0 calificaciones0% encontró este documento útil (0 votos) 103 vistas69 páginasAlmond Gabriel Una Disciplina Segmentada
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PRIMERA PARTE
LA POLITICA COMO CIENCIAI. MESAS SEPARADAS: ESCUELAS
Y CORRIENTES EN LAS CIENCIAS POLITICAS*
Miss Cooper: La soledades algo terrible, znocreeusted?
Anne: Ya lo creo. Es algo terrible...
Miss Meacham: Ellanoes de las que disfrutan con la
soledad.
Miss Cooper: ¢Acaso hay quien disfrute con la sole-
dad, Miss Meacham?
(Fragmento de Separate Tables (“Mesas separadas”)
de TerENce Ratrican, 1955, 78, 92)
EN SEPARATE TABLES, el mayor éxito de la temporada teatral de Nueva
York en 1955, el dramaturgo irlandés Terence Rattigan recurrié ala
metafora de unos clientes solitarios sentados en el comedor de un
hotel de segunda clase de Cornualles para ilustrar la soledad de la
condicién humana. Tal vez sea un poco descabellado usar esta me-
t4fora para describir la situacién de las ciencias polfticas durante la
década de 1980. Pero en cierta forma, las diversas escuelas y corrien-
tes de las ciencias politicas se encuentran actualmente sentadas ante
mesas separadas, cada una con su concepcién de lo que deben ser las
ciencias politicas, protegiendo un niicleo oculto de vulnerabilidad.
Las cosas no siempre han sido asf. Si recordamos el estado en que
se encontraban las ciencias politicas hace un cuarto de siglo, diga-
mos a principios de la década de 1960, las criticas de David Easton
(1953) y David Truman (1955), relativas al atraso de esta disciplina
encomparacién con el resto de las disciplinas propias de las ciencias
sociales, habfan sido tomadas muy en serio por un importante y
productivo cuadro de jévenes politélogos. En 1961, Robert Dahl
escribié su Epitaph for a Monument to a Successful Protest, que refle-
jaba la confianza de un movimiento triunfante, cuyos dirigentes
rapidamente estaban convirtiéndose en las figuras mas destacadas
de la profesién. Ni Dahl ni Heinz Eulau, cuya Behavioral Persuasion
* Gabriel A. Almond, Separate Tables, PS, vol. 21, nim. 4. Derechos reservados
en 1988 por la American Political Science Association. Reproduccién-autorizada.
3940 LA POLITICA COMO CIENCIA
se publicé en 1963, hicieron demandas exageradas o exclusivas a las
nuevas ciencias politicas. Expresaron su conviccién de que el enfo-
que cientifico en el estudio de los fenémenos politicos habia demos-
trado su eficacia, y que podia considerarse, al lado de la filosoffa
politica, el derecho publico, y la historia y descripcién de las institu-
ciones, como un procedimiento valido para el estudio de la politica.
Como la parte “en movimiento” de la disciplina, digamos, suscit6
cierta inquietud entre las viejas subdisciplinas. Una metafora ilus-
trativa del estado de las ciencias politicas en aquella época podria ser
el modelo de “turco joven-turco viejo”, con los turcos jévenes que ya
pintan canas. Pero todos somos turcos.
Ahora prevalece una incémoda fragmentacié6n. Los especialistas
en administracién publica buscan un anclaje en la realidad, una
“nueva institucionalidad” en la cual apoyar sus brillantes deduccio-
nes; los econometristas politicos quieren relacionar los procesos his-
téricos e institucionales; los humanistas critican la evitacién de los
valores politicos por el llamado “cientificismo” y se sienten incom-
prendidos en un mundo dominado por las estadisticas y la tecnolo-
gia; y los tedricos politicos radicales “criticos”, como los profetas de
la antigiiedad, maldicen a los conductistas y positivistas, asi como
alasimple nocién de un profesionalismo en las ciencias politicas ten-
diente a separar el saber de la accién. Sin embargo, su antiprofesio-
nalismo deja en entredicho su propia calidad de teéricos o politicos.
E] malestar que prevalece entre los profesionales de las ciencias
politicas no es fisico sino anfmico. En el transcurso de las tiltimas
décadas, la profesién ha aumentado a més del doble en términos
cuantitativos. La ciencia politica norteamericana se ha extendido a
Europa, América Latina, Japén y, curiosamente, hasta China y la
URSS. Las ciencias politicas adoptaron las caracteristicas metodo-
légicas y de organizacién de la ciencia —institutos de investigacion,
presupuestos en gran escala, el uso de métodos estadfsticos y mate-
m§aticos, etc. La ciencia politica ha prosperado materialmente, pero
no es una profesién feliz.
Estamos divididos en dos dimensiones: una ideolégica, y otra me-
todoldgica (véase el cuadro 1). En la dimensién metodoldgica estan
los extremos de blandos y duros. En el extremo blando figuran estu-
dios clinicos “densamente descriptivos” como los de Clifford Geertz
(1972). Como ejemplo de este tipo de orientacién, Albert Hirschman
(1970) cité la biograffa escrita por John Womack (1969) del guerri-MESAS SEPARADAS. 4a
Cuapro 1
Dimensi6n ideoldgica
Tzquierda Derecha
Dimension Dura ID DD
metodologica Blanda 1B DB
lero mexicano Emiliano Zapata; se trata de una obra casi exenta de
cualquier tipo de conceptualizacién, hipdtesis, o intentos de demos-
trar proposiciones. Hirschman argumenta que no obstante esta apa-
rente carencia metodolégica, dicho estudio sobre Zapata est4 repleto
de implicaciones teéricas de suma importancia. Leo Strauss (1959)
y los seguidores de su filosofia politica, con su enfoque interpretativo
en la evocacién de las ideas de filésofos polfticos, también se aproxi-
man en gran medida a este extremo blando, aunque el estilo de
Womack con su cardcter narrativo y descriptivo parece dejarlo todo
implicito, la exégesis straussiana conlleva la disciplina propia de la
explicacién de los grandes textos, que descubre su “verdadero” sig-
nificado mediante el andlisis del lenguaje empleado en ellos.
Un tanto alejados del extremo blando, pero atin del lado blando
del continuo, podrian estar los estudios filos6ficos mas abiertos a las
pruebas empiricas y el andlisis l6gico. Obras recientes, como las de
Michael Walzer acerca de la justicia (1983) y la obligacién (1970), y
las de Carole Pateman sobre la participacién (1970) y la obligacién
(1979), podrian ser ilustrativas. En estos casos existe algo mds que
una evocaci6n sencilla y profusamente documentada de un aconte-
cimiento o personalidad, o una exégesis precisa de las ideas de los
fildsofos politicos. Se presenta una argumentacién légica, a menudo
corroborada por el estudio de pruebas, y desarrollada en forma mas
o menos rigurosa.
En el otro extremo del continuo metodolégico se encuentran los
estudios de cardcter cuantitativo, econométrico y aquellos que con-
tienen modelos mateméaticos; y lo mds extremo podria ser la combi-
nacién de modelos matematicos, andlisis estadisticos, experimentos
y la simulaci6n computarizada en la bibliograffa sobre opinién pa-
blica. Ejemplos extremos de este polo duro podrfan ser las teorfas
relativas al sufragio, la formacién de coaliciones y la toma de deci-
siones en comités y burocracias, implicadas en la comprobacién de
hipétesis generadas por medio de modelos formales y matematicos.42 LA POLITICA COMO CIENCIA
Enel ladoizquierdo del continuo ideolégico, tenemos cuatro grupos
de la tradicién marxista: los marxistas propiamente dichos, los te6-
ricos de la “politica critica”, los lamados dependencistas, y los teéri-
cos del sistema mundial, los cuales, todos ellos, rechazan la posibili-
dad de separar al conocimiento de la accién y subordinan la ciencia
politica a la lucha por el socialismo. En el extremo conservador del
continuo figuran los neoconservadores, quienes favorecen entre
otras cosas a la economia de libre mercado y a la limitacién de los
poderes del Estado, asi como a una politica exterior agresivamente
anticomunista.
Si combinamos estas dos dimensiones, obtenemos cuatro escue-
las en las ciencias polfticas, cuatro mesas separadas —la izquierda
blanda, la izquierda dura, la derecha blanda y la derecha dura. La
realidad, desde luego, no est4 tan claramente delimitada. Los mati-
ces ideolégicos y metodolégicos son ms sutiles y complejos. Prosi-
guiendo con nuestra metéfora sin salirnos del espacio del refectorio,
toda vez que la inmensa mayoria de los politélogos estén en algtin
punto cercano al centro —ideolégicamente “liberales” y moderados,
al mismo tiempo que eclécticos y abiertos al didlogo en cuestién de
metodologfa— podria hablarse de una gran cafeteria central en la
que la mayoria de nosotros seleccionamos nuestro alimento intelec-
tual, y en donde compartimos grandes mesas en compaiifa de diver-
sos y cambiantes comensales.
