Padre Soltero
Padre Soltero
By: Umikito
01
Ja. ¿Qué los hijos son una bendición? Definitivamente la persona que haya inventado
esa frase, y además, se atreviera a esparcirla por el mundo, tenía un problema con las
drogas, o simplemente, jamás había sido padre. Y lo más seguro, es que nunca había
sido, Padre Soltero. Podría incluso jurar, que no tenía una increíble vida, como Frank
Iero.
Sí, Frank Iero, el maravilloso e increíble Frankie, hijo de papi, niño rico, mimado y
divo extraordinario. Con sólo tronar sus dedos, sus deseos se hacían realidad. Su
madre lo amaba, consentía y regalaba cada cosa que pudiera observar por más de
tres segundos en un aparador; su padre le daba dinero a cambio de que obtuviera
notas aprobatorias en el colegio, y luego, para que dejara de ensayar con sus
“amiguitos ruidosos” en el garaje. Luego pedir dinero se hizo una costumbre, y a sus
dieciocho años, seguía teniendo la firme mentalidad de que jamás trabajaría a menos
que fuera tocando en una banda de Rock. Y mientras eso ocurría, todo dinero en cada
cita y fiesta, era auspiciado por Papá.
La chica pelirroja lo había traído envuelto en una tela azul. Lo dejó en el sofá y sin dar
muchas explicaciones, le dijo que ese bebé era suyo, que lo dejaba con él, porque ya
no quería saber más. El bebé apenas tenía dos semanas y ya no podía más. La chica
tiene por nombre Jos. Bueno, así le llamó los meses en que, esporádicas noches, la
pasaban juntos. Ella le decía que lo amaba, y para Frank, era un capricho más. Era
divertido, pero se aburrió luego, olvidando a Jos. Como cualquiera que conociera al
Divo, su primera reacción fue la esperada: comenzó a negar, gritando con histeria que
ese bebé podría ser de cualquiera, que no lo creyera un estúpido que aceptaría sin
más.
Pero Jos le dijo que tenía que creerle, que ella era virgen, había sido el único hombre
de su vida, y a pesar del engaño y que hubiera roto su corazón, quiso conservar al
bebé para mantener su recuerdo. Pero un divorcio de sus padres, la bancarrota en el
negocio familiar y su enorme depresión, le habían orillado a ir hasta ahí.
—Si quieres lo dejo por escrito —había dicho la pelirroja, sacando de su bolso un
pedazo de papel, que Frank dedujo, era un ticket; una pluma y se puso a escribir. Le
entregó el papel que en caligrafía difícil de descifrar, decía: “Yo Josephine Sinclair,
cedo a Frank Iero los derechos sobre mi hijo, sin nombre”.
Frank terminó de leer, y a pesar de sus cortos conocimientos en el terreno legal, supo
que eso poco serviría frente a un tribunal.
Al poco tiempo, Jos seguía llorando, negando, y amenazando con quitarse la vida si
ese bebé regresaba a su casa. Sus padres entraban en la sala, en el justo momento
en que la pelirroja gritó que ese bebé era suyo, que ella no podía llevarlo al infierno
en que se había convertido su casa, que prometía no volver a buscarlo, y que si no lo
aceptaba, se suicidaría, y mataría al bebé, para evitarle el sufrimiento.
El corazón de Linda Iero se estrujó en su pecho y tomó al bebé que no hacía ningún
movimiento sobre el sofá. Observó la piel arrugada, rosada y los párpados cerrados,
y esa sensación de “Ser abuela”, la cautivó por completo.
Josephine logró entender la señal antes de que los hombres pudieran sentirse
sorprendidos por la actitud de la señora Iero. Caminó hasta ella y besó su mejilla con
adoración. Linda le sonrió, mientras mecía el pequeño cuerpo.
Como ninguno de los hombres en la sala, entendía al mínimo la situación, Frank Iero,
padre, propuso lo que cualquier hombre decente podría proponer…
Y como el gran divo. Hijo consentido y obediente ante los ojos de cachorrito de
Linda, Frank dijo que sí, al más grande y aterrador cambio en su vida.
Así que ahora, recostado con los ojos cerrados y escuchando la lluvia caer, sólo
puede pensar en que para él, ser padre equivalía a estar maldito, nada que ver con la
divinidad que atribuía la frase. Su vida cambiaría, más allá del cambio que ocurre
luego de un buen corte. Su mundo social se desplomaría, y un pequeño niñito en
algunos meses le diría “Papi”. ¡Y él sólo tenía dieciocho años!
Frank Iero vivía la vida sin arrepentimientos y explicaciones, y ahora sólo podía llorar,
aferrado a su almohada, deseando que nada de eso hubiera ocurrido. Que todo fuera
diferente. Que él jamás hubiera conocido a Jos, jamás se acostara con ella, y en todo
caso, que no hubiera sido tan torpe como para no usar condón. “Pero qué argumento
tan convincente la virginidad…”.
