0% encontró este documento útil (0 votos)
103 vistas69 páginas

Almond Gabriel Una Disciplina Segmentada

Ciencia Política

Cargado por

Maraso
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
103 vistas69 páginas

Almond Gabriel Una Disciplina Segmentada

Ciencia Política

Cargado por

Maraso
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF o lee en línea desde Scribd
PRIMERA PARTE LA POLITICA COMO CIENCIA I. MESAS SEPARADAS: ESCUELAS Y CORRIENTES EN LAS CIENCIAS POLITICAS* Miss Cooper: La soledades algo terrible, znocreeusted? Anne: Ya lo creo. Es algo terrible... Miss Meacham: Ellanoes de las que disfrutan con la soledad. Miss Cooper: ¢Acaso hay quien disfrute con la sole- dad, Miss Meacham? (Fragmento de Separate Tables (“Mesas separadas”) de TerENce Ratrican, 1955, 78, 92) EN SEPARATE TABLES, el mayor éxito de la temporada teatral de Nueva York en 1955, el dramaturgo irlandés Terence Rattigan recurrié ala metafora de unos clientes solitarios sentados en el comedor de un hotel de segunda clase de Cornualles para ilustrar la soledad de la condicién humana. Tal vez sea un poco descabellado usar esta me- t4fora para describir la situacién de las ciencias polfticas durante la década de 1980. Pero en cierta forma, las diversas escuelas y corrien- tes de las ciencias politicas se encuentran actualmente sentadas ante mesas separadas, cada una con su concepcién de lo que deben ser las ciencias politicas, protegiendo un niicleo oculto de vulnerabilidad. Las cosas no siempre han sido asf. Si recordamos el estado en que se encontraban las ciencias politicas hace un cuarto de siglo, diga- mos a principios de la década de 1960, las criticas de David Easton (1953) y David Truman (1955), relativas al atraso de esta disciplina encomparacién con el resto de las disciplinas propias de las ciencias sociales, habfan sido tomadas muy en serio por un importante y productivo cuadro de jévenes politélogos. En 1961, Robert Dahl escribié su Epitaph for a Monument to a Successful Protest, que refle- jaba la confianza de un movimiento triunfante, cuyos dirigentes rapidamente estaban convirtiéndose en las figuras mas destacadas de la profesién. Ni Dahl ni Heinz Eulau, cuya Behavioral Persuasion * Gabriel A. Almond, Separate Tables, PS, vol. 21, nim. 4. Derechos reservados en 1988 por la American Political Science Association. Reproduccién-autorizada. 39 40 LA POLITICA COMO CIENCIA se publicé en 1963, hicieron demandas exageradas o exclusivas a las nuevas ciencias politicas. Expresaron su conviccién de que el enfo- que cientifico en el estudio de los fenémenos politicos habia demos- trado su eficacia, y que podia considerarse, al lado de la filosoffa politica, el derecho publico, y la historia y descripcién de las institu- ciones, como un procedimiento valido para el estudio de la politica. Como la parte “en movimiento” de la disciplina, digamos, suscit6 cierta inquietud entre las viejas subdisciplinas. Una metafora ilus- trativa del estado de las ciencias politicas en aquella época podria ser el modelo de “turco joven-turco viejo”, con los turcos jévenes que ya pintan canas. Pero todos somos turcos. Ahora prevalece una incémoda fragmentacié6n. Los especialistas en administracién publica buscan un anclaje en la realidad, una “nueva institucionalidad” en la cual apoyar sus brillantes deduccio- nes; los econometristas politicos quieren relacionar los procesos his- téricos e institucionales; los humanistas critican la evitacién de los valores politicos por el llamado “cientificismo” y se sienten incom- prendidos en un mundo dominado por las estadisticas y la tecnolo- gia; y los tedricos politicos radicales “criticos”, como los profetas de la antigiiedad, maldicen a los conductistas y positivistas, asi como alasimple nocién de un profesionalismo en las ciencias politicas ten- diente a separar el saber de la accién. Sin embargo, su antiprofesio- nalismo deja en entredicho su propia calidad de teéricos o politicos. E] malestar que prevalece entre los profesionales de las ciencias politicas no es fisico sino anfmico. En el transcurso de las tiltimas décadas, la profesién ha aumentado a més del doble en términos cuantitativos. La ciencia politica norteamericana se ha extendido a Europa, América Latina, Japén y, curiosamente, hasta China y la URSS. Las ciencias politicas adoptaron las caracteristicas metodo- légicas y de organizacién de la ciencia —institutos de investigacion, presupuestos en gran escala, el uso de métodos estadfsticos y mate- m§aticos, etc. La ciencia politica ha prosperado materialmente, pero no es una profesién feliz. Estamos divididos en dos dimensiones: una ideolégica, y otra me- todoldgica (véase el cuadro 1). En la dimensién metodoldgica estan los extremos de blandos y duros. En el extremo blando figuran estu- dios clinicos “densamente descriptivos” como los de Clifford Geertz (1972). Como ejemplo de este tipo de orientacién, Albert Hirschman (1970) cité la biograffa escrita por John Womack (1969) del guerri- MESAS SEPARADAS. 4a Cuapro 1 Dimensi6n ideoldgica Tzquierda Derecha Dimension Dura ID DD metodologica Blanda 1B DB lero mexicano Emiliano Zapata; se trata de una obra casi exenta de cualquier tipo de conceptualizacién, hipdtesis, o intentos de demos- trar proposiciones. Hirschman argumenta que no obstante esta apa- rente carencia metodolégica, dicho estudio sobre Zapata est4 repleto de implicaciones teéricas de suma importancia. Leo Strauss (1959) y los seguidores de su filosofia politica, con su enfoque interpretativo en la evocacién de las ideas de filésofos polfticos, también se aproxi- man en gran medida a este extremo blando, aunque el estilo de Womack con su cardcter narrativo y descriptivo parece dejarlo todo implicito, la exégesis straussiana conlleva la disciplina propia de la explicacién de los grandes textos, que descubre su “verdadero” sig- nificado mediante el andlisis del lenguaje empleado en ellos. Un tanto alejados del extremo blando, pero atin del lado blando del continuo, podrian estar los estudios filos6ficos mas abiertos a las pruebas empiricas y el andlisis l6gico. Obras recientes, como las de Michael Walzer acerca de la justicia (1983) y la obligacién (1970), y las de Carole Pateman sobre la participacién (1970) y la obligacién (1979), podrian ser ilustrativas. En estos casos existe algo mds que una evocaci6n sencilla y profusamente documentada de un aconte- cimiento o personalidad, o una exégesis precisa de las ideas de los fildsofos politicos. Se presenta una argumentacién légica, a menudo corroborada por el estudio de pruebas, y desarrollada en forma mas o menos rigurosa. En el otro extremo del continuo metodolégico se encuentran los estudios de cardcter cuantitativo, econométrico y aquellos que con- tienen modelos mateméaticos; y lo mds extremo podria ser la combi- nacién de modelos matematicos, andlisis estadisticos, experimentos y la simulaci6n computarizada en la bibliograffa sobre opinién pa- blica. Ejemplos extremos de este polo duro podrfan ser las teorfas relativas al sufragio, la formacién de coaliciones y la toma de deci- siones en comités y burocracias, implicadas en la comprobacién de hipétesis generadas por medio de modelos formales y matematicos. 42 LA POLITICA COMO CIENCIA Enel ladoizquierdo del continuo ideolégico, tenemos cuatro grupos de la tradicién marxista: los marxistas propiamente dichos, los te6- ricos de la “politica critica”, los lamados dependencistas, y los teéri- cos del sistema mundial, los cuales, todos ellos, rechazan la posibili- dad de separar al conocimiento de la accién y subordinan la ciencia politica a la lucha por el socialismo. En el extremo conservador del continuo figuran los neoconservadores, quienes favorecen entre otras cosas a la economia de libre mercado y a la limitacién de los poderes del Estado, asi como a una politica exterior agresivamente anticomunista. Si combinamos estas dos dimensiones, obtenemos cuatro escue- las en las ciencias polfticas, cuatro mesas separadas —la izquierda blanda, la izquierda dura, la derecha blanda y la derecha dura. La realidad, desde luego, no est4 tan claramente delimitada. Los mati- ces ideolégicos y metodolégicos son ms sutiles y complejos. Prosi- guiendo con nuestra metéfora sin salirnos del espacio del refectorio, toda vez que la inmensa mayoria de los politélogos estén en algtin punto cercano al centro —ideolégicamente “liberales” y moderados, al mismo tiempo que eclécticos y abiertos al didlogo en cuestién de metodologfa— podria hablarse de una gran cafeteria central en la que la mayoria de nosotros seleccionamos nuestro alimento intelec- tual, y en donde compartimos grandes mesas en compaiifa de diver- sos y cambiantes comensales. Las mesas exteriores de este enorme refectorio disciplinario estan muy bien iluminadas y visibles, en tanto que el gran centro perma- nece en la penumbra. Es lamentable que el humor y la reputacion de la disciplina de las ciencias politicas estén tan influidos por estas posturas extremas. Esto se debe en parte a que los extremos suelen ser sumamente audibles y visibles —la izquierda blanda emite un ruido de fondo permanente y flagelante, y la derecha dura produce los refinados modelos matematicos y estadisticos que aparecen en las paginas de nuestras revistas especializadas. LAIZQUIERDA BLANDA Supéngase que empezamos con la izquierda blanda. Todos los sub- grupos de la izquierda blanda comparten el postulado metametodo- MESAS SEPARADAS 43 légico segtin el cual el mundo empfrico no puede entenderse en funcién de esferas y dimensiones separadas, sino como una totalidad espacial-temporal. La “teoria critica” desarrollada por Horkheimer, Adorno, Marcuse y otros integrantes de la “escuela de Francfort”, rechaza la estrategia de desprendimiento