado de esa manera. En el garaje nos despedimos con un
beso en la mejilla. Era el primer beso que nos dábamos porque el primer
saludo había sido con la mano, y su roce dejó una sensación ardiente en mi
piel. ¡Demonios! Algo no estaba bien. Me tranquilizaba saber que en pocos
días tenía que ausentarme de la oficina por unas cuantas semanas. Como
todos los años en esa época, con Dom comenzábamos la gira por los
distintos hoteles para tener las reuniones de cierre de año y planificación del
próximo. Estaba segura de que un alejamiento terminaría con todas esas
sensaciones raras que me estaban comenzando a inquietar.
Pasaban las diez de la noche cuando llegué a casa. Estaba agotada. Me
fijé en mi teléfono y vi que tenía un montón de mensajes en el grupo de
amigas. Comencé a leerlos y maldije en todos los idiomas posibles. Había
olvidado el cumpleaños de Nora, una de mis amigas. Estaban reunidas en el
Resto-Bar Magic que quedaba a 20 minutos de donde vivía. La cita era a las
nueve de la noche, o sea, estaba más que retrasada. Respondí avisando que
salía para allí y leí alguno de los mensajes en los que me reprendían bastante
por el retraso. Y reprendían es decirlo delicadamente, porque las palabras
que usaban mis amigas eran insultos en toda regla. Me lo tenía merecido.
Me di una ducha rápida, me vestí para la ocasión con un little black dress
escotado y largo hasta la rodilla, era un modelo sencillo pero que potenciaba
mi cuerpo. Me dejé el pelo suelto y me maquillé en forma natural. Era alta,
de complexión delgada, pero con suaves curvas debido al ejercicio que
realizaba en el gimnasio. Según mis amigas tenía un cuerpo de escándalo. Mi
pelo rubio oscuro, con tonalidades de dorado que lograba gracias a la
realización de mechas a medida que conseguían un efecto natural, me llegaba
hasta la mitad de la espalda. Esa tonalidad hacia resaltar mis ojos verdes de
largas pestañas. Tenía un bonito rostro, no lo podía negar. Pero, aunque sabía
que era considerada una bella mujer, eso era por fuera, por dentro tenía mil
demonios con los que luchaba a diario.
Llegué al lugar y mis amigas ya tenían varias copas de más, por no decir
una borrachera en toda regla. Reían por cualquier cosa y hacían brindis hasta
porque se les había enfriado la comida.
Ese grupo de amigas estaba formado por Sarisha Wood, quien se había
quedado conmigo el fin de semana y a la que consideraba mi mejor amiga;
Nora, a quien ese día le festejábamos su cumpleaños número 31, era la de
mayor edad en ese grupo, estaba casada y tenía un hijo; Zara, de 28 años,
morocha de pelo ondulado y muy bonita y René, de 28 años, una rubia de
ojos celestes que tenía una sonrisa constante y hablaba a rabiar. Sarisha y yo
con 26 años, éramos las menores del grupo. Nora era la única que estaba
casada y era madre, René estaba comprometida, Sarisha recién había roto
con su novio y Zara y yo no teníamos compromiso, aunque ella lo había
tenido hasta hace unos meses atrás y estaba desesperada por volver a estar
de novia, no le gustaba estar sola y era la enamoradiza del grupo. Nuestro
grupo de Whatsapp tenía como nombre «Sexy Girls» y nuestro lema era «Lo
que pasa en este grupo, se queda en este grupo».
—Acá estoy, perdonen la tardanza. ¡¡Muy feliz cumpleaños, Nora!!
Saludé, mientras me abrazaba a Nora y comenzaba a escuchar todos los
reproches por haber llegado a esa hora.
—Gracias, Dafne. Por mí no hay problema. Sé que tienes un trabajo
demandante —dijo Nora, como siempre, la considerada y educada del
grupo.
—¡Demandante y un cuerno! Siempre haces lo mismo. La próxima vez
que llegues tarde, voy a ir a tu oficina y te voy a montar un escándalo delante
de todos —gruñó Sari, mientras me señalaba con el dedo, pero no acertaba
mucho a mi ubicación, señal de que se había tomado hasta el agua de los
floreros. Con sólo mirarla podía darme cuenta de que era la más afectada
por la bebida.
—Tiene razón. No puede ser, Dafne, tienes que trabajar menos, es una
locura que todos los días trabajes hasta estas horas —se sumó Zara a la
protesta.
—Es probable que a partir de hoy quedé un poco más liberada de trabajo
porque hoy comenzó a trabajar el nuevo gerente —acoté, recordando al
bombón que tenía por compañero, pero me arrepentí al instante cuando sus
rostros se transformaron en los de un detective privado frente a una posible
pista. ¡Gran error!
—¿Y cómo es? —preguntaron todas a la vez.
—Es buen mozo —respondí, restándole importancia y agarrando una
botellita de cerveza.
—No, no, no. ¡Queremos una descripción completa del buen mozo! —
inquirió, René.
—Esperen, esperen. Antes que nada, dinos si es soltero, porque si es
casado el tema se termina acá, nosotras nunca nos metemos con tipos
casados —nos recordó, Nora. Y era así, ninguna de nosotras saldría con
hombres casados o con compromiso, eso era una premisa inviolable. Bueno,
por supuesto que Nora tampoco salía con nadie que no fuera su esposo.
—Totalmente de acuerdo, eso es lo primero —asintió, Sari.
—Es soltero —dije, mientras le daba un mordiscón a una porción de
pizza, capaz que, si me veían con la boca llena dejaban de preguntar. ¡Ilusa!
—Entonces deja de comer y cuéntanos —y esa fue Zara, y todas
asintieron y se inclinaron hacia adelante como para acercar sus oídos a mí.
¡Estaba en pleno interrogatorio!
—¿Qué quieren que les diga? Ya les dije que era buen mozo. No sé, es
alto, rubio, de ojos celestes.
—¿Y el físico? —preguntó, René.
—Es delgado, no sé, estaba de traje —respondí, evitando dar detalles,
porque si lo describía tal cual lo concebía, mañana las tenía a todas en la
oficina.
—¡Debe estar buenísimo! —exclamó Zara, y luego agregó—: Si te haces
la tonta es porque te pareció más guapo de lo que quieres reconocer. ¿Están
de acuerdo conmigo? —preguntó al grupo, y todas asintieron. Las miré
sorprendida, esas mujeres me conocían más de lo que creía. Además, noté
que Sari me miraba entornando los ojos, señal de que algo estaba pasando
por su cabeza.
—Ya les dije que me pareció atractivo, no estuve mucho tiempo con él,
más bien estuvo con Dom porque yo tuve varias reuniones —y sí, mentí
descaradamente, no me quedaba otra si quería lograr que se olvidaran del
tema, cosa que en ese momento parecía imposible.
Bueno, dejémosla tranquila —solicitó Sari, me miró y me hizo un guiño.
Parecía que con el cerebro nublado por el alcohol estaba más intuitiva que
nunca. Como las demás protestaron por su solicitud, agregó—: No se dan
cuenta que se está atiborrando a comida para no responder, pero nosotras lo
podemos averiguar por nuestra cuenta.
Todas asintieron y dieron palmaditas aplaudiendo la idea. Dios, ¡en que
me había metido! Eran capaces de ir a la oficina y plantificarse allí hasta
lograr conocerlo. Además, la idea de que fueran y lo intentaran conquistar,
me hacía sentir una sensación poco agradable.
Después de eso, durante el resto de la reunión sólo hicieron un par de
preguntas más, y el cumpleaños trascurrió como siempre, bebida,
conversación, risas y más bebida. Yo bebí poco porque tenía que manejar.
Nora llevó a Zara a su casa, René se fue en su auto y yo llevé a Sari. Apenas
subió a mi auto cerró los ojos y se durmió.
—Gracias al cielo —susurré, cuando la noté dormida, pero otra vez me
equivocaba.
—Si agradeces al cielo porque me crees dormida, ya vez que estas
malgastando agradecimientos. Pero no te preocupes que hoy no te voy a
acosar con preguntas sobre tu nuevo compañero. Hablaremos en otro
momento, ahora no estoy en condiciones y tengo que estar con mi mayor
lucidez. Ahora déjame dormir hasta que llegue a mi casa —y dio por
finalizada la conversación.
Cuando llegamos la acompañé hasta su dormitorio, se tiró en la cama y
me pidió que me encargara de cerrar con llave.
—¿Estas bien? ¿Quieres que me quede? —pregunté, porque la vi más
destruida que otras veces y no me había parecido que bebiera tanto como
para estar así.
—No estoy tan borracha como parezco, simplemente no estoy de buen
humor.
—Entonces me quedo —afirmé.
—No es necesario, de verdad. Vete y mañana hablamos —insistió, sin
levantar la cabeza de la almohada.
—No quiero dejarte sola.
—Vete, Dafne. Te aseguro que mañana te llamo y hablamos tranquilas.
—Está bien. Llámame si necesitas algo.
No insistí porque imaginé que realmente quería estar sola, la conocía lo
suficientemente bien para saber que si quería mi compañía lo hubiera dicho.
Sari estaba sufriendo por la ruptura con Chris Eso pasaba con el amor, te
traía infelicidad. A mí no me iba a pasar, lucharía con todas mis fuerzas para
no enamorarme. En ese momento vino a mi mente la imagen de Alvar Hills,
moví la cabeza para deshacerme de ella. Sólo me había impresionado su
atractivo, nada más. Igual, trataría de mantenerme alejada de él.
Capítulo 4
…
«y aunque no siempre he entendido
mis culpas y mis fracasos
en cambio sé que en tus brazos
el mundo tiene sentido»
…
—Mario Benedetti
La semana transcurrió bastante tranquila. Mis amigas no aparecieron por mi
oficina y Sari, superada con sus problemas con Chris, no insistió en saber de
Alvar. Con él, en el trabajo nos entendíamos muy bien y agradecía a Dom
haberlo contratado, porque era muy rápido y le estaba delegando un montón
de asuntos de la empresa, sobre todo reuniones. Después de mucho tiempo,
había podido ir al gimnasio por más de treinta minutos. En la semana había
vuelto a salir con Henry. Con él había salido sólo una vez y habíamos tenido
buen sexo. Trataba de no salir dos veces con el mismo chico, pero como
últimamente me sorprendía varias veces al día, y porque no decirlo, también
en la noche, pensando en Alvar, decidí que tenía que hacer algo para
solucionar ese inconveniente, y que mejor que una buena noche de sexo con
otro chico guapísimo.
Me pasó a buscar y fuimos a cenar a un restaurante con música en vivo.
Sólo estuvimos un par de horas y salimos rápidamente para su casa.
Nuevamente el sexo fue espectacular, Henry se esmeraba para que
disfrutáramos los dos, y realmente la pasábamos muy bien.
El viernes la oficina era un caos, en la noche se realizaba la fiesta del
aniversario de la empresa y todos estaban agitadísimos. Ese día todos se
retiraron más temprano para poder engalanarse para la noche. Incluso Alvar
y yo nos fuimos más temprano de lo habitual, dado que a las nueve de la
noche teníamos que estar en el salón.
Para ese día elegí un vestido largo con caída y finos tirantes, en color
dorado. El escote era pronunciado tanto adelante como en la espalda y se
ajustaba a la cintura y las caderas haciéndome ver muy sensual. Para el
cabello elegí hacerme unas ondas y me maquillé resaltando los ojos.
Dom nos había pedido a Alvar y a mí que llegáramos un poco antes de la
hora fijada para que estuviéramos cuando los invitados comenzaran a llegar.
Más allá de que no los íbamos a recibir en la entrada, quería que nosotros
tres, como los mandos superiores de la empresa, estuviéramos presentes
desde el inicio.
Cuando llegué, Dom y Alvar estaban conversando. Ambos vestían de
esmoquin negro y, debo decir que se me cortó la respiración, si de traje era
sexy, de esmoquin era de otro mundo, un ser extremadamente sensual.
Suspiré y me encaminé hacia donde estaba mi martirio, porque debía
reconocer que ese hombre me atraía más de lo que debería.
—Buenas noches, caballeros —saludé, tratando de disimular todas las
sensaciones que Alvar me provocaba.
Él giró y no pudo disimular el impacto que le causé. Su mirada me
recorrió entera y tardó varios segundos en hablar, además de que estoy
segura de que la voz le salió ronca cuando me saludó. Dom se dedicó a
observarnos y me pareció que disfrutaba de nuestra turbación.
—Buenas noches, Dafne —respondió Alvar.
—Buenas noches, Dafne —repitió Dom, con una sonrisa misteriosa.
—Están muy elegantes, caballeros.
—Y tú estás hermosa, como siempre —señaló Dom, mientras Alvar me
seguía observando sin disimulo—. Tengo que ir a hablar con el organizador
para recordarle algo, ahora vuelvo—. Dom giró, se alejó y nos dejó solos.
—Coincido con Dom, estás hermosa, Dafne —se acercó a susurrar en mi
oído y quedé paralizada.
—Gracias. Como dije, tú también estas muy guapo —aseguré, aunque su
cercanía al hablarme me había perturbado y su mirada me estaba poniendo
nerviosa.
—En realidad, anteriormente dijiste elegante —bromeó, mostrándome su
sensual sonrisa.
—Elegante, guapo, ambos adjetivos aplican a ti esta noche.
—Bueno, gracias —respondió, sonriente.
—¿Sabes cuál es nuestra mesa? —pregunté, para aliviar el momento.
—La mesa número uno, es la que está más cerca del escenario —
respondió, señalándomela.
—¿Quieres que vayamos?
—Vamos —respondió, y estiró la mano para dejarme pasar delante suyo.
El salón estaba decorado con gusto y elegancia. Las mesas redondas
lucían decoradas con fina mantelería y espectaculares centros de mesa
florales. Los invitados comenzaron a llenar el salón y el bullicio y la música
nos obligaban a que nos tuviéramos que acercar bastante para escuchar lo
que nos decían. Nuestra mesa estaba integrada por, Dom y su señora, Alvar,
Mike, Lavinia, la jefa de contaduría llamada Clara, el jefe de personal cuyo
nombre era Andrés, dos de los abogados de la empresa de nombres Lorenzo
y Peter, y yo. Mi silla estaba entre la de Dom y Alvar.
Para iniciar la velada, Dom subió al escenario y dio un gran y
emocionante discurso. Comenzó el mismo agradeciendo a todos y
expresando lo orgulloso que estaba de todos y cada uno de nosotros, además,
remarcó lo especial que era ese día para la empresa. Continuó evocando
algunas anécdotas de la historia de la empresa a lo largo de esos años, tanto
aquellas exitosas como las complicadas de las que la empresa salió airosa.
Terminó deseando un feliz aniversario y comprometiéndose a que la empresa
seguiría por ese camino, brindando el mejor servicio y cuidando de todos
los empleados. Cuando pensé que había finalizado, miró hacia nuestra mesa
y agregó:
—Dejé este saludo para el final porque quiero agradecer especialmente a
mi señora, a mi familia, sin ellos no sería lo que soy. Gracias Malena por
estar siempre a mi lado, mi vida es maravillosa a tu lado —expresó
emocionado, mientras miraba dulcemente a su señora—. Y también mi
especial agradecimiento va para Dafne, no sólo es increíble en lo que hace
en nuestra empresa, sino que, sobre todo, es un ser humano maravilloso.
Como la gran líder que es, nos muestra el camino y nos acompaña en el
trayecto, ella nos inspira cada día y se ha ganado nuestra total confianza y
respeto. ¡No tengo más que palabras de agradecimiento para ti, Dafne! —
Ahora fue el turno de mirarme a mí con emoción, mientras yo lo observaba
sintiendo un nudo en la garganta y volvía a escuchar un estruendoso aplauso
—. Y ahora sí, como siempre hacemos en estas reuniones, quiero
presentarles a dos personas que se han sumado a nuestro equipo y que están
trabajando codo a codo junto a nosotros, un gran aplauso para Alvar Hills,
nuestro gerente general y para su secretaria Lavinia Lambert. ¡Bienvenidos!
Antes de seguir hablando, Dom permitió que los presentes les dedicaran
un gran aplauso a los nuevos integrantes del equipo. Alvar y Lavinia se
levantaron de sus sillas y agradecieron con gestos y devolviendo el aplauso
a todos los presentes, y luego Dom añadió:
—Y como es habitual cada vez que tenemos nuevos compañeros, y que
vamos a decir la verdad, es un momento en que los demás disfrutamos
mucho, esta noche les pondremos le prenda correspondiente a su iniciación
en la empresa, o la «prenda de admisión», como solemos llamarla.
Miré a Alvar y Lavinia sonriendo maliciosamente y comenté:
—Uy, uy, uy, Dom suele ser bastante artero en esto. ¡Les deseo suerte!
Y mi sonrisa se transformó en una sonrisa de oreja a oreja.
—Amigo, a mí me hicieron bailar Break Dance en el medio de la cantina
y lo anunciaron por mail para que todos fueran a verme —comentó Andrés
sonriendo, mientras su mirada se dirigía a Alvar.
—Eso fue porque tu habías alardeado de que sabias bailar —dijo, Mike
—, normalmente no somos tan malos—. Y miró a Lavinia que había quedado
seria y pálida.
—No se preocupen, yo sólo tuve que preparar cookies caseras para todos
—intervino Clara, mirándolos a los dos, pero deteniendo su coqueta mirada
en Alvar.
—Gracias por el ánimo que nos dan —ironizó Alvar, sonriendo—. De
todas formas, vamos a tener que pasar por eso. No te preocupes, Lavinia,
saldremos airosos.
—Y como hoy estoy bondadoso y compasivo, voy a dejar que mi señora,
que es un ángel, elija la prenda —aclaró Dom, y todos comenzamos a
aplaudir mientras observábamos expectantes a Malena que se llevaba un
dedo al mentón indicando que ya se encontraba ideándola.
—¡Ya la tengo! —informó Malena al cabo de unos segundos, y por la
mirada que se dedicaron entre ellos, me dio la sensación de que ya estaba
todo preparado. ¡Esos dos eran terribles!
—Sube al escenario a informárnoslo, cariño —solicitó Dom, muy
sonriente.
Mientras Malena se levantaba y se dirigía hacia el escenario giré y miré a
Alvar, y lo encontré observándome con detenimiento.
—¿Tú lo sabes? —preguntó.
—Te aseguro que no lo sé, ni siquiera sabía que Dom iba a proponerlo —
afirmé—. No te preocupes, como máximo será un poco vergonzoso —lo
codee y él sonrió.
—Atención que está llegando mi señora con la propuesta —exclamó
Dom, muy entusiasmado, estas prendas siempre las disfrutaba muchísimo—.
Aquí tienes el micrófono, pero antes dímelas a mí —solicitó, y Malena se
acercó a su oído y se lo susurró.
—Bueno, bueno, bueno. Les voy a decir que me ha sorprendido su
creatividad, pero estoy de acuerdo en que es algo especial para esta noche y
que me ha encantado. Incluso les voy a adelantar que no van a ser solo dos
los involucrados.
—¡Qué lo diga! ¡Qué lo diga!¡Qué lo diga! ¡Qué lo diga! —comenzaron a
corear desde el público, porque Dom, con el propósito de crear expectativa,
se estaba retrasando en informarlo.
—Atentos, Lavinia y Alvar…… su prenda consiste en ……bailar dos
canciones elegidas por mi señora. Malena ve a comunicarle al chico de la
discoteca cuales elegiste —dijo Dom, y le dio un beso en la mejilla a su
señora.
—Ay, Dios mío, ¡qué vergüenza! —dijo Lavinia, tapándose el rostro con
las manos.
—¿Cómo se ven para el Break Dance? —consultó Andrés, mirándolos
con diversión.
—Ánimo, Lavinia, demostremos que somos un gran equipo —apuntó
Alvar, palmeándole la espalda a la chica.
—Les explico lo que van a tener que hacer, vengan hacia la pista de baile,
por favor —solicitó Dom, mientras les señalaba la pista. Ambos se
levantaron y se dirigieron hacia allí mientras eran ovacionados por el
público. Me generaban un poco de compasión, pero la verdad era que, como
todos, también estaba disfrutando el momento. Era algo por lo que todos
habíamos pasado, era la tradición de la empresa.
—No seas tan maldito, Dom, y dínoslo de una vez —exclamo Alvar,
sonriendo.
—Yo no tengo nada que ver, pero te aseguro que no te va a ir nada mal, la
pobre Lavinia sí salió perjudicada —dijo Dom, a pura risa—. Bueno, acá
va: Lavinia, lamento decirte que vas a tener que bailar dos temas musicales
con este anciano —dijo, señalándose—. Y, Alvar, a ti te toca bailar con la
hermosa Dafne. ¡Ahora quiero escuchar tus quejas, amigo! —exclamó,
mientras bajaba del escenario y se dirigía hacia la pista.
¿Con quién? ¿Dijo, Dafne? ¿Es que Dom se había propuesto hacer de
mi vida un tormento?
Todos me miraban esperando mi reacción.
— Jefa, tienes que ir hacia la pista —dijo Mike, señalándome la pista con
la cabeza.
—Si no quieres, me ofrezco a ocupar tu lugar —expresó Clara, sonriendo
y todos se giraron a mirarla.
Ya quisieras.
—Por supuesto que no, jamás le haría ese desplante a nadie—. Me
levanté y me dirigí hacia donde estaban los tres esperándome, escuchando
nuevamente la ovación de todos, esta vez dirigida a mí. Y yo que pensé que
iba a disfrutar este momento.
Alvar me miraba con una sonrisa enigmática mientras avanzaba hacia él.
—Aquí estoy —dije, cuando llegué a su encuentro.
En ese momento se escuchó la voz de Malena desde el escenario que nos
explicaba el resto de sus planes.
—Hoy es una noche en la que todos queremos participar, así que, me faltó
decirles que el público va a votar a la que consideren la mejor pareja, y la
pareja ganadora se llevará un fantástico premio. Así que, ¡a dejar todo en la
pista! Nos tienen que convencer —acotó.
¡Era peor que su marido! ¡Pareja de demonios!
—¡Que comience la música! —gritó, Malena, y miré a Alvar quien me
miraba divertido. En ese momento se comenzó a escuchar la canción
«Despacito» interpretada por Luis Fonsi y Daddy Yankee.
Alvar estiró su brazo para que tomara su mano. Tomados de la mano
comenzamos a movernos. Sentía los gritos, silbidos, ovaciones, comentarios
que nos pedían que fuéramos más sensuales y hasta alguno dirigido
directamente a Alvar: «eres el hombre con más suerte del mundo»,
«aprovecha, tú que puedes», «agárrala de la cintura», etc., etc. Traté de ser
más sensual en los movimientos, Alvar riendo me imitó y movíamos las
caderas sensualmente haciendo el mayor esfuerzo por no desternillarnos de
la risa. Por suerte para mí, todo el griterío me distraía y me desconcentraba
del cuerpazo de Alvar frotándose con el mío y de sus manos en mi cintura.
Igualmente, el calor comenzó a invadir mi cuerpo. Traté de olvidarme y miré
a Dom y Lavinia que se esforzaban por bailar, pero Dom hacia cualquier
movimiento y morisqueta para que Lavinia se divirtiera, y lo lograba, porque
ella se había olvidado de la vergüenza y se reía a carcajadas. Terminó la
canción y nos separamos entre aplausos y gritos. Después de ese baile no
quería mirar a Alvar, sentía mucha vergüenza y calor, ¡mucho calor!
Volvimos a escuchar la voz de Malena:
—Y ahora para la segunda les voy a pedir que se abracen porque se viene
una balada, y recuerden que nos tienen que convencer. Dom, tú déjate de
payasadas que vas a hacer perder a Lavinia.
—¿Es en serio? —articulé, mientras miraba a Dom y este me miraba, se
encogía de hombros y reía.
No, no y no. Tenía que abrazarlo, ¡Qué Dios me ayudara!
Alvar se acercó y me miró dudoso. La siguiente canción que comenzó a
sonar fue «Turn me on» interpretada por Norah Jones. Realmente los iba a
matar, esa canción era la sensualidad hecha música.
—¿Puedo? —y estiró sus brazos pidiendo permiso para abrazarme.
—Sí, claro. ¡Hagámoslo y ganemos! —dije, tratando de sonreír. Me
acerqué y él me tomó de la cintura con una mano y con la otra agarró la mía y
la llevó a su pecho. Yo pasé la mano libre por su cuello y comenzamos a
movernos lentamente. Sentía mi corazón latir desbocado y estaba convencida
de que Alvar se percataba de mi nerviosismo. No me ayudaba el sentir su
aliento en mi cuello y el calor que desprendía su cuerpo junto al mío. Las
piernas me temblaban y tenía miedo de que en algún momento me flaquearan.
Jamás me había puesto tan nerviosa con alguien, y menos por bailar. ¿Qué
me pasaba con este hombre? Alvar se retiró un poco y me miró a los ojos.
No debió hacerlo, mi estómago dio un brinco y me perdí, me perdí en esos
ojos que en ese momento me miraban confundidos.
—Dom tenía razón —logró decir.
—No sé en qué podría tener razón ese anciano perverso —bromeé, para
alivianar el ambiente.
—En que no me fue nada mal, esto más que una prenda terminó siendo un
premio —dijo, mirándome seriamente.
¿Eso fue un piropo? No, no y no. ¿Con que derecho me hacía esos
comentarios? ¿Estaba flirteando conmigo o bromeando? Ayyy, Madre de
las mujeres alteradas, ¡ayúdame a pasar por este momento sin hacer un
papelón!
Boqueaba como un pez fuera del agua. Al fin logré que mi lengua se
moviera y opté por tomarlo como una broma, era lo mejor para ambos.
—Mira tú, terminaste siendo un adulador de tu jefa. ¿Cuál es el favor que
me vas a pedir? —pregunté, sonriente. Si con las bromas ayudaba a bajar la
temperatura que había entre nosotros, empezaba a decir un chiste tras otro.
Logré el cometido, Alvar largó una carcajada y el ambiente se distendió.
La canción llegó a su fin y nos separamos para unirnos al aplauso masivo.
¿Por qué sentí un vacío tan grande cuando nos separamos? ¿Se podía
estar rodeada de gente ruidosa y sólo percibir a una persona?
Dom se nos acercó y nos saludó estrechando nuestras manos.
—¡Que gane el mejor! —exclamó.
A partir de ese momento, Malena se hizo cargo de la votación y los
aplausos y silbidos para ambas parejas fueron atronadores.
El veredicto fue: empate.
El premio que se llevaron los recién ingresados a la empresa fue una
estadía de una semana en el Hotel de Punta del Este.
La cena estuvo exquisita y la velada fue muy entretenida, estaba segura de
que todos y cada uno de los que habíamos asistido nos habíamos divertido
muchísimo. También hubo regalos para todos los presentes y la velada
finalizó con un emotivo brindis. Yo había bailado con muchos de mis
compañeros e incluso bailé un par de veces más con Alvar, pero siempre
manteniendo la distancia y sin más comentarios aduladores de su parte. Él
bailo con la gran mayoría de las mujeres presentes, creo que hacían fila para
sacarlo a bailar.
Cuando nos estábamos retirando, Dom se me acercó para volverme a
poner en un aprieto. Estaba convencida de que ese hombre estaba tramando
algo.
—¿Dafne, serías tan amable de alcanzar a Alvar hasta su casa? Porque
me acabo de enterar que entregó el auto de alquiler porque hoy le tendrían
que haber entregado el auto de la empresa, pero hubo un problema y se lo
van a entregar el lunes. ¿Sabías algo de ese tema?
—No me comentó nada. Esos temas lo manejan en Recursos Humanos,
pero no me informaron de que hubiera habido un problema. El lunes lo veo.
—No es por eso por lo que te lo digo, simplemente es para que no se
tenga que ir en taxi.
—No hay problema, ahora voy y me ofrezco a llevarlo.
—Gracias, Dafne. El lunes voy por la oficina y conversamos sobre el
próximo viaje.
—De acuerdo.
Caminé hacia donde se encontraba Alvar, que en ese momento estaba
conversando con Malena. Cuando me paré a su lado, su sonrisa se amplió.
—Pensé que ya te habías ido —comentó.
—¿Cómo me voy a ir sin despedirme? Estaba conversando con Dom y me
comentó lo que sucedió con el auto que te iban a entregar hoy. Si no tienes
inconveniente, te llevo hasta tu casa.
—Te agradezco mucho pero no quiero causarte molestias, puedo
solucionarlo con un taxi.
—Perdonen que me meta, pero por lo que me contaste —dijo Malena,
mirando a Alvar—: vives muy cerca del apartamento de Dafne, no tiene ni
que desviarse.
—¿Dónde vives? —pregunté.
—En la rambla, a unas cuadras de la calle Bulevar Artigas, creo que se
llama así —expresó, dudoso.
—Y yo vivo en Bulevar Artigas casi la Rambla. Ya ves, somos vecinos.
Vamos que te llevo —dije, sonriendo.
Alvar sonrió y asintió con la cabeza. Nos despedimos de los pocos que
quedaban en el salón y nos dirigimos a la salida dado que había servicio de
valet parking. Tenía un Volkswagen T-Cross y siempre me había parecido
amplio, pero cuando Alvar entró, se me hizo muy pequeño. Su presencia me
resultaba perturbadora.
—Bueno, ¿y que te pareció todo? —y antes de dejarlo responder, aclaré
—: Sé que fuiste acaparado por todos y debiste sentirte abrumado, pero
espero que hayas logrado divertirte.
—Me divertí mucho. Son todos muy amables. Realmente la pasé genial
—respondió. Trataba de no mirarlo excusándome en que estaba manejando,
pero la realidad era que, saberlo sonriendo y mirándome a tan solo unos
centímetros de mí, me erizaba la piel.
—Me alegra saberlo —dije, y luego de unos segundos en que ambos
permanecimos en silencio, agregué—: Creo que tienes un club de fan en la
empresa. — Y me arrepentí al instante de que las palabras salieron de mi
boca. ¿Por qué hice ese comentario? Y encima lo hice sonriendo como si me
causara gracia. ¿Te crees graciosa, Dafne? Si no te causó ni pizca de
gracia su club de fan. Yo misma me arrojaba a la boca del lobo. Me di
cuenta de que Alvar sonrió y giró para mirarme, yo seguí atenta al tránsito.
—¿Un club de fan? ¿Por qué lo dices? —preguntó, divertido.
Y allí estaba el motivo por el que debí dejar la boca cerrada. ¡Ja! ¿A ver
como sales de esta, Dafne?
—Fue una broma, sólo lo dije porque noté que la gran mayoría de las
mujeres estaban entusiasmadas por bailar contigo.
—Igual que la gran mayoría de los hombres estaban entusiasmados por
bailar contigo —afirmó.
—No compares —y después que lo dije, volvimos a quedar en silencio
por unos eternos segundos.
—Debe ser porque soy «el nuevo» —afirmó, con total humildad.
—Seguramente —comenté, aunque no estaba de acuerdo no pensaba
rebatirlo.
—Me dijo Dom que en pocos días viajas al exterior y que vas a estar
ausente por varias semanas.
¡Al fin un tema con el que me sentía segura!
—Sí, aun no tengo claro cuando parto, pero el lunes nos reunimos con
Dom para ultimar detalles. Viajo con él y Malena, siempre lo hacemos
juntos. A Dom no le gusta dejar a su esposa por tantos días.
—Se te va a extrañar en la oficina —comentó a la ligera.
—No creo que Mike opine igual que tú —comenté, sonriendo—. Tengo
claro que lo vuelvo loco. Aunque te diré que, estando lejos tampoco le doy
respiro. Mike es excelente y no sé cómo me organizaría si no lo tuviera para
ayudarme.
—No lo dije por Mike —afirmó con seriedad, y yo casi presiono el freno
de la impresión que me causó su comentario. Volví a preguntarme si estaría
flirteando conmigo o bromeando. Y nuevamente preferí inclinarme por lo
segundo.
—No vas a opinar lo mismo después de unas semanas de paz.
—No creo que cambie de opinión —indicó, serio.
¡¿No me pensaba dar un segundo de calma?! ¡No me hacía responsable
en caso de un accidente de tránsito!
—Debemos estar cerca de tu casa, avísame cuando estemos llegando —
cambio imperativo de tema. Y recé para que fuera lo antes posible.
—Es aquel apartamento, el de la esquina —dijo, señalando un precioso
edificio.
—Es muy lindo y la zona es espectacular. Imagino que debes tener una
vista preciosa de la rambla.
—Sí, es espectacular, sobre todo en la noche. Puedes venir cuando
quieras a disfrutarla.
—Lo tendré en cuenta, gracias —y que más podía decir a esa invitación.
Obviamente que me pensaba mantener lo más alejada posible de su
apartamento…. y de él.
Estacioné en la puerta y el giró para mírame.
Míralo, Dafne, tienes que despedirte.
Y lo hice, y nuevamente sus ojos y su sonrisa me dejaron knockout.
—Gracias por traerme.
—Un placer.
—Maneja con cuidado.
—Siempre lo hago —respondí, sonriente.
Se acercó para saludarme con un beso y me tensé al instante. Nuestras
mejillas se rozaron y nuevamente esa parte de mi piel quedó ardiendo. ¡Este
hombre más que un Dios vikingo era un hechicero! Cuando salió del auto,
quedó parado esperando a que arrancara. Lo saludé con la mano y me fui. En
el auto había quedado flotando el aroma de su masculino y delicioso
perfume. ¡Concéntrate, Dafne! Tenía que alejarme lo antes posible de ese
peligroso hombre.
El sábado me levanté más tarde de lo habitual, entre la trasnochada por la
fiesta y el insomnio por mi nuevo compañero, me desperté pasado el
mediodía. Después de una ducha reparadora y un buen desayuno, llamé a
Sari para saber de ella.
—Hola, perdida, ¿cómo estás? —preguntó mi amiga, al primer timbre.
—Ando bien, y tú, ¿cómo estás?
—Llevándola.
—¿Por qué no te vienes para casa y pasamos el día juntas? —sugerí, me
preocupaba sentirla tan decaída.
—No soy una buena compañía, no quiero arruinarte el finde.
—Para mí eres la mejor compañía —y para poder convencerla añadí—:
además, tengo algo que contarte y necesito consejo.
—En un rato estoy por ahí —respondió, inmediatamente.
¡Ya sabía yo que eso no fallaba nunca!
A la media hora estaba en mi apartamento. Almorzamos y, como la tarde
estaba espectacular, decidimos salir a caminar por la rambla. Necesitaba
estirar las piernas y oxigenarme. Lo extraño era que mi amiga aún no había
preguntado qué era lo que tenía que contarle, nos habíamos dedicado a
hablar de ella y su novio, o ex. Ya estaba poniéndose el sol cuando nos
sentamos en el muro de la rambla a descansar, pero seguimos con nuestra
conversación.
—¿Por qué no se dan otra oportunidad? —pregunté.
—Estoy confusa. Por un lado, siento que lo extraño muchísimo y quiero
que vuelva, pero por otro, me siento menos estresada desde que estoy sola.
No sé, estoy en un gran lío —dijo, Sari.
—Deberían tener una conversación sincera, decirse todo lo que sienten y
piensan.
—Justo me llamó cuando estaba saliendo para verte, le dije que en ese
momento no podía hablar porque estaba en la calle. Quiso saber a dónde iba
y cuando se lo dije, ¿sabes que me dijo? —Me miró y yo negué con la
cabeza—. Me dijo que siempre antepongo a mis amigas.
—Yo creo que……
En ese momento levanté la vista y vi a Alvar caminando hacia nosotras.
Venía con ropa de ejercicio y supuse que escuchaba música porque se le
veían los AirPods. Me pareció que no me había reconocido. Miré a mi
amiga que me miraba confundida porque no pude terminar la frase. Sari giró
y siguió la línea de mi mirada y luego giró bruscamente para clavar sus ojos
en mí.
—Rubio, gigante, buen mozo …. ¡no me digas que ese bombón que viene
hacia nosotras es el nuevo gerente de tu empresa! —exclamó, con los ojos
como platos.
—No vuelvas a mirarlo, sigue conversando como si no lo hubiéramos
visto, ¡por favor! —supliqué.
—¿Por qué te pones tan nerviosa? No puedo creer lo que veo —dijo,
sonriendo y disfrutando el momento.
—¡Ya! Haz lo que te digo y después hablamos —ordené.
Alvar estaba cada vez más cerca de nosotras y mi corazón más cerca de
un infarto. Sari me comenzó a hablar de cualquier cosa, pero yo no le
prestaba atención.
¡Por favor Dioooos, que no me vea!
Pero, Dios me había olvidado totalmente.
—¿Dafne? —preguntó, con su sensual voz.
Ambas giramos para mirarlo. Con ropa deportiva parecía más joven, pero
igual de sexy. Traté de mirarlo con sorpresa, pero seguro que no convencí a
nadie. Sari lo miraba embobada.
—Alvar, ¿cómo estás?
Se acercó a nosotras para saludarnos y ambas nos paramos para poder
hacerlo.
—Ella es mi amiga Sarisha Wood —dije, mirando a Sari—, y él es Alvar
Hills, gerente de la empresa en la que trabajo.
—Encantado de conocerte —la saludó Alvar.
—Un gusto —dijo, Sari.
Los tres nos mirábamos, pero no sabíamos que más decir. Sari, que era
rápida para esos asuntos, rompió el hielo. Aunque después de escuchar lo
que dijo, hubiera preferido que se quedara muda.
—Aprovecho que tengo la oportunidad de hablar con alguien de la
empresa y voy a hacer un reclamo, porque no puede ser que mi amiga trabaje
todos los días hasta altas horas de la noche. Algo hay que hacer para que
esta chica tenga más vida social.
—¡Sari! —exclamé.
—Te dije que uno de estos días iba a ir por tu oficina a plantear este
tema. Por suerte no fue necesario.
—Alvar, no tomes en cuenta lo que acabas de escuchar porque…
—Por supuesto que lo voy a tomar en cuenta —me interrumpió, y luego
miró a Sari y con mucha formalidad, añadió—: prometo hacer todo lo que
esté a mi alcance para que Dafne tenga más tiempo libre.
—Te lo agradezco —dijo Sari, totalmente encandilada, porque si ya la
había conquistado con su presencia, con esto último la tenía a sus pies.
—Igual voy a hacer una aclaración, y que conste que eso no significa que
falte a mi palabra porque voy a poner todo de mi parte para cumplirla, pero
el problema que se nos presenta es que la jefa es ella y yo no le puedo
ordenar que se vaya de la oficina —explicó, sonriendo.
—¡Si lo sabré! Siempre hace lo que quiere —dijo Sari, ignorándome
totalmente.
—Ustedes dos, ¡basta! —exigí con gesto serio, y ambos estallaron en una
carcajada.
—Alvar, ya me caíste bien. Dime, ¿tienes planes? Porque si no los tienes,
te invitamos a la casa de Dafne a tomar unas cervezas y a comer comida
chatarra —dijo, Sari.
¡Se había vuelto completamente loca! La iba a matar, lenta y
dolorosamente, y lo pensaba disfrutar.
—No lo pongas en un compromiso. Es sábado y Alvar debe tener planes
—dije, inmediatamente.
—No tengo ninguno —respondió, al instante.
—No sabes en lo que te metes, esta cotilla te va a averiguar toda tu vida.
Es su pasatiempo favorito —comenté, tratando de hacerle desistir de la idea.
—Ayy, eso dolió. No seas exagerada, Dafne —dijo Sari, y yo puse los
ojos en blanco.
—Puedo responder todo lo que quieras saber.
—Después no digas que no te lo advertí —dije, subiendo las manos y
mostrando las palmas.
Y así fue como retomamos el camino a casa, acompañadas por Alvar.
Caminábamos con Sari en medio de nosotros. Él nos fue contando de la
ciudad en la que vivía, de lo mucho que le gustaba Montevideo y lo bien que
lo habíamos pasado la noche anterior en la fiesta aniversario de la empresa.
Yo intervenía aportando mi opinión, pero Sari era la que dirigía la
conversación.
—Y dime, Alvar, ¿dejaste novia o algún amor en tu país? —preguntó
Sari, sin ningún reparo.
—Te lo dije y no quisiste escuchar —reproché, pero él se limitó a
mirarme, sonrió y se dirigió a Sari.
—No dejé nada de eso.
Sari lo miró y sonrió satisfecha. Luego me miró a mí y propuso:
—Entonces, le podemos presentar a nuestras amigas, ¿qué te parece?
Yo ya estaba maquinando la mejor forma de asesinarla, porque era seguro
que de esta no iba a salir impune.
—Si él está de acuerdo, me parece bien —respondí, pero evitando
mirarlo.
—¿Qué opinas? —y esta vez Sari se dirigió a él, dándome la espalda
deliberadamente.
—Me encantaría hacer nuevas amistades —respondió, y fue evidente que
aclaró lo de amistad para evitar verse comprometido.
Sari captó la indirecta y después de eso seguimos hablando de temas
menos personales. Llegamos a casa y, mientras yo llamaba al delivery por
unas pizzas, Sari se encargó de mostrarle el apartamento. Vivía en un lugar
amplio, con dos dormitorios, una oficina, amplio living con una gran terraza.
La cocina también era amplia y con una gran barra desayunadora, y contaba
con dos baños, uno de ellos en suite en mi dormitorio.
Estábamos en el mes de noviembre y era una noche calurosa, así que
saqué 3 cervezas individuales de la heladera y la dispuse en la mesa que
tenía en la terraza. Cuando ellos llegaron nos sentamos a esperar por la
comida. Aún no podía creer tenerlo allí. ¡El Dios vikingo estaba en mi
apartamento!
—Tienes un apartamento muy lindo —dijo, Alvar.
—Lo compré hace dos años y estoy encantada.
—Yo también —dijo Sari, riendo—, vengo mucho a quedarme, es más,
tengo ropa en el placard del dormitorio de huéspedes.
—Mi vida es una pesadilla —dije, mirándola y sonriendo.
—Cállate que no sé qué harías sin mí —recriminó.
—Brindemos por la amistad —propuso Alvar, y los tres chocamos
nuestras botellitas de cerveza.
Sonó el timbre del intercomunicador y me avisaron de portería que había
llegado el delivery. En ese momento comenzó una discusión con Alvar por
quien pagaba el pedido, pero sin darle chance cerré la puerta y bajé en busca
de nuestra comida.
La pizza estaba riquísima y comieron bastante, y digo comieron porque yo
estaba tan nerviosa de tenerlo sentado frente a mí, en mi terraza, que se me
había hecho un nudo en el estómago y apenas probé bocado. Pero debo
admitir que la conversación era fluida y despreocupada. Estábamos riendo
de una anécdota que Sari estaba contando de hace unos años cuando conoció
a mi hermano. Ella estaba en casa cocinado, yo había salido a comprar
algunas cosas que se necesitaban y mi hermano había venido a visitarme de
sorpresa. Como tiene llave, entró sin avisar y Sari pensando que era un
ladrón, porque aún no se conocían, empezó a gritar y a tirarle los tomates
que en ese momento tenía a mano. Mi hermano y mi cocina quedaron como
después de la fiesta de la Tomatina que se celebra en la ciudad de Buñol.
Sari lo contaba tan graciosamente que terminamos a las carcajadas. En ese
momento sonó nuevamente el intercomunicador y todos nos miramos.
—¿Esperabas a alguien? —preguntó Sari, y noté que Alvar se tensó.
—No. No tengo idea de quién puede ser.
Cuando me informaron que el señor Chris Perrin preguntaba por la
señorita Sarisha quedé tan sorprendida que no sabía que responder. Miré a
mi amiga que, en ese momento conversaba con Alvar y reía alegremente y
por mi mente pasó decirle que no se encontraba, pero tenía claro que eso era
algo que tenía que decidir ella. Le pedí al portero que esperara unos
segundos y me dirigí hacia ellos. Noté que ambos me miraban con ansiedad.
—Sari, es Chris. Está abajo y quiere hablar contigo —le informé.
—¿Queeee? ¡No puedo creer que haya venido hasta acá! —exclamó,
negando con la cabeza.
—Dime lo que quieres que haga. Si quieres voy a hablar con él —
propuse, y noté que Alvar me miraba preocupado.
—Avísale que ya bajo. Tarde o temprano tengo que hablar con él. Alvar,
lamento tener que irme, me encantó conocerte y espero que pronto podamos
repetir una salida —dijo, Sari.
—Gracias, me encantaría —respondió.
