Gestión de Riesgo de Desastres con Género
Gestión de Riesgo de Desastres con Género
5.1 Introducción
1
El Desarrollo Humano supone “contar con un espacio en el que la gente pueda desarrollar todo su potencial y
llevar una vida productiva y creativa de acuerdo a sus necesidades e intereses. Las personas son la verdadera
riqueza de las acciones.” (PNUD, 2007).
2 El Desarrollo Sostenible es aquel capaz de satisfacer las necesidades del presente sin poner en peligro la capacidad
de las generaciones futuras para atender sus propias necesidades. Esto supone cuidar del medioambiente y de la
biodiversidad de tal modo que todas las personas de hoy y de mañana puedan contar con los recursos naturales
y energéticos necesarios para el bienestar. (Desarrollo Sostenible, [Link]).
1
En nuestro país, la integración de la perspectiva de género en las iniciativas
referidas a la gestión del riesgo o a la gestión de desastres es un desafío
pendiente y una preocupación relativamente nueva en la agenda pública. En
este sentido es importante la incorporación de la cuestión de género en: las
evaluaciones de los impactos de desastres, tales como inundaciones, procesos
de desertificación o erupciones volcánicas; en la elaboración de mapas de
riesgo; en las planificaciones de las intervenciones para responder en la
emergencia; y en el relevamiento de datos desagregarlos por sexo, para
identificar las vulnerabilidades y capacidades diferentes en varones y mujeres.
En este contexto, la elaboración del Documento País constituye una
oportunidad para iniciar un proceso de sensibilización de los distintos actores
vinculados a la gestión del riesgo de desastres, sobre la relevancia de
incorporar las cuestiones de género en el diseño e implementación de las
políticas destinadas a la prevención, mitigación, respuesta, recuperación
temprana y reconstrucción frente a desastres. Esta opción se enmarca,
además, en los tratados internacionales y normas nacionales adoptados por
nuestro país en materia de igualdad de género3 y de gestión del riesgo de
desastres4.
5.2. El enfoque de género en la gestión del riesgo de desastres
La existencia de condiciones de riesgo, así como la ocurrencia de desastres,
no sólo está determinada por la amenaza de que se presente un fenómeno
peligroso de origen natural o humano, sino fundamentalmente por la existencia
de condiciones de vulnerabilidad. El enfoque de la gestión del riesgo de
desastres analiza el riesgo como el resultado de la conjunción entre la
presencia de una amenaza y el grado de vulnerabilidad y de capacidad de
respuesta y adaptación de la población expuesta a la amenaza. De allí que la
magnitud del impacto de un desastre esté directamente vinculada a las
vulnerabilidades y capacidades preexistentes en la población afectada.
3 La IV Conferencia Mundial sobre las Mujeres, realizada en Beijing en 1995, supuso nuevos avances al
lograr que la comunidad internacional manifestara su compromiso para alcanzar la igualdad de derechos
entre mujeres y hombres. Para ello se identificaron dos estrategias: el mainstreaming de género en todos
los procesos de toma de decisiones y en la ejecución de políticas y la estrategia del empoderamiento de
las mujeres.
Otro instrumento internacional relevante en este sentido es La Convención para la Eliminación de todas
las Formas de Discriminación contra la Mujer (CEDAW). Adoptada en 1979, la CEDAW provee un marco
legal internacional sobre cuya base los Estados legislan y acometen medidas para eliminar la
discriminación de género y alcanzar la igualdad entre los géneros. En Argentina desde 1994 dicho
instrumento tiene rango constitucional.
4 El Marco de Acción de Hyogo surgido de la Segunda Conferencia Mundial sobre Reducción de
Desastres (WCDR, en sus siglas en inglés), celebrada en Kobe, Japón, del 18 al 22 de Febrero de 2005,
retomó los lineamientos de la Plataforma de Acción de Beijing (1995) y del Objetivo 3 de las Metas del
Milenio (2000), y enfatizó que la perspectiva de género debe incorporarse “en todas las políticas, planes y
procesos de decisión sobre la gestión de los riesgos de desastre, incluidos los relativos a la evaluación de
los riesgos, la alerta temprana, la gestión de la información y la educación y la formación”. Los países
aprobaron el Marco de Acción de Hyogo para el 2005 – 2015 comprometiéndose al aumento de la
resiliencia de las naciones y las comunidades ante los desastres y a incluir el enfoque de género como eje
transversal de la reducción del riesgo de desastres y en todas las políticas, planes y procesos de decisión
vinculados a la temática.
5
Arenas, A. y Bradshow,S. Análisis de género en la evaluación de los efectos socioeconómicos de los
desastres naturales. CEPAL. Santiago de Chile, mayo de 2004
2
poblaciones no son homogéneas. Condicionantes basados en el género, la
condición social, la etnia, la edad, la religión, entre otros, hacen que dentro de
una misma población afectada existan diferencias y desigualdades en sus
posibilidades de enfrentar y recuperarse de un desastre. Dichos estudios han
permitido constatar que la ocurrencia de una amenaza profundiza las
desigualdades y las vulnerabilidades preexistentes y que las intervenciones
para la reducción de riesgos que abordan a la población como un todo
homogéneo pueden conducir a profundizar las desigualdades preexistentes.
Es en atención a estas diferencias y desigualdades que se plantea la
necesidad de articular el enfoque de reducción y gestión del riesgo y la
perspectiva de género. La incorporación de dicha perspectiva a la gestión del
riesgo contribuye a identificar y analizar las causas del impacto diferenciado de
los desastres en varones y mujeres; ayuda a comprender mejor la situación de
las poblaciones expuestas a una amenaza, a atender de manera más
específica las necesidades y prioridades de mujeres y varones, de niños y
niñas y facilita el diseño de medidas más apropiadas y eficaces.
3
5.2.2 El género en la construcción social de vulnerabilidades 6
6
Debido a que no se cuenta con datos estadísticos e información cualitativa sobre los impactos diferentes
de los desastres en varones y mujeres, se incluyen ejemplos ilustrativos de estas diferencias que fueron
proporcionados por el Consejo Nacional de Bomberos y por la Cruz Roja Argentina.
