Teoría del Empleo de Keynes: Análisis Clave
Teoría del Empleo de Keynes: Análisis Clave
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Los teóricos clásicos se asemejan a los geómetras euclidianos en un mundo
no euclidiano, quienes al descubrir que en la realidad las líneas aparentemente paralelas se
encuentran con frecuencia, las critican por no conservarse derechas [...] No obstante,
no hay más remedio que tirar por la borda el axioma de las paralelas y
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elaborar una geometría no euclidiana.
(KEYNES, 1970: 26)
1. Introducción
Luego de la crisis de los años setenta, cuando las políticas de inspiración keynesiana
fueron fuertemente cuestionadas, hubo muchos intentos de revisitar la obra del
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autor. En nuestros días, existen fuertes tensiones entre los economistas que se procla-
man “keynesianos” y aquellos que partiendo de su enfoque teórico tratan de com-
patibilizar sus ideas con el paradigma teórico dominante.
Por esa causa en este capítulo no se tratará de reinterpretar su aporte; nos li-
mitaremos a recorrer de manera ordenada el desarrollo de su pensamiento, tomando
como eje la teoría general, prescindiendo de sus escritos anteriores y de las opiniones
FI
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La teoría general de Keynes se construyó a partir de una crítica parcial de la teoría
que calificará como “clásica” (denominación que posteriormente se cambiará por
neoclásica) del mercado de trabajo, porque según él, en materia de empleo se apli-
caría solamente a un caso particular de su teoría general. La teoría “clásica” supon-
dría que en el sistema económico, debido al juego de las leyes de la oferta y la deman-
da, hay una tendencia hacia el pleno empleo, supuesto que Keynes cuestiona.
Pigou (uno de los principales exponentes del pensamiento neoclásico) culpa a la
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ausencia de flexibilidad de los salarios del desempleo masivo. La solución al desem-
pleo, tal como surge del marco teórico neoclásico, pasa por la disminución de los
salarios reales, lo cual supone una reducción generalizada de los salarios nominales
acompañada por una disminución menos que proporcional de los precios.
Contrariamente, Keynes intenta demostrar que la situación normal de la eco-
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nomía capitalista es de un nivel de actividad económica fluctuante, lo cual incluye
situaciones que van desde el pleno empleo hasta el desempleo masivo, y la existencia
de algún nivel de desempleo es la norma en la mayoría de las economías desarrolladas.
Otro punto básico en su teoría es el hecho de que si bien el desempleo es carac-
terístico de las economías capitalistas, no es inevitable. Según D. Dillard (1948), en
la teoría de Keynes el empleo fluctúa, ante todo, porque fluctúa la inversión. El
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luntario y postuló que el producto global era una variable susceptible de ser modificada.
Finalmente, es interesante destacar el hecho de que Keynes no considera la exis-
tencia de un mercado de trabajo en el sentido clásico, por lo cual hablar de oferta y
demanda de trabajo no tiene mucho sentido en el sistema teórico keynesiano. Por
ello es que para comprender cómo se determina el nivel de empleo y salarios en la
teoría keynesiana, es necesario introducir varios conceptos generales que, como ver-
emos, se encuentran fuertemente relacionados.
Keynes escribe la Teoría general durante el período de la gran depresión que se re-
gistró entre las dos guerras mundiales.
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La crisis se inició (o se manifiesta) en primer lugar en los Estados Unidos con el
crack de la Bolsa de Nueva York en octubre de 1929 y tuvo una generalidad y pro-
fundidad desconocidas hasta ese momento.1 La depresión generó la acumulación de
mercancías por falta de compradores, lo que determinó un descenso en los niveles de
producción y consecuentemente una baja en la cantidad de trabajadores necesarios,
por lo tanto, un desempleo masivo, menores ingresos para las familias y menor con-
sumo de mercancías, lo que retroalimentó la crisis. Además, la incontenible deflación
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de precios provocó una gran cantidad de quiebras en la industria, el comercio y la
agricultura.
La crisis desatada en los Estados Unidos se expande al resto del mundo princi-
palmente por ser este país el principal exportador y, después de Gran Bretaña, el
primer importador mundial. Además, luego de la Primera Guerra, los Estados
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Unidos se consolida como primer productor mundial y pasa de ser deudor (al
comenzar la guerra) a ser principal acreedor del resto del mundo, principalmente por
las deudas de guerra de los aliados con los Estados Unidos.
Para el hombre común, la principal consecuencia de la depresión fue el desem-
pleo masivo (sin precedentes hasta ese entonces y por mucho tiempo). En los peores
momentos de la crisis (1932-1933), los índices de desempleo se situaron en el 22-
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23% en Gran Bretaña y Bélgica, 24% en Suecia, 27% en los Estados Unidos, 29%
en Austria, 31% en Noruega, 32% en Dinamarca y no menos de 44% en Alemania
(Hobsbawm, 1996).
Ante esta situación, la propuesta de la economía clásica era dejar que el mercado
actuara libremente.2 Según Galbraith (1991), un rasgo del sistema clásico es la ausen-
cia de una teoría sobre las depresiones económicas, dado que el equilibrio al cual se
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rrumbarse en el período entre guerras y nadie sabía cómo podría recuperarse [...]. Lo
1
Hobsbawm (1996) postula que las raíces del problema eran estrictamente europeas y su
origen fundamentalmente político, producto de los onerosos pagos que se habían impuesto a
Alemania en la conferencia de paz de Versalles (1919) en concepto de reparaciones por el costo
de la guerra y los daños ocasionados a las diferentes potencias vencedoras.
2
Dos de los principales economistas clásicos de la época, Joseph Schumpeter (Harvard) y
Lionel Robbins (London School of Economics) propusieron que la depresión debía seguir
libremente su curso, única forma en que llegaría a curarse de forma espontánea (Galbraith,
1991).
novedoso era que, probablemente por primera vez en la historia del capitalismo, sus
fluctuaciones parecían poner realmente en peligro al sistema. Más aún, en impor-
tantes aspectos parecía interrumpirse su curva secular ascendente”.
Hasta marzo de 1933, la política de los Estados Unidos siguió las prescripciones
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del sistema neoclásico, situación que cambia con la asunción de Roosevelt y la imple-
mentación del New Deal. La nueva legislación incluía subvenciones a los Estados con
destino a la previsión social, indemnizaciones por desempleo y pensiones a la vejez.
Luego vendrían el seguro de salud, la asistencia para familias con hijos a su cargo,
vivienda para familias de bajos ingresos, subsidios de vivienda, formación profesio-
nal y otras prestaciones para los más necesitados. Según Galbraith (1991), uno de los
fenómenos más relevantes que se produjeron en los Estados Unidos como respuesta
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a la gran depresión fue el surgimiento del Estado de bienestar.
