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El Niño Interior Victoria Cardaso

Este documento es el prefacio de un libro sobre las relaciones. Explica que las relaciones son complicadas porque involucran la relación con uno mismo, con los demás y con el mundo. Para tener una relación sana se necesita reconciliarse con uno mismo a través del trabajo del niño interior y desarrollar autoestima. Luego se puede enfocar en el trabajo del adulto exterior para comprender las dinámicas de las relaciones y los factores que permiten que sean satisfactorias a largo plazo. El libro pretende servir como guía para entender mejor las rel

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El Niño Interior Victoria Cardaso

Este documento es el prefacio de un libro sobre las relaciones. Explica que las relaciones son complicadas porque involucran la relación con uno mismo, con los demás y con el mundo. Para tener una relación sana se necesita reconciliarse con uno mismo a través del trabajo del niño interior y desarrollar autoestima. Luego se puede enfocar en el trabajo del adulto exterior para comprender las dinámicas de las relaciones y los factores que permiten que sean satisfactorias a largo plazo. El libro pretende servir como guía para entender mejor las rel

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Índice

Prefacio
1. Las relaciones son complicadas
2. La relación con nosotros, los otros y el mundo
3. Del niño interior al adulto exterior
4. Entre el amor y el miedo
5. Padre, adulto, niño
6. Enamorarse de uno mismo antes de enamorarse de otro
7. El eco del trauma
8. Cuando el pasado es presente
9. Codependencia, contradependencia, independencia, interdependencia
10. Todos traemos temas pendientes de nuestro pasado
11. Tipos de personalidad
12. Por qué nos atraen unas personas y no otras
13. Los tres pilares de un amor duradero: pasión, intimidad, compromiso
14. Pasión, sexo, erotismo
15. Intimidad y compromiso
16. Estrés, motivo de ruptura
17. Rol masculino, femenino, neutro
18. La bioquímica del amor
19. Las fases de un amor consciente
20. El tercero en discordia: los triángulos en las relaciones
21. La comunicación en la pareja
22. Lo ideal de las relaciones
Epílogo
Bibliografía
Créditos
Prefacio
Querido lector:
Este libro es el resultado de mi historia personal de relaciones, de las
historias de los clientes que vienen a mi consulta con problemas de
relaciones, consigo mismos o con los otros, así como de los alumnos de mis
cursos de desarrollo personal: «Eneagrama» y «Psicología energética» y mi
taller «Abraza a tu niño interior», a quienes les doy las gracias por compartir
sus historias conmigo.
Se lo dedico a mi editor y amigo Pedro Espadas, que fue el que me
convenció para que lo escribiera. También a mi hermana Cheres, que es la
que se hace cargo de mi trabajo cuando escribo, y a mi madre que junto con
mis sobrinos Lorena y Guillermo me apoyan y ayudan siempre y en especial
cada vez que me concentro en la elaboración de un libro. Claro está que
también se lo dedico a todas las parejas que he tenido que me han ayudado a
conocerme más a mí misma y a relacionarme mejor con ellos y poder vencer
todas las dificultades y obstáculos que surgen, como es normal, en la
convivencia.
Yo empecé muy joven a interesarme por los chicos porque fui a un
colegio mixto desde el parvulario, y ya de niña me enamoraba
platónicamente, fantaseaba y soñaba con los niños de mi clase. Hasta la
adolescencia no tuve mucho éxito porque, aunque no era fea, tenía una forma
de ser algo tímida y triste, porque no me sentía apreciada por mis padres y mi
hermana como hubiera deseado. Obviamente esto se transmite y yo no
gustaba porque no era muy alegre.
Pasé muchos años soñando y estudiando, pero, de repente, un verano,
cuando yo tenía quince años parece que interesé a unos cuantos chicos de la
pandilla de mi prima y empecé a apreciarme más a mí misma. Esto hizo que
me prestara más atención y ayudó a que desarrollara mi autoestima. A partir
de ahí ya no tuve dificultad para atraer a los chicos. Tuve muchos amigos,
más que amigas, y unos cuantos novios que me ayudaron a aprender mucho
acerca de las relaciones.
No tuve un buen modelo de pareja en casa porque, aunque mis padres se
querían mucho, discutían todo el tiempo y yo no quería una relación como la
suya. A mí me hubiera gustado que alguien me hubiera explicado todo lo que
interviene en las relaciones o proporcionado una guía para entender no solo la
relación conmigo misma, que no aprendí en la carrera de psicología, sino
también por qué nos enamoramos de los que nos enamoramos y qué tenemos
que hacer para que la relación dure de forma sana y armoniosa. He tenido que
vivir diferentes crisis, leerme muchísimos libros y aprender de mis clientes y
alumnos, para entender las relaciones, aunque es un tema tan amplio que creo
que seguiré aprendiendo mientras viva.
Mi primer «enamoramiento» duró tres años y pico, aunque se
transformó en un amor sano y nos llevábamos estupendamente. El siguiente
paso era casarnos porque entonces no se estilaba irse a vivir juntos. Sin
embargo, la madre de él no me veía con buenos ojos, decía que éramos muy
jóvenes; así que, después de cinco años, se cruzó otro chico que me ayudó a
dejarle. Le siguieron muchos romances de diferente duración hasta que me
enamoré perdidamente, o eso creía, del que fue mi marido, que era bastante
mayor que yo.
Trabajé para él algunos años y atravesamos muchos baches laborales y
personales juntos. El más duro fue cuando tuvo un affaire con su secretaria,
que también trabajaba, comía y viajaba conmigo. Sentirme engañada y
traicionada por ambos de esta manera fue un duro golpe que me costó digerir.
No obstante, decidí perdonarle y recomponer mi autoestima, que quedó hecha
trocitos y poner todo de mi parte para que la pareja funcionara. Entendí que la
responsabilidad de la pareja es al 50 por ciento y que yo había contribuido al
distanciamiento porque había dedicado mucho más tiempo a demostrarle que
podía sacar su empresa adelante; buscaba su reconocimiento.
Después de una terapia de pareja, me di cuenta de que me había casado
«con mi padre», había hecho una «transferencia» y estaba intentando resolver
con él lo que no había hecho con mi progenitor, Él también puso de su parte,
pero al poco tiempo circunstancias profesionales externas hicieron que él
tuviera problemas serios y cayera en una depresión. Esto nos distanció, y
aunque me empeñé en ayudarle y seguimos casados hasta su muerte, llegó un
punto en que ya no estábamos unidos emocionalmente.
Fue una época muy dura, pero también muy enriquecedora, porque me
ayudó a interesarme, estudiar y entender todo lo que estaba viviendo y a
poder superarlo. Aprendí a amarme a mí misma pese a las circunstancias y
esto ayudó a hacer que me sintiera en paz conmigo y que me interesara en
profundizar todo lo que pude acerca de las relaciones.
Cumplidos los cincuenta, reapareció en mi vida un antiguo novio, que en
su momento estuvo estudiando en España, cuando yo tenía veinticinco años.
Insistió en que nos viéramos durante tres años, y aunque yo vivía en España y
él en Suiza, conseguimos coincidir en Nueva York. Su persistencia y el
recuerdo de lo que fue cuando éramos jóvenes despertó muchos aspectos de
mí misma que tenía olvidados y me hizo rejuvenecer, volver a sentirme viva.
Fue una época de ilusión, pasión, de comunicación plena de AMOR con
mayúsculas… pero no podía ser. Finalmente tuve que cortar esa relación
porque los triángulos generan mucho dolor, aunque también mucho
aprendizaje y por eso escribí Botiquín para un corazón roto. De todos modos,
esta relación supuso un gran cambio en mi vida, transformé mi corazón roto y
pude salir reforzada. Me di cuenta de muchas cosas que no tenía integradas
de mí misma y aprendí a amarme plenamente y no depender de que otro me
amara para ser feliz.
He dudado bastante sobre cómo enfocar este libro, porque hay tantas
cosas de qué hablar sobre el amor y la pareja que era difícil acotarlas. Al
final, he pretendido que sea una guía, sin profundizar todo lo que se puede en
las relaciones porque entonces tendría que haber escrito una enciclopedia. Tal
vez por eso puede que se te quede corto, pero si por lo menos incita tu interés
para profundizar más en el tema y te sirve para entender unas claves básicas
que hay que tener en cuenta en las relaciones, me doy por satisfecha.
Así que te animo a leerlo con interés y, sobre todo, con compasión,
porque nadie te ha enseñado a estar en relación y todos aprendemos a través
de crisis. A algunos les hace más fuertes mientras que a otros les deja
desesperanzados. Yo he salido esperanzada y reforzada y espero que tú
también salgas empoderado o empoderada y que puedas aprender de las crisis
para hacerlo mejor a partir de ahora o la próxima vez.
1

LAS RELACIONES SON COMPLICADAS


No existe amor en paz. Siempre viene acompañado
de agonías, éxtasis, alegrías intensas y tristezas profundas.
PAULO COELHO

Hablar de relaciones conlleva tratar muchos aspectos diferentes que, aunque


aisladamente pueden parecer sencillos, cuando se combinan resulta difícil
saber qué aspectos tenemos que enfocar y a cuáles hay que darle prioridad.
Podemos hablar de tres tipos de relaciones:

La que tenemos con nosotros mismos, nuestro grado de conocimiento de


quiénes somos, de los diferentes aspectos de nuestra personalidad, el
haber integrado nuestra historia personal y sentirnos bien con nosotros
mismos.
La que tenemos con los otros: familia, amigos, compañeros de trabajo y,
cómo no, la pareja, que ocupa un lugar muy importante en la jerarquía
de nuestras relaciones, por lo que nos vamos a centrar en ella
principalmente.
La que tenemos con el mundo: nuestras creencias, nuestros principios,
valores, ideales que puede que nos hayan venido impuestos por la
familia o los tengamos porque hayamos decidido investigar para
conseguir una relación sana y consciente.

Así que para conseguir una relación consciente y respetuosa, que es la


que va a permitir que la pareja perdure en el tiempo, se necesita una guía que
nos muestre el camino a recorrer y nos enseñe cómo llegar a donde se quiere.
Lo primero que hay que hacer es el trabajo del niño interior, que
consiste en reconciliarse con uno mismo, revisitar nuestra historia y darle un
nuevo significado. Esto ayudará a que consigamos desarrollar una buena
autoestima, necesaria para tener una buena relación con los demás. Si no
somos capaces de amarnos a nosotros mismos, difícilmente podremos amar a
los demás. Así que la primera parte del libro resume el trabajo previo del niño
interior.
A partir de ahí, podemos empezar a hacer el trabajo del adulto exterior
que consiste en tomar consciencia de las dinámicas que establecemos en las
relaciones, qué factores influyen en que sean satisfactorias, qué patrones
solemos repetir y cuáles son los obstáculos por superar.
Las relaciones hay que nutrirlas, aunque el enamoramiento puede surgir
de forma espontánea, mantener el amor es una elección que requiere una
dedicación continua. Independientemente del esfuerzo que uno esté dispuesto
a hacer, lo que tenemos de base es una educación que viene de varias
generaciones atrás y aunque hayamos podido cambiar los comportamientos,
muchos de los valores siguen siendo los que hemos adquirido en nuestra
familia de origen. Esto nos supondrá cierto conflicto entre lo que vemos en la
sociedad actual y hacen nuestros compañeros y lo que hemos aprendido en
casa. La discrepancia entre lo que es una pareja o un matrimonio tradicional y
el que pretendemos para sentirnos bien y que dure, lo que se llama una
«pareja consciente», es grande y necesitamos aprender a llevarlo a cabo y
transformar los patrones que hemos adquirido en casa y que llevamos de
base.
Para transformar nuestras relaciones tenemos que informarnos y
entender qué aspectos hacen que funcionen y cuáles hacen que fracasen las
parejas. Aunque este tema puede dar para muchos libros, pretendo
proporcionar las claves que te ayuden, por lo menos, a conocer las cuestiones
fundamentales que hay que tratar, aunque no los pueda desarrollar en
profundidad.
DESARROLLAR LA CONSCIENCIA
Solemos funcionar en piloto automático sin saber realmente lo que nos
motiva, lo que nos sabotea y lo que nos bloquea. Cuanto mayor nivel de
consciencia, más nos conocemos a nosotros mismos y más capaces somos de
hacer cambios para conseguir los objetivos que nos propongamos.
Desarrollamos consciencia con nueva información, con la intención de
mejorar y con mucha compasión por lo que hemos vivido hasta la fecha.
HACER CONSCIENTE LO INCONSCIENTE
Creemos que buscamos una pareja que tenga los rasgos positivos que
deseamos, pero a decir verdad nos atraen personas con las que tenemos temas
no resueltos de nuestra infancia en común. Nos atrae lo similar porque nos da
seguridad, aunque busquemos lo complementario. Pero como disponemos de
una serie de mecanismos de defensa —identificación, represión, transferencia
y proyección—, nos cuesta darnos cuenta de lo que tenemos que resolver.
LOS ROLES Y ESTADOS DEL YO QUE ACTUAMOS
Nuestras experiencias han generado nuestra estructura organizativa o
diferentes estados del Yo: Yo Padre, Yo Adulto y Yo Niño (que veremos en
el capítulo 5). Estos estados son partes nuestras que pueden estar bien o mal
avenidas y esto genera roles de dominancia, sumisión o igualdad, este último
necesario para que la relación de pareja sea saludable.
NUESTRA PERSONALIDAD NOS CONDICIONA
«La personalidad es la forma en que pensamos, sentimos, nos comportamos e
interpretamos la realidad, mostrando una tendencia de ese comportamiento a
través del tiempo». Obviamente, influye sobremanera en las relaciones
porque solemos creer que las personas con la misma cultura, educación y de
la misma generación pensamos más o menos igual, y esto no es así. Aquí voy
a incluir la tipología de personalidad del eneagrama conforme a mis maestros
Don Riso y Russ Hudson, porque es dinámica y no solo describe y diferencia
los distintos tipos de personalidad, sino que le añade la variante de los niveles
de consciencia y caminos de desarrollo.
LOS HOMBRES Y LAS MUJERES SOMOS BIOLÓGICA Y
HORMONALMENTE DIFERENTES
Aparte de que tengamos diferentes personalidades, los hombres y mujeres
somos biológicamente diferentes. Esto no quiere decir que no tengamos los
mismos derechos y responsabilidades, sino que tenemos diferentes hormonas
que producen distintas necesidades, reacciones y maneras de estresarnos, lo
que nos lleva a comportamientos diversos. No somos ni mejores ni peores
sino distintos, por lo que tenemos que aprender a conocer, aceptar y respetar
las diferencias.
LO MASCULINO, LO FEMENINO Y LO MASCULINO/FEMENINO
Además, tenemos que entender lo que realmente significa lo masculino y lo
femenino porque todos tenemos las dos facetas, aunque hay mujeres más
masculinas y hombres más femeninos. Si no manejamos bien nuestra parte
femenina y masculina, se pierde la pasión, que es necesaria para mantener el
interés en la pareja. Ambos sexos tienen que aprender a entenderse el uno con
el otro porque todos necesitamos sentirnos completos
ENAMORARSE ES «COLOCARSE»
Cuando nos enamoramos, estamos bajo los efectos de un cóctel de hormonas
y neurotransmisores que se disparan en las distintas fases por las que
atraviesa la relación. Es evidente que la fase de enamoramiento es con la que
todos soñamos y esperamos que dure para siempre, pero, como mucho, dura
entre dieciocho y treinta meses según las investigaciones que cita la doctora
Helen Fisher. Cuando se va desvaneciendo muchos creen que se les ha ido el
Amor con mayúsculas y, en realidad, lo que ha sucedido es que se ha
transformado el enamoramiento en amor. Lo contrario es la separación
porque nos entra el miedo de que ya no nos volvamos a sentir igual y lo
busquemos en otro lugar.
DESENAMORARSE ES ESTRESANTE
Los hombres y las mujeres manejamos el estrés de forma diferente, solo
coincidimos cuando se desvanece el enamoramiento, que lo vivimos con
miedo. Este miedo nos estresa y nos hace mostrar nuestro peor
comportamiento y forma de ser. El estrés es uno de los factores de ruptura
porque hace que perdamos la comunicación sana y comiencen las discusiones
y peleas.
LOS TRAUMAS QUE REVIVIMOS
Llevamos a la pareja temas pendientes de nuestro pasado que se suelen
activar, sobre todo en momentos de estrés, y son bastantes los que los
atravesaron durante el periodo en que comparten la vida. Las parejas no son
estáticas, se desarrollan, evolucionan y, con frecuencia, también
involucionan; esto significa que cuando hay crisis en la pareja mostramos
nuestro peor lado y hacemos regresiones espontáneas a aspectos no resueltos
de la infancia. En estos casos, nos podemos comportar como un niño
enrabietado que quiere vengarse o como un adolescente confuso y
desorientado.
FASES DE LA RELACIÓN DE PAREJA
Conviene ser conscientes de las fases por las que pasa la relación y estar
dispuestos a hacer lo necesario para superar las dificultades apoyándonos en
los buenos momentos cuando se atraviesan los menos buenos. Para eso hay
que poner atención, intención y estar dispuestos a trabajar las emociones
negativas (de las que seguramente queremos huir o luchar, que es discutir), y
que no nos permiten ver con claridad y dificultan encontrar lo positivo.
CUANDO SE DESVANECE EL ENAMORAMIENTO PUEDE SURGIR
EL AMOR
El amor se apoya en tres pilares: la pasión, la amistad y el compromiso, y no
necesariamente en este orden. Estos tres factores son importantes, pero hay
que saber fomentarlos y cuidarlos para que dure el amor. Hay diferentes tipos
de amor, y si estamos dispuestos a compartirlo de forma completa, tendremos
que saber manejar estos tres pilares adecuadamente.
Para que una pareja funcione óptimamente se tienen que dar una serie de
factores importantes:

Que haya seguridad.


Que haya confianza.
Que haya respeto por la individualidad del otro.
Que se pueda hablar abiertamente de miedos y deseos.
Que haya empatía y compasión.
Que exista buena comunicación y destreza en la solución de conflictos.
Que haya compatibilidad en lo referente a los valores y principios.
Que se llegue a acuerdos en lo referente al manejo del tiempo,
privacidad, dinero y sexo.
Que haya consenso en el manejo de los otros: terceras personas que
afectan la pareja, suegros, hermanos, cuñados y amantes.
Que exista AMOR, que es lo más importante, porque con su ayuda se
pueden vencer todos los obstáculos, porque amor es conexión,
compartir, compasión y colaboración y esto lo puede todo.

Así que, a lo largo de este libro, vamos a tratar los puntos importantes
para ofrecerte un marco general, pero claro y práctico, de todo lo que
tenemos que aprender y entender. Si necesitas profundizar en algún aspecto,
consulta la bibliografía que te recomiendo al final.
2

LA RELACIÓN CON NOSOTROS, LOS OTROS Y EL MUNDO


Puedes olvidar a aquel con el que has reído,
pero no a aquel con el que has llorado.
KHALIL GIBRAN

En la vida todo son relaciones, nada existe aislado, siempre nos estamos
relacionando con otras personas y/u objetos. Así pues, las relaciones son
tremendamente importantes y cuanto mejor las manejemos, mejor nos
sentiremos.
LA RELACIÓN CON NOSOTROS MISMOS
La relación que tenemos con nosotros mismos es la más importante que
tendremos nunca, porque nos acompañaremos toda la vida. Las demás
personas que nos acompañan están de paso y se quedarán un tiempo, más o
menos largo, pero una temporada en definitiva. Cuanto mejor nos
entendamos, cuanto más nos aceptemos como somos, cuanto más nos
cuidemos, mejor nos sentiremos con nosotros mismos. Esto no es egoísmo, y
si lo queremos denominar así, pues entonces será egoísmo sano porque
cuanto mejor estemos con nosotros mismos, más agradable será nuestra vida
y la de todos los que nos rodean. Todos tenemos que desarrollar un egoísmo
sano, que es lo que denominamos autoaceptación y que nos permite confiar
en nosotros mismos y desarrollar autoestima.
Aunque durante más de dieciocho años somos dependientes de nuestros
padres y por ello nos sentimos sujetos y «víctimas» de sus decisiones, cuando
alcanzamos la mayoría de edad tenemos que aprender a ser autónomos, es
decir a ser independientes. Hemos de aprender a conocernos, aceptarnos y
convertirnos en nosotros mismos, porque lo más probable es que nos
hayamos estado adaptando, conformando y complaciendo a nuestra familia,
aunque no nos apeteciera o no quisiéramos.
Conviene que nos podamos «separar» (independizar) de nuestros padres,
aunque luego nos relacionemos desde nuestra propia autonomía y podamos
tener relaciones interdependientes. Así pues, la mejor inversión que podemos
hacer para ser felices es prestarnos especial atención, aprender a aceptarnos
como somos, apreciar nuestras cualidades, ser afectuosos con nosotros
mismos (muchos tenemos un crítico interno que nos está evaluando y
corrigiendo constantemente) y admitir que somos seres únicos, originales e
irrepetibles y tenemos que respetarnos sin tener que compararnos con nadie,
aunque también conviene que aprendamos a ser la mejor versión de nosotros
mismos.
Desarrollar nuestra autoestima conlleva transformar todo lo que hemos
vivido que nos ha hecho daño. Transformar significa reconocer, aceptar y
cambiar o mejorar lo que ahora no nos es útil. Este trabajo es el que hacemos
en el taller «Abraza a tu niño interior» para el que escribí un libro del mismo
título, que pretende que nos vayamos conociendo, aceptando y transformando
aquellas experiencias pasadas que nos dañaron y que podemos sanar. Nunca
es tarde para sanar las heridas de nuestra infancia, pero hace falta trabajarlas
para lograrlo. Se trata de ir revisitando nuestra historia personal porque
cuando lo hacemos, con los recursos que contamos en la actualidad, podemos
cambiar la interpretación que les damos, el significado que tienen para
nosotros y así cambia nuestra actitud. Cuando realizamos este proceso
cambiamos cómo vivimos nuestro pasado, esto afecta a nuestro presente y
condiciona nuestro futuro. Además, podemos ir integrando todas nuestras
partes, que son el resultado de experiencias dolorosas que hemos apartado de
nosotros mediante los mecanismos de defensa (mecanismos que nos
defienden de la ansiedad y angustia). Por ejemplo, si nuestros padres nos
dicen que somos egoístas, dejamos de pedir lo que necesitamos e incluso
ocultamos el dolor de sentirnos rechazados, así que una parte nuestra se
queda insatisfecha y dolorida y la bloqueamos para no sentir el malestar.
Si no desarrollamos una autoestima sana, no podemos tener relaciones
sanas, porque o bien nos someteremos al otro o intentaremos controlarlo o
nos aislaremos de él/ella. Ninguno de estos tres comportamientos fomenta
que tengamos relaciones sanas y conscientes. Por ello es imprescindible que
aprendamos a amarnos a nosotros mismos primero antes de empezar una
relación, porque, de no ser así, de forma consciente o inconsciente,
pretenderemos que el otro satisfaga nuestras necesidades y carencias y esto es
una «carga» que no le corresponde.
NUESTRA RELACIÓN CON LOS DEMÁS
En segundo lugar, está nuestra relación con los demás una vez que somos
adultos, porque mientras somos dependientes nuestra relación más importante
es con nuestros padres, hermanos y familia próxima. Siempre que hablo de
nuestra familia tengo que hacer una salvedad, «lo han hecho lo mejor que han
sabido y podido en su ignorancia (que quiere decir falta de conocimiento)
porque si lo hubieran sabido hacer mejor lo habrían hecho». Eso no quita que
su forma de tratarnos nos pueda haber causado daño y por eso tenemos que
hacer el duelo (dejar salir ese dolor). Además, llega un momento en que
tenemos que poner límites para que no nos sigan haciendo daño.
La mayoría de nosotros hemos tenido padres que no estaban del todo en
sintonía con nuestras necesidades y por lo tanto llegamos a la edad adulta con
carencias y necesidades no resueltas que esperamos que se satisfagan en
nuestras relaciones posteriores. Por ejemplo, cuando un niño tiene necesidad
de que le escuchen, pero los padres están demasiado ocupados, entonces
deduce que para qué se va a expresar si no le van a hacer caso; así
bloqueamos esta necesidad y el dolor que la acompaña. Precisamente, por esa
falta de conexión con nuestros padres, nos hemos desconectado de partes
nuestras, provocando una ruptura interna. Esto nos lleva a tener partes
nuestras que no hemos aceptado porque hemos bloqueado y produce un
sentimiento de falta de autoestima que dificulta nuestras relaciones con
nosotros y con los demás. Esta desconexión es el resultado de tres tipos de
heridas psicológicas: negligencia, intrusión o abuso en mayor o menor
medida. O bien no estaban ahí para satisfacer nuestras necesidades y nos
desatendían, lo que nos hace sentir insignificantes; o nos protegían demasiado
invadiéndonos, o nos utilizaban o abusaban de nosotros para intentar
satisfacer sus propias necesidades, haciéndonos pasar mucho miedo.
Nuestra familia nos va a condicionar toda la vida, tanto en positivo
como en negativo, queramos o no, pero podemos trabajar los efectos
negativos que pueden haber tenido en nosotros si decidimos hacer el trabajo
de tomar consciencia de cómo nos han condicionado. Esto se refiere a lo que
se ha quedado grabado con dolor en el recuerdo y cuando lo recordamos
vuelve el malestar, que podemos trabajar para liberarlo. Desde ahí podemos
empezar a elegir lo que queremos para nosotros en vez de seguir re-actuando
los patrones o comportamientos que aprendimos en la infancia y seguimos
repitiendo de forma inconsciente porque los hemos automatizado.
Ninguno de los miembros de nuestra familia puede ser objetivo,
tampoco pueden vernos a nosotros como somos porque, primero, nos están
percibiendo desde su marco de referencia, cómo les gustaría que fuéramos
basándose en sus propias experiencias; segundo, porque nuestro auténtico ser
se ha escondido; y tercero, porque en todo caso están viendo nuestra máscara.
Tanto si opinan que somos los mejores del mundo como si piensan que
somos los peores, nos van a hacer sufrir. Los que nos creen mejores porque
nos van a convertir en pequeños tiranos y nos creeremos que tenemos
derecho a todo. Los que consideran que somos peores pueden conseguir dos
resultados: que nos sintamos víctimas o que queramos dejar de sentirnos
víctimas y deseemos superarnos a nosotros mismos.
Los padres que nos humillan, critican y ridiculizan consiguen que
tengamos vergüenza, que es una sensación de inadecuación. Cuando nos
sentimos inadecuados nos duele y nos escondemos detrás de la máscara o
falso yo, que desarrollamos para ser aceptables para nuestros padres. Es
decir, empezamos a actuar un personaje, que ellos aceptan, pero en realidad
dejamos de ser como somos para no sentirnos rechazados. Una vez que
hemos creado un falso yo o «persona», nos volvemos adictos a este falso yo y
lo resguardamos y nos apegamos a él porque nos da una identidad, un sentido
de nosotros mismos. También podemos crearnos un rol que nos sea útil para
sentirnos aceptados, la persona graciosa y cariñosa, la inteligente, la
adaptable, la obediente y muchas más.
En este proceso de socialización y adaptación ocultamos deseos,
necesidades y preferencias con tal de pertenecer, y empezamos a complacer
para ser aceptados. Al hacerlo, ocultamos nuestro auténtico ser (cómo éramos
o somos en realidad) bajo ese falso yo, la estructura defensiva que se
convertirá en nuestra personalidad.
Nuestra familia, así como la sociedad en la que vivimos, tiene unos
valores, creencias y actitudes que absorbemos, queramos o no, viendo y
modelando (copiando consciente o inconscientemente) cómo se comportan
nuestros padres. Seguramente nos habrán educado alentando algunos
sentimientos y necesidades, negando otros y tratando de controlar algunos
más. El caso es que aprendemos de nuestros progenitores cómo manejar
nuestros sentimientos y necesidades. Nosotros podemos tener otras
necesidades y deseos ocultos entre los que se encuentran nuestras
necesidades relacionales (que veremos más adelante) así como nuestra
sensualidad y sexualidad, sobre las que la mayoría de nosotros todavía somos
reacios a hablar abiertamente, porque las reprimimos para ser aceptados.
Lo mismo pasa con nuestros pensamientos; cuando preguntamos y no
nos contestan, o nos dicen que eso son tonterías, empezamos a negar nuestros
pensamientos y a juzgarnos y criticarnos por ellos. Esto también crea una
división interna y perdemos nuestra sensación de integridad, de unidad y de
totalidad. De ahí que construyamos un yo falso que tiene un doble cometido,
camuflar nuestras partes reprimidas y también protegernos de que nos hagan
más daño. Por adaptarnos y complacer, perdemos nuestro sentido de
totalidad, «de completud». Cuando nuestros padres nos critican, humillan o
ridiculizan por no ser como ellos quieren que seamos e incluso nos llaman
egoístas, no se dan cuenta de la herida que están creando en nosotros al no
aceptarnos como somos.
Intentamos minimizar el dolor de perder parte de esta sensación de
unidad original que nos conecta con nuestro auténtico ser. Lo hacemos de
alguna de las siguientes maneras: mostrándonos distantes, necesitados y
adaptados o ensimismados y centrados en nosotros mismos. Por ejemplo, si
tenemos una madre deprimida, le puede molestar que estemos alegres y nos
riamos y saltemos y nos corrige diciendo «niño, qué ruidoso eres, me
molestas», esto hace que el niño se meta hacia dentro y se vuelva más
ensimismado. De niños no tenemos mucha elección y por ello usamos
defensas que nos son útiles, para no sentir el daño de no ser aceptados y
apreciados como somos. Como no queremos ser rechazados, mostramos este
falso yo que nos permite coexistir en nuestra familia e incluso llegar a
pertenecer. Hay que admitir que estas defensas o sistemas de protección son
inteligentes e ingeniosas y nos sirven bien mientras somos dependientes.
Cuando los otros nos critican por nuestra forma de comportarnos,
normalmente contestamos: «Yo no soy así», y es verdad, estos rasgos
externos no son parte de nuestro ser original, sino el resultado de intentar
defendernos del dolor y asumir una «persona» o máscara para pertenecer a
esa familia. Así que esta «persona» o falso yo es una defensa para mantener
una imagen positiva de nosotros mismos y aumentar nuestras posibilidades
de supervivencia. Pero en el proceso nos desapropiamos (apartamos) de
nuestro auténtico ser, y como esa pérdida duele mucho, nos identificamos con
nuestro falso yo para sentirnos mejor y no asumir el dolor.
Por lo tanto, hemos tenido éxito en fracturar nuestra totalidad original,
esa naturaleza amable y amorosa con la que nacimos y que hemos dividido en
tres partes:

Nuestro ser auténtico, que tuvimos que esconder para ser aceptados
porque no nos amaron tal como éramos en el entorno que nacimos.
El falso yo, «persona» o máscara, que hemos desarrollado para que nos
acepten y poder pertenecer y que se termina convirtiendo en nuestra
personalidad neurótica.
El dolor (del niño interior herido por falta del amor adecuado) que
rellena el hueco entre nuestro auténtico ser y la máscara, que está
compuesto por esas partes nuestras de las que nos hemos desapropiado
por no ser aceptadas y que hemos pasado al inconsciente.

Buscamos suplir este dolor, este vacío de lo que nos falta con
actividades que se vuelven compulsivas y/o adicciones, pero seguimos
anhelando nuestro sentido de totalidad y valía original. Deseamos disfrutar
todo lo que sentimos y desarrollar nuestra curiosidad y lo que nos permite
conectar con esa mente clara que tienen los niños. Esto se convierte en un
anhelo que nos acompañará toda la vida.
Muchas veces, para aguantar el dolor —que nos llega a través de las
sensaciones y emociones que manifiesta nuestro cuerpo— de no poder ser
nosotros mismos nos subimos a la cabeza y nos explicamos y justificamos
nuestros comportamientos. Esto ayuda a paliar la soledad, la tristeza y la
confusión de no ser aceptados tal y como somos. Hace falta esfuerzo y
trabajo para mantener la «persona» o falso yo porque es como si
estuviéramos interpretando un papel y tenemos que estar alerta y evitar que
nos pillen desprevenidos.
La relación con nuestra familia merece un libro aparte que también
tenga en cuenta nuestra historia transgeneracional. Nuestros padres fueron
asimismo hijos de sus padres y estos a la vez de los suyos, y se han apropiado
de asuntos no resueltos que se pasan a las generaciones siguientes. En
investigaciones recientes se está comprobando que llevamos la carga
transgeneracional de siete generaciones y pasaremos la carga a nuestros hijos
otras siete generaciones, a no ser que decidamos hacer trabajo personal y
pararlo en nosotros.
Pero en este libro nos vamos a centrar más en las relaciones con la
pareja porque, por suerte o por desgracia, solemos transferir, proyectar o
reprimir las necesidades no resueltas en nuestra familia de origen y pretender
que nuestras parejas las satisfagan. Esto NO lo hacemos de forma consciente,
la transferencia es un fenómeno inconsciente, nuestro cerebro tiene un
especial interés en resolver lo que se ha quedado inconcluso y tiene un
impulso de completar lo que se quedó pendiente del pasado en el presente.
Curiosamente se da la casualidad o causalidad de que la vida nos presenta
ocasiones y relaciones que nos hacen de espejo y nos ayudan a darnos cuenta
de qué temas tenemos inconclusos. Esto se llama sincronicidad.
Nuestras relaciones de pareja se complican porque trasladamos a nuestra
pareja demandas de nuestra familia de origen y de parejas anteriores, que no
les corresponden, y tenemos que entender que esto va a dificultar mucho que
la relación sea fluida. Por eso es tremendamente importante que antes de
entrar en una relación de pareja nos hayamos trabajado aquellos traumas o
aspectos dolorosos inconclusos de nuestro pasado para que no los repitamos
en nuestro presente. De no ser así, los estaremos reviviendo de nuevo en
nuestras relaciones de pareja y estarán condicionando nuestro futuro.
Además, de modo inconsciente, y aunque a nivel consciente hayamos
rechazado la forma de comportarse de nuestros padres, hemos copiado sus
modelos y los llevamos incorporados, y en cuanto empezamos a convivir,
repetimos muchos patrones que no nos gustan. Así que tenemos que
considerar que cuando nos metemos en la cama con nuestra pareja somos
seis: nosotros y nuestros respectivos padres que llevamos incorporados.
NUESTRA RELACIÓN CON EL MUNDO
En tercer lugar, está nuestra relación con el mundo, que incluye nuestras
creencias, principios, valores e ideales. Nosotros nos formamos un guion de
vida en función de las experiencias que hemos vivido. Este guion es nuestra
historia, cómo nos contamos nuestra película. Lo hacemos en función de
nuestras creencias, las conclusiones a las que hemos llegado basándonos en
lo que nos ha sucedido. Estas creencias forman un entramado de principios,
valores e ideales por los que pretendemos regir nuestra vida. Muchos de ellos
son inconscientes, pero si les prestamos atención podemos hacerlos
conscientes y decidir si queremos cambiarlos para vivir la vida de otra
manera. Estas creencias, principios y valores forman nuestra identidad. Por
ello, nuestro pasado sigue presente y va a seguir condicionando nuestro
futuro, a no ser que tomemos consciencia, elijamos hacer lo necesario para
modificar estos condicionamientos y elijamos libremente qué es lo que
queremos para nosotros en el aquí y ahora y de cara a nuestro futuro.
No obstante, nuestras parejas tienen sus propias creencias, valores e
ideales, que pueden coincidir con las nuestras o no, pero que son igual de
respetables porque son el resultado de sus experiencias. Aclararlas y
consensuar cómo nos vamos a relacionar es importante para que no sean
motivo de discusión. Porque al formar parte de nuestra identidad, cuando
alguien las cuestiona, es como si nos estuvieran atacando a nosotros.
Así que, basándonos en lo anterior, queda claro que lo que tenemos que
hacer es tomar consciencia, y, desde la comprensión y compasión, aceptar lo
que nos ha influido y hacer el trabajo que permita transformar lo negativo en
positivo.
3

DEL NIÑO INTERIOR AL ADULTO EXTERIOR


Al primer amor se le quiere más,
a los siguientes se les quiere mejor.
ANTOINE DE SAINT-EXUPÉRY

Nuestro niño interior es una metáfora para describir tres partes nuestras:
Nuestro auténtico ser o nuestra esencia.
Nuestro niño interior herido, que es la parte que contiene el dolor de no
haber recibido todo el amor, cuidado y protección que hubiéramos
necesitado.
Todo el potencial que tenemos dentro, que se escondió detrás de una
máscara o falso yo cuando no le aceptaron tal y como era.

Mientras que no revisitamos y reconectamos con nuestro niño interior


herido, dejemos salir el dolor y retomemos nuestro potencial, que habremos
pasado al inconsciente, este estará haciendo intentos para que le hagamos
caso y lo hará provocando en nuestra parte adulta comportamientos que se
corresponden a los que haría un niño.
Cuando nuestro adulto se comporta como un niño está haciendo una
regresión espontánea a un estado del Yo Niño (que veremos en detalle en el
capítulo 5), que se puede activar en cualquier momento, aunque seamos
adultos. Esto quiere decir que nuestra parte adulta se comporta como un niño
buscando la atención de los otros insistentemente: pareceremos necesitados
de que nos den cariño, tendremos cambios de humor sin aparente motivo, de
repente nos sentiremos tristes o estaremos enfadados o tendremos miedo,
competiremos por la atención de los demás, tendremos celos de los que se
llevan la atención y envidiaremos las cosas que tienen los otros que nosotros
no tenemos.
Nos comportaremos competitivamente y pretenderemos manipular para
conseguir nuestros deseos y necesidades. Estaremos intentando completar lo
que se quedó inconcluso en nuestras relaciones con nuestros padres a través
de nuestras relaciones actuales. Nos rebelaremos frente a lo que vivamos
como imposiciones de los demás y trataremos a toda costa de salirnos con la
nuestra.
Tendremos una sensación sentida de vacío, desilusión, decepción e
incluso traición, que está relacionada con la percepción de que no nos dan lo
que necesitamos para sentirnos bien y desarrollarnos. Esto nos hará
percibirnos con falta de autoestima, tendremos un pobre concepto de nosotros
mismos; nos sentiremos vulnerables, impotentes, incapaces, que son muchas
de las sensaciones y recuerdos de cuando éramos niños. Estaremos
funcionando como un Adulto-Niño.
El trabajo del niño interior es reconocer y transformar las heridas del
pasado revisitando nuestra historia para entender qué nos ha hecho
convertirnos en quienes somos actualmente. Se trata de que este niño interior
crezca y se pueda asimilar al adulto exterior y juntos darle un nuevo
significado a nuestra historia.
Cuando revisitamos nuestro pasado y vemos cómo se originaron los
comportamientos que seguimos manifestando, si entendemos su significado,
agradeceremos para lo que nos han servido y aprenderemos lo que tenemos
que hacer para cambiarlos y decidir qué nuevos comportamientos hemos de
tener a partir de ahora.
Si no lo hacemos, nos sentiremos dependientes de otros, como les
sucede a los niños, o pasaremos a ser codependientes. Una persona
codependiente es aquella que deja que el comportamiento de otra le afecte y
que está obsesionada con controlar la forma de actuar de esa persona; en
términos sencillos, es como una adicción al otro.
La mayoría somos codependientes en mayor o menor medida mientras
no estemos dispuestos a desarrollar nuestra propia autoestima y dejemos de
depender de los demás para sentirnos autónomos y seguros. En la
codependencia hay un problema de límites; nos adaptamos al otro de tal
manera que no sabemos quiénes somos como personas independientes y nos
sentiremos inseguros sin tener su apoyo. Esto puede llevar a poner las
necesidades de los demás por delante de las nuestras para asegurar que no nos
abandonan.
¿CÓMO SABEMOS SI SOMOS CODEPENDIENTES?
Entre otros síntomas, podemos señalar:

Tenemos una baja autoestima.


Nos volvemos cuidadores del otro para que no nos abandone.
Absorbemos los estados de ánimo del otro y tendremos dificultad de
ponernos en contacto con nuestros propios sentimientos. Puede incluso
que nos responsabilicemos de las emociones del otro y nos sintamos
obligados a hacer lo posible para ayudarle a cambiarlas para así poder
modificar las nuestras.
No sabemos manejar los límites.
Nos cuestionamos nuestras decisiones y nuestros objetivos en la vida si
sobre todo nuestra pareja está en desacuerdo con nosotros.
Entramos en pánico cuando la pareja nos da señales de que nos puede
dejar.
Tememos al abandono porque creemos que no podremos sobrevivir sin
el otro.
Intentamos controlar el comportamiento de nuestra pareja.
Tenemos dificultad para separar los problemas de nuestra pareja de los
nuestros.

Si presentamos muchos de los síntomas anteriores quiere decir que


somos codependientes, somos Adultos-Niños y tenemos que hacer el trabajo
del niño interior para darnos cuenta de que nos podemos estar escondiendo
detrás de una máscara fingiendo que todo está bien mientras sentimos vacío y
dolor e inseguridad de no poder valernos por nosotros mismos si no hay otra
persona, normalmente la pareja, de quien depender.
El trabajo del niño interior consiste en:

1. Revisitar nuestro pasado para darnos cuenta, tomar consciencia de qué


experiencias nos han hecho daño (para poder trabajarlas y descubrir qué
emociones, creencias y comportamientos han resultado de ellas) y cuáles
nos han hecho sentirnos bien y ayudado a manejar las anteriores.
Acceder a nuestro inconsciente para poder sanar el dolor que nos hace
daño.
2. Aceptar, perdonar, reconciliarnos con nuestras diferentes partes que
sostienen el dolor, creando dentro de nosotros un Adulto/a amoroso/a
que comprenda, ayude, dé amor a las partes heridas y se comprometa a
hacer tantas acciones y repeticiones como sean necesarias para que
podamos transformar la programación que nos hace daño.
3. Transformar el dolor en amor accediendo a ese dolor y permitiéndonos
expresarlo, compartirlo, pedir ayuda para poder transformarlo y ser
capaces de darle un nuevo sentido, o significado, incluso agradecer lo
que nos ha permitido desarrollar fortaleza en nosotros mismos.

Si pretendemos empezar una relación con otra persona sin haber hecho
este trabajo y haber desarrollado una sana autoestima, esperaremos que
nuestra pareja nos reparentalice, que quiere decir que nos haga de padre o
madre y nos proporcione lo que nos faltó mientras estábamos creciendo.
Tendremos miedo y buscaremos apoyo en la pareja, pasaremos a necesitarlos
para sentirnos seguros. Una cosa es preferir estar acompañado y otra necesitar
a los demás de forma que empezamos a depender de ellos.
Por miedo, nos apegamos a personas, a cosas, a ideas, a creencias que
nos dan la ilusión de seguridad y que nos sirven temporalmente, pero
enseguida volvemos a conectar con una sensación interna de vacío que
pretendemos llenar con algo externo cuando lo que tenemos que hacer es,
antes que nada, aprender a reconectarnos con nosotros mismos internamente.
Los que nos dan amor también nos muestran o nos sirven de espejo para
reflejarnos lo que nos falta y nos obligan a tener paciencia con nosotros
mismos y darnos cuenta de que todos tenemos miedos, en mayor o menor
intensidad, basándonos en las experiencias vividas. Es prioritario que nos los
trabajemos para que tomemos consciencia de que son miedos a ser
rechazados, abandonados, cuyo origen está en el temor a ser desterrado del
grupo o la familia de la que dependemos absolutamente mientras somos
niños, pero de la que nos podemos separar, si nos hace daño, cuando somos
adultos. Mientras no nos queramos a nosotros mismos, necesitaremos la
aprobación de los demás porque tendremos miedo de que si no nos aprueban
nos abandonarán.
Por esto necesitamos ser conscientes y reconectarnos con nosotros
mismos, nuestro auténtico ser, nuestra esencia, que es amor, de la que nos
hemos distanciado por miedo. Miedo a que no nos acepten como somos, que
no nos aprecien, que no nos den afecto y no nos apoyen en nuestra evolución.
Cuando hacemos esto, desarrollamos nuestra autoestima y desde ahí
podemos tener relaciones sanas y conscientes en las que conectemos con el
otro por elección, no por necesidad, nos comunicamos sin miedo, tengamos
intimidad, compartamos emociones y sensaciones, surja la pasión y
sexualidad y disfrutemos juntos de la vida.
4

ENTRE EL AMOR Y EL MIEDO


—¿Qué es el amor? —preguntó el discípulo.
—La ausencia total de miedo —dijo el maestro.
—¿Y qué es a lo que tenemos miedo? —volvió a preguntar el discípulo.
—Al amor —respondió el maestro.
ANTHONY DE MELLO
Todo cambio, innovación, evolución, variación, salir de nuestra zona de
confort implica tener miedo, porque el miedo es una emoción que nos
prepara, nos moviliza y nos da fuerza para la transformación.
En este mundo percibimos la realidad en términos de polaridad;
cualquier cosa en que pensamos tiene su opuesto. Nos movemos siempre
entre dos extremos: bueno/malo, gusta/disgusta, masculino/femenino,
atrae/repele, y así pasa con el amor y el miedo. Donde hay amor no hay
miedo y cuando hay miedo no sentimos el amor, entramos en modo
supervivencia, modo defensivo, modo egoísta.
Cuando elevamos nuestro nivel de consciencia podemos entender que no
hay ni bueno ni malo, y que lo que nos gusta puede llegar a disgustarnos, y
que lo que nos atrae en un momento nos puede repeler en otro y que ambos
polos tienen una función importante y que pueden ser complementarios.
Tenemos que poder aceptarlos e integrarlos como hemos de hacer con el
amor y el miedo. Esta es la trampa de nuestro ego o personalidad, porque en
esta realidad que vivimos, no podremos experimentar el AMOR a menos que
estemos dispuestos a reconocer, dejarnos sentir y atravesar el MIEDO.
El miedo se declina en muchos otros miedos: miedo a amar, miedo a que
no nos amen, miedo a que nos amen, miedo a que no dure el amor, miedo a
que en algún momento nuestro amor sea traicionado, miedo al desamor…
Según Carl Jung, «en el amor se experimentan los opuestos y la clave del
éxito es la capacidad de soportar la tensión de los opuestos sin abandonar el
proceso, que es lo que nos ayuda a crecer y transformarnos y así poder
integrarlos finalmente».
El amor es difícil de definir, pero principalmente es conexión, aunque es
una forma específica de conexión que implica integración. La conexión es
importante para nuestra supervivencia porque sentirnos conectados y
apoyados nos ayuda a vencer el miedo. Según David Richo, el amor
proporciona un vínculo que es cuidadoso, bienintencionado, respetuoso de la
libertad del otro y sensible a sus necesidades, incluso haciéndolas tan
importantes como las nuestras y nos ayuda a vivir, no a sobrevivir. Cuando
vibramos en el amor somos capaces de tener en cuenta las necesidades del
otro y disminuye el foco en nosotros mismos, podemos pasar del egoísmo al
altruismo. Esta capacidad para atender las necesidades del otro disminuye
nuestra autoimportancia y por ello podemos decir que el amor nos permite
liberarnos del ego, de nuestras defensas, de nuestra máscara.
Cuando el amor es recíproco no solo agradecemos las vinculaciones
positivas con el otro, sino que también nos permite sentirnos más a nosotros
mismos en la relación. Una conexión cariñosa, incluye cuidado, preocupación
de lo que le puede pasar al otro, y le deseamos lo mejor. Nos hace estar
disponibles en momentos de necesidad y tenemos una actitud compasiva,
incluso contempla la posibilidad de algún tipo de sacrificio de nuestra
comodidad para favorecer el bienestar del otro.
Nacemos del amor, somos amor y nos pasamos la vida buscándolo en el
lugar equivocado, ahí fuera, cuando todos lo llevamos dentro, ¡qué paradoja!
Mientras estuvimos en el vientre materno nos encontrábamos conectados con
la chispa que dio origen a nuestra vida que es amor, el que nosotros
generamos y el de nuestra madre, así que esta vinculación genera un amor
extensivo y completo. Pero nacer nos lleva a la separación, nos desconecta y
nos pone en contacto con el miedo.
Sentimos el dolor de la pérdida de esa conexión y tenemos miedo
mientras anhelamos volver a sentir la sensación de amor, unidad y plenitud,
que hemos experimentado en el vientre materno y con el que queremos
volver a conectar para sentirnos unidos y plenos. Tememos que, si no hay
alguien ahí que nos ame, que nos cuide, que satisfaga nuestras necesidades
básicas, nos moriremos. Esto es una sensación sentida en lo más profundo de
nuestro ser, no es un pensamiento, no es una emoción, es la sensación de
miedo a la vida y el miedo a la muerte.
A partir del momento de nuestro nacimiento, nos duele la desconexión y
anhelamos encontrarla de nuevo. Esta conexión que parecía eterna y que
ahora se ha convertido en intermitente, porque no siempre obtenemos lo que
necesitamos como en el vientre materno. Esto nos inquieta y nos asusta, por
un lado, y, por otro, nos genera un impulso que nos durará toda la vida: la
búsqueda de volver al origen, «de volver a casa», de volver a la unidad.
Empezamos nuestro camino de búsqueda de conexión para satisfacer ese
vacío que se ha generado desde el momento que nacemos y no finalizará
hasta el momento en que nos muramos. Porque en realidad estamos buscando
reconectarnos con nosotros mismos, con nuestra esencia y con nuestro
origen, con la chispa que nos dio la vida, Dios, la Fuente, la Consciencia
Universal, como cada uno quiera llamarlo.
Inicialmente necesitamos apegarnos a nuestra madre, o a la persona que
nos cuida, porque somos absolutamente dependientes y vulnerables. Es una
necesidad biológica, no una preferencia; si nuestros padres nos abandonan,
nos morimos. Por eso, de forma inconsciente, intentamos apegarnos a ellos,
buscando conexión, cariño, atención, aprecio, afecto… vamos probando con
quién nos sentimos bien para establecer nuestros primeros vínculos.
EL AMOR NOS DA SEGURIDAD, EL MIEDO NOS LA QUITA
Crear vínculos nos genera seguridad, y esta nos libra del miedo. No obstante,
empezamos a darnos cuenta de que a veces están para nosotros y a veces no.
El no poder prever cuándo van a estar nos genera miedo. Miedo de que no
haya alguien ahí que nos cuide, proteja y dé cariño. Nos pasamos muchos
años probando por ensayo y error a ver qué nos libera del dolor de no
sentirnos cuidados, y qué nos hace alcanzar el bienestar de sentirnos
protegidos y amados como necesitamos.
Nos vamos apegando a personas que nos hacen sentir bien y
separándonos de las que nos hacen sentir mal. Así continuamos siempre que
podemos, porque tal vez no haya nadie que nos haga sentir bien y tengamos
que conformarnos con quien nos haga sentir menos mal. Y siempre está de
fondo el miedo, a no sentir la conexión, a estar solos, a notar el vacío, el
miedo a los otros, a los acercamientos y alejamientos, a la soledad, a la
intimidad, al dar y recibir…
EL APEGO NO ES AMOR
El apego es el vínculo que nos va a mantener vivos y es una necesidad
biológica, pero no es amor. Cuando nos apegamos, sentimos amor porque
volvemos a sentir la conexión. Mientras no sepamos —y no sabemos porque
no nos han enseñado o no lo hemos aprendido todavía—, confundimos el
amor con el apego, que es la necesidad de que alguien o algo nos dé la
seguridad que nosotros creemos que no tenemos por nosotros mismos.
Si bien es cierto que cuando nacemos somos absolutamente
dependientes y necesitamos del otro, cuando llegamos a la edad adulta hemos
de aprender a amarnos y volvernos independientes, autónomos. Aunque más
tarde tendremos que aprender a estar en relación y ser interdependientes en
nuestras relaciones con los demás.
EL AMOR ES CONFIANZA, EL MIEDO DESCONFIANZA
Nuestros miedos nos protegen de lo que no estamos preparados para manejar
todavía, mientras que nuestra falta de miedo o valentía nos prepara para
manejarlo. Todos hemos recibido amor de alguien. Normalmente, nuestros
padres nos han dado el amor que sabían dar y, a veces, ha sido suficiente para
hacernos sentir seguros.
Sin embargo, también es cierto que hemos vivido experiencias de falta
de conexión emocional en mayor o menor medida, rechazo, y abandono en
algún momento, lo que nos ha hecho sentir desconfianza. Por ello, cada uno
tenemos diferentes maneras de recibir amor porque nuestro modo de hacerlo
se basa en ellas. Puede que hayamos generado miedo de que se repitan y, por
eso, algunos desconfiamos de los demás porque anticipamos que podemos
volver a sentir el dolor. Cuando esto ocurre podemos tener miedo a necesitar
conectar con el otro e intentamos evitarlo.
EL AMOR NOS HACE SER AUTÉNTICOS
Amar también significa que podamos mostrarnos como somos, vulnerables
con la confianza de que no nos van a hacer daño. Abrimos nuestro corazón
con la esperanza de que no lo hieran. Atrevernos a amar significa aprender a
confiar y a tener la valentía de dejar de lado el miedo, ambos riesgos son los
que tomamos cuando nos atrevemos a amar a alguien. El amor puede
asustarnos, por eso tenemos que arriesgarnos a superar el susto y dejar de
prever las consecuencias negativas que pueden suceder si nos atrevernos a
amar. Además, podemos tener miedo de que el amor no dure y se acabe, y
posiblemente creamos que no nos podemos fiar de él.
El miedo nos indica que no hemos podido integrar esta polaridad,
porque el verdadero amor transforma el miedo. El ser amoroso significa
permitirse ser vulnerable, dejarse sentir el dolor de las pérdidas de conexión
tempranas para poder transformarlas, y no resguardarse detrás del miedo.
Esto nos va a empoderar, nos va a hacernos sentir capaces, mientras que si
vivimos en el miedo, nos sentiremos víctimas de las circunstancias.
EL AMOR ES RESPETO POR LA INDIVIDUALIDAD DEL OTRO, EL
MIEDO ES QUERER CONTROLAR AL OTRO
Si cuando estamos creciendo sentimos que no nos aceptan como somos por la
manera en que nos hablan, los gestos, las acciones hacia nosotros, si nos
ridiculizan, se ríen de nosotros, nos intimidan y humillan, sentimos un
profundo dolor. Si nos han pegado o hecho daño de niños, de alguna manera
podemos llegar a la conclusión de que el acercamiento acarrea el peligro y lo
evitamos. Nuestro cuerpo lleva la cuenta de cualquier intromisión o violación
de nuestros límites, de cualquier tipo de abuso que ya no está en nuestra
memoria consciente, pero sí en el inconsciente. Porque todo lo que vivimos
se queda grabado en nuestra memoria, aunque no seamos conscientes de ello.
Nuestro organismo es sabio y tiene un mecanismo de control que evita que
estemos continuamente sintiendo ese dolor y lo pasa al inconsciente mediante
los mecanismos de defensa que nos protegen del mismo.
Nuestro inconsciente almacena todas las experiencias, buenas o malas,
que hemos vivido desde incluso antes de nacer, y nuestro cuerpo lleva el
dolor que nos impide estar abiertos al amor. Una vez que hemos sufrido
algún trauma, que no hemos reparado, se puede volver a activar cuando
alguien tiene un comportamiento que nos lo recuerda. Los recuerdos pueden
estar en nuestro inconsciente, pero cuando algo nos hace evocar un
comportamiento ya vivido, que tiene una carga emocional semejante, sirve de
estímulo para que se pueda avivar de nuevo el recuerdo. Cuanto más cerrada
o defendida se muestra una persona, más grande habrá sido la intrusión o el
abuso. Construimos barreras que van creciendo según pasan los años,
barreras que mantienen a los demás fuera, pero que también impiden que
alguien entre.
EL AMOR NO TIENE LÍMITES, EL MIEDO NOS LIMITA
Construimos barreras para que las personas no se acerquen demasiado o nos
amen demasiado a consecuencia del miedo. Tienen el cometido de
protegernos, pero, en realidad, siguen manteniendo el miedo porque no nos
atrevemos a afrontarlo. Esto nos crea una dualidad: tememos el amor, pero
seguimos buscándolo. Las barreras se convierten en lo que llamamos nuestra
personalidad o nuestro ego.
Nuestra personalidad es una estructura defensiva que nos protege del
miedo en la relación con los demás y también cobija el amor que todos
llevamos dentro. Está compuesta por una combinación de polaridades, de
opuestos, y nuestro reto es poder integrarlas. Si tenemos miedo, también
podemos manifestar su opuesto, que es la valentía de mirar al miedo de
frente. Si sentimos necesidad de venganza, también podemos sentir
compasión y perdón. Cualquier característica tiene su opuesto, cuando
elegimos una, nos desapropiamos o apartamos la otra. Esta parte a la que no
solemos acceder es nuestra sombra. La sombra se refiere a la parte oculta que
no permitimos que acceda a nuestra consciencia, y que puede ser tanto
positiva como negativa.
EL VERDADERO AMOR TRANSFORMA EL MIEDO MEDIANTE LA
COMUNICACIÓN
En las relaciones realmente hacemos tres posibles movimientos: acercarnos,
alejarnos o intentar adaptarnos. Acercarnos nos permite conectar, y al hacerlo
sentimos amor; al alejarnos nos separamos para no sentir el miedo y mientras
intentemos acomodarnos o adaptarnos al otro por miedo al rechazo o
abandono, seguiremos viviendo en el miedo.
Acercarnos implica que superemos el miedo a no ser aceptados como
somos por los demás. La valentía surgirá cuando nos comprometamos a ser lo
que realmente somos, cuando nos amemos a nosotros mismos y nos
comuniquemos desde la autenticidad. Cuando alguien nos acepta, aprecia y
nos muestra afecto tal y como somos, no tenemos miedo.
Si tenemos una cantidad de miedo también tenemos la misma cantidad
de valentía y de amor. El miedo es el único obstáculo al amor, así que
compartiendo nuestros temores iniciaremos el camino para ser amorosos y
permitirnos ser amados. Para que entre el amor tenemos que dejar salir el
miedo.
EL AMOR ES COMPASIÓN Y TRANSFORMA EL MIEDO AL DOLOR
Los miedos físicos tienen que ver con nuestro cuerpo (que ya los ha vivido) y
nuestra mente (que anticipa que los podemos revivir), mientras que los
psicológicos se relacionan con nuestro corazón y los vínculos que nos unen a
los demás, porque solo cuando hay amor podemos mostrar nuestro auténtico
ser. Cuando alguien nos entiende, se pone en nuestro lugar y nos acompaña
cuando tenemos dolor con compasión (acompañar en la pasión), el amor
transforma el miedo.
El miedo al dolor está hecho de emociones que no hemos expresado ni
procesado. El dolor funciona como un reflejo condicionado, huimos de él
para no volver a sentirlo. Cuando somos niños funcionamos por reflejos;
cuando ya tenemos capacidad de pensar y reflexionar podemos buscarnos
explicaciones que nos calmen, aunque sean erróneas. Estas son las creencias
que sirven para tapar la emoción y el dolor. Me convenzo de que ya no está,
pero en realidad es que no quiero saber la verdad porque temo que va a ser
demasiado doloroso.
De niños no teníamos elección, debíamos adaptarnos sí o sí, teníamos
que acomodarnos. Aunque nuestro entorno nos hiciera daño, aprendimos a
desapropiarnos de las emociones, desensibilizarnos del dolor del cuerpo y
disociarnos de ser conscientes del dolor para poder seguir adelante. Muchos
no aprendemos a conectarnos de nuevo con nosotros mismos y pasamos el
resto de la vida desconectados y en piloto automático, como autómatas
disociados del dolor. Para tapar ese malestar, con frecuencia nos convertimos
en adictos a sustancias o personas que evitan que conectemos con nosotros
mismos y nos volvemos dependientes de ellos.
Paradójicamente, el trabajo pasa por dejar salir el dolor y hacer el duelo
de las desilusiones y pérdidas de la infancia. Solo entonces podremos afrontar
el miedo a los dolores presentes y dejar que entre el amor (este es el trabajo
del niño interior).
TENEMOS MIEDO AL PASADO, PERO EL AMOR ESTÁ SIEMPRE
PRESENTE
En general, las personas tenemos miedo de contactar con lo que hemos
ocultado tanto tiempo. Solo los valientes quieren afrontar estos sentimientos
y sensaciones desagradables para dejar espacio para el amor, que surge
cuando el dolor se ha ido. El miedo está relacionado con dejar salir el dolor
de las necesidades no satisfechas, el dolor que no queremos atender y en su
lugar buscamos compulsivamente que alguien o algo ahí fuera nos satisfaga
esas necesidades inconclusas de cuando no nos hicieron caso, no nos
escucharon y no tuvieron en cuenta nuestros sentimientos. Si no podemos
dejar salir el dolor, buscamos compulsivamente satisfacer estas necesidades y
haremos comportamientos compensatorios. Podemos compensar con la
comida, la bebida, las drogas, el juego, el sexo que son comportamientos que
evitan que nosotros contactemos y dejemos salir ese dolor. Curiosamente lo
que buscamos oculta aquello de lo que huimos.
COMPARTIR LOS VALORES Y PRINCIPIOS DEL AMOR SIN MIEDO
Nuestro auténtico ser es amor, que proporciona la capacidad de sanarnos a
nosotros y a los otros. Todos, en el fondo de nuestro ser, tenemos la
capacidad de generar amor incondicional. Nuestro proceso de desarrollo pasa
por permitirnos dejar de defendernos y conectar con nosotros mismos para
poder mostrar el amor con el que nacimos. Nuestro trabajo pasa por
desmantelar nuestra estructura defensiva o personalidad neurótica a favor de
una personalidad sana y funcional, que permitirá que surja nuestro auténtico
ser. Como nuestro auténtico ser es amor, nuestra personalidad neurótica teme
el amor.
Nuestro miedo más profundo está asociado a la pérdida y al abandono.
Cuando tenemos cualquier crisis, regresamos a ese miedo que es la sensación
de soledad e impotencia que está íntimamente relacionado con nuestra
infancia. Si cuando recordamos la infancia, lo vemos como un hecho sin
carga emocional, puede querer decir que lo hemos transformado y ya no nos
afecta. Sin embargo, muchas veces, aunque creamos que lo tenemos resuelto
lo que hacemos es llevarlo al inconsciente o poner la atención en otra parte.
Por ejemplo, puede que hayamos centrado la atención en nuestra cabeza
porque nos es más seguro pensar y obsesionarnos que sentir el dolor en el
cuerpo. Si hacemos esto es porque huimos de la sensación corporal e
intentamos racionalizarlo, pero para trabajarlo lo tenemos que volver a sentir
en el cuerpo.
EL AMOR ES NUESTRA VERDADERA IDENTIDAD
El amor viene de nuestro verdadero ser, de nuestra esencia, de nuestra
naturaleza, de nuestra energía vital. El amor potencia nuestra energía vital,
mientras que el miedo la reprime. El amor es la esencia de nuestra vida y está
ahí esperando que lo descubramos. Tenemos una necesidad instintiva para
amar. Nuestra capacidad de dar amor perdura, aunque nos hayan hecho daño.
Aprender a hacerlo requiere trabajo psicológico y práctica espiritual. Menos
miedo significa más amor. El amor incondicional nos sana y potencia nuestra
salud.
La espiritualidad es aceptar que las cosas no salgan como deseamos y
asumir que así ha de ser para nuestro aprendizaje; es hacernos responsables
de nuestras circunstancias, no creer que somos víctimas, no culpar a nadie de
lo que nos sucede. Cuando tomamos consciencia de esto, podemos aprender a
alejar el miedo de mostrarnos tal cual somos. Entonces seremos capaces de
deshacer las capas del ego que han ocultado nuestra auténtica capacidad de
dar y recibir amor. Todo lo que hacemos en esta vida está relacionado con dar
o mostrar amor, o pedir o recibir amor, o ambos. Nos presenta una
oportunidad de aprender a amar mejor, esto es porque todo lo que nos pasa
tiene que ver con el impulsor biológico de autorrealización. El ser humano
tiende a mejorarse, a que tengamos más consciencia y más conexión con los
demás y el resultado es amor.
EL AMOR NOS TRANSFORMA
El amor tiene poder por sí mismo, es redentor porque perdona y rehabilita, es
transformador porque cambia las cosas. Parece ser que Albert Einstein le
escribió una carta a su hija Lieserl —aunque existen dudas sobre su autoría
—, que es una descripción extraordinariamente bella de lo que es el amor y
que nos puede ayudar a entender la magnitud del AMOR con mayúsculas
([Link]
[Link]).
Mi querida hija:
Cuando propuse la teoría de la relatividad, muy pocos me entendieron, y lo que te
revelaré ahora para que lo transmitas a la humanidad también chocará con la
incomprensión y los prejuicios del mundo. Te pido, aun así, que la custodies todo el
tiempo que sea necesario, años, décadas, hasta que la sociedad haya avanzado lo
suficiente para acoger lo que te explico a continuación.
Hay una fuerza extremadamente poderosa para la que hasta ahora la ciencia no ha
encontrado una explicación formal. Es una fuerza que incluye y gobierna a todas las otras,
y que incluso está detrás de cualquier fenómeno que opera en el universo y aún no haya
sido identificado por nosotros. Esta fuerza universal es el amor.
Cuando los científicos buscaban una teoría unificada del universo olvidaron la más
invisible y poderosa de las fuerzas.
El amor es luz, dado que ilumina a quien lo da y lo recibe. El amor es gravedad,
porque hace que unas personas se sientan atraídas por otras. El amor es potencia, porque
multiplica lo mejor que tenemos, y permite que la humanidad no se extinga en su ciego
egoísmo. El amor revela y desvela. Por amor se vive y se muere. El amor es Dios, y Dios
es amor.
Esta fuerza lo explica todo y da sentido en mayúsculas a la vida. Esta es la variable
que hemos obviado durante demasiado tiempo, tal vez porque el amor nos da miedo, ya
que es la única energía del universo que el ser humano no ha aprendido a manejar a su
antojo.
Para dar visibilidad al amor, he hecho una simple sustitución en mi ecuación más
célebre. Si en lugar de E = mc2 aceptamos que la energía para sanar el mundo puede
obtenerse a través del amor multiplicado por la velocidad de la luz al cuadrado,
llegaremos a la conclusión de que el amor es la fuerza más poderosa que existe, porque no
tiene límites.
Tras el fracaso de la humanidad en el uso y control de las otras fuerzas del
universo, que se han vuelto contra nosotros, es urgente que nos alimentemos de otra clase
de energía. Si queremos que nuestra especie sobreviva, si nos proponemos encontrar un
sentido a la vida, si queremos salvar el mundo y cada ser sintiente que en él habita, el
amor es la única y la última respuesta.
Quizás aún no estemos preparados para fabricar una bomba de amor, un artefacto lo
bastante potente para destruir todo el odio, el egoísmo y la avaricia que asolan el planeta.
Sin embargo, cada individuo lleva en su interior un pequeño pero poderoso generador de
amor cuya energía espera ser liberada.
Cuando aprendamos a dar y recibir esta energía universal, querida Lieserl,
comprobaremos que el amor todo lo vence, todo lo trasciende y todo lo puede, porque el
amor es la quintaesencia de la vida.
Lamento profundamente no haberte sabido expresar lo que alberga mi corazón, que
ha latido silenciosamente por ti toda mi vida. Tal vez sea demasiado tarde para pedir
perdón, pero como el tiempo es relativo, necesito decirte que te quiero y que gracias a ti
he llegado a la última respuesta.
Tu padre,
Albert Einstein
5