Mi amiga se fue y, con la preocupación que me generó la visita de Chris,
no me percaté hasta que ella cerró la puerta, de que quedábamos solos, en mi
apartamento. Alvar seguía en la terraza y, cuando llegué, estaba leyendo algo
en su celular. Me volví a sentar a su lado en la mesa de la terraza.
—Perdona por este momento. Sari está pasando por una etapa complicada
con su novio —aclaré.
—Suele pasar, pero no me pidas perdón porque no hay nada por lo que
tengas que disculparte. Al contrario, agradezco todas las atenciones que han
tenido conmigo. Extrañaba estar en una reunión de amigos —dijo, algo
melancólico.
—No tienes nada que agradecer porque ha sido un placer —dije, y fui
muy sincera porque me dio la sensación de que añoraba a sus afectos. Me
quedó mirando fijamente y, nuevamente, sentí que las pulsaciones se me
aceleraban, a tal punto que llegué a cuestionarme si eso era sano. Me llevé la
cerveza a los labios para hacer algo con las manos que también temblaban.
El siguió todos mis movimientos y se quedó en mi boca. ¡Casi me atraganto!
—Creo que va a ser mejor que me vaya, ya se hizo muy tarde —dijo, pero
no hizo nada por levantarse de la silla.
—¿Mañana tienes que levantarte temprano? —pregunté, por decir algo.
—No, para nada, ¿tú?
—Tampoco, aunque no soy de dormir hasta muy tarde. Sé que si me
escucha Sari me tira con algo por la cabeza, pero suelo levantarme temprano
y trabajar un poco.
—Entonces tiene razón, estás abusando del trabajo o el trabajo de ti.
—Sari exageró un poco, la verdad es que salgo bastante —dije,
encogiéndome de hombros.
—¿Estás saliendo con alguien? —preguntó, repentinamente y con
seriedad.
Lo miré incrédula, su pregunta me tomó por sorpresa.
—No —fue mi escueta respuesta.
—¿Por qué? Y, perdona la indiscreción, pero me sorprende que una mujer
como tú esté sola. Pretendientes debes tener miles.
—No quiero compromisos y no estoy sola —respondí, también seria. No
me gustaba dar explicaciones sobre mis decisiones.
—Los amigos no cuentan —dijo, provocándome.
—Y tú, ¿por qué no tienes pareja? —si él preguntaba yo también lo haría.
Además, con qué derecho me cuestionaba si él tampoco la tenía.
—La tuve, pero no pudo ser —respondió, y me pareció vislumbrar cierto
dolor en su respuesta, y me sentí horrible. Seguramente le hice recordar a
alguien a quien había amado o amaba. ¡Debí haber cerrado mi bocaza!
—Lo siento —fue lo que me salió decir.
—No tienes porqué —hizo una pausa y volvió a preguntar—: ¿Por qué no
quieres compromiso?
Lo volví a mirar sorprendida, me desconcertaba su interrogatorio e
insistencia en el tema.
—Es una larga historia.
—Tengo todo el tiempo del mundo —afirmó, mirándome con seriedad.
—Si te dijera que no quiero hablar del tema ¿te molestarías? Y antes de
que me respondas, quiero que sepas que no es por ti, es sólo que es un tema
difícil para mí. No tiene nada que ver con enamorados, es más, nunca estuve
enamorada ni creo que lo vaya a estar alguna vez. Tiene que ver con una
tragedia familiar, después de eso mi corazón quedó blindado. No me parece
justo comprometerme en una relación donde yo no puedo entregar todo,
donde no puedo entregar lo más importante —me sinceré.
No sé qué me llevó a hablar tanto, pocas veces hablaba del tema y mucho
menos con alguien que conocía muy poco, pero en ese momento sentí que
debía hacerlo. Él me miraba seriamente, pero en sus ojos había un brillo
extraño.
—¿Y no piensas que pueda haber alguien que tenga la llave para abrir tu
corazón? ¿Alguien que rompa ese blindaje para siempre?
—Palabras muy románticas, pero para alguien que crea en el
romanticismo, no es mi caso.
Negó con la cabeza y sonrió.
—Creo que es mejor que me vaya —volvió a decir, pero esta vez se
paró. Hice lo mismo y comenzamos a caminar hacia la puerta de entrada.
Cuando llegamos, giró y me miró.
—Gracias por todo —dijo.
—Cuando quieras.
Me pareció que quería decir algo más, pero simplemente se inclinó con
lentitud hacia mi rostro y me dio un beso en la mejilla. Se separó lentamente
mientras nos mirábamos a los ojos a escasos centímetros. Estaba segura de
que, si me inclinaba sólo un poco, nuestros labios se rozarían. Y mentiría si
no dijera que en ese momento deseaba con todas mis fuerzas que me besara y
me hiciera perder el sentido. Pero Alvar se retiró, giró y se fue sin decir
nada más.
¡Estaba en un problema! ¡Gran, gran, problema!
Capítulo 5
«Acepta. No es resignación, pero nada te hace perder más energía que el
resistir y pelear contra una situación que no puedes cambiar».
—Dalai Lama
El lunes cuando llegué a la oficina me encontraba más tranquila. Había
hablado con Sari y sabía que se habían dado otra oportunidad, pero no iban a
convivir. Por otro lado, también había hablado por video-llamada con Fran y
lo había notado tan feliz porque en pocas semanas nos reencontraríamos, que
me había contagiado su alegría. Y sí, esperaba que ese inminente viaje de
trabajo aclarara toda la confusión de mi cabeza. Evitar a Alvar en la oficina
era imposible porque trabajábamos la mayor parte del día juntos, sobre todo
en ese momento en que estábamos preparando todas las presentaciones y
reuniones para el viaje, pero intentaría llevarlo con tranquilidad. Podía con
eso, ¿verdad?
—El Sr. Thompson está en su oficina esperándote —me informó, Mike.
—Vamos a estar organizándonos para el viaje, no me pases llamadas que
no sean urgentes —pedí.
—Ok, jefa.
—Gracias, Mike —dije, encaminándome hacia la puerta de mi oficina
para dejar el maletín.
—Ahh, jefa, lo olvidaba, Alvar ya está en la oficina.
—¿Por qué me lo informas? —pregunté, levantando las cejas. Nunca me
avisaba cuando Alvar llegaba.
—Porque está en la oficina con el jefe mayor, le pidió que fuera —
respondió.
Paré en seco y volví hacia el escritorio de Mike.
—¿Sabes por qué lo mandó llamar?
—No tengo idea, sólo me dijo que se lo pidiera. Alvar recién había
llegado cuando se lo comuniqué y me pareció que quedó sorprendido.
—Bien, gracias.
Dejé mis cosas en mi oficina y me arreglé el vestido que llevaba puesto
ese día. Era un clásico vestido negro de manga corta, ceñido al cuerpo y que
acompañaba con un fino cinturón negro de hebilla dorada. Era clásico pero
sofisticado. Los zapatos que usaba eran unos stilettos de tacón alto. Me
dirigí a la oficina de Dom con una sensación extraña, en mi interior algo me
decía que en esa reunión me esperaban noticias que no me iban a agradar.
Golpeé suavemente y, cuando escuché la voz de Dom pidiéndome que
entrara, lo hice con decisión.
—Buenos días —saludé, mirándolos a ambos.
—Buenos días —respondieron a la vez, aunque noté que la mirada de
Alvar seguía fija en mí y me estaba recorriendo de pies a cabeza.
Estaban sentados alrededor de la mesa de reuniones, tomando un café. Me
dirigí hacia allí y me senté frente a Alvar, Dom estaba en la cabecera de la
mesa.
—Estábamos charlando de lo bien que salió la fiesta del viernes. Quedé
muy conforme y contento con la organización —comentó Dom, pero lo
conocía bastante bien y me pareció que estaba intranquilo.
—Estoy segura de que todos se divirtieron mucho, sobre todo a costa
nuestra —dije sonriendo, mientras los señalaba con el dedo a ambos.
—Ahhh, la «prenda de admisión». Estuvo genial —dijo Dom, riendo—.
Malena fue muy creativa.
—Pero me parece que fuimos estafados, yo estoy convencido de que con
Dafne teníamos que haber ganado —acotó Alvar, mientras me miraba y
sonreía.
—Para algo tiene que valer ser el dueño —dijo Dom, y siguió riendo,
pero algo en sus gestos me seguía diciendo de que estaba nervioso.
—¿Reconoces que hiciste trampa? —pregunté, haciéndome la indignada.
—Reconozco que ustedes hacen un gran equipo —hizo un silencio y su
sonrisa desapareció, enderezó la espalda y añadió—: es por eso por lo que
los mandé a llamar.
Esto no era bueno, sabía que Dom se traía algo entre manos y el que
tuviera que ver con Alvar me intranquilizaba. Mi ansiedad estaba por las
nubes.
—¿De qué se trata? —preguntó Alvar, que me pareció estaba tan ansioso
como yo.
—Se trata del viaje de cierre y planificación que está programado para la
próxima semana.
No, no y no. Tendría que haberme imaginado que Dom lo iba a incluir
en nuestro viaje. ¿Cómo no me di cuenta antes? ¡Adiós a la esperanza de
alejarme!
—Quiero que Alvar participe del viaje, quiero que ustedes dos sean los
representantes de la empresa y lleven a cabo todas las reuniones —manifestó
Dom, mirándome seriamente.
—Contigo —afirmé.
—Yo no viajaré, lo harán sólo ustedes.
¿Queeeeeé?, esto no podía estar pasando. ¿Sola con el Dios vikingo?
No, no y no. ¡Dom se había propuesto arruinar mi vida!
—Dom, discúlpame, pero no estoy seguro de estar preparado para esa
responsabilidad. Me parece que Dafne necesita alguien que le pueda brindar
mayor apoyo, yo aún estoy interiorizándome con todos los asuntos de la
empresa —dijo Alvar, preocupado.
¡Por fin! ¡Alguien que decía algo coherente!
Y no era porque no le tuviera confianza, en esos días me había
demostrado su gran capacidad, pero no estaba preparada para enfrentar ese
viaje con él.
—Estás más que preparado. Además, Dafne podría hacerlo hasta sola,
pero prefiero que vaya contigo.
—Dom, es a ti a quien esperan ver —supliqué.
—Pues esta vez me verán por una pantalla, los quiero a ustedes
representándome.
—¿Por qué no vas a ir? —pregunté preocupada, porque se me cruzó por
la cabeza que podría ser por un tema de salud.
—Es hora de que empiece a bajar las revoluciones. Estoy grande y este
tipo de viajes es muy cansador, tanto para Malena como para mí. Ella
también insistió en que fueran ustedes.
—Yo te agradezco la confianza y si es tu deseo lo voy a hacer, pero me
gustaría que lo pienses mejor —pidió, Alvar.
—Yo también, Dom. Repito que es a ti a quien quieren allí. Sabes muy
bien que algunos no estuvieron conformes con que el cargo de CEO fuera
ocupado por una mujer, e incluso pusieron reparos con mi edad.
—Gente retrógrada. Esos no te llegan ni a los talones —dijo, ofuscado.
—¿Es en serio? —preguntó Alvar, mirándome incrédulo.
—Siempre hay arcaicos, no vale la pena ni recordarlo —dijo Dom, e hizo
un gesto con la mano restándole importancia.
—¿Podemos hacer algo para que, aunque sea, lo pienses un poco más? —
pregunté, con la esperanza de convencerlo.
—Ya está decidido. Les pido que en estos días previos trabajen más
juntos que nunca, así se organizan y planifican todo.
La tranquilidad y alegría que me habían acompañado a la oficina se
esfumaron en ese instante. Dom las borró de un plumazo. Iban a ser días
difíciles y requerían de un cambio de estrategia.
Alvar y yo salimos de la oficina con el convencimiento de que haríamos
el viaje juntos. Si nos hubiéramos girado hacia Dom, nos hubiéramos
percatado de la sonrisa triunfante que iluminaba su rostro. Pero salimos
ignorantes de ese gesto de total felicidad. Apenas cerramos la puerta, Alvar
me tomó del brazo y me hizo girar para míralo.
—Dafne, lo siento —se disculpó.
—¿Por qué?
—Sé que no esperabas este cambio de planes, además, entiendo que
pienses que no soy la persona adecuada para acompañarte, recién hace….
—Para ahí, Alvar —lo interrumpí levantando la mano, y me miró
agrandando los ojos —. Mis comentarios no fueron porque tenga dudas de tu
capacidad, estoy convencida de que eres capaz de hacer esto que nos espera
y mucho más. Mi reticencia viene más bien por mí, o mejor dicho por la
ausencia de Dom, porque como comenté, hay gente que aún no se ha
acostumbrado a que yo sea la CEO de esta empresa, no dudes que estén
desconformes cuando vean que Dom estará presente pero en forma virtual y
las presentaciones estén a cargo de nosotros.
—Me extraña que exista gente que aún piense así. Además, te conocen y
no deberían tener dudas, eres capaz de conquistar el mundo —dijo serio,
pero yo comencé a reír.
—¿Conquistar el mundo? Gracias por el halago, pero no te fíes de las
apariencias.
—No lo digo por tu apariencia, con ella ya debes tener conquistado a
todos, lo digo por tu capacidad, eres una mujer increíble, nunca conocí a
nadie con tu inteligencia y responsabilidad.
Nos quedamos mirando unos segundos sin decir nada más. Yo, tratando de
asimilar esas palabras que me habían afectado profundamente, no digo que
me habían llegado al corazón porque al mío no entraba nada, pero seguro
habían arañado la coraza. Él, vaya a saber en qué pensaba, pero me miraba
con admiración.
—Dafne —dijo, Mike, sacándonos de ese momento—, discúlpame, pero
me pediste que no te pasara llamadas, pero en cinco minutos lo que tienes es
una reunión. ¿Aviso que no puedes concurrir?
—No. Gracias, Mike. Ya voy a mi oficina y me uno a la reunión —afirmé,
y comenzamos a caminar hacia nuestras oficinas. Al llegar a la puerta, miré a
Alvar y pregunté:
—¿Nos vemos más tarde para comenzar a organizarnos?
—Por supuesto.
Recién a las cinco de la tarde pude reunirme con él. Cuando trabajábamos
lo hacíamos con total concentración y no nos desviábamos a otros asuntos
que no fueran los laborales, pero sus miradas eran otro tema. Muchas veces
lo encontraba mirándome seriamente, como si me estuviera evaluando, y en
otras mirándome con admiración o, ¿era deseo? Lo que fuera, trataba de
desviar mi mirada y seguía como si fuera ajena a ello. Aunque también debo
reconocer que, cuando no me estaba mirando, la que lo observaba era yo, y
siempre quedaba embelesada con su belleza.
¡Dafne, ni lo sueñes! Necesitaba distraerme. ¡Un baño con agua helada,
es lo que necesitas!
La semana no me dio respiro, entre la preparación del viaje y el trabajo
habitual, llegaba a casa y me desvanecía en la cama. Llegó el viernes y al
llegar a mi apartamento solo quería un baño y dormir, pero me había
comprometido con mis amigas las «Sexy Girls» a encontrarnos en la disco–
pub «Hell Tower» para despedirnos, porque viajaba el domingo a la noche e
íbamos a pasar cerca de un mes sin vernos.
Elegí un llamativo vestido midi escarlata con escote pronunciado y
dobladillo de sensual encaje que llegaba hasta la rodilla. Acompañe con
sandalias negras de tacón. Me hice unas ondas y me maquillé con ojos
ahumados y labios en un rosa pálido que más que nada aportaba brillo.
Para sorpresa de todas, llegue puntual. Estábamos instaladas en una
esquina del salón, en una mesa rodeada de sillones de leds que rotaban los
colores. El lugar era contemporáneo y llamativo y creaban una atmosfera
llena de colorido. Me encantaba la música que estaban pasando y mis amigas
estaban excitadísimas por salir a bailar. Ya me veía que íbamos a terminar
todas descalzas bailando en la pista, también iluminada. Estábamos en el
piso de abajo, que era de música disco, pero también había un piso arriba,
también con pista led, pero donde sonaban baladas y era utilizada por
parejas. Esa noche no pensábamos pasar por allí.
Un mozo vino a tomarnos el pedido y alguna de mis amigas casi si lo
comen a él. El juicio le ganó al fervor, o la patada que les dimos
disimuladamente las que teníamos hambre, y el chico sobrevivió y le
pedimos unos cócteles y algo para comer.
Salimos a bailar en grupo y se nos unieron varios chicos. Yo no tenía
ganas de ligue y bailé divertida, pero demostrando con mis actitudes que esa
noche no pensaba irme acompañada. Hacía varios días que no quedaba con
nadie, no sabía si era el cansancio o la preocupación por el inminente viaje,
pero no tenía deseos de, como decía Sari, un buen revolcón. En esas
semanas había recibido varias invitaciones, pero las había rechazado.
A las dos de la mañana ya estaba muerta de cansancio, me dolían los pies
y la cabeza me estaba por explotar. Me fui a la mesa en la que estábamos
ubicadas y me senté a tomar un refresco porque tenía la garganta seca.
Cuando recorrí la sala con la vista, me pareció ver un rostro conocido, más
precisamente, un atractivo rostro de cabellera rubia y hermosos ojos color
del cielo. Casi me ahogo con lo que estaba tomando. Alvar estaba sentado en
los asientos ubicados en la barra conversando con una mujer morocha. A
ella sólo le veía la larga cabellera negra, pero a él lo tenía de frente y lo
veía sonriente y hablándole al oído. Estaba coqueteando con esa mujer. Mi
estómago se contrajo. Sentí algo raro en el pecho, era una molestia
desconocida que me producía desazón.
Seguro era por la mezcla de cócteles que había hecho, ¿verdad?
Tenía que salir de allí y sin que me viera. No quería presenciar sus
conquistas, no me hacía sentir cómoda. El hecho de irme era simplemente
porque me imaginaba que a él no le gustaría que lo viera en su faceta de
conquistador, después de todo era su jefa.
¿Es en serio? Ni tú te lo crees.
Estaba tomando mis cosas para salir a hurtadillas y veo a Sari acercarse a
él. La cara de sorpresa que puso Alvar fue indescriptible. Vi que se
saludaron con un beso en la mejilla y que Alvar le decía algo, a lo que mi
amiga respondía señalando hacia mi ubicación. Esconderse bajo la mesa no
era la solución.
¡Que la tierra me tragara en ese instante y me escupiera en China!
Distinguí claramente cuando Alvar le dijo algo a la morocha que estaba
con él, se levantó y comenzó a caminar hacia mí. Sari se encaminó hacia la
pista y desapareció entre la gente. Miré para todos lados buscando una
salida, pero estaba claro que no iba a poder salir sin que me viera. No me
quedaba otra que poner cara de póker y esperarlo. Lo observé mientras
caminaba, su look era informal, llevaba un jean oscuro y camisa negra. No
había dudas, ¡era perfecto!
Cuando sólo quedaban un par de metros para llegar, me divisó y ya no me
sacó los ojos de encima. Nos mirábamos sin pestañar.
—Dafne Davidsson —dijo, en cuanto llegó.
—Alvar Hills —dije, también usando el nombre completo.
—¿Me puedo sentar? —preguntó.
—Adelante.
—¿Qué haces aquí sola?
—Hasta recién estuve bailando, pero lo pies ya no me dan más.
—Me encontré con Sarisha y me dijo que estabas acá. ¿Hace mucho que
están aquí? Porque no las había visto —dijo, acercándose más, porque la
música nos dificultaba escucharnos.
—Llevamos horas aquí, es más, ya estaba por irme.
—No puedes irte ahora —dijo, mirándome con una sonrisa compradora.
—Es que estoy destruida, tú más que nadie sabes todo lo que hemos
trabajado esta semana.
—Por eso mismo, después de tanto esfuerzo nos merecemos un poco de
diversión—. Y su sonrisa fue totalmente cautivadora.
—¿Y cómo propones que nos divirtamos?
¡Alto! ¿Qué fue lo que pregunté? Seguramente el coctel que tomé tenía
algo, no le encuentro otra explicación a esa estúpida pregunta que parece
hecha con doble sentido.
Yo misma me complicaba la vida.
—Bueno, a mí se me ocurren varias ideas —dijo riendo, y a mí me
subieron todos los colores, es más, creo que los cambiaba como los sillones
leds—. Pero, por ahora, te propongo bailar.
—En la pista está el grupo de mis amigas, podemos ir con ellas —
propuse, seguro que se iban a volver locas cuando lo conocieran y yo podría
distanciarme todo lo posible.
—Tengo otra cosa en mente —dijo, se levantó tomando mi mano y se
dirigió hacia las escaleras que llevaban al piso de arriba. Miré nuestras
manos entrelazadas y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo. Esa enorme
mano me tenía tomada con posesividad y me arrastraba hacia arriba.
¡Alto! ¿Dije arriba? No, no y no. No podía ir allí con él, eso significaba
bailar abrazados. Ya lo había vivido en la fiesta de la empresa y casi me
había costado un infarto. ¿Cómo hacía para negarme? Diciendo «NO»,
Dafne. No es tan difícil.
Pero contrariamente a eso, pregunté con la voz más estúpida que podía
poner:
—¿Qué es lo que tienes en mente?
—Bailar sin tanto ruido.
Y terminé en la pista de baladas parada frente al Dios vikingo,
permitiendo que tomara una de mis manos y la llevara a su pecho entrelazada
con la de él y con la otra me tomara por la cintura. Obvio que no tuve más
remedio que pasar mi mano libre por su cuello y pegarme a él.
Girábamos lentamente, creo que mi cabeza giraba más rápido que
nosotros, éramos pura sensualidad y romanticismo. Se escuchaba «Someone
You Loved» interpretada por Lewis Capaldi.
Temblaba. Temblaba y no precisamente de frío porque estaba por
incendiarme. De pies a cabeza estaba temblando y seguro que Alvar lo
percibía porque nuestros cuerpos estaban pegados.
¿Qué me pasaba? Necesitaba una respuesta. No, en realidad no la
quería.
—¿Estás temblando? —susurró, en mi oído.
—Debe ser el cansancio —respondí, aunque sabía que era una excusa
tonta. Tenía que irme de allí.
—Entonces yo también debo estar agotado, porque no puedo dejar de
temblar —dijo, nuevamente susurrando en mi oído, pero inmediatamente se
alejó unos centímetros para mirarme. Sus ojos brillaban. Comenzó a
descender hacia mis labios, lenta y sensualmente, pero sin dejar de mirarme
a los ojos. Yo tampoco podía apartar la vista de los suyos, estaba
hipnotizada y, en el fondo de mi ser, deseaba con todas mis fuerzas que me
besara. Deseaba olvidarme de todo y calmar ese inmenso e irracional deseo
que sentía por él. Pero también tenía claro que no podía. Trabajábamos
juntos, eso lo convertía en un imposible para mí. Apenas sus labios rozaron
los míos, reaccioné y me alejé. ¡Eso no podía pasar!
—Discúlpame, Alvar. Tengo que irme. —Me alejé mirándolo con
consternación, él me miraba totalmente perdido. Giré y bajé las escaleras
casi corriendo. Fui hasta la mesa en la que estaban mis cosas, las tomé y
caminé tratando de encontrar a alguna de mis amigas para avisarles que me
iba. Cuando divisé a Sari, fui rápidamente hasta ella.
—Me voy.
—¿Qué? ¿Tan temprano? —dijo, malhumorada.
—Estoy súper cansada, no doy más —respondí, tratando de no mostrar lo
perturbada que me encontraba y deseando irme lo antes posible, no quería
volver a encontrarme con él.
—Está Alvar, ¿lo viste? Lo fui a saludar y lo primero que me preguntó fue
si estabas conmigo —dijo mi amiga, con gesto escrutador.
—Sí, estuvimos conversando, supongo que ya se habrá ido porque me
comentó que también estaba fundido —mentí descaradamente, no estaba
preparada para hablar de lo que había sucedido entre nosotros.
—¡Qué raro! Cuando lo encontré estaba de arrumacos con una morocha y
no parecía nada cansado, es más, parecía tener ganas de una noche movidita.
—Entonces lo de cansado lo dijo para deshacerse de mí e irse con la
morocha. —De allí al confesionario , ¡no paraba mentir!
—¡Ni tú te crees eso!
—Me voy, de verdad, no doy más.
—¡Eres una amargada! En fin, no te voy a convencer. Mañana te llamo
para pasar a despedirme.
—Despídeme del resto de las chicas.
Salí de allí lo más rápido que pude. No quería encontrármelo, no sabía
que decirle ni cómo actuar. Me torturaba la idea de verlo después de
habernos casi besado, en realidad habíamos llegado a rozar nuestros labios.
Tenía clarísimo que no podía pasar nada entre nosotros.
Llegué al auto y me derrumbé en el asiento. Me quedé en silencio mirando
la nada.
¿Qué había hecho? ¿Por qué permití que llegáramos a esa situación?
Golpee el volante con rabia. Estaba furiosa conmigo por dejarme llevar
por ese momento romántico. Yo no necesitaba romanticismo en mi vida y
menos con un compañero de trabajo, por más que fuera el hombre más
atractivo y sensual con el que me había cruzado.
Llegué a casa, me di una ducha y me desplomé en el sillón del living.
Cuando cerré los ojos, sentí el sonido del celular. A esas horas las únicas
que podían enviar mensajes eran mis amigas y, seguramente, para
reprocharme el haberme ido. Tomé el celular y quedé paralizada. Era un
mensaje de Alvar.
¿Podemos hablar?
Dado que lo había visto y él seguía en línea, tenía que responderle.
Te llamo
Al primer timbre había contestado.
—Necesito hablar contigo —afirmó, y su tono parecía de preocupación.
—Si es por lo que pasó esta noche, no te preocupes porque no tiene
importancia —me adelanté a decir.
—¿Qué?
—Sólo nos dejamos llevar porque ambos teníamos unas copas de más.
—¿Eso es lo que piensas? —preguntó, y por su tono parecía enfadado.
—Estoy convencida. Y no da para hablar mucho más de eso —fue mi
estocada final, quería dar por finalizado el tema. Sabía que estaba siendo
grosera, pero era mejor así.
—¿Eso? —preguntó con incredulidad, pero no respondí—. Bien, si todo
está aclarado no hay más para decir de «eso» —afirmó, y fue evidente que
mi comentario le había dolido y estaba enfadado.
—Exactamente, nada más que decir. Nos vemos el domingo en el
aeropuerto.
—Nos vemos —finalizó, y cortó la llamada.
Tenía claro que había actuado como una total imbécil, pero era lo mejor
para los dos. Prefería tener que lidiar con su enojo a enfrentar lo que nos
estaba sucediendo. Ni siquiera quería cuestionármelo. No podía ser. No
sabía ni lo que él tenía para decir al respecto, no le había dado la
oportunidad de hacerlo. Debería estar pensando lo peor de mí. Me quería
convencer de que había actuado con sensatez remediando el momento en que
la había perdido, pero en el fondo, me entristecía que se hiciera esa idea de
mí.
Es lo mejor, Dafne.
El sábado en la tarde, Sari pasó a despedirse. Yo había tratado de ocupar
mi tiempo armando el equipaje y organizándome en cosas del apartamento.
Estábamos sentadas en la terraza tomando un jugo e intercambiando ideas
sobre el vestuario que debería llevar, pero mi amiga tuvo que descarrilar
totalmente con sus comentarios.
—Deberías empacar ropa interior sexy.
—Mi ropa interior es sexy, pero ¿por qué haces esa sugerencia?
—Por Alvar —dijo, totalmente despreocupada y mirándome por encima
del vaso mientras dabas sorbos a su jugo y yo me atragantaba con el mío.
—¡¿Por quién?! ¿Te volviste loca?
—Ayyy, ¡por favor! ¡Es evidente que está loco por ti! Y tú —dijo,
señalándome con el dedo—, te haces la desentendida, pero te conozco muy
bien, el tipo te mueve el piso.
—No digas sandeces —dije, tratando de mostrar sorpresa por sus
comentarios.
—¡No nací ayer, Dafne! El viernes, después que te fuiste del pub, se
acercó a preguntarme por ti. Aunque no me hayas dicho nada, sé que algo
pasó entre ustedes, porque él tenía la cara descompuesta y tú saliste como si
el diablo te persiguiera. Además, después que le dije que te habías ido, no
pudo disimular su decepción.
—Es un compañero de trabajo, no puede pasar nada entre nosotros.
Además, yo no quiero que pase nada. Sabes perfectamente que no tengo
relaciones formales. ¿Qué quieres que le diga? «Alvar, ¿te parece tener sexo
una o dos veces para sacarnos las ganas y después hacemos como que nada
hubiera pasado?». Ridículo e imposible.
—¡Entonces, le tienes ganas! —gritó, Sari.
—De todo lo que dije, ¿sólo te quedaste con eso? ¡Eres insufrible!
—No, soy práctica, y eso fue lo más importante que dijiste. Los dos se
tienen ganas, se comen con la mirada, ni quiero imaginar qué pasará cuando
decidan comerse, literalmente hablando —dijo, mientras se abanicaba el
rostro con sus manos—. Sáquense las ganas de una vez por todas en esos
maravillosos hoteles donde van a estar alojados, y después vean que hacen.
—¡De ninguna manera! Él está prohibido.
—¿Quién lo dice? ¿Hay alguna norma en la empresa que te impida
acostarte con los que trabajan contigo? —preguntó, con sarcasmo.
—Ética, se llama ética laboral.
—¿Te gusta mucho? Y, no me vengas con vueltas y dime la verdad, estás
hablando conmigo, somos como hermanas.
—¿Lo viste bien? ¿A quién puede no gustarle?
—Debo reconocer que está para comérselo, pero a mí me parece que a ti
te provoca algo más. He notado que te pones muy nerviosa cuando está él.
—Es verdad que me altera un poco, pero es su presencia, es demasiado
atractivo y sensual.
—¡Y puedes meterlo en tu cama! Considérate afortunada y no
desaproveches las oportunidades que te da la vida.
—¡Basta!
—Ok, no discutamos más porque vamos a estar varios días sin vernos y te
voy a extrañar demasiado —dijo, levantando las manos en un gesto de
rendición.
—Yo también te voy a extrañar —dije, estirando las manos por encima de
la mesa para tomar las suyas—. Tenme al tanto de todo y cuídate mucho.
—Lo hare, lo haré. Tú también cuídate mucho y hazme un gran favor.
—¿Cual?
—Empaca la ropa interior más sexy que tengas.
Y ambas largamos una sonora carcajada.
Capítulo 6
«Cuando creíamos que teníamos todas las respuestas, de pronto,
cambiaron todas las preguntas».
—Mario Benedetti
Y allí estábamos los dos, sentados en la sala VIP del Aeropuerto
Internacional de Carrasco, en un silencio atronador. Faltaba una hora para
que nuestro vuelo partiera y Alvar apenas me dirigía la palabra. Sabía que
yo no había actuado bien y podía entender su enfado, pero íbamos a estar
casi un mes en el extranjero, trabajando codo a codo, tendríamos que tratar
de olvidar lo sucedido.
—Voy a servirme un café, ¿te traigo uno? —pregunté.
—No, gracias —respondió, secamente.
Me levanté y, sin decir nada más, me dirigí hacia el lugar donde estaba
dispuesta la bebida y la comida. Hice las cosas lentamente, tratando de
tardar todo lo posible para no volver y enfrentarme a su mutismo. Pero al
volver con el Dios silencioso me llevé una gran sorpresa, me encontré con
que mi lugar en el sillón había sido ocupado por una mujer que, si mis ojos
no fallaban, estaba coqueteando con Alvar, y él no se quedaba atrás.
No pensaba sentarme con ellos y presenciar sus conquistas amorosas.
Busqué una mesa libre que estuviera lo más alejada posible de la pareja y
me dirigí hacia allí. Podía verlos perfectamente y estaba claro que se
encontraban en plena seducción. Otra vez esa sensación en el pecho que me
provocaba desazón. Era una molestia que nunca había sentido y me
inquietaba. Cuando volviera tendría que hacerme un chequeo cardíaco.
Alvar levantó la cabeza, que la tenía metida en el cuello de la chica
susurrándole algo, y nuestras miradas se encontraron. Lo miré con seriedad y
el muy ladino me sonrió triunfante.
¿Qué espera? ¿Qué le festeje sus conquistas? ¡Imbécil!
Me olvidé de ellos, o hice el mayor esfuerzo por olvidarlos, y me
dediqué a leer mails desde el celular. En la pantalla salió el aviso de
embarque de nuestro avión y me dirigí hacia ellos para tomar mi Carry On y
mi bolso que estaban junto a Alvar, al lado del sillón que había ocupado.
—Voy a abordar —dije, tomando mis cosas, pero sin mirarlos.
—Ok, nos vemos en el avión —respondió.
Caminé arrastrando mi equipaje y mi mal humor lejos de él. Si el viaje
comenzaba así, no tenía grandes expectativas de que fuéramos a congeniar,
era más probable que nos tiráramos algo por la cabeza.
Me senté en el asiento de primera clase que la empresa me había
reservado y que sabía era junto al de él. El hombre se hizo desear y llegó
con el ultimo llamado. Se sentó a mi lado con una sonrisa burlona.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Todo perfecto —respondí sonriente, aunque me costó horrores que la
sonrisa no se viera falsa.
—Bueno, acá vamos —comentó, abrochándose el cinturón. Parecía que la
mujer le había devuelto el buen humor. ¡Bien por él! Por mí, ¡podía ligar con
todo el avión!
El viaje a Nueva York tenía una escala en Santiago de Chile en la que
esperaríamos aproximadamente hora y media. En el trayecto hasta Santiago
hablamos muy poco, y todo relacionado con el trabajo. Cuando
desembarcamos en Santiago, decidí que iba a recorrer las tiendas del
aeropuerto y el Duty-Free, y lo iba a hacer sin compañía.
—Nos vemos en un rato —comenté, mientras me alejaba con mi equipaje
de mano.
—¿A dónde vas? —preguntó.
—¿Perdón?
—¿A dónde vas? —repitió, mirándome como si fuera tonta.
El mal genio estuvo a punto de explotar y salir por mi boca en forma de
improperio, pero lo pensé mejor, después de todo, por el bien de la empresa
teníamos que llevarnos bien. Tomé aire y me mordí la lengua para evitar
decir lo que no quería.
—A caminar un poco —respondí, poniendo mi mejor cara angelical.
—Te acompaño —dijo, como si nada.
—No es necesario.
—¿No es necesario o no quieres? —preguntó, mirándome ceñudo.
Juro que quería ser buena y educada, pero me lo estaba poniendo muy
difícil. Por otro lado, no me gustaba esa situación de falsedad, había llegado
el momento de aclarar las cosas.
—Alvar, ¿podemos sentarnos a tomar un café y conversar? —propuse.
—De acuerdo —respondió.
Caminé hacia una de las cafeterías que había en la zona en la que
estábamos y me senté en la primera mesa libre que encontré, él lo hizo frente
a mí. Pedimos dos cafés espresso. Alvar estaba recostado en su silla de
forma despreocupada y me miraba con seriedad.
—No podemos seguir ignorándonos. Sé que estás disgustado conmigo,
pero te pido que intentemos llevarnos bien. Vamos a compartir largas
jornadas de trabajo e incluso, como habrás visto en la agenda que nos
pasaron, más de una fiesta. No podemos empezar el viaje en estas
condiciones. Te pido disculpas si te dije algo hiriente. Esa noche estaba
enojada conmigo y seguramente dije cosas que te ofendieron. Te pido perdón
—fue un discurso corto, pero esperaba que me comprendiera.
Él me miraba con mucha seriedad, casi sin pestañear. Tardó varios
segundos en responder, segundos en donde lo miraba sin tener idea de lo que
pasaba por su cabeza.
—Disculpa aceptada —dijo, finalmente.
—Gracias.
—¿Tienes algo más para decir? —preguntó.
—No.
—Yo sí —aclaró, y su mirada seguía siendo penetrante.
—Te escucho —dije, porque estaba claro que ya no tenía opción.
—Yo no estaba ebrio ni pasado de copas.
Asentí con la cabeza y comprendí que esa afirmación implicaba muchas
cosas, pero que en ese momento no quería analizar. Después de esa
conversación la relación entre nosotros volvió a ser cómoda. No iba a
pretender que fuera como al principio, porque ahora teníamos esa
experiencia que lo había cambiado todo, fundamentalmente, después de su
último comentario.
Desperté sobresaltada. Estaba en el asiento del avión y había tenido una
de mis pesadillas. Cuando estaba estresada, preocupada o angustiada, o
cuando se acercaba el aniversario de la muerte de mi madre, volvían a
hostigarme las pesadillas en las que revivía su asesinato. Durante el día, los
fantasmas se acallaban con el trabajo férreo, por las noches nada podía
hacer y volvían convertidos en horrendas pesadillas. No sé si llegué a gritar,
pero desperté y Alvar me miraba preocupado.
—¿Estas bien? —preguntó.
Apoyé los codos en mis rodillas y me froté el rostro con las manos.
—Sí, gracias. Tuve una pesadilla —respondí, mientras volvía a apoyarme
en el respaldo del asiento. Estaba temblando y tenía el ritmo cardíaco por
las nubes.
—Dafne, estás temblando —afirmó, y estiró sus brazos y me abrazó. Se
me hizo un nudo en la garganta. Apoyé mi cabeza en su pecho mientras sus
enormes manos me acariciaban la espalda buscando tranquilizarme.
—¿Estás más tranquila? —preguntó, pasados unos minutos, pero sin
soltarme.
—Sí, gracias —respondí, mientras me alejaba del calor de su pecho,
sintiendo inmediatamente unas ansias enormes de volver a cobijarme allí.
—¿Te pasa habitualmente? Lo de tener pesadillas que te alteren tanto —
aclaró.
—No…, bueno, a veces.
—Te voy a ir a pedir un vaso con agua fresca.
—Gracias, Alvar.
Volvió con el agua. Mientras la bebía, observaba su semblante serio, me
miraba con preocupación.
—¿Puedo ayudarte en algo más? —preguntó.
—Ya me encuentro mejor, gracias.
—¿Te puedo hacer una pregunta personal? —preguntó.
Lo miré resignada sabiendo lo que se venía. Asentí con la cabeza.
—¿Siempre tienes la misma pesadilla?
—No siempre es igual, pero siempre es sobre la misma cuestión —me
sinceré.
—La tragedia familiar que me mencionaste —afirmó, y volví a asentir
con la cabeza.
—¿Ahora me permites hacerte una sugerencia? Y no la malinterpretes, te
aseguro que no es con doble intención.
—A ver con que me vas a salir —dije sonriendo, y recién en ese
momento cambió el gesto de preocupación por una sonrisa.
—Apóyate en mí, te aseguro que vas a dormir tranquila porque voy a
ahuyentar todos tus demonios.
—Vas a dormir incómodo —dije, aunque la idea de apoyarme en su
pecho hacía que mi corazón bailara en el mío.
—Al contrario. ¿Me puedes dar ese gusto? Por favor —rogó, poniendo
las manos de oración.
—De acuerdo —dije, sonriendo. Él se acomodó en su asiento, me pasó
uno de sus brazos por mis hombros y me atrajo hacia él.
—Duérmete —ordenó.
—No me des órdenes porque la jefa soy yo —dije sonriendo contra su
pecho. ¡Qué bien que se estaba allí!
—Duérmete…y cállate —volvió a ordenar, pero noté que sonreía.
Cerré los ojos y el sueño me abrazó con la misma calidez que me
abrazaba Alvar. Y cumplió con lo que dijo, por esa noche, ahuyentó mis
fantasmas.
El hotel en Nueva York estaba ubicado en Manhattan, en la zona del
Times Square. Un deslumbrante hotel cinco estrellas de diseño vanguardista.
Estaba gerenciado por Charlie Harris, un hombre de 34 años, buen mozo,
alto, con un físico atlético y una elegancia natural que lo convertían en un
hombre que imponía con su presencia. Sabía que era respetado, temido y
amado a partes iguales. Su cabello y barba incipiente, de un color rubio
oscuro, le daban un marco perfecto a su buen rostro. Con Charlie teníamos
una buena relación laboral, aunque con él siempre tenía que mantener la
guardia en alto porque intentaba por todos los medios tener una cita
conmigo. Si bien le había dejado clara mi negativa, el hombre parecía no
darse por enterado. Sus insinuaciones habían comenzado sutilmente, pero la
última vez que había estado en el hotel, había sacado toda la artillería.
Bajamos del auto con chofer que nos habían enviado para nuestros
traslados y, como siempre que estaba allí, quedé maravillada con el hotel y
la ciudad. Me encantaba la ciudad de Nueva York, la metrópolis más grande
del mundo, ciudad de los rascacielos, donde se mezclaban las culturas de
diversas nacionalidades, donde el ajetreado ambiente no cesaba en su ritmo
a pesar de la caída del ocaso, por eso era conocida como «la ciudad que
nunca duerme».
Apenas ingresamos al hotel nos encontramos con Charlie Harris parado
en medio del vestíbulo, esperándonos. Me recorrió con su mirada sin ningún
disimulo mientras su sonrisa ladina me advertía que tuviera mis sentidos
alerta. Alvar iba a mi lado. Noté el momento exacto en el que Charlie reparó
en él y su sonrisa se esfumó. Nos detuvimos frente a él para saludarlo y la
mirada de Charlie se paseaba entre Alvar y yo.
—Harris, ¿cómo estás? —saludé, para romper el hielo.
—Querida Dafne, cada vez más hermosa —dijo galante, mientras nos
saludábamos estrechando nuestras manos.
—Él es Alvar Hill, el nuevo gerente de la cadena hotelera. Lo conociste
en la reunión virtual de la semana pasada. Alvar, él es Charlie Harris, el
gerente de este hotel.
—Un gusto conocerte —dijo Charlie con solemnidad, mientras Alvar
asentía y estiraba su mano para saludarlo. En ese momento Charlie miró en
dirección a la puerta del hotel y agregó—: ¿Dominic?
—Dominic no nos va a acompañar, este año hemos venido el Sr. Hill y
yo. Dominic nos acompañará en las reuniones, pero de forma virtual —
aclaré.
No pudo disimular su desconcierto y nuevamente posó su mirada en
Alvar, evaluándolo. Alvar lo miraba con seriedad y me pareció que su
postura indicaba tensión.
—Bienvenidos al hotel. Más allá de que vamos a tener días de mucho
trabajo, espero que disfruten de su estadía y de todos los servicios que
tenemos a su disposición —expresó Charlie, y fue evidente que quiso
jactarse ante Alvar, en anteriores ocasiones sus saludos no eran para nada
formales y, con Dom, siempre terminaban a las risas y palmeándose la
espalda. Dom le tenía aprecio y confianza, aunque había notado sus avances
conmigo y, últimamente, cuando estábamos en el hotel, trataba de mantener
más formalidad en el trato.
—Gracias —respondimos al unísono.
—Tienen reservadas las suites que siempre ocupan, en recepción Anne
les dará las tarjetas. Aprovecho para comentarles que esta noche es la fiesta
de inauguración de la semana de festejos del aniversario de este hotel. Como
sabrán, estas fiestas son algo tradicional en este hotel, es una semana en la
que vamos a tener todas las noches una fiesta con distintas temáticas. La de
esta noche es «The white night», la idea es vestir de ese color o, por lo
menos, con una prenda de ese color.
—Gracias por recordárnoslo. Tenía presente lo de las fiestas porque tu
secretaria le pasó toda la agenda a mi asistente. Respecto al trabajo, para el
día de hoy no tenemos coordinadas reuniones. Cualquier cambio o duda,
háblenlo con Mike y con la secretaria del Sr. Hills.
—De acuerdo —respondió.
—Si no te molesta, vamos a ir a descansar, fue un viaje largo —afirmó
Alvar, con determinación, y me sorprendió la seria mirada que le dedicó
Charlie.
—Nos vemos en la noche —puntualicé.
Charlie asintió con la cabeza y no nos sacó la vista de encima hasta que
llegamos a la recepción, momento en que él se retiró.
—Anne, ¿cómo estás? —pregunté a la recepcionista. Llevaba varios años
en el hotel y teníamos bastante confianza.
—Srta. Davidsson, ¡que gusto volver a verla!
—Igualmente, Anne. Pero, déjame verte ¡Qué hermosa pancita tienes! —
Anne tenía cinco meses de embarazo y, estaba enterada, porque cada tanto
nos enviábamos mails para saber de nosotras.
—De verdad, me alegra mucho volver a verla —insistió.
—Gracias Anne. Te presento a Alvar Hills, es el actual gerente general
de la cadena hotelera —presenté, y Anne quedó obnubilada cuando lo miró a
los ojos, se ve que las embarazadas no se salvaban del embrujo del Dios
vikingo. Incluso, temí que Anne se desplomase allí mismo.
