MAGISTERIO DE LA IGLESIA
Se llama Magisterio eclesiástico la tarea de enseñar, que pertenece en propiedad, por
institución de Cristo, al colegio episcopal o a cada uno de los e que escruta a la luz de la fe
toda la verdad encerrada en el misterio de Cristo».
Tiene la obligación de atender al «sentido de la fe» poseído por la Iglesia en el pasado y
en el presente. La Palabra de Dios, en efecto, se propaga de una manera vital a través de los
tiempos en el «sentido común de la fe», del que está animado el Pueblo de Dios en su
totalidad y según el cual «la colectividad de los fieles, teniendo la unción que proviene del
Santo, no puede equivocarse en la fe». Como se ve, esto vale en cuanto que se realice «una
singular concordia entre pastores y fieles en el mantenimiento, la práctica y la confesión de
la fe transmitida».
Los documentos de la Tradición en los que ha sido propuesta la fe común del pueblo de
Dios, son un término de referencia que se impone tanto al Magisterio como a la teología.
Aunque con respecto a algunas de estas enseñanzas el papel del uno y de la otra es
diferente, ni el Magisterio ni la teología tienen el derecho de desatender las huellas que la fe
ha dejado en la historia de la salvación del pueblo de Dios.
Es necesario hablar también de una obligación común nacida de la responsabilidad
pastoral y misionera con relación al mundo. Sin duda alguna, el Magisterio del Sumo
Pontífice y de los obispos es pastoral por un título específico,
Al Magisterio le compete mantener con autoridad la autenticidad cristiana y la unidad en
materia de fe y de moral. De ahí se derivan funciones específicas que, aunque en una
primera mirada pudieran aparecer como marcadas por un carácter negativo, constituyen, sin
embargo, un servicio positivo para la vida de la Iglesia. Se trata «de interpretar de forma
auténtica la Palabra de Dios escrita o transmitida por la Tradición»; de reprobar las
opiniones que ponen en peligro la fe y la moral de la Iglesia; de proponer las verdades a las
que las condiciones del momento confieren mayor actualidad. En fin, aunque no sea la tarea
propia del Magisterio elaborar síntesis teológicas, su preocupación por la unidad le debe
hacer considerar las diferentes verdades particulares a la luz de todo el conjunto del
mensaje cristiano. La integración de cada una de ellas en el todo es, en efecto, una
exigencia de la misma verdad.
El Magisterio tiene su autoridad de la ordenación sacramental que «al mismo tiempo que
el encargo de santificación, confiere también los de enseñar y gobernar». Esta autoridad
«formal» es, a la vez, carismática y jurídica; fundamenta el derecho y el deber del
Magisterio, en cuanto que es una participación de la autoridad de Cristo. Hay que procurar
que el ejercicio de esta autoridad ministerial utilice igualmente la autoridad de la persona y
el valor que se deriva de la misma verdad propuesta.