PADRE, ADULTO, NIÑO


El cerebro graba todo lo que nos pasa desde el momento que comienza nuestra vida y todo lo
que se ha grabado en el pasado es susceptible de ser reproducido en el presente.
WILDER PENFIELD
Nuestro organismo (cuerpo-mente) es como un ordenador que tiene un
hardware, nuestro cuerpo, y un software, los programas que le vamos
instalando. Los programas son todas las experiencias que vivimos porque
nuestro organismo lo archiva todo. Graba con detalle todo lo que nos
acontece, aunque luego no lo recordemos de forma consciente. No se
registran solo los acontecimientos o las imágenes, sino las sensaciones y
emociones asociadas. Un recuerdo o una imagen y el sentimiento provocado
por este están asociados o relacionados, de modo que es imposible evocar el
uno sin el otro.
¿Por qué esto es importante? Porque todo lo que nos ha sucedido, en
forma de sensaciones corporales, emociones, sentimientos, son estímulos que
nos conectan con ese momento pasado y, si no lo hemos procesado, podemos
revivirlo como si estuviera sucediendo aquí y ahora. Así pues, un estímulo
semejante al otro que vivimos puede trasladarnos de inmediato al pasado,
aunque no seamos conscientes de ello. Cada vez que llevamos a cabo una
acción en el presente, nuestro cerebro, a la velocidad del rayo, va a la base de
datos de nuestras experiencias pasadas y compara si lo actual se parece a lo
pasado para saber cómo funcionar en el futuro.
Normalmente, esto lo hace de forma inconsciente, a no ser que nos haya
pasado algo con mucha emoción o carga emocional y lo convierte en
traumático y entonces sí que podemos revivirlo de forma consciente, porque
la emoción actual sirve de estímulo para rescatar esa memoria. Por ejemplo,
oímos una música y nuestro cerebro mediante ese estímulo nos traslada a un
momento del pasado que tiene un valor sentimental importante en que
recordamos que sonaba esa música y lo revivimos como si estuviéramos allí.
Al evocarlo, la vivencia cobra un nuevo significado porque lo estamos
reviviendo en el presente desde otro estado, viéndonos y sintiéndonos como
lo experimentamos entonces y a su vez como lo vivimos ahora. Todo lo que
sentimos aquí y ahora para el cerebro es presente y está conectado con lo que
nos pasó antes y nos trae sensaciones, sentimientos y emociones del pasado
en el presente aunque no seamos del todo conscientes, y nos hace anticipar
que lo podamos revivir en el futuro. Si le prestamos atención y le damos
tiempo, es probable que nuestro cerebro encuentre la asociación con el
recuerdo del evento original, pero la sensación, sentimiento o emoción lo
vivimos igual. El recuerdo permanece intacto, aunque ahora al traerlo a
nuestra memoria lo veamos de forma diferente, así que es como si tuviéramos
una experiencia dual (estamos dentro y fuera de la experiencia), y podemos
volver a sentir lo mismo que antaño.
Si observamos el comportamiento, las emociones y lo que dicen las
personas mientras nos cuentan un acontecimiento que les ha sucedido, nos
daremos cuenta de que en una misma conversación pueden cambiar la
expresión facial, el vocabulario, los gestos, las posturas y su fisiología
(estarán más o menos agitados, nerviosos y emocionados). La persona que
tiene estos cambios puede ser la misma, pero no se vive a sí misma de igual
manera, aunque puede que no se dé cuenta de ello. Los cambios de un estado
a otro se manifiestan en la actitud, el aspecto, los gestos, las palabras y los
comportamientos. A estos estados, Eric Berne los denominó estados del Yo o
del Ego. Existen tres estados diferenciados que tienen algo en común, pero
que se distinguen entre sí. Berne los llamó Padre, Adulto y Niño escritos con
mayúsculas para diferenciar del padre, adulto y niño como personas
concretas. Estos estados se manifiestan tanto internamente (pensamientos y
sentimientos) como externamente (lo que hablamos y lo que hacemos) de
manera distinta.
Estos tres estados del Yo existen en todos nosotros; es como si dentro de
cada uno de nosotros existiera una parte que, como un arquetipo diferenciado,
manifiesta pensamientos, sentimientos y comportamientos correspondientes a
una edad concreta y que tiene características diferenciadoras de otros estados
del Yo. Estos estados, vistos desde la perspectiva del trauma, son situaciones
que nos sucedieron en un momento determinado y que no hemos procesado,
por lo que es como si esa parte nuestra se hubiese quedado parada en el
tiempo. Cuando esta parte coge las riendas de nuestra vida pensamos,
sentimos y nos comportamos como lo hicimos en aquel entonces. Por
ejemplo, cuando una persona está en el estado de Yo Padre, no solamente
está actuando de una manera parental genérica, sino representando las
conductas, sentimientos y pensamientos de una de sus propias figuras
parentales.
El estado del Yo es una reproducción de datos registrados sobre los
acontecimientos del pasado que se refieren a personas reales en momentos
reales, lugares y decisiones reales y sentimientos no menos reales. De igual
manera, cuando estamos en el estado del Yo Niño nos comportaremos como
un niño reproduciendo conductas que realizamos durante nuestra propia
infancia junto con las experiencias y sentimientos que las acompañan.
ESTADO DEL YO PADRE
El estado de Yo Padre está constituido por muchas grabaciones de
informaciones de uno de nuestros padres, o de ambos, correspondientes a
comportamientos impuestos que no podíamos discutir ni rebatir. La
información pudo ser no verbal, con gestos de aprobación y desaprobación, o
principios y normas de lo que se podía hacer o no debía hacer, así como
mandatos.
Un mandato es un mensaje implícito o explicito, dado por los padres a
los hijos, que implica una prohibición encubierta y queda como base de los
guiones de vida, de las películas que nos contamos a nosotros mismos para
explicar nuestro comportamiento. Cualquier mandato permanece en el guion
hasta que se produce un permiso por parte de una autoridad que nos permite
anularlo. En ocasiones, puede que nos comportemos, pensemos y sintamos de
maneras parecidas a uno de nuestros padres, a ambos o a otras figuras
significativas que tuvieron funciones parentales. Cuando hacemos esto se
dice que estamos en el estado del Yo Padre.
Es como si hubiéramos copiado un repertorio de «programaciones» con
las formas de pensar, sentir o actuar de las personas significativas para
nosotros. El Padre es específico para cada persona porque todo lo que el niño
ve en sus progenitores se va a grabar en él. Nuestro estado del Yo Padre se
forma por las creencias, valores, principios y normas que hemos escuchado y
asumido de nuestros padres y que pueden formar parte de nuestro crítico
interno, la voz que escuchamos en nuestra cabeza que nos dice lo que
tenemos que hacer y lo que no tenemos que hacer.
ESTADO DEL YO NIÑO
Todos hemos sido niños y en la actualidad algunas veces sentimos,
pensamos, hablamos o actuamos como cuando éramos niños, tanto a solas
como en nuestras relaciones con los otros. Este es nuestro niño interior que
todos llevamos dentro. Los estados del Yo Niño dependen de nuestra historia
infantil y de nuestras experiencias primeras. Es el conjunto de información
que hemos visto, oído, sentido y comprendido. Dado que en nuestros
primeros años no tenemos la capacidad de expresarnos, nuestras experiencias
están compuestas fundamentalmente de imágenes, sensaciones, emociones y
sentimientos. No es hasta que se desarrolla el hipocampo que le podemos
poner lenguaje y tiempo a aquello que nos sucedió. Tenemos que ser
conscientes de que, en estos primeros años, el niño es absolutamente
dependiente y vulnerable a lo que le manden los padres. Durante esta etapa
de indefensión, los padres tienen el poder sobre el niño y le exigen que se
comporte como ellos creen que es bueno, correcto y justo. A cambio, la
recompensa es amor (con minúscula porque es un amor condicional a que el
niño les obedezca y entonces le aprueben). Esta aprobación para el niño
aparece y desaparece de forma misteriosa porque todavía no ha establecido la
relación entre causa y efecto, y durante los primeros años tampoco maneja
bien la temporalidad de lo que sucede antes y después. Como le corrigen
constantemente, suele llegar a la conclusión de que «No estoy bien, no soy
como se debe ser».
Esta grabación, aunque haya sido de unos padres amables y amorosos,
es el resultado de sentirse dependiente y de no entender el porqué de las
cosas, lo que le hace pensar que si no le aprueban es que debe de estar mal.
Por ejemplo, cuando nos encontramos en situaciones en las que nos sentimos
impotentes, se puede activar nuestro estado de Yo Niño y nos veremos tan
vulnerables como entonces, aunque ahora seamos adultos maduros. Nuestra
parte Niño y/o adolescente tiene el impulso de la curiosidad, el interés, las
ganas de jugar y disfrutar, es esa parte nuestra que, al ver que no era
apreciada, se ha retraído y pasado al inconsciente, pero está esperando que
algún día venga alguien que la rescate.
EL ESTADO DEL YO ADULTO
Berne definió el estado del Yo Adulto como «caracterizado por una serie
autónoma de sentimientos, actitudes y pautas de conducta adaptadas a la
realidad actual». Se dice que estamos en el estado del Yo Adulto cuando nos
comportamos, pensamos y sentimos en respuesta a lo que está sucediendo a
nuestro alrededor aquí y ahora, usando todos los recursos disponibles y
funcionando como una persona madura. El Adulto empieza a formarse desde
los primeros años transformando los estímulos en elementos de información
basados en nuestras experiencias, que vamos a archivar, ordenar y clasificar
dándoles un significado. Estos van a constituir nuestra propia historia, que
antes hemos llamado guion de vida.
A través del Adulto empezamos a distinguir entre la vida tal y como nos
la mostraron nuestros padres (el Padre), cómo la sentíamos, deseábamos o
imaginábamos cuando éramos más dependientes (el Niño) y cómo estamos
percibiéndola actualmente por nosotros mismos.
El Adulto es como un ordenador que recaba información, la clasifica,
ordena y elabora decisiones basándose en los datos que recopila. Una de las
funciones más importantes del Adulto consiste en examinar los datos del
Padre y comprobar si son ciertos o no y si tenemos que aceptarlos o
rechazarlos. El Adulto nos permite elegir si queremos conservar la
información recabada del Padre y del Niño o transformarla. Asimismo, el
Adulto, basándose en las experiencias pasadas, desarrolla un cálculo de
probabilidades de lo que nos puede suceder en el futuro, porque nos
enfrentamos constantemente a alternativas que tenemos que poder analizar a
la hora de tomar decisiones. Nuestro Adulto es la parte que razona, analiza,
sopesa y elige qué es lo mejor para nosotros.
Los cambios de un estado a otro se manifiestan en la actitud, el
comportamiento, las palabras, los gestos y los sentimientos y se puede
cambiar de un estado a otro fácilmente. Todos tenemos una estructura
organizativa de nuestra personalidad que está compuesta por un Padre, un
Adulto y un Niño (PAN), pero nos diferenciamos en que nuestro Padre tiene
que ver con las grabaciones de nuestros padres, y la manera en que nuestros
Padre, Adulto y Niño se interrelacionan.
Cada uno de nosotros es único porque nuestros PAN son diferentes y
porque además sufren dos tipos de problemas funcionales: la contaminación
y la exclusión. Contaminación quiere decir que el Padre, Adulto y Niño de la
persona, en vez de estar separados, pueden superponerse, lo que significa que
una parte se apropia de otra. Por ejemplo, si nos hemos apropiado de
creencias limitantes de nuestros padres o prejuicios sin cuestionarlas han
contaminado nuestro Adulto. O también, nuestro Niño puede hacer que el
Adulto manifieste emociones y creencias infantiles que no se han procesado
todavía, y en un momento dado, podemos tener comportamientos de niño,
como una rabieta o competir con otro para conseguir algo y demostrar que
has ganado.
Exclusión es cuando una parte del PAN es excluida. Por ejemplo, niños
que han tenido que hacerse adultos muy pronto o incluso que han tenido que
cuidar de sus padres y por ello, su Niño está excluido.
Estos estados del Yo se influyen mutuamente y entre ellos puede haber
armonía, cooperación o, por el contrario, conflicto, oposición y desarmonía.
En cada momento, uno de los tres estados del Yo va a llevar el control del
comportamiento de la persona. Él es el que tiene el poder ejecutivo o control
de la personalidad en ese momento. Si el poder ejecutivo lo tiene el Adulto
percibirá y manejará las situaciones de forma más objetiva que si el control lo
tienen el Niño o el Padre. Tener el poder ejecutivo no es lo mismo que usar
exclusivamente comportamientos de ese estado del Yo. El control puede
tenerlo el Adulto y los comportamientos ser de Padre o de Niño. El uso de los
tres estados del Yo de manera flexible, armónica, adecuadamente adaptada a
las situaciones de la vida, con el control por el Adulto, es una forma óptima
de funcionar que a veces se denomina funcionar como Adulto Integrado.
¿Por qué es esto importante? Pues porque todos tenemos un Padre,
Adulto y Niño en nuestro interior y a veces nos comportemos más como un
Padre, otras como un Adulto y otras como un Niño. Lo haremos en función
de cómo nos sintamos y los recuerdos con los que están asociados esas
sensaciones. Sobre todo, si son sensaciones y emociones fuertes que no
hemos podido procesar. Por procesar quiero decir expresar, entender, liberar
y dar un nuevo significado.
Para tener una personalidad sana y armónica necesitamos tener
equilibrados estos tres estados del Yo. Internamente coexisten mejor o peor
avenidos. Podemos tener pensamientos del estado de Yo Padre como
«Debería trabajar más», y sentimientos del Niño que nos está pidiendo
«Descansa y juega conmigo» y un Adulto que sigue haciendo lo que cree que
es correcto en un momento determinado. El Adulto nos sirve para solucionar
los problemas del aquí y ahora y afrontar la vida de forma competente y
efectiva. El Padre nos ofrece el conjunto de reglas y normas que nos ayudan a
vivir en sociedad. Y el Niño nos da acceso a la espontaneidad, creatividad e
intuición que todos llevamos dentro.
Estos estados pueden activarse en relación con otros, en diferentes
momentos. Por ejemplo, cuando una persona entra en contacto con otra se
puede relacionar desde su Adulto al Adulto de otra, o lo mismo puede pasar
desde su Padre al Padre de otra o desde su Niño al Niño de otra. Esto se llama
una transacción (que implica un estímulo y una respuesta) o unidad básica de
un discurso social. Lo interesante es descubrir desde qué estado del Yo está
transmitiendo una persona y desde cuál lo está recibiendo la otra.
Hay muchas claves que ayudan a averiguar si la comunicación procede
del Padre, del Adulto o del Niño y son fáciles de detectar por el
comportamiento observable o porque suscitan reacciones en nosotros, las
vivimos como si procedieran de un Padre, un Adulto o un Niño. Cuando la
comunicación es de Padre a Padre, se llama una transacción complementaria
porque se da al mismo nivel, pero puede haber una transacción Padre de una
persona al Niño de la otra. Por ejemplo, cuando uno de los integrantes de la
pareja se encuentra enfermo y se siente vulnerable, se puede comportar como
un Niño mientras la persona que lo cuida se puede comportar como un Padre
(Madre).
Hay parejas que se comportan normalmente así; es como si uno hiciera
de Padre/Madre del otro Niño y este tipo de relación puede funcionar
mientras ambos estén dispuestos a seguir haciéndolo (muchas veces de forma
inconsciente), pero entonces la pareja no es de igual a igual, de Adulto a
Adulto, y el que ejerce de Padre/Madre tiene mayor autoridad sobre el que
actúa como Niño. Pero si uno de los integrantes se harta, entonces habrá un
conflicto para que se produzca una reorganización.
También puede haber transacciones Adulto/Niño. Por ejemplo, cuando
un miembro de la pareja tiene una entrevista de trabajo y se siente vulnerable
y duda de sí mismo y se siente como un Niño y comparte sus sentimientos
con su pareja, que desde el Adulto le recuerda todas sus capacidades y
habilidades y éxitos pasados para reforzarle y que se sienta mejor.
Otro tipo de transacción es la que se produce Padre/Adulto. Por ejemplo,
cuando alguien quiere quitarse una adicción como el tabaco, pongamos por
caso. Por un lado, tiene los datos del Adulto que sabe que fumar perjudica la
salud, pero no se ve del todo capaz de dejarlo y le pide ayuda a su pareja para
que le vigile y le reprenda cuando le apetezca fumar, y que si le encuentra un
cigarrillo que le riña. Le está pidiendo que le haga de Padre. Pero estos
estados no son tan fijos porque el Adulto, al verse reprendido por su pareja
Padre, puede querer rebelarse como un Niño y encontrar un cigarrillo que
había escondido y fumárselo.
Cuando la transacción no es complementaria sino cruzada es que una
persona se comunica de un estado del Yo a uno complementario y el que
responde lo hace desde otro estado del Yo. Por ejemplo, si uno le dice al otro
«¿Has visto dónde están mis llaves?», le correspondería una respuesta «Sí» o
«No», que sería una comunicación al mismo nivel, pero la otra persona le
puede contestar: «¿Por qué siempre me preguntas a mí por tus llaves,
acuérdate de dónde las dejas?». Aquí uno se ha comunicado desde el Adulto
y el otro ha respondido desde el Padre.
En las parejas, los estados del Yo que ejercen los integrantes pueden
cambiar según el contexto, es decir que son flexibles (pueden funcionar en el
Adulto en el trabajo y en el Niño en casa) o puede darse un patrón repetitivo
en que uno funciona más desde el estado de Yo Padre (el hombre) y otro
desde el Niño (la mujer), pero esto no es una relación sana. Si es temporal y
se da a ratos, es normal, todos podemos hacer esa dinámica, pero si se
mantiene en el tiempo y uno se vuelve dependiente del otro, ya no es una
relación sana, sino codependiente. Una relación sana es la que funciona
normalmente de Adulto a Adulto porque la intimidad solo se puede dar en la
igualdad. Cuando uno está en el Padre y otro en el Niño, el Padre tiene
autoridad sobre el Niño y el Niño se siente por debajo del Padre. Estás
relaciones, que no son complementarias, pueden generar relaciones del poder.
Es característico que las relaciones comiencen desde el estado de Yo
Niño de ambos en los que juegan y se satisfacen mutuamente. Es una
dependencia mutua y eso implica conocer los deseos y necesidades del otro y
estar dispuesto a satisfacerlas. Siempre que la relación conserve esta cualidad
de Niño-Niño en que ambos saben expresar los sentimientos y corresponder a
los del otro, es posible que ambos consigan lo que quieren.
No obstante, con el tiempo y según se van desarrollando de diferente
forma, surgen las peleas más intensas y difíciles que se producen cuando la
parte Niño de cada integrante de la pareja quiere conseguir que se satisfagan
sus necesidades. Esta parte se activa, curiosamente, cuando nos
comprometemos en una relación, es como si esperáramos que la pareja cubra
nuestras necesidades. Pero las dos partes tienen necesidades y cuando se
encuentran dos Adultos-Niños (que quiere decir un Adulto al que se le ha
activado su Niño), interactúan a dos niveles: el consciente Adulto-Adulto y el
inconsciente Niño-Niño. Cuando se activa nuestro Niño se activan también
las emociones, sensaciones, necesidades, impulsos que hubo que pasar al
inconsciente y están esperando salir, no son decisiones lógicas, son rabietas,
impulsos, necesidades que parece que no podemos controlar.
Estos dos niveles están en conflicto Adulto-Niño en cada miembro de la
pareja y en esos casos hay que trabajar esta parte nuestra Niño para que los
respectivos Niños de la pareja crezcan satisfaciendo sus necesidades y logren
relacionarse desde el Adulto-Adulto. Normalmente, las parejas lo hacen lo
mejor que pueden, pero por desgracia todos tenemos necesidades y traumas
que queremos sanar. Si observamos las peleas de la pareja comprobaremos
que son bastante infantiles y que están relacionadas con la competición y con
ganar. Suelen usar el lenguaje «porque tú…» seguido de frases como
«siempre, nunca, todo, nada». Cuando escuchamos estas palabras en la
conversación, sabemos que se ha activado la parte Niño. Surgen luchas de
poder, como cuando los hermanos se pelean para conseguir la atención de los
padres. A veces se habla muy alto, incluso se grita; lo que está de fondo es un
Niño que necesita atención y que le demuestren que le quieren.
Podríamos hacer una correlación de los estados del Yo con tres
comportamientos que son característicos de lo que se entiende por un Padre,
un Adulto y un Niño. Los Padres suelen proveer para sus hijos, así que los
podemos denominar dadores, los Niños se creen con derecho a recibir todo lo
que quieren y los podríamos llamar tomadores, y los Adultos tratan de ser
ecuánimes, así que tendrán comportamientos más igualadores.
¿Qué pasa cuando un Padre (dador) está continuamente dando a la
pareja que funciona en el estado de Yo Niño (tomador)? Pues sucede como la
vida misma, que llega un momento que se cansan de ser solo dadores. ¿Qué
pasa cuando un Niño (tomador) se acostumbra a recibir de un Padre (dador)?
Pues que se cree que tiene derecho, hasta que el Padre quiere emancipar al
Niño y surge el conflicto.
LOS JUEGOS PSICOLÓGICOS
A pesar de su nombre, no son juego y diversión sino un patrón repetitivo con
una serie de transacciones que tienen un resultado perfectamente previsible,
con una motivación oculta o una trampa que termina con el beneficio
previsible de que ambos jugadores se sienten mal. Hay diferentes tipos de
patrones/juegos en las relaciones de individuos adultos. El juego más común,
llamado el triángulo dramático de Karpman, es donde se dan los roles de
salvador, perseguidor y víctima, que veremos más adelante en los triángulos
(en el capítulo 20), que también son juegos de poder.
EL PODER
A medida que empezamos a relacionarnos con otras personas descubrimos
que tenemos un impulso irresistible a colocarnos en una posición de
superioridad o inferioridad, por más que queramos funcionar a nivel
consciente desde la igualdad. Realmente es que estamos muy condicionados,
porque desde que nacemos se nos enseña a que unos están por encima y otros
por debajo; lo vemos en las relaciones de nuestros padres, con nuestros
hermanos y con otros familiares. Aprendemos a obedecer a las personas que
tienen la autoridad y a las que les debemos respeto y «adaptación». Esta
programación nos conduce a aceptar la distribución desigual de poder entre
los seres humanos, por lo que, de alguna manera, lo damos por hecho en las
relaciones; a fin de cuentas, son modelos que hemos copiado
inconscientemente.
Por esta programación parece que estamos más acostumbrados a
situaciones en las que hay personas que están por encima o por debajo que de
igual a igual, y no solamente estamos acostumbrados, sino que lo buscamos.
Es frecuente que en las parejas se vivan situaciones típicas en las que, por
regla general, la mujer esté por debajo sometida muchas veces
voluntariamente, pero que tras una serie de años se rebele y decida separarse
o socavar el poder de la pareja. Todo es cíclico; unas veces estamos arriba y
otras abajo, según la cita: «Amos cuando nos dejan, esclavos cuando nos
tiranizan».
Cuando estamos más enamorados, tendemos a estar más fusionados,
funcionamos como uno, lo que se denomina fase de codependencia. Según se
va desarrollando la relación, uno de la pareja parece estar más enamorado,
más dependiente, más necesitado, más inseguro y se sitúa por debajo
mientras que el que está menos enamorado da la sensación de ser menos
dependiente, estar por encima y sentirse más seguro. Las personas que tienen
más poder poseen la capacidad de obligar a aquellos que no lo tienen a hacer
cosas por y para ellos. El poder no tiene por qué ejercerse mediante la fuerza
bruta; la persona puede demandarlo, pedirlo o manipular para conseguir lo
que se desea. Los que tienen el poder pueden llegar a creerse con derecho y
querer convertir al otro en un objeto de sus deseos. De igual manera, los
padres están en condiciones de obligar a los hijos a hacer lo que ellos creen
bueno, correcto y justo, aunque los hijos no tengan la misma percepción.
Curiosamente, algunas personas se acostumbran a estar por encima y
otras por debajo, o alternan de relación a relación. Todavía en las familias
tradicionales está como implícito que la mujer adopte un rol inferior y el
hombre uno superior. Esto es debido a la educación recibida y unos valores
que proceden de cuando el hombre era el proveedor y la mujer, la cuidadora.
Como veremos más adelante, esto está cambiando y a medida que vamos
siendo más conscientes de todos los aspectos que intervienen en las
relaciones, estamos consiguiendo funcionar más de igual a igual.
La pareja o el matrimonio (voy a utilizar pareja de ahora en adelante) es
la más complicada de todas las relaciones humanas. Pocas relaciones pueden
activar tantas emociones, generar tantas sensaciones, hacer que nos
cuestionemos tantas cosas y llevarnos a comportarnos de maneras que
nosotros mismos no somos capaces de entender. Podemos pasar por
diferentes estados del Yo en un día determinado y a lo largo de las distintas
fases que atraviesa la pareja y pasar del enamoramiento más extraordinario al
odio más intenso.
Tenemos que considerar que ambas partes aportan a la pareja la carga de
sus respectivos padres naturales o suegros (y su estado de Yo Padre), su
propia parte Niño, lo que complica el poder mantener un Adulto centrado que
pueda con tanta tensión de la relación. La mayoría de las parejas que no han
trabajado su niño interior previamente se basan en una relación Niño-Niño,
que concibe el amor como algo que se siente y no como algo que construimos
nosotros mismos con voluntad y dedicación. Este tipo de relaciones entiende
la felicidad como algo que se persigue y a la que se tiene derecho, en vez del
resultado de haber trabajado todos los aspectos de la relación para asegurar
que esta funcione óptimamente. Son raros los que han tenido un modelo feliz
de matrimonio de sus padres, con lo cual la mayoría no contamos con
referencias y hemos de aprender por ensayo y error, más bien error de creer
que el matrimonio es algo romántico con un final feliz, tipo las novelas
románticas que leemos o las películas de Disney que hemos visto desde
niños.
Cuando la fase de enamoramiento se pasa y la ilusión del ideal de la
persona amada se empieza a desvanecer, surgen las necesidades, los
sentimientos y emociones reprimidas de nuestra parte Niño y transferimos
todo lo que estaba esperando que atendieran y satisficieran nuestros padres a
la pareja y nos rebelamos el uno contra el otro. Entramos, pues, en la fase
contra dependencia (que veremos en el capítulo 9 y también en el 19).
Una manera de conseguir que la pareja no fracase antes de que empiece
es que los integrantes puedan descubrir sus respectivas personalidades y lo
que compone su psique, en la que están sus respectivos Padres y Niños, para
así desde un Adulto sano y coherente tener información de todo lo que
conlleva la relación de pareja y cómo prevenir las posibles dificultades que
puedan surgir antes de que lo hagan. En esta fase tomamos consciencia de
nuestra propia autonomía e independencia.
Una manera de tomar una decisión reflexiva respecto de si va a ser
viable o no una pareja y ver cómo van a funcionar en interdependencia es
analizar los PAN de ambos. A lo largo del libro, para que se entienda cómo
se aplica la teoría que explico, ilustraré esta cuestión con ejemplos de un caso
concreto (que serán un compendio de los diferentes casos que he visto en
terapia).
Veamos ahora el desarrollo del caso de la pareja compuesta por Ana y
Luis.
Ana tenía dudas sobre si aceptar la proposición de matrimonio de su pareja Luis y me
pidió que analizáramos la situación en detalle porque quería estar segura de que hacía lo
correcto. Obviamente, no la analizamos en una sola sesión, sino que fuimos viendo
distintos aspectos a tener en cuenta para que pudiera tomar una decisión responsable.
Primero dedujimos cuál era su personalidad y cuál era la de su pareja para ver qué
formas de pensar, sentir y actuar, qué talentos y dificultades y puntos ciegos aportaba cada
cual a la pareja, y qué cosas tenían en común y qué dificultades se podrían encontrar por
el mero hecho de tener personalidades diferentes. Como comprenderemos cuando
lleguemos al capítulo 11 sobre tipos de personalidad, ella tenía una personalidad tipo 2 y
él una personalidad tipo 4. Esto ya nos indicaba varias cosas: primero, que en el PAN ella
funcionaba fundamentalmente desde el estado de Yo Padre/Madre y él desde el estado del
Yo Niño; esto puede hacer que en la comunicación él tome el rol de Niño y ella el de
Madre. También vimos que ella es dadora mientras él es más tomador, lo que puede crear
un desequilibrio. Por otro lado, ambos tienen un estilo de funcionamiento más bien
femenino, que también veremos en el capítulo correspondiente, lo que significa que se
puede perder rápidamente la pasión a no ser que haya polaridad masculino-femenino.
Ana tiene treinta y tres años, es una chica lista, simpática y graciosa, no demasiado
guapa, pero sí atractiva. Estudió para ser profesora de infantil porque no se consideraba a
sí misma muy inteligente, y como le gustaban los niños pensó que podría intentar
enseñarles jugando. Tiene una hermana mayor, Virginia, de treinta y cinco años, y se
supone que es la inteligente y la guapa de la familia, pero también es más seria y no tiene
sentido del humor; Ana no se relaciona mucho con ella ahora y tampoco lo hacía
demasiado cuando era niña, más allá de compartir lo cotidiano. Ana de pequeña estuvo
enferma y le tenían que poner inyecciones muy dolorosas y pasó mucho tiempo solita en
casa porque tenía fiebre y no podía ir al colegio mientras que su hermana sí iba. Su padre
Juan jugaba con ella los pocos ratos que pasaba en casa mientras que Virginia dedicaba
mucho tiempo a leer y estudiar.
Los padres de Ana, Carmen y Juan, son un matrimonio tradicional. Juan es muy
trabajador y es el proveedor de la familia, tiene sesenta y cuatro años y está temiendo
jubilarse porque le gusta mucho su trabajo, donde se siente importante. Carmen es ama de
casa y es una mujer inteligente que no pudo estudiar porque sus padres no tenían dinero.
Carmen es muy activa y siempre está ingeniándoselas para sacar el máximo partido al
dinero que tienen e ideando cosas que se pueden hacer para que la casa sea más cómoda,
para que consigan mejorar y prevenir posibles adversidades futuras, pero no es muy
cariñosa. Juan es un poco rígido y tiene las ideas muy claras de lo que está bien y lo que
está mal, aunque se puede intuir que en el fondo parece tierno. Está de acuerdo con
Carmen en relación a la educación de las hijas a nivel de estudios, aunque está en
desacuerdo respecto de que sean tan independientes y tengan ideas propias. Cree que las
cosas se tienen que hacer como él dice cuando está en casa, que es poco porque trabaja
mucho, mientras es la madre, Carmen, la que lleva las riendas del hogar la mayor parte del
tiempo. Carmen depende económicamente de su marido, pero, en vez de ser sumisa,
cuestiona muchos de los comportamientos de Juan y discuten bastante; ella siempre quiere
conseguir lo que se propone y casi siempre lo logra porque, como Juan la quiere mucho, le
da gusto.
Luis tiene treinta y cinco años, es hijo único, guapo, inteligente, original en su
forma de vestir y comportarse, no es el típico hombre masculino, porque no es que sea
afeminando, pero sí es sensible. Trabaja de director creativo en publicidad, y aunque no le
gusta demasiado su trabajo —querría tener más libertad para hacer lo que cree que sería
más artístico, pero no le dejan—, en general está bien. Su madre, Luisa, es una mujer
ambivalente que, por un lado, se siente indefensa, pero también tiene carácter y capacidad.
Su exmarido Antonio, el padre de Luis, que es una persona autoritaria, siempre se las
arreglaba para imponer su voluntad y hacía de menos y humillaba a Luisa cuando las
cosas no salían como él quería. Llegó un momento en que discutían continuamente y por
fin, cuando Luis tenía cinco años, el padre se fue de casa. Venía a ver a su hijo muy de
vez en cuando (aunque le pasaba la pensión). Luisa se hizo cargo de que su hijo solo la
tenía emocionalmente a ella y se volvió sobreprotectora. Luisa le pedía al padre que
visitara más a Luis y este decía que estaba muy ocupado, por lo que el niño se sintió
abandonado, muy solito y enfadado con su padre por abandonarlo, aunque ahora lo evita.
Luisa trabaja en un banco y ha conseguido tener un puesto que le permite vivir bien y
tener seguridad, que es lo que ella andaba buscando. Se enfadó mucho cuando Luis se fue
a vivir con Ana; primero, porque se fue sin casarse y, segundo, porque él dio por hecho
que se podía ir y dejarla a ella sola.
Cuando Ana viene a consulta me cuenta que, al poco de conocerse (seis meses), se
fue a vivir con Luis, aunque a sus padres no les hizo mucha gracia (pero como ya
trabajaba y se podía mantener, lo tuvieron que aceptar); actualmente lleva un año viviendo
con él. Me dice que, aunque está muy enamorada, se está empezando a dar cuenta de que
ya no le atrae tanto sexualmente y que ve que Luis es un poco egoísta, aunque lo excusa:
«Claro, es hijo único». Me cuenta que se conocieron porque ella era amiga de una
compañera de trabajo de Luis y se sintieron inmediatamente atraídos el uno por el otro,
empezaron a salir y Ana no se podía creer que un chico tan guapo y sensible se fijara en
ella (que, en su opinión, no es gran cosa), aunque se ve a sí misma cariñosa y generosa. Al
principio de la relación tenían mucho sexo y disfrutaban mucho, hacían muchas
actividades; él y ella son muy creativos y se les ocurrían muchas cosas que podían hacer
juntos, pasaban mucho tiempo fuera de casa. Estaban muy enamorados y se comportaban
como si estuvieran fusionados, no sabían estar el uno sin el otro. Me dice que ahora Luis
le ha pedido que se case con él, pero que, aunque siente mucha ternura, cariño y ganas de
cuidarle, cree que le falta algo y que la idea de casarse le da miedo.
Aplicando lo que acabamos de ver, Luis y Ana tienen dos padres (y estado de Yo
Padre) muy diferentes: un matrimonio tradicional que se quieren pese a que discuten
mucho y unos padres divorciados en que el padre es muy autoritario y la madre más bien
sumisa y sobreprotectora. Esto significa que, aunque a nivel consciente, no se van a casar
con sus padres, a nivel inconsciente tienen ideas muy diferentes respecto del matrimonio y
de los roles de la pareja, por lo que cada uno ha aprendido en casa. Además, estos padres
serán suegros y tendrán que compartir muchos ratos juntos. A Luis, el padre de Ana
(Juan) le recuerda un poco a su padre en lo de autoritario y no le gusta mucho estar en su
presencia porque se siente juzgado y evaluado (transferencia que veremos más adelante).
Luis le ve a Carmen muchas cosas de su madre Luisa: que es decidida, activa, pero no la
considera tan mandona.
Ana y Luis se empiezan a comunicar desde su Niño y se sienten fusionados y
acompañan y apoyan mutuamente. Aunque en principio creen que se atraen porque él es
guapo y ella cariñosa y simpática, en realidad son sus dos Niños que se atraen porque
tienen en común que se han sentido relativamente solitos y necesitados de cariño.
Respecto a su Adulto, ambos son creativos y les gusta hacer actividades juntos, con lo que
se comunican bien en este sentido. Aunque sus Padres son diferentes tienen más cosas en
común. En principio, como se quieren, podría ser una pareja que funcione mientras ambos
pongan de su parte para que así sea.
6

ENAMORARSE DE UNO MISMO ANTES DE ENAMORARSE


DE OTRO
Ninguna persona involucrada en una relación
debería sentir que para hacerla viable
necesita renunciar a una parte esencial de sí misma.
MAY SARTON
Cuando estamos en el vientre materno tenemos esa sensación de totalidad,
unión, de sentirnos completos porque todas nuestras necesidades están
atendidas. Pero desde el momento que nacemos estamos yo y tú, y surge un
espacio entre tú y yo que es la relación y esta puede tomar muchas formas.
Cuando el niño descubre que su madre no siempre está ahí, se produce
el anhelo de la conexión, la necesidad de que haya otra persona que supla sus
necesidades de nutrición o cuidado, de amor o cariño y de protección.
Aunque hayamos sido afortunados de nacer en una familia sana y segura, es
difícil que nuestros padres, por más que lo intenten, puedan adivinar y
satisfacer todas nuestras necesidades. Esto tiene su lado bueno y no tan
bueno: por un lado, al no suplir todas nuestras necesidades desarrollamos
nuestro instinto de búsqueda y de aventura, y, por otro lado, la no satisfacción
de nuestras necesidades genera una sensación de carencia que querremos
satisfacer (hasta que aprendamos a aceptarlas y/o satisfacérnoslas a nosotros
mismos, pero esta tarea nos puede llevar toda la vida si no tomamos
consciencia de ello).
Hasta cierto punto, todos hemos sido heridos en mayor o menor medida
porque es imposible que el otro nos comprenda plenamente. El encuentro
entre lo que nosotros necesitamos y lo que los otros nos pueden ofrecer es
difícil de conseguir. Es corriente que las personas se muevan en los extremos,
por lo que, tanto si los padres son demasiado protectores y nos abruman
como si nos dejan demasiada independencia, nuestro Niño puede sentir que el
mundo no le está dando lo que necesita y se va a frustrar.
Nuestra autoestima comienza en la cara de nuestros padres, en cómo nos
aceptan, aprecian, nos muestran afecto, nos prestan atención. Los padres lo
hacen lo mejor que saben, pero no son perfectos. Hay padres que no ven
ningún defecto en sus hijos, pero también, en el otro extremo, están los que
no ven nada más que defectos.
Empezamos a generar nuestra sensación de nosotros mismos a través del
reflejo de nuestros progenitores. Aprendemos a apreciarnos o criticarnos en
función de cómo los otros nos han apreciado o criticado, y aunque no nos
guste lo que nos dicen, debemos tener en cuenta que de niños somos
absolutamente dependientes de nuestros padres y/o cuidadores, y si estos no
nos cuidan, nutren, dan cobijo… nos morimos. Por eso nos dejamos
influenciar por ellos porque no tenemos elección; de niños no nos podemos
escapar de casa y el miedo a que nos rechacen, abandonen y no nos quieran
nos hace conformarnos y adaptar nuestro comportamiento a lo que ellos
aprueban.
En este proceso nos desconectamos de nosotros mismos, dejamos de ser
como somos realmente o lo que podemos llamar nuestro auténtico ser o
esencia, para comportarnos como los otros quieren que seamos. Lo hacemos
fundamentalmente para evitar el dolor de la desaprobación por parte de
nuestros padres. Al separarnos de nuestro auténtico ser, vamos probando
diferentes maneras de comportarnos para ver cuál nos procura menos dolor o
nos produce bienestar.
Probamos diferentes roles y vemos si nos aceptan o nos avergüenzan, si
nos consideramos aprobados, repetimos el rol hasta que forma parte de
nosotros y si no lo somos y nos sentimos avergonzados lo pasamos al
inconsciente. Estos roles o partes nuestras conforman nuestros estados del
Yo.
Vamos creando un falso yo y escondiendo nuestra esencia, soñando con
poder ser lo que nos gustaría y se va formando nuestra máscara, «persona» o
estructura defensiva, todos sinónimos de ego o personalidad. En esta
dinámica se va construyendo nuestra personalidad, aunque también nos
vamos alejando más y más de nuestra esencia, de nuestro auténtico ser, de
quiénes somos en realidad, de lo que nos gusta y de lo que nos hace felices.
En este proceso nuestra energía vital, nuestro amor, nuestra felicidad se
ven condicionados a lo que quieren los demás. Dejamos de ser nosotros
mismos de tres maneras: disociando nuestra consciencia de nosotros en
diferentes partes, desapropiándonos de lo que sentimos y desensibilizando
nuestro cuerpo del malestar de no considerarnos aceptados, apreciados y
amados como necesitamos.
En este proceso colocamos la responsabilidad de nuestra persona fuera,
nos queremos si nos quieren, nos valoramos si nos valoran y nos
comportamos como los otros quieren. Incluso nos podemos llegar a creer que
somos como ellos quieren que seamos y trasladamos al inconsciente todo lo
que no podemos manejar en el consciente. Según repetimos este
comportamiento, lo vamos grabando más y más y sintiéndolo más nuestro e
incluso nos llegamos a creer que somos así y que nos gusta ser de esa forma.
Sin darnos cuenta, nos convertimos en una réplica de un compuesto de los
comportamientos que hemos visto en nuestros padres y lo que ellos nos han
reflejado que les gusta y en lo que nos hemos convertido y creemos que
somos.
Pero la vida sigue y a medida que vamos creciendo nuestra consciencia
también; vivimos diferentes circunstancias que nos hacen cuestionarnos lo
que hacemos, cómo lo hacemos y por qué lo hacemos, y esto nos empieza a
crear conflictos. Un conflicto se da cuando una parte nuestra
quiere/aprecia/elige algo mientras otra parte nuestra quiere/aprecia/elige algo
diferente.
El conflicto nos crea un malestar que se manifiesta a través de las
emociones de supervivencia: miedo, enfado o tristeza. Y puede que también
experimentemos vergüenza, que nos indica que no nos sentimos adecuados y
que tenemos que hacer algo para sentirnos bien con nosotros mismos. Incluso
nos puede invadir la culpa de no haber hecho todo lo que creemos que
deberíamos haber hecho para que nos quisieran.
¿Qué tenemos que hacer? Mientras que sigamos siendo dependientes de
nuestros padres tenemos pocas posibilidades. De adolescentes puede que nos
rebelemos, pero salvo que podamos irnos de casa nos tendremos que
aguantar. Aguantar no es resolver, es como poner una coraza, una armadura
para no dejarnos sentir las emociones que nos movilizarían para conseguir lo
que queremos, deseamos o necesitamos. Para resolver cualquier malestar,
tensión o conflicto lo primero que tenemos que hacer es tomar consciencia de
lo que estamos sintiendo, pensando, haciendo. Una vez hecho esto, tenemos
que aceptar lo que hay, porque de nada sirve quejarse o preguntarse por qué
nos sucede a nosotros esto, sino ver qué podemos hacer para dejar de
sentirnos así. Por último, si queremos, tendremos que pasar a la acción para
transformar ese malestar.
Es probable que este conflicto y lo que hacemos para manejarlo genere
un patrón, porque, una vez que interpretamos un comportamiento y nos es
útil, tendemos a repetirlo hasta que se convierte en automático y llegamos a
creer que somos lo que hacemos. Pero somos mucho más que lo que
hacemos, somos también esas partes nuestras que hemos apartado del
consciente. Así, es posible diferenciar partes: de las que somos conscientes, a
las que podemos acceder si prestamos atención (subconscientes) y otras que
hemos trasladado al inconsciente y no son accesibles.
En el proceso de desarrollo, según vamos creciendo, podemos también
crecer en consciencia o no. Las personas que no lo hacen repiten patrones
rígidos de comportamiento y todo lo que suponga un cambio lo viven como
amenaza y les da miedo. Las que sí, por el contrario, a medida que se ponen
en contacto con sus emociones y sensaciones, toman consciencia de su
malestar interno y empiezan a buscar cómo aliviarlo.
Lógicamente, como nos hemos adaptado a lo de afuera, creeremos que
el alivio va a tener que venir de fuera. Algunas personas lo viven como si
alguien externo les fuera a salvar porque les va a descubrir, valorar, apreciar
y, de alguna forma, les redimirá. Esta idea nos la han inculcado a través de
los cuentos, las películas y los comentarios que escuchamos de las personas
significativas y que pasan de generación en generación. Creemos que cuando
encontremos la pareja perfecta (nuestra media naranja) nos puede completar y
devolvernos esa sensación de unión y totalidad. De ahí la idea de que el amor
del otro va a redimirnos, convertirnos en lo que podemos llegar a ser, porque
por nosotros mismos no somos capaces. Sin embargo, muchos nos
preguntamos, ¿quién ha exprimido mi media naranja?
Nos pasamos la vida buscando fuera lo que ya tenemos por naturaleza
dentro, porque nacemos del amor, somos amor, y aunque nos desconectamos
de nuestra propia fuente de amor para encajar en nuestro entorno, podemos
volver a conectar con ella. También podemos integrar las diferentes partes de
nosotros que hemos disociado y pasado al inconsciente, pero que están ahí
esperando ser rescatadas. Tenemos que apropiarnos de todo lo que somos,
aceptarnos y enamorarnos de nosotros mismos.
Sin embargo, mientras estamos volcados en el afuera, utilizando a los
demás como referencia, nuestro auténtico ser seguirá escondido. Se despierta
cuando estamos solos, aburridos o cuando tenemos una crisis y entonces el
dolor y la confusión de sentirnos a nosotros nos haga cuestionarnos el porqué
de cómo somos y por qué tenemos vergüenza de ser como somos.
Cuando nos avergonzamos por sentirnos inadecuados, tratamos de
esconder las partes de nosotros que no aceptamos. Sentimos impotencia,
confusión… y entonces solo nos queda pedir ayuda. No podemos recibir lo
que no pedimos y muchas veces, si nos ofrecen ayuda cuando no la hemos
solicitado, no somos capaces de aceptarla. Cuando lo hacemos, ya hemos
empezado a recibirla, porque para pedir ayuda hemos de tener cierta
esperanza de que podemos conseguirla y de que nos va a hacer sentirnos
mejor con nosotros mismos. Nos ayuda a salir de nuestro escondite, a tomar
consciencia de partes nuestras que hemos pasado al inconsciente porque nos
daban vergüenza. Sobreponernos a la vergüenza es darnos cuenta de que
podemos elegir.
La recuperación empieza con la decisión de dejar de sentirnos como
víctimas y seres autodestructivos, aceptar la impotencia que hemos vivido y
poder tomar nuestra vida en las manos poniéndonos en marcha. Esta
aceptación es empoderadora, es el comienzo de reconocer nuestro poder.
Cuando podemos compartir nuestras vergüenzas sin juicio, se produce la
sanación.
Enamorarse de uno mismo no es una tarea fácil porque llevamos mucho
tiempo esperando que alguien de ahí fuera nos quiera para entonces
querernos a nosotros mismos. Enamorarse de uno mismo es aprender a
relacionarse bien con nosotros mismos, es reconocer y reconectar con esas
partes nuestras que apartamos en su momento para comportarnos como los
otros querían que fuéramos para ser aceptados. Es descubrir estas partes y
manejar los conflictos internos para poder integrarlas. Aunque es un proceso
sencillo, es una de las cosas más difíciles de hacer. Es difícil porque nuestra
cultura nos ha educado en el juicio y el rechazo de lo diferente en vez de en la
comprensión y compasión por todo lo humano.
Enamorarse de uno mismo es querer identificar, comprender y abrazar
todas esas partes que hemos ido pasando al inconsciente; abrazar nuestras
vergüenzas, es tener esperanza, es creer que podemos aprender y transformar
lo que no hemos reconocido de nosotros mismos porque no les ha gustado a
los demás. Es tomar consciencia de que tal vez no nos guste algo de nosotros
mismos porque nos hemos estado comparando con un ideal de nosotros o con
lo que las personas significativas querían para nosotros.
Con frecuencia nos construimos un ideal de lo que nos gustaría ser, que
nos puede servir para superarnos o también para sentirnos víctimas dado que
nunca lo alcanzaremos. Cuanto más mantengamos este ideal, más nos
apartamos de quienes somos y nos costará aceptar nuestra realidad.
Tenemos que aprender que ya estamos o somos completos y no hay
nada fuera que nos vaya a completar sino a complementar. Tenemos que
aprender a ser honestos con nosotros mismos y recordarnos que vamos a
acompañarnos siempre mientras que todos los que entren en nuestra vida
están de paso. Por ello, una de las mejores cosas que podemos hacer es
aprender a ser amigos de todas nuestras partes, aceptarlas y apreciarlas.
Si bien es cierto que los seres humanos somos seres sociales y nuestra
sociedad está construida de forma que seamos más o menos codependientes,
no es menos cierto que tenemos que aprender a ser independientes o
autónomos para luego poder ser interdependientes; de lo contrario, nos
convertiremos en dependientes y/o codependientes. A muchos nos han
enseñado a no querernos, a sacrificarnos y negar nuestros deseos, nos han
inculcado que tener interés en nosotros mismos era orgullo y que este es un
pecado capital. Quién no ha oído alguna vez: «¿Pero tú quién te crees que
eres? Mientras estés en esta casa se hace lo que digo yo».
Cuando no nos sentimos queridos, nos estresamos y tenemos miedo, lo
que nos hace estar alerta. Esto es estresante y solitario porque estamos en
modo «lucha/huida»: con ganas de enfrentarnos (lucha) y mostrarnos como
somos y a su vez con ganas de huir (huida) del dolor de no poder ser nosotros
mismos, por miedo a que no nos acepten como somos. Nuestro falso yo está
delimitado y definido, porque son personajes («máscaras») que interpretamos
mientras que nuestro auténtico ser es más amplio, más flexible y puede
manifestar muchos más comportamientos. Nuestro verdadero potencial es
infinito y está por descubrir.
Pero hasta que no rescatemos a nuestro niño interior, cuestionemos al
Padre que todos llevamos dentro y creemos nuestro propio Adulto amoroso
que integre todas nuestras partes para que nos sintamos unidos y
construyamos nuestro sentido de identidad, nos costará amarnos a nosotros
mismos.
Tenemos que empezar a amarnos como somos, de la misma manera que
amamos a los demás con comprensión, compasión y no juzgándolos. Cuando
somos capaces de entender cómo hemos llegado hasta aquí, y todo lo que
hemos tenido que superar para llegar a este punto, podremos apreciar nuestro
esfuerzo.
Para poder amarnos tenemos que desarrollar las siguientes cualidades:

Autoconsciencia: aprender a conocernos, a descubrir todo lo que somos,


dejar de identificarnos con nuestro falso yo y darnos cuenta de que
detrás de esa máscara está nuestra vulnerabilidad y también está nuestro
auténtico ser.
Autoaceptación: darnos cuenta de que para poder amarnos tenemos que
aceptarnos tal cual somos y dejar de compararnos con nadie porque
todos somos únicos y cada uno de nosotros tiene algo bello que aportar.
Auto-respeto: desarrollar el respeto hacia nosotros mismos es descubrir
lo que nos gusta y no nos gusta, aprender a poner límites, a saber decir
no, a afirmar lo que queremos y lo que no queremos.
Autoafecto: tener compasión de nosotros cuando no conseguimos lo que
pretendemos y cuidarnos, permitirnos sentir lo que sentimos,
acompañarnos en lo bueno y en lo no tan bueno, incluso en lo malo.
Aprender a celebrar cuando las cosas nos salen bien y ver qué podemos
aprender cuando nos salen mal, permitiéndonos las equivocaciones.
Autoestima: aprender a apreciarnos a nosotros mismos, a confiar en
nuestras fortalezas y estar orgullosos de ser nosotros mismos. ¿Por qué
pretendemos que nos ame otro mientras nosotros no nos amamos a
nosotros mismos? ¿Pretendemos acaso que otros nos amen más de lo
que nosotros nos amamos a nosotros mismos? ¿Que ese otro ame de
nosotros lo que nosotros mismos no amamos? Es aceptarnos y amarnos
como queramos que nos amen, porque de no ser así crearemos
relaciones dependientes.
Autocuidado: saber mantener la salud y recuperarnos cuando caemos en
la enfermedad. Cuando nos amamos, nos cuidamos, nos preocupamos de
mantenernos sanos. Cuando nos olvidamos de nosotros mismos, nos
enfermamos, y la enfermedad nos indica que tenemos que prestarnos
atención.
Autoconexión: aprender a ir integrando nuestras diferentes partes que
pasamos al inconsciente, lo que nos dará una sensación de coherencia y
de integridad. Cuando somos íntegros y coherentes no solo nos
beneficiamos nosotros, sino que es la mejor aportación que podemos
hacer a los demás porque entonces seremos buena compañía y
enriqueceremos a todos los que están a nuestro alrededor.
Autoegoísmo: aprender que la caridad bien entendida empieza por uno
mismo. Dejar de dar sin que te lo pidan y aprender a recibir y saber
equilibrar el dar y recibir.
Autoapego: disfrutar de estar a solas con nosotros mismos, que estar
solos sea una elección. Es aprender a acompañarnos y vincularnos con
nosotros mismos y convertirnos en nuestro mejor amigo o amiga porque
vamos a estar con nosotros mismos toda la vida, mientras que los demás
están de paso.
Autocompasión: cuidar la relación con nosotros mismos como
cuidaríamos la relación con los demás.

Todos estos factores influyen en el amor hacia uno mismo, que cambia
nuestra autoestima y autoconcepto, y nuestra habilidad para conseguir
nuestros objetivos y nuestra sensación de valía personal. El amor por
nosotros mismos nos hace sentir más listos, inteligentes, más fuertes, más
poderosos, lo que nos lleva a expandirnos y dejar de lado nuestras dudas para
probar nuevas cosas, aunque haya que asumir riesgos.
Cuando podemos abrazar y apreciar nuestras propias virtudes y tener
compasión por nuestras propias limitaciones y retos internos, estamos listos
para crecer en amor e intimidad. Con esta autoconsciencia expandida y
autoamor podemos mantener un corazón abierto y crecer junto a nuestra
pareja desde una consciencia y un amor más profundo, aceptador y con
mayor confianza.
Volviendo a Ana y Luis, aunque parecen personas relativamente seguras en apariencia, ya
Ana, como mencionamos antes, admitía que no comprendía cómo un chico tan guapo y
capaz se podía haber fijado en ella.
Le pregunto a Ana cómo se ve a sí misma y me dice que cree que es atractiva y se
sabe sacar provecho, que no se considera inteligente (cree que su hermana sí lo es), pero
puede gustar siendo simpática y cariñosa y agrada a los demás porque sabe lo que los
otros necesitan y se lo da.
Cuando le pregunto cómo ve a Luis, me dice que es guapo, inteligente, capaz,
sensible, y que le gusta cómo lo pasan juntos. Ella cree que él tiene todo lo que hace falta
para ser «un buen partido», pero que hay algo que le da miedo.
Y cuando le pregunto qué cree que le atrajo de ella a Luis, me cuenta lo que hizo
para «gustarle», que potenció lo que ella creía que a él le iba a gustar: que fuera cariñosa,
atenta y generosa con él.
Esto, aunque lo hacemos todos al principio de la relación en la fase de
enamoramiento, puede indicar que le falta algo de autoestima y que está intentando
adaptarse a él para gustarle.
7

EL ECO DEL TRAUMA


Todas las relaciones (adultas) recrean la relación original.
El descubrimiento del amor es un redescubrimiento.
SIGMUND FREUD
Todos tenemos trauma en mayor o menor medida porque de alguna forma
sufrimos un desencuentro entre lo que necesitamos y lo que obtenemos.
Definimos ese trauma como cualquier experiencia, con carga emocional,
vivida en soledad; la manera en la que hemos percibido un evento o el
comportamiento de una persona nos ha generado dolor y nos hemos visto
desbordados emocionalmente, en especial por el miedo, porque ha
sobrepasado nuestros mecanismos de afrontamiento y a partir de esa
experiencia nos tenemos que defender de diferentes maneras para que no nos
afecte. Si a continuación de una situación traumática tenemos la suerte de
contar con una relación reparadora, una persona que nos atienda, contenga,
consuele, tenga compasión por nosotros y nos dé seguridad, es posible que no
desarrollemos trauma, pero si nos sentimos solos, desatendidos,
desamparados, generaremos diferentes tipos de comportamientos defensivos
compensatorios para tratar de evitar sentirnos mal.
Trauma es diminutivo de estrés postraumático, que significa que
seguimos viviendo con estrés intenso el pasado evento traumático. El estrés y
el trastorno de estrés postraumático o TEPT son dos extremos del mismo
continuo. Realmente todos tenemos diferentes niveles de estrés porque nos
estresan los cambios, como una mudanza, un nuevo trabajo, una pérdida…
Cuando no nos sentimos queridos en una relación nos estresamos, y cuando
esta se rompe, tanto si nos dejan como si dejamos, todos padecemos
TRASTORNO DE ESTRÉS POSTROMÁNTICO, que es, a mi entender, el mayor estrés
que podemos vivir porque afecta a nuestra identidad. Si alguien se muere no
podemos hacer nada, pero si rompemos con una pareja siempre nos queda la
duda de qué podríamos haber hecho.
No todos respondemos igual a la misma situación estresante, nuestra
reacción va a depender de nuestra resiliencia o capacidad para manejar
situaciones sobrecogedoras, que está muy relacionada con el tipo de apego
que hayamos desarrollado con nuestras relaciones familiares de niños. Si nos
hemos sentido seguros, confiados, apreciados y aceptados tal como éramos,
tendremos más seguridad en nosotros mismos y nuestras capacidades o más
autoestima y, por lo tanto, más fortaleza para hacer frente a situaciones
estresantes. Por el contrario, si hemos tenido situaciones en las que hemos
vivido en estado de alerta porque nuestras relaciones familiares nos daban
miedo o hemos sufrido abuso físico o psicológico, tendremos más miedo,
menos autoestima o fortaleza interna, y podremos tender a tener relaciones
codependientes que no son sanas.
Todos hemos vivido situaciones traumáticas en el pasado. Tenemos
diferentes tipos de trauma que varían en un continuo que va desde los
traumas con t minúscula, que son pequeños desencuentros con personas
significativas e importantes para nosotros, hasta los Traumas con T
mayúscula, entre los que se encuentran los abusos, las negligencias, las
agresiones también causadas sobre todo por personas significativas porque
son las que más daño nos pueden hacer. Y existe un tercer tipo de trauma, el
acumulativo, que es la suma de pequeños traumas que nos van erosionando
poco a poco. Sobre todo, van erosionando nuestro sentido de nosotros
mismos, nuestra autoestima.
El mayor trauma que vivimos todos es el nacimiento, porque nos pone
en contacto con el miedo a la vida y a la muerte. Como ya hemos dicho antes,
desde el momento que nacemos dependemos de una persona, normalmente
nuestra madre, para que nos cuide, proteja y dé amor, tres factores
sumamente importantes para que nos desarrollemos de forma adecuada. Pero
si no recibimos estos tres factores en la medida, con la continuidad y en
sintonía con nuestras necesidades empezamos a sentir más miedo, que se va
acumulando al miedo de base que es el de nuestro nacimiento.
Nuestro patrón de miedo es indirectamente proporcional a la cantidad de
Amor que recibimos y entendemos Amor según nueve aspectos o cualidades
principales que son: que nos presten Atención, que nos Acepten como somos,
que nos muestren Afecto, que nos Aprecien, que Admitan nuestra
originalidad, que nos podamos Apoyar y Apegar, que nos Animen y que nos
Admiren.
En la medida que recibimos el Amor a través de estos aspectos,
satisfaremos nuestras necesidades relacionales (que veremos más adelante),
que son tan importantes como nuestras necesidades fisiológicas, de
seguridad, sociales, de estima y reconocimiento y de autorrealización. De no
ser así y no poder satisfacer nuestras necesidades relacionales como las
necesitamos, tenderemos a buscar cómo satisfacerlas en nuestras relaciones
con los demás, pero especialmente con nuestra pareja, que es a quien
transferimos o trasladamos el cometido de satisfacer nuestras necesidades
relacionales.
Notamos que tenemos necesidades insatisfechas cuando mostramos
emociones como el miedo, enfado, tristeza, vergüenza, culpa, en una
intensidad y de una forma que no se corresponden a lo que está pasando en el
aquí y ahora y nos confunde nuestra reacción. Los traumas nos hacen revivir
el pasado como si fuera presente y cuando algo nos recuerda lo sucedido,
como sentirnos indefensos, nuestro cuerpo revive esas sensaciones de
entonces. Estos recuerdos pueden ser de cuando éramos niños, o lo que
sentimos en una relación anterior que no terminó bien. Las relaciones
anteriores que han terminado mal nos habrán dejado una impronta de miedo a
volver a experimentar algo similar.
A raíz de una situación traumática podemos tener los siguientes
síntomas: altibajos emocionales, nos sentimos irritables o descorazonados o
también nos podemos mostrar indefensos y revivir situaciones pasadas como
si estuvieran sucediendo ahora; lo que nos hace vivir en el miedo. También
podemos hacer comportamientos autodestructivos como beber, fumar, en
exceso, o sentirnos disociados (como que no sentimos nuestro cuerpo),
incluso tener la sensación de que el tiempo se ha quedado atrapado en el
pasado. Tendremos problemas con los límites, y dificultades relacionales. Por
regla general, no somos conscientes de que estos síntomas son las secuelas
del trauma, por lo que cuando se activan dejaremos a nuestra pareja perpleja
porque no parecerá que haya una causa-efecto y nuestra reacción no se
corresponderá con la realidad actual. Con frecuencia, la pareja se toma estos
síntomas como algo personal, lo que puede provocar discusiones o
distanciamientos por falta de entendimiento de la situación. En realidad, le
estamos transfiriendo al otro asuntos de nuestro pasado que no le
corresponden.
La relación de pareja guarda muchos paralelismos con la relación de
apego infantil. A través del vínculo del apego, la persona desarrolla y
adquiere las capacidades y competencias emocionales necesarias para tener
una conexión sana y madura en las relaciones afectivas significativas. Estas
capacidades emocionales son identificar y diferenciar, y autorregular las
emociones propias y ser capaces de tener empatía con las de los demás. Las
diferencias en los estilos de apego reflejan discrepancias en los esquemas
relacionales.
Cuando empezamos una relación con nuestra pareja tenemos la
sensación de que no podemos vivir sin el otro, que le necesitamos, y según
vamos pasando por las fases de la relación nos vamos independizando más y
volviéndonos más autónomos (lo veremos en el capítulo 9). Esto también
sucede cuando nos convertimos en adolescentes primero y adultos después y
podemos abandonar la protección familiar porque contamos con las
capacidades para cuidarnos plenamente.
Sin embargo, siempre tenemos la sensación de no valernos del todo por
nosotros mismos (por muy autónoma que sea la persona) y de igual manera
que queremos contar con el apoyo de nuestros padres, buscamos asimismo el
apoyo de la pareja. Esperamos que nuestra pareja esté dispuesta a
respaldarnos, a lo largo de toda la vida, como nosotros haremos con ella. En
una relación sana, el apego es bidireccional, ambos aceptan la
responsabilidad de apoyar y cuidar del otro cuando este no pueda hacerlo por
sí mismo y ambos son responsables de colaborar para mantener la relación.
Las relaciones románticas sirven como una base segura que ayuda a las
personas frente a las sorpresas, oportunidades y desafíos de la vida.
El apego influye en cómo interactúan los integrantes de la pareja.
Contribuye a la regulación de nuestros afectos o emociones, nos sirve de
apoyo, nos ayuda a establecer la intimidad, y si no se da, genera inseguridad
y celos. Existen apegos seguros e inseguros. Los primeros hacen que las
personas muestren más satisfacción, las relaciones son más duraderas y
estables y las personas manejan mejor sus emociones.
Se ha visto que las personas que han tenido un apego más seguro serán
más capaces de regular sus afectos de forma autónoma y no necesitarán la
cercanía y el confort de la pareja para sentirse protegidos. Se sentirán menos
ansiosas porque confían en sus parejas y que estas les pueden proporcionar
apoyo en situaciones difíciles, esto también facilita la intimidad, que propicia
que la persona se puede mostrar tal como es y sentirse entendida, cuidada y
validada. La intimidad proporciona lo siguiente:

La disposición para compartir nuestras verdades, sentimientos, deseos y


miedos.
La disposición para confiar en que el otro nos puede proporcionar
cuidado y apoyo emocional.
La disposición para tener intimidad física en el caso de relaciones
románticas.
Existen diferentes estilos de apego en las relaciones amorosas adultas,
que se corresponden con el estilo de apego generado en la infancia. Hay una
alta correlación entre el estilo de apego de una persona y la calidad de la
comunicación de esta con su pareja, su capacidad para dar cuidado en las
relaciones afectivas, así como un mejor funcionamiento emocional en las
relaciones íntimas.
El apego seguro se da cuando la madre satisface las necesidades del niño
de forma correcta y en el momento adecuado. Esto significa que lo hace de
forma regular, que su modo de comportarse es predecible y coherente. Por
ello, el niño aprende a través de este comportamiento materno que le
entienden y que sus sentimientos y necesidades son respetados y satisfechos.
Se sienten queridos y aceptados y les deja la sensación de que «si me
comunicó me van a entender y van a cubrir mis necesidades». Las personas
con apego seguro tienden a tener una visión positiva de sí mismos y sus
relaciones. Son capaces de conectar con otras con diferentes estilos de apego.
Se encuentran cómodos tanto con la intimidad como con la independencia.
Están emocionalmente disponibles y saben manejar sus emociones
Los padres no siempre son capaces de proporcionar a sus hijos una
conexión segura. Si esa conexión no se consigue con suficiente regularidad y
si el comportamiento del adulto no es predecible ni coherente no produce una
sensación interna de seguridad sino todo lo contrario, lo que provocará
diferentes tipos de apego inseguro. Este apego inseguro se convertirá en una
sensación interna que va a afectar directamente a cómo el niño interactúa con
los demás y en el futuro se extenderá a todas sus relaciones de adulto, pero
especialmente a sus relaciones de pareja.
A continuación, hablaremos de estilos de apego inseguros que se pueden
dar en diferentes intensidades y con diversas personas. Los apegos pueden
cambiar a lo largo del tiempo y, sobre todo, siempre que se dé una relación
sanadora que puede reparar un apego inseguro. Los padres pueden modificar
el tipo de apego que tienen con sus hijos, mientras que los hijos se pueden
apegar a un familiar o pueden ir a terapia o establecer una relación amorosa
sana que puede reparar el apego.
Los estilos de apego inseguro pueden ser de diferentes tipos y surgen
como resultado de experiencias de falta de sintonía, incoherencias y ausencia
de continuidad o regularidad. Basándose en cómo se manejan estos factores,
se pueden dar diferentes estilos de apego inseguro:
1. Apego (inseguro) ansioso
Los que de niños tienen un apego ansioso experimentan la comunicación con
la madre como inconsistente, unas veces está en sintonía y otras no y puede
ser incluso intrusiva. Perciben a la madre como impredecible e incongruente,
y esto les hace aferrarse a ella cuando está presente y volverse demandantes y
dependientes. El niño no pierde la esperanza de conectar con la madre y lo
intenta una y otra vez. Cuando ella no está disponible de forma predecible y
su estado de ánimo es ambivalente, el niño lo vive con incertidumbre y duda
de si puede depender de su madre. No sabe qué esperar y eso le produce
ansiedad y tiene sensación de desconfianza e inseguridad en la relación
madre-hijo.
A partir de ahí, es más probable que su relación con los demás, y sobre
todo con la pareja, sea muy parecida. Los adultos con apego ansioso están
desesperados por esa conexión, expresan un afecto intenso y mucho malestar
en las relaciones que no responden a lo que ellos necesitan y se vuelven
tensos, siempre vigilando esos desencuentros. Están constantemente
preocupados sobre la posible pérdida de la relación. Tienden a formar
relaciones de dependencia, en mayor o menor medida, a las que se aferran,
aunque estén incómodos, tanto en parejas como en trabajos. Aceptan esa falta
de sintonía con la otra persona, esa negligencia como si fuera algo natural y
son incapaces de separarse. Se podría decir que en vez de ansiosos están
como «desesperados para poder conectar» con el otro y ansiosos por anticipar
la posible pérdida. Desde la infancia en adelante tienen un miedo implícito al
abandono.
Llevado al extremo, pueden mostrarse ansiosamente desesperados. Están
siempre pidiendo que los reafirmen —«¿Me quieres? ¿De verdad que me
quieres?»—. Sus parejas se quejan de que hacen demasiadas demandas de
afecto. Sienten desconfianza y no pueden estar seguros de la relación, así que
tienen miedo de una manera desesperada, como si tuvieran hambre. No creen
que alguien va a estar ahí para cubrir sus necesidades relacionales. Suelen
encontrarse con parejas evitativas porque terminan provocando en ellos
alejamiento.
Parece como si las personas con este estilo de apego pensaran de la
siguiente manera: «Quiero tener una conexión completa con los demás, pero
a menudo siento que los otros son reacios a acercarse tanto como a mí me
gustaría». Buscan que haya mucha intimidad, apoyo y capacidad de respuesta
de su pareja. A veces valoran tanto la intimidad que se pueden convertir en
demasiado dependientes del otro. En comparación con las personas con
apego seguro, las que tienen un apego ansioso tienden a tener menos
autoestima y dudan de su valor como persona, y necesitan más refuerzo del
otro. Pueden tener una sensación de ansiedad que solo se aminora cuando
están en contacto con la pareja que, en ocasiones, desemboca en reacciones
impulsivas y de protesta si el otro no responde como desean.
Asimismo, son más propensas a tener celos, que se refieren a los
sentimientos, pensamientos y comportamientos que surgen cuando una
persona cree que la relación que valora se ve amenazada por un rival. Las
personas celosas son inseguras y viven con temor a perder a la pareja.
Experimentan ansiedad de separación, de que pierdan a la pareja y con ella el
apoyo, la intimidad y otras cualidades valoradas de la relación. Si el apego
tiene que ver con la regulación de la ansiedad, el apoyo y la intimidad,
también estará conectado con los celos. Así como los niños pueden tener
celos de la atención que le presta la madre a un hermanito, en los adultos se
activan cuando la persona amada pasa tiempo con un «supuesto rival».
Los ansiosos, cuando describen sus vidas, con frecuencia han tenido una
historia de relaciones en las que han estado altamente adaptados a cualquier
precio para llenar esa inseguridad.
Si tenemos un apego de base ansioso:

Tendremos miedo de perder a la persona con la que nos relacionamos.


