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Putin Bajo Fuego: N°290 - AGOSTO 2023

Este documento resume la historia de la creación de la muñeca Barbie y su enorme éxito comercial. Explica cómo Barbie representó un cambio en permitir que las niñas jueguen a ser mujeres adultas en lugar de madres. Aunque Barbie promovió la emancipación femenina a través de sus diversas profesiones a lo largo de los años, también proyectó un ideal de cuerpo imposible que ha sido criticado. El documento analiza la relación ambigua de Barbie con el feminismo y cómo ha evolucionado para adaptarse a los cambios cultural
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Putin Bajo Fuego: N°290 - AGOSTO 2023

Este documento resume la historia de la creación de la muñeca Barbie y su enorme éxito comercial. Explica cómo Barbie representó un cambio en permitir que las niñas jueguen a ser mujeres adultas en lugar de madres. Aunque Barbie promovió la emancipación femenina a través de sus diversas profesiones a lo largo de los años, también proyectó un ideal de cuerpo imposible que ha sido criticado. El documento analiza la relación ambigua de Barbie con el feminismo y cómo ha evolucionado para adaptarse a los cambios cultural
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N°290 - AGOSTO 2023

Putin bajo fuego


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ahora

Editorial Barbie, por José Natanson

Dossier: El regreso de los valores autoritarios

La sombra de la dictadura, por Alejandro Grimson

Lenguaje autoritario y polarización política, por Ernesto Calvo

Esplendor y melancolía, por Marina Franco

ITT y el golpe contra Allende, por Evgeny Morozov

Quetzalcoatl, el frijol y las patentes, por Alain Amariglio

Ucrania se mete en la elección estadounidense, por Serge Halimi

Suburbios, sermonear y castigar, por Tristan De Bourbon

Realismo y rivalidad entre grandes potencias, por John Mearsheimer

Dossier: Los frentes abiertos de Putin

Las fisuras de un poder infranqueable, por Martín Baña

Wagner y la gesta del “mercenarismo”, por Philippe Leymarie

Un plan para aniquilar a Alemania, por Pierre Rimbert

El yoga salvará el mundo…, por Zineb Fahsi


Érase una vez en Uarzazat, por Pierre Daum

Barça, los pequeños secretos de un gran club, por David Garcia

En busca del artista norcoreano, por Koen De Ceuster

Libros del mes, por AA. VV.

La religión securitaria, por Benoît Bréville


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

Barbie

Por José Natanson

Agradezco a Hinde Pomeraniec la lectura


de una primera versión de este editorial.

La historia es conocida: Ruth Handler, fundadora junto a su marido de Mattel, una pequeña fábrica de juguetes en Los
Ángeles, venía observando que su hija Bárbara prefería jugar con muñecas de papel que imitaban a mujeres adultas antes
que con los clásicos bebotes de plástico, pero las muñecas se le rompían y era imposible vestirlas. En un viaje por Europa,
Ruth se topó de casualidad con Lili, una muñeca plástica que representaba una mujer alta, delgada y bella, creada como un
juguete semi-erótico por un fabricante alemán a partir de una popular tira cómica que aparecía en el tabloide Bild y que
funcionaba como un regalo chistoso entre varones. De regreso a Estados Unidos, Ruth convenció a su esposo y en marzo de
1959 presentó en la Feria de Juguetes de Nueva York a Barbie: pelo largo y rubio, figura estilizada, insinuante mirada
ladeada y bikini cebra. Barbie, la primera muñeca adulta para niñas de la historia, fue un giro copernicano en el mercado del
juguete: por primera vez, las niñas podían jugar a ser mujer –y no solamente madre– con una muñeca que las representaba a
ellas, sus planes y fantasías, y no a sus eventuales hijos.
El éxito fue rotundo. Barbie vendió, desde su nacimiento hasta hoy, unos 1.000 millones de unidades en 150 países. Se
calcula que se vende una Barbie cada tres segundos, lo que le reportó a Mattel 1.600 millones de dólares de facturación –
solo en Barbies– en 2021 (1).

El boom de Barbie coincidió con el auge de las economías occidentales de posguerra, los años dorados posteriores a la
finalización del conflicto bélico, que a su vez marcaron el inicio de dos tendencias que resultarían cruciales para el éxito de
la muñeca. La primera es la explosión demográfica. El bienestar económico elevó la tasa de natalidad, al tiempo que las
mejoras sanitarias permitieron disminuir la mortalidad infantil, multiplicando en pocos años la cantidad de niños por hogar.
Paralelamente, el crecimiento económico, la expansión de la clase media y la difusión de la televisión permitieron crear
mercados donde no había o masivizar aquellos que hasta el momento estaban limitados a las elites: el turismo de masas (la
primera Lonely Planet, la biblia del mochilero, data de 1968), el disco de rock como clave de identidad juvenil y el
descubrimiento de los niños como nuevos sujetos de consumo.

La segunda tendencia que ayuda a explicar el éxito de Barbie es la emancipación de la mujer, un proceso que se aceleraba
por el aumento del peso relativo en la economía del sector servicios, la administración y el comercio, que no requieren la
fuerza física típica del empleo industrial y en donde las mujeres encontraron nuevas oportunidades laborales, y por el
impulso disruptivo de la guerra (las guerras, esos momentos en los que los hombres parten al frente y las mujeres quedan a
cargo de todo, son puntos de inflexión para la igualdad de los géneros, como había sucedido también en la Primera Guerra
Mundial). Los avances científicos, muchos de ellos consecuencia del conflicto armado, abrieron nuevas posibilidades para
las mujeres: la píldora anticonceptiva, es decir la posibilidad de que la mujer controle la concepción por sí misma, sin
acuerdo del hombre, se comercializó por primera vez en Estados Unidos en 1961.

La relación de Barbie con el feminismo es, sin embargo, ambigua. Por un lado, Barbie es la primera muñeca con vida
autónoma, profesión y carrera. Quizás Barbie nunca fue feminista, pero pocos discutirán que, como se dice ahora, tiene una
vida feminista. Si al principio desempeñó ocupaciones tradicionalmente reservadas a las mujeres (enfermera, bailarina,
diseñadora de modas, babysitter), más tarde fue astronauta, científica, rockera (en los 80 e inspirada por el éxito de
Madonna) y hasta política (aunque, como todos sabemos, Estados Unidos no eligió aún una mujer Presidenta). Cada cambio
implicaba un nuevo look. Sobria en sus comienzos, al rato incorporó los estampados florales y los diseños geométricos del
Flower Power y lució un corte de pelo símil Jackie Kennedy. La llegada del hombre a la Luna la encontró vistiendo telas
metálicas. A fines de los 60 se animó a la minifalda y en los 70 se movió a un estilo más hippie.

Pero Barbie proyecta un ideal de cuerpo imposible. Trasladadas a un humano, las medidas de Barbie serían 91 centímetros
de pecho, 46 de cintura y 84 de caderas. Según una investigación realizada por el Hospital Universitario Central de Helsinki,
Barbie carecería del porcentaje de grasa corporal necesario para menstruar normalmente (2). La construcción de un espejo
inalcanzable –sólo una persona entre 100.000 tiene las medidas de Barbie– ha sido cuestionada como el signo mayor de la
tiranía de la estética y como una incitación a la anorexia, algo que incluso formó parte de una estrategia de marketing
explícito de Mattel: un conjunto de ropa para vestir a Barbie lanzado en 1963, “Barbie Baby-Sits”, incluía un libro
titulado Cómo bajar de peso, que recomendaba directamente “no comer”. El mismo libro fue incluido en otro conjunto,
“Slumber Party”, de 1965, que venía con una balanza de baño rosa que marcaba 50 kilos, bastante por debajo del peso medio
de una mujer de 1,75 de altura (en 1999 el molde del cuerpo de Barbie fue rediseñado para ensanchar ligeramente la cintura).

Aunque Barbie siempre fue una mujer emancipada, todavía en los 90 seguía presa de los tópicos. En 1992 Mattel lanzó una
Barbie que pronunciaba algunas frases, como “¿Tendremos alguna vez suficiente ropa?”, “¡Me encanta ir de compras!” y la
criticadísima “La clase de Matemáticas es muy difícil”, que despertó una queja formal de la Asociación de Académicas
Mujeres de Estados Unidos. Al año siguiente, la banda de activistas Barbie Liberation Organization (BLO) se dedicó a
intercambiar los mecanismos sonoros de las Barbies y los muñecos G.I. Joe, lo que dio como resultado que la Barbie decía
cosas como “¡La venganza será mía!”, mientras que los G.I. Joe decían “¡Vamos a planear la boda de nuestros sueños!”.
Mattel anunció que la Barbie parlante cambiaría sus frases.
Como todo objeto del consumo de masas, Barbie cumple una función política, que va mucho más allá de la voluntad inicial
de sus creadores. Dotada de una capacidad de adaptación innegable (Barbie es literalmente plástica), el juguete-emblema de
Mattel se fue convirtiendo en un símbolo del poder blando del capitalismo estadounidense y en particular de uno de sus
grandes ideales, que es el estilo de vida moderno, supuestamente relajado y cool de California (la Barbie Malibu sigue
siendo uno de los modelos más vendidos).

Ícono de la cultura pop, la historia de Barbie es la historia de cómo los valores dominantes de Occidente se van acomodando
al paso del tiempo, casi una historia de la ampliación de derechos, los límites de la tolerancia y las fronteras de la corrección
política. De ahí la incomodidad que produce Barbie por momentos, y de ahí también los derrapes de Mattel. En 1966 la
empresa lanzó “Francie de color”, la primera Barbie de tez negra, pero tuvo que discontinuarla. Ocurría que la muñeca no
tenía ningún rasgo afroamericano salvo el color de piel, simplemente habían tomado el molde original y lo habían pintado de
negro. Dos años después, en 1968, es decir el mismo año del asesinato de Martin Luther King y la Convención Demócrata
en Chicago, Mattel anunció la fabricación de la primera Barbie afroamericana, Christie. En 1997 aparecieron las primeras
“Barbies inclusivas”: “curvy” (con más curvas y más peso), “tall” (más alta) y “petite” (más baja), aunque el hecho de que
los mismos nombres remitan al estereotipo original no pareció importarles mucho a los creativos. Mientras tanto Becky, una
amiga de Barbie en silla de ruedas, tuvo que ser retirada del mercado cuando se advirtió que no había manera de que entrara
en la “casa de ensueño” de Barbie.

Quizás sean sus medidas imposibles, su cuerpo desprovisto de genitales o su mirada de sexualidad difusa, pero siempre hubo
algo perturbador en Barbie. Seguramente por eso la eligió Philip K. Dick para su tremendo cuento “Perky Park”, la historia
de los sobrevivientes de una catástrofe nuclear que viven aislados en enclaves en California, alimentándose como pueden de
los suministros enviados desde Marte y jugando sin parar con Barbies que los ayudan a recordar la vida antes de la
explosión, hablando de electrodomésticos, psicólogos, perros, tarjetas de crédito… los adultos transcurren sumidos en su
juego escapista con muñecas que a los niños, que nacieron y se criaron en ese mundo devastado, no les dicen nada.

Hay también evidencia científica del desasosiego que puede producir la muñeca. Una investigación elaborada por la
especialista Agnes Nairn, de la Universidad de Bath, sobre el impacto de los juguetes en la vida cotidiana de los niños reveló
que Barbie despierta sentimientos destructivos más que ninguna otra muñeca del mercado. La mayoría de los 128 niños de
entre 3 y 11 años encuestados admitió con naturalidad que alguna vez torturó a una Barbie arrancándole la cabeza,
cortándole el pelo, calcinándola en el horno o haciéndola volar hasta el patio del vecino. El ideal de belleza, el aspecto
femenino y aniñado a la vez y la variedad de modelos se encontrarían entre las causas del ensañamiento infantil contra las
Barbies. “Los chicos y las chicas no ven con inocencia que la muñeca de colección tenga tantas versiones de sí misma: lo
entienden como un exceso. Nunca se puede tener una sola, y tantas personalidades le hacen perder el encanto de ser única a
la Barbie”, escribió María Mansilla en Página/12 (3).

El otro punto de incomodidad es, por supuesto, Ken, llamado así en honor de Kenneth, el otro hijo de Ruth, y creado como
un reflejo soso de Barbie, como su masculinización apurada, un accesorio más envuelto en la forma de un posadolescente
rubio y atractivo, de pecho marcado, que en su primera versión vestía malla roja, sandalias al tono y una toalla sobre los
hombros. Ken también fue víctima de los pasos en falso de Mattel. En 2009, en lo que los creativos de la empresa sólo
pueden haber planeado tras una buena noche lisérgica, apareció “Sugar Daddy Ken”, en referencia al modelo masculino de
hombre de mediana edad, establecido y exitoso, que frecuenta personas más jóvenes. Canoso y espléndido con su blazer
verde con estampado damasco, su camisa rosa abotonada y sus pantalones blancos, Sugar Daddy Ken también tuvo que ser
piadosamente quitado de circulación.
En una nota publicada en El País (4), el crítico cultural Miquel Echarri sostiene que Ken fue durante muchos años
prácticamente el único muñeco masculino adulto con el que se podía jugar en Occidente, y pone el foco sobre uno de los
grandes misterios de la cultura pop contemporánea: la orientación sexual de Ken, que nunca “concreta” con su admirada
Barbie pero que tampoco termina de salir del closet. “Ken es gay. Lo vienen afirmando desde hace años Matt Jacobi y Nick
Caprio, activistas LGTBI+ y fans acérrimos del muñeco. Jacobi y Caprio reivindican sin descanso la para ellos evidente
homosexualidad de Ken y reprochan a sus albaceas que lo mantengan encerrado en la cárcel de la corrección política”,
escribe Echarri.

Concluyamos.

El estreno de Barbie se está convirtiendo en un suceso cinematográfico global. Dirigida por Greta Gerwig, que ya había
demostrado su capacidad para abordar los clichés femeninos con su versión de Mujercitas, la película es una crítica
deslumbrante y divertidísima del capitalismo, la sociedad de consumo y las desigualdades de género. Todo comienza cuando
la “Barbie estereotipo”, rubia, delgada y alta, rompe con su vida ideal en Barbieland para preguntarse por la muerte, una
“ideación pasiva de muerte”, dirían los psicólogos, punto de partida para un viaje al mundo real, donde se encontrará con
una preadolescente y su madre, con las que establecerá una relación de amistad y apoyo mutuo, emprendiendo una aventura
de ida y vuelta que es también un viaje de iluminación interior sobre la relación entre los géneros, los mandatos de belleza y
el sentido de la vida. Si para Barbie el viaje al mundo de las personas es el descubrimiento de la imperfección (y de cómo es
posible vivir con ella), un giro existencialista insospechado, para Ken es el hallazgo del patriarcado y del modelo de varón
machocapitalista, con el que se siente cómodo y que quiere importar a Barbieland.

Concluyamos, ahora sí, con dos palabras sobre Argentina. Quizás por nuestra ubicación en el extremo Sur del continente,
lejos de Estados Unidos y menos expuestos a su influjo de marketing, quizás por el peso en nuestra cultura de otros países, o
quizás por disponer desde los años 40 de una industria del juguete consolidada y protegida, cuya rentabilidad no era
suficiente para pagar licencias (ahí estaba Tammy, una imitación local), lo cierto es que Barbie nunca llegó a alcanzar en
Argentina la presencia que logró en otros países. Las Barbies, según los testimonios que circularon en estos días, siempre
fueron aquí particularmente caras. Así, mientras que la división mexicana de Mattel apostó por la Barbie mariachi, la Barbie
Frida Kahlo y hasta la Barbie Virgen de Guadalupe, si en Brasil circula una Barbie mulata y en Holanda una Barbie princesa,
felizmente a nadie se le ocurrió lanzar la Barbie Susana Giménez, el Ken Daniel Scioli o la Barbie Eva Perón, con su cabello
platinado recogido en rodete, collar de perlas y tailler color crema diseñado por Paco Jamandreu.

1. [Link]
2. [Link]
3. [Link]/diario/suplementos/las12/[Link]
4. [Link]
intentando-sacar-del-armario.html4
EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

CUANDO REGRESAN DEBATES QUE PARECÍAN SALDADOS

La sombra de la dictadura

Por Alejandro Grimson*

La campaña electoral tiene una característica que la distingue de las


anteriores. Candidatos competitivos se rodean de apologistas de la dictadura o
enfocan su propaganda en promesas de represión estatal. Esto amenaza el
“Pacto del Nunca Más” y abre un signo de interrogación sobre el futuro de la
convivencia democrática.

Primera ronda de Madres de Plaza de Mayo, 30-4-77 (Télam/Archivo)


¿Qué ha pervivido de la última dictadura? En estos 40 años se han repetido dos veces, durante el menemismo y durante el
macrismo, sus rasgos económicos más importantes, como el modelo desindustrializador, especulativo y financiero y la
adicción endeudadora con negocios fabulosos a costa de hipotecar el futuro del país. También se ha repetido, ligada a lo
anterior, una apreciación cambiaria suicida, como variaciones de la originaria fiesta de la “plata dulce”.

Experiencias económicas como el Rodrigazo, la tablita de Martínez de Hoz, la hiperinflación de los 80 o el corralito fueron
dolarizando la mente de los argentinos, a fuerza de perder ahorros o amasar un patrimonio fruto de un hecho extraordinario.
Las crisis brutales como las mencionadas crean situaciones de injusticia, en las que una persona resulta tremendamente
perjudicada o beneficiada sin relación alguna con su esfuerzo o riesgo (1). Esas experiencias impulsaron una cultura
económica cortoplacista. Las herencias y las sombras no existen, pero que las hay, las hay.

Otros rasgos culturales que perviven son previos a la dictadura, pero se fortalecieron durante aquellos años: la
discontinuidad, la ruptura. ¿Cómo pensar la discontinuidad argentina en relación a la dictadura? Dicho de otra manera:
¿hasta qué punto vamos a condensar en la dictadura una serie de rasgos que podemos llamar “nacionales”, que la anteceden
y la exceden?

Al igual que la discontinuidad, un rasgo cultural argentino, el autoritarismo –e incluso el fascismo– como práctica social es
anterior al 24 de marzo de 1976. Delación, violencia, violencia institucional: se trata de conductas que con la dictadura
llegaron al paroxismo, al igual que la ruptura institucional o el terrorismo de Estado, pero que no comenzaron con el golpe.
Y así como es posible identificar estas marcas antes de 1976, también vale la pena preguntarse qué sombras proyectan sobre
el presente. ¿Qué sucede con las claves de la vida cotidiana de los 70 como el “no te metás”, el “por algo será” o el “nosotros
no sabíamos”?

Viejos valores

Analicemos la situación actual. Ante la frustración, la desilusión y las dificultades en medio de una crisis económica y social
profunda, crecen la incertidumbre y la bronca, con fuertes rasgos de odio. Es en ese contexto donde se produce el ascenso de
las fuerzas de la extrema derecha, con dos características claramente proyectadas por la dictadura: sus recetas económicas y
ciertos personajes que conectan ambos momentos. Victoria Villarruel, que acompaña a Javier Milei en la fórmula
presidencial de La Libertad Avanza, preside el Centro de Estudios Legales sobre el Terrorismo y sus Víctimas, organización
que vela por las “víctimas inocentes del terrorismo de las organizaciones guerrilleras” en los 70. Villarruel critica las
políticas de derechos humanos y a las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Como diputada, Villarruel, hija de un oficial del
Ejército que participó del Operativo Independencia, promovió la creación del Día Nacional de las Víctimas del Terrorismo
en Argentina. La alianza de Milei con Ricardo Bussi en Tucumán completa el cuadro.

Pero quizás el dato central sea que, por primera vez desde 1983, una candidata con chances de llegar a la Presidencia,
Patricia Bullrich, promete como eje de su campaña electoral un escenario de conflicto con violencia social. Es cierto que en
el pasado Carlos Ruckauf, por ejemplo, prometió “meterles bala a los delincuentes”. La diferencia es que, en el spot de
lanzamiento de su precandidatura, Bullrich prometió ejercer la violencia estatal contra sus adversarios políticos, en base a la
idea de que el futuro se va a dirimir en las calles. “Si no es todo, es nada”, es el totalitarismo hecho consigna electoral. Es
pedir licencia social para reprimir eventuales manifestaciones sin considerar posibles víctimas fatales.

La propuesta de Bullrich es parte de un cambio más grande. Los valores autoritarios resurgen ahora, en un contexto en que
dirigentes opositores hablan de enemigo interno (“el kirchnerismo tiene que desaparecer”), se fortalece la aporafobia (el odio
al pobre) y se despliega una campaña xenófoba sin objeto, por ejemplo mencionando, por otra parte con datos falsos, el
número de extranjeros en las universidades argentinas. El escenario está marcado también por un intento de extranjerización
de los pueblos originarios (particularmente los mapuches), la expansión de la reacción conservadora contra la marea verde,
el hecho de que episodios gravísimos, como la represión en Jujuy, pasen de largo, y un debate público totalmemente
polarizado, que hace que incluso aquellos temas que deberían ser parte de la identidad nacional, como los derechos
humanos, caigan en la grieta.

El contexto se agrava porque ante el fuego cruzado y las necesidades electorales las fuerzas progresistas o la izquierda
social, que en el pasado no estaban alineadas con el peronismo, y que cumplieron un papel decisivo en 1983 y en la
consolidación de la democracia, se encuentran encerradas: se integran a la derecha, bajan las banderas fundantes de su
identidad o entran en proceso de disolución. El espacio que ocupó durante décadas el alfonsinismo y todo el radicalismo
democrático, el socialismo de Santa Fe, que se proyectaba hacia todo el país, y el ibarrismo en la Ciudad de Buenos Aires, se
encuentra atrapado en esta encerrona. Muchos de sus dirigentes prefieren evitar criticar a un juez que actúa de modo
arbitrario contra un adversario o cuestionar una represión antes que romper la polarización.

El impacto político de las emociones

Argentina atraviesa una situación de fuerte estrés emocional. La sociedad experimentó distintas desilusiones que provocan
padecimientos subjetivos, como ansiedad, tristeza y depresión. Una sociedad atravesada por la desilusión política es un
entramado de desesperanzas, el campo fértil de la apatía. La frustración edifica un muro que impide construir horizontes o
motivaciones.
¿Por qué se ilusiona –o desilusiona– una sociedad con la política? Porque se rompe un contrato o porque lentamente se
erosiona la legitimidad que el buen gobierno genera. A veces hay una fecha, un antes y un después. Otras, en cambio, un
continuum de pequeños o grandes desencuentros. Si uno deposita su ilusión en un partido o una persona, y siente que esa
persona cumple, el vínculo se afianza y crece la sensación de certidumbre, de amparo. Pero si aparece la frustración, si se
pierde la confianza, si no se percibe un rumbo, si crece la insatisfacción, entonces aumenta también la incertidumbre. Y si no
se construye un nuevo horizonte, se abre el riesgo de caer en la desesperanza.

Ese mar de apatía y desánimo es el caldo de cultivo para las derechas extremas. Mientras los dirigentes responsables buscan
explicar que la salida no es sencilla, que implica recorrer un largo camino, la derecha extrema instala dos palabras, una como
causa de los problemas, otra como solución, y mucha gente empieza a ir detrás de ella (2): la “casta” como causa y la
“dolarización” como solución. Sin embargo, el problema no son las políticas públicas y la intervención del Estado.
Seguramente habrá que corregirla, modificarla y mejorarla. Pero sin intervención del Estado, el poder económico es como
un lobo en el gallinero. Y la dolarización, como han señalado economistas de diversas tendencias, nunca podría ser la
solución.

La política es parte de la cuota de autonomía que la sociedad puede construir contra los poderes fácticos. Los vendedores de
falsas certidumbres, apoyados en grandes aparatos de comunicación y tecnologías muy poderosas para operar sobre
sociedades desanimadas, ofrecen las últimas ilusiones.

Una ofensiva contra el pluralismo

El autoritarismo como práctica social es anterior al 24 de marzo de 1976.

La polarización política instituye mecanismos emocionales para socavar la convivencia plural y pacífica. La maquinaria del
odio va desde la ignorancia, la antipatía y el desprecio, hasta un claro proceso de violencia simbólica o física. Por una parte,
el odio es visceral, espontáneo. Puede surgir como una reacción de animosidad por múltiples razones, entre las que se
encuentra la percepción de una reducción de la desigualdad. En efecto, cuando una desigualdad que resultaba crucial para
definir la propia identidad se difumina, esta última puede verse amenazada. Así ocurre cuando se ven cuestionadas las
relaciones entre géneros en la sociedad patriarcal, las relaciones entre clases en el capitalismo o las relaciones racializadas.

Por otra parte, el odio también constituye el resultado de una estrategia de ajedrez, un cálculo frío para domesticar las
percepciones, las significaciones y los cuerpos. Esa “fábrica de alteridades” incluye como blancos tanto a grupos
históricamente discriminados (los pobres o los morochos) como a renovadas agendas por la igualdad (las mujeres que ponen
en cuestión la jerarquía). En el mundo actual, en el apogeo de la segregación, tanto los grupos subalternos de larga data
como las nuevas oleadas de excluidos son objeto de los discursos del odio.

El antipluralismo tiene en Argentina una historia muy extensa. Si miramos la historia del siglo XX es evidente que las
corrientes denominadas liberales han tenido la peculiaridad de ser, en su mayoría, antipluralistas. El evento más impactante
en este sentido fue el derrocamiento de Perón en 1955, ejecutado en nombre de la libertad y la democracia.

Cuarenta años después de la recuperación de la democracia, los argentinos nos encontramos enredados en una gigantesca
incertidumbre. A los procesos globales que hacen difícil vislumbrar futuros probables se les agrega una dimensión
específicamente nacional. Argentina resolvió de un modo muy singular, con pocos o ningún antecedente en el mundo, la
cuestión de la memoria, la verdad y la justicia. Desde 1983 en adelante –y desde 2003 en adelante– fue construyendo y
actualizando el “Pacto del Nunca Más”, que implicaba desterrar de la vida pública al terrorismo de Estado y la violencia
política. Cuando en las últimas décadas el Estado utilizó la violencia política se generó una fuerte reacción social, que
muchas veces derivó en grandes crisis políticas: el asesinato de Kosteki y Santillán, por ejemplo, que terminó con el
gobierno de Eduardo Duhalde. Esa manera tan particular y tan argentina de reaccionar a la violencia estatal, metaforizada en
el “Pacto del Nunca Más”, está frente a un enorme desafío, quizás el mayor desde la recuperación de la democracia.

Consensos vergonzantes

Por frustración, por hartazgo o por ambas cosas, hay momentos en los que amplios sectores sociales ingresan en un registro
de negación de la realidad. Podemos debatir cómo se genera este mecanismo, pero el hecho es que se impone una sensación
de saturación, un deseo devenido necesidad de no seguir escuchando noticias que amenacen las certidumbres que surgen de
la polarización. Frente al cansancio, muchas personas se acomodan para escuchar noticias que confirman sus prejuicios,
impedir que lleguen las ideas que los cuestionen y establecer ante cualquier riesgo la teoría conspirativa acerca de las
afirmaciones que los ponen en cuestión. Cuando se impone el placer de la confirmación, cuando se evita radicalmente el
dolor de la duda, cada sector se encierra en su propia matriz hermenéutica.

Si después cambia la hegemonía política e informativa, la sociedad le hace honor a León Ferrari y se abraza a la frase
“nosotros no sabíamos”. Lo que muchos “no sabrán” en el futuro está ocurriendo hoy a la vista de todos.

El clima del terrorismo de Estado de los años 70 generó una cultura política que podía observarse en hechos y frases de la
vida cotidiana. Por supuesto que fue crucial la resistencia. Pero sería ingenuo no registrar su contracara: la complicidad de
amplios sectores de la sociedad con hechos atroces. Complicidad de los medios, de instituciones, de corrientes políticas. En
este clima, el “no te metás” o el “por algo será” fueron armas simbólicas que adquirieron una potencia despiadada. A las
víctimas del secuestro, la tortura y la muerte a las que se les negó el derecho al juicio, base de todo Estado de Derecho, se las
condenó socialmente con el “por algo será”. Si el poder sustraía cuerpos y los desintegraba, la razón asistía –con esas
justificaciones– al poder. Los individuos podían ignorar dichas razones, pero no podían intentar averiguarlas. Y mucho
menos cuestionarlas: “no te metás”. Los que se metieron lo pagaron caro, con el exilio o la vida. Y las que se metieron (el
femenino responde al predominio de los pañuelos) fueron la punta de lanza de la resistencia.

Claro que nada de esto sucede hoy en Argentina. Vivimos otro tiempo. Pero se ha instalado como parte de la cultura política
que cada uno reclama por sí mismo y nadie reclama por el otro. A nadie se le ocurre reclamar por los derechos de un
adversario político. Se criticó más a Franco Rinaldi por sus expresiones discriminatorias que a Patricia Bullrich, nadie que
no esté aliado a Cristina reclama su derecho a que se cumpla la garantía de defensa, los medios distribuyen condenas
mediáticas difamando a personas en nombre de la libertad de expresión, nadie pide que también les den voz a otros en los
medios. Sin embargo, la democracia es eso: que tu partido y tus adversarios puedan expresarse.

Tratar al adversario como enemigo es un rasgo profundamente anti-ético de ciertas vertientes políticas. Se ha naturalizado.
En un clima tan bélico, el “no te metás” se transformó en “no digas absolutamente nada que no sea útil en tu carrera
política”. Para la ley, y así debería ser en una sociedad democrática y madura, todas las personas son inocentes hasta que se
demuestre lo contrario. En Argentina, sea acusado un peronista, un dirigente de la oposición o de la fuerza que sea, el
adversario no defenderá la inocencia del otro. Todos se defienden a sí mismos.
Esta lógica de la conveniencia tiene consecuencias distintas cuando funcionan las leyes y cuando no funcionan. Pero no
siempre las cosas resultan blanco o negro. Cuando hay daños fuertes en los procedimientos legales, como sucede en la
“guerra judicial”, cuando se naturalizan las fake news y se vive dentro de la polarización, la situación se hace cada vez más
peligrosa. Esto deteriora gravemente la vida democrática y termina favoreciendo a las derechas antidemocráticas.

La dictadura que vuelve

Las historias están presentes hoy de manera entremezclada. Resulta alarmante percibir que algunas herencias de la época
más negra del país regresan a la vida cotidiana, en formas de percepción y de comunicación, aunque por supuesto cruzadas
por el acuerdo democrático que empezó a construirse en 1983 y que convirtió a Argentina en uno de los países con más
rechazo a la violencia política de América Latina. Esta convivencia pacífica, que debería ser un principio básico de la
sociedad, hoy está en riesgo. Como queda en evidencia con el spot de Bullrich, se anuncia la posibilidad de atravesar la
frontera, de la paz a la violencia, de la convivencia a la guerra. Se anuncia la utilización de violencias estatales para contener
la insatisfacción democrática.
Hay fronteras que una vez que se cruzan ya no tienen vuelta atrás. Se puede juzgar a los criminales, pero no se puede revivir
a los muertos. Es necesario derrotar políticamente estas hipótesis. Pero activar ciertas memorias no depende sólo de la
sociedad. Es crucial la capacidad de la democracia por saldar deudas que también son originarias, de modo tal que la
democracia liberal se complete con democracia económica. Ese ha sido el gran problema, el talón de Aquiles de la
democracia argentina. La tarea es trabajar para resolverlo.

1. “El trauma cultural”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, julio de 2012.
2. En septiembre y octubre Le Monde diplomatique publicará dos suplementos sobre las extremas derechas coordinados por
el autor.

* Antropólogo social.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

EL REGRESO DE PALABRAS QUE PARECÍAN DESTERRADAS

Lenguaje autoritario y polarización política

Por Ernesto Calvo*

Las tecnologías de análisis del lenguaje muestran que en contextos de


polarización las diferencias lingüísticas se ensanchan: dos grupos políticos
que hablan español pueden, en realidad, hablar dos idiomas distintos. Así,
resulta preocupante advertir que en la actual campaña electoral regresan
expresiones propias de tiempos autoritarios.
Madres de Plaza de Mayo (Archivo)

En septiembre de 2022, el Departamento de Política y Gobierno de la Universidad de Maryland y la Escuela de Información


comenzaron un proceso de contratación conjunta de profesores en el área de Ciencias Sociales computacionales. Fue así
como tuve la oportunidad de conocer a Ashique KhudaBukhsh, profesor del Instituto de Tecnología de Rochester, que vino a
presentar su trabajo a nuestro laboratorio.

Ashique trabaja con una tecnología emergente coloquialmente conocida como transformers, un nuevo tipo de red neuronal
que desde hace años revoluciona el análisis del lenguaje natural computacional y que está a la base de desarrollos como
ChatGPT, entre otros. En el área de “traducción”, estos transformers han mejorado exponencialmente la calidad de
programas como Google Translate, los cuales son utilizados por millones de usuarios para traducir sus textos a distintos
idiomas. Los transformers también son usados para traducir páginas o mensajes en redes sociales en tiempo real, para
producir subtitulados, transferir voz a texto y otras aplicaciones diferentes.
El trabajo de Ashique va más allá de los usos tradicionales de un “traductor”, abriendo la pregunta de cuál es la frontera
entre distintos lenguajes y qué textos deben ser considerados una familia lingüística distinta. ¿Dónde empieza y dónde
termina una lengua? El español es distinto del catalán y del inglés, pero, ¿qué tan distintos son, por ejemplo, el español que
usamos en la política y el que usamos en el arte o en el fútbol?

Este cambio de perspectiva es de fundamental importancia en la investigación social de fenómenos como la polarización. A
fin de cuentas, la pregunta que subyace al proceso de polarización es si los votantes de distintos partidos siguen hablando el
mismo idioma. ¿Cuán distintos son el español de la derecha, del centro o de la izquierda?

Castellano, cordobés, porteño, cambiemos

Los diputados de Córdoba hablan con palabras, símbolos y entonaciones que los distinguen de los diputados de la Ciudad de
Buenos Aires, tanto por los localismos que utilizan como por los intereses sustantivos de los votantes de cada distrito. La
distancia entre el español-cordobés y el español-porteño es menor que la distancia entre, por decir algo, el español-
cordobés y el inglés-Maryland. Dados estos distintos usos del lenguaje, podemos predecir, con mayor o menor precisión, si
una legisladora pertenece a la provincia de Córdoba o a la Ciudad de Buenos Aires, en qué partido milita y, en muchos casos,
otra gran cantidad de características políticas y socio-demográficas.

En computación, el proceso de traducir un documento describe la transformación de una secuencia de texto de un lenguaje a
otro. Los idiomas están representados por una colección de textos (un corpus), que tienen distinta probabilidad de ser
considerados como estadísticamente similares. Las computadoras estiman, a partir de la frecuencia de utilización de una
palabra cerca de otra, si se volverá a recurrir a ella, conformando de este modo un lenguaje. Así, todo texto de un universo
lingüístico, incluido el universo lingüístico de Juntos por el Cambio, puede ser traducido a otro universo lingüístico, como
por ejemplo el de Unión por la Patria.

Figura 1. Preguntas formuladas a la versión 4.0 de ChatGPT


el 20 de julio de 2023. Estas preguntas son parte
de un hilo sobre las diferencias entre “inglés-ChatGPT” vs.
“inglés-MARYLAND”, “inglés-REPUBLICANO” vs.
“inglés-DEMÓCRATA” y “español-AUTORITARIO” vs.
“español-DEMOCRÁTICO”.
La novedosa idea de Ashique fue utilizar estas redes neuronales para traducir el inglés- The New York Times al inglés-Fox
News. La traducción de un lenguaje político a otro no sólo indica cuáles términos son utilizados por cada grupo sino, más
importante aun, nos permite entender cuál es la distancia lingüística entre demócratas (que leen The New York Times) y
republicanos (que miran Fox). Los investigadores encontraron que las personas en lados opuestos de la división política a
menudo usan diferentes palabras para expresar ideas similares (1). Ashique muestra que los demócratas dirán “calentamiento
global” mientras que los republicanos usarán “cambio climático”, expresiones que se alinean con las interpretaciones de
cada partido sobre la cuestión medioambiental y la necesidad o no de abordar el tema, que para la mayoría de los
republicanos no es necesario. Pero este proceso de traducción también incluye insultos, apodos y un vasto conjunto de
metáforas que son específicas de cada grupo.