y disgregacién atribuida a lacorriente principal de las ciencias polfticas. Las diversas partes del proceso social deben considerarse como “aspectos de una situacién total implicita en el proceso del cambio histérico” (Lukacs, citado en David Held, 1980, p. 164). Tanto el estudioso como su objeto de estu- nenuna lucha. Por tanto, la objetividad no es apropiada. istas no entienden que el proceso de acceso al conoci- miento es inseparable de la lucha histérica que tiene lugar entre los seres humanos y el mundo. La teorfa y el quehacer teérico estan entrelazados en los procesos de la vida social. El teérico no puede mantenerse al margen, contemplando, reflejando y describiendo la ‘sociedad’ o la ‘naturaleza’ ” (Held, p. 165). Para entender y explicar es menester estar comprometido con un resultado. No existe una cien- cia politica en el sentido positivista de la palabra, es decir, una ciencia politica ajena a un compromiso ideolégico. Intentar una separacién equivale a respaldar el orden establecido, histéricamente obsoleto. Marxistas mds ortodoxos como Perry Anderson (1976), Goran Therborn (1977), Philip Slater (1977) y otros, si bien comparten la metametodologfa de la “escuela critica”, van més lejos al argiiir que, ano ser que se acepte el materialismo histérico en su sentido mas reduccionista, consistente en explicar el acontecer polftico en térmi- nos de lucha de clases, se deja de apreciar la relacién existente entre teorfa y praxis. Alconsiderar la configuracién de la izquierda blanda, comienzaa desintegrarse nuestra metdfora cuatripartita de las mesas separa- das. Los teéricos marxistas de diversas orientaciones —los “teéricos criticos”, los escritores de la “dependencia” y los teéricos del “sistema mundial”— son compafieros de mesa con varias disputas. Todos comparten la creencia en la unidad de la teorfa y la praxis, y estan convencidos de que es imposible separar la ciencia de la politica. Como consecuencia légica, la corriente positivista, empefiada en separar la actividad cientifica de la politica, ha perdido contacto con la arrolladora unidad del proceso histérico y permanece absurda- mente atada al statu quo. La ciencia politica positivista se niega a 44 LA POLITICA COMO CIENCIA tomar en cuenta la dialéctica histérica que hace inevitable el paso del capitalismo al socialismo. Fernando Cardoso, principal teérico de la escuela de la depen- dencia, compara la metodologia de dicha teorfa con la tradicién norteamericana de las ciencias sociales: Nuestro propésito es restaurar la tradicién intelectual fundamentada en una ciencia social integral. En vez de concentrarnos tinicamente en di- mensiones especificas del proceso social, buscamos una comprensién dinamica y global de las estructuras sociales. Nos oponemos a la tradi- cién académica que consideraba la dominacién y las relaciones sociocul- turales como “dimensiones” analiticamente independientes la una de la otra y de la economia, como si cada una de esas dimensiones hubiese correspondido a distintos rasgos de la realidad [...] Nuestro estudio dela sociedad, asi como de sus estructuras y procesos de cambio, esta basado enunenfoque dialéctico[...] A final de cuentas, la opcién que se plantea no es la consolidacién del Estado o el advenimiento de un “capitalismo auténomo”, sino mas bien en qué forma sustituirlos. Por lo tanto, lo importante es cémo trazar vias conducentes al socialismo. (Cardoso y Faletto, 1979, pp. ix y xxiv) De modo que la ciencia politica no puede ser ciencia si no est4 dedicada plenamente a la consecucién del socialismo. Richard Fagen, uno de los principales exponentes del enfoque de la “dependencia”, detalla las implicaciones de la postura de Cardoso para la comunidad académica interesada en cuestiones de desarro- llo. Un avance real en el estudio sobre el desarrollo debe asociarse con una restructuraci6n de las asimétricas relaciones internaciona- les de poder y “un ataque, mucho mas diffcil e histéricamente signi- ficativo, contra las propias formas capitalistas de desarrollo [...] So- lamente cuando tan crucial toma de conciencia dirija la naciente erftica académica contra el sistema capitalista global, podremos afir- mar que el cambio de paradigmas en las ciencias sociales estadu- nidenses cobré fuerza y est4 acercando el quehacer académico a lo que realmente importa” (1978, p. 80). Dos recientes interpretaciones de la historia de la ciencia politica estadunidense, indican que esta ganando terreno esta critica de la “izquierda blanda” contra la corriente dominante de investigacién enla disciplina. David Ricci, en The Tragedy of Political Science (1984), MESAS SEPARADAS 45 describe el surgimiento, en las postrimerias de la segunda Guerra Mundial, de una escuela cientffica liberal de las ciencias politicas en los Estados Unidos de Norteamérica. Se trataba, segtin Ricci, de un movimiento empefiado en demostrar, mediante los métodos mds precisos, la superioridad de los postulados y valores pluralistas libe- rales. La validez de esta complaciente “teorfa polftica empfrica” ,crea- da por politélogos como David Truman, Robert Dahl, C. E. Lindblom, un grupo de especialistas electorales de la Universidad de Michigan y otros investigadores, quedé en duda durante los disturbios de finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, junto con el despres- tigio de la politica y administracién publica estadunidenses. Ricci concluye que este episodio conductista-posconductista demuestra que laciencia politica como ciencia empfrica, sin la inclusion sistematica de valores y opciones morales y éticas, y sin un compromiso con la accién politica, esta condenada al fracaso. La ciencia politica debe inclinarse hacia algtin lado, no hacerlo propicia su repliegue a una postura de futilidad y especializacién preciosista. La izquierda blanda de Ricci es una variedad de la izquierda hu- manista moderada. La que propugna Raymond Seidelman (1985) corresponde a un tratamiento més radical de la historia de la ciencia politica estadunidense. En un libro titulado Disenchanted Realists: Political Science and the American Crisis, 1884-1984, Seidelman des- arrolla con detalle una tesis que sustenta la existencia de tres corrien- tes en la teorfa politica estadunidense: una corriente institu- cionalista, otra democratica populista y una tercera, relativamente efimera, “ciencia pol{tica liberal”, iniciada en las décadas de 1920 y 1930 en la escuela de la Universidad de Chicago, y que habria de prosperar en los Estados Unidos de Norteamérica desde la época inmediatamente posterior a la segunda Guerra Mundial hasta los afios setenta, poco mas o menos. La corriente institucionalista co- rresponde a la tradicién hamiltoniana-madisoniana incorporada al sistema constitucional y tendiente a frustrar la voluntad de las ma- yorias. La teorfa de la separacién de poderes se fundamenta en la desconfianza de las tendencias populares. Opuesta a esta tradicién en la teoria polftica estadunidense esta la tendencia democratica populista manifiesta en el temprano igualitarismo agrario, el aboli- cionismo, el populismo y otros movimientos similares. Esta segunda tradicién de Thomas Paine es antiestatista y antigubernamental, y 46 LA POL[TICA COMO CIENCIA fue desprestigiada por el auge de la sociedad industrial urbana y la necesidad de un gobierno central poderoso. La tercera tradicién se basaba en la fe en la viabilidad de una ciencia politica que ayudase a producir un poderoso Estado nacio- nal, dirigido por expertos que aplicaran politicas piblicas construc- tivas y coherentes, y respaldado por mayorfas populares virtuosas. Esta ilusién de una ciencia politica grande y constructiva se esfum6, tanto en el 4mbito de la politica como en el de la ciencia. La realidad politica se convirtié en una serie desarticulada de “redes de proble- mas” y “triangulos de hierro” dominados por la élite e incapaces de perseguir polfticas puiblicas consistentes y eficaces, y la ciencia, a su vez, se transformé en un conjunto de especialidades inconexas ca- rentes de relacién con la polftica y la administraci6n publica. Seidel- man concluye: Desde el punto de vista histrico, el profesionalismo en ciencias politicas no ha hecho otra cosa que oscurecer conflictos y opciones en la vida publica estadunidense, toda vez que consideré a los ciudadanos como meros objetos de estudio o clientes de un paternalismo politico benigno [...] Mientras no‘se percaten los politélogos de que su politica democra- tica no puede llevarse a cabo mediante un profesionalismo yermo, la vida intelectual permaneceré ajena a los auténticos aunque tal vez secretos suefios de los ciudadanos estadunidenses. La historia de las ciencias politicas ha confirmado esta laguna, aun cuando intenté colmarla. La ciencia politica moderna deberé lograrlo para poder transformar meras ilusiones en nuevas realidades democraticas. (P. 241) El principal cometido de la izquierda blanda es la impugnacién del profesionalismo en las ciencias politicas. Es un llamado a la academia para que se integre a la lucha politica y oriente sus activi- dades didacticas y de investigacién hacia compromisos ideolégicos de izquierda: concretamente, hacia un socialismo moderado o revo- lucionario. LA DERECHA DURA La derecha dura, por el contrario, es ultraprofesional en cuanto a metodologia, y cuenta con un formidable arsenal de metodologfas cientfficas: deductivas, estadfsticas y experimentales. Propende a MESAS SEPARADAS 47 considerar las formas de andlisis histérico, descriptivo y cuantitativo sencillo como productos menores de la ciencia politica, aun cuando en afios recientes se ha observado una notable rehabilitacién de las instituciones polfticas, asf como una tendencia a vincular la labor deductiva formal con la tradicién empirica