Cuando pudo enfocar la vista, vio a su madre, cargando el pequeño bulto azul, y la
realidad lo golpeó con fuerza. Era Padre. Era un maldito padre adolescente y Soltero.
Linda suspiró. Porque si ella tenía súper poderes de mamá, Frankie tenía súper
poderes de hijo.
—Me duele saber que ya no serás mi bebé —se sentó sobre el colchón a los pies de
su hijo—. Me duele saber que serás padre tan joven, que yo seré abuela tan joven,
pero más me duele que no lo vayas a querer. Frankie, éste pequeño no tiene la culpa,
y si ninguno de los que estamos en la casa, no lo teníamos planeado, pues ya está
aquí, y jamás tiene que saber eso. Siempre se sentirá deseado, y querido.
Frankie asintió apenas. Sus ojos soltaban lágrimas y la necesidad de abrazar a su
mamá menguo cuando vio el pequeño cuerpo aferrado al pecho de Linda. Tal vez
fuera estúpido e inmaduro, pero tuvo celos de su hijo. Su hijo…
Navegó por Internet unos minutos antes de bajar y subir junto a su madre en el BMW.
Su chofer viajó con rumbo a una tienda departamental, mientras su madre hablaba
por celular, con el bebé aún en brazos. Frank no podía verlo. Se le revolvía el
estómago apenas oírlo llorar, aunque fuera un poco. No quería verlo, porque
entonces, todo sería una realidad. Él sería un papá, y ese niño envuelto en una manta
azul, sería su hijo; y todavía quería pensar que era un sueño, no le importaba si ya
hasta había buscado nombres Irlandeses.
Linda Iero se despegó del teléfono, y le informó a Louis, que se dirigiera a otro lugar.
Frank no prestaba atención. Miraba las calles mojadas, el cielo nublado y las
personas con abrigos largos. Amaba la lluvia. Los días lluviosos le ponían feliz, pero
aparentemente, desde el día de ayer, nada ni nadie, le devolvería la felicidad de su
vida perfecta.
Linda le miró expectante, y Frank suspiró, mirando por primera vez, el pequeño que
levantaba las pequeñas manitas hacia el biberón que tenía en la boca y succionaba
vorazmente.
Su madre pareció contenta, porque sonrió y se dirigió al juez: “Aiden Iero Pricolo”. El
niño tuvo su nombre, y si no fuera porque se recordaba lo mismo cada cinco
segundos, taladrándole el cerebro, podría engañarse pensando que ese pequeño era
su hermano menor. Pero no lo era. Era su hijo.
Luego fueron a la tienda departamental, donde su madre con instintos de compradora
compulsiva, miraba, tocaba y exclamaba por todo. Frank se sentía confundido.
Mareado. Realmente, sentía ganas de vomitar. Su madre quería que asimilara todo
demasiado rápido, y no podía creer si quiera que ese bulto fuera real. No podía.
Su atlético andar tuvo fin en un parque cercano. Es pequeño y tiene pocos árboles,
algunos juegos al centro del mismo, y bancas verdes donde él se sienta.
Esconde el rostro con sus manos, y comienza a recordar. Recordar y anhelar la vida
que tenía, y que nunca volverá.
«La fiesta estaba en el punto máximo. La música era genial, así como el tipo que le
sonreía desde uno de los sillones y la rubia que lo abrazaba por detrás, besándole el
cuello. Su mejor amigo por internet, Scott, que tenía veintisiete, le decía que era muy
joven para definir su sexualidad, pero para Frank no le resultaba tan difícil establecer
una conducta Bisexual. Era más fácil que partirse la cabeza entre uno y otro.
El punto es, que dos horas más tarde, estaba conduciendo hacia su casa, con
números en la bolsa trasera del pantalón y luces de colores que se movían al ritmo de
una canción imaginaria en su cabeza. Cuando tuvo lugar el impacto, apenas y fue
consciente de él. Su cabeza dio dos rebotes antes de detenerse, y cuando lo hizo, no
pudo hacer más que reír. El auto había quedado completamente dañado en la parte
delantera, pero sin duda, el búho que dormía en aquel árbol, se había llevado la peor
parte. Los policías llegaron y luego lo hizo su padre, evitando que lo metieran a la
cárcel por conducir en estado de ebriedad, prohibiéndole, una vez que estuvieron en
la casa, usar el auto. Una semana.
Una semana después, Frank tenía un nuevo Audi. Más reciente, y ahora, de un bonito
color azul oscuro, y no rojo, como el anterior. Volvió a salir, volvió a emborracharse, y
volvió a acostarse con muchas más personas».
“Deberías agradecer que nada más ha sido un bebé”. —Dijo una vocecita en su
cabeza y Frank sollozó. Repentinamente apretó más las manos contra la cara y gritó
de desesperación. Ya no llevaría esa vida, sí, eso estaba más que claro; pero, ¿cómo
no se había dado cuenta lo estúpido que estaba siendo? “¿Cuándo pensabas crecer,
Frank?”. Siguió llorando, sin entender muy bien la razón. Si era por Aidan, por su vida
perdida, por la iluminación de que su vida había sido una mierda o porque estaba
asustado. Jodidamente aterrado.