Las mesas exteriores de este enorme refectorio disciplinario estan
muy bien iluminadas y visibles, en tanto que el gran centro perma-
nece en la penumbra. Es lamentable que el humor y la reputacion de
la disciplina de las ciencias politicas estén tan influidos por estas
posturas extremas. Esto se debe en parte a que los extremos suelen
ser sumamente audibles y visibles —la izquierda blanda emite un
ruido de fondo permanente y flagelante, y la derecha dura produce
los refinados modelos matematicos y estadisticos que aparecen en
las paginas de nuestras revistas especializadas.
LAIZQUIERDA BLANDA
Supéngase que empezamos con la izquierda blanda. Todos los sub-
grupos de la izquierda blanda comparten el postulado metametodo-MESAS SEPARADAS 43
légico segtin el cual el mundo empfrico no puede entenderse en
funcién de esferas y dimensiones separadas, sino como una totalidad
espacial-temporal. La “teoria critica” desarrollada por Horkheimer,
Adorno, Marcuse y otros integrantes de la “escuela de Francfort”,
rechaza la estrategia de desprendimiento y disgregacién atribuida a
lacorriente principal de las ciencias polfticas. Las diversas partes del
proceso social deben considerarse como “aspectos de una situacién
total implicita en el proceso del cambio histérico” (Lukacs, citado en
David Held, 1980, p. 164). Tanto el estudioso como su objeto de estu-
nenuna lucha. Por tanto, la objetividad no es apropiada.
istas no entienden que el proceso de acceso al conoci-
miento es inseparable de la lucha histérica que tiene lugar entre los
seres humanos y el mundo. La teorfa y el quehacer teérico estan
entrelazados en los procesos de la vida social. El teérico no puede
mantenerse al margen, contemplando, reflejando y describiendo la
‘sociedad’ o la ‘naturaleza’ ” (Held, p. 165). Para entender y explicar
es menester estar comprometido con un resultado. No existe una cien-
cia politica en el sentido positivista de la palabra, es decir, una ciencia
politica ajena a un compromiso ideolégico. Intentar una separacién
equivale a respaldar el orden establecido, histéricamente obsoleto.
Marxistas mds ortodoxos como Perry Anderson (1976), Goran
Therborn (1977), Philip Slater (1977) y otros, si bien comparten la
metametodologfa de la “escuela critica”, van més lejos al argiiir que,
ano ser que se acepte el materialismo histérico en su sentido mas
reduccionista, consistente en explicar el acontecer polftico en térmi-
nos de lucha de clases, se deja de apreciar la relacién existente entre
teorfa y praxis.
Alconsiderar la configuracién de la izquierda blanda, comienzaa
desintegrarse nuestra metdfora cuatripartita de las mesas separa-
das. Los teéricos marxistas de diversas orientaciones —los “teéricos
criticos”, los escritores de la “dependencia” y los teéricos del “sistema
mundial”— son compafieros de mesa con varias disputas. Todos
comparten la creencia en la unidad de la teorfa y la praxis, y estan
convencidos de que es imposible separar la ciencia de la politica.
Como consecuencia légica, la corriente positivista, empefiada en
separar la actividad cientifica de la politica, ha perdido contacto con
la arrolladora unidad del proceso histérico y permanece absurda-
mente atada al statu quo. La ciencia politica positivista se niega a44 LA POLITICA COMO CIENCIA
tomar en cuenta la dialéctica histérica que hace inevitable el paso del
capitalismo al socialismo.
Fernando Cardoso, principal teérico de la escuela de la depen-
dencia, compara la metodologia de dicha teorfa con la tradicién
norteamericana de las ciencias sociales:
Nuestro propésito es restaurar la tradicién intelectual fundamentada en
una ciencia social integral. En vez de concentrarnos tinicamente en di-
mensiones especificas del proceso social, buscamos una comprensién
dinamica y global de las estructuras sociales. Nos oponemos a la tradi-
cién académica que consideraba la dominacién y las relaciones sociocul-
turales como “dimensiones” analiticamente independientes la una de la
otra y de la economia, como si cada una de esas dimensiones hubiese
correspondido a distintos rasgos de la realidad [...] Nuestro estudio dela
sociedad, asi como de sus estructuras y procesos de cambio, esta basado
enunenfoque dialéctico[...] A final de cuentas, la opcién que se plantea no
es la consolidacién del Estado o el advenimiento de un “capitalismo
auténomo”, sino mas bien en qué forma sustituirlos. Por lo tanto, lo
importante es cémo trazar vias conducentes al socialismo. (Cardoso y
Faletto, 1979, pp. ix y xxiv)
De modo que la ciencia politica no puede ser ciencia si no est4
dedicada plenamente a la consecucién del socialismo.
Richard Fagen, uno de los principales exponentes del enfoque de
la “dependencia”, detalla las implicaciones de la postura de Cardoso
para la comunidad académica interesada en cuestiones de desarro-
llo. Un avance real en el estudio sobre el desarrollo debe asociarse
con una restructuraci6n de las asimétricas relaciones internaciona-
les de poder y “un ataque, mucho mas diffcil e histéricamente signi-
ficativo, contra las propias formas capitalistas de desarrollo [...] So-
lamente cuando tan crucial toma de conciencia dirija la naciente
erftica académica contra el sistema capitalista global, podremos afir-
mar que el cambio de paradigmas en las ciencias sociales estadu-
nidenses cobré fuerza y est4 acercando el quehacer académico a lo
que realmente importa” (1978, p. 80).
Dos recientes interpretaciones de la historia de la ciencia politica
estadunidense, indican que esta ganando terreno esta critica de la
“izquierda blanda” contra la corriente dominante de investigacién
enla disciplina. David Ricci, en The Tragedy of Political Science (1984),MESAS SEPARADAS 45
describe el surgimiento, en las postrimerias de la segunda Guerra
Mundial, de una escuela cientffica liberal de las ciencias politicas en
los Estados Unidos de Norteamérica. Se trataba, segtin Ricci, de un
movimiento empefiado en demostrar, mediante los métodos mds
precisos, la superioridad de los postulados y valores pluralistas libe-
rales. La validez de esta complaciente “teorfa polftica empfrica” ,crea-
da por politélogos como David Truman, Robert Dahl, C. E. Lindblom,
un grupo de especialistas electorales de la Universidad de Michigan y
otros investigadores, quedé en duda durante los disturbios de finales
de la década de 1960 y principios de la de 1970, junto con el despres-
tigio de la politica y administracién publica estadunidenses. Ricci
concluye que este episodio conductista-posconductista demuestra que
laciencia politica como ciencia empfrica, sin la inclusion sistematica
de valores y opciones morales y éticas, y sin un compromiso con la
accién politica, esta condenada al fracaso. La ciencia politica debe
inclinarse hacia algtin lado, no hacerlo propicia su repliegue a una
postura de futilidad y especializacién preciosista.
La izquierda blanda de Ricci es una variedad de la izquierda hu-
manista moderada. La que propugna Raymond Seidelman (1985)
corresponde a un tratamiento més radical de la historia de la ciencia
politica estadunidense. En un libro titulado Disenchanted Realists:
Political Science and the American Crisis, 1884-1984, Seidelman des-
arrolla con detalle una tesis que sustenta la existencia de tres corrien-
tes en la teorfa politica estadunidense: una corriente institu-
cionalista, otra democratica populista y una tercera, relativamente
efimera, “ciencia pol{tica liberal”, iniciada en las décadas de 1920 y
1930 en la escuela de la Universidad de Chicago, y que habria de
prosperar en los Estados Unidos de Norteamérica desde la época
inmediatamente posterior a la segunda Guerra Mundial hasta los
afios setenta, poco mas o menos. La corriente institucionalista co-
rresponde a la tradicién hamiltoniana-madisoniana incorporada al
sistema constitucional y tendiente a frustrar la voluntad de las ma-
yorias. La teorfa de la separacién de poderes se fundamenta en la
desconfianza de las tendencias populares. Opuesta a esta tradicién
en la teoria polftica estadunidense esta la tendencia democratica
populista manifiesta en el temprano igualitarismo agrario, el aboli-
cionismo, el populismo y otros movimientos similares. Esta segunda
tradicién de Thomas Paine es antiestatista y antigubernamental, y46 LA POL[TICA COMO CIENCIA
fue desprestigiada por el auge de la sociedad industrial urbana y la
necesidad de un gobierno central poderoso.
La tercera tradicién se basaba en la fe en la viabilidad de una
ciencia politica que ayudase a producir un poderoso Estado nacio-
nal, dirigido por expertos que aplicaran politicas piblicas construc-
tivas y coherentes, y respaldado por mayorfas populares virtuosas.
