Betty
Estaba sentada frente a mí, la chica más bonita, más bonita que cualquiera. Me veía expectante
con una sonrisa dulce entre ambas mejillas, en las comisuras de sus labios se formaban unas
pequeñas hendiduras simétricas, sus labios pintados con un rojo aterciopelado se veían tan
atípicos contra su piel helada. Estuve seguro, en ese momento, de que, si me atrevía a tocarla, si
siquiera uno de mis dedos rozaba su piel, me congelaría por siempre.
Su cabeza giro ligeramente, como intentando preguntarme algo, entonces regrese.
Un restaurante mediterráneo en las calles Washington y Frederic, una noche apagada y llena de
nieve en noviembre, una reservación a las ocho en punto de la noche, un menú de vinos justo al
alcance de su mano, y ella. Una chica inmaculada frente a él, su cabello recogido en un moño
aparentemente descuidado, no era difícil ver que el moño había sido una vez perfecto, como el de
una bailarina en su primera noche de estreno. Pero ella había tomado dos mechones fuera y ahora
rodeaban su cara, habían cortos cabellos que, seguramente, ella había jalado con la peinilla para
darle ese aspecto tan…despreocupado, un tanto irónico. Por debajo de la increíble maraña de
cabello rojizo se empezaban a ver las casi imperceptibles raíces de cabello rubio, él pensó en como
amaba su cabello rubio y suelto, como el corazón le solía palpitar infinitamente cada vez que veía
ese mismo cabello bajarse de un auto Chevy antiguo en frente de su casa y aproximarse a el con
cierta timidez y aventura a la vez. Ahora cada vez que lo veía era un recordatorio de lo que había
perdido.
-Esto…- dijo le pelirroja sentada frente a el alzando su mirada de manera tímida -Entonces- se
aclaró la garganta.
-Claro- dijo el, mirando la mano de la chica fijamente, sus dedos se enrollaron y se estiraron, casi
parecían el esqueleto de una mariposa.
Una sonrisa grande se marcó en el rostro de la chica, una carcajada aguda y serena salió de sus
labios, y sus ojos brillaron a la vez que se apretaban, lo miró fijamente.
-Entonces- repitió ella, una vez más.
-Yo…- El estaba listo para hablar, lo había practicado cientos de veces frente al espejo, sabia cada
palabra, solo debía dejarlo salir, no había nada que hacer. El momento había llegado.
-Acepto
-Se acabó
Ambos escupieron sus palabras como si sus vidas dependieran de ello, las primeras habían sido
pronunciadas por ella y ya se podría asumir el resto.
La sonrisa se borró instantáneamente del rostro de la pelirroja, sus ojos dejaron de apretarse,
ahora solo lo veían, fríos, como su piel.
-Yo…te amo, es solo que, te he…- sabía que debía hacerlo, tenia que acabar la oración, tenia que
dejarla ser feliz, dejarla avanzar.
Y de repente, volvió, su sonrisa, tan dulce como siempre, sus mejillas ligeramente sonrojadas y su
mano se movió hasta tomar la de él, dio un apretón…cariñoso.
-Yo también te amo- pauso -y si, acepto, quiero estar contigo por el resto de nuestras vidas.
-Yo…no- Su cara confundida y su cuerpo yendo ligeramente para atrás
-¿No me amas?
-Claro que te amo
-¿Entonces?-ella apretó su mano una vez mas
-Yo…- él no podía callar más – estuve con ella
-No-soltó la pelirroja
Su sonrisa se hizo ligeramente más grande
-Yo estuve con ella, no quería, pero…te vi en la fiesta y ella vino en su carro el día siguiente, y
August…- fue interrumpido
-No, Augustine no
-¿Cómo sabes su nombre?
-Solo lo se cariño
Ella apretó su mano una vez más, pero esta vez no se sintió cariñoso, era mas bien…fuerte, muy
fuerte, y sus uñas estaban sin duda muy afiladas.
-ELLA, ya no será un problema nunca mas cariño, porque ella ya no está.
Por la mejilla de la chica caía una pequeña lagrima, parecía ligeramente negra, seguramente
porque estaba arrastrando el rímel fresco. Su sonrisa tan impecable como siempre, su cabello que
había arreglado en tres horas y su mano aferrándose a la de el.
-Augustine, amor…¿Dónd…- otra vez lo interrumpió
-Betty cariño, mi nombre es Betty, no lo olvides nunca más.
Ella se levanto al baño, pidieron una ensalada griega y una botella de vino para celebrar la ocasión,
después de todo ahora estaba comprometido. La noche paso de lo mas normal, risas, historias,
sonrisas y besos traviesos entre comida y comida. Incluso el servicio del restaurante vio a la pareja
joven tan enamorada que los dejaron quedarse hasta la hora de cierre.
Betty salió primero, yo, con una mano en su hombro cubierto por su abrigo blanco de piel, la deje
avanzar sola un momento, la mire caminar, saltarina y brillante, una estrella en una noche tan
oscura. Se veía perfecta, dolorosamente perfecta. Ella llego alegre hasta la puerta del Chevy,
entonces volteo y me miro. Su sonrisa vivaz se acabó instantáneamente, como si de un switch
dependiera.
-Cariño, quiero que compremos otro auto, este esta viejo y a pesar de todos mis intentos aun no
puedo quitar las manchas de sangre en la cajuela.
Me beso dulcemente y condujimos hasta casa, nunca más olvidaría su nombre, Betty.