Demons
Demons
El canto se escuchaba a través del viento hasta llegar a los oídos de quien espiaba
silenciosamente la escena perfectamente familiar. El cristal no retuvo las ondas
sonoras y los acordes desafinados removieron aún más las hojas secas a su
alrededor. Frente a esa ventana, observaba la figura de una familia. Tan normal
como la que habita la casa de al lado, si hubiera alguna casa a menos de quinientos
metros; o tan normal como alguna vez fue la suya. Un hombre de traje arrugado y
lentes redondos sonreía a su esposa de aspecto amable y delantal rosa. Frente a
ellos, con infantil emoción propia de su edad, se encontraban unos gemelos. Rubios
de cabello largo y miradas centellantes se abrazaban con desembozo luciendo
espantosos y puntiagudos gorros sobre sus cabezas. Sobre la mesa, una pequeña
tarta de aspecto blanquecino y dos velas encendidas.
Mudo testigo. Ahí estaba él. Como el más odioso de los vecinos o el más obsesivo
de los secuestradores acechando una posible víctima. A su lado, Ray Toro con un
pesado rifle y la vista clavada en el enorme roble al lado de la construcción. Él
cargaba también un arma. Un rifle que se sacudía como el móvil de la abuela
colgado sobre el marco de la puerta. Recordaba bien ese móvil. Los patos de cristal
amarillo chocaban entre sí creando esa adictiva sinfonía que se asemejaba al sonido
emanado de su boca producto de la colisión de su dentadura.
En esa noche fría, cualquier delirante pensamiento sonaba a Gloria. Todo lo hubiera
dado por estar escuchando ese sonido sentado sobre el piso de madera y sintiendo
la brisa cálida de una tarde de Abril. Se imaginaba allí, con sus jeans rotos y un
libro ya leído sobre sus rodillas. A su lado, el perro viejo llamado Max y, frente a él,
la abuela cantando una canción sobre marinos y piratas.
Buenos recuerdos.
— No tiembles — susurraron cerca de su oído como una canción de cuna.
Apretó más el rifle a sus manos, sintiendo el entumecimiento de sus dedos.
La granja se iba esfumando, así como sus esperanzas por volver a ver esos patos.
Cayendo en la realidad. La abuela había muerto y él estaba frente a la casa de unos
desconocidos, apuntando con un rifle de aire comprimido sin un blanco definido.
Quería gritar. Liberar la frustración acumulada, o por lo menos suplicar porque
regresaran al auto. Sus piernas estaban heladas e inmóviles por seguir estando en
cuclillas detrás del coche por más de veinte minutos apuntando insulsamente al
vacío. Sus orejas estaban frías y su nariz comenzaba a liberar gotas cristalinas,
estampándose contra el pavimento.
— Silencio —. Nuevamente la voz dura de Ray se escuchó tan tenue como si
estuviera a veinte metros y no a dos centímetros. Iba a refunfuñar. ¿Qué
sonido había hecho esta vez? Se escuchaban sus respiraciones. El viento
mover las hojas, y… Un momento, « ¿Y el sonido de las voces provenientes
de la casa? »
Ya no había risas ni cantos. Un silencio perturbador y una perpetua oscuridad.
Ray se puso de pie. Él le siguió sin estar muy seguro de lo que tenía que hacer.
Corrieron por la cochera. Sintió la adrenalina recorrer el camino que hace su sangre
a cada segundo. Las respiraciones se agitaron. Las pulsaciones aumentaron como
aumenta la marea al anochecer.
Estaba ahí, por fin. Buscando respuestas. Siguiendo un plan. Creando una
venganza.
Cuando Ray abrió la puerta, apenas pudo ser testigo de lo que en la oscuridad se
movió cual brisa invernal. Una mancha oscura había salido por la puerta de cristal
que daba el patio.
— Busca a la familia — dijo Ray en un tono autoritario.
Iba a hablar, pero, nuevamente el castaño hizo un rápido movimiento
desapareciendo él también perdiéndose entre las sombras. Caminar entre la
oscuridad con un rifle en lo alto implicaba dos problemas principales, el primero, su
falta de visión sobre lo que podía pisar; y, segundo, el miedo que sentía bajo la
situación. Lo cual, le hacía mantener el dedo sobre el gatillo mucho más fuerte de
lo que Ray le había recomendado. «Cuida mucho tus balas». Quién iba a pensar en
ello cuando las sombras se mueven y atacan. Cómo dejar de temblar si lo que
siempre veías a través de la mega pantalla en un cine descubres que no se queda
ahí. ¿Cómo se reacciona ante lo paranormal?
Gerard había dejado la escuela y ahora se dedicaba al cien por ciento a la funeraria.
Estaba aprendiendo a embalsamar a sus ―clientes‖, y, oficialmente, era quien se
encargaba de que, hombres y mujeres, encontrados en callejones mutilados, fueran
velados con toda la dignidad posible, vistiéndoles como en vida, delineando sus
labios y dando color a sus mejillas.
—Señora Parker, está usted, hecha un bombón—sonrió a su difunta clienta
mientras besaba una de sus frías manos en un gesto de galantería. Cualquiera
podría pensar que el trabajo realizado por el mayor de la familia resultaría
turbador, con toques muy constantes de asco. Para Gerard, ver a cadáveres frente
a él, era lo rutinario. «He de temerle más a los vivos que a los muertos». Explicaba
cada vez que algún amigo lograba inmiscuirse en su vida privada, preguntando por
su empleo.
La puerta de su estudio se volvió a abrir. Detrás de la placa de madera estaba un
chico de estatura media, cuerpo preocupantemente delgado, cabello castaño, lacio
y un poco largo, lo justo para caer distraídamente sobre sus ojos; las gafas
terminaban por dar el último toque a la presentación del chico que sonreía con
complicidad al ver los labios de Gerard sobre el dorso de la mano de aquella mujer
(que en paz descanse).
—Necesitamos incienso. Los Parker desean incienso para el velorio.
Gerard asintió observando el cuerpo delgado que parecía demasiado frágil para
realizar una vida normal. Los ojos del chico brillaban como siempre. Con una
felicidad que parecía eterna. Cada vez que le veía le parecía apreciar lo mismo. Era
como si en el interior de su hermano, naciera una luz que estaba dispuesta a salir
en forma de la más dulce de las sonrisas. Michael Way era tímido. Siempre sumido
en un mundo de fantasías, con formas y colores abstractos. De aspecto quebradizo,
tal vez fue eso lo que le inspiró a llamarlo Mikey. Eso, y el sentimiento de culpa que
lo azotaba al escuchar ―Michael‖, recordando las veces que su hermano recibió la
sanción que en honor, debería de ser para él.
— ¿Encontraste el incienso?—preguntó viendo en la cara de su hermano, una
inusual seriedad.
—No— contestó con simpleza—iré a comprar. Los Parker en verdad quieren
incienso.
Gerard asintió. Volviendo a su afable labor dando los últimos arreglos a Juliette.
—Nos vemos, Gerard.
—Adiós—respondió sin mirar a sus ojos.
Mikey cerró la puerta dejando tras de sí un olor a vainilla semejante al que poseían
las velas de olor que adornaban cada rincón secreto de su casa; y todo quedó en
silencio, otra vez. Un silencio que fue abruptamente interrumpido por el brazo de su
madre abriendo la puerta de un solo movimiento.
—Necesito a Juliette en la sala cinco, en este momento.
Gerard asintió empujando la mesa con el ataúd con lentitud. —Madre —se atrevió a
preguntar con nerviosismo latente— ¿Ha regresado ya Mikey?
Donna elevó una ceja, curiosa.
—Dijo que iría a comprar incienso. Que los Parker lo habían pedido.
—Ningún cliente ha pedido incienso para este día. Vamos, apresúrate.
Gerard empujó con más ahínco la mesa movible. Algo en su pecho se oprimió, y en
silencio comprendió que, desde ese día, nada volvería a ser como antes.
Ray era amigo de la familia desde que la memoria de Gerard le permitía recordar.
Sólo un par de años mayor, y quedando huérfano de padre y madre. Tal vez, eso
fue lo que inspiró a Donna a llevarlo a casa con ella durante una temporada, pero
Ray era bastante independiente a pesar de sus diecisiete años; así que, sólo
estando dos meses en casa de los Way, salió rumbo a un destino desconocido.
Gerard le veía seguido. Tan seguido como una persona que recorre el país
frecuentemente pueda regresar. Nunca preguntó por el empleo de su amigo, pero
dejaba buenas ganancias, desde su punto de vista, a juzgar por el auto, la ropa, y
el hecho de que, en cada regreso, traía una pieza de colección para Donna. Su
madre tenía sobre la chimenea, una larga fila de figuras de porcelana.
A pesar de no conocer su oficio, Gerard sabía que Ray tenía afición por las cosas
paranormales. Él le había prestado varios libros que a Gerard le habían parecido
simple basura capaz de enajenar a las grandes masas, pero no a él. Los fantasmas
eran cuentos de Hollywood para crear películas estúpidas sobre chicas rubias. Pero,
el círculo debajo del tapete… Ya lo había visto antes. Seguramente Ray también, y
eso le preocupaba. Si tan solo Mikey no hubiera conocido a Ray. Si tan solo hubiera
tenido más amigos y menos libros, tal vez, y solo tal vez, esto no habría ocurrido.
Observó el mustang negro 1994 y sonrió. Pronto el esponjado cabello de su amigo
se movió rumbo a la puerta. Gerard abrió sin necesidad de golpear o escuchar el
timbre. Ray tenía una expresión cansada. Debajo de sus ojos, una mancha oscura
se dibujaba, y su rostro estaba pálido como quien está a punto de desmayarse.
Parecía como si, su amigo hubiera manejado toda la noche, tal vez desde Nebraska,
Illinois, o de Alaska. Era difícil saberlo. Ray era misterioso por naturaleza.
—El pantáculo— murmuró con voz cansada. Pastosa. Como si no hubiera hablado
en un par de semanas —. ¿Dónde está?
—En la habitación de Mikey, pero espera—pidió al ver que su amigo daba los
primeros pasos hacia la escalera—la policía ha llegado hace media hora.
Ray abrió los ojos impresionado.
—Lo tuve que borrar.
La cara de decepción que Ray mostró sólo se podía comparar con la de un niño
cuando no obtenía su regalo deseado en Navidad.
—Pero sé cómo es—aseguró Gerard dándole una esperanza al pequeño niño
desilusionado—ya lo había visto antes. Además, tenía la inscripción: ―BALAM‖ con
letras rojas.
Los ojos del castaño se abrieron desmesuradamente, con un brillo sorprendente
que alarmó a Gerard. La boca de Ray estaba a punto de abrirse, sino fuera por la
voz de Donna realmente nasal, y los ojos rojos que se posaron frente a sí, hubiera
soltado todo lo que escuchar esa palabra le provocaba.
—Ray, no sabía que estabas aquí.
El nombrado se acercó a quien le gustaba llamar: Tía, sus brazos rodearon ese
cuerpo que comenzó a tiritar al verse consolada por ese buen chico, como solía
llamarle ella.
—Todo estará bien, tía—susurró contra su oído, dando ligeros golpes a la curveada
espalda—lo encontraremos, ya verás.
Gerard sintió en aquel momento lo que todo mortal definiría como: ―Envidia‖. No
porque Ray estuviese abrazando a Donna, sino, envidia por no ser tan amable y
considerado como su amigo. Envidia de no haber brindado un abrazo a su madre en
ningún momento antes y después de la desaparición de su hermano.
—Vamos a cenar—dijo su madre separándose un poco de su ―hijo postizo‖.
—Lamento no haberte traído algún regalo.
Donna sonrió. —Tu presencia es un regalo para mí, cariño.
Pasaron al comedor y cenaron en silencio. Los cubiertos chocaban entre sí y contra
el plato. Los dientes machacaban los trozos de carne, y el sonido del agua de limón
caer por sus gargantas sonaba como un gorgoreo.
Era un silencio obligado. Asfixiante. Enloquecedor.
Pero el teléfono se dejó oír, por fortuna, interrumpiendo la cena y los mágicos
sonidos de cuatro personas al comer.
— ¿Diga?—atendió Donald con voz serena—Sí, soy yo. Sí… No…—el hombre cerró
los ojos cuando el teléfono volvió a caer en su lugar.
— ¿Qué pasa querido? ¿Quién era?
Fueron largos los segundos en que Donald permaneció con la mirada perdida,
analizando las palabras escuchadas, conteniendo las lágrimas y pensando en cosas
agradables, por muy pocas que encontrara después de haber escuchado la voz de
James Stanford, un policía amigo suyo.
—Era James—dijo con dificultad. Arrastrando las palabras como si expulsarlas le
costara más trabajo que aguantar la respiración bajo el agua.
— ¿Qué dijo?—preguntó el mayor de sus hijos con un tono desesperado.
—Encontraron un cuerpo a las orillas de la ciudad. La edad se ajusta, y… James
cree que puede ser Mikey. Tenemos que ir a reconocerlo mañana por la mañana.
El sollozo de Donna armonizó perfectamente con el vaso que Gerard había dejado
caer. Mikey, ¿Muerto? Su dulce hermano, asesinado. Todo era posible en Newark.
Después de todo, eran los número uno.
La vista se le empañó, pero antes de dejar salir el llanto contenido, subió entre
tropiezos y maldiciones a la habitación de Mikey. Sentía un ardor en la garganta
nunca antes experimentado. Como si hubiera tomado gasolina y alguien hubiera
introducido un cerillo para incendiar sus cuerdas bucales y su lengua. Las lágrimas
mojaron rápidamente su rostro que estaba rígido. Sus dientes se apretaban y los
puños se ceñían con fuerza, sintiendo el dolor que causaba la presión de las uñas
sobre su piel. « ¡Mikey, Mikey, Michael! ». Gritaba en su mente. Sus labios se
apretaban. Ningún sonido salía de ellos, pero su cabeza se sentía explotar con
tantos zumbidos.
—No estás muerto—habló finalmente—Mikey vuelve… ¡Mikey!
La puerta se abrió sorpresivamente y, avergonzado de su llanto, se puso de pie
dando la espalda a su amigo de toda la vida. Ray no le habló, ni siquiera le miró;
sabía que Gerard tenía ideas retrógradas acerca del llanto, la debilidad y el tragarse
los sentimientos más fuertes, como el amor y el dolor. En cambio, el hombre
comenzó a indagar entre las pertenencias de Mikey, levantando hojas de papel y
ojeando los pesados libros.
Cuando Ray hubo terminado su rápida inspección, Gerard ya estaba recuperado,
con los ojos rojos, pero sin lágrimas aparentes. Volteó hacia él y escuchó las
palabras de su amigo con atención.
—No cabe duda—dijo sosteniendo un pesado libro—hizo una invocación.
Gerard elevó ambas cejas sorprendido, acercándose más al mayor.
—Gerard, puede que Mikey esté vivo.
El pelinegro observó hacia la ventana sin cortinas. La noche estaba muy oscura y
había luna llena. El viento movía los árboles, y un encantador silencio era la banda
sonora de la oscuridad. En su mente, las palabras de Ray viajaron rebotando como
una gran pelota de Básquetbol.
Giró la vista hacia su amigo. —Ray, ¿A qué te dedicas?
Ray Toro suspiró con resignación. Era momento de hablar.
Se sentó sobre la cama de Mikey y procedió a entablar una charla que siempre
deseaba alargar, por lo menos, con Gerard. Su mejor amigo, y el niño al que había
que cuidar y abrazar para que llorara en silencio sobre su hombro.
—Gerard, soy cazador.
El camino fue silencioso. Gerard se perdía en el brillo que irradiaban las estrellas al
alejarse de la ciudad. Ray pensaba en lo aburrido que era viajar con música de Bon
Jovi. Optó por apagar el estéreo y rezar (cosa que no acostumbraba) en silencio
esperando que Mikey estuviera bien.
—Ray —la voz del pelinegro sonó bastante lejana para el conductor que tardó
varios segundos en lanzar un bufido en forma de respuesta —. ¿Para qué quieren el
alma de las personas?
—No lo sé —contestó luego de un moderado silencio —. Supongo que tendría que
ser demonio para decírtelo.
Gerard asintió con la cabeza.
—Y… ¿Cómo destruyes a un demonio?
—Lo exorcizas.
Ray terminó con su acostumbrada simpleza toda la conversación.
Sus miradas no volvieron a cruzarse hasta leer el anuncio con letras blancas que
declaraba, oficialmente, la llegada a su destino.
―Bienvenidos a Somerville‖.
Lo que ocurrió en esa ciudad ya es historia. Poco importa si fue testigo de la muerte
de una criatura inimaginable, o si disparó por primera vez en su vida. Ya no sentiría
el tiemble de sus rodillas ni vería niños llorando por la pérdida de ambos padres.
Gerard tenía que confesar silenciosamente que después de esa noche, admiraba
más que nunca a Ray.
Sus pasos lo llevaron nuevamente a la habitación de su hermano. Le parecía
totalmente increíble no ver la luz que sobresalía en la parte inferior de la puerta,
producto de una luz encendida si estaba leyendo, o por la computadora o la
televisión. La cama de Mikey estaba hecha un desastre, como si fuera ―vomitada de
borracho‖ como diría su madre. No era lo mismo verla si no estaba su hermano a
quien molestar por su desorden. En un par de horas iría junto a sus padres a
identificar su cuerpo sobre una camilla plateada y todo habrá terminado. Sin
círculos extraños, sin demonios y sin falsas esperanzas. Sólo la pura y cruel
realidad de ver a su hermano tendido sin respiración.
Su vista se nubla y su piel siente el extraño ardor que le causan las pesadas
lágrimas. Se acuesta sobre la cama vacía y espera que ese hoyo en su interior se
reduzca antes de que la oscuridad lo consuma a él.
Siempre pensó que era el mejor. Que era independiente, frío e insensible. Pero no
lo es. La verdad se alza orgullosa frente a él, y Gerard Way descubre que no se
trata de ser mejor, peor, de independencia o cinismo. Todo es cuestión de
humanidades y sentimientos. Esa bola de estúpidas sensaciones que hoy se
arremolinan en su estómago y exprimen su cabeza como a la mejor de las
naranjas. ¡Todo es culpa de los sentimientos y del desgraciado que se atrevió a
tocar a su hermano!
Cerró los ojos demasiado cansado en maldecir algo que no tenía rostro ni forma.
Cerró los ojos tratando de contener el llanto y el maldito hipo que le había dado.
Cerró los ojos y aspiró el extraño aroma en esa habitación ajena, pero cálida a la
vez. Cerró los ojos, esperando escuchar la voz de su hermano pidiéndole que se
fuera de su cuarto.
...
Sus ojos se abrieron con pesadez. Pudo haber estado dormido por horas o por
minutos, eso jamás lo notaría. Pero una mano sacude su hombro y ruega a todos
los Santos, demonios y hadas del bosque que sea la de su hermano tratando de
echarlo sin usar la violencia física. Gira su cuerpo y observa con una sonrisa a su
madre. La sonrisa cae y en su mente se graba el momento más decepcionante en
su vida al ver a la rubia frente a él, y no a su hermano intentando amenazarlo con
un pesado libro que apenas puede cargar.
—Tenemos que identificar el cuerpo —dice Donna con la mirada perdida y una voz
robótica.
—Sí, ya voy.
Un cambio de jeans y la misma chaqueta de cuero formaron parte del atuendo del
día. Cuando Gerard bajó las escaleras, sus padres ya estaban ahí luciendo ropas
oscuras, como anticipando lo peor «y lo más realista».
El lugar es bastante iluminado. Bastante diferente a la forma en que lo anuncian en
las películas de terror. «Y una vez más la realidad le vuelve a ganar a las
producciones de Hollywood» piensa Gerard mientras camina detrás de su padre. Un
policía se encuentra al frente de la fila, y otro detrás de él. Definitivamente, las
armas le ponen nervioso.
—Adelante —dijo el oficial con voz educada, cediéndoles el paso hacia la habitación
de blancas paredes y luminosos focos del mismo color. Al final de la pieza se
observaba la camilla indicada. Un bulto cubierto con una manta oscura les esperaba
y sólo se escuchaba el golpear de los tacones de Donna contra el frío e inmaculado
piso.
El oficial descubre el rostro y la familia Way cierra los ojos en el primer segundo sin
darse cuenta.
Ver el rostro de un muerto, por perturbador que parezca, no les sorprende a
ninguno de los que se encuentran en la habitación. Bueno, tal vez al policía que iba
al final de la fila ya que se ha quedado en la puerta sin atreverse a mirar.
El rostro está pálido con manchas violetas y rojizas. Parecía como si le hubieran
dado una tremenda paliza antes o después de dejarle tirado. Gerard no lo podía
saber, él no era el policía.
Diez segundos después de observar esos ojos abiertos y las heridas en el rostro, no
pudieron identificar si era un alivio, o un dolor inmenso. Donna comenzó a llorar y
el policía cubrió nuevamente el lúgubre rostro.
—He de suponer que se trata de su hijo —dijo el policía mirando a la pareja que se
mantenía abrazada. Donna sollozó más fuerte y Donald abrazó el cuerpo
tembloroso de su esposa sin querer responder.
Gerard lanzó un enorme suspiro que atrajo la atención del policía.
—No —dijo con seguridad y con los ojos secos.
Jeff, el policía, asintió con la cabeza y procedió a mostrarles la salida. Para la
familia Way definitivamente estaba en duda si no ver el cuerpo sin vida de Mikey
sería mucho mejor o todo lo contrario.
— ¿Qué haremos ahora? —pregunta Donald dejando las llaves sobre la mesita al
lado de la puerta.
Gerard no quiere escuchar esa conversación. No sabe qué deberían de hacer y la
decepción que siente sólo se compara en proporción al miedo. Porque, tal vez, y
sólo tal vez, Ray tenía razón. Eso definitivamente, es mucho peor que verlo muerto.
Llegó a la habitación de Mikey y volvió a tirarse sobre la desordenada cama. Volvió
a empañarse su visión, pero esta vez, pudo contener las lágrimas ácidas
mordiéndose el labio inferior y golpeando el colchón constantemente. Se puso de
pie y en un ataque de furia liberador, arrojó las frazadas al suelo, las almohadas las
impactó contra los cristales de las ventanas, y el colchón salió volando
impactándose contra la puerta y la pared.
— ¡Maldita sea! —gritó con todas las fuerzas en sus cuerdas bucales.
Antes de poder ir rumbo al escritorio para poder desordenar más el lugar, observó
algo que antes estaba oculto bajo el colchón y que ahora se encontraba desnudo
sobre la tarima de madera. Era un libro. O algo así. Era una carpeta por donde
sobresalían hojas amarillentas. La textura de la carpeta era suave, como gamuza
en color negro profundo. Al abrirla, Gerard encontró apuntes acerca de los
pantáculos, la forma de invocación, y la protección contra demonios. Era como un
resumen de ―Las clavículas de Salomón‖. Al final del libro, había una última página
con letras rojas que llevaba el título: Exorcismo.
Esta vez, no pudo golpear o morder lo suficiente sus labios porque las lágrimas
comenzaron a salir presurosas. Las manos aferraron con mayor ahínco el libro y la
desesperación creció enormemente. La comprensión le cayó como un enorme bulto
de cemento sobre la cabeza.
Mikey había convocado a un demonio. A Balam. Y la única forma de saber de su
hermano, sería encontrar a ese maldito bastardo.
Pasó las siguientes horas leyendo las notas de su hermano y algunos libros sobre el
escritorio de Mikey. Aprendió a trazar el pantáculo y leyó constantemente la
invocación para no equivocarse cuando lo leyera.
Era ridículo. Era increíble. Pero era la única opción.
No dejaría de luchar. No dejaría todo a los estúpidos policías que no sabían
diferencias unos ojos color miel de unos verdes. Era el hermano mayor, y era su
responsabilidad cuidar a su hermanito. Unos cuantos demonios y fantasmas… qué
importan. Después de todo, se lo debía a Mikey.
Las estrellas no brillaban el día de hoy. El cielo estaba nublado y la luna trataba de
colarse entre las nubes grisáceas. Eran las doce de la noche, y aunque Gerard no
creía en las películas, todo el mundo decía que a la media noche salían los espíritus
oscuros y esas tonterías.
Dibujó el círculo negro con una tiza negra y los extraños símbolos sin necesidad de
ver el libro. Colocó los dos cirios blancos y trazó el pentagrama de protección
necesario. Se sentía extraño. Pensó que sería bastante estúpido hacer trazos en el
piso y poner velas, pero todo comenzaba a tener una seriedad bastante aterradora
y preocupante.
Gerard cogió el libro entre sus manos y con una voz titubeante que jamás
reconocería, comenzó a leer:
—'Agión, Tetragram, vaycheen, stimilamato y ezpares, retragammaton oryoram
irion erglión existión eryona onera brasin movn messia, soler Emmanuel Sabast
Adonay' te adoro, te invoco, Balam.
Los cirios se apagaron y un rayo alumbró la habitación anunciando la inminente
lluvia que, estrepitosa comenzó a caer golpeando el techo como si deseara
romperlo.
Sus manos temblaban, y sin darse cuenta el libro cayó. La habitación estaba en
penumbras, pero el círculo estaba vacío.
—Agión, Tetragram —comenzó a susurrar, recordando las primeras palabras
después de leer el conjuro tantas veces. Pero una gota de agua cayó sobre su
cabeza, luego otra y otra más. Elevó el rostro y lo que empezó a ser una pequeña
gotera comenzó a abrirse como si cayera del cielo rocas y no agua.
Esa noche, Gerard se entretuvo tapando un hoyo de por lo menos veinte
centímetros de diámetro. Pero sin rastro de un demonio, y por supuesto, fue otra
noche sin rastro de Mikey.
Gerard Way volvió a subir al cuarto que se había convertido en su refugio personal.
Sus padres habían dejado por el momento de lado el trabajo y se la pasaban en
oficinas policiales. Agradecía eso en alguna medida, ya que, podía estar solo para
pensar y no preocuparles.
«El conjuro llama a todos los demonios en el infierno» —recordaba mientras subía
las escaleras hacia el ático —. «Eso quiere decir que llama sólo a los que se
encuentran ahí. Trae demonios del infierno a la tierra, pero, ¿Y los que están aquí?
A ellos no los puede llamar. Por lo tanto, esos demonios no obedecerán el conjuro.»
Cuando cerró la puerta del cuarto, Gerard llegó a una terrible conclusión.
—Balam no está en el infierno. Está libre.
Aprovechando la tecnología usó el computador portátil de su hermano y siguió una
pista periodística que le pareció interesante. Su objetivo era lejano, pero sobre el
piso de esa habitación Gerard se juró encontrar a ese demonio aunque la vida se le
fuera en ello.
Gerard Arthur Way Lee es un chico de 24 años nacido en Newark, Nueva Jersey la
ciudad número uno en asesinatos por persona. Tiene ambos padres y un hermano,
un trabajo extraño, pero honesto; pocos amigos, y la oportunidad de tener un
futuro. Sin amor y sin alma, como a él le gusta describirse. Podría ser sólo un chico
más. Podría ser y lo fue. Pero eso fue antes de tomar su camioneta y salir de su
estado para llegar a York, Pensilvania.
Si en algún momento sintió su futuro como algo tangible y seguro, hoy todas las
suposiciones se desvanecen ante él.
El motor se detiene y su cuerpo desciende con lentitud. Definitivamente, las cosas
pueden cambiar en una sola noche, y es virtud de los poderosos adaptarse a los
giros de la vida, enfrentarlos y vencerlos antes de que ellos nos dobleguen.
Frente a él se alza el ―York Collage of Pennsilvanya‖. Es inmenso. Gerard jamás
había visto una universidad tan grande. Podría albergar a un pequeño pueblo, sin
duda. Tenía grandes edificios y enormes espacios con pasto y árboles.
Su recorrido fue largo, hasta llegar a la ―avenida griega‖, y por consiguiente, a las
casas de fraternidad. Según la noticia, los tres eran de la casa: Alpha Delta Phi. Lo
sorprendente del caso, es que, sus familiares mencionaron que, antes de cada
suicidio el chico aseguraba haber visto una criatura siguiéndole. El caso era
extraño, bajo su intuición de civil, aún más, bajo su intuición de recién estrenado
cazador.
Bajó del coche y observó a los estudiantes correr y reír a su alrededor. Algunos
podrían ser de su edad y a pesar de ello, Gerard se sentía bastante viejo. Pasó
inapercibido para los estudiantes, así que tuvo que interceptar a uno, tomándolo de
la chaqueta.
—Oye, ¿Dónde puedo encontrar a Peter Lyman?
El chico le miró unos instantes con sorpresa y miedo a la vez. El pelinegro no era la
persona más sonriente del mundo, después de todo.
— ¡Pete! —Comenzó a gritar el rubio que al que todavía mantenía sujeto por la
chaqueta— ¡Pete! —Siguió gritando y Gerard se preguntó por qué él no había hecho
lo mismo antes — ¡Lyman!
— ¡Ya voy!
Salió de entre un tumulto de chicos uno de apariencia desalineada, pero altanera al
verlo caminar. Era de estatura baja, ojos marrón oscuro y largo cabello negro hasta
el cuello perfectamente lacio y brillante.
— ¿Qué quieres? —habló con desprecio.
—Quiere hablar contigo —dijo el rubio señalando a Gerard que por fin le dejó en
libertad. El chico salió de prisa y el mayor quedó frente al típico chico rebelde de la
universidad.
— ¿Qué quieres?
— ¿Eres tú, Peter Lyman?
—Vaya, creí que eso era bastante obvio —dijo rodando los ojos en actitud
arrogante—, pero no me has dicho qué diablos quieres.
—Necesito que me hables del suicidio de tus amigos.
— ¿Eres policía?
—No.
—Entonces te puedes ir mucho a la mierda, porque no voy a hablar de eso nunca
más.
Y la agradable conversación terminó. Peter regresó con sus amigos y Gerard se
quedó solo pensando en lo que debería hacer. El nuevo trabajo le resultaba
bastante difícil, después de todo, sus clientes no eran tan ―animados‖ y no tenía
que entablar conversaciones, por lo que era un novato en eso.
Así que, prefirió quedarse en la camioneta a observar. Y lo hizo así toda la tarde
mientras comía una hamburguesa, hasta que cayó la noche y todo quedó en
silencio. Pero si había algo paranormal actuando, parecía que esa noche se tomaría
un descanso. Sus ojos estaban cerrándose, el largo viaje en carretera fue resentido
por su cuerpo, pero antes de poder acomodarse por completo en el asiento, un
grito aterrador se dejó oír por toda la avenida. Gerard abrió los ojos y vio
encenderse las luces una a una de las habitaciones. Un chico llegaba corriendo
hacia la casa Alpha Delta Phi. — ¡Leane está muerta! —Gritó inundado en histeria
— ¡Se suicidó!
Gerard bajó pronto de la camioneta. Era el grito que había estado esperando.
Corrió junto al resto de los estudiantes hacia la casa Kappa, donde se encontraba
ya la policía y una ambulancia.
— ¿Todavía sigues aquí? —escuchó una voz detrás de él que le pareció bastante
conocida. Giró su cuerpo, y sí, ahí estaba el mocoso de cabello largo.
—Creí que eso era obvio —respondió haciéndole recordar sus propias palabras —
¿Conocías a la chica?
—Quién no. Era la chica más sexy del campus. Un poco pesada, pero ya sabes, lo
normal.
Gerard asintió y se alejó sin saber qué más decir o qué preguntar.
Escuchó a un par de policías hablando del caso. La chica había aparecido muerta en
la regadera con varios cortes en las muñecas. ―Suicidio‖, habían escrito en el
reporte oficial.
Gerard desesperó. Llevaba apenas un día ahí y ya había habido otra muerte. Y él, el
nuevo cazador, no había visto ni escuchado algo. Ni siquiera había podido advertir.
¿Y qué advertiría? Tampoco sabía de qué se trataba.
El recién estrenado cazador sintió por primera vez la rabia de no poder salvar a la
gente.
— ¡Oye! —Nuevamente, delante de él, estaba el chico de mirada arrogante e
increíble cabello — ¿Qué es lo que verdaderamente quieres?
Gerard le miró por unos instantes. Decir la verdad le perturbaría, pero, ¿qué otra
opción tenía?
—Creo que puedes estar en peligro. Sé que sonará estúpido, Peter.
—Pete —corrigió el chico, medio sonriendo.
—Pete. Creo que algo obligó a tus amigos a suicidarse.
— ¿Estás loco? —Preguntó con escepticismo — Nada obligó a Caleb, Steve y John a
suicidarse.
—Entonces ¿crees que tus amigos lo harían por voluntad propia? ¿En realidad crees
que tendrían suficientes motivos para hacerlo? ¡Tenían la vida universitaria
perfecta!
Pete se quedó en silencio. Sí, tal vez ese extraño tuviera razón, pero, lo poco que le
quedaba de cordura le obligaba a no reconocerlo.
—Por favor Pete —dijo Gerard mirándole con algo muy parecido a la ternura —
necesito que confíes en mí. Necesito que creas en mí. Si ves algo fuera de lo
normal, lo que sea, por favor, háblame, ¿sí?
El chico asintió sin poder dar crédito a lo que estaba haciendo. ¡Estaba
reconociendo que habían obligado a sus amigos a suicidarse! Y, aunque fuera una
estupidez, esos ojos verdes le obligaron a tomar el papel con un número de celular
y guardarlo en la bolsa de su chaqueta.
—Cuídate, Pete.
El pelilargo asintió con un movimiento de cabeza viendo partir al hombre que no le
había dicho su nombre (ahora que lo recordaba). Dio un suspiro, y se dispuso a
regresar a su cama.
Dos horas más tarde, el Sol daba directamente sobre sus ojos. Había olvidado
correr las cortinas así que, sin más opción, recogió sus libros y salió de la
habitación para llegar a la camioneta y empezar otra vez.
Regresó a la universidad observando todo y a la vez, nada; pero a lo lejos identificó
a su chico. Peter estaba caminando con un grupo bastante ruidoso que se enfocaba
en burlarse de un muchacho que caminaba cabizbajo tratando de evitar todo lo que
le era arrojado por los amigos de Peter. Lo último que arrojaron fue una pelota de
fútbol americano que irremediablemente fue a estrellarse contra la cabeza del chico
de cabello marrón largo que cubría sus ojos y pasos atolondrados.
Los otros salieron corriendo cuando vieron que el chico cayó al pasto como un ave
cuando pierde el vuelo. Gerard descendió del vehículo.
—Oye, ¿estás bien? —preguntó el mayor ayudando a recoger las cosas que habían
caído junto al muchacho castaño. Había libros bastante extraños, y recortes de
todas las notas que hablaban de los suicidios. El último libro que el pelinegro
recogió se titulaba: Diábolos, debajo, con letras pequeñas: Tipos e invocación.
Ese chico no era del todo normal.
—Sí —contestó y simplemente arrebató sus pertenencias de las manos de Way.
— ¿Cómo te llamas?
—Henry.
—Bien, Henry, ¿sabes lo peligroso que es leer uno de esos libros?
El castaño abrió grandes los ojos y dio la media vuelta. Aceleró el paso y dejó a
Gerard con un recorte de periódico en la mano izquierda.
Escuchó entonces, una conocida melodía de Guns N‘ Roses. Extrajo el aparato del
bolsillo trasero y procedió a leer el mensaje:
―Señor extraño, creo que necesito hablar con usted, urgente. Estaré en la entrada
principal. Rápido, por favor.
Pete‖.
El pelinegro obedeció. En un par de minutos ya se encontraba frente a la entrada
principal y frente a Pete Lyman.
—Lo vi —dijo Pete sin atreverse a mirar al mayor. Gerard sólo guardó silencio —.
Caleb y John dijeron antes de morir que habían visto algo… una pequeña gárgola, o
algo así, al día siguiente, estaban muertos —elevó el rostro para por fin mirar a
Way —. No quiero morir.
—No lo harás. Pero, ¿Podrías decirme quién era ese chico al que molestaban?
—Es Henry Ackerman, un chico Sigma Pi al que nos agrada molestar. Ya sabes, es
raro, muy inteligente y antisocial. Ya sabes, se presta a las burlas.
—Claro, un chico raro con libros diabólicos.
— ¿Perdón?
—Nada —negó con la cabeza —. Tengo que ir a hablar con ese chico.
Pete asintió segundos antes de escuchar varios gritos.
Una chica de cabello pelirrojo se posó frente a Peter. —El profesor Riggs —dijo con
los ojos muy abiertos y la respiración agitada.
— ¿Qué pasa Susan?
—Se suicidó.
Peter observó a Gerard. —Tenemos que encontrar a Henry, ¡rápido!
Llegaron a la fraternidad Sigma Pi. Peter gritó a cada estudiante la ubicación de
Henry, los chicos asustados le explicaron que se encontraba en el último cuarto del
pasillo izquierdo.
—Gracias —mencionó entrando sin más.
Gerard le seguía con parsimonia. Peter golpeó la puerta constantes ocasiones, pero
no hubo respuesta.
—Aléjate —pidió el mayor —. Siempre quise decir eso y hacer esto —sonrió y
golpeó la puerta con un pie. Ésta cedió y ambos entraron.
— ¿Henry? —llamó Peter sin obtener respuesta. Gerard se entretuvo observando la
habitación del chico. Había velas, un olor a incienso muy penetrante y libros con
contenidos demoníacos por todas partes —. Extraño —llamó Peter.
—Soy Gerard —dijo al tiempo que giraba, para ver a un chico abrazando sus
rodillas con sus brazos —. ¿Henry?
— ¡Yo no lo hice! —Gritó el mencionado —Yo no quería que murieran. Sólo quería
asustarlos, lo prometo —sacó la cabeza de entre sus piernas y observó a Gerard
con los ojos llorosos —. Yo no puedo detenerlo.
—Bien —dijo el pelinegro —empecemos por el principio. ¿Qué hiciste Henry?
—Yo… —comenzó a titubear.
—Tranquilo. Está bien. Cuéntame todo y así podré ayudarte.
—Yo estaba muy enojado. Los chicos de la casa Alpha-Delta me molestaban, Leane
se burlaba de mí porque intenté invitarla a salir, y un profesor me humilló frente a
toda la clase. Yo sólo quería encontrar una forma para asustarlos y hacer que me
respetaran. Comencé a leer libros, y descubrí que había formas de crear un
demonio. Realice el ritual, dije las palabras hebreas y dejé correr mi sangre
mientras imaginaba a mi creación como una verdadera gárgola de cara espantosa y
enormes alas. Cuando abrí los ojos la observé y le entregué una lista con los
nombres de quien debería de asustar. Cada noche la veía entrar a mi alcoba a
arrancar un pedazo de hoja con un nombre. Y a la mañana siguiente, esa persona
estaba muerta. ¡Yo no quería! —volvió a gritar —. Intenté detenerla, pero no supe
cómo. He estado leyendo, pero no encuentro la forma.
Peter permanecía de pie horrorizado con la historia y con la boca abierta por la lista
que se encontraba al lado de Henry. Había muchos nombres tachados, y el que
terminaba la lista, era el suyo.
— ¡Maldito desgraciado! —gritó mientras se lanzaba hacia el cuello de Henry.
—Pete, déjalo. Con matarlo no ganamos nada.
— ¿Y qué propones, genio? —preguntó soltando al aterrorizado Henry con lentitud.
—No lo sé —suspiró —. Es la primera vez que hago algo como esto, ¿sabes?
—Estupendo —rió Peter —, mi vida está en manos de un novato.
—Quedémonos aquí. Tenemos evitar que te suicides, mientras yo trato de descubrir
cómo destruir a un ―Miles‖.
— ¿Un qué? —preguntó Peter.
—Un demonio Miles. Es un demonio que emerge de la imaginación humana —
Gerard sonrió —. ¿Ves? No soy tan novato.
Peter sonrió mientras ayudaba a Henry a ponerse de pie. —Tenemos que hacer
tarea, Henry.
Éste sólo asintió comenzando a leer con ahínco sus gruesos libros.
Pasaron las horas y cayó el Sol. La oscuridad poco a poco terminaba por tragar
todo el cielo frente a ella. Peter lanzó un suspiro y Gerard lanzó otro grito de
desesperación.
—Llega siempre a las nueve con nueve minutos —dijo Henry arrojando otro libro al
rincón.
—Ya no hay tiempo —se lamentó Pete —Yo… lo siento, Henry.
—Yo también.
—Si quieren quedarse aquí para darse besos y abrazos por mí está bien —dijo
Gerard con voz molesta —, pero yo quiero destruir a un demonio, si no les
incomoda, caballeros.
— ¿Y qué vamos a hacer, Gerard? —preguntó desesperado Pete —Tenemos
alrededor de una hora diez minutos para que me suicide.
Gerard lo sabía. Lo comprendía muy bien, pero eso no ayudaba. No tenía apuntes
sobre cómo destruir al demonio ni tenía ningún tipo de experiencia en el oficio. La
desesperación le quemaba el pecho y hacía un remolino subiendo por su garganta a
punto de salir en un grito que se tuvo que tragar al escuchar golpes contra el cristal
de la ventana.
Henry la abrió con lentitud. Pete se escondió detrás de Gerard, y éste simplemente
apretó los puños.
Pero para decepción de todos, se trataba de un hombre. Estatura baja, cabello
negro largo que ocultaba su frente y entraba en sus ojos. Los orbes del extraño
eran intrigantes. Podían ser marrones, color miel, o verde olivo. Eran grandes y
expresivos, y la sonrisa que mostraba ahora, le causaba a Gerard un revoloteo
molesto en su interior.
—Buenos días, señoritas —dijo el extraño entrando por la ventana —, veo que
tienen algunos problemas domésticos, ¿no?
Gerard se quedó serio, lanzando una mirada de desprecio al visitante.
—Bueno, no tienen que ser tan eufóricos, chicos —rió. Una risita desesperante—.
Vine a ayudarles. Mi nombre es Frank Iero —extendió la mano hacia Henry, que era
el más cercano —. Oh por cierto, vi a tu pequeño demonio acechando la casa. No
alcancé a dispararle, pero le he asustado, así que, si queremos hacer algo, más nos
vale hacerlo ya.
Gerard le miró boquiabierto. — ¿Quién eres tú?
—Ya lo he dicho, soy Frank Iero, y bueno, no te sientas mal, pero eres un pésimo
cazador —sonrió —. Bien, chicos, dejen el trabajo a los profesionales. Tú —dijo
refiriéndose a Gerard — ¿Cómo te llamas?
—Gerard Way —contestó apenas con voz.
— ¿Tienes algún tipo de arma, Gerard? —El mencionado negó con la cabeza — ¿No
tienes ningún tipo de experiencia, verdad? —Frank sonrió —Te ayudaré a aprender
a exorcizar.
Después de esa sonrisa se sintió dislocado. Observó a Frank dibujando esos círculos
extraños con lo que parecía un simple gis blanco.
—Bien, Henry —dijo Frank —esto será algo incómodo para ti. Como el demonio es
tu creación al momento en que lo destruya te lastimará a ti también, así que, lo
lamento.
Henry asintió con valentía.
—Gerard —habló Frank arrojándole una pesada caja de hierro —el demonio entrará
ahí. Necesito que la cierres y la arrojes al fuego.
— ¿Dónde hay fuego?
—Usa tu ingenio —dijo con simpleza —y luego dices esto.
Frank le dio un libro con inscripciones en latín. —Lee el último párrafo.
Gerard asintió. La presencia de Frank era un alivio y a la misma vez, perturbadora.
¿De dónde había salido y cómo se había enterado de todo? Le hacía sentirse
observado y patético como cazador, al mismo tiempo.
Le fue fácil tomar el control y a Gerard le resultó fácil seguir sus órdenes sin
refunfuñar, como sería su costumbre.
Pasaron los minutos, cada cual en su labor. Hasta que…
— ¿Pete?
La voz de Henry llamó la atención de todos los presentes. Peter extrajo una navaja
de entre los cajones de Henry.