En 1983 comenzó un período de transformación


del discurso de la política argentina, que se
consolidó a partir del informe de la CONADEP y
del Juicio a las Juntas

En Argentina, la frase que en el español-Juntos por el Cambio dice “el gobierno de Alberto Fernández es el peor de la
historia”, probablemente sería traducida al español-Unión por la Patria como “el gobierno de Mauricio Macri es el peor de
la historia”. Esto no es muy distinto que traducir la frase “me encanta la palta” en Argentina por su equivalente “me encanta
el aguacate” en México.
Por supuesto, estos usos del lenguaje (o familias de lenguajes) pueden no ser suficientemente distintos. Muchas veces no
podemos predecir diferencias significativas entre distintos grupos de textos. En ese caso, estamos todos realmente hablando
el mismo idioma. El español-Juntos por el Cambio posiblemente no es distinto del español-Unión por la Patria cuando
hablamos de fútbol. Si leemos una publicación de Facebook de un votante opositor posiblemente podamos “predecir” su
familia lingüística cuando habla de política, pero no cuando habla de fútbol. El hecho de que distintos individuos puedan
hablar el mismo lenguaje y entenderse cuando hablan de fútbol, pero no cuando hablan de política, abre interrogantes acerca
de si estas diferencias realmente califican como distintos idiomas. Sin embargo, tanto para los transformers como para
ChatGPT, las diferencias entre los distintos lenguajes son un problema de grado y no de cualidad.

Español-autoritario vs. español-democrático

Cuando interpretamos la polarización como un problema lingüístico, asumimos que la distancia entre los usos del lenguaje
de los distintos actores políticos es mayor. Así como las diferencias en preferencias políticas se agigantan, la capacidad para
entender al otro disminuye, literalmente. Una mayor polarización implica una mayor distancia lingüística entre nuestra
selección de palabras, símbolos y significados. En lugar de que ambos interlocutores hablen español, uno de ellos habla
español y el otro, en cambio, catalán.
Lo mismo ocurre con la creación o recuperación de términos que remiten a períodos anteriores a la transición democrática de
1983. En esta campaña electoral, vimos un inesperado crecimiento de la intención de voto por Javier Milei, y paralelamente
la expansión de términos castrenses, metáforas bélicas y giros idiomáticos que no habíamos escuchado en varias décadas. En
1983 comenzó un período de transformación del discurso de la política argentina, que se consolidó a partir del informe de la
CONADEP y del Juicio a las Juntas. Desapareció, por ejemplo, el “algo habrán hecho”, una de las frases más emblemáticas
del viejo lenguaje autoritario, y desaparecieron de la política una gran cantidad de términos asociados con el “orden”, la
“guerra” y la “patria”. En esta campaña electoral, ya sea por motivos instrumentales, es decir, para capturar el voto
emergente de la derecha libertaria, o por un cambio de agenda real de los candidatos, muchos de estos términos han
regresado.

En Estados Unidos es común que los políticos exporten palabras y anécdotas vistiendo los ropajes de sus viejas carreras
profesionales para comunicar a los votantes que son dirigentes competentes. Deportistas, astronautas y artistas, intentan
capitalizar políticamente sus éxitos profesionales anotando “tochdowns”, “explorando el futuro” e invistiendo a la política de
logros personales que no vienen de la política. Lo mismo sucede con ex policías y militares que “protegen”, “ponen el
cuerpo” o son “comandantes” en la lucha contra el crimen o la corrupción. Estos profesionales de la guerra están
sobrerrepresentados en el Partido Republicano y, al igual que Patricia Bullrich, recurren a menudo a frases como “¡Ustedes
saben que conmigo en seguridad no se jode!”. Esta bukelización del discurso político, dura contra el crimen y poco
preocupada por los derechos adquiridos, ha visto un renacer político en América Latina, Argentina incluida.

En el caso del peronismo, pocas decisiones generaron tanta disonancia entre sus votantes como la de registrar a sus
candidatos bajo la etiqueta de Unión por la Patria. Un número no menor de militantes peronistas cuestionó el uso del término
“patria”, optando en las redes sociales por el hashtag #unionportodos. Y es que resulta imposible para todos aquellos que
participamos del proceso de democratización en 1983 escuchar la palabra “patria” sin sentir un cierto malestar. La
asociación del término con la dictadura y su reivindicación por parte de sectores nacionalistas de extrema derecha hacen que
esta palabra sea difícil de rehabilitar en el peronismo en general y el kirchnerismo en particular.

Pocos días después de que fuera registrada la fórmula peronista como Unión por la Patria, Luis Bruschtein publicó en
Página/12 una nota en la que trató de reinterpretar el término “patria” en forma positiva (2). “Los términos ‘Unión’ y ‘Patria’
han sido bastardeados infinidad de veces. Sobre todo ‘Patria’, usado por la dictadura para cometer todo tipo de fechorías
contra el pueblo.” Bruschtein buscaba muy hábilmente explicar cómo este término podía ser recuperado y transformado,
desasociarlo de su pasado militar y conservador. A lo largo de la nota queda claro, sin embargo, que el propio autor tenía
dificultades para explicar por qué era necesario traer de regreso ese término y, más aun, darle un lugar tan central en la
coalición.

Argentina, 1983

El trabajo de Ashique KhudaBukhsh borra las fronteras entre los distintos lenguajes, mostrando que conjuntos de textos en
un mismo idioma pueden no pertenecer a la misma familia y que, a su vez, conjuntos de textos en otros idiomas pueden no
ser tan distintos entre sí. Las diferencias entre dos corpus de texto son de grado y no de cualidad, entre idiomas formalmente
reconocidos y también al interior de estos idiomas. Estas diferencias son observadas no sólo entre grupos de textos que son
contemporáneos sino también a lo largo del tiempo. El español-Argentina 1983 es distinto al español-Argentina 2023, y los
ciclos de expansión o recesión democrática dejan su impronta en este proceso de traducción. Es por eso que la
reintroducción de términos de un español-autoritario, como sucede en la actual campaña electoral, suena a viejo.
ChatGPT nota en su descripción que las diferencias lingüísticas no son necesariamente reconocidas como lenguajes distintos
(Figura 1). El español, como lenguaje, excede la mera diferencia numérica entre los distintos conjuntos de textos, ya que
involucra también tradiciones histórico-culturales, así como el reconocimiento recíproco de comunidades que se consideran
distintas entre sí no sólo por su uso del lenguaje. Desde el punto de vista computacional, sin embargo, todo conjunto de
textos tiene diferencias numéricas que pueden ser cuantificadas.

La minimización de las improntas autoritarias que caracterizaron al lenguaje político argentino a principios de los años 80 es
constitutiva de nuestra identidad democrática actual. Desaparecieron de nuestro universo referencias bélicas y castrenses, la
noción de los oponentes políticos como enemigos y formas de incivilidad democrática que habían sido frecuentes durante los
gobiernos militares del siglo XX.

Pero nuestra democracia es capaz de comenzar a hablar un nuevo lenguaje, esta vez no democrático. Así como una mayor
polarización implica un mayor distanciamiento entre los lenguajes que utilizan demócratas y republicanos, la
“autocratización del lenguaje” describe nuevas formas de violencia política que son habilitadas por los actores sociales y se
vuelven más frecuentes en la discusión pública. Estas formas de recesión democrática pueden ser descriptas como un cambio
en la probabilidad de que términos autoritarios sean insertados por un traductor cuando debe predecir cuál es la próxima
palabra a utilizar. En lingüística computacional, cada palabra importa porque todas ellas condicionan la siguiente predicción.
Y cada una de estas predicciones puede ser más o menos democrática.

1. Para aquellos lectores que están interesados en el proceso de traducción, pero no en la tecnología que hay debajo del
chasis, recomiendo la nota de Wired, “La Izquierda y la Derecha hablan distintos lenguajes-Literalmente”
[Link]
2. [Link]/559156-tema-la-patria

* Profesor de la Universidad de Maryland.

© Le Monde diplomatique, edición Cono Sur


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

40 AÑOS DE DEMOCRACIA

Esplendor y melancolía

Por Marina Franco*

La transición de 1983 fue una verdadera refundación de la vida nacional.


Marcó el final de un largo ciclo de inestabilidad política, la aceptación de la
democracia como sistema y el fin de la violencia represiva. Pero las urgencias
actuales socavan el sentido de la democracia que hoy celebramos, y ponen en
crisis su legitimidad como nunca antes.

Madres de Plaza de Mayo (Archivo)


La transición de 1983 cerró la última y más feroz de nuestras dictaduras, ese ciclo de terror de Estado que todavía marca
nuestra memoria social. Pero 1983 significó bastante más que el final de la dictadura. Limitarlo a eso nos hace perder de
vista todo lo que se jugó allí y todo lo que cambió desde entonces.

Un nuevo ciclo

En primer lugar, en 1983 se cerró definitivamente el ciclo de inestabilidad institucional abierto en 1930, que dio origen a la
sucesión de golpes de Estado y a la alternancia entre gobiernos de facto y gobiernos constitucionales que caracterizó buena
parte del siglo XX. Aunque tal vez sería más correcto pensar que buena parte de los períodos democráticos de esos años,
entre 1930 y 1983, fueron gobiernos con exclusión del peronismo y/o verdaderos estados de excepción, como el gobierno de
Frondizi o el tercer peronismo desde 1974.

En segundo lugar, y más ampliamente, la transición de 1983 cerró un ciclo de cuestionamientos liberal-conservadores al
sistema democrático y a la participación popular en el juego democrático. Ese ciclo de cuestionamientos se abrió con la
llegada del radicalismo al poder en 1916, rápidamente caracterizado como “demagogia democrática” y como incapaz de
mantener el orden social. Luego continuó por otras vías con la exclusión electoral del peronismo. Pero 1983 también
clausuró la crítica de las izquierdas a la “democracia burguesa”, haciendo de la democracia liberal un orden legítimo y parte
necesaria de la democracia sustantiva a construir.

Por si fuera poco 1983 cerró, además, un largo ciclo de violencia represiva. Durante varias décadas, especialmente desde
1955 y bajo el impacto de la Guerra Fría, la violencia estatal fue una espiral ascendente, discontinua pero acumulativa que
acompañó la vida política nacional. Sin embargo, la intervención represiva del Estado no es un rasgo exclusivo de la
segunda parte del siglo XX, sino que se remonta mucho más atrás en el tiempo. Con otras características puede verse en las
reiteradas violencias contra los sectores obreros y pobres durante las primeras décadas del siglo, y en la persecución policial
de la década del 30, sin olvidar el sojuzgamiento indígena de las campañas militares del siglo XIX. Desde luego estas formas
de la violencia no son iguales, ni deben ser vistas como un continuo, pero la violencia represiva, como instrumento de
gobierno y de control del conflicto, fue un rasgo estable de nuestra vida política, y fue tan recurrente en períodos
constitucionales como omnipresente en los momentos dictatoriales. Una vez más, también en esta cuestión, la transición de
1983 inició una nueva época en cuanto a los parámetros admisibles de la violencia represiva (incluso a pesar de la represión
brutal del 2001).

Así, el significado de 1983 y de estos 40 años va mucho más allá del final de la última dictadura. La transición abre el ciclo
más extenso, sostenido e ininterrumpido de vigencia de la democracia en la historia moderna de Argentina. Abre un ciclo
con un uso esporádico y no sistemático de la represión a gran escala y de sujeción de las Fuerzas Armadas al poder civil.
Más crucial, abre el primer ciclo histórico de sujeción de las derechas, en sus múltiples variantes, al juego democrático.

¿Cómo fue posible 1983?


Una mirada comparativa muestra que Chile, Brasil y Uruguay tuvieron dictaduras y procesos de transición similares a los de
Argentina en las mismas décadas. Sin embargo, esos países derivaron en democracias inicialmente jaqueadas por la tutela
militar y/o con altos niveles de impunidad de las violaciones a los derechos humanos cometidas en los años previos. En
Argentina, en cambio, esa transición se realizó de manera estable, no tutelada y con una democracia que, contra todos los
pronósticos, logró sortear las amenazas y la incertidumbre, concretando un extraordinario proceso de investigación y
justicia. ¿Cómo fue posible? ¿Por qué 1983 fue distinta a otras transiciones argentinas y latinoamericanas? ¿Por qué fue
duradera? ¿Cómo logró cerrarse el largo ciclo histórico de casi todo el siglo XX?

En 1983, Argentina no era un país más democrático, más justo, ni con más conciencia humanitaria que sus pares regionales o
que en otras épocas de nuestro propio pasado. Estamos acostumbrados a pensar en una épica de la “transición a la
democracia” en Argentina que nos reconcilia como país y como sociedad y nos hace sentir nuestra cultura de los derechos
humanos como un orgullo nacional. Y a medida que el deterioro político y económico nos acorrala, ese pasado se hace más
melancólicamente necesario. Sin embargo, pensando con menos épica y con más rigor histórico, la transición de 1983 fue
posible por las condiciones generadas por la dictadura, por la terrible paradoja que se tejió entre sus fracasos y sus “éxitos”,
y también por las condiciones de la geopolítica mundial de aquel momento.

Recorramos muy brevemente esta idea.

Primero, los fracasos dictatoriales. La dictadura se terminó en 1983 por el derrumbe del poder militar que la generó y la
sostuvo. Ese derrumbe se materializó muy especialmente en el fracaso económico que hundió a la sociedad en una brutal
crisis material y social desde 1981. Basta recordar que por entonces apareció la noción de “hambre” como parte de los
reclamos sociales (1). A ello se agregó el fracaso político, dado que las Fuerzas Armadas y sus aliados no lograron recrear de
manera estable las condiciones autoritarias para permanecer en el poder y se hundieron en sus propios conflictos. A esta
situación se sumó el fracaso bélico en la guerra de Malvinas. Incluso el “éxito” represivo terminó siendo parte del fracaso
más estrepitoso, aunque no haya sido tampoco la principal variable del derrumbe dictatorial. Más bien podría decirse que el
impacto negativo de la política represiva se fue potenciando a medida que se hacían evidentes e irremontables los otros
fracasos. Todas estas cuestiones fueron abriéndose camino, muy despacito, desde 1979, visiblemente desde 1981, y muy
aceleradamente y sin retorno desde la derrota de Malvinas en 1982 (2).

Pero el final de la dictadura tuvo otras variables importantes. En los últimos años del régimen, los sectores civiles que
formaron parte del proyecto dictatorial y lo sostuvieron fueron abandonando a las Fuerzas Armadas a su suerte, justamente
por sus fracasos o, tal vez, porque la tarea estaba cumplida, tanto por la represión como por las transformaciones
estructurales de la economía. Desde los años ochenta, las derechas nacionalistas y liberales argentinas dejaron de sostener
opciones golpistas y viraron hacia otras estrategias, construyendo bases sociales de apoyo y de proyección en el juego
democrático.

La movilización social antidictatorial también jugó un rol importante en esos años. Esa presión fue creciendo al calor del
derrumbe militar, aunque sin llegar a ser un elemento definitorio del proceso. Creció primero en el ámbito obrero y sindical,
que desde 1979 comenzó a manifestar el malestar con la situación económica. Y continuó, en los años siguientes, con un
enorme clima antidictatorial y antimilitar en el mundo cultural, juvenil y, a la zaga, en los partidos políticos tradicionales.

Sin embargo, no hay que confundir ese ánimo antidictatorial generalizado con una condena masiva de la represión o una
comunión rápida con la causa humanitaria. Por entonces, las organizaciones de derechos humanos comenzaron a tener una
nueva visibilidad e impronta, pero no todavía el peso o importancia social que tuvieron décadas después y que solemos
proyectar hacia atrás en el tiempo. Esas organizaciones se movilizaron con una intensidad extraordinaria desde muy
temprano, con una energía proporcional al aislamiento y la soledad con los que emergieron. Ese aislamiento fue cediendo
desde 1981 y cambió claramente en 1983, cuando las denuncias sobre lo sucedido se hicieron cada vez más visibles y
creíbles. Entonces fue apareciendo un acotado reconocimiento social hacia las organizaciones de derechos humanos, que
tampoco implicaba, aún, una comprensión cabal de lo que había sido la represión, sus alcances y efectos como un verdadero
“terror de Estado”.

En este punto, resulta evidente que la guerra de Malvinas no fue el inicio de la transición, sino que fue parte de ella. Fue un
intento del poder militar por recuperar el control de un proceso político y social de apertura que ya estaba en marcha; pocas
semanas después, sin embargo, el efecto fue el contrario. La derrota produjo un aumento significativo del rechazo social a
las Fuerzas Armadas. Desde entonces, la pérdida de poder del gobierno se disparó de manera explosiva e irremontable. La
transición ya no tendría vuelta atrás. Para 1983, las Fuerzas Armadas se hundían en una debilidad política y una crisis interna
que las dejaba sin capacidad de presión e intervención. Ni siquiera para negociar impunidad.

Finalmente, los “éxitos”, el segundo término de nuestra paradoja. La cara inversa del fracaso dictatorial fueron sus logros en
política represiva y económica. El régimen logró desarticular la protesta social y las impugnaciones al orden de los más
diversos sectores sociales y políticos, eso que se suele llamar la “nueva izquierda” de los años sesenta y setenta. Ese
disciplinamiento represivo fue mucho más vasto que el aniquilamiento de los grupos de la militancia revolucionaria que
fueron los blancos visibles de la represión. Los años setenta dejaron una sociedad atravesada por la desconfianza en el
activismo político y la movilización, jaqueada por la sospecha y la indiferencia por la suerte de los otros, signada por el
abandono de la puja por modelos alternativos.
Por su parte, la política económica dictatorial cambió las condiciones estructurales del país de manera permanente. El
régimen logró destruir las bases del modelo económico previo consistente en una industria nacional orientada al mercado
interno y la sustitución de importaciones con niveles aceptables de redistribución del ingreso, cualesquiera fueran los límites
de ese modelo. Sus políticas abrieron la puerta a un modelo de acumulación basado en el capital financiero, la concentración
económica y cada vez más dependiente del sistema financiero internacional.

Por último, la geopolítica internacional. Para 1983 también estaba cambiando el juego político del mundo occidental. Una
vez fracasados o cumplidos los designios de los experimentos autoritarios, y perdida la promesa de la revolución socialista
en versión soviética, el mundo occidental tendió a afirmar las virtudes de la democracia liberal como sistema político. Por un
lado, los grandes intereses mundiales dejaron de impulsar fórmulas dictatoriales –como había hecho, por ejemplo, Estados
Unidos desde los años cincuenta–. Por el otro, la democracia emergió como un aprendizaje de convivencia política posible
también para las izquierdas revolucionarias de antaño.

Estos escenarios –éxitos, fracasos dictatoriales y geopolítica– confluyeron y se retroalimentaron para que 1983 fuera el
inicio de ese cambio duradero. Fue ese contexto el que hizo tan potente el discurso de Alfonsín que apelaba a la democracia
como refundación de la vida política y como horizonte de derechos sociales y económicos. Y todo ello caló profundamente
en una cultura cansada de la violencia y del “caos” del pasado.
El derrumbe del régimen dictatorial impidió a las Fuerzas Armadas conseguir el pacto de impunidad que negociaban desde
1980, y esa debilidad militar fortaleció la voluntad de investigación y juzgamiento de Alfonsín. La presión social creciente,
empujada por las organizaciones de derechos humanos, y el “descubrimiento” de la represión generaron las condiciones
sociales para que la investigación y la justicia fueran posibles.

Consecuencia de ello, hoy Argentina es un paradigma mundial de políticas de justicia transicional frente a violaciones
masivas a los derechos humanos, iniciadas por el alfonsinismo y continuadas por el kirchnerismo. Hoy, la ESMA está siendo
evaluada para integrar el patrimonio mundial de la UNESCO, como lugar testigo en el mundo del delito de la desaparición
forzada de personas y como ejemplo de los procesos de justicia y reparación social. Hoy se siguen recuperando niños y
niñas, ya adultos, apropiados durante la dictadura, y cada vez que eso sucede la noticia recorre el país. Hoy Argentina
celebra 40 años de continuidad democrática.

Los vacíos de la democracia

Pero estos 40 años también están hechos de otras tramas. Hoy los índices de pobreza alcanzan al 39,2% de la población
(cifras del segundo semestre de 2022). Argentina es también uno de los pocos lugares del mundo donde la pobreza ha
experimentado un aumento tan importante sin conflictos armados o desastres naturales que expliquen ese declive. La
exclusión social disminuyó en las últimas dos décadas, pero eso no ha significado un avance real en la reducción de la
desigualdad. Incluso en los momentos en que mejoró la situación de los sectores pobres, los ricos siguieron haciéndose más
ricos. La extrema concentración de la riqueza está dada por procesos políticos puestos al servicio de los sectores dominantes
de la economía (3).

Argentina es, además, un país donde la escena política se ha vuelto cada vez más agónica, haciendo reemerger una violencia
política multidireccional y multidimensional que creíamos desaparecida. Hoy estamos ante datos históricos nuevos,
disruptivos e inquietantes. El primero de ellos es la transformación profunda de las derechas en América Latina y el mundo.
En Argentina, las derechas organizadas han pasado de ser fuerzas minoritarias a ser fuerzas populares, convocantes y
movilizadoras, con capacidad de dar respuestas allí donde los grandes partidos populares parecen no poder hacerlo. En ese
escenario han irrumpido otras derechas radicalizadas, las “extremas derechas”, cuestionadoras de la democracia liberal, a la
que consideran mera caja de reglas procedimentales. A eso se suman sectores juveniles nuevos, heterogéneos, visibles,
precarizados y radicalizados, que emergen con un “antipopulismo popular” (4), frente a una democracia incapaz de satisfacer
anhelos y demandas.

Hoy Argentina es un paradigma mundial de


políticas de justicia transicional frente a
violaciones masivas a los derechos humanos,
iniciadas por el alfonsinismo y continuadas por el
kirchnerismo. Hoy, la ESMA está siendo evaluada
para integrar el patrimonio mundial de la
UNESCO.

Estas novedades no son enteramente nuevas, sino que se inscriben en una larga tradición de conflictividad política extrema y
de identidades políticas excluyentes que ha surcado buena parte de la vida política argentina. Uno de sus focos fue, y sigue
siendo, el conflicto peronismo-antiperonismo, razón por la cual el intento de asesinato contra Cristina Fernández remite más
a la polarización política y al deseo de borramiento del peronismo propio de 1955, que al fracaso del “Nunca Más” (que hace
alusión a otro tipo de violencia y otros acuerdos). En la misma lógica, la violencia racializada y el odio de clase contra los
sectores populares, que hizo posible el asesinato de Fernando Báez Sosa, entre tantos otros, tiene una historia muy anterior al
peronismo. Las nuevas derechas pueden ser nuevas, pero se asientan sobre capas de sedimentación histórica muy antiguas. Y
todo ello vuelve a ser movilizado por las extremas condiciones de desafiliación social y pobreza de grandes conglomerados
de la población, y es empujado por una derecha capaz de encarnar y movilizar grandes sentires populares, incluso de “pobres
contra pobres”.

La nueva agenda de necesidades interpela a la sociedad argentina actual, especialmente a las nuevas generaciones y sus
expectativas presentes y futuras. Desigualdad, pobreza, inflación, violencia institucional y política, falta de expectativas,
entre otras, son urgencias que han desplazado las demandas de memoria, verdad, justicia y democracia, tan centrales en la
vida colectiva de los últimos años. El escenario ha cambiado y sus actores también. El problema no es que las urgencias
actuales sean otras, sino que ellas, en su intensidad, están socavando el sentido de esa democracia que hoy celebramos. Las
insatisfacciones actuales ponen en crisis la legitimidad misma de la democracia como sistema, como pacto de convivencia y
como proyecto, como nunca antes había sucedido desde 1983.

Por todo eso, nuestras herramientas para defender lo construido no pueden ser las invocaciones éticas de antaño a la “vida
democrática” o al “Nunca Más”. Ello habla de una realidad que ya no tiene opuestos en la experiencia social: “la dictadura”
no es una experiencia real ni un fantasma inquietante para las y los jóvenes. Los “derechos humanos” o la “no violencia
política” dicen poco frente a la desigualdad y la violencia policial cotidiana. Esas invocaciones generacionales del discurso
progresista no logran hablar de los vacíos de la democracia tal cual es experimentada cotidianamente hoy por las y los
jóvenes, cualquiera sea su ubicación en el espectro político.

Esto no significa que los aprendizajes democráticos no sirvan o que nuestra movilización cada 24 de marzo no tenga valor,
sino que, cada vez más, la movilización tiene que encontrar otros vectores de resignificación. Las urgencias de hoy están
hechas de la urdimbre de procesos mucho más antiguos que la dictadura y mucho más nuevos que ella. En definitiva, y para
reunir esplendor y melancolía, el discurso sobre el pasado reciente y la democracia necesita volver a interpelar desde otro
lugar, uno que articule mejor nuestros varios pasados, nuestro verdadero presente y nuestros futuros posibles y deseables.

1. Sobre el “hambre” y el alfonsinismo como derechos sociales, véase Jennifer Adair, Un proyecto inconcluso, Fondo de
Cultura Económica, Buenos Aires, en prensa (septiembre de 2023).
2. Una explicación más completa sobre la transición se puede encontrar en Marina Franco, El final del silencio, Fondo de
Cultura Económica, Buenos Aires, 2018.
3. Gabriel Kessler y Gonzalo Assusa, Pobreza, desigualdad y exclusión social, Informe Foro Universitario del Futuro, 2021.
4. Ariel Wilkis, “Sabag Montiel, hijo legítimo de la economía popular”, elDiarioAR, Buenos Aires, 9-9-22,
[Link]

* Historiadora, investigadora principal del CONICET y profesora de la Escuela IDAES


de la Universidad Nacional de San Martín. Autora de Un enemigo para la nación. orden
interno, violencia y subversión (1973-1976). En octubre publicará: 1983. Transición,
democracia e incertidumbre.
EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

LOS TENTÁCULOS DE UN PULPO DE LAS TELECOMUNICACIONES

ITT y el golpe contra Allende

Por Evgeny Morozov*

Hace cincuenta años, un golpe de Estado ponía fin a la experiencia socialista


en Chile. Entre sus principales impulsores, una multinacional de las
telecomunicaciones estadounidense. Con su desestabilización, preparó el
camino a los actuales gigantes de Silicon Valley.
Fragmento de un afiche alemán de solidaridad con Chile, 1973

Dos semanas después de la eliminación de Salvador Allende y de la democracia chilena por el sangriento golpe de Estado de
Augusto Pinochet, The New York Times recibió tarde en la noche una llamada anónima: “Anote, porque no voy a repetir”,
recomendaba la voz en el teléfono. Iba a suceder algo inaudito: “En quince minutos va a explotar una bomba en el edificio
de International Telephone & Telegraph”. El blanco, conocido por la sigla ITT, no había sido elegido al azar: “Es en
represalia por los crímenes contra Chile cometidos por ITT” (1).

Por entonces, este gigante de la tecnología, que se había convertido en un conglomerado tentacular, está entre las mayores
multinacionales del planeta. En su ilustre consejo de administración se encuentra un ex director de la Central Intelligence
Agency (CIA) y un ex presidente del Banco Mundial, un casting ideal para propulsar a uno de los mayores contratistas del
Ejército estadounidense en tanto uno de los principales beneficiarios de la Guerra de Vietnam. La compañía exhibe
orgullosamente su posición en el seno del complejo militar-industrial. “Para ver en la oscuridad, vea ITT. La noche dejó de
pertenecer a la guerrilla”, proclama una publicidad de sus artefactos de visión nocturna difundida en 1967, el mismo año en
el que Ernesto “Che” Guevara es asesinado en Bolivia. La compañía es objeto de llamados al boicot, como aquel que
apuntaba en contra del pan industrial que producía una filial del grupo. “Compre pan, compre bombas: ITT en Vietnam”,
titula por entonces un periódico de izquierda. La redefinición del acrónimo como “Imperialismo, Traición y Terror” se
expande en los medios militantes. Pero de ahí a dejar una bomba en pleno Manhattan…

El artefacto explota finalmente a las 5:40 de la madrugada en la Avenida Madison 437, sede de la rama latinoamericana de
ITT. Es el tercer ataque perpetrado contra la multinacional en menos de dos semanas, después de otros en Roma y Zurich. Y
la serie recién comienza…

A diferencia del “techlash” actual –término de moda para describir la hostilidad que despierta Silicon Valley–, las acciones
contra ITT en 1973 ocasionan más daños que tuits indignados. Para sus detractores, el grupo encarna no solamente el
capitalismo multinacional, sino también un poder autónomo dotado de su propia política exterior, su propio servicio de
espionaje e incluso su propio personal político, una mixtura de ex militares, de espías, de diplomáticos y de periodistas
laureados con el Premio Pulitzer reconvertidos en responsables de las relaciones públicas. ITT parece detentar todas las
prerrogativas de un poder estatal. De ahí el título del libro publicado sobre la empresa en 1973: El Estado soberano (2).

Guerra de conquista

Las acusaciones de tecno-feudalismo que hoy llueven sobre los gigantes de Silicon Valley (3) –descriptos como señores
medievales que deciden la suerte de sus usuarios– reactualizan en realidad quejas de más de medio siglo de antigüedad:
incluso una obra hecha en gloria de ITT, publicada a inicios de los años 1980 (4), convocaba el imaginario señorial invitando
a sus lectores –¡desde la primera página!– a remontarse a “la Europa medieval de los años 1100” para inscribir las
operaciones de la multinacional en un “contexto feudal”. La comparación, por cierto, no es infundada. Pero adolece de un
error de análisis fundamental: los Estados no se parecen todos entre sí. Y no todos sostienen iguales relaciones con los
gigantes de la tecnología. Ahora bien, basta con examinar la historia de ITT para entender que la metamorfosis de un
humilde operador de líneas telefónicas en mastodonte planetario fue consecuencia directa de la dominación militar,
financiera y tecnológica ejercida por un único y mismo país: jamás ITT –ni Silicon Valley– se habría beneficiado de un
crecimiento tan fenomenal sin el apoyo incondicional de Estados Unidos.

Los hermanos Hernán y Sosthenes Behn fundan ITT en 1920 en Nueva York. En sus orígenes, la empresa les sirve de
fachada para gestionar las instalaciones telefónicas que tienen en Puerto Rico y Cuba. Nacidos en Santo Tomás, en las
actuales Islas Vírgenes Británicas, ambos hermanos conocen muy bien el Caribe y se dedican a atraer a los capitales
estadounidenses. Los Behn poseen una pequeña fortuna familiar, pero sobre todo una ambición devoradora. Antes de
instalarse en Puerto Rico, Sosthenes trabajó algunos años en Wall Street, donde entabló lazos que se revelaron fructíferos
con JP Morgan y lo que más tarde se convertiría en el Citibank.
En el transcurso de los años 1920, ITT se expande en México, Uruguay, Brasil, Chile, Argentina y España. En 1929 controla
dos tercios de los teléfonos y la mitad de los cableados en América Latina (5). Esta extensión fulgurante descansa sobre el
endeudamiento obtenido gracias a las conexiones de los Behn con Wall Street. Coincide con el esfuerzo de Estados Unidos,
entonces en pleno ascenso como potencia planetaria, para alejar a los intereses británicos de América Latina. Como reconoce
el ex secretario de Guerra Elihu Root ante un comité del Congreso en 1921: “Hay una lucha a muerte por el control de las
comunicaciones sudamericanas”. Sin sorpresa, Estados Unidos se queda con dicho control con ayuda de ITT. Según un
informe fascinante publicado en 1930, la compañía de los hermanos Behn “hizo más por quebrar el monopolio británico
sobre las comunicaciones mundiales en nueve años que todos los demás grupos y gobiernos juntos durante medio siglo” (6).
Aquellos que, más tarde, interpretarán la “I” de ITT como la inicial de “Imperialismo” no se habrán equivocado del todo.

En su conjunto, la guerra de conquista se desarrolló sin contratiempos. Para atraerse los favores de Washington, numerosos
países sudamericanos desplegaron una alfombra roja para ITT eximiéndola incluso de los costosos compromisos que en
general se piden a los operadores extranjeros: invertir en infraestructuras o evitar toda alza unilateral de las tarifas. Fue
recién durante la Segunda Guerra Mundial cuando los lazos entre ITT y Washington comenzaron a inquietar a ciertos
gobiernos.

La primera preocupación concierne a la seguridad de las comunicaciones. La otra se relaciona con el ascenso del
nacionalismo económico. Sus más fervientes representantes, como Juan Domingo Perón en Argentina o Francisco Franco en
España, echan a ITT, pero no sin darle una cómoda indemnización.

Convertida entretanto en un proveedor importante de la defensa estadounidense, la multinacional sabe que sus días como
operadora de líneas telefónicas están contados. Pero pretende ceder sus activos al mejor precio. A la espera de una oferta
interesante, ITT exprime la gallina de los huevos de oro, aumenta sus tarifas y bloquea las inversiones. Así, el servicio se
vuelve a la vez mediocre y más caro. Las poblaciones locales se enfurecen, pero ITT parece intocable. ¿Quién se atrevería a
nacionalizar una empresa estadounidense tan poderosa?

“Hacer aullar a Chile”

Un hombre tiene esa audacia. A inicios de los años 1950, un joven abogado cubano arrastra al grupo ante un tribunal
acusándolo de haber traicionado sus compromisos. Su bufete gana el juicio, pero el dictador que por entonces controla Cuba,
Fulgencio Batista, ignora el veredicto del tribunal. El joven abogado se llama Fidel Castro. Jamás olvidará esa humillación:
la filial cubana de ITT será una de las primeras compañías extranjeras nacionalizadas tras la revolución castrista de 1959. El
gesto sonará como una bofetada para ITT –y como un presagio–.

Cuando en 1962 el gobernador de uno de los estados brasileños toma el control de una de sus filiales locales, la compañía
moviliza sus contactos con Washington contra lo que presenta como un episodio de la Guerra Fría –un tema que saldrá
nuevamente a la superficie dos años más tarde a raíz del golpe de Estado militar–. Su campaña de lobby se revela fructífera,
puesto que Brasil sufre la humillación de tener que pagar una compensación exorbitante por la filial nacionalizada.
A fines de los años 1960, el imperio ITT reinvierte las enormes ganancias obtenidas por la reventa de sus bienes en América
Latina en adquisiciones de todo tipo –compañías de seguros, hoteles e incluso una empresa de alquiler de automóviles–. La
mayor parte de esas empresas están domiciliadas in situ y no corren riesgo alguno de nacionalización. A inicios de los años
1970, las únicas redes telefónicas aún en manos de ITT están en Puerto Rico, retaguardia histórica de la compañía, así como
en Chile, donde se había instalado en 1927.

Los compromisos de ITT ante el Estado chileno brillan por su imprecisión, en virtud de un contrato excepcionalmente
ventajoso para la compañía (7). En los años 1960, el gobierno de Eduardo Frei, un demócrata cristiano electo en 1964,
intenta resolver el problema sin hacer olas gracias a un plan que preveía volver a comprar poco a poco las partes de la filial
local de ITT. Pero, para los opositores a Frei, es a la vez demasiado poco y demasiado tarde. El socialista Salvador Allende
gana las elecciones presidenciales de 1970 prometiendo nacionalizar ITT y reemplazar a los gerentes por ingenieros, así
como extender la red telefónica a las zonas más pobres del país.

ITT temía una presidencia de Allende bastante antes de 1970. Ya seis años antes, uno de los miembros de su consejo de
administración, el ex director de la CIA John McCone, había hecho gravitar todo su peso para impedir la elección del
socialista chileno. Algunos meses antes del escrutinio de 1970, ITT se pone en contacto con la CIA y le ofrece dinero para
obstaculizar una posible victoria de la izquierda. La CIA se niega, no necesita el dinero, pero eso no disuade a la empresa de
regar copiosamente a los opositores de Allende.

Después de la sorpresiva victoria de este último, es la CIA la que inicia conversaciones con ITT. ¿No podría la compañía
presionar al Estado chileno negándose, por ejemplo, a suministrar piezas desmontadas o personal de mantenimiento? El
objetivo de la Agencia consistía, en palabras de Richard Nixon, en “hacer aullar a la economía chilena” para incitar a los
militares a salir de sus cuarteles antes incluso de que Allende tuviera tiempo de inaugurar su mandato.

La estrategia tiene patas cortas. Una vez en el poder, Allende prefiere negociar con la compañía más que nacionalizarla de
inmediato, mientras que su base –que incluye a los sindicatos de trabajadores de ITT– reclama medidas más radicales.
Colmo de la ingenuidad, incluso pide a la empresa que detecte eventuales micrófonos en el palacio presidencial… En
septiembre de 1971, Allende cambia de opinión y toma el control de la filial chilena de ITT, cuyos directivos son detenidos
por haber extraído ganancias indebidas a través de sociedades ficticias. A cambio, la multinacional lanza una virulenta
campaña en Washington. Con acceso al secretario de Estado, Henry Kissinger, le sugiere 18 medidas a tomar para
desestabilizar al presidente chileno en un lapso de seis meses. Y sigue además alentando a la CIA para que financie El
Mercurio, principal diario de la oposición.

En el seno mismo de la compañía, algunos comienzan a hacerse preguntas. La prensa publica comunicaciones entre su
dirección y miembros de la administración Nixon, impulsando al Senado a llevar adelante audiencias para aclarar la
influencia de ITT en la política exterior estadounidense (8). Pero la investigación no llega a cuestionar a los responsables y
no se condena a nadie. Tres meses después, Allende pierde la vida en el golpe de Pinochet.