Alvar sonrió y le estrechó la mano.
—Un gusto conocerla, Anne. Y felicitaciones por el embarazo.
—Gracias. El gusto es mío, Sr Hills. Bienvenido y le deseo muchos
éxitos.
—Gracias —respondió Alvar, siempre sonriente. Y tuve que intervenir
porque Anne no le soltaba la mano y parecía en trance.
—Anne, ¿puedes darnos las tarjetas de las suites?
—Ohh, sí, claro. Están alojados en las Suites Premier —expresó,
ruborizada.
Las suites estaban ubicadas en los pisos altos y tenían unas vistas
increíbles de la ciudad. Las nuestras eran suites linderas.
Habíamos decidido que nos daríamos una ducha y saldríamos a almorzar
juntos. Ambos conocíamos la ciudad, pero Alvar hacía unos cuantos años
que no la visitaba y yo iba todos los años.
Me decidí por vestimenta informal, un jean una blusa y campera de cuero
color negro. Antes de salir decidí hacer una video-llamada con mi hermano.
Prendí mi laptop para poder ver su imagen más grande.
—Hola, Keeper, ¿cómo estás?
—Deja de llamarme así, Pitufina —respondió, sonriendo.
Esa era la manera cariñosa en que nos llamábamos entre nosotros. Yo se
lo había puesto porque era un hermano guardián, un «cuida», como se suele
decir. Por más que estaba a kilómetros de distancia, se aseguraba de tenerme
bien controlada y cuidada. Él me había puesto el apodo por ser su hermana
pequeña, aunque hacía años que había dejado de ser pequeña, para él
siempre sería Pitufina.
—Ya estoy en Nueva York. Hoy tengo un día bastante tranquilo, pero
mañana comienza el ajetreo.
—¿Estás con el nuevo gerente? —preguntó, con ese gesto controlador que
hacía cada vez que quería averiguar algo de mi vida.
—Si sabes que vine con él, ¿para qué preguntas?
—Me dijo Dom que es un tipo bien. Trata de estar con él así el tal Harris
te deja en paz.
—Espera, rebobinemos. ¿Hablaste con Dom para averiguar de Alvar? Y,
¿de dónde sacas que Charlie Harris no me deja en paz? —pregunté,
sorprendida. No podía creer que Dom le hubiera dado esa información.
—Hablé con Dom por temas de negocios y me contó de Alvar Hills, y fue
allí cuando me dijo que este año no se unía al viaje, yo no pregunté nada,
palabra de honor. Respecto a Harris, tengo claro que te tiene en su mira.
—¿No me digas que también te lo dijo Dom? —pregunté,
sarcásticamente.
—Exacto. Sabes que ambos te cuidamos.
—¡Eso no es cuidar, eso es ser dos viejas chismosas!
Mi hermano largó una sonora carcajada. En ese momento llamaron a mi
puerta.
—Hablamos después porque están llamando a mi puerta —dije, porque
me imaginé que era Alvar y no quería que mi hermano hiciera algún
comentario típico de él.
—¿Quién es? ¿Quedaste con alguien? —preguntó, con el ceño fruncido.
—¡Qué te importa!
—Por supuesto que me importa, están llamando a la habitación de mi
hermanita pequeña.
—No empieces, Fran —dije amenazante, mientras escuchaba que volvían
a llamar.
—Dime quien es, Pitufina.
—Te lo voy a decir para que me dejes en paz. Debe ser Alvar Hills
porque quedamos en almorzar juntos.
—Perfecto, así lo conozco
—No lo vas a conocer —exclamé, y volví a sentir el llamado en la
puerta.
—Ve a abrir de una vez porque va a pensar que lo dejaste plantado —dijo
mi hermano, sonriendo. Y no tuve otra que ir hasta la puerta de la suite.
—Alvar, pasa y, dame unos minutos porque estoy en una llamada con mi
hermano.
—No hay problema —respondió. Desde donde se encontraba no se veía
la pantalla y, por lo tanto, Fran se iba a quedar con las ganas de conocerlo, o
eso pensaba yo.
Sentí la voz de mi hermano. No, no y no. ¡¿Por qué ese hombre era tan
metiche?!
—Alvar, ¿puedes acercarte a la computadora así nos conocemos? —
preguntó, Fran.
—¿Es a mí? —preguntó Alvar totalmente desconcertado, mirando a su
alrededor para saber de dónde venía la voz que se dirigía a él.
—¡No lo puedo creer! —exclamé, llevándome la mano a la frente—. Es
mi hermano. Discúlpame, le comenté que íbamos a almorzar y debe querer
presentarse. Estamos en una video-llamada. Te pido mil disculpas. —No
sabía cómo salir de esa situación embarazosa. ¡Keeper, me las vas a pagar!
—Las disculpas no son necesarias. Dime donde tienes la computadora así
lo saludo.
—No tienes por qué hacerlo —dije, desesperada.
—Quiero saludarlo —dijo, subiendo los hombros, demostrando que le
quitaba importancia a la actitud de mi hermano.
—Es por aquí —dije rendida, y añadí—: te lo advierto como te advertí
cuando conociste a Sari, por tu bien o, mejor dicho, para preservar tu
privacidad, deberías replantearte ir a hablar con él.
—Te estoy escuchando, Dafne —dijo mi hermano, y agradecí que no
usara mi apodo. Lo único que me faltaba era que Alvar se enterara de que me
decía Pitufina, ¡perdería todo respeto!
Alvar largó una carcajada y siguió el camino hacia la laptop. Cuando
llegó se agachó, apoyando sus manos en el respaldo de la silla del
escritorio, para que mi hermano lo pudiera ver y yo quedé detrás suyo
mirando los gestos de mi hermano.
—Hola. Acá me tienes —dijo Alvar, sonriente.
—Un gusto, Alvar. Soy Fran, el hermano de Dafne —saludó mi hermano,
pero, como lo conocía muy bien, noté que la apariencia de Alvar lo
sorprendió. Imaginé que Dom no le había dicho que era tan joven y guapo.
Seguro que se habría imaginado alguien como Dom. ¡Ja! Ahora seguramente
se estaba arrepintiendo de aconsejarme que me quedara con él para huir de
Charlie Harris.
—Un gusto para mí también.
—Fran, nos tenemos que ir porque estamos hambrientos —intervine, para
dar por finalizada esa conversación. Mi hermano era capaz de tenerlo un
buen rato dándole parloteo.
—Asegúrate de que coma bien —pidió Fran, riendo.
—Me pones en un aprieto, te olvidas de que la jefa es ella —respondió
Alvar, riendo con él como si fueran grandes amigos.
—¿No me digas que mi hermanita es una jefa tirana? —preguntó Fran,
haciéndose el sorprendido.
—En absoluto. Pero no queda bien que le diga lo que tiene que hacer —
respondió, y seguía divirtiéndose.
—Ustedes dos, ¡se terminó! A ti Fran, desde ya te digo que no te vuelvo a
hacer una video-llamada en mi vida —exageré, porque me encantaba charlar
con el viéndolo, aunque fuera a través de una pantalla—: y tú, Alvar Hills, si
te unes en un complot con mi hermano, ¡estás despedido!
Los dos estallaron en una carcajada y yo puse las manos en las caderas
mirándolos con los ojos entornados.
Se despidieron sin dejar de reír y salimos del hotel sin rumbo fijo. La
idea era caminar un poco y sentarnos a almorzar en un lugar que nos
pareciera agradable, y de esos había cientos.
Elegimos un restaurante informal y pedimos pasta. Alvar estaba
totalmente maravillado con la ciudad y se le veía despreocupado y alegre.
Ese día se había puesto jeans, remera blanca y campera de cuero marrón.
Sexy se le quedaba corto. Quien nos viera no se imaginaría que éramos dos
altos ejecutivos de una cadena hotelera.
—Me cayó bien tu hermano —comentó.
—Eso es porque no es tu hermano —dije sonriendo y él rio.
—Cuéntame un poco de esta semana de fiestas que tenemos por delante,
porque Dom me estuvo poniendo un poco al tanto antes de irnos, pero tú que
lo conoces sabrás que estos temas de fiestas nocturnas no le interesan mucho
y me dio muy pocos datos —pidió.
Son una tradición muy esperada por los huéspedes, clientes, proveedores
y todos los que Harris entienda que tienen que estar. En esta semana es el
aniversario del hotel, una semana antes de la fecha comienzan las
celebraciones culminando el día del aniversario. Todas las noches hay una
fiesta de gala con distintas temáticas, que más que nada están referidas a
códigos de vestimenta. La de hoy, como dijo Harris, es «La noche blanca», y
hay que llevar algo blanco, creo que la de mañana es con algo encendido, o
sea algo led que prenda y apague.
—Ya veo que voy a tener que salir a comprar algunas cosas —comentó.
—Yo traje algunas cosas que se van a necesitar, te puedo ayudar.
—Siempre y cuando no me des un vestido y tacones, está todo bien —
dijo, sonriendo.
—No quedarías mal con vestido, los tacones te harían ver demasiado alto
—contesté, haciéndole un guiño y el rio con ganas.
Cuando salimos de allí decidimos salir a caminar por Central Park, hacía
una tarde soleada y no estaba frío. Comenzamos por la entrada de Columbus
Circle y caminamos bastante visitando los lugares emblemáticos del parque.
Ahora que estábamos bien, caminar junto a él era placentero y divertido.
Trataba de abstraerme y no pensar en lo atractivo que era y en lo que eso me
hacía sentir. Era una tarea casi imposible, pero juro que lo intentaba.
Cuando cruzamos el Bow Bridge, el puente más famoso del parque, nos
detuvimos, apoyamos los brazos en él y nos dedicamos a contemplar el
entorno en un cómodo silencio, hasta que Alvar decidió romperlo:
—Lugar romántico, ¿verdad? —comentó, mirando el paisaje.
—Es muy bonito, no sé si romántico porque no sé nada de eso ni me
interesa.
Volvía a ponerme en alerta, no quería hablar de esos temas y prefería
cortarlos de raíz. Sentí que giró para mirarme y también giré para
enfrentarlo. Me miraba con los ojos entornados, como evaluándome con
seriedad. Después de unos segundos, volvió a girar y a mirar hacia adelante,
pero sin emitir opinión sobre mi comentario. Yo también decidí no agregar
nada más. Nos quedamos en silencio por varios minutos más.
—Quizás sea mejor que volvamos, la fiesta comienza a las nueve de la
noche y ya son las seis y media —propuse, pero no pudo responderme
porque en ese momento una pareja se acercó a nosotros y me pidieron que
les tomara una fotografía. Accedí y tomé el celular que me extendieron. La
pareja se acomodó junto al puente, abrazándose, y yo me coloqué buscando
un mejor lugar para que la foto saliera perfecta. Alvar no me sacaba la vista
de encima.
—Allí está bien. ¿Les saco varias? —consulté.
—Sí, por favor —dijo, la chica.
—Mírense a los ojos —propuse—. Así, así…. —y presioné la pantalla
—. Quedó preciosa.
—¡Muchísimas gracias! ¿Quieren que les tome una a ustedes? —preguntó,
señalándonos.
—No, muchas gracias — respondí inmediatamente, y la pareja se marchó
mirando las fotografías que les había tomado.
Alvar me miraba y sonreía con una sonrisa burlona.
—¿Qué? —pregunté.
—Que para no saber nada de romanticismo, lo hiciste muy bien
sugiriendo una fotografía muy romántica para los enamorados.
—Mira tú, como soy ignorante en el tema, no me había dado cuenta —
respondí y comencé a caminar, pero sentí la risa de Alvar. ¡Se estaba
burlando de mí!
Capítulo 7
«Amor es solo una palabra, hasta que alguien llega para darle sentido».
—Paulo Coelho
Unos minutos antes de las nueve, estaba pronta. Había ido a la peluquería
del hotel y llevaba el pelo súper lacio y me habían hecho un maquillaje muy
elegante, especial para la noche. En los ojos un ahumado donde las pestañas
eran las protagonistas y me otorgaban una mirada muy sexy. Los labios
también llamaban la atención con un color morado y me habían asegurado
que estarían perfectos toda la noche. El vestido que usaba era de inspiración
griega, largo, de color blanco, con escote drapeado, espalda descubierta y
abertura en la pierna. Lo llevaba con cinturón plateado y sandalias altas de
ese color.
A las nueve decidí salir en busca de Alvar porque habíamos quedado en
ir juntos. Cuando abrí la puerta quedé paralizada, Alvar estaba parado allí a
punto de llamar. Vestía un esmoquin blanco con pantalones negros.
Ambos quedamos mirándonos por unos segundos sin decir una palabra,
nuestras miradas hablaban por sí mismas. Estábamos aturdidos, atónitos,
embobados, y no sé cuántos adjetivos más podían describir el asombro que
teníamos al vernos. Fue verlo y se me cortó la respiración y mi traicionero
cuerpo se sacudió. Alvar estaba increíblemente atractivo, elegante, seductor,
exquisito, etc. etc. Sí, ¡estaba para comérselo!
¡Concéntrate, Dafne!
Alvar carraspeó y movió su cabeza como para salir del aturdimiento. Eso
me hizo reaccionar.
—Justo salía a buscarte —avisé, pero aun no entiendo como logré
articular las palabras.
—Estás bellísima —dijo, con la voz ronca.
—Gracias. Tú también estás muy atractivo y elegante.
¿Lo dije en voz alta? ¡Qué Dios me ayude!
—Tuve que esmerarme sabiendo la compañera que tengo —expresó,
sonriendo.
Estiró el brazo para que se lo tomara. Con una timidez que normalmente
no sentía, apoyé mi mano en su brazo y comenzamos a caminar. ¿Por qué con
este hombre perdía toda mi seguridad? No tenía respuesta, o prefería no
analizarlo.
La fiesta se realizaría en uno de los salones del hotel con capacidad para
1500 personas, pero no tenía claro cuantas personas habían sido invitadas.
Llegamos a la puerta e inmediatamente nos permitieron pasar.
—Dafne, ¡eres la mujer más hermosa que he visto en mi vida! —
comentario de Charlie, que se encontraba a unos metros de la puerta
recibiendo a los invitados.
—¿Este hombre sabe lo que es la sutileza? —preguntó Alvar, e
inmediatamente apoyó su mano libre sobre la mano que yo tenía en su brazo.
Yo no respondí, porque Charlie se acercaba a nosotros mirándome con
esa mirada de depredador que ya conocía bastante. Alvar estaba tenso y
apretaba mi mano.
—Señorita, ¿me permite que la acompañe a su mesa? —preguntó, Charlie.
—Yo puedo hacerlo —dijo Alvar, sin dejarme responder y mirándolo
seriamente.
—Charlie, creo que es mejor que te quedes recibiendo a los invitados.
Nos vemos después, gracias por tu ofrecimiento —expresé, para aliviar el
tenso ambiente.
Ellos se quedaron parados como retándose con la mirada. Sin esperar la
respuesta de Charlie, comencé a caminar hacia la mesa que nos habían
indicado. Alvar seguía tenso.
—¿Es siempre así? —preguntó.
—¿Te refieres a Harris?
—¿A quién más? —dijo, molesto.
—Es un poco adulador.
—¿Un poco? El tipo grita a los cuatro vientos que quiere seducirte—.
Seguía con gesto serio y mirada molesta.
Llegamos a la mesa y saludamos a las personas que se encontraban allí,
presentándonos como era debido. A algunos de ellos los conocía porque
trabajaban en el hotel. Estaríamos compartiéndola con dos de los abogados
del equipo de asesores legales del hotel, que eran un hombre de unos
cuarenta y pocos años y una mujer de algunos años menos, llamados Peter y
Ariela; Richard Graner, quien era economista y asesor del hotel, y su señora,
Antonia; dos amigos de Charlie Harris, un hombre que parecía un modelo
sacado de la revista GQ, llamado Brandon y una mujer que era todo
sensualidad y provocación, llamada Cindy. Mi lugar estaba entre Charlie y
Alvar. Del otro lado de Alvar se sentaba la tal Cindy, que no desperdiciaba
oportunidad para acercársele y tratar de seducirlo. Había visto su mirada y
gestos en cuanto nos acercamos a la mesa, y sabía que Alvar no se iba a
salvar de una noche de propuestas «indecentes» por parte de ella y quizás de
algunas más que había notado que lo observaban con adoración y deseo.
—¿Cómo está el viejo Dominic Thompson que este año nos ha
abandonado? —preguntó, Graner.
—Está muy bien. No nos acompaña porque esté año prefirió descansar y
dedicárselo a la familia —respondió, Alvar.
—Como les comenté, Alvar es el nuevo gerente de la cadena y Dominic
entendió que nosotros nos podíamos hacer cargo —afirmé.
—Me parece bien. Es hora de que los viejos le dejemos el lugar a la
sangre joven —dijo, Graner.
—Graner, tú no eres viejo. Es más, cuando empiece el baile, seguro que
ninguno de nosotros te vamos a poder seguir el ritmo, lo sé por experiencia
—comenté, y todos rieron.
—Dímelo a mí, Dafne —dijo Antonia, con una sonrisa pícara, Graner la
miró por encima de sus anteojos y más de uno largamos una carcajada.
A esa pareja la conocía desde hacía varios años y eran encantadores.
Graner tenía mucha confianza con Dom y siempre que estábamos en Nueva
York salíamos a cenar con ellos.
—Mira, chiquilla —dijo Graner, mirándome—: si lo dices para salvarte
de bailar una pieza con este viejo, desde ya te digo que no vas a tener suerte,
esta noche vamos a sacarle brillo a esta pista —dijo, riendo.
—Ya veremos —respondí, riendo.
—Entonces vas a tener que ponerte en la fila, porque esta noche Dafne va
a bailar conmigo —dijo Charlie, que había llegado y tomaba asiento a mi
lado.
—Yo no recuerdo haberles concedido el honor de bailar conmigo —
bromeé.
—Te recuerdo que a mí me lo concediste —intervino, Alvar. Yo lo miré,
porque no recordaba haberlo hecho, pero cuando sentí su pie dándome una
suave patadita en el mío, entendí que lo había hecho para librarme de
Charlie. ¡Gracias, Alvar!
—Es verdad, a ti te lo concedí.
—Yo bailo contigo, Char —dijo, Cindy.
Charlie no respondió y tomó su copa de vino para beber un sorbo. Estaba
molesto y no hacía nada para disimularlo. Después de ese momento
incómodo, la charla se retomó normalmente. Pasados unos treinta minutos,
Charlie, desde un escenario ubicado al fondo del salón y muy cerca de
nuestra mesa, comenzó con el discurso que hacía todos los años. Antes de
finalizarlo, me miró fijamente y supe, por su mirada, que estaba tramando
algo que me involucraba.
—Y ahora le voy a pedir a nuestra CEO, la queridísima y bella, Dafne
Davidsson, que se acerque para que nos pueda dejar unas palabras —
expresó Charlie, mirándome y sonriendo. Se estaba vengando, pero no me
conocía bien, conmigo no iban esas jugarretas y, aunque no tenía previsto
dirigirme al público presente, estaba más que preparada para hacerlo.
—¿Sabías de esto? —preguntó Alvar, mientras me miraba preocupado.
—Para nada, pero lo puedo manejar —respondí, mientras dejaba mi silla.
—¡Esa es mi chica! —me susurró, y ambos nos quedamos mirando por
unos segundos antes de que girara para dirigirme al escenario.
¿Había dicho «su chica»? Obvio que lo dijo en sentido figurado, pero
reconozco que en sus labios sonaba perfecto. ¡Perfectamente imposible,
querrás decir, Dafne! ¡Concéntrate, que te espera un discurso!
Charlie me entregó el micrófono mirándome con cara de triunfo, el muy
necio pensaba que me había puesto en una situación embarazosa. Nada más
alejado de la realidad, estaba acostumbrada a dirigirme al público y me
gustaba mucho tener la oportunidad de corresponder a los empleados.
Comencé agradeciendo a Charlie la posibilidad de dirigirme a los
presentes y expresando el inmenso honor que eso significaba para mí.
Continué informando que la cadena hotelera había mantenido el vertiginoso
crecimiento de los últimos años y deseando que, con el apoyo de todos, ese
crecimiento se incrementara. Reconocí a todos los que trabajaban en nuestra
compañía aplaudiendo y pidiendo el aplauso general. Cerré el discurso
agradeciendo nuevamente, en nombre de la compañía y en el mío propio,
todo el esfuerzo que hacían por ella.
—¡Felicitaciones a todos! ¡Han hecho un gran trabajo! —finalicé.
Ante el aplauso masivo, Charlie me miró serio y luego exhibió una
sonrisa forzada. Ambos nos dirigimos a la mesa en silencio. Al llegar, todos
nos felicitaron y luego procedimos a realizar un brindis.
—Te felicito, gran discurso —susurró Alvar en mi oído.
—Espero les hayan gustado mis palabras, quise trasmitirles mi total
agradecimiento —dije.
—Quedó muy claro, todos estaban extasiados contigo.
La cena estuvo exquisita y la charla fue amena, salvo que tanto Alvar
como yo, tuvimos que soportar los avances nada disimulados de Cindy y
Charlie, respectivamente.
—Hora de bailar —dijo Graner, y tomó a Antonia de la mano y se
dirigieron a la pista, no sin antes dirigirse a Alvar—: Muchacho, tu deberías
hacer lo mismo con la belleza que tienes a tu lado, sobre todo porque ella
dijo que ya tienes su aprobación—. Y le hizo un guiño.
—Tienes razón —respondió, sonriendo. Se levantó de su silla y me
extendió la mano—. ¿Me harías el honor de acompañarme a la pista?
—Por supuesto —respondí, mientras tomaba su mano.
Fuimos tomados de la mano hasta la pista, mi mano ardía antes su
contacto. En ese momento estaba sonando «24K Magic» interpretada por
Bruno Mars. La gente en la pista sacaba sus mejores pasos para seguir el
ritmo contagioso. Era todo jolgorio y alegría, y nosotros nos unimos a eso y
bailábamos tomados de la mano con absoluta diversión. Alvar me hacía
girar y se movía muy, pero muy bien, era un excelente y sensual bailarín.
¡Ojo no te resbales con tu baba, Dafne!
La próxima canción fue «Shape of You» interpretada por Ed Sheeran.
Todos gritaban, saltaban y reían divertidos. Alvar no soltaba mi mano y me
hacía seguirle el ritmo. La estábamos pasando genial. Miré a mi izquierda y
vi a Graner y Antonia bailando desaforados, me encantaba que se divirtieran
tanto. Sin darme cuenta, mientras los miraba, comencé a reír a carcajadas.
Alvar me miró riendo y tironeó de mí para que cayera en sus brazos. En ese
momento se escuchaba «I Gotta Feeling» interpretada por The Black Eyed
Peas. Lo miré sorprendida mientras no podía contener la risa.
—¿Qué haces? —pregunté, mientras trataba de separarme, pero sin poder
dejar de reír.
—Tu risa es uno de los sonidos más bonitos que he escuchado en mi vida
—dijo, acercándose demasiado y mirándome a los ojos.
Seguí riendo y traté de empujarlo para zafar de sus brazos. Ni se movió,
pero comenzó a reír y, tomándome de una mano, me hizo hacer un giro
completo. Mientras giraba, vi que Charlie se acercaba hacia nosotros con
cara de pocos amigos. La alegría me había durado poco, y no es porque
Charlie me cayera mal, el tema es que insistía en querer seducirme cuando le
había dejado claro que no aceptaría sus avances. Alvar debe haber visto que
se acercaba porque se tensó y se puso serio. La canción llegó a su fin y
comenzó a sonar «Suavemente» interpretada por Elvis Crespo. Charlie
eligió ese momento para ponerse a mi lado y preguntar:
—¿Me permites este baile?
Miré a Alvar, que se había quedado inmóvil frente a mí y miraba a
Charlie con una mirada fiera. Cuando nuestros ojos se encontraron le hice un
gesto con la cabeza para indicarle que iba a aceptar el baile. Sin decir nada,
paso a mi lado y se fue. Charlie me tomó por la cintura con una mano y con
la otra tomó una de mis manos y comenzó a girar, arrastrándome en su baile.
—Esta noche pareces una diosa griega —aduló.
—Gracias. Es por el estilo del vestido.
—Muy buena elección, te queda perfecto.
—Gracias.
—Parece que Cindy y Hills se entienden bastante bien —dijo, sonriendo.
Obviamente estaba disfrutándolo.
Traté de no mirar, pero al girar y tenerlos de frente no pude evitarlo y me
encontré con una pareja sonriente, muy, pero muy pegados, bailando de una
forma muy sensual.
—Me alegra que Alvar se divierta, no es fácil adaptarse a esta empresa
tan grande. Él lo ha logrado sin problemas —comenté, no era lo que sentía,
pero de eso nadie se iba a enterar.
—Ahhh, ya veo, por eso tratas por todos los medios de hacerlo sentir
bien. Ahora lo entiendo.
—Yo no entiendo tu comentario, pero dejémoslo así —dije, muy seria.
—Disfrutemos del baile —agregó, y luego seguimos bailando en silencio.
Si Charlie se hubiera ahorrado sus comentarios, hasta podría haber
disfrutado de bailar con él porque era muy buen bailarín, pero siempre tenía
que estropearlo con sus comentarios mordaces. La canción llegó a su fin y le
agradecí y le dije que quería descansar y beber algo. En el momento en que
me dirigía hacia la mesa, pude llegar a ver la espalda de Alvar desaparecer
entre el gentío que había en la pista y me pareció que la chica lo
acompañaba. Seguramente se irían a su suite a terminar la noche a lo grande.
¡Bien por ellos! Obviamente que eso fue sarcástico.
Graner y Antonia volvieron a la mesa y se sentaron junto a mí. A Alvar no
lo vi más. Me quedé conversando con ellos, pero a la media hora ya no tenía
ganas de estar allí. Sentía nuevamente esa sensación en el pecho que me
provocaba desazón, y ahora se le sumaban unas inmensas ganas de irme a la
cama y dormir hasta olvidarme de todos, empezando por Alvar y terminando
por Charlie y su amiga Cindy. Me despedí de todos y me dirigí a mi suite.
Cuando el ascensor abrió sus puertas, me encontré con Alvar saliendo del
mismo.
—Iba a buscarte —dijo, sorprendido de verme.
—¿A buscarme? ¿Por qué? —pregunté, con cierto mal humor.
—Tuve que salir un rato del salón, pero no quería que te fueras sola —
respondió, mientras yo entraba en el ascensor y él me seguía. Las puertas se
cerraron y quedamos solos en ese pequeño espacio.
—¿Perdón? ¡No eres ni mi jodido guardaespaldas ni mi maldita niñera!
—Y en ese momento mi mal humor había crecido lo suficiente para no medir
lo que decía.
—¡¿Qué?! ¡¿Por qué me respondes así?! —dijo furioso, y subiendo
bastante el tono de voz.
—¿Y por qué crees que no puedo irme sola? En una de esas, ¡me estoy
yendo porque quedé en encontrarme con alguien! —grité.
¿Qué me estaba pasando? Normalmente tenía una gran paciencia y muy
pocas veces había explotado de esa manera, y mucho menos por algo tan
inofensivo como lo que había dicho él. ¿Me estaría volviendo loca? ¡Sí, loca
por él, Dafne!
—¿Te vas a ver con alguien? ¿Con quién? ¿Harris te convenció? —
preguntó furioso, con el ceño totalmente fruncido, mientras se acercaba
peligrosamente hacia mí y apoyaba sus manos en la pared en la que yo estaba
arrecostada, para dejarme rodeada por sus brazos y sin tener escapatoria.
—¿Qué estás haciendo? Déjame salir —advertí, con seriedad.
—Voy a hacer lo que debí hacer antes.
Bajó hasta mis labios y se apoderó de mi boca. Al principio forcejeé un
poco, pero no logré moverlo ni un centímetro. Me rendí. Subí los brazos y le
rodeé el cuello para devolverle ese beso que, aunque sabía que estaba mal,
lo deseaba con desesperación. Alvar me estrecho fuerte contra él mientras
saboreaba mi boca posesivamente. Nuestras lenguas danzaban a un ritmo
frenético, no queríamos dejar ni un centímetro de nuestras bocas sin recorrer.
Seguro que ese beso debería estar prohibido. Las puertas del ascensor se
abrieron y el ruido nos hizo despertar del hechizo al que habíamos
sucumbido. No nos separamos enseguida, parecía que nuestros labios se
negaban a abandonar los del otro. Lentamente, el beso fue ralentizando su
pasión hasta acariciarnos suavemente los labios. Alvar respiró con fuerza y
apoyó su frente en la mía, mientras tratábamos de que nuestra respiración se
normalizara. Se separó de mí y tomó mi mano para arrastrarme fuera del
ascensor. Yo me dejaba llevar sin decir nada, no sabía ni donde estaba ni a
donde me dirigía. Cuando llegamos a su suite, sin soltarme abrió la puerta y
me arrastró hacia el interior. Luego cerró la puerta y me miró con hambre. En
ese momento reaccioné.
—Alvar, no podemos hacer esto —afirmé, tironeando de mi mano para
soltarme y salir de allí.
—Esto, como tú lo llamas, es lo deseamos. Te deseo con desesperación,
Dafne —dijo, mientras volvía a tomar mi mano y me empujaba hacia su
pecho para envolverme en sus brazos—. Y sé que tú también me deseas, el
beso que nos dimos me lo confirma. ¿Por qué reprimirnos?
—No podemos —insistí, negando con la cabeza, pero mi cuerpo y mi
voluntad comenzaban a perder la batalla y estaban a merced de Alvar Hills.
—¿Me deseas? —preguntó, y me tomó del mentón para subirme el rostro
y mirarme a los ojos.
—No se trata de eso —dije, bajando el rostro, pero él volvió a subirlo
suavemente.
—De eso, es de lo único que se trata. —Y volvió a apoderarse de mis
labios.
Esta vez el beso comenzó siendo más delicado, pero igual de apasionado.
Nuestros labios se acariciaban lentamente y se abrían paso para luego
saquear la boca por completo. Alvar dejó salir un gemido ronco y eso me
hizo perder lo poco que me quedaba de cordura. Bajé todas mis barreras y
correspondí a sus caricias con la misma intensidad. Se sacó el esmoquin sin
dejar de besarme y yo lo ayudé con la camisa. Su torso era como esculpido
por un artista. Me ayudó con el vestido y en unos segundos nuestras ropas
estaban esparcidas a nuestro alrededor. Alvar me admiraba como si fuera lo
más maravilloso y valioso del mundo.
—Eres tan hermosa, tan sensual, que duele mirarte si no te puedo tocar —
dijo, observándome embelesado.
—Alvar, no me dejes pensar mucho porque si no…… —no me dejó
terminar, se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme los labios, pero esta
vez no se detuvo allí, siguió besando mi cuello y luego bajó hasta mis senos
en donde se detuvo hasta hacerme gritar de placer. El gemía y besaba y
acariciaba, estaba por todo mi cuerpo, estaba totalmente rodeada por él.
Cuando ya no podía más, me levantó en sus brazos y se dirigió al dormitorio.
Allí caímos en la cama y continuamos con las caricias, con los besos, no
dejamos un sólo centímetro de nuestros cuerpos sin que nuestros labios lo
recorrieran, porque lo besé con la misma intensidad que me besaba él.
Cuando nuestros cuerpos ya estaban doloridos por la necesidad, se acomodó
entre mis piernas y se deslizó lentamente dentro de mí, despacio, muy
despacio, para luego comenzar cada vez más rápido, acoplando nuestros
cuerpos a la danza de la pasión.
—Abre los ojos. Mírame, Dafne. Quiero ver ese hermoso rostro aturdido
por el placer y quiero que veas en el mío lo que me provocas. Quiero que
sepas que estás conmigo, que soy yo quien te hago vibrar. Eres mía, Dafne.
Y me besó. Rodeé su cintura con mis piernas y lo abracé con mis brazos.
Nuestros gemidos se mezclaron y se transformaron en rugidos cuando ambos
estallamos de placer en un orgasmo demoledor. Alvar cayó sobre mí,
lánguido, extenuado. Luego de unos minutos, rodó a mi costado y me atrajo
hacia él. Seguíamos respirando con dificultad.
Estábamos en silencio. Solo se escuchaban nuestras respiraciones y el
palpitar de nuestros corazones. Con sus fuerte brazos me apretó, aún más,
hacia él. A medida que pasaban los minutos comenzaba a salir de la
nebulosa en la que me encontraba y tomaba consciencia de la magnitud de lo
que había pasado entre nosotros.
¿Qué hice? No debí ser tan débil, por más que lo deseara como nunca
había deseado a nadie, esto no tenía que haber pasado. ¿Cómo
continuaremos?
Mi cabeza era un remolino de preguntas, para las cuales no tenía
respuestas.
—Escucho tus pensamientos desde aquí —declaró, y me dio un tierno
beso en la cabeza.
—¿Eres telépata? —pregunté, y el rio.
—No necesito serlo para darme cuenta de que te estás cuestionando lo
que acaba de pasar entre nosotros.
Me senté en la cama, bajé los pies al piso y le di la espalda. Él también
se sentó y comenzó a acariciar lentamente mi espalda con sus largos y suaves
dedos que iban haciendo un camino imaginario a lo largo de mi columna
vertebral. Por el movimiento de la cama, me imaginé que se estaba
acercando y luego sentí sus brazos rodeando mi cintura y su rostro acercarse
a mi oído para susurrarme:
—No te lo cuestiones, por favor. Lo que acaba de pasar entre nosotros fue
maravilloso, y los dos lo sentimos, sé que lo sentimos.
—Fue maravilloso, eso no lo niego, pero no puede pasar más —afirmé,
sin mucho convencimiento. Inmediatamente me giró para que lo mirara.
—¿Por qué, Dafne? Explícame los motivos por lo que no podemos estar
juntos. ¿Cuál es el impedimento? —preguntó, y en su rostro se reflejaba la
impotencia y la desesperación que sentía en ese momento.
—No podemos, Alvar —dije, negando con la cabeza —. Trabajamos
juntos y…
—Eso no es un impedimento, nada dice que no podamos ser pareja y
trabajar en la empresa —afirmó, interrumpiéndome.
—Nada lo dice, pero dado nuestros cargos, no es ético que lo seamos.
—Perfecto. ¡Renuncio! Mañana mismo te presento mi renuncia y asunto
solucionado —dijo, mirándome con seriedad.
—No digas bobadas.
—Estoy hablando muy en serio. No estoy dispuesto a perderte, y menos
por algo a lo que le puedo dar solución.
—Ese no es el único problema —dije, bajando la mirada. Él me tomó
delicadamente del mentón y me elevó el rostro para que lo mirara a los ojos.
—Dímelo, Dafne. Me estás matando. Dime, por favor, que piensas —
suplicó.
—Yo no puedo estar en pareja, jamás lo he estado ni quiero estarlo. No
estoy hecha para eso, no puedo, de verdad. A mi lado sólo vas a sufrir.
Se quedó mirándome en silencio por largos minutos. Cuando el silencio
comenzó a desesperarme y tomé la sabana para taparme e ir por mi ropa,
sentí su voz.
—Explícamelo. Explícame por qué.
—No puedo —respondí, mientras arrollaba la sabana a mi cuerpo.
—Entonces, ¿puedo proponerte otra cosa?
—Depende —dije, con desconfianza.
—Seamos amantes.
—¿Te volviste loco? ¿En qué cambia la situación en la empresa?
—Nadie se tiene porqué enterar —dijo, decidido.
—Yo lo sabría y tú también. Además, está el otro tema. Yo, …estoy rota,
nada me puede sanar. Tengo claras mis limitaciones, convivo con ellas —
hice una pausa y lo miré fijamente, no sentía vergüenza de lo que le estaba
confesando, era mi verdad. Al notar que no iba a decir nada porque
aparentemente estaba esperando a que continuara, decidí extenderme en la
explicación, después de todo, se lo merecía—: Alvar, tú apenas vislumbraste
parte de mis demonios cuando tuve una pesadilla estando contigo en el
avión, esos demonios no sólo me acompañan en la noche, en el día también
me martirizan —. Suspiré, me armé de valor y continué—:
«Yo no puedo estar con un hombre más que una o dos veces, después los
ahuyento para evitar que se forme cualquier tipo de vínculo, y eso no va a
cambiar. Como te dije una vez, mi corazón está blindado. Igualmente, estoy
convencida de que, si lo dejara libre, no sería capaz de amar a nadie. No
creo en el amor, las personas se escudan en eso que llaman amor para
lastimar. Lo usan como pretexto para justificar la lesión que causan—.
Suspiré, resignada— ¿Te das cuenta de que a mi lado sólo serías infeliz? Yo
sería una maldita egoísta si permitiera que siguiéramos juntos, no te podría
entregar más que sexo, y con el tiempo, eso no alcanza, nunca alcanza y
siempre quieren más, y no se puede sacar agua de un pozo que está seco —
finalicé.
Me quedé observando su atractivo rostro que en ese momento parecía
perdido.
Maldición y mil veces maldición, Dafne, ¿qué hiciste?
—¿Qué piensas? Ahora soy yo la que escucho tus pensamientos desde acá
—dije, tratando de sonreír.
Él seguía serio y en silencio. Después de un largo silencio que preferí no
interrumpir, por fin habló. En ningún momento dejó de mirarme con seriedad.
—Pienso en alguna forma para convencerte de que no me alejes de tu
lado. No quiero hacerlo, Dafne. No quiero alejarme de ti. Olvídate de la
empresa, eso no es impedimento, lo podemos manejar porque ambos somos
profesionales, responsables y respetuosos. La empresa no se va a ver
perjudicada en ningún sentido si estamos juntos —hizo una pausa y tomó aire
antes de continuar—: y, respecto a lo que piensas de las relaciones de
pareja, voy a proponerte algo, pero necesito que me escuches y abras tu
mente—. Dejó de hablar para pedir mi consentimiento y yo asentí con la
cabeza —Me dijiste que nunca estuviste con un hombre más que una o dos
veces, por lo tanto, no puedes estar segura de lo que va a pasar si nosotros
nos arriesgamos a más, a continuar …
—Yo no lo permitiría, por tu bien. No quiero hacerte daño —lo
interrumpí.
—Déjame terminar, dijiste que me escucharías —también me interrumpió,
y después de la reprimenda, prosiguió—: Te propongo probar, te propongo
arriesgarnos a más. Tú estás convencida de que a ti no te va a causar ningún
daño porque tu corazón está blindado, ¿verdad? Entiendo entonces que, sería
yo el único que se estaría arriesgando a que le rompieran el corazón, si es
eso lo que te preocupa. Siendo así, lo justo es que sea yo el que decida si
quiero arriesgarme o no.
—¡Eso no es justo! Y no lo voy a permitir.
—¿Y es justo que tu decidas alejarme sin que yo pueda emitir opinión ni
hacer nada?
—Alvar…
—No, Dafne. Quiero estar contigo y voy a dar batalla —afirmó.
—Dioooos, escúchame…
—Ya te escuché atentamente. Ven aquí—. Se levantó, me tomó una mano y
me hizo sentar en sus piernas, deshaciéndose de la sabana que llevaba
puesta. Con mucha delicadeza corrió el pelo de mi rostro y me dio un tierno
beso en los labios— Utilicemos este viaje para ver qué pasa. Te prometo
que, si por algún motivo para alguno de nosotros no funciona, yo voy a ser el
primero en alejarme y no insistir más. Además, acepto que, por ahora, lo
mantengamos en secreto. ¿Qué dices? —preguntó, y después de tanto rato de
seriedad, lo vi sonreír pícaramente.
—¿Tengo alguna opción? —cuestioné, acariciándole el rostro.
—Sólo una.
Y me besó apasionadamente. Un beso que volvió a encender cada
centímetro de nuestros cuerpos. Me tumbó en la cama y comenzó con la
tortura de sus caricias y besos. Éramos puro fuego, la piel ardía y los besos
dejaban huellas en ella. Alvar devoraba mi cuerpo con pasión y veneración.
En el momento exacto, se recostó en la cama y me hizo sentar sobre él para
llenarme por completo. Apoyé las manos en su pecho e impuse el ritmo.
Alvar gemía y me miraba con adoración. Cuando el orgasmo nos alcanzó, me
encontré gritando su nombre y escuchando a Alvar gritar el mío con voz
ronca y apasionada.
No sé en qué momento me quedé dormida, estaba extenuada. Habíamos
hecho el amor dos veces más, no podíamos dejar de tocarnos y, cuando nos
tocábamos, nuestros cuerpos respondían con necesidad, excitación y una
pasión incontrolable. Cuando desperté, Alvar dormía profundamente a mi
lado y me tenía abrazada por la espalda. Aún no había amanecido. Me
levanté despacio para no despertarlo y fui recogiendo mi ropa para vestirme.
Desistí de ponerme el vestido porque era complicado y me decidí por la
bata que estaba en el baño. Nuestras suites eran linderas y a esa hora
esperaba no cruzarme con nadie. Decidí dejarle una nota:
«Sr. Hills, reunión con el equipo directivo de este hotel a las 10 am. Sea
puntual. No valen las excusas de estar extenuado. Su Jefa. P.D: Tomé
prestada su bata»
¿Desde cuándo dejas notitas como una adolescente, Dafne?
Arrugué la nota y la guardé en el bolsillo de la bata. Escribí otra más:
«Sr. Hills, reunión con el equipo directivo de este hotel a las 10 am. P.D:
Tomé prestada tu bata»
Ahora sí. Me encaminé al dormitorio y dejé la nota en la almohada que yo
había estado utilizando.
Decidí meterme en el jacuzzi y disfrutar de un rato de relajación. Me
incliné por un traje de chaqueta y pantalón color beige, muy femenino y
acompañé con camisa blanca y stilettos beige. Me recogí el pelo en una
coleta alta, dándole un toque despeinado y con algunas ondas.
Quince minutos antes de las diez golpearon a mi puerta. Como imaginé
que sería Alvar, tomé mi maletín y mi celular y abrí la puerta. ¡Ese hombre
no podía ser más hermoso! Lucía un traje azul oscuro con camisa celeste y
corbata bordeaux. Ese traje se ajustaba a su cuerpo de forma impecable. Lo
recorrí con la mirada o mejor dicho lo comí con la mirada, al igual que hizo
él conmigo. Su sonrisa sensual me dijo que se dio cuenta que había quedado
atolondrada con sólo mirarlo.
—Muy puntual, Sr. Hills —dije como pude, mientras salía al pasillo y
cerraba la puerta.
—Resulta que mi jefa es muy exigente y quisquillosa y no quiero
quedarme sin trabajo — comentó con una radiante sonrisa, nunca lo había
visto con ese brillo en sus ojos.
—Mira tú, creía que habías dicho que estabas honrado de trabajar con
ella —señalé, mientras comencé a caminar hacia los ascensores.
Sentí su mano tomar mi brazo y detenerme. Giré para mirarlo porque él se
había quedado un paso por detrás de mí.
—Detente ahora —ordenó, y estaba serio.
—¿Qué sucede?
—Ayer te fuiste sin despedirte y ahora ni siquiera me has saludado como
es debido.
No me dejó reaccionar y me tironeó hacia él y se abalanzó sobre mis
labios para darme un beso, si es que a sus besos se los podía llamar así,
porque lo que realmente hacía era saquear mi boca. Me tomó por sorpresa y
al principio no opuse resistencia, pero cuando comprendí que estábamos en
el pasillo, traté de zafarme.
—Aquí no, Alvar.
—No hay nadie. ¿Y qué problema hay en que nos vea algún huésped?
—Estamos trabajando, no me hace sentir muy cómoda —respondí,
tímidamente.
¿Desde cuándo era tímida? Ese hombre me estaba haciendo sentir cosas
que nunca había sentido, y lo que menos me gustaba era comprender que a su
lado me volvía vulnerable. Él me miró serio, pero por su gesto, noté el
instante en que se dio por vencido con el tema.
—Está bien, vamos —dijo, y comenzó a caminar y le seguí.
Llegamos a la sala de reuniones y el equipo directivo, encabezado por
Charlie, estaba a pleno. Eran varias personas, entre mujeres y hombres, que
ocupaban los puestos divisionales de las distintas áreas. Charlie se acercó a
saludarnos y después saludamos a cada uno de los presentes mientras
también aprovechaba para presentar a Alvar. Dom, Mike y Lavinia también
participarían virtualmente y ya estaban conectados.