—Hora del Show —dijo Frank apretando con más fuerza el Rosario que descansaba
en su mano derecha —. Dios nos ayude.
Comenzó a hablar con los ojos cerrados. A Gerard le sorprendió el hecho de que
hablara latín tanto como verle besar el Rosario constantemente:
— Exorcizo te, omnis immundus spiritus, omnis satanica potestas, omnis incursio
infernalis adversarii, omnis legio, omnis congregatio et secta diabolica...
Ergo, draco maledicte et omnis legio diabolica, adjuramus te... cessa decipere
humanas creaturas, eisque aeternae perditionìs venenum propinare...
Vade, satana, inventor et magister omnis fallaciae, hostis humanae salutis... —
pronto pudieron ver a un pequeño ser de no más de treinta centímetros de pie
sobre el pantáculo —Humiliare sub potenti manu Dei; contremisce et effuge,
invocato a nobis sancto et terribili nomine... quem inferi tremunt... Ab insidiis
diaboli, libera nos, Domine. Ut Ecclesiam tuam secura tibi facias libertate servire, te
rogamus, audi nos.
El demonio se retorció hasta convertirse en ceniza oscura que se deslizaba hacia la
caja de hierro que tenía un dibujo también en la parte posterior. Gerard lo identificó
como el triángulo de Salomón antes de cerrar la caja y correr hasta el jardín donde
ya había reunido hojas secas y algunas ramas. Arrojó su encendedor y espero a
que la llama fuera lo suficientemente grande para que cubriera la pequeña caja de
aproximadamente 15x15 centímetros.
Arrojó al demonio y tomó con manos tambaleantes el libro que Frank le había
entregado.
— Ultra tempos, ultra fructus, teneo solus maeeror, teneo solus dolor.
Terminó de leer y de las brazas saltó la caja abierta y vacía. No escuchó algo ni lo
vio, pero algo en su interior le dijo que había acabado.
Cuando regresó a la casa, Pete estaba sosteniendo a un Henry que se retorcía de
dolor y sangraba por la boca. Poco tiempo después Henry cesó en su lucha así
como su corazón. Había muerto.
Gerard no daba crédito a lo que veía.
—Su cuerpo no lo soportó —explicó Frank —. Aunque el demonio fuera falsamente
corpóreo, también estaba unido a él como en una típica posesión.
Unos golpes sobre la puerta les hicieron sobresaltarse.
—Henry, ¿qué está pasando ahí?
—Vámonos de aquí —dijo Frank sin escuchar réplica de sus acompañantes. Salieron
nuevamente por la ventana. Lo suficientemente lejos de la casa Sigma Pi, Pete
detuvo su paso y observó a Frank.
— ¿Se ha terminado?
—Ha terminado —respondió con una media sonrisa.
—Muchas gracias.
Dio un apretón de manos a ambos y corrió hacia su casa. Necesitaba cambiarse de
ropa ya que la suya se había manchado con la sangre de Henry.
Gerard le vio partir y a su acompañante caminar hacia la derecha.
— ¡Oye! —Frank giró —Yo… quiero dar las gracias. Así que, Gracias —ofreció su
mano. Frank la apretó.
—Está bien. Me guiaste al caso y lo resolviste tú solo. Yo sólo le di los toques finales
—sonrió — ¿Sabes? Necesitas equipo —Frank extrajo su cartera y dentro de ella,
tomó una tarjeta que entregó al pelinegro frente a él —Es un amigo mío, te
ayudará. Dile que vas de parte de Anthony, y te dará todo gratis.
—Pero…
—No es nada. Ya te dije. Si no te hubiera seguido porque me parecías inexperto y
lindo, ese chico estaría muerto.
—Idiota —le miró mal —no vuelvas a llamarme Lindo, homosexual.
— ¡Reprimido! —exclamó antes de soltar una enorme carcajada.
Gerard sonrió. — ¿Eres cazador?
—Miembro de la Orden Hermética de Alba Dorada —sonrió —soy más especial que
un simple cazador.
— ¿Orden de qué?
—Investiga, Gerard —dio media vuelta —. Investiga de verdad y busca armas, no
te seguiré todo el tiempo.
Gerard oyó una última risa que se esfumó entre los árboles. La tarjeta no daba más
información que ―Jerusalem, Ohio – Billy Schellden‖.
Cuando Gerard regresó a la camioneta, supo que tenía mucha tarea qué hacer, un
nuevo destino al qué visitar, además, fue en ese momento que notó la existencia
de un libro resguardado en el interior de su chaqueta. Libro que había olvidado
entregar a Frank Iero.
El motor de su camioneta se escuchó rechinante como siempre y la música de
Linkin Park inundó sus sentidos. Poco le importó que su celular estuviera vibrando a
su lado en el asiento de copiloto. La pantalla decía ―Donna‖, pero estaba muy
entusiasmado pensando en la forma más fácil de llegar a Ohio y en la existencia de
ángeles guardianes.
CAPÍTULO V: Jerusalem
El Sol estaba vertical a su cabeza. El reloj marcaba las 12:00 p.m. y el sándwich de
atún ya se había consumido dentro de su boca. Gerard tenía que reconocer que
había sido el alimento más asqueroso en lo que llevaba de viaje, y no es que llevara
mucho tiempo recorriendo el país, pero a pesar de eso, la comida de Donna parecía
muy lejana y mucho más apetecible que nunca. Incluso estaría dispuesto a comer
la horrible crema de espárragos que su madre hacía con la intención de que no
fueran “tan carnívoros”.
Pero no podía ponerse exigente. Después de todo, era la única gasolinera en
decenas de kilómetros a la redonda. Frank pudo haberlo enviado al fin del mundo,
al matadero oficial y él entraría gustoso por la puerta principal. Todavía se seguía
dando golpes mentales por confiar tan ciegamente en él.
«Serán esos ojos» se decía buscando un consuelo. Extrañamente, esto sólo le hacía
sentir mucho peor. Entrando en un estado bastante exasperado.
Arrojó el empaque del asqueroso sándwich en la parte trasera de la camioneta y
encendió el motor. Jerusalem estaba tan sólo a tres kilómetros, según el cartel
verde.
Justo en ese momento, escuchó el sonido de su celular y tuvo que levantarlo para
contestar, sin ver el número, pero pidiendo porque no se tratara de su madre.
Cuando la mañana había llegado, apenas fue consciente de las cinco llamadas
perdidas.
— ¿Diga?
— ¡Gerard, ¿dónde diablos estás?!
Y Gerard dedujo dos opciones. La primera, que su madre hubiera cambiado de
sexo, o por lo menos de garganta, ya que su voz era muy diferente. Menos rasposa
y más amenazante. O dos, que se tratara de su amigo Ray dispuesto a asesinarle.
Cuando observó la pantalla del aparato, quiso tomar un papel y una pluma para
hacer un improvisado testamento.
— ¡Contéstame, imbécil!
—Ray, tranquilízate.
— ¿Qué me tranquilice? ¡Gerard no tienes idea de lo mal que está tu familia!
Primero con lo de Mikey, y luego tú decides irte de la casa así sin más. ¡Tu madre
está histérica!
«Me imagino» —Ray, yo lo siento, pero…
— ¿Gerard? ¿Gerard, estás ahí?
El teléfono había caído de su mano derecha cuando la adrenalina le obligó a poner
ambas manos sobre el volante, como si con eso el vehículo frenara con mayor
éxito.
Había visto a un pequeño de no más de ocho años correr hacia la carretera con su
madre detrás. Aparecieron detrás de unos árboles, tal vez venían de la casa
siniestra al final de éstos. El niño llegó al camino y miró a Gerard antes de
colisionar contra el frente de la camioneta.
Gerard bajó de inmediato. La madre había estado al lado del camino, o eso había
visto, pero ya no se encontraba ahí, ni siquiera estaba el pequeño que suponía
debería estar tirado sobre el pavimento.
Pasó quince minutos buscándolos. Observó la casa de dos pisos. La fachada era de
madera con tejas verde olivo y grandes ventanas. Se llegaba a través de un camino
aterrado improvisado. Los árboles que la rodeaban estaban sin hojas; y los que
contaban con algunas, estaban amarillas.
El escenario era tenebroso y poco inspirador para continuar ahí.
Regresó a la camioneta sintiendo todavía el acelerado palpitar de su corazón y el
miedo recorriendo sus rodillas.
«Tal vez, fue mi imaginación…»
Y con este pensamiento, continuó con su camino a través de la delgada carretera.
...
La tierra estaba bastante seca, por lo que sus brazos resintieron todo el peso de
extraer lo que parecía un pedazo de concreto. Pasaron los minutos, luego las horas
y sentía que moriría a falta de agua o por la desesperación.
El pozo era poco profundo, sin representar el tiempo invertido en ello. Llegó el
crepúsculo y Gerard comenzaba a hartarse. Hubiera arrojado la pala, pero un tubo
de metal le fue arrojado a él y apenas pudo esquivarlo.
— ¡Oh por Dios, Joseph! ¿No te parece que estoy sufriendo ya, demasiado?
Tomó el rifle que se encontraba sobre la tierra yerma y disparó hacia un punto
inespecífico, de donde creía había llegado el tubo. Si había funcionado
anteriormente, confiaba en que resultara efectivo una vez más.
Sin preocuparse por la certeza de su tiro, continuó cavando ayudado por la
adrenalina que en ese instante hizo que sus brazos trabajaran como nunca antes.
El miedo resultó ser mucho más efectivo que las espinacas.
Sintió luego de unos minutos, algo duro impactándose contra su pala. Extrajo más
tierra y pronto pudo ver la caja de madera.
—Hola Joe —dijo al tiempo que sonreía.
Levantó la tapa, y encontró los restos putrefactos de un hombre. El esqueleto lucía
brillante bajo los últimos brillos solares, y escalofriante bajo la tenue oscuridad de
la aurora. Emanaba de él un olor asqueroso, y la presencia de pequeños gusanos
sobre él, lo hacía una vista menos alentadora cada vez.
— ¡Oh mi Dios! —Gerard se cubrió la boca. Las nauseas quisieron apoderarse de él
por segunda vez en el día. Cerró los ojos y dejó que dos lágrimas resbalaran por
sus mejillas.
Ahora estaba asqueado sin saber qué hacer. ¿Cómo se mata a un fantasma?
En las películas, encontraban el cadáver del que era el espíritu, lo enterraban y
todo parecía estar en paz. Este cuerpo ya estaba enterrado y seguía siendo una
amenaza para los nervios. « ¿Qué es lo que debo de hacer entonces? »
Le hubiera gustado tener un poco más de tiempo para estudiar las opciones, pero
Joe no parecía contento al ver profanada su tumba con su cuerpo a la intemperie,
pues Gerard escuchó un grito desgarrador, un leve sollozo y a continuación se vio
rodeado por mazos, tubos y un pico. Asustado, sin opciones, y sin poder ver al
atacante, decidió hacer un último intento. Disparó sobre el cuerpo sin vida de
Joseph Malone. Tres disparos certeros sobre el pecho del muerto.
La oscuridad había cubierto todo el cielo. Las primeras estrellas comenzaban a salir
y la luna de plata fina parecía emanar una luz propia directamente sobre la cabeza
de Gerard, quien después de disparar vio la caída de los objetos, pero de su
atacante no conocía ni la más simple mueca o vestimenta.
—Si enterrado no quieres estar —dijo con una idea llegando a sí como un rayo
chocando contra su cabeza —entonces, usaremos otros métodos.
Extrajo el encendedor del bolsillo trasero de su desgastado pantalón, pero antes de
que pudiera encenderlo, algo golpeó su espalda con fuerza. El impacto le obligó a
caer de rodillas sobre la erosionada tierra. Giró la cabeza con una mueca de dolor y
las cuerdas bucales imposibilitadas para hacer su labor. Detrás de él apenas y podía
ver una sobra formando una gruesa silueta, pero nada más.
Arrojó sin más preámbulos el encendedor con la llama preparada que se adhirió al
putrefacto cuerpo y comenzó a consumirlo entre colores naranjas y amarillos.
Tomó un poco de aire antes de ponerse de pie. Observó la sombra más tangible.
Era una mancha oscura de la que salían gritos coléricos. Pronto más cosas le fueron
arrojadas. El novato cazador apenas pudo evitarlas con el espantoso dolor en su
espalda. Las llamas consumían los restos muy lentamente, por lo que Gerard se
hizo una nota mental. «La próxima vez, traeré alcohol o gasolina»
Corrió hacia el sótano. Sabía que era un lugar libre de Malone, no sin antes recoger
su rifle y tomar la pala antes de que el fantasma la usara en su contra. Antes de
bajar las escaleras, prefirió quedarse a observar cómo la sombra comenzaba a
deshacerse. Joseph gritaba y arrojaba objetos, pero no importó porque Gerard
estuvo seguro, y en pocos minutos, el fuego lo extinguió todo. El cadáver de un
cruel hombre, y su espíritu.
—Bien —suspiró —sólo queda algo por hacer.
Al amanecer, Gerard pudo arrojar lo más lejos que su cansado cuerpo le permitió la
pala que había causado un enorme cayo en su mano derecha. Se encontraba de
pie, frente las recientes tumbas identificables por la tierra removida.
Cuando entró al sótano, el pequeño de cabello negro y traje de marinero le señaló
un lugar en la pared. Gerard golpeó y el muro cedió dejando ver por segunda
ocasión en la noche un cadáver negruzco que tuvo que cargar para observar otro
más pequeño detrás. Los cargó y procedió a darles la sepultura adecuada.
Y aquí estaba. Con dos cuerpos bien enterrados, sin cruces o epitafios. Sólo él, y
ellos bajo la tierra seca. Nuevamente el pelinegro se quedó sin palabras por decir,
pero esta vez su astucia no fue interrumpida por un fantasma enojado, por lo que
pudo ir por el libro de Frank (que ahora era suyo según Gerard) y buscó algo que
pudiera ayudar en esos momentos.
Encontrando algo, sonrió para después observar las tumbas.
—Muchas gracias por todo —dijo en voz baja. Creando una perturbadora intimidad.
Cerró los ojos y susurró—: Requiescat in pace.
Dio media vuelta y no volvió la vista atrás. Subió a la camioneta y suspiró dejando
caer su cabeza contra el volante. Su primer cacería solo.
Tal pensamiento le provocó una risa que se ahogo cuando comenzó a dolerle la
espalda. Necesitaba una ducha con agua caliente, comida decente y dormir unas
cuantas horas. Encendió el motor y una canción de Britney Spears se dejó oír. Le
hubiera cambiado de estación si no estuviera tan absorto en sus pensamientos y
con demasiados calambres en los brazos.
Apenas y sintió la vibración de su celular.
— ¿Diga? —murmuró con voz cansada tratando de leer los benditos letreros verdes.
— ¿Cómo te fue, campeón?
Gerard detuvo la camioneta de repente sin importarle si se quedaba en medio de la
carretera. Sus ojos se abrieron y sus sentidos se pusieron alerta al instante. Fue
conciente de la canción y apagó la radio.
Esa voz. No. No podía ser él.
— ¿Cómo conseguiste mi número de celular, Frank?
Lo único que Gerard escuchó después, fue una risita burlona.
Escuchó entonces unas fuertes pisadas. El piso era de frío concreto y apenas fue
conciente de la sábana que cubría su cuerpo apenas tapado por una larga bata de
franela, como las usadas en los hospitales.
—Veo que has despertado.
La voz era profunda. Tan varonil que causó en él un escalofrío y un sentimiento de
respeto completamente instantáneo e inconsciente. Con un arrastre de palabras
demasiado elegante.
Inspeccionó entonces al dueño de esa voz. Desde su posición podía observar los
brillantes zapatos negros de redondeada punta. Subiendo la mirada, observó los
pantalones negros de vestir que parecían tan brillantes como hechos de satín y a la
vez tan suaves como si fueran de terciopelo. Usaba el hombre también, una gruesa
gabardina de color negro con el cuello elevado y enormes botones redondos. El
cinturón se aferraba a la cintura y antes de poder ver el rostro, fue testigo de los
anchos hombros y el altivo cuello moreno.
Sus ojos se posaron ahora en el rostro completamente asimétrico, de piel morena y
con la barba poco crecida, como si sólo fuera una silueta oscura apenas visible. Los
labios eran proporcionados y de un color rosa opaco. La nariz era gruesa pero
proporcionada, y los ojos eran de un encantador color verde grisáceo con una
mirada tan penetrante que parecía estar leyendo el pensamiento o atravesando el
cuerpo capa a capa hasta profanar en tu esqueleto. El cabello lucía tan oscuro como
todo su conjunto, perfectamente peinado. De su cuerpo emanaba un exquisito
aroma completamente masculino, como a madera y algo parecido a la canela.
Era, en resumen, un hombre muy apuesto.
— ¿Has disfrutado de tu sueño? —preguntó mostrando la perfecta y blanca
dentadura.
El muchacho permanecía en el suelo observando al hombre con incertidumbre,
admiración y mucho miedo. Asintió con la cabeza con nerviosismo.
— ¿Quién es usted? —susurró apenas sintiendo un tortuoso escozor recorriendo su
garganta.
— ¿Quién soy yo? —El hombre rió— ¡Tú me invocaste! No me digas que no me
recuerdas —dijo con suavidad y algo de burla en su tono de voz —. Soy Balam,
Andras.
El hombre sonrió con maldad y Mikey cayó nuevamente en la inconsciencia.
El motel no era para nada lujoso. Las letras brillaban en color rojo cereza y titilaban
con constancia. La habitación era pequeña, pero estaba limpia.
Gerard llevó consigo un libro bajo el brazo y un celular ceñido con fuerza a su puño
izquierdo. Entró y observó la cama individual con cobertores grises. Era una visión.
Una hermosa visión que no quiso desaprovechar y en un instante ya se le podía ver
completamente extendido sobre el minúsculo lecho. El colchón era bastante fofo y
ruidoso, rechinando cada vez que Gerard hacía un movimiento. Esto le pudo haber
irritado en algún otro momento, pero con el sólo hecho de cerrar los ojos llevó al
pelinegro a una inmediata inconsciencia, con el celular al lado de la almohada y el
libro de pastas marrón debajo de ésta.
La oscuridad comenzó a tragar todo a su alrededor. Devoró las paredes, la lámpara
amarilla y la alfombra desgastada. Pronto su cama se extinguió y su cuerpo se puso
de pie sin dolor alguno. Sin embargo, sus ojos no podían ver ni siquiera sus manos
en esa asfixiante penumbra. El silencio era ensordecedor, y su respiración agitada
le comenzaba a aburrir. Caminó vacilante algunos cuantos pasos. Demasiado
inseguro. Demasiado sorprendido.
¿A dónde había ido su cama?
Estaba en un motel de nombre “Sabannah” y era todo lo que recordaba. ¿Por qué
llegó esta oscuridad? ¿Cómo regresar?
Eran preguntas difíciles. En su mente millones de imágenes y voces pasaban a
través de sus ojos con inquietante rapidez. Tenía demasiadas preocupaciones
emocionales como para pensar en una salida.
Pronto su respiración no fue el único sonido resonando a lo largo y ancho de ese
manto oscuro. Escuchó el sonido de las balas saliendo disparadas hacia un punto
inespecífico, pero se oían cercanas y tan estridentes como siempre. Fueron dos
tiros, luego silencio sepulcral. Dio tres pasos más y otros dos tiros retumbaron
mucho más cerca a su alcance auditivo. Pronto se dejó oír un ruido sordo y un leve
gemido. Quería gritar y llamar a alguien, pero su garganta no emitía sonidos y sus
labios se movían por mero adorno.
Sintió entonces una tenue luz cerca de él. A tan sólo unos cuantos pasos a la
derecha. Caminó hasta allá y sin encontrar el punto de origen, descendió la mirada
y observó con horror lo que la luz blanquecina alumbraba. Era Donna y Donald, sus
padres tendidos sobre el piso oscuro con los ojos abiertos y la boca igual, en una
mueca de completo horror con la vista fija en él. Pero lo peor, sin duda, eran los
restos de sangre en la frente, los ojos, las ropas y el increíblemente grande charco
de líquido carmín alrededor de los cuerpos. Los señores Way Lee, estaban muertos.
La luz se apagó entonces. En su interior, escuchó algo quebrarse y sus manos
cubrieron su cara. Su cuerpo en aquel momento, cayó de rodillas. Quería llorar,
pero las lágrimas no salían. Frustración era lo que en su mente habitaba y su
cuerpo luchaba por dejar salir. Rabia. Dolor intenso e imparable.
Volvió a encenderse el rayo de luz blanquecino. Gerard corrió hasta él, pero estaba
vacío. Giró en su lugar y a su espalda distinguió el cuerpo de alguien de pie frente
él entre las sobras. El desconocido comenzó a caminar más hacia la luz. Usaba unas
botas largas con las cintas mal abrochadas y con manchas húmedas sobre ellas y
en el pantalón. Subiendo su mirada, se encontró con las manos manchadas de un
líquido rojizo y una daga en una de ellas escurriendo también, sustancia carmín.
Sus ojos siguieron elevándose y el desconocido siguió acercándose. Entrando por
completo a la luz, pudo observar el rostro.
Abrió los ojos sorprendido, comenzando a llorar, por fin.
— ¡Mikey! —Gritó tan alto como para quedarse sin voz — ¡Mikey! —repitió
tratando de tocar una de esas ensangrentadas manos, pero el chico elevó el
arma, y atravesó el pecho de su hermano mayor.
...
Sus piernas le ayudaron a ponerse de pie luego de pensar por unos minutos en la
conversación reciente. Su mamá estaba tan bien como una madre en su condición
podría estar y él había hecho una promesa que pensaba cumplir pasara lo que
pasara. Tomó un nuevo cambio de ropa y entró en el pequeñísimo baño de
mosaicos azules, buscando en el agua fría un poco de alivio y mucho olvido.
El café estaba exquisito. El lugar era más bien modesto, pero con un agradable
ambiente lleno de tonos ocres y figuras de madera colgadas sobre las paredes.
Había frente a él, un enorme tapiz de piel de leopardo y en la mesa de al lado,
estaba un chico tecleando sobre la computadora negra.
Al tiempo que esperaba que su café dejara de humear con tanta insistencia, recibió
una llamada muy esperada. Nunca antes una balada de Aerosmith sonaba tan
alentadora.
— ¿Diga?
—Hola Gerard.
Gerard sonrió. Después de todo, sabía de antemano quién era el que le llamaba por
el tono en su celular.
—Ray, ¿cómo estás?
—Sentado, con una taza de café en mi mano derecha y el computador frente a mí.
¿Tú?
—Igual, pero sin computadora.
Gerard escuchó una risa de su amigo.
—Ray, ¿tienes la información que te pedí?
—Sabes bien que para eso te hablé.
—Bien —suspiró—, pero primero necesito hablarte de algo —sin esperar respuesta,
prosiguió—: Ayer tuve mi primer cacería solo —sonrió—, fue un espíritu vengativo.
— ¿Y qué tal?
—Espantoso. No tenía idea de cómo matarlo. Tenía sacos de sal en una escopeta y
mi buena voluntad.
—La sal aleja a los espíritus —respondió con voz seria, pero bien sabía Gerard que
su amigo estaría ahora sonriendo para él, burlándose de su tono desesperado.
— ¡Lo sé! Sólo que, jamás vi al espíritu. Lo escuchaba, me arrojaba cosas y nunca
vi algo más que una sombra difusa cuando quemé sus restos. ¿Por qué? Vi antes el
fantasma de un pequeño niño, era el hijo asesinado a manos de su padre. ¿Por qué
no pude ver al espíritu?
—Gerard, con sinceridad, ¿cómo te sentías en esos momentos?
—Asustado —respondió suspirando —. Quería creer que era mentira, que no había
nadie arrojando esos cuchillos hacia mí.
—El escepticismo es la mejor defensa contra los fantasmas. A veces es necesario
creer para poder ver.
La chica de cabello castaño se acercó a su mesa y ofreció café elevando un poco
más la jarra. Gerard negó con la cabeza.
—Puede ser —admitió.
—Cuando vas a exorcizar a un demonio, lo primero que debes hacer es estar
seguro y consciente de que es un demonio.
Todavía le resultaba increíble hablar de fantasmas y demonios. Gerard era tan
escéptico como terco, y tan lento como cobarde. Todo parecía irreal.
Completamente inverosímil a pesar de haber sido golpeado por un tubo de metal
flotante.
— ¿Quieres saber o no sobre la Orden Hermética del Alba Dorada? —Preguntó Ray,
posiblemente, para cambiar el ambiente y despejar las confusiones en la cabeza de
su amigo.
—Claro que sí. Cuéntame.
—Bien, según investigué, la orden es bastante precavida, intentan mantenerla en
secreto y sus sitios de reunión son inciertos. Es una fraternidad de magia
ceremonial y ocultismo —detuvo su historia unos instantes. Gerard escuchó el golpe
de las teclas antes de volver a sentir la voz de Ray pegando contra su oído —, pero
no te confundas, en tiempos remotos hacían prácticas mágicas y escribían textos
prohibidos. Ahora sólo se dedican a traducirlos y administrar los que pueden salir a
la vista pública.
— ¿Podemos decir entonces que, son un club de lectura con un buen nombre?
—Algo así. Con decirte que uno de esos señores sin qué hacer era el famoso
escritor Bram Stocker.
Gerard se decepcionó. Hubiera imaginado que Frank pertenecía a una orden de
ángeles o de espíritus buenos que se dedicaban a acabar con los malos. Esperaba
el guión de una increíble película, pero nunca llegó.
—Bien. Muchas gracias, Ray.
—Gerard no quise preguntarlo antes pero, ¿por qué buscas información?
Ray tuvo que esperar mucho tiempo con el aparato pegado a él. Escuchó el sonido
húmedo del café resbalando a través de la garganta de su amigo, luego una leve
tos, luego una respiración pausada.
—Creo que deberé comprarme una computadora —dijo Gerard.
Ray asintió en silencio. Sabía que su amigo no iba a hablar, pero no era por ello
menos preocupante.
—Espero que estés bien, Gee.
Y colgó. Gerard escuchó el sonido taladrante y dejó el aparato sobre la mesa.
«Sí, mejor así, Ray» —pensó sintiéndose culpable de, por una vez, mentirle a su
amigo. Porque, en el rango de honestidad de Gerard Way, guardar silencio
equivalía a una mentira en toda la significación de la palabra.
Dio un sorbo profundo a su templado café, dejó un par de billetes verdes sobre la
mesa y salió del local.
P.
31 de Octubre de 1899”.
Dio vuelta a la página. Todavía impresionado que un desconocido le dejara a su
custodia algo tan preciado como un libro con el recuerdo de un padre, más
impresionado aún al ver el año de la fecha marcada. Si el libro perteneciera a Frank
(que así era) y si fuera un regalo para él (que así parecía), eso implicaría que el
pequeño de 12 años ahora tendría 122 años. Gerard se detuvo un momento para
pensar en el chico de cabello oscuro que no aparentaba ser mayor que él.
« ¿Quién eres? » —Se preguntaba sin encontrar respuesta. Tal vez, sin querer
encontrarla.
“No es nada el morir. Lo espantoso es dejar de vivir”.
La segunda hoja tan sólo contenía esa siniestra frase y a continuación se leía con
enormes letras negras: ESPÍRITUS.
Había grandes explicaciones según distintas religiones y textos de autores que se
especificaban al final de cada página. Gerard dio una ojeada superficial, hasta que
leyó las palabras: ―alejar‖, y ―Destruir‖ seguidas de ―malos espíritus‖.
El libro mencionaba enumeradas muchas formas de alejar a espíritus vengativos,
según se presentaran o los efectos que causaran. Gerard leyó la palabra
Incineración y ahí se detuvo. Con letras medio borrosas explicaba que el cuerpo
tenía que ser purificado y luego incinerado.
―¿Por qué?‖ preguntaba el mismo libro para proceder a dar una extensa explicación,
hablando de las creencias paganas, las que había en el inicio de la era Cristiana y
las actuales. (Es decir, en el siglo XIX según la dedicatoria).
1. La cremación es una práctica pagana de tiempos remotos a la era cristiana.
Practicaban quemar cuerpos de personas y aún para sacrificarlos a sus
dioses.
2. El quemar un cuerpo era señal de maldición. La quema se usaba como
castigo.
3. Si el cuerpo se quema, la persona jamás volverá a molestar en vida a los
que tanto mal hizo. Se utilizaba con los delincuentes.
Gerard suspiró entendiendo por fin el ritual y el por qué la iglesia no permitía la
cremación. Sin un cuerpo, no queda más espíritu que Dios pueda reclamar en el
reino de los cielos.
La balada de Aerosmith volvió a sonar y Gerard dio un pequeño salto en su lugar
antes de poder tomar el teléfono con su mano izquierda. El cigarro se había
extinguido sin haberlo aprovechado y ahora yacía tirado a su lado con un bulto de
cenizas sirviéndole de almohada.
— ¿Hola? —preguntó sin despegar los ojos del libro.
—Gerard, tengo un trabajo.
El nombrado cerró el libro y acomodó mejor su espalda contra el respaldo.
— ¿Qué pasa Ray?
—Acabo de hablar con tu madre, me dijo que ya te habías comunicado con ella y
habías prometido regresar a Mikey contigo —se escuchó un suspiro—; yo también
le prometí algo. Le prometí que te ayudaría y al mismo tiempo estaría al pendiente
de ti. Además, te prometí que encontraríamos a Mikey, así que lo mejor sería que
trabajemos como un verdadero equipo para acaparar más terreno, ¿no crees?
Gerard asintió con la cabeza.
—Y, como yo me encuentro en Vermont, necesitaré de tu ayuda, espero que estés
más cerca que yo.
—Estoy en Ohio.
—Oh bien, tengo un caso, en Tennessee. En Pórtland Tennessee. Se trata de un
alto índice de secuestros.
— ¿Secuestros? —preguntó con interés.
—Así es, Gerard. Han secuestrado, por el momento a seis niños según reportes
policíacos. Todos menores de 12 años. Sé que tal vez, no sea lo que estés
buscando, pero…
—Está bien, Ray —Gerard sonrió —. Iré en seguida. ¿Tienes los nombres de los
niños?
—Claro, ¿Tienes en qué apuntar?
Gerard regresó al momento de estar en York y tuvo que aceptar. Su objetivo
siempre será llevar consigo a su hermano pequeño y reacomodar su asquerosa
habitación, olvidar lo pasado y seguir maquillando a personas muertas como si
nada paranormal le hubiera marcado; pero, si en su búsqueda podría ayudar, ¡Qué
dicha!
Jamás había hecho algo importante, ni se consideraba un buen amigo. La soledad y
el pesimismo marcaban su vida con mayor ahínco que la compasión y el altruismo.
Por fin sentía que su existencia no era un punto más en el escrito mundial. Era
Gerard Way, y por primera vez, ése nombre significaba algo para sí mismo y tenía
la certeza, significaría algo más para un chico en Pensilvania. Eso, definitivamente,
se sentía muy bien.
— ¿Estás seguro de esto?
—Claro que sí. Te llamaré cuando averigüe de qué se trata. Ten fe en mí.
—Siempre.
Escuchó algunas indicaciones más antes de cerrar su teléfono celular y caminar de
regreso a su camioneta con un nuevo objetivo, una posibilidad para cambiar la vida
de alguien; y esperaba, con una mejor programación en el radio.
El vecindario se veía ordenado, limpio y tranquilo. Todas las casas eran de colores
neutros, con jardines verdes y olor hipnotizante. Era el sitio menos sospechoso
para pensar que habría un robo de flores; mucho menos para pensar que todos los
secuestros se habían reportando en esa zona.
Llegó cuando la penumbra era dividida por los bellos faros que iluminaban las
calles. Ray le había mandado la información de cada víctima, creando una relación
entre cada una de ellas; ya sea vecinal, por amistad, o con hermanos.
La última víctima había sido una pequeña niña de nombre Sara Beckett de cinco
años de edad. Mayor de dos hermanos e hija de una madre soltera.
El reloj marcaba las diez con once minutos, y su prudencia le indicó que lo mejor
sería iniciar las relaciones sociales la mañana siguiente. Así que, su mente
maquinaba el plan apropiado para salir de los suburbios y buscar un motel decente,
pero, cuando apenas iba a dar vuelta por una estrecha calle, observó un edificio de
estructura blanca, con techos redondos y un par de cúpulas con cruces en lo más
alto. No era difícil suponer que se trataba de una iglesia y que estaba dentro de una
comunidad católica. Lo que llamó su atención, más allá del estilo arquitectónico
poco refinado para la época, fue el enorme letrero con letras azules diciendo:
BIENVENIDO. Y, haciendo mayor énfasis en la palabra, las puertas de la iglesia,
pesadas y hechas de madera de pino, se encontraban abiertas de par en par.
La curiosidad, sabía bien Gerard, era un defecto. Algo naturalmente malo que
reprendía su madre y que era advertida en dichos populares como: ―La curiosidad
mató al gato‖. Siempre estuvo seguro que esa sabia frase había sido transmitida
generación por generación por algo. Ahora creía que incluso la transmisión del Coco
(el ser que asustaba a los niños), también era por algo.
Todo tenía su razón y era mejor no preguntar los motivos ni romper las reglas. Pero
jamás fue alguien que acatara órdenes, mucho menos, que siguiera regimenes
impuestos por la estúpida sociedad.
Estacionó pues la camioneta gris frente a la iglesia y descendió del vehículo
dispuesto a averiguar por qué las puertas del templo estaban abiertas y si era él a
quien darían una bienvenida.
Dio un paso en el recinto que permanecía en una siniestra penumbra apenas
aluzada por algunos cirios encendidos y a medio extinguir. Nunca había pisado una
iglesia católica. Su familia siempre fue cristiana-protestante y es sabido por todos
que la adoración y los lugares de culto son diferentes. Le obligaban a usar corbata y
traje cada domingo, hasta que a su padre pareció agotársele la fe, así como su
benevolencia dando altas contribuciones a la iglesia del pastor Collins. Después de
eso fueron neutrales. Cuando a Gerard le llegó la edad del raciocinio, optó por
continuar con una costumbre que no era absurda o aburrida, sino entendible y
preferible. Respetaba las creencias y se hacía respetar. Era un hombre no religioso,
pero con su propio Dios anónimo.
Se sentó en el último banco de madera esperando que alguien llegara, o esperando
su cordial recibimiento. Pocos minutos después se sentía solo y aburrido. Además
de asustado. Había figuras de santos y vírgenes mirándolo con desagrado y los
vitrales hacían contra el piso de mármol, sombras espeluznantes para un hombre
con los nervios débiles.
Por fortuna, o por pura mala suerte, escuchó la puerta del confesionario abrirse y
vio la figura oscura de un ser salir de prisa del lugar. Detrás de él, salió un hombre
regordete, con una sotana negra, el característico alzacuello y una tira púrpura
cayendo sobre su pecho con pequeñas cruces doradas bordadas en los extremos.
—Buenas noches, hijo —saludó el padre sonriendo entre la oscuridad. Gerard se
preguntó si, por la actitud ecológica ahorrando energía eléctrica, el cura había
adaptado su visión para ver cual gato en la oscuridad.
—Buenas noches, padre —Gerard se atrevió a contestar, poniéndose de pie para
acercarse al hombre de blancos cabellos, y ahora, viéndolo a pocos centímetros de
distancia, pudo apreciar el azul celeste presente en su iris.
— ¿Te encuentras bien? Pareces un poco… sorprendido —. La voz del padre era
suave, dulce y se oía lejana, como un abuelo contando historias a sus nietos —
¿Sabes algo? —Continúo— Nunca te había visto por aquí, hijo. ¿Eres acaso nuevo o
mi pobre memoria decae con cada nuevo día?
—No padre —dijo medio apenado, y medio enternecido por la actitud del hombre
que no debería de rebasar los sesenta y cinco años —, es que, estoy de visita.
Acabo de llegar y me ha llamado la atención el letrero sobre la puerta. Padre, ¿A
quién espera a estas horas para mantener la iglesia abierta?
El rostro del hombre se suavizó y sus labios formaron una delgada línea creando
una cálida sonrisa.
—Últimamente estamos teniendo más y más gente joven en nuestra comunidad.
Eso me llena de dicha —dijo el cura con un brillo extraño en sus ojos —. Más allá
que un rincón en la ciudad de Pórtland, nosotros somos un pequeño pueblo, ¿sabes,
hijo? Y hay varios jóvenes, como tú, que con su presencia iluminan nuestro
pequeño pueblo.
Gerard miró al predicador con cierto recelo. «Siempre duda de aquellos que
cambien de tema cuando haces una pregunta. Porque están mintiendo. No decir la
verdad, también es una mentira». Gerard lleva consigo aquellas palabras que una
noche de insomnio su padre le dio cuando habló de su primer enfrentamiento con
alguna novia. Gerard era muy joven, pero siempre vivió con esa enseñanza.
«Callar es mentir» se repetía constantemente la mayor parte del día y casi todas
las noches.
—Y dime hijo, ¿cuál es tu nombre?
—Gerard —contesta con educación. Sin embargo, desea negar su nombre y
cambiar la conversación. Incluso, podría agregar más allá de su calificativo, algún
buen insulto como: ―Yo sí contesto las preguntas, viejo mentiroso‖. Que es un
insulto leve, casi infantil. Permitido para aplicarse contra un sacerdote. Al menos,
así lo cree el pelinegro que se debate entre apuntarle con su pistola cargada con sal
o no. Sólo para asegurarse.
—Es un buen nombre. Y dime Gerard, ¿tienes dónde quedarte?
El rumbo de la conversación comenzaba a sonar más tenebrosa. Sabía que en
cualquier momento las velas se apagarían y esa sonrisa paternal en el rostro del
cura desaparecería para dar paso a los orbes oscuros y una mueca cínica digna de
cualquier demonio. Lo atacaría y devoraría su alma.
«O tal vez otra cosa» —pensó cuando el de sotana oscura caminó para estar mucho
más cerca de él y para tocar un hombro dando un ligero apretón.
A pesar de que los padres pervertidos estuvieran en su lista de ―Fobias más
extremas‖, no pudo evitar preguntar acerca de los secuestros.
— ¿Eres policía?
Parecía que Gerard se ajustaba bastante al perfil. Después de todo, ya iban dos
personas que le preguntaban eso. Sería el cabello o el instinto detectivesco.
El pelinegro negó con la cabeza y así el padre contestó:
—Han sucedido desgracias, pero estoy seguro que Dios nos ayudará.
«Respuesta típica de un cura».
—Bueno padre, tengo que irme. Ya es tarde.
— ¿Regresarás mañana?
—Lo haré.
Gerard giró sin importarle una respuesta, escuchando a medida que caminaba,
otros pasos lentos detrás de él.
—Mi nombre es Thomas Myriel —escuchó el pelinegro detrás suyo—, y el letrero
dice ―Bienvenido‖ porque lo es cada ser humano que necesite estar cerca de Dios.
Aquí las puertas nunca están cerradas.
Gerard detuvo su andar al llegar junto a su camioneta. Giró en busca del padre que
se confesó en el último momento, pero sólo vio la leve iluminación a cargo de los
cirios. Cerró los ojos y dio un suspiro. El trabajo parecía haber comenzado con un
primer sospechoso.
Abordó la camioneta Nissan y partió en busca de un motel no muy alejado del
lugar.
...
Ray no fue de mucha ayuda. Simplemente usó las frases robadas de películas
policíacas como: ―En estos casos, cualquiera es un sospechoso‖, ―Investiga hasta el
más mínimo detalle‖ y ―Mantente alerta. No dejes que te sorprenda‖.
En conclusión, los consejos fueron patéticos y el gasto de la llamada fue dinero
tirado a la basura. Su estómago reclamaba por algo más que café y azúcar, por lo
que salió en busca de comida chatarra decente pensando que, volvería para
torturar a un sacerdote pedófilo y secuestrador.
Cuando Gerard regresó, pasaban más de las seis de la tarde. La iglesia estaba
rodeada por un tumulto de personas por lo que no tuvo más remedio que esperar a
que la gente se disipara. Acto que duró más de veinte minutos.
Bajó del vehículo sintiendo los últimos rayos de un Sol que estaba a punto de
extinguirse bajo el manto del horizonte. La última fracción de cielo anaranjado se
perdió siendo devorada por el claro azul del cielo nocturno.
Dentro de la iglesia la escenificación tenebrosa del día anterior había desaparecido,
y en su lugar, quedaba la iluminación normal de los largos focos amarillos sobre las
columnas. El lugar estaba vacío, a excepción de un fiel que permanecía de rodillas
murmurando algo en voz baja, pero perceptible para el oído de Gerard. Se acercó
más a él y al altar, de donde salió el sacerdote vestido con una túnica blanca con
una enorme cruz bordada con hilos plateados. Bajo la sotana, la barriga del padre
alzaba la cruz, dándole un aspecto más algodonoso, como el de un peluche.
—Gerard —sonrió el cura al verlo caminar— ¿Cómo estás, hijo?
—Maldito mentiroso —dijo Gerard con furia—, ―Han sucedido desgracias, pero estoy
seguro que Dios nos ayudará‖ —ridiculizó las palabras dichas por el padre Thomas
el día anterior hablando en un tono bastante agudo y torpe.
—Hijo, tranquilízate.
— ¡Eres un mentiroso!
No podía soportar que un líder pudiera ser tan cruel. Un hombre con poder de
atraer a las masas y hacerlas obedecer bajo cualquier Dogma no tenía derecho de
abusar de ello. Thomas Myriel sólo era un lobo disfrazado de cordero.
En tres pasos subió las escaleras para posicionarse frente al párroco, quien lo veía
tremendamente asustado.
—Hijo…
— ¡No soy tu hijo, maldito desgraciado! ¿Qué hiciste con ellos? ¿Dónde están?
— ¡Gerard no sé de qué hablas! —Exclamó Myriel demasiado asustado tratando de
retroceder, pero las manos de Gerard tomaron su blanca sotana y comenzaron a
agitar su cuerpo con brusquedad.
— ¡No mientas! ¡Di la verdad ante tu Dios, tus vírgenes y tus santos!
El padre Thomas cerró los ojos rendido ante la fuerza mayor de quien le tenía
sujeto por la vestimenta.
—Si no quieres hablar, haré que hables.
Una mano soltó la ropa del cura para elevarse de forma amenazante en el ángulo
correcto. Elevó los nudillos y tomó impulso para estrellarse contra la mandíbula del
hombre mayor. Pero su puño jamás se impactó contra la piel del otro, pues una
mano sostenía su muñeca apretándole hasta doler.
Soltó a Thomas, dejándolo caer como un costal de papas a los pies de la cruz.
La mano soltó su muñeca y Gerard observó al devoto auxiliar el hombre que
parecía al borde de un ataque de asma.
—Estoy bien —dijo Thomas sujetando la mano del desconocido que se ocultaba
bajo un saco largo y una bufanda azul marino. Además de darle siempre la espalda
a Gerard.
Cuando el párroco pudo sostenerse apoyado al altar principal, el extraño giró y sin
darle tiempo a Gerard de reaccionar, golpeó su mandíbula de un golpe demasiado
rápido, demasiado certero y demasiado doloroso.
— ¡Cómo te atreves a atentar contra un sacerdote! ¡Y más contra un hombre
mayor!
Esa voz era inconfundible, y a pesar de que su cabeza aún sentía girar el piso y el
tambaleo de las paredes, fue conciente que ese rostro sonrojado y la mirada de
rabia pertenecían al misterioso Frank Iero.
— ¡Frank, ¿qué haces aquí?! —En el mismo instante en que el grito (que se suponía
debía quedarse sólo en su mente) estalló contra las paredes de la iglesia, su cabeza
dolió aún más y su cuerpo no resistió la sacudida del piso esta vez, dejándolo caer.
— ¡Gerard! —Escuchó que Frank gritaba, pero la caída había sido sin impedimentos.
Su espalda había chocado contra el piso al mismo tiempo en que lo hacía su
cabeza. Los párpados le pesaban y por más que Frank gritara su nombre, no podría
despertar.