Sin embargo, el origen del Estado de bienestar puede situarse al menos medio
siglo antes –en la década de 1880– en la Alemania del canciller Von Bismark. Los
economistas alemanes –contrariamente a la escuela austríaca– no seguían la tradición
clásica y consideraban al Estado como una institución competente, benéfica y pres-
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tigiosa. En esa década había fallecido Carlos Marx, sus ideas se difundían rápida-
mente en el medio académico y dentro de los primeros sindicatos (uniones y
sociedades de resistencia). El principal temor generado en esa época dentro de las
clases dominantes y del estado lo constituía el crecimiento de las ideas revoluciona-
rias dentro de la clase obrera industrial. De esta manera, el canciller Bismark trataba
de apaciguar las reacciones frente a las brutales consecuencias sociales del capitalismo
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En Suecia, influidos por las ideas de Knut Wicksell, se pensaba que el pre-
supuesto debía mantenerse en equilibrio durante épocas normales pero en depresión
convenía desequilibrarlo de manera de sostener la demanda y el empleo. Esto expli-
ca el surgimiento de un sector de cooperativas agrarias y de consumo y un destacado
sistema de bienestar social.3
Hitler, al tomar el poder en 1933, realizó programas de obras públicas sin hacer
caso a las recomendaciones que se le hacían para que limitara el gasto de los ingresos
públicos, financiándolos mediante el déficit. De esta manera, la economía alemana
pudo recuperarse de su caída devastadora, y ya en 1936 había eliminado en gran
medida el problema del desempleo (Galbraith, 1991).
En los Estados Unidos, entre los precursores de esta nueva corriente de pen-
samiento en cuanto al papel del Estado, se encontraban William T. Foster y Waddill
3
Si bien la barrera lingüística impidió la difusión de este modelo durante mucho tiempo,
Suecia llegó a ser considerada la vía intermedia entre el capitalismo ortodoxo y el socialismo /
comunismo.
Catchings, quienes reclamaban –ya en 1920– la intervención del Estado para apoyar
y reforzar la demanda. Sin embargo, no fueron reconocidos por la ortodoxia
económica y fueron citados como exponentes de un error popular y superficial. Es
por ello que se dice que hubo keynesianos antes de Keynes.
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¿Por qué entonces aparece Keynes como el gran innovador?
Su influencia provino en gran parte de sus antecedentes, reputación y prestigio
personales. En palabras de Galbraith (1991): “es muy posible que si la Teoría gener-
al hubiese sido obra de otro autor carente de dichas calificaciones, se habría perdido
de vista sin dejar rastros”.
Además, sus ideas tuvieron inmediata aceptación por la incapacidad de la
economía clásica para resolver el problema y porque les dieron sustento teórico a las
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políticas que ya se venían realizando. La economía keynesiana no sería considerada
durante largo tiempo como un acto inspirado por el saber en materia económica,
sino como una racionalización refinada de lo que había resultado a todas luces políti-
camente inevitable (Galbraith, 1991).
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2. El cuestionamiento del laissez faire y
de la economía “clásica”
El cuestionamiento del laissez faire
primera mitad del siglo XX, pasando desde la posición de país dominante a la de un
“viejo país industrial”. Para él, las políticas de laissez faire que habían tenido éxito en
el siglo XIX no tenían en el siglo xx las mismas virtudes, debido a la nueva situación
internacional de Gran Bretaña y a la mayor presencia y poder de los sindicatos, que
generaban fuertes resistencias para que bajaran los salarios monetarios.
Es decir que para Keynes, la política de laissez faire tuvo éxito durante el siglo XIX
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como punto de partida de los errores que conciernen al ahorro, la tasa de interés, la
teoría clásica de la desocupación, la teoría cuantitativa del dinero y las ventajas ili-
mitadas del laissez faire en el comercio internacional.
En la Teoría general, Keynes ataca principalmente el postulado de que existe un
ajuste automático del mercado de trabajo prevaleciente en ese momento, principal-
mente la teoría representada por A. C. Pigou, a la que considera “la única descrip-
ción detallada que existe de la teoría clásica de la ocupación”.
En su Teoría del desempleo, A. C. Pigou (1933) había señalado que el sistema se
orienta automáticamente hacia la ocupación plena, ya que los salarios tienden a rela-
cionarse con el nivel de la demanda de manera que todos encuentren finalmente
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Pigou distingue entre el estado de la demanda y sus cambios, y consideraba que
los cambios en la demanda y no su estado eran importantes en lo referente al volu-
men de ocupación: “La desocupación tal como existe en cualquier momento es debi-
da íntegramente al hecho de que las condiciones de la demanda están cambiando
continuamente y que las resistencias friccionales impiden que los ajustes apropiados
en los salarios se hagan instantáneamente” (Pigou, 1933).
Contrariamente, argumentaba que cualquiera sea el estado de la demanda, siem-
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pre habría –vía ajuste de salarios–, una tendencia hacia la ocupación plena. Así, un
estado específico de la demanda parece ser tan bueno como cualquier otro, de ma-
nera que “si esta conclusión es aceptada, se sigue de ahí que las políticas guberna-
mentales a largo plazo que […] hacen del estado de la demanda de mano de obra
permanentemente mejor o peor de lo que sería en otras condiciones, no son, una vez
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establecidas, ni causas ni remedios de la desocupación” (Pigou, 1933).
Esta teoría del ajuste automático representada por Pigou es la que Keynes ataca
en su Teoría general.
Siguiendo sus palabras, esto significa que “los salarios reales y el volumen de pro-
ducción (y por consiguiente el empleo) están relacionados de una sola forma, de tal
manera que un aumento de la ocupación sólo puede ocurrir acompañado de un
descenso en la tasa de salarios reales” (Keynes, 1970).
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Keynes plantea que por desutilidad debe entenderse “cualquier motivo que induzca a un
hombre a abstenerse de trabajar antes que aceptar un salario que represente para él una utili-
dad inferior a cierto límite”. El concepto está asociado a la valoración que el trabajador hace
de su ocio. Alternativamente, el trabajador debe escoger entre trabajar, lo cual provoca desu-
ti-lidad pero a cambio obtiene un salario, o descansar.
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ocupación la que determina el producto marginal (y el salario real), pero no a la
inversa. O sea que la ocupación no aumenta reduciendo los salarios reales, sino que
ocurre lo contrario: los salarios reales disminuyen porque la ocupación ha aumenta-
do, debido a un incremento en la demanda (Hansen, 1962). Es decir que para
Keynes, la teoría clásica es adecuada para determinar la tasa de salario real, pero dado
el volumen de ocupación (determinado por la demanda).