Ese día la presentación era por parte de ellos, trataríamos la concreción
de los planes que se habían planteado el año anterior. La reunión fue muy
productiva, se siguieron los temas de la agenda programados con
anterioridad, y su presentación fue clara y concisa. Tanto Dom, Alvar y yo
realizamos muchas preguntas que ellos fueron respondiendo. Habíamos
hecho un par de cortes para beber algo y descansar unos minutos. A las dos
de la tarde dimos por finalizada esa primera reunión.
—Dafne, ¿tienes un rato libre? ¿Podemos almorzar juntos? —consultó,
Charlie.
Alvar estaba apagando su computadora y noté que dejó de hacerlo y lo
miró con rudeza. Charlie ni se enteró de esa fiera mirada porque no reparó
en él.
—Te agradezco la invitación, pero tengo planes —respondí, mientras
terminaba de guardar todo en mi maletín.
—Una lástima, pero imagino que en algún momento tendremos
oportunidad —dijo—. Esta noche es la fiesta «The night of the lights», no
olvides que tienes que ponerte algo con luz, en lo posible que titile —se
acercó a mi oído y me susurró—: aunque tú no lo necesitas porque brillas
con luz propia.
¿De verdad había dicho eso?
Miré a Alvar que lo miraba furioso. Parecía querer hacer rodar la cabeza
de Charlie.
—Te agradezco que me lo recuerdes. Alvar y yo trajimos todo lo
necesario para la temática de todas las fiestas. Ahora, si nos disculpas,
tenemos que irnos. Nos vemos en la noche.
Tomé mi maletín y salí de la sala con Alvar pisándome los talones. Podía
escuchar sus gruñidos, estaba furioso.
—¿Qué te dijo ese imbécil? —preguntó, cuando nos alejamos de la sala,
su furia era evidente.
—No vale la pena repetirlo.
—Dafne, dímelo —ordenó.
—¡Deja esa cara de ogro!
—Dímelo o vuelvo y se lo pregunto a él.
—Ya lo conoces, sólo dijo un piropo, algo así como que yo no necesitaba
ponerme luces porque brillaba con luz propia. Una ridiculez.
Traté de restarle importancia para calmarlo. Cuando escuchó lo que dije
se detuvo inmediatamente. También me detuve y giré para mirarlo.
—¡Las luces las va a ver él cuando le rompa la cara a trompadas! —
vociferó, y al escucharlo y ver su rostro marcado por la furia, el corazón se
me detuvo y debo haber quedado pálida, porque su cara pasó de la furia al
desconcierto y luego a la preocupación —¿Qué te sucede?
—Basta, Alvar. No es gracioso —susurré como pude —No me gusta la
violencia, ni siquiera en broma. Te lo advierto, si sigues haciendo esos
comentarios…. no los hagas más, por favor.
Ese tipo de comentario me traía recuerdos que me angustiaban más de lo
imaginable. Alvar iba a decir algo, pero me miró detenidamente y quedó
paralizado.
—Discúlpame, tienes razón. Es que ese tipo logra sacarme de mis
casillas —dijo, negando con la cabeza.
—A mí también, pero nunca emplearía la violencia por eso. Odio la
violencia. «La violencia es el último recurso del incompetente», dijo Isaac
Asimov, y es muy cierto. La persona violenta es una frustrada.
Me di cuenta de que estaba temblando. Alvar se acercó y en contra de mis
recomendaciones, me abrazó fuerte. Dejé que lo hiciera, en ese momento lo
necesitaba y no me importaba si alguien nos veía. Necesitaba su abrazo
reconfortante. En sus brazos me sentía protegida.
—Discúlpame, por favor. Lo siento. Tienes toda la razón. Sólo fue una
forma de decir, pero no lo tendría que haber dicho —dijo, con
arrepentimiento.
—Nada la justifica —susurré, enterrando mi cara en su pecho, pero por
más que la angustia me había formado un nudo en la garganta, no lloraba. No
había derramado ni una sola lagrima de pena desde aquel fatídico día en que
ese monstruo le quitó la vida a mi madre. Desde el día en que me la
arrebató.
—Tienes razón, Dafne. ¿Estás bien? Dime, por favor que estás bien —
pidió, y su preocupación y desesperación me hicieron dudar si sabría algo
de la tragedia de mi familia. No le había contado los detalles, pero su
reacción ante mis palabras me hacía sospecharlo.
—Estoy bien, gracias —respondí, soltándome de su abrazo —¿Vamos?
Llegamos a nuestras suites para dejar las cosas de trabajo y cambiarnos.
Durante el trayecto había hablado poco. Alvar me evaluaba, era obvio que
había quedado preocupado y trataba de descifrar mi estado de ánimo.
Cuando llegamos frente a nuestras puertas, Alvar me tomó por los hombros y
me hizo mirarlo.
—Dafne, ¿estás bien? —volvió a preguntar.
—Sí, lo estoy. Pero estoy hambrienta y cansada. En quince minutos voy a
salir a almorzar, ¿vienes conmigo?
—Por supuesto. Daba por hecho de que almorzaríamos juntos. Es más, no
pretendo separarme de ti —dijo, sonrió y me besó dulcemente en los labios.
—Nos vemos en quince —afirmé, y abrí la puerta para perderme dentro
de mi suite, necesitaba un momento a solas.
Desde hacía unas semanas sentía que algo en mí estaba cambiando, y
estaba desorientada y, por qué no decirlo, también asustada. Normalmente
podía manejar las emociones y mantenerlas a raya, porque normalmente no
las identificaba ni las expresaba, pero últimamente me encontraba vulnerable
como hacía muchos años que no me sentía. En esos días las pesadillas
habían sido más recurrentes y estremecedoras. Me sentía perdida y lo más
angustiante era que no sabía cómo manejarlo. ¿Sería por qué en unos días era
el aniversario de la muerte de mi madre? Ese día era fatídico para mí,
siempre me alejaba de todo y todos, ni siquiera trabajaba. Me encerraba en
mi dolor y no dejaba que nadie me viera. Siempre era así. Pero en años
anteriores, al acercarse la fecha no me sentía como en ese momento. Un
dolor agudo me atravesó el pecho y quedé paralizada. Mi corazón nunca
sentía nada, ¿por qué últimamente se le daba por demostrarme que estaba
allí, latiendo como nunca y cada vez más vivo?
No, no y no. Seguramente era el estrés. Recordar agendar visita al
cardiólogo.
No quise pensar más. Me fui a cambiar de ropa, no podía perder más
tiempo. Me puse un jeans azul lavado, una blusa bohemia blanca y chaqueta
azul marino. Golpearon mi puerta en el momento en que estaba tomando mi
bolso. Era Alvar, vestía jeans oscuros con una simple camiseta blanca y
encima una chaqueta militar verde oliva que se ajustaba perfectamente a su
figura.
—Ya estoy pronta, ¿vamos? —pregunté, apenas abrí la puerta. No quería
darle la posibilidad de pasar a la suite y que comenzara con preguntas. Sabía
que había quedado preocupado y, por el gesto que tenía en ese momento, su
preocupación seguía allí.
—Si es lo que quieres —respondió, evaluándome.
—Sí, no puedo más de hambre.
Decidimos que el camino lo haríamos a pie, me venía bien tomar un poco de
aire fresco. Alvar propuso comprar aperitivos y almorzar tipo picnic en el
Central Park. Hacía un día soleado, cálido y precioso para disfrutarlo al aire
libre. Después de comprar comida y bebida, e incluso una manta que
consiguió en una tienda cercana al parque, nos tumbamos al sol en la zona
del parque conocida como el Sheep Meadow, una hermosa pradera, tranquila
e ideal para relajarse y hacer un picnic. Acomodé la manta y me estiré sobre
ella, dejando que el sol me calentara el rostro. Alvar se tumbó a mi lado.
—Esto es vida —comentó, con deleite.
Giré el rostro y lo miré. Su pelo brillaba como trigo dorado al sol.
Tenía los ojos cerrados y su rostro reflejaba tranquilidad y disfrute. Me
hubiera quedado horas mirándolo, pero él, sabiéndose observado, abrió sus
hermosos ojos claros y me miró.
—Tus ojos, a la luz del día, son de un verde maravilloso, como el color
del césped —comentó, estirando la mano para acomodarme un mechón de
pelo detrás de la oreja.
—Y tus ojos tienen el color del cielo de un día soleado como el de hoy
—dije, y también estiré el brazo y le acaricié la mejilla.
El cerró los ojos, complacido. Después se acercó, me hizo apoyar la
cabeza en la manta y me besó. Ese beso tuvo algo que me hizo estremecer, si
bien era apasionado y dulce, a partes iguales, también era un beso colmado
de sentimientos…. No, no y no. El sol debe haber afectado mi
entendimiento porque los sentimientos quedan por fuera de todo. No hay
lugar para ellos.
—¿Comemos? —pregunté, para olvidar todos esos pensamientos que se
habían colado en mi mente, mientras me sentaba con las piernas cruzadas,
similar a la posición de loto en yoga.
—Comamos —respondió, pero él no se sentó, siguió estirado de lado,
mirando hacia donde yo me encontraba.
Comimos unos sándwiches y bebimos jugos naturales. Después de eso,
Alvar volvió a apoyar la cabeza en la manta y me hizo tumbar a su lado,
apoyando la cabeza en su pecho mientras él me abrazaba.
Debo haber dormitado como por quince minutos, cuando abrí los ojos
sentí la respiración acompasada de Alvar, se había dormido profundamente.
Con mucho cuidado me separé de él y me senté a su lado. Seguí
observándolo, ahora dormido podía comerlo con los ojos sin que se diera
cuenta. Miré sus labios y no pude resistir la tentación de acariciarlos con los
míos. Me incliné suavemente sobre él y apoyé mis labios en los suyos para
darle un suave beso. Inmediatamente sentí sus brazos en mi espalda que me
aprisionaba e incrementaba la presión de los labios sobre los míos para que
el beso se convirtiera en un beso apasionado. Nuestras lenguas salieron al
encuentro y nos besamos con pasión arrolladora. Alvar giró y quedé
atrapada por su enorme y magnífico cuerpo. Eso me hizo reaccionar y
comprender donde estábamos e interrumpí el beso.
—Estamos en un parque, compórtate —ordené, y él comenzó a reír, pero
sin dejarme salir. Estaba aprisionada entre el piso y su cuerpo.
—La que empezó fuiste tú, pero no es una queja, en absoluto —dijo,
mirándome y sin dejar de sonreír.
—Lo mío fue totalmente inocente, fuiste tú el que lo volvió atentado al
pudor.
Largó una carcajada y se corrió para que yo pudiera sentarme. Él también
se sentó.
—¿Hoy tenemos que ir a esa dichosa fiesta? ¿No podemos quedarnos en
la suite haciendo algo más divertido?
—No podemos. Como jerarcas, debemos acompañar en estas
celebraciones —respondí, negando con la cabeza.
—Pero esta noche nos volvemos más temprano —afirmó.
—Ahora que lo mencionas, anoche tú te fuiste temprano. Recuerdo que te
vi salir con la chica que estaba sentada en nuestra mesa. ¿Te acostaste con
ella? —pregunté, sin filtro, porque hasta ese momento no había mencionado
ese hecho, pero si habían tenido sexo, iba a ser complicado estar todos
sentados en la misma mesa. Y de solo pensarlo esa sensación rara volvió a
asaltarme.
—¿Que? No me fui con nadie, te lo aseguro. Bailé con Cindy porque
estaba muy insistente y porque tú estabas bailando con Harris y de esa forma
podía estar más cerca de ustedes.
—A mí me pareció que cuando te fuiste, ella iba a tu lado.
—Ella me siguió porque quiso acompañarme, estaba coqueteando
conmigo, pero yo me despedí y subí a mi suite. Debo reconocer que estaba
sumamente celoso, no podía verte bailar con Harris y me estaba volviendo
loco. Quería salir de ahí y tratar de calmarme.
—¿Por qué volvías? —pregunté.
—Porque después de que logré tranquilizarme un poco, me di cuenta de
que te había dejado sola con él. Esa situación no me gustó—. Me miró
seriamente y preguntó—: Y tú, ¿por qué te ibas?
—Ya no tenía ganas de quedarme —respondí, sin explicar los motivos.
Me miró y sus labios se estiraron en una sonrisa ladina.
—¿Estabas celosa porque pensabas que me había ido con Cindy?
—No, Alvar. Yo no siento celos.
—Pero estabas furiosa conmigo, ¿por qué?
Maldición, ¿no iba a dejar de hacer preguntas? ¡¿Quién me mandaba a
sacar ese tema?!
—Estaba furiosa, no era contigo en particular.
Me miró y no dijo nada más, pero en su rostro siguió asomando esa
sonrisa burlona.
Llegamos al hotel cercano a las seis de la tarde y teníamos que estar a las
nueve en el salón donde se realizaba la fiesta. Apenas abrí la puerta de mi
suite, Alvar no me dio tiempo a nada, entró, cerró la puerta y me acorraló
contra la pared. Sus ardientes besos me fundieron todo el cuerpo.
—No tienes idea de cómo te deseo —susurró en mi oído, y luego mordió
el lóbulo de mi oreja y volvió a susurrar—: me vuelves loco de una manera
irracional, nunca deseé a nadie de esta manera. No puedo alejarme de ti.
Y asaltó mi boca devorándola toda, sin ninguna concesión. Los gemidos
de Alvar salían de lo más profundo de su cuerpo y eran el sonido más
erótico que había escuchado en mi vida. Nos molestaba la ropa y, como
pudimos, nos deshicimos de todo lo que nos impedía de estar piel con piel.
Alvar volvió a abalanzarse sobre mí, no teníamos ni fuerza ni ganas de ir
hasta el dormitorio. Me levantó en brazos y yo le rodeé la cintura con las
piernas y el cuello con los brazos, apoyando mi espalda en la pared. En ese
momento me penetró con fuerza llevándonos al límite. Sucumbimos al placer
mientras unos tremendos temblores nos sacudían el cuerpo. Nos quedamos
abrazados hasta recuperar el aliento y normalizar las pulsaciones. Alvar me
depositó en el piso con una delicadeza extrema, me dio un delicado y tierno
beso en los labios y luego apoyó su frente en la mía.
—¿Qué me estás haciendo, Dafne? —susurró.
No respondí. ¿Qué le estaba haciendo? ¿Cómo podía preguntar eso
cuando era él quien estaba poniendo mi mundo dado vueltas?
Tampoco esperó respuesta, me tomó de una mano y me llevó hacia el
baño.
—Vamos a ducharnos —ordenó, y lo seguí, en ese momento no podía ni
coordinar una frase coherente.
El baño se convirtió en una experiencia apasionada y sensual. Éramos
pura lujuria, deseo y pasión, sensaciones que nos consumieron y terminamos
nuevamente jadeantes y aturdidos.
Para la noche lucí un fabuloso vestido largo, lencero, en blanco y negro
con transparencias. Decorado con aplicaciones de encaje que lo convertían
en un vestido muy sexy. Completaba el look con un maquillaje en tonos
bronce y un peinado ligeramente ondulado. El detalle de las luces lo llevaba
en los zapatos y el clutch que brillaban y tintineaban. Alvar, en esta
oportunidad, vestía con esmoquin negro con solapas en raso, camisa blanca y
su corbata moño era el detalle iluminado.
—¡Espectacular! —exclamó, apenas me vio —Ya me veo espantando de
tu lado a todos esos babosos que están invitados, especialmente a uno —
agregó.
—Y no te olvides de Cindy, que se te pega como garrapata —dije,
retándolo con la mirada.
—Si tú quisieras podríamos deshacernos de todos ellos fácilmente, basta
con que sepan lo que hay entre nosotros—. Y en ese momento, era él quien
me retaba por la mirada.
—No era en lo que habíamos quedado.
—Siempre se puede cambiar lo planeado —afirmó, mientras me miraba
con seriedad.
—No, por ahora —dije, sabiendo que en mi caso no iba a cambiar de
parecer.
—Como tú quieras, pero ten en cuenta que yo estoy dispuesto a hacerlo
—afirmó, y me acercó su brazo para que lo tomara.
Cuando llegamos al salón, me sorprendió todos los detalles lumínicos en
la vestimenta de los invitados. Realmente se habían esforzado y daban al
salón un aspecto muy pintoresco. Charlie, al igual que Alvar, llevaba la
corbata moño encendida, pero también tenía luces salpicadas en el saco del
esmoquin. En nuestra mesa estaban las mismas personas que la noche
anterior y todos llevaban algo luminoso y tintineante. Charlie llegó a la mesa
unos minutos después que nosotros y se sentó a mi lado.
—Preciosos zapatos, princesa. Pareces Cenicienta. Espero que esta noche
no salgas corriendo como ella, porque te advierto que yo no tardaría tanto
como el príncipe en encontrarte —dijo sonriente, y todos acompañaron su
broma con una sonora risa, salvo Alvar y Cindy.
—Yo que tú tendría cuidado, capaz que a las doce me convierto en una
bruja maldita y terminas amaneciendo desempleado —dije, con la sonrisa
más falsa que pude poner. Sentí las risas y silbidos de todos, salvo Alvar
que seguía mirándolo con seriedad.
—Eso fue toda una amenaza, Charlie. Yo me andaría con cuidado —dijo,
Graner, con una gran sonrisa.
—Siempre me ando con cuidado, ese es el problema —dijo,
enigmáticamente, mientras me miraba serio y bebía de su copa.
Los invitados comenzaron a copar la pista de baile con alegría y
diversión. En nuestra mesa la charla era bastante amena, hasta que Charlie
tuvo que comenzar con sus comentarios malintencionados. ¡Ese hombre me
estaba colmado la paciencia!
—Dafne, mi secretaria me recordó que pasado mañana no tenemos
reunión en todo el día, ¿es así? —preguntó, y supe, por su gesto de
superioridad que el interrogatorio no había terminado allí.
—Así es —respondí, secamente. Ese era el día del aniversario de la
muerte de mi madre y había suspendido todas las actividades, siempre lo
hacía, no era un día fácil para mí.
—Me dijo Dominic que se debe a que tú tienes otro compromiso —
insistió.
—Así es —volví a decir, pero esta vez miré a Alvar y noté que me
miraba serio. Él estaba al tanto de que ese día no teníamos nada programado,
pero no le había dicho los motivos, supuse que pensó que era un día de
descanso. En ese momento su curiosidad era evidente.
—Estaba recordando que en años anteriores pasó lo mismo, te tomaste un
día entero por un compromiso impostergable.
—Puede ser —dije, enigmáticamente. Éramos el centro de toda la
atención y miradas de nuestros compañeros de mesa. La de Alvar estaba
clavada en mí.
—¿Por qué siempre el mismo día? —insistió Charlie, y logró que mi
paciencia llegara al límite de lo tolerable. Además, ¿se había tomado la
molestia de fijarse que siempre me tomaba libre el mismo día calendario?
Su acoso me estaba preocupando.
—Asuntos particulares y privados —respondí, escuetamente.
—¿Será algún amor? —siguió insistiendo. Giré y lo miré seriamente. Mi
mirada delataba el malestar que sentía en ese momento, pero traté por todos
los medios de usar un lenguaje y un comportamiento respetuoso. Era todo un
reto conservar la calma.
—¿Por qué el interés? —pregunté, convencida de que, delante de todos,
no iba a mencionar su interés personal en mí por si llegaba a ser rechazado.
Y no me equivoqué.
—Estaba bromeando —respondió, con una sonrisa forzada.
—O aprecias tu trabajo —acotó Graner, riendo.
Todos volvieron a reír a costa nuestra, pero nuevamente fue Alvar quien
permaneció serio y, por la mirada que me estaba lanzando, muy interesado en
la cuestión.
Esa noche bailé un poco con Graner, con Charlie y hasta con el amigo de
este llamado Brandon, pero Alvar no bailó en toda la noche. Incluso Cindy
intentó, con sus métodos de seducción, llevarlo a la pista de baile, pero sin
éxito. Tampoco habló demasiado, aunque era educado con todos, parecía
molesto. También me pareció que estaba bebiendo como para agarrarse una
gran borrachera y eso me puso bastante nerviosa.
—No deberías beber más —sugerí, cuando él le pedía a un mozo que le
dejara otro whisky.
—¿Por qué? —preguntó, mientras se llevaba el vaso a los labios.
—Me parece que ya has bebido demasiado.
—¿Estás controlando lo que bebo? No deberías controlar nada de lo que
hago fuera del ámbito laboral, no tienes ese derecho —dijo, sin mirarme.
—Tienes razón. Sólo lo hago por ti. La bebida no es buena consejera.
—Yo no estoy buscando consejo.
En ese momento en la mesa sólo estábamos nosotros y Graner con su
señora, quienes conversaban entre ellos sin prestarnos atención. Como Alvar
había decidido no mirarme, me levanté, saludé a la pareja y decidí retirarme.
No quería estar allí, verlo beber me estaba alterando demasiado.
—¿A dónde vas?
—No tienes «ese derecho» a preguntar —respondí, usando su frase,
mientras me alejaba de la mesa.
Sabía que él tenía razón porque había sido yo la que impuso las reglas,
pero me encontraba molesta con él por estar bebiendo y malhumorado, con
Charlie por sus comentarios y su acoso, con Cindy por coquetear con Alvar,
y conmigo misma por permitir que todos ellos me molestaran. Salí de allí lo
más rápido que pude, en el camino me crucé con Charlie que no
desaprovechó la oportunidad de provocarme.
—Te retrasaste en la huida Cenicienta, son más de las doce de la noche
—dijo, con una sonrisa seductora, aunque en mí no causaba ningún efecto.
—Mañana tenemos reunión a las nueve, me voy a descansar —respondí.
—Por favor, Dafne, disfruta de esta preciosa noche. ¿Dónde está tu
juventud?
—De verdad, estoy cansada. Buenas noches, Charlie —respondí y
comencé a caminar, pero me tomó del brazo y me hizo girar para mirarlo. Se
acercó más de lo debido y bajó el rostro hasta quedar muy cerca del mío.
Traté de alejarme, pero me seguía teniendo sujeta y no lo permitió.
—¿Por qué eres tan brusca conmigo? Dame una oportunidad —reclamó, y
en el momento en que le iba a responder, Alvar pasó junto a nosotros y con
su cuerpo chocó a Charlie, con tal fuerza que casi nos tira a los dos.
—Eyyy ¿qué te pasa? —exclamó, Charlie, molesto, pero Alvar ni se
molestó en girar y siguió caminando.
—Discúlpalo, no creo ni que nos haya visto, tomó un poco de más —dije,
para aliviar el ambiente. Charlie me miró entornando los ojos, pero no hizo
ningún comentario—. Nos vemos mañana.
—¿Quieres que te acompañe hasta tu suite? —propuso, y por suerte
olvidó la pregunta que me había realizado unos minutos antes.
—No, muchas gracias —lo saludé y me retiré.
Quería llegar a mi suite lo antes posible, me preocupaba el estado en que
lo había visto, pero más me aterraba encontrarme con él estando en ese
estado. No me lo encontré y, por un lado, sentí el alivio de no enfrentarlo,
pero por otro, estaba preocupada por él.
¿Dónde estaría? Y, ¿si había salido y le pasaba algo? ¿Por qué había
bebido tanto?
Después de desvestirme y sacarme el maquillaje, me fui a la cama, pero
no podía pegar ojo, estaba atenta al ruido de la suite lindera, pero todo
estaba en silencio. ¡Maldito, Alvar!, ¿Dónde estás?
El sonido de una llamada entrante en mi celular me hizo sentar
inmediatamente en la cama para tomar el celular con desesperación.
—Alvar
—Jeeffaa —pronunció, con dificultad.
—¿Dónde estás?
—¡Shhhh!, capaaashhh que el pedaaaaaaaannnteeeeee de Harrissss te
escuchaaaaa preocuuuuuuuupaada porrrrrrr mí y se da cuuennntaaa que
tuuviimoosssshhhh sexo, aunque dileeee que essss sólo sexooooo, nadaaaa
mássssshhhh.
Estaba muy borracho como una cuba y yo odiaba a los borrachos, pero
tenía que saber dónde estaba y asegurarme de que nada le pasaría.
—Dime dónde estás y voy por ti.
—Noooo teee preooocuuuppeeesss, estoy biieeeen
acooompaaañaadddooo —dijo, o trató de decir, riendo con risa de borracho.
—¿Cómo vas a volver al hotel? —pregunté, pero no sé si me escuchó
porque seguía riendo y me cortó la llamada.
Miré el teléfono, me negaba a llamarlo, pero la preocupación me
superaba y lo llamé. No me atendió.
Alvar, Alvar, Alvar, ¿qué estás haciendo? ¿Por qué siento esta
preocupación enorme que me hace doler el pecho? ¿Por qué me molesta
tanto saber que estás con alguien? ¡Daría vuelta la ciudad para saber
dónde estás y traerte a rastras!
Me pase los dedos por el pelo, estaba desesperada, tenía miedo de que le
pasara algo malo. Me quedé sentada en la cama esperando, y esperando … y
el sueño me venció. No sé cuánto rato más tarde me despertaron golpes en
mi puerta, o mejor dicho aporreando mi puerta. Corrí hacia allí y, cuando
abrí, me encontré con un Alvar totalmente desaliñado, sonriente y apoyado
contra el marco de la puerta. Tenía ganas de matarlo, pero me sorprendió la
tranquilidad que me invadió al verlo bien, bien borracho, pero sano y salvo.
—Holaaa preciooosssaaa —dijo, arrastrando las palabras, y entró
tambaleándose y sin ser invitado.
—¿A dónde crees que vas? —pregunté, mientras cerraba la puerta y
corría a su encuentro, se estaba llevando todos los muebles por delante.
—Voy aaa dooorrmiiirrrr coooontiiiiiggooo.
Lo tomé por la cintura para evitar que se cayera. Si el Dios vikingo caía,
era seguro que no iba a poder levantarlo, era un gigantón. Se tropezaba y
reía, pero me abrazaba y se dirigía a la cama sin protestar. ¿Desde cuándo
aceptaba a un borracho en mi cama, o cerca de mí? Odiaba a los borrachos
con todo mi ser, pero increíblemente, él me despertaba mi instinto de
protección.
Confirmado, ¡me estaba volviendo loca!
—Me pareceeee que noooo quiereeessssh dooormiiir —dijo, y comenzó
a reír.
—Te equivocas, quiero, pero hoy tú no me lo permites. Acuéstate y
duérmete —ordené.
Se zambulló en la cama y a los segundos estaba totalmente dormido y
emitía pequeños ronquidos. Lo miré, lo miré y lo miré. ¿Qué estás haciendo,
Dafne? No pude encontrar respuesta para esa pregunta.
No pensaba dormir a su lado. Miré el reloj, eran poco más de las cinco
de la mañana. Me fui al sillón y me recosté para tratar de dormir un poco, me
costó conciliar el sueño, no podía dejar de pensar en el hombre que estaba
durmiendo en mi cama. A las siete sonó la alarma. Me desperté destruida,
apenas había pegado ojo, pero tenía una reunión por delante y tenía que estar
despejada porque iba a tener que enfrentarla sola. Pasé por el dormitorio y
lo vi durmiendo en la misma posición en la que lo había dejado, seguramente
ni se había movido. Me fui a la ducha y, luego de vestirme con una falda
lápiz de color blanco bordada en negro, camisa negra y stilettos negros, tomé
mis cosas de trabajo y salí de la suite, iba a desayunar en la cafetería del
hotel, no quería enfrentarlo, quería estar concentrada en la reunión que tenía
por delante.
Entré en la sala de reuniones unos minutos antes de la hora de comienzo y
sólo encontré a Charlie y su secretaria.
—Buenos días —saludé.
—¿Y Hills? —preguntó, Charlie.
—Hoy no va a poder acompañarnos —dije, mientras prendía mi
computadora.
—¿No me digas que la borrachera le pegó mal? —preguntó, con una
sonrisa irónica, y yo lo miré muy seriamente.
—El Sr. Hills está indispuesto, pero evita hacer ese tipo de comentarios.
Es una advertencia Harris —afirmé con seriedad. Charlie negó con la cabeza
y se fue a sentar a su lugar donde tenía un café humeante esperándolo.
La primera parte de la reunión finalizó a las doce del mediodía, la idea
era almorzar y volver a reunirnos una hora y media más tarde. Estaba
extenuada, había hablado casi toda la reunión y la falta de sueño me estaba
pasando factura. Estaba cansada, pero jamás derrotada. Charlie sugirió que
almorzáramos todos juntos en el hotel y todos aceptamos. Traté de almorzar
algo liviano y luego me tomé un buen pocillo de café. Tenía que
despabilarme para la segunda parte de la reunión. Se suponía que esa parte
la iba a presentar Alvar, pero tendría que hacerme cargo.
Cuando entré en la sala me llevé una gran sorpresa, Alvar estaba parado
junto a su computadora organizando todo para su presentación. Se veía
fresco y despejado, y yo estaba a punto de desfallecer de cansancio.
¡Maldito, Alvar!
—Ya veo que estas recuperado —dijo Charlie, pasando junto a él. Todos
los demás lo saludaron con formalidad, pero con simpatía.
Me acerqué a su lado y en voz baja pregunté:
—¿Cómo te encuentras para la presentación? Si quieres, puedo hacerla.
—Estoy bien, gracias. Yo me encargo.
—De acuerdo.
—Lamento no haber estado en la mañana, ¿cómo fue todo? —preguntó, y
parecía realmente arrepentido de haber faltado al trabajo.
—Todo fue perfecto.
—Me alegra saberlo —comentó, y pareció más tranquilo.
Comenzó con la presentación de los planes financieros y lo hizo de forma
brillante, nadie diría que unas horas antes no podía coordinar una frase
coherente ni caminar sin tropezarse. La reunión finalizó a las cuatro de la
tarde. Mi cuerpo pedía a gritos descanso, tenía que ir a dormir unas horas
porque si no, no podría enfrentar la fiesta de la noche.
—Dafne, te espero esta noche, ¿verdad? —preguntó, Charlie.
—Sí, allí estaré —respondí, tomando mis cosas para salir de la sala lo
antes posible.
—Esta noche no hay código de vestimenta porque el atractivo central de
la fiesta es la subasta de solteras y solteros, y lo que se recaude es para la
beneficencia. ¿Vas a participar?
—Ehhh, supongo que sí. ¿Qué se supone que tengo que hacer? —pregunté,
vacilante. Había olvidado por completo esa subasta.
—Los solteros participantes son elegidos por el público que los vota. Se
eligen diez damas y diez caballeros, que son los que resulten más votados y
se subasta un baile con ellos.
—Muy bien, si llego a ser elegida, entonces participaré.
—No tengo dudas de que vas a ser la primera en subir al escenario —
dijo, mostrando su sonrisa sensual. Sentí un gruñido desde el lugar en el que
se encontraba Alvar apagando su computadora, pero ni siquiera lo miré.
—Nos vemos esta noche. Si me permites, me voy a ir a descansar.
—Nos vemos —respondió Charlie.
Salí de la sala rumbo a los ascensores sin esperar a Alvar, había llegado
sola y así me iría, no merecía ni un minuto más de mi desvelo. Mientras
esperaba por un ascensor, llegó y se paró a mi lado.
—¿Podemos hablar? —preguntó, precavido.
—Ahora no. Estoy agotada y necesito descansar.
—Dame sólo unos minutos —suplicó.
—No, Alvar. Anoche te dediqué mucho más que unos minutos. Ahora
necesito descansar porque no puedo mantenerme en pie debido al cansancio
que tengo encima.
El ascensor llegó y entré, el me siguió y se paró junto a mí. En el ascensor
estábamos acompañados de varias personas y permanecimos en silencio
hasta llegar a nuestro piso. Apenas bajamos me tomó del brazo y me hizo
girar para que lo mirara.
—Discúlpame, Dafne —dijo, y su arrepentimiento era evidente.
—Exactamente, ¿por qué te estás disculpando? Porque tengo una larga
lista de metidas de pata de tu parte.
—Por todo. No tuve una buena noche…..
—Ni yo, por eso mismo necesito descansar —afirmé, interrumpiéndolo.
Él me miraba con mucha seriedad. Solté mi brazo que él tenía sujeto, giré
y entré en mi suite. Por un rato no quería saber nada de Alvar Hills.
Me desperté sobresaltada por mi propio grito, estaba transpirando y el
corazón parecía querer salírseme del pecho. Había tenido otra pesadilla y
era aterradora. Había revivido el asesinato de mi madre, pero esta vez
también veía morir a mi hermano. La sangre de ambos llegaba hasta mí como
un río y en el momento en que levantaba la vista veía a ese monstruo
apuntándome y tirando del gatillo. Las pesadillas eran cada vez más
frecuentes, no me permitían descansar. Miré la hora, apenas había podido
dormir poco más de una hora. Me levanté y me encaminé a la ducha. Sería
mejor que saliera a tomar un poco de aire fresco.
Me vestí con jeans ajustados que combiné con una camisa negra
estampada y botines negros. Por encima me puse una chaqueta negra, tomé un
bolso y salí. Esperaba no encontrarme con Alvar porque no tenía ganas de
enfrentar una conversación con él. La suerte me acompañó y no me crucé con
nadie.
Apenas salí de hotel el aire fresco me revitalizó. Caminé por un buen rato
sin rumbo fijo, doblaba esquinas y cruzaba calles, pero sin tener un destino
elegido, simplemente caminaba. Después de un largo rato, entré en una
cafetería, compré un capuccino cargado y me senté en uno de esos
maravillosos parques que tiene ciudad. Mi teléfono sonó.
—Hola, hermanito.
—Pitufina, ¿cómo estás? —saludó, Fran.
—Bien, ahora estoy en un parque tomando un capuccino y disfrutando de
la tarde.
Sabía que mi hermano estaba pendiente de mí por el aniversario de la
muerte de mamá y, aunque él también lidiaba con ese día como podía,
nosotros nos manteníamos en contacto.
—¿Estás sola?
—¿Y con quien quieres que esté? Por hoy ya terminé con las reuniones de
trabajo.
—Y, ¿Hills? —preguntó, precavido. Lo conocía y me daba cuenta de que
Fran estaba tanteándome para saber cómo era mi relación con Alvar.
—No tengo idea de donde estará, no sé de él desde que salimos de la
reunión de hoy.
—Pensé que se llevaban bien y compartían tiempo juntos.
—Nos llevamos bien, pero no estamos todo el día juntos.
Me molestaba muchísimo mentirle, pero no quería comentarle la relación
que tenía con Alvar, ni siquiera sabía si la seguíamos teniendo.
—¿Qué vas a hacer mañana? —preguntó, y su voz se tornó afligida.
—Me tomé el día libre. No sé, saldré a caminar o quizás me quede todo
el día en la suite, no lo sé. Dependerá de mi estado de ánimo.
—Ambos sabemos que nuestro estado de ánimo no va a ser bueno. ¿Por
qué no pasas el día con Hills? Me quedaría más tranquilo si estás
acompañada.
—¿Por qué haría eso? A Alvar lo aprecio bastante como para hacerlo
padecer mi depresión, no tiene porqué aguantarme. Déjalo que disfrute de su
día libre, él también lo tiene porque no programamos ninguna reunión —
comenté.
—Quizás para él no sea un padecimiento estar a tu lado, me pareció un
buen tipo y creo que sería un gran apoyo para ti.
—¿Cómo puedes decir eso si ni lo conoces? —pregunté sorprendida, mi
hermano jamás me había sugerido que ese día lo pasara con otra persona.
Sabía que, no sólo no me gustaba, sino que no era bueno para la persona que
estuviera a mi lado.
—Me dio esa impresión, nada más.
—No, eso está descartado —afirmé, con determinación.
—Muy bien, mañana estamos en contacto. Cuídate.
—Tú también. Te quiero.
—Yo te quiero más, Pitufina —dijo, y cortó la llamada.
Miré la hora y me di cuenta de que tenía que volver al hotel para
prepararme para la fiesta de la noche. No tenía ni ganas ni ánimo para
enfrentarme a otra fiesta, pero por mi cargo, no podía hacer ese desplante, y
más sabiendo que a la de la noche siguiente no iría. Me levanté y obligué a
mis piernas a que comenzaran a moverse.
Llegué al hotel pasadas las siete de la tarde y tenía que estar a las nueve
en el salón del hotel. Cuando abrí la puerta de mi suite, también se abrió la
de Alvar.
—Hola —saludó con una timidez impropia de él.
—Hola —respondí, y quedé esperando a que dijera algo más.
—No sabía si estabas en la suite, pero no quería molestarte por si estabas
descansando.
—Salí a caminar —comenté, sin querer dar más explicación que esa.
—¿Ahora podemos hablar? —preguntó.
Antes de responder miré mi reloj, eran las siete y media de la tarde.
—Alvar, a las nueve tengo que estar en el salón del hotel, quizás sea
mejor que lo dejemos para otro día y hablamos tranquilos.
—Me gustaría hablar contigo antes de ir allí.
Suspiré y abrí la puerta de par en par.
—Pasa y dime lo que tengas para decir —dije, mientras esperaba a que
entrara en la suite.
No se sentó, se quedó parado en medio de la sala, mirándome. Se pasó
las manos por el pelo en claro gesto de intranquilidad.
—Discúlpame, Dafne. Sé que lo que hice ayer es imperdonable, pero te
pido por favor que aceptes mis disculpas. Ayer no me sentía bien
anímicamente, pensé que tomando olvidaría lo que estaba sintiendo, pero
tenías razón, no debí beber tanto—. Me miró como si esperara un comentario
de mi parte, pero como no lo hice, prosiguió—: Me comporté como un
imbécil, te hice pasar vergüenza y, para más, llegué a tu suite de madrugada
en un estado deplorable. No tengo excusa para lo que hice, sólo
arrepentimiento—. Me miró dolido y no dijo nada más.
—No me gusta la gente que toma hasta emborracharse, la detesto. Me
molestó mucho verte en ese estado y también me preocupaste mucho porque
no sabía dónde ubicarte. Pensé que estando así te podía pasar algo.
—No merezco tu preocupación.
—No digas bobadas, Alvar. ¿Cómo no me iba a preocupar? En el estado
en que te encontrabas podía haberte pasado cualquier cosa —dije, y en ese
momento comprendí el malestar que me causaba pensar en que podía haberle
pasado algo, pero preferí no detenerme en eso que estaba sintiendo.
—¿Quieres saber por qué estaba molesto? —preguntó, y me miró con
mucha seriedad.
—No creo que sea el momento de hablar de eso —respondí, tenía una
pequeña sospecha y estaba tratando de evitar hablar de cosas para las que no
estaba preparada.
—¿Y cuándo va a ser un buen momento para ti? ¿Lo va a ser alguna vez?
—preguntó, y esta vez su rostro no mostraba preocupación o pena, más bien
parecía enfadado.
—No lo sé, pero te aseguro que estos días no son los mejores para mí.
Aunque no me vayas a ver emborracharme hasta perder el sentido, te aseguro
que no estoy pasando por mis mejores días—. Y al momento de decirlo, me
arrepentí de echarle en cara su borrachera.
—¡Hablemos, entonces! —demandó.
—No.
—¿Por qué? —preguntó, con desesperación—. Sabes que tenemos
muchas cosas para decirnos.
Silencio, silencio y más silencio.
Giró y se encaminó hacia la puerta para irse, cuando la abrió, giró para
mirarme y dijo:
—Lo más probable es que esta noche no vaya a la fiesta. Que te diviertas.
Cerró la puerta y desapareció de mi vista.
Capítulo 8
«Entonces te das cuenta, que no es quien te mueve el piso, sino quien te
centra. No es quien te roba el corazón, sino quien te hace sentir que lo
tienes de vuelta».
— Pablo Neruda
El vestido elegido para la noche era largo y de color negro, de corte
princesa, con diseño strapless y con una gran abertura en la falda. Para esa
noche decidí dejarme el pelo suelto y lacio. El maquillaje era intenso, pero
sofisticado y elegante.
No lo quería reconocer, pero sabía que el hecho de que Alvar no
estuviera me hacía sentir un vacío difícil de explicar.
Seguramente me había habituado a su presencia. Era eso y nada más
que eso.
Llegué al gran salón del hotel unos minutos pasada la hora de la
invitación. Como siempre, Charlie recibía a los invitados con su sonrisa más
galante.
—Hermosa y perfecta como siempre, Dafne.
—Gracias, Charlie.
—¿No me digas que Hills sigue indispuesto?
—Son otros los motivos por los que no puede asistir —dije, mirándolo
seria, el tema se terminaba allí.
—Él se lo pierde. Permíteme acompañarte hasta la mesa —manifestó, y
estiró su brazo para que se lo tomara.
Antes de que pudiéramos encaminarnos hacia allí, una chica vestida de
traje negro se nos acercó. En ese momento noté que había varias personas,
entre chicas y chicos, todos vestidos de traje negro, enganchándoles en la
ropa a alguno de los invitados un cartelito con un número.
—¿Eres soltera? —me preguntó la chica, pero miró a Charlie y se
sonrojó.
—Te diría que es la soltera más codiciada del salón —respondió,
Charlie.
—No es así —dije mirándolo, luego miré a la chica y respondí—: Sí, soy
soltera.
—Te voy a prender este número en el vestido para que los invitados
puedan votarte para la subasta.
—Ok —respondí, mientras la chica me pinchaba el número 15 en el
vestido. En ese momento me di cuenta de que Charlie llevaba prendido del
saco del esmoquin el número 1.
—Deberías estar recibiendo a los invitados —afirmé, mientras nos
dirigíamos hacia la mesa.
—Considero que es más importante acompañarte —expresó, sonriente.
Esa noche me acompañaban Graner y la señora; Charlie; los asesores
legales del hotel que ya nos habían acompañado en las anteriores ocasiones,
Peter y Ariela y Cindy, pero el lugar de Brandon estaba ocupado por otro
chico de unos treinta años, morocho y con unos llamativos ojos celestes,
llamado Kevin. El lugar de Alvar estaba vacío.
—¿El Sr. Hills no nos acompaña? —preguntó, Graner.
—Hoy no podía —respondí, sin dar más explicaciones.
—Qué lástima —dijo Cindy, mirándome con una sonrisa falsa.
Luego de ese primer tenso momento, el ambiente fue agradable. Bailé un
poco con Graner y la señora. Bailábamos «This is what you came for»
interpretada por Calvin Harris y Rhianna y luego «Let me Love you»
interpretada por DJ Snake y Justin Bieber. Graner nos tomaba a ambas de la
mano y bailábamos los tres muy divertidos. Un rato antes de las doce, una
chica de las que estaban en la entrada poniéndonos los números, pasó por
nuestra mesa para que depositáramos nuestro voto. Había una urna negra
para los hombres y una dorada para las mujeres. Yo no sabía qué número
poner, pero no quería poner el de Charlie, así que, disimuladamente miré el
número de Kevin y lo voté a él.
Alrededor de las doce de la noche, Charlie subió al escenario con el
informe que le había alcanzado una escribana.
—Como es la tradición de esta semana de festejos, llegó el momento de
subastar un baile con todos las solteras y solteros que han sido votados por
ustedes. Les informo que, en caso de querer hacerlo, los «subastados»
también podrán participar y pujar, pero si llegan a ganar, tienen que duplicar
la cifra para cubrir la que correspondería a su subasta —explicó, con su
sonrisa sensual, y comenzó a nombrar a los solteros y solteras que iban a ser
subastados.
Yo fui una de las elegidas y dentro de los diez hombres estaban Charlie y
Kevin. Todos los elegidos tuvimos que subir al escenario. Charlie nos fue
presentado por nuestros nombres de pila y luego fue a ubicarse junto al resto
de los hombres que subastarían un baile. Su lugar lo tomó el Maestro de
Ceremonia y comenzó a explicar en qué consistiría la subasta.
—Vamos a empezar por una dama y luego seguimos por un caballero y el
orden lo haremos alfabéticamente, así que les pido que se pongan en fila en
ese orden —explicó el Maestro de Ceremonia y todas nos pusimos a
preguntar los nombres para poder ordenarnos—. Cuando terminemos, y
esperamos haber recaudado una gran cantidad para quienes lo necesitan,
sonará una pieza elegida por nuestro anfitrión y todos deberán bajar a buscar
a sus respectivas parejas y bailarla. En esta ocasión, les pedimos que dejen
la pista sólo para ellos. ¡Comencemos!
La primera en pasar al frente fue una chica llamada Adela y recaudó mil
quinientos dólares. El segundo que pasó fue un tal Anthony quien recaudó
mil dólares. Luego fue el turno de Cheryl y también recaudó mil dólares y le
siguió Charlie, pero cuando pasó al frente pidió quedar para el final porque
quería subastar, entonces fue mi turno. Pasé al frente con una sonrisa forzada.
