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Civilización Cretense: Cultura y Características

La civilización cretense se desarrolló en la isla de Creta entre el 3000 a.C. y el 1100 a.C., destacándose por su poderío comercial, arte, arquitectura y producción artesanal. Construyeron grandes palacios como centros políticos y culturales, decorados con pinturas murales. Aunque no se han podido descifrar sus escritos, se conocen tres etapas principales definidas por estilos cerámicos: prepalacial, paleopalacial y neopalacial.
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Civilización Cretense: Cultura y Características

La civilización cretense se desarrolló en la isla de Creta entre el 3000 a.C. y el 1100 a.C., destacándose por su poderío comercial, arte, arquitectura y producción artesanal. Construyeron grandes palacios como centros políticos y culturales, decorados con pinturas murales. Aunque no se han podido descifrar sus escritos, se conocen tres etapas principales definidas por estilos cerámicos: prepalacial, paleopalacial y neopalacial.
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Qué fue la civilización cretense?

La civilización cretense, también conocida como civilización minoica, es considerada un


antecedente cultural de la Antigua Grecia. Se ubicó en la isla de Creta, al sur de Grecia, durante
la edad de Bronce entre el 3.000 y y el 1100 a. C.

Durante su apogeo, la civilización cretense se destacó por su poderío comercial y naviero. La


isla de Creta fue considerada el centro político y cultural más importante del mar Egeo, ya que
estaba situada en un punto geográfico estratégico con conexión a Europa, Asia y África.

Además, estos pueblos se destacaron por el arte de sus cerámicas y sus pinturas murales, y por
su arquitectura, con la construcción de palacios como el de Cnosos. Estas piezas y construcciones
fueron usadas por los arqueólogos e investigadores para conocer la historia y características de la
civilización minoica, porque los registros escritos que existen de esta cultura aún no pudieron ser
descifrados.

Entre el 3.000 y el 2.000 a. C. los cretenses se agruparon en


pequeñas comunidades y conformaron las primeras aldeas. Se cree que parte de
estas poblaciones llegaron al territorio cretense desde otros lugares. Aunque también existen
registros de asentamientos anteriores a esta era, los especialistas no han podido identificar una
cultura común.

Debido a que no se pudieron descifrar los escritos de la civilización, los arqueólogos establecen
una periodización histórica en base al estudio de las cerámicas y objetos hallados. A partir de esta
evidencia, se suelen identificar tres etapas principales de la civilización cretense:

 Etapa prepalacial (2800-2000 a. C.). Esta etapa marcó el comienzo de la consolidación de la


cultura minoica, que estuvo caracterizada por el crecimiento urbanístico y por una población que se
dedicó a la agricultura, a la caza y a la explotación forestal. Posteriormente, la ubicación geográfica
privilegiada de la isla y la falta de algunos recursos llevaron a esta cultura a desarrollar la
navegación y el comercio. El conocimiento para manipular los
diferentes metales y materiales impulsó a los cretenses a comercializar sus productos con otras islas
del Egeo, Anatolia, Siria y Egipto.
 Etapa paleopalacial (2000-1700 a. C.). El creciente desarrollo comercial y artístico, y el
aumento poblacional de Creta permitieron inaugurar una nueva etapa que se caracterizó,
principalmente, por la construcción de palacios que funcionaban como sede de la vida económica y
social cretense. Estas edificaciones eran de gran tamaño y tenían un patio interno y ambientes de
almacenamiento.
 Etapa neopalacial (1700-1450 a. C.). Durante esta etapa un conjunto de catástrofes
naturales destruyó los palacios del periodo anterior, que luego fueron reconstruidos. Estos nuevos
palacios y edificaciones fueron aún más deslumbrantes que sus antecesores, a causa del
crecimiento económico cretense producto de la expansión comercial y el desarrollo de la
metalurgia y la cerámica.
 Postpalacial (1450-1100 a. C.). Algunos especialistas consideran que las erupciones
del volcán de la isla de Tera (actual isla de Santorini) marcaron el fin de la autonomía y la
independencia cultural cretense. Las cenizas volcánicas se asentaron en grandes áreas de la región
cretense y volvieron improductivas muchas de sus tierras. Esta crisis productiva generó un
decaimiento en la flota naviera y el poder comercial cretense. A su vez, durante este periodo de
debilitamiento político, Creta es conquistada por los aqueos y, desde entonces, gobernada por una
dinastía micénica