Simplemente, Gerard se dejó vencer.
—No hay remedio. Jamás es excusable ser malvado, pero hay cierto mérito en
saber que uno lo es. Yo lo soy, tú lo eres, y él lo es. Es su destino.
Escuchó una voz profunda haciendo Eco entre la oscuridad. Pronto la penumbra se
disolvió y quedó de pie sobre un verde césped con un cielo azul perfectamente
despejado y un Sol que emanaba rayos amarillos tibios.
—Gerard tienes que hacerlo —. Escuchó a su derecha esa voz y giró en su
búsqueda, pero el campo estaba vacío. Al alcance de su humana vista, el campo
era de un solo verde, sin árboles, animales u hojas manchando el perpetuo verde
brillante.
—Es necesario, hijo. Por el bien de todos.
Esta vez, la voz se escuchó en dirección izquierda a él, pero tampoco había alguien.
Sabía que el primer sonido había salido de la boca de su madre. El segundo, de
Donald, su padre.
— ¡Ya no hay tiempo! ¡Hazlo ya!
Y ésa vez, la primer voz desconocida volvió a surgir de la nada y otra vez volvió a
cambiar de escenario, cayendo sobre una dura superficie, que al abrir los ojos,
descubrió era piedra maciza. A su lado, había una reja de fuertes barrotes de hierro
y frente a él, un pequeño cuerpo que tiritaba con la ropa hecha jirones y el cabello
sucio y manchado de algo semejante al lodo. Se acercó entonces hacia el titilante
ser, quien al advertir su presencia se comprimió más hacia la pared sin querer
levantar el rostro.
—Tranquilo —dijo Gerard tratando de tocar uno de esos delgados brazos.
—Hazlo ya —escuchó una débil voz—, hazlo ya, Gerard. ¡Mátame!
El rostro del vagabundo se irguió y los ojos color miel de Mikey Way se posaron
sobre los suyos con firme intención.
— ¡Mátame! —volvió a gritar esta vez con lágrimas en los ojos.
— ¡Mikey!
Gerard sonrió con un rayo de esperanza. Había encontrado a su hermano, y estaba
entero. Sólo tendrían que encontrar una salida, y todo estaría bien. Regresarían a
Nueva Jersey y volverían a molestarse entre sí como siempre. El pelinegro observó
a su hermano que se había quedado mudo de pronto. Los ojos de Michael estaban
abiertos cual enormes platos y su boca se abría y cerraba como si fuera un pez
fuera del agua.
— ¿Qué…?
Su voz calló y su respiración se cortó al ver un pequeño hilo de sangre descender
por la mandíbula de su hermanito. Bajó la mirada y observó el pecho de Mikey
atravesado por una daga que el mismo Gerard sostenía.
—No— susurró—. No, Mikey, ¡Mikey!
...
Abrió los ojos y se sentó en un solo movimiento apretando los labios para no dejar
salir el terrible sollozo que hacía un escozor en su garganta. Miró sus manos
inmediatamente buscando rastros del líquido carmín que expulsaba su hermano en
el sueño. Sin encontrarlo, Gerard se permitió cerrar los ojos y suspirar odiando sus
pesadillas cada vez más frecuentes y más dolorosas.
— ¿Gerard?
El mencionado escuchó la suavidad de esa voz y buscó su punto de origen. Frank le
miraba frente a él de manera preocupada y con un resplandor en los redondos ojos.
Justo en ese momento el cazador se permitió hacer uso de su memoria y después
de su capacidad de análisis para poder identificar el lugar en el que estaba.
Observó la cama, las paredes, el techo con un espejo y la pequeña puerta detrás de
Frank que sabía daba al baño. Estaba en su cuarto de Motel.
Recordó entonces al padre Thomas, su cara de horror al tenerlo de la ropa y el
dolor que sintió cuando el puño de Frank le dio directamente sobre el pómulo
derecho. Ahora que lo tocaba, lo sentía hinchado y levemente punzante.
—Lo lamento —dijo Frank sin atreverse a avanzar. Gerard observó que en la mano
del otro había un pañuelo que escurría gotas de agua que mojaban la horrible
alfombra café. Frank pareció notar su mirada sobre el pañuelo mojado porque lo
elevó y se apresuró a decir: —Tenías un poco de fiebre. Pensé en bajarla con esto
—explicó mirándolo a los ojos.
Gerard tocó ahora su frente y arrebató el trapo al sentir la calidez en su piel. Se
recostó sobre la cama y pensó en lo perturbador que le parecía Frank con su
cambio de personalidad y el que supiera en qué motel y habitación se había
quedado. Tenía ganas de preguntarle cómo lo había traído hasta allí, pero le dolía
demasiado la cabeza como para pensar en formular una pregunta. Después de
todo, los ángeles podían aparecerse en donde les diera la gana. Sin poder evitarlo,
tuvo que sonreír ante la presencia de ese pensamiento.
Volvió a cerrar los ojos sintiéndose muy bien con la frescura transmitida por el
trapo húmedo. Dejó salir todo el aire contenido y no notó el momento exacto en
que se quedó dormido, pero así lo hizo. Sin importarle Frank, o su fiebre y
esperando no volver a tener otra pesadilla.
Se sentía frío, pero delicioso. El cubo de hielo se fundía sobre su piel que parecía
arder más allá de lo causado por la fiebre. Era un calor intenso, sofocante y
delicioso. El recorrido del casi extinto cubo volvió a comenzar, desde su clavícula,
rodeando sus pezones y adentrándose en su ombligo. Gimió sin poder evitarlo
elevando sus caderas y cerrando los ojos por el choque eléctrico que atravesó su
entrepierna haciéndola endurecerse más hasta el punto de llegar a doler.
Su garganta quería aclamar por más, pero sus cuerdas bucales se ocuparon en
dejar salir el grito de placer y sorpresa cuando un nuevo cubo de hielo traído de
sabrá-Dios-dónde apareció para rozar sutilmente su pene que dio un brinco de
felicidad al ser finalmente atendido. Gerard abrió los ojos y observó los labios de
quien le torturaba placenteramente sentado sobre sus piernas. Habían formado
esos labios una sonrisa justo en el momento en que el hielo se introducía por
debajo de sus testículos. Gritó mucho más alto, arqueó la espalda y susurró
posteriormente un nombre:
—Frank…
—Un beso es la unión de dos bocas y dos almas que vivirán en un mismo
sentimiento —dijo Frank sonriendo de medio lado—, hace mucho que no recibía y
daba un beso.
Gerard no contestó, se perdió en el color de los ojos del que debería de ser un
ángel, más allá del misterio, por la forma en que su lengua se movía para él.
Debería ser ilegal ser tan buen besador y privar al mundo de tan exquisitos
placeres, pero él tampoco solía besar muy a menudo. Así que, sin alguna frase
intelectual que agregar, Gerard volvió a llenar su boca del sabor de Frank. Volvió a
inundarse del olor de Frank y volvió a sentir el cosquilleo en su bajo vientre gracias
a las suaves caricias sobre su espalda por las manos de Frank.
Las lenguas salían de las bocas, los labios se abrían y los dientes chocaban,
mordían y se ocultaban para mayor comodidad. Gerard tenía ambas manos
despeinando el cabello del más bajo, y Frank sentía sobre su barbilla un hilo de
saliva recorriendo su piel.
Volvieron a separarse, se miraron a los ojos y volvieron a besarse. El proceso se
repitió en un par de ocasiones donde los pensamientos y las preguntas se
esfumaban y los gritos histéricos se convertían en jadeos por falta de oxígeno, pero
separarse era difícil, preferían morir de una dulce asfixia, inhalando olores
desconocidos y sabrosos, bebiendo dulces bebidas extrañas.
Frank tenía un sabor dulce. Como cajeta o miel. Gerard era más bien ácido,
rasposo, metálico. Sabor a hombre y café.
—Myriel no es culpable —susurró Frank cuando la ropa comenzó a estorbar.
Gerard se deshizo uno a uno de los botones con desesperante parsimonia mientras
besaba cada rincón descubierto. Nunca había visto algo más erótico que el pecho
plano de Frank. Era delgado y duro. No había curvas ni senos, sólo dos pequeños
pezones con los que se entretuvo besándolos y mordiéndolos — ¡Gerard! —Gritó
Frank y el mencionado sonrió volviendo a subir para besarle otra vez.
—Sino es él, entonces, ¿quién, señor Iero? —Preguntó justo en el momento en que
su boca había sido abandonada por Frank para pasar el cuello al tiempo que
recostaba al cazador con suavidad sobre el duro colchón.
Frank no le retiró la playera. Ansioso simplemente la elevó hasta el cuello para
poder devorar esos botones sonrojados con su lengua. Gerard gimió y se arqueó
sintiendo un cosquilleo que jamás había sentido cuando Frank siguió bajando a
través de su abdomen que se sacudía de placer hasta llegar a la cinturilla del
pantalón que desabrochó desesperado y bajó sólo lo justo para poder ver el bóxer
azul oscuro. La erección de Gerard latía desesperada ansiando salir de su prisión de
algodón, sin embargo sólo sintió y vio a Frank acariciar su pene sobre la tela de la
ropa interior con la nariz, moviéndola de un lado al otro.
—Todas las víctimas desaparecieron un domingo. Estamos hablando que hace seis
semanas empezaron los secuestros y sin pausa han desaparecido a la misma hora
cada domingo justo en medio de la misa del padre Thomas. ¿En qué momento, si
fuera él, lo haría si está dando el sermón?
Frank subió dejando suaves besos sobre el pecho del mayor hasta llegar a la boca
para violarla nuevamente con su lengua dando giros alrededor. Acariciando el
paladar y succionando rastros de saliva. Gerard aulló cuando sintió la cadera del
otro rozar contra la suya. Estaba ansioso como nunca antes, muy mojado y muy
caliente. Necesitaba saciarse de una forma u otra en su nueva aventura por el
mundo homosexual. Así que, tomando un poco de fuerza de voluntad, volteó a
Frank para ponerlo sobre el colchón. Se colocó sobre las piernas de éste y procedió
a retirar el molesto pantalón negro muy parecido al de cierto jardinero. « ¿Sería
posible?» —Se preguntó a sí mismo, haciendo un memorando oficial diciendo que
se lo preguntaría después de haber saciado sus ansias de conocimiento.
Porque Gerard quería conocer.
Conocer cada parte de Frank y la mejor forma para hacerlo arquearse. Quería
escuchar cada gemido en un tono diferente y añoraba conocer cómo sería tocar un
pene que fuera el suyo. Sinceramente, ésa era la parte más ansiada por el morboso
cazador. Cuando dejó al más bajo en ropa interior negra, observó el bulto debajo
de ellos y comenzó a preguntarse si sentiría asco al olerlo, al besarlo, al lamerlo…
Acarició despacio la erección de Frank disfrutando del ronroneo inicial y los
posteriores gemidos entrecortados. Más decidido, bajó la última prenda y ante sus
ojos se alzaba algo tan conocido como ver un pie o una oreja, pero más hermoso.
No había otra forma de describir lo que sus ojos veían. Ese pedazo de carne
amoldado entre las piernas de Frank era la belleza personificada. Transpiraba
belleza y dejaba salir pequeñas gotas de un líquido cristalino que mojaba la punta y
lo hacía más hermoso.
Era más o menos de su tamaño, tenía que confesar aunque no le gustaran las
comparaciones. Era de un color rosado intenso, erecto y con venas rojizas
enmarcando su prominente belleza. Debajo de él descansaban los testículos
perfectos de Frank, bordeados por una capa de pelos oscuros y rizados.
Gerard acababa de ver un pene que no fuera el suyo, y le había encantado. Pero su
análisis tardó demasiado que Frank bajó una de sus manos para comenzar a
tocarse. Gerard le detuvo.
—Déjame —susurró frente a ese hermoso pedazo de Frank.
Lo tomó con cuidado abrigándolo en su mano izquierda. Subió la mano de arriba a
bajo sintiendo toda la extensión y acariciando el prepucio.
Gerard estaba tocando un pene que fuera el suyo, y le había encantado.
Tenía poder sobre Frank, quien gemía dando pequeños saltos para enterrar más su
erección en la mano de Gerard. Éste todavía investigaba el contorno, enterrando su
dedo pulgar en la hendidura por donde emanaba esa viscosa sustancia
tremendamente conocida e impregnando el resto del glande con ese líquido
preseminal.
— ¡OhDiosGerard! —Gritó Frank cuando el pelinegro se decidió por fin a acelerar el
ritmo y a apretar más.
Gerard sonrió al ver convertido a Frank Iero en una gelatina humana que
necesitaba aferrarse a las almohadas mientras jadeaba de placer.
—Tal vez podría ser que el padre tuviera algún cómplice —dijo Gerard retomando la
plática olvidada. Su voz sonó ronca a causa de la excitación logrando que Frank
gimiera y jalara de su nuca para volver a besarle los labios.
El ritmo de masturbación aumentó dentro del beso. Y Gerard vio estrellas de
colores caer a su alrededor cuando una mano se coló dentro de la ropa interior para
acariciar su palpitante erección.
— ¡ah, oh, OhDios! ¡Oh! —Gemía sin pudor el novato cazador cada vez que Frank
apretaba en la punta y giraba su muñeca de esa enloquecedora manera. Se recostó
a su lado para seguir tocándose de forma cómoda y para tener acceso a esa lengua
maestra.
—La niñera —susurró Frank separándose apenas un poco de la boca del otro, pero
acelerando el ritmo que su mano imprimía. El pene de Gerard era grande, estaba
hinchado y húmedo. Hubiera dado su nombre en ese momento por poder probarlo,
pero tenía en mente la maldita prudencia y el conocimiento de que Gerard no era
gay. Tal vez se asustara. Ya estar pajeando a otro hombre sería demasiado estrés
para él, aunque todavía no lo notara.
— ¿La niñera? —Repitió acelerando las caricias, arañando ese hermoso pene y
acariciando el suave y redondeado trasero con la otra mano.
— Tiene, mmm… siete… ¡oh! Semanas aquí —logró articular antes de ser tomado
de las nalgas y posicionado sobre Gerard Way. El roce de sus penes fue una
descarga eléctrica en ambos que gimieron tan alto como su voz les permitió.
Frank comenzó a hacer movimientos fingiendo una penetración sobre el novato.
Sus penes rozaban y las manos de Gerard empujaban su cuerpo tomándolo del
trasero, pellizcándolo y apretándolo sin piedad.
— ¡Oh! Dijo que… —Frank le besó interrumpiéndolo — Mmm… Dijo que había sido…
¡Frank! —El nombrado había mordido su cuello manteniendo el movimiento de sus
caderas. Sus piernas estaban enredadas y las manos de Gerard se aferraban a sus
nalgas como si fueran tablas de salvación en un naufragio —Ella fue niñera de
alguno de los niños. ¡Oh Dios, me vengo!
Frank se separó rápidamente y comenzó a bombear la erección de Gerard con
mayor ahínco. Apuntó hacia su pecho y agachó la cabeza en el preciso instante
para capturar con la boca la esencia viscosa de Gerard Way.
La escena frente a él, fue la más maravillosa en la vida de Gerard. Frank con los
ojos brillosos, los labios entreabiertos, las mejillas sonrojadas, el cabello
despeinado y un adorable hilillo de su semen recorriendo su barbilla y bajando por
el elegante cuello. No había apreciado el cuello del otro antes y se arrepentía de
ello. En un segundo estaba hincado sobre la cama pegado a Iero como una
sanguijuela, mordiendo, succionando y dejando marcas.
—Gerard —gemía Frank auto complaciéndose con fuerza. Gerard bajó las manos
para dar otro apretón más en las suaves nalgas y fue suficiente para que Frank
liberara líquido blanquecino sobre las removidas sábanas.
Frank dejó caer la cabeza sobre el hombro de Gerard y éste abrazo su cintura
sosteniéndolo. Vaya que había sido la mejor experiencia de su vida, y no le daba
pena admitirlo. Había conocido la belleza y el placer de un pene y un pecho firme y
estaba orgulloso. Gerard acababa de tener el mejor orgasmo de su vida siendo
tocado por otro hombre, y le había encantado.
—Mañana iremos a investigar a esa niñera —dijo Gerard dando un último beso
debajo de la oreja de Frank, quien sonrió y devolvió el beso en un hombro.
Gerard abrió los ojos escuchando el agua caer desde el baño. Al menos, fue ése su
primer pensamiento cuando se hubo ubicado en la habitación número 22 de un
motel que anunciaba su nombre con letras en neón que Gerard no recordaba, se
sentía ligeramente mareado y con síntomas parecidos a los que se tienen luego de
una noche donde las copas de vino corren por cuenta de la casa.
Puso su mano sobre la frente y abrió un poco más las piernas, y entonces lo sintió.
Su cuerpo se sentía completamente cansado y relajado, además de pegajoso y
poniendo más atención, identificó un aroma característico, conocido, pero seguía
siendo desagradable.
Gerard cerró los ojos recordando los acontecimientos de la noche pasada. Hubiera
justificado su conducta como consecuencia del alcohol, pues así se sentía cada vez
que besaba el pecho de Frank, ebrio de Frank y de su aroma. Borracho y extasiado,
pero sin pistas de alcohol en su sistema.
Ahora, tenía una resaca de vergüenza y culpabilidad. ¿Cómo lo podría ver a la cara?
¿Cómo sería la reacción de Frank? Y lo más importante, ¿Cómo debería de ser su
propia reacción?
Se sentó recostando la espalda sobre la horrible cabecera de metal y observó el
justo instante en que el cuerpo de Frank salía del pequeño cuarto de baño dejando
una nube de gas detrás y permitiendo a las gotas cristalinas recorrer su pecho, sus
brazos y sus piernas.
El pelinegro quería golpear su cabeza contra la pared cuando su pene reaccionó
reconociendo ese firme pecho frente a él. Suspiró pensando que la vida era injusta
y esperando que el ángel diera el primer paso. Cosa que, afortunadamente ocurrió.
—Gerard, ¿estás bien? —Preguntó Frank con preocupación, pero con timidez lo notó
Gerard al momento de ver el ligero sonrojo sobre sus mejillas.
—Buenos días —contestó Gerard armándose de valor —. Frank, creo que tú y yo,
deberíamos de hablar.
Frank asintió moviendo la cabeza. —Y lo haremos —respondió con decisión—, pero
primero, tenemos que visitar a la niñera antes de que otro niño desaparezca.
Gerard asintió en silencio y desvió la mirada.
—Creo que, deberías de darte una ducha —dijo Frank y el otro volvió a asentir. Se
puso de pie, sintiendo mucha vergüenza y avanzó al baño sin preocuparse por
llevar ropa, toalla o cualquier otro producto que pudiera requerir.
Definitivamente, el sexo lo cambiaba todo. Gerard entró en la ducha y sintió la
pesadez del agua mojando cada parte de su cuerpo al tiempo que su cabeza
trataba de encontrar un sentido lógico a la situación. No tenía justificación a su
accionar, y a pesar de todo, no se había arrepentido. Y no es que fuera muy
puritano, virgen o se asustara con tener sexo en la primera cita. El problema recaía
en varias situaciones:
1.- No hubo una primera cita.
2.- Se conocían desde hace pocos días.
3.- Esta vez, había sido la segunda vez que lo había visto a la cara.
4.- ¡Era hombre!
5.- Era un hombre extraño, perturbador, y en cierto punto, le daba miedo.
El shampoo le cayó directamente sobre los ojos por seguir en sus cavilaciones, pero
éstas fueron interrumpidas cuando alguien dio fuertes golpes contra la puerta.
— ¡Gerard, apresúrate, novato! —Escuchó la voz de Frank tan jovial y normal.
Como el Frank que conoció en York. Divertido y sarcástico — ¡No me hagas ir por ti!
— ¡Ya voy!
Por el momento, Gerard actuaría tan normal como le fuera posible.
Era, simplemente, lo mejor.
...
CAPÍTULO X: Alouqua
Salieron de la iglesia de nuevo uno al lado del otro, con la mirada del padre Myriel a
sus espaldas y observando al tumulto de gente en el atrio del templo.
Observó Gerard a una chica morena de cabello rizado con el pequeño Evan
tomando su mano, y frente a ella, Sara Beckett.
—Tengo tres días aquí —escuchó la voz de Frank a su lado. Giró tanto la cabeza
como el resto de su cuerpo para estar frente a frente —. He visitado a Sara desde
que su hija desapareció. Llegué en el preciso momento en que la gente comenzaba
a ponerse en pánico por la desaparición de la pequeña Sari. Al día siguiente vine a
la misa en honor a la pequeña. Ella estaba aquí —dijo mirando a Ophelia—, pero
siempre se queda en el atrio. Jamás entra. Según Sara, había llegado una semana
antes de que empezaran los secuestros.
Gerard asimiló la información mirando los ojos extraños de Frank.
— ¿Eras tú el jardinero? —preguntó recuperando de pronto la memoria y
extrayendo del fondo de sus recientes recuerdos, el recado mental que él mismo se
había puesto antes de la sesión de besos.
Frank sonrió. Gerard lo interpretó como un asentimiento sin llegar a dudar.
—Y, ¿a qué sospechas nos enfrentamos?
El verbo enfrentar, conjugado en tiempo presente, bajo el pronombre implícito:
Nosotros, sonó para Gerard de pronto muy gratificante.
—He intentado seguirla. Saber en dónde se queda, pero parece que se esfuma de
pronto. Sólo llega a casa de Sara y se va sin dejar algún rastro. Por lo que no sé
más de lo que he descubierto en casa de los Beckett, pero, si no puede entrar a la
iglesia, podría tratarse tan sólo de un fantasma o un demonio.
— ¿Estará poseída?
—Es una opción, pero eso no explica por qué está atacando a los niños.
Gerard asintió dubitativo. Frank le sorprendía en demasiadas formas. Admiraba su
capacidad analítica y la rápida deducción. Le ganaba en experiencia, eso estaba
claro, y estar en esa Orden de no-sé-qué seguramente también era una enorme
ventaja.
La gente se había ido ya. Entre ellos Sara Beckett, su hijo y la niñera Ophelia.
Gerard sonrió. —Tengo una idea —dijo al tiempo que giraba hacia su camioneta
para hablar de su plan a su compañero obligado por las circunstancias. Frank,
lógicamente, lo siguió.
—Es un plan demasiado bueno para un novato —dijo Frank con una voz baja, pero
con el mismo tono burlón de siempre. Gerard le ignoró, y prefirió asomarse un poco
a través del cristal que mostraba la sala iluminada.
Se estaba convirtiendo en experto en la vigilia, y ahora se sentía realizado porque
su momentáneo compañero de cacería había alabado su ingenioso plan.
Recientemente veía Gerard un amor más grande hacia la lectura. Especialmente,
hacia la lectura de cierto diario antiguo, por el cual debería de preguntar más tarde.
—Es muy arriesgado, también —volvió a hablar Iero, esta vez, usando ese tono de
voz preocupado. Gerard lo miró y casi pudo observar un leve tiemble en la
mandíbula. Cada vez que Frank usaba ese tono era como si le costara expulsar las
palabras y como si le doliera mostrarse así. Sus pupilas se dilataban. Sus ojos
parecían de un negro profundo.
—Confío en ti —confesó el pelinegro casi sin darse cuenta, demasiado inconciente
por la sonrisa que Frank le dedicó después. Una pequeña, cálida, tímida.
Y debería de confiar en él, porque Gerard se usaría a sí mismo como ceñuelo; y el
éxito del plan, dependería de la eficacia de Frank fuera de la vivienda, así como de
su habilidad para abrir cerraduras.
—Entonces, que Dios nos ayude.
Gerard asintió y ambos se perdieron ante la mirada del otro. Frank fue hacia la
parte trasera de la casa de Sara y el otro, prefirió esperar a que abrieran la puerta.
— ¡Gerard! —dijo entusiasmada Ophelia, mostrando su linda dentadura y
embelleciendo aún más sus facciones morenas.
—Buenas noches, Ophelia —dijo con cortesía—, perdona la hora, pero quería pasar
a despedirme. Me marcho esta misma noche.
—Es una pena —respondió sin dejar de sonreír—, pero pasa.
Y así lo hizo. La puerta con vitral marino se cerró y Gerard cerró los ojos pensando
en Frank. Confiando en él, y deseando poder pedirle ayuda a alguna divinidad como
lo hiciera su compañero.
—Gerard, buenas noches —de pronto apareció Sara con el pequeño Evan vestido
con un pijama azul en brazos.
—Buenas noches señora Beckett.
— ¿Te encuentras bien? ¿A qué debemos el honor de tu visita?
—Sólo vengo a despedirme —Gerard sonrió. Parecía Sara una mujer muy asustada,
viendo desgracia en cada mínimo detalle.
—Entonces, ¿te puedo ofrecer un café?
—Me encantaría.
Sara pidió a Ophelia que acostara al niño, a pesar de las protestas de Evan.
— ¡No me gusta Ophelia! ¡Me asusta, mamá!
Gerard miraba la cara sonrojada del pequeño en contraste con la sonrisa gigante de
la niñera. A la madre del pequeño poco le importaron las quejas, y en poco tiempo,
la puerta al final del pasillo se cerró con tranquilidad.
— ¿Leche o crema?
—Así está bien —contestó Gerard esperando el momento adecuado para actuar. Lo
encontró cuando Sara metió medio cuerpo dentro del refrigerador buscando el litro
de leche.
Sacó del bolsillo interno de su chaqueta un pequeño frasco con un líquido
transparente que vació en las tres tazas frente a él.
—Listo —dijo Sara sonriente mostrando el contenedor con la leche—, a Ophelia le
encanta tomar el café con mucha leche y mucha azúcar.
Gerard sonrió pensando de pronto en la bruja malvada en Hansel y Gretel.
Sara Beckett pareció haber despertado de un largo sueño en cuanto sintió el cuerpo
de su hijo a su lado y escuchó la voz gritándole cerca al oído que despertara; y que
la amaba mucho. Logró sentarse sobre la alfombra descansando su espalda
adolorida contra un sofá. Evan ahora la abrazaba muy suavemente, como si
temiera que su mami se rompiera en cualquier instante.
—Ustedes son unos ángeles —murmuró Sara con dificultad observando a los dos
hombres frente a ella como quien mira un oasis en el desierto.
Gerard tuvo que sonreír complacido, pues había un ser humano además de él que
creía que el chico de ojos avellana era un ángel caído. Por supuesto que no
importaba que ese ser humano fuera una mujer medio inconciente.
— ¿Qué pasó? —Interrogó Sara acariciando levemente su frente.
Ambos cazadores se miraron uno al otro antes de intentar contestar. Era como si
estuvieran decidiendo mentalmente quién debería de contestar.
— ¿Cómo pudo Ophelia arrojarme así? ¿Por qué me atacó? ¡¿Qué pasó con ella?! —
Los gritos parecieron detenerse cuando de la boca de la mujer salió un gemido
angustioso tomando con ambas manos su cabeza. Evan la miró asustado y abrazó
un poco más a su madre, tratando de hacerle sentir mejor.
—Sara —Frank suspiró—, esto no será fácil, pero…
—Ophelia intentó atacarte, porque estaba drogada.
Frank elevó una ceja observando malamente a Gerard. En su mente sólo estaba la
pregunta: ¿Por qué? Y parecía que el otro pelinegro intentaba despejar las dudas
con esa simple sonrisa.
— ¿Y dónde está?
—Escapó —respondió simplemente Gerard Way mirando a Sara con pena.
La mujer asintió levemente y dejó salir de su garganta un profundo suspiro de
alivio.
—Esperamos que entienda —dijo Gerard—, señora Beckett, que tal vez hayamos
entrado a su casa de forma indebida, pero ha sido para protegerle.
—Yo entiendo, y lo agradezco.
—He llamado a una ambulancia y a la policía —indicó Frank recuperando su voz,
finalmente.
—Sugiero que partan ahora muchachos. No querrán tener discusiones innecesarias
con esos quisquillosos policías.
Asintieron sin dudar ni un instante. Tal vez el efecto causado por el golpe y la
pérdida de sangre actuara de forma extremadamente relajante, como si se entrara
en un estado basal.
—Que estén bien, Sara.
Gerard agitó su mano mientras empujaba a Frank tomándolo de los hombros
rumbo a la salida. Evan seguía escondido en el pecho de su madre, sonriendo
porque Ophelia se había ido. Sara simplemente sonrió cansada, apresurando en sus
pensamientos a esa maldita ambulancia.
— ¡Suéltame, idiota! —Exclamó Frank una vez que tuvieron ambos pies fuera de la
casa de Sara, ya que el pelinegro seguía con las manos sobre los hombros de su
compañero de trabajo —. ¡¿Me puedes explicar qué diablos fue esta estupidez de la
droga y la niñera asesina?!
Gerard giró los ojos con fastidio. Estaba dispuesto a contestar, añadiendo unas
tres, cinco o veinte verdades para Iero, pero en ese momento, escucharon las
sirenas y observaron las luces rojizas. El pánico no tardó en llegar y ambos
abordaron el modelo Nissan antes de que a alguno se le ocurriera decirlo en voz
alta. Afortunadamente, a Gerard se le había ocurrido tomar un trapo y lavar el
pentagrama hecho con gis negro. Eso, definitivamente, pudiera no haber coincidido
con la historia barata que su poca imaginación sin vocación de escritor le había
permitido. Y por supuesto, recogió su chaqueta oscura.
Arrancó sin rumbo fijo, y sin entender cuándo Frank había colocado debajo del
asiento una maleta repleta de libros que se encargó de remover en búsqueda de
algo que en Gerard ya comenzaba a despertar el instinto morboso. Se detuvo
entonces al lado del camino para seguir observando la mirada analítica de Frank
moverse de un lado al otro leyendo entre libros escritos en idiomas que el novato
cazador identificaba con riesgo tremendo a equivocarse, mas no entendía.
—Aquí está —dijo Frank sonriendo con satisfacción—. Alouqua: se trata de un
medio demonio que necesita alimentarse de sangre humana para vivir, por lo que
se le considera vampiro. Tiene forma corpórea, y disfruta de las cosas dulces… []
Por eso prefiere la sangre de los niños. (Creencia errónea de que la sangre infantil
tiene un sabor azucarado). Se tienen registros de su presencia desde épocas
antiguas, donde seducía a los hombres y los llevaba al suicidio… [].
—Mierda —susurró sin sentirse orgulloso de sí mismo por haber acertado en su
hipótesis sobre el origen de la criatura; o sentirse asustado por saber que existen
seres tan malignos como ése.
—Ahora, ¿me puedes explicar por qué diablos le dijiste esa ridícula historia a esa
mujer? —Frank habló cerrando de repente el libro y con una serenidad que
aterrorizaba siendo apoyada por el oscuro iris de su mirada.
— ¿Pretendías que le dijera que se trataba de un vampiro y que su hija había sido,
―devorada‖ por ella?
—Por lo menos hubiera dejado de buscarla y guardar esa falsa esperanza.
—Y me lo dice el fiel creyente —refutó con tono sarcástico.
—Arranca ya, imbécil.
— ¿Ahora seremos compañeros?
—Sólo si me lo pides amablemente, cariño —Frank hizo un guiño divertido por la
cara mostrada a continuación por Gerard, quien prefirió terminar tajantemente la
conversación encendiendo el motor de su fiel camioneta gris plata —. Vamos al
motel, he olvidado algo.
Gerard asintió sintiendo unas terribles ganas de encender la radio y escuchar
alguna buena canción de Rock. De ésas que te hacen mover la cabeza y perderte
con la voz del cantante. Sabía que tendrían que hablar. Ambos lo sabían. Tal vez
por eso, el resto del viaje estuvo gobernado por el silencio. Por un silencio que
pronto debería de desaparecer. Un silencio que se rompería. Un silencio, que era
bálsamo. Y hablar, definitivamente, parecía el sinónimo de tortura.
Pero, para Gerard, convertirse en el compañero de Frank, sonaba increíblemente
bien a pesar del dolor.
El silencio era total. Tan intenso que se podía escuchar cada crujir de las hojas
volando por la fuerza del viento, las copas de los árboles moviéndose, y los insectos
haciendo sus nocturnos sonidos. Gerard recargó su cabeza sobre el vidrio
intentando cerrar los ojos. Tratando de olvidar la incómoda situación, así como al
misterioso ser con instintos suicidas. Giró apenas un poco para ver a Frank hecho
un ovillo en el extremo contrario al suyo con los brazos cruzados y el rostro
apoyado contra el vidrio de la ventana. Lucía como un pequeño niño asustado, o
con problemas para dormir.
—No puedo dormir —murmuró Frank con voz queda, elevando el rostro y
observando a Gerard fijamente—, ¿y tú?
El pelinegro simplemente negó con la cabeza.
— ¿Iremos a Salem? —Preguntó Frank con voz tímida, desviando ahora la mirada.
Gerard se quedó sin habla. Analizando a Frank, y analizando la situación. El
acontecimiento ocurrido sólo sembraba más dudas en su cabeza sobre el ser frente
a él. Sobre su origen y sus motivaciones. Ahora comenzaba a preguntarse si sería
una buena idea viajar con él.
Pero ambos eran necios. Eso lo sabía muy bien, Way. Ambos se negaban a dar el
primer paso hacia el abismo de la verdad. La temible conversación, parecía alejarse
cada vez más. ¿Cuánta era su necesidad por saber? ¿Cuánto tiempo podrían
soportar estar al lado de un desconocido? ¿Cuánta tolerancia a la frustración
podrían reunir?
Gerard no mucha. Sentía que la cabeza le iba a explotar y que necesitaba
respuestas con tanta urgencia como necesitaba oxígeno para seguir con el
monótono ciclo de la vida. Entendió también, que era necesario que alguien diera el
primer paso. Así, que, se arriesgó.
—Soy Gerard Way, tengo 24 años y soy de New Jersey, específicamente, de
Newark —ante su presentación, Gerard pudo observar a la perfección los pasos que
tuvo que llevar a cabo Frank Iero para dejar salir una leve sonrisa.
—Newark, New Jersey. La ciudad más peligrosa de Estados unidos, y fundada en
1666 por Robert Treat. La tercera ciudad más antigua de este país. —Gerard elevó
una ceja sorprendido—. No es que tenga obsesión por las ciudades, pero tienes que
aceptar que la ciudad llama la atención por su año de fundación.
Gerard asintió con una sonrisa. De pronto, el ambiente tenso parecía disolverse
entre sonrisas y bromas sobre su delictiva ciudad.
—Tú no eres cazador —aseguró Frank—, al menos no de sangre. ¿Qué estás
haciendo aquí?
—Hubo un accidente, con mi hermano —dijo Gerard acomodándose mejor en el
asiento. Acercándose más a Frank usando como excusa interna el hecho de que se
encajaba el volante sobre el costado del abdomen—. Él realizó una invocación.
Frank esperó pacientemente por la continuación del otro en la historia, pero Gerard
parecía divagar en sus propios pensamientos, hundido en sus recuerdos y olvidando
cualquier cosa a su alrededor, incluido Frank Iero.
— ¿Gerard? —Le llamó tratando de obtener un poco de atención y ansiando conocer
la historia que lo había llevado hasta él.
—Jamás pensé que se atrevería a hacerlo —continuó entonces el otro con la mirada
perdida en algún punto al lado de la cabeza de Frank—. Tenemos un amigo, que es
cazador. Nunca lo supimos, claro —sonrió—, yo me acabo de enterar. Pero nos
prestaba libros extraños que a Mikey le encantaban. Un día, sin más, no apareció.
Fui a su cuarto y encontré un pantáculo. Tenía el nombre ―Balam‖ con letras rojas.
Y aquí estoy. Intentando buscarle. Intentando matar a quien sea ese Balam…
sinceramente —confesó soltando una risita—, no sé qué hago aquí. Tiemblo casi
todo el tiempo ante casi cualquier situación. Tengo miedo de perderle, y al mismo
tiempo, de encontrarle.
Frank volvió a esperar. Pero el discurso de Way parecía haber terminado. Sin jamás
retirar la mirada de la ventana, Gerard dejó salir cada palabra como si en su
garganta se arremolinara la verdad buscando cualquier oportunidad de salir. Para
Frank, el novato se sentía asfixiado, y necesitaba expulsar la carga en su
conciencia. Ahora temía, porque, era su turno según lo determinaba su honor y las
reglas de caballerosidad impuestas por su padre. Sin embargo, retrasar el
momento, sonaba mejor.
Después de todo, había al algo interesante y sumamente parecido en la historia de
Gerard, con la suya. Su misión de vida.
—Por eso pensabas tanto en tu hermano mientras destruías a Alouqua —aseguró
Frank.
—La primera opción era el secuestro. No podía creer que Mikey estuviese muerto. A
veces lo pensaba, pero confiaba en que se lo hubiera llevado. No sé por qué, aún
no lo entiendo, pero en el instante en que esa cosa mencionó a mi hermano… fue
algo tan increíblemente espantoso como esperanzador.
— ¿Sabes algo? —Frank tomó el rostro del otro y conectó las miradas en una sola.
Sonrió con ternura, y continuó—: Te ayudaré a buscar a tu hermano.
Gerard elevó una ceja sorprendido, y Frank tuvo que sonrojarse un poco por su
impulsivo comentario.
—Después de todo —se propuso aclarar—, yo conozco más acerca de este
―trabajo‖, y, bueno… te lo debo por llevarme, ¿no?
Esta vez Gerard sonrió sintiendo que las manos de Frank eran suaves, pero
protectoras. Cerró los ojos y sintió que el sueño se apoderaba de él, mientras su
mente repetía una oración con insistencia: ―Te ayudaré a buscar a tu hermano‖.
Dejó caer la cabeza de costado, sintiendo la suavidad del asiento y perdiendo la
calidez de las manos del cazador.
«Quisiera creer en las coincidencias. Por favor, Dios, que no estemos buscando lo
mismo» —pensó Frank observando al otro dormir plácidamente. Algo en su pecho
palpitaba con ansiedad. Inmediatamente, supo que era un mal presentimiento.
Suspiró y se tragó la sensación.
Una coincidencia. Tenía creer que todo era simplemente eso.
Tenía varios días sintiendo ese olor a incienso y combustión. A veces le llegaba a la
nariz un intenso olor a petróleo, otras veces era como gas butano. Tenía asco de
sólo recordarlo y por más que se expusiera a aquello, su nariz no podía
acostumbrarse y dejar pasar esos olores. La habitación permanecía a oscuras todo
el tiempo y su cabeza le dolía por forzar tanto la vista. Necesitaba sus lentes, pero
no se atrevía a hablar con aquellos extraños. El hombre de elegante vestimenta e
imponente presencia le visitaba muy pocas veces. Había perdido la noción del
tiempo. Sentía que cada vez que Balam entraba en la alcoba, significaba que era
otro día. En cambio, veía con mayor regularidad a un hombre de exquisita belleza,
casi femenina. De cabello largo, liso y brillante en tono azul azabache. Los ojos
eran azul zafiro y la piel de un exquisito tono blanquecino. Decía que su nombre era
Ananel y le llevaba comida que resultaba siempre ser su favorita, o su antojo del
momento. Algunas veces se rehusaba y Ananel tenía que darle en la boca como si
fuera un animal. Él era dulce y delicado, increíble de pensar que pudiera estar con
el hombre de dura mirada y firme voz, quien no dejaba de llamarle Andras.
Mikey se sentía perdido, solo, y lloraba mucho. Recordando. Extrañando.
Arrepintiéndose.
Su mente sólo podía crear espantosas ideas para terminar con la incertidumbre.
Prefería que aquel hombre terminara con su vida de una vez antes de volver a
escuchar otra vez el tic-tac del reloj invisible en su oscura habitación.
Tenía una cama y una vela que sólo se encendía cuando llegaba Ananel. No hablaba
y apenas podía recordar cómo era su voz.
«Quiero irme. Quiero escapar. Quiero cerrar los ojos y nunca despertar.
¿Qué es lo que harán de mí?
¿Quiénes son esos hombres?
¿Por qué yo?»
Tic-tac. Tic- tac. Dos martillazos más.
Cuatro lágrimas que corrían por sus mejillas.
Entre las sombras, el cuerpo de un muchacho se hacía ovillo clamando por una
muerte rápida.
Tic-tac. Tic-tac.
—Tried so hard and got so far, but in the end, it doesn't even matter.
Su voz era profunda y varonil. La letra sonaba tal vez, demasiado perfecta a la
situación, pero seguía preguntándose cómo podía buscar entre los bolsillos de un
muerto (recientemente) y cantar como si nada ocurriese. Él era el hombre
experimentado. El conocedor de lo sobrenatural y el poseedor de una herencia
familiar lo suficientemente fuerte como para respaldarle el resto de su vida entre
miembros de la Orden Hermética del Alba Dorada. Es decir, tendría el respeto de
numerosos hombres de éxitos y excentricidades. Pero, nada parecía ser suficiente
cuando se trataba de ver hombres caídos, cubiertos de sangre y mostrando muecas
desagradables. Podría atreverse a tocarles para investigar un poco, inclusive, lo
haría para impresionar, como lo había hecho hace unos minutos con el muchacho
rubio, descubriendo la letra ―B‖ tatuada en su piel; pero, definitivamente Frank Iero
no podría inspeccionar con lujo de detalle un cuerpo recién suicidado como lo
estaba haciendo Gerard.
—I had to fall to lose it all, but in the end, it doesn‟t even matter.
¡Mucho menos podría cantar!
Frank prefirió cambiar la posición de su cuerpo, negando a su propia vista la
oportunidad de seguir viendo a Way inspeccionar dentro de los bolsillos de los
pantalones de aquel hombre, que, descansaba en paz.
Después de que las náuseas pasaran, felicitaría a su compañero momentáneo y
hasta alabaría sus ―talentos‖. Después de lograr que los jugos gástricos regresaran
a través del esófago a su lugar anatómicamente hablando.
—Lo tengo —dijo Gerard satisfecho, olvidando su hambre en el justo momento en
que sintió curiosidad por saber quién era/había sido el rubio hombre. Sin pensarlo
siquiera, comenzó la exhaustiva búsqueda por credenciales, cartera o algún objeto
que pudiera ser identificable. Primero, desabrochó la manchada camisa y luego
inspeccionó los pantalones sin mostrar asco o sorpresa; pues la experiencia que
dejaba maquillar cuerpos en una funeraria comenzaba actuar casi en automático.
El pelinegro cazador ofreció a Frank una cartera de piel negra con una sonrisa
orgullosa. En ese momento, Frank corroboró que Gerard era mucho más especial
de lo que en primera instancia aparentaba.
La billetera fue abierta, dejando al descubierto el nombre de la víctima: Alain
Onslow.
—Y he aquí, nuestra primer pista —dijo Frank seguro poco antes de arrojar la
billetera sobre el cuerpo del difunto. Cuando Gerard quiso preguntar acerca de su
conducta, escuchó claramente el ruido de sirenas acercándose al lugar —. Es hora,
de la actuación.
El pelinegro regresó a la camioneta. Gerard no resistió y le siguió justo a tiempo
para recibir una pequeña cartera de piel, la cual contenía una placa del FBI. La
fotografía no se parecía a él en casi nada, pero sólo se distinguía si ponías excesiva
atención, puesto que la imagen se notaba que estaba desgastada. Sin embargo, la
placa era una réplica exacta. El nombre del oficial del FBI tampoco se leía de
inmediato, pero Gerard logró descifrar el nombre, segundos después: Patrick
Cudney.
—Sígueme la corriente —dijo Frank colocando la placa dentro del bolsillo interno de
su chaqueta.
La patrulla se estacionó frente a ellos. Descendieron dos hombres de raza negra del
vehículo. Uno (el copiloto) lucía joven (entre 25 y 30 años) tenía el cabello negro y
rizado, así como una complexión muy delgada, mientras que el conductor era un
hombre edad madura, robusto y calvo.
—Deja de reírte —dijo un molesto Frank cruzando los brazos contra el pecho y
haciendo un ligero puchero con el labio inferior.