Respecto del segundo postulado, Keynes niega su validez, cuestionando la idea
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prevaleciente de que el salario real existente es un mínimo por debajo del cual no
puede contarse con más trabajo que el empleado en la actualidad. De ser así, la de-
socupación sería “voluntaria”, ya que sería producto de que los trabajadores no
quieren trabajar por un salario menor; y en caso de una reducción en el nivel de
salarios existente, parte de la mano de obra se retiraría del mercado.
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Específicamente, postula dos objeciones. En primer lugar, observando la con-
ducta de los obreros sugiere que lo que los obreros reclaman es un mínimo de salario
nominal y no de salario real, ya que si bien los trabajadores se oponían a una reduc-
ción del salario real provocada por una baja del salario nominal, no reaccionaban de
la misma manera cuando ese deterioro se provocaba por el aumento de los precios de
los bienes de la canasta familiar: “si bien los trabajadores suelen resistirse a una reduc-
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no es culpa de que los trabajadores no aceptan salarios reales menores, sino que efec-
túan un cálculo erróneo porque no distinguen entre magnitudes reales y monetarias
(Carciofi, 1986).
Keynes no considera esta conducta como errónea o irrazonable, sino que explica
que la lucha por los salarios nominales tiene una finalidad diferente a la determi-
nación del salario real, que es la protección relativa del salario real frente a otros gru-
pos de trabajadores; mientras, contrariamente, sería imposible oponerse a una reduc-
ción de los salarios reales de todos los trabajadores debido a un cambio en el poder
adquisitivo del dinero: en síntesis, cuestiona el andamiaje teórico de la escuela clási-
ca al no cumplirse uno de sus postulados esenciales:
si la oferta de mano de obra no es función del salario real como su única variable, su argu-
mento (de la escuela clásica) se derrumba enteramente y deja el problema de que la ocu-
pación será muy indeterminada. Los autores de esta escuela no parecen haberse dado cuen-
ta de que su curva de oferta de mano de obra se desplazará con cada movimiento de los
precios, a menos que tal oferta sea función dependiente sólo del salario real (Keynes,
1970).
La segunda objeción cuestiona la idea de que los salarios reales de los trabajadores son
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determinados por los contratos que éstos celebran con los empresarios, de ma-nera
que los trabajadores tienen siempre la posibilidad de reducir su salario real, aceptan-
do una reducción en el salario nominal (y de esta manera hacer coincidir su salario
real con la desutilidad marginal del trabajo). Para Keynes,
la escuela clásica cae en una hipótesis ilícita, porque los obreros en su conjunto no pueden
disponer de un medio que les permita hacer coincidir el equivalente del nivel general de
los salarios nominales en artículos para asalariados (salarios reales) con la desutilidad mar-
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ginal del volumen de ocupación existente. Es posible que no exista un procedimiento para
que el trabajador pueda reducir su salario real a una cantidad determinada revisando los
convenios monetarios con los empresarios (Keynes, 1970).
3. El desempleo involuntario
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Los postulados clásicos son compatibles con la desocupación friccional, debida, por
ejemplo, a intermitencias en la demanda, tiempos de búsqueda entre una y otra ocu-
pación, etcétera, y además compatible con la desocupación voluntaria, es decir la
imposibilidad de un trabajador de aceptar una remuneración correspondiente al
valor del producto atribuible a su productividad marginal por causa de la legislación,
LA
las prácticas sociales, de la lentitud para adaptarse a los cambios económicos o sim-
plemente como “consecuencia de la obstinación humana”. Keynes describe a este
estado de cosas como de “ocupación plena”.
Según Keynes, los postulados clásicos admiten estas dos clases de desocupación,
pero no una tercera que llama desocupación involuntaria y define de la siguiente ma-
nera:
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Los hombres se encuentran involuntariamente sin empleo cuando, en caso de que se pro-
duzca una pequeña alza en el precio de los artículos para asalariados, en relación con el
salario nominal (o sea disminuye el salario real) tanto la oferta total de mano de obra dis-
puesta a trabajar por el salario nominal corriente como la demanda total de la misma a
dicho salario son mayores que el volumen de ocupación existente (Keynes, 1970, cap. 2).
cosas– por la preferencia por el ocio). Carciofi (1986) grafica esta situación como
sigue:
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W/p
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Eo
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El nivel de empleo (E0) está fijado por el nivel de la demanda. En ese nivel de
demanda, se produce desempleo involuntario porque el salario real (w/p) es mayor
(y no igual) a la desutilidad marginal del trabajo. Ante una baja en el salario real pro-
ducida por un aumento en los bienes salario, aumentan (respecto de E0) tanto la
oferta de mano de obra dispuesta a trabajar como su demanda (en el sentido de las
flechas).
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la simple existencia de una demanda efectiva insuficiente puede, y a menudo hará, que el
aumento de ocupación se detenga antes que haya sido alcanzado el nivel de ocupación
plena. La insuficiencia de la demanda efectiva frenará el proceso de la producción aunque
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Como afirma Dillard (1985), el desempleo no se debe entonces, como sostenían los
neoclásicos, a un problema de mal funcionamiento del mercado de trabajo (las fallas
de mercado), sino que es un desequilibrio propio del sistema económico que no con-
sigue espontáneamente elevar la producción a un nivel tal que permita el pleno
empleo de los recursos. De esta manera, el desempleo involuntario se caracteriza por
una situación donde existe una mano de obra desempleada, pero deseosa de trabajar
y busca emplearse incluso por un nivel de salario inferior a la tasa de salarios vigentes.
Algunos individuos podrían quedar desempleados no como consecuencia de su neg-
ativa a ofrecer sus servicios a las tasas de salario existente, sino por la imposibilidad
de encontrar alguien que los emplee en razón de una insuficiencia de la demanda
efectiva (Malinvaud, 1983).
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Según Keynes, la situación del mercado de trabajo depende directamente de la
situación que prevalece en el mercado de bienes y en el de la moneda, debido a la
aplicación del principio de la demanda efectiva. Por ello, la secuencia neoclásica de
los procesos se invierte y Keynes afirma que “es la propensión a consumir y el monto
de las nuevas inversiones lo que determina conjuntamente el volumen de empleo, y
es el volumen de empleo lo que determina de manera única el nivel de los salarios
reales, y no la inversa” (Keynes, 1970, cap. 19)
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De esta manera, inversamente al pensamiento neoclásico, Keynes afirmaba que la
baja en los salarios nominales no era solución al desempleo, sino que, contrariamente
aumentaría el desempleo involuntario, pues al disminuir la demanda efectiva,
también disminuiría la producción y consecuentemente la demanda de fuerza de
trabajo.