Arte, arquitectura y producción artesanal


Muchas de las evidencias que se tienen de la civilización cretense surgieron del estudio de las
cerámicas de la época. Arthur Evans fue un arqueólogo británico que dedicó gran parte de su
carrera al estudio de esta civilización, lo que permitió conocer el trabajo de los cretenses en
diferentes áreas como la metalurgia, la cerámica y la arquitectura.

 Arte. Las paredes de los palacios minoicos estaban decorados con pinturas murales. Los
principales motivos eran tomados de la naturaleza y buscaban recrear un ambiente sereno, con el
objetivo de hacer del palacio un espacio de belleza.
 Metalurgia. Se considera que esta civilización tuvo un gran desempeño y habilidad con los
metales: fueron buenos hacedores de joyas en oro, bronce y cobre.
 Arquitectura. Esta cultura se caracterizó por la construcción de lujosos y grandes palacios, que
fueron encontrados en lugares como Cnosos y Festos. Estas edificaciones eran de gran tamaño,
tenían columnas, patios, no tenían murallas y contaban con gran cantidad de ambientes. En sus
ambientes se destacó la presencia de frescos, que eran pinturas con coloridos y brillantes tonos en
las que se representaban paisajes y figuras.
 Cerámica. Esta manifestación artística fue la que posibilitó conocer gran parte de lo que se sabe de
la civilización cretense. Estos pueblos tenían un gran conocimiento sobre el manejo de la cerámica
y construyeron vasijas, ánforas y copas. Para decorarlas dibujaban y pintaban animales marinos y
figuras geométricas, y utilizaban colores como el amarillo, el rojo, el blanco, el pardo, el
anaranjado y el rosado.
 Escritura. Esta cultura desarrolló una escritura que se clasificó en tres etapas. En un primer lugar,
se trató de jeroglíficos similares a los producidos por los egipcios y luego existen evidencias
de escritura de tipo lineal A y B. Estos registros escritos de la época aún no pudieron ser
descifrados.

El mito del minotauro


El mito del minotauro es una de las leyendas más emblemáticas de Creta. La historia cuenta que
Minos, Sarpedón y Radamantis eran los tres hijos del rey Asterión. Luego de la muerte de Asterión,
Minos dijo a sus hermanos que la voluntad de los dioses era que él gobernara todo el palacio. Para
probarlo, les aseguró que los dioses responderían a cualquiera de sus pedidos. Le pidió entonces a
Poseidón, dios del mar, que hiciera salir del océano un toro y prometió que lo sacrificaría en su
nombre.

Poseidón así lo hizo, pero Minos, al ver la belleza del toro blanco, no quiso sacrificarlo, lo
ocultó en su rebaño y entregó otro toro al dios del mar. Al darse cuenta del engaño, Poseidón, como
castigo, hizo que Pasifae, la esposa de Minos, se enamorase del toro y concibiera con él a un
minotauro: un hombre con cabeza de toro que se alimentaba de carne humana.

Minos mandó a construir un laberinto para encerrar al minotauro porque generaba disturbios
en el pueblo y ordenó que cada año debían sacrificarse catorce jóvenes atenienses (producto de
ciertas disputas con ese pueblo) para alimentarlo.

Un joven ateniense, Teseo, se ofreció como víctima del toro y junto con Ariadna, la hija de Minos
de la que se enamoró, logró matar al minotauro y salir con vida del laberinto.

Alrededor del 2.000 a. C. se crearon en Creta grandes ciudades en las que se levantaron palacios y
mansiones imponentes. Cada palacio era una estructura autónoma desde donde se regulaba la
distribución o el almacenamiento de los alimentos y la vida política y religiosa de cada territorio.