Frank detuvo el sollozo que quería salir y sorbió la nariz. Limpió un poco la cara para
poder elevarla. Entre la vista medio líquida pudo ver a un pequeño de cabello oscuro,
el cual se veía apenas un mechón que salía del impermeable azul eléctrico que le
rodeaba la cabeza y caía hasta sus rodillas. Tenía los ojos increíblemente verdes. Era
de mejillas rellenas y sonrojadas y le miraba como si fuera un cachorro abandonado,
golpeado y con hambre. Y siendo Navidad.
—Papá dice que no hay que decir mentiras —replicó el niño frunciendo el ceño y
haciendo un tierno puchero. Frank quiso reír, pero la risa se volvió sollozo y otras
lágrimas descendieron por su cara.
El niño inhaló todo el aire que pudo y abrió sus redondeados ojos.
Esta vez el sollozo ocupó el lugar de una risa escandalosa, marca Frank Iero. El niño
sonrió al tiempo que jalaba los cordones de la capucha del impermeable.
—Estoy dándole de comer a las palomitas con mi papi —dijo el pequeño de ojos
verdes—. ¿Quieres venir?
Por unos segundos no supo qué decir. Sólo podía perderse en la intensidad de ese
verde inquietante en los ojos del niño. Estuvo a punto de negar con la cabeza, cuando
el niño giró al escuchar un grito.
—¡¡Dan!! —Gritó por segunda ocasión la voz, y Frank pudo ver a un hombre vestido
con pantalones negros, y abrigo negro abotonado hasta la parte más alta del cuello.
El hombre llegó hasta el pequeño y puso una rodilla en el suelo para estar a su altura.
—No te vuelvas a ir así, tienes que avisarme, ¿me entendiste? —El tono no fue duro,
sino serio. El pequeño, aparentemente llamado Dan asintió con la cabeza y abrazó al
hombre, recargando la cabeza en su hombro, y sonriéndole desde ahí.
—Papi, ¿podemos invitarlo a llevarle comida a las palomitas? —Dijo el niño
separándose de su padre y mirando a Frank. Éste estaba petrificado observando la
reunión familiar, por lo que fue imposible no temblar de nerviosismo al sentir la
mirada del hombre que, sospechaba era el padre de Dan.
El desconocido tenía ojos sumamente parecidos a los del niño, excepto que los de él,
tenían un toque de marrón que los hacía más interesantes. El cabello estaba largo y
desordenado, tal vez por la maratón que tuvo que dar para encontrar al pequeño. La
piel extra pálida y los labios delgados, rosados y bueno… besables.
—Es el señor que llora. Le duele la panza —aseguró el niño mirando a su padre.
El hombre miró a Frank, y éste se ruborizó por la afirmación del niño. Cuando el
hombre preguntó que cómo se llamaba el “señor que llora”, Dan elevó los hombros y
gritó: ¡Paloma! Cuando uno de esos animales aterrizó cerca de ellos.
—Lamento que mi hijo le haya dado problemas —dijo el extraño de abrigo negro—.
Seguramente olvidó su nombre, lo siento.
—Y yo soy Gerard Way —dijo el padre. Frank le dio la mano, aún consternado por la
actitud educada del niño.
“Tal vez, cuando Aidan sea mayor…”. Y negó con la cabeza sin importarle si el tal
Gerard le veía mal. No era momento de pensar estupideces asumiendo el rol de
“padre modelo”. Ahora entendía, cuando veía a ese niño vestido de azul, que no
estaba listo. Que estaba aterrado, y que el principal temor, era el fracaso.
— ¿Frank…?
—Perdona, me he ido.
—Lo he notado —dijo el padre con una sonrisa. — ¿Me puedo sentar?
Frankie asintió lentamente, y el hombre se dejó caer a su lado.
—Dan, con cuidado —indicó a su hijo que arrojaba migajas de pan a las aves. —Así
que… ¿el señor que lloraba?
Frank lo miró, pero Gerard estaba atento a su hijo, aunque mostraba una linda
sonrisa.
— ¿Y cómo está tu panza? —Ésta vez giró para verlo, y Frank correspondió con una
ligera sonrisa.
Frank lanzó una pequeña risa y dijo que su “Panza estaba bien, pero gracias por
preguntar”. Luego se generó un silencio, donde ambos miraban a Dante correteando
a las aves. Frank realmente quería hablar con ese hombre. Era como si el Destino lo
hubiera puesto especialmente para él, para que le hablara de su experiencia de vida,
le confesara si había estado tan asustado como él, si su vida se había desmoronado o
si era tan increíble como decían en las Telenovelas.
—Dan es increíble —pero eso fue lo que salió en vez de un largo cuestionario.