—No me río —aseguró Gerard, aunque no dejaba de sonreír. Frank lanzó un bufido
exasperado. — ¡Oh vamos, admite que fue gracioso!
—Fue un impulso no lo hice con intención…
— ¿Con intención de tocarla y de ser posible, conseguir su número? —Gerard rió—.
¡Sí claro!
—Estos son los inconvenientes de nuestro trabajo. —Dijo Frank quien observó el
rostro de Gerard terminar con su mueca divertida para ponerse serio —Ya sabes,
actuar, ser adorable e increíblemente guapo, aunque lo último es un problema que
tengo desde mi nacimiento.
Frank sonrió y el otro devolvió apenas un poco el gesto. El camino era bastante
estrecho. Sólo había una carretera por lo que Gerard esperaba que no hubiera otro
auto tratando de seguir la misma ruta pero en sentido contrario a él. Los Onslow
vivían en un amplio rancho a las afueras de la población por lo que, además de
estrecho, el camino era de terracería.
—Oye, Frank —el mencionado dejó de sonreírle a la tierra que volaba a su
alrededor para mirar a Gerard.
— ¿Sí?
— ¿De dónde sacaste esas placas del FBI?
—Ya me estaba sorprendiendo que no comentases nada al respecto —confesó Frank
sin borrar su sonrisa y con el tono divertido de un pequeño niño explicando qué
regalo deseaba para la próxima navidad—. Pues, verás, este oficio requiere de
muchas habilidades para engañar y para obtener datos de la mejor fuente. Tengo
acceso a bases de datos del FBI y placas de distintas agencias de seguridad. Son
cosas que la Orden me facilita, pero que no quiere confesar. También tenía en mi
coche algunos uniformes muy útiles: de bombero, enfermero, policía… lo normal.
Gerard Way asintió fascinado por dos cosas, la primera, por la Orden-del-no-sé-
qué; pues, a pesar de lo que la Internet pudiera decir, ese grupo de ancianos
leyendo libros le parecía sumamente interesante y perturbadoramente poderosa,
esperaba, aunque no lo pudiera reconocer, que Frank le contara más acerca de ella.
Y segundo, su mente pervertida no podía imaginar a Frank de bombero o de
enfermero, luciendo esa sonrisa y besándole en el cuello justo como lo había hecho
en Pórtland. Sintió un poderoso sonrojo en sus mejillas y obligó a su mente dejar
de decir esas cosas pues había sentido un tirón en su entrepierna.
Afortunadamente, ya estaban frente a la cerca que daba hacia el rancho. Se podían
ver varias construcciones que podrían ser los establos y una casa muy campirana
de color perla que lucía realmente acogedora.
—Llegamos —dijo Gerard.
—Sí, como si no fuera obvio.
Frank soltó una leve risita que buscaba molestar a Gerard, éste en cambio,
simplemente empujó la cerca de madera al ver que la cadena se hallaba tirada
sobre tierra y pequeñas piedras grisáceas. Tendrían que caminar otro largo tramo
sobre ese terreno antes de llegar a la propiedad. Gerard ya comenzaba a lamentar
su mala suerte, pero, ni siquiera llegando a la mitad del camino, observó a una
mujer salir de entre los árboles y correr hacia ellos. Frank corrió hasta ella cuando
la vio caer de rodillas contra la terracería y las pequeñas piedras.
Gerard sintió un pequeño golpe contra su estómago al ver al otro tomarle de los
hombros con suavidad para ayudarle a mantenerse en pie, pero lo atribuyó a lo
ofensivo que le parecía ver a dos hombres persiguiendo a una pobre mujer.
Instintivamente, el pelinegro se colocó frente a ellos, protegiendo a Frank… y a la
desconocida.
— ¡¿Quiénes son ustedes?! —Exclamó uno de los hombres, el cual llegaba hasta
posarse frente a Gerard. Era un hombre alto y corpulento, de piel bronceada y
labios gruesos. Tenía ojos color marrón obscuro y una camisa sin mangas,
completamente abierta que delataba la musculatura de su cuerpo así como varios
tatuajes negros.
—FBI —dijo Gerard seguro mostrando su falsa placa —. Ahora, ¿quiénes son
ustedes?
—Eso no es asunto suyo —habló el otro hombre de apariencia igual de intimidante
a su compañero, pero algunos centímetros más bajo que el moreno y con una piel
tan pálida que con el Sol se pintaba de carmín de inmediato. Los ojos del
desconocido eran de un azul profundo, con el cabello tan corto y tan rubio que
apenas se veía un rastro de éste.
—Claro que es nuestro asunto —la voz de Frank sonó fría y determinante como
nunca antes. El cazador mantenía abrazada a la desconocida que no se atrevía a
mirar a ese par de hombres. El abdomen de Gerard volvió a sentir un leve golpe —.
Si ustedes dañan a una civil, claro que es nuestro asunto. Somos la autoridad.
—Esa mujer que tanto protege, oficial, no es una ciudadana cualquiera a la que
deba proteger —dijo el moreno de abundantes tatuajes.
— ¡Es una bruja! —Exclamó el rubio dando tres pasos hacia Frank. Éste apretó más
el cuerpo de la temblorosa mujer, pero ella se zafó de los brazos sobre protectores
y corrió nuevamente perdiéndose entre los árboles en menos de treinta segundos.
Ambos hombres se miraron desilusionados, luego, giraron y miraron a los oficiales
con verdadero odio.
—Por su culpa se ha ido —dijo el rubio—, corre como una liebre, jamás la
alcanzaremos con esta ventaja. Siéntanse culpables de haber dejado libre a la
causante de las muertes. ¡Es una bruja!
—Cállate ya, Shelby —pidió el moreno en tono imperativo—, ¿Qué es lo que
quieren? —Preguntó mirando a los dos agentes que se mantenían callados.
— ¿Conocen a Alain Onslow?
—Es el hijo de nuestra jefa —dijo ―Shelby‖.
—Necesitamos hablar con ella —continuó Frank—, es urgente.
—Síganos —prosiguió el moreno, quien no tenía ánimos en presentarse.
Llevaron a Gerard y Frank árboles y arbustos sólo vistos en estampillas del bosque
hasta que vieron la entrada de la imponente casa. Shelby abrió la puerta y les
permitió el paso, mientras que el moreno caminó detrás de ellos hasta que
estuvieron en la sala. El moreno les invitó a tomar asiento y cuando se quisieron
dar cuenta, Shelby había desaparecido.
Pasaron algunos minutos en silencio. El moreno no tomaba asiento, mientras que
los cazadores se miraban de vez en cuando, víctimas del nerviosismo y el
aburrimiento.
—Buenas tardes —una voz a sus espaldas se escuchó. Ambos vieron a una mujer
muy elegante entrar seguida de Shelby. La mujer hizo un gesto con la mano y
ambos hombres salieron del lugar. —Son mis trabajadores —, explicó viendo como
ambos hombres se ponían de pie para recibirla—. Soy Hillary Onslow —dijo y
ofreció su mano en forma de saludo—. Mis empleados me han dicho que quieren
hablar conmigo, que son agentes del FBI, ¿en qué les puedo ayudar?
—Alain Onslow, está muerto.
Gerard en verdad odió a Frank, pero especialmente, detestó esa forma simple,
directa y franca de decir las cosas. La mujer asintió con los ojos comenzando a
brillar a causa de las lágrimas acumuladas. Aún así, se quedó quieta.
Una reacción que a ninguno de los dos les resultó normal en una mujer que había
perdido un hijo.
—Le vimos dejarse caer desde el puente a la entrada de Salem —explicó Frank con
una voz más comprensiva y tranquila.
—Me imagino que querrán mi declaración, ¿verdad?
Gerard y Frank se vieron algunos segundos, luego fue el más bajo quien explicó:
—No, señora Onslow, nosotros sólo veníamos a informarle. Nuestros compañeros
vendrán más tarde y hablarán con ustedes, pero, dígame, ¿Cómo es que lo ha
sabido?
Hillary elevó los hombros restándole importancia.
—La amable señora Alice Cann me ha informado. —Gerard frunció el ceño y Frank
elevó la ceja —. Oh, ella es la esposa del alcalde. Es una buena persona.
— ¿Es esto cierto, Frank? —Preguntó Gerard cuando ya estaban en camino al hogar
de la mujer sospechosa.
— ¿Todavía eres escéptico, Gerard-cariño? —Mencionó con voz melosa— ¿Todavía
crees que no hay monstruos debajo de tu cama?
—No, no sé. Estamos hablando de Brujas. ¡Brujas! ¿Con verrugas, gatos negros y
escobas voladoras? ¿O como ―Sabrina La Bruja adolescente?
—Oh Gerard por Dios, no pudiste haber elegido un programa más homosexual que
ése.
Gerard rió. — Claro, ahora creeré que era demasiado gay para ti como para verlo.
—Nunca vi esa serie —aclaró con arrogancia.
—Pues yo sí. Yo sí tuve una adolescencia normal —el pelinegro sonrió victorioso,
pero la felicidad desapareció de la cara cuando vio el gesto entristecido en las
facciones del otro. Frank asintió con la cabeza y susurró algo parecido a un ―Sí‖. Vio
los ojos del chico apagarse y la mirada dirigirse hacia el paisaje como si fuera lo
más interesante por el momento.
El resto del viaje, lo pasaron en silencio.
«Hay tantas barreras entre nosotros» —Le miró. Triste y melancólico. « ¡Tantas! »
Llegaron a un lugar de abundante flora. La casa se encontraba entre dos frondosos
árboles y varias macetas con enredaderas y otras plantas que a Gerard le
parecieron de ornato, a Frank, le sorprendieron y empezaron a preocupar.
Los nudillos de Gerard golpearon la puerta tres veces antes de que ésta se abriera.
La mujer ya era conocida. Tenía el cabello castaño hasta la cintura, suave y
levemente rizado; la piel pálida e inmaculada; los labios delgados y de color
salmón; y los ojos de color marrón oscuro, grandes, redondos y muy expresivos.
Su edad tal vez oscilaba entre los veinte y los veinticinco años.
—Son ustedes —habló por primera vez la mujer. Su voz era suave, como la de una
niña.
Ninguno se atrevió a saludar.
—Pasen, por favor.
Y así lo hicieron. La pequeña estancia estaba libre de sillones y en su lugar había
almohadones sobre un tapete oscuro. Alrededor había más plantas. Después se
veía un pequeño comedor redondo con un ramo de rosas amarillas dentro de un
florero de cristal. Gerard sentía calidez dentro de la vivienda, aunque su nariz
comenzara a picar a causa de alguna desconocida planta. Su recorrido se detuvo en
un cuadro que estaba colgado a la pared detrás de la puerta, era la imagen de un
santo vestido con una túnica verde y una capa púrpura ondeando levemente; tenía
su rostro una pronunciada barba castaña y sobre su cabeza, una corona dorada que
resplandecía formando un perfecto círculo blanquecino; la mano izquierda
descansaba justo sobre el corazón, mientras que la derecha sostenía un báculo
color perla.
—Es San Cipriano —dijo la suave voz. Gerard se sonrojó pensando que tal vez se
había perdido demasiado tiempo en la imagen—. Él es el Santo de las brujas,
magos y hechiceros.
Frank elevó la ceja. La cara de sorpresa de Gerard, así como las palabras de la
mujer le dieron el valor para dar el primer paso.
— ¿Eres tú, Cielo Casali?
—Lo soy.
—Tú mataste. Tú causaste cegueras. Tú les dejaste mudos —aseguró mirándola
fijamente. Cielo ni siquiera se estremeció ante las acusaciones—. Tú eres una
bruja.
—Sí —contestó Cielo segura.
Nuevamente, las opiniones entre los cazadores parecían dividirse. Frank pensaba
que todo había resultado muy fácil. Gerard ya comenzaba a ponerse nervioso,
avecinando peligro. Y mucho.
Esta vez, Ananel no se había ido después de que terminara de comer ese delicioso
pavo envinado. Esta vez, el pelinegro se había quedado a su lado sobre el colchón.
La vela se estaba extinguiendo, pero el hombre parecía demasiado absorto en sus
pensamientos para darse cuenta. Mikey había dejado de ver a Ananel por un
período de tiempo que le pareció una eternidad, había escuchado una conversación
entre él y algún otro ser extraño, ordenándole que fuera a hablar con un tal
Lagasse. Luego, no recordaba más porque tal vez se hubiera dormido, después de
escuchar el constante Tic-tac en su cabeza y al despertar, ya estaba ahí el
pelinegro de ojos azules.
Se quedaron en silencio hasta que la luz dejó de alumbrarles. Mikey lanzó un
suspiro resignado, al fin que, se estaba acostumbrando a ser un animal nocturno
con miopía. La cabeza le dolía a falta de lentes por lo que permanecía quieto y con
los ojos cerrados la mayor parte de tiempo. Pero la oscuridad se fue, dando paso al
dolor. Sus ojos ardían al sentir esa fuerte luz.
—Lo siento —dijo Ananel con su voz masculina, pero agradable. Luego, la luz se
sintió menos intensa, pero mucho más potente que la llama de una vela. Cuando
Mikey abrió los ojos descubrió todo iluminado bajo un color naranja claro. Por fin
pudo ver en dónde le resguardaban, aunque no había mucho por ver. Estaba la
cama, un pequeño mueble donde siempre estaba la vela y el resto, vacío.
Reconoció la esquina donde tenía que expresar sus necesidades fisiológicas y la
encontró pulcra. Luego miró a Ananel que bañado en esa luz lucía mucho más
apuesto. «No creo que sea momento de tener pensamientos así... Bueno, y qué
importa. Ya deliro»
Volvió a recargarse y volvió el silencio.
— ¿Cuál es tu nombre de mortal? —Preguntó el pelinegro rompiendo el silencio.
Mikey lo vio acostado a su lado cuando su cabeza giró para verle y perderse
inconsciente e inevitablemente en el brillo de esos ojos zafiro.
—Mikey —carraspeó. La garganta le dolía. Ananel de inmediato le entregó un vaso
con agua.
— ¿Mikey? —Repitió asombrado. Mikey se había tenido que sentar para beber y
ahora dejaba el vaso sobre el mueble de madera.
—Bueno, me llamo Michael, pero todos me dicen Mikey —habló con mayor soltura.
Sonriendo levemente después de no sentirse como un mudo—. Soy Michael James
Way.
—Mucho gusto, yo soy… ¿Ananel? —El pelinegro rió y Mikey sonrió sin que pudiera
evitarlo. —Tus ojos, son muy lindos —murmuró mirándolo fijamente cortando con
la risa tajantemente.
—Gracias, los tuyos también. —Mikey se sintió apenado y en sus mejillas se coloreó
la piel de un tono rosado.
—No puedo creer que seas tú quien ellos dicen que eres —confesó acariciando una
de las coloreadas mejillas. Mikey se quedó sin habla, demasiado nervioso por el
tacto del otro hombre. — Realmente, ¿no tienes idea de por qué estás aquí? ¿No
sabes quién te trajo, o dónde estamos?
—Balam me trajo. Es un demonio, yo mismo lo invoqué, pero no sé por qué me
tiene aquí —contestó sin emoción alguna. Completamente en automático.
— ¿Sabes qué soy yo? —La pregunta se hizo en voz más baja.
—Un demonio —respondió con igual volumen.
Ananel sonrió. —Así es, soy un demonio, estás rodeado de ellos. Estamos en el
sótano de una casa en los suburbios, en Las Vegas, Nevada, Mikey. Hay decenas de
demonios cuidándote. Ellos te temen, y me han mandado a mí a cuidarte todo el
tiempo. No vendrá más Balam hasta que Lassage le informe que estás listo, y ese
momento será, cuando tú me mates.
Mikey abrió los ojos y la boca sorprendido; sintió la sangre bajar hasta sus pies y
subir de regreso a una velocidad impresionante.
Ahora se sentía más temeroso, confuso y arrepentido que nunca.
¿Quién iba a pensar que un chico tímido en New Jersey que sólo quería
experimentar con lo morboso y desconocido estaría en una situación así? En el
sótano. En las Vegas. Sobre un colchón incómodo. Hablando con un demonio. Con
un atractivo, simpático e inteligente demonio al que, debía de matar para que otros
demonios llegasen por él. No entendía, y, por alguna razón, habría deseado no
saberlo.
Ananel se puso de pie y salió de la habitación.
Mikey volvió a sentirse, solo.
CAPÍTULO XIII: Barbatos
— ¿Eres una bruja? —Rompió Frank el silencio, cortando, también, las cavilaciones
de Gerard sobre cuánto extrañaba su trabajo.
—Así es, agente. Soy una bruja, ¿y sabe por qué?
Frank guardó silencio, perdiéndose en la mirada castaña de la mujer, la cual se le
antojaba peligrosamente sincera. Gerard quería contestar con simpleza algo como:
―Eres bruja porque haces magia. Eres mala y tienes un gato negro‖.
Afortunadamente, lo pudo dejar en su inconsciente.
—Bueno, una bruja es aquella mujer que es practicante de brujería, y la brujería se
define como el conjunto de todas las prácticas mágicas con poder para influenciar
la mente, el cuerpo y el alma de las personas.
—Eso es horrible… —Susurró Gerard sin notarlo. Sin embargo, Cielo le escuchó.
—Suena bastante tétrico, sí —asintió con la cabeza—, sin embargo, yo pertenezco a
una orden de brujos “neopaganos”.
— ¿Y eso, qué? —Preguntó Frank con un ligero tono de fastidio. Le hubiera gustado
ponerse en acción inmediatamente después de la confesión de la mujer, sin
embargo, la seguridad implantada en su mirada le insistía a escucharla, hasta el
final.
—Profesamos códigos éticos que nos evitan realizar hechizos a cualquier persona
sin su conocimiento.
Gerard miró a su compañero de cacería por un momento.
—Entonces… —dijo Gerard, dudando por un momento —Tú no pudiste hechizar a
todas esas personas, ¿verdad?
—A menos que quisieran quedarse ciegas, o mudas, no. —Cielo sonrió. Gerard le
imitó, y Frank, lucía frustrado.
—Entonces, ¿quién ha sido?
Cielo abrió y cerró la boca. Dudosa a hablar. Inmediatamente después, tres golpes
contra la puerta, hicieron a los presentes alarmarse. La bruja simplemente, fue a
abrir la puerta y a recibir a su invitada con una amable sonrisa.
—Daphne.
—Cielo —besó ambas mejillas. La chica de nombre Daphne tenía el cabello corto
hasta la mejilla y oscuro como la más oscura de las tormentas, los ojos eran claros,
como la miel y aparentemente, su edad oscilaba entre los veinte y veintidós años.
La bruja la cedió el paso. Apenas, la joven fue consciente de las visitas.
—Buenas tardes —saludó. Los cazadores dieron el mismo saludo. Cielo, al parecer,
les restó importancia, pasando hasta el comedor con su invitada.
— ¿Qué quieres saber esta vez, cariño?
—Quiero saber, cómo me irá en la universidad. Voy, por primera vez, a alejarme de
casa, y me cuesta no tener temor.
Cielo asintió. Los otros ocupantes del cuarto, tan sólo observaban. La mujer llevó a
Daphne hacia un rincón de la habitación. La curiosidad de Gerard le obligó a estirar
el cuello para observar la chimenea del lugar. Pronto perdió la visibilidad cuando
Daphne se puso frente a él, dándole la espalda. Resignado, el pelinegro no tuvo
más opción que regresar al sofá, junto a Frank.
Mientras tanto, Cielo tomó un puñado de sal y lo arrojó de un solo movimiento al
fuego. Pronto se escuchó un chisporroteo intenso de las llamas crepitando luego un
grito de la joven de cabello negro.
—Ahí lo tienes cariño —dijo Cielo volviendo a su lugar en la mesa—, buena fortuna
en tu semestre. ¿Quieres que la lea sobre la mesa?
Daphne negó con la cabeza. —No, ya sabes que adoro que el destino me
sorprenda.
Hubo dos besos más y un intento por entregar dinero a la bruja, quien se negó con
vehemencia.
—No fue nada, Daphne. Disfruta tu semestre.
—Cielo, eres muy buena —le abrazó—. Regresaré pronto, por lo menos a saber
cómo estás.
—Te esperaré.
Y la mujer se fue. Gerard estaba ansioso, Frank seguía luciendo furioso.
— ¿Qué fue eso? —Preguntó el ansioso e inexperto cazador.
—Alomancia —respondió la bruja con simpleza—. También le llaman Salimancia, y
es un método que utiliza la sal para hacer adivinación. Se realiza arrojando sal al
fuego y escuchando el crepitar de las llamas, o interpretando el color del humo. Si
se escucha un crepitar intenso es indicio de fortuna, así como un humo color
blanquecino. También puedo leer las formas que deja la sal al ser arrojada sobre
una superficie.
Gerard elevó escéptico la ceja.
— ¿Sal?
—La sal tiene un potente poder purificador y disipa las energías negativas —explicó
Frank—. Esto se debe a su pureza y la forma cristalina. Como ya has visto, cada
vez que se intenta proteger a alguien frente a un ente maligno, se traza un círculo
de sal para mantener alejado al ser negativo. Además, si le lanzas un puñado de
sal, con eso basta para que desaparezca.
Cielo asintió con la cabeza. —La sal es poderosa. Eso lo ha sabido el hombre desde
tiempos remotos.
—Dejemos las clases de Alomancia para otro día, Cielo —habló Frank con voz
hastiada—. Termina de decirnos quién o qué es el culpable de todas las desgracias
en esta ciudad.
—Perdone agente, pero me es inevitable continuar con esta conversación teniendo
una duda. —Gerard miró a Frank asustado luego de observar la sonrisa macabra de
la bruja—. Ha dicho, ‗¿cómo ya has visto?‘ haciendo alusión a los poderes de la sal.
Sabe exactamente su funcionamiento, y parece conocedor en el aspecto de la
Alomancia. Dígame, ¿es acaso un nuevo curso que se les da a los agentes del FBI?
Cielo elevó una ceja. Frank le miró con fastidio. Gerard quería terminar la
conversación.
—Somos cazadores —contestó Gerard sintiéndose cada vez más ansioso. —
Cazamos cosas sobrenaturales.
—Eso explicaría el flujo de energía que emana de ti —le habló a Gerard—. Díganme,
¿cómo se llaman?
—Yo soy Gerard Way, y él es Frank Iero. Ahora que nos conocemos, ¿podrías
decirnos quién ha hechizado a toda esa gente? Y si no es molestia, ¿de qué flujo de
energía hablas?
—Tu cuerpo emana una energía muy fuerte. Muy contraria a esa personalidad
tímida. Tal vez, tengas miedo de dejar salir a ‗tu verdadero yo‘.
—Basta de tonterías —replicó Frank—, simplemente dinos.
—Alice Cann.
— ¿Quién?
—La esposa del gobernante de este lugar. Está usando magia negra, apoyada por
fuerzas demoníacas para herir a las personas. Ya han sufrido personas antes, pero
parece hacer énfasis en la familia Onslow. Es tan bruja. —Terminó con enojo.
Gerard quiso sonreír con la última frase, mas se tuvo que contener para
mantenerse sereno.
—He tratado de hablar con ellos, pero no me creen. He tratado de poner
protecciones, pero me alejan. Yo hago curaciones, también; pero me han prohibido
intentar ayudar. Dicen que soy una bruja. Y lo soy, pero manejo magia blanca, que
hace bien. Yo sólo… no sé qué más hacer…
Cielo lucía realmente desesperada y ansiosa por ayudar. Gerard se sentía más
animado respecto a las brujas.
—Dinos dónde vive la señora Cann.
— ¿Y qué vamos a hacer, Frank? Acusarla de que es una bruja, decirle que es mala.
¿O prefieres simplemente matarla? —Reclamó Gerard escandalizado.
—Tal vez, yo pueda ayudarles. Alice trató de atacar a la señora Onslow antes de
que hiciera que su hijo saltara desde ese puente. Sé que volverá a atacarla, pero
no puedo asegurar cuándo vuelva a aparecer, o en dónde.
—Perfecto —dijo Frank con sarcasmo—. Haremos guardia en una casa vigilada las
veinticuatro horas por súper hombres.
—No hay otra opción —Gerard sonrió. Contagiando el buen humor. A Frank se le
quitó la cara de enojado, pero sólo un poquito.
Los grillos hacían su aparición esa noche templada. Sus manos cargaban una caja
de cartón. Había sido fácil burlar la seguridad diciendo que era un pastel. Ella sonrió
recordando lo que había dentro de la caja, sabiendo que, tal vez sería un rico pastel
de rana.
Llegó hasta la casa, pero la rodeó. Extrajo a los animales muertos y con los ojos
cosidos y los colocó en el suelo. Elevó su mirada al cielo sin estrellas, así como
ambos brazos y comenzó la plegaria.
—Barbatos, prestadme vuestro infernal poder contra Hillary Onslow. Hazle ciega,
como estas criaturas. Por vuestra virtud Barbatos, cúmplase vuestro deseo…
Los brazos cayeron. La cabeza giró en busca del origen de ese sonido que había
interrumpido el ritual. La maleza crujía, pero era difícil distinguir algo a la distancia.
Cuando por fin pudo ver tres figuras acercársele, ya estaban demasiado cerca para
huir.
—Buenas noches, señora Cann —le saludó la inútil bruja—. Veo que interrumpimos
su ronda nocturna.
—No creo que sea de su incumbencia.
—Frank y Gerard —dijo Cielo señalando a los jóvenes —. Ambos, cazadores que
han venido a matarte sin preguntar —sonrió—, sin embargo, yo lo haré. Dime Alice,
¿por qué lo haces?
El cabello rubio corrió entre los arrugados dedos. Los ojos azules de pronto
perdieron el brillo y los labios desgastados temblaron con ligereza.
—No lo entiendes. ¡Él me ha hablado! Me ha pedido que haga pagar a los impuros.
El padre, era un libidinoso, le hice perder la vista. El hijo, engañó a la novia a pocos
días de casarse ¡con un hombre! La madre mantiene relaciones con uno de sus
sirvientes. Iba a cerrar sus ojos, para siempre. Se lo merecen. Toda esa gente a le
he hecho callar, dejar de ver o muerto, es porque se lo ha merecido. Y los crímenes
me los dice Barbatos. Sé que él quiere hacer justicia.
Frank ahora comprendía la ‗B‘ mayúscula pintada en la espalda del joven.
—Es un demonio. Lo sabe señora —aseguró Frank mirándola fijamente—. No trate
de engañar, en el ritual lo ha dejado bien claro.
— ¡Pero él quiere que elimine a los impuros!
A estas alturas, la mujer se arrancaba el cabello a tirones y comenzaba a babear.
—Yo sólo seguí sus órdenes. ¡Sólo fui buena!
La mirada estaba perdida en algún punto detrás de ellos. La boca abierta y la
respiración agitada. Hasta que pronto, unas manos se visualizaron en las mejillas
de la mujer. La cabeza dio un movimiento lateral y un crujido hizo su aparición.
Alice Cann cayó al piso, y en su lugar quedó un hombre de canas abundantes y
mirada castaña. Lucía un esmoquin negro y un bastón en la mano derecha. Una
espesa barba oscura casi y ocultaba por completo sus labios, visibles hasta el
momento en que habló.
—Gerard Way.
La voz era profunda y la mirada parecía quemar. Gerard desvió su vista de aquel
ser. Frank susurraba al oído de Cielo que huyera, que ellos estarían bien. A pesar
de la terquedad de la bruja, bastó una mirada más del hombre para huir de ahí.
— ¿Qué haces aquí, Barbatos? —Preguntó Gerard como quien pregunta a un amigo
por su nuevo trabajo.
—Me divertía. Hasta que llegaron ustedes y un nuevo mensaje del ‗jefe‘. Gracias
por continuar aquí, me han hecho la misión más sencilla.
— ¿Controlabas a esa mujer? —habló esta vez Frank. — ¿Hacías que matara en tu
lugar?
Barbatos asentía con emoción como niño pequeño, encarnado en el cuerpo de
Bernard Cann, presidente de la ciudad.
—Es divertido. Pero ahora… —llegó en un parpadeo frente al pelinegro. Gerard no
pudo evitar temblar entero—. ¿Dónde está la daga? —Tomó su cuello con ambas
manos.
Frank de inmediato sacó una pistola semiautomática y disparó tres veces sobre el
hombre con balas de sal. Barbatos resistió el tiempo suficiente para lanzar a Frank
contra un árbol. Gerard observó e intentó ir hacia su compañero, cayendo de cara
sobre el pasto en el intento.
—No irás a ninguna parte, Gerard Way. Dime, ¡Dónde está la daga!
— ¡No sé de qué daga hablas! —Se puso de pie y le enfrentó.
—Y si te digo que tiene que ver con un tal Ray Toro, ¿sabrías de qué Daga hablo?
Cuando fueron a hablar con él, en la torpeza después de tanto golpe, él dijo ‗Gerard
Way‘. Dime, ¿ya recuerdas?
El demonio cruzó los brazos sobre su pecho. Gerard se quedó callado.
Recordaba ese día, meses atrás. Ray había llegado con heridas graves y una daga
en el bolsillo de su chamarra que cayó al suelo cuando su cuerpo se desplomó
sobre sus brazos. En esa época, Gerard no sabía a qué se dedicaba su mejor
amigo. Pensando que había herido a alguien con aquella daga, decidió guardar la
evidencia en su caja fuerte. A un lado del árbol de Navidad, dentro de su armario.
Cuando Ray despertó al día siguiente, no preguntó por el arma. Gerard, nunca más
lo comentó. La daga estaba, pues, en su casa, en Newark, en New Jersey, en su
habitación, en su armario, al lado del pino de Navidad.
El demonio sonrió.
—Gracias, Gerard.
El pelinegro reaccionó demasiado tarde. Las manos del demonio ya estaban sobre
sus mejillas como con la señora Cann. Sus ojos se abrieron al máximo y ni siquiera
tuvo tiempo de ver pasar toda su vida; como muchos decían que ocurría al sentir la
muerte tan cerca. Escuchó un disparo y vio al demonio desaparecer entre una
espesa nube de humo negro. Gerard giró el rostro y vio a Frank Iero sosteniendo el
arma, aún sobre el pasto y con la espalda recargada contra un grueso árbol. La
mano del cazador cayó, así como el arma cargada con balas impregnadas con agua
bendita. Gerard corrió hasta él.
—Frank…
—Gerard-cariño. ¿Cómo estás? —Sonrió.
Gerard pasó un brazo detrás del cuello del cazador y tomó su mano derecha con
suavidad. Aquella que había cargado y dirigido el arma.
—Idiota —sonrió—. Pudiste haberme disparado a mí.
—Claro que no. Soy un excelente ‗disparador‘.
Ambos sonrieron. Frank se aferró más a la mano que intentaba ponerlo de pie.
—Con cuidado, cariño, me duele.
—Lo siento —dio un último tirón más y el cazador estaba de pie. — ¿Estás bien?
Frank no pudo contestar, simplemente hizo un gesto de dolor al tiempo que
masajeaba suavemente su espalda con la mano que no estaba aferrada al del otro
hombre.
— ¿Qué te dijo el demonio?
—Me preguntó por una daga… y me dijo… —Gerard quedó en silencio.
Era difícil asimilar aquello cuando Frank estaba tirado sobre el césped. Aún ahora
que su compañero estaba en pie y con los dedos entrelazados con los suyos, era
complicado. Una daga. Ray ‗en la torpeza después de tanto golpe‘. Un
agradecimiento y su mente pensando en la ubicación del objeto.
— ¡Mierda! —Gerard Way, había reaccionado, atado cabos y concluyendo que: —
¡Irán a mi casa!
Los dedos de Frankie al parecer ya no se sentían bien entre los suyos, por lo que se
soltó de golpe para esconder el rostro con las manos.
—Mierda, mierda, ¡mierda!
—Gerard, tranquilízate. —Frank lo siguió. Gerard caminaba en círculos a su
alrededor, mientras murmuraba palabras incomprensibles —. Gerard por favor.
¡Gerard!
El pelinegro detuvo su andar, pero no por eso brindó a Frank una explicación.
Parecía un ser perdido en su propia realidad.
—Gerard… —Susurró al tiempo que tomaba el pálido rostro entre sus manos. Los
ojos verdosos de su compañero por fin le miraron con centellantes indicios de
lágrimas. Frankie le acercó con suavidad —. Todo estará bien, amor.
Way se sorprendió. Sus ojos se abrieron un segundo antes de cerrarse
nuevamente. Los labios de Frank se habían posado sobre los suyos y el contacto
fue húmedo y electrizante. El beso fue sutil. Un tierno encuentro entre labios. Con
una mujer muerta a su lado, un encuentro reciente con un demonio y la posibilidad
de ser descubiertos; fue el beso más gratificante en la vida de Gerard Way.
—Tenemos que irnos, Frank —murmuró sintiendo todavía el sabor de Iero en sus
propios labios—. Tenemos que ir a New Jersey. Van a lastimar a mi familia…
Las lágrimas volvieron a asomarse arrogantes. Frank volvió a consolar y a saciar
sus propios deseos por su compañero de trabajo. Besar a Gerard era como besar
por primera vez. Los labios temblaban y la emoción no se podía perder. El más bajo
se aferraba a esas delicadas mejillas, mientras que Gerard, buscaba calor
abrazando la cintura del otro cazador.
Una vibración en su trasero y el sonido de las guitarras eléctricas alertaron a
Gerard, quien dio un salto alejándose de los labios de Frank para contestar la
llamada que estaba recibiendo.
— ¿Hola?
Frank mientras tanto, caminó un poco sintiendo la brisa de la noche y tratando de
alejar el inicio de erección atrapada entre la tela de su ropa interior y cubierta por
los jeans. Observó a Alice Cann tirada sobre el pasto y escuchó las voces de los
trabajadores. Sin pensarlo demasiado, tomó al otro del brazo y lo arrastró hacia la
maleza. No le importaba si su conversación continuaba o había terminado. Si la
persona con quien hablaba Gerard le mandaba saludos o no; él simplemente guiaba
al cazador hacia el exterior de la propiedad, rumbo a la segura y poco estética
camioneta gris.
—Frank. Espera, Frank… —Al parecer, la llamada había terminado.
—Cállate y sigue caminando. Pronto llegaremos.
Y cuando lo hicieron, subieron y Gerard encendió el motor, se permitieron continuar
la conversación. Frank sabía que olvidarían el incidente del beso; con un poco de
suerte volvería a suceder una situación así, pero sin ser aclarada. Sólo, como un
consuelo mutuo. «Sí claro, consuelo y nada más».
—Vamos a New Jersey, Frank. —Gerard aceleró sin esperar respuesta.
—Detente, Way —La voz del cazador sonó fría y directa. Imposible de desobedecer
—. Bien, ahora dime de qué diablos estás hablando.
—Barbatos me preguntó por una daga. Al principio no entendí, pero me dijo que mi
amigo Ray había dicho mi nombre después de una paliza. Luego la recordé, la tomé
del bolsillo de Ray pensando que había lastimado a alguien. No quería que lo
acusaran y en esa época yo no sabía que era un cazador o que esa daga dorada
podría significar algo más. Yo sólo la escondí… y… —La respiración se agitó. Las
ideas se arremolinaban en su interior. Era como si dependiera de ese momento y
de dejar fluir las palabras. Era vómito verbal.
—Tranquilo, respira —Frank sonrió y besó la punta de su nariz.
Jamás lo confesaría, pero calmar a Gerard le alegraba. Y mucho. Aunque Gerard
tampoco confesaría que ser calmado de esa forma le encantaba.
—Pensé demasiado en la ubicación de la daga. El demonio sabe dónde está. Ray
acaba de hablarme, está en un hospital en Ohio. Le he contado lo que ha ocurrido,
dice que irá de inmediato a mi casa, y yo, tengo que ir Frank. Ahí están mis padres.
¡Soy tan estúpido! —Exclamó golpeando el volante— ¡Cómo pude olvidar que
pueden leer la mente! ¡Soy un idiota!
—Gerard-cariño, tranquilízate. Lo primero que tenemos que hacer es ir a algún
aeropuerto. No llegaremos a tiempo manejando. Así que, vamos. No te preocupes,
tu familia estará bien —la cálida mano estaba sobre la mejilla de Gerard, quien
comenzaba a adorar la personalidad tierna de Iero.
Pisó el acelerador. Escuchaba a Frank rezar a su lado. Se hubiera unido, si no se
hubiera olvidado de la forma en que se rezaba. Hacía más de doce años que su
religión fue dejada atrás para darle paso a una vida sin etiquetas de fe. Lejos de las
celebraciones y rituales típicos ya no sabía cómo era la forma correcta de lanzar
una plegaria.
«Sólo puedo decir: Ojala que estén bien. Tienen que estarlo. Lo estarán».
Gerard quedó sorprendido al descubrir que su efectivo no era suficiente para dos
boletos de avión. Más sorprendido quedó al ver la dorada tarjeta de crédito de
Frank.
—Ventajas, de la Orden.
Ambos sonrieron y abordaron. El vuelo más próximo a New Jersey. Frank seguía
orando en silencio. Gerard, comprimiendo su celular entre las manos. Ahora, no
quedaba más que esperar.
Esa noche, Mikey durmió en una habitación de tres por tres en Las Vegas, Nevada,
acurrucado sobre el pecho de un hombre, que además era un demonio.
CAPÍTULO XIV: Furcas | Revelaciones
Parte I
El vuelo sólo llevaría una hora con cincuenta y cinco minutos. Gerard se mordía las
uñas de la desesperación. Eran 1544 kilómetros de distancia la distancia entre
Missouri y New Jersey. Definitivamente, sería un viaje muy largo si lo hicieran en su
camioneta. Frank entonces usó esa personalidad encantadora y pudieron dejarla en
el estacionamiento del aeropuerto. Llevaban todas las maletas que en un principio
ocupaban la parte trasera del vehículo. A Gerard se le empezaba a terminar la ropa
interior limpia; mientras se sorprendía al ver al otro con un atuendo más o menos
diferente al anterior (a excepción de la chaqueta de cuero negro). Cargaron la
enorme maleta con los libros y artefactos extraños de Frank; sin embargo, las
armas se quedaron debajo de los asientos.
El diario que le había sido regalado descansaba aún en el bolso interior de su
chaqueta de mezclilla. La tocó. Sólo para asegurarse de que seguía ahí, y para
distraerse un poco.
— ¿Estás bien? —Frank estaba recostado de lado sobre el asiento. Estaban en
primera clase, por lo que los asientos eran amplios, cómodos y lejanos de los otros
pacientes. Había privacidad y las luces estaban apagadas. Aún así, Frank hablaba
en murmullos.
Gerard asintió con la cabeza. —Me preguntaba qué hubiera ocurrido si Barbatos no
hubiera llegado a la vida de Alice. Digo, ¿ya era bruja antes, no? Sólo controló su
mente para ‗hacer justicia‘. ¿O es que le dio poderes? —Suspiró—. Estoy
confundido.
—Alice ya era bruja. Los demonios no dan poderes porque sí. Primero tendrían que
hacer un trato, y cuando hacen eso, no continúan con sus ‗nuevas almas‘ fingiendo
que son esposos. Yo me imagino que hizo que ella encontrara un libro con rituales
de magia oscura.
Frank sonrió al notar que Gerard no prestaba mucha atención.
—Y esa es otra pregunta. ¿Por qué la magia es oscura, por qué es blanca?
—Creo que deberías leer más el regalo que te di, Gerard-cariño. Ahí encontrarás
muchas respuestas y perderás un poco el tiempo hasta llegar a New Jersey. Yo,
trataré de dormir.
Frank giró y cerró los ojos. En pocos minutos Gerard pudo escuchar su profunda
respiración. Resignado extrajo el libro de su bolsillo y encendió una luz.
Definitivamente no podría dormir.
Observó la portada artística y sintió frustración cuando volvió a leer la dedicatoria y
el año. Hubiera querido preguntarle a Frankie, pero muchas veces prefería seguir
siendo un ignorante. Se sentía mejor.
Empezó a hojearla.
Llegó hasta una página con un grabado impresionante. Dos hombres de barba
interpuestos como si uno se mirara en un río y viera su reflejo. La barba de uno era
blanca y los ropajes negros, el contrario tenía la barba negra y ropajes blancos.
Debajo de ellos había escrituras y un largo círculo rodeándolos. Era, el gran símbolo
del Rey Salomón.
“Leemos en las Escrituras que Salomón construyó dos columnas de bronce frente a
la puerta de su Templo; una de ellas se llamó Jachin y la otra, Boaz, que significa el
fuerte y el débil… []. Eran pilares del mundo intelectual y moral, el jeroglífico
monumental de la antinomia inevitable respecto de la gran ley de creación. El
significado es que toda fuerza postula una resistencia sobre la que pueda trabajar;
toda luz, una sombra como su contraste; toda convexidad, una concavidad; todo
influjo, un receptáculo; todo reinado, un reino; todo soberano, un pueblo; todo
obrero, una materia apta; todo conquistador algo que vencer. La afirmación se
apoya en la negación; el fuerte sólo puede vencer debido a la debilidad.
…
No hay bien, sin mal.”
Gerard asintió. De repente sentía que el libro tenía voz propia; como la de un
abuelo que cuenta historias a sus nietos.
También escuchó repentinamente los ronquidos de Frank y una inevitable sonrisa
se asomó. También su celular y la opción para grabar sonidos.
Luego de la travesura, continuó leyendo.
Finalmente, llegó a la magia.
“Los límites entre magia negra y blanca son muy difusos y sujetos a numerosas
discusiones, porque en realidad, no existen ambas magias. La energía es Una y
solamente la intención o el objetivo marcan la diferencia entre blanco y negro; bien
y mal; luz y oscuridad…”
—Disculpe señor, ¿podría apagar su luz? Hay un pasajero que es muy sensible a
ella.
Gerard elevó la cabeza sintiéndose sorprendido y asustado.
—Sí, sí, claro —respondió nervioso. Nuevamente, el libro descansó en su bolsillo.
Gerard cerró los ojos, esperando poder descansar en el resto del vuelo.
Cuarenta minutos después de haber aterrizado, Frank Iero y Gerard Way llegaban a
la casa del último. Las luces estaban todas apagadas, excepto las de la funeraria y
una en el recibidor del hogar, como siempre.
Frank se mantenía en silencio y quieto. Las maletas a su alrededor. Esperaba un
movimiento o palabra del otro.
—Entremos —habló Gerard finalmente. No fue un tono animado o una orden. Era
solamente una palabra dicha sin énfasis alguno.
La casa estaba en sepulcral silencio, sin embargo, había un extraño olor. Gerard
entró primero, luego Frank con las maletas, quien al poner un pie en la casa, jaló a
Gerard de la chaqueta y le llevó nuevamente a la calle.
— ¿Qué pasa?
—Apesta a azufre, y…
— ¡Y a qué más, Frank! —Estaba desesperado. Estaba asustado. Y realmente, no
quería entrar a su hogar.
El cazador buscó algo entre su maleta de libros y demás objetos. Extrajo un collar
con una tira negra y un dije circular con un triángulo en medio; todo en color plata.
—Póntelo. Te protegerá contra la posesión. —Dijo Frank suspirando—. Vamos,
entremos.
La sala estaba inmaculada. Todo en perfecto orden, y perfecto estado.
— ¿Dónde dijiste que estaba la daga? —Preguntó Frank.
—En el sótano, mi habitación. Voy por ella.
—Bien, yo revisaré.
Gerard bajó hasta el sótano. Su habitación estaba, aparentemente intacta. Sus
rodillas temblaban a medida que avanzaba hacia ese rincón donde descansaba la
pequeña caja fuerte. No podía acostumbrarse al uso de las armas, pero
definitivamente, le hacían sentir mucho más seguro y en ese momento hubiera
dado lo que fuera por poder portar una.
Giró el candado dando la contraseña correcta. La puerta se abrió y extrajo el
pedazo de tela en donde la había ocultado. Hasta ese momento Gerard se sentía
aliviado. Parecía que la daga, continuaba ahí.