DD
4. El dinero y el interés en la teoría
del empleo keynesiana
Keynes era un especialista en teoría monetaria5 y en su teoría general le da al dinero
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arían obtener ganancias). Dado que por atesorar dinero no se obtiene ni interés ni
beneficios como en los otros casos, se preguntaba por qué causas la gente prefiere
muchas veces acumular valor atesorando dinero en lugar de prestarlo o invertirlo. Su
respuesta: por ser la forma más segura de acumular riqueza en situaciones en que el
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futuro es incierto. Si el futuro fuera perfectamente predecible, no tendría sentido
acumular riqueza en forma de dinero.
Sin embargo, este deseo de acumular valor en forma de dinero, que Keynes llama
preferencia de liquidez, no es absoluto sino que puede revertirse si se paga un premio
en forma de interés. Cuanto mayor es la preferencia de liquidez de la gente, más alta
es la tasa de interés que hay que pagar para que se desprenda de su dinero.
A su vez, cuando la tasa de interés aumenta, muchos emprendimientos (inver-
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siones) que podrían realizarse a tasas de interés menores no se realizarán; por lo cual
tiende a disminuir la demanda efectiva y consecuentemente a producirse desempleo.
La noción del interés como recompensa por no atesorar dinero rompe con la idea
vigente en la teoría neoclásica, que consideraba al interés como una recompensa al
ahorro, es decir, una recompensa por posponer consumo presente, más que un pre-
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mio por la cesión de liquidez.
En su análisis plantea que el dinero no es neutro y demuestra que las variables
reales dependen de manera esencial de las variables monetarias y financieras, y tam-
bién que el nivel de precios no depende única, y ni siquiera principalmente, de la
cantidad de dinero (Meller, 1986).
Según Dillard (1948), un examen detenido de la teoría de Keynes indicaría que
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La demanda efectiva
En la economía ricardiana, que sirve de base a lo que se nos ha enseñado por más de un
siglo, es esencial la idea de que podemos desdeñar impunemente la función de demanda
global. Su teoría no fue aceptada sólo por la City, los estadistas y el mundo académico,
sino que la controversia se detuvo y el punto de vista contrario desapareció completamente
y dejó de ser discutido. El gran enigma de la demanda efectiva, con el que Malthus había
luchado, se desvaneció de la literatura económica (Keynes, 1970, cap. 3).
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Según Keynes, la demanda efectiva (D) está constituida por la suma de dos can-
tidades: la demanda de bienes de consumo que se espera va a gastar la comunidad
(D1) y la demanda de la comunidad de bienes de inversión (D2).
¿Cómo afecta la demanda efectiva al volumen de empleo?
La cantidad de empleo (N) que los empresarios deciden utilizar depende –en el
nivel global– del nivel de la demanda efectiva. Podemos decir que una demanda efec-
tiva insuficiente generalmente hará que la producción encuentre un equilibrio antes
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que se alcance el nivel de ocupación plena.
Es decir que el desempleo sería generado por una demanda efectiva insuficiente
como para provocar un volumen de producción que necesite el pleno empleo de la
LA
OM
las personas como a prácticas e instituciones sociales, especialmente la normas de las
empresas respecto del pago de salarios y dividendos, y los dispositivos sociales tales
como los que afectan la distribución del ingreso. Estos factores determinan tanto la
posición como la inclinación de la función de consumo.
Keynes enumera ocho motivos que “impulsan a los individuos a abstenerse de
gastar sus ingresos”: reservas para contingencias imprevistas, provisión para necesi-
dades futuras previstas, deseo de disfrutar de un ingreso futuro mayor, disfrute de un
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sentido de independencia y del poder de hacer cosas, asegurarse dinero para realizar
proyectos especulativos o de negocios, legar una fortuna y, para alguna gente, satis-
facer la pura avaricia.
Los factores subjetivos también se aplican a los patrones de conducta de las
empresas y de los organismos gubernamentales: el deseo de expansión de las empre-
DD
sas, de hacer frente a las emergencias con éxito (liquidez), el deseo de demostrar que
la administración tiene éxito (ingresos en aumento) y la prudencia financiera, es
decir, el deseo de asegurar una reserva financiera adecuada para depreciaciones y pago
de deudas.
Estos factores son relativamente estables: “si bien no son inalterables, no presen-
tan probabilidades de sufrir un cambio sustancial en períodos cortos, excepto en cir-
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cionales.
¿Cómo se relaciona esto con el volumen de empleo? En palabras de Keynes: “si
no ocurren cambios en la propensión a consumir, la ocupación no puede aumentar,
a menos que al mismo tiempo los gastos de inversión crezcan en tal forma que llene
la diferencia creciente entre la oferta del producto y los gastos en consumo” (Keynes,
1970, cap. 8).
Para Keynes este análisis daba una explicación a la paradoja de la pobreza en
medio de la abundancia:
cuanto más rica sea la comunidad, mayor tenderá a ser la distancia que separa su produc-
ción real de la potencial y, por lo tanto, más obvios y atroces los defectos del sistema
económico; porque una comunidad pobre estará propensa a consumir la mayor parte de
su producción, de manera que una inversión modesta será suficiente para lograr la ocu-
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pación plena; en tanto que una comunidad rica tendrá que descubrir oportunidades de
inversión mucho más amplias para que la propensión a ahorrar de sus miembros más opu-
lentos sea compatible con la ocupación de los más pobres (Keynes, 1970, cap. 3).
Keynes expresa que “en circunstancias dadas, puede establecerse una relación defini-
da, que llamaremos multiplicador, entre los ingresos y la inversión y, sujeta a ciertas
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simplificaciones, entre la ocupación total y la ocupación directamente dedicada a
inversiones” (Keynes, 1970, cap. 10).
La importancia de la relación de un incremento de la inversión a un incremento
del ingreso ya había sido ampliamente reconocida en la literatura sobre el ciclo
DD
económico, particularmente por Tugan-Baranowsky y Wicksell, pero sólo se
establecía la tendencia, mientras que a partir de Keynes (y sobre todo de Kahn)
se aborda el problema con instrumentos de análisis más precisos (Hansen, 1962).
Según Keynes, el concepto del multiplicador fue primeramente introducido en la
teoría económica por R. F. Kahn en 1931. El multiplicador de Kahn (Keynes lo
llama el multiplicador de la ocupación) buscaba determinar qué cantidad de ocu-
pación secundaria o inducida se crearía ante un incremento de la ocupación primaria
LA
propensión marginal a consumir no está muy por encima de cero, las pequeñas fluctua-
ciones en la inversión ocasionarán las correspondientes pequeñas fluctuaciones en la ocu-
pación. En la realidad, la propensión marginal a consumir parece encontrarse comprendi-
da entre ambos extremos, aunque mucho más cerca de la unidad que de cero (Keynes,
Teoría general, cap. 10).
consumo e inversión (dY = dC + dI, donde dC e dI son los incrementos del consumo
y la inversión); de manera que podemos escribir:
OM
1970, cap. 10).