No nos podremos mostrar cómo somos, por culpa de ese miedo, y nos
adaptaremos al otro para no ser abandonados.
Tendremos dificultades para saber estar solos.
Seremos más dependientes.
Pretenderemos pasar el mayor tiempo con el otro y tenderemos a tenerle
«vigilado».
Desarrollamos celos que pueden llegar a ser patológicos.

2. Apego evitativo
Se da el apego (inseguro) evitativo cuando una madre no está disponible de
forma reiterada, o rechaza al niño, o cuando se acerca a él y no está
emocionalmente equilibrada y da la sensación de que no disfruta del pequeño
y él lo percibe. El niño capta este mensaje porque la madre rara vez lee sus
señales o no le escucha o no le entiende lo que necesita, por lo que aprende a
no mostrar necesidad. Así pues, se produce un desencuentro entre lo que el
niño necesita y lo que obtiene. Por ello, aunque el niño la necesita, aprende a
no demostrarlo e incluso aparenta rechazo. Esto quiere decir que se adapta al
adulto evitando la cercanía y la conexión emocional con la madre.
El apego evitativo también se podría describir como desapego
emocional. Los evitativos, a diferencia de los ansiosos, llega un momento que
ya no buscan apegarse y están relajados porque no sienten la necesidad de
intentarlo, convencidos de que no lo van a conseguir. Las personas con este
patrón expresan su malestar descontando o devaluando la importancia de las
relaciones. Inhiben las emociones y manifiestan su frustración apartando a la
gente. Evitan la intimidad y no hablan de lo que sienten porque no creen que
vaya a haber alguien para responderles. No es que lo hagan todo el tiempo,
pero sí tienen un patrón evitativo. Cuando están estresados o disgustados, su
primera reacción es frustrarse y enfadarse. Tienen un miedo implícito a la
vulnerabilidad en la intimidad. En comparación con el apego ansioso, que
presenta un miedo implícito a la pérdida o abandono, aquí el miedo está
conectado con sentirse vulnerable en las relaciones. Intentan no mostrar su
propia vulnerabilidad y esquivan expresiones de ternura.
Por lo tanto, evitan la comunicación de sus emociones porque les cuesta
darse cuenta de su experiencia interna y de sus necesidades. Si finalmente se
permiten a sí mismos abrirse y hablar de sus emociones, tienen miedo a la
falta de respuesta y a no ser comprendidos por los demás. Rechazan su
necesidad de contacto físico y desarrollan estrategias para las relaciones
interpersonales, donde no son conscientes de aquello que precisan. No
quieren depender de nadie, porque viven esta cuestión como algo peligroso,
pero sí pueden volverse dependientes de cosas.
Los que tienen apego evitativo suelen compensar esa carencia interna
intentando autoafirmarse y ser dominantes en las relaciones, y si no lo son
serán por lo menos fríos. Pueden mostrar una cualidad típica de la obsesión o
del narcisismo, ya que las personas que se obsesionan son muy solitarias.
Parte de su obsesión es llenar ese vacío que provoca la soledad, y lo hacen
con preocupación habitual y fantasías obsesivas. En lo más profundo se
sienten solos, aunque ellos quieran creer que no necesitan de nadie y se
bastan a sí mismos. Se desapropian de su afecto o se desensibilizan para no
revivir la pérdida de conexión.
Es como si las personas con un estilo de apego evitativo pensaran: «Es
muy importante para mí sentir que soy independiente emocionalmente y que
puedo controlar el nivel de intimidad que quiero tener» y «Prefiero no
depender emocionalmente de los otros y que ellos no dependan de mí».
Desean un alto nivel de independencia. Puede parecer que intentan evitar
apegarse, por lo que a menudo niegan la necesidad de relaciones estrechas y
les cuesta más la intimidad. Tienden a reprimir y ocultar sus sentimientos, y
prever que no les van a entender, que no se podrán apoyar en la otra persona
y que tienen que valerse por sí mismos.
Si tenemos un apego evitativo:

Habremos aprendido que no se puede contar con el otro.


Habremos aprendido, por ello, a estar solos y sabremos cuidarnos solos.
Tendremos dificultad para entregarnos en las relaciones y evitaremos la
intimidad.
Podremos parecer fríos y distantes, cuando en realidad es el miedo a que
nos hagan daño.
Relacionaremos este daño con el recuerdo de haber tenido y perdido o
de no haber recibido el suficiente apoyo y afecto que necesitábamos.
Viviremos la dependencia como algo peligroso.

3. Apego desorganizado
Se da el apego desorganizado en mayor o menor intensidad cuando las
relaciones con la madre son un foco de miedo y confusión, por lo que el niño
teme apegarse. El patrón del estilo de apego desorganizado refleja una
desorientación psicológica profunda causada por un trauma temprano que no
está resuelto porque hubo una ausencia de un contacto o relación que ayudara
a repararlo. Hay niños que pueden hacer sus propias conductas de
autorreparación, pero si el trauma es el acumulativo, en el que se van
sumando pequeñas decepciones, las pérdidas, la pequeña torta, la crítica, que
ocurren una y otra vez, todo eso termina traumatizando, aunque cada una de
esas cosas no es en sí misma traumatizante.
Este apego se da cuando la manera de tratar al niño hace que sienta más
miedo que confort o esté más a disgusto que a gusto, incluso que sienta daño.
Está estresado, en tensión, alerta de por dónde le va a venir el malestar.
Cuando se queja, recibe más malestar. Esto hace que el niño se sienta
indefenso, lo que le provoca tensarse aún más. Ha deducido que sus
emociones, no solo no le ayudan a conectar con su madre, sino que crean una
desconexión mayor con ella. Le cuesta, por tanto, darles sentido a sus
emociones internas y no aprende a regularlas en compañía de otro, sino a
meterlas hacia dentro y reprimirlas. Esta desconexión hace que tenga miedo a
confiar en las relaciones interpersonales, y sobre todo en situaciones de
estrés.
Esto significa que dependen de quien no solo no les produce confort y
cuidado, sino todo lo contrario, les causa miedo y les hace sentirse a disgusto.
En esta situación, el niño está pillado porque hay un impulso de ir hacia la
madre, pero al mismo tiempo es el foco del miedo del que él está intentando
escapar. Esto es lo que se ha denominado miedo sin solución, porque el niño
no puede darle sentido a la situación que está viviendo.
Se ven muchos tipos de apego desorganizado en niños que han sido
abusados por sus padres y/o cuidadores primarios. El abuso puede ir desde el
abuso físico hasta la negligencia (es decir, la falta de cuidados y confort que
el niño necesita). El abuso es incompatible con que los padres le
proporcionen un sentido de seguridad. Rompe la relación entre el niño y la
madre y crea una situación imposible en la mente del pequeño, fragmentando
su sentido de sí mismo. Para los niños con un apego desorganizado el no
poder integrar correctamente una base segura puede provocar que tengan
dificultad para regular emociones, problemas en las situaciones sociales y
complicaciones con razonamientos académicos, así como una predisposición
a la agresividad o a la disociación.
Las personas que han desarrollado un apego desorganizado en mayor o
menor intensidad tienen pensamientos como: «Estoy incómodo acercándome
a los demás. Quiero conectar y tener relaciones cercanas, pero me resulta
difícil confiar o depender de ellos por completo. Me preocupa que me hagan
daño si me permito acercarme a otros». Los que tienen este estilo de apego
muestran sentimientos encontrados acerca de las relaciones cercanas. Por un
lado, desean tenerlas, pero, por otro lado, tienden a sentirse incómodos con la
cercanía emocional. Estos sentimientos encontrados les generan sentimientos
negativos sobre sí mismos y sus relaciones; es como si se sintieran inferiores
y por eso no confían en las intenciones del otro cuando estos se acercan
amablemente. Buscan menos la intimidad del vínculo y tienden a controlar
sus sentimientos porque no se sienten cómodos expresando su afecto.
Si tenemos un apego desorganizado:

Habremos aprendido que las relaciones son dolorosas aunque preferimos


estar en relación.
Estaremos alerta mientras unas veces buscamos cercanía y otras no.
Desconfiaremos y nos costará tener intimidad y trataremos de mantener
el control.
Tendremos dificultad para regular las emociones y podremos estar
incluso agresivos en momentos de estrés.
Podemos fingir lo que no somos para mantener la relación.
Intentaremos buscarnos una utilidad para tener algo que ofrecer al otro.
Tendremos miedo al abuso en el sentido amplio por parte del otro.

De niños podemos tener un tipo de apego con la madre y otro tipo de


apego con el padre o con otro cuidador. Así, si son diferentes, es posible un
apego seguro con uno y uno inseguro con el otro. De todas maneras, aunque
tendamos a repetir el patrón inicial, el apego se puede reparar a lo largo de la
vida, si tenemos la suerte de tener relaciones reparadoras.
En la medida en que hayamos tenido más apego seguro o menos
inseguro, tendremos más o menos resiliencia, que es la capacidad de
sobreponernos a situaciones estresantes más fácilmente y en el menor tiempo
posible. El tipo de apego deja una impronta que está directamente relacionada
con el miedo. El apego afecta al concepto sobre uno mismo (autoestima), así
como a las creencias sobre los demás (lo que nos va a hacer ser más o menos
confiados y sociables). Cuanto más seguro el apego, mayor autoestima y
menor miedo, cuanto más inseguro, menor autoestima y mayor miedo.
Si el apego ya establece el patrón de miedo y vivimos situaciones
traumáticas en nuestra infancia, que es donde más vulnerables e inseguros
nos sentimos, vamos a generar mayores traumas. Estos pueden tener que ver
con muchas cosas: traumas relacionados con los médicos porque nos hayan
tenido que intervenir en algún momento, traumas relacionados con caídas,
golpes que nos han dado, con negligencia, maltrato de relaciones con padres
y hermanos, abuso psicológico, traumas emocionales debido a cómo nos han
educado para manejar las emociones haciéndonos de menos, humillándonos,
ridiculizándonos o avergonzándonos, y el abuso sexual. Todos ellos van a
dejar huellas que, aunque las tengamos fuera de la consciencia, se pueden
activar especialmente en la relación de pareja.
Los integrantes de las parejas tendrán diferentes estilos de apego y
miedos que van a causar dificultades en la misma. Idealmente sería estupendo
encontrarnos con personas con apego seguro que tienen autoestima y
consciencia para entender que hay otras que no han tenido tanta suerte, pero
la dinámica más común es un apego ansioso con un apego evitativo o con un
apego desorganizado. En estos casos, se da una búsqueda de conexión por
parte de uno y una necesidad de alejamiento por parte de otro. Esto hace que
el apego ansioso tenga ansiedad de separación y busque desesperadamente
influenciar al otro y el apego evitativo que procure distancia mostrándose frío
y controlador. Esto causará una dinámica que hasta que no se entiende y
trabaja se puede repetir como un círculo vicioso desagradable que hace que la
relación de pareja viva mucha tensión e incomprensión por no saber qué pasa.
Asimismo, nos podemos encontrar con una pareja que ha padecido o
sigue padeciendo trauma infantil en mayor o menor medida. Si el trauma fue
físico, sexual o emocional, el impacto puede aparecer en una serie de
problemas de relación. Los supervivientes del trauma a menudo creen que en
el fondo no se puede confiar en nadie, que la intimidad es peligrosa para ellos
y que un apego amoroso sano es un sueño imposible.
Muchas personas que han padecido trauma tienen mucha vergüenza y
culpa y creen que no son lo suficientemente buenos y dignos de amor. A raíz
de esto generan creencias que pueden afectar a las relaciones de manera
importante. Pueden moverse en dos polaridades y pensar: «No confíes, no
pidas ayuda, ni seas una carga para nadie, ocúpate de ti mismo» o «No te
puedes valer por ti mismo, tienes que buscarte alguien más fuerte y seguro,
sin otro no vales nada, tienes que apoyarte en alguien». Estas creencias
pueden facilitar la supervivencia, pero no ayudan a crear un adulto sano y
fuerte ni a aprender a desarrollarse y relacionarse con los demás de forma
sana. Si no se trabajan estas creencias de base y las experiencias que las
sustentan, pueden formar los guiones de vida o las películas que nos
contamos sobre nosotros mismos, que son autolimitantes y generan profecías
autocumplidas, lo que implica que sigamos estos patrones de adultos.
Muchas veces, los supervivientes de trauma reviven las experiencias de
la infancia buscando inconscientemente parejas que tienen los mismos
comportamientos que les causaron el trauma en la infancia. Es como si
tuvieran una compulsión a la repetición, como decía Freud, que es un intento
desesperado de solucionar ese trauma atrayendo personas con las que se
active para darle un final diferente. Cuando esto sucede, no somos capaces de
entender por qué tenemos relaciones con personas abusivas y poco saludables
y repetimos el patrón una y otra vez. En nuestro inconsciente se da un
impulso para volver a traer el trauma no resuelto a la consciencia y
finalmente hacer las cosas bien. Por supuesto, las heridas de la infancia no se
pueden reparar sin consciencia y a menos que las dos partes estén dispuestas
a trabajar lo que haga falta para sanarlo. Si no somos conscientes de lo que
nos pasa, estas reacciones pueden ser incomprensibles y quedamos atrapados
en un ciclo de abuso.
Las personas que han padecido trauma pueden tener depresión,
desarrollar comportamientos compulsivos como dependencia de comida,
bebida, drogas, tener ataques de ansiedad y/o de pánico, pesadillas o
flashbacks, y mostrar comportamientos autodestructivos. Esto puede resultar
muy confuso para la pareja y aunque esté dispuesta a ayudar es difícil que
puedan hacerlo sin apoyo profesional porque son temas delicados de los que
no son responsables. Conviene que se busquen un psicoterapeuta especialista
en trauma que sepa cómo trabajar y reparar esta clase de situaciones.
Es importante confiar en que el trauma que no se ha sanado es una
oportunidad de crecimiento, pero que puede generar una cantidad de
emociones que pueden activarse de repente, agudizar problemas y hacer que
parezca imposible comunicarse de manera efectiva. Los problemas se
complican por reacciones exageradas cuando surgen conflictos en la relación,
desacuerdos que tienen que ver con el estrés que activa el trauma,
comportamientos agresivos o, por el contrario, distantes e insensibles; pueden
desconfiar del amor de la pareja y tener celos y anticipar infidelidades,
presuponer o hacer proyecciones de los propios temores en la pareja, entre
otros.
En una relación, cualquier situación traumática anterior de los
integrantes de la pareja es un problema. Todo lo que afecta a uno impacta al
otro. Muchas personas ni siquiera se dan cuenta de que han tenido
experiencias traumáticas, por eso es importante identificar los síntomas y,
basándose en ello, buscar un psicoterapeuta que pueda ayudar a las parejas a
comenzar a ver cómo experimentaron el abuso o la negligencia traumática, y
cómo todavía les afecta y perjudica a sus relaciones actuales. Este enfoque
permite al terapeuta proporcionar ideas específicas para ayudar a las parejas a
separar los problemas pasados de los actuales. El progreso a menudo se logra
más fácilmente mediante una combinación de sesiones individuales y trabajo
en pareja.
La terapia especializada en trauma proporciona psicoeducación y ayuda
a ambos integrantes de la pareja a comprender la historia de cada individuo,
cómo afecta a su relación y cómo procesar los pensamientos y las emociones
de maneras más saludables. Favorece la comprensión de sí mismos y de los
demás. Implica construir un vínculo saludable, lo que le faltó al superviviente
de trauma, y para ello hay que trabajar mucho la comunicación, el que pueda
expresar en un ambiente de seguridad lo que guardó en silencio, sabiendo que
lo que está pasando en el presente es un recuerdo que hace falta reparar. Para
ello es importante que las parejas aprendan a mantener la calma cuando se
activa una situación que recuerda algo del pasado.
Sanar las heridas de la infancia requiere un trabajo cuidadoso y duro.
Pero el trauma, como dice Peter Levine, no tiene por qué ser una condena de
por vida, puede ser una oportunidad para desarrollar nuevas habilidades y
fortalezas y poco a poco crear una resiliencia y capacidad para manejar las
frustraciones y el dolor que la persona traumatizada ha llevado, solo, durante
tanto tiempo.
En el caso de Ana y Luis, Ana tiene un estilo de apego desorganizado porque cuando era
bastante pequeña tuvo una enfermedad y su madre le tenía que poner inyecciones
dolorosas. (Para un niño es difícil comprender que la madre que le tiene que querer le
hace daño y además no es cariñosa, por lo que él se explica a sí mismo que le hace daño
intencionadamente porque se ha portado mal o es malo). De pequeña, Ana pasaba bastante
tiempo sola, y como su madre era muy activa, realmente no le hacía mucho caso y el
padre trabajaba, así que, por parte de los padres de Ana, no parece que tuviera un apego
seguro.
Luis tiene apego evitativo, porque en los primeros años la madre y el padre
discutían mucho, de manera que la madre estaba alterada emocionalmente y cuando
alguien no maneja bien sus emociones es difícil que pueda conectar bien con el niño.
Además, de pequeño, Luis estaba bastante solito porque su madre y su padre trabajaban.
Como no tenía abuelitos con quien dejarle, quedaba al cuidado de una tata, que tampoco
se puede decir que fuera muy cariñosa. Así que Luis aprendió a estar solito, a entretenerse
pintando, dibujando, escribiendo y a fantasear con un mundo paralelo donde él era una
persona exitosa y todo el mundo buscaba su compañía y le querían y valoraban.
Obviamente, aquí tenemos dos apegos diferentes, ambos inseguros, lo que va a
dificultar el vínculo de seguridad, esto significa que, aunque en apariencia externamente
se muestren vinculados, internamente ambos tengan miedo de la intimidad, de contarse
sus historias, y de conectar a un nivel más profundo. Pueden conectar de un modo
superficial y llevarse relativamente bien, pero de fondo hay miedo a no gustar, a depender
emocionalmente del otro y a no poder satisfacer las necesidades de la infancia.
8

CUANDO EL PASADO ES PRESENTE


Aprende del pasado, prepárate para el futuro,
pero vive en el presente.
JOYCE MEYER
De niños absorbemos todo lo que vemos a nuestro alrededor. Observamos
por varios motivos, para entenderlo, para predecir lo que nos puede pasar y
saber cómo manejarlo y para evitar que nos haga daño. Puede que no seamos
conscientes de lo que nos pasó porque si nos hizo daño lo habremos pasado al
inconsciente, mediante unos mecanismos inconscientes, llamados
«mecanismos de defensa» que, como su nombre indica, nos defienden de
sentir las emociones, necesidades y el malestar y lo quitan de nuestra
consciencia.
Los mecanismos de defensa tienen la función de mantener nuestro
equilibrio psicológico y nos permiten seguir funcionando, minimizando las
consecuencias de sucesos que nos han hecho sentirnos indefensos, que han
sido demasiado intensos emocionalmente o nos han hecho daño. También
pasan a nuestro inconsciente recuerdos de situaciones que han sido
traumáticas o que están en conflicto con nuestros valores y creencias y no
podemos aceptar. Estos mecanismos son útiles y nos funcionan bien en
determinados momentos, pero no son del todo sanos porque no nos permiten
procesar y resolver estas situaciones, simplemente las apartamos de nuestra
consciencia. Distorsionan la realidad y no nos dejan percibir nuestras
limitaciones y carencias, por lo que no nos permiten crecer como personas.
Todo lo que tiene carga emocional y nos duele necesita ser sanado,
porque, de lo contrario, este malestar saldrá cuando menos esperemos. Lo
puede hacer generando reacciones emocionales intensas que no se
corresponden con la realidad, teniendo regresiones espontáneas que nos
hagan comportarnos como niños o adolescentes en vez del adulto que somos
o, a pesar de darnos cuenta, provocando que nos entreguemos a
comportamientos contrarios a lo que pensamos, y aunque queramos hacer
otra cosa no entendemos que sea más fuerte el impulso de hacer a la inversa.
A continuación, voy a mencionar los mecanismos de defensa que están
más presentes en las relaciones:
1. Identificación
Si yo no me he podido relacionar con mis padres de forma directa, es decir
comunicándome abiertamente con ellos, de forma inconsciente empiezo a
copiar sus comportamientos. De este modo, inconscientemente me considero
más cerca de ellos, me relaciono con ellos identificándome con sus actitudes.
Me siento, me comporto e incluso pienso como ellos, pero no soy consciente
de que lo hago, y puede que incluso de forma consciente los rechace. Así que
el conflicto está servido: por un lado, les estoy modelando o copiando sin
darme cuenta y me identifico con ellos, pero, por otro lado, los rechazo, los
critico y no me gusta cómo se comportan. Sin darme cuenta, reprimo este
conflicto y lo paso al inconsciente.
Es importante, cuando conocemos una posible pareja, que intentemos
descubrir cómo funciona su familia de origen porque podemos estar seguros
de que esa persona va a repetir muchos de esos patrones de forma
inconsciente, a no ser que haya hecho terapia y haya sanado su relación con
su familia.
2. Represión
Consiste en excluir de la consciencia cierta necesidad, impulso, emoción
demasiado intensa, recuerdo traumático o idea que nos haga daño y, de esta
manera, tenerlo a raya. Para mantener algo fuera de la consciencia, se
necesita energía, y muchas veces cuando estamos estresados o cansados no
tenemos energía. Por ello empiezan a surgir en la consciencia reacciones que
no se corresponden con la realidad del aquí y ahora y que tienen que ver con
asuntos inconclusos que hemos pasado al inconsciente.
Cuando reprimimos no resolvemos, lo único que hacemos es apartar lo
que sea de la consciencia y esto que apartamos es lo que Carl Jung llamaba
nuestra «sombra», porque las sombras van con nosotros a todas partes. Es
importante darnos cuenta de qué hemos reprimido, porque, de no sanarlo,
estará accediendo a nuestra consciencia cuando menos esperamos y
probablemente en el peor momento.
3. Transferencia
Cuando nos relacionamos con los demás, sobre todo cuando establecemos
relaciones más íntimas con ellos, se suelen volver a activar los patrones de
base y transferimos nuestra historia en el otro. El ser conscientes de nuestras
transferencias, aceptarlas, responsabilizarse de ellas y transformarlas nos hace
vivir con sensación de propósito y todo resulta más llevadero. No podemos
eludir el pasado, pero hay formas de trabajarlo para que no nos siga afectando
en el presente.
La transferencia se presenta en todas nuestras relaciones y repetimos
nuestra historia una y otra vez hasta que tomamos consciencia. Esto significa
aprender a estar presente en el aquí y ahora. Es prestarle atención al momento
presente, pero, como los momentos pasan, es enfocarse en el proceso en el
que me encuentro. No es ver la realidad como si se hubiera parado, sino fluir
con ella. Es tomar consciencia de lo que se me está activando en el aquí y
ahora y hacer una revisión de los eventos de nuestra historia, de cómo nos
afectan los otros y de cómo somos nosotros en este momento.
Cuando tenemos reacciones intensas de atracción o de evitación hacia
una persona puede ser una indicación de que es una transferencia que pide
resolución, es decir, la situación nos está activando algo del pasado sin
terminar. Tal vez la persona ante la que hemos reaccionado tan
vehementemente nos ha recordado a otra persona por semejanza física o por
personalidad o por las emociones que suscita en nosotros. Alguien que nos
atrae está activando algo crucial de nuestro pasado que pide ser resuelto.
Tiene una faceta positiva y es que nos resulta familiar y esto nos atrae o
porque tenemos algo pendiente que busca resolución a través de nuevas
formas de enfocar el problema. Resulta paradójico que las personas del
pasado que creemos que no nos importan están ocupando el lugar de los que
creemos que ahora sí lo hacen.
En la transferencia desplazamos a los otros los sentimientos y
expectativas que le pertenecen a nuestra familia de origen, anteriores parejas
o personas significativas con quien se ha quedado algo inconcluso. Es decir,
la transferencia traslada el pasado en el presente y actúa de resorte para que
revivamos en el presente situaciones inconclusas del pasado y las
concluyamos. Transferimos inconscientemente lo que tenemos que trabajar,
lo inacabado del pasado. Nos sentimos atraídos por alguien que nos va a
poner en contacto con las situaciones inconclusas para que les podamos dar
un final diferente. Por ejemplo, yo puedo recordar cómo me hacía sentir mi
padre en comportamientos que hace mi marido y en esos casos le vivo como
mi padre, no como mi marido.
La transferencia es una redirección inconsciente de los sentimientos de
una persona a otra, sobre todo de la infancia. Cuando encontramos a una
persona que nos recuerda a alguien que fue importante, deducimos que tiene
las mismas características que el original, por eso repetimos el mismo tipo de
patrones de relación. En este proceso transfiero lo que sentía, lo que
necesitaba o deseaba de alguien a otra persona. Transfiero mi pasado a mi
presente y me estoy continuamente relacionando con temas de antes, que veo
ahora en los otros. Temas inconscientes inconclusos que tengo la esperanza
de cerrar en el presente. Veo en ellos lo que no pude resolver con mis
relaciones significativas anteriores. Me atraen aquellos que tienen similitud
con las personas relevantes de mi pasado.
Como ejemplo relataré el caso de una pareja que acude a terapia; ella habla y habla y él
simplemente escucha. De los cincuenta minutos de sesión, cuando ella lleva la mitad
comentando que el marido no habla, no comparte sus sentimientos, que se siente sola, que
es como hablar con una pared, la interrumpo y le pregunto a él si es cierto lo que dice su
esposa. Responde que normalmente está callado, porque es muy difícil interrumpirla y que
además llega cansado del trabajo y lo que menos le apetece es una discusión, así que
simplemente se limita a escucharla. Antes de que yo hubiera acabado, ella salta que no
solo no habla entre semana, que tampoco lo hace los fines de semana cuando no trabaja y
a ella le gustaría que hubiera más comunicación, más compartir, más intimidad. Le vuelvo
a preguntar a él, y dice que si habla es peor porque entonces ella le reprocha más y le
critica más y que callándose consigue que ella se harte y se dedique a otra cosa o a
criticarle con sus amigas y le deje en paz. Con este ejemplo podemos resaltar que este
comportamiento se retroalimenta: ella se queja y critica, él se calla porque ella se queja y
critica, ella se queja y critica, él se calla porque ella se queja y critica y ambos alimentan
el comportamiento del otro y están en un círculo vicioso. Los dos empiezan a sentirse
desesperanzados y creen que no tienen arreglo. Indagando más en su historia, resultó que
él tenía una madre que hablaba y criticaba mucho mientras que ella había tenido un padre
ausente que rara vez le hablaba o se interesaba por sus cosas, ambos estaban reactuando su
infancia. Ella siempre había querido conectar con su padre y se había sentido atraído por
este hombre que en la fase de enamoramiento hablaba y se comunicaba fácilmente, pero,
una vez que se comprometieron y ella empezó a criticarle, dejó de comunicarse. Él
rechazaba el comportamiento de su madre que hablaba y criticaba mucho, pero estaba
acostumbrado. Cuando él la conoció, ella mostraba su mejor versión y era más comedida
hablando y no criticaba tanto, y como de alguna forma era similar a su madre él se sintió
cómodo y seguro y así empezó la relación.
No tenemos que ver la transferencia como patología, sino como un
sistema de alarma de nuestra psique que nos está indicando lo que tenemos
que poner al día. Nuestro trabajo es darnos cuenta y afrontar estas tareas sin
buscar sustitutos o sucedáneos. Nos metemos en la transferencia por razones
positivas. Estamos buscando sanar una herida que todavía supura. Intentamos
sanar y completar nuestra historia a través de nuestras relaciones con las
parejas, colegas de trabajo, amigos.
La transferencia nos ayuda en nuestro desarrollo personal porque nos
podemos dar cuenta en las reacciones que tenemos hacia los otros lo que está
faltando en el presente. Vamos a transferir tanto lo positivo o negativo, ya
que los dos nos han impactado. Buscamos más de lo positivo, y queremos
librarnos de lo negativo, pero aquello del pasado que todavía tenga carga
emocional nos activa en el presente. La transferencia es una forma de volver
a actuar lo que está inacabado del pasado en nuestra infancia o de nuestras
relaciones significativas.
4. Proyección
Es otro mecanismo para solucionar nuestro pasado y también un intento de
hacer consciente lo inconsciente que está pidiendo que lo sanemos.
Mediante la proyección inconsciente estamos viendo nuestras propias
características positivas o negativas reflejadas en la otra persona. Le pasamos
a los otros los rasgos, sentimientos y motivaciones que nos pertenecen.
Vemos al otro controlador cuando en realidad no nos damos cuenta de lo
controladores que somos nosotros. Según David Richo, «la proyección
comete el error de confundir una experiencia interna con una experiencia
externa». Creemos que el otro está pensando o sintiendo lo mismo que
nosotros estamos pensando o sintiendo. Es como si nos pasáramos el día
solos con nuestras cosas porque realmente no nos estamos comunicando con
el otro, sino con esa parte nuestra que hemos proyectado en él.
Presuponemos, no escuchamos, nos imaginamos cosas que no le pertenecen a
la pareja sino a nosotros mismos.
En la proyección le atribuimos a la pareja nuestros propios pensamientos
y emociones, y eso reduce nuestra ansiedad permitiéndonos el impulso de
arreglar lo que vemos en el otro, que es nuestro, en un diálogo con él.
Proyectamos al otro partes de nosotros mismos que no reconocemos, donde
podemos vernos reflejados. Por ejemplo, nos cae mal alguien, pero nuestra
mente inconsciente no nos permite tener esta emoción, y en vez de decir que
nos disgusta X, proyectamos nuestro disgusto a X de manera que nuestro
pensamiento consciente no es que no me gusta X, sino que a X no le gusto
yo. Así pues, la proyección está relacionada con la represión de lo que yo
siento. Como no lo podemos manejar —reprimimos lo que sentimos—, se lo
proyectamos al otro. La proyección es el opuesto de la identificación porque
proyectamos al otro lo que sentimos nosotros y le culpamos de sentimientos
que son realmente nuestros.
Es como si el otro fuera un espejo en el que estamos reflejados,
mirándonos a nosotros mismos, pero como si evitáramos y no quisiéramos
vernos internamente.
A modo de ejemplo: uno de mis clientes, que estaba gordo, estaba muy enfadado porque
su pareja había engordado y a él no le gustaban las mujeres gordas. Se sentía traicionado
porque ella había engordado. Aunque esto puede parecer bastante objetivo, realmente
esconde una proyección. Yo le pedí que me contara qué le hacía a él sentirse traicionado
por ella y me comentó que creía que se sentía segura en la relación y por eso se había
«dejado», como hacían las mujeres, según él, cuándo se casaban. Yo le pregunté si él se
sentía seguro en la relación. Esto le molestó porque di en el clavo, la respuesta fue
afirmativa y no se quería dar cuenta de que él también estaba gordo. Esto le hizo tomar
consciencia de que tenía que hacer algo y adelgazó. Cuando cambió, dejó de atosigar a su
pareja, que, al no sentirse presionada (lo que la generaba mucho enfado que se tragaba y
no expresaba), perdió los kilos de más. Resultó que ella, inconscientemente reaccionó
pasiva-agresivamente y engordó porque no se sentía apreciada mientras quería que su
marido se diera cuenta de que él estaba gordo.
Mientras en la transferencia transferimos sentimientos que tenemos
asociados con una persona a otra —por ejemplo, lo que sentía por mi padre a
mi marido—, en la proyección vemos en el otro lo que no queremos sentir de
nosotros reflejado desde el otro hacia nosotros.
Todo esto es el resultado de no ser consciente de partes nuestras que
hemos reprimido pasándolas al inconsciente y que constituyen nuestra
sombra. Nos van a acompañar siempre y son todos los recuerdos,
experiencias, emociones y sentimientos que hemos reprimido, pero que
intuimos que están en el fondo pidiendo salir y lo hacen mediante la
transferencia o mediante la proyección.
Creemos que nos vamos a sanar y a sentirnos completos cuando
obtengamos de la pareja precisamente lo que ansiamos o necesitamos. Que va
a satisfacer nuestras necesidades inconclusas y que podremos completar la
conversación que no pudimos tener, pero es imposible que nuestra pareja
pueda satisfacer una carencia que él/ella no ha creado.
Nuestra sanación no surge cuando reinterpretamos el viejo drama y le
damos un final diferente, sino cuando tomamos consciencia del drama que
tenemos y llegamos a la aceptación de que eso ya pasó. Tenemos que
aprender a llevar nuestra actual relación de una forma diferente a la que
hemos aprendido de fábrica en nuestra familia de origen. Por eso necesitamos
hacer primero el trabajo con nosotros mismos y aprender a amarnos y
respetarnos antes de establecer una relación sana con otra persona.
Según vamos adquiriendo una manera más saludable de relacionarnos,
no necesitaremos que nuestra pareja complete las áreas de nuestra inmadurez.
No necesitaremos depender de ella ni que ella dependa de nosotros, porque
habremos aprendido a sentirnos valiosos por nosotros mismos. No estoy
diciendo que logremos sanar todas nuestras inmadureces, ni que acallemos
todas nuestras voces críticas internas, pero sí que aprendamos a ser más
comprensivos y amables con nosotros mismos y desde la compasión por
nuestra historia ir aprendiendo nuevas formas de manejar nuestra vida.
Muchas de nuestras vulnerabilidades y nuestras reacciones infantiles nos
acompañarán a lo largo de nuestra existencia, pero aprenderemos a dejar de
protestar, como niños molestos, para que otros se encarguen de nosotros. Y
así sucederá cuando dejemos de pedirle a nuestra pareja que nos sane y
tomemos consciencia de que nuestra relación nos va a servir de espejos y que
nos van a reflejar aquellas cosas que podemos sanarnos a nosotros mismos.
Nos sanamos cuando, a través de la aceptación, podemos desapegarnos
del resultado que pretendemos del otro y nos conectamos con nosotros
mismos dándonos lo que nos ha faltado, aprendemos a darnos lo que no nos
dieron. De esta forma, miraremos a nuestras parejas no desde el anhelo o el
miedo de niños, sino desde adultos independientes que quieren compartir con
otro adulto independiente. El problema es que, por mucho que queramos
actuar como adultos, mientras tengamos un niño interior herido, estaremos
buscando que nos reparentalice nuestra pareja. Tenemos que saber
reparentarnos a nosotros mismos. Esto se hace aprendiendo a no juzgarnos, a
comprender que siempre que hayamos hecho las cosas con buena intención el
resultado no depende de nosotros, y que tenemos que ser amables y
comprensivos con nosotros mismos creando un adulto amoroso propio que va
a cuidar de nuestro niño interior y darle lo que no obtuvo en su momento.
En el caso de Ana y Luis, vemos que Luis ha encontrado en Ana lo que cree que es lo
contrario de su madre porque Ana es cariñosa, cercana y generosa. Ana también ha visto
que Luis es cariñoso y que es muy atento con ella. Sin embargo, en el fondo, Luis es muy
niño y pretende conseguir todo lo que quiere, cree que tiene razón y desea imponer su
voluntad, igual que el padre de Ana; lo que pasa es que lo hace de una manera diferente.
El padre de Ana funciona desde el Padre y Luis funciona desde el Niño. La madre de Luis
funciona desde la Adulta mientras que Ana funciona desde el Padre (Madre). Ana siempre
deseó que su padre fuera más cariñoso y cercano y cree que lo ha encontrado en Luis. Luis
siempre deseó que su madre fuera más cariñosa y menos protectora. Ambos han
transferido en el otro estos deseos.
9

CODEPENDENCIA, CONTRADEPENDENCIA,
INDEPENDENCIA, INTERDEPENDENCIA
Cuando alguien te muestra quién es de verdad, confía.
MAYA ANGELOU
Las relaciones de pareja parece que reactúan las etapas del desarrollo de
nuestra infancia. Pasamos por cuatro etapas principales en nuestro proceso de
desarrollo: codependencia, contra dependencia, independencia e
interdependencia. Estas también pueden describir el camino hacia la
intimidad, entendiéndola como compartirse con el otro, ser capaces, desde la
seguridad y el respeto, de abrirse para poder recibir al otro mientras que al
mismo tiempo el otro es capaz de abrirse con nosotros. La intimidad supone
un esfuerzo porque, por un lado, tenemos que saber mantener nuestra propia
individualidad o independencia y, por otro, saber convivir en la
interdependencia. Estos dos procesos, aunque contrarios, van juntos y están
muy relacionados con saber manejar los límites y respetar las diferencias.
Cada etapa conlleva cambios, y según se completan las tareas de la
misma, surgen tareas para la siguiente, pero si no se ultima este proceso, nos
quedamos atascados y seguimos reactuando la etapa donde nos hemos
quedado atascados.
Una pareja también puede vivir ciclos de codependencia,
contradependencia, independencia e interdependencia, a lo largo del tiempo
que están juntos y según van pasando por las diferentes fases. De igual
manera, podemos ser codependientes en una relación, y si nos sale mal irnos
al lado opuesto y ser contradependientes o independientes en la siguiente e ir
alternando.
La mayoría de nosotros tenemos diferentes grados de codependencia.
Primero, porque no hemos superado del todo esta etapa si no hemos hecho el
trabajo de sanar nuestro niño interior y fomentar nuestra autoestima.
Segundo, porque nuestra cultura alienta la codependencia y tenemos la
expectativa de que la otra persona va a resolver nuestros problemas
emocionales y psicológicos de forma mágica con lo cual eso NO va a generar
una relación sana y equilibrada.
1. Codependencia
En un primer momento experimentamos una dependencia absoluta con
nuestra madre y generamos vínculos simbióticos que pueden llevar a la
codependencia. En este momento solo existe nuestra madre o cuidador
primario, no hay límites entre la madre y el bebé, hay una fusión (si el apego
es seguro) y se produce una simbiosis. Tenemos necesidad de depender del
otro para nuestra supervivencia. Si formamos un apego seguro, desarrollamos
confianza y esperanza de que nuestras necesidades van a ser atendidas y que
podemos estar tranquilos y ser nosotros mismos. Esto empiezan a sentar las
bases de nuestra autoestima.
Nuestra necesidad más básica es la seguridad. El niño hará lo que sea
para sentirse seguro. El problema es que, una vez que se crea una forma de
buscar la seguridad, se repite y se convierte en automático y lo llevamos a
nuestra vida de adulto. Nos volvemos codependientes basándose en nuestras
experiencias infantiles. Si vivimos en un ambiente poco seguro, donde
tenemos que ingeniárnoslas para sobrevivir y mantenernos protegidos,
aprendemos a intentar controlar al otro para que no nos afecte a nosotros. Por
ejemplo, en una familia de padres alcohólicos o de padres imprevisibles, los
niños intentan calmar a los padres para mantenerse a salvo.
En una relación sana se juntan dos personas con una buena autoestima
que generan un vínculo que enriquece sus vidas, mientras que en una relación
codependiente no solo se apoyan mutuamente en el otro para sentirse
seguros, validados y cuidados (que dentro de ciertos límites puede ser sano),
sino que incluso están dispuestos a adaptarse al otro e intentar complacerlo
para que no les abandone (esto ya no es sano).
Esta sensación de unidad y necesidad respecto del otro es lo que
sentimos con la pareja en la fase de enamoramiento. Es cuando decimos: «No
soy nada sin ti, no puedo vivir sin ti, te necesito». En esta etapa, es normal
que tengamos una dependencia saludable, pero si se convierte en
codependencia ya no lo será. En la codependencia hay un problema de límites
porque no se sabe dónde empieza una persona y dónde acaba la otra,
sentiremos que nuestras emociones y personalidad se solapan con las de
nuestra pareja. Es como si sintiéramos que las emociones del otro son
contagiosas y nos duelen.
Los que están acostumbrados a poner las necesidades de los demás antes
que las suyas suelen creer que establecer límites es egoísta. Sin embargo, los
límites benefician a todos. En primer lugar, los seres humanos respetan a los
que tienen convicciones y una manera predecible de mostrar su autovalía es
sabiendo ponerlos, poder pedir lo que queremos, deseamos y necesitamos y
lo contrario. Los que no ponen límites y se adaptan envían la señal «no soy
importante».
Por ello, aprender a establecer límites es conveniente y estos pueden ser:

Límites físicos: proximidad física, saber limitar, no permitir que te


toquen o abracen si a ti no te apetece o no te gusta, no sentirse obligado
a ceder…
Límites emocionales: cuánto dejas que las emociones de otros te afecten,
saber diferenciar tus emociones de las de otros.
Límites en la comunicación: cómo permites que te traten o de qué forma
se dirigen a ti, no permitir que te hagan de menos, humillen o
ridiculicen.

En el enamoramiento ninguno de los dos tenemos claros nuestros límites


y ambos nos utilizamos mutuamente para llenar el vacío emocional.
Lo negativo de esta etapa es que, al arriesgarnos a enamorarnos, surge la
inseguridad, que se manifiesta por un miedo al rechazo o abandono y se
puede expresar a través de los celos. Por ese motivo, creemos que si amamos
tenemos celos cuando, en realidad, es que mientras estamos enamorados
estamos un poquito «enajenados» y no percibimos con objetividad, por eso
para enamorarnos tenemos que ser valientes. Para vencer el miedo y
mantener la relación, nos apoyamos en la ilusión o la fantasía de que vamos a
ser felices para siempre, lo que obviamente es irreal. Aquí empieza el
conflicto entre lo que quiero y lo que temo, entre sentir amor y sentir miedo
al desamor y nos hace falta valentía para manejarlo y pasar a la siguiente
etapa.
Lo positivo de esta etapa es que nos sentimos felices, completados por el
otro, también suele ser un momento de mucha intimidad e intensidad sexual.
Se da una fusión y una falta de diferenciación que puede dar un sentido de
unidad y de totalidad, pero que hay que aprender a manejar.
En el caso de Ana y Luis, tanto los padres de uno como del otro son codependientes
porque no aprendieron a comunicarse desde la intimidad, tenían problemas con los
límites, discutían mucho y las emociones de unos afectaban a los otros. También se dice
que los codependientes, dos Adultos-Niños, no han sabido satisfacer sus propias
necesidades y solo se dan cuenta cuando tienen una crisis en la pareja o cuando los hijos
hacen cosas que ellos no fueron capaces. Los padres de Luis y Ana no estaban de acuerdo
en que se independizaran y se fueran a vivir juntos, primero, antes de casarse y, segundo,
sin pedir permiso. Ana y Luis dieron por hecho que tenían la autonomía para hacerlo y se
enfrentaron, lo que no gustó mucho a sus progenitores y les activó que ellos no tuvieron
esos derechos en su tiempo lo que les reactivó un conflicto que tenían reprimido.
2. Contradependencia
La contradependencia se manifiesta en la infancia cuando el niño aprende a
andar y alejarse de la madre, a separarse y a descubrir nuevos territorios.
También aprende a decir no, a expresar el enfado a causa de que le presionen
o pidan lo que no quiere dar, a poner límites, y tiene más que ver con un
sentido de oposición al otro.
En esta segunda etapa de las relaciones de pareja, al desvanecerse el
enamoramiento, empezamos a mostrarnos más como somos y ya no hay tanta
idealización. Vemos los defectos del otro y esto puede llevar a un
conocimiento más profundo y una compasión hacia el otro. Por el contrario,
al descubrir los «defectos» o diferencias en las que no habíamos reparado
antes podemos sentir que nuestra pareja no nos gusta como antes, y podemos
creer que se nos ha ido el amor. Entra la desilusión y suelen oírse frases
como: «Ya no eres como antes, no eres como pensaba que eras». Puede
seguir habiendo codependencia si no logramos satisfacer nuestras
necesidades de contradependencia, es decir, manejar el enfado y poner límites
y eso puede generar un resentimiento de fondo.
También es un momento en que podamos decidir comprometernos e
irnos a vivir juntos, el deseo sexual pasa de ser tan frenético a algo más
manejable. La relación trasciende el dormitorio y se puede empezar a pensar
en crear un hogar. Si vivimos juntos pasamos del apasionamiento, en el que
no veíamos nuestras diferencias, a que surjan aquellos temas que se habían
reprimido durante la etapa de fusión. Aquí tenemos que aprender a saber
dialogar y manejar las diferencias, sobre todo porque surgen (entre los roles
masculinos y femeninos), cuando se reparten las tareas domésticas. En esta
etapa se vuelve a integrar a amigos y familia, que se habían excluido en la
etapa anterior y esto puede causar tensiones.
Además, empiezan a surgir las culturas de los integrantes de la pareja,
cada uno traemos una manera de hacer las cosas. Suponiendo que hemos
empezado a convivir, surgen los problemas de la convivencia. Se discuten las
normas de cómo se llevan a cabo las tareas cotidianas. Pueden aparecer las
luchas de poder, discutir por cómo manejar el tiempo, dinero, sexo…
Puede ser que ambas partes de la pareja tengamos la intención y buena
voluntad de hacer lo necesario para conseguir una relación consciente y
respetuosa, pero cuesta más trabajo del que anticipamos porque tenemos
mucha más práctica en los viejos patrones de nuestros padres y antepasados,
que llevamos integrados de fábrica, que estos nuevos que elegimos. No hay
una sola cosa a la que echarle la culpa de las discusiones que tenemos, por lo
menos hay cinco formas de comportarnos que nos conducen a lo que va en
contra de los intereses de la relación y a que nos saboteemos y no consigamos
lo que nos proponemos (lo desarrollamos en el capítulo 22):

1. Querer tener la razón.


2. Querer controlar a la pareja.
3. Ventilar nuestro malestar sin considerar cómo puede afectar al otro.
4. Tomar represalias o vengarnos.
5. Retirarnos, aislarnos o dejar de comunicarnos.

Siempre que utilicemos uno o varios de estos comportamientos


conseguiremos lo contrario de lo que queremos, deseamos o necesitamos,
porque lo más probable es que nuestra pareja se ponga a la defensiva y
contraataque.
Todas las relaciones implican una negociación interminable de cercanía
y distancia. Las dos son importantes, pero hay formas responsables e
irresponsables de crear una distancia. La retirada es una distancia
irresponsable, es unilateral y está evitando una comunicación sana. Está
indicando silencio o gritos, mientras que una distancia acordada responsable
ni es unilateral ni provocativa. Cuando hay un distanciamiento responsable se
incluyen dos elementos, una explicación y una promesa de volver. Se puede
pedir un «tiempo muerto», tenemos derecho a pedir que NO queremos hablar
en este momento porque estamos muy alterados y vamos a esperar para
calmarnos, pero acordamos que hablaremos más tarde. El NO es una forma
de poner límites y hay que aprender a negarse responsablemente. También se
puede explicar por qué no y dar una propuesta alternativa. Tomarse tiempo
para calmarse o tiempo para uno mismo es un ejercicio de autocuidado que
también respeta la relación. Una retirada sin consensuar con la pareja puede
ser un intento de autocuidado, pero sin tener en cuenta al otro puede causar
una ruptura, pequeña o grande en conexión con el otro. Asimismo es el
ejemplo más claro de no obtener lo que realmente deseamos porque hemos
dejado de intentarlo. El precio que se paga por la retirada es la pérdida, es
como si dijéramos: «No vale la pena ni la discusión». Cuando discutimos lo
estamos intentando, o por lo menos queriendo influenciar al otro, y cuando
no lo intentamos, aunque sea discutiendo, significa que nos damos por
vencidos.
En el peor de los casos, la pareja puede tratar de dañar al otro
intencionalmente, pero lo que están haciendo es una transferencia de algo que
se quedó inconcluso en su familia de origen. En una relación consciente y
respetuosa el empoderamiento significa que si yo gano y tú pierdes, al final
perdemos los dos, mientras que se puede aprender a dialogar y negociar para
que ambos ganen.
Es muy común que cada vez que nos sentimos desilusionados y
decepcionados reprochemos al otro o le ataquemos, muchas veces
avergonzándolo y ridiculizándolo de igual manera que lo hicieron con
nosotros en la infancia. Aquellos niños que fueron abusados físicamente es
probable que lo reactúen y se vuelvan agresivos. Hay una gran reserva de
enfado cuando nuestras heridas de la infancia no se han resuelto y las
transferimos y proyectamos en el otro.
Lo negativo de esta etapa es que, si no aprendemos a saber qué
necesitamos, queremos y deseamos y no aprendemos a negociar, nos vamos a
sentir inseguros y es probable que empecemos a sentir vergüenza y/o culpa.
Esto implica que creamos que tenemos que o bien volver a la etapa anterior
de codependencia o comenzamos a ver en la pareja solo las cosas que no nos
gustan. Esto nos encaminará a la ruptura. Nuestra pareja puede usar la
amenaza del enfado para conseguir manipularnos. Empieza a haber una
sensación de desilusión y/o traición porque sentimos que se ha roto el
acuerdo de la primera etapa, el enamoramiento, cuando creíamos o queríamos
creer que el otro nos iba a completar.
La expectativa errónea más común es como si la pareja nos debiera
sanar nuestras heridas del pasado. Es la idea de que la pareja viene a
salvarnos, un poco como la Bella Durmiente a la que el príncipe despierta de
su letargo. Pese a ello, para poder manejar estas expectativas erróneas no
podemos pretender que el otro las resuelva, sino que tenemos que conectar
con nuestro interior y sanar a nuestro niño interior herido. De lo contrario,
nos sentiremos dependientes de que otro ahí fuera resuelva lo que nosotros
llevamos ahí dentro.
Muchos creemos o por lo menos tenemos la fantasía de que podemos
cambiar al otro, es como una necesidad de control que no tuvimos cuando
éramos niños. Nos podemos obsesionar con la pareja idealizada, y la real no
llega a las expectativas y la juzgamos y criticamos. Cuando pasa esto, se
produce una oportunidad para que nos observemos a nosotros mismos y nos
demos cuenta de que el otro no es el objeto de nuestros males sino cómo le
estamos percibiendo. El poder reflexionar sobre nuestras falsas expectativas
es un gran comienzo, al que le sigue percatarnos de que cada uno tiene que
trabajarse sus dificultades y no pretender que el otro nos las resuelva,
convirtiéndose en nuestro salvador.
Nuestro trabajo siempre pasa por hacer el proceso de duelo, es decir
dejar salir el dolor que se ha quedado dentro y que está hecho de la falta de
amor, de sentir el miedo, enfado o tristeza de que el otro no nos ame como
necesitamos. Mientras no asumamos que no podemos cambiar el pasado —
pero sí la interpretación que hacemos de él, el dolor—, nos seguirá como
nuestra sombra. Esta es como un fantasma que nos ronda y no puede pasar a
la luz hasta que lo aceptemos y tratemos con cariño y compasión. Cuando
podemos aceptar nuestro dolor, lo traspasamos y lo trascendemos,
liberándonos del pasado y dando paso a un futuro más prometedor.
Lo que está claro de esta etapa es que no podemos obtener la
satisfacción de nuestras necesidades de la infancia intentando utilizar el poder
y el control, queriendo manipular al otro para que las satisfaga. Tenemos que
desapegarnos de nuestras fantasías de que si hay amor nos tienen que
entender y querer dar lo que necesitamos. Esto es pensamiento mágico,
infantil, y tenemos que crecer en el entendimiento de que cada uno de
nosotros tiene que esforzarse por sanar sus propias carencias y necesidades y
no transferirlas ni proyectarlas al otro.
Los que no quieren hacer el esfuerzo terminan calmando su malestar
recurriendo a comportamientos compulsivos como la bebida, comida, drogas,
sexo, juego… lo que obviamente no lo resuelve, sino que lo empeora. Debajo
de cualquier adicción se encuentra una insatisfacción producida por una falta
de amor. La comida es la más común, no solo intenta llenar el vacío, sino
que, con frecuencia, es una forma inconsciente de castigar a la pareja no
resultando atractivo/a.
Otra forma de apaciguar nuestro malestar es buscando fuera una
compensación, como puede ser echarse un amante, pero esto resulta de lo
más doloroso y perjudicial (como trataremos en el capítulo 20). Aunque hay
parejas que sobreviven a la traición, normalmente deja secuelas que no se
terminan de sanar nunca. No hay nada más doloroso que el desamor, por eso
huimos de tener que revivirlo de todas las formas que sabemos.
Lo positivo de esta etapa es que empezamos a afirmarnos a nosotros
mismos, desarrollar la autonomía, la voluntad, el poner límites, en suma,
nuestra autoestima. Empezamos a mostrarnos como somos realmente, en
nuestra totalidad y autonomía. Si nos sentimos seguros en la relación cada
persona empieza a compartir sus experiencias y vivencias personales.
Es importante aprender a comunicarse de forma asertiva o no
violentamente, y para ello podemos utilizar las siguientes pautas:

1. Empezar describiendo cómo vemos el problema de la manera más


objetiva posible.
2. Explicar al otro cómo nos afecta el problema, o lo que no es aceptable
para nosotros acerca de su comportamiento y pedirle el respeto que nos
gustaría recibir.
3. Decirle cómo nos hace sentir su comportamiento y qué activa en
nosotros para que nos entienda y desde ahí…
4. Pedirle que resolvamos el conflicto juntos llegando a un compromiso e
implementando una solución para que no se repita en el futuro, o bien
negociar una salida si no encontramos un acuerdo.
Nuestra pareja Ana y Luis están saliendo de la etapa de codependencia y están llegando a
la etapa de contradependencia. Esto quiere decir que se van a empezar a dar cuenta de lo
que cada uno quiere de la relación, porque ahora que Luis le ha pedido matrimonio, Ana
tiene miedo. Miedo a un compromiso, miedo a la intimidad, miedo a que el matrimonio lo
fastidie todo, miedo a que esto conduzca a formar una familia. Si hay algo que tenemos
que trabajar para desarrollar nuestra autoestima son los miedos y los límites. Saber pedir
lo que queremos, deseamos y necesitamos sin temor.
Indagando sobre sus miedos descubrimos que Ana está viendo que Luis está
acostumbrado a que se lo hagan todo, colabora poco en la casa, aunque algo ayuda, pero
Ana, con tal de que no hubiera conflicto lo ha ido haciendo y se ha ido callando, pero no
le está gustando. Sabe que, si no pone los límites ya, Luis se va a acostumbrar y creer que
esto es como tiene que ser porque entre otras cosas es lo que ha visto en su casa. Primero,
porque su madre se ocupaba de las cosas de su padre y luego se ha ocupado de él, así que
da por hecho que es así. Le comento a Ana que tiene que aprender a expresarse desde la
asertividad y diga que le gustaría que él colabore más, aunque no esté acostumbrado y le
vaya a costar un esfuerzo.
3. Independencia (autorrealización)
Los niños empezamos a formar nuestra identidad basándonos en las
experiencias que tenemos incluso antes del nacimiento, porque todas dejan
huella. Cuando llegamos a los siete años ya hemos formado un guion de vida
inconsciente o cómo nos contamos nuestra propia película: «De dónde vengo,
qué hago aquí y adónde voy». Empezamos a formar nuestras conclusiones y
de ahí nuestras creencias, que, por lo general, son más limitantes que
empoderadoras. Establecemos un rol: cuidador, protector, complaciente,
afable, cualquiera que nos dé un lugar en la familia y creamos nuestro falso
yo. Este falso yo nos da una sensación de utilidad o funcionalidad y nos
ayuda a tener una sensación de pertenencia. Cuanto más disfuncional es la
familia más nos crearemos un falso yo de niños, y más dolor acumulado que
nos distancia de nuestro auténtico ser.
En la etapa de codependencia o de enamoramiento proyectamos nuestra
parte reprimida positiva en la pareja y la vemos maravillosa en el otro, sin
embargo, eso que hemos apreciado en la pareja, que realmente es lo que no
hemos aceptado en nosotros mismos, es lo que al llegar a la etapa de
contradependencia criticamos en el otro.
En esta etapa de independencia o autorrealización tenemos que integrar
lo que hemos negado o de lo que nos hemos desapropiado en nosotros
mismos y transferido al otro. Es como si finalmente nos apoderáramos de
nuestro sentido de nosotros mismos y sintiéramos que tenemos la capacidad
de sentir, imaginar y de tener propósito y valía. Ya no culpamos al otro, nos
hacemos cargo de nuestras propias sensaciones, emociones y pensamientos.
Aquí tomamos la iniciativa de ir a por lo que queremos en vez de sentir culpa
por no adaptarnos a los demás. Es el momento de sentirnos lo
suficientemente seguros para hacer actividades por separado. Es importante
tener cierta independencia para mantener el deseo y la pasión. Si no tenemos
en cuenta nuestras necesidades individuales, creamos resentimiento y
tenemos problemas de identidad, de quiénes somos y qué queremos de la
relación.
El que nos cuestionemos todo es parte del proceso de encontrarle el
significado a lo que hacemos y por qué lo hacemos. Es dejar de repetir los
modelos de nuestra familia, sin identificarnos con el modelo de padre o
madre, la figura del mismo sexo, y empezar a apropiarnos solo de lo que
queremos para nosotros, descartando lo que no nos gusta. En este proceso
tenemos que adueñarnos de todas las partes de nosotros mismos que hemos
reprimido, rechazado o disociado. Cuando nos apropiamos de las partes que
hemos pasado al inconsciente, dejamos de proyectarlas en el otro. Lo
importante en esta etapa es que ELEGIMOS, abandonaremos la repetición de
los modelos con los que nos identificamos o copiamos sin darnos cuenta. En
esta etapa, sobre todo si la sobrellevamos con compasión y somos amables
con nosotros y con los otros, se da mucha más estabilidad.
Estamos más presentes en el aquí y ahora, aceptamos mejor nuestras
dificultades, nos perdonamos por nuestros errores y buscamos la paz. Si
revisamos las etapas anteriores con curiosidad y compasión, nos daremos
cuenta de las luchas de poder y podremos aprender tolerancia. Además, nos
percataremos de que las certezas a las que nos agarrábamos en las anteriores
etapas realmente nos confunden y aprenderemos la relatividad de las cosas.
Cuando vemos nuestros comportamientos en perspectiva entendemos lo mal
que se pasa cuando estamos nublados por nuestras emociones y por el dolor
de los traumas y necesidades no satisfechas.
Esta etapa suele coincidir en el tiempo con la crisis de la mediana edad,
cuando nos preguntamos, ¿cómo he llegado yo hasta aquí?, ¿realmente he
decidido yo el camino que he llevado o he seguido el camino establecido por
otros?, ¿quiero estar donde estoy o quiero estar en otro lugar?, ¿voy a seguir
así o voy a cambiar lo que no me gusta?
Normalmente, la lucha de poder puede durar unos diez años, que es más
o menos el tiempo que tardamos en darnos cuenta de las rigideces a las que
nos habíamos agarrado del pasado. Estas rigideces y certezas eran máscaras o
defensas para cubrir a nuestro falso yo, que contenía el dolor y la vergüenza
de no gustar como en realidad somos, nuestro auténtico ser.
Cuando empezamos a deshacer este falso yo y nos mostramos como
realmente somos, nos volvemos a sentir confusos, vacíos y tenemos
incertidumbre como si no tuviéramos dónde agarrarnos. Tenemos que dejar
de aferrarnos a la máscara, dejar salir el dolor y que aparezca nuestro
auténtico ser. En este punto nos podemos aceptar como niños heridos y
limitados, pero curiosos y con ganas de descubrir cómo podemos mostrar la
mejor versión de nosotros mismos.
En esta etapa dejamos atrás nuestra infancia y podemos sanar a nuestro
niño interior herido, porque nunca es tarde para sanar nuestra infancia.
Cuando cada integrante de la pareja está dispuesto para reclamar su niño
interior herido, deja de hacer al otro demandas imposibles de cumplir.
Tenemos que hacernos cargo de nosotros mismos antes de poder mostrar
amor verdadero por nuestra pareja. El cometido de esta etapa es ser
responsable de nuestras propias heridas mientras que somos respetuosos con
las de la pareja.
Cuando cada uno trabaja su propio dolor y sana sus heridas también es
más respetuoso y comprensivo con el dolor y las heridas del otro. Nos
escuchamos más, nos interesa más su historia, apreciamos compartir valores,
mostramos comportamientos más cariñosos y, paradójicamente, esta actitud
renovada también contribuye a sentirnos apoyados por el otro, lo que
favorece nuestra sanación.
Lo negativo de esta etapa es que no seamos capaces de resolver el
conflicto y las emociones de enfado y dolor y las polaridades de movernos
entre la ilusión y desesperación, entre la confianza y la desconfianza, entre la
vergüenza y la autoestima, que hemos sufrido a lo largo de la relación. Que la
pareja se estanque y no crezca, y aunque aparentemente las cosas estén en
calma en la superficie, por dentro haya malestar, resentimiento y
aburrimiento. Lo que parece aceptación en realidad es aguante y falta de
esperanza. Podemos entrar en depresión o también lanzarnos pequeñas pullas
con humor e ironía que permite dejar salir parte de la rabia y enfado.
Las personas nos podemos volver más ensimismadas, rígidas y
estancadas o también más egoístas y competitivas. Se puede mantener la
pareja por el miedo a la soledad, a la decepción y a la desesperanza. Se ha
creado una imagen de la pareja falsa que es rígida e inflexible, en la que sus
integrantes se cuentan una historia que explica por qué siguen juntos.
Es muy probable que surjan enfermedades que son sintomáticas de que
algo no va bien y oportunidades para darle la vuelta a la relación. La
sexualidad disminuye y se puede convertir en rutina u obligación. Incluso
puede dejar de haber sexualidad porque las parejas empiezan a distanciarse.
Esto conduce a que, en muchas parejas, surja una relación paralela, tengan
una aventura que les haga volverse a sentir vivos, ilusionados y esperanzados.
Lo positivo de esta etapa es que se trata de un momento de
autointrospección, de desarrollo personal. Nos lleva a hacer trabajo personal,
identificar qué nos hace sentirnos vacíos, solos, incomprendidos y aburridos.
Es un momento para revisitar nuestra historia, hacer el trabajo del niño
interior. Identificar nuestros deseos, ilusiones y motivaciones. Explorar lo
que nos hace sentirnos vivos, lo que nos da alegría y nos hace buscarle un
significado a nuestra existencia.
Es un momento de regeneración, de cargar las pilas, de buscar
alternativas, de informarnos, de interesarnos por lograr ser la mejor versión
de nosotros mismos.
Nos cuestionamos nuestra responsabilidad en todo lo que nos sucede y
estamos dispuestos a aprender nuevas formas de hacer las cosas.
En relación a nuestra pareja, Ana y Luis, es Ana la que se ha empezado a preguntar,
porque Luis no aparenta tener ninguna duda o malestar; de hecho, le ha pedido
matrimonio, ¡por algo será! Ana tiene miedo de decirle que tiene dudas, pero es algo que
va a tener que hacer antes o después porque, de no ser así, si se adapta para «salvar» la
relación, o así cree que la va a salvar, se va a perder a sí misma e irá generando
resentimiento. O, por el contrario, puede negar la realidad y dedicarse a soñar que cuando
se case las cosas van a cambiar, lo que también le conducirá a más resentimiento.
4. Interdependencia
La etapa en que de niños estamos aprendiendo a practicar la interdependencia
y cooperación o colaboración va de los siete años a la pubertad. Adquirimos
la capacidad para empatizar, para entender el punto de vista del otro, para
jugar y compartir juegos, para ganar y perder. Todas estas habilidades
conducen a que sepamos manejar amistades.
En la pareja, esta etapa es un momento en el que, al tener una sensación
de autoconexión y de haber desarrollado la autoestima, también nos da la
impresión de que hemos llenado el vacío que ha dejado el dolor de nuestro
niño interior herido con nuestro auténtico ser, que es amor. Tenemos la
madurez necesaria para darnos cuenta de que la seguridad reside en nosotros
mismos, por lo que no nos relacionamos desde la necesidad, sino por
elección, desde la independencia. En una relación de pareja, cuando nos
sentimos plenos, podemos dar fácilmente, pero cuando nos sentimos
necesitados es difícil dar y en su lugar buscamos tomar o incluso demandar
del otro. Por ello, si no nos encargamos de llenarnos de amor no podemos
darlo a la pareja y lo mismo sucederá en caso contrario.
Para mejorar la relación hay que hacer tres cosas importantes:

1. Abrir el corazón y estar dispuestos a involucrarnos en la relación sin


esperar que nuestra pareja cambie. Y aprender a dar primero sin tener
miedo a no recibir a cambio. Esperar más sin dar antes es el camino
seguro para el fracaso. Esperar demasiado pronto es la forma de
sabotearnos.
2. Si le ofrecemos a la pareja o le damos lo que sabemos que anda
buscando estará más dispuesta a ayudarnos a encontrar lo que nosotros
también buscamos. No obstante, tenemos que medir el dar (sin recibir)
porque hay personas que fácilmente se acostumbran a recibir y lo dan
por hecho y creen que se lo debemos. Como decía Luis Rosales: «Quien
se acostumbra a recibir piensa que lo merece, y uno se convierte en su
acreedor».
3. Aprender a pedir lo que queremos, deseamos o necesitamos en pequeños
pasos y enseñarle a nuestra pareja a que haga lo mismo, mientras que le
ofrecemos recompensas por hacerlo (elogios, agradecimiento, regalos),
esto le hará más receptivo o propenso para darnos a nosotros lo que él
sabe que queremos, deseamos o necesitamos.