Frank pudo observar el leve temblor en la ceja izquierda del otro. Inmediatamente
supo que había dado, justo en el punto sensible, por lo que esperó todos los
segundos necesarios para que Gerard pudiera dar contestación a su pregunta.
—Está bien. Ella tenía muchos problemas, ¿sabes? Era… es… —elevó los
hombros—. No sé, pero tenía problemas con las drogas. Intenté ayudarla, pero se fue,
así que me mudé y empecé una nueva vida con Dan.
Gerard le sonrió. Él sólo bajó la mirada, preguntándose cómo poder amar tanto a
alguien para que tu vida sólo gire en torno a él. Vivir por él. Luchar por él…
Y esa era otra situación que apoyaba el hecho de que Frank Iero, tendría que crecer.
—Bueno, creo que mejor nos vamos. —Declaró el pelinegro con el niño en brazos.
Gerard le ofreció la mano y Frank la tomó, notando algo que se quedaba en su palma.
Y luego, le vio irse con el niño en brazos. Tal vez tuviera Dan cuatro años, pues las
piernas sobresalían a los costados de Gerard al caminar. El pequeño lo abrazaba del
cuello, y cuando se perdieron entre los árboles, Frank se permitió leer la tarjeta.
“Gerard Way: Psicólogo”. Y luego, un teléfono. Era predecible, pero aún así, genial.
Mañana le llamaría, pensaba cuando su celular hizo el típico ruido.
•
—Aidan no tiene la culpa. ¿Lo sabes, verdad Frank?
Frank asintió con la cabeza, olvidándose que hablaba por teléfono, y lógicamente, él
no podría ver su gesto.
Llevaban hablando por teléfono una semana. Frank abusaba de que la consulta
telefónica fuera gratis y aprovechaba para también hablar con Dante. Ese niño era
increíble, como una personita pequeña e inocente. Realmente le gustaba Dan, por lo
que a veces era su inspiración para no rendirse con Aiden y seguir cada consejo del
psicólogo, que no era un profesional para Frank sino buen amigo.
Luego de colgar, fue por Aiden a su cuna, lo cargó con sumo cuidado y lo meció
mientras inhalaba su aroma. El típico aroma a bebé invadió sus sentidos y lo abrazó.
Se sentía increíble, tanto, que no quería dejarle ir.
Era su bebé.
Su hijo.
Lo miró y el pequeño le vio con esos ojos azulados. (Su madre decía que así eran
todos los niños al principio, y que esperaba, sus ojos fueran como los suyos).
—Exacto —sonó feliz—. Primero tenemos que aprender a caminar, antes de poder
correr, Frank.
Frankie agradeció como todas las ocasiones anteriores la consulta, y como otras
veces, Gerard cedió el teléfono a Dan, quien comenzó a dar explicaciones sobre su
día en la estancia infantil donde se encontraba la mañana y mitad de tarde en que
Gerard trabajaba. Dante tenía tres años y medio, a punto de ir al jardín de infantes y
muy alto para su edad. Hablaba perfectamente y ya comenzaba a leer. Se había
enamorado de ese niño a la misma y exagerada velocidad de la que se había
enamorado de su Aidan.
02
Se encontraban frente a las jaulas de los monos que brincaban de rama en rama.
Frank tenía en brazos a Dante, quien les gritaba a los animales, animándolos a
brincar, y Gerard tomaba de forma experta a Aidan que acababa de comer, y ahora, se
disponía a otra larga siesta. Había sido vestido por su madre, y claro, con ese instinto
que tienen sólo las abuelas, le había arropado como si fuera al polo norte, y no al
zoológico, por lo que al llegar, Frank tuvo que quitarle el pesado abrigo y dejarlo en la
mochila que usaba como pañalera.
Sin duda alguna, nunca habría pensando caminar por un lugar así con un niño en
brazos, una mochila al hombro y dándole un biberón, pero cada vez que sus ojos se
posaban en los de Aidan, Frank se sentía más y más enamorado.
— ¿En dónde?
—Debería ir a ver —dijo Frank bajando a Dante, que quería ir corriendo a ver a los
leones. —Me pasas luego la dirección, voy a ir con Dan.
Gerard asintió apretando un poco más a Aidan y sintiendo los tranquilos latidos de su
corazón. Realmente extrañaba a su bebé. Dan creció y se volvió inteligente, hermoso
e independiente, y eso para cualquier padre es doloroso. Tal vez se adelantara
demasiado a los hechos, pero pronto Dan se iría y él estaría solo.
Gerard conocía la típica depresión que ocurría a los padres, pero se lamentaba
definitivamente de que le ocurriera tan joven.
— ¡Gerard!
Bueno, ahora tendría que conformarse con la distracción de ver a los leones.
Linda Iero lucía feliz y cada día más enamorada de su nieto y más orgullosa de su
hijo.
Frank Iero (padre), incluso invitaba a algunos empresarios, amigos suyos del club
donde suele jugar golf para que conocieran al nuevo Iero.