—Y aquí tenemos a Dafne que, aparte de ser bellísima, según me han
informado es el premio mayor, porque es la jefa de todos, así que caballeros,
saquen la billetera porque por esta chica queremos recaudar una suma
desorbitante —dijo sonriente, el Maestro de Ceremonia.
¡Madre mía! ¿De verdad había dicho eso? Trágame tierra, ¡por favor!
—¡Cinco mil dólares! —exclamó, Charlie.
Giré y lo miré sorprendida. Estaba riendo con su sonrisa de suficiencia y
me hizo un guiño.
—¡Siete mil dólares! —dijo, un hombre entre el público.
¿De verdad estoy viviendo esto? ¡Mi hermano se desternillaría de la
risa!
—Diez mil dólares —replicó, Charlie.
¿Qué? ¿Se volvió loco? ¡Si gana tiene que duplicar la cifra!
—Veinticinco mil dólares —gritaron desde el público, y esa voz era
inconfundible para mí. Alvar se acercaba, caminando lenta y elegantemente,
y en ningún momento dejaba de mirarme. Llevaba puesto esmoquin negro y
estaba espectacular. Resaltaba sobre todos o, ¿es que mis ojos sólo lo
distinguían a él?
—Veinticinco mil dólares por un baile con la bella Dafne. A la una, a las
dos, ¡vendida!
Nuestras miradas no se separaban. Alvar me admiraba desde abajo del
escenario y yo estaba desesperada por bajar y abrazarlo. Debo reconocer
que desde que lo había visto me habían vuelto las ganas de bailar, de
disfrutar la fiesta, de ...
¿Qué te sucede, Dafne? ¡Concéntrate!
La subasta finalizó y todos bajamos a encontrarnos con nuestras parejas
de baile. Miré a Charlie, quien había cambiado la sonrisa por un gesto agrio
y también se encaminaba a bailar con su pareja.
Alvar me esperaba al pie de la pequeña escalera del escenario. Me tendió
la mano y, cuando nos tocamos, sentí una conexión tan grande que me
paralicé.
—¿Estás bien? —preguntó.
—Sí, solo sorprendida por tu presencia. Pensé que no ibas a venir.
—¿Te agrada que haya venido? —susurró, en mi oído.
—Sí —respondí.
—¿Y tener que bailar conmigo? —volvió a susurrar.
—También —respondí, escuetamente.
Él me miró y sonrió. Caminamos hacia la pista donde el resto de las
parejas se estaban acomodando para bailar. Comenzó a escucharse «Perfect»
interpretada por Ed Sheeran. Alvar pasó un brazo por mi cintura para
atraerme hacia él y me tomó la otra mano para subirla hacia su pecho. Con
mi otra mano libre le rodeé el cuello. Bailábamos observándonos, tenía
ganas de besarlo hasta hacerle perder el sentido, tenía ganas de apretarlo
contra mi cuerpo hasta que nos hiciéramos uno solo, tenía ganas de que todos
desaparecieran y estar a solas con él. Quería a Alvar sólo para mí.
—Estoy muriendo por besarte —susurró, en mi oído.
—Alvar…
—Shhh, no digas nada.
—¿Por qué hiciste esto? Me refiero a pagar tanto dinero por un baile
conmigo.
—Quería colaborar y tú eras «el premio mayor» —dijo, sonriendo
sensualmente.
—¿Escuchaste esa bobada? —pregunté, también sonriendo y él asintió
con la cabeza.
—No creo que sea una bobada. Tú eres muy valiosa, pero por razones
distintas a las que dijo ese hombre, no lo eres por el cargo que ocupas en la
empresa, lo eres por ti misma.
—No sabes lo que dices. No puedes considerarme valiosa —afirmé,
negando con la cabeza.
—Lo hago. Para mí lo eres —respondió con seguridad.
—No puedes hacerlo, no me conoces. Soy una persona incapaz de sentir.
—¿Por qué crees eso? —preguntó, con el ceño fruncido.
—Porque es así. Te aseguro que es así.
—¿Qué sientes cuando te beso? —preguntó, acercándose a mis labios.
—No es lo mismo.
—¿Qué sientes cuando te toco? —insistió.
—Repito, no es lo mismo. Los sentimientos no tienen nada que ver con la
pasión.
—¿Qué sientes cuando estoy contigo? Y, ¿cuándo no estoy?
—Basta, Alvar.
—No, Dafne. Yo te puedo responder cada una de esas preguntas porque
tengo claro lo que siento. Vamos a tener esta conversación. No será en este
momento, pero la vamos a tener —afirmó, cuando la canción llegaba a su fin.
Nos separamos, aplaudimos y nos encaminamos a la mesa.
—¿Nos vamos? —preguntó.
—Está bien.
Fuimos hasta la mesa para que recogiera mi clutch y salimos del salón.
Apenas pasamos la puerta sentí su mano tomando la mía. Debí haberme
soltado, pero no pude, ir de su mano se sentía bien, demasiado bien.
Llegamos a los ascensores y esperamos por uno, seguíamos tomados de la
mano, pero no nos decíamos nada, ni siquiera nos mirábamos. Cuando el
ascensor abrió sus puertas subimos con una pareja de edad avanzada,
deberían tener más de setenta años. La señora nos miraba y sonreía.
—Hacen una hermosa pareja —dijo, mirándonos sin dejar de sonreír.
—Gracias —dijo, Alvar, yo permanecí en silencio.
—Reconozco el amor, y ustedes se ven muy enamorados. Así de
enamorados estábamos nosotros, bueno, aun lo seguimos estando—. Y miró
a su marido con el brillo en los ojos propios de la emoción y él le
correspondió con una amplia sonrisa —Y miren donde estamos, con casi
ochenta años y seguimos juntos y felices. Les deseo este tipo de felicidad, sé
que la van a tener y yo nunca me equivoco.
El ascensor abrió su puerta y la pareja salió riendo y tomados del brazo.
—Gracias —dijo Alvar, luego me miró sonriendo y preguntó—: ¿Qué
opinas?
—Que son una pareja encantadora y la señora tiene complejo de
clarividente, pero no creo que lo sea —afirmé, de ninguna manera iba a
volver a hablar del amor y esas cosas.
Alvar largo una risotada, me soltó y me acorraló con sus brazos contra la
pared del ascensor.
—Y tú tienes que dejar de hacer esto —dije, mirándolo seriamente,
recordando la vez que también me había acorralado en el ascensor.
—No lo creo —aseguró, y se apoderó de mi boca. Sentía que mi boca se
amoldaba perfectamente a la suya. Alvar me saboreaba con deleite, me
poseía la boca por completo.
Las puertas se abrieron y el ruido nos volvió a la realidad, había
olvidado de que estábamos en un ascensor. Me tomó una mano y me arrastró
hacia afuera. Llegamos a la puerta de mi suite giró y me miró con tanto deseo
que me estremecí.
—Abre la puerta, Dafne.
Y lo hice, saqué la tarjeta y abrí lo más rápido que pude. Apenas
entramos, me tomó en brazos y me llevó directo al dormitorio. Me bajó de
sus brazos lentamente y sin dejar de mirarme, me dejó parada junto a la
cama.
—Dafne, te voy a hacer el amor —susurró, junto a mis labios.
—Nosotros no hacemos el…. —me calló con sus labios, apoyo sus labios
en los míos y comenzó a besarme lenta y dulcemente.
—Cállate, Dafne, y entrégate al romance y la pasión —mientras lo decía,
me iba dejando un reguero de besos, comenzando por los labios y bajando
por el cuello, y aprovechaba para ir sacándome el vestido.
Y mi boca dejó de hablar, porque de ella sólo salieron suspiros y
gemidos de placer, igual que de la de Alvar, que adoró mi cuerpo con sus
manos y sus labios. No dejó un solo centímetro de mi piel sin recorrer con su
boca.
—Me vuelves loco de pasión y de…. —no terminó la frase, siguió
besándome y desnudándome.
Lo ayudé a despojarse de su ropa y, cuando sentí el contacto de nuestra
piel y sus brazos rodeándome de manera posesiva, fue como estar en el lugar
indicado, ese lugar que te hace feliz te brinda paz y seguridad, ese lugar que
es «tú lugar en el mundo», y es donde deberías quedarte para siempre.
—Mírame, Dafne —exigió, mientras me penetraba lentamente.
Ambos arqueamos la espalda y emitimos sonoros jadeos. Él no apartaba
sus ojos de los míos, me miraba con posesividad, deseo y otra emoción que
yo desconocía, pero que hacía brillar sus ojos con ¿felicidad absoluta?, no
sabría decirlo.
El ritmo se incrementó y estallé en un orgasmo demoledor que hizo que
Alvar me siguiera y que ambos escucháramos nuestros nombres de los labios
del otro.
Cayó sobre mí con su cuerpo laxo. Habíamos quedado saciados y sin
fuerzas. Alvar enterraba su cabeza en mi cuello y me seguía abrazando
fuerte, nuestras respiraciones aún eran muy aceleradas. Después de unos
minutos, se retiró y quedó tendido a mi lado mirando hacia arriba. Me
abrazó y empujó hacia su cuerpo para tenerme pegada a él. Apoyé la cabeza
en su pecho y disfruté de ese instante de gloria absoluta.
—Dafne —llamó.
—¿Si? —respondí, un tanto adormilada.
—¿Tienes claro que esto que pasa entre nosotros no es algo habitual? Lo
que nos sucede es algo extraordinario y excepcional. No le voy a poner
nombre, …. aún —aclaró.
Por algunos minutos ninguno dijo nada, ni yo respondí ni el me presionó
buscando mi respuesta.
—¿Puedo saber cuál es el compromiso que tienes mañana? O mejor dicho
hoy, dada la hora —preguntó, pero seguíamos sin mirarnos, él miraba hacia
el techo y yo apoyaba mi cabeza en su pecho, mientras jugaba con mis dedos
en su abdomen.
—No tengo ningún compromiso.
—¿Entonces?
—Sólo necesito estar sola.
En ese momento me tomó de la barbilla y me hizo mirarlo.
—¿Puedes ser más explícita? —preguntó.
—No —respondí, y me senté en la cama—. Creo que es mejor que me
vaya.
—Dafne, estamos en tu suite —aclaró, y también se sentó—. ¿Por qué
eres tan misteriosa? Sé que algo te tortura, ¿por qué no lo compartes
conmigo? Quiero entenderte, pero es difícil y tú no ayudas.
—Yo no te pedí ayuda ni comprensión —respondí, pero me sentí
extrañamente mal al hacerlo.
—Bien, creo que esa es mi salida —dijo, mientras se levantaba y
comenzaba a recoger su ropa para vestirse.
Dile algo, Dafne. ¡Discúlpate por hablarle así! No permitas que se
vaya…, tú no quieres que lo haga.
Pero no dije nada y lo vi marcharse de mi habitación. Su rostro reflejaba
una mezcla de molestia y desilusión. Me sentí terrible, pero traté de
convencerme de que era lo mejor, la relación con Alvar se estaba poniendo
demasiado intensa y eso no era bueno para ninguno de los dos. Era
demasiado egoísta de mi parte permitir que él se uniera emocionalmente a
una persona que no le iba a poder corresponder.
Pero ¿por qué sentía ese vacío en el pecho? ¿Por qué me afectaba tanto
verlo angustiado? ¿Qué me había hecho?
El resto de la noche fue de mal en peor. Las pocas veces que cerraba los
ojos y el sueño me vencía, las horribles pesadillas me asaltaban y me
despertaba mi propio grito desesperado. La angustia se apoderaba de mí y
comenzaba a temblar sin poder controlarlo. No podía seguir así. Me levanté,
me duché y, aunque no había amanecido, decidí salir del hotel para respirar
aire fresco. En la recepción me crucé con Anne, la recepcionista con la que
tenía una relación afectuosa.
—Srta. Davidsson, buenos días.
—Hola, Anne ¿cómo estás?
—¿Se siente bien? —preguntó, preocupada.
—Tengo un dolor de cabeza terrible y no he podido dormir bien.
—¿Va a salir tan temprano? —indagó, sin abandonar el gesto de
preocupación.
—Voy a salir a tomar aire, no puedo quedarme un minuto más encerrada.
—Le pido el auto del hotel para que se encargue de su traslado—. E
inmediatamente tomó el teléfono.
—No, Anne, no te preocupes. Necesito caminar —dije tomándole el
brazo para que no realizara la llamada.
—No puede salir a caminar sola a esta hora, son las seis de la mañana y
sigue oscuro, es peligroso —afirmó, y al gesto de preocupación se le sumó
el ceño fruncido por el desacuerdo conmigo.
—No, te preocupes. Conozco la ciudad.
—Srta. Davidsson, le pido por favor que no salga sola. Me quedaría muy
preocupada y en mi estado no me haría bien.
—Anne, ¡no puedo creer que me estés chantajeando! —exclamé, con una
sonrisa. No podía creer que me chantajeara con su embarazo, sabía que no
iba a permitir que le pasara nada.
—La aprecio mucho —dijo, simplemente y con sinceridad.
—Está bien, tú ganas. Pídeme al chofer que me espere en la puerta del
hotel. Te agradezco tu preocupación y cuidados —dije, tomándole una mano.
Salí a la calle y al minuto tenía el auto del hotel estacionando frente a mí.
Subí y le dije que diera unas vueltas por la ciudad, sin rumbo fijo, sólo
pasear. Después de un rato y viendo que ya había amanecido, me despedí del
chofer y entré en una cafetería a desayunar. Mientras lo hacía, a mi mente
volvieron las imágenes de mi madre siendo asesinada. Hice todo lo posible
por deshacerme de ellas, pero mi traicionara mente volvía a recordar con
detalles ese momento. Sentía el dolor que me causaban los golpes de Víctor
y sentía la sangre correr por mi rostro, veía a mi madre intentar sacármelo de
encima, veía a Víctor abalanzarse sobre ella, sentía el estruendo del disparo
y volvía a ver a mi madre, pero esta vez caer sin vida.
Mamá, ¡ayúdame a no pensar más!
Presioné mi cabeza en la zona de las sienes para aliviar el martilleo que
sentía. Pero cerraba los ojos y volvía a ver a mi madre muriendo.
¡Mamá, fue por mi culpa! ¡Perdóname! ¡Tendría que haberte defendido
y haberlo matado antes! Si hubiera sabido que tenías un arma lo hubiera
matado con mis propias manos. ¡Perdóname!
Necesitaba desahogarme de alguna forma, pero mi cuerpo se negaba a
llorar. Quería gritar, sacarme esa angustia que me oprimía el pecho, pero
tampoco podía. Comencé a correr. Corrí y corrí hasta que el cuerpo me dijo
basta. Me desplomé en el banco de un parque y allí me quedé por horas
como un autómata, mirando la nada. A la angustia se le había sumado el
dolor en los pulmones por correr tanto y tan rápido, y el dolor muscular.
Prefería sentir todos esos dolores y que fueran intensos, así me hacían
olvidar el dolor en mi alma. Mi cabeza no me daba respiro, seguía con las
imágenes de mi madre muriendo, la desesperación de Fran al ver que había
muerto mamá y que había matado a su padre para salvarme. La sangre, el
dolor por los golpes recibidos, la falta de respiración cuando Víctor me
tomó del cuello. Revivía todo con tal intensidad que empecé a marearme. El
teléfono sonó y me sobresalté. Era Fran. No lo atendí porque no quería que
se preocupara al verme en ese estado, no podía ni articular palabra y me
temblaba todo el cuerpo.
Las horas siguieron pasando y recibí varias llamadas más de Fran, de
Sarisha y en ese momento la llamada entrante era de Alvar. No quería hablar
con nadie. Subí las piernas al banco y me abracé las rodillas, las personas
pasaban por mi lado como si yo no existiera y, a mí, el bullicio de la calle
me estaba por hacer explotar la cabeza. De repente sentí que me elevaba,
alguien me levantaba del asiento. Subí la cabeza y allí estaba él. Me miraba
con una inmensa preocupación. Se sentó en el banco y me sentó en sus
piernas para después darme un gran abrazo y estrecharme en su pecho. Sus
enormes manos me acariciaban la espalda y me hacían sentir protegida.
Apoyé la cabeza en su hombro y comencé a sentir la humedad en mis
mejillas, el sabor de mis lágrimas en mi boca y un enorme dolor en el pecho,
un dolor similar a una grieta abriéndose en mi corazón, una grieta que, por el
dolor, estaba ocasionando miles de fisuras. Después de largos años, me
permitía llorar. Y apoyada en el pecho de ese maravilloso hombre, lloré.
Lloré por todos los años en los que no lo había hecho, lloré por las angustias
guardadas, lloré porque extrañaba a mi madre, lloré por mi amado hermano
que tanto sufría y lloré por mí.
Alvar me permitió desahogarme, siempre abrazándome fuerte y
acariciándome. Cuando ya no me quedaban lágrimas, levanté la cabeza y lo
miré con agradecimiento. Él me miraba con preocupación.
—¿Cómo estás, cariño? —preguntó, mientras me acariciaba las mejillas
secándome las lágrimas.
—Mejor —respondí, y ladeé la cabeza para apoyar la mejilla en su mano.
—¿Cuánto hace que no llorabas?
—Desde la muerte de mi mamá no había derramado una sola lágrima.
—Demasiado tiempo guardándolas. Llorar alivia el dolor —explicó.
—Ojalá sea así.
—¿Por qué te aíslas y lo vives sola?
—Es un día en el que lo paso realmente mal, no me gusta que mis afectos
tengan que pasar por esto, ni verme en este estado.
—Los afectos hacen que el dolor sea más liviano.
—Pero el costo de su apoyo es que vivan mi infierno —afirmé,
convencida de que no quería eso para ellos.
—Para eso estamos. Bueno, ¿vamos a comer algo? Necesitas comer algo
y tomar líquidos —afirmó, y yo asentí con la cabeza. Se levantó conmigo en
brazos y me depositó con suma delicadeza en el piso.
—Gracias —dije.
—Nada que agradecer. Antes de irnos, vamos a llamar a tu hermano.
Estaba muy preocupado y quiere hablar contigo.
—¿Cómo lo sabes? —pregunté, sorprendida.
—Él me llamó, le pidió el teléfono a Dom. Me explicó que no se podía
comunicar contigo y yo salí inmediatamente a buscarte.
—¿Te dijo algo más? —pregunté.
—Sí, me explicó lo especial de este día para ustedes. Debiste habérmelo
dicho cuando te lo pregunté ayer. Hubiera estado a tu lado.
—No quería estropearte el día.
—Si estoy contigo, jamás sería un mal día. ¿Todavía no te has dado
cuenta?
—Sí, comienzo a entenderlo. Creo que es hora de que tengamos la charla
que me habías pedido. ¿Aún lo quieres? —pregunté, convencida de que tenía
mucho para decirle, pero comprendiendo que él tenía todo el derecho a
negarse.
—¿Me vas a dejar decirte todo lo que quiero o, mejor dicho, todo lo que
siento?
—Sí, quiero que seamos sinceros.
—Hagamos algo, llama a tu hermano, vamos a comer algo y después nos
tomamos todo el tiempo el mundo para nosotros.
Hice todo lo que Alvar sugirió, hablé con Fran por video-llamada,
porque estaba preocupadísimo por mí. Al verme, notó inmediatamente que
había llorado y, en vez de preocuparse, se alegró. Una gran sonrisa iluminó
su rostro. Él estaba convencido de que eso era lo que necesitaba y que, al
desahogarme, encontraría consuelo. No sé si sería así, pero en ese momento
me sentía más liviana, y cuando miraba a Alvar, que me observaba con
atención, me sentía mejor.
También fuimos a comer algo, y de a poco, mi ánimo fue mejorando. Al
salir del restaurante, me tomó de la mano y caminamos por un rato.
—¿A dónde quieres que vayamos?
—Vamos al hotel, estoy algo cansada.
No tuve que decir nada más, paró un taxi y nos dirigimos hacia allí.
Llegamos al hotel y en ningún momento soltó mi mano, yo tampoco. Sentía
que eso era lo correcto.
—Voy a darme una ducha y después conversamos, ¿te parece bien?
—Por supuesto, pero me quedo esperándote en tu suite —afirmó.
Entramos y antes de que me dirigiera a la ducha, me abrazó y posó
dulcemente sus labios sobre los mío.
—Aquí estaré esperándote —susurró, y yo lo miré y asentí.
Me di una ducha de agua bien caliente y me puse un camisón largo de
satén blanco con ribetes de encaje y espalda baja, y por encima la bata a
juego. Cuando llegué a la sala, Alvar me esperaba sentado en el sillón. Me
recorrió con la mirada y sonrió.
—Tienes mejor semblante
—Me hizo bien la ducha caliente —comenté, y me senté en el sillón frente
al que estaba sentado él. Me miraba con ansiedad.
—¿Quién empieza? —preguntó, y además de la ansiedad, también lo
notaba algo temeroso.
—Si no te molesta, creo que debo ser yo la que comience porque hasta
ahora, he sido la que ha evitado el tema —dije, convencida.
—Voy a confesarte que estoy nervioso —afirmó, y me di cuenta de que
mis sospechas eran ciertas.
—Yo también —me sinceré, respiré hondo, me armé de valor y decidí
enfrentar todo lo que me estaba pasando, empezando por sincerarme sobre
mi pasado. Él se lo merecía—. Sé, por lo que me explicaste, que mi hermano
te comentó sobre la muerte de mi madre.
Lo miré y el asintió con la cabeza.
—Me explicó que hoy hace fecha de su fallecimiento y que sigue siendo
muy doloroso porque tu mamá fue asesinada delante de ti —reveló,
mirándome con tristeza. Yo asentí en silencio.
—¿Te dijo algo más?
—Que sueles vivir este día sola y con mucha tristeza, sólo eso.
—Entonces, para que entiendas algunos de mis muchos traumas,
complejos, miedos, no sé, como quieras llamarlos, voy a comenzar por
contarte esa historia. Comencé a relatársela, contándole como había
fallecido mi padre, como mi madre había conocido a Víctor y había querido
darle una segunda oportunidad al amor, pero que esa persona había resultado
ser un alcohólico oportunista que terminó por hacer de nuestras vidas un
infierno de violencia, agresiones físicas y mentales. Le conté que Fran no era
mi hermano de sangre sino el hijo de ese hombre pero que, así como
nosotros habíamos salvado su vida brindándole una familia y todo el amor
que nunca había recibido, él también había llegado a la nuestra para
ayudarnos a lidiar con todo eso y ser un hermano e hijo como pocos. Cuando
llegué al relato del día de la muerte de mi madre, me di cuenta de que,
nuevamente, las lágrimas corrían por mis mejillas. Alvar se sentó a mi lado
y me abrazó.
—Podemos hablar otro día —dijo, con dulzura.
—No, quiero hacerlo. Nunca lo hablé con nadie, pero quiero que lo sepas
por mí. Sarisha y Dom lo saben porque Fran se los contó, yo nunca pude
hablarlo con otra persona que no fuera mi hermano —suspiré y proseguí con
el relato.
Le conté como Víctor me había pegado hasta hacerme sangrar y dejarme
moratones por todo el cuerpo y que, al querer defenderme, mi madre había
sacado un arma pero que con esa misma arma Víctor la había matado a ella.
También le relaté como Fran había llegado cuando me estaba queriendo
asfixiar y que, también con esa arma había matado a su propio padre. Alvar
me abrazaba fuerte y no emitía ni un sonido. Me separé de él para mirarlo,
tenía los ojos brillosos y me miraba con una mezcla de incredulidad y
tristeza.
—Con Fran nos prometimos salir adelante, él se hizo cargo de mí y, por
la memoria de mi madre, juramos que seríamos fuertes y que nunca
dejaríamos que nadie nos hiciera daño.
«Estudiamos hasta quemarnos las pestañas, mamá había hecho testamento y
nos había dejado mucho dinero, pero queríamos que se sintiera orgullosa de
nosotros y ambos nos transformamos en profesionales destacados. Fran
también se encargó de que supiéramos defendernos y ambos fuimos a clases
de defensa personal y aprendimos varias disciplinas de defensa. Pero yo
también me hice un juramento, me prometí de que nunca iba a dejar que mi
corazón le perteneciera a nadie y, ya de adulta, no tuve jamás una pareja
formal, sólo citas sin compromiso. Jamás sentí nada por las personas con las
que estuve, las emociones propias de sentimientos de pareja nunca
traspasaron las barreras autoimpuestas—. Levanté la vista y lo miré, me
miraba atentamente, pero en ese momento parecía perdido. Suspiré y dije lo
que tenía atorado en la garganta, pero sabía que tenía que decir—: hasta que
llegaste tú—. Y en ese momento sus ojos me miraron y el brillo que apareció
en ellos me iluminó—. Tú comenzaste a desquebrajar mis barreras,
comenzaste a dar vuelta todo mi mundo, comenzaste a entrar en mi vida de
una forma vertiginosa y removiendo todo. Primero te fuiste metiendo en mis
pensamientos y con cada fisura que ibas haciendo en mi corazón te ibas
metiendo bien profundo, hasta lograr meterte en mi corazón y mi alma por
completo».
En ese momento me miró y el brillo de sus ojos y su sonrisa me segó,
brillaba de alegría. Me tomó el rostro entre sus dos grandes manos y dijo:
—No sé qué me vas a decir después de esto, pero me voy a adelantar
porque ya no puedo callarlo más. Te amo, Dafne. Estoy completamente
enamorado de ti, no hay un solo centímetro de mi corazón que no te
pertenezca, ni de mi cuerpo que no te desee desesperadamente. Te necesito
más de lo que puedo explicar.
Lo miré, mientras mis lágrimas seguían brotando sin que nada pudiera
hacer para detenerlas y llevé mis manos hacia las suyas, que seguían
rodeando mis mejillas y las presioné.
—No sé si lo que siento por ti es amor porque nunca sentí nada como
esto, pero no puedo ni quiero estar separada de ti, te necesito como nunca
necesité a nadie, te quiero ver feliz y me atormenta ver que no estás bien. La
otra noche cuando te emborrachaste y no sabía nada de ti, casi me muero de
la angustia, si te pasaba algo………, yo no sabría cómo seguir —confesé. Él
me miraba con felicidad absoluta.
—Me amas, Dafne —afirmó, con convencimiento y una sonrisa de oreja a
oreja.
—Sí, te amo. Estoy enamorada de ti, Alvar Hills —confirmé.
Se acercó a mis labios y me besó. Nuestros labios se mezclaron con la sal
de mis lágrimas, pero esos besos se llevaron toda la tristeza. Besos que
rosaban la desesperación, besos apasionados pero repletos de sentimientos,
una mezcla que nunca había sentido, pero que era maravillosa y te hacía
explotar el corazón de felicidad, inundando todo el cuerpo de una euforia
indescriptible.
—Dímelo otra vez —suplico, apoyando su frente en la mía.
—Te amo, y si me aceptas, quiero ser tu novia. Pero antes de que me des
una respuesta, tienes que saber algunas cosas de mí. Tengo pesadillas casi
todas las noches, cuando me pasa, generalmente me despierto aterrada y
gritando. Además, no suelo dormir mucho y trabajo en mi casa hasta altas
horas de la noche. Hay días en que el poco sueño me hace despertar de mal
humor y salgo a correr porque yo misma no me soporto. No sé nada de
noviazgos porque nunca fui novia de nadie. También….
—Acepto —respondió, interrumpiéndome.
—No he terminado.
—A mí me interesan tus virtudes, y tienes muchísimas. Lo otro lo iremos
conociendo con el tiempo, nadie es perfecto y yo también tengo un montón de
manías y defectos.
—¿Eres muy mañoso? —pregunté, sonriendo.
—Es probable. ¿Te arrepientes de tu propuesta? —preguntó, también
sonriente.
—No, en absoluto. Sé que tendremos días buenos y también malos, pero
también estoy segura de que quiero pasar todos ellos contigo.
Alvar me abrazó fuerte.
—Y yo sé que no voy a poder evitar que en algún momento pasemos por
etapas difíciles y que quizás no pueda evitar que algo te cause infelicidad,
pero ten por seguro que siempre voy a poner mi mayor esfuerzo para que
seas feliz. También tengo claro que no puedo borrar las situaciones terribles
y dolorosas por las que has pasado, pero hoy te prometo que, a partir de
ahora, voy a estar a tu lado para ayudarte a sobrellevarlo—. Me miró y me
dio un dulce beso en los labios.
—Gracias. Entonces, oficialmente somos novios —afirmé, con una
sonrisa bobalicona.
—Somos mucho más que eso, eres mi mujer en todo el sentido de la
palabra, eres mi novia, mi amante, mi amiga, eres la persona que hace latir
mi corazón como nunca latió.
Y en ese momento ni lo pensé, me abalancé sobre su boca y se la devoré
con hambre, con una necesidad desmedida, con pasión arrolladora, y él me
lo devolvió con el mismo frenesí. Ni nos molestamos en ir al dormitorio, el
sillón fue testigo de nuestro ardiente deseo. Con mucha destreza y rapidez, se
deshizo de mis prendas mientras yo lo ayudaba con las suyas. Nuestra piel
quemaba y nuestros cuerpos morían de necesidad por sentir el del otro.
—Quiero que me mires, mi amor. Mírame cuando nos unamos en cuerpo y
alma —pidió, con la voz ronca por el deseo.
Y así fue, mientras nuestros cuerpos se acoplaban, nuestras miradas
también lo hacían y éramos testigos del placer que sentían nuestros cuerpos y
se reflejaba en nuestros rostros. Alvar comenzó a deslizarse mientras yo
recibía sus embistes e iba a su encuentro con la misma pasión. Subimos a la
cumbre del placer y el orgasmo llegó a nuestros cuerpos al mismo tiempo, y
los gemidos de placer dieron paso a un grito liberador.
—Te amo.
Fue el grito que salió de nuestros labios al unísono, mientras un orgasmo
demoledor nos arrasaba, dejándonos aturdidos y exhaustos.
Capítulo 9
«Solo podemos amar lo que conocemos, porque amar implica tirarse al
vacío, confiar la vida y el alma».
– El Principito – Antoine de Saint-Exupéry.
Víctor me asfixiaba con sus manos mientras yo miraba con desesperación
los cuerpos de mi madre y de Fran que yacían en el piso sobre charcos de
sangre. Quería gritar, pero no podía. Con las fuerzas que me quedaban,
movía todo mi cuerpo tratando de zafarme de sus garras. De pronto unos
brazos me rodearon brindándome calor y protección, logrando que las manos
de Víctor me fueran liberando hasta soltarme por completo. Me inundó una
sensación de paz y seguridad como nunca había sentido. Era como estar
rodeada por las alas de un ángel que me protegían de todo lo malo. Mi
cuerpo se rindió a esa placentera sensación y comencé a derramar lágrimas
de emoción y tranquilidad.
Abrí los ojos a la realidad, nuevamente estaba llorando. Había sido una
pesadilla, pero esta vez, un ángel había venido a mi rescate. Sentí los
poderosos brazos de Alvar que me rodeaban desde atrás y su cálido aliento
haciéndome cosquillas en el cuello. En ese momento comprendí que el calor
de sus brazos era lo que había traspasado las barreras de mi pesadilla y me
había brindado protección. Sin saberlo y como si realmente fuera mi ángel
guardián, él había ahuyentado a mis demonios.
Suspiré y me acurruqué aún más en su cuerpo, él siguió durmiendo, pero
pasó una pierna por encima de la mía quedando totalmente pegado a mí. Era
la primera vez que despertaba con alguien en mi cama y nunca amanecía en
la cama con nadie. Iba a ser toda una novedad levantarnos y desayunar
juntos, pero estaba deseosa de vivir todas esas nuevas experiencias junto a
él.
Miré el reloj, eran las seis de la mañana. A las nueve teníamos una
reunión de trabajo, pero aún no lo iba a despertar porque habíamos tenido
una noche movidita. Habíamos hecho el amor en varias ocasiones. El sillón
del living, el baño, el dormitorio, todos esos lugares habían sido testigos de
nuestra entrega apasionada. Estaba cansada y mis músculos se sentían como
si hubiera corrido una maratón, pero nunca en mi vida me había sentido tan
completa y en armonía.
Me quedé un rato más disfrutando de su calor, pero a la siete disidí
levantarme. Haciendo todo tipo de contorsiones con el cuerpo logré zafar del
suyo sin despertarlo. Llamé para pedir el desayuno y entré al baño a darme
una ducha. El agua caliente me ayudaba a despejarme y relajar los músculos.
A los minutos lo tenía pegado a mi espalda, abrazándome por la cintura y
besando mi cuello. Giré para mirarlo y el brillo de sus ojos me cegó,
brillaban con la emoción propia de la felicidad y el deseo.
—Buenos días, mi amor —saludó, inclinándose hacia mi boca, pero no
llegué a responder porque se apoderó de ella sin contemplaciones.
Sin soltarme, me aferré a él y comencé a acariciar su resbaladiza espalda,
mientras sentía sus manos recorrer todo mi cuerpo. Mi espalda chocó con la
pared de la ducha y aprovechó para alzarme las piernas y enroscarlas
alrededor de su cintura.
—Te deseo con desesperación, cada día te deseo y necesito más —jadeó,
en mi boca.
—Y yo a ti —respondí con la misma necesidad.
No esperó más, ambos estábamos listos para unirnos y me penetró con
fuerza. Comenzó a moverse despacio y de a poco fue incrementando la
intensidad de sus embistes. Nuestros jadeos se mezclaban con el ruido del
agua cayendo sobre nuestros cuerpos, pero el grito liberador que ambos
emitimos no fue acallado por nada.
—¡Te amo, Dafne!
—¡Te amo, Alvar!
Desayunamos y diez minutos antes de las nueve estábamos entrando a la
sala de reuniones. Como era costumbre, Charlie ya se encontraba sentado en
la gran mesa con su taza de café humeante. Nos saludamos, pero me llamó la
atención sus ojeras y su ceño fruncido. Normalmente era bastante efusivo en
su saludo, pero esta vez se podía decir que hasta era antipático. Supuse que
su cuerpo le estaría pasando factura de tantas noches de fiesta y reuniones en
la mañana, pero la verdad era que, personalmente, lo prefería así, serio y
callado.
Después de que todos estuvieron presentes, tanto personalmente como en
forma virtual, la reunión comenzó y se desarrolló sin contratiempos. Lo
único infrecuente fue el mutismo de Charlie, sólo habló cuando tuvo que
presentar un posible proyecto, pero se limitó a eso. Incluso no participó
haciendo ninguna pregunta cuando nosotros planteamos varios temas.
A las dos de la tarde Alvar finalizó su presentación y dimos por
culminada la reunión de ese día. En la noche estaba prevista la realización
de la última fiesta de esa semana de festejos y la temática era «Noche de
máscaras». Con Alvar teníamos previsto almorzar fuera del hotel y luego
descansar un poco para poder enfrentar esa fiesta.
Volvimos a nuestras suites para cambiarnos nuestros trajes por ropa
informal y cómoda. Aproveché también para llamar a Sari y a mi hermano.
Con Sari hablé varios minutos y con Fran aún estaba hablando cuando llegó
Alvar.
—Pasa, estoy hablando con mi hermano —dije, mientras me encaminaba
hacia la computadora.
—¿Puedo saludar a mi cuñado? —preguntó sonriente, mientras me seguía.
—Aun no le he comentado de nosotros —dije, bajando la voz.
—Déjame que me encargue —afirmó, y pasó por mi lado con mucha
decisión.
—No, Alvar. Prefiero decírselo personalmente —señalé, tomándolo del
brazo.
—¿Por qué?
De repente la voz de Fran sonó alta y fuerte, parecía que en vez de salir
de la computadora se encontraba allí:
—Ustedes dos, ¿pueden dejar de discutir como si no los escuchara y
decirme de una vez por todas lo que sea que tienen para decirme? —reclamó
Fran.
Miré a Alvar, que sonreía por saberse ganador, y lo fulminé con la
mirada. Ni le afectó, y se encaminó hacia el escritorio donde estaba la
computadora con el rostro de Fran esperando por nosotros.
—Buenas tardes, Fran. ¿Como estás? —saludó Alvar, con formalismo.
—Bien, aunque en este momento me encuentro bastante intrigado con lo
que tienen para comentarme —dijo, con cara de desconfianza.
Yo me paré al lado de Alvar sin saber cómo empezar a relatarle de
nuestra relación. Me dio la sensación de que Alvar había perdido la
confianza que mostraba minutos antes y en ese momento tampoco sabía cómo
iniciar.
—Es verdad, tenemos algo para contarte —dijo, algo nervioso y tomó mi
mano, luego prosiguió—: Dafne y yo estamos enamorados y hemos decidido
apostar por este amor —finalizó, y luego se hizo un silencio de unos minutos
en los que Fran parecía estar procesando la noticia y Alvar parecía estar
esperando una sentencia.
—¿Pueden explicarme que significa «apostar por el amor»? ¿Están de
novios? ¿Se van a casar? ¿Son amantes? —preguntó, Fran. Aún seguía serio.
—Somos novios y deja de hacer tantas preguntas —respondí, enseguida.
Nuevamente silencio.
—Y me dicen que están enamorados —afirmó, mirándome directamente a
mí.
—Así es. Amo a tu hermana con toda mi alma —expresó Alvar, y me
miró con dulzura.
—También te amo —expresé, mirándolo embobada y olvidándome por
completo de mi hermano, hasta que su voz me sacó de mi embeleso.
Ambos giramos para observarlo en la computadora y, para mi asombro mi
hermano sonreía con tanta felicidad que se me formó un nudo en la garganta
de la emoción.
—Dafne, antes de que los felicite, confírmame, por favor, que este
hombre no te tiene amenazada o te está obligando de alguna forma a decir
que lo amas —dijo Fran, con una risa que ya era contagiosa.
—Te aseguro que no, Fran. Como bien me dijiste muchas veces, yo no era
inmune al amor. No sé cómo lo hizo, pero Alvar fue tirando abajo todas las
barreras de mi corazón, entró y se lo apoderó.
—¡Felicitaciones, entonces! Mi hermanita, enamorada, ¡quién lo iba a
decir! —exclamó sonriente, pero de golpe se puso serio y dijo—: Oye,
Alvar, cuando nos veamos, porque imagino que vendrás con Dafne en unos
días, vamos a tener una conversación, de esas que tienen los hermanos
mayores con los novios de sus hermanitas —finalizó.
—Por supuesto —respondió, Alvar.
—Fran, no soy ninguna niñita para que tengas que hablar con Alvar,
déjalo tranquilo.
—Estoy de acuerdo contigo, Fran. Tendremos esa conversación —afirmó,
Alvar.
—¿Y mi opinión no cuenta? —pregunté, ofuscada.
—En esto no, Pitufina —dijo Fran, y sentí el momento exacto en que
Alvar giraba para mirarme con una sonrisa burlona. Ahora sí, ¡había perdido
todo el respeto que se le puede tener a una mujer adulta y seria!
—¿Pitufina? —preguntó Alvar riendo y Fran no aguantó y largó una
sonora carcajada.
—Adiós Fran, eres hombre muerto —dije, y apagué la computadora
mientras seguía sintiendo su risa mezclada con la de Alvar—. Si llegas a
realizar algún comentario al respecto, ¡estás despedido! —exclamé,
señalándolo con el dedo.
Me miró riendo y se llevó la mano a la boca haciendo un gesto como de
cerrar un cierre.
—¡Más te vale! —amenacé.
Tironeó de mí para que cayera en sus brazos y me miró sonriente.
—Creo que tu hermano aprueba nuestro noviazgo.
—Eso pareció, aunque no necesito su aprobación y tampoco tengo ganas
de hablar del metiche de Fran.
—Bueno, salgamos a almorzar —dijo sonriente, y mientras caminábamos
susurró—: Pitufina.
Hice como que no lo había escuchado. Sabía que a partir de ese momento
iba a ser blanco de sus burlas. ¡Fran, me las vas a pagar!
Mientras estuvimos en el Hotel, Alvar caminó a mi lado, pero no intentó
ni tomarme la mano ni abrazarme. Sabía que lo hacía por mí, porque yo
prefería que nadie supiera de nuestro noviazgo hasta poder hablar con Dom.
Apenas nos habíamos alejado un par de cuadras del hotel, me tomó de la
mano y ya no me soltó. Se sentía muy bien ir caminando con nuestras manos
entrelazadas, volvía a invadirme esa sensación de protección que nunca
había sentido y me era tan placentera como tenerlo a mi lado. También me
había dado cuenta de que con él sentía una emoción nueva, un sentimiento de
posesión que hacía que me molestara por el solo hecho de que las mujeres lo
miraran o se lo comieran con los ojos, como normalmente sucedía y, como él
no pasaba desapercibido en ningún lado, esa sensación me era bastante
familiar.
Ese día fuimos a un restaurante de un reconocido Chef, especializado en
comida mediterránea. Estaba ubicado en la zona de SoHo y aprovechamos
también a caminar por sus alrededores. Para almorzar ambos pedimos «pasta
con setas y salsa bolognese» que acompañamos con un vino recomendado
por la casa.
Mientras comíamos, Alvar sacó un tema que sabía que a él le molestaba.
—Puedo entender que por razones de trabajo y, sobre todo, por respeto a
Dom, aun no quieras dar a conocer nuestro noviazgo, pero no voy a aceptar
de ninguna manera que en la fiesta de hoy bailes con otros hombres, y eso
incluye a Harris —expresó, con seriedad.
—Estoy de acuerdo, esta noche no voy a bailar.
—Nosotros vamos a bailar —afirmó.
—Es que, si bailamos entre nosotros no tengo como excusarme si otros
me invitan.
—No tienes por qué dar explicaciones. Además, desconfío de Harris, y
tengo la sospecha de que algo está tramando. Hoy en la reunión estuvo muy
callado y lo encontré en varias ocasiones mirándote con seriedad y parecía
estar maquinando algo. Si hoy se pone muy baboso voy a ponerlo en su lugar
—indicó, con determinación.
—Yo también lo encontré raro, pero asumí que estaría cansado de tanto
trasnochar y tener que madrugar para las reuniones —dije, sin mencionar su
último comentario porque no quería volver a tener que hablar sobre lo que
pensaba de la violencia.
—No creo que tenga que ver con eso, el tipo está acostumbrado a esa
vida. Me pareció que estaba de mal humor y no dudo que tenga que ver con
nosotros. Es probable que sospeche de nuestra relación y, si es así,
perdóname, pero a mí me deja más tranquilo, así no se te acerca más.
—Quizás tengas razón. Pasamos todo el tiempo libre juntos y creo que
nuestras miradas nos delatan —observé, y con ese comentario logré sacarle
una hermosa sonrisa.
Cercano a las cinco de la tarde volvimos al hotel para tratar de descansar.
Alvar sólo pasó por su suite para lavarse los dientes, pero a los minutos ya
lo tenía en la mía. Otra novedad en mi vida, iba a dormir durante el día con
él.
Se sacó la ropa quedando sólo con unos ajustados y sexys boxer y se
acomodó en uno de los lados de la cama. Su posición era despreocupada,
estaba sentado, apoyado en el respaldo y con la cabeza apoyada en sus
brazos que los pasaba por detrás de esta, lo que le marcaba todos los
músculos de sus brazos y su trabajado abdomen.
Mientras él no estaba, había aprovechado para lavarme los dientes y
ponerme un sexy y corto camisón de encaje color negro con bata a juego.
Mientras caminaba por la habitación guardando la ropa que me había
sacado, Alvar no me perdía pisada, su mirada me acariciaba.
—Si querías que descansáramos, no debiste ponerte ese camisón —
afirmó.
Giré para mirarlo y su sonrisa lobuna me aflojó las piernas. Tendido en la
cama, en esa posición, era una tentación que invitaba al pecado. Lo recorrí
con la mirada y luego me detuve en su boca.
—Y si me miras así, no pretenderás que me duerma como un angelito —
prosiguió.
—Tu más que un angelito pareces un demonio tentador —aseveré, y creo
que dejé un charco de baba a mi alrededor.
Largó una risotada y estiró su mano para que se la tomara. Cuando lo
hice, tironeó de mí y caí en sus brazos. Me sentó sobre él y comenzó a
besarme, a devorarme con hambre.
—Tu eres la tentación personificada, me vuelves loco —dijo, con voz
ronca y sensual, para luego apoderarse de mi boca y ya no hablar más.