Siempre a la vanguardia

Para ITT, la nacionalización no fue un choque demasiado violento: poco tiempo después del golpe de Estado, la compañía
recibe 125 millones de dólares de parte de Pinochet a modo de indemnización, así como 30 millones de parte de la
administración Nixon. Pese al –o quizás gracias al– informe no concluyente del Senado estadounidense, las sospechas
respecto del rol de ITT en Chile no dejaron de aumentar. No era ilógico entonces que la multinacional representara un blanco
perfectamente servido para numerosos militantes. El desconocido que advirtió a The New York Times sobre la bomba en la
sede de ITT se reivindicaba de Weather Underground, una organización clandestina de extrema izquierda. A fin de cuentas,
esta publicidad negativa predispuso mal incluso a Puerto Rico, hogar histórico de la compañía: en 1974, el territorio decidió
comprar la filial. La indemnización masiva que le fue acordada no calmó los ánimos: su sede voló algunos meses después de
la transacción.

Ya seis años antes, uno de los miembros de su


consejo de administración, el ex director de la
CIA John McCone, había hecho gravitar todo su
peso para impedir la elección del socialista
chileno.

Durante la mayor parte de su existencia, ITT fue el laboratorio de un modelo de expansión llamado a hacer escuela, basado
en vínculos con Wall Street y el Pentágono. También fue pionera de la globalización con su tempranera visión global y su
dominio del conglomerado –aun cuando las sinergias entre las filiales más heteróclitas dependían más bien de astucias
contables–. Cada vez más obsesionados por las ganancias a corto plazo y la cotización de las acciones, sus directivos
descuidaron las inversiones a largo plazo en sus servicios clave. Incluso ahí ITT estuvo en la vanguardia respecto de su
tiempo: la mayor parte de las otras compañías estadounidenses no sucumbieron a semejante tentación sino a partir de los
años 1980. ITT, en cambio, abrazó la financiarización desde mediados de los años 1960. En esa época, podía parecer
asombroso que un operador de teléfonos que trabajaba para la defensa prefiriera volver a comprar compañías de seguros
antes que invertir en investigación y desarrollo. Alentados por sus amigos del Banco Lazard, sus directivos lograron
convencer a Wall Street de que su glotonería se inscribía dentro de una ingeniosa estrategia de diversificación.

Pero sus ansias de crecimiento exponencial marcaron también el comienzo del fin: ITT no advirtió el interés que revestían
las investigaciones largas y costosas que empezaban a florecer en Silicon Valley. El golpe de Estado en Chile arruinó su
imagen de modo irreversible durante las décadas siguientes. Paradójicamente, la cercanía de ITT con el gobierno
estadounidense y Wall Street –a la que debió su prodigioso crecimiento inicial– causó su declive. Los actuales gigantes de
Silicon Valley, atenazados de igual modo entre espionaje y finanzas, no parecen haber extraído todas las lecciones de ese
error.

1. Paul L. Montgomery, “ITT office here damaged by bomb”, The New York Times, 29-9-73.
2. Anthony Sampson, The Sovereign State. The Secret History of ITT, Hodder and Stoughton, Londres, 1973.
3. “Critique of Techno-Feudal Reason”, New Left Review, Londres, N° 133-134, enero-abril de 2022.
4. Robert Sobel, ITT: The Management of Opportunity, Times Books, Nueva York, 1982.
5. Daniel R. Headrick, The Invisible Weapon. Telecommunications and International Politics. 1851-1945, Oxford University
Press, 1991.
6. Ludwell Denny, America Conquers Britain: a Record of Economic War, Alfred A. Knopf, Nueva York, 1930.
7. Véase el capítulo consagrado a Chile en Eli M. Noam (dir.), Telecommunications in Latin America, Oxford University
Press, 1998.
8. Véanse los dos volúmenes del informe sobre las audiencias llevadas adelante por el Senado estadounidense:
“Multinational Corporations and United States Foreign Policy”, Government Printing Office, Washington, 1974.

* Fundador y editor del portal The Syllabus. Autor del libro La locura del solucionismo
tecnológico, Katz - Capital intelectual, Buenos Aires, 2016.

Traducción: Merlina Massip


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

BATALLA POR LA APROPIACIÓN DE LO VIVIENTE

Quetzalcoatl, el frijol y las patentes

Por Alain Amariglio*

Olmecas, mayas y aztecas. Los pueblos históricos de lo que hoy se llama


México organizaron su régimen alimentario en base a plantas desconocidas
en Europa: frijoles, calabaza y maíz. Pero sus conocimientos milenarios fueron
destruidos por los conquistadores y buscan ser acaparados por estafadores
estadounidenses.
Frida Kahlo, Los frutos de la tierra, 1938 (fragmento)

¿Quién lo recuerda? Antaño el frijol fue una ofrenda a los antiguos ancestros de los mexicanos del dios Quetzalcoatl, la
mítica serpiente emplumada. Lo cual vuelve exóticos a nuestras judías, alubias del Norte, cocos de Paimpol, alubias blancas
y otros porotos. Las denominaciones regionales tienden a hacernos olvidar que componen las distintas variedades de
semillas de una misma liana tropical. Los lectores de Jack y las habichuelas mágicas lo saben; así como los jardineros a
quienes la idea de plantas “inmóviles” divierte en alto grado. Phaseolus vulgaris, el “frijol común” (1) es una enredadera: su
tallo, demasiado débil para trepar por sí solo, debe encontrar un soporte alrededor del cual enrollarse en hélice para alcanzar
la luz, siempre en sentido contrario a las agujas del reloj. Tal vez los romanos habrían visto allí un mal presagio, pero nunca
conocieron al frijol, como tampoco ningún europeo antes de Cristóbal Colón. Así como no conocían al maíz ni a la calabaza,
otras ofrendas de la serpiente emplumada, dispuesta a ayudar a los humanos a alimentarse. Durante mucho tiempo,
Quetzalcoatl buscó lo que podría adecuarse a sus necesidades. En su búsqueda, observó una hormiga roja que llevaba un
grano de maíz. La acompañó hasta una montaña, en la que desapareció por una fisura, se transformó en hormiga negra para
seguirla y, allí, descubrió un inmenso tesoro de variadas semillas. Recolectarlas no fue sencillo, pero Quetzalcoatl lo logró. Y
desde ese día los mexicanos comen frijoles.

En realidad, cuando se produjeron estos acontecimientos –o se habrían producido– en México no había ni aztecas ni mayas.
Simplemente sospechamos que la benevolencia divina no eximió a los primeros cultivadores de América Central de la larga
labor de domesticación de la naturaleza y, sobre todo, de las plantas. El maíz no fue suministrado ya listo para su uso: los
ancestros de los mexicanos debieron domesticar los teosintes salvajes, gramíneas cuyas débiles pequeñas espigas se
desgranaban en su madurez. Fueron necesarios milenios de selección para llegar a las generosas espigas de maíz que
conocemos y mucha paciencia para transformar una liana con vainas fibrosas en frijoles, y luego comprender el valor
excepcional del trío que estas dos plantas formaban con la calabaza. Quetzalcoatl estaba en lo correcto: el frijol es una
leguminosa, es decir una planta capaz de fijar el nitrógeno, elemento esencial para la síntesis de los aminoácidos (2). Una
combinación perfecta: el frijol enriquece la tierra, los tallos de maíz sirven de tutor para la liana, las hojas de calabaza cubren
el suelo y así conservan su humedad y lo protegen de la erosión. Además de constituir un pequeño ecosistema, los tres
vegetales brindan un régimen equilibrado a los humanos. El frijol contiene los dos únicos aminoácidos esenciales que le
faltan al maíz. Esta trinidad excepcional forma la milpa, palabra náhuatl que significa “lo que está sembrado en los campos”,
y que se extendió progresivamente por toda América. Permitió a los primeros cultivadores de las tierras cálidas del Sur
comer a voluntad.

Civilizaciones arrasadas

Hacia el 1200 antes de nuestra era, una tribu nómade de cazadores-recolectores proveniente de las tierras áridas del Norte se
mezcló con estos campesinos e hizo de la milpa la base nutritiva de su pirámide social. De esta asociación forzada pronto
surgirá la primera civilización de América Central, la de los olmecas. Y, recién allí, comenzó la Historia. En gran parte se
nos escapa. Diecisiete cabezas olmecas monumentales de piedra atravesaron el tiempo. Sus misteriosos rostros de bebés con
rasgos asiáticos simbolizan una cultura desconocida. Sin embargo, los olmecas también construyeron las primeras pirámides,
tallaron las primeras estelas, adoraron a los primeros dioses, ejecutaron los primeros sacrificios humanos y tal vez
establecieron las bases de la escritura maya, antes de que su cultura desapareciera, algunos siglos antes de nuestra era,
debido a razones desconocidas. El foco de civilización de América Central, por su parte, no se apagaría más. Al menos hasta
la llegada de los conquistadores.

En cada llanura, cada valle, cada meseta, durante dos mil años surgieron ciudades, se desarrollaron, se enfrentaron o
desaparecieron. Hacia el 650 la ciudad-Estado de Teotihuacán o la de Monte Albán, el centro de la cultura Zapoteca; hacia el
900 la red de ciudades mayas (3). Por acá obras interrumpidas o grafitis dibujados en las paredes de los palacios. Por allá
rastros de incendio, de revueltas, la masacre de una familia real. En otros lados: nada, sólo el abandono. Civilización
sofisticada, sociedad de castas, dirigentes privilegiados, ciudades demasiado grandes, rivalidades, construcciones de
pirámides demasiado altas, el conjunto se basaba en el trabajo de campesinos forzados a una agricultura cada vez más
intensiva en un entorno frágil. El cultivo de la milpa por medio de la quema forestal implica un largo ciclo de regeneración
de los suelos. Si se la intensifica para alimentar ciudades de decenas o cientos de miles de habitantes, el bosque desaparece,
los suelos se agotan y a largo plazo, el sistema se desploma. Sin dudas siguieron hambrunas y revueltas. Tal vez el golpe de
gracia haya sido dado por oleadas de sequías. Los citadinos regresaron a la naturaleza. Volvieron a encontrar una
organización de tamaño humano y pudieron, nuevamente, comer maíz y frijoles a voluntad.

El fin de los aztecas es menos complejo que el de los mayas. Tiene nombre: Hernán Cortés.

Los aztecas venían de las llanuras desérticas del Norte. Hacia 1345, se habían instalado en una isla lacustre de las altas
mesetas y habían establecido allí su capital, México-Tenochtitlán. Habían fundado un Imperio unificado, sometiendo a sus
vecinos por la fuerza y obligándolos a pagar tributo. Practicaban sacrificios humanos con un terrible celo, inspirado por el
temor de que su sol se apagara, como había sucedido, según su mitología, con los cuatros anteriores. Cuando el quinto fue
creado, primero permaneció inmóvil y varios dioses debieron ofrendar su corazón y su sangre para ponerlo en movimiento.
Para que no se interrumpa, los sacrificios debían continuar.

Procedimientos muy arcaicos.

La modernidad llegó en 1519, bajo los rasgos de Cortés, conquistador español al servicio de Carlos V. ¿Por qué maldición
del destino los aztecas lo confundieron con Quetzalcoatl, cuyo regreso esperaban? Se dice que el emperador Moctezuma le
rindió tributo con una taza de xocolatl, chocolate, sin azúcar, en una infusión fría sazonada con especias y vainilla. Cortés
apreció en mayor medida la copa de oro. Los españoles desataron su ambición, los aztecas finalmente comprendieron que no
estaban tratando con dioses y comenzó la lucha. Bernal Díaz revela el resultado: “Estaba todo cubierto de cadáveres y
reinaba tal hedor que ningún hombre en el mundo hubiera podido soportarlo” (4).
Los aztecas y, antes que ellos los mayas, conservaban su pasado, sus conocimientos y sus cantos mediante una mezcla de
escritura y dibujos, en códices doblados en acordeón. El pintor y tallador Alberto Durero contó la emoción que estos
manuscritos encuadernados, pintados y coloreados, provocaron en él. En su Relación de las cosas de Yucatán (1566), el
obispo Diego de Landa expresaba una opinión diferente: “Porque no tenían cosa en que no hubiese superstición y falsedades
del demonio, se las quemamos todas”.

Había adivinanzas en los códices. “¿Quién tiene cabellos blancos hasta la punta y da a luz plumas verdes?”

Respuesta: la cebolla.

Una vez arrasada la ciudad, destruidos los libros y exterminados sus habitantes, los eruditos se pusieron a investigar para
descubrir los secretos de las civilizaciones desaparecidas.

Algunos indígenas contribuyeron con este esfuerzo. Así, un médico indígena que ejercía antes de la llegada de los españoles
redactó un códice, a la manera de un herbario, en el que registró las plantas medicinales aztecas, que dibujó con colores y un
talento igualmente brillantes. Lo conocemos por su nombre de bautismo, Martín de la Cruz. Habría hecho este trabajo ante el
pedido del Colegio de la Santa Cruz, fundado por el Virrey de España para la educación de los hijos de la nobleza azteca, a
quienes pensaba usar para la evangelización del país. Desgraciadamente la mayoría murió de viruela. El códice se redactó en
náhuatl y fue traducido al latín en 1552 por un cierto Juan Badiano, “de raza indígena”, precisa el manuscrito,
probablemente un joven alumno azteca del Colegio. Si bien el original en náhuatl desapareció, el Libellus de medicinalibus
indorum herbis –Libro de las hierbas medicinales de los indígenas, conocido bajo el nombre de Códice De La Cruz-
Badiano– atravesó el océano y pasó de las manos de la realeza a bibliotecas cardenalicias hasta terminar en los archivos del
Vaticano en donde fue olvidado, antes de volver a salir a la luz en 1929. El mundo descubrió entonces un animado
testimonio de medicina, de ciencia y de arte aztecas, doscientos cincuenta especies vegetales registradas, ciento ochenta y
cinco de ellas ilustradas, agave, mimosa pudica, cacao, vainilla, datura, ipomea, achillea… Es emocionante encontrar las
finas hojas dentadas y las umbelas de la Achillea millefolium en la página veinticuatro. Su nombre surge de Aquiles quien,
según Plinio, la habría usado para curar a un adversario herido. Los aztecas la llamaban Tlalquequetzal, “pluma de tierra”, y
el dibujo reproducido por “el autor de raza indígena” muestra lo certera que es la metáfora. No todas las identificaciones son
tan fáciles y no hay certeza de que el maíz y el frijol se encuentren en el Códice De La Cruz-Badiano. Poco importa. Los
indígenas habían perdido sus ciudades, sus dioses y sus libros, pero no los regalos de Quetzalcoatl. El maíz y los frijoles
eran, entonces, todo lo que les quedaba.

La “crisis de la tortilla”

Los conservaron; a pesar del genocidio indígena, de Moctezuma a los Estados Unidos Mexicanos, ni las guerras ni las
revoluciones desviaron a los campesinos de la milpa, guardiana de su autosuficiencia. Sin embargo, los sacerdotes de la
economía moderna definieron nuevas reglas. La autosuficiencia limita las ganancias y amenaza al quinto sol. Y para impedir
ese desastre, ya no es necesario arrancar corazones con una piedra tallada: basta con el libre comercio.

Fueron necesarios milenios de selección para


llegar a las generosas espigas de maíz que
conocemos.

En 1994, el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) abrió las fronteras comerciales entre México,
Estados Unidos y Canadá. Rápidamente hizo irrupción el maíz estadounidense y los precios se desplomaron. Las granjas
familiares mexicanas no podían resistir la competencia de las inmensas explotaciones de América del Norte, potenciadas con
fertilizantes, biocidas y subvenciones. Millones de campesinos mexicanos desempleados que sólo encontraban trabajo en las
maquiladoras, esas empresas extranjeras exoneradas de derechos de aduana, no vieron esperanza más que en la inmigración.
La producción agrícola se derrumbó.

Por primera vez en su historia, México debió importar maíz (5).

Tras la caída de los precios, se desató una especulación que los hizo aumentar de manera monumental. El año 2007 fue el de
la “crisis de la tortilla”: el hambre volvía al Sur del Río Grande, las ganancias se concentraban en el Norte. En las pancartas
de las grandes manifestaciones, se podía leer: “Sin maíz no hay país”.

¿Entonces quedaban los frijoles?

En los años 90, Larry Proctor compró una bolsa de frijoles variados en un mercado mexicano y volvió a Colorado, los
seleccionó, plantando únicamente los amarillos. La operación que repitió una única vez era a la selección artificial lo que el
fast-food es a la gastronomía. Tras esas dos cosechas, presentó una patente intelectual sobre los frijoles amarillos.
— ¿Una patente intelectual?
— Un documento que dice que inventaste algo y que es tuyo.
— ¿El gringo dice que inventó los frijoles amarillos? ¡Los cultivamos desde los olmecas!
— ¿Cómo probarlo? El gringo, por su parte, ¡tiene una patente intelectual!
“Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de Estados Unidos”, dicho mexicano… Nuevamente, se les cayó el cielo. No
sólo se podía reivindicar la “propiedad intelectual” del frijol, sino que se les había escapado. Conocían al menos treinta
variedades de frijoles amarillos, todas finamente categorizadas por sus botanistas, entre las diez mil variedades de Phaseolus
vulgaris registradas. En su solicitud, el gringo únicamente había escrito “frijoles amarillos” y la oficina de patentes de
Washington dijo amén. El estadounidense exigió una regalía del 22% por cada frijol amarillo vendido en Estados Unidos,
hizo frenar las importaciones e inició juicios. Las ventas mexicanas se derrumbaron y el mundo aprendió una nueva palabra:
biopiratería (6). El frijol amarillo se convirtió en su símbolo. Hubo que entablar una batalla ante los tribunales.

Duró diez años, generó cinco decisiones judiciales y cientos de miles de dólares en gastos de abogados, pero la patente fue
anulada. Proctor ya no recibirá regalías. Sin embargo, la guerra continuó. Aún causa estragos y las patentes sobre lo viviente
continúan privatizando cada día a la naturaleza. En cuanto a México, hoy sigue siendo uno de los principales importadores
mundiales de maíz, lo que podría despertar a dioses y volcanes.
Mientras tanto, ¿qué hacer?
A esta pregunta, un poeta azteca del siglo XV había respondido:
“Cantar, cantar y cantar, porque el canto es salvador,
Y rendir homenaje a la belleza”.

Tal vez no sea suficiente.


Entonces, algunos sueñan con el retorno de Emiliano Zapata. En México, los fantasmas están más vivos que en otros
lugares. Otros recuerdan las palabras del rey-poeta Nezahualcóyotl, ese azteca contemporáneo de Carlos de Orleáns: “Oh,
amigos míos, esta tierra sólo es prestada”.

Son los herederos de la milpa. Ven en este policultivo un lugar de encuentro entre ciencia y conocimientos tradicionales, y
una herramienta de soberanía alimentaria que permite mantener una estructura social fundada en el trabajo agrícola. En
2022, la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) la elevó a la categoría de
“Sistema Importante del Patrimonio Agrícola Mundial” (7). Se la estudia, se la perfecciona, se la enriquece con plantas
aromáticas o forrajeras que permiten mantener una pequeña ganadería y mejorar su ecosistema, se la combina con la
agroforestería, lo cual constituye un regreso a los orígenes. No sólo brinda un régimen dietético equilibrado en explotaciones
de tamaño humano, sino que surge como un emblema de la agroecología. De este conjunto de teorías y de prácticas, el
agrónomo Marc Dufumier dice que podría alimentar a 9.000 millones de seres humanos: “Es una agricultura sabia.
Redescubre conocimientos antiguos acumulados por generaciones de campesinos, vuelve a cultivar variedades desaparecidas
y, al mismo tiempo, se apoya en la investigación científica que hizo muchos descubrimientos sobre la biología de los suelos
y aún tiene muchos más por hacer”(8).

Las fuerzas presentes parecen desiguales, pero quién sabe.

Quetzalcoatl tal vez aún no haya dicho su última palabra.

Zapata tampoco.

1. La mayoría de los frijoles que conocemos son cultivares (variedades obtenidas por selección) del frijol común Phaseolus
vulgaris.
2. En realidad son bacterias que viven en simbiosis con leguminosas, sobre sus raíces. Fijan el nitrógeno y se benefician, a
cambio, de los glúcidos de la planta, resultado de la fotosíntesis.
3. “El pueblo del maíz”.
4. Bernal Díaz del Castillo, Histoire véridique de la conquête de la Nouvelle-Espagne, La Découverte, París, 2009.
5. Karen Lehman, “Au Mexique, les fausses promesses de l’Alena”, Le Monde diplomatique, París, noviembre de 1996.
6. Véase el documental Las cosechas del futuro de Marie-Monique Robin (2012).
7. Sistemas Importantes del Patrimonio Agrícola Mundial (SIPAM), FAO, [Link]/giahs/es/
8. Marc Dufumier, 20 idées reçues sur l’agriculture et l’alimentation, Allary éditions, París, 2014.

* *Ingeniero, docente y escritor. Su último libro es Des plantes et des hommes,


Éditions du Canoé, París, 2023 (con prólogo de Gilles Clément). Traducción: Micaela
Houston

Traducción: Micaela Houston


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

UN DEBATE QUE DESGARRA AL PARTIDO REPUBLICANO

Ucrania se mete en la elección estadounidense

Por Serge Halimi*

Pese a los juicios en su contra, Donald Trump parte como el favorito de su


partido para las presidenciales de 2024. La Guerra de Ucrania es objeto de
debates apasionados entre los candidatos republicanos. Unos le reprochan al
presidente Biden no involucrarse lo suficiente; otros consideran que las
prioridades estadounidenses son otras.
Pickens, Carolina del Sur, 1-7-23 (Sean Rayford/Getty Images/AFP)

Desde hace casi medio siglo, las cuestiones de geopolítica no cumplen prácticamente ningún papel en una elección
presidencial estadounidense. La victoria fulgurante del presidente George H. W. Bush durante la Guerra del Golfo (enero-
marzo de 1991) no impidió que fuera derrotado al año siguiente por un oscuro gobernador demócrata de Arkansas (William
Clinton) sin experiencia internacional.

Sin embargo, aunque ningún soldado estadounidense participe directamente en ella, la Guerra de Ucrania ocupa actualmente
un lugar considerable en los debates entre candidatos republicanos. No tanto del lado demócrata puesto que el presidente
Joseph Biden parece tener asegurada la candidatura de su partido donde el apoyo total de Estados Unidos al presidente
Volodimir Zelenski es casi unánime.

Así, lo que sucede en el exterior, en Kiev particularmente, interesa esta vez a estadounidenses que no pertenecen a la
pequeña elite de Washington (representantes, editorialistas de las publicaciones de elite, profesionales de los think tanks). Y
esto es más cierto aun del otro lado: los dirigentes ucranianos piensan que su destino podría sufrir un vuelco según sea
reelecto Biden o que un republicano tome su lugar. Aunque aún falta saber cuál, ya que, respecto de Ucrania, las posiciones
de los precandidatos de este partido varían por completo. Al punto de que el ex vicepresidente dócil de Donald Trump, Mike
Pence, se presenta en esta ocasión para enfrentarlo…

El pasado 14 de julio, durante un foro conservador, los términos del debate que los opusieron fueron resumidos con cierta
brutalidad por el periodista Tucker Carlson que oficiaba de maestro de ceremonias. Inmensamente popular e influyente entre
los republicanos, partidario de Trump aun cuando el personaje le inspira cierto rechazo, Carlson tiene ideas extremadamente
categóricas, particularmente sobre el conflicto ucraniano. Detesta a Zelenski al que califica de “dictador”, estima que la
guerra fue en gran parte provocada por Estados Unidos y repite que sería tiempo de que dejaran de financiarla. Pence, que
piensa todo lo contrario y acababa de reunirse con el Presidente ucraniano, fue por lo tanto contradicho apenas le reprochó a
Biden la lentitud de las entregas de armas a Kiev. “¡Usted se lamenta de que los ucranianos no tengan suficientes tanques
estadounidenses!–exclamó Carlson–. Pero en estos últimos tres años, cada ciudad de nuestro país sufrió un deterioro. Dé una
vuelta en auto, se nota. Nuestra economía decae, la tasa de suicidios aumenta, la suciedad, el desorden y la criminalidad
crecen de manera exponencial, ¡y usted se preocupa porque a Ucrania, un país que la mayoría de las personas aquí presentes
serían incapaces de situar en un mapa, le faltan tanques! No es injusto que le plantee la pregunta: ¿acaso se preocupa por
Estados Unidos en este asunto?” El público lo ovacionó.

“Es hora de volver a casa”

El neoconservadurismo imperial que defiende Pence –y, de hecho, varios precandidatos republicanos– fue ley durante
mucho tiempo en el partido de Ronald Reagan y la dinastía Bush. Ya no es así. Se atribuye a menudo este giro a Trump y a
su convicción de que las guerras extranjeras y las deslocalizaciones industriales habían provocado una “masacre” económica
y social en Estados Unidos. Ciertamente, el ex presidente logró popularizar esta idea y, fundamentalmente, hacerla
electoralmente victoriosa, al vencer a Hillary Clinton en 2016. No obstante, Trump no fue el primero en privilegiar el
nacionalismo por sobre el imperialismo en el bando republicano. En septiembre de 1991, mientras que la Unión Soviética
aún no se había derrumbado por completo, un ex consejero de primera plana de los presidentes Richard Nixon y Reagan,
Patrick Buchanan, estimaba, en efecto, que, ya que la “amenaza comunista” acababa de desaparecer, Estados Unidos debía
dejar de actuar como policía del mundo entero. Y tener como política “Estados Unidos primero”.

Lo que escribió Buchanan hace más de treinta años en su columna de The Washington Post –algo inimaginable hoy–
anunciaba casi palabra por palabra la interpelación de Tucker Carlson del pasado mes de julio. Y teorizaba la actual línea de
fractura en el seno del Partido Republicano entre “globalistas” y aislacionistas: “El cemento unificador del anticomunismo
que mantuvo unida a la coalición Reagan ya no puede operar su magia –estimaba Buchanan–. […] Por tanto, de ahora en
más, los estadounidenses deben plantearse verdaderas preguntas antes de irrumpir en el vecindario de otros países para
involucrarse en sus disputas internas. ¿Por qué es problema nuestro? ¿Por qué debemos, nosotros, cuarenta y seis años
después del final de la Segunda Guerra Mundial, defender a Alemania y Japón mientras acaparan nuestros mercados? ¿Por
qué debemos pacificar el Golfo Pérsico mientras mujeres que pasean sus perros en Central Park son asesinadas por
delincuentes? La incivilidad y la brutalidad de nuestras ciudades, el auge de las tensiones étnicas, deben concentrar nuestra
atención en nuestra propia sociedad. Estados Unidos primero (“America First”) significa que los estadounidenses no
deberían ir a luchar al extranjero cuando nuestros intereses vitales se encuentran amenazados. […] Nuestra guerra, la Guerra
Fría se terminó. Llegó el momento para nosotros de volver a casa” (1).

Lógicamente, Buchanan reclamaba que Estados Unidos rompiera todos los pactos de asistencia militar firmados durante la
Guerra Fría y que reinterpretara de manera mucho más restrictiva la “Doctrina Monroe” que lo había convertido en guardián
de su “patio trasero” latinoamericano. Incluso precisaba: “A pesar de los reproches de nuestros nuevos amigos en Polonia,
Hungría y Checoslovaquia que quisieran unirse a la OTAN, el paraguas nuclear estadounidense no debe extenderse más al
Este. [Dwight] Eisenhower no quiso luchar en Hungría en 1956 [durante el levantamiento antisoviético de Budapest], y no
vamos a luchar por Europa del Este” (2). Tras obtener el 23% de los votos en las elecciones primarias republicanas
enfrentando en 1992 al presidente George H. W. Bush, “vencedor de la Guerra Fría”, Buchanan contribuyó a su derrota en la
elección general.

Continuidad, relativa

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 marginaron las tesis aislacionistas en beneficio de las de los neoconservadores
defensores de la “guerra contra el terrorismo”. Pero el fracaso de Estados Unidos en Afganistán e Irak, las deslocalizaciones
industriales, la pérdida de confianza en la racionalidad de las elites librecambistas e imperialistas, tanto demócratas como
republicanas, resucitaron la tentación aislacionista (3). Barack Obama se aprovechó de ello para ganarle a Hillary Clinton,
símbolo de la arrogancia y de la globalización, en las primarias demócratas en 2008. Luego, como H. Clinton aún no había
entendido la lección ocho años más tarde, Trump sucedió a Obama. Insistió de entrada: “En 2016, el pueblo estadounidense
rechazó un globalismo corrupto: soy Presidente de Estados Unidos, no soy el presidente del mundo”.

Sin embargo, la elección de Trump no garantizó el triunfo de sus tesis, incluso en el seno de su partido. Los republicanos
neoconservadores que aplastó siguen presentes, poderosos, y no bajaron las armas. La mayoría de los medios de
comunicación nostálgicos del imperialismo reaganiano, Fox News y The Wall Street Journal particularmente, los apoyan al
igual que la mayoría de los representantes republicanos del Congreso, los think tanks de Washington y los grandes donantes
del partido. Impulsivo, megalómano, enamorado de su propia voz e incapaz de estudiar cualquier tema que sea, Trump tuvo
también su cuota de responsabilidad al poblar su administración de halcones que lo alababan sin vergüenza al tiempo que
ponían trabas a sus elecciones de política exterior. Su vicepresidente, sus secretarios de Estado, sus secretarios de Defensa,
sus consejeros en asuntos de Seguridad, su embajadora ante las Naciones Unidas fueron en casi todos los casos
neoconservadores empedernidos. Uno de ellos, John Bolton, era incluso un loco de atar: Trump bromeaba que le pedía a este
“idiota”, a este “maníaco” de acompañarlo cada vez que quería asustar a un jefe de Estado extranjero para arrancarle nuevas
concesiones. Es decir que más allá de la Oficina Oval, el “Estado profundo” y el complejo militar-industrial se movían con
total libertad en la Casa Blanca.

Resultado: Trump ordenó varios bombardeos en Siria –donde las tropas estadounidenses mataron decenas de mercenarios
del grupo Wagner (Leymarie, pág. 24)–, ratificó nuevas sanciones contra Moscú –votadas por una mayoría aplastante de
representantes del Congreso, incluidos aquellos de su partido que deseaban torcerle el brazo– y entregó misiles Javelin a
Ucrania. Llegó incluso a jactarse de que ningún presidente estadounidense había sido “más duro con Rusia: le di armas a
Ucrania, Obama les ofrecía almohadas” (4). En diciembre de 2017, cuando su administración explicó las orientaciones
estratégicas de Estados Unidos, hasta The New York Times debió admitir su satisfacción: “Muchos elementos de este
informe podrían haber sido presentados por sus predecesores”.

Esta continuidad, relativa, podría ser cuestionada si Trump fuera reelecto. En 2016, Ucrania constituía un elemento
periférico de la campaña electoral. Hoy, es la fuente de un conflicto que se agrava entre dos potencias superarmadas, un
factor de gastos importantes para Estados Unidos (ya van cerca de 80.000 millones de dólares) y un tema que desborda
ampliamente el ámbito de la política exterior.

En efecto, como la mayoría de los republicanos, Trump está resentido con todos aquellos que lo acusaron –erróneamente– de
conspirar con Moscú. Estima que su Presidencia estuvo ampliamente trabada por un acuerdo entre las agencias de
Inteligencia, los grandes medios de comunicación y el Partido Demócrata, que hicieron de Ucrania una de sus causas
sagradas, con la esperanza (realizada) de avergonzarlo, de maniatarlo.

Tampoco olvidará que en 2019 su primer proceso de destitución (impeachment) estuvo motivado por un intercambio
telefónico que mantuvo con el presidente Zelenski, cuyo contenido debería haber permanecido secreto. Trump parecía estar
negociando el apoyo de Estados Unidos a cambio de revelaciones susceptibles de incomodar a Biden. Ahora bien, los
“trumpistas” están convencidos de que el teniente coronel Alexander Vindman, un estadounidense de origen ucraniano que
en ese entonces trabajaba para el Consejo de Seguridad Nacional (NSC), donde estaba a cargo de escuchar los llamados
entre el Presidente de Estados Unidos y sus pares extranjeros, divulgó este intercambio telefónico para favorecer a los
demócratas. Una razón más para que la mayoría de los republicanos deseen actualmente privilegiar a Maine por sobre
Ucrania.
Los atentados del 11-S marginaron las tesis
aislacionistas en beneficio de las de los
neoconservadores.

En este asunto, incluso el principal competidor de Trump apenas se diferencia de la posición del ex presidente. En efecto,
Ron DeSantis ve en el conflicto en curso “una disputa territorial” entre Moscú y Kiev que no implica un “interés vital de
Estados Unidos”, como lo sería “la contención de China” o la defensa de las fronteras estadounidenses contra los migrantes.
En cuanto a los pocos candidatos republicanos aun nostálgicos de la política imperial de Reagan y de Bush padre, a quienes
los encuestadores prometen magros resultados, no apoyan a Ucrania por afecto hacia sus habitantes. Nikki Haley calcula que
“si gana Ucrania, China pierde”, mientras que el senador Tim Scott prefiere apostar que “cuanto más debilitemos al ejército
ruso, menos capaz será de atacar nuestro territorio soberano”.

Posiciones invertidas

El día que dejó la Casa Blanca, Trump declaró: “Estoy muy orgulloso de haber sido el primer Presidente en décadas que no
desencadenó nuevas guerras”. Si bien ordenó bombardeos en Siria y el asesinato en Irak del general iraní Qasem Soleimani,
en efecto no tiene entre sus “activos” ni intervención en Libia como Obama, ni guerra de Irak, de Afganistán, de Kosovo…
Ahora bien, contrariamente a un prejuicio persistente, su base popular, incluida la más de derecha, se lo agradece, porque
son los proletarios los que hacen la guerra y los burgueses diplomados los que abogan por el imperialismo de la virtud (5).
Los dieciséis millones de ex combatientes estadounidenses pudieron medir desde hace veinte años, en Fallujah o en
Kandahar, la futilidad de su sacrificio y el de sus compañeros. Por otra parte, durante la Convención Republicana de agosto
de 2020, Donald Trump Jr., opuesto al igual que su padre a cualquier tipo de involucramiento militar de Estados Unidos en
Ucrania observó: “Si los demócratas quisieran realmente ayudar a las minorías y a las comunidades desfavorecidas, pondrían
fin a las guerras sin fin y dejarían de enviar a nuestros jóvenes a resolver los problemas de países extranjeros”.

El senador republicano de Carolina del Sur Lindsay Graham es sin duda el representante más belicista de un Congreso cuyos
representantes, a menudo atiborrados de donaciones por parte de empresas de armamento, votan casi unánimemente
presupuestos militares gigantescos (877.000 millones de dólares el año pasado). Después de haberse dirigido a Kiev en tres
ocasiones desde el año pasado, Graham quisiera incrementar el compromiso masivo de Estados Unidos en Ucrania. Pero,
por puro oportunismo electoral, apoya también la candidatura de Trump. El pasado 2 de julio, pagó el precio de este
equívoco. Al tomar la palabra en su propio Estado durante un mitín gigante de apoyo al ex presidente, fue abucheado por la
multitud de republicanos presentes para el acontecimiento. Una indicación suplementaria de que, en este partido, el número
de los adversarios de una ayuda suplementaria para Kiev, ínfima al comienzo del conflicto (9% en marzo de 2022), es
actualmente mayoritario.

En el campo demócrata, en cambio, donde el neoconservadurismo se abre camino, las declaraciones aislacionistas de Trump
reconfortan a los partidarios de la causa ucraniana. Si prosigue el año próximo, la guerra ocupará entonces un lugar
destacado durante la campaña presidencial estadounidense. Lo que anuncia un debate de política exterior bastante inédito, y
a veces incluso con posiciones invertidas.

1. Patrick Buchanan, “Now that Red is dead, come home America”, The Washington Post, 8-9-91.
2. Ibid.
3. Véase Benoît Bréville, “Las guerras de los otros”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, mayo de 2016.
4. Fox News, 16-10-18.
5. Véase Christopher Mott, “La unión de la guerra y la virtud”, Le Monde diplomatique, enero de 2023.

* Integrante de la redacción de Le Monde diplomatique. Director del periódico entre


2008 y enero de 2023.

