!A La Salud Del Muerto! - Silver Kane
!A La Salud Del Muerto! - Silver Kane
CAPITULO 1
Las dos monedas fueron lanzadas al aire. Clark sabía que no podía
empezar a desenfundar hasta que hubiese sido arrojada la segunda.
Intencionadamente, el que había apostado contra él las arrojó fuertemente
contra el techo, para que chocasen y saliesen rebotadas, cayendo luego al
suelo con más rapidez.
Eran dos blancos difíciles, casi imposibles.
Clark gritó:
—¡Ahora!
Sacó su revólver cuando las monedas chocaban contra el techo. Tiró
primero a una y luego a otra, alcanzando la primera en mitad de la sala y la
segunda cuando estaba a punto de tocar el suelo. Un murmullo de asombro se
elevó sobre las cabezas de todos los que habían sido testigos de aquellos dos
prodigiosos disparos.
Clark volvió a guardar el revólver con un gesto negligente.
—¿Satisfechos?
El que había apostado contra él y arrojado las monedas al aire, las
examinó una tras otra, queriendo convencerse por sus propios ojos de aquel
prodigio.
—Están atravesadas. No exactamente por el centro, pero atravesadas las
dos.
Clark bebió el contenido de la copa que aún tenía sobre la barra.
—Claro. ¿Qué creías?
—Nunca he visto hacer unos disparos semejantes.
—Ni yo tampoco..., porque no tengo costumbre de mirarme mientras
aprieto el gatillo.
Lanzó una carcajada y tendió la mano derecha hacia el que había
apostado contra él.
—Son cien dólares. Pago al contado.
—No te preocupes. Cuando hago una apuesta ya sé que me expongo a
perderla. Aunque esta vez estaba tan seguro de ganar...
Depositó cien dólares en la derecha de Clark, quien los guardó en el
bolsillo superior de su camisa, con un gesto de indiferencia.
Thompson, el comisario del sheriff, estaba apoyado en un extremo de la
barra. Había contemplado los dos maravillosos disparos con los ojos
agrandados por la admiración.
Se acercó a Clark y le estrechó la mano, mientras le dirigía su eterna
sonrisa bondadosa.
—Fantástico, Clark, fantástico... Yo creo que estás perdiendo el tiempo
aquí. Con tu puntería y tu rapidez, yo me presentaba a las elecciones para el
puesto de sheriff en la capital del condado.
—No diga tonterías, Thompson.
—¿Tonterías? ¡Ser sheriff es lo más importante del mundo!
—Para usted, que nunca llegará a nada, tal vez sí. Pero yo tengo otras
ambiciones, ¿comprende? Ambiciones. Ser sheriff equivale a morirse de
hambre, si antes no le quitan a uno de en medio con una bala.
—Pues el señor Russell está muy contento... Y este año piensa
presentarse a la reelección.
—Russell es una pobre cucaracha.
—Por favor, no hable así del sheriff, señor Clark. Comprenda que no
puedo consentirlo.
—¿Tú? —Clark lanzó una carcajada—. ¿Qué es lo que no puedes
consentir tú, Thompson? Todo el mundo sabe que eres el padre, el consejero
y hasta la mamá de todos los granujas que pululan por Arizona.
Thompson tragó saliva, ofendido, pero en seguida, la eterna sonrisa
bondadosa volvió a florecer en sus labios.
—Se me acusa de que soy muy débil, señor Clark. Ya lo sé... Pero es que
mi conciencia me dice que un comisario no debe andar todo el día
amenazando con la horca, sino que debe corregir a los delincuentes y
ayudarlos. Muchos de ellos hubieran sido otra cosa si hubiesen encontrado a
tiempo una mano amiga.
Clark bebió otro trago, con un gesto nervioso. Le molestaba que
Thompson quisiera tener razón. Le molestaba que discutiese sus opiniones,
aunque fuera en defensa de su prestigio de comisario.
El banquero Morrison, que ocupaba una de las mesas del saloon,
contempló a Thompson, que con su figura rechoncha y bondadosa parecía
cualquier cosa antes que un comisario.
—Lo que a usted le sucede es que debió haberse dedicado a predicador,
Thompson —le dijo desde la mesa—. Resulta tan bondadoso para los
delincuentes que no hay seguridad en nuestra población. Menos mal que
Russell es un sheriff enérgico y guarda el orden desde la capital del condado,
porque si no...
—¿Es que tiene alguna queja de mis servicios, señor Morrison? —
preguntó el comisario, con un gesto de profundo aturdimiento.
El banquero rió.
—No haga caso, Thompson. Todos creemos que aquí hace falta un poco
más de mano dura, pero le apreciamos de verdad, ¡qué diablos! Es usted uno
de los hombres más honrados que hemos tenido en la ciudad y...
Clark preguntó con voz agria:
—No querrá usted decir que es más honrado que mi padre, ¿verdad?
El banquero le miró con sorpresa, aunque ya estaba acostumbrado a las
salidas de tono de aquel muchacho, demasiado habituado a que todos le
obedecieran. Pero dijo en tono conciliador:
—Tu padre es una de las personas más ilustres que hay en esta ciudad,
muchacho. Un gran hombre, eso es lo que es el viejo Donald. Yo le aprecio
de verdad y le respeto como él me respeta a mí. ¿Crees que si no tendría todo
su dinero guardado en el Banco?
Clark arqueó una ceja y sonrió secamente.
—No es esa la explicación que yo quería oír de sus labios, señor
Morrison.
—¿No? ¿Qué es lo que querías oír pues?
—Quiero que diga que mi padre es mucho más honrado que Thompson.
—¡Pero, muchacho, si los dos lo son! ¿A qué viene eso ahora? ¡No nos
estamos jugando una medalla de la honradez!
—¡Dígalo!
El banquero Morrison palideció un poco, ofendido ante aquella actitud de
Clark. Pero el banquero Morrison era, ante todo, un comerciante, y por lo
tanto, no le gustaban las actitudes heroicas.
—Sí, muchacho, sí... Tu padre es más honrado que Thompson. Todos lo
sabemos, desde luego. Y a propósito de tu situación... Thompson tiene razón
al decir que aquí estás perdiendo el tiempo. Claro que no te falta nada porque
tu padre es rico. Pero si fueses a la capital del condado, te labrarías una
magnífica situación. El puesto de sheriff suele ser, en estos tiempos, el primer
paso para iniciar una gran carrera política. Muchos senadores han empezado
manejando el revólver.
—Yo manejo el revólver por gusto, no por obligación.
—Bueno, muchacho, era sólo un consejo...
Clark extrajo su bolsa de tabaco de uno de los bolsillos de su camisa y lió
un cigarrillo. Vestía y obraba como los vaqueros, pero se cambiaba de ropa
cada día. Y cuando estaba aburrido de las vacas, de los caballos y del rancho,
se iba con la bolsa llena a divertirse una semana a la ciudad. Muchos
pensaban que así se podía vivir. Clark, seguramente, debía pensar lo mismo.
Pero esta mañana estaba nervioso, irritado, como si acabara de insultarle
alguien.
No dejaba de adivinar que en las palabras de Thompson y en las del
banquero Morrison latía una censura para él, aunque fuese la censura más
cariñosa del mundo. Y esto él no podía soportarlo. No lo había soportado
nunca.
Para su padre, él era perfecto y nunca se equivocaba. Pues así tenía que
ser para todo el mundo.
Deseando afirmar más su supremacía, gruñó:
—Bueno, ya han visto que mis revólveres siguen estando bien
engrasados. ¿Hay alguien más que se atreva a apostar?
Esperaba que nadie hablase, pero ante su sorpresa, un desconocido se
levantó al fondo del saloon.
Era un tipo con aspecto de viajante de comercio. Estatura más bien baja,
traje de ciudad, bien planchado, sombrero hongo y ningún revólver. Debía
tener unos cuarenta años. Y se le hubiera podido tomar por un tío de lo más
inofensivo, a no ser por sus ojos quietos y grises, que brillaban
peligrosamente.
Clark adivinó en seguida que a aquel hombre le había resultado
antipático. Que quería humillarle de algún modo.
Inmediatamente, su orgullo se avivó.
—¿Qué es lo que quiere, forastero? —dijo—. ¿Se le ocurre alguna
apuesta?
—Sí.
—Menos mal. Ya me estaba aburriendo. Hable, amigo, hable. Pero le
advierto que no admito apuestas inferiores a mil dólares.
—Hace un momento le he visto apostar cien.
—Pero la tarifa ha subido, amigo. Mil dólares son una bagatela para mí, y
más de una vez los he regalado simplemente por el beso de una muchacha.
¿Es que acaso para usted representan una fortuna?
—No los tengo —reconoció el hombre mientras se encasquetaba
pesarosamente su sombrero hongo.
Clark lanzó una carcajada.
—No quiero que piense que no deseo apostar —dijo luego—, ni que le
tengo miedo. Voy a darle facilidades.
—Yo suelo pagar mis deudas —dijo el hombre—, y sé que si pierdo me
será muy difícil abonarle mil dólares.
—No se preocupe: usted no apostará dinero.
—¿No?
—Si pierdo le pagaré mil dólares —dijo Clark—. Y si gano me entregará
usted su camisa. Es un buen trato, ¿no?
El hombre abrió la boca, asombrado.
—No pretenderá que salga en camiseta a la calle, si es que pierdo,
¿verdad?
—Precisamente eso —dijo Clark lanzando otra carcajada—. ¡Eso es lo
que quiero, amigo! Que salga usted a la calle con su traje bien planchado, con
su sombrero bombín... ¡y sin camisa! ¿Qué? ¿No se atreve? Usted mismo
propone la prueba.
—Compréndalo... No puedo jugar.
Se tensaron las facciones de Clark, y sus pómulos destacaron
poderosamente en la cara.
Todos los que le conocían sabían que aquél era un síntoma peligroso en
él.
—¡Apueste! —gritó—. ¡Apueste o lo mato!
—Pero, ¿qué le pasa? —preguntó el del sombrero—. No hay para ponerse
así.
—¡Apueste!
—Es un gallito, ¿eh?
—¡Soy Clark Lawson, y eso es suficiente!
—Está bien. —Las facciones del otro hombre se habían tensado
igualmente—. Si tanto se empeña, va usted a perder mil dólares, amigo. Si yo
coloco un cigarrillo en el borde de esta mesa, ¿sería usted capaz de hacerlo
saltar por el otro lado sin partirlo en dos?
Hubo un murmullo de asombro en la sala.
Todos sabían que aquel disparo era extremadamente difícil porque el
proyectil tenía que hacer el mismo papel que una bola de billar. Si alcanzaba
al cigarrillo de lleno —cosa, por otra parte, ya por si bastante difícil—, lo
partiría en pedazos y Clark habría perdido la apuesta. Tenía que clavar la bala
en la mesa, justamente al lado del cigarrillo; de tal modo que el plomo sólo lo
rozase, y precisamente por el centro, para arrojarlo fuera de la mesa, al
extremo opuesto.
Todos pensaron que Clark no aceptaría. Pero Clark estaba en aquellos
momentos en el paroxismo de su orgullo.
—¡Va usted a perder la camisa, amigo! —dijo con voz ronca—. ¡Prepare
el cigarrillo!
El del sombrero hongo lió uno con movimientos tranquilos, poniendo
intencionadamente nervioso a Clark. Y luego lo depositó con cuidado en el
borde delantero de la mesa.
—Tiene usted derecho a tres disparos —dijo—. Me parece justo.
—¡No los necesitaré!
Clark desenfundó su revólver y apuntó cuidadosamente, calculando la
trayectoria del proyectil. No se trataba sólo de tener buena puntería, sino de
contar con el rebote de la bala, como si uno pudiera dirigirla con el
pensamiento.
El silencio era expectante, casi angustioso. Hubiera podido oírse hasta el
zumbar de un mosquito.
Clark contuvo la respiración y apretó el gatillo.
La bala se clavó en la madera de la mesa, tan cerca del cigarrillo que éste
dio un salto, pero volviendo a caer en el mismo sitio.
Se oyó un murmullo.
Clark apretó los dientes.
—Esto ha sido sólo un ensayo —dijo.
Apretó el gatillo otra vez, con excesiva precipitación, y la bala pasó por
encima del cigarrillo sin tocarlo, yendo a clavarse cuatro dedos más allá.
Se oyó una especie de ronquido en la garganta de Clark.
El hombre del bombín sonreía.
Aquella sonrisa sacaba de quicio a Clark.
Todos guardaron de pronto un espantoso silencio, no permitiéndose ni
respirar, pues adivinaron de un modo instintivo que aquello podía
desembocar en tragedia.
Nervioso, casi sin apuntar, fiándose sólo de su instinto, Clark disparó otra
vez.
Y sucedió lo increíble. El instinto hizo lo que los más refinados cálculos
no hubiesen podido lograr. La bala se clavó en la mesa, al lado mismo del
cigarrillo, rozándolo tan sólo, y el pequeño objeto salió volando hasta caer
por el otro extremo de la mesa.
Un auténtico alarido partió ahora de todos los que estaban reunidos en el
saloon.
Nunca habían visto allí un disparo así. ¡Nunca!
Todos, empezando por el banquero Morrison, se apresuraron a abrazar al
joven Clark.
Pero éste estaba frenético, lívido de rabia y de orgullo a la vez. La
tranquila actitud del sujeto del bombín le había puesto furioso. Sabía que
acababa de ganar la apuesta sólo por una casualidad, y que había estado a
punto de quedar en ridículo delante de todos los que le admiraban. Aquel
maldito entrometido no quiso más que burlarse de él...
Y entonces hizo algo que nadie esperaba, algo que nadie podía atreverse a
imaginar.
Gritó:
—¡No se quite la camisa! ¡No la quiero! ¡Voy a limitarme a estropearla
un poco!
Y tiró contra el hombre, que había empezado ya a deshacerse con un
gesto de resignación el lazo de la corbata.
Una mancha roja se formó en la inmaculada camisa, en la parte
correspondiente al corazón. El hombre del bombín ni siquiera pudo lanzar un
grito. Su estupor fue tan grande que se limitó a abrir la boca, a murmurar una
frase sin sentido... De pronto cerró los ojos, se encogió y cayó mientras se
llevaba ambas manos al corazón. Antes de que su cuerpo chocase contra las
tablas del suelo, todos comprendieron que estaba muerto.
Docenas de ojos acusadores y asombrados se posaron en la figura de
Clark Lawson.
Thompson, el comisario, fue uno de los últimos en poder cerrar la boca.
El asombro le impedía incluso respirar.
Clark le miraba.
—¡Atrévase a venir a por mí, Thompson! ¡Vamos, atrévase a decirme que
le entregue, mi revólver!
Thompson avanzó.
—No dé un paso más o...
En los ojos del rechoncho comisario había ahora una mirada
completamente tranquila, a pesar de saber que Clark no fallaría el disparo.
—Soy bondadoso, pero no cobarde —dijo mientras avanzaba un paso
más—. Si quieres disparar puedes hacerlo, Clark Lawson, pero no harás más
que convertirte en carne de horca. Dame ese revólver.
—¡No se mueva más! ¡Voy a disparar, Thompson!
—Dame ese revólver, hijo mío.
Y tendió la mano hacia él. Clark apretó los dientes, y seguramente
hubiese apretado el gatillo también, de no haberse oído en ese momento,
aquella voz junto a la puerta.
—Déjelo, comisario. No es más que un pobre fanfarrón.
Todos se volvieron automáticamente hacia allí, como si acabasen de
escuchar las palabras de un loco.
¿Otro que quería morir?
El tipo que estaba junto a la puerta, y al que poco antes habían visto
amarrando su caballo en el exterior, era un perfecto desconocido para todos.
Vestía ropas oscuras, casi negras, aunque el polvo no dejaba ver con
exactitud su verdadero color. Sus cabellos eran negros también, así como sus
ojos. Tenía un tipo bien formado y atlético, pero sin exageración. Más que de
fuerza bruta, daba sensación de agilidad, de elasticidad y de decisión. La
fuerza parecía dormida en él, pero se advertía que podía estallar en cualquier
momento. Ante él se sentía algo muy parecido a lo que uno siente delante de
un tigre que empieza a mirar con demasiada fijeza.
Debía tener unos veintiocho años, y había algo muy notable en su rostro.
Era esto lo que más se recordaba de él: una cicatriz que le surcaba la mejilla
izquierda, de lado a lado.
Al ver esa cicatriz, Thompson entrecerró los ojos.
Clark ni tan siquiera se fijó.
Sus dientes rechinaban, y en sus ojos se leía el orgullo y el ansia de matar.
—¿Qué quiere, fantoche? —gruñó—, ¿De modo que soy un pobre
fanfarrón? ¿Sabe lo que va a costarle haber dicho eso?
—Sí. Voy a tener que gastarme una bala.
La tranquilidad del desconocido era pasmosa. Daba la sensación de que ni
tan siquiera miraba a Clark.
—¡Le mataré! —rugió éste—. ¡Puedo matarle como a un perro!
—Lo sé.
—¡Si es hombre, Colóquese a nueve pasos!
—Estamos bien así, ¿no? Más o menos deben separarnos unos siete. A
usted le conviene estar bien cerca, porque a lo mejor no acierta...
—Me quedan dos balas en el revólver —advirtió Clark.
El desconocido sonrió, aunque en una sonrisa palpitaba un fondo de odio.
Extrajo su revólver con dos dedos, abrió el cilindro y sacó todas las balas
menos una, que colocó precisamente delante del martillo.
Los espectadores no daban crédito a sus ojos.
—Yo sólo tengo una —dijo el desconocido—. He retirado las otras
porque no puedo exponerme a gastar demasiado. Soy pobre...
Clark abrió la boca y la volvió a cerrar otra vez, con un chasquido.
—Está loco...
—No tan loco —dijo a su espalda la voz de Thompson.
Clark se volvió sólo unas pulgadas, sin dejar de vigilar a su enemigo, que
había vuelto ya a enfundar el arma.
—No luches con él, hijo mío —pidió Thompson—. El sabe que te matará.
Acabo de reconocerle.
—¿Sí? ¿Y quién es?
—Mike Cánova.
El nombre hizo parpadear dos veces a Clark. Los que estaban más cerca
se retiraron inmediatamente, abandonando sillas y mesas.
El único que se atrevió a permanecer allí fue el comisario Thompson.
—¿Está seguro? —preguntó Clark.
—Esa cicatriz no engaña.
—Mucha gente tiene cicatrices en la cara.
—Pero no en esa forma. La de Mike Cánova es inconfundible, y yo la he
visto en muchos pasquines antes de llegar a esta población. Hace ya tiempo
que se busca a este hombre, y es fama que jamás falló un tiro. Entrégame tu
revólver, Clark, y no te desafíes con él. No será ninguna deshonra para ti.
Todos son testigos de que yo te había ordenado que me entregaras antes tu
arma, a causa de la muerte de ese otro hombre.
—No me convence, comisario.
—Escucha, Clark...
—No me convence por dos cosas. La primera porque en cuanto yo le
entregue mi arma me detendrá.
—Sabes cómo soy con todo el mundo, Clark. ¿Iba a ser menos para ti?
No te faltará nada en la cárcel, y serás juzgado legalmente. Tu padre te
apoyará y enviare los mejores abogados que existan.
—Hay, además, otra razón, comisario.
—¿Cuál?
—Un pichón como Mike Cánova era lo único que me faltaba para darme
a conocer. El tipo que mate a ese pájaro, tendrá uno de los gatillos más
famosos del Oeste. Y ese tipo pienso ser yo, comisario...
Thompson casi se colocó a su lado, exponiéndose a estar en el centro
cuando disparasen los dos.
—No estropees las cosas, Clark. Te lo suplico como un favor personal...
Piensa que nunca he oído hablar de un tipo tan rápido como éste, después de
Jimmie Ringo...
—Mejor.
Clark se distanció un poco de la barra. Su mano derecha estaba quieta a la
altura del revólver.
«Demasiado engarfiada», pensó Thompson, que entendía de desafíos más
de lo que todos pensaban a primera vista.
Las manos de Cánova, en cambio, estaban perfectamente tranquilas, y
nadie hubiese dicho viéndolas que su dueño se disponía a «sacar».
Fue Clark el que dio la orden:
—¡Ahora!
Movió la derecha rapidísimamente, pero sus dedos demasiado tensos se
cerraron en torno a la culata una décima de segundo tarde.
Cuando él «sacó», su enemigo ya tenía el revólver en línea de tiro.