Esta ilusién de una ciencia politica grande y constructiva se esfum6,
tanto en el 4mbito de la politica como en el de la ciencia. La realidad
politica se convirtié en una serie desarticulada de “redes de proble-
mas” y “triangulos de hierro” dominados por la élite e incapaces de
perseguir polfticas puiblicas consistentes y eficaces, y la ciencia, a su
vez, se transformé en un conjunto de especialidades inconexas ca-
rentes de relacién con la polftica y la administraci6n publica. Seidel-
man concluye:
Desde el punto de vista histrico, el profesionalismo en ciencias politicas
no ha hecho otra cosa que oscurecer conflictos y opciones en la vida
publica estadunidense, toda vez que consideré a los ciudadanos como
meros objetos de estudio o clientes de un paternalismo politico benigno
[...] Mientras no‘se percaten los politélogos de que su politica democra-
tica no puede llevarse a cabo mediante un profesionalismo yermo, la vida
intelectual permaneceré ajena a los auténticos aunque tal vez secretos
suefios de los ciudadanos estadunidenses. La historia de las ciencias
politicas ha confirmado esta laguna, aun cuando intenté colmarla. La
ciencia politica moderna deberé lograrlo para poder transformar meras
ilusiones en nuevas realidades democraticas. (P. 241)
El principal cometido de la izquierda blanda es la impugnacién
del profesionalismo en las ciencias politicas. Es un llamado a la
academia para que se integre a la lucha politica y oriente sus activi-
dades didacticas y de investigacién hacia compromisos ideolégicos
de izquierda: concretamente, hacia un socialismo moderado o revo-
lucionario.
LA DERECHA DURA
La derecha dura, por el contrario, es ultraprofesional en cuanto a
metodologia, y cuenta con un formidable arsenal de metodologfas
cientfficas: deductivas, estadfsticas y experimentales. Propende aMESAS SEPARADAS 47
considerar las formas de andlisis histérico, descriptivo y cuantitativo
sencillo como productos menores de la ciencia politica, aun cuando
en afios recientes se ha observado una notable rehabilitacién de las
instituciones polfticas, asf como una tendencia a vincular la labor
deductiva formal con la tradicién empirica inaugurada por Gosnell,
Herring y V. O. Key.
En una reciente revisi6n del movimiento de la eleccién publica en
las ciencias polfticas, William Mitchell (1988) hace una distincién en-
tre dos centros principales, alos que designacon losnombres de escue-
las de Virginia y Rochester. La escuela de Virginia, que tuvo su mayor
efecto entre los economistas, fue fundada por James Buchanan y
Gordon Tullock, en tanto que William Ricker fund6 la escuela de
Rochester, de mayor trascendencia entre los politélogos. Ambas es-
cuelas tienden a desconfiar de la politica y la burocracia, y mantienen
una postura conservadora desde el punto de vista fiscal. Sin embar-
go, la escuela de Virginia declara abiertamente que el mercado cons-
tituye la piedra de toque de una distribuci6n eficiente de la riqueza.
Segtin Mitchell, los virginianos estén “plenamente convencidos de
que la economfa privada es mucho ms robusta, eficiente y quiz4s
més equitativa que otras economfas, y ademas, bastante mAs eficien-
te que los procesos politicos en lo que toca a la distribucién de recur-
sos [...] Gran parte de las aportaciones del [virginiano] Center for
Study of Public Choice pueden considerarse como contribuciones a
una teorfa sobre el fracaso de los procesos politicos [...] la desigual-
dad, la ineficiencia y la coercién son las consecuencias més comunes
de la definicién de polfticas democraticas” (pp. 106-107). Buchanan
sugirié un plan de reduccién automatica del déficit afios antes de la
adopcién de la propuesta Gramm-Rudman-Hollings; también fue el
autor de una primera versién de la enmienda constitucional pro-
puesta para equilibrar el presupuesto. En dos libros —Democracy in
Deficilt: The Political Legacy of Lord Keynes (Buchanan y Wagner,
1977) y The Economics of Politics (1978)— Buchanan presenta un
modelo de politica democratica en la cual el electorado actuia en
funcién de sus intereses de corto plazo, o sea que se resiste a pagar
impuestos y busca beneficios materiales para s{ mismo; los polfticos
aprovechan naturalmente estas preferencias favoreciendo el gasto y
oponiéndose a los impuestos, en tanto que los burécratas procuran
acrecentar su poder y recursos sin tomar en cuenta el interés publico.48 LA POLITICA COMO CIENCIA
Estos teéricos difieren en cuanto a su grado de conviccién de que
este modelo de maximizaci6n de utilidades a corto plazo refleja la
realidad humana. Algunos estudiosos emplean este modelo como
una simple fuente de hipotesis. Asi, Robert Axelrod, mediante mode-
los deductivos, experimentaci6n y simulacién por computadora, hizo
importantes aportaciones a nuestra comprensi6n de las formas en
que surgen las normas cooperativas y, en particular, de c6mo pueden
surgir normas de cooperaci6n internacional a partir de una perspec-
tiva de maximizacién de utilidades a corto plazo (1984). Douglass
North (1981), Samuel Popkin (1979), Robert Bates (1988) y otros,
combinan modelos de eleccién racional con anilisis sociolégicos en
sus estudios sobre el desarrollo y el proceso histérico del Tercer
Mundo.
La naturaleza defensiva de esta perspectiva se refleja en comenta-
rios hechos en fechas recientes por estudiosos de incuestionable
credibilidad cientifica. Asf, Herbert Simon cuestiona el postulado de
eleccién racional de dicha bibliograffa:
Para la investigacién en general, y en particular para nuestra estrategia
de investigacién, existe una enorme diferencia entre estudiar el casi
omnisciente homo economicus de la teoria de la eleccién racional, o el
resueltamente racional homo psychologicus de la psicologia cognosciti-
va. Esta diferencia atafie no solamente a la investigacién, sino también
al correcto disefio de instituciones politicas. James Madison tenia plena
conciencia de esto, y en las paginas de Federalist Papers opté por la
siguiente perspectiva de la condicién humana: “De la misma manera que
existe en la naturaleza humana cierto grado de depravacién que requiere
alguna medida de circunspeccién y desconfianza, también se encuentran
otras cualidades que justifican cierta cantidad de estima y confianza:”
—una perspectiva que podemos considerar equilibrada y realista de la
racionalidad humana con sus concomitantes flaquezas de motivo y ra-
z6n. (P. 303)
James March y Johan Olsen impugnan el formalismo de la biblio-
grafia sobre la elecci6n publica: “El nuevo institucionalismo es un
prejuicio con base empirica, el cual sustenta que lo que observamos
enel mundo es incongruente con las formas en que las teorfas con-
tempordneas exigen que nos expresemos [...] La agencia burocratica,
el comité legislativo y el tribunal de apelaci6n son arenas en las queMESAS SEPARADAS 49
contienden fuerzas sociales, pero también son conjuntos de proce-
dimientos y estructuras normativas de operacién que definen y de-
fienden intereses” (1984, 738). Asimismo, cuestionan el postulado
racional del interés propio de la bibliografia sobre la eleccién publi-
ca, al argumentar que:
Aun cuando la politica sin duda alguna obedece en gran medida a inte-
reses propios, es frecuente que la accién esté encaminada a averiguar el
comportamiento normativo apropiado y no propiamente a calcular los
beneficios que cabe esperar de elecciones alternativas. Por consiguiente,
el comportamiento politico, lo mismo que cualquier otro comportamien-
to, puede describirse en términos de deberes, obligaciones, papeles y
reglas. (P. 744.)
LA DERECHA BLANDA
En la celdilla correspondiente a la derecha blanda, se encuentran
diversos tipos de conservadores de viejo y nuevo cufio, quienes tien-
den a ser tradicionales en sus metodologfas y a ubicarse en el lado
derecho del espectro ideolégico. Sin embargo, los adeptos de la teo-
ria politica de Leo Strauss pertenecen a una categorfa distinta. Es
claro su conservadurismo metodolégico. La Ilustracién y la revolu-
cion cientffica son los enemigos. La ciencia politica libre de valores
y éticamente neutral de Max Weber ocupa un lugar privilegiado en
su escala de prioridades. Como lo expres6 Leo Strauss: “El embota-
miento moral es una condicién necesaria para el andlisis cientffico.
Nuestra seriedad como cientificos sociales est4 en funcién directa
del grado en que logremos desarrollar dentro de nosotros mismos un
sentimiento de indiferencia hacia la consecucién de cualquier obje-
tivo, que nuestros procedimientos se vuelvan erraticos y carentes de
propésito, en una actitud general que podria calificarse de nihilista”
(1959, p. 19). Pero la ciencia politica no sdlo es amoral, tampoco es
realmente generadora de conocimiento. De nuevo Leo Strauss: “En
términos generales, cabe preguntarse si la nueva ciencia politica ha
generado algo polfticamente importante que no conocieran ya los
profesionales inteligentes de la politica, poseedores de un profundo
conocimiento de la historia, o los periodistas brillantes y cultos, sin
mencionar a los viejos politélogos” (en Storing, 1962, p. 312).
Los straussianos rechazan cualesquiera interpretaciones de la50 LA POLITICA COMO CIENCIA
teorfa politica de caracter “historicista” o basadas en una “sociologia
del saber”. El significado verdadero de los textos filoséficos esta
contenido en lo que se ha escrito. El filésofo de la politica debe poseer
la habilidad y la visién necesarias para explicar este sentido original.
La verdad esencial puede encontrarse en los escritos de los filésofos
clasicos, en particular en los de Plat6n —con su racionalismo socra-
tico libre de contingencias—. Las verdades estén fuera del tiempo,
del espacio y de cualquier contexto. La filosofia politica posmaquia-
veliana propicié el relativismo moral y el deterioro de la virtud cfvica;
la ciencia politica “conductista” es el producto degradado de este
deterioro moral.