Traducción: Micaela Houston


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

EN FRANCIA COMO EN EL REINO UNIDO

Suburbios, sermonear y castigar

Por Tristan De Bourbon*

Condenas en un 95% de los casos, prisión firme para el 60%; penas promedio
de ocho meses... La respuesta judicial a las noches de revueltas que
sacudieron a Francia al comenzar el verano ha sido brutal. Como la represión
de los disturbios de 2011 en el Reino Unido, esta estrategia busca estigmatizar
a los pobres.
París, 2-7-23 (Juan Medina/Reuters)

El abogado comienza: “Es estudiante de Ingeniería, sus exámenes son en diez días. Nunca fue condenado, está dispuesto a
llevar una pulsera electrónica, a someterse a cualquier condición mientras pueda rendir sus exámenes”. Uno de sus colegas
lo reemplaza cuando la Corte convoca para el caso siguiente: “Mi cliente quiso ir con sus amigos a ver qué había pasado en
el negocio, quiso averiguar, como los periodistas”. En el cubículo reservado a la prensa, se mofan. “Está avergonzado.
Quiere reparar el mal hecho con trabajos de ayuda a la comunidad. Trabaja en una tienda departamental, está en segundo año
de la universidad, quiere seguir estudiando”. Pero el juez descarta esas solicitudes. Mantiene la detención preventiva. Uno de
los dos hombres baja la cabeza, con la mirada vacía. Su madre se pasa las manos por la cara para no llorar. “Quieren dar el
ejemplo –protesta el padre del otro–, condenan a todo el mundo muy severamente.”

Pareciera que la escena se vivió en un tribunal francés. Una comparecencia de revoltosos al comienzo de este verano. Pero
fue en Inglaterra, hace más de diez años, exactamente en 2011: durante los juicios organizados de urgencia por –según la
expresión del gobierno– los “disturbios del orden público”. El 4 de agosto, Mark Duggan, de 29 años, fue asesinado por un
policía de un balazo en el pecho tras la intercepción del taxi en el cual circulaba en Tottenham, en el norte de Londres. Las
autoridades lo vigilaban. Tenía un arma al momento de su muerte. Sus allegados marcharon dos días después hasta la
comisaría principal del vecindario. Al comenzar el evento, varios policías aporrearon a una niña de 16 años que habría
lanzado una piedra. La situación degeneró. Dos vehículos de la policía ardían antes de que se propagara la violencia en el
vecindario y luego, durante los días siguientes, en la periferia de la capital y en grandes ciudades inglesas, Birmingham,
Liverpool, Manchester…

“Codicia y criminalidad”

Inglaterra 2011, Francia 2023: las similitudes no faltan. Cuando el Presidente francés denunció el 30 de junio pasado la
“instrumentalización de la muerte de un adolescente […] para intentar crear desorden y atacar nuestras instituciones” y
llamó a los padres “a la responsabilidad”, cuando el ministro del Interior, Gérald Darmanin, indicó el 3 de julio “hay que ser
firmes con los delincuentes y no ver una excusa social allí donde no la hay”, sus palabras se hacían eco de aquellas
pronunciadas doce años antes por el entonces primer ministro británico. El 15 de agosto de 2011, el conservador David
Cameron lamentó un “derrumbe moral”, que había generado “irresponsabilidad, egoísmo, inconsecuencia, niños sin padre,
escuelas sin disciplina, recompensas sin esfuerzo, crimen sin castigo, derechos sin responsabilidades, comunidades sin
control”.

A comienzos de octubre, la ministra del Interior, y futura primera ministra, Theresa May, había insistido: “Los disturbios de
este verano no estaban vinculados con la pobreza o con la política. Se trataba de codicia y de criminalidad, alimentadas por
una cultura de la irresponsabilidad y del asistencialismo”. Para ponerle fin, el viceprimer ministro, el liberal-demócrata
Nicholas Clegg, propuso que los condenados realizaran sus trabajos comunitarios en traje naranja, sin duda para que se los
considere para siempre como parias, en el seno mismo de su propio vecindario. Es una intensificación de la humillación a la
cual remite la iniciativa tomada recientemente en Le Blanc-Mesnil (Seine-Saint-Denis). “Esos chicos no tienen cerebro,
pagarán, las familias tendrán que pagar”, afirmó en un primer momento el alcalde del municipio, antes de colocar en toda la
ciudad una cinta amarilla sobre los carteles de promoción de la efímera playa de “Beach Mesnil”: “Cancelado. Los ahorros
realizados permitirán reparar los destrozos provocados por los revoltosos”.

“Es injusto, no son los que llevan a sus hijos al parque los que quemaron todo, todo el mundo paga por algunos culpables”,
reaccionaron los habitantes, enojados tanto con el alcalde como con los revoltosos (1). A largo plazo, estos enfrentamientos
entre jóvenes y fuerzas del orden, y los discursos que inspiran, contribuyen a modificar la mirada sobre las clases populares,
incluso en su propio seno. BritainThinks publica desde hace muchos años investigaciones sobre la identificación con las
clases sociales en el Reino Unido. En 2011, Deborah Mattinson, a cargo de las investigaciones en el seno de esa consultora,
ya constataba: “Hago la misma pregunta, en lo que se refiere a la identidad social, desde fines de los años 80. Sin embargo,
desde hace poco, la casilla ‘clases populares’ parece representar un insulto” (2). Y, en el lapso de diez años, la tendencia se
acentuó considerablemente. Según la edición 2021 de la encuesta, el 54% de las personas interrogadas se percibían a sí
mismas como pertenecientes a las clases populares, es decir, ocho puntos menos que en el 2011.

Pobres contra pobres: los comentarios de las autoridades o de los expertos sobre los desórdenes en los vecindarios
desfavorecidos respaldan esa lectura. “La respuesta política habitual a los disturbios es tratar de identificar a las personas
implicadas como si se tratara en cierto modo de ‘otros’ –explicaban los investigadores en 2018–. Las concentraciones
sediciosas son presentadas como masas irracionales o simplemente como grupos que no tienen nada más que intenciones
criminales” (3). En Francia, la referencia a los revoltosos dentro de lo inquietante y extraño fue expresada al denunciar sus
orígenes. El pasado julio, siguiendo los pasos de François-Xavier Bellamy (Les Républicains) o de Éric Zemmour
(Reconquête), algunos medios de comunicación como BFM o L’Opinion publicaron listas o clasificaciones de los nombres
más frecuentes entre las personas detenidas: en orden, Mohammed, Yanis, Enzo, Maxime (4)…

Ira y frustración

Sin embargo, muy pronto afloraron divergencias de análisis en el Reino Unido, incluso en un diario conservador como The
Telegraph. El 12 de agosto, su editorialista Peter Osborne estimaba que los revoltosos seguían “simplemente el ejemplo
mostrado por las figuras de mayor edad y más respetadas de la sociedad”. El periodista resaltaba el “declive aterrador de la
elite gobernante británica en cuyo seno se tornó aceptable mentir y hacer trampa” (5). En 2009, de hecho, el “escándalo de
las rendiciones de gastos”, que había sacado a la luz el desvío de dinero público por parte de los parlamentarios, no había
conducido más que a tres condenas a penas de prisión. El diputado laborista Gerald Kaufman simplemente tuvo que
devolver el televisor Bang & Olufsen que había adquirido a costa de los contribuyentes (8.750 libras esterlinas, cerca de
10.000 euros). En 2011, Nicolas Robinson, un hombre de 23 años sin antecedentes judiciales, pasó seis meses en prisión por
haber levantado del suelo una botella de agua mineral de un valor de 3,50 libras (cerca de 3,70 euros) unas horas después del
saqueo de un negocio.
The Guardian y la London School of Economics, por su parte, realizaron una investigación basada en 270 entrevistas a
revoltosos (6). El informe publicado en diciembre de 2011 ponía en evidencia “la ira ampliamente difundida hacia la policía
y la frustración causada por el comportamiento cotidiano de los agentes de la policía en su contra”. El 73% de las personas
interrogadas habían sido cacheadas durante los doce meses precedentes. Solamente el 7% de ellas estimaban que la policía
hace un “buen” o “muy buen” trabajo, contra el 56% de la población británica. La situación social también se mostró
decisiva: el 51% de los participantes se consideraban integrados a la sociedad, contra el 92% de los británicos. Y mientras
Cameron había indicado en un discurso del 11 de agosto que “las bandas estaban en el centro de la violencia” y habían
“coordinado los ataques contra la policía y el subsiguiente saqueo”, las investigaciones de los periodistas y de los
investigadores mostraban que las bandas habían tenido un rol marginal.

“La respuesta política a los disturbios es tratar de


identificar a las personas implicadas como si se
tratara de ‘otros’.”

Otro análisis redactado en octubre de 2011 dirigido al gobierno por el National Center for Social Research, un centro de
reflexión independiente, establecía que los participantes habían visto en esos disturbios “algo emocionante para hacer”, “la
posibilidad de obtener cosas gratis” y “la oportunidad de vengarse de la policía” (7). Según un informe de marzo de 2012 del
Panel sobre los Disturbios, las Comunidades y las Víctimas constituido tras los disturbios por el gobierno y la oposición, “no
se consideraba que la gran mayoría de esos jóvenes presentaran un riesgo de delincuencia. Ello sugiere que muchos de ellos
tomaron malas decisiones porque se dejaron llevar” (8). La misma suposición podría hacerse en Francia. El 5 de julio
pasado, ante la Comisión de Leyes del Senado, Darmanin indicó que el 60% de las personas detenidas durante las noches de
violencia no tenían antecedentes judiciales.

Estrategia de miedo

A mediados de julio, la abogada Elsa Marcel, miembro del Colectivo de Acción Judicial, temía una segunda fase de
detenciones en Francia, del mismo orden, aprovechando no solamente la videovigilancia, sino también las publicaciones en
las redes sociales. Informó que en Sarcelles o Saint-Denis tales elementos, reunidos como cargos contra personas muy
jóvenes, justificaron allanamientos en los domicilios familiares a la madrugada. Es una estrategia de miedo ante la
continuidad de las requisas y de las penas impuestas actualmente al finalizar las comparecencias inmediatas, particularmente
humillantes para los acusados. “¿Cree que sus padres están orgullosos de usted? ¿Tal vez tengan vergüenza?”, les
preguntaron los jueces del Tribunal de Primera Instancia de Bobigny. “Vivimos en una sociedad donde podemos hacer que
nos envíen de todo, ¿por qué salieron a comer a un local griego en período de violencia urbana?” “Su debilidad intelectual
torna necesaria una pena firme.” En Lyon, se impuso prisión firme, de hasta cuatro meses, a cuatro jóvenes de 18 a 19 años
por el hurto de caramelos, de jugo de frutas y de cereales. En Nanterre, Ilyes, de 20 años, recibió doce meses de
encarcelamiento con pena en suspenso por haber proferido, durante un vivo de TikTok, “Los vamos a matar, comer como
mafé [comida a base de pollo, como se llama a veces a los policías], beberlos como bissap [bebida nacional de Senegal]” (9).
En el Reino Unido, una justicia expeditiva también pronunció penas de una severidad que pretendía ser ejemplar. “El
Servicio de Fiscales de la Corona –dirigido en ese momento por el actual jefe del Partido Laborista, Keir Starmer–
inmediatamente flexibilizó el umbral usado para determinar si había que iniciar actuaciones judiciales –recuerda Tiratelli–.
La recomendación según la cual los sospechosos de menos de 18 años no deberían ser juzgados por delitos menores fue
suspendida. Actos normalmente considerados como hurtos fueron tratados como robos con el fin de garantizar una pena de
prisión máxima”. Las estadísticas oficiales lo confirman: el 86% de los condenados por robo durante los disturbios fueron
inmediatamente encarcelados, contra el 68% de los condenados por el mismo motivo durante todo el año 2010; el 86% de
los condenados por hurto, contra el 41% en 2010. En total, 1.800 años de prisión fueron ordenados por la justicia para una
condena de 17 meses en promedio, resume Danny Dorling, profesor de Ciencias Sociales en la Universidad de Oxford. Y en
febrero de 2015, 1.593 de las 3.914 personas acusadas o puestas en custodia por la policía de Londres a raíz de los disturbios
de agosto de 2011 habían sido condenadas nuevamente (10) –confirmando el principio bien asentado según el cual la prisión
coproduce a los delincuentes–. Esa tasa de reincidencia podría haber hecho a las autoridades francesas reflexionar sobre su
elección de la represión.

1. Eloi Passot, “Le Blanc-Mesnil : les sanctions contre les émeutiers et leurs familles approuvées, l’annulation de ‘Beach
Mesnil’ critiquée”, Le Figaro, París, 14-7-23.
2. The Independent, Londres, 20-3-11. Citado por Owen Jones, “El orden británico contra la ‘escoria’”, Le Monde
diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires, septiembre de 2011.
3. Tim Newburn, Trevor Jones y Jarrett Blaustein, “Framing the 2011 England riots: understanding the political and policy
response”, Howard Journal of Crime and Justice, N° 57, Hoboken (Nueva Jersey), 2018.
4. “Émeutes: les prénoms les plus fréquents parmi les individus interpellés”, BFM, 7-7-23, [Link]; Corinne Lhaïk,
“Émeutes: la répartition chiffrée des prénoms des 2 300 interpellés en zone police”, L’Opinion, 12-7-23, [Link]
5. Peter Osborne, “The moral decay of British society is as bad at the top as the bottom”, The Daily Telegraph, Londres, 12-
8-11.
6. “Reading the Riots: Investigating England’s summer of disorder – full report”, The Guardian, 14-12-11,
[Link]
7. Gareth Morrell, Sara Scott, Di McNeish y Stephen Webster, “The August riots in England. Understanding the involvement
of young people”, National Center for Social Research, octubre de 2011, disponible en el sitio web de DMSS Research,
[Link]
8. “After the riots. The final report of the Riots, Communities and Victims Panel”, 1-3-12, disponible en el sitio web de la
British Library, [Link]
9. Véase Louisa Eshgham, “Les juges humilient et condamnent par centaine des jeunes interpellés pendant les révoltes”,
Révolution permanente, 5-7-23, [Link]; Nathan Chaize, “Émeutes à Lyon : en comparution
immédiate, une justice ‘d’exception’, rendue sous pression”, Lyon Capitale, 5-7-23, [Link]; Juliette Delage,
“Un ‘appel à la haine’ contre la police sur TikTok jugé à Nanterre: ‘J’étais bloqué, j’étais plus dans la réalité’”, 5-7-23,
[Link]
10. Kate Ferguson, “London rioters have committed nearly 6,000 new crimes including murder and rape since 2011
violence”, The Daily Mirror, 10-2-15, Londres.
* Periodista. A cargo de cursos asociados al Departamento de Información y
Comunicación de la Universidad París X (Nanterre).

Traducción: Micaela Houston


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

EL FRACASO DE LA HEGEMONÍA LIBERAL

Realismo y rivalidad entre grandes potencias

Por John Mearsheimer*

Según los discursos dominantes, la política exterior occidental consiste en


exportar la democracia liberal y el derecho al resto del mundo. Pero las
relaciones entre potencias obedecen más a consideraciones estratégicas que
a ideales, explica John Mearsheimer, destacado teórico del realismo en las
relaciones internacionales.
Otto Dix, Los lisiados de la guerra, 1920

Hace treinta años, muchos expertos occidentales afirmaban que la historia había llegado a su fin y que el enfrentamiento
entre grandes potencias era cosa del pasado. Esta ilusión no resistió la prueba del tiempo. Hoy, dos conflictos entre grandes
potencias amenazan con derivar en una guerra abierta: Estados Unidos contra Rusia en Europa del Este por Ucrania, y
Estados Unidos contra China en Asia Oriental por Taiwán.

Los cambios producidos en la política internacional en los últimos años han supuesto un deterioro de la posición de
Occidente. ¿Qué ha ocurrido? ¿Hacia dónde nos dirigimos? Responder a estas preguntas requiere de una teoría de las
relaciones internacionales que dé sentido a un mundo caótico e incierto, un marco general que explique por qué los Estados
actúan como lo hacen.
La teoría llamada del “realismo” es la mejor herramienta disponible para entender la política internacional. ¿Cuáles son sus
postulados? Los Estados coexisten en un mundo sin una autoridad suprema capaz de protegerlos a unos de otros. Esta
situación los obliga a prestar mucha atención a los cambios en las relaciones de fuerza, porque la más mínima debilidad
puede hacerlos vulnerables. Competir en el tablero del poder no les impide, sin embargo, cooperar cuando sus intereses son
compatibles. En general, sin embargo, las relaciones entre Estados –y más concretamente entre grandes potencias– están
sujetas fundamentalmente al principio de competencia. En la teoría del realismo, la guerra no es más que otro instrumento de
gobernanza que los Estados utilizan para consolidar su posición estratégica. Esto explica la famosa fórmula de Clausewitz
según la cual la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios.
Mejor ser Godzilla que Bambi

El realismo no goza de buena prensa en Occidente, donde la guerra se percibe generalmente como un último recurso
justificable únicamente en caso de legítima defensa, lo que corresponde también a la Carta de las Naciones Unidas. La teoría
realista es tanto más reprochable cuanto que se basa en un axioma pesimista: la idea de que la competencia entre grandes
potencias es un hecho intangible, una ley de la existencia inexorablemente condenada a producir tragedias. En otras
palabras, todos los Estados –democráticos o autoritarios– obedecen a la misma lógica. En Occidente, la opinión dominante
sostiene que la propensión a la competencia depende de la naturaleza del régimen. Las democracias liberales tienden por
naturaleza a mantener la paz, mientras que los regímenes autoritarios serían los principales perpetradores de guerras.

Por eso no debe sorprender que la teoría liberal, concebida en oposición al realismo, sea mejor vista en Occidente. Sin
embargo, es difícil negar que Estados Unidos ha actuado casi siempre bajo los dictados del realismo, aunque ello implique
revestir sus acciones de una retórica más moral. A lo largo de la Guerra Fría, apoyó sistemáticamente a autócratas sin
escrúpulos, como Chiang Kai-shek en China, Mohammad Reza Pahlevi en Irán, Syngman Rhee en Corea del Sur, Mobutu
Sese Seko en Zaire, Anastasio Somoza en Nicaragua y Augusto Pinochet en Chile, por citar sólo algunos.
No obstante, esta política tuvo un paréntesis notable: el del “momento unipolar” de 1991 a 2017, cuando los gobiernos
estadounidenses, tanto demócratas como republicanos, abandonaron el realismo geopolítico para intentar imponer un orden
mundial basado en los valores de la democracia liberal –Estado de Derecho, economía de mercado y derechos humanos,
bajo la benevolente autoridad de Washington–. Esta estrategia de la “hegemonía liberal” fracasó estrepitosamente y jugó un
rol importante en el surgimiento del mundo convulso que conocemos hoy. Si en 1989, al final de la Guerra Fría, los
gobernantes estadounidenses hubieran optado por una política exterior realista, sin duda nuestro planeta sería hoy un lugar
considerablemente menos peligroso.
El realismo puede expresarse de varias maneras. Según la teoría llamada “clásica”, propuesta por el abogado estadounidense
Hans Morgenthau, el deseo de poder es inherente a la naturaleza humana. Los dirigentes, decía, están movidos por
un animus dominandi, un impulso innato de dominar a sus prójimos. Cada cual puede formarse su propia teoría al respecto.
En mi teoría, la fuerza motriz de la competencia entre Estados reside sobre todo en la propia estructura o arquitectura del
sistema internacional. Es ésta la que motiva a los Estados –y más aun a las grandes potencias– a entablar una competencia
feroz. En este sentido, son prisioneros de una jaula de hierro.

Ante todo, es importante recordar que las grandes potencias operan dentro de un sistema en donde no hay ningún protector al
que recurrir en caso de amenaza de un Estado rival. Así pues, cada cual tiene que cuidar de sí mismo en un mundo regido
por la autodefensa. Esta limitación se hace aun más onerosa por otros dos aspectos del sistema internacional. Todas las
grandes potencias disponen de enormes capacidades militares ofensivas, aunque algunas más que otras, lo que significa que
pueden causar daños considerables a un Estado determinado. Además, resulta difícil, si no imposible, asegurar que persiguen
intenciones pacíficas, ya que las intenciones, a diferencia de las capacidades militares, están anidadas en la mente de los
líderes y nunca pueden descifrarse por completo. Anticipar lo que un Estado concreto hará en el futuro es aun más
arriesgado, porque nadie puede predecir quién estará al mando ni cuáles serán sus intenciones si las circunstancias cambian.

Los Estados que viven en un universo en donde solamente pueden confiar en sí mismos y corren el riesgo de enfrentarse a
un rival poderoso y hostil indefectiblemente tendrán miedo los unos de los otros, aunque la intensidad de su temor varíe de
un caso a otro. En un mundo tan peligroso, la mejor manera de que un Estado racional sobreviva es asegurarse de que no es
débil. La experiencia de China durante su “siglo de humillación nacional”, de 1839 a 1949, demostró que los Estados más
poderosos tienden a aprovecharse de la debilidad de los demás. En la escena internacional es mejor ser Godzilla que Bambi.

Sobrevivir es lo primero

La Unión Europea parece ser la excepción a la regla, pero solamente en apariencia. Nació bajo la protección del paraguas
estadounidense, que hizo imposible el conflicto militar entre los Estados miembro, liberándolos así del temor que se
inspiraban mutuamente. Esto explica en parte por qué los líderes europeos de todos los bandos temen que Estados Unidos le
dé la espalda a su continente para centrarse más en Asia.

En suma, la política de las grandes potencias se caracteriza por una competencia incesante en materia de seguridad, en la que
cada Estado trata no solamente de ganar en influencia relativa, sino también de impedir que el equilibrio de poder se incline
en su contra. Este objetivo, conocido como “equilibrio” (balancing), puede lograrse aumentando su poder o formando una
alianza con otros Estados que se vean igualmente amenazados. En un mundo realista, el poder de un país se mide
esencialmente en función de sus capacidades militares, que dependen de una economía avanzada y de una población
numerosa.

Para un Estado que aspire a desempeñar el rol de gran potencia, la situación ideal es, ante todo, ser una potencia regional, es
decir, dominar la parte del globo de la que forma parte, asegurándose de que ninguna otra potencia, ya sea mediana o grande,
le dispute este dominio. Estados Unidos ilustra perfectamente esta lógica. Durante los siglos XVIII y XIX, trabajó
asiduamente para establecer su hegemonía sobre el Hemisferio Occidental. En el siglo que siguió, se aseguró de impedir que
los imperios germánico y japonés, y más tarde la Alemania nazi y la Unión Soviética, se establecieran como las únicas
potencias regionales en Asia y Europa.

El objetivo primordial de cualquier Estado es la supervivencia, porque si un Estado no sobrevive no puede perseguir ningún
otro objetivo. La producción de riqueza o la difusión de una ideología pueden parecer prioritarias, pero solamente a
condición de que estos objetivos no minen sus posibilidades de supervivencia. Del mismo modo, las grandes potencias
pueden cooperar si comparten intereses comunes y si su alianza no debilita sus respectivas posiciones en el equilibrio de
poder. Durante la Guerra Fría, por ejemplo, Estados Unidos, la Unión Soviética y el Reino Unido cooperaron firmando el
Tratado sobre la No Proliferación de las Armas Nucleares (TNP, 1963), a pesar de que las relaciones entre Estados Unidos y
la Unión Soviética eran intrínsecamente conflictivas. Y en vísperas de la Primera Guerra Mundial, las grandes potencias
europeas estaban vinculadas entre sí por poderosos intereses económicos, al tiempo que se entregaban a una feroz
competencia en materia de seguridad que acabó pesando más que la cooperación económica y las llevó a la guerra. Los
acuerdos entre grandes potencias siempre se forjan a la sombra de una rivalidad por su seguridad.

Los críticos de la escuela realista de geopolítica suelen acusarla de desdeñar las instituciones internacionales, piedra angular
de un orden mundial organizado por normas. Pero los realistas no dudan en reconocer que estas instituciones cumplen un rol
crucial en la contención de la competencia por la seguridad en un mundo interdependiente –como la Organización del
Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y el Pacto de Varsovia durante la Guerra Fría, o la Organización Mundial del Comercio
(OMC) y la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en la actualidad–. Sin embargo, sostienen que a las reglas de estas
instituciones internacionales o multilaterales las definen las grandes potencias en función de sus propios intereses, y que en
ningún caso pueden obligar a un Estado influyente a emprender acciones que pongan en peligro su seguridad. De lo
contrario, se saltará las normas o las reescribirá a su favor.

Esta lógica contradice la creencia, muy extendida en Occidente, de que las democracias liberales se comportan de manera
diferente de los Estados autoritarios. Estos últimos, se nos dice, ponen en peligro el orden mundial fundado en el derecho y,
más en general, son el único obstáculo real para la paz. Pero la política internacional no funciona así. La naturaleza del
régimen poco importa en un mundo regido por la defensa propia en donde cada Estado teme por su supervivencia, o al
menos así lo afirma. Como nación liberal por excelencia, Estados Unidos transgredió el derecho internacional cuando atacó
Yugoslavia en 1999 e Irak en 2003, tras fomentar una sangrienta guerra civil en Nicaragua en los años 1980. Todas las
grandes potencias ignoran los escrúpulos cuando consideran que sus intereses vitales están en juego.

Algunos expertos sostienen que la “revolución nuclear” ha vaciado al realismo de gran parte de su sustancia. El arma
atómica protegería a su poseedor de la destrucción disuadiendo a cualquiera de atacarlo, lo que eliminaría una de las razones
para competir por el poder. Los mismos expertos sostienen que el miedo a una escalada catastrófica alcanzaría para impedir
que dos potencias nucleares se entreguen a una guerra convencional. Sin embargo, nada indica que las naciones involucradas
compartieran esa línea de razonamiento. La competencia entre los “dos grandes” les costó a la Unión Soviética y a Estados
Unidos miles de millones de dólares durante la Guerra Fría, y lo mismo ocurre hoy con China, Rusia y Estados Unidos.
Estos Estados nunca han dejado de prepararse para una guerra convencional. Un conflicto militar entre las grandes potencias
es ciertamente menos probable en un mundo nuclear, pero sigue siendo una amenaza tangible. Por tanto, el realismo no ha
perdido nada de su relevancia.

Intereses vitales

La doctrina realista también sugiere que las zonas de interés estratégico vital para las grandes potencias –fuera de su propia
región– son aquellas que les permiten contener a sus rivales estratégicos o que disponen de recursos esenciales para la
economía mundial. Durante la Guerra Fría, los realistas estadounidenses identificaron tres zonas por fuera del Hemisferio
Occidental en las que su país tenía que estar preparado para luchar: Europa y el noreste de Asia, allí donde se encontraba la
Unión Soviética y el Golfo Pérsico por sus yacimientos petrolíferos. Casi todo el mundo se oponía a la Guerra de Vietnam
porque se desarrollaba en el Sudeste Asiático, una región considerada de escaso interés estratégico en ese entonces. Ahora
que China se ha convertido en una gran potencia por derecho propio, el Sudeste Asiático es mucho más importante para
Washington, que ya está dispuesto a defender militarmente el statu quo en Taiwán y el Mar de China Meridional.

Por su parte, la geopolítica liberal no da prioridad a ninguna región concreta del mundo. Su objetivo declarado es extender la
democracia y el capitalismo lo más ampliamente posible. Si bien afirman aborrecer los horrores de la guerra, los promotores
de la política exterior liberal no dudan en recurrir a ella para satisfacer su ambicioso objetivo. La doctrina Bush, que
pretendía democratizar Medio Oriente a punta de pistola, ilustró perfectamente este enfoque. No es casualidad que los
partidarios del realismo hayan criticado duramente la Guerra de Irak. Fue concebida y deseada por los neoconservadores,
muy apegados a la universalización de los “valores” occidentales, y apoyada por los defensores de la hegemonía liberal.

Paradójicamente, el enfoque liberal de la política exterior tiene un núcleo fundamentalmente antiliberal. El liberalismo
defiende la necesidad de tolerar la diversidad de opiniones en una sociedad, porque reconoce que los individuos que la
componen nunca estarán completamente de acuerdo sobre la mejor manera de vivir juntos o de ser gobernados. Es por eso
que las sociedades liberales intentan crear espacios en donde los individuos y los grupos puedan coexistir conservando sus
creencias o principios. Pero cuando se trata de política exterior, los liberales actúan como si supieran qué tipo de régimen
debe aplicarse en todos los países (1). Creen que el resto del mundo debería imitar a Occidente y utilizan todos los medios a
su alcance para empujarlo en esta dirección. Semejante concepción está condenada al fracaso, no solamente porque no puede
haber consenso sobre la definición del sistema político ideal, sino también porque escapa a la lógica realista. Los Estados
son entidades soberanas que se defienden contra una amenaza que apunta contra sus intereses vitales, tanto más cuando esa
amenaza procede de un Estado rival que pretende transformar su sistema de gobierno.

Cuando la Unión Soviética se derrumbó en 1991, el mundo bipolar que sustentó la Guerra Fría dio paso a un mundo unipolar
centrado en Estados Unidos. La unipolaridad se convirtió en multipolaridad en 2017, gracias al ascenso de China y la
resurrección del poder ruso. Estados Unidos conserva sin duda su posición de primera potencia en la nueva configuración,
pero China, con su impresionante economía y su creciente poderío militar, le pisa los talones de cerca. De los tres gigantes,
Rusia es claramente el más débil. El sistema multipolar ha forjado así dos nuevas rivalidades, en las que los protagonistas
siguen cada uno una lógica realista diferente. Al igual que el antagonismo estadounidense-soviético de antaño, y a diferencia
del conflicto actual entre Estados Unidos y Rusia, la competencia entre Washington y Pekín gira principalmente en torno a la
hegemonía regional, aunque en ambos casos esta competencia pueda extenderse al resto del mundo. La actual rivalidad entre
Rusia y Estados Unidos no se explica por el temor a que Moscú pueda dominar Europa, sino más bien por el
comportamiento hegemónico de Washington.

El ascenso de China

Durante los siglos XIX y XX, China no era percibida como una gran potencia. Aunque tenía una gran población, sus
recursos no le permitían acumular una fuerza militar suficiente. Esto empezó a cambiar a principios de los años 1990,
cuando la economía china comenzó a crecer a un ritmo vertiginoso, convirtiéndose en la segunda del mundo, capaz de
desarrollar tecnologías de punta. Como podía esperarse, Pekín utiliza su potencia económica para aumentar su poderío
militar.

La ambición de China es consolidar su dominio en Asia, pero también expulsar gradualmente a las tropas estadounidenses de
la parte oriental del continente para imponer su hegemonía en toda la región. También está en proceso de adquirir una
Marina de alta mar, lo que indica que tiene la ambición de extender su poder en todo el mundo. En resumen, Pekín se
esfuerza por seguir el ejemplo estadounidense, que es la mejor manera de maximizar su seguridad en un mundo preso del
desorden. Los líderes chinos tienen otro motivo para querer dominar Asia: sus objetivos territoriales de inspiración
nacionalista, como reclamar Taiwán o controlar el Mar de China Meridional, les exigen tener una posición hegemónica en su
región.

Estados Unidos lleva mucho tiempo tratando de impedir que otro país lo consiga, como demostró repetidas veces durante el
siglo XX. Frente a las ambiciones chinas, hoy intenta poner en marcha una política de contención (“containment”), aplicable
tanto militar como económicamente.
En el plano militar, Washington busca reactivar las alianzas concebidas para contener a la Unión Soviética, en vistas a
fusionarlas en una coalición dirigida contra China. El objetivo es entablar –o restablecer– alianzas multilaterales, en la línea
del tratado de cooperación militar firmado por Estados Unidos, Australia y el Reino Unido (AUKUS) o del Diálogo de
Seguridad Cuadrilateral (QUAD) que une a Estados Unidos, Australia, Japón e India, pero también reforzar las alianzas
bilaterales que Estados Unidos mantiene desde hace tiempo con Estados como Japón, Filipinas y Corea del Sur.

En el frente económico, Washington pretende frenar el avance de China en el ámbito de la tecnología de punta, asegurándose
el control de las principales palancas de este sector estratégico. Sin embargo, este enfrentamiento podría poner a prueba las
relaciones transatlánticas, ya que muchos Estados europeos, ya golpeados por la ruptura de los intercambios comerciales con
Rusia, buscan clientes en el mercado chino.

Si en 1989 Estados Unidos hubiera optado por


una política exterior realista, nuestro planeta sería
hoy menos peligroso.

Todo indica que la feroz competencia entre China y Estados Unidos se intensificará en un futuro próximo. Sin dudas se verá
alimentada en parte por el famoso “dilema de la seguridad”, según el cual las acciones emprendidas por una de las partes con
fines defensivos son interpretadas por la otra como prueba de intenciones agresivas. Esta competencia será peligrosa por dos
razones. En primer lugar, afecta a Taiwán, una isla que casi todo chino considera territorio sagrado que pertenece a China,
pero cuya independencia Estados Unidos está decidido a preservar bajo su paraguas. En segundo lugar, en caso de guerra
entre las dos grandes potencias del Pacífico, es probable que los combates se desarrollen en las islas situadas frente a las
costas chinas, principalmente en el aire, en el mar y mediante disparos de misiles. No es difícil imaginar los desbordes a los
que podría conducir tal escenario. Si la guerra tuviera lugar en el continente asiático, el número de víctimas sería sin dudas
mucho mayor, razón por la cual los protagonistas lo pensarían dos veces antes de entrar en una escalada semejante, a la
manera de la OTAN y el Pacto de Varsovia en el centro de Europa durante la Guerra Fría. Así pues, la posibilidad de un
enfrentamiento terrestre parece poco probable, lo que no impide que sea necesaria una gran dosis de diplomacia de una parte
y de otra para evitar que se produzca.

Estados Unidos ha desempeñado un rol fundamental en la gestación de esta peligrosa rivalidad al ignorar los principios del
realismo. A principios de los años 90, ningún Estado podía rivalizar con el poderío estadounidense; China todavía estaba
económicamente subdesarrollada. Siguiendo las recetas liberales, la Casa Blanca abrió los brazos a Pekín, ayudándola a
estimular su crecimiento económico e intentando integrarla en la escena internacional. Los dirigentes estadounidenses
asumieron que una China enriquecida se convertiría en un “accionista responsable” en el nuevo orden mundial dominado por
Washington, y que inevitablemente se transformaría en una democracia liberal. El cálculo era que una China próspera y
democrática no supondría ningún peligro para Estados Unidos. Un cálculo sumamente errado, como se vio posteriormente.
Si los líderes estadounidenses hubieran seguido una lógica realista, habrían evitado contribuir al crecimiento de China y
habrían tratado de ampliar o mantener la diferencia de poder entre ambos países en lugar de reducirla.
El mito ruso

En lo que respecta a Ucrania, la visión occidental dominante de la guerra consiste en sugerir que Rusia se comporta en
Europa como China en Asia. Se dice que al presidente Vladimir Putin lo mueven ambiciones imperiales para restaurar una
Gran Rusia parecida a la extinta Unión Soviética y recuperar el antiguo glacis del Pacto de Varsovia, lo que pondría en
peligro la seguridad de toda Europa. Según este análisis, Ucrania no sería más que un aperitivo para el ogro ruso, que luego
dirigiría su atención hacia otros países. Por tanto, el rol de la OTAN en Ucrania se limitaría a contener al régimen de Putin,
de la misma manera en que impidió que la Unión Soviética dominara toda Europa durante la Guerra Fría.

Esta versión se repite a menudo, pero es un mito. Nada demuestra que el presidente ruso quiera apoderarse de toda Ucrania o
que pretenda conquistar otros países en Europa del Este. De hecho, si lo hiciera, no dispondría de los medios militares
necesarios para alcanzar un objetivo tan ambicioso. Y mucho menos para imponer su hegemonía en el Viejo Continente.

Aunque no se puede negar que Rusia atacó Ucrania, tampoco se puede negar que esta invasión fue provocada por Estados
Unidos y sus aliados europeos cuando decidieron hacer de Ucrania su baluarte en las fronteras de Rusia. Esperaban
transformar ese país en una democracia liberal e integrarlo en la OTAN y la Unión Europea. Los dirigentes rusos advirtieron
en repetidas ocasiones que Moscú consideraría esa política como una amenaza y no la toleraría. No había motivos para
dudar de su determinación al respecto. En abril de 2008, cuando se tomó la decisión de recibir a Ucrania en la OTAN, el
embajador estadounidense en Moscú envió a la secretaria de Estado, Condoleezza Rice, una nota en la que afirmaba: “La
entrada de Ucrania en la OTAN es la línea roja más cegadora para la elite rusa (y no solamente para Putin). Tras más de dos
años y medio de conversaciones con responsables rusos, sigo buscando a alguien que vea la entrada de Ucrania en la OTAN
como algo distinto a un ataque deliberado contra los intereses rusos”. Por este motivo, la entonces canciller alemana, Angela
Merkel, se opuso a que Ucrania entrara en la Alianza Atlántica: “Estaba absolutamente segura […] de que Putin no
permitiría que ocurriera algo así. Desde su punto de vista, habría sido una declaración de guerra” (2).

El conflicto comenzó en febrero de 2014, seis años después de que la OTAN anunciara los planes de adhesión de Ucrania.
En un principio, Putin intentó resolver la disputa por la vía diplomática, intentando convencer a Estados Unidos, que
patrocinaba la entrada de Kiev en la Alianza, de renunciar a sus planes. Por el contrario, Washington decidió hacer todo lo
posible por armar y entrenar al ejército ucraniano e invitarlo a participar en las maniobras militares de la OTAN. Temiendo
que Ucrania se convirtiera en un miembro de facto, Moscú envió una carta a la organización transatlántica y al presidente
Joseph Biden el 17 de diciembre de 2021 pidiendo garantías por escrito de que Ucrania permanecería por fuera de la Alianza
y respetaría una estricta neutralidad. El secretario de Estado, Antony Blinken, respondió el 26 de enero de 2022: “No hay
ningún cambio, no habrá ningún cambio”. Un mes después, Rusia atacaba Ucrania.