Cuando en una pareja llegamos a esta etapa, estamos juntos porque


elegimos estarlo, ya no somos personas necesitadas que nos agarramos al otro
para sentirnos completos. No somos niños necesitados buscando a papá o
mamá. Cada uno tiene confianza en su individualidad e independencia y
decidimos estar juntos apoyándonos mutuamente por elección. Mientras en la
etapa anterior nos encontrábamos a nosotros mismos, en esta nos
reencontramos, exploramos y compartimos intimidad.
Es como si tuviéramos una consciencia expandida que es el resultado de
la suma de nuestras fuerzas, porque la verdadera intimidad transciende la
intimidad individual. Es la consecuencia del proceso de intimidad porque se
crea una nueva realidad por este amor interdependiente donde se da la
integración de las polaridades. Las personas nos podemos sentir únicas y
completas por nosotras mismas, pero nuestra unión genera más que la suma
de las partes.
Intimidad es compartir, es un proceso de conexión que se da en cinco
áreas de experiencia humana: intelectual, emocional, física, sexual y
espiritual. Si tenemos una intimidad óptima en estas áreas, sentiremos la
satisfacción de que nuestra pareja nos recibe como somos y se muestra
plenamente como es. Cuando nos sentimos plenamente en sintonía y
conectados con el otro, tenemos la sensación de una auténtica conexión y un
sentido de unidad, plenitud, totalidad más allá de nosotros mismos.
10

TODOS TRAEMOS TEMAS PENDIENTES DE NUESTRO


PASADO
El amor es como una guerra, fácil de iniciar,
difícil de terminar, imposible de olvidar.
HENRY-LOUIS MENCKEN
Todos tenemos temas pendientes. Son asuntos que no hemos concluido y que
de vez en cuando nos hacen saber que siguen así y que hay que atenderlos.
Puede que seamos conscientes de ellos o no, puesto que algunos son
situaciones que pasamos al inconsciente por ser dolorosas y sentir que
teníamos los recursos, apoyos o capacidades para manejarlas.
Nuestros temas inconclusos tienen que ver con necesidades que no se
satisficieron, sobre todo aquellas que afectan a nuestro concepto de nosotros
mismos y a nuestras relaciones, por lo que las llamamos necesidades
relacionales.
Estos temas inacabados, con alguno o ambos padres, son, o bien
conversaciones incompletas o acciones que no tuvieron lugar o momentos en
que no nos reconocieron y dieron un lugar en la familia. Son las bases de
cómo nos vamos a relacionar de adultos. ¿Cuántos de nosotros hemos
esperado oír de nuestros padres que nos quieren, nos valoran y están
orgullosos de nosotros? ¿Cuántos hemos esperado que nos pidieran perdón
por el daño que nos hicieron, físico o psicológico? ¿Cuántos seguimos
necesitando un abrazo sentido y que nos dediquen atención plena a lo que
queremos comunicar?
Por otro lado, si nos hemos tenido que aguantar con lo que ellos querían
para nosotros, porque éramos dependientes, tendremos un impulso de
aprender a ponerles límites y hacerles entender que somos adultos
responsables y que ya no queremos que nos sigan tratando como niños o que
nos demanden cosas que no estamos dispuestos a dar. Y aunque nuestros
padres lo hicieran lo mejor que supieran, no son perfectos y tenemos que
aprender nuevas formas de manejar el vínculo con ellos para tener relaciones
más sanas que las que vimos en nuestra familia o las que tuvimos con las
parejas anteriores que no funcionaron.
Las necesidades relacionales de Richard Erskine son ocho y son las
derivadas de la relación con las figuras significativas, fundamentalmente
nuestros padres, pero no hay que olvidar que los hermanos o cualquier
componente adicional en la familia nos condiciona mucho también. A
continuación, vamos a describirlas incluyendo una más que Erskine daba por
hecho, pero yo considero fundamental, que es la necesidad de ser respetado:

1. La necesidad de seguridad: es la sensación de que podemos sentirnos


seguros en la presencia del otro y que nuestra vulnerabilidad física y
emocional va a ser cuidada. Que el otro se va a relacionar con nosotros
con la mejor intención y que no tenemos que temer que nos hagan daño
o nos coloquen en situación de peligro. Para que la relación funcione, es
imprescindible que primero nos podamos sentir seguros.
2. La necesidad de ser respetado: es sentir que el otro nos considera,
respeta nuestra individualidad, entiende que tenemos derecho a ser como
somos y que somos una persona digna. Significa que nos van a tomar en
serio y van a respetar nuestra forma de ser. Esto no quiere decir que no
podamos dialogar y negociar comportamientos que pueden afectar al
otro, pero respetando lo que somos.
3. La necesidad de que nos acepten y que nos apoyen: es que podamos
contar con el otro, que nos acepten como somos y que vayan a estar ahí
para nosotros. Es el poder confiar que otra persona se va a portar bien
con nosotros, que nos va a apoyar y proteger si hace falta en momentos
en que nos sintamos necesitados.
4. La necesidad de sentirnos importantes: es que nos presten atención, nos
dediquen tiempo, quieran establecer un contacto con nosotros, se
interesen por nosotros, quieran conocernos mejor y establecer intimidad
con nosotros.
5. La necesidad de tener a alguien que nos comprenda: es que tenga
valores semejantes, que comparta intereses comunes. Es la necesidad de
sentirnos comprendidos porque esto nos hace sentirnos seguros. Es
necesidad de reciprocidad, que el otro sienta y valore lo que tenemos en
común y que tenga experiencias parecidas porque así sabe qué se
experimenta y nos puede entender.
6. La necesidad de tener una identidad única: es que podemos expresar
nuestra propia singularidad sin temer que nos vayan a juzgar, evaluar o
criticar. Es la necesidad de autoexpresión, de poder hablar de nosotros
mismos y que el otro nos escuche porque tenga interés y curiosidad en
conocernos.
7. La necesidad de impactar al otro: se refiere a poder tener influencia
sobre el otro porque sabemos atraer su interés. También que se puede
dialogar para conseguir influenciar al otro para que lleve a cabo un
cambio que sea bueno para la relación. Es poder dejar huella en el otro,
no se trata de manipular, sino de convencer.
8. La necesidad de poder expresar afecto y amor, se puede expresar de
muchas maneras y no tienen por qué coincidir: haciendo cosas por la
pareja, compartiendo actividades con el otro, haciendo regalos,
expresando palabras bonitas, mostrando afecto a través del tacto y/o
sexo.
9. La necesidad de que el otro tome la iniciativa: de empezar el contacto,
que tenga interés en quedar, en hacer cosas juntos. Además, que el otro
reconozca y valide nuestra importancia en la relación y por eso quiera
mantenerla.

Todas estas necesidades nos reconocen y validan como personas que


tenemos algo que ofrecer, que tenemos derecho a existir y que podemos
compartir con el otro. La mayoría carecemos de algunas o muchas de estas
necesidades y hasta que no hacemos el trabajo con nosotros mismos
seguimos transfiriendo y proyectando nuestras necesidades relacionales a los
demás, pero sobre todo a nuestra pareja. Tenemos que entender que ellos a su
vez tienen sus propias necesidades relacionales y si no hacen su trabajo
también van a hacer lo mismo con nosotros, esperando que se las
satisfagamos.
En el caso de Ana y Luis ambos tienen la necesidad de dar y recibir afecto, esto les unió.
Además, Ana tiene la necesidad de tener una identidad única y de impactar, mientras que
Luis tiene la necesidad de ser respetado y de encontrar a alguien que le entienda. La
necesidad de dar y recibir afecto se la pueden satisfacer mutuamente. Ana quiere tener una
identidad única y quiere impactar, pero por ahora no sabe expresar lo que quiere, necesita,
desea, y nos tenemos que centrar en que aprenda a hacerlo. Luis, sin embargo, ha
encontrado en Ana a alguien que parece que le entiende y le respeta, así que, de alguna
manera, Ana sí está satisfaciendo las necesidades relacionales de Luis.
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TIPOS DE PERSONALIDAD
Nuestro tipo de personalidad es el resultado de las experiencias que hemos vivido y cómo nos
han condicionado.
VICTORIA CADARSO
La personalidad es el conjunto de características que nos definen y nos hacen
predecibles para los demás y es la tendencia a expresar ciertos sentimientos,
pensamientos y comportamientos ante lo que nos va sucediendo en la vida.
Entendemos por personalidad una especie de coraza o máscara que
hemos construido para adaptarnos al entorno que nos ha tocado; es un falso
yo para que nos acepten y no nos rechacen. No es lo que somos
verdaderamente, nuestra esencia. Al descubrir nuestro tipo de personalidad,
nos damos cuenta de que somos más que nuestra personalidad. Tal vez, al
descubrir nuestra personalidad no termine de gustarnos, entonces surge el
deseo de encontrar nuestra verdadera identidad, ser quienes realmente somos
desarrollando todas nuestras potencialidades.
Pero no podemos desarrollar algo que desconocemos, de ahí la
necesidad de saber cuál es nuestra personalidad, porque arroja luz sobre los
aspectos de nuestra vida de los que no somos conscientes: nuestros
comportamientos automáticos, nuestras reacciones que a veces no
entendemos, nuestros puntos ciegos, etc. Y observándonos tenemos la
oportunidad de elegir conscientemente nuestro comportamiento, entender por
qué hacemos lo que hacemos y sentimos lo que sentimos.
Nuestra personalidad juega un papel importante en las relaciones, las
que tenemos con nosotros mismos y con los demás. Cuanto mejor nos
conozcamos y aceptemos tanto nuestras fortalezas como áreas de mejora,
mejor nos relacionaremos luego con los demás. Pero si además aprendemos a
conocer a los demás favorecerá que tengamos relaciones sanas.
Para entender nuestro tipo personalidad he utilizado la tipología de
personalidad del eneagrama, que es un modelo, un mapa o una herramienta
que nos permite entender nuestro tipo de personalidad con sus motivaciones,
emociones, formas de filtrar y entender la vida y con sus modos de
funcionamiento y comportamientos característicos.
Es importante saber que nos sentimos más seguros con personas que
comparten creencias, valores y principios. Aunque pueden atraernos los que
son muy diferentes a nosotros, a la vez nos asustan. En el eneagrama se habla
de tres inteligencias, triadas o centros que se corresponden con los tres
cerebros y tres formas de ver la vida, de percibir la realidad. El eneagrama
define nueve tipos de personalidad y hay tres tipos de personalidad que
comparten triada o inteligencia, aunque luego puedan tener diferentes modos
de manifestar esa inteligencia.
Está la triada corporal (también llamada del instinto), que son personas
que son más sensibles a sus sensaciones corporales, están más en el presente,
valoran tener autonomía y poner límites a lo que quieren y lo que no quieren,
son sensibles predominantemente al enfado. Como guion de base tienen el
«no disfrutes» (según Claude Steiner) porque cuando eran niños querían
disfrutar, pero se lo limitaron, lo que significa que tienen asuntos pendientes
con el disfrute.
En segundo lugar, está la triada del corazón, que son aquellos a los que
les importan mucho las relaciones y establecer vínculos. Valoran el reflejo
del otro por lo que comparan cómo se ven a sí mismos, cómo les ven los
demás y cómo les gustaría ser (o el ideal de sí mismos), por lo que están
pendientes de su imagen. Quieren desarrollar su autoestima, hacen referencia
al pasado y son sensibles a la tristeza. Cuando eran niños buscaban el amor
de los demás y sintieron que no recibieron todo el que necesitaban, por lo que
tienen un guion de base de «desamor».
Por último, está la triada mental, que son los que quieren poder entender
el mundo, a las personas y las cosas, preguntándose el porqué de todo, y
buscan fundamentalmente seguridad, por lo que están más pendientes de que
pueden controlar para no sentirse inseguros. Viven anticipando el futuro, lo
que les hace preocuparse y les crea ansiedad o miedo, que es la emoción a la
que son más sensibles. De niños sintieron que sus progenitores no eran
congruentes, decían una cosa y hacían otra, o les descontaban lo que ellos
sentían o, cuando preguntaban, les contestaban de manera que se quedaban
confusos y por eso desarrollaron un guion de base de «miedo a la locura» (o
confusión que a veces los lleva a pensar que o están equivocados o no están
del todo bien).
Los tipos que veremos a continuación que pertenecen a la triada corporal
son 8, 9 y 1; los que pertenecen a la triada del corazón son 2, 3 y 4 y los que
pertenecen a la triada mental son 5, 6 y 7. Esto quiere decir que como tienen
el mismo tipo de energía o de inteligencia se entenderán mejor entre ellos y
esto les dará más seguridad, pero, por otro lado, les atraerá más un tipo de
otra triada que les ayude a completar aquellos aspectos que no han
desarrollado en sí mismos.
El eneagrama describe nueve tipos de personalidad con una serie de
aspectos que forman la estructura organizativa o motor de la personalidad.
Este motor está compuesto por las tres inteligencias mencionadas: mental,
relacional/del corazón y corporal; el apego de base, el miedo y deseo básico;
la motivación principal de cada tipo; las tres formas de tomar decisiones y
manejar los problemas; las tres formas de afrontar las pérdidas afectivas: los
tres guiones de base y si funcionamos desde el estado de Yo Padre, Adulto o
Niño; si somos dadores, tomadores o igualadores; la necesidad relacional
característica de cada tipo; si tenemos comportamientos más masculinos,
femeninos o ambos.
A diferencia de otras tipologías de personalidad, es dinámica, en el
sentido de que indica cómo puede mejorar una persona tomando consciencia
de sí misma y cómo empeora en función de cómo acumula el estrés o tensión
en su vida.
Mientras que el tipo de personalidad no cambia, porque la estructura
organizativa de la personalidad ha tardado muchos años en gestarse, sin
embargo, sí puede variar el comportamiento en función de cuánto se conoce
la persona a sí misma y qué nivel de desarrollo personal tiene.

En el eneagrama de Don Riso y Russ Hudson se habla de niveles de


desarrollo o niveles de consciencia. De un modo resumido, podemos decir
que cuando tenemos comportamientos del nivel sano: estamos vibrando en el
Amor, lo que significa que funcionamos como si estuviéramos enamorados,
viendo lo mejor de las personas y con un espíritu de cooperación y
colaboración. Cuando estamos en un nivel medio estamos vibrando en el
Apego, lo que significa que funcionamos como si tuviéramos que competir
para conseguir nuestros objetivos, por lo que tratamos de ser más, tener más,
conseguir más que el otro y para ello podemos interpretar un rol, manipular e
incluso «hacer a los demás lo que tememos que nos hagan a nosotros».
Estamos en modo competitivo, que puede convertirse en modo confrontativo.
Finalmente, cuando estamos en un nivel malsano vibramos en la Adicción.
Eso quiere decir que empezamos a tener comportamientos reactivos,
compulsivos y adictivos porque estamos desbordados por el estrés, el miedo
y la ansiedad. Manifestamos nuestro peor ser. De alguna manera, vamos
perdiendo la conexión con la realidad y empezamos a vivir en un mundo
ilusorio.
Cuanto más estrés tenemos, más funcionamos en modo supervivencia y
más egoístas somos; cuanta más consciencia tenemos, más nos conocemos y
podemos transformar aquellos comportamientos que no nos son útiles. Esto
es muy importante en las relaciones porque la manera de manejar el estrés
también depende del tipo de personalidad.
Nos podemos relacionar bien con cualquier tipo de personalidad cuando
estamos en los niveles sanos. Pero cuando nos encontramos en los niveles
medios o malsanos las relaciones se dificultan sobremanera.
Aquí vamos a indicar los rasgos característicos de los tipos en los
niveles sanos y medios porque cuando estamos en los niveles malsanos las
relaciones son prácticamente imposibles.
A continuación, voy a hacer una sinopsis de los nueve tipos de
personalidad.

El tipo 8 duro-sensible

El tipo 8 es una persona que busca ser autónomo y no depender de


nadie. Para ellos es importante marcar sus límites y a quiénes incluyen dentro
de ellos y quiénes están fuera. Para proteger sus límites tanto internos como
externos intentan mostrarse fuertes, poderosos y seguros de sí mismos.
Tienen miedo de que abusen de ellos y les rechacen y por eso quieren
controlar su sensibilidad y vulnerabilidad. Las personas tipo 8 miden sus
fuerzas e intentan imponerse en vez de adaptarse o someterse, lo que les haría
sentirse débiles. Son atrevidos, tenaces y capaces de construir, pese a las
adversidades. Son protectores de los que necesitan ayuda, pero desprecian a
los que no se esfuerzan para conseguir sus objetivos. Los 8 sanos tienen
dominio de sí mismos, usan su fortaleza para mejorar su vida y la de las
personas significativas para ellos. Tienen una visión global de las cosas, son
decididos, perseverantes, e incansables en perseguir lo que creen que es justo
llegando a ser personas importantes que dejan huella en la historia de la
humanidad.
Cuando están en el nivel medio pueden resultar personas intensas,
dominantes, intimidadoras y provocadoras. Normalmente tienen dificultades
para tener relaciones de igual a igual y de intimar con los demás.
Dicen de sí mismos: «Soy una persona fuerte, decidida, segura de mí
misma y arriesgada. Tengo mucha energía y soy generoso, protector y
directo. Me gusta tener el control, por lo que puedo mostrarme intenso e
intimidador. Soy independiente y me cuesta intimar con los demás para no
sentirme vulnerable y dependiente. Soy intenso y me gusta establecer mis
propias normas. Suelo ser líder y no tengo miedo».
No dicen de sí mismos: que en el fondo se sienten rechazados y que se
han tenido que construir la coraza para que no les hagan daño; cuanto más
fuerte su coraza, más daño han sufrido. Por eso su miedo básico es ser
vulnerable y dañado o controlado por otros y lo compensa con el deseo
básico de protegerse e intentar imponerse, que puede degenerar en alerta
constante o desconfianza.
Su niño interior herido se siente solito, rechazado, que se tiene que valer
por sí mismo porque los demás o no le hacen caso o cree que le intentan
controlar y no lo soporta. Les cuesta intimar con los otros, porque desconfía
de entrada, por lo que intenta controlar la situación. Cuando confía un poco
empieza a abrirse y a mostrar su lado más tierno, generoso y protector.
Motivaciones fundamentales: desean tener confianza en sí mismos,
probar su fuerza y resistir la debilidad, ser importantes en su mundo, dominar
lo que les rodea y tener el control de todas las situaciones.
Punto ciego: anticipan que les van a rechazar y les cuesta entender por
qué muchas personas se sienten intimidados por ellos. Tiene mucha energía
que se expande y hace que los que se les acercan se sienten invadidos.
Paradoja: los 8 quieren que les acepten y apoyen por cómo son,
incluyendo su vulnerabilidad. Sin embargo, como muestran su fuerza e
independencia y parece que están a cargo de todo, pocas personas llegan a
conocer su lado más tierno y vulnerable.
En las relaciones:
Buscan: lealtad, formalidad, alguien de quien se puedan fiar, sensibilidad e
interés por ellos, compatibilidad sexual. Alguien que tenga su misma energía.
Aportan: son carismáticos y están muy entregados al principio, siendo
generosos, proveedores y protectores.
Apego: estilo de apego desorganizado: tienen miedo a que les rechacen
y les hagan daño, por lo que intentan tener el control de la relación
volviéndose protectores de la pareja.
Estado del Yo: Padre: tiene dificultades en las relaciones porque el 8
funciona principalmente desde el estado del Yo Padre, por lo que puede
provocar que la otra persona se coloque en el estado del Yo Niño sin darse
cuenta y, con el tiempo, aunque puede ser una pareja duradera, no habrá una
relación de igualdad, con lo cual se compromete la intimidad.
Dador: el 8 es una persona a la que le gusta dar y ofrecer su protección a
los que considera que no han tenido oportunidades, porque no soportan a los
que no se esfuerzan por mejorar su condición. Al 8 le cuesta pedir y por eso
quiere ser autosuficiente.
Género: tiene más rasgos masculinos que femeninos. A los hombres les
va bien, pero a las mujeres esto les dificulta las relaciones de pareja. Estas,
sin darse cuenta, puede que o bien compitan con su pareja o se «sometan» o
busquen a un hombre más femenino que les complemente.
Necesidad relacional primordial: necesitan impactar, que se les note,
atraer el interés de los demás, que las personas les tomen en cuenta.
Cuando está estresado: manipula queriendo controlar a los demás, con
la amenaza, el reto y la agresión directa, también puede crear dependencia
física o financiera a los que dependen de él/ella.
Para funcionar bien en pareja: tienen que aprender a ser humildes, a
participar con los demás en vez de tener que dirigirlos. Aprender a
autocontrolarse. Dejar de afirmar su voluntad por encima de los otros.
Aprender a ceder y reflexionar si han sido demasiado bruscos o hecho daño a
sus seres queridos. Reconocer su propia vulnerabilidad y necesidad de ser
cuidados y que les presten atención como todos los demás. Aunque se
muestra «superior», el 8 es dador, y como tiene apego desorganizado busca
tener un rol definido en la relación en el que se sienta útil, el rol que suele
tomar el 8 es el de proveedor, protector y líder. Deben darse cuenta de que,
con frecuencia, tienen falta de empatía y comprensión de las necesidades de
los otros, tienen que aprender a bajar las defensas y abrirse al contacto y
conexión con el otro.

El tipo 9 dócil-testarudo

El tipo 9 es una persona acomodaticia, humilde y conciliadora. Los tipos


9 son confiados, conformistas y estables, les cuestan los cambios y están
satisfechos con estar tranquilos y en paz. Son afables, bondadosos, se
acomodan con facilidad y ofrecen su apoyo a familiares y amigos. Suelen ser
complacientes y sobre adaptados, muchas veces transigiendo, aunque no les
apetezca, con tal de mantener la paz. No les gusta que haya conflictos, así que
intentan mediar. Son capaces de ponerse en el lugar de las diferentes partes
para intentar hacer comprender los diferentes puntos de vista y que así que se
llegue a acuerdos. También, en su afán de que haya paz, pueden minimizar
los problemas y no fijarse en las dificultades. Los 9 sanos son receptivos,
abiertos, emocionalmente estables, pacientes y serenos. Confían en sí mismos
y en los demás y son capaces de unir a las personas y solucionar conflictos.
Cuando están en los niveles medios, tienen conflictos en las relaciones
porque tienden a escaparse de los disgustos y problemas. No quieren o no
pueden afrontar los problemas y hacen que la otra persona se sienta sola y no
tenida en cuenta. Mantienen su enfado bajo control hasta que llegan a no ser
conscientes de que lo tienen, pero su pasividad genera agresividad en el otro.
Dicen de sí mismos: «Soy tranquilo, adaptable, sencillo y considerado.
No me gustan las tensiones y deseo que haya un ambiente de armonía, paz y
tranquilidad. Tiendo a relativizar y minimizar lo negativo, me acomodo
fácilmente, soy bondadoso, confiado y estable. Soy diplomático y buen
mediador en conflictos porque soy capaz de ver las distintas partes. Puedo
tener problemas de postergación, a veces me cuesta ponerme en acción, y
suelo distraerme y “soñar despierto”».
No dicen de sí mismos: que lo pasan muy mal con los conflictos y con
las presiones de los demás, y sobre todo les da mucho miedo el enfado. Ellos
quieren que haya armonía y por eso su miedo básico es perder la conexión
con los demás, la separación y su deseo básico es estar en paz, que puede
degenerar en terca negligencia.
Su niño interior se siente desconcertado cuando las personas se alteran,
se enfadan, gritan, discuten y se vuelven agresivas. Tiene miedo de las
tensiones y de no tener los recursos ni las capacidades para afrontarlas, por lo
que se achanta y aguanta el chaparrón. No entiende por qué las personas no
pueden estar tranquilas, en paz y en armonía.
Motivaciones fundamentales: desean crear armonía a su alrededor, evitar
conflictos y tensiones, mantener las cosas como están, resistirse a cualquier
cosa que los pueda molestar o incomodar, escaparse de disgustos y
problemas. Se resisten a que le afecten las experiencias y buscan la
comodidad a toda costa.
Punto ciego: no son conscientes de que tienen un ritmo más lento que
los demás y que postergan y dejan las cosas hasta el último momento y esto
afecta a sus relaciones.
Paradoja: quieren sentirse reconocidos y tomados en serio, pero actúan
de una forma tan relajada y se acomodan con facilidad a lo que los otros
quieren que los demás descuentan lo que tienen que decir.
En las relaciones:
Busca: comodidad, paz, armonía, estabilidad, pero también un compañero en
quien apoyarse que sea más activo y fuerte.
Aporta: tranquilidad, paciencia, consideración, afabilidad.
Apego: estilo de apego ansioso, lo que hace que tenga una personalidad
dependiente «bien visto», en las mujeres, pero no tanto en los hombres.
Estado del Yo: funciona principalmente desde el estado del Yo Niño que
busca a un adulto más «fuerte» en quién apoyarse. Un hombre 9 que funciona
desde el estado de Yo Niño y es más femenino resulta atractivo al principio
(porque es más sensible y acogedor), pero enseguida las mujeres lo pueden
percibir como un hijo más.
Tomador: el 9 siente que lo ha pasado mal y que de alguna manera
«tiene derecho» a que ahora la vida le ofrezca cosas, así que no tienen
ninguna dificultad en recibir de los demás.
Género: el tipo 9 tiene más rasgos femeninos que masculinos. Se espera
que una mujer tenga rasgos femeninos, pero que un hombre tenga rasgos
femeninos puede resultar agradable en principio, aunque luego les dificulta
las relaciones con las mujeres.
Necesidad relacional primordial: la necesidad de que les acepten como
son, y que haya alguien más fuerte que les apoye en momentos de necesidad.
Cuando está estresado: se evade, se bloquea, se abstrae, necesita
retirarse y se resiste a la presión del otro de forma pasivo-agresiva.
Para funcionar bien en pareja: tiene que aprender a afrontar los
problemas, aunque tengan miedo al conflicto, en vez de insistir en no
reconocerlos e intentar mantenerse neutral. Reconocer su propia fuerza y
capacidad para que se puedan empoderar y actuar de forma efectiva.
Aprender a confiar en sus capacidades y afirmarse sin miedo al conflicto.
Dejar de complacer para que haya paz. Esforzarse en pasar a la acción
dejando de postergar. Reconocer el malestar interno y sacarlo. Permitirse
hacer cambios en su vida. Procurar hacer ejercicio para descargar tensiones.
Dejar de evadirse con drogas. Aprender a desahogar el enfado, ansiedad y
miedo y transformar el conflicto en una relación más profunda y
comprometida. Expresarse a sí mismos clara y directamente. Darse cuenta de
que dan explicaciones largas que hacen que el que les escucha pierda interés.
Conseguir transmitir lo que desean porque les cuesta conectar con sus
necesidades. Se olvidan de sus deberes, promesas y cogen el camino más
fácil. Tienen que desarrollar su voluntad de pasar a la acción.

El tipo 1 formal-espontáneo

El tipo 1 es idealista, de valores elevados, se esfuerza por ser impecable


y hacer lo correcto. Las personas tipo 1 son éticas e íntegras y poseen un
fuerte sentido del bien y del mal. Son educadores y reformadores que se
desviven por mejorar las cosas, pero tienen unos estándares o expectativas
tan altos que muchas veces no los logran. Cuando no consiguen sus objetivos,
se cuestionan y critican a sí mismos primero y a los otros después, lo que les
causa mucha frustración y malestar que reprimen porque creen que no es
correcto expresarlo. Temen cometer errores y las críticas de los demás. Les
gusta organizar y ordenar y son meticulosos, e intentan mantener estándares
elevados, pero pueden resultar demasiado perfeccionistas. Tratan de estar por
encima del reproche, pero se enfadan cuando los otros no les siguen ni
comparten sus valores. En los niveles sanos, el 1 es noble, íntegro, sereno y
puede ser sabio siempre procurando ser moralmente intachable.
En los niveles medios tienen dificultades en las relaciones con los demás
porque pretenden tener razón y que los otros sigan sus estándares y
principios. Tienden a juzgar según sus estándares, lo que hace que el otro se
sienta evaluado, criticado y no aceptado como es.
Dicen de sí mismos: «Soy ético, íntegro y vivo de acuerdo con mis
criterios morales. Soy perfeccionista, organizado y crítico conmigo mismo y
los demás. Trato de hacer siempre las cosas de manera correcta y espero de
los demás hagan lo propio. Suelo tener problemas de enfado reprimido, pero
no lo expreso abiertamente porque creo que hay que controlarlo. Tengo la
sensación de que debo ser bueno para que me respeten y quieran».
No dicen de sí mismos: que interiormente se sienten cansados de ser tan
disciplinados, críticos y perfeccionistas y les gustaría aflojar y poder evadirse,
pero les cuesta ver el punto entre lo bueno y lo malo, por lo que se exigen
mucho y se entristecen cuando los demás no les valoran. Por eso su miedo
básico es a no ser bueno (o ser malo) e imperfecto, y a no hacer las cosas
bien, lo que les lleva al deseo básico de sentirse íntegros, que puede
degenerar en perfeccionismo crítico.
Su niño interior: siente que tiene que esforzarse para hacer las cosas
bien, ser bueno y hacer lo que tiene que hacer, cuando lo tiene que hacer.
Quiere jugar, pero cree que no se lo puede permitir hasta que no haya hecho
lo que debe, porque si lo hacen se sentirán culpables.
Motivaciones fundamentales: desean hacer lo correcto, esforzarse y
mejorar todas las cosas, ser fieles a sus principios e ideales, estar más allá de
las críticas para no ser condenados o culpados por nadie. Son sensibles a
equivocarse.
Punto ciego: parecen críticos, impacientes e irritables. Obstinados en sus
opiniones, tienen que darse cuenta de que intentan que el otro se acomode
como muestra de amor, no se percatan de su demanda, pero sí de la falta en el
otro.
Paradoja: los 1 quieren ser aceptados y valorados sin reservas, sin que
les critiquen o condicionen, mientras que ellos son muy críticos con los otros,
por lo que puede que los demás se aparten, y como son tan críticos consigo
mismos, no se pueden imaginar que alguien les puede valorar sin juzgarles.
En las relaciones:
Busca: a alguien que tenga principios y valores compartidos, igualdad,
justicia, integridad. Un compañero con quien se pueda relajar realmente.
Aporta: integridad, ecuanimidad, laboriosidad, responsabilidad y
compromiso.
Apego: tiene un apego evitativo, con lo cual supone que en el periodo de
conquista, sean reacios a comprometerse porque buscan un ideal de pareja
que les cuesta encontrar, pero una vez que adquieren el compromiso
mantienen su palabra.
Estado del Yo: funcionan principalmente desde el estado del Yo Padre,
lo que hace que la pareja sienta que les intentan disciplinar y corregir como si
fueran niños.
Dador: al 1 le gusta aportar a la sociedad y a los demás, son personas
comprometidas que se entregan por causas justas y que dedican tiempo y
esfuerzo a mejorar a las personas que les importan y a los demás. No
obstante, el 1 sí sabe recibir, le gustan los regalos y que se acuerden de ellos.
Género: el tipo 1 tiene más rasgos masculinos que femeninos. En el caso
de las mujeres, tendrán más rasgos masculinos, con lo cual habrá alguna
dificultad respecto de quién toma el rol de líder vs quién se adapta. Los
hombres 1 están en su rol.
Necesidad relacional primordial: la necesidad de sentirse respetado, que
el otro les considera y tiene en cuenta, que respete sus valores e integridad.
Cuando está estresado: se muestra más frustrado, irritable y juicioso e
intenta corregir a los demás con su sentido de lo adecuado/inadecuado y
culpabiliza al otro por su forma incorrecta de hacer las cosas.
Para funcionar bien en pareja: tienen que aprender a escuchar y dejar
de hacer juicios, e intentar que los demás hagan lo que ellos creen. Confiar en
que los otros pueden hacer las cosas de manera diferente a ellos y aun así
obtener resultados. Aprender a relajarse, disfrutar más, sentirse más serenos,
especialmente cuando se equivocan o las cosas se descontrolan. Aprender a
ser tolerantes y no ver las cosas en términos polares o extremos:
blanco/negro, bueno/malo. Discernir lo subjetivo de lo realmente objetivo.
Darse cuenta de que sus normas éticas y morales no son las únicas válidas.
Permitirse conectar y expresar el enfado/rabia/ira/resentimiento. Poder
desarrollarse a sí mismos sin sentir que han hecho algo mal y que no han
llegado a sus expectativas. Ser más compasivos y sintonizar con los demás.
Ser menos críticos de sí mismos, lo que les hará más empáticos con los
demás. Dejar de prestar tanta atención a los detalles.
El tipo 2 generoso-interesado

Las personas 2 son los tipos más interpersonales y volcados en los


demás. Son serviciales, que intuyen lo que los otros necesitan y se interesan
por ayudar. Les gusta ser considerados, empáticos y afectuosos. Los 2 son
comprensivos, bondadosos, amistosos, generosos y abnegados. Lo que más
valoran es el amor, la comunicación, la intimidad, la amistad y la familia. Por
ello, desean intimar con otras personas y suelen hacer cosas para los otros
para mantener el vínculo. Los 2 sanos alegran los corazones de los demás con
su atención y aprecio y con su actitud nutritiva les ayudan a elevar su
autoestima. En su mejor aspecto, el 2 sano es generoso, altruista y siente un
amor incondicional por sí mismo y por aquellos que le rodean.
En los niveles medios se vuelcan tanto en los demás que tienen
problemas para cuidar de sí mismos y reconocer sus propias necesidades, que
relegan a un segundo lugar. También pueden ser sentimentales, aduladores,
obsequiosos y manipuladores.
Dicen de sí mismos: «Me considero una persona generosa y ayudadora,
comprensiva y bondadosa. Suelo poner las necesidades de los otros por
delante de las mías, por lo que me cuesta decir que no, y se me da bien dar,
pero me cuesta recibir. Tengo dificultad para ver lo que yo necesito. Me gusta
intimar con los demás y sentirme querido y necesitado, y me duele cuando no
agradecen mi ayuda incondicional».
No dicen de sí mismos: que en el fondo se sienten poco apreciados y que
están tristes cuando los demás no se interesan por ellos de la misma forma.
No se permiten mostrarse necesitados ni víctimas; esto lo hacen cuando están
solos y su cuerpo somatiza y enferma, aunque ni esto les para. Por eso su
miedo básico es a no ser digno de amor, a no ser querido a no ser que
complazcan a los demás. De ahí su deseo básico de ser amado, que puede
degenerar en necesidad de ser necesitado.
Su niño interior: se siente inferior y tiene miedo de no ser digno de
amor, por lo que intenta ser complaciente y agradar. No le gusta estar solito y
está dispuesto a ayudar para sentir que le aprecian y le cuesta decir que no. Le
gusta sentirse querido y necesitado y le duele cuando no se le tiene en cuenta.
Motivaciones fundamentales: conectar con los demás, ser agradable y
ayudar para ser querido, expresar sus sentimientos hacia otros, sentirse
necesitado y apreciado. Conseguir que otros le tomen en consideración.
Punto ciego: darse cuenta de que su actitud de generosidad, ayudar y
prestar atención se basa en la necesidad de sentirse querido. Si luego se
desinteresan se desenganchan de la otra persona de forma precipitada. Les
cuesta ver sus necesidades y que dan para recibir. Tienen que percatarse de
que hacerse indispensable para el otro significa que este va a volverse
dependiente.
Paradoja: quieren sentirse apreciados por sí mismos, pero dedican
mucho tiempo y energía en favorecer a los demás relegándose a un segundo
lugar y no dando muestras de que necesitan algo.
En las relaciones:
Busca: la conexión emocional, intimidad, calor, afecto y compartir.
Aporta: compasión, calidez, empatía, generosidad, apoyo.
Apego: tienen un apego desorganizado, con lo cual quieren sentirse
útiles ayudando y pueden ser más incongruentes acercándose y alejándose en
función de sentirse rechazados o no apreciados.
Estado del Yo: funcionan principalmente desde el estado del Yo Padre,
con lo cual sin darse cuenta pueden hacer que la pareja se sienta como un
Niño. Funcionar desde el estado de Yo Padre también significa mostrarse
como una madre nutricia que quiere cuidar a sus polluelos y a los que
resguarda debajo de su ala.
Dador: el 2 tiene miedo a parecer egoísta porque no soporta a las
personas egoístas y le gusta mucho dar y ayudar a los demás, sobre todo
concede su tiempo, su compañía, pero también comparte lo que tiene con los
que piensa que tienen menos que ellos.
Género: el 2 tiene más rasgos femeninos que masculinos. En el caso de
las mujeres está más adaptado a lo que entendemos que es el rol femenino.
Sin embargo, en el caso de los hombres, no se suele comportar como se
espera de un hombre porque son más sensibles y cuidadores.
Necesidad relacional primordial: de dar y recibir afecto y de sentirse
apreciados. A los 2 les gusta mucho mostrar sus sentimientos por los demás y
escuchar las historias y los sentimientos ajenos.
Cuando está estresado: saca su agresividad fijándose en las necesidades
y deseos de los otros y creando sensación de endeudamiento.
Para funcionar bien en pareja: tienen que darse cuenta de que están
poniendo su atención en los otros olvidándose de sí mismos. Dejar de
entrometerse en la vida de los demás y ocuparse más de ellos. Desarrollar su
autoestima en vez de necesitar el agradecimiento externo. Aprender a
reconocer sus propios sentimientos. Ser consciente de sus auténticos motivos
para ayudar. Aprender a decir no y poner límites. Preguntar antes de ayudar.
Dejar de esperar cariño y amor a cambio de su ayuda. No ser posesivo con
los «suyos». Dejar de manipular para conseguir lo que ellos creen que es lo
mejor. Tomarse tiempo para cargar las pilas y recuperarse física y
anímicamente. Desarrollar relaciones en las que pueden realmente contar con
otros. Ser capaces de decir no sin sentirse culpables, ansiosos o enfadados.
Ser menos dependientes de las respuestas de los otros y más centrados en sí
mismos y en sus sensaciones internas. Tienen dificultad para cuestionarse sus
formas de pensar, sus patrones emocionales y sus comportamientos.

El tipo 3 elogiado-insatisfecho

Las personas tipo 3 necesitan el reconocimiento de los demás y por ello


creen que tienen que sobresalir en lo que hacen y consiguen. Son personas
adaptables, que buscan conseguir sus objetivos y están orientados al éxito.
Aparentan ser seguros de sí mismos, resultando atractivos y encantadores.
Los demás admiran a los 3 por ser emprendedores y por sus logros
personales. Son ambiciosos, competentes y dispuestos a hacer lo que haga
falta para conseguir sus objetivos. También pueden ser muy conscientes de su
posición y estar muy motivados en su desarrollo personal, para lo que son
capaces de mantener sus emociones a raya. Suelen preocuparse de su imagen
y de lo que los demás piensan de ellos. En su mejor aspecto, el 3 sano se
acepta como es, es auténtico, es todo lo que aparenta ser, un modelo que
inspira a otras personas a desarrollarse a sí mismos. Motivan a los demás
modelando lo que es posible.
En los niveles medios suelen ser competitivos y se comparan con los
demás para intentar sobresalir, porque, de lo contrario, sentirían que son
menos que ellos. Tienen problemas de adicción al trabajo porque mucha parte
de su autoestima la hacen derivar de los logros profesionales y pueden dejar
un poco de lado sus relaciones personales.
Dicen de sí mismos: «Soy eficaz, competente, práctico, carismático,
atractivo y encantador. Aparento estar seguro de mí mismo y me preocupo
por mi imagen y por lo que los demás piensan de mí. Por eso sé adaptarme a
lo que valoran los demás. Puedo tener problemas de adicción al trabajo y de
competitividad, pero logro lo que me propongo porque creo que el valor de
una persona está en sus éxitos».
No dicen de sí mismos: que interiormente sienten que les falta mucho
para sentirse valiosos, por lo que están constantemente intentando
desarrollarse y mejorar sus conocimientos, aptitudes y destrezas. De ahí que
su miedo básico es a no tener valía personal, y por eso se esfuerzan por
destacar y su deseo básico de ser valiosos puede degenerar en afán de éxito y
por eso están continuamente compitiendo, exigiéndose que tienen que ganar
porque tienen pánico al fracaso.
Su niño interior: se siente poco valioso, preocupado por lo que los
demás piensan de ellos y se compara con los otros para ver qué pueden
aprender para ser mejores y que les aprecien. Se adaptan a lo que los demás
valoran, incluso les cuesta saber lo que ellos quieren por sí mismos.
Motivaciones fundamentales: intentan que les presten atención,
distinguirse e impresionar y ser admirados. Sentirse valiosos y que los demás
valoren lo que han conseguido porque necesitan ser reafirmados. Quieren
hacer, producir, intentar que todo funcione eficazmente, exigirse a sí mismos
para conseguir ser el mejor.
Punto ciego: parecen impulsivos, bruscos y que tienen prisa e incluso
pueden posponer a las personas para conseguir sus objetivos. Se pueden
impacientar cuando los otros no son capaces.
Paradoja: los 3 quieren ser valorados por ellos mismos y no por lo que
hacen, pero como intentan crear una imagen positiva y solo comparten lo que
creen que va a ser valorado, nadie sabe qué se oculta detrás de la máscara.
En las relaciones:
Busca: ser admirado, encajar en sociedad, ser competente y atractivo. Un
compañero que le complemente en sus roles.
Aporta: claridad de objetivos, practicidad, atractivo, motivación,
productividad.
Apego: tienen un apego ansioso, lo que significa que se adaptan al otro
por miedo al abandono.
Estado del Yo: funcionan principalmente desde el estado de Yo Adulto,
esto quiere decir que son prácticos y quieren conseguir la información que
necesitan para lograr sus fines.
Igualadores: los 3 creen que, si ellos aportan o invierten tiempo, energía
o dinero en otros, tendrían que recibir más o menos de igual manera del otro,
que hay que igualar entre lo que se da y se recibe.
Género: el 3 tiene más rasgos masculinos que femeninos. En el caso de
los hombres, estos están más adaptados a su rol masculino, pero en el caso de
las mujeres, se llevan bien con los hombres en el trabajo, aunque tienen más
dificultad en la relación con la pareja porque al ser más masculinas compiten
con el hombre sin darse cuenta.
Necesidad relacional primordial: la necesidad de sentirse visto,
validado e importante, es la necesidad de que le prestan atención y poder
mostrarse como son sin sentirse humillados y ridiculizados.
Cuando está estresado: puede mostrarse irritable y trata de compensar
encandilando a los demás y adoptando cualquier postura o imagen que
«funcione». Pide disculpas sin cambiar su comportamiento.
Para funcionar bien en pareja: tiene que dejar de hacer, producir y
darse tiempo para descansar y conectar consigo mismo y sus sentimientos. A
partir de ahí, también podrá tener en cuenta a los demás y dedicarles más
tiempo. Aprender a ser sinceros con ellos mismos y reconocer sus
sentimientos de vacío y de sentir que les falta algo. No adaptarse a los demás
para que les acepten. Desarrollar la empatía y cooperación en las relaciones.
Respaldar y animar a los demás y aprender a tener expectativas realistas
sobre sí mismo y los demás. Conectar con sus sentimientos más profundos de
insatisfacción y aprender a valorarse sin la presión de tener que estar
probándose continuamente. Poder relajarse y simplemente estar sin tener que
impresionar a los demás. Darse cuenta de lo que realmente quieren en vez de
lo que creen que deberían querer dependiendo del contexto en que se
mueven. Mostrarse más auténticos.

El tipo 4 creativo-lastimero
Las personas tipo 4 son personas sensibles, soñadoras y creativas. Son
románticos, tendentes a la melancolía y al drama, que se sienten insatisfechos
y carentes. Son introspectivos y reservados, aunque también pueden
mostrarse expresivos, enigmáticos y contradictorios. Están muy centrados en
sí mismos y son conscientes de su identidad, sus sentimientos, emociones e
impulsos más profundos. Se sienten únicos, especiales y diferentes, lo que
dificulta sus relaciones con los demás porque creen que no les van a entender.
Los tipos 4 sanos son inspirados y muy creativos, capaces de renovarse y
transformar sus experiencias. Tienen un sentido estético e interés por la
belleza importante, lo que les ayuda a expresarse y distinguir su originalidad.
En su mejor momento también son demostrativos, cercanos y se relacionan
sinceramente con los demás, dispuestos a revelar cosas personales y dejarse
conocer.
En los niveles medios pueden ser caprichosos, ensimismados y tímidos,
y para compensar resaltan sus diferencias personales y se centran en ellas.
Normalmente tienen problemas de autocomplacencia y autocompasión.
Dicen de sí mismos: «Soy introspectivo y consciente de mí mismo y me
considero una persona profunda. Me siento diferente, incomprendido,
auténtico, original y especial. Me gusta la belleza y valoro lo estético. Mis
emociones me hacen sentirme a mí mismo y vivo todo con mucha intensidad.
Tengo una sensación de añoranza, de sentirme incompleto, como si algo me
faltase para ser feliz, pero por otro lado soy sensible, intuitivo, dramático y
creativo».
No dicen de sí mismos: que en el fondo se sienten carentes de amor y
comprensión por parte de los demás y sienten una falta de atención, por lo
que necesitan ser el centro. Por eso su miedo básico es a carecer de identidad
o a no ser importante y su deseo básico es ser uno mismo, original, diferente,
singular, que puede degenerar en autocomplacencia.
Su niño interior: se siente incomprendido, solito y especial. Se conecta
con sus emociones y sentimientos para acompañarse y sentirse a sí mismo
intensamente. Tiene una sensación de añoranza, de sentirse incompleto, como
si algo le faltase para ser feliz, pero por otro lado lo compensa diciéndose a sí
mismo que es sensible, intuitivo, dramático y creativo.
Motivaciones fundamentales: ser ellos mismos y poder expresarse a
través de algo bello. Retirarse para proteger sus sentimientos y cuidar sus
necesidades emocionales antes de atender cualquier otra cosa. Idealizar, soñar
y fantasear con un mundo diferente. Quieren que les comprendan y que no les
hagan de menos.
Punto ciego: llevan la atención a sí mismos y necesitan terminar
completamente una conversación, aunque la persona no los quiera escuchar.
Se identifican con sus emociones y se quedan absortos en sus fantasías,
evadiéndose de la realidad, incluso idealizando sus parejas, lo que no les
facilita intimar con ellas.
Paradoja: quieren tener relaciones profundas y duraderas con los
demás, pero su comportamiento refleja la necesidad de ser diferentes, únicos
y separados. Así que tienen comportamientos de acercamiento-alejamiento;
cuando los otros se aproximan demasiado se retiran y cuando no acuden se
sienten decepcionados o rechazados.
En las relaciones:
Busca: profundidad emocional y honestidad, escucha, comunicación, ser
aceptado, ser atractivo y sentido de la estética.
Aporta: sensibilidad, creatividad, expresividad, profundidad y
autenticidad.
Apego: tiene apego evitativo y es autorreferente, por lo que busca mucha
atención; pero a la vez quieren poder tener tiempo para conectar consigo
mismos a solas.
Estado del Yo: funciona principalmente desde el estado de Yo Niño, que
busca un «Padre/Madre» que por fin les descubra su sensibilidad especial, y
se acerque y conecte profundamente con ellos.
Tomador: el 4 se siente carente y necesita rellenar esa carencia,
fundamentalmente de atención, por lo que, en cualquier ocasión que puede,
toma el foco y se hace notar.
Género: tiene comportamientos más femeninos que masculinos. En los
hombres esto puede resultar una dificultad porque se les puede percibir
«demasiado sensibles» y/o «frágiles».
Necesidad relacional primordial: es sentirse singulares y distinguirse
como únicos y originales. Es la necesidad de hablar de uno mismo, de
acaparar la atención que piensan que no han tenido.
Cuando está estresado: se vuelve temperamental y hace que los demás
vayan con pies de plomo para que no se desate su mal humor. También
pueden hacer el movimiento contrario, es decir, aislarse restringiendo el
afecto y la atención.
Para funcionar bien en pareja: tienen que aprender a ser más empáticos
y considerados porque necesitan mucha atención y no se dan cuenta de las
necesidades de los demás. Conviene que reconozca sus cualidades positivas y
fomentarlas y no limitarse a poner el foco en las negativas. Dejar de
lamentarse de lo que carecen y aprender a amarse a sí mismos y valorar sus
talentos en vez de centrarse principalmente en aquello de lo que carecen o lo
que creen que les falta. Dejar de compararse saliendo mal parados. Aprender
a autodisciplinarse y no posponer las cosas hasta que tengan el estado de
ánimo adecuado. Aprender a no evadirse a través de la fantasía y conectar
con la realidad, aunque les parezca cutre. Dejar de autocompadecerse y
ocuparse en relacionarse mejor con los demás. Ser más capaces de hacer que
las cosas sucedan y manifestar sus sueños en vez de pensar que las cosas les
pasan a ellos. Ser menos volátiles, y reactivos emocionales. Aprender a estar
más en el aquí y ahora y ser capaces de apreciar y disfrutar de lo que les
aporta la vida en vez de centrarse en lo que les falta.

El tipo 5 observador-provocador

Las personas tipo 5 son observadoras, perspicaces y curiosas. Se


interesan por conocer por qué y cómo funcionan las cosas. Son capaces de
concentrarse y enfocar la atención en lo que les interesa, investigando con
detalle su funcionamiento. Son pensadores independientes, atrevidos e
innovadores llegando incluso a obsesionarse con sus investigaciones y
elaboraciones. Sienten una fuerte necesidad de seguir su propio criterio y
profundizar en lo que ellos quieren y tienen dificultad en seguir las normas y
procedimientos establecidos. En su búsqueda del conocimiento se oculta su
inseguridad de no ser capaces de funcionar bien en el mundo. En su mejor
aspecto, el 5 sano es una persona que se especializa y domina algún tema
creando nuevas formas de ver el mundo y aportando sus innovaciones para el
bien de la humanidad.
En los niveles medios suelen aislarse para perseguir sus intereses y
saben estar bien solos. Quieren ser autosuficientes para no depender de nadie
y poder mantener su independencia, por lo que pueden ser muy estoicos y
ahorradores. Son sensibles y nerviosos y se asustan cuando sus sentimientos,
sobre todo la ansiedad, les desborda. Por lo general, tienen problemas de
aislamiento, excentricidad y nihilismo.
Dicen de sí mismos: «Soy independiente, reservado, perspicaz, analítico
y curioso. Observo y analizo todo para obtener el conocimiento de cómo
funcionan las cosas. Soy capaz de desarrollar ideas y habilidades complejas.
Disfruto profundizando y descubriendo cosas y soy innovador. Me cuesta
conectar con mis propios sentimientos e intimar con los demás y me siento
diferente a ellos, por lo que busco ser autosuficiente para no depender de
nadie».
No dicen de sí mismos: lo hipersensibles que son y lo mal que lo pasan
cuando no saben ni pueden controlar sus emociones, en especial su ansiedad.
Tienen la sensación de que van a estallar, sobre todo cuando están en grupos
grandes porque les desbordan los estímulos, fundamentalmente las emociones
y demandas provenientes de los demás. Por eso su miedo básico es a ser
inútil, incapaz o incompetente para manejar esas situaciones por lo que se
aíslan y se enfocan en algo que sí tengan la sensación de que pueden
controlar; así pues, su deseo básico es ser competente, que puede degenerar
en especialización inútil.
Su niño interior: han sentido que o bien les han demandado más de lo
que podían dar o que les han dejado solitos. Son hipersensibles y quieren
evitar conectar con sus sentimientos porque no los pueden controlar. Les
gustaría saber cómo manejar esas sensaciones que les hacen perder la calma y
sentirse ansiosos y nerviosos, por eso quieren tener su espacio y su tiempo
para sí mismos.
Motivaciones fundamentales: ser capaz y competente, por lo que quieren
dominar unos conocimientos y destrezas. Les gusta explorar la realidad para
entenderla en profundidad. No quieren sentirse demandados por los demás y
por eso no quieren pedir para no tener que dar. Quieren reducir sus
necesidades y poder manejar su tiempo, su espacio y su energía y observar
desde la distancia, no implicarse y aislarse.
Punto ciego: parecen distantes y fríos y compartimentalizan sus
intereses, afectos, y áreas de su vida, lo que no permite que sus amigos se
conozcan entre sí. Pueden, o bien utilizar pocas palabras para comunicarse o
decir demasiado y cansar a la audiencia. Pueden parecer condescendientes o
elitistas mientras que tienen que mejorar sus habilidades sociales y aprender a
entrar en contacto y conexión con el otro en vez de únicamente limitarlo a la
sexualidad.
Paradoja: quieren experimentar la vida plenamente y poder conectar
con los demás, sin embargo, su actitud de observar la vida desde fuera y su
desconexión de sus propios sentimientos evitan que se puedan involucrar por
completo y desarrollar conexiones con otros.
En las relaciones:
Busca: la curiosidad y la apertura de mente, compartir los temas de su interés
sin intrusismos. Un compañero que sea independiente y con libertad de
pensamiento.
Aporta: la curiosidad, la capacidad de observar las expectativas y
necesidades del otro, el manejo de la privacidad, el compromiso y compartir
sus conocimientos.
Apego: tiene apego desorganizado, por lo que busca tener un rol útil
para sentir que tiene algo que aportar en la relación.
Estado del Yo: funciona principalmente desde el Yo Adulto por lo que
parecen personas que quieren «tonterías las mínimas». Curiosamente, les
atraen mucho los niños ya que les conectan con su infancia perdida.
Igualador: el 5 está muy pendiente de la rentabilidad que tiene su
inversión de tiempo, energía y dinero, por lo que entiende que, si invierte, va
a tener un retorno y espera de las relaciones que estén equilibradas.
Género: puede tener comportamientos tanto masculinos como
femeninos; normalmente las mujeres tienen rasgos más femeninos y los
hombres más masculinos, lo que les hace ser diferentes en cuanto a la
empatía, el compartir y colaborar.
Necesidad relacional primordial: encontrar a otra persona similar con la
que poder compartir sus intereses sin sentirse raro y diferente. Es la demanda
de reciprocidad, de encontrar un compañero que aprecie y valore su
experiencia.
Cuando está estresado: se preocupa y tiene ansiedad, lo que le hace
sentirse confuso y desorientado. Necesita aislarse para aclararse intentando
entender cómo manejar su ansiedad o enfocándose en algo que le distraiga.
Para funcionar bien en pareja: tienen que aprender a relajarse porque se
sienten incómodos cuando no saben manejarse con naturalidad y como no se
relacionan mucho tienen dificultad con las habilidades sociales. Tienen que
aprender a manejar su tiempo, espacio y recursos sin tener miedo de que les
van a demandar más de lo que pueden o quieren dar. Aprender a manejar su
hipersensibilidad de manera que puedan confiar en las personas y dejar de
aislarse, y desconectarse de los demás. Dejar de compartimentalizar y salir al
mundo a compartir y disfrutar. Aprender a relajarse. Comprobar con otros sus
hipótesis y confiar en sus opiniones. Ser más cooperativo y menos solitario
dejando de menospreciar a los que consideran menos inteligentes.
Cuestionarse si ha participado en provocar el antagonismo de los otros.
Pensar en formas de desarrollar la empatía y la compasión por los demás.
Aprender a conocerse a sí mismos utilizando una estructura sistemática que
les facilite el entender sus emociones y las de los demás, manejar sus
sensaciones corporales sin subirse continuamente a la cabeza. Aprender a
manejar la proximidad física manteniendo sus límites sin tener miedo de las
demandas de los demás.