Abrió la tela y encontró una pequeña vara de madera. Al tocarla, la madera se
transformó en serpiente.
Gerard la arrojó lejos. En la tela se dibujaba un símbolo que él conocía muy bien: el
pantáculo de Balam.
Frank mientras tanto, subía las escaleras de madera. El olor a azufre se hacía más
intenso a medida que avanzaba. Al final del pasillo había una puerta. Tuvo que
tapar su nariz con una mano mientras giraba la perilla.
La escena le horrorizó, más por el hecho de saber que eran los padres de Gerard,
que por ver un par de cuerpos sin vida, ensangrentados y acostados sobre la cama
manchada casi por completo de rojo escarlata. El olor a azufre se combinaba con el
de la sangre coagulada.
Frank entró en la habitación.
La mujer miraba con los ojos bien abiertos. El hombre tenía un brazo colgando,
tocando el suelo. Los labios de ambos, estaban abiertos, como si gritaran antes de
la tragedia. Lo más sorprendente, sin duda, era la ‗B‘ hecha con sangre en la frente
de las víctimas. El cazador se puso de rodillas al lado del lecho manchado en
sangre. El piso estaba inmaculado.
—Dales señor el descanso eterno —murmuró cerrando los ojos y uniendo las manos
en señal de plegaria—, brillen para ellos la luz perpetua. Descansen en paz. Amén.
Se persignó y puso su cuerpo en pie. Suspiró resignado. Siempre era una pena
cuando buenas personas morían. Más si eran padres de un ser humano como su
compañero de cacería, más si había sido por un demonio. No fue consciente de que
el pelinegro lo estuvo observando desde el preciso momento en que se hincó junto
a sus padres. Cuando escuchó el rezo, la sangre cayó hasta los pies y las lágrimas
hicieron su aparición, tan rápido, que se sorprendió a sí mismo. No recordaba la
facilidad que tenía para romper en llanto.
Frank escuchó el débil sollozo. En la casa abandonada, hasta el mínimo sonido
sonaba estruendoso. Giró la cabeza, el cuerpo y fue hasta él para abrazarle.
—Gerard, yo… lo siento.
El novato cazador apretó más el abrazo y dejó que los sollozos y las lágrimas
corrieran libres mojando el hombro de Frank.
Lo soltó poco a poco, como si temiera que sus piernas no pudieran sostenerle.
Frank lo vio limpiándose las mejillas, sorbiendo la nariz y acercándose a la cama
donde yacían sus padres.
—Iré a llamar a alguien —dijo Frank.
Gerard asintió con la cabeza mientras se arrodillaba justo como Frank había estado.
El otro cazador salió de la habitación, dándole privacidad.
—Papá —susurró—, mamá—. ¡Era tan difícil hablar! Las lágrimas se lo impedían, la
necesidad de dejar salir los sollozos y gemidos era tanta, que le cortaban el habla y
la respiración. Tenía tantas cosas que decir y era frustrante saber que no podrían
escucharle. Que jamás lo harían. Gerard se aferró al brazo colgante de su padre sin
importarle las manchas o el olor.
Y lloró. Lloró como jamás lo hizo.
Y rezó. O al menos, su versión de una plegaria. Rezó para que sus padres, en serio,
jamás despertaran. Que sólo, descansaran en paz.
Ray conducía con extraña calma. A su lado, en el asiento del copiloto descansaba
un ser humano del que no conocía más que el nombre, pero que había estado
viajando con su mejor amigo por alguna extraña situación. Necesitaba saber. En
situaciones normales no habría accedido a su demanda; en situaciones normales no
estaría a su lado sin haberlo interrogado a punta de pistola, pero confiaba en el
sentido común de su amigo y en el hecho de haberlo encontrado en una pieza luego
de haber empezado como novato cazador. Entonces, ¿tendría algo que agradecerle
al desconocido?
—Conocí a Gerard en York, Pensilvania. Fue una coincidencia; él estaba
encargándose de un caso y yo también. Fue un demonio miles. Me agradó y le di la
dirección donde un amigo, para que consiguiera armas. Yo soy un cazador también.
Frank comenzó a hablar sin que se le preguntara; Ray comenzó a preguntarse si se
trataba de un simple mortal o un ser especial con capacidad para leer la mente.
— ¿Por qué viajan juntos? —Preguntó siguiendo el juego y con una sincera
curiosidad.
—Primero fue un favor, Nathaniel se había robado mi coche y yo tuve pedir a
Gerard que me llevara —medio sonrió—. Luego me contó lo que había pasado con
su hermano, y prometí ayudarle.
Ray observó unos segundos la sinceridad en los ojos avellana. Luego el semáforo
cambió de color y tuvo que seguir conduciendo.
— ¿Y ése tal Bob?
—Mi ángel guardián —. Contestó con simpleza soltando una ligera sonrisa y
fingiendo ver el aburrido paisaje a través del cristal ahumado de la ventana.
— ¿Qué piensas del caso de Mikey?
A esta altura, la tienda estaba frente a ellos y justo en ese instante, el motor
dejaba de escucharse a causa del giro a la llave que dio Ray. El chico del afro miró
al pelinegro y esperó la respuesta.
—Lo vamos a encontrar.
Frank le miró con determinación unos segundos, luego dio una gran sonrisa
mostrando los dientes y giró para salir del auto. Durante las compras no volvieron a
hablar más allá de cervezas y sándwiches.
Ray supo que algo ocultaba.
...
Abrió los ojos repentinamente. La imagen del mismo techo amarillento fue lo
primero que su cerebro pudo analizar. Suspiró. «Nuevamente ese sueño».
No es que, fuera un sueño muy recurrente, era más bien, que no había mucho por
hacer. Era como si Mikey hubiera regresado a su etapa de recién nacido; pues
comía, dormía y hacía del baño, simplemente eso.
En ese momento la puerta se abría y su cuerpo se sentaba sobre la cama. Ananel
entraba con el seño fruncido y la mirada enfocada en el piso.
— ¿Estás bien? —Preguntó Mikey desde su lecho.
—Lagasse está ansioso. Dice que faltan pocos días para tu cumpleaños y está
sorprendido de que aún no me hayas matado.
Mikey bajó la cabeza, como siempre que Ananel mencionaba ese tema. Le parecía
increíble y otras veces absurdo el pensar que él podría matar a alguien;
especialmente si ese alguien era el demonio de ojos zafiro.
— ¿Quieres el baño ahora, o hasta que anochezca?
—Ahora —Mikey sonrió, entendiendo el gesto de Ananel, tranquilizándolo y
cambiando el tema. —Hace mucho calor.
El pelinegro asintió con una sonrisa tendiéndole la mano al tímido chico de 19 años.
Mikey aceptó el gesto y juntos abandonaron la habitación. Inmediatamente, había
un pasillo de ladrillos que terminaba en dos puertas. Tomaron el camino hacia la
derecha y abrieron la puerta de color negro. El baño era completamente blanco,
tanto el mobiliario, como los mosaicos. En una sección estaba el retrete y el
lavamanos, en otra, una pequeña ducha rodeada por cristales. Cada noche Mikey
se daba un baño debajo de esa ducha mientras Ananel le esperaba afuera con
nueva ropa para él.
—Creo que se me apetece un baño —dijo el demonio mostrando la blanca
dentadura. Mikey se sonrojó hasta las cejas con tal frase y sonrisa encantadora.
Con un movimiento de mano, el demonio hizo desaparecer el rectángulo de paredes
transparentes y en su lugar dejó una tina bastante amplia. Sin decir más, Ananel se
fue despojando de su ropa oscura. Mikey le miraba conteniendo el aliento sin saber
qué decir.
Cuando la última prenda cayó, el menor parecía ya un tomate maduro. No podía
pensar o voltear hacia otro lado, el cuerpo frente a él era apetitoso. Irresistible.
Ananel tenía un cuerpo bien formado, pero no en exceso, de piel blanca y
aterciopelada, era como si invitara al tacto. Mikey quería hablar, pero su cabeza
sólo repetía el nombre de demonio, aunque lo hacía de una forma patética
balbuceando y tartamudeando sin sentido.
—Vamos Mikey, ¿no entrarás a la ducha? —El demonio sonrió con inocencia. Mikey
sintió algo escocer en su interior. —No seas tramposo, tú también tienes que
quitarte la ropa; o… —se acercó hacia él—. Tal vez quieras que te la quite yo.
El sonrojo que no se había ido, ahora ascendía hacia los cabellos, coloreándolos
desde la raíz hasta la punta, o al menos, eso sería si Mikey Way fuese una
caricatura.
Ananel no dejaba de mirarle con esa penetrante mirada azul zafiro. Muy
internamente, el menor rogaba para que hiciera un hecho su palabra y le
desnudara lentamente, con suaves caricias y apasionados besos.
El pelinegro sonrió. Tal vez era tiempo de decirle a Mikey que podía sentir los
pensamientos más insistentes. O… tal vez no. Despacio se fue acercando al futuro
demonio. Sutilmente sus brazos rodearon la estrecha cintura y lo jalaron hacia sí.
Con increíble paciencia inclinó el rostro hacia Mikey, ofreciendo sus labios con
discreción. Esperaba que el menor actuara, que le diera una señal para continuar,
pero el castaño parecía hipnotizado mirando sus ojos, su boca y repitiendo el
camino una y otra vez.
«Realmente, ¿lo vas a hacer?» —Preguntó la voz del pequeño y responsable Mikey
dentro de su cabeza. Para el castaño, era como si tuviese su propio ‗pepe grillo‘.
Tenía una consciencia estricta y muchas veces aguafiestas.
« ¿Quieres hacerlo? » —Escuchó ahora la voz del Mikey relajado y medio rebelde.
La verdad es que, la primer pregunta se contestaba con la respuesta de la segunda,
y en los veinte segundos que pasaron en los que Mikey sólo veía la boca y los ojos
del demonio, fueron los más largos y analíticos de su vida.
Ananel lo miraba con suave sonrisa, pero elevando una oscura ceja en señal de
incertidumbre. Las palabras sobraron y la lengua tuvo otro uso jugueteando con la
de su compañero.
«Sí, quiero hacerlo. Y voy a hacerlo»
Fue la respuesta que obtuvieron las voces habitantes de su perturbada mente.
Mikey se aferró al pelinegro como si la vida dependiera de ello, abrazando su cuello
y uniendo sus cuerpos casi hasta la asfixia. Las bocas se movían una sobre la otra a
un ritmo frenético. Las lenguas salían y la saliva se derramaba.
—Mikey —susurró entre el ataque de besos. — ¡Oh Mikey, te deseo tanto!
Ananel atacó su cuello con pasión, mordiendo, succionando y haciéndolo
enloquecer. La ropa empezó a estorbar y la playera de manga corta cayó; fue un
segundo de iluminación en el que Michael tuvo la necesidad de hablar, pero los
besos que recibían sus pezones le impidieron recordar cómo es que se emitían
palabras por la boca; ahora, esta cavidad sólo servía para gemir incoherencias y
gritar cuando la lengua del demonio profanaba el ombligo y otra vez, de adentro
hacia afuera.
El pantalón cayó y también lo hizo su autocontrol y su consciencia. Poco a poco el
demonio le fue llevando hasta la espaciosa bañera, sin dejar de besarse entraron
una vez que la última prenda fuera despojada.
Cada beso que Ananel le otorgaba, le enloquecía; cada mordida recibía lo hacía
gruñir y cada vez que escuchaba su nombre salir de esos labios una corriente
eléctrica le recorría desde el dedo gordo del pie, ascendiendo hasta la cabeza, pero
instalándose en cierta parte de su anatomía muy despierta.
—Mikey —susurraba Ananel mientras besaba su clavícula con suavidad y tocaba su
erección por debajo de agua, que a ambos les llegaba hasta el abdomen sentados
sobre la tina. —Mikey, Mikey, Mi…
El nombrado no le dejó continuar. Sus músculos despertaron y la llama de la pasión
se encendió; con una fuerza desconocida llevó a Ananel al sitio opuesto a donde
estaban estampándolo contra la bañera. Fue su turno ahora para marcar el
aristocrático cuello, lamer los hombros y morder con ferocidad los pezones.
— ¡Andras! —Exclamó el demonio cerrando los ojos y echando la cabeza hacia
atrás. Ananel se estiró cual largo era en la bañera y dejando que el otro se posara
sobre él. Le fue imposible observar la mirada oscura de su amante. Los ojos de
Mikey se habían oscurecido, y eso era una señal. Pero, a pesar de no ver los ojos
negros, pudo sentir en los besos que ahora recibía su boca, que el momento estaba
cerca. Y él, como buen y resignado demonio, simplemente, viviría el presente.
Tocó nuevamente el miembro de Michael. La erección palpitaba bajo su toque y con
un simple roce, logró tensar al menor por completo. El demonio supo que no valía
la pena esperar más. Separó la boca del castaño con brusquedad de su cuello.
Ambos se miraron y Ananel giró poniéndose de rodillas y recargándose contra la
porcelana de la tina, ofreciéndose a su amo.
—No —susurró Mikey acariciando la suave espalda. —Da vuelta.
Y así lo hizo. Sumiso como siempre, Ananel dejó ver al menor sus espectaculares
ojos azules que se abrieron estrepitosos al ver a Mikey tomar su erección con la
mano derecha. Las piernas a cada lado de su cuerpo y una sonrisa de niño travieso
adornando su cara.
—No —negó con la cabeza el demonio—. Mikey, no lo hagas, yo, tú… eres mi amo.
Mikey no dejó de sonreír ni dejó de acariciar su pene por debajo del agua.
—Si yo soy tu amo, tú eres el mío.
Y de una estocada invadió el interior del pequeño Mikey quien cerró los ojos y tensó
la boca para no expresar el dolor.
Ananel era un demonio, sí, pero si alguien le hubiera preguntado cómo se sentía en
ese momento, lo único que podría describirlo, sería: ‗Estoy, en la gloria‘.
Amo y esclavo, fueron uno. Sin importar quién fuera quién, lacayo, o señor.
…
— ¡¿Qué demonios ocurre?!
Gerard exclamaba desde el segundo piso, donde el techo ya comenzaba a
desmoronarse. Ray Toro sólo podía acercarse a la puerta sorprendido de la
magnitud de la situación, conmovido por ver su casa hacerse añicos.
De pronto una fuerza le empujó lejos de su sitio, la puerta se abrió y Gerard pudo
ver a Frank Iero con una palidez más marcada a la normal y con la respiración
agitada.
—Ve con Bob —le dijo mirándole a los ojos. Gerard se permitió negar con la cabeza
sin pensárselo demasiado. —Por favor, Gerard, ve con Bob.
— ¿Para qué? No entiendo.
—Sólo ve, él te protegerá. Las protecciones de la casa están cayendo, los sellos se
romperán y la sal se ha dispersado. En cualquier momento entrarán y quiero que
estés con Bob cuando eso ocurra.
—Yo… No, no quiero.
—Me quedaré con Ray.
De pronto el temblor se detuvo, y un rayo acompañó el último crujido que dio el
techo, dejando caer un enorme trozo donde estuviera dibujado el sello. Se podía
sentir la lluvia y el viento frío que le acompañaba. Ray se preguntaba si el resto de
los habitantes en la manzana no notaban como algo insólito el cambio repentino de
clima.
—Frank…
—Gerard, confiaría a Bob mi vida —aseguró acercándose un poco más, sintiendo él
también las gotas de lluvia.
—No le estás confiando tu vida, le estás confiando la mía.
Frank sonrió y sus ojos brillaron, con esa intensidad que sólo era visible cuando la
mirada se posaba en Gerard.
—Ve… —fue apenas un susurro, pero la orden fue obedecida. Gerard Way descendía
por las escaleras mientras Frank seguía mojándose y Ray retraído en una esquina.
—Creo que sería un buen momento para que nos comentaras cómo fue que
destruiste a Paimón.
Ray levantó la mirada para observar al otro cazador, justo cuando su boca se abría
para contestar, dos hombres aparecieron frente a ellos. Uno era muy alto de piel
oscura y cabello rizado, el otro era de mediana estatura, de complexión robusta y
cabello desalineado. Ambos presentaban los ojos intensamente negros.
Frank sabía que enfrentarse a seis demonios, sin armas y sin plan era una situación
suicida. Ahora sólo podía confiar en Dios y en su habilidad para improvisar.
—Exorcizo te, omnis immundus spiritus, omnis satanica potestas, omnis incursio
infernalis adversarii… —sus labios apenas y se movían sus ojos fijos en ambos
hombres. Pero no duró mucho el exorcismo, el moreno le lanzó directo contra una
pared dejándolo medio inconsciente. Ray apenas y pudo ver el recorrido del otro
cazador.
—No seas tan tonto, tenemos un buen oído —sonrió y avanzó hacia Frank, pero Ray
se interpuso alzando la mano derecha. En ella se encontraba dibujado un
pentagrama. El pentagrama de Salomón, el cual mostró al demonio, quien sin
poder evitarlo, cerró los ojos y bajó la cabeza lanzando un débil gemido. El otro
hombre que no había hecho hasta el momento, ningún movimiento, intentó
avanzar hasta Ray y detenerlo, pero se detuvo justo antes de terminar el pedazo de
techo y la alfombra, donde los signos estaban grabados.
Frank sonreía desde el suelo. Ahora tenía más fe en Ray Toro y su victoria sobre el
rey del infierno.
—No sé el exorcismo sin leerlo —dijo Ray uniendo ahora su palma contra la frente
del demonio, quien gimió al sentir un intenso escozor sobre su piel.
Frank se puso de pie y continuó con las palabras latinas, mirando a ambos hombres
que gritaban de dolor. El gordo se iba extinguiendo sobre el piso, mientras el
moreno dejaba marcas en las muñecas del afro por el fuerte agarre. Las masas
oscuras se dirigieron a la pequeña caja que se resguardaba en el bolsillo de la
chaqueta de Frank.
—Creo que creo más en ti. —Aseguró Frank sonriendo. Ray se sentó sobre el suelo,
recibiendo agua de lluvia y respirando agitado. —Ahora, creo que sí destruiste a
Paimón.
—Lo hice, pero recibí algo de ayuda.
—Explícate.
Ray suspiró como siempre que tenía que decir la verdad.
—Invoqué a Paimon, fue muy difícil lograrlo, porque, bueno, ya lo había intentado
en muchas ocasiones, y nunca acudía a mí. Seguramente, por sus ocupaciones de
Rey —rodó los ojos—. El punto es que, cuando por fin vino a mí, estaba cansado,
herido y yo, simplemente me aproveché de eso.
Frank suspiró. —Bueno, eso no suena tan heroico.
—Y ahora, todo es mi culpa, ¿verdad?
El cazador elevó una ceja en muda pregunta.
—Ya sabes —continuó Ray—. Si no le hubiera matado, no habría una revolución en
el infierno, y todo eso, pero, mataron a mis padres…
—Eso jamás lo sabrás —aseguró Iero—. Tal vez no fue él. ¿Por qué lo haría? Pero
jamás sabrás quien lo hizo, porque están muertos.
Ray abrió y cerró la boca varias veces como pez fuera del agua. Cada palabra era
cierta, pero no por ello, menos dolorosa. ¿Y si Paimón no hubiera sido el asesino?
¿Tenía sobre sus hombros una demoníaca revolución por una equivocación? Ray
comenzaba a sentir dolor de cabeza. Frank no dejaba de pensar sobre quién había
herido a Paimón.
—Yo lo hice —susurró Ray perdido en sus pensamientos. —Es mi culpa.
—Sí, pero aparte de ti, ya había empezado la conspiración. Y el único candidato a
crear una guerra demoníaca es, Balam.
— ¡Frank!
La voz de Gerard detuvo sus cavilaciones. Sin pensárselo dos veces, salió de la
habitación dejando a Ray sumido en sus culpabilidades.
La espalda de Mikey descansaba sobre el rígido pecho del demonio. Sus ojos
estaban cerrados percibiendo los suaves masajes a su cabello.
—Faltan dos días para tu cumpleaños, Andras —susurró Ananel sacando la lengua
para lamer el lóbulo de Mikey. —Tienes que despertar.
—No me llames así —respondió con el mismo volumen sin abrir los ojos. —Mi
nombre es Mikey, y ya te he dicho muchas veces que no sé a qué te refieres con
‗despertar‘.
—Nunca me dejas contarte —respondió el demonio con un tono divertido, besando
ahora la clavícula del menor.
—No quiero saber.
—Mikey, tienes que saber. Aunque no quieras, despertarás; no intentes retrasarlo
más —las caricias cedieron y los ojos del menor tuvieron que abrirse con fastidio—.
Esos sueños que tienes…
— ¿Qué sabes de mis sueños? —Giró la cabeza para enfrentarle. — ¿Cómo sabes de
ellos?
—Puedo sentir tus pensamientos más fuertes…
El chico de New Jersey se levantó de la bañera. Odiaba hablar de esos temas,
porque, hacían sentir en él el deseo desesperante de regresar a casa, y luego venía
la triste realidad: él nunca regresaría a casa.
Cuando pudo tomar una toalla, su llanto fue incontrolable, por lo que cayó al suelo
de rodillas. Ananel le siguió tranquilo.
—Déjame contarte, Mikey. Déjame hacer que despiertes.
—Te mataré —aseguró con voz nasal a causa del llanto y la cara escondida por las
manos.
Ananel besó su cabello y le obligó a retirar las manos de la cara, luego le abrazó
sintiendo los matices entre la tibieza de Mikey y el frío de la porcelana del baño.
—El infiero es regido por un Rey. El trono sólo se hereda. Hace poco, nuestro rey
era Paimón, quien rompió una de las reglas más sagradas para los demonios: tuvo
un hijo, con una humana.
— ¿Cómo más pueden tener hijos los demonios? —Preguntó Mikey, mostrando su
típica manía de interrumpir la conversación.
—Con otros demonios, o lo crean ellos mismos… Es algo que sólo los más fuertes
pueden hacer. El rey es el demonio más poderoso de todos, y hace a su heredero a
su semejanza.
Mikey no habló más, en cambio, se acomodó mejor sobre el hombro del demonio.
Ananel interpretó el gesto como una forma para continuar.
—Paimón entonces, tuvo que matar a Odette, pero antes de hacerlo, esperó a que
su hijo naciera y luego le mató. Si ya saber que un demonio se había enamorado es
extraño, un demonio que quisiera un hijo mestizo es algo mucho más increíble.
Paimón dejó al pequeño al cuidado de una familia y jamás volvió a saber de él ni
volvió a comentarlo. Él regresó diciendo que había dado muerte a Odette, los
generales fueron a constatarlo, pero no se aseguraron de buscar al bebé. El punto
es, que Balam aprovechó esa pequeña mancha en el historial del Rey para planear
la forma de sustituirlo, lo ‗obligó‘ a decirle la verdad y el lugar donde estaría su
bebé. Poco tiempo después, Paimón apareció muerto y el plan podía empezar, pero
los demonios no podemos salir hasta que se nos invoque.
—Yo invoqué a Balam —habló por fin Mikey con los ojos bien abiertos. —Por eso
supo de mí. Yo soy el hijo de Paimón y Odette, ¿verdad? Soy hijo de un demonio…
Ananel le estrechó con más fuerza, Mikey seguía llorando y aún faltaba lo peor.
—Fue un gran golpe de suerte, Balam tenía que encontrarte antes de tu
cumpleaños, ya que, al ser un ‗medio demonio‘, tus poderes despiertan al
cumpleaños número veinte, según las grandes profecías. Mikey, cuando despiertes,
serás todo un demonio, y es cuando Balam te matará, sobre el trono del Rey y
usando su daga. Sólo así, podrá controlar al infierno, a todas las almas y a los
demonios. Y para saber que estás en tu forma demoníaca, tendrás que matarme,
porque, cuando despiertes, tu ira será tan incontrolable, que matarás al primer ser
que tengas frente a ti.
Mikey se abrazó a Ananel con fuerza. Era una historia absurda, ilógica. ¡Ridícula! Él
no podía ser hijo del Rey demonio, no podía ser el príncipe destinado a gobernar el
infierno, no podía ser su responsabilidad tentar a los humanos y pedir almas en
cada contrato. No podía ser mentira su vida anterior y la realidad, ese cuento que
se le antojaba demasiado patético.
—No puede ser…
Las lágrimas salían más furiosas. Mikey sabía que, esa historia era algo que no
debía de saber. «Si tan sólo pudiera decirle que no a Ananel».
La escalera nunca había tenido tantos escalones. O al menos, eso pensaba Frank
con cada paso que daba. Finalmente descendió y la escena frente a él le
sorprendió. Tres hombres tirados en el suelo y Gerard Way temblando, cubierto de
sangre y con una pequeña caja de metal en las manos. Bob no se veía por ninguna
parte.
—Está en la cocina —habló Gerard esperando que Frank se acercara, pero el
cazador permanecía inmóvil mirando a los hombres.
—Gerard… ¿qué…? ¿Tú…?
—Bob, tiene una forma muy poco sutil de exorcizar demonios…
Frank avanzó ahora sí hasta Gerard. Le tomó la cara con ambas manos como si
estuviera revisando su rostro, buscando una herida, un moretón o una lágrima.
Gerard soltó las que estaba conteniendo y Frank le arropó con sus brazos
permitiéndole dejar caer todo su peso. Conocía a Bob y sus poderes, esa gran
habilidad para exorcizar mientras mantenía al demonio dentro del cuerpo humano,
encajándole las uñas al hombre en el pecho, mientras murmura las palabras en
latín.
—Bob está con Furcas —informó Gerard empujado levemente a Frank para romper
el abrazo. Frank se puso pálido de inmediato. —No me dejó entrar, cada vez que lo
intento, una corriente me empuja, así fue como terminé manchado de sangre, caí
sobre los cuerpos.
Gerard hizo un ligero puchero, tan adorable que Frank hubiera saltado sobre él,
pero no era el momento. La puerta de la cocina se abrió y Bob apareció malherido y
jadeante, tomándose un brazo y casi de rodillas sobre el suelo. Frank corrió hasta
él.
—Bueno —habló Nathaniel con pesar—. Les alegrará saber que estoy vivo, y que,
ya sé dónde tienen a tu hermano —Miró a Gerard—. Nos vamos, a Las Vegas.
El rubio sonrió antes de cerrar los ojos y dejar caer todo su peso sobre Frank.
Gerard le miró sorprendido, sin soltar la caja de metal y sin poder cerrar la boca.
Estaba a punto, de encontrar a Mikey.
—Pero ya no habrá casa a dónde regresar —susurró con amargura.
Frank no le escuchó. Estaba abrazando al ángel caído y meciéndolo al compás de
sus palabras inentendibles.
Ray Toro finalmente bajó. Encontró a Gerard de pie con la mirada perdida y a Frank
abrazando al rubio con delicadeza. La casa destruida e impregnada con un olor a
azufre y sangre. El sol comenzaba a aparecer nuevamente. Ese día no hubieron
bajas en su espontáneo equipo de trabajo, pero, a pesar de eso, no se sentía el
sabor de la victoria o la alegría de la vida. La miseria, había comenzado.
El anuncio crispaba como los otros y las letras fluorescentes se retorcían de forma
espectacular mostrando el nombre del establecimiento. Por primera vez, Gerard le
dio poca importancia, por el momento, le resultaba de mayor importancia cargar
con el cuerpo del ángel caído. La tarde comenzaba a oscurecer con normalidad; las
nubes de tormenta que una vez se instalaron sobre sus cabezas se habían
despejado y ahora, el tímido Sol se volvía a esconder, perdiéndose en el horizonte.
Ahora eran tres cazadores tratando de reanimar a un demonio, y el único sitio en
que se sentían cómodos, sin preguntas o explicaciones, era un Motel al lado de la
carretera, de arquitectura moderna y paredes blancas, con muebles abstractos y
pinturas de manchas colgados sobre la pared.
Dejó caer a Bob sobre la cama. Con ayuda de Frank el trayecto del estacionamiento
a la habitación no fue tan pesado, al demonio se le iba la cabeza a cualquier
dirección. La recepcionista no ocultó la mirada enfadada y asustada por ver al trío
de hombres ensangrentados, cuidando a un rubio inconsciente; pero no dijo nada
más. Ray pagó y ella entregó la llave con el número 22.
—Resiste, Bob —. Dijo Frank acariciando su frente con suavidad.
Gerard seguía sintiendo cosquilleo en el estómago y un cierre de su garganta
cuando veía al pelinegro tratar al rubio con tanta amabilidad. Quería hablar y decir
que ya le había visto abrir los ojos un par de veces durante el trayecto hasta el
motel, pero prefirió dirigirse al baño, cerró de golpe a la puerta, dejando a Ray
sentado sobre un sofá rojo y a Frank junto a Bob en una de las dos camas
matrimoniales de la habitación.
01. Talk
El baño era amplio, con una regadera rodeada por una cortina con lunares verde
limón y paredes con azulejos blanco con negro. Encima del lavabo, estaba el espejo
cuadrado que le permitía ahora, observar desde su rostro hasta la altura del pecho.
Sus ojos mostraban prominentes ojeras, su cabello estaba revuelto y en sus
mejillas había manchas oscuras que asumía, eran cenizas; intentó limpiarlas, y se
corrieron por todo el rostro. Los ojos estaban rojos, pero a Gerard no le importó,
volvió a llorar. Sintió un intenso ardor en los ojos y la garganta, pero siguió
llorando, colocando la mano derecha sobre la boca para menguar los sollozos.
Su ropa estaba manchada con sangre, su miseria era visible.
—Mikey… —murmuró sintiendo el nudo en la garganta.
Era increíble que a un ser humano le ocurrieran tantas desgracias. Era estúpido,
patético, y ¿por qué no? Hasta poético. Pero no era nada lindo, ni artístico ver arder
tu casa con tus padres dentro de ella. Es inimaginable el dolor en el pecho, la
angustia en la mirada y el enorme deseo, de morir.
—Mikey…
Pero no era tiempo de morir. Y eso, era lo más doloroso.
You can take a picture of something you see, / Puedes tomar una fotografía de algo
que veas,
You can climb a ladder up to the sun / Puedes subir una escalera hasta el Sol
Or write a song nobody has sung. / O escribir una canción que nadie ha escrito
But In the future where will I be? / Pero en el futuro, ¿dónde estaré?
El sillón no era para nada cómodo; sin embargo, eso no importaba por ahora, pues
sentía que merecía todo el dolor que pudiera conseguir en ese motel. Las paredes
desaparecían de repente, la luz se apagaba y sólo quedaba él, sentado entre la
penumbra mirando a Gerard Way llorar.
Todo había sido su culpa, nadie podría justificarlo, ni siquiera él tenía una excusa.
En su adolescencia, Ray Toro había perdido a sus padres y buscó venganza, pero
esa venganza sólo causó más dolor. Dolor a Mikey, dolor a Gerard y a quienes
mentalmente adoptó como nuevos padres. Era un estúpido.
Era su culpa.
And oh, I never meant to cause you trouble / Y oh, yo nunca quise causarte un
problema
And oh, and I never meant to do you wrong / Y oh, yo nunca quise hacerte mal.
—One minute I held the key, next the walls were closed on me… —Su mano se
entretenía acariciando los sedosos cabellos dorados. Sabía que el demonio ya había
despertado, le había visto parpadear y había sentido la satisfacción en el momento
en que era acariciado. Frank no podía definir aún, si era por el alivio normal contra
las heridas, o por causar en Gerard celos. —And I discovered that my castles
stand…—Pero él conocía a su demonio, y sabía que amaba el drama y ser el centro
de atención, así que, tendría que jugar a su manera, despertándolo con una
canción. —Upon pillars of salt, and pillars of sand.
Llegó el coro y Frank lo tarareó sin dejar de acariciar el cabello de su amigo. Bob no
tenía heridas, pero aún así, llevaba tiempo inconsciente, tal vez, por un gasto
excesivo de energía al enfrentarse con Furcas. Tenía preguntas por hacer y dudas
que no quisiera expresar. Deseaba saber qué había sido del demonio, y no quería
saber cuál sería el paso siguiente. Todos estaban debilitados, se respiraba angustia
y dolía el pecho al mirar a sus compañeros. El corazón se exprimía cada vez que
veía a Gerard llorar y deseaba, más que cualquier cosa, llevárselo a cualquier lugar,
simplemente lejos de ahí.
—Revolutionaries wait for my head on a silver plate. Just a puppet on a lonely
string, oh who would ever want to be king?
Cerró los ojos. Estaba cansado, física y mentalmente. No quería reconocer, que la
pesadilla, apenas estaba empezando. Apretó más los párpados y dejó que traviesas
lágrimas recorrieran sus mejillas.
—I hear Jerusalem bells are ringing— la voz se quebraba, pero sabía que tenía que
seguir cantando. Necesitaba ver los ojos azules y liberar su alma con cada palabra
pronunciada. —Roman Cavalry choirs are singing. Be my mirror my sword and
shield; my missionaries in a foreign field… —Todo era una locura. Todo había sido
dolor. Ya no se preocupaba por mantener la voz sin titubeos o ligeramente afinada,
ahora sólo quería liberarse cantando esa canción. —For some reason I can‟t
explain…
—I know Saint Peter won‟t call my name. —Su voz sonaba rasposa y apagada. Sin
embargo, los ojos permanecían cerrados. Frank sabía que Bob, tenía que despertar
con dramatismo. Y no se equivocó. —Never an honest word… —continúo el
demonio.
—But that was when I rule the world. —Terminó el cazador.
Los brazos se buscaron con inconsciencia. Frank cubrió el cuerpo del demonio en un
apretado abrazo sin importarle que Bob hubiera estado inconsciente y tal vez,
pudiera seguir sintiéndose mal. No le importó, porque cuando sintió unas manos
aferrarse a su chaqueta, supo que Bob estaba bien.
—Me da gusto que estés bien —dijo Frank.
—A mí también, Frankie, pero, me aplastas.
Se separó para sentarse a su lado. Bob también se sentó y tomó la mejilla mojada
con una de sus manos, sonrió, tratando de infundirle valor luego miró a su
alrededor. En una esquina, el chico afro hundiéndose en su depresión, y ni un
rastro visual de Gerard, pero de inmediato le sintió en el baño, sumamente triste.
—Tienes que hablar con él, Frank.
La mano cayó y los ojos del cazador se abrieron grandes.
—Está sufriendo, Frank, tienes que decirle, antes de que se entere de una forma
cruel. Antes de que tenga que afrontarlo sin ninguna advertencia…
— ¿Qué pasó con Furcas? —Preguntó el pelinegro. Había bajado la cabeza antes de
preguntar. Bob supo que su amigo había entendido el consejo y que lo pondría en
práctica, pero eso no significaba que saliera corriendo en ese preciso momento para
contarle a Gerard toda la verdad.
—Creo que, no fue un amistoso encuentro, pero él tampoco quedó muy bien —
sonrió—. Logré hacer que me dijera dónde lo tienen.
— ¿Iremos a Las Vegas? —Sonrió con inocencia.
—Hasta que hables con Gerard.
Frank asintió con pesar. «No será agradable».
04. In my place
Abrió perezoso los ojos. El cuerpo le dolía hasta en sitios inimaginables, pero más
agudo era la molestia en su trasero, piernas y en la espalda. Se sentía mareado y
con insistentes ganas de vomitar. Como siempre, tuvo que girar la cabeza para
poder ubicarse.
Descubrió pronto las mismas paredes y las mismas figuras en el techo. Era triste,
pero real, cuando Mikey descubrió que estaba en su lugar. En el mismo sitio donde
lo irreal se hizo posible y lo ilógico en la única verdad.
In my place / En mi lugar
I was lost, oh yeah / Yo estaba perdido, oh sí
And I was lost / Y estaba perdido
I was lost / Yo estaba perdido
Puso la mano izquierda sobre su pecho y descubrió la textura áspera de una venda
envolviéndolo.
— ¿Qué…?
La pregunta murió en los labios y la cabeza giró cuando sintió una presencia en la
habitación.
—Ananel… —susurró.
El demonio estaba sentado mirándolo fijamente, sobre una silla de madera que no
lucía muy cómoda. Los ojos azules de Ananel lucían más claros que nunca, dándole
una tonalidad como la que obtiene el mar cuando los rayos de Sol impactan sobre
él.
—Andras…
—Mikey. Llámame Mikey —pidió el castaño intentando ponerse de pie.
—No —Ananel negó con la cabeza—. Eres András, eres un demonio, ¡¿qué acaso no
lo recuerdas?!
—Eres Andras, Mikey, por favor, acéptalo y déjame ayudarte a entenderlo. Ellos
notarán la ausencia de Lagasse, buscarán venganza. Debes estar preparado. —La
mirada de Ananel era suplicante, el cuerpo que antes estaba tieso sobre la silla
ahora estaba de pie, demasiado ansioso y vulnerable para tratarse de un demonio,
demasiado humano y hermoso.
Recordaba cuando ‗Andras había despertado‘. Sintió el ardor recorriendo el pecho y
la acidez en su boca aumentando cada vez que ese demonio hablaba de Ananel. Si
piensa en el hecho, puede revivir la furia y sentir la necesidad de cortarle la cabeza
con lentitud sólo para hacerlo sufrir sólo por haberle hablado mal a Ananel. Y es
que ese bendito demonio volcó su mundo en el más amplio de los sentidos; poco le
importaba si resultaba hijo del demonio mayor y si buscaban su muerte a cualquier
precio. Poco le importaba el trono infernal y poco que casi perdiera la cordura
encerrado quién sabe cuánto entre esas cuadro simples paredes. Pero luego llegaba
él, con la sonrisa angelical y los ojos azules y las hormonas revolucionadas y
ansiosas por la exploración en el ámbito homosexual sólo querían devorar la boca y
morir impregnado con su sabor.
Recordaba las alas negras y el poder que emanó de sus manos. Ahora sabía que
amaba a Ananel, como hombre y como… demonio.
How long must you wait for it? / ¿Cuánto tiempo tienes que esperar por eso?
How long must you pay for it? /¿Cuánto tienes que pagar?
¿Cuánto más habría que pagar Mikey por el amor oculto de su padre y por una
pequeña travesura, invocando demonios?
Al separarse, la amargura se apoderó de su sonrisa. El demonio Ananel estaba
enamorado.
—Necesitas despertar, Andras. Tienes que aprender a controlar tu apariencia y tus
poderes. Balam no estará feliz cuando sepa lo que le ocurrió a Lagasse.
Mikey asintió con mayor seguridad, todavía sin poder dar crédito a sus genes
demoníacos, pero complacido de poder tener al demonio de ojos azules a su lado,
vivo o muerto. Demonio, humano o simple aparición. La única realidad era el color
zafiro de sus ojos.
—Te amo, Ananel.
—Los demonios no aman, Mikey. Olvidamos todo sentimiento humano que no sea
pecaminoso.
—Seguramente amar a un demonio es un pecado… —susurró cerca de su barbilla,
que es el lugar a donde el castaño llegaba con naturalidad. —Ámame.
Había mucho por hablar. Muchas dudas que aclarar y un montón por entrenar, pero
todo podría esperar, era momento de honrar el cuerpo de quien amaba. Mikey o
Andras, al final, sólo era un nombre y un par de alas de diferencia.
05. What if
Por fin, Gerard había decidido salir del baño. Los ojos estaban rojos e hinchados.
Pudo escuchar los susurros a la izquierda de la habitación, y pudo ver a su amigo
Ray dormido sobre un incómodo sofá. No tuvo valor de mirar al cazador y al ángel.
Simplemente salió buscando aire que le permitiera volver a respirar.
—Ve por él— susurró Bob a un Frank angustiado.
Sin que lo repitiera, el cazador le obedeció. Encontró a Gerard en el
estacionamiento, sentado en medio de éste, sin importarle si algún carro tuviera
que salir, entrar o simplemente, quisiera arrollarlo.
Un poco preocupado, pero resignado, Frank se sentó silenciosamente a su lado.
— ¿Qué haces aquí? —Preguntó osco el pelinegro. Con voz ronca y sin mirarle a los
ojos. — ¿También preguntarás cómo estoy o me dirás que me entiendes, como lo
hizo Ray?
Frank pensó por un momento, luego dejó que su cabeza descansara sobre el
hombro de Gerard, quien se tensó al instante.
—Sabes que la oscuridad siempre se convierte en luz. —dijo y sonrió. Gerard se
relajó pensando en el significado de esa frase. —Es de Coldplay. ¿Sabes? Mi vida no
ha sido muy feliz, ni muy ―acompañada‖, siempre he tenido lapsos de depresión
muy fuertes y la música me ha liberado de muchas formas. Cuando conocí a
Colplay, se convirtieron en el Soundtrak de mi vida —sonrió—. Hay algunas frases
que encajan tan bien en lo que estoy sintiendo que… es mágico.
Gerard asintió y recargó su mejilla en la coronilla de Frank. No le importaba si todo
era una mentira, se sentía bien que el cazador se le acercara con intención de
animarle iniciando una conversación sobre Coldplay.
—Ahora, ¿puedo preguntar cómo estás? —Murmuró Frank con cierto humor.
Gerard lanzó un suspiro. —Simplemente, quiero morir. Sentirme que estoy en un
lugar pacífico, sin secretos, sin tiempo, sin demonios… nada.
—Es una grandiosa idea —Dijo Frank. — ¿Me llevarías contigo? —Gerard asintió con
la cabeza. —Vamos cariño, desahógate. Dime lo que estás sintiendo.
Gerard suspiró, sintió la enorme necesidad de romper en llanto, pero parecía que
su reserva de lágrimas se había secado.
—En las películas, la gente muere y los protagonistas sufren por un momento.
Otras veces, los padres mueren y eso es perfecto, porque pueden estar con el amor
de su vida y todo es perfecto. —Suspiró—. Todo el tiempo, matan gente y no tiene
nada de extraño que alguien pierda a su madre o a su padre. Es horrible. Es lo peor
del mundo. Yo, me siento tan deshecho… tan arruinado. Tan nada.
Frank acarició la espalda del pelinegro. No quería mirarle a la cara o rompería en
llanto, y de nada serviría un hombre vulnerable frente a un ya desconsolado Gerard
Way.
—Me siento tan solo. Yo vivía con mis padres. Trabajaba con mis padres. No tengo
amigos, no salgo de casa. Sólo los tenía a ellos. ¿Qué voy a hacer ahora?
—Como en las películas, Gee, tienes que continuar. Aún tienes un motivo para
vivir: Mikey. Tienes que encontrarlo.
—Y luego, ¿qué? ¿A dónde lo llevaré? No tenemos un hogar.
Frank volvió a abrazarle.
—Fui un estúpido. Maldigo el día en que permití que Mikey leyera el libro. Lo
hubiera detenido, le hubiera dicho que no jugara con eso, hubiera hablado con él.
Debí ser un mejor hermano y no debí salir de mi casa en esta patética ―aventura‖
como cazador. Yo no soy así, sólo soy quien maquilla a los muertos… debí
quedarme con mis padres, por lo menos estaría muerto yo también.
Gerard hablaba constantemente, en murmullos y casi sin hacer pausa para respirar.
—Cariño, eres el mejor hermano del mundo. Eres el mejor hijo y el mejor ser
humano que he tenido la fortuna de conocer. A veces las cosas pasan, sin una
razón aparente y tan de repente que uno no puede hacer nada.
—Pero me he equivocado tanto.
—Y eres humano. Eso es natural, y hermoso. No tienes por qué saberlo todo o ser
perfecto y siempre tomar decisiones excelentes.
Let´s take a breath, try to hold it inside / Toma aliento, intenta llevarlo adentro
Ooh ooh-ooh, that´s right
How can you know when you don´t even try / ¿Cómo puedes saberlo si ni siquiera
lo intentas?