Giró rápidamente, dejándome entre el colchón y su cuerpo y comenzó a
deslizarse sobre el mío en un recorrido de besos y caricias por todo mi
cuerpo que lograron enloquecerme. No sé en qué momento se deshizo de su
ropa interior y de la mía, no me di cuenta, estaba sumida en la locura de la
pasión a la que él me llevaba. Tampoco me di cuenta cuando cambiamos de
posición y yo terminé encima suyo, sentaba sobre él. Me levantó y de a poco
fue introduciéndose dentro de mí, hundiéndose cada vez más hasta que se
enterró por completo. En ese momento sus gemidos y gruñidos eran
incontrolables, eran el sonido del placer que sentía y lo más erótico que
había escuchado en mi vida, y lograban excitarme aún más, si es que eso era
posible. Él marcó el ritmo tomándome de las caderas, un ritmo que al
principio fue lento y después descontrolado. Se elevaba del colchón en
forma frenética. Los gemidos eran cada vez más altos, y cuando ya no
podíamos más, gritamos con fuerza, un grito liberador provocado por un
orgasmo que nos devastó como un huracán.
Caí sobre su cuerpo totalmente desmadejada y con el corazón bombeando
sangre a un ritmo frenético. Alvar estaba igual, su corazón parecía querer
salírsele del pecho. Casi no podíamos respirar.
Quedamos unidos durante un rato, no nos podíamos mover. Alvar
comenzó a besarme el rostro y a susurrarme:
—Te amo tanto, Dafne. En mi vida había sentido lo que siento por ti.
Cuando estamos juntos es como estar en el paraíso.
Levanté la cabeza y lo miré, su mirada era el reflejo del amor que me
declaraba.
—Te amo, Alvar. Muchísimo, no sé si se pueda amar más —declaré,
luego giré y me puse a su lado, él me rodeó con sus fuertes brazos y me
atrajo hacia sí. Nos quedamos dormidos casi al instante. Apenas pude
escuchar lo siguiente que dijo, que me sonó a melodía celestial.
—Eres mía, Dafne. Nada ni nadie nos va a separar nunca.
A la hora fijada en la invitación estábamos entrando en el salón del hotel
donde se celebraba la «Noche de máscaras». Alvar usaba esmoquin negro
con antifaz del mismo color. Yo había elegido un vestido rojo de gasa, largo
y vaporoso, con un escote pronunciado y sin mangas. El antifaz era negro,
pero estaba decorado con unas plumitas rojas.
Cuando Alvar vio que Charlie se acercaba hacia nosotros, se tensó.
—Recuerda lo que hablamos de bailar con otras personas —susurró.
—Lo recuerdo —respondí, a su afirmación.
—Buenas noches —saludó Charlie, quien vestía con esmoquin negro y
llevaba un antifaz veneciano con rombos dorados y negros.
—Buenas noches —respondimos al unísono.
—Lady in red, ¿me permite acompañarla a su mesa? —solicitó,
esbozando su sonrisa sugerente, mientras me estiraba el brazo para que se lo
tomara. Tal parecía que el mal humor que tenía en la mañana había dado
paso a su personalidad seductora, personalidad que a mí nunca me había
afectado.
—No te molestes, «Lady in red» está conmigo y yo la acompaño —dijo
Alvar, en tono cortante y tomó mi brazo y lo enlazó al suyo.
—Dime una cosa, Hills, ¿eres el gerente o el guardaespaldas de Dafne?
¡Déjala respirar, hombre! —exclamó Charlie, a quien la sonrisa se la había
borrado y volvía a su carácter malhumorado.
—Óyeme bien, Harris, ¡deja a Dafne en paz! Por si no te has dado cuenta,
ella no quiere tu compañía más allá de lo laboral —dijo Alvar, furioso, y
ambos se retaban con la mirada por atrás de sus antifaces.
—¡Basta! —exclamé, mirándolos—. Pueden dejar este enfrentamiento, yo
me sé defender sola. No quiero volver a escucharlos reñir. Charlie, puedo ir
sola a la mesa. Alvar, también va para ti.
Charlie giró y se retiró. Alvar me quedó mirando y, aunque estaba con
antifaz, pude detectar su mirada de enfado. Me soltó y me hizo una seña con
el brazo para que comenzara a caminar delante suyo y él lo hizo detrás de
mí, pero nunca se puso a mi lado. Cuando llegamos a la mesa, me sorprendió
ver a Charlie esperándonos con dos copas servidas en sus manos.
Nuevamente estaba en el papel del considerado anfitrión brindándole sus
atenciones a los invitados. Estiró los brazos para que las tomáramos, pero
sólo lo hice yo, Alvar pasó a su lado sin ni siquiera mirarlo. Todos los que
estaban en la mesa observaron esa situación con sorpresa, pero nadie hizo
ningún comentario. Saludó secamente a los presentes y se sentó. Cuando
observé las tarjetas de mesa que le indicaban a los comensales el lugar que
les correspondía, noté que yo estaba sentada entre Charlie y Richard Graner,
pero separada de Alvar, quien había quedado sentado entre Cindy y Antonia,
la señora de Graner. Miré a Charlie con desconfianza porque estaba segura
de que esa era una jugada de él y cuando Alvar detectó el cambio se levantó
inmediatamente.
—Discúlpeme, Graner, le molestaría intercambiar el asiento conmigo,
porque debe haber habido un error, yo siempre me siento al lado de la Srta.
Davidsson —solicitó.
—¡Por supuesto que no, muchacho! —dijo, mientras se paraba y dejaba
su lugar para sentarse al otro lado de su esposa.
Alvar se sentó a mi lado con una sonrisa triunfante y Charlie se tragó su
mal humor dando un gran sorbo a su bebida. ¡Iba a ser una noche larga!
Agradecí que Graner y Antonia rompieran el hielo conversando
fluidamente y logrando que el ambiente se distendiera un poco. La cena pasó
sin demasiados contratiempos, salvo las miradas y gestos provocadores que
Cindy le ofrecía a Alvar. Este trataba de hacerse el distraído, pero era
evidente que estaba incómodo porque había captado todos sus avances
directos y carentes de disimulo. Luego del plato principal comenzó a
escucharse al DJ alentando a los invitados «a colmar la pista y bailar
desenfrenadamente».
Comenzó a sonar «Uptown Funk» interpretada por Mark Ronson y Bruno
Mars. Los invitados se lanzaron a la pista y comenzaron a bailar
desaforados. Obviamente que Graner y Antonia salieron disparados hacia la
pista ni bien comenzó a sonar la canción. Cindy se acercó a Alvar y comenzó
a susurrarle algo al oído, con el ruido de la música era imposible saber que
le decía, aunque no necesitaba mucha imaginación para adivinarlo.
Alvar negó con la cabeza, aunque la miró y le agradeció. Cindy no se dio
por vencida y comenzó a tironearle el brazo. Alvar, sin levantarse de la silla,
la miró y le dijo algo que logró que Cindy quedara como piedra. No escuché
lo que le dijo, pero logró su cometido porque la chica se fue furiosa.
Mientras tanto Charlie los observaba con atención y cada tanto me miraba a
mí, evaluándome.
—¿Quieres bailar? —me preguntó Charlie.
—Te agradezco, pero por ahora prefiero disfrutar la fiesta desde aquí —
respondí, mientras sentía la mirada de Alvar sobre mi nuca. Sí, así de
penetrante era que podía sentirla, aunque en ese momento le estuviera dando
la espalda para mirar a Charlie.
—Imagino que en algún momento vas a acompañarme en un baile, ¿o no te
dejan? —insistió, Charlie.
—No sé qué estás insinuando, pero ya que lo preguntas, sí, tienes razón
—respondí sin dar más explicaciones que esa.
—¿Quién? —preguntó acercándose más de lo debido, y pude escuchar el
gruñido de Alvar.
—Voy a hacer de cuenta que no preguntaste nada porque de mi vida
privada no tengo que darte explicaciones. ¿Quedó claro, Harris?
—Clarísimo. Todo está clarísimo, no sé ni para qué pregunto —y sin más,
corrió la silla de mala manera, se levantó y se fue.
—¿Podemos irnos? Ya no tolero estar un minuto más aquí —afirmó,
Alvar.
—Sí, vámonos. Hoy el ambiente está muy tenso —respondí.
—Yo no lo llamaría exactamente tenso —dijo.
Preferí no preguntarle como lo llamaría, ya se veía que su paciencia
estaba al límite. Tomamos nuestras cosas y nos retiramos del salón. Mientras
esperábamos el ascensor, un mozo se acercó a Alvar, le entregó una nota y se
retiró. Alvar tomó el papel, lo arrugó y me miró serio.
—¿Qué dice y quien la envía? —pregunté con curiosidad, aunque el
semblante de Alvar me advertía que no me iba a gustar la respuesta.
—No sé quién la envía, sólo dice que me está esperando en una de las
habitaciones del hotel —respondió, quitándole importancia.
—¿De verdad? ¿Y no está firmada?
—No, mírala si quieres —dijo, entregándomela.
—Confío en ti, no es necesario —afirmé.
—Igual insisto en que la leas, esto me suena a trampa y ya sabemos de
quien debe ser —aseveró.
Tomé la nota, la extendí y leí el contenido:
Guapo, te espero en la habitación 3005. Te aseguro que te voy a dar
toda una noche de puro placer. Y no tengo dudas de que tú me lo darás a
mí. Te estoy esperando….
Se la entregué y él la hizo pedazos y la tiró en una de las papeleras que
estaban allí.
—¿Por qué piensas que tiene que ver con Harris? Quizás te lo propone
una admiradora. No puedes negar que tienes varias, incluso Cindy estaba
bastante más atrevida esta noche —expuse, y esa intensa molestia que sentía
cuando una mujer se le acercaba o lo miraba más de lo debido, emergió
desde lo más profundo de mi ser, transformándose en una rabia infinita, tanto
por la mujer que había tenido la osadía de enviarle la nota como por todas
las mujeres que intentaban seducirlo.
—A Cindy le dejé las cosas claras, te puedo asegurar que no es ella, a no
ser que sea corta de entendimiento —afirmó, con convencimiento.
—¿Puedo saber que le dijiste? —pregunté, incómoda. No me gustaba
indagar en eso, pero en ese momento debía obtener datos.
Alvar se sacó su antifaz y con una delicadeza extrema me despojó del mío
sin apartar su mirada de mis ojos.
—Que estaba locamente enamorado y que no tenía interés en ninguna
mujer que no fuera la dueña de mi corazón —respondió.
—¿Con esas palabras?
—Textuales —indicó.
Ya habíamos dejado pasar varios ascensores y en ese momento volvían a
abrirse las puertas de uno.
—¿Podemos irnos? —pregunté, señalando el ascensor.
—Vamos —respondió, tomando mi mano y conduciéndome al interior de
este.
Con nosotros subieron varias personas más, pero él no soltó mi mano en
ningún momento, es más, su gran mano me tenía atrapada con posesión.
—Muy romántico lo que le dijiste a Cindy —susurré, acercándome a su
oído.
—Fueron palabras sinceras, es lo que siento.
A medida que el ascensor ascendía las personas comenzaron a bajarse,
hasta quedar solos. En ese momento giró con todo su cuerpo para mirarme y
tironeó de mí para que quedara en sus brazos. Tomó mi boca con posesión,
era un beso con sabor a desesperación. Cuando logramos separarnos, apoyó
la frente en la mía, su respiración era agitada.
—Dafne, sácame de este suplicio. No puedo aguantar que otros se te
acerquen y no poder decirles que eres mía, que me perteneces en cuerpo y
alma como yo te pertenezco a ti. Los celos me están matando. No me tortures
más, por favor —imploró.
El ascensor abrió sus puertas y ninguno de los dos se movió. Cuando noté
que las puertas comenzaban a cerrarse, lo tironeé y logramos salir a nuestro
piso. Sin decir nada lo tomé de la mano y lo llevé hacia mi suite. Apenas
entramos, lo rodeé con mis brazos y lo abracé lo más fuerte que pude, él hizo
lo mismo y enterró su cara en mi cuello. Así nos quedamos por varios
minutos, abrazándonos sin decir nada. Cerrando los ojos a todo lo demás que
no fuéramos nosotros. Era una sensación placentera que trasmitía seguridad,
protección y ese sentimiento que desbordada nuestros corazones. En sus
brazos siempre me sentía así y quería trasmitirle lo mismo, quería que
sintiera que era, cómo él había dicho, el dueño de mi corazón. Quería borrar
toda la inseguridad que lo angustiaba.
—Lo haré. Quería hablar con Dom personalmente, pero mañana se lo
decimos y luego te prometo que no nos ocultamos más —afirmé.
—¿Me lo prometes? —preguntó, sin separar su rostro de mi cuello.
—Te doy mi palabra.
Comenzó a besarme el cuello en un camino imaginario hasta mi boca,
cuando llegó a mis labios los rozó, pero se mantuvo así, quieto, sólo
rozándolos y mirándome con esos hipnóticos ojos celestes que trasmitían
amor y deseo crudo.
—Dímelo —suplicó. No necesité que me dijera que era lo que quería
escuchar de mi boca.
—Te amo, Alvar.
—Te amo, Dafne.
Y se apoderó de mi boca, la poseyó por completo hundiendo su lengua y
danzando con la mía. No dejó ni un solo lugar sin recorrer. Lo sentía gemir
en mi boca y eso me hacía estremecer de placer. Él continuó atormentándome
con su lengua y sus manos. No aguantaba más, mis piernas ya no me
sostenían.
—Por favor, te necesito —supliqué.
No me hizo esperar. Nos deshicimos de la ropa. Suavemente, me hizo
inclinar sobre el respaldo del sillón y me penetró desde atrás. Comenzó a
deslizarse dentro y fuera mientras su gemidos y jadeos se intensificaban al
igual que los míos. Sentí el momento en que comenzó a estremecerse y fue
alcanzado por un orgasmo devastador que hizo catapultar el mío. Sin fuerzas,
Alvar se desplomó sobre mi espalda. Pasados unos minutos, comenzó a
besar mi espalda, me hizo girar y me llevó en brazos hasta la cama. Me
depositó con delicadeza, se acostó a mi lado y me abrazó fuerte.
—Duerme, mi amor.
—¿Alvar?
—¿Si? —respondió, con voz somnolienta.
—Esto que sentimos cuando estamos juntos, ¿se siente siempre que te
enamoras? Yo nunca estuve enamorada, pero lo que siento cuando estamos
juntos es muy fuerte, jamás sentí algo igual —me sinceré.
Me hizo girar para mirarlo. Sus ojos tenían un brillo especial.
—Yo tampoco sentí antes lo que me haces sentir. Es algo demasiado
poderoso y muchas veces me asusta—. Se quedó pensativo y luego pareció
tomar valor y prosiguió—: Sé con certeza que, si te pierdo, mi vida estaría
incompleta para siempre y no creo que vaya a sentir esto tan profundo hacia
otra persona, esto que nos pasa sólo pasa una vez en la vida, estoy
convencido de eso.
—A mí también me asusta porque este amor me hace sentir vulnerable. Tú
tienes el poder de mi felicidad —dije, acariciándole el rostro.
—Y tú el de la mía —afirmó, besándome suavemente en los labios—:
Sabes, yo lo supe desde que te vi. Cuando entré en tu oficina y mis ojos se
encontraron con los tuyos, supe que estaba perdido. Era como si hubiera
estado dando vueltas en la vida buscando algo que encontré en tus ojos, en ti.
Eras como un imán que me había atraído hasta allí, dejándome preso de ti.
Cuando te besé, tus labios fueron el paraíso y tu cuerpo mi lugar en el
mundo. Dafne, quiero pasar mi vida a tu lado.
No me había dado cuenta de que había comenzado a llorar, las lágrimas
corrían por mi rostro y Alvar las atrapaba, primero con sus manos y luego
con besos.
—¿Qué dices? —preguntó.
—Digo que sí, que quiero tenerte a mi lado para siempre, te quiero en mi
vida porque, si no estás, ya no le encontraría sentido.
—¿Le tengo que pedir tu mano a tu hermano? —preguntó, sonriente.
—¿Qué? Por supuesto que no. Además, no estamos hablando de
casamiento, ¿verdad? —pregunté, algo sorprendida.
—No, por ahora. Creo que necesitas un poco más de tiempo para
asimilarlo, es más, ya puedes seguir respirando —dijo, riendo.
—No había dejado de respirar, —dije, sonreí y añadí—: es que nunca
había pasado por mi cabeza el matrimonio, jamás pensé en casarme.
—Ya puedes comenzar a pensar en ello. Ahora, duérmete —ordenó,
sonriendo.
Me acurruqué en su cuerpo y quedé profundamente dormida. Un sueño
tranquilo, sin pesadillas ni sobresaltos, dormí protegida por las alas de un
ángel. Mi ángel. Alvar.
Capítulo 10
«Ser profundamente amado te da fuerzas, mientras que amar
profundamente a alguien te da coraje».
—Lao-Tse
V
— amos a comunicárselo a Dom —dijo, mientras estábamos sentados
terminando de desayunar.
—Dame unos minutos así pienso como decírselo —pedí.
—Las cosas salen mejor cuando no se piensan tanto, háblale con el
corazón —expresó, haciéndome un guiño.
—Eres un romántico, ¿sabes?
—Sí, lo sé. Es una de mis tantas cualidades —bromeó, y yo tomé una
frutilla y se la lancé directo a la cabeza, pero él fue rápido y la atrapó con la
mano y se la metió seductoramente en la boca.
—Eres un provocador.
—¿Romántico o provocador? —preguntó, haciéndome un guiño.
—Tienes más de lo segundo, porque estás hecho para el pecado —
comenté, y como comenzó a levantarse para venir hacia mí, me levanté de la
silla y salí corriendo a la habitación y tranqué la puerta.
—¡Cobarde! —exclamó, desde el otro lado de la puerta cuando la tanteó
y la notó trancada.
—¡Cobarde no! Porque si quieres que hablemos con Dom no puedes
hacerme perder tiempo —respondí, riendo.
—Uyyy, ¿perder el tiempo? Eso dolió.
—No seas payaso y vete a cambiar —dije, sin perder la sonrisa.
—Ok, pero me debes una. Ese comentario fue muy agresivo y creo que
inmerecido —dijo, con voz de víctima, y luego agregó—: última vez que nos
alojamos en habitaciones distintas, no puedo dormir aquí e ir a cambiarme al
lado.
—Ok —grité, desde el otro lado.
—Así me gusta, obediente y sin protestar—. Y sentí cuando se marchaba
riendo.
También me fui a cambiar porque estaba en camisón y luego me armé de
valor para llamar a Dom y confesarle mi relación con Alvar. Cuando este
volvió, ya me encontraba sentada frente a la computadora encendida,
mirándola y mirándola, como si fuera a darme alguna idea de cómo
comenzar la conversación.
—Vamos, haz la llamada —me alentó con dulzura, y trajo una silla y se
sentó a mi lado.
Apenas dos timbres y el rostro de Dom apareció en la pantalla.
—Buenos días, muchachos. ¿Se cayeron de la cama? No sé si saben que
acá es más temprano que en Nueva York —comentó, llevándose una taza a la
boca.
—Buenos días, Dom —saludamos, al unísono.
—Discúlpanos Dom, es que necesitamos hablar algo importante contigo
—dije, algo nerviosa.
—¿Sucede algo? —preguntó, con gesto de preocupación.
—No tiene que ver con los hoteles—, aclaró Alvar y añadió—: se trata
de nosotros.
—¿Pasó algo? No me digan que tuvieron problemas con Charlie Harris.
Debí imaginar que ese muchacho iba a seguir insistiendo en…
—No se trata de Harris —lo interrumpí, porque lo que menos quería en
ese momento era que Dom comenzara a relatar las veces que Charlie había
intentado seducirme delante de él.
—Se trata de nosotros, Dom. De Dafne y de mí —afirmó, Alvar.
—¿Y qué sucede con ustedes?
—Estamos enamorados —dijo Alvar, sin preámbulos.
¡Y yo que estuve preparándome los últimos diez minutos!
Se hizo un silencio ensordecedor. Alvar manoteó mi mano y la apretó,
parecía querer darme ánimo. De repente se escuchó una carcajada, ambos
miramos asombrados el rostro de Dom, descompuesto por la risa.
—¡Lo sabía! Sabía que ustedes estaban hechos el uno para el otro —
exclamó, señalando la pantalla y, por ende, a nosotros.
—¿Qué? —pregunté sorprendida por su actitud, mientras Alvar lo miraba
y sonreía, parecía haberse sacado un peso de encima.
—¡Pero, por favor!, a un viejo como yo no le pasaron desapercibidas sus
miradas, además de que bastaba verlos juntos para darse cuenta de que
estaban hechos el uno para el otro. ¡Felicitaciones! —exclamó, sin dejar de
sonreír.
Mientras Dom hablaba, comencé a recordar todas las veces en que él y su
señora habían incentivado encuentros entre nosotros; el baile, el pedirme que
lo llevara a su casa y, sin ir muy lejos, el viaje que esos dos demonios
habían declinado obligándonos a viajar solos. ¿Sería que lo habrían hecho
a propósito? Ya no me extraña nada de esos casamenteros empedernidos.
—Dom, queríamos que lo supieras por nosotros y antes que nadie
porque, dado nuestros cargos, tenemos claro que puede que no sea lo
apropiado y yo estoy dispuesto a….
—¡Pero, que disparates dices, muchacho! —exclamó Dom,
interrumpiendo la explicación de Alvar—: a nadie le importa lo que ustedes
hagan de su vida privada y, además, ¿quién se atrevería a ponerle trabas al
amor? Yo no, por supuesto y, por encima de todo, a mí me hacen muy feliz —
agregó, sin perder su sonrisa.
—Gracias, Dom. Nosotros estamos muy felices —agradeció, Alvar.
—Y tú, Dafne, ¿por qué estás tan callada? —preguntó, Dom. Alvar giró y
me miró inmediatamente.
—Dom, no queremos causar problemas. Si tu entiendes que debemos
cambiar de ofi…
—¡Basta, chiquilla terca! —me interrumpió—. ¿No has escuchado nada
de lo que dije? Ni a mí ni a nadie le debe importar su vida privada. Eso lo
digo para que entiendas, porque saben perfectamente que sí me importan
ambos y por ese motivo tanto me alegra verlos juntos. Sé lo responsable que
son en el trabajo y tengo claro que su relación no va a afectarlo en lo más
mínimo. Muy bien, ahora que quedó todo aclarado los vuelvo a felicitar, les
deseo lo mejor y me voy a seguir desayunando. Pásenla bien.
—Gracias, Dom —dije.
—Sí, gracias —dijo Alvar.
—Nada que agradecer. Avísenme cuando lleguen a Las Vegas,
simplemente para saber si llegaron bien.
—Por supuesto —respondió, Alvar.
—Mándale nuestros saludos a Malena.
—Se los daré, va a saltar en una pata cuando se lo cuente
—Ya sospechaba yo que ustedes andaban de casamenteros —acoté, pero
me volvió a interrumpir.
—Chau, chau. Nos hablamos luego. Ahhhh y, por favor, avísennos con
tiempo si deciden casarse en Las Vegas, así participamos del casorio —dijo
muy sonriente, y cortó la llamada sin darnos tiempo a replicar.
—Este hombre se ha vuelto totalmente loco o la edad lo está afectando —
comenté, sonriente.
—Él es así, se toma la vida sin darle demasiadas vueltas y sin dramas. Yo
estaba seguro de que se iba a alegrar.
—Sabes, ahora que veo como reaccionó, sospecho que ha tratado de
acercarnos. Incluso, puede que no hayan venido al viaje con el propósito de
que viniéramos solos —comenté, pensativa.
—Entonces, se lo agradezco.
—Yo también —afirmé.
A la tarde estábamos saliendo del hotel para ir al aeropuerto y embarcar
rumbo a Las Vegas. Ya nos habíamos despedidos de todas las personas que
trabajaban allí, salvo de Charlie, a quien no pudimos ver porque había
salido, pero sin decir a qué hora regresaba. Cuando íbamos en el auto recibí
un mensaje suyo:
Discúlpame por no despedirme. Pero me queda la tranquilidad de que pronto nos
veremos. Aprovecho a informarte que en unos días viajo a Las Vegas por temas
laborales. Nos vemos allí. Buen viaje.
Volví a leer el mensaje, no podía creer que ese hombre se empecinara en
querer complicar las cosas, al punto de viajar a Las Vegas, ¡para vaya a
saber qué! Nunca lo había hecho ni era necesario que estuviera presente.
—¿Pasa algo? Porque tu cara me dice que ese mensaje no trajo buenas
noticias —comentó, Alvar.
—Es de Harris.
—Ya decía yo que no eran buenas noticias —dijo, con cara de hastío.
—Y no lo son. Me informa que en unos días viaja a Las Vegas por temas
laborales.
Alvar me miró y su gesto fue contundente, estaba furioso y no lo
disimulaba.
—¡¿Para qué mierda tiene que ir a Las Vegas?!
—No lo dice, sólo que es algo laboral —respondí tratando de restarle
importancia, aunque ese mensaje me deba mala espina y me hacía poner en
alerta, aunque ante Alvar iba a disimularlo para no enfurecerlo más de lo
que estaba.
—¡Laboral y un cuerno! Ese tipo va tras de ti y veo que está dispuesto a
todo, pero voy a tener que dejarle las cosas claras —dijo, con tono
amenazante.
—Alvar, no sabemos lo que va a hacer. Veamos cómo se comporta y, si
vemos que se desubica, yo lo puedo poner en su lugar.
—Tú no te vas a acercar a él. Si se desubica, que es lo más probable, yo
me encargo.
—Sabes lo que pienso acerca de la violencia, y ahora tienes claro los
motivos de mi repulsión —le recordé.
—Lo tengo claro —respondió, y me tomó una mano y se la llevó a los
labios para darme un beso en ella.
Después de casi seis horas de vuelo, aterrizamos en la ciudad de Las
Vegas. Estaba ansiosa por reencontrarme con mi hermano, hacía varios
meses que no nos veíamos y lo extrañaba muchísimo. Salvo que tuviera una
reunión impostergable, caso en que enviaba a alguien por mí, siempre venía
personalmente a buscarme al aeropuerto.
Por otro lado, también estaba algo nerviosa porque era la primera vez que
llegaba con «novio», más bien era la primera vez que tenía novio, y no sabía
cómo iba a reaccionar Fran ante Alvar. Tenía claro que, si yo era feliz, él
también lo era, pero igual me generaba cierto nerviosismo.
Lo divisé a lo lejos esperándonos con una sonrisa radiante. Mi hermano
era un hombre alto y buenmocísimo, todos lo veían igual al actor Eric Dane
cuando este último tenía su edad, 32 años. Nos acercamos rápidamente y él
estiró sus brazos para que me zambullera en ellos. Cuando estuve allí, volví
a sentirme una niña protegida por su hermano mayor, él siempre me hacía
sentir así, amada y protegida.
—¡Cuánto te extrañé, Pitufina! —exclamó, mientras apretaba el abrazo y
me besaba la cabeza.
—Yo también, Keeper, muchísimo.
Me incliné hacia atrás para mirarlo sonriente y vi que Alvar estaba a
nuestro lado, observándonos y esperando a ser presentado. Me removí un
poco para zafar del abrazo y tomé a Alvar de la mano. Ahora mi hermano
nos miraba con seriedad, pero fue él quien se encargó de las presentaciones
porque se me adelantó y no me dejó hacerlo.
—Y tú eres el famoso Alvar Hills, él que le robó el corazón a mi
hermanita —dijo, mirándolo con seriedad.
Alvar estiró la mano para saludarlo, pero mi hermano se la tomó y tiró de
él para darle un abrazo y palmearle la espalda.
—Deja la formalidad y dame un abrazo, ya hemos hablado por teléfono y,
además, si la haces feliz, eres más que bienvenido a esta peculiar familia de
dos —dijo, y luego de varias palmaditas, lo soltó para mirarlo.
—Es un honor. Y créeme cuando te digo que la felicidad de Dafne es
prioridad para mí, porque estoy totalmente enamorado de tu hermana.
—¡Bienvenido, entonces! —dijo, sonriente.
—Gracias —respondió, Alvar.
—¡Mira que resultó alto! —dijo Fran, mirándolo—: Yo que me creía un
hombre alto con mi más de metro ochenta y tú me sacas como diez
centímetros.
—Altura perfecta para Dafne que es una mujer alta —comentó, Alvar.
—Alvar, ya me convenciste de que hacen buena pareja, no tienes que
seguir enumerándome tus cualidades —dijo Fran, y todos comenzamos a reír.
La tensión del primer encuentro había pasado y ya hablaban con
confianza. Mi hermano era una persona sencilla y muy social con los que le
caían bien, y no dudaba de que con Alvar iban a tener una buena relación.
Fran tomó mi maleta y nos dirigimos hace su auto. Le dije a Alvar que
fuera adelante, junto a Fran, porque me pareció que ayudaba a que no se
sintiera excluido. El trayecto fue corto, pero hablamos de varias cosas y con
fluidez. Fran le preguntó mucho sobre su familia y sobre cuadros de fútbol,
parecía que Alvar también era fanático de ese deporte.
El hotel de mi hermano se llamaba «Growth Luxury Hotel» y, para mi
hermano, su nombre tenía que ver con nuestro crecimiento en la vida, con
nuestra superación. Al llegar, tomé valor para decirle a Fran que no me
hospedaría con él. Mi hermano vivía en el último piso del hotel, un
apartamento con todas las comodidades y en donde yo tenía mi propio
dormitorio. Apenas ingresamos, lo tomé del brazo y lo hice mirarme.
—Fran, no me voy a quedar en tu apartamento, me voy a hospedar con
Alvar —afirmé, con incomodidad.
—¿Cómo? —preguntó Fran, con cara de sorpresa.
—Es que con Alvar queremos dormir juntos —dije nerviosa, y como noté
que no me había expresado de la mejor forma, lo quise arreglar, pero sólo
hice un incómodo trabalenguas—: bueno, en realidad no quiero decir dormir
en el sentido de…, digo, dormir dormimos— los miré a ambos que me
miraban y ya no podían aguantar la risa—, es que estoy nerviosa y no me
expreso bien.
Y ya no aguantaron y largaron una carcajada.
—Eres muy buena con los discursos y convenciendo a las personas, pero
déjame decirte que ahora has sido un completo desastre, además, me has
dado más información de la que me hubiera gustado —comentó Fran, sin
parar de reír.
—Comparto —apoyó Alvar, también riendo.
—Listo, si me entendieron no tengo más que aclarar. Con Alvar queremos
compartir habitación —finalicé, mirándolos seriamente.
—Haberlo dicho así. Eso de dormir y no dormir, o dormir en un sentido
que no entendí —siguió mofándose, Fran.
—¿No vas a decir nada? —pregunté, mirando a Alvar.
—No creo que tenga más que agregar, te encargaste de dejar todo muy
claro —respondió, pero sin poder aguantar la risa.
—Ok, Ok, no la torturemos más. ¿Así que quieren compartir una
habitación?
—Espero que no lo tomes a mal, pero queremos estar juntos. En Nueva
York no lo pudimos hacer y a partir de ahora no queremos separarnos —dijo
Alvar, tomándome de la mano.
—¿Eso significa que decidieron convivir? —preguntó, entre extrañado y
sorprendido.
—Puede ser, aun no lo hemos hablado. Por ahora, mientras estemos de
viaje, no queremos «dormir» separarnos —acotó, Alvar, poniendo énfasis en
la palabra dormir.
—¿Y a ti te comieron la lengua los ratones o quedaste exhausta después
de la explicación detallada que nos brindaste? —preguntó, mi hermano.
—No te sigas burlando. Alvar lo explicó muy bien, no tengo nada más
que añadir.
—Muy bien, veamos que habitación les podemos asignar —dijo Fran, y
se fue hacia la recepción a hablar con sus empleados.
—Un tipo interesante tu hermano. Me cae bien. Veo que trata de tomarse
lo nuestro con calma, pero es evidente que recién lo está digiriendo. Lo
entiendo, no debe ser fácil que tu hermana se presente con su novio y te pida
una habitación para ambos —afirmó Alvar, mientras lo observaba.
—No lo debe ser, sobre todo porque Fran es muy cuida. Además, es la
primera vez que le presento a alguien.
—Y la última —afirmó, con convencimiento.
Saludé a todas las personas que trabajaban en el hotel porque a la gran
mayoría las conocía de hacía muchos años y simpatizaba con ellos. Es más,
en muchas ocasiones, varios fueron asignados como mis guardaespaldas
dado que mi hermano era un poco cuida de más.
Mientras estábamos cenando en el restaurante del hotel, aproveché para
comentarle a Fran el último mensaje de Charlie Harris.
—¿Podrías averiguar si se va a hospedar aquí? —pregunté.
—Ya mismo lo averiguo —respondió, tomó su teléfono e hizo una
llamada en la que le confirmaron que aún no tenía reserva en el hotel.
—Estoy convencido de que ese tipo se trae algo entre manos —dijo
Alvar, con semblante serio.
—Voy a hacer algunas averiguaciones, pero quédense tranquilos, ¿qué
puede hacer?
—No lo sé, pero nadie me saca de la cabeza de que está obsesionado con
Dafne —afirmó, Alvar.
—¿Está al tanto de su relación?
—Yo se lo di a entender en una de nuestras últimas conversaciones —
comenté.
—Lo debe saber, no se olviden de las cámaras de los hoteles. Si él quería
averiguar, bastaba con analizar las filmaciones. Supongo que en algún
momento los habrá visto juntos.
—No lo pensamos —dijo Alvar, preocupado.
—Ya veo. Si es así como dijiste, les aseguro que es bastante peligroso
mostrarse feliz delante de un codicioso. Pero no podemos hacer nada, sólo
tenerlo vigilado —afirmó, mi hermano.
—Yo no creo que haga nada malo, como mucho, seguirá insistiendo en
que salgamos, seguramente ni eso.
—Y yo voy a seguir insistiendo en partirle…. —expresó Alvar, pero nos
miró a ambos y no terminó la frase, tanto mi hermano como yo lo mirábamos
con reprobación. La violencia no tenía cabida en nuestras vidas.
—No será necesario —dijo Fran, y luego agregó—: tengo gente que lo
puede tener vigilado y también les puedo poner seguridad…
—De ninguna manera. Pero ¡por favor! Parece que estuviéramos hablando
de un terrorista, es simplemente el gerente de un hotel de la cadena de Dom,
sólo se ha puesto un poco cargoso, nada más. No voy a permitir que sigan
haciendo drama por esto. El tema se terminó aquí —finalicé.
—Yo no diría que sólo «se ha puesto un poco cargoso», insisto, está
obsesionado y, cuando confirme que estamos en pareja, no sé de lo que será
capaz —comentó, Alvar.
—No voy a seguir perdiendo el tiempo con este tema —insistí.
—Muy bien, como quieras —dijo Fran, pero, aunque se mostraba
desinteresado sabía que mi hermano iba a tener a Charlie bajo la lupa—: ¿A
qué hora tienen la reunión de mañana?
—A las nueve en el hotel de Dom —respondí.
—Tienen uno de los autos del hotel con chofer a su disposición.
—Gracias —dijo, Alvar.
—No son necesarias —respondió Fran, haciendo un gesto con la mano
para restarle importancia, y añadió—: además, todo lo que ves aquí también
es de Dafne, lo mío es de mi hermana. Ojalá un día la pueda convencer de
que deje al viejo Dom y se venga conmigo —comentó, mirándome sonriente.
Luego de cenar, nos quedamos un buen rato charlando, no sé si Alvar se
deba cuenta, pero mi hermano no perdía oportunidad para averiguar sobre su
vida. Él respondía a cada una de sus preguntas sin titubear y también
aprovechaba para preguntar sobre la vida de Fran y la mía.
Mientras charlábamos, recibí una llamada de Sari. Ella estaba al tanto de
mi relación con Alvar, pero no le había dado muchos detalles de todo lo que
ese hombre me hacía sentir, prefería contárselo personalmente. Obviamente
que, al enterarse había alardeado bastante sobre «su buen ojo para darse
cuenta de que entre nosotros pasaba algo», textuales palabras de mi amiga.
Les dije a ambos que era una llamada de mi amiga y atendí.
—¡Hola, Sari!
—¿No piensas llamarme para darme más detalles de tu vida amorosa con
el grandote y bello rubio? o ¿es que no salen de la cama? —reclamó.
—En este momento estoy con Alvar y Fran porque hoy llegamos a Las
Vegas —dije, tratando de que entendiera de que no era el momento para
hablar de eso.
—¿Estás con tu hermano? Ayyy, Dios mío, ¡quien pudiera! Con esos dos
ejemplares, debes ser la envidia de todas las mujeres.
—Ambos te mandan sus saludos —le trasmití.
—Gracias, pero dile a tu hermano que de él quiero otra cosa —dijo,
riendo.
—Fran, dice Sari que…
—Espera, espera, —comenzó a gritar desesperadamente,
interrumpiéndome—: ¡no te atrevas, Dafne Davidsson!
—Cobarde —susurré, en el teléfono.
Miré a Fran que me observaba esperando le dijera lo que había dicho
Sari.
—Discúlpame Fran, es que Sari vio una araña y se puso a gritar y me
distrajo —expresé, y noté que Alvar y Fran se miraban sin entender nada.
—¿Queeeee? ¡Te volviste loca! —exclamó, mi amiga.
—Como te decía Fran, dice Sari —continué sin prestar atención a los
alaridos de mi amiga que me amenazaba con varias cosas, la más leve era
una muerte dolorosa—: si alguna vez la vas a invitar a pasar unos días aquí
—finalicé, teniendo de fondo los gritos de mi amiga.
—¡Me las vas a pagar, Dafne!
Fran me miró sorprendido por el pedido.
—Dile a Sarisha que no soy rencoroso y la tomatada está olvidada, que te
acompañe la próxima vez que tú vengas que yo la invito —dijo sonriente.
Yo acerqué el teléfono a Fran para que ella escuchara, no me animé a
ponerlo en alta voz por si mi amiga se mandaba alguna frase que la pudiera
avergonzar. Tampoco me extrañó que mi hermano no se la jugara a realizar
una invitación para ella sola, sabía que era hábil para ese tipo de respuestas
y, si bien no sospechaba del enamoramiento de mi amiga por él, nunca se iba
a comprometer en algo que pudiera dar a entender algún tipo de interés. Lo
entendía, antes de conocer a Alvar, yo era igual. Esperaba que él también
pudiera encontrar el amor, se merecía ser absolutamente feliz.
—Dile que le agradezco, pero no creo que se concrete, porque ahora que
tienes novio tu pobre amiga pasó a segundo lugar y no la vas a llevar de
dama de compañía —dijo, en plan de mártir.
—Dice que para la próxima la tienes aquí — respondí, sin tener en cuenta
lo que ella había dicho, la estaba gozando porque normalmente era yo la
víctima de los comentarios de Sari.
—Más te vale que te quedes en Las Vegas porque si vuelves te estrangulo
con mis propias manos. Y ahora te dejo para que sigas disfrutando de esos
dos. Mañana hablamos.
—Hasta mañana —respondí sonriente, y cortamos la llamada.
Cuando miré a mis acompañantes, me miraban serios y como si yo fuera
sospechosa de algo. No le di importancia a su mirada acusatoria y me
levanté de la silla.
—Bueno, será mejor que nos vayamos a descansar porque mañana nuestro
día comienza muy temprano —señalé.
—¿Y no pueden quedarse un poco más? —preguntó Fran, y me
sorprendió verlo reacio a dejarnos ir, parecía que el hecho de que estuviera
allí y no me quedara con él, lo angustiaba más de lo que pensaba.
Me acerqué y lo abracé.
—Si mañana no tienes mucho trabajo, después que volvamos de la
reunión, pasamos el día juntos, ¿te parece? —le dije, mirándolo dulcemente.
—Está bien, Pitufina. Vayan a descansar. Avísame si precisan algo —
comentó, y me dio un beso en la mejilla.
—Te quiero, Keeper—. Y le devolví el beso
—Buenas noches, Fran, y gracias por todo —dijo Alvar, que ya estaba de
pie.
—Ya te dije que no tienes nada que agradecer. Cuídala —dijo con una
sonrisa que no la trasmitió con la mirada.
Estaba claro que mi hermano estaba pasando por esa situación en la que
piensan que han perdido a la «hermanita» y que ya nunca va a ser lo mismo.
En parte era así, ahora también compartiría mi tiempo allí con Alvar, pero
tenía que demostrarle a Fran que no me había perdido.
Llegamos a la suite y Alvar se sacó los zapatos y se derrumbó en la cama,
mirando hacia el techo y con los brazos cruzados bajo su cabeza.
—Estás agotado —afirmé.
—Un poco, pero con energía suficiente para mi actividad preferida.
—Mira tú. Y, ¿cuál es esa actividad? —pregunté, sabiendo la respuesta
de antemano.
—Hacer el amor contigo —declaró, con un tono de voz ronco y sensual.
Estiró un brazo para que tomara su mano, pero lo miré desafiante y no lo
hice.
—El problema es que yo estoy agotada. Me vas a tener que convencer de
participar en esa actividad.
—Uuuyyy, eso dolió —dijo, agarrándose el pecho con la mano que había
estirado un momento antes, y luego añadió con una sonrisa sensual—: por
más que ese comentario no le haga muy bien a mi hombría, me tengo mucha
confianza para convencerte.
No me dejó reaccionar, se abalanzó sobre mí y me tiró en la cama con la
espalda pegada al colchón. Me subió el vestido hasta la cintura y se deshizo
de mi ropa interior. Al instante lo tenía entre mis piernas haciéndome olvidar
del cansancio, de lo que me rodeaba y del mundo entero, salvo de él y de
todas las sensaciones que me hacía sentir en ese momento. Cuando comencé
a convulsionar por el potente orgasmo al que me llevó, se introdujo en mí de
a poco y sin dejar de mirarme, hasta que con un fuerte gemido se hundió por
completo. Sus embestidas tenían un ritmo frenético que me llevaron
nuevamente al límite y juntos estallamos en un orgasmo demoledor que nos
llevó más allá del placer. Se dejó caer sobre mí, abrazándome fuerte y con
sus labios en el hueco de mi cuello. Nuestros corazones latían frenéticamente
y de a poco comenzábamos a recuperar el aliento. Sentí que se elevaba un
poco y abrí los ojos para mirarlo. Sus hermosos ojos celestes relucían y el
amor que reflejaban me hicieron estremecer.
—Te amo, Dafne.
—Yo también te amo, Alvar.
—Repítemelo —suplicó, sin dejar de mirarme a los ojos.
—Te amo, Alvar Hills.
Subí una mano y le delineé los labios para luego elevarme y tomarlos con
mi boca. Fue un beso suave y dulce, cargado de sentimientos y que conectó
nuestras almas. Cuando nuestros labios se separaron, nos miramos y nos
abrazamos fuerte, y así nos quedamos por varios minutos. Luego Alvar giró y
se colocó a mi lado, pero sin dejar de abrazarme. Me retuvo entre sus brazos
hasta que el agotamiento le ganó y cayó dormido.
Capítulo 11
«Cuando el debate está perdido, la calumnia es la herramienta del
perdedor».
—Sócrates
Un rato antes de las nueve de la mañana estábamos entrando al hotel de la
cadena hotelera «DT Hotels Group» ubicado en The Strip de Las Vegas, la
avenida principal de la ciudad, para la reunión que mantendríamos con el
cuerpo gerencial de ese hotel. Sabíamos de antemano que la reunión sería
extensa porque en la primera parte hablaríamos de la concreción de los
planes planteados para ese año y luego nos dedicaríamos a los planes
previstos para el año que se avecinaba. Como siempre, Dom, Lavinia y Mike
participarían de la misma en forma virtual. Ya habíamos estado hablando con
ellos para organizarnos y teníamos todo planeado y bajo control.
Después de los saludos protocolares y de la presentación formal de
Alvar, la reunión transcurrió de la forma planificada y en los horarios
previstos. La primera parte se extendió por más de cuatro horas, se hizo un
corte para almorzar y a las tres de la tarde retomamos las actividades hasta
las seis.
Cuando salimos del hotel estábamos contentos con los resultados y la
información obtenida, pero exhaustos.
El chofer de mi hermano nos estaba esperando para llevarnos nuevamente
al «Growth Luxury Hotel» ubicado a unas cuadras de allí. Como necesitaba
despejarme, le propuse a Alvar ir caminando. Él también necesitaba tomar
un poco de aire fresco. Para no ir cargados, le pedimos al chofer que se
llevara en el auto nuestras computadoras y todo lo relacionado con el trabajo
y se lo entregara a mi hermano.