El tipo 6 cumplidor-desconfiado

Las personas tipo 6 suelen necesitar sentirse seguras, por lo que buscan
la protección y la seguridad en la amistad, las creencias e instituciones. Son
muy leales a los que consideran sus amigos y familia. Se preocupan
anticipando lo peor para conseguir desarrollar los recursos para hacerle frente
y pueden ser buenos solucionadores de problemas. Los 6 se ven a sí mismos
como personas comprometidas, dignas de confianza, trabajadoras y
responsables, pero también pueden adoptar una actitud defensiva, ser
evasivas y muy nerviosas. Son personas ambivalentes y resultan complejas
para los demás porque pueden ser cobardes y valientes a la vez. En su mejor
aspecto, los 6 sanos son estables interiormente, seguros de sí mismos,
independientes, y apoyan con valentía a los débiles e incapaces.
En los niveles medios tienen dificultad en confiar en una autoridad,
aunque buscan alguien digno de confianza en quien poder apoyarse. Suelen
ser cautelosos e indecisos, aunque también reactivos, desafiantes y rebeldes.
Proyectan sus propios pensamientos, sentimientos y comportamientos en
otros y les cuesta estar tranquilos y relajados. Son conscientes de su ansiedad,
que los acompaña continuamente, lo que les hace temerosos y sumisos de
quien les protege. Pueden trabajar hasta estresarse, al mismo tiempo que se
quejan de las condiciones que los llevan a ello.
Dicen de sí mismos: «Soy una persona responsable, cumplidora,
trabajadora y leal. Pero cuando veo incoherencia o incongruencia en los
demás desconfío y me vuelvo cautelosa. La autoridad me crea conflicto,
puedo ser sumiso o rebelde y enfrentarla. Necesito sentirme seguro y me
gusta pertenecer a los grupos, aunque sin perder mi independencia. Soy
indeciso, suelo dudar porque contemplo todas las posibilidades para prever lo
que puede pasar y tener el control por si algo sale mal».
No dicen de sí mismos: que internamente sí confían en ellos y tienen una
opinión, pero como tienen miedo a equivocarse y quedar mal contrastan su
opinión con los demás, por lo que finalmente si tienen demasiados criterios
les cuesta tomar decisiones. Necesitan que les confirmen que están en lo
cierto y que les aprueban para que puedan confiar en sí mismos. Por eso su
miedo básico de carecer de apoyo u orientación de alguien externo que
confirme su opinión les hace tener el deseo básico de tener seguridad, que
puede degenerar en la necesidad de buscar apoyo y orientación.
Su niño interior: necesitan seguridad, que alguien les guie y les indique
el camino. Quieren pertenecer y que les den un lugar en la familia y que
reconozcan sus aportaciones. Son serviciales, pero si no les reconocen su
ayuda se rebelan. Detectan la incongruencia de las personas y esto les
inquieta, por lo que necesitan comprobar que están en lo cierto porque tienen
dudas y no quieren equivocarse.
Motivaciones fundamentales: tener seguridad porque necesitan sentirse
apoyados, o pertenecer a grupos o instituciones que les dan seguridad,
apegarse a creencias que les hacen sentirse capaces. Para ello buscan el
reconocimiento de los demás y también precisan comprobar las actitudes de
los demás hacia ellos.
Punto ciego: su duda y preocupación hace que los otros se cuestionen su
competencia; independientemente de que intenten enmascararla, siempre es
aparente. Su sospecha de los motivos del otro y la necesidad de aliados.
Tienen que darse cuenta de que presuponen, porque proyectan en el otro sus
miedos y sus deseos.
Paradoja: por un lado, quieren tener fe en sí mismos y confiar en otras
personas, pero como siempre se están imaginando lo que los otros puedan
estar pensando, terminan proyectando sus propias preocupaciones y
sospechas en los demás. Luego se protegen porque temen que les acusen, por
lo que terminan desconfiando de sí mismos y que desconfíen de ellos.
En las relaciones:
Busca: compromiso, confianza, valores compartidos, solidez, reafirmación.
Un compañero que le dé apoyo a la vez que espacio.
Aporta: lealtad, compromiso, confiabilidad, cooperación, amigabilidad.
Apego: tiene un apego ansioso lo que le hace vincularse mucho a la
persona que elige; aunque le cuesta elegir a una persona, es bastante
cuidadoso en la elección.
Estado del Yo: Funciona desde el estado del Yo Adulto, poniéndole
mucho sentido común a las relaciones y sintiéndose comprometido. Tienen
mucho sentido de la responsabilidad y les gustaría ser un poco menos
responsables y aprender a relajarse.
Igualador: necesitan que los otros se comprometan en la misma medida
que hacen ellos, por lo que esperan reciprocidad a sus apoyos y servicios.
Género: el tipo 6 puede tener comportamientos o masculinos o
femeninos, normalmente las mujeres tienen rasgos más femeninos y los
hombres más masculinos, lo que les hace ser diferentes en cuanto a la
empatía, el compartir y colaborar.
Necesidad relacional primordial: necesitan seguridad a todos los niveles
para poder expresarse sin temor, para no sentirse vulnerables física y
emocionalmente, para sentirse protegidos. Necesitan poder confiar en los
otros.
Cuando está estresado: se queja, desanimando y desalentando a los
demás. Busca que los otros se comprometan con ellos, incluso puede utilizar
tácticas pasivas-agresivas evitando o resistiéndose a lo que no quieren hacer.
Para funcionar bien en pareja: tienen que aprender a confiar en su
propia opinión sin tener que estar contrastándola con los demás. Aprender a
manejar la ansiedad y a habitar su cuerpo en vez de estar todo el tiempo en la
cabeza dándole vueltas a las cosas y preocupándose. Identificar qué les hace
sobre reaccionar ante el estrés porque suelen necesitar descargarlo y que la
pareja los escuche atentamente. Reconocerse a sí mismos sin tener que
sentirse reconocidos desde fuera, pidiéndole aprobación a la pareja
continuamente. Confiar en sus capacidades. Aprender a manejar el exceso de
responsabilidad de la que se han apropiado ellos, sin quejarse. Reflexionar
sobre la actitud respecto de figuras con autoridad porque por un lado quieren
confiar en ellos y por otro desconfían. Aprender a manejar la duda. Ser
menos reactivos y tener más control de sí mismos cuando hay sorpresas.
Darse cuenta de que proyectan su culpabilidad en los otros y
responsabilizarse de sus actos. Preguntar antes de presuponer lo que otro está
pensando para no imaginarse situaciones que no son como ellos creen.

El tipo 7 alegre-embaucador

Las personas tipo 7 ven la vida llena de posibilidades que hay que
aprovechar y disfrutar. Creen que no hay que preocuparse pudiendo estar
felices, solo hay que cambiar la forma de percibir los acontecimientos
reencuadrando o resaltando lo positivo. Suelen planificar para asegurarse que
tienen múltiples opciones y prefieren las actividades novedosas que les
estimulan. Son personas en continuo movimiento, multitarea y versátiles.
Aprenden rápido y tienen interés por una variedad de temas que pueden
llevarlos a extraordinarias aportaciones. En su mejor aspecto, los 7 sanos son
optimistas, espontáneos y pueden centrarse en el presente y aplicar sus
variadas capacidades para construir temas prácticos.
Los 7 medios son activos y juguetones, animosos y pueden intentar
abarcar demasiado, ser desorganizados e indisciplinados. Constantemente
buscan experiencias nuevas y estimulantes, porque la rutina y la actividad
continuada les aburre y agota. Por lo general, tienen problemas de
superficialidad e impulsividad. Les gusta relacionarse y descubrir cosas
nuevas. En las relaciones con los demás suelen tomar la iniciativa para
asegurarse de que lo van a pasar bien.
Dicen de sí mismos: «Soy optimista, espontáneo y aventurero, siento
curiosidad por probar cosas nuevas, busco actividades que me diviertan y
estimulen, y evito el aburrimiento. A veces puedo interesarme por tantas
actividades que no me centro y puedo ser disperso y volverme desorganizado.
Veo la parte positiva de los problemas e intento que mis emociones y las de
los demás no me hagan sufrir. Valoro tener libertad para hacer lo que me
apetezca».
No dicen de sí mismos: que huyen y evitan cualquier cosa que les haga
sentir la ansiedad como el aburrimiento, el no tener nada que hacer, el
contactar con su cuerpo quieto. Por eso su miedo básico es sentirse desvalido
o quedar atrapado en el dolor emocional y se escapan a través de su deseo
básico de ser felices que puede degenerar en escapismo frenético.
Su niño interior: no entiende por qué no puede disfrutar todo el tiempo,
quiere evitar las rutinas, sentirse libre para jugar y divertirse, teme no tener
cosas que hacer y aburrirse. Para sentirse animado es capaz de entusiasmar y
animar a los demás siendo el gracioso e incluso siendo travieso y payaso.
Quiere probarlo todo y, sobre todo, le encantan las cosas nuevas.
Motivaciones fundamentales: estar entusiasmados, contentos y
satisfechos teniendo una gran variedad de opciones y experiencias. Quieren
mantener sus opciones abiertas para no perderse nada que les pueda hacer
disfrutar de la vida y divertirse. No quieren conectar con sentimientos y
sensaciones que les incomoden, como la ansiedad.
Punto ciego: pueden no haber absorbido toda la información y
conocimiento que ellos creen que dominan. Evitan darse cuenta de que su
comportamiento hace que los demás no les tomen en serio. Cambian con
frecuencia de ideas y su comunicación no verbal animada distrae a los demás.
Paradoja: quieren sentirse plenos, completos y sentirse bien acerca de sí
mismos, sin embargo, evitan comportamientos que les harían sentirse
estables, satisfechos y aceptadores de sí mismos como, por ejemplo,
manteniéndose enfocados en una tarea hasta que está completa,
profundizando en los sentimientos y comportamientos en mayor detalle,
aceptando tanto el dolor como el placer.
En las relaciones:
Busca: estimulación, variedad, diversión y aventura, excitación, y también
seguridad emocional y constancia.
Aporta: entusiasmo, sociabilidad, practicidad, espontaneidad,
versatilidad.
Apego: tiene apego evitativo, con lo que tiene miedo a la dependencia
emocional; es autorreferente, lo que le hace estar más centrado en sí mismo y
sus necesidades.
Estado del Yo: funciona desde el estado del Yo Niño, por lo que la
pareja le puede percibir como juguetón, poco responsable y queriéndose salir
con la suya.
Tomadores: los 7 tienen una necesidad imperiosa de llenarse de
experiencias y tener opciones que les permitan estar excitados, entretenidos y
disfrutar, por lo que toman todo aquello que está disponible y a su alcance.
Género: puede tener comportamientos masculinos o femeninos; las
mujeres suelen tener rasgos más femeninos y los hombres más masculinos, lo
que les hace ser diferentes en cuanto a la empatía, el compartir y colaborar.
Necesidad relacional primordial: que el otro tenga interés en tomar la
iniciativa en hacer contacto con ellos, en proponer planes, en que se den
cuenta de que normalmente hacen un esfuerzo por animar a los demás. Les
gustaría en algún momento poder delegar esta responsabilidad y que los otros
les aprecien y validen su importancia en la relación.
Cuando está estresado: intenta salirse con la suya hábilmente llevando a
los demás indirectamente a su terreno, para que terminen haciendo lo que a
ellos les apetece. Bajo estrés hacen más planes, más actividades, más
propuestas para descargar el malestar.
Para funcionar bien en pareja: creen que saben lo que el otro les va a
decir, así que dejan de escuchar y toman la iniciativa, por eso tienen que
aprender a escuchar y desarrollar la empatía. Trabajarse el miedo a que la
pareja le limite en su libertad, por lo que les asusta el compromiso. Dejar de
buscar rellenar su vacío interior con objetos y actividades externas y aceptar
la realidad tal cual es. Aprender a conectar con todas sus emociones,
incluyendo el dolor y la ansiedad. Reconocer los impulsos evasivos y dejar de
llevarse por ellos. No correr delante del tiempo y tener que llenar cada
momento con actividades. Aprender a apreciar la calidad en vez de la
cantidad. Aprender que la felicidad está hecha de momentos en el presente.
Aprender a no desbordar su entusiasmo y perder el control. No es su
obligación animar, pueden mostrar miedo y tristeza como los demás. Ser más
responsables para que los demás les tomen más en serio. Transformar sus
ideas en realidad. Su necesidad de libertad y de mantener sus opciones
disponibles hace que los demás se molesten cuando no aparecen. Tienen que
darse cuenta de cómo se excusan de lo que no quieren o no les apetece hacer
ocupándose de sus gratificaciones inmediatas.
Si entendemos cuál es nuestro tipo de personalidad y el de nuestra pareja
podemos ver dónde vamos a tener puntos de encuentro y puntos de conflicto.
Conocer el eneagrama nos ayuda a ser más comprensivos, tolerantes y
compasivos, lo que va a facilitar nuestras relaciones.
Ana y Luis pertenecen a la misma triada del corazón, luego tienen valores comunes: los
dos creen que el amor es un tema primordial en la relación, compartir sentimientos y
buscar la conexión. El 2 y el 4 tienen muchos temas emocionales en común, por lo que se
pueden entender con facilidad, aunque también puede ser motivo de conflictos y
problemas potenciales. Quieren compartir sus esperanzas, aunque el 4 conecta y expresa
más sus miedos e inseguridades, mientras que el 2 los oculta. Ambos necesitan cercanía e
intimidad, y si creen que no están obteniendo suficiente de su pareja, tienden a vincularse
con cualquier persona que les responda lo suficiente. A largo plazo, existe la tendencia a
volverse competitivos respecto a la atención que dan o reciben de su pareja y necesitan
que esta les valide.
Ana (2) es sociable y tiene mucha energía y le aporta a Luis (4) confianza para
relacionarse más fácilmente con los demás. Luis (4) es sensible y creativo y tiene sentido
del humor, es capaz de reírse ante las debilidades humanas, y tiene honestidad y
profundidad emocional. A Ana (2) le cuesta más e intenta solo mostrar alegría y trabajarse
sus miedos y tristezas por su cuenta. Además, los 4 aportan un sentido de la belleza y de la
sutileza a su relación preocupándose acerca de la forma en que las cosas estéticamente les
afectan a ellos y a los demás, por lo que intentan rodearse de cosas bellas. Los 2 desean
sentirse más relajados y nutridos por las relaciones con los demás y tal vez dediquen
demasiado tiempo a los de fuera restándole tiempo a la pareja. Los 4 son quizás
demasiado sensibles y aportan un sentido del misterio e impredecibilidad, sensualidad y
libertad sexual e invitan a los 2 a mirar más cerca de sus necesidades más profundas, la
verdad de quiénes son y cómo se sienten realmente. Los 2 aprecian las sutilezas y matices
que aportan los 4, y estos prosperan en esta atmósfera de aprecio. Pueden descargar el uno
al otro con un humor inesperado y aprecio hacia sus caprichos. Cada uno invita al otro a
madurar emocionalmente, por regla general sin decirlo. Ambos se ayudan mutuamente a
dejar de estar tan preocupados por lo que los demás piensan de ellos y centrarse más en lo
que ellos sienten en su interior.
Los 2 y 4 suelen ser mejores amigos o compañeros que pareja, porque Ana (2) hace
el rol de salvadora mientras que a Luis (4) le corresponde el de víctima, lamentándose de
lo que le falta. Esto dificulta la pareja porque están funcionando Padre-Niño y no de igual
a igual, que es lo necesario para que prospere la relación. Luis (4) es como el niño perdido
y Ana se comporta como la madre nutricia (2). Cuando adoptan estos roles, los 2 tienden a
encontrar a los 4 demasiado victimistas, malhumorados y temperamentales y los ven
hipersensibles y absortos en sí mismos y no lo suficientemente interesados en los demás y
su bienestar. Los 4 suelen encontrar a los 2 demasiado positivos y artificialmente
optimistas, aduladores y poco sinceros para acercarse a la gente y sentirse necesitados.
Los 4 ven a los 2 emocionalmente necesitados, aunque lo oculten, desesperados por gustar
a los demás y que los busquen. Los 4 pueden sentirse secretamente envidiosos de las
habilidades sociales del 2 y las reacciones sociales positivas que suelen obtener de la
gente. Los 4 pueden empezar a considerarse socialmente ineptos y eclipsados por el
encanto y popularidad de los 2. El 2 tiene tendencia a hundirse a causa de los sentimientos
de abandono por parte del 4 y puede que empiece a implicarse con otras personas. La
causa también se encontraría en la creciente sensación del 2 de no ser apreciado por el 4.
Ambos comienzan a ver al otro demasiado necesitado, teniendo en cuenta el esfuerzo que
cada uno está dispuesto a invertir.
Entender que esta es una problemática común del tipo 2 y 4 les ayuda a no
tomárselo como algo personal y poner los medios para intentar satisfacer sus necesidades,
hablándolo de forma abierta y viendo formas de apoyarse mutuamente.
12

POR QUÉ NOS ATRAEN UNAS PERSONAS Y NO OTRAS


Cada vez que alguien despierta un deseo en otro
se enciende el motor que pone en marcha el mundo,
se desata una energía a la que es inútil resistirse.
ANTONIO GALA
Hay diferentes teorías de lo que nos atrae de la otra persona: la biologicista,
que dice que elegimos personas que tienen sistemas inmunes
complementarios para asegurar la supervivencia de la especie; la
evolucionista, que afirma que los hombres se sienten atraídos por mujeres
bellas, pero la belleza es porque indica juventud, buena salud, y que puede
procrear, mientras las mujeres eligen hombres dominantes, proveedores, que
van a poderlas proteger. Está también la teoría del intercambio, que explica
que elegimos personas que son más o menos iguales a nosotros en educación,
en estatus, en personalidad e incluso en lo que la otra persona nos puede
aportar para potenciar nuestra imagen. Y la psicológica, que dice que
elegimos personas inconscientemente que tienen temas inconclusos similares
a los nuestros y por eso nos atraen. Pero todas tienen tres temas en común:

1. Parece ser que lo que más nos atrae de una persona, tanto en hombres
como en mujeres, es la confianza o autoestima que tiene.
2. Es diferente lo que le atraen a los hombres y a las mujeres.
3. Hay una parte consciente y otra inconsciente.

La confianza que tenemos está relacionada con la autoestima, por eso


decíamos al principio que lo primero que tenemos que aprender es a amarnos
a nosotros mismos. Porque cuando tenemos autoestima se irradia hacia fuera
y resultamos más atractivos. Así pues, no es tanto la belleza física lo que
atrae, sino nuestra confianza que nos facilita el conectar bien con los otros,
tener amigos, inquietudes y hobbies.
Con respecto a las diferencias de hombres/mujeres, es bien sabido que
los hombres son más visuales y las mujeres más auditivas. Por lo que una
apariencia física bien cuidada va a atraer más a los hombres mientras que una
conversación fluida e interesante va a llamar la atención más a las mujeres, y
si el hombre tiene sentido del humor, pues atractivo seguro.
Es muy importante que conozcamos la parte psicológica consciente e
inconsciente, porque los que nos dedicamos a terapia de pareja sabemos que
solemos atraer a personas que tienen necesidades similares a las nuestras,
aunque la estrategia que hemos seguido para manejarlas sea diferente. Así
que, aun teniendo sensaciones y sentimientos comunes de fondo, nuestras
manifestaciones externas son diferentes y por eso se dice, aunque es erróneo,
que los opuestos se atraen.
EL CEREBRO TIENE LA RESPUESTA
Nuestro cerebro juega un papel muy importante en las relaciones. Para
entenderlo, vamos a utilizar el modelo de los tres cerebros de Paul MacLean,
que resulta muy útil para explicar por qué tenemos reacciones que no
entendemos y qué factores intervienen en qué parte del proceso del amor.
Este modelo se sustenta en que el cerebro humano se ha ido desarrollando
según hemos ido evolucionando y por esto tenemos partes diferenciadas que
tienen funciones distintas, pero que actúan integradamente cuando estamos
relajados, que es lo contrario a estar estresados cuando están funcionando de
forma independiente o incluso una parte está bloqueada. Así pues, podemos
hablar del cerebro reptiliano o cerebro reptil, el cerebro límbico o cerebro
mamífero y el neocórtex o cerebro pensante.
Nuestro cerebro reptiliano está encargado fundamentalmente de nuestra
supervivencia, controlando todas nuestras reacciones fisiológicas y, además,
se ocupa de que tengamos seguridad, comida, hidratación, cobijo y se
encarga de nuestros instintos básicos o de supervivencia. Es el que se ocupa
de todo lo que se ha vuelto habitual y rutinario. Este cerebro está siempre
activo, pero cuando nos sentimos amenazados o hay un peligro, se potencia
su función y se activa la reacción de lucha-huida-congelación. Cuando
estamos estresados, también puede secuestrar nuestro neocórtex, la parte del
cerebro responsable de analizar y juzgar, y altera nuestra percepción. Cuando
estamos enamorados estamos alerta y se genera cortisol y adrenalina, lo que
nos hace agudizar todos nuestros sentidos y orientarnos hacia la persona que
deseamos. Lo que calma este cerebro es volver a nuestro territorio, nuestra
casa, nuestro sofá y hacer rutinas habituales que nos hacen sentirnos a salvo.
Nuestro cerebro límbico. Funciona en piloto automático y nos avisa de
las amenazas. Es como nuestra central de detección de amenazas, tanto
físicas como emocionales. Está encargado de las emociones, motivaciones y
memorias activas, así como de nuestra necesidad de relacionarnos y
apoyarnos o el instinto de afiliación. Para que el enamoramiento, que tiene
más que ver con el deseo, se convierta en amor (que es un estado
motivacional a largo plazo), tiene que pasar el filtro de los recuerdos
emocionales de historias anteriores que se han quedado en nuestra memoria y
nos siguen condicionando. Todo lo que nos ha afectado emocionalmente y
que no hemos podido procesar está activo y se puede volver a activar cuando
algo semejante nos lo recuerde. Cuando esto sucede nos ponemos alerta y
esta respuesta la llevan a cabo dos estructuras muy importantes: la amígdala y
el hipocampo, que tienen funciones diferenciadas, pero complementarias y
que se encuentran en esta parte del cerebro.
La amígdala está en el cerebro límbico y nos avisa de las posibles
amenazas, es como nuestra central de alarmas. Esta parte del cerebro también
contiene el mecanismo que segrega la dopamina, que nos lleva hacia la
persona deseada como las moscas a la miel, no lo podemos evitar. También
es la parte asociada con las emociones, sobre todo con el miedo. La amígdala
del hombre (varía en tamaño dependiendo de la cantidad de testosterona
circulando por el cuerpo) escanea el entorno para percibir peligro. Es más
grande que la de la mujer y es como un sistema de vigilancia, puede detectar
cualquier amenaza y preparar contramedidas. Mientras que la amígdala de la
mujer es más pequeña y si viera una amenaza real buscaría ayuda y apoyo.
El hipocampo juega un papel importante en la memoria, porque es el
que recoge primero y clasifica después la información del entorno cuando se
ha activado la amígdala y cuando esta se calma es capaz de situar los
recuerdos en el espacio tiempo, pero si la amígdala sigue activada, esos
recuerdos siguen en el presente. También es el encargado de la navegación
espacial; los hombres lo utilizan para identificar su objetivo, es como si
tuvieran un GPS que les guía, mientras las mujeres son mejores recordando
detalles, lo que facilita su memoria para acordarse de lo necesario para hacer
buenas elecciones. Además, los hombres no solo tienen un 25 por ciento más
de córtex visual que las mujeres, sino que valoran más la estimulación visual
y por eso se fijan más en el aspecto externo que una mujer. Por otro lado, las
mujeres aprecian más la honestidad, amabilidad, confianza y el sentido del
humor de los hombres porque están buscando una relación más a largo plazo.
Las diferencias entre los hombres y las mujeres son importantes, ambos
asumen riesgos, pero los tipos y los momentos de estos riesgos son
diferentes. Los hombres se aventuran en la caza o la conquista porque les
pueden rechazar, mientras las mujeres se arriesgan más en la elección de
pareja y cuando tienen sexo, porque se pueden quedar enganchadas por la
oxitocina y se pueden quedar embarazadas, tienen que gestar, dar a luz y
cuidar de los hijos y esta es una responsabilidad enorme que pasa factura a la
salud, tiempo y recursos. Así pues, si elige mal a su compañero, puede
terminar haciendo todo el trabajo o poniendo a sus hijos en peligro. Por ello,
para obtener el mejor resultado tiene que escudriñar los posibles candidatos y
elegir el mejor. Ella selecciona y se va con el ganador, quien ella considera
que puede ser mejor padre. Para él, ella es el premio porque la ha
conquistado. La biología nos muestra que el óvulo no se mueve; es el
espermatozoide el que navega y busca.
Cuando estamos enamorados se inhibe la amígdala para que podamos
manejar el miedo que nos genera el no gustar, un posible rechazo, y por eso
el nerviosismo que nos genera lo llamamos excitación o mariposas en el
estómago.
Nuestro neocórtex o cerebro pensante fue el último en desarrollarse y es
el que tiene la habilidad de reflexionar, razonar y juzgar, así como manifestar
la empatía y la compasión, y nos lleva a un amor más maduro y verdadero.
Nos permite planificar y hacer juicios reflexivos; sin embargo, en la fase de
enamoramiento esta parte del cerebro NO está funcionando óptimamente por
lo que nuestra percepción de la persona de la que estamos enamorados está
distorsionada. Solo vemos los rasgos positivos, no vemos los negativos, se
nos presenta una imagen idealizada de esa persona debido al cóctel de
hormonas y neurotransmisores que alteran nuestra percepción. Lo malo es
que cuando este va desapareciendo empezamos a percibir todo lo que no
habíamos visto antes y nos asustamos, porque no entendemos que nos
hayamos podido equivocar tanto.
EL CEREBRO EN LAS RELACIONES
Mientras nuestro neocórtex tiene la capacidad de hacer distinciones reflexivas
analizando los detalles del comportamiento de la posible pareja, nuestro
cerebro reptiliano busca ante todo seguridad (aunque las personas que han
tenido trauma de base puedan tener comportamientos autodestructivos). Nos
sentimos más seguros con lo similar porque nos da menos miedo.
Nuestro cerebro límbico busca la conexión, la intimidad y es donde se
encuentra el amor romántico. También es donde está ubicado el circuito de la
dopamina, que tiene que ver con la pasión.
Nuestro neocórtex está más relacionado con el amor auténtico porque es
donde se ubica la compasión, la ética, la empatía y nos hace ser objetivos y
reflexivos en nuestras relaciones.
NOS SENTIMOS ATRAÍDOS POR PAREJAS QUE NOS RECUERDAN A
NUESTROS PADRES
A muchas personas les cuesta creer que buscamos parejas que se parecen a
nuestros familiares o cuidadores. Pero nuestro cerebro lo registra todo, y
tiende a repetir lo familiar y cuestionar lo diferente. Todo lo que nos ha
pasado está grabado en nuestra memoria. Siempre que vamos a hacer algo en
el presente nuestro cerebro compara con nuestra experiencia pasada. Es muy
común que, de forma inconsciente, comparemos los rasgos de personalidad
de nuestra pareja con los de nuestros padres. Nos atraen parejas que pueden
encajar en una de las dos posturas siguientes:

1. El carácter de la pareja es lo suficientemente similar al de uno o ambos


padres, y por eso intuimos que con esta pareja podemos resolver
nuestros traumas infantiles pendientes o inconclusos.
2. El carácter de nuestra pareja es lo suficientemente diferente al de
nuestros padres y por eso intuimos que podemos aprender nuevas
formas de hacer las cosas y buscar una solución más sana.

Así pues, siempre nos movemos en la polaridad de que, por un lado, nos
atrae lo similar porque nos da seguridad, aunque solemos buscar lo diferente
para resolver lo inconcluso.
A nivel consciente buscamos personas que creemos que tienen rasgos
positivos, porque es lo que manifiestan hacia el exterior, su máscara o falso
yo. Sin embargo, la máscara estará ocultando su parte herida, que también
necesita sanarse, como nuestra parte herida, que es la que nos atrae a nivel
inconsciente.
No importa lo que sean nuestras intenciones conscientes, nos sentimos
atraídos por parejas que tienen los rasgos positivos y negativos de nuestros
padres porque nos sentimos interesados por lo inconsciente. Por eso es
normal que escuchemos a nuestra pareja decir: «Me tratas como si fueras mi
madre, o me estás haciendo sentir tan poca cosa, como hacía mi padre».
La parte del cerebro que dirigió nuestra búsqueda de una pareja no fue
nuestro neocórtex lógico, sino nuestro cerebro reptiliano, que se ha quedado
con necesidades inconclusas que quiere completar. Esta parte del cerebro está
intentando recrear las condiciones que se dieron en nuestra infancia para
corregirlas, darles una nueva terminación. Nuestros padres nos pueden haber
dado suficiente nutrición para sobrevivir, pero no para sentirnos satisfechos y
haber desarrollado una autoestima sana y por eso intentamos volver a las
escenas de nuestras frustraciones originales para completar lo que se quedó
inconcluso.
En la mayoría de los casos hay una correlación entre los rasgos de la
pareja y los rasgos negativos de alguno o de ambos padres. Estos rasgos
negativos nos habrán causado malestar, y son los que se activan cuando algo
nos los recuerda, para que prestemos atención, porque nuestro cerebro
siempre está intentando completar lo que se ha quedado inconcluso, lo que
nos faltó por recibir, por hacer o expresar en aquel momento en que nos
sentíamos vulnerables.
Por otro lado, hay un impulso inconsciente para recobrar nuestro
auténtico ser, y rescatar esas emociones, pensamientos y necesidades que
tuvimos que reprimir para adaptarnos a nuestra familia y a la sociedad a la
que pertenecemos. Buscamos inconscientemente a una persona que nos
ayude a recobrar nuestra sensación de estar completos. Si miramos a nuestro
alrededor, comprobaremos que hemos elegido parejas que tienen rasgos
complementarios, pero probablemente están intentando compensar la
sensación interior, que es la misma que la nuestra.
Por eso, a la hora de encontrar la pareja ideal, buscamos a alguien que,
por un lado, se parezca a nuestros padres y por otro lado compense nuestras
partes reprimidas; esto lo hacemos basándonos en una imagen inconsciente
del sexo opuesto que nos hemos estado formando desde que nacimos.
Configuramos una imagen, que según Harville Hendrix se denomina imago o
imagen compuesta, que está conformada por diferentes partes de las personas
que más nos han influido a una edad temprana. Pueden ser padre, madre,
hermanos, algún otro familiar temprano, la cuidadora. Pero fueran quienes
fueran, una parte de nuestro cerebro grabó todo acerca de ellos, el sonido de
sus voces, su tacto, la forma en que sonreían, sus estados de ánimo, sus
talentos e intereses y todas las impresiones de nuestras interacciones con
ellos.
Nuestros cerebros contienen absolutamente toda la información de todo
lo que nos ha pasado. Han ido registrando cada sensación, cada emoción,
cada conclusión a la que llegamos basándose en las experiencias que hemos
vivido y han ido pasando los recuerdos negativos al inconsciente. No
obstante, no todas las experiencias se grabaron con la misma intensidad. Las
que lo hicieron más vívidamente fueron las que tenían carga emocional, sobre
todo emociones de supervivencia, como miedo, enfado, tristeza y también
vergüenza y culpa, porque son las que tenemos más asociadas a sensación de
peligro y que amenazan nuestra existencia.
Estas diferentes experiencias son las que se convirtieron en una imagen
compuesta o imago de nuestros padres porque nuestro cerebro reptiliano, que
no tiene capacidad para hacer distinciones finas, hizo una generalización
acerca de las personas responsables de nuestra supervivencia. El que nos
sintamos atraídos hacia una persona depende del grado en que los rasgos de
esa persona se parecen a nuestra imago. Nuestro cerebro compara los rasgos
de la persona con la información de los recuerdos que están en nuestro
cerebro, en nuestra base de datos, y si tiene una alta correlación con la imago
que hemos formado de nuestra familia, entonces nos atrae y, si no hay mucha
correlación, no nos interesa.
Nuestra capacidad de observación se agudiza cuando estamos buscando
pareja, porque nos interesa alguien que va a satisfacer nuestro impulso o
instinto inconsciente para sentirnos completos. Nuestro cerebro reptiliano lo
va a registrar rápidamente y nos vamos a fijar en las claves que pueden hacer
de esta persona la pareja perfecta. Si nuestras experiencias confirman la
similitud con nuestra imago nuestro interés es mayor, pero si la similitud es
superficial nuestro interés baja y vemos la forma de terminar o reducir la
importancia de la relación.
Los hijos no solo manifestamos los rasgos negativos de nuestros padres,
que hemos copiado inconscientemente, aunque nos hayamos desapropiado de
ellos y no estén en nuestra consciencia, sino que cuando crecemos buscamos
estos rasgos en nuestras parejas. La imago no es solo la imagen interior del
sexo opuesto, sino que también es una descripción de partes nuestras que
hemos desapropiado.
Por ejemplo, para entender este fenómeno vamos a hablar de Lola. Sus
padres se divorciaron cuando ella tenía nueve años y a la madre le dieron la
custodia de las hijas, Lola y Carmen. La madre de Lola se casó con un señor
que se enfadaba mucho con Carmen y había momentos en que le pegaba y
Lola lo observaba. Incluso en ocasiones ella misma trataba mal a su hermana
Carmen, pero se había olvidado de esos detalles. Lo curioso es que se casó
con un señor que tenía los mismos rasgos que su padrastro y cuando se volvió
violento con ella recordó las escenas de cuando era niña. Se dio cuenta que la
atracción que había sentido por su marido era porque le recordaba a su
padrastro y además recordó su propio enfado con Carmen, del que ella se
había desapropiado.
Atraemos a personas que harán que nuestras necesidades inconscientes
se satisfagan. Es como si nuestras necesidades llamaran a alguien que va a
despertarlas. O hacemos una transferencia de ellas o se las proyectamos al
otro y las vemos como las necesidades del otro que intentamos satisfacer.
Empezamos a ver lo negativo en la pareja cuando proyectamos en ella rasgos
nuestros o de nuestros padres, de los que previamente nos hemos
desapropiado. La pareja nos proporciona la otra parte de la ecuación, lo que
nos va a permitir que nos demos cuenta de este mecanismo.
Podemos resumir que hay tres componentes que están en la base de los
conflictos que tenemos con la pareja y que afectan a todas nuestras
relaciones, pero que no surgen hasta que se ha pasado la fase de
enamoramiento, y que son:

1. Que las parejas activan los viejos recuerdos, emociones y sensaciones


que hemos reprimido.
2. Que reactuamos las viejas heridas de nuestra infancia.
3. Que proyectamos nuestros rasgos negativos en el otro.

La buena noticia es que, una vez que tomamos consciencia, podemos


crear los resultados que deseamos. Si tenemos una pareja y ambos estamos
dispuestos a conseguir desarrollar una relación consciente y mutuamente
satisfactoria, entonces vamos a poder conseguir cambiar el patrón de base.
No solemos encontrar una pareja con un alto grado de similitud con
nuestra imago, si solo concuerdan algunas características; entonces, la
atracción es ligera. Tales relaciones suelen ser menos pasionales y menos
problemáticas que en las que hay más concordancia. La razón por la que son
menos pasionales es que nuestro cerebro reptiliano sigue buscando la pareja
ideal.
En el caso de Ana y Luis, a Luis le atrajo de Ana a nivel inconsciente que los dos se
habían sentido solitos y que tenían eso de similar, y a nivel consciente que Ana
manifestaba unos rasgos que él hubiera deseado tener cuando estaba creciendo, más
cariño por parte de su madre y más atención por parte de su padre. Ana, por ahora, no le
atiende de forma sobreprotectora como su madre y, sin embargo, sí está muy pendiente de
él. A Ana, Luis le produce mucha ternura porque reconoce su niño interior solito (ya que
ella funciona desde el estado de Yo Padre prioritariamente), como su propia niña interior,
aunque esto es inconsciente y lo que le atrae de Luis a nivel consciente es lo que no tenía
su padre, una sensibilidad que ella hubiera deseado que hubiera tenido.
13

LOS TRES PILARES DE UN AMOR DURADERO: PASIÓN,


INTIMIDAD, COMPROMISO
El amor no reclama posesiones, sino que da libertad.
RABINDRANATH TAGORE
En nuestras relaciones intervienen infinidad de factores, y se pasa por muchas
fases diferentes de la pareja en las que hay un sinfín de momentos de tensión
y también de conexión. Estos momentos son oportunidades de crecimiento,
porque crecemos cuando hay movimiento, si no lo hubiera nos
estancaríamos. En ellos intervienen las tres necesidades principales del ser
humano:

1. La necesidad de estímulos, novedad, cambio, movimiento, aventura.


2. La necesidad de estructura, de apoyo, de seguridad, de control, de
protección.
3. La necesidad de relaciones que proporcionan las dos anteriores y,
además, produzcan conexión, comunicación, crecimiento.

Como veremos, en la bioquímica de las relaciones, pasamos por


diferentes fases, desde una atracción o deseo que se puede convertir en
pasión, y que no podemos explicar, a una sensación de búsqueda de
conexión, colaboración, cooperación y compartir que implican reciprocidad,
hasta una necesidad de compromiso para construir un proyecto común, que
puede ser desde compartir valores, tener hijos o montar una actividad o
empresa juntos.
Estas son necesidades instintivas que nos movilizan, pero también son
una parte importante en lo que va a motivarnos y se va a ver reflejado en
nuestra convivencia. Todos tenemos estas necesidades, pero puede que no en
la misma intensidad, en el mismo momento en el tiempo, ni en el mismo
orden o no les demos la misma prioridad. Serán pues tres factores por los que
podamos discutir y que conviene que consideremos y negociemos para que
no produzcan una barrera en nuestras relaciones.
Cuando se habla de relaciones de pareja se dice que hay tres necesidades
básicas que subyacen en el fondo de toda relación:
1. Sientes una atracción por una persona y la necesidad de obtener la
recompensa de conquistarla te mueve. Esto sería una necesidad más
instintiva o, por lo menos, más inconsciente (necesidad de estímulos).
2. Somos seres sociales y buscamos contacto, conexión, y apoyo de los
demás para sentirnos respaldados y seguros (necesidades de relaciones o
necesidades relacionales).
3. En las parejas se produce un intercambio social, es decir, tu pareja te
proporciona ciertas ventajas y recompensas, y por ello tú estás dispuesto
a hacer algo a cambio (necesidad de estructura).

Estas necesidades básicas no tienen por qué surgir en este orden y


pueden producirse a la vez y en diferentes combinaciones.
Lo que nos atrae, el deseo, es más inconsciente, es como una energía, un
magnetismo que nos lleva hacia ciertas personas y no hacia otras. Según
Helen Fisher, existen tres circuitos diferenciados en el cerebro que distinguen
el deseo sexual, el amor romántico y el apego, aunque muy relacionados
entre sí. Son tres conductas instintivas cuya motivación principal es la
conservación de la especie. Basándose en esta agenda oculta del cerebro de
mantener la especie, nos sentimos atraídos por personas que nuestra biología
entiende que pueden favorecer que tengamos descendencia. También se
producen diferentes compuestos bioquímicos que son los responsables de que
se activen estos tres circuitos.
El contacto, la conexión y la reciprocidad son inherentes a los grupos y
personas en sociedad. De un modo inconsciente, sabemos que tenemos más
posibilidades de sobrevivir en grupo que individualmente. Asimismo,
tenemos una forma no del todo consciente de hacer equilibrar lo que me hace
sentirme bien y que me hace sentirme mal, a gusto/a disgusto que me impulsa
a acercarme y alejarme, y tendemos a buscar el equilibrio de forma
semiconsciente. Esto tiene mucho que ver con las emociones que tenemos
frente a los demás, y aunque es más consciente que lo biológico, muchas
veces no entendemos lo que nos hace sentir placer vs. displacer y emociones
positivas y negativas.
Del mismo modo, se está investigando a fondo que los seres humanos
nos regulamos con otros seres humanos, nuestro sistema nervioso se puede
calmar en relación con otro sistema nervioso, por lo que se conoce como
involucración social. Se dice que las mujeres manejamos el estrés
agrupándonos y ayudándonos, pero los hombres también pueden regular su
sistema nervioso en relación con otras personas.
Cuando reflexionamos y sopesamos, hacemos un balance más racional
de si los valores de una persona coinciden con los nuestros, si compartimos
intereses, si sus circunstancias me convienen o no me convienen. En este
procesamiento intervienen los pensamientos y creencias que tenemos acerca
de lo que valoramos y opinamos que tienen que ser las relaciones, lo que
pretendemos que nos proporcionen y cómo creemos que van a contribuir a
nuestro bienestar.
Aunque nos cueste reconocerlo, sí podemos hacer que intervenga
nuestra reflexión, aunque cuando estamos enamorados o bajo los efectos del
cóctel de hormonas, esta capacidad está mermada. En una relación se espera
cierta reciprocidad y responsabilidad compartida, por eso valoramos lo que
invertimos en ella y lo que obtenemos a cambio, implícita o explícitamente.
Lo podemos vivir como costes y recompensas. Los costes tienen un valor
negativo, como por ejemplo lo que tenemos que invertir en términos de
esfuerzo de tiempo, dinero, frente a las recompensas que tienen un valor
positivo como obtener cariño, apoyo, seguridad, regalos.
Esto influye en la satisfacción y continuidad de las relaciones, porque, si
lo que invierto no obtiene resultados, antes o después se romperá la relación
porque lo ideal es que sea equilibrada y que ganen los dos. En un intercambio
mutuamente beneficioso, cada parte satisface las necesidades de la otra parte
a un costo menor para uno mismo que el valor de los recursos que
proporciona la otra parte. En dicho modelo, la satisfacción de la relación
mutua garantiza la estabilidad de la relación.
¿PERO QUÉ ES REALMENTE EL AMOR?
Así como en el capítulo 12 hablamos de las teorías sobre lo que nos atrae de
la otra persona, en las investigaciones que se están haciendo recientemente
por los psicólogos sobre qué interviene en la conducta amorosa, existen
diferentes enfoques: el enfoque bioquímico, cómo interviene la biología y la
química en nuestras conductas amorosas; el enfoque antropológico de los
comportamientos de los seres humanos respecto del cortejo, apareamiento, y
cuidado de la prole; el enfoque de intercambio recíproco, que se basa en las
recompensas de las relaciones; y el enfoque más espiritual de las relaciones,
que entiende estas como circunstancias que tienen el cometido de elevarnos
la consciencia basándose en lo que nos refleja, despierta y motiva la pareja.
Tomemos el modelo del psicólogo estadounidense Robert Sternberg,
que propone la teoría triangular del amor como una metáfora de lo que se
compone el amor. Habla de que en las relaciones interpersonales el amor
tiene tres componentes o elementos fundamentales, que son intimidad, pasión
y compromiso.
La pasión es la que se produce de forma más rápida y también la que
antes desaparece, la intimidad se desarrolla más lentamente y el compromiso
conlleva planificar el futuro de la relación.
Pasión: en ella se da la atracción; sentirse atraído por el otro de manera
que deseas proximidad, buscas la unión física y/o emocional con él. La
pasión es la expresión de los deseos y sensaciones sentidas manifestando los
impulsos que dan lugar a la atracción física, al sentimiento romántico y las
relaciones sexuales. Más que una emoción, es una fuerte motivación que nos
impulsa y nos dirige a disfrutar juntos, sentir el contacto físico con el otro, el
deseo sexual, acompañado por una fuerte tendencia a la unión con la persona
objeto de nuestra atracción. La pasión es persistente en la búsqueda, sobre
todo cuando a veces tiene recompensa y otras no. Cuando no es
correspondida le añadimos emociones, como la ilusión y anhelo o el ansia del
deseo de unión.
Intimidad: se refiere a sentimientos de contacto o cercanía, y conexión.
Es el querer conocer al otro profundamente, lo que es, lo que hace y lo que
siente. Para tener intimidad hace falta confiar y poder mostrarse vulnerables.
Cuando confiamos nos abrimos y comunicamos y compartimos nuestras
historias. Se fomenta la revelación mutua, se comparten gustos, actividades,
disfrutar de la compañía del otro. Sentirse conectado ayuda a tener
sentimientos de apoyo y de seguridad.
Se podría decir que la intimidad también se da en la amistad, ya que las
particularidades anteriores se pueden aplicar a relaciones de amistad y, de
hecho, hay muchas parejas que primero son amigos o que crean una bonita
amistad una vez que se convierten en parejas.
Compromiso: lleva a una acción más reflexionada de permanecer con la
otra persona a lo largo del tiempo, a compartir proyectos a largo plazo con el
compromiso de mantener ese amor. Compromiso es la voluntad de luchar o
esforzarse por la meta o proyecto que uno se ha propuesto y se intentan
mantener. Es el interés en superar las adversidades y perpetuar el afecto, más
allá de las circunstancias temporales, y significa colaboración, lo que
conlleva dar y recibir en reciprocidad, crear proyectos en común y trabajar
como un equipo.
Aunque estos tres componentes son importantes, se combinan e
interrelacionan de distintas maneras dando lugar a diferentes manifestaciones
del amor. Estas e incluso las diferentes etapas por las que atraviesa la pareja,
para Sternberg pueden explicarse con diferentes combinaciones de estos
elementos o componentes. Una relación basada en un solo elemento es menos
probable que se mantenga en el tiempo que una basada en dos o en los tres.
LAS SIETE FORMAS DEL AMOR (TRIÁNGULO DEL AMOR DE
STERNBERG)
La combinación de estos componentes da diferentes tipos de triángulos que
producen distintas historias de amor. Asimismo, podemos hablar de lo real
frente a lo ideal (lo que andamos buscando en las relaciones). Lo que
buscamos puede tener que ver con la ilusión que tenemos o con la
experiencia que hemos tenido anteriormente. Por lo tanto, es importante
distinguir entre triángulos de sentimiento y triángulos de acción o de
búsqueda. Por ejemplo, la intimidad se puede manifestar pasando tiempo,
expresando empatía y compartiendo sentimientos y posesiones con la pareja.
La pasión se puede manifestar halagando, mirando, tocando, besando,
haciendo el amor. El compromiso se manifiesta estableciendo vínculos de
compromiso, matrimonio y fidelidad sexual.
De las diferentes combinaciones de estos aspectos se dan los siguientes
tipos de amor:

1. Cariño: es mostrar aprecio y afecto, que es lo que caracteriza las


verdaderas amistades, en donde se siente un vínculo y una cercanía con
la otra persona, pero no hay pasión física ni tiene por qué haber un
compromiso a largo plazo, aunque la amistad puede durar mucho
tiempo.
2. Encaprichamiento: es lo que comúnmente se define como «amor a
primera vista». Es más un sentimiento de atracción, deseo e incluso
necesidad, sin compromiso. Este amor puede desaparecer en cualquier
momento. Se ha comprobado que el enamoramiento dura entre
dieciocho y treinta meses porque tiene mucho que ver con el instinto de
atracción y la bioquímica del organismo.
3. Amor vacío: existe una unión por compromiso, pero la pasión y la
intimidad pueden o no haber existido o desaparecido. La pareja ya no
siente pasión, en todo caso permanece una sensación de respeto y
reciprocidad. En los matrimonios arreglados, las relaciones suelen
comenzar con un amor vacío. O también puede darse cuando ha pasado
el tiempo y las personas siguen juntas por comodidad, porque se ha
vuelto un hábito.
4. Amor romántico: las parejas románticas están unidas emocionalmente
(como en el caso del cariño) y físicamente mediante la pasión. Este amor
puede convertirse en amor completo con compromiso, o irse
desvaneciendo poco a poco y transformarse en amor compañero.
5. Amor compañero: se encuentra frecuentemente en matrimonios en los
que la pasión se ha ido, pero hay un gran cariño y compromiso con el
otro. Suele suceder con las personas con las que se comparte la vida,
aunque no existe deseo sexual ni físico. Es más fuerte que el cariño,
debido al elemento extra que es el compromiso. Se encuentra en la
familia y en los amigos profundos, que pasan mucho tiempo juntos en
una relación sin que exista el deseo sexual.
6. Amor fatuo: es un amor más superficial que se da en relaciones en las
que la pasión es la que motiva el compromiso de mantenerla pero no se
da la profundidad de intimidad. Es comprometerse a querer mantener la
pasión.
7. Amor completo: es la forma consumada del amor y está formado por la
pasión, cariño y compromiso. Representa la relación ideal hacia la que
todos queremos ir, pero que aparentemente pocos alcanzamos. Además,
Sternberg señala que mantener un amor completo puede ser aún más
difícil que conseguirlo.

Sternberg hizo un estudio en que se comprobó que los triángulos, o


combinaciones de los tres componentes, eran el resultado de diferentes
historias de amor o el significado que le damos al amor. Unos triángulos dan
diferentes historias de amor o creencias sobre el amor. Por ejemplo, podemos
pensar que el amor es sinónimo de la necesidad de estar lo más apegado a la
persona amada. Muchas personas confunden amor con fusión y también con
la codependencia. La fusión se puede dar en la fase de enamoramiento, pero
una simbiosis (fusión) no es una relación sana. Como ya hemos mencionado,
una persona codependiente es aquella que al sentirse insegura deja que el
comportamiento de otro le afecte y está obsesionada con controlarle. La
fusión y codependencia es apego, que los lleva a necesitar al otro para
sentirse completos, no es amor. Los codependientes se sienten responsables
del otro, le cuidan, tienen miedo al rechazo y al abandono, son dependientes,
se obsesionan por el otro, tienen problema de límites, de comunicación y de
autoestima.
El amor auténtico florece en un ambiente de autonomía, en que dos
personas son independientes, pero se relacionan libremente buscando la
intimidad y reciprocidad basados en la igualdad. Queremos conocer a nuestro
ser amado, mantenerle cerca, reducir la distancia entre nosotros. Buscamos
comunicación, conexión e intimidad. Nos preocupamos por aquellos a los
que amamos y nos sentimos responsables. Pero estos elementos de cuidado y
protección que fomentan el amor también pueden entorpecer la naturalidad
que estimula el placer erótico, el deseo, la pasión y el sexo. Para que las
parejas sigan manifestando un mutuo interés, necesitan distancia, sorpresa,
juego y trasgresión, verlos como seres separados, misteriosos, para que sigan
siendo objeto de deseo. El deseo es alimentado por lo desconocido. Está claro
que el sexo no mejorara si la capacidad de tener curiosidad por la otra
persona no dura. Las personas se sienten vivas cuando pueden reconectar con
la creatividad.
Por otro lado, si creemos que en el amor auténtico tiene que haber
pasión y en nuestra pareja ya no la hay, podemos pensar que nos hemos
desenamorado. O si nuestra creencia sobre el amor es que es un compromiso
para formar una familia, y el otro no lo comparte, tendremos una relación que
no puede durar. Si tomamos en consideración que el amor no es algo
permanente, sino que es un estado motivacional dinámico que va cambiando,
tendremos, si queremos, que fomentar aquellos tipos de amor que queramos
disfrutar en nuestras relaciones. No obstante, conviene que nos interesemos
por cómo entiende el amor la pareja, porque podemos estar usando la misma
palabra para referirnos a tipos de amor muy diferentes.
En el caso de Ana y Luis, tenemos más pasión y compromiso, pero no hay tanta
intimidad, con lo que, por ahora, su amor es más superficial. Ana no se atreve a decirle a
Luis lo que necesita y no sabemos todavía si Luis necesita algo que no pide. Ana está
aprendiendo a vencer el miedo al rechazo que anticipa que puede recibir por parte de Luis
si le dice que tiene necesidades que a lo mejor él no quiere satisfacer, como compartir las
tareas domésticas.
14

PASIÓN, SEXO, EROTISMO


Antes nos casábamos para tener sexo, ahora,
cuando nos casamos, dejamos de tener sexo con otros.
ESTHER PEREL
La pasión es una motivación intensa que se caracteriza por un interés
enfocado que nos impulsa por el deseo de conseguir algo o a alguien. El sexo
es el instinto biológico cuyo fin es la reproducción, pero en el ser humano
cobra otra dimensión cuando se combina con la imaginación y se convierte
en erotismo, entonces podemos soñar, fantasear, idealizar e incluso
obsesionarnos y perseguir a la persona deseada.
Mientras en el deseo queremos cambio, novedad, algo que mantenga
nuestro interés, tenemos necesidad de aventura, innovación, misterio, riesgo,
peligro, lo desconocido, la sorpresa, también buscamos seguridad,
predictibilidad, confianza, fidelidad, permanencia, que tiene que ver con crear
un vínculo y formar un hogar. Por ello, reconciliar la necesidad de seguridad
y la de aventura en una relación es buscar un compromiso pasional. Esto
pone mucha carga en la relación porque son dos necesidades opuestas que no
son fáciles de conciliar.
El erotismo es una manera de conectarse con el placer, con el deseo. El
lenguaje del erotismo es la imaginación, la fantasía, la novedad, la intriga.
Erotismo es transgresión, ruptura de límites, curiosidad, misterio, juego. Es
incompatible con lo establecido, con lo rutinario. Tenemos erotismo cuando
trabajamos con pasión, cuando sentimos plenamente, cuando estamos en el
momento presente, cuando disfrutamos del aquí y ahora. Es la capacidad de
imaginar todas esas posibilidades a través de los sentidos, las sensaciones, las
emociones, incluido lo sublime y lo espiritual.
Para que haya erotismo hace falta independencia, distancia, intriga,
cambio y un espacio entre tú y el otro. Lo que mantiene el interés es la
autonomía e independencia de cada cual; cuando buscamos al otro, se
intensifica cuando está lejos, cuando le echamos de menos, cuando nos
reencontramos, que es un componente del deseo. También nos sentimos más
atraídos por la pareja cuando la admiramos, la vemos haciendo algo que le
apasiona, resulta atractiva para los demás o manifiesta confianza en sí misma.
En general, no nos atraen las personas que parece que no confían en sí
mismas, que no les apasiona lo que hacen, que no saben lo que les gusta, en
resumen, aquellas que no tienen autoestima.
La pasión se caracteriza por la atracción y el deseo que sentimos hacia la
otra persona. Es capaz de cegarte, te hace pasar a la acción sin reflexionar en
el momento, por ejemplo: ponerse en peligro para conseguir a la persona
amada, hacer cosas irresponsables, jugando siempre al límite, tener sexo sin
protección… La pasión puede ser constructiva o destructiva, pero tenemos la
necesidad de satisfacerla, tal vez nos vuelve un poco irracionales y puede ser
caprichosa.
En el caso de la atracción pasional entre dos personas, como la que se
experimenta al principio de una relación, podemos incluso volvernos
obsesivos respecto de la búsqueda de la otra persona, porque la pasión es
intensa y nos hace sentir mucha energía que nos mueve a la acción. Al iniciar
una relación sentimos una exaltación de sentimientos, necesidad de estar
juntos, euforia y creemos que hemos encontrado por fin el amor que nos
completa y nos colma de felicidad, pero esta excitación no puede durar con el
transcurso del tiempo. La pasión no es eterna y según van bajando los niveles
da paso a otras emociones más calmadas y a veces se convierte en un amor
profundo, con sensaciones de seguridad.
Para muchas personas, tanto la pasión como el amor vienen a ser
sinónimos, lo que es una afirmación errónea, ya que ambas palabras
significan cosas muy distintas. Incluso puede existir el amor en ausencia de la
pasión o viceversa. Normalmente, cuando iniciamos una relación íntima con
alguien, solemos confundir la pasión con el amor, pero estamos en la fase de
enamoramiento, que está cargada de deseo. La pasión no es amor, es como un
impulso, una fuerza que nos lleva hacia el otro, el amor es mucho más
profundo, duradero y transformador. La pasión es capaz de destruir tu vida, el
amor solo sirve para construir. El amor es un estado motivacional compuesto
por muchas emociones y sentimientos profundos que nos lleva a buscar la
unión o compromiso.
El amor es sereno, reflexivo, calmado y te ayuda a pensar mejor en las
cosas. Cuando una persona siente un verdadero amor, busca lo mejor para él
y para su pareja, en lugar de hacer las cosas de manera alocada y sin pensar
en las consecuencias, que hasta podrían ser perjudiciales. La pasión se
desarrolla de manera inmediata, el amor es algo que va evolucionando a
medida que pasa el tiempo, principalmente cuando los dos van superando
desafíos y momentos difíciles. La pasión se relaciona más con estados
fisiológicos, mientras que el amor es una energía transformadora y
generadora.
Para que una relación sea duradera es necesario que la pasión deje paso
al amor. Sin embargo, es posible que la pasión vuelva una y otra vez.
Algunas parejas que han compartido muchos años juntos pueden volver a
tener sensaciones intensas en momentos especiales: en vacaciones, cuando se
hacen cambios, por ejemplo de casa, después de grandes crisis superadas,
entre otras. La pasión se va transformando en sentimientos de seguridad y
comodidad, en una sensación de calma, en una unión satisfactoria y feliz con
la pareja, cuya vida está estrechamente entrelazada con la tuya.
Según Helen Fisher, «muchas veces la pasión y el amor no se
concentran en la misma persona; puedes sentir un gran amor por tu pareja de
hace mucho tiempo y una pasión incontrolable por alguien a quien conociste
recientemente». Pero también hay parejas que llevan casadas más de veinte
años y permanecen enamoradas toda la vida. Ellas han aprendido a conservar
la pasión equilibrando la autonomía con la cercanía y también saben
compartir intimidad, lo que hace que la relación se mantenga durante muchos
años.
La pasión está mezclada con el impulso sexual, pero es muy diferente a
este. Muchas personas confunden la pasión con el ansia de desahogo sexual,
pero la pasión y el anhelo de satisfacción sexual se encuentran en distintas
zonas del cerebro. Para la Organización Mundial de la Salud (OMS), la
sexualidad humana abarca tanto las relaciones sexuales como el erotismo, la
intimidad y el placer. La sexualidad se experimenta y se expresa a través de
pensamientos, acciones, deseos y fantasías y se puede convertir en erotismo,
que es sexualidad transformada por la imaginación, la variedad, el deseo, la
sensualidad y la fantasía. El sexo es repetición, mientras que el erotismo crea
otras realidades, otros mundos para que la mente los viva. Según Esther
Perel, la gente dice que quiere más sexo, pero lo que quiere es mejor sexo, lo
que significa que sea novedoso, vital, vibrante, pero cuando se convierte en
rutinario pierde todo el encanto. Desgraciadamente, es muy frecuente que
cuando se lleva tiempo con la pareja, si no se ha hecho por mantener la
pasión y el deseo de forma intencionada, el sexo se vuelva rutinario, aburrido
y la pareja deje de practicarlo. El que una pareja siga teniendo sexo
satisfactorio es indicativo de que está más o menos sana.
La sexualidad está implicada en todas las etapas de nuestra vida, puesto
que somos seres sexuados desde que nacemos hasta que morimos, y no es
algo estático, sino más bien dinámico, que va cambiando conforme nosotros
lo hacemos. La información y el conocimiento que adquirimos respecto a la
sexualidad no solo influye en nosotros, sino en la relación que vamos a tener
con los otros. No existe una sexualidad única para todas las personas que
determine cómo se ha de vivir el placer, sino que hay tantas sexualidades
como individuos, cada cual con sus particularidades, que están determinadas
por la personalidad, conocimientos y la propia experiencia. Cuando
entendemos esto podemos dejar de creer que existe lo considerado como
«normalidad», porque cada cual es libre de explorar y disfrutar de su propia
sexualidad.
Sin erotismo, el sexo es algo meramente animal y hasta mecánico; con el
erotismo, en cambio, puede ser algo creativo e incluso trascendente. El
erotismo implica el juego, la curiosidad, el interés por conocer. Vemos
entonces la importancia de lo erótico, que es lo que puede animar, dar espíritu
y refrescar una vida sexual. Es lo que podría darle a la sexualidad una energía
que va más allá de lo físico, una energía psíquica en la que se mezclan la
imaginación, la emoción, la ternura y la compasión. El erotismo es la
perpetua reinvención del deseo, de la expresión de nuestra individualidad,
nuestra capacidad de elegir, del acto primario de tender hacia el otro, del
sentir la unión en el sexo y transformarlo en placer. El deseo detrás del
erotismo es recobrar la sensación de completud, de la unidad perdida.
Lo erótico no tiene muy buena prensa porque pensamos que el amor
viene de la mano de la empatía, del compartir, mientras que en el erotismo
hay cierto grado de egoísmo en el sentido de hedonismo, de la búsqueda del
propio placer, aunque también incluya la del otro. Es la habilidad de estar
conectado con uno mismo en la presencia del otro. Nacemos con la necesidad
de conexión, de seguridad y de apegarnos, pero también de la búsqueda de
aventura, de independencia. ¿Perderé mi libertad para que no desaparezca la
conexión? ¿Aprenderé a amar de la manera que le agrada al otro para dejar de
ir a jugar y a experimentar el placer?
Al principio de la relación, la necesidad de intimidad puede hacer que
decrezca el deseo; cuanto más conectado, más responsable y menos libre para
dejarnos ir. Por un lado, necesitamos la seguridad para poder soltar; por el
otro lado, si estamos pensando en el otro no nos podemos soltar, nos cuesta
sentir el deseo, no podemos excitarnos si estamos en su cabeza, empatizando
con él, cuidándolo. Reconciliar estas dos necesidades básicas crea un dilema
y la única manera de salir de esta disyuntiva es mantener cierta independencia
en la relación que nos permita disfrutar de un tiempo para nosotros. Es poder
conservar un espacio individual donde reflexionar y experimentar la calma,
para lo que tenemos que saber poner límites.
Los psicoterapeutas sabemos que, si las parejas resuelven sus temas
emocionales en la relación, su vida sexual también mejorara. No obstante, si
aprenden a discutir menos, a llevarse mejor, solucionar mejor los problemas
no van a cambiar en la cama porque una buena intimidad no garantiza un
buen sexo. El amor y el deseo están relacionados positivamente, aunque
también pueden entrar en conflicto, porque nuestras necesidades emocionales
y las eróticas no suelen estar alineadas. Para algunos, el amor y el deseo son
inseparables, pero para otros están desconectados. El cuidado, la protección,
la responsabilidad que nutre el amor puede ser contrario a lo que enciende el
deseo. La excitación sexual surge de sentirse libre para explorar, de no
sentirse responsable o contemplando al otro emocionalmente.
La sexualidad es importante en la pareja, pero es algo sobre lo que hay
que trabajar en paralelo porque no es resultado de la intimidad. Según Esther
Perel, la mayoría de nosotros hemos vivido el sexo con vergüenza y
asociamos placer con culpa. De adultos, cuando tenemos secretos respecto
del sexo es porque seguimos llevando los valores de nuestros padres. Estos
no suelen hablar de sexualidad con los hijos y por eso hablamos de sexo con
otras personas, mucho más que con las personas que tenemos sexo. La idea
de que puedes pedirle a la misma persona que te facilita seguridad y
predictibilidad que te proporcione sorpresa, misterio y novedad es nueva para
nuestra cultura. Muchas veces es la relación la que dificulta reconciliar la
seguridad con la aventura, el permitirse libertad e innovación en el sexo.
Hay muchas personas que pueden ser muy creativas en muchas áreas de
su vida, pero no incluyen la creatividad en el dormitorio. Otras tienen la
sensación de que la pareja no quiere darles placer sino obtenerlo de ellos.
Esto ha hecho que no se puedan mostrar libremente sexuales delante del otro.
Desde el momento que nos vinculamos más emocionalmente, parece que
tenemos más cuidado con cómo se va a sentir el otro. Resulta complicado a
veces compaginar el propio placer con el del otro, y cuando pensamos que
hay que hacerlo bien, reduce el deseo y le quita la excitación al sexo. Es más,
después de haber convivido durante tiempo y haber compartido muchas
cosas, podemos terminar considerando al otro como un compañero de piso o
como un hermano. Es como si nos miráramos mutuamente como
compañeros, pero no como personas deseables para tener sexo.
No es fácil sentir el compromiso, la responsabilidad, la rutina, las cargas
y poder cambiar el chip con facilidad e imaginar la excitación de la atracción,
del posible disfrute, de anticipar el placer que hace falta para tener sexo. En
cambio, si uno está más conectado con las emociones, con el cuerpo, con
tenerse en cuenta, con el placer, con darse gustos, durante el día, sin duda ese
cuerpo físico, psíquico, emocional e incluso ese cuerpo energético, va a estar
en mejores condiciones para tener relaciones sexuales por la noche.
La paradoja entre el amor y el deseo es que los ingredientes que nutren
el amor, que son la mutualidad, la reciprocidad, la protección, el cuidado y la
responsabilidad por el otro son los mismos ingredientes que suprimen el
deseo. El deseo viene acompañado de sentimientos que no son los favoritos
del amor: juego, travesura, celos, posesividad, dominación, agresión, poder.
Básicamente, la mayoría de nosotros nos excitaremos por la noche, por las
mismas cosas de las que hacemos juicios negativos durante el día.
EL SEXO EN EL HOMBRE Y LA MUJER
Existen diferencias entre los hombres y las mujeres. En general, las mujeres
necesitan sentirse seguras para tener sexo, mientras para los hombres les
resulta más fácil tenerlo con alguien con quien no se está conectado. Por eso
hay muchos hombres que prefieren el porno, donde no se sienten
responsables de complacer a la pareja.
Lo que excita a la mujer es un contexto adecuado, un clima agradable,
un inicio pausado, es sentirse excitante para el otro y darse permiso para
sentir lo propio.
Los hombres, en general, no necesitan preliminares, basta excitarles
visualmente con ropa sexy, que se sientan masculinos y que tengan deseo.
Los tres aspectos más importantes de la sexualidad masculina son el
miedo al rechazo, el miedo a no hacerlo bien y el miedo a fallar, algo que no
se sabe del todo, sobre todo si la pareja es una mujer que puede falsear el
orgasmo con facilidad, mientras que los hombres no mienten al respecto.
Los tres aspectos de la sexualidad femenina son que el orgasmo no es
necesariamente vaginal, que se necesita generar una excitación creando una
atmosfera y no pasando directamente al coito y que la mayoría de las mujeres
son multiorgásmicas.
Esto hace que haya diferencias claras en cómo se entiende el sexo y por
eso surgen dificultades. Lo que sí es cierto es que actualmente la sexualidad
está cambiando y también los viejos mitos de que los hombres estaban todo el
día pensando en el sexo, eran más proclives a ser infieles y necesitaban
aventuras mientras que las mujeres se suponía que no pensaban en el sexo,
que no eran infieles y que tenían más miedo a tener aventuras. Es importante
no quedarse con esos estereotipos y tratar de entender a la pareja
individualmente, porque hay hombres a los que no les interesa tanto el sexo y
mujeres que no pueden vivir sin él.
Lo que sí es cierto es que el sexo es importante y por ello cuando en una
pareja no lo hay (esto quiere decir que hay menos de diez encuentros en un
año), es indicativo de que algo no va bien y que hace falta revisar la relación.
Por el contrario, cuando en una pareja sigue habiendo sexo consensuado, esto
indica que la relación funciona.
Según Esther Perel, hay dos tipos de parejas: las que parecen muertas y
las que están vivas. Los que parecen muertos se quedan en la rutina, pero los
que parecen vivos han sido capaces de mantener la pasión o seguir
reconectando con el erotismo, con la diversión, el juego y con la renovación y
la vida. En vez de conseguir que las personas tengan más sexo, porque
pueden tenerlo y no sentir nada (como han hecho las mujeres durante siglos),
es importante aprender a conectar con nuestro propio erotismo, cómo evitar
sentirse muertos, que es la razón fundamental para tener una aventura. ¿Por
qué cuando, tanto los hombres como las mujeres, se echan un amante dicen
que se sienten vivos? No es que quieran dejar a su pareja, es que quieren
reconectar o descubrir nuevas partes de sí mismos.
Hay que poder mirar a la pareja con curiosidad, con interés, con
asombro por descubrir aspectos que desconocemos. Muchas personas
realmente no conocen a su pareja y se asombran cuando les engañan, y esto
es porque dejan de sentirse curiosos. Hay que introducir la espontaneidad,
que quiere decir romper la rutina. Por ejemplo, si normalmente se hace el
amor por la noche, se puede pasar a otra hora del día, por la mañana, a la hora
de la siesta. Introducir el juego, siendo creativo, es una manera de despertar el
erotismo. Enviarse mensajes cortitos, amorosos, divertidos, o incluso hacer
una llamada cariñosa. Tener citas para cenar, ir al cine, bailar, visitar algo
interesante recobra los momentos del principio de la relación. Compartir
risas, y cosas divertidas, chistes, bromas puede ser muy enriquecedor
En terapia de pareja, en vez de preguntar «¿Seguís teniendo sexo?», les
pido que me hablen de qué es la sexualidad para ellos, si es importante, cómo
ha cambiado a lo largo de la relación, cómo de cómodos se sienten hablando
de sexo y si este les genera tensión. Una vez que trascendemos si la gente
tiene sexo o no, entramos en el mundo de experiencias eróticas, fantasías,
deseos, preferencias, necesidades no satisfechas, anhelos y la calidad de la
excitación y el deseo.
La preocupación actual, tanto de hombres como de mujeres, es cómo
mantener la pasión, la chispa del comienzo, del enamoramiento. La respuesta
es fácil, pero no es sencillo conseguirlo. Los opuestos se atraen. Si somos
capaces de expresar nuestro auténtico ser, que es diferente del auténtico ser
de nuestra pareja, la pasión no solo se puede mantener, sino que puede ir
creciendo.
Las cualidades masculinas del hombre expresadas de manera que
apoyan la expresión de las cualidades femeninas de la mujer generan
excitación y despiertan los sentimientos románticos. Esto es lo que expresan
las mujeres cuando dicen: «Yo quiero un hombre de verdad».
Según los hombres, expresar más cualidades femeninas como el
cuidado, vulnerabilidad, cooperación e interdependencia les ayuda a apoyar
más a una mujer, pero si no lo combinan con cualidades masculinas de
independencia, desapego, confianza y competencia, ella podrá amarle, pero
no se sentirá atraída por él, y puede que desvíe su amor en otra dirección o se
sienta más maternal hacia él.
De igual manera, si la mujer manifiesta sus cualidades femeninas,
excitará el interés romántico del hombre por ella, pero a menudo las mujeres
poderosas que manifiestan cualidades masculinas habrán suprimido sus
cualidades femeninas y expresarán independencia, asertividad, confianza y
poder, y esto puede intimidar a los hombres. Si ellas no han equilibrado sus
cualidades femeninas les puede pasar lo mismo que a los hombres, la pueden
amar, pero ya no les atraerá porque la pasión puede desaparecer rápidamente.
Por lo tanto, aprender a equilibrar nuestro lado masculino y femenino es
el primer paso para atraer a la persona adecuada, pero también lo es para
mantener la pasión a lo largo de la relación.
Ana me cuenta que Luis es cariñoso y sensible, pero que a la hora de hacer el amor no está
pendiente de lo que ella necesita, que es un poco egoísta, y aunque no está mal, ella se
siente poco importante, y esto le duele. Tampoco tienen mucho juego ni erotismo y ella
estaría dispuesta a hacer algo diferente siempre que él se implicara también. Le vuelvo a
decir que va a tener que aprender a pedir lo que ella necesita y contarle a Luis lo que le
gusta. Si Luis responde bien, estupendo, y si responde mal, siempre pueden venir a terapia
de pareja, pero que el tema del sexo es importante y si hay insatisfacción, luego se va a
trasladar a otros aspectos de la pareja.
15

