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La Gringa

El documento presenta la escena inicial de una obra de teatro. Describe un pequeño departamento desordenado donde una mujer y un hombre acaban de despertar. Mientras la mujer se prepara para ordenar y hacer el desayuno, el hombre se baña y hace ejercicios. Dialogan sobre sus vidas y planes futuros, incluyendo que la mujer traerá sus cosas para mudarse con el hombre, a pesar de que no planean casarse.

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La Gringa

El documento presenta la escena inicial de una obra de teatro. Describe un pequeño departamento desordenado donde una mujer y un hombre acaban de despertar. Mientras la mujer se prepara para ordenar y hacer el desayuno, el hombre se baña y hace ejercicios. Dialogan sobre sus vidas y planes futuros, incluyendo que la mujer traerá sus cosas para mudarse con el hombre, a pesar de que no planean casarse.

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Primer acto

Al abrirse el telón, la escena está casi totalmente a oscuras. Solo se ve,

proyectada sobre el techo de una habitación, la luz de un farol que está varios pisos

más abajo. Suena el timbre de un despertador, que es rápidamente detenido. Una

mujer se levanta de una cama que empieza a vislumbrarse a la izquierda del

escenario y abre una puerta junto a la cama, en primer plano. Sale y enciende la luz

de la habitación vecina, el baño, iluminando el pequeño departamento. Se ve la

cama, donde un hombre desnudo duerme de espaldas al público, y el velador. A la

derecha: la puerta de entrada, una mesa pegada a la pared, dos sillas y un

banquito, un closet con cortina, un estante donde están el anafe, botellas vacías,

vasos y tazas. Es un departamento de un ambiente en un edificio viejo, cerca del

Parque Forestal. Hay un gran desorden, ropa y hojas de diario sobre las sillas y en el

suelo. En las paredes, de color oscuro, Páginas de revistas con fotos de equipos de

fútbol. Sobre el velador, 11/1 en el calendario. La mujer vuelve, envuelta en una

toalla grande, busca en el suelo, encuentra sus calzones, se los pone. Busca en el

suelo. No encuentra lo que busca, encuentra unos calzoncillos, unos bluejeans y

una camisa de hombre. Se pone la camisa. Se acerca a la ventana y mira hacia

abajo, estirándose. El hombre se mueve, poniéndose boca arriba. Ella se acerca y

se inclina sobre él.


ESCENA 1

OLGA 1 + GRINGO 1

OLGA. — ¿Cómo estás? (Lo remece suavemente. Él gruñe). ¿Cómo estás?

GRINGO. — (Se estira). Aaaaaah... (la abraza, sonriendo). Hola, hola.

OLGA. — ¿Cómo estás?

GRINGO. — Bien, ¿y tú?

OLGA. — ¿Me quieres?

GRINGO. — No.

OLGA. — Yo te quiero.

GRINGO. — No sabís jugar.

OLGA. — Sí sé.

GRINGO. — No sabes... (La besa y acaricia suavemente).

OLGA. — No, señora.

GRINGO. — Sí…

OLGA. — Noo... ¿Sabís qué hora es?

GRINGO. — No importa. (Otro beso).

OLGA. — Las seis y media.

GRINGO. — (Se sienta bruscamente). Voy a tener que apurarme. ¡Qué lata!

OLGA. — ¿A qué hora empezái?

GRINGO. — A las ocho en punto.

OLGA. — Mientras te bañai voy a ordenar un poquito y voy a preparar el desayuno.

GRINGO. — (La mira, divertido). Me salió bien buena la dueña de casa, parece.
OLGA. —Vai a ver.

GRINGO. — ¡Qué flojera!... Está oscuro todavía.

OLGA. — Sí, como de noche. (Él se acerca y la besa en el cuello.)

GRINGO. — ¿Estás contenta?

OLGA. — Sí.

GRINGO. — ¿Segura?

OLGA. — ¿Por qué?

GRINGO. — Se me ocurrió que podrías arrepentirte.

OLGA. - No.

GRINGO. — Lo importante es que te sintai bien conmigo.

OLGA. — Me siento bien.

GRINGO. — ¿Y tu mamá? (Olga se pone seria). ¿Qué va a decir cuando vuelva?

OLGA. —No sé.

GRINGO. — A lo mejor te convence y me dejái sola.

OLGA. — Anoche... es como si nos hubiéramos casado.

GRINGO. — Eso es lo que pienso yo.

OLGA. — ¿Me quieres? ¿Me quieres mucho? Dicen que los hombres no quieren

tanto como las mujeres. (Esta frase)

GRINGO. — Eso es lo que dicen las mujeres.

OLGA. — A lo mejor. (Lo suelta). ¿Dónde están las tazas?

GRINGO. — Ahí, en ese mueble. Y la tetera y todo lo demás.

OLGA. — Ya... Se te va a hacer tarde.


GRINGO. — Si ya me voy. (Llega junto a la puerta del baño y se detiene. Se

vuelve hacia ella). ¿Cuándo vas a traer tus cosas?

OLGA. — Hoy, antes de que vuelva mi mamá. Parece que se viene mañana. Tú

sabís cómo son los buses, ¡nunca se sabe! Sobre todo, en este tiempo.

GRINGO. — Entonces cuando termine el turno voy a buscarte.