Existían características similares entre los distintos palacios que se situaron a lo largo de toda
Creta. Muchos de ellos contaban con zonas de almacenamiento, cocinas, talleres, santuarios y
teatros. Se caracterizaban por no tener murallas a su alrededor, tener patios internos, talleres (en
los que se elaboraban muchas de las piezas que luego se comercializaban), columnas y frescos que
decoraban las paredes.

Alrededor del 1700 a. C. algunos de estos palacios fueron destruidos, se cree que a causa de
fenómenos naturales, y luego vueltos a construir.
Los palacios más destacados de esta época fueron:

 Palacio de Cnosos. Es el palacio más importante del que se tiene registro, y se encuentra a pocos
kilómetros de Heraclión, capital de la isla. Fue descubierto en 1878 y las excavaciones fueron
comandadas por Arthur Evans.
 Palacio de Festos. Está ubicado en el sudoeste de la isla, a 50 kilómetros de Heraclión, y es el
segundo palacio más importante. Tiene patios, talleres y templos, y su excavación estuvo liderada
por el arqueólogo italiano Federico Halbherr.
 Palacio de Malia. Es el tercer palacio más importante descubierto y está ubicado en el norte de la
isla de Creta. La edificación se realizó en torno a un patio central y fue destruido, junto con el
palacio de Festos y el de Cnosos, y luego reconstruido.
 Palacio de Zakros. Está ubicado en la costa este de la isla de Creta y se destacó por su importancia
comercial y militar. Es más pequeño que el resto de los palacios descubiertos.

Religión cretense

Como otros tantos pueblos de la antigüedad, la civilización cretense se caracterizó por ser
politeísta. Los cretenses veneraban a varios dioses y eran naturalistas, es decir, sus dioses
provenían o estaban relacionados con la naturaleza.

Rendían culto a la diosa madre de la naturaleza, que era símbolo de fertilidad y que era
representada por una figura femenina que solía estar acompañada por animales como serpientes y
pájaros.

Todo lo que se conoce de la religión de esta civilización se obtuvo a través de los objetos, el arte y
las edificaciones halladas. Se cree que los cretenses adoraban a sus dioses tanto en forma privada
como pública y para eso realizaban ofrendas que consistían en diferentes danzas, procesiones y
rituales de sacrificio de animales.

Para esta civilización fue de gran importancia la figura del toro, que era símbolo de vida y
fuerza. En muchas de las ceremonias de culto se realizaba un juego taurino, que consistía en que
uno de los acróbatas se arrojaba sobre un toro al que previamente provocaba.

Sociedad de la civilización cretense


En la civilización cretense, existía una minoría privilegiada vinculada a las cortes de los
palacios. Los restos arqueológicos permiten afirmar a los especialistas que esta minoría disfrutaba
de una calidad de vida superior, ligada al lujo y a las riquezas. En torno a los centros palaciegos,
existían además otros grupos familiares que vivían en edificaciones de dos o tres pisos y que,
probablemente, se dedicaban a los sectores administrativo y comercial.

La mayoría de la población libre estaba compuesta por campesinos y labradores, que vivían en
las aldeas del ámbito rural. Además, en la sociedad existían esclavos que, en su mayoría,
pertenecían a la corte de los palacios.

Economía y política de Creta


La economía de la civilización minoica estaba sostenida por el comercio marítimo. Su cercanía
con el delta del Nilo les permitió a los cretenses tener un gran intercambio cultural y comercial con
Egipto, Chipre, Siria, Sicilia, Asia Menor y el resto de Grecia.
Creta tenía muy desarrollada la producción artesanal, por lo que exportaba productos de
cerámica, tejidos y utensilios de metal. También era importante la agricultura y la ganadería, y
exportaba muchos de los productos obtenidos de estas industrias, como el aceite, el vino, las
aceitunas, la lana y el trigo. Por su parte, Creta importaba de otros territorios metales, como oro,
cobre y plata.