Resonó un solo disparo.
Clark se movió hacia atrás, como si acabara de chocar contra un
obstáculo invisible. Hizo un gesto, abrió la boca y murmuró una frase
ininteligible. Todos sus ademanes recordaron trágicamente a los del hombre
que acababa de matar. Y para que la semejanza fuera más exacta, una
horrible mancha roja apareció a la altura del corazón, sobre su limpia camisa.
Soltó el revólver, sin haber disparado tan siquiera, y cayó de bruces sobre
las tablas.
Mike Cánova sopló en el cañón del revólver y lo volvió a guardar.
—No era más que un fanfarrón y un cobarde —dijo, por toda oración
fúnebre.
Y dejó de mirar al caído, como si él no tuviera absolutamente nada que
ver con aquello.
Thompson no se molestó en inclinarse sobre el muerto. Sabía que era
inútil. Intensamente pálido, se limitó a decir:
—Tendré que detenerle, Mike Cánova.
Mike le miró. En sus ojos negros había como un soplo de burla.
—Sabe que no puede hacerlo, comisario. Ha sido un duelo legal, y no
tuve sobre él ninguna ventaja. Por otra parte, me parece recordar que en este
condado no estoy reclamado aún.
—¡Todos sabemos a qué ha venido! ¡Se ha cansado de ser un lobo
solitario, y ahora quiere unirse a la cuadrilla de Patrick!
Mike sonrió.
Estaba tan tranquilo como si asistiera a un concierto de música sagrada.
Se limitó a decir:
—Está equivocado, comisario. No he venido aquí para unirme a ninguna
cuadrilla. Voy a hacer algo mucho más sencillo: casarme. La novia me está
esperando...
CAPITULO 2
El vestido, de una blancura inmaculada, estaba colocado sobre unos
soportes en el centro de la habitación. Judith lo miraba, y hubiérase dicho que
en sus ojos había lágrimas.
—Es un vestido maravilloso —dijo la modista que iba a vestirla—. Mi
mejor creación.
En efecto, lo era.
Los padres de Judith habían contratado a la mejor modista de Phoenix
para aquel trabajo. La habían hecho venir especialmente. No faltaba un solo
detalle en el vestido ni en el tocado de la novia.
Y no obstante, los padres de ésta tenían la misma cara que tendrían si se
dispusieran a asistir a un funeral.
Judith también. Cualquiera hubiese adivinado que pugnaba por contener
las lágrimas.
—Deben marcharse —dijo la modista alegremente, intentando animar
algo aquello—. Ya saben que es costumbre que nadie vea cómo visten a la
novia.
—Mejor hubiese querido asistir a tu entierro que a esta boda —gruñó el
padre de Judith, sin poder contenerse más.
Judith se volvió hacia él.
Sus ojos azules estaban quietos. Sus labios intensamente rojos, en
cambio, temblaban de una manera obsesionante.
—Papá...
—¡No! ¡No puedo callarme y no me callaré! ¡Aquí tiene que haber un
monstruoso error! ¡Tú no puedes estar enamorada de ese hombre!
—Lo estoy, papá.
—¡Absurdo!
—¿Por qué ha de serlo, papá? Nadie puede negar que se trata de un
hombre joven y atractivo.
—Tú no te hubieras fijado sólo en eso. Pero aunque se tratase del hombre
más guapo del mundo... ¡es un criminal! ¡Se trata de un pistolero, de un
asesino reclamado en todas partes! Si aquí no han ofrecido aún una
recompensa por su cabeza, se debe a una simple casualidad. ¡Nunca pude
soñar que llegaríamos a vivir esta pesadilla!
Judith suplicó:
—Por Dios... Ya es tarde para reflexiones.
—¿Tarde? ¡No, no lo es! ¡Hay tiempo para reflexionar hasta el mismo
momento en que el juez os declare marido y mujer! ¡Y yo te invito a que no
cometas esa monstruosa locura!
—Ya es tarde, papá —repitió tenazmente Judith.
Su padre se llevó las manos a los ojos, cubriéndoselos un momento.
Aquel ranchero robusto, tranquilo, capaz todavía de domar mi potro salvaje,
y de partir a hachazos el más corpulento árbol, parecía de pronto haberse
convertido en un pobre viejo.
—Hace tres meses huyó tu hermano de casa —dijo casi sin voz—, y yo
creí morir. Un muchacho de sólo diecisiete años, sin ninguna experiencia de
la vida... Ese muchacho huyó de nuestro hogar sin motivo, y me convirtió en
el más desgraciado de los hombres. Pero al menos te tenía a ti, Judith. Tú me
hiciste comprender con tu cariño que la vida no había terminado, y que si
había perdido un hijo tenía en cambio, la más dulce y bondadosa de las hijas.
Pero ahora... ¡Dios mío! ¿Cómo puede ser esto posible? ¿Cómo pueden haber
cambiado las cosas con tal rapidez? ¡Es absurdo! ¿Cuándo te enamoraste tú
de ese pistolero sin conciencia?
—Hará unos cinco meses, papá.
—¿Antes de que desapareciera tu hermano?
—Antes.
—¿Y cómo has podido llegar a la loca idea de casarte con él? A mi
parecer, no teníais ocasión para veros nunca...
Judith dijo cansadamente, como si repitiera un argumento ya gastado de
tanto usarlo:
—Porque estoy enamorada de él.
—¡Ridículo! ¡No voy a dar mi consentimiento a esa boda!
—No olvides que soy mayor de edad, papá. Además, ¿por qué ahora esa
negativa y esa resistencia? ¿No lo has preparado todo? ¿No me has comprado
el vestido de boda?
El viejo ranchero hizo un gesto de desaliento, hundiendo la cabeza.
—Sí, Judith, he hecho todo eso. Y he gastado mucho dinero, como es
natural. Pero el dinero no me importaba si al final desistías de ese ridículo
capricho tuyo. No quería contrariarte, pensaba en dar tiempo al tiempo para
que reflexionaras... Pensaba convencerte por los caminos de la dulzura, no
por los de la obstinación. Pero veo que es inútil.
—Sí, papá. Lo es.
—Eso me horroriza, Judith...
—Siento desengañarte, papá, siento haberte dado este disgusto tan
terrible... Pero en las cosas del corazón no se manda. Sé que algún día me
comprenderás.
El ranchero hizo aún un último esfuerzo, tratando de convencer a su hija.
—Esto va a traer sangre, Judith. ¿Qué diría el sheriff Russell? Tú sabes
que está enamorado de ti.
Los dulces ojos de Judith rodaron por la habitación y se detuvieron, como
muertos, en un punto impreciso de ésta.
—Lo sé, papá.
—¿Crees que va a resignarse a esto?
—El sheriff Russell es un hombre respetuoso con las leyes, papá, puesto
que ha jurado defenderlas. Y en cuanto el juez me haya declarado legítima
esposa de Mike Cánova, él comprenderá que no le queda más remedio que
olvidarme.
—Pero, hija, yo te suplico... Yo...
En aquel momento alguien llamó a la puerta, y sin esperar permiso, una
gruesa sirvienta negra apareció en el umbral. Sus ojos asustados destacaban
clarísimos en el rostro de azabache.
—Señor... Está aquí el sheriff Russell. Dice que tiene mucho interés en
ver a la señorita.
Judith lanzó un suspiro de desaliento, mientras miraba inquieta a su
alrededor. Vio cómo su padre se enderezaba, asaltado por una súbita alegría.
—Dígale que pase —ordenó a la sirvienta.
Judith intentó detener a la negra con un gesto, pero ésta desapareció
velozmente tras la puerta.
Entonces, Judith se volvió hacia su padre.
—Esto es una locura, papá. Vas a atormentar al sheriff Russell, que es
una buena persona, y vas a atormentarme a mí. Tú, un hombre tan prudente...
¡parece como si quisieras provocar la sangre!
—Lo único que quiero —dijo él con voz ronca—, es ver si un hombre
honrado puede en ti más que un canalla. Lo único que quiero es saber si las
palabras de Russell, llenas de sentido común, pueden conseguir lo que no han
conseguido las mías. ¡Pretendo tu felicidad, Judith! Y si eso es un pecado,
más vale que me muera ahora mismo...
Salió por otra puerta, haciendo una seña a la modista y a su mujer para
que le siguieran. Ambas obedecieron, a pesar de la protesta de Judith. Esta se
encontró sola en la habitación antes de comprender lo que ocurría. Y en aquel
momento, la puerta por la que antes había aparecido la sirvienta negra se
abrió para dejar paso al sheriff.
Russell se quitó el sombrero, e hizo una inclinación de cabeza, a manera
de saludo ante la muchacha. Pero en sus ojos hubo un peligroso brillo al ver
allí el vestido de novia.
—¿De modo que era cierto lo que me habían dicho? —susurró.
—John Russell... John... ¿Por qué has venido?
El señaló con la mirada el vestido de novia.
—Ahí tienes la respuesta. No quería creerlo, no daba crédito a unos
rumores que me parecían inventados por un loco. Pero ahora veo que son
ciertos, porque aquí está la horrible prueba. ¿De veras vas a casarte con ese
hombre?
Judith bajó los ojos.
—Sí.
—El sheriff Russell, un gigante rubio de piel atezada por el sol, avanzó
hacia ella sin poder contenerse y la sujetó fuertemente por los hombros,
zarandeando casi a Judith.
—¡No es posible! ¡Tú estás loca! ¡Ese hombre es un criminal reclamado
en todas partes!
—Aquí no está reclamado aún.
—¡Por pura casualidad! ¿Pero dé qué crees que va a vivir ese granuja en
cuanto se case contigo? ¿No te das cuenta de que seguirá asaltando, robando
y matando? ¡Pronto será carne de horca, y tú tendrás que ver cómo lo llevan
al patíbulo! ¡Si ha venido a este condado, ha sido para unirse a la maldita
banda de Patrick! ¡Nunca consentiré que te cases con él!
Judith clavó en él unos ojos que querían ser fríos, pero en los que
palpitaba un oculto dolor.
—¿Cómo vas a impedirlo, John Russell?
—¡Si es necesario, lo detendré!
—Una detención ilegal que no podrás mantener por demasiados días. ¿Y
qué conseguirás con eso, sino hacer que la situación sea más triste aún? Voy
a casarme con Mike Cánova,
John. Tú siempre has sido un hombre comprensivo y que sabía perder.
¿Por qué vas a cambiar ahora?
—Porque te quiero, Judith. Porque eres la única mujer a la que he querido
en el mundo.
—John, yo te suplico...
—¡No me supliques nada! ¡No voy a consentir que te cases con él! ¡Me
resignaría si supiese que haces una boda digna, pero nunca consentiré que te
cases con un canalla!
—Es inevitable, John...
El sheriff hizo un gesto de ira, y tuvo que contenerse para no zarandear de
nuevo a Judith. Pero fue en ese momento cuando otra vez llamaron a la
puerta por la que él acababa de entrar.
Sin esperar permiso, pasó el comisario Thompson.
—Buenos días, sheriff. Acaban de decirme que estaba usted en la
población. No quería creerlo.
—Buenos días, Thompson... Agradezco su interés. Pero si usted fuera tan
amable de dejarnos solos un par de minutos...
—Mike Cánova está en la ciudad, sheriff.
—Lo sé. Pero desgraciadamente, en este condado no ha sido reclamado
aún.
—De todos modos, creo que la ciudad estaría más tranquila si lo
metiésemos entre rejas, sheriff. Lo digo por el bien de nuestra pequeña
comunidad.
—¿Con qué motivo voy a detenerle, Thompson? Deseos no me faltan,
para impedir esta boda absurda, pero...
Thompson se pasó la lengua por los labios resecos.
—Todo el mundo sabe que si Mike Cánova está aquí es porque quiere
unirse a la banda de Patrick. Esa cuadrilla monopoliza el crimen en todo el
Estado, y es lo bastante poderosa para impedir que se les haga sombra.
Cánova sabe que si pretendiera actuar solo le matarían. Y, en cambio, junto a
la banda de Patrick, puede convertirse fácilmente en uno de los hombres más
ricos de Arizona.
—Todo eso me parece muy razonable, Thompson —dijo el sheriff
acercándose a la puerta—, pero desgraciadamente, tales suposiciones no nos
dan derecho a meterlo entre rejas.
—Podríamos hacerlo, sheriff, y evitar nuevos desastres.
—¿Cómo?
—Mike Cánova acaba de matar a un hombre. Y ha sido en esta ciudad,
ante mis ojos.
En los ojos del sheriff John Russell hubo un relampagueo. Apretó los
puños y volvió el rostro hacia Judith.
—Lo siento, muchacha —susurró—. Creo de buena fe que te hago un
favor.
Y en seguida añadió, dirigiéndose a Thompson:
—Vamos.
Los dos hombres salieron en silencio de la habitación.
***
Mike Cánova entró en la peluquería, llevando bajo el brazo una botella de
whisky.
—Hola, amigo.
—El barbero se apresuró a limpiar el sillón, mientras sonreía
obsequiosamente.
—Buenos días, señor. ¿Qué va a ser?
—Afeitado. Pero un afeitado bueno y decente, ¿eh? Voy a casarme.
—Felicidades, señor.
Mike se sentó en el sillón, echó la cabeza hacia atrás y bebió un largo
trago. El barbero contempló con mirada ceñuda el polvo que cubría sus ropas
y la piel de su cuello.
—Perdón, señor... Con el debido respeto, señor... Si usted va a casarse,
creo que antes no le vendría mal un baño.
—¿Un baño? Ya lo estoy tomando.
—No me refiero al remojón de whisky que se está usted dando por
dentro, señor, sino al remojón de agua que le conviene darse por fuera. Hay
un magnífico establecimiento de baños en la esquina...
—Para eso tendría que quitarme los revólveres, amigo. Y yo no me
despojé de mis armas, ni cuando me lavaron después de nacer... Vamos,
aféiteme y no se preocupe por mi aspecto. A la novia voy a gustarle tal como
estoy.
—¿Quién es la novia, señor... si me permite preguntárselo?
—Judith Marlon.
El barbero, que afilaba una navaja, lanzó un respingo y por poco se corta
un dedo.
—¿Judith?...
—Sí, hombre, sí, no se asuste tanto. Es una mujer hecha a mi medida.
Una mujercita tranquila y hogareña para un hombre hogareño y tranquilo.
Vamos, aféiteme.
El barbero empezó su labor, y media hora después Mike Cánova tenía un
aspecto algo más honorable, aunque una chispa peligrosa seguía brillando en
sus ojos.
Se frotó las manos y pagó.
—Tome, además de la propina le dejo mi botella de whisky. Podrá usted
guardarla y enseñarla a sus nietos. «¡Esta fue la última botella en que bebió
Mike Cánova antes de casarse!»
Salió, dirigiéndose al edificio del juzgado. Las calles estaban desiertas, a
pesar de que tenía la sensación de ser observado desde puertas y ventanas.
Vio que en el porche del juzgado había una magnífica alfombra, puesta ex
profeso para la ceremonia, y se limpió las botas en ella.
El juez, muy pálido, salió a su encuentro.
—¿Es usted el señor Mike Cánova?
—Sí. Y usted es el juez, supongo. ¿Ha llegado la novia?
—La costumbre es que el novio llegue unos minutos antes, señor. Pero
ella ya no puede tardar.
Mike entró en el juzgado. Ya estaba todo listo, e incluso había ramos de
flores aquí y allá. Los testigos, un par de ciudadanos honrados elegidos por el
mismo juez, estaban en sus puestos, pero retrocedieron un poco al ver a
Cánova, como si en la casa acabase de entrar un tigre.
El juez ocupó el centro de la sala con cierta embarazosa solemnidad.
—Recibí por correo su licencia de matrimonio en regla, señor Cánova. Al
principio creí que se trataba de una broma, pero la misma Judith me dijo... En
fin, todo está dispuesto.
—Menos la novia.
—Vendrá, no tenga la menor duda.
El juez reparó entonces en el revólver que Mike llevaba colgando de su
costado derecho.
—Perdón. No es costumbre... Quiero decir que está prohibido casar a la
gente con armas. Lo digo en su propio interés. Alguien podría pedir la
nulidad del matrimonio, diciendo que me han coaccionado.
—¡Ah, si sólo es eso!... Tome.
Y Mike entregó su revólver al juez, que se apresuró a guardarlo en uno de
los cajones de su mesa.
En aquel momento, y entre un silencio espantoso que parecía impropio de
una ceremonia como aquélla, entró la novia.
Judith vestía el maravilloso vestido blanco que había confeccionado para
ella la mejor modista de Phoenix. Su rostro, muy pálido, era en estos
momentos de una belleza casi sobrenatural. Era la mujer más bonita de
Arizona, la mujer más preciosa que Mike Cánova recordaba haber visto en
todos los días de su vida.
El padre de la muchacha, dándole el brazo, estaba lívido de rabia. Y
aquella rabia se acentuó aún más, si eso era posible, al ver las vestiduras y la
desfachatez con que Mike Cánova se presentaba a la ceremonia de la boda.
Dijo entre dientes:
—Hija mía, aún estás a tiempo...
Ella susurró:
—Mi decisión está tomada, papá. No voy ahora a volverme atrás.
Pero había alguien que no estaba dispuesto a que aquello continuase
adelante. Alguien que apareció de pronto en la puerta del juzgado,
empuñando su «Colt» calibre 45.
Era un gigante rubio con una estrella en el pecho: el sheriff John Russell.
—¡Arriba las manos, Mike Cánova! —advirtió—, ¡Arriba las manos, o te
abraso aquí mismo!
CAPITULO 3
Los ojos negros de Mike —un gigante como el sheriff, pero con los
cabellos oscuros— chispearon un momento con una luz de rebeldía. En
seguida, sin embargo, sus labios se distendieron en una sonrisa.
—Estoy desarmado, sheriff.
Detrás de Russell había aparecido la rechoncha figura del comisario
Thompson.
—Mejor, hijo mío; así no cometerás ninguna locura. Es triste estar entre
rejas, pero mucho más triste resulta que a uno lo metan en un ataúd.
Mike continuaba sonriendo:
—No he cometido ningún delito en su condado, sheriff, y me parece que
no estoy reclamado aquí.
—Has matado a un hombre.
—Ha sido un duelo legal, ¿no? Su propio comisario puede atestiguarlo.
—Lo atestiguará ante el juez, cuando se te abra el correspondiente
proceso.
—¡Vaya! Su actitud no tiene nada de misteriosa, sheriff. Quiere
detenerme a toda costa, y esa excusa del hombre a quien he tenido que matar,
es tan buena como cualquier otra. ¿Pero no podrían esperar un poco? No
tengo ningún interés en huir: voy a casarme...
—La Ley no espera, Mike Cánova.
Judith, ante el silencio expectante de todos, se volvió hacia el sheriff y
suplicó humildemente.
—Deja que nos casemos, John... Serán cinco minutos, y con vosotros dos
en la puerta él no tiene la menor posibilidad de huir. ¿Qué te cuesta ser un
poco paciente?
Russell iba a contestar: «Me cuesta la felicidad de toda mi vida». Pero
dijo otra cosa:
—Es en tu propio beneficio, Judith. Este hombre podría ser condenado a
muerte o a cadena perpetua, y entonces, ¿de qué habría servido la boda? Más
valdrá que aclaremos primero todo esto.
Judith miró a Cánova con una expresión muy extraña en los ojos, una
expresión que nadie supo descifrar. El pistolero vestido de negro seguía
sonriendo.
—Veo qué has sabido conquistarla muy bien, Cánova —dijo roncamente,
el sheriff.
—Gracia que tiene uno.
—Veremos de qué te sirve esa gracia cuando vayas a parar entre rejas,
Cánova.
—Cuidado, sheriff. ¿No ha dicho que eso tendría que decidirse en un
juicio legal?
—A eso vamos, amigo. Alza las manos.
Mike Cánova pareció vacilar un momento, y sus ojos recorrieron la gran
sala del juzgado, buscando una escapatoria. Dio la sensación de que de un
instante a otro iba a arremeter contra el sheriff, pero se contuvo. Al fin se
encogió de hombros y dirigió una mirada a Judith, la cual estaba mortalmente
pálida.
—Tendremos que aplazar la boda —dijo.
Judith volvió a mirar al sheriff. En sus ojos parecía haber una desesperada
súplica.
—Por favor, John... Me pondré de rodillas si quieres, pero no le detengas
ahora.