Caminamos disfrutando de todo ese colorido, bullicio y movimiento.
Cuando llegamos a las fuentes del Hotel Bellagio nos quedamos allí unos
minutos esperando a que comenzara el espectáculo de las aguas danzantes.
La melodía comenzó a escucharse y realmente sentí una emoción que me
erizó toda la piel del cuerpo. Alvar me abrazó fuerte y mientras me miraba,
sus ojos brillaban como el cielo de verano. La melodía que se escuchaba en
ese momento era «My heart will go on» y, escucharla y ver esos chorros de
agua y las luces danzar el compás de la música, estando abrazada a mi Dios
vikingo, me hizo sentir una profunda emoción. Había visto ese espectáculo
en muchas ocasiones, pero nunca había llegado a emocionarme de esa
manera. El amor es poderoso, transforma un instante cualquiera en algo
sublime. Dejé de mirar el espectáculo y lo observé a Alvar. Él sintió mi
mirada y giró el rostro. Nuestras miradas se encontraron nuevamente y no
necesitamos palabras, el amor lo dijo todo. Estábamos totalmente prendados
el uno del otro.
Al llegar al hotel de mi hermano y, mientras esperábamos el ascensor, mi
teléfono vibró. Lo saqué del bolso y me llamó la atención que fuera un
mensaje de Charlie Harris.
Te espero hoy a las diez en el bar del hotel de nuestra empresa. Te conviene estar allí e
ir sola.
Lo leí nuevamente porque no lograba entenderlo.
¿Me está amenazando? Este hombre enloqueció.
Lo leí por tercera vez, no salía de mi asombro. Cuando levanté la vista
me encontré con la mirada seria y preocupada de Alvar.
—¿Pasa algo? —preguntó, con el ceño fruncido.
—No, nada. Es un mensaje de Sari, parece que nuevamente tiene
problemas con su novio —mentí descaradamente porque algo en mi interior
me dijo que no debía comentarle ese disparate. Al hacerlo me sentí terrible,
pero sabía que, si él lo leía, iba a presentarse en el lugar fijado por Harris y
no estaba segura de lo que podía llegar a pasar. De ninguna manera
permitiría que la idiotez de ese hombre perjudicara a Alvar.
Cuando llegamos a la suite, Alvar me propuso bañarnos juntos, pero tenía
que responder el mensaje y quería hacerlo pensando muy bien las palabras,
por eso le dije que iba a ir a saludar a mi hermano y de paso traería nuestras
cosas, y que me le uniría en un rato. Puso mala cara, pero no protestó. Salí
de la suite y me fui al lugar que sabía me daría la tranquilidad necesaria para
pensar la respuesta, el apartamento de mi hermano. Estaba segura de que a
esa hora no estaría allí y tuve razón. Cuando entré, el lugar estaba
completamente vacío y me dirigí a mi dormitorio y me senté en mi cama a
pensar. Luego de dar muchas vueltas, decidí que una llamada era la mejor
opción. Sólo sonó una vez y sentí su melosa voz.
—Dafne, ¡que grata sorpresa!
—No creo que estés sorprendido después del mensaje que me enviaste.
Espero que haya sido una broma, porque si no lo es, tengo que pensar que
valoras muy poco tu trabajo —afirmé, con toda la rabia que sentía, pero el
imbécil sólo emitió una sonora risa.
—Dafne, Dafne, Dafne. No me amenaces, hermosa, no estás en
condiciones de hacerlo.
—¡Tú, no me amenaces! No entiendo que es lo que pretendes, pero dilo
de una vez porque no quiero perder más tiempo. Está claro que no pienso ir
a encontrarme contigo, así que tienes sólo esta oportunidad para decirlo o
corto esta llamada. Te advierto, Harris, que esto no va a quedar así, ahora sí
te pasaste.
—No has entendido, Dafne. Si no vienes, el que va a tener problemas no
soy yo, sino tu querido hermanito. Si realmente lo aprecias, te conviene venir
a escuchar lo que tengo para decirte, tú decidirás después lo que debes
hacer. Ahhh, y está claro que nadie se tiene que enterar de nuestro encuentro
ni de esta conversación. Nos vemos hoy a las diez —fue lo último que dijo y
cortó la llamada.
Me quedé mirando el teléfono sin saber que pensar ni hacer. Era una
amenaza en toda regla. Estaba segura de que mi hermano no me ocultaba
nada, pero Harris era capaz de cualquier cosa con tal de hundirme, y sabía
que hacerle algo a mi hermano, era hacérmelo a mí. Ahora me daba cuenta
del tipo de persona que era. Me encontraba en una encrucijada y no tenía
idea de cómo solucionarlo. No quería ni imaginar las consecuencias de
contárselo a Alvar o Fran, ellos no se iban a quedar de brazos cruzados.
Pensé en hablar con Dom, pero seguramente al estar tan lejos y no poder
hacer nada, iba a terminar llamando a mi hermano, por lo tanto, tampoco era
una opción.
¿Qué hago? ¡Maldito, Harris! ¡Considérate despedido!
Decidí que iría a ese encuentro para escuchar lo que tenía para decir,
porque me temía que podía haber inventado algo para perjudicar a Fran. El
problema era como hacerlo sin decir una palabra, esa era toda una misión
imposible. Comencé a caminar por mi habitación como una desquiciada.
Normalmente, caminar me ayudaba a pensar, pero esa vez mi mente estaba en
blanco. Sonó mi teléfono y estaba tan concentrada que di un brinco. Era una
llamada de Sari, y en ese momento me pareció que era una señal, algo me
dijo que se lo tenía que contar. La atendí y le relaté todo lo hablado con
Harris. Sari no lo conocía, pero estuvo de acuerdo en que tenía que ir. Se le
ocurrió que dijera que ella me había pedido como favor pasar por la casa de
una amiga suya que estaba con dificultades económicas a llevarle un dinero
de su parte, y que era preferible que fuera sola para no hacerla sentir mal. Si
lo pensaba bien, era una estupidez, pero no tenía muchas más opciones. Sari
me iba a llamar cercano a las nueve para tener esa conversación y ser más
convincentes.
Volví a la suite y Alvar recién salía del baño, sólo se cubría con una
toalla atada a la cintura. Su pelo rubio mojado chorreaba agua a su glorioso
cuerpo y lo hacía ver más sexy, si es que eso era posible. Me quedé
mirándolo embobada y por unos segundos me olvidé del problema que me
había generado Harris.
—¿Recién llegas? —preguntó, sacándome del embeleso.
—Es que me quedé esperando a Fran en su apartamento, pero no llegó,
así que decidí volver —respondí, pero sabiendo que mi cara de culpable me
podía delatar porque no me gustaba mentir y, hacerlo, me sentía una mala
persona.
—¿Quieres que entremos al jacuzzi? El agua está templada —propuso
con una sonrisa pícara, mientras se acercaba.
—Me parece una gran idea. Espérame allí mientras me doy una ducha
rápida —planteé, le di un suave beso en los labios y me encaminé
rápidamente hacia el baño.
Cuando llegué al jacuzzi, Alvar ya estaba dentro y no llevaba nada
puesto. Estaba con los ojos cerrados. Yo me había envuelto en una toalla y lo
observaba con deseo. Debe haberme escuchado llegar o mi penetrante
mirada lo alertó, porque abrió los ojos y me miró con esos hermosos ojos
celestes cargados de anhelo.
—Quítate la toalla —ordenó.
Lo hice, y pude ver como sus ojos se oscurecieron mientras me recorría
con su intensa mirada, parecía extasiado. Estiró su mano para que se la
tomara y me guio hasta él.
—Siéntate sobre mí, mi amor —indicó, mientras me ayudaba a hacerlo y
me pegaba a su candente cuerpo. Cuando estuve sentada a horcajadas sobre
él, me incliné y devoré su boca con pasión. Lo necesitaba con urgencia.
Todo lo vivido con Harris me había alterado y necesitaba a Alvar en mí.
Acaricié su pelo húmedo y lo insté a entrar en mí.
—Te necesito, mi amor.
—Y yo a ti —dijo, me elevó con sus manos y me invadió por completo.
Comencé a moverme buscando el ritmo y cuando lo encontramos, un ritmo
frenético al que ambos nos amoldamos, llegamos al clímax a la vez. Ambos
gritamos descargando en ese momento todo el placer sentido. Alvar me besó
suave y largamente. Luego apoyo la cabeza en el jacuzzi y yo en su hombro.
Por unos minutos no dijimos nada, sólo nos quedamos así, abrazados y
dejando que nuestros latidos se normalizaran. Al cabo de un rato, Alvar
rompió el silencio.
—¿Qué es lo que te preocupa? —preguntó, tirando de mi hacía atrás para
mirarme a los ojos con una mirada penetrante y gesto serio.
—¿Por qué lo preguntas? —pregunté, totalmente sorprendida por su
capacidad para descubrir mi estado de ánimo.
—Porque te conozco y sé cuándo algo anda dando vueltas en esta
hermosa cabecita. Cuéntame que es lo que te preocupa —dijo, apoyando su
dedo índice en mi frente.
—No estoy preocupada, quizás algo cansada, nada más —afirmé,
tratando de ser convincente, pero por su mirada, sabía que estaba fracasando
estrepitosamente. Alvar no me creía una palabra.
En ese momento escuché el ringtone de mi celular y miré hacia atrás
buscándolo y tratando de desviar su mirada.
—Te salvó la campana, por ahora —dijo y deshizo el abrazo para que me
pudiera parar. Tomé la toalla que había dejado cuando entré al jacuzzi y me
envolví en ella. Al tomar mi celular vi que era una llamada de Sari y todo
volvió a mi mente. Tenía que actuar como si no supiera lo que me iba a
decir, realmente me sentía traicionera y mentirosa. Pero lo tenía que hacer
por él y por Fran.
¡Que Dios me ayude! Aunque dudo que Dios ayude a las mentirosas,
aunque sean mentiras con buenas intenciones.
Antes de atender, miré a Alvar que seguía recostado en el jacuzzi, pero
estaba alerta a lo que yo hacía. Le tiré un beso y atendí.
—Hola, Sari —respondí.
—Hola, Dafne. Sabes que estoy sumamente preocupada. Ahora tengo
dudas y no sé si es buena idea que vayas sola.
—No hay problema, pásame los datos por mensaje que yo me encargo de
ir hoy mismo —dije, como habíamos quedado, pero prestando atención a lo
que decía mi amiga en ese momento. No me gustaba preocuparla, pero, por
otro lado, me daba tranquilidad que alguien supiera realmente donde iba a
estar.
—Ya veo que vas a hacerlo. Bueno, en ese caso tengo que pedirte varias
cosas, primero que me avises inmediatamente cuando termines el encuentro
con ese lunático, así me cuentas que fue lo que planteó y, segundo, tienes que
pasarme los teléfonos de Alvar y Fran y prometerme que cualquier problema
que surja con ese tipo, me vas a hacer sonar el teléfono y yo llamo a Fran o
Alvar inmediatamente. Si no me llamas en hora y media, máximo, los llamo a
ellos. Bueno, mejor en una hora…
—No tengo problema en ir sola si a ti te parece que es lo mejor —dije,
interrumpiéndola, porque sabía que Sari podía estar horas dándome
indicaciones.
—Pásame los teléfonos a-h-o-r-a, o llamo al hotel y pido por tu hermano
—ordenó, pronunciando «ahora» lentamente y en tono más alto.
—Sí, no hay problema.
—Ten cuidado y tenme al tanto, ¡por favor! —suplicó.
—Yo me encargo. Nos hablamos.
—Pásame los teléfonos —fue lo último que dijo, antes que le cortara la
llamada.
Para dejarla tranquila, le mandé un mensaje con los teléfonos de Fran y
Alvar. Cuando levanté la cabeza, me encontré con que Alvar ya había salido
del jacuzzi, se había atado la toalla a la cintura y me miraba con seriedad.
—¿A dónde tienes que ir? —preguntó, con el ceño fruncido.
Le relaté la historia que habíamos ideado y, mientras lo hacía, su ceño se
fruncía cada vez más.
—Ni pienses que vas a ir sola a un lugar que no conoces y a estas horas
—afirmó tajantemente, mientras sus hermosos ojos me seguían mirando
fijamente.
—Se lo prometí a Sari y lo voy a hacer, esa chica está esperando el
dinero que le voy a llevar porque lo necesita con urgencia.
—Pues yo voy contigo y no se discute más.
—Yo no soy una niña a la que puedes dar órdenes. Vivo sola, siempre me
manejo sola en todo y no necesito que me acompañes —afirmé, y giré para
irme a vestir, pero me lo impidió tomándome del brazo.
—Si no quieres que te trate como a una niña no te comportes como una.
Imagino que tienes claro que no puedes ir sola a un lugar que ni sabes donde
es. Puedes entrar sola a la vivienda, aunque tampoco me gusta, pero yo voy
contigo hasta el lugar.
—No me comporto como una niña, eres tú el que se comporta como un
controlador. Voy a ir en un auto del hotel y esta conversación se terminó
aquí.
—Dafne… —dijo, con seriedad y poniéndose las manos en la cintura.
—Dafne, nada —lo interrumpí, y esta vez giré y me dirigí a la habitación
a vestirme. Sabía que todo lo que me había planteado era coherente y que
tenía razón, pero, por más que había abusado de su paciencia
comportándome como una caprichosa, no podía retractarme. Necesitaba ir
sola y, si el enojo me daba esa posibilidad, tendría que dejar que se enojara
y luego que todo pasara me disculparía.
Cuando salí de la habitación Alvar no estaba por ningún lado. Me
angustió saberlo enojado y con razón y no poder disculparme. ¡Maldito
Charlie Harris!
Me había vestido totalmente informal, no quería que Harris pensara que
había hecho un esfuerzo para arreglarme como si fuera una cita. Iba con
jeans y una blusa blanca. Tomé un bolso, guardé mi celular y salí de la
habitación. Le avisé a Sari que estaba saliendo y me deseó suerte, aunque
estaba sumamente preocupada por mí. Yo estaba nerviosa, pero no por lo
que me fuera a plantear, sino por haber tenido que inventar una historia para
poder ir y por tener que mentirles a mis afectos.
En el momento en el que estaba saliendo del hotel, divisé a Alvar y Fran
caminando juntos y charlando, ambos tenían el ceño fruncido y Alvar
hablaba con seriedad. Se dirigían a los ascensores. Supuse que le había
comentado a mi hermano la situación e irían a hablar conmigo para hacerme
entrar en razón. Por unos segundos no me había cruzado con ellos. Lo peor
era que a la vuelta tendría que enfrentar la furia de los dos.
Al hotel de la compañía llegué unos minutos pasadas las diez y me dirigí
inmediatamente hacia el bar. Al entrar, busqué con la mirada a Charlie y lo
vi sentado en la barra, mirándome sonriente. Tenía en la mano una copa y la
alzó en mi dirección haciendo un brindis imaginario. Me encaminé hacia allí
con paso firme, estaba furiosa.
—Dime lo que tengas para decirme y luego ve buscándote otro trabajo —
afirmé, cuando llegué a su lado.
Su carcajada fue tan sonora que varias personas se giraron en nuestra
dirección. Él ni se inmutó por esas miradas, dejó la copa en la barra y me
indicó con la mano que tomara asiento.
—Siéntate, no vayas tan de prisa que tenemos varias cosas para hablar.
—No tengo tiempo para tus estupideces. Tienes cinco minutos.
—En eso te equivocas. Tengo todo el tiempo del mundo. Toma asiento,
por favor —insistió con tranquilidad, y a mí su actitud me alteró aún más, si
es que eso era posible, ya estaba a punto de explotar. Tenía unas ganas locas
de agarrar la copa y tirarle el contenido en su rostro.
Volvió a señalarme el asiento a su lado, pero yo no pensaba sentarme. Lo
miraba desafiante, pero él parecía tener toda la confianza del mundo porque
me miraba con una gran sonrisa.
—Como quieras, aunque creo que es mejor que estés sentada, por más
que yo puedo ofrecerte mis brazos si tus piernas flaquean —dijo con sorna,
luego su sonrisa desapareció y me miró seriamente.
—Sé que estás acostándote con Hills, pero eso se terminó. A partir de
esta noche, Hills es historia.
—¿Qué estás diciendo? ¡¿Con qué derecho me vienes a plantear este
disparate?! —exigí, totalmente desquiciada.
—Con el derecho de tener información sobre tu queridísimo e intachable
hermanito, información que lo puede hundir y que estoy dispuesto a hacer
pública si no haces lo que te pido. ¿Quieres saber de qué se trata?
—Para eso vine —respondí con ironía, aunque el sólo hecho de que
estuviera amenazando a mi hermano comenzaba a preocuparme.
—Ambos sabemos que tu hermano es un asesino, más precisamente, el
asesino de su padre —afirmó, mirándome con suficiencia. A mí, las piernas
se me aflojaron y tuve que arrimar mi cuerpo a la barra para no perder el
equilibrio. Ese canalla sabía de nuestro pasado—. Además, también sé que
su padre era un borracho golpeador y, por lo visto, el hijo sigue su camino
de excesos porque..
—¡Deja de decir disparates! —lo interrumpí, y luego en un ataque de
furia le apunté con el dedo en el pecho y proseguí—: Mi hermano es un
hombre decente. El único asesino era su padre, si no fuera por mi hermano,
estaríamos todos muertos. Lávate la boca antes de hablar de mi hermano,
¡maldito hijo de puta!
—Cuida esa boquita, Dafne. Ese léxico no es propio de una persona con
el cargo que tienes. Cálmate y escúchame —ordenó, con seriedad.
Tomó su teléfono y dijo algo que no entendí. Al minuto una mujer, que
tendría no más de treinta años, estaba parada a nuestro lado. Cuando la miré,
el estómago se me dio vuelta y tuve que agarrarme a la barra para no caer.
La mujer tenía un ojo hinchado y morado, el labio partido y un corte en uno
de sus pómulos, corte que parecía haber sido curado hacía poco. Su estado
me hizo retroceder en el tiempo. Era como tener a mi madre parada a mi
lado luego de recibir los golpes, como mirarme en el espejo y verme a mí
después de una paliza. Mis lágrimas comenzaron a salir sin que nada pudiera
hacer. La mujer me miraba, pero no decía nada.
—¿Quién eres? —pregunté, con un hilo de voz, había quedado como en
estado de shock.
Ella no respondió. En su lugar escuché la voz de Charlie explicándome su
presencia.
—Te presento a Marie. Ella es una chica que ha recibido una terrible
paliza. Seguramente estarás acostumbrada a esto porque tengo entendido que,
tanto tu madre como tú, e incluso tu hermano, recibieron palizas similares. El
tema es que Marie es amiga de tu hermano y está dispuesta a declarar que fue
él quien la castigó de esta forma y, créeme que podemos ser muy
convincentes, porque, además, Marie y tu hermano se han visto en un par de
ocasiones y tenemos pruebas de todo ello.
Yo escuchaba lo que decía, pero no podía creer que ese tipo hubiera
llegado a eso. Sabía con certeza que mi hermano no había hecho tal cosa, mi
hermano defendía a las mujeres, no las golpeaba. Estaba totalmente en contra
de la violencia, pero también me estaba dando cuenta de que Harris era
capaz de cualquier cosa para separarme de Alvar. Si presentaba ese caso y
hacía ver a mi hermano como un asesino e hijo de un hombre borracho y
golpeador, por más que con tiempo y un buen abogado pudiéramos demostrar
su inocencia, tendríamos que pasar por un doloroso proceso, y aunque menos
importante, su imagen y prestigio iban a estar en duda. No quería eso para
Fran, no se merecía seguir sufriendo, ya habíamos vivido suficiente dolor.
Mi hermano acarreaba sobre sus espaldas con la muerte de su progenitor,
algo que lo acompañaría toda su vida. No iba a permitir que le siguieran
provocando sufrimiento, así fuera a costa de mi felicidad. Mi hermano no se
merecía ni un minuto más de dolor por ese tema. Así como él me había
salvado la vida, había llegado el momento de que yo lo salvara a él.
—¿Qué es lo que quieres? Dilo de una vez —dije, secándome las
lágrimas con las manos. No iba a permitir que me viera flaquear un minuto
más.
—Lo que ya te dije, olvídate de Alvar Hills y cásate conmigo.
—¡Eres un hijo de puta de la peor calaña! No me voy a casar contigo
jamás y eso es definitivo. Te odio con todo mi ser. Si es lo que estás
buscando con todo este circo, lo único que acepto es alejarme de Alvar. O
accedes o puedes ir a hacer la denuncia ahora mismo. No te olvides que
tenemos grandes abogados y mucho dinero en caso de ser necesario —
expresé, con las pocas fuerzas que me quedaban, pero tratando de mostrarme
fuerte y decidida.
—Por ahora me conformo con eso, pero no te regocijes, ganaste esta
batalla, pero en la guerra voy a ser el vencedor. Te voy a dar un tiempo para
que te olvides del rubio grandote y luego vas a tener que acostumbrarte a mí.
Además, pensándolo mejor, creo que es buena idea que dejemos pasar un
tiempo antes de mostrarnos juntos, porque podría ser hasta sospechoso. Yo
voy a ser la persona que aparezca en tu vida para sacarte de la angustia en la
que quedaste sumida después de la ruptura con Hills. Voy a ser tu héroe —
comentó, regocijándose en su victoria —De más está decir que voy a seguir
en mi puesto y que esto que hemos hablado va a quedar entre nosotros, a no
ser que quieras que salga a la luz. Marie y yo tenemos todo pronto para
hacerlo —culminó, sonriente.
—Quiero tu palabra por escrito. Un documento que me asegure q no vas a
hacer nada en contra de mi hermano. Si no cumples tu palabra, yo me voy a
encargar de hundirte a ti y a esta farsante —afirmé, pero cuando miré hacia
el lugar en donde había estado parada la mujer, ya no había nadie. No sé en
qué momento se largó, en el estado en que me encontraba apenas era
consciente de lo que me decía Harris.
—Una tigresa para negociar, cómo me gusta eso, ni te imaginas como me
excitas, pero eso ya lo vas a comprobar dentro de poco tiempo —dijo,
acercándose para decírmelo al oído.
—Aléjate de mí o no respondo —amenacé, mientras me limpiaba la oreja
con la mano con gesto de asco—. Sólo firma los papeles que te voy a hacer
llegar y no quiero verte nunca más en mi vida.
—No tengo problema, pero quiero que mis abogados participen en la
elaboración. Ahora vamos a sellar el trato —y sin darme tiempo a nada, me
acorraló contra la barra, abrazándome con fuerza y se apoderó de mi boca.
Con las pocas fuerzas que tenía luché para sacármelo de encima, pero la
fuerza que ejercía sobre mí me trajo dolorosos recuerdos y mi cuerpo ya no
pudo seguir luchando. Comencé a temblar y, en un segundo, todo se volvió
negro. Cuando desperté estaba sentada sobre el regazo de Harris que se
había sentado en un sillón del bar. Mi cabeza descansaba en su pecho
mientras él me tenía abrazada y me acariciaba el pelo. Levanté el rostro y, en
el momento que nuestros ojos conectaron, todo volvió a mi mente. Lo empujé
y me levanté. Por un momento todo giró a mi alrededor y pensé que
nuevamente me desvanecería, pero llegué a agarrarme del respaldo de uno
de los sillones del bar.
—No vuelvas a tocarme, ¡maldito desquiciado! —exclamé, cargando de
furia cada palabra dicha.
—No te alteres, preciosa. Nos vemos pronto y, seguramente también
vamos a estar en contacto, ya entenderás —afirmó como si nada, se levantó y
se largó de allí.
Las piernas no me respondían, así que me senté en el sillón que había
ocupado Harris y comencé a llorar amargamente. Sentí mi teléfono vibrar y
lo saqué del bolso. Tenía muchísimas llamadas de Alvar, Fran y Sari. No
tenía idea cuanto tiempo había pasado. Miré el reloj y calculé que llevaba un
poco más de hora y media en ese bar. El teléfono volvió a sonar, en esa
oportunidad era Sari.
—Sari —fue lo único que me salió en un sollozo, cuando la atendí.
—¡Dios, Dafne! Dime que estás bien, por favor. ¿Qué pasó? ¿Estás
llorando? —preguntó, en un tono de voz que demostraba su preocupación.
Como pude le relaté todo lo que había vivido con Harris. Sari no salía de
su asombro y trataba por todos los medios de calmarme. Ella era de la idea
de que acudiera a Fran y le contara todo, pero esa no era una opción. Si mi
hermano se enteraba, estaba segura de que preferiría enfrentar un juicio y
hasta el desprecio y la humillación con tal de que yo fuera feliz. Yo tenía
claro que no lo iba a permitir y, por ese motivo, sólo me quedaba la opción
de alejarme de Alvar. Sabía que la indignación y la rabia que sentía en ese
momento no se iban a comparar al dolor que me provocaría tener que
mentirle para apartarlo de mi lado.
—Dafne, nuevamente me está llamando Alvar y seguro que cuando corte
me va a llamar Fran. Me han estado llamando desde que te fuiste y nunca los
atendí. Te pido que los llames y los tranquilices. Es más, piensa mejor lo
que vas a hacer, no dejes que ese maldito se salga con la suya. Debe haber
otra solución, con Alvar se aman, no permitas que lo separen con injurias.
—No hay otra solución, no voy a permitir que mi hermano pase por ese
proceso doloroso para tener que demostrar su inocencia. Fran es un hombre
decente que ha sufrido demasiado y ha tenido que pasar por una larga terapia
para poder salir adelante, no voy a permitir que caiga nuevamente. No, si lo
puedo evitar.
—Pero puede que haya otra solución y que, en este momento, por la
angustia y la bronca que sentimos no nos estemos dando cuenta. Háblalo con
alguien más.
—No quiero que se entere nadie y te pido, por favor, que no vayas a
contárselo. Prométeme que no le vas a decir nada a Alvar. Prométemelo, por
favor —supliqué, porque sabía que mi amiga tenía buena relación con él y en
un ataque de justicia podría hablar más de la cuenta.
—Te lo prometo —dijo vencida, y supe por el tono de su voz que le costó
muchísimo hacerme la promesa.
—Gracias.
—Nos hablamos más tarde.
Apenas corté con Sari mi teléfono volvió a sonar. Tenía que enfrentar la
situación, no podía dejar pasar más tiempo. En ese momento era una llamada
de Fran.
—Hola, Fran.
—Dafne, ¡te volviste loca! ¿Se puede saber dónde mierda te metiste? —
gritó Fran, y entre los gritos de él, escuché la voz de Alvar que preguntaba si
estaba bien. El corazón se me hizo añicos.
—Estoy yendo para el hotel. Tuve algunas complicaciones para dar con el
lugar, pero ya está todo solucionado.
—¿Complicaciones? Hace como dos horas que saliste a un lugar que
nadie sabía dónde era, no usaste un auto del hotel y no atendías el teléfono.
Alvar está desesperado porque pensó que te había pasado algo y yo estaba a
punto de acudir a la policía. ¡Es casi medianoche!¡No puedo creer que te lo
tomes a la ligera! —exclamó, y supe que mi hermano estaba fuera de sí.
—No lo tomo a la ligera. Cuando llegue les explico.
—Dinos donde estás que vamos por ti —exigió.
—No es necesario, ya estoy yendo.
En ese momento sentí que Alvar decía algo que no logré entender y mi
hermano le respondía que debería ser un error.
—Fran, ¿qué sucede? pregunté, preocupada.
—Dafne, vas a tener que dar muchas explicaciones cuando llegues, más
que nada a Alvar. No puedo creer eso de ti, espero que sea un malentendido.
—¿De qué hablas?
—Alvar, cálmate. Seguramente hay una explicación —escuché que decía
mi hermano. No entendía nada, pero mi instinto me decía que tenía algo que
ver con Harris.
—¡Dame el teléfono! —gritó, Alvar.
—Espera a que llegue y lo explique —respondió, Fran.
Los gritos de Alvar me erizaron la piel, algo lo había enfurecido y, ahora
que sabía la clase de persona que era Harris, sospechaba lo que podía haber
hecho. Tenía que enfrentar las consecuencias de optar por el silencio.
—Dafne, trata de llegar lo antes posible —dijo mi hermano y cortó la
llamada.
Capítulo 12
…….
«Te digo adiós, y acaso, con esta despedida,
mi más hermoso sueño muere dentro de mí...
Pero te digo adiós, para toda la vida,
aunque toda la vida siga pensando en ti».
— José Ángel Buesa
Entré al hotel de mi hermano casi corriendo. Mientras esperaba por un
ascensor, trataba de imaginar que era lo que había enfurecido a Alvar, y algo
me decía que no iba a tener que inventar nada para alejarlo de mí, que Harris
ya se había encargado de eso. El ascensor llegó y, cuando abrió la puerta,
casi salté dentro. Las personas me miraban con sorpresa porque a algunas de
ellas las había empujado para poder entrar, pero yo lo único que quería era
acelerar ese ascensor para llegar lo antes posible a la suite.
Cuando bajé en el piso de nuestra suite, quedé paralizada, las piernas no
me respondían. Me apoyé en la pared tratando de calmarme y comencé a
respirar pausadamente para poder tranquilizarme. Cuando mi cuerpo
reaccionó, comencé a caminar lentamente. Sabía cuál era mi destino y tenía
que enfrentarlo, aunque después de eso mi vida fuera una miseria.
Me armé de coraje y abrí la puerta. Alvar estaba caminando de un lado a
otro y mi hermano sentado en un sillón se retorcía las manos. Apenas entré,
Alvar paró en seco y comenzó a mirarme con una mezcla de dolor,
desilusión y furia. Se me estrujó el corazón. Fran se paró y se interpuso entre
nosotros.
—Vamos a hablar con calma porque seguramente todo tiene una
explicación —dijo Fran, inmediatamente.
—¿Te parece que tiene algo que explicar? Mírale la ropa, es la misma
que lleva puesta en las fotografías —dijo Alvar, mirándome de arriba abajo.
—¿Qué es lo que tengo que explicar? —pregunté, armándome de valor,
aunque cuando mencionó fotografías, imaginé que Harris no había perdido el
tiempo.
—¿Por qué? Es lo único que quiero saber. ¿Por qué me mentiste y
traicionaste, Dafne? Hasta hace un rato me hablabas de amor, ¿cómo pudiste
ser tan cínica y mentirosa? Pensé que te conocía, pero evidentemente me
enamoré de una ilusión, de una mentira. Tú eres una mierda de persona —
afirmó con dolor, y yo sentí que mi corazón se hacía pedazos.
No podía sacarlo de su error, tenía que dejar que pensara que era la peor
persona del mundo, aunque sintiera que sus palabras eran como un puñal que
se clavaba en mi corazón y me quitaba la vida de a poco.
—Espera, espera, no le hables así. Déjala que se explique —arremetió
Fran, al que no le gustó nada la forma de hablarme de Alvar.
—Tú no deberías estar aquí, esto es entre ella y yo —dijo Alvar,
dirigiéndose a Fran, aunque no apartaba su vista de mí.
—No voy a irme, tienes que calmarte.
—¡Calmarme y un cuerno! ¡¿Como pretendes que me calme?! La mujer
que decía estar enamorada de mí y a la que le entregué mi corazón, acaba de
mentirme descaradamente para ir a encontrarse con su amante. ¡Tú y el hijo
de puta de Harris se han estado burlando de mí, en mis narices! Ahora
entiendo las malas caras del tipo cuando nos veía juntos y porque eras reacia
a que los demás se enteraran de nuestra relación. Te acostabas con Harris
desde antes de conocerme y decidiste jugar a dos puntas. ¡No puedo creer
que haya sido tan imbécil de no darme cuenta! —exclamó, mientras se
pasaba las manos por el pelo con desesperación —El tipo nos siguió hasta
acá para seguir acostándose contigo y tú y tu amiguita crearon una patética
historia para que pudieras ir a revolcarte con él. Se ve que se cansó de
compartirte y decidió enviarme las fotos de sus encuentros amorosos —dijo,
mientras tiraba su celular en mi dirección y me miraba con los ojos
enturbiados por la furia.
Yo seguía parada en el mismo lugar, mi hermano también se había
quedado parado entre Alvar y yo y me miraba con una mezcla de tristeza y
decepción. Yo no podía emitir ni un sonido, solo miraba a Alvar, observaba
su dolor y tenía que hacer un gran esfuerzo para no ir corriendo a abrazarlo y
contarle toda la verdad. Por más que luché por evitarlas, no pude contener
las lágrimas, pero cuando Alvar me miró, su furia creció.
—¿Estás llorando? ¡No puedo creer que seas tan cínica! Ya no puedo
tenerte frente a mí, no puedo ni mirarte, te aborrezco. Lárgate de mi vista.
Dame tiempo a hacer el equipaje. Me voy hoy mismo —dijo, caminó hacia
el dormitorio y cerró la puerta dando un gran portazo.
Mi hermano me miró y se acercó a la puerta de salida para abrirla.
—Vámonos, Dafne. Si no vas a decir nada, no tienes nada más que hacer
aquí.
Giré y lo seguí en silencio. Caminaba como un autómata, arrastrando mi
dolor fuera de esa habitación en la que dejaba mi felicidad, mis sueños y al
hombre que amaba. Seguí a mi hermano sin decir una palabra, él tampoco
habló. Cuando llegamos a su apartamento, me dirigí a mi habitación, pero
Fran no permitió que cerrara la puerta. Sabía que también quería una
explicación.
—Y ahora me vas a explicar que fue todo eso —afirmó, me miró serio y
agregó—: Yo sé que tú no eres ese tipo de persona, pero no dije nada porque
al tipo le llegaron varias fotografías tuyas en las que te estas besando con
Charlie Harris, hay unas en las que estas sentada en sus piernas, se están
abrazando y besando como dos enamorados. ¿Qué hiciste, Dafne? Dime, por
favor, que hay un error, que es una farsa, que Harris te drogó, dime que todo
tiene una explicación —expresó, con la desilusión reflejada en sus ojos.
—No tengo nada que explicar, Fran. Y ahora, quiero estar sola. Por favor,
déjame sola —supliqué, y rompí en llanto.
Fran me abrazó fuerte, pero sabía que, aunque siempre iba a estar a mi
lado, también a él lo había decepcionado. Me dejó llorar y luego me tomó en
brazos y me depositó en mi cama.
—Descansa. Ahora necesitas descansar y pensar. Mañana hablaremos —
dijo, me dio un beso en la frente y se fue.
Cuando la puerta se cerró, me hice un ovillo y nuevamente rompí en
llanto. Sentía una opresión en el pecho como hacía años no sentía. Pensar en
el dolor que le había causado a Alvar me destrozaba, no sabía cómo vivir
con eso, y tampoco sabía cómo seguir. En ese momento debería estar
preparándose para irse, de sólo pensarlo el corazón se me detuvo. No lo
volvería a ver. Tenía que hablar con Dom porque no iba a permitir que Alvar
dejara el puesto, la que tenía que irse de la empresa era yo. Tenía que
hacerme cargo de la decisión tomada. Seguí llorando por no sé cuántas
horas, hasta que ya no me quedaban lágrimas y el cansancio me venció.
Me despertó una caricia en la mejilla. No quería abrir los ojos para así
poder seguir imaginando que eran las manos de Alvar las que me
acariciaban con ternura, aunque en mi interior sabía que eso era imposible.
Abrí los ojos y me encontré con el rostro preocupado de mi hermano.
—Te traje un café y algo para comer. ¿Cómo te sientes?
—Horrible —respondí, mientras me sentaba y me recostaba en el
respaldo de la cama.
—¿Podemos hablar de lo que sucedió ayer?
—Sólo voy a decir algo, y te pido que no insistas con más preguntas. En
algún momento te contaré con detalles que fue lo que pasó, ahora no puedo.
Sólo quiero que sepas que no soy mala persona, ni mentirosa ni traidora,
pero no voy a decir nada más —afirmé, mientras le tomaba una mano y se la
apretaba entre las mías.
—Yo sé que no lo eres. Pero ¿por qué no te defendiste? ¿Por qué dejaste
que Alvar pensara que lo eres?
—Porque es mejor así. Alvar se va a olvidar de mí, va a seguir con su
vida y yo intentaré seguir con la mía.
—¿Harris te amenazó con algo? —preguntó, con seriedad.
—Harris se aprovechó de una situación. Pero dejémoslo así, ya nada
podemos hacer.
—Dafne, no pierdas la posibilidad de ser feliz. No entiendo por qué no
luchas. ¿Le temes a algo? Dime lo que tengo que hacer y lo hago ahora
mismo.
—Fran, te pedí que no hicieras más preguntas, sólo que confiaras en mí.
No quiero ver más esa desilusión en tu rostro cuando me miras, quiero que te
sientas orgulloso de mí. Sé que en este momento te debe ser difícil, pero te
aseguro que jamás le haría daño a propósito a Alvar. Las cosas se dieron así,
pero ya no puedo hacer nada.
—¿Por qué? —insistió.
—Fran, por favor.
—Está bien —dijo, levantando las manos para demostrar que se daba por
vencido—: pero quiero que sepas que yo siempre estoy y estaré orgulloso de
ti, y que siempre estaré a tu lado. Y supongo que tienes claro que puedes
contar conmigo para lo que sea.
—Lo sé, gracias. Te quiero, Fran.
—Yo también te quiero, Pitufina
Fran se levantó de la cama y me trajo una bandeja con café y tostadas.
Cuando se estaba yendo, me armé de valor y le pregunté lo que me estaba
estrujando el corazón:
—¿Alvar ya se fue?
—Sí, dejó el hotel en la madrugada —respondió, me miró con tristeza y
se fue.
Lo había perdido. Un intenso dolor me atravesó el corazón, pero sabía
que tenía que ser fuerte. Aceptar que Alvar ya no estaría en mi vida era muy
doloroso, su amor me había marcado para toda la vida. Pero tenía que
agradecerle el haberme enseñado a amar, aunque ahora mi corazón llorara su
ausencia y me sintiera devastada. Alvar me había enseñado a sentir. Aunque
doliera tanto que casi no podía respirar, aunque sintiera que el corazón se
hacía añicos, aunque fuera el amor de mi vida, ahora tenía que soltar.
Me levanté, me duché e hice la llamada que tenía pendiente.
—Hola, Dom.
—Hola, Dafne. ¿Como está todo por allí? —preguntó, con desconcierto.
Lo más probable es que mi rostro le advirtiera de mi estado de ánimo.
—Bien, está todo lo bien que puede estar. Te llamo porque tengo que
hablar contigo de algo personal, pero que incumbe al trabajo.
—¿Sucedió algo?
—Sí, sucede que Alvar y yo terminamos nuestra relación. Por ese motivo
tengo que plantearte algo importante, y quiero que por favor me escuches y
trates de entenderme.
—Lo lamento, Dafne. ¿Estás bien? —preguntó, con preocupación.
—Soy fuerte, Dom, no te preocupes. Si llegas a hablar con Alvar, vas a
tener una versión en la que yo soy la mala, y es probable que sea así, pero
sólo quiero que sepas que jamás fue mi intención hacerle sufrir. No quiero
que Alvar se vea perjudicado en el trabajo, por lo tanto, te presento mi
renuncia, luego lo haré formalmente. Alvar puede ocupar mi lugar, está más
que capacitado para el cargo.
—No me hagas esto, pequeña. Debe haber otra solución. Pensemos juntos
en otra solución que no sea tan drástica. Quizás puedes trabajar desde otro
lugar.
—No puedo, Dom. Sabes que siempre contarás conmigo y, por supuesto
que voy a dejar todo en orden antes de irme, pero no puedo seguir,
perdóname. Mientras continue con el trabajo, mi trato será contigo, prefiero
no volver a hablar con Alvar —solicité.
—¿Y si Alvar también renuncia? No dudo que como hace poco que está
en la empresa, él también presente la renuncia, y tengo que reconocer que
sería lo más justo.
—No, lo más justo es que yo me vaya. Si él se quiere ir, trata de
convencerlo de que no lo haga. Dile que yo ya renuncié y que no hay forma
de que siga en la empresa, si quieres, dile que no tuve ningún tipo de
contemplaciones a la hora de irme, igual, ya no puede pensar peor de mí.
Plantéale que, si él también se va, te deja totalmente expuesto y que lo
necesitas para la buena marcha de la empresa. No creo que se niegue. Por
favor, Dom.
—Vamos a hacer una cosa. Tómate licencia, tienes un montón de días
acumulados. Tómate todo el tiempo que necesites. Estaremos en contacto,
pero aún no me des una respuesta definitiva, piénsalo mejor. Hazlo por este
viejo que te quiere tanto, por favor —suplicó.
—Está bien —respondí, luego de pensarlo unos segundos. Dom se
merecía eso y mucho más—. Por ahora estaré de licencia y, mientras tanto,
igual podemos estar en contacto para ir organizando todo. No te prometo
nada, pero lo pensaré mejor. Quizás con la cabeza fría se me pueda ocurrir
otra solución, aunque va a ser difícil encontrar otra alternativa.
—Por ahora me conformo con eso. Sabes que eres muy importante para
mí, y no lo digo sólo en sentido laboral. ¿Dime que puedo hacer por ti?
—Gracias, pero es algo que tengo que hacer yo. Es la primera vez que me
enamoro y te mentiría si te dijera que no duele. Pero como te dije antes, me
considero una mujer fuerte y ya he salido de situaciones difíciles, en esta
oportunidad no va a ser diferente. Llevará un tiempo, pero todo volverá a ser
como antes —y lo dicho fue más que nada un deseo en voz alta porque
necesitaba convencerme de que sería así.
—Pequeña, no digas más. Tomate los días que necesites y trata de no
pensar en el trabajo, yo te llamo si llegara a necesitar algo. Y ten presente
que, tanto Malena como yo, te queremos mucho y estaremos a tu lado para lo
que necesites.
—Lo sé y es bueno tenerlos. Gracias.
—Cuídate y descansa. Nos hablamos.
—Nos hablamos —repetí y colgué la llamada.
Me quedé mirando la pantalla de la computadora pensando en lo hablado
con Dom. Por más que le había prometido pensar en otra solución, sabía que
no la había. Seguir en la empresa era seguir en contacto con Alvar, y no
quería hacerle más daño ni hacérmelo a mí.
Tomé el teléfono y llamé a Sari para contarle el desenlace de la situación.
Mi amiga quedó preocupada y angustiada. Se sentía impotente por no poder
hacer nada y por estar tan lejos. A decir verdad, yo también la necesitaba a
mi lado en ese momento. Sari era como una hermana para mí, y me hubiera
ayudado mucho poder tenerla conmigo.
No tenía ganas de salir de la habitación, así que volví a acostarme y
después de dar muchas vueltas en la cama, quedé dormida. Nuevamente fue
mi hermano quien me despertó.
—Pitufina, no puedes seguir acostada. ¡Vamos arriba, hermanita! —me
animó.
Me senté en la cama y lo miré totalmente adormilada. Fran estaba sentado
en el borde de mi cama, mirándome con atención.
—Sólo estoy cansada, no te preocupes —dije, tratando de evitarle
preocupaciones.
—¿Qué vas a hacer?
—Si te refieres al trabajo, hace un rato hablé con Dom y le presenté mi
renuncia
—Qué hiciste, ¿qué? —preguntó, totalmente sorprendido.
—Dom no me la aceptó. Me sugirió que me tomara licencia y después lo
charlábamos más tranquilos.
—No entiendo por qué debes ser tú la que renuncia. Alvar hace muy poco
que está en la empresa, si no quiere verte, que se vaya él —sugirió, con la
misma idea que había planteado Dom.
—Sabes que yo no puedo seguir perjudicándolo. Ya le causé bastantes
problemas. Además, ¿no dijiste siempre que querías que trabajara contigo?
—Lo que quiero es que seas feliz. Si es acá, estaría feliz y encantado de
tenerte a mi lado, pero sé que no te gusta vivir aquí y nunca te obligaría a
hacerlo. Si lo quieres hacer momentáneamente, sabes que este es tu hogar y
para mí es una bendición cada vez que vienes y te tengo en casa —afirmó,
acariciándome la mejilla.
—A mí también me gusta vivir contigo, pero es verdad que, hasta ahora,
preferí vivir en Uruguay. Estuve pensando y decidí que me voy a quedar unos
días, voy a pasar las fiestas contigo y después me voy a ir a descansar al
apartamento de Punta del Este. Necesito estar sola. Allí voy a tratar de
ordenar mi mente, pero probablemente luego me venga a vivir contigo
definitivamente. ¿Estás de acuerdo?