Durante los recientes festejos del ducentésimo aniversario de la
Constituci6n, los straussianos, como era de esperarse, estuvieron a
la vanguardia de la escuela del “primer intento” de la interpretaci6n
constitucional. Gordon Wood, en un reciente andlisis de la biblio-
graffa straussiana sobre la Constitucién (1988), sefiala que para
straussianos como Gary McDowell y Walter Berns, toda la verdad de
la Constituci6n est4 contenida en el texto constitucional, y tal vezen
el registro escrito de las deliberaciones y los Informes Federalistas.
Wood indica que el compromiso straussiano con el “derecho natu-
ral” los hace desconfiar de todos los derechos histéricamente cons-
tituidos, “en particular de los recién identificados por la Suprema
Corte” (1988, p. 39). Para algunos straussianos, el derecho natural a
la propiedad postulado por los fundadores puede servir de base para
hacer retroceder el estado de bienestar moderno. Para otros muchos
straussianos, el régimen moral ideal es la aristocracia platénica 0, en
segunda instancia, el “gobierno mixto” aristotélico. Su programa de
accién es un llamado a la formacién de una élite intelectual que
promueva la restauracién de los principios fundamentales.
LAIZQUIERDA DURA
Por ultimo, existe una escuela de izquierda dura que emplea una
metodologia cientifica para probar proposiciones derivadas de las
teorfas socialista y de la dependencia. Sin embargo, desde el momen-
to en que se hacen explicitas y verificables las proposiciones y creen-
cias de las ideologfas de izquierda, se empieza a rechazar el antipro-MESAS SEPARADAS 51
fesionalismo de esta corriente ideolégica. Esta realidad se refleja en
el nerviosismo de los principales teéricos socialistas y de la depen-
dencia a la hora de cuantificar y probar hipétesis. Asf, Christopher
Chase-Dunn, uno de los principales cuantificadores del sistema
mundial, aclara con sus colegas: “Mi preocupacién es que nos enfras-
quemos en estériles controversias entre ‘historicistas’ y ‘cientfficos
sociales’, o entre investigadores cuantitativos y cualitativos. Las
fronteras ‘étnicas’ pueden proveernos mucho material para alimen-
tar animados didlogos, pero para una verdadera comprensién del
sistema mundial, es menester superar esta clase de sectarismo me-
todolégico” (1982, p. 181). Los principales teéricos de la dependen-
cia, entre ellos Cardoso y Fagen, cuestionan seriamente la validez de
los estudios “cuantitativos de cardcter cientifico” sobre los postulados
de la teorfa de la dependencia. Por motivos que no se han precisado
con toda claridad, esta clase de investigaciones son “prematuras” o
fallan en su propésito. Por esta raz6n, es probable que no reconozcan
como vilidos los hallazgos del grupo de Sylvan, Snidal, Russett,
Jackson y Duvall (1983), quienes, durante el periodo incluido entre
1970 y 1975, probaron un modelo formal de “dependencia” en un
conjunto de pafses dependientes, y obtuvieron una serie de resulta-
dos mixtos y poco concluyentes. Sin embargo, cuantificadores y
econometras de la dependencia y del sistema mundial, incluidos
politélogos y socidlogos como Chase-Dunn (1982), Richard Rubin-
son (véase Rubinson y Chase-Dunn, 1979), Albert Bergesen (1980),
Volker Bornschier y J. P. Hoby (1981) y otros, estan actualmente
levando a cabo estudios encaminados a demostrar la validez de los
postulados del sistema mundial y de la dependencia.
UNA RESENA DE NUESTRA HISTORIA PROFESIONAL
La mayoria de los politdlogos se sentirfan inc6modos sentados en las
mesas lejanas al centro. Con apenas dos o tres generaciones de ha-
berse convertido nuestra profesién en una importante disciplina
académica, no estamos dispuestos a renunciar a nuestros galardo-
nes de integridad profesional al someter nuestra actividad docente y
de investigacién a controversias de orden politico. Esto se refleja en
la renuncia parcial a su postura de antiprofesionalismo por parte de52 LA POLITICA COMO CIENCIA
la izquierda dura, la cual sostiene que los asertos relativos a la socie-
dad y la politica pueden probarse dandoles una formulacién explici-
tay precisa, y aplicAndoles, cuando sea necesario, métodos estadis-
ticos.
Asimismo, ala mayorfa de nosotros nos desconcierta la autoadju-
dicacién, por parte de los politélogos de la eleccién ptiblica y la
estadistica, de la insignia del profesionalismo, as{ como el hecho de
que pretendan relegar al resto de nosotros a un status precientffico.
Comparten esta preocupacién algunos de nuestros mas distinguidos
y sofisticados politélogos, actualmente empefiados en rehabilitar las
metodologias tradicionales de la ciencia politica: como el anélisis
filosdfico, legal e histérico, y la descripcién institucional.
‘A decir verdad, pocos politélogos aceptarfan que desde el siglo xvt
la ciencia politica no ha hecho mas que alejarse del recto camino, y
que la tinica via hacia el profesionalismo estd en la exégesis de los
textos clasicos de la teoria politica.
Digno de mencién es el hecho de que cada una de estas escuelas 0
corrientes mantiene su versién de la historia de las ciencias politicas.
Quien controle la interpretacién del pasado en los archivos de nues-
tra historia profesional tendra grandes posibilidades de controlar su
futuro. En afios recientes, la izquierda blanda ha tratado de apropiar-
se de la responsabilidad de escribir la historia profesional de lacien-
cia politica . Mi opinién es que tal vez logré convencer a algunos de
nosotros de que nos hemos alejado del recto camino. Tanto Ricci
como Seidelman, trataron de convencernos de que la ciencia politica
moderna, metédica y objetiva, sdlo podfa desarrollarse en los Esta-
dos Unidos de Norteamérica, en donde, durante un corto tiempo,
parecieron factibles la democracia liberal, lo mismo que un profe-
sionalismo objetivo. Sostienen que conforme ha decaido este opti-
mismo estadunidense, al recrudecerse de manera inevitable el anta-
gonismo partidista y de clases, se hace insostenible la tesis de una
ciencia politica politicamente neutral. Dentro de esta I{nea de razo-
namiento, la ciencia politica necesita convertirse de nueva cuenta en
parte activa de un movimiento de caracter politico y, para algunos,
revolucionario.
La derecha dura presenta una perspectiva muy escorzada de nues-
tra historia profesional: antes de la introduccién de las metodologias
matematica, estadfstica y experimental, no existfan ciencia ni teorfa
politicas en el sentido estricto de la palabra.MESAS SEPARADAS. 53
Sin embargo, la inmensa mayorfa de los politélogos, eclécticos en
cuanto a sus enfoques metodolégicos, asf como quienes se esfuerzan
por controlar la orientacién ideolégica de la actividad profesional
—nuestra “cafeteria central’— no deberfan conceder a ninguna de
estas dos escuelas el privilegio de escribir la historia de la disciplina.
La historia de la ciencia politica no apunta hacia ninguna de esas
apartadas mesas, sino més bien hacia la porcién central del come-
dor, en donde sus ocupantes son partidarios de metodologfas mixtas
yaspiran a la objetividad.
Es un error afirmar que la ciencia politica se desvié de la filosofia
politica clasica durante los siglos xvryxvm, y que ha venido torciendo
el rumbo a partir de entonces. Tampoco es correcto atribuir a la
ciencia politica estadunidense el mérito de haber separado la teorfa
y la accién polfticas. Los straussianos no pueden pretender ser los
dnicos en fundamentar sus principios en la filosoffa clasica griega.
El impulso cientifico en los estudios politicos tuvo sus orfgenes entre
los filésofos cldsicos griegos. En mi opinién, Robert Dahl es un se-
guidor mAs ortodoxo de Aristételes que Leo Strauss.
Existe toda una tradicién sociolégica y polftica que viene desde
Platén y Aristételes, pasa por Polibio, Cicerén, Maquiavelo, Hobbes,
Locke, Montesquieu, Hume, Rousseau, Tocqueville, Comte, Marx,
Pareto, Durkheim, Weber, y llega hasta Dahl, Lipset, Rokkan, Sarto-
ri, Moore y Lijphart, que intent6, y contintia haciéndolo, relacionar
las condiciones socioeconémicas con las constituciones politicas y las
estructuras institucionales, y asociar estas caracterfsticas estructu-
rales con tendencias politicas en tiempos de paz y guerra.
Nuestros padres fundadores se adhirieron a dicha tradicién. Co-
mo observara Alexander Hamilton en Federalist 9: “La ciencia de la
polftica [...] como la mayorfa de las demas ciencias, ha evolucionado
considerablemente. Se entiende actualmente con toda claridad la
eficacia de varios principios que los antiguos no conocfan en abso-
luto, o acaso en una forma muy parcial” (1937). En Federalist 31,
Hamilton trata sobre el eterno problema de qué tan cientificos pue-
den ser los estudios de caracter moral y politico. Concluye que:
Aun cuando no puede considerarse que los principios del saber moral y
politico poseen, en general, el mismo grado de certidumbre que los de
Jas matemiaticas, no dejan de mostrar en este sentido mayores cualidades
L...] de las que estariamos dispuestos a concederles. (P. 189.)54 LA POL{TICA COMO CIENCIA
Cabe sefialar que la dicotomf{a entre las ciencias “exactas” y aque-
Ilas alas que no se les reconoce este atributo, la cual se nos ha hecho
creer es un fenémeno reciente atribuible a la herejfa del movimiento
conductista estadunidense, de hecho ha sido endémica en la disci-
plina desde sus origenes.