—Desde hace una hora me estoy preguntando continuamente si eres la
misma —dijo secamente Russell—. Que una muchacha como tú se haya
podido enamorar de semejante despojo humano me parece una locura. Pero
que mantenga su cariño incluso después de saber que él viene a la boda con
las manos manchadas de sangre, me parece algo peor: ¡una indecencia! ¡Si
fuese tu padre te abofetearía hasta partirte la boca!
El ranchero se adelantó un paso.
—No crea que me han faltado ganas de hacerlo, sheriff. ¡Y le juro que si
hubiese creído que con eso arreglaba algo, le hubiera partido la cabeza!
Mike Cánova continuaba sonriendo negligentemente.
—¡Cuánto se molesta la gente por mí! Yo no sé... ¡Claro que soy un
hombre guapo y atractivo, pero no hay para tanto! En fin, sheriff, voy a
entregarme para que no crea que resulto un mal chico. Pero le aseguro que
tengo dinero para pagar abogados, y que dentro de una hora tendrá que
dejarme libre.
—Eso ya no depende de mí, sino del juez.
—El me dejará libre e inmediatamente me casaré. Así cobrará por dos
sitios distintos.
El juez dejó paso al rencor que hasta entonces había contenido, y
masculló:
—¡Cállese, miserable!
Mike volvió a encogerse de hombros, hizo un gesto de saludo y se
encaminó hacia el sheriff, entregándose a él sin resistencia, y saliendo del
local con un revólver clavado en los riñones,
El comisario Thompson iba detrás, con la mano puesta sobre la culata de
su «45».
Ahora, de pronto, en la calle se había formado un remolino de gente.
Nadie se había atrevido a mirar a Mike Cánova cuando éste iba libre y con las
armas a punto. Nadie había querido arriesgarse ni tan siquiera a presenciar la
salida de los novios. Pero de pronto, todo el mundo se había vuelto valiente, y
todo el mundo quería contemplar al temible Cánova inmovilizado por el
«Colt» del sheriff.
Penetraron en la cárcel, que estaba muy cerca de allí.
Mike fue introducido en la celda más segura, y el sheriff dio vuelta a la
llave.
—Puedo traerle café o algo de comida, muchacho —dijo el comisario
Thompson—. No crea que tengo nada contra usted. Mi deseo es que se
encuentre bien aquí.
Mike sonrió.
—¿Puedo leer periódicos, recibir alguna visita?
—Leer periódicos desde luego. En cuanto a visitas, no creo que nadie
tenga interés en verle.
—¡Vaya usted a saber!
El sheriff, mientras los dos hombres hablaban, cepillaba su sombrero.
Luego se lo encasquetó otra vez.
—Voy a presentar ante el juez la acusación oficial y a solicitar por
telégrafo que envíen un comisario más. Estaré fuera alrededor de tres cuartos
de hora, Thompson. Vigile bien.
Thompson sonrió blandamente.
—No puede intentar nada, sheriff. Además, ¿qué va a ocurrir en tres
cuartos de hora?
—No se fíe.
Salió del departamento de celdas y poco después abandonaba la oficina.
Thompson preparó café y entregó un pocillo al detenido.
—Toma, muchacho. Esto te sentará bien.
Mike bebió y devolvió el recipiente a través de los barrotes.
—Gracias.
—¿Quieres whisky?
—Ni que me fuesen a ahorcar, comisario. ¡Cuántas atenciones!
—Yo siempre soy así, muchacho. Creo que todo delincuente tiene
derecho a rectificar.
Mike sonrió de una forma extraña.
Instantes después, un hombre bien vestido, llevando sobre la cabeza un
solemne sombrero de copa, llamaba discretamente a la puerta y pedía permiso
para entrar en el departamento de celdas.
Thompson le franqueó la entrada.
—¿Quién es usted?
—Me llamo Franklin. Soy abogado de Tucson.
—¿Y qué viene a hacer aquí?
—Estoy de paso en la población, y casualmente, me he enterado de la
detención de Mike Cánova. Creo que mis servicios profesionales pueden
serle útiles.
Thompson valoró con la mirada las caras ropas del abogado y la pesada
cadena de oro que le cruzaba de parte a parte del chaleco.
—No parece usted un hombre que necesite ir a la caza del cliente, amigo.
Da la sensación de ser uno de esos tipos a los que les sale dinero hasta por las
orejas.
—No necesito clientes, pero a nadie le viene mal un poco de fama —dijo
el abogado Franklin—. El proceso de Mike Cánova va a armar ruido en todo
Arizona, y me interesa ser el hombre que le defienda.
Thompson miró a Mike.
—¿Qué dices tú a eso?
—Pensaba nombrar un abogado, desde luego, y ése es tan bueno como
cualquier otro. Déjele pasar.
Franklin entró con aire solemne.
—No se dé tanta importancia —gruñó Mike—. Tengo dinero para
pagarle.
—Por supuesto, muchacho, por supuesto. Pero de eso ya hablaremos a su
debido tiempo.
Se volvió hacia Thompson.
—Un abogado tiene derecho a hablar a solas con su diente, ¿no?
—Desgraciadamente es cierto —reconoció el comisario de mala gana—.
Pero estaré junto la puerta, no lo olvide.
—Claro que no, amigo. ¿Qué teme? ¿Piensa que soy capaz de sacar a este
tipo de entre los barrotes por arte de magia?
Thompson gruñó algo ininteligible y salió del departamento de celdas,
quedándose pegado a la puerta que daba a la oficina.
El abogado Franklin, apenas quedó solo con Mike, extrajo un revólver de
su levita y lo pasó a través de las rejas.
—Yo siempre suelo dar buenos consejos, amigo. Este es el primero.
Cánova sonrió.
—Ha venido muy pronto; no puedo quejarme.
—Todo tiene que hacerse mientras el sheriff Russell está fuera de la
oficina. ¡Vamos, no lo piense más! ¡Póngase a actuar inmediatamente!
Mike Cánova lanzó un auténtico alarido y se pegó de espaldas a los
barrotes, ocultando el revólver bajo la camisa. Franklin le pasó un brazo por
el cuello y fingió apretar con todas sus fuerzas, mientras Mike Cánova gritaba
y pataleaba como un condenado.
Thompson abrió la puerta de golpe, con el revólver en la derecha.
—¿Qué diablos ocurre? —rugió.
Quedó lívido al ver la escena. Pero no disparó contra Franklin, como otro
tal vez hubiera hecho, sino que se abalanzó sobre él y le golpeó con la culata
en la nuca.
—Lo ha enviado la banda de Patrick para... para eliminarle... —gimoteó
Mike—. Me... me... ¡Aaahg!
Cayó a tierra, llevándose ambas manos al cuello y sacando por entre los
labios una espuma blanca. Su aspecto era el de un hombre al que han soltado
demasiado tarde, un hombre que está a punto de morir. Thompson vio a
Franklin en tierra, al parecer sin sentido, y sólo pensó en lo catastrófico que
sería para él si Mike Cánova llegaba a morir en su propia celda, antes de ser
juzgado, a causa de un descuido suyo.
Abrió la puerta y se precipitó al interior, sosteniendo al prisionero por los
hombros.
—Cálmate, muchacho... No ha sido nada... ¡Muchacho!
De pronto, sintió que unas manos poderosas lo alzaban en vilo, que todo
el cuerpo de Mike Cánova se contraía como el de una fiera a punto de saltar.
—¡Dios mío!...
Thompson, a pesar de su corpulencia, fue lanzado al otro lado de la celda
como si fuese una pluma.
Chocó contra la pared, pero no quedó sin sentido.
Pudo ver cómo Mike se levantaba y extraía el revólver que había llevado
oculto en su camisa,
Franklin se había recuperado con una insospechada velocidad, lanzándose
casi de cabeza hacia la puerta de salida.
En menos de dos segundos, desapareció.
Mike empuñaba el revólver.
—No se mueva, Thompson. Todo estaba bien planeado, de modo que no
crea que voy a vacilar ahora. Ese hombre me habrá dejado un caballo a la
puerta y voy a huir en él. Si intenta detenerme dispararé, se lo juro.
—Muchacho...
—¡Cállese!
Y Mike retrocedió hacia la puerta, caminando de espaldas. Pero si creía
que Thompson iba a estarse quieto, se equivocaba.
El comisario corrió hacia él.
—¡No te fugues! ¿Qué vas a conseguir con esta locura? ¿No te das cuenta
de que así te declaras tú mismo culpable?
En aquel momento se oyó ya el rabioso galope de un caballo. Franklin se
alejaba.
—¡Quieto, Thompson!
—¡No hagas esa locura! ¡Piensa que aún estás a tiempo de cambiar de
vida y salvarte de la horca!
—¡Voy a disparar!
Mike estaba ya junto a la puerta cuando Thompson hizo un desesperado
esfuerzo para alcanzarle, mostrando sus manos vacías para que se diese
cuenta de que no podía disparar.
—¡Mike, yo te ruego!...
Apuntó a la cabeza de Thompson e hizo fuego.
El cráneo del comisario saltó hecho pedazos, en el mismo momento en
que gritaba:
—¡Mike, por fav...!
El pistolero miró el cadáver con el rostro contraído en una extraña mueca.
Por sus ojos pasó como un relámpago, una luz tan violenta que parecía
inhumana.
Luego guardó el revólver, dio media vuelta y echó a correr hacia la salida
de la cárcel.
Nadie había tenido aún tiempo de reaccionar. La calle estaba
prácticamente vacía.
Con movimientos seguros y precisos. Mike desamarró el caballo que
Franklin había dejado frente al edificio, montó en él de un salto y clavó
espuelas, saliendo a la velocidad del rayo.
Desde la puerta abierta de la cárcel se veía el cadáver ensangrentado de
Thompson.
CAPITULO 4
Declarada «ciudad abierta» poco antes, Tucson se había convertido en el
lugar más infernal de Arizona.
Las manadas la atravesaban continuamente. Docenas y docenas de
vaqueros borrachos habían escogido la ciudad como un campo de tiro donde
no importaba matar a un hombre o ultrajar a una mujer.
Sólo un saloon se había negado a abrir sus puertas para los vaqueros de
las manadas. El saloon de Steve, quien era lo suficientemente loco para
arriesgarse, teniendo una mujer y una hija.
Su actitud había despertado las iras del principal conductor de manadas
de Arizona, un hombre que tenía autoridad sobre docenas de vaqueros en
todo el territorio: Joe Sinatra.
Se decía de él que era uno de los cómplices del todopoderoso forajido
Patrick, pero eso no había podido probarse jamás.
Y aquel amanecer...
Había sólo dos hombres en el saloon que tenía cerrada sus puertas. Dos
hombres y una mujer.
Ella sólo tendría unos veintidós años, y era la hija de Steve.
De pronto se oyó una traca de disparos hacia la parte norte de la
población.
—¿Qué es eso?
No era aquella la hora típica de las broncas ni de las muertes callejeras.
La mayor parte de los habitantes de Tucson dormían ya. Por otra parte, tantos
disparos, y casi todos de rifle, no presagiaban nada bueno. A Larry, guardián
del saloon, se le erizaron los cabellos.
—No son tiradores aislados —musitó—. Es una cuadrilla.
Como dándole la razón, los disparos se repitieron ahora más cerca. Se oía
ya el tumulto de varios jinetes galopando por la calle principal. A los disparos
de rifle respondió el crepitar de varios revólveres.
Los batientes del saloon fueron empujados desde fuera, y tres hombres
empuñando «Colt», entraron de espaldas, mientras disparaban rabiosamente
con ellos. Sus disparos iban dirigidos a la calle, donde era ya casi
ensordecedor el tumulto de los jinetes. Larry reconoció a los tres que
acababan de entrar. Eran los comisarios del sheriff...
—¿Pe... pero qué ocurre? —gritó.
—Una banda organizada. ¡Tratan de matamos!
Ethel comprendió al instante. Aquellos tres comisarios eran el único
vestigio de Ley que quedaba en la ciudad. Muertos los tres comisarios, el jefe
de aquella batida, fuese quien fuese, se convertiría en el verdadero dueño por
unas horas.
Y los tres comisarios iba a morir bien pronto, a lo que parecía. Uno de
ellos cayó hacia delante, retorciéndose, con el cuerpo mordido por una
rociada de plomo.
—Es Joe Sinatra —dijo uno de sus compañeros mientras se parapetaba
tras una ventana—. ¡Y trae a sus espaldas más de veinte vaqueros armados!
En efecto, eran más de veinte los hombres que acababan de penetrar en la
ciudad. Los comisarios, sorprendidos, no iban a durar mucho, y menos
contando sólo con la débil protección que ofrecían las paredes del saloon.
Otro cayó con la cabeza perforada. Larry, que no había salido aún de su
asombro, extrajo sus revólveres y corrió hacia una ventana. El único
comisario que quedaba vivo gritó:
—¡Carga tú los revólveres, muchacha!
Ethel, la hija del dueño, no estaba acostumbrada a todo aquello, pero obró
igual que si lo estuviera. Se deslizó con la agilidad de un gato hasta llegar a la
ventana donde se hallaba el comisario, y empezó a recargar con rápidos
movimientos el revólver que éste había soltado, empleando para ello las
municiones de los muertos. En la calle, sonaban alaridos y gritos de agonía,
señal de que entre los asaltantes había bajas también. El comisario y Larry
continuaban disparando, pero estaba bien claro que su resistencia no podría
durar indefinidamente. Al tender el revólver, Ethel vio que el comisario
estaba quieto, doblado sobre el alféizar, y que de su boca manaba un hilillo
de sangre.
Lanzó un grito de espanto. En este momento, Larry se volvió hacia ella.
—¡Huye, muchacha, huye!...
—Me quedaré aquí, mientras haya una bala.
Larry sonrió de una forma extraña, con una mueca donde había asombro
y admiración a la vez.
—Huye. Te juro que hablo con toda sinceridad. Si no lo haces estarás
perd...
Varias balas pesadas de «Winchester» entraron aullando a través de los
batientes y de la ventana. Una de ellas encontró en su camino la cabeza de
Larry. Este cayó, fulminado, con el rostro vuelto hacia la muchacha. Ethel
ahogó una exclamación de horror.
Y se hizo un gran silencio.
Ya no se oía ningún disparo, ni siquiera el piafar de los caballos en la
calle. Todo parecía muerto.
Súbitamente, Ethel percibió el sonido cantarino de unas espuelas
mexicanas.
Los batientes fueron empujados y entró Joe Sinatra.
Ethel lo conocía por haberle visto diversas veces en la ciudad. Era,
además, uno de esos hombres a quienes todo el mundo señala. Joe Sinatra
vestía de negro, pero con un sombrero inmaculadamente blanco. Llevaba al
cinto dos revólveres con cachas de plata y marfil. Y en los ojos una mirada
muy extraña.
Era la mirada a un tiempo sorprendida y satisfecha del que acaba de
encontrar, con más facilidad de la esperada, todo aquello que andaba
buscando.
Sus ojos recorrieron centímetro a centímetro el cuerpo de la muchacha.
—Buenos días, Ethel. No puedes imaginar la alegría que siento al
encontrarte, nena.
—¡Calla! —barbotó ella—. ¡Miserable!
Creyó que sus palabras producirían algún efecto en Joe Sinatra, pero la
piel de éste era lo bastante gruesa para que nada la perforase. Ni siquiera se
inmutó.
—He venido por ti, preciosa.
—Usted ha venido para beber sangre.
—Te sorprenderías si supieras el enorme papel que juegas tú en todo esto,
preciosa —rió Joe—. Puede que el destino de Tucson se haya decidido
gracias a ti. De no ser por tu hermosura, Joe Sinatra no se hubiera molestado
en armar tanto jaleo.
Ethel rió seca, nerviosamente.
—¿Mi hermosura? Con tal de no ofrecérsela soy capaz de dispararme un
balazo en la cara.
Los batientes se abrieron otra vez. Unos cuantos individuos que iban
vestidos con ropas de vaquero, entraron empuñando todavía sus rifles.
—No hay más enemigos en la ciudad, jefe. Prácticamente somos los amos
esta noche.
—Y lo seremos siempre a partir de ahora.
Los ojos de todos los hombres estaban posados en Ethel. Parecían
atravesar su ropa.
—¡Vaya, jefe, la ciudad empieza a ser divertida!
—Mucho —silbó Joe Sinatra.
Miró a la muchacha con más fijeza que antes y ordenó:
—Baila.
—¿Está loco?
—¡Baila!
Ethel, desolada, miró a su alrededor. Sólo los muertos y aquellos
miserables que la rodeaban por completo. Eran ya una docena, al menos. En
la ciudad no se escuchaba ningún sonido porque todos debían estar a la
expectativa, aguardando en sus casas. Desde arriba, desde el piso primero del
saloon, tampoco llegaba ningún rumor. Steve y su mujer, dándose cuenta del
peligro, debían estar acurrucados en sus dormitorios si es que todavía no se
habían descolgado ya por las ventanas, aterrorizados.
Ethel se dio cuenta de que estaba absolutamente sola.
—Baila —repitió Joe Sinatra.
Seguía mirándola de aquella forma obsesionante, dañina. Ethel se
estremeció.
—No me moveré —dijo.
—Entonces te haremos mover nosotros.
Se abalanzó sobre ella antes de que la muchacha pudiera evitarlo, y la
sujetó por la cintura. Levantándola en vilo, la arrojó contra uno de sus
pistoleros, que la recibió en sus brazos. Los otros comenzaron a soltar
brutales risotadas al darse cuenta del juego. Ethel gimió, cuando pasaba por
los aires a los brazos de otro pistolero. Este se atrevió a besarla ya en la boca.
Pero antes de que pudiera conseguirlo, Joe Sinatra ordenó:
—¡Quieto! Soy yo quien empieza.
El pistolero dejó caer a Ethel al suelo, como si fuera un fardo.
—Ya me estoy cansando de tus imposiciones, Joe Sinatra. Todo el día no
haces más que mandar, mandar... ¡Y cuando hay una mujer por medio yo no
admito imposiciones de nadie!
—¿No?
La voz de Joe era burlona, calmosa.
Ethel, dándose cuenta de que la atención de todos estaba centrada en la
disputa, comenzó a deslizarse con mucha lentitud entre las piernas de los
pistoleros. Su intención era llegar hasta uno de los revólveres caídos junto a
los muertos. En este momento, Joe Sinatra silbó:
—Soy yo el que me he cansado de ti. ¡Y voy a demostrártelo!
Se inclinó empuñando los dos revólveres con la velocidad de un felino.
Tiró con el derecho a través de la funda, y luego con el izquierdo. El
pistolero, que había tratado de manejar su «Colt» derecho, cayó con el
corazón atravesado. La otra bala, disparada por Joe con una matemática y fría
precisión, le perforó la cabeza.
Durante unos instantes se hizo en el saloon un espantoso silencio.
—Bueno, estúpida. ¡Baila de una vez! —gritó Joe Sinatra.
Había mirado al suelo al decir esto. Pero Ethel ya no estaba allí. Ethel se
había deslizado fuera del círculo de piernas de los pistoleros y se había
apoderado del revólver de uno de los muertos. Joe Sinatra lanzó una
maldición.
—¡Detenedla!
Uno de los pistoleros se apresuró a obedecer. Levantó el rifle con ánimo
de descargar la culata sobre la cabeza de la muchacha. Pero ésta disparó una
sola vez y se llevó por delante la oreja derecha del pistolero. Luego saltó
hacia la puerta con la agilidad de una gata.
—¡Al que se mueva lo abraso!
No hablaba en broma. La cara ensangrentada del pistolero era la mejor
señal de ello.
—¡Puedo disparar un poco más al centro! —silbó—. ¡Y arrancarle un
pedazo de la frente, en lugar de la oreja!
En realidad la muchacha estaba temblando de miedo. La mano con que
empuñaba el revólver se estremecía continuamente. Era una simple cuestión
de segundos el que los pistoleros llegasen a notarlo.
Fue Joe Sinatra el primero.
—¡Maldita! ¡Te voy a...!
—¿Qué?
Una voz suave y burlona acababa de sonar en la puerta.
Joe Sinatra miró hacia allí. El hombre que acababa de entrar, apartando a
la muchacha, iba vestido de negro. Tenía los ojos también negros, los
cabellos oscuros. Una cicatriz le recorría una mejilla de parte a parte.
Joe Sinatra se quedó sin habla.
—¡Mike Cánova!
—Sí, soy Mike, el dulce y comprensivo Mike. Y ahora mismo vas a salir
a la calle y pedir perdón a esa muchacha... de rodillas.