Ooh ooh-ooh, that´s right
you know that darkness always turns into light / Sabes que la oscuridad siempre se
convierte en luz
El beso se hizo más profundo, tanto que cayeron sobre la cama, de lado y uno
frente al otro. Frank acariciaba las tersas mejillas, mientras Gerard se aferraba a
esa playera oscura, tratando de sentirle más cerca. Más profundo…
—Frank… —el pelinegro quería hablar, decir un montón de palabras sin sentido para
distraerse de esos adictivos labios, que como una droga parecían controlarlo. — ¡Oh
Dios! —No pudo evitar gemir cuando la lengua de Frank se introdujo en su boca
aún abierta, evitando que continuara hablando. El contacto era realmente íntimo, y
la saliva de Frank era especial, por un momento olvidó que era saliva, que era algo
normalmente asqueroso para él, para convertirla de pronto en la mejor de las
bebidas.
Las lenguas se enredaron y uñas arañaron sensibles zonas en la piel del otro.
—Frank… —volvió a decir, con una voz muy aguda cuando sentía la lengua mojar
su cuello con sensualidad.
—Por Dios Gerard, es un momento para guardar silencio. —Se detuvo—. ¿Podrías
hacer eso por mí?
—Quiero un cigarro—. Y sonrió. Sonrió porque pudo ver la cara de enfado y las
mejillas inflándose ligeramente.
— ¿Intentas suprimir algún impulso con los cigarros? Siempre quieres uno.
—Sólo mi tortuoso deseo por narcóticos de buena calidad. —Dijo Gerard y Frank
abrió los ojos de la impresión—. Y sí, no estoy mintiendo. Hace seis meses que lo
he dejado, pero no ha sido fácil. Necesito cigarrillos o café, y en caso extremos,
necesito de ambos.
—Vaya, perdón Gee, no lo sabía.
—No te disculpes. ¿Cómo lo ibas a saber? —sonrió—.
—Mi padre siempre fumaba… supongo que me pegó el vicio.
— ¿De qué murió?
—Si te digo que fue de enfisema o cáncer pulmonar, ¿dejarás de fumar?
—Posiblemente…
Frank lanzó una de esas risitas encantadoras. El momento ardiente se había
esfumado, eso lo sabía Gerard bien, pero ahora no podía disfrutar del placer carnal
cuando no tenía idea de dónde estaba su bendito hermano. Unos instantes de gloria
no merecían el dolor que seguramente su hermano estaba teniendo.
—No, murió en una cacería. Su cuerpo no fue recuperado, y nunca me dijeron qué
fue exactamente lo que lo asesinó. Igual no he querido saber. Simplemente, su
tiempo en la Tierra terminó, y eso está bien, porque su cuerpo descansa. Después
de todo, lo merecía… —Frank decidió parar. Probablemente el pelinegro estaba un
poco harto de la muerte y esos temas. Así que decidió cambiar el tema: — ¿Vamos
por tu cigarrillo?
Gerard asintió con la cabeza y se puso de pie. La erección había desaparecido casi
por completo, sin embargo, tuvo que estirar sus pantalones, con discreción fallida,
provocando la risa en Frank.
—Tranquilo, cariño, yo estoy igual.
Increíblemente, eso no mejoraba las cosas, sólo aumentaba el sonrojo en el
inexperto cazador.
—Vayamos por nicotina…
Cerraron la habitación como verdaderos huéspedes y salieron esperando encontrar
un establecimiento abierto, y cerca, pues no llevaban auto.
—Y… ¿Cómo es la vida en la Orden? —Preguntó Gerard. Después de algunos
minutos de caminata sin rumbo fijo, no se divisaba ningún establecimiento con
cigarros, estaba todo muy oscuro y hacía frío. Era tenebroso. La conversación,
esperaba, aligeraría la tensión y su nerviosismo.
—Bueno, hay muchos monjes, muchos rezos, mucho latín y muchos libros. Es una
orden mundial, tiene muchos miembros, algunos son famosos.
—Bram Stoker, ¿en verdad era miembro?
—Lo era.
— ¿Cómo controlan a tantas personas?
—Supongo que manteniéndolas ocupadas. Hay rangos, y hay jefes como en todo,
esos jefes te dan una misión y tú la cumples.
— ¿Podría entrar a la orden?
—No cariño —sonrió y se abrazó a él mientras caminaba, ahora más lento. —Es una
cosa sanguínea.
—Oh, y, ¿cuál es tu misión? ¿O como tu papá era tan influyente te dejaron sin una?
—sonrió, tratando de indicarle que todo era una broma. Sin embargo, el rostro de
Frank se volvió serio.
—Mira, ya vi, pronto llegamos —señaló con el dedo, el lugar aproximadamente a 30
metros de distancia. El letrero brillaba y las letras rojas que indicaban que estaba
abierto las 24 horas del día daban una gran esperanza. Luego, suspiró resignado. —
Verás, mi estadía en la orden está a prueba. Mi familia fue siempre reconocida por
tener un don. Un don que yo no poseo, y por ello, sólo soy un peón más. La
protección de la Orden sólo será mía si consigo triunfar en esta misión, pero no
creo estarlo haciendo bien. Tengo mucho tiempo tratando de conseguirla, y ahora
que está tan cerca, simplemente… no quiero seguir.
Gerard quería seguir preguntando, pero ya habían llegado al estacionamiento y
sentía que habían sido demasiadas revelaciones en una caminata. Tal vez después
de comprar su tesoro y luego de una buena calada, sus pensamientos se aclararan
y el velo se destapara.
Después de un cigarro, estaba dispuesto a conocer más de Frank Iero.
*
Mikey parpadeó antes de abrir los ojos y darse cuenta que todo estaba oscuro. Al
mismo tiempo, notó que hacía mucho frío y que estaba sobre un colchón no muy
cómodo. Ladeó la cabeza y en ese instante a alguien se le ocurrió encender la
chimenea. Levantó su cuerpo, sentándose sobre la superficie y agradeciendo que a
quien se le ocurriera fuera a Ananel, que estaba de pie, frente a ella.
— ¿Dónde estamos? —Preguntó con voz rasposa.
—Bienvenido a Alaska.
— ¿Cómo llegamos hasta aquí?
Ananel mostró una sonrisa socarrona.
—En avión no fue. Sólo son las ventajas de los demonios…
— ¿Por qué huimos?
—Él sabe lo de Lagasse —, dijo Ananel. Mikey mostró cara de confusión—. Balam,
sabe que mataste a Lagasse. Nos está buscando. He ido de un lugar a otro, para
tratar de confundirlo, pero no tardará en llegar aquí. Tienes que despertar,
entonces podrás huir, y él no podrá localizarte. Tienes superioridad en el régimen
demoníaco. Mikey… —exclamó desesperado, con esos ojos azules llenos de un brillo
triste, como si quisiera llorar.
—Pero, Ananel, no puedo; dime la otra opción, por favor…
—Uno no es demonio sólo porque sí, no te despiertas un día y apareces en el
infierno. En mi caso, se cumplió el tiempo del trato, y luego, llegaron ellos…
— ¿Los perros del infierno? —Interrumpió Mikey, como era costumbre en él.
—Leíste mucho, ¿no Mikey? —Sonrió al ver el asentimiento—. Pues sí, algunos les
llaman así, pero sólo eran figuras, que arañaban, gritaban y fueron las últimas
sombras que llegué a ver. Luego todo fue oscuridad. Cuando desperté, agonizaba
en el infierno. Sabía que dolía, pero no sabes exactamente qué es lo que duele.
Sufría, pero no sentía real sufrimiento. Mis extremidades estaban atadas, pero no
las sentía mías, no lograba imaginar mi rostro, ni mi cuerpo. Era nada. Flotaba y
sufría. Estaba en el infierno…
—Entonces… tú… los perros te… —Los pensamientos se hacían jirones y su
vocabulario se limitaba. Mikey por primera vez había dejado de interrumpir, y eso a
Ananel, en vez de satisfacerle, le atemorizaba.
—Sí, Mikey, morí.
Los ojos querían salir de la fosa orbitaria y las mandíbulas de su articulación. Ahora
todo estaba claro y entendía por qué Ananel se esforzaba tanto en hacer despertar
sus poderes. No lo comprendía, a pesar de su irreal situación, cosas como estas le
continuaban sorprendiendo. Si se suponía que sus poderes llegarían en su
cumpleaños, ¿Significaría que sufriría de un paro cardíaco en ese momento?
Aparentemente no había otra forma para ser demonio, que morir. Era el certificado
de defunción la cartilla de presentación en el infierno.
Era inevitable.
Odioso destino.
—El fin del mundo está cerca. Los miembros de la Orden se han enterado que el
infierno ha quedado sin Rey, y que su hijo vive entre los mortales. La iglesia le
llama el anticristo. Mi misión era encontrarle y asesinarle antes de que pudiera
tomar el mando del infierno. No tenía ninguna pista, hasta que te conocí; cuando
me constaste tu historia pensé que era una casualidad, que tu hermano había sido
secuestrado por un demonio y nada más, pero luego…
Frank se detuvo.
Gerard no necesito más. Su boca estaba abierta y su respiración agitada.
— ¿Mikey…?
—Estoy seguro, Gerard, buscamos lo mismo.
« Tal vez no te podré localizar a ti, Andras, pero Ananel me servirá. Te encontraré y
te mataré, no me importa cuánto tiempo tenga que pasar. Después de todo, ¿Qué
significa eternidad para un demonio? »
Con una copa de vino tinto en la mano derecha, Balam veía los copos de nieve caer
a través de la ventana. Sus iris verde azulado enigmático se convertían en esferas
negras, y la sonrisa socarrona, dejaba caer un hilo de licor.
Frank sintió un peso a su lado, mientras permanecía acostado, con los brazos
debajo de su cabeza y con los ojos cerrados.
—Te has tardado —. Dijo al hombre que le hacía compañía—. Empezaba a sentirme
solo, Bob.
Y su cuerpo buscó el del demonio, para dejar caer la cabeza contra su pecho,
lanzando un enorme suspiro.
—No quiero ir tras él —, respondió Frank a la pregunta silenciosa, que sólo dentro
de su cabeza se podía escuchar. Negó ante la pregunta de Bob y se apretó más
contra su cuerpo, buscando protección.
Se sentía tan débil como nunca.
En su vida había tenido que soportar largos momentos tortuosos, constantes golpes
de la vida, y obstáculos enviados por Dios, pero en este momento, recordar la
mirada enfurecida de Gerard, le parecía un castigo más grande que todo lo sufrido,
en su atormentada vida.
Gerard le hacía sentir especial y normal a la vez. Como si no existiera la Orden y
como si ser sólo Frank bastara.
Adoraba cuando le veía con verdadero interés, al tratar de explicarle algún
fenómeno sobrenatural, también adoraba la forma en que se perdía en sus
pensamientos y le ignoraba impunemente.
Muchas personas se habían cruzado en su camino y junto a ellas había compartido
numerosas camas, pero con Gerard era algo más. Algo más allá del pecaminoso
placer de hacer el amor. Y Iero tendría que agradecer por eso, pues en toda la
travesía junto a ese inexperto cazador, él no había tenido que correr a la iglesia
más cercana para confesarse, pidiendo perdón por perderse, de nuevo, en placeres
viles y carnales.
—Ahora sólo quiero descansar, Bob.
Y Bob asintió, acariciando la espalda y dejando cortos besos sobre la cabeza del
menor. Podía sentir la angustia, la tristeza, y el fuerte debate que rendía con su
aparato lagrimal, para no dejar salir esas gotas amargas que sólo harían más obvio
lo evidente: Frank Iero, estaba enamorado.
Nathaniel simplemente le abrazó con fuerza y calló. No dijo nada y esperó con
paciencia hasta que el que siempre sería su pequeño, durmiera sobre su pecho.
Que el mundo se derrumbara y el infierno estallara en revolución, nada para él
importaba tanto, como Frank.
Miró hacia el techo, dispuesto a pasar la noche en vela, sólo para protegerlo. Pero
era un demonio, sin temor a errar, estaba seguro que cosas mil veces peores, le
habían pasado. No dormir sonaba el paraíso, al recordar.
Gerard apenas llevaba cuatro horas manejando. El Sol ya había salido, su estómago
hacía sonidos extraños, la cabeza parecía palpitarle, y Ray finalmente comenzaba a
despertarse.
Sabía que quedaban nueve horas más, y a pesar de que sus deseos fueran, llegar a
Missouri en ese preciso instante, sabía que su cuerpo no soportaría no comer y no
dormir por tanto tiempo.
— ¿Estás bien? —Pudo escuchar una voz ronca y somnolienta a su lado. Miró por el
rabillo del ojo el enorme bostezo silencioso que lanzó Ray, que provocó liberara las
famosas lágrimas de cocodrilo.
Gerard no respondió por el simple hecho de desconocer la respuesta.
Estaba viviendo más por inercia que por gusto, o necesidad. Era como una máquina
con perfectas instrucciones qué realizar. Decir que estaba muerto, parecía una
descripción más acertada sobre su estado de ánimo, pero prefirió no alertar a Toro,
por lo que simplemente se estacionó en un pequeño Restaurante.
Tenían que comer y lavarse, antes de preocuparse por esas nueve horas de viaje.
El templo se alzaba frente a ellos. Frank no podía saber en qué parte de la ciudad,
o el país se encontraba, sólo sabía que estaba frente a una iglesia con tendencias
románticas, altas cúpulas y paredes de ladrillos amarillentos.
El gran atrio estaba rodeado por gente, que aunque no era mucha, sí parecía hacer
un ligero bullicio. Bob a su lado, miraba a las señoras con sus velos negros y al cura
con su gran sotana oscura, para recibirlas y darles los buenos días.
—Me estoy quemando, Frankie —dijo Bob haciendo una mueca. —Tengo que irme
de aquí.
—Lo sé, Bob.
—No entiendo por qué te gusta venir aquí. Aquí no aceptan el amor que tú le tienes
a Gerard, jamás podrías casarte con él, y para estas señoras, eres un hereje,
Frank…
—Porque yo creo en Dios, Bob. Y sé que él me ama, a pesar de los pesares, y sé
que esas palabras de odio en contra de los homosexuales, pensar que están
poseídos o que son lo peor de la humanidad no son de él. Son de hombres que se
han aprovechado de nuestra fe.
—Entonces, daría lo mismo si fueras ortodoxo, mormón, protestante… al fin y al
cabo tú sólo crees en Dios.
—Vaya, Bob, el ser un ángel caído te ha vuelto blasfemo, mira que hasta cuestionar
a Dios…
—No lo cuestiono a él. Te cuestiono a ti. Nunca me gustaron los intereses de la fe
católica, por eso quiero saber qué haces aquí.
—Me he acostumbrado —confesó sonriendo—. Venir aquí es como saber que tienes
que salir a la calle con zapatos. Ahora, vete antes de que te hagas ceniza.
Y Nathaniel salió caminando del recinto.
El cura abrió la puerta, y Frank entró en el sitio con resignación. Buscó u lugar
alejado y comenzó con los rezos de forma enérgica, como siempre. Miró al cielo y
pidió por claridad, pidió por la vida de Gerard y la de su hermano, por su felicidad y
porque su interior le dictara hacer lo correcto. Pero por una vez, sería más
específico, y con los ojos brillosos, Frank pidió a Dios iluminación para llevarlo a lo
correcto, para él.
«Sólo es para variar. Por favor, no me creas egoísta».
*
No veía, ni escuchaba nada. Sus pasos resonaban por el pasillo y eso, aparte del
intenso latido de su corazón, era lo único que podía escuchar.
Sabía que tenía que seguir, aunque no pudiera ver si iba en dirección a un
precipicio, su andar no se detuvo. Pronto divisó una figura sobre el piso de blanco
mármol. Las piernas estaban separadas, los brazos extendidos, y la ropa de color
oscuro. Gerard se acercó más, hacia donde la luz anaranjada iluminaba apenas la
mitad del rostro; pero con esa iluminación bastó: era su hermano. Mikey yacía
sobre ese frío piso, sin herida aparente y sin ganas de despertar.
Justo se iba a inclinar a su lado, cuando una sombra emergió del cuerpo de su
hermano menor. Era una sombra negra y casi corpórea, no como esas ilusiones
causadas por la luz. Era un ser corpóreo, de color negro, con un par de enormes
alas.
Gerard retrocedió dos pasos al ver esa figura junto a la de su hermano. Luego,
escuchó un susurro junto a su oído:
—Él ya no es tu hermano. Tienes que Matarlo, Gerard.
Al oír eso, el pelinegro trató de girar el rostro, con todas sus fuerzas y valor, pero
no conseguía mover ni un músculo.
—Tienes que matarlo, Gerard —siguió susurrando esa voz—, tienes que hacerlo.
¡Mátalo!
Y su mano se movió sin consentimiento hacia esa sombra quieta. Su mano, que en
ningún momento había notado cargada, ahora se posaba sobre el pecho de esa
figura, y atravesando éste, el objeto que se encontraba en ella, un cuchillo de
extraño mando e inscripciones.
Si hubiera mirado con mayor detenimiento, podría descubrir que era la daga que
Ray había estado buscando, y era la daga que los demonios se habían llevado. Pero
no observaba más que la figura desvaneciéndose poco a poco. Las alas se habían
borrado y ahora, como un castillo de arena, se desplomaba la oscuridad frente a él.
—No lo olvides, Gerard. Él es malo… mátalo… No es Mikey, es el demonio. Haz…
¡Ah!
Talló sus ojos con rapidez, notando su pulso acelerado, y con jadeos. Además,
notaba que el auto estaba detenido, estacionado en un lugar con poca o nada
iluminación más que la Luna, había árboles y se oían muchísimo los grillos. Luego,
miró hacia su izquierda y observó al conductor con los ojos bien abiertos,
observando en dirección opuesta a él. A Gerard le ganó la curiosidad, por lo que
volteó para ver lo que Ray veía, y grande fue su sorpresa cuando vio a Bob y a
Frank fuera del auto. Frank le miraba fijamente, mientras que Bob, se entretenía
con algo del suelo.
— ¿Cuál es tu nombre? —Preguntó el ángel caído al piso, y Ray bajó del auto en
seguida. Gerard no abrió la puerta, porque golpearía a Bob y a Frank, y aunque
realmente quisiera golpear a éste último, simplemente se conformó con bajar por
completo el vidrio y asomar su cabeza.
Sobre el asfalto, estaba tirado el mosquito más grande que en su vida hubiera
visto. O podría ser la mariposa más extraña, la libélula con alas más grandes o la
polilla con ojos más pequeños del mundo.
Había muchas formas de describir al ser alado, pequeño y de coloración verde
azulado, tirado sobre el suelo.
Era como si una niñita se pusiera alas de mariposa en un festival primaveral. Podía
reconocer los brazos, las piernas y el extraño atuendo que parecía adherirse a su
piel. Aunque podía ser piel, sólo un tono más oscura. El cabello era largo, ondulado
y platinado. Los ojos muy abiertos, de color violeta y la boca cual pez fuera del
agua. Era un ser sumamente extraño.
—Te he preguntado —dijo Bob—. ¿Cuál es tu nombre?
—Breena…
Gerard tuvo que agacharse más, no pudiendo escuchar la suave voz.
Nathaniel entonces, hizo un movimiento con la mano y elevó el cuerpo inmóvil de la
criatura hasta la altura de sus cabezas. Ahora, quedaba demasiado alto para
Gerard, pero con el movimiento, ambos cazadores se habían retirado, por lo que
abrió la puerta y se puso al lado de Ray ignorando casi inconscientemente a Frank.
—Dinos ahora, pequeña Hada. — ¡Aja! Así que eso era un hada. Gerard sonrió al
recordar a Campanita, casi por instinto. — ¿Qué pretendes?
El pelinegro no podía distinguir la expresión del hada desde su lugar, pero ahora
sobre la mano del demonio, pudo escuchar que el pequeño cuerpo lanzó un bufido
antes de responder.
—Soy un hada mensajera de las hadas del Viento. Sabemos qué va a pasar.
Sabemos la lucha entre los de arriba, los de abajo y los de en medio. —Para su
fortuna, el hada se había puesto de pie y parecía elevar la voz—. No somos tontas y
sabemos que una gran catástrofe se acerca, si ya de por sí, con la vida cotidiana,
estamos en extinción, con un conflicto de esta magnitud no quedará ni un hada.
— ¿Y qué hacías susurrándole a Gerard? —Preguntó Frank esta vez. El nombrado se
sorprendió cuando luego de oír la pregunta, el pequeño cuerpo giró hacia él.
—Es el único que puede detenerlo. Si él mata a su hermano, todos viviremos en
paz.
E inesperadamente, el hada cayó sobre la palma de la mano, dormida, muerta o
desmayada, era difícil decirlo.
—Polvos contra hadas —contestó Bob a la muda pregunta de Ray—. Las dejan
inconscientes.
Gerard dejó de oír lo que Ray preguntó, porque de pronto recordó sueños vividos
en torno a Mikey, una daga y un ser que le pedía lo matara.
Pasó nervioso la mano por su cabello y calló todo tipo de preguntas mentales. Su
hermano era bueno, dulce e inocente. No era un demonio, vampiro o anticristo.
Sólo tendría que llegar a Las Vegas, recogerlo, y llevárselo consigo…
—Por cierto —dijo el novato cazador—. ¿En dónde estamos?
—En la entrada de Las Vegas —dijo Ray.
—No es cierto. —Replicó Gerard cuando miró a su alrededor—. ¿No lo ves? Esto no
puede ser Las Vegas.
—Lo es, Gerard —habló Frank—. Es la ciudad, desierta luego de la destrucción por
demonios. —Gee contuvo el aliento—. Hicieron todo tipo de desastres naturales en
los últimos días. No pudimos darnos cuenta por lo concentrados que estábamos. Ni
siquiera pudimos mirar un periódico…
Luego, quedaron en silencio. Ray seguía admirando al hada, pero Gerard no podía
aceptar que esas ruinas y ese silencio fueran ahora características de la ciudad que
resplandecía aún en el espacio. Si todo estaba destruido… ¿Qué habría ocurrido con
Mikey?
— ¿Qué hago con la pequeña hadita? —Preguntó Nathaniel. — ¿La mato?
— ¡No! Déjala sobre alguna rama de árbol. Las hadas son normalmente neutrales,
pero ahora, saben que esto será grande. —Respondió Frank, mirando por
momentos a Gerard, quien huía de sus ojos. —Gerard… Bob ha registrado el lugar,
no hay presencia demoníaca, por lo tanto, no creo que tu hermano se encuentre
aún aquí.
Ahora, Gerard le mantuvo la mirada. Frank pudo leer la angustia en esos ojos, el
miedo, la desesperación, y una pisca de furia.
—Tal vez sepan que lo buscas y se lo han llevado…
—Ray —dijo Way ignorando nuevamente a Frank—. ¿Qué hacemos?
Y el del afro sólo pudo mirar a su alrededor. Buscando las respuestas entre los
escombros y la oscuridad.
Ananel no quería abrir los ojos. Realmente no quería. Tenía más de veinte minutos
despierto, pero no quería afrontar la realidad. Se sentía cómodo estando con los
ojos cerrados, simulando estar dormido y perdiéndose la nueva personalidad de
Mikey. Por eso no quería mirar. No quería ver que Mikey se hubiera disipado, y
encontrar sólo a Andras frente a él.
Consciente estaba que los recuerdos se pierden paulatinamente, pero temía que,
por la grandeza en los poderes de Andras, Mikey se consumiera instantáneamente
y quedara sólo el correspondiente Rey del infierno.
No quería enfrentar su destino. Pensaba que morir a manos de Mikey estaba bien,
después de todo, su vida no era lo que realmente es la vida; pero no se encontraba
listo. Y tal vez, a partir de ahora, nunca lo estaría, porque confió en cada palabra
llena de esperanza que le decía Mikey. Creyó en cada beso, abrazo y en la
seguridad de su voz al hacerle promesas.
No abriría los ojos.
No quería decepcionarse del ser que ante sus ojos, era perfecto.
—Ananel. —Pero esa voz más grave seguía repitiendo su nombre. —Te ordeno que
despiertes.
Y como su amo había ordenado, él tuvo que despertar.
Abrió los ojos y encontró a Andras. El chico que no necesitaba gafas, al que el
cabello se le había oscurecido, así como los amielados ojos y la piel se había
aclarado hasta el límite de la palidez. Frente a él también, las preciosas alas
oscuras y un rostro deprimido.
Primera esperanza que Mikey no había desaparecido.
—Ayúdame… —Susurró su amo, hincándose al lado de la cama donde él dormía.
Y eso fue el gesto que le convenció. Esas alas estaban de más, esa voz masculina
era un punto extra, Mikey seguía ahí.
Ananel sonrió sin querer evitarlo y extendió su mano hacia la tersa mejilla.
—No sé cómo protegerte contra la localización de Balam, y no sé cómo hacer que
estas incómodas alas regresen a su lugar. —Ananel observó el brillo de esos
oscuros ojos y asintió enternecido—. Y no sé dónde estamos.
—Si dicen que los demonios dejan terribles rastros a su paso —dijo Ray luego de
minutos de reflexión—, podríamos leer los diarios y ver en dónde se encuentran.
— ¡¿Y seguirlos por la eternidad?! —Exclamó Gerard, notablemente desesperado.
—No sé qué hacer…
El pelinegro se distrajo cuando vio a Bob dejar el pequeño cuerpo sobre una rama
baja en un árbol. Se sentía angustiado, ahora más que nunca. Había tardado
muchísimo en saber dónde estaba su hermano, mucho más yendo a Las Vegas, con
un sacrificio de su camioneta plateada, extra. Y ahora, ¿resultaba que no estaba?
¿Qué los demonios se lo habían llevado, que las hadas lo querían muerto?
Todo parecía muy real, y más difícil de lo que creía.
—No te puedes rendir —le dijo Bob—. Ahora más que nunca, estás cerca de tu
hermano, y no tienes por qué decidir la posición que tomarás frente a lo que
desconoces, pero al menos mantente seguro respecto a la decisión de encontrarle.
Gerard asintió sin saber por qué lo hacía, pero esas palabras lograron reconfortarle.
Luego miró hacia Frank, y esa forma de morderse el labio evaporó la sensación de
confianza. Tenía miedo de mirarle y no poder negar que su hermano fuera ese ser
que tenía como misión, destruir. Tenía miedo de reconocer que tal vez, Mikey sí
fuera alguien especial… por decirlo de un modo amable.
— ¿Qué están haciendo aquí? —Preguntó Ray—. Gerard dijo que estaban en una
misión.
Ambos pelinegros se miraban casi sin parpadear, hasta que Frank lanzó un enorme
suspiro y contestó a Gee, aunque no fuera la pregunta hecha por él.
—Gerard, no me dejaste terminar cuando hablamos…
—No tiene caso —interrumpió—, en verdad, creo que entiendo. Tú no tienes más
que esto, y si tu prueba es ésa, creo que entiendo que la quieras llevar a cabo. Es
tu vida, y mi hermano es un desconocido que según todo el mundo es el anticristo;
pero por favor, cada quien por su lado, hasta que sea momento de enfrentarnos.
—Gerard, no es eso, por favor, escúchame.
Cuando Frank puso su mano derecha, contra su pecho, sin importarle Bob o Ray, a
su lado, y cuando observó una mirada brillante, un ligero puchero y una lágrima
apenas saliendo de sus ojos, se prometió que le escucharía hasta el final.
Pero un escalofrío invadió su cuerpo, fue como una corriente eléctrica que le hizo
caer directo contra el asfalto, sin darle tiempo a Frank de reaccionar y sostenerle.
Los tres hombres vieron como Gerard Way cerraba los ojos, y por más intentos de
hacerle reaccionar, de una forma increíble, Gee estaba inconsciente.
Había una pared blanca, un piso blanco, y una figura frente a él.
Gerard parpadeó tres veces antes de abrir la boca de sorpresa. Frente a él estaba
alguien que se parecía mucho a su hermano, pero más pálido, sin lentes y con otro
color de cabello. Tal vez fuera una coincidencia, u otra hada susurrando en sus
sueños, por eso no se movió, y espero a que el otro hablara.
—Gerard…
La voz era más grave, como si Mikey dejara de ser su hermanito pequeño y se
convirtiera en un gran hombre, pero esa mirada brillante, aunque sus ojos fueran
más oscuros, esa forma en la que los ojos resplandecían era casi idéntica. El
parpadeo constante y el ligero puchero, un gesto característico de su hermano
cuando estaba a punto de llorar.
—Gee… ¡Te extrañé tanto!
Y ese extraño se lanzó contra sus brazos. Su cuerpo delgado encajó como sólo el
cuerpo de su hermano lo hacía, así que, por inercia correspondió el gesto con
suavidad.
—Soy yo —dijo el hombre que tenía los brazos enredados alrededor de su cuello—.
Soy Mikey, ¡tonto!
Gerard no respondió, simplemente abrazó con muchísima fuerza a su hermano. Su
mente le gritaba que era Mikey, pero necesitaba una confirmación.
—Tengo poco tiempo, por favor —dijo Mikey separándose un poco—. Tienes que
venir a Washington, en la estatua de Lincoln, te estaré esperando. Ven lo más
rápido que puedas y dile a mis papás que los amo, y que estoy bien…
Gerard no pudo evitar lanzar un sollozo agudo y abrazarse nuevamente a su
hermano.
—Están muertos, Mikey —dijo con la voz entrecortada—. Nuestros padres están
muertos.
— ¡¿Qué?! —Mikey le empujó—. No, ellos no están muertos, ¡No están muertos,
Gerard!
—Mikey, lo siento, ellos… fueron… lo que pasó…
Pero el llanto no fue el único impedimento para poder dar su explicación, también lo
fue su vista, pues veía a Mikey desvanecerse frente a sus ojos. Y luego, todo se
volvió negro, otra vez.
Tuvieron que conducir un par de horas para encontrar una ciudad habitada, llena de
edificios, civilización y un aeropuerto. Gerard y Frank iban detrás de Ray y Bob. La
cabeza del mayor descansaba sobre el hombro del experto cazador.
Frank le tenía tomado de la mano, aprovechando cada mínimo momento para pasar
con Way. Él era un sinvergüenza, tal vez quedaba con su personalidad el trabajo de
marinero, porque le gustaban los barcos, el agua y por eso de dejar ―un amor en
cada puerto‖. Tal vez no dejara exactamente amores, pero sí se divertía entre
cacería y cacería, desde los quince años, cuando su padre decidió que ya era un
hombre y fuera a experimentar. La mezcla entre experiencias femeninas y
masculinas fue casi inconsciente y casi a la misma edad. Su primera vez fue con
una mujer dedicada al negocio del placer, luego fueron camareras, y luego clientes
en los bares.
No había por qué verlos más que esa vez, y la idea de sexo sin compromiso era
más que alentadora. Había tenido una relación ―seria‖ con un par de personas, pero
hasta este momento, su concepto de seriedad respecto a una relación, era
acostarse una semana seguida, casi con exclusividad. Ahora quería golpear su
cabeza contra un muro, porque, de pasar a ser un polígamo total, descontrolado y
adicto al sexo, había pasado a una patética imagen de Iero entregado a un ser con
el que no había intercambiado más que contactos sexuales superficiales. Hacía
mucho tiempo que no tenía sexo en forma, y parecía estar bien. Su pene no quería
explotar (como él lo hubiera imaginado), y tal vez lo peor, era que podía
conformarse sólo con besar los encantadores labios de Gerard.
Frank Iero estaba jodido, y lo sabía bien, porque no había otro sinónimo para el
enamoramiento que tenía que no podía reconocer con palabras, aunque sus
acciones y miradas, lo pudieran delatar.
A veces se cuestionaba sobre Gerard. Se preguntaba por qué el primer amor le
llegaba a los veinte, y por qué, de entre todo el mundo, se fijaba en un hombre que
no salía a relucir por lo usual. Era increíblemente bello, pero a varios increíblemente
bellos había tenido entre sus piernas. Era dulce y apasionado, pero también había
tenido bastantes noches como ésas. Entonces llegaba a la misma y estúpida
conclusión que sólo contenía la misma frase: El corazón tiene razones, que la razón
desconoce.
«Muérete otra vez, Pascal, mira que tu frasecita, no sirve de nada».
...
...
Gerard estrechó con tanta fuerza a su hermano que temió reventarle los pulmones,
pero no podía ponerse a pensar en eso, sólo quería sentirlo fuerte, entero y vivo.
Mikey se colgaba a su cuello como niño pequeño y él le empujaba colocando las
manos en su espalda.
No dijeron nada. No fueron necesarias las palabras cuando los cuerpos gritaban lo
mucho que se habían extrañado. No necesitaron de consuelo cuando las lágrimas
salieron y mojaron sus rostros. Eran lágrimas de felicidad que Gerard creía, nunca
iba a dejar salir. Luego, se separaron un poco y se observaron por varios segundos.
El mayor de los Way tomó el rostro de su hermanito y sin importarle la presencia
de tres hombres, detrás de él y del desconocido pelilargo detrás de su hermano
(que ni le importaba si Barack Obama estuviera detrás), acercó sus labios a los del
menor, en un impulso desesperado. Cuando Mikey era pequeño, y la oscuridad le
asustaba, Gerard le besaba la cabeza para que supiera que él estaba con su
hermanito. Ahora el hermano mayor necesita besos de comprobación, pero la
cabeza le resultaba muy lejos, y quería mirar a su hermano, sonreír al ver ese color
de ojos y recordar que Mikey es una combinación perfecta entre rasgos de sus
padres. Así que, en una conjunción de emoción, angustia, ansiedad y amor, Gerard
dejó que sus labios sintieran los de su hermano haciendo una ligera presión y sin
querer cerrar los ojos.
Mikey correspondió, ¡Y cómo lo hizo! En menos de un segundo había cerrado los
ojos, ciñendo más el amarre de sus brazos contra su cuello y devolviendo el
contacto labio contra labio como un experto.
Ninguno lo vio, lógicamente, pero detrás de Mikey los ojos de Ananel comenzaron a
oscurecerse y a su alrededor un aura negra parecía disiparse.
Del otro lado, Frank veía la escena con el seño fruncido, hasta que el golpe de Bob
contra su brazo lo distrajo. Éste le señaló el punto donde el demonio parecía
despertar.
—Gloria in excelsis Deo (Gloria a Dios en las alturas). —Dijo sin pensarlo mucho. El
hombre de cabello largo gimió, y el hermano de Gerard se separó de éste,
retorciéndose y oscureciendo los ojos, mirando hacia Frank.
Agitando simplemente su mano derecha, soltando a su hermano, Mikey le hizo
volar hasta caer dentro del estanque. Ananel sonrió victorioso, recuperando el color
azul de sus ojos, sin presentir el golpe en su nariz que Bob le tiraría.
Y Gerard, estaba estático. Mudo y escéptico. Asustado, y… mareado.
Sin que a nadie le preocupara, las rodillas de Gee dudaron y cayó directo al suelo.
Ray había corrido, directo a buscar a Frank, mientras Bob intentaba hacerles frente
a ambos demonios.
— ¡NO!
Finalmente el grito de Gerard se hizo notar, antes de que Mikey pudiera enterrar
unas uñas gigantes que acababan de aparecer en su mano izquierda, contra el
pecho de Nathaniel.
«Y adiós fe. Tú no eres mi hermano…».
—Mi señor… —Dijo un hombre de larga barba oscura, al tiempo que dejaba un beso
sobre el dorso de el general.
— ¿Qué quieres, Furcas? —Preguntó Balam dejándose caer contra el mullido sofá
de cuero negro.
Se encontraban en una oficina. De paredes color vino, libreros, candelabros,
alfombra oscura y detrás del sillón del general, un enorme cuadro con su figura
demoníaca: una figura, con tres cabezas, en forma de toro, de hombre y de carnero
que monta sobre un oso con ojos rojos y lleva un azor en la muñeca.
—Astaroth me ha llamado, mi señor. —Furcas habló sin si quiera elevar la cabeza.
—Me ha pedido que te preguntara, si le concedieras el honor de ir tras el heredero,
ahora que saben dónde está.
Balam sonrió recordando. Hacía apenas unos minutos que el campo de protección
de Andras se abrió y pudieron saber dónde se encontraba Ananel, a pesar de la
destrucción de su líder directo: Lagasse. Balam no tenía prisa, quería todo
perfectamente calculado, pero si Astaroth, su ―aliado‖, quería precipitarse, ¿quién
era él para decirle que no a un hermano general?
La sonrisa retorcida del demonio de ojos verde-gris se amplió.
—Dile que, adelante.
Furcas asintió con la cabeza y se dispuso a ponerse de pie, pero Balam hizo un
movimiento con la mano que le hizo volver a arrodillarse.
—Quiero que le llames a Barkai.
Furcas volvió a asentir y a intentar ponerse de pie. Esta vez, Balam no se lo
impidió y dejó que el barbudo saliera de su despacho. Se estaba formando un
pintoresco grupo de perdedores alrededor de Andras, no quería dejarles ninguna
ventaja, ni un pequeño rayo de esperanza, por lo que ese Angelito, tenía que ser
eliminado.
—Inmediatamente —susurró con voz profunda el demonio, quien elevando las
solapas de su abrigo negro, se recargó contra el sillón, cerrando los ojos y lanzando
un suspiro.
Mikey hizo caer a Bob, y sus ojos recuperaron el color normal. El ángel caído no
hizo el intento por ponerse de pie, y Gerard, ignorando la cara angustiada de su
hermano menor, se levantó con esfuerzo yendo hasta donde Ray y Frank luchaban
por tratar de salir del agua.
— ¡Frankie! —Gritó desesperado, observando como Frank parecía tirar agua hasta
por los oídos.
Sin embargo, una barrera invisible se formó antes que pudiera tocarlo, dejando a
Ray y Frank lejos del alcance del novato. Una ráfaga de viento le golpeó la espalda,
y entonces Gerard giró, viendo a su hermano con los ojos oscurecidos, y detrás de
él, el hombre de cabello largo y ojos azul zafiro.
—Mikey —Ray habló—. Tranquilo, somos nosotros, somos Gerard y Frank, y ellos
son nuestros amigos. Nos han ayudado a encontrarte.
Gerard no entendía nada.
No quería analizar, o sacar conclusiones, porque la escena frente a él apuntaba más
a la realidad de las hadas y a la cruel misión de Frank, que su hipótesis sobre la
inocencia de Mikey. Sintió miedo. « ¿Y si Mikey nunca puede regresar?».
Mikey, el verdadero Mikey. ¿Si no podía regresar?
¿De dónde?
¿Del infierno?
¿De la oscuridad?
Realmente no debería estar haciendo conclusiones, debería estar ayudando a Bob,
que aún yace sobre el suelo. Debería callar al pelinegro detrás de su hermanito que
sigue insistiendo en que ellos son cazadores de demonios. Debería estar hablando
con Mikey, dando explicaciones y rogando porque su hermano no se sintiera con la
obligación de dar él también algunas.
Gerard Way quería llorar de miedo.
*
—Gerard…
Esa voz.
Esa voz sonaba como la de su hermanito. La voz que ponía cuando se sentía
asustado por las noches y le pedía quedarse con él. La voz tierna, cuando deseaba
la última galleta, y él tenía que acceder. Esa voz… La voz que Mikey había perdido,
le estaba llamando, y como siempre, le hizo caso.
Sus labios abandonaron los de Frank, no sin dejar un sonido húmedo al hacerlo.
Gerard giró hasta su hermanito, quien ya no tenía los ojos negros, ahora eran miel
y verde, justo del color que Mikey los tenía. Ahora eran tiernos y agrandados, para
darle el perfecto toque de ―perro atropellado‖, como él mismo había bautizado a la
mirada.
—Todos tenemos que hablar —dijo Ray, tratando de usar un tono neutral, pero se
encontraba, obviamente, muy asustado. No estaba entre sus planes encontrarse en
medio de la nada con dos demonios, con nieve, y su mejor amigo besando al dueño
del ángel caído que acaban de secuestrar. Era demasiada información, y a la vez,
generaba más incertidumbre.
Ray Toro no podía vivir con la zozobra. Necesitaba respuestas.
Ya.
Ananel se dejó caer sobre el sofá dando un suspiro dramático. Gerard se acercó a la
chimenea, mientras que Frank continuaba en la ventana, viéndolo por el rabillo del
ojo, Mikey se puso cerca de su hermano.
—Creo que lo más conveniente es que empieces tú, Mikey —Ray había adoptado,
definitivamente, la posición de moderador, en esta discusión.
—Esto, será difícil —confesó con voz queda. —Primero, les presentaré. Él es Ananel
—le señaló—, es un demonio, y bueno… yo también.
No hubo sorpresa, gritos o inhalaciones que retiraran todo el oxígeno del ambiente.
Gerard simplemente bajó la cabeza, mientras Ray asentía, incitándolo a continuar.
—Todo ha sido tan raro —dijo llevándose las manos al rostro—, fui secuestrado por
Balam, y Ananel me cuidaba, poco a poco, fui comprendiendo que no deseaban
matarme, sino que estaban esperando. —Se detuvo—. Esperaban a fuera mi
cumpleaños, entonces, mis poderes de demonio ―se activarían‖ y podrían matarme,
eso le daría a Balam el trono del infierno.
El resumen dejaba más cabos sueltos, que posibles uniones, por lo que Mikey tuvo
que remontarse a contar su sueño, luego, la historia sobre el amorío de su padre
con su madre, que Ananel le había contado. Finalmente, un poco de organización
del infierno, de Balam, y la forma en la que debería de hacerse Rey.
—Para eso querían la daga —dijo Ray, tratando de comprender la fantástica
historia.
— ¿La daga? —Repite Ananel—, ¿ya tienen la daga? —Ray asiente con la cabeza—,
¿quién la tenía?
—Yo. Se la quité a Paimón, luego, Gerard me la quitó, pensando que había
cometido un crimen contra algún buen cristiano; la dejó en la caja fuerte y fueron a
su casa por ella.
Esta vez, Rey explicó su batalla con Paimón, y dijo toda la verdad, incluso, la
posible emboscada y la debilidad del gobernante. Luego relató lo ocurrido en New
Jersey en un intento por recuperarla, pero la voz apenas le salió cuando tuvo que
decir que los señores Way, habían muerto.
Gerard pocas veces veía a su amigo llorar, y ésta no fue una de esas ocasiones,
Ray miró con suavidad, y a la vez con firmeza a su hermano al contarle, y él pudo
ver cómo poco a poco, Mikey parecía desplomarse.
El menor de los Way se dirigió al sofá, recargando la cabeza, sobre el hombro del
tal, Ananel.
— ¿Cómo te hiciste demonio, Mikey? —Preguntó Gerard. — ¿Despertaron tus
poderes, y ya? ¿Vas a regresar a ser mi hermano de nuevo?
Y ahí estaba. La gran pregunta. El verdadero dolor.
A Gerard le ardió la garganta al terminar de pronunciarla, pero le dolía más
contenerla en el pecho. Temía la respuesta, sentía arremolinarse un sollozo en su
boca, dispuesto a salir, esperando ver la boca de su hermano moverse y dictaminar
la sentencia.
—Para ser demonio, tienes que morir, Gee.
Ahí estaba, la terrible respuesta que no contestaba directamente a la pregunta,
pero daba una tremenda idea. Mikey le contó del encuentro con Balam en esa
misma cabaña, le dijo de Ananel y el cuchillo, de su muerte, y de haber aparecido
en el monumento a Lincoln. Gerard hubiera querido concentrar todos sus sentidos
en odiar a Ananel por haber asesinado a su hermanito, pero no podía. No podía
pensar en quiénes, en dónde, o en cuándo. El hecho es que Mikey estaba muerto, y
que su promesa se iba a romper. Él jamás podría llevarlo a casa.
Nunca.
Después de la confesión hubo silencio. Mikey permanecía contra Ananel, que ahora
acariciaba el cabello del otro de forma ausente. Gerard no pasaba por inadvertido
ese gesto.
— ¿Y ustedes qué son? —Preguntó. No quería sonar tan brusco, como lo hizo, pero
sus palabras y su tono ya no tenían vuelta atrás.
Mikey parpadeó un par de veces, antes de soltar la voz como si fuera la palabra
diaria al despertarse, un saludo, o el inicio de todas sus conversaciones. ―Amante‖,
dijo, y Gerard sintió temblar la madera bajo sus pies. No preguntó, ni insistió,
porque su hermano ahora contraatacaba preguntándole que qué hacía ahí.