OLGA. — ¿Vai a ir en el camión?

GRINGO. — ¡No!, ¿se te ocurre? No puedo. Aunque capaz que me presten una

camioneta en la empresa. Mejor tomar un taxi. O.…si son pocas cosas, te las

traigo yo. Me sirve de ejercicio. Pero no, tendríamos que hacer varios viajes,

mejor un taxi.

OLGA. — Mejor. Parece que no te querís bañar.

GRINGO. — ¡Sí! Es que ¿sabís? Eh... ¿no te molesta que haga gimnasia un rato?

OLGA. — Claro que no. ¿Alcanzai?

GRINGO. — (Sonríe.) Sí. Como tú vai a hacer el desayuno...

OLGA. — Claro. Puedo mirarte, ¿verdad?

GRINGO. — Tanto como show no es. (Abre las piernas y se toca la punta del pie

izquierdo con la mano derecha y así, sucesivamente, diez veces.) Puchas, me

ponís nerviosa. (Toma un aparato de resortes que cuelga de un clavo en la pared,

junto a la puerta del baño).

OLGA. — Mi hermano se compró una de esas cosas, también, pero nunca la

usaba... Está en Curicó. ¿Conocís Curicó?

GRINGO. — (Estirando los resortes). No.

OLGA. —Yo soy de allá, pero no volvería ni muerta... No lo pasaba mal, pero es

que es muy fome la vida en provincia... ¡Uf, viérai los domingos en la tarde, en Curicó!
Tan triste, tan aburrido. Ni anestesiada me llevarían p'allá de nuevo. Mi mamá

dice lo mismo, ¿ah? Es que aquí es más entretenío, por último.

GRINGO. — Claro.

OLGA. — No creai que no tengo un poco de susto... Por mi mamá, digo. Tengo un poco.

Pero voy a explicarle. (El Gringo interrumpe su gimnasia.) ¡Le tengo que decir! Se va a

quedar sola y…no le gusta estar sola... Bueno, ¿a quién le gusta? Y yo quiero seguir

trabajando en el negocio, así es que tenemos que aclararlo todo.

GRINGO. — ¿Y le vai a decir que no nos vamos a casar, también?

OLGA. — No.

GRINGO. — Es lo primero que te va a preguntar.

OLGA. — Entonces le voy a decir la verdad. Que tú no quieres.

GRINGO. — (Molesto). Ya hablamos de eso.

OLGA. —¡Pero si yo estoy de acuerdo!... Le voy a decir, también, que no me importa.

GRINGO. —Y dile por qué no quiero.

OLGA. — No sé por qué.

GRINGO. — Anoche te dije.

OLGA. — No me di cuenta.

GRINGO. — (Sonríe) ¿En qué estabai pensando? ... Te dije que... no podemos tener hijos

todavía, y quiero buscar otro trabajo.

OLGA. — Pero con este ganai bastante y…


GRINGO. — ¿Bastante?, ¡pst!... (Se sienta en el suelo, dándole la espalda). No me alcanza

ni para vestirme porque, además, tengo que mandar un poco de plata a mi casa. (Se

tiende en el suelo y hace abdominales).

OLGA. — Si yo sé.

GRINGO. — Cinco, seis...

OLGA. — Mi mamá se tiene que dar cuenta. Sabe de estas cosas. Mi papá se murió hace

seis años y ¡un año después ella se volvió a casar! A mí me cargaba el Pedro, el nuevo,

pero ¿cómo se lo iba a decir? Es que no era ni la sombra de mi papá. Mi papá era súper.

¡Tan amoroso! Yo podía estar un día entero oyéndolo hablar y riéndome con las cosas que

decía. Era simpático (sonríe) ...de cara. Su cara era simpática, ¿entendís?... Todo sería tan

distinto si estuviera vivo. Pero nunca me hubiera venido a Santiago y no te habría

conocido... Y si mi mamá no se hubiera peleado con el Pedro, tampoco estaría aquí. Es el

destino, creo yo. Yo creo en esas cosas. A lo mejor nos habríamos conocido de todos

modos.

GRINGO. —A lo mejor. Ahora sí que me voy al agua.

OLGA. — Yo soy muy buena para hablar.

GRINGO. — Yo también.

OLGA. — No, tú no. Eres muy callado.

GRINGO. — No siempre.

OLGA. — Pero en general.

GRINGO. — Es que depende. En el trabajo, por ejemplo, la única persona con la que

puedo hablar es... (Se levanta rápidamente). ¡Oye, casi se me olvida avisarte! Prepara tres

desayunos.

OLGA. — ¿Quién viene?


GRINGO. — Un amigo.

OLGA. — ¿Tan temprano?

GRINGO. — Sí. Vive al frente. Es un tipo que trabaja en la Empresa. ¡Buen tipo! Siempre

viene. Y a mí se me olvidó decirle que no... es decir...Esto no fue preparado...totalmente.

(Ríe).

OLGA. — Pero voy a estar aquí...

GRINGO. — Siempre vas a estar aquí, ahora. (La abraza).

OLGA. — Sí, de veras... Voy a ordenar un poco.

GRINGO. — No te apurís. Viene cerca de las siete, un poco antes. Chao.

OLGA. — Chao. No te demores.

(Se escuchan unos tímidos golpes en la puerta de calle)

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