Siguiendo a Kahn, Keynes analiza las “filtraciones” que impiden que un incremento
de la ocupación primaria conduzca a un nuevo incremento de la ocupación (secun-
daria) y así sucesivamente hasta alcanzar la ocupación plena. Entre ellas se destaca la
consideración de que el gasto en importaciones no ayuda a la ocupación interna, sino
a la del país productor de los bienes consumidos importados: “en un sistema abier-
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to, con relaciones de comercio exterior, parte del multiplicador de la inversión acre-
centada beneficiará a la ocupación en países extranjeros” (Keynes, 1970, cap. 10).
El análisis de Keynes y Kahn logró explicar los límites al proceso de multipli-
cación, y la clave se encontró en la propensión marginal a consumir: si es cero, no
habrá proceso de multiplicación; pero si contrariamente alcanza la unidad, el proce-
DD
so de multiplicación continuará indefinidamente. El multiplicador era mucho más
pequeño que lo que suponían los reformadores norteamericanos, que patrocinaban
planes de gasto en dinero consistentes en papel sellado al principio de la gran depre-
sión, pero bastante mayor de lo que pensaron los críticos del New Deal, para quienes
su efecto se limitaba a la ocupación inicial (Hansen, 1962).
LA
OM
R1 R2 R3 Rn
Cr = + + + ..... +
1 + r (1 + r )2 (1 + r )3 (1 + r )n
Dicho de otra manera, la inversión se llevará a cabo hasta que la serie de los
rendimientos anuales esperados (descontados al presente) sea igual al costo de reposi-
ción del bien de capital. En caso de que sea menor que dicho costo, no habrá inver-
sión en el bien considerado.
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Keynes luego discute ambigüedades en torno a la utilización indistinta de los
conceptos “productividad marginal del capital”, “rendimiento marginal del capital”,
“eficacia marginal del capital” y “utilidad marginal del capital”. Hansen (1962) pos-
tula que no tiene gran importancia cuál término se emplea y que Keynes elige la “efi-
cacia marginal del capital” para designar la tasa de rendimiento sobre el costo.
DD
Es importante destacar que la eficacia marginal del capital se define en términos
de expectativa del rendimiento probable, es decir, de lo que se espera obtener y no del
resultado histórico de lo que una inversión ha rendido sobre su costo original:
la expectativa del futuro influye sobre el presente principalmente a través de este factor
(mucho más que a través de la tasa de interés). El error de considerar la eficacia marginal
del capital principalmente en términos del rendimiento corriente del equipo de produc-
LA
ción–lo cual sólo sería correcto en la situación estática en que no hubiera cambios futu-
ros que influyeran sobre el presente– ha dado por resultado la rotura del eslabón teórico
entre el presente y el futuro (Keynes, 1970, cap. 11).
Y es justamente en esa relación entre el presente y el futuro que Keynes basa su teoría
acerca de las decisiones de inversión de los agentes económicos.
FI
OM
O sea que el conocimiento acerca del futuro por parte de los agentes económicos
es vago, incierto y fluctuante; no se basa en hechos objetivos, sino en los animal spi-
rits de los empresarios y en las creencias de la población.
La prosperidad económica depende excesivamente del ambiente político y social que agrada
al tipo medio del hombre de negocios. Al calcular las posibilidades de inversión debemos
tener en cuenta, por lo tanto, los nervios y la histeria, y aun la digestión o reacciones frente
al estado del tiempo, de aquellos de cuya actividad espontánea depende principalmente. No
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debemos deducir de esto que todo depende de oleadas de psicología irracional. Al contrario,
el estado de expectativa a largo plazo es con frecuencia firme y, aun cuando no lo sea, los
otros factores ejercen efectos compensadores. Estamos simplemente acordándonos de que las
decisiones humanas que afectan al futuro, ya sean personales, políticas o económicas, no
pueden depender de la expectativa matemática estricta, desde el momento en que las bases
DD
para realizar semejante cálculo no existen; y que es nuestra inclinación natural a la actividad
la que hace girar las ruedas, escogiendo nuestro ser racional entre las diversas alternativas la
mejor que puede, calculando cuando hay oportunidad, pero con frecuencia hallando
motivos en el capricho, el sentimentalismo o el azar (Keynes, 1970, cap. 12).
de expectativa a largo plazo que sirve de base a nuestras decisiones depende, por
tanto, no sólo de los pronósticos más probables que podríamos realizar, sino también
de la confianza con que hagamos la previsión –de qué magnitud estimamos la pro-
babilidad de que nuestro mejor pronóstico sea por completo equivocado–” (Keynes,
1970, cap. 12).
Keynes diferencia entre riesgo e incertidumbre: en los juegos de azar se puede
FI
está en suponer que la situación existente en los negocios continuará por tiempo
indefinido, excepto cuando tengamos razones concretas para esperar una modificación.
Esto no quiere decir que en realidad creamos en la situación indefinida del estado actual
de los negocios [...] estamos suponiendo que la valuación existente en el mercado, inde-
pendientemente de cómo se ha llegado a ella, es correcta únicamente en relación con
nuestro conocimiento actual de los hechos que influirán sobre el rendimiento de la inver-
sión; y que sólo cambiará en proporción a las variaciones en dicho conocimiento”
(Keynes, 1970, cap. 12).
OM
Estos juicios dan estabilidad en cuanto la convención es aceptada; pero cuando
sucede algún hecho que muestra que el comportamiento ha sido erróneo, se produce
un cambio violento (todos los nuevos juicios se mueven en el mismo sentido).
Contraría así la teoría neoclásica que argumenta que las decisiones de inversionistas
pesimistas se contrastan con aquellas de inversionistas optimistas.
.C
Las modificaciones de los salarios nominales
Keynes plantea que la teoría clásica supone que la flexibilidad de salarios le da al sis-
tema económico un mecanismo de ajuste que tiende siempre hacia la ocupación plena:
DD
El argumento consiste sencillamente en que una reducción en los salarios nominales
estimulará, ceteris paribus, la demanda al hacer bajar el precio de los productos acabados,
y aumentará, por tanto, la producción y la ocupación hasta el punto en que la baja que los
obreros han convenido aceptar en sus salarios nominales quede compensada precisamente
por el descenso de la eficiencia marginal del trabajo a medida que se aumente la produc-
ción (procedente de un equipo dado) (Keynes, 1970, cap. 19).
LA
Keynes niega este análisis y plantea la idea de que una reducción en los salarios nom-
inales de una empresa y/o industria en particular reduce los costos y provoca un
aumento en la ocupación, siempre que ese proceso no afecte significativamente la
demanda de sus productos.
