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Gestión de Riesgo de Desastres con Género

Este capítulo presenta el enfoque de género en la gestión del riesgo de desastres. Explica que las vulnerabilidades y capacidades de respuesta ante desastres varían entre hombres y mujeres debido a desigualdades de género. Introduce conceptos como género y desarrollo humano equitativo para comprender cómo los modelos de desarrollo pueden aumentar o disminuir riesgos y desigualdades. Finalmente, enfatiza la necesidad de incorporar la perspectiva de género en iniciativas de gest

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Gestión de Riesgo de Desastres con Género

Este capítulo presenta el enfoque de género en la gestión del riesgo de desastres. Explica que las vulnerabilidades y capacidades de respuesta ante desastres varían entre hombres y mujeres debido a desigualdades de género. Introduce conceptos como género y desarrollo humano equitativo para comprender cómo los modelos de desarrollo pueden aumentar o disminuir riesgos y desigualdades. Finalmente, enfatiza la necesidad de incorporar la perspectiva de género en iniciativas de gest

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CAPÍTULO 5

GESTIÓN DEL RIESGO DE DESASTRES CON ENFOQUE DE GÉNERO

Este capítulo está integrado por dos secciones. En la primera de ellas se


realiza una presentación conceptual sobre la relación entre género y gestión
del riesgo de desastres; así como de los conceptos provenientes de la teoría de
género que permiten comprender las causas de las diferencias y desigualdades
basadas en el género. La segunda sección incluye una descripción de las
áreas en las que todavía se registran desigualdades entre varones y mujeres
en nuestro país, sobre la incidencia de dichas desigualdades en la construcción
de vulnerabilidades y capacidades diferentes por razones de género. El
objetivo es que todos estos elementos contribuyan a la progresiva integración
de la mirada de género en los procesos de gestión del riesgo de desastres,
aportando al logro de intervenciones más eficaces y eficientes.

5.1 Introducción

Los modelos de desarrollo guardan una estrecha relación con la construcción


de los riesgos y de las relaciones de poder entre las personas basadas en su
sexo, edad, origen étnico-racial, pertenencia al ámbito rural o urbano,
discapacidad, clase social, entre otras. Esto implica que los modelos de
desarrollo tienen el potencial de aumentar, mantener o disminuir los riesgos y
las desigualdades sociales. Un modelo de desarrollo inequitativo y no
sostenible contribuirá a construir mayores riesgos y relaciones más desiguales
entre hombres y mujeres. Por el contrario, los modelos de desarrollo más
humanos, equitativos y sostenibles generan mejores condiciones para reducir y
enfrentar los riesgos y superar las desigualdades.
Situado en esta perspectiva, el enfoque de la Gestión del Riesgo de Desastres
enfatiza la necesidad de avanzar hacia el logro de un desarrollo humano1,
equitativo y sostenible2, como condición para construir sociedades más
seguras y con iguales oportunidades para todos y todas. Destaca la necesidad
de considerar los impactos diferentes de los desastres en varones y mujeres,
así como las desigualdades que todavía afectan a las mujeres y niñas en la
mayoría de las sociedades y que contribuyen a que las vulnerabilidades se
sigan construyendo de forma diferenciada.
Sin embargo, la incorporación del enfoque de género en la mayor parte de las
iniciativas destinadas a la gestión y reducción del riesgo es todavía incipiente.
Esto reduce la eficiencia e impacto de las políticas, programas o iniciativas que
se están desarrollando, convirtiéndolas en muchos casos en medidas que
profundizan las desigualdades en las comunidades.

1
El Desarrollo Humano supone “contar con un espacio en el que la gente pueda desarrollar todo su potencial y
llevar una vida productiva y creativa de acuerdo a sus necesidades e intereses. Las personas son la verdadera
riqueza de las acciones.” (PNUD, 2007).
2 El Desarrollo Sostenible es aquel capaz de satisfacer las necesidades del presente sin poner en peligro la capacidad
de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades. Esto supone cuidar del medioambiente y de la
biodiversidad de tal modo que todas las personas de hoy y de mañana puedan contar con los recursos naturales
y energéticos necesarios para el bienestar. (Desarrollo Sostenible, [Link]).

1
En nuestro país, la integración de la perspectiva de género en las iniciativas
referidas a la gestión del riesgo o a la gestión de desastres es un desafío
pendiente y una preocupación relativamente nueva en la agenda pública. En
este sentido es importante la incorporación de la cuestión de género en: las
evaluaciones de los impactos de desastres, tales como inundaciones, procesos
de desertificación o erupciones volcánicas; en la elaboración de mapas de
riesgo; en las planificaciones de las intervenciones para responder en la
emergencia; y en el relevamiento de datos desagregarlos por sexo, para
identificar las vulnerabilidades y capacidades diferentes en varones y mujeres.
En este contexto, la elaboración del Documento País constituye una
oportunidad para iniciar un proceso de sensibilización de los distintos actores
vinculados a la gestión del riesgo de desastres, sobre la relevancia de
incorporar las cuestiones de género en el diseño e implementación de las
políticas destinadas a la prevención, mitigación, respuesta, recuperación
temprana y reconstrucción frente a desastres. Esta opción se enmarca,
además, en los tratados internacionales y normas nacionales adoptados por
nuestro país en materia de igualdad de género3 y de gestión del riesgo de
desastres4.
5.2. El enfoque de género en la gestión del riesgo de desastres
La existencia de condiciones de riesgo, así como la ocurrencia de desastres,
no sólo está determinada por la amenaza de que se presente un fenómeno
peligroso de origen natural o humano, sino fundamentalmente por la existencia
de condiciones de vulnerabilidad. El enfoque de la gestión del riesgo de
desastres analiza el riesgo como el resultado de la conjunción entre la
presencia de una amenaza y el grado de vulnerabilidad y de capacidad de
respuesta y adaptación de la población expuesta a la amenaza. De allí que la
magnitud del impacto de un desastre esté directamente vinculada a las
vulnerabilidades y capacidades preexistentes en la población afectada.

Diversos estudios5 sobre el impacto de los desastres en las poblaciones han


puesto de manifiesto que las vulnerabilidades y las capacidades de las

3 La IV Conferencia Mundial sobre las Mujeres, realizada en Beijing en 1995, supuso nuevos avances al
lograr que la comunidad internacional manifestara su compromiso para alcanzar la igualdad de derechos
entre mujeres y hombres. Para ello se identificaron dos estrategias: el mainstreaming de género en todos
los procesos de toma de decisiones y en la ejecución de políticas y la estrategia del empoderamiento de
las mujeres.
Otro instrumento internacional relevante en este sentido es La Convención para la Eliminación de todas
las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW). Adoptada en 1979, la CEDAW provee un marco
legal internacional sobre cuya base los Estados legislan y acometen medidas para eliminar la
discriminación de género y alcanzar la igualdad entre los géneros. En Argentina desde 1994 dicho
instrumento tiene rango constitucional.
4 El Marco de Acción de Hyogo surgido de la Segunda Conferencia Mundial sobre Reducción de
Desastres (WCDR, en sus siglas en inglés), celebrada en Kobe, Japón, del 18 al 22 de Febrero de 2005,
retomó los lineamientos de la Plataforma de Acción de Beijing (1995) y del Objetivo 3 de las Metas del
Milenio (2000), y enfatizó que la perspectiva de género debe incorporarse “en todas las políticas, planes y
procesos de decisión sobre la gestión de los riesgos de desastre, incluidos los relativos a la evaluación de
los riesgos, la alerta temprana, la gestión de la información y la educación y la formación”. Los países
aprobaron el Marco de Acción de Hyogo para el 2005 – 2015 comprometiéndose al aumento de la
resiliencia de las naciones y las comunidades ante los desastres y a incluir el enfoque de género como eje
transversal de la reducción del riesgo de desastres y en todas las políticas, planes y procesos de decisión
vinculados a la temática.
5
Arenas, A. y Bradshow,S. Análisis de género en la evaluación de los efectos socioeconómicos de los
desastres naturales. CEPAL. Santiago de Chile, mayo de 2004

2
poblaciones no son homogéneas. Condicionantes basados en el género, la
condición social, la etnia, la edad, la religión, entre otros, hacen que dentro de
una misma población afectada existan diferencias y desigualdades en sus
posibilidades de enfrentar y recuperarse de un desastre. Dichos estudios han
permitido constatar que la ocurrencia de una amenaza profundiza las
desigualdades y las vulnerabilidades preexistentes y que las intervenciones
para la reducción de riesgos que abordan a la población como un todo
homogéneo pueden conducir a profundizar las desigualdades preexistentes.
Es en atención a estas diferencias y desigualdades que se plantea la
necesidad de articular el enfoque de reducción y gestión del riesgo y la
perspectiva de género. La incorporación de dicha perspectiva a la gestión del
riesgo contribuye a identificar y analizar las causas del impacto diferenciado de
los desastres en varones y mujeres; ayuda a comprender mejor la situación de
las poblaciones expuestas a una amenaza, a atender de manera más
específica las necesidades y prioridades de mujeres y varones, de niños y
niñas y facilita el diseño de medidas más apropiadas y eficaces.

5.2.1 ¿Qué entendemos por género?