inaugurada por Gosnell, Herring y V. O. Key. En una reciente revisi6n del movimiento de la eleccién publica en las ciencias polfticas, William Mitchell (1988) hace una distincién en- tre dos centros principales, alos que designacon losnombres de escue- las de Virginia y Rochester. La escuela de Virginia, que tuvo su mayor efecto entre los economistas, fue fundada por James Buchanan y Gordon Tullock, en tanto que William Ricker fund6 la escuela de Rochester, de mayor trascendencia entre los politélogos. Ambas es- cuelas tienden a desconfiar de la politica y la burocracia, y mantienen una postura conservadora desde el punto de vista fiscal. Sin embar- go, la escuela de Virginia declara abiertamente que el mercado cons- tituye la piedra de toque de una distribuci6n eficiente de la riqueza. Segtin Mitchell, los virginianos estén “plenamente convencidos de que la economfa privada es mucho ms robusta, eficiente y quiz4s més equitativa que otras economfas, y ademas, bastante mAs eficien- te que los procesos politicos en lo que toca a la distribucién de recur- sos [...] Gran parte de las aportaciones del [virginiano] Center for Study of Public Choice pueden considerarse como contribuciones a una teorfa sobre el fracaso de los procesos politicos [...] la desigual- dad, la ineficiencia y la coercién son las consecuencias més comunes de la definicién de polfticas democraticas” (pp. 106-107). Buchanan sugirié un plan de reduccién automatica del déficit afios antes de la adopcién de la propuesta Gramm-Rudman-Hollings; también fue el autor de una primera versién de la enmienda constitucional pro- puesta para equilibrar el presupuesto. En dos libros —Democracy in Deficilt: The Political Legacy of Lord Keynes (Buchanan y Wagner, 1977) y The Economics of Politics (1978)— Buchanan presenta un modelo de politica democratica en la cual el electorado actuia en funcién de sus intereses de corto plazo, o sea que se resiste a pagar impuestos y busca beneficios materiales para s{ mismo; los polfticos aprovechan naturalmente estas preferencias favoreciendo el gasto y oponiéndose a los impuestos, en tanto que los burécratas procuran acrecentar su poder y recursos sin tomar en cuenta el interés publico. 48 LA POLITICA COMO CIENCIA Estos teéricos difieren en cuanto a su grado de conviccién de que este modelo de maximizaci6n de utilidades a corto plazo refleja la realidad humana. Algunos estudiosos emplean este modelo como una simple fuente de hipotesis. Asi, Robert Axelrod, mediante mode- los deductivos, experimentaci6n y simulacién por computadora, hizo importantes aportaciones a nuestra comprensi6n de las formas en que surgen las normas cooperativas y, en particular, de c6mo pueden surgir normas de cooperaci6n internacional a partir de una perspec- tiva de maximizacién de utilidades a corto plazo (1984). Douglass North (1981), Samuel Popkin (1979), Robert Bates (1988) y otros, combinan modelos de eleccién racional con anilisis sociolégicos en sus estudios sobre el desarrollo y el proceso histérico del Tercer Mundo. La naturaleza defensiva de esta perspectiva se refleja en comenta- rios hechos en fechas recientes por estudiosos de incuestionable credibilidad cientifica. Asf, Herbert Simon cuestiona el postulado de eleccién racional de dicha bibliograffa: Para la investigacién en general, y en particular para nuestra estrategia de investigacién, existe una enorme diferencia entre estudiar el casi omnisciente homo economicus de la teoria de la eleccién racional, o el resueltamente racional homo psychologicus de la psicologia cognosciti- va. Esta diferencia atafie no solamente a la investigacién, sino también al correcto disefio de instituciones politicas. James Madison tenia plena conciencia de esto, y en las paginas de Federalist Papers opté por la siguiente perspectiva de la condicién humana: “De la misma manera que existe en la naturaleza humana cierto grado de depravacién que requiere alguna medida de circunspeccién y desconfianza, también se encuentran otras cualidades que justifican cierta cantidad de estima y confianza:” —una perspectiva que podemos considerar equilibrada y realista de la racionalidad humana con sus concomitantes flaquezas de motivo y ra- z6n. (P. 303) James March y Johan Olsen impugnan el formalismo de la biblio- grafia sobre la elecci6n publica: “El nuevo institucionalismo es un prejuicio con base empirica, el cual sustenta que lo que observamos enel mundo es incongruente con las formas en que las teorfas con- tempordneas exigen que nos expresemos [...] La agencia burocratica, el comité legislativo y el tribunal de apelaci6n son arenas en las que MESAS SEPARADAS 49 contienden fuerzas sociales, pero también son conjuntos de proce- dimientos y estructuras normativas de operacién que definen y de- fienden intereses” (1984, 738). Asimismo, cuestionan el postulado racional del interés propio de la bibliografia sobre la eleccién publi- ca, al argumentar que: Aun cuando la politica sin duda alguna obedece en gran medida a inte- reses propios, es frecuente que la accién esté encaminada a averiguar el comportamiento normativo apropiado y no propiamente a calcular los beneficios que cabe esperar de elecciones alternativas. Por consiguiente, el comportamiento politico, lo mismo que cualquier otro comportamien- to, puede describirse en términos de deberes, obligaciones, papeles y reglas. (P. 744.) LA DERECHA BLANDA En la celdilla correspondiente a la derecha blanda, se encuentran diversos tipos de conservadores de viejo y nuevo cufio, quienes tien- den a ser tradicionales en sus metodologfas y a ubicarse en el lado derecho del espectro ideolégico. Sin embargo, los adeptos de la teo- ria politica de Leo Strauss pertenecen a una categorfa distinta. Es claro su conservadurismo metodolégico. La Ilustracién y la revolu- cion cientffica son los enemigos. La ciencia politica libre de valores y éticamente neutral de Max Weber ocupa un lugar privilegiado en su escala de prioridades. Como lo expres6 Leo Strauss: “El embota- miento moral es una condicién necesaria para el andlisis cientffico. Nuestra seriedad como cientificos sociales est4 en funcién directa del grado en que logremos desarrollar dentro de nosotros mismos un sentimiento de indiferencia hacia la consecucién de cualquier obje- tivo, que nuestros procedimientos se vuelvan erraticos y carentes de propésito, en una actitud general que podria calificarse de nihilista” (1959, p. 19). Pero la ciencia politica no sdlo es amoral, tampoco es realmente generadora de conocimiento. De nuevo Leo Strauss: “En términos generales, cabe preguntarse si la nueva ciencia politica ha generado algo polfticamente importante que no conocieran ya los profesionales inteligentes de la politica, poseedores de un profundo conocimiento de la historia, o los periodistas brillantes y cultos, sin mencionar a los viejos politélogos” (en Storing, 1962, p. 312). Los straussianos rechazan cualesquiera interpretaciones de la 50 LA POLITICA COMO CIENCIA teorfa politica de caracter “historicista” o basadas en una “sociologia del saber”. El significado verdadero de los textos filoséficos esta contenido en lo que se ha escrito. El filésofo de la politica debe poseer la habilidad y la visién necesarias para explicar este sentido original. La verdad esencial puede encontrarse en los escritos de los filésofos clasicos, en particular en los de Plat6n —con su racionalismo socra- tico libre de contingencias—. Las verdades estén fuera del tiempo, del espacio y de cualquier contexto. La filosofia politica posmaquia- veliana propicié el relativismo moral y el deterioro de la virtud cfvica; la ciencia politica “conductista” es el producto degradado de este deterioro moral. Durante los recientes festejos del ducentésimo aniversario de la Constituci6n, los straussianos, como era de esperarse, estuvieron a la vanguardia de la escuela del “primer intento” de la interpretaci6n constitucional. Gordon Wood, en un reciente andlisis de la biblio- graffa straussiana sobre la Constitucién (1988), sefiala que para straussianos como Gary McDowell y Walter Berns, toda la verdad de la Constituci6n est4 contenida en el texto constitucional, y tal vezen el registro escrito de las deliberaciones y los Informes Federalistas. Wood indica que el compromiso straussiano con el “derecho natu- ral” los hace desconfiar de todos los derechos histéricamente cons- tituidos, “en particular de los recién identificados por la Suprema Corte” (1988, p. 39). Para algunos straussianos, el derecho natural a la propiedad postulado por los fundadores puede servir de base para hacer retroceder el estado de bienestar moderno. Para otros muchos straussianos, el régimen moral ideal es la aristocracia platénica 0, en segunda instancia, el “gobierno mixto” aristotélico. Su programa de accién es un llamado a la formacién de una élite intelectual que promueva la restauracién de los principios fundamentales. LAIZQUIERDA DURA Por ultimo, existe una escuela de izquierda dura que emplea una metodologia cientifica para probar proposiciones derivadas de las teorfas socialista y de la dependencia. Sin embargo, desde el momen- to en que se hacen explicitas y verificables las proposiciones y creen- cias de las ideologfas de izquierda, se empieza a rechazar el antipro- MESAS SEPARADAS 51 fesionalismo de esta corriente ideolégica. Esta realidad se refleja en el nerviosismo de los principales teéricos socialistas y de la depen- dencia a la hora de cuantificar y probar hipétesis. Asf, Christopher Chase-Dunn, uno de los principales cuantificadores del sistema mundial, aclara con sus colegas: “Mi preocupacién es que nos enfras- quemos en estériles controversias entre ‘historicistas’ y ‘cientfficos sociales’, o entre investigadores cuantitativos y