Aunque por su tamaño y estructura el palacio de Cnosos tenía una notable superioridad respecto
de los otros, no existía una unidad política que rigiera toda la civilización cretense. En torno a los
diferentes palacios se organizaba la vida política, social, religiosa y económica de las poblaciones
cercanas.

Sigue con: Civilización griega

Período Helenístico
Te explicamos qué fue el Período Helenístico, cómo se originó y sus principales eventos. Además,
sus características, ciencias y artes

Qué fue el Periodo Helenístico?


Se conoce como Periodo Helenístico, o Helenismo a la etapa de la Edad Antigua que abarca
desde la muerte de Alejandro Magno en 323 a. C. hasta la conquista del Mediterráneo oriental y
Asia Menor por parte de la República romana, en 31 a. C.

Este periodo está marcado por la fragmentación del imperio alejandrino y la aparición de
diferentes reinos independientes en los territorios de Grecia, Egipto, Anatolia, el
Levante, Mesopotamia y Asia central. A su vez, la fusión de la cultura griega con las culturas
orientales dio como resultado la creación de un tipo de cultura nueva, atravesada por tradiciones de
diferente origen. Es un periodo en el que las artes, la filosofía y las ciencias aplicadas tuvieron un
gran desarrollo, ya que se implementaron políticas de mecenazgo y estímulo para artistas y eruditos
en diferentes reinos

Características del periodo helenístico


Las principales características del Periodo Helenístico son:

 La fragmentación política del imperio alejandrino.


 La expansión de elementos culturales griegos en Asia Menor y el Próximo Oriente.
 La aparición de nuevas ciudades como centros políticos y culturales del mundo antiguo.
 La conformación de nuevos reinos, bajo el poder de las dinastías antigónida, ptolemaica y
seléucida.
 El desarrollo de un sincretismo religioso, que combinó creencias y mitos de la cultura griega con
cultos y costumbres orientales.

Una de las primeras cuestiones que le preocupó fue la causa del mal en las acciones de los
hombres. Esta pregunta le llevó al maniqueísmo, secta cristiana caracterizada por una posición
dualista que confrontaba de manera radical el bien y el mal, el «reino de la luz» y el «reino de las
tinieblas». En la «Carta de Fundación» de Manes, nuestro filósofo halló una respuesta a la pregunta
que le inquietaba: el ser humano no era libre, tan solo podía identificarse con una parte de sí
mismo, el «alma buena». Todo lo demás, las pasiones, el apetito sexual o la degeneración física
provenían de una fuerza extremadamente poderosa y amenazante, el «reino de las tinieblas», que
actuaba como un principio activo que trataba de invadir el «reino de la luz». A pesar de este primer
hallazgo, Agustín fue progresivamente desilusionándose con dicha doctrina, pues se basaba en una
idea muy simplista de la naturaleza del hombre y de su conducta. Desde el punto de vista moral, el
maniqueo se contentaba con liberar la parte buena de sí mismo sin tener en cuenta el proceso de
toma de decisiones o las dudas que amenazan a la voluntad. El mal siempre constituía una amenaza
activa, mientras que el bien adoptaba una posición defensiva y, en último término, pasiva. Desde el
punto de vista intelectual, Agustín acabó viendo en las doctrinas maniqueas una gnosis dominada
por elementos esotéricos cuya sabiduría procedía de una revelación secreta.
Vivió siempre en pequeñas comunidades de amistad en las que se debatía sobre cuestiones
filosóficas y religiosas. La más célebre es la que formó en torno a una villa cercana a Milán
llamada Casiciaco.

las Confesiones. Agustín la escribió a los cuarenta y tres años, cuando ya era obispo de Hipona. Se
trata de una auténtica autobiografía intelectual, muy distinta a las anteriores que conocemos, de una
sorprendente profundidad psicológica. Como ha señalado Peter Brown en su espléndida biografía,
las Confesiones son un «manifiesto del mundo interior» que Agustín redacta para arreglar cuentas
consigo mismo: «escribir las Confesiones fue una acción terapéutica; los muchos intentos que se
han hecho para explicar el libro solo como una provocación externa, o como una idea fija
filosófica, ignoran toda la vida que corre a través de él» (Brown 2001: 175). A lo largo de sus
páginas, Agustín muestra cómo el estudio de las obras de Plotino supuso para él el hallazgo de las
respuestas que buscaba como católico:
Las posibilidades de la fe cuando se une a la razón