La categoría de género se refiere a aquellas características de los varones y de


las mujeres que están construidas socialmente, en contraste con aquellas que
están biológicamente determinadas. Esto significa que el género es una
categoría distinta de la de sexo; es una construcción cultural que designa los
aspectos psicológicos, sociales y culturales que resultan en lo femenino y lo
masculino y que se incorporan a través de la socialización. Por tratarse de una
construcción social y cultural, el género tiene un carácter histórico, los
contenidos de la identidad de género se transforman a través del tiempo y
pueden variar en diferentes contextos culturales.
La perspectiva de género permite develar que todos y todas estamos inmersos
en un orden de género, en un sistema de creencias que asigna roles, atributos
y comportamientos diferenciados a varones y mujeres sobre la base de la
diferencia sexual. En este sentido, el género no se refiere sólo a las mujeres,
sino a una relación social entre varones y mujeres que se da en contextos
determinados, lo cual implica que los problemas de unas y otros no puedan
resolverse aisladamente.
En la mayoría de las sociedades, las relaciones de género conllevan una
jerarquización, una distribución desigual del poder entre varones y mujeres que
pondera lo masculino por sobre lo femenino y está en la base de las
desigualdades que todavía afectan a las mujeres. De allí que para comprender
las desigualdades de género es necesario analizar comparativamente la
situación de los varones y de las mujeres.
Por otra parte, no todas las mujeres, ni los varones, son iguales. Además de
estar inscriptas en relaciones de género, las personas están condicionadas por
otras diferencias, como la condición social, la edad o la pertenencia étnica
entre otras, que en determinados contextos resultan discriminatorias y generan
inequidades que profundizan las desigualdades de género.

3
5.2.2 El género en la construcción social de vulnerabilidades 6

Producto de la asignación del género, varones y mujeres juegan diferentes


roles en la sociedad, tienen necesidades e intereses distintos y diferentes
posibilidades de acceder a los recursos y de decidir sobre su uso. Estos
aspectos resultan centrales cuando se trata de integrar la perspectiva de
género a las políticas de gestión del riesgo de desastres, ya que nos permiten
visualizar e interpretar cómo estas diferencias inciden en la construcción de
vulnerabilidades y capacidades distintas según género.
Las diferencias biológicas entre varones y mujeres han sido el soporte para
justificar y transformar en natural la división de tareas y responsabilidades en
función del sexo. Así, en casi todas las sociedades, de las mujeres se espera
que asuman el trabajo reproductivo mientras que de los varones se espera el
trabajo productivo generador de ingresos. El trabajo reproductivo incluye, entre
otras, las tareas vinculadas a la alimentación, la higiene, el cuidado y la
educación de los niños y las niñas, la atención de la salud del grupo familiar, la
atención de las personas adultas dependientes. A diferencia del trabajo
productivo, es un trabajo invisibilizado, sin reconocimiento social ni económico.
Si bien las mujeres han incrementado su participación en el mercado de trabajo
y realizan múltiples actividades para la generación de ingresos, las tareas
reproductivas y de cuidado siguen bajo su responsabilidad. Esto les genera una
sobrecarga de tareas que restringe sus posibilidades de desarrollo personal y
laboral y las enfrenta a la necesidad de resolver la conjugación entre las
responsabilidades familiares y las actividades para la generación de ingresos.

En las comunidades de menores ingresos, además del trabajo reproductivo y


productivo, las mujeres asumen un rol de gestoras comunitarias, trabajando de
manera voluntaria en tareas vinculadas a la resolución de problemas de
alimentación, salud, educación y cuidados en general de las personas
dependientes. Son tareas no remuneradas, visualizadas como una extensión
del rol doméstico y con escasa traducción en la asunción de liderazgos
políticos por parte de estas mujeres. Por su parte, los varones también
emprenden tareas comunitarias, pero generalmente desde roles políticos.
La distribución sexual del trabajo, los roles, los estereotipos de género,
condicionan la forma en que hombres y mujeres se posicionan en relación con
la gestión del riesgo de desastres y son afectados en los desastres mismos. El
hecho de que la mayor parte de las actividades asumidas por las mujeres se
desarrollen principalmente en el hogar y en su entorno comunitario (tareas de
cuidado, trabajo comunitario, actividades productivas en el hogar), con
frecuencia las deja en una situación de mayor exposición frente a, por ejemplo,
inundaciones o deslizamientos, ya que es más probable que las encuentre en
sus casas. En el caso de los varones, los mandatos de género tales como la
audacia o el heroísmo, suelen incidir en una menor percepción del riesgo y
conducirlos a exponer sus vidas para rescatar víctimas o proteger los bienes.

6
Debido a que no se cuenta con datos estadísticos e información cualitativa sobre los impactos diferentes
de los desastres en varones y mujeres, se incluyen ejemplos ilustrativos de estas diferencias que fueron
proporcionados por el Consejo Nacional de Bomberos y por la Cruz Roja Argentina.

4
Cuando las inundaciones de la ciudad de Santa Fe, en 2003, los varones de los barrios más
afectados se resistían a retirarse de sus viviendas inundadas con el fin de protegerlas y evitar
los saqueos (expresaban que era su obligación como hombre proteger los bienes de la familia),
viviendo varias semanas sobre los techos, a la intemperie y sin servicios básicos, e incluso
portando armas de fuego. (Cruz Roja Agentina).

5
Por otra parte, las tareas reproductivas y comunitarias asumidas principalmente
por las mujeres resultan sumamente incrementadas en una situación de
desastre. Aumenta el tiempo dedicado a la preparación de alimentos, a la
búsqueda de agua, a la higiene de las personas y de la vivienda, a la atención
de las personas enfermas, entre otras tareas. Como consecuencia, las mujeres
tienen menor libertad de movimiento y menor tiempo disponible para buscar
trabajo o realizar actividades para la generación de ingresos después de un
desastre. Los hombres, por el contrario, tienen la posibilidad de migrar en
búsqueda de empleo, quedando muchos hogares encabezados por mujeres.

Durante la erupción del Volcán Puyehue que afectó a la ciudad de


Bariloche (entre junio de 2011 y mayo de 2012), los hogares de menos
recursos fueron los más afectados, especialmente las mujeres que son
quienes asumen las tareas reproductivas y de cuidado de la familia. Las
viviendas, calles y patios se cubrieron de arena volcánica pesada y pronto
los techos de las casas comenzaron a ceder. A esta situación se sumaron
los cortes de luz prolongados, la escasez de leña y la falta de agua. En
algunos lugares afectados la población accede al agua mediante canillas
comunitarias, pero este servicio se vio afectado por los cortes de
electricidad, por lo tanto las mujeres debieron trasladarse a la casa del
referente barrial para obtener agua envasada. Por otra parte, una de las
medidas precautoria fue suspender las clases, ya que en los primeros
días no se sabía con certeza cuales eran los componentes de las cenizas.
Esta medida incrementó también el trabajo de las mujeres, las madres
tuvieron que asignar más tiempo al cuidado de los niños. (Consejo
Nacional de Bomberos.)

Otro de los aspectos en los que se expresa la desigualdad de género es en el


acceso y control de los recursos por parte de varones y mujeres. Se denomina
recursos a todo aquello que permite satisfacer las necesidades que se
expresan a lo largo de la vida de las personas y que pueden ser de diferente
tipo: empleo, educación, capacitación, vivienda, servicios de salud, créditos,
tierras, información, servicios de cuidado de niños, alimentación, dinero, poder,
entre otros. El acceso a un recurso es la posibilidad de usarlo para satisfacer
necesidades individuales o colectivas y es esencial para posibilitar el desarrollo
integral como personas; mientras que el control del recurso está relacionado
con la distribución del poder en la sociedad, es la posibilidad de definir y decidir
qué hacer con el recurso.

En relación con la gestión del riesgo de desastres es necesario diferenciar


quiénes, varones o mujeres, tienen acceso a los recursos y quiénes los
controlan, es decir, quiénes deciden sobre su uso. En la mayoría de las
sociedades, las mujeres tienen un menor acceso a recursos y a ámbitos de
decisión, aspectos que resultan esenciales tanto en la preparación y mitigación
de desastres como en la recuperación temprana y reconstrucción que sigue.
Ellas están sobre representadas en la economía informal, en los trabajos por
cuenta propia o en trabajos precarizados con menor remuneración sin los
beneficios de la seguridad social ni representación sindical. Los sectores
informales y agropecuarios son generalmente los más impactados por los
desastres naturales; como resultado las mujeres suelen quedar más expuestas
al desempleo o a mayores dificultades para retomar actividades productivas
después de un desastre. Asimismo, en situaciones de respuesta a

6
emergencias, la exclusión de las mujeres de los ámbitos en los que se decide
sobre la distribución de la ayuda estatal puede limitar su acceso a los recursos
provistos.
En la medida en que varones y mujeres asumen actividades diferentes, y su
acceso y control sobre los recursos y beneficios dependen del tipo de
relaciones que existen entre ellos, sus necesidades e intereses son también
diferentes. Con relación a este punto, los enfoques comprometidos con la
integración de la perspectiva de género en el desarrollo plantean la necesidad
de distinguir entre las necesidades prácticas de género y los intereses
estratégicos de género. Como se verá, esta distinción es central para la gestión
del riesgo de desastres.
Las necesidades prácticas de género son aquellas que se derivan de los roles
asumidos por las mujeres y los varones en la sociedad, de allí que se
relacionen con insuficiencias en las condiciones de vida. Por ejemplo, en el
caso de las mujeres, dedicadas a las tareas reproductivas y del hogar, sus
necesidades prácticas tendrán que ver con el abastecimiento de agua,
servicios de salud, servicios educativos, de cuidado de niños/as y/o
ancianos/as. No desafían su situación subordinada, sino que la satisfacción de
esas necesidades facilita el cumplimiento del rol reproductivo y de cuidado de
los otros/as. Si bien son necesidades compartidas por el conjunto de los
miembros del hogar, se identifican como necesidades de las mujeres porque
ellas tienen asignada la responsabilidad de satisfacerlas.
Los intereses estratégicos de género son aquellos que desafían la situación
subordinada por razón de género de mujeres o de varones. En la mayoría de
las sociedades, la posición de subordinación es de las mujeres, los intereses
estratégicos en este caso serán los que contribuyen a cambiar su
subordinación y su posición en la sociedad. Si bien varían según los contextos
particulares, en general suponen intervenciones relativas a los derechos, a la
violencia de género, a la igualdad de remuneraciones, al control de la mujer
sobre su propio cuerpo, a un mayor acceso a la propiedad y al crédito, a una
mayor igualdad política y ciudadana.
La aplicación de estas categorías al análisis de la gestión del riesgo y las
intervenciones en situaciones de desastres muestra, por ejemplo, que en
la respuesta a una emergencia generalmente sólo se consideran las
necesidades prácticas de género. Desde un enfoque centrado en la
familia, las mujeres son visualizadas exclusivamente en su rol de madres
o de cuidadoras y se las convoca como proveedoras más eficientes de
los servicios, pero se las excluye de los espacios comunitarios en los que
se toman las decisiones sobre la planificación y organización de la
atención a la emergencia. Aún con buenas intenciones, estas
intervenciones interpelan a las mujeres como gestoras comunitarias
generando una sobrecarga de tareas con impactos en su salud física y
emocional.
Más aún, los enfoques que sólo ven a las mujeres en su rol de madres o
cuidadoras, las invisibilizan en todos los planos, incluso en el de sus
necesidades específicas. Por ejemplo, aunque la salud sexual y reproductiva
se ha ido incorporando como un componente clave en las intervenciones de
socorro, la atención suele ser inadecuada7. Tampoco se prevén estrategias
7
Con frecuencia en los kits de higiene personal no se incluyen toallas sanitarias, o no se prevén
medicinas para enfermedades específicas producidas por las inundaciones, como los hongos vaginales.