4
Cuando las inundaciones de la ciudad de Santa Fe, en 2003, los varones de los barrios más
afectados se resistían a retirarse de sus viviendas inundadas con el fin de protegerlas y evitar
los saqueos (expresaban que era su obligación como hombre proteger los bienes de la familia),
viviendo varias semanas sobre los techos, a la intemperie y sin servicios básicos, e incluso
portando armas de fuego. (Cruz Roja Agentina).
5
Por otra parte, las tareas reproductivas y comunitarias asumidas principalmente
por las mujeres resultan sumamente incrementadas en una situación de
desastre. Aumenta el tiempo dedicado a la preparación de alimentos, a la
búsqueda de agua, a la higiene de las personas y de la vivienda, a la atención
de las personas enfermas, entre otras tareas. Como consecuencia, las mujeres
tienen menor libertad de movimiento y menor tiempo disponible para buscar
trabajo o realizar actividades para la generación de ingresos después de un
desastre. Los hombres, por el contrario, tienen la posibilidad de migrar en
búsqueda de empleo, quedando muchos hogares encabezados por mujeres.
6
emergencias, la exclusión de las mujeres de los ámbitos en los que se decide
sobre la distribución de la ayuda estatal puede limitar su acceso a los recursos
provistos.
En la medida en que varones y mujeres asumen actividades diferentes, y su
acceso y control sobre los recursos y beneficios dependen del tipo de
relaciones que existen entre ellos, sus necesidades e intereses son también
diferentes. Con relación a este punto, los enfoques comprometidos con la
integración de la perspectiva de género en el desarrollo plantean la necesidad
de distinguir entre las necesidades prácticas de género y los intereses
estratégicos de género. Como se verá, esta distinción es central para la gestión
del riesgo de desastres.
Las necesidades prácticas de género son aquellas que se derivan de los roles
asumidos por las mujeres y los varones en la sociedad, de allí que se
relacionen con insuficiencias en las condiciones de vida. Por ejemplo, en el
caso de las mujeres, dedicadas a las tareas reproductivas y del hogar, sus
necesidades prácticas tendrán que ver con el abastecimiento de agua,
servicios de salud, servicios educativos, de cuidado de niños/as y/o
ancianos/as. No desafían su situación subordinada, sino que la satisfacción de
esas necesidades facilita el cumplimiento del rol reproductivo y de cuidado de
los otros/as. Si bien son necesidades compartidas por el conjunto de los
miembros del hogar, se identifican como necesidades de las mujeres porque
ellas tienen asignada la responsabilidad de satisfacerlas.
Los intereses estratégicos de género son aquellos que desafían la situación
subordinada por razón de género de mujeres o de varones. En la mayoría de
las sociedades, la posición de subordinación es de las mujeres, los intereses
estratégicos en este caso serán los que contribuyen a cambiar su
subordinación y su posición en la sociedad. Si bien varían según los contextos
particulares, en general suponen intervenciones relativas a los derechos, a la
violencia de género, a la igualdad de remuneraciones, al control de la mujer
sobre su propio cuerpo, a un mayor acceso a la propiedad y al crédito, a una
mayor igualdad política y ciudadana.
La aplicación de estas categorías al análisis de la gestión del riesgo y las
intervenciones en situaciones de desastres muestra, por ejemplo, que en
la respuesta a una emergencia generalmente sólo se consideran las
necesidades prácticas de género. Desde un enfoque centrado en la
familia, las mujeres son visualizadas exclusivamente en su rol de madres
o de cuidadoras y se las convoca como proveedoras más eficientes de
los servicios, pero se las excluye de los espacios comunitarios en los que
se toman las decisiones sobre la planificación y organización de la
atención a la emergencia. Aún con buenas intenciones, estas
intervenciones interpelan a las mujeres como gestoras comunitarias
generando una sobrecarga de tareas con impactos en su salud física y
emocional.
Más aún, los enfoques que sólo ven a las mujeres en su rol de madres o
cuidadoras, las invisibilizan en todos los planos, incluso en el de sus
necesidades específicas. Por ejemplo, aunque la salud sexual y reproductiva
se ha ido incorporando como un componente clave en las intervenciones de
socorro, la atención suele ser inadecuada7. Tampoco se prevén estrategias
7
Con frecuencia en los kits de higiene personal no se incluyen toallas sanitarias, o no se prevén
medicinas para enfermedades específicas producidas por las inundaciones, como los hongos vaginales.
7
para la atención de situaciones de violencia sexual y doméstica, si bien se
conoce que estas situaciones se incrementan en los centros de evacuados y
después del desastre.
En 2008, la localidad de Embarcación en la provincia de Salta fue afectada por una gran
inundación. En la comunidad wichí del Lote 75 de Embarcación, muchas pobladoras
(especialmente adultas mayores) sólo hablan el idioma wichí. Si bien esta situación es pre-
existente, mitigada a partir de la incorporación de agentes sanitarios bilingües (muchos
pertenecientes a la misma comunidad), durante la emergencia y en un contexto de
desorganización, improvisación y saturación de recursos, esto obstaculizaba significativamente
no sólo la adecuada atención sanitaria, sino que mal predisponía a las mujeres que evitaban
acceder a los servicios de salud. (Cruz Roja Argentina).
8
resiliencia se refiere a la capacidad de las mujeres, los varones, familias,
comunidades y países expuestos a amenazas, para adaptarse o cambiar con
el fin de alcanzar o mantener un nivel aceptable en su funcionalidad8. La
autonomía es resultado de las capacidades de una comunidad para identificar,
disponer de recursos y medios, utilizarlos para enfrentar desastres y
recuperarse del impacto por sí mismo sin que su potencial de desarrollo sea
socavado9. La autonomía de las mujeres es una condición para la
igualdad, ya que es indispensable para que puedan tomar decisiones
sobre los recursos ambientales, económicos, políticos y culturales en
función de sus intereses y necesidades.
La relevancia otorgada a ambas capacidades, responde a un enfoque que
considera a las personas y comunidades como agentes activos de su propio
desarrollo, con capacidades para reducir los riesgos, afrontar las crisis y
continuar sus proyectos de vida.
8
Superar la desigualdad, reducir el riesgo. Gestión de Riesgos de Desastres con Equidad de Género.