Pero ¿qué sucede si disminuyen todos los salarios nominales de la economía?
¿Afecta esto a la demanda global de la economía?
FI
¿Se reducirá la demanda en un mismo nivel que los salarios nominales, dejando
invariable el nivel de ocupación?
Keynes plantea que la transferencia del análisis de la empresa/rama de industria
particular a la industria en su conjunto es una falacia, “porque las curvas de deman-
da para industrias concretas sólo pueden trazarse partiendo de algunos supuestos fijos
OM
Su respuesta es negativa, y la justifica así:
porque hemos demostrado que el volumen de ocupación está ligado en una sola forma con
el de demanda efectiva, medida en unidades de salarios, y que siendo ésta la suma del con-
sumo probable y de la inversión esperada, no puede cambiar si la propensión a consumir,
la curva de eficiencia marginal del capital y la tasa de interés permanecen todas invariables
(Keynes, 1970, cap. 19).
.C
De esta manera, analiza el efecto de una reducción en los salarios nominales exami-
nando sus posibles efectos sobre estos tres elementos.
1. Una baja de los salarios nominales reduce los precios y provoca una redistribu-
ción de los ingresos:
DD
a) desde quienes reciben salarios hacia otros factores cuya remuneración no haya
sido reducida, y
b) desde los empresarios hacia los rentistas. Esta redistribución tiende a reducir la
propensión a consumir de la comunidad en su conjunto y, por lo tanto, a dis-
minuir la demanda global en una cierta proporción, en relación con la baja de
salarios.
2. Si se trata de un sistema no cerrado y la baja de los salarios nominales se produce
LA
con relación a los salarios que rigen en el exterior, el cambio será favorable a la
inversión, ya que tenderá a aumentar el saldo de la balanza comercial.
3. En el caso de un sistema no cerrado, es probable que la baja de los salarios no-
minales, aunque aumente el saldo de la balanza comercial, empeore la relación de
intercambio y reduzca los ingresos reales.
4. Si se espera que la baja de los salarios nominales sea relativa a los salarios del
FI
OM
(punto 4), o bien de una menor tasa de interés (punto 5).
En síntesis, la disminución de los salarios nominales puede no disminuir los
salarios reales sino llegar a aumentarlos (por medio de una baja mayor en los precios),
por su influencia adversa sobre el volumen de producción, y su principal resultado
sería la inestabilidad de precios, con la consecuente incertidumbre sobre la actividad
económica.
De esta manera, según afirma Keynes, el mantenimiento de un nivel estable de
.C
salarios nominales es la política más aconsejable para un sistema cerrado. Cierta fle-
xibilidad salarial en determinadas ramas de actividad sirve si facilita las transferencias
de trabajadores desde las ramas en decadencia hacia las que van en auge.
Esta política implica una mayor estabilidad de precios (que la de salarios flexi-
bles), dado que éstos sólo cambiarían como respuesta a los cambios en el volumen de
DD
ocupación sobre los costos primos marginales.
Las variables del sistema de Keynes presentadas en la Teoría general (ingreso, inver-
sión, oferta de dinero) están medidas en unidades de salario. Para Keynes, la “unidad
LA
de salario” es la tasa de salario nominal pagada por una unidad de trabajo común.
Cuando se trata de trabajo especial se lo pondera proporcionalmente a su remu-
neración; es decir, una hora de trabajo especial remunerada al doble del trabajo
común se contará por dos.
La adopción de esta unidad de medida hace que Keynes discrepe con los econo-
mistas neoclásicos en que la cantidad de dinero determina el nivel general de precios
FI
(teoría cuantitativa) y que en su lugar proponga una causalidad inversa. Es decir, los
movimientos en los salarios monetarios implican movimientos en los precios que, a
su vez, hacen necesario aumentar la cantidad de dinero para que sea posible realizar
las transacciones a un mayor valor monetario.
Tomar los salarios monetarios como unidad de cuenta tiene ciertas implicancias,
entre las cuales parece importante remarcar el hecho de que un aumento en los
salarios monetarios abarca un aumento general de los precios, pero permanecen inal-
terados los precios relativos y los salarios reales. De manera que una baja en los
salarios monetarios no mejora la situación del empleo, sólo se traslada a una baja de
precios.
Sin embargo, Keynes no abundó sobre las causas que provocarían una variación
alcista en la unidad de salarios, probablemente debido al hecho de que la inflación
no era un problema en su época. Por ello es que las versiones más conocidas del mo-
delo IS-LM suponen precios monetarios fijos.
OM
tancia.
.C
ductividad) y el costo de los factores de producción.
2. La relación que existe en el nivel macroeconómico entre el consumo D1 y el
ingreso Y de la colectividad depende de la propensión a consumir, es decir C/Y,
que se explica por una ley psicológica. Si la propensión fuera estable, el consumo
DD
sólo dependería del monto del ingreso global y, por lo tanto, del nivel de empleo
N, y sería D1 = g (N).
3. El volumen global de empleo N que los empresarios deciden utilizar depende en
el nivel global de D1 (demanda de bienes de consumo que se espera va a gastar
la colectividad) y D2 (demanda de la colectividad para la reproducción simple y
ampliada de bienes de inversión). D1 + D2 constituyen la demanda efectiva D.
4. D1 +D2 = es igual a D,
LA
D = Z = f (N)
Si D1 = x (N), es decir que depende de la propensión marginal a consumir.
D2 = D - D1
D2 = f (N) - x (N), es decir que la demanda de inversiones es igual a la diferen-
cia entre la oferta global y la demanda de bienes de consumo, que a su vez
depende de la propensión marginal a consumir.
FI
crecerá en una menor proporción que D. Cuanto más crezca el empleo, más se
ampliaría la brecha entre Z y D1. Si la propensión a consumir disminuye, el
empleo sólo podría crecer si aumenta D2, es decir, la demanda de inversiones.
Sin embargo, afirma Keynes, se puede llegar a un equilibrio en el mercado de
bienes sin que haya pleno empleo.
A todo volumen de empleo N corresponde un rendimiento marginal en las
industrias que producen los bienes de consumo de los asalariados. El volumen N
de empleo no puede superar la cifra para la cual el salario real cae al nivel, o queda
por debajo, de la desutilidad marginal del trabajo.
7. No puede existir, según la teoría clásica, un equilibrio estable salvo, que el juego
de la competencia entre las empresas lleve el volumen del empleo N a su valor
máximo, es decir, cuando la demanda global D es igual a la oferta global f (N).
8. Cuando el nivel de empleo se eleva, el gasto en consumo D1 se eleva también,
OM
pero no en la misma proporción que la demanda efectiva D.