INTIMIDAD Y COMPROMISO
La intimidad ha pasado a ser la consecuencia
de una relación de larga duración a ser un requisito
para que se dé una relación que pueda durar.
ESTHER PEREL
La intimidad ocurre cuando elegimos abrirnos y compartirnos con otra
persona. Es la profundidad de una relación. Cuando nos referimos a la
capacidad de crear intimidad en las relaciones de pareja, hablamos de que
ambos podamos abrirnos y encontrarnos. Algunos factores de la intimidad
son: el deseo de colaborar para promover el bienestar de la pareja, compartir
tiempo, sentimientos y emociones, entenderse mutuamente, poder contar con
el apoyo de la pareja en momentos de necesidad, dar y recibir apoyo
emocional, mostrar aprecio, respetar y valorar a la pareja.
La intimidad tiene tres componentes:

1. Vulnerabilidad.
2. Comunicación verbal y no verbal.
3. Cercanía física.

La vulnerabilidad tiene que ver con poder abrirnos, para lo que


necesitamos tener confianza para arriesgarnos a mostrarnos auténticos, sin
que sintamos miedo de que nos vayan a hacer daño. Esto es porque nuestro
miedo a que nos hagan daño es tan grande como el deseo de intimidad. Esta
puede crecer con la cercanía, con la conexión, pero por el mismo motivo nos
puede dar miedo a que, al mostrarnos y que el otro nos conozca, tal vez
también nos pueda rechazar.
La comunicación puede ser muy fluida al principio de la relación, pero
cuando las personas nos conocemos mucho tenemos la tendencia a asumir o
predecir lo que piensa y siente el otro y podemos dejar de interesarnos por
ello, lo que puede dar lugar a una versión taquigráfica de la comunicación.
Tenemos que recuperar el tiempo en que nos contábamos historias.
Hace falta fomentar la cercanía física, los pequeños gestos de cariño, la
comunicación no verbal para enfatizar algo, las caricias, los abrazos, porque
si nos descuidamos se empiezan a perder. Muchas veces los toques físicos se
interpretan solo como un preludio del sexo en vez de tener su propio espacio.
Es importante prestar atención a los detalles, como si fuéramos curiosos
y estuviéramos descubriendo algo nuevo. Se trata tanto de escuchar como de
hablar. Cuando escuchamos lo tenemos que hacer con el mayor respeto, con
aceptación incondicional por lo que está compartiendo el otro, y cuando
respondemos siempre considerar cómo lo puede recibir la otra persona antes
de decir lo que sea.
Compartirse es un proceso de conexión sana que es como respirar;
emitimos y recibimos. En este compartir queremos sentir que la persona nos
presta atención, nos acepta, nos entiende y nos aprecia tal y como somos. La
respuesta de nuestra pareja sirve de estímulo para que nosotros nos podamos
comunicar. Las parejas tienen que saber estar lo suficientemente abiertas para
poder recibir al otro, aunque no tanto que se puedan perder en la relación. Es
decir, que ponga la atención demasiado en el otro y se olvide de sí mismo.
Compartir es un proceso de conexión que sucede en cinco áreas:
intelectual, emocional, física, sexual y espiritual; la intimidad, en cualquiera
de estas áreas, nos produce una sensación de conexión, entendimiento y
satisfacción:

1. En el área intelectual queremos compartir nuestros pensamientos,


inquietudes, preocupaciones, ambiciones, cuestionamientos. Debemos
respetar la forma de pensar del otro, aunque no estemos de acuerdo.
Podemos preguntar desde el interés y la curiosidad, pero sin juzgar y ser
crítico y, en su lugar, intentar entender qué le hace a esa persona tener
esos pensamientos, creencias y convicciones. Cuando una pareja no
comparte sus pensamientos o no tiene en cuenta los de su pareja, al final
no tienen nada que comunicar. Es triste ver parejas en restaurantes
cenando en silencio o enganchados a sus respectivos móviles en vez de
estar comunicándose.
2. Poder compartirse emocionalmente también requiere motivación, porque
resulta más difícil para las parejas, sobre todo a los hombres o por lo
menos a las personas más masculinas. Precisamente compartir las
emociones y los sentimientos es lo que nos une en nuestra condición de
seres humanos. Cuando somos capaces de empatizar, de sentir lo mismo
que el otro y ponernos en su lugar, es cuando podemos establecer una
auténtica conexión con él. Consiste en revelar las propias emociones y
escuchar que el otro exprese las suyas. No es una obligación compartir
emociones, pero si no se hace también se empieza a perder la conexión.
Las mujeres tienen más necesidad de compartir emociones, o por lo
menos están más acostumbradas a hacerlo, pero también es importante
que los hombres aprendan a hacerlo.
3. Compartirse físicamente es pasar tiempo juntos, disfrutar de la compañía
del otro, hacer actividades comunes. También es compartir espacio,
sentarse juntos, cogerse la mano, tocarse, acariciarse, abrazarse,
cuidarse. El propósito del contacto físico es demostrar afecto y
reconfortar al otro y a uno mismo, sin crear excitación sexual; es
tomarse de la mano, apoyarse, abrazarse, acurrucarse, darse un masaje.
No tenemos que dar por hecho que podemos tocar sin más, hay que
preguntarle al otro cómo, cuándo y dónde quiere ser tocado. Se puede
pedir intimidad física, por ejemplo: «¿Estarías dispuesto a darme un
abrazo?». De este modo, al hacer la petición, el otro puede aceptar o no.
4. Compartir sexualidad significa conocerse sensualmente, darse placer
mutuo sin egoísmo, ni cediendo a los deseos del otro, proporcionarse
placer erótico, compartir fantasías. La intimidad sexual no solo consiste
en tener sexo.
5. Finalmente, compartir espiritualidad es compartir valores, ideales y
sentido del propósito o significado que se le da a la vida. Es compartir la
dedicación a algo más allá de uno mismo. La intimidad saludable
siempre exige dedicación al bien superior de la relación misma. En este
sentido, cualquier forma de intimidad real es espiritual.

Durante siglos la mujer ha tendido a comunicarse más y a compartir con


familia y amigas, por lo que ha desarrollado más la destreza de
comunicación. Esto tiene que ver con que la educación tradicional ha
enseñado a los hombres a que no pueden ser vulnerables. El rol del hombre
tradicional ha sido ser proveedor, pasar a la acción, competir, ser atrevido, lo
que no le ha permitido practicar el compartir, especialmente emociones y
sentimientos. Estos creen que ser vulnerables, abrirse a lo que sienten, es de
débiles y los hombres tienen que ser fuertes y, por lo tanto, negar sus
emociones. Por eso les cuesta tanto escuchar las emociones de los demás.
Esto hace que no entiendan las emociones de las mujeres y quieran que estas
dejen de ser emocionales porque no lo saben manejar. Esto no quiere decir
que los hombres no puedan ensayar más para comunicarse mejor.
Las mujeres contemporáneas, más que tener un compañero con quien
compartir las tareas domésticas que puede ser su amigo, quieren intimidad
intelectual, física, sexual y, sobre todo, emocional. Sin embargo, los hombres
pueden querer más intimidad física, sobre todo sexual; la intelectual la
pueden manejar, pero en general la emocional les hace sentirse inadecuados.
Los hombres confunden la intimidad con el sexo y creen que practicarlo
es tener intimidad, mientras a las mujeres les cuesta tener sexo si no tienen
intimidad, porque para ellas intimidad significa confianza, cercanía, contacto,
comprensión y empatía. Los hombres, al no comunicarse mucho
emocionalmente, prefieren hacerlo corporalmente y usan el sexo para lograr
la cercanía. A través del sexo pueden recuperar el placer de la conexión sin
tener que describir, delimitar y compartir emociones con las que les cuesta
contactar.
Como todo en la vida, la cantidad de intimidad que uno desea puede
variar y no podemos pedirle a nuestra pareja que intime con nosotros por
obligación. Una intimidad desmedida tampoco resulta sana y armoniosa.
Algunas parejas la confunden con el control. Lo que se pretende que sea un
cuidado del otro se puede interpretar como vigilancia o un intento de
descubrir los detalles de la vida de nuestra pareja.
CÓMO CREAR INTIMIDAD
Lo primero es trabajar los miedos para permitir abrirnos sin temor a que nos
critiquen o que nos humillen. Para ello tenemos que practicar la escucha
activa, que tiene tres componentes principales: el respeto, la aceptación
incondicional del otro y la empatía, a los que podemos acompañar de
comunicación no violenta, que es la capacidad para escuchar las emociones
de la otra persona e identificar las necesidades que están detrás y así poder
crear el contacto y ayudar a satisfacerlas.
Para ello es importante crear una atmosfera o un espacio y un tiempo
para compartir, para que pueda fluir la comunicación sin forzarla invitando a
que surja. Es ser capaz de detectar momentos donde se puede dar esa
complicidad. Necesitamos encontrar tiempo, y lo haremos si valoramos esos
momentos y nos resultan satisfactorios porque surge la conexión y la ternura.
Sintonizar y resonar significa estar plenamente presente para el otro, no
estar haciendo otra cosa mientras escuchamos, ser capaces de conectar
mediante las neuronas espejo y resonar con las sensaciones y emociones que
está sintiendo nuestra pareja, lo que no es tan difícil de hacer si estamos
prestando atención plena.
Mirar al otro y sonreírle es una invitación al contacto, la comunicación
no verbal, los gestos de acercamiento. Mirar a los ojos con una mirada afable
abre el camino de la comunicación, mostrar interés favorece que la otra
persona se sienta cómoda explicándose, al igual que asentir con gestos
mientras escuchamos le hará saber que estamos siguiendo bien sus
argumentos y que estamos de acuerdo.
El tacto es uno de los sentidos que más vinculados están con crear
intimidad en las relaciones, podemos mostrar presencia, cercanía,
comprensión, apoyo y también podemos contener abrazando y acariciando.
Mediante el contacto surge la oportunidad de hacer llegar nuestra
comprensión y nuestro apoyo a quien nos está compartiendo sus vivencias
más personales. Cuando recurrimos a las caricias y los abrazos que ese tipo
de cercanía nos permite, si se dan las circunstancias podemos abrir el paso
para hacer llegar nuestro amor con otro tipo de contacto, el contacto sexual.
Cuando logramos un alto nivel de intimidad, aparece una clase de
complicidad muy especial. Si esto sucede, confiamos plenamente en la otra
persona, atreviéndonos a compartir nuestros pensamientos y vivencias,
emociones y sentimientos más íntimos. Una confianza sólida es
imprescindible para construir una relación de pareja igual de fuerte.
A pesar de todo, a veces, en las discusiones de pareja, esos mismos
elementos compartidos en los momentos de máxima conexión, se convierten
en armas arrojadizas que se utilizan con un objetivo poco noble: usarlos en
contra de quien se sinceró. Puede que se empleen mediante la ironía para
reprochar algo o recurrir al humor ácido para burlarse. No es correcto que
sirvan incluso para dar golpes bajos, recurriendo a detalles de la vida íntima
que han compartido con nosotros en confianza y en contextos muy distintos.
Hay que evitar esto a toda costa porque van erosionando la intimidad y la
relación.
LO QUE ROMPE LA INTIMIDAD
Lo que rompe la intimidad es aquello que destroza la confianza y genera
miedo a que nuestra vulnerabilidad sea expuesta, y se manifiesta en actitudes
como:

Faltar el respeto al otro por sus necesidades.


Gritar y discutir acaloradamente diciendo cosas que luego lamentamos.
Insultar.
Incriminar a la persona empleando frases como «eres idiota»,
«subnormal».
Avergonzar, humillar, ridiculizar, hacer de menos al otro, no tenerle en
cuenta.
Decirle a una persona adulta lo que tiene o no tiene que hacer.
Hacer acuerdos y romperlos.
Mentir.
Intentar manipular o forzar un comportamiento para conseguir un fin
egoísta.

LO QUE FOMENTA LA INTIMIDAD: NECESIDADES EMOCIONALES


Lo que fomenta la intimidad es poder expresar nuestras necesidades
emocionales, compartir lo que necesitamos, deseamos y queremos para
sentirnos bien afectivamente. Ser capaces de hablar de nuestras necesidades
emocionales y ser atendido, escuchado, apreciado por lo que estamos
compartiendo es muy enriquecedor y genera intimidad.
Cuando satisfacemos estas necesidades emocionales nos ayudan a
convertir las emociones de supervivencia —miedo, enfado, tristeza,
vergüenza y culpa— en emociones positivas de amor —compasión, interés,
gozo, curiosidad, entre otras—. John Gray, que es un experto en las
diferencias entre hombres y mujeres y ahora de lo masculino y lo femenino,
dice que es muy importante conocer las diferencias de las necesidades que
tienen unos y otras para así comprendernos mejor.
Para mantener el tono agradable de las relaciones conviene que sepamos
satisfacer las diferentes necesidades emocionales que tienen los hombres y las
mujeres para sentirse bien y así fomentar la intimidad. Porque los hombres y
las mujeres no poseen las mismas ni le dan la misma importancia a cada una
de ellas, por lo que tienen dificultades para entenderse.
Curiosamente, todos necesitamos que nos proporcionen lo que nosotros
estamos dispuestos a dar, pero debemos tener en cuenta las diferencias, tanto
de personalidad como de género (o rasgos más masculinos o más femeninos).
No debemos presuponer que el otro piensa como nosotros y por eso es tan
importante que seamos capaces de tener intimidad y desde ahí empecemos a
entendernos mejor.
Todos compartimos, no obstante, las mismas actitudes que facilitan
expresar las necesidades emocionales que son: conectar, aceptar, respetar y
cuidar al otro, confiar en él/ella e intentar entenderle, y sobre todo apreciarle.
Pese a ello, la dificultad principal radica en que cada uno intenta satisfacer en
el otro lo que ellos necesitarían y las necesidades que tienen son diferentes.
Para empezar, los hombres creen que una vez que han elegido y
conquistado a una mujer su trabajo ya está hecho, y que las mujeres deberían
confiar en que su compromiso es para siempre («Mientras dure», como decía
Luis Rosales) pero nada más lejos de la realidad. Las mujeres necesitan que
les den continuas muestras de que todo va bien y les aseguren que siguen
resultando atractivas, que las desean, que las quieren y que las van a seguir
protegiendo y apoyando.
Normalmente al principio, durante la conquista, los hombres son más
demostrativos, y ellas confían que se van a mantener así. Sin embargo,
cuando ellos ya no hacen tantas muestras de que están tan interesados,
entonces las mujeres se suelen quejar o lamentarse, y esto es lo peor que
pueden hacer. Con la queja y reproche pretenden cambiar a los hombres y
esta es la mayor equivocación que cometen las mujeres porque están
transmitiendo que no les aceptan como son.
Hay tres cosas básicas que los hombres nunca van a cambiar: sus
motivaciones más profundas, lo que les mueve y cómo muestran el amor. Su
autoestima depende de quiénes creen que son, lo importantes que se
consideran, qué trabajo desempeñan y cuánto consiguen, según Steve
Harvey. Estos cuatro puntos son importantes para que tengan una sensación
de valía y sentirse bien consigo mismos antes de comprometerse plenamente
con la mujer. Pero cuando una mujer se queja o les reprocha es como si les
estuviera diciendo que no dan la talla, y es lo peor que pueden hacer. Los
hombres también necesitan que les aseguren que todo está bien, pero derivan
gran parte de su autoestima de su trabajo, de lo que producen, de lo que
obtienen para ellos y para su familia. Cuando un hombre pierde su trabajo o
le hacen de menos, su sensación de valía también se desvanece.
Las mujeres obtienen la seguridad fundamentalmente de sus relaciones,
de sentirse escuchadas, comprendidas y apoyadas. Necesitan muestras
continuas de afecto que demuestre que las quieren, las cuidan y las protegen,
las entienden y que las respetan.
Las necesidades emocionales principales de los hombres y las mujeres,
según John Gray, son:

De los hombres De las mujeres


Sentirse queridos Sentirse queridas
Sentirse importantes Sentirse atractivas
Sentirse aceptados como son Sentirse cuidadas, apoyadas, protegidas
Sentirse apreciados, no sentirse reprochados Sentirse entendidas
Sentirse dignos de confianza Sentirse respetadas

En lo único que coinciden plenamente es en que ambos necesitan


sentirse queridos, pero aun esto lo entienden de diferente manera. Para que un
hombre se sienta querido necesita muestras de amor, y la muestra de amor
más importante es ver a su pareja feliz porque entonces piensa que lo está
haciendo bien. Lo que peor lleva un hombre son los reproches porque así cree
que lo está haciendo mal o que no lo sabe hacer. Por eso, sentirse apreciados
es muy importante, esto lo recibe si ve interés, aprecio, le confirman que lo
que dice tiene sentido, que tiene razón, que tiene buenas ideas.
Para que una mujer se sienta querida necesita muestras de amor,
preferiblemente que le presten atención y que quieran escucharla, también le
gustan detalles de que se han acordado de ella —un mensaje, una llamada de
teléfono, un regalito, que no tiene por qué ser caro—. Para ella la relación
tiene una prioridad especial. Cuanto más interés muestra un hombre por lo
que una mujer siente, quiere, necesita, le gusta… más querida y apoyada se
va a sentir. Necesitan que la pareja se interese y les diga: «Qué pasó, cómo te
sentiste, cuéntame más…». Las mujeres suelen mostrar el amor cuidando y
estando disponibles para entender y apoyar a la pareja, pero ellos prefieren
que les admiren y sentirse atractivos para ellas.
EL COMPROMISO
Todos compartimos una necesidad básica de seguridad que nos lleva a
intentar establecer relaciones que impliquen un nivel de compromiso. En una
relación comprometida se da la necesidad de seguridad, predictibilidad,
confianza, fidelidad y permanencia.
Las personas se comprometen confiando que van a construir un proyecto
común que va a ser beneficioso y satisfactorio para ambos. Que va a haber
cierta igualdad, por lo menos en derechos y obligaciones, aunque,
obviamente, hay diferencias de género que no permiten ciertas cosas.
Mis clientes mujeres se quejan de que es difícil encontrar a un hombre,
hombre. Esto quiere decir confiado, fuerte, masculino, romántico e interesado
en comprometerse. Esto refleja la realidad actual de la cultura española. Un
colega llamado Javier Urra escribió un estudio acerca de la sociedad española
donde dice que los hombres españoles, en general, no están interesados en
desarrollarse a sí mismos y les cuesta comprometerse en una relación en la
que no se sienten importantes. No están muy motivados en esforzarse para
que la relación funcione, porque perciben a las mujeres como demasiado
mandonas.
No es de extrañar que, si durante el periodo de conquista vislumbran que
la mujer tiene carácter, les cuestiona y reprocha lo que no hacen o dejan de
hacer y no se sienten satisfechas con la relación, ellos no tengan ningún
interés en comprometerse.
Muchos se quejan de que dan mucho y reciben poco, y esto es porque
cada uno da en función de lo que necesita, y cada uno necesita cosas
diferentes, con lo cual ninguno de los dos se muestra satisfecho. Hasta que las
parejas toman consciencia de las diferentes necesidades que tiene cada uno
no es de extrañar que no se sientan satisfechos.
Cuando la mujer muestra insatisfacción, puede generar dos cosas en el
hombre: que le motive para conseguir más (menos probable) o que
directamente se vuelva menos tolerante de la insatisfacción de la mujer y él
sea capaz de mirar a otro lado. Hoy en día, primero se prueba la relación
yéndose a vivir juntos, y si funciona, se pueden plantear el compromiso del
matrimonio. Pero esto tiene un inconveniente y es que las personas se
habitúan y ya no ven la necesidad de casarse. Tal vez puedan hacerlo para
legalizar la situación frente a los posibles hijos o para proteger las pensiones
por si pasara algo, pero cada vez hay más personas que viven juntas y
también más divorcios.
Si la relación no funciona, se suelen mantener en ella hasta que alguno
de los dos considere que ha conseguido la seguridad financiera que le permita
romperla. En esta situación ninguno de los dos está contento y tiende a culpar
al otro de su malestar. Esto crea mucha tensión y estrés, lo que empeora la
convivencia y la relación va de mal en peor.
Si los modelos que tienen de relación, es decir la de sus padres y
personas cercanas, fueron disfuncionales, no tienen experiencia ni
habilidades para construir una relación sana. Por ello van a tener dificultades,
a no ser que se interesen por conocer los temas que hay que considerar. Si
tanto el hombre como la mujer son conscientes de las necesidades
emocionales que tienen y están dispuestos a aprender qué tienen que hacer
para que su relación funcione, tendrán menos miedo al compromiso.
Estamos inmersos en una sociedad en la que tenemos tanta información
que nos puede ayudar a entendernos mejor, pero poco tiempo y ganas de
hacer el esfuerzo para conseguirlo. Si entendiéramos las diferencias,
veríamos que lo podemos conseguir comunicándonos en intimidad y
negociando y consensuando cómo nos puede ayudar el otro a satisfacer
nuestras necesidades emocionales. Podemos elegir aprender una nueva forma
de relacionarnos a través de la intimidad, para lograr satisfacernos
mutuamente.
Para tener intimidad hace falta una comunicación asertiva, sincera, y que fluya. A Ana le
cuesta comunicar lo que ella desea, quiere y necesita, por ahora, y este es el trabajo que
tenemos que seguir haciendo.
Vemos que Ana contribuye para que Luis se sienta querido, importante, apreciado
(porque todavía no le ha dicho lo que no le gusta) y digno de confianza, haciendo cosas
por él, admirándole, y estando dispuesta a hacer cosas juntos. Puede que Luis intuya,
puede que no, que le aceptan como es, pero cuando Ana se atreva —depende de cómo se
lo diga—, puede que no se sienta aceptado como es. Ana se siente querida pese a que Luis
no le dice que es guapa o que le gusta físicamente (pero como ella no se considera guapa,
pues por ahora no lo vive mal), sí se siente cuidada, apoyada y protegida. Pero,
obviamente, como Ana no se comunica del todo, no se siente del todo entendida. Sí se
siente respetada y que Luis quiere comprometerse con ella.
16

ESTRÉS, MOTIVO DE RUPTURA


El estrés y los cambios disparan el miedo en las relaciones.
CHARLES L. WHITFIELD
Uno de los retos que tenemos que aprender a manejar en las relaciones es el
estrés. Porque cuando nos encontramos estresados, estamos en modo
supervivencia, que nos hace estar más enfocados en nosotros, somos más
egoístas, nos ponemos a la defensiva e incluso en modo ataque y dejamos de
tener empatía y compasión.
¿QUÉ ES EL ESTRÉS?
Todos hablamos de estrés como estímulo —«El tráfico me estresa, el ruido
me estresa, el calor/frío me estresa…»—, pero, en realidad, lo que estamos
diciendo es que estos estímulos crean en nosotros la respuesta de estrés, que
es la tensión y/o activación de nuestro sistema nervioso, que se refleja en
cambios mentales, emocionales y comportamentales en nuestro organismo.
Un poco de activación es necesaria para ponernos en marcha, algunos llaman
a esto eustrés o «estrés bueno» mientras que el «estrés malo», también
llamado distrés (en inglés significa malestar), es el que nos afecta
negativamente, pero en realidad tiene más que ver con la intensidad y la
duración en el tiempo.
El estrés puede ser interno —un dolor, una sensación desagradable, un
malestar— o externo —estímulos que causan malestar en nosotros—.
También puede ser consciente, nos damos cuenta de que nos afecta, o
inconsciente, me aprieta el pantalón y no me doy cuenta, pero nuestro cuerpo
lo vive como una presión. El estrés puede ser puntual, algo que ocurre, pero
no se repite, o continuado (que es el más peligroso, porque nos vamos
acostumbrando poco a poco y lo vamos tolerando). Lo ideal es ser consciente
del estrés que nos afecta y hacer algo para relajarnos, que es la respuesta
contraria al estrés; pero si no lo hacemos lo vamos acumulando poco a poco
hasta que nos lleva a tener ataques de ansiedad, o de pánico, que es la manera
en que nuestro cuerpo nos avisa de que tenemos demasiada tensión o estrés
y/o nos lleva a enfermar.
Cuando nos estresamos tenemos tensión y nos activamos, nuestro
sistema nervioso simpático funciona como si estuviéramos en alerta (lo que
se denomina lucha-huida), que es el impulso o movimiento arcaico instintivo
que tiene el cuerpo para defendernos de un posible predador, pero como este
no es el caso en la sociedad moderna, la lucha se manifiesta con enfado,
irritabilidad, sensación de frustración y puede llegar hasta ira, rabia y odio.
Por otro lado, la respuesta de huida puede estar más relacionada con la
impotencia, falta de apoyo, tristeza, y nos lleva al retraimiento y
recogimiento, que pueden desembocar en la depresión. Cuando no podemos
liberar la energía de la lucha y tampoco la de la huida, el cuerpo entra en lo
que se denomina congelación o inmovilización; es como si no tuviéramos
energía, nos faltarán ganas y motivación y nos aletarga.
Estas tres respuestas, lucha-huida-congelación, nos suceden a todos en
diferentes momentos. Lo que pasa es que hay personas a las que el estrés los
impulsa prioritariamente a la lucha (enfado), otras a la huida (tristeza-
impotencia) y algunas a la congelación (o bloqueo). Pero todas son posibles
respuestas al estrés e impiden que nuestro organismo esté relajado y en
calma.
Esto es importante porque la vida se ha complicado mucho estos últimos
años, trabajamos muchas horas, tenemos que soportar al jefe, el tráfico, la
salud cada vez resulta más cara, combinamos las responsabilidades del
trabajo con mantener una familia y ocuparse de una casa pagando la hipoteca
y los gastos asociados, lo que requiere que sepamos manejar nuestra
economía, y demás dificultades. Y todas estas dificultades nos estresan y nos
activan y vivimos nerviosos o nos drenan la energía dejándonos agotados, por
lo que se nos quitan las ganas de relacionarnos.
El nivel de estrés que padecemos está afectando nuestras relaciones
románticas. Si las relaciones son placenteras y nos ayudan a relajarnos,
fantástico, pero cuando las relaciones se vuelven tóxicas, en el sentido de que
nos hacen estar permanentemente en alerta y nos ponen a la defensiva, no
solo no nos aportan, sino que limitan nuestra habilidad para estar relajados y
nos hacen daño. Cuando no logramos estar tranquilos esto perjudica a todos
los aspectos de nuestra vida, la pareja, el trabajo, la relación con los demás,
etc.
Tanto si somos solteros o tenemos relaciones comprometidas, en
general, solemos estar o muy ocupados o muy cansados para mantener
sentimientos de atracción, motivación y afecto; además, cuando estamos
estresados nos ponemos en modo egoísta y nos cuesta tener empatía por el
otro. El estrés diario nos drena de energía y paciencia y estamos demasiado
abrumados para poder ayudar a los colegas y clientes en el trabajo y disfrutar
y apoyar a la pareja en casa. Más que nunca tenemos que aprender a
relajarnos, a relacionarnos y compartir con los demás.
Las causas tradicionales de ruptura —adulterio, drogadicción, abuso
físico o psicológico, problemas económicos— están siendo sobrepasadas por
la falta de satisfacción emocional que se incrementa con nuestro nivel de
estrés. Lo que nos permite tanto a los hombres como a las mujeres manejar el
estrés adecuadamente es la calidad de las relaciones personales y la vida
familiar.
Se ha comprobado científicamente que nuestras relaciones afectan a
nuestra salud, por lo que si tenemos relaciones agradables redundará en ella,
pero si las relaciones nos hacen sentirnos evaluados, criticados, reprochados,
insultados, atacados nos van a estresar sobremanera. Entonces entramos en
modo lucha-huida fundamentalmente en los hombres, mientras que en las
mujeres toma otra forma, que es apoyarse y agruparse. Nuestro día puede
estar lleno de frustraciones, decepciones y preocupaciones, pero si podemos
contar con una pareja amorosa que nos escucha y nos atiende (en el caso de
las mujeres) o que nos deja un espacio para que podamos relajarnos (en el
caso de los hombres) lo manejaremos de otra manera.
Cuando las personas están estresadas pueden estar más irritables (lucha)
o más retraídas, distraídas y menos afectuosas (huida). También disponemos
de menos tiempo para actividades lúdicas o placenteras, que pueden
ayudarnos a descargar el estrés. El estrés suele sacar nuestros peores rasgos,
lo que puede provocar que nuestra pareja se retraiga porque a nadie le gusta
estar alrededor de una persona que está mostrando lo peor de sí mismo. Si
nos distanciamos para que no nos afecte, con el tiempo la relación se vuelve
más superficial y nos involucramos menos en la vida del otro, lo que nos
puede llevar a sentir más conflicto, malestar y alienación en la relación.
EL ESTRÉS INCREMENTA EL ESTADO DE ALERTA
Es más probable que cuando estamos estresados seamos sensibles a los
comportamientos negativos y nos sea más difícil no reaccionar ante ellos.
Esto significa que somos menos pacientes y más reactivos, por lo que no le
damos a la pareja el beneficio de la duda. Hace que seamos más hostiles y
proclives a la discusión, y cuando discutimos somos menos capaces de
escuchar al otro y mostrar empatía y compasión, más bien nos ponemos a la
defensiva. De tal manera que pequeñas incomodidades se pueden convertir en
reacciones desmesuradas, sobre todo si además hay trauma de base y tenemos
apegos inseguros.
Los pequeños estreses diarios que parecen insignificantes pueden
convertirse en una acumulación que puede terminar en separación o ruptura.
Cuando tenemos más estrés nuestra amígdala está más activada, lo que nos
produce más miedo que nos activa y nos hace estar más agresivos y hostiles.
Nuestro neocórtex no está funcionando óptimamente, así que actuamos desde
el límbico y reptiliano: emoción-reacción. Cuando esto sucede, vivimos el
estrés como algo que tiene que ver con nuestra supervivencia y cualquier
cosa pequeña nos puede hacer desbordarnos emocionalmente.
El estrés es especialmente pernicioso para parejas que están en
relaciones que tienen dificultades, e incluso en aquellas relativamente
estables también puede causar estragos porque tiende a hacernos magnificar
los problemas. Una pareja que se comunica bien puede ver cómo se altera la
comunicación cuando se dan situaciones estresantes. De igual manera,
parejas que de forma habitual tienen relaciones afectivas pueden mostrar
menos afecto cuando están estresados y empiezan a pensar que algo va mal
entre ellos. Estas dificultades en la percepción van erosionando la pareja y
pueden conducirla a intentar resolver el problema equivocado (falta de
comunicación y/o afecto) en vez del problema real que es el estrés.
BAJAMOS EL ESTRÉS DANDO Y RECIBIENDO AMOR
De todas las estrategias que podemos hacer para bajar nuestro nivel de estrés
y mejorar la calidad de vida, además de tener consciencia de lo que está
pasando y aprender a relajarnos, la mejor es dar y recibir amor en las
relaciones. Los descubrimientos actuales muestran que nuestras relaciones, si
son sanas, nos ayudan a regular nuestros estados emocionales y son las que
mantienen nuestros sentimientos positivos porque nos abren la mente y los
corazones. El poder afrontar el estrés conjuntamente en pareja no solo puede
hacerlo descender, sino también acercarnos y fomentar más pasión y amor.
Cuando abrimos y compartimos nuestro corazón con alguien, la manera
en que el otro lo acoge tiene un efecto inmenso en cómo nos sentimos con
nosotros mismos y nuestra capacidad de dar amor. De igual manera, si nos
sentimos criticados y rechazados por la pareja es difícil que no lo vivamos
como un estrés profundo, lo que puede ser uno de los dolores emocionales
más profundos que podamos experimentar.
Entonces, para protegernos nos retiramos y cerramos nuestro corazón e
inmediatamente erigimos paredes y defensas. Luego nos damos razones a
nosotros mismos por cerrar nuestro corazón, pero eso no quita el dolor
profundo que sentimos, primero por el rechazo del otro y luego por retener o
bloquear nuestro propio amor. Porque el dolor emocional más grande que
podemos experimentar en la vida es el desamor, cuando dejamos de
compartir nuestro amor con las personas que más amamos.
CUANDO NUESTRO CEREBRO SE ESTRESA
Cuando nuestro cerebro está relajado y en calma, los tres cerebros funcionan
óptima e integradamente, pero cuando se estresa se activan principalmente el
límbico y reptiliano y le restan energía al neocórtex. Por eso tomamos
decisiones rápidas basadas en experiencias anteriores en vez de utilizar
nuestra capacidad reflexiva para analizar lo que está sucediendo en el aquí y
ahora. Esto puede ser muy útil si las decisiones son de supervivencia, pero
nos puede llevar a tomar decisiones equivocadas en nuestras relaciones. Por
ejemplo, si nos sentimos incómodos en la relación porque nuestra pareja está
bajo mucho estrés y viene a casa irritable y salta a la mínima, nos ponemos
alerta y nuestro cuerpo nos puede pedir confrontar (lucha), lo que puede
empeorar la situación, o huir (huida) que tampoco la va a mejorar. Entre las
cosas que más nos estresan están las relaciones en las que nos sentimos en
peligro o amenazados de alguna manera.
EQUIPO DE SUPERVIVENCIA
La pareja representa la unidad menor de la sociedad, dos personas que
funcionan juntas y que pueden actuar como un equipo de supervivencia. Su
función principal es mantener al otro a salvo y seguro. La pareja se protege
mutuamente y este apoyo mutuo es uno de los factores más importantes de la
misma. Sin embargo, todas las parejas se ven expuestas a amenazas. Hay
amenazas con A mayúscula —una muerte, un despido que afecta a la
economía familiar— y amenazas con a minúscula, que pueden ser los
estreses diarios. Cuando una persona se empieza a sentir amenazada en la
pareja, comienza a pensar que tiene que dejarla porque esa no es la función
de la misma. Una amenaza con a minúscula es cuando se empieza a producir
el alejamiento, que puede ser el resultado de pequeños estreses que se van
acumulando y que provocan un distanciamiento.
El secreto de las relaciones duraderas es que nos hagan sentirnos
seguros. Que sean fiables, confiables, recíprocas y respetuosas. Si nos
sentimos seguros, podemos crear apegos sanos y esto quiere decir que ambas
partes cuidan del otro para asegurar que se sienta a salvo, seguro, protegido,
aceptado y querido. En realidad, funcionar con seguridad en la pareja supone
una serie de principios y decisiones entre dos individuos basados en la
supervivencia y que se apoyan mutuamente. Solo las relaciones sustentadas
en la seguridad pueden predecir el bienestar, porque funcionan con los
principios de ecuanimidad, imparcialidad, justicia y sensibilidad.
Ecuanimidad e imparcialidad significan que hay equilibrio, reciprocidad
e igualdad, mientras que algo que es injusto le cuesta a un integrante de la
pareja. Justicia es el resultado de la ecuanimidad e imparcialidad, cuando
reparamos lo que está mal para conseguir lo que está bien. La sensibilidad
supone que seamos conscientes de las sensibilidades del otro y por ello le
cuidamos como a nosotros mismos.
EL CONFLICTO Y LOS PROBLEMAS DE PAREJA SON NORMALES
Todas las parejas tienen problemas y vicisitudes que les ponen a prueba y
precisamente su fortaleza tiene que ver con la seguridad y con cómo pueden
sobreponerse a los problemas sin desmoronarse. Se trata de cómo la pareja
trabaja conjuntamente para superar los estreses de la vida, cómo actúan como
un equipo, se escuchan y se calman mutuamente, se ayudan, que es lo que
más importa. Una pareja que funciona proporciona seguridad, regulación
mutua (te ayudo a calmarte y tú me ayudas a calmarme), es colaboradora y
cooperativa, aceptadora de las diferencias, sabe crecer y desarrollarse, tiene
principios y valores comunes y sabe manejar los factores externos, como
terceras personas (hijos, suegras e incluso posibles amantes). Si la pareja
consigue crear una burbuja donde los componentes se sienten seguros y
resguardados del mundo exterior y pueden reconfortarse mutuamente, habrán
conseguido uno de los factores más importantes para que esa relación
funcione a largo plazo.
Cuando discutimos con alguien, nuestro organismo (cuerpo-mente) lo
vive como una amenaza y los cerebros límbico y reptiliano se llenan de
adrenalina y cortisol, lo que nos lleva a la respuesta lucha y huida o agruparse
y apoyarse, y en esos momentos no podemos pensar con claridad. Esto hace
que se activen las emociones de supervivencia y empezamos a amenazar:
«Ya no aguanto más, prefiero estar solo que mal acompañado». Las
amenazas minan la confianza y crean duda e incertidumbre y además sientan
las bases de peleas futuras.
Cuando alguien nos amenaza se activan nuestros miedos más profundos
de rechazo, abandono. El abandono para un bebé es la muerte y aunque
podemos cuidar de nosotros mismos cuando somos adultos, no terminamos
de quitarnos la necesidad de estar en una relación segura en que nos sintamos
a salvo.
LAS HORMONAS Y EL ESTRÉS
Nuestros cuerpos, tanto masculino como femenino, responden al estrés
liberando la hormona que se llama cortisol. Cuando no nos sentimos
queridos, sentimos miedo, nos sentimos amenazados y nos ponemos alerta.
Entonces nuestro cerebro activa la respuesta lucha-huida en los hombres
mientras que genera la respuesta agruparse y apoyarse en las mujeres.
Cambia nuestra fisiología, nuestro corazón se acelera junto con nuestra
respiración, entonces la sangre se concentra en lo que se conoce como el
cerebro límbico y reptiliano y deja el neocórtex, sobre todo el neocórtex
frontal, que es donde se aloja la empatía, la serenidad, la compasión, mientras
que en el cerebro límbico se alojan las emociones de supervivencia: miedo,
enfado y tristeza y nuestros instintos más primarios.
Tanto para los hombres como para las mujeres, el cortisol y sus efectos
evitan que podamos acceder a las emociones positivas: de interés, curiosidad,
compasión, alegría, en resumen, amor. Lo que ayuda a equilibrar nuestro
nivel de cortisol es diferente dependiendo de nuestro género. Para los
hombres, cuando se incrementa la testosterona decrece el cortisol, mientras
que para las mujeres al producir estrógeno y progesterona baja el nivel de
cortisol. El balance entre la testosterona y el estrógeno va a afectar
directamente a nuestro estado de ánimo, nuestros sentimientos, emociones,
niveles de energía, reactividad, desarrollo muscular y de fuerza,
motivaciones, salud, interés sexual, resistencia, felicidad, bienestar, apego y
amor tanto en los hombres como en las mujeres.
Un hombre tiene de media diez veces más testosterona que la mujer; por
otro lado, la mujer ha nacido con una media de diez veces más estrógeno que
un hombre. Lo que hace que cada uno maneje bien el estrés es que el hombre
tenga niveles óptimos de testosterona y las mujeres niveles óptimos de
estrógeno. Curiosamente, tener comportamientos más femeninos (como
veremos en el capítulo siguiente) incrementa los niveles de estrógeno,
mientras que comportamientos más masculinos provoca un aumento de los
niveles de testosterona.
Los hombres y las mujeres manejan el estrés de diferentes maneras. Un
hombre maneja mejor el estrés cuando deja de comunicarse y dispone de
tiempo solo, y si puede tener un espacio aislado mejor. Esto facilita que su
cerebro genere la hormona masculina testosterona que le baja el estrés y logra
volver al equilibrio. Por el contrario, las mujeres necesitan compartir sus
emociones, hablar de lo que les ha pasado y poder quejarse. Para ellas una de
las maneras más poderosas de volver a su lado femenino es poder compartir
sus sentimientos, esto les generará más hormonas femeninas y estas les
servirán para bajar su estrés. Por el contrario su nivel de estrés se
incrementará suprimiendo su lado femenino y expresando en exceso su lado
masculino.
Antes se pensaba que demasiada testosterona generaba hostilidad y
agresión, pero ahora se ha comprobado que los hombres se vuelven agresivos
cuando su nivel de testosterona y estrógenos no está equilibrado. Para ellos,
la testosterona es crucial para regular el estrés, porque es lo que mantiene el
cortisol a raya. Cuando un hombre se siente estresado, cansado o deprimido
es generalmente porque su nivel de testosterona está bajo. Si su estrógeno
está alto, se encontrará más emocional y tenderá a tener sentimientos de
enfado, defensa y agresión.
EL ESTRÉS EN EL HOMBRE
Los hombres tienen una tendencia a enfocar su atención en lo que pasa
fundamentalmente en el mundo exterior. Tienen la sensación de que si logran
cambiar lo que pasa externamente podrán bajar su nivel de estrés. Su primera
reacción ante el estrés es intentar modificar los factores externos. Lo primero
que hace es revisar la situación. Se fija en todo lo que ha ocurrido en su
entorno y ve lo que ha hecho y lo que ello ha contribuido a lo que ha pasado.
Esta objetividad le ayuda para poder determinar cómo puede solucionar el
problema y tomar la responsabilidad de lo que ha ocurrido.
Para ser objetivo tiene que distanciarse, observar, analizar lo sucedido y
su causa. Reaccionar subjetivamente y sentir cómo le afecta, para él es
estresante porque pierde su objetividad. Cuando un hombre está enfadado,
muchas veces es porque tiene miedo de no saber cómo manejar la situación y
dejarse sentir sus emociones le puede llevar a perder el control. Esto no
quiere decir que no pueda expresar sus emociones, solo que primero tiene que
distanciarse del problema, objetivarlo, analizarlo y a través de la reflexión y
el análisis intentará ver qué puede hacer para bajar su estrés. Después puede
descargar lo que siente.
Hay tres síntomas de estrés principales en los hombres y es importante
reconocerlos para que la mujer no se los tome como algo personal y pueda
entender que el hombre necesita «tiempo muerto», distanciarse y tomarse un
tiempo para sí mismo. Estos tres síntomas fundamentales son:

1. Retirarse, callarse, irse a otro lugar, darse una vuelta, evadirse.


2. Quejarse, se vuelven irritables, tienen cambios de humor (ansiedad-
depresión), se vuelven gruñones, nerviosos, rígidos, cabezotas.
3. Cerrarse y manifestar apatía, insatisfacción, aburrimiento, falta de
interés sexual, falta de pasión.

Cuando se producen estos comportamientos, la mujer se asusta de que la


relación no vaya bien y se suele sentir poco querida. Pero si aprende a que
estos síntomas no tienen que ver con ella y tiene paciencia para que él vuelva
a centrarse, las cosas irán mejor.
Los síntomas de estrés interno en un hombre son debidos a que su
testosterona ha bajado y han subido los estrógenos, se ha ido demasiado a su
lado femenino y está sintiendo demasiado, así que si aprende a practicar
actividades masculinas que incrementan la testosterona y decrece el
estrógeno, bajará su nivel de estrés.
El estrés en el hombre se produce porque su testosterona y sus
estrógenos no están equilibrados. Si la testosterona es muy alta, no podrá
acceder a su lado femenino, y si está demasiado baja no le permitirá acceder a
sus cualidades masculinas. Cuando la testosterona es demasiado baja, si el
hombre no se ocupa de elevarla expresando cualidades masculinas, entonces
se expresará su lado femenino de forma disfuncional y su lado masculino será
suprimido. Cuando esto ocurre, tenderá a estar más enfadado, a la defensiva e
incluso agresivo.
Cuando un hombre realiza actividades masculinas sube su testosterona,
lo que le ayuda a manejar su estrés, pero si hace actividades femeninas su
testosterona baja y suben sus estrógenos, lo que provoca que acceda a sus
emociones de enfado y miedo, que activan su respuesta de lucha-huida. Una
de las dificultades que tienen los hombres en las relaciones es su tendencia a
expresar su enfado discutiendo con su pareja, lo que le hace a ella sentirse
insegura en la relación. Cuando esto sucede, ella se acoraza y se hace más
dura y cierra su corazón. De este modo, no es capaz de generar hormonas
femeninas de estrógeno, que es lo que le permite expresarse y comunicarse.
Esto hace que la situación entre ellos se vuelva más estresante. A más enfado
de él, más frialdad de ella, así que no le puede ayudar a relajarse, con lo que
la situación va empeorando.
Los hombres no son conscientes del efecto devastador que su enfado
tiene sobre las mujeres; si lo supieran se asustarían. Por eso las mujeres
durante siglos se han reprimido y se han sometido con tal de que el enfado de
sus parejas no escalara, pero actualmente no están dispuestas a hacer lo
mismo. Mientras que poder expresar el enfado es algo necesario para el
hombre, tiene que aprender a hacerlo fuera de casa realizando actividades
masculinas o haciendo deporte, lo que le ayude a liberar el estrés.
Es bueno que las mujeres entiendan que cuando un hombre expresa su
enfado directamente a su pareja es porque tiene necesidad de mostrarse
poderoso y no se siente así. Al ponerse a la defensiva es porque siente que no
tiene el control y está estresado. Su testosterona se convierte en estrógeno y
deja de controlar sus emociones. Cuando suprime sus cualidades masculinas
y expresa en exceso su lado femenino, entonces pierde su frialdad y su calma,
se vuelve necesitado y demandante, se muestra emocional e irresponsable.
EL ESTRÉS EN LAS MUJERES
La respuesta natural de una mujer ante el estrés es agruparse y apoyarse, lo
que le sirve para expresar una de las cualidades femeninas de
interdependencia, confianza, emocionalidad y nutrición. No reaccionan con la
respuesta lucha y huida que utilizaría el hombre. Apoyarse se refiere a buscar
al otro para dar y recibir apoyo, a compartir con los otros, a cuidar y nutrir a
los que puedan necesitar. A nivel biológico esto genera oxitocina, que
colabora a incrementar el estrógeno que baja el nivel de estrés en la mujer.
Los tres síntomas principales del estrés en las mujeres son:

1. Se siente desbordada emocionalmente, lo que le lleva a necesitar


compartir sus emociones y sentimientos con otros.
2. Sobre reacciona a situaciones que a primera vista no parecen
importantes.
3. Se siente sobrepasada y exhausta, cuando dice: «Ya no puedo más».

La mejor forma de bajar su estrés es expresarse, compartir sentimientos,


no es que esté buscando una solución. Cuando hace esto, incrementa su nivel
de oxitocina, que a su vez aumentará su estrógeno y bajará su estrés. Sin
embargo, si está buscando una solución o expresando sus sentimientos para
recabar apoyos para perseguir un objetivo, como querer cambiar a su pareja,
entonces incrementará su nivel de testosterona, bajará el estrógeno y eso le
hará estresarse más.
Muchas mujeres que funcionan en su lado masculino no son conscientes
de su potencial interno femenino para bajar su nivel de estrés y sentirse bien
simplemente compartiendo sentimientos que tienen que suprimir a lo largo
del día de trabajo o incluso en casa en sus relaciones personales. Hablar de
sus sentimientos acerca de los problemas del día sin buscar soluciones
permite que vuelvan a su lado femenino después de haber estado en el
masculino todo el día y tiene un efecto restaurador, de la misma manera que
lo tiene para el hombre su tiempo de retiro o aislamiento.
La consecuencia más común de suprimir su lado femenino es que se
siente desbordada y su nivel de estrés sube. Esto se manifiesta en que cree
que tiene mucho que hacer y poco tiempo, está exhausta, pero a la vez tiene
dificultades para dormir, rumia pensamientos negativos y se muestra
insatisfecha y resentida. También baja su interés sexual y puede oscilar entre
la ansiedad y la depresión.
Cuando una mujer se enfrenta a un reto o amenaza y no se siente
apoyada por su pareja pierde su capacidad de acceder a su lado femenino y
empieza a manifestar su lado masculino. Entonces las cualidades que generan
estrógeno, como confianza, interdependencia y nutrición, se ven suprimidas.
Sus niveles de estrógeno bajan, su testosterona sube y esta falta de equilibrio
la lleva a su lado masculino para resolver el problema por sí misma. Para
recobrar su lado femenino es importante que pida ayuda, porque, de lo
contrario, se volverá demasiado independiente, desapegada y orientada hacia
el objetivo y se irá demasiado al lado masculino.
Es probable que piense que la pareja podría darse cuenta de que necesita
ayuda (como suele hacer ella) y se la ofreciera, pero no la pide, también
puede ser que él sienta rechazo porque se está mostrando más masculina. Ella
interpreta la falta de ofrecimiento para ayudarla como que él no quiere
ayudar, pero en realidad es que los hombres son muy claros —«Si quieres
ayuda, pídela»—, no se ofrecen como las mujeres y además no saben leer la
mente. El que la mujer no conozca la tendencia masculina de esperar a que le
pidan ayuda en vez de ofrecerla por propia iniciativa le hace sentirse
resentida porque ella sí la hubiera ofrecido.
La mujer, cuando está estresada, se centra más en lo que pasa en su
mundo interno y cree que cambiándose por dentro puede intentar reducir su
estrés, fundamentalmente porque lo primero que se le altera son las
emociones. Cuando siente estas emociones intenta manejarlas, explorándolas,
entendiéndolas, siendo más flexible, más comprensiva, más tolerante.
Resumiendo, cuando el nivel de testosterona de una mujer es mayor que
el de los estrógenos, se eclipsa su lado femenino y se muestra su lado
masculino. Esta falta de balance hace que manifieste una serie de reacciones
automáticas y comportamientos no apropiados a la situación que evitan que
consiga lo que se propone.
Si no conocemos estás diferencias vamos a interpretar mal los
comportamientos de nuestra pareja y a incrementar nuestro nivel de estrés,
pero, si somos conscientes, la mujer puede aprender a dejarle al hombre un
tiempo y un espacio para que él se calme por sí mismo. Luego él puede
simplemente escucharla para que ella se pueda expresar. No es necesario que
le dé ninguna solución, ella solo precisa exteriorizar lo que le pasa para que
baje su nivel de estrés. Cuando la mujer está en su lado femenino y siente el
apoyo del hombre, y se lo agradece, este se siente más masculino y es más
proclive a seguir escuchando.
Aunque sea el hombre el que suele mostrar rasgos más masculinos y la
mujer más femeninos también se pueden cambiar los roles. Cuando la mujer
está en el lado más masculino y distante puede que sea el hombre el que
intente conectar, pero si el habla de sus sentimientos se pasará más a su lado
femenino. Si no se consigue un equilibrio de los roles ambos tendrán más
estrés.
Cuanto más cerca estamos de nuestra pareja, mayor efecto tendremos
sobre ella, por eso necesitamos un espacio para volver a nuestro propio
equilibro, para conseguir mantener nuestra polaridad. De lo contrario, no
tendremos ganas de conectar, y esto es lo que pasa en determinadas parejas,
cuando no se manifiestan correctamente las polaridades masculinas y
femeninas se pierde la pasión e interés por tener sexo. Por eso tenemos que
asegurarnos que aprendemos a volver a nuestro propio equilibrio.
En el caso de Ana y Luis, Ana se está estresando, aunque no lo está comunicando
abiertamente. Empieza a ir acumulando estrés poco a poco, porque no ha sabido pedir lo
que necesitaba, que es compartir las tareas de la casa, y esto está generando un malestar de
fondo que le está haciendo plantearse el compromiso, junto con la parte sexual. Luis no se
está enterando a nivel consciente de lo que está pasando porque no se lo han explicado.
Ana tiene miedo de pedirle a Luis lo que ella necesita y el miedo también estresa, está
anticipando que el comportamiento de Luis puede empeorar si tuvieran responsabilidades
adicionales como los niños. Aunque mantiene sus preocupaciones en silencio, Luis
acabará por percatarse, antes o después, de que Ana se está distanciando.
17

ROL MASCULINO, FEMENINO, NEUTRO


Los hombres se sienten motivados cuando
se sienten necesitados, las mujeres se sienten
motivadas cuando se sienten apreciadas.
JOHN GRAY
Las relaciones actuales son muy diferentes a las tradicionales porque la
sociedad de hoy así lo demanda. Antes de que la mujer se incorporara al
mundo laboral los roles estaban claramente definidos. Los hombres eran los
proveedores y las mujeres las cuidadoras. Tanto en casa como en la escuela
nos educaban para tener comportamientos que encajaran en estos roles. Los
niños aprendían a ser fuertes, orientados hacia las metas, y competitivos,
mientras las niñas aprendían a ser cuidadoras, más emotivas y cooperadoras.
Durante muchos años, aunque estos roles no eran gratificantes para ninguna
de las partes, generaban estabilidad porque cada una sabía lo que se esperaba
de ellos.
Los roles de los hombres y las mujeres han cambiado drásticamente.
Ahora ya no tienen por qué corresponderse el rol masculino con el hombre y
el femenino con la mujer. Además, pueden ser intercambiables, es decir usar
el rol masculino en lo profesional y el femenino en lo personal o viceversa.
Lo que entendemos por roles masculinos y femeninos dependen de la cultura
o sociedad a la que pertenecemos, pero también tienen una base biológica.
Los hombres y las mujeres somos biológicamente distintos, no solo
tenemos diferencias físicas, sino diferentes proporciones de hormonas que
manifestamos de una forma distinta. Por ejemplo, en el hombre se encuentran
niveles mucho más elevados de testosterona mientras que en la mujer es el
estrógeno el que presenta niveles más altos. Asimismo, hay diferencias en el
cerebro masculino y femenino que se manifiestan en aquello a lo que
prestamos atención, cómo procesamos el dolor o qué produce la estimulación
sexual. Además, segregamos distintas hormonas para llevar a cabo cada
comportamiento, y viceversa, cada uno de nuestros comportamientos
estimulan la secreción de hormonas diferentes.
No obstante, tanto hombres como mujeres tienen energía tanto
masculina como femenina. No podríamos existir sin esta combinación,
aunque el equilibrio interno de estas fuerzas complementarias determina
muchas de las dificultades que experimentamos en las relaciones. Nuestra
combinación personal de cualidades masculinas o femeninas es biológica,
pero cómo la expresamos viene determinado por el tipo de educación que
recibimos o no en nuestra infancia. Por ello, lo que manifestamos depende
tanto de nuestra biología como de la educación que nos proporcionaron.
Si nos sentimos plenamente amados y aceptados como somos, podremos
expresar nuestro equilibrio biológico, pero si nos falta el amor y la aceptación
iremos suprimiendo ciertos comportamientos para agradar a nuestros padres o
cuidadores. Por ejemplo, niños que se comportan como niñas porque su
mamá quería una niña, o si tenemos una madre muy necesitada podremos
expresar las cualidades masculinas de independencia y desapego para que no
nos afecte y esto luego puede causar dificultad para abrir el corazón y
enamorarse. Estas son maneras en que podemos suprimir nuestro auténtico
ser debido a la presión social o a la falta de apoyo en nuestra infancia.
Mientras que desapropiarnos de partes de nuestro auténtico ser puede
ayudarnos a sobrevivir, también puede afectar nuestro equilibrio hormonal
normal produciendo hormonas de estrés. Una de las diferencias más
marcadas entre los hombres y las mujeres, como hemos visto, está en sus
formas de manejar el estrés porque tienen diferentes prioridades en lo que
respecta a la necesidad de apoyo emocional. Decimos que los hombres no
expresan emociones porque están condicionados por la cultura, y es cierto,
pero también lo es que los hombres y las mujeres necesitan diferentes
combinaciones hormonales para manejar bien el estrés y sentirse contentos y
plenos. Si no tenemos un equilibrio correcto de hormonas no podemos lidiar
correctamente con el estrés y mantener nuestro corazón abierto.
John Gray ha delimitado doce factores que se pueden asociar a
comportamientos masculinos y femeninos en lo que se consideran relaciones
más tradicionales. No obstante, en nuestro mundo actual complejo podemos
tomar roles más femeninos o masculinos o la mezcla de ambos dependiendo
de las circunstancias. Por ejemplo, actualmente en el mundo laboral muchas
mujeres asumen roles masculinos. No obstante, cuando una mujer manifiesta
cualidades masculinas sigue siendo una mujer y es muy diferente de un
hombre, y lo mismo pasa a la inversa.
A continuación, podemos ver los doce factores o comportamientos
masculinos y femeninos que están relacionados con el nivel de hormonas que
generamos.

Características masculinas Características femeninas


1. Independiente (cree que no necesita Interdependiente (necesita afecto y abrazos).
consejo).

2. Desapegado (necesita tiempo solo). Emocional (necesita que le escuchen sin juzgarla).

3. Solucionador de problemas (ven posibles Cuidadora (necesita ser escuchada y tiempo y


soluciones). apoyo para luego poder apoyar a otros).

4. Duro (necesita ser admirado por su trabajo). Sensible-vulnerable (necesita que se validen sus
sentimientos y no sentirse criticada).

5. Competitivo (necesita que se aprecie su Cooperadora (necesita que se entiendan sus


esfuerzo). necesidades y deseos).

6. Analítico (necesita comentarios de Intuitiva (necesita que se valide su intuición).


aprobación).

7. Poderoso, dominante (necesita que le pidan y Amorosa (necesita sentir que sus necesidades son
celebren su apoyo). prioritarias para el otro).

8. Asertivo (necesita expresar sus objetivos y Receptiva (necesita que la pareja se muestre
sueños). dispuesta y receptiva para atenderla).

9. Competente (necesita que la pareja no Sincerarse (necesita poder expresar sus emociones,
exprese quejas y juicios y reconozca que sentimientos y necesidades sin que le digan lo que
hace todo lo que puede). tiene que hacer).