7
para la atención de situaciones de violencia sexual y doméstica, si bien se
conoce que estas situaciones se incrementan en los centros de evacuados y
después del desastre.

En 2008, la localidad de Embarcación en la provincia de Salta fue afectada por una gran
inundación. En la comunidad wichí del Lote 75 de Embarcación, muchas pobladoras
(especialmente adultas mayores) sólo hablan el idioma wichí. Si bien esta situación es pre-
existente, mitigada a partir de la incorporación de agentes sanitarios bilingües (muchos
pertenecientes a la misma comunidad), durante la emergencia y en un contexto de
desorganización, improvisación y saturación de recursos, esto obstaculizaba significativamente
no sólo la adecuada atención sanitaria, sino que mal predisponía a las mujeres que evitaban
acceder a los servicios de salud. (Cruz Roja Argentina).

Considerar los intereses estratégicos de género en un proceso de gestión del


riesgo implica adoptar la estrategia de transversalización de la perspectiva de
género en el diseño, la ejecución, el monitoreo y la evaluación de las
intervenciones destinadas a reducir y manejar el riesgo de desastres. La
incorporación transversal de esta “mirada” permite identificar las causas que
originan y mantienen las vulnerabilidades específicas de cada género frente a
los riesgos, con el fin de modificarlas, reducirlas y/o eliminarlas. Dicho de otra
manera, contribuye a intervenir sobre las causas de los desastres y no sólo
sobre los efectos de los mismos, evitando la generación de nuevos escenarios
de riesgo.
La estrategia de transversalidad del enfoque de equidad de
género es el proceso de valoración de las implicaciones para
hombres y mujeres de cualquier acción planeada, incluyendo
la legislación, políticas y programas, en todas las áreas y
niveles. Es una estrategia para que las necesidades e
intereses de hombres y mujeres sean considerados de
manera integral en el diseño, implementación, monitoreo y
evaluación de políticas, programas y proyectos, en todas las
esferas –política, económica y social- del desarrollo, de
manera que ambos se beneficien equitativamente (Superar
la desigualdad, reducir el riesgo. Gestión de Riesgos de
Desastres con Equidad de Género. Programa de Naciones
Unidas para el Desarrollo (PNUD). México. 2007. Pág. 40-
41)

5.2.3 El género en la construcción social de capacidades

Junto a la consideración de las vulnerabilidades, la gestión del riesgo con


enfoque de género señala la necesidad de identificar también la existencia de
capacidades diferenciadas con valor frente a desastres. Si la vulnerabilidad
refiere a la fragilidad de una población de ser afectada por la ocurrencia de un
desastre, la capacidad designa el conjunto de recursos con que cuentan las
personas y las comunidades expuestas a amenazas para reducir el nivel de
riesgo o los efectos de un desastre.
El análisis de las capacidades indica, como el reverso de la moneda, la
verdadera dimensión de las vulnerabilidades, ya que permite saber si el
desarrollo de ciertas capacidades puede compensar algunas vulnerabilidades.
La resiliencia y la autonomía se presentan como dos capacidades centrales
para que las personas y comunidades puedan reponerse de un desastre. La

8
resiliencia se refiere a la capacidad de las mujeres, los varones, familias,
comunidades y países expuestos a amenazas, para adaptarse o cambiar con
el fin de alcanzar o mantener un nivel aceptable en su funcionalidad8. La
autonomía es resultado de las capacidades de una comunidad para identificar,
disponer de recursos y medios, utilizarlos para enfrentar desastres y
recuperarse del impacto por sí mismo sin que su potencial de desarrollo sea
socavado9. La autonomía de las mujeres es una condición para la
igualdad, ya que es indispensable para que puedan tomar decisiones
sobre los recursos ambientales, económicos, políticos y culturales en
función de sus intereses y necesidades.
La relevancia otorgada a ambas capacidades, responde a un enfoque que
considera a las personas y comunidades como agentes activos de su propio
desarrollo, con capacidades para reducir los riesgos, afrontar las crisis y
continuar sus proyectos de vida.

“(…) sería un error ver a grupos sociales altamente vulnerables


solamente como víctimas, porque existe la evidencia que demuestra que
estos grupos han desarrollado una variedad de maneras para protegerse
a sí mismos de las amenazas, buscando y estableciendo alianzas con
otros grupos, movilizando recursos y resistiendo a fuerzas sociales que
empujan hacia situaciones de peligro. Estas estrategias son el resultado
de la experiencia, del aprendizaje social y cultural y por lo tanto serán
diferentes para distintos grupos y entre hombres y mujeres de culturas
distintas”. (Wisner, 2001)

Desde una perspectiva de género, este enfoque supone identificar y poner en


valor las capacidades de resiliencia y autonomía de las mujeres y de los
varones en cada contexto histórico y social, con el fin de reducir
vulnerabilidades y de fortalecer habilidades, destrezas, aptitudes, actitudes,
conocimientos necesarios para la reducción de los riesgos y los impactos de
los desastres.

Existe una tendencia de contemplar a las mujeres como


“ausentes”, “marginadas” o “desfavorecidas” en los espacios
sociales, políticos y económicos, se tiende a darles un papel de
seres vulnerables y, por ende, a oscurecer los aportes sociales
que las mujeres desarrollan desde la vida doméstica
(económicos, de cuido familiar, afectivos) y extradoméstica
(económica, comunitaria, política). (Comisión Interuniversitaria
de estudios de Género. CIEG-Nicaragua. 2001)

Los varones, en el ejercicio de las tareas productivas, desarrollan una serie de


capacidades que resultan centrales en la respuesta a situaciones de crisis.
Ellos no sólo se convierten en el sostén económico, sino que, por lo general,
cuentan con habilidades y conocimientos útiles para ayudar en el rescate de las
víctimas, para las tareas de recuperación y reconstrucción.

8
Superar la desigualdad, reducir el riesgo. Gestión de Riesgos de Desastres con Equidad de Género.
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). México. 2007. Pág. 17
9
Op. Cit. Nota 7. Pág. 17

9
Luego de la ocurrencia del tornado que afectó a la localidad de San Pedro (provincia de
Misiones) en 2009, ante los graves daños en gran parte de las viviendas (muchas de ellas
construidas con madera), los varones de la comunidad iniciaron individual y rápidamente la
autoconstrucción o reparación de las mismas ya que la mayoría de ellos, por trabajar en los
aserraderos locales, tenía acceso y conocimientos sobre el manejo de la madera. (Cruz Roja
Argentina).

Las capacidades adquiridas por las mujeres en el ejercicio de las tareas


reproductivas también las coloca en roles centrales en dichas situaciones. Ellas
se convierten en el sostén emocional de la familia y de la comunidad, se
preocupan por la alimentación de las personas y tratan de mantenerlas
saludables y fuertes, reduciendo su vulnerabilidad. Su trabajo como gestoras
comunitarias hace que generalmente tengan un gran conocimiento de la
situación de las familias, de los principales problemas que enfrentan, de las
relaciones entre vecinos, de los recursos existentes en la comunidad. Cuentan
con habilidades para encontrar soluciones alternativas en contextos de
recursos escasos y con redes informales entre ellas.

Asimismo, por regla general, sus habilidades comunicativas las convierten en


elementos fundamentales para la integración de la familia, las relaciones
extensivas con otros familiares y con el vecindario en los contextos de
desastre. Debido a los roles asumidos en relación con el cuidado de los hijos
menores y/o adultos dependientes, las mujeres suelen desarrollar la mayoría
de sus actividades cerca de o en el territorio en que viven; por lo tanto, pueden
tener un mayor contacto con la comunidad e, incluso, una mayor percepción
del riesgo. De ahí que pueden ser más eficaces en la movilización de la
comunidad para responder a los desastres, en la comunicación de las alertas
tempranas y en las decisiones sobre la evacuación. Rápidamente forman
grupos y redes de actores sociales que trabajan para satisfacer las
necesidades más urgentes de la comunidad.