Durante el siglo xx y principios del xx, Auguste Comte, Marx y
Engels y sus seguidores, Max Weber, Emile Durkheim, Vilfredo Pa-
reto, y otros, trataron la politica con perspectivas mas propias de la
ciencia social, con regularidades semejantes a leyes y relaciones ne-
cesarias. A la vuelta del siglo xx, John Robert Seeley y Otto Hintze,
Moissaye Ostrogorski, y Roberto Michels, formularon lo que consi-
deraron “leyes cientificas” de la politica —Seeley y Hintze teorizaron
sobre la relacién entre las presiones externas y la libertad interna en
el desarrollo de las naciones-Estado de Europa occidental; Ostro-
gorski, acerca de la incompatibilidad entre el partido politico buro-
cratico de masas y la democracia, conclusi6n que obtuvo de un estu-
dio comparativo sobre el surgimiento de los sistemas de partidos
britanico y estadunidense; y Michels escribié acerca de la “ley de
hierro de la oligarquia”, a saber, la propensi6n en las grandes orga-
nizaciones burocraticas a que el poder gravite hacia la dirigencia
suprema, un razonamiento que se desprendié de su estudio de caso
“critico” del partido socialdemécrata alem4n. En fechas mds recien-
tes, también provino de Europa la “ley” de Duverger acerca de la
relacién existente entre los sistemas electorales y de partidos.
Entre los pioneros de ciencia politica profesional moderna, desde
el principio fue practica comin calificar de “ciencia” a esta rama del
conocimiento. As{, sir Frederick Pollock y John Robert Seeley, el
primero catedratico en Oxford y la Royal Institution, el segundo en
Cambridge, titularon sus libros The History of the Science of Politics
(1890) y An Introduction to Political Science (1896), respectivamen-
te. Lo que estos autores entendfan por “ciencia” variaba de un caso
a otro. Pollock distingue entre ciencias naturales y morales: “La
comparativa inexactitud de las ciencias morales no es culpa de los
hombres que les dedicaron sus talentos, sino que depende, como lo
constatara Aristételes, de la naturaleza de la materia sobre la cual
tratan” (p. 5).
Para John Robert Seeley, la ciencia polftica era un conjunto de
proposiciones derivadas del saber histérico. Como consecuencia delMESAS SEPARADAS 55
desarrollo de la historiografia en el siglo x1x, anticipaba un despegue
en el desarrollo de la ciencia politica. Si los modernos habrfan de
superar con mucho a Locke, Hobbes y Montesquieu, era simplemen-
te porque su base de datos histéricos seria mucho mas amplia.
Para Seeley, quien introdujo a la ciencia polftica en el Tripos de
Cambridge, se trataba de aprender a “razonar, generalizar, definir y
diferenciar [...] asi como acopiar, verificar e investigar hechos”. Es-
tos dos procesos constitufan la ciencia polftica. “Si descuidamos el
primer proceso, sélo acumularemos inttilmente datos, toda vez que
no tendremos manera de diferenciar entre hechos importantes y
triviales; y desde luego, si descuidamos el segundo proceso, nuestros
razonamientos carecerdn de base, y no haremos nada sino tejer te-
larafias escoldsticas” (1896, pp. 27-28).
Durante el siglo xx y principios del xx, hubo en las ciencias so-
ciales dos escuelas de pensamiento que ostentaban el nivel o la ca-
racteristica de ciencia. Auguste Comte, Karl Marx y Vilfredo Pareto
no establecen distincién alguna entre ciencias sociales y “natura-
les”. Ambos tipos de ciencia buscaban uniformidades, regularida-
des, leyes. Por otra parte, para Max Weber era absolutamente ociosa
la nocién de una ciencia social que consistiera en “un sistema cerra-
do de conceptos en los que la realidad es sintetizada en alguna forma
de clasificacién permanente y universalmente valida, a partir de lo
cual es posible hacer nuevas deducciones”:
El torrente de los eventos incuantificables fluye sin cesar hacia la eterni-
dad. Los problemas culturales que mueven a la humanidad siempre se
vuelven a presentar con diferentes matices, y en este infinito flujo de
eventos, cambian constantemente los limites del Area que adquiere sig-
nificado e importancia para nosotros, es decir, que se convierte en un
“ente histérico”. Se modifican asimismo los contextos intelectuales den-
tro de los cuales éste se contempla y analiza cientificamente. (1949, p. 80.)
Para Max Weber, la “sujecién a leyes” de la interacci6n humana es
de otro orden. La materia de estudio de las ciencias sociales —la
accién humana— implica juicios de valor, memoria y aprendizaje,
los cuales s6lo pueden arrojar regularidades relativas, “posibilidades
objetivas” y probabilidades. Los cambios culturales pueden atenuar
o incluso destruir estas relaciones. Asimismo, Durkheim conside-
raba que los fenédmenos culturales eran demasiado complejos y de-56 LA POLITICA COMO CIENCIA
pendientes de la creatividad humana para tener el mismo grado de
certidumbre causal que las ciencias naturales.
Durante las primeras décadas de la ciencia polftica profesional en
los Estados Unidos de Norteamérica —desde 1900 hasta la década
de 1930— dos estudiosos, Merriam y Catlin, el primero tan estadu-
nidense como el pay de manzana y el segundo un inglés radicado
temporalmente en ese pats, fueron los primeros en promover la in-
troduccién de normas y métodos cientificos en el estudio de la poli-
tica. La aportacién de Merriam fue sobre todo programatica y pro-
mocional. Preconizé dicho movimiento, recluté personal y fundé un
programa particular de investigacin en la Universidad de Chicago.
También fue uno de los fundadores del Consejo de Investigacién en
Ciencias Sociales. Catlin escribié sobre cuestiones metodoldgicas,
hizo una clara distincién entre la historia y la ciencia politica y ubicé
aesta Ultima entre las ciencias sociales.
En su manifiesto de 1921, “La actual situacién del estudio de la
politica”, Merriam recomendé la introduccién de conocimientos
psicoldgicos en el estudio de las instituciones y procesos politicos,
as{ como el empleo de métodos estadisticos para incrementar el rigor
cientffico del andlisis politico. Este llamado al crecimiento y a la
superacién profesional en ningtin momento planteé la necesidad de
una discusién sobre la metodologfa cientffica. Merriam propuso
practicar la ciencia politica en vez de hablar de ella. Y de hecho, enla
Universidad de Chicago, se desarrollé en el transcurso de las siguien-
tes décadas un programa de investigacién que ejemplificé el hinca-
pié de Merriam en la investigacién empfrica, la cuantificaci6n y la
interpretacion sociosicolégica. Los profesionales egresados de dicho
programa conformaron una parte apreciable del nticleo del “movi-
miento conductual” de la posguerra.
George Catlin tal vez haya sido el primeroen hablar deun “tratamien-
to conductista de la politica” (1927, p. xi) y, en su exposicién acerca de
una ciencia politica, parece desechar todas las objeciones susceptibles
de establecer una distincién entre los asuntos humanos y sociales y
los objetos de estudio de las ciencias naturales. Sin embargo, no se
muestra muy optimista con respecto a las perspectivas de la ciencia.
Por el momento, la politica debe concretarse a la humilde tarea de regis-
trar y cuando sea posible hacerlo, mensurar y clasificar el material his-MESAS SEPARADAS 87
torico pasado y contemporaneo, asi como seguir probables pautas para el
descubrimiento de formas permanentes y principios generales de accién
[...] Es razonable esperar que la ciencia politica a final de cuentas resulte
ser algo mas que esto, que nos brinde cierta esperanza de poder algtin dia
controlar la situacién social, y nos muestre, si no lo que se debe hacer,
porlo menos —siendo la naturaleza humana como es—lo que no se debe ha-
cer, toda vez que semejante accién ha de poner a descubierto la estructura
de la sociedad, as{ como las lineas de actividad de las fuerzas mas pro-
fundas que contribuyeron a definir dicha estructura. (1927, pp. 142-143.)
Asi, podemos ver que no resiste un anélisis critico la afirmacién
de Bernard Crick (1959) de que el movimiento conductual en la
ciencia politica estadunidense, y en particular la escuela de Chicago,
fueron los que condujeron a la ciencia politica por el dorado camino
del cientificismo. Tanto en Europa como en América, la opinién
metametodolégica al respecto esta dividida. Costarfa trabajo encon-
trar estudiosos mas apegados al modelo de las ciencias exactas que
Comte, Marx, Pareto y Freud. Durkheim y Weber, a pesar de su claro
compromiso con la ciencia, reconocieron abiertamente que el cien-
tifico social trabaja con materiales menos reductibles a las leyes y
formas de explicacién propias de las ciencias exactas. Esta polémica
emigré hacia los Estados Unidos de Norteamérica en el transcurso
del siglo xx.