10. Seguro y confiado (necesita que le acepten Aceptadora (necesita que sea considerado y que se
en vez de que le reprochen). tome tiempo para liberar su enfado).
11.
Responsable (necesita que se entiendan sus Empática (necesita que él no la culpe o pida
errores). disculpas si se equivoca).
12. Orientado a las metas (necesita poder Orientada a las relaciones (proceso) (necesita que él
planificar los objetivos). no minimice el tiempo que pasan juntos).
Expresar las cualidades masculinas incrementa las hormonas masculinas
tanto en los hombres como en las mujeres y lo mismo sucede con las
hormonas femeninas que se aumentan cuando expresan más cualidades
femeninas.
Para un hombre o mujer la expresión de las cualidades masculinas
estimulará la producción de testosterona. La testosterona nos puede hacer
sentir bien tanto a los hombres como a las mujeres, pero cuando tenemos
estrés ayudará a bajar el nivel de estrés del hombre y elevará el de las
mujeres. Para bajar el nivel de estrés de las mujeres hará falta expresarse,
comunicarse y sentirse entendida, lo que generará más estrógeno, que es la
hormona femenina, muy importante en este proceso.
Los síntomas de estrés interno en un hombre se dan cuando baja su nivel
de testosterona y suben los estrógenos, es decir, que se ha ido demasiado a su
lado femenino, y le hace manifestar enfado, falta de interés sexual,
insatisfacción, aburrimiento, ausencia de pasión en su vida. Aprendiendo a
hacer actividades que incrementen la testosterona y decrezcan el estrógeno,
bajará su nivel de estrés.
De forma contraria, cuando una mujer está estresada internamente es
porque habrá subido su nivel de testosterona debido a que ha manifestado
demasiadas características masculinas y esta tensión se manifestará en
malestar, insatisfacción, irritabilidad, sentirse vacía y tendrá que aumentar
actividades que suban el estrógeno y bajen la testosterona para conseguir el
equilibrio.
Nuestros niveles de testosterona/estrógenos cambian según la edad.
Desde la pubertad hasta más o menos los treinta y cinco (rondando la crisis
de la mediana edad), los niveles de estrógeno descenderán en la mujer y
subirán los niveles de testosterona llegando a una máxima sobre los treinta y
cinco, mientras que lo opuesto ocurre en los hombres. En los hombres,
alrededor de los treinta y cinco habrán empezado a subir sus niveles de
estrógeno y para que se mantengan los niveles de testosterona tendrán que
hacer actividades masculinas, de lo contrario empiezan a bajar. Curiosamente
se cambian los equilibrios: los hombres producen más estrógeno y las
mujeres más testosterona y esto modifica nuestra manera de relacionarnos.
En el caso de las mujeres, este cambio hormonal puede ser el preludio de la
menopausia y mantenerse durante y después de la misma, haciendo que los
niveles de estrés se incrementen.
Pero si en la mediana edad la mujer ha aprendido a expresar sus
cualidades femeninas, entonces el aumento de las hormonas masculinas no le
hará suprimir sus cualidades femeninas. Si aprende a combinar su lado
femenino y masculino, podrá mantener los niveles óptimos de hormonas
femeninas y hormonas masculinas. Este equilibrio le llevará a poder mostrar
amor incondicional junto con más energía y pasión.
En el caso de los hombres, después de la pubertad, subirán sus niveles
de testosterona y se mantendrán toda su vida, pero en la mediana edad,
cuando se elevan sus niveles de estrógeno, si no ha desarrollado sus
cualidades masculinas, este aumento suprimirá su testosterona. Si ha
aprendido a mantener sus niveles de testosterona en la primera mitad de su
vida, cuando suban sus niveles de estrógeno podrá mantenerlos bien y esto le
permitirá sostener un amor más consciente, con sabiduría, compasión y amor
incondicional mientras tiene vitalidad, virilidad y salud.
Hoy en día cada vez más hombres están fomentando su lado femenino,
permitiéndose conectar con su corazón y haciendo lo que les gusta, pero esto
también puede suprimir sus cualidades masculinas de independencia y
desapego. En vez de ser fríos, tranquilos y serenos se pueden volver
inseguros, se enfadan con facilidad, se vuelven demandantes y necesitados en
las relaciones. Cuando se van demasiado al lado femenino se vuelven más
selectivos, emocionales y se sienten insatisfechos en las relaciones. Esto los
puede llevar a que no se quieran comprometer porque no encuentran una
mujer que sea lo suficientemente buena. Se sienten atraídos al principio y son
más románticos, pero luego pierden el interés pronto. En muchos casos, les
cuesta aclararse, por un lado no pueden vivir sin ella (interdependencia
femenina), pero, por otro lado, vuelven a su necesidad de independencia y
desapego (que es su parte masculina).
Cada vez más, estos roles se empiezan a difuminar más; no obstante, es
importante conocerlos como tendencias, ya que cualquier individuo es una
mezcla de ellos en diferentes proporciones, contextos y relaciones. No hay
nada bueno o malo en la mezcla, pero el conocer las tendencias nos prepara
para poder manejarlas mejor. Que podamos manifestar unas tendencias u
otras es un avance porque nos permite la libertad de mostrar quiénes somos
en realidad
Muchas mujeres incorporadas al mundo laboral pueden estar
manifestando más factores masculinos que femeninos y se quejan de que
están estresadas, exhaustas y deprimidas, y que no son capaces de disfrutar.
Cada vez más hay hombres que quieren apoyar a una mujer con carrera y
mujeres que están dispuestas a apoyar a hombres que tienen menos
ambiciones de hacer dinero y ser proveedores, pero que se permiten conectar
con su corazón pasando más tiempo con los niños y fomentando relaciones
de calidad.
LA PASIÓN SE ACTIVA POR LA DIFERENCIA ENTRE LO
MASCULINO Y FEMENINO
La pasión se activa por la polaridad masculino-femenino; para mantenerla,
hombres y mujeres han de tener mayor consciencia y poder expresar su
equilibrio personal de cualidades masculinas y femeninas. Lo que crea y
sostiene la atracción y el deseo en nuestras relaciones son nuestras
diferencias, son la parte física y hormonal de la química romántica. Los
hombres y las mujeres son como imanes: se atraen mutuamente porque las
polaridades son diferentes. Si fuéramos iguales, nos acercaríamos demasiado
y nos repeleríamos.
Como los polos opuestos se atraen, cuando un hombre está expresando
sus cualidades masculinas será más atractivo para una mujer que está
expresando sus cualidades femeninas. Y lo mismo sucederá en caso
contrario.
No podemos decidir quién nos atrae porque es una reacción hormonal
automática en respuesta a diferentes niveles complementarios de hormonas
masculinas y femeninas, así como diferencias que se comunican a través de
las feromonas por el olor, el tacto o el beso.
Cuando un hombre está sobre expresando cualidades femeninas y
suprimiendo sus cualidades masculinas, será menos atractivo para una mujer
que muestre sus cualidades femeninas. Cuanto más se acerquen más se
repelerán, pueden ser buenos amigos, pero no habrá pasión. De igual manera,
cuando una mujer está sobre expresando sus cualidades masculinas y
suprimiendo su lado femenino será menos atractiva para un hombre que está
expresando sus cualidades masculinas, y cuanto más se acerque más se
repelerán porque incluso pueden entrar en competencia.
Cuando un hombre está expresando más sus cualidades femeninas y
suprimiendo las masculinas será más atractivo para una mujer que está sobre
expresando su lado masculino y suprimiendo sus cualidades femeninas.
Cuanto más se acerquen más mostrará sus cualidades femeninas y según se
enamore será más vulnerable, interdependiente y receptivo y a medida que
cambia su polaridad ella perderá interés y respeto por él, y así lo que le atrajo
en el principio empezará a repelerle.
Cuando una mujer refleja su lado masculino en exceso y suprimiendo
sus cualidades femeninas será más atractiva para un hombre que hace lo
propio con sus cualidades femeninas y suprime su lado masculino. Cuanto
más se acerquen, ella mostrará más su lado femenino y será más vulnerable,
interdependiente y receptiva, y a medida que cambie su polaridad él perderá
el interés en ella.
Mientras que una mujer no esté abrazando su lado femenino en
equilibrio con su lado masculino, no atraerá ni se sentirá atraída por la
persona correcta para ella. Si está demasiado en el lado masculino, atraerá y
se sentirá atraída por hombres que están más en su lado femenino y que la
necesitan en vez de quererla proteger.
Si cualquiera de los dos de la pareja está demasiado en cualquiera de los
lados masculinos o femeninos, encontrar el equilibrio va a ser difícil. Cuando
somos demasiado masculinos estamos suprimiendo nuestro lado femenino, y
al contrario. Esta supresión nos causa estrés y hallar el equilibrio es la
respuesta, aunque cada uno tendrá que hacerlo de diferente manera. Si
mantienes un rol en el trabajo podrás probar a buscar el equilibrio en casa o
en tu vida personal.
Independientemente del rol que mostremos, nuestras relaciones íntimas
se pueden enriquecer entendiendo las necesidades emocionales que se
manifiestan basándose en las necesidades hormonales de nuestro sexo,
masculino o femenino, y aceptando nuestras diferencias podemos apoyarnos
el uno al otro y descubrir una nueva manera que nos permite afrontar nuevos
retos para alcanzar la armonía.
A medida que las mujeres exteriorizan más roles que tradicionalmente
eran masculinos, se producen cambios hormonales que a su vez modifican
sus cerebros, porque lo que hacemos a lo largo del día, semanas y meses
estimula diferentes partes del cerebro y transforma su estructura. Por eso es
importante que las mujeres que trabajan y reflejan roles masculinos
encuentren un equilibrio hormonal expresando también su lado femenino. De
no ser así, se empezará a manifestar cierto estrés y malestar, falta de
satisfacción, inquietud, vacío y aburrimiento. Pero si, por el contrario,
también revelan sus cualidades femeninas, esto ayudará a bajar el nivel de
estrés y malestar.
De igual manera, si los hombres pasan más tiempo exponiendo su lado
femenino, tienen que compensar haciendo actividades masculinas para poder
generar la chispa que lleva a la pasión. Una de las razones de que se pierda la
pasión en las relaciones románticas es que no saben cómo encontrar este
equilibrio de sus cualidades masculinas y femeninas. Esto no es fácil ni
tampoco es automático, sino que requiere conocimiento, aceptación y
voluntad.
POR QUÉ CADA VEZ SE ALEJAN MÁS LOS HOMBRES DE LAS
MUJERES Y VICEVERSA
Hay una diferencia en la motivación: las mujeres quieren desarrollarse a sí
mismas y los hombres no quieren tener que aprender algo nuevo porque no
entienden por qué no puede seguir funcionando lo antiguo. La queja que
oímos continuamente en terapia es que ellos no quieren esforzarse para ser
más considerados, empáticos y comunicadores, porque les han educado para
ser más individualistas y más egoístas.
La femineidad tradicional educó a las mujeres para callarse y aguantar,
el feminismo las ha animado a que se enfrentaran y dejaran la relación si se
sentían oprimidas. Ahora para llevar una relación sana se requiere que las
mujeres sean capaces de pedir lo que desean, quieren y necesitan y que no
cedan a los deseos masculinos si no les apetece. Las relaciones sanas ayudan
a que los hombres, que se denominan conscientes, puedan entender, apreciar
y estén dispuestos a aprender lo que haga falta cooperando para que la
relación funcione.
Ambos tienen que aprender el empoderamiento de la relación, qué hacer
para que funcione, que es muy diferente del empoderamiento personal que es
qué hacer para sentirse equilibrado en su propio género. Cada hombre o
mujer tendrá una mayor o menor necesidad de conectar con la pareja
compartiendo sentimientos, mientras que otra precisará ser independiente.
Algunos hombres querrán ser independientes mientras que para otros
compartir más tiempo con la pareja será su prioridad. Pero con mayor
entendimiento de nuestras diferencias y de las hormonas que son específicas
de nuestro género, independientemente de nuestros cambios de roles,
estaremos mejor equipados para obtener el apoyo que necesitamos en
nuestras vidas personales y darle el apoyo que necesita a nuestra pareja.
Entendiendo claramente nuestro equilibrio único de características
masculinas y femeninas, tendremos validación, permiso y claridad para
expresarnos como somos y una nueva perspectiva de cómo obtener el apoyo
que necesitamos, lo que no solo nos hará más felices, sino que redundará en
que hagamos más felices al otro. La verdad es que, aunque hay factores
universales, todos somos diferentes y nos atraemos los unos a los otros. Nos
atraen los opuestos complementarios, pero nos sentimos más seguros con lo
similar. Todos tenemos alguna contribución importante que hacer al otro. Lo
que damos por hecho en nosotros es lo que le proporciona un apoyo especial
al otro.
En vez de sentirnos limitados a expresar las características relacionadas
con los roles tradicionales, los hombres actuales tienen un mayor acceso a su
lado femenino y las mujeres a su lado masculino. El hombre moderno no
tiene que suprimir su lado femenino para ser un hombre real y la mujer
femenina no tiene que ocultar su lado masculino para ser considerada una
mujer real. Y como resultado accedemos a nuestro auténtico y único ser con
nuestra combinación peculiar de características masculinas y femeninas.
Nuestro auténtico ser es el equilibrio de nuestras características
complementarias. No hay un equilibrio perfecto, cada uno tiene diferentes
combinaciones de las características masculinas y femeninas. Reconocerlas,
aceptarlas y expresarlas es importante para sentirnos felices y sentir el amor
pleno.
El potencial para descubrir y expresar nuestra propia combinación de las
diferentes características es lo que nos hace sentirnos atraídos por ciertas
personas y situaciones y no otras. Por regla general, la atracción se produce
hacia aquellos que expresan las cualidades complementarias a las que
nosotros mostramos normalmente. Cuando abrazamos las cualidades
complementarias en nuestra pareja las despertamos en nosotros mismos y
esto nos ayuda a crecer en plenitud y pasión, y continuamos buscando
maneras de mantener nuestro amor y entender, aceptar y apreciar las
cualidades de nuestras parejas.
NEGAR NUESTRAS DIFERENCIAS NO ES IGUALDAD
No puede haber igualdad de géneros si no podemos entender, aceptar,
apreciar y respetar nuestras diferencias únicas. Si no somos conscientes de
nuestra diversidad, tenderemos a intentar que el otro se comporte como
nosotros y eso no solo no es viable sino contraproducente. Igualdad no
significa que seamos iguales, sino que tenemos que respetar nuestras
diferencias y aprender a apreciarlas. Todos somos distintos y tenemos
diversas combinaciones de lo masculino y lo femenino. Esperar que todos
tengamos las mismas características es lo opuesto del respeto y aceptación de
lo diferente. Si no tenemos esta actitud de respeto no podemos sentir
compasión por las necesidades y vulnerabilidades del otro, y tampoco
podemos apreciar sus esfuerzos para hacer lo mejor que pueden. No puede
existir una igualdad de género hasta que no aprendemos a entender, apreciar
y aceptar nuestras diferencias individuales.
Cuando aprendemos a manejar nuestra combinación de hormonas
masculinas y femeninas y estamos centrados, atraemos lo complementario a
nosotros y aunque el equilibrio cambie en función del contexto, habremos
aprendido a regularnos y volver a nuestro equilibrio original. No podremos
sentirnos atraídos por el otro si suprimimos nuestro equilibrio particular de
cualidades masculinas y femeninas. Si un hombre deja de expresar su lado
masculino no atraerá a una mujer más femenina y viceversa, si una mujer
empieza a expresar su lado más masculino no interesará a un hombre más
masculino. Si negamos nuestras diferencias naturales, perdemos la capacidad
de atraer aquello que nos complementa.
Tanto los comportamientos de Ana como los de Luis tienen características más femeninas
que se manifiestan en que Luis es más emocional, le gusta compartir lo que siente, es
sensible, quiere que se entiendan sus necesidades y deseos y es capaz de expresarlos.
Quiere percibir que sus necesidades son prioritarias y que Ana esté dispuesta para
atenderle porque es a lo que está acostumbrado. No obstante, ella se está empezando a
sentir sobrepasada y precisaría más apoyo (masculino) por parte de Luis, que se aprecien
sus esfuerzos (masculino) y necesita que exprese comentarios de aprobación (masculino).
Ana está tomando más la postura masculina, pero esto la estresa porque ella de base es
femenina, pero si Luis toma el rol femenino se van a repeler y, de hecho, Ana está
empezando a vivir a Luis más como una carga que como un apoyo. Si Luis no realiza los
comportamientos masculinos que Ana necesita, la apoya, aprecia sus esfuerzos y le dice
qué bien hace las cosas, no se va a sentir atendida como necesita y esto provoca un
malestar de fondo, que, aunque sea poco a poco, va formando una bola que puede
terminar erosionando la relación si no aprenden a comunicarse.
18

LA BIOQUÍMICA DEL AMOR


El encuentro de dos personalidades es como el contacto
de dos sustancias químicas: si hay alguna reacción,
ambas se transforman.
CARL JUNG
Todos buscamos ser especiales para alguien, como si ansiáramos que nos
descubrieran, que nos entendieran y que nos amaran. Todos estamos
buscando el amor porque realmente no es una emoción sino un estado
motivacional que nos produce una experiencia de alegría, incluso de euforia,
nos hace querer conectar con el otro y nos facilita vincularnos y apoyarnos en
él.
Encontrar el amor de nuestra vida y mantenerlo es un proceso que no
solo se desarrolla en el tiempo, sino que requiere tiempo y dedicación. Desde
que ponemos los ojos en la persona que nos atrae hasta que nos
comprometemos con ella, atravesamos una serie de fases en las que podemos
no solo no conseguir lo que nos proponemos sino incluso llegar a pensar que
el «amor se ha acabado».
Cada fase tiene sus características biológicas y bioquímicas que,
obviamente, influyen en lo psicológico y comportamental. Si no las
comprendemos, nos preocupamos y esa preocupación nos puede generar
ansiedad y/o miedo. Al ser biológicas, implican diferencias en los géneros.
Aunque hombres y mujeres compartimos muchas cosas, ya hemos
mencionado que tenemos diferencias físicas y hormonales que no son tan
evidentes.
La primera fase es el enamoramiento, pero antes de eso tenemos la
atracción, la conquista o el cortejo. A la fase de enamoramiento le sigue la de
compromiso, y luego vienen una serie de fases que se mantienen cuando
existe de fondo el amor auténtico.
Enamorarse es solo una fase del proceso complejo que creemos que es el
amor. Un proceso que genera diferentes reacciones químicas que afectan
tanto a nuestro cerebro que incluso pueden llegar a cambiarlo. De hecho,
cuando estamos enamorados partes de nuestro cerebro que son esenciales
para la supervivencia están desactivadas y no funcionan óptimamente. Por
eso, cuando estamos enamorados somos más vulnerables porque no tenemos
miedo y nos arriesgamos a hacer cosas a las que habitualmente no nos
atreveríamos. El enamoramiento nos hace necesitar a la persona amada y a
través de la pasión y el deseo tiene una capacidad de motivarnos y
movilizarnos hacia ella sin que intervenga nuestro raciocinio.
Paradójicamente, por un lado, buscamos el amor y lo necesitamos, pero, por
otro, sentirnos necesitados y vulnerables lo hace peligroso.
EL CEREBRO ENAMORADO
Un cerebro enamorado es un cerebro estresado, en el sentido de que algunas
de sus partes están más activadas que otras y no está funcionando
integradamente. Cuando estamos enamorados se activan el límbico y el
reptiliano, pero el neocórtex no funciona óptimamente, por eso idealizamos a
la persona amada y no podemos razonar y reflexionar objetivamente.
La atracción no es lo mismo que el enamoramiento ni que el amor. Es
una fuerza que nos acerca hacia ciertas personas y nos aleja de otras. Es
nuestro cuerpo el que nos indica si se siente atraído por alguien o repelido.
Muchas veces las características que nos hacen encontrar a alguien atractivo
no son las mismas que elegiríamos para una relación a largo plazo. La
mayoría de las personas dicen que lo que buscan en una relación de ese tipo
son parejas con rasgos de personalidad agradables para sentirse bien y tener
emociones positivas estando con ellos.
Estar enamorado y amar de verdad son cosas muy diferentes. Cuando
estamos enamorados nos encontramos en un trance que transforma cómo
vemos la realidad, pero cuando amamos de verdad vemos la realidad tal cual
es y somos capaces de apreciar lo bueno y no tan bueno de otra persona.
Enamorarnos desactiva nuestra parte crítica y, por eso, nos fijamos más en lo
que es similar y nos une con el otro y no en lo que nos diferencia; y también
nos enfocamos en los rasgos positivos y no percibimos los negativos.
Conocer la bioquímica del amor nos da el poder de tomar decisiones
informadas y no bajo la locura transitoria del enamoramiento, que es una
sensación eufórica en que nos sentimos felices, excitados, exuberantes y
mucho más… Pero, aunque nos sentimos así, no es tan positivo porque
cambia nuestra percepción de lo que nos da miedo y puede resultarnos
arriesgado, si nos aventuramos a hacer cosas que de otra forma no
realizaríamos, al menos no sin cierta precaución. Además, como cada
relación es diferente, un nuevo enamoramiento nos genera también confusión
y ansiedad.
LA ATRACCIÓN
Antes del enamoramiento se dan la atracción y el cortejo o conquista. La
atracción surge en la parte más primitiva del cerebro, y por eso puede no
tener ninguna lógica, la única es que nuestros sentidos están hiperactivados y
nos empujan hacia la persona que ha despertado esas sensaciones en
nosotros. La atracción inicial, la que nos pone en marcha y hace saltar
chispas, está muy relacionada con el impulso sexual, nos atrae lo que
encontramos deseable sexualmente, quien pueda ser mejor pareja sexual y no
con quien sea más fácil tener una relación de por vida.
La atracción puede cortocircuitar el cerebro más avanzado, el neocórtex,
así que hacer una lista previamente con las características deseables en una
pareja ideal nos ayuda a no ser vulnerables a personas que quizás no son la
mejor opción para nosotros.
La vista es crucial en la atracción, sobre todo en el hombre, por eso se
habla de amor a primera vista, porque cuando nos fijamos en alguien
podemos interesarnos en él/ella de inmediato. Sabemos en segundos si nos
interesa o no y puede ser el comienzo de una relación de amor como
deseamos. A las mujeres se les agudiza más el oído, registran cada palabra,
cada tono, cada frase. En ambos casos, la sonrisa es una invitación al
acercamiento, por lo que las personas sonrientes resultan más atractivas.
En la primera parte de la atracción, las hormonas del estrés (adrenalina y
cortisol) están muy altas y esto hace que nos sintamos muy activados o
excitados. Si no fuera por la persona amada, lo viviríamos como ansiedad y/o
miedo y nos sentiríamos mal, pero al asociarlo con ella, no lo interpretamos
como malestar, sino que lo vivimos como excitación y mariposas en el
estómago.
Estas hormonas pueden magnificar la atracción sexual, porque cuando
nos sentimos cautivados por alguien, la adrenalina que segregamos nos
produce un sentimiento de fascinación. Nuestro corazón se acelera, nuestra
respiración se agita, nuestra mirada se enfoca, nos suben los calores, nos
sentimos estresados o nerviosos, pero lo experimentamos como euforia y nos
sentimos mágicamente entusiasmados.
Los síntomas del amor a primera vista son los mismos de la ansiedad y
nerviosismo, pero en vez de luchar o huir, que es la reacción del miedo,
nuestro cuerpo nos pide que nos quedemos porque está excitado e interesado
en esta persona. En el hombre el estrés o miedo lo lleva a la lucha (conquista)
mientras en la mujer le lleva a acercarse y agruparse (esperar y cuidar). En
ambos casos nos sentimos vulnerables.
Normalmente nos acercamos a lo que es «seguro» y nos alejamos del
«posible peligro». Pero como en este caso nuestra amígdala no está
funcionando óptimamente, no envía la señal de alarma. Y la atracción hace
que baje el nivel de ansiedad y así podemos acercarnos a alguien
desconocido.
En la fase de atracción, hombres y mujeres (o lo masculino y lo
femenino) persiguen inconscientemente cosas muy diferentes. A los hombres
buscar, aventurarse y conquistar les activa el reptiliano y se colocan en modo
lucha o conquista; a las mujeres, el límbico, que tiene más que ver con
vincularse, les hace buscar la cercanía cuando se sienten seguras.
En la mayoría de las especies los machos compiten entre ellos para
obtener a la hembra, que es «el premio», y así comprueban quién tiene más
destreza. Hacen el baile o la batalla del cortejo para conseguir la atención de
las posibles candidatas. Además, al conquistar, los hombres prueban su valía,
y si la mujer es la que toma la iniciativa de iniciarla, pueden incluso perder el
interés y tener dificultades para enamorarse.
EL CORTEJO, GALANTEO O CONQUISTA
Cuando sentimos que hay algo que queremos y deseamos se dispara la
dopamina, una hormona/neurotransmisor que se asocia con un sistema de
recompensa y placer en el cerebro, así que cuando la secretamos nos sentimos
muy bien. La dopamina está conectada con la búsqueda del placer, activación
general, atención enfocada y la motivación para perseguir y conseguir las
recompensas. Funciona de forma similar en los hombres y las mujeres.
Cuando se activa, hace un circuito que incluye la amígdala y partes del
neocórtex especialmente el prefrontal, que es donde hacemos las valoraciones
y los juicios. La amígdala, junto con el neocórtex frontal, nos ayuda a
determinar si la recompensa es buena o mala y si merece la pena el esfuerzo.
Si la amígdala y el neocórtex frontal están de acuerdo, la actividad continúa;
si están en desacuerdo, perdemos el interés.
Una vez que hemos sentido la atracción y se activa el circuito de
recompensa de la dopamina, funcionamos igual que cuando buscamos la
gratificación en forma de comida, drogas o sexo, y cuando el resultado nos
produce una sensación de placer, nos hace desear más. Tenemos chutes de
dopamina cuando nos gusta algo, pero conseguimos un nivel sostenible
cuando trabajamos por algo deseable (en el caso de los hombres) o si
esperamos recibir algo (las mujeres).
Además, se activan otras hormonas, como la adrenalina, que incrementa
nuestro nivel de ansiedad y la sensación de vulnerabilidad porque nuestro
instinto de supervivencia no nos permite que nos enamoremos de cualquiera.
Tanto hombres como mujeres producen testosterona, pero los primeros
tienen niveles más altos y esto les permite perseguir, cazar y luchar. Durante
la conquista se elevan estos niveles. Parece ser que la testosterona está
asociada con comportamientos de dominancia y se potencia cuando el
hombre compite por la atención de una hembra atractiva. La testosterona le
proporciona el vigor necesario para ganar el premio último, la mujer. Los
hombres tienen mayor habilidad para detectar estímulos que se mueven
rápidamente porque están construidos para la caza. Por lo tanto, su visión los
prepara para la búsqueda. Además, el hipotálamo tiene un lugar especial que
se llama punto de búsqueda, que es dos veces y medio más grande que el de
las mujeres y es responsable de la activación y respuesta sexual. Es decir,
cuando un hombre detecta a una mujer que le puede interesar, este punto le
lleva a la búsqueda y envía instrucciones para que pase a la acción. La
testosterona es proporcional a la actividad sexual, cuanta más testosterona
mayor interés sexual.
En el cortejo se da un punto de inflexión entre la atracción sexual y
enamorarse. Cuando conocemos a alguien, en el límbico se producen dos
movimientos: primero se da la atracción y, mientras, el neocórtex intenta
evaluar cuidadosamente la situación. Se produce una tensión entre la
atracción y el enamoramiento en el que sube la ansiedad y nos sentimos
vulnerables. Esto es peligroso porque todos, muchas veces, decidimos
basándonos en lo que imaginamos que son las intenciones de la parte
contraria, pero los hombres y las mujeres no vivimos esta fase de igual
manera.
Si la atracción persiste, el hombre se pone en marcha, siempre que
detecte que la mujer está receptiva, porque le mira, le sonríe y hace gestos de
interés. Siempre que empezamos a quedar con alguien nos estamos
preguntando si nos gusta esta persona y/o le gustamos nosotros. Si nos gusta
alguien, lo siguiente es encontrar claves de que eso es recíproco.
Si nos tocan la mano, nos hacen una caricia, recibimos un abrazo, el
cerebro libera oxitocina, conocida como la sustancia química del abrazo, pero
también funciona como potenciadora de la confianza y de la socialización e
inhibidora del miedo. Los niveles de oxitocina están altos en los nuevos
amantes. Cada vez que tenemos una cita o hablamos de otra persona de forma
favorable se libera más oxitocina. Y como la oxitocina es la hormona de la
confianza, mitiga el miedo y según vamos conociendo a alguien y confiando
en él/ella, los niveles de oxitocina suben y el miedo baja. Esta hormona
motiva a las mujeres para que se acerquen a los hombres, porque hace que
tengan confianza y se sientan seguras.
Cada vez que una pareja intima, se miran, se cogen de las manos o se
tocan se liberan chutes de oxitocina. Los niveles se incrementan mientras la
pareja continúa interactuando, hablando, tocándose y abrazándose. Una
conversación telefónica aumenta el nivel y les incita a querer quedar. Si
salen, se tocan y se dan un beso de buenas noches, vuelve a subir el nivel y si
la relación se mantiene se vuelve a incrementar el nivel de oxitocina. Esto
hace que nos miremos más, que sonriamos más, que nos sintamos bien, con
lo cual también sube el nivel de dopamina, porque ambos neurotransmisores
trabajan juntos y amplifican e intensifican la conexión.
En las personas que experimentan los sentimientos románticos también
se eleva la oxitocina, que incrementa la dopamina, y esto hace que queramos
pasar más tiempo con otra persona. Cuanta más oxitocina tenemos, más
queremos estar con la otra persona, y si la interacción sigue siendo positiva,
entonces se produce más dopamina que nos hace querer estar continuamente
con el otro.
La dopamina y la oxitocina no trabajan secuencialmente sino que lo
hacen a la vez; es la combinación de ambas lo que hace que las personas se
vinculen. Aunque la dopamina y la adrenalina son comunes en hombres y
mujeres, se enamoran de diferente manera y en diferentes momentos del
proceso porque se activan diversos tipos de hormonas o neurotransmisores,
ya que la testosterona bloquea el efecto de la oxitocina. Esto quiere decir que,
mientras la oxitocina y la dopamina hacen que las mujeres se enamoren y
quieran vincularse, no pasa lo mismo en los hombres.
Lo que hace que los hombres se vinculen es la combinación de
testosterona (que ayuda a mantener el impulso sexual), la dopamina y la
vasopresina (que crea los lazos y el vínculo). Para que el hombre se enamore
y quiera vincularse o comprometerse tiene que incrementar su nivel de
vasopresina, lo que sucede cuando está excitado sexualmente. Pero al igual
que sube cuando está excitado, baja cuando no lo está. Así pues, el deseo de
conquista le puede mantener estimulado sexualmente cuando se imagina
obteniendo el premio que es la persona amada, pero decrece con rapidez
cuando ha tenido un orgasmo. Por eso en la fase de enamoramiento retrasar el
sexo con un hombre hace que se eleven sus niveles de vasopresina y que se
quiera vincular. Si se mantienen los niveles de vasopresina por un tiempo
expandido, es más fácil que se enamore y sabemos que lo ha hecho cuando se
quiere comprometer.
Así que, mujeres, cuando queráis amor a largo plazo os tenéis que
asegurar de que el hombre os persigue, se esfuerza y os conquista. Si se lo
ponéis fácil, es posible que lo tengáis en el momento presente, pero es muy
probable que no se convierta en una relación duradera.
En ambos, la atracción hace que también se active la feniletilamina, que
ayuda a liberar la adrenalina y la dopamina. Cuando sube la feniletilamina
tenemos sentimientos de estar flotando asociados con el amor romántico.
Cuando generamos mayores cantidades de feniletilamina también se
incrementa nuestra energía física y emocional, lo que hace que segreguemos
más dopamina, que nos hace poner la atención fijamente en la persona
amada. Esto puede producir obsesión, tanto en los hombres como en las
mujeres.
El que la oxitocina y la dopamina sean necesarias para que las mujeres
se vinculen, mientras que en los hombres hacen falta la vasopresina y la
dopamina, provoca que se enamoren en diferentes momentos, por eso el que
se enamora antes se arriesga más porque se puede encontrar con un amor no
correspondido y eso duele.
Si la pareja tiene altos niveles de oxitocina, hay más probabilidades de
durar porque se sienten bien el uno con el otro; esto produce placer, que
activa la dopamina que busca más placer y que genera más oxitocina. Sin
embargo, la oxitocina en exceso baja el nivel de testosterona en el hombre, y
esto hace descender su impulso sexual volviéndole más vulnerable, con lo
que tiene más probabilidades de enamorarse.
ENAMORARSE ES UNA REACCIÓN BIOQUÍMICA
El proceso de enamorarse es una reacción bioquímica, tenemos un cóctel de
hormonas y neurotransmisores involucrados: adrenalina, dopamina,
oxitocina, feniletilamina, testosterona, y hay algunos más como las
endorfinas, el NGF y BDNF, y los efectos de serotonina y cortisol.
El enamoramiento es la fase de «perder la cabeza» que, aunque es una
metáfora, se corresponde con la realidad, tal y como está demostrando la
neurociencia. En esta fase estamos «tranceformados» y no vemos con
claridad. Nos obsesionamos con el ser querido, y nos volvemos ciegos a sus
defectos.
En esta fase se da un estado caracterizado por estas sensaciones:
Sentimiento intenso de alegría y felicidad.
Idealización de la persona amada, la vemos como única y especial.
Aumento de la energía y pérdida del ritmo normal de sueño y de apetito.
Intensos deseos de intimidad y unión física con la persona amada.
Actividad sexual frenética.
Frecuentes pensamientos obsesivos hacia la persona querida que
producen pérdida de concentración en otras cosas.
Temor al rechazo, por lo que podemos falsear nuestra imagen.
Fantasías acerca del futuro.

Cuando un hombre se interesa en el futuro, se vuelve posesivo, protector


y celoso, esto puede indicar un punto de inflexión en la relación, porque esto
es característico de lo que se llama amor romántico. Como dice Helen Fisher:
«Los seres humanos pueden sentir y expresar el deseo sexual hacia personas
por las que no tienen ninguna atracción romántica, pero cuando les sale el
instinto protector esto es indicativo del amor romántico».
Cuando un hombre está enamorado de verdad es capaz de mover
montañas por una mujer; si no lo está, no le interesas a largo plazo, pero no te
lo va a decir para no estropear la posibilidad de tener sexo fácil. Enamorarse
le hace sentirse vulnerable mientras que el sexo no, así que se va a
aprovechar de cualquier encuentro sexual que pueda tener. Por eso, muchas
mujeres se quedan perplejas cuando un hombre hace muchos esfuerzos por
conquistarla mientras la mujer se resiste, y en cuanto ella accede a tener sexo,
él desaparece.
Las mujeres se preguntan por qué no lo dicen si no quieren tener una
relación seria. Hay varias razones:

1. Decírtelo no le va a ser útil.


2. Si tú no le pides compromiso, cree que también estás solo disfrutando el
tiempo con él.
3. Si tienes sexo, a él le cuesta pararlo y tú te quedas enganchada.

La excitación sexual desactiva partes del neocórtex frontal donde están


la compasión, la ética y la moral. Para una mujer el amor es empoderador
porque cuando un hombre la ama le proporciona confianza y seguridad,
mientras que para un hombre puede ser estresante; por un lado, lo quiere y,
por otro, le da miedo porque cuando un hombre se enamora de verdad y se
compromete empieza a perder su poder y su fuerza ya que le baja la
testosterona y eso le asusta porque se vuelve más vulnerable.
Por el contrario, cuando las mujeres se enamoran, sube su nivel de
oxitocina, y su confianza aumenta y tienen menos miedo, con lo que se
pueden arriesgar más, y si tienen un orgasmo se quedan «enganchadas» y
sienten ansiedad de separación, y si protestan o persiguen a los hombres, lo
único que consiguen es desvalorizarse a sus ojos.
Según Steve Harvey, para que un hombre se enamore tiene que luchar
por conseguir a la mujer, ella tiene que ser un premio, y para ello, por lo
menos, hay que hacerle esperar noventa días antes de tener sexo. «Cuanto
más tiene que esperar un hombre para tener sexo con una mujer por la que se
siente atraído, más probabilidades tiene de enamorarse de ella».
Las sensaciones del estado de enamoramiento descritas tienen un tiempo
limitado. Las investigaciones llevadas a cabo afirman que la media está en
dieciocho meses con un máximo de treinta cuando el cóctel de hormonas
empieza a desvanecerse, porque nuestro cuerpo necesita descansar de tanta
activación y excitación. Muchas personas piensan que cuando desaparecen
esas sensaciones el amor se ha ido. Pero, en realidad, lo que ha pasado es que
el enamoramiento se ha transformado: o alguno decide romper la relación o
se transforma en cariño, que es uno de los componentes de amor verdadero o
duradero.
En el caso de Ana y Luis, parece que tuvieron un amor a primera vista y se sintieron muy
atraídos el uno por el otro. Al principio de la relación se buscaban continuamente, se
mensajeaban, se veían casi todos los días y en cuanto se encontraban querían hacer el
amor. Enseguida buscaron un piso y se pusieron a convivir. La convivencia nos pone en
contacto con la realidad y muchas veces nos baja tanto a la tierra que, aunque al principio
el enamoramiento enmascare las dificultades, estas empiezan a hacer que se vaya
desvaneciendo el enamoramiento y convirtiendo en incomodidad. Descubrir las manías de
cada cual, compartir las tareas domésticas, temas de tiempo, dinero, sexo, vienen a crear
fricción, y como Ana le hace la vida fácil a Luis, parece que él está encantado, pero ella
empieza a ver que la forma de comportarse de Luis se puede convertir en un hábito, si no
lo ha hecho ya, y va a terminar cargando con todo.
19

LAS FASES DE UN AMOR CONSCIENTE


Sabrás que te aman de verdad, cuando puedes mostrarte como eres y sin miedo a que te
lastimen.
WALTER RISO
Como hemos visto en el capítulo anterior, el enamoramiento sigue a la
atracción y la conquista es la fase 1. Es cuando los dos miembros de la pareja
quieren estar juntos, tienen una sensación de unidad, de estar extasiados el
uno con el otro, de reciprocidad mutua, y además se vive especialmente en la
cama con una intensa actividad sexual. No tienen en cuenta las diferencias,
sino las características comunes. Se comparte todo, se hacen las cosas que le
gustan a uno y luego al otro. Ambos se entienden y se sienten comprendidos.
En esta fase se tiene miedo de tener discusiones y que el otro se enfade,
así que se evitan. Una discusión parece el fin del mundo porque no se tiene
experiencia de cómo se va a resolver. Por eso muchas veces se fingen formas
de ser que no son como somos en realidad. Vivir esta fase de manera
consciente significa que en vez de aferrarse hay que aprender a dejar ir. Las
relaciones que tienen éxito aprenden a equilibrar el querer estar próximos con
no perder el control o la propia autonomía.
Cuando se desvanecen los efectos del cóctel de hormonas y
neurotransmisores que describimos, entramos en una nueva fase. La
transición de una fase a otra no es repentina, va sucediendo poco a poco y los
comportamientos también van cambiando.
FASE 2:
EL COMPROMISO QUE DA LUGAR A LA PROTESTA
La pareja se siente decidida a compartir más tiempo, puede que incluso se
vayan a vivir juntos. El deseo sexual disminuye a niveles más manejables.
Salen del dormitorio y se ocupan de crear un hogar como forma de expresar
su amor. Aquí es donde se fomenta el vínculo y el compromiso.
Mientras que la fase anterior estaba enfocada en especial en las
sensaciones, emociones y deseos, ahora nos empezamos a centrar en las
diferencias. Todo lo que no podíamos ver en el enamoramiento empieza a
salir a la superficie. La sensación de unidad que sentíamos químicamente se
desvanece y apreciamos los defectos y las cosas que nos molestan.
Puede que sigamos enamorados de la idea de lo que es una pareja feliz,
pero no nos sentimos completos ni satisfechos. Afloran nuestras necesidades,
algunas actuales y otras del inconsciente, y no vemos que nuestra pareja las
satisfaga. Sabemos lo que queremos, cómo y cuándo y creemos que el otro
también lo tiene que saber, pero no nos lo está dando a propósito. Como
estamos enfadados por esto, vemos nuestros rasgos negativos en el otro
porque se los proyectamos y creemos que, protestando, conseguiremos que
cambie. Lo hacemos como cuando éramos niños, seguimos con la creencia
inconsciente de que si no logramos que el otro se ocupe de nuestras
necesidades estamos en peligro y no vamos a sobrevivir. Se ha activado
nuestro estado de Yo Niño.
Esta actitud es la misma que la de la fase de enamoramiento, y es que las
dos partes seguimos buscando sentir la unión original, y pensamos que la
pareja nos va a hacer sentirnos completos. La diferencia es que ahora la
interpretamos como que el otro nos está negando ese amor
intencionadamente. Esto conlleva un cambio de actitud, uno empieza a
protestar y a hacerse daño negando al otro el cariño y la intimidad esperando
a que el otro dé el primer paso. Se produce una lucha de poder para ver quién
cubre las necesidades de quién.
Cuando se está en esta lucha de poder la vida parece caótica, no
entendemos cómo empezó y tampoco sabemos cuándo terminará, pero tiene
cierta estructura, sigue un patrón, como lo hacen las fases de duelo:

1. Fase de shock. No nos podemos creer lo que está pasando. Nos damos
cuenta de que esta persona no es como creíamos.
2. Fase de negación. La desilusión es tan grande que no queremos ver la
realidad, intentamos hacer todo lo posible para no poner la atención en
lo negativo de nuestra pareja, pero llega un momento en que no lo
podemos evitar y nos sentimos traicionados. O ha cambiado desde la
fase de enamoramiento o nos estuvo engañando desde el principio, no
hay otra explicación. Hay un gran malestar resultado del dolor de
descubrir la contradicción entre lo que nosotros creíamos que teníamos y
lo que tenemos.
3. Fase de frustración. Sentimos enfado, ganas de atacar al otro, de
vengarnos e intentamos manipularlo para conseguir lo que queremos.
Desde este estado lo normal es que el otro se ponga a la defensiva y
empiece una batalla campal en el que se escucha: «Porque tú me has
hecho…», y el otro responde: «Pues tú me has hecho…». Lanzamos la
culpa o la responsabilidad fuera y no nos apropiamos de nuestro propio
malestar. Funcionamos como niños peleándose.
4. Fase de diálogo. Si somos capaces de manejar el enfado y la desilusión
puede que intentemos dialogar y negociar para, por lo menos, conseguir
algo que queremos: «Si me dejas hacer esto, yo hago esto» o «Puede
que, si dejas de hacer esto, yo haga esto». Aquí hay un punto de
inflexión, y tal vez busquemos ayuda de un psicoterapeuta o de un
mediador, porque cuando nos enzarzamos en reproches, ataques y
contraataques estamos en modo estrés y no podemos razonar. Es preciso
lograr que ambos nos calmemos y tomemos consciencia de lo que
podemos perder si no intentamos por lo menos dialogar. Entonces
podemos:
Llegar a la fase de falta de esperanza de que las cosas funcionen
porque el dolor se ha alargado tanto en el tiempo que nos ha
nublado por completo la razón y lo único que queremos es huir. O
también se puede dar el caso de que, para continuar, alguno de la
pareja se busque una «vía de escape», persiga fuera lo que no
obtiene dentro y se forme un triángulo. Quizás se busque un
amante, se concentre en la comida, la bebida, el juego… ¡Pero no
tiene por qué ser así!
Aprovechar que es buen momento para dialogar e intentar entender
lo que ha pasado, por qué ha pasado, cómo ha pasado y se consiga,
si ambos tienen la intención de arreglarlo, que la pareja se pueda
entender. En este segundo caso, se puede lograr pasar a la siguiente
fase.

FASE 3:
EL AMOR CONSCIENTE
En esta fase, en vez de hacerlo desde la parte inconsciente, empezamos a
funcionar desde la parte consciente, del neocórtex prefrontal. Desde ahí
podemos entender el punto de vista, las necesidades y los deseos del otro y
aprender a ponernos en su lugar. Cuando lo hacemos, entendemos que, al
igual que nosotros, tiene recuerdos dolorosos que resolver, y que al igual que
nosotros, también creía que la pareja se los iba a resolver, o por lo menos que
la relación le iba a aportar lo que necesitaba.
En esta fase pasamos de pensar en nosotros mismos a centrarnos en la
relación y cómo mantenerla. En nuestro neocórtex frontal residen la empatía,
la compasión, la ética, los valores y lo que es correcto hacer, esto marca la
diferencia entre el enamoramiento y el amor verdadero. El amor es un estado
motivacional mucho más elevado que el enamoramiento, que es como un
enajenamiento temporal.
Las crisis son oportunidades y si somos capaces de entender todo lo que
nos ha sucedido, podemos empezar a dar los pasos para lograr una relación
consciente. Por eso el amor verdadero es más calmado, más nutritivo, sereno
y auténtico.
No llegamos a esta fase sin compartir y colaborar, sin dialogar y
consensuar, sin generar intimidad en vez de centrarnos en intentar atraer,
conquistar y conseguir. Este amor puede durar toda la vida porque en él hay
un nosotros: trabajamos la relación.
Una relación consciente es aquella que fomenta un desarrollo
psicológico y espiritual que se genera siendo conscientes y cooperando con
los instintos de nuestra mente inconsciente para sentirnos seguros, sanar
nuestras diferencias y sentirnos completos.
En una relación consciente, según Harville Hendrix:

1. Nos damos cuenta de que nuestra relación tiene una función importante,
nos hace de espejo para que tomemos consciencia de que tenemos que
sanar las heridas de la infancia. Por eso, en vez de fijarnos en las
necesidades y deseos actuales, aprendemos a descubrir los temas
infantiles no resueltos que nos afectan en el aquí y ahora y empezamos a
darles sentido.
2. Vemos a nuestra pareja tal cual es, no como la idealizamos en la fase de
enamoramiento ni como la demonizamos en la fase de
desenamoramiento, porque nos damos cuenta de nuestra transferencia y
proyección de la realidad. Dejamos ir estas ilusiones y empezamos a
verla tal cual es. No como una solución, sino como otro ser humano
doliente que tiene necesidades como nosotros.
3. Aprendemos a comunicar nuestras necesidades y deseos a nuestra pareja
y no esperamos que los adivine.
4. Tomamos consciencia de nuestras intenciones y dejamos de funcionar
en piloto automático. Nos entrenamos o aprendemos a convertirnos en
una pareja constructiva.
5. Aprendemos a valorar las necesidades y deseos de nuestra pareja tanto
como los nuestros.
6. Nos preocupamos de trabajarnos nuestra sombra o nuestros aspectos
negativos para no proyectarlos en nuestra pareja.
7. Aprendemos nuevas técnicas para satisfacer nuestras necesidades y
deseos básicos en vez de culpar y responsabilizar de ellas al otro.
8. Buscamos y nos ocupamos de encontrar nuevos recursos en nuestro
interior en vez de depender del otro para conseguir ese sentido ilusorio
de completud.
9. Desarrollamos la comprensión y compasión por el otro, lo que nos
conecta con nuestro auténtico ser y nuestra espiritualidad.
10. Aceptamos el reto que conlleva conseguir que nuestra relación sea
duradera y nos ocupamos de ser un buen compañero y nos damos cuenta
de que una buena relación requiere compromiso, disciplina y valor para
crecer y desarrollarnos, y es un trabajo duro.

Mantener una pareja consciente requiere dedicación, que permanezca en


el tiempo, y sin embargo, parece que todavía muchos tenemos parte del
pensamiento mágico del niño que cree que la leche aparece en una botella.
No queremos hacernos cargo de que ha habido que ordeñar la vaca,
transportar la leche, embotellarla… etc. Da la sensación de que no queremos
aceptar la responsabilidad de satisfacer nuestras necesidades, deseamos
enamorarnos y que otro nos las satisfaga. Esto quiere decir que ponemos la
fuente de nuestras frustraciones y soluciones ahí fuera, la «externalizamos» y
no nos apropiamos de nuestras propias dificultades. De la misma manera que
mantener una amistad requiere tiempo y energía, una pareja exige lo mismo y
más paciencia, sensibilidad y empatía. Nos cuesta entender que para ser
amados tenemos que aprender a amar. Hemos de cambiar nuestras ideas
acerca de las relaciones, nuestra pareja y nosotros mismos.
Un amor consciente es más maduro, y atravesará las diferentes etapas
que describimos en el capítulo 9 y llegaremos a la etapa de interdependencia
que viene a continuación.
FASE 4:
COLABORACIÓN, DE CINCO A QUINCE AÑOS DE PAREJA
Puede ser un momento en que una pareja apoya a la otra para hacer algo en
común. La relación vuelve a tener un resurgir, por ejemplo, si tienen hijos o
proyectos comunes. La seriedad y la sensación de fiabilidad remplazan la
inseguridad y el miedo a la pérdida de las fases anteriores. Aquí se produce
una vuelta al entusiasmo que trae nuevas cosas a la relación y evita el
aburrimiento.
Ya hemos desarrollado las destrezas de la convivencia, estamos al tanto
de lo que piensa el otro y ya sabemos resolver las diferencias. Los problemas
más comunes tienen que ver con dar las cosas por hecho, o el que las
personas crezcan a distintos ritmos. Si hay mala comunicación, un integrante
de la pareja se mete demasiado en el proyecto y se olvida de la otra parte.
Hay que tener mucho cuidado con la línea fina que separa tener cierta
independencia y que se empiecen a llevar vidas separadas. Esta es
posiblemente la fase más difícil y por eso la media de lo que duran las parejas
en España suele estar alrededor de quince años. En esta fase aprendemos
generosidad. Si en la primera parte la compatibilidad y las metas comunes
eran los ingredientes necesarios, en las fases posteriores la falta de
posesividad, tener suficiente confianza para dar libertad, es primordial.
FASE 5:
ADAPTACIÓN, DE QUINCE A VEINTICINCO AÑOS
En esta fase, las parejas se están adaptando a los cambios externos: hijos que
se van, achaques, familiares envejeciendo. Este es el momento en que las
fantasías o ilusiones de cómo podría ser la pareja se convierten en la cruda
realidad de que las cosas son como son. Aquí dejamos de querer cambiar al
otro, lo aceptamos tal cual es y, paradójicamente, puede ser el momento en
que la pareja cambie, cuando se sienta aceptado. En esta fase, la amistad, el
compañerismo y estar contentos con el otro es importante. Es un momento de
volverse a fijar en uno mismo y en nuestras apetencias, pero también puede
dar lugar a darse cuenta que uno no está a gusto y ser tiempo de ruptura,
cuando ya no se aguanta más. Muchas parejas necesitan volver a sentirse
especiales, y lo pueden conseguir si se prestan un poquito de atención
mutuamente. Los problemas más comunes son que han caído tanto en la
rutina que saben qué esperar del otro, se ha perdido la expresividad y cuesta
mostrar las emociones. Muchas veces se piensa que es difícil cambiar la
relación y que la única alternativa es dejar la pareja. A veces las personas
entran en crisis y para tener de nuevo sensación de seguridad, se vuelven a
fases anteriores, por ejemplo, querer hacer cambios en la casa, o las mujeres
que han estado cuidando de los demás se quieren encontrar a sí mismas. Una
pareja puede pensar que la otra tiene demasiado de que preocuparse y no le
cuenta sus preocupaciones y problemas. Es un momento en que surgen temas
del pasado no resueltos, bien por crisis o por identificación. En esta fase, el
ingrediente necesario para que funcione la pareja es practicar la escucha
activa.
FASE 6:
RENOVACIÓN, DE VEINTICINCO AÑOS DE RELACIÓN HASTA MÁS
DE CINCUENTA
Hay bastantes parejas mayores que son las más cercanas y románticas. En la
primera fase, la cercanía y el contacto se basaban en la posibilidad de un
futuro juntos, ahora es la realidad de haber superado el pasado y vivir el
presente. Los que quieren renovar sus votos dejan de mirar fuera para mirar
hacia dentro, es como si hubiéramos cerrado el círculo y volvemos a la fase
de poner el énfasis en la pareja. Los recuerdos compartidos, los chistes
privados… son muy importantes para renovar la pareja. Los problemas
comunes son que, en esta fase, al igual que en la primera, se puede tener
miedo de hablar de los problemas y diferencias. Asimismo, los problemas de
salud llegan a convertir el contacto en claustrofobia. En esta fase hay que
desarrollar la paciencia. Según envejecemos nos volvemos una caricatura de
nosotros mismos.
Las fases mencionadas no tienen por qué durar el mismo número de
años para todos, dependen de en qué etapa de la vida se comienza la pareja.
Las tres primeras fases se dan en mayor o menor duración en todos los casos,
mientras que las fases 4 y 5 tienen una duración menor en parejas que se
conocen más tarde en la vida y segundas relaciones. La fase 6 se da en todos
los casos. Tampoco tienen por qué darse las fases con la misma intensidad,
hay personas que o no tienen hijos o proyecto, o lo tienen antes de vivir
juntos.
Ana y Luis ya han establecido un compromiso y están entrando en la fase de protesta, por
lo menos por parte de Ana, que está viendo que, si no comunica lo que desea y necesita,
Luis se va a acomodar y ella se va a tener que hacer cargo de todo. Ana ya empieza a estar
molesta y algo resentida. Por suerte, es un buen momento todavía para empezar a dialogar
en vez de querer dejar la pareja o buscarse una vía de escape. Al venir a terapia, Ana tiene
la disposición de arreglarlo, pero en una pareja no vale que solo una parte esté dispuesta a
resolver lo que sea, hace falta que ambas partes quieran hacerlo. Así que empezamos a
trabajar los miedos que tiene Ana respecto de hablar con Luis. Se da cuenta de que son los
mismos que tenía a la hora de comunicarse con su padre, así que está haciendo una
transferencia. Cada vez que trataba de dialogar con su padre, este le daba una lección y al
final no servía para nada, por eso, inconscientemente, piensa que Luis va a responder
igual. Obviamente, no tiene por qué ser así. Además, ella está presuponiendo que Luis va
a responder como lo haría ella (le está proyectando su malestar) y es replegándose y sin
asumir las cosas, igual que hacía con su padre. Se iba con su malestar y sin conseguir
nada.
20

EL TERCERO EN DISCORDIA:
LOS TRIÁNGULOS EN LAS RELACIONES
Es más fácil quedar bien como amante que como marido,
ya que es más fácil ser oportuno e ingenioso
de vez en cuando que todos los días.
HONORÉ DE BALZAC
Los sistemas de dos personas son estables cuando están en calma, pero
cuando sube la ansiedad son difíciles de manejar. Si la tensión de la pareja se
incrementa más allá de un nivel, que varía en cada individuo y depende del
contexto, se pueden producir tres opciones:

1. Conflicto.
2. Distanciamiento, tanto físico como emocional (estar presente en una
casa, pero no estar ahí).
3. Incluir una tercera parte o persona.

Una pareja inestable se puede estabilizar o desestabilizar porque se sume


una tercera persona.
Un triángulo es una relación de tres personas o partes. Se da cuando la
tensión entre dos se hace intolerable y se trae a una tercera parte o persona
para aliviar el malestar. También se produce como mecanismo para ajustarse
a la cantidad de intimidad que una persona puede manejar. Cuando hablamos
de parte es porque podemos incluir un hobby, una actividad, una adicción con
la que se vincule una de las personas y no necesariamente una tercera
persona.
Son interacciones complejas que tienen orígenes, dinámicas,
experiencias y significados tanto personales (intrapsíquicos) como
relacionales. Por ejemplo, la estabilidad de una pareja puede variar si se
añade o se resta una tercera persona dependiendo de si la relación entre la
pareja es estable o inestable. Estable no es sinónimo de sano, de igual manera
inestable no es sinónimo de malsano.
TRIÁNGULOS INTERNOS
Se pueden dar triángulos internos: una parte de mí que quiere algo, otra parte
de mí quiere otra cosa y otra observa esta dinámica.
Este triángulo se produce porque yo no estoy siendo sincero y honesto
conmigo mismo, y puede ser porque:

1. Soy deshonesto con alguien respecto a mis sentimientos.


2. Puedo estar ocultando información, una parte de mí la oculta, otra quiere
desvelar el secreto.
3. Porque tengo un conflicto entre lo que quiero, deseo y necesito.

Cuando me doy cuenta, puedo ayudarme a explorar lo que cada una de


estas partes representa para mí. Cuando considero todos los aspectos, llego a
descubrir partes de mi ser interior que me ayudarán a resolver este triángulo:

1. Mi consciencia de que estoy en un triángulo y mi responsabilidad y


trabajo para resolverlo.
2. Mis proyecciones, qué parte de mis temas no resueltos he proyectado en
otros.
3. Mis compulsiones a la repetición o patrones repetitivos que sigo
actuando.

Puedo ser capaz de hacer la conexión entre mi conflicto actual y mi


conflicto pasado de forma cognitiva y experiencial, y cuando lo hago puedo
realizar el duelo (dejar salir el dolor) de las emociones que he acumulado de
mi trauma no resuelto, lo que me ayudará a salirme de este triángulo, y en las
que puedo haber incurrido para manejar este malestar.
TRIÁNGULOS EXTERNOS
Luego están los triángulos externos que tienen que ver con personas,
actividades y/o objetos. Por ejemplo, un miembro de la pareja se entretiene
con un hobby y mediante este regula cuanto tiempo se involucra con la
pareja. O cuando un miembro de la pareja tiene actividades con amigos o
amigas que no incluyen a su pareja, estas salidas también sirven para regular
la cantidad de intimidad que quieren tener con el otro. Aun estando en la
misma casa podemos no pasar tiempo con la pareja porque nos involucramos
en actividades como ver la televisión, por ejemplo, y la pareja se puede sentir
sola.
Estos triángulos pueden ser funcionales o disfuncionales. Cuando son
disfuncionales, su cometido es evitar la cercanía y la intimidad en la relación,
pero si aprendemos a manejar límites claros, podemos acercarnos y
distanciarnos, involucrarnos o no para manejar la intimidad.
El concepto de triángulo existe en todas las familias y en todas las
relaciones humanas. La única diferencia es el número, intensidad y
composición de los mismos. Existen triángulos sanos en los que hay tres
relaciones bidireccionales, cada miembro funciona desde la autenticidad y la
espontaneidad. Hay movimiento entre las tres personas, se puede dar cercanía
e incluso intimidad entre cada una de las tres partes.
En una familia sana el padre y la madre resuelven el conflicto entre
ellos, aunque cada uno tenga que manejar el dolor emocional que lo
acompaña. La madre puede solventar el conflicto con el hijo sin involucrar al
padre, de igual manera que el padre puede solucionar cualquier conflicto con
el hijo. Al hacerlo, le enseñan al hijo límites claros modelando su
comportamiento e incluso mostrándole que tienen un conflicto y que lo están
resolviendo.
No obstante, si se tienen dos padres heridos y disfuncionales, el hijo no
se podrá proteger del daño y salir ileso. Al triangular al hijo, los padres
invaden sus límites y perjudican a su auténtico yo. Más tarde en su vida,
cuando ya es adulto, puede sanar su herida tomando responsabilidad de su
propia recuperación, dándose cuenta de esta dinámica y trabajando con el
dolor que le ha producido.
HAY DIFERENTES TIPOS DE TRIÁNGULOS
Los triángulos flexibles (en que la tercera persona entra y sale) pueden ser
útiles, mientras que los inflexibles (es una relación a tres de forma
continuada) pueden ser problemáticos, como en el caso de la suegra que
interviene continuamente. Los triángulos funcionan a lo largo del tiempo
porque cuando se va un integrante, la suegra, se puede incorporar un nuevo
miembro, una amiga.
Los triángulos problemáticos se dan cuando algún componente toma
partido en una disputa y hay un desequilibrio de las fuerzas dos contra uno;
esto puede pasar cuando los padres intentan convencer a un hijo de que se
ponga de su parte. O cuando alguno siente más simpatía por una persona que
por la otra puede crearle celos y enfadarla. O el que se forma al mantener
separadas a dos personas por creer que no se llevarán bien, como la mujer y
la cuñada o el marido y el cuñado.
EL COMETIDO DE UN TRIÁNGULO
El cometido de un triángulo es estabilizar el sistema de dos personas cuando
está en peligro de desintegrarse. Si ambas se pueden interesar o distraerse por
una tercera persona, objeto, asunto o fantasía, eludirán afrontar los temas
reales o amenazantes entre ellos. En última instancia el triángulo les ayuda a
evitar desarrollarse a sí mismos y resolver parte del problema. En
contraposición, dos personas que comparten un interés común o una actividad
de forma sana pueden trabajar el conflicto y nutrir o enriquecer la relación.
Los triángulos se aprenden dentro y fuera de la familia y son el resultado
de cómo de heridos e indiferenciados están los miembros de la pareja. Cuanto
menos se conocen, menos autonomía tienen, más importantes resultan los
triángulos para conseguir algún tipo de estabilidad emocional.
Como el estrés y el cambio disparan el miedo y otras emociones
dolorosas, estas reactivarán las dinámicas activas del triángulo. Si los
miembros pueden mantener su autonomía y funcionar como su auténtico ser
con límites claros, la triangulación es mínima y el sistema es estable.
ROLES EN LOS TRIÁNGULOS: VÍCTIMA, SALVADOR Y
PERSEGUIDOR
Normalmente, los que participan en un triángulo de forma regular encajan en
la descripción de una persona codependiente y por ello puede hacer
cualquiera de los roles del codependiente: complaciente, la persona que
sobresale, el inadecuado o fracasado, el perfeccionista, la víctima, el mártir,
el adicto, el compulsivo, el grandioso, el egoísta o narcisista. Cada uno de
estos roles puede aportar diferentes aspectos al comportamiento de cualquier
miembro del triángulo.
Cualquiera de los roles del triángulo genera malestar y sentimos que no
tenemos poder personal; muchos tienen un rol por defecto con el que están
acostumbrados a funcionar. Los miembros de un triángulo con frecuencia
toman roles rígidos que tienden a mantener, pero estos también pueden
intercambiarse, como el triángulo dramático de Karpman donde se dan tres
roles intercambiables: víctima, perseguidor y salvador.
Hay miembros del triángulo que son los que, al no sentirse bien consigo
mismos, pueden generar el dolor emocional en otros y se pueden llamar
generadores. Este generador, que también puede ser un «perseguidor», puede
crear el tono emocional de los miembros y ser el primero en alterarse e
incluso amplificar el problema potencial, aunque no sea la causa del mismo.
También se puede dar el rol de amortiguador, que usa la distancia
emocional para controlar su reactividad a los comportamientos de otros; en
situaciones de mucho estrés adquiere la responsabilidad de calmar a los otros
y, en estos casos, podemos decir que toma el rol de «salvador».
La mayoría de las personas que están en un triángulo actúan los tres
roles, por ejemplo, podemos percibirnos como una víctima y acabar como
perseguidor, o podemos percibirnos como un salvador y terminar
sintiéndonos como una víctima mientras que esa persona puede vernos como
un perseguidor.
Una persona en la relación puede tomar el rol o parte del rol de otro que
no le corresponde. Por ejemplo, cuando la hija (salvadora) termina
consolando a la madre (víctima) frente al maltrato del padre (perseguidor)
cuando tendría que ser a la inversa. Esto hace que la madre y la hija se alíen y
la hija se convierte en cuidadora de la madre, aunque esta no ceda el control.
Aunque la hija no puede comportarse como una niña, se siente especial y
trata de ser buena (salvadora), pero, según crece, las consecuencias
perniciosas de este triángulo se vuelven más pronunciadas y puede
deprimirse por no poder con la carga de la madre.
También se puede dar el doble vínculo, que es cuando no hay salida
donde se pueda ir la persona. Están condenados tanto si lo hacen como si no
lo hacen. La hija del ejemplo anterior esta pillada si sigue apoyando a la
madre, deja de poder comportarse como una niña y, si deja de hacerlo, tiene
miedo y se siente culpable de que la rechacen. Este comportamiento se puede
continuar en la edad adulta y por la compulsión a la repetición puede recrear
situaciones en que no existen alternativas para encontrar una solución.
Lo que nos mantiene enganchados en un triángulo son las emociones
sociales de culpa, vergüenza, celos, orgullo, desdén, etc. Cuando alguien
quiere hacernos sentir culpable es síntoma de que pretenden meternos en un
triángulo y para quedarnos fuera nos podemos dar permiso para sentir esa
culpa sin tener que asumir ninguno de esos roles; entonces aprendemos a
sostener la culpa y liberar el malestar.
Otras emociones sociales como la vergüenza, la envidia y los celos
también nos pueden enganchar en el triángulo, pero si nos trabajamos las
emociones podemos desengancharnos. Cuando somos auténticos y decimos
la verdad sincerándonos con los sentimientos, se abre la puerta del triángulo,
pero para eso hemos de permitir que los demás nos perciban como «el malo»;
aunque esto no nos haga ser el malo, en este caso tomamos el rol del
perseguidor. Pero si no queremos ser vistos como el malo, podemos volver a
colocarnos en el rol del salvador y nos incluimos otra vez en el triángulo. Si
ya estamos en el triángulo de nuevo y queremos salir, tenemos que estar
dispuestos a que los dos nos vean como el perseguidor o el malo.
SÍNTOMAS Y CONSECUENCIAS DE UN TRIÁNGULO
Los triángulos se detectan por los síntomas, que también suelen ser las
consecuencias, y que pueden incluir:

1. El conflicto original no resuelto y el dolor que daña a la persona y le


predispone para estar involucrado en triángulos. Un primer triángulo es
nuestro auténtico yo, nuestro falso yo y nuestro yo idealizado. Si no
podemos funcionar desde nuestro auténtico ser, con límites claros para
protegernos y mantener nuestra integridad, será difícil que no nos
veamos implicados en triángulos. Esta herida es el resultado de vivir en
familias disfuncionales donde los triángulos son el día a día.
2. Un yo herido y dolorido (que puede sustituir nuestro yo ideal). Se puede
manifestar como una enfermedad recurrente en cualquier área de la vida,
tanto física como mental, emocional o espiritual. Porque el auténtico yo
se ha escondido y estamos funcionando desde nuestro falso yo, que se
alimenta de relaciones disfuncionales, incluyendo el estar involucrado
en triángulos.
3. Límites malsanos. Son tanto la base como la manifestación de estar
involucrado en triángulos. Sin límites no podemos proteger y sostener
nuestro auténtico yo, que es el que nos mantiene en relaciones sanas.
4. Confusión interna y externa, y dolor, que puede estar acompañado de
entumecimiento. Se da cuando nuestro falso yo tampoco logra mantener
la calma.
5. Compulsión a repetir. Es un síntoma y consecuencia de estar
involucrado en triángulos, y esto es un tipo de compulsión a la
repetición cometiendo el mismo error una y otra vez.
6. Ser un chivo expiatorio. Es identificar una persona, cosa o lugar en el
triángulo como la víctima o el problema. Debajo de todo esto podemos
ver que las tres partes son a la vez víctima, problema y posible solución.
Por ejemplo, el padre y la madre pueden evitar un conflicto enfocándose
en el hijo. Esto es una parte del triángulo. La madre y el hijo evitan
darse cuenta de las dificultades de estar demasiado involucrados
teniendo un enemigo común, el padre. El padre y el hijo eluden tratar la
distancia que tienen relacionándose indirectamente a través de la madre.
Todos los miembros del triángulo participan en perpetuarlo y ningún
triángulo puede persistir sin la cooperación activa de sus miembros.