Como síntesis de lo anterior, Keynes plantea que
cuando la ocupación crece, D1 aumenta pero no tanto como D; ya que cuando el ingre-
so sube, el consumo también lo hace pero menos. La clave de nuestro problema práctico
se encuentra en esta ley psicológica, ya que cuanto mayor sea el volumen de ocupación,
más grande será la diferencia entre el precio de oferta global (Z) del producto correspon-
diente y la suma (D1) que los empresarios esperan recuperar con los gastos de los con-
.C
sumidores. Por lo tanto, si no ocurren cambios en la propensión a consumir, la ocupación
no puede aumentar, a menos que al mismo tiempo D2 crezca en tal forma que elimine la
diferencia creciente entre Z y D1. Por consiguiente, el sistema económico puede encon-
trar un equilibrio estable con N en un nivel inferior a la ocupación completa, es decir, en
el nivel dado por la intersección de la función de demanda global y la función de oferta
DD
global, excepto en los supuestos especiales de la teoría clásica, de acuerdo con los cuales
actúa alguna fuerza que, cuando la ocupación aumenta, siempre hace que D2 suba lo sufi-
ciente para cubrir la distancia creciente que separa a Z de D1 (Keynes, 1970, cap. 3).
OM
sucede en el caso de los precios de los bienes.
Por esa causa es que Keynes no aceptaba la propuesta neoclásica de bajar los
salarios nominales para reducir el desempleo. Si bajan los salarios, los empleadores
no van a tomar por esa causa más personal cuando ya tienen toda la mano de obra
necesaria para el volumen de producción establecido por la demanda efectiva. Los
salarios no son fijados por el mercado, dice Keynes, sino que se establecen por medio
de los convenios colectivos (CCT) y según el poder y la presión que ejerzan las orga-
.C
nizaciones sindicales: están fijados y codificados socialmente.
Sin embargo, podría pensarse que sólo es así en apariencia, dado que la relación
asalariado-empleador podría ser vista como una relación de intercambio entre traba-
jo y moneda, donde el trabajo sería la mercancía cuyo precio es el salario.
A diferencia de los bienes, por naturaleza móviles, la mano de obra no es fácil-
DD
mente desplazable entre regiones y ramas de actividad en función del salario ofreci-
do. Con frecuencia, son los empleadores –vía la demanda– quienes determinan el
nivel de la oferta de fuerza de trabajo, cuestionando así el principio fundamental de
la teoría clásica de la independencia de las curvas de oferta y demanda.
Los empleadores crean los empleos según el volumen de producción que deciden
llevar a cabo, y sobre el valor anticipado de la producción hacen un adelanto de la
LA
masa salarial que corresponde a ese número de empleos y a la tasa de salario fijada
desde fuera del mercado por los CCT o por las instituciones. Los asalariados que acep-
tan ocupar esos puestos, según las tasas de salarios fijados, reciben su parte de este
avance, es decir, una parte anticipada del ingreso global que les corresponde. Pero el
monto de ese ingreso se fija sin tener en cuenta directamente el volumen de la
creación de empleos.
FI
Según Barrère (1983), para Keynes el mercado de trabajo no sería sino una fic-
ción teórica, generada por la necesidad de buscar una interpretación de conjunto de
los fenómenos en términos del intercambio, según las reglas de la oferta y la deman-
da. Por eso en la teoría “clásica” se ha tratado la asignación de recursos en trabajo
como si se tratara de cualquier otro recurso, considerando la existencia de un merca-
OM
cado, ya que el trabajo no es un bien producido en una unidad productiva (sino en
la familia) ni una mercancía, cuyo volumen se pueda regular instantáneamente y a
voluntad, ya sea para aumentar o para disminuir las cantidades que se venden en el
mercado.
.C
Las políticas de empleo que derivan del razonamiento neoclásico consistirían en
reducir el desempleo friccional, disminuir la desutilidad marginal del trabajo para
que entonces descienda el desempleo voluntario, y centralmente reducir la tasa de
DD
salarios nominales, llevando los reales al punto considerado de equilibrio.
Frente al pensamiento dominante en su época, Keynes busca resolver problemas
concretos relevantes a partir de su enfoque teórico, orientados básicamente a absor-
ber el desempleo involuntario que se había incrementado como consecuencia de la
gran crisis de los años treinta.
Para ello propone intervenir sobre el nivel de demanda agregada, principalmente
LA
Soy ahora un poco escéptico respecto del éxito de una política puramente monetaria
dirigida a influir sobre la tasa de interés. Espero ver al Estado, que está en situación de
poder calcular la eficiencia marginal de los bienes de capital a largo plazo sobre la base de
la conveniencia social general, asumir una responsabilidad cada vez mayor en la organi-
zación directa de las inversiones, ya que probablemente las fluctuaciones en la estimación
mente de la propensión marginal a consumir, esto es, nos encontramos frente a un estado
de inflación verdadera. En esta situación, sin embargo, el crecimiento de los precios irá
acompañado de un aumento en el ingreso global real (Keynes, 1970, cap. 10).
OM
En síntesis, Keynes propone aumentar conjuntamente el nivel de inversión y de con-
sumo (la propensión de la comunidad a consumir) para así aumentar la producción
y consecuentemente la ocupación:
El Estado tendrá que ejercer una influencia orientadora sobre la propensión a consumir,
a través de su sistema de impuestos, fijando la tasa de interés y, quizás, por otros medios.
Por otra parte, parece improbable que la influencia de la política bancaria sobre la tasa de
interés sea suficiente por sí misma para determinar otra de inversión óptima. Creo, por
.C
tanto que una socialización bastante completa de las inversiones será el único medio de
aproximarse a la ocupación plena; aunque esto no necesita excluir cualquier forma,
transacción o medio por los cuales la autoridad pública coopere con la iniciativa privada
(Keynes, 1970, cap. 12).
DD
No es de vital importancia determinar en qué debe invertir el Estado; lo que cuenta
para Keynes es el hecho mismo de invertir6 para así comenzar el círculo virtuoso de
aumento sucesivo en consumo-demanda-producción-empleo-ingreso.
Si la Tesorería se pusiera a llenar botellas viejas con billetes de banco, las enterrara a pro-
fundidad conveniente en minas de carbón abandonadas, que luego se cubrieran con
escombros de la ciudad, y dejara a la iniciativa privada, de conformidad con los bien exper-
LA
imentados principios del laissez faire, el cuidado de desenterrar nuevamente los billetes, no
se necesitaría que hubiera más desocupación y, con ayuda de las repercusiones, el ingreso
real de la comunidad y también su riqueza de capital probablemente rebasarían en buena
medida su nivel actual. Claro está que sería más sensato construir casas o algo semejante;
pero si existen dificultades políticas y prácticas para realizarlo, el procedimiento anterior
sería mejor que no hacer nada (Keynes, 1970, cap. 10).