Joe Sinatra apretó los labios.
Tenía fama, pero ahora podía transformar esa fama en leyenda. Todo
consistía en ser más rápido que Cánova. Si él mataba a aquel pistolero, se
convertiría en un verdadero rey dentro de las fronteras de Arizona.
Fue a «sacar», creyendo que Mike estaba desprevenido.
Y en aquel momento todos se dieron cuenta de que Cánova tenía
músculos de pantera, de que era un auténtico demonio con un sólo oficio:
¡Matar!
Sonaron los disparos, y Joe Sinatra cayó para siempre con la cabeza
atravesada.
Uno de sus compinches se movió demasiado y recibió plomo en el
corazón.
Mike apretó los labios y retrocedió poco a poco, de espaldas, hasta
desaparecer. Nadie más se atrevió a moverse.
Fue ésta la primera noticia de que Mike Cánova había llegado a Tucson.
***
El forastero —porque Mike era forastero en Tucson, aunque todo el
mundo hablaría pronto de él— montó en su caballo, amarrado un par de
esquinas más allá, y salió poco a poco de la ciudad.
Su tranquilidad era pasmosa. Diríase que no se acordaba ya de que
acababa de matar a dos hombres. Y que no pensaba en los vaqueros de Joe
Sinatra, que no dejarían sin vengar aquellas muertes.
La ciudad parecía vacía en estos momentos, a la hora turbia del amanecer.
Tucson, por desgracia para los ciudadanos honrados que habitaban en ella, se
había convertido en una ciudad donde se vivía y se moría de noche.
Salió de la población dejando atrás las últimas casas, y puso su caballo a
galope.
Llevaba alrededor de media hora de marcha cuando, al pasar por delante
de unos arbustos, alguien que estaba oculto entre ellos gritó:
—¡Quieto, forastero!
El caballo de Mike se encabritó. El joven no pudo detenerlo a tiempo, y
entonces la persona que estaba oculta por la vegetación tiró entre las patas del
animal, haciéndole dar un fantástico salto... Mike cayó a tierra lanzando la
maldición más salvaje que había pronunciado en su vida. Sus dos revólveres
salieron a la luz. Pero ya era demasiado tarde.
Alguien había aparecido entre la vegetación, apuntándole con un rifle.
Ese alguien era una mujer.
Judith.
Pero la mujer que ahora Mike tenía ante sus ojos era una belleza muy
distinta a la de la dulce novia vestida de blanco.
Parecía más opulenta y, desde luego, más provocativa que antes. Iba
vestida con una blusa muy ceñida, pantalones de montar muy prietos, y sus
labios estaban algo pintados. Contempló a Mike todavía en el suelo,
envolviéndole en una mirada de desprecio que la acreditaba como mujer que
no se asusta ante ningún hombre.
El primer asombro desapareció en seguida de Mike.
—¿Esto es todo lo que sabes hacer? —barbotó—. ¿Lanzar ladridos y
matar caballos?
La mujer sonrió. Tenía una sonrisa espesa y un poco turbadora, pensó
Mike Cánova.
El hombre miró el negro cañón del rifle. Le estaba apuntando
directamente a la cabeza, y la mujer lo empuñaba con seguridad. No sería
nada prudente intentar fortuna en esas circunstancias. Extrajo los revólveres
con dos dedos y los dejó caer al suelo.
—Ahora ya estoy en tus manos. ¿Qué piensas hacer? ¿Besarme?
—Nunca beso a los granujas, Cánova.
Hubo un rictus de desdén en los labios del pistolero.
—¿Qué has venido a hacer a Tucson?
—A matarte.
Los párpados del hombre temblaron un poco, pero ella no lo notó.
Judith distendió los labios.
—Mi hermano debe estar muerto y nada me importa ya... Me he escapado
de casa para acabar contigo, perro.
Mike comprendió que ella iba a disparar. Se leía un odio tan frío en los
ojos de Judith que hasta el más tonto se habría dado cuenta de que su vida
valía para ella menos que la de un insecto. Se tiró a tierra, con agilidad
diabólica, cuando ella disparaba.
La bala restalló en el sendero, junto a su cabeza.
Mike no podía ni soñar en recuperar sus revólveres, porque Judith tiraba a
matar y su única salvación estaba en moverse con la agilidad de un gato. Se
lanzó de cabeza entre unas rocas, mientras dos balas más rozaban
materialmente su camisa. Desde las rocas se dejó resbalar por un despeñadero
y cayó a un camino secundario situado quince yardas más abajo.
Echó a correr.
Sabía que, en adelante, su vida iba a ser peor que la de un perro rabioso a
quien todos buscan para clavarle una bala entre los ojos.
Se vio obligado, poco después, a emplear una senda mucho menos oculta
que la primera. Aquélla serpenteaba entre peñascos, mientras que ésta que
ahora debía seguir, ascendía por la falda de las colinas rocosas. Para
cualquiera sería muy fácil verle.
De todos modos, Mike confiaba en que por allí no habría nadie.
Pero se equivocó. Le vieron dos hombres.
Eran miembros de la junta de vecinos de Tucson.
Los dos hombres descendieron por un escarpado sendero, tratando de
alcanzar el que seguía Mike. Este parecía no haber advertido nada aún, pues
caminaba confiadamente.
Uno de los dos hombres le cortó la retirada.
—Yo le atacaré de frente —dijo el otro—. Y recuerde que es peligroso.
—Descuide. Sé emplear el lazo.
—Entonces, adelante.
Y los dos se lanzaron sobre Mike, que en este momento no tenía con qué
defenderse.
El joven oyó las pisadas de los caballos y trató de ocultarse entre dos
rocas. Pero era tarde, porque ya le habían visto. Los jinetes se dirigían
inequívocamente hacia él, y, además, siguiendo un plan preciso.
Se llevó maquinalmente las manos a las fundas y lanzó una maldición.
Intentó retroceder. Pero vio a Judith aparecer en lo alto del despeñadero.
Tenía cortada la retirada.
Mike Cánova, con la agilidad de un puma, trató de ascender por las rocas
hacia el lugar más inaccesible. Los caballos no podrían seguirle por allí, y las
aristas rocosas le ofrecían una cierta protección contra las balas.
—¡Huye, perro, huye! —gritó la voz de Judith.
Mike se mordió los labios. Y a partir de ese momento dejó de hacer un
solo movimiento para huir.
De todos modos estaba ya cazado. Uno de los hombres arrojó el lazo con
una inigualable maestría, y lo dejó bien sujeto por los hombros. Un leve tirón,
y Mike cayó hacia atrás. Sólo a su excepcional agilidad y sus hábiles
contorsiones de cintura debió el no morir despedazado entre las rocas. Pero,
aun así, cuando llegó al sendero, tenía el rostro cubierto de sangre.
—Buena cacería —silbó Judith, llegando junto a ellos—. Llevadle a
aquella choza. Pero tal como está. ¡Arrastrándolo!
Los ojos de los dos hombres brillaron ante la perspectiva del suplicio.
—¡Vamos allá!
Mike trató de resistir, pero fue inútil. El otro también le enlazó. Y entre
los dos lo arrastraron sobre el sendero pedregoso, animados por los gritos de
Judith, quien parecía en estos momentos acometida por un furor salvaje.
—¡A aquella casa! ¡Más de prisa! ¡Más de prisa!
El trote de los caballos se convirtió en galope. Mike, que se había puesto
en pie, trató de correr con todas sus fuerzas, a fin de no ser arrastrado
nuevamente. Jadeaba como un pobre animal herido. Y cuando faltaban unas
veinte yardas para llegar a la casa, ya no pudo más. Cayó a tierra y fue
arrastrado. Cuando el galope cesó, había perdido el sentido.
***
El último pensamiento de Mike Cánova fue éste: «Me ahorcarán dentro
de la casa».
Al no haber por las cercanías árboles suficientemente altos, sus
aprehensores debían haber pensado que dentro de la choza encontrarían
alguna viga. Y por eso se dirigieron hacia allí.
Mike odiaba morir en un lugar sórdido.
Al recobrar por completo el sentido, se sorprendió de no sentir en su
cuello la presión de una soga. Aunque se sentía tan dolorido que quizá lo
estaban colgando ya y no lo notaba. Respiró intensamente, y entonces la vio
con claridad a ella.
Estaba quieta frente a él. Y sola.
Los dos hombres habían desaparecido.
Mike vio ahora que lo habían amarrado, sólidamente al marco roto de una
ventana. Además, le habían despojado de su camisa hecha harapos, dejándole
el tórax desnudo. Y la mujer, frente a él, le miraba burlona, desafiante.
Con una fusta en la mano.
Una fusta casi tan larga como un látigo, pero mucho más dura, hecha de
cuero trenzado.
—Celebro que hayas despertado —silbó Judith—. Una de mis mayores
decepciones hubiera sido verte morir sin darte cuenta de nada.
Mike tenía la boca pastosa, llena de sangre. Pero consiguió hablar:
—¿Y los otros?
—Se han ido. Yo se lo pedí. Son hombres honrados que conocen a mi
padre.
—¡Qué romántica te sientes al buscar la soledad! ¿Piensas declararte?
La fusta se estrelló contra su pecho.
—¡La próxima será en tu cara! ¡Antes de matarte te marcaré!
—Me marcaste ya en el momento en que te vi.
Los ojos de la mujer centellearon.
—¿Qué quieres decir?
—Sencillamente esto: Que tus ojos me quemaron, que tu voz aún está
impresa en mis oídos, que tu figura aparece en todos mis condenados sueños.
Eso es lo que has hecho conmigo. Me has marcado ya de un modo que durará
toda mi vida.
Hubo un leve estremecimiento en los hombros de la mujer.
—Tu vida va a durar muy poco, perro.
Otra vez la fusta cayó sobre el pecho de Mike, quien tuvo que ahogar un
gemido.
—Tu vida va a durar muy poco, pero estas marcas durarán mientras exista
tu piel —jadeó la mujer—. ¡Quiero que recuerdes todo lo que hiciste! ¡Que
lamentes cien veces la muerte del pobre Thompson! ¡Que ladres igual que un
perro martirizado, como lo que eres!
Mike Cánova apretó los dientes.
—Tú estás aquí haciendo la imbécil mientras los hombres de Patrick
están a punto de llegar a Tucson. ¡Eres una mujer sola y resultas demasiado
bonita para ellos! —gritó.
La mujer parecía al borde del paroxismo. Empuñó la fusta con las dos
manos.
—¿Llamas hacer el imbécil a esto? ¿Y a esto?
Otra vez la fusta cayó sobre Mike. Por ahora en el pecho. Pero él sabía
que pronto Judith empezaría por la cara.
—¡No me haces daño, Judith! ¡No puede hacerme daño nada que venga
de tus manos! ¡Pero estás perdiendo el tiempo aquí! ¡Deja esta locura y
vuelve a Tucson! ¡Vuelve y ocúltate!
Judith dejó caer la fusta otra vez. Ahora en el cuello.
Mike Cánova la miró. Hubo en su mirada algo que era muy intenso, muy
extraño. Y su pregunta fue más extraña aún:
—¿Crees que de verdad quise matar a Thompson?
La ira de la mujer pareció centuplicarse. Sus dientes rechinaron, y su
brazo derecho, único que ahora sujetaba la fusta, empezó a moverse con
rapidez vertiginosa. Tres veces cayó el cuero sobre el pecho de Cánova,
dejando allí su bárbara marca. Y tres veces más sobre su cuello, donde
brotaron salpicaduras de sangre.
Y, sin embargo, Mike Cánova sonreía. Sonreía de una forma desafiante,
incomprensible, aturdidora.
—¿Es que no vas a quejarte, perro?
—Te he dicho ya que no me duele el castigo que venga de tu mano.
La mujer levantó la fusta otra vez, con tanta ira que sus dientes rechinaron
de nuevo. Iba a descargarla ahora en el rostro de Cánova. Pero de repente
vaciló, al contemplar sus ojos. No pudo resistir la intensidad casi diabólica de
aquella mirada y bajó la fusta poco a poco. Su barbilla temblaba. No hubiera
podido decirse si era de excitación o de miedo.
Extrajo entonces un revólver, con su mano izquierda.
—Esto es el fin —barbotó.
—¿Por qué no haces más larga tu venganza? —rió Cánova—. ¿Por qué
no aprovechas más esta situación? Te ha costado mucho tenerme así.
¡Aprovéchala para poder decir algún día que cierta vez mataste a golpes a un
hombre!
Nuevamente castañetearon los dientes de Judith.
—No tengo valor para torturarte más. Ni es justo que lo haga. Tú mataste
a Thompson sin hacerle sufrir. Yo te mataré ahora sin hacerte sufrir tampoco.
Los dos estaremos en paz con el destino.
Judith levantó su revólver lentamente. Su mano no temblaba.
—Pero Cánova no había perdido el tiempo mientras era golpeado. Sus
dedos finos y hábiles habían desatado unos nudos hechos con demasiada
precipitación. Y en el momento en que Judith levantó el revólver, él ya tenía
las manos libres.
Se ladeó, con una agilidad inaudita, cuando la detonación sonaba. La bala
silbó junto a su cadera derecha. Y antes de que Judith pudiera disparar de
nuevo, antes de que pudiera darse exacta cuenta de lo ocurrido, Cánova ya le
había hecho soltar el revólver de un manotazo.
—¡Así está mejor!
La mujer levantó la fusta, única arma de la que podía disponer ahora. El
hombre nada hizo por evitar el golpe, que resonó salvajemente en su pecho.
Pero sus brazos se ciñeron en torno a la cintura de Judith, y sus labios
buscaron los labios de la mujer.
—¡Cobarde! —jadeó ella—. ¡Cobarde!
Le golpeó de nuevo con todas sus fuerzas. Cánova dijo:
—Golpéame otra vez y yo te besaré otra vez. Golpéame cien veces y yo
te besaré cien veces.
Los hombros de Judith temblaron. Temblaron sus labios. Hubo en ella
como una crispación, como un paroxismo doloroso.
—¡Miserable asesino!
Mike Cánova la apartó suavemente de su lado. Y recogió el revólver,
guardándolo en su funda derecha.
—¿Qué vas a hacer ahora? —masculló Judith—. ¿Matarme a mí
también?
—Conmigo siempre te equivocas —silbó Cánova.
Y sin dirigirle una mirada salió de la choza.
El caballo de la mujer estaba frente a la puerta. Cánova, con dificultad,
porque le dolía horriblemente el cuerpo, lo montó. E instantes después
enfilaba la ruta de diligencias.
Fue en ese momento cuando oyó varios disparos. Diez o doce. Sólo eso.
Luego, silencio.
Quiso correr más, pero no le era posible. Apenas podía sostenerse sobre
la silla, y el camino era endiabladamente pedregoso. El caballo tropezaba
continuamente. Por eso no pudo llegar a tiempo de unirse a la banda de
Patrick, que acababa de entrar en Tucson.
CAPITULO 5
Decir la banda de Patrick era hablar en Arizona del terror organizado.
Patrick había empezado siendo un ganadero de dudosa reputación, que se
hundió definitivamente al asesinar a la hija de un vecino suyo, después de
ultrajarla.
Este «glorioso» principio había marcado su vida criminal. Luego fue
cuatrero con la ayuda de una pequeña banda. Pero pronto se dio cuenta de
que en Arizona no había Ley y de que un hombre audaz podía convertirse en
el auténtico dueño del territorio. Su banda creció y llegó a asaltar ciudades
enteras.
Ni los federales ni los sheriffs más audaces habían podido acabar con la
banda en lucha frente a frente.
Y ahora Patrick estaba en Tucson a la cabeza de veinte hombres,
animados por los dos únicos deseos que siempre habían guiado sus actos: el
dinero y las mujeres. Sobre todo las mujeres podían considerarse perdidas
ante él, aunque fuesen mestizas o de pura raza india.
Esta era la banda y este el hombre a los que quería unirse Mike Cánova,
el antiguo lobo solitario.
Al fin y al cabo, ¿qué importaba aquello después de asesinar a
Thompson?
Se encaminó a la ciudad, pero dando un rodeo para asegurarse de la causa
de los disparos oídos anteriormente. Y cuando se cercioró de ello sus ojos
tuvieron un extraño parpadeo y brillaron durante unos instantes como los de
una fiera.
El sheriff y uno de sus agentes habían sido cazados por la banda en los
alrededores de la ciudad. Seguramente que el de la estrella quiso tender una
trampa, pero él y su agente fueron los que cayeron en ella. Después de ser
heridos habían sido ahorcados. Sus cuerpos aún se balanceaban trágicamente
en el único árbol de las cercanías.
Mike se mordió los labios.
Era lo único que le faltaba a Tucson.
Primero las manadas con sus docenas de conductores borrachos, y ahora
esto: la banda de Patrick.
La ciudad se había convertido en un imperio de la muerte.
Descolgó los cuerpos y a continuación reemprendió lentamente su camino
hacia Tucson. Pero Judith estaba ya en la ciudad, llegando antes que él.
Había pedido prestado un caballo en un rancho donde conocían a su
padre, y ahora se dirigía a su hotel con ánimo de no salir de allí hasta tener
una nueva oportunidad de acabar con Mike Cánova.
Pero pronto se dio cuenta de que algo ocurría en la ciudad.
Las calles estaban vacías.
Vacías a excepción de aquel jinete barbudo, cubierto de polvo, que se
aproximaba a ella viniendo por el lado opuesto de Main Street.
Los ojos chispeantes del hombre recorrieron la figura femenina.
Hizo un gesto rápido, al cruzarse con ella, y detuvo el caballo de la
muchacha.
—¿Qué has venido a hacer aquí, nena? ¿A ofrecer tus servicios a Patrick?
—¡Deje mi caballo en paz!
—Calma, paloma, calma. No estás hablando con cualquiera, sino con
Morton, el brazo derecho de Patrick. He querido dar una vuelta mientras
todos los demás se instalaban en los hoteles, y veo que he tenido suerte. Baja
del caballo y charlaremos un rato tú y yo. Apuesto a que nadie te ha enseñado
a besar todavía.
Judith tenía los nervios deshechos después del encuentro con Cánova. Fue
incapaz de aguantar una palabra más.
Llevaba aún la fusta en la mano. Apretó los dientes y la movió dos veces,
de derecha a izquierda y de izquierda a derecha, cruzando con ella el rostro
de Morton. Este, con las facciones desencajadas, se llevó las manos a las
mejillas, donde habían aparecido dos surcos de sangre. Tuvo para ello que
soltar sus propias riendas, y su caballo se encabritó. Morton no pudo
conservar el equilibrio y cayó aparatosamente al suelo. Un verdadero surtidor
de polvo se formó bajo su cuerpo.
—¡Maldita! —rugió—. ¡Maldita!
Algunos hombres que habían salido a los porches atraídos por la escena
lanzaron carcajadas estentóreas al ver la grotesca posición en que había
quedado uno de los «hombres duros» de Patrick, y más ante una mujer. Judith
no rió porque las anteriores palabras de Morton aún dolían en el corazón.
Pero su gesto despertó la admiración y la hilaridad generales, sobre todo
cuando Morton ensangrentado y cubierto de polvo, quiso levantarse y dio un
traspié que por poco le hace caer de nuevo. Sus ojos, sin embargo, tuvieron
un brillo de fanático odio, como los de una fiera que tiene hambre y a la que
además se acaba de herir.
—¡Pagarás esto, maldita!
Judith quiso enderezar su caballo y picar espuelas para salir galopando de
allí, pero justamente cuando movía las piernas, Morton se las apresó con
ambas manos, engarfiándole los tobillos. Tiró de ellos, y Judith se vino al
suelo también, desgarrándose su blusa.
—¡Suélteme, canalla! —gimió—. ¡Cien veces canalla!
—¡Te soltaré cuando hayas sido humillada! ¡Cuando aprendas que de
Morton nadie se ha reído jamás!
Seguía arrastrándola por los tobillos, entre las carcajadas insolentes de
una parte de los espectadores y las maldiciones estentóreas de los demás. La
salvaje maniobra de Morton causó general repulsa, pero en Tucson se le
temía por su fama con el revólver, y nadie intervino. Precisamente por haber
hecho el ridículo pocos momentos antes, Morton resultaba doblemente
peligroso.
—¡Voy a arrastrarte hasta la habitación de Patrick! ¡Quiero que te vea!
—No... ¡Patrick no! —gimió Judith.
En ese momento, de entre el grupo de espectadores, surgió un hombre.