Desde un punto de vista realista, la reacción de Moscú a la ampliación de la OTAN es un caso de libro de texto de una
política que pretende hacer una promesa frente a una amenaza exterior. Para Putin, se trataba de impedir que una alianza
militar dirigida por la primera potencia del mundo, antigua enemiga jurada de la Unión Soviética, incluyera a su vecina
Ucrania. La posición de Rusia en este asunto parece inspirarse en la Doctrina Monroe, elaborada por Estados Unidos en el
siglo XIX, que estipulaba que ninguna gran potencia estaba autorizada a estacionar fuerzas militares en su patio trasero
hemisférico. Como la diplomacia no consiguió resolver un problema que los rusos consideraban existencial, su Presidente
lanzó una guerra destinada a impedir que Ucrania entrara en la OTAN. Moscú la considera una guerra de defensa propia, no
de conquista. Por supuesto, Ucrania y sus vecinos ven las cosas de manera muy diferente. Pero no se trata aquí ni de
justificar la guerra ni de condenarla, sino simplemente de explicar las condiciones que condujeron a su estallido.
Si uno suscribe al mito de que Putin pretende multiplicar las guerras de conquista, podría objetarse que el plan para ampliar
la Alianza Atlántica se basa a su vez en una sólida lógica realista: Estados Unidos y sus aliados solamente pretenden
contener a Rusia. Pero esta aserción es igualmente falsa. La decisión de ampliar la OTAN se tomó a mediados de los años
1990, es decir, en un momento en que el ejército ruso se encontraba en un estado de extrema debilidad y en que Washington
podía imponer esta ampliación a Moscú. Esto demuestra los peligros que pueden derivarse de ser débil en el sistema
internacional. Rusia tampoco representaba una amenaza para Europa en 2008 y, sin embargo, ese año se puso en marcha el
proceso de integración de Ucrania a la OTAN. En lugar de contener a Moscú, a Estados Unidos le convendría hoy pivotar
lejos de Europa, hacia Asia Oriental, para atraer a Rusia a una coalición de reequilibrio contra China, no empantanarse en
una guerra en Europa del Este y no precipitar el acercamiento entre China y Rusia.

Rumbo al desastre

Al igual que la desacertada política de tender la mano a China, la ampliación de la OTAN formaba parte del proyecto de
hegemonía liberal. La idea era integrar Europa Oriental y Occidental para transformar el continente en una vasta zona de
paz. Los realistas, como George Kennan, denunciaron esta expansión de la Alianza Atlántica porque percibían que
amenazaba a Rusia y sólo podía conducir al desastre.

Europa estaría hoy sin duda en una mejor situación si hubiera prevalecido la lógica realista y si la OTAN no se hubiera fijado
el objetivo de incluir a Ucrania. Pero la suerte ya está echada: la unipolaridad ha dado paso a la multipolaridad, y Estados
Unidos y sus aliados mantienen ahora serias rivalidades geopolíticas con China y Rusia. Estas nuevas “guerras frías” son al
menos tan peligrosas como la anterior, quizás incluso más.

1. Véase Christopher Mott, “La unión de la guerra y la virtud”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos Aires,
enero de 2023.
2. Citado por Hans von der Burchard, “‘I don’t blame myself’: Merkel defends legacy on Russia and Ukraine”, Politico, 7-6-
22, [Link]

* Profesor de Ciencia Política en la Universidad de Chicago, coautor de How States


Think. The rationality of Foreign Policy, Yale University Press, New Haven, de
próxima aparición.

Traducción: Emilia Fernández Tasende


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

PUTIN, DEL PODER SIN LÍMITES A LA CAUTELA

Las fisuras de un poder infranqueable

Por Martín Baña*

La imagen de Putin como hombre todopoderoso de Rusia está comenzando a


tambalear. Desde los rumores sobre su salud a la guerra sin salida en Ucrania,
distintos frentes contribuyen a sitiar su fortaleza. Pero el factor principal es la
construcción de un Estado corrupto, que comienza a escapársele de las
manos.
Celebración patriótica por el aniversario de la anexión de Crimea, 17-3-23 (Alexey
Pavlishak/Reuters)

Desde hace dos décadas, Vladimir Putin es visto como el hombre fuerte de Rusia, ya sea desde su cargo de Presidente o
desde su fugaz desempeño como Primer Ministro entre 2008 y 2012. Las fotos que circulan desde hace años en medios de
comunicación y redes sociales en donde se lo ve a Putin con el torso desnudo, cazando animales o vestido de yudoca no son
más que la traducción gráfica de esa condición.

Actualmente esa imagen comenzó a tambalear. Primero, con los rumores sobre su salud. Luego, con la imposibilidad de
resolver una guerra que en principio se había planificado como breve. Más recientemente, con el motín del Grupo Wagner
que tuvo en vilo al país por casi dos días. Por primera vez en mucho tiempo, la fortaleza putinista parece sitiada.

Un Estado contra el Estado


La disolución de la Unión Soviética en 1991 dejó varias heridas dentro de Rusia, pero una muy importante: el debilitamiento
de un Estado fuerte y centralizado. Este déficit se puso de manifiesto con claridad en la presidencia de Boris Yeltsin durante
la década del 90. La introducción de medidas neoliberales, la proliferación de mafias y el saqueo de los bienes públicos que
favoreció el nacimiento de los oligarcas rusos no son más que algunos ejemplos del corrimiento del Estado.

Uno de los objetivos que se propuso Putin cuando arribó al poder en el año 2000 fue revertir esa situación, ordenar al país y
recuperar el rol del Ejecutivo. Ayudado por un contexto económico mundial favorable, durante sus dos primeros mandatos el
nuevo Presidente logró redistribuir los ingresos generados por la exportación de commodities, acabar con las mafias y
disciplinar a la elite. El Presidente ruso parecía haber sanado esa enorme herida.

Sin embargo, ese proceso se vio acompañado de una aparente paradoja: la reconstrucción del aparato del Estado se hizo en
contra del propio Estado. Como sostiene Ilyá Matveev, a pesar de que el discurso del Presidente ruso resalta la necesidad de
un Estado fuerte para Rusia, en la realidad su reparación se basó en prácticas que tendieron a corroerlo constantemente,
como lo demuestran el desarrollo de redes clientelares y la expansión de la corrupción. Putin prefiere designar en sectores
importantes del Ejecutivo o en la conducción de las empresas estatales a personas de su confianza, lo cual fortalece el
desarrollo de una estructura dominada por relaciones de patronazgo basadas en la lealtad a su figura.

La corrupción es otro componente fundamental. Como expresó recientemente el político opositor Ilyá Yashin en su canal de
Telegram, desde el primer día en el Kremlin, Putin utilizó la corrupción como herramienta aplicada ya que a través de ella
pudo lograr la lealtad de las elites, las cuales se pudieron beneficiar así con cuantiosos ingresos (1). Todo esto tiende a
robustecer el poder del Presidente, pero, al mismo tiempo, a debilitar la propia estructura estatal ya que todo está basado en
la arbitrariedad de la informalidad. Como sintetiza Matveev, lo que es bueno para el régimen no es necesariamente bueno
para el refuerzo del Estado. El poder de Putin es fuerte porque el Estado es débil (2).

Ese poderío del régimen se reforzó aun más cuando dejó de ser una democracia dirigida –como algunos autores llamaron a
ese sistema democrático que en apariencia se presenta como un conjunto de instituciones y reglas formales pero que en la
práctica funciona como un sistema de redes informales a cuya cabeza está el Presidente (3)– a una dictadura abierta, sobre
todo luego de iniciada la invasión a Ucrania en febrero de 2022. Fue un proceso que el propio Putin venía alentando desde
hacía tiempo al desactivar políticamente a la elite –que cambió la posibilidad de intervenir en política por la garantía de
mantener intactas sus posesiones y seguir desarrollando sus negocios– y al despolitizar a gran parte de la sociedad –que
cambió su compromiso cívico por el disfrute de servicios y el acceso a bienes materiales–. El giro dictatorial fue tan brusco
que algunos analistas, como el historiador Ilyá Budraitskis, optaron por denominar al régimen de Putin directamente como
“fascismo moderno” (4). El poder putinista parecía, así, infranqueable.

Fortaleza sitiada

A pesar del importante y paulatino refuerzo de su poder, el liderazgo de Putin fue recibiendo distintos desafíos a lo largo de
sus varios años de gobierno. No fueron impugnaciones que le hicieran pasar momentos de zozobra, pero sí lo
suficientemente significativas como para que lo obligaran a intervenir directamente para desactivarlas. Por ejemplo, en el
año 2000 Boris Berezovsky debió exiliarse como resultado de una política de persecución que se inició cuando el oligarca
comenzó a criticar abiertamente ciertas políticas del gobierno, sobre todo las vinculadas al modo en el cual se administraban
las regiones.

Años más tarde uno de los hombres más ricos de Rusia, Mijaíl Jodorkovsky, rompió el pacto implícito entre Putin y la elite y
pensó en intervenir activamente en política. A su vez, intentó desarrollar proyectos de infraestructura petrolífera con
inversiones chinas sin contar con la autorización del Kremlin. El magnate ruso había cruzado un límite y por ello fue penado
con la cárcel luego de una imputación por evasión de impuestos. Luego de ser liberado por un indulto en 2013 se exilió en
Londres, donde vive actualmente.

Quizás el caso más notorio sea el de Alexey Navalny, abogado y político que desde 2011 viene denunciando las prácticas
corruptas del gobierno de Putin y subiendo notoriamente sus niveles de popularidad. En 2020 sufrió un intento de
envenenamiento, del cual tuvo que recuperarse en Alemania. Cuando regresó a Rusia, en enero de 2021 fue detenido,
juzgado y encarcelado por una vieja causa de 2013, que ocultaba los verdaderos móviles que estaban detrás de la detención:
sacar de circulación al político que más daño podía causarle al Presidente.

Luego de comenzada la invasión en 2022, Putin aprovechó para reforzar aun más el cuadro represivo y extirpar de raíz
cualquier impugnación a su poder, al prohibir todo tipo de condena a la guerra, perseguir y encarcelar opositores (como el
mencionado Yashin), acusar de agentes extranjeros a figuras reconocidas (como sucedió con el legendario músico Boris
Grebeshnikov) y forzar exilios (como ocurrió con el profesor universitario y militante socialista Mijaíl Lobanov). Los
ejemplos podrían multiplicarse, pero son demostrativos de cómo el gobierno de Putin pudo hacerle frente a cualquier desafío
interno que pudiera amenazarlo y mantenerse incólume por más de dos décadas.

Sin embargo, el cuadro de los últimos años parece haber cambiado, como demostró la reciente rebelión del Grupo Wagner.
Creado hacia 2014 por Evgueny Prigozhin –un ex convicto de 62 años que logró amasar una gran fortuna gracias a sus
estrechos vínculos con Putin–, el Grupo Wagner es una compañía militar privada conformada, entre otros, por presos
liberados. Entre sus actividades se cuentan intervenciones en diversas operaciones militares en África y Siria para su propio
beneficio, pero también para el de Rusia. De hecho, en el último año fue un apoyo importante para sostener la invasión de
Ucrania decidida por Putin. Aunque técnicamente es ilegal y privado, el Grupo Wagner recibió cuantiosos fondos del Estado,
como reconoció hace poco tiempo el Presidente ruso (Leymarie, pág. 24).

Desde el inicio de la invasión a Ucrania, el


destino de Putin está atado a su suerte en la
contienda.

Cuando a principio de junio el Ministerio de Defensa decidió integrar a Wagner dentro del Ejército regular, el grupo dejó sus
posiciones de combate en Ucrania y se dirigió hacia Rostov sobre el Don, una ciudad estratégica para el desarrollo del
conflicto, que controló en poco tiempo y en la cual no encontró prácticamente resistencia. Las críticas que había lanzado
previamente Prigozhin en un video difundido por redes sociales apuntaban a la incapacidad para llevar adelante la guerra de
Serguei Shoigu y de Valery Guerasimov, ministro de Defensa y comandante en Jefe, respectivamente. Pero en verdad
también había un móvil económico: Prigozhin sabía que con la incorporación de Wagner al Estado perdía acceso directo al
botín estatal. A pesar del rápido avance, el motín fue desactivado gracias a la intermediación de Aleksandr Lukashenko,
presidente de Bielorrusia. Putin calificó a los amotinados como traidores –llegó a comparar la situación con 1917–, dijo que
aplastaría el motín e inició un proceso penal contra Prigozhin. Sin embargo, no hubo ninguna represalia. Por el contrario, se
permitió que el grupo pudiera dejar Rusia sin ningún tipo de problemas. Hoy Wagner y su líder se encuentran en Bielorrusia,
entrenando a las tropas de ese país. Desde allí, Prigozhin publicó un nuevo video en su canal de Telegram, en donde define
como una “vergüenza” las acciones que se están llevando en el frente y donde sugiere que los nuevos objetivos del ejército
privado se encuentran en África.

La doble cara de la corrupción

El caso de Prigozhin es un excelente ejemplo de la informalidad imperante dentro del funcionamiento del Estado y del
importante rol que juegan las redes de contactos personales: el Grupo Wagner es controlado de manera personal y no se
encuentra sujeto al imperio de las leyes. Nadie tenía idea, hasta que Putin lo admitió, de los millones de rublos que fueron a
parar a sus arcas. También es demostrativo del modo en que Putin concibe discursivamente su restauración estatal, que operó
un reemplazo del lenguaje de la recuperación de la dignidad –más característico de la era Yeltsin– por el de la restauración
del honor. Si la dignidad se protege por la ley, el honor se defiende a través del uso de la violencia (5).

Pero también es un notable caso de cómo ese desafío al poder de Putin fue mucho más profundo que los planteos anteriores,
no sólo porque fue el que más lejos llegó –el propio Putin lo calificó inmediatamente como un “intento de golpe de Estado”,
con lo que dio a entender que su rol como Presidente estaba en riesgo– sino porque también disponía de hombres
movilizados y el despliegue de un arsenal nada despreciable. De haber llegado a Moscú, y nada impide pensar que lo hubiera
podido lograr de no ser por la intermediación de Lukashenko, las consecuencias podrían haber sido de extrema gravedad
para el putinismo. A pesar de no haber podido realizar tal acción, la fisura del régimen se deja ver en el camino que abrió
para que otras redes personales pudieran, llegado el caso, actuar de la misma manera y no tener que enfrentar ningún tipo de
oposición. La rebelión del Grupo Wagner mostró por primera vez que la fortaleza putinista puede ser sitiada en poco tiempo
y con relativo éxito sin tener que contar con la intervención extranjera.

Pero también la prolongada invasión a Ucrania se muestra como una fisura importante para la impermeabilidad del Kremlin,
ya que mostró cómo la corrupción que tan bien había funcionado para controlar algunos aspectos de la gestión política ahora
se plantea como un obstáculo gigantesco para poder triunfar en la guerra. El dinero destinado durante tantos años a
modernizar el Ejército fue desviado hacia otros lugares y hoy los soldados deben combatir con armamento obsoleto y una
organización deficiente. Por otro lado, la abierta confesión de Putin de que el gobierno ruso había financiado a un grupo
ilegal como Wagner lo dejó en evidencia frente a una sociedad que no sabe hacia dónde se dirige el dinero de sus impuestos.

Desde el inicio de la invasión a Ucrania, el destino de Putin está atado a su suerte en la contienda. Contrariamente a lo
esperado por el Presidente ruso, el año y medio de conflicto ha comenzado a mostrar ciertos efectos nocivos para la fortaleza
del régimen. El desgaste social, la frustración militar y una oposición que es controlada al costo de una aceitada represión no
pueden durar mucho tiempo sin generar fisuras importantes. Los propios fundamentos de su régimen que tanto le sirvieron
para mantenerse en el poder durante más de dos décadas ahora parecen volverse en contra. El motín de Wagner fue detenido,
pero expuso debilidades: las purgas contra altos oficiales del Ejército como Serguei Surovikin son sólo un síntoma de ello.
La fortaleza por ahora resiste, pero expuso grietas importantes. Putin, de hecho, ya no se muestra como ese gran súper
hombre que podía enfrentarse con todo: por un lado, rompió con su aislamiento iniciado durante la pandemia del Covid-19 y
buscó mostrarse cercano a la ciudadanía, como hizo en su visita al Daguestán días después de la rebelión, en una puesta en
escena que la propaganda oficial montó como si fuera la de un rockstar.

Por el otro, su decisión de no asistir a la reunión de los BRICS que se celebra este mes de agosto en Sudáfrica para así evitar
ser detenido por la denuncia sobre crímenes de guerra que emitiera tiempo atrás la Corte Penal Internacional supone una
actitud más propia de un hombre cauteloso que de uno súper poderoso. Putin tiene muy presente el antecedente de Mijaíl
Gorbachov y sabe que cualquier cambio tiene que ser estrictamente controlado. De lo contrario, todo se puede desvanecer de
un día para el otro, como ocurrió en 1991.

El tema que ahora se plantea es cuánto puede soportar un régimen luego de quedar expuesto tan abiertamente. En menos de
un año hay elecciones presidenciales. Tal vez esa sea una alternativa para saber si los daños a la fortaleza putinista pudieron
ser reparados para estirar su supervivencia o si, por el contrario, será el punto de partida para la construcción de una nueva
realidad.

1. Ilyá Yashin, [Link]/yashin_russia, 18-7-23.


2. Ilyá Matveev, “Krugom, sploshnoy Wagner. Kak Putin rasrushil gosudarstvo v Rossii”, en Bashnie Istorii. Disponible en
[Link]
3. Simon Pirani, Change in Putin’s Russia. Power, Money, and People, Pluto Press, Nueva York, 2010.
4. Ilyá Budraitskis, “From Managed Democracy to Fascism. Putin’s Imposition of Obedience and Order on Russian
Society”, Tempest: [Link]
5. Svetlana Stephenson, Gangs of Russia: From the Streets to the Corridors of Power, Cornell University Press, 2015.

* Doctor en Historia por la UBA. Es autor de Quien no extraña al comunismo no tiene


corazón. De la disolución de la Unión Soviética a la Rusia de Putin (Crítica, 2021).
EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

UN IMPERIO SECURITARIO Y ECONÓMICO

Wagner y la gesta del “mercenarismo”

Por Philippe Leymarie*

A pesar de que las tensiones con el Kremlin venían en aumento desde hace
meses, la rebelión del grupo Wagner resultó sorpresiva. Los mercenarios
suelen obedecer a quienes mandan. Pero, al compartir su monopolio del
ejercicio de la violencia, Vladimir Putin creó un monstruo que se está volviendo
incontrolable.
Captura de Telegram en la que Yevgueni Prighozin habla desde los cuarteles del ejército ruso en
Rostov sobre el Don, 24-6-23 (HANDOUT/TELEGRAM/ @CONCORDGROUP_OFFICIAL/AFP)

El 23 de junio pasado, los hombres de la organización militar privada Wagner de Yevgueni Prigozhin abandonaron sus
posiciones en el frente de Ucrania. Luego marcharon en dirección a Rostov, donde los rebeldes tomaron el control de un
cuartel general estratégico de la conducción de las operaciones militares desde el territorio ruso. Armados con tanques
blindados y con sistemas de defensa antiaérea, continuaron su “marcha por la justicia” en dirección a Moscú, derribando a su
paso varios aviones-helicóptero de la Fuerza Aérea. “La criatura escapó de su amo”, comentó entonces Peer de Jong, ex
coronel francés de las tropas de la Marina, autor de una obra sobre el mercenarismo y las organizaciones militares privadas
(1).

El conflicto se estaba incubando hace semanas. Tras la toma de Bajmut por parte de Wagner, en mayo pasado, el Kremlin se
preparaba para retomar las riendas de esa estructura, convertida en un ejército dentro del ejército: el 10 de junio, una
normativa del Ministerio de Defensa exigió a los voluntarios de los batallones privados firmar contratos individuales con las
fuerzas regulares. Los hombres de Wagner pasarían así a estar bajo la autoridad del jefe de Estado Mayor de las Fuerzas
Armadas, Valeri Guerasimov, y del ministro de Defensa, Serguei Shoigu. Los mismos a los que el jefe de la milicia Wagner
no deja de insultar desde hace meses, tanto en los campos de batalla como desde los cementerios donde descansan miles de
sus reclutas, reprochándoles no haber conducido eficazmente “la operación militar especial” en Ucrania.

La perspectiva de una integración forzada al ejército constituyó el factor desencadenante de la rebelión. En un primer
momento, la confrontación pareció inevitable. Pero, para “evitar el baño de sangre”, el Kremlin negoció, con la colaboración
del presidente bielorruso, Aleksandr Lukashenko, un acuerdo con Prigozhin. Aquel a quien el día anterior calificaba de
traidor, finalmente salvó su vida en el marco de un acuerdo celebrado el 24 de junio, cuyos términos siguen siendo, por
ahora, imprecisos. A pesar de que se le pidió mantener un perfil bajo en Bielorrusia, Prigozhin siguió circulando en Rusia,
hasta en el Kremlin, donde habría sido recibido por Putin (2). Ello sugiere que el jefe de los mercenarios se volvió lo
suficientemente útil para el Estado ruso como para poder negociar ciertos detalles del desmantelamiento de su estructura.

Desmembramiento

Oficialmente ilegales, las organizaciones militares o ejércitos privados son no obstante casi una treintena en Rusia, de los
cuales algunos están movilizados en Ucrania al lado de las fuerzas regulares: además de Wagner, de lejos la más importante
en efectivos y en ambiciones, incluyendo las comerciales, el Batallón Akhmat del dirigente checheno Ramzan Kadyrov, el
Batallón Sparta, el Cuerpo Eslavo, la Unidad Cosaca, la Cruz de San Andrés (cercana al patriarca ortodoxo Cirilo), Convoy,
Enot, Redut e incluso Patriot, creada por el ministro de Defensa Serguei Shoigu con antiguos componentes de las fuerzas
especiales. Gazprom, el gigante del gas y del petróleo, obtuvo sin dificultad la autorización para fundar sus propias milicias,
Fakel (“Antorcha”) y Plamya (“Llama”), para la protección de sus activos en Siria y en Ucrania.
El Kremlin no pierde la esperanza de recuperar la
mayor parte de los activos de Wagner en el
mundo, particularmente en África.

El gobierno ruso es consciente desde el comienzo de los años 2010 del beneficio de esos grupos de combatientes más
flexibles que las fuerzas regulares. Le permiten al Kremlin librarse del trabajo sucio y limpiar su nombre en caso de abuso o
cuestionamiento, utilizando, como otros lo hicieron antes que él, la “negación plausible”: en efecto, qué más práctico que
combatientes sin bandera, sin uniformes, sin estatus, incluso sin identidad ni sepultura, siguiendo el ejemplo de los famosos
“hombres de verde” que entraron en Crimea en febrero de 2014, y que más tarde encontraremos en la región separatista de
Donetsk, en Siria y luego en varios países africanos. Durante mucho tiempo, el Kremlin negaría todo vínculo con las
autoridades rusas.

Esta laguna jurídica y política era uno de los principales valores agregados de Wagner. Hoy cayó el velo: el golpe de fuerza
de Wagner tuvo como efecto liberar las palabras en la cúspide del Estado ruso. El 27 de junio pasado, durante un discurso
ante los servicios de seguridad rusos, Putin tuvo que reconocer haber pagado a Wagner el equivalente a más de mil millones
de euros desde mayo de 2022. El riesgo para el holding Concord, que supervisa el conjunto de las actividades, muy variadas,
de Prigozhin, es el de terminar “recortado”. El Departamento Militar y de Seguridad, Wagner, parece ser el más amenazado.
La organización militar privada, que en 2021 no contaba más que con 9.000 hombres en el mundo, alcanzó este año los
50.000 efectivos en medio de los combates en los frentes ucranianos solamente: el Kremlin incluso llegó a otorgarle en 2022
el privilegio de reclutar directamente en las prisiones a cambio de promesas de amnistía.

Durante mucho tiempo privilegiado por Prigozhin, el Departamento de Intereses Mineros de Concord, activo
particularmente en Siria, en Libia y en África subsahariana, debería padecer la pérdida de influencia de la milicia, que
generaba y protegía actividades consideradas “predatorias” por Naciones Unidas, que ya denunció el hostigamiento y la
intimidación de los civiles en República Centroafricana y actualmente investiga prácticas similares en Mali (3). El 30 de
junio, el grupo mediático Patriot, que controlaba principalmente la “fábrica de trolls” de San Petersburgo, campeona de la
lucha de la información –la Internet Research Agency–, cesó toda actividad; algunos de sus empleados despedidos fueron
invitados por Margarita Simonian, la jefa de RT, a unirse a su equipo. En cuanto al imperio alimentario con el que hizo
fortuna Prigozhin –el “cocinero de Putin”, quien frecuentaba su restaurante en San Petersburgo, administrador de las
recepciones oficiales y luego proveedor de los comedores escolares y titular del mercado del servicio alimentario militar
para la totalidad del país por un monto de 1.200 millones de dólares–, debería sufrir la proscripción de su jefe, aunque otros
proveedores podrán reemplazarlo.

Mastodonte económico

El Kremlin no pierde la esperanza de recuperar la mayor parte de los activos de Wagner en el mundo, particularmente en
África. Así, en Sudán, donde Rusia está presente desde 2016, con cientos de instructores y entregas de material militar con el
objetivo de establecer una base militar en Puerto Sudán, en el Mar Rojo, Wagner cobra a través de una amplia participación
en el comercio de oro. En Libia, Wagner apoyó en 2020 el intento del mariscal Khalifa Haftar, el hombre fuerte de Bengasi,
de tomar el control de Trípoli. Sus combatientes (entre 800 y 1.200 hombres) –que teóricamente debían ser repatriados, tras
un cese el fuego– al parecer siguen desplegados alrededor de las áreas petroleras y en bases aéreas de Cirenaica o de Fezán,
que también sirven de centro para las iniciativas del Kremlin en Siria y en el continente negro (4).

La República Centroafricana, donde Wagner (2.000 hombres en 2018, 1.000 en la actualidad) dirige el ejército del presidente
Faustin-Ange Touadera y garantiza su seguridad personal, es una joya para la milicia rusa, gracias a la adjudicación de
concesiones de minas de oro y de diamante, y de ahora en más a la exportación de madera, café o azúcar a través del puerto
de Duala (Camerún). En Mali, el régimen militar en el poder desde 2021 jamás reconoció la presencia, no obstante estar
demostrada, de un importante contingente de Wagner (1.400 hombres); se prepara para echar del país a los cascos azules,
tras haber expulsado a los soldados franceses, y procura ser en el presente un aliado indefectible de Moscú, que codicia sus
tierras raras y su oro.
Hasta ahora, algunos Estados frágiles veían en Wagner un protector más seguro que la ex potencia colonial. Ciertamente,
tendrán menos confianza en la milicia después de este episodio de indisciplina y de traición, pero probablemente quieran
conservar una relación privilegiada con la Rusia oficial, sobre todo porque ya no será necesario prestarse al juego de la
“negación plausible”.

La guerra por subcontratación

El mastodonte económico de Prigozhin, por la combinación de una oferta de seguridad y combates (articulada con la
obtención de contratos mineros) y de servicios de propaganda, tiene poco que ver con los mercenarios “a la antigua”. El
Reino Unido, Francia, Sudáfrica e Israel formaron parte de los grandes proveedores de estos “soldados perdidos”, que
luchaban contra el comunismo y los movimientos de liberación, en esa época bajo el impulso en Francia de Jacques Foccart,
secretario general de Asuntos Africanos del Elíseo, y con el apoyo en África del rey Hassan II de Marruecos o del presidente
gabonés Omar Bongo. Apodados “les affreux” (“los espantosos”) en el siglo pasado, estos mercenarios formaron parte
durante mucho tiempo del paisaje africano: estuvieron en los años 60 en el ex Congo Belga (convertido en Zaire, y luego en
la República Democrática del Congo); en los años 70 y 80, en las Comoras, en las Seychelles, en Benín, en Guinea
(convertida en Zimbabue) y en Angola.

Robert (“Bob”) Dénard, uno de esos “perros de la guerra” más emblemáticos, iba de Rabat a Kisangani, de Conakry a
Cotonú, de Salisbury a Pretoria, de Libreville a Moroni: decía ser un “corsario de la República”, asegurando no haber
actuado jamás en contra de su país, Francia, “aunque –según el principio de los semáforos tricolores– yo pasaba en
amarillo… sin esperar el verde”, se justificó durante uno de los varios procesos judiciales entablados en su contra (5). Desde
1977, el mercenarismo está penado en Francia. Una ley de abril de 2003 reprime tanto los reclutamientos como a los
reclutadores: concierne a quienes se involucran en un conflicto armado sin ser ciudadanos de una de las partes en guerra, a
cambio de una remuneración claramente superior a la de los soldados locales. Formando parte de actos de violencia, buscan
derrocar las instituciones o atentar contra la integridad territorial de un Estado.
A fines de los años 90, finalizada la Guerra Fría, el mercenarismo “romántico” como rasgo ideológico dominante dio paso a
un mercenarismo empresarial con motivación económica, que ofrece un amplio abanico de servicios, como Executive
Outcomes en Sudáfrica, Xe Services (ex Blackwater), DynCorp, Military Professionnal Ressources Inc. (MPRI) o
Haliburton en Estados Unidos, Amarante International o Corpguard en Francia, etc. A raíz de los atentados del 11 de
septiembre de 2001 en Nueva York y en Washington, los “contratistas” estadounidenses ocuparon Afganistán, donde
terminaron por constituir más de la mitad del personal dependiente del Pentágono; luego, a partir de 2003, Irak, que recibió
hasta 185.000 empleados trabajando para empresas subcontratistas del ejército –es decir, más que los soldados
estadounidenses enrolados–. Además de la hotelería y la logística, garantizaron desde la seguridad general y el
entrenamiento de las fuerzas locales, hasta el control de aparatos militares locales. La redacción de la doctrina militar del
ejército nacional afgano fue así delegada a la sociedad MPRI, que empleaba por sí sola a más de trescientos ex generales
estadounidenses…

En la prisión de Abu Ghraib, en Irak, la mitad de los interrogadores implicados en hechos de violencia contra prisioneros
entre el año 2003 y el año 2004 trabajaban para empresas privadas como CACI y L-3 Services. Algunos fueron demandados
ante jurisdicciones estadounidenses a raíz de denuncias de ex detenidos. Algunos “contratistas” de la estadounidense
Blackwater estuvieron involucrados en un tiroteo que mató a 17 civiles iraquíes e hirió a otros 20 en septiembre de 2007 –el
último de una serie de excesos: la justicia de Estados Unidos, a la cual se recurrió más tarde, imputó a la organización militar
privada ciento sesenta y ocho crímenes y delitos graves (6) –. Su jefe, un ex miembro de los SEAL, la fuerza especial de la
Marina de Guerra estadounidense, tuvo que dimitir, y su empresa, cambiar de nombre.

Esta externalización, incluso de funciones estatales, prosperó en un contexto de drástica disminución de los efectivos
militares al final de la Guerra Fría, tanto en Estados Unidos como en Europa. Richard Cheney, y luego Donald Rumsfeld, el
vicepresidente y el ministro de Defensa bajo la presidencia de George W. Bush a comienzos de los años 2000, abrieron
ampliamente al ámbito privado las actividades “anexas” de los ejércitos: la protección, la seguridad, la escolta de los
convoyes, el mantenimiento del material en condición operativa, la lucha antipiratería, la ciberdefensa. Se asignaron cientos
de miles de millones de dólares a esas empresas, en el contexto de la “guerra contra el terrorismo”.

Así se vio facilitada la reconversión de ex militares y satisfecho el deseo de los estadounidenses de dejar una “huella”
mínima en el campo de batalla. La teoría del “light foot-spring” –una lógica de subcontratación de las operaciones
periféricas– también sedujo a los estrategas rusos, favorables a las operaciones “híbridas”. En Siria, Moscú había delegado
sus operaciones en tierra a Wagner, como complemento de la intervención de su aviación. El modelo floreció. La compañía
militar privada turca SADAT, creada por un ex general, presentada a menudo como el “Wagner turco”, actuando con el aval
del Ministerio de Defensa, operó estos últimos años en Siria, en Libia y en el enclave armenio del Alto Karabaj en
Azerbaiyán. El Dyck Advisory Group, en Sudáfrica, dirigido por un ex coronel, especializado en la seguridad de los parques
nacionales, fue contratado por la policía de Mozambique, interviniendo particularmente en abril de 2021 en Cabo Delgado,
en el norte, donde afirma haber salvado a cientos de personas en la mira de los ataques de los shebab de Somalia.

Al convertirse en una fuerza de “primer grado” que alcanzó hasta 50.000 hombres, la milicia Wagner se volcó hacia un
modelo inédito y estuvo a punto de liberarse de la persona de quien recibe las órdenes. El episodio vale como lección: un
Estado no puede compartir impunemente su monopolio del ejercicio de la violencia.

1. France Inter, 24-6-23.


2. Paul Sonne, “Putin and Prigozhin held a meeting in June, their first known contact since the mutiny”, The New York
Times, 10-7-23.
3. Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, [Link]/es
4. Véase Jean Michel Morel, “¿Un condominio ruso-turco en Libia?”, Le Monde diplomatique, edición Cono Sur, Buenos
Aires, septiembre de 2020.
5. Entrevista de Afrique Magazine, julio-agosto de 1997.
6. El presidente estadounidense Donald Trump indultó en diciembre de 2020 a cuatro agentes de Blackwater condenados en
2015 por haber disparado contra civiles, provocando indignación en Irak.

* Periodista.

Traducción: Micaela Houston


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

CUANDO ROOSEVELT Y CHURCHILL DECIDÍAN EL DESTINO DE BERLÍN

Un plan para aniquilar a Alemania

Por Pierre Rimbert*

De las ruinas de Berlín al “milagro económico” de los años 1950, la Alemania


de posguerra permanece asociada a una extraordinaria recuperación marcada
por la ocupación, el Plan Marshall y dos países vitrinas de dos sistemas
ideológicos enfrentados. Pero, a fines de 1944, los Aliados habían esbozado
un escenario muy distinto…
Franklin D. Roosevelt y Winston Churchill con sus altos mandos militares posan en la Segunda
Conferencia de Quebec, septiembre de 1944

Ballet de limusinas, ciudadela fortificada, legiones de diplomáticos, enjambre de periodistas: las imágenes de los archivos en
blanco y negro se detienen un instante sobre el enorme cigarro de Winston Churchill y el sombrero blanco de Franklin
Roosevelt. Ese 15 de septiembre de 1944, la Segunda Conferencia militar de Quebec está en su clímax y ambos líderes
occidentales abordan un tema espinoso: ¿qué hacer con la Alemania vencida? Con la avanzada triunfal del Ejército Rojo
sobre el frente del Este y el desembarco aliado en Normandía, el asunto ya no tiene nada de abstracto. Se habla de un
derrumbe inminente de los ejércitos del Reich –en realidad, resistirán aún largos meses–.

Al término del encuentro, Roosevelt y Churchill rubrican en secreto un memorándum inesperado: “Un programa de
eliminación de las industrias armamentísticas en el Ruhr y el Sarre en vistas a transformar a Alemania en un país de carácter
esencialmente agrícola y pastoral”. Entre bambalinas, un hombre está exultante: Henry Morgenthau, secretario del Tesoro
estadounidense, amigo íntimo y vecino de Roosevelt. “Fueron las cuarenta y ocho horas más interesantes y satisfactorias de
mi vida”, confesará a sus colaboradores (1). A la pregunta respecto de “¿Qué hacer con Alemania?”, este antiguo granjero
especializado en el cultivo de árboles de Navidad susurra desde hace semanas al oído del Presidente estadounidense una
respuesta simple: aniquilarla de una vez por todas. El 13 de septiembre, durante la cena, Roosevelt le pide a Morgenthau
presentarles a Churchill y su ministro de Relaciones Exteriores, Anthony Eden, los principales ejes de su proyecto. En
primer lugar, la desmilitarización mediante “la destrucción total del conjunto de la industria armamentística y la eliminación
o destrucción de otros sectores clave esenciales para la potencia militar”, como la química, la metalurgia y la producción
eléctrica. Luego, el desmembramiento de Alemania, de la cual se anexarían ciertos territorios Polonia, la URSS y Francia,
para dividir luego el resto en dos países, uno al norte, el otro al sur.