La atribucién hecha por Crick de esta orientacién cientifica a los
populistas de Chicago no resiste un examen de las pruebas. Hay que
leer la correspondencia de Tocqueville (1962) para apreciar cudn
cerca estuvo aquel brillante intérprete de la democracia norteameri-
cana —un siglo antes de que naciera la escuela de Chicago— de
realizar una encuesta de opinién en ocasién de sus viajes por el pats.
Al conversar con el capitan de un buque de vapor del rfo Misisipf,
granjeros de tierra adentro, comensales en cenas elegantes por la
costa Este y funcionarios en Washington, D. C., buscaba obtener una
muestra de la poblacién estadunidense. Karl Marx elaboré un cues-
tionario de seis paginas a fin de estudiar las normas de vida, las
condiciones de trabajo, asi como las actitudes y creencias de la clase
obrera francesa a principios de la década de 1880. Un gran nimero
de copias fueron repartidas a los socialistas y a las organizaciones
obreras. Los datos acopiados serfan utilizados en las siguientes elec-
ciones generales (1880). En los apuntes de Max Weber para su estu-58 LA POL[TICA COMO CIENCIA.
dio sobre el campesinado de la Prusia oriental, existen indicaciones
de que planificé e inicié una encuesta sobre las actitudes de los
campesinos polacos y alemanes. Asimismo, en su estudio sobre la
religi6n comparativa empleé una tabla formal de cuatro casillas
—mundanidad-desprendimiento, ascetismo-misticismo— como
instrumento para generar hipétesis acerca de la relacién existente
entre la ética religiosa y las actitudes econémicas.
La mayorfa de los avances importantes en el desarrollo de la esta-
distica fueron logrados por europeos. La Place y Condorcet eran
franceses; la familia Bernoulli era suiza; Bayes, Galton, Pearson y
Fisher, ingleses; Pareto, italiano; y Markov, ruso. El primer teérico
dela “eleccién publica” fue un escocés llamado Duncan Black (1958).
La opinién de que el enfoque analitico cuantitativo en las ciencias
sociales fue una aportacién estadunidense no resiste el escrutinio
hist6rico. Lo que sf fue propiamente estadunidense fue la mejoria, y
la aplicacion, de métodos cuantitativos en la investigaci6n por en-
cuestas, el andlisis de contenidos, el andlisis estad{stico agregado, la
elaboracién de modelos mateméaticos y otros procedimientos simi-
lares, asf como la comprobacién empirica de hipétesis psicolégicas
y sociolégicas formuladas en su mayor parte en la bibliografia euro-
pea sobre ciencias sociales.
Enel momento més negro de la historia europea —durante los afios
treinta— hubo una gran penetraci6n de la ciencia social europea en
los Estados Unidos de Norteamérica, propiciada por refugiados co-
mo Paul Lazarsfeld, Kurt Lewin, Marie Jahoda, Wolfgang Kohler,
Hans Speier, Erich Fromm, Franz Neumann, Otto Kircheimer, Leo
Lowenthal, Franz Alexander, Hannah Arendt, Hans Morgenthau,
Leo Strauss y otros muchos. Tan larga serie de nombres indica cla-
ramente que dicha corriente migratoria trajo consigo las diversas
polémicas entonces existentes en el area de las ciencias sociales, y
que es un mito la contraposicién de un enfoque europeo y otro esta-
dunidense en torno al problema de la orientaci6n humanista vs.
cientffica. El desarrollo de las ciencias sociales y polfticas en los
Estados Unidos de Norteamérica muestra una clara continuidad con
sus antecedentes europeos.
Esta tradici6n general en las ciencias politicas, la cual comenzé
con los griegos y contintia avanzando hasta los pensadores creativos
de nuestra generacion, es la versién veridica de la historia de nuestraMESAS SEPARADAS 59
disciplina, aun cuando las escuelas critica y marxista pretenden ser
las principales protagonistas de esta evolucién. Ante tan simplista
tentacién, necesitamos comprometernos con firmeza con la bisque-
da de la objetividad. El llamado a la “pertinencia” asociado al “pos-
conductismo” conlleva una mayor preocupacién por las implicacio-
nes de orden prdctico en nuestro quehacer profesional, pero no pue-
de implicar un compromiso con un curso particular de accién
politica. Un politélogo no es forzosamente un socialista, y mucho
menos un socialista de una determinada escuela.
No puede tomarse en serio la versién que nos presenta la filosofia
politica straussiana de la historia de nuestra disciplina. La versién
de nuestra historia presentada por la corriente radical de la eleccién
ptiblica confunde técnica con substancia. La ciencia politica en ge-
neral esté abierta a cualquier metodologfa susceptible de hacernos
mis intelegible el mundo de la politica y de la administracién publi-
ca, No debemos desdefiar el saber propiciado por nuestras metodo-
logias tradicionales sélo porque se dispone ahora de poderosas he-
rramientas estad{sticas y matematicas.
Tenemos motivos para sentirnos orgullosos del avance logrado
por la ciencia politica durante estas tltimas décadas. Y como ciuda-
danos estadunidenses, hemos hecho importantes aportaciones al
antiqufsimo anhelo mundial de aplicar el poder del conocimiento a
los tragicos dilemas del mundo de la politica.
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con STEPHEN GENCO
En su afn de volverse cientffica, la ciencia politica ha propendido,
en las tltimas décadas, a perder el contacto con su base ontolégica.
Ha tendidoa tratarlos acontecimientos y fenémenosde orden politico
como hechos naturales reductibles a los mismos esquemas de légica
explicativa propios de la fisica y otras ciencias exactas. Esta tendencia
puede interpretarse en parte como una fase de la revoluci6n cientf-
fica, como una difusién, en dos etapas, de postulados ontolégicos y
metodolégicos propios de las ciencias exactas, cuyo éxito no deja
lugar a dudas: primero, hacia la psicologfa y la economfa, y luego,
desde estas pioneras entre las ciencias humanas hacia la sociologfa,
la antropologfa, la ciencia politica e incluso la historia. Al adoptarla
agenda delasciencias exactas, lasciencias sociales yen particular lacien-
cia polftica, fueron respaldadas por la escuela neopositivista de filo-
sofia de la ciencia, la cual legitimaba este postulado de homogeneidad
ontolégica y metametodolégica. En fechas més recientes, algunos
filésofos de la ciencia, asf como ciertos psicélogos y economistas,
han puesto en duda la posibilidad y conveniencia de aplicar a asuntos
humanos la estrategia propia de las ciencias exactas. Tal vez sea
provechoso sefialar estos argumentos a los politdlogos.
‘Las METAFORAS DE PopPpER
Karl Popper, quien juntocon R. B. Braithwaite, Carl Hempel y Ernest
Nagel sostuviera la tesis de la homogeneidad metametodoldgica,
destacé en fechas més recientes la naturaleza heterogénea de la rea-
* De Gabriel A. Almond, “Clouds, Clocks, and the Study of Politics”, World Poli-
tics, vol. 29, nm. 4. Derechos reservados © 1977 por Princeton University Press.
Reproduccién autorizada.
6364 LA POLITICA COMO CIENCIA
lidad y su incompatibilidad con un modelo unico de explicacién
cientifica. Recurre a la metafora de las nubes y los relojes para ilus-
trar las nociones con sentido comin de determinacién e indetermi-
nacién en los sistemas fisicos. Nos pide que imaginemos un continuo
que se extienda desde las “nubes” mas irregulares, desordenadas e
impredecibles a la izquierda, hasta los “relojes” mas regulares, orde-
nados y predecibles a la derecha. Como ejemplo ms cabal de un
sistema determinista situado cerca del extremo de los relojes, Popper
menciona al sistema solar. En este extremo del continuo, se encon-
trarian objetos como péndulos, cronémetros y automéviles. Como
ejemplo de un sistema cercano al otro extremo, el indeterminado, de
este continuo, menciona un enjambre de mosquitos o abejas en el
que cada insecto vuela en forma errdtica, excepto porque vuelve a
acercarse al centro cuando se aleja demasiado de sus compatieros.
Cerca de este extremo, encontrariamos nubes de gas, el clima, car-
dtimenes, sociedades humanas y, tal vez un poco més cerca del cen-
tro, a seres humanos y animales aislados.
La revolucién newtoniana en el campo de la fisica divulgé la no-
cién —que habria de perdurar por cerca de 250 afios— de que este
orden légico era erréneo. El éxito de la teorfa de Newton al explicar
y predecir una multitud de eventos celestes y terrenales mediante sus
leyes del movimiento condujo a la mayorfa de los pensadores —aun-
que no al propio Newton— a adoptar y defender la idea de que el
universo y todas sus partes obedecfan a mecanismos comparables al
de un reloj y que eran, en principio, enteramente predecibles. Se
consideraba que eran mal entendidos todos los fenémenos aparen-
temente indeterminables; con el tiempo, se descubrirfa que también
eran regulares y predecibles. Asi, el modelo cient{fico predominante
después de Newton postulaba que toda la naturaleza estaba regida
por leyes deterministas 0, de acuerdo con la metdfora de Popper,
“todas las nubes son relojes —incluida la més difusa de las nubes”.!