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). México. 2007. Pág. 17
9
Op. Cit. Nota 7. Pág. 17
9
Luego de la ocurrencia del tornado que afectó a la localidad de San Pedro (provincia de
Misiones) en 2009, ante los graves daños en gran parte de las viviendas (muchas de ellas
construidas con madera), los varones de la comunidad iniciaron individual y rápidamente la
autoconstrucción o reparación de las mismas ya que la mayoría de ellos, por trabajar en los
aserraderos locales, tenía acceso y conocimientos sobre el manejo de la madera. (Cruz Roja
Argentina).
La ciudad de Coronel Rosales (provincia de Buenos Aires) suele ser afectada por
inundaciones cuando fuertes temporales de lluvia coinciden con la subiente de la
marea. Frente a estas situaciones de emergencia que afectan las viviendas de un
sector importante de la población, el 80% de los llamados recibidos por los
bomberos son realizados por mujeres. Ellas organizan barricadas caseras y ponen
al resguardo sus bienes. Durante el temporal, antes de efectuar cualquier maniobra
riesgosa fuera del domicilio, solicitan la colaboración. En la gran mayoría de los
casos, por ejemplo, la primera maniobra es el corte de energía desde el interior de
la casa. (Consejo Nacional de Bomberos)
10
incrementar su autoconfianza y autonomía para manejar recursos en
condiciones más igualitarias con los varones, para generar cambios en las
creencias, valores y actitudes moldeadas por el género.
Cuando la ciudad de Tartagal en la provincia de Salta se vio afectada en 2009 por el alud,
durante la etapa de reconstrucción, y con la motivación de abandonar cuanto antes los Centros
de Evacuados y retornar rápidamente a sus hogares, las mujeres de la comunidad realizaron a
la par de los varones, tareas de de limpieza de espacios comunes (anegados por barro y
piedras), reparaciones de viviendas y albañilería básica; tareas habitualmente en manos de
estos últimos. (Cruz Roja Argentina).
Por otra parte, una situación de crisis puede convertirse en una oportunidad
para que los varones desempeñen roles no adscriptos a su género, tales como
el cuidado de familiares o la preparación de alimentos.
Cuando la ciudad de San Pedro en la provincia de Misiones fue afectada por un tornado en
2009, durante los primeros momentos (días) de la emergencia los varones de la comunidad
participaron en la preparación de alimentos en el Centro de Evacuados, escuela de la
comunidad de Tobuna, para las familias alojadas en ese establecimiento. Esto permitía a las
mujeres dedicarse más fuertemente al cuidado y contención de los niños y niñas. (Cruz Roja
Argentina).
VA FOTO 1
VA FOTO 2
10
Sarah Bradshaw y Ángeles Arenas. Análisis de género en la evaluación de los efectos socioeconómicos
de los desastres naturales. CEPAL. Chile. 2004
11
A continuación se presentan dichas situaciones organizadas en función del
conjunto de componentes de la vulnerabilidad seleccionados: trabajo y acceso
a recursos económicos, participación en ámbitos de decisión, violencia de
género y salud. Se espera que el conocimiento de estas desigualdades
contribuya a enriquecer y aporte al logro de una mayor eficacia de las
intervenciones para la gestión del riesgo de desastres.
11
“Aportes para el desarrollo humano en Argentina 2011.Género en cifras: mujeres y varones en la
sociedad argentina”. 1ª ed. Buenos Aires: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),
2011.
12
La razón de varones ocupados en relación con las mujeres ocupadas disminuyó de 1,64 a 1,48. Op. Cit.
Nota 9. pág. 18
12
registradas con aportes jubilatorios vs. 67.2% de varones en la misma
condición). Esta situación coincide con y se deriva de su inserción
relativamente más informal en el mercado de trabajo.
Otra de las desigualdades entre varones y mujeres que todavía se expresa en
el mercado laboral es la referida al nivel educativo y la calificación de la tarea
desempeñada. Aunque no todas las personas que han completado el nivel
educativo superior o universitario se desempeñan en tareas profesionales en el
mercado de trabajo, esta falta de correspondencia entre la educación adquirida
y la calificación de la tarea que se desarrolla es más pronunciada para las
mujeres que para los varones. En la última década esta brecha entre géneros
ha disminuido, pero no se ha debido a una mejor situación de las mujeres en el
mercado de trabajo, sino a una disminución de la situación de los varones.
Para ambos sexos disminuyó el porcentaje de trabajadores con título superior o
universitario que desempeñan una ocupación de carácter profesional, pero la
caída fue bastante superior para los varones (en 1999 el porcentaje de varones
con educación superior en ocupaciones profesionales era del 56.4%, en 2009
descendió al 42%. En el caso de las mujeres el descenso fue menor, de 34.6%
en 1999 a 32.1% en 2009).
Finalmente, el indicador referido a los ingresos también muestra una situación
desventajosa de las mujeres. En casi todas las jurisdicciones los ingresos
anuales percibidos por los varones son entre 5% y 55% superiores a los de las
mujeres. Las mayores distancias entre géneros se detectan en Chubut,
Tucumán y Buenos Aires, mientras que las menores se observan en Santiago
del Estero, Misiones, Neuquén, Chaco y La Pampa. Por otra parte, en los
últimos 10 años, la brecha de ingresos a favor de los varones se agrandó entre
quienes tienen bajos niveles de educación, mientras que se achicó entre los
profesionales. Además, como fue expresado anteriormente, la segregación
ocupacional por sexo, que relega a las mujeres a los trabajos de menor
productividad, también impacta en la percepción de menores ingresos para
ellas, en particular, entre las que tienen escasa educación formal.
La mayor precariedad laboral, el mayor desempleo, la desigualdad en los
ingresos, así como la participación en empleos de menor productividad,
colocan a las mujeres en una situación de mayor vulnerabilidad para
hacer frente a los desastres; no sólo porque seguramente las encuentra
sin ahorros y sin protección social para enfrentar la situación, sino
porque la falta de ingresos propios afecta su autonomía y las vuelve más
dependientes de la ayuda estatal o de sus cónyuges.