Y Frank Iero (hijo), igual de divo, pero con un pequeño de increíbles ojos sobre sus
brazos. El pequeño Aidan ya comenzaba a tener una colección de ropa y zapatos
apenas comparable con la suya, y si seguían a ese paso, pronto se compararía con la
de su madre.
Estaba a pocos días de iniciar los cursos de inducción en la Universidad, y esa tarde,
en teoría, sería de las últimas tardes que podría disfrutar plenamente con Dan y
Gerard siendo universitario. Sus padres adoraban a Gerard. Su madre le llenaba de
besos en ambas mejillas a él y a su hijo, por eso, Frank sólo los había llevado a cenar
en dos ocasiones. Por supuesto, Gerard no se quejaba, pero sabía que al psicólogo le
molestaba la coloración rojiza que lucía su rostro en toda la velada al estar frente a
los Iero. Sus padres creían que era una excelente influencia, y “podría aprender de
él”. Frank sonrió y asintió. Porque nunca la palabra ‘aprender’ venía en un contexto
más divertido e interesante que en el contexto que involucraba a Gerard y su hijo en
su vida. El destino les había unido, y Frank Iero no iba a dejar que algo les separara.
Porque eran amigos. Porque Gerard era amigo de Frank, y si Frank no lo iba a
abandonar, entonces, nadie abandonaría nada. Frank manda. Esa es la ley.
Frank aún se sorprendía y admiraba que Dante, siendo un niño tan pequeño, pudiera
quedarse quieto en un lugar tan silencioso y, sinceramente, aburrido como un
elegante café al centro de la ciudad, sólo con una rebanada de pastel con fresas y
una enorme malteada de chocolate. Aidan, que sólo se dedicaba a comer y dormir no
daba muchas molestias, aún sus llantos eran ligeros, por lo que ambos hombres
podían charlar por horas, hasta que la pequeña voz de Dan les interrumpiera diciendo
que tenía que ir al baño.
—Perdona —fue lo primero que dijo Frank cuando llegó hasta él. Dan ya tenía frente a
él un pastel y una malteada, aunque no había señales de que hubiera empezado a
comer.
Gerard sonrió.
—Ya Dan, ya puedes comer —indicó a su hijo, y el pequeño lanzó un pequeño gritito
de celebración —. Pero antes, saluda a Frank y Aidan.
Dan levantó su manita y la agitó diciendo “Hola Frankie. Hola Aidan”. El muchacho
sonrió y besó la frente del pequeño de ojos verdes, luego, se sentó.
— ¿Has ordenado?
—No, sólo Dan lo ha hecho, pero le he dicho que no puede comer hasta que todos
estemos sentados.
Frank nuevamente se perdió admirando el brillo en los ojos verdes de Gerard cada
vez que veía a su pequeña copia. Gerard era hermoso, y cada vez costaba mucho más
suprimir ese pensamiento.
— ¿Irás al jardín de niños este año, Dan? —Preguntó Frank al pequeño que lamía
entretenido la cuchara. El pequeño puso atención, colocando el cubierto sobre el
plato, y en lugar de respuesta, sólo vio a su padre. — ¿Qué? ¿Qué pasa?
—Creo que tendré que contratar un tutor para Dan. No tengo tiempo de llevarlo a la
escuela. Estoy sumamente ocupado todo el día.
—Pero Gerard, ¡no lo puedes dejar con un desconocido! —Exclamó indignado Frank,
haciendo que Aidan se estremeciera. —Perdón—, bajó la voz—. Pero no creo que sea
justo para Dan, tiene que aprender a convivir con otros niños.
—Yo te puedo ayudar. —Sugirió mientras veía a su hijo dormido sobre el porta-bebé
azul marino.
Frank ignoró las réplicas de Gerard, porque el pequeño Dante comenzaba a sonreír.
El pequeño asintió con una sonrisa y Frank sintió en el pecho una increíble sensación
burbujeante.
—Frank…
—Gerard, déjame que al menos, por esta vez, sea yo quien te ayude.
—Tengo 33.
—No pongas esa cara —dijo Gerard con una sonrisa—. Tenías que sospecharlo
después de todo lo que te he contado de mi trabajo.
—Pues pensaba que eras un niño genio muy adelantado, o algo así. No te ves de esa
edad. Yo tengo 18.
—Lo suponía —desvió la mirada hacia el pequeño Aidan que roncaba ligeramente.
Tal vez, a estas alturas de la vida, y con un silencioso psicólogo a un lado sea
inverosímil aceptarlo, pero a Frank le gusta mucho Gerard. Y realmente, la diferencia
de edad lo tiene sin cuidado. El mayor problema es la heterosexualidad de Gee. Tal
vez ahora esté pensando el intenso asco que le tiene. Tal vez quiera golpearle la cara,
pero no se atreve a hacerlo delante de Dan.