La ciudad de Coronel Rosales (provincia de Buenos Aires) suele ser afectada por
inundaciones cuando fuertes temporales de lluvia coinciden con la subiente de la
marea. Frente a estas situaciones de emergencia que afectan las viviendas de un
sector importante de la población, el 80% de los llamados recibidos por los
bomberos son realizados por mujeres. Ellas organizan barricadas caseras y ponen
al resguardo sus bienes. Durante el temporal, antes de efectuar cualquier maniobra
riesgosa fuera del domicilio, solicitan la colaboración. En la gran mayoría de los
casos, por ejemplo, la primera maniobra es el corte de energía desde el interior de
la casa. (Consejo Nacional de Bomberos)

Esta capacidad de resiliencia desarrollada en sus trayectorias de vida y puesta


en juego en una situación de crisis, debería transformarse en una oportunidad
para remover las relaciones de subordinación en que muchas veces se
encuentran. Por ejemplo, dando visibilidad y reconocimiento social a las
acciones que realizan, no para interpelarlas como madres o cuidadoras
(reproduciendo su lugar social y la sobrecarga de tareas); sino para promover
su empoderamiento y liderazgo comunitario, su acceso a las instancias de
capacitación para la prevención de riesgos o respuesta a desastres y su
participación en los comités de gestión en paridad con los varones.
Facilitar la participación de las mujeres en las diferentes intervenciones para la
reducción del riesgo y/o la respuesta a la emergencia puede contribuir a

10
incrementar su autoconfianza y autonomía para manejar recursos en
condiciones más igualitarias con los varones, para generar cambios en las
creencias, valores y actitudes moldeadas por el género.

Cuando la ciudad de Tartagal en la provincia de Salta se vio afectada en 2009 por el alud,
durante la etapa de reconstrucción, y con la motivación de abandonar cuanto antes los Centros
de Evacuados y retornar rápidamente a sus hogares, las mujeres de la comunidad realizaron a
la par de los varones, tareas de de limpieza de espacios comunes (anegados por barro y
piedras), reparaciones de viviendas y albañilería básica; tareas habitualmente en manos de
estos últimos. (Cruz Roja Argentina).

Por otra parte, una situación de crisis puede convertirse en una oportunidad
para que los varones desempeñen roles no adscriptos a su género, tales como
el cuidado de familiares o la preparación de alimentos.

Cuando la ciudad de San Pedro en la provincia de Misiones fue afectada por un tornado en
2009, durante los primeros momentos (días) de la emergencia los varones de la comunidad
participaron en la preparación de alimentos en el Centro de Evacuados, escuela de la
comunidad de Tobuna, para las familias alojadas en ese establecimiento. Esto permitía a las
mujeres dedicarse más fuertemente al cuidado y contención de los niños y niñas. (Cruz Roja
Argentina).

VA FOTO 1

VA FOTO 2

5.3. Contexto nacional: vulnerabilidades y capacidades diferentes entre


varones y mujeres frente a la ocurrencia de desastres.

Diversos estudios de casos sobre la relación entre vulnerabilidad e impacto de


los desastres indican que los recursos previos con que cuentan las personas,
las familias, las comunidades, son indicadores del grado de vulnerabilidad, es
decir, de la magnitud del daño que producirá la ocurrencia de una amenaza y
de la capacidad de las personas para recuperarse.
Para la identificación y análisis de las vulnerabilidades específicas por género
en nuestro país se realizó una adaptación de los componentes de la
vulnerabilidad propuestos por Sarah Bradshaw y Ángeles Arenas (2004)10. Esta
decisión obedece, por un lado, a la necesidad de dar cuenta de factores de
vulnerabilidad propios de nuestro contexto; por otro, al hecho de que al
momento de elaborar este documento no se disponía de toda la información
necesaria para dar cuenta de los diferentes indicadores propuestos por las
autoras. Por lo tanto, queda pendiente para un futuro Documento País el
relevamiento y procesamiento de información desagregada por sexo, tanto en
el nivel nacional como provincial, que permita un análisis más exhaustivo de las
vulnerabilidades basadas en el género.
Si bien en Argentina se han logrado importantes avances en materia de
igualdad de género, aún se verifican brechas en algunas áreas que dan cuenta
de un desigual acceso a recursos entre varones y mujeres.

10
Sarah Bradshaw y Ángeles Arenas. Análisis de género en la evaluación de los efectos socioeconómicos
de los desastres naturales. CEPAL. Chile. 2004

11
A continuación se presentan dichas situaciones organizadas en función del
conjunto de componentes de la vulnerabilidad seleccionados: trabajo y acceso
a recursos económicos, participación en ámbitos de decisión, violencia de
género y salud. Se espera que el conocimiento de estas desigualdades
contribuya a enriquecer y aporte al logro de una mayor eficacia de las
intervenciones para la gestión del riesgo de desastres.

[Link] y acceso a recursos económicos

 Participación en el mercado de trabajo/Desigualdades en el mercado de


trabajo

De acuerdo al Informe “Aportes para el Desarrollo Humano en Argentina


2011”11 publicado por PNUD, durante la última década (1999-2009) la
participación económica de las mujeres en el mercado de trabajo se ha
mantenido en ascenso, lo cual se expresa tanto en las tasas de actividad como
en las de empleo. Los varones también incrementaron en el período su tasa de
empleo, pero el aumento que se observa entre las mujeres es bastante más
pronunciado, lo que redunda en una mayor feminización de la fuerza de trabajo
ocupada12.
Ahora bien, aunque la tasa de desempleo se redujo para ambos géneros, lo
que evidencia la mejora en las oportunidades laborales de los últimos años, el
desempleo todavía se mantiene más alto para las mujeres que para los
varones (10.1% vs. 8.3%).
Asimismo, la mayor incorporación de las mujeres al mundo del trabajo no ha
traído aparejadas modificaciones significativas en sus formas de inserción.
Debido a que continúan siendo las principales proveedoras de cuidado dentro
de sus hogares, muchas deben aceptar empleos flexibles y por pocas horas
semanales, por lo general, precarios. Las mujeres continúan trabajando un
promedio de horas semanales muy inferior al de los varones, lo que en
parte condiciona el tipo de ocupaciones a las que pueden acceder e impacta en
sus ingresos.
Permanece la concentración de mujeres en ocupaciones identificadas como
“femeninas” y de baja productividad, tales como el servicio doméstico, la
atención de personas, la enseñanza, el cuidado de la salud y las actividades
secretariales; así como la concentración en los puestos de menor jerarquía,
aún en los casos en que cuenten con igual calificación que sus pares varones.
Según datos relevados por la EPH del 4º cuatrimestre de 2010, el porcentaje
de mujeres en tareas no calificadas (32%) duplicaba al de los varones. En la
industria, se observan las diferencias más importantes: para el mismo período,
se empleaba el 8% de las trabajadoras y una cifra 4 veces superior para el
caso de los varones ocupados.
Por otra parte, si bien en la última década se ha logrado revertir la
precarización del empleo tanto de las mujeres como de los varones, la
precariedad continúa siendo superior entre las mujeres (60.1% de asalariadas

11
“Aportes para el desarrollo humano en Argentina 2011.Género en cifras: mujeres y varones en la
sociedad argentina”. 1ª ed. Buenos Aires: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),
2011.
12
La razón de varones ocupados en relación con las mujeres ocupadas disminuyó de 1,64 a 1,48. Op. Cit.
Nota 9. pág. 18

12
registradas con aportes jubilatorios vs. 67.2% de varones en la misma
condición). Esta situación coincide con y se deriva de su inserción
relativamente más informal en el mercado de trabajo.
Otra de las desigualdades entre varones y mujeres que todavía se expresa en
el mercado laboral es la referida al nivel educativo y la calificación de la tarea
desempeñada. Aunque no todas las personas que han completado el nivel
educativo superior o universitario se desempeñan en tareas profesionales en el
mercado de trabajo, esta falta de correspondencia entre la educación adquirida
y la calificación de la tarea que se desarrolla es más pronunciada para las
mujeres que para los varones. En la última década esta brecha entre géneros
ha disminuido, pero no se ha debido a una mejor situación de las mujeres en el
mercado de trabajo, sino a una disminución de la situación de los varones.
Para ambos sexos disminuyó el porcentaje de trabajadores con título superior o
universitario que desempeñan una ocupación de carácter profesional, pero la
caída fue bastante superior para los varones (en 1999 el porcentaje de varones
con educación superior en ocupaciones profesionales era del 56.4%, en 2009
descendió al 42%. En el caso de las mujeres el descenso fue menor, de 34.6%
en 1999 a 32.1% en 2009).
Finalmente, el indicador referido a los ingresos también muestra una situación
desventajosa de las mujeres. En casi todas las jurisdicciones los ingresos
anuales percibidos por los varones son entre 5% y 55% superiores a los de las
mujeres. Las mayores distancias entre géneros se detectan en Chubut,
Tucumán y Buenos Aires, mientras que las menores se observan en Santiago
del Estero, Misiones, Neuquén, Chaco y La Pampa. Por otra parte, en los
últimos 10 años, la brecha de ingresos a favor de los varones se agrandó entre
quienes tienen bajos niveles de educación, mientras que se achicó entre los
profesionales. Además, como fue expresado anteriormente, la segregación
ocupacional por sexo, que relega a las mujeres a los trabajos de menor
productividad, también impacta en la percepción de menores ingresos para
ellas, en particular, entre las que tienen escasa educación formal.
La mayor precariedad laboral, el mayor desempleo, la desigualdad en los
ingresos, así como la participación en empleos de menor productividad,
colocan a las mujeres en una situación de mayor vulnerabilidad para
hacer frente a los desastres; no sólo porque seguramente las encuentra
sin ahorros y sin protección social para enfrentar la situación, sino
porque la falta de ingresos propios afecta su autonomía y las vuelve más
dependientes de la ayuda estatal o de sus cónyuges.
Si en situaciones normales, en particular en contextos de pobreza, las mujeres
todavía enfrentan mayores obstáculos que los varones para lograr inserciones
laborales de calidad y generar ingresos propios, en situaciones de crisis esta
problemática se agrava. En una situación de desastre las oportunidades de
generar ingresos de las mujeres se ven aún más disminuidas por tener que
dedicarse temporalmente a la atención de tareas de emergencia, recuperación
y reconstrucción que no le son remuneradas. El trabajo reproductivo se
incrementa; la pérdida o daño de la infraestructura doméstica, aunque ésta
haya sido mínima, demanda de las mujeres una mayor dedicación de tiempo a
la preparación de alimentos, a la limpieza de la vivienda, a la higiene de los
niños/as o adultos dependientes; incluso, en ciertos contextos, exige el acarreo
de agua o leña. La ausencia de servicios de cuidado de niños y el cierre

13
temporal de las escuelas, que suelen ser usadas como centros de evacuados
para las personas damnificadas, hace que deban ocupar más tiempo en el
cuidado de los hijos. Ellas, a diferencia de los varones, ven restringida su
movilidad para salir a buscar empleo o para realizar actividades destinadas a
generar ingresos.