Si en situaciones normales, en particular en contextos de pobreza, las mujeres
todavía enfrentan mayores obstáculos que los varones para lograr inserciones
laborales de calidad y generar ingresos propios, en situaciones de crisis esta
problemática se agrava. En una situación de desastre las oportunidades de
generar ingresos de las mujeres se ven aún más disminuidas por tener que
dedicarse temporalmente a la atención de tareas de emergencia, recuperación
y reconstrucción que no le son remuneradas. El trabajo reproductivo se
incrementa; la pérdida o daño de la infraestructura doméstica, aunque ésta
haya sido mínima, demanda de las mujeres una mayor dedicación de tiempo a
la preparación de alimentos, a la limpieza de la vivienda, a la higiene de los
niños/as o adultos dependientes; incluso, en ciertos contextos, exige el acarreo
de agua o leña. La ausencia de servicios de cuidado de niños y el cierre
13
temporal de las escuelas, que suelen ser usadas como centros de evacuados
para las personas damnificadas, hace que deban ocupar más tiempo en el
cuidado de los hijos. Ellas, a diferencia de los varones, ven restringida su
movilidad para salir a buscar empleo o para realizar actividades destinadas a
generar ingresos.
13
Angulo N., Caracciolo M., Foti P., Sanchís N. Economía Social y Solidaria. Políticas Públicas y Género.
Asociación Lola Mora. Buenos aires. 2011.
14
“(…) al momento de realizar la investigación, los datos aún eran provisorios ya que correspondían a una
cuarta parte del universo (46.326 Núcleos de Agricultores Familiares (NAF) en todo el país, de un total
aproximado de 200.000)”. Op. Cit. Nota 11. Pág. 25.
15
El Registro Nacional de Agricultura Familiar (RENAF) tiene por objeto generar información oportuna,
permanente, fehaciente y confiable de todos los potenciales destinatarios de las acciones y servicios que
el Estado disponga para el sector de la Agricultura Familiar (AF) en todo el país. El registro consigna no
sólo los datos del titular hombre de la unidad familiar, sino que se considera la doble titularidad del
hombre y la mujer cuando son pareja, y en el caso de la mujer se consignan datos de si es titular sola o
como cónyuge.
16
“El Núcleo de Agricultura Familiar (NAF) se define como la unidad económica familiar en el sector
agropecuario. Estas unidades productivas pueden realizar actividades prediales (agricultura, producción
animal, artesanías, agroindustrias, turismo rural, etc.) y extraprediales (comercialización, servicios de
maquinaria o animales, transporte de productos, trabajos permanentes o temporarios de sus miembros,
etc.)”. Foti P. “Participación de las Mujeres en las Políticas dirigidas a la Economía Social y Solidaria.
Argentina”, en Economía Social y Solidaria. Políticas Públicas y Género. Asociación Lola Mora. Buenos
Aires, 2011. Pág. 80.
14
muestra llegaba al 33%; en la región de Cuyo alcanzaba al 46,4%, siguiéndole
la región NOA con 41%, la Pampeana con 34,8%, y la Patagonia con 32.5%.
Como señalan las autoras, los altos porcentajes de titularidad femenina sola
puede estar expresando la estrategia multifuncional de subsistencia que han
tenido que desarrollar las familias campesinas, donde las mujeres adultas se
quedan al frente de la explotación, mientras los maridos, hijos e hijas adultos
salen a trabajar fuera del predio.
Ahora bien, estas mujeres, por su condición simultánea de amas de casa y
productoras, enfrentan mayores dificultades para hacer progresar la
explotación, tienen más dificultades para cultivar todo el predio, para
comercializar la producción, escasa o nula experiencia en gestión y uso del
crédito y bajos niveles de capacitación17.
Las condiciones en que las mujeres campesinas asumen las responsabilidades
de quedar al frente de la explotación no son las mismas que tienen lo varones
en su misma situación. Al trabajo productivo deben agregar las tareas
domésticas y reproductivas que generalmente requieren mayor cantidad de
tiempo y esfuerzo que en el caso de las mujeres urbanas.
De acuerdo a una investigación realizada sobre la situación de las mujeres
rurales en el país18, las jornadas de trabajo de las mujeres rurales,
considerando las actividades productivas y reproductivas, suman entre 16 y 18
horas por día. La jornada de un día suele incluir la atención de la granja y del
ganado menor, el trabajo en el cultivo de renta, encierro de los animales por la
noche, preparación de alimentos, limpieza de la casa, lavado de ropa y en
muchos casos, manufacturación de artesanías. Si en el predio se desarrollan
actividades de tambo, ellas ordeñan los animales y en muchas regiones se
ocupan del pastoreo de los rebaños. En la época de pariciones, el trabajo se
recarga por la necesidad de ocuparse de la alimentación de las crías. La
cantidad de tiempo dedicado al trabajo doméstico aumenta en las zonas donde
hay problemas de acceso a los recursos naturales, ya que las mujeres
generalmente se ocupan de la recolección de leña y de agua. Además, las
actividades destinadas al autoconsumo que garantizan la seguridad alimentaria
en los hogares rurales pobres, todavía son visualizadas como parte del trabajo
doméstico, por lo tanto son tareas no remuneradas, aún cuando muchas de
ellas son productivas.
Por otra parte, la dispersión geográfica de las familias campesinas y la lejanía
de los centros urbanos, limita su acceso a los servicios básicos que requiere la
familia (salud, educación, información, comunicación, entre otros). Esta
limitación afecta de manera particular a las mujeres ya que, como principales
responsables del cuidado familiar, son quienes se trasladan a los centros
urbanos para resolver problemas de los integrantes de la familia. El tiempo
destinado a estas actividades es tiempo que restan a las actividades para la
generación de ingresos.
A los problemas señalados, se agrega el de la tenencia de la tierra y
restricciones derivadas de los efectos negativos del cambio climático, como es
17
Cristina Biaggi, Cecilia Canevari y Alberto Tasso. Mujeres que trabajan la tierra. Un estudio sobre las
mujeres rurales en Argentina. Serie Estudios e Investigaciones II. Secretaría de Agricultura, Ganadería,
Pesca y Alimentos. Buenos Aires. 2007.
18
Biaggi C. y Canevari C. Las mujeres rurales en el país según los datos censales de 2001.