—De Ray me lo imagino —continuó Mikey—, pero, ¿y tú?
—Tenía la esperanza de salvarte…
Volvieron a quedar en silencio.
—Tu nombre es Andras —dijo Ray. Mikey asintió apenas.
Oficialmente, todo, para Gerard Way se había ido al drenaje. (Bonita forma de
eludir la palabra ―mierda‖ en una oración). Golpeó la pared, escuchando el eco que
la madera dejaba salir. Hacía mucho frío, y estaría temblando si no fuera por su
tejido sanguíneo y la desesperación. Eran demasiados fracasos para una sola vida.
Eran demasiadas pérdidas para una sola batalla.
«Es demasiado».
— ¿Y qué vamos a hacer? —Frank por fin habló. Aún seguía apartado del resto, al
lado de la venta, y con la mirada perdida en alguna mancha en la pared. — ¿Qué
haremos ahora? —Insistió al ver la falta de respuesta.
Frank elevó una ceja, y a Mikey los ojos se le volvieron a poner negros. El cazador
no retrocedió, y procedió a gritar en su cabeza el exorcismo con toda la convicción
que podía reunir. Ananel y Mikey se retorcieron sobre el sofá.
— ¡Frank!
Fue un instinto. Gerard no entendió por qué gritó de esa manera, pero su hermano
recuperó la compostura cuando Frank dejó de mirarle para concentrarse en él.
— ¿Quién eres tú? —Jadeó Andras por el esfuerzo.
—Mi nombre es Frank Iero, soy miembro de la Orden hermética del Alba dorada,
una asociación que tiene como fin mantener la paz entre seres sobrenaturales y
mortales. La misión a la que fui asignado es a destruir al hijo de Paimón, así que
debería presentarme como tu anhelante asesino.
También fue instinto ponerse frente a él, como si Gerard le protegiera de su propio
hermano.
— ¿Y ustedes qué son? —Preguntó ahora Mikey, con voz divertida. Gerard hubiera
esperado el oscurecimiento de ojos y algún movimiento de mano que mandara
volar a Frankie, como parecía ser costumbre, pero los ojos seguían mostrando
destellos verdes, y Mikey sonreía.
—Yo —dijo Frank señalándose, saliendo de detrás de Gerard Way—, conquistador
desesperado. Él —señaló a Gerard—, damisela indignada.
Las mejillas del mayor se tiñeron de carmín y giró para mirar a Iero con furia. O al
menos, un intento de ella, porque estaba sorprendido y orgulloso a la vez. Frank le
había agradado a su hermano, a base de humor y franqueza. Ahora Mikey reía, y
eso sonaba como la mejor de las canciones en los oídos de Gee.
—Tenemos que planear algo —dijo Ananel, finalmente. Al demonio le preocupaba la
seguridad de Andras, y aunque comenzaba a adorar la risa tímida de éste, la
prioridad era planear el siguiente paso, antes de que Balam lo hiciera. La casa era
lo suficientemente pequeña para que la presencia de Mikey los encubriera, así que
tendrían la ventaja del tiempo sobre el general.
—Creo que ahora, deberíamos dormir. —Dijo Frank—, luego de una buena noche de
sueño, estaremos mejor.
Ray y Gerard asintieron. Se sentían cansados, ahora que Frank mencionaba el
maravilloso arte de dormir, por lo que se dispusieron a ocupar los lugares en esa
casa. Mikey y Ananel habían accedido a dormir sobre la alfombra y Ray en el sofá.
No pasó mucho tiempo para que Mikey transformara el tapete en un colchón con
cómodas almohadas y frazadas verdes. Eso, según Ray Toro, era trampa. Y lo
siguió pensando hasta que adquirió dos almohadas y frazadas de cuadros amarillos.
En la única habitación se quedarían Gerard y Frank, y Frank podría estar
emocionado por compartir el espacio vital del mayor, pero ahora no tenía cabeza
más que para dejarse hacer por el novato, quien viendo su actitud adormecida, le
empujó contra la cama, le quitó el calzado y lo cubrió con las mantas, luego se
acostó y lo miró fijamente. Ambos frente a frente, y aunque la cama era
matrimonial y podrían dejar un espacio invisible al que ninguno de los dos debían
cruzar, podrían usar el frío como excusa para acercarse hasta que la nariz de uno
chocó con la nariz del otro.
—Estará bien —susurró Gee, entendiendo su miedo.
Frank asintió apenas y tomó la mano del mayor con una de las suyas, entrelazando
los dedos. Cerró los ojos y rezó porque fuera verdad. Que Bob estuviera bien y que
pronto volviera a ver esos ojos azules, esa barba mal cuidada y esos brazos que se
amoldaban a su cuerpo cada vez que estaba triste.
No quería llorar, pero ¿cómo reaccionar cuando has perdido a tu ángel guardián?
Se sentía solo y destrozado. Culpable. No había podido elevar un dedo para evitar
que se lo llevaran. Era un inútil. Era un tonto. Era un estúpido cazador novato idiota
y además…
Los insultos mentales cesan. Gerard ha separado sus manos y ahora la usa para
empujar su espalda contra él. El brazo le ha rodeado la cintura y su cabeza
descansa sobre la suya. Sus piernas se entrelazan, y es como si fueran piezas de
rompecabezas. Encajan.
—Sólo duerme, yo estaré aquí cuando despiertes.
Eso suena terriblemente alentador.
Frank se confía y cierra los ojos, finalmente, después de días. Sus músculos se
relajan y se olvida de pensar, porque inmediatamente se llenan sus sentidos de
Gerard y sus pensamientos de calidez. Se tira sobre los brazos de Morfeo y eso es
lo último que recuerda.
El olor a tocino frito hizo que abriera los ojos y que de su abdomen emergiera un
crujido aterrador. Quiso levantarse de un salto y salir en busca del tocino, pero sus
piernas estaban entrelazadas con las de otra persona, su mano derecha agarrada a
otra, y la izquierda sobre la espalda del hombre que roncaba ligeramente.
Frank tenía la boca entre abierta y cerraba los ojos con tranquilidad. Le gustaba la
imagen. No había ventana en la habitación, por lo que no podía determinar si era
de noche o acababa de salir el Sol, sólo sabía que no encontrarse solo sobre una
cama, en Alaska y con olor a tocino, había sido el mejor despertar en años.
No se sentía seguro ni siquiera de respirar para no despertarlo, sólo quería
quedarse así, por siempre. Que nevara afuera, el mundo se detuviera y el techo
cayera sobre ellos, pero juntos y abrazados.
«Increíblemente cursi. Increíblemente enamorado».
— ¡A desayunar!
La atmósfera se rompe con la interrupción de su hermano, quien luce un delantal
blanco y un gorro de chef. Gerard sólo necesita colocar el dedo índice sobre sus
labios para que su hermano deje de gritar.
—No le despiertes… —susurra empujando el cuello para tener mejor visibilidad. Su
hermanito entra en la habitación y es como si fuera el mismo Mikey de siempre, sin
gafas y con el cabello oscuro, con una voz más de hombre, pero con la actitud vivaz
de siempre. Muchas personas juzgaban a Mikey como callado, pero luego de
adquirir confianza, se volvía un parlanchín de lo peor.
Parecía que no había sido secuestrado por un demonio, que no había muerto y se
había convertido en uno… que no deseaban destruirlo.
Había felicidad y esperanza en esa mirada, y Gerard no sabía si eso era posible en
las miradas de los demonios.
—Gee —murmura su hermano acercándose a la cama. — ¿Es cierto todo lo que ese
hombre dijo ayer?
Gerard asintió con la cabeza.
— ¿Quiere matarme?
—En teoría —responde mirando al cazador—, pero, supongo que ya lo hubiera
intentado de ser verdad.
— ¿Confías en él?
El tiempo que se pasó viendo el rostro tranquilo de Frank fue más largo esta vez.
Gerard sonrió y dijo que ―Sí‖, sin dejar de mirarle.
—Bueno, los esperamos para desayunar.
—Mikey —dijo antes que volviera a cerrar la puerta—. ¿Cuánto tiempo más seguirás
siendo ―Mikey‖?
El menor sonrió tomando el pomo de la puerta.
—Siempre seré tu Mikey.
Cerró entonces la puerta y Gerard refugió el rostro en el cuello de Frank.
—Es bueno.
Gerard se estremeció al oír esa voz, pero siguió aferrado a él.
—Tu hermano es bueno —continuó Frank—, y que me retiren de la Orden, pero
voy a desobedecer.
Gerard trató de soltarse y poder verle a los ojos, pero Frank no le dejó, sujetándolo
de los hombros y aproximando más su cuerpo al de él, en un abrazo profundo que
parecía querer fundir ambos cuerpos.
—Sólo conozco cazar, Gerard, lo he hecho toda mi vida y se supone que le debo
lealtad a ese montón de hombres que ni siquiera conozco. Es mi destino, pero… —
La voz se corta y Gerard sabe que ha comenzado a llorar. Silencioso y ahogado, ni
siquiera siente el paso de saliva a través de su garganta—Encontré algo que vale
más que eso, una razón que es más mi voluntad, y no la de los demás.
Frank se aferró a su cuerpo y Gerard también.
—Frank…
—No mataré a Mikey —confiesa—, jamás lo haría. Estaré contigo. Hasta el fin…
Esta vez Frank empujó el cuerpo del mayor para mirarle a los ojos, acariciar sus
mejillas, y cerrar los ojos entregándose a un placentero encuentro de labios. Gerard
cerró los ojos al instante y aferró al menor de la cintura, apretándose contra él y
obligándolo a subir sobre su cuerpo.
El beso se intensificó, los labios se abrieron y las lenguas se buscaron, se enredaron
e intercambiaron saliva. Las manos que una vez estuvieron contra las mejillas,
descendieron hasta llegar a las clavículas para masajearlas un poco. Frank quedó
sentado sobre el pene de Gerard, por lo que dio una leve embestida, logrando que
el roce les hiciera gemir aún dentro del beso que les robaba la respiración.
—Frank —susurró. No sabía que decir, sólo entendía que si no decía algo coherente,
realmente pensaría que se volvería loco.
—Tranquilo, amor. Sólo… déjame consentirte, déjame consolarte.
Con cada palabra, Frank dejaba besos de la mandíbula al cuello sin detener el
vaivén de su cuerpo contra el ya erecto pene de Gerard.
—Frank— la voz le salía ahogada. —Yo, también quiero consolarte.
Frank paró para mirar los cristalizados ojos verdes del mayor. Sus manos le
tomaban de la cadera y hacían círculos a los costados.
—Quiero que estés bien. Quiero ayudarte a rescatar a Bob. —Sonrió tímido. Él era
un novato, y no tenía idea si la palabra ―rescatar‖ pudiera ser aplicada, a lo que en
teoría pasó: ―Bob regresó al infierno‖.
—Eres adorable, cariño. —Dijo con una sonrisa.
—Tú también.
Volvieron a besarse. Volvieron a acariciar sus cuerpos, y las frazadas comenzaron a
estorbar.
Frank seguía sobre Gerard, le quitaba chaqueta con la que había dormido.
Despacio, y suave. Acariciando los brazos en el proceso y mirando los ojos verdes
que destilaban emoción.
—Debemos ir a desayunar —, dijo el pelinegro.
—Iremos más tarde.
Gerard asintió y estiró el rostro para recibir un beso. No se sentían apurados,
querían disfrutar el momento. Sentirse sobre las ropas y besarse el rostro hasta no
encontrar un sitio que no haya sido conquistado por sus labios.
—Frank —. Dijo como si liberara el nombre en un suspiro. Sus manos acariciaban la
espalda, y pronto esas caricias fueron insuficientes. La ropa era estorbosa, y la
paciencia comenzaba a desvanecer. —Necesito… —Susurró.
—Lo sé cariño —, respondió con el mismo volumen—. Yo también lo necesito.
Inesperadamente, Frank introdujo la mano derecha dentro del pantalón
desabrochado de Gerard y luego se abrió paso entre la ropa interior, para tomar la
erección de la raíz.
— ¡Frank! —Exclamó sorprendido, y satisfactoriamente aliviado.
—Tendrás que hacer silencio, Gerard, no creo que esto es lo que quieran oír
durante el desayuno.
Gerard sintió los labios de Frank sobre su nariz y luego escuchó una risita burlona
que matizaba con el movimiento circular que hacía su mano sobre su erección.
—Es bueno —, murmuró Gerard.
—Claro que soy bueno, amor, soy el mejor. —Y como si tratara de reafirmar con
hechos sus palabras, aceleró el movimiento para luego cambiarlo por un meneo de
arriba abajo. Gerard se arqueó y hundió la cabeza contra la almohada, sintiendo
que los dedos de sus pies se contraían y tremendas descargas eléctricas le
atravesaban el pecho y las extremidades.
No se sentía justo. Él también deseaba hacer gemir a Frank, que perdiera la
cordura y olvidara hasta su nombre, pero no de quien lo tocaba tan íntimamente.
Entonces se decidió a actuar, peleó contra el botón del pantalón y luego con la
bragueta que no quería cooperar, pues a mitad de camino se atoró. Gerard lanzó
un bufido.
—Te ayudo, Gerard —, dijo Frank. Gerard pudo escuchar el tono burlón cuando
terminó la oración. Sorprendiendo al mayor, Frank se puso de pie y de un
movimiento rápido se deshizo de toda ropa que ocultara la parte inferior del
cuerpo. Luego volvió a sentarse. El roce de los jeans abiertos de Gerard, contra su
cuerpo desnudo les hizo gemir.
Gerard se recuperó para sentarse sobre la cama, y tomando la nunca del menor,
dejó un húmedo beso en la boca al tiempo que bajaba su mano para acariciar la
erección. Frank gimió dentro del beso y se estremeció cuando al llegar hundió el
pulgar en la hendidura de su pene.
—Me encanta —siseó echando hacia atrás la cabeza.
Gerard no respondió. Se dedicó a masajear el miembro del cazador con una mano,
y con la otra, recorrer los muslos pálidos, cubiertos de vello oscuro. Frank pareció
recuperar la memoria luego de un tirón particularmente intenso, y volvió a su labor
de masajear rítmicamente de arriba abajo el miembro de Gerard.
—Ya casi.
—Yo también.
Entonces el ritmo aumento, las fricciones no eran suaves, sino desesperadas y los
gemidos morían en la boca del otro. Finalmente, con un grito atorado en la
garganta y los ojos en blanco, ambos, casi a la misma vez, se dejaron ir, lanzando
semen a la mano del otro y goteando sudor desde la frente hasta el pecho.
—Por Dios.
—Lo sé —, Frank sonrió. —Me gustaría saber si en este lugar hay agua caliente.
—Tengo hambre.
Parecía todo cotidiano.
Normal. Era un sentimiento cálido, y correcto, por eso, mientras Gerard disfrutaba
de un trozo de tocino no dejaba de sonreír. Así es como la felicidad se debería de
sentir.
El desayuno fue tan normal como lo puede ser compartir la mesa con dos
demonios. Uno de ellos resulta ser tu hermano, y además, no puedes dejar de
sonreír mirando a cierto joven de cabello oscuro y ojos color almendra.
Frank descubrió que sí había baño y agua caliente, pero que su ropa era
inexistente. Su fiel mochila con todos los instrumentos para la caza le acompañaba,
pero eso era todo.
—No estamos en medio de la nada —, comentó Ananel cuando sintió la
desesperación del cazador. —Nos encontramos en Fairbanks, así que encontrarán
tiendas con ropa y todo eso más hacia la ciudad. Estamos en las afueras.
A Frank le brillaron los ojos de la emoción. Gerard sonrió enternecido, y Ray
agradeció la idea de ver civilización y vivir, por lo menos un momento, como
personas ―normales‖.
—Nosotros nos quedaremos —informó el demonio de ojos azules. Mikey le miró
receloso—, sería peligroso si saliéramos, Mikey. —Giró a verlo, y mostró la mirada
llena de ternura a la cual no era inmune el menor de los Way, por lo que terminó
asintiendo.
Gerard no se sentía cómodo en dejar a su hermano pequeño con ese hombre, pero
tal vez era tiempo de dejar de verlo como un inocente niño, y entender el hecho de
que es un demonio. Eso definitivamente significa que puede cuidarse solo.
Esa afirmación, para un hermano mayor, es la jubilación.
Cuando llegó el tiempo de dormir, todos buscaron sus lugares. Ninguno negaba la
situación. Sabían que estaban en peligro, que los perseguía un demonio y que en
algún punto de la historia tendrían que elegir. Mikey elegiría ser rey del infierno o
morir; Ananel, luchar o dejarse vencer; Ray, creer o negar; Gerard seguir o
abandonar, y Frank, matar o continuar. Pero esas decisiones no eran necesarias
esa noche. Esa noche querían descansar.
Frank rezaba como cada noche. Gerard le observaba, como cada segundo desde la
mañana.
—Deja de mirarme, Gerard —dijo terminando con los rezos. Se puso de pie luego
de persignarse.
—Lo siento —, se sintió sonrojar.
—Ven, cariño.
Gerard eliminó la distancia y recibió a cambio un cálido beso en los labios.
— ¿Estás bien? —Preguntó Frank, pero Gerard sólo atinó a elevar una ceja—. Me
refiero a esto. Nosotros.
Nosotros.
La palabra se repitió un sinfín de ocasiones en su cabeza. Después de todo, para
Gerard era una increíble y mágica palabra que valía la pena desgastar con tantos
pensamientos.
Sonrió en respuesta y se atrevió a iniciar un nuevo contacto.
—Vamos a dormir, Gerard.
Se metieron debajo de las frazadas. Gerard de inmediato aferró la mano del otro y
se puso de lado para conectar sus ojos y una nariz con la otra. Cerraron los ojos y
Gerard inspiró la cantidad de aire máxima que sus pulmones pudieron soportar.
Dormir junto a Frank Iero, era maravilloso.
—Gerard…
Escuchó por segunda vez una voz susurrando su nombre. Sabía que tenía que
despertar, pero los párpados le pesaban y se negaban a moverse. Quería despertar,
pero no podía, no importaba si esa desconocida voz siguiera llamándole.
—Vamos Gerard, que no tengo toda la noche.
Esta vez, las palabras se vieron acompañadas de un movimiento brusco que agitó
su cuerpo, y así, sus párpados reaccionaron por instinto, abriendo
desmesuradamente los ojos.
—Por fin. —Lo vio. Era un muchacho. Tal vez tuviera dieciocho o diecisiete. El
cabello es largo y castaño claro, lacio y con el flequillo de lado cubriendo su frente.
Los ojos eran verdes con destellos marrones, rodeados por largas pestañas y bajo
pobladas pestañas. La nariz proporcionada, los labios delgados, definidos y rosados,
combinados con la piel bronceada a la perfección. —Vamos, levanta, tenemos que
irnos.
Gerard quiso despertar a Frank, porque ese muchacho no parecía aterrador, pero
no entendía qué hacía al lado de la cama, despertándolo y esperando que le
acompañara a sólo-Dios-sabe-dónde. Agitó el cuerpo del cazador y dijo su nombre,
pero Frank no despertó.
—No despertará, Gerard —. Dijo el muchacho—, esto, podemos decir, es un
―sueño‖ —movió los dedos dando énfasis a las comillas. —Así que, dejémonos de
preámbulos y camina.
Gerard se puso de pie de inmediato. Como si una fuerza externa e invisible lo
empujara.
— ¿Cuál es tu nombre? —Preguntó cuando salía de la habitación junto al ojiverde.
—Soy Elemiah, significa ―Dios oculto‖, y soy tu ángel guardián, Gerard.
—He estado pensando que tal vez, Lindsey y yo podamos verlos el próximo fin de
semana.
A Donna se le iluminó el rostro. Luego responde que sí, con un grito digno de una
pequeña niña. Cuando cuelgan el teléfono a Donna se le escapan lágrimas de
felicidad, que ella justifica con orgullo.
—Gerard es el mejor hijo que pudimos pedir. Estudia economía, tiene una linda
novia… —Dijo Donald convencido.
—Amor, no olvides que es tu turno para sacar a Hades. Y no dejes que tome agua
de los charcos, Gerard.
Frank lucía un abrigo largo de color negro, y ahora, comenzaba a colocarse los
guantes. Desde la cocina, parecía gritarle, pero no daba señales de vida el otro
habitante del lugar.
—Gerard. —Rodó los ojos—. ¡Gerard!
— ¡Ya, Frank, por todos los cielos!
Gerard se vio a sí mismo entrar en el lugar. Lucía un pantalón de pijama holgado y
en color verde pasto, una playera blanca y sobre ésta, una larga bata color azul
marino. Su cabello desordenado y la actitud somnolienta, tallándose los ojos y
tragando bostezos.
—Es que cada domingo es igual, amor —, dijo Frank aferrándole (a su otro yo), a la
cintura. —Te haces el dormido y el pobre Hades sigue aquí —, terminó con un
puchero, que Gerard desapareció besándole los labios.
—Odio que hagas ese puchero, no lo resisto.
Nuevamente se besaron, Frank le acarició el cabello y Gerard intentó meter mano
dentro del grueso abrigo.
—Después, Gee—, pidió con una sonrisa, corriendo el rostro para que los labios del
mayor se impactaran contra su mejilla.
—Ahora —, habló con voz de niño pequeño.
—Amor, tengo que ir a la Universidad.
—Es domingo.
—Tengo que preparar el programa de estudios.
—Gerard —. Ahí estaba nuevamente, una voz que decía su nombre, y la pesadez en
sus párpados —. Gerard —, volvió a llamarle. Esta vez la curiosidad era grande y
abrió los ojos, y aunque esperaba encontrarse con una mirada verde y perfecto
bronceado, se encontró con un cabello abultado, rizado y gruesos labios.
Gerard sonrió.
La pesadilla había terminado.
—Hey, Ray —, sonrió.
—Levántate, Gerard, tenemos que escondernos. Los demonios han encontrado este
refugio.
Gerard elevó una ceja confuso. Ray le jalaba del brazo y él seguía tumbado, sin
ganas de ponerse de pie.
—Vamos, Gee, ya han capturado a Bobby.
— ¿Bob? ¿Nathaniel?
Ahora fue turno de mirarle confundido.
—El golpe te ha afectado, ¿eh? —Sonrió con melancolía—. Perdimos a Bob hace
mucho tiempo, Gee. Y anda, que nuestra tropa nos necesita.
Gerard no se resistió más y se puso de pie. Ray lo condujo hacia un edificio
abandonado, donde una decena de personas le miraban, entre asustados y felices.
—Está bien —, dijo Ray—. Sólo se lastimó un poco, pero Gerard está bien.
El grupo de personas se componía desde hombres de mediana edad, hasta
pequeños niños de ambos sexos. Parecían sucios y cansados, pero todos sonrieron
con la noticia que Ray les dio. Gerard intentó buscar el rostro de Frank entre la
multitud, pero no lo encontró.
—Bien, tendremos que movernos, los demonios están vigilando muy de cerca esta
zona, al anochecer, saldremos de aquí. —Todos asintieron, luego Ray buscó su
mirada, y Gerard se sintió aterrado. —Ven, tenemos que hablar.
Ray lo condujo hasta una habitación aún más destartalada, donde sólo había un
escritorio, y las paredes llenas de ceniza.
— ¿Qué pasa contigo?
—Ray, ¿dónde está Frank? —Cuando terminó de preguntar, Ray le miró como si le
hubiesen salido tres cabezas.
—Definitivamente el golpe te afectó.
—Ray —, rogó con la mirada, en busca de respuestas.
—Murió Gerard. Andras lo mató.
Nuevamente el mareo.
Nuevamente el tirón.
Nuevamente la pérdida del piso, y nuevamente otro lugar al abrir los ojos.
Aún con lágrimas, Gerard identificó el lugar como la habitación en donde había
estado, junto a Frank, en Alaska, luego de revisar que el menor seguía durmiendo,
roncando, relajado y ajeno a la situación, el novato cazador se permitió lanzar un
suspiro.
—Tienes la oportunidad de escoger—, apareció Elemiah frente a él. Sus ojos verdes
fijos en los suyos, y el flequillo ocultando medio ojo derecho. —Puedes escoger
entre estas posibles realidades. Puedes elegir, que el Rey del infierno jamás se
hubiera enredado con una humana, y Mikey jamás hubiera nacido; puedes elegir
que muera, y si lo gustas, de una manera agradable, y vivirás con Frank; o puedes
continuar, creyendo en tu hermano, y en que jamás va a cambiar. —Guardó
silencio—. Pero es su destino, Gerard. Al final, no importa lo que hagas, el destino
se encargará de dejar salir la verdadera naturaleza de Andras, tu supuesto
hermano y heredero del infierno.
— ¿Tú, harás que todo cambie si te lo pido? —Preguntó aún con la voz entrecortada
y las lágrimas en las mejillas.
—Yo no puedo, Gerard —sonrió—, alterar el pasado, presente y futuro, es algo
demasiado intervencionista para un ángel, pero te puedo ayudar a encontrar a
alguien que pueda.
— ¿Quién?
—Un genio.
— ¿Un genio? —Repitió inseguro—, ¿Cómo el de Aladino, y las mil y una noches?
—Exactamente —aseguró con una sonrisa que mostraba la blanca dentadura—.
Invoca al genio, y él te concederá lo que desees.
— ¿Cómo lo hago?
Elemiah arrojó a las manos del pelinegro una pequeña bolsa de cuero rellena de
algo.
—Es arena —, explicó el ángel—. Enciende fuego, y luego arroja esta arena y el
genio aparecerá en la forma que a él más le convenga. Decide bien, Gerard.
Luego, simplemente, desapareció.
Gerard quedó paralizado con la bolsita de cuero en la mano. El llanto se había
congelado y pudo oír el crujido del colchón detrás de él, en consecuencia al
movimiento de Frank.
—Frank… —susurró entendiendo. — ¡Frank!
Entonces, con las habilidades naturales de un cazador, Frank se incorporó en la
cama y buscó en todas las direcciones hasta que dio con el cuerpo de Gerard.
—Gerard —habló con voz adormecida—, ¿Qué pasa? ¿Por qué estás llorando?
—Necesito que me hables de los Genios, Frank. De esos que cumplen deseos y
viven en lámparas.
—Gerard, ¿qué? ¿De qué hablas?
—Háblame de los genios —pidió acercándose a él—, por favor. Lo necesito.
Frente a frente, Frank pudo notar la cara mojada y los ojos tristes.
No entendía nada, pero por dejar de ver esa cara sería capaz de cualquier cosa. Y si
Gerard de pronto sentía insomnio y quería hablar de benditos demonios, entonces,
que así sea.
—De acuerdo, Gee. Siéntate, cariño.
*
Gerard llega hasta la sala, que es de donde provienen los desesperados gritos.
Presentía que detrás de él venía Frank, pero lo confirmó cuando le escuchó jadear a
su espalda al ver la escena. Su hermano aparentemente dormido, comenzaba a
retorcerse y con ello, la casa comenzaba a temblar. Ray estaba al lado de Ananel, y
el demonio parecía sumido en sus propios pensamientos, sin alejar su mirada del
cuerpo de su hermano, y sin soltar su mano.
Definitivamente, Gerard Way no podría huir de su realidad.
Comenzaba a plantearse seriamente la idea de llamar al genio y terminar con
aquello de una vez.
Pero, ¿cómo terminarlo?
Mikey abrió los ojos, irguió su cuerpo y dejó caer el sofá, todo en el mismo tiempo.
Ananel besó su sien de inmediato, y Mikey miró a Gerard por medio segundo antes
de gritar:
— ¡Lo sabe!
Ananel se apartó e intentó penetrar en su mente, que era un caos. Apenas pudo
entender una mínima parte de todo el asunto, y ésta sólo incluía las mismas dos
palabras.
—Mikey —, dijo Gerard—, ¿de qué estás hablando? ¿Quién sabe? ¿Qué sabe?
Mikey lo miró. Sus ojos oscurecidos, pero sin su aspecto demoníaco.
—Está aquí. Quiere entrar.
Ananel entonces pareció entender al sentir esa inigualable pesadez en el ambiente.
—Tenemos que irnos —dijo finalmente.
—Tendrán que hacerlo sin mí. Tengo que terminar esto.
— ¿Qué hago? —Susurró su siervo.
—Protege a mi familia, Ani.
Su mirada se suaviza, y parece que las expresiones vuelven a su rostro.
Gerard no entiende, Ray analiza, y Frank quisiera gritarles que la cabaña se mueve
como si estuviera a punto de derrumbarse, que tal vez, alguien tenga que hacerse
caso de eso.
No puede poner sellos. Hay dos demonios que quedarían con poderes limitados y
encerrados en la cabaña. No puede exorcizar sin poner la existencia de Mikey o de
Ananel en peligro. Es desesperante tener las manos atadas sin dejar de moverlas.
—No puedo ir, pero tú no serás detectado.
Ananel está a punto de preguntar. Cómo demonios conseguirá hacerlo, pero Mikey
es rápido, y se adelanta a sus pensamientos. Mientras piensa en mantener alejado
a Balam, y que no pondrá un pie dentro de la cabaña, conjura un cuchillo y de un
solo corte perfora la piel y los tejidos de su mano izquierda.
— ¡Mikey! —Grita Gerard, angustiado por la copiosa cantidad de sangre que emana
de la palma de su hermano. Otro escalofrío llega a su cuerpo cuando su hermano
menor lacera la piel del otro demonio y luego junta las palmas.
—Un ritual —, asegura Ray, y Gerard les mira sin dejar a un lado las
preocupaciones.
—Estamos unidos.
—Para siempre, Andras.
Entonces se besan, y Gerard aparta la mirada. La casa deja de moverse y ambos
demonios se separan.
—Cuida a mi familia —, Mikey mira a Gerard—. No sé cuándo dejaré de recordar lo
que he pasado, pero quiero que sepas, antes de que todo se pierda, que te amo.
Que amé mi vida, y que has sido un gran hermano.
— ¿Por qué te despides? —El aire comienza a hacerse denso. Su respiración se
acelera, y su nerviosismo se huele— ¿Por qué me dices esto, como si nunca más
me volvieras a ver?
Gerard no entiende. Pero tampoco quiere entender. Nuevamente está la necesidad
de regresar a New Jersey, maquillar muertos y cuidar de su atolondrado hermano.
¿Sería mucho pedir?
—Tengo que matar a Balam. Ananel —le miró—. Váyanse, nos veremos pronto.
El demonio asintió y ordenó con voz severa a cada uno de los mortales sujetarse de
él. Gerard tomó un trozo de chaqueta de modo ausente. Frank apenas tuvo
oportunidad de gritar que una viga estaba a punto de caerse.
Sintieron otra vez la pérdida de superficie, la falta de aire; y a Gerard se le atoró el
corazón en la garganta. Estaba angustiado, preguntándose si volvería a ver a su
hermano, si el futuro sería como en la película número dos, la tres, o si no viviría
para verlo.
A veces, simplemente morir sonaba más fácil.
A veces, como ahora.
XXIII: Excalibur
Cuando todos se van es más fácil recordar las palabras que lo inspiran.
“El significado de la vida es que toda fuerza postula una resistencia sobre la que
pueda trabajar; toda luz, una sombra como su contraste; toda convexidad, una
concavidad; todo influjo, un receptáculo; todo reinado, un reino; todo soberano, un
pueblo; todo obrero, una materia apta; todo conquistador algo que vencer.”
Entonces piensa que tal vez sea su último día. Como Mikey, Andras, o lo que sea, y
no puede pensar en una mejor forma de pasarlo que en un desierto, y con él. Así
que le llama. Ahora están unidos, y con sólo un pensamiento, Ananel está de pie,
frente a él.
Mikey sonríe y vuelve su mirada al ancho desierto.
—―Sé que Balam hará trampa, así que planeo disfrutar mi posible último día. No
fijamos un horario, pero iré cuando sea noche en las Vegas. Me gusta cómo todo se
ilumina cuando cae la noche en Las Vegas.‖
—Estarás bien. Eres el Rey, Andras.
Mikey lo ha pensado, pero es realmente genial estar unido a Ananel, porque le
entiende sin preocuparse de mover la boca.
—Crees que podríamos —, comienza con la vieja voz. Con la voz tímida de Mikey —
. ¿Hacer el amor aquí? —Siente a Ananel sorprenderse—. Puede ser lo último.
Ananel se acerca y se arrodilla frente a él. Mikey mira esos ojos azules, y realmente
piensa que ser demonio es algo ―correcto‖, por lo menos para él. Se inclina y besa
esos labios tan carnosos y suaves.
Si hoy fuera el último día de tu existencia, ¿qué harías con él?
Ananel lo recuesta y lame su cuello. Mikey se aferra a su espalda y desea que toda
esa ropa desaparezca. Al abrir los ojos encuentra al demonio desnudo, y sonríe.
—Ser demonio es algo tan útil.
Ananel ríe contra su pecho, antes de tomar un pezón y lamerlo. Luego lo muerde y
jala con los dientes. Mikey comienza a gemir de placer.
Sobre ese risco y con la brisa desértica, Andras gasta el posible último día de su
existencia, y no se arrepiente, porque no imagina otra manera para gastarlo.
Ananel mira silenciosamente ese cuerpo desnudo. Mira a ese hombre que tiene los
ojos cerrados y parece disfrutar que el Sol le pegue directamente en la cara.
Piensa en su futuro. Piensa en que pronto caerá la noche en Las Vegas, que Andras
irá y que él tendrá que mirar simplemente.
Intenta no pensar, pero es difícil, porque se siente desesperado, y ahora entiende
más a Gerard y el esfuerzo que hace para intentar salvar a su hermano.
—No —. De pronto, el cuerpo que tan tranquilo se notaba, se ha sentado y ha
abierto los ojos a una velocidad impresionante.
—―Andras.‖
—No, no irán, Ananel. Dile a Gerard que no vaya, y tú tampoco puedes ir —. Los
ojos se oscurecen—. Te ordené que cuidaras a mi familia, y eso es lo único que
debes hacer.
Ananel desvía la mirada. No siente temor, pero tampoco desea hacer enfadar a su
amo. Comienza a pensar en regresar al hotel.
—―Ananel, no. No lo hagas. No…‖
Pero es demasiado tarde. Ananel reaparece en el hotel. En la habitación principal,
donde parece haber una reunión familiar.
Al demonio pelinegro no le interesa si la conversación es importante, interrumpe y
le habla al cazador desagradable que no para de rezar mentalmente.
—Necesito que dibujes un pentagrama.
— ¿Qué? —Frank pregunta.
—Andras no desea que vayamos con él. No me lo permitirá. Necesito un
pentagrama para que no pueda llamarme.
Frank, aunque confundido, quisiera decir que sí, pero todo su equipo se ha perdido
en Alaska, en el derrumbe y borrado por completo por un incendio.
Afortunadamente, Bob es más rápido y dibuja el pentagrama en el suelo, tallándolo
en la madera.
—Eso definitivamente nos costará mucho —, bromea Ray.
Ananel lo ignora. Ignora todo y permanece dentro de la figura.
—Tenemos dos horas antes de que Mikey llegue al hotel Excalibur. —Dice Ananel —
. Me dijo que llegaría cuando se hiciera de noche, porque le gusta ver las luces de
la ciudad.
—Parece que mi hermano no ha ido a Las Vegas en algún tiempo —. Ananel le mira
serio —. La ciudad fue destruida casi por completo. No quedan muchas luces.
—Seguramente fue Balam, luego de que nos escapáramos —. Baja la mirada y
coloca los dedos en su barbilla, como si con el gesto pensara mejor—. No se
preocupen, Balam pondrá luces, nuevamente.
— ¿Qué haremos? —Pregunta Ray.
Todos se miran, pero ninguno atina a responder.
—Supongo que lo primero será tener armamento —, sonríe Bob—. No se va al
infierno sin una buena arma. No sobrevivirán con su buena voluntad y su linda
cara. Tenemos dos horas para bendecir las balas.
—Yo te ayudo —, se ofrece Ray. Ser un cazador práctico estaba bien, pero conocer
la historia de lo que mata, suena más interesante.
Ambos salen de la habitación, no sin dirigirle el rubio ángel caído una mirada muy
significativa a su protegido. Frank desvía la mirada.
— ¿Cómo que ir al infierno?
Gerard mira al apuesto demonio. Su hermano, ¿estaba enamorado de él? ¿Los
demonios podían enamorarse? Y, ¿por qué pensaba en ello en un momento como
este?
— ¿Cómo está Mikey? —Gerard ignora al demonio, pero sin intenciones de hacerlo,
es sólo que, al estarle mirando, ha olvidado la pregunta.
—Bien —, mueve los hombros restándole importancia.
Entonces Ananel se sienta al centro del pentagrama y no vuelve a hablar. Piensa en
Andras, en sus sentimientos como humano, y en lo correcto que se siente estar
junto a él como demonio.
La noche está cálida y libre de nubes. Como cualquier otro día en el centro de las
Vegas, es casi imposible poder ver las estrellas, pero puede mirar las luces de todos
los carteles. Algunas centellan, otras son de colores fosforescentes, y otros,
combinan ambos.
El hotel Excalibur luce su fachada color crema, con enormes y vistosas torres.
Algunas terminan en punta y están pintadas de azul y naranja. El castillo sobresale
de una maleza compuesta por palmeras, principalmente. La iluminación va desde el
suelo al cielo, y luce hermoso.
Andras esconde las manos en los bolsillos y mira.
Hay un ligero resplandor en la torre color oro. Enfoca mejor y observa con algo más
que los ojos. Ahí arriba está Balam, sonriéndole.
Andras cierra los ojos y al abrirlos, se encuentra detrás de la baranda y frente a
Balam, quien llega con un elegante traje color gris, camisa negra y los primeros dos
botones abiertos para recibir la cálida brisa.
—Buenas noches, Andras. Creí que no llegarías.
—Jamás acordamos la hora, Balam.
Andras oscurece su mirada, pero continúa viendo la verde-grisácea del demonio
brillar con infantil intención.
—Has venido solo —, dice como si estuviera sorprendido.
—Más asombro debería darme a mí —. Responde Andras.
—No me gusta pelear con un hermano.
—No eres mi hermano, no estoy tan podrido, Balam.
Ahora sí, los ojos del demonio se han oscurecido. Andras deja salir las alas de su
espalda anticipándose a la pelea. Puede sentir una furia instalarse en su pecho, una
energía que se arremolina lista para salir.
—Quiero proponerte un trato, Andras.
—No me interesa —. Sonríe—. No creas que con esto te librarás de una buena
pelea.
—Tengo mi honor, Andras. Jamás me retiraría de un combate, pero ¿por qué
hacerlo en la Tierra de los mortales, cuando podemos llevar la fiesta a casa?
Andras no responde, cruza los brazos contra su pecho y sus ojos recuperan el color
castaño claro que Mikey posee.
—No te entiendo.
—Vamos al infierno, y ahí resolveremos todo.
—Me estás dando muchas largas, Balam. Me parece que tienes miedo.
—Niñito estúpido, yo no temo de ti. Jamás lo haría.
—Demuéstramelo.
Entonces, esa energía resguardada, salió en forma de una fuerza invisible que
mandó a Balam hasta impactarse contra la baranda de tinte dorado.
—Idiota —. Murmura el demonio y lanza una especie de rayo rojo hacia Andras, que
logra esquivarlo. Balam aprovecha para desaparecer de ahí y reaparecer un piso
más abajo en la torre, con ventanas detrás de él.
En una de esas ventanas comienza a quebrarse el cristal. Pieza por pieza pierde el
último trozo justo cuando Andras lo alcanza.
—Cobarde —, le llama, pero Balam sonríe antes de tirarse hacia la ventana.
No se escucha un golpe o un indicio de haber caído del otro lado. Andras bufa,
porque si quiere terminar con todo el jueguito y seguir con lo que dicta el destino,
lo tendrá que seguir. Y él realmente quiere poner punto final a la historia.
Avanza y pone un pie sobre la estructura de la ventana, luego, Andras se adentra
agachando la cabeza y sintiendo en ese instante una presencia muy conocida. Sin
poder regresar, Andras siente un extraño tirón en el abdomen, justo como cuando
desaparece y pierde la sensación de superficie.
Quisiera poder regañar a Ananel, pero ahora sólo puede esperar que la ventana se
cierre en ese momento y no puedan seguirle.
15 minutos antes.
Gerard levanta el rostro del cuello de Frank y le mira con una sonrisa. Siente como
si estuvieran flotando en un mundo donde los cerdos voladores existen y miles de
mariposas de brillantes colores revolotearan a su alrededor.
Pero, lamentablemente, siempre hay alguien o algo que hace que regreses a la
realidad, donde los cerdos voladores no existen y todo vuelve a ser apestoso, pero
por lo menos, compartido. Esta vez, le regresan a la realidad los contantes golpes
contra la puerta.
—Vamos, recién casados ¡tenemos que irnos! —Se escucha a Bob gritar.
No se toman su tiempo en vestirse. En menos de cinco minutos abren la puerta y
ven a Bob haciendo muecas.
—Apesta a sexo —, dice y se va.
Ellos se miran por unos segundos, y aunque pudiera ser la última conversación que
tuvieran en su vida, prefieren sólo mirarse y no romper el mágico momento.
Conforme avanzan hasta la sala, encuentran a Ray sentado en el sofá frente a la
mesa de centro repleta de armas.
—Tenemos pistolas y balas bendecidas —, dice Toro.
—Tenemos voluntad y somos atractivos —, complementa Bob y sonríe—. Estamos
listos, para ir al infierno.
Entran entonces en la habitación donde Ananel sigue encerrado y en una posición
perfecta para levitar. Al escuchar el alboroto, les mira sorprendido por medio
segundo, pero luego lo entiende. El Sol está a punto de ocultarse, y es momento de
partir.
El demonio de ojos azules mira a los mortales guardar las armas en rincones de su
ropa y su cuerpo. Escucha las risas del ángel caído y puede sentir el temor
emanando del cuerpo del hermano de su amo. Entonces se acerca, y coloca una
mano sobre su hombro izquierdo.
—Está bien tener miedo. Los valientes lo tienen —, le mira—. La valentía no
consiste en no sentir miedo. La valentía implica continuar a pesar del temor.
Ananel le suelta, y Gerard se siente un poco más fuerte. Apoyado.
—Vámonos antes de que Mikey me sienta e intente reprimirme —. Dice haciendo
gestos para que todos se acerquen.
— ¿Sabes el lugar exacto? —Pregunta Ray. Ananel cierra los ojos, suspira y luego
contesta.
—Sí, lo sé.
Entonces llegan aquí. Justo a tiempo para ver a Mikey entrar a la torre a través de
una ventana que comienza a recuperar pedazos de cristal por arte de magia.
—El portal —, susurra Bob—. ¡Entren en el portal!
Él lo hace primero, para poner el ejemplo. Ninguno entiende bien, pero se
adentran. Frank va segundo, luego Gerard; le sigue Ray y al último Ananel, casi a
punto de cortarse con el acumulo de cristales.
Todos sienten el tirón y la pérdida del piso, pero eso no es lo terrible; lo peor es la
caída. Se estampan contra un frío piso de mármol y aunque los últimos tienen
ventaja, por caer sobre sus compañeros, los primeros se han pegado en los brazos
y en la cabeza. Como Bob o Frank.
Gerard cae sobre Frank, y éste gime, pero abraza al mayor tratando de esconder la
cara de dolor en el cuello del otro.
—No sé si tenga que recordárselos —, dijo Nathaniel ya en pie—, pero esto es el
infierno, princesitas, las cosas aquí son diferentes.
—Mi madre siempre me decía que el infierno era lo que tú quisieras que fuera —.
Respondió Ray—. Hasta hace poco, para mí el infierno era una metáfora la cual
incluía mujeres hermosas y yo, estar frente a ellas sin ambos brazos.
—Eso es ridículo —. Ananel finalmente hace su aparición.