FI
quienes los poseen, habrá realizado todo lo que corresponde” (Keynes, 1970).
En el mismo sentido argumenta que
una vez que los controles centrales logran establecer un volumen global de producción co-
rrespondiente a la ocupación plena tan aproximadamente como sea posible, la teoría
“clásica” vuelve a cobrar fuerza de aquí en adelante. Si damos por sentado el volumen de
6
Keynes utiliza el término “gastos de préstamos” para incluir la inversión pública finan-
ciada con préstamos particulares y cualquier otro gasto público corriente que se financie por
el mismo procedimiento.
la producción, es decir que está determinado por fuerzas exteriores al esquema clásico de
pensamiento, no hay objeciones que oponer contra su análisis de la manera en que el
interés personal determinará lo que se produce, en qué proporciones se combinarán los
factores de la producción con tal fin y cómo se distribuirá entre ellos el valor del produc-
OM
to final.
En los años treinta, la idea de socialismo aparecía como una de las soluciones a la cri-
sis, aunque muchos intelectuales (economistas) con simpatías por el socialismo se
oponían al totalitarismo instaurado en la Rusia de J. Stalin. De esta manera, escriben
acerca del socialismo de mercado y de diversos sistemas mixtos que combinaban la
socialización de diferentes aspectos de la economía con la propiedad e iniciativa pri-
vadas. En este contexto se encuentra la perspectiva de Keynes.
.C
Minsky (1987) plantea que, como la brecha entre el consumo de ocupación
plena y la producción de ocupación plena debe llenarse, a fin de sostener la ocu-
pación plena, o bien con gastos gubernamentales o bien con inversión privada, los
gobiernos han utilizado medidas para inducir la inversión aumentando su rentabili-
DD
dad. Así se ha creado una economía de ganancias elevadas y elevada inversión, que
sesga la distribución de los ingresos a favor de los sectores ahorradores, política que
él llama “socialismo para los ricos”.
Esta orientación práctica contrasta con la idea de Keynes, que planteaba que si la
inversión privada es insuficiente para lograr la ocupación plena, entonces no es
deseable aumentar su ritmo incrementando los estímulos a la inversión privada, sino
que deben tomarse medidas tendientes a redistribuir los ingresos de forma que se
LA
to. Queda, pues, eliminada una de las principales justificaciones de la gran desigual-
dad de la riqueza” (Keynes, 1970).
Keynes pensaba que socialmente resultaban aceptables moderadas diferencias de
ingresos (principalmente las provenientes de la empresa, como las ganancias de ca-
pital), pero que eran indeseables e innecesarias las grandes diferencias, particular-
OM
superior a las reglas permanentes, ya que permite un mejor uso de la nueva infor-
mación disponible, es decir, permite una respuesta flexible a medida que se obtiene
nueva información.
En líneas más generales, lo que se discute es el papel del Estado en la economía.
La concepción keynesiana plantea que el sistema económico capitalista es típica-
mente inestable, dado que no existe un mecanismo automático que elimine los dese-
quilibrios en los mercados de bienes y de factores. Por ello es necesario que el Estado
.C
intervenga en la economía, mediante el estímulo de la demanda agregada, para que
ésta alcance su posición de equilibrio, adonde es incapaz de llegar por sí misma.
planteaban que las cantidades demandadas y ofrecidas eran sólo función de precios
relativos. Entonces, ¿cómo el incremento en la cantidad de dinero se traducía en un
aumento en el nivel de gastos de los agentes económicos? Según Keynes, en una
economía monetaria las variaciones en la cantidad de dinero producen cambios mo-
netarios (en pesos) en los precios de bienes y activos, lo que se traduce en cambios en
Algunos economistas, como Guy Caire (2001) entre otros, han criticado a
Keynes porque asumió la primera de las hipótesis de los economistas clásicos y sólo
abandonó la segunda.
La primera hipótesis, referida a la equivalencia entre el salario real y la produc-
OM
tividad marginal del trabajo, es actualmente muy cuestionada porque existen muchas
dificultades para poder hacer su cálculo y obstaculiza que los empresarios puedan
comparar la productividad entre diversos trabajadores, sobre todo antes de que éstos
empiecen a trabajar. Además existe una circularidad de razonamiento en la propia
construcción del producto marginal del trabajo que es criticable: se acepta que el pro-
ducto marginal del trabajo, medido monetariamente, representa la curva de deman-
da de trabajo y resulta de multiplicar productividades marginales físicas (derivadas de
.C
la función de producción) por precios. A su vez, los precios dependen del valor de
los salarios. Por lo tanto, dado que los precios dependen de los salarios, no pueden
ingresar en la función de demanda de trabajo con el propósito de determinar (junto
con la oferta de trabajo) el valor del salario.
Keynes reacciona contra el pensamiento clásico ortodoxo, pero pone un límite a
DD
su crítica de la teoría económica vigente, ya que manifiesta que
Keynes, al igual que los economistas que criticó, jamás consideró al sistema en su totali-
dad, jamás consideró a la economía en su marco histórico, jamás apreció la interconexión
entre los fenómenos económicos por un lado y tecnológicos, políticos y culturales por el
otro. Además ignoró la existencia de un importante cuerpo de pensamiento que intenta-
ba llevar a cabo esta labor. Para Keynes, Marx habitaba un bajo mundo teórico junto con
personajes de tan dudosa genialidad como Silvio Gesell y el mayor Douglas (Sweezy,
1972).
En la misma línea, Ackley (1961) afirma que “la obra de Keynes representa más una
extensión que una revolución de las ideas (neo)clásicas y que la oleada de trabajos
poskeynesianos ha llevado a la macroeconomía mucho más allá de la marca más alta
alcanzada por el gran aporte del propio Keynes”.
Autores como Lekachman (1972) y el mismo Ackley (1961) se preguntan hasta qué
punto las ideas de Keynes no fueron más que una reformulación de viejas teorías que
encontraron una anhelante recepción en medio de una profunda recesión económica.
OM
antecedentes claros en la obra de Knut Wicksell y la escuela de Estocolmo; las dife-
rentes variedades de ahorro e inversión fueron previamente tratadas por Sir Denis
Robertson. John A. Hobson había anticipado que el equilibrio de subempleo era
posible y corriente. La eficacia marginal del capital fue tratada previamente por
Irving Fisher y el multiplicador fue invención del compañero de Keynes en
Cambridge, R. F. Kahn (Lekachman, 1972).
La conclusión de este autor es que “el triunfo de Keynes y su ruptura con el pasa-
.C
do consiste en que sus conclusiones se aplican con precisión a los sistemas económi-
cos que conocemos, y no a los sistemas económicos que a menudo los economistas
han creado en sus libros” (Lekachman, 1972).
DD
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