Era un tipo joven, casi un muchacho. Tenía una sonrisa despectiva en los
labios y acariciaba las culatas de sus revólveres mientras miraba
desafiantemente a Morton.
—¡No eres más que un perro sarnoso! —barbotó—. ¡Suelta a esa mujer o
te desharé la cabeza!
Morton soltó a la mujer para contemplar a su enemigo.
—¿Tú, pequeño pollito de invernadero, eres el que habla de matar a
Morton?
—Soy el que habla de defender a una mujer inocente.
En la calle se había hecho un instantáneo silencio. El rumor de las voces,
de las carcajadas, de las respiraciones incluso, había cesado por completo.
Diríase que todos los hombres que se hallaban en la calle habían muerto de
improviso, y que por un milagro de equilibrio aún estaban en pie antes de
caer para siempre. Todas las miradas convergieron en la zona ocupada por
Morton y el joven, que estaban situados tan sólo a diez metros de distancia
uno de otro. Cuando las balas saltasen al aire serían mortales de necesidad. Y
los ojos de hombres y mujeres se entrecerraron ante la inminencia del
momento decisivo.
—Te perdono la vida, idiota —dijo despectivamente Morton, mientras
escupía al suelo.
—Muchas gracias, pero antes tendrás que dejar libre a esa mujer.
Morton, por toda respuesta, se inclinó para sujetar nuevamente uno de los
tobillos de Judith, quien trataba de cubrirse los enormes desgarrones de su
blusa.
—No, amigo.
Morton arqueó los brazos y entreabrió las piernas.
—¡Está bien, estúpido! ¡Saca!
El joven se echó un poco hacia atrás y trató de sacar sus dos revólveres a
la vez, demostrando mucha agilidad, pero muy poca picardía. Logró extraer
las armas, mas no colocarlas en línea de tiro. Morton, más experto, empleó
tan sólo una décima de segundo en disparar a través de la funda, alcanzando a
su enemigo en pleno vientre. El joven se estremeció, gimiendo como un niño,
mientras Morton le enviaba a la cabeza una segunda bala, que fue definitiva.
Un silencio agobiante se hizo en la calle, silencio que sólo fue roto por
una ronca voz:
—¡Salvaje! ¡Has asesinado a mi hijo! ¡Fiera sanguinaria!
Un hombre de unos cuarenta y cinco años se adelantó abriéndose paso a
codazos por entre la muchedumbre y contempló a Morton con facciones
deformadas por el dolor. Sus manos temblorosas estaban a la altura de sus
revólveres, pero todos adivinaron que se hallaba demasiado nervioso para
intentar nada serio con ellos. Además, su mirada iba con demasiada
insistencia hacia el cadáver de su hijo, olvidando el peligro que representaba
el revólver, ya desenfundado de Morton.
—No me gustan las discusiones —advirtió secamente éste—. Llévate tú
mismo el cadáver del muchacho, si no quieres que te lleven junto a él dentro
de un par de minutos.
—¡Eres una hiena, Morton! ¡Defiéndete!
Pero Morton no se defendió. No hubo necesidad de eso. Con el revólver
que sostenía en su diestra hizo un disparo a matar, antes de que el pobre
hombre lograra tocar las culatas de sus armas. El desdichado recibió el balazo
en pleno corazón sin tiempo para darse cuenta de lo que realmente sucedía.
Sus rodillas se doblaron y cayó, con un gesto de estupor en el semblante,
balbuciendo una sola palabra.
—Ase... si... no.
Sí, había sido un asesinato de los más incalificables que se recordaban en
Tucson, la tierra de la violencia. Pero en esa tierra maldita, donde la vida de
un hombre o la honra de una mujer no valían nada, faltaba además la leve
sombra de la Ley que significaba la presencia del sheriff. Ni eso había
siquiera cuando Morton mató a los hombres. Y por eso enfundó el revólver
con una sonrisa irónica, sabiendo que ahora ya nadie le pediría cuentas.
Había llegado el momento de escarmentar a Judith.
Se acercó a la muchacha, mientras el silencio que nuevamente se había
hecho en la calle semejaba poder palparse.
Sonriendo satánicamente, se inclinó un poco y alcanzó la fusta que Judith
no había tenido más remedio que soltar.
El sol rojo del verano iluminaba la escena con reflejos infernales.
Algunas mujeres cerraron los ojos, y los hombres volvieron
cobardemente la espalda.
Judith era demasiado joven y ágil para permanecer mucho tiempo
indefensa en el suelo. Se levantó de un rapidísimo salto y echó a correr como
una gacela a lo largo de la calle.
Morton no la persiguió.
Tan sólo fue hacia su caballo sin dejar de sonreír y desanudó el lazo que
tenía atado a la silla. Con un elegante movimiento, hizo girar la cuerda sobre
su cabeza y la lanzó. Judith, exhalando un gemido, vio frenada en seco su
carrera al ser apresada por el lazo.
—No vueles tan aprisa, palomita —dijo Morton.
La muchacha trató de liberarse, debatiéndose furiosamente, y Morton
soltó su cuerda para dar mayor amenidad al juego. Judith echó a correr y fue
frenada nuevamente. Otra vez Morton volvió a soltar la cuerda.
Ante la impotente desesperación de la muchacha, tiró de la cuerda
bruscamente, haciendo caer a Judith y arrastrándola por el suelo. La arrastró,
hasta casi poder tocarla con sus pies, y entonces levantó la fusta.
El primer golpe lo recibió Judith en la espalda, cuando desesperadamente
se cubría el rostro.
El segundo en el cuello.
Y el tercero...
Iba a recibir el tercer golpe, éste más certero que los otros, cuando la fusta
voló de la mano de Morton.
Alguien se la había arrancado de un balazo, haciéndole en la mano un
ligerísimo rasguño. Morton se volvió a un hombre solo situado en el centro
de la calle.
Aquel hombre era Mike Cánova.
Cánova tenía las facciones cuadradas en estos momentos, como si las
hubiesen tallado en piedra. Sus ojos estaban entrecerrados a causa del sol, y
sus brazos arqueados ligeramente. En su mano derecha sostenía un revólver,
humeante aún, que comenzó a enfundar poco a poco.
—El próximo disparo que haga será a matar, Morton. Y lo voy a hacer
dentro de unos momentos.
Morton se encogió y arqueó la espalda un poco, como un gato presto a
saltar. Rechinó su dentadura y sus manos temblaron espasmódicamente.
—Tú no puedes disparar contra mí mientras yo no te haga frente. Creo
que tu fama de pistolero sufriría si lo hicieses.
Cánova sonrió secamente.
—¿Es que no vas a hacerme frente, Morton? ¿Después de haber dado
muerte a esos dos desdichados y después de insultar a una mujer te acobardas
ante mí?
Otra vez Morton rechinó los dientes.
—No llames cobardía a lo que es simple prudencia. A ti no tengo ninguna
necesidad de hacerte frente, por la sencilla razón de que no desenfundarás tu
revólver mientras yo no lo haga. ¿Crees que Patrick te admitiría si disparases
a sangre fría contra su lugarteniente?
—Mejor —sonrió Mike—, porque así el cargo quedaría libre.
Y sus ojos fueron un instante hacia la muchacha. Y ella vio una extraña
luz en esos ojos. Y se cercioró de que Mike era el hombre más sorprendente
que había conocido jamás.
Mike, quieto, silencioso, ante ella, seguía mirándola. Sus ojos negros
tenían una expresión más humana, más cálida, que los hacía distintos. Y
Judith recibió aquella mirada como una desesperada caricia que llegase hasta
el fondo de su ser, aunque se negó a admitirla.
Los dos, con todo esto, se habían distraído un momento. Y Morton,
decidido a todo, lo aprovechó para atacar.
Tenía un revólver en la funda, pero fue lo bastante listo para comprender,
que, aun ganando la acción a Cánova, éste sería lo suficientemente rápido
para clavarle una bala entre las cejas. Había visto hacer demasiadas
maravillas al pistolero para arriesgarse a eso.
En cambio, y a pesar de las palabras cambiadas entre los dos, era evidente
que Cánova no haría uso de sus armas a menos que él extrajese el revólver. Y
decidió dejarlo quieto por un momento.
A sus espaldas había un pesado carromato de los empleados para
transportar grandes cargas a través de la pradera. El tronco de caballos no
estaba unido a él, pero sí en cambio había un grueso látigo junto al pescante.
Y Morton, durante los breves segundos en que Judith y Cánova estuvieron
distraídos, se apoderó de él.
—¡Atención, Cánova!
El aviso había partido de uno de los espectadores. Pero llegó demasiado
tarde.
El látigo, disparado por Morton con una excepcional habilidad, rodeó la
cintura de Mike Cánova, quien, sorprendido, se vio obligado a dar una vuelta
completa sobre sí mismo. Morton movió otra vez el látigo y alcanzó una de
las piernas de Cánova. Este no pudo evitar caer al suelo y verse arrastrado
durante un par de yardas.
Cuando un hombre acosado por un látigo se mantiene en pie y conserva
su agilidad de movimientos, aún no está todo perdido para él. Puede esquivar
los golpes, fintar con el cuerpo y tratar de llegar hasta su enemigo. Pero
cuando cae al suelo ya no tiene salvación; por ágiles que sean sus
movimientos, los del látigo lo serán siempre más. El látigo, cuando su dueño
lo maneja bien, es como una gran serpiente. Y Cánova ya había caído al
suelo, y tenía motivos para saber lo que le aguardaba.
Morton rió secamente. La mano con que empuñaba el látigo tembló de
excitación, mientras se disponía para el nuevo golpe.
—¡Dispare, Cánova! —gritó una voz.
—¡Ese hombre le destrozará con el látigo!
—¡El le ha atacado a traición! ¡No le importe emplear el revólver!
El griterío alrededor de los dos contendientes aumentaba por momentos.
Un círculo de pasión y de odio se había formado en torno a los dos hombres
enzarzados en aquella lucha que sólo podía tener un final: la muerte. Y si
Cánova no empleaba el revólver pronto, sería él el que perecería en la lucha;
porque lógicamente ya no tenía salvación.
Pero Cánova no rozó su arma, aquel «Colt» calibre 45 negro que Judith
ya conocía bien. Se limitó a mirar a Morton con una sonrisa entre desafiante
y burlona.
—¡Estás perdiendo los nervios, amigo! ¡Vamos, ataca!
Morton con un rugido, atacó.
Había adivinado que la intención de Cánova era sujetarse al látigo de
cualquier manera y obligarle a perder el equilibrio; por eso dio un golpe muy
rápido y suave, descolocando a su adversario y haciendo que se sintiese
desorientado. Luego apretó los dientes y lanzó con una carcajada su primer
golpe de castigo: un latigazo plano sobre la espalda de Cánova, que le rasgó
lo que quedaba de su camisa negra.
—¡Esto no es más que el principio!
Sí aquello no era más que el principio. Morton sabía cómo destrozar a un
hombre con un látigo y cómo evitar que se escabullese la presa. Dos nuevos
golpes acabaron de destrozar la camisa de Mike e hicieron aparecer en su
tórax las primeras manchas rojas. El pistolero trató de levantarse, y Morton,
en un prodigio de habilidad, le enredó otra de sus piernas, haciéndole caer de
nuevo y ahora cara al cielo. Los golpes iban a ser mucho más dolorosos en
esta nueva postura.
—¡Por Dios, emplee el revólver de una vez, Cánova! —gritó una voz—.
¡Aunque sea para herirle tan sólo!
—Yo no empleo el revólver con un hombre que me ataca con un látigo
solamente —masculló Mike Cánova.
—¡Pero el látigo puede matar! —gimió ahora Judith—. ¡Acabará contigo!
Morton, desde muy cerca, le dedicó una malévola sonrisita.
—Luego ya me encargaré de ti, nena.
La momentánea pausa fue aprovechada por Cánova para reunir fuerzas y
lanzarse hacia delante con la agilidad de un puma. Morton, no obstante, le
esquivó a tiempo. Se hizo a un lado, y Cánova pasó volando junto a él, para
estrellarse sordamente contra la muralla humana que rodeaba el escenario de
la lucha. Ensangrentado y maltrecho, cayó entre los pies de los espectadores,
respirando angustiado el polvo que había levantado con su propio cuerpo.
—¡Yate has movido bastante, Cánova! —rugió Morton.
Y entonces comenzó el verdadero, el terrible, el implacable castigo. Entre
los alaridos de una multitud enardecida y horrorizada a un tiempo, entre los
gemidos angustiosos e impotentes de Judith, Morton movió el látigo como el
verdadero diablo, como un campeón invencible. El cuero trenzado silbó una y
otra vez sobre la cabeza de Cánova, redujo a tiras sus ropas y marcó trazos
sangrientos en su cuerpo. Dos veces trató de ponerse en pie el pistolero y dos
veces cayó cuan largo era, engañado por hábiles fintas del látigo de Morton.
Y apenas puesto en contacto con el suelo, Morton se ensañaba más y más con
él, porque sabía que un sólo instante de tregua significaría, fatalmente, su
propio fin.
Ahora, en la calle, ya nadie gritaba, y sólo el chasquido seco y cruel de
los latigazos hacía estremecer el aire. Judith, apretando los dientes, se puso en
pie y se acercó poco a poco por la espalda a Morton, decidida a intervenir
aunque el hacerlo le costase la vida.
Pero el momento elegido por Morton para acabar con su enemigo había
llegado ya. Cánova estaba lo bastante «maduro» para el golpe final. Y por
eso, rechinando los dientes, Morton articuló:
—¿Por qué no saca ahora el revólver, señor rey del gatillo? ¿Es que de
repente le ha entrado miedo?
Cánova estaba en aquel momento, jadeante, en el suelo, y su postura era
la menos indicada para «sacar». Todos adivinaron el claro objetivo de la
maniobra de Morton: obligar a su enemigo a hacer un solo movimiento
sospechoso para, con toda tranquilidad, descerrajarle un cilindro entero,
alegando luego defensa propia. Y por si la postura de Cánova no fuera ya
bastante comprometida, el castigo que acababa de sufrir le habría impedido
mover el revólver a tiempo. De modo que Morton obraba sobre seguro al
hacer aquella proposición.
—¡Canalla! —silbó Judith—. ¡No es más que un miserable canalla!
Se abalanzó sobre él, tratando de sujetarle el látigo, pero Morton la arrojó
de nuevo al suelo con un seco movimiento de su brazo izquierdo. Y entonces,
las facciones crispadas en una expresión de odio, levantó el látigo sobre el
cuerpo de la muchacha.
—¡No! —rugió alguien.
Aquel alguien era Cánova.
Sus ojos lanzaron un destello más oscuro, más cruel que de costumbre.
Sus manos parecieron arañar el aire y todos sus músculos sufrieron una
sacudida.
Saltó.
Los habitantes de Tucson no recordaban un salto tan espectacular, tan
felino y certero como aquel. Cánova cayó sobre Morton y los dos rodaron por
el suelo entre los alaridos ensordecedores de la muchedumbre. Mike Cánova
se puso en pie de un nuevo salto, pero Morton no soltó su látigo. Cuando iba
a moverlo de nuevo, Cánova se lo pisó. Y de un puntapié que resonó
sordamente en la calle, se lo arrancó de la mano que lo empuñaba. Morton
lanzó un grito de dolor que fue ahogado por el clamoreo del gentío reunido
en el escenario de la lucha.
—¡Coge ahora el látigo, Cánova! —gritó una voz.
—¡Ahora dale su parte!
Pero Mike Cánova no se apoderó del arma. Por el contrario se distanció
un poco de su enemigo, ordenándole:
—Ponte en pie.
Morton lo hizo, tratando de abalanzarse sobre el látigo. Cánova, que
esperaba aquello, lo enderezó de un rodillazo, le propinó un gancho de
izquierda y luego un fantástico cruzado de derecha. Morton lanzó un alarido,
mientras se desplomaba pesadamente. Pero se volvió a incorporar como si
hubiera tenido un resorte bajo su cuerpo. Quiso mover los brazos y no lo
consiguió porque Cánova le golpeó en los flancos, haciéndole encogerse.
Otro cruzado doble a los ojos le dejó medio ciego, y fue a partir de ese
momento, cuando Morton empezó a flotar de un lado a otro del círculo
formado por la muchedumbre. Nadie era capaz de vencer con los puños a
Cánova, y todos sabían eso. Los puños del gigante fueron una y otra vez al
rostro de Morton, deshaciéndolo, convirtiéndolo en una masa irreconocible.
Al fin, un corto al estómago lo hizo doblarse y otro gancho al mentón lo
desplomó como un muerto entre las ruedas del carro.
Cánova, jadeante, rendido por el esfuerzo y por el brutal castigo que antes
recibiera, se dirigió vacilando hacia Judith para levantarla del suelo.
—¡Cuidado!
Era la propia Judith la que había dado la voz de alarma. Morton,
semiinconsciente a causa de los golpes, supo no obstante que aquella era una
ocasión ideal para acabar con su enemigo. Extrajo el revólver y apretó el
gatillo.
La bala sólo rozó a Cánova, que se había arrojado al suelo al oír la
advertencia de Judith. Un nuevo disparo de Morton le produjo un rasguño en
la cadera, mientras él extraía a la vez su revólver.
Disparó una sola vez, con fría precisión, y fue suficiente. Morton, quien
se disponía a apretar el gatillo de nuevo, recibió la bala en el corazón y cayó
hacia atrás con el rostro desencajado. Sus manos, en un último espasmo de
dolor, se aferraron a los radios de una de las ruedas del carro y quedaron así,
levantadas, como si su dueño aún tuviese vida.
La muchedumbre que había presenciado la pelea se convirtió de repente,
al cesar ésta, en una marea humana. Hombres y mujeres se abalanzaron hacia
Mike Cánova para felicitarle, olvidando lo que podría ocurrir cuando llegase
Patrick, mientras otros se apresuraban a poner en pie a la maltrecha Judith.
Algunos otros, en fin, más caritativos o más sensatos, se apresuraron a retirar
los cadáveres.
Judith miró sus ropas destrozadas convertidas en un sucio pingajo. Su
rostro y sus manos, además, estaban sucios de polvo y sangre. Pero nada de
esto tuvo importancia para ella al lado del hecho trascendental y decisivo, el
hecho que la llenaba de una brutal sorpresa. ¡Mike se había jugado la vida por
ella! ¡Sólo por ella!
Pero Mike no parecía comprender estos pensamientos. Lentamente, como
un muerto que camina, se había alejado ya.
CAPITULO 6
Uno de los hombres que ayudaron a Judith era un viejo amigo de su
padre. En realidad muchas personas, en Tucson, en Phoenix, la capital, y
otros lugares de Arizona, conocían al padre de Judith. Y fue ese hombre
quien le rogó:
—Venga conmigo, por favor. Necesita cuidados.
—Pero ese pistolero...
Judith miraba en dirección por donde se había alejado Mike Cánova.
—No se preocupe por él. A lo que se ve sabe defenderse solo, y además
es un gun-man profesional. Venga, se lo suplico.
Judith entró en la casa.
—¿No me recuerda? —preguntó el hombre—. Soy Josiah, viejo amigo de
su padre.
—Sí, le recuerdo... Gracias.
La mujer de Josiah estaba en el umbral de la casa. Ayudó a Judith a
entrar.
—¡Dios mío! Ha sido terrible. ¡Cómo está usted, muchacha! ¡Necesita
ante todo un baño y luego ponerse algo encima de estas heridas!
—Cuida tú de todo eso —dijo Josiah—, pero hazlo pronto.
La diligente mujer preparó en seguida un baño caliente, en el que se
introdujo Judith. Una vez limpia su piel, dejó que la esposa de Josiah le
aplicara en las heridas y rasguños un líquido cicatrizante. Media hora más
tarde, Judith, vestida con ropas nuevas, descendía a la planta baja de la casa,
donde le aguardaba Josiah.
—Le duele todo el cuerpo, ¿verdad, muchacha?
—Tengo la sensación de que todos mis músculos rechinan, como los
muelles de un coche demasiado viejo.
—No podía esperarse otra cosa después de lo que ha sucedido, pero usted
es joven y pronto se repondrá. Siéntese y beba un poco de ese licor.
Judith bebió.
Josiah la miraba atentamente.
—Está usted triste, ¿verdad? No le importan los golpes sino la
humillación que ha sufrido.
—Sí.
—¿Por qué se fue de casa, muchacha? ¿Lo sabe su padre?
—El se negó a dejarme marchar, pero no pudo impedirlo.