[Link]
15
la falta de agua, tanto para la producción como para el consumo humano y
restricciones. “En algunas zonas de nuestro país, el acceso a la tierra y al agua
todavía constituye un problema que afecta el volumen y la calidad de la
producción. Por ejemplo, las productoras de la feria de Corzuela (Chaco),
además de padecer severas restricciones de agua, no tienen la propiedad de la
tierra. La agricultura familiar y campesina ha perdido espacios físicos con el
avance de las empresas sojeras y con otras producciones propias de grandes
establecimientos”19.
Los condicionamientos derivados de los roles de género se agravan ante
la ocurrencia de desastres, de allí la importancia de conocer las
características de la participación femenina en los Núcleos de Agricultura
Familiar, a fin de diseñar intervenciones que contribuyan a recuperar la
capacidad productiva de las explotaciones familiares. Por ejemplo, en los
procesos de reconstrucción, facilitando el acceso de las mujeres campesinas a
capacitaciones para mejorar el manejo agrícola, el acceso a tecnologías que
permitan incrementar sus producciones, facilitando contactos para la
comercialización.
El estudio20 antes citado señala, además, que las mujeres son mayoría en los
emprendimientos de la Economía Social21 más recientes.
En efecto, a partir de los datos disponibles en los empadronamientos de los
principales programas estatales dirigidos al sector, el informe indica que:
19
Mercedes Caracciolo Basco y Pilar Foti. Las mujeres en la economía social y solidaria: experiencias
rurales y urbanas en Argentina. Asociación Lola Mora, UNSAM, IDAES, UNIFEM. Buenos Aires. 2010.
Pág. 14
20
[Link]. nota 11.
21
“Nos referimos a las experiencias más recientes de emprendimientos individuales, familiares y
asociativos, que en Argentina se expanden desde fines de los años 90´ y en forma explosiva con la crisis
del 2001/2002, que funcionan con una organización de trabajo autogestivo y una lógica diferente a la
capitalista tradicional. Estas nuevas formas, se suman a las modalidades tradicionales del mutualismo y
cooperativismo traídas al país por los inmigrantes europeos y las modalidades más ancestrales de las
comunidades indígenas y de la agricultura familiar y campesina, que principalmente en las regiones
extrapampeanas, persisten pese al avance de la agricultura concentrada para la exportación. Las
unidades de la Economía Social – a diferencia de las capitalistas envueltas en la lógica de acumulación
del capital - están orientadas a satisfacer las necesidades de sus integrantes con una lógica de
reproducción ampliada de la vida, para lo cual utilizan una racionalidad económica orientada a maximizar
un valor agregado por el trabajo o a ahorrar gastos. Se caracterizan por: i. la unidad en la misma persona
del/a trabajador/a y el propietario/a de los medios de producción, es decir, la inexistencia de la relación
patrón-asalariado, ii. la integración en la/s misma/s persona/s del trabajo manual y el trabajo intelectual,
para tomar decisiones compartidas, iii. el reparto de los beneficios principalmente según el trabajo y no
según el capital aportado”. Angulo N., Caracciolo M., Foti P., Sanchís N. Economía Social y Solidaria.
Políticas Públicas y Género. Asociación Lola Mora. Buenos aires. 2011. Pág. 23
16
Este registro establece una diferencia entre monotributistas asociados e
individuales. Dentro de los asociados, se encuentran las cooperativas
tradicionales (que son las más capitalizadas). En estas organizaciones las
mujeres tienen una participación mucho menor a las de los varones (32%
vs. 68%).
En cuanto a las cooperativas del Programa Argentina Trabaja en las que
predomina una reproducción simple o de subsistencia, también se registra
una mayor participación de las mujeres (52%).22
22
Angulo N., Caracciolo M., Foti P., Sanchís N. Economía Social y Solidaria. Políticas Públicas y Género.
Asociación Lola Mora. Buenos Aires, 2011. Pág. 24
23
“Dentro de la Economía Social diferenciamos tres tipos de unidades productivas tomando en cuenta las
posibilidades de la reproducción y/o evolución de los recursos económicos del emprendimiento: de
reproducción deficitaria, de reproducción simple y de reproducción ampliada”. Angulo N., Caracciolo M.,
Foti P., Sanchís N. Economía Social y Solidaria. Políticas Públicas y Género. Asociación Lola Mora.
Buenos aires. 2011. Pág. 23.
17
El incremento de la participación de las mujeres en el mundo del trabajo no ha
estado acompañado de cambios significativos en la división sexual del trabajo
doméstico. De acuerdo con datos de la Encuesta Permanente de Hogares
(EPH) de 2009, sin contar las trabajadoras domésticas, el número de mujeres
que realizan la mayor parte del trabajo doméstico en su hogar hoy es 3,8 veces
mayor que el número de varones. Es decir, por cada hombre que se ocupa
mayoritariamente del trabajo doméstico en su hogar, hay 3,8 mujeres que lo
hacen en los suyos24.
En cuanto a las tareas de cuidado, la creencia de que las madres son las
responsables principales de la atención de los niños y las niñas se encuentra,
todavía, fuertemente enraizada. Los padres siguen pensándose principalmente
como proveedores, y solo como cuidadores “secundarios”. “Estas tendencias
se reflejan en el cuidado infantil (no remunerado) en la ciudad de Buenos Aires.
La información provista por la encuesta de uso del tiempo de la ciudad de
Buenos Aires (2005) muestra un peso importantísimo de las madres en la
provisión de cuidado infantil: el 60% del total de cuidados de niños, niñas y
adolescentes en la ciudad lo brindan las madres, en tanto los padres proveen el
20%, es decir un tercio del cuidado provisto por las madres. El 20% restante es
provisto por familiares, amigos y vecinos, que pueden o no residir en el hogar.
En total, el 75% del cuidado infantil es provisto por mujeres, y solo el 25% es
provisto por varones”25.
Sin lugar a dudas, persisten representaciones sociales que siguen asignando
prioritariamente a las mujeres las responsabilidades del trabajo reproductivo.
En situaciones de desastre, las mujeres ven aumentada aún más su
responsabilidad al interior de los hogares. Deben recomponer la estructura de
sus familias, atender a hijas, hijos, padres ancianos y otras personas que
dependen de su apoyo y capacidad de contención. Y lo hacen en condiciones
muy precarias, lo que sobrecarga su salud mental y física, incluso pueden a
menudo quedar solas, pues sus cónyuges o parejas pueden salir a buscar
empleos a otras zonas26.