cualitativos. Las fronteras ‘étnicas’ pueden proveernos mucho material para alimen- tar animados didlogos, pero para una verdadera comprensién del sistema mundial, es menester superar esta clase de sectarismo me- todolégico” (1982, p. 181). Los principales teéricos de la dependen- cia, entre ellos Cardoso y Fagen, cuestionan seriamente la validez de los estudios “cuantitativos de cardcter cientifico” sobre los postulados de la teorfa de la dependencia. Por motivos que no se han precisado con toda claridad, esta clase de investigaciones son “prematuras” o fallan en su propésito. Por esta raz6n, es probable que no reconozcan como vilidos los hallazgos del grupo de Sylvan, Snidal, Russett, Jackson y Duvall (1983), quienes, durante el periodo incluido entre 1970 y 1975, probaron un modelo formal de “dependencia” en un conjunto de pafses dependientes, y obtuvieron una serie de resulta- dos mixtos y poco concluyentes. Sin embargo, cuantificadores y econometras de la dependencia y del sistema mundial, incluidos politélogos y socidlogos como Chase-Dunn (1982), Richard Rubin- son (véase Rubinson y Chase-Dunn, 1979), Albert Bergesen (1980), Volker Bornschier y J. P. Hoby (1981) y otros, estan actualmente levando a cabo estudios encaminados a demostrar la validez de los postulados del sistema mundial y de la dependencia. UNA RESENA DE NUESTRA HISTORIA PROFESIONAL La mayoria de los politdlogos se sentirfan inc6modos sentados en las mesas lejanas al centro. Con apenas dos o tres generaciones de ha- berse convertido nuestra profesién en una importante disciplina académica, no estamos dispuestos a renunciar a nuestros galardo- nes de integridad profesional al someter nuestra actividad docente y de investigacién a controversias de orden politico. Esto se refleja en la renuncia parcial a su postura de antiprofesionalismo por parte de 52 LA POLITICA COMO CIENCIA la izquierda dura, la cual sostiene que los asertos relativos a la socie- dad y la politica pueden probarse dandoles una formulacién explici- tay precisa, y aplicAndoles, cuando sea necesario, métodos estadis- ticos. Asimismo, ala mayorfa de nosotros nos desconcierta la autoadju- dicacién, por parte de los politélogos de la eleccién ptiblica y la estadistica, de la insignia del profesionalismo, as{ como el hecho de que pretendan relegar al resto de nosotros a un status precientffico. Comparten esta preocupacién algunos de nuestros mas distinguidos y sofisticados politélogos, actualmente empefiados en rehabilitar las metodologias tradicionales de la ciencia politica: como el anélisis filosdfico, legal e histérico, y la descripcién institucional. ‘A decir verdad, pocos politélogos aceptarfan que desde el siglo xvt la ciencia politica no ha hecho mas que alejarse del recto camino, y que la tinica via hacia el profesionalismo estd en la exégesis de los textos clasicos de la teoria politica. Digno de mencién es el hecho de que cada una de estas escuelas 0 corrientes mantiene su versién de la historia de las ciencias politicas. Quien controle la interpretacién del pasado en los archivos de nues- tra historia profesional tendra grandes posibilidades de controlar su futuro. En afios recientes, la izquierda blanda ha tratado de apropiar- se de la responsabilidad de escribir la historia profesional de lacien- cia politica . Mi opinién es que tal vez logré convencer a algunos de nosotros de que nos hemos alejado del recto camino. Tanto Ricci como Seidelman, trataron de convencernos de que la ciencia politica moderna, metédica y objetiva, sdlo podfa desarrollarse en los Esta- dos Unidos de Norteamérica, en donde, durante un corto tiempo, parecieron factibles la democracia liberal, lo mismo que un profe- sionalismo objetivo. Sostienen que conforme ha decaido este opti- mismo estadunidense, al recrudecerse de manera inevitable el anta- gonismo partidista y de clases, se hace insostenible la tesis de una ciencia politica politicamente neutral. Dentro de esta I{nea de razo- namiento, la ciencia politica necesita convertirse de nueva cuenta en parte activa de un movimiento de caracter politico y, para algunos, revolucionario. La derecha dura presenta una perspectiva muy escorzada de nues- tra historia profesional: antes de la introduccién de las metodologias matematica, estadfstica y experimental, no existfan ciencia ni teorfa politicas en el sentido estricto de la palabra. MESAS SEPARADAS. 53 Sin embargo, la inmensa mayorfa de los politélogos, eclécticos en cuanto a sus enfoques metodolégicos, asf como quienes se esfuerzan por controlar la orientacién ideolégica de la actividad profesional —nuestra “cafeteria central’— no deberfan conceder a ninguna de estas dos escuelas el privilegio de escribir la historia de la disciplina. La historia de la ciencia politica no apunta hacia ninguna de esas apartadas mesas, sino més bien hacia la porcién central del come- dor, en donde sus ocupantes son partidarios de metodologfas mixtas yaspiran a la objetividad. Es un error afirmar que la ciencia politica se desvié de la filosofia politica clasica durante los siglos xvryxvm, y que ha venido torciendo el rumbo a partir de entonces. Tampoco es correcto atribuir a la ciencia politica estadunidense el mérito de haber separado la teorfa y la accién polfticas. Los straussianos no pueden pretender ser los dnicos en fundamentar sus principios en la filosoffa clasica griega. El impulso cientifico en los estudios politicos tuvo sus orfgenes entre los filésofos cldsicos griegos. En mi opinién, Robert Dahl es un se- guidor mAs ortodoxo de Aristételes que Leo Strauss. Existe toda una tradicién sociolégica y polftica que viene desde Platén y Aristételes, pasa por Polibio, Cicerén, Maquiavelo, Hobbes, Locke, Montesquieu, Hume, Rousseau, Tocqueville, Comte, Marx, Pareto, Durkheim, Weber, y llega hasta Dahl, Lipset, Rokkan, Sarto- ri, Moore y Lijphart, que intent6, y contintia haciéndolo, relacionar las condiciones socioeconémicas con las constituciones politicas y las estructuras institucionales, y asociar estas caracterfsticas estructu- rales con tendencias politicas en tiempos de paz y guerra. Nuestros padres fundadores se adhirieron a dicha tradicién. Co- mo observara Alexander Hamilton en Federalist 9: “La ciencia de la polftica [...] como la mayorfa de las demas ciencias, ha evolucionado considerablemente. Se entiende actualmente con toda claridad la eficacia de varios principios que los antiguos no conocfan en abso- luto, o acaso en una forma muy parcial” (1937). En Federalist 31, Hamilton trata sobre el eterno problema de qué tan cientificos pue- den ser los estudios de caracter moral y politico. Concluye que: Aun cuando no puede considerarse que los principios del saber moral y politico poseen, en general, el mismo grado de certidumbre que los de Jas matemiaticas, no dejan de mostrar en este sentido mayores cualidades L...] de las que estariamos dispuestos a concederles. (P. 189.) 54 LA POL{TICA COMO CIENCIA Cabe sefialar que la dicotomf{a entre las ciencias “exactas” y aque- Ilas alas que no se les reconoce este atributo, la cual se nos ha hecho creer es un fenémeno reciente atribuible a la herejfa del movimiento conductista estadunidense, de hecho ha sido endémica en la disci- plina desde sus origenes. Durante el siglo xx y principios del xx, Auguste Comte, Marx y Engels y sus seguidores, Max Weber, Emile Durkheim, Vilfredo Pa- reto, y otros, trataron la politica con perspectivas mas propias de la ciencia social, con regularidades semejantes a leyes y relaciones ne- cesarias. A la vuelta del siglo xx, John Robert Seeley y Otto Hintze, Moissaye Ostrogorski, y Roberto Michels, formularon lo que consi- deraron “leyes cientificas” de la politica —Seeley y Hintze teorizaron sobre la relacién entre las presiones externas y la libertad interna en el desarrollo de las naciones-Estado de Europa occidental; Ostro- gorski, acerca de la incompatibilidad entre el partido politico buro- cratico de masas y la democracia, conclusi6n que obtuvo de un estu- dio comparativo sobre el surgimiento de los sistemas de partidos britanico y estadunidense; y Michels escribié acerca de la “ley de hierro de la oligarquia”, a saber, la propensi6n en las grandes orga- nizaciones burocraticas a que el poder gravite hacia la dirigencia suprema, un razonamiento que se desprendié de su estudio de caso “critico” del partido socialdemécrata alem4n. En fechas mds recien- tes, también provino de Europa la “ley” de Duverger acerca de la relacién existente entre los sistemas electorales y de partidos. Entre los pioneros de ciencia politica profesional moderna, desde el principio fue practica comin calificar de “ciencia” a esta rama del conocimiento. As{, sir Frederick Pollock y John Robert Seeley, el primero catedratico en Oxford y la Royal Institution, el segundo en Cambridge, titularon sus libros The History of the Science of Politics (1890) y An Introduction to Political Science (1896), respectivamen- te. Lo que estos autores entendfan por “ciencia” variaba de un caso a otro. Pollock distingue entre ciencias naturales y morales: “La comparativa inexactitud de las ciencias morales no es culpa de los hombres que les dedicaron sus talentos, sino que depende, como lo constatara Aristételes, de la naturaleza de la materia sobre la cual tratan” (p. 5). Para John Robert Seeley, la ciencia polftica era un conjunto de proposiciones derivadas del saber histérico. Como consecuencia del MESAS SEPARADAS 55 desarrollo de la historiografia en el siglo x1x, anticipaba un despegue en el desarrollo de la ciencia politica. Si los modernos habrfan de superar con mucho a Locke, Hobbes y Montesquieu, era simplemen- te porque su base de datos histéricos seria mucho mas amplia. Para Seeley, quien introdujo a la ciencia polftica en el Tripos de