“La Ciudad de San Carlos de Bariloche, en estos últimos años ha aumentado


considerablemente su población. Entre los sectores de menos recursos se conserva la
estructura de padre de familia, con la obligación de las madres de hacerse cargo del
sustento diario y la educación de los hijos. Debido a las condiciones climáticas
adversas entre los meses de junio a septiembre, ellas son quienes salen a buscar leña,
nylon y víveres a los Centros de Articulación Municipales. La erupción del Volcán
Puyehue empeoró toda esta vida familiar, imponiéndoles a las madres un especial
cuidado. Viven en casas muy precarias y ante la caída de ceniza debieron sellar
ventanas y puertas con trapos mojados y no levantar polvo al barrer. La ceniza
provocó, además, problemas respiratorios (alergias, asma, problemas bronquiales,
irritación nasal) e irritación ocular. La atención de estos problemas de salud recayó
principalmente en las madres”. (Consejo Nacional de Bomberos).

La investigación sobre las características de la participación laboral de mujeres


y varones, así como la diversidad de estrategias para la generación de ingresos
que implementan antes de la ocurrencia del evento, debería ser incorporada en
el mapeo de vulnerabilidades a fin de permitir, por ejemplo, una respuesta
rápida en términos de la reactivación de la economía y recuperación de los
medios de vida después de ocurrido el evento.

 La situación de las mujeres campesinas/Trabajo de las mujeres en


explotaciones rurales familiares

De acuerdo a un estudio realizado sobre la participación de las mujeres en la


economía social13, las mujeres aparecen teniendo un peso muy importante en
las unidades productivas de la agricultura familiar. Según datos14 del Registro
Nacional de la Agricultura Familiar15 que está llevando adelante el Ministerio de
Agricultura, al momento de realizar el estudio (2011) el porcentaje de mujeres
titulares de Núcleos de Agricultura Familiar16 era del 47,7% y el porcentaje de
titularidad femenina sola (es decir, no como cónyuge) para el total de la

13
Angulo N., Caracciolo M., Foti P., Sanchís N. Economía Social y Solidaria. Políticas Públicas y Género.
Asociación Lola Mora. Buenos aires. 2011.
14
“(…) al momento de realizar la investigación, los datos aún eran provisorios ya que correspondían a una
cuarta parte del universo (46.326 Núcleos de Agricultores Familiares (NAF) en todo el país, de un total
aproximado de 200.000)”. Op. Cit. Nota 11. Pág. 25.
15
El Registro Nacional de Agricultura Familiar (RENAF) tiene por objeto generar información oportuna,
permanente, fehaciente y confiable de todos los potenciales destinatarios de las acciones y servicios que
el Estado disponga para el sector de la Agricultura Familiar (AF) en todo el país. El registro consigna no
sólo los datos del titular hombre de la unidad familiar, sino que se considera la doble titularidad del
hombre y la mujer cuando son pareja, y en el caso de la mujer se consignan datos de si es titular sola o
como cónyuge.
16
“El Núcleo de Agricultura Familiar (NAF) se define como la unidad económica familiar en el sector
agropecuario. Estas unidades productivas pueden realizar actividades prediales (agricultura, producción
animal, artesanías, agroindustrias, turismo rural, etc.) y extraprediales (comercialización, servicios de
maquinaria o animales, transporte de productos, trabajos permanentes o temporarios de sus miembros,
etc.)”. Foti P. “Participación de las Mujeres en las Políticas dirigidas a la Economía Social y Solidaria.
Argentina”, en Economía Social y Solidaria. Políticas Públicas y Género. Asociación Lola Mora. Buenos
Aires, 2011. Pág. 80.

14
muestra llegaba al 33%; en la región de Cuyo alcanzaba al 46,4%, siguiéndole
la región NOA con 41%, la Pampeana con 34,8%, y la Patagonia con 32.5%.
Como señalan las autoras, los altos porcentajes de titularidad femenina sola
puede estar expresando la estrategia multifuncional de subsistencia que han
tenido que desarrollar las familias campesinas, donde las mujeres adultas se
quedan al frente de la explotación, mientras los maridos, hijos e hijas adultos
salen a trabajar fuera del predio.
Ahora bien, estas mujeres, por su condición simultánea de amas de casa y
productoras, enfrentan mayores dificultades para hacer progresar la
explotación, tienen más dificultades para cultivar todo el predio, para
comercializar la producción, escasa o nula experiencia en gestión y uso del
crédito y bajos niveles de capacitación17.
Las condiciones en que las mujeres campesinas asumen las responsabilidades
de quedar al frente de la explotación no son las mismas que tienen lo varones
en su misma situación. Al trabajo productivo deben agregar las tareas
domésticas y reproductivas que generalmente requieren mayor cantidad de
tiempo y esfuerzo que en el caso de las mujeres urbanas.
De acuerdo a una investigación realizada sobre la situación de las mujeres
rurales en el país18, las jornadas de trabajo de las mujeres rurales,
considerando las actividades productivas y reproductivas, suman entre 16 y 18
horas por día. La jornada de un día suele incluir la atención de la granja y del
ganado menor, el trabajo en el cultivo de renta, encierro de los animales por la
noche, preparación de alimentos, limpieza de la casa, lavado de ropa y en
muchos casos, manufacturación de artesanías. Si en el predio se desarrollan
actividades de tambo, ellas ordeñan los animales y en muchas regiones se
ocupan del pastoreo de los rebaños. En la época de pariciones, el trabajo se
recarga por la necesidad de ocuparse de la alimentación de las crías. La
cantidad de tiempo dedicado al trabajo doméstico aumenta en las zonas donde
hay problemas de acceso a los recursos naturales, ya que las mujeres
generalmente se ocupan de la recolección de leña y de agua. Además, las
actividades destinadas al autoconsumo que garantizan la seguridad alimentaria
en los hogares rurales pobres, todavía son visualizadas como parte del trabajo
doméstico, por lo tanto son tareas no remuneradas, aún cuando muchas de
ellas son productivas.
Por otra parte, la dispersión geográfica de las familias campesinas y la lejanía
de los centros urbanos, limita su acceso a los servicios básicos que requiere la
familia (salud, educación, información, comunicación, entre otros). Esta
limitación afecta de manera particular a las mujeres ya que, como principales
responsables del cuidado familiar, son quienes se trasladan a los centros
urbanos para resolver problemas de los integrantes de la familia. El tiempo
destinado a estas actividades es tiempo que restan a las actividades para la
generación de ingresos.
A los problemas señalados, se agrega el de la tenencia de la tierra y
restricciones derivadas de los efectos negativos del cambio climático, como es

17
Cristina Biaggi, Cecilia Canevari y Alberto Tasso. Mujeres que trabajan la tierra. Un estudio sobre las
mujeres rurales en Argentina. Serie Estudios e Investigaciones II. Secretaría de Agricultura, Ganadería,
Pesca y Alimentos. Buenos Aires. 2007.
18
Biaggi C. y Canevari C. Las mujeres rurales en el país según los datos censales de 2001.
[Link]

15
la falta de agua, tanto para la producción como para el consumo humano y
restricciones. “En algunas zonas de nuestro país, el acceso a la tierra y al agua
todavía constituye un problema que afecta el volumen y la calidad de la
producción. Por ejemplo, las productoras de la feria de Corzuela (Chaco),
además de padecer severas restricciones de agua, no tienen la propiedad de la
tierra. La agricultura familiar y campesina ha perdido espacios físicos con el
avance de las empresas sojeras y con otras producciones propias de grandes
establecimientos”19.
Los condicionamientos derivados de los roles de género se agravan ante
la ocurrencia de desastres, de allí la importancia de conocer las
características de la participación femenina en los Núcleos de Agricultura
Familiar, a fin de diseñar intervenciones que contribuyan a recuperar la
capacidad productiva de las explotaciones familiares. Por ejemplo, en los
procesos de reconstrucción, facilitando el acceso de las mujeres campesinas a
capacitaciones para mejorar el manejo agrícola, el acceso a tecnologías que
permitan incrementar sus producciones, facilitando contactos para la
comercialización.

 El trabajo en el marco de la economía social.

El estudio20 antes citado señala, además, que las mujeres son mayoría en los
emprendimientos de la Economía Social21 más recientes.
En efecto, a partir de los datos disponibles en los empadronamientos de los
principales programas estatales dirigidos al sector, el informe indica que:

 Del total de emprendedores/as que recibieron microcréditos en todo el país


por parte del Ministerio de Desarrollo Social (a Junio de 2011)
prácticamente las tres cuartas partes son mujeres (74%, llegando al 81%
bajo la modalidad del Banco de la Buena Fe que constituye el 66% de la
muestra).
 El registro de monotributistas sociales del mismo Ministerio a Junio de 2011
había empadronado un total de 425.000 personas, de las cuales
prácticamente la mitad son mujeres (47,25%).