En la zona que se extiende desde Renania a Kiel y que incluye al Ruhr, “núcleo del poder industrial y crisol de las guerras”,
detalla el plan, todas las fábricas serán desmanteladas y ofrecidas como reparación a los países arrasados por el conflicto
bélico, mientras que las minas y equipos residuales serán dinamitados o “convertidos en chatarra”, y luego el conjunto
puesto bajo control internacional. Una operación de ingeniería social ambiciosa completa este programa de paz: “Todos los
técnicos y obreros calificados, así como sus familias, serán alentados a abandonar definitivamente esta zona”. El
aventurerismo intelectual sería menos atractivo para la población restante en la medida en que “la reapertura de los
establecimientos de enseñanza superior podría tomar un tiempo considerable”. Morgenthau prevé finalmente una
desnazificación enérgica: toda persona que figure en la lista de grandes criminales de guerra establecida por Naciones
Unidas será fusilada en el acto; los tribunales militares condenarían a la pena capital a cualquiera que hubiera causado la
muerte por motivos políticos, raciales o por crimen de guerra. En cuanto a los ex miembros de las SS, de la Gestapo y otras
formaciones nazis, serán pasibles de ser elegidos para hacer trabajos forzados en los países vecinos (2).

“Se lo buscaron”

A medida que el secretario del Tesoro despliega su plan, Churchill y Eden dejan de masticar. “Murmullos en voz baja y
miradas de reojo me indican que el Primer Ministro no se encuentra entre mis oyentes más entusiastas” (3), recuerda. El
hombre del cigarro lo condena “con violencia y en el lenguaje más grosero”. Este programa “cruel y anticristiano” llevaría a
“encadenar a Inglaterra al cadáver alemán”, “¡No se puede culpar a una nación entera!”, aúlla. Al día siguiente, sus
escrúpulos se desvanecen: Morgenthau acaba de prometerle a un Reino Unido exangüe una ayuda suplementaria de 6.500
millones de dólares. Mientras que el Foreign Office contemplaba una reactivación veloz de la economía alemana a fin de
cobrar las reparaciones, el influyente consejero Lord Cherwell –Churchill lo llama “the prof”– sugiere oportunamente a este
último que la Corona podría recuperar los mercados de un Reich quebrado. El Primer Ministro cede. “Se lo buscaron”,
masculla. Y, frente a un Eden espantado, dicta él mismo un memorándum. Pero los diplomáticos británicos se opondrán
obstinadamente a la metamorfosis de Alemania en un campo de pastoreo.

El líder soviético Josef Stalin no ve en ello ningún inconveniente. De acuerdo con Churchill y Roosevelt en desmembrar al
Reich desde la Conferencia de Teherán (28 de noviembre al 1° de diciembre de 1943), exige, no obstante, importantes
reparaciones. La Unión Soviética sigue padeciendo las pérdidas materiales y humanas más importantes: al término del
conflicto, por cada estadounidense que perdió la vida se contarán trece alemanes asesinados y… setenta soviéticos. De visita
en el Kremlin a mediados de octubre de 1944, Churchill presenta con entusiasmo el Plan Morgenthau a Stalin. Más
favorable a la desindustrialización del enemigo vencido en la medida que cuenta con apoderarse de las fábricas y las
máquinas-herramientas, el líder soviético aprecia además la dimensión dialéctica del plan: “Hay que quitarle a Alemania la
posibilidad de vengarse. Si no, cada 25 o 30 años una nueva guerra mundial exterminará a cada nueva generación. Desde
este punto de vista, las medidas más duras terminarán siendo las más humanas”. Cuando Stalin sugiere que “las represalias
podrían afectar a más de un millón y medio de alemanes”, Churchill le opone las reticencias de la opinión pública británica
previsibles y atrae la atención de su anfitrión sobre “la necesidad de matar a la mayor cantidad posible en el campo de
batalla”.

No solamente el Plan Morgenthau despertará una


resistencia desesperada de los nazis y
empobrecerá a toda Europa, sino que provocará
una hecatombe: “Sólo un 60% de la población
alemana puede satisfacer sus necesidades con las
tierras disponibles; el 40% restante morirá”

Este humanismo un tanto particular no asusta a Roosevelt. Brevemente escolarizado en Alemania, en Bad Nauheim, donde
su padre se sometía a curas termales, el joven Franklin, de nueve años, calificaba ya a sus condiscípulos de “inútiles”,
cuando no juzgaba a los habitantes como “repugnantes”. Durante el verano de 1944, Morgenthau no experimenta ninguna
dificultad para convencerlo. “Debemos ser duros con Alemania, y hablo de la población, no solamente de los nazis –trona el
Presidente–. Hay que, o bien castrar al pueblo alemán, o bien tratarlo de manera tal que no pueda seguir reproduciendo
individuos que actúen como en el pasado.” Sólo una reeducación masiva aplicada sin debilidad después de la capitulación
podría contrabalancear esas tendencias belicosas. “El hecho de que sea una nación vencida, colectiva e individualmente,
debe quedar tan poderosamente impreso en ellos que duden en volver a desencadenar una nueva guerra”, explica a su
secretario de Estado, Cordell Hull.

Discrepancias

Morgenthau, por su parte, juzga su propio plan todavía demasiado blando. “Estoy por la destrucción, primero; después nos
preocuparemos por la población”. Su radicalidad se ancla en el horror que le inspira el exterminio de los judíos –desciende
de una familia de inmigrantes judíos alemanes–, pero también en la experiencia paterna: embajador de Estados Unidos en
Turquía en 1914-1915, Henry Morgenthau senior denunció el genocidio armenio y la complicidad de los dirigentes del
Reich. Jefe del Tesoro más bien ortodoxo y sin relieve, Henry Morgenthau junior no consigue la unanimidad en Washington.
Harry Truman, compañero de fórmula de Roosevelt en las elecciones presidenciales de noviembre de 1944, sugiere con
delicadeza que Morgenthau “no sabía distinguir entre una mierda y una mermelada de manzanas”. Y Gladys Straus,
eminente mecenas demócrata, reprocha a Roosevelt haber dado con “el único judío en el mundo que no entiende nada de
dinero” para nombrarlo ministro de Finanzas. En el día a día, Morgenthau se apoya en su principal asistente: Harry Dexter
White, un economista brillante en funciones a su lado desde una década. En julio de 1944, White coorganizó la Conferencia
de Bretton Woods e impuso sus puntos de vista sobre el futuro sistema monetario internacional, contra los de John Maynard
Keynes. Es él quien traza las grandes líneas del Plan Morgenthau. Su interés por la planificación y su deseo de ver a la
URSS y Estados Unidos colaborar en el seno de las instituciones tradicionales le valdrán acusaciones de espionaje en
beneficio de los soviéticos durante la Guerra Fría. Mientras esperan, Henry y Harry saborean los resultados obtenidos en
Quebec.

Su éxito saca a la luz las discrepancias en el seno del gobierno estadounidense. Ferozmente opuesto a las ideas de
Morgenthau, el ministro de Guerra Henry Stimson y su par de Relaciones Exteriores, Cordell Hull, reciben el memorándum
firmado por Churchill y Roosevelt como un par de bofetadas. “Es semitismo salvaje en búsqueda de venganza”, “un crimen
contra la misma civilización”, se indigna el primero, en tanto que el segundo denuncia “un plan de hambruna extrema”.
Mientras que Hull “trabajó cientos de horas” sobre el porvenir de Alemania, un ministro de Finanzas, a sus ojos
incompetente, pisotea su territorio. Los diplomáticos tienen en la memoria las condiciones drásticas del Tratado de Versalles
de 1919 a las cuales Keynes atribuyó el ascenso del nazismo. Para Hull, Morgenthau erra el camino: “el mejor medio de
pacificar a Alemania consiste en americanizarla”. Ciertamente conviene “eliminar definitivamente la dominación económica
de Berlín sobre Europa”, y sobre todo disolver las tendencias bélicas en el gran baño de la globalización. “Hay que
reemplazar la autarquía de guerra alemana por una economía integrada a los mercados mundiales interdependientes”, explica
un documento del Departamento de Estado el 14 de agosto de 1944. Contra la partición, Hull pregona el federalismo; contra
la desindustrialización, la reconversión y la internacionalización, de modo tal que Alemania pague reparaciones. Poco
después de Quebec, pone firmemente en guardia a Roosevelt: no solamente el Plan Morgenthau despertará una resistencia
desesperada de los nazis y empobrecerá a toda Europa, sino que provocará una hecatombe: “Sólo un 60% de la población
alemana puede satisfacer sus necesidades con las tierras disponibles; el 40% restante morirá”, es decir, no menos de 28
millones de personas…

Un nuevo enemigo

Inquieto, Roosevelt gana tiempo. El plan se filtra a fines de septiembre en la prensa, y los republicanos en campaña electoral
instrumentalizan el escándalo. Soplan malos vientos contra Morgenthau: el Foreign Office británico y el nuevo secretario de
Estado multiplican los ataques contra su proyecto; Joseph Goebbels saca provecho de él y el mismo Adolf Hitler lo evocará
en su mensaje de Año Nuevo. En la Conferencia de Yalta (4 al 11 de febrero de 1945), ya no será cuestión de pastoreo. El
secretario del Tesoro se consolará por haber inyectado algunas de sus obsesiones en las directivas sobre el gobierno militar
estadounidense de la Alemania ocupada. El documento firmado por Truman el 10 de mayo de 1945 proclama que “los
alemanes no se pueden sustraer a la responsabilidad de lo que ellos mismos provocaron”, y solicita a los gobiernos “que no
tomen ninguna medida que apunte a la recuperación económica de Alemania”.

El Plan Morgenthau no sobrevivirá a la muerte de Roosevelt el 12 de abril de 1945. Con él, desaparece la visión esbozada
por Harry Dexter White de una cooperación ruso-estadounidense apoyada en instituciones internacionales. El historiador
Gabriel Kolko interpretará incluso la idea de aniquilar a Alemania como un plan destinado a favorecer “la desbolchevización
y la reintegración de Rusia dentro de una nueva economía mundial capitalista” (4). Pero la Guerra Fría que se insinúa
sustituye la amenaza alemana por la amenaza soviética. “El mayor peligro para la seguridad de Estados Unidos es la
posibilidad de un derrumbe económico de Europa Occidental y el ascenso subsecuente al poder de elementos comunistas”,
se alarma pronto la Agencia Central de Inteligencia (CIA) estadounidense. Reindustrializar y reintegrar a Alemania en el
centro de una Europa Occidental bien armada, oponer el bloque del libre comercio internacional a la Unión Soviética: ésa
será la ambición de otro gran proyecto, el Plan Marshall.

1. “Report on Quebec Conference”, 19-9-44, Morgenthau Diaries, Cuaderno 772, 15/19-9-44, FDR Librairy’s digital
collection, [Link]
2. El “Suggested Post-Surrender Program for Germany” se puede consultar en la siguiente dirección:
[Link]
3. Las citas de este artículo fueron extraídas de las siguientes fuentes: John L. Chase, “The Development of the Morgenthau
Plan through the Quebec Conference”, The Journal of Politics, Chicago, Vol. 16, N° 2, mayo de 1954; Warren F. Kimball,
Swords or Ploughshares? The Morgenthau Plan for Defeated Nazi Germany. 1943-1946, J. B. Lippincott Company,
Filadelfia, 1976; Michael Beschloss, The Conquerors: Roosevelt, Truman and the Destruction of Hitler’s Germany. 1941-
1945, Simon and Shuster, Nueva York, 2003; Ted Morgan, FDR. A biography, Simon and Schuster, Nueva York, 1985;
Cordell Hull, The Memoirs of Cordell Hull, Macmillan Company, Nueva York, Vol. 2, 1948; John Dietrich, The Morgenthau
Plan. Soviet Influence on American Postwar Policy, Algora Publishing, Nueva York, 2013; Jean Edward Smith, FDR,
Random House, Nueva York, 2007, y Benn Steil, Le Plan Marshall, Les Belles lettres, París, 2020.
4. Gabriel Kolko, The Politics of War. The World and United States Foreign Policy. 1943-1945, Pantheon Books, Nueva
York, 1968.

* De la redacción de Le Monde diplomatique, París.

Traducción: Merlina Massip


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

DE KATMANDÚ A SILICON VALLEY

El yoga salvará el mundo…

Por Zineb Fahsi*

El 21 de junio, la ONU celebró el IX Día Internacional del Yoga. Esta disciplina


tan popular cuyo objetivo es la armonía del cuerpo y la mente se explota ahora
con fines comerciales para mejorar la productividad en las empresas. Con la
paradoja de que muchos de sus practicantes son conscientes de los grandes
desafíos que enfrenta el mundo.
“Doodles” de Google dedicados al yoga

Durante mucho tiempo, el imaginario occidental consideró al yoga una práctica esotérica propia de los hippies. Pero ahora se
ha abierto camino en nuestra vida cotidiana. Se enseña en centros especializados, se practica en gimnasios o en entornos más
sorprendentes, como hospitales, escuelas, el ejército o las empresas. Preservar la salud, cultivar un pensamiento positivo,
manejar el estrés, regular las emociones, desarrollar la resiliencia, liberar todo su potencial, conectar con el “verdadero yo”,
ser más eficaz, más flexible, más creativo, más feliz, incluso sembrar la paz mundial: los beneficios que se atribuyen al yoga
parecen no tener límites.

Hoy se enseña ampliamente como método de desarrollo personal. Pero con el barniz orientalista que le confieren su
“autenticidad” y el prestigio asociado a una tradición lejana y milenaria, el yoga promete, según la periodista Marie Kock, “a
todos aquellos vapuleados por el mundo moderno […] una salvación tan accesible como transformadora” (1). Esta promesa
de transformación ha contribuido sin dudas a su espectacular crecimiento en los últimos años, con 7,6 millones de franceses
que afirman practicar yoga con regularidad, es decir, una o dos veces al mes, según el Sindicato Nacional de Profesores de
Yoga.

El yoga está por todas partes y todo lo puede. Amazon, por ejemplo, como parte de su programa WorkingWell (“Trabajar
Bien”), pone a disposición de sus empleados de almacén cabinas bautizadas concienzudamente “AmaZen”, donde se recitan
mantras, se medita, se elonga; todas prácticas diseñadas para “estimular a los empleados y recargar sus energías” (2). El jefe
de una empresa de infusiones ayurvédicas decidió ofrecer clases de yoga al mediodía y confiesa: “Hacemos esta sesión de
yoga y […] luego durante diez minutos hay una pequeña reunión improvisada, y como la gente está relajada, […] puedo
hacer uno o dos reclamos a un empleado, pero lo toman bien, se dice delante de todos, y me resulta mucho más agradable
hacerlo en este espacio” (3). Una colega profesora de yoga relata lo mal que los trabajadores recibieron la sesión de yoga por
iniciativa del departamento de recursos humanos tras el reciente suicidio de uno de sus compañeros. Pero también hay
entusiastas del yoga que suspiran e imaginan que “el mundo sería mucho mejor si todo el mundo practicara yoga” y
prefieren ignorar que el yoga ha fascinado a pensadores antimodernos como el filósofo italiano Julius Evola, o que su
práctica no le impide al primer ministro indio Narendra Modi defender ideas de extrema derecha.

La era de las “mini-trascendencias”

Ahora bien, no hay ninguna promesa de una vida mejor en los textos antiguos a los que todavía se refiere el yoga
contemporáneo. Las prácticas premodernas –pues existen muchas formas del yoga– surgen en el subcontinente indio en el
primer milenio a.C. Se basaban en la renuncia y el ascetismo. El objetivo de la disciplina era evitar el renacimiento, liberarse
del ciclo de la reencarnación, de aquello que describe la noción india de samsara. Su versión contemporánea, en cambio,
aboga por una suerte de optimización del yo: se trata de mejorar la existencia aquí en este mundo convirtiéndose en una
“mejor versión de sí”. ¿Cómo se explica semejante transformación? En su historia occidental, se ha considerado que el yoga
–y la cultura india en general– ofrece una alternativa a una modernidad vista como árida y alienante. Desde su primera
globalización a fines del siglo XIX, ha cristalizado las fantasías de orientalistas, teósofos, ocultistas, la Generación Beat,
hippies, estrellas de Hollywood y empresarios que, uno tras otro, lo han reformulado en profundidad y en oleadas sucesivas.

Su apropiación por el movimiento New Age forma parte de esta historia y lo ancla en una retórica de transformación
personal al servicio del advenimiento de una nueva era de paz y armonía, un discurso que abandona toda referencia social en
virtud de una visión espiritualista centrada en el individuo. Finalmente se alcanzó una nueva etapa cuando estas prácticas,
inicialmente concebidas en los años 1960 como técnicas alternativas de autoexploración, se pusieron al servicio de la
productividad y el rendimiento.

El yoga se convierte en una técnica más entre


otras para acceder al “mejor yo”, al servicio de la
empresa.

Unas decenas de kilómetros separan Haight-Ashbury en San Francisco, el epicentro del Summer of Love de 1967, del hogar
de otra utopía californiana, la de la floreciente cibercultura: Silicon Valley. Las empresas de este polo tecnológico, también
hijas de la contracultura, en un contexto de liberalización económica, hacen de la reinvención permanente del yo un
elemento central de su gestión. El remedio contra el desencanto y el aburrimiento de las jornadas laborales repetitivas ya no
es dar un paso al costado y entregarse a la exploración de sí, sino utilizar el trabajo como instrumento de realización
personal. El trabajo adquiere entonces los rasgos de un nuevo culto, que proporciona sentido, comunidad y salvación a la
vez. El sufrimiento en el trabajo deviene una cuestión personal y los recursos humanos se están transformando en
“managers del alma” (4), cuyo trabajo consiste en fortalecer la psiquis de los empleados mediante el despliegue de
programas con nombres creativos que combinan la espiritualidad oriental con el desarrollo personal. Con Search Inside
Yourself (“Busca dentro tuyo”) y Be Your Best Self (“Sé tu mejor yo”), los programas de meditación desarrollados
respectivamente por Google y Euclid Analytics para sus empleados, la búsqueda de sí se emprende ahora en el lugar de
trabajo, y el yoga se convierte en una técnica más entre otras para acceder al “mejor yo”, al servicio de la empresa.

Mientras que el crepúsculo de los años 1980 marcó el fin de las grandes utopías políticas y la victoria ideológica del
capitalismo, el individuo emergió como el nuevo horizonte político. “Sin esperanza de mejorar sus vidas de manera
significativa, la gente se convenció de que lo que importaba era mejorar su psiquis”, analiza Christopher Lasch, historiador y
sociólogo (5). Las industrias del bienestar explotaron, reflejo de lo que el sociólogo alemán Thomas Luckmann analiza como
la transición “de las grandes trascendencias (visiones de otro mundo) a las ‘trascendencias de alcance medio’ (de naturaleza
política), que conducen a una época de ‘mini-trascendencias’ orientadas al individuo” (6). En este contexto, de nada sirve
intentar cambiar la sociedad, sino que es mejor cambiarse a sí mismo. La transformación colectiva se producirá mediante la
acumulación de elecciones individuales, las elecciones de producción y consumo de cada uno, orquestadas por el mercado.

Politizar el bienestar

Profundamente político y profundamente despolitizador, el yoga contemporáneo contribuye así a la difusión de discursos
que parecen emancipadores, pero que en realidad incitan la culpa y son contraproducentes. En primer lugar, desde un punto
de vista individual, porque algunas personas se encuentran encadenadas en una carrera de superación personal permanente,
que las deja perpetuamente insatisfechas, agotadas e incluso deprimidas. En segundo lugar, desde un punto de vista
colectivo, este concepto de felicidad distrae a las personas de la movilización contra las causas sociales de la infelicidad,
causas que ni el yoga ni el desarrollo personal pueden erradicar. ¿Al borde del burnout? No ha meditado lo suficiente.
¿Desempleado? Sin dudas, el resultado de su negatividad, usted debería pensar en repetir algunos mantras positivos.
¿Ansioso? ¿Ha pensado en hacer ejercicios de respiración diarios? ¿Pobre? Una cuestión de mindset, pero ¿ha leído algo
sobre la ley de la atracción?

Como señalan Dana Becker y Jane Marecek: “La buena vida ya no es fácil e igualmente accesible para todos. La pertenencia
de clase, de género, el color de la piel, la raza, la nacionalidad, la casta generan disparidades, desigualdades de estatus y
poder que influyen de manera muy significativa en el bienestar individual. Estas diferencias estructurales repercuten
dramáticamente en el acceso a la salud, la trayectoria educativa y profesional, el trato de los casos individuales por parte del
sistema judicial, las condiciones de vida cotidianas, el futuro de los niños e incluso la tasa de mortalidad” (7). Los
practicantes de yoga no son ajenos a ello. Lejos del cliché que los retrata como personas narcisistas obnubiladas por su
propio bienestar individual, sus jugos verdes y saludos al sol, a ellos también les preocupa la degradación del medioambiente
o la demolición de la protección social. E incluso dentro de la comunidad del yoga se oyen voces críticas en particular sobre
su uso en las empresas. Sin embargo, como observa la investigadora Amanda Lucia en su libro White Utopias acerca de los
festivales espirituales alternativos: “La ironía es que los participantes, abrumados por la sensación de estar atrapados en el
sistema económico y social neoliberal, huyen a estos festivales espirituales en busca de un respiro. [Pero] no hacen más que
llegar a un nuevo mercado también dedicado a las técnicas del perfeccionamiento del yo” (8).

Entonces, ¿habrá que sumarse a la escritora Virginie Despentes para proclamar “prefiero morir antes que hacer yoga” (9)?
Muchas voces, sobre todo entre la diáspora sudasiática, se están alzando para defender otra visión del yoga, descolonizada
de su imaginario orientalista y productivista. Su práctica, al igual que otras disciplinas del bienestar, puede aportar un
bienvenido espacio de descanso para las personas a las que la vida ha golpeado, animándolas a dejar de lado la
productividad, la utilidad, el éxito y el rendimiento para permitirse respirar.

“Politizar el bienestar” (10) permite recordar que, para muchos tipos de personas cuyos cuerpos y existencias se consideran
insignificantes, explotables, indignas de atención y cuidado, cuidar de uno mismo es un acto de resistencia, afirmación y
emancipación. Que antes de ser industrias, el bienestar y la felicidad se formulaban como objetivos colectivos y, por tanto,
políticos.

1. Marie Kock, Yoga, une histoire-monde, La Découverte, París, 2019.


2. “Des ‘cabines zen’ dans les entrepôts Amazon : même les dystopies n’avaient pas osé”, Courrier international, París, 28-7-
21.
3. “La vie en yogi”, episodio de “LSD, la série documentaire”, France Culture, octubre de 2020.
4. Valérie Brunel, Les Managers de l’âme. Le développement personnel en entreprise, nouvelle pratique de pouvoir ?, La
Découverte, París, 2008.
5. Christopher Lasch, La Culture du narcissisme, Flammarion, col. “Champs essais”, París, 2008 (1979).
6. Thomas Luckmann, The Invisible Religion. The Transformation of Symbols in Industrial Society, MacMillan Publishing
Company, Canterbury, 1967.
7. Dana Becker y Jane Marecek, “Dreaming the American dream. Individualism and positive psychology”, Social and
Personality Psychology Compass, Nº2/5, 2008, [Link]
8. Amanda Lucia, White Utopias. The Religious Exoticism of Transformational Festivals, University of California Press,
Berkeley, 2020.
9. Virginie Despentes, Cher connard, Grasset, París, 2022.
10. Camille Teste, “Politiser le bien-être”, Binge Audio Éditions, París, 2023.

* El 21 de junio, la ONU celebró el IX Día Internacional del Yoga. Esta disciplina tan
popular cuyo objetivo es la armonía del cuerpo y la mente se explota ahora con fines
comerciales para mejorar la productividad en las empresas. Con la paradoja de que
muchos de sus practicantes son conscientes de los grandes desafíos que enfrenta el
mundo.

Traducción: Emilia Fernández Tasende


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

MARRUECOS, ELDORADO DE LOS RODAJES INTERNACIONALES

Érase una vez en Uarzazat

Por Pierre Daum*

Hollywood es más barato en Marruecos. En Uarzazat, Marrakech o


Casablanca, los extras cobran poco, los técnicos no están sindicalizados,
pueblos espectaculares funcionan como decorado, el Estado garantiza la
seguridad y los subsidios abundan. El cine local se convirtió en un
subcontratista de Occidente. ¿A qué precio?
Turistas visitan el set de filmación del Atlas Film Studios, Uarzazat, Marruecos, 29-10-07
(Shutterstock)

Crece el entusiasmo en Uarzazat, la puerta del desierto marroquí. Ridley Scott, de 85 años, acaba de anunciar su retorno a la
ciudad fortificada (ksar) de Ait Ben Haddu, a 30 kilómetros de la ciudad. En este sitio inscripto en la lista del Patrimonio
Mundial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), el realizador
británico-estadounidense –Alien (1979), Blade Runner (1982), Thelma y Louise (1991) o American Gangster (2007)–
decidió filmar la continuación de su célebre película Gladiador (2000). Sin el actor Russell Crowe, evidentemente, puesto
que Maximus, el personaje que encarnaba, murió al final del primer opus, sino con el actor irlandés Paul Mescal, estrella en
ascenso que se destacó en Aftersun, de Charlotte Wells (2022), y el astro Denzel Washington. En este decorado semilunar
compuesto de piedras ocres y polvo, las excavadoras y los obreros luchan contra la roca a fin de construir la inmensa arena
de utilería que verá el despliegue de ásperos combates romanos. Como prueba de la ambición del director, se prevé una
reproducción imponente del Coliseo.

Sin embargo, en las callejuelas del ksar, sobre el obrador, los comerciantes permanecen circunspectos. ¿Cuántos días tendrán
que cerrar sus negocios? Nadie lo sabe. ¿Cuál será el monto de la compensación? 500 dirhams por día para unos, 1.000 o
1.500 dirhams para otros (1). “De todos modos, no tengo opción –explica Aziz, un joven pintor autodidacta que espera
cobrar 1.000 dirhams, el precio de una de sus telas pintadas con té y azafrán, la especialidad local–. Si me niego a cerrar el
negocio, me va a caer la policía y, como no tengo permiso, voy a vérmelas con un montón de problemas.” Se van a contratar
miles de extras, se les va a pagar en efectivo una tarifa fija de 300 dirhams –27 euros– por un día de trabajo de once horas. A
título comparativo, en Francia un convenio colectivo impone un salario mínimo para los extras de 105 euros netos por 8
horas, a los cuales se suman, para el productor, las cuotas salariales y patronales. “¡Cuando las personas que viven acá sepan
que soy yo quien se ocupa de la nueva Gladiador, mi teléfono va a sonar día y noche! –se inquieta Hamid Ait Timaghrit,
nativo de Uarzazat que se convirtió en uno de los principales contratistas de extras locales–. No va a haber trabajo para todo
el mundo. Más aun cuando, con el tiempo, ya dispongo de una base de datos de varios miles de personas, con foto,
dirección, altura y moralidad: si la persona es disciplinada, si toma alcohol o no, etc.”

La perspectiva del rodaje de una gran producción no parece gustarle nada a nuestro interlocutor, que conserva la nostalgia de
un período más fructífero. “Si usted hubiera conocido Uarzazat en los años 1990 o 2000, no lo podría creer –explica–. En
aquel entonces se filmaba a más no poder, ¡nueve, diez películas al mismo tiempo! Los hoteles estaban a tope. Hoy, mire a
su alrededor: Uarzazat es una ciudad muerta. Apenas un rodaje o dos, y es todo. Tuvimos la epidemia de Covid-19, ahora la
guerra en Ucrania. ¡Ya no hay más dinero!” Y enumera los hoteles cerrados en la ciudad: el Belere, un cinco estrellas por el
cual pasaron “todos los astros del mundo entero”, el Palmeraie, el Riad Salam…
El rodaje de Gladiador II, ¿podría acaso relanzar esta máquina? No es la opinión de Ahmed Abounouom, llamado “Jimmy”,
el productor ejecutivo a cargo de la organización del rodaje en Marruecos del futuro blockbuster. Para el dueño de Dune
Films, uno de los mayores prestadores de servicios (o productores ejecutivos) del país, “semejante producción va a abarrotar
durante varios meses todos los hoteles, todos los técnicos, y cualquier otro proyecto va a tener que filmarse en otra parte”.
En otra parte significa en los países competidores.

“En Marruecos no tenemos miedo”

No es el primer rodaje en Ait Ben Haddu, ¡lejos de eso! Esta ciudad de calles de tierra apisonada surgida desde el fondo de
las eras sirvió de decorado oriental a David Lean para Lawrence de Arabia (1965), de campo de mujahidines afganos en Su
nombre es peligro (1987, con Timothy Dalton en el rol de James Bond), de acceso al Grial para Steven Spielberg en su
tercera Indiana Jones (1989) o de ciudad bíblica en una cantidad incalculable de grandes producciones estadounidenses o
italianas. ¡Hasta para Martin Scorsese, que hizo de ella una ciudad tibetana en Kundun (1997), con las cumbres nevadas del
Alto Atlas en el plano de fondo a modo de cadena del Himalaya! Tanta gente iba que hoy en día todos los habitantes
del ksar se mudaron del otro lado del oued, dejando a los rodajes, y a los turistas necesitados de autenticidad, sus antiguas
casas de fachadas cuidadosamente mantenidas.

La ciudad de Ait Ben Haddu no es para nada una excepción. Desde hace unos cuarenta años, toda la región de Uarzazat se
convirtió en la tierra elegida para rodajes de películas llegadas del mundo entero. La última tentación de Cristo (Martin
Scorsese, 1988), Refugio para el amor (Bernardo Bertolucci 1990), La Momia (Stephen Sommers, 1999), Asterix y Obelix:
misión Cleopatra (Alain Chabat, 2002), Alejandro Magno (Oliver Stone, 2004), Cruzada (Ridley Scott, 2006), Misión
imposible 5 (Christopher McQuarrie, 2015)… O incluso series como Oficina de infiltrados (cinco temporadas filmadas entre
2014 y 2019), Game of Thrones (ocho temporadas, 2010-2017), Homeland (ocho temporadas 2010-2019), etc. Eso sin
contar el número de largometrajes o de series en los cuales una parte, o el conjunto, fue filmado en la región. A eso se agrega
una miríada de docuficciones bíblicas y spots publicitarios. ¿Las razones de semejante éxito? “¡Ningún lugar en el mundo
puede ofrecer semejante variedad de decorados naturales!”, responden a coro todos los profesionales que conocimos. “En un
radio de cien kilómetros a la redonda de Uarzazat, usted encuentra oasis, poblados antiquísimos, montañas, nieve, dunas de
arena, desiertos de piedras, ríos, mar… ¡De todo!”, enumera Abounouom. “Y todo bañado por una luz excepcional, y a dos
horas de avión de Londres o París”, prosigue.

¿Necesita un riad para filmar Las mil y una noches? Lo va a encontrar en Marrakech, que está sólo a 200 km. ¿Una de sus
escenas transcurre en una ciudad europea? La puede ir a filmar a Casablanca, cuyo barrio del mercado central, cerca de la
antigua medina, ofrece una variedad extraordinaria de fachadas Art Deco que datan de la época colonial. ¡Y además hay
extras! “Las personas que viven aquí pertenecen a tribus muy antiguas, ofrecen una variedad de rostros semitas que
corresponden a los rostros de los tiempos de la Biblia, o incluso de la Roma antigua”, afirma con tono seguro un responsable
de los estudios Atlas y CLA, construidos en la entrada de Uarzazat (en 1983, en el caso de Atlas; veinte años más tarde en el
de CLA) para acompañar el desarrollo de esa industria. Él no se plantea la pregunta acerca de si esos “rostros semitas” o
“romanos” no serían una construcción que Hollywood impuso a nuestro imaginario –aún hoy, los científicos se siguen
preguntando cómo era Jesús–.

Otra razón del éxito, también esencial: la seguridad. “En verdad, los más hermosos paisajes desérticos están en Argelia o en
Libia –recuerda Abdelilah Hilal, director técnico de la muy renombrada Escuela Superior de Artes Visuales (ESAV) de
Marrakech–. ¡Pero ellos no tienen seguridad! Todos los extranjeros lo dicen: ‘¡En Marruecos no tenemos miedo!’ Y a partir
de ahí, siguen las garantías.” ¿Cómo tener miedo, en efecto, cuando a uno lo controlan gendarmes armados en todas las rutas
del país, y cuando se sabe que hay en cada ciudad policías de civil listos para intervenir desde el instante en que algún turista
es molestado por un marroquí?

Para enfrentar la competencia extranjera, el gobierno marroquí interviene masivamente a fin de volver aun más atractivo el
destino Marruecos. Eximición del impuesto sobre el valor agregado y de las cuotas sociales, reintegros acordados por Royal
Air Maroc, reembolso de un 30% de las sumas gastadas en el lugar, facilitación de los trámites administrativos, etc.
“Además, estamos entre los pocos países en el mundo en poner nuestras Fuerzas Armadas a disposición de los rodajes por un
precio simbólico”, insiste Khalid Saidi, secretario general del Centro Cinematográfico Marroquí (CCM), organismo
encargado a la vez de sostener el cine nacional y de gestionar los rodajes extranjeros. “¡Incluso autorizamos la entrada de
verdaderos ejércitos de guerra!”. Cuando el productor de Misión imposible 5 (2015) reclamó el cierre total, durante nueve
días, de la avenida de circunvalación de Marrakech, lo obtuvo en detrimento de los marroquíes, a pesar de ser una ruta muy
transitada. Y la cereza del postre: “Los técnicos marroquíes no están sindicalizados”, indica un folleto del CCM redactado en
inglés para los productores occidentales (2).

Paisajes y mano de obra barata

El voluntarismo del gobierno marroquí se traduce en cifras. “En 2022, alcanzamos los 100 millones de euros de gastos en
Marruecos en rodajes extranjeros –declara orgullosamente Saidi–. Superamos así nuestro récord de 2019 –80 millones de
euros– antes de los dos años terribles del Covid.” Incluso si esos 100 millones no constituyen a fin de cuentas sino un flaco
porcentaje –alrededor del 4%– de las inversiones extranjeras directas (IED), que oscilan desde 2016 entre 1.400 y 3.500
millones de euros (3), no por ello dejan de representar, en la escala de la región de Uarzazat, una lluvia de euros, o de
dólares, muy útil para las tierras áridas de los poblados. Porque otra particularidad de esta región del Drâa-Tafilalet, de la
cual Uarzazat es, junto con Errachidia, una de las ciudades principales, reside en su extrema pobreza. En los oasis, el interior
de las viviendas exuda miseria. Los estudiantes, reconocibles por sus delantales blancos, recorren cada día varios kilómetros
a pie para llegar a la escuela, mendigando algunos dirhams a todo extranjero que se detenga para levantarlos cuando hacen
dedo. Al borde de las rutas, las espaldas de las mujeres se inclinan bajo los haces de leña destinados a su kanun, ese pequeño
fuego armado sobre un suelo de tierra apisonada donde se cocinará la cena de la noche. “Se trata de una región
particularmente aislada –confirma Mostafa Errahj, investigador en Agronomía Social en la Escuela Nacional de Agricultura
(ENA) de Meknes–. En la época colonial, los franceses la llamaban ‘el Marruecos inútil’. Después de la independencia, el
famoso Félix Mora vino a esta región miserable a reclutar brazos musculosos para las minas del norte de Francia (4). Por
cierto, las producciones de películas extranjeras aportan algo de cash a los habitantes, pero se trata de ganancias muy
irregulares. Esto no permite frenar la partida de los jóvenes, que son sin embargo esenciales para que los oasis sobrevivan.
Sólo ellos se pueden trepar a lo alto de las palmeras a fin de efectuar la polinización.” Abandonados por sus habitantes, los
oasis carecen también de mano de obra para recoger las hojas secas, cuando “los incendios constituyen la principal
amenaza a su sostenibilidad”, agrega el investigador.
“Si usted hubiera conocido Uarzazat en los años
1990 o 2000, no lo podría creer –explica–. En
aquel entonces se filmaba a más no poder, ¡nueve,
diez películas al mismo tiempo! Los hoteles
estaban a tope. Hoy, mire a su alrededor: Uarzazat
es una ciudad muerta. Apenas un rodaje o dos, y
es todo. Tuvimos la epidemia de Covid-19, ahora
la guerra en Ucrania. ¡Ya no hay más dinero!”