—Si es lo que quieres, tienes mi apoyo. No me gusta la idea de que te
vayas sola, pero entiendo que necesites estar unos días tranquila. ¿Cuándo
piensas irte?
—Después de las fiestas —respondí.
—Muy bien. Ahora levántate y vamos a almorzar —ordenó, y yo hice lo
que me decía porque mi estomago rugía de hambre.
Capítulo 13
«La fe es dar el primer paso, incluso cuando todavía no se ve toda la
escalera»
—Martin Luther King Jr
El dos de enero estaba aterrizando en Uruguay. Pensaba pasar por mi
apartamento de Montevideo para luego irme en el auto hasta Punta del Este.
Los días con mi hermano habían sido tranquilos. Fran respetó mis silencios y
no volvió a presionarme con preguntas. Por otro lado, no había tenido
noticas de Harris, lo que agradecía. Suponía que, al haber logrado su
cometido, porque estaba segura de que estaba al tanto de que Alvar se había
ido solo y que habíamos terminado nuestra relación, y al haber roto el trato
que teníamos enviando las fotografías al celular de Alvar, estaba
evitándome. Sabía que igual era un tema que no se había terminado, pero en
esos momentos lo que menos quería era volver a enfrentarme a él. Tenía que
pensar cómo hacer para librarme de él y lograr que dejara la empresa. No
podía permitir que una persona así continuara trabajando para Dom.
También sabía por este, que Alvar había vuelto a la empresa y, como
suponía, había presentado su renuncia. Dom no me había explicado como lo
había convencido, pero por ahora, seguía en su cargo y no había vuelto a
mencionar la idea de dejar la empresa.
En cuanto llegué a mi apartamento le avisé a Sari para que pasara y
nos pudiéramos ver. No tenía ganas de salir. Mientras la esperaba, me
dediqué a desarmar la valija que había traído y llenarla con ropa liviana,
porque al viaje había llevado ropa de abrigo y en Uruguay estábamos con las
temperaturas altas del verano.
Un rato más tarde Sari llegó y, apenas le abrí la puerta, se abalanzó sobre
mí.
—No te imaginas lo que te extrañé. Estuve a punto de irme para Las
Vegas para estar contigo —dijo mi amiga, sin soltarme.
—Yo también te extrañé mucho.
—¿Cómo estás? —preguntó, mientras me evaluaba con seriedad.
—La voy llevando —dije, mientras nos íbamos hacia al sofá a
despatarrarnos allí—. Lo extraño muchísimo y tengo el corazón hecho
pedazos, pero imagino que con el tiempo irá pasando.
—No puedo verte así, jamás te había visto tan triste. ¿Por qué no hablas
con él y le cuentas la verdad? Entre todos podemos pensar en algo para que
ese Harris no se salga con la suya.
—Ya se salió con la suya —comenté.
—No si hablas con Alvar, ese terco tiene que saber qué fue lo que
verdaderamente pasó.
—Me dijo que era una mierda de persona, que me aborrecía y que no me
quería ver más. Ni te imaginas lo que dolió —expresé, llevándome una mano
hacia el pecho, aun sentía una puntada cuando pensaba en ese momento.
—No sé cómo te aguantaste. Yo no sé si podría dejar que me insultaran de
esa manera sabiendo que soy totalmente inocente y que lo hice por salvar a
otro.
—Ese otro es mi hermano y por eso mismo me aguanté, en todo momento
tuve presente que lo tenía que hacer por Fran —expliqué.
—Pero, Dafne, ustedes se aman, no podemos permitir que un hijo de puta
logre separarlos y salga totalmente impune.
—A veces la vida no es justa.
—Lo sé, pero cuando se puede hacer justicia, no se debe desperdiciar la
oportunidad.
—Te recuerdo que me prometiste no hablar con Alvar —le recordé,
porque la veía tan indignada que comenzaba a preocuparme ese tema.
—Lo recuerdo todos los días, porque te aseguro que, si no lo hubiera
hecho, ya estaría gritándole toda la verdad —dijo, ofuscada.
—No podemos hacer nada, Sari. Te agradezco que hayas venido y me
hagas un poco de compañía, aunque en este momento yo sea una pésima
acompañante —dije, mientras la abrazaba.
—Como si tu no me hubieras aguantado a mí, y miles de veces.
—¿Quieres tomar una cerveza? —propuse, mientras me levantaba e iba
hasta la cocina.
—Emborrachémonos con algo más fuerte, esto vale una borrachera de
tequila.
—No pienso emborracharme, tengo que manejar hasta Punta del Este.
—¿Te piensas ir hoy?
—Si, en un rato ya salgo. ¿Quieres venir conmigo?
—Me encantaría, pero supongo que debes querer estar sola y, además, en
estos días tengo algo importante que hacer, ando trabajando en equipo en
algo trascendental.
—¿Un trabajo importante? —pregunté, mientras le ofrecía la cerveza.
—No es de trabajo —respondió, haciéndose la misteriosa.
—¿En qué andarás? —pregunté, pero sabía que no iba a responder. Mi
amiga tenía la costumbre de hacer ese tipo de cosas y dejarme con la duda
hasta que decidiera que era momento de contarlo. Yo la respetaba porque
siempre había sido así.
—Ya te enterarás —dijo, sin más.
Dos horas más tarde estaba manejando hacia Punta del Este. Con Fran,
hacía varios años que habíamos comprado un apartamento ubicado en la
rambla de la zona del puerto de ese balneario. El apartamento contaba con
tres dormitorios en suite, amplio living y comedor con estufa a leña.
Además, contaba con un gran balcón terraza al puerto. Era un apartamento
precioso y tenía unas vistas espectaculares. Desde la terraza disfrutaba de
atardeceres únicos. Me encantaba caminar por esa zona, sobre todo en la
mañana y al caer la tarde, era un paseo rodeado de espacios naturales, ideal
para oxigenarse. En el verano siempre me iba unos días para allí y, si el
trabajo me lo permitía, en esa época también aprovechaba para irme los
fines de semana. Allí lograba desenchufarme de todo y disfrutar de unos días
de tranquilidad.
Cuando llegué ya había anochecido, pero hacía tanto calor que me di una
ducha, me puse un short y una blusa y salí a caminar por la zona. En esa
época había muchísima gente, pero el bullicio no lograba distraerme ni
sacarme de mis pensamientos. No podía dejar de pensar en Alvar.
¿Cuándo lograré dejar de sentir este dolor? ¿Cuándo dejaré de
extrañarlo tanto?
No tenía respuesta a mis preguntas, pero pensaba poner todo de mi parte
para sentirme mejor. Caminé un largo rato, también pasé por un restaurante y
compré algo para cenar. Al día siguiente iría al supermercado a realizar las
compras necesarias.
En la noche Sari me volvió a llamar y conversamos un largo rato, se la
notaba muy animada, pero no quise preguntar los motivos de su alegría
porque suponía que tenían algo que ver con su comentario misterioso.
Esa noche me dormí enseguida, sentía el agotamiento físico del viaje en
avión y en auto. Agradecí poder descansar unas horas seguidas, cosa que
hacía días no pasaba, pero en la madrugada me despertaron las pesadillas y
luego me costó muchísimo lograr conciliar el sueño. A las siete de la mañana
ya estaba levantada y duchada. Como en casa no tenía mucha cosa, salí a
desayunar a una cafetería que había cerca, un lugar que se especializaba en
productos franceses. Después volví por el auto y fui hasta el supermercado a
realizar las compras necesarias para poder quedarme varios días.
Un par de días después de mi llegada estaba leyendo en la terraza y recibí
llamada de mi hermano.
—Hola Keeper, ¿cómo estás?
—Deja de llamarme así, Pitufina —respondió, y me alegró notar que ya
estábamos volviendo a nuestras conversaciones distendidas, porque eso
significaba que mi hermano estaba más tranquilo y había dejado de
preocuparse tanto por mí.
—Tendrías que haber venido conmigo, no te imaginas lo hermoso que
está por aquí. Deberías tomarte unas vacaciones —sugerí.
—Y lo dice la persona que menos vacaciones se ha tomado en su vida —
dijo, riendo.
—Pues ahora estoy de licencia —respondí, aunque sabía que era una
licencia obligada.
—Entonces disfrútala mucho, no tengo dudas de que vas a pasar unas
hermosas vacaciones —dijo, alegremente.
—Seguramente me vaya a quedar dos semanas. En ese tiempo también
voy a tratar de dejar todo el trabajo en orden y al día para después poder
irme contigo. ¿Aún sigue en pie la propuesta de trabajo que me hiciste hace
algunos años? —pregunté, sonriente.
—No creo que la necesites.
—¿Por qué lo dices? —pregunté, lo que me faltaba era que mi hermano se
volviera misterioso como mi amiga. Esos dos estaban hechos el uno para el
otro, ojalá algún día se dieran cuenta.
—Porque imagino que en estas dos semanas vas a recapacitar y te vas a
terminar quedando con Dom.
—Sabes que eso es imposible —afirmé.
—No es imposible —dijo, nuevamente con un tono misterioso. Me
hubiera gustado estar en una video-llamada para verle la cara que estaba
poniendo.
—Últimamente te estás volviendo igual de enigmático que Sari. Harías
buena pareja con ella —propuse.
—Esa chica cada día me cae mejor. Pero no te hagas ilusiones, lo digo
porque la aprecio mucho por ser una gran amiga para ti.
—Por algo se empieza.
—Sabes que en esos temas yo soy de los que no empiezan nada, es mejor
así.
—Y yo no soy quién para darte consejo, eso está claro —afirmé, porque
mi única experiencia amorosa había terminado en un desastre.
—Dejemos de hablar de eso y cuéntame que has hecho.
—Sólo descansar, disfrutar de la naturaleza y de mi tiempo libre. Se
siente bien —comenté, y me extendí un poco más contándole los paseos que
había hecho, lo que había estado hablando con Dom sobre el trabajo y hasta
le conté un poco del libro que estaba leyendo.
—Me alegra escucharlo. Cuídate mucho, sigue disfrutando tu tiempo libre
y llámame pronto.
—Lo haré. Te quiero, Keeper.
—Y yo a ti, Pitufina.
Era viernes y esa noche estaba invitada a una fiesta en la playa, la habían
organizado unos vecinos del edificio en el que estaba mi apartamento y me
habían insistido para que fuera. Me habían dicho que sería una fiesta con
música, bebida y mucha diversión. Mis vecinos eran tres hermanos que
tendrían entre 25 y 30 años. Sus padres eran los dueños del apartamento,
pero en verano ellos venían a pasar varios días allí. Tanto los hijos como
sus padres siempre habían sido muy amables conmigo. El mayor de los
hermanos se llamaba Ezequiel y el menor Félix, la chica era la del medio y
se llamaba Olivia.
La realidad era que no tenía muchas ganas de estar en una fiesta, pero me
había propuesto pasar unas lindas vacaciones e iba a poner todo de mi parte
para salir adelante.
Estaba por sentarme a almorzar algo cuando mi teléfono sonó, era una
llamada de Dom.
—Hola, Dom. ¿Como estás?
—Hola, Dafne. Discúlpame que te esté molestando. ¿Es buen momento
para consultarte algo de trabajo, o prefieres que te llame más tarde?
—Pregúntame lo que quieras, estoy en casa.
—Tengo algunas dudas respecto a unos informes que me envió Charlie
Harris, ¿puedo enviártelos para que los mires y me digas que te parecen?
—No hay problema, pero si son financieros creo que sería mejor que los
analizara Alvar —respondí, porque lo que menos quería era tener que hablar
con Harris en caso de que me surgiera alguna duda. Aunque también tenía
claro que no era prudente que Alvar lo hiciera.
—Creo que tú estás más familiarizada con este tema, además, creo que
Alvar hoy se va más temprano porque tiene un compromiso. Algo de eso me
comentó, pero dijo que después pasaba por acá a explicármelo.
Escuchar sobre él me hizo estremecer, sobre todo, saber que tenía un
compromiso. Seguramente estaría saliendo con alguien, y era entendible.
Alvar era muy atractivo y sexy, no había mujer que se resistiera a sus
encantos. Aunque doliera muchísimo, era entendible que siguiera con su
vida. También era entendible que yo no quisiera saberlo, por eso estaba cada
vez más convencida de que no podía seguir en la empresa, tenía que
separarme totalmente de todo lo que me vinculara a él.
—Está bien, pásamelo —dije, cuando vi que no tenía otra alternativa.
—Son varios archivos —comenzó a explicarme, pero paró abruptamente
y dijo—: espérame un minuto que están llamando a mi puerta, no me cortes.
Te dejo en espera por unos minutos.
Sentí que Dom daba paso a la persona que había llamado a su puerta y el
corazón me comenzó a latir desaforadamente cuando escuché su nombre.
Evidentemente, Dom no sabía poner en espera y, por su error, estaba
escuchando toda la conversación que mantenía con Alvar.
—Toma asiento, Alvar. Estoy en una llamada, pero la puse en espera.
Dime en que te puedo ayudar.
—Lo mío es cortito, pero si quieres puedo venir en otro momento —dijo,
con esa voz que hacía que se me erizara toda la piel. No lo había escuchado
desde el día de la discusión, y volver a oír su voz fue un duro golpe.
—No hay problema —dijo Dom, totalmente ajeno a que yo estaba
escuchando la conversación.
—Como te comenté hace un rato, hoy necesito irme antes porque tengo un
compromiso que no puedo postergar. Recién te envié los informes que me
pediste, llámame si te surge alguna duda —indicó, Alvar.
—Hoy es viernes, muchacho. No te voy a molestar el fin de semana.
Cualquier cosa lo vemos el lunes.
—En eso tienes razón, si todo sale bien, seguramente esté todo el fin de
semana desconectado —aclaró, y sentí como Dom y él reían.
El mundo se me vino encima y sentí como si me aplastara. El dolor que
sentía en el pecho desde que nos habíamos separado, en ese momento se
intensificó tanto, que llegó a preocuparme. Sin darme cuenta, volví a llorar
en silencio.
—Ayyy muchacho, a tu edad tienes todo el derecho de disfrutar la vida —
replicó Dom, en tono de broma.
—Mira Dom, si este fin de semana sale como espero, el lunes no sé si
venga, capaz que me caso y te aviso que estoy en plena luna de miel —
comentó Alvar, sin dejar de reír.
¿Queeee? Tuve que agarrarme de la silla porque pensé que me
desvanecía. Sabía que Alvar reharía su vida, pero nunca pensé que fuera a
enamorarse tan pronto y que yo fuera a escucharlo de su boca. Las lágrimas
ya eran una catarata y no pude escuchar más, después le diría a Dom que se
había cortado la llamada. Me fui a mi cama y me lancé en ella a llorar
desconsoladamente sobre la almohada. Últimamente era mi compañera de
llanto, me abrazaba a ella y lloraba hasta no poder más. Era una manera de
desahogarme y exteriorizar esa pena tan grande que tenía en el corazón.
Dolía, dolía demasiado.
Perdí la cuenta del rato que estuve así, cuando por fin decidí levantarme
para darme una ducha, fui por el teléfono y vi que tenía varias llamadas de
Dom. Me había olvidado por completo que estaba hablando con él. No tenía
ganas de enfrentarme a una conversación y hacer de cuenta que no había
escuchado nada, lo llamaría cuando estuviera más calmada.
Después de la ducha, decidí que me arreglaría e iría a la fiesta para
pasarla lo mejor posible. No podía seguir llorando por todos los rincones.
El estar con gente y divertirme era el primer paso para lograr salir del pozo
en el que caía cada vez más profundo.
Para ir a la fiesta me puse un vestido bohemio bien playero, con
estampado floral, hombros descubiertos y una falda escalonada que
terminaba en un dobladillo midi por encima de la rodilla. Acompañé con
sandalias bajas y fáciles de sacar porque sabía que al llegar a la playa me
iba a descalzar. Me arreglé el pelo con unas ondas surferas y me maquillé
bastante, pero natural, para disimular un poco las ojeras que me
acompañaban desde hacía varios días. A las diez de la noche estaba saliendo
para la playa. En cuanto llegué, Ezequiel se acercó para darme la bienvenida
y agradecerme el haber ido. Me acompañó hasta la ronda en la que estaban
sus amigos y me los presentó a todos. Había otros grupos de personas, pero
imaginé que ese era el de sus amigos cercanos. Allí también estaban sus
hermanos y no dejaron de agradecerme que estuviera allí. Me acercaron una
cerveza y, de pronto, estaba con un grupo de gente hablando con soltura y
pasándola bastante bien. Había un DJ encargado de la música y en ese
momento se escuchaba música suave, supongo que era porque la gente estaba
llegando y conversaban en grupos. Para la iluminación habían colocado unos
postes con luces. La decoración era playera y bonita.
En un momento dado el DJ comenzó a subir el ritmo y a animar la fiesta.
—Genteeeee, es hora de subir el ritmo y comenzar a levantar una
tormenta de arena con sus pies. Dejen la chachara y…. a bailaaaaaarrrr.
Se comenzó a escuchar «La Cintura» interpretada por Alvaro Soler. Los
presentes se largaron a bailar y de pronto todo el mundo estaba saltando y
bailando en la arena. Ezequiel y Félix se acercaron a la vez para invitarme a
bailar.
—Vamos a bailar —dijeron a la vez, y los tres comenzamos a reír.
—Yo tengo prioridad porque soy el mayor —dijo Ezequiel, tomándome
de la mano y riendo, y yo me dejé arrastrar hacia el lugar donde estaban la
mayoría de las personas bailando.
Félix quedó protestando y riendo. Comenzamos a bailar tomados de una
mano. Ezequiel me miraba con intensidad, por un momento pensé en terminar
de bailar esa canción y poner una excusa para irme y no enfrentarme a una
propuesta de su parte, pero no quería sacar conclusiones precipitadamente.
Nos conocíamos hacía varios años y nunca había insinuado nada. Si bien era
cierto que él era el que siempre me estaba invitando a fiestas y, cuando nos
cruzábamos me miraba sin disimulo, nunca había dicho nada que me hiciera
concluir que quería algo más que una amistad.
La canción terminó y comenzó a escucharse «Robarte un Beso»
interpretada por Carlos Vives y Sebastián Yatra. Para mi suerte, en ese
momento llegó Félix y corrió a su hermano, poniéndose en su lugar.
—Mi turno, hermano mayor —dijo sonriente, mientras me estiraba su
mano para que se la tomara, cosa que hice con gusto.
Ezequiel se fue riendo y a los minutos lo vi regresar con otra chica y
unirse al resto para bailar la canción. Eso me dejó más tranquila.
—Qué suerte que pudiste venir —dijo Félix—. Nunca habíamos tenido el
gusto de que nos acompañaras.
—No siempre puedo. Muchas veces, aunque estoy aquí, tengo mucho
trabajo para hacer —me excusé.
—¿Te traes trabajo a la playa? ¡Eso no está permitido! Te vamos a
enseñar lo que es divertirse —exclamó, y me hizo girar varias veces.
Cuando la canción terminó le dije que iba a buscar algo para beber.
Insistió en acompañarme, pero le pedí que se quedara divirtiéndose con sus
amigos y que yo volvía enseguida.
Después de pedir una cerveza, me escabullí entre la gente y me fui hacia
la orilla a contemplar el agua. El cielo estaba totalmente despejado y la luna
se reflejaba en el agua dando al lugar una belleza única. Era una noche que
invitaba al romance, aunque yo no quisiera saber nada de eso. Traté de dejar
mi mente en blanco, pero el recuerdo de lo que escuché decir a Alvar esa
tarde me atormentaba. En ese momento alguna mujer estaba disfrutando de
él, de sus caricias, sus besos, su compañía.
Sentí que alguien se paraba detrás de mí e inmediatamente unos brazos
rodearon mi cintura y tironearon delicadamente de mí para que quedara
apoyada en un amplio y duro pecho. Me tensé y di un brinco que me hizo
soltar la botellita de cerveza que tenía en la mano, la que cayó en la arena.
Por unos segundos a mi mente vinieron las intensas miradas de Ezequiel y
pensé que era él, pero ese perfume y esas grandes manos que me abrazaban
con tanta delicadeza y pasión, eran inconfundibles para mí. Era Alvar.
Lo primero que hice fue apoyar mis manos sobre las de él y cerrar los
ojos para disfrutar de ese glorioso momento. Volver a sentir su piel fue como
una bocanada de oxígeno cuando sientes que te falta el aire. Sus labios
bajaron hasta mi cuello donde depositaron un cálido y dulce beso, para luego
subir a mi oreja y susurrarme con desesperación:
—Te amo, Dafne. Te amo con tanta intensidad que cada día que pasé sin
ti fui muriendo un poco, recién ahora al abrazarte sentí que me volvía a
llenar de vida, que volvía a estar en el lugar donde debo estar, tú eres mi
lugar en el mundo. Te amo hasta la locura, te deseo con desesperación y te
admiro y respeto como a nadie.
Mientras escuchaba sus palabras, me di cuenta de que para mí era igual.
Desde que nos habíamos separado me sentía perdida, como que no encajaba
en ningún lugar, ni siquiera en mi propia casa me sentía completa, siempre
me faltaba algo. Siempre me faltaba Alvar. Él era mi hogar.
Muy despacio fui girando entre sus brazos para quedar frente a él. Aun no
estaba segura de, si estaba soñando, si lo estaba imaginando por pensar tanto
en él o si realmente estaba allí. Cuando nuestras miradas se encontraron,
supe que jamás podría olvidar a ese hombre, esa era la mirada que quería
ver el resto de mi vida y deseaba tener la suerte de que siempre me mirara
como en ese momento, con ese amor, deseo y devoción.
Lentamente y sin dejar de mirarme, fue bajando hasta mi rostro y apoyó
sus labios en los míos. El roce de nuestros labios logró sacarnos un gemido
de placer. Y ya no esperamos más, sus labios presionaron fuerte y sus brazos
me rodearon con posesión. Fue un beso desesperado y apasionado. Un beso
intenso en el que volcamos todos nuestros sentimientos y nos entregamos
totalmente. No dejamos un solo espacio de nuestras bocas sin recorrer,
nuestras lenguas danzaban buscándose y deleitándose en ese encuentro tan
ansiado. El beso fue ralentizándose, pero no disminuyó su intensidad. Los
labios de Alvar abandonaron los míos para dirigirse a mi oreja y susurrarme
«Te amo», y fue en el momento en el que le iba a decir «Yo también te amo»
cuando recordé la amenaza de Charlie Harris y los motivos por los que no
podíamos estar juntos.
Me aparté de Alvar y le di la espalda, no quería que viera que estaba a
punto de llorar. Alvar se acercó y me hizo girar.
—¿Qué sucede, mi amor? —pero no me dejó responder porque siguió
diciendo—: sé que tenemos que hablar de muchas cosas, sobre todo, tengo
que empezar por pedirte disculpas por todo lo que te dije. Discúlpame,
Dafne.
—¿Por qué deberías disculparte si fui yo la que se equivocó? —pregunté,
porque por más que no le iba a decir la verdad, no mentía cuando le decía
que me había equivocado, el sólo hecho de ocultar la verdad era un error,
pero uno que no podía solucionar.
—Dafne, no tienes que seguir fingiendo, sé todo lo que pasó con Harris.
Estoy al tanto de la amenaza que te hizo —afirmó, mirándome con seriedad.
—¿Cómo? ¿Qué es lo que sabes? —pregunté, sorprendida. La única
persona que lo sabía me había prometido no hablar, y yo tenía claro que mi
amiga nunca rompía sus promesas.
—Todo, lo sé todo. Sé que ese hijo de puta te amenazó con injuriar a tu
hermano y sé que las fotos que me envió se sacaron cuando estabas
desvanecida. Perdóname, Dafne, te lo pido por favor —dijo pasándose las
manos por el cabello. Se le veía angustiado y temeroso, y yo estaba en
shock.
—Si lo sabes todo, te darás cuenta de que yo no puedo permitir que ese
tipo perjudique a Fran con esa mentira que preparó con otra farsante como
él, por nada del mundo lo voy a permitir, aunque sea a costa de mi felicidad.
Perdóname a mí por no haberte sacado de tu error y dejar que pensaras que
te había engañado, pero la amenaza sigue en pie, si nosotros estamos juntos,
Harris presenta la denuncia y…
—No va a poder hacer nada —me interrumpió—. Cuando nos enteramos
de todo...
—¿Como se enteraron? ¿Mi hermano también lo sabe? —pregunté, esta
vez interrumpiéndolo yo.
—Tu hermano fue el primero en enterarse, se lo dijo Sarisha. Al parecer
ella te prometió no hablar conmigo, pero nunca te prometió no decírselo a
Fran, gracias a Dios —acotó—. Fran enseguida habló conmigo y con Dom, y
entre los tres resolvimos la situación. Harris ya es pasado, no va a
molestarnos nunca más, y si lo hace, va a tener un problema muy grande.
Bastó escarbar un poquito en su vida para saber que tiene muchos trapos
sucios escondidos, es más, la mujer que se presentó ante ti también estaba
amenazada por Harris y, aunque no pudimos demostrarlo, golpeada por él.
—finalizó, acariciándome la mejilla.
—¡Dios santo! —exclamé, tapándome la boca por la impresión.
—Sé que te dijo que era conocida de Fran, pero eso también fue una gran
mentira, tu hermano no sabía ni quien era, pero habló con la mujer y le
ofreció trabajo en su hotel, parece que tiene dos hijos y lo hizo porque
estaba muy necesitada de dinero. Fran es un gran hombre.
—Lo es, nunca dudé de su inocencia, pero no quise que pasara por el
doloroso proceso de un juicio que le hiciera revivir el pasado. No sé cómo
se enteró, pero Harris también sabe nuestra historia y tenía claro que lo que
pasó con el padre podía jugar en su contra. No podía permitir que Fran
viviera eso otra vez —afirmé, con convicción.
Alvar se acercó y apoyó su frente en la mía, tomándome de ambas manos.
—Dafne, perdóname, no me voy a cansar de decírtelo. No debí dudar de
ti. ¿Cómo pude dudar de la mujer más maravillosa que he conocido? —
imploró.
—Te perdono. Y perdóname a mí por mentirte, porque al no decirte la
verdad, te estaba engañando y destruyendo nuestra relación.
—Te perdono —dijo, y volvió a apoderarse de mis labios, devorándolos.
Un beso lento, suave y dulce, pero cargado de sensualidad—. Vámonos de
aquí, por favor. Estoy muriendo por hacerte el amor, necesito hacerte mía —
dijo, en mi oído.
—El apartamento está aquí enfrente —dije, señalando en esa dirección.
—Lo sé. Me costó bastante sacarle la dirección a tu hermano, me hizo
sufrir un poco por todo lo que te dije —comentó, mirándome con ternura.
—¿Cómo está Fran con todo esto? Conociéndolo, sé que debe sentirse
culpable, además de molesto porque no se lo dije. Voy a tener que hablar con
él —afirmé.
—Estaba furioso, pero con Harris, al igual que todos. No lo conozco
tanto para saber que pasaba por su cabeza, pero imagino que al enterarse que
sacrificaste tu felicidad por él, debió emocionarse mucho. Sé que odia la
violencia, pero a Harris casi le saca la cabeza.
—¿Qué? ¿Estás hablando en serio? —pregunté, sorprendida.
Sabía que Fran se había jurado solucionar las cosas sin violencia porque
tenía miedo de que los genes de su padre lo afectaran y lo convirtieran en un
hombre violento. Yo sabía que eso nunca iba a pasar.
—Yo no se lo permití. Sabía, por lo que me habías contado, que él odia la
violencia y le evité ese momento —dijo, con media sonrisa—. Yo me
encargué de darle su merecido, Harris no se va a olvidar nunca más.
—No quiero saberlo —dije negando con la cabeza.
—Mejor dejemos de hablar de ese delincuente y centrémonos en
nosotros. De ahora en adelante nada nos va a separar. ¿Me prometes que, de
ahora en adelante, no me vas a ocultar nada y resolveremos los problemas
que se presenten entre los dos?
—Te lo prometo. Ahora, vámonos —ordené, tironeando de él y
comenzando a caminar para dejar la fiesta e irnos para mi apartamento.
La felicidad no me cabía en el cuerpo. Alvar largó una carcajada y se
dejó arrastrar.
—Te sigo a donde sea —dijo, entre risas.
Cuando nos estábamos yendo nos cruzamos con Ezequiel que nos miró
sorprendido, sobre todo a Alvar y a nuestras manos unidas.
—¿Ya te vas? —preguntó.
—Sí, muchas gracias por la invitación —dije, y noté que Alvar se lo
quedaba mirando seriamente. En ese momento me di cuenta de que debía
presentarlos.
—Alvar, él es Ezequiel, un vecino del edificio. Él y sus hermanos fueron
los que me invitaron a esta fiesta.
Alvar estiró el brazo para saludarlo con la mano y Ezequiel hizo lo
mismo, pero noté que para ambos era un momento incómodo.
—Encantado de conocerte. Soy el novio de Dafne —aclaró.
—Igualmente —dijo Ezequiel, y noté su sorpresa por lo de «novio».
—Nos vemos pronto. Despídeme de tus hermanos, por favor —pedí.
Ezequiel asintió con la cabeza y siguió su camino. Yo hice lo mismo,
quería llegar al apartamento lo antes posible.
Cuando estábamos por entrar el edificio, Alvar paró en seco y me miró
serio.
—Dafne, dime por favor si estabas saliendo con alguien. Ahora que vi
que ese tal Ezequiel se quedó mirándonos sorprendido, me cuestiono si no
habré llegado tarde —dijo, angustiado.
—Nunca salí con nadie. No podría estar con alguien cuando mi corazón te
pertenece a ti —aclaré.
Alvar sonrió con una inmensa alegría y bajó hasta mis labios, pero en ese
momento recordé la conversación que él había mantenido con Dom y le puse
mi mano en la boca. Me miró sorprendido.
—Ahora que recuerdo, hoy te escuché decirle a Dom que tenías un
compromiso durante todo el fin de semana. ¿Estas saliendo con alguien?
Porque si es así, te aclaro que yo jamás estaría con una person…
No me dejó terminar, ahora fue el quien me tapó la boca con su mano.
Estaba sonriente.
—Shhhh. No sigas por ahí. Yo tampoco he salido con otras. Cuando
conversaba con Dom me refería a ti, por eso estoy acá. Ya estaba todo
planeado, todos saben que hoy venía para intentar recuperarte. Ambos
sabíamos que estabas escuchando —finalizó.
—¿Por qué hicieron eso? Me hiciste llorar por horas.
—Quizás me equivoqué, pero pretendía que te dieras cuenta de lo
inmenso de nuestro amor. De lo que sufriríamos si estuviéramos separados.
—Son diabólicos —dije, muy seria.
—Perdóname —se disculpó, y esa vez bajó hasta mis labios y no le puse
impedimento alguno.
Apenas entramos, Alvar me acorraló contra la pared y comenzó a
besarme apasionadamente. Sus labios besaban con una mezcla de amor y
pasión que me volvían loca. Su lengua arrasaba con todo lo que encontraba,
segura de que mi boca le pertenecía por completo. Enredé mis manos en su
rubia cabellera y lo insté a seguir besándome de esa forma. Con una mano,
Alvar comenzó a levantar mi vestido y a acariciar mi ropa interior, pero a
los minutos y con mucha urgencia, pero también delicadeza, se deshizo de
ella. Sentí que bajaba el cierre de su jeans y me instaba a enredar mis
piernas en sus caderas. Hice lo que me pedía y también enredé mis brazos en
su cuello. El me acarició y sonrió contra mi boca.
—Ya estás lista para recibirme —afirmó.
—Mi cuerpo te reclama, siempre estoy lista para ti —dije, y Alvar sonrió
y no esperó más, me penetró con fuerza.
Ambos gritamos de placer.
—Dafne, me vuelves loco. Te amo con locura.
Sus embestidas eran fuertes, ambos estábamos rozando el éxtasis.
—Alvar….
Alvar comenzó a moverse con desesperación, con la desesperación de un
hombre que encontró su lugar, que encontró la mujer que le pertenece, que
encontró el amor de su vida, que encontró en mi cuerpo la adicción más
maravillosa del mundo.
Las embestidas encontraron el ritmo preciso para enloquecernos. El
orgasmo me llegó como una explosión que me trasladó a otro mundo y, con
mis espasmos, Alvar sucumbió al suyo gritando mi nombre.
Nos quedamos abrazos hasta que pudimos recuperar el aliento. Después
me bajó con delicadeza y me tomó en sus brazos.
—¿Dónde está el dormitorio? —preguntó, mirando para todos lados.
—A tu izquierda —respondí sonriente y besándole la mejilla.
Me llevó hasta allí y me depositó con delicadeza en la cama. Se acostó a
mi lado y mirándome con los ojos brillantes me acarició las mejillas con
suma delicadeza.
—Estoy nervioso porque quiero preguntarte algo importante —dijo, y me
sorprendió verlo tan vulnerable.
—Me estás poniendo nerviosa. ¿Qué sucede?
—Dafne, te amo con todo mi corazón y no quiero separarme nunca más de
ti, mi vida está condenada a la miseria si no estás conmigo —afirmó, y lo vi
tragar saliva con nerviosismo—. ¿Me harías el honor de ser mi esposa?
Quiero casarme contigo, quiero formar una familia contigo, quiero pasar mi
vida a tu lado.
Estábamos acostados en la cama apoyados de costado y mirándonos de
frente. Alvar me miraba con esa mirada celeste que tanto amaba. Yo tampoco
podía imaginar mi vida sin él. Ese hombre, con su amor había derribado
todas las barreras de mi corazón y lo había sanado, y en el proceso se había
apropiado de él por completo. No había nada que no hiciera por él y su
propuesta me hacía tan feliz como nunca había imaginado que podía llegar a
serlo.
—Alvar, también te amo. Te amo tanto que saber que te había perdido me
hizo sentir que nunca volvería a ser feliz. Sí, mi amor, quiero casarme
contigo y formar una familia a tu lado. Quiero tenerte a mi lado, que seas mi
compañero de vida. Te amo con todo mi corazón y tu propuesta me hace
completamente feliz.
Mientras hablaba, la sonrisa más maravillosa del mundo se dibujó en su
rostro. Alvar me miraba emocionado. Lo miré sonriente y le acaricié la
mejilla con dulzura. Alvar tomó mi rostro con ambas manos y me besó,
demostrándome todo el amor que me había declarado.
Epílogo
«Y le escogí a usted. Sí, a usted, porque me di cuenta de que encontró mi
punto débil y fue la única que descubrió la forma para calmar esta alma
indomable. La escogí porque me di cuenta de que valía la pena, valía los
riesgos... valía la vida»
—Pablo Neruda
La boda se realizó un mes después. Fue una ceremonia sencilla e informal a
la que asistieron nuestros familiares y afectos. Decidimos que nos queríamos
casar en la playa en la que nos habíamos reconciliado, con la majestuosidad
de la naturaleza al atardecer como decoración.
El altar estaba situado al lado de la orilla y era una estructura tipo
pérgola decorada con telas blancas y mucha iluminación. El resto de la
decoración del lugar estaba basado en flores, cristal y velas. El mobiliario
eran unas sillas en madera blanca y el pasillo nupcial se había armado con
una moqueta de color.
Mi vestido era una sencilla solera blanca y el peinado que había elegido
eran ondas surferas con una romántica corona de flores. Para el ramo elegí
uno silvestre de peonías blancas y rosas. Alvar llevaría una camisa blanca y
un pantalón beige.
Unos minutos antes de salir para la boda, estaba esperando con Fran en el
apartamento. Mi hermano era quien me entregaría a Alvar. Noté que estaba
muy emocionado y que me miraba con las lágrimas a punto de salir.
—Pareces un ángel, Pitufina.
—Gracias. No llores, por favor, porque si no me largo a llorar ahora y no
paro más.
—Quiero que sepas que estoy sumamente orgulloso de ti y que, si mamá
estuviera en este momento con nosotros, estaría igual de orgullosa—. Fran
me miró y ya no aguantamos y nos fundimos en un fuerte abrazo, dejando que
las lágrimas contenidas fluyeran y descargaran toda la emoción que
sentíamos en ese momento. Luego me tomó del mentón para mirarme y
añadió—: Además, quiero que sepas que te entrego al vikingo porque sé que
te ama, ese hombre te adora. Nunca te lo conté, pero el día que se enteró de
la verdad, se enloqueció. Yo después lo hice sufrir un poco antes de decirle
donde estabas —dijo sonriendo, creo que para aliviar la emoción del
momento—. Estuvo a punto de ponerse de rodillas para que se lo dijera, por
eso me apiadé de él y terminé cediendo.
—Me contó que lo hiciste sufrir —comenté, tratando de calmar la
emoción. Sabía que Fran había cambiado de tema para distraernos y que
dejáramos de llorar.
—¡Y como sufrió ese hombre! Te ama, no tengo dudas, por eso le
concedo el honor de casarte contigo, de otra forma no lo hubiera permitido.
Y ahora vámonos, porque si no va a venir a buscarnos, tenía una ansiedad
tan grande que debe estar dejando surcos en el altar —y dicho esto, estiró su
brazo para que se lo tomara.
Antes de tomarlo del brazo, lo volví a abrazar y le di un sonoro beso en
la mejilla.
—Te adoro, Keeper, eres el mejor hermano del mundo.
—Lo sé, lo sé —dijo riendo, y agregó—: Yo también te adoro. Bueno,
vámonos porque si no terminamos nuevamente llorando y no puedo permitir
que las damas invitadas a la boda me vean desaliñado —dijo sonriente y
haciéndome un guiño, nuevamente intentaba ser bromista.
Recorrimos el pasillo nupcial del brazo y mi mirada no se desvió de la de
Alvar, quien también me miraba fijamente. Lo vi tan emocionado que
nuevamente las lágrimas corrieron por mis mejillas. A pesar de la emoción,
me miraba sonriente y radiante.
Cuando llegamos al altar, estiró su mano para que se la tomara. Le di un
beso a mi hermano y tomé la mano de mi amado.
—Eres la visión mas sublime que he visto en mi vida. Eres hermosa, mi
amor.
—Tú también eres hermoso —dije.
Alvar no aguantó y me dio un beso en los labios, pero ambos sonreímos
cuando sentimos el carraspeo y comentario de Fran, que también hizo reír a
los presentes que lo escucharon, incluso al juez.
—No te apures vikingo, falta un poco para esa parte.
La ceremonia fue sencilla pero emocionante. Ya convertidos en marido y
mujer, nos fundimos en un abrazo y un beso que nos hizo olvidar que
estábamos rodeados de gente. El aplauso de los invitados y el nuevo
carraspeo de mi hermano nos volvió a la realidad.
—Te volviste a apurar vikingo, ese beso sólo está permitido cuando estén
solos. Yo no tengo porqué presenciarlo —exclamó, y se abrazó a mí mientras
me felicitaba y me decía lo feliz que era al saberme feliz.
—Deja de decirme vikingo y empieza a llamarme «hermanito» —propuso
Alvar, con una gran sonrisa.
—Ni lo sueñes, como mucho podré decirte «cuñado» —respondió Fran,
que ahora se abrazaba a Alvar mientras se palmeaban la espalda. Sabía que
esos dos se iban a llevar muy bien.
Después de unas horas de celebración, Alvar no aguantó más y me
propuso irnos. Estábamos deseosos de estar a solas. La noche de bodas y el
resto de la semana la pasaríamos en el apartamento de Punta del Este y luego
nos iríamos unos días a Europa recorriendo varios países en un auto de
alquiler.
Alvar se emocionó mucho cuando se despidió de toda su familia, habían
venido todos. Eran gente muy amable y cariñosa y estaban felices con nuestra
boda.
Cuando me despedí de mi hermano también fue un momento muy emotivo,
nos abrazamos fuerte trasmitiéndonos todas las emociones que sentíamos.
Mis amigas me fueron abrazando y diciendo lo felices que estaban por mí,
pero la más emocionada fue Sarisha. Con ella nos abrazamos y no
necesitamos decir nada, sabía lo que significaba para mi amiga el verme
casada con Alvar.
—¡Gracias! Te debo mi felicidad —dije, sabiendo que, si ella no hubiera
hablado con Fran, quizás en ese momento no estaría junto a Alvar.
—Yo no tengo nada que ver, el amor que se tiene hubiera triunfado, no
tengo dudas. Nunca vi a dos personas mirarse con tanto amor y devoción —
afirmó, y agregó sonriente mientras se limpiaba las lágrimas con la mano—:
Y mira que te llevaste a un Dios griego, el tipo está buenísimo, bueno, no
tanto como tu hermano, pero hay que reconocer que Alvar también levanta
suspiros.
—¡Eyyy, que estás hablando de mi marido y mi hermano! —dije riendo,
mientras también me limpiaba las lágrimas.
—Anda y disfruta de ese Dios que tienes por marido, esta noche hazle
muchas cosas malas —aconsejó, me hizo un guiño, giró y se fue sonriendo.
Dom y Malena también nos abrazaron deseándonos lo mejor, y
obviamente y como comentario infaltable después de que te casas,
pidiéndonos que no tardáramos en tener bebes para ellos poder malcriarlos.
Después de todos los saludos, nos escabullimos de la fiesta dirigiéndonos
a nuestro apartamento. Alvar me tomó en brazos para cruzar el umbral y así
me llevó hasta nuestro dormitorio. Me depositó con delicadeza en el suelo y
comenzó a mirarme con adoración y deseo.
—Aún no puedo creer que ya estemos casados —comentó.
—Pues lo estamos —respondí, mostrándole la alianza que lucía en mi
dedo.
—Quiero que sepas que me has hecho el hombre mas feliz sobre la faz de
la tierra. Que seas mi mujer me llena de orgullo. No sólo te amo con locura y
te deseo con desesperación, te admiro como a nadie, eres una mujer hermosa
y maravillosa, y yo tengo la gran suerte de que seas mía —y esas fueron sus
últimas palabras, porque se abalanzo sobre mí y comenzó a besarme con una
pasión arrolladora. Sus manos recorrían mi cuerpo con urgente
desesperación, pero sin perder la delicadeza con que siempre me acariciaba.
En unos segundos mi vestido estuvo en el suelo y Alvar se quedó mirándome
con los ojos turbios por el deseo.
—Déjame admirar tan sublime visión. ¡Eres una diosa! —dijo, con la voz
ronca, y nuevamente se acercó, me abrazó y comenzó a besar ardientemente
cada centímetro de mi cuerpo.
En unos segundos se había despojado de su ropa y estábamos en la cama.
Recorrió mi cuerpo entero son su candente boca mientras yo también
exploraba el espléndido cuerpo de él.
—Te necesito —susurré, cuando ya no podía más.
Alvar se colocó entre mis piernas, se acercó a mi oído y me susurró:
—Sra. Hills, voy a hacerle el amor —y sin más, se adentró en mi cuerpo,
que le pertenecía por completo, como el de él a mí. Cuando lo estuvo por
completo, ambos jadeamos y nos miramos a los ojos sintiendo exactamente
lo mismo, verdadero amor y una pasión incontrolable que nos corría por las
venas.
Alvar comenzó a moverse lentamente disfrutando de cada embestida,
mientras nuestros jadeos se intensificaban. Cuando notó mis espasmos,
aceleró el ritmo y el orgasmo nos alcanzo a la misma vez sacándonos un
grito liberador.
—Te amo, Dafne —exclamó, mientras se dejaba caer sobre mí,
totalmente relajado.
—Te amo, Alvar —repetí, mientras acariciaba su fuerte espalda y
disfrutaba de ese momento de plenitud total.
Luego de unos segundos subió la cabeza, me acarició el rostro
retirándome el pelo de la frente y me besó dulcemente. Se deslizó para
tumbarse a mi lado y llevarme consigo para acurrucarme a su lado,
abrazándolo.
—Gracias, mi amor. Gracias por hacerme tan feliz. Contigo a mi lado no
necesito más nada, contigo me siento en la gloria —declaró.
—Y yo te agradezco a ti por enseñarme a amar y sanar mi corazón.
¿Recuerdas que una vez me preguntaste si creía que hubiera alguien que
tuviera la llave para abrir mi corazón? —pregunté, y Alvar asintió con la
cabeza—. En ese momento te dije que esa persona no existía, pero me
equivoqué, porque la tenía frente a mí. Tú la tenías, eras la única persona en
el mundo que tenía la llave para abrir y sanar mi corazón. Y lo hiciste. Te
amo.
Alvar me miró, buscó mis labios y nuevamente se apoderó de ellos.
FIN