19
Mercedes Caracciolo Basco y Pilar Foti. Las mujeres en la economía social y solidaria: experiencias
rurales y urbanas en Argentina. Asociación Lola Mora, UNSAM, IDAES, UNIFEM. Buenos Aires. 2010.
Pág. 14
20
[Link]. nota 11.
21
“Nos referimos a las experiencias más recientes de emprendimientos individuales, familiares y
asociativos, que en Argentina se expanden desde fines de los años 90´ y en forma explosiva con la crisis
del 2001/2002, que funcionan con una organización de trabajo autogestivo y una lógica diferente a la
capitalista tradicional. Estas nuevas formas, se suman a las modalidades tradicionales del mutualismo y
cooperativismo traídas al país por los inmigrantes europeos y las modalidades más ancestrales de las
comunidades indígenas y de la agricultura familiar y campesina, que principalmente en las regiones
extrapampeanas, persisten pese al avance de la agricultura concentrada para la exportación. Las
unidades de la Economía Social – a diferencia de las capitalistas envueltas en la lógica de acumulación
del capital - están orientadas a satisfacer las necesidades de sus integrantes con una lógica de
reproducción ampliada de la vida, para lo cual utilizan una racionalidad económica orientada a maximizar
un valor agregado por el trabajo o a ahorrar gastos. Se caracterizan por: i. la unidad en la misma persona
del/a trabajador/a y el propietario/a de los medios de producción, es decir, la inexistencia de la relación
patrón-asalariado, ii. la integración en la/s misma/s persona/s del trabajo manual y el trabajo intelectual,
para tomar decisiones compartidas, iii. el reparto de los beneficios principalmente según el trabajo y no
según el capital aportado”. Angulo N., Caracciolo M., Foti P., Sanchís N. Economía Social y Solidaria.
Políticas Públicas y Género. Asociación Lola Mora. Buenos aires. 2011. Pág. 23

16
 Este registro establece una diferencia entre monotributistas asociados e
individuales. Dentro de los asociados, se encuentran las cooperativas
tradicionales (que son las más capitalizadas). En estas organizaciones las
mujeres tienen una participación mucho menor a las de los varones (32%
vs. 68%).
 En cuanto a las cooperativas del Programa Argentina Trabaja en las que
predomina una reproducción simple o de subsistencia, también se registra
una mayor participación de las mujeres (52%).22

A partir de los datos es posible deducir que la mayoría de los emprendimientos


implementados por las mujeres son de un nivel de subsistencia o reproducción
simple23, lo que significa que los excedentes generados en el proceso
productivo que logran retener les garantizan escasamente reproducir el
proceso de producción en la misma escala que venía realizándose.
Si bien son más las mujeres involucradas en emprendimientos de la economía
social (y esta participación seguramente les confiere mayor autonomía al contar
con ingresos propios), las características de subsistencia de la mayoría de sus
emprendimientos en contraposición a los generados por los varones (los más
capitalizados) hace que ellas no logren superar una situación de vulnerabilidad
económica.
Estas mujeres obtienen ingresos que aportan al hogar a través de diversas
actividades que generalmente realizan dentro del mismo hogar y que les
permiten compatibilizar las tareas productivas con las reproductivas. Los
emprendimientos más usuales realizados por las mujeres son la producción de
alimentos para la venta, producción de prendas y tejidos, emprendimientos
comerciales tales como pequeños almacenes, kioscos, peluquerías, entre
otros.
Dado que, en la mayoría de los casos, la unidad de producción está instalada
en la vivienda que ocupa la familia, ante la ocurrencia de un desastre que
afecta a la vivienda, resultan también afectados los medios de producción y/o
los insumos necesarios para la producción. La pérdida de esta capacidad
productiva tiene consecuencias en la generación de ingresos y en la seguridad
alimentaria del hogar, así como la pérdida de un ingreso bajo el control de la
mujer.
Para atender a estas situaciones es necesario recoger información sobre
las actividades para la generación de ingresos realizadas por las mujeres
antes del desastre, a fin de en el post desastre poder reemplazar los
recursos y herramientas perdidas, así como implementar sistemas de
crédito que se basen en las posibilidades reales de devolución por parte
de las mujeres.

 La división sexual del trabajo

22
Angulo N., Caracciolo M., Foti P., Sanchís N. Economía Social y Solidaria. Políticas Públicas y Género.
Asociación Lola Mora. Buenos Aires, 2011. Pág. 24
23
“Dentro de la Economía Social diferenciamos tres tipos de unidades productivas tomando en cuenta las
posibilidades de la reproducción y/o evolución de los recursos económicos del emprendimiento: de
reproducción deficitaria, de reproducción simple y de reproducción ampliada”. Angulo N., Caracciolo M.,
Foti P., Sanchís N. Economía Social y Solidaria. Políticas Públicas y Género. Asociación Lola Mora.
Buenos aires. 2011. Pág. 23.

17
El incremento de la participación de las mujeres en el mundo del trabajo no ha
estado acompañado de cambios significativos en la división sexual del trabajo
doméstico. De acuerdo con datos de la Encuesta Permanente de Hogares
(EPH) de 2009, sin contar las trabajadoras domésticas, el número de mujeres
que realizan la mayor parte del trabajo doméstico en su hogar hoy es 3,8 veces
mayor que el número de varones. Es decir, por cada hombre que se ocupa
mayoritariamente del trabajo doméstico en su hogar, hay 3,8 mujeres que lo
hacen en los suyos24.
En cuanto a las tareas de cuidado, la creencia de que las madres son las
responsables principales de la atención de los niños y las niñas se encuentra,
todavía, fuertemente enraizada. Los padres siguen pensándose principalmente
como proveedores, y solo como cuidadores “secundarios”. “Estas tendencias
se reflejan en el cuidado infantil (no remunerado) en la ciudad de Buenos Aires.
La información provista por la encuesta de uso del tiempo de la ciudad de
Buenos Aires (2005) muestra un peso importantísimo de las madres en la
provisión de cuidado infantil: el 60% del total de cuidados de niños, niñas y
adolescentes en la ciudad lo brindan las madres, en tanto los padres proveen el
20%, es decir un tercio del cuidado provisto por las madres. El 20% restante es
provisto por familiares, amigos y vecinos, que pueden o no residir en el hogar.
En total, el 75% del cuidado infantil es provisto por mujeres, y solo el 25% es
provisto por varones”25.
Sin lugar a dudas, persisten representaciones sociales que siguen asignando
prioritariamente a las mujeres las responsabilidades del trabajo reproductivo.
En situaciones de desastre, las mujeres ven aumentada aún más su
responsabilidad al interior de los hogares. Deben recomponer la estructura de
sus familias, atender a hijas, hijos, padres ancianos y otras personas que
dependen de su apoyo y capacidad de contención. Y lo hacen en condiciones
muy precarias, lo que sobrecarga su salud mental y física, incluso pueden a
menudo quedar solas, pues sus cónyuges o parejas pueden salir a buscar
empleos a otras zonas26.
Al mismo tiempo, el hecho de que la mayoría de los varones no asuman en
paridad con las mujeres las tareas de cuidado y responsabilidades domésticas
(aunque esta tendencia viene cambiando en los últimos años, sobre todo entre
los hombres jóvenes) incrementa su vulnerabilidad en el caso de desastres, ya
que no han desarrollado habilidades básicas e imprescindibles para la
supervivencia, tales como saber cocinar, atender niños pequeños o cuidar
personas enfermas. Las tareas reproductivas y de cuidado, históricamente
invisibilizadas y no valoradas, se vuelven claves tanto en la situación de
emergencia como en el proceso de recuperación.

5.3.2 Participación en los ámbitos de decisión27

24
Aportes para el desarrollo humano en Argentina / 2011: “Género en cifras: mujeres y varones en la
sociedad argentina”. / 1ª ed. Buenos Aires: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),
2011
25
Esquivel Valeria. El cuidado infantil: una tarea aún predominantemente femenina. En Aportes para el
desarrollo humano en Argentina / 2011: “Género en cifras: mujeres y varones en la sociedad argentina”. /
1ª ed. Buenos Aires: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), 2011. Pág. 28
26
Desastres naturales: Las mujeres rearmando el tejido social en Revista MUJER SALUD. Red de Salud
de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe.
27
Para el relevamiento de datos se utilizó: Aportes para el desarrollo humano en Argentina/2011: “Género
en cifras: mujeres y varones en la sociedad argentina”. / 1ª ed. Buenos Aires: Programa de las Naciones

18
En nuestro país se han logrado importantes avances en la participación política
de las mujeres, gracias a acciones afirmativas como la denominada Ley de
Cupo28. Argentina es uno de los pocos países a nivel mundial en que su Jefa
de Gobierno, es decir, su autoridad máxima, es una mujer. También se han
dado avances significativos en el ámbito de las decisiones ejecutivas, llegando
al 31% la presencia de mujeres en los Ministerios a nivel nacional. En el Poder
Legislativo se ha logrado superar el 30% de participación femenina establecido
por la mencionada ley. La proporción de mujeres es actualmente similar en las
dos cámaras: 38% en Diputados y 36% en el Senado. Estos avances
constituyen una fortaleza en términos de la promoción de la igualdad de género
en las políticas de gestión del riesgo de desastres y en la planificación del
desarrollo. Así como la presencia de mujeres en ámbitos de decisión ha
permitido avanzar en la instalación en la agenda de gobierno de diversos
temas que expresan intereses estratégicos de género, tales como el
derecho a la salud sexual y reproductiva o la violencia de género; también
puede aportar, por ejemplo, a la integración de la perspectiva de equidad
de género en las normativas que regulan a los sectores de desarrollo o en
las políticas de desarrollo en general, contribuyendo de esta manera a la
reducción del riesgo.
Sin embargo, todavía sucede que de cada 10 puestos de máxima autoridad
relevados, menos de 2 son ocupados por mujeres. Donde las desigualdades en
el acceso a lugares de decisión se expresan con mayor contundencia es en los
gobiernos provinciales y municipales, en las organizaciones de la sociedad civil
y en las empresas.
En la actualidad sólo hay dos gobernadoras provinciales y la presencia
femenina entre los vicegobernadores es de casi 3 cada 10. En los gobiernos
municipales, el avance es también muy incipiente. Entre 1995 y 2010 el
porcentaje de mujeres electas como intendentas pasó de un 6,4% a un 10%, lo
que expresa una limitada participación.
En las organizaciones de la sociedad civil, apenas el 8,1% de los puestos
jerárquicos es ocupado por mujeres. Si bien se viene dando una “feminización”
progresiva del tercer sector, fundamentalmente en lo que hace al trabajo
informal o voluntariado, esto no necesariamente se traduce en la ocupación de
puestos de autoridad.
Del mismo modo, se da un alto grado de subrepresentación de las mujeres en
las cúpulas sindicales, lo que pone de manifiesto la persistencia de
mecanismos de segregación jerárquica dentro de sus estructuras. La
proporción de mujeres en lugares de decisión en las organizaciones sindicales
es muy baja y rara vez alcanza el 30%, a pesar de contar con la ley 25.674 de
Cupo Sindical que fija un piso mínimo de 30% de mujeres en cargos electivos
y de representación cuando el número de mujeres alcance o supere ese
porcentaje sobre el total de trabajadores empadronados. En la actualidad,