Cuando estuvimos ahí, se estaba filmando una película en Fint, un magnífico oasis situado a veinte kilómetros al sur de
Uarzazat. Se trata de una remake de El salario del miedo (Henri-Georges Clouzot, 1953), producida por Netflix. Con el
agregado de una escena de un ataque a un campamento yihadista… Desde la destrucción de las Torres Gemelas en Nueva
York en 2001, los extras marroquíes fueron utilizados en masa para hacer de islámicos malvados, sean afganos, iraquíes,
paquistaníes, sirios u otros. “Nuestro oasis es muy apreciado por los productores –explica Mohammed Baadi, mientras nos
hace visitar su ciudad–. Babel [Alejandro González Iñárritu, 2006], La reina del desierto [Werner Herzog, 2015], Jesús de
Nazareth [Franco Zeffirelli, 1977]… ¡todos filmaron acá!”. De las cien familias con las que cuenta el oasis, sólo cinco
poseen un automóvil. Muchas casas están en ruinas, “¡pero a los productores les gusta para las escenas de guerra!”. La casa
de Baadi es espaciosa y está muy modestamente amueblada. El trabajo de reparar las habitaciones, mantener las palmeras y
el sistema de irrigación es arduo. “Cuando hay un rodaje, organizamos turnos para que cada familia pueda trabajar un poco,
sea como extra, a 300 dirhams por día, sea como peón, a 200 dirhams.” ¿Llegan a valorar la belleza del lugar, fruto de un
trabajo hecho durante siglos por generaciones de pobladores? “Cuando nuestro oasis queda de fondo en una escena, le dan
300 dirhams a la asociación de mujeres. Si filman en un lote, el propietario puede recibir hasta 3.000 dirhams. De todos
modos, aquí los pobladores no piden mucho dinero. Por eso los productores vuelven…”

Pese a que hace más de cuarenta años que esta “lluvia de dólares” se precipita sobre Uarzazat, Drâa-Tafilalet sigue siendo la
región más pobre de las doce con las que cuenta Marruecos (5), con un Producto Interno Bruto (PIB) anual por habitante de
18.000 dirhams (1.630 euros). Un PIB apenas superior a la mitad del promedio nacional. “Los extranjeros le van a decir que
vienen a filmar a Marruecos por la luz y la belleza de los escenarios naturales. ¡Pero esas cosas ya existen en Estados
Unidos! –responde Najib Akesbi, economista en el Instituto Agronómico y Veterinario Hassan-II (IAV) de Rabat,
especialista en estrategias de desarrollo de Marruecos–. En realidad, vienen acá para optimizar los costos de producción, en
particular los de la mano de obra: extras, vestuaristas, carpinteros, yeseros y otros técnicos del plató. La industria
cinematográfica pertenece, igual que la textil o la de las nuevas tecnologías de la información, a las Labor Intensive
Industries [industrias con requerimiento intensivo de mano de obra]. Para optimizar las ganancias, se fabrican remeras en
Bangladesh, teléfonos celulares en Vietnam y películas en Marruecos.” Y recuerda que, si el salario mínimo se fijó
oficialmente en 3.000 dirhams por mes, “esto sigue siendo bastante virtual”, puesto que el 54% de los empleados trabaja sin
contrato. “El salario real de un albañil en Marruecos es de 1.500 a 2.000 dirhams. Cuando hay trabajo, evidentemente. A
partir de ahí, se entiende que la gente se pelee por conseguir un empleo en los rodajes, como sus abuelos se peleaban para ser
seleccionados por Mora.”

Mentalidad colonial

Dentro de esta explotación de los habitantes de “Uarzawood”, no todo el mundo se porta de la misma manera. “Los peores
son los franceses –zanja Karim Debbagh, fundador de Kasbah Film, una de las diez grandes empresas de producción
ejecutiva del país–. Para los estadounidenses, el cine es business. Llegan, sacan sus fajos de dólares, pagan y exigen ser
servidos. Los franceses se consideran a sí mismos grandes artistas, con un proyecto al cual todo el mundo debe tributar
respeto por su arte. Y como siempre les falta dinero, buscan rascar el más ínfimo dirham de las espaldas de la gente, con una
forma de desprecio muy colonialista.”

La brutalidad con la que se trata a los habitantes de Drâa-Tifilalet se podría corregir con una política de desarrollo que
debería implementar el gobierno marroquí. Que no existe. “En Marruecos, nos destacamos en infraestructuras llamativas
destinadas a dejar con la boca abierta a los inversores extranjeros y los turistas –prosigue Akesbi–. Tome por ejemplo
nuestras soberbias autopistas: a veces usted circula media hora sin cruzarse vehículo alguno. Lo mismo pasa con nuestra
LGV [Línea de Alta Velocidad] Tánger-Casablanca: ¡es un sinsentido económico! Y en todo este tiempo sigue sin existir una
línea férrea ni autopista alguna que se detenga en Uarzazat. Seguimos con la mentalidad colonial de un Marruecos inútil…”
Es incluso peor. En el marco del Plan Marruecos Verde lanzado en 2008, “el gobierno sostuvo la creación ex nihilo de vastos
palmares por parte de empresas de agronegocios, algunas dotadas de capitales europeos, que capturaron una gran parte del
agua disponible, reduciendo de facto la que necesitan los oasis tradicionales”, explica el agrónomo Ahmed Bouaziz, profesor
retirado del IAV en Rabat, él mismo originario de la región del Tafilalet.

A falta de sacar a las poblaciones de “Uarzawood” de su miseria endémica, ¿tienen estos rodajes extranjeros, al menos,
repercusiones positivas en la producción de películas marroquíes? Desde un punto de vista estrictamente contable, no existe
ningún mecanismo para que una parte de los 100 millones de euros invertidos en los rodajes en el reino sean destinados al
sostén de las películas marroquíes. El fondo de ayuda del CCM está dotado solamente de 60 millones de dirhams (5,4
millones de euros), repartidos cada año entre unos quince proyectos. “En cambio, ¡nunca hubiéramos tenido tantos buenos
técnicos sin las producciones extranjeras!”, afirma Abdelilah Hilal, quien trabajó él mismo como asistente ingeniero de
sonido en el rodaje de Asterix y Obelix: misión Cleopatra.

Durante varias décadas, en efecto, los responsables de área marroquíes se fueron formando sobre la marcha, así como los
asistentes, en todas las funciones presentes en un set de filmación: cámara, encuadre, luz, sonido, electricidad, mecánica,
vestuario, maquillaje, etc. Más tarde, se crearon escuelas en Marrakech, Rabat y Uarzazat, cuyos alumnos hoy pueden
encontrar pasantías, y después trabajo, en los rodajes extranjeros, que por otra parte tienen la obligación legal de emplear por
lo menos un 25% de personal marroquí (exceptuando los extras) cuando filman en Marruecos. “¡El resultado es que tenemos
técnicos excepcionales!
–afirma Abdelhai Laraki, un importante director de cine marroquí que acaba de terminar el rodaje de su décimo
largometraje–. Para darle un ejemplo: mi última película habla del movimiento independentista de Marruecos. Encontré en
Uarzazat técnicos capaces de crear todos los efectos especiales que precisaba –explosiones, disparos de ametralladora,
impacto de balas– directamente en el set, a la antigua, sin tener que recurrir a lo digital.”
¿Desarrollo nacional?

Este hermoso cuadro requiere, sin duda, de algunos matices, como explica Hamza Benmoussa, de 33 años, operadora
asistente egresada de la ESAV en 2011. “En verdad, las producciones extranjeras no confían en nosotros, te contratan como
técnico de segundo rango, solamente estás ahí para ejecutar órdenes, o para traducir. Hoy prefiero trabajar en series
marroquíes, donde ocupo un verdadero rol de jefa operadora. Me pagan 1.200 euros por semana, y está bien, salvo que acá
no tenemos, como en Francia, un sistema de intermitencia. Cuando no trabajo, no gano nada.”

Sofia Alaoui, también de 33 años, directora franco-marroquí instalada en Rabat, acaba de ganar el Premio del Jurado en el
Festival de Sundance con su primer largometraje, Animalia. Confirma las palabras de Benmoussa, al unísono con todos los
jóvenes directores que conocimos. “Cuando los estadounidenses desembarcan con sus fajos de dólares, vienen acompañados
de todo su equipo. Duplican cada puesto con un técnico marroquí. Este último tiene por supuesto el título, un buen salario,
pero no tiene la función. Resultado: cuando tengo que contratar técnicos, reclaman exigencias elevadas, y además no se
saben adaptar a películas con presupuestos bajos.” Otro problema detectado por todos nuestros interlocutores: los mejores
técnicos marroquíes nunca tienen lugar en su agenda, sistemáticamente reservada para los rodajes extranjeros. Sin hablar del
precio de locación de la más ínfima casa que sea algo linda. “Quería filmar en un riad en Fez que había sido usado por una
producción extranjera, ¡y me pidieron cinco veces la suma que yo estaba proponiendo!”, cuenta Laraki. Lo mismo pasa con
los rodajes en las antiguas medinas del país donde, después del pasaje de una producción hollywoodense, cualquier habitante
del barrio reclama sus 100 dólares por día para no interferir con el rodaje. Sumas que las producciones marroquíes no se
pueden permitir gastar.

Quienes verdaderamente ganan con el sistema parecen ser los productores ejecutivos marroquíes. ¿Participan en el
desarrollo del cine nacional? En principio, tienen la obligación de hacerlo, porque el CCM les impone producir cada cuatro
años un largometraje marroquí, o bien tres cortos, para que se les renueve su carné profesional. “Pero en verdad somos
bastante flexibles –desliza Saidi–. No sea cosa de poner palos en la rueda a empresas que canalizan todos los años decenas
de millones de euros hacia la economía del país…” Quienes se pliegan a esta obligación, “lo hacen a las apuradas,
succionando las ayudas del CCM sin tomar riesgo alguno”, denuncia Walid Ayoub, director de 34 años. “Existe desde hace
diez años un cine argelino apasionante, un cine tunecino en plena renovación; ¿por qué, en Marruecos, nuestra generación no
llega a emerger?”, se queja Rim Mejdi, directora de 33 años, autora de tres cortometrajes. Como si las ventajas de haberse
convertido en tierra por elección de los rodajes extranjeros se hubieran transformado en obstáculos para que la producción
nacional se despliegue con plenitud.

1. 1.000 dirhams equivalen a 90 euros.

2. “A celebration of 100 years of foreign film production in Morocco – 1919-2019”, Centre Cinématographique Marocain
(CCM), [Link]

3. “Informe sobre las inversiones en el mundo 2022”, Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo
(UNCTAD), 9-6-22, [Link]

4. Véase Marie Cegarra, “Mora, le négrier”, Le Monde diplomatique, París, noviembre de 2000.

5. La región de Dkhla-Oued El-Dahab (considerada como la duodécima) se sitúa en el Sahara Occidental, territorio con
estatuto indeterminado.

* Periodista.
Traducción: Merlina Massip
EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

Barça, los pequeños secretos de un gran club

Por David Garcia*

Conocido en todo el planeta por sus éxitos deportivos, el Fútbol Club


Barcelona representa para muchos catalanes un motivo de orgullo y un
atributo de su identidad. Pero el “caso Negreira” y las sospechas de corrupción
de árbitros sacaron a la luz las manchas de una institución históricamente
controlada por la burguesía regional.

Gustavo Cimadoro ([Link]/oldemar_cimadoro)

Les Corts, domingo 19 de marzo. En este barrio del oeste de Barcelona, decenas de miles de aficionados confluyen en el
estadio Camp Nou, donde flamean juntas la bandera azulgrana del Fútbol Club Barcelona (FCB) y la senyera –cuatro franjas
rojas horizontales sobre un fondo dorado–, estandarte histórico de Cataluña. Todo menos la bandera de España… Emblema
del catalanismo desde hace más de cien años, el “Barça” está a punto de enfrentar a su mayor rival, el Real Madrid,
encarnación de la monarquía y del centralismo español despreciados. Este clásico (Clàssic, en catalán), que enfrenta a los
dos principales clubes, representa mucho más que un partido de fútbol: “Sabemos, evidentemente, que desde los años 1920,
el FC Barcelona es el representante simbólico del ejército sin armas de Cataluña, y que el Real Madrid fue una legión
conquistadora en manos de la propaganda franquista”, resumía el escritor catalán Manuel Vázquez Montalbán (1). Al asumir
las funciones de presidente del FCB en 1968, Narcis de Carreras pronunció una frase que se convirtió en el lema del club:
“El FC Barcelona es más que un club” (“més que un club”, en catalán).

Pegado al Camp Nou, el museo del FCB expone con orgullo esta identidad tanto deportiva como regionalista. Inscripta en
letras gigantescas en las butacas del estadio, la fórmula se repite en todas partes: bajo la estructura de logos de los
patrocinadores, o sobre un fresco que celebra los triunfos deportivos del Barça. No es seguro que los visitantes, hinchas o
turistas le presten mucha atención. Sus flashes crepitan alrededor del espacio dedicado a los siete “Balones de Oro” de
Lionel Messi, el mayor jugador de la historia del club, y ante la vitrina que exhibe los cinco prestigiosos trofeos de la
Champions League obtenidos por el FCB. Unas pantallas gigantes exaltan los goles “legendarios”, fotos de jugadores
victoriosos celebrando: sinónimo de dominio deportivo y financiero a escala mundial, el período 2008-2015 es evocado con
grandilocuencia.

Estadio más grande de Europa, el Camp Nou estuvo repleto para este clásico, con 95.745 espectadores. Unas obras de
renovación impidieron alcanzar su capacidad máxima de 100.000 espectadores. El “ejército” catalán entona el himno del
Barça: “Somos la gente azulgrana. No importa si venimos del sur o del norte […], una bandera nos hermana” (“Som la gent
blau-grana. Tant se val d’on venim si del sud o del nord […], una bandera ens agermana.”). Desde el comienzo del partido,
los hinchas aplauden fervientemente el juego de los locales y silban enérgicamente las acciones de los visitantes. El
resultado termina favoreciendo a los del Barcelona, que ganan 2 a 1. Eufóricos, algunos hinchas del FCB dirigen cantos
irónicos al presidente del Real Madrid, Florentino Pérez, “¿Dónde está Florentino?, ¿dónde está?”. Unos días antes, el club
madrileño se había presentado como actor civil en un caso de desembolso de dinero por parte del Barça a un ex
vicepresidente del comité arbitral español. Se trata del “caso Negreira”, por el nombre del árbitro acusado, José María
Enríquez Negreira, del que se sospecha que recibió más de 7 millones de euros de parte del club entre 2001 y 2018.

Acusado de corrupción, el FC Barcelona contraataca por la vía de su presidente, Joan Laporta, durante una conferencia de
prensa, el 17 de abril. Al denunciar lo que considera “el ataque más feroz de toda la historia del club, uno de los símbolos de
la identidad catalana”, recuerda la connivencia del Real Madrid con el régimen franquista (1939-1975): “Hablamos de una
entidad que históricamente ha tenido una estrecha relación con el poder político, económico y deportivo”.
Contrariamente al poderoso Barça, el Espanyol se
mantiene siempre al margen de las luchas
catalanistas.

A modo de respuesta, el “Real” respondió al estigma franquista con un video titulado “¿Cuál fue el equipo del régimen?”,
subido a su cuenta de Twitter. El adversario catalán es presentado como un secuaz del caudillo español. Distinguido en tres
ocasiones por el Barça, Francisco Franco salvó al club catalán de la quiebra tres veces, afirma una voz en off con imágenes
de archivo y recortes de diarios de la época de fondo. La conclusión presenta incluso a los madridistas como víctimas del
franquismo. Una aseveración puramente fantasiosa si se considera el modo en que el Real Madrid se benefició de sus
relaciones con los dignatarios del régimen. Como prueba de que los fantasmas de la dictadura siguen atormentando a
España, una semana después de este cruce de acusaciones históricas, se exhumaban los restos de José Antonio Primo de
Rivera. Fundador de la Falange Española, un partido de inspiración “fascista” devenido en partido único en 1939, estaba
enterrado en la cripta del Valle de los Caídos, el monumento funerario del que también se extrajeron los restos de Franco en
2019, para ser llevados a un simple cementerio.

Indignado por el montaje tendencioso del Real Madrid, el gobierno de la Generalidad –la Generalitat reúne al Parlamento, al
Gobierno y al Presidente de la Comunidad Autónoma de Cataluña– lo calificó de “ofensa e insulto para todas las personas
que sufrieron el franquismo, como el presidente del FC Barcelona, Josep Suñol” (2). Este diputado de la Izquierda
Republicana de Cataluña (Esquerra Republicana de Catalunya –ERC–, que actualmente dirige la Generalidad), presidía el
Barça desde hacía un año cuando los nacionalistas lo arrestaron y fusilaron al comienzo de la Guerra Civil Española, el 6 de
agosto de 1936.

Desde el régimen militar del general Miguel Primo de Rivera –en el poder desde 1923 hasta 1930 y padre de José Antonio–,
el Barça se había convertido en un “vector subterráneo, pero explícito de la conciencia catalana”, explica el historiador
Benoît Pellistrandi (3). Madrid ordenó el cierre del club durante seis meses en 1925, después de que unos hinchas del
Barcelona silbaran el himno español durante un partido amistoso contra la tripulación de un navío británico (4). El fin de la
Segunda República española (1931-1939) estuvo a punto de costarle la vida al FCB. Tras haber considerado su disolución,
los franquistas descatalanizaron al club, colocándolo bajo la tutela de la Federación Española de Fútbol hasta 1946. El Barça
pagó su militancia a favor del Estatuto de Autonomía de Cataluña, otorgado en 1932. Como Primo de Rivera antes que él,
Franco prohibió el estandarte y la lengua catalanes en el espacio público. El Camp Nou se convirtió en una suerte de aldea
atrincherada. “Durante los partidos contra el Real Madrid, los hinchas del Barça manifestaban su orgullo de representar la
catalanidad. Las autoridades lo permitían, aduciendo el carácter supuestamente apolítico del deporte”, recuerda Xavier
Antich, presidente de una organización no gubernamental dedicada a la defensa de la cultura y de la lengua catalanas.
Omnium Cultural, que debió funcionar en la clandestinidad desde Francia durante la dictadura franquista, se presenta en la
actualidad como la entidad catalanista más influyente… junto al Barça. Sin embargo, en términos de celebridad, el FCB
aplasta a sus competidores. ¡El 18 de junio de 2021, el club anunció que había superado la barrera de los 400 millones de
suscriptores en las distintas redes sociales!

Una línea divisoria

Las grandes instituciones catalanas se pelean por esta influencia. “Institución privada prestigiosa, el Barça transmite una
imagen moderna de Cataluña”, afirma Francesc Xavier Vila, secretario de Política Lingüística en la Generalidad.
El govern (“Gobierno”) cuenta con el club para promover el catalán, en el marco de su “Pacto Nacional por la Lengua”. Esta
reputación del FCB compensaría parcialmente la ausencia de un aparato de Estado, perjudicial para la valorización turística
de Cataluña, según Narcis Ferrer, director de la Agencia Catalana de Turismo. “Si El Prado es el museo más visitado de
Madrid, en Cataluña el que va primero es el del FCB. El Barça proyecta mucho más que una simple marca deportiva. ¡Hasta
los Juegos Olímpicos de 1992, la notoriedad del club en el mundo era incluso superior a la de la ciudad de Barcelona!”,
agrega Pau Solanilla, responsable de la promoción económica de la “Marca Barcelona” en el Ayuntamiento.

A fines de enero, el Barça difundió un minifilm publicitario realizado con la Agencia Catalana de Turismo. Titulado “Feel
the colours” (“Sentí los colores”), y subtitulado “Love FC Barcelona, discover Catalonia” (“Ama al FC Barcelona, descubre
Cataluña”), alterna secuencias filmadas en el Camp Nou e imágenes de paisajes y monumentos emblemáticos.
“Aprovechamos la enorme caja de resonancia que ofrecen los canales de difusión del Barça”, sonríe Ferrer. Las oficinas de
la Agencia están cerca de la muy célebre Casa Batlló, cuya fachada extravagante concebida por el arquitecto Antoni Gaudí
atrae a los turistas. Dos meses más tarde, el Barça publica un nuevo video promocional. En él, el orgullo de la región, Aitana
Bonmatí, estrella del equipo femenino, formada en el club, declara su amor por Cataluña: “Rodeada de jugadoras originarias
de distintos países, les hablo de la Costa Brava, de Girona, de Montserrat”.

La relación privilegiada que mantiene el FCB con las autoridades catalanas no cae bien entre sus competidores regionales. A
la sombra del Barça desde hace décadas, el Espanyol de Barcelona (RCDE) sufre este favoritismo interesado. Al punto de
replicar con otro video. “More than two colours” (“Más que dos colores”) subraya la existencia de miles de otros clubes de
fútbol en Cataluña, igual de apegados a la cultura y al patrimonio catalanes. “Somos tan catalanes y estamos tan orgullosos
de nuestra identidad como el Barça, pero en nuestro estadio sólo queremos hablar de fútbol”, sostiene David Tolo,
historiador del Espanyol de Barcelona. Nacido en 1900, el club se llama así por oposición al FCB, creado un año antes por el
suizo Hans Gamper. Contrariamente al Barça, el Espanyol se mantiene siempre al margen de las luchas catalanistas. ¿De allí
a ver en este apolitismo manifiesto simpatías españolistas, pro-Real Madrid, o incluso criptofascistas? Algunos partidarios
del Barça no se preocupan por los matices. “Les resulta tanto más fácil la caricatura, cuanto que los vencedores siempre
escriben la Historia” señala el filósofo Xavier Fina, ferviente simpatizante de los “blanquiazules”.

Cultural, la línea divisoria es en primer lugar sociológica y política. “El Barça pertenece a la burguesía catalanista”, analiza
el politólogo Gabriel Colomé. Sean catalanes “puros” o españoles “inmigrados” procedentes de otras comunidades
autónomas, los hinchas del RCDE marcan distancia con el catalanismo ostentoso del Barça. “El Espanyol se convirtió en el
club de una parte de los barceloneses que no hablan catalán en casa”, nos explica el periodista británico Simon Kuper, autor
de un libro sobre el Barça (5).
Durante el proceso que llevó a la Declaración de Independencia de Cataluña en 2017, la brecha entre los dos clubes se
acentuó, haciéndose eco de la fractura de la sociedad catalana. En lo más álgido del movimiento independentista, en el otoño
de 2017, los dos bandos estaban empatados según el barómetro anual del Instituto de Ciencias Políticas y Sociales (ICPS) de
Barcelona (6). Los partidarios de la independencia alzaban sus voces en el Camp Nou. En cada partido se repetía el mismo
ritual: en el minuto 17 con 14 segundos, miles de hinchas del FCB cantaban “Independencia” exhibiendo sus banderas
catalanas. Una alusión a la caída de Barcelona el 11 de septiembre de 1714, ante las tropas del rey de España Felipe V.
Miembro de la dinastía francesa de los Borbones, el nuevo monarca puso fin a la autonomía secular de Cataluña en el seno
del reino. Llamada “Diada”, esta derrota militar se conmemora todos los 11 de septiembre como una “fiesta nacional” para
los catalanes independentistas.

El 11 de septiembre de 2017, cientos de miles de personas reclamaban la independencia en la Plaza de Cataluña, en


Barcelona. Unas semanas después, el 1º de octubre, la Generalidad organizaba sin el acuerdo de Madrid un referéndum de
autodeterminación modificando el orden del día del Parlamento, y su reglamento “para permitir una lectura en urgencia y
reducir el derecho de enmienda de la oposición”, explica Pellistrandi. Ganó el “Sí” ampliamente, pero la abstención fue
masiva, ya que los partidos anti independentistas llamaron al boicot. Declarado inconstitucional por el gobierno español,
presidido por el conservador Mariano Rajoy, el escrutinio fue invalidado. “En el Camp Nou o en la calle, los
independentistas gritan muy fuerte, pero eso no significa que sean mayoría”, subraya Colomé. Según el último barómetro del
ICPS, el 53% de las personas consultadas votaría actualmente “No” a un referéndum regional sobre la Independencia de
Cataluña. Mientras que el 39% se pronunció a favor del “Sí”. En cambio, tres cuartos de los catalanes afirman seguir
convencidos del derecho a decidir su futuro por medio de un referéndum (7).

El Barça manifestó su rechazo tras el arresto de varios altos responsables de la Generalidad por orden de Madrid. “El FC
Barcelona, fiel a su compromiso histórico en favor de la defensa del país, de la democracia, de la libertad de expresión y del
derecho a decidir, condena toda acción susceptible de impedir el pleno ejercicio de estos derechos”, podía leerse en un
comunicado del 21 de septiembre de 2017. No obstante, el club no abrazó la causa separatista. “El Barça no es
independentista ni puede serlo, porque debe mantener su capacidad para recibir a partidarios de sensibilidades opuestas en
esta cuestión”, precisa Xavier Roig, director del medio en línea catalán Política i prosa y ex director de campaña de Laporta,
presidente del FCB entre 2003 y 2010, y nuevamente desde 2021.

En nombre de esta equidistancia, la dirección se negó a ceder ante los independentistas, que exigían la anulación del partido
programado en el Camp Nou el día del referéndum controvertido. El Barça le ganó a Las Palmas, mientras que afuera
enfrentamientos violentos entre separatistas y policías nacionales dejaron un centenar de heridos, imputables a las fuerzas
del orden. Por lo general, ultra legitimista, el diario catalán Sport criticó en duros términos la actitud del club: “Vergüenza”,
tituló el diario en primera plana el 2 de octubre de 2017, estimando que “el encuentro nunca se debería haber llevado a
cabo”.

Brecha mercantilista

¿Acaso Josep Bartomeu, presidente del Barça entre 2014 y 2020, era demasiado conciliador con los “españolistas”? Es lo
que le reprocha por lo bajo Víctor Font, candidato frustrado a sucederle en 2021. “Les socis [los socios] del Barça cultivan
un vínculo indisoluble con la nación catalana. Propietarios del club, eligen el presidente y votan sus orientaciones
estratégicas. En lugar de ir en el sentido de la mayoría, Josep Bartomeu dio a veces la impresión de ir hacia el costado”,
estima este empresario de convicción nacionalista. ¿Pero están los 143.000 socis mayoritariamente a favor de la separación
de Cataluña del resto de España? ¿O, por lo menos, el 92% de ellos que viven en Cataluña (8)? El bando independentista
está convencido de ello, pero el FCB se cuida de consultarlos, por miedo a sembrar la discordia entre sus partidarios. Se
equivoca, según Font: “Sobre un tema tan fundamental, les socis deben pronunciarse”.

Sin embargo, el Barça había aportado una contribución importante al combate por la emancipación de Cataluña en junio de
2013, cuando el Camp Nou acogió un concierto independentista durante el cual un inmenso mosaico humano representaba el
eslogan “Freedom for Catalonia” (“Libertad por Cataluña”). Unas semanas más tarde, 400.000 personas conmemoraban la
“Diada” formando una “vía catalana”: la cadena humana unió Cataluña desde la frontera francesa hasta el sur de la provincia
de Tarragona, atravesando el Camp Nou, donde se desplegaron “senyeras”. Para el economista Roger Vinton, “el FCB del
presidente Sandro Rosell [2010-2014] respetaba la mayoría de los socis” (9).

Hijo de un ex secretario del Barça y cofundador del partido nacionalista conservador Convergència i Unió –actualmente
independentista–, Sandro Rosell tiene el perfil del dirigente “culé”. Esta expresión proviene del primer estadio, inaugurado
en 1909, que no permitía recibir a todos los aficionados. Algunos se trepaban sobre un muro periférico, mostrando sus
traseros a los pasantes. Por extensión, los “culés” designan a los jugadores, dirigentes y partidarios del FCB. Ex directivo de
la empresa de artículos deportivos Nike en España, y luego en Brasil, Rosell se convirtió en el número dos del FCB en 2003,
al lado de Laporta, al que ayudó a conquistar el poder, antes de sucederle. Su ascenso marcó un giro en la historia política
del Barça. “Laporta entregó el club a la influencia de los independentistas. Desde entonces, los anti-separatistas nos sentimos
marginados”, denuncia Francesc Trillas, profesor de Economía en la Universidad Autónoma de Barcelona. En el Camp Nou,
los hinchas apegados a la unidad de España bajan la cabeza, pero se mantienen fieles a su equipo. Creador de un pequeño
partido político independentista, Laporta fue representante en el Parlamento de Cataluña entre 2010 y 2012 como diputado
de la coalición Solidaridad Catalana por la Independencia.

Abogado de profesión, Joan Laporta se había hecho conocido por los fanáticos del Barça al lanzar a fines de los años 1990 el
movimiento “L’Elefant blau” (“El Elefante azul”), que buscaba impedir un proyecto de transformación del Camp Nou en
galería comercial. Durante su presidencia, los promotores de “L’Elefant blau” devolvieron sus colores catalanistas al club, al
tiempo que iniciaron un proceso de mercantilización del Barça que habían combatido. Se inspiraron en las recetas del
Manchester United, modelo del capitalismo futbolero… y del Real Madrid. “Los colaboradores de Joan Laporta estaban
fascinados con la expertise del club madrileño”, revela Xavier Roig.

Hábil comunicador, el presidente del Barça dio un golpe maestro al firmar un convenio con el Fondo de las Naciones Unidas
para la Infancia (UNICEF) en 2006. Por primera vez desde su creación, el club armó una operación de patrocinio de su
camiseta, que había quedado virgen de toda marca publicitaria durante 107 años. Pero en lugar de recibir fondos, era el FCB
el que ayudaba a UNICEF. Sin embargo, se había abierto una brecha; el club ya no resistió mucho tiempo a las sirenas
mercantilistas. A partir de 2010, el logo de la Fundación Qatar se sumó al de UNICEF en la camiseta blaugrana,
promediando 90 millones de euros en tres temporadas. Desde entonces, nuevos patrocinadores pagos se exhiben sobre las
prendas de los jugadores en virtud de copiosos contratos. La búsqueda desenfrenada de éxitos deportivos justifica todos los
renunciamientos. El Barça comparte la visión del fútbol de su rival madrileño. De hecho, desde 2020, el FCB y el Real
Madrid defienden juntos un proyecto de “superliga” europea reservado a los equipos más ricos, con el objetivo de generar
mayores beneficios.
Al dilapidar sus activos, ¿acaso el Barça no está
hipotecando sus recursos a largo plazo? ¿O
incluso su singularidad?

¿Integridad en peligro?

El Barça gasta sin miramientos para recuperar su estatus de grande de Europa, devaluado por las consecuencias de la
pandemia de Covid y la súbita partida de su estrella Lionel Messi hacia el Paris Saint-Germain en 2021. Pese a un nivel de
endeudamiento récord (1.350 millones de euros), el club multiplicó las compras de jugadores en el verano de 2022. A fines
de abril, la presidencia anunció la firma de un préstamo bancario de 1.450 millones de euros para financiar el “Espai Barça”
(“Espacio Barça”), un gigantesco programa de renovación del Camp Nou. Por falta de liquidez, el quíntuple campeón de
Europa ya había vendido un cuarto de sus derechos televisivos para los veinticinco próximos años a la empresa de
inversiones Sixth Street, a cambio de 500 millones de euros. Otra cesión de patrimonio: el 49% del capital de la filial
encargada de gestionar los contenidos audiovisuales del club. [Link] y Orpheus Media, empresa dirigida por Jaume
Roures, el patrón de Mediapro –especializado en la venta de derechos televisivos–, adquirieron la mitad de esas acciones
cada una por 100 millones de euros por cabeza. Al dilapidar sus activos, ¿acaso el Barça no está hipotecando sus recursos a
largo plazo? ¿O incluso su singularidad? “El club pierde un potencial de ingresos para siempre. Ningún jugador vale
arriesgar la independencia del FCB”, señala preocupado Marc Cornet, portavoz del grupo de hinchas Seguiment FCB.

El economista Ivan Cabeza se muestra más componedor: “Los activos vendidos corresponden solamente a entre 7% y 9%
del total de ingresos del Barça. Nada que ponga en peligro la integridad del FCB. Por otra parte, les socis aprobaron esas
decisiones en Asamblea General”. No es tan simple, contesta Cornet: “El modelo de propiedad del FCB está en peligro. El
club está a merced de los bancos. Un inversor al acecho podría aprovecharse”. Denuncia las condiciones opacas en las que
se votó una resolución emblemática entre todas las medidas de la estandarización a marcha forzada del Barça. Su mítico
estadio pegó la marca de un patrocinador a su nombre. Bajo el pretexto de una cláusula de confidencialidad, el Consejo de
Administración se niega a revelar el monto del contrato con la empresa de streaming musical que pagó para aparecer junto al
Camp Nou. “En su gran mayoría, a les socis no les interesan mucho las cuestiones financieras. Lo que quieren sobre todo es
que su equipo gane. De las 4.000 personas sorteadas [3% de los 143.000 socios] para participar en las Asambleas Generales,
apenas un cuarto suele asistir”, modera Roures. En cambio, todos los socios pueden pronunciarse para la elección del
presidente.

Volvamos al clásico del 19 de marzo. Antes del comienzo del partido y en el entretiempo, se repite la canción “Despechá” de
la artista catalana Rosalía. El sitio del FCB informa que “en 2022, Rosalía fue la artista más escuchada” en España en el
famoso sitio de música en línea. Los días que precedieron al encuentro, los diarios pro-Barça Sport y El Mundo
deportivo garantizaron ampliamente el servicio posventa de la plataforma musical. Dedicaron varios artículos a la venta de
camisetas con el logo de la cantante, Motomami. Una primera colección de 1.899 ejemplares se vendió a 399,99 cada una.
Con un total de 22 unidades, la segunda serie se agotó por la módica suma de 1.999,99 euros por camiseta…
Los medios de comunicación acreditados para asistir al clásico en la tribuna de prensa recibieron un mensaje bajo la forma
de mandato, para recordarles de no olvidar mencionar al patrocinador en “el nombre correcto del estadio”. El académico
Francesc Trillas expresa el despecho de muchos enamorados del Barça: “Antes más que un club, el FCB hoy es sólo un club
más”.

1. Véase Manuel Vázquez Montalbán, “Qui a peur des Catalans ?”, Le Monde diplomatique, París, agosto de 1996.

2. “El Govern de la Generalitat pide al Madrid ‘que retire su video manipulador’”, El Mundo deportivo, 18 de abril de 2023.

3. Benoît Pellistrandi, Le Labyrinthe catalan, Desclée de Brouwer, París, 2019.

4. Véase Gabriel Colomé, “Conflits et identités en Catalogne”, en Manière de voir, N° 38, “Football et passions politiques”,
mayo-junio de 1998.

5. Simon Kuper, La complejidad del Barça. El ascenso y la caída del club que construyó el fútbol moderno, Córner,
Barcelona, 2022.

6. Encuesta citada por José Rico, “El apoyo a la independencia de Catalunya baja del 40%, según una encuesta del ICPS”, El
Periódico, Barcelona, 13 de enero de 2023.

7. Op. cit.

8. “Informe anual del FC Barcelona 2021-2022”, [Link]

9. Autor de El Barça davant la crisi del segle, Destino, 2021.

A condición de tener los medios…

Cada seis años, los socios del FC Barcelona (socis) son convocados a votar un presidente y un Consejo de Administración,
compuesto de 18 directius. No remunerados, los administradores deben devolver las eventuales pérdidas del club de su
propio patrimonio en caso de quiebra. “Para ser ‘directiu’, hay que ser rico”, constata el profesor de Economía Francesc
Trillas. De medios acomodados por obligación financiera, emprendedores o abogados, son diplomados de las mejores
universidades de Barcelona. Todos han nacido en Cataluña, con excepción del vicepresidente. “Provienen de familias
vinculadas entre sí y se conocen desde siempre”, afirma el periodista británico Simon Kuper, en su libro sobre el Barça.

Al privilegiar la cohesión comunitaria, este funcionamiento endogámico puede perjudicar los intereses del club. Como lo
demuestra la gestión dudosa de las remuneraciones y las transferencias de los jugadores bajo la presidencia de Josep
Bartomeu (2014-2020), poco conocedor de este tipo de transacciones. “El presidente Laporta dijo que el Barça era como una
empresa familiar. No comparto esta visión, porque si el club quiere volver a ser la referencia que fue, debe ser gestionado de
manera profesional, como las mejores instituciones del mundo”, zanja Víctor Font, competidor de Joan Laporta para la
presidencia en 2021. En honor a este último, esta solidaridad de clanes es fruto de los estatutos del club. Una vez electo, y
aun cuando las reglas sobre el piso de garantía obligatoria para acceder a la presidencia de un club profesional en España
fueron relajadas recientemente, debió aportar una garantía financiera por un monto de 121,5 millones de euros, el
equivalente al 15% del presupuesto. Esta suma fue reunida unas horas antes de la fecha límite. El dueño del grupo de energía
renovable Audax Renovables, José Elias, aportó 75 millones de euros. Al facilitar la llegada al poder de Laporta, Elias
adquiere influencia en la institución catalana más importante junto al gobierno regional.

Presidente del grupo de marketing deportivo Mediapro, Jaume Roures aportó 30 millones de euros. Para sus negocios, a
Roures le conviene que el Barça sea un socio en deuda y no tiene nada en contra del carácter oligárquico del Consejo de
Administración: “Este sistema de garantía es necesario, responsabiliza a los dirigentes, cualquiera sea la suma que haya que
juntar”.