Al mismo tiempo, el hecho de que la mayoría de los varones no asuman en
paridad con las mujeres las tareas de cuidado y responsabilidades domésticas
(aunque esta tendencia viene cambiando en los últimos años, sobre todo entre
los hombres jóvenes) incrementa su vulnerabilidad en el caso de desastres, ya
que no han desarrollado habilidades básicas e imprescindibles para la
supervivencia, tales como saber cocinar, atender niños pequeños o cuidar
personas enfermas. Las tareas reproductivas y de cuidado, históricamente
invisibilizadas y no valoradas, se vuelven claves tanto en la situación de
emergencia como en el proceso de recuperación.
24
Aportes para el desarrollo humano en Argentina / 2011: “Género en cifras: mujeres y varones en la
sociedad argentina”. / 1ª ed. Buenos Aires: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),
2011
25
Esquivel Valeria. El cuidado infantil: una tarea aún predominantemente femenina. En Aportes para el
desarrollo humano en Argentina / 2011: “Género en cifras: mujeres y varones en la sociedad argentina”. /
1ª ed. Buenos Aires: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), 2011. Pág. 28
26
Desastres naturales: Las mujeres rearmando el tejido social en Revista MUJER SALUD. Red de Salud
de las Mujeres Latinoamericanas y del Caribe.
27
Para el relevamiento de datos se utilizó: Aportes para el desarrollo humano en Argentina/2011: “Género
en cifras: mujeres y varones en la sociedad argentina”. / 1ª ed. Buenos Aires: Programa de las Naciones
18
En nuestro país se han logrado importantes avances en la participación política
de las mujeres, gracias a acciones afirmativas como la denominada Ley de
Cupo28. Argentina es uno de los pocos países a nivel mundial en que su Jefa
de Gobierno, es decir, su autoridad máxima, es una mujer. También se han
dado avances significativos en el ámbito de las decisiones ejecutivas, llegando
al 31% la presencia de mujeres en los Ministerios a nivel nacional. En el Poder
Legislativo se ha logrado superar el 30% de participación femenina establecido
por la mencionada ley. La proporción de mujeres es actualmente similar en las
dos cámaras: 38% en Diputados y 36% en el Senado. Estos avances
constituyen una fortaleza en términos de la promoción de la igualdad de género
en las políticas de gestión del riesgo de desastres y en la planificación del
desarrollo. Así como la presencia de mujeres en ámbitos de decisión ha
permitido avanzar en la instalación en la agenda de gobierno de diversos
temas que expresan intereses estratégicos de género, tales como el
derecho a la salud sexual y reproductiva o la violencia de género; también
puede aportar, por ejemplo, a la integración de la perspectiva de equidad
de género en las normativas que regulan a los sectores de desarrollo o en
las políticas de desarrollo en general, contribuyendo de esta manera a la
reducción del riesgo.
Sin embargo, todavía sucede que de cada 10 puestos de máxima autoridad
relevados, menos de 2 son ocupados por mujeres. Donde las desigualdades en
el acceso a lugares de decisión se expresan con mayor contundencia es en los
gobiernos provinciales y municipales, en las organizaciones de la sociedad civil
y en las empresas.
En la actualidad sólo hay dos gobernadoras provinciales y la presencia
femenina entre los vicegobernadores es de casi 3 cada 10. En los gobiernos
municipales, el avance es también muy incipiente. Entre 1995 y 2010 el
porcentaje de mujeres electas como intendentas pasó de un 6,4% a un 10%, lo
que expresa una limitada participación.
En las organizaciones de la sociedad civil, apenas el 8,1% de los puestos
jerárquicos es ocupado por mujeres. Si bien se viene dando una “feminización”
progresiva del tercer sector, fundamentalmente en lo que hace al trabajo
informal o voluntariado, esto no necesariamente se traduce en la ocupación de
puestos de autoridad.
Del mismo modo, se da un alto grado de subrepresentación de las mujeres en
las cúpulas sindicales, lo que pone de manifiesto la persistencia de
mecanismos de segregación jerárquica dentro de sus estructuras. La
proporción de mujeres en lugares de decisión en las organizaciones sindicales
es muy baja y rara vez alcanza el 30%, a pesar de contar con la ley 25.674 de
Cupo Sindical que fija un piso mínimo de 30% de mujeres en cargos electivos
y de representación cuando el número de mujeres alcance o supere ese
porcentaje sobre el total de trabajadores empadronados. En la actualidad,
Unidas para el Desarrollo (PNUD), 2011 y “Sexo y Poder: ¿Quién manda en la Argentina?” del Equipo
Latinoamericano de Justicia y Género. 2011.
28
La Ley 24.012, conocida como Ley de Cupo, fue aprobada en el año 1991 y tuvo como propósito la
promoción y la participación efectiva de las mujeres en las listas de candidatos electivos para asegurar el
ejercicio de la democracia, estableciendo un piso de 30% de participación femenina. Estableció también la
exigencia de que la ubicación de las candidatas fuera en lugares expectables, es decir, con posibilidades
reales de ser electas.
19
apenas el 5% de los sindicatos nacionales tiene en sus comisiones directivas a
una mujer.
Asimismo, las mujeres se encuentran relegadas en el sector económico, donde
ocupan en la actualidad apenas un 4,4% de los puestos directivos de primera
línea de las grandes empresas.
La escasa presencia de mujeres en los niveles ejecutivos municipales y en
cargos jerárquicos en las organizaciones de la sociedad civil plantea un “alerta”
de género en relación con la gestión del riesgo en el nivel local. “La escala local
es la más concreta en términos de los impactos positivos o negativos en los
niveles de riesgo y equidad de género en los procesos de desarrollo. A esta
escala se presentan además grandes oportunidades para desarrollar acciones
de planificación que tengan resultados rápidos y concretos sobre los problemas
que enfrentan las mujeres y los hombres de las comunidades. Por ello se
constituye en una de las herramientas privilegiadas para la gestión del
riesgo”29.