Unidas para el Desarrollo (PNUD), 2011 y “Sexo y Poder: ¿Quién manda en la Argentina?” del Equipo
Latinoamericano de Justicia y Género. 2011.
28
La Ley 24.012, conocida como Ley de Cupo, fue aprobada en el año 1991 y tuvo como propósito la
promoción y la participación efectiva de las mujeres en las listas de candidatos electivos para asegurar el
ejercicio de la democracia, estableciendo un piso de 30% de participación femenina. Estableció también la
exigencia de que la ubicación de las candidatas fuera en lugares expectables, es decir, con posibilidades
reales de ser electas.

19
apenas el 5% de los sindicatos nacionales tiene en sus comisiones directivas a
una mujer.
Asimismo, las mujeres se encuentran relegadas en el sector económico, donde
ocupan en la actualidad apenas un 4,4% de los puestos directivos de primera
línea de las grandes empresas.
La escasa presencia de mujeres en los niveles ejecutivos municipales y en
cargos jerárquicos en las organizaciones de la sociedad civil plantea un “alerta”
de género en relación con la gestión del riesgo en el nivel local. “La escala local
es la más concreta en términos de los impactos positivos o negativos en los
niveles de riesgo y equidad de género en los procesos de desarrollo. A esta
escala se presentan además grandes oportunidades para desarrollar acciones
de planificación que tengan resultados rápidos y concretos sobre los problemas
que enfrentan las mujeres y los hombres de las comunidades. Por ello se
constituye en una de las herramientas privilegiadas para la gestión del
riesgo”29.
Los procesos de gestión y reducción de riesgos en el nivel local necesitan de la
participación de los actores en toda su variedad, es decir, actores organizados
e individuos que pueden y deberían participar en dichos procesos aportando
sus conocimientos, percepciones, necesidades y experiencias. En este sentido,
resulta central dar lugar a la participación de las mujeres ya que generalmente
son ellas quienes más conocen en qué hogares hay personas vulnerables:
personas con discapacidad, de la tercera edad y niños/as. Tras un desastre,
ellas son un recurso valioso y cualquier programa de respuesta al desastre
debería aprovechar sus conocimientos.
En nuestro país, las mujeres de los sectores populares ejercen un
liderazgo comunitario, legitimado en la diversidad de actividades
voluntarias que realizan por el bienestar de sus vecinos y vecinas, y en
muchos casos, además, integran organizaciones de mujeres. Estas
líderes y organizaciones pueden jugar un rol crucial en las respuestas a
los desastres ya que poseen información, experiencia, redes y recursos
que son vitales para aumentar la resiliencia ante desastres.
Esta situación contrasta con su menor participación en los ámbitos de toma de
decisiones, lo que hace que sus capacidades e intereses específicos no sean
reconocidos ni se atiendan en las intervenciones frente al riesgo de desastres.
Con frecuencia sus necesidades resultan invisibilizadas en el marco de un
supuesto interés común definido por los líderes formales de las comunidades,
que generalmente son varones.
Por todo lo antes señalado, es importante la presencia de mujeres en las áreas
locales institucionales oficiales relacionadas con el manejo de desastres, ya
que en su mayoría están dirigidas por personal masculino. Esta situación
funciona muchas veces como un obstáculo para la participación de las mujeres
de las comunidades afectadas en los comités de emergencia. En una encuesta
realizada durante 1990 sobre el rol de las mujeres en la gestión del desastre en
la zona del Caribe, de los 22 países que fueron encuestados, sólo 3 tenían
mujeres dentro de la dirección nacional de la gestión de emergencias, además

29
Superar la desigualdad, reducir el riesgo. Gestión de Riesgos de Desastres con Equidad de Género.
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). México. 2007. Pág. 51.

20
la mayoría del personal enviado a las tareas de rehabilitación y reconstrucción
estaba constituido por hombres30.

5.3.3. Violencia de Género

La violencia contra las mujeres continúa siendo un flagelo en la sociedad


argentina, con fuertes raíces en la desigualdad de género. Incluye el maltrato
físico, el abuso sexual, la violencia psicológica y la violencia económica y
patrimonial y se manifiesta en personas de más o menos recursos, de todos los
niveles educativos, de todas las edades y de todos los grupos étnicos y, a
pesar de que es condenada socialmente y penada por ley, subsiste y se
reproduce.

Recuadro aparte
La Ley 26.485 de la República Argentina define la violencia de género de
la siguiente manera:

“Se entiende por violencia contra las mujeres toda conducta, acción u
omisión, que de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como en
el privado, basada en una relación desigual de poder, afecte su vida, libertad,
dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, como
así también su seguridad personal. Quedan comprendidas las perpetradas
desde el Estado o por sus agentes. Se considera violencia indirecta, a los
efectos de la presente ley, toda conducta, acción u omisión, disposición, criterio
o práctica discriminatoria que ponga a la mujer en desventaja con respecto al
varón.

En cuanto a los Tipos de Violencia, la Ley establece:


1.- Física: La que se emplea contra el cuerpo de la mujer produciendo
dolor, daño o riesgo de producirlo y cualquier otra forma de maltrato o agresión
que afecte su integridad física.
2.- Psicológica: La que causa daño emocional y disminución de la
autoestima o perjudica y perturba el pleno desarrollo personal o que busca
degradar o controlar sus acciones, comportamientos, creencias y decisiones,
mediante amenaza, acoso, hostigamiento, restricción, humillación, deshonra,
descrédito, manipulación o aislamiento. Incluye también la culpabilización,
vigilancia constante, exigencia de obediencia o sumisión, coerción verbal,
persecución, insulto, indiferencia, abandono, celos excesivos, chantaje,
ridiculización, explotación y limitación del derecho de circulación o cualquier
otro medio que cause perjuicio a su salud psicológica y a la autodeterminación.
3.- Sexual: Cualquier acción que implique la vulneración en todas sus
formas, con o sin acceso genital, del derecho de la mujer de decidir
voluntariamente acerca de su vida sexual o reproductiva a través de amenazas,
coerción, uso de la fuerza o intimidación, incluyendo la violación dentro del
matrimonio o de otras relaciones vinculares o de parentesco, exista o no
convivencia, así como la prostitución forzada, explotación, esclavitud, acoso,
abuso sexual y trata de mujeres.
30
Hacia una perspectiva de género ante situaciones de emergencias y desastres. Cascos Blancos.
Ministerio de Relaciones Exteriores, Comercio Internacional y Culto. República Argentina.

21
4.- Económica y patrimonial: La que se dirige a ocasionar un menoscabo
en los recursos económicos o patrimoniales de la mujer, a través de:
a) La perturbación de la posesión, tenencia o propiedad de sus bienes;
b) La pérdida, sustracción, destrucción, retención o distracción indebida
de objetos, instrumentos de trabajo, documentos personales, bienes, valores y
derechos patrimoniales;
c) La limitación de los recursos económicos destinados a satisfacer sus
necesidades o privación de los medios indispensables para vivir una vida
digna;
d) La limitación o control de sus ingresos, así como la percepción de un
salario menor por igual tarea, dentro de un mismo lugar de trabajo.
5.- Simbólica: La que a través de patrones estereotipados, mensajes,
valores, íconos o signos transmita y reproduzca dominación, desigualdad y
discriminación en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación de la
mujer en la sociedad.

Lamentablemente, cuando la violencia ocurre en el propio hogar, como ocurre


en la mayoría de los casos en Argentina y el mundo, los abusos no suelen ser
denunciados, lo que dificulta aún más el abordaje de la problemática, debido a
la falta de información.
Los datos que provienen de la Oficina de Violencia Doméstica de la Corte
Suprema de Justicia de la Nación establecen que en el período 2008 – 2009, el
79% de las personas afectadas por situaciones de violencia fueron mujeres. El
21% restante fueron hombres, de los cuales un 14% eran niños. Este patrón
se repite en los datos que aporta la Dirección General de la Mujer del Ministerio
de Desarrollo Social del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y el
Programa “Las víctimas contra las Violencias” que depende del Ministerio de
Justicia y Derechos Humanos de la Nación.
En la provincia de Buenos Aires también se presenta un patrón similar en la
distribución de las víctimas por sexo en 2009. En el servicio telefónico de la
Secretaría de Derechos Humanos, del total de llamadas realizadas por
víctimas, el 87% fueron mujeres. En las Comisarías de la Mujer y la Familia, del
total de denuncias recibidas entre enero y septiembre de 2009, el 80% de los
casos fueron presentados por mujeres, de acuerdo con la información
suministrada por la Dirección General de Coordinación de Políticas de Género
del Ministerio de Seguridad. Los denunciados fueron en un 80% varones. En el
24% de los casos, se denunciaron situaciones de violencia que incluyeron
lesiones. En un 21% de los casos, las víctimas reportaron amenazas.
En el 85% de los casos la relacion que une a afectadas/os y denunciadas/os es
de pareja (parejas, ex parejas, concubinos, conyugues y novios). Y el tipo de
violencia observada es predominante psicológica (91%), física (67%),
económica (31%) y sexual (13%). Los principales agresores en los casos de
violencia doméstica contra las mujeres según las distintas fuentes señaladas
son sus propias parejas, o ex parejas. Esto revela que el hogar y en especial
las relaciones íntimas son el lugar donde las mujeres y niñas encuentran con
mayor frecuencia vulnerados sus derechos y su salud en riesgo. Con respecto
a los tipos de violencia, se registra una fuerte predominancia de la psicológica,
seguida por la física, la económica y la sexual.