—Lo que me pregunto es con qué objeto se marchó usted. ¿Cree que
Arizona es tierra apropiada para una mujer sola?
—Me marché para seguir tras las huellas de Mike Cánova y acabar con
él.
—Me sorprende usted, Judith. ¿No iba a casarse con ese hombre? En
Tucson y sus cercanías no se hablaba de otra cosa.
—Sí, es cierto. Iba a casarme con él.
—¿Y ahora quiere matarlo? Francamente, no entiendo...
—No crea usted que estoy loca, Josiah —musitó Judith con los dientes
apretados—, ni piense que llegué a amar a ese hombre. Iba a casarme con él a
la fuerza.
—¿Cómo...?
—Sí. Usted debía saber probablemente que mi hermano desapareció de
casa. Mi padre cree que le dio por conocer mundo y correr aventuras, pero en
realidad yo sé que fue raptado por Mike Cánova. Mike, por lo visto, llegó a
conocerme hace tiempo, aunque yo no lo conocía a él. Debió interesarse por
mí, y quizá también pensando retirarse con la sólida fortuna de mis padres,
decidió pedirme en matrimonio. Pero él sabía que su deseo era ridículo y que
necesitaba imponerlo a la fuerza. Por eso raptó a mi hermano e hizo que él
me escribiera explicándome que le mataría si yo no accedía a casarme con
Mike. Pasé... pasé una semana angustiosa, pero al fin comprendió que no
había otro remedio. Yo quiero mucho a mi hermano, Josiah, y estaba
dispuesta a hacer cualquier sacrificio con tal de no verle muerto. Por eso
inventé mil mentiras, dije que estaba enamorada de Mike Cánova y accedí a
la boda. Pero todo fracasó por la intervención del sheriff Russell, y ahora no
me cabe duda de que Mike Cánova habrá dado ya la orden de que asesinen a
mi hermano. Por eso, y porque todo está perdido, y porque Cánova mató a
Thompson, uno de los hombres más buenos de mi ciudad, he marchado de
casa dispuesta a acabar con esa alimaña. Soy una mujer, pero también sé
manejar la fusta y el revólver...
Josiah guardó unos instantes de silencio, mirando reflexivamente a la
muchacha, después de dar Judith todas aquellas explicaciones.
Vaciló antes de decir lo que tenía en los labios, pero al fin se atrevió a
susurrar:
—Sin embargo, Judith... Yo juraría que usted le ha mirado de un modo
especial cuando él ha matado a Morton. Yo juraría que esa mirada... no era la
de una mujer que odia.
Judith apretó los labios y sus mejillas enrojecieron ligeramente, como si
hubiera visto descubrirse uno de sus más profundos secretos.
—No niego que me ha salvado la vida —jadeó nerviosamente—, y es
posible que en esa mirada hubiese algo de gratitud y de sorpresa, ¡pero nada
más! Precisamente porque no quiero deberle nada, pienso colocar a su
nombre, en un Banco de Tucson, una elevada cantidad «agradeciendo sus
servicios». Creo que hasta un perro rabioso merece que le den un hueso si
tiene hambre. ¿Conoce usted algún abogado que pudiese redactar un
documento para depositarlo en el Banco junto con el dinero?
Josiah reflexionó unos instantes.
—Sí. Uno de los más hábiles se llama Franklin y vive cerca de aquí. No
tiene muy buena fama, pero despachará rápidamente este asunto; supongo
que la rapidez es lo que más le interesa ahora, para poder volver con sus
padres.
—En cierto modo, sí. Ya no tendría valor para matar a Mike Cánova,
después de haberme salvado él la vida, pero..., ¡pero no creo que haya en
Arizona otra mujer con tantas ganas de morir como yo!
Apretó los puños sobre los brazos del sillón y cerró los ojos para que
Josiah no pudiera ver en ellos el brillo delator de sus lágrimas.
Fue en ese momento cuando se oyeron disparos no muy lejos de allí, en la
calle.
Uno de los sirvientes negros de Josiah entró corriendo en la habitación.
—¡Vuelve a haber jaleo, señor! ¡Hay que cerrar todas las ventanas!
—Pues sí que está resultando Tucson una ciudad buena para los nervios...
—gruñó Josiah—. ¿Qué ocurre ahora?
—Ese condenado pistolero, señor... Mike Cánova. Por lo visto, Patrick no
ha «tragado» bien lo de la muerte de su compañero Morton... ¡y ha acorralado
con más de diez hombres a Mike Cánova!
***
Era verdad. Demasiado orgulloso para consentir que un hombre solo
hiciese cosas que él no era capaz de hacer, Patrick había puesto en
movimiento a diez hombres de su banda y los había situado en las cercanías
del hotel donde Mike había tratado de reponerse. Cuando le vieran salir,
tenían que desenfundar a la vez sus armas y tirar a matar sin darle ninguna
oportunidad.
Mike se había dado también un baño, cambiándose de ropas. Descansó
media hora y, aunque la cabeza le daba vueltas, volvió a salir porque quería
liquidar un asunto que tenía pendiente en Tucson aquella misma mañana.
Apenas puestos los pies en el porche del hotel se dio cuenta de que lo
tenían cercado.
Fue instantáneo. No pensó. Sacó el revólver izquierdo, y en ese momento
sonó el primer disparo.
La bala fue enviada por un hombre que estaba a su derecha, medio oculto
tras la columna de un porche. Mike sintió como un ligero desvanecimiento y
supo en seguida que la bala le había rozado la cabeza, aunque sin herirle. Se
arrojó al suelo e hizo dos disparos al azar, procurando cobijarse tras la
baranda del porche. En ese momento, desde su izquierda, disparó alguien
más. La bala le rozó un brazo.
Aquello era una cacería, y él había caído en la trampa.
Dos de los pistoleros de Patrick corrieron hacia él, aprovechando su
momentánea desorientación, para rematarlo tranquilamente. Mike había
soltado el revólver un momento, perdiendo un tiempo precioso. Levantaban
ya sus «Colt» cuando desde el piso primero del hotel alguien disparó contra
ellos a través de una ventana, alcanzando a dos de los forajidos.
Mike miró hacia allí, incrédulo. No pudo ver a nadie.
Los pistoleros sintieron el zumbido de las balas y luego ya nada más.
Luego dos que quedaban vivos tiraron contra Mike sin molestarse en apuntar
y volvieron grupas con toda la velocidad que sus piernas les permitían. El de
la ventana disparó otra vez pero sin poder alcanzarles.
Mike empezó a arrastrarse con las mandíbulas apretadas hacia una
pequeña tienda que había junto al hotel, y donde esperaba encontrar refugio.
En aquella tienda se vendían exclusivamente artículos de ropa interior de
señora. Dos jóvenes rubias que estaban probándose unas camisas por encima
de los vestidos lanzaron un grito al ver allí a Mike. Este se llevó la mano
derecha al ala del sombrero, saludándolas tranquilamente, disparó a través de
la puerta y alcanzó a uno de los pistoleros que se acercaba corriendo hacia
allí. El gun-man, con el estómago atravesado, quedó tendido en tierra.
Patrick, furioso, gritó:
—¡Vamos, perros!
Los siete pistoleros que quedaban con vida se acercaron a la tienda por
los dos lados de ésta. Patrick, cobijado al otro lado de la calle, empezó a
disparar contra la puerta, para que Mike Cánova no pudiera asomar la cabeza
ni rechazar a los que se acercaban.
Mike, sin inmutarse, preguntó a la dueña de la tienda, que era una morena
opulenta y llena de encantos por el Norte, Sur, Este y Oeste:
—¿Tiene esto alguna otra salida?
—¿Es que te vas a marchar sin comprarme nada, encanto?
—Sólo me faltan ahora bromas de esa clase. Lo único que necesito
comprar ahora es un ataúd para mí, y tú no vendes eso. Dime: ¿tiene esta
tienda alguna otra salida?
—Por detrás de los estantes. Sale a otra calle que corre paralela a la
principal.
—Gracias, gatita.
—De nada, ratoncito.
Mike, con movimientos poco seguros, corrió hacia el lugar que le habían
indicado y encontró una puerta que pudo abrir fácilmente. Esa puerta salía a
una calle secundaria de la ciudad, donde en estos momentos no parecía
acecharle ningún peligro. Salió y vio que una de las puertas más cercanas era
la entrada posterior de un gran almacén de bebidas, con puerta de cristales.
Mike guardó el revólver y penetró en el local.
Iba a descansar unos instantes cuando en ese momento, enmarcado en la
puerta, apareció Patrick. Debía estar revisando todos los establecimientos de
los alrededores. Vio a Mike a través de los cristales y levantó inmediatamente
el revólver.
Mike se dejó caer de rodillas al suelo y «sacó» también con la mano
derecha. La bala de Patrick arrancó astillas de un mostrador, y antes de que
pudiera hacer fuego nuevamente, Mike había disparado a su vez. El
nerviosismo le impidió hacer blanco, pero consiguió que Patrick se arrojara
también al suelo y tuviera que huir arrastrándose de la zona de tiro.
De todos modos, ahora Mike ya había sido descubierto y volvería a estar
acorralado otra vez.
—Salga por la puerta de la izquierda —dijo el guarda del almacén—. Da
a un establo vacío. No quiero tiroteos aquí.
Mike tampoco los quería. Saltó hacia la puerta indicada y se encontró en
una habitación no muy grande, llena de pacas de paja que ofrecían una
relativa protección. Parapetado en ellas, fue recargando el revólver poco a
poco.
Oyó sobre el porche las pisadas de los pistoleros de Patrick, quienes se
distribuían estratégicamente para que no pudiera escapar.
Con su único revólver dominó la puerta.
Patrick, entretanto, hablaba en el exterior con Simmons, su pistolero de
confianza.
—Ese tipo está acorralado. Mientras me arrastraba para huir de sus
disparos, he visto cómo entraba por la puerta que da a la cuadra. No hay allí
más que una salida, de modo que si la cercamos estará en una ratonera.
—Sí, pero va a costar siglos hacerle salir de ahí. Tiene con qué
parapetarse.
—No olvides que está reventado. Además, tengo un plan para liquidarle,
ve al despacho de quien ya sabes y pide nitroglicerina. El tiene una poca.
Tráela con mil precauciones.
Simmons obedeció, y cinco minutos después estaba de regreso con una
botella entre las manos. Patrick ordenó:
—Acércate a la cuadra y la echas a través del respiradero. Nosotros te
cubriremos con nuestro fuego, apuntando a la puerta.
Todos los pistoleros de Patrick empezaron a disparar, aunque era muy
dudoso que Mike se atreviera a asomar la cabeza. Simmons, con la botella en
la mano derecha, se aproximó poco a poco a la alta ventana que servía de
respiradero a la cuadra. Y ya se disponía a hacer el lanzamiento, cuando tuvo
una de las sorpresas más violentas de su vida.
Un tipo a quien no conocía acababa de aparecer tras él, armado con un
rifle.
—Deja esto en el suelo y retírate si quieres salvar la vida.
Simmons apretó los dientes, que produjeron como un chasquido, y le
arrojó con todas sus fuerzas la botella de nitro. Sólo unos instantes después,
el desconocido volaría hecho pedazos.
Pero éste no perdió la serenidad. Movió el rifle con una rapidez increíble
e hizo un solo disparo.
La bala trituró la botella cuando ésta estaba todavía un par de metros
encima de la cabeza de Simmons.
El estallido hizo retumbar la calle entera, y Simmons murió
instantáneamente, mientras lanzaba un grito de horror. Patrick y todos sus
pistoleros volvieron sus rostros hacia allí, asombrados, y vieron sólo una
sombra que se escabullía.
Patrick, de todos modos, sólo perdió la serenidad un par de segundos. En
seguida gritó a sus hombres:
—¡Disparad!
Pero el desconocido ya se había evaporado tras la primera esquina de la
calle.
En aquel momento, Patrick, dispuesto a no perder más tiempo, ordenó el
asalto.
Pero Mike salía en ese instante también, dispuesto a que no le cazaran en
la ratonera.
Hubo entre los pistoleros una brutal sorpresa.
Las balas siluetearon la figura del joven, pero sin alcanzarle. Mike
Cánova disparó a su vez, y la bala salió alta.
Había fallado la sorpresa por las dos partes y otra vez la cacería volvía a
empezar, pero ahora en mitad de la calle.
Patrick disponía de seis pistoleros. Mike Cánova era un hombre solo.
Echó a correr hacia la próxima esquina. La sorpresa que había causado en
los pistoleros de Patrick y el humo de la nitroglicerina, que aún flotaba en el
aire, le protegieron durante unos segundos decisivos. Las balas aullaron a su
alrededor, pero ninguna le alcanzó. Mike logró doblar el recodo y, una vez a
cubierto, respiró aire profundamente. Sus rodillas cedían un poco después de
la infernal carrera. Con un hábil movimiento comprobó que el cilindro de su
revólver tenía cinco plomos intactos, y agazapado en la esquina esperó los
acontecimientos.
Los pistoleros de Patrick se distribuyeron en abanico para batir la zona
donde estaba Mike Cánova, pero hubo uno que se precipitó demasiado.
A veces hay que tener mucho cuidado en no dar un paso de más en la
vida, porque ése puede ser el paso que nos conduzca al Más Allá.
El pistolero vio a Mike Cánova y preparó su revólver, levantándolo en
fracciones de segundo. Cánova hizo un primer disparo y falló, debido al
cansancio. El segundo alcanzó a su enemigo en el vientre y lo hizo doblarse
como un muñeco.
Toda aquella zona de la calle principal de Tucson estaba llena de humo de
la nitro y del acre olor a pólvora de los disparos.
Mike contó mentalmente:
«Sólo quedan Patrick y otros cinco...»
Pegado a la pared fue retrocediendo paso a paso, sin separar los ojos del
recodo cercano. No contó con que sus enemigos conocían la ciudad mejor
que él, ni con que después de sufrir tantas bajas habrían decidido emplear la
astucia.
Uno de los pistoleros de Patrick corrió para dar la vuelta a la manzana,
que era pequeña, mientras sus compañeros sostenían el tiroteo contra la
esquina.
De ese modo Cánova se encontró entre dos fuegos sin esperarlo.
Mientras los ojos de Cánova estaban fijos únicamente en la esquina que
acababa de doblar, a sus espaldas apareció el pistolero que había dado la
vuelta a la manzana. No se oyó el menor sonido mientras levantaba el
revólver que había de segar la vida de Mike Cánova. Este estaba bien lejos de
sospechar el peligro que se cernía a su espalda, cuando una voz de mujer
gritó:
—¡Cuidado! ¡A tierra!
El joven no se entretuvo en pensarlo ni una fracción de segundo. Sólo el
instinto le guió en esta ocasión. Se dejó caer a tierra, mientras la bala pasaba
por encima de su cabeza.
Con la agilidad de un gato, Cánova se revolvió y apuntó hacia la otra
esquina. El pistolero situado se había descubierto por completo para asegurar
el segundo balazo. Cánova hizo dos disparos frenéticamente. El pistolero
recibió el plomo en una cadera y a la altura del corazón. Sus rodillas
vacilaron y disparó otras dos veces, pero a tierra. Cuando su frente chocó con
el polvo de la calle, estaba ya muerto.
Cánova escuchó entonces las pisadas de alguien que corría hacia allí. Se
revolvió apoyándose en su brazo izquierdo, y disparó contra el hombre que se
le echaba encima. Este, que tenía ya levantado el revólver, vaciló una
fracción de segundo al encontrarse frente a los ojos de Cánova. En aquellos
ojos metálicos, acerados, había algo que daba frío. La fracción de segundo
perdida le llevó de un solo salto desde la vida a la muerte.
Cánova disparó una vez alcanzando a su enemigo en el pecho. El revólver
seguía apuntándole. Los labios del hombre estaban torcidos en una mueca.
Cánova esperó todavía un par de segundos antes de hacer el último
disparo. El pistolero avanzaba, avanzaba... Hizo fuego y su bala se estrelló
contra la pared de la casa más cercana. En realidad cuando apretó el gatillo
era ya cadáver. Cánova tiró a la cabeza para ahorrarle sufrimientos. El
hombre dio un extraño salto y se desplomó.
A Patrick ya sólo le quedaban tres pistoleros.
Sosteniendo el revólver con su insegura mano izquierda, Cánova lo
recargó lentamente.
Echó a andar hacia la esquina que doblara antes. Sabía que Patrick y sus
compinches estaban aguardando con todos los nervios en tensión. La hora de
matar o morir había sonado para ellos. Seguro que no podían contar con
nadie más, porque los otros miembros de la banda debían estar perdidamente
borrachos.
Paso a paso, con exasperante lentitud, se fue acercando a la esquina.
Sabía que cuatro revólveres estaban apuntando hacia allí, y que vomitarían
plomo cuando él apareciese.
Moviendo repentinamente, con una inaudita velocidad, el brazo derecho,
sacó el revólver por la esquina e hizo fuego, retirándolo en fracciones de
segundo. Fue esto suficiente para que sus enemigos dispararan como locos
contra aquella mano armada que ya había desaparecido. Llevados de su
propio impulso, hicieron varios disparos contra aquel punto sin mirar a
ningún otro lugar. Cánova dio entonces un ágil salto de costado, saliendo del
porche y plantándose casi en el centro de la calle principal de Tucson.
Sus enemigos tardaron en verle. El primero en darse cuenta de que algo
había cambiado fue el pistolero que estaba a la izquierda de Patrick. Este
movió el revólver, girándolo hacia Cánova, y cuando iba a disparar, una bala
le alcanzó en la pierna. Dio un traspié y recibió entonces plomo en el cuello,
arrojando una bocanada de sangre. Con la yugular seccionada por el plomo,
el pistolero cayó lentamente a tierra.
Ya sólo quedaban Patrick y dos compinches. Estos hicieron varios
disparos al azar, frenéticamente, al darse cuenta de que su enemigo ya no
estaba en el mismo sitio. Disparaban con tanta rapidez que cuando quisieron
darse cuenta de lo sucedido, ya los percutores de sus revólveres golpeaban
inútilmente sobre casquillos vacíos.
Gruesas gotas de sudor aparecieron entonces en la frente de Patrick. Con
tanta rapidez se deslizaron por sus mejillas abajo que pareció como si le
hubieran salpicado la cara con agua. El miedo a morir deformaba sus
facciones, que estaban lívidas. Pero su horror fue mayor aún cuando dos
disparos de rifle crepitaron en un tejado y sus dos pistoleros cayeron muertos.
Trémulas las manos, gritó soltando su arma:
—¡No dispares!
Mike no pensaba disparar. Caminando calmosamente, con una extraña
serenidad, se acercó a Patrick. Con el brazo derecho, que sostenía el revólver,
hizo un' suave movimiento, y el «Colt» pasó mansamente a la funda.
Un murmullo de asombro se extendió por entre la muchedumbre, que ya
había empezado a salir del refugio de los porches y a agolparse a ambos lados
de la calle. ¿Qué pretendía Mike Cánova? ¿Perdonar a Patrick? ¿No sabía que
esto era suicidarse?
Un brillo febril y maligno había aparecido en los ojos de Patrick al ver
que su enemigo no disparaba en seguida contra él.
—Pronto —silabeó Cánova—, ¿nadie tiene un podrido revólver para ese
podrido cobarde?
Patrick tragó saliva. Sus dedos entrechocaron en el aire.
Una mano lanzó al aire un «Colt» 45, y Patrick se apoderó de él
febrilmente. Su intención era disparar en seguida, pero no pudo sujetar bien
el gatillo. Guardó el arma en la funda y susurró:
—Cuando quieras...
Sabía que su enemigo sólo podía disparar con la mano derecha, ya que su
brazo izquierdo no estaba rozado por una bala. Esta era una ventaja no
despreciable. Arqueó los brazos y gritó:
—¡Saca!
Los dos hombres se movieron con una vertiginosa rapidez. Cánova, que
se sentía mucho más seguro que su enemigo, se dejó caer a tierra, sobre el
costado izquierdo, mientras sacaba con la mano derecha.
Cuatro disparos, dos por banda, se escucharon en el silencio expectante
de la calle.
Ninguno de los dos contendiente tenía demasiado firme el pulso; las dos
primera balas salieron altas y sólo la segunda de Mike Cánova alcanzó
plenamente su objetivo, mientras la de Patrick le rozaba el lóbulo de su oreja
derecha. Una pulgada más y le habría volado la cabeza.