Cambridge, se trataba de aprender a “razonar, generalizar, definir y diferenciar [...] asi como acopiar, verificar e investigar hechos”. Es- tos dos procesos constitufan la ciencia polftica. “Si descuidamos el primer proceso, sélo acumularemos inttilmente datos, toda vez que no tendremos manera de diferenciar entre hechos importantes y triviales; y desde luego, si descuidamos el segundo proceso, nuestros razonamientos carecerdn de base, y no haremos nada sino tejer te- larafias escoldsticas” (1896, pp. 27-28). Durante el siglo xx y principios del xx, hubo en las ciencias so- ciales dos escuelas de pensamiento que ostentaban el nivel o la ca- racteristica de ciencia. Auguste Comte, Karl Marx y Vilfredo Pareto no establecen distincién alguna entre ciencias sociales y “natura- les”. Ambos tipos de ciencia buscaban uniformidades, regularida- des, leyes. Por otra parte, para Max Weber era absolutamente ociosa la nocién de una ciencia social que consistiera en “un sistema cerra- do de conceptos en los que la realidad es sintetizada en alguna forma de clasificacién permanente y universalmente valida, a partir de lo cual es posible hacer nuevas deducciones”: El torrente de los eventos incuantificables fluye sin cesar hacia la eterni- dad. Los problemas culturales que mueven a la humanidad siempre se vuelven a presentar con diferentes matices, y en este infinito flujo de eventos, cambian constantemente los limites del Area que adquiere sig- nificado e importancia para nosotros, es decir, que se convierte en un “ente histérico”. Se modifican asimismo los contextos intelectuales den- tro de los cuales éste se contempla y analiza cientificamente. (1949, p. 80.) Para Max Weber, la “sujecién a leyes” de la interacci6n humana es de otro orden. La materia de estudio de las ciencias sociales —la accién humana— implica juicios de valor, memoria y aprendizaje, los cuales s6lo pueden arrojar regularidades relativas, “posibilidades objetivas” y probabilidades. Los cambios culturales pueden atenuar o incluso destruir estas relaciones. Asimismo, Durkheim conside- raba que los fenédmenos culturales eran demasiado complejos y de- 56 LA POLITICA COMO CIENCIA pendientes de la creatividad humana para tener el mismo grado de certidumbre causal que las ciencias naturales. Durante las primeras décadas de la ciencia polftica profesional en los Estados Unidos de Norteamérica —desde 1900 hasta la década de 1930— dos estudiosos, Merriam y Catlin, el primero tan estadu- nidense como el pay de manzana y el segundo un inglés radicado temporalmente en ese pats, fueron los primeros en promover la in- troduccién de normas y métodos cientificos en el estudio de la poli- tica. La aportacién de Merriam fue sobre todo programatica y pro- mocional. Preconizé dicho movimiento, recluté personal y fundé un programa particular de investigacin en la Universidad de Chicago. También fue uno de los fundadores del Consejo de Investigacién en Ciencias Sociales. Catlin escribié sobre cuestiones metodoldgicas, hizo una clara distincién entre la historia y la ciencia politica y ubicé aesta Ultima entre las ciencias sociales. En su manifiesto de 1921, “La actual situacién del estudio de la politica”, Merriam recomendé la introduccién de conocimientos psicoldgicos en el estudio de las instituciones y procesos politicos, as{ como el empleo de métodos estadisticos para incrementar el rigor cientffico del andlisis politico. Este llamado al crecimiento y a la superacién profesional en ningtin momento planteé la necesidad de una discusién sobre la metodologfa cientffica. Merriam propuso practicar la ciencia politica en vez de hablar de ella. Y de hecho, enla Universidad de Chicago, se desarrollé en el transcurso de las siguien- tes décadas un programa de investigacién que ejemplificé el hinca- pié de Merriam en la investigacién empfrica, la cuantificaci6n y la interpretacion sociosicolégica. Los profesionales egresados de dicho programa conformaron una parte apreciable del nticleo del “movi- miento conductual” de la posguerra. George Catlin tal vez haya sido el primeroen hablar deun “tratamien- to conductista de la politica” (1927, p. xi) y, en su exposicién acerca de una ciencia politica, parece desechar todas las objeciones susceptibles de establecer una distincién entre los asuntos humanos y sociales y los objetos de estudio de las ciencias naturales. Sin embargo, no se muestra muy optimista con respecto a las perspectivas de la ciencia. Por el momento, la politica debe concretarse a la humilde tarea de regis- trar y cuando sea posible hacerlo, mensurar y clasificar el material his- MESAS SEPARADAS 87 torico pasado y contemporaneo, asi como seguir probables pautas para el descubrimiento de formas permanentes y principios generales de accién [...] Es razonable esperar que la ciencia politica a final de cuentas resulte ser algo mas que esto, que nos brinde cierta esperanza de poder algtin dia controlar la situacién social, y nos muestre, si no lo que se debe hacer, porlo menos —siendo la naturaleza humana como es—lo que no se debe ha- cer, toda vez que semejante accién ha de poner a descubierto la estructura de la sociedad, as{ como las lineas de actividad de las fuerzas mas pro- fundas que contribuyeron a definir dicha estructura. (1927, pp. 142-143.) Asi, podemos ver que no resiste un anélisis critico la afirmacién de Bernard Crick (1959) de que el movimiento conductual en la ciencia politica estadunidense, y en particular la escuela de Chicago, fueron los que condujeron a la ciencia politica por el dorado camino del cientificismo. Tanto en Europa como en América, la opinién metametodolégica al respecto esta dividida. Costarfa trabajo encon- trar estudiosos mas apegados al modelo de las ciencias exactas que Comte, Marx, Pareto y Freud. Durkheim y Weber, a pesar de su claro compromiso con la ciencia, reconocieron abiertamente que el cien- tifico social trabaja con materiales menos reductibles a las leyes y formas de explicacién propias de las ciencias exactas. Esta polémica emigré hacia los Estados Unidos de Norteamérica en el transcurso del siglo xx. La atribucién hecha por Crick de esta orientacién cientifica a los populistas de Chicago no resiste un examen de las pruebas. Hay que leer la correspondencia de Tocqueville (1962) para apreciar cudn cerca estuvo aquel brillante intérprete de la democracia norteameri- cana —un siglo antes de que naciera la escuela de Chicago— de realizar una encuesta de opinién en ocasién de sus viajes por el pats. Al conversar con el capitan de un buque de vapor del rfo Misisipf, granjeros de tierra adentro, comensales en cenas elegantes por la costa Este y funcionarios en Washington, D. C., buscaba obtener una muestra de la poblacién estadunidense. Karl Marx elaboré un cues- tionario de seis paginas a fin de estudiar las normas de vida, las condiciones de trabajo, asi como las actitudes y creencias de la clase obrera francesa a principios de la década de 1880. Un gran nimero de copias fueron repartidas a los socialistas y a las organizaciones obreras. Los datos acopiados serfan utilizados en las siguientes elec- ciones generales (1880). En los apuntes de Max Weber para su estu- 58 LA POL[TICA COMO CIENCIA. dio sobre el campesinado de la Prusia oriental, existen indicaciones de que planificé e inicié una encuesta sobre las actitudes de los campesinos polacos y alemanes. Asimismo, en su estudio sobre la religi6n comparativa empleé una tabla formal de cuatro casillas —mundanidad-desprendimiento, ascetismo-misticismo— como instrumento para generar hipétesis acerca de la relacién existente entre la ética religiosa y las actitudes econémicas. La mayorfa de los avances importantes en el desarrollo de la esta- distica fueron logrados por europeos. La Place y Condorcet eran franceses; la familia Bernoulli era suiza; Bayes, Galton, Pearson y Fisher, ingleses; Pareto, italiano; y Markov, ruso. El primer teérico dela “eleccién publica” fue un escocés llamado Duncan Black (1958). La opinién de que el enfoque analitico cuantitativo en las ciencias sociales fue una aportacién estadunidense no resiste el escrutinio hist6rico. Lo que sf fue propiamente estadunidense fue la mejoria, y la aplicacion, de métodos cuantitativos en la investigaci6n por en- cuestas, el andlisis de contenidos, el andlisis estad{stico agregado, la elaboracién de modelos mateméaticos y otros procedimientos simi- lares, asf como la comprobacién empirica de hipétesis psicolégicas y sociolégicas formuladas en su mayor parte en la bibliografia euro- pea sobre ciencias sociales. Enel momento més negro de la historia europea —durante los afios treinta— hubo una gran penetraci6n de la ciencia social europea en los Estados Unidos de Norteamérica, propiciada por refugiados co- mo Paul Lazarsfeld, Kurt Lewin, Marie Jahoda, Wolfgang Kohler, Hans Speier, Erich Fromm, Franz Neumann, Otto Kircheimer, Leo Lowenthal, Franz Alexander, Hannah Arendt, Hans Morgenthau, Leo Strauss y otros muchos. Tan larga serie de nombres indica cla- ramente que dicha corriente migratoria trajo consigo las diversas polémicas entonces existentes en el area de las ciencias sociales, y que es un mito la contraposicién de un enfoque europeo y otro esta- dunidense en torno al problema de la orientaci6n humanista vs. cientffica. El desarrollo de las ciencias sociales y polfticas en los Estados Unidos de Norteamérica muestra una clara continuidad con sus antecedentes europeos. Esta tradici6n general en las ciencias politicas, la cual comenzé con los griegos y contintia avanzando hasta los pensadores creativos de nuestra generacion, es la versién veridica de la historia de nuestra MESAS SEPARADAS 59 disciplina, aun cuando las escuelas critica y marxista pretenden ser las principales protagonistas de esta