Los procesos de gestión y reducción de riesgos en el nivel local necesitan de la
participación de los actores en toda su variedad, es decir, actores organizados
e individuos que pueden y deberían participar en dichos procesos aportando
sus conocimientos, percepciones, necesidades y experiencias. En este sentido,
resulta central dar lugar a la participación de las mujeres ya que generalmente
son ellas quienes más conocen en qué hogares hay personas vulnerables:
personas con discapacidad, de la tercera edad y niños/as. Tras un desastre,
ellas son un recurso valioso y cualquier programa de respuesta al desastre
debería aprovechar sus conocimientos.
En nuestro país, las mujeres de los sectores populares ejercen un
liderazgo comunitario, legitimado en la diversidad de actividades
voluntarias que realizan por el bienestar de sus vecinos y vecinas, y en
muchos casos, además, integran organizaciones de mujeres. Estas
líderes y organizaciones pueden jugar un rol crucial en las respuestas a
los desastres ya que poseen información, experiencia, redes y recursos
que son vitales para aumentar la resiliencia ante desastres.
Esta situación contrasta con su menor participación en los ámbitos de toma de
decisiones, lo que hace que sus capacidades e intereses específicos no sean
reconocidos ni se atiendan en las intervenciones frente al riesgo de desastres.
Con frecuencia sus necesidades resultan invisibilizadas en el marco de un
supuesto interés común definido por los líderes formales de las comunidades,
que generalmente son varones.
Por todo lo antes señalado, es importante la presencia de mujeres en las áreas
locales institucionales oficiales relacionadas con el manejo de desastres, ya
que en su mayoría están dirigidas por personal masculino. Esta situación
funciona muchas veces como un obstáculo para la participación de las mujeres
de las comunidades afectadas en los comités de emergencia. En una encuesta
realizada durante 1990 sobre el rol de las mujeres en la gestión del desastre en
la zona del Caribe, de los 22 países que fueron encuestados, sólo 3 tenían
mujeres dentro de la dirección nacional de la gestión de emergencias, además
29
Superar la desigualdad, reducir el riesgo. Gestión de Riesgos de Desastres con Equidad de Género.
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). México. 2007. Pág. 51.
20
la mayoría del personal enviado a las tareas de rehabilitación y reconstrucción
estaba constituido por hombres30.
Recuadro aparte
La Ley 26.485 de la República Argentina define la violencia de género de
la siguiente manera:
“Se entiende por violencia contra las mujeres toda conducta, acción u
omisión, que de manera directa o indirecta, tanto en el ámbito público como en
el privado, basada en una relación desigual de poder, afecte su vida, libertad,
dignidad, integridad física, psicológica, sexual, económica o patrimonial, como
así también su seguridad personal. Quedan comprendidas las perpetradas
desde el Estado o por sus agentes. Se considera violencia indirecta, a los
efectos de la presente ley, toda conducta, acción u omisión, disposición, criterio
o práctica discriminatoria que ponga a la mujer en desventaja con respecto al
varón.
21
4.- Económica y patrimonial: La que se dirige a ocasionar un menoscabo
en los recursos económicos o patrimoniales de la mujer, a través de:
a) La perturbación de la posesión, tenencia o propiedad de sus bienes;
b) La pérdida, sustracción, destrucción, retención o distracción indebida
de objetos, instrumentos de trabajo, documentos personales, bienes, valores y
derechos patrimoniales;
c) La limitación de los recursos económicos destinados a satisfacer sus
necesidades o privación de los medios indispensables para vivir una vida
digna;
d) La limitación o control de sus ingresos, así como la percepción de un
salario menor por igual tarea, dentro de un mismo lugar de trabajo.
5.- Simbólica: La que a través de patrones estereotipados, mensajes,
valores, íconos o signos transmita y reproduzca dominación, desigualdad y
discriminación en las relaciones sociales, naturalizando la subordinación de la
mujer en la sociedad.
22
Bajo circunstancias de desastres o emergencias y en las situaciones de post
crisis se ha observado un significativo aumento en los niveles de violencia
contra las mujeres, adolescentes, niñas y niños y otros grupos vulnerables
como los/as discapacitados/as, minorías étnicas y migrantes. También se ha
observado que aumenta el grado de violencia en los hombres, contra sí
mismos, contra otros hombres y contra sus parejas.
De ahí que las intervenciones para dar respuesta a situaciones de crisis deben
prever formas de prevenir y atender posibles situaciones de violencia, sobre
todo en el caso de las mujeres que suelen ser más afectadas. Deben incluir
servicios médicos, psicológicos, sociales y legales para las mujeres y niñas,
que sean cultural y lingüísticamente apropiados. Deben tomar en cuenta que
en el contexto de la crisis estas situaciones suelen quedar invisibilizadas,
incluso “escondidas” para la ayuda, ya que es probable que las personas
afectadas no se reporten como víctimas de la violencia ni pidan ayuda, por
ejemplo, mujeres ancianas, con alguna discapacidad, niñas/os muy
pequeñas/os, mujeres que ya vienen viviendo situaciones de violencia desde
antes de la crisis.
A nivel de los centros de evacuados, las condiciones de hacinamiento,
inseguridad, el convivir en espacios reducidos con personas que no pertenecen
al ámbito familiar, propician la ocurrencia de hechos de violencia. Cuando las
familias completas se refugian en un centro de evacuados, los vínculos o
formas de relación entre sus integrantes no cambian por trasladarse al espacio
público. La violencia intrafamiliar sufrida por algunas mujeres con anterioridad a
la crisis, generalmente continúa, y aunque estas situaciones se den en un
espacio público, siguen siendo invisibilizadas, puesto que se consideran como
un asunto privado entre un hombre y una mujer y no un problema social.
Otro problema a considerar en los centros de evacuados es la violación y el
acoso sexual contra mujeres jóvenes y adolescentes e incluso niñas. A pesar
de que generalmente existen mecanismos formales de denuncia, cuando los
hombres son conocidos de la familia y viven en el mismo lugar, es difícil que las
víctimas se atrevan a realizar la denuncia. Esta situación se agrava si las
personas que dirigen los centros de evacuados no están sensibilizadas para
atender esos hechos o si no existen servicios de salud específicos para las
mujeres. Un desafío pendiente en relación con este tema es el relevamiento de
información sobre los casos de violencia y abuso sexual que pueden ocurrir en
los centros de evacuados. Contar con esta información permitiría dimensionar
el problema y definir acciones para abordarlo.