Frank es un Divo. Si él quiere, se evita la vergüenza del rechazo, se va y jamás lo
vuelve a ver, pero parece ser que no se encuentra interesado en un solo hombre, sino
en dos, y el pequeño hace que su cerebro no reaccione ante nada más que esa
sonrisa. Así que, de cualquier manera, yéndose o quedándose, Frank Iero, está
jodido. Y no de una buena forma.
•
Frank pasó la semana de inducción de buena manera. Iba en la mañana, regresaba en
la tarde y comía con su hijo que cada día crecía más, y ¿por qué no? Se ponía más
hermoso. Y él podía decirlo, porque era el maldito padre.
“Padre”. Jamás pensó que podría aceptar una palabra tan maléfica con tanta
facilidad. Le gustaba estar con su hijo, ponerle ropa increíble y que todo el mundo se
acercara para verlo de cerca. Adoraba la forma en la que su boquita se elevaba cada
vez que tomaba del biberón, e incluso, comenzaba a tolerar el cambio de pañales.
Claro que tuvo que cancelar muchos compromisos, por ejemplo, la fiesta de novatos
en la universidad, pero realmente extrañaba a Aidan. Realmente, quería pasar, el
mayor tiempo posible con él, y dejar atrás las borracheras a cambio de ese bebé no
sonaba tan descabellado ahora.
El primer fin de semana fue tranquilo. Había pocos niños y mucho tiempo para llamar
a su madre y preguntar por Aidan. También pudo “practicar” con los otros niños y
entablar conversación con las madres.
Llegó el domingo, y al día siguiente, sería el primero en que tuviera que ir por Dan,
por lo que llamó a Gerard esa noche, y simplemente, lo mandó al buzón. Intentó dos
veces, con el mismo resultado. A la cuarta, decidió dejar un mensaje.
—Mañana iré por Dan, no te preocupes Gerard, vamos a estar bien, confía en mí.
—Sabes que si tienes problemas en llevarlo, yo también lo puedo hacer, pero por
favor, háblame.
Lanzó un suspiro y se tiró sobre la cama. Aidan dormía en la cuna que estaba a su
lado y daba las gracias a todos los Santos por tener el hijo más tranquilo del mundo.
El más dormilón y el bebé que tal vez, gane un récord Guiness por los ronquidos más
altos en la categoría infantil.
Luego de analizar y sonreír ante su estupidez, hizo una sexta llamada, y liberó todo.
—Jamás creí que fuera a pasar, ¿sabes Gerard? Jamás lo creí, pero me enamoré de
Aidan. Tengo que agradecerte, porque, cuando estaba muriendo de miedo, apareciste
tú, con esa devoción hacia tu hijo que provocó en mí una inmediata admiración. Sólo
podía pensar que si ese hombre era tan feliz por tener una pequeña copia de sí
mismo que alimenta palomas, algo de especial debería de tener. Y vaya que lo tiene.
Me gustan sus dedos, la forma en que me toman de la ropa cuando le doy su biberón
—suspiró—. Me gusta todo de él. Y es mío. ¡Es increíble!...
Un pequeño pitido se dejó oír. Tal vez había pasado el límite de tiempo en el mensaje
de voz, por lo que hizo la séptima llamada. Siete. “El número de la suerte”.
—Bueno, Gerard, sólo quiero agradecerte. Has sido un gran amigo, y ya me imagino
que dirás “No agradezcas Frank, es mi trabajo” —imitó la voz del mayor—, pero no es
eso. Lo nuestro no es una relación paciente-psicólogo. Es… —se detuvo. Tendría que
manejar bien las cartas. Sus palabras deberían ser precisas, su voz clara y firme. Y
debería de ocultar el evidente tiemble en sus piernas, manos y en la voz—. Eres un
gran amigo. Todos me dieron la espalda cuando les dije que no podría ir de fiesta. Y
tú, bueno… lamento si lo que dije en el café fue… —Es difícil. Realmente le duele, y
quiere llorar. Frank se siente más divo que nuca. Más dramático. Más humano y no un
tonto títere de moda—. Realmente me importas. Me importan, y los… —dudó. Tenía
una palabra perfecta en la punta de la lengua—. Aprecio —pero no la usó—. Perdona
lo que dije, no quise ofenderte, jamás volverás a oír de mi parte nada parecido, sólo
quiero que todo sea como antes. Por favor…
El primer día se sintió ignorado. Gerard llegó a casa como si él no estuviera junto a
Dan, coloreando lo que sería su primera tarea del colegio.
El segundo día, Frank lo vio entrenar en un salón con piso de madera y una enorme
pared cubierta por un espejo. El pequeño Dante gritaba junto a otros niños y daba
golpes al aire y patadas que sólo se podían ver en las caricaturas. Frankie rió cuando
el pequeño se fue de espalda y abrazó contra sí a Aidan que bostezaba en ese
momento. Dan salía a las tres de la tarde, gracias a las clases extracurriculares de
francés, diarias, y la de guitarra y karate un día sí, y un día no. El pequeño Dan estaba
entusiasmado incluso después de saber que pasaría todo ese tiempo en el colegio,
pero nuevamente sorprendió a Frank con su excitación. De cualquier manera, él
entraba a las siete de la mañana y estaba libre para las dos de la tarde, lo cual era
perfecto porque tenía tiempo de recoger a Aidan y luego ir por Dan.