Para Agustín no hay rivalidad entre fe y razón, pues la razón lleva al humano siempre a la fe. Una
vez que la tiene, la razón debe usarse para profundizar en la fe. Es así como debemos entender la
sentencia agustiniana «entiende para creer, cree para entender». Por lo tanto, razón y fe se
complementan.

El conocimiento de la verdad debe buscarse como consecuencia de una necesidad íntima, pues
aporta la verdadera felicidad. Solo el sabio puede ser feliz y la sabiduría requiere el conocimiento
de la verdad. La afirmación escéptica según la cual no existe la verdad se contradice al señalar la
verdad de dicho juicio. De ahí que hasta los escépticos han de afirmar el principio de no
contradicción que enunció Parménides. La cuestión no es si existe o no la verdad, sino cómo
obtener certezas. La respuesta ha de buscarse en el autoconocimiento: si dudo, existe un sujeto que
duda y, en consecuencia, puedo afirmar que dicho sujeto existe: si fallor, sum.

Siguiendo una interpretación neoplatónica, Agustín distingue varios tipos de conocimiento: el


conocimiento sensible, que es un conocimiento cambiante y cuya utilidad para la vida práctica
diaria es innegable, está al alcance tanto de los humanos como de las bestias. Sin embargo, el
conocimiento propiamente humano es el racional, en el que Agustín distingue dos niveles: el
conocimiento racional inferior, que nos permite juzgar las cosas sensibles de acuerdo con los
modelos eternos, y el conocimiento racional superior, también llamado Filosofía o Sabiduría, que
posibilita el conocimiento de las verdades eternas, inmutables, universales y necesarias que
fundamentan nuestros juicios. Estas verdades son para el de Hipona de dos tipos: las ideas
ejemplares (belleza, bondad o justicia, entre otras) y las verdades eternas (axiomas matemáticos,
ideas geométricas y otras de este tipo).
Ahora bien, si realmente existen estos modelos ¿dónde se encuentran? Agustín responde que las
ideas son esencias objetivas y se encuentran en la mente de Dios. El hecho de que el ser humano
sea capaz de acceder a ellas no significa que pueda captar la esencia de Dios, sino que estas
verdades se perciben por estar iluminadas como por un Sol. Una metáfora de clara inspiración
platónica que Agustín tomó muy probablemente del Sol que deslumbra al personaje que logra
escapar en el Mito de la Caverna. De acuerdo con la llamada Teoría de la Iluminación, no es
posible acceder a estas verdades eternas a través de los sentidos, debiéndose buscar en la intimidad
de la conciencia como un proceso de autoconocimiento. Todo ser humano las posee dentro de sí y,
por tanto, cada cual es responsable de esta labor de introspección. La verdad no se encuentra en el
mundo externo, sino en el alma, y se capta por medio de la iluminación divina.