22
Bajo circunstancias de desastres o emergencias y en las situaciones de post
crisis se ha observado un significativo aumento en los niveles de violencia
contra las mujeres, adolescentes, niñas y niños y otros grupos vulnerables
como los/as discapacitados/as, minorías étnicas y migrantes. También se ha
observado que aumenta el grado de violencia en los hombres, contra sí
mismos, contra otros hombres y contra sus parejas.
De ahí que las intervenciones para dar respuesta a situaciones de crisis deben
prever formas de prevenir y atender posibles situaciones de violencia, sobre
todo en el caso de las mujeres que suelen ser más afectadas. Deben incluir
servicios médicos, psicológicos, sociales y legales para las mujeres y niñas,
que sean cultural y lingüísticamente apropiados. Deben tomar en cuenta que
en el contexto de la crisis estas situaciones suelen quedar invisibilizadas,
incluso “escondidas” para la ayuda, ya que es probable que las personas
afectadas no se reporten como víctimas de la violencia ni pidan ayuda, por
ejemplo, mujeres ancianas, con alguna discapacidad, niñas/os muy
pequeñas/os, mujeres que ya vienen viviendo situaciones de violencia desde
antes de la crisis.
A nivel de los centros de evacuados, las condiciones de hacinamiento,
inseguridad, el convivir en espacios reducidos con personas que no pertenecen
al ámbito familiar, propician la ocurrencia de hechos de violencia. Cuando las
familias completas se refugian en un centro de evacuados, los vínculos o
formas de relación entre sus integrantes no cambian por trasladarse al espacio
público. La violencia intrafamiliar sufrida por algunas mujeres con anterioridad a
la crisis, generalmente continúa, y aunque estas situaciones se den en un
espacio público, siguen siendo invisibilizadas, puesto que se consideran como
un asunto privado entre un hombre y una mujer y no un problema social.
Otro problema a considerar en los centros de evacuados es la violación y el
acoso sexual contra mujeres jóvenes y adolescentes e incluso niñas. A pesar
de que generalmente existen mecanismos formales de denuncia, cuando los
hombres son conocidos de la familia y viven en el mismo lugar, es difícil que las
víctimas se atrevan a realizar la denuncia. Esta situación se agrava si las
personas que dirigen los centros de evacuados no están sensibilizadas para
atender esos hechos o si no existen servicios de salud específicos para las
mujeres. Un desafío pendiente en relación con este tema es el relevamiento de
información sobre los casos de violencia y abuso sexual que pueden ocurrir en
los centros de evacuados. Contar con esta información permitiría dimensionar
el problema y definir acciones para abordarlo.
Por todo lo antes señalado, la seguridad y protección de las personas
vulnerables debe ser garantizada en situaciones de emergencia. No sólo se
deben notificar los casos de violencia, violación, acoso sexual a los organismos
competentes, sino que debe asegurarse que las víctimas reciban profilaxis para
enfermedades de transmisión sexual como VIH/SIDA, sífilis, gonorrea, hepatitis
B.

5.3.4. Salud

Debido a las diferencias biológicas y sociales, el hecho de pertenecer a uno u


otro sexo tiene impactos diferentes en la salud que deben ser considerados en
la respuesta a situaciones de emergencia. Las mujeres que se encuentran en
un centro de evacuados están más propensas a presentar enfermedades

23
relacionadas con el hacinamiento, condiciones precarias de higiene, escasez
de agua y de alimentos. El embarazo, la lactancia y la menstruación aumentan
la necesidad de intervenciones específicas.
La ocurrencia de un desastre con frecuencia repercute en la interrupción
de servicios que son importantes en el cuidado de las embarazadas,
como el cuidado prenatal y el soporte social y económico; además,
genera un estrés psicológico con consecuencias en la salud de las
embarazadas y de los recién nacidos. Por lo tanto, es necesario tomar
medidas para evitar complicaciones durante el embarazo y brindar una
atención en condiciones seguras para evitar muertes maternas y de los
recién nacidos. Por ejemplo, realizar un censo de quienes culminarán su
embarazo en los próximos 30 días, identificar las embarazadas de alto riesgo,
prever el sitio donde serán derivadas aquellas con alto riesgo obstétrico,
garantizar las vacunaciones necesarias como la antitetánica y la administración
de vitaminas y medicamentos para otras patologías como infección por VIH,
asma, hipertensión arterial, garantizar la alimentación materna, en la medida de
lo posible establecer servicios de atención ginecológica y obstétrica con
personal capacitado en los centros de evacuados, instruir a la población sobre
los servicios de salud disponibles más cercanos para la atención de las
embarazadas y los recién nacidos y la manera de llegar a ellos, alertar sobre
los signos de alarma en las embarazadas, como sangrado genital, dolor, fiebre
persistente, flujo vaginal fétido, para que acudan a los servicios de salud.
Otro grupo poblacional con vulnerabilidades específicas a considerar en
situaciones de desastre es el de las madres adolescentes.
De acuerdo al informe realizado por PNUD31, la fecundidad temprana, más
específicamente durante la adolescencia, se ha mantenido relativamente
estable en la última década, aunque con un tenue ascenso en el último
quinquenio. Para el período analizado (2000-2008), el 15% de los nacimientos
era de madres adolescentes. Como señala el informe, si se tiene en cuenta que
en el contexto nacional y regional se registra un descenso de la fecundidad
general, la persistencia en el nivel de fecundidad adolescente está expresando
la incidencia de factores socioculturales que inciden en la conducta
reproductiva a edades tempranas. “En Argentina, al igual que en el resto de los
países de la región, la fecundidad adolescente es un reflejo de la desigualdad
social, por lo que sus niveles varían significativamente entre las jurisdicciones,
oscilando entre un mínimo de 34 por 1000 en la Ciudad de Buenos Aires y un
máximo de más de 80 por 1000, en Chaco, Formosa, Misiones, Santa Cruz y
Santiago del Estero (Binstock y Pantelides, 2005)”32.
La maternidad temprana en la población de jóvenes provenientes de cualquier
clase social instala una cadena de situaciones a enfrentar; pero es entre
aquellas de menos recursos donde la realidad se interpone con mayor fuerza,
generando situaciones de reproducción de la pobreza, impactando en la
deserción escolar y en las bajas oportunidades laborales para las jóvenes
madres.
En una situación de desastre, la vulnerabilidad de este sector de población
seguramente se verá incrementada ya que, en general, disponen de escasos o

31
Aportes para el desarrollo humano en Argentina / 2011: Género en cifras: mujeres y varones en la
sociedad argentina. / 1.ª ed. Buenos Aires: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),
2011.
32
Op. Cit. Nota 27. Pag. 38

24
nulos recursos para enfrentar las pérdidas ocasionadas y recomponerse luego
del evento. Sus necesidades específicas deberían ser contempladas tanto en
los análisis de riesgos como en las acciones de respuesta y recuperación.
En cuanto a las mujeres y hombres infectados con VIH, según el informe
Aportes para el Desarrollo Humano en Argentina/201133, el número de
notificaciones es siempre mayor entre los varones, pero se está viendo una
disminución de la brecha entre uno y otro sexo debido a que ha aumentado el
número de mujeres infectadas. En efecto, a principios del milenio por cada 100
notificaciones masculinas ocurrían 55 de mujeres, mientras que hacia finales
de la primera década el número de notificaciones femeninas ascendió a 62.
Según el mismo informe, las vías de infección son diferentes en el caso de los
varones y las mujeres. Éstas contraen el virus principalmente por vía sexual en
el contexto de relaciones heterosexuales. En el caso de los hombres, la vía
sexual es también la principal causa de infección, en relaciones sin protección
con personas del mismo sexo o del sexo opuesto.
Las personas viviendo con VIH/SIDA son más vulnerables ante los
desastres, al existir la posibilidad de que no reciban su medicación en el
momento adecuado, ya sea durante la ocurrencia del evento o en el
tiempo posterior al mismo. En este caso, los hombres son más
vulnerables debido a que son más los casos de hombres infectados.
En cuanto a las mujeres, ellas suelen quedar más expuestas a contraer la
enfermedad en situaciones de desastres ya que, como se señaló en el punto
referido a violencia, en esos contextos suelen ser víctimas de violaciones y
acoso sexual. De allí la importancia de asegurarse que tanto las mujeres como
los varones afectados por la ocurrencia de un desastre reciban profilaxis para
enfermedades de transmisión sexual como VIH/SIDA, sífilis, gonorrea, hepatitis
B.
Por último, es importante también señalar que los hombres suelen ser reacios a
recibir asistencia sanitaria, debido a la construcción de una masculinidad que
censura la expresión del miedo o la angustia y premia el heroísmo, la fortaleza
o la omnipotencia.

33
Op. Cit. Nota 27. Pág.39

25

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