— ¿Estás bien, Karateka? —Le sonrió al tiempo que le removía el cabello, una vez
que la clase había concluido.
—Sí, Frankie.
— ¿Crees que papi quisiera venir con nosotros? Lo extraño mucho. —Los ojos
verdes de Dan comenzaron a brillar—. Él llega y duerme. Y no me da un beso. No me
lee un cuento, lo extraño… —Y empezó a llorar. Frank lo apretó contra su pecho y
sintió como su órgano vital se encogía dentro de él.
Tal vez Gerard tuviera un problema con él y sus enfermizos sentimientos, pero no
tenía por qué afectar a su hijo. Un padre ejemplar no lo haría. Y Frank, realmente creía
que Gerard entraba en esa categoría.
—No llores, Dan, prometo hablar con tu papá hoy. Todo estará bien.
Recostó al niño sobre el sofá y acarició su cabello hasta que la puerta se abrió.
Agradeció a su madre mentalmente, por la maravillosa idea de cuidar por esa noche a
Aidan. Ahora sólo quería organizar cada palabra para dejarlo impresionado.
Gerard Way no seguiría haciendo llorar a Dante.
—Gerard. —Ésta estaba a punto de ignorarle, como cada noche. Dejaba las llaves
sobre la mesa y subía a la habitación sin decir ninguna palabra. Frank se preguntaba
si después bajaba para asegurar la puerta, o dormía sin preocuparse por el robo a su
casa.
Por fin pudo volver a ver esas esmeraldas que el hombre tenía por ojos, y aunque
ahora lucían tan apagadas, por lo menos saber que seguían ahí le hacía sentirse
liberado de un gran peso.
Frank Iero no estaba acostumbrado a recibir tonos de voz tan bruscos. Él estaba
acostumbrado a mandar, a discutir y decir la última palabra; por eso no reaccionó
bien cuando el psicólogo le habló de semejante manera.
— ¡¿Qué es lo que te crees que estás haciendo?! —No planeaba que el reclamo
sonara tan histérico, pero le fue imposible externar rabia. Si él era Frank Iero, ¡por
todos los Santos! Divo consagrado y adolescente consentido.
— ¡Claro que me importa! —Se acercó. Incluso elevo el dedo índice, tratando de
parecer amenazante—. Me importa porque Dante se siente solo, Gerard. Te extraña y
con esta actitud sólo estás consiguiendo hacerle daño.
—Déjame en paz —, dio un manotazo a esa mano, con ese dedo que le amenazaba y
ciñó más el entrecejo—. Todo es tu culpa, tú y tus malditos comentarios, tú y tu
maldita forma de ser. Me trastornas.
—No tengo otra teoría —, admite cruzando los brazos a la altura de su pecho.
Frank le miraba fijamente a los ojos, destilando a través de ellos, furia. Gerard
correspondía, pero la rabia no era un sentimiento que se pudiera apreciar a través de
esa mirada verde.
—Eres un egocéntrico de lo peor, Frank Iero, no todo es por ti; no todos mis
pensamientos y preocupaciones giran en torno a ti, los recibos no tienen tu nombre,
ni mis pacientes, ni mis alumnos tienen tu rostro. Existen muchas más personas en el
mundo, ¡no sólo tú!
A Frank pocas veces en su vida le habían regañado, pero si tuviera más experiencia,
diría que ese fue el regaño más alucinante en toda su vida. La ira desaparece, dando
lugar a la sorpresa. No entiende a Gerard, y tal vez nunca lo pueda comprender,
porque sigue siendo un maldito niño, y seguramente en la cabeza del mayor hay mil
problemas, por lo que no valdrá la pena colocar uno nuevo, discutiendo con un niño.
—Tienes razón —admite derrotado. Sus brazos caen laxos a cada lado del cuerpo y
ya no puede seguir reteniéndole la mirada. La desvía, y parece que aquella esquina
del salón es lo más interesante del mundo, a partir de ahora—. Creo que me he
precipitado al gritarte, pero Gerard, por el motivo que sea, por favor, no dañes a Dan.
Es un chico increíble —sonrió—, posiblemente nada tenga que ver conmigo, y tengas
muchos conflictos en tu mundo, pero realmente siento que yo también lo soy, así que
no permitiré que cambies tu rutina con tu hijo por mí. No quiero ser un problema en tu
vida, así que mejor, me iré. No quiero dejar a Dan, pero no quiero dañarte a ti, y en
consecuencia dañarlo a él. No quiero perturbarlos.