Durante la década de 1920, el desarrollo de la teorfa cudntica puso
en tela de juicio tan exacto modelo de la naturaleza y apoyé la nocién
de que la indeterminacién y el azar eran parte constitutiva de todos
los procesos naturales. Con este hallazgo se invirtié la metéfora de
1 Karl R. Popper, “Of Clouds and Clocks: An Approach to the Problem of Ratio-
nality and the Freedom of Man”, en Popper, Objective Knowledge: An Evolutionary
Approach, Oxford, Clarendon Press, 1972, p. 210; cursivas en el original.NUBES, RELOJES Y EL ESTUDIO DE LA POLITICA 65
Popper; ahora, la postura predominante era que “hasta cierto punto,
todos los relojes son nubes; o dicho con otras palabras, que sdlo hay
nubes, as{ sean nubes con muy diferentes grados de nubosidad”.
Numerosos cientificos y filésofos acogieron con alivio este cambio
de modelo, toda vez que parecfa liberarlos de la pesadilla del deter-
minismo que negaba sentido a las decisiones y objetivos humanos.
Pero Popper prosigue exponiendo su argumento central, esto es,
que “la indeterminaci6n no basta” para explicar la aparente autono-
mifa de las ideas humanas en el mundo fisico. “De ser verdadera la
postura del determinismo, entonces el mundo seria comparable con
un reloj perfectamente sincronizado, incluidas todas las nubes, or-
ganismos, animales y seres humanos. Si, por otra parte, el de Pierce
o de Heisenberg o cualquier otro indeterminismo es veridico, en-
tonces el azar desempefia un papel muy importante en nuestro mun-
do fisico. Pero, ¢acaso el azar es mas satisfactorio que el determi-
nismo”?3
La respuesta de Popper es negativa. Aun cuando los ffsicos y filé-
sofos intentaron construir modelos de eleccién humana basados en
la imprevisibilidad de los saltos cudnticos,‘ él los rechaza por estar
demasiado circunscritos. Admite que “el modelo de los saltos cudn-
ticos puede ser un modelo para [...] decisiones repentinas [...] Pero,
gson tan interesantes las decisiones repentinas? ¢Acaso son caracte-
risticas del comportamiento humano —de un comportamiento hu-
mano racional?” Concluye: “Nolo creo |[...] Para entender el compor-
tamiento humano racional —y de hecho, el comportamiento ani-
mal— necesitamos algo de cardcter intermedio, entre el azar
absoluto y el determinismo perfecto —algo intermedio entre nubes
perfectas y relojes perfectos [...] ya que, desde luego, lo que queremos
es entender cémo cosas no fisicas como los propésitos, deliberacio-
nes, planes, decisiones, teortas, intenciones y valores, pueden contri-
buir para provocar cambios fisicos en el mundo fisico.”5
El método de Popper para encontrar una solucién a este problema
parece, al igual que el problema mismo, ser importante para la polf-
? [bid., p. 213; cursivas en el original.
3 Ibid., p. 226; cursivas en el original.
4 Arthur H. Compton, The Freedom of Man, New Haven, Yale University Press,
1935.
5 Popper. n. 1; cursivas en el original.66 LA POL{TICA COMO CIENCIA
tica y la ciencia politica. Considera que el problema es esencialmente
de control; esto es, el control del comportamiento y otros aspectos
del mundo ffsico mediante ideas humanas o abstracciones mentales.
Afirma, por lo tanto, que “la solucién debe dar cuenta de la libertad;
debe asimismo explicar cémo la libertad no es tan sélo azar, sino mas
bien el resultado de una sutil interaccién entre algo casi fortuito o
erratico, y algo parecido a un control restrictivo o selectivo —como un
objetivo o una norma— aunque decididamente no férreo”. En con-
secuencia, reduce el rango de las soluciones aceptables a aquellas
que “se ajustan ala idea de combinar libertad y control, y también ala
nocién de un ‘control pldstico’, en contraposicién con la de un control
‘férreo’”.6
Popper llega a una solucién evolutiva de este problema —basada
en un procedimiento de eliminacién por ensayo y error, o de varia-
cién y retenci6n selectiva.’ Sdlo una teorfa como ésta puede admitir
un control plastico y de ahi la libertad humana. Visto esto, se hace
soluble el problema de la relaci6n entre las ideas y el comportamien-
to: “Porque el control sobre nosotros mismos y sobre nuestras accio-
nes mediante teorfas y propésitos nuestros es un control plastico. No
estamos obligados a someternos al control de nuestras teorfas toda
vez que podemos examinarlas con un ojo critico, y tenemos plena
libertad de desecharlas si juzgamos que no cumplen con nuestras
normas regulatorias. No solamente nuestras teorias nos controlan,
sino que podemos controlarlas a ellas (e inclusive a nuestras nor-
mas): aqu{ existe una especie de retroalimentacién.”*
Popper concluye: “Como hemos visto, resulta insatisfactorio con-
templar al mundo como un sistema fisico cerrado —ya sea un siste-
ma estrictamente determinista o uno en el que cualquier cosa que no
esté estrictamente determinada se debe simplemente al azar; con
semejante concepcién del mundo, la creatividad y la libertad huma-
nas no pueden ser sino ilusiones [...] por lo tanto, yo presenté una
perspectiva diferente del mundo—una en la cual el mundo fisico es
un sistema abierto. Esto es congruente con la percepcién de la evo-
luci6n de la vida como un proceso de eliminaci6n por ensayo y error
° Ibid., pp. 231-232; cursivas en el original.
7 Véase Donald T. Campbell, “Variation and Selective Retention in Socio-cultural
Evolution”, General Systems Yearbook, xvi, 1969.
8 Popper, n. 1, pp.240-241; cursivas en el original.NUBES, RELOJES Y EL ESTUDIO DE LA POLITICA 67
y nos permite concebir racional, mas no integralmente, el surgimien-
to de nuevas formas de vida y el desarrollo de la libertad humana.”?
Asi, Popper nos advierte que los modelos de explicacién apropia-
dos para las ciencias fisicas no nos permitiran aprehender los fené-
menos humanos y culturales, y aun cuando podamos incrementar
nuestro entendimiento, no podremos explicarlos cabalmente en vir-
tud de sus propiedades creativas y emergentes.
PROPIEDADES ONTOLOGICAS DE LA POLITICA
El ensayo de Popper nos brinda tres maneras de conceptualizar la
realidad social —como un reloj, una nube y un sistema de controles
plasticos. Desde luego, el tercer concepto es el que mejor define ala
realidad politica, cuya explicacié6n es el objeto mismo de la ciencia
politica. Consta de ideas —decisiones, metas y propésitos huma-
nos— en constante e intensa interaccién con otras ideas, as{ como
con el comportamiento humano y el mundo fisico. En el centro de
este complejo sistema se encuentran las opciones y decisiones —de-
cisiones de ordenar, obedecer, votar, exigir. El universo politico esta
organizado; las élites toman decisiones de ordenar o abstenerse de
hacerlo, qué ordenar, y cémo hacer que se cumplan sus 6rdenes. Los
ciudadanos y sujetos deciden acatar estas érdenes, en qué forma
hacerlo o bien no cumplirlas. Esto es el meollo de la politica, esto es
el objeto de estudio de nuestra disciplina.
Las relaciones entre estos eventos no son sencillamente reactivos,
como lo son los encuentros entre objetos fisicos; no son facilmente
reductibles a modelos de causa y efecto comparables al mecanismo
de un reloj. Esto se debe principalmente a la naturaleza variable de
los repertorios conductuales de las élites y de los ciudadanos comu-
nes. Los protagonistas polfticos tienen recuerdos; aprenden de la
experiencia. Tienen metas, aspiraciones y estrategias calculadas. La
memoria, el aprendizaje, la persecucién de objetivos y la resolucién
de problemas se interponen entre “causas” y “efectos”, entre las va-
riables independientes y dependientes.
Las decisiones politicas no se toman ni tampoco se aplican en el
° Ibid., pp. 254-255.68 LA POLITICA COMO CIENCIA
vacfo; mas bien estn sujetas a una compleja gama de restricciones y
oportunidades. Estas restricciones —laé necesidades de la politica—
abarcan desde la categoria relativamente rigida de las limitaciones
ambientales 0 ecoldgicas hasta otra, bastante flexible, representada
por modas y tendencias transitorias. Definen el “ambiente operati-
vo" de los actores politicos! y muestran diversos grados de maneja-
bilidad. Algunas de ellas, como la geograffa 0 el nivel tecnolégico, son
de dificil alteracin incluso a largo plazo, y son practicamente impo-
sibles de manipular en el corto plazo. Otras, como los valores cultu-
rales yla opinién publica, son relativamente faciles de manipular en
algunas circunstancias y mds inconmovibles en otras. Pero cabe
decir que la manipulaci6n, en principio, rara vez es imposible. Inclu-
so restricciones ambientales relativamente estrictas —como la rela-
cién entre las necesidades de recursos materiales y la poblacién—
pueden a veces modificarse a resultas de las capacidades creativas y
adaptativas de los seres humanos. Hace alrededor de 10 000 afios, la
revolucién agricola multiplicé el ntimero de individuos susceptibles
de cohabitar en un determinado espacio fisico y la revolucién indus-
trial de los Ultimos dos siglos repitié este fendmeno.