La burguesía de negocios gobierna el FCB con una continuidad asombrosa desde el franquismo hasta la era democrática.
“Entre 1946 y 1968, grandes industriales del algodón se sucedieron a la cabeza del club”, observa el economista Roger
Vinton. Si bien el actual presidente no proviene de una familia riquísima, este hijo de pediatra pudo contar con el apoyo
financiero de su suegro, Juan Echevarría Puig, ex presidente del grupo automotor Nissan España. Ejemplo de cómo
funcionan los ascensores familiares, Laporta contrató a su cuñado como director de la seguridad del club antes de verse
obligado a dejarlo ir cuando se reveló que éste pertenecía a la Fundación Nacional Francisco Franco…

D.G.

* Periodista.
EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

PINTAR BAJO EL RÉGIMEN

En busca del artista norcoreano

Por Koen De Ceuster*

En los años 2000, algunos coleccionistas especulaban con la apertura del


mercado del arte contemporáneo en Corea del Norte. Africanos y asiáticos
hacían encargos al Mansudae Art Studio. En Europa, sólo Fráncfort confió la
realización de una obra a este estudio donde trabajan cientos de artistas.
¿Una producción demasiado unívoca?

Kim in Sok, Chaparrón en la parada de autobús

De repente, mientras estamos sentados en su atelier del Mansudae Art Studio, en el centro de Pyongyang, Choi Chang Ho se
para de un salto y corre hacia un armario para sacar un cuaderno de dibujos. Su gesto es tan inesperado como revelador. No
esperábamos poder reunirnos con uno de los mayores representantes norcoreanos vivos de la pintura mediante la técnica de
lavado de tinta, chosonhwa. Eso no formaba parte de las visitas previstas en la agenda. Pero mi guía oficial hizo uso de sus
contactos y nos dio la sorpresa esa mañana.

Durante nuestra conversación, Choi Chang Ho, nacido en 1960, menciona los grandiosos e intimidantes paisajes montañosos
por los que es tan conocido y apreciado en toda Asia Oriental. Explica su profundo apego a la inclemencia de las montañas
del Norte, de donde es originario, y describe la manera en que el clima hostil de la región se refleja en la robustez y la
obstinación de sus habitantes. Pero lo que sobre todo le gusta pintar son las clases trabajadoras a las cuales pertenece su
familia. Y abre su cuaderno para mostrarnos en qué consiste su verdadera pasión.

El Mansudae Art Studio es el epicentro de la producción artística en la República Popular Democrática de Corea. Fundado
en 1959, pone a trabajar a un millar de creadores, a los cuales se agregan unos tres mil “obreros del arte”, cuyas
especialidades van desde el bordado sobre pintura hasta la escultura, pasando por el mosaico, el arte monumental y todas las
demás técnicas imaginables. Instalado en el centro de la capital, en un campus en constante expansión, está bajo la
supervisión directa de Kim Jong-un y del Partido del Trabajo (PTC), que le confían la realización de las principales obras de
arte públicas –desde la decoración del metro de Pyongyang hasta erigir las estatuas del líder que dominan la colina Mansu–.

En tanto empleado del Mansudae Art Studio, Choi Chang Ho ejecuta órdenes, pero la serie de croquis que nos muestra no
está vinculada a ningún encargo. Algunos meses antes fue enviado a Manchuria, en el noreste de China, a la cabeza de un
colectivo de artistas, para montar una exposición. Al pisar esa tierra sagrada, se encontró pensando en la época de la “lucha
de los partisanos”, en los años 1930, cuando combatientes coreanos realizaron incursiones armadas en su país natal, entonces
ocupado por los japoneses (1). Esforzándose por imaginar la vida de esos miembros de la resistencia, comenzó una serie de
dibujos que ilustraban sus condiciones de vida en los campamentos de la guerrilla y la camaradería que los unía, que se tornó
aun más fuerte debido a las adversidades –hoy, un recuerdo base de la identidad norcoreana–. A la noche, ennegrecía las
páginas de su cuaderno, escabulléndose para volver al hotel a dibujar mientras los miembros de su equipo salían a recorrer la
ciudad. Tales son los temas y las escenas que le importan y a los cuales quiere dedicarse en los años venideros.

Una “visión apropiada”

Este breve encuentro con Choi Chang Ho brinda un buen panorama de lo que significa ser un artista en Corea del Norte,
desde el punto de vista del artista. Viene a confirmar lo que veinte años de investigaciones sobre la teoría y la práctica del
arte en ese país nos han enseñado, coronadas por un trabajo de campo en el verano de 2018. Acompañado por la fotógrafa
neerlandesa Alice Wielinga, trabajamos con algunos artistas del Mansudae Art Studio y de la Universidad de Bellas Artes de
Pyongyang (2).

Por más espontáneo y sincero que sea, el tema elegido por Choi Chang Ho también está ampliamente condicionado, dado
que se inscribe en el marco de una jerarquía definida por la doctrina artística oficial. En la cúspide se encuentran los retratos
del jefe, un elemento central del culto a la personalidad que hace de los herederos de la familia Kim los líderes históricos de
la revolución norcoreana, los padres afectuosos del pueblo coreano y los protectores invencibles de la patria. Estos retratos
se confunden en parte con los cuadros históricos, estando el pasado revolucionario y la biografía del líder estrechamente
entremezclados. Las escenas históricas, en particular las que tienen que ver con la guerrilla antijaponesa y con la “guerra
antiimperialista de liberación de la patria” (así es como se llama aquí a la Guerra de Corea de 1950 a 1953), pero también
aquellas que describen la construcción del “paraíso de los trabajadores”, funcionan como recordatorios visuales de la
identidad fabricada y promovida por el Partido y por el Estado. Esas “pinturas temáticas” (chujehwa) son las que
corresponden en mayor medida al rol educativo que el poder asigna al arte.

No obstante, lejos están de ser lecciones de historia propiamente dichas. Su objetivo no es enseñar hechos, sino más bien
despertar recuerdos teñidos de emoción, recurriendo al relato memorial, que ocupa un lugar central en los programas
escolares, los diarios, los dramas de la pantalla grande, las novelas e incluso en los monumentos y mosaicos que adornan los
espacios públicos. Se trata de sacar a la luz el verdadero significado de un acontecimiento histórico –el cual sólo puede ser
desencriptado en retrospectiva y bajo el “correcto” punto de vista ideológico–.

Choi Chang Ho, Un trabajador, ca. 2014


La teoría del arte norcoreano definida por el poder enuncia que solamente los artistas dotados de una “visión apropiada” de
la vida son capaces de producir ese tipo de obra. Es por ello que el acceso al estatus profesional pasa primero por una
formación ideológica rigurosa. Esta no se conforma con anclar en los espíritus maleables de los jóvenes estudiantes la
noción de “responsabilidad social” del artista hacia el pueblo, el Partido y el líder, sino que inculca también la línea del
Partido. Para poder proponer al público una lectura políticamente correcta de la realidad y así cumplir con su deber, primero
hay que haber asimilado perfectamente esta línea. Cuando la invitamos a expresar gráficamente su concepción del artista
norcoreano, O Un Byol realizó un dibujo en lápiz que la representa como una suerte de documentalista comentando en
imágenes y en tiempo real los acontecimientos del país. Y luego reveló cuán extraño es sentirse a veces espectadora,
mientras que el verdadero trabajo es realizado por las “masas trabajadoras”.

Como lo confirma el dibujo de O Un Byol, el arte norcoreano trata acerca de la “realidad objetiva” y tiene como misión
evocar los sentimientos y las emociones del pueblo. Se mantiene decididamente a distancia del “arte libre”, considerado
como autocentrado y obnubilado por la expresión de sí mismo. Desde ese punto de vista, es todo salvo moderno. Cuando se
creó, el nuevo Estado hizo plenamente suya la tradición realista-socialista de la Unión Soviética, por entonces mentora y
fuente de inspiración. Encargados de contribuir a revolucionar los corazones y los ánimos –una tarea asimilada al punto
cúlmine de toda revolución socialista–, el arte y la cultura forman parte integrante del aparato de propaganda. No solamente
el régimen no busca esconderlo, sino que se enorgullece por ello.

Rol social

Puede parecer sorprendente que una concepción tan estrecha deje de todos modos un lugar para la individualidad del artista.
Pero, para alcanzar el objetivo fijado, una obra debe también ser visualmente impactante. Este es el atributo exclusivo de los
artistas excepcionales. Es por ello que la educación artística norcoreana descansa sobre un segundo pilar: una estricta
formación clásica, que enseña a los estudiantes los fundamentos del oficio –geometría, perspectiva, dibujo en lápiz, dibujo
con modelo vivo, colores, composición– y, a la vez, una enseñanza más teórica en materia de estética, de filosofía y de
historia del arte (coreano y mundial). La idea es que el artista domine los estilos y técnicas establecidos (y autorizados) con
el fin de que luego pueda desarrollar su expresividad personal –ya sea que trabaje con pintura al óleo sobre tela o, más
tradicionalmente, tinta sobre papel–. Formarse en arte equivale a aprender un idioma, con la salvedad de que, una vez
adquirido el lenguaje, el artista debe encontrar su propia voz.

Sensibilizado durante su formación sobre el rol social y político del arte, y consciente de los deberes que le incumben
respecto de la sociedad, el artista busca ante todo que su obra llegue al espectador y lo conmueva. Para hacerlo, se pliega a la
gramática visual que el público conoce. Si quiere tener éxito, debe respetar las normas establecidas y sobre todo no
infringirlas: la creatividad debe expresarse dentro de ese marco. Su aporte creativo consistirá en presentar al espectador un
punto de vista de sus vivencias. Ya sea que se trate de pinturas temáticas, de paisajes o de naturalezas muertas, el objetivo
último es alegrarle la vida a la población.

Excepto en los casos en que les confían encargos específicos o participan en la producción de obras colectivas –la suerte de
los empleados de los estudios artísticos de Mansudae–, los artistas son libres de abordar los temas de su elección, en el
marco conferido, por supuesto. Para unos, esto quiere decir pintar a los campesinos que trabajan la tierra en granjas
colectivas o mezclarse durante varios meses con los obreros contratados en grandes obras públicas. Para otros, es más bien
sucumbir a los encantos de un paisaje o reproducir en toda su materialidad los detalles de una naturaleza muerta. Algunos
buscarán explorar a fondo una técnica particular, otros otorgarán mayor importancia a la historia que quieren contar a través
de sus obras. Cualquiera sea la manera en que desarrollen y expresen su talento, todos lo hacen en tanto artistas de la
República Popular Democrática de Corea (RPDC), plenamente conscientes del rol social que les fue asignado.
Por más espontáneo y sincero que sea, el tema
elegido por Choi Chang Ho también está
ampliamente condicionado, dado que se inscribe
en el marco de una jerarquía definida por la
doctrina artística oficial.

Bajo esta luz hay que interpretar la decisión de Choi Chang Ho de interesarse por la lucha de los partisanos contra el invasor
japonés. Como fundamento de la legitimidad como líder de Kim Il-sung y de la ideología nacional de autonomía absoluta, el
episodio es frecuentemente usado por la propaganda para alentar a la población a redoblar sus esfuerzos a pesar de las
dificultades. El artista se ocupa de comunicar ese sentimiento al público, no por oportunismo político, sino por elección
personal, porque identificó en los partisanos la misma camaradería simple y directa, la misma sinceridad pura, que las que
observa hoy en los mineros, los fundidores y el conjunto de la clase obrera. Su voz grave y melódica, su manera de medir
cuidadosamente sus palabras, su calma y su desprecio por los convencionalismos en la manera de vestirse, todo lo que forja
su personalidad se refleja en sus cuadros.

Como él mismo reconoce, pintar un jarrón lleno de flores delicadas no es realmente su estilo. No porque sea incongruente
con el arte norcoreano, que extrañamente recuerda al arte académico europeo del siglo XIX, tanto en el plano de la jerarquía
de los temas como en otros aspectos. Según los cánones norcoreanos, las pinturas temáticas son las más apreciadas, seguidas
en orden decreciente por los paisajes, el folklore y las naturalezas muertas (tipo “flores y pájaros”). Las primeras tienen un
lugar desproporcionado en la teoría artística, a causa de su intención educativa y de su peso ideológico, pero las pinturas
decorativas de paisaje y de naturaleza muerta no son menos numerosas. Porque al arte también se le fija un objetivo más
trivial, el de embellecer la vida y asegurar la educación estética del pueblo. Aquí, el juicio artístico se basa en el aspecto a la
vez ideológico y estético (sasang yesulsŏng) de las obras, dos dimensiones estrechamente vinculadas y en constante
interacción. Así, se supone que los paisajes bucólicos deben exaltar el sentimiento patriótico, mientras que las naturalezas
muertas con colores vivos celebran la abundancia de los productos de la tierra. Por lo demás, tanto el folklore como los
paisajes y las naturalezas muertas recurren al patrimonio artístico histórico del país.

Mientras hojea su cuaderno, Choi Chang Ho nos hace observar que ahí hay material suficiente para pintar hasta el final de
sus días. A menudo hacen falta tres o cuatro años de maduración para que un boceto se transforme en una pintura terminada.
El dibujo encarna una idea en bruto que debe ser refinada para convertirse en una obra cuidadosamente compuesta,
coherente y elocuente, capaz de captar con precisión el sentimiento que el autor busca comunicar. Para que su cuadro sea
visualmente seductor, el artista debe también documentarse sobre el período representado, familiarizarse con el entorno
geográfico, encontrar modelos adecuados de personajes…

Las impresiones y las anécdotas que recolecta a lo largo del camino contribuyen a dar una dimensión realista a la escena,
nutren su imaginación y lo ayudan a delinear mejor los contornos de la obra que tiene en mente. Estudio tras estudio, su
composición gana precisión, hasta que él se sienta mentalmente listo para aplicar la pintura sobre el papel. Entonces todo es
cuestión de concentración, de atención y de confianza en el gesto, porque el chosonhwa no perdona. A diferencia de la
pintura al óleo sobre tela, no deja margen para el error ni para las correcciones: una vez que el pincel tocó la hoja, los
movimientos deben ser fluidos.

Más allá de los barrotes

Los artistas profesionales norcoreanos se desarrollan en una jaula dorada parecida a la que Miklos Haraszti describió
respecto de los artistas húngaros bajo el régimen socialista (3). Forman una elite que vive más cómodamente que el resto de
la población. Dado que Kim Jong-un adopta el papel de protector supremo de las artes, cumplir lo mejor posible su deber es
fuente no solamente de reconocimiento social, sino también de ventajas materiales. Excepto por el hecho de que su Estudio
los puede reclutar en cualquier momento para ejecutar un pedido, llevan una vida relativamente sin preocupaciones y tienen
todo el tiempo libre para cultivar su creatividad… siempre que respeten las normas establecidas.

En el interior de esa jaula, los artistas no están menos dedicados a su arte ni menos apasionados que sus colegas
occidentales. Reunirse con ellos permite entender que su temperamento y su personalidad se vislumbran en sus obras, en los
temas que eligen tratar y en la manera en que lo hacen. Sus producciones tal vez están desconectadas de los movimientos
artísticos internacionales del momento, pero ello no resta nada a su talento ni a la importancia de su arte.

En un contexto internacional en el que Corea del Norte a menudo es reducida a una amenaza, en el que los grandes medios
de comunicación se enfocan en las payasadas del líder, donde se pasó sin verdadero debate de un régimen de sanciones
específicas a un régimen de sanciones generalizadas (4), parece indispensable entablar un diálogo con los artistas
norcoreanos, y mirar más allá de los barrotes de su jaula.

1. Corea fue colonizada por Japón de 1910 a 1945. Si bien varias corrientes lucharon contra esta ocupación, en Corea del
Norte el relato le da mayor protagonismo a Kim Il-sung (1912-1994) y a su ejército de partisanos con base en Manchuria. El
relato oficial olvida el regreso de Kim, cuatro semanas después de la liberación de Corea, a bordo de un buque de la Unión
Soviética donde se había refugiado desde fines de 1940 para escapar de la represión japonesa.

2. Véase Koen De Ceuster, “Les cadres idéologiques et pratiques d’un terrain en Corée du Nord” en Valérie Gelézeau y
Benjamin Joinau (dir.), Faire du terrain en Corée du Nord. Écrire autrement les sciences sociales, Atelier des cahiers, París,
2021.

3. Miklos Haraszti, L’Artiste d’État. De la censure en pays socialiste, Fayard, París, 1983.

4. El Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas amplió considerablemente las sanciones en 2016, tras la cuarta prueba
nuclear de Corea. Véase Nodutol for Korean Community Development, “The Impact of Sanctions on North Korea”, Alto
Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, marzo de 2021, [Link]

* Profesor de Estudios Coreanos en la Universidad de Leiden.

Traducción: Micaela Houston


EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

Libros del mes

Emilio Pettoruti, Dinámica del viento, 1915 (fragmento)

POLÍTICA
El arribista del poder
La historia no publicitaria de Massa
Diego Genoud
Siglo XXI; Buenos Aires, abril de 2023.
320 páginas, 6.390 pesos.

Ante la presente situación no parece atinado desairar el convite a reparar en esta “historia no publicitaria” de Sergio Tomás
Massa. Más bien, se presenta como una oportunidad inmejorable para reconstruir el serpenteante derrotero de una de las
figuras centrales del escenario político actual. Ocasión propicia para preguntarse por los modos en que este muchacho de
clase media del conurbano bonaerense –hijo de un pequeño pero próspero empresario de la construcción y de una ama de
casa– se fue haciendo a sí mismo hasta devenir en un profesional de la política; un líder ambicioso, con recursos y contactos,
que no sólo tuvo la capacidad de encolumnar al partido más grande del país detrás de su candidatura, sino que junta
adhesiones también en sectores con mayor sensibilidad social, que lo miran con más resignación que esperanza.
Diego Genoud reconstruye y actualiza el recorrido de este emprendedor de la política: desde su formación como militante en
la Juventud Liberal hasta su conversión al peronismo de la mano de Luis Barrionuevo. La familia Durrieu-Galmarini le
ofrecerá, luego, las condiciones necesarias para hacer pie en el gigante invertebrado. En 1999 participa de la campaña
nacional para la presidencia de Palito Ortega –donde forja un imaginario y una serie de amistades que aún perduran, como
las que mantiene con Rodríguez Larreta, Capitanich, Santilli y Llaryora–. Con sólo 26 años es elegido diputado provincial
por el distrito más grande de Argentina. Tres años después, en medio de un país estallado, Eduardo Duhalde le encarga la
conducción de la ANSES, desde la que estrechará vínculos con medios de comunicación y empresarios del establishment. En
2007, movido por el sueño de hacer una Miami local y con Nordelta como estandarte, gana la intendencia de Tigre. Pero un
año después, en medio de la llamada “crisis del campo”, debe pedir licencia para incorporarse al gobierno de CFK como jefe
de Gabinete. Ya fuera del kirchnerismo, asumirá un discurso de guerra contra la delincuencia, se alineará en el
republicanismo de derecha en política internacional y competirá, y perderá, las presidenciales de 2015. Su viaje con Macri a
Davos y su posterior distanciamiento, su rol clave en un frente disfuncional, su pacto societario con Máximo Kirchner, su
ascenso como ministro todopoderoso y su previsible candidatura a Presidente son parte de su historia reciente.

Entre tantos calificativos posibles, Genoud elige el de “arribista” que, según la RAE, caracteriza a la “persona ambiciosa y
que progresa sin mostrar escrúpulos”. Más práctico que ideológico y con alta capacidad de trabajo, Massa es un verdadero
obsesivo del poder; un táctico extremo enamorado del corto plazo y para el que la palabra de los dueños tiene un valor
inigualable. Desconfiado, Néstor Kirchner lo llamaba “Rendito”, asociándolo con Jorge Rendo, gerente de Relaciones
Externas del Grupo Clarín; Macri, “ventajita” y para Marcos Peña era la persona menos confiable del sistema político
nacional. Con todo, lo que nunca le faltó fue audacia ni le sobró planificación: “Yo, con una idea prestada y dos palitos, voy
para adelante”, le gusta repetir.

Diego Picotto

HISTORIA
La Federación Agraria Argentina

Pedro Peretti

Marea; Buenos Aires, septiembre de 2022.


304 páginas, 5.400 pesos

Este volumen es el segundo de una tríada de investigación histórica realizada por Pedro Peretti que comienza con la
obra Olvido y falsificación en la historia del Grito de Alcorta (Homo Sapiens, 2021), que historiza la iniciática huelga
agraria de 1912; continúa con el presente libro y culmina con ¿Quién mató a Francisco Netri? (Homo Sapiens, 2018), que
procura develar quién estuvo detrás de su asesinato y a quién le convino su desaparición física.

Son tres entregas de una historia que se desarrolla en escalera, donde un peldaño lleva al otro. El Grito de Alcorta –la
huelga– da paso a la fundación de la organización gremial –la Federación Agraria Argentina–, que lo interpreta, y la pesquisa
del asesinato de Francisco Netri –nunca se investigó a los instigadores de ese crimen– como consecuencia de su actuación en
el conflicto.

Este segundo volumen de la tríada histórica pretende ser un aporte al indispensable debate sobre la cuestión agropecuaria,
del que los sectores populares parecen haber abdicado. El autor considera necesario “urbanizar” el debate rural, para
comprender cómo se va conformando la estructura productiva de Argentina y su representación gremial, fundamental para
entender el mecanismo de producción de alimentos de nuestro país. Asimismo, es un punto de partida para entender y
mensurar la profundidad de la traición de una entidad que nació para defender a los desheredados de la tierra, y terminó al
servicio de la oligarquía terrateniente.

Julián Chappa
FILOSOFÍA

Hipocresía

Slavoj Žižek
Godot; Buenos Aires, febrero de 2023.
96 páginas, 4.990 pesos.

En esta antología de diversos textos publicados entre 2000 y 2018, el filósofo esloveno analiza algunas bases que conforman
nuestras sociedades, en sus aspectos históricos, políticos, sociales, económicos y culturales. Con su estilo irónico y hasta
cínico, los ha denominado Hipocresía, porque sostiene que ésta es la base de la civilización. “Los rituales y las apariencias sí
importan. Si abandonamos las apariencias y enfrentamos la realidad, ésta suele ser bastante horrible.”

Con el recuerdo de Alain Badiou, pasa revista a nuevas realidades, desde el huevo Kinder –cuyo vacío es la promesa de ese
algo más que trae toda mercancía–, al consentimiento sexual en la época del #MeToo y el lugar de la dominación masculina.
Aborda así el alcance de la coerción y explotación en las relaciones sexuales, a la vez que analiza los derechos de las
minorías, étnicas y de género; advierte de manera reiterada sobre el problema europeo de los exiliados. Dedica su capítulo
más largo a un tema que suele abordar de manera reiterada: las posibilidades de los populismos de izquierda y derecha en
distintos países de Europa y la lucha contra el capitalismo. “Hoy… nadie puede imaginar un orden distinto.” Los escritos de
Žižek no cierran mundos, al contrario, son críticos de todo el sistema, abren preguntas sobre temas candentes, con una
mirada al sesgo que se abre a distintas alternativas..

Josefina Sartora
IDEAS

Martin Luther King Jr.


Textos y discursos radicales

Cornel West (introducción y edición)

Tinta Limón; Buenos Aires,


septiembre de 2022.
304 páginas, 6.500 pesos.

Compilado por el profesor, filósofo, escritor y militante Cornel West, “el objetivo fundamental de este libro es mantener viva
la memoria de Martin Luther King Jr., en base a una selección de sermones, discursos, conferencias y extractos de sus
memorias, organizados cronológicamente en torno a cuatro temas: el amor radical, las visiones proféticas, la revolución de la
resistencia no violenta y la lucha contra la tiranía de la pobreza y el odio. El sentido de los textos busca combatir la versión
edulcorada de King difundida por la pátina liberal y multicultural para desenterrar al King radical que reivindicaba un
socialismo democrático antiimperialista, anticolonial y antirracista a menudo minimizado por sus métodos de lucha
gandhianos. En momentos en que su mensaje está más vigente que nunca, se trata entonces de redescubrir ese King
desconocido por muchos, que sin embargo no confundía al FBI ni al gobierno de su país, que lo consideraban “el hombre
más peligroso de Estados Unidos”.
GÉNERO

Un trabajo para toda la vida

Sobre la experiencia de ser madre

Rachel Cusk

Libros del Asteroïde; Buenos Aires, febrero de 2023. 224 páginas, 6.150 pesos.

Algunos títulos a veces son tan poéticos que no logramos entender de qué se trata lo que vamos a leer. Otros, por el
contrario, son demasiado literales y decepcionan por su falta de creatividad. Un trabajo para toda la vida, el título que
Rachel Cusk le puso al relato autobiográfico sobre su experiencia de la maternidad, es el equilibrio perfecto entre ambos. La
maternidad es, sin dudas, un trabajo para toda la vida.

Pionero en la idea hoy consolidada de que las tareas de cuidado son también un trabajo, este libro fue muy criticado tras su
publicación original en inglés en 2001. ¿Su delito? Retratar fielmente las ambivalencias de la experiencia de maternar: el
amor infinito seguido del cansancio infinito, la felicidad suprema, seguida de la más profunda angustia. No se trata, en
absoluto, de un manifiesto anti-maternidad, sino de un relato sincero, a contracorriente de los discursos rosas sobre el tema.
Cómo responde Cusk a sus detractoras en la nueva introducción: “Señoras, esto no es un manual de cuidados infantiles. En
estas páginas tienen ustedes que pensar por sí mismas”.

Desde el mandato de tener hijxs inoculado a las niñas desde la infancia, la crisis de identidad tras devenir madre, la soledad
del puerperio o las dificultades para compatibilizar crianza y trabajo profesional, este libro es un aporte riquísimo a la
reflexión en torno a una tarea tan fundamental e invisibilizada como es la de maternar.

Luciana Garbarino

BIOGRAFÍA

Cartas

Kurt Vonnegut
Ediciones B; Buenos Aires, mayo de 2023.
528 páginas, 10.999 pesos.

La correspondencia de un escritor está a la misma altura que la lectura de su diario, con una ventaja: la aparición real de los
interlocutores que, en vida, compartieron tiempo y opiniones con el artista. En el caso de estas Cartas de Vonnegut,
encontramos las muchas figuras que estuvieron actuando en el trasfondo (o no tanto) para que su obra trascienda. Desde su
primera esposa, con la que comparte una hermosa carta a manera de contrato en los años 40, donde se evidencia el rol que
Jane tuvo a la hora de impulsar su escritura, hasta la presencia de los primeros que apostaron por sus textos, como Sam
Lawrence, editor durante muchos años de su obra. Este libro, con edición e introducción a cargo de Dan Wakefield, contiene
comentarios que dan marco a cada misiva, permitiendo seguir un hilo cuasi-biográfico entre un envío postal y otro.

Sorprende ver, en las primeras cartas y pulsando en el resto, la huella indeleble que dejó en el joven Vonnegut su experiencia
como soldado en la Segunda Guerra Mundial. Capturado junto con sus demás compañeros, pasó un tiempo en un campo de
detención nazi, donde vio el horror: niños y ancianos asesinados, mujeres violadas, hombres muertos de hambre orinando
sangre… esa experiencia que permite leer al Billy Pilgrim de Matadero cinco como alter ego de Vonnegut encuentra en estas
cartas la cruda génesis de lo que después sería relato. Otra ventaja de las cartas: la cruda exhibición de la materia prima de
las obras que luego harían, ahora sí, del escritor quién es.

Fernando Bogado

CULTURA

La aventura sobrenatural

Esther Cross, Betina González


Seix Barral; Buenos Aires, abril de 2023.
488 páginas, 7.200 pesos.
En Gran Bretaña, la tierra del empirismo y del capitalismo industrial, entre las últimas décadas del siglo XIX hasta la Gran
Guerra, surgió un movimiento espiritualista, en que el ocultismo, la magia, la ciencia y el arte confluyeron en un espíritu de
época que tuvo a grandes nombres de la cultura al mando de sociedades secretas y a un público entusiasta de los fenómenos
esotéricos y los contactos con el más allá.

Oscar Wilde, Vernon Lee, William B. Yeats, Alister Crowley, Robert L. Stevenson y un Sigmund Freud que no pudo
sustraerse al influjo de estos seres fantasmáticos, y a los que, en lugar de considerarlos una falla en la salud mental, los
utilizó para su “giro psicoanalítico”, fueron algunos de los más importantes.

Las autoras de este libro, producto de una pasión compartida y de una profunda investigación, convencidas de que la
literatura es sólo una versión de la magia, recuperan con una mirada lúdica y a la vez rigurosa el otro lado de la ciencia
empírica, donde la Blavatsky reinaba en las sesiones de espiritismo, las luchas por el poder dentro de las asociaciones de
magia trascendían las fronteras, la espesa niebla londinense convocaba al crimen, borraba los contornos de la realidad y
estimulaba la duplicidad y la conciencia escindida y el fantasma de Oscar Wilde, espectral recordatorio de la injusticia
cometida en su contra, se dejaba ver en las casas de sus conocidos.

María Eugenia Villalonga

HISTORIA

La verdad los hará libres


El terror, el drama y las culpas. Tomo II. 1976-1983

C. Galli, J. Durán, L. Libert, F. Tavelli

Planeta; Buenos Aires, marzo de 2023.


848 páginas, 11.000 pesos.

Los lectores se encontrarán con una obra monumental que explora el pasado reciente argentino desde la perspectiva de la
Iglesia Católica Argentina (ICA), una de las instituciones más cuestionadas por su accionar durante los años de la dictadura
militar. Los autores de esta obra colectiva (historiadores eclesiásticos, teólogos, etc.) dispusieron de acceso a los archivos de
la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) y la Santa Sede, entre otros.

Este el segundo de dos tomos con los que la ICA se propone ajustar cuentas con un pasado controversial. Si el primero
analizaba la experiencia de la vida eclesiástica argentina con posterioridad al Concilio Vaticano II, este se concentra en los
años de la dictadura.

La Iglesia apoyó el golpe de 1976: “Los obispos con más voz dentro de la CEA […] compartían la visión sobre la situación
política del país expresada por el Gobierno”. Temían, según se explica, que tomara el poder un ala aun más dura de los
militares, o que triunfara el comunismo. Y además de apoyar, optaron por el silencio: “No hemos podido comprobar una
palabra pública más protagónica y profética para detener o atenuar el accionar terrorista del Estado argentino”. Por el
contrario, podemos encontrar fuentes como el pedido a un teólogo de monseñor Tortolo, presidente de la CEA, acerca de los
medios lícitos en una guerra interna. Los autores señalan que la Santa Sede se mostró más audaz que la CEA, aunque cabe
decir que reconocieron al gobierno de facto.

En el título de la obra, La verdad los hará libres, subyace una admisión de culpas: más allá de actitudes individuales, una
institución nodal de la sociedad argentina fue cómplice de la matanza. Es un trabajo enorme e insoslayable para los
especialistas en el período. Vale decir que debería servir de ejemplo para que otras corporaciones e instituciones ensayaran
caminos parecidos.

Federico Lorenz

FICHERO
La plata, la espada y la piedra

Marie Arana
Debate; Buenos Aires,
abril de 2023.
576 páginas, 11.099 pesos.

La autora ensaya una historia de América Latina en busca de su identidad a través de tres personajes: una sacrificada minera
de la cordillera peruana, un cubano que luchó en Angola, exiliado en Nueva Orleans, y un sacerdote jesuita catalán renacido
en Bolivia. Simbolizan la tríada que da título al libro y que representa la explotación, la violencia y la religión que a lo largo
de 1.000 años ha sido sinónimo de sujeción y, paradójicamente, de esperanza para los pueblos de la región.
Los Montoneros del Centro

Javier Salcedo
Prometeo; Buenos Aires,
marzo de 2023.
394 páginas, 6.700 pesos.

Estudio de las formas en las que militantes de distinto origen conformaron agrupaciones que confluyeron en la formación de
la organización guerrillera Montoneros. El libro es un texto exhaustivo que revisa muchos sentidos comunes acerca de la
mayor organización armada peronista. Apoyado en una vasta bibliografía y fuentes primarias, propone una mirada que se
detiene en los cambios de ritmo de las estrategias y acciones, así como en los matices entre los grupos y actores.
Exceso de muerte

De la peste de Atenas a la covid-19

Armando Bartra
FCE; México,
junio de 2023.
136 páginas, 3.500 pesos.

Bartra califica a la pandemia de Covid-19 de “Gran Crisis”, un desafío ontólogico que interpela a la humanidad de forma
radical en “su ser”, al enfrentarla a “una muerte desbordada, incontenible, torrencial”. Piensa las dimensiones físicas y
metafísicas del virus, valiéndose de narrativas (Tucídides, Camus, Woolf, Defoe, entre otros) suscitadas por las grandes
pestes humanas, en las que los seres humanos a pesar de todo, continuaron bailando.
Joya de familia

Agustina Bessa-Luís
Serie Gong; Buenos Aires,
abril de 2023.
416 páginas, 4.990 pesos.

Primera novela de la trilogía “El principio de la incertidumbre”, Joya de familia es una de las obras cumbre de la escritora
portugesa Bessa-Luís (1922-2019), cuya labor está siendo recuperada en español por Serie Gong y Edhasa. Un intercambio
entre recién nacidos da inicio a este drama laberíntico entre ricos y pobres que retrata de forma despiadada a la burguesía
que se afianzó en el poder tras la Revolución de los Claveles.
EDICIÓN 290 - AGOSTO 2023

La religión securitaria

Por Benoît Bréville*

Vaulx-en-Velin, 6 de octubre de 1990. Thomas Claudio, de 21 años, circula en moto cuando es atropellado por un auto de
policía. Muere en el acto. Durante cuatro días, la ciudad arde. Comercios saqueados, autos incendiados, escuelas
vandalizadas, bomberos heridos, periodistas acosados… “Estos acontecimientos son responsabilidad del desempleo y de la
falta de formación de los jóvenes”, analiza en ese entonces un diputado y alcalde de derecha, Nicolas Sarkozy (1).

Clichy-sous-Bois, 27 de octubre de 2005. Perseguidos por las fuerzas del orden, dos adolescentes, Zyed Benna y Bouna
Traoré, se refugian en un transformador y mueren electrocutados. Estallan revueltas en Seine-Saint-Denis, que pronto se
extienden a todo el país. Tras tres semanas de disturbios, el presidente Jacques Chirac lamenta que “algunos territorios
acumulen demasiadas desventajas, demasiadas dificultades” y llama a combatir “este veneno para la sociedad que son las
discriminaciones”. También vitupera a “la inmigración ilegal y los tráficos que genera” así como “las familias que se niegan
a asumir sus responsabilidades”.

Las revueltas se expanden como reguero de


pólvora por todo el país.

Nanterre, 27 de junio de 2023. Nahel Merzouk, de 17 años, es asesinado de un balazo en el pecho durante un control vial.
Las revueltas se expanden como reguero de pólvora por todo el país. El episodio es corto (cinco días), pero intenso: 23.878
incendios en la vía pública, 5.892 autos quemados, 3.486 personas interpeladas, 1.105 edificios atacados, 269 asaltos a
comisarías, 243 escuelas vandalizadas. “Estos acontecimientos no se relacionan en absoluto con una crisis social”, sino por
completo “con la desintegración del Estado y de la nación”, estima el probable candidato de la derecha (Les Republicains,
LR) para las próximas elecciones Laurent Wauquiez (2). Y ojo con aquel que pretenda lo contrario, al que enseguida se lo
acusa de justificar la violencia, de alimentar “la cultura de la excusa”, o incluso de ser un “faccioso” y un “peligro para la
República” (3).

“Verdaderos problemas”

Por las reacciones que suscitan, las revueltas urbanas reiteradas reflejan la evolución del paisaje político francés, que pasó
bajo la aplanadora securitaria e identitaria. Antes presentada como una evidencia, aunque sea de mala fe, la explicación
social pasa al segundo plano; mencionarla está actualmente proscripto. En el pasado, cualquier gobierno confrontado a
semejante acontecimiento anunciaba la implementación de un plan para los suburbios, para subsanar las múltiples
desigualdades que sufren esos territorios. Una vez superada la atención sobre el asunto, se traducía en medidas poco
ambiciosas: algunos empleos subvencionados, apoyos a las comunidades, créditos para renovar los edificios… Estos planes,
una decena desde los años 1980, nunca resolvieron nada, ni el desempleo, ni la segregación, ni menos aun las tensiones entre
los jóvenes y la policía. Pero su sucesión terminó por instalar la idea de que el Estado ya hizo demasiado por los suburbios y
que llegó la hora de centrarse en los “verdaderos problemas”: inmigración, islam, abandono parental, laxismo de la justicia,
videojuegos, redes sociales… Un discurso a medida para oponer artificialmente a los suburbios con el mundo rural, esos
territorios abandonados donde viven las clases populares.

1. Entrevista con Valeurs Actuelles, citado en “Vingt ans après les émeutes, hommage à Thomas Claudio”, Lyon Capitale, 7-
10-10.

2. Le Figaro, París, 12-7-23.

3. Según las palabras utilizadas por Éric Ciotti, el jefe de LR, para calificar a Jean-Luc Mélenchon.

* Director de Le Monde diplomatique, París.

Traducción: Micaela Houston

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