Por todo lo antes señalado, la seguridad y protección de las personas
vulnerables debe ser garantizada en situaciones de emergencia. No sólo se
deben notificar los casos de violencia, violación, acoso sexual a los organismos
competentes, sino que debe asegurarse que las víctimas reciban profilaxis para
enfermedades de transmisión sexual como VIH/SIDA, sífilis, gonorrea, hepatitis
B.
5.3.4. Salud
23
relacionadas con el hacinamiento, condiciones precarias de higiene, escasez
de agua y de alimentos. El embarazo, la lactancia y la menstruación aumentan
la necesidad de intervenciones específicas.
La ocurrencia de un desastre con frecuencia repercute en la interrupción
de servicios que son importantes en el cuidado de las embarazadas,
como el cuidado prenatal y el soporte social y económico; además,
genera un estrés psicológico con consecuencias en la salud de las
embarazadas y de los recién nacidos. Por lo tanto, es necesario tomar
medidas para evitar complicaciones durante el embarazo y brindar una
atención en condiciones seguras para evitar muertes maternas y de los
recién nacidos. Por ejemplo, realizar un censo de quienes culminarán su
embarazo en los próximos 30 días, identificar las embarazadas de alto riesgo,
prever el sitio donde serán derivadas aquellas con alto riesgo obstétrico,
garantizar las vacunaciones necesarias como la antitetánica y la administración
de vitaminas y medicamentos para otras patologías como infección por VIH,
asma, hipertensión arterial, garantizar la alimentación materna, en la medida de
lo posible establecer servicios de atención ginecológica y obstétrica con
personal capacitado en los centros de evacuados, instruir a la población sobre
los servicios de salud disponibles más cercanos para la atención de las
embarazadas y los recién nacidos y la manera de llegar a ellos, alertar sobre
los signos de alarma en las embarazadas, como sangrado genital, dolor, fiebre
persistente, flujo vaginal fétido, para que acudan a los servicios de salud.
Otro grupo poblacional con vulnerabilidades específicas a considerar en
situaciones de desastre es el de las madres adolescentes.
De acuerdo al informe realizado por PNUD31, la fecundidad temprana, más
específicamente durante la adolescencia, se ha mantenido relativamente
estable en la última década, aunque con un tenue ascenso en el último
quinquenio. Para el período analizado (2000-2008), el 15% de los nacimientos
era de madres adolescentes. Como señala el informe, si se tiene en cuenta que
en el contexto nacional y regional se registra un descenso de la fecundidad
general, la persistencia en el nivel de fecundidad adolescente está expresando
la incidencia de factores socioculturales que inciden en la conducta
reproductiva a edades tempranas. “En Argentina, al igual que en el resto de los
países de la región, la fecundidad adolescente es un reflejo de la desigualdad
social, por lo que sus niveles varían significativamente entre las jurisdicciones,
oscilando entre un mínimo de 34 por 1000 en la Ciudad de Buenos Aires y un
máximo de más de 80 por 1000, en Chaco, Formosa, Misiones, Santa Cruz y
Santiago del Estero (Binstock y Pantelides, 2005)”32.
La maternidad temprana en la población de jóvenes provenientes de cualquier
clase social instala una cadena de situaciones a enfrentar; pero es entre
aquellas de menos recursos donde la realidad se interpone con mayor fuerza,
generando situaciones de reproducción de la pobreza, impactando en la
deserción escolar y en las bajas oportunidades laborales para las jóvenes
madres.
En una situación de desastre, la vulnerabilidad de este sector de población
seguramente se verá incrementada ya que, en general, disponen de escasos o
31
Aportes para el desarrollo humano en Argentina / 2011: Género en cifras: mujeres y varones en la
sociedad argentina. / 1.ª ed. Buenos Aires: Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD),
2011.
32
Op. Cit. Nota 27. Pag. 38
24
nulos recursos para enfrentar las pérdidas ocasionadas y recomponerse luego
del evento. Sus necesidades específicas deberían ser contempladas tanto en
los análisis de riesgos como en las acciones de respuesta y recuperación.
En cuanto a las mujeres y hombres infectados con VIH, según el informe
Aportes para el Desarrollo Humano en Argentina/201133, el número de
notificaciones es siempre mayor entre los varones, pero se está viendo una
disminución de la brecha entre uno y otro sexo debido a que ha aumentado el
número de mujeres infectadas. En efecto, a principios del milenio por cada 100
notificaciones masculinas ocurrían 55 de mujeres, mientras que hacia finales
de la primera década el número de notificaciones femeninas ascendió a 62.
Según el mismo informe, las vías de infección son diferentes en el caso de los
varones y las mujeres. Éstas contraen el virus principalmente por vía sexual en
el contexto de relaciones heterosexuales. En el caso de los hombres, la vía
sexual es también la principal causa de infección, en relaciones sin protección
con personas del mismo sexo o del sexo opuesto.
Las personas viviendo con VIH/SIDA son más vulnerables ante los
desastres, al existir la posibilidad de que no reciban su medicación en el
momento adecuado, ya sea durante la ocurrencia del evento o en el
tiempo posterior al mismo. En este caso, los hombres son más
vulnerables debido a que son más los casos de hombres infectados.
En cuanto a las mujeres, ellas suelen quedar más expuestas a contraer la
enfermedad en situaciones de desastres ya que, como se señaló en el punto
referido a violencia, en esos contextos suelen ser víctimas de violaciones y
acoso sexual. De allí la importancia de asegurarse que tanto las mujeres como
los varones afectados por la ocurrencia de un desastre reciban profilaxis para
enfermedades de transmisión sexual como VIH/SIDA, sífilis, gonorrea, hepatitis
B.
Por último, es importante también señalar que los hombres suelen ser reacios a
recibir asistencia sanitaria, debido a la construcción de una masculinidad que
censura la expresión del miedo o la angustia y premia el heroísmo, la fortaleza
o la omnipotencia.
33
Op. Cit. Nota 27. Pág.39
25