Son evidentes para todos nosotros estas propiedades ontoldégicas
de los asuntos politicos; no son cuestiones sobre las cuales puedan
discrepar individuos inteligentes. Aquellos politélogos que —por
cualesquier motivos filoséficos o metodolégicos— se rehtisan a to-
marlas en cuenta y consideran que el comportamiento humano es
de naturaleza meramente reactiva, y por lo tanto sujeto a la misma
légica explicativa que los fenémenos naturales “regulares” —regidos
por mecanismos precisos como los de un reloj— estan tratando de
estructurar una ciencia basada en postulados empfricamente tergi-
versados. Esto se hace evidente cuando sus esquemas explicativos se
conciben con base en su propio comportamiento como cientfficos.
En la misma medida en que reconocen la importancia de la memoria
y la creatividad cientifica, de las estrategias calculadas, la persecu-
cién de objetivos yla resolucién de problemas en su propio quehacer
cienttfico, asimismo deben admitir estas cualidades en los fenéme-
nos humanos y sociales que estudian y pretenden explicar.
Estas complejidades de la realidad humana y social nos dejan ver
10 Harold Sprouty Margaret Sprout, The Ecological Perspective on Human Ajfairs,
Princeton, Princeton University Press, 1965.NUBES, RELOJES Y EL ESTUDIO DE LA POLITICA 69
que la estrategia explicativa propia de las ciencias exactas tiene una
aplicacién limitada en las ciencias sociales. Los modelos, metodolo-
gias y procedimientos creados para explorar un mundo cuyas carac-
terfsticas predominantes se asemejan al mecanismo de un relojo a
la dispersi6n de las nubes no podran aprehender mas que una parte
reducida del mundo mucho mas complejo de la interaccién politica
y social. Asi, la mera btisqueda de regularidades y relaciones fijas
entre variables —una estrategia que propicié enormes avances en las
ciencias fisicas— no explicaré los eventos sociales, sino sélo algunas
de las condiciones que los determinaron.
Toda vez que las propiedades de la realidad politica difieren de las
de la realidad fisica, las propiedades de las regularidades politicas
también diferirdn de las de las regularidades fisicas. Las regularida-
des que descubrimos son flexibles; por ser resultado de procesos que
muestran un control plastico y no férreo. Forman parte de la historia
e implican reiteradas intervenciones de un gran ntimero de recuer-
dos, procesos de aprendizaje y propésitos humanos, as{ como elec-
ciones entre diversas opciones. Las regularidades que descubrimos
parecen tener una muy corta vida. Se desvanecen rdpidamente debi-
do a los procesos mneménicos, de biisqueda creativa y de aprendi-
zaje que fundamentan su existencia. Cabe decir que la misma ciencia
social puede contribuir a esta desintegracién, toda vez que el apren-
dizaje cada vez mas tiende a incluir no solamente la informacién
obtenida a partir de la experiencia, sino también la que se desprende
de la investigacién cientifica.
Unos cuantos ejemplos bastaran para ilustrar la flexibilidad de las.
teorias politicas, asf como su vinculacién directa con factores hist6-
ricos. Los politélogos con justa razén se enorgullecen de su teorfa del
comportamiento electoral que, de hecho, es lo mas parecido que
tenemos a una teorfa cientifica. Dicha teoria ha generado todo un
conjunto de lo que parecen ser “leyes generales” —correlatos demo-
graficos y de actitud de la decisién electoral, a los que se lleg6 me-
diante un proceso de induccién. E] modelo deductivo postulado por
Downs, concerniente a las consecuencias para los sistemas de parti-
dos de diferentes distribuciones de las actitudes de los electores,
parece ser una ley mas importante de la politica. Sin embargo, inclu-
so un repaso superficial de los hallazgos de la investigacién acerca
del comportamiento electoral en los Ultimos tres decenios muestra70 LA POLITICA COMO CIENCIA.
hasta qué punto son inestables estas regularidades y cuanto se apar-
tan de los par4metros de las ciencias exactas nuestros esfuerzos por
estabilizarlas. La investigaci6n moderna acerca del comportamien-
to electoral logr6 su m4ximo avance en los estudios realizados sobre
las elecciones en los Estados Unidos de Norteamérica durante la
década de 1950 y principios de la de 1960, un periodo de acelerado
crecimiento econémico y baja intensidad politica. Los estudiosos del
comportamiento electoral estadunidense durante este periodo pre-
tend{fan explicar y predecir el comportamiento electoral de los ci
dadanos estadunidenses con base en variables de “identificaci6n
partidista” e “imagen de los candidatos”, las cuales, sin embargo, no
parecieron desempefiar sino un papel secundario en el proceso." El
resultado de este esfuerzo por generar una explicacién causal infali-
ble fue una teorfa psicolégica del comportamiento electoral basado
en la identificacién partidista y la imagen de los candidatos. Sin
embargo, dicha teorfa pronto serfa puesta en tela de juicio por estu-
dios realizados a principios de la década de 1970, que contenfan
datos de principios de la década de 1930 finales de la de 1960. Estos
periodos, el primero relativamente remoto y el otro mucho més re-
ciente, indican que el electorado estadunidense toma sus decisiones
a partir de las posturas asumidas por los candidatos con respecto a
diversos problemas en mucha mayor medida que durante la década
de 1950 y principios de la de 1960. Autores recientes hablan de la
“descomposicién’” del sistema de partidos, de la individualidad del
comportamiento electoral y de un proceso de “ideologizacién” en la
politica estadunidense.!? Y uno de los principales colaboradores del
grupo de Michigan, que produjola teorfa original dela identificacion
partidista, reconoce ahora que los correlatos demografico y de acti-
tud del comportamiento electoral sélo mantienen una relacién laxa
entre sf, y que el tinico tipo de teorfa al cual podemos aspirar es
“alguna especificacién ordenada de las condiciones en las cuales
éstos varfan”.!3
11 Angus Campbell y otros, The Voter Decides, Evanston, Illinois, Row, Peterson,
1954; Campbell y otros, The American Voter, Nueva York, Wiley, 1960.
}2 Norman Nie, Sidney Verba y John R. Petrocik, The Changing American Voter,
Cambridge, Harvard University Press, 1976, pp. 345 ss.; Walter Dean Burnham,
Critical Elections and the Mainsprings of American Politics, Nueva York, Norton,
1970.
13 Philip E. Converse, “Public Opinion and Voting Behavior”, en Fred I. GreensteinNUBES, RELOJES Y EL ESTUDIO DE LA POLITICA 71
La teorfa de la socializacién politica atin realiza vanos esfuerzos
por asignar valores y pesos relativamente fijos a los agentes de la
socializacién —la familia, la escuela, el lugar de trabajo, los medios
masivos de comunicacién, las experiencias en la vida adulta y otros
factores similares.'4 La investigacién sobre la socializacién, como la
que se realiza acerca de los procesos electorales, en su biisqueda de
una explicacién rigurosamente cientffica, han pasado por alto el
contexto histérico general y la inherente inestabilidad de las varia-
bles que manejan. Jennings y Niemi, '5 en uno de los estudios més
sofisticados que se hayan emprendido acerca de la socializacién
politica, reportan una influencia sorprendentemente débil de los
padres y educadores en las actitudes polfticas de los estudiantes a
punto de concluir la ensefianza media superior. Olvidaron tomar en
cuenta el hecho de que la muestra de estudiantes que habfan estu-
diado estaban por terminar el mencionado periodo de su formacién
académica en el afio de 1965; dicho en otras palabras, que integraban
la primera cohorte de ciudadanos nacidos en el contexto de la explo-
sion demografica registrada después de la segunda Guerra Mundial.
Esta fue una generacién que en gran medida se socializé a sf misma y
que, a finales de la década de 1960, pondrfa en tela de juicio a toda la
teorfa de la socializacién al proveer los innovadores culturales de
la rebelién juvenil. De la misma manera que la teorfa del comporta-
miento electoral, la teorfa de la socializaci6n poco a poco reconoce
la constitutiva inestabilidad de las variables objeto de su estudio. La
influencia de los agentes de socializaci6n varfa con los cambios en la
estructura social y demografica de la sociedad, lo mismo que con los
avances de la tecnologia y los problemas y acontecimientos politicos.
Alo més que podemos aspirar es a formular una serie de postulados
que especifiquen en qué condiciones tiende a variar dicha influencia.
Posiblemente las mas vulnerables de estas incursiones en las cien-
cias exactas fueron los esfuerzos que hicieron algunos estudiosos de
la politica estadunidense, a principios de la década de 1960, para
y NelsonW. Polsby (comps.), Handbookof Political Science, v, Reading, Massachusetts,
‘Addison-Wesley, 1975, p. 126.
1 Para una resefia reciente de la bibliograffa al respecto, véase David O. Sears,
“Political Socialization”, en Greenstein y Polsby, n. 13, pp. 93 ss.
'S M. Kent Jennings y Richard G. Niemi, The Political Character of Adolescence,
Princeton, Princeton University Press, 1974.
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