—Como sea —, continúa el ángel caído—. El plan es, tratar de sobrevivir y luego
veremos cómo regresar.
— ¿A qué te refieres? —Dice Gerard, quien se ha puesto de pie y le ha tendido la
mano derecha a Frank luego de susurrar un ―Lo siento‖ por haber caído sobre él.
—Bueno, la verdad es que no sé cómo tres mortales podrán salir del infierno —,
asegura mirándolos preocupado—. Ni siquiera un demonio puede salir a voluntad
propia. Tiene que, obligatoriamente, ser invocado por alguien de allá arriba. Y si
ese demonio tiene seguidores, los puede llamar y así salen. Pero, bueno…
—Eso no importa ahora —, interrumpe Frank—. Lo primero es mantenernos con
vida y evitar que Balam dañe a Mikey.
Gerard le mira, y no puede evitar querer sonreír, no le importa que estén en el
infierno o lo surrealista que resulta el hecho.
—De acuerdo —. Dice Ray—. ¿Cuál es el plan? ¿Las armas mortales funcionan en el
inferno?
—Estás en el infierno, cazador; no en el espacio —. Nathaniel sonríe y de pronto
siente como un relámpago en su cabeza. Ha llegado una idea —. Tengo una idea —,
mira hacia Ananel—. Zagán.
— ¿Zagán? —Repite.
— ¡Claro! Zagán está lejos del conflicto. Él de hecho apoya la idea de que el
heredero llegue. Si le informamos la situación, probablemente tengamos su apoyo.
— ¿No se habrá dado cuenta ya de la presencia de Andras? —Pregunta Frank.
—Frankie, no sé si lo imagines, pero el infierno es enorme. Lleno de ciudades y
demonios y almas condenadas y gritos todo el tiempo.
—De acuerdo —, continúa Ananel—. Informamos a Zagán. Tú y cualquiera de los
cazadores vayan a buscarle. Yo y los otros dos iremos por Mikey.
—Sabes que lo único que puede destruir a un demonio, además de un exorcismo es
la daga de Paimón —. Dice Nathaniel.
—Lo sé. Y sé que Balam la tiene… —Reconoce bajando la cabeza.
—Yo iré —, dijo Gerard decidido mirando a Ananel que levantó la mirada y Gerard
pudo verse reflejado en ese par de ojos azules. En un instante, Frank decía que él
también les acompañaba, por lo que Ray tendría que hacer la travesía junto a
Nathaniel.
—Entonces —, dijo el ángel caído—. Sugiero que nos vayamos de aquí. No vayan a
venir ―vigilantes‖.
Todos asintieron y se dispusieron a tomar un rumbo, dirigidos por los demonios.
El lugar era un largo pasillo con paredes en color perla y muchas puertas de
madera oscura. Era como un largo pasillo elegante de alguna mansión. No había
sonidos, ni viento. Sólo era un largo pasillo que no parecía tener fin.
Ananel los condujo por todo el pasillo. A Gerard le figuraron horas lo que tuvo que
caminar para encontrar una esquina y un… ¿Elevador?
—Puedo sentir a Mikey —. Dijo Ananel—. Están abajo, donde los favoritos están.
Resulta que el elevador no era elevador. De hecho, era nada, porque atravesaron lo
que parecía ser una puerta de metal como si fuesen fantasmas, pero al hacerlo,
Gerard pudo ver una larga fila de escalones construidos en piedra. Los escalones
eran muy cortos y la escalera en sí, muy delgada, pero atrapada entre dos altas
paredes de piedra, como las que posee el risco de cualquier playa.
Al dar el primer paso sobre el risco, Ananel se giró hacia ellos.
—No creo que puedan utilizar sellos en este lugar, pero espero que pueda servir,
por lo menos para su protección. Lamento lo de tu mochila, cazador.
Ananel entonces le dio una tiza a cada uno de color negro. Frank sonrió y asintió y
el demonio giró entonces, para continuar el camino.
— ¿Mochila? —Gerard susurró, detrás de Frank.
—No te había dicho, pero olvidé mi mochila en Alaska, pero al regresar a buscarla
vi hecho cenizas el lugar, gracias a Balam. Perdí todo. Mis libros, los conjuros… —
Suspiró.
—Lo siento, Frank.
—Mi vida estaba en esa mochila —, asegura.
—No —, Gerard niega con la cabeza—. Tu vida está aquí, ahora. Conmigo. Y te juro
que me muero de miedo, Frank.
—Lo sé, amor —, le toma la mano—. Yo también lo estoy, pero estaremos juntos,
¿sí? Hasta el final.
Gerard le sonríe y aunque quisiera responder, Ananel regresa unos pasos y reclama
en voz baja:
— ¡Ustedes dos son repulsivos! Ahora, muevan sus melosos traseros.
Frankie suelta una risita y comienza a bajar los escalones con los dedos
entrelazados con los de Gerard. Y entonces, por un momento, Gerard no siente las
rodillas temblar ni los dientes impactándose unos con otros.
No parece ser el infierno.
Y sabe que eso es porque Frank está a su lado.
Una nueva bola de energía hizo a Balam volar por los aires hasta estamparse con
una roca. Se escuchó perfectamente el tronar de sus huesos y gruñó. No de dolor,
sino de rabia.
—Bueno, ¿ya te has cansado de escapar de mí, Balam?
—Idiota —, murmura gruñendo. No se puede poner de pie, pero al menos ha
conseguido llevarlo al lugar adecuado.
Andras lo ha seguido desde que cayeron sobre un piso de mármol hacia ese lugar
que en un principio estaba llena de gritos y figuras oscuras que parecían retorcerse
de dolor. Al principio, había lava bajo los pies de las figuras y del lugar emanaba
vapor. Ahora, las almas se han ido por orden de Balam y la lava ha desaparecido
para dar lugar a tierra yerma. Y el calor se ha extinguido, para ya no sentir ni una
brisa de cualquier temperatura.
— ¿Y qué harás cuando me mates, pequeño Andras? Ni siquiera recuerdas quién
eres, ni lo que tienes que hacer —, sonríe, lamiendo la comisura de sus labios y
mirándolo desde su posición inclinado contra la roca—. No tienes idea.
—Bueno, soy un hombre muy curioso. Entre más rápido te mate, más pronto sabré
lo que haré —, dijo, con la seguridad característica y el cinismo de Andras.
—Lamento no dejártelo tan fácil. Ahora que estamos en casa, me puedo quitar el
disfraz.
Andras no entiende en primera instancia, pero de pronto todo se vuelve claro
cuando Balam se retuerce, grita y toma su forma demoníaca.
Balam se ha convertido en una criatura de tres cabezas; la de la derecha es un
toro, la de en medio el hombre ya conocido y a la izquierda, un carnero. El cuerpo,
era el de un toro negro.
—Oh, sí que eres feo, Balam.
Balam soltó una carcajada y Andras vio a sus cabezas animales agitarse como si
estuvieran felices.
—Falta una sorpresa, hermanito —. Enfatizó con sarcasmo la última palabra.
Balam soltó un rugido con su cabeza de toro y Andras arrojó un rayo sobre el
cuerpo de la criatura.
— ¡Idiota!
—No me gustan las sorpresas.
Mikey giró la muñeca y mandó a Balam de nuevo al suelo. La criatura comenzó a
retorcerse, sintiendo como si algo le aplastara más el pecho a medida que Andras
seguía girando su muñeca.
Afortunadamente, apareció un hombre con alas grises y una serpiente negra
enredada en su brazo izquierdo. Los ojos le brillaban de color azul-grisáceo y el
cabello era rubio cenizo.
Andras dio tres pasos atrás y dejó ir a Balam cuando sintió una corriente eléctrica
atacando su cuerpo. La serpiente en el brazo del hombre había levantado la cabeza
y ahora siseaba, mostrando sus dorados ojos.
— ¡Lo sabía! —Exclamó tratando de parecer poco preocupado, aunque el dolor en
su cuerpo fuera intenso —. No puedes jugar solo, ¿cierto Balam?
La criatura se recuperó y se puso al lado del ángel de alas grises.
—Él es Astaroth —, dijo Balam—. Otro de tus hermanos contentísimo de verte.
Astaroth sonrió. El hombre estaba desnudo a excepción por una larga tela blanca
amarrada en su cintura y que caía hasta los pies.
—Encantado, Andras —, dijo Astaroth y Andras pudo ver una daga dorada en su
mano derecha.
Andras no sabía qué hacer, estaba nervioso, pero cerró todos sus pensamientos y
les mantuvo la mirada a ambos demonios.
Mikey temblaba de miedo, esperando, que si ése era el final, por lo menos fuera
una muerte rápida.
—Entonces, quitémonos el disfraz.
Andras extendió las alas y sus ojos se oscurecieron.
Oficialmente, la batalla por el trono del infierno había empezado.
Nathaniel lo dirige hacia una puerta que atraviesan como los mejores fantasmas.
Ray no sabe cómo ha reconocido por dónde ir si todo parece exactamente igual y
no hay ni un pequeño letrero. Tampoco sabe por qué puede atravesar la puerta,
aunque la idea de estar muerto se le figura lógica desde ese punto.
Caminan entonces por un oscuro pasillo. Ray detrás del ángel caído.
— ¿Cómo es que pudimos entrar al infierno? —Pregunta el cazador, intranquilo —.
¿Estamos vivos, muertos? ¿Cómo podemos respirar en el Infierno?
El rubio no responde, sólo sigue caminando.
— ¿Cómo sabes que es por aquí? —. Nuevamente, Ray recibe silencio—. ¿Quién es
Zagán y por qué ayudaría?
—Tú, ¿quieres que nos descubran? —Dijo Bob finalmente. Obviamente enojado.
—Sólo quiero hacer el oscuro camino más ameno. Puede que para ti sea común,
pero ¿sabes? Nunca he estado en el infierno y hago un gran esfuerzo por controlar
mi cuerpo. Siento que me dará un infarto.
Bob entonces lanzó un gran suspiro y se detuvo, haciendo que Ray chocara contra
él. El cazador tenía razón. Era lógico que estuviera asustado, porque no muchos
mortales solían llegar; tal vez no fuera momento de mencionar eso, ni que ninguno
pudo salir. Después de todo, Nathaniel era ―nuevo‖.
—Te he dicho que esto no es el espacio. Es sólo el infierno —, responde volviendo a
caminar—. Realmente, con un portal es fácil entrar. Pero es cierto que no todos
sobreviven lo que ustedes llevan aquí. Es un sitio especial que sólo permite
continuar a quienes demuestren merecerlo.
Ray no entendió la respuesta, pero era más de lo que el demonio había dicho en
una caminata que parecía nunca terminaría.
—Zagán era uno de los generales de Paimón. Sé que lo encontraremos al salir de
este túnel, porque nos llevará a la zona central del infierno —. El rubio no escucha
más preguntas, sólo el sonido del respirar en Ray—. Verás, el infierno tiene cuatro
zonas importantes, supervisadas por los cuatro generales. La primera zona es ―el
pasillo‖, que es donde caímos y es vigilada por Balam. Está el ―sótano‖ que controla
Astaroth. Luego, el centro del infierno, vigilada por Zagán y la periferia en la que se
encontraba a cargo Berith. Berith fue destruido cuando intentó rebelarse en contra
de Balam y Astaroth luego de la muerte del rey. Zagán es el único que se ha
mantenido al margen y espera la llegada del heredero.
—Parece que el infierno tiene un buen esquema organizacional.
—Paimón era un buen estratega —, responde con simpleza—. Incluso impuso la
―limpieza‖ cada cien años. Que significa eliminar almas cada centuria.
—Pero, ¿por qué?
— ¿Tienes una idea de la cantidad de almas que pueden reunirse en 100 años?
Incluso creo que la limpieza debería ser en un período más corto. Sólo dejaba a
aquellos cuyas acciones fueran exageradamente crueles en vida, para seguir
atormentándolos —. Ray puede escuchar cómo el rubio suspira—. Solía
preguntarme por qué los demonios torturaban a almas que habían sido crueles. Yo
pensaba que deberían de agradarles por eso, pero hay tanta maldad en este lugar…
no hay agrado. Por nada. Disfrutan hacer sufrir.
—Por Dios —. Murmura Ray. ¿Quién iba a creer que el infierno tuviera tantas reglas
disciplinarias y una política interna tan especial?
— ¿Sabes rezar, Ray?
—Sí.
—Bueno, te aconsejo que no lo hagas aquí —. Nathaniel habla, justo cuando
empieza a ver una luz —. Yo lo tuve que aprender de la manera cruel. Además, él
no puede hacer mucho por nosotros.
—Un ángel pierde la fe —. Dice Ray mirando un rayo rojizo a pocos metros de ellos.
Parecía la salida, y con ello y la posibilidad de ver por dónde caminaba, se sentía
más cómodo —. ¿Cuándo fue?
—Siempre pensé que me rescataría. Que me perdonaría porque mis intenciones
eran buenas. Porque era un buen hijo, y porque me amaba, pero… creo que, sólo
me decepcionó.
—Un mismo día, mi padre y el tipo que más odiaba en el colegio me hirieron. El tipo
luego habló conmigo y dijo que todo había sido culpa de sus amigos —. Ray se
detiene—. Y yo lo perdoné. A mi papá, jamás lo perdoné.
>> Supongo que siempre será más fácil perdonar a las personas de las que no
esperamos nada. Cuando amamos, esperamos tanto de la otra persona, que uno se
decepciona más fácil, ¿no? Pero es una maldita estupidez.
Nathaniel no responde.
Ray no vuelve a preguntar. En pocos pasos están frente a una enorme torra oscura,
rodeada por una cerca de espinas.
—Tenemos dos opciones. Cruzar el camino de espinas, o hacer un gran alboroto
para que algún demonio nos descubra, con la posibilidad de que nos lleve ante
Zagán o nos mate por puro placer. Toro, ¿qué eliges?
—Dicen que el que no arriesga no gana. Además, mi piel es demasiado sensible —.
Ray sonríe. Encuentra divertido y retorcido estar ahí, en el infierno, jugar con su
vida. Apostarla.
Los niveles de adrenalina se elevan, y Ray Toro siente que su trabajo es el mejor
del mundo.
— ¡Ya llegué demonios estúpidos!
Y lo divertido empezó.
Ananel tuvo que alejarse un poco, pues había energía, rayos y fuegos por todas
partes. La nieve seguía cayendo y parecía que los copos se deshacían en el aire.
Una neblina marfil comenzaba a rodearlos.
Andras apretaba la mandíbula, Balam se retorcía en el suelo, y Astaroth prefería
enfrentar la situación desde las alturas. Abrió las alas y desde las alturas la
serpiente abrió la boca, sacó la lengua y de sus colmillos dejó caer el veneno que se
convirtió en fuego penetrando en su cuerpo.
Ananel se sentía inútil. Sus poderes no se podían comparar en nada a lo que los
generales mostraban, pero Andras necesitaba toda la ayuda posible.
Sí, Andras.
De Mikey, ya no quedaba casi nada, pero lo necesario para que el demonio perdiera
la concentración y no supiera qué hacer. La suficiente parte humana para seguir
teniendo piedad y para no recordar por completo.
Ananel temía. Andras tenía que dominar ese cuerpo, pero bien sabía que cuando lo
hiciera, Mikey, desaparecería para siempre, porque la oscuridad de un príncipe, no
puede compartir espacio con un alma tan buena como la de Mikey.
No desea que ocurra, pero es la única forma que tendrá de ganar. Deberá actuar
como en Washington cuando derrotó a Barkai con tan sólo un pensamiento. Tiene
que enfurecer.
Tiene que ser un demonio por completo.
Ananel miró a Mikey regresar el golpe a Astaroth haciéndolo caer a la nevada
superficie.
Tan embelesado estaba que no notó cuándo Balam se había puesto de pie y había
ido hasta la escalera. Pero se dio cuenta, cuando un hombre fuera lanzado hacia el
otro extremo del lugar.
— ¡Frank! —Gritó Gerard y salió del escondite.
Todo se estaba volviendo muy caótico.
Incluso, para el infierno.
Momentos antes…
Llegaron al final de la escalera y Ananel cerró los ojos concentrándose. Andras
estaba sorprendido, pero mentalmente lo regañaba por el hecho de haber acudido
al infierno. Ananel cerró su mente. No deseaba que Andras supiera acerca de la
presencia de los humanos. Sólo deseaba saber qué estaba pasando sin arriesgarse
a ser descubierto asomando la cabeza.
Podía ver la situación a través de los ojos de Mikey, y murmuró un apagado ―no se
muevan‖ a los hombres antes de hacer aparecer un dardo en su mano y lanzarlo al
aire.
Gerard contuvo la respiración al oír otro gemido doloroso y Frank aferró con mayor
fuerza su mano. Los dedos crujieron, pero esa fuerza era lo único que aliviaba la
angustia y el miedo.
Frank escuchaba explosiones, gritos y jadeos. Con una mano entre la de Gerard y
la otra acariciando la tiza que Ananel les había dado. Sentía sus dedos manchados,
como si no se trata de un gis normal.
Entonces Frank lo entendió y admiró la inteligencia del demonio.
—Gee —, susurró.
El de ojos verdes apenas le miró sintiendo cómo su quijada temblaba levemente.
—Tengo una idea.
Entonces soltó la mano de su amante y se dirigió a su ropa, intentando elevarla.
—Frank —, murmura sonrojado—. No es momento…
—Gerard, lo que nos dio Ananel permite dibujar sobre la piel. Déjame dibujar el
pentagrama de salomón sobre ti para protección.
Entonces Gerard entendió y quedó más tranquilo, ayudando a detener su ropa para
que Frank pudiera dibujar.
—Frank, yo no sé hacer el pentagrama —. Dijo. Pero no hubo respuesta en todo el
tiempo que pasó el cazador dibujando sobre su espalda. Antes de terminar, ambos
sintieron una helada brisa y vieron caer copos de nieve.
—Estaremos bien, amor.
Entonces bajó la ropa de Gerard y volvió a tomarle la mano. Le resultaba difícil
resguardarse tras una muralla sin poder moverse o mirar por lo menos la situación.
Pero no tuvo que arriesgarse a ser visto, alguien llegó hasta ellos.
No era un alguien, era un algo. Un ser de tres cabezas que provocó que los dedos
de Frank crujieran a causa de la presión ejercida por Gerard.
—Hola, humanos —, sonrió la criatura. En concreto, la cabeza humana, las otras
dos bufaron.
Frank tuvo un reflejo inconsciente, y extrayéndola de su chaqueta, disparó el arma
con balas bendecidas. El impacto dio en el pecho del demonio, quien gimió de
dolor. Ambos pudieron ver cómo escocía la herida.
Pero antes de atinar otro disparo, el demonio le hizo volar por los aires. Y cuando
intentó hacerlo con Gerard, algo lo detuvo.
—Tienes protección, mortal…
Gerard sentía que el corazón se detendría en cualquier momento. No era normal
sentirlo golpeando dentro de su pecho como si fuera un puño. Quería gritar, llorar y
ser valiente. Todo al mismo tiempo. Sin embargo, no alcanzó a realizar ninguna de
sus opciones, el demonio se desvaneció frente a él en un segundo.
Frank fue educado bajo la doctrina cristiana. La cual incluye una dosis ferviente de
fe en situaciones adversas y cotidianas. Con tales antecedentes podríamos suponer
que estar contra la pared de piedra no supone tanta angustia, porque siempre tiene
fe. No debería importar que Ananel sea sujetado por el cuello y ese demonio
enorme quiera morderle en la yugular. Tampoco debería representar sufrimiento
ver a Gerard rodeado por cinco demonios, a Bob tirado por el dolor de latigazos
contra su piel. Ni siquiera debería importarle el llanto de Ray, porque siempre hay
esperanza.
Pero no puede. No hay fe o rezo que valga que le haga olvidarse de su dolor, de la
zozobra y la impotencia que siente por verles sufrir; por saberse en el infierno y por
no haberle besado una última vez…
Y fue en ese momento, en que Mikey Way descubrió que los súper héroes podían
hacer más que sólo luchar contra dragones.
*
Gerard sentía una opresión en su pecho, y un extraño humo sofocante dentro de su
cabeza. No entendía.
Gerard Way entendía una mierda de toda la situación. El infierno, los demonios y
todos los otros fantasmas. Lo único que Gerard Way comprendía era la situación
actual. La situación que incluía a sus amigos sometidos por demonios, a su
hermano menor siendo torturado por una horrible serpiente negra y a él, rodeado
por hombres de miradas oscuras y peores intenciones.
Tal vez fuera en ese momento la ocasión perfecta para que uno de esos héroes de
brillante armadura, con los que su hermano soñaba, hiciera su aparición.
Tal vez, era hora que el bien triunfara. «Pero, ¿qué bien triunfa estando en el
infierno?».
—Hemos tenido bastantes contratiempos —. Aseguró Astaroth sosteniendo la daga
apenas con el dedo índice.
Nuevamente, dos demonios encajaban sus garras en el pecho de Mikey, quien
miraba al demonio de ojos grises tratando de ocultar el temor con toda la elegancia
que Andras podía reunir.
—Es hora que terminemos con todo.
Gerard lo veía todo como si fuera cámara lenta. A Astaroth sonreír de medio lado, a
la serpiente sisear mientras abría la boca en un gesto amenazante y al brazo que
se elevó para direccionar la daga.
Pero…
— ¡No!
Ananel logró soltarse de sus captores y lanzar apenas un dardo dentro de la boca
de la serpiente antes de que un nuevo golpe le lanzara contra la pared de roca y
emanara sangre de entre sus labios y nariz.
—Andras… —susurró—. Despierta, Andras. No tengas miedo. ¡Yo estaré aquí,
Mikey!
Los ojos negros de Andras miraron a Ananel justo antes de que éste recibiera otro
golpe por un puño invisible en el rostro. El demonio de ojos azules apenas pudo
mover los labios para susurrar dos palabras que descolocaron por completo al
heredero.
―Te amo‖, pronunció Ananel antes de gemir por un nuevo golpe.
Y algo comenzó a burbujear en su interior. Una furia que pugnaba por salir. Un
fuego intenso que se apagaba casi al instante.
Era obvia la lucha interna cuando el heredero bajó la cabeza derrotado.
Astaroth sonrió, era su oportunidad.
Con el pequeño demonio inconsciente y los humanos demasiado asustados.
La situación estaba tan controlada que Astaroth se permitiría jugar.
Ordenó al par de demonios soltar al heredero, que de rodillas, cayó dejando su
frente contra el suelo.
—Pobre Andras —, dice con voz maliciosa—. Nuestro dulce príncipe no es más que
un gusano. Un pobre híbrido perdido con un patético grupo de gusanos —. Astaroth
sonríe—. Lo bueno, mi querido príncipe, es que podemos jugar un poco.
Entonces la serpiente desapareció y Astaroth con un movimiento de mano dejó que
el cuerpo de Mikey se estampara de cara contra la tierra yerma. Su nariz se aplastó
de una forma desagradable y líquido rojo se derramó.
Moviendo la mano con descuido, el cuerpo de su hermano menor se estampaba una
y otra vez con el suelo, en diferentes posiciones.
Gerard sintió nuevamente ese humo dentro de su cabeza, y ese ardor en su
garganta, pero calló y al final, sólo dejó salir sus sentimiento en forma de lágrimas
gruesas y constantes.
— ¡Vamos, Andras, despierta! ¡Eres el príncipe! ¡Andras! —Gritó un rubio demonio
antes de ser golpeado hasta la consciencia.
—Déjalo salir —, dijo Ray con lágrimas saliendo de sus colorados ojos —. Mikey,
¡déjalo salir! Es lo mejor, ¡tienes que ayudarnos!
—¡¡No!! —Gritó Mikey con la cara en el suelo. Las alas desaparecieron y el aspecto
de chico despistado regresaba —. No puedo —, terminó susurrando.
—Ayúdanos —, respondió Toro en el mismo volumen.
Fueron unos segundos en que la cabeza de Mike pudo girar un momento para ver el
panorama. Su hermano, su amigos… Ananel…
Todos sufriendo. Todos asustados.
Él inconsciente…
—No —. Volvió a susurrar —. No puedo. No debo. Esa oscuridad… no puedo dejar
que esa oscuridad vuelva a mí.
Astaroth soltó una fuerte carcajada.
—Vaya, vaya —, sonrió—. El gran heredero, dominado por un mortal —. Astaroth
se hincó al lado de la cara desfigurada y llena de sangre del heredero —. ¿Y no se
suponía que Mikey estaba muerto? ¿A qué le temes, Andras? ¿Por qué sigues
usando la máscara?
La mirada grisácea se oscureció y sobre el brazo del demonio volvió a aparecer la
mamba negra con amenazante gesto.
—Pero bueno. Basta de juegos, Andras.
Tanto Gerard como Mikey soltaron un suave gemido ante tal aclaración, mientras
que el resto de los demonios sonrió con satisfacción.
El brillante mango dorado resplandeció por sobre la cabeza de su resignado
hermano. Su hermano cubierto de sangre, tierra, sudor y obvias fracturas. Su
hermano…
«Realmente… ¿qué fracción de ese cuerpo es de mi hermano?».
Nuevamente el tiempo parecía congelarse en pequeñas fracciones en donde Gerard
sintió todos los músculos tensarse al mismo tiempo cuando vio esa daga descender.
Apenas a un centímetro del cabello de su hermano, algo hizo explosión.
El humo se disipó y lo cubrió todo. El fuego le abrasó y la rabia escapó de su cuerpo
en un desgarrador grito y en una sobrenatural e invisible fuerza que empujó a los
demonios lejos de él e hizo volar la daga que Astaroth tan celosamente aferraba.
Frank siendo hombre de fe, sólo pudo cerrar los ojos, volviendo a creer en los
milagros.
*
—Gee...
Un parpadeo, pero siguió roncando.
—Gee… —, volvió a susurrar aferrado a su pijama y a la idea de que su hermano le
ayudaría.
Esta vez, hubo un movimiento y apenas los párpados dejaron ver esos ojos verdes
que le transmitían tanta seguridad.
—Mikey —, murmuró adormilado mientras buscaba la sonrisa que cada día le
dedicaba.
—Gee —, susurró nuevamente.
—Las pesadillas, ¿han regresado?
El pequeño asintió con la cabeza.
—Ven —. La sonrisa fue más sincera. Más auténtica. Más Gerard.
Y con esa sonrisa como invitación, Mikey ingresó en la seguridad de las mantas
azules de la cama de su hermano mayor, y con un suspiró se hundió en la
almohada. Ya no pudo ver la sonrisa del otro, pero sentía el gesto. Mikey siempre lo
sentía y lo amaba. Amaba esa sonrisa y todo lo que representaba, porque para un
pequeño niño de siete con sueños recurrentes de oscuridad, gritos y cabezas de
cabra, no había mejor consuelo que esa sonrisa cada día en cada momento.
Gerard miró a su hermano por unos minutos antes de dormir. Ese niño era su
responsabilidad. Era su hermanito, lo sería por siempre y cumpliría con su deber.
Gerard había decidido cuidarlo, para siempre.
—Yo no entiendo, Mikey —. Continuó. Aún con las manos intentando tocar su cara,
y Mikey, aún llorando con una larga lista de heridas por toda la cara —. No sé qué
es lo que pasa. Me tiemblan las rodillas, sólo quiero pensar que esta es una
pesadilla y de un momento a otro despertaremos en nuestra casa, con mamá y con
papá… pero… parece tan real…
Gerard aleja su mirada de la de su hermano, para ver un momento a Frank. En sus
ojos se transmite el dolor y un gemido se ahoga en su garganta antes de continuar
hablando.
—No entiendo de qué hablan, Mikey. Ya no sé si eres Mikey, ya no sé quién es
Andras, ya no entiendo nada. Pero dicen que todo estará bien si Andras despierta.
—No puedo permitirlo, Gee… Andras… no quiero irme —. Mikey apenas puede
hablar. Interrumpido por sollozos y lágrimas que cortan la respiración —. Quiero ser
siempre tu Mikey.
Gerard asintió con la cabeza. Astaroth los miraba receloso, pero sin atreverse a
acercarse, del otro lado, Ray continuaba mirando hacia un punto específico fuera
del cuadro. Ausente y como si no pudiera salir del shock.
Estaban en el infierno, ¡y cuán difícil es de asimilarlo! No iban a salir. Iban a morir,
y ni siquiera se habían despedido de las puestas de Sol que jamás volverían a ver.
—Tienes que ayudarnos, Mikey —. Dijo Gerard —. Por favor… por favor…
Y las manos cayeron, así como las gruesas lágrimas que recorrían sus mejillas y
caían estrepitosas sobre el suelo árido. Una a una, Mikey siguió su recorrido, y la
sonrisa que tantas veces le había consolado, en esa ocasión, sabía, no podría
dejarse ver.
— ¿Cómo?
— ¡No lo sé! —Exclamó desesperado—. No lo sé, pero ellos dicen que es tu destino.
Que tú estás destinado a gobernar aquí, ¡a matarlos a todos! Yo… —suspira. Trata
de relajarse. Intenta que la pasión y el miedo no se desborden y le impidan hablar
con claridad. Intenta que el entendimiento no sea rebasado por los impulsos y que
el mensaje sea tan claro que logre una diferencia. — Yo acepto tu destino, Mikey.
No pregunto por qué, simplemente lo acepto, y te apoyo, y a pesar de todo, a
pesar de que Andras despierte y te olvides de mí, eso no importará, porque te
seguiré amando; te lo prometí, y me lo prometí. Vamos a pasar por esto. Estoy
aquí por ti. Todos lo estamos, pero ahora, necesitamos un poco de ayuda.
>> No puedes permitir que estos estúpidos ganen, Mikey. Tú eres mucho mejor. Tú
eres el mejor… el caballero de brillante armadura.
Y hubo un pequeño gesto que se asomaba entre el triste, derrotado y sombrío. Un
ligero movimiento de labios previo a lo que se conoce como sonrisa.
Ahí estaba Gerard Way, salvando el mundo.
Y era hora, de dejar actuar al destino.
*
Ananel parpadeó un par de veces antes de poder abrir los ojos.
Algo había pasado, porque no sentía la presencia de sus atacantes, y porque un
viendo gélido cubría el lugar.
La ensoñación desapareció al ver que uno a uno los demonios se hacían polvo.
Entonces tuvo algo de conciencia, y se fijó en Mikey.
Ananel ahogó un suspiro de sorpresa.
Mikey… se había ido.
Andras se posó frente al mortal y elevó su mano, listo para estrujar el órgano vital
que bombea sangre. Listo para obtener una nueva alma. Debería haberlo hecho ya,
pero su mano no se mueve, y su negra mirada no puede dejar de ver las facciones
de ese hombre.
Hay un martilleo en su cabeza, algo como un escalofrío que le impide matarlo.
« ¿Por qué? ». Es un mortal, y es lo que los mortales merecen. ¿Qué hace de
cualquier manera en el infierno?
« ¡Demonios! Si tan sólo este martilleo pudiera desaparecer… ».
—Andras.
El demonio giró la cabeza ante el llamado. Frente a él, lo único que al parecer no
había olvidado, por lo que de una siniestra manera, sonrió de medio lado.
—Ani.
Entonces al pelinegro se le olvidó el primer objetivo y sólo tomó el demoníaco
rostro para besarle con la pasión y la desesperación adecuada al momento.
Sus labios colisionaron y las lenguas se reconocieron al instante.
Se separaron con lentitud, justo cuando Gerard comenzaba a reaccionar y como
instinto, Andras tuvo que elevar su mano.
—No —, dijo Ananel sosteniéndole la muñeca —. No —. Repitió y Andras le miró con
curiosidad.
—Mikey —. Gerard susurró con voz ronca.
—No —, respondió Ananel—. No más Mikey.
—Andras —, dijo entonces y Ananel asintió.
— ¿Qué haces aquí, humano? —La voz profunda de Andras hizo a Gerard temblar, y
su mirada oscura consiguió que un par de lágrimas salieran disparadas recorriendo
el conocido camino —. ¿Debería matarte?
Entonces Andras escuchó algo a sus espaldas, y sin preguntar, dirigió el cuerpo de
Ray Toro contra las rocas haciendo que perdiera la consciencia.
— ¡No! —Gritó Gerard, consiguiendo la atención nuevamente del jefe del infierno.
—Sólo… queremos salir.
— ¿A qué viniste, mortal?
Gerard le miró. El rostro mojado, aterrado y la sonrisa tierna nuevamente.
A Andras otro escalofrío le recorrió.
—No importa. Sólo… ayúdanos, por favor.
Andras sintió el apretón que la mano de Ananel hizo contra su hombro y lo miró,
porque el demonio le mostraba la escena. Los mortales que sangraban
inconscientes al otro lado del recinto.
—Y había un demonio de última categoría —, aseguró Ananel — ¿Qué…?
Se detuvo y miró unos instantes al demonio de alas negras.
—Los destruiste a todos… —aseguró. Andras sólo elevó los hombros.
—Maldición.
—Bob —, habló Gerard e intentó ponerse de pie. Ananel le sostuvo antes de que se
impactara nuevamente contra el suelo.
—Gerard, no fue su intención. El golpe fue dirigido a todos los demonios, yo… Lo
siento tanto.
Los baños del hospital no eran muy limpios, pero servían para mojarse la cara y el
cabello en un intento por permanecer consciente. Para ello también usaba la
máquina como un desesperado. El café era malo y los vasos de papel se deshacían
constantemente, pero en una situación así, estaba seguro que podría comer los
granos de café a mordidas.
No quiere mirar el reloj. No le importa si han pasado dos, tres días o sólo cuatro
horas. No importa nada, hasta que ve al doctor canoso y de bigote acercarse a él.
Empieza con explicaciones, términos médicos, y Gerard sabe que eso es
importante, pero se pierde luego de las dos palabras: ―puede verlo‖.
Y ya no interesa otro dato, porque ahora le mira, dormido y con muchos aparatos
haciendo ruido a su alrededor. Con varios tubos penetrando su cuerpo y olor a
desinfectante cubriendo el lugar.
Para Gerard, es como volver a respirar sin esa pesadez cargada en sus hombros.
Ahí está Frank, conectado a máquinas con ayuda de tubos, pero ahí está, frente a
él. Entonces se deja caer en la silla y su cabeza la une a la mano pálida del
cazador, cierra los ojos y deja que su cansado cuerpo se pierda en un mundo de
inconsciencia.
—Sólo unos minutos —, murmura antes de caer profundamente dormido.
El lugar se parecía mucho a su hogar, sólo que sin el cuadro del gato de ojos
grandes y la colección de figuras de su madre.
No encontró a Frank, pero Andras llegó tras de él para empezar a hablar, con la
actitud socarrona, los gestos sarcásticos y la voz cínica de característica demoníaca.
—Está en la habitación durmiendo.
— ¿Cómo lo voy a saber?
—Muy listo —, sonrió—. Tendrás que confiar en mí, y para que veas mi buena
voluntad, te traigo un regalo.
Otro chasquido de dedos y Ray Toro aterrizaba sobre el sofá.
—Dos por uno —, agregó Andras —. No conseguirás una oferta mejor. Atenderás tu
negocio familiar y serás muy feliz.
Gerard le miraba de forma analítica. Le dolían las mejillas y los ojos le ardían de
tanto llorar, pero intentaba mantenerse firme.
— ¿Cómo sabes del negocio familiar? ¿Por qué hiciste una réplica de nuestra casa?
Andras abrió los ojos con sorpresa y evitó la mirada verde de Gerard.
—Andras, ¿cómo sabes todo esto?
Al demonio no le quedó más que dejarse caer sobre un sofá y suspirar abatido.
—Es la última vez que hablaremos, Gerard Way, así que, deberá valer la pena.
Gerard asintió en silencio, sentándose sobre la mesa de centro. Su madre lo
odiaba, pero era una situación extrema.
—Dime.
—Mikey tenía que desaparecer para que yo pudiera existir por completo —. Andras
se detuvo, como si buscara las palabras adecuadas para continuar explicando—. Y
así lo hizo, de repente se fue y yo renací, y todos mis recuerdos destinados
llegaron, pero tú abriste los ojos y tus ojos… me llevaron a un lugar que no conocía.
Que no debería estar ahí.
Gerard le miraba y Andras trataba de sostener esa mirada con determinación.
—No pude matarte, porque… —suspira—, bueno, no lo sé. Pero hay algo en mi
cabeza. Algo que tiene que ver contigo, con tu cara y con lo que tú eras en la vida
de Mikey.
—Éramos hermanos —, dijo con una sonrisa—, podemos seguir siéndolo.
— ¡No! —Se puso de pie—. No puedo permitir esto. Mi deber es ir al infierno y
continuar con el equilibrio natural de las cosas, no hay bien…
—Sin mal —, interrumpió Gerard—. Dios necesita del diablo.
—Y yo necesito cumplir mi papel. Se supone que los demonios olvidan sus vidas
pasadas conforme viven en el infierno, y eso espero que ocurra conmigo, pero
tienes que ayudarme.
Gerard le siguió. Andras le daba la espalda para caminar hasta el pie de las
escaleras, donde escaló los primeros escalones hasta sentarse ahí. En el tercer
escalón a la derecha. Justo en el sitio especial de Mikey.
— ¿Qué quieres que haga?
—Que te olvides de mí —, responde seguro—. No te conozco, pero tengo la
impresión de que si dejamos las cosas como están, seguirás empeñado en hablar
conmigo, en que te sentirás culpable y querrás disculparte, y yo no puedo tener
distractores. Es el papel que nos toca realizar. A mí me tocó el demonio sexy, y a ti,
el civil.
Gerard sonríe y siente algo húmedo mojando su cara.
Sorprendido retira las lágrimas. «Ni siquiera sentí cuando empecé a llorar».
—Por eso, Gerard Way, te daré todo lo que quieras, a cambio de que te olvides de
mí.
— ¿Qué harás ahora?
—Tratar de conquistar al mundo, y esas cosas.
— ¿Nunca te volveré a ver?
Andras le miró detenidamente antes de responder.
—Los demonios vivimos en el infierno, si uno anda libre es porque no ha sido
exorcizado y solamente pueden salir cuando uno es llamado, pero tú nunca sabrás
cómo llamarme. Tendrás una nueva vida. Jamás nací, jamás existí y tendrás una
realidad alterna. Otra familia, otra oportunidad.
Gerard baja la cabeza y las lágrimas siguen cayendo. No puede estar a un paso de
perder su vida. Eso no suena justo.
—No puedo, Andras —, confesó con la voz rota por el llanto—. No quiero renunciar
a mi vida, con todo lo malo, hubo experiencias buenas en todos los viajes… en cada
cacería.
—Entiéndeme por favor, si dejara eso, peligraría mi recuerdo. Y tú tienes que
olvidarme.
El tono que usó el demonio fue calmado. Casi tierno. Gerard quiso abrazarse a él,
pero él ya no era su hermano.
—Esto es demasiado.
—Es un volado —, aseguró Andras—. Tómalo o déjalo. Si lo dejas, Frank muere. Tú
decides.
—Pero…
—Piénsalo, Gerard —. Volvió a ponerse de pie. Gerard tuvo que extender el cuello
porque Andras lucía muy alto gracias a las escaleras —. ¿Para qué quieres tus
recuerdos si él no va a estar para consolarte? ¿Para qué quieres llenar tu cabeza
con pesadillas si vas a dormir solo por las noches?
>> No necesitas más tortura, ni más sufrimiento. Tu cuota anual parece estar más
que saldada.
Nadie sonrió, a pesar de la broma, y al terminar de hablar Andras, ambos se
quedaron en silencio algunos segundos.
—Si digo que si… —empezó Gerard—, ¿Frank también perderá sus recuerdos?
—Haré una nueva vida para él, para ti, y para el amigo tuyo sobre el sofá.
—Yo…
Andras tenía razón. Si la vida era apestosa en la normalidad, una vida llena de
experiencias negras sería peor de frustrante y solo… bueno, tendría que vivirla sin
cuchillos, tijeras o cualquier otro objeto punzocortante.
— ¿Tenemos un trato? —Preguntó un sonriente demonio.
Gerard estiró la mano sintiendo de pronto la de Andras, y apenas dijo que sí
asintiendo con la cabeza.
—Sólo quiero que sepas que te amo, y te amaré siempre, Mikey.
Los ojos se cerraron. Las lágrimas cayeron y Andras desapareció.
— ¡Gerard!
Es el segundo grito en la mañana, y Gerard se resiste a dejar la comodidad de sus
sábanas. «Es sábado» —piensa y vuelve a acurrucarse.
— ¡Gerard!
Pero no tarda mucho para que otro grito le interrumpa. Gerard inevitablemente
abre los ojos y trata de dar una sonrisa adormilada como disculpa, y nunca falla. Su
novio le sonríe y se acerca hasta la cama, se hinca a su lado y besa sus labios.
Despacio y disfrutando de su textura. Diciendo buenos días con suaves caricias en
sus mejillas y lenguas que se deciden a saludar.
—Te amo, cariño.
Gerard sonríe y besa esa redonda nariz.
—Yo también te amo, Frankie.
—Anda, despierta.
—Odio a la gente que muere los sábados y los domingos.
Frank ríe. Con esa sonrisa infantil, fresca y espontánea mientras se pone de pie y
comienza a indagar en el armario.
—No es eso, amor. Recuerda que la funeraria está cerrada, porque tanto tú como
Ray estarán ocupados.
Gerard entonces recuerda y se talla los ojos con el dorso de su mano.
Sonríe al recordar.
—Sí, Toro se nos casa hoy.
—Sí —, dice Frank eligiendo una corbata—. Y eres el padrino, por lo que llegar
tarde sería de muy mal gusto. ¿Rojo o negro?
Gerard se pone de pie. Nada cubre su desnudez y eso parece gustarle a su novio,
porque sin esperar respuesta, coge la corbata roja y la envuelve alrededor de su
pálido cuello.
— ¿Sin tiempo para una ducha? —Susurra Gerard al oído.
—Siempre hay tiempo para una ducha.
FIN
Epílogo
—Hiciste algo muy malo, Elemiah. No debiste haber bajado sin permiso, si se
enteran, te castigarán.
El rubio apenas e hizo caso a la pelirroja.
— ¡Elemiah!
—Perdona Aniel, pero estoy pensando en mi protegido.
Aniel no quiso saber más. Si ella era ignorada, estaba en su derecho de ignorarlo a
él así que se fue, dejando al ojiazul con la vista fija hacia la tierra de los humanos.
—Ahora no me podrá ver. —Aseguró a la nada.
—Tal vez, eso sea lo mejor.
Elemiah giró y vio al hombre rubio que acompañaba a su elegido en la Tierra. Elevó
la ceja curioso e inclinó la cabeza hacia la izquierda sorprendido.
—Nathaniel, mucho gusto —, ofreció su mano y Elemiah la aceptó —. Dime,
¿hablabas solo?
—Sí, perdona, pero no creo haber hecho un buen trabajo como ángel guardián. Mi
protegido fue seducido por el diablo y aceptó un trato con él. Cuando padre se
entere, seguramente me destierra —, confiesa asustado.
—No lo creo —, asegura el rubio sonriendo—. Él es muy listo y sabe perdonar.
Además, conoce a los buenos elementos y no va a permitir que sean destruidos, no
importa si se le ocurre salvarlos en el último de los momentos.
Elemiah no entiende, pero sonríe contagiado por el rubio.
—Ven, vayamos a continuar con las labores, ya verás que tendrás oportunidades de
enmendar el error.
Y Elemiah se puso de pie, porque siempre hay fe y cada segundo, una oportunidad
para continuar creyendo en ser mejor. Aunque ya no premien con instrumentos las
buenas acciones, es en la conciencia de los ángeles donde los buenos trabajos se
refugian, y Elemiah quiere una consciencia inmaculada.
—Vamos, Elemiah.
—Claro, Nathaniel.
Planearán el fin de mundo más tarde y la oscuridad reinará, porque este es el ciclo
de la vida y el sentido de la existencia. Porque todos necesitamos un Dios, y éste,
necesita de su diablo.
FIN