Siguiendo la tradición judeocristiana, Agustín defendió que Dios creó el mundo junto con el tiempo
(por lo tanto, de manera instantánea) por medio de un acto de libre voluntad. El acto de la creación
se realizó desde la nada (ex nihilo), pero a partir de las ideas eternas que se encuentran en la mente
divina: las ideas ejemplares y verdades eternas, que Agustín también denomina arquetipos y que
Dios, como un demiurgo platónico, ha realizado en la materia. Las cosas del mundo existen en la
medida en que Dios les ha otorgado existencia. Además, la divinidad depositó en la materia los
gérmenes de todos los seres futuros para que fueran desarrollándose de manera progresiva en el
tiempo. Así, todo ser creado está formado de materia (que, como en el estoicismo, puede ser
corpórea o espiritual) y forma (la esencia que le hace ser lo que es). Esta tesis, conocida como la
teoría de las rationes seminales, permite a nuestro filósofo fundamentar la existencia de un plan
divino, emplazado en la mente de Dios, por el que el ser supremo tiene conciencia de lo que fueron,
son y serán todas las cosas por él creadas.
La existencia de Dios puede demostrarse también partiendo del mundo como creación y, por tanto,
como algo contingente. A la vista de la creación, se hace necesario una causa eficiente, de la misma
manera que de nuestros actos corporales se deriva la existencia de nosotros mismos. La necesidad
de esta causa eficiente remite directamente a Dios. Pero el argumento preferido de Agustín procede
de su propio recorrido intelectual y, por tanto, de una profunda labor de introspección, que, como
ya he indicado, él mismo nos relata en sus Confesiones: caso de existir las verdades eternas, se
hace imprescindible la presencia de un ser eterno e inmutable responsable de su creación. Dada la
naturaleza humana, mudable y finita, estas ideas no pueden haber sido creadas por nuestra mente y,
en consecuencia, han de ser obra de un ser eterno e inmutable: Dios, a quien conocemos de manera
imperfecta a través de las huellas que ha dejado en sus criaturas. Como ha afirmado Ettienne
Gilson, este sería el argumento más personal de Agustín para mostrar la existencia de Dios.
Nuestra imperfección limita gravemente la posibilidad de afirmar características concretas de este
ser eterno e inmutable, pero Agustín se aventura a señalar algunas que se derivan de su capacidad
para introducir en nosotros las ideas ejemplares. Dios ha de trascender el espacio y el tiempo, su
esencia ha de ser la bondad, la sabiduría (es omnisciente) y el poder (es omnipotente). Agustín
concibe a Dios como necesariamente simple, en el sentido de no constar de partes. Las razones de
las cosas creadas se mantienen inmutablemente en él, pues en su mente radica el plan sobre el
mundo cuya ejecución describe las distintas etapas de la historia universal. Todas las cosas poseen
verdad ontológica en la medida en que encarnan o ejemplifican el modelo radicado en la mente
divina.
La cumbre de la creación divina es el ser humano, que consta de un cuerpo material y de un alma
inmortal. Agustín recurre nuevamente al neoplatonismo para definir al ser humano como un alma
racional que se sirve de un cuerpo mortal y terreno. El alma humana es un principio inmaterial.
Aunque esta perspectiva es, insisto, deudora del dualismo platónico, nuestro filósofo no adopta la
teoría platónica del alma en su totalidad, ya que no distingue en ella tipos ni clases y pone en valor
el cuerpo en tanto que obra de Dios. Tampoco se sirve de esta teoría, como sí hace el filósofo
griego, para construir una jerarquía con consecuencias políticas. Más bien, la idea de Agustín es
sentar las bases de la demostración de la inmortalidad del alma. Para este objetivo utiliza el
argumento platónico de los contrarios, aunque con matices. Si es cierto que el alma es principio de
vida, dado que dos contrarios son incompatibles, el alma no puede recibir la muerte. Dicho de otra
forma: si la esencia del alma es la vida, ¿cómo puede darse en ella la esencia contraria? Además,
como ya se ha indicado, el alma aprehende verdades indestructibles, lo que prueba que ella es a su
vez indestructible.
El alma es creada por Dios y se une al cuerpo, pero no por un castigo como ocurre en Platón. La
creación divina es fruto de la bondad, pues tal es la esencia de Dios.