evolucién. Ante tan simplista tentacién, necesitamos comprometernos con firmeza con la bisque- da de la objetividad. El llamado a la “pertinencia” asociado al “pos- conductismo” conlleva una mayor preocupacién por las implicacio- nes de orden prdctico en nuestro quehacer profesional, pero no pue- de implicar un compromiso con un curso particular de accién politica. Un politélogo no es forzosamente un socialista, y mucho menos un socialista de una determinada escuela. No puede tomarse en serio la versién que nos presenta la filosofia politica straussiana de la historia de nuestra disciplina. La versién de nuestra historia presentada por la corriente radical de la eleccién ptiblica confunde técnica con substancia. La ciencia politica en ge- neral esté abierta a cualquier metodologfa susceptible de hacernos mis intelegible el mundo de la politica y de la administracién publi- ca, No debemos desdefiar el saber propiciado por nuestras metodo- logias tradicionales sélo porque se dispone ahora de poderosas he- rramientas estad{sticas y matematicas. Tenemos motivos para sentirnos orgullosos del avance logrado por la ciencia politica durante estas tltimas décadas. Y como ciuda- danos estadunidenses, hemos hecho importantes aportaciones al antiqufsimo anhelo mundial de aplicar el poder del conocimiento a los tragicos dilemas del mundo de la politica. BrBuiocraFia Anderson, Perry (1976), Considerations on Western Marxism, Londres, New Left Books. Axelrod, Robert (1984), The Evolution of Cooperation, Nueva York, Basic Books. Bates, Robert (1988), Macro-Political Economy in the Field of Development, Programa de Economfa Politica Internacional en la Universidad de Duke, ponencia nim. 40, junio. Bergesen, Albert (1980), “The Class Structure of the World System”, en Contending Approaches to World System Analysis, William R. Thompson (comp.), Beverly Hills, Cal., Sage Publications. Black, Duncan (1958), The Theory of Commitees and Elections, Cambridge, Cambridge University Press. 60 LA POLITICA COMO CIENCIA Bornschier, Volker, y J. P. Hoby (1981), “Economic Policy and Multi-Natio- nal Corporations in Development: The Measurable Impacts in Cross National Perspective”, Social Problems, 28, pp. 363-377. ___. C. Chase-Dunn y R. Rubinson (1978), “Cross-national Evidence of Effects of Foreign Aid and Investment on Development”, American Jour- nal of Sociology, 84(3), pp. 207-222. Buchanan, James (1978), The Economics of Politics, Lancing, West Sussex, Institute of Economic Affairs. ___,yRichard Wagner (1977), Democracy in Deficit: The Political Legacy of Lord Keynes, Nueva York, Academic Press. Cardoso, Fernando Henrique, y Enzo Faletto (1979), Dependency and Development in Latin America, Berkeley, University of California Press. Catlin, George E. G. (1927), The Science and Method of Politics, Hamden, Connecticut, Anchor Books. Chase-Dunn, Christopher (1982), “Commentary”, en World System Analysis: Theory and Methodology, Terence Hopkins e Immanuel Wallerstein (comps.), Beverly Hills, Cal., Sage Publications. Crick, Bernard (1959), The American Science of Politics, Berkeley, Univer- sity of California Press. Dahl, Robert A. (1961), “The Behavioral Approach in Political Science: Epitaph for a Monument to a Successful Protest”, American Political Science Review, 55, diciembre, pp. 763-772. Easton, David (1953), The Political System, Nueva York, A. A. Knopf. Eulau, Heinz (1963), The Behavioral Persuasion in Politics, Nueva York, Random House. Fagen, Richard (1978), “A Funny Thing Happened on the Way to the Market: Thoughts on Extending Dependency Ideas”, International Organization, 32(1), pp. 287-300. Geertz, Clifford (1972), The Interpretation of Cultures, Nueva York, Basic Books. Hamilton, Alexander (1937), The Federalist, Washington, D. C., National Home Library Foundation. Held, David (1980), Introduction to Critical Theory: Horkheimer to Habermas, Berkeley, University of California Press. Hirschman, Albert (1970), “The Search for Paradigms as a Hindrance to Understanding”, World Polities, 22, 3 de marzo, pp. 329-343. March, James, y Johan Olsen (1984), “The New Institutionalism: Organizational Factors in Political Life”, Amzerican Political Science Review, 78, 3 de septiembre, pp. 734-750. Marx, Karl (1880), “Inquiéte ouvriére”, La Revue Socialiste, 20 de abril. Merriam, Charles E. (1921), “The Present State of the Study of Politics”, American Political Science Review, 15, mayo, pp. 173-185. MESAS SEPARADAS 61 Mitchell, William (1988), “Virginia, Rochester, and Bloomington: Twenty- five Years of Public Choice and Political Science”, Public Choice, 56, pp- 101-119, North, Douglass (1981), Structure and Change in Economic History, Nueva York, W. W. Norton. Pateman, Carole (1970), Participation and Democratic Theory, Cambridge, Cambridge University Press. __ (1979), The Problem of Political Obligation, Chichester, Wiley. Pollock, Frederick (1980), The History of the Science of Politics, Londres, Macmillan. Popkin, Samuel (1979), The Rational Peasant, Berkeley, University of Cali- fornia Press. Rattigan, Terence (1955), Separate Tables, Nueva York, Random House. Ricci, David (1984), The Tragedy of Political Science, New Haven, Connecti- cut, Yale University Press. Riker, William (1982), Liberalism Against Populism, San Francisco, Freeman. Rubison, Richard, y C. Chase-Dunn (1979), “Cycles, Trends and New De- partures in World System Development”, en National Development and World Systems, J. W. Meyer y M. T. Hannan (comps.). Chicago: University of Chicago Press. Seeley, John Robert (1896), An Introduction to Political Science, Londres, Macmillan. Seidelman, Raymond (1985), Disenchanted Realists: Political Science and the American Crisis, 1884-1984, Albany, State University of New York Press. Simon, Herbert (1985), “Human Nature in Politics: The Dialogue of Psycho- logy with Political Science”, American Political Science Review, 79, 2 de junio, pp. 293-304. Slater, Philip (1977), Origin and Significance of the Frankfurt School: A Marxist Perspective, Londres, Routledge and Kegan Paul. Strauss, Leo (1959), What Is Political Philosophy?, Glencoe, Illinois, Free Press. ___ (1972), “Political Philosophy and the Crisis of Our Time”, en The Post Behavioral Era, George Graham y George Carey (comps.), Nueva York, Holt, Rinehart & Winston, pp. 212-242. Sylvan, David, Duncan Snidal, Bruce M. Russett, Steven Jackson y Raymond Duvall (1983), “The Peripheral Economies: Penetration and Economic Distortioon, 1970-1975”, en Contending Approaches to World System Analysis, William Thompson (comp.), Beverly Hills, Cal., Sage Publi- cations. Therborn, Goran (1977), The Frankfurt School in Western Marxism: A Criti- cal Reader, Londres, New Left Books. 62 LA POLITICA COMO CIENCIA Tocqueville, Alexis de (1962), Journey to America, New Haven, Connecticut, Yale University Press. Truman, David (1955), “The Impact of the Revolution in Behavioral Science on Political Science”, Brookings Lectures, Washington, D. C., Brookings Institution, pp. 202-231. Walzer, Michael (1970), Obligations, Cambridge, Massachusetts, Harvard University Press. ___ (1983), Spheres of Justice, Nueva York, Basic Books. Weber, Max (1949), The Methodology of the Social Sciences, traducido por E. A. Shils y H. A. Finch, Glencoe, Illinois, Free Press. Womack, John (1969), Zapata and the Mexican Revolution, Nueva York, A. A. Knopf. Wood, Gordon S. (1988), “The Fundamentalists and the Constitution”, New York Review of Books, 18 de febrero. Il. NUBES, RELOJES Y EL ESTUDIO DE LA POLITICA* con STEPHEN GENCO En su afn de volverse cientffica, la ciencia politica ha propendido, en las tltimas décadas, a perder el contacto con su base ontolégica. Ha tendidoa tratarlos acontecimientos y fenémenosde orden politico como hechos naturales reductibles a los mismos esquemas de légica explicativa propios de la fisica y otras ciencias exactas. Esta tendencia puede interpretarse en parte como una fase de la revoluci6n cientf- fica, como una difusién, en dos etapas, de postulados ontolégicos y metodolégicos propios de las ciencias exactas, cuyo éxito no deja lugar a dudas: primero, hacia la psicologfa y la economfa, y luego, desde estas pioneras entre las ciencias humanas hacia la sociologfa, la antropologfa, la ciencia politica e incluso la historia. Al adoptarla agenda delasciencias exactas, lasciencias sociales yen particular lacien- cia polftica, fueron respaldadas por la escuela neopositivista de filo- sofia de la ciencia, la cual legitimaba este postulado de homogeneidad ontolégica y metametodolégica. En fechas més recientes, algunos filésofos de la ciencia, asf como ciertos psicélogos y economistas, han puesto en duda la posibilidad y conveniencia de aplicar a asuntos humanos la estrategia propia de las ciencias exactas. Tal vez sea provechoso sefialar estos argumentos a los politdlogos. ‘Las METAFORAS DE PopPpER Karl Popper, quien juntocon R. B. Braithwaite, Carl Hempel y Ernest Nagel sostuviera la tesis de la homogeneidad metametodoldgica, destacé en fechas més recientes la naturaleza heterogénea de la rea- * De Gabriel A. Almond, “Clouds, Clocks, and the Study of Politics”, World Poli- tics, vol. 29, nm. 4. Derechos reservados © 1977 por Princeton University Press. Reproduccién autorizada. 