—Sí, tal vez me tomo muchas atribuciones y no genere en ti ningún sentimiento, pero
quiero que sepas, que me he enamorado de tu hijo. Es genial y me ha enseñado
tantas cosas —. Se rió un poco, porque es la verdad. Le ha enseñado que aunque los
protagonistas de los cuentos, tengan sus dificultades, al final ganarán, porque son
buenos. Le ha enseñado que la vida en el jardín de infantes es fácil si llevas la
lonchera adecuada y el desayuno perfecto para intercambiar, que las niñas son raras,
porque temen a la tierra y a los sapos, pero son buenas para elegir escondites. Que
su papi es el mejor superhéroe y que algún día, él será tan alto, y tan fuerte como él.
Recordar le hace flotar, como siempre.
La sorpresa no ha sido por desagrado, sino por infinita alegría y sorpresa. Grata
sorpresa. Jamás pensó que ocurriría, pero definitivamente había soñado con eso.
Con esos labios suaves, con el calor que irradiaba el mayor, y con ese latir
apresurado en su corazón que parece, le está avisando que en poco tiempo saldrá a
dar una caminata por toda la manzana.
Se separan poco a poco, pero sólo sus labios. Sus frentes están unidas, y las manos
de Gerard aún permanecen sujetando su rostro.
—Hay tantas personas en el mundo, y tantos problemas en esta vida —dice con los
ojos cerrados y en tono semejante a un susurro—, pero no importan las personas o
los problemas que puedan ocurrir, todo en lo que pienso es en ti. En ti y en mi hijo
abrazándose, en la forma en la que lo besas y le haces sonreír. En la forma en la que
cuidas de él, dándole de cenar, y en lo feliz que me hace ver esa escena al llegar a
casa.
—Te quiero, Gerard. —El nombrado le mira. Ahora los ojos verdes brillan—. Te quiero
a ti, y a Dante. Los quiero en mi vida.
—Frank, pero tú tienes dieciocho años, ambos tenemos niños pequeños, esto puede
ser muy peligroso.
—Te quiero.
—Frank, esta es mucha responsabilidad, eres muy joven, es… —Gerard no continuó.
Se pasó las manos por el cabello y desvió la mirada de Frank. Tenía miedo, y eso era
obvio, pero no por ello le gustaba sentirse así, ni dejarse ver por ese “niño”. El niño
que se había metido en su mente, en su alma, y en el corazón de su hijo. Pero era
inevitable pensar en la edad, en que Frank podía arrepentirse y no tomarlo en serio, y
que acabaría rompiendo sus sueños románticos, porque él, realmente lo tomaba en
serio.
Cuando Gerard Way quería a alguien, deseaba que el “por siempre”, cayera sobre él y
su pareja. Pero, ¿y Frank?
—Te amo.
Y la tuvo.
Acalló las palabras que estaban a punto de abandonar la boca del mayor con un
beso.
La tarea del día siguiente, era escribir cinco palabras con la letra “B” y cinco con la
letra “V”, luego remarcarlas con color y pegar un dibujo de cada ellas.
Frank no recordaba poner tanto empeño en una tarea escolar, pero deseaba volver a
sentir el calor en el pecho como cada vez que veía a Dante haciéndolo bien y
regresando con una sonrisa, diciendo que su trabajo había sido el mejor de la clase.
Por eso en la mesa de centro de la sala había una enorme pila de revistas, y a su lado,
un diccionario de gruesas pastas y hojas amarillentas.
Dante estaba dormido en la cama de Gerard, porque había caído muerto después de
terminar, entrecerrando los ojos y pidiendo ir hacia ese lugar, donde Aidan tomaba
otra larga siesta con la firme intención de despedirse, pero nada más sentir el
colchón bajo de él, y Dante cerró los ojos, tocando apenas con un dedo la pequeña
manita de su hijo. Frank no tuvo corazón para romper la escena. Dejó entre abierta la
puerta y regresó a la sala, para seguir leyendo palabras con “B” en ese grueso
diccionario.
Gerard no contestó, prefirió utilizar el tiempo para acercar sus labios a los suyos y
hacer una ligera presión. Luego entraron al juego sus lenguas, sus manos, y Frank
sonrió, porque Gerard le acariciaba el contorno de su oreja, provocándole cosquillas.
— ¿Dónde están?
—Entenderé esto como una insinuación —, dijo Gerard en tono divertido. Sin
embargo, guardó silencio y cambió su expresión al ver a ambos niños sobre la cama.
Dan lucía más grande de lo normal junto al pequeño cuerpo de Aidan, pero sin duda,
el bebé ganaba en la competencia de ronquidos.
—Lo haré.
Ahora, y a pesar de los pesares, podía afirmar el dicho popular. “Los hijos son una
bendición”. Los hijos. Gerard, y su vida.
La vida es una bendición, sólo tienes que darte cuenta.
Sí, Frank Iero, el maravilloso e increíble Frankie, hijo de papi, niño rico, mimado y
divo extraordinario. Realmente, tenía una vida perfecta, hasta que llegó él. Y
entonces, su vida fue perfecta, y mucho más.
FIN