Mientras la sangre goteaba sobre su hombro, Cánova vio caer a su
enemigo alcanzado en el corazón. Primero Patrick giró sobre sus tacones con
un gesto de estupor, luego abrió los brazos y los cerró seguidamente para
llevárselos al corazón. Por fin empezó a derrumbarse poco a poco.
Judith y Josiah habían sido testigos, desde el porche de la casa, de casi
toda la fantástica pelea. Y Judith, siguiendo un impulso que no sabía
explicarse, fue a llamar a Mike cuando éste desaparecía tras la esquina.
Josiah la contuvo.
—Déjelo. Aún quedan algunos pistoleros de Patrick, aunque deben estar
borrachos. Pero a Mike no le interesa ahora enfrentarse con ellos.
—Es que...
—Además, alguien le ha ayudado con un rifle, muchacha, y no sabemos
quién. Aquí hay un misterio; será mejor que no se meta en él —aconsejó
Josiah—. Si su conciencia le impulsa a pagar a ese hombre el favor que le ha
hecho, vaya pronto a ver a Franklin y luego al Banco. No se entretenga. En
seguida la acompañaré yo mismo a casa de sus padres.
—Es usted muy amable, Josiah, pero yo... ¡yo no entiendo lo que hace ese
loco!
—Ni es cosa suya entenderlo, muchacha. Vamos pronto a ver a Franklin.
La acompañaré yo mismo.
Caminaron los dos sin despegarse de las paredes, aunque ahora ya no se
oía un solo disparo en toda la población. Judith, vestida otra vez de mujer,
realzaba con toda su soberbia belleza. Tardaron cinco minutos en llegar al
edificio donde estaba el despacho de Franklin, cinco minutos que a ella se le
hicieron interminables.
—Es en el primer piso —dijo Josiah.
Subieron. En la única puerta había una placa dorada con esta inscripción:
M. FRANKLIN
ATTORNEY AT LAW
Josiah fue a llamar, pero se dio cuenta entonces de que la puerta estaba
entornada.
Sorprendido, la empujó.
Esta fue, sin embargó, la primera sorpresa. Había otras.
A partir de aquel momento, Judith creyó estar viviendo en un clima de
pesadilla.
Porque en el interior del lujoso despacho, sentado a su mesa, estaba un
hombre bien vestido, grueso, teniendo en su caras el rictus inconfundible de
la muerte.
No era para menos.
Tenía cosido a balazos todo el tronco, desde el estómago al cuello.
Uno de los cajones de su mesa, semiabierto, dejaba ver una botellita que
Judith supo identificar inmediatamente: nitroglicerina.
Y sobre la mesa, escrita en una hoja de papel, había esta sola frase:
«¡A LA SALUD DEL MUERTO!»
Judith ahogó un grito.
Conocía aquella letra porque recibió días antes una carta de Mike dándole
instrucciones para la boda. Una letra que ella no olvidaría nunca.
—¡Esto lo ha escrito Mike! —gritó—. ¡Mike Cánova, ese perro asesino!
CAPITULO 7
Josiah estaba tan asombrado que apenas podía cerrar la boca. Para él,
aquel crimen era un hecho tan inaudito que tuvo la sensación de que todo
daba vueltas a su alrededor y de que estaba viviendo un sueño.
—Es Franklin... —susurró, cuando fue capaz de pronunciar una palabra.
—Usted debe saberlo mejor que yo —dijo Judith con un soplo de voz—.
Pero en todo caso ya no es Franklin. Lo era. Dése cuenta de que lo han
asesinado de una forma brutal. Tiene al menos seis balazos en el cuerpo.
—Toda la carga de un revólver... —dijo Josiah.
—¡Lo han asesinado cobardemente, sin darle una posibilidad!
Josiah se acercó lentamente al muerto.
—Ha sido un crimen, sí —dijo al cabo de unos instantes de silencio—,
pero de todos modos no creo que Franklin haya estado indefenso mientras lo
baleaban. Simplemente ocurre que el otro ha sido más rápido.
—¿Qué quiere decir?
—Fíjese en esa mano.
Señalaba con el mentón una de las manos del cadáver, la derecha, que
estaba introducida en el cajón central, semiabierto. Esa mano empuñaba un
revólver y había quedado crispada sobre la culata con el último espasmo de la
muerte.
—Franklin se dio cuenta de que venían a por su piel —dijo Josiah con
voz temblorosa—, e intentó defenderse. O quién sabe si quiso sorprender al
otro, que debía estar sentado frente a él. Repare en la situación de las sillas.
El que lo mató estaba sentado frente a la mesa, seguramente hablando con
Franklin. Y cuando vio que éste hacía un movimiento sospechoso, lo cosió a
balazos.
Los labios de Judith dibujaban un rictus de desprecio.
—Parece como si quisiera usted defender a ese miserable asesino —dijo
—. Como si quisiera justificar su crimen.
—¿Justificarlo? De ninguna manera, Judith. Todo el mundo sabe en
Arizona que me horroriza la sangre y que jamás he aprobado la violencia.
Pero digo lo que veo, como seguramente hará el sheriff cuando penetre en
esta habitación.
—¿El sheriff? ¿Qué sheriff? Seguro que la banda de Patrick ha acabado
con él antes de entrar en la población.
—Sí; es lógico.
Y Josiah se acarició la barbilla, pensativamente.
—Judith —dijo de pronto—; ¿se da cuenta de que ese hombre, Mike
Cánova o como se llame, ha salvado a la ciudad? ¿Ha pensado en lo que sería
esto, sobre todo para una mujer bonita, si Patrick viviese?
Judith le miró sin ninguna simpatía, a pesar de comprende que lo que
quería el viejo amigo de su padre era tranquilizarla.
—Los granujas de la categoría de Mike Cánova no toleran a sus rivales
—dijo entre dientes—. Esta ciudad tenía que ser suya o tenía que ser de los
hombres de Patrick; no había término medio. Y Cánova ha conseguido
eliminar a los hombres de Patrick. Es el rey de la ciudad y puede hacer lo que
le venga en gana porque nadie chistará. ¿Es ese el favor que Cánova nos ha
hecho, amigo Josiah?
Josiah seguía acariciándose la barbilla, sin querer mirar el cadáver que
descansaba sobre el sillón.
—La situación no es tan tranquilizadora como usted la pinta, Judith.
Ninguno de nosotros temería a un pistolero solo, aunque éste fuese tan
implacable como Mike Cánova. Pero en la ciudad quedaban todavía hombres
de Patrick. La lucha puede reanudarse y no sabremos quién será el vencedor.
—Los supervivientes de la banda de Patrick deben estar borrachos como
cubas —dijo Judith desdeñosamente—. Aunque sean ocho o diez hombres no
podrán enfrentarse a un pistolero decidido como Cánova. Incluso es posible
que éste ya los haya arrojado de la ciudad a punta de revólver.
—En el fondo, y perdóneme si la ofendo, Judith, yo diría que usted
admira un poco a ese sujeto.
—¿Admirarle? ¿Cree que puedo admirar a un pistolero sin piedad? ¿Al
asesino de mi propio hermano?
—No; es lógico que no —reconoció Josiah, confundido—. Perdóneme si
he dicho una tontería.
—Estuve a punto de matarlo una vez a latigazos y creo que terminaré mi
obra en cuanto tenga ocasión. Tampoco yo sentiré piedad.
—Es usted una mujer agresiva, Judith. Crea que a veces no la reconozco.
Su padre, un hombre tan recto, debió educarla con arreglo a unos principios
que usted...
—¿Unos principios que yo he olvidado? —preguntó Judith—. No lo crea.
Sigo siendo la mujer que fui siempre, pero esto es el Oeste y aquí a veces no
puede una mujer conservar ni lo más sagrado de sí misma. El hombre que
quiso casarse conmigo a la fuerza, el hombre que mató a mi hermano, no
merece más que una clase de fin... ¡la muerte a latigazos! ¡Y que nadie me
culpe si soy yo quien se la aplico!
—¡Hum! Creo que va a serle difícil —dijo Josiah pensativamente—. Ese
lugarteniente de Patrick, Morton creo que se llamaba, también lo intentó, y ya
ha visto los resultados. De todos modos hay dos cosas en este misterioso
asunto que no acierto a explicarme de ninguna manera.
—¿Cuáles son?
—Primero, quién fue el tipo que ayudó a Mike Cánova. Hubo un hombre
manejando un rifle que despachó a varios de los pistoleros de Patrick, y es
seguro que sin su ayuda, Mike estará ahora convertido en una criba. ¿Pero
quién es ese hombre? ¿Por qué le ha ayudado? Todo el mundo sabe que Mike
Cánova ha sido hasta ahora un lobo solitario. Y el hombre que le ha ayudado
no ha dado la cara aún. ¿Por qué?
—Tampoco yo lo entiendo —reconoció Judith—, pero ya encontraremos
la explicación... cuando Cánova esté de nuevo en peligro. Veremos entonces
si ese desconocido le ayuda otra vez.
Y en seguida añadió, con la cabeza obstinadamente vuelta para no mirar
el cadáver:
—¿Cuál es la segunda cosa que no entiende, Josiah?
—Lo que pone en ese papel. «¡A LA SALUD DEL MUERTO!» ¿Pero
quién es el muerto? ¿A quién se refiere Mike Cánova? ¿Y está
completamente segura de que la letra es suya?
—Lo estoy. El me escribió una carta poco antes de la boda, dándome
instrucciones para la ceremonia. ¿Cree que olvidaría su letra en unas
circunstancias como esas?
—Pero sigo sin entender cuál es el muerto a que se refiere —dijo Josiah
—. No creo que sea Franklin.
—Tengo la sensación de que no. No sé bien por qué, pero algo me dice
que Cánova llegó a Tucson pensando ya en matar a Franklin.
—Está bien, Judith; tardaremos mucho en aclarar esto. ¿Por qué no
salimos de aquí? La compañía de este cadáver es... digamos... un poco
desagradable para los dos.
—Sí, salgamos. Y habrá que dar parte al sheriff, al juez o a cualquier
autoridad que aún exista en Tucson.
Salieron, dejando a sus espaldas el cadáver de Franklin, al encontrarse de
nuevo al aire libre, Judith respiró con fuerza como si así se librara de aquel
clima de horror que imperaba dentro de la casa.
La ciudad entera parecía muerta después del tiroteo, y ahora apenas se
veía gente en las calles. Sólo los que tenían algo imprescindible que hacer
habían salido de sus casas.
Josiah murmuró:
—La gente se da cuenta de que esto no ha terminado todavía...
Pasaron ante la pequeña oficina del telégrafo. Aquél era uno de los pocos
establecimientos que estaban abiertos, seguramente porque el telegrafista no
era dueño de cerrarlo. Lo vieron salir secándose el sudor cuando pasaban
frente a la pequeña puerta de cristales.
Muy cerca del telégrafo, para tener a punto las noticias, estaban la
redacción del Arizona News, el único periódico de Tucson. Su director,
propietario, redactor e impresor, todo en una pieza, salía en ese momento
también a los porches, restañándose el sudor.
—¿Qué les ocurre? —preguntó Josiah—. ¿Tanto calor hace hoy?
El telegrafista frunció el ceño.
—Usted no se habrá enterado, claro.
—¿Enterado de qué?
—Hodgson, el periodista —dijo señalando al que acababa de salir—, me
ha informado hace unos momentos, y yo acabo de transmitir la noticia a
Phoenix. ¿Sabe que quedaban unos cuantos tipos vivos de la banda de
Patrick? Pues estaban medio borrachos en el saloon, besuqueando a las
chicas, cuando ha aparecido Mike Cánova. No ha habido apenas pelea porque
los fulanos no estaban en situación de defenderse. Sólo ha tenido que matar a
uno que ha logrado «sacar». Los demás se han entregado y ahora están bajo
llave ocupando las dos celdas de la cárcel.
Judith tenía los ojos entornados y una expresión de perplejidad en el
rostro, como no atreviéndose a dar crédito a lo que oía.
—¿Quiere eso decir que Mike Cánova, se ha convertido aquí en la ley?
—susurró.
—Simplemente, quiere decir que ha hecho saltar a todos los que podían
molestarle —aseguró Hodgson.
—Yo he transmitido la noticia a Phoenix —dijo el telegrafista—. ¿Y
saben qué me han contestado? Que un delegado del gobernador viene a toda
marcha hacia aquí. Tardará un día entero si puede cambiar de caballos cada
veinte millas.
¿Pero a qué diablos tendrá que venir aquí un delegado del gobernador?
¿Querrá que ese maldito pistolero le corte la lengua de un balazo?
Hodgson opinó:
—Tal vez piense que la autoridad del gobernador bastará para reducirlo.
No se me ocurre otro pensamiento.
—Lo que sucederá es que si el delegado llega mañana, el gobernador
recibirá su cadáver al día siguiente —dijo sordamente Judith—. Ese hombre
no reconoce ninguna ley ni teme a nadie.
—Pero las noticias son magníficas —se relamió Hodgson—. No puedo
negar que mi periódico está de buena suerte. Voy a estar haciendo tiradas
extraordinarias toda la semana.
—Le falta conocer la noticia mejor —aseguró Judith.
—¿Sí? ¿De veras? ¿Sabe usted algo más interesante aún?
—Sé dos cosas, señor Hodgson. Una ya la puede publicar. Para la otra
vaya preparando la composición y deje libre la primera página. Creo que no
se arrepentirá.
—¿Dos noticias? ¿Nada menos que dos noticias? ¡Por Dios, hable! ¡Aquí
no había habido tanto movimiento desde el final de la guerra civil! ¡Empiece
por la primera!
—La primera noticia es que han asesinado al abogado Franklin. ¿No era
muy conocido en la ciudad? Pues pueden ir a su despacho y retirar su
cadáver. No creo que les cobre nada por esa visita.
—¡Imposible! —gritó Hodgson.
Pero Josiah confirmó con un movimiento de cabeza las palabras de la
muchacha.
—Y el autor ha sido Mike Cánova —aseguró ésta—. Puede también
publicar eso para que todo Arizona lo sepa.
El director de Arizona News estaba pálido, pero al mismo tiempo sus ojos
brillaban con esa excitación que todo periodista tiene ante una noticia
interesante, aunque esa noticia se refiera al fin del mundo.
—Iré en seguida al despacho de Franklin —aseguró—, y hasta es posible
que pueda obtener una fotografía. ¿Pero no había algo más? Usted me dijo
que se trataba de dos noticias.
Judith sonreía secamente, con una mueca dura y agresiva que sin
embargo no enturbiaba su belleza.
—La segunda noticia es ésta —dijo—: Mike Cánova morirá antes de
veinticuatro horas. Y le matará una mujer.
CAPITULO 8
El hombre que estaba detrás del pequeño mostrador, con el libro de
registro del hotel abierto ante los ojos, lanzó un respingo.
Ver un monumento así con un cinto-canana colgando de la mano derecha
no es cosa que ocurra todos los días, ni siquiera en una ciudad como Tucson.
Judith llevaba un vestido blanco algo descotado, un vestido que le venía
algo estrecho porque no había sido hecho a su medida. Pero precisamente por
venirle estrecho destacaba más cada línea, cada turbador relieve de su cuerpo.
El empleado del hotel abrió mucho los ojos al verla acercarse.
—¿Viene a atracarme? Si es ese su propósito haga el favor de robarme a
mí también, nena.
Judith frunció los labios.
—¿Se ha hospedado aquí Mike Cánova?
—Oiga, princesa, la última vez que Mike Cánova salió de este hotel le
estaba esperando una cuadrilla entera para liquidarlo, y después de eso las
calles se llenaron de muertos. Mientras él estaba muy tranquilo en su
habitación, durmiendo, no pasaba nada, pero cada vez que salía teníamos
trifulca. De modo que nos hará usted un gran favor a todos si le deja en paz.
—¿Quiere eso decir que está en el hotel?
—Supongo que dormirá varias horas seguidas. No sabe usted cómo ha
vuelto. Estaba hecho trizas. ¿Por qué quiere buscarse complicaciones yendo a
molestarlo ahora?
Judith sonrió de una forma especial, entrecerrando los ojos. El del hotel
no recordaba haber visto una sonrisa como aquella en todos los días de su
vida.
—Si yo fuese a buscarle a su habitación —preguntó ella—, ¿diría que le
molesto?
—¡Oh, no, princesa! Usted puede entrar en mi habitación cuando quiera,
aunque abra la puerta a cañonazos.
—Pues lo que quiera para usted quiéralo para los otros. ¿Dónde está Mike
Cánova?
—Ha... habitación trece.
—Buen número. Muchas gracias.
Y Judith fue a subir las escaleras. Al del hotel le brillaron los ojos al ver
su cintura, y luego balbució:
—Oiga... oiga, señorita.
—¿Qué?
—Que si necesita usted ayuda...
—Muchas gracias. Si necesito ayuda le llamaré.
—No, no... Yo quiero decir al revés. Si necesita usted ayuda haga el favor
de no llamarme.
Y se ocultó debajo del mostrador, donde tenía escondidas sus botellas de
whisky.
Judith llegó ante la habitación número trece, y sin llamar empujó la
puerta.
Mike Cánova dormía con la ventana completamente abierta, sin haberse
desnudado, ni quitado el cinturón canana. Daba la sensación de que, sólo
entrar en la habitación, había caído como un plomo sobre el lecho, quedando
dormido instantáneamente.
La verdad era que debía tener motivos para ello. Su cansancio debía ser
terrible.
Sus ropas estaban relativamente limpias, pues se las había cambiado
horas antes, pero Judith sabía que todo su cuerpo estaba mordido a latigazos.
Una bala le había rozado un brazo,
y sobre la tela de la camisa había sangre coagulada. La herida, a pesar de
ser ligera, tenía mal aspecto.
Judith pensó que cuando él despertara no podría mover aquel brazo
seguramente.
Con una expresión helada en sus hermosos ojos, extrajo el revólver y
apuntó a Mike Cánova.
Pensó que tenía motivos para matarle puesto que él era el asesino de su
hermano y el asesino de Thompson. Además, había matado a Franklin
fríamente y mataría a quien se le pusiera delante. Un pistolero así, un hombre
que sólo dependía de su gatillo, no merecía seguir viviendo.
Pero Judith no podía matar a un hombre dormido. Por eso susurró:
—Mike...
El abrió un ojo solamente al oír aquella voz, y miró a la muchacha, para
llegar hasta su rostro la mirada tuvo que pasar antes por el cañón del revólver,
pero Mike no aparentó ninguna sorpresa. Unicamente sus labios dibujaron
una mueca que no se sabía si era de dolor o de burla. Abrió los dos ojos y
susurró:
—Hola, Judith.
—He visto ya el cadáver de Franklin.
—¿Sí?
—Tus crímenes han llegado demasiado lejos, Mike Cánova. Mataste a
Thompson, que no quería más que salvarte y además estabas desarmado.
Acabas de matar a Franklin sin dejarle tiempo ni siquiera para empuñar su
revólver. Supongo que alguna vez te habrán dicho que todos los crímenes
terminan pagándose. Al menos tu madre te lo diría alguna vez.
En los labios de Mike Cánova hubo como una expresión lejana y triste.
—Jamás conocí a mi madre.
—Entonces la conocerás en el cielo, angelito. Mira por donde, vas a tener
suerte.
—¿Te has convertido tú en el verdugo oficial de Tucson, Judith?
—No hay ningún hombre en esta perdida ciudad que se atreva a matarte,
Cánova, y habré de hacerlo yo. Por otra parte, tengo motivos más que
suficientes para acabar con tu miserable vida.
—Lo comprendo.
—Menos mal. El morir resignadamente no deja de ser un consuelo para la
víctima y para su verdugo.
La sonrisa de Mike Cánova seguía siendo lejana y triste.
—Hay algo que tú no me perdonarás nunca, Judith.
—¿Algo? Son docenas las cosas que no se te pueden perdonar.
—Una principalmente.
—¿Cuál?
—Estar enamorado de ti.
Los dientes de Judith rechinaron un momento mientras apretaba el
revólver con más fuerza, dando la sensación de que iba a disparar de un
momento a otro.
—Tú nunca has estado enamorado de nadie, Mike Cánova. Los perros
son incapaces de amar, y lo único que hacen es aproximarse cuando desean
una cosa.
—Tienes razón, Judith. Jamás he estado enamorado de nadie... hasta
conocerte a ti.
—¿Y me amabas de una forma tan noble, tan desinteresada, que hasta
mataste a mi hermano para poder conseguirme, ¿no?