63 64 LA POLITICA COMO CIENCIA lidad y su incompatibilidad con un modelo unico de explicacién cientifica. Recurre a la metafora de las nubes y los relojes para ilus- trar las nociones con sentido comin de determinacién e indetermi- nacién en los sistemas fisicos. Nos pide que imaginemos un continuo que se extienda desde las “nubes” mas irregulares, desordenadas e impredecibles a la izquierda, hasta los “relojes” mas regulares, orde- nados y predecibles a la derecha. Como ejemplo ms cabal de un sistema determinista situado cerca del extremo de los relojes, Popper menciona al sistema solar. En este extremo del continuo, se encon- trarian objetos como péndulos, cronémetros y automéviles. Como ejemplo de un sistema cercano al otro extremo, el indeterminado, de este continuo, menciona un enjambre de mosquitos o abejas en el que cada insecto vuela en forma errdtica, excepto porque vuelve a acercarse al centro cuando se aleja demasiado de sus compatieros. Cerca de este extremo, encontrariamos nubes de gas, el clima, car- dtimenes, sociedades humanas y, tal vez un poco més cerca del cen- tro, a seres humanos y animales aislados. La revolucién newtoniana en el campo de la fisica divulgé la no- cién —que habria de perdurar por cerca de 250 afios— de que este orden légico era erréneo. El éxito de la teorfa de Newton al explicar y predecir una multitud de eventos celestes y terrenales mediante sus leyes del movimiento condujo a la mayorfa de los pensadores —aun- que no al propio Newton— a adoptar y defender la idea de que el universo y todas sus partes obedecfan a mecanismos comparables al de un reloj y que eran, en principio, enteramente predecibles. Se consideraba que eran mal entendidos todos los fenémenos aparen- temente indeterminables; con el tiempo, se descubrirfa que también eran regulares y predecibles. Asi, el modelo cient{fico predominante después de Newton postulaba que toda la naturaleza estaba regida por leyes deterministas 0, de acuerdo con la metdfora de Popper, “todas las nubes son relojes —incluida la més difusa de las nubes”.! Durante la década de 1920, el desarrollo de la teorfa cudntica puso en tela de juicio tan exacto modelo de la naturaleza y apoyé la nocién de que la indeterminacién y el azar eran parte constitutiva de todos los procesos naturales. Con este hallazgo se invirtié la metéfora de 1 Karl R. Popper, “Of Clouds and Clocks: An Approach to the Problem of Ratio- nality and the Freedom of Man”, en Popper, Objective Knowledge: An Evolutionary Approach, Oxford, Clarendon Press, 1972, p. 210; cursivas en el original. NUBES, RELOJES Y EL ESTUDIO DE LA POLITICA 65 Popper; ahora, la postura predominante era que “hasta cierto punto, todos los relojes son nubes; o dicho con otras palabras, que sdlo hay nubes, as{ sean nubes con muy diferentes grados de nubosidad”. Numerosos cientificos y filésofos acogieron con alivio este cambio de modelo, toda vez que parecfa liberarlos de la pesadilla del deter- minismo que negaba sentido a las decisiones y objetivos humanos. Pero Popper prosigue exponiendo su argumento central, esto es, que “la indeterminaci6n no basta” para explicar la aparente autono- mifa de las ideas humanas en el mundo fisico. “De ser verdadera la postura del determinismo, entonces el mundo seria comparable con un reloj perfectamente sincronizado, incluidas todas las nubes, or- ganismos, animales y seres humanos. Si, por otra parte, el de Pierce o de Heisenberg o cualquier otro indeterminismo es veridico, en- tonces el azar desempefia un papel muy importante en nuestro mun- do fisico. Pero, ¢acaso el azar es mas satisfactorio que el determi- nismo”?3 La respuesta de Popper es negativa. Aun cuando los ffsicos y filé- sofos intentaron construir modelos de eleccién humana basados en la imprevisibilidad de los saltos cudnticos,‘ él los rechaza por estar demasiado circunscritos. Admite que “el modelo de los saltos cudn- ticos puede ser un modelo para [...] decisiones repentinas [...] Pero, gson tan interesantes las decisiones repentinas? ¢Acaso son caracte- risticas del comportamiento humano —de un comportamiento hu- mano racional?” Concluye: “Nolo creo |[...] Para entender el compor- tamiento humano racional —y de hecho, el comportamiento ani- mal— necesitamos algo de cardcter intermedio, entre el azar absoluto y el determinismo perfecto —algo intermedio entre nubes perfectas y relojes perfectos [...] ya que, desde luego, lo que queremos es entender cémo cosas no fisicas como los propésitos, deliberacio- nes, planes, decisiones, teortas, intenciones y valores, pueden contri- buir para provocar cambios fisicos en el mundo fisico.”5 El método de Popper para encontrar una solucién a este problema parece, al igual que el problema mismo, ser importante para la polf- ? [bid., p. 213; cursivas en el original. 3 Ibid., p. 226; cursivas en el original. 4 Arthur H. Compton, The Freedom of Man, New Haven, Yale University Press, 1935. 5 Popper. n. 1; cursivas en el original. 66 LA POL{TICA COMO CIENCIA tica y la ciencia politica. Considera que el problema es esencialmente de control; esto es, el control del comportamiento y otros aspectos del mundo ffsico mediante ideas humanas o abstracciones mentales. Afirma, por lo tanto, que “la solucién debe dar cuenta de la libertad; debe asimismo explicar cémo la libertad no es tan sélo azar, sino mas bien el resultado de una sutil interaccién entre algo casi fortuito o erratico, y algo parecido a un control restrictivo o selectivo —como un objetivo o una norma— aunque decididamente no férreo”. En con- secuencia, reduce el rango de las soluciones aceptables a aquellas que “se ajustan ala idea de combinar libertad y control, y también ala nocién de un ‘control pldstico’, en contraposicién con la de un control ‘férreo’”.6 Popper llega a una solucién evolutiva de este problema —basada en un procedimiento de eliminacién por ensayo y error, o de varia- cién y retenci6n selectiva.’ Sdlo una teorfa como ésta puede admitir un control plastico y de ahi la libertad humana. Visto esto, se hace soluble el problema de la relaci6n entre las ideas y el comportamien- to: “Porque el control sobre nosotros mismos y sobre nuestras accio- nes mediante teorfas y propésitos nuestros es un control plastico. No estamos obligados a someternos al control de nuestras teorfas toda vez que podemos examinarlas con un ojo critico, y tenemos plena libertad de desecharlas si juzgamos que no cumplen con nuestras normas regulatorias. No solamente nuestras teorias nos controlan, sino que podemos controlarlas a ellas (e inclusive a nuestras nor- mas): aqu{ existe una especie de retroalimentacién.”* Popper concluye: “Como hemos visto, resulta insatisfactorio con- templar al mundo como un sistema fisico cerrado —ya sea un siste- ma estrictamente determinista o uno en el que cualquier cosa que no esté estrictamente determinada se debe simplemente al azar; con semejante concepcién del mundo, la creatividad y la libertad huma- nas no pueden ser sino ilusiones [...] por lo tanto, yo presenté una perspectiva diferente del mundo—una en la cual el mundo fisico es un sistema abierto. Esto es congruente con la percepcién de la evo- luci6n de la vida como un proceso de eliminaci6n por ensayo y error ° Ibid., pp. 231-232; cursivas en el original. 7 Véase Donald T. Campbell, “Variation and Selective Retention in Socio-cultural Evolution”, General Systems Yearbook, xvi, 1969. 8 Popper, n. 1, pp.240-241; cursivas en el original. NUBES, RELOJES Y EL ESTUDIO DE LA POLITICA 67 y nos permite concebir racional, mas no integralmente, el surgimien- to de nuevas formas de vida y el desarrollo de la libertad humana.”? Asi, Popper nos advierte que los modelos de explicacién apropia- dos para las ciencias fisicas no nos permitiran aprehender los fené- menos humanos y culturales, y aun cuando podamos incrementar nuestro entendimiento, no podremos explicarlos cabalmente en vir- tud de sus propiedades creativas y emergentes. PROPIEDADES ONTOLOGICAS DE LA POLITICA El ensayo de Popper nos brinda tres maneras de conceptualizar la realidad social —como un reloj, una nube y un sistema de controles plasticos. Desde luego, el tercer concepto es el que mejor define ala realidad politica, cuya explicacié6n es el objeto mismo de la ciencia politica. Consta de ideas —decisiones, metas y propésitos huma- nos— en constante e intensa interaccién con otras ideas, as{ como con el comportamiento humano y el mundo fisico. En el centro de este complejo sistema se encuentran las opciones y decisiones —de- cisiones de ordenar, obedecer, votar, exigir. El universo politico esta organizado; las élites toman decisiones de ordenar o abstenerse de hacerlo, qué ordenar, y cémo hacer que se cumplan sus 6rdenes. Los ciudadanos y sujetos deciden acatar estas érdenes, en qué forma hacerlo o bien no cumplirlas. Esto es el meollo de la politica, esto es el objeto de estudio de nuestra disciplina. Las relaciones entre estos eventos no son sencillamente reactivos, como lo son los encuentros entre objetos fisicos; no son facilmente reductibles a modelos de causa y efecto comparables al mecanismo de un reloj. Esto se debe principalmente a la naturaleza variable de los repertorios conductuales de las élites y de los ciudadanos comu- nes. Los protagonistas polfticos tienen recuerdos; aprenden de la experiencia. Tienen metas, aspiraciones y estrategias calculadas. La memoria, el aprendizaje, la persecucién de objetivos y la resolucién de problemas se interponen entre “causas” y “efectos”, entre las va- riables independientes y dependientes. Las decisiones politicas no se toman ni tampoco se aplican en el ° Ibid., pp. 254-255. 