TRIANGULAR ES UNA TÁCTICA DE MANIPULACIÓN


Se produce cuando una persona no se comunica directamente con otra
persona y, sin embargo, se usa una tercera para comunicarse con la segunda
formando un triángulo. Esto también se puede referir como una forma de
dividir una pareja y una tercera manipula la relación controlando la
comunicación entre ellos. También se utiliza para manipular una relación de
dos haciendo que se enfrenten.
En un sistema de triangulación familiar, una tercera persona se puede
usar como un sustituto de comunicación directa o como mensajero para
mantener la comunicación con el otro. Por ejemplo, si el padre y la madre
tienen un conflicto que no pueden resolver, uno de ellos puede involucrar al
hijo y de esa manera el conflicto o tensión se puede transferir a la interacción
entre los otros dos. Esto está enseñándole al hijo límites malsanos y
haciéndole daño, porque le encargan de algo que no le pertenece.
CÓMO MANEJAR O DEJAR UN TRIÁNGULO
En el proceso de dejar el triángulo empezamos a ser conscientes de nuestra
vida interior incluyendo nuestros sentimientos, emociones, deseos,
preferencias, necesidades, así como los motivos por los cuales nos hemos
metido en el triángulo. Tenemos que estar abiertos a mostrar nuestro
auténtico ser con unos límites sanos y dejar que los demás experimenten sus
sentimientos y necesidades sin que nosotros tengamos que salvarlos. Si los
otros están dispuestos a experimentar sus sentimientos y decir la verdad, es
muy probable que el triángulo se disuelva. Si no, es posible que nosotros
acabemos siendo el malo.
También podemos jugar al triángulo en nuestra cabeza cuando
escuchamos las voces que nos agreden, nos humillan o nos dicen lo que
deberíamos hacer. Estas son las voces de nuestra familia disfuncional. Estos
«deberías» son los que nos han hecho crear nuestro falso yo. Tenemos que
recordar que son falsos, no tienen que ver con quién somos, quiénes son los
otros o cómo funcionan las relaciones sanas. Son la interpretación de lo que
otros consideran bueno o malo.
Cuando estamos participando en una relación con alguien que vive en un
triángulo tenemos que estar alerta para que no nos enganche. Es difícil estar
cerca de las personas que funcionan en triángulos porque tienden a
engancharnos, en especial si no sabemos poner límites. Estar en un triángulo
es como no estar plenamente porque es una vida de falsedad, de falta de
autenticidad, tiene que ver con el dolor de la falta de atención y amor.
Lograr un yo sano que incluye: a) ser autónomo, b) tener límites sanos,
c) detectar que se pueden dar los triángulos para evitar que se den, d)
aprender destrezas para deshacer el triángulo, e) mantener la neutralidad (en
un triángulo que está la diada A y B conseguir que C se mantenga neutral) y
dejar de ser un triángulo, f) ser tu auténtico ser y tener autonomía emocional
y g) actuar para evitarlos o salirse del triángulo.
Para estar sano y ser autónomo se requiere haber trabajado los asuntos
inconclusos que pueden interferir en que nos apropiemos, responsabilicemos
y trabajemos nuestros temas pendientes. Cuando conseguimos tener un yo
sano, eso nos permite salir del triángulo.
Lo que vamos a tener que trabajar para lograr tener confianza y
autoestima en nuestro auténtico ser es el miedo al abandono, nuestra
necesidad de control, el pensamiento dual (todo o nada), nuestra tolerancia a
comportamientos inapropiados. Esto lo hacemos siendo auténticos y
objetivos, trabajando nuestros sentimientos y emociones, creando límites
claros, obteniendo ayuda externa, por ejemplo, un psicoterapeuta.
Otras dinámicas que se dan en los triángulos son: diferencias de poder,
cambio de roles, dobles enlaces y secretos. Cualquier combinación de estos
nos puede volver a meter en un triángulo o mantenernos atascado en uno.
DIFERENCIAS DE PODER
En las diferencias de poder, uno o dos miembros del triángulo tienen algún
poder sobre los otros que puede ser destructivo para los individuos y para la
relación. Por ejemplo, los padres tienen poder sobre los hijos y estos son
vulnerables a los comportamientos de ellos. A no ser que los padres estén
sanos, será muy poco probable que tengan una relación sana.
Según nos vamos desarrollando y tomando más consciencia,
aprendemos que tenemos diferentes formas de poder. Desde lo más primitivo,
que es la fuerza física o fuerza financiera (dinero), pasando por la
manipulación (maniobrar para conseguir las cosas indirectamente), seguido
de persuasión y asertividad, en orden de consciencia. Cuando estamos
plenamente conscientes y presentes, podemos darnos cuenta de lo que está
sucediendo en el aquí y ahora, y desde la aceptación, comprensión y
compasión nos permitimos dejar ir al otro y acompañarle con el amor
incondicional. Así que recobramos nuestro poder con consciencia y
responsabilidad. Poder = consciencia + responsabilidad (responder con
habilidad) y para hacerlo tenemos que ser capaces de poner límites sanos.
SECRETOS
Un secreto es algo que nos han dicho que no debemos desvelar, algo
importante que las personas pueden ocultar a otros. Hay dos tipos de secretos:
sanos y tóxicos. Un secreto sano es una confidencia privada. Si conservamos
ese secreto no nos hará daño. Pero mantener un secreto tóxico (que puede
dañar a otra persona) puede ser perjudicial para nosotros y otros y nos pueden
hacer daño porque hemos creado un triángulo. La persona que tiene el secreto
puede vivir un conflicto interno que le puede bajar la autoestima, incrementar
la culpa y bloquear la capacidad para hacer el duelo de la pérdida de la
verdad que le genera dolor. El que guarda el secreto llega a tener la ilusión de
que tiene poder sobre los demás, porque tiene la posibilidad de contarlo a
alguien, incluso se puede utilizar como un punto de poder o apalancamiento.
Pero los secretos son destructivos para los individuos y las relaciones. A
veces, el secreto no se trata de información concreta, sino de la intención de
uno de los componentes. Los secretos son de las cosas más difíciles de
manejar para la persona a la que se le ocultan.
LA INFIDELIDAD
La infidelidad tiene mucho que ver con la intimidad. Puede darse por la falta
de ella en la relación primaria o por la necesidad de buscarla en otra relación
o por la incapacidad para mantenerla.
La infidelidad nos obliga a ver la verdad con respecto a nuestra relación,
siempre es un problema de la pareja, no un asunto individual. Ninguno de los
miembros es víctima y el otro perseguidor. La infidelidad es un síntoma de
que algo no va bien en la relación. Parece indicar lo que le falta o necesita la
pareja que es infiel, pero en realidad puede revelar a lo que tiene miedo. Por
ejemplo, a enfrentarse al problema, a mostrar su vulnerabilidad, su ternura,
sus ganas de jugar, de sentir plenamente.
El tercero no es la causa de la distancia, sino que puede estar siendo
utilizado para conseguirla. La adquisición de un nuevo amante puede ser el
único modo de abandonar la relación o provocar una crisis para tener que
abordar las dificultades o una forma de buscar satisfacción en áreas de
necesidad que la pareja primaria es incapaz de satisfacer. Por ejemplo, se
puede gratificar la necesidad de seguridad en el matrimonio y de erotismo y
dominación con el amante.
Aunque la infidelidad puede ser una medida atrevida y extrema para
hacer que la relación sea tolerable cuando parece haberse vuelto insoportable
y la intimidad imposible, aquellos que evitan la intimidad con la pareja
primaria lo más probable es que tampoco la puedan tener con la amante. El
secreto y las restricciones de tiempo con una amante hacen que la intimidad
también sea imposible en la relación.
La infidelidad también hace aparecer los miedos al abandono en la
persona engañada, incluso la traición, que puede conectarnos con un apego
inseguro que está sin resolver y esto explica la sensación de impotencia,
miedo y dolor de la persona que dejan atrás. La infidelidad es una metáfora
de lo que sucedió hace mucho tiempo o que ha continuado sucediendo, la
pérdida o ausencia del amor. Una vez que vemos que nuestra angustia no se
corresponde por completo al abandono de esta pareja, sino que activa
recuerdos de nuestro pasado, podemos tomar consciencia de lo que tenemos
que reparar. Entonces la decisión del otro de abandonarnos nos ha
proporcionado la oportunidad de lo que realmente merece nuestra atención,
que es que nos trabajemos a nosotros mismos.
En el caso de Ana y Luis, Ana ha optado por venir a psicoterapia, yo conformo un
triángulo, pero en este caso estoy ayudando a que funcione la pareja, primero
consiguiendo que Ana se dé cuenta de todo lo que hemos estado viendo, y ahora le toca
hablar con Luis. Pero si no se atreve a hacerlo directamente en pareja, pueden acudir a
terapia los dos juntos para hacer que salgan estos temas y se puedan resolver. De hecho,
los triángulos no tienen por qué ser malos, pueden ser útiles para que la pareja funcione y
proporcionar una relación que les ayude.
21

LA COMUNICACIÓN EN LA PAREJA
El primer deber del amor es saber escuchar.
PAUL TILLICH
Desde el momento en que entramos en contacto con otra persona, aunque sea
en la distancia, nos estamos comunicando. La comunicación no es solo
hablar, es estar, es moverse, son los gestos, los tonos que expresa nuestra
pareja. Aprendemos a comunicarnos con ella desde el principio de la relación
por ensayo y error. Vamos viendo cómo responde a lo que vamos diciendo y
nos adaptamos para que la conversación fluya.
Cuando estamos enamorados nos comunicamos con los seis sentidos
(incluimos el cuerpo y postura), prestamos toda la atención, miramos a
nuestra pareja fijamente, escuchamos cada palabra, cada tono, registramos los
gestos, las expresiones, las posturas y vamos fijándonos en cada detalle.
Estamos funcionando desde la curiosidad, el interés, las ganas de conocer al
otro plenamente. Entonces sabemos escuchar. Si queremos escuchar
atentamente para facilitar que la comunicación fluya tenemos que volver a
adoptar la actitud que teníamos cuando estábamos enamorados.
A. Lo primero para que la comunicación fluya es saber escuchar, que
significa estar plenamente presente para el otro, interesarte de forma genuina
en lo que la pareja tiene que decir; no basta oír, hay que escuchar atentamente
para intentar entender al otro y para eso hay que tener respeto por lo que nos
comunica, aceptación de su persona y empatía o la capacidad de ponernos en
su lugar e intentar entender su mundo, su contexto, qué le motiva, qué le
mueve a hacer lo que hace.
Todos podemos tener diferentes opiniones o puntos de vista sobre las
cosas, pero hay que intentar entender esa forma de ver la vida sin descartarla,
aunque no coincida con la nuestra. Para ejercitar la escucha la mejor manera
es, antes de contestar, reflejar o resumir lo que has entendido de lo que la otra
persona ha dicho. Por ejemplo: te escucho…, me llega…, y repetir o
sintetizar lo que has entendido que ha querido expresar el otro. Esto ayuda a
asegurarte que comprendes bien.
Para que se dé una escucha atenta y correcta es primordial no
interrumpir, cuando lo hacemos, cortamos el discurso de la persona; lo
adecuado es dejarla terminar y luego preguntar u ofrecer tu opinión. No
obstante, es conveniente antes de empezar una conversación, sobre todo si es
delicada, marcar unas reglas como: «Por favor, escúchame hasta que
termine… Por favor, no me interrumpas, hazme una señal de que quieres
decir algo para que yo pueda terminar mi razonamiento, etc.».
Lo siguiente es no juzgar, ya nos han juzgado suficientemente en nuestra
familia de origen y esto nos pone a la defensiva, por lo que es importante
evitar las valoraciones respecto a lo que ha dicho la otra persona. Cuando un
integrante de la pareja se siente juzgado, se pone a la defensiva y la
comunicación no fluye. Al juzgar estamos etiquetando al otro y creando un
espacio entre nosotros y él.
De la misma forma que juzgar nos pone a la defensiva, cuando alguien
nos quiere dar consejos o solucionarnos lo que estamos planteando, no se da
cuenta de que nos está haciendo de menos. Cuando alguien quiere consejo lo
pide: «¿Tú qué opinas? Aconséjame». Ofrecer consejos gratuitos sin que nos
los hayan pedido nos hace sentirnos de alguna manera ninguneados. Esto lo
viven especialmente mal las mujeres, que necesitan expresarse y que las
escuchen sin que les den soluciones, porque cuando las parejas pretenden
hacer eso, lo interpretan como que lo quieren resolver rápidamente para pasar
a algo más interesante y no quieren saber cómo se sienten.
En relación con dar consejos está el no asumir la responsabilidad del
otro; las personas no se comunican únicamente para solucionar problemas,
sino también para compartir, comentar, establecer contacto y generar
conexión. Así que cada uno tiene que apropiarse de lo que comenta.
En las relaciones de pareja, sobre todo las mujeres quieren compartir
sentimientos y que se entienda lo que sienten; los hombres se suelen ir más a
los pensamientos y defender lo que creen. Esto dificulta la comunicación. En
terapia, tengo que empezar enseñándoles a los hombres a nombrar
sentimientos y emociones. A poder comunicarse desde ahí porque las
emociones y sentimientos son universales y a ese nivel nos podemos
entender, aunque cada uno los maneje a su manera. Es importante que
entendamos los sentimientos y emociones porque todos los tenemos y saber
empatizar (o ponernos en el lugar del otro) nos hará sentirnos más próximos,
más unidos.
B. Otro factor importante es saber expresarnos correctamente, así, el otro
podrá entrar en nuestro mundo y comprender lo que nos sucede. Para eso
tenemos que hablar en primera persona, cómo me siento yo, no cómo tú me
haces sentir (tenemos que tomar responsabilidad de lo que sentimos, el otro
no nos puede hacer sentir sin que nosotros asintamos). Qué pienso yo, no
cómo creo que piensas tú. En vez de deducir por qué la otra persona hace
algo preguntar: «¿Qué te ha hecho hacer eso, cómo has llegado a esa
conclusión…?». Es muy común que la gente atribuya lo que siente, piensa o
hace al otro, pero, aunque tengamos neuronas espejo que nos ayudan a captar
los estados emocionales del otro, no nos contagiaríamos si no tuviéramos
algo nuestro que nos activara la respuesta. Por eso es importante que la
referencia seamos nosotros, cómo me siento, cómo lo vivo, cómo me afecta a
mí. Además, no hay que presuponer lo que está pensando/sintiendo/incluso
qué va a hacer la otra persona, eso es proyección.
Hay cinco aspectos importantes que dificultan el expresarnos de manera
que la comunicación fluya:

1. Querer tener razón: cuando discutimos, obviamente, creemos que


tenemos razón y pensamos que el otro es un cabezota que no quiere ver
nuestro punto de vista. Pero hemos de aprender a ser capaces de ser
comprensivos, compasivos y tolerantes. Comprensivos, porque hay
muchos puntos de vista, tantos como tipos de personalidad (que hemos
visto en el capítulo 11); compasivos, porque el otro lo hace lo mejor que
sabe; y tolerantes, porque podemos aprender del otro en vez de discutir
con él. De lo que se trata es de cómo nos podemos poner de acuerdo.
Cuando alguien cree que tiene la razón, normalmente no escucha y
puede llegar al extremo de indignarse porque cree que está en lo cierto.
Piensa que la otra persona está equivocada y que la tiene que convencer
porque es una cuestión de justicia, su justicia. Pero desde aquí no se
puede encontrar un punto de encuentro. Cuando criticamos al otro, nos
distanciamos, creamos un espacio entre los dos. Incluso podemos
ignorarle, humillarle y ridiculizarle. Cuando hacemos esto puede que no
seamos conscientes de que estamos siendo abusivos y violentos con él,
porque tal vez esto ya lo hayamos vivido en casa y creamos que es
normal, pero no lo es.
2. Intentar controlar a la pareja: significa que queremos conseguir que se
comporte como nosotros queremos. No nos damos cuenta de que, en
estos casos, es como si tratáramos a la pareja como un ser inferior y nos
colocamos en una posición de superioridad porque no tenemos en cuenta
lo que él o ella quiere, desea o necesita. Esto está muy relacionado con
la anterior premisa, en el sentido de que creemos que tenemos razón y
hace que nos coloquemos en una posición de poder y que queramos
someter al otro. Los intentos de controlar pueden ser directos o
indirectos. Los indirectos son manipulación. Todos intentamos
conseguir lo que queremos en diferentes momentos y en mayor o menor
medida, pero lo que no es sano es intentar someter al otro a nuestra
voluntad. Generalmente, los hombres utilizan más el control y las
mujeres la manipulación.
Una de las ventajas de una relación amorosa es que puede ayudarnos a
sanar nuestros problemas del pasado. Nos solemos enamorar de alguien
que pensamos que va a sanar lo que creemos que nos falta o en lo que
nos sentimos inadecuados y creemos que esa persona tiene las
cualidades necesarias para ello, pero, en realidad, va a activar los
asuntos no resueltos del pasado para que podamos solventarlos. Todos
nos juntamos con aquellos que nos ayudan a completar o terminar los
temas inconclusos con nuestra familia de origen. Elegimos
inconscientemente a una Madre o un Padre y nos convertimos en ellos
pensando que con esta persona por fin vamos a ser felices. En una
relación sana no evitamos trabajar aquello que está inacabado, sino todo
lo contrario, esta relación nos puede ayudar a sanar nuestros asuntos
inconclusos. Sin embargo, no va a ser de la manera que imaginábamos,
porque en realidad nos va a poner el espejo sobre lo que tenemos que
sanar dentro de nosotros mismos.
Nuestro primer impulso es que los otros actúen como sanadores, pero
este es un trabajo que solo podemos hacer nosotros tomando consciencia
y aceptando nuestras dificultades y carencias. Cuanto más profundo sea
nuestro dolor, mayores posibilidades de que algo externo, de nuestra
pareja, nos recuerde y active el dolor de nuestras relaciones anteriores
que está sin resolver y pretendamos que él o ella cambie. Queremos
controlar el exterior y esto es una ilusión, solo podemos aprender a
manejar nuestro interior y al hacerlo cambia nuestro exterior.
Cuando combinamos la primera y la segunda forma de comportarnos,
en realidad asumimos que sabemos mejor que nadie lo que es bueno
para nuestra pareja, incluso mejor que ella misma. Es como si nos
situáramos por encima tratando al otro con condescendencia. En general,
no nos gusta que nos controlen. Tanto si intentamos el control directo o
indirecto, terminará siendo una estrategia perdedora. Cuando
controlamos hay detrás un deseo de tener más de lo que queremos para
nosotros y para ello trataremos de someter al otro para que nos
complazca, pero esto no genera amor y por eso es una estrategia
perdedora.
3. Ventilar nuestro malestar sin considerar al otro es una idea que viene de
que Freud consideraba que las emociones o se expresaban o se
suprimían; no tuvo en consideración que cabía la elección de ver cómo
se podían expresar sin hacer daño al otro. Este planteamiento surge en
los años sesenta cuando estaba bien visto ser espontáneo y realizar
catarsis, soltar nuestro malestar sin filtro porque se creía que guardarse
cosas y no ser abierto y honesto evitaría la intimidad perfecta. Pero esto
es un error. Todavía existen terapias catárticas en las que expresamos
libremente cómo nos afecta el otro. En estos casos se supone que el otro
tiene la capacidad de sostener e incluso de aguantar ese malestar, pero
esto no es cierto. Todo lo que se dice deja huella y aunque en un
momento de estrés o acaloramiento expresemos algo y luego queramos
excusarnos, hay palabras y gestos que no se olvidan y hacen mucho
daño. Cuando una persona está muy estresada, además de estar en modo
supervivencia, se vuelve egoísta y lo primero que quiere es librarse del
malestar. Puede sacarlo lanzándoselo al otro, cargándole con el
problema sin darse cuenta, pero también lo puede hacer
intencionalmente para lastimar si se siente atacado. Cuando le decimos
al otro lo que pensamos sin tener en cuenta cómo le puede afectar, no le
estamos tratando con cariño. Expresarse no es malo, pero hay que
hacerlo con tacto y suavemente. Si atacamos a otra persona diciéndole lo
mal que nos parece su comportamiento, tenemos que prepararnos para
un contraataque. No es lo mismo ventilar el malestar sin más que pedir
colaboración para buscar soluciones.
La psicoterapia muchas veces alienta la autoexpresión, y eso está bien
si se puede hacer desde la comunicación no violenta, con empatía,
respeto y compasión. En el momento en que fallan estas tres cuestiones,
estamos asegurando que va a surgir malestar. Una autoexpresión
constructiva es buena, pero no puede resultar aconsejable que queramos
detallar todo el malestar que nos creemos que nos causa la otra persona,
porque todos, en momentos de estrés o acaloramiento, decimos y
hacemos cosas que luego lamentamos.
4. Tomar represalias o venganza. Decía Confucio: «Antes de embarcarte
en un viaje de venganza, cava dos tumbas». Las ganas de vengarse
cuando alguien nos ha hecho daño es algo tan humano que todos lo
hemos experimentado. Aunque podamos pensar que nunca lo hemos
hecho, nos engañaríamos, todos hemos tenido ese sentimiento en mayor
o menor medida. Al igual que el control, la represalia puede ser directa:
«Tú crees que yo soy mezquino, pues en realidad todo el mundo dice
que tú eres mezquino y la única razón por la que tienes amigos es
porque tienes dinero» o indirecta: «Disfrutamos haciendo el amor
anoche, ¿verdad?» Contestación: «Fue aceptable». La represalia
indirecta es lo que se conoce como agresión pasiva. Es una manera de
manifestar el enfado sin expresarlo y reteniéndolo, no se declara
directamente, pero se percibe indirectamente. «El masoquista le dice al
sádico: pégame, y este le contesta: no». En la represalia directa dices o
haces algo desagradable. En la represalia indirecta no dices o haces algo
que están esperando que hagas y que es lo que nos corresponde hacer
pero nos resistimos, esto es un comportamiento pasivo-agresivo.
Normalmente hacemos represalia cuando las tres estrategias perdedoras
anteriores fallan.
Una dinámica común de represalia es atacar u ofender desde la
posición de víctima. Es como si pensáramos: «Si me haces daño, yo
puedo devolverte el daño y darte más fuerte sin ninguna vergüenza,
porque yo soy tu víctima». Cuando ofendemos o atacamos desde la
posición de víctima, terminamos en el rol de perseguidor del triángulo
dramático. Nos sentimos victimizados y con derecho a atacar porque
creemos que tenemos derecho a tomar represalias. Casi todos los
perseguidores en el fondo se ven a sí mismos como víctimas. Nos cuesta
creer que casi todos los abusadores o maltratadores cuando atacan se
consideren poderosos y dominantes, pero cuando se trabaja con ellos nos
damos cuenta de que en el fondo se reconocen como víctimas, que han
sido maltratados, abandonados o atacados antes. El 90 por ciento de la
violencia en el mundo es ofensiva desde la posición de víctima. La
violencia, tanto en forma de silencio gélido como de palabras duras, es
un acto de sentirse con derecho a dañar al otro. Está alimentado por
rabia indignada, pero no importa cuán justificado nos parezca, hay que
aprender a vivir sin violencia. Es preciso diferenciar autodefensa de un
ataque recíproco. Aunque todos sentimos el impulso de devolver un
ataque físico al ser algo visceral, también nos cuesta igualmente reprimir
los ataques verbales en forma de desprecio, humillación, ridiculización,
etc.; son comportamientos que no deberían existir en una relación sana.
La represalia, en el fondo, es un deseo perverso de comunicarle al que
nos ha hecho daño cómo nos hemos sentido para que lo pueda entender;
es como si quisiéramos hacer justicia restitutiva.
5. Retirarse, aislarse y dejar de comunicarse también es violencia. Cuando
cortamos la comunicación, cuando evitamos el diálogo, cuando no
queremos escuchar lo que el otro tiene que decir, es una manifestación
de «no me importas». El acto de retirarse se puede dar progresivamente
o de forma brusca, dejando la relación de la noche a la mañana. Cuando
la retirada es una forma de castigo tiene mucho que ver con la represalia.
Sin embargo, puede ser causada por diferentes motivos. Hay personas
que tienen miedo o dificultad para manejar el diálogo porque temen la
confrontación. Hay otras que anticipan que, si no complacen, el otro
puede vengarse de alguna forma. Otras tienen miedo al conflicto. Las
hay, en fin, que en momentos de estrés necesitan retirarse o quieren
evitar la conexión para no verse afectados por los problemas del otro.
Tomarnos un time out (tiempo muerto o descanso) puede ser útil si se
acuerda de antemano, por ejemplo, para bajar la emoción cuando
estamos muy alterados, porque si se intensifica y nos acaloramos y
discutimos, puede terminar mal. También podemos elegir la retirada
para generar un espacio responsable. Con frecuencia necesitamos
espacio para encontrarnos con nosotros mismos y nuestras necesidades.
Podemos retirarnos porque estamos cansados o porque nos damos por
vencidos. Nos podemos apartar de la relación distanciándonos poco a
poco, empezando a llevar vidas separadas, y cuando nos queremos dar
cuenta ya no hay intimidad.
También nos podemos alejar de ciertos aspectos de la relación: dejar
de compartir sentimientos, no tener contacto físico o cualquiera de las
cinco áreas de intimidad: intelectual, emocional, física, sexual o
espiritual, y así la relación se va enfriando. O también podemos evitar
situaciones porque anticipamos que no nos van a llevar a ninguna parte.
Hay que distinguir entre retirada y aceptación madura. No es lo mismo
aceptar una situación que implica que elegimos entenderla frente a
retirarnos porque no creemos que podemos con ella y nos demos por
vencidos. Esta diferencia es el resentimiento. Si hacemos todo lo que
creemos que está en nuestras manos para cubrir una necesidad y no lo
conseguimos, podemos elegir quedarnos aceptando la situación o
retirarnos, pero continuar en la relación desde una postura de
resentimiento puede hacernos enfermar.

C. Evitar acusar o culpar al otro, en una relación de pareja la


responsabilidad de lo que sucede es al 50 por ciento, aunque cueste
entenderlo. Pese a que lo que uno hace afecta al otro, cómo se lo toma el
afectado depende de la actitud que tenga y de su capacidad para manejar la
situación. Nadie influye en ti si tú no le dejas. Es cierto que muchas personas
no saben decir que no, poner límites ni afirmarse, por lo que adoptan el papel
de víctimas, pero precisamente una relación presupone que estamos tratando
con dos individuos independientes que entran en ella libremente.
D. No dialogar cuando estamos muy cargados emocionalmente. Es
preferible descargar la emoción, tomándose un tiempo «time out» y/o un
espacio para no lanzarle nuestras emociones al otro. Muchas veces, cuando
tenemos mucha emoción, solo queremos descargarla y tendemos a hacer de
ella un arma arrojadiza. Recuerda que la emoción la tienes tú, no el otro y él
no te la puede ni activar ni borrar, solo puede escucharte e intentar
acompañarte en la emoción —compasión (acompañar en la pasión o
emoción)—, tratar de apoyarte y entenderte, pero le corresponde a cada cual
aprender a regular sus emociones. Si pretende que lo hagas tú es que se ha
ido a su estado del Yo Niño y quiere que tú le hagas de Padre.
E. La comunicación se sustenta en el diálogo, es decir que os escuchéis
mutuamente, que os expliquéis cómo os sentís y podáis empatizar el uno con
el otro. Si cada vez que tú y tu pareja habláis y termináis juzgándoos,
criticándoos, recriminando al otro desembocaréis en una discusión. Puede ser
que aún no hayáis aprendido a conversar. Por ello conviene que practiquéis la
comunicación asertiva. Esto consiste en construir las frases teniendo en
cuenta los siguientes pasos:

1. Cuando pasa X (hecho objetivo, no subjetivo ni juicio),


2. yo me siento Y (expresas cómo te hace sentir el hecho objetivo)
3. y eso me mueve a Z, ese hecho que me emociona me motiva o moviliza
para
4. te agradecería, me gustaría, que podamos (acordar algo entre los dos).

Por ejemplo, cuando tú me hablas alto, yo me siento intimidada y eso


me causa un bloqueo y ya no puedo reaccionar y por eso te agradecería que
me hablases más bajo, o cuando tú te enfadas conmigo, yo me siento pequeña
y me asusto, entonces me bloqueo, te agradecería que me expresaras tu
enfado con cuidado.
F. La intención de la comunicación es primordial. Para conseguir que el
diálogo fluya hace falta tener claro todo el tiempo que tenéis toda la intención
de entenderos, aunque estéis molestos. Tenéis que pensar que, si no lográis
comunicaros desde el respeto, las palabras ofensivas, los insultos, los malos
gestos y las descalificaciones van a dejar una huella profunda que no os va a
acercar, sino a alejar. Cuando una pareja está en crisis tiene muchos
reproches acumulados.
G. La comunicación no verbal es también muy importante porque puede ser
complementaria e incluso contradictoria con la comunicación verbal.
Queramos o no, es difícil que un gesto negativo, una mala cara no nos afecte.
Nos puede poner en guardia y desde el miedo no funcionamos óptimamente,
sino todo lo contrario, nos ponemos a la defensiva y vemos al otro como un
oponente. Si procuramos mostrar un signo positivo y de complicidad en la
pareja, una sonrisa, una caricia, un gesto cariñoso facilitará la comunicación.
Tenemos que intentar que haya un equilibrio entre la comunicación no verbal
con las palabras que también son necesarias, que el otro también desea
escuchar de vez en cuando. Es muy importante mirarse y esa mirada ha de ser
acogedora, como cuando miras con cariño. Todos necesitamos sentirnos
atendidos, apreciados, aceptados como somos y desde ahí luego podemos
aceptar cambiar cosas, pero si nos sentimos atacados nos vamos a poner a la
defensiva y ya no podemos entender al otro sino salvaguardarnos de él/ella.
H. Hay que luchar por lo que une y no hacer hincapié en lo que separa. Es
normal que haya malestar cuando la comunicación no fluye, pero en vez de
poner el acento en lo que es molesto, lo haremos en cómo os sentís cuando os
comunicáis bien. Si recordamos cómo era la comunicación al principio de la
relación cuando estabais enamorados o cuando os habéis comunicado bien,
podéis tener eso como referencia para intentar conseguir ese tipo de
comunicación de nuevo.
I. Agradecer, dar las gracias, tener detalles con el otro va a facilitar que
haya un clima de diálogo. Por el contrario, los malos tonos, las palabras
altisonantes, los ademanes despreciativos conseguirán el alejamiento. Con el
simple hecho de agradecer los gestos de acercamiento, de cariño, de apoyo
cambia la relación. Una vez que la pareja lleva años juntos dan muchas cosas
por hecho y eso no facilita la comunicación, deja muchos sinsabores.
J. Si bien es importante descargar el malestar, hacerlo sobre la pareja
empeorará las cosas. Es primordial aligerar las emociones y sentimientos
individualmente primero. Esto se puede hacer escribiéndolos, liberándolas
con psicología energética, charlando con alguien que nos escuche para luego,
desde la calma, poder dialogar sobre cómo os sentís frente al otro.
Normalmente, habremos acumulado mucho malestar, y si cada vez que algo
nos altera tiramos de él y nos acordamos de todo lo anterior, no vamos a
poder manejar el presente. Esto es algo que suelen hacer demasiado bien las
mujeres porque como tienen mucha memoria pueden enlazar lo que está
pasando aquí y ahora con lo sucedido hace muchos años.
K. Muchas veces no somos conscientes de lo que tenemos hasta que no lo
perdemos. Para ello conviene que os hagáis una lista de cosas buenas y de
otras no tan buenas. Esto os ayudará a relativizar. Para poder trabajar las
dificultades hay que recordar lo bueno. Si ponemos toda nuestra atención en
lo negativo, no veremos lo positivo. Tenemos que objetivar las situaciones.
Hacer balance, no poner todo el foco en lo que no nos gusta, sino recordar lo
que nos gusta, compensa, y por lo que vale la pena luchar.
L. Es importante aprender a pedir lo que quieres, deseas o necesitas. No
podemos pretender que el otro lo adivine o que lo intuya o lo sepa. Si
presuponemos que el otro ya sabe lo que necesitamos, pero no nos lo da,
estamos presuponiendo mala intención y eso no va a facilitar la
comunicación.
M. Es importante aprender a negociar, o consensuar, o llegar a acuerdos.
Podemos tener posturas encontradas, pero siempre, si se quiere, se pueden
alcanzar compromisos para que los dos obtengáis lo que necesitáis o deseáis
de la relación. Para ello, sentaos y reflexionad sobre lo que os gustaría
obtener de la relación y escribirlo.
N. Evitar quedarse con resentimiento. El re-sentimiento está conformado
por diferentes emociones y sentimientos que se han ido acumulando,
haciendo bola, y no solo no aporta, sino que puede crear tanto malestar que
llega a afectar a nuestra salud. Por ello hay que trabajarse las emociones y
sentimientos que nos hemos tragado, para desde la calma poder pedir lo que
necesitamos.
O. No fingir que estamos de acuerdo con algo cuando no lo estamos,
porque si hacemos esto es como si no respetáramos al otro, como si lo
menospreciáramos, es una conducta pasivo-agresiva que a la larga puede ser
muy perjudicial para la pareja.
P. Decir la verdad. Mentir junto con los secretos son venenos para la
relación. Para empezar, genera un triángulo interno: la parte de mí que quiere
ocultar algo, la que quiere expresarlo y lo que se puede expresar. Esto crea un
conflicto que nos hace tener que distraer energía de otra parte para
mantenerlo. No obstante, es muy importante pensar en el impacto que tendrá
la verdad en el otro. Si no quieres compartir algo, puedes decir: «Preferiría no
compartir esa información»; resulta obvio que te expones a que se enfade,
pero lo más probable es que si quieres ocultar algo es porque anticipas que le
va a afectar.
Q. Dejar de querer controlar el resultado. Cuando queremos controlar el
resultado no estamos teniendo en cuenta la libertad del otro. Tu libertad acaba
donde empieza la del otro. Si uno no está dispuesto, eso no es un rechazo de
ti como persona, sino que el otro no tiene predisposición a hacer aquello
especifico que tú les has pedido, y es importante hacer la distinción. Hay que
mantener el centro de atención lejos de la necesidad de controlar y manipular
al otro. Es importante poder aceptar e incluso celebrar que el otro tenga su
propio criterio y quiera cuidarse a sí mismo. Tienes que aprender a no
tomarte esto como un rechazo personal.
R. Sopesar si una relación te aporta o te resta. Observa cuántas respuestas
afirmativas obtienes frente a cuántas negativas, porque pesan tres veces más
las emociones negativas y puedes estar distorsionando la realidad y no darte
cuenta de todo lo que tu pareja hace por mantener la relación. Esto es
importante de cara a saber si permanecer en la relación o dejarla. Podrás
determinar si hay suficientes respuestas afirmativas como para que la relación
sea satisfactoria para ti.
S. Aprender comunicación no violenta para saber detectar las emociones, las
necesidades detrás de esas emociones, poder entenderlas, reflejarle a la pareja
que la has entendido y desde ahí buscar la manera de descubrir una forma de
que se puedan encontrar acuerdos.
T. Aprender a pedir perdón por haber hecho daño al otro
involuntariamente y saber aceptar disculpas. Este es un tema muy importante
en la relación de pareja porque muchas veces, por nuestro ego, creemos que
si pedimos perdón o disculpas nos considerarán débiles, cuando es justo al
revés. Cuando alguien se atreve a aceptar sus errores y a disculparse, le indica
al otro que es una persona que tiene interés en mejorarse a sí mismo y que
posee suficiente humildad para aceptar que tiene cosas que cambiar.
Ana y yo ensayamos la comunicación no violenta para que sea capaz de hablar con Luis
ella por su cuenta, siguiendo los pasos y criterios que se establecen en este capítulo. Le
digo que busque un día que estén relajados y que ella esté dispuesta a asumir la parte que
le toca, y es que no se ha atrevido a hablar antes y por eso ha estado rumiando. Le pido
que empiece diciéndole que le quiere, y que la intención de la conversación es mejorar la
relación. Que le dé las gracias por todo lo bueno y que le asegure que ella quiere hacer
todo lo posible para que JUNTOS lleguen a acuerdos.
22

LO IDEAL DE LAS RELACIONES


Encontramos el amor por azar,
pero lo mantenemos por elección.
DAWN LERNER
Si no tenemos un modelo del que podemos aprender, difícilmente vamos a
tener esperanza para hacer el esfuerzo que se necesita para conseguir una
relación sana y consciente. ¿Para qué vamos a buscar una pareja si no
sabemos lo que queremos ni el tipo de relación que necesitamos, ni las
cualidades que valoramos en una posible pareja y no hemos procesado y
aprendido de los errores y/o aciertos de las relaciones anteriores?
Lo primero que tenemos que tener son expectativas realistas de lo que
puede ser una posible relación y para ello conviene que consideremos lo que
viene a continuación:

1. La pareja perfecta NO EXISTE, somos humanos, estamos continuamente


aprendiendo y desarrollando nuevas habilidades y capacidades, por lo
que tenemos que aprender a ser comprensivos con las limitaciones del
otro, y ser compasivos del momento del otro. Sin olvidar que tenemos
derecho a pedir lo que queramos o necesitemos, pero la pareja también
lo tiene para no querer proporcionárnoslo.
2. Si hay dificultades o se acaba una relación NO ES UN FRACASO, SIEMPRE
HABREMOS APRENDIDO ALGO. Si pensamos que la relación tiene que ser
perfecta y obviamente no lo va a ser, en vez de entrar en la queja y el
reproche hemos de entender que las parejas nos hacen de espejo y nos
ayudan a ver y aprender muchas cosas de nosotros mismos en la
relación.
3. HABRÁ DESACUERDOS. Es imposible mantener una relación en la que no
existan desacuerdos, enfrentamientos, discusiones y malentendidos
porque las diferencias de género, de personalidad y de las historias
personales que cada cual trae a la relación dificultan la comunicación.
Esto tiene un lado bueno y es que las parejas aprenden a solucionar
problemas dialogando, negociando y conciliando, y un lado malo si no
se ponen de acuerdo y hay que terminar la relación.
4. SE PUEDEN TENER OPINIONES DIFERENTES, ES NORMAL E INCLUSO
ACONSEJABLE. Es natural que tengamos opiniones e interpretaciones
diferentes sobre distintos temas y eso no tiene por qué ser una dificultad,
puede ser una ocasión para dialogar, intercambiar criterios, aclarar
nuestros valores y principios. Llegar a acuerdos dialogando y
consensuando sobre los temas importantes es necesario porque de lo
contrario puede ser motivo de discusión. Los asuntos principales por los
que se discute suelen ser: cómo manejamos el tiempo propio y el
común; cómo se acuerdan las actividades y diversiones o cometidos que
se van a hacer juntos y los que se van a hacer por separado; cómo se va a
acordar el manejo del dinero, sobre la educación de los hijos, los suegros
o terceras personas y qué se determina en lo relativo a las relaciones
sexuales y la fidelidad sexual.
5. LA INTIMIDAD ES NECESARIA para mantener la pareja. Hay varias clases de
intimidad, hemos venido hablando de ella como una comunicación
comprometida, pero podemos hablar de intimidad sexual, intelectual,
emocional e incluso espiritual. La intimidad en una relación de pareja
exige que ambos tengan autoestima, trabajen para mejorarse a sí mismos
y que se establezcan límites saludables. Resulta difícil alcanzar una
intimidad sana en una relación de pareja porque exige compromiso,
ánimo y voluntad de arriesgar. El temor de sentirnos heridos por que la
pareja utilice información personal contra nosotros es algo que está en la
base de que nos podamos mostrar auténticos y esto es así porque nos
hemos sentido heridos en relaciones anteriores con personas que no
respetaron nuestra privacidad.
6. ES UN ERROR CREER QUE NUESTRA PAREJA TIENE QUE SATISFACER TODAS
NUESTRAS NECESIDADES, aunque sí hay algunas cuestiones básicas para
que la pareja funcione adecuadamente:
1. Que nos sintamos seguros.
2. Que nos sintamos queridos.
3. Que nos sintamos respetados.
4. Que nos sintamos entendidos.
5. Que nos podamos comunicar abiertamente.
6. Que nos sintamos reconocidos, importantes y especiales para el
otro.
7. Que podamos confiar en el otro y creer que nos van a ser leales.
8. Que podamos compartir intereses y saber disfrutar juntos.
9. Que nos sintamos acompañados y apoyados.
10. Que podamos disfrutar de la sensualidad y sexualidad.
Las investigaciones psicológicas acerca de las relaciones de pareja
demuestran que tenemos que poseer las siguientes características antes de
entablar una relación si queremos que sea sana y consciente.
Si tuviéramos que resumir en una palabra lo principal para que una
relación funcione esta sería ACEPTACIÓN. El amor incluye la aceptación, pero
si no somos capaces de considerar al otro tal cual es, difícilmente vamos a
acercarnos e intimar con él.
El propósito principal de las relaciones es conseguir que dos personas
funcionen como un equipo. Que permanezcan conectadas a través de la
intimidad de modo que ambas se sientan seguras y reciban apoyo por parte
del otro para sobrellevar las dificultades que surjan en la vida y esto les
genere paz y alegría.
Para tener una relación saludable y madura con otra persona, primero
tenemos que haber hecho nuestro propio proceso de descubrirnos, aceptarnos
e ir integrando las diferentes partes que componen nuestro sentido de
nosotros mismos. Es necesario haber desarrollado nuestra propia autoestima
y tener una sensación de coherencia e integridad que nos permita respetarnos
a nosotros mismos. Cuando seamos íntegros y respetables y tengamos una
buena autoestima, seremos capaces de mostrar respeto hacia el otro, aceptarle
tal cual es para poder establecer una relación. En ella, una vez que somos
conscientes de dónde estamos nosotros, podemos establecer límites para,
desde ahí, saber cuidarnos a nosotros mismos primero y saber compartir con
el otro manejando un equilibrio entre el dar y el recibir. Esta autoestima y
madurez mutua permiten aprender a generar una relación consciente y sana.
Esto se consigue fundamentalmente mejorando la relación con uno mismo y a
partir de ahí hacer lo propio con otras personas.
Harville Hendrix, experto en las relaciones habla de relaciones SANAS Y
CONSCIENTES y a continuación citamos algunos puntos suyos junto con otros
de otros autores que son importantes.
1. Seguridad para poder expresarse sin temor: que cada miembro de la
pareja se pueda sentir seguro en la relación de manera que pueda mostrarse
tal como es, y sea respetado por su individualidad y diferencias y que no le
juzguen o intenten cambiarle. Esto permite que ambos se puedan mostrar
auténticos sin tener que ocultar aspectos de sí mismos. Llega un momento en
que todos necesitamos ser amados, aceptados, apreciados, que nos muestren
afecto y que nos apoyen en nuestros sueños y deseos, como dice David
Richo.
Podemos dialogar, incluso discutir acerca de lo que queremos, deseamos
o necesitamos en lo relativo al comportamiento del otro que nos puede
molestar y pedirle si estaría dispuesto a modificarlo, pero siempre desde el
respeto. Nadie está obligado a cambiar porque nosotros queramos y si no nos
gusta somos libres de dejar la relación.
Se entiende que cada uno de los dos sabe que el otro no es cien por cien
perfecto y que se puede esperar que cometa errores. Entre ellos está el poder
violar los límites externos del otro sin darnos cuenta, pero para ello está el
otro, para establecer límites y al hacerlo resolver la dificultad que esa
trasgresión puede haber causado.
Cada uno de los miembros sabe cuáles son sus límites para mantener su
autoestima e identidad. Podemos hablar de límites inferiores —que son
comportamientos que de ninguna manera vamos a tolerar y que, si se dieran,
serían motivo para abandonar la relación— y de limites superiores —que
sería algo que nos disgusta, pero que podemos perdonar.
2. Respeto a la individualidad del otro es entender que tenemos derecho a
ser como somos y necesitamos sentir que el otro respeta nuestra
individualidad. Esto significa que van a tener en consideración nuestra
dignidad.
3. Cada miembro de la pareja aprende a ocuparse de su propio crecimiento
personal. Esto quiere decir que se comprometen a mostrar la mejor versión
de sí mismos y trabajarse los traumas con T mayúscula o t minúscula de su
infancia que pudieran interferir en su relación de pareja. Los dos se
responsabilizan de continuar su propio desarrollo personal y de que ninguno
espere que el otro sea su «salvador». Esto implica:

1. Que cada uno desarrolle su propia autoestima y ninguno espere que el


otro le estime incondicionalmente, como cuando una persona se porta
mal y dice: «Yo soy así». En una relación, antes que nada, está el
respetar y evitar hacer algo que dañe al otro.
2. Cada uno de los dos es responsable de establecer sus propios límites de
autoprotección, especialmente cuando se produce un conflicto con el
otro. De nada vale tomar el rol de víctima, somos responsables de
explicitar cómo deseamos ser tratados.
3. Cada uno de los dos asume la responsabilidad de identificar sus propias
necesidades y deseos y saber cuándo y con quién es apropiado
revelarlas. Aunque en una pareja sana los dos pueden ser
interdependientes respecto de la relación mutua, sin embargo, pueden
tener sus propias fuentes de apoyo externas, con las que pueden contar
cuando necesiten ayuda.
4. Cada uno de los dos es responsable de comunicar y compartir sus
preferencias, deseos y necesidades, tanto físicas como psicológicas, sin
pretender que uno averigüe o se haga responsable de lo que necesita el
otro, sin que este se lo pida.
5. Cada uno es responsable de aprender a manejar sus deseos, emociones y
necesidades para que estas no tomen proporciones desmesuradas que
afecten al otro. Ninguno debe esperar que el otro tolere expresiones
extremas que le hieran su sensibilidad.
6. Ambos son responsables de dialogar e incluso discutir sabiendo que las
discusiones no van a ser el motivo de la ruptura de la relación.

4. Que cada uno de los dos sea capaz de prestar atención, aceptar y apoyar
al otro cuando lo pida. Poder sentir que el otro está ahí para él/ella, que los
dos se sientan importantes para el otro.
5. Cada miembro de la pareja asume la responsabilidad de funcionar desde
un estado del Yo Adulto y darse cuenta cuando se permite estar en un estado
del Yo Niño pretendiendo que el otro le haga de Padre o salvador o cuando
pasa a depender del otro como si este fuera la autoridad o le tomara como
Padre. Debe quedar muy claro desde el principio de la pareja que si alguno se
siente pequeño y vulnerable puede pedir ayuda, pero no presuponer que el
otro se tiene que hacer cargo de la situación. Cuando éramos niños teníamos
la necesidad de mirar y confiar en nuestros padres, maestros y mentores,
personas que fueran bienintencionadas con nosotros, pero de adultos tenemos
que aprender a relacionarnos adecuadamente con nuestro propio niño interior
y no pretender que nuestra pareja nos haga de Padre o salvador.
6. Aprender a resolver los problemas y afrontar los retos en colaboración.
En todas las relaciones hay problemas que necesitan solventarse. Idealmente,
la pareja tiene que aprender a solucionar problemas consensuando y
negociando de la manera más eficaz posible. Ambos tienen que asumir la
responsabilidad de hacer lo que han acordado. Cuando alguno de los dos
empieza a querer tener la razón y a justificarse por equivocaciones o por
haber hecho algo que puede haber afectado al otro, tendrá que asumir la
responsabilidad de lo que ha hecho mal o dejado de hacer, pidiendo
disculpas, en vez de tratar de justificar qué pasó y cómo se puede solucionar.
7. Necesitamos poder contar con alguien que comparta nuestros valores,
ideales y principios, que sintamos que nos entiende, no que nos critica y
menosprecia por ser diferentes. Conviene que entendamos que esto forma
parte de nuestra relación, aunque a veces queramos quedar con terceras
personas que comparten nuestros valores, ideales y principios, sea un amigo,
conocido o colega. Nuestra pareja tiene que poder entender que esto pueda
resultarnos necesario y placentero, y que podamos incluirle o no incluirle.
8. Tener tiempo y espacio para cada uno individualmente. Cada miembro de
la pareja puede y debe tener un tiempo para sí mismo y saber poner límites a
cuánto apoyo puede ofrecer al otro sin por ello olvidarse de su propio
autocuidado. Cada uno tiene que aprender a manejar las dificultades, aunque
ambos se pueden apoyar mutuamente, pero hay que tener mucho cuidado de
que esto no se convierta en un hábito y el otro espere ser apoyado.
Cada uno debe: 1) tomar decisiones a favor de sí mismo; 2) cuidarse a sí
mismo en vez de castigar a otro por no haber cuidado de él; 3) poderse sentir
importante. Al practicar el autocuidado y mantener nuestro sentido de valor y
de poder, resultamos más atractivos porque a todo el mundo le gusta rodearse
de gente ganadora e inspiradora. Esto no quita que seamos considerados,
empáticos y respetuosos con el otro.
9. Cada miembro necesitará sentirse apreciado por el otro y saber que le
valora y reconoce sus méritos. Necesitamos poder impactar, sentir que somos
capaces de influenciar al otro sin forzar ni manipular, sino que podemos
aportarle algo. En todas las parejas se espera que ambos tomen la iniciativa
de buscar al otro, de reconocerle, apreciarle, y de querer compartir con él.
Ambos deben aprender a disfrutar mutuamente, a pesar de las diferencias
existentes entre ellos. Para esto conviene centrarse en las cosas que le gustan
del otro en vez de fijarse en lo que les disgusta. Ninguno necesita manipular,
controlar o forzar de cualquier manera a la pareja para que sea de
determinada manera. Hay que poder mantener un nivel de comodidad
aceptable respecto de las actividades que se hacen juntos y separados. El
poder disfrutar de las diferencias de la pareja es directamente proporcional a
cómo estamos dispuestos a cuidar de nosotros mismos. Cuanto mejor
consigamos cuidarnos, más reconfortados nos sentiremos permitiendo que
nuestra pareja sea como es.
10. Cinco consejos claves para que la relación fluya:
1. No culpes al otro cuando entres en un conflicto, hay que aprender que en
una relación la responsabilidad es al 50 por ciento. Si una persona
intenta imponerse, le compete al otro aprender a poner límites y
defenderse. Es importante intentar dialogar acerca de lo ocurrido y
expresar sentimientos y sensaciones, aunque esto requiera mucha
disciplina. Para ello hay que aprender a no hacer juicios.
2. Las cosas hay que resolverlas en el presente y no ir acumulando
resentimiento del pasado, porque esto va haciendo bola y el día que sale
es muy difícil de controlar.
3. Hay que comprender que cada miembro de la pareja tiene percepciones
diferentes y hemos de ser capaces de identificar las nuestras y ser
respetuosos con las ideas del otro.
4. A la vista de cualquier conflicto, no amenazar e intentar manipular con
el abandono. Esto es algo que la gente utiliza para asustar al otro y así
evitar que «gane». No se trata de ganar o perder sino de consensuar.
Podemos pedir «time out», pero amenazar con el abandono genera
mucho estrés al otro y cuando estamos en modo estrés no podemos ser
reflexivos.
5. Comunicarse con frases cortas, pero claras. Antes de plantear peticiones
o pedir apoyo, piensa lo que vas a decir y hazlo de forma clara y concisa
y procura obviar las siguientes trampas:
Evitar las quejas.
Evitar las culpabilidades, lo que supone afirmar que una persona
está en lo cierto y otra está equivocada.
Eliminar explicaciones o justificaciones de por qué haces lo que
haces, hay que asumir nuestros propios errores y equivocaciones.

Llegado a este punto, creo que he descrito lo que considero son los
temas importantes de las relaciones, aunque no en la profundidad que se
merecen, pero entonces no habría escrito un libro de autoayuda sino una
enciclopedia.
Epílogo
Como has comprobado las relaciones son complejas, y aunque he tratado los
temas más importantes, para entenderlas a fondo tal vez te gustaría
profundizar más en algún aspecto. Para ello puedes consultar la bibliografía
en la que menciono títulos que considero clave, aunque podría citar muchos
más.
A modo de resumen, quiero resaltar ciertas cuestiones que espero hayan
quedado claras:

1. La atracción sexual tiene mucho que ver con la energía masculina y


femenina. Difícilmente nos va a atraer alguien que no sea la energía
complementaria a la nuestra, independientemente del género.
2. Las personas nos interesan de dos formas:
1. A nivel consciente, porque compartimos intereses, valores,
principios comunes.
2. A nivel inconsciente, porque tenemos temas sin resolver de nuestra
familia de origen que se activan en la relación sin darnos cuenta y
que piden que los atendamos; desgraciadamente, transferimos,
proyectamos o criticamos a la pareja por temas que no le
corresponden.
3. En todas las relaciones intervienen:
1. Nuestra personalidad.
2. Nuestro estilo de apego.
3. Los diferentes estados del ego desde los que funcionamos.
4. Los roles que tomamos.
5. Nuestro niño interior herido que busca sanarse.
6. Tácticas de acercamiento/alejamiento, relaciones de poder.
7. Los triángulos.
4. Nuestra historia personal: somos el resultado de las experiencias que
hemos vivido y estas conforman nuestra programación, por lo que si
queremos relacionarnos sin miedo al pasado tenemos que trabajarlos
previamente.
5. El estrés juega un papel muy importante en las relaciones, porque
cuando estamos sometidos a él, nos encontramos en modo supervivencia
y nos falla la empatía, por lo que puede provocar discusiones y malos
rollos.
6. Si conocemos las fases que atravesamos en las relaciones de pareja
estaremos mejor preparados para saber qué tenemos que tener en cuenta
cuando las atravesamos.
7. Mantener la pasión en la pareja es complicado, pero es posible si ambos
se lo proponen, para lo que conviene tratar la relación como si fuera un
ente vivo al que hay que alimentar con actividades placenteras, novedad,
juego, etc.
8. Una actitud de curiosidad y aprendizaje nos ayudará a superar los
obstáculos que nos encontremos en el camino.
9. Practicar una comunicación asertiva basada en una buena escucha activa
e intentando que lo que le pidamos al otro lo hagamos desde la
comunicación no violenta y como una petición en vez de como una
demanda.
10. Recordar siempre que lo único que vence el miedo es el AMOR, y si
somos capaces de tener ternura, aprecio, gratitud y compasión por el
otro, elevaremos nuestra energía para vibrar en el amor que todo lo
puede.
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Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún
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Tel.: 91 296 02 00
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Primera edición en libro electrónico (mobi): junio de 2020
ISBN: 978-84-9164-872-7 (mobi)
Conversión a libro electrónico: J. A. Diseño Editorial, S. L.

Common questions

Con tecnología de IA

Las interacciones interpersonales afectan nuestra percepción de nosotros mismos al reflejarnos aspectos reprimidos que a menudo hemos trasladado a nuestra "sombra" inconsciente, fenómenos que se manifiestan especialmente en nuestras relaciones de pareja . La autoaceptación y el amor propio son esenciales para evitar relaciones dependientes, lo que significa que no podemos esperar que otros satisfagan carencias que no han creado . Las relaciones saludables requieren trabajar primero en nuestra autoestima y autoamor antes de depender de los demás, estas habilidades nos permiten vernos y apreciarnos sin necesidad de validación externa . Sin embargo, muchas veces transferimos inconscientemente necesidades insatisfechas de nuestra infancia a nuestras parejas, proyectando en ellas expectativas irreales de satisfacción y sanación . El proceso de autodescubrimiento, que incluye aceptar nuestras vulnerabilidades y desarrollar una independencia emocional, nos permite entablar relaciones más maduras y equilibradas .

El auto-amor es fundamental porque sin él, las personas buscan en sus relaciones llenar sus vacíos e inseguridades, esperando que otros satisfagan estas necesidades y carencias, lo cual es injusto para la pareja. Amarnos a nosotros mismos nos permite entrar en relaciones desde la autonomía y la elección, no desde la necesidad, estableciendo vínculos basados en la comunicación y el apoyo mutuo, sin depender otra persona para cubrir nuestras carencias emocionales .

La sanación del "niño interior" en las relaciones de pareja juega un papel crucial al permitir un desarrollo emocional más saludable y una interacción más madura. Muchas parejas basan su relación en una dinámica Niño-Niño, cargando sus necesidades no resueltas de la infancia y esperando que sus parejas las satisfagan, lo cual complica la relación y genera conflictos cuando las expectativas no se cumplen . Al trabajar en la sanación del niño interior, los individuos se vuelven más conscientes de sus propias heridas y responsables de sus emociones, lo que permite una relación más equilibrada y comprensiva . Esto fomenta una comunicación más efectiva y evita que se proyecten necesidades no satisfechas en la pareja, mitigando así resentimientos y conflictos . Un abordaje consciente de estas dinámicas permite también la creación de apegos seguros, que fortalecen la relación y promueven la intimidad y el apoyo mutuo .

El miedo y el amor son conceptualmente opuestos, y su interacción es fundamental en el desarrollo personal. El amor es visto como una conexión que implica confianza, respeto y la capacidad de mostrarse auténtico, mientras que el miedo está relacionado con la desconfianza y el deseo de controlar . Sentir miedo es una barrera que impide la experiencia plena del amor, pero atravesar y reconquistar estos miedos puede transformarlos y permitir una conexión más auténtica y significativa . Esta transformación es esencial para el crecimiento personal, ya que permite la integración de experiencias pasadas con el ser auténtico . El amor proporciona un vínculo altruista, que disminuye el enfoque en uno mismo y promueve la conexión y la aceptación, permitiendo superar el ego .

Expectativas no realistas, como esperar una pareja perfecta o que una relación sea siempre sin conflictos, pueden provocar desilusión y frustración. Los textos sugieren que las dificultades en una relación no son sinónimo de fracaso, sino oportunidades para aprender y crecer. Abordar estas expectativas requiere ajustar nuestras percepciones, ser compasivos con las limitaciones humanas, y valorar el aprendizaje obtenido de la relación sin perder de vista que ambas partes están en un proceso de desarrollo .

Las diferencias en el manejo del estrés entre hombres y mujeres radican principalmente en las respuestas hormonales y conductuales. Los hombres, cuando enfrentan estrés, tienden a requerir momentos de aislamiento para regenerar sus niveles de testosterona, lo que les facilita reducir el cortisol y, con ello, el estrés. En cambio, las mujeres suelen manejar el estrés buscando apoyo emocional y compartiendo sus experiencias, lo cual incrementa su producción de oxitocina y estrógeno, disminuyendo así su nivel de estrés . Esto se refleja en el comportamiento en las relaciones de pareja, donde los hombres pueden tomar distancia y retraerse, mientras que las mujeres buscan interacción y apoyo emocional . Esta dinámica puede influir en las relaciones, ya que si ambos no comprenden estas diferencias, pueden surgir malentendidos y tensiones, exacerbando el estrés y provocando conflictos dentro de la pareja .

Los obstáculos más comunes para una comunicación efectiva en las relaciones de pareja incluyen el estrés, que evita la empatía y promueve discusiones , las diferencias en estilos de apego que pueden causar inseguridad o celos , y el uso indebido de información compartida en momentos de intimidad que rompe la confianza . Para superarlos, es clave practicar la comunicación asertiva y la escucha activa, evitando la comunicación violenta . También es beneficioso establecer un espacio seguro para la conexión emocional , reconocer las percepciones diferentes de cada uno , y trabajar en resolver traumas pasados que pueden proyectarse en la relación actual .

Desarrollar autoestima implica enfrentar y sanar las heridas del pasado, lo cual se logra al revisar y transformar historias personales para entender cómo han influido en la baja autoestima, que está relacionada con experiencias codependientes de la infancia. Es crucial asimilar el niño interior al adulto y dar un nuevo significado a estas experiencias . También es esencial establecer límites saludables, lo cual mejora la autovaloración y promueve relaciones equilibradas, evitando la codependencia . La autoestima elevada hace a las personas más atractivas, facilitando conexiones interpersonales positivas y fomentando la confianza . La importancia de este proceso radica en que la autoestima proporciona una base segura para relaciones saludables, influye en la capacidad de regulación emocional y contribuye a la intimidad .

Los roles de género tradicionales pueden influir en las dinámicas de poder dentro de las relaciones de pareja al perpetuar la idea de que el hombre debe tener un rol superior como proveedor y la mujer un rol inferior como cuidadora. Esto se debe a patrones transgeneracionales que llevan a asumir estos roles como naturales, limitando la capacidad de las mujeres para asumir roles de igual poder . Además, las expectativas culturales influencian cómo se percibe el apego y las responsabilidades dentro de la relación, lo que puede generar inequidad y conflictos . Los traumas infantiles no resueltos pueden ser exacerbados por estas dinámicas de poder, ya que las creencias sobre rol y valor pueden llevar a ciclos de repetición de patrones insalubres . Comprender y desafiar estos roles es crucial para establecer una relación equitativa donde ambas partes puedan colaborar y compartir responsabilidades de manera justa .

La "reparentalización" personal se refiere al proceso en el cual un individuo asume la responsabilidad de su propio cuidado emocional y bienestar, en lugar de depender de figuras parentales u otras personas para cumplir esta función. Este proceso conlleva el desarrollo de la autonomía emocional, permitiendo a la persona mantener su auténtico ser con límites claros y reducir la triangulación en las relaciones, que a menudo se caracteriza por dinámicas disfuncionales de roles como víctima, salvador y perseguidor. Al adquirir la capacidad de regular las emociones de manera autónoma, la persona se desengancha de patrones repetitivos y codependientes, enfrentando su dolor y emociones acumuladas para evitar caer en triángulos emocionales disfuncionales .

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