Mike apretó los labios.
Su sonrisa dejó de existir.
—¿Vas a matarme con tus propias manos, Judith?
—¿Mereces otra cosa?
—Hazlo entonces. Reconozco que jamás volverás a tener una ocasión
como ésta.
Ella levantó un poco el revólver, acariciando el gatillo.
—Estoy tan horriblemente cansado que no me importa morir ahora —
susurró Mike, dejando caer la cabeza sobre la almohada—. Lo único que
desearía es no morir en la cama.
Siempre he pensado que cuando llegase mi última hora estaría en pie.
Intentó incorporarse. Judith adelantó repentinamente su arma.
—¡Ni un movimiento!
—¿No te fías?
—¡Todos los que se fiaron de ti están muertos, Mike Cánova!
—¿No te he dicho que precisamente ahora no me importaría morir?
—Cualquiera diría que ésa es la verdad... —susurró Judith—. Sí,
cualquiera lo diría... Tienes ojos de hombre cansado, de hombre a quien no le
importa nada, y sin embargo, sé que lucharás por tu vida. Desabróchate el
cinturón canana si es que quieres morir en pie.
Mike lo hizo.
—¡Pero te juro que morirás en la cama, como un viejo, si deslizas un
poco la mano hacia tu revólver! —gritó Judith.
Mike no lo intentó.
Sabía, por una parte, que a aquella distancia las balas de Judith serían tan
mortales como las del más consumado pistolero. Y por otra parte parecía muy
deseoso de no morir en la cama, como si acabar sus días en pie fuese el único
honor del que no quisiera prescindir.
Judith misma retiró poco a poco el cinto canana y lo dejó caer al suelo.
—¿Dónde quieres morir?
—Junto a la ventana es un buen sitio. Siempre había pensado que moriría
en la calle. Ya que tengo que hacerlo en una habitación cerrada, al menos que
no me falte la luz.
Judith observó durante unos segundos la zona. Allí Mike no podría
parapetarse en ningún sitio. Lo único que podría intentar —ya que la ventana
estaba abierta—, sería lanzarse por ésta a la calle, pero nunca sus
movimientos podrían ser tan rápidos como las balas. Si intentaba huir, mejor.
Así moriría como un cobarde.
Pero Mike no parecía dispuesto a intentar la fuga. Se situó sencillamente
junto a la ventana, de modo que le diera bien la luz, y enlazó sus manos a la
espalda. En esa postura susurró, mirando a Judith:
—Cuando empecé esto sabía que iba a morir, de modo que el balazo que
vas a enviarme es lógico, y por tanto no puedo lamentarlo. Lo único que
quiero es que sepas una cosa, Judith.
—¿Qué es lo que he de saber?
—Que es, cierto lo de mi amor por ti. Resultará ridículo a tus ojos, pero
es cierto. Te he querido como jamás quise a ninguna mujer, y lo único que he
ansiado desde que te conocí es llegar a hacerte mi esposa. Pero eso es algo
que un pistolero jamás puede desear. Dispara sin vacilar y procura matarme a
la primera bala.
Judith apretó los dientes.
—Sí, cariño.
Y se dispuso a apretar el gatillo, apuntando recto al corazón de Mike
Cánova.
Pero por lo visto, no era ella sola la que quería matar al pistolero, en aquel
momento sucedió algo inesperado, algo increíble.
Un disparo de rifle ululó en el aire, atravesando la calle, y el proyectil
penetró por la ventana junto a la que estaba Mike Cánova. Fue sencillamente
un milagro que no le matase, pues la bala le arrancó cabellos de la cabeza, y
Judith pudo ver claramente, que incluso unas gotitas de sangre saltaban del
cráneo del pistolero. Este, instintivamente, y sin pensarlo, se dejó caer a
tierra, mientras una segunda bala atravesaba aullando la ventana sin encontrar
ya su objetivo.
Sólo la rapidez de los dos disparos demostró ya que el misterioso tirador
de riñe no era ningún novato. Había fallado el primer tiro por simple
casualidad, pero su rapidez demostraba que seguramente el «Winchester» fue
su primer juguete.
Judith, con la boca abierta, estuvo a punto de soltar el revólver, aunque se
rehízo en un instante.
—Alguien más quiere matarte... —susurró.
—¿Te extraña? ¿No hay en Arizona al menos quinientas personas que
desean acabar conmigo?
—No es eso lo que me sorprende, sino el arma empleada. ¿No fue un
tirador de rifle el que te salvó antes? Y yo juraría que empleaba esa misma
arma.
—Conoces muy bien los rifles —dijo Mike, que había recobrado ya del
todo la serenidad.
—Mi padre es un ranchero, no es un comerciante de géneros finos. Y le
he visto manejar muchas veces el rifle desde que yo era niña.
Mike se puso en pie, saliendo de la zona que la ventana dejaba al
descubierto.
—Ya ves que hay competencia, muñeca —dijo tranquilamente—. ¿Por
qué no me largas un balazo de una vez? Si no lo haces pronto, otro te va a
quitar el puesto.
—¿Quién es el hombre que quiere matarte?
—¿Piensas que lo sé?
—Alguna idea debes tener.
—Aproximadamente puedo imaginármelo, pero no estoy seguro de nada.
¿Por qué tienes tanto interés en saberlo?
—Porque ese hombre, sea quien sea, te matará. Debe estar en alguno de
los tejados de las casas fronteras, esperando su oportunidad. Para él debes ser
un condenado a muerte y terminará ejecutándote.
—Muy alentadoras tus palabras. ¿Pero qué tiene eso que ver?...
—Eso significa que igualmente morirás dentro de poco. Significa que no
todos los hombres de Tucson son cobardes, sino que hay alguno dispuesto a
acabar contigo. Y por tanto no necesito ser yo la que se manche las manos de
sangre.
—Eres muy delicada, ¿verdad, Judith?
—Mereces la muerte, y estaba dispuesta a dártela si no lo hacía otro, pero
repugna el papel de verdugo. Sigue viviendo durante unas horas, Mike
Cánova. Sigue viviendo como una rata acorralada en esta habitación de hotel.
En cuanto intentes salir, asomarte a esa ventana, sé un hombre otra vez..., el
rifle te clavará una bala entre las cejas. Y yo asistiré a tu entierro, Mike
Cánova. Y hasta puede que me vista de luto, como si de verdad fuese tu
viuda.
—Hubiera preferido morir a tus manos, Judith. Me hubiese gustado que
tu rostro fuera la última cosa que yo viese en este mundo.
—Tengo un retrato de hace años —dijo ella en tono de burla—. Si
quieres te lo regalaré. Llevo unas herniosas trenzas.
—La única cosa sincera de mi vida ha sido mi amor hacia ti, Judith —
musitó él—. Tus palabras me duelen más que los latigazos. Tú eres la única
cosa digna y hermosa que he llegado a conocer.
Judith sintió algo muy extraño dentro de sí misma, algo que duró sólo un
instante, pero que le hizo daño como un pinchazo en el fondo del corazón.
Porque ella se dio cuenta con horror, de que también era capaz de amar a
aquel hombre. De que bastaría una palabra más, un gesto, para que ella
soltase el revólver y cayera llorando en sus brazos.
Dio un paso hacia atrás, horrorizada, como el que se da cuenta de que ha
estado a punto de caer a un pozo sin fondo.
—Ese desconocido te matará... —prometió—. Y yo asistiré a tu entierro
mañana mismo.
Abrió la puerta y salió de la habitación, cerrando de un seco golpe.
Abajo, el dueño del hotel, que por lo visto no había sabido distinguir muy
bien si los disparos eran de revólver o de «Winchester», la esperaba con los
ojos en blanco.
—¿Qué, nena? ¿Ya está?
—¿Ya está qué?
—El fiambre. El cadáver. El pimpollo. ¿Cuándo hay que retirarlo de su
habitación, muñeca?
Judith masculló:
—¡Váyase al infierno!
—Bueno, yo sé de una docena de sitios mejores para citarnos... —empezó
el del hotel.
Pero Judith lo dejó con la palabra en la boca.
Abrió la puerta y salió rápidamente a la calle, que estaba tan desierta
como unos minutos antes.
Miró los tejados de las casas situadas frente al hotel. Nada, n? una
sombra. Sin embargo, sabía que allí estaba esperando la muerte.
Volvió a casa de Josiah y pidió que la dejaran acostarse, sin decir una
palabra más. Josiah, desde luego, se lo permitió, y le aconsejó que
descansara.
Pero aquella noche fue una de las más amargas que Judith recordaba
haber pasado en toda su vida.
Al día siguiente, cuando despertó después de pasar muchas horas entre
horribles pesadillas, la ciudad entera parecía una tumba.
CAPITULO 9
Mike, al levantarse, se sintió más descansado, aunque aún le dolía todo el
cuerpo, y se dio cuenta en seguida de que difícilmente podría mover su brazo
izquierdo.
Por la altura del sol calculó que debían ser las siete de la mañana. En las
calles de Tucson, habitualmente tan populosa, no se escuchaba ningún
sonido.
Mike sabía que esta mañana iba a ser una mañana de muerte.
Ignoraba quién era su misterioso enemigo, pero pronto iba a saberlo. Para
cerciorarse de que aún estaba al acecho pasó durante un par de segundos por
delante de la ventana. Un disparo de rifle hizo temblar la habitación, y la bala
se clavó en la pared del fondo, alcanzándole casi.
No había logrado ver al del rifle, pero sabía una cosa: era un tipo
incansable, uno de esos tipos que no duermen jamás, y que son capaces de
clavar una bala en la diana, aunque antes hayan tenido que atravesar a pie
todo el desierto Pintado.
Se lavó y se afeitó cuidadosamente, preparándose en todos los detalles
como un hombre que va a asistir a la última ceremonia de su vida. Luego se
encajó bien la funda pistolera y salió de la habitación.
El dueño del hotel acababa de instalarse otra vez detrás de su pupitre.
Quedó helado al ver a Mike.
—Hola, amigo —gruñó el pistolero.
—¿Va usted a salir del hotel, señor Cánova?
—Sí. ¿Por qué?
—¡Oh, por nada! Era sólo para parapetarme ¿sabe?
—No se preocupe. A lo mejor, esta vez no ocurre nada.
—¡Qué bien! Entonces saldré a tomar un poco el sol y...
No había acabado aún de hablar el dueño del hotel cuando Mike ya salía
al porche. Y no había acabado Mike de salir, cuando una bala de rifle mordió
una columna, junto a su cabeza, e hizo que el joven rodase sobre las tablas
mientras sacaba su revólver.
El del rifle volvió a disparar otra vez, en tanto Mike saltaba al centro de la
calle como empujado como una catapulta.
Movió su revólver con la mano derecha y arrancó astillas al anuncio de
un saloon, tras el cual había visto moverse al hombre del rifle durante unas
fracciones de segundo. Pero demasiado sabía que las balas no le alcanzarían.
Intentó ganar la acera opuesta, donde estaría a cubierto. Pero una nueva
bala del rifle levantó un surtidor de tierra a sus pies y le hizo tambalearse.
Mike intentó conservar el equilibrio, pero no pudo. Cayó, y otra bala de
rifle le rozó el brazo derecho, el único que podía mover bien. Sujetándoselo
desesperadamente, cayó de rodillas y logró aún hacer dos disparos hacia el
tejado del saloon, obligando a su enemigo a cobijarse.
Había visto ya que se trataba de un hombre alto y delgado que no llevaba
sombrero. Pero no pudo reconocerle.
Dando traspiés y sujetándose el brazo manchado de sangre, logró llegar
hasta los porches de la otra acera. El sol empezaba a rebrillar en todas partes,
principalmente en los cristales de las ventanas, y ahora lo cegaba porque lo
tenía enfrente. Sujetó el revólver con fuerza y se dispuso a defender su vida
con las dos balas que le quedaban, aunque sabía que ya era inútil.
Su enemigo acabaría fácilmente con un hombre que ni siquiera podía
apuntarle.
Vio a Judith en uno de los porches fronteros. Judith, que le miraba
ansiosamente, con una desesperada mezcla de amor y de odio en sus ojos.
—Al fin y al cabo, no es tan triste morir delante de una mujer así —
susurró Mike.
Pero supo que ella no podría oírle.
Con los labios apretados, sujetándose el brazo, avanzó poco a poco por el
porche. La cabeza le daba vueltas y sabía que necesitaba mucha suerte para
disparar en línea recta. El sol brillaba como un disco rojo sobre las calles de
Tucson.
Fue entonces cuando vio a su enemigo.
El hombre alto, delgado y sin sombrero, avanzaba poco a poco por el
centro de la calle, llevando el rifle dispuesto. Mike tuvo que entrecerrar los
ojos al ver la estrella que relucía sobre su chaleco.
Era un sheriff. El sheriff Russell.
Mike descendió los escalones del porche y se situó también en la calle.
Iba a ser aquel un duelo rápido, mortal, porque los dos hombres tenían las
armas en las manos. Pero no hacía falta ser muy listo para darse cuenta de
que Mike Cánova, con el brazo derecho herido, apenas podría levantar el
revólver.
Los dos hombres se detuvieron entre un silencio espantoso. El sol dibujó
sus sombras sobre el polvo de la calle.
—Me gustaría saber por qué me salvaste cuando me cercaban los
hombres de Patrick, si luego ibas a liquidarme —susurró Mike.
—Te salvé porque quería ser yo quien te matase.
—¿Y no crees que es poco elegante liquidarme casi a traición, a través de
una ventana?
—El que mató a Thompson no merece que se le trate como a un hombre,
sino como a una rata.
—Muy bien, Russell. Ahora tienes ocasión de hacer justicia...
—No creas que me das pena, Mike Cánova, a pesar de que estás casi
indefenso. Para mí no eres más que un condenado a muerte, y a los
condenados se les ejecuta. ¡Muévete y tira si puedes, cobarde!
Puso en línea el rifle, mientras Mike intentaba levantar la mano derecha.
Pero dio la sensación de que ni siquiera se esforzaba en hacerlo, sabiendo de
antemano que todo sería inútil. En aquellas circunstancias, el duelo era algo
así como un asesinato.
Pero el sheriff Russell había sido siempre un fiel cumplidor de su deber.
Y el deber enseña a no tener compasión.
Ninguno de los dos vio el carruaje, precedido por dos jinetes armados,
que se aproximaba a toda velocidad por la calle principal de Tucson.
Russell iba a apretar ya el gatillo, apuntando al corazón de Mike, cuando
oyó aquella voz:
—¿Qué va a hacer, loco? ¿Va a matar a un federal?
Russell sintió como si le propinaran un mazazo en el cráneo. Sus rodillas
casi vacilaron, y miró con irritación al dueño de aquella voz. Caso de ser una
broma hubiera incluso disparado contra él, tan rabioso estaba. Pero no era
una broma. A aquel tipo grueso, de lacios bigotes, que asomaba por una de
las ventanillas del carruaje, lo conocían en todo Arizona como el delegado
del gobernador para los asuntos criminales. Si era él quien hablaba, decía la
verdad.
Pero no fue eso lo que más asombró a Russell.
Lo que le dejó sin respiración fue ver junto al delegado a un tipo con la
cara cruzada por una cicatriz, exactamente igual que Mike. Ese fulano iba
atado cuidadosamente. Y a su lado estaba el hermano de Judith. ¡El hermano
de Judith, completamente sano y salvo!
—No..., no comprendo... —balbució.
—¡Dispara, Russell! —grito Mike—. ¡Sigo siendo el hombre que mató a
Thompson! ¡Dispara y acabemos de una vez! ¡Sólo tú mereces a Judith!
Pero el sheriff parecía tener las manos paralizadas. Su boca se abrió poco
a poco para hablar; no pudo.
El delegado del gobernador descendió del carruaje de un salto, a pesar de
ser un hombre grueso.
—Es usted un hombre demasiado terco, sheriff —gritó—. Debió haber
comprendido que el hombre que ha eliminado a la banda de Patrick no podía
ser el auténtico Mike Cánova. Este se llama Mike igualmente, pero Mike
Randall y no Cánova. El auténtico Cánova está ahí, y va a ser ahorcado
precisamente en Tucson para que todo el mundo se entere de la verdad.
Randall lo detuvo e ideó lo de adentrarse en la banda de Patrick, que era
igualmente temible, para destruirla. Al detener a Cánova liberó a este
hombre, que era su prisionero.
El hermano de Judith descendió también, ante el asombro creciente del
sheriff.
—Cánova había coaccionado a mi hermana, amenazándola con mi muerte
si no se casaba con él —explicó el joven—, y este hombre aprovechó la
historia para dar más verosimilitud a su papel. Claro que el juez que iba a
casarles, tenía retirada su licencia desde dos días antes, para que la boda no
fuese efectiva, aunque el mismo juez lo ignorase aún. Pero claro está que
Mike Randall no hubiese tocado tampoco un pelo a Judith. El tenía orden de
hacerse odioso y de procurar matar a alguien en seguida, para que Patrick
supiese que estaba en su zona.
—El hombre a quien maté fue aquel presumido del saloon —dijo Mike,
abriendo la boca por primera vez—. En cierto modo no tuve otro remedio,
pero sirvió para mis planes. En el local estaba un compañero mío, otro
federal, que tenía la consigna de ayudarme, pero que murió antes. Quizá uno
de los hombres de Patrick encontró sobre su cadáver algún documento delator
y se enteró de nuestra verdadera personalidad. Eso he de suponerlo por lo que
ocurrió después. Estaba previsto que, si yo caía preso, otro federal me
ayudaría a huir entregándome un revólver cargado sólo con balas
detonadoras, para que yo pudiese hacer mucho ruido sin tener que matar a
nadie. Pero el hombre que se presentó a mí no era un federal, sino el abogado
Franklin, uno de los auténticos jefes de la banda de Patrick. Pero sus planes
salieron mal y pude huir. Desde aquel momento sentí la muerte de Thompson
como un ácido que se derramara gota a gota sobre mi piel. Ansiaba matar a
Franklin más que a ningún otro hombre del mundo, y no cejé hasta
acorralarlo en su despacho. El intentó sacar su revólver, pero yo fui más
veloz. Acabar con él fue para mí mucho más importante que acabar con el
mismísimo Patrick. Pero todo esto de nada sirve, Russell; puedes acabar
igualmente conmigo, a pesar de que yo sea un federal. No sentiré las balas
como no sentí el cuchillo cuando me dibujaron una cicatriz en la cara para
que todos me identificaran como Cánova. Estoy enamorado de Judith y si me
dejas vivo te la quitaré. ¡Y no la merezco, Russell! ¡Tira de una vez!
Sus últimas palabras habían sido un estertor ronco. La sangre brotaba
ahora a raudales de su inutilizado brazo derecho, y le temblaban las rodillas.
Todos comprendieron que de un momento a otro iba a caer.
Russell le apuntó con el rifle, guiado por un ciego impulso de rabia, y fue
a apretar el gatillo. Pero sus ojos, antes del segundo fatal, se encontraron con
los ojos de Mike. Y vieron en ellos tanta entereza, tanta indiferencia ante la
muerte, que no se atrevió a apretar el gatillo. Por el contrario, se mordió los
labios, hasta hacerse sangre en ellos, y arrojó el rifle con un movimiento de
rabia.
—No puedo hacerlo... —susurró—. Tú me has enseñado algo que
necesitaba aprender.
Y dio media vuelta, alejándose de allí con los hombros hundidos y la
vista perdida en el suelo.
Pero Mike ya no llegó a oír aquellas últimas palabras.
Vencido por su propia debilidad, agotado por la pérdida de sangre,
acababa de caer pesadamente a tierra. El delegado del gobernador se inclinó
sobre él. Sus lacios bigotes temblaban ahora como los de una foca.
—¡Pronto! —gritó—. ¡Hay que atender a este hombre! ¿Nadie puede
alojarlo en su casa hasta que lo vea un médico?
Parpadeó al ver que la única que se acercaba era una mujer.
Una mujer tan bonita, tan joven, tan tentadora como no recordaba haber
visto jamás otra en las peladas tierras de Arizona.
—¿Usted quiere llevarlo a su casa? —preguntó—. ¿No se da cuenta de
que cuando despierte se va a morir al verla?
—No se preocupe, me ha visto otras veces —susurró Judith—. Además,
podrá irse acostumbrando. Tiene..., tiene toda la vida para ello.
Y se arrodilló junto a Mike, mientras el sol dibujaba sus sombras juntas
sobre la calle de Tucson.
FIN