68 LA POLITICA COMO CIENCIA vacfo; mas bien estn sujetas a una compleja gama de restricciones y oportunidades. Estas restricciones —laé necesidades de la politica— abarcan desde la categoria relativamente rigida de las limitaciones ambientales 0 ecoldgicas hasta otra, bastante flexible, representada por modas y tendencias transitorias. Definen el “ambiente operati- vo" de los actores politicos! y muestran diversos grados de maneja- bilidad. Algunas de ellas, como la geograffa 0 el nivel tecnolégico, son de dificil alteracin incluso a largo plazo, y son practicamente impo- sibles de manipular en el corto plazo. Otras, como los valores cultu- rales yla opinién publica, son relativamente faciles de manipular en algunas circunstancias y mds inconmovibles en otras. Pero cabe decir que la manipulaci6n, en principio, rara vez es imposible. Inclu- so restricciones ambientales relativamente estrictas —como la rela- cién entre las necesidades de recursos materiales y la poblacién— pueden a veces modificarse a resultas de las capacidades creativas y adaptativas de los seres humanos. Hace alrededor de 10 000 afios, la revolucién agricola multiplicé el ntimero de individuos susceptibles de cohabitar en un determinado espacio fisico y la revolucién indus- trial de los Ultimos dos siglos repitié este fendmeno. Son evidentes para todos nosotros estas propiedades ontoldégicas de los asuntos politicos; no son cuestiones sobre las cuales puedan discrepar individuos inteligentes. Aquellos politélogos que —por cualesquier motivos filoséficos o metodolégicos— se rehtisan a to- marlas en cuenta y consideran que el comportamiento humano es de naturaleza meramente reactiva, y por lo tanto sujeto a la misma légica explicativa que los fenémenos naturales “regulares” —regidos por mecanismos precisos como los de un reloj— estan tratando de estructurar una ciencia basada en postulados empfricamente tergi- versados. Esto se hace evidente cuando sus esquemas explicativos se conciben con base en su propio comportamiento como cientfficos. En la misma medida en que reconocen la importancia de la memoria y la creatividad cientifica, de las estrategias calculadas, la persecu- cién de objetivos yla resolucién de problemas en su propio quehacer cienttfico, asimismo deben admitir estas cualidades en los fenéme- nos humanos y sociales que estudian y pretenden explicar. Estas complejidades de la realidad humana y social nos dejan ver 10 Harold Sprouty Margaret Sprout, The Ecological Perspective on Human Ajfairs, Princeton, Princeton University Press, 1965. NUBES, RELOJES Y EL ESTUDIO DE LA POLITICA 69 que la estrategia explicativa propia de las ciencias exactas tiene una aplicacién limitada en las ciencias sociales. Los modelos, metodolo- gias y procedimientos creados para explorar un mundo cuyas carac- terfsticas predominantes se asemejan al mecanismo de un relojo a la dispersi6n de las nubes no podran aprehender mas que una parte reducida del mundo mucho mas complejo de la interaccién politica y social. Asi, la mera btisqueda de regularidades y relaciones fijas entre variables —una estrategia que propicié enormes avances en las ciencias fisicas— no explicaré los eventos sociales, sino sélo algunas de las condiciones que los determinaron. Toda vez que las propiedades de la realidad politica difieren de las de la realidad fisica, las propiedades de las regularidades politicas también diferirdn de las de las regularidades fisicas. Las regularida- des que descubrimos son flexibles; por ser resultado de procesos que muestran un control plastico y no férreo. Forman parte de la historia e implican reiteradas intervenciones de un gran ntimero de recuer- dos, procesos de aprendizaje y propésitos humanos, as{ como elec- ciones entre diversas opciones. Las regularidades que descubrimos parecen tener una muy corta vida. Se desvanecen rdpidamente debi- do a los procesos mneménicos, de biisqueda creativa y de aprendi- zaje que fundamentan su existencia. Cabe decir que la misma ciencia social puede contribuir a esta desintegracién, toda vez que el apren- dizaje cada vez mas tiende a incluir no solamente la informacién obtenida a partir de la experiencia, sino también la que se desprende de la investigacién cientifica. Unos cuantos ejemplos bastaran para ilustrar la flexibilidad de las. teorias politicas, asf como su vinculacién directa con factores hist6- ricos. Los politélogos con justa razén se enorgullecen de su teorfa del comportamiento electoral que, de hecho, es lo mas parecido que tenemos a una teorfa cientifica. Dicha teoria ha generado todo un conjunto de lo que parecen ser “leyes generales” —correlatos demo- graficos y de actitud de la decisién electoral, a los que se lleg6 me- diante un proceso de induccién. E] modelo deductivo postulado por Downs, concerniente a las consecuencias para los sistemas de parti- dos de diferentes distribuciones de las actitudes de los electores, parece ser una ley mas importante de la politica. Sin embargo, inclu- so un repaso superficial de los hallazgos de la investigacién acerca del comportamiento electoral en los Ultimos tres decenios muestra 70 LA POLITICA COMO CIENCIA. hasta qué punto son inestables estas regularidades y cuanto se apar- tan de los par4metros de las ciencias exactas nuestros esfuerzos por estabilizarlas. La investigaci6n moderna acerca del comportamien- to electoral logr6 su m4ximo avance en los estudios realizados sobre las elecciones en los Estados Unidos de Norteamérica durante la década de 1950 y principios de la de 1960, un periodo de acelerado crecimiento econémico y baja intensidad politica. Los estudiosos del comportamiento electoral estadunidense durante este periodo pre- tend{fan explicar y predecir el comportamiento electoral de los ci dadanos estadunidenses con base en variables de “identificaci6n partidista” e “imagen de los candidatos”, las cuales, sin embargo, no parecieron desempefiar sino un papel secundario en el proceso." El resultado de este esfuerzo por generar una explicacién causal infali- ble fue una teorfa psicolégica del comportamiento electoral basado en la identificacién partidista y la imagen de los candidatos. Sin embargo, dicha teorfa pronto serfa puesta en tela de juicio por estu- dios realizados a principios de la década de 1970, que contenfan datos de principios de la década de 1930 finales de la de 1960. Estos periodos, el primero relativamente remoto y el otro mucho més re- ciente, indican que el electorado estadunidense toma sus decisiones a partir de las posturas asumidas por los candidatos con respecto a diversos problemas en mucha mayor medida que durante la década de 1950 y principios de la de 1960. Autores recientes hablan de la “descomposicién’” del sistema de partidos, de la individualidad del comportamiento electoral y de un proceso de “ideologizacién” en la politica estadunidense.!? Y uno de los principales colaboradores del grupo de Michigan, que produjola teorfa original dela identificacion partidista, reconoce ahora que los correlatos demografico y de acti- tud del comportamiento electoral sélo mantienen una relacién laxa entre sf, y que el tinico tipo de teorfa al cual podemos aspirar es “alguna especificacién ordenada de las condiciones en las cuales éstos varfan”.!3 11 Angus Campbell y otros, The Voter Decides, Evanston, Illinois, Row, Peterson, 1954; Campbell y otros, The American Voter, Nueva York, Wiley, 1960. }2 Norman Nie, Sidney Verba y John R. Petrocik, The Changing American Voter, Cambridge, Harvard University Press, 1976, pp. 345 ss.; Walter Dean Burnham, Critical Elections and the Mainsprings of American Politics, Nueva York, Norton, 1970. 13 Philip E. Converse, “Public Opinion and Voting Behavior”, en Fred I. Greenstein NUBES, RELOJES Y EL ESTUDIO DE LA POLITICA 71 La teorfa de la socializacién politica atin realiza vanos esfuerzos por asignar valores y pesos relativamente fijos a los agentes de la socializacién —la familia, la escuela, el lugar de trabajo, los medios masivos de comunicacién, las experiencias en la vida adulta y otros factores similares.'4 La investigacién sobre la socializacién, como la que se realiza acerca de los procesos electorales, en su biisqueda de una explicacién rigurosamente cientffica, han pasado por alto el contexto histérico general y la inherente inestabilidad de las varia- bles que manejan. Jennings y Niemi, '5 en uno de los estudios més sofisticados que se hayan emprendido acerca de la socializacién politica, reportan una influencia sorprendentemente débil de los padres y educadores en las actitudes polfticas de los estudiantes a punto de concluir la ensefianza media superior. Olvidaron tomar en cuenta el hecho de que la muestra de estudiantes que habfan estu- diado estaban por terminar el mencionado periodo de su formacién académica en el afio de 1965; dicho en otras palabras, que integraban la primera cohorte de ciudadanos nacidos en el contexto de la explo- sion demografica registrada después de la segunda Guerra Mundial. Esta fue una generacién que en gran medida se socializé a sf misma y que, a finales de la década de 1960, pondrfa en tela de juicio a toda la teorfa de la socializacién al proveer los innovadores culturales de la rebelién juvenil. De la misma manera que la teorfa del comporta- miento electoral, la teorfa de la socializaci6n poco a poco reconoce la constitutiva inestabilidad de las variables objeto de su estudio. La influencia de los agentes de socializaci6n varfa con los cambios en la estructura social y demografica de la sociedad, lo mismo que con los avances de la tecnologia y los problemas y acontecimientos politicos. Alo més que podemos aspirar es a formular una serie de postulados que especifiquen en qué condiciones tiende a variar dicha influencia. Posiblemente las mas vulnerables de estas incursiones en las cien- cias exactas fueron los esfuerzos que hicieron algunos estudiosos de la politica estadunidense, a principios de la década de 1960, para y NelsonW. Polsby (comps.), Handbookof Political Science, v, Reading, Massachusetts, ‘Addison-Wesley, 1975, p. 126. 1 Para una resefia reciente de la bibliograffa al respecto, véase David O. Sears, “Political Socialization”, en Greenstein y Polsby, n. 13, pp. 93 ss. 'S M. Kent Jennings y Richard G. Niemi, The Political Character of Adolescence, Princeton, Princeton University Press, 1974.

También podría gustarte