Una ética clásica de la felicidad que culmina en el amor a Dios


Afirma la felicidad como el fin de la conducta humana. La felicidad es un estado al que se llega
cuando se produce el encuentro con Dios. Pero ¿qué significado posee este encuentro? Agustín no
se refiere a la máxima expresión de una vida teorética que se conforma con la contemplación de la
divinidad, al modo aristotélico, sino a una unión amorosa y sobrenatural como culminación
cristiana al esfuerzo humano ayudado por la gracia. La ética de Agustín es una ética del amor que
requiere el concurso de dos voluntades, la humana y la divina, pero es esta última la que
graciosamente concede al humano ese don. Reformulando el principio estoico que residencia el
supremo bien del hombre en la integridad moral, Agustín afirmará que únicamente puede darse una
vida buena y honesta mediante el amor a Dios y al prójimo.
En definitiva, Agustín defendió el libre albedrío entendido como ejercicio y expresión de la propia
voluntad. Ahora bien, la voluntad está obligada a reconocer al mismo tiempo el deber de amar a
Dios. Toda acción humana debe juzgarse en relación con la intención que la guía: si es conforme a
la ley de Dios será buena; en caso contrario, será considerada pecado. Esto significa que la
voluntad es libre de apartarse del bien inmutable y adherirse a los bienes mudables, pero todos los
hombres son conscientes de uno u otro modo de las normas morales, reflejo de la Ley eterna, pues
Dios las ha impreso en el alma de todos los seres humanos; prueba de ello es que incluso los impíos
son capaces de juzgar justamente. Sin duda, se trataba de una solución que un estoico podría
matizar, pero no negar con rotundidad.

Si convenimos en que Agustín tiene razón, cabe preguntarse qué es el mal y qué papel juega.
Nuestro filósofo distingue tres clases de mal: en primer lugar, nos encontramos con el mal físico,
esto es, con el dolor y con la enfermedad. Afecta fundamentalmente a los cuerpos y es
consecuencia del pecado original. El mal también puede concebirse en sentido moral, es decir,
como pecado. Se trata de un mal absoluto en cuanto que puede conducir al castigo eterno. El mal
moral ha de conciliarse con la bondad divina, lo que implicaría, como he señalado, la existencia de
la libertad. Si el mal físico es consecuencia del pecado original, el mal moral lo es de un acto de
soberbia del ser humano y se encuentra ligado a una mala voluntad.

Por último, ¿puede hablarse de un mal metafísico u ontológico? Agustín opina que no, puesto que
en tal caso deberíamos afirmar que Dios, creador del mundo, es la causa última del mal. De nuevo,
acudirá al neoplatonismo y, en concreto, a Plotino para tomar la idea del mal ontológico como
mera privación: el mal es privación del bien, entendida como alejamiento de Dios. Esta tesis será
muy discutida por los filósofos posteriores, sean o no cristianos.

El pensamiento político agustiniano ha de entenderse desde esta premisa. Para Agustín, los seres
humanos se dividen entre aquellos que aman a Dios sobre todas las cosas y los que se aman a sí
mismos antes que a Dios. El acicate que estimula la Historia hacia su objetivo final es la dialéctica
entre estos dos tipos de hombres. Los primeros forman lo que Agustín denomina la Ciudad de
Jerusalén, o Ciudad de Dios, basada en el amor a Dios a través de la Iglesia. Los segundos forman
la Ciudad de Babilonia, o Ciudad terrenal, basada en el amor de los hombres a sí mismos. Las
encarnaciones históricas de esta última son los imperios paganos de Asiria y Roma. La
confrontación entre ambas ciudades posee un poderosísimo atractivo moral, pero también retórico.
Ya Cicerón había disociado en sus discursos políticos dos clases de humanos: los que se aman a sí
mismos sobre las demás cosas y los que aman en primer lugar a la patria. Ese lector infatigable del
orador romano que fue Agustín vuelve sobre esta dicotomía, aunque formulada en un sentido muy
distinto, ya que presenta al Imperio Romano como ejemplo de la Ciudad de Babilonia.
La sociedad es para Agustín una multitud de criaturas racionales asociadas de común acuerdo en
cuanto a las cosas que aman. La finalidad de este planteamiento es señalar que el Estado no será
moral si no es un Estado cristiano, es decir, un Estado que hoy denominaríamos confesional.
Agustín no se muestra en ningún momento contrario al Estado; reconoce su utilidad intrínseca
como instrumento de coacción ante la persistencia en las sociedades del pecado original y sus
consecuencias.

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